1Elena llega a consulta del Servicio de Salud Mental del Hospital General
Argerich, se decide en la admisión general que sea derivada al equipo de adultos.
Se la escucha angustiada, desbordada. Incluso su vida le preocupa, se siente
perdida y casi es atropellada al cruzar la calle por no ver que el semáforo estaba
en rojo. Comienza a relatar que Julio, su marido, con quien convive hace 5 años,
le plantea que ellos van a seguir viviendo juntos pero ya no como pareja. Julio le
reclama, según ella cuenta, que cambie. Ante lo cual Elena enloquece “¡¿Qué más
tengo que cambiar?!” “Yo ya cambie, lo deje que vaya solo a ver a su familia a
Corrientes”. Continua su explicación describiendo como ella es todo para él, hace
todo por él.
Esta frase “ser todo para él” resuena en otras escenas. Por ejemplo, ella es todo
para su hijo de 19 años (uno de sus dos hijos del primer matrimonio) quien a sus
15 habría desencadenado una esquizofrenia cuando se entero que Elena estaba
embarazada de Laura (hija menor, fruto de la pareja con Julio) y que hoy día
necesita saber qué está haciendo su mamá cuando no está a su lado. Pero es
Elena a quien le cuesta dejar de atender incondicionalmente los llamados.
Resume el peso de esta relación afirmando “todo es conmigo”.
Se va desplegando una historia de amor con Julio en la cual ella era controlada.
Dichos como “vos no tenés que pensar, sentir, ni hacer” la aplastaban,
conjugándose con “ser todo para él”. Pasaba horas con su teléfono abierto, incluso
en el trabajo, para que Julio supiera cada uno de sus movimientos y
conversaciones cuando él no estaba allí, hasta que finalmente ella termina
renunciando a sus trabajos fuera del hogar familiar. También expresa que los
lunes, día libre de Julio, tenía que ser todo para él “como en la época de mi mamá,
ella era así con mi papá”. Frente la escucha reiterada de un discurso confuso pero
conciso donde el protagonista del relato siempre es aquel marido demandante
como su padre, la analista interviene: “Todo para él ¿Y Elena?”. Pregunta que
cierra aquella sesión logrando sorpresa y mudez.
Será a partir de esta intervención que un segundo tiempo se abre, en el cual el
trabajo consistió en relatar por primera vez su historia para a través de similitudes
poder ir ubicando diferencias.
Una entrevista más tarde, aparece una escena infantil en la cual ella siempre se
queda por demás y por los demás. Al criarse en el campo el divertimento consistía
en “ir en busca del lechero”, cuenta que se trataba de que “los terneros son
encerrados y las mamás quedan sueltas” (para que la vaca contenga la leche para
el otro día y ordeñarla). Madre suelta como la suya, se le remarca, para poner en
serie como su madre se iba a hacer sus actividades mientras ella quedaba a cargo
de su hermano pequeño no pudiendo disfrutar de su actividad lúdica en el campo.
De este hermano, cuenta que en verdad es un sobrino (hijo de su hermana
mayor), a quien crió y el cual confiesa años más tarde cuanto le costó darse
cuenta quién era su mamá (si Elena, si su abuela o si su madre biológica). Sus
relaciones se tiñen de un darse sin condiciones, ocupa el lugar de madre para este
niño con amor pero con pesadez, contradictoriamente será a su primer hijo
(biológico) a quien no podrá criar por imposición de sus suegros de aquel
entonces. Aquella joven Elena parte a Buenos Aires con su primer hombre, el cual
no se canso de desquitarse con ella a los golpes por diez años, hasta que logra
terminar con aquella relación.
En esta apertura a la asociación e historización, cuenta: “Mi papá nunca me pego
y está arrepentido de eso. Si tu papá nunca te da un chirlo te vas a encontrar un
marido que te lo haga, es un dicho en Corrientes. A mis hermanas sí les pego y
ellas tienen buenos maridos”. Ante estos dichos paternos se muestra escéptica:
“Soy yo la que los elegí”, y enseguida recuerda a un novio nunca nombrado. Salió
durante varios años entre matrimonio y matrimonio con un muchacho en el cual
confiaba y con quien compartía diversas actividades. Hasta que él quiso mudarse
con ella, a lo que respondió que era momento de estar sola. “¿Por qué no lo elegí
a él?”, se pregunta ahora.
Transcurren entrevistas, Elena comienza a despegarse del “ser todo para él”.
Luego de que ella se toma unas vacaciones en su pueblo de origen en Corrientes
logra llegar a un acuerdo con Julio. Ellos probarían estar juntos, pero esta vez sin
condiciones (de él), ella también tendrá que probar si él es lo que quiere. Surgen
así, condiciones de amor.
En entrevistas posteriores comienza a aparecer nuevamente angustia, pero ya no
aquella desbordada del principio, sino frente al no saber qué va a pasar, se arman
preguntas para Elena: “¿Será porque malcrío mucho? ¿Doy mucho?”. Aparece
cierta modulación respecto del principio, las preguntas que se puede comenzar a
dirigir Elena implican dilucidar que en sus elecciones hay un plus que toma
cuerpo, empujándola en muchos casos a una alienación al Otro que la deja
violentada. Y en momentos en que vuelve a enredarse-encerrarse, como aquel
ternero- es que ella misma pregunta con cierta complicidad “¿Y Elena?”,
recordando aquella intervención primera, de la cual se apropia y se sirve para
tomar distancia. A medida que Elena puede distanciarse, aparece incomodidad,
angustia, duda, pero a la vez se va circunscribiendo un penar de más, un resto
que puede ir dejándose caer para dar lugar a un lazo vivificante, no sin
condiciones.