Tratamientos Psicoanalíticos y Psicoterapias
Tratamientos Psicoanalíticos y Psicoterapias
analíticas
Propone hacer una distinción entre lo que es un tratamiento y ciertas intervenciones analíticas que
se basan en su método y producen ciertos efectos.
Intervenciones, sus características:
- No son una mera aplicación del saber.
- Son espontáneas, no son programadas ni planeadas; surgen en el momento.
- Tienen la intención de develar el conflicto del síntoma, se debe estar atento a la escucha
analítica. Tienen efectos.
- Responde a la función interrogativa del método.
- Guardan relación exclusiva con la palabra
Tratamiento psicoanalítico vs. Psicoterapias (Galende)
Tratamiento psicoanalítico Psicoterapias
- Se propone una disección de las estructuras - Las psicoterapias son más fenoménicas en su
productoras de conflicto captación del síntoma.
- Le es ajena la síntesis, su sujeto es estructuralmente - Parten de y tienden a la unidad del sujeto, el
escindido, tópico, y el conflicto y la adaptación son humanismo que las sustenta se expresa en sus
de naturaleza irreductible ideas de adaptación y equilibrio
- Muestra a la relación social como narcisismo y síntoma - Confían todo a una sociabilidad equilibrada y a ello
- Devela una relación entre el síntoma y la verdad tienden
histórica del sujeto y la disolución del síntoma - Se proponen la resolución del síntoma, en lo
sobreviene “por añadidura”, por develamiento de cual basan su eficacia
esa verdad - Responden a la demanda del paciente
- Interroga a la demanda sin satisfacerla, tratando de tendiendo a reunir, aglutinar, lo que éste separa
desagregar lo que la constituye - Autorizan en el terapeuta la utilización de su
- Se rige por el principio de abstinencia y relación persona para lograr la cura. Queda el terapeuta
exclusiva a la palabra un poco del lado del saber
- El analista interroga el saber en el paciente, evitando - El terapeuta utiliza un saber y una experiencia
en lo que pueda toda intención pedagógica que hacen de su acción una pedagogía
- Interroga la demanda: ¿Por qué ahora? Por ej. subyacente
- El paciente es el que tiene el saber (Miller: Sujeto - Responden a la demanda del paciente
Supuesto Saber)
Tratamiento analítico en una institución (Galende)
Hay que preguntarse por la transferencia: “La cuestión a preguntarse es qué agrega la institución psiquiátrica a estos
tratamientos, que de algún modo haya que tener en cuenta en los principios del método”
Es importante contar con la aceptación por la institución de ciertos requerimientos que tiene un tratamiento analítico:
elección mutua del analista y el paciente, cuestiones de respeto por la privacidad de la relación analítica, aceptación del
tiempo de duración del tratamiento y frecuencia necesaria de sesiones, que no pueden fijarse administrativamente, respetar
que es el analista quien dirige la cura y no los criterios administrativos, aceptación de los criterios analíticos de curación y fin
del tratamiento. Tener en cuenta que para el analista es esencial la singularidad de cada análisis.
Las generalidades del método, los universales teóricos, y aun la propia experiencia no recubren nunca la totalidad de cada
análisis, el que debe desplegarse como singular.
En la creación del espacio clínico que necesita el análisis, la institución emerge como fuerza instituyente de una relación
con el analista que hace obstáculo a la configuración de la relación de análisis. Esta transferencia es previa a la
transferencia analítica propiamente dicha y suele permanecer como obstáculo, telón de fondo de todo tratamiento en las
instituciones, con frecuencia como un aspecto no analizable.
El psicoanalista no está exento de su propia identificación con la institución, y de establecer en cuanto a esto lo que Freud
denominará “transferencia recíproca”.
Sobre la Psicoterapia de la Histeria (Freud, 1893-1895)
El material psíquico de una histeria se figura como un producto multidimensional de por lo menos triple
estratificación. Puede incluso haber más de un núcleo! El material se comporta como cuerpo extraño
1) Primero, se halla un ordenamiento lineal cronológico que tiene lugar dentro de cada tema singular.
Se puede pensar esta formación de un tema ese agrupamiento de recuerdos de la misma variedad
en una multiplicidad estratificada en sentido lineal, al modo de un fajo de actas, de un paquete, etc
2) Segundo, esos temas muestran una segunda manera de ordenamiento: están estratificados de
manera concéntrica en torno del núcleo patógeno. Son estratos de resistencia, crecientes hacia el
núcleo, y con ello zonas de igual alteración de conciencia dentro de las cuales se extienden los
temas singulares. Los estratos más en la periferia contienen de diversos temas aquellos recuerdos
que se rememoran con facilidad y fueron siempre conscientes; cuanto más se avanza hacia el núcleo,
con mayor dificultad se disciernen los recuerdos aflorantes, hasta que, en la proximidad del núcleo,
se tropieza con aquellos que el paciente desmiente aún en la reproducción.
3) Tercero, hay un ordenamiento según el contenido de pensamiento, el enlace por los hilos lógicos
que llegan hasta el núcleo, enlace al cual en cada caso puede corresponderle un camino irregular y
Esto permite
de múltiples vueltas. Ese ordenamiento posee un carácter dinámico, por oposición al morfológico de comprender la
las dos estratificaciones antes mencionadas. comparado. El nexo lógico no se corresponde con una sobredeterminación
línea quebrada en zigzag, sino más bien con un sistema de líneas ramificadas y convergentes. Tiene del síntoma
puntos nodales en los que coinciden dos o más hilos, que desde ahí vuelven a devanarse unidos; y
en el núcleo desembocan por regla general varios hilos de trayectorias separadas o que muestran a
Hay un determinismo, no
trechos conexiones laterales. “Es muy notable cuán a menudo un síntoma es de determinismo
es contingente ni
múltiple, de comando múltiple”. accidental. Tiene más de
un sentido y propósito.
Sobre la Iniciación del Tratamiento (Freud, 1912)
Habla de los consejos, que no son de cumplimiento efectivo, que le da a los analistas: tiempo y dinero, el uso del
diván, cuestiones en relación a las entrevistas preliminares y a la iniciación del tratamiento propiamente dicho.
Sobre los consejos: “Obro bien al presentarlas como unos «consejos» y no pretenderlas incondicionalmente
obligatorias”.
→ La iniciación del tratamiento con un período de prueba así, fijado en algunas semanas (3 o 4 entrevistas
preliminares pueden ser), tiene además una motivación diagnóstica. En un tratamiento de prueba de algunas
semanas percibirá a menudo signos sospechosos que podrán determinarlo a no continuar con el intento.
Prolongadas entrevistas previas antes de comenzar el tratamiento analítico, hacerlo preceder por una
terapia de otro tipo, así como un conocimiento anterior entre el médico y la persona por analizar, traen
consecuencias desfavorables para las que es preciso estar preparado. En efecto, hacen que el paciente
enfrente al médico con una actitud transferencial ya hecha, y éste deberá descubrirla poco a poco, en vez de
tener la oportunidad de observar desde su inicio el crecer y el devenir de la transferencia. Dificultades
particulares se presentan cuando han existido vínculos amistosos o de trato social entre el médico y el paciente
que ingresa en el análisis, o su familia.
→ Puntos importantes para el comienzo de la cura analítica son las estipulaciones sobre tiempo y dinero. Con
relación al tiempo, obedezco estrictamente al principio de contratar una determinada hora de sesión. A cada
paciente le asigno cierta hora de mi jornada de trabajo disponible; es la suya y permanece destinada a él
aunque no la utilice. modo. Cuando se adopta una práctica más tolerante, las inasistencias «ocasionales» se
multiplican hasta el punto de amenazar la existencia material del médico. laterales. En ocasiones, uno se
encuentra con enfermos a quienes es preciso consagrarles más tiempo que el promedio de una hora de sesión;
es porque ellos pasan la mayor parte de esa hora tratando de romper el hielo, de volverse comunicativos.
Sobre la Iniciación del Tratamiento (Freud, 1912)
→ Otro consejo: Mantengo el consejo de hacer que el enfermo se acueste sobre un diván mientras uno
se sienta detrás, de modo que él no lo vea. A causa de un motivo personal, pero que quizás otros
compartan conmigo. No tolero permanecer bajo la mirada fija de otro ocho horas (o más) cada día. Y
mientras escucho, me abandono al decurso de mis pensamientos inconscientes, no quiero que mis gestos
ofrezcan al paciente material para sus interpretaciones o lo influyan en sus comunicaciones. Es habitual
que el paciente tome como una privación esta situación que se le impone y se revuelva contra ella, en
particular si la pulsión de ver desempeña un papel significativo en su neurosis. A pesar de ello, persisto en
ese criterio, que tiene el propósito y el resultado de prevenir la inadvertida contaminación de la
transferencia con las ocurrencias del paciente, aislar la transferencia y permitir que en su momento se la
destaque nítidamente circunscrita como resistencia.
→ Se tropezará con pacientes que empiezan su cura con la desautorizadora afirmación de que no se les
ocurre nada que pudieran narrar, y ello teniendo por delante, intacta, toda la historia de su vida y de su
enfermedad. No se debe ceder a su ruego de que se les indique aquello sobre lo cual deben hablar.
→ Mientras las comunicaciones y ocurrencias del paciente fluyan sin detención, no hay que tocar el
tema de la transferencia. Es preciso aguardar para este, el más espinoso de todos los procedimientos,
hasta que la transferencia haya devenido resistencia
Sobre la dinámica de la Transferencia (1912)
Todo ser humano, por efecto conjugado de sus disposiciones innatas y de los influjos que recibe en su
infancia, adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa, o sea, para las
condiciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará, así como para las metas que habrá de
fijarse. Esto da por resultado un clisé (o varios) que se repite, es reimpreso, de manera regular en la trayectoria
de la vida.
Sólo un sector de esas mociones determinantes de la vida amorosa ha recorrido el pleno desarrollo
psíquico; ese sector está vuelto hacia la realidad objetiva, disponible para la personalidad consciente, y
constituye una pieza de esta última. Otra parte de esas mociones libidinosas ha sido demorada en el
desarrollo, está apartada de la personalidad consciente así como de la realidad objetiva, y sólo tuvo
permitido desplegarse en la fantasía o bien ha permanecido por entero en lo inconsciente, siendo no
consabida para la conciencia de la personalidad.
Si la necesidad de amor de alguien no está satisfecha de manera exhaustiva por la realidad, él se verá
precisado a volcarse con unas representaciones-expectativa libidinosas hacia cada nueva persona que
aparezca, y es muy probable que las dos porciones de su libido, la susceptible de conciencia y la inconsciente,
participen de tal acomodamiento.
Es entonces del todo normal e inteligible que la investidura libidinal aprontada en la expectativa de alguien
que está parcialmente insatisfecho se vuelva hacía el médico. Esa investidura se atendrá a modelos, se
anudará a uno de los clisés preexistentes en la persona en cuestión o insertará al médico en una de las
«series» psíquicas que el paciente ha formado hasta ese momento. La transferencia es producida tanto por
representaciones conscientes como representaciones inconscientes o rezagadas.
[ En el análisis la transferencia nos sale al paso como la más fuerte resistencia al tratamiento ]
Contratransferencia: Lacan, Paz y Korman
Korman:
Acompañar el proceso de análisis del paciente implica crear y recrear en cada caso, en cada sesión, una
forma de estar presente que condicione lo menos posible esta tarea de asociación y elaboración del
paciente. Mi silencio no es mutismo ni impavidez; es activo. O si quieren: mi escucha nunca es pasiva. Lo
más difícil es inventar formas de estar presente en la sesión -señalando, puntuando, ayudando a salir de
las racionalizaciones y del hablar vacuo, interpretando- de manera tal de no distorsionar el trabajo del
paciente mediante inducciones o inyecciones de sentido, más propias del analista que de su
analizante.
Se trata de crear un contexto en el cual se abran al máximo las posibilidades de aparición de nuevos
materiales y que el paciente encuentre dentro de sí lo que no tuvo oportunidad de desplegarse; en otras
palabras, despertar lo que ha estado dormido. Hay suposiciones recíprocas: el analizante me supone un
saber -sobre sus síntomas, sobre su neurosis, respecto de su padecimiento y de sus posibles salidas-;
yo, en cambio, supongo que ese saber -saber no sabido, saber inconsciente (Lacan)- reside en él.
“Mi silencio no es, por lo tanto, táctico; es la condición misma para que un trabajo de este tipo
pueda ser realizado”
Los psicóticos plantean un abordaje diferente, los llamados “casos límite” exigen también otra actitud.
Incluso los neuróticos requieren en determinados momentos de sus análisis una mayor participación
del analista. No se puede dejar “desangrar” al analizante.
El trabajo de análisis con (de) un paciente neurótico NO es un cuadro rígido, inmodificable, inflexible.
Varía con cada analizante y también con las distintas etapas de un análisis. Más bien les diría que es un
marco muy general, que incluye las necesarias “transgresiones” cotidianas.
Korman: Contratransferencia
Así como cada paciente es absolutamente singular, también el analista lo es. Tendremos que ir acuñando
un estilo propio, un modo original de ejercer el análisis. Proceso éste que nunca acaba y que conlleva
interrogarnos constantemente sobre los fundamentos de este oficio de analista. El dispositivo analítico,
además de adecuarlo a cada analizante, cabe adaptarlo también a la medida del analista, como quien crea
herramientas propias para una tarea específica.
Intervenciones en Psicosis - Soler
C. Soler habla de un caso de psicosis con una estabilización producida bajo transferencia. La demanda de
análisis se produjo al estallar el primer episodio delirante y sobre el filo de este episodio. La falla significante se
traduce en un exceso de goce en lo Real, siendo lo contrario de una falta, y este exceso mismo, que llama
a la simbolización, se impone en los fenómenos como inercia y falla de subjetivación: “Falta la falta”. La
inercia es una de las figuras primarias del goce, figura que la clínica actual suele confundir con la depresión
psicótica. Uno de sus grandes síntomas es quedar muda y petrificada ante un Otro del que ella está
pendiente en todo momento, y del que lo espera todo.
Se separa de su último partenaire único que encarnaba para ella “el ojo del saber”; las voces alucinatorias vienen
a sustituir a la voz que se encarnó hasta entonces en un otro de su entorno y, en lo real, le dicen lo que ella es y
lo que debe hacer. Llega así al análisis. ¿A qué lugar es llamado el analista tras el estallido de la primera intuición
delirante? El analista es llamado al lugar donde Schreber encuentra a Fleschig. Es llamado a suplir con sus
predicaciones el vacío súbitamente percibido de la forclusión. El analista es llamado a constituirse como
suplente y como competidor de las voces que hablan de ella y que la dirigen. Dicho de otra manera, ella le
ofrece al analista el sitial del perseguidor, el sitial de aquel que sabe y que al mismo tiempo goza.
“Evidentemente yo no operé con la interpretación, que no tiene cabida alguna cuando se está ante un goce no
reprimido. Sólo se interpreta el goce reprimido”
3 intervenciones - Soler
1) “Un primer modo de intervención fue un silencio de abstención y esto cada vez que el analista es
solicitado como el Otro primordial del oráculo: cada vez que es invocado como saber en lo real. Esto
coloca al analista como un otro Otro, que no hay que confundir con el Otro del Otro, otro que no es el
que ella llama la “fiera", el perseguidor. No es otra cosa que un testigo” → “un testigo es un sujeto al
que se supone no saber, no gozar, y presentar por lo tanto un vacío en el que el sujeto podrá
colocar su testimonio”. La maniobra analítica que intentó y que sostuvo la operatividad de esta cura
consistió, Abstenerse de dar respuesta cuando en la relación dual cuando se llama al analista a suplir
para el sujeto, por medio de su decir, el vacío de la forclusión y a llenar este vacío con sus imperativos.
Sólo a este precio se evita la erotomanía.
2) “Un segundo tipo de intervención corresponde a la orientación del goce. Una, limitativa, que intenta
hacer de prótesis a la prohibición faltante, consistió en decir no, en poner un obstáculo cuando la
sujeto parecía cautivada por la tentación de dejarse estrangular por el hombre que manifiestamente lo
pretendía. El analista sostiene la única función que queda: hacer de límite al goce, esto es, la de
significante ideal, único elemento simbólico que, a faita de la ley paterna, puede constituir una barrera
al goce. “Intervine profiriendo una función de límite al goce del Otro, lo que no es posible sino a partir
de un lugar ya inscripto en la estructura”. La otra, positiva: yo sostuve su proyecto artístico
incitándola a considerar que ése era su camino. No vacilemos en reconocer en este caso el empleo de
la sugestión. Se trata de un apoyo de algo que el paciente tenga ganas de hacer.
3) Tercera intervención: Apuntalar al sujeto. “La tercera intervención provocó un viraje en la relación
transferencial tanto como en la elaboración de la cura. El viraje consistió en que, en la cura, nunca más
volvió a solicitar al analista como Otro, y en que comenzó a construir su delirio, esto es, también a
depurarlo y reducirlo”.
Intervenciones en Psicosis - E. Fernández
Podemos diferenciar distintas estabilizaciones:
a) Las que operan dando consistencia al sujeto de forma tal que nunca se desencadena.
b) Las “espontáneas” del proceso psicótico, en las que el psicótico se apacigua y mantiene su delirio
celosamente guardado.
c) Las propias del efecto de la intervención del tratamiento “psi” por vía de la palabra y del acto operando en la
sutura entre imaginario y Real
La tercera estabilización, efecto de transferencia, se podría diferenciar de las anteriores porque implica la
aparición y/o el agregado de algo nuevo.
El psicótico padece de separación entre su cuerpo y el goce del Otro obsceno y feroz, a veces carece de
hiancia, carece del significante de la falta que lo motorice deseante. Estas faltas en su estructuración son
suplidas por creaciones y a veces por sublimaciones que van desde la actividad delirante hasta la creación
artística.
La ley no dictada ni ejercida desde el Otro puede estar incluida ortopédicamente (“prótesis de la prohibición
faltante” diría Soler) (de allí su labilidad) por el encuentro con un semejante que le otorgue lo que nunca tuvo
por estructura: cierto valor de cambio a través de su acción.
Si el psicótico nunca ha podido ubicarse para su madre como metáfora fálica y ésta no ha podido transmitirle su
falta donde él se aloje, el alojamiento puede advenir del otro con minúscula en un intercambio de una
producción que circule, que tenga valor de cambio y que ponga por fuera de él un acotamiento al goce. Si el
psicótico puede producir un objeto (escrito, pintura, ventanas, cobranzas en los bancos o venta de
encendedores) que, proviniendo de él, circule para otros con valor y reconocimiento (y no falso
reconocimiento), esto opera estabilizando la estructura.
Intervenciones en Psicosis - Fernández
Hablar de las intervenciones posibles dentro del tratamiento de las psicosis implica varias
puntuaciones previas:
a) Discriminar de qué psicosis o de qué psicótico se trata.
b) Situar en qué momento de la evolución de esa psicosis operamos.
c) Determinar en qué momento de la transferencia nos situamos.
Me referiré a las intervenciones posibles dentro del tratamiento individual dejando de lado las
intervenciones en el ámbito institucional (hospital, justicia, escuela, policía).
Podemos situar las intervenciones en las psicosis en grandes grupos:
a) Las que apuntan al tejido de lo imaginario y prestan representación
b) Las que se dirigen a situar el adentro-afuera como construcción de una intimidad y como
diferencia y discriminación
c) Las que operan como separación del Otro y que tienen como función privilegiada la de
servir como negación
Las tres apuntan a producir el efecto de subjetivación. El sujeto en las psicosis puede estar
suprimido, desaparecido o muerto, pero hay sujeto como efecto del lenguaje, poco importa
que hable o no.
Intervenciones en psicosis - Fernández
a) Las intervenciones del tejido de lo imaginario.
Estas intervenciones tienen su ejemplo clásico en el modelo de intervención de Melanie Klein con Dick “el trencito es
papá. La estación es mamá”. Lacan las leyó de manera ejemplar. Klein presta representación, abrocha un sentido que
además esboza una triangulación. El paciente puede preguntar: “¿Cómo me ve?”. Cuando lo escuchamos como un
pedido de funcionar de imagen virtual para un cuerpo fragmentado y desquiciado podemos ensayar una respuesta
que, a la manera de espejo, esboce un gesto, una imagen, algo recortado para la mirada. Ejemplo de intervención: Le
propongo que juguemos a que yo soy ella y ella es la psicóloga. Acepta encantada y quiere que cambiemos los lugares.
Desde “la psicóloga” me ordena que “me” dibuje. Lo hago. Mira “su” dibujo encantada y dice “terminó la sesión, vuelva la
próxima, el dibujo me lo quedo yo”. En esos recortes queda bastante enfatizada la presencia del analista que en estos
casos pone el cuerpo y no sólo la voz
b) Las intervenciones que apuntan a situar adentro-afuera.
La constitución del adentro-afuera como sentidos que organizan el yo y el mundo, el yo y el otro, está posibilitada
por las operaciones de Bejahung-Ausstossung que cuando no tienen lugar dejan al sujeto sin una barrera fundamental
para poder intentar cualquier lazo. Si no hay adentro-afuera, los límites se buscan en lo real y los límites se hacen tajos en
la piel y en la carne. Una de las consecuencias de esa no delimitación es la falta de “intimidad”. Ejemplo de intervención:
Daniela relataba, a todo el que quisiera escucharla, su delirio. Esto ocasionaba las burlas de sus compañeros y una
exclusión permanente que alimentaba su paranoia. Una intervención eficaz fue decirle que uno no contaba sus cosas
privadas a todo el mundo y si a ella Dios la había elegido para ser “su mujer y su hombre” (este era su tema) esto era algo
íntimo, sólo revelable a aquellos que para ella fueran dignos de esa confidencia. Me pregunta qué hacer entonces cuando
en la disco le empezaran las voces. Le digo que puede comunicar parte de la verdad: que le duele la cabeza y pedirle a
alguien que la acompañe. Esa madrugada me llama por teléfono y me pregunta qué tiene que decir ya que empezaron las
voces. Se lo repito. A la sesión siguiente Daniela me muestra un papel donde había anotado la consigna. Había resultado.
Se había ido de la disco sin suscitar las burlas habituales.
Intervenciones en Psicosis - Fernández
Las suplencias de los nombres del padre pueden lograrse siempre que el paciente pueda hacer circular un
objeto (como autor o intermediario) que tenga valor de cambio y por el cual sea reconocido y esperado
dentro del lazo social, y que esto lo nombre. La suplencia será efecto del trabajo del analista y del paciente en
esta insistente ida y vuelta del telar, en el intento de coser, cortar, tejer en la trama desgarrada o en el agujero
que hace de precipicio y de tentación. Esta tarea que tratamos de sistematizar, que intentamos teorizar para
hacerla transmisible y dialectizable, tiene una ladera insoslayable que es la invención.
Intervenciones en psicosis - Fernández (cap 8)
El delirio sostiene al psicótico. El delirio es pensado como:
- Restitución
- Intento de curación
- Metáfora delirante
- Portavoz de una verdad que encuentra un texto
- Anudamiento precario de lo anudado
- Signo autoreferencial siempre funciona dando ser y sentido
Es con los delirios que debemos trabajar. En sí mismos los delirios son trabajos: trabajos de significación, de
interpretación, de dar sentido a lo que irrumpe desquiciando al sujeto. Son trabajos de construcción subjetiva
cuando no hay sujeto del inconsciente. Son trabajos para salir de “la perplejidad” que produce la irrupción del
Otro.
Para el psicótico, su delirio es un tesoro “lo quiere más que a sí mismo” porque es el sí mismo. Lo entrega como
prenda, aparecemos ocupando un lugar en él cuando la transferencia funciona, nos lo puede relatar como
confesión o como advertencia pero es motor de su accionar que generalmente tiene a la muerte propia o a la
del otro como término. No existe fármaco que los haga desaparecer, aunque sí podemos con la medicación
anular momentáneamente cualquier aparición de la individualidad.
Hay una intervención posible, del orden de la palabra y del acto, que produce una torsión en la premisa
delirante por volverla, en ese momento, imposible de sostener en uno de sus términos.
→ Operar en la lógica del delirio significa confrontar al delirante con sus propios dichos para situar allí la
imposibilidad, la contradicción, la ruptura, el agujero dentro del propio sistema de significación.
Fernández
El psicótico no puede, no tiene con qué decir ”No” al Otro, no se le puede oponer como efecto fundamental de
la no inscripción del significante de la falta y la ubicación como objeto de goce del Otro. No hay operación de
separación. Esto constituye al psicótico sin yo dialectizable, en tanto no hay rechazo a la demanda del Otro
encarnada en ese goce del que es presa y prisionero. Esta lógica sin “NO” hace estragos en el campo del
psicótico o lo constituye fuera de su cuerpo, un cuerpo que no puede detenerse o no puede cerrarse o abrirse,
justamente porque no puede apelar al NO.
Intervenciones en psicosis - Belucci
La clínica de las psicosis es el “acompañamiento terapéutico”: los analistas acompañamos las soluciones que
cada sujeto escribe. En todos los tratamientos puede situarse un momento de ignorancia radical, en el que el
analista no sabe y hace lugar a ese no saber, hasta que el propio paciente comienza a aportar indicios sobre la
peculiaridad de su real y sus posibles respuestas, así como alguna dirección posible de trabajo.
Otro modo en el que se pone en juego esta función es haciendo lugar a que el saber, que inicialmente está en el
Otro, y que se va escribiendo luego en el campo de la transferencia, pase al sujeto, que haya como saldo de la
operación analítica eso que Freud llamaba una ganancia de saber. Ello le permite al sujeto cierta lectura y
anticipación de sus reales y de las posibles soluciones a los mismos.
En la Cuestión preliminar se leen tres dimensiones del Otro. La primera se presenta como el Otro del goce,
que el sujeto padece y del que intenta sustraerse. Quien encarna ese lugar deviene perseguidor o suscita la
respuesta erotómana. Hay una segunda dimensión que Lacan ubica en el eje del “se dirige a nosotros”. Es la que
llamamos destinatario, toda vez que el sujeto logra producir un testimonio de su padecimiento. Y una tercera, en
el eje del “ama a su mujer”, en el que el otro se presenta como semejante, un otro vaciado de goce y por ende
más amable. Hay una tendencia de la transferencia psicótica a asumir un matiz persecutorio o erotómano,
incluso a precipitarse hacia alguno de esos polos. La dimensión persecutoria deviene de una totalización de
goce y saber, de un Otro absoluto al que el sujeto queda expuesto. La erotomanía traduce una falta que el sujeto
se ve llamado a colmar con su ser. Persecución y erotomanía son un borde de la transferencia psicótica, pero
de ningún modo una fatalidad. El poner en juego la propia ignorancia y dar signos oportunos de no interesarse
demasiado (o señalar que estamos a título de una función profesional) suelen ser contrapesos suficientes que
impiden llegar a un punto insostenible.
La transferencia es en las psicosis una función de terceridad, que opera en acto una separación del Otro y
apunta a que se sostenga más allá
Intervenciones en psicosis - Belucci
Hay distintas vertientes transferenciales.
1) La primera de esas vertientes es la que ubica al analista como semejante. Muchos psicóticos instituyen en la
transferencia algún imaginario que los sostiene y sostiene cierta circulación con el semejante, que viene al lugar de
la escena que no hay. El semejante funciona aquí al modo de una superficie especular que hace de barrera al goce
invasivo del Otro. Hay un goce que no pasa a la imagen, y con ese otro vaciado de goce puede sostenerse algún
posible lazo. Fue el descubrimiento de Winnicott la existencia de una zona tercera entre el sujeto y el Otro, que
llamó “zona transicional”, y del objeto con el que esa zona se constituye. El objeto es el elemento tercero que
permite que se sostenga la relación entre dos, sin riesgo de hacer uno. Regalos y otros objetos que los pacientes
introducen en el campo transferencial: tercerizan la relación al analista y operan una sustracción de goce que lo
instaura como un otro “más amable”. Ciertos objetos funcionan en ocasiones como mediadores para que la
transferencia se funde: un paciente que sólo respondía lacónicamente comenzó su conversación con el analista
cuando ambos empezaron a pasarse una pelotita de tenis, con la consigna de que quien la recibía decía algo. Otra
cuestión son los “objetos de interés”, que no siempre toman cuerpo en objetos materiales. Vegh relata un caso en
el que la escritura japonesa resultó el tema común sobre el que la constitución de la transferencia vino a pivotear.
Los intereses compartidos son, en la charla, el elemento tercero que la hace posible
2) La segunda vertiente de la transferencia es la que tiene al analista como destinatario del testimonio del
sujeto. Esa vertiente fue pensada en tres figuras. La primera es la del “testigo”, que nombra ese lugar en el que
quedamos ubicados, en la medida en que hemos ofertado nuestra ignorancia. La figura de “secretario del
alienado” acentúa la participación del analista en cierta operación de escritura, que no siempre asume la forma
concreta de un texto, como las Memorias de Schreber, pero que supone siempre eso que Daniel Barrionuevo llamó
el “establecimiento de un saber”. El lugar de “escuchante”, así llamado por Piera Aulagnier, es un modo de
nombrar los efectos que tiene la apuesta del analista a la palabra del sujeto, tratándose de sujetos que tienen con
la palabra una relación frágil. Los efectos de dar la palabra no tardan en constatarse. El testimonio o la palabra
mismos son, en esta vertiente, el elemento tercero que organiza el campo transferencial.
Intervenciones en psicosis - Belucci
Orientación del goce (Soler): Hay, por una parte, la orientación “limitativa”, un oportuno “no” del
analista. En cuanto a la orientación de goce que Soler llama “positiva”, la caracteriza como una suerte
de “sugestión benéfica”, apoyada en la instrumentación del significante del ideal. Son el “no” o el
ideal los elementos que sostienen en el límite la función tercera de la transferencia.
La imposibilidad de interpretar es, en las psicosis absoluta. Una primera razón para no interpretar es
que el lugar del intérprete lo ocupa aquí el propio sujeto. Por otra parte, interpretar podría llevar
al analista a encarnar al Otro del saber, que es también el del goce. La transferencia podría
entonces tomar una tonalidad persecutoria, o virar francamente en esa dirección. Otra cuestión es
que, al interpretar, evocamos un enigma que pone en juego una falta, que al no haber sido legalizada
por la Ley del Padre manifiesta su ineficacia. Eso hace la interpretación riesgosa en el encuentro con
un sujeto cuya condición de estructura no ha desencadenado.
Imposibilidad absoluta de interpretar, con la vía de la construcción. Lo que Freud nombró en 1909
comprende dos dimensiones relacionadas pero diferenciables: un entramado lógico, y un marco
escénico.
Intervenciones en psicosis - Belucci
En las psicosis, un primer uso de la construcción -en su función de marco— es la localización de circunstancias.
Las circunstancias (cómo, cuándo, dónde) constituyen el marco de cualquier acontecimiento. El sujeto en las
psicosis carece por estructura de ese marco, por lo que en principio no puede orientarse ante sus reales. La
indagación de las circunstancias y su encadenamiento lógico van introduciendo coordenadas a las que el
sujeto puede de allí en más remitirse, y que le posibilitan alguna lectura del real en juego, como primer paso
para hacer con eso. Por otra parte, en las psicosis no está garantizada una temporalidad anticipatoria, que en
la neurosis se anuda a la condición del peligro y, en última instancia, a la amenaza de castración. La
construcción permite que esa anticipación se instituya en acto, instaurando una mediación con respecto a lo real.
La construcción permite la producción de un relato, que puede venir al lugar de una historia nunca escrita. Kolko
sugirió que la construcción producida en el análisis podría funcionar como otro modo de entramar esa verdad.
Ello no apuntaría a sustituir la verdad delirante por otra más acorde a la realidad, sino a constituirse en otra
versión posible. Sería un modo de situar el delirio como no-todo, alivianando la existencia del sujeto.
En la otra vertiente de la construcción, ligada a la lógica, está la posibilidad de una localización de condiciones.
Otras veces se trata es del aval del analista a movimientos que pueden contribuir a la producción de una salida,
de alguna respuesta eficaz al real en juego. Se trata de iniciativas que parten del sujeto, pero en las que ese aval
del analista resulta a veces decisivo. En cierto sentido es la contracara de las intervenciones “negativas”.
En las psicosis desencadenadas rara vez resulta posible y auspicioso que el tratamiento consista únicamente en
los periódicos encuentros con un analista. Se precisa una pluralidad de espacios, al menos dos. Es precisa
también, de un modo o de otro, la dimensión institucional y legal que atraviesa nuestras distintas prácticas. La
eficacia del tratamiento pone en juego una pluralización de dispositivos.
Intervenciones en psicosis - Belucci
¿Qué permite la pluralización de espacios? → Lo primero es la delimitación de espacios. Cuando el sujeto no
tiene garantizada en la estructura la función del límite, la existencia de diferentes espacios puede contribuir a
constituir, en acto, algún límite. Una segunda consecuencia es la posibilidad de que cuando en un espacio
colectivo (como un grupo o taller) algún paciente comienza a desplegar cuestiones de orden, por ejemplo,
delirante, se acote de alguna forma la aparición de estas cuestiones en el marco colectivo en el que surgen y se
las reenvíe al ámbito “individual”. De este modo, no sólo se delimitan distintos espacios, sino también las
dimensiones de lo público y de lo íntimo. Lo íntimo no está garantizado en absoluto en las psicosis, sobre todo
en la esquizofrenia. Hay un claro testimonio de que lo que entendemos como íntimo -nuestro cuerpo y nuestra
mente- está invadido por el Otro. No hay intimidad, estrictamente hablando, y hay que producirla. La tercera
consecuencia de la pluralización de espacios es lo que se denomina “distribución de goce”. El goce en exceso
que el sujeto padece no se concentra en un único dispositivo y en una única transferencia. Eso produce alivio, y
hace posible un trabajo.
Los dispositivos colectivos, aún más que los “individuales”, ponen de relieve la incidencia de una legalidad
que hace posible su funcionamiento. Dentro de éstos, destaca el dispositivo de taller. Característica específica:
la producción de un objeto que puede operar una sustracción con respecto al goce del Otro y permitir, del lado
del sujeto, cierta localización y “condensación” de ese goce. Ese movimiento contribuye a instituir la dimensión
del semejante.
Un último dispositivo colectivo es el familiar. La familia suele presentarse como un obstáculo a la producción de
una salida. Se trata de efectuar algún movimiento que, al menos en algunos casos, permita que en esa trama
algo se transforme, abriendo alguna vía de salida.
Intervención en psicosis - Belucci
Hay una apuesta a que en el trabajo con las familias puedan localizarse ciertas coordenadas de esa
constelación familiar y su funcionamiento, que permitan leer tanto la manera en que reproducen el sin-salida
del sujeto como las vías de fuga de la encerrona endogámica. Por otra parte, lo que allí se despliega y puede
pensarse aporta no un sentido, pero sí un marco, al fuera-de-sentido de muchas formaciones (delirantes o
alucinatorias) de las psicosis. Se plantea, también, la posibilidad de construir, a partir de los distintos relatos,
algo que de algún modo supla la historia nunca escrita en las psicosis. Estas coordenadas de legibilidad que en
principio le sirven al equipo tratante, es esperable que en alguna medida puedan transferirse al sujeto. Por
último, en algunos casos el trabajo realizado hace posible que la propia familia (o algunos de sus integrantes)
pueden acompañar aquello que en el tratamiento se avizore como salida posible. Otras veces, por el contrario,
quienes apuntalan esa salida están fuera de la trama familiar. Son fundamentales, en este punto, los lazos
amistosos y con pares.
Acompañar al sujeto psicótico requiere muchas veces una pluralidad de dispositivos clínicos y, entre ellos, el
recurso a la internación. Su función es, al menos, triple. En primer lugar, el establecer, no pocas veces, una
primera barrera al goce del Otro, ahí donde toda otra barrera ha caducado o amenaza desfallecer. En segundo
lugar, el alojar y poner freno a lo que de otro modo seguiría lanzado a la deriva. En tercer lugar, la internación
implica una oportunidad para inscribir como acontecimiento subjetivo lo que inicialmente le viene al sujeto del
Otro, haciendo ruptura en su existencia. Dicho de otro modo, la posibilidad de que algún saber vaya quedando
de su lado, lo que tiene la doble consecuencia de agujerear al Otro y permitirle al sujeto alguna anticipación.
Puede ser necesaria, en la construcción de una salida posible, alguna instancia institucional intermedia entre
“adentro y afuera”. El hospital de día es hoy la que tiene un mayor arraigo.