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Emma Darcy - La Dama de Diamantes

Este documento presenta una sinopsis del primer capítulo de la novela "La Dama de Diamantes" de Emma Darcy. Introduce a los protagonistas, Laura Hammond y Jared Eastern, y establece el contexto familiar de Laura y su deseo de viajar a Australia para investigar el misterioso pasado de su padre biológico, Andrew McKenzie, de quien heredó una extraña pintura. Describe la oposición de la madre de Laura, Connie Hammond, a sus planes de viajar y rechazar un pretendiente local para seguir su propio camino.

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Emma Darcy - La Dama de Diamantes

Este documento presenta una sinopsis del primer capítulo de la novela "La Dama de Diamantes" de Emma Darcy. Introduce a los protagonistas, Laura Hammond y Jared Eastern, y establece el contexto familiar de Laura y su deseo de viajar a Australia para investigar el misterioso pasado de su padre biológico, Andrew McKenzie, de quien heredó una extraña pintura. Describe la oposición de la madre de Laura, Connie Hammond, a sus planes de viajar y rechazar un pretendiente local para seguir su propio camino.

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La Dama de Diamantes

Emma Darcy

La Dama de Diamantes (15.07.1991)


Título Original: Bride of Diamonds (1990)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello/ Colección: Bianca 539
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Jared Eastern y Laura Hammond

Argumento:

Cuando Laura abandonó su frívola vida en Boston para averiguar en


Australia el pasado de su padre, no imaginó que se enfrentaría a su propio
destino en el arrogante y atractivo Jared Eastern. La chispa que
surgió entre ellos no podía ignorarse, aunque Jared dudaba de los
motivos de Laura. ¿Cómo podía convencerlo de que su amor valía más
para ella que los diamantes?
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Capítulo 1
—¿POR qué tienes que regresar a Australia? ¿Qué caso tiene? —exigió Connie
Hammond exasperada—. No te comprendo, Laura. Ese era el problema, pensó
Laura. Ella y su madre nunca llegarían a comprenderse. La grieta entre ellas se había
abierto hacía mucho tiempo y ahora sólo las unía el lazo sanguíneo, por lo cual Laura
trataba de mantener la paz.
—Quiero regresar, madre —respondió con calma—. Es tan simple como eso;
además te advertí cuando vine a pasar la Navidad, que sólo estaría aquí seis
semanas.
Connie Hammond comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación en tanto
su hija continuaba metiendo su ropa en la gastada maleta.
En realidad su madre no había envejecido, pensó Laura. Las ondas negras de su
cabello estaban bien arregladas y fijas en su lugar. Su cuerpo era delgado y usaba
ropa hermosa. Poseía una expresión de madurez en el bello rostro, pero parecía que
los cuarenta y seis años de vida no habían pasado por su piel. No había líneas de
preocupación, ni ansiedad. Era capaz de evitar todo eso aun cuando se alteraba,
como ahora. A pesar de ser polos opuestos, y de que siempre lo serían, Laura
comprendía el impulso que llevó a su madre a la cima de la sociedad. Ella también
poseía ese rasgo obsesivo.
—Se debe a... a lo de tu padre, ¿verdad? —inquirió con amargura—. ¿Qué más
necesitas saber, por Dios?
Todo, pensó Laura. Hasta un año atrás, no sabía nada de su verdadero padre. Si
esa carta no hubiera llegado, notificándole sobre la herencia que le dejó, aún no
sabría nada de él. Sólo entonces le dijeron la verdad… por tolerancia.
Si fuera posible, Connie Hammond horraría cada vivencia de si primer
matrimonio. Hubiera ignorado la existencia de Andrew McKenzie y negado que
fuera padre de la hija por la cual se vio obligada a casarse. Odiaba recordar su “error
de juventud”. Treinta años atrás, las chicas bostonianas de sangre azul no tenían hijos
fuera del matrimonio. No, si querían conservar su buena reputación. Pero descubrió
que el divorcio era mucho más aceptable.
Después de un período sensato, se divorció del padre de Laura y se casó con el
tipo de hombre adecuado. Ted Hammond pertenecía a una antigua familia
bostoniana, era un banquero respetable y pilar de la sociedad. Adoptó legalmente a
Laura para que el apellido McKenzie nunca volviera a mencionarse. Y así habría
sido... de no ser por la carta. Sólo entonces salió todo a relucir y Laura viajó a
Australia a indagar acerca del padre que nunca conoció.
El hecho de que su madre considerara a Andrew McKenzie corno un inadaptado
social, despertó las más fuertes simpatías en Laura. Lo que descubrió acerca de su
vida la intrigó tanto, que no descansaría hasta saber por qué había actuado como lo
hizo. Tenía que regresar. La extraña pintura que le legó era la clave del misterio y
ahora que sería exhibida en Australia alguien allá podría saber su significado.

Escaneado por Galshah y corregido por Liliana Nº Paginas 2-105


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Existía una oportunidad casi nula y la decisión que tomó inquietaba su


conciencia. Su padre se llevó sus secretos a la tumba. Tal vez debiera dejarlos ahí; sin
embargo, lo que había hecho ya no podía lastimarlo. ¡Quería saber! ¡Necesitaba y
tenía que saber!
— ¿Y qué hay de Steven Hershaw? —inquirió su madre, pasando a otra
discusión.
— ¿Qué hay con él?
Connie Hammond suspiró con frustración por el tono desinteresado. Se sentó en
la cama en un intento por llamar la completa atención de su hija.
—Laura, tienes veintiocho años. ¿No te cansas de vagar por el mundo? ¿De vivir
en lugares extraños? Sé que ahora no se apresura a las jóvenes a casarse, pero los
hombres no esperan una eternidad para escoger esposa. Steven Hershaw es uno de
los solteros más codiciados de Boston. El se interesa en ti;
—Cree que seré un adorno para su vida —comentó Laura con burla—. No
pensaba lo mismo hace unos años, ¿verdad? Connie Hammond respingó.
—Todo mundo olvidó eso, Laura.
Laura nunca lo haría. Su percepción de muchas cosas cambió por todos esos años
de adolescencia, cuando la tortuosa química de la pubertad surgió en su rostro y
nubló su existencia con la fealdad. Nadie quería su amistad. Ella sabía bien lo que
significaba ser una inadaptada social.
Las crueldades la hicieron encerrarse en sí misma, al grado que su madre la llevó
a un siquiatra. Sin embargo, el remedio no tenía nada que ver con la mente, sino con
un nuevo tratamiento laser que quemó las células muertas causantes de su desfiguro.
Ahora su piel era tan suave y fina como la de un niño, sin manchas. Su cuerpo,
impresionantemente femenino, había sido antes delgaducho y desgarbado. Aprendió
a erguirse, a mantener derechos los hombros y en alto la barbilla. Miraba a quien
fuera con serenidad y confianza, ya no con miedo. Ahora era aceptada en la sociedad
y muy deseable. Un adorno que satisfaría a cualquier hombre.
Sus facciones estaban bien proporcionadas, aunque Connie Diamond hubiera
preferido una expresión más viva, en vez de la tranquila belleza que en ocasiones
parecía una máscara con la que Laura enfrentaba a la gente. Le habría gustado que su
hija le sacara provecho a su espeso cabello color castaño rojizo ya que siempre lo
llevaba largo, lacio y prendido en la nuca. El estilo conservador le quedaba bien, pero
no estaba a la moda, que era lo que contaba para Connie Hammond.
— ¿Qué buscas? —preguntó Connie con fatiga—. ¿Qué quieres?
—Tal vez busco el significado de la vida. ¿Quién sabe? Lo que sí sé es que no
quiero a Steven Hershaw, ni la vida que pueda darme.
—Es una buena vida, Laura —discutió Connie desesperada. Había hecho hasta lo
imposible porque surgiera una relación entre Laura y Steven y formaran un hogar.
¿Por qué su hija no era feliz?

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Para Connie Hammond, Boston y su selecto círculo social eran lo único que
merecía la pena. Pero no para Laura, quien superó su miserable adolescencia,
diciéndose que esa sociedad cerrada, donde sólo importaban las apariencias, era sólo
una gota en el océano de la humanidad.
Tan pronto como terminó la universidad, comenzó a viajar. Con los paquetes y
descuentos del gobierno a su disposición, y aun con escasos recursos, visitó casi todo
el mundo. Existían tantas formas diferentes de vida, algunas peores, otras mejores.
Ciertamente le gustaba Boston, pero Laura la consideraba una prisión de la que debía
escapar. La independencia que había conseguido no le permitiría sentirse feliz ni
cómoda con la clase de vida que llevaba su madre.
Levantó la vista y el corazón se le oprimió al ver la desilusión en los ojos de su
madre.
—Lo lamento —se disculpó con suavidad—. De verdad lamento no poder ser la
hija que quieres, pero no pensamos igual y tengo que seguir mi propio camino,
madre.
—Lo he intentado tanto... No puedes decir que Ted no ha sido un buen padre...
Hemos hecho todo lo posible por ti...
—Por favor no creas que no estoy agradecida —interrumpió Laura de prisa,
lastimada por el dolor de su madre—. Los quiero y no deseo herirlos. Lo que pasa es
que... —hizo un ademán de impotencia. Era imposible explicarse sin herirla. Luchó
contra el sentimiento de culpa, decidida a no sucumbir al chantaje emocional—.
Madre, tú hiciste tu elección; déjame hacer la mía.
—Tu padre te abandonó sin mirar atrás —estalló con amargura, frunciendo el
ceño.
Laura podía imaginarse lo que habría pasado si Andrew McKenzie hubiese
peleado la custodia de su hija. Tal vez su padre decidió que Laura estaría mejor sin
él. Sin duda, fue así como lo había planeado Connie Hammond. No obstante,
Andrew McKenzie no se olvidó de Laura a quien se le dificultaba explicarle a su
madre, la extraña afinidad que ahora sentía por él.
Hizo otro esfuerzo por mantener la paz.
—Madre, no te estoy dando la espalda. Me mantendré en contacto como lo hago
siempre. Lamento que no sea suficiente para ti, pero debo vivir mi vida como yo
quiera. ¿No podemos dejarlo así?
Por mucho que le doliera, Connie Hammond reconoció su derrota. La expresión
cerrada de Laura le advertía que estaba presionándola mucho y que debía dejar una
puerta abierta. Tal vez un día se diera cuenta de lo que le convenía. Después de todo,
Laura era más hija suya que de Andrew McKenzie.
No obstante, Connie Hammond nunca sabría la sensación de liher6tad que
embargó a Laura cuando tomó el avión hacia el remoto país, al otro lado de la tierra.
Tampoco le hubieran agradado los sentimientos confusos que la invadieron cinco
noches más tarde en la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, al contemplar la
pintura de Andy Mac, tan diferente de las demás.

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El ansia de comprender se mezclaba, con la persistente sensación de culpa. Desde


el primer momento en que la vio, percibió que la pintura contenía un significado
personal tan intenso, que oprimía su corazón. No debió exhibirla al público, pero el
impulso por saber qué significaba, desplazó cualquier otra consideración. Si alguien
la viera y pudiera decirle... ¿Estaba equivocada acaso por querer saber más acerca de
su padre?
Era un cuadro extraño, salvaje y fascinante-. El sol se ocultaba detrás de unas
rojas montañas calizas, y lanzaba destellos con tonalidades de coral hacia el cielo. En
primer plano había una llanura con hierba pálida, envuelta en un azul pálido de
donde salían las extremidades retorcidas de los baobabs gigantes. En la esquina
izquierda superior, aparecía el rostro de una mujer, integrado extrañamente al
decorado cielo y que proyectaba una ansiedad infinita, al parecer, difícil de
apaciguar.
Su padre no le asignó un nombre a la pintura; tampoco estaba firmada. Le dijo a
Jeremy Bursell, su representante, que no debía venderse, bajo ninguna circunstancia.
Aunque no cabía la menor duda de que su padre era el artista, ese cuadro era
totalmente diferente de toda su obra, en ambiente y tema.
Laura percibió que era la llave a todos los años perdidos, al misterio de por qué
Andrew McKenzie, el geólogo, se convirtió en Andy Mac, el artista, el excéntrico
solitario que pasó los últimos veinte años de su vida en Puerto Douglas en la costa
norte de Queensland. En todo ese tiempo nunca habló con nadie de su pasado. Nadie
en Puerto Douglas supo que tenía una hija, hasta que Laura se presentó a reclamar su
herencia, sorprendiéndolos a todos, ya que Andy Mac huía de las mujeres.
¿Qué habría sucedido en esos años, entre el final del breve matrimonio con su
madre y su llegada a Puerto Douglas? ¿Por qué cambió de forma tan radical y sin
ponerse nunca en contacto con ella? Debió pensar mucho en la hija a la cual renunció,
o no le habría heredado la casa y las pinturas.
—“Sueños Perdidos” —comentó alguien a sus espaldas. Era el nombre que Laura
le asignó al cuadro.
—Poco común, ¿verdad? —comentó una mujer.
—Fascinante.
Laura sabía, con absoluta certeza, lo poco usual y fascinante que era esa pintura.
La escena representaba un lugar en el Kimberley, una zona muy apartada de
Australia Occidental, que fue una de las últimas fronteras establecidas por el hombre
civilizado, la tierra que los antiguos rústicos llamaban el ocaso en el oeste, y que
geológicamente es una de las regiones más viejas del mundo. Laura también
identificó las montañas calizas del fondo como la cadena montañosa King Leopold.
Por desgracia no encontró ninguna respuesta en su viaje a ese lugar, al cual ni
siquiera los grupos profesionales de safaris aceptaron llevarla.
—Este es el punto extremo, señorita —le indicaron—. No hay nadie más a quien
pueda pedirle ayuda. ¡Si se pierde, se acabó!

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Los habitantes eran pocos y vivían en grupos separados. Se concentraban


principalmente en estaciones ganaderas; las más pequeñas de éstas eran de por lo
menos doscientos sesenta kilómetros cuadrados de extensión. Había observado el
ocaso en la cadena montañosa King Leopold y era tan maravilloso como en “Sueños
Perdidos”. Vio también pálidas llanuras y baobabs, la antigua meseta del Bungle y
otras más con sus afloramientos de rocas, así como los precipicios Stanley, donde los
cañones eran tan estrechos que no pasaba la luz del sol. Era una extraña tierra
primitiva, y de las regiones más antiguas del mundo, pero nadie recordó a Andrew
McKenzie y Laura tampoco vio el lugar que él pintó.
¿Qué sucedió ahí? ¿Por qué pintó el rostro de la mujer en la escena? ¿De quién
era ese rostro... tan hermoso... y obsesionante?
Laura dejó escapar un suspiro de frustración y se volvió. Sabía que eran remotas
las esperanzas de que, exhibiendo el cuadro, obtuviera las respuestas que buscaba.
¿Qué más podía hacer?
La solicitud de que-se exhibiera la obra de su padre en una colección de arte
australiano, le había dado la idea. La colección se presentaría en la capital de cada
Estado. Esa era la primera noche, la apertura de la exhibición en Sidney y, por la
multitud que llegaba, Laura suponía que mucha gente vería la pintura. Tal vez
escuchara algún comentario significativo.
Pasó la vista por la gente que circundaba la galería y entonces lo vio. El estaba en
la sala adjunta, pero caminaba hacia ella; era el hombre más impresionante que Laura
había visto. Sin un atractivo clásico o bonito, poseía una presencia autoritaria.
Era alto y el traje de tres piezas color miel dejaba entrever un físico poderoso. Su
piel estaba muy bronceada y su cabello muy expuesto al sol, rubio y caramelo, lacio y
un poco revuelto. El rostro, la frente, los pómulos y la mandíbula eran fuertes y
apremiantes.
Su gesto era duro y parecía determinado a encaminarse a un destino creado por
él mismo. Los ojos estaban tan hundidos que Laura no pudo ver su color; la nariz era
un tanto aguileña, y sus labios bien definidos, bastante generosos para expresar
sensualidad, pero existía una disposición controlada en su boca que negaba la
autoindulgencia.
Era lo opuesto a Steven Hershaw, pensó Laura, sintiendo una ola de atracción
perturbadora y primitiva. Podía imaginar a ese hombre guiando un tren hacia
territorio indio y comandando una legión romana, tal vez cabalgando detrás de
Genghis Khan. Establecería sus propias normas, y pobre del que se le opusiera.
Alejó los pensamientos extravagantes. Su madre le preguntó qué quería y Laura
meditó acerca de si podría amar a un hombre como ese. Ciertamente sería interesante
averiguarlo, pensó y sonrió por su desbordada imaginación.
Laura no sabía si él había percibido su mirada especulativa o su sonrisa, pero
cuando llegó al pasillo se detuvo y la miró. Después del tratamiento en su rostro
Laura siempre recibía muchas miradas, pero ninguna tan devastadora.

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Por lo general despreciaba esa atención con cinismo, pero esto era más que una
apreciación fugaz. Era un escrutinio posesivo que de alguna forma proyectaba la
seguridad de que podría poseerla si él así lo deseaba. La pregunta era si merecía la
pena el esfuerzo.
A pesar de la elegante ropa que eligió para la ocasión; una blusa de organza
blanca con bordes negros y una falda ajustada de seda negra, Laura se sintió como
una esclava desnuda. Todo su cuerpo se tensó y le pareció tener el corazón en la
boca. Cuando alguien tocó su brazo, se sobresaltó.
Se trataba de Jeremy Bursell, el comerciante de arte que “descubrió” a Andy Mac
años atrás y que desde entonces se encargaba de sus asuntos. Era un astuto hombre
de negocios que estaba muy complacido por tratar con una cliente cuya herencia
podría beneficiarlo con altas comisiones.
— ¿Estás satisfecha con el acomodo de los cuadros? —preguntó—. Yo mismo
supervisé la iluminación.
—Está muy bien. Estoy segura de que mi padre estaría complacido si pudiera
verlas. Se ven bien, ¿verdad?
—Sí —respondió con la seguridad de un profesional en arte—. Me alivia que no
te apure venderlas. El precio subirá ahora que tu padre... murió. Espero que esta
exhibición despierte más interés y cuanto más esperemos...
Laura se atrevió a mirar al pasillo, pero el hombre había desviado de ella su
atención. Seguía en el mismo lugar, inmóvil como una piedra, y con el rostro tenso,
parecía concentrado. Entonces movió adelante su cuerpo de forma imperativa como
un boxeador al ataque. Su explosiva tensión era tan marcada que Laura siguió la
dirección de su vista, un tanto molesta por la fugacidad del interés en ella.
Sintió un impacto en el corazón al percatarse de que el hombre contemplaba
“Sueños Perdidos”. Movió la cabeza con incredulidad y después comenzó a hojear el
catálogo.
Leyó el contenido y después volvió a estudiar el cuadro. Lentamente apretó el
catálogo en la mano. Giró en redondo con el rostro rígido por un firme propósito;
examinaba con rapidez a la gente. Pasaron por Laura sin reconocerla... los ojos verdes
de aquel hombre brillaban con una violencia que advertía que no quería que nadie se
interpusiera en su camino.
Partió antes que Laura pudiera recuperarse lo suficiente para preguntarle qué
exactamente lo había atraído a la pintura. ¿Por qué reaccionó con tanta fuerza?
¿Acaso esa escena extraña y primitiva conmovió su alma? Sin embargo, pareció
perder el interés con la misma rapidez que lo perdió en ella.
De pronto se sintió muy cansada debido al viaje y se disculpó de la conversación
egoísta de Jeremy Bursell. El hotel no estaba lejos y la caminata le ayudó a olvidar el
provocativo incidente con el hombre.
No merecía la pena quedarse en la galería a imaginar reacciones ante “Sueños
Perdidos”. Debía hacer algo más positivo.
El Sheraton-Wentworth se localizaba en el centro y el personal era muy amable.

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—Si vas de viaje, hospédate en el Sheraton. Es seguro —le había aconsejado su


madre.
Laura miró los brillantes candelabros del vestíbulo y sonrió para sí al recordar las
hosterías baratas donde solía quedarse. Ahora tenía el dinero para darse esos lujos.
La última pintura vendida de su padre, alcanzó los cincuenta mil dólares y si Jeremy
Bursell no se equivocaba respecto a la creciente demanda de la obra de Andy Mac,
probablemente no tendría que trabajar nunca más.
Cuando se preparaba para acostarse, Laura tuvo una idea. No estaba
acostumbrada a tener tanto dinero y no lo pensó la última vez que estuvo en el
Kimberley, pero ahora podía contratar a un helicóptero para revisar toda el área, y si
localizaba algún lugar parecido al de la pintura, podrían aterrizar ahí. ¿Para qué? No
estaba segura, pero el impulso de continuar buscando respuestas la movía.
A pesar de la fatiga, Laura estaba aún despierta cuando una hora después el
teléfono sonó. Levantó el auricular, resignada a asegurarle a su madre que estaba
sana y salva, y que le escribiría pronto.
Sin embargo, no era llamada internacional.
—Lamento molestarte, Laura —era la voz de Jeremy Bursell—, pero me han
hecho una oferta por una de las pinturas y me presionaron mucho para cerrar el trato
lo más pronto posible... si estás de acuerdo.
Un extraño presentimiento erizó la espina dorsal de Laura. ¿Por qué llamarla en
la noche? ¿Cuál era la urgencia?
— ¿Qué pintura? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Jeremy se aclaró la garganta.
—“Sueños Perdidos”.
Su corazón dio un vuelco. ¡Tenía razón!
Jeremy se apresuró a hablar, consciente de cuál sería la respuesta de ella.
—El cliente está informado de que, por instrucciones tuyas, ese cuadro no está a
la venta. Sin embargo, la oferta que hace... El dinero no es problema, Laura. Creí que
no debía rechazarlo hasta consultarte.
—Sabes que no puedo venderla. Tú mismo me contaste lo que indicó mi padre —
le recordó.
—Lo sé, lo sé —repitió él con una exasperación apenas contenida—. Pero Laura,
eso no está escrito en el testamento. No hay nada legal que te ate. Estoy seguro de
que tu padre no se opondría si supiera...
—tomó un respiro—. Laura, esto es grande...
—No bastante, Jeremy —su padre pidió que nunca se vendiera. Habría preferido
destruirla, aunque nunca lo intentó. Tenía un significado muy personal, algo que...
— ¿No crees que cinco millones de dólares es suficiente?

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La incredulidad detuvo sus pensamientos. Negó con la cabeza, incapaz de


aceptar lo que acababa de oír.
—Me estoy quedando sorda, Jeremy. ¿Podrías repetirlo?
—¡Cinco... millones… de dólares!
—No puedo creerlo —habló después de unos momentos, por la impresión.
—Yo tampoco —replicó él, conmovido, aunque Laura percibió la ansiosa
excitación que Jeremy trataba de ocultar. La comisión sobre cinco millones brillaba
ante sus ojos.
Por fin la mente de Laura comenzó a trabajar a su máxima capacidad. Alguien
deseaba desesperadamente esa pintura. ¿Por qué? Tenía que saberlo.
— ¿Quién es el comprador?
—No lo sé. En estas situaciones, las propuestas se hacen por medio de un tercero.
La gente no desea provocar escándalos. Pero te aseguro que la propuesta es genuina.
Laura respiró profundo. Tenía que estudiar eso con cautela, y tomar la decisión
correcta pará obtener lo que buscaba. La excitación la abrumó. Eso era lo que
esperaba y la respuesta era impresionante! ¡Y podría arruinarlo todo si no era
cuidadosa!
—Jeremy, di a los intermediarios que sólo trataré con los interesados en persona,
sin agentes.
—Un momento. Los tengo en la otra línea.
Esperó con tensión creciente. Diez, quince minutos. Toda la alegría desapareció
con la espera. Su mente continuaba trabajando con velocidad. En apariencia, su
demanda tenía resistencia y mucha. ¿Quién era y por qué no deseaba que lo
conocieran? ¿Existía una lista de millonarios en la cual pudiera buscar a alguno
conectado con su padre?
—Laura, el comprador insiste en que sólo desea comprar la pintura. No desea
discutir el asunto, por eso realizó una oferta tan alta. Es una situación de tómalo o
déjalo. Tienes que decidirte. Si lo rechazas ahora, no volverá.
Laura se tomó su tiempo. Era como jugar póquer, sólo que nunca jugó por
apuestas tan altas como esa. Era claro; si no averiguaba quién era el comprador,
nunca descubriría lo de su padre. Y, si alguien estaba dispuesto a ofrecer tanto, no
creía que estuviera en una situación tan radical. El comprador quería intimidarla
para que se decidiera ni- pido.
De cualquier modo, nada la convencería de vender la pintura. Ahora estaba cerca
de la verdad. Sabía, sin duda, que “Sueños Perdidos” poseía un significado
importante para alguien más que su padre. Respiró profundo para disminuir la
adrenalina y aceptó el desafío.
—No —contestó llanamente—. La respuesta es no, Jeremy. No venderé bajo esas
condiciones, pero si él cambia de opinión, porque supongo que se trata de un

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hombre, discutiré el asunto. Puede llamarme aquí o dejar un mensaje. ;Si no quiere
darme lo que deseo, la respuesta es no!
—Laura... —pudo oír el siseo de Jeremy—. Como tú digas. ¿Quieres esperar
mientras les doy tu respuesta?
—Estoy cansada, Jeremy. Vuelve a llamarme.
—Cansada... —repitió. Era obvio que estaba tan alterado que no podía creerle.
Con inteligencia omitió cualquier comentario—. Como desees.
Laura se deslizó en las almohadas y trató de relajarse, pero le fue imposible. Su
mente volaba. ¿Tomó la decisión correcta? No podía hacer nada hasta recibir la
respuesta, pero tampoco podía dejar de considerar las posibilidades.
Esta vez tardó más tiempo, pero no le importó. Cada minuto aumentaba sus
esperanzas de que pudiera efectuarse una reunión. No dudaba que Jeremy estuviera
haciendo lo mejor para mantener el trato.
El teléfono volvió a sonar y con rapidez tomó el auricular.
—Laura... —el tono de alivio del hombre la hizo sonreír—. Ponen condiciones. El
comprador insiste en que la entrevista sea confidencial.
—Absolutamente —acordó de prisa.
—Y tiene que ser mañana en la mañana, lo más temprano posible. Laura
necesitaba el mayor tiempo posible con él. El hombre era impaciente y con seguridad
se mostraría renuente a discutir el asunto. Como ella se encontraba en posición
favorable, dictaría sus propios términos.
—Invítalo a almorzar conmigo en el hotel. Restaurante Garden Court, a las ocho
y media.
Hubo una corta pausa antes que Jeremy tuviera la respuesta.
—De acuerdo.
— ¡Perfecto!. ¿Cuál es su nombre, Jeremy?
—No me lo dio. Tuve que darle el tuyo. ¿Venderás, Laura?
La cautela la hizo callar. No quería ninguna discusión en torno a1 trato.
—Escucharé. Gracias por negociar la reunión, Jeremy. Te dejaré saber lo que
resulte de ella y de todas formas te recompensaré por las molestias.
—Será mejor que yo también vaya mañana, Laura —sugirió de prisa.
—No, Jeremy. Lo lamento; en otros tratos, sí, pero en este no; es privado.
—Está bien, buena suerte —suspiró de mala gana.
Colgó, pero la excitación la mantuvo despierta hasta que terminó por ordenar en
la recepción que la despertaran. Se sentía ansiosa por estar bien preparada para lo
que venía.
Bien podía ser que el hombre no conociera a su padre o que la pintura no
significara nada para él, pero cinco millones de dólares expresaban un poderoso

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deseo por adquirirla y debía existir un motivo, por encima de la común apreciación
de un amante del arte. Con ese precio, no podía ser un mero negocio. Así que lo
único que quedaba era... ¿qué?

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Capítulo 2
LAURA salió de su habitación a las ocho y cuarto y subió en el ascensor al quinto
piso. Era la sección más alta del hotel y estaba rodeada por un jardín en el cual había
enormes tinas con árboles ornamentales, y setos que proporcionaban una vista
placentera a través del ventanal del restaurante. Desde ahí se podía apreciar el
Parque Domain, donde se localizaba la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur.
Laura le dio su nombre al camarero, le informó que esperaba a alguien más y
pidió una mesa junto a los enormes ventanales. Deseaba observar el ascensor,
estudiar al comprador potencial antes que él la identificara. Si sabía algo acerca del
cuadro, debía ser más o menos de la edad de su padre.
Se vistió con un traje de lino rosa y blusa blanca; su largo y espeso cabello estaba
recogido en un moño ajustado. Esperaba que el hombre no fuera difícil de tratar. Los
australianos a veces eran demasiado directos y era obvio que este hombre no quería
perder el tiempo. Necesitaría de todas sus agallas para mantener la conversación y
obtener lo que estaba buscando.
Se sentó en una silla que permitía libre vista del vestíbulo. De inmediato le
ofrecieron café y aceptó gustosa. En los siguientes diez minutos sólo salieron parejas
del ascensor.
Laura apenas pudo creerlo cuando vio otra vez al hombre que le causó un fuerte
y perturbador impacto en la galería, el día anterior. No había error, hasta usaba el
mismo traje de tres piezas color miel.
Lo miró con el pulso acelerado y se preguntó si... No, no podía ser él. Aparentaba
poco más de treinta años; no los suficientes para haber conocido a su padre y lo que
sucedió con su vida hacía veinte años. Este hombre sólo era un chiquillo en ese
entonces.
El desconocido revisó su reloj cuando entraba en el restaurante, para descubrirla
observándolo. La reconoció y torció la boca con diversión irónica. No cabía duda de
que recordaba el breve encuentro de la noche anterior, y Laura se preocupó porque él
no se percatara de su interés otra vez. Se volvió y deseó que se sentara en el lado
opuesto. Lo último que necesitaba era que él la distrajera.
Tomó aire y lo exhaló para calmar sus nervios y miró su reloj; eran justo las ocho
y media.
— ¿Señorita Hammond?
Laura apretó los dientes; era él, tenía que ser él. La voz le quedaba... un tono bajo,
amielado, pero con un toque severo. Ella no se sonrojaba con facilidad, pero una ola
de vergüenza le recorrió el largo cuello y pudo sentir que sofocaba sus mejillas. Si él
pensaba que era una aventura fácil, debía desmentirlo de inmediato De otra forma,
su importante entrevista se vería afectada.

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La imperiosa necesidad de mantener a distancia a ese hombre, de deshacerse de


él pronto, hizo que su mirada fuera impersonal y remota. Sin embargo cuando lo vio,
él no dio señales de captar el mensaje.
— ¿Puedo sentarme con usted? —preguntó con cortesía, sin el menor dejo de
coqueteo en los verdes ojos que la penetraban. Parecían duros y con un propósito.
—Lo lamento —respondió con la mayor frialdad posible. A pesar de la urgencia,
experimentó desilusión. En otras circunstancias... pero no ahora—. Tal vez en otra
ocasión. Estoy esperando...
—A mí. Me está esperando a mí, señorita Hammond. Tenemos un negocio que
discutir, si así lo desea.
— ¿Usted? —la palabra se le escapó de los labios. Fue un error, ya que percibió su
satisfacción en la sonrisa de su rostro guerrero.
—Mi nombre es Jared Eastern —se presentó y le ofreció la mano. Entrecerró los
ojos cuando añadió—: Si eso le recuerda algo.
Ella extendió la mano y saludó. Su piel era fuerte y vigorosa, como si realizara
duras labores manuales. Hasta ese ligero contacto hizo que Laura se estremeciera con
debilidad femenina, y apresurada retiró la mano.
—Temo que no —respondió—. No me muevo en círculos financieros. Y, claro, no
soy australiana.
— ¡Ah!
Otra vez tuvo la sensación de haberle proporcionado satisfacción. Eso estaba mal,
pensó Laura. Estaba revelando mucho de sí misma y era ella quien debía sacarle la
información a él. El aplomo que necesitaba para esa reunión se había esfumado y le
costó trabajo recuperarlo un poco. Señaló la silla opuesta.
—Por favor, siéntese, señor Eastern. Le pido perdón por mi falta de cortesía.
Debo confesarle que pensé que era usted mucho mayor.
—Yo también. Sin embargo, no me molesta la grata sorpresa —se expresó con
una sonrisa encantadora que no se hallaba en sus ojos. Se sentó y la observó con
interés—. Su acento me indica que es usted estadounidense. ¿Es ese problema con mi
oferta?
—No hay ningún problema con mi nacionalidad, señor Eastern —interpretó mal
deliberadamente para ganar tiempo—. ¿Ordenamos? —sonrió al camarero sin
esperar respuesta.
El camarero les dio la minuta. Jared Eastern le lanzó a Laura una mirada burlona
antes de ver el menú. Aguardó hasta que les tomaron la orden, les sirvieron más café
y se quedaron solos.
—Preguntaba si la moneda es un problema —resumió—. Sé que el cambio
monetario internacional puede crear dificultades. Le aseguro que lo podemos
solucionar.

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— ¿Podemos? ¿Quiénes? —preguntó Laura. Se ruborizó al evocar la forma en


que la miró en la galería y el error de momentos antes. Sólo añadió—: ¿Quién es
usted?
Algo peligroso cruzó los ojos verdes.
—Usted y yo, señorita Hammond, somos nosotros. ¿No estamos aquí para
discutir modos y medios? En cuanto a mí, mi crédito financiero es...
—De primera clase —terminó ella con sequedad.
—Gracias.
No iba a dar de sí, pero a Laura comenzaba a gustarle el desafío de ese hombre.
No sería presa fácil. Le sonrió.
—Me gustaría saber qué medios tiene para solucionar problemas de cambio
monetario internacional.
El brillo peligroso desapareció.
—Una compañía con oficinas en muchas partes del mundo. Tenemos una en
Nueva York. ¿De qué parte de Estados Unidos es usted?
—Boston, Massachusetts; no muy lejos de Nueva York.
—Conozco Boston, señorita Hammond —respondió con frialdad— Ahora,
¿vamos al grano?
—Le molestaría si primero me dice a qué se dedica, señor Eastern —Saco cosas de
la tierra —respondió con divertido sarcasmo.
—Eso debe ser beneficioso para usted. ¿Qué clase de cosas?
—La clase de cosas que las mujeres más hermosas, como usted, consideran sus
mejores amigas. Diamantes, señorita Hammond. Los diamantes de las más finas
tonalidades en el mundo.
¡La mina de diamantes Bendenner en el Kimberley! Había leído sobre ella. Sin
embargo, ésta fue establecida en los setenta, mucho después que su padre llegó a
Puerto Douglas. Descartó cualquier relación con la mina, cuando visitó el área. La
época no coincidía, pero tal vez se equivocó. Su padre fue geólogo. ¿Cuánto se
llevaba establecer una mina después de que se encontraba el depósito de diamantes?
Pero. ¿por qué se había ido su padre de ahí si descubrió diamantes?
—Quería discutir mi propuesta. Discutámosla —presionó Jared Eastern—. Las
damas primero. ¿Qué desea exactamente, señorita Hammond?
Titubeó. Si le decía lo que quería, le podría inventar cualquier tontería que se le
viniera a la mente. Se requería tacto, recate y traición si era necesario. En este asunto,
sería tan dura como él, pensó.
Aunque no pudiera decirle nada de su padre, deseaba conocer los motivos de
Jared Eastern. No olvidaba su reacción ante la pintura. Desvió su interés de ella; no lo
deseaba, pero... tenía que explicarse.

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No le gustó el cínico comentario que la incluía entre las mujeres más hermosas
que apreciaban los diamantes sobre todo lo demás. Por el momento, era mejor no
revelarle que era una mujer a la que no se le podía comprar, ni en cinco, ni en cinco
mil millones. Pronto lo descubriría.
—A decir verdad, señor Eastern, no estoy segura de querer vender “Sueños
Perdidos” —declaró llanamente—. ¿Por qué desea comprarla?
El camarero regresó con zumo de naranja. Jared Eastern lo bebió de inmediato,
antes de lanzarle una mirada inflexible.
—Estoy creando renombre entre los círculos de arte. Un coleccionista de obras
únicas —respondió con sarcasmo—. Esta sería la compra del año. Arreglaré sus
problemas fiscales como mejor pueda. La oferta se queda como está. Y después de
hoy, ya no seguirá en pie. Laura le sostuvo la mirada, tratando de verificar las
palabras.
—Me interpretó mal, señor Eastern —replicó con calma—. No se trata de dinero.
Eso no influirá en mi decisión, cuando la tome. Se trata de sus motivos para adquirir
esa pintura en especial. Si no me dice eso, le aseguro que no tendrá oportunidad de
adquirir “Sueños Perdidos”. Tómelo o déjelo. Y después de hoy, la oferta tampoco
seguirá en pie.
Laura vio que él respingaba un poco. Sabía que se había jugado un comodín, una
estrategia que Jared Eastern no había sospechado, y lo sorprendió.
Laura bebió el zumo en tanto él consideraba las palabras. Tenía firmes las manos,
pero sentía un zumbido en la sangre que nunca experimentó.
—La curiosidad mató al gato, señorita Hammond. Tiene cinco millones de
razones para no matar este trato. ¿Qué la induce a dudar?
—Hasta que me dé cinco millones de razones para responder a su pregunta,
señor Eastern, creo que esa información será confidencial.
La observó por unos momentos, antes de hablar otra vez con seguridad. Sin
embargo, Laura casi podía oír los rápidos y furiosos cálculos detrás de la cautelosa
mirada.
—Se diría que entramos en un callejón sin salida, pero tenemos un día para
solucionar esto —declaró con ligereza—. Ya que puede tomarnos todo el tiempo, y al
paso que vamos, le pediría como un acto de buena fe de su parte, que deje de
exhibirse la pintura durante las próximas veinticuatro horas.
La petición la sorprendió por su rareza, así como todos los detalles del trato.
Primero la increíble oferta, después la insistencia de verla muy temprano, y ahora
que el asunto se retrasaba más, Jared Eastern deseaba sacar la pintura de la galería.
La sugerencia la desconcertó. ;Jared Eastern no quería que la vieran! No
soportaba tenerla en exhibición al público. ;No era tanta la necesidad de adquirirla,
sino de sacarla de circulación!
—Lo siento, señor Eastern, pero no haré eso a menos que me diga por qué.
—Ya le di una razón —le recordó con cierta impaciencia.

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—Temo que no es suficiente —insistió Laura.


—Ya le di razones —negó con la cabeza, sorprendido—. Usted no las acepta.
¿Cómo puedo probárselas? —le sonrió para obtener su indulgencia—. Tal vez
empezamos con el pie izquierdo. ¿La ofendí ano- che en la galería?
El inesperado cambio hacia un tema m1s personal, la confundió por un
momento.
— ¿Ofenderme? ¿Cómo podría hacerlo? —preguntó con debilidad.
— ¿No? Entonces haré lo que me sentí tentado a hacer cuando la vi por primera
vez. La ocasión no es tan buena, pero tendrá que bastar. Parece un poco tensa. Tal
vez el champ1n con el desayuno la relaje un poco.
Llamó al camarero y pidió una botella de Bollinger, sin importar el precio.
Cuando se volvió a Laura, sus ojos verdes expresaban sugestivas posibilidades y lo
que parecía un toque de malvada alegría.
—¿Bebe frecuentemente champán con el desayuno, señorita Hammond?
¡La trataba con aire descendiente!
Sin duda estaba acostumbrado a tener a cualquier mujer, debido a su apariencia y
su riqueza. Estaba muy equivocado en cuanto a ella.
—El champan en el desayuno es una de las especialidades de mi madre —
respondió con indiferencia, y como un pequeño ejercicio de superioridad, añadió—:
Los Hammond son una antigua familia de banqueros de Boston, señor Eastern.
En absoluto lo desinfló. Sus ojos chispearon un reproche burlón.
—Me dijo que no se movía en círculos financieros. Qué vergüenza, señorita
Hammond.
—No me interesan los bancos —se encogió de hombros.
—No, claro que no —enunció—. Imagino que las artes son su estilo. Le sonrió sin
afirmar o contradecir. ;Que pensara lo que quisiera! Jared Eastern la estudió con
expresión meditabunda por unos momentos, antes de intentar una nueva táctica.
—Es usted tentadoramente hermosa, pero me atrevo a decir que se lo han dicho
muchas veces.
—Usted tiene un rostro muy interesante, señor Eastern. Eso pensé anoche, pero
estoy segura de que lo sabe. Lo que me parece más interesante aún es el rostro del
cuadro.
Jared entrecerró los ojos y reveló una intensa emoción. ¿Ira? ¿Resentimiento?
—Sí —contestó—, me intriga mucho la forma en que se integró con el fondo. Es
una realización ingeniosa. Nunca he visto algo así —agregó con suavidad—. Esa es
una de las razones por las que quiero comprarla —añadió con agudeza.
Laura estaba segura de que decía la verdad al respecto, pero no le proporcionaba
nada más.
El champán llegó. Jared Eastern alzó su copa para un brindis.

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—Por un mejor entendimiento entre nosotros —declaró con una sonrisa que la
conmovió.
Poseía un atractivo imponente. Laura luchó contra su masculina sensualidad. No
podía darse el lujo de que la conmoviera. Además, ella sabía que era más importante
el interior que el exterior.
Decidida a mantener la sensatez, sólo bebió un poco de champán, agradecida
cuando les sirvieron el desayuno.
Estudió la situación en tanto comía los huevos Benedict. Jared Eastern no diría
nada que no quisiera. Era demasiado astuto, inteligente y autoritario para permitir
que alguien lo manipulara.
Sin embargo, Laura aprendió algo: él quería que la pintura dejara de exhibirse.
No era el paisaje en el Kimberley, sino el rostro de la mujer el que poseía un
significado real e importante y él no quería que fuera reconocido. Ahora que sabía
quién era él, Laura suponía que podía averiguar quién era la mujer. ¿Sería más
amigable que Jared Eastern?
—¿Desde cuándo posee la pintura?
—Desde el año pasado —respondió y la miró con mordacidad, pero la expresión
de Jared era sólo de curiosidad.
—Vi en el catálogo que el artista murió el año pasado. ¿Adquirió el cuadro antes
o después de su muerte?
—Después —respondió con brevedad. ¿Era hora de confesarle que el autor del
cuadro era su padre?
—Entonces no tiene mucho —comenzó y otra vez Laura percibió su satisfacción.
El artista estaba muerto y sus secretos también. Eso pensaba Jared Eastern. Si lo
sorprendía con su relación con Andy Mac, tal vez iluminaría ese aire de satisfacción,
pero no le tomaría mucho descubrir que ella no sabía nada más.
—No, no hace mucho —admitió con cautela—. Aunque no me siento inclinada a
dejarla ir, señor Eastern. Tiene... un valor personal... para mí —lo estudió con
cuidado y después añadió—: Me pregunto si tiene un valor personal para usted, más
allá de la colección de arte.
—La vi por primera vez anoche, señorita Hammond. La quiero. Eso es todo —le
sonrió con indulgencia.
—Ya veo —murmuró y siguió comiendo. No iba a delatarse. Tenía que
presionarlo más, de la misma forma en que lo presionó para concertar la entrevista.
Laura no bebió más champán. Notó que él tampoco tocó su copa ni volvió a
hablar de la pintura. Le preguntó si conocía Australia, lo que le gustaba y no; una
placentera conversación inocua, sazonada por un halagador interés hacia ella. Laura
no lo tomó en serio, simplemente lo sobrellevó hasta que terminó el desayuno; luego
de un rato se puso de pie y le extendió la mano.

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—Fue fascinante conocerlo, señor Eastern. Gracias por su tiempo. Jared se levantó
de la silla con una mirada cautelosa y tensa, y le tomó la mano.
—Un placer, señorita Hammond. Confío en que ordenará a su agente que
continúe con el trato.
—Lo lamento; he decidido no vender —indicó, con una sonrisa de
arrepentimiento.
¡Lo sacudió el golpe! Sus dedos casi destrozan la mano de Laura, y un cinismo
amargo endureció sus ojos.
—Señorita Hammond, no quiero jugar. Nunca he visto que alguien rechace una
oferta como la que le hago. No puedo creer que haga esto.
Ella le sostuvo la mirada con firmeza, serenidad y confianza.
—Señor Eastern, aprendí a vivir sin dinero y sin la gente. Le estaría agradecida si
suelta mi mano.
— ¿Entonces por qué aceptó verme siquiera? —estalló, soltándole la mano. La
frustración apretó sus labios y la miró con furia impotente.
Laura respondió con fría y elocuente calma.
—Para hablar de la pintura. Temo que no me satisfacieron sus razones para
comprarla. Piénselo, señor Eastern. Si quiere volver a hablar, puede ponerse en
contacto conmigo aquí. Sin embargo, el límite de tiempo termina hoy.
Pudo sentir que la mirada de él la atravesaba cuando se alejó. No la había
conquistado. Sin duda era una nueva experiencia para él. Laura no pudo evitar
sonreír por su triunfo. El día anterior él la descartó y ahora ella le regresaba muy bien
el “cumplido”. A ese respecto, estaban a mano.
Entró de inmediato en el ascensor; las puertas se cerraron, pero pudo ver que
Jared Eastern permanecía inmóvil, mirándola. No parecía derrotado en lo más
mínimo. De hecho, Laura experimentó una incómoda sensación de peligro, como si
hubiera despertado a una bestia salvaje que la echaría hasta el fin del mundo.
Trató de olvidarse en tanto descendía hasta la planta baja, pero seguía
recordando las caprichosas impresiones que tuvo de él en la galería; un guerrero que
se atrevía a cualquier cosa y que no permitía que nada se interpusiera en su camino.
Atravesó con rapidez el vestíbulo y pidió al reportero que consiguiera un taxi; quería
alejarse de ahí.
— ¿A dónde? —preguntó el conductor.
La puerta del coche estaba cerrada y el portero ya regresaba a su lugar.
—Al Muelle Circular —respondió con calma.
Un paseo en ferry por el puerto Sydney era una buena idea. Cualquiera que
fuera, siempre y cuando la alejara de ahí por un rato.

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Capítulo 3
YA en el muelle, Laura caminó por éste, revisando horarios y destinos. Vio un
cartel del parque Zoológico Taronga y tomó una decisión. La salida sería en diez
minutos. Miró alrededor y localizó un puesto de sombreros de paja entre los locales
comerciales. Si pensaba caminar bajo el sol, debía protegerse.
Las palabras de Jared Eastern flotaban en su mente: tentadoramente hermosa... Se
preguntó si en verdad lo creería así. Una cosa era cierta: era mucho más fácil ser
bonita que fea. No consideraba espectacular su rostro, pero agradecía ser normal.
Cuando se miraba al espejo, sólo veía el milagro del tratamiento láser.
Los pasajeros subían al ferry y se apresuró a unirse a la fila. Una vez a bordo,
escogió la cubierta exterior, ya que no quería perderse la vista. El viaje a lo largo del
puerto fue un deleite; el puerto más maravilloso del mundo, para su gusto. Las
ensenadas y caletas estaban llenas de botes particulares y el tráfico en el mar era muy
intenso. Hasta pudo olvidarse de Jared Eastern mientras gozaba del paisaje.
El Zoológico Taronga no resultó ser una buena elección para sacar al señor
Eastern de su mente. Los peligrosos animales se lo recordaban, sólo que él no estaba
enjaulado, no era el tipo de hombre que aceptaría ser confinado. La buscaría otra vez.
La pregunta era, cuál táctica usaría en esta ocasión.
Sin importar lo que él planeara, Laura sólo aceptaría la verdad. Jared Eastern
conocía el significado de la pintura y no le agradaba. Sin embargo tampoco deseaba
compartir la información con ella o alguien más. Tendría que obligarlo de alguna
forma. La única arma de Laura era su relación con el hombre que pintó “Sueños
Perdidos”. ¿Sería suficiente para sorprender a Jared Eastern y le revelara lo que
quería saber?
Lo dudaba, pero el reto la excitaba. De hecho, nunca había conocido a alguien con
la personalidad de Jared Eastern. Percibía que se encontraba solo, como ella, y quizás
era más autosuficiente que ella. Nunca dudaría en ir él solo a algún lugar, aunque, él
era hombre, de una casta que lo tenía todo, menos la dependencia del Mundo
Occidental.
Vestía como la gente civilizada, pero no podía esconder su naturaleza salvaje. No
respetaba a las mujeres, las usaba como quería. Laura estaba segura de eso, pero no
podía dejar de preguntarse cómo sería ser poseída por un hombre así, sintiendo la
fuerza bruta de su cuerpo sobre el de ella.
Sacudió la cabeza. No quería pensar en Jared Eastern, ni en el poder de su
atracción. El sexo no era su máxima prioridad. Tres años atrás se enamoró y
descubrió que los hombres son capaces de romper una relación para seguir adelante
con sus vidas. Con certeza Jared Eastern entraba en la misma clasificación.
Laura atraía a hombres de carácter fuerte. Se preguntaba si sería una debilidad en
su propia forma de ser lo que los arrastraba a ella. Hasta Steven Hershaw,
encantador y culto, era como los demás. Poseía un cruel poder interno para abrirse
paso hasta llegar a la cima.

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Algo estaba mal en ella. Mantener una relación permanente con alguien así... ;era
una locura! Tendría a su esposa cuando así lo quisiera, incluso a su amante pero sólo
su propia vida contaba.
Sin embargo, había algo en Jared Eastern. No podía imaginarlo cambiar sus
valores para ajustarse a una imagen convencional. Era más probable que ajustara la
sociedad a sus propios valores. No obstante, ese aspecto de su carácter no explicaba
por qué ella de pronto lo consideraba en el plano sexual.
No era común en Laura. Sólo tuvo un amante, Tony, y nunca volvió a pensar en
eso desde que la relación terminó. Aun con él no fue nada fácil comprometerse
físicamente; siempre se mostró cautelosa por ser sólo un cuerpo y no una persona
que fuera deseada. Y el resultado final fue tan hiriente que se cuidó de no volver a
repetir la experiencia. Pero con Jared Eastern, existía una química que la hacía ser
consciente de su condición de mujer... una mujer con necesidades que en realidad
nunca obtuvieron respuesta o satisfacción.
Era difícil reprimir esa sensación en presencia de él. Sin embargo, debía ignorarla
y esconderla. No guardaba ilusiones respecto al hombre, pero si mostraba alguna
debilidad, Jared la explotaría sin piedad. Aunque, ¿qué sucedería si?...
Un león rugió y Laura se dijo que era una locura tener esos pensamientos.
Seguramente sería destrozada por un hombre como Jared Eastern. Se dirigió a la
cafetería para almorzar y luego al acuario. Los tiburones le recordaron al hombre que
retó esa mañana. Después regresó al ferry; era hora de volver al hotel, tal vez había
algún mensaje.
Una vez más se quedó en el exterior; se despojó del sombrero de paja y la brisa
jugueteó con su cabello como la mano de un amante. El agua bailaba con olas
bañadas por el sol. Era bueno estar viva, y si Jared Eastern le daba la oportunidad de
ser su amante... bueno, no tomaría una decisión ahora.
Sin embargo, se sentía muy atraída a ese hombre, y se trataba de su vida. De
cualquier modo, ¿adónde se dirigía? ¿Qué podía importar?
Era tarde cuando arribó al hotel. Recibió un mensaje de Jeremy Bursell para que
la llamara, pero no lo hizo. No quería discusiones en ese trato. Aunque no había
mensaje de Jared Eastern, estaba segura de que se pondría en contacto antes de
finalizar el día.
Tenía la convicción de que Jared Eastern no aceptaría perder. ¡Y menos un trato
como ese! Cuando reaccionara, la presión sería intensa y tenía que estar lista para
controlarla. ¡Al menos, ganaría su respeto!
El teléfono sonó a las cinco y media, e identificó la voz de inmediato. Fue directo
al grano.
—Debe permitirme regresarle la invitación a desayunar señorita Hammond.
Cene conmigo esta noche.
—Gracias, señor Eastern, y yo compraré el champán esta vez.
—No creo que merezca la pena. Apenas si tomó una gota esta mañana —comentó
con sequedad.

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—Lo mismo que usted —le recordó.


El rió con suavidad.
—Espero con ansia volver a verla. Pasaré por usted a las siete, si le parece bien.
— ¡Perfecto! Hay un bar junto al restaurante...
—No creo. Los lugares donde uno ha saboreado la derrota, no deben visitarse
otra vez, señorita Hammond. En esta ocasión yo escojo. La veré a las siete.
Colgó antes que Laura pudiera preguntar a dónde la llevaría. La batalla
comenzaba Laura se desconcertó al sentir su pulso acelerado. Se preguntó Si
estimulaba a Jared Eastern tanto como él a ella, y después supo que era peligroso
pensar en eso. Debía descubrir lo que él sabía de la pintura antes... bueno, antes que
otra cosa.
Tomó un baño y pasó largo rato lavando su cabello y secándolo. Se decidió por
un traje color rosa y blanco. Era de seda y muy elegante.
La túnica larga era de mangas sueltas con bordes blancos al igual que el cuello en
V. El atuendo incluía una larga banda que podía atarse a la cintura o a las caderas,
pero Laura optó por atar con ésta su cabello y dejar que los extremos colgaran a su
espalda. Era más inteligente no acentuar sus femeninas curvas esa noche. Se calzó
sus zapatillas blancas de tacón y sólo se aplicó lápiz labial rosa. Nada de joyas o
perfume. Esta cita era de negocios y se terminaba a la medianoche, así que tenían que
llegar a un acuerdo para entonces.
A las siete en punto llegó Jared y Laura no lo hizo esperar; sólo tomó su bolso y
respiró profundamente para calmarse.
Jared Eastern vestía un traje formal negro. Parecía tan devastador y atractivo que
Laura sintió como si le golpearan el corazón. Era una suerte que estuviera
acostumbrada a no revelar sus emociones porque cuando él sonrió, no fue fácil
mantener un gesto indiferente. Respondió con una sonrisa breve y cortés.
—El rosa le queda —comentó él.
—Gracias —pudo decir.
Jared le ofreció el brazo y después de titubear, Laura lo tomó para ambos
dirigirse a los ascensores. El musculoso antebrazo era duro como la roca y Laura notó
que su cabeza llegaba a la altura de la boca de él. Lo cual indicaba que medía poco
más de un metro ochenta.
—No mencionó a dónde iríamos a cenar —comentó cuando llegaron a la calle.
—Usted es una persona difícil de impresionar, señorita Hammond —torció la
boca en forma provocativa—. Escogí un lugar único y especial. Creo que me debe
una sorpresa.
El atuendo de Jared sugería un lugar elegante, así que no tenía por qué
preocuparse. Además, llevaba bastante dinero para tomar un taxi, en caso de querer
dejarlo.

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Abordaron un taxi y Jared Eastern le extendió una tarjeta al conductor; después,


se acomodó junto a ella y llamó su atención.
— ¿Tuvo un día placentero?
—Sí, muy relajante —respondió, percatándose de que el coche se dirigía a el
Muelle Circular.
— ¿No hizo nada excitante?
—Fui al Zoológico de Taronga a platicar con los animales —lo miró con frialdad.
El soltó una risa ronca que era muy sensual.
— ¿Y qué le dijeron los koalas y canguros?
—Creí que era mejor practicar la comunicación con los leones y tigres —lo
desafió y después se arrepintió al ver que Jared no sonreía.
—No estoy de acuerdo en enjaular a los animales —comentó con seriedad—. De
hecho, lo odio. Prefiero verlos en su ambiente natural donde pertenecen.
Laura se volvió al otro lado al sentir una incómoda oleada de calor en la piel. Por
intuición supo que era sincero. Jared abriría las jaulas y liberaría a los animales.
Sintió como si la hubiera reprochado, pero. eso era tonto. Tenía que mantener mente
de acero para dominar el encuentro.
— ¿Cómo pasó el día? —preguntó, desviando la conversación acerca de las
jaulas.
—Tomé su consejo y pensé. Me las vi duras.
Se atrevió a mirarlo y descubrió que le sonreía.
—Espero que sus pensamientos hayan sido fructíferos —señaló ella.
—No exactamente. Fueron más bien como semillas al viento. Pero, ya veremos
hacia dónde vuelan esta noche.
Algo brilló en sus ojos y Laura sintió un hielo peligroso en la espalda. Trató de
ignorarlo, pero no resultó cuando el taxi se detuvo frente a un rascacielos de oficinas.
Jared Eastern salió y pagó al conductor antes que ella pudiera preguntar. Después la
tomó del brazo y la condujo con firmeza a la puerta. Un guardia de seguridad les
abrió.
—Buenas noches, señor Eastern —saludó con cortesía.
—Gracias, Daniel —respondió Jared y guió a Laura a un ascensor, el cual abrió
con una llave.
Laura no quería seguirlo, pero tampoco podía darse el lujo de titubear, ya que
sería una muestra de debilidad. Sólo había un botón que presionar. O iban a un lugar
muy exclusivo, o la estaban secuestrando, pensó Laura e hizo lo posible por
calmarse.
Sin embargo, el miedo se apoderaba de ella. No sabía cómo comenzaría su asalto
Jared Eastern, pero era obvio que tenía algo en mente. No había ninguna suave
sonrisa en la línea firme de su boca.

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Cuando entraron en el lujoso penthouse con vista panorámica del puerto de


Sidney, se reprendió por no haberlo anticipado. El no deseaba tener a nadie más
cerca, y de este modo también tenía el control del progreso de sus negociaciones. La
estocada de Laura era mostrar total indiferencia.
— ¡Qué hermoso! —exclamó cruzando la espaciosa sala hacia la ventana
grande—. Si esta es su casa, señor Eastern, debe sentirse orgulloso de sí mismo.
—Es mío y trabajo mucho para obtener lo que tengo, señorita Hammond —
señaló con un tono agudo—. Sería muy inteligente que no pasara por alto ese factor
en sus apreciaciones.
Laura le lanzó una mirada burlona.
—El trabajo es la arena de la vida para hombres como usted, señor Eastern.
Siempre hay otra jugada por hacer, ¿no? Algo que vencer... algo que poseer. Siempre
otro horizonte.., otro reto. No, no lo paso por alto —añadió con tranquilidad y volvió
la atención al paisaje—. ¡Me pregunto qué tan a menudo se detiene a ver lo que tiene!
El se reflejaba con claridad en la ventana y Laura lo observó con disimulo,
deseando tener el coraje para derrumbar su arrogancia.
Los músculos de la barbilla de Jared se endurecieron.
Laura sonrió para sí. El lenguaje corporal podía ser más revelador, sobre todo
cuando la persona en cuestión ignoraba ser observada. Percibió que lo que fuera a
decir Jared sería de mucha importancia y se concentró en ello;
—El punto en cuestión es... ¿Qué busca? ¿Qué quiere?
Espetó las palabras, controlándose. Laura no respondió. Existía algo más en la
mente de él... algo que casi estallaba en sus labios... y Laura deseaba que lo dijera. No
obstante, cuando lo hizo, fue tan sorprendente que no estuvo preparada. Jared hizo
una mueca y escupió las palabras con una burla hiriente y pesada:
—Vayamos al grano, señorita Hammond. Sólo que no es señorita Hammond,
¿verdad? Es McKenzie. ¡La hija de Andrew McKenzie!

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Capítulo 4
LAURA se quedó inmóvil hasta que su corazón se tranquilizó. Jared Eastern le
quitó el elemento sorpresa, pero no necesariamente tenía que funcionar en su contra,
no si mantenía el aplomo. Se volvió lentamente con la mirada clara y firme.
—Mi apellido es Hammond. Me adoptó legalmente el segundo esposo de mi
madre, aunque mi verdadero padre es Andrew McKenzie —declaró serena y
después le sonrió con frialdad—. Ha estado muy ocupado... para descubrir eso en un
día —casi añade que a ella le tomó una vida descubrir esa información crítica, pero se
contuvo y esperó la reacción de Jared.
Su expresión ceñuda parecía tensa y despiadada.
—No fue difícil sacarle la información a Jeremy Brusell. A él le gusta el dinero, y
en grandes cantidades. Debió darle instrucciones para que mantuviera en secreto su
identidad.
—No tenía caso —se encogió de hombros—. Se lo iba a decir de todas formas,
tarde o temprano.
—Sí, claro. Tenía que salir a relucir, ¿cierto? Debió sentirse triunfal cuando mordí
el anzuelo anoche, y cuando también esta mañana me arrastró. Pero esta noche... —
sus ojos brillaron con satisfacción implacable—, esta noche vamos a arreglar el
asunto, de una forma u otra y de una vez por todas. Para toda la eternidad!
Laura no sabía de qué estaba hablando. Aunque esperaba que la pintura revelara
algo sobre el pasado de su padre, y la reacción de Jared demostraba que había algo
importante, no conocía el asunto en sí. Tenía que seguir provocándolo para que
hablara. —No me opongo a solucionar todo esta noche —respondió Laura a la
ligera—. Me parece muy bien.
—Entonces tal vez estemos pensando en los mismos términos —sugirió con una
mueca sarcástica.
—Mmm... quizás —admitió con brevedad y después deliberadamente posó la
vista en los cuadros sobre la pared.
Estaban bien iluminados y proporcionaban color a la habitación, ya que los
muebles eran negro y blanco. Como ya había tenido oportunidad de estudiar a los
artistas australianos en la exposición, pudo reconocer a ciertos autores, todos
originales y piezas de colección.
—Tiene un gusto fino por el arte —comentó.
Al ver que no respondía, se volvió a él y alzó una ceja de modo interrogante.
Los ojos de Jared brillaron con apreciación burlona.
—Le diré que tiene nervios de acero —comentó.
Luego caminó lentamente hacia ella; con cada paso probaba su compostura.
Laura supo entonces que se sentía un animal paralizado por el miedo. No podía

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apartar la vista de esos ojos y su corazón latía con fuerza. Pero Jared no la agrediría
físicamente, razonó desesperada. Eso no sería digno de él.
Por fin Jared se detuvo a un paso de ella y levantó una mano hacia la mejilla de
Laura. Rozaba con delicadeza la piel mientras hablaba con suavidad; sus palabras
eran tan hipnóticas como sus acciones.
—No es que no aprecie por lo que ha pasado. De hecho, siento admiración por la
forma en que se portó, y estoy listo para un acuerdo. Siempre se puede llegar a uno
con gente como usted y yo, ¿verdad?
¿De qué hablaba? ¿Era en serio o estaba jugando con ella para que bajara la
guardia? Laura no confiaba en él. Como si adivinara el escepticismo de ella ante su
fuerza, Jared Eastern la miró provocativo.
—Tal vez no —respondió Laura con un desafío burlón.
Necesitó toda su fuerza de voluntad para que su voz fuera fría y cortante.
— ¿Qué quiere, señor Eastern?
—En este momento, Laura Mackenzie-Hammond, no sé si odiarla.., o besarla
insensatamente.
Laura tuvo la horrible sospecha de que era capaz de las dos cosas, sobre todo la
última.
—Quizá en esta coyuntura no sería muy sabio —indicó con sequedad.
—Tal vez sí, tal vez no —acordó y después rompió la tensión con la sardónica
sonrisa—. No sabía si iba a rodearme por el cuello y besarme insensatamente, o si se
arrodillaría y rogaría. Así que quería averiguarlo.
—Temo que ninguna de esas respuestas cruzó por mi mente —declaró Laura con
sinceridad.
El se rió y le deslizó los dedos por los labios y la barbilla, dejando un rastro de
sensaciones estremecedoras. Una vez más, se esforzó por aparentar tranquilidad,
aunque no tuviera control sobre la salvaje agitación en su interior.
Su esfuerzo fue recompensado por la admiración que notó en los ojos de Jared. Se
sintió mareada de júbilo por esa prueba de respeto en tan formidable oponente.
—Lo harás bien —aseguró él de forma enigmática—. Muy bien. Laura supo que
había logrado una victoria, que Jared le concedía algo importante, aunque no sabía
qué. No obstante, cuanto más decía, más intrigante y provocativo se volvía el
misterio, y Laura decidió no delatarse frente a él, ¡sin importar el costo! Sólo tenía
que esperar y descubrir qué había ganado. -
—Quizás tú también lo harás bien —concedió, resuelta a igualar el juego.
Algo fiero y peligroso cruzó por la mirada de él por un segundo. Después la
tomó de la mano.
—Entonces vayamos al asunto —expresó y la condujo a un sillón de cuero
blanco.

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Sobre la mesa de centro se encontraban canapés—, dos elegantes copas y una


cubeta de plata donde se enfriaba el champán. Jared sirvió la bebida y después le
indicó que se sirviera canapés.
—Recomiendo el caviar. Es Beluga que, para mi gusto, es mejor que Sevruga.
—Gracias —murmuró Laura. Tomó un canapé y lo probó. Necesitaba algo que
asentara su estómago.
Jared se acomodó en el sillón opuesto y bebió su champán, mirándola con
intensidad.
—Se está arriesgando, ¿sabe? —enunció—. No creo que tenga ninguna obligación
o responsabilidad en este asunto. Tal vez no merezca la pena continuar con lo que
comentó.
Laura no le creyó. No se estaba arriesgando, ya no. El único problema era que no
sabía a qué se refería.
—Mmm... ¿no crees que somos víctimas de nuestras propias opiniones? —
inventó, esperando que el comentario quedara bien.
_Por qué no sólo te vas con los cinco millones? —replicó Jared.
—Para la mayoría de la gente, cinco millones de dólares es un sueño. Pero no
puedo aceptarlos. La pintura representa una esperanza que intento mantener, por
estúpido que parezca a los demás. Además no es lo que deseo.
—Tú debes proponer —sugirió esbozando una mueca—. Y yo acepto, Laura
pensó en vano; no sabía qué propuesta hacer. Levantó su copa, bebió y meditó. La
única solución era no proponer nada.
—Tú propón y yo lo pensaré —contrapuso, encontrándose con el claro desafío de
él.
Su respuesta casi le cortó el aliento:
— ¡Eres totalmente cruel! —estalló.
—En este asunto, sí —admitió Laura con valentía, esperando que la presión lo
hiciera abrirse.
—No hay otra solución? —inquirió estudiándola con violencia.
— ¡Ninguna! —declaró, sintiendo una embriagadora temeridad con ese loco
juego.
La miró como si no pudiera creerle. Laura dejó su copa y seleccionó un canapé de
jaiba con crema. Lo comió sin gusto; la proximidad con Jared Eastern alteraba todos
sus sentidos.
— ¿Has considerado todas las opciones? —urgió él.
—Todas las que se me ocurrieron —sonrió al rostro ceñudo. Era maravillosa la
seriedad con que él estaba tomando el asunto, cuando ella ni siquiera sabía de qué
hablaba. Por el momento, tenía la carta mayor. El estaba preocupado.
— ¿Y esa es tu posición final?

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—Parece que sí —mejoraba su doble charla. Bebió otro sorbo para demostrar que
estaba muy relajada.
—Yo también lo he considerado, como último recurso —sus ojos escudriñaron en
busca de una grieta en su armadura. Laura decidió que la ignorancia era lo mejor, así
que no movió ni un párpado.
—Creí que te retractarías —insistió Jared para probarla.
Laura simplemente lo miró, usando el silencio para estimularlo.
—Ciertamente nos ahorra litigaciones.., y cualquier publicidad adversa —
continuó él, haciendo una mueca.
Laura no sabía qué acción legal pensaba que ella usaría en su contra. Era obvio
que ya no hablaban de la pintura; tal vez se trataba de la mina de diamantes.
Quizá su padre tuvo una vez derecho legal o moral sobre ésta. De cualquier
forma Jared Eastern temía mala publicidad si ella lo mandaba a juicio, aunque en su
actual estado de ignorancia, Laura no podría ganar nada. Sin duda por eso Jared
tomaba el asunto tan en serio. ;Los cinco millones eran un testimonio!
—Creo que no podría soportar que fueras frígida —amenazó.
—No creo serlo.
Las palabras se le escaparon antes que pudiera pensarlas. Estaba tan ocupada con
la situación, que respondió de modo automático, sin detenerse a pensar en el
significado de lo que había dicho Jared. Recordó la palabra “frígida” y lo miró sin
comprender. El se puso de pie; su poderoso cuerpo emanaba un propósito
despiadado.
—Has jugado a la Señorita Frialdad todo el tiempo —declaró con firmeza—. Así
que comprobémoslo.
Laura aún luchaba por comprender qué sucedía cuando de pronto, Jared rodeó la
mesa, le quitó la copa y tiró de ella. ¿Qué tenía que ver si era frígida o no? En
absoluto se sintió así al momento en que Jared lentamente la abrazó y la abrumó con
su poderosa masculinidad; el calor recorrió sus venas, y cuando inclinó la cabeza
para apresar su boca, los labios de ella temblaron con una respuesta eléctrica.
Comenzó un muy controlado asalto sensual en sus labios, y Laura lo encontró
demasiado fascinante para resistirse. Se había preguntado cómo sería Jared Eastern
como amante y no iba a desperdiciar la oportunidad, hasta cierto límite, por mucho
que se debilitara su posición
Deslizó los brazos por el cuello de Jared, alentando a que se profundizara el beso.
El sacó ventaja de inmediato. Después Laura no supo lo que convirtió la excitación
placentera en algo más, pero de pronto no existió más deliberación consciente, ni
pruebas. Algo explotó entre ambos: un voraz deseo por más y más sensaciones...
posesión... erótica intimidad salvaje.., una incontrolable urgencia por fundirse en uno
solo.
La separación fue brutal y violenta. Jared echó atrás la cabeza; los músculos del
cuello estaban tan tensos que no pudo doblegarlos. Laura se sintió herida,

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sorprendida de que él quisiera terminar ahí. Para ella fue la experiencia más
sensacional de su vida, y todo su cuerpo pedía más.
Sus senos estaban presionados contra el cuerpo de él, de modo que no podía
percibir la rápida subida y bajada de su pecho; un enorme júbilo la embargó al sentir
la inequívoca presión del deseo masculino contra su vientre. ¡Ella lo alteraba
también! ¡Estaba luchando por controlarse!
Se sintió poderosa; no había forma de que Jared negara su reacción, así que no
hubo un triunfo de él sobre ella. Cuando la miró, Laura adoptó un precipitado
orgullo que no le concedía nada.
Hubo un gesto de cautela en la mirada de él al escudriñar el rostro de Laura.
Hizo una mueca de apreciación burlona por el desafío de ella.
—Bueno, la mente puede ser una trampa de acero, pero el cuerpo sí es el de una
mujer —comentó.
—Yo no dudé que fueras hombre —replicó con picardía—. Pero siempre es
bueno comprobarlo.
La risa suave y ronca negaba cualquier bochorno por la prueba de su virilidad.
—Considera concluido el asunto. ¿Cuándo quieres la boda?
¡Boda! No supo qué responder. Su mente regresó a los acontecimientos de
momentos antes. “ ¡Tu... debes proponer... y yo... aceptaré!”. Y ella le exigió que él
propusiera. Ella no se refería al matrimonio, pero era obvio que Jared así lo creyó.
¡Era ridículo! Pero podía decírselo. ¡El esperaba su respuesta! Había fantaseado
con ser su amante... ¿pero su esposa? La idea poseía cierto encanto instantáneo y
apremiante, y después de ese beso diría que no, aún no.
— ¿Cuándo te conviene a ti? —contrapuso, reconociendo que se había vuelto
loca, pero no deseaba rechazarlo en ese momento.
—Cuanto más pronto, mejor. Así puedo asegurarme de que no te meterás en
negocios locos —sus ojos se posaron sobre los de ella en tanto con la mano recorría
sensualmente la espalda hasta la base, encendiendo otra vez el deseo—. Que sea
mañana.
¿Por qué no?, pensó Laura implacable. Ningún otro hombre la había hecho sentir
tan viva, física y mentalmente. Ni siquiera Tony, con quien alguna vez planeó
casarse. ¿Por qué no darse una oportunidad con Jared Eastern? La excitación
encendió su mente y antes que la razón se impusiera, se comprometió.
—Sí —aceptó—. No tengo nada mejor que hacer mañana —nada mejor que hacer
por el resto de su vida, se dijo. Sería todo un cambio... para bien o para mal.
Conservar a un hombre como Jared Eastern podría ser el reto más estimulante.
—Entonces estamos de acuerdo —contestó él satisfecho, y Laura sintió un leve
temblor de incertidumbre cuando el deseo se convirtió en un propósito definido—.
Haré los arreglos necesarios.

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—Me parece bien —admitió con jactancia. Después de todo, si cambiaba de


opinión, podía tomar un avión a Boston y dejarlo plantado en el altar. No obstante,
dudaba que eso fuera a suceder.
El resto de la velada Laura se preguntó si estaría loca. Aceptó la cita para saber de
su padre y había tomado una decisión que no anticipó ni en sueños. Pero más tarde
se dio cuenta de que la proposición de Jared de este loco matrimonio sí le decía algo
de su padre, y de su vida.
No sabía cómo, pero averiguaría los hechos reales. En su posición actual no podía
confesar su ignorancia, pero algunas cosas eran obvias. Jared Eastern creía que le
debía algo a ella, o más bien a su padre, y estaba dispuesto a llegar hasta el
matrimonio para enmendarlo.
No obstante, su unión sería una amarga experiencia si Jared pensaba que era una
despiadada en busca de algo. Por otro lado, también él se beneficiaba al ahorrarse la
supuesta litigación. No podía acusarla de ser más mercenaria que él. Además, no
parecía molesto por e acuerdo al que llegaron, después que ella demostró no ser
frígida.
El tampoco lo era, y tal vez sólo en esas condiciones una mujer podía igualarse
con Jared Eastern. El pensamiento le proporcionó a Laura una profunda satisfacción.
No sería un cero femenino en su vida Poseía el poder de sacudir su estilo de vida
duramente ganado. En ese momento no le importaba si era justo o no.
No obstante, una sensación de irrealidad envolvió la conversación.
Jared continuó exponiendo los detalles prácticos del matrimonio. Laura aceptó
una ceremonia sencilla y ninguna pretensión de luna de miel. Cuando él dictó que
volarían a Bendeneer Downs a la mañana siguiente de la boda, Laura ni siquiera
preguntó en dónde, o qué era ese lugar, aun cuando notó que su consentimiento
provocó un brillo. malicioso de satisfacción en los ojos de Jared.
Eso la hizo ser consciente de que él no aceptaba el matrimonio con buena
voluntad hacia ella. La encontraba deseable para la cama, pero de una forma u otra
estaba decidido a derrotarla en su juego. Por el momento ella tenía al tigre por la
cola, el cual nunca se dejaría domar. Eso la excitaba aún más.
Fue el teléfono lo que la volvió a la realidad. Habían terminado de cenar y se
hallaban en la sala bebiendo café. Jared frunció el ceño por la interrupción. Se
contuvo de cualquier contacto físico desde ese único beso y Laura lo observó con
interés cuando dio su nombre con cortesía.
—No —replicó con firmeza—. Tendrás que arreglártelas tú, Rafe. No puedo ir,
tengo algo más importante aquí.
Hubo una leve pausa en la que aparentemente el interlocutor discutía. Jared
sonrió con sarcasmo.
—Mañana me caso. Según yo eso es de máxima prioridad. Haz lo que creas
mejor; no estoy de humor ahora; mi prometida está aquí conmigo.
Una diversión cínica bailó en sus ojos por la reacción de la persona al otro
extremo de la línea.

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—No es australiana; es estadounidense, de Boston, Massachusetts, y no quiero


escapar, Rafe, este es un asunto privado.
Se hizo otra pausa y los ojos de Jared se endurecieron; miró a Laura y le sostuvo
la vista con un firme propósito.
—Su nombre es Laura Hammond, pero para mañana será Laura Eastern. Ella y
yo acordamos que nuestro matrimonio es un asunto privado entre los dos. Eso es
todo, Rafe. Me pondré en contacto cuando esté listo, no antes.
Colgó el auricular con decisión y en ese momento Laura se decidió. Jared se
comprometía y ella se echaría para atrás. Aunque pareciera una tontería, era una
apuesta que debía aceptar o siempre lamentaría no saber lo que pudieron compartir
juntos, aun si sólo se trataba del aspecto más primitivo entre un hombre y una mujer.
La llevó de regreso al hotel y la acompañó a su habitación. Laura le dio su
pasaporte para facilitar los aspectos legales. Abrió la puerta y se detuvo para mirarlo,
deseando que la besara para convencerse por completo.
Su expresión era severa y un tanto prohibitiva, la cual la hizo preguntarse si
dudaría en casarse con ella.
—Buenas noches —se despidió, ansiosa por escapar, pero él la sujetó con fuerza
del brazo.
—Algo más, Laura —expresó con mirada autoritaria—. Esa pintura tiene que
descolgarse de la exhibición mañana temprano. Haz que Bursell la reemplace. No
importa lo que debas hacer, siempre y cuando nunca vuelva a aparecer en público,
¿entiendes?
¡La pintura! Eso era el meollo del asunto, pensó con tristeza; lo que lo estimuló a
casarse con ella. ¡Y aún no sabía por qué!
Los dedos se hundieron en su carne y una chispa de ferocidad enfatizó la orden
en sus ojos.
—Tienes lo que quieres —añadió Jared—, ahora es mi turno. De ahora en
adelante, la diversión y los juegos se terminaron, no lo dudes.
—Me encargaré de eso en la mañana —le aseguró con firmeza.
De cualquier modo siempre se sintió culpable al exhibirla y ya había servido a su
propósito. No tenía todas las respuestas, pero sabía que algún día las obtendría.
Jared la miró con desconfianza como si no le creyera. Después asintió y la soltó.
—No eres tonta, Laura MacKenzie-Hammond —le tocó la mejilla con burla—.
Hasta mañana.
Laura suspiró con desilusión mientras él se alejaba por el pasillo. Era obvio que
Jared no le iba a conceder nada más, aunque percibió en él deseos de besarla antes de
volverse. Quizás hasta se Sintió tentado a hacer más. ¿Fue el riesgo de perder el
control lo que lo hizo titubear?
Jared Eastern era un hombre orgulloso y seguro de sí, pensó Laura, pero mañana
sería su esposo, y entonces no le daría la espalda.

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Una sonrisita de satisfacción absoluta se dibujó en sus labios cuando entró en la


habitación y cerró la puerta. Mañana llegaría pronto.

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Capítulo 5
LAURA tenía que hacer dos llamadas. Primero se encargaría de los negocios, por
lo que se comunicó con su agente.
— ¡La vendiste! —exclamó Jeremy Bursell, llegando a una conclusión errónea.
—No. Nunca la venderé, Jeremy. Sólo la quiero fuera de la exhibición —ordenó
Laura con calma—. Te agradeceré que la almacenes hasta nuevo aviso.
—Pero... —parecía perplejo.
—El cuadro del bosque Daintree es del mismo tamaño y el nombre de “Sueños
Perdidos” le queda también. Puedes reemplazarla por esa y nadie lo notará.
—Pero... —estaba casi en shock—. Pero la vendiste, ¿no? ,.. —Creo que hiciste un
buen trato con Jared Eastern ayer —le recordó Laura con ironía—. Y no, no la vendí.
Hubo un corto silencio en el que Jeremy pensaba con rapidez las posibles
consecuencias. Cuando habló, lo hizo con cautela.
— ¿Cómo supiste lo del trato?
Laura sonrió. No habría más discusiones sobre las pinturas, y se aseguraría de ser
más cuidadosa con los futuros negocios.
—Jeremy, hablas demasiado. Lo que le dijiste a Jared Eastern fue indiscreto. Pero
soy una persona condescendiente. Esta vez lo pasaré.
Todo lo que vas a perder es la comisión sobre cinco millones. Por otro lado, Jared
Eastern posee una valiosa colección de arte y tal vez te compre más después. Has
establecido un buen contacto con él, Jeremy
—hizo una pausa y después presionó—. Te encargarás de reemplazar el cuadro,
¿verdad? Me urge.
Escuchó el suspiro de alivio al otro lado de la línea.
— ¡Claro... claro! Me encargaré de inmediato.
—Gracias, Jeremy, te lo agradeceré. Eres un buen agente.
Manipulación era el nombre del juego, pensó Laura cuando colgó. Jeremy Bursell
sabía que había cometido una indiscreción y no quería perder el negocio.
Laura tomó un respiro cuando hizo la siguiente llamada. Su madre no le
perdonaría que se casara sin decírselo. Ya era bastante malo que la boda no fuera un
gran evento social en Boston. Sería peor que Laura no tuviera la cortesía de
advertirles a su madre y padrastro, aunque con tan poco tiempo no podían asistir. Lo
cual le pareció perfecto. La situación ya era delicada.
— ¿Te vas a casar con un australiano? —la sorpresa de Connie Hammond fue
clara—. Sabía que algo malo pasaría —fue el primer comentario mordaz.
—Jared es el hombre más guapo que te puedas imaginar, madre —apeló a los
gustos de su madre.

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—También lo fue tu padre —condenó.


¡Eso era nuevo para Laura! Era una explicación del “error” de su madre. Las
buenas apariencias eran lo importante para Connie Diamond. El desfiguro de su
propia hija se le hizo insoportable, lo cual hirió más a Laura. Sin embargo, no era
hora de abrir viejas heridas.
—También es extremadamente rico.
— ¿De dónde?
Dinero viejo o nuevo, quería decir, y la presunción innata encendió a Laura. No
obstante, nada iba a cambiar la actitud de su madre.
—Diamantes, madre. No sé si conoces los diamantes de color del Kimberley, pero
son los más finos del mundo, y Jared los extrae. Si hablamos de solteros elegibles,
diría que él es el rey de los gallos.
—No seas vulgar, Laura —hizo una pausa y después admitió—: Supongo que es
aceptable.
—Lo voy a aceptar de todas formas —afirmó Laura.
—Sí. Bueno, supongo que debo agradecer que me hayas avisado —afirmó su
madre con desprecio—. ¿Por qué la prisa? No me gusta esto. ¿Me estás diciendo toda
la verdad?
— ¡Madre!
—Bueno, ¿por qué no te casas con propiedad?
Laura suspiró. Los temores de su madre eran naturales, debido a su propio
“error”.
—No estoy embarazada, madre. Es simple, Jared no quiere esperar.
—Las mujeres hacen que los hombres esperen. No es propio...
— ¡Madre! Me voy a casar hoy. ¡Por favor, acéptalo!
—Espero que Ted pueda conseguir datos de Jared Eastern, para que podamos
dar aquí la noticia. Pero, me sentiría mejor, si no es problema, si me enviaras una foto
de la boda. Dudo que pueda salir en las páginas de sociales...
—Dudo que Jared quiera publicidad.
—Laura, no te entiendo.
—Yo tampoco —y era verdad, pensó Laura, aunque su madre no le agradecería
la explicación.
— ¿Cuándo lo vamos a conocer? —preguntó con un suspiro pesado.
—Te lo haré saber, madre. Mañana volaremos a Benedeer Downs. Te daré la
dirección completa cuando te escriba.
—Laura... —de pronto hubo un tono extraño, más urgente—. Laura... —parecía
como si se reprimiera—. ¿Cuánto tiempo hace que conoces a ese hombre?

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—Bastante para saber que quiero casarme con él, madre. Por favor no te
preocupes. Te prometo que...
—Laura, esa no es respuesta. Me estás evadiendo... —gimoteó—. Laura, sólo me
bastaron unas horas para enamorarme locamente de tu padre y resultó ser un terrible
error. No nos conocíamos bien. Créeme, sé lo fuerte que es una atracción física, pero,
querida...
—Mamá... —hacía años que no la llamaba así, y tampoco escuchaba esa
preocupación en su voz. Las lágrimas se agolparon en sus ojos—. Es más que eso. No
soy tan joven corno lo eras tú, mamá. Por favor... deséame suerte.
— ¿No esperarás? —su voz se quebró un poco.
—No —respondió Laura con suavidad.
—Te deseo... mucha suerte, Laura. Parece que nunca pudimos comunicarnos
bien, pero siempre he deseado lo mejor para ti. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, sí claro, mamá —el nudo en la garganta era difícil de sofocar. Parecía tonto
ser tan sensible, pero... quizás las bodas acercaban a madres e hijas sin importar la
distancia. Nadie tenía la culpa de la diferencia en sus valores, y su madre sí había
hecho lo mejor para ella—. Gracias —contestó con dulzura—. Gracias por lo que has
hecho por mí.
—Laura... —suspiró—. Espero que sepas lo que haces.
—Yo también —susurró—. Tengo que irme, mamá. Me pondré en contacto
contigo muy pronto.
Fue un alivio terminar la llamada. No quiso alterar a su madre. Tal vez cuando se
volvieran a ver, las barreras se erigieran otra vez, pero era bueno descubrir que
existía un verdadero cariño por parte de su madre.
Laura esperaba de verdad saber lo que hacía, aunque por una extraña razón ya
no importaba. Una cosa era segura; no se casaba con Jared por su apariencia o
riqueza, ni por lo que pudiera decirle sobre su padre. Era algo más básico que eso. La
naturaleza del hombre que la desafiaba.
Complacería a su madre con la fotografía. Necesitaba un atuendo apropiado y
como Jared no la llamaría sino hasta la tarde, tenía mucho tiempo para ir de compras.
Algo especial; después de todo era su boda y, por terrible que fuera el error, no creía
volver a casarse nunca más. Sospechaba que los demás hombres palidecerían al lado
de Jared Eastern.
Disfrutó la mañana en tres casas de moda para novias hasta que encontró el
atuendo adecuado. Aunque se sintió tentada a comprar un modelo romántico,
imaginó la mirada burlona de Jared y lo descartó. Pero el traje blanco de seda era
perfecto, simple, elegante y muy costoso.
El estilo clásico enfatizaba su figura curvilínea y tanto la chaqueta como la falda
le quedaban a la medida. También compró el sombrerito de la misma seda. Se
ajustaba hermosamente a la coronilla y a un lado caía un pequeño cairel. Luego
adquirió zapatillas y un bolso de seda. Regresó al hotel, jubilosa por sus compras,

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extendió las prendas en la cama para contemplarlas y después ordenó por teléfono
un almuerzo ligero en su habitación.
Después de que colgó, el teléfono volvió a sonar. Se sorprendió al oír a Jared.
—He estado tratando de localizarte toda la mañana —le reprochó con cortesía.
—Ya no está la pintura en la exposición —declaró ella con brevedad.
—Lo sé. Sólo quería saber si no necesitas ayuda... ropa o...
—Estoy bien, gracias.
—Pensé que estarías bien organizada —comentó con sarcasmo—. No esperaba
menos de ti.
—Puedes echarte para atrás cuando quieras, Jared —lo retó.
—Tres horas para la cuenta final —indicó con tono severo—. Y no hay vuelta de
hoja.
— ¡Perfecto! —exclamó Laura, airada.
—Por desgracia hay un problema. Mi madre quiere conocerte. Llegó esta
mañana. Como mi futura esposa, debes jugar tu papel. Confío en que tu guardarropa
cubra esa contingencia.
¡Por eso trato de localizarla! Laura sonrió; su problema la ayudaba con el suyo.
—Mi madre también quiere algo, Jared. Una fotografía de la boda. Compré un
atuendo adecuado. ¿Me encargo yo del fotógrafo o tú?
Murmuró algo antes de responder.
—Yo me encargo. ¿Estarás lista a las dos?
—Claro.
—Ordené a nuestro joyero en jefe que viniera desde Perth con la joya apropiada
para una novia de diamantes. Estoy seguro de que apreciarás el gesto —enunció con
aire cínico—. Si todo sale bien, lo llevaré a tu habitación a las dos. Algunas piezas
pueden necesitar ajuste.
—Como quieras —respondió. Los diamantes no significan nada para ella, pero
no cabía la menor duda de que eran la base de ese matrimonio, así que no podía
desilusionar a Jared en ese aspecto.
—Señorita Frialdad —se expresó con burla—. ¿Tienes idea de lo provocativa
que?... No, no te molestes en responder. Estoy seguro de que sabes muy bien lo que
haces —entonces colgó.
Laura sonrió para sí. Jared reveló que le parecía provocativa la fachada de frío
control. Tal vez lo conmovía de la misma forma que él a ella y, si así era.. .bueno,
podría ser una novia de diamantes, pero también sería una esposa de la cual Jared
Eastern no se desharía con facilidad.

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Laura casi bailaba en la habitación cuando terminó de hacer el equipaje. La


excitación le quitó el apetito; comió sólo un poco de ensalada de jamón para evitar el
hambre y después sacó la bandeja al pasillo.
La razón le susurraba que ese júbilo de anticipación no venía al caso en esas
circunstancias, pero le causaba un gran placer prepararse para la boda.
Se bañó, se arregló las uñas, se perfumó y se vistió. Sólo restaba ponerse el
sombrero, aunque eso lo haría después de la visita del joyero. Arregló su abundante
cabello en un perfecto moño a la nuca y se aseguró de que el sombrero se ajustara
bien. Hasta se tomó la molestia de aplicar un poco de sombra a sus ojos, recordando
la foto que su madre quería. Laura no era vanidosa, pero tuvo que reconocer que se
veía muy bien.
Los ojos de Jared brillaron con satisfacción cuando le abrió la puerta. Laura sintió
un vuelco en el corazón y sonrió con cortesía. Desvió la mirada de su futuro esposo y
la fijó en el hombre que lo acompañaba. Era pequeño, de avanzada edad, hombros
caídos y cabello gris. Sin embargo su mirada estaba alerta con curiosidad cuando
apareció Laura.
—Harold Stern, Laura —presentó Jared—. ¿Podemos pasar?
— ¿Cómo está, señor Stern? —saludó y le extendió la mano.
—Es un placer conocerla, señorita Hammond —respondió con una gran sonrisa.
Jared produjo un sonido de impaciencia. Laura le dirigió una mirada de
reproche, aunque su pulso aún estaba acelerado al verlo vestido con un soberbio traje
gris claro, corbata de satén gris plateado y camisa de seda blanca. Le indicó que
pasaran.
Harold Stern caminó de inmediato al escritorio, donde colocó un portafolio y
procedió a quitarle los seguros.
Jared se paró junto a Laura; sus ojos verdes reflejaban apreciación burlona.
—Te ganaste al señor Stern —comentó en voz baja—. Eres muy buena para
ganar, ¿verdad?
—Sé lo que es perder; no me gustó la experiencia —replicó y después se acercó al
joyero.
— ¿Sabe su medida de anillo, señorita Hammond? —preguntó el hombre.
—No, señor Stern, temo que no.
— ¿Me permite su mano izquierda, por favor?
Le probó una serie de anillos hasta que estuvo satisfecho con la medida. Miró los
lóbulos de las orejas y notó los diminutos pendientes de oro.
—Ya están perforados. ¡Qué bueno! No tendremos problemas. Los pendientes —
informó, pasándole un estuche a Jared. Después sacó otro de su portafolio y lo abrió
sin ceremonias. La exclamación de incredulidad de Laura deleitó al hombre—. La
estrella Eastern —le explicó.

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El colgante era una estrella con diamantes baguette alrededor de la pieza central,
una sola piedra cuyo tamaño y coloración rosada le cortaron el aliento a Laura.
Jared observó con cuidado en tanto el joyero abrochaba la fina cadena de platino
alrededor del cuello de Laura.
—Hay que subirla un poco —ordenó y después asintió—. Sí, así está perfecto.
—No tomará mucho tiempo —informó el joyero, quitándole el colgante y.
guardándolo en el portafolio.
— ¡Perfecto! Aquí estaremos —expresó Jared y lo acompañó a la puerta.
Laura trató de recuperar la compostura. No había nada entre las joyas de la
familia Hammond que pudiera compararse con la Estrella Eastern. Dudaba que
existiera algo parecido, excepto en las joyas de la corona de Inglaterra. ¡La ponía
nerviosa usarla, mucho más que poseerla! ¡Sólo ese diamante rosa debía valer
millones!
— ¿Satisfecha? —se mofó Jared, acercándose a ella.
—Es hermoso —respondió Laura con tensión.
—Es único, Laura —hizo una mueca—. Estoy seguro de que lo aprecias. El anillo
y los pendientes son un complemento. No habrá una mujer en el mundo que no te
envidie.
Levantó una mano y le acarició el cuello con un roce provocativo. Laura se sofocó
y deseó que Jared no percibiera su pulso acelerado.
—Al menos tienes el tipo de belleza para ponerlos en relieve —comentó con
sarcasmo. Deslizó un dedo con lentitud hasta su barbilla, inclinándola un poco. Bajó
la vista a su boca. Laura se alteró con anticipación, pero entonces él apretó los labios
y la miró con fiera determinación—. Espero que estés satisfecha.
—Completamente —le aseguró Laura.
—Y no es necesario advertir que mi madre debe ignorar que eres la hija de
Andrew McKenzie —declaró con frialdad—. Eres Laura Hammond, de Boston
Massachusetts, y dejaremos el dolor del pasado en el pasado. Por siempre, Laura. Si
no comprendes eso, estoy pagando demasiado... y tú habrás hecho muy poco de tu
parte.
Así que existió dolor por ambas partes, pensó Laura, no sólo de su padre; no
obstante eso no importaba ahora.
—Como dijiste anoche, no soy tonta —le recordó—, y tengo integridad.
—No lo hubiera creído —respondió escudriñándola—, pero llegará un día en que
todo se descubra.
—Tú lo descubrirás —aseguró Laura con convicción.
No merecía la pena decirle que ella nunca tuvo intenciones de lastimar a nadie. Si
mostraba alguna debilidad, la pisotearía; y si descubría lo que se había hecho a sí
mismo... ¡probablemente la mataría!

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La satisfacción despejó la frialdad en sus ojos.


—Sería mucho pedir que... Crees poder fingir que estás locamente enamorada de
mí? ¿Por el bienestar de mi madre? Quiero hacerla feliz.
—Siempre y cuando tú puedas fingir para mi madre. ¿Qué tal unas cuantas fotos
de dicha matrimonial? ¿Crees poder hacerlo? —contrapuso con burla.
— ¿No sabes lo que estás haciendo? —preguntó, arqueando una ceja.
—Por lo que acabas de pedirme, no sabe más que tu madre —contestó Laura—.
La mía odia recordar su primer matrimonio. Le duele hasta mencionar el nombre de
mi padre.
—Así que... nos embarcamos en un enorme engaño —soltó su risa suave y
gutural—. Al menos no será aburrido.
—Eso mismo pienso yo —comentó Laura, escondiendo su dicha con una sonrisa
seca.
Una vez más Jared fijó la vista en su boca y Laura deseó que la besara. Ello
deseaba, estaba segura, sin embargo, sólo le tomó la mano y casi azotó el estuche en
su palma.
—Los pendientes. Será mejor que te los pongas —después caminó a uno de los
sillones cerca de la ventana; se sentó y le hizo una seña burlona hacia el espejo—.
Vamos, póntelos. ¿No te mueres por verlos brillar en tus orejas?
—No te los pedí, Jared —replicó con calma.
—Úsalos —ordenó con mirada fría—. Siempre fue mi intención regalarlos a mi
prometida... si es que me casaba.
Un incómodo sentido de culpabilidad la embargó. El planeó darle esos diamantes
a la mujer que amara. Por otro lado, ya no era muy joven aunque seguramente había
tenido muchas oportunidades. Según Laura, tal vez Jared ni siquiera era capaz de
amar a una mujer. No era forzoso que aceptara casarse con ella. Le gustara o no la
situación, él la escogió como su prometida y quería que ella fingiera para beneficio de
su madre.
Laura se dirigió al tocador sin discutir. Era muy consciente de que la observaba
cuando abrió el estuche. Los pendientes brillaron ante ella; el centro era un diamante
rosa, rodeado de diamantes blancos. Sus manos temblaron un poco cuando colgó las
pequeñas fortunas en sus.. lóbulos.
—Te quedan muy bien —comentó él—. Así lo creí.
—Me alegra que estés satisfecho —replicó Laura con frialdad.
Los ojos de Jared revelaron una peligrosa emoción fuerte, pero la controló y
asintió mirando hacia la cama.
— ¿Esa frivolidad es un sombrero? -
—Sí. ¿Quieres vérmelo puesto?
— ¿Por qué no? —enunció.

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Aún lo estaba acomodando cuando el joyero de Jared regresó. Jared respondió el


llamado, pero no lo invitó a pasar. Le dio las gracias y después se volvió a Laura.
—Muy elegante —comentó; después abrió un estuche y sacó el pendiente.
La piel de Laura cosquilleó cuando él lo abrochó a su cuello. Sus miradas se
encontraron en el espejo y por un breve momento las sostuvieron: dos extraños que
estaban a punto de embarcarse en la relación más intima entre un hombre y una
mujer.
—Ahora el anillo —murmuró Jared; su rostro estaba tenso como si la escena lo
alterara.
Deslizó el anillo en el dedo de Laura. El diamante rosa era más grande que el de
los pendientes, pero el diseño era el mismo. Jared recogió los estuches y los metió en
la maleta de ella.
—Si no hay nada más que guardar, llamaré al mozo —sugirió, y caminó hacia el
teléfono.
Treinta minutos más tarde se encontraban en el ascensor que llevaba al
apartamento de Jared. Los nervios contrajeron el estómago de Laura. La tensión de
Jared la afectaba. Cuando el ascensor se detuvo, presionó el botón para mantener las
puertas cerradas y se inclinó hacia ella.
—Recuerda que mi madre y mi padrastro no significan nada para ti. En
circunstancias normales no sabrías nada de ellos. Finge que es así.
Asintió con ironía, ya que era cierto. ¡Ni siquiera se sabía sus nombres!
—Si eso vamos a pretender, no olvides realizar una presentación formal, Jared.
—Y también debes fingir que tú y yo, mi vida... —hizo una mueca por el término
cariñoso—, somos una pareja feliz, así que sonríe.
Ella lo obedeció.
—No está mal —aprobó él y después la tomó del brazo de forma posesiva— Una
poca más de calidez y alegría serían convincentes.
—Dámelos y yo te los daré —replicó.
Pudo sentir que él se relajaba cuando comenzó a reír.
—Haré más que eso. Una cosa es cierta. Esta noche sabrás lo que es ser mi esposa.
Todo lo que tengo que hacer es pensar en eso y nadie dudará de lo que siento por ti.
Una fuerte ola de calor la inundó cuando Jared deslizó los ojos por su cuerpo con
una intensidad explosiva. La reduciría a una simple mujer en la arena de su vida
matrimonial. No era deseo sexual, sino la imperiosa necesidad de sacar lo mejor de
ella bajo la dominación masculina. Aunque la mente de Laura rechazaba la idea, el
resto de su cuerpo se excitaba por el prospecto.
El triunfo brilló en los ojos de Jared cuando notó las mejillas de Laura sonrojadas.
Sonrió y le rozó la piel.

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—Ya tienes la calidez. No olvides la sonrisa, querida. Se requiere un poco de


chispa. Piensa en los diamantes —sugirió y después soltó el botón.
Lo iluminaría, pensó Laura, así se muriera. Caminaron hacia la sala y Laura
esbozó una sonrisa que opacaba a la estrella Eastern. Sin embargo, no estaba
preparada para el impacto que experimentó cuando entraron en la sala y la pareja
que los esperaba se puso de pie. Laura necesitó de toda su autodisciplina para
mantener la sonrisa.
El rostro de la mujer era más viejo de lo que pensó, pero su belleza
predominaba... Y los ojos atormentados eran los mismos de la pintura; buscaban
algo... recordaban algo... anhelaban algo que se perdió para siempre. Se fijaron en la
cara de Laura como si fuera un espectro que estremeció el alma.
—Laura, mi madre y mi padrastro, Naomi y Rafe Carellan —presentó Jared con
voz inquieta, aunque trataba de aparentar una relajada indulgencia.
Naomi... una suave Corriente de sonidos que hacía eco en las sierras del
Kimberley, susurraba por las llanuras pálidas y pendía en las sombras azules del
crepúsculo. Naomi... y los atormentados ojos que se aferraban al rostro de Laura,
llenando la sala con una pesadez, imposible de despejar.
Rafe Carellan extendió la mano a Laura en un esfuerzo por distraer la atención
del estado alterado de su esposa, quien de inmediato le sujetó la mano.
—Es... —susurró y después habló con estallidos tortuosos—. Date cuenta, Rafe.
Jared nos engaña... me engaña. Esos son los ojos de Drew, el Contorno del cabello.
No es una coincidencia. No puede ser alguien más. Ella es la hija de Drew.
Y el pasado que Jared quería dejar atrás regresó. Estaba ahí... vibrante y vivo en
esa habitación... latiendo con dolor.

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Capítulo 6
LA suave belleza de Naomi Carellan se tensó con una alteración insoportable.
— ¿Cuando se termina el castigo? —gritó—. Sus ojos estaban bañados en
lágrimas y se volvió a su marido—. ¿Nunca, Rafe?
Rafe la abrazó de modo protector. Ella se reclinó en él; era un movimiento
instintivo que sugería años de necesidad y apoyo. El enorme y sólido marco de su
esposo era de piedra, pero su esposo también sufría por compasión a su esposa y por
un dolor personal.
Era un hombre algo feo, de facciones pesadas, y pecas que sugerían que el cabello
blanco alguna vez fue rojo. No obstante, la expresión en sus ojos color café parecía
muy humana.
— ¿Qué pasa, Jared? —exigió Rafe con tranquilidad.
— ¿Cómo puede mi madre estar tan segura? —preguntó Jared con tensión.
—El nombre, el lugar. Drew le contó lo de su primer matrimonio. La hija a la que
renunció para poder tener un padre de tiempo completo. Y lo que eso le costó en
agonía personal. Pesaba mucho en su mente. Su niña... la hija que nunca tendría con
él... y quería. Hablaba mucho de ella.
Su padre la quería... la amaba, pensó Laura confundida. No se había equivocado
con él. Hizo lo que creyó que era mejor para ella, a costa de una gran pena para él...
—Esperaba que fuera una coincidencia —continuó Rafe—. Que fuera otra Laura
Hammond de Boston... —su expresión era de resentimiento—. Era esperar
demasiado, pero no hay razón para que te sacrifiques por los pecados del pasado,
Jared.
Laura luchó por dominar la impresión que tensaba su cuerpo y alteraba su
mente. El trauma que su identidad desató fue tan inesperado... tan pasmoso... Y la
realización de que eso era lo que Jared quería evitar... y de que él creía que ella era
consciente de que la pintura de su padre el pasado, podía provocar este efecto
terrible.
Tenía que detenerlo, mitigarlo, reparar el daño que su ignorancia provocó. Antes
que Jared dijera algo, se apresuró.
—Señor Carellan, no soy lo que su esposa cree... —se acercó a la mujer y con
ternura apretó su brazo—. Por favor no llore. Jared no quiso molestarla y yo
tampoco. No puedo evitar ser la hija de mi padre, así que tampoco Jared puede evitar
ser su hijo. Los dos queremos que el pasado se aleje. Por favor no permita que la
hiera... así... -
El rostro cubierto de lágrimas se volvió lentamente a Laura; los ojos azules
reflejaban una incertidumbre dolorosa.
— ¿Por qué... por qué te vas a casar con mi hijo?

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—No pude evitar enamorarme de él —respondió Laura sin titubear, ya que sabía
que era la única respuesta para calmar el llanto de Naomi Carellan. Le sonrió para
reconfortarla—. Lo lamento, pero lo amo y él me ama.
— ¿Jared? —Naomi Carellan movió la cabeza con incredulidad y miró de modo
acusador a su hijo—. ¿Cómo pudiste?
El rostro de Jared era ceñudo. El corazón de Laura se oprimió con la idea de que
la contradijera y que la verdad de su matrimonio saliera a relucir. Era el momento
crítico, continuar o retroceder, y Laura deseó con fiereza que Jared la respaldara,
aunque seguir, después de lo que estaba pasando, parecía una locura. Ese era el
resultado de tomar decisiones sin la información suficiente. Sin embargo, Laura no
quería que su trato se viniera ahajo. Pasara lo que pasara se casaría con Jared Eastern,
si podía.

Buscó con desesperación qué decir, pero dependía de él continuar o echarse para
atrás.
—No se puede culpar a Laura de lo que sucedió, madre —reprobó con suavidad,
pero sus ojos lanzaban chispas de fuego. No existía un compromiso en esas palabras,
nada que indicara hacia qué lado se inclinaría.
Se adelantó y abrazó a Laura en un gesto de apoyo y protección.
—No planeaba enamorarme de ella —explicó y Laura se apoyó en él porque sus
piernas se debilitaron. El iba a continuar con eso, cantó su mente—. Y no sabía quién
era hasta después de un tiempo —continuó Jared—. El apellido Hammond no
significa nada para mí.
—Yo tampoco sabía quién era Jared —intervino Laura de prisa— Parece
increíble, pero sólo éramos dos extraños, nos miramos a través de un salón lleno de
gente y...
—Y la atracción fue instantánea... espontánea e irrevocable —declaró Jared con
tanta firmeza que hasta Laura le hubiera creído—. ¡Mírala, madre! —exigió—. No la
veas como la hija de Drew, sino como la hermosa mujer que es... la mujer que he
esperado toda mi vida.. la mujer que necesito como esposa...
Hundió los dedos en los brazos de Laura y ella lo miró, sonriendo al notar la
mirada de adoración que le ofrecía. Poseía una ardiente intensidad que hizo que el
corazón le diera un vuelco. Por primera vez la boca de Jared se suavizaba en lo que
podía llamarse una sonrisa cariñosa. Después volvió la atención a su madre y emitió
un ruego elocuente.
—Lo que pasó entre tú y Drew y mi padre no tiene nada que ver con nosotros,
madre. Está en el pasado. Laura y yo queremos el futuro, juntos. Lamento si eso es
difícil de aceptar, pero así va a ser.
El hermoso rostro pareció más atormentado que antes, distorsionada con
recuerdos que Laura desconocía. Su padre... Naomi.... el padre de Jared, ¿un
triángulo amoroso? ¿Qué pasó con el padre de Jared? No podía pensar en ello. La

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imperiosa necesidad por alejar el pasado, la hizo apoyar a Jared con toda la fuerza
emocional que pudo.
—Esperábamos que se alegrara por nosotros si ignoraba quien era yo —explicó—
. Parecía... una farsa ofensiva. Lamento que se alterara tanto por esto. Queríamos...
pensábamos que... —posó la vista en Rafe Carellan—. ¿Es tan malo que Jared y yo
nos casemos?
—No —respondió con firmeza—. Tal vez sea lo correcto para arreglar todo. Es
increíble. Aun así se tratara de premeditar esto, uno no se atrevería a esperar que... —
suspiró satisfecho y asintió con aprobación—. ¡Qué haya sucedido de forma natural
es bueno!

—Rafe... —Naomi l reprochó—. El riesgo es muy grande. Si Jared va a sufrir... -


—Jared no va a sufrir —declaró Rafe, observando a Laura—. Siempre pesó en mi
conciencia haber permitido que Drew se marchara. Debí hacer que aceptara... lo que
por derecho le correspondía.
Así que Rafe también estuvo mezclado. Tres hombres... una hermosa mujer... un
niño... y una mina de diamantes. Pero no podía darse el lujo de pensar en eso. Por el
momento era Jared quien contaba. Tenía que mantenerlo de su lado... y permanecer
alerta para decir y hacer lo que se requiriera.
Rafe Carellan respiró profundo e hizo que su esposa lo mirara, acariciando con
gentileza sus brazos en tanto sus ojos le imploraban que lo escuchara.
—Naomi... hemos llegado muy lejos, los dos. Déjalo pasar... déjalo ir. Esta es otra
época... otra generación. No pongas los pecados de los padres en los hijos.
— ¡Oh, Dios, Rafe! —era un grito de desesperación—. ¿Qué haría sin ti?
Rafe la abrazó dulcemente contra su pecho.
—No tendrás que estar sin mí, Naomi. No mientras Dios me permita vivir —frotó
la mejilla contra su cabello para reconfortarla, pero sus ojos estaban fijos en Laura,
interrogándola.
—Mi padre murió el año pasado —explicó Laura—. El corazón le falló. Se acabó...
para él.
El alivio de Rafe fue casi tangible, aunque había compasión en sus ojos.
—No hubo forma de evitarlo, Laura —declaró con calma—. Debió decírtelo. Si
así hubiera sido nosotros habríamos hecho algo.
Su padre no le dijo nada, pero le creía a Rafe Carellan. Tenía un aire de
integridad del que era imposible dudar. Lo que sucedió hacía tantos años afectó la
vida de muchos. Si acaso se cometió una injusticia hacia él, nadie salió beneficiado.
Ni siquiera una montaña de diamantes podría compensar esa clase de miseria
humana.
—Drew se convirtió en un reconocido artista en sus últimos años —comentó
Jared, inyectando una tranquilidad indiferente a la atmósfera tensa—. Algunas de

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sus pinturas están en la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur. Las firmó como
Andy Mac. Tal vez te gustaría ir a verlas, madre.
Entonces Laura supo por qué esa pintura tenía que descolgarse. Si Naomi
Carellan iba a la galería y descubría su retrato... Laura tembló.
—Me alegra que haya encontrado otro camino al éxito —comentó Rafe y fue claro
que se quitó otro peso de encima—. ¿Oíste, Naomi? La apartó un poco de los
presentes, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.
—La vida de Drew no se arruinó y no arruinaremos la de Jared y Laura. Les
vamos a desear toda la felicidad que pueda existir entre un hombre y una mujer.
Mañana iremos a ver las pinturas de Drew. ¿Eso te hará feliz, verdad?
La gentil consideración de Rafe Carellan conmovió a Laura. Era casi una acción
benevolente de un padre que ahuyenta los peores temores de un niño. Representaba
bien la cualidad perdida que su padre transmitió en el retrato.
—Sí —respondió en un susurro. Sus frágiles hombros bajaron y subieron con un
suspiro tranquilizante. Después se volvió para enfrentar a Jared y Laura—. Lo
lamento —sus labios temblaron y los mordió levemente; sus ojos imploraban perdón.
Laura se adelantó y tomó sus manos entre las suyas, apretándolas con calidez.
—Fue la impresión. No tiene que disculparse, señora Carellan. Por favor...
sentémonos y... —interrogó a Jared con la mirada—. Estoy segura de que tienes una
botella de champán, ¿verdad, cariño?
—Claro que sí —le lanzó una mirada dura y fría.
La conversación fue muy rígida a pesar del champán. Rafe hizo lo que pudo por
aliviar la tensión y le preguntó a Laura sobre su vida en Boston. Ella se escabulló de
ese tema y lo cambió por uno más neutral sobre sus viajes a otros países.
— ¿Crees ser feliz en Bendeneer Downs?
Laura empezaba a acostumbrarse a responder cosas más allá de su comprensión
y en esta ocasión no tuvo problemas. No tenía la más leve noción de dónde se
localizaba Bendeneer Downs o qué era, pero se las arregló.
—Viví muy feliz en Inglaterra y Francia...
—Lo que Laura trata de decir —interrumpió Jared—, es que será feliz en
cualquier lado.
—Gracias —le ofreció una sonrisa amorosa.
—No puedo decir lo mismo —fue el primer esfuerzo de Naomi por participar en
la conversación, aunque su voz tenía un tono de preocupación.
—Querida, algunas personas se adaptan a un medio ambiente; otras necesitan
diferentes lugares. Tu lugar está en la ciudad —le aseguró Rafe tomándola de la
mano.
—Nunca me gustó Bendeneer Downs; es tierra de hombres, no de mujeres... —su
mirada se perdió y su voz se convirtió en un susurro al añadir—: y pasan cosas
horribles.

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—Esta vez no sucederá —declaró Jared con decisión.


—Si tienes una dificultad, puedes acudir a mí —sugirió Naomi con los ojos fijos
en Laura—. No esperes demasiado. No dejes que te trague. Aléjate antes... antes
que...
—Naomi —Rafe apretó su mano, atrayendo su atención—. Ahora es diferente.
Bendeneer Downs tiene las comodidades de la civilización y con el helicóptero ya no
está aislado. Además, Jared se encargará de la felicidad de Laura. Deja de
preocuparte, querida.
Naomi tembló un poco y volvió a sumirse en un silencio pasivo.
Bendeneer Downs debía ser un lugar cerca de la mina de diamantes, pensó
Laura. Tal vez los mineros vivían ahí. Tierra de hombres. Sin embargo, ya había
estado en Kimberley y le fascinó la antigua y extraña tierra. Podría vivir ahí, o en
cualquier lado. Quizá Jared no sabía cuán ciertas eran sus palabras.
Era curioso, pero después de la leve intervención de su madre, Jared se
ensimismó. Aunque contribuía a la conversación, su mente se hallaba en otro lado.
Laura percibió su tensión creciente en tanto la hora de la ceremonia se acercaba.
Todavía tenía tiempo de cambiar de opinión. ¿Estaría pensándolo mejor? Los
temores de su madre cedieron; lo peor del trauma pasó. Quizá Jared consideraba que
ahora jugaba demasiado, puesto que uno de los motivos para casarse con ella ya no
existía.
Laura suspiró con alivio cuando llegó la hora y un grupo de hombres arribaron.
El abogado de Jared, un fotógrafo y dos testigos, ejecutivos de Jared. Se hicieron las
presentaciones y se ofrecieron copas de champán.
Se encontraba de pie, virtualmente en el altar, cuando Laura comenzaba a
sentirse a salvo, en el momento en que Jared la sujetó por el brazo con firme
determinación y anunció al grupo:
—Discúlpenos, por favor. Laura y yo tenemos algunos asuntos privados que
arreglar. Regresaremos de inmediato.
Laura no tuvo otra opción, ya que la sujetaba con fuerza; además debió fingir que
eso era lo que deseaba, para continuar con la farsa de amor. Sin embargo su corazón
latía con pánico. No sabía cómo reaccionaría si Jared se echaba para atrás ahora.
La guió a una habitación y cerró la puerta determinado. La tomó por los hombros
para asegurarse de que lo viera mientras hablaba.
Los nervios de Laura eran un caos. Sin embargo, la decisión le dio la fuerza para
luchar por lo que quería; de alguna forma mantuvo la calma en tanto él fruncía el
ceño y sus ojos parecían mordaces y duros.
—Primero quiero agradecerte por la forma en que controlaste la situación con mi
madre y Rafe. Lo hiciste con tacto y compasión. Mis respetos por eso.
Era imposible decirle que nunca planeó herir a nadie, pues la exhibición de la
pintura indicaba lo contrario. Sólo podía contestar una cosa si quería mantener el
trato.

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—Hice lo que acordamos, Jared —le recordó llanamente—. Me pediste que


fingiera estar locamente enamorada de ti. Lo hice y lo haré siempre que estemos con
tu familia —esbozó una sonrisa irónica—. Es cuestión de integridad.
El frunció aún más el ceño y negó con firmeza. La liberó y caminó hacia un
ventanal con vista panorámica. Permaneció ahí por unos momentos, pero Laura
sabía que no admiraba el panorama. Su espalda estaba rígida.
—Por alguna razón... hiciste algo que nadie había podido hacer, y ya no existe la
justificación de hacer lo que planeaba —señaló con decisión,.
La derrota oprimió su corazón aun cuando buscaba desesperadamente un
argumento para persuadirlo.
—Así que... no vas a cumplir con el trato —espetó con acidez.
El giró en redondo con una mueca irónica y mirada sarcástica.
—No, te saco a ti del apuro. Te firmaré un cheque abierto. Lo que quieras. Puedes
alejarte de esto, sin rencores.
— ¿Y qué si no deseo alejarme? —lo desafío, irguiéndose, y caminó hacia él.
—Ya te dije que pidas lo que quieras. ¿Qué más puedo ofrecerte? Se detuvo a
medio paso de él, y recordando su actitud de la noche anterior, le acarició la mejilla.
El leve brinco de un músculo la satisfizo y sonrió a los fieros ojos verdes.
—Te quiero a ti, Jared —declaró con suavidad—. No aceptaré nada más dinero,
ni diamantes. Sólo tú.
Jared levantó la mano y la sujetó por la muñeca, obligándola a no tocarlo.
—No ganarás de esa forma —rechinó los dientes.
—No entiendes —su labio tembló por la audacia de lo que hacía—. No tengo
nada que perder —era la simple verdad aunque él no la creyera.
—Laura... —su voz era ronca. Tragó saliva—. Te advierto. Ríndete ahora; toma tu
ganancia y vete.
—No —sintió que Jared la retaba—. Me iré si así lo deseas, pero no me llevaré
nada conmigo.
Los dedos casi destrozaron los huesos de sus muñecas y sus ojos chispearon con
algo parecido al odio.
—Nunca me harás lo que mi madre le hizo a tu padre. Jamás dejaré que una
mujer influya en mi vida. La belleza no es nada; un cuerpo es sólo un cuerpo. Nunca
pelearé por ti. ¡Ciertamente nunca moriré por ti! ¡Y tampoco te mimaré como a una
niña! Siempre serás una conveniencia para mí. ¿Comprendes? —estalló con
vehemencia.
— ¡Sí! —exclamó y así era. Jared sólo era un niño, pero el trauma del pasado lo
hirió también. Culpaba a la belleza de su madre, pero Laura nunca comerciaría con
esa frivolidad. No necesitaba que un hombre la mimara, peleara o muriera por ella.
Sólo necesitaba a Jared.

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Quizá no durara mucho; tal vez sus diferencias fueran irreconciliables, y su


matrimonio un terrible error, como su madre le advirtió. Pero a pesar de no estar
segura de eso, nada la detendría de poseer a Jared, excepto él mismo.
—Perfecto! —exclamó levantando la barbilla de forma agresiva. El brillo en sus
ojos no era del todo hostil. Laura percibió un toque de placer por el reto que ella le
imponía—. Entonces vamos a casarnos
—añadió con un agudo tono burlón.
Sin decir más, la tomó por el brazo y la condujo directamente al salón, donde
ordenó que la ceremonia se efectuara sin más demora.

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Capítulo 7
LAURA Mary Hammond, acepta a este hombre?...
Al escuchar las palabras del juez, se sintió nerviosa. ¿Qué clase de hombre
pensaba aceptar como esposo? Apenas si lo conocía. La certidumbre que la impulsó
hasta ese momento, se tambaleó. Miró de modo interrogante a Jared Eastern, cuya
respuesta a su vulnerabilidad fue una diversión socarrona. Eso la ayudó a darse
valor. Levantó la cabeza y miró fijamente al juez criando terminó de formular la
pregunta.
— ¡Sí! —respondió con suavidad, pero con bastante firmeza para despejar
cualquier duda.
Lo hizo, pensó con agresividad. Para bien o para mal se embarcó en esa aventura.
Nunca más mostraría la más ligera debilidad hacia Jared Eastern.
El respondió y firmó los papeles con sangre fría. Despedía un aire de triunfo,
como si estuviera seguro de no perder nada en esa situación. La victoria se reflejaba
en sus ojos cuando posó para las fotografías. Su comportamiento durante la
celebración fue la de un hombre que había ganado el premio mayor.
Laura no estaba segura de si estaba excitada o aterrorizada por la idea de
quedarse sola con su recién adquirido esposo. No sabía lo que pensaba o sentía. Era
imposible definir si aún actuaba o no. ¿Creía acaso que ahora estaba en sus manos y
que podía hacer con ella lo que quisiera? ¿O le guardaba resentimiento por casi
obligarlo a casarse?
Sin embargo, le había dado una opción, razonó Laura tratando de justificarse.
¿Era su culpa que Jared creyera que no podía marcharse sin nada? O la sensación de
estar en deuda con su padre era muy fuerte, o ella provocaba algo en Jared por lo
cual tampoco deseaba alejarse.
Laura quería creer en eso. De otra forma no se habría casado con él. La siguiente
parte de la farsa determinaría su relación futura. Las primeras impresiones eran las
más fuertes, y Laura estaba segura de que las próximas horas los marcarían de por
vida. Se encontraba muy nerviosa cuando acompañaron a Rafe y a Naomi al
ascensor.
Eran los últimos y por ellos Jared la abrazaba por la cintura para conservar la
imagen de una pareja feliz hasta que las puertas se cerraron.
Los dedos se apretaron en la suave redondez de su cadera y Laura sintió el
corazón en la garganta. Necesitaba que la tomara en sus brazos y la besara
apasionadamente, que aplastara y demoliera cualquier duda sobre su decisión. Sin
embargo cuando se volvió a él, Jared retiró la mano y sus ojos reflejaban burla.
—La función está por terminar —enunció—. El segundo acto terminó. Debo
felicitarte por tu magnífica actuación. Excelente, aunque no me gustaría que
conservaras el triunfo.

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Regresó a la sala, separándose de ella. Se dirigió a la mesa, abrió otra botella de


champán y comenzó a llenar una copa con deliberación.
Laura no lo siguió. Se quedó observándolo y luchando contra la sensación
abrumadora en su estómago. Jared estuvo actuando. La odiaba por lo que hizo, o por
sentirse acorralado.
Recordó la mirada que le lanzó en el ascensor antes que conociera a Rafe y a
Naomi; la ardiente necesidad de dominar, de reducirla a algo que nunca más
amenazara su existencia. Supo que Jared siempre negaría que la deseaba para
mantener el control.
Tenía que romper con eso si deseaba lograr la relación que quería. A Jared se le
había escapado decir que su frialdad era muy provocativa. Ahora más que nunca
debía ser fuerte. No aceptaría sus términos, o jamás significaría nada para él.
Le ofreció la copa de champán con sarcasmo.
— ¿Algo de líquido para darte ánimo? El tercer acto tal vez no haga resaltar tus
cualidades; quizá prefieras estar totalmente borracha.
El instinto le indicó que ese era el momento crítico. Si no dominaba bien la
situación, nunca la respetaría. Su fuerza sólo respetaba la fuerza.
Jared no podía anticipar lo que Laura iba a hacer. La chica controló la expresión
de su rostro. Los ojos grises no reflejaban su tensión interior. La clara serenidad que
tanto frustraba a su madre era una máscara impenetrable. Caminó hasta él con gracia
lenta y deliberada proyectando seguridad absoluta.
Llamó su atención. Su mirada era cautelosa. Su cuerpo mantenía la temeridad de
un animal salvaje alerta y desconfiado. Se detuvo frente a él, pero no tomó la copa.
Laura no lo golpeó con toda la fuerza de su cuerpo. La bofetada estaba
controlada. Su propósito era marcar y ensalzar su dignidad, no herir.
— ¡Nunca vuelvas a hablarme así! —exigió con tono gélido—. Soy tu igual. Jared
Eastern; me convertí en tu socia y me vas a tratar como tal. Porque no aceptaré otra
cosa.
Jared no se movió; la peligrosa chispa en sus ojos se neutralizó. Laura percibió la
intensidad de su concentración para lograr un solo propósito. Hizo una mueca muy
parecida a una sonrisa.
— ¡Muy refinada! —se burló—. Tan refinada y civilizada que casi reflejas a la
verdadera cultura bostoniana. Pero eso sólo es una pose, ¿verdad, Laura? Debajo de
esa máscara hay una salvaje que quiere sangre. Pero déjame decirte algo; no la
obtendrás de mí.

—Quizá no es sangre lo que busco, Jared —replicó con ironía—. Tal vez es algo
muy distinto, pero dudo que algún día lo descubras.
Jared bebió el champán de un sorbo y después arrojó la copa al suelo. El violento
cambio fue tan repentino que tomó a Laura por sorpresa, y antes que pudiera
evadirlo, la apretó contra él.

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— ¡Maldita seas! —siseó y la agresión en sus ojos era muestra de que el animal
salvaje rompía las cadenas de la civilización—. ¡Ya tuve suficiente! Me has colmado
la paciencia. Personalmente me costaste mucho y no te vas a salir con la tuya. Te
destrozaré, así que será mejor que comiences a doblegarte, Laura...
Su pecho se expandió cuanto tomó aire y Laura sintió la turbulenta violencia a
punto de explotar. No podía pelear o huir. Oponérsele era peligroso, con
consecuencias imprevistas que podrían no gustarle.
— ¡Ahora, bésame, pequeña bruja computarizada! —ordenó—. Bésame... porque
voy a besarte hasta que descubra quien eres. Y después te llevaré.., a lugares donde
nunca has llegado con ningún otro hombre. Entonces veremos lo rápido que
empezarás tus sucios trámites de divorcio.
Laura no tuvo tiempo de registrar la acusación, ni de hablar. Cuando los labios
apresaron los suyos lo único que pudo hacer fue rendirse por el momento.
No había intento de provocar una respuesta de sensualidad. No era una
exploración ni una seducción. Su beso era una guerra relámpago, una invasión tan
repentina y agresiva que no existía defensa. Su boca atormentaba la suya, la
cautivaba, eclipsando cualquier pensamiento con sensaciones que recorrían todo su
cuerpo, provocando una corriente de adrenalina que exigía una sumisión inmediata.
Algo profundo y primitivo surgió en Laura junto con la necesidad de
conmoverlo, de impactarlo e invadir, de tomar y poseer, de dar rienda suelta a un
violento asalto en Jared como él inflingía en ella. Respondió al beso con una pasión
temeraria que sólo tenía un objetivo y su costo no importaba.
Eso lo excitó hasta que relajó el abrazo; le presionó las caderas a Laura contra el
deseo que escapó de su control. Ella alzó los brazos, lo rodeó por el cuello y se
arqueó contra él con toda provocación de su sexualidad. Jared dejó escapar un
gruñido ronco por lo que ella daba y tomaba, ávida por cada incursión apasionada
que buscaba una dominación a la que ninguno cedía.
La despojó del sombrero y las horquillas; la espesa cascada de cabello cayó en
desorden. Hundió los dedos en la sedosa masa, le rodeó el cráneo y le echó la cabeza
hacia atrás.
Una exclamación de regocijo surgió de la garganta de Jared y Laura lo miró con
ojos chispeantes, poniendo orden en su mente para sobrepasar el caos de sensaciones
que le robaban la razón. Jared deslizó la vista por los largos mechones.
—Sí... —siseó—. Este es tu verdadero color. ¡Negro! ¡Bruja negra! Y un corazón
pagano acorde. Así que vamos a desechar todos los engaños.
Le arrancó la ropa, pero la locura de su violenta impaciencia por desnudarla,
provocó en él un agresivo orgullo que le exigía a Laura no resistirse. No era una
humillación, sólo un júbilo burbujeante por llevarlo tan lejos. Jared respiraba con
dificultad cuando terminó el frenético despojo de su atuendo; la observó de pie,
quieta, alta y orgullosa ante él; su único adorno eran los diamantes que él le dio, y
una fiera satisfacción le iluminó los ojos.

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—Como una reina pagada del pasado —declaró y soltó una risa más salvaje antes
de levantarla en vilo y caminar hacia la habitación como un conquistador con el botín
de su victoria.
La arrojó a la cama, pero Laura se las arregló para rodar y adquirir una pose
desafiante, mirándolo con provocación. El corazón de Laura latía a una velocidad
increíble. Cada sensación la excitaba aún más. No existía cordura en nada de lo que
pasaba. Actuaba por puro instinto. Era la conquista de un poder primitivo.., hombre
contra mujer.. mujer contra hombre, y ella también lo llevaría a lugares donde
ninguna otra mujer lo hubiera llevado.
— ¡Bruja! —espetó; sus ojos brillaban por la batalla que ella prometía darle, en
tanto se despojaba de su ropa.
Era hermoso, delgado y musculoso, de carne firme, su cuerpo estaba pulido con
fuerza y poder, su piel bronceada hizo que Laura anhelara tocarlo. Sentía un calor en
la sangre desconocido para ella, un alto grado de conciencia que corría por sus venas
y reclamaba satisfacción, hasta que no quedara más por experimentar.
No pudo evitar sonreír cuando Jared se arrodilló sobre ella; no era para
halagarlo, sino una expresión involuntaria de anticipación gloriosa. Sin embargo,
provocó una reacción explosiva en Jared.
— ¡No! —gruñó; la sujetó por los brazos y los colocó por encima de su cabeza
mientras posaba su formidable peso en la suplicante suavidad de ella; sus ojos la
escudriñaban, destellando una superioridad de fuerza masculina—. No te saldrás
con la tuya conmigo, y no estarás sonriendo cuando termine contigo —prometió con
firmeza.
— ¿No? —arqueó su cuerpo en una incitación deliberada, adorando la sensación
de la desnudez de Jared contra la suya... la vibrante fuerza de su masculinidad, el
calor sensual de su piel, la sedosa aspereza de su vello que provocaba una
sensibilidad eléctrica—. Bésame, Jared —lo invitó con suavidad—. Besa la sonrisa de
mis labios.
Después de esa provocación no quedó ni un hilo de sensatez, ni un vestigio de
control en ellos. Se olvidó de cualquier intento de conquista en la necesidad loca de
capturar todo lo que existía entre ambos; de dejarse mutuamente sin aliento, de
tocarse y probar, de regocijarse con las nuevas sensaciones... exquisitas, eróticas, un
voluptuoso y doloroso placer que crecía y crecía, alimentando el explosivo deseo de
poseer sus más íntimas profundidades, más allá de cualquier barrera a lo
desconocido, y sin importar lo que viniera después.
El abrupto arrebato de la última fusión de sus cuerpos fue tan intensa que Jared
se detuvo para recuperar el aliento. Sus ojos se encontraron y un reconocimiento
silencioso se hizo, un momento puro de aceptación que se vio reforzado una y otra
vez en tanto Jared alcanzaba con urgencia el centro de su ser, en tanto Laura se
contraía y se derretía alrededor de él, fuego contra fuego, fuerza contra fuerza,
hombre y mujer en el antiguo ritmo de la danza del amor, cuerpo contra cuerpo,
alma contra alma, hasta llegar a un éxtasis completo.

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Después permanecieron enlazados en un abrazo que ninguno quiso romper. No


se pronunció palabra, ni se hicieron concesiones, pero el silencio era pacífico, como si
hubiera firmado y ratificado una alianza. No habría más lucha, no en ese aspecto, en
el que eran iguales... socios. Ambos ganadores.
Laura no sabía si Jared se conformaría con eso, pero estaba contenta de que él no
quisiera separarse. Lo que acababa de experimentar con Jared, era lo que siempre
quiso aunque nunca pudiera definirlo.
No se regañaba creyendo que todo sería perfecto de ahora en adelante. Existían
aún muchos obstáculos que franquear antes de lograr una comprensión mutua... No
podía decir que lo amaba, aunque sí adoraba lo que le hizo sentir. Se pertenecían en
una forma que trascendía todas las demás diferencias, pero no era suficiente para
forjar el matrimonio que Laura deseaba.
Sin embargo tuvo razón en seguir adelante. Quizás nunca experimentara eso...
con nadie más. Cuando se hundió en el sueño, una sonrisa iluminaba sus labios..,
contraria a la que Jared planeó. Era una sonrisa de un conocimiento que nunca
podrían quitarle.

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Capítulo 8
LA suave caricia en la mejilla y escuchar su nombre despertaron a Laura de
súbito. La luz matutina se filtraba en la habitación y Jared estaba sentado en la cama
junto a ella, con el cabello húmedo y la barbilla rasurada; la esencia de su varonil
loción acentuaba el fresco olor a limpio.
—Despiertas como un gato; alerta —comentó con apreciación burlona—. Te
dejaría dormir más, pero el tiempo vuela y tenemos que hacer un viaje, ¿recuerdas?
Estoy seguro de que te mueres por ver las posesiones que adquiriste casándote
conmigo.
No le gustó el brillo frío e irónico en sus ojos. Se preguntó si lo de anoche fue un
sueño y después recordó lo que Jared mencionó acerca del sucio divorcio. No quería
que él pensara así, pero era obvio que negaría cualquier verdad de ella. Si no se le
podía ganar, quizás al final de cuentas efectivamente terminaran divorciándose. El
pensamiento de una derrota, era doloroso.
Por instinto lo tocó, deseando recapturar la cercanía que conocieron en el calor de
su unión.
—No creo que esas posesiones desaparezcan si no las veo de inmediato, Jared —
sugirió con suavidad, moviendo la mano, por el pecho desnudo, en una invitante
caricia.
El la sujetó con fuerza por la muñeca y detuvo el movimiento. Apretó la
mandíbula con determinación y sus ojos brillaron con expresión agresiva que pronto
se convirtió en un propósito inflexible.
—Nadie controla mi vida, Laura y menos una mujer —advirtió con firmeza—.
Legalmente eres mi socia. Como mi esposa puedes venir conmigo si lo deseas o irte a
donde quieras, pero yo me voy de aquí en una hora Y no tengo intenciones de
retrasarme. Lo que elijas hacer es asunto tuyo.
Socio... era igual... las palabras le parecían dulces a Laura. ¡Había progresado con
él!
—Me lastimas la muñeca, Jared —expresó, satisfecha de que su caricia tuviera un
efecto en él.
Sus ojos eran burlones al recordarle que el poder de excitar era de ambas partes,
llevándose su muñeca a los labios y besándola con sensualidad, lo que le aceleró el
pulso.
— ¿Ya está mejor? —preguntó con sorna.
—Mejor.
rió y la soltó, levantándose para romper con cualquier contacto.
—El desayuno es en media hora, si es que vendrás conmigo —habló por encima
del hombro en tanto se dirigía al vestidor.

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La breve toalla alrededor de su cintura era una interrupción frustrante para


Laura, pero los músculos tirantes de su espalda y la fuerza ágil de sus piernas
encendió evocaciones que la hicieron estirarse con lánguido placer. Esta noche y
mañana en la noche y..., pensó.
—Estaré lista —contestó, saltando fuera de la cama.
Jared se detuvo en la puerta y se volvió, deslizando la mirada por su desnudez
antes de contestar con cinismo:
—Por alguna razón supe que vendrías a Bendeneer Downs conmigo, Laura.
Ella rió, incapaz de contener la deliciosa anticipación que burbujeó en ella.
—Sirve a mi propósito, Jared.
—Sin duda —hizo una mueca—. Será interesante ver por cuánto tiempo sirve a
tu propósito.
—Quizás hasta que la muerte nos separe. ¿Lo has considerado, Jared? —replicó a
la ligera, esperando que no pensara más en lo del divorcio.
Su reacción fue intimidante; su rostro se oscureció y sus ojos parecían gélidos.
—Si lo quieres todo para ti, Laura, tendrás que esperar mucho tiempo —estalló
con desprecio—. No moriré con tanta facilidad como mi padre. Y tú nunca lograrás
que haya más muertes entre nuestras familias. Rafe se encargaría de eso.
Muda de horror, Laura no pudo evitar la pregunta que surgió de su labios.
— ¿Quién mató a quién?
—Supongo que tu padre lo llamó un accidente —explicó con amar gura—. Es
increíble cómo la gente cambia los hechos. Aunque es cierto que lo atacaron primero,
pero fue mi padre quien murió. No olvide eso en tus cálculos. Yo no, nunca.
Laura negó con la cabeza, demasiado aturdida por la terrible revelación, para
discutir que no tenía ningún cálculo en mente. Era como una daga en el corazón que
Jared pensara que ella deseaba su muerte para quedarse con todo. Tomó un respiro
para calmar las náuseas. Lo que sucedió en el pasado no tenía nada que ver con ella,
razonó con fiereza. Se casó con Jared Eastern y lo iba a conservar, pasara lo que
pasara.
—El problema contigo, Jared, es que no estás acostumbrado a la mujeres que no
permiten que se les compre, pero es agradable saber que soy una nueva experiencia
para ti —dijo, levantando la barbilla desafiante.
Jared entrecerró los ojos mientras Laura se le acercaba con toda la seguridad que
le dio la noche anterior. Se detuvo junto a él, levanto una mano y deslizó los dedos
por su mejilla en una provocación deliberada.
—Y no te preocupes por tu vida, Jared, porque te quiero vivo, muy vivo —
entonces pasó junto a él, hacia el cuarto de baño.
Laura sintió la mirada en su espalda a cada paso que daba y se sorprendió de su
temeridad. Cerró la puerta de modo triunfal y con satisfacción. Lo hizo pensar en

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algo positivo y él la deseaba; lo vio en su ojos; existía algo explosivo entre ellos que
no podían negar. ¡Y, mientras estuvieran juntos, tenían un futuro!
Miró su imagen en el espejo y se percató de que aún usaba los diamantes que
Jared le dio. ¡Los diamantes para su esposa! ¡Y ella no renunciaría a ese puesto!
El pasado quedó atrás; eso acordaron anoche. Así sería. Había algo más en la
muerte del padre de Jared, o de lo contrario las reacciones de Rafe y Naomi habrían
sido diferentes. Si su padre era culpable, ya había pagado por ello con esa vida de
ermitaño. Ya no era su preocupación principal y no dejaría que eso interfiriera con su
oportunidad de ser feliz.
¿Feliz?, se preguntó, mirando en el espejo sus ojos que parecían más brillosos que
nunca. ¿Podría llamarse felicidad a esa salvaje locura con Jared? Un interminable
careo de fuerza contra fuerza, un duelo de voluntades condimentado por la fuerte
atracción que sentían, una lucha por un final... ¿cuál era el final que ella deseaba?
Que Jared la amara... la necesitara... la quisiera en su vida por siempre.
Los pensamientos se aferrar6n en su mente con fuerza abrumadora. Su corazón
dio un vuelco. Sacudió la cabeza por lo simple que era todo. ¡Él era el hombre para
ella! No importaba por qué. ¡Él era el indicado!
Excepto que para Jared no era tan simple. Por lo menos ella sí sabía exactamente
lo que quería; ¡el problema era cómo conseguirlo! No obstante era su esposa, la
ventaja que ninguna otra mujer tenía.
Jared ya desayunaba y leía un periódico; era obvio que no la estaba esperando.
—No puedo encontrar la ropa que me quitaste anoche —anunció Laura con
vivacidad.
—Supongo que Evelyn se encargó de eso —respondió, estudiando los jeans y la
playera de Laura. Se había recogido el cabello en la nuca, como siempre. Su rostro
carecía de maquillaje, pero su piel brillaba y sus ojos chispeaban. Jared hizo una
mueca sardónica.
— ¡Qué cambio de imagen! ¿Otra sorpresita para mí?
—No —replicó, sonriéndole—. Es mi atuendo para viajes. Si no es apropiado,
dímelo —él también usaba ropa casual, así que no la criticaría. La camisa deportiva
de color verde acentuaba el tono de sus ojos y Laura admitió que era el hombre más
atractivo—. Y quién es Evelyn? —añadió.
—Evelyn Geary —respondió con indiferencia—. Se encarga del apartamento. Si
vas a la cocina y te presentas, ella se hará cargo de tus necesidades, incluyendo el
desayuno.
Evelyn Geary era una dulce mujer de mediana edad que parecía muy complacida
de conocer a la esposa de Jared Eastern. Le preparó de prisa el desayuno. Jared la
observó comer con impaciencia.
—Cuando estés lista —anunció cuando Laura se sirvió otra taza de café. Ya
habían pasado diez minutos de la hora indicada.

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—Estoy lista. No necesitaba desayunar, Jared, tú lo sugeriste —explicó con un


aire de inocencia.
Jared la miró con diversión mientras ella se ponía de pie.
—Es extraño, pero yo también te quiero viva, Laura —rodeó la mesa y le sostuvo
la silla—. Después de todo, no todos los días se adquiere una esposa —con los dedos
le rozó la mejilla— con tantas cualidades.
Laura se rió con júbilo. No sólo se contradecía al mencionar que ninguna mujer le
haría eso, sino que era un formidable y hábil oponente y le encantaba el estira y afloja
de su compleja relación.
Laura se hallaba de muy buen humor cuando se dirigían al aeropuerto donde el
jet ejecutivo de Jared los esperaba. El avión estaba equipado con todas las
comodidades necesarias: sala, habitación, baño y una galería muy elegante para
preparar alimentos. Laura deseaba con ansias conocer la mina y a Jared quien la
observaba absorto con cierta especulación.
—Nunca me dijiste por qué tenemos que ir hoy a Bendeneer Downs —señaló.
—No me gusta perderme la revista.
—Creía que sacabas diamantes de la tierra, pero no que tuvieran que pasar
revista.
—No los diamantes. El ganado. Extraer diamantes es mi trabajo. Administrar una
de las estaciones ganaderas más grandes del mundo es mi entretenimiento. Sobre
todo en esta época.
Laura escondió su sorpresa lo mejor que pudo. Volaban hacia una mina... ¿pero él
iba a revisar ganado?
—Nunca lo mencionaste —comentó Laura y esperó que él ampliara la
información.
— ¡Entonces existía algo que no sabías! —la bromeó—. La mina se maneja sola,
Laura, como te habrás percatado en tus visitas. Todo el proceso se controla por
computadora. La planta la administran seis personas. Ahí no hay retos. El corte de
los diamantes se realiza en Perth y Rafe se encarga de todo allá. Necesito hacer algo,
alcanzar metas. Así que me hago cargo del aspecto internacional del mercadeo de
diamantes con De Beers. Sin embargo mi vida real está en Bendeneer Downs. Ahí
paso la mayor parte de mi tiempo y no renunciaría ello por nada ni nadie. Me fascina
el desafío. Me gusta la respuesta y controlar lo incontrolable.
Laura digirió la información. ¡Bendeneer Downs no tenía nada que ver con la
mina de diamantes! ¡Era una estación ganadera! Una sierra abierta en el Kimberley...
autosuficiente, aislada. De pronto comprendió por qué Naomi había dicho que era
tierra de hombres.
—Es una amante que ninguna mujer podía reemplazar —advirtió con
certidumbre—. La gente viene y va, pero la tierra siempre está ahí; siempre
probando, exigiendo, llevando a un hombre al límite de su capacidad y coraje —sus

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ojos brillaron con sorna al añadir—: Sin embargo, no espero que una dama de Boston
comprenda eso.
—No deberías acostumbrarte a menospreciarme, Jared. Ha pasado mucho tiempo
desde que viví en Boston. incluso ahí aprendí a vivir en un ambiente ajeno.
— ¿Ajeno? —la curiosidad reemplazó la mofa.
—Quizás un día te cuente todo, ahora no es el momento.
—Prefieres intrigarme —comentó con cinismo.
—Sólo digamos que la resistencia es una de mis mejores cualidades.
La risa ronca de Jared transmitía superioridad y diversión.
—Tal vez después de toda una vida descubra el resto de tus cualidades. Mientras
tanto, espero que resistas el viaje para no aburrirte sin mí porque tengo asuntos que
atender. Cuando vine a Sidney no planeaba casarme tan rápido y me quitó tiempo
para unos negocios —puso su portafolio sobre la mesa frente a él.
— ¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó Laura.
—Otra vez estás haciendo suposiciones —replicó ella—. Además soy tu socia,
¿recuerdas?
Jared rió con diversión y le indicó que se sentara con él.
—Échale un vistazo a estos contratos. Es un compromiso de entrega en Singapur
y nada me detendrá —la miró con un firme propósito—. Ni siquiera el matrimonio.
Laura no planeaba interferir, pero quería saber más. Ignoró la indiferencia de
Jared y se acomodó a la mesa.
Laura encontró que algunas de las cifras de los contratos eran espectaculares.
¡Con razón Jared le ofreció cinco millones de dólares por la pintura de su padre! Hizo
cuentas mentales; la mina debía aportar ganancias increíbles.
Evocó lo que leyó sobre la mina, la cual se estableció en los setenta y era el
remanente de un volcán extinto. El carbón fundido se cristalizó en diamantes.
Algunos tenían mucho colorido por la inclusión de microelementos. Lo mismo
sucedía con la mina de diamantes Argyle, localizada también en el Kimberley.
No sabía la profundidad y extensión de los depósitos en Bendeneer Downs; tal
vez nadie lo sabía, pero ahora estaba segura de que su padre los descubrió. Quizá en
sociedad con Rafe Carellan, por lo que éste dijo el día anterior.
Comenzó a unir las piezas. La mina y la propiedad de Jared se llamaban
Bendeneer. Naomi vivió en ese lugar quizás con el padre de Jared. Después
aparecieron Rafe Carellan y Drew McKenzie. Con seguridad los australianos los
recibieron con hospitalidad mientras exploraban el área. Si los depósitos de
diamantes se descubrieron en Bendeneer Downs, todos se habrían visto afectados.
Tal vez esa era la razón del terrible final.
Naomi era el centro de todo. Una hermosa mujer que buscaba una vida diferente,
compañía y atención, y que tenía necesidades que su esposo no podía llenar... y tres
hombres que le ofrecían varias opciones.

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El padre de Jared, un hombre duro y sin compromisos, que quizás estaba casado
con la tierra más que con su esposa, y que no deseaba otro estilo de vida.
Rafe, gentil, amable, compasivo, aunque nada atractivo.
Y su propio padre, que debió poseer algo muy especial para que su madre se
volviera loca por él. ¿También Naomi perdió la cabeza por él? ¿Y el corazón?
¿Qué causó la muerte del padre de Jared? No lo sabía y ahora no podía
preguntar. Sin embargo, era obvio que Rafe y Naomi vivían atormentados desde
entonces, sobre todo Naomi, a quien la agobiaba el sentimiento de culpa. ¿Habría
puesto a un hombre contra el otro... y los perdió a los dos? ¿Se volvió contra Drew al
ver a su esposo muerto... incapaz de soportar el resultado de sus juegos?
Laura se olvidó del pasado. Eso no la ayudaría con Jared, como no fuera para
comprender por qué él pensaba que no soportaría Bendeneer Downs. La veía como a
una hermosa mujer; por experiencia, creía que esas mujeres sólo deseaban
indulgencia, admiración y una vida activa. Todavía no sabía que ella nunca necesitó
gente a su alrededor y que la belleza no significaba nada. Aprendería; como su
esposa, el tiempo estaba a su favor. La idea de vivir con Jared en su propio mundo la
hizo sonreír con satisfacción.
—Veo que nuestras cifras comerciales te causan placer —señaló con sorna.
— ¿Cuanto produce la mina, Jared? —preguntó, ignorando la provocación.
—Alrededor de treinta millones de quilates de diamantes al año —la mirada de
Jared era fría y burlona—. ¿Eso satisface tu avaricia?
—No me digas eso, Jared —espetó—. Pudiste dejar esos diamantes en donde los
encontró mi padre, en la tierra.
—Yo no tomé la decisión de extraerlos. Sólo era un niño entonces —replicó con
expresión ceñuda.
—Pero no renunciaste a la mina, ¿verdad? Así que, ¿por qué te mofas de mí por
el interés que demuestro? —discutió.
— ¿Hubieras preferido que se quedaran en la tierra, Laura? —escarneció.
—No me importan —declaró, mirándolo fijamente—. Pero como soy tu esposa,
tu negocio es mi negocio y no tengo intenciones de que me hagas a un lado. No
importa el motivo más vulgar que quieras darme.
— ¿Esperas que crea que habrías hecho todas estas jugadas aún si no existiera la
mina de diamantes? —exigió escéptico.
—Si no existiera la mina, ¿te habrías casado conmigo? —replicó Laura.
Lentamente el rostro de Jared se relajó en una sonrisa.
—Quizás. Eres más que un rostro bonito —sus ojos reflejaron algo más que
apreciación por la forma en que Laura lo contradecía—. Aunque habría hecho otra
cosa si no hubiera visto primero la pintura —explicó con tono seco.
—Tal vez —comentó Laura con la misma frialdad, pero su corazón latía con
excitación. Por fin admitía que la consideró deseable aquel primer encuentro. Y ella

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deseaba lograr que la amara; sonrió y lo miró provocativamente—. Probablemente te


hubiera desilusionado. Tienes razón al decir que no sólo soy un rostro, pero tampoco
soy sólo un cuerpo.
—Queda claro que ahora respeto mucho la mente que lo controla —expresó con
ironía.
—Todo lo que debo hacer es que te intereses en mi personalidad y tendremos a
un ser completo —habló con una sonrisa de satisfacción.
—La tierra se encargará de eso —observó él con dureza—. Saca a relucir lo mejor
y lo peor de una persona.
— ¿Y dudas que pase la prueba? —lo retó, deseando que Jared se interesara.
—Ya oíste a mi madre —hizo una mueca—. Pronto te estarás muriendo de
aburrimiento.
—Ya veremos —respondió Laura con brevedad.
—Sí, así es —sus ojos brillaron con una emoción indefinible; después volvió la
atención a los documentos, excluyéndola.
Los Jared Eastern no se rinden con facilidad, pensó Laura, una vez que se
deciden, son duros como la roca, o como los diamantes, en este caso. Sin embargo,
Laura se anotó algunos puntos en la conversación. No podía apresurar algunas cosas,
como el respeto.
Más tarde Jared ordenó el almuerzo; dejó el trabajo y se dispusieron a comer
ensalada de langosta acompañada por champaña.
— ¿No bebes otra cosa? —preguntó Laura.
—Puedes tomar lo que gustes —contrapuso.
—Pero tú prefieres champaña —comentó y se encogió de hombros.
—La ventaja de este vino —explicó—, es que el peor es muy bueno y el nivel de
calidad asciende de ese punto hasta lo magnífico. Siempre me ha gustado.
— ¿Hasta en Bendeneer Downs?
Jared lanzó una mirada divertida.
—Tenemos todo lo que deseamos. Existen todas las comodidades de la
civilización, como Rafe dijo. Lo que quieras hacer con ella es asunto tuyo, excepto
por mis dos habitaciones que son intocables para cualquier mujer. Pero si gustas,
puedes hacer lo que quieras con el resto de la casa; compra lo que desees para tu
comodidad. Yo seré un espectador interesado. Veré cómo creas un hogar para ti... lo
que te mueve... lo que te enloquece.
La diversión se endureció en cinismo cuando añadió:
—Antes que el aislamiento te vuelva loca o te aburras de tu juego.
— ¿Qué tan grande es Bendeneer Downs? —preguntó, otra vez, ignorando el
comentario.

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—Es un rectángulo de trescientas veinte hectáreas. Estarás asentada en medio...


nada más que tierra infinita alrededor tuyo, tan monótona como lo ha sido durante
toda la historia del mundo. Y poco a poco comenzará a encerrarte, día tras día...
—Para ti no es así —replicó.
—Es tierra de hombres —levantó su copa en un saludo burlón.
—Creo que lo que ese lugar necesita... —con fría deliberación le quitó la copa de
la mano y la levantó en un brindis sardónico hacia el—, es la mujer adecuada para
dominarla.
Escuchó el silbido de Jared cuando bebió la champaña. Había un aire peligroso
en su mirada cuando Laura le regresó la copa. Entonces la sujetó de la mano,
haciendo patente su superioridad.
—Desde el principio, admiré tu frialdad...
— ¿También en la cama? —sugirió Laura con provocación.
El sonrió con malicia y le quitó la copa de la mano.
—Creo, Laura Hammond...
—Laura Eastern —corrigió sin poder contener el júbilo en su voz. Deseaba
poseerla, iba a poseerla, no podía esperar. Ella también lo deseaba desde que
despertó esa mañana.
—Creo, Laura Eastern... —declaró con mucho énfasis—, que necesitas que
alguien te enseñe algo de respeto —se puso de pie, la levantó de la silla y la llevó en
brazos hasta la habitación. Sus ojos brillaban con un firme propósito cuando cerró la
puerta—. Y aunque estemos a treinta y cinco mil pies, nada me detendrá —le
prometió.
Lo cual le pareció bien a Laura. No trató de detenerlo, sino que lo alentó a que le
enseñara todo el respeto que pudiera, aunque eso era lo último que ocupaba su
mente cuando su rito amoroso terminó. Más bien sentía admiración por la forma en
que se acoplaban, y el placer que experimentó con él la noche anterior era muy
respetable. No obstante, no se lo dijo; no quería mencionar nada que estropeara la
satisfacción de él.
Jared tampoco habló de respeto. Más tarde se separó de ella y se puso de pie. La
miró y movió brevemente la cabeza.
—No comprendo lo que eres, o por qué estás actuando así. Ciertamente no confío
en ti y nunca lo haré. Pero admito que retozar contigo es una experiencia increíble.
La confesión intensificó la felicidad de Laura, pero no podía externar sus
verdaderos sentimientos por temor a que se burlara de ella. Le sonrió con languidez.
—Tú no estás nada mal, Jared. He tenido peores.
Un sonido parecido a un gruñido salió de su garganta en tanto alzaba su ropa.
Laura no tenía ganas de moverse. Se desperezó, adorando la deliciosa sensación
de fatiga en sus piernas y saboreó la suave coordinación del musculoso cuerpo de
Jared al ponerse la ropa. Lo hacía con un aire de determinación obstinada, y Laura se

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agasajó con la idea de que no deseaba dejarla. Se estaba obligando. Se detuvo en la


puerta y la miró con expresión tensa y algo en sus ojos... ¿una chispa de posesión
hambrienta?, que hizo que el corazón de Laura diera un vuelco de esperanza.
—Tienes unas horas antes del aterrizaje y yo tengo trabajo por terminar. Haz lo
que quieras —sugirió, cortante; después salió y cerró la puerta.
No obstante, no le permitiría que siguiera cerrando puertas entre ellos, se
prometió Laura. Una a una las derrumbaría. ¡Así le tomara el resto de su vida!

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Capítulo 9
DESDE el jet particular, la primera impresión de la mina desilusionó a Laura. Era
sólo una breve cicatriz en un paisaje árido, tan desmembrada y fea como un cráter en
la luna. Y la gente peleó y murió por ella.., con las pasiones que sólo una mujer podía
provocar. De ningún modo le emocionaba a Laura. Si nunca hubiera descubierto los
diamantes, quizás habría conocido a su padre...
—La joya en la corona —se burló Jared—. Haré que alguien te muestre el
contenido de las bóvedas de seguridad cuando aterricemos.
Laura se volvió a él y se enfrentó al duro brillo de sus ojos con una determinación
calmada.
—Esperaré hasta que tú puedas mostrármelo, Jared. Estoy más interesada en ver
dónde viviremos. Es más importante para mí.
Arqueó las cejas con escepticismo, pero aceptó sin discutir.
—En ese caso, le diré al piloto que siga hasta la pista de la propiedad. Laura
volvió su atención al panorama. Le recordaba otros paisajes sedientos: Nevada y
Arizona, Zimbahwe en África...
— ¿Cuántas cabezas de ganado hay en Bendeneer Downs? —preguntó cuando
Jared regresó.
—Dependiendo de las condiciones, más o menos son cien mil.
Laura frunció el ceño. Parecía una cifra muy baja.
—Más o menos seis por cada dos kilómetros cuadrados —comentó.
—Es una tierra muy árida —enunció Jared—. En los años de sequía, eso es todo
lo que podemos alimentar, pero la manada se incrementa en los años buenos. Por eso
tenemos revistas regulares, para herrar a los becerros y desechar a los toros salvajes
—le sonrió con ironía—.No es la clase de vida que esperabas como mi esposa,
¿verdad?
—Ya se cumplieron las expectaciones que tenía, Jared —respondió con
sinceridad—. Ahora quiero más.
— ¿Más de qué? —inquirió, entrecerrando los ojos.
—Más de ti —le sonrió—. ¿Por qué crees que estoy aquí?
Sería difícil romper el escepticismo hacia los motivos dé ella, pero se sentía
satisfecha por haber logrado algo. Volvió a mirar el paisaje.
El avión descendía con rapidez y la primera impresión de Laura de Bendeneer
Downs fue la de un pueblo pequeño, pero no parecía tan inhóspito como Jared
sugirió. Era obvio que comprendía una comunidad cuyos habitantes proporcionaban
compañía.

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La extensión del lugar lo hacía parecer próspero, y respaldado por la mina, tenía
que serlo. Todo estaba bien organizado. Cercas para el ganado, hileras de
construcciones en techos de hierro galvanizado, tanques de agua en lugares
estratégicos, tuberías que emergían de un pozo grande que se alimentaba de un
riachuelo, avenidas de árboles. Se adaptaría a esta vida, prometió Laura, sonriendo
con seguridad a Jared cuando aterrizaron en la pista.
Las primeras personas que vio Laura cuando descendieron del avión fue un
grupo de niños nativos del lugar tras una cerca agitando las manos y sonriendo.
Laura los saludó y después echaron a correr hacia las casas.
— ¿Quiénes son? —le preguntó a Jared.
—Los hijos de nuestros ganaderos. Parte de la enorme familia de Charlie Birahan.
Vivían aquí antes que el hombre blanco llegara. Este es su hogar —le lanzó a Laura
una mirada de advertencia—. Aquí es donde se van a quedar de por vida.
—Claro —acordó—. Eso es lo justo.
La miró con mucha intensidad.
— ¿No tienes prejuicios raciales?
—No de donde yo vengo —respondió sin titubear. Lo tomó por el brazo y sintió
que la tensión aminoraba. Laura sintió como si hubiera aprobado un examen, aunque
fuera muy pequeño.
—Podrías fingir estar enamorado de mí —sugirió—. Eso da buena impresión.
Jared rió y cuando un jeep se detuvo frente a ellos, la tomó con firmeza del brazo.
Hasta se comportó indulgente y amoroso cuando la presentó al conductor.
—Laura; Harry Donovan, nuestro administrador de tiempo completo. Su esposa,
Gwen, se encarga de lo demás.
Harry tendría alrededor de cincuenta años, era un hombre delgado y fibroso,
cuyo rostro expuesto al clima parecía amistoso. Su cabello era gris, los ojos azul
brillante y la sonrisa reflejaba una bienvenida incondicional. Laura estrechó su mano.
—Me complace conocerlo, señor Donovan.
— ¿Estadounidense? —inquirió con sorpresa y después se recuperó—. Espero
que sea feliz aquí con nosotros, señora Eastern.
—Gracias, estoy segura de que así será —declaró Laura con calidez y después
añadió con seriedad—: A los estadounidenses también nos gustan los retos, ¿sabe?
—No creo que Jared hubiese escogido una mujer inestable, señora Eastern —
comentó con aprobación.
Subieron el equipaje al jeep y Harry Donovan mencionó que todos estaban
encantados con la noticia. En apariencia Jared ya les había informado. Harry les
informó que todo el mundo se hablaba en la casa grande, esperando conocer a la
mujer con quien su jefe se casó.
Y para examinarla, pensó Laura con nervios. Se preocupó un poco por su ropa,
pero después decidió que lo importante era su persona. A todos les caería bien,

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porque era la esposa de Jared. Sin embargo, sabía que esa era otra prueba que debía
pasar si quería ganarse el respeto de Jared.
Estaba muy preocupada por el reto y no registró todo en tanto el jeep se movía
por entre las edificaciones. Establos, graneros, casas de bordes biselados, pintadas de
rojo con blanco... se grabaron en su mente hasta que vislumbró la casa grande. ¡Y en
verdad que era grande!
La construcción debía tener ms de treinta metros de frente, y las dos alas en
forma de U, cerca de veinte metros de cada lado. Un amplio balcón se extendía
alrededor de la casa; la inscripción en la balaustrada blanca decía: “Unión Jack”.
Abajo del balcón había un extenso jardín con arbustos florecientes y bajo los dos
enormes árboles que flanqueaban la escalera principal, se encontraban varias
carretillas blancas llenas de hermosos geranios.
De alguna forma el diseño irregular de la casa parecía combinar con la tierra.
Poseía dignidad, un sentido de eternidad que ejerció un repentino y profundo
atractivo en Laura, pero no tuvo tiempo para contemplarlo. Una multitud se
encontraba alineada en el balcón y gritaban y saludaban excitados, cuando el jeep se
detuvo.
La siguiente hora fue exhaustiva. Le presentaron como a quince familias y trató
de recordar todos los nombres y ocupaciones. Eran rostros blancos, negros y
morenos, que expresaban una bienvenida cordial. Para su alivio y placer, Jared le dio
todo el apoyo y orgullo que se esperaba de un recién casado. Sin embargo, tan pronto
terminaron las cortesías, declaró que él y Harry tenían asuntos que discutir y ordenó
a Gwen Donovan que le mostrara la casa a Laura.
Laura refrenó una protesta y escondió su desilusión de que no fuera Jared quien
le mostrara la casa. No era ocasión de hacer una escena frente a tanta gente, pero
tarde o temprano lo haría reconocer que ese también era su hogar, y que no la iba a
descartar de su vida con pasatiempos tontos como la decoración de la casa. Se haría
amiga de Gwen Donovan, ya que la esposa de Harry sin duda sabía todo lo que
Laura tenía que aprender.
La mujer se mostró ansiosa por ser amable y Laura pronto se calmó con la jovial
personalidad, en tanto recorrían la casa de la que Gwen estaba tan orgullosa como si
fuera suya, y en cierta forma lo era, ya que ella y su esposo vivían en el ala este.
— ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Bendeneer Downs, Gwen?
Era una mujer sólida; su cabello gris estaba recogido en un moño apretado y su
rostro guapo y fuerte tenía el aire de una persona contenta con su existencia.
—Oh, como unos veinte años —respondió con una sonrisa—. Nuestros hijos eran
unos jovencitos como Jared cuando el señor Carellan nos ofreció la administración
del lugar. Solía traer a Jared desde Perth durante las vacaciones, pero nunca se
quedaba él. Harry y yo nacimos y nos criamos en el Kimberley. Amamos la vida aquí
y también Jared, pero su madre... —movió la cabeza confusa— ¿Sabes? Nunca
regresó... en todos estos años. Supongo que o amas el lugar o lo odias —frunció el
ceño y miró a Laura con ansiedad—. Imagino que es una vida muy diferente de la
que llevas en Estados Unidos.

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Laura se rió, más aliviada que divertida. Estaba contenta de que los Donovan no
hubieran estado en Bendeneer Downs con el padre de Jared. Quizás estaban
enterados de lo que había sucedido hace años, pero Laura no quería que el pasado
pendiera sobre su cabeza; esa era la vida de Jared y ella y no era bienvenida ninguna
intrusión de la antigua tragedia.
—Muy diferente —respondió—, pero eso no significa que no pueda amarla,
Gwen. Ya adoro todo lo que hay en esta casa.
No era una exageración. Las habitaciones eran amplias, ventiladas, los muebles
cómodos y placenteros. Había hermosas antigüedades en la sala que infundía un
sentido de permanencia que lo caracterizaba todo. La mayoría de los pisos eran de
madera pulida, pero los diferentes tapetes que los adornaban eran de buena calidad
y muy acogedores. Laura no deseaba cambiar nada.
La cocina era amplia y bien equipada.
— ¿Cómo funciona todo? —preguntó maravillada—. Es decir, ¿de dónde
proviene la electricidad?
—Tenemos enormes generadores subterráneos —explicó Gwen—. Somos más
afortunados que la mayoría de la gente de por aquí. No tenemos que escatimar en
nada. Jared se encarga de eso.
Sin embargo, había un inconveniente que no le importó mucho. Ella y Jared
tenían habitaciones separadas, comunicadas por un baño y un vestidor. Cuando por
fin Gwen la dejó sola, Laura volvió a considerar su posición.
La separación de dormitorios parecía concordar con la división de
responsabilidades en Bendeneer Downs. Las mujeres se encargaban de la comunidad
y los hombres del ganado. Claro, unos apoyaban a los otros y Laura no tendría
problemas con el sistema, pero no era un matrimonio normal el que tenía con Jared.
No le permitiría trabajar con él a menos que hiciera algo de verdadero valor para
él. Algo positivo que cumpliera con el reto de la tierra. Eso le importaba a Jared, era
su placer, controlar lo incontrolable. Si Laura no inventaba un plan que lo
impresionara, la mantendría fiera de su vida y ella deseaba estar en el eje de todo,
con él.
Tomó una ducha y se puso el traje rosa, en diferencia a la primera cena en su
hogar. Traía muy poca ropa y recordó que tenía que pedirle a su madre que le
mandara más. Después se dirigió a la habitación de Jared para esperarlo.
No existiría una sensación de proximidad si Jared insistía en habitaciones
separadas. Tendría que arreglar eso de una vez por todas. Minutos después lo
escuchó acercándose por el pasillo y su pulso se aceleró. Ya había logrado progresos
y no iba a permitir que él impusiera todas las normas. Actuó por instinto y se
extendió sobre la cama en una pose de paciencia relajada.
En el momento en que Jared entró, su cuerpo se tensó al verla.
—Esta es mi habitación, Laura —advirtió con frialdad—. Tú tienes la tuya. Te dije
que había cosas que no podías tener. Esta es una de ellas. ¡Así que si estás pensando
en cambiar este hecho, olvídalo!

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—Sólo estaba probando cuál cama es más cómoda para que durmamos —
razonó—. ¿O te imaginas que vas a dormir solo, Jared?
Jared hizo una mueca.
—Como tú, planeo sacar ventaja de este matrimonio, mientras dure. Puedes
compartir mi cama cuando quieras, pero no interfieras con nada más en esta
habitación, nunca. ¿Comprendes?
—Hay un par de cosas que deberías comprender, Jared —comenzó.
—No trates de probarme, Laura. Te di riendas sueltas para hacer lo que quieras
con el resto de la casa. Con la excepción de mi estudio, que es también de mi
exclusivo dominio...
—No me refería a eso, Jared —lo interrumpió—. No planeó estar aquí cuando tú
te vayas. Iré contigo a donde sea.
Sus ojos brillaron burlones.
—Eso, querida, es tu prerrogativa en los viajes que tenga que hacer, pero no vas a
venir a la revista conmigo. Por una parte no llevo pasajeros en el helicóptero, es muy
peligroso. Necesito concentración total; siempre existe el riesgo de que el motor se
pare en una de las maniobras de aproximación, y segundo, sólo serías un estorbo en
tierra. Aparte de que distraerías a los hombres de su trabajo, dudo que puedas estar
en una silla de montar día tras día.
No esperó respuesta. Se dirigió al baño y cerró otra puerta entre ellos. Laura
reprimió el impulso de seguirlo y discutir. No tenía buenos argumentos para refutar
lo que él dijo. Ni siquiera sabía que revisaba el ganado desde el helicóptero, aunque
entendía lo útil que era. Quizás aprendiera a volar uno. Debía considerarlo.
En cuanto a montar, Jared tenía razón; sabía montar, pero no estaba preparada
para largas jornadas a caballo. Sin embargo, para la siguiente revista, estaría
preparada, decidió. Y para entonces los hombres ya la conocerían y no los distraería.
Tenía algo en qué trabajar, pero no era suficiente. Quizás necesitaba
familiarizarse más con el manejo del ganado antes de sacar una idea fructífera.
— ¿Lamentas tu decisión de estar aquí?
Laura estaba tan concentrada que apenas si lo escuchó. Ya se había bañado y
abotonaba su camisa, pero su mirada estaba atenta a la reacción de ella.
Le sonrió y saltó de la cama, decidida a cerrar la grieta que los separaba.
—Nada de lamentos, Jared. Sólo pensaba en unos problemas —caminó hacia él y
deslizó las manos por su pecho, provocándolo—. Odiaría arruinar la apariencia de
unión que presentamos a tus empleados, así que dime, Jared ¿qué esperas de mí
como esposa?
—Nada, excepto sacarte el mayor provecho posible —confesó con sarcasmo. La
sujetó por las caderas y detuvo los movimientos de Laura hacia él—. Pero yo
reduciré al mínimo eso, claro, siempre y cuando esté en mis manos.
— ¿Me tienes miedo, Jared? Algo salvaje cruzó sus ojos.

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—Nunca he tenido miedo de una mujer —estalló con desprecio—. ¡Claro que no!
—Entonces, ¿por qué me detienes?
Apretó la mandíbula y rechinó los dientes.
—No pienses que no puedo estar sin ti, Laura.
—No tienes que estar sin mí, Jared. Soy tu esposa —le recordó con suavidad.
—Entonces veamos cómo desempeñas tu amoroso papel en la cena, querida —la
retó, riendo con severidad.
—No es más difícil de lo que fue para ti esta tarde —declaró Laura. Así se lo
mostró, y para deleite de los Donovan. Jared los invitó a compartir la cena. Laura no
tuvo que fingir. Era un enorme placer demostrar que sentía por su marido y hubo
momentos en que Jared no sabía si era genuina o no. No discutió cuando Laura
sugirió que se retiraran temprano, y el administrador y su esposa comprendieron que
fue un largo día. Sobre todo porque Jared tenía que despertar antes del amanecer.
Cada paso por el corredor era eléctrico por la tensión, pues dudaba si dormirían
juntos o no. La habitación de Jared era la más próxima Laura fue arrastrada al
interior en un abrazo de deseo incontrolable
— ¡Bruja! ¡Pagana!
Siseó las palabras en tanto apresaba su boca, pero se perdieron de la pasión que
surgió entre ambos. A Laura no le importaba cómo la llamara, siempre y cuando no
se separara de ella. Pero lo hizo por un momento provocativo cuando la llevaba a un
febril pináculo de necesidad ardiente...
— ¡Di que nunca fue mejor! ¡Dilo! ordenó con voz ronca por su propio deseo—.
¡Di que nunca has tenido a un hombre como yo en toda tu vida!
—Nunca... nunca... nunca —gimió, concediendo la verdad. No podía pensar;
apenas si escuchó el ronco gruñido de triunfo de Jared mientras la llevaba a otra cima
de exquisita sensación, y otra y...
Laura no supo cuánto tiempo pasó antes que yacieran quietos. Se preguntó qué
movería a Jared para obtener esa admisión. ¿Ego? ¿Orgullo? ¿Era más que eso? No
soportaba imaginar que otra mujer le hiciera sentir lo que ella. Tal vez él necesitaba
creer lo mismo... y si así era... Laura ya no era sólo una conveniencia, sino algo
especial.
Sin embargo, sólo era un aspecto físico. Tenía que llegar más lejos... lograr que
Jared viera que ella era capaz de igualarlo en todo.
Entonces se le ocurrió algo. Tendría que investigar y saber si era posible.
Necesitaba dinero, quizás mucho.
Los recuerdos se agolparon en su mente. Una noche en una estepa de Zimbabwe,
en un campamento de los Cuerpos de Paz, en su bolsa de dormir, con un cielo
estrellado y las oscuras sombras que pasaron junto a ellos toda la noche. Evocó los
nombres... Tuli, Borán, Bmham, Búfalo...

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Laura se acurrucó feliz en los brazos de Jared. No necesitaba investigar más; ya


sabía suficiente para actuar. El miedo a fallar era un fracaso en sí. Si no lo lograba,
¿qué importaba? Al menos lo habría intentado. No existían garantías.
Controlar lo incontrolable, eso quería Jared. Así que, cuanto más alto fuera el
obstáculo, más grande sería el reto. Cuanto más alcanzara ella, más la admiraría y
respetaría. Eso, por lo menos, era la teoría. Al día siguiente, decidió Laura, pondría
esa teoría en práctica.

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Capítulo 10
UN zumbido irrumpió en el sueño de Laura. Un calor acogedor se retira de su
cuerpo y ella se movió tratando de encontrarlo otra vez.
El ruido cesó. De pronto sintió que la cubrían con mantas. Eso la despertó justo a
tiempo para ver una silueta que se dirigía al baño.
— ¡Jared!
—Vuelve a dormirte, Laura.
— ¿Ya te tienes que ir?
—Sí, si no querías ser molestada, debiste regresar a tu habitación.
—No recuerdo que lo hayas sugerido.
—No, pero como eres muy inteligente, pensé que no necesitaba decirlo —replicó
con burla.
—Quería despertarme. Quiero que me arregles algo antes de irte declaró con
rapidez.
—Cuéntame mientras me visto. Entonces lo pensaré —contestó de forma
autocrática.
Laura se incorporó, encendió la lamparita y se preguntó qué palabras usar en
tanto Jared estaba en el baño. Directo al grano, decidió. Aun así él pensaría mal de
ella, hasta demostrarle lo contrario. Por fin Jared salió del baño con camisa, jeans y
botas. Laura deseó se sentara junto a ella, pero él se dirigió a una silla para enfatizar
la distancia entre ellos.
— ¿Qué quieres? —preguntó con frialdad.
—Quiero mi propia cuenta bancaria con cien mil dólares —pidió con firmeza.
Le lanzó una mirada mordaz. —Así que ya empiezas. Sólo me sorprende que
pidas tan poco.
—Tienes razón. Es estúpido ser tan mezquino. Que sea medio millón de dólares,
Jared —no necesitaría tanto, pero se merecía un escarmiento por pensar mal de ella.
—Medio millón cubre mucha decoración de interiores. ¿Qué planeas hacer?
¿Cubrir las paredes de oro?
—De hecho estaba pensando en algo exterior, más que interior. Y otra cosa,
quiero aprender a volar un helicóptero.
— ¿Por qué? —la miró con agudeza.
— ¿Por qué no? Tú vuelas uno; yo también quiero hacerlo. Quizás conozcas
alguien que pueda enseñarme.

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—Yo te enseñaré cuando tenga tiempo —aceptó a regañadientes. Laura sintió


una ola de triunfo porque Jared se ofrecía a pasar tiempo con ella. ¡Ahora hacía
verdaderos progresos!
—Eso sería maravilloso, Jared. Gracias —expresó con calidez.
— ¿Eso es todo, Laura? —preguntó lanzándole una mirada de cautela, al tiempo
que se ponía de pie.
— ¿Te ocuparás de lo del dinero? Quiero comenzar con mi proyecto de
inmediato.
— ¿Cuál proyecto? —preguntó con sospecha.
—No tienes que preocuparte. Te prometo que no arruinaré nada. Y me gustaría
que fuera una sorpresa —añadió sonriéndole con alegría.
Jared aspiró profundo.
—Mientras te haga feliz —señaló con una mueca irónica— Sólo asegúrate de que
no me haga infeliz. Hablaré con Harry. El se encargará —habló, caminando hacia el
corredor.
— ¡Jared!
— ¿Ahora qué? —espetó.
Laura salió de la cama, corrió y lo abrazó por el cuello antes que él lo anticipara.
—No te irás sin darme un beso de despedida, ¿verdad, Jared?
— ¡Laura! ¡Por Dios! ¡No es momento de juegos! —había cierto tono de
vehemencia; deslizó las manos por la suave y cálida. desnudez en tanto ella le
insinuaba su cuerpo de forma más íntima.
—Un beso no te hará daño, Jared —rogó, acariciándole el cabello—. Y fui muy
buena esposa ayer, ¿no?
El pecho de Jared se expandió y apresó su boca con enfado, pero el beso cambió,
así como las caricias; era hambriento y posesivo y cuando por fin levantó la cabeza,
un conflicto se reflejó en sus ojos.
—Tengo que irme y me voy —enunció con amarga determinación. La separó de
él—. ¡Adiós... mi esposa! Te veré en una semana, si es que todavía estás aquí.
Azotó la puerta. Sus pasos resonaron en el corredor como si lo persiguiera el
demonio. Laura sonrió para sí, regresó a la cama de Jared se acurrucó con deleite
sensual. Ya era su hombre, y pronto lo convencería de que ella era su mujer.
Jared ya deseaba que se quedara con él, o por lo menos que estuviera ahí cuando
regresara. De otra forma no se habría ofrecido a enseñarle a volar, ni tampoco se
enfureció por lo del dinero. “Mientras te haga feliz”, fueron las palabras.
Simplemente tenía que demostrarle que lo que la hacía feliz era compartir todo con
él.
Volvió a dormirse y despertó hasta las ocho, cuando Jared ya estaría pasando la
revista. No obstante, ni su ausencia la privó de la excitación cuando se levantó para

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enfrentarse a su primer día en Bendeneer Downs. De pronto la vida estaba llena de


hermosas posibilidades.
Hacía calor, pero no el calor húmedo de Puerto Douglas donde su padre vivió.
Laura se puso unos pantaloncillos y una playera holgada.
Se calzó unas sandalias estilo romano y ató su cabello en un moño; casi bailaba
por el corredor cuando salió.
El delicioso aroma de pan recién horneado llenaba el aire. Los gritos de los niños
se mezclaban con los ladridos de los perros. Laura no se sentía aislada. Bendeneer
Downs era como un pequeño reino, y la gente de Jared era su gente. ¡De ningún
modo se aburriría o sentiría sola!
Encontró a Gwen Donovan en la cocina con dos chicas nativas del lugar que la
ayudaban en la casa, Susie y Sally. Laura insistió en desayunar a la mesa de la cocina
para charlar, pero las chicas soltaban risitas tímidas, así que fue Gwen quien
respondió a sus preguntas.
—Supuse que estaría horneando pan —señaló Laura, mirando los hornos,
aunque no se percibía el olor en la cocina.
—Allá en la sala de hornos —explicó Gwen—. Te la mostraré después, si quieres.
—Sí, por favor, quiero ver todo —aceptó Laura con ansiedad.
Gwen se rió.
—Y todos se mueren por enseñarte todo, Laura. Probablemente te marearan con
sus comentarios.
Susie le sirvió un plato de fruta fresca. Melones, papaya y plátanos bien
rebanados.
— ¿Se importan estas frutas? —preguntó.
— ¡Dios, no! —exclamó Gwen con otra risa—. Somos autosuficientes aquí.
Cosechamos nuestras propias frutas y verduras; la tierra es muy buena; el problema
es la falta de agua, pero Jared ya solucionó eso en la propiedad. ¿Quieres huevos?
También criamos aves.
Continuó diciéndole a Laura sobre la carnicería y el almacén donde guardaban
los alimentos, así como ropa y otras necesidades. Una campana se escuchó y Gwen se
apresuró a contestar la silenciosa pregunta de Laura.
—Es la campana de la escuela. Son las nueve en punto.
— ¿Cuántos niños de edad escolar hay?
—Catorce este año, en cinco grados diferentes, así que Jill, nuestra institutriz,
hace malabares para que asistan a la Escuela de Sesiones del Aire.
— ¿Cuál es la escuela del Aire?
—Lecciones por radio. Las dan maestros en Derby; es el pueblo más cerca a la
costa oeste.

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Laura se quedó sorprendida; había escuchado el servicio médico por aire, pero la
Escuela del Aire era desconocida para ella. Sentía curiosidad por ver cómo
funcionaba.
—Sólo llega hasta el sexto grado —explicó Gwen—. Después los niños tienen que
asistir a internados para completar su educación. Algunos no dejan su hogar y Jared
no los forza. Sin embargo, se encarga de que les enseñen oficios prácticos aquí en la
estación. El hermano de Susie, Bill, es un mecánico maravilloso. Puede arreglar de
todo.
—Sally tiene puesto el ojo en Bill —declaró Susie y las dos chicas rompieron en
risitas.
Gwen mandó a las jóvenes a limpiar las habitaciones y llevó a Laura a conocer el
lugar.
El pan se horneaba cada dos días. El almacén se abría todas las mañanas; las
lecciones por radio eran muy personales, cada niño hablaba con el maestro en turno.
La carnicería parecía poder alimentar a toda la comunidad por semanas.
Laura disfrutó de la compañía de las personas que conocía desde el día anterior.
Por último fueron a los establos y le pidió a Tim, el jefe de cuadra, que le preparara
un caballo manso para montar en la tarde.
Regresaron a almorzar y Laura aprovechó para preguntarle a Harry si podía
tener una conversación privada con él en el estudio de Jared. Harry ya no iba a las
revistas debido a un problema en la espalda, así que se hacía cargo de organizar el
cumplimiento de los contratos.
El estudio de Jared era muy varonil; había un enorme escritorio de roble, sillones
de piel color café y un tapete verde en el suelo. Contra la pared se encontraban varios
trofeos y un impresionante número de cordones azules por exhibiciones de ganado.
Había varios estantes con libros y revistas, así como algunos archiveros.
—Llamé al contador de la mina, Laura —informó tan pronto se acomodaron—.
Tendrás ese dinero antes que termine el día.
—Gracias, Harry. No creo necesitar tanto...
—Pero a Jared no le gustaría que estuvieras corta —indicó con una sonrisa—.
Ahora, ¿qué puedo hacer por ti? Jared mencionó que tenías un proyecto especial.
—Sí, así es —contestó con ansiedad—. Es algo que quiero intentar. Un
experimento que puede funcionar aquí, si no lo intentamos no sabremos si da
resultado, ¿verdad? ¿Has escuchado los nombres Tuli y Boran?
—No creo —negó con la cabeza.
Laura se precipitó, emocionada por la esperanza de que su plan pudiera tener
éxito.
—Son razas ganaderas de África. Algo cono los Braham, sólo que más resistentes
al calor y las enfermedades. Sé que los crían en Zimbabwe porque ahí los vi. Y lo que
pasa con ellos es que sobreviven más a la sequías que cualquier otra raza, ya que sus
glándulas sudoríparas están muy desarrolladas. Son más adecuados para este clima

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que el ganado inglés. Creo que obtendríamos mayores tasas de crecimiento y


reproducción con ellos. Lo que quiero hacer es importar un toro y una pequeña
manada de ganado. Podemos acorralarlos por separado en Bendeneer Downs y ver si
resulta.
Harry se quedó mudo de asombro. Sacudió lentamente la cabeza para aclarar sus
ideas.
—Creí que... —hizo una pausa, un pequeño ademán de impotencia y después
sonrió—. A mí me parece que Jared se consiguió una esposa increíble. ¿Sabe él de
eso?
Laura decidió que era mejor guardar discreción.
—Jared dijo que podía seguir adelante y realizar lo que me hiciera feliz. Me dio
rienda suelta, y esto es lo que quiero hacer, Harry.
—No me interpretes mal, Laura —respondió Harry riendo—. Estoy contigo. No
hay muchas mujeres, u hombres, que tengan una idea así. Nueva.., radical...
innovativa, y a mí me parece bien. Merece la pena intentarlo, aun si no funciona.
—Gracias, Harry —suspiró satisfecha—. Por el momento, no le diremos nada a
nadie. Ni siquiera sé si es posible hacerlo. Necesito tu consejo para ver qué canales
usar. ¿Oficinas gubernamentales u oficinas especiales?
—Me haré cargo de inmediato. Una cosa es segura, los animales tendrán que
pasar por cuarentena. No será rápido, Laura y tendrás que ser paciente.
— ¿Entonces investigarás por mí? ¿Pondrás a rodar la bola?
—De inmediato —prometió—. Ciertamente te tendré buena información. para
esta noche.
— ¡Eres maravilloso, Harry! —exclamó Laura con fervor sincero.
—Te apuesto a que tú eres la maravilla aquí, Laura —se rió—. Ahora sé cómo
cayó Jared. Todos estos años, las mujeres parecían no interesarle, pero tú... —volvió a
mover la cabeza—. ¡Bueno, buena suerte, querida! Y buena suerte con él.
Laura deseó que fuera así de fácil convencer a Jared, pero estaba muy complacida
por la iniciativa que tomó; ahora Harry era su aliado y juntos echarían a andar el
proyecto, quizás antes que Jared regresara. Quería algo definitivo que le mostrara
que era su socia en todo.
La suerte estuvo de su lado. Harry le informó esa noche que el gobierno llevaba a
cabo una operación experimental en las Islas Cocos, que importaba embriones
congelados de las razas que ella nombró de Zimbahwe, los cuales eran fecundados
con vacas Friesuan de Australia. Ganaderos de Queensland apoyaban el
experimento. Podría comprar una parte... a precio justo. De otra forma, tendría que
llenar la solicitud y esperar dieciocho meses.
—Tenemos medio millón de dólares, Harry. Compremos lo que podamos —
instruyó Laura sin titubeos.

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Los días siguientes fueron muy activos. Laura pasaba las mañanas con Harry,
buscando una resolución para el ganado que quería. Por fin se llegó a un trato. Les
enviarían cuarenta vacas y dos toros desde las islas cocos en un mes. Al mismo
tiempo aprendió mucho de la administración del lugar y por las tardes iba a montar.
El caballo que Tim le escogió era una yegua muy mansa llamada Dimity. El jefe
de cuadra siempre insistía en que alguien la acompañara, preocupado por la
seguridad de la esposa del amo, así que Laura ya se había familiarizado con los
chicos de ahí, quienes la saludaron desde la cerca cuando llegó.
Particularmente le agradaban dos de ellos, Boodie y Johnno, que la deleitaban
con historias sobre sus proezas, asegurándole que sobrevivirían a todo, siempre y en
cualquier lugar, y que serían los mejores ganaderos de Bendeneer Downs. Laura se
inclinaba a creerles. Montaban como si hubieran nacido en un caballo.
Las fotografías de la boda llegaron en su quinto día ahí. Jared mandó sacar un
par de cada foto y todas eran muy buenas. Laura las estudió y casi se convenció de
que Jared estaba enamorado de ella, sólo que las fotografías podían mentir.
No obstante, le envió un juego completo a su madre. Le escribió una larga carta,
aunque dudaba que comprendiera la clase de vida que escogió llevar con Jared, muy
distinta de la de Boston. Aun así, quería conmover a su madre, así como deseó haber
conmovido a su padre...
El pensamiento le recordó las otras fotos que guardó en su maleta... las que tomó
de la pintura de su padre. El paisaje debía existir en algún lugar de Bendeneer
Downs. Cuando salió a montar esa tardé, se lo describió a los chicos y les preguntó si
conocían un lugar así.
—Hay muchos lugares así, señorita Laura. ¿Quiere que le enseñemos uno? —
Boodie se jactó de su conocimiento sobre el área.
—Sí, me gustaría —respondió Laura con ansiedad.
—Es un largo camino a caballo —objetó Johnno, consciente de su responsabilidad
por Laura.
—Podemos señalarlo. La señorita Laura lo verá —discutió Boodie—. Después la
llevaremos a casa.
Así lo acordaron y en una hora vio la pálida llanura manchada de baobabs, y
detrás de ésta se hallaba la gran cadena de montañas de granito. Se sintió extraña al
saber que su padre estuvo ahí, que ese paisaje vivió en sus recuerdos en esos años de
soledad. De inmediato decidió que al día siguiente montaría hasta allá y acamparía
para observar el crepúsculo que él pintó. Eso la acercaría a su padre más que ahora.
Johnno insistió en que regresaran y Laura no discutió. Fue una suerte porque,
cuando aún le faltaba un buen recorrido, vieron el helicóptero. De inmediato Laura
comenzó a galopar. No sabía ni le importaba por qué Jared regresaba dos días antes,
pero quería aprovechar el mayor tiempo posible con él. Se dirigió directo a la casa.
Su corazón golpeteaba cuando corrió a la oficina de Harry, esperando encontrar a
Harry ahí, pero sólo Harry y el tenedor de libros se hallaban en la sala.

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—Y Jared? —preguntó sin aliento.


—Se fue a asear para ti —respondió Harry con una amplia sonrisa.
— ¿Le dijiste que embarqué el ganado?
—No, pensé que eran tus buenas nuevas, Laura.
— ¡Correcto!
Le agradeció y corrió a la cocina. No estaba segura de que Jared se estuviera
aseando para ella, pero podía aprovechar el tiempo. Por fortuna Gwen y las dos
chicas se encontraban ahí, preparando la cena.
— ¿Tenemos caviar Beluga, Gwen?
—Siempre hay —respondió de prisa.
—Saquémoslo, y una botella del mejor champán. ¿Sabes por qué Jared regresó
antes a casa?
—Quizás extrañaba el caviar y el champán —contestó con picardía y las chicas
rompieron en risas—. Susie, tú rebana la cebolla —ordenó Gwen entre risas—. Sally,
hay huevos cocidos en el refrigerador. ¡Muévanse! Ya saben cómo le gusta el caviar a
Jared.
Diez minutos más tarde Laura llevaba una bandeja a la habitación de Jared. La
idea de que Jared no pudiera estar lejos de ella, aceleró su paso. Pero en realidad no
lo creía; era más seguro que el combustible se le hubiera acabado o algo así... No
obstante, sacaría ventaja de la ocasión.
No escuchó agua correr, ni tampoco se hallaba en el vestidor, pero la puerta
adjunta estaba abierta, y lo encontró frente al tocador, mirando las fotos.
—Salieron bien, ¿verdad? —comentó Laura vivaz.
Jared giró en redondo y la miró con mordacidad, como si hubiera visto algo en
las fotos que lo intrigara. Después bajó la vista a la bandeja e hizo una mueca
burlona.
— ¿Me estás dando la bienvenida a casa o debo estar en guardia?
Usaba una bata negra corta que dejaba entrever su pecho y las largas y poderosas
piernas. Aseado y rasurado exudaba virilidad, y Laura contenía la respiración.
Deseaba desesperadamente haber tenido tiempo de bañarse después del largo y
polvoroso recorrido. No estaba acostumbrada a preocuparse de su atractivo, hasta
dejó de pensar en su apariencia. Era demasiado tarde para corregir el asunto y Jared
esperaba una respuesta. Tenía que usar el modo desafiante que hacía insostenible su
relación. Con un esfuerzo supremo recuperó el control.
—Te gusta enfrentar el peligro, Jared, así que, de cualquier forma que lo veas,
esta es una bienvenida a casa —declaró.
El soltó una risa ronca que lo hacía aún más atractivo.
—Así que la farsa continúa, ¿verdad?

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—Creo que fingiste muy bien —comentó Laura, llevó la bandeja al escritorio y
levantó la foto que él estuvo estudiando—. Mi madre en verdad creerá que estás
enamorado de mí.
—Pensaba lo mismo de ti —la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí—. Pero los
dos conocemos la verdad, ¿no es cierto? —murmuró a su oído con sensualidad
provocativa.
Un delicioso cosquilleo de excitación recorrió a Laura. Quizá Jared sí regresó a
casa porque quería estar con ella. Ansiosa por descubrir alguna necesidad en sus
ojos, trató de volverse, pero él la sujetó más, presionándola contra él.
—Quédate donde estás, mi pequeña esposa bruja. Esta vez yo dirijo la corrida —
exigió con voz que expresaba la necesidad de dominarla.
No obstante cuando Jared deslizó la mano libre por sus senos hasta el primer
botón de su blusa, Laura sintió la incitación de su deseo que nada podía esconder o
disminuir y supo que no existía ningún dominio. Tampoco se sentía disminuida de
forma alguna por la respuesta de su cuerpo y tocaba con esa finesa erótica. No luchó
contra las olas de placer que la ahogaban con fuerza creciente, derritiéndola hasta
que se apoyó en él. Fue Jared quien no pudo abstenerse de lo que ella podía darle.
Con un grito gutural, la hizo girar y apretujó la piel caliente con la suya, arqueándose
por el impacto de la intimidad pospuesta.
Laura no supo cómo llegaron a la cama, sólo experimentó esa primera invasión
dulce dentro de ella y la increíble tormenta de sensaciones que siguió, abrazándolo
con fuerza cuando por fin se derrumbó sobre ella, y besándolo una y otra vez con un
éxtasis que nada tenía que ver con juegos de poder.
Cuando por fin habló, Jared no hizo mención de haber dirigido la corrida, ni
habló de farsas.
—Creo que el champán ya está frío.
—Sí —acordó con suavidad—. No soy buena para abrir botellas, Jared.
Soltó esa risa ronca que la mareaba; después lentamente se separó de ella. Laura
lo observó con inmenso placer en tanto servía las copas. Llevó la bandeja a la mesita
de noche. Laura se incorporó cuando le ofreció una copa.
—Entonces... -. ¿ya diste cuenta del medio millón? —preguntó con burla.
—Todavía no —respondió Laura y bebió el champán con aparente indiferencia—.
Pero tengo que hablar contigo del cercado —añadió con decisión.
—Cercado —repitió con sorna y procedió a prepararse un bocadillo de caviar. Se
lo ofreció y después se sirvió uno él—. ¿Que quieres cercar? —inquirió antes de
morder la galleta.
—Suficiente tierra para albergar cincuenta cabezas.
Los ojos verdes la miraron con incredulidad.
— ¿Algún ganado en particular? —enunció.

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— ¡Oh, sí! ;Muy particular! Me costó mucho dinero —explicó. Al ver que
arqueaba las cejas con burla, procedió a decirle lo del ganado; porqué lo compró y lo
que planeaba hacer con él.
De inmediato la burla y la incredulidad fueron reemplazadas por cálculos y
especulaciones. Cuando Laura terminó de informarle sobre su aventura en la cría de
ganado, Jared la miró por largo rato antes de hablar.
—Eres... una competidora endemoniada, Laura. Me vas a enloquecer, ¿verdad?
—hizo una mueca irónica—. Aunque admito que me gusta más esta inversión que
tapiz de oro.
—Soy Laura Eastern, Jared y voy a poseer esta tierra, como tú, no contra ti. Según
yo este es mi negocio también y si existe una forma de mejorarlo, lo voy a intentar.
¿Tienes algo en contra de eso?
Era un reto muy deliberado y sostenía el futuro de su relación. Si se negaba a
aceptar el interés de Laura, habría un conflicto amargo. Por lo que pareció una
eternidad, los ojos verdes la estudiaron con fiera intensidad.
—Es un proyecto a largo plazo, Laura —declaró con inflexión.
—Lo sé, Jared. Planeo seguirlo hasta el fin, pero es obvio que necesito tu
cooperación —expresó con la misma frialdad.
El asintió con lentitud como si estudiara bien el camino.
—Preferiría que en el futuro no tomes mis decisiones sobre nuestro negocio sin
consultarme antes.
Torció la boca con apreciación y Laura supo que había ganado la batalla.
— ¿Estamos mirando hacia un largo futuro, señora Eastern?
Ella sonrió triunfante.
—Creo que sí, señor Eastern.
Jared volvió a llenar las copas y chocó la suya contra la de ella.
—Retozar contigo es cada vez más estimulante, pero no dejes que se te suba a la
cabeza, Laura, porque no mantendré la mía sin importar lo que pase —le advirtió
burlón y después vació el contenido de su copa.
—Odiaría que perdieras la cabeza, Jared —replicó—. Es una de las mejores partes
de ti.
Por primera vez rompió en carcajadas. Sus ojos la miraron con dicha en tanto le
quitaba la copa y la colocaba en la bandeja; después la tomó por los brazos, los
aprisionó sobre la cabeza de Laura y procedió a posar su cuerpo sobre el de ella con
una deliberación lenta y sensual.
—Dime más, pequeña salvaje pagana —susurró contra sus labios.
—Sólo si sueltas mis brazos —lo provocó.
La obedeció, pero Laura no le dijo que lo que deseaba era que le entregara su
corazón. Quizás él siempre sería cauteloso a ese respecto, pero al menos ya no era

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sólo una esposa de nombre; la aceptó como socia, su igual en espíritu. Eso era m1s
que suficiente para forjar un futuro sólido y duradero.
Laura podía ahora pensar en tener un hijo... una familia. Después de todo, ¿qué
era un reino sin herederos? Estaba segura de que Jared aprobaría la idea de
inmediato. Quizá nunca se permitiera amarla, pero ella no dudaba de que él amaría a
sus hijos.

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Capítulo 11
FUE la corneta del jeep lo que despertó a Laura. Habían dormido en la habitación
de ella y estuvieron muy ocupados para acordarse de ponerla alarma del reloj.
Escuchó que Jared murmuraba algo, después la rodeó por la cintura y la atrajo hacia
sí de nuevo. La colmó de deliciosos besos sensuales en el hombro en tanto deslizaba
una mano a sus senos; una hora más tarde Laura recordó la corneta. La llameante y
tempestuosa intensidad de su deseo la había sacado de su mente.
Jared permanecía sobre parte del desnudo cuerpo de ella en un abandono
relajado. Laura trató de reconvenir con él, mientras lo acariciaba.
—Tu chofer te ha estado esperando, Jared.
—Mmm... —su vientre se contrajo bajo sus caricias—. Me quedé dormido.
Supongo que estaba muy cansado.
— ¿No te sientes culpable?
—Algunas veces merece la pena ser el jefe.
—Todo mundo sabrá lo que has estado haciendo.
—Sí.
No mostraba remordimiento alguno y Laura no pudo evitar una risita, que en
apariencia Jared halló provocativa porque encontró la energía para silenciarla, de
modo muy efectivo. Y el chofer del jeep tuvo que esperar mucho tiempo más.
Sólo después de que Jared se fue, Laura se levantó. Ya que faltaban dos días de
revista y no era probable que Jared volviera a romper su itinerario, tenía libertad de
seguir adelante con su plan de regresar al lugar que su padre plasmó en la cuadra y
quedarse allá en la noche. Era lo que más deseaba hacer. Sin embargo, a Harry y
Gwen no les gustó la idea de que Laura acampara allá.
—Me voy a llevar a Boodie y Johnno. Ellos me cuidarán —insistió Laura; después
los calmó añadiendo—: He recorrido la mayor parte de África y otros países,
incluyendo el Kimberley. Puedo cuidarme sola. No habrá problemas, así que no se
preocupen —ordenó confiada.
No objetaron más, pero Harry hizo que Boodie le describiera exactamente lo que
iban a hacer.
Laura y los chicos salieron después del almuerzo, a tiempo para ver el
crepúsculo. Se cargó un caballo con el equipo necesario para acampar. No se
esperaba que la esposa del jefe se atreviera a pasar trabajos en una mezquina bolsa de
dormir bajo las estrellas. Laura se contentó, segura de que a su regreso, Boodie y
Johnno informarían que la “señorita Laura” podía vivir sin comodidades, como
cualquiera.
Los chicos estaban de muy buen humor. Entretuvieron a Laura contándole sobre
las plantas que veían; existía un tema común en todo lo que decían: sobrevivencia en
el campo. Los fuertes vivían, los débiles, no. Jared le había contado la noche anterior

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que tenían que matar muchos becerros por estar envenenados con garrapatas. Era un
acto piadoso, ya que no había vacunas ni veterinarios cerca. Era mejor una muerte
rápida, que los terribles dolores.
No obstante, mientras cabalgaban más hacia la pálida llanura que su padre pintó,
a Laura la abrumó la tristeza. Los chicos sintieron su cambio de humor y platicaron
entre sí hasta que llegaron al pozo, que era el mejor lugar para acampar.
Desmontaron y Laura le pasó las riendas a Johnno.
—Quiero ir a caminar yo sola —indicó con decisión—. Quédense aquí y monten
el campamento, ¿sí?
—Claro, señorita Laura. Nos encargaremos de todo —respondió Johnno con
jovialidad.
Caminó lentamente hacia el gigante baobab que estaba representado de forma
tan tormentosa en el fondo del cuadro de su padre. El raro tronco, con sus
extremidades torcidas, parecía querer alcanzar el cielo con un anhelo tortuoso. ¿Fue
para su padre una expresión visual de sus sentimientos más internos, el amor por la
esposa de otro hombre, que desgarraba su alma? ¿Se sintió identificado con esta
tierra?
“Háblame de él”, gritó en silencio a la cadena montañosa de granito que se
extendía en el horizonte. Deslizó la mano por el tronco del baobab, apoyó la espalda
en él y miró las antiguas montañas, centinelas de vidas secretas. No tuvo problemas
para identificar el afloramiento escabroso que se fusionaba con el rostro de Naomi.
Probablemente había estado ahí desde hacía siglos.., indestructible... eterno, como el
amor de su padre hacia Naomi.
No obstante, él recordaba a su hija; le habló de ella a Naomi, y le dejó ese...
legado de amor y dolor. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y se deslizó por el
tronco para sentarse a su base, sintiéndose de pronto cansada y nostálgica. Todos
esos tristes años de necesidad... habrían vivido muy unidos si se hubieran conocido.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Laura no intentó detenerlas. Durante
mucho tiempo luchó sus propias batallas, se hizo autosuficiente, pero por dentro era
aún más niña que clamaba ser deseada y amada, sin importar lo que fuera. Sólo
quería pertenecer a alguien sin reservas ni preguntas. ¿Por qué tuvo que morir su
padre antes que ella supiera de su existencia? ¿No pudo él?...
El sonido del helicóptero penetró en su abrumado corazón. Su mente protestó y
buscó una respuesta. La revista se hacía lejos de ahí, pero Jared quizá sólo
sobrevolaba. Era seguro que no regresaba por ella otra vez, no dos veces. No la
necesitaba tanto y hasta su pasión sexual debía estar satisfecha.
La tensión hizo estragos con sus nervios crispados en tanto el ruido se acercaba
más y más. Había aterrizado; tal vez cerca del pozo donde se hallaban los chicos. La
iría a buscar. Con seguridad fue a la casa y cuando, le dijeron. donde estaba ella...
¡sólo Dios sabía lo que para él significaba que ella fuera a la escena de la pintura!
Y Laura estaba fuera de sí. Era un desastre; su rostro estaba cubierto de lágrimas
y sus emociones se resquebrajaban. ¿Cómo podría controlar a Jared en ese estado? En

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otra ocasión sería bienvenida la compañía de Jared, pero no ahí, ni en ese momento.
Era un asunto muy personal y él no comprendería... no simpatizaría... no podía. Su
padre mató al de él. Tenía que recordar eso.
Las explicaciones serían inútiles, pero tendría que arreglárselas. Jared no le daba
opción. Laura se puso de pie y se apoyó de nuevo en el tronco, enjugando su rostro
con la manga. Respiró profundo y después rodeó el tronco para ver lo que pasaba en
el campamento.
Jared cubría la distancia hacia ella con pasos largos. El sol bajo brillaba en su
cabello, haciéndolo dorado. Sus jeans y camisa de trabajo no disminuían su fuerte
sexualidad. Se detuvo a unos pasos; su duro rostro de guerrero parecía de granito y
los ojos verdes le lanzaban amargas preguntas; la tensión que emanaba de él casi la
ahogaba.
— ¿Qué estás haciendo aquí, Laura? —exigió cortante—. Creí que dejaríamos
atrás el pasado.
—No lo estoy haciendo surgir, Jared —replicó en un intento por apaciguar la
acusación de su mirada. Una incontrolable ola de tristeza provocó otro estallido de
lágrimas que rodaban por sus mejillas—. ¡Y no estoy dañando a nada ni a nadie! Sé
que tú no tienes razón para interesarte por él —sollozó—. Pero era mi padre, y esto...
esto es todo lo que tengo de él.
Se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza, pero todos los sentimientos
contenidos de su infancia clamaban por salir y las lágrimas seguían fluyendo.
—Laura...
Su visión borrosa no le permitió ver la expresión de Jared, pero la preocupación
en su voz fue la ruina de Laura.
—Por favor... —sollozó—. Sólo.., sólo déjame....
Unos brazos la rodearon. No le importó si eran amistosos o no. Se hundió en el
cálido paraíso de fuerza y sólido apoyo. Se abandonó a las caricias de increíble
ternura y la seguridad que Jared le proporcionaba mientras la tormenta en su interior
corría turbulenta y se desvanecía en una fatiga laxa. No se preocupó de la debilidad
que la hacía depender de la compasión de Jared. Se sentía tan bien descansar la
cabeza en su ancho hombro, sentir su mejilla rozar su cabello con suavidad, estar
rodeada por sus brazos, hundirse contra él y saber que no la rechazaría ni la dejaría
caer.
El juego que jugó, la farsa que rodó y rodó, creando una vida loca, la lucha por
sobrevivir, por mantenerse en la cima, en control, de alguna forma se derrumbó... se
volvió insignificante. Deseaba la verdad a cualquier precio.
—Jared... —no levantó la cabeza; no quería saber si irrumpía en terreno
prohibido. El respondería o no; de cualquier modo, no había nada—. ¿Mi padre fue...
culpable de lo que pasó? Dijiste... Implicaste... Crees en verdad que...
— ¡No! —fue como una explosión de sentimientos contenidos que le dolía
admitir. Su pecho se expandió en un profundo suspiro y hubo una nota de dolorosa
búsqueda de la verdad cuando añadió—: ¿Cómo se distribuye la culpa? ¿Quién

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puede desatar todos los hilos que llevaron a la tragedia? Una telaraña de
circunstancias. Las pasiones que se rompieron en...
Suspiró y su aliento agitó el cabello de Laura como la suave brisa. Las palabras
siguientes fueron lentas y pesadas, mediando entre lo conocido y lo desconocido.
—A tu padre no puede culparse más que al mío propio. Hay algunas mujeres que
tienen el poder de torcer las almas de los hombres. Mi madre es una de ellas. Hasta
Rafe... pobre... Rafe se conformaba con las migajas que ella le daba... que le da... y
odio ver eso. Lo odié entonces... lo que percibía que pasaba a mi alrededor... pero
sólo era un niño, Laura. No podía hacer nada; nadie podía...
Sólo un niño... atrapado en algo que no comprendía... cuyo padre terminó
muerto. Una ola de simpatía por sus temores y la terrible pérdida que sufrió, la
oprimieron. Levantó la mirada sombría y comprendió su dolor.
— ¿Puedes decirme cómo era mi padre? ¿Desde el punto de vista de un niño?
¿Desde cualquier otro punto de vista?
—Tú debes saber mejor cómo era, Laura —replicó, ceñudo.
Exhaló un suspiro entrecortado y se separó de sus brazos, demasiado inquieta.
Las heridas de los dos eran muy profundas. Sintió las piernas débiles cuando se
apoyó en el baobab. Ahora era tiempo de decir la verdad, sin importar las
consecuencias.
—Nunca lo conocí, Jared —confesó—. Ni siquiera supe de él... sino hasta que
murió. Sólo entonces recibí noticias suyas sobre lo que me dejó —el recuerdo de lo
traicionada y coartada que se sintió, la ensombreció— . Fue como si... algo que
siempre anhelé... hubiera estado ahí todo el tiempo... sólo que nunca me dijeron que
estaba a mi alcance... sino hasta que desapareció.
Sintió un nudo de emoción en la garganta. Jared la miraba como si casi nunca
antes la hubiera visto y ella deseó que comprendiera.
—Verás... —continuó Laura— nunca me ajusté a la vida que mi familia lleva en
Boston. No fui la clase de chica que mi madre deseaba. El hombre que creía mi padre,
no tenía mucho tiempo para niños y yo... yo nunca tuve las cualidades que él
valoraba en una hija. Así que cuando descubrí que todos esos años existió alguien
que me pudo amar, a quien pude pertenecer y estar con él si tan sólo se hubiera
puesto en contacto o me hubiera buscado...
—Laura, Drew no podía ir a ti. Era un hombre perseguido. Después de la muerte
de mi padre, nunca se entregó a la ley. Simplemente desapareció. Si hubiera tratado
de salir de Australia, lo hubieran atrapado y acusado de homicidio. Quizás hasta de
asesinato —explicó Jared con calma—. Y eso hubiera sacado a relucir a mi madre y el
resto de la tragedia. No creo que él hubiera podido verla de nuevo y pasar por todo
eso. Y él creyó... Estoy seguro de que pensó que... estabas mejor sin él. Ciertamente
renunció a todo lo demás.
—Ahora lo sé. Creo que lo supe cuando fui.
—En verdad lamento lo de tu padre, Jared —confesó con suavidad—. Debiste
estar muy unido a él.

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La leve mueca en sus labios se burlaba de sí mismo, no de ella.


— ¿Cuánto puede unirse una persona a otra? Sin embargo, él era... todo lo que yo
quería ser, pero era el punto de vista de un niño. El amor ciego de un hijo por su
padre. Es obvio que mi padre no era todo lo que mi madre deseaba.
—Jared... —titubeó, consciente de que abría viejas heridas—. ¿Cómo murió? ¿Qué
pasó? Tú sugeriste que no fue un accidente, que mi padre...
—Laura, no lo sé —admitió con gentileza—. Surgió una violenta pelea entre ellos.
Mi madre gritaba. Corrió por un rifle. Creo que... para detenerlos. Me gritó que fuera
por Rafe. Escuchamos el tiro; cuando entramos Rafe y yo mi padre estaba muerto, mi
madre sollozaba histéricamente sobre su cuerpo y Drew estaba ahí de pie,
mirándolos, con el rifle en las manos. Rafe le preguntó qué había pasado. No
respondió. Sólo le entregó el arma y se marchó. Nunca dijo una palabra. Hizo sus
maletas y desapareció. Mi madre seguía gritando que había sido un accidente, que
pelearon por el rifle y éste se disparó —hizo una mueca de disculpa—. El hecho de
que Drew huyera... supongo que siempre lo interpreté como culpabilidad, pero
también pudo ser la impresión, Laura.
El tono conciliador y amable de la sugerencia de Jared, invadió la mente de
Laura. Pensó en otros términos. ¿Qué tal si fue Naomi quien tiró del gatillo? Drew
McKenzie se habría ido para proteger a la mujer que amaba, cargando con la culpa. Y
Naomi lo permitió, sólo para ser perseguida por el pensamiento de su sacrificio por
ella.
Sin embargo, Laura no ganaba nada sugiriendo esa idea a Jared. Su madre ya
había pagado por sus pecados. Andrew McKenzie se llevó sus secretos a la tumba y
era mejor que se quedaran ahí. No obstante, ella no podía reprimir su curiosidad
insatisfecha acerca de su padre. Una vez más levantó la vista suplicante en busca de
él y de la vida que llevó. La forma en que vivió en Puerto Douglas fue tan.., privada
de cualquier contacto humano. Se encerró en sí mismo; no se quiso asociar con
ninguna mujer. Y esa pintura, sabía que algo horrible le había pasado...
—sus ojos rogaban que le creyera—, pero no sabía que tú también habías sufrido
Jared. De verdad que no, lo lamento; sólo quería...
—Quitarnos lo que le quitamos a tu padre y a ti —agregó cuando Laura
tartamudeó.
— ¡No! —agitó la cabeza, incapaz de explicar lo que sentía—. No puedes tener...
lo que ya no está. Pensé que si venía aquí... —miró las montañas—. Si observaba el
crepúsculo...
Jared se adelantó y la obligó a mirarlo; los ojos verdes la cuestionaban sin el
cinismo de siempre.
—En verdad no te interesa el dinero... o los diamantes. No te casaste conmigo por
eso, ¿verdad?
—No. Quería otras cosas, Jared. Cosas que he buscado. La imperiosa necesidad
de ser deseada... y de pertenecer.., a algún lugar.
— ¿Y este es el lugar que quieres, Laura? —preguntó con seriedad.

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—Creo que... es lo más cercano —contestó con sinceridad. No podía hacer que
Jared la amara, pero era su esposo. Estaba enamorándose perdidamente y no quería
vivir sin él.
Con ternura, Jared arregló los mechones de su cabello. Tenía una mirada extraña.
—Quizá Rafe tenía razón —musitó—. Y esta es la solución.
Negó con la cabeza y su expresión fue firme, al igual que su voz y añadió:
—Tu padre descubrió la veta de diamantes, Laura. Según yo, tú tienes el derecho
moral de reclamar su parte. Nunca pudimos encontrarlo para dársela, aunque no lo
buscamos mucho. Si Drew hubiera querido encontrarnos.., sabía dónde estábamos,
pero nunca lo hizo. Y pensábamos que... olvidaríamos el pasado. Parecía que era lo
único que podíamos hacer. Pero no imaginaba que... ¿cómo podía?, que tuviera una
hija de la que yo no sabía nada —acarició su mejilla suavemente—. Sigues
sorprendiéndome. Imaginé que no tenías sentimientos excepto el de venganza. Y
ahora... quizás debo admitir que te interpreté mal.
La culpa embargó a Laura —interrumpió con dulzura—. Yo llevo la mía.
La simpatía inesperada horró las inhibiciones que atormentaban su mente y la
necesidad que la llevó ahí, volvió a clamar respuestas.
—Por favor.., si no te importa... ¿cómo era mi padre, Jared?
— ¿Desde el punto de vista de un niño?
—Sí, cualquier cosa.
—Nos contaba historias. Siempre era amigable. Nos agradaba; creo que te
hubiera gustado también.
Laura buscó en sus ojos a ver si mentía, y después se dio cuenta de que ya no
importaba.
—Gracias —habló con suavidad—. Es muy gentil de tu parte decirme... eso. Lo
aprecio mucho.
—Tienes derecho —respondió—. Por lo menos yo compartí algunos años con mi
padre.
Deslizó la mano por la mejilla de Laura y se apartó. Se detuvo junto al baobab y
miró las montañas que Drew plasmó en su cuadro.
—Si no hubiera sido por mi madre, tu padre y el mío habrían sido amigos
eternos, en vez de rivales. Se llevaban bien. Fue ese lazo lo que empeoró las cosas
porque la pasión fue mucho más intensa. Ahora lo comprendo. En ese entonces, no.
El tono quebrado poseía emociones dolorosas y Laura tocó su brazo con simpatía.
—No fue mi intención que recordaras esto, Jared.
—El la miró... y por un momento Laura vio reflejada en sus ojos la misma
soledad que ella conoció. Jared la abrazó y la atrajo hacia sí.
—Cruzaste medio mundo para ver este crepúsculo, Laura. Míralo, ahora
comienza...

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Se sentía bien... el profundo compañerismo de observarlos juntos,


compartiéndolo. Por primera vez parecía no haber barreras entre ellos.., como
cuando hacían el amor, pero en un plano distinto. Quizás era un nuevo comienzo.
Laura lo deseaba con desesperación.
Cuando el sol se perdió tras las montañas, el cielo se inflamó como una hoja
ardiendo. Después unas tonalidades violetas se extendieron sobre la tierra, y el
reflejo del esplendor proporcionó sombras azules y rosas al firmamento. Era un
panorama imponente. Fuego y hielo. Pasión y gélida culminación. Comprendió por
qué su padre lo pintó así. Anhelaba que ahora él estuviera en paz.
Cuando Jared la condujo al campamento, Laura estaba feliz de poner por fin el
pasado detrás y acompasar sus pasos con los de él.
Johnno y Boodie habían encendido una hoguera y la cena estaba casi lista.
Estaban ansiosos por mostrar sus habilidades frente a Jared, y aprovecharon la
oportunidad para hacerle mil preguntas sobre la revista. Laura escuchó sus
respuestas, feliz de que él la tuviera a su lado, abrazándola. No la soltó sino hasta
que se sentaron a comer. La luna proporcionó una iluminación.., fantasmal, llena de
espectros oscuros. Laura se alegró cuando por fin terminaron de cenar y Jared la
invitó a compartir su bolsa de dormir. Y fue diferente de otras ocasiones, pues Jared
no hizo ningún intento por hacerle el amor ahí. La abrazaba como si fuera una niña
que necesitaba que la confortaran.
—Me encanta que hayas venido. Pensé que regresarías mañana.
—Terminé lo que quería hacer y los hombres acordaron en que una nueva esposa
era de máxima prioridad que cualquier ayuda que pudiera darles —sonrió—. Y yo
estuve de acuerdo.
Laura se acurrucó contra él, quien frotó el cabello con su mejilla.
— ¿Ya no estás molesto porque me casé contigo? —preguntó.
—Algo bueno puede resultar —parecía seguro de eso. De hecho se escuchó
satisfecho cuando añadió—: Y si mal no recuerdo, fui yo quien me casé contigo. Yo
propuse. Tú aceptaste.
—Sólo después de una adecuada deliberación —replicó sonriendo para sí—.
Primero te medí.
— ¿Y cómo pasé la prueba? —preguntó él muy divertido.
—Bien —respondió—. Muy bien.
La abrazó más fuerte mientras le acariciaba el cabello con gentileza.
—Me alegro de haber venido aquí esta noche y estar contigo. Es extraño... pero
me siento en paz con todo... hasta conmigo mismo.
—Sí —suspiró, sintiendo una cálida ola de satisfacción.
No dijo más y Laura no rompió el silencio. Al final se quedó dormida con el
ritmo tranquilizante del corazón de Jared.

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Capítulo 12
JOHNNO y Boodie llevaron de regreso el caballo de Laura, junto con el mensaje
de que el jefe y su esposa volarían a casa después, cuando la señorita Laura hubiera
visto Bendeneer Downs con detalle. Fue un recorrido que Laura guardó en su mente,
alma y corazón.
—Tu lugar —había dicho Jared justo antes que levantaran el campamento; la
expresión de sus ojos era más una invitación para compartirlo juntos. Le indicaba
que quería que ella perteneciera ahí, como él. Siguieron el río; volaron sobre los
campos de revista. Jared aterrizó cerca de uno de los pozos para mostrarle la
vegetación salvaje. Las aves, especialmente las bandadas de cacatúas e ibis eran
fascinantes. La condujo a los límites y le mostró los monos salvajes que era una plaga
para los ganaderos de Kimberley, y también el ganado que revisarían en un futuro
próximo.
Cuando llegaron a casa, fueron a la oficina de Harry para hablar del cercado para
el nuevo ganado. Tenían un mapa detallado de toda la estación sobre la pared. Laura
escuchó a Jared y Harry discutir sobre diferentes lugares y, aunque no intervino
mucho, los dos hicieron sentir parte de la conversación. Hasta le pidieron su
consentimiento cuando se tomó una decisión.
Laura lo consideraba el día más feliz de su vida, y la nueva sensación de
proximidad con Jared aumentó en los días siguientes; se tomaban tiempo para
comprenderse y sus conversaciones eran menos y menos reservadas.
Los hombres regresaron de la revista y, como era su costumbre, se celebró con
una barbacoa. Enormes lonjas de res se colocaron en la parrilla, Se asaron papas, se
prepararon ensaladas, aderezos, pasteles y pays; fue una enorme fiesta que todo el
mundo disfrutó.
Jared la presentó a los ganaderos, quienes se rieron de buena gana por las bromas
dirigidas a Jared. Era obvio que estaban felices de verlo dichoso y todos recibieron a
Laura con abierta amistad. Después de todo, una mujer que pudo amarrar al jefe,
debía ser especial.
Para el inmenso placer de Laura, Jared no los contradijo, sino que lo probó con su
comportamiento hacia ella. Ya no existía la indulgencia del macho dominante hacia
la “mujercita” sino una camaradería de socios. Estaba orgullosa de tenerlo como
esposo, y en cuanto al aspecto físico de su relación, Jared disfrutaba tenerla cerca de
él, ya fuera rodeándola por la cintura o por los hombros.
En la noche los ganaderos llevaron sus instrumentos: guitarras, acordeones y
armónicas, y los tocaron con gran habilidad. Todos se reunieron para cantar sus
temas favoritos. Uno de los ganaderos, un expatriado de Escocia se vistió con su
tonelete y bailó al ritmo de la armónica. Después, la gente de Charlie Biraban tocó el
bambú, en tanto un grupo de niños realizaban una danza de cacería. Era sencillo,
pero Laura nunca disfrutó tanto de tina velada; cuando regresó a la casa de Jared,

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pensó que el mundo de la cultura más compleja debía permanecer fuera de


Bandeneer Downs.
Jared comenzó a darle lecciones de vuelo y el carcado se terminó. A Laura la
sonsacaron para que impartiera una plática a los niños acerca de la vida en
Zimbabwe. Les encantó y Jill sugirió que se dieran más pláticas sobre otros países.
Era más como la hora de los cuentos, que una lección formal y pronto se incorporó a
la rutina de la escuela. Además de esta ayuda para beneficio de los niños, Laura
olvidó el mundo exterior hasta que recibió una llamada de su madre. Ella y Jared
acababan de desayunar e iban a revisar el cercado cuando Harry les gritó desde su
oficina.
—Laura... una llamada por radio desde Boston.
—Mi madre. Quizás quiere saber qué ropa mandarme, o preguntar más sobre ti
—lo bromeó y se apresuró por el corredor—. Espérame.
—Tal vez será mejor que dirija tus respuestas —la provocó y siguió. Sin embargo,
Laura se equivocó. Laura Hammond había tomado una decisión.
—Laura, reservé un vuelo a Sidney para el domingo por la mañana.
Jared arregló que me recoja una limosina en el aeropuerto y me lleve al Sheraton.
Pasaré un día ahí para recuperarme del viaje. Quiero saber cómo llegó a Bendeneer
Downs.
Laura estaba demasiado asombrada de que su madre quisiera visitar la estación
ganadera y se quedó muda. Jared, quien escuchó el mensaje, se hizo cargo.
—Señora Hammond, habla Jared Eastern. Haré que uno de mis empleados la
contacte en el Sheraton el lunes. Mi avión particular la esperará allá. Es sólo cuestión
de conveniencia.
— ¡Ah! Gracias. Es... es muy amable de tu parte, Jared —parecía halagada por la
generosidad de Jared.
—No hay de qué. Le daremos la bienvenida en Bendeneer Downs. Ahora le pasó
a Laura.
— ¿Mamá? ¿Te llegó mi carta? —preguntó.
—Sí querida y también las fotografías. Nunca te vi tan... Son hermosas, Laura —
hubo un ligero jadeo y después continuó—: Ya llevo las cosas que me pediste.
—Gracias —susurró Laura con debilidad. Si su madre recibió la carta, debía saber
lo que le esperaba—. Me... alegra que vengas.., desde tan lejos.
—Quiero conocer el lugar donde por fin te asentaste. Parece... muy interesante. Y
claro, quiero conocer a tu esposo.
—Claro —repitió Laura y se recuperó—. Te esperamos, mamá.
—Dale otra vez las gracias a Jared. Hasta luego, querida. Sólo después de la
llamada, Laura comprendió las posibles consecuencias de la visita de su madre. Le
lanzó a Jared una mirada de suplica cuando salieron de la oficina.
—Jared, hay algo que debo decirte. -

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—Dudo que haya algo que tu madre me diga, que yo no pueda controlar, Laura.
—No es eso. Es demasiado cortés para criticarte. No obstante, posee un...
esnobismo innato y ... y unos prejuicios sociales que tal vez acaben con tu paciencia,
pero no será una visita larga. Este no es su mundo. Si conocieras a la sociedad de
Boston...
—Laura, o nos acepta o no —declaró Jared con firmeza—. Seré muy amable con
tu madre. La forma en que reaccioné ante Bendeneer Downs es asunto suyo. Espero
que sea en forma favorable, si no, puede irse cuando lo desee. Su visita no es
problema para mí —la observaba con atención—. No me casé con tu madre. ¿Qué te
pasa?
—Mi madre no sabe nada sobre la conexión de mi padre con este lugar, o con tu
familia, ni sobre la mina de diamantes. Sólo sabe lo de las pinturas, así que... —hizo
un ademán de impotencia—, no merece la pena mencionar nada del pasado.
—Así será; si tu madre menciona a Drew...
—No lo creo —interrumpió Laura—. Mi padre es como un esqueleto encerrado
en el closet de mi madre.
— ¿Me quieres decir por qué? —la miró con curiosidad.
Laura hizo una mueca de amarga ironía.
—El fue un error; yo fui un error. Se casaron por mi culpa, era lo más respetable
que podían hacer.
Tomó un profundo suspiro y trató de alejar la imagen negativa.
—No me interpretes mal, Jared. Mi madre siempre hizo lo mejor para mí.
Simplemente no pensamos de la misma forma, pero es mi madre y yo soy su hija. Me
alegro de que haga el esfuerzo de venir, aun cuando no nos llevemos bien.
Jared la abrazó con ternura. Una chispa de diversión se reflejó en sus ojos; algo
que hizo que el corazón de Laura diera un vuelco.
— ¿Cómo es que una pagana salvaje ocultó sus verdaderos matices frente a la
sociedad de Boston? —preguntó él.
—Es una larga historia —respondió con indiferencia, para esconder el loco
golpeteo de su pulso.
—Un día tendrás que contármelo —murmuró y la besó con una lenta sensualidad
que impartía más ternura que deseo. Cuando levantó la cabeza, sus ojos ya no
reflejaban diversión, sino un aspecto protector y posesivo.
—Nunca más vuelvas a pensar que eres un error —ordenó con suavidad, pero
firmemente—. No eres un error, Laura. No para mí, ni para nadie en Bendeneer
Downs. Y este es tú lugar. Métete eso en la cabeza... —hizo una mueca pícara—,
¡socia!
Te amo, Jared; casi lo dice. Pero se preguntó cómo reaccionaría él. Pensó por un
momento, antes que la besara, que él podría llegar a amarla, aunque nunca admitiría
ninguna vulnerabilidad hacia una mujer.

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Una vez más Laura se resignó con la relación que llevaban. Después de todo,
ahora tenía todo lo que deseaba. No necesitaba la etiqueta de amor. Ciertamente su
madre no encontraría falla alguna en el compartimiento de Jared. Eran socios y
amantes.
La semana antes de la llegada de su madre pasó volando. Cuando el jet aterrizó,
Laura y Jared se hallaban junto a la pista en el jeep. Los niños estaban sentados junto
a la cerca, ansiosos por conocer a la madre de la señorita Laura de la ciudad de
Boston, que les fue señalado en un mapa de los Estados Unidos.
Connie Hammond no los decepcionó. Salió del jet, viéndose como una modelo en
un safari. El elegante traje blanco tenía una chaqueta larga y suelta. Usaba un
sombrero de paja con una cinta; sobre éste llevaba una mascada de seda con diseño
de cebra, que combinaba con la falda. Su rostro adorable estaba hermosamente
maquillado y poseía clase de pies a cabeza.
Los niños de inmediato comenzaron a mandarle saludos y, después de un
momento de titubeo y para alivio de Laura, Connie Hammond levantó una mano y
les ofreció un saludo real. Sin embargo, la sonrisa para Jared y Laura era tensa e
incierta cuando bajó por los escalones. Pareció relajarse un poco cuando Laura la
abrazó y besó en la mejilla.
—Me alegra verte, madre —saludó con la mayor calidez posible; después se
volvió a su esposo y con orgullo lo tomó por un brazo—. Y claro, él es Jared.
—Bienvenida a Bendeneer Downs, señora Hammond —dijo Jared con una
flamante sonrisa encantadora.
Connie Hammond lo miró por varios segundos, antes de recobrarse y tomar la
mano que le extendían.
—Perdóname —se disculpó, sonrojándose por sus malas maneras—. Me
recordaste mucho a... alguien. No en físico, sino... ¡Oh, Dios! Estoy haciendo todo un
embrollo de esto. Encantada de conocerte, Jared, y llámame Connie —terminó con
ansiedad.
Era tan poco común el comportamiento perfecto de su madre, que Laura no pudo
esconder su sorpresa, la primera de muchas. Ni siquiera una palabra de crítica sobre
nada, cruzó los labios de Connie Hammond. La enorme casa era la “más
impresionante”, la habitación que le asignaron era la “mas adorable”, Gwen y Harry
constituían las “personas más simpáticas”.
Cuando Jared le informó que se preparaban para recibir un ganado, una raza
experimental que Laura sugirió, Connie Hammond brilló de orgullo por su hija.
—Bueno, no permitan que les quite el tiempo. Continúen con lo que tengan que
hacer. Estoy tan fascinada por la vida aquí, que echaré un vistazo por la propiedad.
Jared le tomó la palabra, pero Laura no podía creerlo. Sin embargo, al día
siguiente su madre fue a presentarse con todos en la estación y no mostró nada de
esnobismo o prejuicios. Hasta expresó que Johnno y Boodie eran unos “niños
encantadores”, y aceptó ir a montar con ellos.

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—No tienes que quedarte conmigo, querida —reprendió con suavidad a Laura—.
Tú ve con Jared. Gwen me dijo que podía pedirle lo que fuera, y Harry me va a
explicar cómo se organiza un año en una estación ganadera, así que no te preocupes
por mí.
Laura se hallaba sorprendida por la actitud de su madre, pero al mismo tiempo lo
agradecía. Demostraba la aceptación que Laura siempre anheló de su madre y
generaba una atmósfera relajada que nunca antes disfrutó en compañía. de ella. Por
primera vez en su vida, Laura sintió que no le exigía nada.
—Debes ser tú —comentó Jared esa noche—. Sólo te miró y decidió que eras un
hombre con el que era bueno enredarse.
—Mmmm... al contrario de su hija —comentó con malicia, acariciando su muslo
entrelazado con el suyo.
Laura se rió.
—Tú implorabas que me enredara contigo, Jared. Eras tan arrogante y sensual.
—Bueno, si sólo soy un cuerpo para ti...
Procedió a usarlo en una forma que despejó cualquier pensamiento sobre su
madre.
El día antes que llegara el ganado, Jared las llevó a la mina de diamantes. Le
regaló a Connie un magnífico diamante multicolor. Laura se sintió conmovida
cuando los ojos de su madre se llenaron de lagrimas de emoción y las palabras que
pronunció eran sinceras.
—Gracias, Jared, siempre lo atesoraré. Sin embargo, ya me diste lo mejor. Ver a
Laura tan feliz contigo significa más para mí que cualquier cosa. Temía que... —le
sonrió a Laura—. Pero todo está bien. Creí que nunca encontrarías lo que buscabas,
pero ahora veo que sí.
—Y sé que no lo dejarás ir —le lanzó una mirada a Jared—. Ella es así, ¿sabes?
—Sí, lo sé —respondió Jared y abrazó a Laura. Le sonrió—. Es muy despiadada,
esta hija tuya, Connie. Una vez que se decide, no hay quien la detenga. Me usa con
insolencia para obtener lo que quiere...
Connie se rió.
—No pareces insatisfecho con eso, Jared...
—Es una bruja, Connie. Me hechizó.
Laura no negó nada, sino que se rió con su madre, maravillada de que bajo esos
años de desaprobación existía un profundo interés por ella . Fue más tarde cuando se
preguntó si Jared en verdad creía que lo usaba para obtener lo que quería. Era un
pensamiento incómodo y lo desechó. Después de todo eran felices juntos.
Se hallaban de muy buen humor la siguiente tarde cuando el avión llegó de Islas
Cocos. Todos se encontraban cerca de la pista para ver el nuevo ganado. Los
vaqueros montaban sus caballos, listos para dirigir a la manada al corral donde los

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alimentarían y darían agua. Laura y Jared estaban junto al jeep, esperando con ansia
ver su inversión en el proyecto experimental.
Se colocó una rampa contra el avión y finalmente la puerta se abrió. Uno a uno
los animales fueron saliendo, bufando y saltando un poco, inquietos por su
liberación. Los vaqueros se movían para controlarlos. La vista de Laura fue obstruida
por uno de los caballos y se separó unos pasos del todo. Nunca sabría si fue su
movimiento lo que llamó la atención del joven toro. El animal escarbó la tierra,
estudió a Laura y embistió.
Después todo sucedió tan rápido que Laura sólo tenía imágenes horrendas en su
mente. Jared gritó su nombre, saltó junto a ella y sujetó al toro por los cuernos. El
animal lo ensartó y lanzó al aire, lo pisoteó y le rasgó el rostro con un cuerno;
después se escuchó un disparo; el toro cayó lentamente sobre él, y Jared... Jared
estaba tirado... sangrando... inmóvil. Laura se escuchó gritando su nombre... unos
brazos la sostenían en tanto los hombres lo rodearon y le quitaron al toro de encima y
Jared inmóvil...
Se liberó de los brazos que la detenían. Corrió, tambaleándose; rasgó su falda
para detener el sangrado y gritó:
—Jared... Jared... Jared...
No estaba muerto. Aún respiraba, pero no intentaron moverlo. Laura se sentó en
la tierra junto a él y con gentileza presionó su falda en las terribles heridas del rostro.
Entonces Gwen se arrodilló junto a ella, le quitó la tela e hizo un trabajo más eficiente
para detener la sangre. Laura acarició la mano de Jared, deseando con desesperación
que viviera. No supo cuanto tiempo pasó antes que los dedos de él se cerraran
lentamente sobre los de ella.
—Laura... —susurró apenas. No abrió los ojos, pero frunció el ceño como si
luchara por recuperar la conciencia.
—Estoy aquí, Jared. Aquí estoy —gimió.
—No... —balbuceó y Laura se inclinó a su oreja—. No merece la pena... estoy
muy mal herido... déjame morir...
— ¡No! No te dejaré —insistió con pasión—. Te necesito, Jared. No te dejaré
morir. Te amo. Te amo.
Entreabrió los ojos y el dolor se reflejó en ellos.., dolor agonizante.
—No puedo vivir.., enjaulado.
El corazón se le oprimió por el significado de esas palabras. Él prefería estar
muerto que enjaulado en un cuerpo inservible. El liberaría a todos los animales
salvajes. Mataba al ganado que era muy débil para sobrevivir. Un acto de piedad.
—No... —gimió Laura—. No...
—Tu lugar... es tuyo ahora...
—No lo quiero, no sin ti, Jared... Jared
Harry estaba a su lado. Le pusieron dos inyecciones de morfina de emergencia.

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—Te amo, Jared —rogó Laura. Todavía parecía reconocerla—. Voy a tener un hijo
tuyo. Tienes que vivir.
Sus parpados se cerraron. Laura no creyó que hubiera escuchado las últimas e
importantes palabras que se guardó hasta que no hubiera duda alguna. Sin embargo,
ahora estaba segura, y él tenía que saberlo...
—Tu hijo, Jared —repitió con vehemencia desesperada, deseando que penetrara
su mente.
Sin embargo, él no volvió a hablar; cayó en la inconsciencia. Llevaron una camilla
y con cuidado lo colocaron ahí; pusieron toallas sobre sus heridas para detener el
sangrado. El jet llegó; Harry dio instrucciones en tanto los hombres conducían a
Jared al avión; su madre la acompañaba en tanto seguían la camilla donde Jared
yacía tan inmóvil, tan... Tenían que llevarlo a un hospital lo más pronto posible.
Kununura, indicó Harry, a ocho mil kilómetros.
Su amor por Jared era un peso opresor en su corazón. ¿Significa algo? ¿Lucharía
él por sobrevivir? Si escuchó lo del bebé, sí. Eso significaría algo para él... su propia
carne y sangre... un hijo o hija que necesitaba un padre. Tenía que hacer que
mereciera la pena vivir, aun si era una vida diferente de la que hasta ahora había
disfrutado.
Jared también le había dicho que nunca moriría por ella, pero, llegada la hora,
arriesgó su vida por ella. Quizás la amaba y creía que ella sólo deseaba su cuerpo y el
lugar que le otorgaba. Quizá no sólo era la desesperación de quedarse enjaulado si
sentía que ya no podría ser lo que ella deseaba... sensual... irresistible... mejor que
otro hombre... La evocación se agolpó en su mente... la noche en que la hizo decirle
que él era más que ninguno...
El jet despegó. Una hora. “Aguanta una hora, Jared. Por favor, mi amor... hasta
que consigamos ayuda”.
El doloroso torbellino de pensamientos continuó en tanto volaban hacia
Kununura. Su único consuelo era que todavía no tenía que tomar una decisión.
Después que llegaron al hospital, después que los doctores lo examinaran bien...
cuando se aclararan todas las opciones...
No obstante, también comprendía la necesidad de Jared. Aun si pudieran
enmendar su cuerpo y ponerlo en buen estado, ella, que vivió con el desfiguro
comprendía mejor que nadie lo que era eso. La atracción superficial no era un factor
en su relación y entendimiento con los demás, ya no. No recordaba si se lo mencionó
o no a Jared, pero si vivía tenía que hacerlo creer en eso. Tendría que pasar la prueba
de fuerza que ella experimentó tantos años atrás. Lo ayudaría lo mejor que pudiera,
por experiencia propia.
—Dile al piloto que informe por radio que necesitarnos al mejor cirujano plástico
del país. Que lo encuentren, que lo lleven ahí —le ordenó a Harry.
Y cuando el hombre se alejó a dar las instrucciones, dio otra orden silenciosa al
hombre que era su vida.
—Ámame, Jared. Ámame bastante para desear vivir.

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Capítulo 13
JARED era bastante fuerte, seguía diciéndose Laura. El podría sobreponerse al
shock y el trauma de la cirugía. Los doctores tenían frente a sí al cuerpo más sano
para lograr su tarea, pero la voluntad de vivir... ¿la tenía Jared? ¿La deseaba tanto?
En Kununura le pusieron transfusiones de sangre y un sistema de vida artificial.
Su pulso era débil y errático y la presión sanguínea demasiado baja. Después de
consultar se decidió que debían trasladarlo al hospital en Adelaide.
— ¿Cuántas horas habían pasado ya? ¿Ocho, nueve? El vuelo a Kununura... el
tratamiento de emergencia que colocó a Jared en posición estable para volar al centro
de Australia... a ese enorme hospital... los rayos X... la firma de documentos que
ponían a Jared en manos de los cirujanos. Lo quisiera él o no, Laura haría lo posible
porque viviera.
—Café, Laura.
Miró a su madre quien la había acompañado en silencio durante todas esas horas,
ayudándola. La chaqueta y falda que usaba se las dio su madre. Los emparedados
intactos que aparecieron de la nada. Hasta una sopa que salió de alguna cocina del
personal. De pronto se dio cuenta de que no le había reconocido todo eso.
—Perdóname por no agradecerte... —sacudió la cabeza, con los ojos llenos de
lágrimas.
Su madre apretó su hombro con ternura.
—No espero que hables, Laura —declaró con suavidad—. Nunca lo hiciste... ni
aun en las épocas difíciles.
—No fue mi intención hacerte a un lado, mamá, pero no puedo expresar lo que
siento.
—Lo sé, querida —Connie Hammond suspiró—. No creas que no reconozco mis
propios errores, Laura; es tarde para cambiarlos ahora, pero... hay algunas cosas que
me gustaría decirte... cosas que he tenido dentro de todos estos años... y que podrían
ayudarte a sentirte... menos sola;
—Muy amable de tu parte —sonrió Laura, conmovida por la comprensión de su
madre.
—Tú eres como tu padre —señaló con una triste sonrisa—. Tienes sus ojos. Aun
cuando eras niña me mirabas como él —hizo una mueca—. Traté con fuerza de
olvidarlo, pero tú nunca me dejaste. Hasta en algunas cosas que decías... tan parecida
a Drew... y tuve que rechazarlas o la decisión que tomé hubiera sido insoportable.
—Mamá, no tienes que explicarme lo que pasó entre tú y mi padre —sacudió la
cabeza.
—Creo que debes saberlo, Laura. Nunca existió un hombre que pudiera
compararse con Drew. El era como... Jared. Cuando salí del avión de Bendeneer

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Downs... mi corazón dio un vuelco. Jared posee el mismo aire de querer conquistar al
mundo.
Hizo una pausa y sus ojos se suavizaron por los recuerdos. Laura recordó la
inquietud que dominó a su madre cuando conoció a Jared. Si su padre emanaba esa
cualidad.., sí, ahora comprendía por qué su padre y el de Jared pudieron haber sido
amigos eternos, si no habría existido una mujer entre ellos. Ese aire de superioridad y
desafío... ¿lo conservaría Jared después de todas sus heridas?
—Cuando me escribiste y me contaste dónde estaba Bendeneer Downs... tuve
que venir —continuó su madre.
Laura quería saber de su padre... comprender lo que su madre decía. Un secreto
así jamás se presentaría otra vez. Tenía que concentrarse, digerir la palabras de su
madre.
—Me dije que era por verlos a ustedes, pero... El Kimberley era lo que tu padre
buscaba... a donde quería que fuera con él... a descubrir lo que pudiera. Nunca
escuché de un lugar así y Australia... tan lejos... no pude dejar Boston y Drew no se
quedaría. Ni siquiera trató de ajustarse. Se burlaba de la única vida que yo conocía...
tan estrecha y cerrada, tan llena de tantas normas estúpidas que carecían de
significado para él...
Negó con la cabeza y miró a Laura con autocompasión.
—No lo comprendí sino hasta que llegué hasta aquí. No me di cuenta de qué tan
vasto.., e intimidante es este país, sino hasta que lo sobrevolé. Una vez que vi la mina
y la estación, supe por que Drew nunca se contentaría con Boston. Por fin lo supe y
me percaté de lo bueno que es para ti y Jared. Me pregunto si... —hizo una mueca—.
Pero tuve el valor para dejar el mundo que conocía. No era lo bastante importante
para mí, Laura. Ser... la compañera de Drew... sin importar qué. Tomé mi decisión y
traté de justificarla de cualquier forma... casándome con Ted... realizando las
conexiones correctas, haciendo lo correcto... y quería que tú fueras igual porque...
porque así yo misma me justificaría más...
Una obsesión... enraizada en el dolor de un amor que no cumplía con sus
expectaciones preconcebidas. Con razón se negaba a hablar de Andrew McKenzie. Le
dolía mucho; Laura comprendió y perdonó a su madre.
—Siempre fui una desilusión para ti...
— ¡No... no... esto es lo correcto para ti! —afirmó su madre con vehemencia—.
Ahora lo entiendo, ¿no ves? Odiaba a Drew porque no hacía lo que yo quería... y me
frustraba que tú rechazaras la vida que yo había elegido para ti. Tu padre otra vez..,
rechazando lo que yo valoraba. Tenías esa mirada de distancia en tus ojos, como si
vieras otro mundo... y finalmente yo también desee verlo. Hasta tu padre... ahora
puedo perdonarlo. El era demasiado grande, yo no.
¿Quién sabe lo que mueve a un ser humano?, pensó Laura. ¿Quién puede
juzgar.... a nadie? Miró a su madre y sintió una profunda compasión por la mujer que
vivió su propio infierno, haciendo lo mejor, tratando de lograr algo que hiciera que
su vida mereciera la pena.

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—Mamá, no eres infeliz con Ted, ¿verdad? Siempre pensé que...


—Que los dos somos del mismo tipo. Y así es, querida. Es un adorno a mi vida y
yo soy lo mismo para él —admitió con frialdad—. Nos comprendemos y eso es
cómodo. Pero nunca tendremos lo que tú y Jared... lo que viví brevemente con tu
padre. Me alegra que lo tengas, Laura. En mi corazón, a pesar de todos los conflictos,
siempre busqué lo mejor para ti.
—Lo sé, mamá —confesó y le apretó la mano—, pero gracias por decírmelo. Tal
vez tomaste la decisión correcta al quedarte en Boston, aun cuando la separación de
mi padre te hirió profundamente. Sé que la madre de Jared odiaba vivir en
Kimberley... el aislamiento.., la carencia de comodidades y compañía. Después de la
muerte del padre de Jared, se casó con un hombre que le da lo que Ted te da. Así
que... ¿quién sabe lo que es bueno o es malo? Una de las cosas que Jared me dijo
desde un principio fue... que dejáramos atrás el pasado. No importa, mamá. Lo que
importa es hoy, y mañana y...
Si Jared moría... ¿qué mañana habría para ella? Apretó los ojos contra las
lágrimas que amenazaban por salir. No sería débil; tenía que ser fuerte. Debía lograr
que él quisiera vivir.
—Laura... sólo quería que supieras que... que estoy aquí por ti. Si quieres hablar...
te ayudaría a pasar el tiempo.
La dolorosa oferta le oprimió el corazón. Su madre desnudó su alma para
beneficio de ella; si no respondía sería como un rechazo... aunque no estaba
acostumbrada a compartir sus sentimientos más profundos. Si tan sólo le hubiera
dicho antes a Jared que lo amaba...
—Tengo miedo, mamá —balbuceó—. Tengo tanto miedo de que no sea suficiente
para Jared. No quiere vivir enjaulado en un cuerpo que... que no es perfecto.
—Laura, tal vez no resulte así. Hay esperanzas, querida. Siempre las hay.
—El me odiaría si...
— ¡No! No pienses eso, nunca, Laura. Jared sabía lo que estaba haciendo. Yo lo vi
todo. La expresión en su rostro antes que saltara para cubrirte del toro. No fue un
impulso o un instinto. Su miedo... su horror, de perderte... eran tan abiertos...
cualquier cosa era preferible, hasta morir.
Laura abrió los ojos para estudiar el rostro de su madre, deseando
desesperadamente creerle.
—Para mí no cambiará nada si queda lisiado o desfigurado. Lo amaré igual —
declaró con pasión febril.
—Sé que así será, Laura —señaló su madre con suavidad—. Y encontrarás la
forma de que Jared crea eso. Tú eres la persona indicada, Laura.
— ¿Lo soy, mamá? —la incertidumbre quebró su voz.
Su madre sonrió y tiernamente acarició su cabello.

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— ¿Cuándo te han derrotado, Laura? Aun cuando sufrías mucho, desafiabas al


mundo que te creía menos, y te burlabas de ellos, incluyéndome a mí. Pero te
prometo, no cometeré el mismo error otra vez. Pase lo que pase, Laura, puedes
contar conmigo.
Las lagrimas que trataba de contener escaparon de sus ojos.
—Gracias —susurró y después abrazó a su madre con todo el corazón—. Pensé
que nunca sería lo que tú querías.
—Mi vida, tú eres lo que yo deseo haber sido —confesó su madre—. Recuerda
eso cuando falle de algún modo y no dudes en decirme lo que estoy haciendo mal.
Laura se separó y sonrió con debilidad.
—Yo no soy perfecta, pero nunca volveré a rechazarte, mamá, lo prometo.
El ruido de pasos en el corredor del hospital hicieron que Laura girara en
redondo. Su pulso comenzó a golpetear, su mente se dividía entre el miedo y la
esperanza. Sin embargo las dos personas que aparecieron en la sala de espera no eran
doctores ni enfermeras con noticias de Jared, sino Naomi y Rafe Carellan.
Fue Rafe quien rompió el horrible silencio.
—Vinimos tan pronto como pudimos, Laura. Señora Hammond... soy Rafe
Carellan y ella es mi esposa, Naomi, la madre de Jared.
—Connie... Connie Hammond —tomó la mano extendida—. Lamento que nos
conozcamos en estas circunstancias.
Naomi Carellan ni siquiera la miró. Observaba a Laura con salvajes ojos
acusadores.
—Tú hiciste esto, ¿verdad? Si no hubieras estado aquí...
— ¡Naomi! ¡Cállate! —siseó Rafe; sus ojos rogaban a Laura—. No habla en serio.
Naomi estaba tan agitada, tan perturbada que no lo escuchó.
—Sabía que algo horrible pasaría. Todo fue una mentira, ¿verdad? Andabas
detrás de...
—No desquite su sentimiento de culpa en mí, señora Carellan —interrumpió
Laura con voz temblorosa por su agonía interna—. Este accidente no fue causado por
ninguna falla humana.
Naomi Carellan ni siquiera se detuvo a pensar. Las palabras amargas de
acusación escaparon de sus labios.
Sabía que nada bueno resultaría. Sabía que nunca funcionaría. Lo engañaste sólo
para...
El control de Laura se derrumbó. La exhaustiva tensión explotó en un estallido
pasional que por fin silenció a la mujer.
— ¿Quién se cree que es? —gritó a Naomi—. El mundo no gira alrededor de
usted, señora Carellan. Jared es el mundo que yo quiero y no se atreva a envenenarlo
con el suyo. No me importa su maldita mina de diamantes. No me importa lo que

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usted hizo en el pasado, excepto lo que concierne a Jared. Está tan cerrada en sí
misma que ni siquiera pudo ver la soledad de él, sus necesidades. Sólo las suyas
contaban...
—Laura —era una protesta ronca de Rafe, pero eso no la detuvo.
— ¡Hagan lo que quieran con su vida, pero no voy a dejar que envenenen la de
Jared y la mía! —les gritó a los dos—. ¡Sólo lárguense de aquí! ¡Regresen a casa! Jared
ya no les pertenece, nunca fue así. Ahora es mi esposo y lo amo. Daría mi vida por él
si pudiera. Ojalá fuera yo la que estuviera en la mesa de operaciones. Y que Dios me
ayude, pero si alguno de ustedes dice o hace algo que Jared no quiera vivir, yo...
Un enorme nudo obstruyó su garganta. Las lágrimas fluyeron de sus ojos. Hizo
un ademán de impotencia y después su madre la abrazó con fuerza y la meció como
a una niña.
—No sé lo que está pasando aquí —declaró cortante—, pero Laura ha estado bajo
una tensión enorme. Si cualquiera de ustedes piensa que Laura se casó con Jared por
dinero, les aseguro que hay bastantes millonarios en Boston que podrían...
—Señora Hammond... —interrumpió Rafe con urgencia y después se
impacientó—. ¡Naomi, por Dios! ¡Por el bien de tu hijo, termina con esto! ¿Qué más
tienes que ver o escuchar? Lo que estás haciendo es destructivo. ¡Siempre lo fue!
Fastidias tanto a la gente hasta que...
— ¿Rafe? —la voz de Naomi se quebró al sentir la falta de apoyo que siempre
tuvo.
— ¡Enfréntalo, Naomi! ¡Por una vez en tu vida, enfrenta lo que estás haciendo y
detente! —rogó con fuerza—. Jared ama a Laura. Laura ama a Jared. No tiene nada
que ver contigo o conmigo; ¡sólo ellos! y tú estás empeorando las cosas.
—Pero tú sabes que...
—Sólo sé que estoy harto de esto, Naomi —la cortó con dureza—. Estoy harto.
Me voy a sentar aquí con Laura y su madre. Si hay algo que pueda hacer por Jared o
Laura, lo haré. Tú has lo que quieras, no me importa. Ya no me interesa en absoluto.
—Rafe, yo... yo lo lamento...
— ¡No basta con lamentarlo! —estalló—. Si no puedes ser amable, vete. Es una
cosa u otra. ¿Está claro? ¿Cómo puedo hacerte entender? ¡Por una vez en tu vida
deberías pensar en las demás personas!
Se adelantó y apretó el hombro de Laura.
— ¿Hay algo que pueda hacer, Laura?
Negó con la cabeza, demasiado alterada para responder.
—Señora Hammond, no hay excusa para el comportamiento de mi esposa —
declaró Rafe con tristeza—. Espero que no les moleste mi presencia, nuestra
presencia... si mi Naomi decide quedarse. Jared es como un hijo para mí y...
—Por supuesto que debe quedarse, señor Carellan, y usted también, señora —
respondió Connie con dignidad—. Quizás en tiempos como éste sale a relucir lo

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mejor y peor de cada uno. Olvidemos esta... esta mala escena... y oremos por la salud
de Jared.
Laura no supo cuánto tiempo esperaron. Naomi no volvió a hablar. Sólo Rafe y
su madre intercambiaban algunas palabras y después guardaban silencio. Laura
estaba tan alterada que se encerró en sí misma y siguió deseando que Jared viviera.
Cuando finalmente se escucharon pasos en el corredor, Laura apenas pudo ponerse
de pie. El cirujano en jefe se presentó en la sala de espera junto con una enfermera.
—Ah... señora Eastern. Su esposo salió tan bien como se esperaba. Laura se
tambaleó un poco y su madre la rodeó por la cintura para sostenerla.
—Estará en cuidado intensivo por algún tiempo, pero su condición es estable...
— ¿Sus... sus piernas? —susurró Laura.
El cirujano sonrió.
—Bueno, no andará saltando por ahí con la cadera dislocada. La parálisis fue
causada por un nervio comprimido, al que ya soltamos. No veo ningún daño
permanente al respecto. Las dos costillas rotas no perforaron nada vital, así que
tuvimos suerte en eso. Su rostro requerirá un tratamiento posterior, pero por lo
pronto hicimos un buen trabajo. No es necesario decir que presenta mal aspecto, pero
confío en que mucho mejor que cuando lo trajeron. Y siempre y cuando su fuerte
constitución responda.
— ¿Puedo verlo ahora? ¿Estar con él? —preguntó Laura con ansia, temerosa de
que la mente de Jared gobernara su constitución si ella no estaba ahí para asegurarle
que merecía la pena vivir la vida.
—No veo por qué no —respondió el cirujano con amabilidad—. La enfermera la
llevará a su habitación, pero debe saber, señora Eastern, que él no recuperará la
conciencia durante horas; de hecho, estará sedado por unos días.
—Tengo que estar con él —declaró Laura con decisión.
El cirujano la estudió por un momento y después asintió.
—Enfermera, arregle una cama extra en la habitación del señor Eastern.
—Te traeré algunas cosas en la mañana —le dijo su madre con rapidez.
—Y yo llevaré a tu madre a un hotel —añadió Rafe.
—Laura... —Naomi la tomó de la mano; sus ojos eran pozos de emoción
turbulenta; después sacudió la cabeza y jadeó—: Ve... ve con él. Dale lo que yo no
puedo.
La aceptación de Naomi apenas si se registró en la mente de Laura. Nada
importaba más que estar junto a Jared sin demora. Si recuperaba la conciencia
aunque fuera fugazmente, ella tenía que estar ahí; le tenía que asegurar que siempre
estaría con él. Nunca lo dejaría ir. Tomaría su mano y la sostendría, para que supiera
que estaba ahí, aun si no podía abrir los ojos. Y le hablaría, le diría todo lo que
estarían juntos.., lo que compartirían.
La larga vigilia había empezado.

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Capítulo 14
LA primera vez que recuperó la conciencia, Jared no estaba lucido.
—El partido de futbol más duro que haya jugado —murmuró y miró a Laura sin
reconocerla—. ¿Los derrotamos?
—Sí, ganamos —respondió, enfatizando lo positivo.
—Que les sirva de escarmiento —acordó, y volvió a cerrar sus ojos soñolientos.
La enfermera le informó que era normal la desorientación. Su cerebro estaba
hecho nudo; no tenía que preocuparse. La última vez que habían llevado a Jared
Eastern al hospital fue por una herida en un partido de fútbol. Muy a menudo los
pacientes bloqueaban la mente después del accidente, como un mecanismo de
defensa contra lo inaceptable.
Laura se relajó, pero el consejo de la enfermera la hizo ser más consciente de la
necesidad de reconfortar a Jared antes que su mente se aferrara a lo inaceptable. Le
hablaba con suavidad, aunque no sabía si la escuchaba. Al final la fatiga la rindió y
descansó la cabeza al lado de la mano que sostenía.
La dolorosa presión sobre sus dedos la despertó. La mano de Jared tomaba la
suya con una fuerza compulsiva. Tenía los ojos apretados al igual que la boca. Era
agonía mental o física la que salía de sus dedos. Laura ignoró el dolor. No le
importaba si le rompía los huesos con tal de ayudarlo. Habló lo más rápido que
pudo.
—Jared, la jaula sólo es temporal. Saldrás de ella completo de pies a cabeza. Sólo
sé paciente, mi amor. Va a tomar tiempo tu recuperación, pero tú puedes lograrlo.
Sólo es cuestión de tiempo antes que vuelvas a estar de pie, haciendo todo lo que
quieras. De ninguna forma estarás incapacitado. Así que por favor, mi amor, tienes
que sobreponerte a esto. Te necesito, Jared. Nuestro hijo te necesita. No puedes dejar
que nada te impida tener lo que quieres. Ya no estás solo. Nunca más volverás a
estarlo...
Sus dedos se fueron relajando poco a poco hasta que volvió a caer en la
inconciencia. Laura suspiró, tomó la mano de él y se la llevó a la mejilla deseosa de
recapturar el contacto de él; deslizó los dedos por su piel como Jared solía hacerlo y
cuando volvió a descansar la cabeza, resguardó la mano en su rostro.
Despertó por un ligero roce en su sien.
— ¿Jared? —susurró, sin estar segura de que estuviera despierto.
— ¿Eres real?
Irguió la cabeza ante el murmullo. Sus ojos eran sólo unas rendijas, pero el dolor
en ellos se agudizó cuando la vio.., una necesidad urgente por respuestas.
— ¿Has estado conmigo, hablándome? —preguntó él.
—Sí... sí —respondió con ternura, la ola de emoción casi la ahogaba.

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—Creí que... un sueño.


—No es un sueño, Jared —le aseguró, tomando la mano entre las suyas para que
sintiera la realidad—. Todo lo que dije es verdad —añadió con una convicción
pasional.
— ¿Dijiste... hablaste de un hijo, Laura?
—Sí, vamos a tener uno, Jared, en unos ocho meses. Y entonces necesitaré que te
sientes conmigo porque no sé cómo tener un nene, y que sostengas mi mano...
—Y nunca alejarme —añadió con algo parecido a una sonrisa.
—Nunca —insistió ella con fuerza.
Jared cerró los ojos, pero la sonrisa permaneció por unos segundos. Por fin Laura
podía descansar, segura de que Jared no dejaría que se le escapara la vida. Con esa
convicción se permitió reposar en la cama extra.
Durmió larga y profundamente; su cuerpo exigía recuperar las energías. Durante
casi veinticuatro horas no escuchó otra cosa que el ir y venir de los doctores. Cuando
por fin abrió los ojos, vio a su madre sentada junto a ella.
—Está bien, cariño, Jared está bien —informó con calma.
Laura se incorporó para asegurarse de que era cierto. Jared aún estaba ahí,
envuelto en vendajes y la parte de abajo de su cuerpo sostenida por una unidad de
tracción.
Los doctores están muy satisfechos con su progreso —continuó su madre con
rapidez—. No hay señales de infección en las heridas y va a sanar como se esperaba.
—Gracias, mamá.
—Ahora lo que necesitas es una buena ducha, ropa limpia y comida —indicó su
madre con severidad—. Sin discusiones, Laura. Tienes que mantener la fuerza. Yo
me quedaré con Jared si despierta y pregunta por ti.
— ¿Despertó mientras estaba dormida? —preguntó Laura con ansiedad.
—No te preocupes —le sonrió Connie Hammond—. Todo lo que él quiere saber
es si tú estás bien. Cualquiera pensaría que sólo eso le importa.
Laura sintió alivio en el corazón; abrazó a su madre, sintiéndose demasiado
emocional para expresarse en palabras. Connie Hammond le dio palmaditas en la
espalda.
—Ve. Arréglate para tu esposo.
Laura sonrió por la filosofía de la vida de su madre, pero no la criticó. No esta
vez. Verse bien podría ser algo superficial, pero tenía su importancia, y Laura estaba
decidida a hacer todo lo que hiciera sentir bien a Jared. Estaba despierto cuando ella
regresó y Connie Hammond los dejó solos.
—Me dijeron que estaré un mes así --comentó Jared con un suspiro de
resignación.
—Algo así —acordó Laura, sosteniéndole la mirada con firme resolución.

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—Sabes que me voy a ver desastroso, Laura.


—A corto plazo, sí —admitió con certeza, al captar la nota de incertidumbre en
su voz y de inmediato le restó importancia al asunto—. Pero puedes hacer maravillas
con la cirugía plástica, Jared. De todas formas, las cicatrices no importan a menos que
las dejes que traguen tu mente. Yo lo sé, las tuve.
Hizo una mueca.
—Mas bien pensaba en la forma en que puedan afectarte a ti. Debe ser difícil para
una esposa tener un marido al que desea esconder.
— ¿Eso es todo lo que eres, Jared? ¿Un rostro? —retó, atacando la pared que él
erigía entre ellos—. ¿Crees que sólo eso eres para mí?
No respondió de inmediato. Laura pudo percibir la tensión, pero era importante
que él considerara lo que decía, que sopesara la verdad y no permitiera que las
suposiciones superficiales nublaran su juicio. Así que Laura no se apresuró a explicar
su propia experiencia.
—Laura, no soy... tonto—comentó con terrible seriedad—. Y soy... realista.
Todavía estoy vivo, eso es ganancia. Hay cosas que quiero hacer, por ejemplo, ser un
padre para nuestro hijo. Por eso... siempre te estaré agradecido.
Su voz se endureció cuando continuó con la realidad de su experiencia.
—Pero sé que los cambios generan otros cambios. Causa y efecto. Y, con toda la
voluntad del mundo, hay algunas reacciones que no pueden controlarse. Para ser
franco contigo, preferiría recordar lo que vivimos que...
—¿Que verme respingar al verte, Jared? —terminó ella con suavidad,
comprendiendo bien lo que sucedía.
—Algo así —admitió con tensión.
La ironía la hizo sonreír cuando le respondió.
—Recuerdas esa mañana cuando nos reunimos a discutir lo de la pintura de mi
padre... tú me confundiste con esas hermosas mujeres que piensan que los diamantes
son sus mejores amigos. No me conocías entonces. Hay cosas de mí que aún no
sabes, Jared. Verás, yo no creo ser muy hermosa. Soy la persona que vive detrás de
mi rostro sin importar como se vea. Tomé esa decisión hace mucho tiempo cuando
hasta mi madre respingaba al verme.
— ¿De ti? ¿Por qué?
—Porque era un desastre —respondió Laura con indiferencia— Toda mi
adolescencia no hubo nada que alguien pudiera hacer por mí. Sobrellevé un
desequilibrio hormonal que hizo de mi rostro, siendo benevolente, una broma social.
Aun cuando la química de mi cuerpo se corrigió, me quedaron cicatrices que a la
larga borró un tratamiento láser especial —tomó su mano y la pasó por su mejilla—.
Esta piel sólo tiene siete años, Jared. Antes... aprendí mucho de la gente. Aprendí los
medios por los cuales podía detener todo y todos los que trataban de aplastarme.
Conocí lo que en verdad me importaba. ¿Sabes qué fue lo más importante? Es muy
simple. Lo más efímero de todo, Jared, es la belleza superficial.

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Tomó un profundo suspiro, acariciándolo con la mirada con todo el amor de su


corazón.
—Y ahora, mi vida, tú también vas a aprender eso; ojalá no fuera así. Son
lecciones duras, dolorosas y no se las deseo a nadie, pero puedes estar seguro de una
cosa, Jared... nunca desviaré la mirada de ti. Nunca me verás pedir o rogar que las
cosas sean diferentes. No lo son... y tenemos que aceptarlo.
—Así que de ahí proviene tu autocontrol —murmuró maravillado y Laura se
apresuró, decidida a que la idea de él no se fijara en su mente.
—Control... y otras cosas, Jared. Hice mis propias reglas para vivir. Cuando nos
conocimos, percibí lo mismo en ti —sonrió, deleitada por la fascinación renuente en
los ojos de él—. Me llamaste salvaje reina pagana. En mi mente tú eras un rey
guerrero que conquistaría cualquier mundo y crearía el suyo. Eso está dentro de ti,
Jared. Algo que provoca una profunda respuesta en mí. El único hombre que lo ha
logrado y siempre lo hará —su voz enronqueció cuando continuó—: Sé que me amas,
Jared. Tal vez nunca me lo digas y no me importa. Pero en el fondo de mi corazón sé
que me amas, así como sé que yo te amo. Para mí tú eres muy especial... único... y no
hay otro en este mundo que pueda reemplazarte. Tú, la persona que vive detrás de tu
rostro, tú eres mi lugar, Jared. Eso es lo único que me importa. Y haré todo, todo lo
que sea humanamente posible para conservarte.
Jared le apretó la mano con fuerza. Laura no protestó. Era el tiempo de decidirse
y toda su fuerza vital parecía estar suspendida, esperando la respuesta de Jared.
Emociones conflictivas se reflejaron en sus ojos por momentos interminables, pero
cuando por fin habló, su voz era suave como la paz relajada de un hombre que luchó
una batalla y ganó.
—Señora Eastern... —había casi una sonrisa en sus palabras—, acaba de cerrar un
trato. No estoy seguro de que no lo lamentarás, pero eres una negociante
endemoniada, y una mujer increíble.
El alivio de Laura se reflejó en una sonrisa que iluminó su rostro con una belleza
que quitó el aliento a Jared y lo hizo preguntarse si habría hecho bien en aferrarse a
ella. Pero la respuesta de Laura lo llenó de una sensación innegable de lo correcto.
—Bueno, señor Eastern, creí que era hora de enseñarle un poco de igualdad. Está
bien que digas que soy tu socia, pero tienes que creerlo de verdad. Y me propongo
hacer que cumplas el trato, sin importar cómo.
—Sin importar cómo —acordó—. Me atrevo a decir que nos llevaremos muy
bien.
Aunque no pronunció las palabras, el amor en sus ojos fue lo que Laura
necesitaba. Estaban juntos otra vez, en mente, corazón y espíritu, en todos los
aspectos importantes.

DIA tras día había menos que hacer para Connie Hammond. La crisis pasó.
Laura notó la actitud inquieta y sugirió que Ted debía sentirse solo. Su madre se
demostraba reacia a irse, pero se convenció de que era sensato. Segura de que todo

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estaba bien entre Laura y su esposo, Connie Hammond regresó a casa en Boston, más
tranquila consigo misma que en toda su vida.
Traería a Ted la próxima vez que visitara Bendeneer Downs, cuando Laura
tuviera su nene. Connie estaba segura de que Ted la consideraría toda una
revelación. La vida era increíblemente diferente. No era algo que les gustaría para
siempre, pero ahora comprendía el punto de vista de su hija. Y le haría bien a Ted ver
un poco más de la vida, ampliar su mente. Nunca era demasiado tarde para
aprender, decidió.
El mes que Jared tuvo que pasar en el hospital, fue una severa prueba de
paciencia, pero Laura hizo lo que pudo por alegrarlo. Le quitaron los vendajes del
rostro y Laura se maravilló del buen trabajo que hizo el cirujano. Jared declaró con
tristeza que parecía el hijo de Frankenstein, pero que, si eso era lo que la enloquecía,
¿quién iba a quejarse?
Laura se rió, besó la mueca burlona de sus labios, y las cicatrices que mostraban
el amor de Jared por ella, dejándole saber que nada en él sería repulsivo. En tanto,
pasaban los días y Laura nunca flaqueaba, Jared comenzó a relajarse más y más,
hasta que llegó a creer en verdad que su apariencia era irrelevante para su esposa.
Hasta comenzó a olvidarse de las cicatrices, consciente de que algún día se
desvanecerían, hasta que un día lo trajo a la realidad la reacción de Naomi y Rafe.
Rafe trató de esconder la impresión y actuar de modo natural, pero se reflejaba en
sus ojos y en la voz quebrada. Su madre simplemente lo observó, con los ojos llenos
de lágrimas que rodaban por sus mejillas. Jared se volvió y fijó su mirada en Laura
quien estaba sentada junto a él, sosteniéndole una mano, observándolo y
reconociendo sólo la persona en su interior.
Y entonces Jared lo supo... supo que ella pasó por eso... y se levantó. Su fuerza
interior estableció su brío. Sólo viviría con eso por corto tiempo, por el contrario de
todos esos años en los que Laura sufrió. El respeto por la mujer que era su esposa
llenó su alma de un júbilo que nunca antes conoció. Ella era muy especial... única... le
pertenecía por siempre. Apretó su mano y se volvió a los visitantes, decidido a no
respingar.
—Mi esposa me asegura que pueden lograr milagros con la cirugía plástica —
explicó con sarcasmo—. Así que alégrate, madre. Me verás mejor con la próxima
operación. Y si no, ¿qué demonios? Tengo demasiadas cosas que hacer con mi vida,
para preocuparme por unas cicatrices.
Naomi miró maravillada a Laura, sacudió la cabeza, suspiró profunda y volvió a
mirar a su hijo.
—Tienes una buena vida por delante. Rafe me dice que lo que pasó era necesario.
Por fin descansan los fantasmas del pasado que...
—No, madre —interrumpió Jared con firmeza—. Los fantasmas del pasado sólo
se encuentran en la mente de las personas. Lo que pasó fue para el futuro. Todo lo
que hice fue proteger mi futuro... y el de tu nieto.
—Eres muy afortunado de tener una esposa como Laura —contestó su madre con
cautela, como si intentara algo; después continuó con más convicción cuando miró a

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su esposo con nuevos ojos—. Así como yo también soy afortunada de tener a Rafe —
añadió con suavidad.
Una extraña expresión de incredulidad se reflejó en el rostro de Rafe. Después la
reemplazó un brillo de esperanza y felicidad que lo hizo parecer mil veces más joven.
—Es bueno estar vivo —comentó Rafe con júbilo; después le sonrió a Jared—.
¿Qué se siente ser un futuro padre?
Desde ese momento, la visita fue más natural y hasta con cierto toque de
familiaridad. Naomi sorprendió a todos al decir que visitaría Bendeneer Downs para
ver a su nieto. Era una declaración de que el pasado terminó, y de que el futuro
comenzaba como una hoja limpia.
Laura sintió un profundo placer al saber que la generación de dolor abría paso a
una nueva etapa... donde el amor, la familia y el respeto eran primero; su hijo nacería
y crecería en ese ambiente. ¿Qué más podía pedir? Nada derrumbaría ese amor. No
dejaría que eso sucediera, nunca.
No obstante, Laura se sorprendió cuando Jared salió del hospital y se enfrentó de
nuevo a la sociedad. Ni siquiera parecía importarle las miradas de soslayo. Irguió la
cabeza y caminó firme. Era un hombre, no un niño, un hombre entre los hombres y
su orgullo por él no tenía límites.
Cuando regresaron a Bendeneer Downs, tranquilizó a todos con su buen humor
sobre su rostro cicatrizado. La impresión y compasión se perdieron en el genuino
placer de que él estaba vivo, bien y con ellos. Jared abrió una nueva caja de champán.
La vida retomó su curso normal como si nada la hubiera interrumpido.
Las semanas se convirtieron en meses y Laura gimió por el hecho de que perdía
la figura.
—Tengo que comprar ropa de maternidad cuando vayamos a Adelaide para tu
próxima operación, Jared —declaró una mañana, cuando no podía cerrar la
cremallera de sus jeans más holgados—. Me estoy poniendo muy panzona.
Jared se colocó detrás de ella, deslizó las manos por su cintura y acarició el bulto
en cuestión de modo erótico.
—Bueno, por lo menos aún me deseas —suspiró Laura con felicidad, apoyándose
para saborear la cálida intimidad entre ambos.
—Siempre te desearé —murmuró él, mordisqueando sensualmente su oreja.
— ¿Aun cuando esté a punto de explotar? —preguntó con ansiedad. La hizo
girar, pero no la besó. Sus ojos no reflejaban deseo, sino una intensa emoción.
Levantó la mano y le acarició la mejilla.
—Sin importar cómo estés, eres mi mujer, Laura. La esposa de mi mente, mi
corazón y mi alma. Y nadie tomará tu lugar porque es profundamente tu lugar.
Nunca me desprendería de ti, aun si quisiera, y no quiero. Sé que no necesitas que te
diga estas cosas, pero a veces necesito decirlas, Laura.
Y la necesidad reinó alrededor de Laura, la envolvió, fusionándola con él de
forma más íntima que cualquier acto físico.

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—Quiero que sepas que yo también sentí... ese algo que me atrajo a ti —continuó
Jared—. Por eso me casé contigo. Porque no podía separarme de ti aun cuando mi
sentido de conservación me lo dictaba. Tú cumplías con todo lo que yo buscaba.
Decir te amo es demasiado simple, Laura. Amaré a nuestro hijo, pero a ti...
La abrazó con fuerza contra él.
—A ti me aferraré. A ti nunca te dejare ir —susurró contra el suave cabello de
Laura.
Y Laura sintió su corazón latir contra el suyo, con el suyo... y supo que todas las
puertas estaban abiertas por fin. Nunca volverían a cerrarse.

Fin

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