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# Escribir La Naturaleza (Revista Leer)

Este documento resume la historia y evolución del género literario conocido como "Nature Writing" o "Literatura de la naturaleza". Comienza describiendo al autor observando un águila pescadora y reflexionando sobre cómo describirla literariamente. Luego explica cómo este género se ha definido en los Estados Unidos como una prosa que combina descripciones científicas de la naturaleza con reflexiones personales y la necesidad de conservar los ecosistemas. Finalmente, traza las figuras fundacionales de este género como Gilbert

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# Escribir La Naturaleza (Revista Leer)

Este documento resume la historia y evolución del género literario conocido como "Nature Writing" o "Literatura de la naturaleza". Comienza describiendo al autor observando un águila pescadora y reflexionando sobre cómo describirla literariamente. Luego explica cómo este género se ha definido en los Estados Unidos como una prosa que combina descripciones científicas de la naturaleza con reflexiones personales y la necesidad de conservar los ecosistemas. Finalmente, traza las figuras fundacionales de este género como Gilbert

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EDICIÓN IMPRESA

ESCRIBIR LA NATURALEZA

EDICIÓN IMPRESA | 28/2/2017 | autor: REDACCIÓN COMPARTIR   

Llevo ya un rato sentado en este tronco muerto, con las botas semihundidas en el
barro y la mirada pendiente de un brillo diminuto y opaco en la orilla opuesta del
embalse. A simple vista es apenas una mota en la sombra invernal del bosque.
Acerco un ojo al ocular de mi telescopio y observo su pecho blanco, el antifaz
oscuro de su rostro, sus garras casi azuladas, su mirada amarilla y tensa. Es un
águila pescadora. También ella alterna la atención por algún detalle con la contem-
plación del paisaje como un todo: lo presiento en sus gestos. Juego a interpretarlos.
Aspiro en particular a anticiparme al instante en que el destello de una trucha active
de manera de nitiva su instinto y le haga abandonar su atalaya para pescar ante mí.
Quiero describirlo. Pero no en términos cientí cos, ni didácticos, sino literarios.
Quiero explorar ese momento a través de su mirada y la mía, de mi intención y la
suya, de la equidistancia entre nuestros apetitos. También a través de esta hora en
este lugar. La brisa acaricia cada poco el ancho espejo de agua que nos separa. La
super cie vibra como una página a punto de ser pasada. Mientras aguardo, repaso
otras páginas. Las que me han traído hasta aquí.

En la sección de mi biblioteca dedicada a ese tipo de obras se alinean biografías,


memorias, ensayos, mani estos, poemarios, relatos de viajes, novelas, diarios,
textos epistolares y de divulgación cientí ca y hasta libros de humor. Aunque no
mezclados. Desde hace tiempo reservo los dos estantes superiores a lo que los
anglosajones denominan Nature Writing, un género aún tan por asentar en España
que se deben de contar con los dedos las librerías que le destinan un anaquel pro-
pio. ¿Qué etiqueta le iban a poner? Ahí va una idea: Literatura de naturaleza. Es
mucho mejor que disgregar estas obras por el local, o ponerlas junto a los textos
de Historia Natural. Claro que, ¿cómo identi car el género? Muy sencillo: es el que
responde la llamada de la naturaleza con auténtica literatura.

Allá al norte se ha de nido el Nature Writing como una prosa ajena a la cción y
nutrida tanto por información cientí ca y descripciones del mundo natural como por
re exiones personales e incluso autobiográ cas, que aspira a vincular emocional-
mente al lector con los paisajes y ecosistemas que trata, incidiendo además en la
necesidad de su conservación. Me ceñiré hoy a este criterio. Tanto como a la obser-
vación del águila.

La Literatura de naturaleza aspira a vincular emocionalmente al lector con los paisa-


jes y ecosistemas que trata incidiendo en la necesidad de su conservación

Se rasca bajo un ala y se permite luego un estremecimiento de gustirrinín. Casi


como yo cuando por n tuve en mis manos hace dos años la cuidada primera edi-
ción en castellano de La historia natural de Selborne, obra fundacional del reve-
rendo Gilbert White. Publicada por Libros del Jata, llegaba con 227 años de retraso.
Y con una sorpresa inesperada en sus primeras páginas. Su editor, Ismael Revilla,
nos regalaba a los lectores castellanos una amena introducción a esas cartas en las
que White compartió con dos amigos su curiosidad por la naturaleza de la campiña
que rodeaba su hogar.

Vino poco después Humboldt, como


nos acaba de recordar Andrea Wulf en
La invención de la naturaleza (Taurus),
la extensa, magní ca y muy entrete-
nida biografía que le ha dedicado. Sin
Humboldt (lean el capítulo 19) no
habría existido Thoreau. Es decir, que
sin la inspiración de la obra de Alexan-
der, Henry David no habría abando-
nado el confort de su hogar para pasar
dos años, dos meses y dos días en una
cabaña minúscula junto a un estanque
que se helaba en invierno. Bueno, sin
Humboldt, y sin la escuela trascenden-
talista que, con Ralph Waldo Emerson
a la cabeza y en la estela de Kant, pro-
ponía una exploración de la naturaleza
que trascendiera lo empírico. ¿No es
esta su ciente razón para alejarse
hacia lo salvaje, y buscar?

El relato de las vivencias de Thoreau junto a aquel estanque de Massachusetts es


uno de los libros de no cción más leídos en su país. Y se considera, bien es sabido,
la piedra angular de este tipo de literatura. Hasta el punto de que algunos críticos
bromean con que toda obra del género debe incluir al menos una cita de Walden.
Hay un puñado de ediciones en castellano. También varias traducciones de otras
obras suyas.

Parto un trozo de rama seca de este mismo tronco y lo arrojo al agua. Flota sin ale-
jarse ni acercarse, dibujando con pereza círculos concéntricos. ¿Lo habrá advertido
el águila desde su atalaya distante? Ella no tiene telescopio, pero sí una vista mucho
mejor que la mía. Vuelvo a pegar mi ojo al ocular. Su indiferencia por esta orilla es
absoluta. ¿Qué le interesa? ¿Cómo percibe cuanto yo interpreto como un paisaje
hermoso?

¿Por qué lo interpreto yo así, y no de otra manera? Si su lugar lo ocupase un especu-


lador inmobiliario, por ejemplo, mi mirada sería otra. De hecho, ya lo es, por haber
reparado en esa posibilidad. No existe espacio natural, por mucho que lo proteja
la ley, ajeno a la amenaza de la rapacidad de algunos de esos individuos, o a sus
consecuencias indirectas.

Después de Thoreau

Aunque la primera obra de impacto acerca de las consecuencias de la destrucción


de la biodiversidad se la debemos al norteamericano George Perkins Marsh, tam-
bién inspirado por sus lecturas de Humboldt, es el escocés John Muir quien termina
por convertir la Literatura de naturaleza en un arma cargada de futuro. Siendo aún
muy joven tuvo que cambiar su Dunbar natal, en la costa del Mar del Norte, por los
Estados Unidos. Su destino nal fue California. Más en concreto, las sierras del inte-
rior de ese estado.

Sus populares artículos en prensa primero, y después los enardecidos libros que les
dedicó, cimentaron en aquella nación aún joven la convicción de que ese patrimo-
nio común que son los espacios naturales debía ser protegido. El modelo de Par-
ques Nacionales (descrito por Wallace Stegner como “la mejor idea de América”)
fue después emulado por el resto de naciones. También la Literatura de naturaleza
comenzaba a consolidarse.

George Perkins Marsh y John Muir, pioneros de la escritura de naturaleza.

Se publicaban cada vez más guías de fauna y ora, y de rutas, mientras proliferaban
las asociaciones de excursionistas y de conservación del patrimonio natural. Al
mismo tiempo que Willa Cather o Henry Beston tomaban el relevo en Estados Uni-
dos, el género brotaba también en Rusia de la mano de Vladimir Arséniev y su
Dersu Uzala (Grijalbo) o en las memorias argentinas de W. H. Hudson. Hasta la
década de los 70 del siglo pasado se escribieron algunas de las obras que hoy se
consideran canónicas, como La primavera silenciosa de Rachel Carson (Crítica) o
algunos textos de Aldo Leopold.

Ha visto algo. Mira bajo sí con curiosidad. Busco qué puede ser. Dos nutrias. Apare-
cen y desaparecen bajo la super cie del embalse. Juegan a perseguirse mientras
avanzan hacia el bosque. Una vez en la orilla, zarandean sus largos cuerpos para
sacudirse el agua y se internan en la espesura con un trote que provoca mi sonrisa.

El género en España

En nuestro país, a pesar del inicial empuje de esa nueva actitud hacia los paisajes de
la mano de la Generación del 98 primero, y de la Institución Libre de Enseñanza
después, los largos años de la dictadura franquista coincidieron con una indiferencia
general por la naturaleza viva que contrastaba con lo que sucedía afuera. Sólo al
nal de ese período, y en coincidencia con el éxito de los documentales de Félix
Rodríguez de la Fuente en TVE, comienza a activarse el interés social por el resto de
criaturas y sus hábitats, así como la creciente preocupación por su conservación.
Numerosas editoriales ponen entonces en el mercado textos divulgativos para
mayores y niños, guías de identi cación, enciclopedias o álbumes de fotografía, la
mayoría fruto de traducciones, a la vez que se fundan in nidad de entidades ecolo-
gistas y empiezan a cobrar fuerza las ya existentes.

Tras el norteamericano George Perkins Marsh, es el escocés John Muir quien termina
por convertir la Literatura de naturaleza en un arma cargada de futuro

En 2008 la revista literaria británica Granta publicó un número especial dedicado a


lo que denominó New NatureWriting: la revitalización del género a través de la obra
de diversos autores jóvenes tanto británicos como norteamericanos. Aquel mismo
año comenzaba a publicar en Valencia Tundra Ediciones, una iniciativa de Víctor J.
Hernández. Desde entonces ha editado 81 títulos de Historia Natural, entre ellos
varios de Literatura de naturaleza, sobre todo de autores españoles. Destacan en su
catálogo obras como la fascinante Los bosques que llevo dentro, de Juan Goñi, un
retrato muy personal de los bosques de Navarra, Caminaturando, de Juan Rodrí-
guez Laguía, o La sonata del bosque, del prolí co Joaquín Araújo, sin duda el autor
y comunicador de referencia en cuanto a publicaciones de carácter medioambiental
en nuestro país. Este mismo invierno ha salido además Encuentros con lobos, colec-
ción de vivencias personales de campo de 38 naturalistas e investigadores. También
Guiri pajarero suelto, memorias del ornitólogo británico Andy Paterson, a ncado en
Málaga desde hace décadas. Yo mismo he publicado en Tundra tres obras, pero hoy
sólo deseo hablar de las de los amigos.

La tradición literaria española era hasta poco antes escasa en textos que se puedan
asignar al género que nos ocupa. Estaban por ejemplo las memorias de José Anto-
nio Valverde (Editorial Quercus) y su formidable Los lobos de Morla, rmado al ali-
món con Salvador Teruelo (Al-Andalus Ediciones). También De la sierra al llano, de
Jesús Garzón, y diversos textos de Miguel Delibes, José María Castroviejo, Eugenio
Morales Agacino, Rodríguez de la Fuente, el mencionado Araújo…

Tampoco eran demasiadas, por otro lado, las traducciones al castellano de obras
consideradas ya entonces clásicos absolutos. Gracias a Alianza Editorial, por ejem-
plo, descubrimos aquí Mi familia y otros animales y el resto de la obra de Gerald
Durrell. Sueños Árticos, de Barry Lopez, vio la luz en Planeta primero y en Penín
sula después. A Siruela debemos varias ediciones de El leopardo de las nieves de
Peter Matthiessen, otra joya.

Por suerte, con el cambio de siglo las cosas empezaron a cambiar. Y muy rápido. La
lista de autores ibéricos comenzaba a crecer según muchos naturalistas veteranos
consideraban llegado el momento de compartir sus experiencias. Es el caso de
Ramón Folch i Guillèn, Martí Boada, Ramón Grande del Brío, Joan Mayol o Pancho
Purro y con su amena El leopardo del Atlas (Edilesa), entre otros.

Novedades clásicas

Desde afuera, además de Gilbert White, otros autores han llegado estos últimos
años a poblar ese espacio hasta ahora en exceso despejado de nuestras librerías.
De hecho, son de repente tantas las novedades que resulta imposible relacionarlas
todas. Algunas, eso sí, son imprescindibles. Es el caso de Los lobos también lloran,
de Farley Mowat (Tundra), relato de la experiencia del autor observando lobos en
Canadá. También de El solitario del desierto, de Edward Abbey (Capitán Swing), una
pieza briosa e inolvidable que nos describe el inicio del saqueo de los áridos paisa-
jes de Utah por parte del turismo de masas a nales de los años 60. O de Mis años
grizzly, de Doug Peacock (Errata Naturae), autor en quien se basó precisamente
Abbey para crear uno de los personajes de su desternillante novela La banda de la
tenaza (Berenice).

Sin la inspiración de Humboldt, oreau no habría abandonado el confort de su hogar


para pasar dos años, dos meses y dos días en el bosque

La colección Libros Salvajes de Errata Naturae incluye, además de esa historia de


redención en busca de osos, otros títulos muy recomendables. Debemos además a
Hoja de Lata la recuperación de El círculo de agua clara, relato delicioso de 1960
en el que Gavin Maxwell narra su retiro a una cala de las islas Hébridas en la sola
compañía de una nutria. Y a Impedimenta la de El árbol, de John Fowles, pura
magia botánica espléndidamente traducida por Pilar Adón. De Philip Hoare Ático de
los Libros ha editado Leviatan o la ballena y El mar interior.

Para mí destaca entre todas ellas El peregrino, de J. A. Baker, traducida por Marcelo
Cohen para la editorial argentina Sigilo. Muchos la consideran no ya la obra más
perfecta de Nature Writing jamás escrita, sino una de las obras maestras de la litera-
tura británica del siglo pasado. Diario del seguimiento a lo largo un invierno de dos
halcones peregrinos en la costa de Essex, ha terminado por convertirse en una obra
de culto. No se la pierdan.

¿Hacia dónde volar?

Algo cambia en su expresión. Sus plumas se ciñen. Tensa sus garras en torno a la
rama. Abre las alas y salta. Unas cornejas graznan en la lejanía, dando aviso. Tam-
bién los patos se alteran. La sigo a través de mi telescopio. Gana altura con varios
aleteos rmes. Dibuja a continuación un giro amplio y luego se desliza contra la
brisa. Su mirada permanece ja bajo sí, atenta a la super cie. ¿Contemplará su pro-
pio re ejo a la vez que decide cuál será su presa?

Hace un año la revista británica New Statesman fue escenario de un estimulante


intercambio de opiniones entre dos de los más destacados autores de Nature Wri-
ting de aquel país. Por un lado, Mark Cocker (sin obra traducida) se lamentaba de
que demasiados autores de lo que allí ya se cali ca de fenómeno editorial igno-
rasen los problemas de conservación de la biodiversidad para limitarse a describir
sus experiencias personales, o dedicarse al simple paisajismo.

Francisco Giner de los Ríos entre sus sucesores en la Institución Libre de Enseñanza Ricardo Rubio y Manuel Bartolomé Cossío,

tempranos valedores de la apreciación de la naturaleza en España (Fundación Giner de los Ríos).

Ponía como ejemplo extremo H de halcón (Ático de los Libros), el premiado y exi-
toso relato de cómo Helen Macdonald superó una la depresión tras muerte de su
padre mediante el entrenamiento de un azor para cetrería. Le respondía el mediá-
tico profesor de Cambridge Robert Macfarlane (Las montañas de la mente. Histo-
ria de una fascinación; Alba Editorial), referencia del género en Reino Unido y alu-
dido directamente por Cocker como principal impulsor de esa actitud. Su tesis era
que todo encuentro entre arte y naturaleza es bene cioso y fértil para ambos
mundos. Y que no debe existir una única manera de indagar desde las letras la rela-
ción personal con el paisaje y lo vivo. De paso, acusaba a Cocker de pretender ins-
trumentalizar el Nature Writing para un único n. Lo que ambos debatían, al n y al
cabo, es cuál debe ser el papel de la literatura en la respuesta a la crisis ecológica
que vivimos.

Cómo puede contribuir a que, además de saber que formamos parte inseparable
del tejido de lo vivo, lo experimentemos. A que comprendamos no sólo desde un
punto de vista intelectual, sino también emocional y sensorial, la importancia capital
de esa parte tan a menudo olvidada de nuestra condición. Y a que actuemos para
rescatarla. Para rescatarnos.

Las águilas pescadoras comenzaron a ser rescatadas hace 60 años, cuando en


Escocia sólo quedaba una pareja y en el resto de Europa menos que nunca hasta
entonces. Hoy están fuera de peligro, y se han convertido en modelo de muchos
proyectos de conservación de especies amenazadas. Son un buen puñado los
libros que cuentan esta historia de resiliencia, empeño personal, creciente apoyo
social y optimismo.

Ahí va. Adelanta las garras y la cabeza. Echa hacia atrás las alas. Desciende en obli-
cuo a la super cie, sin darme tiempo más que a mirar y maravillarme, por muchas
veces que lo haya presenciado. Se precipita en el embalse, emerge en seguida de
su propio chapoteo y echa a volar con su presa. La trucha, enorme, colea inútil-
mente en sus garras. De sus escamas y de las plumas del águila se van derra-
mando gruesas gotas que van trazando en el agua el tipo de mensaje que nece-
sito descifrar.

ANTONIO SANDOVAL REY (@ASandovalRey)

Una versión de este artículo aparece publicada originalmente en


el número de febrero de 2017, 279, de la edición impresa de la
Revista LEER.

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