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La Regla de Oro en la Oración

La regla de oro de la Oración, Orando desde una poscición de Justicia y orando de acuerdo a la voluntad y la palabra de Dios
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La regla de oro de la Oración, Orando desde una poscición de Justicia y orando de acuerdo a la voluntad y la palabra de Dios
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5.

LA REGLA DE ORO DE LA ORACIÓN

Durante los tres años y medio que los discípulos de Jesús caminaron con su Maestro, hubo al menos
dos asuntos espirituales importantes que ellos no entendieron por completo. Uno, como indicamos
anteriormente, fue la oración; por eso, los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar. El
otro es la fe.
LA LEY DE LA FE
Esto nos lleva a la “Regla de oro de la oración”, que afirma que la oración comienza cuando
creemos y reconocemos la existencia y las cualidades de Dios. La “ley de la fe” establece que no
podemos creer en algo si no tenemos la certeza de que aquello existe.
En consecuencia, no podemos creer en Dios si no sabemos que Él es real. La Escritura aclara
al respecto que “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios
crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). Cuando oramos,
estamos afirmando nuestra creencia de que Dios es real y está disponible para nosotros, aquí y
ahora.
Por medio de la fe creemos en la existencia de Dios y en la realidad de las cosas invisibles.
Así, a través de la oración nosotros afirmamos nuestra creencia, ya que si Él no existiera no habría
razón para orar. Por lo tanto, el origen de nuestras oraciones es Dios mismo. Solo los necios niegan
su existencia (vea Salmos 14:1), pero Dios no espera que alguien crea en lo que no conoce.
Nosotros creemos en Dios porque Él existe y se nos ha revelado. Todo entre Dios y el hombre
comienza con el conocimiento de Dios.
Jesús dijo,
“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mateo
6:9). En otras versiones de la Biblia, la palabra “santificado” se traduce como “santo”, “sagrado” u
“honrado”. Comenzamos a recibir la revelación de la oración cuando afirmamos o reconocemos la
santidad de Dios y le damos honra, porque Él es digno de recibir nuestra adoración. No podemos
simplemente entrar a Su presencia e inmediatamente darle nuestra lista de peticiones. No
deberíamos presentar ninguna petición ante el trono de Dios, a menos que primero reconozcamos
Su existencia y lo honremos por lo que Él es. De acuerdo con la regla de oro de la oración, debemos
reconocer al Señor como Dios Todopoderoso, Santo, Padre eterno, Rey de reyes, Señor de señores,
y el gran YO SOY.
Cuando NO TOMAMOS tiempo para afirmarlo y honrarlo, estamos cometiendo una violación a la
regla de oro de la oración. ¿Qué hace nuestra afirmación? Reconoce y declara que nadie puede
ponerle límites al Dios eterno. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se
arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Números 23:19). Escrito está, ¡Dios no
es un hombre! Por lo tanto, nunca debemos pensar en Él y Sus capacidades en términos humanos.
Él es la autoridad suprema del cielo y la tierra. Él es nuestro Creador y Padre, un Ser supremo con
habilidades sobrenaturales, que demanda que le adoremos “en espíritu y verdad” (Juan 4:23–24).
DIOS AHORA VIVE ENTRE SU PUEBLO
Muchas personas tienden a creer que Dios es un Ser lejano, que habita fuera de ellos. Una
de las razones para creer esto es que, en el Antiguo Testamento, Dios solo se revelaba a Sí mismo
fuera de los seres humanos porque, después de la caída de la humanidad, ya no moraba dentro de
la gente. El caso de Moisés es solo un ejemplo.
Cuando Dios llamó a Moisés, le habló desde una zarza ardiendo (vea Éxodo 3:1–4); luego,
cuando Moisés le pidió a Dios ver Su gloria, él solo pudo ver Su “espalda” (vea Éxodo 33:18–23).
Pese a lo extraordinaria que pudo haber sido esa experiencia, Moisés nunca tuvo la revelación de
Dios habitando dentro de él.
Hoy en día, muchos cristianos siguen creyendo que Dios está lejos de su alcance, pero la relación
del hombre con el Padre cambió después de la muerte y resurrección de Jesús, y el regalo del
Espíritu Santo. La buena noticia es que Dios ahora vive en nosotros por medio de Su Santo Espíritu.
Este fue uno de los propósitos de la obra de Cristo en la cruz. Aunque Moisés nunca tuvo la
revelación de que Dios vivía en él, pudo hablar con Dios como un amigo. (Vea Éxodo 33:11).
¿Cuánto más podemos conocer al Señor como nuestro Amigo a través del Espíritu? Recuerde que
cuando Jesús murió, el velo del templo que separaba a Dios del hombre se rasgó en dos. Desde
entonces, aquellos que creemos en Él y lo hemos recibido en nuestras vidas tenemos libre acceso
a la presencia de Dios, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Pensamiento Clave:
Cuando oramos, afirmamos que Dios está vivo y que está con nosotros y en nosotros.
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6. ORANDO DESDE UNA POSICIÓN DE JUSTICIA

A pesar de que la fe es un elemento esencial de la oración, no basta para asegurar que


nuestras oraciones sean contestadas y que logremos el rompimiento que estamos esperando.
Cuando oramos, mucho más importante que tener fe es estar parados en un lugar de justicia.
En cualquier área donde la justicia de Dios no prevalezca, nuestra fe no será suficiente, ya que
la justicia es el asiento de la fe. Además, aunque Dios le ha dado a cada persona una medida de fe
(vea, por ejemplo, Romanos 12:3, 6), hay algunas cosas que requieren una dosis extra de fe y,
para lograrla, es necesario igualmente estar parados en una posición de justicia. Podemos tener
una fe enorme, pero si nuestra vida no es recta delante de Dios, Él no contestará nuestras oraciones.
Separada de la justicia, la fe se vuelve inoperante y pierde su efectividad.
¿QUIÉN ES UN JUSTO?
Lo anterior nos lleva a preguntarnos, ¿quién es considerada una persona justa? El que
permanece alineado a la naturaleza y el carácter de Dios a través de Cristo. Cuando no estamos
alineados con Dios, con Su nombre y Su Palabra, nos volvemos presa fácil para el enemigo. Por esa
razón, en la cruz del Calvario, Jesús tomó todas nuestras faltas y pecados sobre Él. El Hijo nos hizo
justos ante el Padre, ¡tan justos como Él! (Vea, por ejemplo, Romanos 3:21–22).
Jesús dijo: “Esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión
de los pecados” (Mateo 26:28). Ser “justificado” y hecho justo es ser traído de vuelta a un estado
de completa inocencia, donde cada pecado es borrado y no queda registro de nuestras
transgresiones. Ser justificado es ser perdonado y limpiado de toda iniquidad.
La clave para entender la justicia y la justificación es la palabra remisión, que significa
liberar a alguien de culpa o del castigo que merece por su pecado. El término refleja el carácter
definitivo y perfecto del sacrificio de Cristo. En esencia, lo que expresa es que, debido a la obra
terminada de la cruz, Dios ya no nos ve como pecadores sino como justos. Ningún ser humano
podría haber hecho justo por sí mismo; Dios tuvo que enviar a su único Hijo a la tierra para
redimirnos del pecado.
En cualquier área de nuestra vida en la que no estemos parados en la justicia que Jesús
ganó para nosotros, el enemigo tendrá derecho legal para acusarnos delante de Dios. Por
ejemplo, si un hombre maltrata a su esposa, él no recibirá respuesta a sus oraciones en el área de
la familia, porque su posición de injusticia estorbará sus oraciones. (Vea 1 Pedro 3:7). Si una
persona de negocios abusa de sus empleados, no pagándoles un salario justo o irrespetando sus
derechos, no estará parada en posición de justicia en el área de los negocios y las finanzas, y Dios
no oirá sus oraciones. (Vea, por ejemplo, Colosenses 4:1).
Por lo tanto, antes de que le pidamos algo a Dios, debemos examinarnos a nosotros mismos
para ver si estamos violando alguno de Sus mandamientos o no estamos reflejando Su naturaleza
y voluntad. Jesús siempre vivió en justicia, por eso el Padre respondió todas Sus oraciones. El Hijo
continuamente estaba en una relación estrecha con el Padre, alineado a Su perfecta voluntad. Por
esa razón, cuando Jesús estuvo frente a la tumba de Lázaro, en lugar de orar para que ocurriera un
milagro, Él simplemente dio gracias a Dios, diciendo: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo
sabía que siempre me oyes” (Juan 11:41–42). Él siempre oraba desde un lugar en el Espíritu en el
cual, la palabra imposible no tiene significado alguno.
COMO CAMINAR EN JUSTICIA
1. Practicar el arrepentimiento como un estilo de vida
Cada vez que pecamos contra Dios debemos arrepentirnos. El arrepentimiento nos regresa
a la presencia de Dios y abre los canales para que Él escuche nuestras oraciones. “Él que encubre
sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios
28:13).
Una vez que recibas el perdón de Dios, no permitas que el diablo le siga acusando de esos
pecados, porque Jesús ya los borró. Usted es justificado por la fe en Jesús y Su obra redentora en la
cruz; sus pecados son borrados por la sangre de Cristo, y en Su nombre usted está empoderado
para hacer lo que Él le comisionó a hacer. Pídale a Dios que le limpie, le justifique y le santifique.
Ahora que está en posición de justicia, los canales para hablar con Él están abiertos.
2. Buscar primero la justicia de Dios
Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios
4:24). Jesús enseñó a sus discípulos a buscar y seguir la justicia de Dios. En Mateo 6:33 les dijo:
“Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”. La frase “buscad primeramente” nos insta
a poner como prioridad la justicia del reino. Esto significa que, por encima de cualquier otra cosa,
debemos desear estar siempre a cuentas con Dios. Pregúntese diariamente: “¿Estoy bien con Dios?
¿Estoy alineado a Su voluntad?”.
3. Velar y orar siempre
Pablo exhortaba a los Tesalonicenses a “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). Es vital
que los creyentes que quieran mantener su posición de justicia velen y cuiden que sus oraciones
no se debiliten. Por el contrario, deben procurar que su tiempo de oración crezca y se vuelva la
primera y más importante tarea de cada día, porque de ella depende su relación y compañerismo
con Dios. Cuando velamos en la presencia de Dios con un corazón recto, el Espíritu Santo nos
muestra las áreas de injusticia que hay en nuestra vida o dónde le hemos permitido al enemigo
ganar terreno. (Vea Efesios 4:27). Por eso, debemos orar a diario, y sin cesar, porque, consciente
o inconscientemente, estamos expuestos a través del pecado y le damos cabida al enemigo para
que obre.

Pensamiento Clave:
Nuestra posición de justicia debe ser reafirmada a diario.
7. ORANDO DE ACUERDO A LA VOLUNTAD Y LA PALABRA DE DIOS

Uno de los propósitos fundamentales de la oración es que la voluntad de Dios sea hecha en la tierra,
como es en el cielo. Jesús era un Hombre de oración y lo que caracterizó Su vida, fue Su firme deseo
de agradar a Su Padre y hacer Su voluntad. (Vea, por ejemplo, Mateo 6:9–10; 26:39, 42; Juan
4:34).
Así que, cuando alguien escasamente ora para que Dios cumpla sus deseos personales, está
demostrando no conocer a Dios realmente. Cuanto más íntima sea nuestra comunión con Él, más
claramente entenderemos sus planos y propósitos.
Para que oremos del cielo a la tierra, tenemos que estar en unidad y armonía con el Padre. Según
esto, el objetivo de la oración es que nuestro espíritu esté alineado con el Espíritu Santo de
Dios, Quien habita en nosotros, para que lo divino que hay en nosotros llame a lo divino del
cielo.
Nuestras oraciones deben buscar cumplir Su voluntad como nos es revelada por el Espíritu
Santo a través de Su Palabra. Por ejemplo, la Escritura nos enseña que es la voluntad de Dios que
todas las personas se arrepientan y se reconcilian con Él. Al respecto, el Apóstol Pedro escribió: “El
Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con
nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro
3:9).
Nuestra capacidad de influenciar en nuestras propias circunstancias y en el mundo que nos rodea
aumentará a medida que aumente nuestro conocimiento de la Palabra de Dios. Nunca podremos ir
por encima de este conocimiento; por eso, continuamente debemos conocer más de Dios y de Su
Palabra, a fin de ser establecidos en la verdad.
Solo Su Palabra justifica y respalda las peticiones y declaraciones que hacemos en oración
ante Su trono. Orar desde el alma, o desde el centro de nuestros deseos y emociones, no es lo mismo
que orar conforme a la Palabra. Nuestras almas no siempre están alineadas al propósito de Dios,
así que cuando la gente ora de esa manera, a menudo le piden a Dios cosas que Él no ha prometido
darles o declaran cosas que no están en Su Palabra. Esas oraciones están generalmente basadas en
la autocompasión e intentan controlar o manipular una situación. Además, son subjetivos porque,
dependiendo de la emoción del momento, alguien puede pedir cualquier cosa y después otra. Lo
que pide no tiene estabilidad, mucho menos un fundamento divino o propósito de reino.
=> ¿Qué deberíamos hacer para orar correctamente?
Debemos dejar de orar desde el centro de nuestras emociones y empezar a orar de acuerdo
con el fundamento sólido de la Palabra de Dios. Cuando vamos ante Dios, debemos permanecer en
Él y aferrarnos a lo que dice Su Palabra eterna, aún en medio de la peor situación que podamos
estar atravesando.
CUATRO PRINCIPIOS PARA RECIBIR RESPUESTAS A SU ORACIÓN
¿Cómo podemos alinearnos con los propósitos de Dios y recibir respuestas inmediatas y aceleradas
a nuestras oraciones? Necesitamos conocer (y tomar acción) la revelación contenida en estos
cuatro principios de la voluntad de Dios, los cuales nos permitirán vencer todo estancamiento
espiritual:
1. Conocer la voluntad de Dios
La voluntad de Dios no es algo que se pueda conocer de manera natural. No hay método científico
para comprenderla. Tampoco la mente humana puede entenderla instintivamente. Es algo que el
Espíritu Santo nos revela cuando mantenemos una relación con Él. Para que podamos conocer la
voluntad de Dios, primero es necesario conocerlo como Persona. Para eso, debemos caminar con
Él diariamente, dedicando tiempo para la intimidad por medio de la oración, así como para leer y
estudiar Su Palabra.
2. Permanecer en la voluntad de Dios
Conocer la voluntad de Dios es una cosa, pero permanecer firme en ella es otra. Jesús dijo: “Si
permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”
(Juan 15:7). Permanecer en el Señor es caminar en Su voluntad. Para esto, es necesario
abandonarnos por completo a Él, permitiéndoles trabajar en toda Su plenitud. Cuando llegamos a
ese punto, ya no insistimos en poner nuestra voluntad por encima de la de Él; más bien, nos
rendimos libremente a Sus propósitos y deseos.
3. Hacer la voluntad de Dios
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”
(Santiago 1:22). No basta con conocer la voluntad de Dios; es necesario hacerla. Si no actuamos o
caminamos en ella, nos volvemos simples “religiosos” y nuestra fe se apaga, independientemente
de cuánto conocimiento tengamos. Cuando hacemos Su voluntad, nos sincronizamos con el ritmo
de la fe. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17); pero vemos la
manifestación de nuestra fe cuando actuamos de acuerdo con lo que hemos escuchado de Dios. No
hacer la voluntad de Dios equivale a nunca haberlo escuchado. Cuando alguien no actúa de acuerdo
con el conocimiento espiritual que ha recibido o aprendido, el diablo viene y lo hace dudar y el
ritmo de la fe se pierde. (Vea, por ejemplo, Mateo 13:19).
4. Hablar de acuerdo con la voluntad de Dios
El cuarto principio fundamental para que nuestras oraciones sean contestadas es que debemos
hablar la voluntad de Dios. Esto se refiere a declarar y decretar su voluntad. Si conocemos a Dios,
Su voluntad nos es revelada y, si permanecemos en Su voluntad y la hacemos, cuando hablamos,
Su respuesta es inmediata. Cuando Jesús hacía milagros, Él no oraba pidiéndole a Dios que sanara
a los enfermos, sino que declaraba: “¡Sé sano!” o “¡Levántate y anda!” Cuando vivimos en unidad
con la voluntad de Dios y declaramos algo es como si Dios mismo lo estuviera hablando, porque
decretamos en Su nombre, en Su autoridad y desde Su identidad.
Si su vida está alineada con estos cuatro principios de la voluntad de Dios, usted tiene acceso al
poder y autoridad de Dios. Ahora usted tiene el mismo poder que Jesús tenía cuando estaba en la
tierra para actuar en Su nombre. Jesús dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así
juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del
Padre” (Juan 5:30). Este conocimiento de la voluntad del Padre fue el secreto de Su éxito cada vez
que tuvo que demostrar el poder de Dios.
Es necesario examinar nuestros corazones para comprobar si en verdad estamos alineados
a la voluntad de Dios. Si no hablamos y actuamos conforme a Su perfecta voluntad, estamos en
pecado de desobediencia; por lo tanto, debemos arrepentirnos y alinearnos a Sus propósitos y
anhelos. En el momento que nos arrepentimos, nos ponemos en armonía con el cielo.

Pensamiento Clave:
No permanecemos en la voluntad de Dios por accidente, sino por obediencia intencional a la
revelación de Sus propósitos.

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