Simón Bolívar y la Lucha por la Independencia
Simón Bolívar es sin duda el personaje histórico más importante que ha producido América
Latina, hasta el punto que casi todos los movimientos políticos y sociales lo han reclamado como
precursor o fundador. Así pues, cada época y corriente ideológica han recreado a Bolívar de
acuerdo con sus propios afanes; y aunque ninguna visión encierra la verdad entera, todas se
fundamentan en lo que él dijo e hizo.
Fue el hombre que al frente de un ejército de pueblos liberó del colonialismo español las
capitanías de Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia (que incluía a Panamá). Y esas
capitanías españolas son hoy seis países con un territorio de seis millones de kilómetros cuadrados,
y las hazañas militares de Bolívar en las luchas independentistas contra la metrópoli española nadie
las ha podido siquiera igualar. Con solo 47 años Bolívar peleó en 447 batallas siendo derrotado
sólo seis veces y liberó seis naciones.
El Libertador nació el 24 de julio de 1783 en Caracas, de una familia latifundista y esclavista de
la llamada aristocracia "mantuana". Casi no tuvo educación formal, pero con ayuda de su maestro
privado Simón Rodríguez, de su pasión por la lectura y unos viajes tempranos a Europa y
Norteamérica, alcanzó un grado de instrucción general no necesariamente inferior al que hubiera
significado un grado de bachiller. Se rodeó del pensamiento de la Ilustración, en especial su
vertiente francesa e incluso dominaba el idioma francés casi como el español.
Bolívar participó en la lucha de emancipación durante todas sus etapas sin excepción, y en
múltiples teatros geográficos. Se diferencia del Libertador del Sur, José de San Martín, quien llegó
un poco tarde al escenario y se autoexilió antes de la batalla final, y del angloamericano George
Washington, cuya actividad se restringió a su país. En los comienzos del movimiento en Venezuela,
Bolívar era una figura secundaria, un agitador de los que promovían la declaración de
independencia absoluta (la primera de un país hispanoamericano, el 5 de julio de 1811) y un militar
subalterno a quien, en el colapso de la Primera República de Venezuela, en 1812, le tocó perder la
fortaleza estratégica de Puerto Cabello. Sin embargo, al año siguiente se convirtió en jefe
indiscutido de la Segunda República, nacida de las ruinas de su antecesora. Pudo restaurar el
régimen patriota venezolano y ascender a la dirección suprema, que no abandonaría nunca, gracias,
no sólo a las dotes de guerrero que demostró a lo largo de la Campaña Admirable de 1813, que lo
llevó de nuevo a Caracas, sino también al apoyo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada,
cuyo territorio le sirvió de base para reconquistar Venezuela. Así quedó sellada otra característica
permanente de la carrera de Bolívar: su vinculación estrecha con la Nueva Granada, donde más de
una vez encontraría asilo cuando la fortuna de la guerra le resultó adversa en Venezuela, y cuyos
hombres y recursos combinó indiscriminadamente con los del país vecino hasta alcanzar la victoria
final, y aún más allá.
La Segunda República venezolana también resultó efímera, por más que Bolívar recurriera a
una franca dictadura militar para defenderla. Cayó en medio de rivalidades regionalistas y críticas
legalistas, además de unas tensiones de clase y raciales que atizaban los jefes realistas. Los
republicanos habían proclamado la igualdad jurídica de las razas desde la Primera República, pero
no habían tocado la institución de la esclavitud y eran casi todos ellos miembros de la alta clase
criolla, cuyos intereses económicos y sociales no siempre se identificaban con los de las masas
venezolanas. A mediados de 1814, por consiguiente, Bolívar se encontraba otra vez en Nueva
Granada, aunque no por mucho tiempo, ya que le incomodaban las luchas intestinas de los patriotas
granadinos y preveía claramente que la desunión allanaría el camino al Pacificador Pablo Morillo.
Partió Bolívar a Antillas, donde redactó uno de sus documentos clásicos, la Carta de Jamaica de
septiembre de 1815, en que con prosa de gran originalidad y lucidez analizó el pasado y futuro de
la América Española y proclamó su fe inquebrantable en la victoria. En seguida hizo demostración
práctica de esa fe obteniendo del gobierno de Haití el apoyo para una expedición a Venezuela, y
luego para otra más cuando la primera fracasó. Hacia fines de 1816 regresó definitivamente a
Sudamérica, donde se dedicó a crear una base de operaciones en la cuenca del Orinoco y también
a dotar a la causa patriota de un mayor sabor popular, por no decir populista, proclamando la
abolición de la esclavitud y ofreciéndoles a los veteranos de guerra una repartición de bienes de los
enemigos. De mucha importancia fue la colaboración que recibió del jefe nato de los llaneros, José
Antonio Páez, quien había consolidado un reducto patriota en el Apure.
Bolívar tuvo poco éxito frente a la infantería de Morillo en los Andes venezolanos. Pero a
mediados de 1819 abandonó su intento de liberar a Caracas y dio un vuelco estratégico de gran
alcance, emprendiendo la campaña a través de los llanos hasta subir los Andes y apoderarse del
centro mismo del Nuevo Reino. Para ello renovó su estrecho contacto con los patriotas granadinos,
en especial con Francisco de Paula Santander, quien después de organizar una base política y
militar en los llanos de Casanare comandó la división de vanguardia del ejército libertador. Por su
breve duración y corto número de combatientes, la batalla de Boyacá, que coronó la campaña, no
parecería sino una pequeña escaramuza. Sin embargo, en sus consecuencias directas e indirectas,
fue la más decisiva de las victorias de Bolívar, porque abrió el camino de Bogotá, ocupado días
después sin mayor resistencia, y aseguró el control de un territorio densamente poblado del que
podía extraer reclutas y recursos materiales. Si hasta la víspera de Boyacá la suerte de la guerra
había resultado incierta -habiendo perdido Bolívar casi tantas batallas como ganó-, ya no volvería
a perder sino por excepción. El balance de moral e ímpetu político y militar había revertido a favor
de los patriotas, quienes registrarían una victoria tras otra a medida que llevaban la lucha hasta la
costa de Nueva Granada, a Venezuela otra vez, y más tarde al Ecuador y Perú hasta la victoria final
de Ayacucho en diciembre de 1824.
Mientras tanto, se erigía un régimen republicano en todo el territorio del antiguo virreinato de
Nueva Granada, del Orinoco a Guayaquil, con el nombre de República de Colombia (Congreso de
Cúcuta, 1821). Esta unión respondió al anhelo de Bolívar de crear en la América antes española,
no una sola nación -que desde su carta de Jamaica reconocía como cosa inmanejable- pero sí unos
Estados más grandes y fuertes que los que a la larga surgieron. Anhelaba también que los nuevos
Estados establecieran por lo menos una estrecha alianza entre sí, para lo cual promovió tratados de
cooperación fraternal y la reunión del Congreso de Panamá de 1826, que de acuerdo con su plan
habría sido un encuentro sólo de ex colonias españolas. La cancillería colombiana invitó también
al Brasil y Estados Unidos, más en la práctica no participaron sino hispanoamericanos -y no todos
ellos-, así que el Congreso tuvo significación más bien como precedente para el futuro, que como
un paso real hacia la unidad latinoamericana.
Tampoco resultó viable en época de Bolívar la unión colombiana (o grancolombiana, como la
bautizaron retrospectivamente los historiadores). Paradójicamente, el mayor escollo para la
preservación de la unión fue la misma patria chica del Libertador, Caracas, que en última instancia
no aceptaba supeditarse a la lejana y friolenta Bogotá. La desafección venezolana se hizo sentir por
primera vez en la rebelión de Páez de 1826, que fue el primer reto político enfrentado por Bolívar
al regresar del Perú. Llegó a un arreglo con Páez, que no duró, y a fines de 1829 éste encabezaba
un nuevo movimiento autonomista que desembocó en la separación de Venezuela y en la
prohibición de que Bolívar volviera a territorio venezolano.
La Nueva Granada se convirtió así en la última morada del Libertador. Murió el 17 de diciembre
de 1830 en Santa Marta, camino del exilio, que fue voluntario, por más que muchos granadinos
hubiesen deseado que partiera. Sus enemigos principales eran los aliados políticos de Santander,
quien había sido colaborador eficaz como vicepresidente de Colombia mientras Bolívar está
ausente de Bogotá. La ruptura posterior con Santander y los suyos se debió, entre otros, a factores
de rivalidad personal, pero en el fondo existía también un desacuerdo político. Santander
propugnaba un republicanismo liberal de corte convencional y además estaba identificado con la
obra de su administración vicepresidencial, marcada por un moderado reformismo en política
eclesiástica, hacendaria y otros campos, que le había acarreado la oposición de muchos afectados.
Bolívar había diagnosticado certeramente los problemas no sólo de Colombia sino de
Latinoamérica, y hacía hincapié en la necesidad de elaborar instituciones acordes con la índole de
las nuevas naciones, en vez de tomarlas prestadas de modelos foráneos, a pesar de las bondades
intrínsecas de éstos. Sus análisis fueron casi siempre geniales. No lo fueron, desafortunadamente,
las soluciones concretas (tipo Constitución boliviana) que él propuso. Sin embargo, había creado
naciones y proclamado ideales de libertad personal y solidaridad latinoamericana que serían
banderas de lucha en lo venidero. Si no logró todo lo que anhelaba, tampoco lo pudieron los demás
libertadores, ninguno de los cuales intentó tanto como él.