Desnuda
Jordi Sierra i Fabra
Dirección editorial: Elsa Aguiar
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© Jordi Sierra i Fabra, 2014
© Ediciones SM, 2014
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Marga.
¿Qué?
Cómo me pones.
Va, calla.
Pero si es verdad.
Ya, pero lo dices de una forma…
¿Cómo quieres que lo diga?
No sé, más dulce.
¿Te parece poco dulce?
Es que eso de «poner» suena hortera.
¡Anda con lo que me sales!
¿No puedo decirte lo que pienso?
¿Así que soy un hortera?
No, yo no digo eso. Solo que lo de «ponerte»…
¿Cómo quieres que te lo diga?
No sé. Dime que estás bien conmigo.
Lo estoy.
Y que me quieres.
Te quiero.
Y que…
Él la besa. No la deja seguir hablando.
Y ella se abandona.
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Con la mente del revés, las sensaciones partidas, las
emociones como regalos recién abiertos.
La sorpresa.
Es ella.
Ella y él.
Todo nuevo, distinto, arrebatador.
Me pones, me pones, me pones.
Hortera.
Pues vale.
Yo no necesito ponerme. Me basta con sentirme bien.
Yo te haré sentir bien, siempre.
Lo sé.
Mimada, en un pedestal.
No, no quiero estar en un pedestal.
¿Por qué?
Porque en los pedestales solo hay estatuas y la gen-
te las mira. Nada más. Yo quiero sentirme viva, Ramiro.
Viva.
Dios, mira que eres preciosa.
Va, que hablo en serio.
A veces demasiado.
¿Qué quieres decir?
Que hablas demasiado bien.
¿Y eso es malo?
¿Para qué necesitamos hablar?
Vuelve a besarla.
Como si fuera a comérsela.
Y a ella se le borra todo de la mente.
O casi todo.
Incluso en el peor de los huracanes, en plena turbulen-
cia, en el centro está su ojo.
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Quieto.
Muy quieto.
Las nuevas palabras ya no pueden salir de su boca,
porque él la cubre con la suya, segundo a segundo, minuto
a minuto, eternidad a eternidad.
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2
¿Hay un antes y un después del primer amor?
¿Hay vida en el pasado?
¿Hubo vida cuando no había nada?
En algún momento dejó de jugar con muñecas para
jugar con su cuerpo. En algún momento dejó de ver sueños
para verse en el espejo. En algún momento dejó de imagi-
nar para ser. En algún momento cambió la inocencia por
la realidad. En algún momento se convirtió en una persona
con sentimientos, corazón y lágrimas.
En algún momento.
Pero ya no se acuerda de cuándo. Lo ha olvidado.
Ramiro. Ramiro. Ramiro.
En su cuento favorito de la infancia, cuando todo eran
princesas en sus historias, a Blancanieves la despertaba
de su letargo el príncipe encantador con un beso. Ella
misma había jugado a ser Blancanieves. Se dormía y la
despertaba el beso de su padre, de su abuelo o de Ricardo,
su vecino ya ausente porque la crisis se lo había llevado
a otro horizonte.
Con Ramiro había sucedido algo parecido. Estaba dor-
mida. Estudiar, las amigas, Laia, estudiar, las amigas, Laia,
estudiar…
9
Y de pronto…
Cuando camina envuelta en el algodón de sus sueños,
Marga sabe que flota.
¿Será siempre igual?
¿Siempre?
Hay palabras que estremecen, y las que abarcan la
totalidad son las principales: siempre, nunca, eternidad,
jamás, todo…
Sus padres llevan casados casi veinte años y ya no se
besan. Incluso imaginarlos en la cama, desnudos, amán-
dose, la hace estremecer. No lo concibe. Pero si se aman,
si un día fueron como Ramiro y ella…
Ramiro y ella.
Siempre.
La palabra pesa como una losa.
Está enamorada.
E-na-mo-ra-da.
Y él lo mismo, aunque diga que más. Lo mismo.
El amor es un terremoto seguido de un tsunami.
El temblor te lo cambia todo, te lo altera todo, lo remueve
y lo agita todo. Pero es el tsunami posterior el que inunda
el corazón de luces y sorpresas.
Siempre. Siempre. Siempre.
¿Será Ramiro siempre igual?
¿Será
el
hombre
de
su
vida
y
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de
sus
sueños?
Marga suspira.
Eres una romántica, se dice.
Sí: ¿cuándo dejó de leer novelas de amor para ser la
protagonista de la suya?
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3
La musiquita rompe el silencio.
Más bien es un silbido agudo de cinco notas.
Marga deja el libro. En la biblioteca hay dos, tres mi-
radas.
Móvil. Pantalla. WhatsApp.
«Dónde estás?».
Y escribe:
«En la biblioteca».
Lo deja y vuelve al libro. Tiene que meterse eso en
la cabeza. Estudiar, estudiar, estudiar. En casa es más
difícil. En casa no lo consigue. ¿Cómo concentrarse en
medio de…?
Otra vez el aviso.
Más miradas.
Coge el móvil y, lo primero, elimina el sonido.
Luego lee el nuevo mensaje.
«De verdad?».
Se siente irritada.
Celos, celos, celos.
Primero le gustaba. Ramiro celoso. Bien. Comía de la
palma de su mano. A más amor, más celos.
Ahora ya no está tan segura.
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¿Tanto la quiere?
«Pues claro. Dónde quieres que esté?».
Tercer intento de concentración, pero ahora pendiente
del teléfono porque sabe que él insistirá.
Ahí está.
«Haz una foto».
Se irrita más. El amor es posesión. ¿No debería ser li-
bertad? No lo entiende. Cada vez es peor.
No, no hará la foto.
¿Es que no la cree?
Ese es su problema.
No, no, no, no la hará.
Un minuto. Dos. Tres.
Nuevo WhatsApp.
«Marga?».
No la dejará en paz. No podrá estudiar. Es un agobio.
Peor aún: la llamará por teléfono, y no podrá hablar si
está en la biblioteca.
Aprieta las mandíbulas y hace la foto.
Se la manda.
Espera.
«Has tardado. Has ido corriendo a hacerla, o ya la te-
nías en el móvil?».
Siente deseos de llorar.
Tantos mensajes, todos los días.
Y tantas discusiones.
«Capullo!», escribe.
«Guapa!», le contesta.
Se acabó. No le quita ojo a la pantalla y ya no hay más.
Pero no consigue concentrarse en el libro. No puede. No
después de la maldita foto.
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Cierra los ojos y le recuerda como era antes, o al menos
como le hizo ver y creer que era.
Tan diferente…
Aquel primer día, en la discoteca…
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