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2 Bachillerato. Fragmentos de Novela y Teatro Siglo XX

El documento resume la tendencia literaria del tremendismo en la novela española de los años 40, caracterizada por situaciones violentas y lenguaje crudo. Destaca La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela como ejemplo principal, la cual narra la vida miserable y brutal de un asesino confeso desde su perspectiva. Incluye también un fragmento de esta novela que describe de manera detallada el pueblo natal del protagonista.

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2 Bachillerato. Fragmentos de Novela y Teatro Siglo XX

El documento resume la tendencia literaria del tremendismo en la novela española de los años 40, caracterizada por situaciones violentas y lenguaje crudo. Destaca La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela como ejemplo principal, la cual narra la vida miserable y brutal de un asesino confeso desde su perspectiva. Incluye también un fragmento de esta novela que describe de manera detallada el pueblo natal del protagonista.

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ALGUNOS FRAGMENTOS DE NOVELA Y TEATRO PARA COMENTAR

 Tremendismo: tendencia literaria que se desarrolla en la novela


española de los años cuarenta del siglo XX; se caracteriza por las
situaciones violentas, los personajes marginales y un lenguaje
desgarrado y duro.
En tus apuntes…

Relata historias truculentas, en muchos casos de ambiente bélico.


Es el suyo un neorrealismo áspero, de lenguaje bronco,
expresivo, que refleja ambientes miserables. Son historias
violentas y desgarradas, que ofrecen una visión degradante de
la vida y el hombre. Para algunos, el tremendismo es una
versión española del existencialismo. Decae la corriente al final
de la década. Antecedentes son la picaresca, Quevedo, el
Naturalismo decimonónico, el esperpento o las novelas
expresionistas de principios de siglo. La corriente se inició con
autores que exaltaban la victoria bélica: Rafael García Serrano (La
fiel infantería, 1943), pero Camilo José Cela irrumpe en ese
panorama con un drama humano más hondo y no marcado por el
maniqueísmo partidista: La familia de Pascual Duarte, de 1942,
agria visión de realidades míseras y brutales desde la perspectiva
de un asesino confeso.

LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE

FRAGMENTO DEL PRINCIPIO DE LA NOVELA

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros
tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se
complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al
mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las
flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las
chumberas. Aquellos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara
del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las
alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y
colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya. Nací hace ya muchos
años -lo menos cincuenta y cinco- en un pueblo perdido por la provincia de Badajoz; el
pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobre una carretera lisa y larga
como un día sin pan, lisa y larga como los días -de una lisura y una largura como usted para
su bien, no puede ni figurarse- de un condenado a muerte.

Era un pueblo caliente y soleado, bastante rico en olivos y guarros (con perdón), con las
casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas, con una plaza toda de
losas, con una hermosa fuente de tres caños en medio de la plaza. Hacía ya varios años,
cuando del pueblo salí, que no manaba el agua de las bocas y sin embargo, ¡qué airosa!, ¡qué
elegante!, nos parecía a todos la fuente con su remate figurado un niño desnudo, con su
bañera toda rizada al borde como las conchas de los romeros. En la plaza estaba el
ayuntamiento que era grande y cuadrado como un cajón de tabaco, con una torre en medio,
y en la torre un reloj, blanco como una hostia, parado siempre en las nueve como si el pueblo
no necesitase de su servicio, sino sólo de su adorno. En el pueblo, como es natural, había
casas buenas y casas malas, que son, como pasa con todo, las que más abundan; había una de
dos pisos, la de don Jesús, que daba gozo de verla con su recibidor todo lleno de azulejos y
macetas. Don Jesús había sido siempre muy partidario de las plantas, y para mí que tenía
ordenado al ama vigilase los geranios, y los heliotropos, y las palmas, y la yerbabuena, con el
mismo cariño que si fuesen hijos, porque la vieja andaba siempre correteando con un cazo
en la mano, regando los tiestos con un mimo que a no dudar agradecían los tallos, tales eran
su lozanía y su verdor.

La casa de don Jesús estaba también en la plaza y, cosa rara para el capital del dueño que
no reparaba en gastar, se diferenciaba de las demás, además de en todo lo bueno que llevo
dicho, en una cosa en la que todos le ganaban: en la fachada, que aparecía del color natural
de la piedra, que tan ordinario hace, y no enjalbegada como hasta la del más pobre estaba;
sus motivos tendría. Sobre el portal había unas piedras de escudo, de mucho valer, según
dicen, terminadas en unas cabezas de guerreros de la antigüedad, con su cabezal y sus
plumas, que miraban, una para el levante y otra para el poniente, como si quisieran
representar que estaban vigilando lo que de un lado o de otro podríales venir. Detrás de la
plaza, y por la parte de la casa de don Jesús, estaba la parroquial con su campanario de
piedra y su esquilón que sonaba de una manera que no podría contar, pero que se me viene a
la memoria como si estuviese sonando por estas esquinas. La torre del campanario era del
mismo alto que la del reló y en verano, cuando venían las cigüeñas, ya sabían en qué torre
habían estado el verano anterior; la cigüeña cojita, que aún aguantó dos inviernos, era del
nido de la parroquial, de donde hubo de caerse, aún muy tierna, asustada por el gavilán.

Mi casa estaba fuera del pueblo, a unos doscientos pasos largos de las últimas de la piña.
Era estrecha y de un solo piso, como correspondía a mi posición, pero como llegué a tomarle
cariño, temporadas hubo en que hasta me sentía orgulloso de ella. En realidad lo único de la
casa que se podía ver era la cocina, lo primero que se encontraba al entrar, siempre limpia y
blanqueada con primor; cierto es que el suelo era de tierra, pero tan bien pisada la tenía,
con sus guijarrillos haciendo dibujos, que en nada desmerecía de otras muchas en las que el
dueño había echado porlan por sentirse más moderno. El hogar era amplio y despejado y
alrededor de la campana teníamos un vasar con lozas de adorno, con jarras con recuerdos,
pintados en azul, con platos con dibujos azules o naranja; algunos platos tenían una cara
pintada, otros una flor, otros un nombre, otros un pescado. En las paredes teníamos varias
cosas; un calendario muy bonito que representaba una joven abanicándose sobre una barca
y debajo de la cual se leía en letras que parecían de polvillo de plata, «Modesto Rodríguez.
Ultramarinos finos. Mérida (Badajoz)», un retrato del Espartero con el traje
de luces dado de color y tres o cuatro fotografías -unas pequeñas y otras regular- de no sé
quién, porque siempre las vi en el mismo sitio y no se me ocurrió nunca preguntar.

Teníamos también un reló despertador colgado de la pared, que no es por nada, pero
siempre funcionó como Dios manda, y un acerico de peluche colorado, del que estaban
clavados unos bonitos alfileres con sus cabecitas de vidrio de color. El mobiliario de la
cocina era tan escaso como sencillo: tres sillas -una de ellas muy fina, con su respaldo y sus
patas de madera curvada, y su culera de rejilla -y una mesa de pino, con su cajón
correspondiente, que resultaba algo baja para las sillas, pero hacía su avío. En la cocina se
estaba bien: era cómoda y en el verano, como no la encendíamos, se estaba fresco sentado
sobre la piedra del hogar cuando, a la caída de la tarde, abríamos las puertas de par en par;
en el invierno se estaba caliente con las brasas que, a veces, cuidándolas un poco, guardaban
el rescoldo toda la noche. ¡Era gracioso mirar las sombras de nosotros por la pared, cuando
había unas llamitas! Iban y venían, unas veces lentamente, otras a saltitos como jugando.
Me acuerdo que de pequeño, me daba miedo, y aún ahora, de mayor, me corre un
estremecimiento cuando traigo memoria de aquellos miedos.

DIÁLOGO

–Estirao, has matado a mi mujer...


–¡Que era una zorra!
–Que sería lo que fuese, pero tú la has matado. Has deshonrado a mi
hermana...
–¡Bien deshonrada estaba cuando yo la cogí!
–¡Deshonrada estaría, pero tú la has hundido! ¿Quieres callarte ya?
Me has buscado las vueltas hasta que me encontraste; yo no he
querido herirte, yo no quise quebrarte el costillar...
–¡Que sanará algún día, y ese día!
–¿Ese día, qué?
–¡Te pegaré dos tiros igual que a un perro rabioso!
–¡Repara en que te tengo a mi voluntad!
–¡No sabrás tú matarme!
–¿Que no sabré matarte?
–No.
–¿Por qué lo dices? ¡Muy seguro te sientes!
–¡Porque aún no nació el hombre!
Estaba bravo el mozo.
–¿Te quieres marchar ya?
–¡Ya me iré cuando quiera!
–¡Que va a ser ahora mismo!
–¡Devuélveme a la Rosario!
–¡No quiero!
–¡Devuélvemela, que te mato!
–¡Menos matar! ¡Ya vas bien con lo que llevas!
–¿No me la quieres dar?
–¡No!
El Estirao, haciendo un esfuerzo supremo, intentó echarme a un
lado.
Lo sujeté del cuello y lo hundí contra el suelo.
–¡Échate fuera!
–¡No quiero!
Forcejeamos, lo derribé, y con una rodilla en el pecho le hice la
confesión:
–No te mato porque se lo prometí...
–¿A quién?
–A Lola.
–¿Entonces, me quería?
Era demasiada chulería. Pisé un poco más fuerte... La carne del
pecho hacia el mismo ruido que si estuviera en el asador... Empezó
a arrojar sangre por la boca. Cuando me levanté, se le fue la cabeza
–sin fuerza– para un lado...

LEYENDA DE COLORES
Influencia de la novela picaresca: autobiografía fingida (narración en primera persona:
narrador-protagonista), género epistolar.

Determinismo. Situaciones y lenguaje violentos, desgarrados


(influencia del naturalismo decimonónico)

Existencialismo: el hombre es un ser para la muerte

Costumbrismo: a la manera del realismo decimonónico.


Descripciones minuciosas

En tus apuntes…

Camilo José Cela toma de nuevo la delantera con La colmena,


1951, germen de una actitud crítica que luego desarrollarán muchos
novelistas. Prohibida por la censura, se trata de una novela de
protagonista colectivo, cuya unidad proviene del ambiente de miseria
en que viven los personajes. Es ejemplo de relato objetivista, pues el
autor se limita a presentar desde fuera lo que sucede, como si se tratara
de un testigo imparcial; el tiempo queda reducido a tres días, y el
espacio limitado a una zona de Madrid, que simboliza a toda España.

Esta novela social y neorrealista refleja la realidad española y


sirve como instrumento de denuncia de las injusticias sociales.

 El tratamiento formal (técnicas narrativas) se caracteriza


por:
El objetivismo: el narrador se limita a dar cuenta de los hechos,
sin emitir juicios de valor; actúa como una cámara cinematográfica. Es
lo que se llama tratamiento “behaviorista o conductista”. Aun así, hay
una inevitable selección de los hechos, ambientes y personajes, por lo
que la objetividad no puede ser total. En relación con lo anterior,
predomina el diálogo.

Suele haber un protagonista colectivo: no interesa la


caracterización de un personaje en particular (al contrario que en la
novela psicológica o en el realismo decimonónico). Como mucho, habrá
alguno más representativo de un grupo social.

Se da un desarrollo breve de la acción (a menudo, muchas


pequeñas acciones sin importancia, intrascendentes, como un mosaico)
y en reducidos espacios (ciudades como Madrid, Barcelona...; a veces
una habitación). Parece desaparecer la fábula, entendida en sentido
tradicional: no hay un argumento definido. Esa concentración
también es temporal: en muchos casos la acción transcurre en poco
tiempo: unas dieciséis horas en El Jarama; poco más de dos días en La
Colmena; unos días en Tormenta de Verano o en Los Bravos...

Se ha hablado de un lenguaje sencillo, con un estilo poco


elaborado. Esto es sólo cierto a medias: hay obras con pasajes
profundamente líricos. Incluso la tremenda sencillez del uso coloquial
en El Jarama requiere un trabajo cuidadoso. Las frases, eso sí, suelen
ser cortas y el léxico ajustado a la simplicidad de las anécdotas
intrascendentes que suelen recrearse.

Estas novelas pretenden reflejar fielmente la realidad. Con esa


intención utilizan a menudo la técnica cinematográfica y se detienen
más en las conductas de los personajes que en su psicología. El deseo
de transformación social, más que inculcarse se deja entrever de
modo que sea el lector quien extraiga conclusiones (objetivismo).

 Temas:

El mundo de lo cotidiano
La soledad y la incomunicación del individuo dentro de una
sociedad provinciana (enlazando con las inquietudes existenciales, pero
desde una perspectiva global, colectiva)
La visión crítica del pensamiento y la cultura de la época.

LA COLMENA

«Mi novela La colmena (…) no es otra cosa que un pálido reflejo, que una
humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad.
Mienten quienes quieren disfrazar la vida con la máscara loca de la
literatura (…) Esta novela mía no aspira a ser más -ni menos, ciertamente-
que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas
tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida
discurre. Queramos o no queramos».
Camilo José Cela (Nota a la primera edición).

ALGUNOS APUNTES SOBRE LA NOVELA QUE TE PUEDEN SER ÚTILES:

La novela es una colección de pequeños instantes de la vida de varios vecinos de


Madrid durante la postguerra (casi trescientos personajes son los que aparecen, de una
forma más o menos explícita), una exhibición desgarradora de las miserias que
padecían. Aquí, todas las acciones son inacabadas, los planes frustrados y las desdichas
moneda de cada día. Hambre, prostitución, fascismo, infidelidad, asesinato, estafa,
homosexualidad, alcahuetería, chantaje, suicidio, orfandad, infanticidio y pobreza.
Sobre todo pobreza. Pobreza a veces de la inteligencia (pienso en la deleznable y
clasista Doña Rosa insultando a sus clientes) y otras del bolsillo (por ejemplo, Martín
Marco, el intelectual comunista al que echan del café). Pobreza derramada sobre las
calles del Madrid devastado de los años cuarenta; el Madrid del racionamiento y el
mercado negro; el Madrid de la supervivencia y la inmoralidad, donde las mujeres se
han de prostituir, los hombres dejar explotar y los niños conformarse con limosnas. Puro
juego de las apariencias: la mayoría de los vecinos han de fingir. Elvirita ha de fingir
que es una señora muy pura. Marco ha de fingir sus tendencias ideológicas. El señor
Suárez ha de fingir que es un hombre muy ocupado. Don Jaime ha de fingir que no es
un muerto de hambre. Doña Isabel ha de fingir que pertenece al mundo de los vivos.
Don Ramón ha de fingir que no le manda su mujer...

Toda la acción de la novela transcurre a lo largo de tres días de invierno. Los personajes
aparecen y desaparecen simultáneamente a través de los pocos escenarios cotidianos en
los que conviven: cafeterías, hoteles, hogares, panaderías, imprentas y prostíbulos. Hay
que mencionar también que apenas aparecen personajes de clase social elevada y
tampoco aparecen muchos de clases desarraigadas: los protagonistas son la clase media
madrileña. Sus vidas son miserables y degradantes, van y vienen entre charlas
insustanciales (se hace mención al conflicto bélico mundial) mientras luchan por
sobrevivir o se mueren de hambre en un devenir constante hacia ninguna parte, sin
olvidar las pérdidas del pasado y resignados al futuro. No obstante, no carece de varios
momentos de bondad, como puede ser el caso de Don Ramón prestándole un anticipo a
uno de sus trabajadores, o el de Pablo Alonso dejándole dormir en su casa a Martín
Marco. De hecho, al final de la novela podemos comprobar cómo existe cierta
solidaridad: la policía quiere detener a Martín Marco y varios personajes se ofrecen para
advertirle y ayudarle.

Dividida en seis capítulos y un epílogo, lo primero que destaca es en el uso del lenguaje
propio que le concede el autor a cada personaje según su posición social, educación y
las múltiples perspectivas que estos ofrecen. El narrador nos habla de forma sencilla y
lúcida, juzgando a sus personajes a veces con ironía y otras con empatía, pero siempre
de una forma precisa y objetiva (sin embargo, es una novela en la que abunda el diálogo
y que cuenta con momentos de monólogo interior), centrándose en diferentes aspectos
de su físico o su personalidad e incluso remontándose al pasado para narrar su historia, a
menudo con momentos de gran lírica. Un detalle a este respecto que resulta
contradictorio: en unas ocasiones es capaz hasta de penetrar en los sueños de sus
personajes y otras veces señala desconocer detalles concretos que podrían ser fácilmente
conocidos desde la omnisciencia que nos ofrece.

También tuvo la novela (he señalado al comienzo lo irónico que resulta, pues
conocemos el historia de Cela con la censura) serios problemas para su publicación. En
España no consiguió publicarla hasta 1955, a pesar de haber entregado en 1946 una
versión retocada. Fue en Argentina donde la novela se publicó por primera vez en 1951.
Al parecer, el peronismo de la época permitió la publicación de una edición muy similar
a la actual. Los motivos de la prohibición resultan obvios, dado que La colmena es un
libro ciertamente provocador. Sobre todo teniendo en cuenta lo cercana que estaba en el
tiempo la época señalada.

LA CENSURA DE “LA COLMENA”


Echa un vistazo a este enlace:
http://www.abc.es/cultura/libros/20140207/abci-cela-censura-erotico-colmena-
201402071145.html

FRAGMENTO 1. DESCRIPCIÓN DE DOÑA ROSA

 NARRADOR OBJETIVO, PROCEDIMIENTO DE CÁMARA


 ¿NARRADOR OBJETIVO? EL OBJETIVISMO SE DILUYE, EL NARRADOR SE MUESTRA OMNISCIENTE
Y TAMBIÉN INTERVIENE, OPINA

 COSIFICACIÓN Y ANIMALIZACIÓN EN LA DESCRIPCIÓN ESPERPÉNTICA, EXPRESIONISTA DEL


PERSONAJE

 ASPECTOS DESAGRADABLES DE LA CONDICIÓN HUMANA: LA OBJETIVIDAD NO EXISTE EN LA


SELECCIÓN DE PERSONAJES Y AMBIENTES

"Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, tropezando a los clientes
con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia "leñe" y "nos ha
merengao". Para doña Rosa, el mundo es un Café, y alrededor de su Café,
todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando
viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo
creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un
buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella.
A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por
entre las mesas... Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está
siempre mudando la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae
y se saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después
vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a
los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos
de basura. "
 COSTUMBRISMO
 PREDOMINIO DEL DIÁLOGO

 IRONÍA, MORDACIDAD: LOS PERSONAJES SE CARACTERIZAN POR SU FORMA DE


PENSAR, SUS COMENTARIOS ABSURDOS. ENTRAÑA UNA CRÍTICA SOCIAL QUE NO SE
HACE EXPLÍCITA.

FRAGMENTO 2

Don Roque se queda preocupado.


—A mí que no me digan; esto no es serio.
Doña Visi se siente un poco en la obligación de disculparse ante su
amiga.
—¿No tiene usted frío, Montserrat? ¡Esta casa está algunos días
heladora!
—No, por Dios, Visitación; aquí se está muy bien. Tienen ustedes una
casa muy grata, con mucho confort, como dicen los ingleses.
—Gracias, Montserrat. Usted siempre tan amable.
Doña Visi sonrió y empezó a buscar su nombre en la lista. Doña
Montserrat, alta, hombruna, huesuda, desgarbada, bigotuda, algo
premiosa en el hablar y miope, se caló los impertinentes.
Efectivamente, como aseguraba doña Visi, en la última página de "El
querubín misionero", aparecía su nombre y el de sus tres hijas.
"Doña Visitación Leclerc de Moisés, por bautizar dos chinitos con los
nombres de Ignacio y Francisco Javier, 10 pesetas. La señorita Julita
Moisés Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de Ventura, 5
pesetas. La señorita Visitación Moisés Leclerc, por bautizar un chinito
con el nombre de Manuel, 5 pesetas. La señorita Esperanza Moisés
Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de Agustín, 5 pesetas.

—¿Eh? ¿Qué te parece?


Doña Montserrat asiente, obsequiosa.
—Pues que muy bien me parece a mí todo esto, pero que muy bien.
¡Hay que hacer tanta labor! Asusta pensar los millones de infieles que
hay todavía que convertir. Los países de los infieles, deben estar
llenos como hormigueros.
—¡Ya lo creo! ¡Con lo monos que son los chinitos chiquitines! Si
nosotras no nos privásemos de alguna cosilla, se iban todos al limbo
de cabeza. A pesar de nuestros pobres esfuerzos, el limbo tiene que
estar abarrotado de chinos, ¿no cree usted?
-¡Ya, ya!
—Da grima sólo pensarlo. ¡Mire usted que es maldición la que pesa
sobre los chinos! Todos paseando por allí, encerrados sin saber qué
hacer...
—¡Es espantoso!
—¿Y los pequeñitos, mujer, los que no saben andar, que estarán
siempre parados como gusanines en el mismo sitio?
—Verdaderamente.
—Muchas gracias tenemos que dar a Dios por haber nacido
españolas. Si hubiéramos nacido en China, a lo mejor nuestros hijos
se iban al limbo sin remisión. ¡Tener hijos para eso! ¡Con lo que una
sufre para tenerlos y con la guerra que dan de chicos!
Doña Visi suspira con ternura.
—¡Pobres hijas, qué ajenas están al peligro que corrieron! Menos mal
que nacieron en España, ¡pero mire usted que si llegan a nacer en
China! Igual les pudo pasar, ¿verdad, usted?

FRAGMENTO 3

 NUMEROSOS PERSONAJES: UN BLOQUE DE VECINOS


 REFERENCIAS SUTILES A LA SITUACIÓN POLÍTICA
 OBJETIVISMO

Los vecinos de la difunta doña Margot están reunidos en casa de don


Ibrahim. Sólo faltan don Leoncio Maestre, que está preso por orden
del juez; el vecino del entresuelo D, don Antonio Jareño, empleado de
"Wagons-Lits", que está de viaje; el del 2° B, don Ignacio Galdácano,
que el pobre está loco, y el hijo de la finada, don Julián Suárez, que
nadie sabe dónde pueda estar. En el principal A hay una academia
donde no vive nadie. De los demás no falta ni uno solo; están todos
muy impresionados con lo ocurrido, y atendieron en el acto el
requerimiento de don Ibrahim para tener un cambio de impresiones.
En la casa de don Ibrahim, que no era grande, casi no cabían los
convocados, y la mayor parte se tuvo que quedar de pie, apoyados
en la pared y en los muebles, como en los velatorios.

FRAGMENTO 4

Algún hombre ya metido en años cuenta a gritos la broma que le


gastó, va ya para el medio siglo, a Madame Pimentón.

—La muy imbécil se creía que me la iba a dar. Sí, sí... ¡Estaba lista!
La invité a unos blancos y al salir se rompió la cara contra la puerta.
¡Ja, ja! Echaba sangre como un becerro. Decía: "Oh, la, la; oh, la, la",
y se marchó escupiendo las tripas. ¡Pobre desgraciada, andaba
siempre bebida! ¡Bien mirado, hasta daba risa!

Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia.
Son las caras de las gentes que sonreían en paz, con beatitud, en
esos instantes en que, casi sin darse cuenta, llegan a no pensar en
nada. La gente es cobista por estupidez y, a veces, sonríen aunque
en el fondo de su alma sientan una repugnancia inmensa, una
repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se puede llegar
hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen
que se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien.

—A todos estos mangantes hay que tratarlos así; las personas


decentes no podemos dejar que se nos suban a las barbas. ¡Ya lo
decía mi padre! ¿Quieres uvas? Pues entra por uvas. ¡Ja, ja! ¡La muy
zorrupia no volvió a arrimar por allí!

Corre por entre las mesas un gato gordo, reluciente; un gato lleno de
salud y de bienestar; un gato orondo y presuntuoso. Se mete entre
las piernas de una señora, y la señora se sobresalta.

—¡Gato del diablo! ¡Largo de aquí!


El hombre de la historia le sonríe con dulzura.
—Pero, señora, ¡pobre gato! ¡Qué mal le hacía a usted?

FRAGMENTO 5

“Victorita, a la hora de la cena, riñó con la madre.


-¿Cuándo dejas a ese tísico? ¡Anda, que lo que vas a sacar tú de ahí!
-Yo saco lo que me da la gana.
-Sí, microbios y que un día te hinche el vientre.
-Yo ya sé lo que me hago, lo que me pase es cosa mía.
-¿Tú? ¡Tú qué vas a saber! Tú no eres más que una mocosa que no sabe de la misa la
media.
-Yo sé lo que necesito.
-Sí, pero no lo olvides; si te deja en estado, aquí no pisas.
Victorita se puso blanca.
-¿Eso es lo que te dijo la abuela? La madre se levantó y le pegó dos tortas con toda su
alma.
Victorita ni se movió.
-¡Golfa! ¡Mal educada! ¡Que eres una golfa! ¡Así no se le habla a una madre!
Victorita se secó con el pañuelo un poco de sangre que tenía en los dientes.
-Ni a una hija tampoco. Si mi novio está malo, bastante desgracia tiene para que tú
estés todo el día llamándole tísico.
Victorita se levantó de golpe y salió de la cocina. El padre había estado callado todo el
tiempo.
-¡Déjala que se vaya a la cama! ¡Tampoco hay derecho a hablarla así! ¿Que quiere a
ese chico? Bueno, pues déjala que lo quiera, cuanto más le digas va a ser peor.
Además, ¡para lo que va a durar el pobre!
Desde la cocina se oía un poco el llanto entrecortado de la chica, que se había
tumbado encima de la cama.
-¡Niña, apaga la luz! Para dormir no hace falta luz. Victorita buscó a tientas la pera de
la luz y la apagó.”
FRAGMENTO 6

Estaba enfermo y sin un real, pero se suicidó porque olía a cebolla.


–Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.
–Cá llate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra la ventana?
–No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las
manos me huelen a cebolla.
La mujer era la imagen de la paciencia.
–¿Quieres lavarte las manos?
–No, no quiero, el corazó n también me huele a cebolla.
–Tranquilízate.
–No puedo, huele a cebolla.
–Anda, procura dormir un poco.
–No podría, todo me huele a cebolla.
–¿Quieres un vaso de leche?
–No quiero un vaso de leche. Quisiera morirme, nada má s que morirme, morirme
muy de prisa, cada vez huele má s a cebolla.
–No digas tonterías.
–¡Digo lo que se me da la gana! ¡Huele a cebolla!
El hombre se echó a llorar.
–¡Huele a cebolla!
–Bueno, hombre, bueno, huele a cebolla.
–¡Claro que huele a cebolla! ¡Una peste!
La mujer abrió la ventana. El hombre, con los ojos llenos de lá grimas, empezó a
gritar.
–¡Cierra la ventana! ¡No quiero que se vaya el olor a cebolla!
–Como quieras.
La mujer cerró la ventana.
–Quiero agua en una taza; en un vaso, no.
La mujer fue a la cocina, a prepararle una taza de agua a su marido.
La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berrido infernal, como si a un
hombre le hubieran roto los dos pulmones de repente.
El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó . En vez sintió un
dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja
muy larga.
–¡Ay!
El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó , la cama estaba
vacía.
Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.

 A menudo se piensa que el estilo de Cela siempre es bronco, violento, incluso prosaico
adrede. Aquí tenéis un ejemplo –como también encontraréis en La colmena- de un
estilo cuidado, lírico, aunque no por ello menos duro. Observad el marcado carácter
existencial del fragmento.
"Cuando miro para el cielo, de noche, y no encuentro la luna hermosa de hace
algunos meses, una angustia sin límites se apodera de todo mi ser.
Las nubes, pesadas, bajas, grises, como moribundos caballos de batalla, han
ocultado tras su espesor a la alta luna nueva, que parece un suspiro, a la lejana
luna llena que sonríe, a la meditativa y ensimismada luna en cuarto menguante,
que se agarra con desesperación a los tenues quejidos que pasan a su alrededor,
para no caer al otro lado del horizonte.
La luna, helada, arropada por ese aire sucio de las nubes... El silencio es el
mismo y el aburrimiento... ¡Ah, el aburrimiento es espantoso!"
Pabellón de reposo, 1943

EL TEATRO DE POSGUERRA: ANTONIO BUERO VALLEJO

Buero irrumpe en la escena teatral española cuando el público estaba


acostumbrado a un teatro de humor y parecía poco propenso a dramas
de índole existencial o social que despertasen las conciencias. Y en eso,
precisamente, consiste la propuesta de Buero Vallejo. Un teatro
comprometido que abre el camino dramático a la búsqueda de la
verdad, que propone el enfrentamiento dialéctico, que huye del
maniqueísmo y aspira a involucrar al espectador, no a entretenerlo.

A Buero le dejan su huella dramaturgos como Ibsen (realismo


simbólico), Pirandello, García Lorca, Valle… Incluso Sófocles. Y, por
supuesto, un novelista, Cervantes (el tema de la locura, la descabellada
idea de enfrentarse a un mundo hostil).

Los PERSONAJES de Buero Vallejo presentan las siguientes


características:

1. Presentan alguna tara física o psíquica, para poder criticar el mundo y la


sociedad a través de ellas.
2. No se reducen a simples esquemas o símbolos.
3. Son caracteres complejos que experimentan un proceso de
transformación a lo largo de la obra.

La crítica ha distinguido entre personajes activos y contemplativos.

 Los activos carecen de escrúpulos y actúan movidos por el egoísmo


o por sus bajos instintos, y, llegado el caso, no dudan en ser crueles o
violentos si con ello consiguen sus objetivos. No son personajes
malos; la distinción maniquea entre buenos y malos no tiene cabida
en el teatro de Buero.
 Los contemplativos se sienten angustiados. El mundo en que viven
es demasiado pequeño. Se mueven en un universo cerrado a la
esperanza. A pesar de ser conscientes de sus limitaciones, sueñan un
imposible, están irremediablemente abocados al fracaso. Nunca ven
materializados sus deseos.

HISTORIA DE UNA ESCALERA


Historia de una escalera es la primera obra de Antonio Buero Vallejo,
estrenada en 1949 en plena dictadura franquista. La obra inaugura en la
escena española una tendencia de teatro realista y social que se mantuvo
durante varias décadas de la segunda mitad del siglo XX. Pese a constituir
un reflejo de las vidas cotidianas, rutinarias e infelices de un colectivo, el
carácter existencial de la mirada de Buero es indudable.
En los siguientes fragmentos se pueden apreciar:
 La modesta vida de unos personajes sin recursos y sin futuro
 La incomunicación y la soledad como factores que propician la
angustia
 La solidaridad, la amistad y el amor como factores que permiten
afrontar la vida con menos dolor
 Los personajes activos (Urbano) frente a los contemplativos (al
principio, Fernando)
 El enfrentamiento entre dos posturas: el egoísmo y la preocupación
por los demás.

FRAGMENTO 1

Un tramo de escalera con dos rellanos, en una casa modesta de vecindad. Los escalones
de bajada hacia los pisos inferiores se encuentran en el primer término izquierdo. La
barandilla que los bordea es muy pobre, con el pasamanos de hierro, y tuerce para correr
a lo largo de la escena limitando el primer rellano. Cerca del lateral derecho arranca un
tramo completo de unos diez escalones. La barandilla lo separa a su izquierda del hueco
de la escalera y a su derecha hay una pared que rompe en ángulo junto al primer
peldaño, formando en el primer término derecho un entrante con una sucia ventana
lateral. Al final del tramo la barandilla vuelve de nuevo y termina en el lateral izquierdo,
limitando el segundo rellano. En el borde de éste, una polvorienta bombilla enrejada
pende hacia el hueco de la escalera. En el segundo rellano hay dos puertas: dos laterales
y dos centrales. Las distinguiremos, de derecha a izquierda, con los números I, II, III y
IV.
(...)
DOÑA ASUNCIÓN.- ¿Te he dicho que el padre de Elvira nos ha pagado el recibo de
la luz?
FERNANDO.- (Volviéndose hacia su madre.) ¡Sí! ¡Ya me lo has dicho! (Yendo hacia
ella.) ¡Déjame en paz!
DOÑA ASUNCIÓN.- ¡Hijo!
FERNANDO.- ¡Qué inoportunidad! ¡Pareces disfrutar recordándome nuestra pobreza!
DOÑA ASUNCIÓN.- ¡Pero, hijo!
FERNANDO.- (Empujándola y cerrando de golpe.) ¡Anda, anda para adentro!

Con un suspiro de disgusto, vuelve a recostarse en el pasamanos. Pausa. URBANO


llega al primer rellano. Viste traje azul mahón. Es un muchacho fuerte y moreno, de
fisonomía ruda, pero expresiva: un proletario. FERNANDO lo mira avanzar en
silencio. URBANO comienza a subir la escalera y se detiene al verle.

URBANO.- ¡Hola! ¿Qué haces ahí?


FERNANDO.-Hola, Urbano. Nada.
URBANO.-Tienes cara de enfado.
FERNANDO.-No es nada.
URBANO.-Baja al «casinillo». (Señalando el hueco de la ventana.) Te invito a un
cigarro. (Pausa.) ¡Baja, hombre! (FERNANDO empieza a bajar sin prisa.) Algo te pasa.
(Sacando la petaca.) ¿No se puede saber?
FERNANDO.- (Que ha llegado.) Nada, lo de siempre... (Se recuestan en la pared del
«casinillo». Mientras hacen los pitillos.) ¡Que estoy harto de todo esto!
URBANO.- (Riendo.) Eso es ya muy viejo. Creí que te ocurría algo.
FERNANDO.-Puedes reírte. Pero te aseguro que no sé cómo aguanto. (Breve pausa.)
En fin, ¡para qué hablar! ¿Qué hay por tu fábrica?
URBANO.- ¡Muchas cosas! Desde la última huelga de metalúrgicos la gente se sindica
a toda prisa. A ver cuándo nos imitáis los dependientes.
FERNANDO.-No me interesan esas cosas.
URBANO.-Porque eres tonto. No sé de qué te sirve tanta lectura.
FERNANDO.- ¿Me quieres decir lo que sacáis en limpio de esos líos?
URBANO.-Fernando, eres un desgraciado. Y lo peor es que no lo sabes. Los pobres
diablos como nosotros nunca lograremos mejorar de vida sin la ayuda mutua. Y eso es
el sindicato. ¡Solidaridad! Ésa es nuestra palabra. Y sería la tuya si te dieses cuenta de
que no eres más que un triste hortera. ¡Pero como te crees un marqués!
FERNANDO.-No me creo nada. Sólo quiero subir. ¿Comprendes? ¡Subir! Y dejar toda
esta sordidez en que vivimos.
URBANO.-Y a los demás que los parta un rayo.
FERNANDO.- ¿Qué tengo yo que ver con los demás? Nadie hace nada por nadie. Y
vosotros os metéis en el sindicato porque no tenéis arranque para subir solos. Pero ése
no es camino para mí. Yo sé que puedo subir y subiré solo.
URBANO.- ¿Se puede uno reír?
FERNANDO.-Haz lo que te dé la gana.
URBANO.- (Sonriendo.) Escucha, papanatas. Para subir solo, como dices, tendrías que
trabajar todos los días diez horas en la papelería; no podrías faltar nunca, como has
hecho hoy...
FERNANDO.- ¿Cómo lo sabes?
URBANO.- ¡Porque lo dice tu cara, simple! Y déjame continuar. No podrías tumbarte a
hacer versitos ni a pensar en las musarañas; buscarías trabajos particulares para
redondear el presupuesto y te acostarías a las tres de la mañana contento de ahorrar
sueño y dinero. Porque tendrías que ahorrar, ahorrar como una urraca; quitándolo de la
comida, del vestido, del tabaco... Y cuando llevases un montón de años haciendo eso, y
ensayando negocios y buscando caminos, acabarías por verte solicitando cualquier
miserable empleo para no morirte de hambre... No tienes tú madera para esa vida.
FERNANDO.-Ya lo veremos. Desde mañana mismo...
URBANO.- (Riendo.) Siempre es desde mañana. ¿Por qué no lo has hecho desde ayer,
o desde hace un mes? (Breve pausa.) Porque no puedes. Porque eres un soñador. ¡Y un
gandul! (FERNANDO le mira lívido, conteniéndose, y hace un movimiento para
marcharse.) ¡Espera, hombre! No te enfades. Todo esto te lo digo como un amigo.

Pausa.

FERNANDO.- (Más calmado y levemente despreciativo.) ¿Sabes lo que te digo? Que


el tiempo lo dirá todo. Y que te emplazo. (URBANO le mira.) Sí, te emplazo para dentro
de... diez años, por ejemplo. Veremos, para entonces, quién ha llegado más lejos; si tú
con tu sindicato o yo con mis proyectos.
URBANO.-Ya sé que yo no llegaré muy lejos; y tampoco tú llegarás. Si yo llego,
llegaremos todos. Pero lo más fácil es que dentro de diez años sigamos subiendo esta
escalera y fumando en este «casinillo».
FERNANDO.-Yo, no. (Pausa.) Aunque quizá no sean muchos diez años...

Pausa.

URBANO.- (Riendo.) ¡Vamos! Parece que no estás muy seguro.


FERNANDO.-No es eso, Urbano. ¡Es que le tengo miedo al tiempo! Es lo que más me
hace sufrir. Ver cómo pasan los días, y los años..., sin que nada cambie. Ayer mismo
éramos tú y yo dos críos que veníamos a fumar aquí, a escondidas, los primeros
pitillos... ¡Y hace ya diez años! Hemos crecido sin darnos cuenta, subiendo y bajando la
escalera, rodeados siempre de los padres, que no nos entienden; de vecinos que
murmuran de nosotros y de quienes murmuramos... Buscando mil recursos y soportando
humillaciones para poder pagar la casa, la luz... y las patatas. (Pausa.) Y mañana, o
dentro de diez años que pueden pasar como un día, como han pasado estos últimos...,
¡sería terrible seguir así! Subiendo y bajando la escalera, una escalera que no conduce a
ningún sitio; haciendo trampas en el contador, aborreciendo el trabajo..., perdiendo día
tras día... (Pausa.) Por eso es preciso cortar por lo sano.
URBANO.- ¿Y qué vas a hacer?
FERNANDO.-No lo sé. Pero ya haré algo.
URBANO.- ¿Y quieres hacerlo solo?
FERNANDO.-Solo.
URBANO.- ¿Completamente?

Pausa.

FERNANDO.-Claro.
URBANO.-Pues te voy a dar un consejo. Aunque no lo creas, siempre necesitamos de
los demás. No podrás luchar solo sin cansarte.
FERNANDO.- ¿Me vas a volver a hablar del sindicato?
URBANO.-No. Quiero decirte que, si verdaderamente vas a luchar, para evitar el
desaliento necesitarás...

Se detiene.

FERNANDO.- ¿Qué?
URBANO.-Una mujer.
FRAGMENTO 2

FERNANDO.- No. Te lo suplico. No te marches. Es preciso que me oigas... y que me


creas. Ven.
(La lleva al primer peldaño.)
Como entonces.
(Con un ligero forcejeo la obliga a sentarse contra la pared y se sienta a su lado. Le
quita la lechera y la deja junto a él. Le coge una mano.)
CARMINA.- ¡Si nos ven!
FERNANDO.- ¡Qué nos importa! Carmina, por favor, créeme. No puedo vivir sin ti.
Estoy desesperado. Me ahoga la ordinariez que nos rodea. Necesito que me quieras y
que me consueles. Si no me ayudas no podré salir adelante.
CARMINA.- ¿Por qué no se lo pides a Elvira?
(Pausa. Él la mira, excitado, alegre.)
FERNANDO.- ¡Me quieres! ¡Lo sabía! ¡Tenías que quererme!
(Le levanta la cabeza. Ella sonríe involuntariamente.)
¡Carmina, mi Carmina!
(Va a besarla, pero ella le detiene.)
CARMINA.- ¿Y Elvira?
FERNANDO.- ¡La detesto! Quiere cazarme con su dinero. ¡No la puedo ver!
CARMINA.- (Con una risita.) ¡Yo tampoco!
(Ríen felices.)
FERNANDO.- Ahora tendría que preguntarte yo: ¿Y Urbano?
CARMINA.- ¡Es un buen chico! ¡Estoy loca por él! (Fernando se enfurruña.) ¡Tonto!
FERNANDO.- (Abrazándola por el talle.) Carmina, desde mañana voy a trabajar de
firme por ti. Quiero salir de esta pobreza, de este sucio ambiente. Salir y sacarte a ti.
Dejar para siempre los chismorreos, las broncas entre vecinos... Acabar con la angustia
del dinero escaso, de los favores que abochornan como una bofetada, de los padres que
nos abruman con su torpeza y su cariño servil, irracional...
CARMINA.- (Reprensiva.) ¡Fernando!
FERNANDO.- Sí. Acabar con todo esto. ¡Ayúdame tú! Escucha: voy a estudiar mucho,
¿sabes? Mucho. Primero me haré delineante. ¡Eso es fácil! En un año... Como para
entonces ya ganaré bastante, estudiaré para aparejador. Tres años. Dentro de cuatro años
seré un aparejador solicitado por todos los arquitectos. Ganaré mucho dinero. Por
entonces tú serás ya mi mujercita, y viviremos en otro barrio, en un pisito limpio y
tranquilo. Yo seguiré estudiando. ¿Quién sabe? Puede que entonces me haga ingeniero.
Y como una cosa no es incompatible con la otra, publicaré un libro de poesías, un libro
que tendrá mucho éxito...
CARMINA.- (Que le ha escuchado extasiada.) ¡Qué felices seremos!
FERNANDO.- ¡Carmina! (Se inclina para besarla y da un golpe con el pie a la lechera,
que se derrama estrepitosamente. Temblorosos, se levantan los dos y miran,
asombrados, la gran mancha en el suelo.)

Antonio Buero Vallejo, Historia de una escalera

EN LA ARDIENTE OSCURIDAD, 1950


La obra se centra en el infortunado Ignacio, ciego de nacimiento, que se ve compelido a
ingresar en una institución de ciegos, regentada por Don Pablo. Allí se encuentra con un
grupo de ciegos, aparentemente felices, a los que, sin embargo, contagia su sensación de
desgracia por la pérdida del más maravilloso de los sentidos. A pesar de los intentos de
Carlos, receloso de la amistad entre el recién llegado y su novia Juana, Ignacio no
consigue salir de su depresión. Un aciago día, Ignacio sufre una caída aparentemente
accidental en los columpios del patio, que acaba con su vida y eventualmente, con la
tristeza que contagia al resto de sus compañeros de piso o casa.

En la ardiente oscuridad representa el crudo enfrentamiento con una realidad que no


puede escamotearse ni disfrazarse. A través de la tara física de la ceguera, Buero
simboliza las limitaciones humanas. Así, es símbolo de la imperfección, de la carencia
de libertad para comprender el misterio de nuestro ser y de nuestro destino en el mundo.
El hombre no es libre porque no puede conocer el misterio que le rodea.

Buero propone siempre abrir los ojos, ver, mirar de frente, asumir el reto de luchar.

ACTO PRIMERO

Fumadero en un moderno centro de enseñanza: lugar semiabierto de tertulia para el


buen tiempo. A la izquierda del foro, portada que da a la terraza. Al fondo se divisa la
barandilla de ésta, bajo la cual se supone el campo de deportes. Las ramas de los
copudos árboles que en él hay se abren tras la barandilla, cuajadas de frondoso follaje,
que da al ambiente una gozosa claridad submarina. Sobre una liviana construcción de
cemento, enormes cristaleras, tras las que se divisa la terraza, separan a ésta de la
escena, dejando el hueco de la portada. En el primer término izquierdo hay un
veladorcito y varios sillones y sillas. En el centro, cerca del foro, un sofá y dos sillones
alrededor de otro veladorcito. Junto al lateral derecho, otro velador aislado con un
sillón. Ceniceros en los tres veladores. Las cristaleras doblan y continúan fuera de
escena a la mitad del lateral izquierdo, formando la entrada de una galería. En el lateral
derecho, una puerta. Cómoda y plácidamente sentados, fumando algunos de ellos,
vemos allí a ocho jóvenes estudiantes pulcramente vestidos. No obstante su aire risueño
y atento, hay algo en su aspecto que nos extraña, y una observación más detenida nos
permite comprender que todos son ciegos. Algunos llevan gafas negras, para velar, sin
duda, un espectáculo demasiado desagradable a los demás; o, tal vez, por simple
coquetería. Son ciegos jóvenes y felices, al parecer; tan seguros de sí mismos que,
cuando se levantan, caminan con facilidad y se localizan admirablemente, apenas sin
vacilaciones o tanteos. La ilusión de normalidad es, con frecuencia, completa, y el
espectador acabaría por olvidar la desgracia física que los aqueja si no fuese por un
detalle irreductible que a veces se la hace recordar; esta gente nunca se enfrenta con la
cara de su interlocutor.

CARLOS y JUANA ocupan los sillones de la izquierda. Él es un muchacho fuerte y


sanguíneo, de agradable y enérgica expresión. Atildado indumento en color claro, cuello
duro. Ella es linda y dulce. ELISA ocupa el sillón de la derecha, es una muchacha de
físico vulgar de espíritu abierto, simple y claro. En el sofá están los estudiantes
ANDRÉS, PEDRO Y ALBERTO, y en los sillones contiguos, las estudiantes LOLITA
y ESPERANZA.)
ELISA.- (Impaciente.) ¿Qué hora es, muchachos? (Casi todos ríen, expansivos, como si
hubiesen estado esperando la pregunta.) No sé por qué os reís. ¿Es que no se puede
preguntar la hora? (Las risas arrecian.) Está bien. Me callo.
ANDRÉS.- Hace rato que dieron las diez y media.
PEDRO.- Y la apertura del curso es a las once.
ELISA.- Yo os preguntaba si había dado ya los tres cuartos
LOLITA.- Hace rato que nos lo has preguntado por tercera vez.

EL TRAGALUZ, 1967

La obra se centra en las relaciones entre dos hermanos, Vicente y Mario, separados tras la
Guerra civil y que pasados los años, sitúan al primero en una buena posición social y al
segundo viviendo en una situación mísera, con el padre enajenado y la madre infeliz. El interés
de ambos hermanos por Encarna (la secretaria que mantiene una relación con Vicente, aunque
su amor sea para Mario) encrespará todavía más la trama.
Estrenada en 1967, con pocos problemas de censura, aunque reciba duras críticas por
parte de la prensa adicta al régimen franquista (era la primera vez que se presentaba una
reflexión crítica desde el lado de los vencidos), es una de las obras teatrales de Buero Vallejo
más representativas de su concepción dramática, tanto desde un punto de vista temático
como escénico. Pertenecería a una segunda etapa de su producción, por la insistencia en lo
social y, a la vez, la presencia de elementos no realistas o con valor simbólico.
Plantea una doble problemática: de un lado, es un proceso a la realidad de la
posguerra; de otro, una reflexión sobre el sentido de la existencia desde una perspectiva
moral. El carácter trágico de ambas circunstancias está resuelto de un modo esperanzado,
como es propio de la concepción trágica de Buero Vallejo: el desenlace trágico queda
atenuado por la reflexión moral. El destino se ha cumplido, pero mostrando la etiología de los
errores: el carácter de los personajes, la presión de la situación social... Es posible, por tanto,
un futuro mejor si se cumple un objetivo destacado como imprescindible: la comprensión y
solidaridad con el prójimo.
Si quieres saber más, pincha AQUÍ.

ARGUMENTO MÁS DETALLADO

Dos prestigiosos científicos de mediados del S-XXX, investigan el S-XX con su nueva
tecnología. Es el llamado “experimento”, que permite presentar los hechos desde fuera.

Así encuentran una familia en tiempos de la posguerra que huyó de un pueblo a la


ciudad tras la guerra. Para ello, intentaron montarse en un tren, pero solo lo consiguió el
hijo mayor, llevándose consigo todo el alimento, consiguiendo así indirectamente que
su hermanita pequeña muriera. El padre queda de por vida en ese momento y se vuelve
loco, ya que el mayor (Vicente), pudo haber bajado con los alimentos pero prefirió
quedarse en el tren para asegurar su propia supervivencia.

Ahora viven en un semisótano todos menos Vicente, que es el que mantiene


económicamente a todos porque es el único que trabaja. El padre se dedica solo a
recortar a personas de las postales creyendo conocer a todos debido a su locura. La
madre es una mujer complaciente que se engaña constantemente a sí misma negando
que lo que hizo su hijo fue adrede. Y el hijo pequeño es un inconformista que no quiere
participar en el mundo laboral ya que tendría que “pisotear” a los demás para no ser
pisoteado. Con Vicente trabaja una mujer de la que se aprovecha, ya que, si la
despidiera, posiblemente tendría que recurrir a la prostitución. Ella está embarazada de
Vicente aunque él no lo sabe, y a su vez, tiene un romance con el hijo pequeño.
Aunque Vicente lo sabe, no imagina que es con su hermano. Por otra parte, el pequeño
le echa en cara a Vicente que se subiera al tren de los activos, ya que se convirtió en
alguien al que solo le importa el dinero y ganarlo sin tener en cuenta a quién se lleva por
delante.

Con el tiempo, se desvela el asunto de la chica y el hermano pequeño, y Vicente la


despide, aunque se arrepiente y la readmite demostrando que tiene corazón. Finalmente,
se destapa el embarazo de la chica, que se casará con el hermano menor, que es al que
de verdad quiere, y Vicente, atormentado por su comportamiento del pasado con la
familia, pide a su padre que lo castigue y lo perdone, para dejar de atormentarse, pero el
padre, que quedó trastornado en ese momento del pasado, al recordarlo todo, sufre un
arrebato de ira, coge las tijeras y lo mata, creyendo que así evitará la muerte de la
pequeña y todo el sufrimiento de la familia. Al final, la chica y el hermano pequeño se
casan, el pequeño aceptará al bebe, y ella conservará su trabajo.

FRAGMENTO DEL COMIENZO: EL EXPERIMENTO

ELLA: Sabéis todos que los detectores lograron hace tiempo captar
pensamientos que, al visualizarse intensamente, pudieron ser recogidos como
imágenes. La presente experiencia parece ser uno de esos casos; pero algunas de
las escenas que habéis visto pudieron suceder realmente, aunque Encarna y
Vicente las imaginasen al mismo tiempo en su oficina. Recordad que algunas de
ellas continúan desarrollándose cuando los que parecían imaginarlas dejaron de
pensar en ellas.

ÉL: ¿Dejaron de pensar en ellas? Lo ignoramos. Nunca podremos establecer, ni


ellos podrían, hasta dónde alcanzó su más honda actividad mental.
ELLA: ¿Las pensaron con tanta energía que nos parecen reales sin serlo?
ÉL: ¿Las percibieron cuando se desarrollaban, creyendo imaginarlas?
ELLA: ¿Dónde está la barrera entre las cosas y la mente?
ÉL: Estáis presenciando una experiencia de realidad total: sucesos y
pensamientos en mezcla inseparable.
ELLA: Sucesos y pensamientos extinguidos hace siglos.
ÉL: No del todo, puesto que los hemos descubierto. (Por Encarna.) Mirad a ese
fantasma. ¡Cuán vivo nos parece!
ELLA: (Con el dedo en los labios.) ¡Chist! Ya se proyecta la otra imagen. (Mario
aparece tras ellos por la derecha y avanza unos pasos mirando a Encarna.)
¿No parece realmente viva?
(La pareja sale. La luz del primer término crece. Encarna levanta la vista y
sonríe a Mario. Mario llega a su lado y se dan la mano. Sin desenlazarlas, se
sienta él al lado de Ella.)

ENCARNA: (Con dulzura.) Has tardado...


MARIO: Mi hermano estuvo en casa.
ENCARNA: Lo sé. (Ella retira suavemente su mano. Él sonríe, turbado.)
MARIO: Perdona.
ENCARNA: ¿Por qué hemos tardado tanto en conocernos? Las pocas veces que
ibas por la Editora no mirabas a nadie y te marchabas en seguida... Apenas
sabemos nada el uno del otro.
MARIO: (Venciendo la resistencia de ella, vuelve a tomarle la mano.) Pero
hemos quedado en contárnoslo.
ENCARNA: Nunca se cuenta todo.

Antonio Buero Vallejo: El tragaluz (1967), parte primera.

VICENTE. No es locura, es vejez. [Una cosa muy corriente:] arteriosclerosis.


Ahora estará más sujeto en casa: les regalé la televisión el mes pasado. (Ríe.)
[Habrá que oír las cosas que dirá el viejo.] (Tira una postal sobre la mesa.) Esta
postal no le gustará. No se ve gente.
(Se abstrae. Se oye el ruido de un tren remoto, que arranca, pita y gana
rápidamente velocidad. Su fragor crece y suena con fuerza durante unos
segundos. Cuando se amortigua, el padre habla en el cuarto de estar. Poco
después se extingue el ruido en una ilusoria lejanía.)
EL PADRE. (Exhibe un monigote que acaba de recortar.) Éste también puede
subir.
(Mario interrumpe su trabajo y lo mira.)
MARIO. ¿A dónde?
EL PADRE. Al tren.
MARIO. ¿A qué tren?
EL PADRE. (Señala al frente.) A ése.
MARIO. Eso es un tragaluz.
EL PADRE. Tú qué sabes...
(Hojea la revista.)
ENCARNA. (Desconcertada por el silencio de Vicente.) ¿No nos vamos?
(Abstraído, Vicente no contesta. Ella lo mira con curiosidad.)
MARIO. (Que no ha dejado de mirar a su padre.) Hoy vendrá Vicente.
EL PADRE. ¿Qué Vicente?
MARIO. ¿No tiene usted un hijo que se llama Vicente?
EL PADRE. Sí, el mayor. No sé si vive.
MARIO. Viene todos los meses.
EL PADRE. Y tú, ¿quién eres?
MARIO. Mario.
EL PADRE. Tú te llamas como mi hijo.
MARIO. Soy su hijo.
EL PADRE. Mario era más pequeño.
MARIO. He crecido.
EL PADRE. Entonces subirás mejor.
MARIO. ¿A dónde?
EL PADRE. Al tren. "

En El tragaluz, Buero conduce a los espectadores desde el futuro al pasado, desde la


visión “desde fuera” a los llamados “efectos de inmersión”, con los que el público
termina involucrándose en la trama para que se produzca la “catarsis” griega: curar,
purgar los propios sentimientos de culpa con la culpa ajena.
 Volvamos la vista atrás, al TEATRO ANTERIOR A LA GUERRA. Repasad las
características del teatro de Valle Inclán, en particular, el ESPERPENTO.

LUCES DE BOHEMIA, 1924


Ramón María del Valle-Inclán. Generación del 98

DON LATINO. - Levántate. Vamos a caminar.


MAX. - No puedo.
DON LATINO. - Deja esa farsa. Vamos a caminar.
MAX. -Échame el aliento. ¿Adónde te has ido, Latino?
DON LATINO. - Estoy a tu lado.
MAX.- Como te has convertido en buey, no podía reconocerte. Échame el aliento,
ilustre buey del pesebre belenita. ¡Muge, Latino! Tú eres el cabestro, y si muges vendrá
el Buey Apis. Le torearemos.
DON LATINO. - Me estás asustando. Debías dejar esa broma.
MAX. - Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los
héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.
DON LATINO. -¡Estás completamente curda!
MAX. - Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El
sentido trágico de la vida españolas o lo puede darse con una estética sistemáticamente
deformada.
DON LATINO. -¡Miau!¡Te estás contagiando!
MAX. - España es una deformación grotesca de la civilización europea.
DON LATINO. -¡Pudiera! Yo me inhibo.
MAX. - Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO. - Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle
del Gato.
MAX. - Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática
perfecta. Mi esté tica actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las
normas clásicas.
DON LATINO. -¿Y dónde está el espejo?
MAX. - En el fondo del vaso.
DON LATINO. -¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX. - Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras
y toda la vida miserable de España.
DON LATINO. - Nos mudaremos al callejón del Gato.
MAX. - Vamos a ver qué palacio está desalquilado. Arrímame a la pared. ¡Sacúdeme!
DON LATINO.- No tuerzas la boca.
MAX.- Es nervioso. ¡Ni me entero!
DON LATINO.- ¡Te traes una guasa!
MAX.- Préstame tu carrik.
DON LATINO.- ¡Mira cómo me he quedado de un aire!
MAX.- No me siento las manos y me duelen las uñas. ¡Estoy muy malo!
DON LATINO.- Quieres conmoverme para luego tomarme la coleta.
MAX.- Idiota, llévame a la puerta de mi casa y déjame morir en paz.
DON LATINO.- La verdad sea dicha, no madrugan en nuestro barrio.
MAX.- Llama.

DON LATINO DE HISPALIS, volviéndose de espalda, comienza a cocear en la


puerta. El eco de los golpes tolondrea por el ámbito lívido de la costanilla y, como en
respuesta a una provocación, el reloj de la iglesia da cinco campanadas bajo el gallo
de la veleta.

MAX.-¡Latino!
DON LATINO.- ¿Qué antojas?¡Deja la mueca!
MAX.- ¡Si Collet estuviese despierta... ! Ponme en pie para darle una voz.
DON LATINO.- No llega tu voz a ese quinto cielo.
MAX.- ¡Collet! ¡Me estoy aburriendo!
DON LATINO.- No olvides al compañero.
MAX.- Latino, me parece que recobro la vista. ¿Pero cómo hemos venido a este
entierro?¡Esa apoteosis es de París!¡Estamos en el entierro de Víctor Hugo!¿Oye,
Latino, pero cómo vamos nosotros presidiendo?
DON LATINO.- No te alucines, Max.- ,
MAX.- Es incomprensible cómo veo.
DON LATINO.- Ya sabes que has tenido esa misma ilusión otras veces.
MAX.-¿A quién enterramos, Latino?
DON LATINO.- Es un secreto que debemos ignorar.
MAX.- ¡Cómo brilla el sol en las carrozas!
DON LATINO.- Max, si todo cuanto dices no fuese una broma, tendría una
significación teosófica... En un entierro presidido por mí, yo debo ser el muerto... Pero
por esas coronas, me inclino a pensar que el muerto eres tú.
MAX.- Voy a complacerte. Para quitarte el miedo del augurio. me acuesto a la espera.
¡Yo soy el muerto! ¿Qué dirá mañana esa canalla de los periódicos, se preguntaba el
paria catalán?

MÁXIMO ESTRELLA se tiende en el umbral de su puerta. Cruza la costanilla un


perro golfo que corre en zigzag. En el centro, encoge la pata y se orina: El ojo
legañoso, como un poeta, levantado al azul de la última estrella.

MAX.- Latino, entona la canción.


DON LATINO.- Si continúas con esa broma macabra, te abandono.
MAX.- Yo soy el que se va para siempre.
DON LATINO.- Incorpórate, Max. Vamos a caminar.
MAX.- Estoy muerto.
DON LATINO.-¡Que me estás asustando' MAX.- , vamos a caminar. Incorpórate. ¡No
tuerzas la boca, condenado!¡MAX.- !¡MAX.- !¡Condenado, responde!
MAX.- Los muertos no hablan.
DON LATINO.- Definitivamente, te dejo.
MAX.- ¡Buenas noches!
 Fijaos en la actualidad del fragmento que tenéis a continuación. Por
desgracia, el dolor de presenciar la injusticia es universal e intemporal.

 Repasad el argumento de Luces de Bohemia. Tenéis estudios de la obra en


esta misma página.

 Recordad que el ESPERPENTO es una deformación de la realidad, a la manera


expresionista, que permite al espectador apreciarla en su verdadera
naturaleza. El dramaturgo mira a sus personajes desde arriba (a diferencia de
los personajes de la epopeya o de la tragedia clásicas, que eran vistos desde
abajo, y de los personajes del drama contemporáneo, a menudo vistos de
frente). Mediante la visión deformadora Valle presenta una España ridícula
(en la cultura, la información, la política) y profundamente injusta, que
provoca, a partes iguales, dolor, frustración y risa trágica.

"...Jamás oí voz con esa cólera trágica ... en estos días menguados, es la Historia de
España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza..."

"La vida del proletario no significa nada para el gobierno"

("Luces de bohemia", escena undécima)

Imagen de la "actuación" policial, Madrid, 25 de septiembrede 2012

FRAGMENTO:

ESCENA UNDÉCIMA:

Una calle del Madrid austriaco. Las tapias de un convento. Un casón de nobles. Las
luces de una taberna. Un grupo consternado de vecinas, en la acera. Una mujer,
despechugada y ronca, tiene en los brazos a su niño muerto, la sien traspasada por el
agujero de una bala. MAX ESTRELLA y DON LATINO hacen un alto.

MAX: También aquí se pisan cristales rotos.


DON LATINO: ¡La zurra ha sido buena!
MAX: ¡Canallas!... ¡Todos!... ¡Y los primeros nosotros, los poetas!
DON LATINO: ¡Se vive de milagro!
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Maricas, cobardes! ¡El fuego del Infierno os abrase las
negras entrañas! ¡Maricas, cobardes!
MAX: ¿Qué sucede, Latino? ¿Quién llora? ¿Quién grita con tal rabia?
DON LATINO: Una verdulera, que tiene a su chico muerto en los brazos.
MAX: ¡Me ha estremecido esa voz trágica!
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Sicarios! ¡Asesinos de criaturas!

Madrid, 25 de septiempre de 2012

EL EMPEÑISTA: Está con algún trastorno, y no mide palabras.


EL GUARDIA: La autoridad también se hace el cargo.
EL TABERNERO: Son desgracias inevitables para el restablecimiento del orden.

Madrid, 25 de septiembre de 2012

EL EMPEÑISTA: Las turbas anárquicas me han destrozado el escaparate.


LA PORTERA: ¿Cómo no anduvo usted más vivo en echar los cierres?
EL EMPEÑISTA: Me tomó el tumulto fuera de casa. Supongo que se acordará el pago
de daños a la propiedad privada.
EL TABERNERO: El pueblo que roba en los establecimientos públicos, donde se le
abastece, es un pueblo sin ideales patrios.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Verdugos del hijo de mis entrañas!
Madrid, 25 de septiembre de 2012

UN ALBAÑIL: El pueblo tiene hambre.

Madrid, 25 de septiembre de 2012

EL EMPEÑISTA: Y mucha soberbia.


LA MADRE DEL NIÑO: ¡Maricas, cobardes!
UNA VIEJA: ¡Ten prudencia, Romualda!
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Que me maten como a este rosal de Mayo!
LA TRAPERA: ¡Un inocente sin culpa! ¡Hay que considerarlo!
EL TABERNERO: Siempre saldréis diciendo que no hubo los toques de Ordenanza.
EL RETIRADO: Yo los he oído.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Mentira!
EL RETIRADO: Mi palabra es sagrada.
EL EMPEÑISTA: El dolor te enloquece, Romualda.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Asesinos! ¡Veros es ver al verdugo!
EL RETIRADO: El Principio de Autoridad es inexorable.

Madrid, 25 de septiembre de 2012

EL ALBAÑIL: Con los pobres. Se ha matado, por defender al comercio, que nos chupa
la sangre.
EL TABERNERO: Y que paga sus contribuciones, no hay que olvidarlo.
EL EMPEÑISTA: El comercio honrado no chupa la sangre de nadie.
LA PORTERA: ¡Nos quejamos de vicio!
EL ALBAÑIL: La vida del proletario no representa nada para el Gobierno.
MAX: Latino, sácame de, este círculo infernal.

Llega un tableteo de fusilada. El grupo se mueve en confusa y medrosa alerta. Descuella


el grito ronco de la mujer, que al ruido de las descargas aprieta a su niño muerto en los
brazos.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Negros fusiles, matadme también con vuestros plomos!

Madrid, 25 de septiembre de 2012


MAX: Esa voz me traspasa.
LA MADRE DEL NIÑO: ¡Que tan fría, boca de nardo!
MAX: ¡Jamás oí voz con esa cólera trágica!
DON LATINO: Hay mucho de teatro.
MAX: ¡Imbécil!

El farol, el chuzo, la caperuza del sereno, bajan con un trote de madreñas por la acera.

EL EMPEÑISTA: ¿Qué ha sido, sereno?


EL SERENO: Un preso que ha intentado fugarse.
MAX: Latino, ya no puedo gritar... ¡Me muero de rabia!... Estoy mascando ortigas. Ese
muerto sabía su fin... No le asustaba, pero temía el tormento... La Leyenda Negra, en
estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco.
Rabia y vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste
velilla en la trágica mojiganga. ¿Has oído los comentarios de esa gente, viejo canalla?
Tú eres como ellos. Peor que ellos, porque no tienes una peseta y propagas la mala
literatura, por entregas. Latino, vil corredor de aventuras insulsas, llévame al Viaducto.
Te invito a regenerarte con un vuelo.
DON LATINO: ¡Max, no te pongas estupendo!

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