Textos Clave de Filosofía Histórica
Textos Clave de Filosofía Histórica
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
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INDICE
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RELACIÓN DE TEXTOS SELECCIONADOS
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1.- PLATÓN: Libro VII 514a-517c (Trad. C. Eggers Lan). Madrid: Gredos, 1992.
Libro VII
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- Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludir-
la, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son re-
almente más claras que las que se le muestran?
- Así es.
- Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes
de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras lle-
gar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los obje-
tos que ahora decimos que son los verdaderos?
- Por cierto, al menos inmediatamente.
- Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar
miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los
otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continua-
ción contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los
astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.
- Sin duda.
- Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros luga-
res que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su propio ámbito.
- Necesariamente.
- Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y
los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las
cosas que ellos habían visto.
- Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
- Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus en-
tonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los
compadecería?
- Por cierto.
- Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas
para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás
del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente
antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pa-
sar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y envidiaría a los más honrados y podero-
sos entre aquéllos? ¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y «preferiría
ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre» o soportar cualquier otra cosa, an-
tes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?
- Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
- Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría
ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
- Sin duda.
- Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con
aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta
que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve,
¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se
había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba?
Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en
sus manos y matarlo?
- Seguramente.
- Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que anteriormen-
te ha sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la
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morada-prisión, y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; compara, por otro
lado, el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el
ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que
deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es
que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien.
Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que
en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible
es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vis-
ta para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.
- Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.
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2.- TOMÁS DE AQUINO: Suma teológica II, cuestión 94, artículo 2 (Madrid: BAC,
1989, pp. 731-733).
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sobre éste se fundan todos los demás preceptos de la ley natural, de suerte que cuanto se
ha de hacer o evitar caerá bajo los preceptos de esta ley en la medida en que la razón
práctica lo capte naturalmente como bien humano.
Por otra parte, como el bien tiene razón de fin, y el mal, de lo contrario, síguese que todo
aquello a lo que el hombre se siente naturalmente inclinado lo aprehende la razón como
bueno y, por ende, como algo que debe ser procurado, mientras que su contrario lo apre-
hende como mal y como vitando. De aquí que el orden de los preceptos de la ley natural
sea correlativo al orden de las inclinaciones naturales. Y así encontramos, ante todo, en el
hombre una inclinación que le es común con todas las sustancias, consistente en que toda
sustancia tiende por naturaleza a conservar su propio ser. Y de acuerdo con esta inclina-
ción pertenece a la ley natural todo aquello que ayuda a la conservación de la vida huma-
na e impide su destrucción.
En segundo lugar, encontramos en el hombre una inclinación hacia bienes más determi-
nados, según la naturaleza que tiene en común con los demás animales. Y a tenor de esta
inclinación se consideran de ley natural las cosas que la naturaleza ha enseñado a todos
los animales, tales como la conjunción de los sexos, la educación de los hijos y otras co-
sas semejantes.
En tercer lugar, hay en el hombre una inclinación al bien correspondiente a la naturaleza
racional, que es la suya propia, como es, por ejemplo, la inclinación natural a buscar la
verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad. Y, según esto, pertenece a la ley natural todo
lo que atañe a esta inclinación, como evitar la ignorancia, respetar a los conciudadanos y
todo lo demás relacionado con esto.
Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Todos estos preceptos de la
ley natural constituyen una ley natural única en cuanto se reducen a un único primer pre-
cepto.
2. A la segunda hay que decir: Todas las inclinaciones de cualquiera de las partes de la
naturaleza humana, como la concupiscible y la irascible, en la medida en que se someten
al orden de la razón, pertenecen a la ley natural y se reducen a un único primer precepto,
como acabamos de decir. Y así, los preceptos de la ley natural, considerados en sí mis-
mos, son muchos, pero todos ellos coinciden en la misma raíz.
3. A la tercera hay que decir: Aunque es una en sí misma, la razón ha de poner orden en
todos los asuntos que atañen al hombre. Y en este sentido caen bajo la ley de la razón
todas las cosas que son susceptibles de una ordenación racional.
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3.- DESCARTES: Discurso del Método. II, IV (Trad. G. Quintás Alonso). Madrid:
Alfaguara, 1981, pp. 14-18, 24-30.
SEGUNDA PARTE
Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución
de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que aunque
avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo de caer. Por otra parte, no quise
comenzar a rechazar por completo algunas de las opiniones que hubiesen podido desli-
zarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en la virtud
de la razón, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyec-
to emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el conocimiento de
todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.
Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica de entre las partes de la filo-
sofía; de las matemáticas el análisis de los geómetras y el álgebra. Tres artes o ciencias
que debían contribuir en algo a mi propósito. Pero habiéndolas examinado, me percaté
que en relación con la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven más
para explicar a otro cuestiones ya conocidas o, también, como sucede con el arte de Lu-
lio, para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a conocerlas. Y si
bien la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo,
mezclados con estos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos, de mo-
do que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de
mármol aún no trabajado. Igualmente, en relación con el análisis de los antiguos o el
álgebra de los modernos, además de que no se refieren sino a muy abstractas materias que
parecen carecer de todo uso, el primero está tan circunscrito a la consideración de las
figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar excesivamente la imaginación.
La segunda está tan sometida a ciertas reglas y cifras que se ha convertido en un arte con-
fuso y oscuro capaz de distorsionar el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca su
desarrollo. Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso indagar otro método
que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como la
multiplicidad de leyes frecuentemente sirve para los vicios de tal forma que un Estado
está mejor regido cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente
observadas, de la misma forma, en lugar del gran número de preceptos del cual está com-
puesta la lógica, estimé que tendría suficiente con los cuatro siguientes con tal de que
tomase la firme y constante resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia.
El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas
parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los obje-
tos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmen-
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te, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre
aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.
Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y re-
visiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.
Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por medio de las cuales general-
mente los geómetras llegan a alcanzar las demostraciones más difíciles, me habían pro-
porcionado la ocasión de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del conoci-
miento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteniéndose de admitir como
verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden necesario para deducir unas
de otras, no puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que no podamos,
finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir. No supuso para mí
una gran dificultad el decidir por cuales era necesario iniciar el estudio: previamente sab-
ía que debía ser por las más simples y las más fácilmente cognoscibles. Y considerando
que entre todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo de las ciencias,
solamente los matemáticos han establecido algunas demostraciones, es decir, algunas
razones ciertas y evidentes, no dudaba que debía comenzar por las mismas que ellos hab-
ían examinado. No esperaba alcanzar alguna unidad si exceptuamos el que habituarían mi
ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas razones. Pero,
por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas las ciencias particulares que común-
mente se conocen como matemáticas, pues viendo que aunque sus objetos son diferentes,
sin embargo, no dejan de tener en común el que no consideran otra cosa, sino las diversas
relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que poseían un
mayor interés que examinase solamente las proporciones en general y en relación con
aquellos sujetos que servirían para hacer más cómodo el conocimiento. Es más, sin vincu-
larlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto mejor a todos aquellos que con-
viniera. Posteriormente, habiendo advertido que para analizar tales proporciones tendría
necesidad en alguna ocasión de considerar a cada una en particular y en otras ocasiones
solamente debería retener o comprender varias conjuntamente en mi memoria, opinaba
que para mejor analizarlas en particular, debía suponer que se daban entre líneas puesto
que no encontraba nada más simple ni que pudiera representar con mayor distinción ante
mi imaginación y sentidos; pero para retener o considerar varias conjuntamente, era pre-
ciso que las diera a conocer mediante algunas cifras, lo más breves que fuera posible. Por
este medio recogería lo mejor que se da en el análisis geométrico y en el álgebra, corri-
giendo, a la vez, los defectos de una mediante los procedimientos de la otra.
Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que había es-
cogido, me proporcionó tal facilidad para resolver todas las cuestiones, tratadas por estas
dos ciencias, que en dos o tres meses que empleé en su examen, habiendo comenzado por
las más simples y más generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla
útil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegué a concluir el análisis de
cuestiones que en otra ocasión había juzgado de gran dificultad, sino que también me
pareció, cuando concluía este trabajo, que podía determinar en tales cuestiones en qué
medios y hasta dónde era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba. En lo cual no
pareceré ser excesivamente vanidoso si se considera que no habiendo más que un cono-
cimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber. Así
un niño instruido en aritmética, habiendo realizado una suma según las reglas pertinentes
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puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio humano en
lo relacionado con la suma que él examina. Pues el método que nos enseña a seguir el
verdadero orden y a enumerar verdaderamente todas las circunstancias de lo que se inves-
tiga, contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la Aritmética.
Pero lo que me producía más agrado de este método era que siguiéndolo estaba
seguro de utilizar en todo mi razón, si no de un modo absolutamente perfecto, al menos
de la mejor forma que me fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la práctica
del mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma más clara y distinta
sus objetos y puesto que no lo había limitado a materia alguna en particular, me prometía
aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras ciencias al igual que lo había
realizado con las del Álgebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas
aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento, pues esto hubiera sido
contrario al orden que el método prescribe. Pero habiéndome prevenido de que sus prin-
cipios deberían estar tomados de la filosofía, en la cual no encontraba alguno cierto, pen-
saba que era necesario ante todo que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo más
importante en el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención
eran los defectos que más se debían temer, juzgué que no debía intentar tal tarea hasta
que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitrés años, que era mi
edad, y hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme,
tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones y realizando un acopio de
experiencias que deberían constituir la materia de mis razonamientos, como ejercitándo-
me siempre en el método que me había prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada
vez más.
CUARTA PARTE
No sé si debo entreteneros con las primeras meditaciones allí realizadas, pues son
tan metafísicas y tan poco comunes, que no serán del gusto de todos. Y sin embargo, con
el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los fundamentos que he establecido, me
encuentro en cierto modo obligado a referirme a ellas. Hacía tiempo que había advertido
que, en relación con las costumbres, es necesario en algunas ocasiones opiniones muy
inciertas tal como si fuesen indudables, según he advertido anteriormente. Pero puesto
que deseaba entregarme solamente a la búsqueda de la verdad, opinaba que era preciso
que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello en
lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, después de hacer esto,
no quedaría algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así pues, considerando
que nuestros sentidos en algunas ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no
existía cosa alguna que fuese tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen hom-
bres que se equivocan al razonar en cuestiones relacionadas con las más sencillas mate-
rias de la geometría y que incurren en paralogismos, juzgando que yo, como cualquier
otro estaba sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta entonces
había admitido como demostraciones. Y, finalmente, considerado que hasta los pensa-
mientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin
que ninguno en tal estado sea verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que hasta
entonces habían alcanzado mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis
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sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras deseaba pensar de este mo-
do que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna
cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y tan segura
que todas las extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla
tambalear, juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer principio de la filo-
sofía que yo indagaba.
Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir
que carecía de cuerpo, así como que no había mundo o lugar alguno en el que me encon-
trase, pero que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario, sólo a
partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y
ciertamente que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el
resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer
que yo hubiese sido, llegué a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya
esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene
necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte que este yo, es
decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo,
más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, no dejaría de ser todo lo que
es.
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poseía, no era el único ser que existía (permitidme que use con libertad los términos de la
escuela), sino que era necesariamente preciso que existiese otro ser más perfecto del cual
dependiese y del que yo hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo
y con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mi mismo todo lo
poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por la misma razón, tener por mi
mismo cuanto sabía que me faltaba y, de esta forma, ser infinito, eterno, inmutable, om-
nisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía comprender
que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que acabo de realizar, para co-
nocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía, solamente debía con-
siderar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea y si poseerlas o no
suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas que indican imper-
fección estaban en él, pero sí todas las otras. De este modo me percataba de que la duda,
la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mi
mismo me hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas. Además de esto,
tenía idea de varias cosas sensibles y corporales; pues, aunque supusiese que soñaba y
que todo lo que veía o imaginaba era falso, sin embargo, no podía negar que esas ideas
estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero puesto que había conocido en mí
muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, considerando que
toda composición indica dependencia y que ésta es manifiestamente un defecto, juzgaba
por ello que no podía ser una perfección de Dios al estar compuesto de estas dos natura-
lezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba que si existían cuer-
pos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fueran totalmente
perfectas, su ser debía depender de su poder de forma tal que tales naturalezas no podrían
subsistir sin él ni un solo momento.
Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una gran
dificultad en conocerle y, también, en conocer la naturaleza de su alma, es el que jamás
elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y que están hasta tal punto habituados a
no considerar cuestión alguna que no sean capaces de imaginar (como de pensar propia-
mente relacionado con las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les
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parece ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la máxima que los mismos filóso-
fos defienden como verdadera en las escuelas, según la cual nada hay en el entendimiento
que previamente no haya impresionado los sentidos. En efecto, las ideas de Dios y el al-
ma nunca han impresionado los sentidos y me parece que los que desean emplear su ima-
ginación para comprenderlas, hacen lo mismo que si quisieran servirse de sus ojos para
oír los sonidos o sentir los olores. Existe aún otra diferencia: que el sentido de la vista no
nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los del olfato u oído, mien-
tras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos cosa alguna si
nuestro entendimiento no interviniese.
Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido
de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños que imaginamos cuando dor-
mimos, no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que
tenemos cuando estamos despiertos. Pues, si sucediese, inclusive durmiendo, que se tu-
viese alguna idea muy distinta como, por ejemplo, que algún geómetra lograse alguna
nueva demostración, su sueño no impediría que fuese verdad. Y en relación con el error
más común de nuestros sueños, consistente en representamos diversos objetos de la mis-
ma forma que la obtenida por los sentidos exteriores, carece de importancia el que nos dé
ocasión para desconfiar de la verdad de tales ideas, pues pueden inducirnos a error fre-
cuentemente sin que durmamos como sucede a aquellos que padecen de ictericia que todo
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lo ven de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados nos pare-
cen de tamaño mucho menor del que en realidad poseen. Pues, bien, estemos en estado de
vigilia o bien durmamos, jamás debemos dejarnos persuadir sino por la evidencia de
nuestra razón. Y es preciso señalar, que yo afirmo, de nuestra razón y no de nuestra ima-
ginación o de nuestros sentidos, pues aunque vemos el sol muy claramente no debemos
juzgar por ello que no posea sino el tamaño con que lo vemos y fácilmente podemos ima-
ginar con cierta claridad una cabeza de león unida al cuerpo de una cabra sin que sea pre-
ciso concluir que exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que
vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero. Por el contrario nos dicta que todas
nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, pues no sería posible
que Dios, que es sumamente perfecto y veraz, las haya puesto en nosotros careciendo del
mismo. Y puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni completos
durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras imágenes sean
tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta igualmente que no pudiendo nuestros pen-
samientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de
verdad debe encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos más
bien que en los que tenemos mientras soñamos.
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4.- KANT, I: «Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?», en ¿Qué es la
Ilustración?, Madrid, Alianza Editorial, 2004, (Edición de R. R. Aramayo), pp. 83-
93.
Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cu-
yo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse
de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha
minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de
resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere au-
de! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.
Pereza y cobardía son las causas merced a las cuales tanto hombres continúan
siendo con gusto menores de edad durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya
liberado hace ya tiempo de una conducción ajena (haciéndolos físicamente adultos); y por
eso les ha resultado tan fácil a otros erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser menor
de edad. Basta con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien que vele por mi
alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que me prescriba la dieta,
etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias. No me hace falta pensar, siempre
que pueda pagar; otros asumirán por mí tan engorrosa tarea. El que la mayor parte de los
hombres (incluyendo a todo el bello sexo) consideren el paso hacia la mayoría de edad
como algo harto peligroso, además de muy molesto, es algo por lo cual velan aquellos
tutores que tan amablemente han echado sobre sí esa labor de superintendencia. Tras en-
tontecer primero a su rebaño e impedir cuidadosamente que esas mansas criaturas se atre-
van a dar un solo paso fuera de las andaderas donde han sido confinados, les muestran
luego el peligro que les acecha cuando intentan caminar solos por su cuenta y riesgo. Mas
ese peligro no es ciertamente tan enorme, puesto que finalmente aprenderían a caminar
bien después de dar unos cuantos tropezones; pero el ejemplo de un simple tropiezo basta
para intimidar y suele servir como escarmiento para volver a intentarlo de nuevo.
Así pues, resulta difícil para cualquier individuo el zafarse de una minoría de edad
que casi se ha convertido en algo connatural. Incluso se ha encariñado con ella y eso le
hace sentirse realmente incapaz de utilizar su propio entendimiento, dado que nunca se le
ha dejado hacer ese intento. Reglamentos y fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso
racional –o más bien abuso- de sus dotes naturales, constituyen los grilletes de una per-
manente minoría de edad. Quien lograra quitárselos acabaría dando un salto inseguro para
salvar la más pequeña zanja, al no estar habituado a semejante libertad de movimientos.
De ahí que sean muy pocos quienes han conseguido gracias al cultivo de su propio inge-
nio, desenredar las ataduras que les ligaban a esa minoría de edad y caminar con paso
seguro.
Sin embargo, hay más posibilidades de que un público se ilustre a sí mismo; algo
que casi es inevitable con tal de que se le conceda libertad. Pues ahí siempre nos encon-
traremos con algunos que piensen por cuenta propia incluso entre quienes han sido erigi-
dos como tutores de la gente, los cuales, tras haberse desprendido ellos mismos del yugo
de la minoría de edad, difundirán en torno suyo el espíritu de una estimación racional del
propio valor y de la vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí se da una circunstancia
muy especial: aquel público, que previamente había sido sometido a tal yugo por ellos
mismos, les obliga luego a permanecer bajo él, cuando se ve instigado a ello por alguno
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de sus tutores que son de suyo incapaces de toda ilustración; así de perjudicial resulta
inculcar prejuicios, pues éstos acaban por vengarse de quienes fueron sus antecesores o
sus autores. De ahí que un público sólo pueda conseguir lentamente la ilustración. Me-
diante una revolución acaso se logre derrocar un despotismo personal y la opresión gene-
rada por la codicia o la ambición, pero nunca logrará establecer una auténtica reforma del
modo de pensar; bien al contrario, tanto los nuevos prejuicios como los antiguos servirán
de rienda para esa enorme muchedumbre sin pensamiento alguno.
Para esta ilustración tan sólo se requiere libertad y, a decir verdad, la más inofen-
siva de cuantas pueden llamarse así: el hacer uso público de la propia razón en todos los
terrenos. Actualmente oigo clamar por doquier: ¡No razones! El oficial ordena: ¡No razo-
nes. Adiéstrate! El asesor fiscal: ¡no razones y limítate a pagar tus impuestos! El conseje-
ro espiritual: ¡No razones, ten fe! (Sólo un único señor en el mundo dice: razonad cuanto
queráis y sobre todo lo que gustéis, mas no dejéis de obedecer). Impera por doquier una
restricción de la libertad. Pero ¿cuál es el límite que la obstaculiza y cuál es el que, bien
al contrario, la promueve? He aquí mi respuesta: el uso público de su razón tiene que ser
siempre libre y es el único que puede procurar ilustración entre los hombres; en cambio
muy a menudo cabe restringir su uso privado, sin que por ello quede particularmente obs-
taculizado el progreso de la ilustración. Por uso público de la propia razón entiendo aquél
que cualquiera puede hacer, como alguien docto, ante todo ese público que configura el
universo de los lectores. Denomino uso privado al que cabe hacer de la propia razón en
una determinada función o puesto civil, que se le haya confiado. En algunos asuntos en-
caminados al interés de la comunidad se hace necesario un cierto automatismo, merced al
cual ciertos miembros de la comunidad tienen que comportarse pasivamente para verse
orientados por el gobierno hacia fines públicos mediante una unanimidad artificial o,
cuando menos, para que no perturben la consecución de tales metas. Desde luego, aquí no
cabe razonar, sino que uno ha de obedecer. Sin embargo, en cuanto esta parte de la ma-
quinaria sea considerada como miembro de una comunidad global e incluso cosmopolita
y, por lo tanto, se considere su condición de alguien instruido que se dirige sensatamente
a un público mediante sus escritos, entonces resulta obvio que puede razonar sin afectar
con ello a esos asuntos en donde se vea parcialmente concernido como miembro pasivo.
Ciertamente, resultaría muy pernicioso que un oficial, a quien sus superiores le hayan
ordenado algo, pretendiese sutilizar en voz alta y durante el servicio sobre la convenien-
cia o la utilidad de tal orden; tiene que obedecer. Pero en justicia no se le puede prohibir
que, como experto, haga observaciones acerca de los defectos del servicio militar y los
presente ante su público para ser enjuiciados. El ciudadano no puede negarse a pagar los
impuestos que se le hayan asignado; e incluso una indiscreta crítica hacia tales tributos al
ir a satisfacerlos quedaría penalizada como un escándalo (pues podría originar una insub-
ordinación generalizada). A pesar de lo cual, el mismo no actuará contra el deber de un
ciudadano si, en tanto que especialista, expresa públicamente sus tesis contra la inconve-
niencia o la injusticia de tales impuestos. Igualmente, un sacerdote está obligado a hacer
sus homilías, dirigidas a sus catecúmenos y feligreses, con arreglo al credo de aquella
Iglesia a la que sirve; puesto que fue aceptado en ella bajo esa condición. Pero en cuanto
persona docta tiene plena libertad, además de la vocación para hacerlo así, de participar al
público todos sus bienintencionados y cuidadosamente revisados pensamientos sobre las
deficiencias de aquel credo, así como sus propuestas tendentes a mejorar la implantación
de la religión y la comunidad eclesiástica. En esto tampoco hay nada que pudiese originar
un cargo de conciencia. Pues lo que enseña en función de su puesto, como encargado de
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los asuntos de la Iglesia, será presentado como algo con respecto a lo cual él no tiene li-
bre potestad para enseñarlo según su buen parecer, sino que ha sido emplazado a expo-
nerlo según una prescripción ajena y en nombre de otro. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto
o aquello; he ahí los argumentos de que se sirve. Luego extraerá para su parroquia todos
los beneficios prácticos de unos dogmas que él mismo no suscribiría con plena convic-
ción, pero a cuya exposición sí puede comprometerse, porque no es del todo imposible
que la verdad subyazca escondida en ellos o cuando menos, en cualquier caso no haya
nada contradictorio con la religión íntima. Pues si creyese encontrar esto último en dichos
dogmas, no podría desempeñar su cargo en conciencia; tendría que dimitir. Por consi-
guiente, el uso de su razón que un predicador comisionado a tal efecto hace ante su co-
munidad es meramente un uso privado; porque, por muy grande que sea ese auditorio
siempre constituirá una reunión doméstica; y bajo este respecto él, en cuanto sacerdote,
no es libre, ni tampoco le cabe serlo, al estar ejecutando un encargo ajeno. En cambio,
como alguien docto que habla mediante sus escritos al público en general, es decir, al
mundo, dicho sacerdote disfruta de una libertad ilimitada en el uso público de su razón,
para servirse de su propia razón y hablar en nombre de su propia persona. Que los tutores
del pueblo (en asuntos espirituales) deban ser a su vez menores de edad constituye un
absurdo que termina por perpetuar toda suerte de disparates. […].
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He colocado el epicentro de la Ilustración, o sea, el abandono por parte del hom-
bre de aquella minoría de edad respecto de la cual es culpable él mismo, en cuestiones
religiosas, porque nuestros mandatarios no suelen tener interés alguno en oficiar como
tutores de sus súbditos en lo que ataña a las artes y a las ciencias; y porque además aque-
lla minoría de edad es asimismo la más nociva e infame de todas ellas. Pero el modo de
pensar de un jefe de Estado que favorece esta primera Ilustración va todavía más lejos y
se da cuenta de que, incluso con respecto a su legislación, tampoco entraña peligro algu-
no el consentir a sus súbditos que hagan un uso público de su propia razón y expongan
públicamente al mundo sus pensamientos sobre una mejor concepción de dicha legisla-
ción, aun cuando critiquen con toda franqueza la que ya ha sido promulgada; esto es algo
de lo cual poseemos un magnífico ejemplo, por cuanto ningún monarca ha precedido a
ése al que nosotros honramos aquí.
Pero sólo aquel que, precisamente por ser ilustrado, no teme a las sombras, al
tiempo que tiene a mano un cuantioso y bien disciplinado ejército para tranquilidad
pública de los ciudadanos, puede decir aquello que a un Estado libre no le cabe atreverse
a decir: razonad cuando queráis y sobre todo cuando gustéis, ¡con tal de que obedezcáis!
Aquí se revela un extraño e inesperado curso de las cosas humanas; tal como sucede or-
dinariamente, cuando ese decurso es considerado en términos globales, casi todo en él
resulta paradójico. Un mayor grado de libertad civil parece provechosa para la libertad
espiritual del pueblo y, pese a ello, le coloca límites infranqueables; en cambio un grado
menor de esa libertad civil procura el ámbito para que esta libertad espiritual se desplie-
gue con arreglo a toda su potencialidad. Pues, cuando la naturaleza ha desarrollado bajo
tan duro tegumento ese germen que cuida con extrema ternura, a saber, la propensión y la
vocación hacia el pensar libre, ello repercute sobre la mentalidad del pueblo (merced a lo
cual éste va haciéndose cada vez más apto para la libertad de actuar) y finalmente acaba
por tener un efecto retroactivo hasta sobre los principios del gobierno, el cual incluso
termina por encontrar conveniente tratar al hombre, quien ahora es algo más que una
máquina, conforme a su dignidad”.
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