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PLATÓN

El documento presenta el contexto filosófico y cultural en el que vivió Platón, destacando la influencia de los sofistas y de Sócrates. Los sofistas defendían el relativismo y el convencionalismo, negando la existencia de verdades universales. Sócrates, en cambio, creía que a través del diálogo era posible alcanzar conocimientos universales. Platón concibió su Teoría de las Ideas para superar el relativismo, distinguiendo entre un mundo inteligible de ideas eternas e inmutables y el mundo sensible de las apari

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PLATÓN

El documento presenta el contexto filosófico y cultural en el que vivió Platón, destacando la influencia de los sofistas y de Sócrates. Los sofistas defendían el relativismo y el convencionalismo, negando la existencia de verdades universales. Sócrates, en cambio, creía que a través del diálogo era posible alcanzar conocimientos universales. Platón concibió su Teoría de las Ideas para superar el relativismo, distinguiendo entre un mundo inteligible de ideas eternas e inmutables y el mundo sensible de las apari

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PLATÓN

(1) ((CONTEXTO FILOSÓFICO-CULTURAL.))

Platón vivió entre el -427 y el -347. En esa época se produce un giro en la Filosofía
desde la reflexión sobre la Naturaleza hacia el humanismo. A los sofistas corresponderá iniciar
la nueva y difícil reflexión sobre los fundamentos de la polis ateniense.
Los sofistas eran maestros de vasta cultura con una visión innovadora y abierta, que
instruían a los jóvenes en los asuntos públicos en una sociedad en la que no faltaban
oportunidades para tomar parte en la política activa. Su arma era la retórica. Comparten una
misma actitud filosófica, el escepticismo –desconfianza hacia la posibilidad de un conocimiento
universal-, y el relativismo –dependencia del conocimiento de cada individuo-.
Los sofistas, como Protágoras de Abdera, Gorgias e Hipias, se decían expertos en la
educación –paideia- del nuevo modelo de ciudadano. La vida democrática que concede el
derecho de la palabra a todo ciudadano requiere formarse en el arte del bien decir y de la
persuasión. La isagoría favoreció el relativismo, pues no hay verdades absolutas sino opiniones
mejor o peor fundamentadas.
La experiencia de la fundación de colonias y el contacto con culturas diversas había
llevado a la certeza de que nada hay de sagrado e inmutable en las leyes. Los sofistas no pueden
aceptar un origen divino de las leyes que dicta la tradición, pero tampoco que el nómos (la ley)
que rige los asuntos humanos fuera el resultado de un orden natural del cosmos. La tesis
mantenida por los sofistas es la del convencionalismo social: los principios en que se
fundamenta la vida social son verdaderos para esa comunidad en tanto les sean válidos, pero no
lo serían probablemente para otros grupos humanos ni para otros tiempos.
El convencionalismo y el relativismo morales condujeron también al relativismo en el
conocimiento. Los sofistas negaban que pudiera conocerse la verdad universal y objetiva. Solo
podemos conocer de las cosas aquello que nos aportan nuestras sensaciones. Pero las
sensaciones cambian no sólo de unas personas a otras, sino incluso en la misma persona.
Discutir sobre temas filosóficos era bastante usual en el tiempo del joven Platón. La
gran figura intelectual por aquel entonces era Sócrates. Este solía pasear por la ciudad rodeado
de jóvenes dialogando sobre temas fundamentalmente éticos. En estas discusiones sobre el ser
humano, Sócrates creyó, frente a los sofistas, que era posible encontrar respuestas universales, y
enseñó un camino – la mayéutica – para buscarlas. No podemos descubrir lo universalmente
verdadero mediante la observación de las cosas, que sólo nos informan de lo particular, pero
podemos intentar conocerlo reflexionando sobre el lenguaje acerca de las cosas, en el que se
desvela la verdad. Por eso, el concepto universal tiene que ser alcanzado mediante el diálogo.
Así, Sócrates busca una virtud aplicable a todo ser humano.

El auge de una burguesía democrática, sobre todo debido al comercio, está sostenido
por una masa de esclavos, un tercio de la población, sin los derechos de isonomía –igualdad
ante la ley-, ni de isayegoría –el derecho a intervenir con la palabra-
Esta conciencia de igualdad entre los ciudadanos constituye una condición necesaria
para el surgimiento de la Filosofía; sobre todo, si se tiene en cuenta que esta era concebida
como un lenguaje común. Solo podía existir una sabiduría universal allí donde se suponía que
todos los hombres (libres) formaban parte de una humanidad única.
La forma antigua de gobierno era la monarquía hereditaria. Había, pues, dos sistemas
políticos y, por tanto, dos sistemas ideológicos enfrentados. Dilucidar cuál de ellos o de los
otros posibles era el mejor sería uno de los problemas con los que se enfrentó Platón.
La resistencia a los cambios hará frecuentes los procesos y penas de ostracismo hacia
personajes innovadores que hacen peligrar el equilibrio de la polis: Protágoras, Cimón,
Anaxágoras, Temístocles, Sócrates.
La tensión entre la pervivencia de las tradiciones colectivas religiosas y el espíritu
innovador, racionalizador, puede rastrearse en las tragedias griegas, que siguen siendo el reflejo
de la conciencia social.
‘Justicia’ se convierte en un concepto problemático en una sociedad cambiante que no
tiene un ideal de conducta para el individuo ni un ideal político coherente.
Los personajes de las tragedias reflejan también la búsqueda de la concepción esencial
del ser humano; tratan de plasmar la forma arquetípica que deben ser. Durante la juventud de
Platón, estaban en el cenit de su producción los grandes trágicos griegos, como Esquilo,
Sófocles y Eurípides. En comedia destacaba Aristófanes, con Las nubes (sobre Sócrates).
La expresión artística y literaria es fundamentalmente antropocéntrica. En las esculturas
de Fidias y de Mirón el cuerpo humano se ha llenado de un espíritu nuevo, el mismo espíritu
que puede descubrirse en la poesía de Sófocles.
Paralelamente y en estrecha relación con los cambios políticos, sociales y culturales
observados se produce un cambio intelectual profundo hacia la racionalización en las formas de
entender la realidad social y en contra de las creencias tradicionales.
Anaxágoras introduce en Atenas la Ciencia, Tucídides busca la explicación de los
hechos bélicos en los hechos mismos, con datos y fechas, sin las referencias a los dioses, e,
Hipócrates aborda clínicamente al enfermo, sin recurso al dios Asclepios.

(2) ((IDENTIFICACIÓN Y EXPLICACIÓN DEL CONTENIDO DEL TEXTO.))

El mito de la caverna destaca la importancia de la educación para alcanzar el fin de la


vida humana y el papel del filósofo como guía de este camino hacia la justicia que concluye en
el Bien.
El ser humano se encuentra entre el mundo de abajo y el mundo de arriba: su cuerpo
pertenece al mundo físico, cambiante, perecedero, mientras que su alma pertenece al mundo
inteligible, perfecto e inmutable. Por eso el mito presenta al hombre encadenado en el interior
de la caverna, confundido en un mundo de apariencias, de sombras, que su ignorancia interpreta
como auténtica realidad.
Sin embargo, la felicidad humana consiste en vivir conforme a lo real, a lo perfecto, a lo
racional. Para conseguirlo el alma humana tiene una facultad natural, la inteligencia, que le lleva
a la luz del conocimiento a través de un camino tortuoso. En primer lugar, porque el cuerpo se
siente atraído por lo sensible; y, en segundo lugar, porque es costoso dudar de las seguridades
de nuestras creencias.
Al filósofo, que ha conseguido salir de la caverna y contemplar la luz, la auténtica
realidad, corresponde retornar y ayudar a otros en el difícil ascenso hacia el exterior de la
caverna. El filósofo es una figura molesta para los ignorantes; por eso es incomprendido. Los
encadenados representan a los sofistas y a los que creen en la democracia.
Aunque el hombre es atraído por el conocimiento, también por el placer, el poder, las
comodidades o el miedo, que le pueden hacer aferrarse a la ignorancia. A los filósofos
corresponde guiar al alma y a la ciudad hacia la armonía cuyo resultado es la justicia.

(3) ((JUSTIFICACIÓN DE LAS IDEAS DEL TEXTO EN RELACIÓN CON LA FILOSOFÍA


DEL AUTOR))

Para comprender este texto hay que situarlo en la Teoría de las Ideas de Platón. En su
concepción de la realidad, Platón distingue dos mundos: el de las ideas, que es lo
verdaderamente real, y el sensible que está compuesto por las cosas que nos muestran los
sentidos, que son copias de las ideas. Las ideas son, por tanto, el principio de la realidad, en el
sentido de que sin ellas las cosas no tendrían realidad. Son, pues, los arquetipos, los modelos, a
partir de los cuales el demiurgo construye el mundo sensible. De aquí se deduce que la
existencia de las cosas sensibles se debe a que imitan las ideas. ‘Idea’ sería ‘la forma única de
algo múltiple’.
Estos dos mundos están compuestos por entidades con características contrapuestas:
mientras que las ideas son únicas, eternas e inmutables, las cosas sensibles son múltiples,
perecederas, cambiantes y materiales. A la multiplicidad y al cambio de las cosas del mundo
sensible subyace una unidad permanente que permite que las cosas sean lo que son. La idea
otorga a las cosas su ser, su esencia, y la posibilidad de que las conozcamos.
En el mundo de las ideas existe una jerarquía: desde su nivel más bajo, constituido por
las ideas matemáticas, pasando por las ideas como las de belleza y justicia, este orden culmina
en la idea de Bien, origen y principio del mundo de las ideas. Platón lo compara con el Sol, que
en el mundo sensible es el que da vida a las cosas materiales.
La Teoría de las Ideas es básicamente racionalista. Aunque en sus obras Platón nunca la
desarrolla plenamente. En los primeros diálogos analiza algunas ideas – ‘belleza’ / ‘valor’ /
‘virtud’ -; en los diálogos de madurez alude a una teoría fundamental de la Escuela Platónica –
la Academia – que se da por sabida; y en las obras de vejez la critica.
Con su Teoría de las Ideas, Platón inicia un tema que tendrá mucha importancia a lo
largo de la historia de la Filosofía: el de qué tipo de realidad corresponde a los conceptos que
representan las cosas particulares.

Platón cree que los sofistas defienden un conocimiento que es reflejo del falso saber de
la mayoría, un conocimiento de las apariencias. Así, cuando queramos saber qué son las cosas,
hemos de aplicar un método sistemático que nos lleve, a través de la Dialéctica, al conocimiento
de las ideas. Platón, teniendo en cuenta la distinción entre mundo inteligible y mundo sensible
distingue dos tipos de conocimiento: la Ciencia y la opinión. Pero como el verdadero
conocimiento es el de las ideas, Platón tiene que justificar cómo es posible, dado que el hombre
está inserto en el mundo sensible e ignora la existencia del inteligible. Para ello propone su
teoría de la reminiscencia o anámnesis: el alma inmaterial e inmortal pertenece al mundo de las
ideas y cuando se encarna en el cuerpo material y mortal olvida de dónde procede y cae en la
ignorancia. Así pues, es necesario emprender un camino en el que partiendo de la observación
de las cosas sensibles (en las que se reflejan las ideas), el alma vaya recordando las ideas y
culmine en la idea de Bien. El conocimiento no consiste, por tanto, en aprender cosas nuevas,
sino en recordar las que ya se conocían.

La República es una obra de madurez y la más importante de la producción filosófica de


Platón. La justicia ocupa el centro de reflexión en este texto. Platón trata de establecer cómo es
posible constituir un Estado en el que reine la justicia. Y solo es posible un Estado justo si
gobiernan los filósofos, aquellos que han llegado a conocer la idea de Bien. El futuro filósofo
desarrolla sus cualidades a través de la educación. Por tanto, la educación de los filósofos es el
tema de fondo de los libros VI y VII.
Platón no sólo escribe a favor de algo sino en contra de alguien: los sofistas y su
subjetivismo – relativismo / escepticismo -.

(4) ((RELACIÓN))
El mundo griego fue especialmente querido por el filólogo Nietzsche, quien ya en su
primera obra El nacimiento de la tragedia reivindica el mundo dionisíaco (irracional-sensible-
festivo) frente al apolíneo (racional-el de la mesura) triunfante en Sócrates y Platón. Nietzsche
se opondrá a estos dos grandes filósofos por considerarlos responsables de los fatales errores
que conducirán a la decadencia de la cultura occidental: la prioridad de lo racional sobre lo
sensible, la relevancia desmesurada de la Ciencia, y, sobre todo, la invención de un mundo
absoluto – inmutable / eterno / verdadero / racional / bueno y objetivo -, mundo en el que
habitaría lo trascendente, y, desde, el cristianismo, Dios.
El estilo de Nietzsche no está basado en el diálogo, como el platónico, sino que es
aforístico. Su actitud es de enfrentamiento radical con la Tradición Filosófica Occidental, cuya
raíz sitúa en Sócrates y Platón, culpables de que el pensamiento se aleje de la vida. Nietzsche se
va a oponer al dualismo platónico, que divide la realidad en un ámbito sensible e imperfecto,
por cambiante, y un ámbito inteligible y perfecto, por estático. Para Nietzsche, que la razón
humana opere con categorías inmutables (los conceptos) eso no demuestra que el mundo
sensible sea imperfecto ni dependiente de nada; sino sólo la limitación de la razón para conocer
el mundo. Es que, quizás – sostiene Nietzsche – la razón no sea la facultad más adecuada para
adentrarse en los misterios de la vida; de ahí que los discursos racionales sean inútiles, optando
él por una escritura no argumentativa, más bien metafórica. Si Platón quería expulsar a los
poetas de su ciudad ideal, Nietzsche haría lo mismo respecto a los filósofos dogmáticos.
Además, ese mundo suprasensible no es más que una ilusión, una ficción, una fantasía
construida como negación del mundo sensible, el único verdaderamente humano, para
Nietzsche. Esa renuncia a la vida sería propia de espíritus débiles incapaces de aceptar un
destino trágico. De ahí que Nietzsche reclame la aparición de hombres fuertes que acepten el
mundo (con sus excesos y sus imperfecciones) sin necesidad de recurrir a otro mundo perfecto
pero antinatural. Así pues, Nietzsche concibe el propósito fundamental de todo su pensamiento
como la inversión de los valores habidos hasta entonces. Lo que se consideraba apariencia
(precisamente lo sensible temporal, lo que fluye) es lo verdaderamente real; y lo que hasta ahora
se creía el ente verdadero – el ser puro intemporal y eterno – es sólo invención del pensamiento.
Para Nietzsche, lo terreno es lo auténtico y lo metafísico es sólo un engaño, mera apariencia.
Y si Platón pretendía alejarse del mito (aunque haciendo uso de él de vez en cuando),
Nietzsche, se acerca al mito, construye mitos (aunque sea a través de su pensamiento, un pensar
metafórico y aforístico).
Pese a sus diferencias, Nietzsche y Platón coinciden en algo: ambos son enemigos de la
democracia. Pero cada uno por motivos distintos: los demócratas son, para Nietzsche no
individualistas, y para Platón ignorantes.
Platón le diría a Nietzsche que es un partidario de la teoría del más fuerte. Y Nietzsche
le contestaría que él utiliza su intelecto para fingir una falsedad, para confundir a los hombres.

(5) ((ACTUALIDAD))
Hoy nadie es platónico al pie de la letra. Pero el platonismo es una actitud que con
mayor o menor fuerza puede encontrarse en cualquier persona. Temas platónicos actuales son:
la desconfianza hacia los sentidos como fuentes de información, la importancia del diálogo
racional como método de conocimiento de la realidad y de resolución de conflictos, las
características y méritos de los gobernantes, la existencia o no de otro mundo del que
observamos, la importancia de la razón y sus límites para organizar la sociedad.
Platón y su filosofía siguen representando una lección de que la máxima aspiración de
una organización social y política en equilibrio es la justicia: sin justicia crecerá el desequilibrio
entre los humanos.
Y su Mito de la Caverna aparece ante nosotros cada vez que vemos una película en un
cine.
Verdad, Justicia y Belleza no son ilusiones platónicas idealistas, sino las tres caras de un
proyecto político que, desde la Revolución Francesa, quedó resumido con el lema Libertad,
Igualdad y Fraternidad. La herencia principal que hemos recibido de Platón es que deberíamos
vivir en un mundo donde las leyes dictadas por la razón deberían guiarnos.

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