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Las 50 Enseñanzas Más Importantes de La Biblia - Jim George

Este documento presenta una introducción a un libro que describe las 50 enseñanzas más importantes de la Biblia. Explica que el propósito del libro es ayudar al lector a comprender mejor las doctrinas clave de la fe cristiana. Además, destaca que la Biblia es un libro único porque fue escrito por inspiración de Dios a través de muchos autores humanos a lo largo de miles de años.
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Las 50 Enseñanzas Más Importantes de La Biblia - Jim George

Este documento presenta una introducción a un libro que describe las 50 enseñanzas más importantes de la Biblia. Explica que el propósito del libro es ayudar al lector a comprender mejor las doctrinas clave de la fe cristiana. Además, destaca que la Biblia es un libro único porque fue escrito por inspiración de Dios a través de muchos autores humanos a lo largo de miles de años.
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Contenido

Cubierta

Portada

Antes de empezar

1. La Biblia es un libro único

2. El universo no fue fruto de la casualidad

3. Dios es a la vez trino… y uno

4. Jesús fue un hombre, pero mucho más que un hombre

5. Toda persona está creada a imagen de Dios

6. La Biblia es el manual definitivo para la vida

7. El Espíritu Santo vive dentro de cada creyente

8. Jesucristo está vivo y presente en el planeta Tierra

9. En Jesucristo, Dios nos perdona por completo

10. Eres más valioso de lo que piensas

11. Una de las máximas prioridades de Dios es que cuidemos de los

necesitados

12. Debemos perdonar como Dios nos ha perdonado

13. La oración es una manera de conectarnos con Dios

14. Estás creado para vivir eternamente

15. Satanás no es tan poderoso como piensas

16. El peligro de no tener en cuenta a Satanás

17. Los cristianos son perfectos, ¡y lo serán!

18. Lo que cuenta no es lo que tú hagas, sino lo que hizo Cristo

19. Incluso cuando no lo parezca, Dios tiene el control

20. No puedes esconderte de la presencia de Dios

21. Nada puede separarte del amor de Dios

22. El pecado tiene consecuencias presentes y eternas

23. Dios tiene un propósito maravilloso para tu vida

24. En la vida espiritual, sin esfuerzo no hay progreso

25. Ten misericordia de ti… porque Dios la tiene


26. Este mundo no es tu hogar

27. Dios es real y no está callado

28. El pecado no es solo un acto, es una naturaleza

29. Todo gira en torno al amor

30. Jesús volverá de verdad

31. Jesús ora por ti y por mí

32. Cuando Jesús murió, la muerte quedó vencida

33. Nacer una vez no es suficiente

34. La redención es solo una parte de la historia

35. El Espíritu Santo es el arma secreta de todo cristiano

36. ¿Cómo es Dios? Mira a Jesús

37. Dios desea tener intimidad contigo

38. El Señor es mi pastor

39. Arrepentirse o morir

40. ¿Cuánta agua hace falta?

41. Ser miembro de la Iglesia tiene sus privilegios

42. Jesús proporciona una felicidad diferente

43. Los ángeles no son solo algo con lo que adornas el árbol de Navidad

44. Cuando Dios hace una promesa, la cumple

45. Jesús camina a tu lado y, cuando hace falta, te lleva en brazos

46. ¡Qué buena es esta noticia! ¡No la mantengas en secreto!

47. ¡Todavía no has visto nada!

48. Nada toma a Dios por sorpresa

49. La vida del cielo empieza aquí y ahora

50. Al final, ¡Dios gana!

Créditos

Libros de Jim George publicados por Portavoz

Editorial Portavoz

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Antes de empezar

e ha dicho que nuestras creencias dictan nuestro comportamiento. Es

S decir, que lo que creas sobre Dios, su revelación escrita (la Biblia) y su

suprema revelación (su Hijo) definirá tu manera de vivir la vida. Mi

propósito al escribir este libro sobre las enseñanzas de la Biblia es ayudarte

a comprender mejor las doctrinas clave que son esenciales para tu

crecimiento como cristiano. Aunque todas las enseñanzas bíblicas son

importantes porque todas nos transmiten lo que Dios quiere que sepamos de

Él, hay algunas que son más fundamentales que otras. Por supuesto, la gran

pregunta es: ¿por dónde empezamos?

He escrito Las 50 enseñanzas más importantes de la Biblia para ayudarte

a encontrar ese “punto de partida”. Estas 50 enseñanzas guiarán tu estudio

inicial de temas cruciales como son:

Dios como Creador del universo y su forma de tratar con el ser

humano

La relación de Jesús con el Padre y con el Espíritu Santo

La naturaleza de la Biblia como revelación escrita de Dios

La solución de Dios para el problema del pecado

El ministerio de Jesús y del Espíritu Santo

Los planes de Dios para el futuro, incluyendo el final de los tiempos

A medida que vayas leyendo, ten en cuenta que las enseñanzas expuestas

en este libro no siguen un orden de importancia. Y dado que el propósito de

esta obra es ofrecerte los elementos básicos, si quieres profundizar más,

tendrás que recurrir a otras fuentes para obtener más información sobre un

tema determinado.

Pido a Dios que este volumen, unido a tu lectura y estudio personal de la

Biblia, te ayude a satisfacer el deseo de Dios de que crezcas “en la gracia y

el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria

ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 P. 3:18).


1

La Biblia es un libro único

Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro

permanece para siempre (Is. 40:8).

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para

redargüir, para corregir, para instruir en justicia (2 Ti. 3:16).

Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda

espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las

coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las

intenciones del corazón (He. 4:12).

ace unos años mi esposa y yo viajamos a Francia. En lugar de buscar

H un hotel en París, decidimos alojarnos fuera de la ciudad, en un

pequeño pueblo en el campo, a fin de relajarnos después de nuestro arduo

esfuerzo para cumplir con las fechas de entrega de varios libros. Nos

quedamos dos días en aquel apacible lugar antes de estar deseoso de hacer

un viaje por carretera (en nuestro caso, en tren) a París. Como puedes

imaginar, nuestra primera parada fue subir en ascensor a lo alto de la torre

Eiffel. Luego visitamos el Louvre, uno de los museos de arte más

importantes del mundo. Y aunque no soy un amante cultivado del arte, mi

primer deseo fue localizar la Mona Lisa, que es uno de los cuadros más

famosos de todos los tiempos, pintado por el famoso artista italiano

Leonardo da Vinci, entre 1504 y 1519 aproximadamente.


A pesar de que la Mona Lisa es especial, ¡no tiene nada que hacer frente a

la unicidad de la Biblia! En el mundo del arte hay muchas obras maestras,

pero solo hay una Biblia. La Biblia se diferencia de cualquier otro libro

porque fue escrito por Dios. También es el libro más leído del mundo, y se

ha traducido a cientos de idiomas. Veamos algunas de las razones por las

que la Biblia es única:

La Biblia es un libro hecho de libros. Cuando hojeas la Biblia, ¿qué te

salta a la vista? A medida que vayas pasando páginas, verás de inmediato

que la Biblia contiene numerosos libros distintos, cada uno de los cuales

tiene un número determinado de capítulos. Los 66 libros de la Biblia fueron

redactados por más de 40 escritores, que escribieron en hebreo, griego y

arameo. La redacción de este libro tuvo lugar durante el transcurso de unos

2.000 años.

Ningún otro libro puede jactarse de haber sido redactado así, y lo más

increíble de esos 66 libros y sus más de 40 autores es que ofrecen un

mensaje unificado que describe a Jesucristo y apunta hacia su persona. El

mensaje que Dios, el Creador del universo, quiso que la humanidad

comprendiera era la relación que tenía él con Jesús, y cómo esa relación

afecta a toda la humanidad, tanto en el presente como en la eternidad.

La Biblia es la palabra escrita de Dios. Comenzando en el Antiguo

Testamento, los escritores de la Biblia afirmaron más de 3.800 veces que lo

que escribían era la palabra de Dios. Además, las expresiones “la palabra de

Dios” o “los oráculos de Dios” aparecen más de 40 veces en el Nuevo

Testamento.

¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que las palabras que forman la

Biblia procedieran de los corazones y las mentes de hombres y, al mismo

tiempo, del corazón y de la mente de Dios? El apóstol Pedro lo explicó de

esta manera: “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino

que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu

Santo” (2 P. 1:21).

Las palabras “siendo inspirados” significan que, aunque los escritores

humanos fueron los que plasmaron el mensaje, Dios el Espíritu Santo “los

dirigía” mientras escribían. Sería como el director de una tienda o de un

centro comercial. No hace determinados trabajos, solo supervisa y dirige a


otros para que los hagan. De la misma manera, los escritores de la Biblia

usaron su propio vocabulario, personalidad y forma de pensar para redactar

y plasmar lo que Dios quería que quedase escrito. Dios el Espíritu Santo

supervisó a los autores de los 66 libros de la Biblia guiándoles hacia un

producto final cuyo contenido estaba formado por las palabras exactas que

quería Dios, y sin errores. No podía ser de ninguna otra manera, porque

Dios, “que no miente” (Tit. 1:2), creó un libro cuyo original no tenía un solo

error.

La Biblia es indestructible. Ningún otro libro de la historia ha sobrevivido

a tantos intentos de destruirlo. El Antiguo y el Nuevo Testamento han

soportado la prueba del tiempo, y algunos de sus textos tienen más de 3.000

años. A pesar de que se han perdido los manuscritos originales de los libros

de la Biblia, a lo largo de los siglos se han hecho miles de copias que han

sobrevivido. Al disponer de los miles de copias tempranas de todas las

partes de la Biblia, los eruditos piensan que han recuperado en torno al 99,9

por ciento del texto originario sin ningún error. Fíjate en la promesa que

hace Dios sobre su Palabra en Isaías [Link] “Sécase la hierba, marchítase la

flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.

¿Qué significa esto para tu vida?

Como deducirás de mi anécdota sobre la Mona Lisa, hice un esfuerzo

considerable y pagué bastante dinero para ver ese cuadro tan famoso. Tardé

un día en volar a Europa, y otro para llegar en tren a París, pero ahora puedo

decir: “¡He visto la Mona Lisa!”.

Entonces me tengo que preguntar: “¿Y qué?”. Por el hecho de haber visto

esa obra de arte, mi vida no ha cambiado. No puedo decir que a

consecuencia de esa visita sea una persona mejor. De hecho, en cierto

sentido ahora estoy peor, ¡porque tuve que pagarme el viaje!

Sin embargo, ¿qué pasa con la Biblia? La historia y el propio Dios han

dado testimonio de que la Biblia es el libro más importante y singular que se

haya escrito jamás. Su mensaje tiene una importancia trascendental, y puede

cambiar vidas. Puedes leerla, memorizar sus verdades y aprender algo nuevo

cada vez que la abres. Por el contrario, la Mona Lisa está guardada tras un
cristal y solo se puede admirar desde una distancia de unos siete metros. Y

encima no tiene la capacidad de producir cambios en tu vida.

Por lo tanto, tiene sentido que la Biblia sea el libro más popular que se

haya escrito jamás. Después de todo, es el mensaje personal de Dios para la

humanidad, y para ti. En ese libro, Él te ofrece palabras de ánimo, dirección

para tu vida y sabiduría para vivir cada día y tomar decisiones. ¡Lo más

importante de todo es que te dice cómo experimentar la vida eterna a su

lado!

Dado que todo eso es cierto sobre la Biblia, ¿no crees que deberías pasar

algo de tiempo —o más tiempo— leyéndola? Cuando lo hagas, seguirás

descubriendo todo lo que este libro increíble tiene que ofrecer. ¡Y además tu

vida cambiará!

_________________

“Creo que la Biblia es el mejor regalo que Dios haya hecho a la

humanidad. Por medio de ese libro conocemos todas las cosas buenas

sobre el Salvador del mundo.”

ABRAHAM LINCOLN

Decimosexto presidente de Estados Unidos


2

El universo no fue fruto de la casualidad

Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus

manos (Sal. 102:25).

Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú

lo fundaste (Sal. 89:11).

Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de

ellos por el aliento de su boca (Sal. 33:6).

¿H as conocido a alguien que quisiera revivir sus años de enseñanza

secundaria? ¡Pues yo no, la verdad! Quizá sea porque cuando yo

estaba en secundaria, no tenía ni idea de hacia dónde acabaría llevándome la

vida. Pero ahora, al verlo en retrospectiva, lo que sí sé es que el lugar donde

me encuentro hoy no ha sido fruto del azar. Esto lo veo, por ejemplo, al

examinar cómo me convertí en farmacéutico. Un farmacéutico local del

pequeño pueblo donde me crié era miembro de mi iglesia. Un día me

preguntó si me gustaría trabajar con él en su farmacia.

Me dijo que había observado mi conducta y mi compromiso con el grupo

de jóvenes de la iglesia, y pensaba que yo sería un buen trabajador e

interactuaría bien con los clientes.

¿Fue eso un acto improvisado por su parte? No, en absoluto. Tuvo un

propósito. Aquel hombre tomó la decisión de ofrecerme un empleo

basándose en la observación de mi persona y de mi carácter. Fue un ejemplo


del proceso de causa y efecto. La casualidad no tuvo nada que ver con el

hecho de que yo acabase siendo farmacéutico.

Piensa en ello: muy pocas cosas en la vida, o quizá ninguna, suceden por

casualidad. ¿Has pensado alguna vez en cómo empezó la vida? Si eres

cristiano, aceptarás lo que dice la Biblia acerca del origen de la vida: “En el

principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). Desde el primer

versículo de la Biblia hasta el último libro, Apocalipsis, vemos

declaraciones reiteradas de que Dios creó el universo y todo lo que hay en

él: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú

creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap.

4:11).

¿Cómo llegó a existir nuestro mundo? Las personas de todas las

generaciones han sugerido muchas explicaciones posibles, pero los

cristianos creemos que Dios hizo el universo.

Entonces, ¿qué opciones tienen quienes no creen que Dios hizo la tierra?

¿Qué explicaciones hay para quienes no pueden o no quieren creer el relato

bíblico sobre la creación? La respuesta primaria para quienes dicen que la

creación no se basó en un diseño es que tuvo lugar mediante la evolución, es

decir, por casualidad.

Quienes defienden la evolución afirman que su punto de vista está

respaldado por la ciencia. Pero, en última instancia, aún tienen que decir

que todo lo que vemos a nuestro alrededor fue fruto de la casualidad, de

unos procesos aleatorios que tuvieron lugar sin la ayuda de ninguna fuerza

externa. ¿Y cómo empezó todo? Hay muchos puntos en los que la teoría de

la evolución no puede estar respaldada por la ciencia, porque hay

determinadas cosas que no se pueden verificar o probar. De modo que las

personas recurren a distintas explicaciones sobre lo que pudo suceder, como

la teoría del Big Bang, que especula que nuestro universo en plena

expansión se remonta a un único punto de origen, del tipo que sea.

Si bien hay elementos de la teoría de la evolución que no se pueden probar

científicamente, hay también elementos de la creación que están respaldados

por la evidencia científica. Analizarlos supondría ir más allá del propósito

de este libro, y hay muchos libros excelentes que explican cómo la Biblia y

la ciencia afirman que nuestro universo fue creado por un Diseñador.

Sea cual sea tu punto de vista, cuando pensamos en la vastedad de todo lo


que existe a nuestro alrededor, no podemos por menos que considerar las

siguientes verdades:

El mundo a nuestro alrededor te enseña lo finito que eres. Las

dimensiones de nuestro universo escapan a la inteligencia humana. Los

astrónomos modernos, por medio de investigaciones llevadas a cabo con

satélites y el telescopio Hubble, han calculado que hay 100.000 millones de

sistemas solares, cada uno de ellos como el nuestro, con su propio sol y

miles de millones de estrellas. Puede que no seas capaz de explicar el

universo, pero debes admitir que su vastedad escapa a tu capacidad de

comprenderlo plenamente. Esto debe llevarte a preguntar: ¿es todo esto

fruto del azar, o de un diseño inteligente? Un universo de esa magnitud y

complejidad debió contar con una fuerza superior que lo hiciera realidad.

Entonces, ¿por qué no aceptar el relato bíblico que dice que Dios, la

fuerza más poderosa de todas, creó esos 100.000 millones de sistemas

solares? A nosotros, como seres finitos, nos parece irracional no buscar las

respuestas en lo infinito sobre cómo llegamos a este mundo y cuál es nuestro

propósito. No permitas que tu mente limitada pretenda superar a lo infinito.

“Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Sal. 14:1).

El mundo que nos rodea apunta a la existencia de Dios y a tu

responsabilidad. ¿Hay alguien que tenga excusa para no creer en Dios? La

Biblia dice que no. Dios se ha revelado por medio de la creación. “Los

cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus

manos” (Sal. 19:1). Como Creador, Dios asume un lugar preeminente. “El

Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del

cielo y de la tierra…” (Hch. 17:24). Todo ser humano, en su condición de

criatura creada, debe aceptar o rechazar la autoridad de Dios y la

responsabilidad que tiene delante de Él. No hay término medio, no hay lugar

para la mentalidad que dice “esperemos a ver qué sucede”. Llega el día en

que Dios juzgará el modo en que le haya respondido todo individuo. En ese

momento ya no habrá excusas para rechazar a Dios (Ap. 20:13).

Haz una cosa. La próxima vez que en donde tú vives el cielo esté

despejado, busca un lugar oscuro al aire libre y levanta la vista. Busca al

Dios infinito en su asombrosa creación, y escucha su llamado: “Los cielos


cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”

(Sal. 19:1).

El mundo que nos rodea te enseña acerca de tu relación con Dios. La

Biblia declara que Dios es el Creador y, como tal, difiere de ti, que eres su

creación. Dios es eterno y tiene el control sobre el universo. Sin embargo,

entre todos los millones de estrellas y la gran expansión del firmamento,

eligió centrar su esfuerzo creativo en hacer al hombre a su propia imagen.

Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra

semejanza” (Gn. 1:26).

¿Te lo puedes creer? Siendo el gran Creador de todas las cosas, Dios puso

aparte a la humanidad (en la que estás incluido) como algo especial a su

vista. De igual manera que un padre ama a sus hijos, Dios te ama y desea lo

mejor para ti. Por el contrario, el azar no puede ofrecerte este tipo de

relación personal. El azar solo puede ofrecerte una existencia sin propósito,

impersonal, en este mundo, y una eternidad sin esperanza.

El mundo que nos rodea nos habla del valor del ser humano. El hecho de

que tú y toda la humanidad hayan sido creados por Dios, no como meros

animales, sino conforme a su imagen, debería decirte algo sobre tu gran

valor. La dignidad humana no se fundamenta en las posesiones, los éxitos,

los rasgos físicos o la nacionalidad. No, se basa en ser creados a imagen de

Dios. Quienes no pueden o no quieren creer en la creación también

rechazan al Dios Creador. En consecuencia, consideran que sus congéneres

humanos no son más que otra criatura evolucionada carente de un valor

especial. Pero saber que llevas la imagen de Dios debería inducirte a

formular esta pregunta: ¿cómo debería relacionarme con Dios, cuya imagen

llevo, y con mi prójimo humano, que también lleva la imagen divina? A

Jesús le formularon una pregunta parecida, y su respuesta fue esta: “Amarás

al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu

mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es

semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:37-39).

¿Qué significa esto para tu vida?

Dios, tu Creador, quiere lo mejor para ti y ha escrito un libro, la Biblia,

para guiarte por la vida. La Biblia contiene todo lo que necesitas saber
sobre cómo relacionarte con Dios, y sobre cómo esa relación te lleva de ser

una mera creación a ser un hijo o hija a quien Dios ama.

La pregunta a la que debe responder todo ser humano es: ¿por qué no

elegir la opción bíblica de la creación a manos de Dios en lugar de la que

habla de una creación al azar? ¡Tiene mucho más que ofrecerte! Moisés

exhortó al pueblo de su época para que tomase una decisión: “A los cielos y

a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la

vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que

vivas tú y tu descendencia” (Dt. 30:19).


3

Dios es a la vez trino… y uno

A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay

otro fuera de él (Dt. 4:35).

Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los

cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como

paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este

es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia (Mt. 3:16-17).

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos

en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19).

¿H ay cosas que no sabes? Lo único que tienes que hacer para averiguarlo
es consultar tus calificaciones del colegio, ¿no? O jugar al Scrabble o

al Trivial Pursuit. La respuesta es dolorosamente clara: por supuesto que no

lo sabes todo; siempre hay cosas nuevas que aprender.

Sin embargo, el mero hecho de que no sepamos o no comprendamos algo

no significa que no podamos beneficiarnos de ello. Por ejemplo, no tengo ni

idea de cómo funciona mi ordenador, pero eso no me impide usarlo. Este

principio también es cierto por lo que respecta a determinadas verdades en

la Palabra de Dios. Que tú y yo no entendamos algo que afirma la Escritura

no significa que no podamos beneficiarnos de ello.

Un buen ejemplo de esto es la Trinidad, o la verdad que sostiene que Dios

es tres en uno. Nuestras mentes finitas no logran comprender esta verdad,


pero eso no quiere decir que tengamos que pasarla por alto. Para algunas

personas, la verdad de la Deidad supone un problema, hasta el punto de que

la niegan simplemente porque la palabra Trinidad no aparece en la Biblia.

Pero si leemos cuidadosamente las Escrituras, podemos encontrar una

exposición clara del hecho de que existe un solo Dios que está formado por

tres Personas eternas, que tienen la misma sustancia o esencia, pero con

funciones distintas, a saber:

Dios existe como el Padre invisible, de quien procede toda revelación

y que envió al…

Hijo, que media entre Dios y el hombre, y quien manifestó

históricamente esa revelación como ser humano, Dios encarnado, y

el Espíritu Santo, enviado por el Padre y que, como Dios, aplica

divinamente la revelación de Dios a los hombres.

Tertuliano, un teólogo del siglo III, fue el primero en acuñar la palabra

Trinidad. Afirmó que la Trinidad era una revelación divina porque, desde el

punto de vista humano, ¡parece un concepto tan absurdo que nadie lo podría

haber inventado!

El propio nombre de Dios conlleva pluralidad. La Biblia afirma en

términos muy claros que solo existe un Dios. “Oye, Israel: Jehová nuestro

Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4). Pero a todo lo largo del Antiguo Testamento

el nombre hebreo de Dios, “Elohim”, está en plural, lo cual indica más de

una Persona. Génesis, el primer libro de la Biblia, se refiere tres veces a

Dios usando el pronombre nosotros: Dios dijo “Hagamos al hombre” (1:26);

“Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo

el bien y el mal” (3:22); y “Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí

su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero” (11:7).

¿Qué nos dice la Biblia sobre cada miembro de la Trinidad?

El Padre es Dios. En su calidad de Creador del universo y del hombre, a

menudo la Biblia se refiere a Dios como Padre. De igual modo que un padre

humano mantiene una relación especial con sus hijos, el Dios Creador

mantiene una relación especial con su creación. Jesús nos dijo que, cuando

oremos, debemos empezar la oración diciendo “Padre nuestro que estás en

los cielos” (Mt. 6:9). Veamos unas pocas características del Padre:
Omnisciente: tiene una consciencia, un entendimiento y una visión

infinitas.

Omnipotente: tiene una autoridad, un poder y una influencia

ilimitados.

Omnipresente: está presente en todos los lugares y momentos.

Inmutable: no puede cambiar ni está afectado por el cambio. Ha sido y

será siempre el mismo.

Eterno: es infinito. No tiene principio ni tendrá final.

A continuación, veamos algunos datos sobre Jesús y el Espíritu Santo y

los atributos de ambos. Verás que poseen los mismos atributos que Dios

Padre.

Jesús es igual a Dios Padre. Se considera que el apóstol Pablo fue el

fundador de la teología ortodoxa. Dejó muy claro el hecho de que Jesús era

igual al Padre cuando escribió que estamos “aguardando la esperanza

bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador

Jesucristo” (Tit. 2:13). En la Biblia hay otros pasajes que hablan de Jesús

como Dios, y que le confieren atributos divinos:

—Jesús manifestó omnisciencia: “Y conociendo los pensamientos de

ellos, dijo…” (Mt. 9:4).

—Jesús manifestó omnipresencia. Dijo: “Yo estoy con vosotros todos

los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).

—Jesús manifestó su naturaleza eterna. “En el principio era el Verbo,

y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue

hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1:1, 14).

—A Jesús se le atribuye santidad. Pedro confesó: “Y nosotros hemos

creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn. 6:69, nvi).

—A Jesús se le atribuyeron las obras de Dios. Vemos en las Escrituras

que Jesús participó en la creación (Jn. 1:3), es un gobernante

soberano (Mt. 25:31) y sustenta el universo (Col. 1:17).

—Jesús es digno de adoración y de honor. Fíjate lo que dijo Tomás

sobre Él, al llamarle “¡Señor mío, y Dios mío!” (Jn. 20:28).


—El nombre de Jesús se asocia en un plano de igualdad con el de

Dios Padre: “En el nombre del Padre, y del Hijo…” (Mt. 28:19).

¿Qué otra conclusión podemos sacar, que no sea la de que Jesús es Dios y

está en un plano de igualdad con Él?

El Espíritu Santo es igual a Dios Padre y a Dios Hijo. También Él es una

persona, no una fuerza impersonal, como algunos suponen

equivocadamente. Los escritores del Antiguo y Nuevo Testamentos nos

ayudan a comprender la naturaleza del Espíritu Santo:

El Espíritu Santo está directamente relacionado con Dios. En Hechos 5:3-

4, el apóstol Pedro dijo a Ananías: “¿por qué llenó Satanás tu corazón para

que mintieses al Espíritu Santo?… No has mentido a los hombres, sino a

Dios”.

Los nombres del Espíritu Santo nos revelan su deidad. Por ejemplo, las

Escrituras dicen que el Espíritu Santo es “el Espíritu de nuestro Dios” (1

Co. 6:11), el “Espíritu de Cristo” (Ro. 8:9) y “el Espíritu de verdad” (Jn.

14:17).

El Espíritu Santo posee los siguientes atributos de Dios (y también todos

los demás):

—Omnisciencia: “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo

profundo de Dios… Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios,

sino el Espíritu de Dios” (1 Co. 2:10-11).

—Omnipresencia: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré

de tu presencia?” (Sal. 139:7).

—Omnipotencia: “Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las

aguas” (Gn. 1:2). “Se movía” en el sentido de que participaba en la

obra de la creación y la protegía.

¿Qué significa esto para tu vida?

El concepto de la Trinidad es importante, aunque nunca lo entiendas del

todo. Veamos cómo se relaciona la Trinidad con tu vida: Dios, que es

espíritu y no puede morir, envió a su Hijo para que naciese en este mundo
como un ser humano de carne y hueso. Su Hijo vivió una vida perfecta, y el

hecho de que fuera sin pecado le calificó para ser el sacrificio perfecto para

pagar por el pecado. Tres días después de que Jesús muriera en la cruz,

resucitó de los muertos, haciendo posible la salvación para todos aquellos

que creen en Él para vida eterna. En el momento de la salvación, el Espíritu

de Dios y de Jesús es enviado para morar en nosotros. El ministerio del

Espíritu Santo consiste en guiarnos, protegernos y equiparnos para que

vivamos vidas santas en medio de un mundo impío.

Si eres cristiano, la doctrina de la Trinidad forma parte esencial de tu fe.

Al tener en mente la obra que realiza cada miembro de la Trinidad, puedes

hacerles peticiones, y darles acciones de gracias y alabanza. Además, el

amor y la unidad perfectos dentro de Dios ejemplifican para ti la unicidad y

el afecto que debería caracterizar tu relación con otros creyentes dentro del

cuerpo de Cristo.
4

Jesús fue un hombre, pero mucho más que

un hombre

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era

Dios. Este era en el principio con Dios… Y aquel Verbo fue hecho

carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del

unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Jn. 1:1-2, 14).

Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia

delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un

hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado

Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre…

El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá

con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será

llamado Hijo de Dios (Lc. 1:30-32, 35).

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,

el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como

cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma

de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición

de hombre… (Fil. 2:5-8).

¿Q uién es el personaje más importante que ha nacido en este mundo?

Los judíos dirán que Abraham o Moisés. Los musulmanes dirán que
Mahoma. Los budistas, que fue Buda. Los chinos podrían decir que fue

Confucio. Pero, sin duda alguna, la persona más importante que ha vivido

en este planeta fue Jesús. Esto es impactante cuando pensamos que durante

el tiempo que pasó en este mundo no escribió ningún libro. Nunca viajó más

allá de una distancia relativamente corta desde su ciudad natal. Durante su

ministerio nunca contó con más que un puñado de seguidores. Sin embargo,

en el mundo alfabetizado hay muy pocas personas que nunca hayan oído el

nombre Jesús. Hay algunos que utilizan este nombre como una maldición,

como un término propio del lenguaje informal o como burla, pero a pesar de

todo, multitud de personas en todo el mundo pronuncian y reconocen su

nombre.

¿A qué se debe esto? ¿Qué le diferencia de cualquier otro personaje

histórico?

La Biblia nos dice que Jesús fue más que un hombre, mucho más. Veamos

lo que nos dice:

Jesús existía ante de venir al mundo. Dios no tiene ni principio ni fin.

Siempre ha existido; de no ser así, no sería Dios. La Biblia nos dice,

repetidas veces y sin explicarlo, que Jesús es Dios. Por consiguiente, tiene

que haber existido antes de descender a la tierra. Al principio del Evangelio

de Juan leemos esto: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,

y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios” (Jn. 1:1). Cuando

Juan habló del “Verbo”, se refería a Jesús, el Hijo eterno de Dios que existió

con Dios Padre antes de que empezase el tiempo. Entonces Juan hace una

afirmación impresionante: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre

nosotros” (v. 14).

¡Dios se hizo hombre! Jesús adoptó la plena humanidad y vivió como un

hombre pero, al mismo tiempo, nunca dejó de ser el Dios eterno que

siempre ha existido, el Creador y Sustentador de todas las cosas, la fuente

de la vida eterna. Después de escribir esta declaración impactante, Juan

dedica el resto de su libro a exhortar a sus lectores a que pongan su fe no en

un hombre corriente, sino en Jesucristo, el Dios que se hizo hombre (Jn.

20:30-31).

Jesús es tanto humano como divino. “El Verbo fue hecho carne” significa

que Dios se hizo humano. Al hacerlo, se convirtió en:


El hombre perfecto. Jesús siempre dijo e hizo lo correcto. Es posible que

este fuera el motivo por el que los hombres malvados reaccionaron con tanta

violencia contra su vida, su ministerio y su mensaje. Eran enemigos de

Dios, y mataron al hombre cuya perfección era un recordatorio constante de

que ellos no estaban dispuestos a arrepentirse de sus pecados.

El maestro perfecto. Las palabras de Jesús son ciertas y correctas para

siempre. Mediante sus enseñanzas aprendes lo que es importante para el

corazón de Dios.

El ejemplo perfecto. Jesús, quien era “el unigénito del Padre, [estaba] lleno

de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Es un modelo de cómo debes vivir.

Adoptó la “forma de siervo” (Fil. 2:8). ¿Cómo quiere Dios que vivas?

¡Fíjate en Jesús!

El sacrificio perfecto. Como Jesús era perfecto, pudo morir como el

sacrificio perfecto por todos los pecados. Dios es santo y no puede tolerar el

pecado en su presencia. Lo único que podía limpiarnos del pecado era un

sacrificio perfecto. La muerte de Jesús satisfizo plenamente la demanda del

Padre de que el pecado fuese castigado.

Jesús es el Salvador del mundo. José, que estaba desposado con María,

tuvo un sueño en el que un ángel le dijo que debía seguir adelante con su

intención de casarse con ella, porque su hijo sería alguien especial. El ángel

le dijo: “Y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus

pecados” (Mt. 1:21). El nombre “Jesús” significa “Dios salva”. Jesús vino a

la tierra para salvarnos de nuestros pecados. No hay nada que nosotros

podamos hacer para salvarnos; solo Jesús puede rescatarnos del poder del

pecado y del castigo por él.

El Señor no solo creó el mundo, sino que también fue su Salvador. Quizá

desees hacer una pausa en este momento y adorarle elevando una oración de

acción de gracias y alabanza a su nombre por su disposición a morir en la

cruz para sufrir el castigo por tus pecados. Luego pídele que te fortalezca y

te ayude a obtener la victoria sobre el poder del “pecado que nos asedia”

cada día (He. 12:1).

¿Qué significa esto para tu vida?

É
Jesús espera que vivas para Él. La fe cristiana no consiste en morir, sino

en vivir. Si el Señor Jesús es tu Salvador, ya no estás solo, porque ahora vive

en ti. Es tu fuerza para vivir y tu esperanza para el futuro. Su Espíritu, que

mora en ti, te ayuda, momento tras momento, a seguir en los pasos de Jesús.

Él dijo a sus discípulos que si le amaban, guardarían sus mandamientos.

Vivir para Jesús significa que eliges voluntariamente cumplir sus mandatos.

¿Dónde se encuentran esos mandamientos? Lee los Evangelios

regularmente. Lee lo que dijo Jesús acerca de vivir para Dios. Descubre

cómo respondió Jesús a las presiones de la vida cotidiana. En su Palabra, la

Biblia, Jesús ha provisto ayuda para que vivas la vida cristiana. Ella te

guiará como una lámpara que ilumina en medio de la noche más oscura.

También ha dado a la Iglesia líderes con dones espirituales, que te ayudarán

dándote consejos sabios e indicándote el camino a seguir.

Vivir para el Señor Jesucristo exige un esfuerzo decidido por tu parte.

Tienes a tu disposición los recursos necesarios. ¿Estás listo para aceptar el

reto?
5

Toda persona está creada a imagen de Dios

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a

nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de

Dios lo creó; varón y hembra los creó (Gn. 1:26-27).

Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la

imagen del celestial (1 Co. 15:49).

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un

espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en

la misma imagen…(2 Co. 3:18).

ace poco estaba en el centro de Honolulu para una visita con el

H dentista y, cuando volvía a casa, tomé un desvío equivocado. Como

resultado, acabé en una carretera que me hizo pasar por delante de la Ali’io-

lani Hale, la sede del Tribunal Supremo de Hawái, y de una estatua

impresionante de Kamehameha el Grande, el rey que unificó el archipiélago

hawaiano.

Thomas Gould, un escultor de Boston, fue el encargado de realizar esa

estatua. A pesar de que le enviaron fotografías de gente polinesia que le

sirvieran de referencia, es evidente que no las tuvo en cuenta. Kamehameha

tiene pinta de europeo, e incluso tiene una nariz romana. Esto quizá se deba

al hecho de que cuando Gould hizo la estatua, vivía en Roma. Aunque la


estatua es impresionante, lamentablemente no representa bien a

Kamehameha.

Cuando pensamos en la enseñanza bíblica de que toda persona ha sido

creada a la imagen de Dios, es posible que te preguntes: ¿Qué significa

exactamente que somos creados a imagen de Dios? Al considerar la

respuesta, aprendemos algunas verdades relevantes sobre la importancia que

tiene que Dios sea nuestro Creador.

Aceptar el hecho de que Dios es nuestro Creador es un acto de fe básico.

Las primeras palabras de cualquier libro son extremadamente importantes,

porque definen su tema. Cuando la Biblia empieza diciendo: “En el

principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1), esto nos dice de

inmediato que Dios, como Creador, es un punto focal clave en todo lo que

sigue. Más adelante, la Biblia dice: “Por la fe entendemos haber sido

constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue

hecho de lo que no se veía” (He. 11:3). Como adorador de tu Creador,

también te sometes a su poder, autoridad, sabiduría y dirección. Su imagen

en ti exige que la reflejes.

La imagen de Dios no se refiere a los rasgos físicos. Dios no nos hizo

exactamente como es Él; por ejemplo, Dios no tiene un cuerpo físico. En

lugar de ello, somos un reflejo de su carácter. Como Dios, tenemos la

capacidad de comunicarnos, razonar, amar, tener paciencia, ser fieles y

perdonar a otros. Está claro que nunca seremos del todo como Dios porque

Él es Dios —el Ser supremo— y nosotros no. Pero cuando vivimos como Él

desea que lo hagamos, reflejamos su carácter a un mundo que nos observa.

La imagen de Dios en nosotros quiere decir que le pertenecemos. En

cierta ocasión, cuando un grupo de líderes religiosos judíos abordó a Jesús,

intentaron hacerle caer en una trampa con esta pregunta: “¿Es lícito dar

tributo a César, o no?” (Mr. 12:14). ¿Qué hizo Jesús? Les pidió que le

mostraran una moneda romana que llevaba la efigie de César. Entonces les

dio esta conocida respuesta: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo

que es de Dios” (v. 17). Jesús dijo que la moneda que llevaba la imagen del

emperador debía entregársele al emperador. Pero una vida que lleva la

imagen de Dios pertenece a Dios. Jesús definió lo que significa pertenecer a


Dios cuando dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda

tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (Lc. 10:27).

¿Le estás dando a Dios lo que le corresponde por derecho? Da a Dios tu

corazón y tu vida: ¡llevas su imagen!

La imagen de Dios es el fundamento de la autoestima humana. En

realidad, es mejor decir “valor de Dios”. Dado que fuiste creado por Dios y

llevas su imagen, eres importante para Él. Tienes “valor de Dios”.

Cuando otros te critiquen o tú te recrimines ti mismo, recuerda que Dios

te ha creado a su imagen; te ha dado la vida además de las capacidades de

las que disfrutas. El salmista lo expresó de este modo: “Porque tú formaste

mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque

formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo

sabe muy bien” (Sal. 139:13-14).

Saber que eres una persona valiosa a los ojos de Dios debería animarte a

alabarle como lo hizo el salmista. Y saber que Dios te ama debería llevarte a

ser una influencia espiritual positiva sobre otros.

La imagen de Dios es importante para las relaciones humanas. Como

todos los seres humanos son creados a la imagen de Dios, todos poseen

ciertas cualidades que los distinguen de los animales. Esta “imagen” otorga

al hombre moral, razón, creatividad y valor. Cuando interactuamos con

otras personas, lo hacemos con otros seres creados por Dios; unos seres a

los que Dios ofrece el don de la vida eterna. En unas circunstancias ideales,

esta característica común debería mejorar nuestras relaciones.

Lamentablemente, el pecado imposibilita que tengamos relaciones

perfectas, exentas de problemas. Solo Jesucristo puede restaurar las

relaciones rotas, sobre todo tu relación con Dios; pues gracias a Él hemos

sido reconciliado “en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para

presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:22).

La imagen de Dios en nosotros está distorsionada por el pecado. Cuando

Dios hizo al hombre a su imagen, la vida era pura y sin estorbos en el huerto

del Edén. Dios y el hombre mantenían una relación perfecta. Había un amor

perfecto entre Dios y el hombre y entre el hombre y la mujer. Estaban

presentes todas las cualidades inherentes al concepto de la imagen de Dios.


Sin embargo, debido a la caída de la humanidad en el pecado, la imagen

de Dios en el hombre y la mujer se distorsionó, se desvirtuó y retorció.

Cuanto más se fue alejando el ser humano de Dios mediante su conducta

pecaminosa, más difusa aparecía aquella imagen. El sacrificio de Jesús en la

cruz posibilitó que se restaurase la relación rota con Dios: “Al que no

conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos

hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).

Dios restaura en Cristo la imagen original del ser humano. Dios creó un

mundo perfecto, e hizo al ser humano perfecto conforme a su propia

imagen. Por motivos que no alcanzamos a entender, Dios permitió que el

pecado ensuciase su creación y distorsionase su imagen en el hombre. Pero

a todo lo largo de la Biblia vemos que Dios siempre tuvo un plan para

restaurar y mejorar su imagen en el ser humano. El apóstol Pablo lo expresa

así: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen

hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8:29).

El plan de Dios consiste en hacer que quienes son suyos recuperen la

imagen de su Hijo Jesucristo. De manera que, como sucedió con la creación,

¡el pueblo de Dios poseerá de nuevo su imagen en toda su gloria!

¿Qué significa esto para tu vida?

Estar creado a imagen de Dios es un gran privilegio. De entre toda la

creación de Dios, el ser humano fue el único creado a su imagen. Como

llevas la imagen de Dios, Él tiene derecho sobre tu vida. Regocíjate en tu

relación con Dios; disfruta de tu semejanza con Él, y comprométete a

aprender más sobre tu Creador. Empieza hoy buscando un tiempo para

adorarle, y acepta el compromiso de vivir gozosamente de tal manera que

reflejes su imagen.
6

La Biblia es el manual definitivo para la

vida

Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino

(Sal. 119:105).

Toda la Escritura es… útil para enseñar, para redargüir, para

corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea

perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Ti. 3:16-

17).

Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido

dadas por su divino poder (2 P. 1:3).

btener un nuevo empleo es una aventura emocionante. Pero entonces

O llega ese momento en que tu jefe pone en tus manos un libro de tres

kilos diciendo: “Este es el manual de normas y prácticas de la empresa.

Todo lo que necesita saber sobre los procedimientos que regulan esta

compañía están en este libro. En él encontrará también información

importante sobre su responsabilidad hacia la empresa. Es conveniente que

se familiarice con este manual”.

¿Qué es exactamente un manual? Una definición sucinta dice que es “un

libro conciso de referencia que proporciona información concreta o

instrucción sobre un tema o lugar”. Si piensas en ello, esto también es lo que


hace la Biblia. Es un libro conciso de referencia y de instrucción para vivir

una vida que agrade a Dios. Por este motivo, como dijo tu jefe sobre el

manual de la empresa, “Es conveniente que te familiarices con este

manual”.

Sí, la Biblia es un manual. Vamos a descubrir más sobre cómo puede

ayudarnos:

La Biblia te presenta el modelo de vida que Dios pide. En los primeros

momentos de la redacción de la Biblia, Dios dio a Moisés un conjunto de

normas conforme a las cuales debía vivir el pueblo de Israel. Se trataba de

los Diez Mandamientos (Éx. 20:3-17). Los primeros cuatro detallan cómo

debía el pueblo honrar y adorar a Dios. Los seis restantes hablan de cómo

debían interactuar unos con otros. En el Nuevo Testamento, Jesús clarificó el

modelo de Dios cuando dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro

Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48).

Con esas palabras, Jesucristo nos puso delante un modelo de vida que no

podemos alcanzar. Sus palabras resumieron lo que exigían los Diez

Mandamientos. Como ves, es un patrón inalcanzable. Sin embargo, Dios no

podía rebajarlo sin arriesgar su propia perfección. Dios, que es perfecto, no

podía fijar un patrón de justicia imperfecto. La verdad asombrosa del

evangelio es que Cristo satisfizo por ti esa demanda (1 Co. 5:21).

La Biblia es una guía. ¿Qué propósito tiene una guía? Ayudarte a llegar a

alguna parte. ¿Tienes alguna idea de adónde te diriges? Bueno, pues Dios

está dispuesto a encaminarte en la dirección correcta, y te ha dado la Biblia

a modo de guía. “Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para

siempre; él nos guiará aun más allá de la muerte” (Sal. 48:14).

¿Tienes que tomar alguna decisión? Entonces puedes buscar el consejo a

Dios en su manual, la Biblia. ¿Hay alguna área de la vida en la que la Biblia

no sirva de ayuda? No, porque “todas las cosas que pertenecen a la vida y a

la piedad nos han sido dadas por su divino poder” (2 P. 1:3). ¡Todas las

cosas! Si puede hacer semejante afirmación, ¡la Biblia tiene que ser el mejor

manual del mundo!

La Biblia es una luz. Como dice el Salmo [Link] “lámpara es a mis pies

tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Mientras que una guía te dirige por

caminos desconocidos, una lámpara proporciona luz para el camino por el


que transitas de modo que no tropieces, caigas o te pierdas. En esta vida

pasarás por momentos en los que andes por “el valle de sombra de muerte”

(Sal. 23:4), pero la Biblia puede ser la luz que alumbre tu camino de modo

que no tropieces. Te ayudará a distinguir la verdad de la mentira, y te

mostrará todas las mentiras y engaños de Satanás. Estudia la Biblia para que

puedas ver claramente tu camino y mantenerte en el correcto, que es el de

Dios. Permite que sea tu guía para esta vida.

La Biblia es un mapa. Un guía es el primero que va por el camino, una

lámpara lo ilumina, pero un mapa señala el camino. ¿Eres consciente de que

la tierra no es tu hogar, que solo vas de paso por ella? El apóstol Pedro nos

llama “extranjeros y peregrinos” en 1 Pedro 2:11. Como peregrino en este

mundo, debes estudiar el mapa de Dios para saber qué camino tomar. Si no

prestas atención al mapa, irás de un lado para otro por la vida, arriesgándote

a perderte todo lo que Dios tenía reservado para ti en este mundo. La vida es

un viaje difícil que tiene giros y encrucijadas impredecibles. Para asegurarte

que no te pierdas, consulta la Biblia. Es como un mapa de carreteras, que

señala las rutas seguras y los obstáculos que hay que rodear. Te indicará el

camino a tu destino final, que es el cielo.

La Biblia te equipa. La mayoría de manuales sirven para formar. Si

quieres hacer bien tu trabajo, debes leer y seguir las instrucciones del

manual. Lo mismo sucede con la Biblia. Segunda Timoteo 3:16 dice que la

Biblia es útil o “provechosa”. En esta vida no hay muchas cosas de las que

podemos decir que sean totalmente provechosas, pero la Biblia dice esto

sobre sí mismas. Es provechosa para…

Enseñar. La Biblia ha sido inspirada por Dios; procede de Él mismo,

lo cual hace que su enseñanza sea una fuente de autoridad sobre cómo

debes vivir tu vida.

Reprender. La Biblia reprende a los que pecan. ¿Quién mejor que el

propio Dios, mediante su Palabra, para pedirte cuentas sobre si vives

correctamente?

Corregir. La Biblia explica qué significa apartarse del pecado y

avanzar hacia una vida justa.

Formar o instruir. La Biblia te enseña cómo vivir una vida que agrade
a Dios y glorifique su nombre.

La Biblia proporciona sabiduría. ¿De dónde procede la sabiduría? Dios

es la fuente de toda sabiduría. Y porque Dios es el autor de la Biblia, puedes

estar seguro de que está repleta de su sabiduría. Pero la sabiduría no es algo

que venga porque sí. Tienes que decidir “adquirir sabiduría” (Pr. 4:5). Esto

exige que leas y estudies las verdades de la Biblia. Por consiguiente, la

sabiduría llega cuando aplicas a tu vida las verdades de Dios que pueden

cambiarla.

Si sigues las instrucciones de la Biblia, cometerás pocos errores. ¡Sé

sabio! Lee tu Biblia, descubre sus verdades y aplica su sabiduría

continuamente mientras vives cada día. Repite la oración de Moisés:

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón

sabiduría” (Sal. 90:12).

¿Qué significa esto para tu vida?

Puedes confiar en la Biblia al cien por ciento de las veces, para recibir una

instrucción y una información perfectas. Sin duda se trata del manual

perfecto para esta vida, lo cual la convierte en un recurso esencial. Recuerda

que la Biblia te señala el camino hacia la vida eterna, y te es dada “a fin de

que… [estés] enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:17). Sé

fiel en el estudio de la Palabra de Dios, de modo que sepas cómo hacer su

obra y superar los retos que enfrentes.


7

El Espíritu Santo vive dentro de cada

creyente

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con

vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no

puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis,

porque mora con vosotros, y estará en vosotros (Jn. 14:16-17).

Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis

bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días (Hch. 1:5).

Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en

otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen (Hch. 2:4).

menudo se describe el cristianismo como una de las grandes religiones

A mundiales. Si con el término religión la gente se refiere a un conjunto

específico de creencias y de prácticas que aceptan generalmente un número

de personas o sectas, tienen razón. Pero el cristianismo es más que una

religión. Es una relación con Dios, una relación personal e íntima con el

Señor Jesucristo.

¿Cómo es posible tener una relación con Dios? Por medio de la obra del

Espíritu Santo, que vive en todos los creyentes y, por lo tanto, está

involucrado personalmente en sus vidas y activo en ellas. Ninguna otra

religión puede afirmar lo mismo. Solo los cristianos pueden decir que su
Dios, el único Dios verdadero, vive de verdad en ellos. ¿Cómo puede ser

esto? Veamos lo que nos dice la Biblia.

El Espíritu Santo es Dios. La Biblia afirma de forma inequívoca que

solamente hay un Dios: “Oye, Israel: Jehová nuestro dios, Jehová uno es”

(Dt. 6:4). Sin embargo, la Biblia dice que el Espíritu Santo es una persona

que tiene los atributos de Dios: tomó parte en la creación (Sal. 104:30),

conoce toda verdad (Jn. 14:16) y es omnipresente (Sal. 139:7).

El Espíritu Santo tiene un ministerio único. Después de su muerte, Jesús

resucitó de la tumba y permaneció en el mundo cuarenta días ministrando a

sus seguidores. Entonces Jesús regresó físicamente al cielo. No obstante, no

dejó sin un guía a sus discípulos y a los que más adelante creerían en él. Les

hizo esta promesa: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre

enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo

que yo os he dicho” (Jn. 14:26).

Como prometió Jesús, el Espíritu Santo fue enviado como el “Ayudador”

(TLA) para facilitar el nacimiento espiritual y para habitar en aquellos que

lo experimentan. El Espíritu Santo permanecerá en la tierra, morando en los

creyentes y guiándolos hasta que Jesús regrese.

Es interesante fijarse en la diferencia que el Espíritu Santo puede hacer en

nuestras vidas. Antes de que Jesús regresara al cielo, dijo a sus discípulos:

“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo,

y me seréis testigos” (Hch. 1:8). Antes de la venida del Espíritu, los

discípulos eran un grupo reducido de hombres asustados que huyeron de la

crucifixión y se ocultaron en un aposento alto. Pero después de la llegada

del Espíritu, su valor se multiplicó asombrosamente. Ese pequeño grupo de

seguidores, capacitados por el Espíritu, salió a las calles de Jerusalén y

empezó a ministrar con poder a las personas que los rodeaban.

El Espíritu Santo es un ayudador, no una fuerza. El Espíritu Santo es la

misma presencia de Dios en nuestro ser. Es nuestro ayudador, no una fuerza

impersonal. Su naturaleza personal es evidente en el hecho de que, cuando

el pecado nos controla, “contristamos al Espíritu Santo” (Ef. 4:29-31). El

Espíritu también se apaga cuando no aprovechamos nuestros dones

espirituales para beneficiar al cuerpo de Cristo, la Iglesia (1 Ts. 5:19). El


hecho de que el Espíritu se entristezca y lo podamos apagar indica que es

una persona.

El Espíritu Santo nos proporciona dones espirituales. El Espíritu Santo

prepara a todo creyente para servir a otros en la Iglesia. Todos tenemos

dones diversos para el beneficio de nuestros hermanos en la fe: “Ahora bien,

hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de

ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones,

pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno

le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Co. 12:4-7).

Fíjate que todos los dones deben usarse en la Iglesia “para provecho [de

todos]”. Algunos reciben el don de ser líderes, otros evangelistas, y otros

pastores y maestros (Ef. 4:11); mientras que otros dones van destinados a

vivir siguiendo la conducta de Cristo, como por ejemplo manifestando

misericordia y ayudando a los necesitados.

El Espíritu Santo fomenta la conducta semejante a la de Cristo. Cuando

una persona cree en Jesucristo y entra a formar parte de la familia de Dios,

es una nueva persona. Por eso, a menudo al hecho de convertirse al

cristianismo se le llama “nacer de nuevo”. Este nuevo nacimiento es un acto

instantáneo mediante el cual una persona recibe la justificación delante de

Dios.

Si eres creyente, el Espíritu Santo vive en ti. Su ministerio consiste en

ayudarte a santificarte. Los teólogos llaman a este proceso “santificación”.

Cuando permitas que el Espíritu Santo te ayude, el mundo verá la vida de

Jesús en tus actos. ¿Cómo sucede esto? Cuando “andas según el Espíritu”

(Gá. 5:16); es decir, cuando te sometes a su control, no actuarás

impíamente, sino que manifestarás una conducta semejante a la de Cristo.

Gálatas 5:22-23 habla de los rasgos que presenta una persona controlada por

el Espíritu. Estas cualidades se conocen como “el fruto del Espíritu”, y son

“el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la

mansedumbre, la templanza”.

El Espíritu Santo es un intercesor. Quizá sepas de la intercesión que lleva

a cabo Jesús por los creyentes sentado a la diestra del Padre (Ro. 8:34). Pero

el Espíritu Santo también es intercesor. En Romanos 8:26 el apóstol Pablo

habla del ministerio intercesor del Espíritu Santo: “Y de igual manera el


Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como

conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con

gemidos indecibles”.

¡Qué promesa tan asombrosa! Tienes la seguridad de que, cuando no

sabes cómo orar, el Espíritu Santo orará e intercederá por ti para que se haga

la voluntad del Señor (v. 27).

¿Qué significa esto para tu vida?

Para crecer como creyente es esencial que entiendas la obra y el ministerio

del Espíritu Santo. Dios se hace personal en tu vida por medio del Espíritu

Santo. Gracias al Espíritu puedes experimentar a Dios. Por medio de su obra

sabes que la presencia de Dios está en tu vida.

También percibes su influencia cuando le respondes en obediencia.

Cuando lees la Biblia, Él ilumina tu comprensión de las cosas espirituales.

Capacita tu ministerio por medio de los dones espirituales que te ha dado

para el servicio. También garantiza tu herencia futura en los cielos: “En él

también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de

vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu

Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención

de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:13-14).


8

Jesucristo está vivo y presente en el

planeta Tierra

De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago,

él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre

(Jn. 14:12).

Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero

todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así

también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados

en un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo

Espíritu. Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos

(1 Co. 12:12-14).

Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador

(Ef. 5:23).

uando piensas en iglesias, ¿qué te viene a la mente? Lo primero que la

C mayoría pensamos es en hermosos edificios con fachadas

ornamentadas y montones de vidrieras de colores. Y, por lo general, una de

esas ventanas presenta una imagen de Jesús.

Lamentablemente, muchas de las imágenes artísticas que se han hecho de

Jesucristo le representan clavado en la cruz, muerto o moribundo. Esto

puede inducir a la gente a acudir a la iglesia con la actitud de que se dirigen


a un funeral. Para ellos, Jesús sigue clavado en una cruz, como un personaje

histórico trágico. Son como las mujeres que acudieron al sepulcro buscando

el cuerpo de Jesús, que ya había resucitado de la tumba.

Entonces, ¿cómo debemos pensar en Jesucristo?

Jesús no está entre los muertos. Cuando algunas de las seguidoras de

Jesús acudieron a la tumba el domingo por la mañana en busca de su

cuerpo, se encontraron con unos ángeles que les dijeron: “¿Por qué buscáis

entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lc.

24:5-6). Jesús está vivo. Resucitó de los muertos y apareció a muchos de sus

seguidores y discípulos durante los cuarenta días siguientes. Sí, ¡no cabe

duda de que Jesús está vivo! ¿Qué pruebas hay de que está entre los vivos?

¿Y dónde puedes hallar señales de su presencia y poder? Sigue leyendo…

A Jesús no se le encuentra en un edificio. La gente acude a los templos

pensando que en ellas encontrarán a Jesús. Son como los antiguos griegos y

romanos, que pensaban que sus dioses se encontraban en los templos

edificados para ellos. El apóstol Pablo explicó a aquellas personas de la

antigüedad, y también a los adoradores modernos, que por lo que respecta a

Jesús eso es falso. Pablo dijo: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas

que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos

hechos por manos humanas” (Hch. 17:24).

A Jesús se le encuentra en las vidas de sus seguidores, la Iglesia. Cuando

Jesús dijo que edificaría su Iglesia (Mt. 16:18), no hablaba de piedras

literales colocadas una sobre otra para levantar un edificio. No hablaba de

un edificio físico, sino de un “organismo vivo” compuesto por “piedras

vivas”, de creyentes en Cristo (1 P. 2:5). Jesús reina en los corazones de sus

seguidores por medio de su Iglesia, de la que es cabeza. En la Biblia, la

Iglesia, que está compuesta por cristianos, se describe como “el cuerpo de

Cristo” (1 Co. 12:27). Por lo tanto, la Iglesia es el Cristo viviente que actúa

por medio de los creyentes que interactúan con los demás en sus

comunidades, manifestándole así a un mundo que los observa.

El ministerio de Jesús se multiplica a través de sus seguidores. Cuando

Jesús vino a la tierra, adoptó un cuerpo humano. Se hizo hombre, y vivió

con unas limitaciones humanas. Como hombre, solo podía estar en un lugar
a la vez. Dijo a sus discípulos que, tras su partida al cielo, ellos harían

“mayores obras” que Él (Jn. 14:12). Poco antes de que Jesús regresara al

cielo, explicó lo que quiso decir con “mayores obras” cuando dijo: “pero

recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me

seréis testigos… hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). Las mayores obras

que harían ellos no serían del estilo de las que hizo Jesús, como por ejemplo

los milagros. Las “mayores obras” fue el mayor número de discípulos que

llevaron el mensaje de salvación de Jesús hasta los confines más distantes

del mundo. Hoy, en tu calidad de creyente, formas parte de ese gran ejército

de testigos que participan en esta gran obra.

La vida de Jesús se manifiesta en la vida de su Iglesia. Jesús, siendo Dios,

vivió una vida perfecta. Su carácter era perfecto. Sus actos, también. Era el

hombre perfecto. Sus seguidores, como miembros de su cuerpo, la Iglesia,

deben imitar su vida perfecta. ¿Cómo se hace esto? Cuando una persona se

convierte, el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, viene a morar en su

corazón. Entonces, a medida que el creyente procura imitar el carácter de

Cristo y camina “conforme al Espíritu”, manifestará “amor, gozo, paz,

paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:16, 22-

23). Manifestará su semejanza a Cristo.

Jesús volverá. Desde el día en que Jesús regresó al cielo, sus seguidores

han vivido esperando su regreso. Dijo a sus discípulos que iría al cielo a

preparar un lugar para ellos, y que luego regresaría para llevarlos al hogar

junto a Él (Jn. 14:3). Después de que Jesús ascendiera a los cielos, “dos

varones con vestiduras blancas” dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis

mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al

cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:10-11). El

adverbio “así” significa que el regreso de Jesús será tanto personal como

visible (Ap. 19:11-16).

Jesús tiene dos propósitos para volver a la tierra. Primero, como vimos

en Juan 14:3, Jesús regresará por su pueblo, sus fieles, su Iglesia, de modo

que pueda llevarlos con Él al cielo. El segundo propósito para el retorno de

Jesús es traer el juicio sobre un mundo incrédulo (2 Ts. 1:6-9).

¿Por qué vino al mundo Jesús, el Hijo de Dios? Para ofrecerse como

sacrificio y pagar por los pecados de la humanidad. Solo Dios puede hacer
este tipo de oferta: “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie

las arrebatará de mi mano” (Jn. 10:28). A quienes han aceptado su oferta de

vida eterna, Jesús les manda el Espíritu Santo, quien obra activamente en

sus vidas y por medio de ellas. Ciertamente, los cristianos no viven siempre

como lo hizo su Salvador. Pero incluso con sus imperfecciones, ¡los

cambios producidos en sus vidas son una prueba viviente de que Jesús está

vivo y presente en el planeta Tierra!

La misión de Jesús todavía no ha concluido. Hoy día, el Padre ofrece vida

eterna a todos los que crean en su Hijo, el Señor Jesucristo. Pero habrá un

día, que ya se acerca, en el que Jesús volverá a derramar el juicio sobre

todos los que se nieguen a creer.

¿Qué significa esto para tu vida?

Se acerca el día del juicio. ¿Has aceptado la oferta de vida que te hace

Jesucristo, una vida para siempre, eterna? Si es así, mira cada día a los

cielos con gran expectación. ¡Tu Salvador vuelve! Y, mientras esperas,

recuerda que Jesús está vivo y presente en la tierra por medio de las vidas de

sus seguidores, personas como tú. De modo que debes estar activo en tu

iglesia y participar en un ministerio. Da para los necesitados y para los

ministerios de tu iglesia. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos”

(He. 13:17). Y sigue mirando al futuro con la expectación gozosa de saber

que Jesús, tu Salvador, está de camino, y que le verás cara a cara.


9

En Jesucristo, Dios nos perdona por

completo

Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos

pecados son cubiertos (Ro. 4:7).

En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros

pecados, conforme a las riquezas de la gracia (Ef. 1:7, NVI).

Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido

perdonados por su nombre (1 Jn. 2:12).

avidad es un momento festivo y alegre en el año. Y, como te

N confirmará tu cuenta bancaria, ¡hacer regalos es un elemento

destacado en este tiempo de fiestas!

Si eres como la mayoría de personas, es probable que cada Navidad

recibas algunos regalos que, aparentemente, no te son útiles. Quizá tu tía

Maribel te regaló un jersey que no te vale, y que ni siquiera es de un color

que te siente bien. ¿Y qué me dices de esa botella de loción para el afeitado

o frasco de perfume? ¡Tenía un olor tan fuerte que podría marchitar un ramo

de flores! Los regalos como estos nos los hacen amigos y familiares que

tienen buena intención, pero con suerte habrás guardado las cajas originales

para poder devolverlos lo antes posible.

También recibes regalos que te gustan y te resultan útiles. Por ejemplo, esa
camisa o ese suéter que llevaste hasta que se cayó a pedazos. Y sigues

usando esa herramienta eléctrica o aquella trituradora de alimentos.

Sin embargo, hay un regalo de Navidad que tiene un valor infinito, un

regalo que nunca se desgastará. Es un regalo muy valioso y útil, ¡que te

puede salvar la vida! Se trata del regalo del Hijo de Dios, el Señor

Jesucristo. El apóstol Pablo llamó a este regalo de Dios, Jesús, “su don

inefable” (2 Co. 9:15).

Tristemente, como hijos de Adán y Eva, tú y yo, y el resto de la

humanidad, nacimos en rebelión contra Dios. Dios es santo, y tal como

testificó uno de los profetas del Antiguo Testamento, los ojos de Dios son

demasiado “limpios para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13).

Por tanto, para que tengamos una relación personal con Dios debió tener

lugar el acontecimiento de la cruz (2 Co. 5:21).

Cuando las personas reciben el don de Dios, Jesús, reciben un beneficio

esencial, el perdón de Dios: “en quien tenemos redención por su sangre, el

perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Ef. 1:7). ¿Qué supone

el perdón de Dios?

El perdón de Dios es completo. Es importante tener en cuenta que cuando

una persona recibe a Jesucristo y nace a la familia de Dios, sus pecados son

perdonados de una vez por todas. Cuando Jesús dijo “consumado es” en la

cruz, se refería a su obra de la redención (Jn. 19:30). Jesús murió por tus

pecados y los míos. Todos los pecados que tú y yo cometeremos en esta

vida están cubiertos por la muerte de Jesús.

Cristiano, como eres hijo de Dios, él te perdona de una forma tan

completa porque la obra de Jesús se consumó. Él satisfizo la justicia de

Dios, y ahora disfrutas del perdón absoluto.

El perdón de Dios es permanente. Seguramente aún recuerdas alguna

ofensa muy dura que viviste en el pasado. A lo mejor has perdonado a esa

persona el mal que te hizo, y estás haciendo lo posible por olvidar lo que

sucedió. Pero el dolor sigue ahí, y aún recuerdas ese episodio.

En lo que se refiere al perdón, Dios no es como nosotros. Cuando

perdona, también olvida. El Salmo 103:12 dice: “cuanto está lejos el oriente

del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”. Cuando una


persona se arrepiente de verdad de sus pecados, Dios la perdona totalmente

y se olvida para siempre de ellos.

El perdón de Dios no tiene fin. A lo mejor has escuchado la expresión que

dice “es un regalo que nunca deja de serlo”. Esto describe a la perfección el

perdón de Dios por medio de su Hijo. Tanto si nuestros pecados son muchos

como si son pocos, grandes o pequeños, Dios los ha perdonado. La

capacidad que tiene Dios de personar todos nuestros pecados no nos da

permiso para cometerlos deliberadamente, pero sí nos anima a saber que

cuando fallamos, no tenemos que temer que la gracia de Dios se acabe. Dios

no es un policía, sino nuestro Padre celestial. En Jesucristo tú y yo somos

hijos e hijas adoptivos, y dado que su perdón es eterno, nuestra posición

como hijos también lo es.

El perdón de Dios es para compartirlo. Una de las mayores bendiciones

del perdón de Dios es la oportunidad que tenemos de transmitir a otros esa

misma misericordia (Mt. 5:7). Si Dios nos ha perdonado tanto, ¿no crees

que debemos hacer lo mismo con otros?

A estas alturas, a lo mejor piensas como lo hizo Pedro cuando preguntó a

Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra

mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta

veces siete” (Mt. 18:21-22). En otras palabras, Jesús dice que nuestro

perdón debe ser ilimitado.

La disposición de perdonar a otros es una característica esencial que

identifica a un verdadero creyente. El perdón de Dios es la necesidad más

profunda del ser humano, y el perdón de otros es el máximo logro humano.

Además, este perdón debería empezar en nuestra propia casa, con aquellos

que nos son más cercanos.

El perdón de Dios es coherente. Dios nunca cambia. Ha prometido perdón

y lo proporciona en el mismo momento en que una persona recibe a Cristo

como Salvador. Y con ese perdón llega el deseo de evitar el pecado y

mantenerse puro para el Señor.

Si bien es cierto que Dios perdona el pecado, también lo es que no pasa

ninguno por alto. De modo que, cuando peques, debes confesar de

inmediato tu pecado, sabiendo que Dios es fiel para extendernos su perdón.

De esto es de lo que habla 1 Juan [Link] “Si confesamos nuestros pecados, él


es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda

maldad”. La relación que tenemos con Dios es dinámica. Mientras seguimos

confesando, Él sigue perdonando. La confesión no es una condición para

recibir el perdón divino, sino un resultado de este.

El perdón de Dios debe cambiarte. Es maravilloso que el perdón de Dios

sea completo, permanente e ilimitado. Pero debemos tener cuidado de no

aprovecharnos de su perdón y dar por hecho que no se fijará en el pecado

que hay en nuestras vidas. Cada acto de perdón es una oportunidad para

aprender una lección, para descubrir cómo evitar el mismo pecado en el

futuro. No solo debemos confesar todo pecado con la mayor rapidez posible,

sino también agradecer a Dios su sabiduría y su fortaleza para resistirnos al

pecado. El hecho de que Él sea fiel para perdonar debería motivarnos a

buscar la santidad en nuestra vida.

¿Qué significa esto para tu vida?

Muchos creyentes luchan con algún pecado que creen que es demasiado

grande como para que Dios lo perdone. Si esto te define, recuerda que la

gracia divina es mayor que todo tu pecado. Es cierto que habrá algunas

consecuencias con las que tendrás que lidiar después. Las relaciones rotas

son difíciles de arreglar. La transgresión de la ley va acompañada de un

castigo justo. Hay que devolver el dinero que se ha tomado prestado y se ha

administrado mal. Sin embargo, el amor de Dios que todo lo limpia, unido a

su perdón, pueden ayudarte a superar todas las consecuencias de tu pecado.

Si no has experimentado el perdón de Dios, todo empieza cuando recibes

su regalo, Jesucristo. Acepta su perdón, aférrate a su misericordia y confía

en su promesa poderosa de que su perdón es eterno. ¡Qué gran Salvador!


10

Eres más valioso de lo que piensas

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú

formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y

el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que

los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear

sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies

(Sal. 8:3-6).

Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy

maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi

cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más

profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban

escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar

una de ellas (Sal. 139:14-16).

uchas personas padecen lo que algunos han llamado baja autoestima

M o mala autoimagen. Por el motivo que sea, no tienen muy buen

concepto de sí mismos. No les gusta su aspecto o se sienten inferiores en

uno u otro sentido. Muchos de ellos permiten que la opinión que tienen de sí

mismos les afecte hasta el punto de que se retraen a un caparazón de tristeza

y soledad. Otros intentan compensar su supuesta incapacidad poniéndose

una máscara de seguridad en sí mismos o creando un personaje que no se

parece a ellos.
Sin embargo, lo que Dios desea es que nos veamos a través de sus ojos.

Para Él tenemos un gran valor. Esta es la respuesta a cualquier problema de

autoestima que podamos tener. Después de que acabes este capítulo, es muy

posible que hayas descubierto ¡que vales más de lo que piensas!

Tu valor se fundamenta en la creación. Al principio de nuestro

matrimonio, mi esposa y yo diseñamos y construimos una librería de

madera de pino. Ella la diseñó y yo la construí. Entonces colocamos nuestra

“creación” en su sitio. Durante los treinta años siguientes, la librería fue el

punto focal de nuestra sala de estar en todos los lugares donde vivimos.

Desde el punto de vista económico carecía prácticamente de valor, porque el

material solo nos había costado unos 30 dólares. Pero como la habíamos

hecho nosotros, aquella librería tenía un valor insuperable.

Desde el punto de vista meramente físico, el cuerpo humano está

elaborado con materiales que valen poco. Sin embargo, para Dios tienes un

valor incalculable. ¿Por qué? Porque te creó. “Y creó Dios al hombre a su

imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:27). De

igual manera que nuestra librería de pino era especial para nosotros, Dios ha

declarado que eres especial para Él incluso antes de que nacieras: “Mi

embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas

que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Sal. 139:16).

¿Entiendes que la consecuencia lógica es que si tienes un valor

insuperable para el Creador del universo, no debes tener mal concepto de tu

persona? Nunca debes pensar que no tienes valor o que eres inútil, porque

tienes una relación con el gran Dios que te creó.

Tu valor se define por el cuidado soberano de Dios. Jesús, en sus

enseñanzas, dejó clara con gran maestría esta idea. Incluso cuando un

simple gorrión, aparentemente insignificante, cae a tierra, no sucede “sin

[que] vuestro Padre” se entere (Mt. 10:29). Luego Jesús señaló que, si Dios

está tan interesado por un pequeño gorrión, ¿cuánto más no se interesará por

ti? ¿Cuál es la respuesta? ¡Más, mucho más! Jesús dijo: “Más valéis

vosotros que muchos pajarillos” (v. 31).

Y Jesús no se quedó ahí. Tú y todos los creyentes sois tan importantes

para vuestro Padre que “aun vuestros cabellos están todos contados” (v. 30).

¿Qué vales para Dios? Los expertos en medicina calculan que en el cuero
cabelludo humano hay más de 100.000 folículos pilosos, y que como media

el hombre pierde (y regenera) unos cien pelos al día. Esta cifra seguramente

también es aplicable a las mujeres. Es realmente increíble que Dios tenga

contados todos nuestros cabellos. Hasta ese punto eres importante para Él.

Tu valor está determinado por tu cercanía a Jesucristo. Algunas personas

padecen una mala autoimagen porque piensan, equivocadamente, que no

tienen valor para nadie. Otras tienen el problema opuesto: tienen un ego

enorme y piensan que no hay nada que no puedan hacer. ¡Piensan que valen

más que nadie! Fíjate que ambos tipos de personas se centran en sí mismas

y en sus propias capacidades o falta de ellas.

Como cristiano, debes darte cuenta de que tu valor se fundamenta solo en

Jesucristo. Él dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece

en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada

podéis hacer” (Jn. 15:5). El fundamento de tu valor es tu identidad en y con

Cristo. Es así de simple y de fabuloso. Desde el punto de vista de Dios,

aparte de Él eres incapaz de cumplir nada.

Desde el punto de vista humano, hay muchos hombres y mujeres que

tienen éxito. Esto es así porque medimos el éxito en función del salario

anual, los metros cuadrados de nuestra vivienda, el nivel de educación, la

importancia del empleo, el talento, la belleza física, la posición profesional.

Pero el valor auténtico solo se obtiene cuando permaneces en Cristo y te

mantienes estrechamente relacionado con Él. Jesús es el único

verdaderamente digno, y es en Él, en Cristo, donde radica todo tu valor. ¡No

hay mayor privilegio que tener a Cristo viviendo y obrando en tu vida! “Con

Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí”

(Gá. 2:20).

Tu valor como persona tiene un propósito. Eres especial para Dios porque

eres creación suya. El hecho de que seas especial para Él está demostrado

por el hecho de que Dios, en su gracia, se ha acercado a ti para salvarte

(Ef. 2:8-9). ¿Con qué propósito? “Porque somos hechura suya, creados en

Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para

que anduviésemos en ellas” (v. 10). También puso en ti su Espíritu y te

otorgó unos dones espirituales únicos para que pudieras servirle y servir a
su pueblo: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para

provecho” (1 Co. 12:7).

Estos dones espirituales son habilidades especiales que posees con objeto

de ministrar a las necesidades de tus hermanos en la fe. Otros creyentes

dependen de ti para que uses tus dones para fortalecerles y animarles. ¡Tú

tiene valor para todos los creyentes!

¿Qué significa esto para tu vida?

La Palabra de Dios te asegura repetidas veces que tienes valor para Él.

Dios te creó; dio a su Hijo para que muriese por tus pecados; puso en ti su

Espíritu Santo para que te guiase e instruyese. Además, te ha prometido que

algún día vivirás con Él en el cielo por toda la eternidad. No cabe duda de

que Dios ha hecho su parte para demostrarte que para Él eres valioso. Ahora

te toca a ti:

—Sé agradecido con Dios por haberte elegido como parte de su

pueblo especial.

—Considera todas las limitaciones que crees tener como

oportunidades para confiar en Dios. Depende de Él y de su fortaleza

en medio de tus dificultades.

—Recuerda que tu valor no se fundamenta en ti y en lo que tú puedas

hacer, sino en Dios y en lo que Él ha hecho y hará.


11

Una de las máximas prioridades de Dios es

que cuidemos de los necesitados

El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; mas el que tiene

misericordia del pobre, lo honra (Pr. 14:31).

A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo

volverá a pagar (Pr. 19:17).

El ojo misericordioso será bendito, porque dio de su pan al indigente

(Pr. 22:9).

a compasión y la misericordia son pilares fundamentales de la fe

L cristiana. Repetidas veces, por todo el Antiguo Testamento, vemos que

Dios demuestra su interés por aquellos que están necesitados, ya sea

mediante las leyes judías que permitían que los pobres recogiesen el grano

que quedaba atrás durante la cosecha (Rt. 2), o a través de otros medios

especiales, como cuando el profeta Elías cuidó de una viuda que se moría de

hambre (1 R. 17:9).

Dios, en su misericordia, se preocupa por quienes son pobres y padecen.

En Santiago 1:27, Dios identifica la verdadera religión dependiendo de su

interés por los más desafortunados: “La religión pura y sin mácula delante

de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus


tribulaciones”. Si queremos identificarnos con nuestro Padre celestial,

también nosotros debemos manifestar un interés genuino por otros.

Preocuparse de otros es una cualidad divina. Según Génesis 1:26, Dios

creó al hombre “a su imagen”. Es evidente que el ser humano no es un dios,

pero ser creado a imagen de Dios le confiere algunos atributos divinos.

Tenemos la oportunidad de manifestar algunos rasgos propios de Dios,

como la compasión: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido

consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias” (Lm. 3:22). El

amor inmutable de Dios nunca acaba. Esta misma compasión que Él nos ha

mostrado como portadores de su imagen es la que debemos ofrecer a otros.

Jesucristo fue el mejor ejemplo del interés de Dios por otros. Durante sus

tres años de ministerio, Jesús pasó buena parte de su tiempo ayudando a los

enfermos, los moribundos y los pobres. Por ejemplo, en un episodio leemos

que “le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; y

toda la ciudad se agolpó a la puerta” (Mr. 1:32-33).

Dios espera de nosotros que cuidemos a los necesitados. A Jesús se le

conocía por enseñar parábolas que transmitían verdades importantes. En

cierta ocasión contó la parábola de un rey (una referencia a sí mismo) que

volvía a reclamar su reino. A un grupo de sus súbditos le dijo: “Venid,

benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la

fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed,

y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me

cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mt.

25:34-36).

Los súbditos leales del rey se quedaron atónitos. El rey había estado en un

país lejano, y no recordaban que le hubiesen proporcionado ese tipo de

servicios. Entonces el rey les dijo: “De cierto os digo que en cuanto lo

hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (v.

40). El mensaje está claro: cuando cuidamos de los necesitados, lo hacemos

en lugar de Jesús.

La compasión es antinatural. Seguramente conoces bien la parábola del

buen samaritano, en Lucas 10:25-37. Jesús habla de un hombre a quien

golpearon, robaron y dejaron por muerto. Tres viajeros distintos pasaron


junto a aquel hombre que está tirado en la carretera. Dos de ellos no le

hicieron caso, pero el tercero, que era samaritano, se detuvo, lo curó, lo llevó

a una posada y pagó para que se quedase en ella hasta que estuviera lo

bastante sano como para seguir su camino.

Lamentablemente, la respuesta de los dos primeros viajeros se ve en

muchos hoy día, cuando su camino se cruza con el de personas necesitadas.

Incluso los cristianos a quienes Dios ha manifestado misericordia y

compasión no la extienden a otros en ocasiones. Esto se debe a que en

nosotros la compasión no es algo natural. Exige un acto deliberado de la

voluntad; por eso se nos ordena: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios,

santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad,

de mansedumbre, de paciencia” (Col. 3:12). Si el apóstol Pablo consideró

necesario recalcar esto como un mandato, ¡eso significa que la compasión

no es una respuesta automática! Debemos practicar esta cualidad divina y

cuidar de los necesitados.

Ayudar a otros debe generar misericordia. Se da por hecho que si te

preocupas por la necesidad de una persona harás algo al respecto. Una

persona podría decir “Me preocupan las personas que sufren”, pero no hace

nada. Siempre que Dios se preocupa por la situación de alguien, hace algo al

respecto, y espera que nosotros hagamos lo mismo. Aparte de la compasión,

los cristianos deben revestirse de misericordia (Col. 3:12). El corazón que

realmente se interesa por otros debe manifestar misericordia.

La misericordia es contagiosa. Como cristiano, tu interés por las

necesidades de otros no debe basarse en sentimientos de culpa o ni siquiera

en la lástima. Debe basarse en el amor, y más concretamente, en el amor de

Cristo que fluye por medio de ti a las vidas de los necesitados. El apóstol

Pablo era un hombre muy motivado, muy centrado, que tenía una misión

singular: la predicación del evangelio. Tenía una personalidad del tipo A.

Pero también era un pastor amante y volcado en las personas que le

rodeaban. Por ejemplo, leamos acerca de su interés cuando abre su corazón

ante los ancianos de la iglesia de Éfeso: “sirviendo al Señor con toda

humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las

asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de

anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas” (Hch. 20:19-20).


¿Cuál fue el resultado del amor y la bondad de Pablo por otros? Que ellos

le correspondieron. Primero, los líderes de la iglesia recorrieron a pie casi

50 kilómetros para despedirse de Pablo cuando iba camino de Jerusalén.

Segundo, “cuando hubo dicho estas cosas”, todos lloraron, abrazándole y

besándole. Lo que más les dolió fue el anuncio que hizo Pablo de que no

volverían a ver su rostro. Luego le acompañaron hasta el barco (vv. 37-38).

¿Qué significa esto para tu vida?

Cuando pensamos en la compasión y en el cuidado de otros, es

conveniente acordarse de Cristo Jesús. Usa estos pasajes e incidentes en el

ministerio de Jesús para comparar con ellos tu compasión y tu ayuda a

otros. Como un hijo de Dios que tiene una relación con su Hijo Jesús, y

como persona en la que vive el Espíritu Santo, puedes producir el fruto del

amor, la benignidad y la bondad que se manifestaron en la vida de Jesús.

—Jesús hacia el bien por todas partes (Hch. 10:38).

—Jesús mostraba compasión cuando la gente no tenía para comer, y

actuó para alimentarles (Mt. 14:14).

—Jesús se detuvo para ayudar a los desamparados, como el hombre

ciego, el cojo, la mujer con la espalda encorvada y la viuda que había

perdido a su hijo.

¿Quién necesita hoy tu ayuda? ¿Tus oraciones, tu provisión? Cuando te

entregues a otros, es cuando tendrás el mayor impacto en sus vidas.


12

Debemos perdonar como Dios nos ha

perdonado

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré

a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te

digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mt. 18:21-22).

En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de

pecados según las riquezas de su gracia… (Ef. 1:7).

Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno

tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así

también hacedlo vosotros (Col. 3:13).

os Hatfields y los McCoys. La mera mención de estos apellidos trae a la

L mente visiones de violencia y de la falta de voluntad para perdonar.

Esta famosa enemistad tuvo lugar entre dos familias que vivieron en el área

comprendida entre Kentucky y West Virginia. La hostilidad sin tregua

comenzó en 1895, con el asesinato de uno de los McCoys. Durante los 35

años siguientes, las dos familias intercambiaron asesinatos y actos de

violencia. Al final la enemistad se disipó en la historia con la muerte de los

dos líderes de las familias en los primeros años del siglo XX. Aunque el

conflicto desapareció hace generaciones, los apellidos Hatfields y McCoys


siguen trayendo a la mente de las personas una actitud de venganza y de

negativa a perdonar.

Los Hatfields y los McCoys no son las únicas familias que han

manifestado una hostilidad perenne. Hay muchas personas, incluso

cristianas, que se consideran víctimas y creen tener justificación para

vengarse. Lamentablemente, un acto de venganza puede avivar el fuego de

la venganza por la otra parte. Así se pone en marcha un círculo vicioso que

puede durar semanas, meses o incluso años. ¿Cuál es la solución? Una

palabra: ¡perdón!

El perdón no es la respuesta natural. ¿Cuál es la típica respuesta cuando

ofenden a alguien, incluido a ti mismo? Normalmente, en lo primero que

pensamos es en vengarnos. Recuerda cuando eras niño. Cuando alguien te

golpeaba, tu primer instinto era devolverle el golpe, ¡o al menos querías

hacerlo! Y si te atrapaban con las manos en la masa, gritabas: “¡Él me pegó

primero!”.

¿Cómo evitar vengarse cuando te ofenden? Primero, sé consciente de que

la venganza, o cualquier tipo de revancha, es pecado. Cuando la gente te

hiera, en lugar de darles lo que creen que merecen, sigue el consejo del

apóstol Pablo: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante

de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en

paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos,

sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo

pagaré, dice el Señor” (Ro. 12:17-19).

El perdón sigue la pauta divina. A pesar de lo que piense o crea la gente,

Dios es perdonador. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios perdonó

repetidas veces las transgresiones de su pueblo. En el Nuevo Testamento

vemos su perdón manifestado con toda claridad en pasajes como

Efesios [Link] “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de

pecados según las riquezas de su gracia”. Este perdón se llama “la gracia de

Dios”. La gracia se define como el acto de recibir algo inmerecido. No

merecemos el perdón de Dios, pero aun así su gracia nos lo da.

La Biblia nos dice que como Dios nos ha perdonado, debemos estar

dispuestos a perdonar a otros. Colosenses 3:13 dice que debemos vivir

“soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere


queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo

vosotros”.

El perdón es un acto de la voluntad. Como sucede con otras actitudes del

corazón como el amor, el gozo y la paz, el perdón es una decisión

deliberada. Cuando otros te hieren, debes tomar una decisión: ¿amarás a esa

persona o no? ¿Optaré por tener gozo y paz aun en medio de esta situación

que no es propicia, o no? ¿Elegiré perdonar a esa persona o no?

En todo conflicto, las personas involucradas tienen alternativas.

¿Perdonarán a la otra parte? Si otra persona te ha ofendido, opta por seguir

el camino de Dios. Busca a Dios y su gracia y, mediante un acto de tu

voluntad, opta por mostrar perdón.

El perdón no tiene memoria. La venganza pecaminosa guarda un historial.

Espera el momento adecuado para atacar. Pero, en ocasiones, las personas

que han perdonado tampoco han olvidado. Jesús se enfrentó a este problema

con sus discípulos. Los maestros judíos del momento enseñaban que las

personas debían perdonar a otras que les ofendieran, pero solo tres veces.

Pedro, uno de los discípulos, quiso quedar bien delante de todos siendo

incluso más generoso al perdonar. De modo que preguntó a Jesús: “Señor,

¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta

siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”

(Mt. 18:21-22). La respuesta de Jesús es sorprendente. Los cristianos deben

estar dispuestos a perdonar a otros ¡un número ilimitado de veces! En otras

palabras, no debemos llevar la cuenta de cuántas veces nos ofende otra

persona o cuántas veces la hemos perdonado.

El perdón inspira perdón. Una persona perdonada es una persona

perdonadora. Si has experimentado la gracia perdonadora de Dios sobre

todos tus pecados, debes extender a otros esa gracia. Cuando te das cuenta

de quién eras antes de que Cristo viniese a tu vida y te extendiera su perdón,

y adónde ibas sin el perdón de Dios, debería resultarte más fácil perdonar

una ofensa que te haya hecho otra persona.

Lamentablemente, a menudo olvidamos lo que significa ser perdonado, y

nos negamos a perdonar a otros. Una actitud implacable es pecaminosa.

Esta actitud afecta a tu relación con otros y sobre todo con Dios. Jesucristo

dejó claro que nuestra disposición de perdonar a otros está interrelacionada


con recibir el perdón divino: “Porque si perdonáis a los hombres sus

ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no

perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará

vuestras ofensas” (Mt. 6:14-15).

¿Qué significa esto para tu vida?

Como creyente en Cristo, has sido perdonado. Cuando te niegas a

perdonar a otros, no pierdes tu salvación, pero sí tu comunión con Dios. Tu

comunión con Dios es un precio demasiado alto por no perdonar a otros.

La Biblia dice: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de

nosotros nuestras rebeliones” (Sal. 103:12). Al decir “el oriente del

occidente” el salmista estaba diciendo: “Dios ha borrado por completo tus

pecados. Han desaparecido, ¡y nadie volverá a verlos!”. Y porque Dios ha

perdonado todos tus pecados, no debes negarles el perdón a otros.


13

La oración es una manera de conectarnos

con Dios

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones

delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias

(Fil. 4:6).

Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de

Dios para con vosotros en Cristo Jesús (1 Ts. 5:17-18).

Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias

(Col. 4:2).

i esposa Elizabeth y yo vivimos en una casa que está situada en lo

M alto de una colina. Esto quiere decir que nuestro hogar se construyó

con varios niveles. Cada día uno de nosotros escribe en un nivel diferente de

la casa. Para comunicarnos de un despacho a otro mientras trabajamos en

nuestros manuscritos, usamos comunicadores de radio portátil.

Un día, cuando nuestros nietos estaban con nosotros, descubrieron los

comunicadores de radio y, cómo no, quisieron hablar con ellos. Después de

enseñarles cómo funcionaban, le dimos uno a Jacob y el otro a Katie, que

tienen cinco y cuatro años respectivamente. Bueno, pues no pasó mucho

tiempo antes de que los dos volvieran, con los aparatos en la mano, llorando

y diciendo que estaban rotos: ¡es que no funcionaban! Como eran


demasiado pequeños para entender como enviar y recibir mensajes, Jacob y

Katie estaban convencidos de que el problema radicaba en los

comunicadores por radio.

No sorprende, pues, que en cuanto a comunicarse con Dios, muchos

cristianos son como nuestros nietos. No entienden cómo comunicarse con

su Padre celestial. Como resultado, cuando aparentemente sus oraciones no

reciben respuesta, tienden a desanimarse y a echarle la culpa a Dios.

Piensan que Él es el problema. Preguntan “¿Por qué no responde Dios a mis

oraciones?”. En muchos casos, tiran la toalla y dejan de orar.

Cuando comprendemos bien en qué consiste la oración, no nos damos

tanta prisa en acusar a Dios por lo que pensamos que es una oración no

respondida ni en dar por hecho que Dios no nos oye. La clave consiste en

saber cómo orar y cuál es el propósito de la oración.

La oración es adoración. En el Antiguo Testamento, buena parte de la

adoración que realizaba el pueblo de Dios estaba relacionada con el sistema

de sacrificios estipulado en la ley divina. Estos sacrificios de los adoradores

se asociaban con la oración e iban acompañados de ella, para presentar una

súplica ante Dios. A medida que el aroma de los sacrificios se elevaba desde

el altar, las oraciones ascendían a Dios.

Como adoradores del Nuevo Testamento, tú y yo no matamos ni

quemamos animales, ni tampoco ofrecemos incienso como sacrificio al

Señor. Dios nos llama a ofrecer otro tipo de sacrificio: la oración personal.

Debemos elevar ante Él nuestras oraciones y ofrecer el “incienso” de

nuestras oraciones. Y, a diferencia de los adoradores del Antiguo

Testamento, que tenían lugares y momentos designados para ofrecer

sacrificios, ¡nosotros podemos ofrecer nuestro sacrificio de oración en

cualquier lugar y a cualquier hora! Mediante la oración ofrecemos el

sacrificio de…

nuestra voluntad por la voluntad de Dios,

nuestro descuido por la atención de Dios,

nuestro pecado por el perdón de Dios,

nuestro corazón endurecido por el corazón amante de Dios.

La oración es hablar con Dios. ¿Cuál es la mejor manera de comunicarse


con otros? Si bien hoy día son populares los diversos tipos de medios

sociales o mensajes escritos, la mejor manera de comunicarse es hablando,

ya sea por teléfono o cara a cara. Así es exactamente como Dios quiere que

te comuniques con Él. Nos dice “pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;

llamad, y se os abrirá” (Mt. 7:7). Y lo estupendo de hablar con Dios es que

no hay falta de cobertura telefónica ni hay que pagar cuota alguna, ¡ni hay

contestador automático! Lo mejor de todo es que Dios siempre está ahí para

recibir tu llamada, las veinticuatro horas cada día de la semana.

La oración manifiesta tu confianza en Dios. Cuando no oramos,

básicamente estamos diciendo que no creemos que la oración suponga una

diferencia. Manifestamos que no confiamos en la promesa de Dios de que

“si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14:14). Si tienes

dificultades para confiar en Dios y en sus promesas sobre la oración,

empieza haciendo peticiones sencillas. Sé fiel; ora cada día. Sé constante, y

verás cómo tu fe va creciendo a medida que Dios obra en tu vida. Entonces,

cuando lleguen los grandes problemas, tu fe en Dios y la sabiduría y la guía

divinas estarán lo bastante maduras como para aceptar las respuestas que

Dios te dé.

La oración es una oportunidad de adaptarte a los planes de Dios.

Comunicarse con Dios por medio de la oración no significa que exijas lo

que desees. No, más bien se trata de tu oportunidad de hablar las cosas con

Dios, teniendo siempre en mente que, en última instancia, lo que intentas es

comprender mejor la mente de Dios. Él tiene sus motivos para su manera de

obrar en tu vida. No puedes alterar el plan perfecto que tiene Dios para ti, ni

deberías intentarlo. Tu parte en la oración es hablar con Él sobre lo que

desea para ti. ¿Y qué sucede cuando tus oraciones encajan con su voluntad?

“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa

conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Jn. 5:14).

La oración restaura las relaciones. El pecado que hay en tu vida afecta a

tu relación con tu esposa, con tus hijos, tu familia, tus amigos y, sobre todo,

con Dios. Tu pecado levanta un muro de separación entre tú y Dios. Sea

cual sea la situación, si estás dispuesto a volverte a Dios, podrás superarla.

Da lo mismo cuánto tiempo hayas estado alejado de Dios o a cuánta

distancia te hayas apartado, Él está dispuesto a oír de ti y a restaurar la


relación correcta que debes mantener con su Persona. Entonces, contando

con su ayuda y su gracia, puedes restaurar tus relaciones con otros.

La oración debe ser una constante en tu vida. Hay un dicho popular que

dice que “La ausencia aumenta el cariño”, pero no es cierto. No, la ausencia

tensa la relación. La ausencia puede mermar e incluso destruir una relación.

Solo cuando las dos personas se acercan y se mantienen en contacto, es

cuando el amor y el aprecio que sienten el uno por el otro tienen la

oportunidad de florecer y de crecer.

Lo mismo sucede con tu relación con Dios. Cuanto más tiempo pasas con

Dios en oración, más estrecha será vuestra relación. Por eso se exhorta a los

cristianos “perseverad en la oración”, y “orad sin cesar. Dad gracias en

todo” (Col. 4:2; 1 Ts. 5:17-18). Cierra la brecha, da un sencillo paso y habla

con Dios, no como algo que recuerdas de vez en cuando, sino como

prioridad. Cuanto más hables con Dios, más cerca estarás de su corazón y

mente.

Incluso cuando no sabes cómo orar, alguien lo hace por ti. ¡Dios responde

a tus oraciones! De hecho, promete responderte incluso cuando no sabes

cómo orar sobre un tema determinado. Como dice Romanos 8:26, “el

Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como

conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con

gemidos indecibles”. De la misma manera que un amigo íntimo siempre está

ahí para escuchar tus inquietudes, Dios está siempre a tu lado.

¿Qué significa esto para tu vida?

Es verdad que la oración cambia las cosas. Aunque no entiendas del todo

cómo funciona la oración en relación con la voluntad soberana de Dios, de

alguna manera tus oraciones participan en que Dios obre su voluntad en tu

vida. Como dije antes en este libro, no tienes que saber cómo funciona un

ordenador para aprovecharte de sus beneficios. ¡Tampoco tienes que saber

cómo funciona la oración! Lo único que tienes que saber es que tu Salvador

quiere que participes en su gran plan por medio de la oración. Quiere que

ores a menudo y con pasión. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;

llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca,

halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt. 7:7-8).


14

Estás creado para vivir eternamente

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo

unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga

vida eterna (Jn. 3:16).

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,

y a Jesucristo, a quien has enviado (Jn. 17:3).

Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios

permanece para siempre (1 Jn. 2:17).

once de León, un explorador español del siglo XVI, se pasó la vida

P buscando la fuente de la juventud. Está claro que no tuvo éxito. Lo que

sí descubrió fue el estado de Florida. Durante mucho tiempo se habían oído

leyendas acerca de una fuente de la juventud. Supuestamente, esa fuente era

capaz de devolver la juventud a quien bebiera de ella o se bañase en sus

aguas. Esto cautivó a Ponce de León; después de todo, ¿a quién no le

apetece ser joven para siempre?

El deseo de vivir eternamente constituye el meollo de muchas religiones.

Incluso a las personas que afirman no ser religiosas les encantaría tener la

vida eterna, porque les da miedo la muerte. Pero para los cristianos, la vida

eterna es una certidumbre, y un elemento fundamental de nuestro credo. Así

es como se describe la vida eterna en la Biblia:


La vida eterna se perdió en la caída. El ser humano fue creado a imagen

de Dios. Dios dio al hombre aliento de vida, y el hombre se convirtió en un

ser vivo. Esto no lo convirtió en un dios. Solo significó que el hombre

poseía algunos atributos de Dios, como emociones, intelecto y raciocinio.

Después de que el ser humano fuese creado, Dios lo puso en el huerto del

Edén en un estado de santidad carente de tentaciones. En teoría, si Adán no

hubiese pecado, habría vivido para siempre en esas condiciones.

Dios le prohibió a Adán: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no

comerás”. ¿Qué sucedería si el hombre desobedecía? Dios dijo:

“Ciertamente morirás” (Gn. 2:17). La muerte vendría sobre el hombre, y lo

primero sería la muerte espiritual. Sin embargo, Adán hizo lo que Dios le

había prohibido: comió del árbol del conocimiento del bien y del mal. Al

pecar contra Dios, Adán perdió la vida eterna. Por medio del pecado de

Adán, la muerte entró en el mundo. ¿Significa esto que se perdió la vida

eterna? No, la gracia de Dios restauraría la posibilidad de que la raza

humana caída tuviera vida eterna.

La vida eterna no se puede ganar. En cierta ocasión, un joven rico le

preguntó a Jesús: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”

(Lc. 18:18). Aquel joven quería que Jesús le diese un conjunto de normas

para guardarlas y algunas tareas que pudiera realizar para garantizar su

propia inmortalidad. Quería saber cómo podía ganarse la vida eterna. Jesús

no le dio ninguna fórmula, porque la salvación y la vida eterna no se pueden

ganar. La vida eterna es un don de Dios: “Porque por gracia sois salvos por

medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras,

para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9).

La vida eterna empieza en esta vida. Debido a nuestro problema con el

pecado, estamos separados de Dios. Jesús dijo que para entrar en el reino de

Dios “es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7). La vida eterna comienza en el

momento de la salvación, cuando el Espíritu de Dios entra en una persona.

Al final esa persona acabará muriendo físicamente, pero su alma vivirá por

toda la eternidad en la presencia de Cristo.

La vida eterna es tuya por medio de Jesucristo. Hay muchas religiones y

filosofías que hablan de la vida eterna. Ha habido personas como Ponce de

León, que han buscado por todas partes con la esperanza de encontrar la
vida eterna, y han pasado por alto la verdadera fuente. La respuesta es

sencilla: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios

no tiene la vida” (1 Jn. 5:12).

Jesucristo es todo lo que necesitas. La vida eterna es tuya en el momento

en que crees en Jesús como Salvador. No tienes que luchar por ella, porque

es un regalo. No tienes que preocuparte por perderla, porque has sido

sellado con el Espíritu Santo (Ef. 4:30): Él es tu garantía de obtener la vida

eterna.

La vida eterna puede ser una certidumbre. En este mundo hay mucha

incertidumbre. A lo mejor la estás experimentando ahora mismo: inquietud

respecto a tu salud, tu trabajo, tu familia, tu economía, tu futuro y, sobre

todo, tu futuro eterno. Solo los cristianos pueden afirmar convencidos que

tienen vida eterna. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a

vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que

tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”

(1 Jn. 5:13).

¿Cómo puedes saber que tienes vida eterna? Juan dice que tienes que

creer en Jesucristo, el Hijo de Dios. El primer Adán sumió a la humanidad

en la muerte espiritual; pero cuando inicias una relación personal con el

segundo Adán, Jesús, sabes con seguridad que participas de su vida eterna.

“Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn. 5:11).

La vida eterna no se puede perder. Adán perdió la vida eterna cuando

pecó. Como resultado de ello, toda la posteridad de Adán, tú incluido, está

muerta espiritualmente (Ro. 5:12). Pero gracias a la muerte y resurrección

de Jesucristo como segundo Adán, podemos recuperar esa vida, “porque así

como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados…

Fue hecho el primer Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu

vivificante” (1 Co. 15:22, 45).

Cuando recibes a Jesús como tu Salvador, Él te garantiza una posición

eterna a su lado al darte su Espíritu. La Biblia explica: “En él también

vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra

salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de

la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la


posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:13-14). ¡La presencia

del Espíritu en tu vida es la garantía de la seguridad de tu salvación!

Para algunos, la vida eterna es una maldición. Hasta ahora hemos

hablado de la vida eterna como un concepto deseable. ¿Quién no querría

vivir para siempre? Muchas personas se pasan la vida buscando la

posibilidad de disfrutar de algún tipo de existencia eterna. Si eres creyente

en Jesucristo, ¡ya gozas de esa esperanza gloriosa!

Sin embargo, para otros el concepto de la vida eterna es una maldición.

No desean que llegue. ¿Por qué? Porque sin Jesús sus vidas están

contaminadas por la maldición del pecado de Adán. Para estas personas, la

eternidad será un lugar donde pagarán para siempre por los pecados que han

cometido en esta vida.

Sin embargo, la eternidad no tiene por qué ser así; todo aquel que aún no

es creyente puede recibir la oferta que hace Dios de una existencia nueva,

con esperanza. Este nuevo comienzo llega cuando una persona se arrepiente

de sus pecados y pide a Cristo que tome el control de su vida. Así es como

funciona: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las

cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). La vida

eterna empieza en el mismo momento en que Cristo entra en tu vida y la

eternidad de Dios se apodera de tu corazón.

¿Qué significa esto para tu vida?

Hace miles de años, Moisés retó al pueblo de Israel: “escoge, pues, la

vida” (Dt. 30:19). Dios ofrece esta vida a todos los que le buscan: “y me

buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”

(Jer. 29:13). Esta vida —la vida eterna— llega cuando aceptas a Jesús. Si ya

has recibido al Señor Jesús como tu Salvador, puedes confiar en la promesa

de que vivirás para siempre. Saber que tu alma nunca morirá debería darte

gran valor y paciencia para soportar lo que la vida ponga en tu camino.


15

Satanás no es tan poderoso como piensas

Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La

gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros (Ro. 16:20).

El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el

principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras

del diablo (1 Jn. 3:8).

Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y

lo ató por mil años (Ap. 20:2).

l término preludio suele usarse para hablar de un segmento musical que

E precede a otro más importante o al segmento principal de un

movimiento en una composición musical. En términos históricos, un

preludio es un acto o evento que precede a otra cosa, normalmente a algo

más grande, de mayor alcance o más espectacular.

Muy bien, ¿pues sabías que hubo un preludio a Génesis 1:1? Antes del

tiempo y del “principio” de Génesis 1:1, tuvo lugar un preludio. Durante el

periodo de tiempo que abarca ese preludio, Dios creó al reino de los ángeles

(Col. 1:16). Los seres que poblaron este reino eran criaturas espirituales que

no podían morir, vivían en un estado de santidad y poseían un gran poder.

Sin embargo, durante este preludio sucedió algo trágico. Uno de los seres

angélicos creados por Dios, a quien se le describe como “el sello de la


perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura” (Ez. 28:12), se

llenó de orgullo y Dios lo expulsó del cielo (vv. 15-17).

Cuando Dios creó el universo material en Génesis capítulo 1, este espíritu

caído, Satanás, ya existía. Este espíritu diabólico tomó el control del cuerpo

de una serpiente y condujo a la humanidad al pecado (Gn. 3:1-7). Si bien es

cierto que Satanás es muy poderoso y totalmente malvado, y que dirige un

ejército de ángeles caídos o demonios, fue y sigue siendo tan sólo uno de los

muchos seres creados por Dios. Por consiguiente, tuvo y tiene que rendirle

cuentas a Él. De hecho, como Dios sigue siendo soberano sobre todas las

cosas, Satanás no es tan poderoso como piensa ser. Veamos ahora lo que

dice la Biblia sobre Satanás y sobre su derrota definitiva.

Satanás debe rendir cuentas a Dios. En los capítulos 1 y 2 del libro de Job

encontramos un prólogo muy informativo. Allí, Satanás puso en duda el

carácter de un hombre llamado Job al atribuir su conducta piadosa a las

bendiciones de Dios sobre su vida. Satanás dijo que si Dios dejaba de

bendecirle, Job acabaría maldiciéndole. Dios aceptó el reto de Satanás y

permitió que probase a Job, con algunas limitaciones, por supuesto. Dijo a

Satanás: “He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas

tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová” (Job 1:12).

Como ves, Satanás no tenía autoridad sobre Job. Para probarlo tuvo que

recibir permiso de Dios, y la prueba debía sujetarse a los límites que Dios

impuso. Más tarde, en el Nuevo Testamento, Jesús afirmó la falta de

autoridad de Satanás cuando le dijo a Pedro que Satanás debía pedir

permiso antes de probar a ninguno de los hijos de Dios: “Simón, Simón, he

aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lc. 22:31).

Toda esta información son buenas noticias para ti. Significa que Satanás

no tiene más poder sobre ti que el que Dios le permite tener para probar tu

rectitud, como probó a Job y a Pedro.

Jesús vino para derrotar el poder de Satanás. Cuando Adán y Eva

pecaron, esencialmente lo que hicieron fue dejar de obedecer a Dios para

acatar las órdenes de Satanás. Como resultado, ahora el mundo entero está

en poder del diablo (1 Jn. 5:19). Como dice Hebreos 2:14, Jesús vino a

acabar con ese poder: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y

sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la


muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”. El primer

Adán se hizo esclavo del poder de Satanás, pero el segundo Adán,

Jesucristo, venció ese poder con su muerte como pago por el pecado de la

humanidad.

Jesús creó el patrón para vencer a Satanás. Inmediatamente después de

que el Padre le confirmara en su bautismo, Jesús fue llevado al desierto para

que el diablo le tentase (Mt. 4:1). En este tiempo de prueba, Cristo demostró

que era verdaderamente el Hijo de Dios, y que estaba más que capacitado

para vencer al diablo y sus tentaciones. Las respuestas de Jesús ante la

tentación también nos ofrecen un ejemplo a seguir cuando nosotros somos

tentados. Aunque no somos Dios, nosotros, como Jesús, podemos

enfrentarnos a la tentación, resistirla y obtener la victoria sobre ella. Jesús

nos muestra el camino: cada vez que fue tentado, citó la Palabra escrita de

Dios. De modo que ármate con la Palabra de Dios, guárdala en tu corazón

para que no peques contra él (Sal. 119:11).

Satanás está en guerra con los creyentes. Satanás no lucha con un mundo

incrédulo. El mundo ya es su prisionero. Satanás se centra en acosar o

apartar a los creyentes de Dios. Si consigue que los seguidores de Cristo

desobedezcan a Dios y vivan en un pecado del que no se arrepienten, habrá

derrotado eficazmente su testimonio y su capacitación espiritual, así como

su utilidad para la causa de Cristo. Para soportar los ataques de Satanás

debes depender de la fuerza de Dios, y utilizar todas las partes de la

armadura que te ha dado. “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que

podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Ef. 6:11). (Para ver

una lista completa de las piezas de la armadura, ver Efesios 6:14-17).

Satanás es un enemigo derrotado. La primera derrota de Satanás se

produjo cuando Dios le expulsó del cielo. La guerra entre Dios y el mal

prosigue desde entonces. Satanás sigue librando una batalla que perderá, y

no tenemos que esperar para saber quién va a vencer. Al final, Satanás

perderá. Lo tenemos por escrito: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado

en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y

serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap. 20:10).

Lamentablemente, por el momento Satanás sigue activo, y sigue

tentándonos a dudar de Dios. Satanás es implacable cuando intenta


persuadirnos de que vivamos nuestras vidas sin la ayuda de Dios.

¿Qué significa esto para tu vida?

Satanás es un ángel caído que es real, y sus tentaciones también lo son.

Tentó a Adán y a Eva en el huerto de Edén, tentó a Jesús en el desierto, y

hoy sigue tentando a todos los creyentes.

Cuando te desanimas porque parece que el mal vence al bien, recuerda

estas grandes verdades: Jesús derrotó a Satanás en la cruz. La paga del

pecado se ha pagado por completo. Gracias a Jesucristo, la victoria última

es nuestra. Pero, por el momento, Satanás hace todo lo que puede para

hacernos vivir a su manera en lugar de la de Dios. Por consiguiente, a

menudo te enfrentarás a la tentación.

Cuando crees que no puedes resistir la tentación, o te ves racionalizando

por qué está bien ceder ante ella, recuerda: “Hijitos, vosotros sois de Dios…

porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo

(1 Jn. 4:4).
16

El peligro de no tener en cuenta a Satanás

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león

rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar (1 P. 5:8).

Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros

(Stg. 4:7).

El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el

principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras

del diablo (1 Jn. 3:8).

or lo que respecta a Satanás, un buen lema que a los cristianos les

P conviene recordar es: “Es mejor prevenir que curar”. Todos los

cristianos deben considerarle el enemigo público número uno. A lo mejor

piensas: ¡Eh, un momento! ¿Es que Jesús no le derrotó en la cruz?

Entonces, ¿por qué he de temerle? No tiene poder sobre mí. ¡Soy cristiano!

Tienes razón. Eso es la pura verdad. Sin embargo, Satanás sigue siendo “el

dios de este siglo” (2 Co. 4:4), y tiene el poder de tentar a los creyentes. La

Biblia tiene muchos nombres para este “dios de este siglo”, nombres que

definen las actividades de Satanás:

Satanás: ser un adversario o actuar como tal. Es el adversario, aquel

que se opone a la causa de Dios y a su pueblo.

Diablo: adversario o acusador. La palabra diabólico procede del


término griego del Nuevo Testamento que se traduce como “diablo”.

Acusador, tentador, adversario, engañador, padre de mentiras,

homicida, pecador; estos son algunos de sus otros nombres, pero hay

más.

Todos estos nombres transmiten una parte del carácter y de las prácticas

del diablo. Un breve estudio de ellos puede ofrecerte una visión de algunas

de sus tácticas. Cuando le respondas, debes precaverte contra dos extremos.

Por un lado, no le tomes demasiado a la ligera, porque entonces no estarás

haciendo caso de las advertencias bíblicas. Por otro, no le culpes de todas

tus malas acciones. Hacer esto supone tener una mentalidad: “el diablo me

hizo hacerlo”. Teniendo en mente estos dos principios, veamos algunas de

las tácticas del diablo frente a las que debemos precavernos:

El arma primaria de Satanás es el engaño. El apóstol Pablo nos dice que

Satanás se disfraza de ángel de luz, y sus demonios también se disfrazan de

siervos de justicia (2 Co. 11:14-15). Este engaño utiliza sobre todo la

religión. Satanás ha cegado las mentes de los incrédulos para que adoren a

dioses falsos. También impulsa a los incrédulos a adorar al único Dios

verdadero, pero de la forma incorrecta: por medio de un sistema que se

centra en hacer buenas obras para obtener la salvación y el perdón.

Satanás engaña a los cristianos por medio de falsos maestros, incluyendo a

los que usan la Biblia para “demostrar” sus enseñanzas. Por eso, Pablo

advierte a los cristianos: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán

en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de

vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para

arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad” (Hch. 20:29-31).

El objetivo de Satanás es impedir que los cristianos conozcan a Dios.

Desde el principio de la historia bíblica, Satanás ha intentado hacer que la

humanidad dude de Dios y cuestione su autoridad. Disfrazado de serpiente,

las primeras palabras de Satanás que hallamos en la Biblia son “¿Conque

Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1). Dios había advertido a Adán y a Eva que no

comiesen el fruto de determinado árbol. Satanás logró convencer a Eva para

que desafiase la autoridad de Dios, y comió del árbol. Como resultado de la

desobediencia de Adán y de Eva, y de la entrada del pecado en el mundo, la


humanidad se separó de Dios. Y hasta el día de hoy, Satanás sigue usando la

misma táctica, intentando conseguir que las personas duden de Dios.

Sin embargo, a pesar de todo su poder, el creyente puede frustrar a Satanás

con éxito. Y cuando se le resiste con firmeza, “huirá de vosotros” (Stg. 4:7).

Satanás ataca por medio de la debilidad. Toda persona tiene puntos

débiles. Por ejemplo, en Génesis 3 vemos que la flaqueza de Eva fue su

orgullo. Satanás la hizo pensar que Dios era estricto, mezquino y egoísta por

no querer que ella compartiese su conocimiento. Cuando el diablo tentó a

Eva a comer del fruto prohibido, dijo: “seréis como Dios, sabiendo el bien y

el mal” (Gn. 3:5).

Al igual que Eva, también nosotros nos metemos en problemas cuando

pensamos en las cosas que no tenemos, y acusamos a Dios de “negarnos” lo

que queremos. En consecuencia, dudamos de la sabiduría de Dios y

actuamos basándonos en nuestros propios deseos, siendo atraídos al pecado.

Satanás conoce nuestras debilidades, e intentará aprovecharse de ellas.

Podemos resistir los ataques de Satanás. Antes de que Jesús empezara su

ministerio público, “fue llevado por el espíritu al desierto, para ser tentado

por el diablo” (Mt. 4:1). Durante ese periodo de tentaciones, Jesús nos

mostró cómo podemos enfrentar al diablo. La intención de Satanás era

descalificar a Jesús como la única esperanza de redención de la humanidad.

Es importante destacar que, en estas tentaciones, Satanás se centró en tres

áreas en las que solemos tener problemas: (1) las necesidades y deseos

físicos; (2) las posesiones y el poder, y (3) el orgullo.

Frente a cada tentación, Jesús citó las Escrituras y no cedió al pecado.

Hebreos 4:15 dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda

compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo

según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Cuando eres tentado, el Señor

sabe de primera mano lo que experimentas, y es capaz de ayudarte en tu

lucha. Cuando seas tentado, depende del poder del Espíritu Santo y recuerda

las instrucciones que figuran en la Palabra de Dios sobre las decisiones que

debes tomar.

¿Qué significa esto para tu vida?

El apóstol Pedro describe al diablo como un enemigo cruel, “un león


rugiente que busca a quien devorar” (1 P. 5:8). La meta del diablo es dejarte

en evidencia al hacerte sucumbir a la tentación, pecar y deshonrar a Dios.

Aunque como cristiano tienes la garantía de la victoria última, por el

momento debes participar en la lucha hasta que Cristo regrese.

Satanás tiene mucha práctica como engañador, que se remonta hasta

mucho antes del huerto de Edén. Él y sus demonios son una fuerza

sobrenatural, y necesitas un poder sobrenatural para derrotarlos.

Afortunadamente, Dios no te ha dejado batallar solo. Te ha proporcionado

su Santo Espíritu, su Palabra y la armadura espiritual descrita en Efesios 6.

En la guerra hay un dicho: “Conoce a tu enemigo”. ¿Cómo puedes

hacerlo? Las Escrituras te dicen cuáles son las tácticas que emplea Satanás y

como resistirlas. Descansa en el poder del Espíritu Santo, y sigue los

mandamientos de las Escrituras. Como dice Efesios 6:10-11: “fortaleceos

en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios,

para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”.
17

Los cristianos son perfectos, ¡y lo serán!

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los

cielos es perfecto (Mt. 5:48).

Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los

santificados (He. 10:14).

Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo

que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos

semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1 Jn. 3:2).

¿N o estás de acuerdo en que la perfección debería ser la meta para

cualquier acto, actitud o empresa que tú o yo iniciemos? ¿No nos dice

la Biblia que hagamos todo lo mejor que podamos? Todo esfuerzo debiera

empezar con la meta de la perfección en mente. Quienes participan en

competiciones de patinaje sobre hielo o gimnasia trabajan duro con la

esperanza de obtener un 10, la nota máxima. En el béisbol, el lanzador sube

al montículo con la esperanza de que los bateadores fallen y sean

descalificados. En el reino físico la perfección es la meta.

En el reino espiritual, Dios, que es santo, también tiene una meta: ¡tu

perfección! Jesús dijo a una gran multitud: “Sed, pues, vosotros perfectos,

como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). La meta

física de la perfección no se alcanza fácilmente, pero es asequible. Pero por

lo que respecta a la perfección espiritual, la humanidad no puede ni


acercarse a la norma divina de perfección. Por tanto, ¿qué tiene todo esto

que ver con la afirmación que hicimos en el título de este capítulo: “Los

cristianos son perfectos, ¡y lo serán!”? A lo mejor piensas: Parece una

contradicción. ¿Cómo puede ser eso? Quizá pueda explicarlo de la siguiente

manera:

Jesús es el modelo de la perfección. Por definición, Dios debe ser un ente

perfecto. De modo que Jesús, como Dios encarnado, fue perfecto y vivió

una vida de perfección. Por tanto, la vida de Jesús se convierte en un

modelo para vivir. Todo lo que sea menos que la perfección de Jesús impide

que la persona mantenga una relación eterna con un Dios santo. Dado el

hecho de que somos criaturas espiritualmente caídas, esta situación parece

irresoluble: es un callejón sin salida. Dios dice que debes ser perfecto para

estar con Él en el cielo, pero debido al pecado nunca serás perfecto. Aquí es

donde Jesús viene en nuestra ayuda.

Se nos ofrece ser perfectos en Jesús. El pecado es lo que, a los ojos de

Dios, impide que toda la humanidad sea perfecta. Es de sentido común que,

si tu pecado desapareciera, serías perfecto. Por eso vino Jesús al mundo; en

su calidad de hombre perfecto, Jesús pagó por tus pecados mediante su

muerte, su sacrificio en la cruz. Así es como expresa la Biblia esta

impresionante transacción: “Al que no conoció pecado [Jesús], [Dios] por

nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios

en él” (2 Co. 5:21).

La perfección empieza en la salvación. Cuando aceptas a Jesús como tu

Salvador, Dios ya no te ve a ti; ve a Jesús y su justicia. A los ojos de Dios

eres perfecto. Jesús ha cargado con tu pecado. Eres una nueva persona.

Cómo dice 2 Corintios [Link] “De modo que si alguno está en Cristo, nueva

criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Por medio de la justicia de Cristo que nos fue dada en la salvación, somos

perfectos a los ojos de Dios. Por eso, cuando morimos, entramos

inmediatamente en el cielo y a la presencia de nuestro Dios santo. Por esa

razón, Pablo pudo declarar: “pero confiamos, y más quisiéramos estar

ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Co. 5:8). Los teólogos se

refieren a esta verdad de la perfección como “nuestra posición en Cristo”.

Somos perfectos porque somos perdonados. Nuestro “estado perfecto” no


será oficial hasta que muramos y vayamos al cielo, donde seremos como

Jesús, es decir, perfectos (1 Jn. 3:2).

La perfección aún no está completa. Mientras aquellos que somos

cristianos vivamos en el mundo, lucharemos con el pecado. A pesar de que

desde el punto de vista de nuestra posición ya somos perfectos, desde el

punto de vista práctico nuestra condición humana aún nos hace pecar. Pero

Dios no ha dejado que luchemos solos. El Espíritu Santo mora en nosotros

para guiarnos, aconsejarnos, enseñarnos y ayudarnos a soportar las

tentaciones que se interponen en nuestro camino.

Dios ha iniciado el proceso de la perfección, y seguirá perfeccionándonos

hasta el día de nuestra muerte, cuando concluirá ese proceso. Como dijo el

apóstol Pablo: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros

la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).

Hebreos 10:14 explica los dos aspectos, el de la posición y el práctico:

“porque [Jesucristo] con una sola ofrenda hizo perfectos [nuestra posición]

para siempre a los santificados [nuestra práctica]”.

La perfección es Dios obrando en ti. La Biblia es clara en cuanto a la

participación activa de Dios en nuestras vidas cuando dice: “porque Dios es

el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena

voluntad” (Fil. 2:13). Dios nos hace avanzar hacia la perfección última. Para

ayudarnos en este proceso, nos ha ofrecido una ayuda momento tras

momento. ¿Cómo sucede esto? Por medio del Espíritu Santo. Jesús dijo:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi

nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he

dicho” (Jn. 14:26).

La perfección es una meta hacia la cual debemos esforzarnos. Cuando

llegues al cielo, tu perfección será completa. Pero hasta entonces, debes

aspirar a parecerte a Jesús todo lo que puedas. ¿En qué áreas de tu vida

puedes hacer esto?

—Carácter. El carácter tiene que ver con el corazón. La Biblia dice:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la

vida” (Pr. 4:23). Dado que tus actos y tus actitudes quedan

determinados por tu corazón, asegúrate de que tu corazón está en


consonancia con lo que Dios enseña en su Palabra. Entonces

manifestarás el carácter correcto.

—Santidad. Este mundo no es tu hogar. No haces más que pasar por él

en tu camino a morar con Dios. Tu ciudadanía está en los cielos

(Fil. 3:20). Por consiguiente, debes separarte de los valores

pecaminosos del mundo. Elige las cosas de Dios en lugar de las de

este mundo.

—Madurez. De la misma manera que la fortaleza física no se consigue

de una sola vez, la fortaleza espiritual (la madurez) sigue un proceso

lento. Es un crecimiento que pasa por fases. Es como las distintas

conductas que puedes esperar de alguien que está creciendo: un bebé,

un niño, un adolescente, luego un adulto. Dios también espera que

crezcas en madurez espiritual, y que ese crecimiento vaya

acompañado de cambios en tu comportamiento.

¿Qué significa esto para tu vida?

Si eres creyente, la perfección es una realidad futura para ti. Sin embargo,

debido al pecado que anida en tu carne humana, la perfección no es posible

en el presente. A pesar de ello, tu disposición a pecar no debe impedirte

intentar parecerte cada vez más a Cristo. Él te llama a que destaques, que te

eleves por encima de la mediocridad y que madures espiritualmente,

mientras esperas al mismo tiempo aquel momento en que la perfección ya

no será un objetivo sino una realidad.

¿Cuándo llegará ese momento? El apóstol Juan lo expresó de esta manera:

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que

hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos

semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2). Hoy eres

perfecto porque estás en Cristo. Pero un día serás perfecto ¡porque estarás

con Cristo!
18

Lo que cuenta no es lo que tú hagas, sino

lo que hizo Cristo

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al

Padre, sino por mí (Jn. 14:6).

Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el

cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hch. 4:12).

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que

nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Co. 5:21).

¿S abes cuántas religiones hay en el mundo? A primera vista, puede

parecer que haya cientos, por no decir miles. Pero en realidad solo hay

dos: la de Dios y la de los hombres. La religión de los hombres, lleve el

nombre que lleve, siempre se levanta sobre un fundamento de justificación

propia. La religión de los hombres formula la pregunta: ¿qué debo hacer

para ganar la inmortalidad? La religión humana se edifica sobre el sistema

de méritos propios, sobre los esfuerzos religiosos para comprar la vida

eterna.

La religión de Dios, tal como se revela en la Biblia, descansa sobre el

fundamento de la justicia divina y el sacrifico expiatorio del Hijo de Dios,

Jesucristo. Dios dice: “No podéis hacer nada para merecer el cielo. Ya he

hecho todo lo necesario al enviar a mi Hijo Jesucristo para morir en la cruz,


de modo que podáis vivir”. Dicho en pocas palabras, la salvación no se

fundamenta en lo que tú hagas, sino en lo que hizo Cristo. ¿Y qué ha hecho?

Los teólogos llaman a la obra de Cristo “la expiación”, es decir, un pago o

sacrificio por el pecado.

La obra de Cristo estaba planificada de antemano. Dios es eterno y, por

consiguiente, sus actos también lo son. Todo fue determinado en la

eternidad, desde la creación del universo a la llegada del pecado al mundo;

desde el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, el Hijo

eterno, hasta lo que sucederá en los últimos días. Según el plan divino, Jesús

sería el medio para reconciliar con Dios a la humanidad pecadora. El

apóstol Pedro escribió: “fuisteis rescatados de vuestra vana manera de

vivir… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y

sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo”

(1 P. 1:18-20).

Cristo se hizo hombre. En la eternidad pasada, el trino Dios, en las

personas del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, decidió que el Hijo eterno se

hiciera hombre y viviera una vida santa. Sería Él quien satisfaría el requisito

de un Dios santo, que era la paga del pecado. Entonces quedaría satisfecha

la justicia de Dios, y ese Dios santo podría mantener de nuevo una relación

personal con el ser humano.

Cristo debía morir. Uno de los elementos en el sistema de adoración del

Antiguo Testamento era el sacrificio de animales, que se ofrecían

continuamente a Dios por los pecados del pueblo de Israel. Por medio del

derramamiento de sangre se obtenía la expiación (Lv. 17:11). Estos

sacrificios eran necesarios continuamente porque el pueblo no dejaba de

pecar.

Sin embargo, esos sacrificios solo podían cubrir el pecado del pueblo, no

borrarlo. Fue solamente por medio de la muerte de Jesús, que no tuvo

pecado, como se hizo el sacrificio definitivo que satisfaría, de una vez y para

siempre, todas las exigencias justas de un Dios santo. El escritor de Hebreos

lo expresa de esta manera: “somos santificados mediante la ofrenda del

cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (He. 10:10).

La muerte de Cristo fue sustitutiva. Desde que Adán y Eva pecaron en el


huerto de Edén, el ser humano ha estado en rebeldía contra un Dios santo. Y

el castigo por el pecado es la muerte. Pero en lugar de dejar que el hombre

muriese por su propio pecado, Dios proveyó un sustituto. ¿Quién mejor para

pagar por los pecados del mundo entero que el hombre perfecto, Jesús, “el

cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 P. 2:22)? Jesús ocupó

nuestro lugar en la cruz y se convirtió en nuestro sustituto: “Al que no

conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos

hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).

La muerte de Cristo garantizó el perdón. Según el sistema de sacrificios

propio del Antiguo Testamento, el pueblo hacía sacrificios continuos por el

pecado. Pero tales sacrificios no eran más que una cobertura temporal. La

justicia de Dios no quedó satisfecha hasta que la sangre de Jesús se derramó

en la cruz. Su sacrificio fue lo que proporcionó el perdón completo.

Como resultado de ello, ya no hay ninguna necesidad de que los

sacerdotes ofrezcan sacrificios adicionales. Como dice la Biblia en

Hebreos [Link] “que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos

sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego

por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a

sí mismo”. La muerte de Cristo garantizó el perdón ¡de una vez por todas!

La muerte de Cristo debe aplicarse. Al principio de este capítulo

explicamos que, en realidad, en el mundo solo existen dos religiones: la

religión humana de las buenas obras, y la religión divina de la obra de

Cristo hecha en la cruz. Si optas por depender de tus obras, harás una mala

elección, porque la Biblia dice que la salvación no es “por obras de justicia”

(Tit. 3:5). Ninguna cantidad de obras justas y buenas pueden ayudarte a

entrar en el cielo. La gracia de Dios es tu única esperanza, “la dádiva de

Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

La gracia es el favor voluntario y amoroso de Dios extendido a quienes ha

decidido salvar. No puedes ganar la gracia de Dios, ni tampoco merecerla.

Sin la gracia de Dios nadie puede ser salvo. Para recibirla tienes que admitir

que no puedes salvarte por ti mismo, que solo Dios puede salvarte, y que

esto solo es posible por medio de la fe en Cristo, tal como lo define la

Escritura: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”

(Ef. 2:8-9).

¿Qué significa esto para tu vida?

Debe ser muy frustrante para las personas que intentan abrirse camino

hacia el cielo por sus propios medios no estar seguras jamás de si han hecho

suficiente, si lograrán su objetivo. A lo mejor eres una de esas personas.

¿Estás haciendo lo suficiente para obtener la vida eterna? ¿Cómo sabrás si

ya has satisfecho los requisitos de Dios o si lo has logrado? ¿Puedes confiar

tu destino eterno al cálculo humano de tus méritos?

Por el contrario, ¡qué liberador resulta saber que no puedes hacer nada

para asegurar tu salvación! Tu salvación costó el precio más elevado de

todos, la muerte de Jesucristo. Como resultado de este pago por tus pecados,

el Padre te ofrece el regalo de la vida eterna, que debes recibir por fe, no

ganarlo por obras.

Si tú, solo por la gracia de Dios, has recibido este regalo, el mayor de

todos, debes alabar a Dios sin cesar por “la superabundante gracia de Dios

en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Co. 9:14-15).

Además, movido por la gratitud constante por este regalo, debes hablarles

a otros acerca de la oferta de gracia divina. ¡Qué gran regalo! Sé fiel

comunicando esta buena noticia a todo el que quiera escucharla.

Por último, debido a la gracia de Dios, debes procurar activamente ayudar

y servir a otros con amor, caridad y bondad. Estos actos no compran la

salvación; son solamente el fruto que brota de haber sido hechos nuevas

criaturas en Cristo.
19

Incluso cuando no lo parezca, Dios tiene el

control

Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la

mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Pr. 21:1).

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que

fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el

primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos

también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que

justificó, a éstos también glorificó (Ro. 8:29-30).

Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su

consejero? (Ro. 11:34).

lo largo de toda la vida, cuando eras joven y ahora de adulto, has estado
A sometido a la autoridad de otros, ya sea en el hogar, la escuela o el

trabajo. Imagino que, en general, no has tenido problemas en hacer lo que te

han pedido las personas con autoridad. Esto se debe a que has admitido que

la persona que estaba al mando (ya fuera un padre, un maestro o un jefe)

tenía la última palabra.

Sin embargo, aunque a muchos de nosotros no nos supone un problema

acatar la autoridad humana, nos cuesta más ceder ante la de Dios. ¿Por qué?

Después de todo, Él es Creador y Señor de todas las cosas y, por


consiguiente, tiene libertad para hacer lo que quiera. No está sujeto a nadie

ni tiene que dar cuentas. Como seres creados, no estamos en posición de

juzgar a Dios por lo que hace. Una expresión que usan los teólogos para

hablar de la autoridad divina es “la soberanía de Dios”. Veamos lo que dice

la Biblia sobre la soberanía divina:

La soberanía divina está más allá de toda comprensión. Job dijo: “he

aquí, Dios es grande, y nosotros no le conocemos” (36:26). Nada es

comparable a Dios. Su poder y su presencia son inmensos y, cuando nos

habla hoy por medio de su Palabra, debemos escucharle. Lamentablemente,

a veces pensamos que tenemos una idea mejor sobre cómo vivir nuestras

vidas y tomar nuestras decisiones. Como no podemos entender algo que

Dios nos pide, queremos cuestionarlo, discutirlo o rebelarnos. En Romanos

9, Pablo usó una ilustración interesante para explicar la autoridad de Dios

sobre nosotros: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer

de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (9:21).

La soberanía de Dios es eterna. En la eternidad pasada, antes del

comienzo del tiempo, Dios eligió a determinados individuos para que

mantuviesen una relación especial con Él. Como dice 2 Timoteo 1:9, “nos

salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino

según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de

los tiempos de los siglos”. Este acto de salvación, junto con otros que Dios

haría, se decidió en la eternidad pasada, esperando su cumplimiento en el

momento oportuno.

La soberanía de Dios y el libre albedrío. A algunos les parece ver una

contradicción entre la soberanía divina y el libre albedrío, un término que, a

menudo, se malinterpreta. La voluntad humana es libre en el sentido que

toma decisiones voluntarias que tienen consecuencias. Sin embargo, la

voluntad del hombre no es moralmente neutra; está sujeta al pecado y, sin la

gracia divina, las personas eligen libre y constantemente rechazar a Dios

(Ro. 3:10-11; Ef. 2:1-3; 2 Ti. 2:25-26).

Las Escrituras afirman tanto la soberanía divina como la actividad

voluntaria humana. Por ejemplo, cuando el faraón se enfrentó a Moisés, el

primero actuó totalmente de acuerdo con su libre albedrío. Sin embargo,

Dios dice: “Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder” (Éx.


9:16). De igual modo, la crucifixión de Cristo la realizaron hombres

malvados, y al mismo tiempo Dios la permitió conforme a su propósito

(Hch. 2:23; 4:27-28).

Incluso la salvación de una persona queda determinada por la intervención

soberana de Dios. Hechos 13:48 declara: “creyeron todos los que estaban

ordenados para vida eterna”, y Hechos 16:14 dice: “Una mujer llamada

Lidia… el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que

Pablo decía”.

La soberanía de Dios respalda la evangelización. Muchos cristianos

emplean la soberanía de Dios como excusa para no compartir el mensaje de

Cristo con los incrédulos. Razonan así: “Si Dios ya ha ‘elegido’ a

determinadas personas para que se salven, ¿qué necesidad hay de que yo

predique u ore, o hable a los no cristianos acerca de Cristo?”. Sin embargo,

en Mateo 11:25-30, Jesús afirmó la soberanía absoluta de Dios y al mismo

tiempo invitó a los pecadores a acudir a Él para ser salvos.

También Pablo empezó su amplio tratamiento de la soberanía divina

expresando su carga por sus compatriotas perdidos (Ro. 9:1-5). No obstante,

también oró sinceramente por su salvación (Ro. 10:1), diciendo “todo aquel

que invocare el nombre del Señor, será salvo”. De modo que, aunque Dios

es soberano, debemos estar activos para acercarnos a los perdidos e

invitarles a ser salvos en Cristo.

La soberanía de Dios no exime de responsabilidad al ser humano. ¿Cómo

es posible que Dios sea soberano y el hombre sea responsable de sus actos?

La relación entre estos dos conceptos es misteriosa pero no contradictoria.

La Biblia enseña que el hombre debe dar cuentas a Dios de sus actos; como

dijo Pablo, “[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras” (Ro. 2:6).

Pablo abordó la tensión entre la responsabilidad humana y la soberanía

divina, limitándose a afirmar ambas (Ro. 9:19-29). Esta es una de las

aparentes contradicciones que nuestra mente finita no logra resolver; por

consiguiente, solo podemos recurrir a pasajes de la Biblia como

Deuteronomio 29:29, que afirma: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová

nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para

siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley”.


La soberanía de Dios no requiere explicación. Dios no tiene necesidad de

explicarnos nada. Esto se lo dejó claro a Job, que pensaba que Dios tenía

que justificarse por las muchas cosas malas que le habían sucedido en su

vida. Al final, como si Dios ya hubiera tenido bastante, “respondió Jehová a

Job desde un torbellino” (Job 38:1). Durante los cuatro capítulos siguientes,

Dios recordó a Job lo poco que él sabía. Si Job no entendía plenamente el

funcionamiento de la creación física de Dios, algo que podía ver, ¿cómo iba

a entender la mente y el carácter de Dios, a quien no veía? A la hora de

juzgar algo, no existe una norma o un criterio superior al propio Dios.

¿Qué significa esto para tu vida?

El mundo parece haber escapado a todo control. El pecado y la maldad

están por todas partes. Esto induce a pensar que a Dios no le importa lo que

está pasando, o que es incapaz de hacer algo para arreglarlo.

Pero a Dios sí le importa, y es capaz de hacer todo lo que quiere, pero a su

debido tiempo. Esta confianza está bien fundamentada, porque eso es

exactamente lo que Dios dijo a Moisés respecto a los israelitas cuando

estaban cautivos en Egipto:

Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto…

He conocido sus angustias…

He descendido para librarlos…

Te enviaré a Faraón (Éx. 3:7-10).

Este es el mismo Dios soberano que nos ve hoy, que se interesa por

nosotros, quien envió a su Hijo a morir por nuestros pecados y que un día

regresará para acabar con el mal. La Biblia nos dice todas estas cosas, y

puedes confiar en lo que afirma. Incluso cuando no nos lo parezca, Dios

sigue teniendo el control. Tu respuesta debe ser someterte voluntariamente a

su autoridad y descansar en su cuidado.


20

No puedes esconderte de la presencia de

Dios

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones… y he aquí yo

estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén

(Mt. 28:19-20).

Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará

de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las

puede arrebatar de la mano de mi Padre (Jn. 10:28-29).

No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal

(Jn. 17:15).

o soy hijo único, lo cual me proporcionó grandes beneficios mientras

Y crecía. No tuve que compartir mis juguetes o mi bicicleta con

hermanos ni hermanas. No tuve que compartir el amor de mis padres con

otros hermanos. Fui en gran medida el centro de atención. Pero tuve un

problema persistente: ¡en casa no tenía a nadie con quien jugar! Por tanto,

siempre trataba de hacer amigos y encontrar compañeros de juego. A pesar

de que contaba con mis padres, anhelaba estar con otros niños de mi edad.

En este sentido, no quería estar solo.

A muy pocas personas les gusta estar solas. ¡Y así es como debe ser! Dios

dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2:18), de modo que hizo a
la mujer como compañera. Al principio, Dios quiso que esa relación de

compañerismo existiera entre el marido y la esposa; pero Dios también

podría haber estado hablando de su deseo de tener parte en la vida de su

pueblo. Eso es exactamente lo que prometió Jesús cuando dijo: “he aquí yo

estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).

La presencia de Dios es real. Quizá, cuando estaba en un estado de ánimo

reflexivo, el salmista formuló la pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu?

¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:7). Luego hizo una lista de

todos los lugares a los que podría ir, pero jamás podría escapar del

conocimiento o de la presencia de Dios. Incluso en los lugares más

elevados, profundos y distantes, Dios seguiría estando con él. En otro lugar

dijo: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno,

porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4).

La presencia de Dios es personal. Una de las características de Dios es

que está en todas partes al mismo tiempo. Esto quiere decir que es

omnipresente. En el Antiguo Testamento, Dios estaba personalmente

presente en la vida de individuos clave como Josué, que fue el líder de los

hijos de Israel cuando murió Moisés. Dios dijo: “No temas ni desmayes,

porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Jos. 1:9).

La presencia de Dios estaba con Josué porque este tenía que cumplir una

misión importante: llevar a los hijos de Israel a la tierra prometida.

En el Nuevo Testamento, con la llegada del Espíritu Santo, Dios está

presente en todos los que creen en Jesucristo. Dios está presente en todas

partes, pero está personalmente presente, y lo estará, con cada uno de los

cristianos mientras vivan en este mundo. Entonces, en el momento de su

muerte, el creyente será llevado inmediatamente a la presencia de Dios en el

cielo. No habrá demoras. Dios está presente con sus hijos en esta tierra, y

ellos estarán en su presencia en el cielo. ¡Qué promesa y esperanza más

poderosas y reconfortantes!

La presencia de Dios es algo bueno. Lamentablemente, la presencia de

Dios no es la pasión primaria de muchos cristianos. En lugar de dedicar

tiempo a vivir en la presencia de Dios momento tras momento, deleitándose

en ella, son como Adán y Eva (¡seguro que conoces la historia!). Hubo un

tiempo en el que Adán y Eva caminaron con Dios en todo momento, pero
cuando pecaron, “se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los

árboles del huerto” (Gn. 3:8). Su pecado alteró la relación que habían

disfrutado con Dios. Como resultado, intentaron ocultarse de Él.

Si no te entusiasma vivir en la presencia de Dios, busca el pecado en tu

vida. Confiésalo a Dios. Haz tu parte para cerrar el abismo entre tú y el

Señor. Y disfruta de nuevo de la verdad de la presencia divina en tu vida

como algo bueno, ¡lo mejor de todo!

La presencia de Dios es un consuelo. Si eres como yo (¡y seguramente

como todo el mundo!), a menudo te gustaría eludir el dolor, la tristeza, la

pérdida, la melancolía, los fracasos y toda una serie de dificultades más.

Incluso deseas que tu vida se viera libre de esas frustraciones, pequeñas

pero cotidianas, que te van agotando. Pero fíjate en cómo la presencia de

Dios acude a ti en momentos de angustia:

Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias.

Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los

contritos de espíritu (Sal. 34:17-18).

¿Lo has entendido bien? Dios promete ser una fuente de poder, valor y

fortaleza para ayudar a los justos en medio de sus problemas. A veces opta

por librarnos de ellos, pero es emocionante cuando prefiere darnos las

fuerzas necesarias para soportarlos, ¡porque entonces es cuando nos

recuerda especialmente que su presencia está con nosotros!

Cuando lleguen dificultades (¡y llegarán!), no te enfades con Dios ni cedas

a la frustración. No tengas un ataque de pánico. En cambio, recuerda que

Dios está presente contigo. Admite que le necesitas a tu lado. Clama a Él,

corre a Él, aférrate a Él, cuenta con su presencia. Por duras que sean tus

pruebas, el Señor está contigo. Siempre está con sus hijos.

¿Qué significa esto para tu vida?

Es asombroso darse cuenta de que Dios está presente en tu vida en todo

momento. Entonces, ¿cuál es la respuesta adecuada? Debes compartir este

hecho con todo el que te escuche. Debes hablar de Dios cuando estés con

otros, sobre todo con incrédulos. Habla de la realidad de la presencia de


Dios en tu vida. Eleva tu pensamiento a Dios en oración a la hora de la

comida para darle gracias por mostrarte su fidelidad.

Los incrédulos no pueden ver a Dios, pero sí pueden verle en tu vida. Tus

hermanos en la fe también pueden verle en ti. Adopta la costumbre de

insertar su nombre en tus conversaciones. Refiérete a Él a menudo. Cuando

otros estén desanimados o necesiten que alguien impulse su fe, háblales de

la presencia del Señor.

Veamos algunas maneras en las que puedes practicar la presencia de Dios.

Cuando recibas un cheque, antes de abrirlo, da gracias a Dios por su

provisión. Cuando recibas una carta o una llamada telefónica de alguien que

tiene un problema, ora con él o ella y habla con Dios sobre su problema o

inquietud. Cuando subas a un coche o a un avión, ora. Cuando comas, ora.

Cuando estés triste, ora; contento, ora; temeroso, ora; necesitado, ora.

Este capítulo no es acerca de la oración, así que, ¿por qué orar? Porque

crees que Dios está presente a tu lado en todo momento. Cada vez que

respiras eso te recuerda la presencia divina. Dios está en todas tus

circunstancias, “porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que

vayas” (Jos. 1:9).


21

Nada puede separarte del amor de Dios

Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que

me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero

(Jn. 6:39).

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o

persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en

todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que

nos amó (Ro. 8:35-37).

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el

evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis

sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de

nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para

alabanza de su gloria (Ef. 1:13-14).

¿T e gusta empezar proyectos, pasatiempos o ministerios? En mi caso ha

sido así durante años. Y para mí ha sido una gran alegría ver como

terminaba algunas de mis actividades y pasaba a la siguiente. Pero tengo que

confesar algo: también tiendo a dejar sin acabar algunos de mis proyectos

(¡y tengo un armario lleno que lo demuestra!).

Empezar algo nuevo siempre es emocionante, sobre todo cuando tienes un

montón de ideas. Pero en ocasiones, después de haber empezado un

proyecto, es fácil que otro diferente nos llame la atención… y entonces,


antes de que nos demos cuenta, ¡ya hemos salido corriendo tras lo último

que nos ha inspirado!

Es entonces cuando me doy cuenta de lo afortunado que soy de contar con

otros que vienen a mi lado para ayudarme a acabar lo que empecé. Estos

buenos amigos figuran entre los primeros en mi lista de “acción de gracias”

a Dios como ayudantes comprometidos. Pero, por encima de todo, yo (y tú

también) debería dar gracias a Dios porque, en lo tocante a nuestro destino

eterno, ¡Él empieza y también concluye! Todo creyente es una obra de Dios

en progreso, y Dios siempre acaba lo que empieza. Vamos a ver datos

concretos:

La salvación de Dios comenzó en la eternidad. Según 2 Timoteo 1:9, la

obra de Dios en tu vida empezó en la eternidad, cuando decidió, por medio

de su gracia, redimirte para él: “quien nos salvó y llamó con llamamiento

santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia

que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”. La obra

de Dios prosiguió con el tiempo cuando envió a su Hijo, el señor Jesucristo

sin pecado, para morir por los pecadores, lo cual nos incluye a ti y a mí.

Entonces, el día que pusiste tu confianza en Cristo, la salvación arraigó y

Dios empezó su buena obra en ti.

La obra de Dios se consumará. Esto debe quedarte muy claro: cuando

Dios empieza un proyecto, lo acaba. Dios te ha dado esta promesa en

Filipenses [Link]

El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el

día de Jesucristo.

Dios ha prometido que ayudará a todo aquel que acepte a su Hijo como

Salvador a crecer en su gracia hasta que esté completo; ¡sí, completo! Nada

puede separarnos de Dios y de su promesa para mantenernos a salvo hasta

que entremos en el cielo.

Desde el momento que experimentaste el “nuevo nacimiento” de la

salvación (Jn. 3:7), Dios ha obrado en ti. Y seguirá adelante con su obra

hasta que veas a tu Señor cara a cara (1 Jn. 3:2). No importa lo que suceda

por el camino: la obra de Dios en ti no se puede detener.

La obra de Dios es segura. Dios es soberano. Este término se emplea para


hablar de un rey o un gobernante que tiene un poder absoluto. Esa es una

descripción precisa de Dios. Nadie tiene más poder que Dios. Él solo creó el

universo y lo sustenta. Nada ha sucedido, no puede pasar ni sucederá nada

que escape a su poder.

El apóstol Pablo describió lo seguro que estás en el amor de Dios cuando

escribió: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles,

ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo

profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios,

que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38-39).

Puedes estar confiado sabiendo que el poder y el amor de Dios son lo

bastante poderosos como para mantenerte espiritualmente a salvo hasta el

final, hasta que estés completo.

La obra de Dios es interna. La obra de Dios en tu vida no se detuvo en la

salvación. No, ese fue solo el principio. Dios te ha dado su Espíritu Santo

para que obre en ti. Jesús dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro

Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad,

al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero

vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”

(Jn. 14:16-17).

¿Te lo puedes imaginar? El Espíritu Santo viene a vivir en ti cuando

aceptas a Jesús como tu Salvador. Y Jesús no puso condiciones a esa

morada. Dijo que el Espíritu Santo estará con nosotros “para siempre”. Dios

te ha concedido un “abogado”, un ayudador, un tutor residente que te

permita parecerte más a Jesús cada día que pasa, y para que te guíe a toda

verdad (Jn. 16:13). Mientras vivas, el Espíritu Santo seguirá obrando en ti y

nunca te abandonará.

¿Qué significa esto para tu vida?

¿Tienes un alto concepto de Dios? La Biblia dice que Él tiene el control

sobre todas las cosas, y eso incluye tu salvación. Jesucristo se sacrificó para

salvarte, y ahora vive para interceder por ti (He. 7:25). Su cuidado y su amor

te protegerán hasta que le veas cara a cara, en el cielo. ¡Esa es la línea de

meta! Dios se asegurará de que cruces la meta completo y perfecto en Él.

Todo esto quiere decir que puedes vivir tu vida sin dudas ni temores. Nada
ni nadie te puede separar del amor de Dios y de la consumación de la obra

que ha empezado en ti. Teniendo esto en mente, esto es lo que te pide:

Ten ánimo. Anímate sabiendo que Dios no ha acabado su obra en ti. Eres

una obra en proceso. Y, como un proyecto inacabado, aún puedes crecer. Sea

cual sea el obstáculo, el fracaso o el bache que encuentres en tu camino,

debes recordar que Dios usa esos retos para perfeccionar y completar la obra

que ha comenzado en ti. Dios obra para tu bien y para su gloria.

Crece espiritualmente. ¿Cómo? Veamos una lista breve: confiesa tu

pecado; obedece la Palabra de Dios; camina conforme al Espíritu; crece en

gracia y en conocimiento; pide ayuda a otros; adora con el pueblo de Dios;

evalúa tu progreso; da gracias siempre.

Ten confianza. Dado que Dios ha prometido que estás seguro en Él,

puedes estar confiado en que tu destino eterno está por completo asegurado.

Dios, que te ama incondicionalmente, no deja nada al azar. Él se asegurará

de completar lo que ha empezado a hacer en tu vida.

Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin

mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios,

nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y

por todos los siglos. Amén (Jud. 24-25).


22

El pecado tiene consecuencias presentes y

eternas

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios

(Ro. 3:23).

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el

pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto

todos pecaron (Ro. 5:12).

Porque la paga del pecado es muerte (Ro. 6:23).

uchas personas, cuando escuchan las palabras pecado o pecador,

M piensan inmediatamente en alguien como el personaje

cinematográfico de la década de 1960 Elmer Gantry, un hombre fraudulento

que recorrió las ciudades pequeñas de Estados Unidos durante la Depresión

“vendiendo” religión. El tema del pecado y de sus consecuencias nunca es

un tema popular, y quienes insisten en hablar del pecado no son invitados a

muchas fiestas. Pero esto siempre ha sido así. Jesús confrontó a los líderes

religiosos de su tiempo con su pecado, y le crucificaron. A pesar de que el

pecado no es un tema de conversación agradable, debemos abordarlo si

queremos tener paz con Dios y pasar la eternidad con Él en el cielo.

El pecado supone incumplir la ley divina. Durante los primeros días de la


formación de Israel como nación, Dios tuvo que recordar una y otra vez al

pueblo, incluyendo a Moisés y a los líderes, que “Porque yo soy Jehová

vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo

soy santo” (Lv. 11:44). Jesús clarificó la ley divina de la santidad cuando

declaró: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los

cielos es perfecto” (Mt. 5:48). Es lógico que un Dios santo no pueda aceptar

nada menos que un pueblo santo: la norma es la perfección. Todo acto que

viola la ley divina se define como pecado. Dicho en pocas palabras, el

pecado consiste en no alcanzar la meta de la perfección que establece Dios.

No hay matices de pecado. Todas las personas que caminan por la faz de la

tierra deben llevar una vida perfecta si quieren disfrutar de la vida eterna y

estar con Dios cuando mueran. Solo un hombre, Jesucristo, ha cumplido

este requisito.

El pecado no es la tentación. O, dicho de otra manera, la tentación no es

pecado. Disfrazado de serpiente, Satanás tentó a Eva para que desobedeciera

a Dios. Eva cedió a la tentación y comió del fruto prohibido y, por tanto,

pecó. Satanás sigue tentando a las personas al alimentar sus deseos

naturales y atacar sus áreas de máxima debilidad. La tentación suele ser

sutil, y ofrece lo que aparentemente es una elección inocente, como observó

Eva: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable

a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría” (Gn. 3:6). A menos

que pongamos freno a la tentación, puede conducir al pecado (¡pregúntale a

Adán y a Eva!). Una vez más, Jesús es el único hombre que ha vivido sin

pecado. Es el único que ha cumplido la norma divina de la perfección.

El pecado tiene consecuencias. “Muy limpio eres de ojos para ver el mal,

ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13). Por tanto, ¿cuáles son las

consecuencias del pecado para quien no logra vivir una vida perfectamente

santa, o que se queda corto frente a la gloria de Dios (Ro. 3:23)? Adán y

Eva aprendieron, por medio de una experiencia dolorosa, cuáles eran las

consecuencias del pecado.

Alienación. En cuanto Adán y Eva pecaron, se escondieron de Dios.

Sintieron vergüenza, culpa, miedo e intentaron justificarse. Adán culpó

a Eva, y Eva a la serpiente. El pecado había roto su estrecha relación

con Dios.
Juicio. Dios advirtió a la primera pareja que si comían de cierto árbol,

morirían. Su muerte se produjo en dos fases. Primera, experimentaron

la muerte espiritual al alienarse de Dios. Segunda, al final

experimentarían la muerte física. El juicio de Dios también incluyó el

padecimiento de la mujer durante el parto, y el esfuerzo del hombre

para labrar la tierra y proporcionar alimento a su familia. El dolor de

Adán se multiplicaría debido a la maldición de Dios sobre la tierra,

que produciría espinas y cardos.

Separación. Dios, que es santo, expulsó a Adán y a Eva del huerto de

Edén debido a su pecado. Ya no podrían tener una relación personal y

visible con Él. Esta separación fue tanto un acto de misericordia como

de castigo. Si estos dos pecadores, Adán y Eva, hubieran comido del

árbol de la vida (Gn. 3:22-23), habrían vivido para siempre en un

estado de muerte y de alienación sin oportunidad de redención. Pero

Dios tenía un plan. Prometió enviar a un Salvador (v. 15), que

derrotaría a Satanás y restauraría la relación entre la humanidad y

Dios.

Condenación. El pecado ha condenado a la humanidad. Es una

enfermedad letal que nos afecta a todos, y que acabará matándonos.

¿Por qué? Porque la paga divina para el pecado es la muerte, como

dice Romanos 6:23, “la paga del pecado es muerte”. La muerte se

produce en dos fases. La muerte espiritual tuvo lugar cuando Adán y

Eva pecaron. Como descendientes de Adán y Eva, nosotros también

estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Ef. 2:1). La muerte

física acaba afectando a toda persona viva. A menos que se invierta la

muerte espiritual, esta se vuelve permanente tras la muerte física. En

otras palabras, aquellos que no reciben la muerte sin pecado de Cristo

como pago por los suyos no solo experimentarán la muerte física, sino

también la eterna. Esta es la consecuencia última del pecado, y la

Biblia la llama “la segunda muerte” en Apocalipsis 21:8. Esta segunda

muerte separará eternamente de la presencia de Dios a los pecadores

que no se hayan arrepentido.

Repercusiones. Satanás nos miente cuando dice que el pecado es un

acto individual que afecta solamente a la persona que lo comete;

nosotros bien sabemos que no es así, ¡porque el pecado de Adán y Eva


acabó teniendo consecuencias mortíferas sobre todo ser humano

nacido desde entonces! El rey David es otro ejemplo de las

repercusiones del pecado: su adulterio con Betsabé no solo la afectó a

ella, sino también originó la muerte de su esposo, Urías. Entonces, el

niño concebido a consecuencia de su romance ilícito también falleció.

Y las consecuencias no se detuvieron ahí. Durante los siguientes

veinte años, la casa de David experimentó luchas internas e incluso

traiciones. No, el pecado nunca se comete en el vacío. Otras personas

se verán afectadas por tu pecado y padecerán las consecuencias.

La única cura para el pecado. Nunca lo olvides, ¡el pecado es una

enfermedad mortal! A menos que Dios entre en nuestras vidas, todos

sucumbiremos a la consecuencia última del pecado: la muerte eterna.

Mediante la muerte y resurrección de Jesús, Dios ha dado la solución para

el pecado y la muerte. Cuando Jesús dijo “consumado es” (Jn. 19:30), su

muerte “pagó del todo” la deuda por el pecado. Su sacrificio perfecto hizo

innecesario continuar con los sacrificios del Antiguo Testamento. El pecado

y la muerte han sido vencidos en Jesús, “porque la paga del pecado es

muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”

(Ro. 6:23). Quienes aceptan lo que ha hecho Jesús a su favor pueden vivir

eternamente con Dios y escapar de la consecuencia última del pecado.

¿Qué significa esto para tu vida?

Jesús ha resuelto las consecuencias del pecado, pero este todavía libra una

batalla en tu cuerpo mortal (Ro. 7:18). En Jesús, Dios ha perdonado tus

pecados, que ya no pueden condenarte, pero seguirás luchando contra el

pecado y sintiendo sus consecuencias. Cuando permites la entrada del

pecado en tu vida, este afectará a tu relación con Dios y con otros. Cuando

confiesas tu pecado, eso no afecta a tu salvación, porque Jesús ya arregló las

cosas para siempre. La confesión restaura tu relación con Dios. Es una

batalla feroz, pero tu victoria está garantizada: “Ahora, pues, ninguna

condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).
23

Dios tiene un propósito maravilloso para

tu vida

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te

santifiqué, te di por profeta a las naciones (Jer. 1:5).

El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para

llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos

de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi

nombre (Hch. 9:15-16).

Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación

según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio

corrupción (Hch. 13:36).

íctor Frankl fue un psiquiatra austriaco que trabajó como trabajador

V esclavo en un campo de concentración alemán increíblemente duro

durante la Segunda Guerra Mundial. Durante ese tiempo, Frankl se dio

cuenta de que algunos de los prisioneros sucumbían a la presión de las

tremendas exigencias, se desmoralizaban y morían, mientras que otros

seguían vivos. ¿Qué marcaba la diferencia?

Usando su formación médica, el doctor Frankl habló con los prisioneros

supervivientes. Con el paso de los meses detectó un patrón. Los prisioneros

que tenían un motivo para vivir (un objetivo que daba un sentido o propósito
a su vida) eran los que parecían capaces de activar su fortaleza interior y

sobrevivir.

Cada superviviente tenía un punto de referencia y una pasión que lo

mantenía con vida. Y Frankl no fue la excepción. Había empezado a escribir

un libro, y poseía el intenso deseo de sobrevivir para acabarlo. Después de

la guerra, Frankl concluyó lo que le había inducido a mantenerse con vida:

su libro.

La experiencia de Frankl nos enseña el poder que tiene un propósito. No

hay nada tan poderoso como una vida que se vive con pasión y con

propósito. Pero, ¿qué pasaría si tuvieras un propósito que no estuviera

inspirado solamente por tus propios deseos? ¿Y si dispusieras de un

propósito que naciera de una fuente superior, una fuente divina, del propio

Dios? ¿No sería un propósito verdaderamente increíble? Sin duda, una de las

enseñanzas más importantes de la Biblia es que Dios tiene un propósito

maravilloso para tu vida.

El propósito de Dios da un verdadero sentido a tu vida. Las

observaciones del doctor Frankl en el campo de concentración eran certeras:

tener un propósito da sentido a la vida. Pero incluso un propósito vital, por

esencial que es, tiene poco sentido si solamente es importante para esta

vida; porque, una vez que concluye tu existencia, lo único que queda es un

recuerdo, y tu propósito ha acabado con tu muerte.

Sin embargo, este no es el caso si eres creyente en Cristo. ¿Por qué?

Porque tienes un propósito que no acaba con la muerte. Tu propósito estuvo

determinado en la eternidad pasada, es un propósito que se está cumpliendo

ahora, durante tu vida, y que concluirá en la eternidad futura.

Comprender que tienes un propósito que Dios te ha dado debería llenar tu

vida de sentido y de importancia. Te ayuda a darte cuenta de que todo lo

que te sucede tiene un motivo; forma parte de los planes de Dios para ti,

como afirma Romanos [Link] “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas

las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son

llamados”.

Cuando aceptes el propósito de Dios, tu vida adoptará el sentido que debe

tener. Los cristianos del pasado que entendieron el propósito de Dios para

sus vidas llevaron vidas audaces y valientes, porque sabían exactamente

cuál era la voluntad de Dios para ellos. Y lo mismo puede pasar contigo.
Dios tiene un propósito único para ti. ¿Te has dado ya cuenta? ¡Tú tienes

una importancia singular para Dios! Dios te ha preparado soberanamente

para un propósito que es sólo para ti, y que permite que contribuyas de una

forma única a su obra aquí en el mundo.

Dios tuvo un propósito para la vida de David (Hch. 13:36). A pesar de que

David vaciló algunas veces, siguió el propósito de Dios para su vida, y lo

cumplió. Su corazón abierto a Dios le permitió que éste le usara

poderosamente en su propia generación, a pesar de sus fallos. De igual

manera, en el Nuevo Testamento leemos que al apóstol Pablo se le dio la

misión de llevar el evangelio a los gentiles (Hch. 9:15-16). Cuando se

entregó a esta obra, cumplió el propósito de Dios para él.

Como David y Pablo, tú también tienes un propósito que Dios quiere que

cumplas. Te ha concedido un conjunto único de dones espirituales

(1 Co. 12:4-11), una personalidad única, experiencias vitales únicas, cosas

que Dios debe usar de maneras también exclusivas. Comprender que Dios

tiene un propósito concreto para ti debería evitar que te sientas desanimado,

incapaz o insignificante.

El propósito de Dios requiere paciencia. Cuando Jeremías, el profeta del

Antiguo Testamento, era joven, recibió un mensaje de Dios: “Antes que te

formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por

profeta a las naciones” (Jer. 1:5). Los estudiosos de la Biblia calculan que

Jeremías tenía entre 20 y 30 años cuando Dios le dijo esto. Si eso es así,

Jeremías vivió entre dos y tres décadas en una pequeña aldea, sin conocer el

gran propósito que Dios tenía para él.

Como Jeremías, es posible que tengas que esperar pacientemente a que

Dios te revele su propósito. Mientras aguardas, haz como hizo Jeremías, y

sé fiel en las circunstancias en que te encuentres, sean cuales sean. Mientras

esperas en el Señor, comprométete a seguirle, a madurar espiritualmente y a

servir a otros de las maneras que puedas.

El propósito de Dios exige obediencia. Para descubrir y cumplir el

propósito de Dios para tu vida, lo primero es la obediencia; esto fue lo que

preparó a Jeremías para que Dios lo usara. Si lees el libro de Jeremías,

descubrirás que muy pocos, por no decir ninguno, deseaban servir a Dios en

aquella época. Jeremías era una persona a la que Dios podía usar porque no
se había descalificado por medio de la desobediencia. Era digno de servir a

Dios gracias a su obediencia fiel, cotidiana.

Recuerda que el propósito de Dios para tu vida se cumple más y más con

cada uno de tus actos de obediencia. La obediencia es el punto de partida de

Dios para ti a la hora de comprender su propósito. Entonces, ¡da un paso

atrás y contempla cómo Dios revela el siguiente paso en tu futuro y su

voluntad para ti!

Dios tiene un propósito común para todos los creyentes. ¿Te sigues

preguntando cuál es tu propósito? Bueno, pues anímate. Como pasó con

Jeremías y con el apóstol Pablo, tu propósito tendrá una naturaleza única.

Pero también hay un sentido en que todos los creyentes comparten

propósitos comunes. A continuación veremos algunos de los propósitos

comunes que Dios pide a todo creyente:

Llegar al arrepentimiento (2 P. 3:9)

Ser conformado a la imagen de su Hijo (Ro. 8:29)

Glorificar a Dios (1 Co. 6:20)

Amar y respetar a tu cónyuge (Ef. 5:22-23)

Cuidar de tus hijos y formarles espiritualmente (Ef. 6:4)

Mantenerte puro (1 Ts. 4:4)

Ser testigo de Dios (Hch. 1:8)

¿Qué significa esto para tu vida?

Como David, Jeremías y el apóstol Pablo, tú tienes un propósito, el que

Dios te da. Dios ha planeado obrar por medio de ti de maneras que nadie

más puede hacerlo. ¿Estás comprometido a hacer lo que Dios desea de ti

como cristiano? ¿Te has fijado metas o te has ofrecido a ministrar a otros?

Ponerse metas y comprometerse te pondrá en el camino de tener un

propósito. Si aún no lo has hecho, empieza a ponerte metas para afectar

personal y positivamente a quienes tienes más cerca. Cuando seas fiel para

cumplir tu ministerio, Dios seguirá desplegando su propósito para ti en los

días venideros. Dicho de otra manera, tu fidelidad al propósito de Dios hoy

te guiará al propósito de Dios mañana.


24

En la vida espiritual, sin esfuerzo no hay

progreso

Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de

toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad

en el temor de Dios (2 Co. 7:1).

Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también

seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues, lo terrenal en

vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos

y avaricia, que es idolatría (Col. 3:4-5).

Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a

vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio

propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la

piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas

cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin

fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 P. 1:5-

8).

n el Antiguo Testamento, Dios expresó su deseo de que los hijos de

E Israel fueran un pueblo santo. Les dijo: “Sed santos, porque yo soy

santo” (Lv. 11:44). Una razón esencial para este mandamiento es que sabía

que el pueblo de Israel estaría expuesto y rodeado de otras naciones que


adoraban a dioses falsos, y no quería que su pueblo se viera tentado a

volverse a la idolatría.

Para ayudar a los israelitas a prepararse para soportar esas influencias

perturbadoras, Dios les dio leyes con instrucciones sobre la ropa, la dieta y

una prohibición general contra la interacción social con las naciones

paganas. El pueblo de Dios debía hacer un esfuerzo comprometido para

separarse de las naciones que le rodeaban y mantenerse santo.

El deseo de Dios de que su pueblo fuera santo no cambió con la llegada

del Mesías, Jesucristo. Su llamado a la santidad y a la separación es un tema

constante en el Nuevo Testamento, lo cual lo convierte en una enseñanza

importante para todos los creyentes hoy. Los teólogos llaman santificación a

este proceso de crecer en santidad, que es una referencia al crecimiento

espiritual.

La santificación de los creyentes tiene dos facetas. Primero, todo creyente,

desde el momento de la conversión, es una nueva criatura, y se le concede lo

que se llama santificación posicional. A los ojos de Dios, gracias a la obra

de Cristo en la cruz, un creyente tiene una posición perfecta en cuanto a su

santidad. Los creyentes son “santificados en Cristo” (1 Co. 1:2). Este tipo de

santificación es un producto exclusivo de la gracia de Dios, y no necesita un

esfuerzo por nuestra parte.

Luego también tenemos lo que llamamos santificación progresiva.

Cuando nos comprometemos a la vida santa, en la práctica nos convertimos

en lo que somos por posición. Si bien la justicia de Cristo ya nos ha sido

atribuida, debemos seguir viviendo en la práctica esa justicia tomando las

decisiones correctas, y viviendo como Dios quiere que lo hagamos. Como

vivimos en un mundo lleno de pecado y a menudo nos sentimos tentados

por deseos pecaminosos, el crecimiento espiritual siempre es un reto. Por

eso podemos decir: “En la vida espiritual, si algo no cuesta, no sirve de

nada”. Hace falta diligencia y esfuerzo para crecer más y más como Cristo y

ser apartados para que Dios nos use.

¿Qué más necesitamos saber sobre la santificación progresiva, o el

crecimiento espiritual?

El crecimiento espiritual es constante. A pesar de que en esta vida nunca

nos veremos libres del pecado, Dios nos manda que hagamos el esfuerzo de

luchar contra el mismo. Esto es lo que quería decir Pablo cuando instruyó a
los creyentes: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque

Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena

voluntad” (Fil. 2:12-13). “Ocuparse de la salvación” significa hacer lo que

sea necesario para “apartarse” como hijo de Dios.

El crecimiento espiritual requiere negarse a uno mismo. Jesús dijo: “Si

alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y

sígame” (Mt. 16:24). Ser discípulos de Cristo exige un sacrificio, decir que

no a los placeres del mundo.

El crecimiento espiritual exige disciplina. Cuando el apóstol Pablo enseñó

sobre el crecimiento espiritual, usó la ilustración de un corredor que lo da

todo por ganar. Quiso decir que la vida cristiana exige trabajo duro, negarse

a uno mismo y prepararse esforzadamente. Como cristianos, corremos hacia

nuestra recompensa celestial. Esta carrera exige que seamos diligentes.

Nuestro progreso espiritual depende de ello. Pablo exhortó: “Todo aquel que

lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona

corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Co. 9:25).

El crecimiento espiritual exige obediencia a la Palabra de Dios. Cuando

Jesús oró por sus discípulos, pidió al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu

palabra es verdad” (Jn. 17:17). Es decir, la Palabra de Dios puede

santificarnos. Cuando la leemos, la estudiamos, escuchamos predicaciones

sobre ella y, con la ayuda del Espíritu Santo aplicamos sus verdades a

nuestra vida, crecemos y nos parecemos cada vez más a Cristo. El

crecimiento espiritual se consigue cuando nos dedicamos a explorar y

comprender la Palabra de verdad divina, la Biblia. Y lo mismo sucede al

revés: cada vez que te niegas a buscar el conocimiento de Dios y a obedecer

su Palabra, se interrumpen tu crecimiento espiritual y las bendiciones que lo

acompañan.

El crecimiento espiritual requiere la adversidad. Muchos piensan

equivocadamente que los cristianos deben tener vidas exentas de problemas.

Se enfurecen y decepcionan cuando Dios no los libra del sufrimiento.

Olvidan que el propio Jesús padeció sufrimiento y aflicción toda su vida

adulta, que acabó en una muerte cruel. Jesús nos advirtió claramente que
“en el mundo tendréis aflicción”. Sin embargo, añadió: “pero confiad, yo he

vencido al mundo” (Jn. 16:33).

Para un cristiano, la adversidad es como el ejercicio para los músculos

físicos. Sin adversidad, tus músculos espirituales se debilitan porque acabas

dependiendo más de ti mismo que de Dios y de su fortaleza. En lugar de

intentar eludir las pruebas o enfadarte con Dios cuando lleguen, decide

poner tus problemas en sus manos. Acepta tus circunstancias difíciles como

oportunidades para crecer. Y recuerda la exhortación de Pablo de que “esta

leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más

excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17).

¿Qué significa esto para tu vida?

¿Has entendido la gracia de Dios en la salvación como una oportunidad

para relajarte, tomártelo con calma y “dejar que Dios” obre su magia en tu

vida? El crecimiento espiritual no funciona así. Dios te salvó y empezó la

obra de la santificación por medio del Espíritu Santo, que mora en ti; pero tú

aún tienes que hacer tu parte. Debes “ocuparte de tu salvación”, esforzarte

por caminar según el Espíritu y llevar una vida santa y que honre a Cristo.

Todo esto te costará algo de sufrimiento necesario para obtener el

crecimiento espiritual.

No, tú no estás obrando para obtener la salvación; de eso ya se ocupó

Cristo mediante su muerte a tu favor. Pero debes esforzarte por honrar y

complacer a Dios mientras te tenga en este mundo. De modo que

“[prosigue] a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo

Jesús” (Fil. 3:13-14).

¿Cuál es ese premio? Es el aspecto más emocionante de la santificación:

la santificación definitiva. Esto es lo que conseguirás cuando estés

plenamente apartado para Dios en el cielo. Por tanto, debes aceptar con

alegría que en la vida espiritual, sin esfuerzo no hay progreso.


25

Ten misericordia de ti… porque Dios la

tiene

Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad

vinieron por medio de Jesucristo (Jn. 1:17).

Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención

que es en Cristo Jesús (Ro. 3:24).

Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de

igual modo que ellos (Hch. 15:11).

racia. Di la palabra, y muchas personas empezarán a pensar en la

G letra del himno “Sublime gracia”. Y, de hecho, la historia de John

Newton, el escritor de ese himno, se centra en la increíble gracia de Dios.

John Newton era un traficante de esclavos que desempeñó su negocio en el

siglo XVIII. Era un hombre duro e inmoral que más tarde se describió como

“un desgraciado”, algo que, desde todos los puntos de vista, sin duda era…

¡y más! Por medio de una serie de circunstancias difíciles que pusieron en

peligro su vida, Newton experimentó una conversión dramática que cambió

su corazón y su forma de vivir. Se convirtió en un famoso predicador y

compositor de himnos. No es de extrañar que en la primera línea de su

himno se asombrase diciendo: “Sublime gracia del Señor, que a un infeliz

salvó”.
La gracia constituye la parte central del carácter de Dios y de su relación

con la humanidad. Veamos qué podemos aprender de esta gracia:

La gracia de Dios es inmerecida. ¿Has hecho alguna vez algo malo,

realmente malo? Tú sabías que estabas equivocado, y todos los demás

también lo sabían. Sin embargo, tu cónyuge, o tu jefe, o los miembros de tu

familia estuvieron dispuestos a perdonarte. Si te ha pasado algo así,

entonces, hasta cierto punto, has experimentado qué significa recibir una

misericordia injustificada. ¡Eso es lo que es la gracia divina! Dicho en pocas

palabras, la gracia es la misericordia de Dios, su favor, un favor inmerecido.

Desde el principio de la humanidad, empezando con Adán y Eva, Dios ha

demostrado su favor. Esa pareja desobedeció voluntariamente a Dios y

merecieron el castigo de la muerte. Pero Dios les mostró su gracia, su favor,

¡que era claramente inmerecido!

Sí, Adán y Eva se enfrentaron a graves consecuencias por su pecado. Pero

la gracia de Dios se manifestó en gran manera desde el momento en que se

rebelaron contra Él. Les proporcionó túnicas de pieles para tapar su

vergüenza, y les expulsó del huerto para evitarles el contacto con el árbol de

la vida del que, si hubieran comido en su estado pecaminoso, habría dado

como resultado la muerte y la alienación eternas sin posibilidad de

redención (Gn. 3:22-23). Dios ha seguido dispensando su gracia a la

humanidad desde entonces, y esa gracia es evidente hoy. ¡Todo creyente es

una prueba viviente de la misericordia y la gracia divinas!

La gracia de Dios salva. La Biblia dice que todos “pecaron, y han sido

destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23), y que “la paga del pecado es la

muerte” (Ro. 6:23). Como todos hemos pecado, nadie merece el favor de

Dios. Pero (y aquí viene el favor inmerecido de Dios) “por gracia sois salvos

por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8).

La gracia de Dios consiste en la concesión intencionada de su amoroso

favor a aquellos a los que ama. Tú y yo no podemos ganarnos la gracia. Si

pudiéramos, ya no sería un “don de Dios” inmerecido. Y no puedes salvarte

solo. Solo Dios puede salvarte. La única manera de que recibas el don de la

gracia divina es por medio de la fe en Jesucristo (Ro. 3:24).

La gracia de Dios guía. Como John Newton, el apóstol Pablo fue un

hombre despreciable antes de conocer a Jesús en el camino a Damasco


(Hch. 9:1-9). Había perseguido y matado a cristianos. Sin embargo, a pesar

de su pasado tenebroso, Pablo pudo decir: “Pero por la gracia de Dios soy lo

que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado

más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”

(1 Co. 15:10).

La gracia de Dios descendió y cambió hasta tal punto la vida de Pablo que

pasó de ser alguien que odiaba a los cristianos a ser un cristiano que amaba

a su Señor y a sus hermanos y hermanas en Cristo, y estuvo dispuesto a

padecer persecución por ellos. Pablo reconoció que solo por la guía de Dios

fue capaz de conseguir algo bueno en su vida. Esta gracia transformadora le

conformó, le moldeó y le condujo durante muchos años cuando representó a

Cristo ante personas de todo el mundo romano.

Estas mismas gracia y guía son las que reciben todos los creyentes con la

salvación. La gracia de Dios no solo nos concede un nuevo nacimiento, sino

un propósito y una dirección también nuevos: “quien nos salvó y llamó con

llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito

suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los

siglos” (2 Ti. 1:9).

La gracia de Dios capacita. El mundo es un lugar implacable, sobre todo

cuando quieres vivir una vida recta. Puedes estar seguro de que padecerás

cierto grado de persecución (2 Ti. 3:12). Como cristiano, ya no compartes

los valores del mundo, y te encuentras en la posición constante de protegerte

de la tentación y del pecado. Para colmo, vivimos en cuerpos imperfectos,

que padecen enfermedades y sufrimientos. Por tanto, ¿cómo enfrentar las

diversas dificultades y obstáculos tan frecuentes en la vida? ¿Cómo obtener

la victoria? La respuesta, una vez más, es la gracia de Dios. ¿Recuerdas

cuando el apóstol Pablo tuvo que luchar con lo que él definió como “un

aguijón en la carne” (2 Co. 12:7). Oró a Dios pidiéndole que se lo quitase.

¿Cuál fue la respuesta de Dios a Pablo? “Bástate mi gracia; porque mi poder

se perfecciona en la debilidad” (v. 9).

¿Qué significa esto para tu vida?

Decir que la vida cristiana no es fácil es quedarse corto. De hecho,

podríamos decir que es imposible. Como muchos otros creyentes antes de ti,
incluyendo a personas como el apóstol Pablo, experimentarás debilidades,

insultos, angustias, persecución y dificultades. ¡Pero anímate! Dios promete

que la gracia que te salvó será también la gracia que te guardará y te

ofrecerá la fortaleza y el poder necesarios para vivir la vida cristiana. La

gracia de Dios procede del Espíritu que vive en ti, que te guiará y

capacitará. Sin importar tus circunstancias, puedes acercarte al trono de la

gracia de Dios con confianza, de modo que recibas misericordia y

encuentres gracia para ayudarte en tu momento de necesidad (He. 4:16).

¿Qué puedes hacer para poner en acción la G-R-A-C-I-A de Dios en tu

vida?

G ratitud. Da gracias a Dios porque estás bajo la gracia y no bajo la

ley.

R espuesta. Responde al don de la gracia de Dios en tu vida con amor

y obediencia.

A uxilio. Pide ayuda a Dios para comprender qué debe significar su

gracia en tu vida.

C omunión. Ten comunión con otros creyentes en una iglesia donde se

enseñe la Biblia y puedas recibir formación en los caminos de Dios.

I mplicación. Extiende la gracia de Dios a otros compartiendo el

evangelio, mostrando perdón y ayudándoles a llevar sus cargas.

A ma la obra de Dios en tu vida y, como barro dócil, deja que el

Alfarero divino siga moldeándote a la imagen y semejanza de su Hijo

Jesucristo.
26

Este mundo no es tu hogar

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también

esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo… (Fil. 3:20).

En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo

hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere

y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para

que donde yo estoy, vosotros también estéis (Jn. 14:2-3).

Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos

de que vuestros nombres están escritos en los cielos (Lc. 10:20).

ace unos años, la iglesia a la que asisto nos encargó a mí y a mi familia

H un ministerio misionero en el país de Singapur. Pasamos por todo el

procedimiento habitual para obtener permisos de residencia y poder vivir y

ministrar en aquel país. Salimos de Estados Unidos sin saber cuándo

podríamos regresar, y estábamos preparados para quedarnos todo el tiempo

que nos necesitaran las personas que nos habían invitado.

En lugar de residir donde lo hacía la mayor parte de los occidentales, nos

establecimos en un barrio solo de chinos. Mi esposa acudía cada día al

mercado local para comprar alimentos, y después de que mis hijas acabaran

la escuela, a menudo las encontraba sentadas frente a uno de los puestos de

comida, disfrutando de una Coca-Cola y comiendo un bocadillo chino.

Éramos residentes y vivíamos con la gente de la zona, pero al mismo tiempo


éramos ciudadanos de otro país. A pesar de que amábamos al pueblo y

disfrutábamos de la cultura, sabíamos que Singapur no era nuestro

verdadero hogar. Éramos peregrinos, extranjeros en una tierra distinta a la

nuestra.

La situación de nuestra familia en Singapur ilustra perfectamente las

circunstancias de los cristianos mientras viven en esta tierra. Este mundo no

es nuestro hogar. No somos más que visitantes, y nuestra verdadera

ciudadanía está en el cielo. ¿Cómo es esta ciudadanía en el reino de Dios?

La ciudadanía celestial es exclusiva. Jesús hizo una promesa a sus

discípulos: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré

a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).

Solo aquellos que sean creyentes en Jesús serán llevados al reino celestial de

Dios. De hecho, Apocalipsis 21:27 nos dice el tipo de personas que

habitarán en ese reino: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que

hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el

libro de la vida del Cordero”.

La ciudadanía celestial es eterna. Tu ciudadanía en un reino terrenal

comenzó el día en que naciste, y concluirá el día que mueras. De forma

parecida, tu ciudadanía en el reino de Dios comienza con tu “nuevo

nacimiento” en Cristo, pero a diferencia de tu ciudadanía terrenal, nunca

acabará. Más bien, durará por toda la eternidad. Como dijo Jesús: “y yo les

doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”

(Jn. 10:28). Los gobiernos humanos y los reinos terrenales vienen y van,

pero el reino de Dios es eterno. Y tú, como ciudadano espiritual de ese

reino, vivirás para siempre con tu Rey.

La ciudadanía celestial aporta beneficios inmediatos. En

Colosenses 1:12-14 leemos acerca de cinco beneficios inmediatos para

quienes adquieren la ciudadanía del reino de Dios:

1. Somos facultados para tener parte en la herencia de Cristo en el reino

(v. 12).

2. Somos rescatados del dominio de las tinieblas (v. 13).

3. Somos trasladados al reino del Hijo de Dios (v. 13).


4. Somos redimidos del pecado y el juicio (v. 14).

5. Todos nuestros pecados son perdonados (v. 14).

La ciudadanía celestial significa representar a Cristo en la tierra. Cuando

vives en un país extranjero, representas tu país natal ante las personas que te

rodean; eres un reflejo de tu tierra natal. Lo mismo pasa con tu ciudadanía

en el reino de Dios. Debes reflejar al Padre y a su Hijo, el Señor Jesús, ante

las personas que viven contigo en la tierra. El apóstol Pablo escribió: “Así

que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por

medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con

Dios” (2 Co. 5:20). Vivamos donde sea, o vayamos adonde vayamos,

representamos a Cristo y somos instrumentos de su obra. Y debemos vivir

de tal modo que nos aseguremos de que los demás ven una representación

fidedigna de Cristo.

La ciudadanía celestial viene con un tutor. Cuando una persona se

traslada a otro país y quiere hacerse ciudadano, debe asistir a clases y

aprender las leyes y reglamentos básicos que gobiernan su nuevo país. En

ocasiones, a los inmigrantes les resulta útil obtener la ayuda de un tutor que

pueda prepararles para superar el examen que deben aprobar para

convertirse en ciudadanos.

Dios sabe que tú, como ciudadano de su reino, necesitas que alguien te

ayude a ser un representante idóneo y un ciudadano fructífero mientras

sigues en este mundo. Por consiguiente, te ha dado al Espíritu Santo como

guía, ayudador y maestro hasta que hagas la transición al cielo (Jn. 14:26).

La ciudadanía celestial exige una vida santa en esta tierra. Como

cristianos, somos extranjeros en el mundo porque nuestro verdadero hogar

está en el cielo. Además, tenemos el privilegio de representar a Dios ante un

mundo que nos observa. Fue esto lo que tuvo en mente Pedro cuando

escribió: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os

abstengáis de los deseos carnales… para que en lo que murmuran de

vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación,

al considerar vuestras buenas obras” (1 P. 2:11-12).

La ciudadanía celestial produce ciudadanos modelos en la tierra.

Ninguno de los escritores del Nuevo Testamento hizo comentarios negativos


sobre el gobierno romano y sus numerosas injusticias. Jesús tampoco lo

criticó. De hecho, dijo al pueblo que pagase los impuestos que reclamaba el

gobierno. Pablo escribió que los creyentes deben obedecer a las autoridades

gubernamentales (Ro. 13:1), y Pedro escribió que debemos someternos a

toda autoridad humana (1 P. 2:13).

La ciudadanía celestial fomentará la paz en la tierra. “Las

bienaventuranzas” que Jesús enseñó ofrecen una descripción de la vida recta

de los ciudadanos del reino (ver Mt. 5:3-12). Todas las bienaventuranzas

son importantes, pero en un mundo lleno de guerra y violencia, no hay

mejor manera de ser representantes de Dios que por medio del fomento de

la paz. Jesús dijo: “bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán

llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9). Pablo transmitió el mismo mensaje en

una vertiente más práctica: “si es posible, en cuanto dependa de vosotros,

estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18).

¿Qué significa esto para tu vida?

Como cristiano, eres ciudadano del cielo, a pesar de que ahora residas en

la tierra. Tu ciudadanía —que durará toda la eternidad— costó la muerte del

Hijo de Dios y no debes tomártelo a la ligera o darlo por hecho. La vida en

el mundo puede parecer maravillosa, pero el apóstol Pablo dijo que debemos

esperar anhelantes nuestro hogar en el cielo. Al mismo tiempo, como pasa

con tantas otras cosas en la vida cristiana, el tema de tu ciudadanía requiere

un equilibrio. Sí, debes vivir con la expectativa anhelante del cielo, pero,

mientras esperas, debes estar trabajando para Cristo, amando a los perdidos

y llevando la vida de un ciudadano ejemplar. Con este equilibrio,

¡disfrutarás de lo mejor de ambos mundos!


27

Dios es real y no está callado

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz (Gn. 1:3).

Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de

ellos por el aliento de su boca (Sal. 33:6).

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro

tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha

hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien

asimismo hizo el universo (He. 1:1-2).

¿C ómo sabemos que hay un Dios? “Debe haberlo”, respondes, “porque

ha habido incontables grupos de personas e individuos que, desde el

comienzo de la historia escrita, han creído en algún tipo de ‘poder superior’,

algo o alguien, al que llaman Dios”. Todo el que reflexione sinceramente

sobre la inmensidad del universo, la complejidad de la vida y la grandeza y

hermosura del planeta Tierra, no puede por menos que mirar fuera de sí

mismo para obtener respuestas.

Si hay un Dios, como mucha gente sostiene, esperaríamos que en

determinado momento Dios diera a conocer su existencia. ¿Por qué ese gran

ser llamado Dios se iba a limitar a crear al universo y alejarse luego, sin

interactuar en absoluto con su creación? Eso sería como unos padres que

abandonan a su hijo, dejando que este se las arregle por su cuenta.

¡Dios no ha hecho eso! En lugar de dejar a la humanidad sin más

É
información sobre Él, tomó la iniciativa y se reveló de dos maneras

significativas.

Primera, Dios se nos reveló por medio de lo que se conoce como

revelación general. Por medio de esa revelación, Dios ha hablado al hombre

indirectamente, es decir, por medio de la creación, la historia y la

personalidad humana.

Dios ha dado a conocer su presencia para todo aquel que desee observarla.

Independientemente de si una persona hace el esfuerzo de observar su

presencia, entenderla o creerla, la obra de Dios está a la vista de todo el

mundo. A menudo, la revelación general es el punto de partida en el camino

de una persona hacia el descubrimiento de Dios. Sin embargo, la revelación

general no ofrece a la humanidad un conocimiento personal de Dios.

Segunda, Dios también se ha revelado por medio de lo que se llama

revelación especial. A lo largo de los siglos, se ha mostrado a determinadas

personas en momentos y lugares concretos, permitiendo que entrasen en una

relación especial con Él. Estos encuentros están incluidos en la Biblia, por

medio de la cual Dios habla directamente al ser humano.

Un teólogo explica la revelación especial de este modo:

Existe un Dios trino, amoroso, todopoderoso, santo, omnisciente, que

se ha revelado mediante la naturaleza, la historia y la personalidad

humana, y mediante los actos y las palabras que se conservan en las


[1]
Escrituras canónicas del Antiguo y del Nuevo Testamentos.

Una expresión que aparece en la Biblia numerosas veces es la afirmación:

“Vino a mí palabra de Jehová diciendo…”. Esta “palabra” podía adoptar

distintas formas. Algunas revelaciones fueron audibles. Otras fueron

comunicaciones silenciosas, internas, del mensaje de Dios, o se

transmitieron por medio de sueños. Pero en todos los casos, el receptor supo

que la revelación procedía de Dios. Veamos algunas de las maneras en que

Dios ha hablado a su pueblo.

La creación. La mayoría de científicos aún tienen que hacer algo más que

desarrollar “teorías” para explicar la naturaleza del universo y a esa criatura

racional, intelectual, a la que llamamos ser humano. Por el contrario, el

primer versículo de la Biblia afirma: “En el principio creó Dios los cielos y

la tierra” (Gn. 1:1). El versículo 3 sigue diciendo: “Y dijo Dios: Sea la luz;
y fue la luz”. Dios hizo que el universo existiera mediante su palabra

hablada (Sal. 33:6). De modo que cuando una persona mira a los cielos,

contempla la manifestación de la obra de Dios. El universo no surgió a la

existencia por voluntad propia. ¡Dios hizo que sucediera!

Una parte crucial de la obra creadora de Dios fue crear al hombre a su

propia imagen (v. 26). Esto señaló el principio de la relación especial y

directa entre Dios y la raza humana. Y Dios no se quedó ahí.

El diluvio. Más adelante, Dios se reveló a un hombre justo llamado Noé.

Dios “habló” de nuevo, diciendo a Noé que construyera un arca para

salvarse junto con su familia y algunos animales. Dios reveló a Noé el

motivo de ese mandato: “He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está

llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la

tierra” (Gn. 6:13). Por medio de una comunicación directa, Dios dio a

conocer el hecho de que salvaría a un remanente de personas de un diluvio

universal.

La creación de la nación de Israel. Por medio de una comunicación

directa, Dios pidió a un hombre llamado Abram que se trasladase a un

nuevo territorio, donde se convertiría en el padre de una nueva nación,

Israel. Dios perpetuó esta comunicación personal con los descendientes de

Abraham hasta el tiempo de Moisés, que ayudó a sacar de Egipto al pueblo

de Dios. Entonces, de una forma impresionante, Dios habló de nuevo a

Moisés y grabó los Diez Mandamientos en tablas de piedra. Éstas eran las

normas divinas para la vida de su pueblo. Al final, el pueblo de Israel se

asentó en una tierra que Dios les había prometido, y de este pueblo saldría

la mayor de todas las revelaciones: Jesucristo.

El nacimiento de Jesús. Los teólogos llaman al nacimiento de Jesús la

encarnación, que significa “entrar en la carne o hacerse carne”. La doctrina

de la encarnación afirma que el Hijo preexistente de Dios se hizo hombre,

Jesús. El libro de Hebreos ofrece un estupendo resumen de la revelación

divina por medio de sucesos históricos y de la palabra oral de Dios, así

como de su obra por medio de Jesús: “Dios, habiendo hablado muchas

veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en

estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero

de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (He. 1:1-2).


Jesús, como Dios en forma humana, fue el portavoz definitivo de Dios.

Dios es espíritu, de modo que su Hijo adoptó forma humana para hablar

personalmente al ser humano. Jesús fue la revelación de Dios que caminó

por este mundo, transmitiendo las palabras divinas y haciendo los actos

milagrosos de Dios, incluyendo la crucifixión y la resurrección. Este último

acto posibilitó la venida del Espíritu de Dios, que hablaría a los corazones

de todos los que recibirían a Jesús como su Salvador personal.

¿Qué significa esto para tu vida?

A veces es necesario guardar un secreto para proteger a personas o cosas.

Pero en lo que respecta a la existencia de Dios y a su deseo de comunicarse

con el ser humano y tener relación con él, no hay secretos: ¡Dios existe! Se

nos ha revelado indirectamente por medio de su creación, y directamente

por medio de su Palabra, la Biblia, y especialmente a través de su Hijo, el

Señor Jesús.

Sí, Dios está aquí y no guarda silencio. Si aún no eres cristiano, la

pregunta que debes hacerte es la siguiente: “¿Reconozco que existe un Dios

y que se me revela, y que desea que le dé la bienvenida a mi vida?”. Dios te

ofrece la salvación y el don de la vida eterna por medio de su Hijo

(Jn. 10:28).

Si has respondido a la revelación que hace Dios de sí mismo por medio de

Jesucristo, alábale y dale gracias por tu salvación. Procura conocerle mejor

por medio de su Palabra; habla con Él mediante la oración; adórale en tu

corazón y en el templo; y comparte su mensaje de salvación con quienes no

tienen una relación con Él. Gózate diciendo, con los santos del Antiguo

Testamento: “Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación.

Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré” (Éx. 15:2).


28

El pecado no es solo un acto, es una

naturaleza

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios

(Ro. 3:23).

Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el

querer el bien está en mí, pero no el hacerlo (Ro. 7:18).

Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo

con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del

pecado (Ro. 7:25).

l mundo es un lugar que da miedo, no solo debido a las turbulencias

E políticas mundiales, que incluyen guerras, terrorismo, secuestros y

asesinatos. El mundo también está lleno de catástrofes naturales y

enfermedades espantosas. Dos ejemplos de enfermedades temibles son el

virus del ébola (también conocido como FHE, o fiebre hemorrágica del

ébola) y el SIDA, que han provocado una tremenda devastación en África.

Lo que hace que estas enfermedades resulten especialmente aterradoras es

que son mortales, y que esté resultando tan difícil encontrar la cura para

ellas.

El pecado es una enfermedad para la que no existe cura humana. Pero, a

diferencia de una enfermedad que se contrae al entrar en contacto con una


persona o virus, el pecado infecta a todo ser humano desde el momento en

que nace, incluyéndote a ti. Es parte de nuestra naturaleza. No existe una

cura física para ella, y nos va corroyendo hasta que morimos.

Afortunadamente, Dios nos ha proporcionado la cura para el pecado. En

Marcos 2, vemos cómo Jesús aplica esta cura a un hombre paralítico a quien

sus amigos llevaron ante Jesús. En aquel momento, el Señor enseñaba

dentro de una casa, y estaba rodeado de una multitud que tapaba la puerta.

Como los amigos no podían acercarse a Jesús de otro modo, subieron a la

azotea de la casa, hicieron un agujero y bajaron al paralítico de modo que

este quedó ante los pies de Jesús. Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al

paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mr. 2:5).

Algunos de los líderes religiosos que escucharon a Jesús decir esto

exclamaron: “Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo

Dios?” (v. 7)

Jesús respondió: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para

perdonar pecados” (v. 10). Solo la acción sanadora de Cristo puede

solucionar la naturaleza incurable del pecado que afecta el cuerpo y la

mente.

Como vimos antes en este libro, todo ser humano es pecador. El pecado

no está limitado a nuestros actos; más bien, forma parte de nuestra

naturaleza, de quiénes somos. Veamos lo que tienen que decir las Escrituras

sobre el tema.

La naturaleza pecaminosa tuvo un principio. Dentro de la ciencia de la

medicina, el “caso índice” o “paciente inicial” de los afectados por una

epidemia recibe el nombre de “paciente cero”. En el libro de Génesis, Adán

fue el “paciente cero” en relación con la introducción del pecado en el

mundo. Veamos como describe la Biblia el origen de esta epidemia: Dios

creó un universo perfecto, con dos personas perfectas, Adán y Eva. Podían

hacer lo que quisieran, excepto comer del fruto de un árbol en concreto.

Dios les había advertido: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no

comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17).

Cuando Adán comió del fruto prohibido que le dio Eva, quien ya antes

había comido, se convirtió en pecador. Por definición, el pecado es todo

aquello que es contrario al mandato divino. Supone fallar el blanco de Dios;


es no alcanzar la perfección. Cuando Adán y Eva comieron del fruto

prohibido, desobedecieron voluntariamente a Dios.

De inmediato, Adán quedó totalmente infectado por el pecado. Ya no era

perfecto. Su naturaleza quedó contaminada, y pasó esta lacra a todo el que

ha nacido desde entonces. El apóstol Pablo explicó así este origen del

pecado: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por

el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto

todos pecaron” (Ro. 5:12). Debido a lo que hizo Adán, el pecado ahora

corría libremente por el mundo.

La naturaleza pecaminosa actúa sin restricciones. El hombre natural no

tiene un vínculo personal con Dios y “no percibe las cosas que son del

Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque

se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). Sin contar con la

información espiritual que Dios ofrece, una persona que no es salva no tiene

más restricciones que las normas de su sociedad y una conciencia

distorsionada. Actúa basándose solamente en sus deseos carnales. La Biblia

hace una lista de sus actividades normales o “evidentes”: “adulterio,

fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades,

pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías” (Gá. 5:19-20).

No es un panorama bonito, ¿verdad? A menos que Dios intervenga en la

vida de una persona, su naturaleza pecaminosa la condenará a muerte, y a

una eternidad alejada de Dios (Ro. 6:23).

La naturaleza pecaminosa tiene un rival. La naturaleza pecaminosa del

ser humano tiene su origen en Adán. Como resultado, el hombre está

espiritualmente muerto en sus delitos y pecados. Las personas pecan porque

son pecadores. La conducta pecaminosa es lo que el ser humano hace por

naturaleza, cuando no tiene a Dios. Como hemos visto, el único rival para la

naturaleza pecaminosa es Jesucristo.

Por medio de la muerte expiatoria de Jesús en la cruz, ahora hay remedio

para el pecado. Las personas tienen una alternativa. Pueden optar por seguir

a Dios o rechazarle. Por medio de la fe en Cristo, pueden “[despojarse] del

viejo hombre” y su conducta pecaminosa, como si se quietasen un vestido

viejo, y pueden vestirse con el “nuevo hombre”, que actúa “creado según

Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24).


La naturaleza de pecado lucha con la santidad. En Romanos 7, el apóstol

Pablo escribió acerca de la lucha que tiene todo creyente contra el pecado.

Aquí habla basándose en su experiencia personal. Podemos detectar su

frustración cuando describe el conflicto en su interior, la lucha entre su vieja

naturaleza de pecado y su deseo de honrar a Dios como un nuevo hombre.

Condena su naturaleza corrupta con sus afectos y lascivias, y sus deseos de

hacer el mal: “porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque

no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro. 7:17-

19).

La naturaleza de pecado se puede vencer. En Romanos 7:17-24, Pablo

explica que la lucha entre la antigua vida y la nueva prosigue incluso

después de hacernos cristianos. La vieja naturaleza no desaparece con la

salvación; sigue presente en nuestra carne. Pero, como cristianos, podemos

rechazar su influencia. Pablo dijo que tenemos dos opciones: una, podemos

permitir que nos influyan “los deseos de la carne” (Gá. 5:16), o dos,

podemos “andar según el Espíritu” (v. 16).

Como creyentes, podemos vencer los deseos de la carne si caminamos

conforme al Espíritu Santo, obedeciendo la Palabra de Dios y, por tanto,

produciendo el fruto del Espíritu (vv. 22-23). Esto no quiere decir que no

pecaremos; solo quiere decir que ahora podemos optar entre caminar según

el Espíritu o ceder a la carne.

Lo trágico es que la única opción que tienen los incrédulos es hacer “las

obras de la carne”, y si no se convierten, “no heredarán el reino de Dios”

(v. 21).

¿Qué significa esto para tu vida?

El incrédulo no tiene que librar la batalla contra la naturaleza pecaminosa.

El incrédulo peca porque esa es su naturaleza; pero, como creyente, tú tienes

la posibilidad de elegir si pecas o no. Lamentablemente, Satanás disfraza el

pecado como algo encantador, divertido y emocionante. La Biblia dice:

“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león

rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). De modo que

prepárate para enfrentarte a las numerosas tentaciones atractivas que


vendrán a tu vida. Tienes que verlas como lo que son: invitaciones

cautivadoras para caer en el pecado.

¿Quieres evitar el pecado? Entonces haz estas dos cosas:

“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”

(Stg. 4:7).
29

Todo gira en torno al amor

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo

unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga

vida eterna (Jn. 3:16).

[Y] la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido

derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue

dado (Ro. 5:5).

l amor es sin duda una de las emociones, actitudes y cualidades más

E malentendidas de las que los seres humanos deseamos y poseemos. En

general, el mundo quiere definir el amor como cierto tipo de atracción física

que excluye prácticamente todo lo demás. Pero la Biblia tiene otra manera

de entender el amor y evaluarlo. Y debemos escuchar lo que tiene que decir,

porque la Biblia habla muchísimo del amor, usando la palabra más de 680

veces. Además, en la Biblia vemos a una persona perfecta que nos

demuestra la definición divina del amor: Jesucristo. Pero antes de aprender

acerca del amor por medio de Jesús, veamos cómo describe la Biblia el

amor desde el punto de vista de Dios Padre.

Dios nos muestra amor. El amor es tanto una cualidad divina dentro de la

naturaleza de la Trinidad como una actividad que realiza cada uno de sus

miembros. Por ejemplo, veamos algunos hechos sobre el amor de Dios:


El amor de Dios forma parte de su naturaleza: “Dios es amor”

(1 Jn. 4:8).

El amor de Dios por su Hijo es desde la eternidad: “porque me has

amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24).

El amor de Dios es activo: “dio a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16).

El amor de Dios es permanente: “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna

otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo

Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:39).

El amor de Dios se extiende a los perdidos: “porque el Hijo del

Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10).

El amor de Dios se sacrifica: “Mas Dios muestra su amor para con

nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”

(Ro. 5:8).

El amor de Dios bendice a sus hijos: “Mirad cuál amor nos ha dado el

Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1).

El amor de Dios es eterno: “con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3).

Jesús enseña sobre el amor. En Jesús hallamos tanto el modelo supremo

del amor como nuestro recurso último para transmitirlo a otros. Él amó

perfectamente, y nos enseña (y manda) que hagamos lo mismo. ¡Escucha

ahora la instrucción del Maestro sobre el amor!

Jesús practicó el amor. Porque lo practicó de forma perfecta, Jesús nos

muestra cómo hacer lo mismo y vivir su mandamiento de “os améis

unos a otros” (Jn. 13:34).

Jesús amó a sus amigos. En Juan 11:5 leemos que “amaba Jesús a

Marta, a su hermana y a Lázaro”. Le vemos en la casa de ellos,

comiendo con ellos en diversas ocasiones y llegando para ofrecer su

ayuda tras la muerte de Lázaro. Como amigo, Jesús estuvo allí cuando

aquellas personas le necesitaron en medio de una crisis de vida o

muerte.

Jesús amó a sus seguidores. Juan, al que la Biblia define como “el

discípulo al cual Jesús amaba” (Jn. 13:23), nos ofrece esta visión del

amor que sentía Jesús por los doce: “sabiendo Jesús que su hora había
llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a

los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1).

¡Hasta el fin! Amar a tu familia y a tus amigos es una cosa, pero, ¿qué

en cuanto a amar a aquellos con quienes trabajas todos los días?

Jesús amó a los perdidos. Lucas 19:10 dice: “El Hijo del Hombre vino

a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Jesús se relacionó

activamente con los perdidos; no los dejó de lado. Buscó a quienes

tenían necesidades.

El amor de Jesús se sacrificó. Jesús sometió su amor a la prueba

definitiva cuando murió voluntariamente en la cruz para garantizar

nuestra salvación. Dio el ejemplo supremo de amor altruista y

sacrificado. Jesús hablaba de sí mismo cuando dijo: “nadie tiene

mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”

(Jn. 15:13).

¿Cómo puedes tú mostrar el tipo de amor que manifestó Jesús? Todo

empieza con una relación personal con Dios por medio de Jesucristo. Una

vez que eres hijo de Dios, y dedicas tiempo a su Palabra y a la oración,

recibirás su amor de nuevo cada día. Desde aquí el amor se traduce en

actitudes de apoyo y ayuda primero a la familia, luego a otros creyentes, y

por último al mundo, a todo aquel a quien encontremos en nuestro camino.

Gracias a que el Espíritu Santo vive en nosotros, los cristianos contamos

con el amor de Dios: primero para amarle, y luego para amar a otros.

¿Qué significa esto para tu vida?

El amor es costoso. El amor a Dios le costó la muerte de su Hijo. El amor

de Dios te pide que renuncies a tu pecado y aceptes a su Hijo como tu

Salvador. El amor de Dios te pide que practiques el amor que se sacrifica de

formas muy prácticas… como escuchar, ayudar, servir, animar y dar de tu

tiempo y de tu dinero.

¿Has pensado por qué Jesús te manda que ames? El amor te exige algo;

requiere un esfuerzo. Y, tristemente, el amor no es siempre la respuesta

natural, a menos que quizá seas padre o madre. Pero más allá de este

vínculo familiar, es necesario nutrir el amor. Hay que estimularlo un poco,


sobre todo si vacilas en acercarte a otros con amor, quizá porque te hirieron

en algún momento del pasado cuando intentaste amar a otra persona.

A pesar de todos los obstáculos que te impiden ser obediente al mandato

de Dios de amar, puedes —y necesitas— recordar lo mucho que Dios te

ama por medio de su Hijo, Jesús, a pesar de tus pecados y errores. Su amor

incondicional debería motivarte a amar a otros, pues te muestra la manera

de amar. Ser consciente de lo mucho que Dios te ama te ayudará a superar

tu resistencia a amar a otros. Entonces, al ir mostrando amor por otros, el

sentimiento del amor surgirá de forma natural.


30

Jesús volverá de verdad

Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús,

que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis

visto ir al cielo (Hch. 1:10-11).

Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo

que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos

semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que

tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro

(1 Jn. 3:2-3).

Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo

montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus

ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas

diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él

mismo (Ap. 19:11-12).

a Biblia es un libro preciso. Contiene solo lo que Dios decidió que era

L importante que supiéramos. Por consiguiente, cuando algo se repite,

podemos estar seguros de que Dios quiere llamar nuestra atención sobre

ello. Un ejemplo de esto es las muchas veces que el Antiguo Testamento

predijo el regreso personal y visible de Cristo para reinar sobre la tierra.

Existen más profecías sobre su regreso que sobre cualquier otro tema. Y en

el Nuevo Testamento, que contiene 260 capítulos, la segunda venida de


Jesús se menciona 318 veces. Más concretamente, el regreso de Jesús se

menciona una vez cada 25 versículos. Es evidente que Dios nos alerta sobre

la importancia del hecho del regreso de Jesús. Entonces, ¿cómo debemos

responder?

Lamentablemente, la maravillosa promesa del regreso de Jesús se

difumina debido a la confusión que domina a muchas personas sobre los

sucesos que rodean la segunda venida de Cristo. Respecto a su regreso, hay

dos formas de pensar:

Un grupo piensa que el regreso de Cristo se producirá en dos fases.

Primera, Jesús descenderá del cielo y se llevará a los cristianos a vivir con

Él. A este evento se le llama “el rapto de la Iglesia”, y se describe en

1 Tesalonicenses 4:13-18. La segunda fase es al final de los siete años de lo

que se llama “la gran tribulación”, cuando Jesús volverá con gran gloria.

Esta fase se describe en Apocalipsis 19. Cuando Jesús vuelva acabará con

todos sus enemigos y los cristianos reinarán con Él durante mil años en lo

que se llama el reino milenial.

Otros maestros de la Biblia están convencidos de que el rapto y el regreso

glorioso son un mismo acontecimiento. No creen que el regreso de Cristo se

divida en dos fases.

Independientemente de tu punto de vista, es imposible pasar por alto el

gran énfasis que pone el Nuevo Testamento sobre el hecho de que Jesús

volverá. Por supuesto, esto nos lleva a la segunda pregunta: ¿Qué sucederá

cuando Cristo regrese?

La segunda venida de Cristo tiene un propósito distinto. El propósito de

la primera misión de Jesús fue venir como siervo y Salvador. Vino a mostrar

al mundo el camino hacia la salvación y la vida eterna. Pero en su segunda

venida vendrá para juicio y condenación de todos los que rechazaron su

oferta de salvación.

La segunda venida de Cristo completará la realidad de la salvación. A

los creyentes se les asegura que “ninguna condenación hay para los que

están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). En 1 Corintios 1:8 leemos que Dios “os

confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro

Señor Jesucristo”. Esta garantía no se debe a nuestros grandes dones o


actuaciones sobresalientes, sino a lo que Jesucristo logró para nosotros por

medio de su muerte y su resurrección.

La segunda venida de Jesús tiene como objeto recoger a los suyos. Jesús

reunirá a todos los que forman su Iglesia para que vayan con Él al cielo, y

serán transformados instantáneamente en sus cuerpos eternos. Jesús dio a

sus discípulos —y a todos los creyentes— esta garantía: “Y si me fuere y os

preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo

estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).

La segunda venida de Jesús incluirá la resurrección de los creyentes que

hayan muerto. La pregunta que planteaba la iglesia de Tesalónica era: ¿Qué

pasará con quienes hayan muerto antes del regreso de Cristo? Pablo les

escribió para ayudarles a entender que para el creyente la muerte no es el

final de todo. Cuando Cristo regrese, todos los creyentes, incluyendo a los

que ya hayan muerto, serán reunidos, para no volver a sufrir ni a morir

jamás (1 Ts. 4:13-14).

Contando con esta información sobre lo que sucederá durante la segunda

venida de Jesús, puedes hacerte esta pregunta más práctica: “¿Cómo debo

vivir mientras espero el regreso de Jesús?”

¿Qué significa esto para tu vida?

Jesús dijo que nadie conoce el momento de su regreso: “Pero del día y la

hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos” (Mt. 24:36). Eso quiere

decir que debemos estar siempre preparados para su segunda venida. Pero

esto no significa que podamos ignorar lo que sucede a nuestro alrededor

ahora mismo. Al mismo tiempo que mantenemos la vista en el cielo,

también hemos de prestar atención plena a nuestras responsabilidades como

cristianos aquí en la tierra. Debemos cumplir nuestras obligaciones, cuidar

de nuestras familias y seres queridos, y vivir de tal manera que atraiga a

Dios a otras personas. También hemos de ser diligentes para compartir el

mensaje de salvación con los perdidos. Esa fue la misión de los discípulos, y

también es la tuya (Mt. 28:19-20). Como no conoces la fecha del regreso de

Cristo, debes sentir el impulso urgente de compartir las buenas noticias

mientras quede tiempo.

Por último, las profecías sobre el regreso de Jesús no se escribieron para


satisfacer tu curiosidad sobre el futuro, sino para cambiar tu modo de vivir

en la tierra. Esto era lo que anhelaba el apóstol Pedro para sus lectores, y tú

también debes preocuparte por ello: “Por lo cual, oh amados, estando en

espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha

e irreprensibles, en paz” (2 P. 3:14).


31

Jesús ora por ti y por mí

Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se

sentó a la diestra de Dios (Mr. 16:19).

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los

hombres, Jesucristo hombre (1 Ti. 2:5).

[El poder de Dios] operó en Cristo, resucitándole de los muertos y

sentándole a su diestra en los lugares celestiales (Ef. 1:20).

lo largo de la historia, los estudiosos de la Biblia han explicado la obra

A de Cristo en términos de tres “oficios” o “funciones”: los de profeta,

sacerdote y rey. Aunque podemos hablar de estos oficios o funciones en

términos distintos, no se pueden desvincular unos de otros. Jesús, el Hijo de

Dios, entró en este mundo como alguien que predicaba y profetizaba cosas

venideras, pero también era un rey que iba a recibir su reino. Y también

actuó como un sacerdote, que oraba a menudo por sus discípulos, y que

ofreció el sacrificio supremo de sí mismo en la cruz. En este capítulo nos

centraremos en la enseñanza de la función de Jesús como sacerdote

intercesor: el hecho de que Jesús ora por ti.

La intercesión de Jesús tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Dios

instituyó el ministerio de sacerdote poco después de que los hijos de Israel

salieran de Egipto (Éx. 28). El sacerdote (y sobre todo el sumo sacerdote)


debía interceder por el pueblo y ofrecer sacrificios por sus pecados.

Además, una vez al año, el sumo sacerdote ofrecía en el día de la expiación

un sacrificio por los pecados de todo el pueblo. Al principio, estos

sacrificios y otras labores sacerdotales se realizaban en una estructura móvil

llamada tabernáculo, y más tarde en el templo fijo de Jerusalén. Pero con la

venida de Jesucristo, el Mesías, la tarea de sumo sacerdote quedó obsoleta.

¿Por qué? Porque Jesús asumió ese papel.

La intercesión de Jesús era permanente. Cuando los romanos destruyeron

el templo de Jerusalén en el año 70 d.C., la religión judía se quedó sin un

lugar donde realizar las funciones sacerdotales del Antiguo Testamento. Sin

templo, los sacerdotes judíos ya no podían seguir intercediendo por el

pueblo. La iglesia primitiva estaba compuesta de judíos que se habían

convertido al cristianismo, y debido a su trasfondo judío, estos conversos

estaban familiarizados con el papel del sacerdote, y podían entender

fácilmente el hecho de que Jesucristo era ahora su sacerdote e intercesor. El

libro de Hebreos, escrito para los judíos esparcidos por todo el mundo

romano, lo expresa claramente cuando dice: “Y los otros sacerdotes llegaron

a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por

cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” (He. 7:23-

24).

La intercesión de Jesús empezó durante su ministerio terrenal. De nuevo,

una de las funciones que desempeñaban los sacerdotes del Antiguo

Testamento era la de interceder por el pueblo. Dos veces al día entraban en

el lugar santo del templo y quemaban incienso a modo de ofrenda de

oración por el pecado del pueblo. De igual modo, mientras estuvo en el

mundo, Jesús oró a menudo por sus discípulos.

La noche antes de su muerte, Jesús elevó una extensa oración de

intercesión por sus discípulos. Esa oración, que aparece en Juan 17, señala

la transición entre el ministerio terrenal de Jesús y su ministerio intercesor

por todos los creyentes en el cielo, como lo describe Hebreos [Link] “ por lo

cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios,

viviendo siempre para interceder por ellos”.

La intercesión de Jesús viene con autoridad. Desde su ascensión, según

Hechos 1, Jesús ha estado sentado a la diestra del Padre. La importancia de


la posición de Jesús es que la derecha es el lugar de distinción y de poder,

no un lugar de reposo o de inactividad. El hecho de que esté a la diestra del

Padre es un símbolo de autoridad y de gobierno activo. En este lugar es

donde Jesús intercede ante el Padre por ti: “porque hay un solo Dios, y un

solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5).

La intercesión de Jesús es constante. Jesús no se limitó a darnos vida

eterna y luego nos abandonó a nuestros esfuerzos humanos. No, la obra que

Jesús empezó con su intercesión sacerdotal por sus discípulos y con el

sacrificio de su persona en la cruz seguirá adelante hasta que se complete,



cuando sus seguidores entren en su presencia. Estando persuadido de esto,

que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día

de Jesucristo” (Fil. 1:6).

Como vimos en Hebreos 7:25, Cristo intercede sin cesar por todos los

creyentes. Juan 11:42 indica que el Padre siempre escucha las oraciones de

Jesús, de modo que podemos estar seguros de que las oraciones de Jesús por

todos los creyentes seguirán sustentándoles hasta que lleguen al cielo.

La intercesión de Jesús está centrada. Tenemos una comprensión limitada

del papel de Jesús como nuestro abogado e intercesor. Pero en Juan 17:11-

26 se nos proporciona un atisbo del amor y el cuidado de Jesús por los

suyos, porque en ese pasaje oró primero por sus discípulos, y luego por

todos aquellos que a partir de aquel momento creerían en Él. Sin duda ese es

el mismo amor y cuidado que manifiesta hoy cuando intercede por nosotros.

Fijémonos en las peticiones concretas de la oración de Jesús:

Primero, Jesús oró por sus discípulos (Jn. 17:11-17):

1. Pide al Padre que los haga uno, como ellos son uno.

2. Pide al Padre que les imparta su gozo.

3. Pide que el Padre les proteja.

4. Pide que el Padre los santifique.

Luego Jesús oró por todos aquellos que creerían en él (Jn. 17:20-24):

1. Pide que los creyentes manifiesten unidad.

2. Pide que los creyentes honren al Hijo.


3. Pide que los creyentes manifiesten el amor de Dios.

4. Pide que los creyentes experimenten el amor divino.

5. Pide que los creyentes disfruten de la gloria de Cristo en el cielo, para

siempre.

El hecho de que Jesús ruegue e interceda por nosotros debería

consolarnos. Somos sus seguidores amados, y ora al Padre para que

constituyamos una fuerza unificada en el mundo. Ruega que “nos amemos

unos a otros” (1 Jn. 4:7). Desea que vivamos en unidad y en amor, teniendo

en mente un solo propósito: “para que el mundo conozca que tú [el Padre]

me enviaste” (v. 23). Nuestro testimonio de unión y de amor proclamará a

otros que Jesús fue enviado por el Padre como Salvador del mundo.

¿Qué significa esto para tu vida?

El patrón de oración intercesora de Jesús por sus discípulos y por todos

los creyentes es un buen modelo para nuestras propias oraciones. Además,

el hecho de que Jesús interceda continuamente por ti no significa que debas

dejar de pedir por ti mismo y tus inquietudes. Significa que cuando acudes

con confianza ante el trono del Padre para presentar tus peticiones, tendrás a

un intercesor y mediador que te acompañará.

Permite que la oración intercesora de Jesús aporte un mejor enfoque a tus

propias oraciones:

Ruega por ti mismo, tus necesidades y tu crecimiento espiritual.

Ruega por otros, para que se salven y amen al Señor.

Pide por la unidad de los cristianos y por tu parte en fomentarla.


32

Cuando Jesús murió, la muerte quedó

vencida

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que

Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que

fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras

(1 Co. 15:3-4).

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús,

hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados

juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como

Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también

nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados

juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo

seremos en la de su resurrección (Ro. 6:3-5).

stos son nuestros valores fundamentales como empresa”. No te

“E puedo decir cuántas veces escuché o leí esa afirmación cuando

estaba en el mundo de los negocios. ¿Qué son exactamente los valores

fundamentales? Es una declaración que resume en pocas palabras las metas

y propósitos de una empresa. Mantienen a una empresa enfocada en una

dirección determinada teniendo fines concretos en mente. Y un beneficio


clave de los valores esenciales es que pueden inspirar a los empleados para

que rindan excepcionalmente.

Cuando hablamos del cristianismo, hay un sentido en el que podemos

decir que la resurrección de Cristo es “el valor fundamental”. La

resurrección es el eje alrededor del cual giran todas las verdades que Cristo

enseñó a sus discípulos cuando estuvo en la tierra. Él dijo: “Yo soy la

resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”

(Jn. 11:25). Los dos primeros sermones pronunciados tras la resurrección y

la ascensión de Cristo se centraron en su resurrección (ver Hch. 2:14-36 y

3:12-26). Fue la resurrección la que convirtió a los abatidos seguidores de

Jesús en testigos valerosos y en mártires que, en cuestión de unos pocos

años, extendieron el evangelio por todo el Imperio Romano y más allá. Y, al

final, la resurrección proclamó el hecho de que, cuando Jesús murió, la

muerte quedó vencida.

Jesús murió para rescatarte de la esclavitud del pecado. Jesús dijo con

frecuencia a sus discípulos que debía morir, y les explicó por qué: “el Hijo

del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en

rescate por muchos” (Mt. 20:28). El rescate era el precio que se pagaba para

liberar a un esclavo de su situación.

Cuando Adán y Eva pecaron en el huerto de Edén, la humanidad cayó bajo

la esclavitud de Satanás, el pecado y la muerte. La muerte de Jesús pagó el

rescate necesario para satisfacer la santidad y la justicia divinas. La santidad

de Dios exigía que se pagase el precio, y el amor de Dios proporcionó ese

pago con la muerte del Hijo (Jn. 3:16). La vida perfecta de Jesús fue el

único sacrificio que podía ofrecerse para satisfacer la justicia de Dios. Jesús

murió para que tú no tuvieras que hacerlo.

Jesús murió para demostrar su poder sobre la muerte. Jesús no solo tuvo

que morir para pagar el precio de nuestro pecado, sino también para

demostrar su poder sobre la muerte. El apóstol Pablo dijo que Jesús “fue

declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la

resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:3-4). La resurrección de Jesús de

entre los muertos demuestra que Él es Dios y que posee vida eterna y que,

por consiguiente, puede dar esta misma vida eterna a todos los que creen en

Él.
Jesús murió derrotando a la muerte. A primera vista, parece que Satanás

fue el vencedor en el huerto de Edén (Gn. 3). Adán y Eva habían

desobedecido a Dios, y su pecado dio como resultado la muerte espiritual

inmediata y, con el tiempo, la muerte física. Incluso en la cruz, cuando Jesús

murió, Satanás pareció alzarse con la victoria. Pero Dios convirtió en

derrota el triunfo aparente de Satanás cuando Jesús resucitó de entre los

muertos. La muerte ya no es fuente de temor para nosotros, porque ha sido

“sorbida… en victoria” (1 Co. 15:54).

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la

ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio

de nuestro Señor Jesucristo (1 Co. 15:55-57).

Cristo venció a la muerte, y llegará un día en que todos los que están en

Cristo la vencerán también.

Jesús murió para dar esperanza. Muchas de las religiones de este mundo

hablan de algún tipo de vida después de la muerte; pero lo que dicen acerca

de esa vida futura está lleno de incertidumbre. Ofrecen una esperanza

incierta, una esperanza carente de contenido. Solo el cristianismo

proporciona la esperanza segura de que la muerte ha sido vencida, una

esperanza basada en relatos de testigos oculares de la resurrección corporal

de Jesús. Pablo fue uno de esos testigos, y ofrece una lista de personas que

vieron a Jesús vivo después de que los guardias romanos confirmaron su

muerte, y hablamos de unos hombres que eran verdugos expertos. Veamos

la lista de Pablo:

[Jesús] apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más

de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y

otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los

apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí

(1 Co. 15:5-8).

La muerte fue vencida en la cruz. ¡Jesús está vivo! La muerte ya no tiene

ningún poder sobre Él ni sobre ninguno de sus seguidores. Ninguna otra

religión puede hacer esta afirmación:


Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que

durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un

hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.

Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán

vivificados (1 Co. 15:20-22).

La muerte de Jesús canceló la muerte espiritual. Todas las personas

mueren físicamente, pero Cristo murió para que los creyentes no

experimentasen la muerte espiritual. Los cristianos tienen la máxima

confianza en la obra salvadora de Cristo y en la vida eterna. En el momento

de la salvación, somos declarados justos delante de Dios. Y, como dice

Romanos [Link] “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en

Cristo Jesús”. Como creyentes en Cristo, no tenemos motivos para temer la

muerte.

¿Qué significa esto para tu vida?

¿Eres creyente en Cristo? Si es así, no experimentarás la muerte espiritual.

¿Cómo debería afectarte esto? Para empezar, ¡deberías estar agradecido!

Además, date cuenta de que, aunque posees la vida eterna, aún sigues

funcionando con un cuerpo perecedero. De modo que no sabes cuánto

tiempo te queda en este mundo. Por tanto, aprovéchalo al máximo sirviendo

a Dios y a su pueblo. Tu vida nueva no está pensada para que solo pienses

en complacerte a ti mismo. Teniendo esto en mente, graba en tu corazón el

reto del apóstol Pablo: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y

constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro

trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58).


33

Nacer una vez no es suficiente

Nos salvó… por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración

y por la renovación en el Espíritu Santo (Tit. 3:5).

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su

grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la

resurrección de Jesucristo de los muertos (1 P. 1:3).

Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia

es nacido de él (1 Jn. 2:29).

on el estancamiento que padecieron algunas denominaciones cristianas

C durante la década de 1960, una ola de jóvenes contraculturales

llamados Jesus freaks (“fervorosos o fanáticos de Jesús”) se convirtieron al

cristianismo. Esta nueva generación de creyentes se dio cuenta de que sus

iglesias estaban moribundas, y contribuyeron a producir una oleada de

avivamientos que se extendió por los Estados Unidos. Estos jóvenes fueron

los que popularizaron la expresión “nacer de nuevo”.

Sin embargo, mucho antes de que esta expresión se identificase hasta tal

punto con los creyentes, Jesús utilizó estos términos en Juan 3:3, cuando

dijo a Nicodemo, un líder religioso judío: “De cierto, de cierto te digo, que

el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Básicamente,

Jesús le dijo a Nicodemo que “nacer una vez no es suficiente”.


Necesidad de un nuevo nacimiento

Nicodemo era un buscador; pero, como era un líder judío religioso

prominente, no quería que la gente le viera hablando con Jesús. De modo

que se acercó a Él de noche para obtener respuestas para sus preguntas.

Pero, incluso antes de poder despegar los labios, Jesús comenzó a hablar

sobre la oscuridad espiritual del corazón de Nicodemo: “el que no naciere

de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). Nicodemo necesitaba una

transformación espiritual que solo podía producir el Espíritu Santo.

Cuando Jesús dijo que Nicodemo necesitaba nacer de nuevo, al principio

él pensó que el Señor hablaba sobre el renacimiento físico. Entonces Jesús

le clarificó lo que quería decir: “De cierto, de cierto te digo, que el que no

naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (v. 5).

Como nos dice la Biblia en otros pasajes, todas las personas nacen sujetas

físicamente al pecado y a las tinieblas espirituales. El apóstol Pablo pintó

una imagen desoladora de la condición humana cuando dijo: “estabais

muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). ¡Todos los seres humanos

necesitan un segundo nacimiento!

Definición del nuevo nacimiento

La transformación espiritual producida por el Espíritu Santo es lo que los

teólogos llaman regeneración. La regeneración es un acto de Dios mediante

el cual se imparte vida eterna a un nuevo creyente. Este nuevo nacimiento

cambia todo el ser de la persona. Se le proporciona un corazón nuevo; su

mente queda iluminada; su voluntad es liberada de la esclavitud al pecado, y

Dios viene a morar en su cuerpo.

Naturaleza del nuevo nacimiento

¡Vaya cambio! La Escritura describe esta transformación de la siguiente

manera: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas

viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). Sigue

leyendo para saber más sobre el milagro del nuevo nacimiento.

El nuevo nacimiento es un acto en el que la persona es pasiva. Nadie

tiene control sobre el viento. Viene y va, y lo único que podemos hacer es
sentirlo. Jesús dijo que el nuevo nacimiento es como el viento. Viene sobre

una persona sin que esta haga ningún esfuerzo. Esto significa que ningún

acto religioso por tu parte puede producir el nuevo nacimiento (Jn. 3:8).

El nuevo nacimiento es subconsciente. El nuevo nacimiento no tiene por

qué sentirse necesariamente, pero el nuevo creyente apreciará enseguida sus

resultados. Algunas personas, cuando les llega la regeneración, pueden

manifestar una respuesta emocional, pero esta no es una garantía de que se

haya producido.

El nuevo nacimiento es inmediato. De igual manera que el nacimiento

físico es inmediato, el espiritual también lo es. No hay fases, pasos o grados.

O tienes vida espiritual o no la tienes. Jesús lo describió de este modo: “De

cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene

vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”

(Jn. 5:24).

¿Quién interviene en el nuevo nacimiento?

El autor de la regeneración es Dios Padre. En la eternidad pasada, Dios

decidió, por su soberana voluntad, elegir a un pueblo como posesión propia.

Esta elección se basó por completo en la gracia, y no tuvo nada que ver con

las cosas que haría ese pueblo en el futuro. Sin embargo, en el momento que

decidió Dios y por su Espíritu, tuvo lugar un acto de regeneración con este

resultado: “mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre,

les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

El agente de la regeneración es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es

quien produce nuestro nuevo nacimiento. Otros pasajes bíblicos llaman a la

regeneración “renacimiento” y “renovación”, y dicen que el Espíritu Santo

es el agente de la misma: “nos salvó… por el lavamiento de la regeneración

y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3:5).

El mediador de la regeneración es Cristo. Un mediador es un

intermediario. Jesús, mediante su muerte y resurrección, trajo la

reconciliación entre Dios y el hombre pecador, posibilitando que Dios

entrase en una relación con el ser humano. Fíjate en la participación de

Jesús para hacer posible este nuevo nacimiento:


—“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”

(2 Co. 5:17).

—“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús” (Ef. 2:10).

—“… nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo”

(1 Jn. 5:11).

—“… nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección

de Jesucristo de los muertos” (1 P. 1:3).

El instrumento de regeneración es la Palabra. Fíjate en cómo describe

Pedro el papel de la Biblia en el nuevo nacimiento: “siendo renacidos, no de

simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive

y permanece para siempre” (1 P. 1:23).

Evidencias del nuevo nacimiento

Existen evidencias claras de que estás vivo físicamente, ¿verdad? Tu

corazón late; al tocarte, tu piel está caliente; tú hablas y piensas. Y, a menos

que estés confinado a una cama, puedes desplazarte de un lado a otro. Estas

son pruebas de que estás vivo.

De forma parecida, hay pruebas de que estás vivo espiritualmente. Como

dice la Biblia: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a

vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está

en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Co. 13:5). El libro de 1

Juan fue escrito para que el lector examinase y descubriera si realmente

habían nacido de nuevo. Veamos algunas de las pruebas a las que puedes

someter tu propia vida:

—¿Haces lo correcto? “Si sabéis que él es justo, sabed también que

todo el que hace justicia es nacido de él” (1 Jn. 2:29).

—¿Tienes al Espíritu Santo? “En esto conocemos que permanecemos

en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu”

(1 Jn. 4:13).

—¿Crees que Jesucristo es Dios? “Todo aquel que cree que Jesús es el

Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró,

ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Jn. 5:1).


—¿Tienes la victoria sobre el pecado? “Porque todo lo que es nacido

de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al

mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).

¿Qué significa esto para tu vida?

La vida no te da segundas oportunidades, pero Dios sí. Él te ofrece una

segunda oportunidad y un segundo nacimiento por medio de su Hijo

Jesucristo. ¿Has respondido a la oferta de Dios de relacionarte con Él y

nacer de nuevo? Si no es así, busca al Señor Jesús, como hizo aquel hombre

llamado Nicodemo.

Si ya has experimentado este nuevo nacimiento, alaba a Dios y anuncia a

tu familia y a tus amigos el hecho de que “es necesario nacer de nuevo”.

¡Nacer una vez no es suficiente!


34

La redención es solo una parte de la

historia

¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?

(Ro. 7:24).

Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor

Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para

librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro

Dios y Padre (Gá. 1:3-4).

[Porque] ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos

recibisteis… y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los

muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera (1 Ts. 1:9-10).

ivimos en un mundo de incendios, inundaciones, terremotos y otros

V tipos de catástrofes de las que hay que rescatar a las personas.

También hay secuestros, situaciones con rehenes y otras circunstancias que

exigen la participación de equipos de rescate profesionales. Algunos de los

rescates los llevan a cabo policías y bomberos, y otros, los miembros de

equipos de Operaciones Especiales de las Fuerzas Armadas que han

recibido un entrenamiento especial.

Estos profesionales invierten mucho tiempo en prepararse para la

posibilidad de tener que rescatar a una persona. Su capacidad de hacer bien


el trabajo puede suponer la diferencia entre que una víctima salga con vida o

muera en el proceso.

¿Has pensado alguna vez en que Dios también se dedica a esta actividad

de rescate? Pero en cuanto a Dios, hablamos de otro tipo de rescate, pues Él

toma a los que están muertos y les da vida. Y eso es solo el principio de

todo lo que hace Dios cuando rescata a alguien. Veamos lo que hace:

El rescate comenzó en la eternidad. Si eres un creyente en Cristo, tu

salvación no ha sido un suceso reciente por lo que respecta a Dios. Tu

rescate se planificó en la eternidad pasada y se llevó a cabo en el ámbito del

tiempo. Así es como sucedió, tal como lo vio el apóstol Pablo: “Porque a los

que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos

conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre

muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los

que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también

glorificó” (Ro. 8:29-30).

Dios determinó de antemano, en la eternidad pasada, amarte, separarte y

destinarte a ser como Jesús, y para que vivieras con Él en la eternidad

futura.

El rescate se llevó a cabo en el tiempo. La Biblia dice: “estabais muertos

en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). Como estabas muerto

espiritualmente, no podías comprender tu necesidad de ser rescatado.

Estabas perdido espiritualmente sin saberlo. No te dabas cuenta de que

corrías un grave peligro. Es como si estuvieras a punto de morir en un

edificio ardiendo sin ser conscientes de ello.

A menos que Dios intervenga en la vida de una persona que no es salva,

esta seguirá avanzando por el camino que lleva a la destrucción eterna. Pero

afortunadamente, Dios interviene y ofrece a determinadas personas, a las

que ha elegido en la eternidad pasada, el deseo de ser rescatadas.

Un buen ejemplo de la intervención divina es la vida de una mujer

llamada Lidia. Hechos 16:14 dice: “el Señor abrió el corazón de ella para

que estuviese atenta a lo que Pablo decía”. En el momento que Dios eligió,

los ojos de Lidia fueron abiertos y se dio cuenta de que estaba en un edificio

incendiado, y respondió al evangelio.

En el momento que Dios elige, aquellos a los que ha elegido (Ro. 8:33)
ven las llamas y entienden que, a menos que sean rescatados, morirán. La

salvación se cumple cuando Dios abre los corazones y mentes de las

personas para que se arrepientan de sus pecados y acepten la muerte de

Cristo como pago por sus pecados. El apóstol Pablo lo expresó de esta

manera: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado

al reino de su amado Hijo” (Col. 1:13).

El rescate proporciona nuestra aceptación. Todos los incrédulos son

enemigos de Dios. Pero como parte del rescate para salvación de Dios,

quienes antes eran enemigos son “aceptos en el Amado” (Ef. 1:16). La

gracia de Dios ha permitido que los pecadores como tú y como yo seamos

aceptados como amados de Dios.

La Biblia usa diversos términos para expresar nuestra aceptación por parte

de Dios, incluyendo redimidos (Ro. 3:24), reconciliados (2 Co. 5:19-21),

perdonados (Ro. 3:25), justificados (Ro. 3:24) y glorificados (Ro. 8:30).

¡Estas declaraciones de aceptación son solamente unas de las pocas cosas

que se desprenden del rescate que se lleva a cabo en la vida de un pecador!

El rescate nos proporciona una posición. La salvación que Cristo hizo

posible ha establecido nuestra posición delante de Dios. Nada nos puede

separar del favor de Dios (Ro. 8:9). Somos ciudadanos del cielo (Fil. 3:20),

miembros de un sacerdocio real (1 P. 2:5), miembros de la familia de Dios

(Ef. 2:19), hijos e hijas adoptados en esa familia (Gá. 4:5), y la posesión

especial de Dios (1 P. 2:9). Nuestra posición en Cristo se determinó en la

eternidad pasada, se estableció en la salvación ¡y se aseguró para toda la

eternidad!

El rescate nos promete una herencia. El hecho de que Dios, por su amor,

te eligiera en la eternidad pasada garantizó no solamente tu vida presente,

sino también la venidera. A los ojos de Dios tu herencia ya está garantizada.

Por eso, el término “glorificados” de Romanos 8:30 está en tiempo pasado;

porque ahora esperas el momento en que estarás con Dios por toda la

eternidad. Y, como promesa de todo lo que vendrá, se te ha concedido el

Espíritu Santo, que es “las arras de nuestra herencia hasta la redención de la

posesión adquirida” (Ef. 1:14).

¿Qué aspecto tiene esta herencia? Somos herederos de Dios y coherederos

con Cristo (Ro. 8:17). Somos bendecidos en los lugares celestiales con toda
bendición espiritual (Ef. 1:3). Hay una herencia guardada en los cielos para

nosotros (1 P. 1:4). Tenemos una corona que nos espera, la corona de la

justicia, que Jesucristo nos dará (1 Ti. 4:8).

El rescate produce nuestra capacitación. Una de las bendiciones de la

salvación es el poder de la presencia de Dios en nuestra vida por medio de

la morada del Espíritu Santo. El Espíritu nos capacita para vivir de un modo

que honre a Cristo. Cuando caminamos según el Espíritu, no haremos las

obras de la carne (Gá. 5:16). Esta capacitación que viene de la gracia de

Dios nos libra de la carga del pecado (Ro. 6:14). Nos convierte en ministros

de un nuevo pacto, no de la ley, sino del Espíritu (2 Co. 3:6).

¿Qué importancia tiene esto para ti?

¿Cómo suelen reaccionar las personas a las que rescatan de un edificio

ardiendo, una inundación impetuosa o un lugar salvaje y remoto? ¡Están

entusiasmadas! Sienten una gran alegría, las dominan las emociones y están

llenas de gratitud. Estaban perdidas y las han encontrado. Corrían peligro,

pero las han salvado.

Cuando te hiciste cristiano, tú también fuiste salvo. Fuiste salvo de una

eternidad separado de Dios. De modo que recuerda siempre el día de tu

salvación y adora a quien te salvó. Movido por gratitud por la gracia y

misericordia de Dios, debes alabarle durante toda tu vida. Además, debes

sentir el impulso de contar a otros que necesitan ser rescatados que Cristo

les ofrece salvación y una nueva vida en Él.

Saber que solo Dios te puede salvar debería animarte a orar por tus

familiares, amigos y compañeros de trabajo que no son salvos. Pide a Dios

que abra sus corazones al evangelio. No has sido salvado para cumplir tus

propios propósitos, sino para alabar a Dios, honrar a tu Salvador y servir a

su pueblo mientras aguardas tu herencia venidera. ¡Qué día más glorioso

será ese!
35

El Espíritu Santo es el arma secreta de

todo cristiano

Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu

Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y

hasta lo último de la tierra (Hch. 1:8).

Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en

otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen (Hch. 2:4).

Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es

Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del

Espíritu en nuestros corazones (2 Co. 1:21-22).

l leer mi Biblia, me gusta seguir las vidas de hombres y mujeres

A concretos y ver cómo Dios los transformó y utilizó. Cuando abrimos el

libro de Hechos, vemos a un grupo reducido de hombres y mujeres apiñados

en una habitación en Jerusalén. Pero no pasó mucho tiempo antes de que

ese grupo abatido y derrotado de cristianos se convirtiera en un ejército

valiente de testigos y mártires.

Dos de las personas que más me gustan en el libro de Hechos son Esteban

y Felipe. Los conocemos cuando los miembros de la Iglesia primitiva los

eligieron para atender las necesidades de las viudas de Jerusalén (Hch. 6:1-

6). Pocos versículos después vemos a Esteban realizando “grandes prodigios


y señales entre el pueblo” (v. 8). Como había confundido a los líderes judíos

en las sinagogas locales, fue llevado ante los dirigentes de Israel, a los que

amonestó por no creer en Cristo (Hch. 7:2-53).

Vemos que a Felipe también le pasaron cosas igualmente increíbles.

Primero está sirviendo a las mesas y, a la vez siguiente que lo vemos, está

predicando a Cristo en Samaria. Él también realizaba “señales” (Hch. 8:6).

¿Cuál fue el común denominador que compartieron Esteban, Felipe y los

demás que estaban reunidos en el aposento alto en Jerusalén? Todos estaban

“llenos del Espíritu”. Fueron capacitados de una forma especial para

realizar con éxito la obra de Dios.

La enseñanza que examinamos en este capítulo es que el Espíritu Santo es

el arma secreta de todo cristiano. La primera vez que se concedió este

poder fue en Hechos [Link] “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre

vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea,

en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Este poder fue concedido con un

propósito espiritual, y está vinculado exclusivamente con el ministerio del

Espíritu Santo.

El poder de Dios viene del Espíritu Santo. Normalmente, el poder en este

mundo se consigue gracias a un intelecto superior, a la riqueza, la fuerza o

la manipulación astuta. Pero el poder que Jesús ofreció a sus discípulos,

poder que también concede a todos los creyentes, viene del Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento, Dios capacitó solo a un número reducido de

individuos concretos con el Espíritu Santo, como Moisés, David y aquellos

que hacían las distintas partes para la edificación del tabernáculo y el

templo. Pero desde la época de Hechos 2 en adelante, el Espíritu Santo ha

entrado en la vida de todos los seguidores de Cristo, incluido tú, y además

lo ha hecho para quedarse. Esto significa que disfrutas durante toda la vida

de la capacitación que Él te da.

El poder de Dios acompaña a la salvación. Los discípulos recibieron su

poder el día de Pentecostés, cuando “fueron llenos del Espíritu Santo”

(Hch. 2:4). Tú recibiste el mismo poder cuando pusiste tu fe y confianza en

Jesucristo: “el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos

ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Co. 1:21-22). No


tienes que pedir poder, o pedir más poder. Con la salvación recibiste todo el

poder que necesitas.

El poder de Dios viene por la obediencia. Cuando caminas con Dios

mediante su Espíritu, experimentas la victoria sobre los deseos del mundo.

Tu carne pecadora y el Espíritu que vive en ti están en guerra. Si cedes a la

carne y tus deseos pecaminosos, quedarás indefenso en la lucha contra el

pecado. Pero cuando caminas en obediencia a los mandamientos de Dios tal

como están escritos en la Biblia, obtienes amor, gozo, paz, paciencia,

benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio (Gá. 5:22-23).

El poder de Dios está disponible para dar testimonio. Jesús prometió a los

discípulos que recibirían poder para cumplir una misión determinada. Les

dijo: “Recibiréis poder… y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea,

en Samaria y hasta los confines de la tierra”. Antes de la llegada del Espíritu

Santo, sus seguidores eran tímidos, sentían miedo y estaban desanimados.

Pero después de la venida del Espíritu, sus vidas dieron un vuelco.

Corrieron osadamente por las calles de Jerusalén, diciendo a todos los que

quisieran escuchar lo que habían visto y oído cuando estaban con Jesús.

Tú también tienes la capacidad de ser testigo de Jesús. Puedes contar a

otros lo que has visto, oído y aprendido gracias a la Palabra de Dios sobre

Jesucristo, y lo que has experimentado en tu relación con Él. Tienes…

—convicción para hablar de Cristo,

—valor para hablar por Cristo,

—confianza para hablar acerca de Cristo, y

—la capacidad para hablar en nombre de Cristo.

El poder de Dios nos ayuda a comprender y a recordar la Biblia. Jesús

prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo les ayudaría a recordar lo

que Él les había enseñado. Esta promesa se cumplió cuando los discípulos

fueron por todo el mundo enseñando las palabras de Jesús. Todos los libros

del Nuevo Testamento fueron escritos por los discípulos o por otros

creyentes muy relacionados con ellos.

De igual manera, el Espíritu Santo nos ayuda cuando leemos la Biblia.

Nos ayuda a comprender lo que leemos, planta esas verdades en nuestras


mentes, nos convence de la voluntad de Dios y nos exhorta sobre los

pecados que debemos evitar.

El poder de Dios es para el servicio. Los cristianos recibimos “dones

espirituales”, capacidades divinas que debemos usar “para provecho”

(1 Co. 12:7). Estas capacitaciones sobrenaturales te permiten servir a Dios y

a su pueblo con un poder constante.

A solas, eres débil y no estás a la altura. Pero con la capacitación de Dios,

puedes hacer un impacto increíble, ya sea hablando ante una multitud hostil

como hizo Esteban, o desarrollando el ministerio vigoroso y de amplio

alcance manifestado en la vida de Felipe.

¿Qué significa esto para tu vida?

El Espíritu Santo capacita a los creyentes obedientes. De modo que

controla las cosas en tu vida; guárdate del pecado, y vigila tus palabras y tus

actos. Y cuando caigas, apresúrate a arreglar las cosas con Dios (confiesa tu

pecado) y con otros (pide perdón).

Descansa sobre el poder del Espíritu Santo que mora en ti. Sin duda, Él es

tu arma secreta. Nunca te abandonará, y su poder está disponible para ti en

todo momento… para siempre… y en toda circunstancia. Cuando la vida se

complica o todo empieza a venirse abajo, pide ayuda a Dios. ¡Descansa en

su poder en tus momentos de prueba!


36

¿Cómo es Dios? Mira a Jesús

He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su

nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros (Mt. 1:23).

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era

Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… A

Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del

Padre, él le ha dado a conocer (Jn. 1:1, 14, 18).

Yo y el Padre uno somos (Jn. 10:30).

ios es espíritu, y existe fuera del tiempo y del espacio. Su santidad

D perfecta impide el contacto con la humanidad pecadora. Para que Dios

pudiera volver a relacionarse con su creación, se hizo humano. Jesús, el Hijo

de Dios, igual a Dios en todos los aspectos, se hizo hombre. Durante su vida

en la tierra, estuvo expuesto a todas las tentaciones que experimentamos los

humanos, pero nunca pecó. Vivió una vida perfecta y murió como ofrenda

por los pecados de la humanidad, y luego, al tercer día, resucitó de los

muertos. Su resurrección fue prueba de que el Padre aceptó su sacrificio y

de que Él era realmente el Hijo de Dios. Sabiendo todo esto, y habiendo

asumido que Jesús es Dios encarnado, lo único que tenemos que hacer es

contemplar la vida de Jesús para ver cómo es Dios:


Dios es accesible. En los tiempos de Jesús, quienes padecían lepra eran

temidos y se les consideraba ceremonialmente impuros, según la ley judía.

Eran echados de la comunidad. El leproso tenía que gritar “¡Inmundo,

inmundo!” cada vez que alguien se le acercase o pasaba cerca de él.

Tristemente, la gente acostumbraba a tomar piedras y lanzárselas a los

leprosos que mendigaban alimentos. Por el contrario, cuando un leproso se

acercó a Jesús, Él “extendió su mano y le tocó” (Mr. 1:41). ¡Increíble! ¿Y

cuál fue el resultado? Que el leproso fue sanado inmediatamente (v. 42).

Igual que el Hijo, Dios es accesible. Podemos hablar con Dios en todo

momento de cada día. Podemos abrir nuestros corazones en oración e,

instantáneamente, estamos en su presencia. Porque Dios es accesible es por

lo que Hebreos 4:16 dice: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de

la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno

socorro”.

Dios es compasivo. Jesús siempre atendió a las necesidades de las

personas. En cierta ocasión, una multitud le acompañó hasta un lugar

desierto. En lugar de pedirles que se fueran, ¿qué hizo? “Salió Jesús y vio

una gran multitud, y tuvo compasión de ellos”. ¿Por qué? “Porque eran

como ovejas que no tenían pastor”. De manera que “comenzó a enseñarles

muchas cosas” hasta que “la hora era ya muy avanzada” (Mr. 6:34-35).

Primero satisfizo sus necesidades espirituales, y luego se ocupó de sus

necesidades físicas (vv. 39-41). Esto es coherente con la compasión que

Dios manifestó en el Antiguo Testamento: “Pero tú eres Dios que perdonas,

clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia” (Neh. 9:17).

Dios es fiel. A pesar de las distracciones y de las peticiones de las

personas, Jesús permaneció fiel a su propósito diciendo a la multitud:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la

voluntad del que me envió” (Jn. 6:38). Hasta el final, Jesús avanzó fielmente

hacia la meta que el Padre le había puesto delante. El día antes de morir,

expresó al Padre su evaluación del cumplimiento de su misión: “Yo te he

glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese”

(Jn. 17:4). Y este es el mismo tipo de afirmación que se hizo sobre Dios en

Lamentaciones [Link] “Grande es tu fidelidad”. Jesús fue fiel para cumplir su


misión, y el Padre también lo es para cumplir sus numerosas promesas

hechas a su pueblo.

Dios es paciente. A lo largo de la Biblia somos testigos de la paciencia de

Dios. En uno de los casos, Dios Padre fue paciente con la humanidad

pecadora esperando 120 años antes de enviar su castigo bajo la forma de un

diluvio que destruyó a toda la humanidad sobre la faz de la tierra,

exceptuando a Noé y a su familia (Gn. 6:3).

Jesús, como Dios encarnado, también refleja este mismo corazón de

paciencia. Fue paciente con sus discípulos y su incredulidad. Fue paciente

con todos los que sentían el deseo sincero de conocerle y creer en Él. ¿Te

puedes imaginar la paciencia que tuvo el Creador del universo para trabajar

con un grupo de personas, creación suya, incluso con su propia familia, que

no lograba entender lo que les contaba de sí mismo? Esa es la misma

paciencia que Jesús tiene contigo. ¡Él sabe que eres una obra inacabada!

Dios es amor. Juan, al que se lo conoce como “aquel al que Jesús amaba”

(Jn. 13:23), nos ofrece esta visión sobre el amor que sentía Jesús por sus

doce discípulos: “Sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase

de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el

mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). Jesús también amaba a sus amigos

Marta, María y Lázaro (Jn. 11:5).

¿Cómo expresa Dios su amor hoy? “Dios muestra su amor para con

nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”

(Ro. 5:8).

Dios es veraz. Jesús era y es la verdad. Esta cualidad de su carácter

siempre estuvo de manifiesto en la vida de Cristo, porque vivió la verdad. Él

dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6). Y, como Maestro

y Señor, su enseñanza no dejó la posibilidad de una mala interpretación o

una comunicación incompleta.

Jesús era directo, sencillo y claro con la verdad. Quería que sus seguidores

conocieran la verdad y dijeran la verdad. En Mateo 5:37 dijo: “Pero sea

vuestro hablar: Sí, sí; no, no”. Su mensaje fue: ¡Decid la verdad! Di lo que

quieres decir, y siente lo que dices… y haz lo que has dicho que vas a hacer

o lo que no vas a hacer. Entonces otros podrán confiar en ti y creerte.


¿Qué significa esto para tu vida?

¿Quieres conocer más de Dios, aparte de las pocas cualidades que hemos

destacado hasta ahora, estudiando la vida de Jesús? Para saber más sobre

cómo es Dios, primero debes conocer mejor a su Hijo. Una buena manera

de hacerlo es leyendo los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Así podrás aprender acerca del carácter de Dios examinando el de Jesús y

viendo cómo llevó a cabo su misión en este mundo. Fíjate en lo que dijo el

escritor de Hebreos al describir todo el alcance de la encarnación cuando

Dios se hizo hombre:

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro

tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha

hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien

asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y

la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con

la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros

pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en

las alturas (He. 1:1-3).

Saber más de Jesús debería llevarte a alabarle incluso más, y despertar en

tu interior un deseo mayor de imitar en tu vida los rasgos de su carácter.


37

Dios desea tener intimidad contigo

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de

nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe

a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la

esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5:1-2).

Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva

humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un

solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad

(Ef. 2:15-16, NVI).

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en

vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su

cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y

sin mancha e irreprensibles delante de él (Col. 1:21-22).

ubo una vez un hombre rico que tenía dos hijos. Uno de ellos no

H estaba satisfecho con su papel dentro de la familia de su padre, y

anhelaba viajar por el mundo y experimentar todo lo que pudiera ofrecerle

la vida. Acudió a su padre y le pidió su parte de la herencia. Con su porción

de las riquezas paternas, se fue de casa para ver mundo.

No pasó mucho tiempo antes de que aquel hijo malgastara toda su riqueza.

En un esfuerzo por ganarse la vida, el único trabajo que pudo encontrar fue

el de cuidar de unos cerdos. De hecho, era tan pobre que deseaba comer los
alimentos que les daban a los cerdos. Al darse cuenta de su estado y

recordando que los jornaleros de su padre vivían mejor que él, el joven

decidió regresar a su hogar. Pediría perdón a su padre y le rogaría que le

hiciera como uno de sus jornaleros.

Un día, cuando el padre oteaba el horizonte como hacia cada día, vio a un

hombre en la distancia y reconoció que era su hijo. Su corazón estaba lleno

de compasión, y en lugar de esperar a que el hijo llegara a su lado, se acercó

corriendo a él y le abrazó, perdonándole y restaurándole en su posición

como hijo.

Seguramente reconoces este relato abreviado como una parábola que

contó Jesús en Lucas 15:11-24. En la parábola, el padre representa a Dios,

quien en su gran compasión desea restaurar su intimidad con la humanidad,

que se perdió cuando Adán y Eva cayeron en el pecado. Los estudiosos de la

Biblia nos dicen que la relación íntima con Dios solamente es posible

cuando tiene lugar la reconciliación. Como enseña la parábola, cuando el

hijo rebelde admitió su responsabilidad personal por el pecado, dio el primer

paso hacia la reconciliación y la intimidad restaurada con su padre. La

Biblia tiene mucho que decir sobre la reconciliación.

La reconciliación es necesaria. En el principio existía una relación íntima

entre Dios y sus creaciones humanas. Pero en cuanto el hombre pecó, esa

relación se interrumpió. En Génesis 3:8 leemos que cuando Adán y Eva

“oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día…

se escondieron de la presencia de Jehová Dios”. Esto nos indica que, hasta

ese momento, Dios deseaba interactuar con su creación; por eso estaba “en

el huerto”. Pero, debido al pecado, ahora el hombre tenía miedo de

mantener una relación con Dios. Adán dijo a Dios: “Tuve miedo, porque

estaba desnudo; y me escondí”.

A partir de ese instante, el hombre pecador quedó alienado de un Dios

santo. Si Dios no hubiera intervenido, el ser humano habría seguido sumido

en la rebelión y la alienación de su Creador. Dios dio el primer paso, y

“siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).

La reconciliación conlleva restauración. La reconciliación significa la

restauración de una relación. En el sentido bíblico, se trata de la

restauración de la comunión entre Dios y el hombre. Conlleva la


eliminación del pecado, que altera la relación entre Dios y el ser humano,

que pasa de ser de hostilidad a amistad. Sin reconciliación no puede haber

relación.

Los objetos de la reconciliación son Dios y el hombre. La reconciliación

implica a Dios y al ser humano. Cambia la relación entre las dos partes, que

ya no están separadas por la barrera del pecado. Así es como intervienen

ambas partes:

El hombre es el objeto de la reconciliación. Dios produce un cambio

en el hombre borrando su pecado mediante la muerte de Cristo, y

restaurando así la armonía entre Él y el hombre. Pablo afirma que el

hombre es el objeto de la reconciliación en 2 Corintios 5:18-19, donde

dice: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo

mismo por Cristo… que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo

al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”.

Dios es el objeto de la reconciliación. La reconciliación es el cese de

la hostilidad o de la ira entre las partes alienadas. Por tanto, la muerte

de Cristo eliminó la enemistad de Dios con el ser humano. Una vez

más, pero desde la posición contraria, el apóstol Pablo afirma que

Dios es también el objeto de la reconciliación, en Romanos [Link]

“siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su

Hijo”.

La reconciliación se realizó en el Calvario. El Calvario es el lugar donde

se alzó la cruz en la que murió Cristo. La muerte de Cristo produjo la

reconciliación tanto universal como individual. La Biblia dice que “Dios

estaba reconciliando al mundo consigo mismo” mediante el pago por el

pecado que Cristo hizo en la cruz. Debido a que se saldó la deuda por el

pecado, ahora las personas tienen el camino abierto para reconciliarse con

Dios.

El hecho de la reconciliación no quiere decir que todos los habitantes del

mundo la desearán o recibirán. No es una realidad hasta que una persona se

vuelve a Dios. Por eso Pablo nos exhorta “reconciliaos con Dios”

(2 Co. 5:20). La reconciliación se ofrece mediante la muerte de Cristo, pero

solo tiene lugar cuando una persona recibe el perdón en Cristo, como afirma
este versículo: “también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro

Jesucristo, por quien hemos recibido la reconciliación” (Ro. 5:11).

¿Qué significa esto para tu vida?

La noticia de que Dios y el ser humano se pueden reconciliar es el

mensaje central del evangelio. La guerra entre Dios y el hombre ha acabado.

Si has recibido a Jesucristo como Señor y Salvador, tus pecados han sido

borrados, y has sido justificado. Ya no eres enemigo de Dios ni un extraño o

un desconocido para Él.

Esta es una gran noticia, digna de darla a conocer a otros. Como has sido

reconciliado, Dios “nos entregó a nosotros la palabra de la reconciliación”

(2 Co. 5:19). En esa condición, tú y yo “somos embajadores en nombre de

Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre

de Cristo: Reconciliaos con Dios” (v. 20). ¿Sientes que necesitas transmitir

este mensaje de reconciliación a alguien hoy?

Debido a la reconciliación que viene por medio de Cristo, tienes paz con

Dios y te ha sido concedido el acceso personal a Él por medio de su Hijo

Jesucristo (He. 10:22). Gracias a esa relación íntima puedes hablar con Dios

en cualquier momento del día y de la noche. Él escucha tus oraciones y

personaliza sus respuestas conforme a su voluntad. Gracias a tu relación

familiar con Dios, puedes estar seguro de que sus actos a tu favor van a ser

siempre para tu beneficio.


38

El Señor es mi pastor

Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos

me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará (Sal. 23:1-

2).

Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas

(Jn. 10:11).

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy

vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano

(Jn. 10:27-28).

unca olvidaré aquel día en que tomé una curva de una carretera rural

N secundaria y casi choqué con un rebaño de ovejas y su pastor; ¡no

faltaba ni el perro ovejero! No podía creer lo que veía, porque estaba en el

condado de Ventura, al norte de la metrópolis de Los Ángeles.

Sí, los rebaños y los pastores siguen existiendo en nuestro mundo

moderno. Sin embargo, el concepto del pastoreo es algo desconocido para la

mayoría de las personas, sobre todo las que viven en las ciudades. Tú no te

encuentras con muchos pastores en el centro de New York, o apacentando a

sus ovejas en la plaza principal de Los Ángeles. Y, sin duda alguna, no se

ven a muchos pastores guiando su rebaño por las calles de Chicago.

Sin embargo, los pastores y las ovejas forman parte integral de la cultura

bíblica. Los pastores desempeñaban una función vital para los pueblos
agrícolas de la época bíblica, y esto no ha cambiado mucho con el paso del

tiempo. Incluso hoy día, en Oriente Medio se pueden ver por muchas partes

rebaños de ovejas con sus pastores, haciendo lo que llevan haciendo miles

de años. Y las funciones cotidianas de pastores y ovejas ilustran muy bien

para nosotros las maneras en que Cristo, el gran Pastor, cuida de nosotros,

sus ovejas.

Cristo se sacrificó por sus ovejas. La tarea de un pastor es proteger a las

ovejas. Un buen pastor no sale huyendo cuando los lobos amenazan al

rebaño. Jesús se sacrificó voluntariamente, de modo que sus ovejas pudieran

tener vida eterna.

Cristo provee de seguridad a sus ovejas. De la misma manera que las

ovejas son vulnerables a los ataques físicos, el pueblo de Dios siempre está

en peligro de sufrir ataques espirituales. Necesitamos protección. Jesús

prometió a sus seguidores que ninguna de las fuerzas del mal podría

arrebatarlos de su mano, y que la nueva vida que tienen en Él permanecerá

para siempre (Jn. 10:28). Con Jesucristo como nuestro Pastor estamos en

buenas manos y no tenemos nada que temer.

Cristo no deja a sus ovejas sin ayuda. Jesús ya no está en la tierra, así que

¿cómo puede Él dar a sus seguidores ayuda, asistencia y dirección? Como el

buen pastor, Jesús nos ha dado el don de su Espíritu que mora en nosotros

(Jn. 14:17) y que en su ausencia actúa como nuestro ayudador y maestro

(v. 26).

Sin embargo, Jesús también nos ha dado otro don: líderes espirituales que

nos enseñan y nos guían: “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros,

profetas; a otros, evangelistas; a otros pastores y maestros, a fin de

perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del

cuerpo de Cristo” (Ef. 4:11-12).

Cristo provee liderazgo para sus ovejas. El propio título de pastor denota

liderazgo. Las ovejas siguen al pastor, tal como describe el Salmo [Link]

“junto a aguas de reposo me pastoreará”. Jesús es el Pastor por antonomasia

y, por consiguiente, el líder insuperable: “[Dios] sometió todas las cosas

bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es

su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:22-23).


Como nuestro líder, Jesús espera que sus seguidores:

—vivamos en obediencia absoluta a él;

—imitemos su vida ante un mundo que nos mira;

—usemos nuestros dones espirituales en su servicio, y

—adoptemos un corazón de siervo.

Cristo intercede por sus ovejas. Igual que un pastor cuida de los intereses

de sus ovejas, Jesús cuida de los de su pueblo e intercede por ellos. Jesús

intercede constantemente por nosotros ante Dios. Su presencia continuada

en el cielo con el Padre nos garantiza que nuestros pecados ya han sido

pagados y perdonados: “por lo cual puede también salvar perpetuamente a

los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”

(He. 7:25).

Cristo es nuestro abogado delante del Padre. Los seres humanos están

separados de Dios por el pecado. Solo una persona en el universo puede ser

nuestro abogado, nuestro mediador. Solo una persona puede mediar entre

Dios y nosotros y llevarnos a la relación correcta: Jesús, que es tanto Dios

como hombre. Jesús presenta su justicia ante el Padre como nuestra

justificación. El apóstol Pablo describe cómo nos representa Jesús delante

de Dios Padre con estas palabras: “Porque hay un solo Dios, y un solo

mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí

mismo en rescate por todos” (1 Ti. 2:5-6).

Cristo vuelve. Mientras estaba en la tierra, Jesús se definió como “el buen

pastor” (Jn. 10:11). Dijo que sus ovejas conocerían su voz, responderían a

ella y le seguirían (vv. 3-4). Aunque Jesús ahora está en el cielo, llegará un

día en que vuelva por sus ovejas. Él dijo a sus discípulos: “Y si me fuere y

os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde

yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).

¿Qué significa esto para tu vida?

Cuando Jesús ministró en este mundo, lo hizo como un pastor humilde.

Pero cuando vuelva, lo hará como juez: “Entonces vi el cielo abierto; y he


aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y

con justicia juzga y pelea” (Ap. 19:11).

Entre tanto, debes hacerte estas dos preguntas: ¿Me conoce Jesús como

una de sus ovejas? ¿Conoceré yo su voz cuando llame a su rebaño? Si no

puedes responder a estas preguntas con un sí rotundo, necesitas pedir a

Jesús que entre en tu vida y se convierta en tu Salvador y “buen pastor”.

Y si eres una de sus ovejas, ¿qué deberías estar haciendo? Ser consciente

de que nadie sabe el día en que Cristo volverá debería motivarte a estar

siempre preparado. Debes llevar una vida responsable, evitando vivir para

los placeres egoístas. Debes servir con humildad a otros en el cuerpo de

Cristo, la Iglesia, haciendo tu parte en la obra de edificar el reino de Dios.

Debes hacer que cada instante cuente, a la luz del hecho de que Jesús podría

regresar en cualquier momento.


39

Arrepentirse o morir

Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos,

al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41).

Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago

de fuego (Ap. 20:15).

ay religiones que hablan de un lugar espantoso de castigo donde las

H personas malvadas van cuando mueren. El motivo de que vayan a

parar allí es que no creyeron en un dios concreto, o no realizaron

correctamente los rituales de esa deidad, o en algún sentido no se las

considera dignas. Ese lugar tiene muchos nombres, pero en la Biblia se lo

conoce como “infierno”. Las Escrituras enseñan que el infierno es un lugar

literal de angustia y sufrimiento producido por un fuego eterno preparado

para los malos.

La única esperanza para todo aquel que quiera evitar este terrible lugar es,

como dice el título de este capítulo: “Arrepentirse o morir”. Una persona

debe arrepentirse de sus malos caminos o sufrir en el infierno por toda la

eternidad. Examinemos la Biblia y veamos qué nos dice sobre el infierno y

el castigo eterno.

La Biblia usa distintos términos para hablar del castigo eterno


El castigo eterno tiene lugar en el infierno, también conocido como “el

lago de fuego” o “Gehenna”. La Biblia usa tres palabras para describir este

lugar: (1) Seol o “sepulcro” se usa en el Antiguo Testamento para referirse

al lugar donde están los muertos, y generalmente se pensaba que estaba bajo

tierra: “La sequía y el calor arrebatan las aguas de la nieve; así también el

Seol a los pecadores” (Job 24:19). (2) Hades es un término griego que se

refiere a la morada de los muertos: “y la muerte y el Hades entregaron los

muertos que había en ellos” (Ap. 20:13). (3) El Gehenna, en tiempos de

Jesús, era un lugar real cerca de Jerusalén donde las personas tiraban la

basura para quemarla. En ese lugar el fuego nunca se apagaba.

Jesús enseñó sobre el infierno

Jesús enseñó a menudo sobre el tema del infierno, lo que nos lleva a la

conclusión de que es un tema importante. Veamos algunas de las

descripciones del infierno que hizo Jesús:

—Un lugar tan terrible que sería mejor cortarse una mano o perder un

ojo si estos nos llevan al infierno (Mt. 5:29-30).

—Un lugar para los impíos, alejados de la presencia de Cristo

(Mt. 7:23).

—Un lugar de castigo definitivo, donde habrá “lloro y crujir de

dientes” (Mt. 8:12).

—Un lugar peor que la muerte, “fuego que nunca puede ser apagado”

(Mr. 9:43).

—Un lugar de oscuridad absoluta (Mt. 22:13).

Basándonos en las enseñanzas de Jesús, llegamos a la conclusión

ineludible de que el infierno es una espantosa realidad.

Los apóstoles enseñaron sobre el infierno

Los apóstoles siguieron a Jesús al enseñar que solamente hay dos destinos

finales para el ser humano: el gozo eterno o el tormento del infierno.

Pablo. Escribió sobre el juicio inminente de Dios, diciendo que para

aquellos que son “contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que


obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que

hace lo malo” (Ro. 2:8-9). Estos malhechores aparecerán ante el gran trono

blanco para ser juzgados (Ap. 19:11-15).

Pedro. Se refirió al castigo que aplicó Dios a los ángeles caídos cuando

escribió: “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos

al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al

juicio” (2 P. 2:4). Los impíos que se deleitan en el pecado serán destruidos

“en su misma perdición” (v. 12). La “más densa oscuridad” está reservada

para los malos (v. 17).

Juan. Describió tanto el lugar como a las personas que habitarán en el

infierno. En Apocalipsis 14:11 dijo que el infierno es un lugar donde “el

humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de

día ni de noche”. En Apocalipsis 21:8 dijo que todos los incrédulos “tendrán

su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

En el infierno no hay segundas oportunidades

La Biblia enseña que después de la muerte no hay una segunda

oportunidad: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y

después de esto el juicio” (He. 9:27). El libro de Apocalipsis dice

claramente que “la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego”

(20:14). El lago de fuego es el destino final de todo lo malvado: Satanás, la

bestia, el falso profeta, los demonios, la muerte, el Hades, y todos aquellos

cuyo nombre no esté escrito en el libro de la vida porque no depositaron su

fe en Jesucristo. Cuando una persona muere sin poner su fe en Cristo, no

hay esperanza, no hay segunda oportunidad, no hay más apelación al cielo y

a estar con Dios.

El castigo del infierno es justo

La Biblia dice: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento

anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). Dios se ha revelado claramente a

todo el mundo mediante su creación. No obstante, muchos rechazan incluso

este conocimiento básico de Dios.

Dios también “ha puesto eternidad” en el corazón humano (Ec. 3:11).

Todo el mundo tiene un sentido interno de Dios y de lo que nos pide, pero
muchos optan por no vivir conforme a eso. Debido a su rechazo de Dios,

inevitablemente se enfrentarán a su ira: “Porque la ira de Dios se revela

desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen

con injusticia la verdad” (Ro. 1:18). Todo tiene que ver con la naturaleza de

Dios (“Jehová se ha hecho conocer en el juicio que ejecutó”) y con la del ser

humano (“En la obra de sus manos fue enlazado el malo”) (Sal. 9:16).

“¿Arrepentirse o morir?”

A muchas personas les cuesta aceptar intelectualmente la realidad del

infierno, sobre todo a aquellas que no creen en Dios. De modo que cuando

llega el momento de aprender más del tema o sobre su necesidad de

salvación, se lo toman con calma. “Algún día ya pensaré en eso”, dicen, o

“Uno de estos días tomaré una u otra decisión”. Pero mantener a Dios

alejado es, de hecho, una decisión contra Dios y contra la salvación. No hay

término medio: o una persona es salva o no lo es.

Hay algunos que preguntan: “Si Dios es amor de verdad, ¿cómo puede

enviar a alguien al infierno?”. Pero hacer esa pregunta supone ignorar la

justicia de Dios. No solo es un Dios de amor, sino también de justicia. Dado

que no puede tolerar el pecado, debe expulsarlo de su presencia. Por su

amor ofrece el don de la salvación disponible por medio de Jesucristo, y por

su justicia un día restaurará toda justicia y castigará a quienes no quieran

tener nada que ver con Él. Como dice 2 Pedro 3:9, Dios no quiere “que

ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. Lo que lleva

al hombre a pasar la eternidad en el infierno no es Dios, sino su propia

elección.

¿Qué significa esto para tu vida?

En la vida cristiana, mientras servimos activamente a Dios, amándonos

unos a otros y participando en nuestra iglesia, es fácil olvidar que, en

determinado momento, fuimos pecadores destinados al infierno. De modo

que cada vez que la Biblia nos recuerda el infierno, hemos de dar gracias a

Dios no solo por nuestra salvación, sino también por el hecho de que hemos

sido librados de la condenación y del sufrimiento eterno en el infierno.

Lo que es más, la realidad y la gravedad del infierno debería impulsarte a


hablar a quienes aún no han recibido a Cristo como Salvador. El infierno es

real, un lugar que no deberías desearle a nadie, ni siquiera a tu peor

enemigo. Jesús advirtió repetidas veces a otros sobre el infierno, ¡y eso es lo

que debes hacer tú! Transmíteles lo que dijo Jesús:

Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de

haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a

éste temed (Lc. 12:5).


40

¿Cuánta agua hace falta?

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos

en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19).

Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el

Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa… y en seguida se bautizó

él con todos los suyos (Hch. 16:30-33).

ace un tiempo mi esposa y yo, junto con unos familiares y amigos,

H vimos cómo dos de nuestros nietos fueron bautizados en la vasta

extensión del océano Pacífico. Por tanto, en cierto sentido imagino que

podríamos decir que para que dos adolescentes cumplieran el mandamiento

de bautizarse de nuestro Señor Jesús hizo falta todo un océano. Sin

embargo, lo importante es que fueron bautizados por inmersión; es decir,

fueron sumergidos hasta que el agua los cubrió por completo y luego los

levantaron de nuevo. Pero también he hablado con personas que me han

dicho que, cuando eran bebés o en algún momento más avanzado de su vida,

un sacerdote o pastor tomó un cuenco con agua, o un poco de agua

contenida entre las manos, y la roció sobre ellos, lo cual constituyó su

bautismo.

¿Cuándo debe celebrarse exactamente el bautismo? ¿Y cuánta agua es

exactamente necesaria para cumplir el mandamiento de Jesús de bautizar a

una persona “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”
(Mt. 28:19)? El bautismo es una ordenanza importante de la Biblia, y una

enseñanza que merece nuestra atención.

El bautismo era una práctica judía

Al principio del Nuevo Testamento encontramos a Juan el bautista, quien

bautizaba y predicaba el bautismo del arrepentimiento para la remisión de

los pecados (Mr. 1:4). Bautizaba a las personas para prepararlas

simbólicamente para la llegada del Mesías.

El significado del bautismo en el Nuevo Testamento

El bautismo ordenado para todos los cristianos también es simbólico, y no

es un paso en el proceso de salvación. Debido a que se menciona a menudo

el bautismo relacionándolo con el acto del arrepentimiento, hay algunos que

enseñan que es un requisito para hacerse cristiano. Pero cuando el apóstol

Pedro dijo “arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de

Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:38), no enseñaba que el

bautismo formase parte de la salvación. Más bien afirmaba la naturaleza

simbólica del bautismo. Esto es evidente cuando se compara el bautismo al

arca y a la salvación de Noé y de su familia: “mientras se preparaba el arca,

en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El

bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las

inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia

hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 P. 3:20-21). Según Pedro,

la salvación no era por agua, sino “la aspiración de una buena conciencia

hacia Dios”.

¿Por qué hay que bautizarse?

Puede que pienses: Si el bautismo no salva, ¿por qué es necesario?

Veamos dos motivos:

El mandato del Señor: “Id y haced discípulos a todas las naciones,

bautizándolos” (Mt. 28:19). La palabra de nuestro Señor es motivo

suficiente para que un creyente se bautice. No hace falta ninguna otra


autoridad. Por tanto, el bautismo debería ser el primer acto de obediencia

después de convertirse al cristianismo.

La práctica de la iglesia primitiva: Los apóstoles conocían el mandato de

Jesús sobre el bautismo. Por consiguiente, cuando nació la Iglesia el día de

Pentecostés, después de que una gran multitud se salvara al escuchar el

sermón de Pedro sobre Cristo, “los que recibieron su palabra fueron

bautizados” (Hch. 2:41). Jamás hubo duda alguna respecto a que el

bautismo debía seguir al arrepentimiento, y no formar parte del mismo.

¿Quién tiene que bautizarse?

¿Cuáles son los tres requisitos que hay que satisfacer antes de bautizarse?

1. Discípulos. Jesús dijo: “Id y haced discípulos” (Mt. 28:19). Para ser

bautizado, uno tiene que ser discípulo, seguidor de Jesucristo. Un discípulo

es alguien que se identifica con su maestro y comprende sus enseñanzas.

2. Creyentes. “Los que recibieron su palabra fueron bautizados”

(Hch. 2:41). Más adelante, en Hechos 8, un eunuco etíope confesó su fe en

Jesús como Hijo de Dios, y fue bautizado (vv. 36-38). Después de que el

carcelero filipense y su familia fueran salvos, “en seguida se bautizó él con

todos los suyos… y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios”

(Hch. 16:33-34).

3. Quienes han recibido el Espíritu Santo. Pedro tuvo el privilegio de

predicar el evangelio, primero a los judíos en Hechos 2, y más tarde en

Hechos 10 a los gentiles, en casa de un centurión llamado Cornelio.

“Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre

todos los que oían el discurso… Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso

alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido

el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el

nombre del Señor Jesús” (Hch. 10:44-48).

El simbolismo del bautismo

Hasta ahora hemos visto que el bautismo simboliza la identificación de


una persona con Jesús. En Romanos 6:3-4, Pablo ofreció una imagen gráfica

de cómo se identifican los creyentes con Cristo:

Muerte: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en

Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (v. 3).

Sepultura: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte

por el bautismo” (v. 4).

Resurrección: “a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la

gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (v. 4).

Romanos 6:3-4 no se refiere al bautismo con agua, sino al simbolismo

espiritual subyacente en el acto físico de ese bautismo y a la identificación

de la persona con Cristo.

Ahora bien, el bautismo es más que una declaración de identificación con

Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. También supone la admisión

de que el viejo hombre y su estilo de vida han muerto: “sabiendo esto, que

nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo

del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro. 6:6).

¿Cómo deberíamos bautizarnos?

La palabra griega original del Nuevo Testamento que se traduce como

“bautizar” significa “sumergir”. Sin embargo, en la época en que la Biblia se

tradujo al español, la práctica habitual de la Iglesia Católica era el bautismo

por aspersión. De modo que, para no ofender a nadie, la palabra griega

baptizo se tradujo en la Biblia española como “bautismo”, sin definir su

sentido original. Pero en Romanos 6:3-4, el apóstol Pablo definió

claramente el bautismo por inmersión: “somos sepultados juntamente con él

para muerte por el bautismo”. Ese simbolismo se pierde con la práctica de

la aspersión o el derramamiento de agua. Además, todos los otros ejemplos

de bautismos registrados en las Escrituras implican la inmersión y no la

aspersión (ver, p. ej., Mt. 3:16 y Mr. 2:9-10).

¿Qué significa esto para tu vida?

Si has sido bautizado, o cuando lo hagas, haces una confesión pública de

tu identificación con Cristo, de tu compromiso de caminar en novedad de


vida, y tu deseo de renunciar a tu vieja vida, en la que serviste al pecado y a

Satanás. Declaras que progresas en el camino de la justicia y sirves a Cristo.

Si cuando lees estas palabras ya has puesto tu confianza en Cristo pero aún

no has sido bautizado, permite que subraye la importancia que tiene la

obediencia a Cristo. ¿Cómo puedes ignorar un mandamiento que procede de

tu Salvador y Dios?

¿Y cuánta agua hace falta? La suficiente para que sea evidente que te

identificas con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. ¡En el caso de

mis nietos, el océano Pacífico cumplió muy bien con los requisitos!
41

Ser miembro de la Iglesia tiene sus

privilegios

El fin de todo esto es que la sabiduría de Dios, en toda su diversidad,

se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y

autoridades en las regiones celestiales (Ef. 3:10, NVI).

Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los

hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como

piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo,

para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de

Jesucristo (1 P. 2:4-5).

No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino

exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca

(He. 10:25).

n general, a todo aquel que le gusta vivir o estar solo lo consideramos

E un individuo excéntrico, peculiar, extraño. Resulta difícil imaginar a

alguien que no forma parte de un grupo, organización o club, ya sea por

motivos laborales o de ocio. Lo habitual es que una organización o club

dispongan de unas normas que los socios deben cumplir. Por tanto, el

concepto de membresía, ser parte de algún grupo u organización, es bien

conocido.
Si eres creyente en Jesucristo, tanto si eres consciente como si no, formas

parte del cuerpo de Cristo, la Iglesia. Tu membresía comenzó en el mismo

momento en que te convertiste. ¿Y qué es exactamente la Iglesia? Así como

la nación de Israel fue el instrumento de Dios para proclamar su nombre y

demostrar su gracia y misericordia en el Antiguo Testamento, la Iglesia es el

instrumento de Dios en la era del Nuevo Testamento y en la época moderna.

Para comprender mejor el concepto de Iglesia, veamos unas enseñanzas

bíblicas tomadas de la carta a los Efesios, uno de los libros del Nuevo

Testamento:

Cristo es la cabeza de la Iglesia (Ef. 1:22).

La Iglesia es el cuerpo de Cristo (1:23).

La Iglesia debe manifestar la sabiduría de Dios (3:10).

La Iglesia está sujeta a Cristo (5:24).

Cristo amó a la Iglesia y murió por ella (5:25).

Cristo sustenta a su Iglesia y la cuida (5:29).

Los creyentes son miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia (5:30).

La membresía en la Iglesia de Cristo otorga a los creyentes privilegios

increíbles, pero esta membresía conlleva también ciertas responsabilidades.

Los privilegios de la membresía. En Efesios 1, Pablo escribió acerca de

las bendiciones de formar parte de la Iglesia:

Fuiste escogido desde antes de la fundación del mundo (v. 4).

Fuiste adoptado como hijo o hija (v. 5).

Tus pecados fueron perdonados (v. 7).

Se te ha concedido una herencia (v. 11).

Fuiste sellado en Cristo por el Espíritu Santo (v. 13).

Las responsabilidades de la membresía. El privilegio siempre va

acompañado de una responsabilidad, y la pertenencia al cuerpo de Cristo

tiene sus obligaciones. En Efesios 4, Dios pide a los creyentes que cumplan

con sus obligaciones como miembros:


Debes vivir una vida digna de tu llamamiento (v. 1).

Debes ser paciente con otros en amor (v. 2).

Los líderes de tu iglesia deben prepararte para servir (v. 12).

Debes crecer y llegar a ser espiritualmente maduro (v. 13).

La meta de la membresía. Cuando una persona se convierte al

cristianismo, no entiende todas las ramificaciones de su nueva vida en

Cristo. Lo único que sabe es que antes estaba espiritualmente ciego y ahora

ve. Ahora debe “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y

Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18).

Jesús tiene un plan y un propósito para cada creyente: “que todos

lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un

varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”

(Ef. 4:13). Esta meta debe constituir la pasión de todo miembro del cuerpo

de Cristo durante toda la vida. Y Cristo, conociendo nuestras debilidades,

ha proporcionado a los creyentes un recurso increíble en el Espíritu Santo.

La capacitación de la membresía. Cuando una persona acepta a Jesucristo

como Salvador, el Espíritu de Jesús (Fil. 1:19) viene a morar en ese nuevo

creyente proporcionándole lo que llamamos dones espirituales. Un don

espiritual es una capacidad espiritual que da Dios y que sustenta el Espíritu

Santo, con el propósito de ministrar a otros en el cuerpo de Cristo.

Hay tres pasajes clave para comprender la importancia y el sentido de los

dones espirituales: Romanos 12:4-8, 1 Corintios 12:1-31 y 1 Pedro 4:10-11.

Veamos algunos principios básicos que nos enseñan estos tres pasajes sobre

los dones espirituales.

Se nos conceden junto con la salvación.

No son habilidades personales.

No hay que clasificarlos en mayores o menores.

No deben ser una fuente de orgullo.

Van destinados a beneficiar a otros creyentes.

Se usan en presencia de otros creyentes.

Las condiciones de la membresía. Toda organización cuenta con un


conjunto de principios o normas éticas para ser un miembro de buena

reputación dentro de ella. Cristo solo pone una condición para mantener

nuestro estatus: la obediencia. Él dijo: “Si me amáis, guardad mis

mandamientos” (Jn. 14:15).

Jesús también dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí,

que soy manso y humilde de corazón… porque mi yugo es fácil, y ligera mi

carga” (Mt. 11:29-30). Jesús pide amorosamente que sus seguidores

obedezcan sus mandatos tal como aparecen en su Palabra, la Biblia. No es

algo imposible de hacer, porque “su carga es ligera”. También ha dado a su

Iglesia, al cuerpo de creyentes, hombres que tienen un don especial para

guiar a su pueblo (Ef. 4:11-12). Jesús pide a estos líderes que cuiden de su

pueblo y demanda a sus seguidores que les obedezcan como le obedecerían

a Él: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan

por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” (He. 13:17).

¿Qué significa esto para tu vida?

Ser miembro del cuerpo de Cristo es la más importante de todas las

membresías, y los privilegios son excepcionales para esta vida y para la

venidera. Confío en que ya estés involucrado activamente en tu iglesia local.

Si no es así, deja que el mandato de Hebreos 10:25 sea un recordatorio de tu

necesidad de hacerlo: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen

por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día

se acerca” (He. 10:25).

La Iglesia es importante para Dios y para su Hijo Jesús. Tú y tus

hermanos en la fe sois “piedras vivas… edificados como casa espiritual y

sacerdocio santo” (1 P. 2:5). Puedes demostrar la importancia que tiene la

Iglesia en tu vida de estas maneras:

Asiste regularmente. Adorar a Dios y crecer espiritualmente deben ser

prioridades en tu vida. Es evidente que puedes adorar a Dios en cualquier

lugar y momento, pero la adoración no es solo una experiencia individual,

sino también colectiva. Y cuando adoras a Dios con otros cristianos,

también tienes la oportunidad de desarrollar y utilizar tus dones espirituales.

Ofrenda generosamente. Se dice que es posible saber cuáles son las

prioridades de una persona al examinar su estado de cuenta del banco o de


su tarjeta de crédito. Cuando inviertes tu “tesoro” en la Iglesia de Dios y en

su pueblo, aumenta tu interés “de corazón” en el bienestar de otros. ¿Por

qué? Porque “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”

(Mt. 6:21).

Ora cada día. El apóstol Pablo pedía a menudo a sus lectores: “[orad] en

todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con

toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18). Como

miembro del cuerpo de Cristo, debes orar regularmente no solo por tu

familia, sino también por tu familia de la iglesia, sus líderes y sus

ministerios. Haz una lista de oración por las personas que conoces dentro y

fuera de la iglesia, y luego “ora sin cesar” (1 Ts. 5:17).

Sirve diligentemente. Sean cuales fueren los dones espirituales que posees

como miembro del cuerpo de Cristo, debes seguir su ejemplo en servir a

otros. Jesús dijo que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para

servir” (Mt. 20:28). El servicio a otros puede empezar justo después de que

la persona haya recibido a Cristo, y un motivo esencial para hacerlo es que,

cuando sirves a otros, sirves al Señor Jesucristo (Col. 3:24).


42

Jesús proporciona una felicidad diferente

Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, porque el gozo

de Jehová es vuestra fuerza (Neh. 8:10).

Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor,

recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del

Espíritu Santo (1 Ts. 1:6).

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas

pruebas (Stg. 1:2).

omo ser humano, posees en tu ADN la esencia de tus padres y de tus

C antepasados. Cuando aceptas a Jesús como Señor y Salvador, te

conviertes en una nueva creación en la que mora el Espíritu Santo, y todo

esto es posible gracias a tu unión con el Hijo. El don de Dios se describe

como “el Espíritu de Jesús” (Fil. 1:9), o el Espíritu Santo.

Este gran don del Espíritu Santo te confiere la capacidad de vivir una vida

santa. El Espíritu Santo te da todos los recursos espirituales que necesitas

para vivir como Dios quiere. Los recursos están ahí, pero, al mismo tiempo,

aún te manda “andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”

(Gá. 5:16). El resultado de “andar en el Espíritu”, o tu sometimiento

instante tras instante a su guía, manifestará “los frutos del Espíritu”. Entre

las manifestaciones del fruto del Espíritu está el gozo, y es importante que

entendamos que el gozo no es lo mismo que la felicidad.


La felicidad no es sinónimo del gozo

Cuando la vida marcha bien, cuando las cosas funcionan y hay pocos

problemas, la alabanza y la acción de gracias fluyen libremente de nuestro

corazón y labios. Cuando el sol brilla con fuerza, somos felices. Pero

cuando la vida se vuelve oscura y tormentosa, la alabanza y la acción de

gracias son más difíciles de expresar. Cuando nuestras circunstancias se

ponen en nuestra contra, nuestro estado de ánimo cambia y somos infelices.

Existe una gran diferencia entre el gozo espiritual y la emoción de la

felicidad. La felicidad es una emoción que experimentamos cuando hemos

tenido buena suerte y éxito. Por el contrario, el gozo espiritual es una

plenitud profunda, interna, que consigue mantenerse positiva y centrada en

Dios incluso cuando las cosas van mal. El hecho de que podemos

experimentar gozo en medio de las dificultades queda patente en

Santiago 1:2, que nos dice que debemos “tener por sumo gozo cuando os

halléis en diversas pruebas”.

Normalmente la felicidad se desvanece cuando llegan las pruebas, pero el

gozo espiritual persevera incluso cuando la vida se complica. Sacrifica el

impulso a ceder ante la depresión o la ira. El gozo del Espíritu induce a los

cristianos a “dar gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para

con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts. 5:18). Por eso una definición precisa del

gozo es “sacrificio de alabanza”.

El intercambio divino

Aunque no siempre tengas ánimos de alabar al Señor o darle gracias, opta

por hacer lo que Dios dice y, a pesar de las circunstancias, esfuérzate por

tener gozo. Por eso es un “sacrificio”.

En Santiago 1:2 se nos dice que “tengamos por sumo gozo” pasar por

pruebas. En otras palabras, hemos de responder a las circunstancias

negativas no con ira ni frustración, sino con gozo. La decisión es nuestra,

pero las fuerzas necesarias para llevarla a cabo y vivir el gozo del Espíritu

proceden de su poder. Cuando el mundo recurre a la autocompasión o se

atasca en la depresión, nosotros, mediante ese intercambio divino, optamos

por mirar más allá de nuestro sufrimiento y hacer el sacrifico de alabar a

Dios.
Ejemplos de gozo espiritual

El Señor Jesús nos ofrece el modelo supremo del gozo en medio del

sufrimiento más tenebroso de la vida. Seguramente en el mundo antiguo no

había una fuente de dolor más intensa que la crucifixión en una cruz

romana. Sin embargo, en Hebreos 12:2 leemos: “el cual por el gozo puesto

delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio”. Sabiendo que su

sufrimiento daría como resultado un gran gozo, Jesús soportó

voluntariamente el dolor insoportable de la muerte en la cruz. Miró más allá

de la cruz, a su regreso al Padre y a la eternidad con todos aquellos que son

suyos. Y el mismo gozo increíble que Jesús experimentó en su hora más

oscura ¡es el que tenemos disponible hoy los creyentes!

Los apóstoles también nos proporcionan ejemplos poderosos de gozo en

medio de la persecución. Después de haber recibido el Espíritu el día de

Pentecostés (Hch. 2:1-4), comenzaron de inmediato a predicar la

resurrección de Jesucristo. Como resultado, fueron llevados ante los líderes

religiosos de Jerusalén, quienes les advirtieron que dejasen de hablar de

Jesús… ¡o se atuvieran a las consecuencias! Fueron amenazados y

golpeados, y esto solía conllevar que les propinasen 39 latigazos. ¿Cómo

respondieron los discípulos? “Y ellos salieron de la presencia del concilio,

gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del

Nombre” (Hch. 5:41). ¡Sin duda que lo suyo fue un “sacrificio de

alabanza”!

¿Qué significa esto para tu vida?

Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33). La cuestión no es

si pasarás por una prueba o experimentarás algún tipo de sufrimiento, sino

cuándo llegará. Cuando te sobrevenga, permite que te acerque a Dios. Que

tu prueba te motive a ofrecerle un sacrificio de alabanza. Sí, Jesús dijo

“tendréis aflicción”, pero también añadió, en el mismo versículo: “pero

confiad, yo he vencido al mundo”.

Como resultado de la victoria de Cristo en la cruz y de tu nuevo

nacimiento en Él, puedes beber todo lo que quieras del arroyo infinito del

gozo de Dios, independientemente de lo que te traiga la vida.

Recuerda:
—El gozo no depende de las circunstancias, sino de las realidades

espirituales de la bondad de Dios, que incluyen su amor

incondicional por ti.

—El gozo no depende de tus esfuerzos, éxitos o fuerza de voluntad,

sino de la verdad sobre tu relación con el Padre por medio del Hijo.

—El gozo no es simplemente una emoción, sino el resultado de optar

por mirar más allá de lo que parece ser una realidad en tu vida y ver

lo que es verdad de tu vida en Cristo.

Dios ha hecho todo esto por ti. Tu parte en la experiencia del gozo del

Espíritu consiste en cultivar el gozo espiritual en tu caminar diario con Dios.

¿Cómo? Cada día, ten la voluntad de…

—Caminar según el Espíritu. Esto significa que no tengas cuentas

pendientes con Dios. Cuando peques, confiesa rápidamente tu

pecado y restablece tu dependencia de Jesús. Entonces, cuando

llegue una prueba, ya estarás “en el Espíritu” y preparado para

responder con gozo.

—Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza constante, incluso cuando

no te apetece. Por medio del poder del Espíritu Santo este acto de

acción de gracias convierte tu dolor en alabanza.

—Haz que tus pruebas se conviertan en la tierra en la que crezca y

florezca el gozo. Esto sucede cuando los malos momentos de tu vida

te acercan más al Señor, la única fuente de gozo genuino y esperanza

auténtica.

—Da gracias en todo. Pase lo que pase, bueno o malo, da gracias a

Dios por su soberanía, su propósito, el momento que ha elegido

perfectamente, su plan insuperable y su amor incondicional.

—Obedece el mandamiento de Dios de tener gozo. El gozo es un acto

de la voluntad; procede de tomar la decisión deliberada de

regocijarse siempre (Fil. 4:4). No te sientes a esperar que “suceda”.

Búscalo en todas tus circunstancias.

Padre de gracia, te ruego que hoy salga por la puerta de mi casa lleno

del gozo del Espíritu. A pesar de lo que suceda hoy, te ruego que en mí
sea evidente en todo momento una actitud de gozo, y que esto refleje el

gozo de Cristo, mi Salvador. Amén.


43

Los ángeles no son solo algo con lo que

adornas el árbol de Navidad

¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me

daría más de doce legiones de ángeles? (Mt. 26:53).

Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los

seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de

millones (Ap. 5:11).

Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre,

donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y

noche por los siglos de los siglos (Ap. 20:10).

i eres como muchas personas, cuando piensas en los ángeles, tu mente

S se centra inmediatamente en la figurita que muchos colocan en lo alto

del árbol de Navidad. Quizá nos sentimos inclinados a pensar así porque el

relato del nacimiento de Jesús en Lucas 2 menciona a los ángeles que

hablaron con los pastores. El único problema es que, por lo que sabemos,

ninguno de los ángeles que visitaron el mundo tenía alas. Por ejemplo, el

ángel que estaba en el sepulcro de Jesús tenía aspecto “como un relámpago,

y su vestido [era] blanco como la nieve” (Mt. 28:3), pero no se nos dice que

tuviera alas.

El término español ángel procede de la palabra griega angelos, que


significa “mensajero”. De modo que, en las Escrituras, básicamente un ángel

es un ser creado cuya misión consiste en ser un mensajero de Dios. Gracias

a las Escrituras, también podemos saber que los ángeles tienen poderes que

los humanos no tenemos. Y cuando aparecen, lo hacen en forma humana.

Además, cumplen la voluntad de Dios (Sal. 103:20), están en la presencia

de Dios y le adoran (Sal. 29:1-2), y acompañarán a Cristo en su segunda

venida (Mt. 25:31).

En las Escrituras solo se mencionan por su nombre a dos ángeles: Gabriel,

que transmitió a Zacarías el mensaje sobre el nacimiento de Juan el bautista,

y otro mensaje a María sobre el nacimiento de Jesús; y el arcángel Miguel, o

“uno de los principales príncipes” (Dn. 10:13).

Hay dos categorías de ángeles: buenos y malos

Los ángeles buenos. Esta categoría se compone de los ángeles santos o

ángeles de Dios. Jesús también habló de “sus ángeles” como aquellos a los

que se podía invocar para ayudarnos (Mt. 24:31). A Miguel se le describe

como el comandante del ejército de ángeles buenos que derrotó a los ángeles

malos y los expulsó del cielo (Ap. 12:7-8). Gabriel, el otro ángel bueno

mencionado en la Biblia, parece ser el mensajero principal.

Incluso dentro de la categoría de ángeles buenos hay distintos tipos:

Querubines. El primer tipo de ángeles que se mencionan en la Biblia

son los querubines (plural de querubín). Eran seres celestiales que

Dios envió para guardar el árbol de la vida en el huerto de Edén

(Gn. 3:24). Se les representó simbólicamente sobre la tapa del arca de

la alianza (Éx. 25:18-22), en el tabernáculo (Éx. 26:31) y en el templo

(2 Cr. 3:7), y los vio el profeta Ezequiel en una visión de la Jerusalén

restaurada (Ez. 41:18-20).

Serafines. Estos ángeles tienen un ministerio en el cielo. Isaías los vio

en una visión, cerniéndose sobre el trono de Dios, y los describió

como seres con seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos los pies,

y con dos volaban (Is. 6:1-3).

Ángeles de la guarda. Dios los envía para que ministren a todos los

creyentes (He. 1:14), y a los ángeles que dirigen los asuntos de las
naciones, también llamados “los principales príncipes” (Dn. 10:10-

14).

Principados y autoridades. Pablo usa estos términos para describir a

distintas órdenes angélicas, pero su función concreta no está clara

(Ef. 1:21).

Mensajeros de Dios. Estos santos ángeles anunciaron el nacimiento de

Cristo. También asistieron a Jesús en el desierto y en el huerto de

Getsemaní. Estuvieron presentes en el sepulcro vacío del Señor

resucitado y durante su ascensión a los cielos. En el futuro

proclamarán los mensajes del juicio de Dios (Ap. 14–17) y, en su

calidad de mensajeros, cumplirán los juicios de Dios (Ap. 20:1-3).

Ángeles malos. Esta categoría de seres angélicos la forman “el diablo y sus

ángeles” (Mt. 25:41). Antes residieron en el cielo, pero se rebelaron contra

Dios y los ángeles santos los expulsaron de su morada y los arrojaron a la

tierra. Satanás es el promotor de todo mal y sufrimiento en este grupo de

ángeles caídos. La Biblia describe a Satanás (también llamado el diablo) de

diversas maneras:

Querubín grande, protector (Ez. 28:14)

Príncipe de los demonios (Lc. 11:15)

El dios de este siglo (2 Co. 4:4)

El príncipe de la potestad del aire (Ef. 2:2)

El príncipe de este mundo (Jn. 14:30)

Beelzebú, príncipe de los demonios (Mt. 12:24)

León rugiente (1 P. 5:8)

Satanás y sus ángeles caídos tienen un programa espantoso:

Oponerse a la obra de Dios (Zac. 3:1)

Tergiversar la Palabra de Dios (Mt. 4:6)

Poner trabas a los obreros de Dios (1 Ts. 2:18)

Poner lazo al pueblo de Dios (1 Ti. 3:7)

Agobiar a los hijos de Dios (1 P. 5:8)


Tener el mundo en sus manos (1 Jn. 5:19)

Aunque Satanás, como un ángel, es muy poderoso, no tiene la capacidad

de estar en dos sitios al mismo tiempo. Pero dado el gran número de

demonios que hacen su voluntad, da la sensación de que está en todas

partes.

Satanás tampoco es omnisciente, y no puede leer las mentes. Sin embargo,

manipula a las personas para que hagan su voluntad. Eso es exactamente lo

que hizo con Eva en el Edén.

El ángel Satanás es maligno y padre de todas las cosas malas. Jesús

describió de la siguiente manera a Satanás, o el diablo, y a sus seguidores:

“Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre

queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido

en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo

habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Jn. 8:44).

¿Qué significa esto para tu vida?

Estamos metidos en una guerra, pero no podemos verla. Es una guerra

espiritual. Aunque Dios y el diablo están combatiendo, no tienes por qué

esperar hasta el final para ver quién vencerá. Dios ya ha derrotado a Satanás

y el poder del pecado y de la muerte mediante el sacrifico de Cristo en la

cruz. Cuando sea el momento idóneo, Dios echará a Satanás y a sus ángeles

en “el lago de fuego y azufre”, donde permanecerán toda la eternidad

(Ap. 20:10).

Hoy y todos los días, Satanás intenta hacer todos los estragos que pueda.

Sigue usando las mismas viejas estratagemas y tácticas que ha utilizado con

otras personas durante los tiempos, para inducirte a pecar. El apóstol Juan

describió nuestras debilidades como la concupiscencia de la carne, la

lascivia de los ojos y la vanagloria de la vida (1 Jn. 2:16). No permitas que

Satanás te ataque por medio de tus debilidades. Sigue estas tres prácticas

que se indican en la Biblia:

—“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes

contra las asechanzas del diablo” (Ef. 6:11).

—“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como

león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual


resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se

van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo” (1 P. 5:8-

9).

—“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”

(Stg. 4:7).
44

Cuando Dios hace una promesa, la cumple

Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se

arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?

(Nm. 23:19).

El cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay;

que guarda verdad para siempre (Sal. 146:6).

Lo hizo así para que, mediante la promesa y el juramento, que son dos

realidades inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta,

tengamos un estímulo poderoso los que, buscando refugio, nos

aferramos a la esperanza que está delante de nosotros (He. 6:18, NVI).

¿Q ué es una promesa? El diccionario define la palabra promesa como

“una declaración, oral o escrita, que garantiza que una persona hará o

no hará algo”. Es un voto o un compromiso.

Tú seguramente has hecho durante tu vida unos cuantos votos y te has

comprometido, ¿verdad? Si estás casado, prometiste amar y honrar a tu

cónyuge hasta la muerte. Si has estado en el ejército, hiciste el juramento de

honrar y servir. Incluso los miembros de la Iglesia hacen votos a Dios y a

otros miembros sobre su deseo de formar parte de una iglesia determinada y

tener comunión en ella. Es decir, que prácticamente todo el mundo tiene

cierta experiencia con las promesas, los votos y los compromisos. Pero en
este capítulo no estamos hablando de nuestra capacidad de cumplir una

promesa. No, nos centramos en la capacidad de Dios de cumplir las suyas.

Estamos hablando de la veracidad de Dios.

La naturaleza de Dios

Los teólogos llaman “veracidad” a la sinceridad de Dios. Este término

tiene su origen en el latín medieval, y significa “verdadero”. Dios, por su

propia naturaleza, representa todas las cosas como son realmente. La

veracidad de Dios es evidente en sus promesas y en su capacidad de

mantenerlas.

Esto es importante, porque el poder de una promesa depende del poder

que tenga el que la hace. Todo el mundo puede hacer promesas, y todos las

hacemos. Pero, el que promete algo, ¿tiene la capacidad, el poder o la

autoridad de cumplirla? Cuando hablamos de Dios, podemos estar

convencidos de que puede cumplir sus promesas y de que lo hará.

El profeta Samuel dijo a Saúl: “el que es la Gloria de Israel [Dios] no

mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta”

(1 S. 15:29). El apóstol Pablo también habló de la naturaleza de Dios como

aquel “que no miente” (Tit. 1:2). En Hebreos 6:18 leemos que “es imposible

que Dios mienta”. Como resultado de la veracidad divina, tenemos “un

fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza

puesta delante de nosotros” (He. 6:18).

Como Dios mismo es la verdad y la fuente de toda verdad, es imposible

que diga nada falso. El pasaje que hemos visto no solo afirma que Dios no

miente, sino que no puede hacerlo. Mentir es algo totalmente opuesto a su

naturaleza.

Por consiguiente, la gente puede confiar en las promesas de Dios tal como

se revelan en la Biblia. Si Dios lo ha dicho, ¡podemos creerlo!

La naturaleza de las promesas en la Biblia

Todas las promesas de Dios que tenemos en la Biblia se cumplirán. Pero

cuando consideramos sus promesas, tenemos que preguntarnos: ¿A quién ha

hecho Dios esa promesa? Sería un error que dieras por hecho que todas las

promesas que leemos en la Biblia son aplicables hoy.


Muchas de las promesas de Dios estuvieron limitadas a personas o grupos

de personas concretos. Esto quiere decir que esas promesas se les aplicaron.

Otras promesas, aunque se hicieron en relación con una circunstancia

específica, tienen una aplicación universal para todos los tiempos. Estos

tipos de promesas se pueden aplicar a los creyentes modernos, incluyéndote

a ti.

Por ejemplo, pensemos en la promesa que hallamos en 1 Reyes 8:56. Se

considera una promesa específica, pero también tiene una aplicación

universal: “ Bendito sea Jehová, que ha dado paz a su pueblo Israel,

conforme a todo lo que él había dicho; ninguna palabra de todas sus

promesas que expresó por Moisés su siervo, ha faltado”. El rey Salomón, el

hijo de David, acababa de pronunciar una oración de dedicación a Dios por

el templo de Jerusalén, que estaba recién acabado. En esa oración, Salomón

expuso ante el Señor todo lo que había hecho este por su pueblo de Israel.

Después de concluir la oración, Salomón se dio la vuelta e hizo la

declaración que vemos en el versículo 56. Recordó al pueblo de Israel que

Dios les había dado paz, como les había prometido. Y añadió que Dios

siempre cumple sus promesas.

El pueblo de Israel podía fiarse de Dios para que cumpliera sus promesas,

y como Dios es coherente, hoy podemos estar seguros de que Él siempre

guarda sus promesas.

La naturaleza de las promesas que Dios te hace

Hay otra cosa a tener en cuenta cuando hablamos de las promesas de

Dios: muchas de ellas son condicionales. Es decir, que la promesa de Dios

hará o no hará algo concreto, pero se espera de nosotros que hagamos o

demos algo. Fíjate en esta promesa que se hizo a la nación de Israel:

“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para

guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy,

también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra”

(Dt. 28:1). Esta es una promesa “si… entonces”, una promesa con una

condición. ¿Te has fijado en el adverbio “si” al principio de la promesa? Si

el pueblo de Israel obedecía al Señor, entonces Dios haría que su pueblo

fuera mayor que cualquier otra nación de la tierra. Dios hizo esa promesa

con una condición.


¿Qué significa eso para tu vida?

Dios no hace promesas a la ligera que nunca cumplirá. Toda promesa que

vemos en la Biblia tiene un propósito, y Dios cumplirá todas ellas. Algunas

de las promesas de Dios las hace a personas concretas, pero hay muchas

otras que te ofrece a ti hoy. Estas promesas están en la Biblia para que nos

apropiemos de ellas. Dios no ofrecería lo que no puede o no quiere hacer.

Por tanto, puedes estar seguro al cien por ciento de la legitimidad de sus

promesas.

En cuanto a las grandes promesas de Dios para tu vida, nunca dudes de su

veracidad o capacidad de llevar a cabo esas promesas. Por lo que respecta a

las promesas condicionales, el cumplimiento siempre depende de ti. Debes

cumplir tu parte de la promesa (el “si”), y confiar en la capacidad de Dios de

cumplir y hacer su parte (el “entonces”). De manera que, cuando esperas

que Dios cumpla una promesa, comprueba tu obediencia en la parte del

“si”.

Entonces, ¿qué espera Dios de ti? En una sola palabra, obediencia. El

Dios todopoderoso te ofrece promesas todopoderosas. Lo único que te pide

es…

—la disposición de seguirle, aunque en ocasiones tropieces y caigas

(Fil. 3:14),

—la disposición a pedir perdón cuando caes (1 Jn. 1:9), y

—la disposición de mantenerte en la batalla (¡y vaya si lo es!) que te

llevará a ser el hombre o la mujer que Dios desea (Hch. 13:22).


45

Jesús camina a tu lado y, cuando hace

falta, te lleva en brazos

Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar

mi depósito para aquel día (2 Ti. 1:12).

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo

de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna (1 Jn. 5:13).

Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y

en su seno los llevará (Is. 40:11).

urante la guerra franco-india en Norteamérica, un grupo de soldados

D estadounidenses conocidos como los Rangers de Rogers lucharon por

los británicos contra los franceses. Usaron una combinación de técnicas de

los pioneros y de tácticas de los nativos americanos para superar a los

soldados enemigos en terrenos boscosos, donde los ejércitos tradicionales

no sabían luchar. Aquellos soldados eran conocidos por seguir una

determinada norma: nunca dejar abandonado a ningún compañero.

El concepto de no dejar a nadie atrás es también esencial para la

enseñanza bíblica sobre la seguridad de la salvación. La cuestión es sencilla:

¿Puede una persona que haya sido salvada de verdad perder su salvación y

ser “dejada atrás”?

La realidad bíblica es que una persona realmente salva puede tener la


seguridad de que Jesús siempre está con ella y, cuando sea necesario, la

llevará en sus brazos. Tenemos la confianza de que, nos pase lo que nos pase

en este mundo, llegaremos al cielo.

La seguridad de la salvación se fundamenta en la promesa de Dios. Dios

no dejará atrás a ninguno de sus hijos. En Génesis dijo a Jacob: “porque no

te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho” (Gn. 28:15). El Nuevo

Testamento repite esta promesa cuando afirma: “porque él [Dios] dijo: No te

desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). El Dios que no puede mentir ha

prometido que podemos tener la seguridad de nuestra salvación: ¡Nunca nos

dejará ni nos abandonará!

La seguridad de la salvación se basa en la obra de Dios. Si eres creyente,

puedes estar seguro de que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la

perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Una vez Dios te ha dado

nueva vida en Cristo y ha puesto en ti su Espíritu Santo, la obra de la

salvación proseguirá hasta que veas a Jesús cara a cara en el cielo.

La seguridad de la salvación se fundamenta en el poder de Dios. En

ocasiones puede que peques y te sientas mal, como si tu pecado fuera

demasiado grande como para que Dios lo perdone y, por consiguiente,

sientes que Dios te ha abandonado. Pero el apóstol Pablo, que se proclamó

“el peor” de los pecadores (1 Ti. 1:15), estaba seguro de que el poder de

Dios bastaba para salvarle:

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni

principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni

lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor

de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:38-39).

La seguridad de la salvación se basa en la resurrección de Cristo. Los

seguidores del Cristo resucitado se convirtieron en un grupo de testigos y

mártires valientes que, en pocos años, extendieron el evangelio por todo el

Imperio Romano. Ni el ridículo al que fueron expuestos, ni la cárcel, la

tortura o incluso la muerte pudieron destruir su creencia en la resurrección.

Ningún temor en esta vida podía apagar la esperanza y el gozo que

provenían de la seguridad de su salvación. Su fe se basaba en la promesa de


Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté

muerto, vivirá” (Jn. 11:25).

La seguridad de la salvación se basa en la presencia del Espíritu Santo en

nuestra vida. Jesús dijo que vendría a morar en cada creyente (Jn. 14:23), y

que esa relación estaría sellada para siempre con el Espíritu Santo

(Ef. 4:30). En Romanos 8:15-16 hallamos otra afirmación de nuestra

relación con Dios: “habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual

clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro

espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:15-16).

La seguridad de la salvación no significa que no haya dudas. Las dudas

nos asaltan cuando apartamos nuestros ojos de Dios y no recordamos sus

promesas de que estará con nosotros hasta el fin de nuestra vida y más allá.

Satanás, “el acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12:10), también hace su

parte para que los cristianos duden. Satanás no puede afectar a nuestra

salvación, pero sí hacer que dudemos de Dios usando la misma táctica que

empleó con Eva. Introdujo la duda en la mente de ella al preguntarle:

“¿Conque Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1).

Vivir con pecados sin resolver también puede llevar a un creyente a dudar

de su salvación. Su pecado le impide disfrutar de una relación abierta con

Dios. Experimenta la angustia física y mental por la que pasó el rey David

después de su pecado con Betsabé: “mientras callé, se envejecieron mis

huesos” (Sal. 32:3). Por último, David dijo: “Dije: Confesaré mis

transgresiones a Jehová”. ¿Y qué pasó? “Y tú [Dios] perdonaste la maldad

de mi pecado” (v. 5). Los cristianos no pueden perder su salvación debido a

un pecado inconfesado, pero sí verse privados de la bendita comunión con

Dios.

Muchos cristianos tienen dudas pensando si habrán hecho o no suficientes

buenas obras. Se preguntan: ¿Habré hecho suficiente? ¿He hecho mi parte?

¿O me he quedado corto frente a lo que Dios espera de mí?

Si eso te describe, recuerda lo que dice Efesios 2:8-9: “Porque por gracia

sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de

Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La seguridad no se basa en tus

obras, sino en la obra de Cristo en la cruz a tu favor.


Por último, hay quienes carecen de la seguridad de la salvación porque no

tienen al Salvador. Nunca han creído realmente en Jesús como su Señor y

Salvador. Puede que hayan seguido un ritual, como hacer una oración,

responder al llamamiento del predicador o levantar la mano, pero aún no

conocen la salvación. Esta es la única razón legítima para tener dudas sobre

la salvación. En este caso, la duda es positiva porque puede conducir a la

salvación cuando una persona descubre su necesidad de volverse

sinceramente a Dios con fe plena, para obtener el don de la salvación.

¿Qué significa eso para tu vida?

La seguridad es cuestión de confiar. Si confías en tus propias capacidades

o en tus obras religiosas, nunca tendrás la seguridad de la salvación. ¿Por

qué? ¡Porque confías en algo equivocado! Solo Cristo puede ofrecerte y

darte vida eterna. La confianza puesta en el Dios del universo para salvarte

te dará una confianza y una seguridad plenas. La seguridad personal de la

salvación se parece mucho a ir al aeropuerto teniendo en mano un boleto

que confirma tu destino. Puedes relajarte sabiendo que, con ese boleto,

tienes garantizado un asiento en el avión que va al destino que has elegido.

Si Jesús es tu Salvador, te ha pagado el boleto para el cielo. Lo pagó con

su muerte y resurrección.

Es muy reconfortante saber que, incluso si tus familiares y amigos te

abandonaran, Jesús siempre está ahí, para ti y contigo. Te consolará,

protegerá, te dará las fuerzas que necesitas y, si es necesario, te llevará en

sus brazos no solo durante tus pruebas, sino a tu hogar eterno en el cielo.
46

¡Qué buena es esta noticia! ¡No la

mantengas en secreto!

Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que

Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que

fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras

(1 Co. 15:3-4).

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí,

aunque esté muerto, vivirá (Jn. 11:25).

Fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad,

por la resurrección de entre los muertos (Ro. 1:4).

¿C uál es la mejor noticia que has recibido en tu vida? Y una vez que la

recibiste, ¿cuánto te costó retenerla, no salir corriendo por tu teléfono

o a la calle para darla a conocer a todos los que te escuchasen? ¿Fue la

noticia de que esperabas a tu primer hijo? ¿O que habías recibido aquel gran

ascenso? ¿O tu médico te informó de que por fin te habías librado del

cáncer? Todas estas noticias tienen gran valor, y son dignas de celebrarlas.

Pero la mejor noticia de todas llegó hace 2.000 años, cuando los discípulos

de Jesús escucharon y vieron que su amigo, maestro y líder había resucitado

de los muertos (Hch. 4:33). ¡Eso sí que es una noticia impresionante!

Gracias a la prueba visible de su resurrección, los apenados seguidores de


Jesús se convirtieron en un ejército de testigos valientes que, sin pensar en

las represalias, la venganza o incluso sin temer a la muerte, salieron a las

calles a transmitir a todo el mundo las buenas noticias. ¿Cuál fue el

resultado de ese entusiasmo? En tan solo unos pocos años, su mensaje había

llegado hasta los confines más lejanos del Imperio Romano. ¿Cómo te va en

esta área? ¿Estás tan entusiasmado como los primeros discípulos por dar a

conocer la buena noticia? Veamos algunas verdades importantes que hemos

de recordar sobre la resurrección:

La resurrección es fundamental para la fe cristiana. La resurrección de

Jesús constituye el centro de la fe cristiana. Jesús prometió su resurrección,

y el hecho de que sucediera de verdad demuestra al mundo que Cristo tiene

poder sobre la muerte y es el gobernante del reino eterno de Dios. Jesús no

fue un falso profeta ni un impostor. De todos los líderes religiosos que han

vivido, solo Jesús resucitó de los muertos. Gracias a su resurrección

corporal, quienes han puesto su fe en Él pueden estar seguros de su propia

resurrección, como explica Romanos [Link] “ Porque somos sepultados

juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo

resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros

andemos en vida nueva”.

La resurrección es el punto focal del mensaje cristiano. Los dos primeros

sermones que Pedro predicó tras la resurrección de Cristo se centraron en la

resurrección (ver Hch. 2:14-36; 3:12-26). Pablo también dejó claro que la

resurrección era un elemento clave del cristianismo. Dijo: “porque

primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí” (1 Co. 15:3). Luego

Pablo hizo una lista de todos los que habían visto al Jesús resucitado:

Apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de

quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros

ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los

apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí

(1 Co. 15:5-8).

La resurrección no es un mito ni una fantasía que fue tramada por un

puñado de pescadores asustados que habían perdido a su líder.

La resurrección es segura gracias a la resurrección de Cristo.

É
—Como Cristo resucitó, sabemos que lo que prometió es verdad: Él es

Dios.

—Como Cristo resucitó, tenemos la seguridad de que nuestros

pecados son perdonados.

—Como Cristo resucitó, vive y está sentado a la diestra del Padre

intercediendo por nosotros.

—Como Cristo resucitó, derrotó a la muerte por nosotros.

Por consiguiente, sabemos que nosotros también resucitaremos.

La resurrección es nuestra esperanza de vida eterna. Todas las religiones

hablan de algún tipo de vida después de la muerte. Pero son habladurías.

Todas las otras religiones ofrecen cierto tipo de esperanza incierta, una

esperanza que no se ha demostrado. Solo el cristianismo ofrece una

esperanza segura de que la muerte ha sido vencida. ¿Por qué? Porque Jesús

resucitó de los muertos. Aparte de esto, ninguna otra religión presenta a un

líder que haya resucitado. La resurrección de Jesús es prueba de que quienes

creen en Él serán también resucitados de los muertos para vivir en cuerpos

nuevos por toda la eternidad con Jesús. Esta fue la promesa de Jesús: “Y si

me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo,

para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).

La resurrección incluye tanto el cuerpo como la mente. Pablo escribió a

una iglesia en la ciudad de Corinto, situada en el corazón de la cultura

griega. Según los filósofos griegos, el alma era la auténtica persona,

atrapada en un cuerpo físico, y con la muerte el alma quedaba libre. El

cristianismo, por el contrario, enseña que el cuerpo y el alma se reunirán

durante la resurrección. Como explicó Pablo a los corintios: “así también es

la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en

incorrupción” (1 Co. 15:42).

Tu cuerpo resucitado será eterno. ¿Te gusta tu aspecto? Bueno, pues

acostúmbrate a él, porque tu cuerpo eterno tendrá un aspecto parecido pero

una sustancia diferente. Después de la resurrección, cuando Jesús se

apareció milagrosamente a sus discípulos atravesando unas puertas

cerradas, ellos le reconocieron: “los discípulos se regocijaron viendo al


Señor” (Jn. 20:20). Tu cuerpo resucitado será mejor de lo que puedas

imaginar. Aún tendrás tu personalidad y rasgos distintivos, pero se habrán

perfeccionado por medio de la obra de Cristo. Ya no habrá más enfermedad

ni muerte. ¡Vivirás para siempre!

¿Qué significa eso para tu vida?

La realidad de la resurrección debería proporcionarte una esperanza firme

sobre el futuro y entusiasmarte más en tu fe. La resurrección de Cristo es la

prueba de que ya no debemos temer a la muerte. No importa si mueres a la

semana que viene, el próximo mes o después de muchos años. ¿Por qué?

Porque no tienes motivos para temer a la muerte. Entiendes lo que Jesús dijo

a sus discípulos y ahora también a ti: “Yo soy la resurrección y la vida; el

que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn. 11:25).

Puede que pienses: Si hubiera estado allí y hubiese visto a Jesús vivo

después de haber muerto, podría estar tan entusiasmado como aquellos

primeros discípulos. Pero no estabas allí. Estás vivo en la tierra ahora, 2.000

años después. ¿Debería suponer eso una diferencia? No, y Pedro pensaba

que no lo era cuando escribió: “ a quien amáis sin haberle visto, en quien

creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y

glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras

almas” (1 P. 1:8-9).

Pedro dijo que deberías estar rebosando de gozo inefable. Tu gozo debería

ser tan visible que las personas a tu alrededor no puedan por menos que

percibir algo distinto en tu vida. ¿Es visible ese gozo? Si no es así, quizá sea

el momento de renovar tu comprensión de las implicaciones que tiene para

tu vida la resurrección. Entonces, con un entusiasmo renovado, recuerda:

¡Estas noticias son tan buenas que no querrás guardártelas para ti solo!
47

¡Todavía no has visto nada!

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan,

y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y

alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos… (Mt. 5:11-

12).

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la

primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la

santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios,

dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran

voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los

hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo

estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos

de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni

dolor; porque las primeras cosas pasaron (Ap. 21:1-4).

ientras estudiaba el tema del infierno cuando escribía este libro, me

M di cuenta de que el tema que precedía al infierno era el del cielo.

Pensé: ¡Qué lógico que estos dos temas vitales estén uno después del otro en

mi manual de referencia!

Es lógico porque el cielo y el infierno son los “extremos” de lo que Dios

ha hecho, hace y hará en el futuro. El infierno es un lugar real creado antes

del inicio de los tiempos para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41). Para
conocer lo que dice la Biblia sobre el infierno, lee el capítulo 39,

“Arrepentirse o morir”. Pero ahora estamos considerando lo que es el cielo,

lo opuesto al infierno, sobre el que podemos decir: “¡Todavía no has visto

nada!”.

Cuando empezamos a examinar lo que enseña la Biblia acerca del cielo, lo

primero que hemos de saber es que en las Escrituras la palabra cielo puede

referirse, en términos generales, a una de tres esferas: al espacio atmosférico

que tenemos sobre nosotros, al reino celestial que incluye el universo o al

lugar donde vive Dios.

El cielo atmosférico

El cielo atmosférico incluye el espacio que rodea inmediatamente la

Tierra, el aire que respiramos, que tiene un grosor de unos 32 km. En las

Escrituras, el fenómeno meteorológico más frecuente es la lluvia y, en

contadas ocasiones, la nieve. Isaías 55:9-10 habla de este entorno cuando

dice: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más

altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros

pensamientos. Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve…”.

El cielo sideral

Si has visitado alguna vez un observatorio, es posible que el guía se haya

referido a la gran expansión del universo con el nombre de cielo. Y eso es

exactamente lo que Dios llamó a su obra en el momento de la creación. Dios

dijo: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la

noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años” (Gn. 1:14).

El escritor del libro de Hebreos afirmó: “los cielos son obra de tus manos”

(He. 1:10). Y en Job 9:9 leemos que Dios “hizo la Osa, el Orión y las

Pléyades, y los lugares secretos [las constelaciones] del sur”.

El cielo como morada de Dios

Es cierto que la Biblia enseña que “los cielos, los cielos de los cielos, no

te pueden contener” (1 R. 8:27), y que Dios está presente en todo lugar del

universo. Pero, al mismo tiempo, la Biblia también afirma claramente que el

cielo es la morada de Dios: “yo habito en la altura y la santidad” (Is. 57:15).


En numerosos pasajes del Antiguo Testamento a Dios se le da el título de

“Dios de los cielos” (p. ej., Neh. 1:4-5).

Los moradores actuales del cielo

Antes de que Jesús dejara a sus discípulos, les dijo que regresaba al cielo

para preparar lugar para aquellos que creían en Él. Jesús dijo: “En la casa de

mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy,

pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar,

vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros

también estéis” (Jn. 14:2-3).

¿Cómo se describe el regreso de Jesús por los suyos? “Porque el Señor

mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios,

descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego

nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados

juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así

estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con

estas palabras” (1 Ts. 4:16-18).

Una descripción del cielo

Una manera de conocer mejor a una persona es ver dónde vive. Pero en el

caso de Dios, ¡es justo al revés! Dios no es un reflejo del cielo. Al contrario,

el cielo es un reflejo del Dios que habita en él. El profeta Ezequiel recogió

esta visión de Dios en el cielo:

Y sobre las cabezas de los seres vivientes aparecía una expansión a

manera de cristal maravilloso, extendido encima sobre sus cabezas…

Y oí el sonido de sus alas cuando andaban, como sonido de muchas

aguas, como la voz del Omnipotente… Y sobre la expansión que había

sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de

zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de

hombre sentado sobre él. Y vi apariencia como de bronce refulgente,

como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto

de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi que parecía

como fuego, y que tenía resplandor alrededor. Como parece el arco iris

que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor
alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y

cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que

hablaba (Ez. 1:22-28).

Partiendo de esta imagen de Dios y de su cielo, imagina el cielo como un

lugar…

—sin tristeza, dolor o muerte (Ap. 21:4).

—sin maldición alguna (21:4).

—con la gloria de Dios como único resplandor necesario (21:23).

—con una población compuesta solamente por aquellos cuyos

nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero (21:27).

—donde se adora y se sirve a Dios día y noche por toda la eternidad

(7:15).

¿Qué significa eso para tu vida?

Piensa en el hogar, la mansión o el palacio más hermoso y elegante que

hayas visitado. ¿Te cuesta describirlo a otros? Bueno, pues eso es lo que

pasa cuando nosotros intentamos describir el cielo. Después de todo, es el

lugar donde habita el Dios del universo. ¡Tiene que ser impresionante! Pero

lo que debe atraerte del cielo no es solo el lugar, por hermoso que parezca

tal como se describe en la Biblia; lo que debe atraerte es la persona, Jesús,

el Cordero de Dios, tu Salvador.

Mientras aguardas tu llegada y recibimiento en el cielo, disfruta leyendo

los pasajes que describen tu futuro hogar eterno. Dedica un tiempo a

asombrarte frente a su gloria indescriptible. Espera con ganas el momento

de reunirte con el Padre y el Hijo en un lugar donde “ya no habrá muerte, ni

habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”

(Ap. 21:4), un lugar de adoración constante y perfecta.


48

Nada toma a Dios por sorpresa

Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis

mal en vuestros corazones? (Mt. 9:4).

Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el

espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las

cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios (1 Co. 2:11).

Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el

cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las

intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su

alabanza de Dios (1 Co. 4:5).

no de los beneficios de un matrimonio de muchos años es anticipar lo

U que piensa la otra persona. A menudo, antes de que un cónyuge abra la

boca, el otro empieza a decir o completa la frase que quería pronunciar.

Parece ser que las personas que viven juntas durante años son casi capaces

de leerse la mente y anticipar las reacciones del otro. Sorprendente,

¿verdad?

Sin embargo, esto no es más que la punta del iceberg cuando lo

comparamos con lo que puede hacer Dios. Él, como creador de todas las

cosas, también es quien posee todo conocimiento. Dispone de todo

conocimiento y, como Creador, es el origen de todo conocimiento. Los

teólogos han definido ese atributo divino como omnisciencia. Dios tiene un
conocimiento infinito de las cosas pasadas, presentes y futuras. Dicho

llanamente, nada toma a Dios por sorpresa.

En las Escrituras se subrayan dos aspectos del conocimiento infinito de

Dios.

Primero, no sucede nada, en ningún lugar ni en ningún momento, que

Dios ignore. El ser humano no puede esconder de Dios sus actos ni sus

pensamientos. El rey David reconoció esto en el Salmo 139:1-6:

Versículo 1: David dijo que el conocimiento que tenía Dios de él era

como si hubiera examinado todos los detalles de su vida y, como

resultado, lo conociera íntimamente: “Oh Jehová, tú me has

examinado y conocido”.

Versículos 2-3: El Señor conocía todos los movimientos de David,

todos sus actos: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has

entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y

mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos”. Que Dios

conociera los pensamientos de David quiere decir que estaba al tanto

de sus motivaciones. Y no solo percibía los pensamientos de David,

sino que lo hacía “desde lejos”.

Versículo 4: El Señor también sabía lo que diría David aun antes de

que este hablara: “Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí,

oh Jehová, tú la sabes toda”.

Versículo 5: El Señor rodeaba a David con su conocimiento y su

presencia: “Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano”.

Versículo 6: David, totalmente asombrado por las capacidades de

Dios, concluyó su revelación diciendo: “Tal conocimiento es

demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender”. En

otras palabras, la omnisciencia divina es demasiado elevada para que

la entiendan los humanos.

Dios no solamente conocía bien a David, sino que conoce los corazones

de todas las personas: “yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os

daré a cada uno según vuestras obras” (Ap. 2:23).

Jesús, el Hijo de Dios, también manifestó omnisciencia. En Mateo 9:4

leemos: “Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué


pensáis mal en vuestros corazones?”. Y más tarde, en el libro de

Apocalipsis, el Señor describió claramente no solo los actos de las personas,

sino también su condición espiritual interna. Respecto a las siete iglesias de

Apocalipsis 2 y 3, el Señor dijo: “conozco tus obras” (Ap. 1:1—3:22).

Por toda la Biblia se nos recuerda una y otra vez que no sucede nada en

ningún lugar sin que Dios lo sepa.

Segundo, la sabiduría de Dios es insuperable en todos sus planes y

propósitos. Dios conoce todo desde el principio, y desde el mismo principio

tiene planes para todas las cosas.

Dios tiene un plan para la nación de Israel. En el Antiguo Testamento,

Dios dijo a los israelitas, por medio del profeta Jeremías, que tenía planes

para ellos. Aquella nación rebelde había sido llevada cautiva a la lejana

Babilonia. Parecía que Israel había terminado como nación. Pero Jeremías,

hablando en nombre de Dios, dijo a aquellos judíos exiliados que tendrían

un futuro. Dios dijo: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de

vosotros… pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”

(Jer. 29:11).

Dios prometió a Abraham que de sus descendientes surgiría una gran

nación. A pesar de que el pueblo de Israel se había rebelado contra Dios y

fueron repartidos por todos los confines del mundo, su futuro seguía estando

seguro gracias al sabio plan de Dios para llevar a cabo la restauración de ese

pueblo y su participación en el reinado milenial del Mesías en la tierra.

Dios tiene un plan para su Iglesia. Este plan para la Iglesia no es nuevo.

De hecho, ¡es un plan forjado en la eternidad! El apóstol Pablo lo expresó

de este modo: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo,

para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Ef. 1:4).

El Nuevo Testamento está lleno de detalles sobre los planes de Dios y sus

propósitos para su Iglesia:

Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen

propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo

cuando se cumpliera el tiempo, esto es, reunir en él todas las cosas,

tanto las del cielo como las de la tierra (Ef. 1:8-10, nvi).

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a

bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque
a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen

hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el

primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:28-29).

¿Qué significa eso para tu vida?

La omnisciencia de Dios puede ser un problema para ti si intentas

esconderle alguna parte de tu vida. Algunos prefieren negar que Dios es

capaz de conocer sus pensamientos y sus actos, porque piensan que eso

significa que pueden ir por la vida sin preocuparse de que Dios les llegue a

pedir cuentas. Francis Thompson, en un poema, llamó a Dios “el sabueso

celestial”, porque su omnisciencia “seguirá la pista” de una persona hasta

que esta admita el control de Dios sobre su vida. El hecho de que Dios es

omnisciente debería constituir una fuerza restrictiva en tu vida. ¡No puedes

esconderle nada!

Si eres cristiano, la omnisciencia de Dios no te inquieta. De hecho, el

saber que Dios sabe todas las cosas debería proporcionarte gran consuelo y

confianza. Cuando te sientas tentado a dudar de Dios o a cuestionar el modo

en que dirige tu vida, o cuando las circunstancias no parecen favorables,

recuerda que Dios tiene un plan y, al final, todas las cosas redundarán en tu

beneficio y en su gloria. Lo único que debes hacer es tener fe y confiar en

que Dios sabe lo que hace, ¡porque es así!

Y veamos otro pensamiento consolador: Dios nunca olvidará el día que le

pediste que salvara tu alma. Tu nombre está escrito y guardado en el libro de

la vida del Cordero (Ap. 13:8). Dios te conoce por nombre, y nunca olvida

el nombre de uno de sus hijos.


49

La vida del cielo empieza aquí y ahora

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos

bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en

Cristo (Ef. 1:3).

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también

esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el

cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de

la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí

mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21).

¿S abías que todos esos escritos que se conocen como “epístolas” en el

Nuevo Testamento eran en realidad cartas dirigidas a individuos y a

iglesias para animarles, exhortarles o, en ocasiones, reprender los actos y las

actitudes de los lectores? Hace 2.000 años, Dios no solo supervisó la

escritura de esas cartas para beneficio de los lectores modernos, ¡sino que

las escribió teniendo en mente a los creyentes de nuestros tiempos! Las

cosas que causaban dificultades a nuestros hermanos en la fe del pasado son

las mismas que nos las causan hoy a nosotros. También a nosotros nos

cuesta conformarnos a las enseñanzas de Cristo.

Dos de esas cartas fueron escritas a un grupo de iglesias en la ciudad

griega de Corinto. Los cristianos de esa ciudad estaban un poco alborotados,

y les costaba contrarrestar las influencias negativas de su cultura pagana y


de su naturaleza pecaminosa. El apóstol Pablo les escribió para retarles a

“vivir como en el cielo”.

Porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos,

contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?

(1 Co. 3:3).

Pablo exhortó a los creyentes de la iglesia de Corinto a que actuasen como

ciudadanos del cielo. Cuando una persona acude a Cristo, se convierte de

inmediato en un ciudadano del cielo, y Dios espera que adopte un estilo de

vida consecuente. Dado que esto es lo que se espera de todo cristiano,

veamos qué consecuencias tendrá para nuestras vidas conducirlas como en

el cielo.

La vida espiritual ofrece un punto de vista diferente. Como ahora nuestra

ciudadanía está en el cielo, nuestra participación en este mundo (con su

materialismo e incontables actividades impías) debería inducirnos a vivir

con discernimiento. En lugar de buscar la realización a base de placeres

mundanos, deberías buscarla en Dios y en su Palabra, así como en nuestra

asociación con el pueblo de Dios.

No deberíamos concentrarnos en lo “horizontal” (nuestra relación con la

humanidad y el mundo), sino en lo “vertical” (nuestra relación con Dios).

Debemos mantener la mirada en lo alto. En Colosenses 3:1-2, Pablo dijo:

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde

está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba,

no en las de la tierra”. Esto es lo que significa centrarse en lo vertical.

La vida espiritual cumple la voluntad de Dios. En el Padrenuestro, Jesús

nos enseñó a decir: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la

tierra” (Mt. 6:10). La voluntad de Dios es que todos los cristianos sean

transformados a la imagen de su Hijo, el Señor Jesús (Ro. 8:29). Por tanto,

la vida del cielo es lo mismo que parecerse cada vez más a Jesús.

¿Cómo se consigue esto? Cuando muestras obediencia fiel a la Palabra de

Dios, vives una vida que honra a Cristo, que es lo que Dios desea de sus

hijos como ciudadanos del cielo. El deseo de todo creyente debería ser que,

haga lo que haga, sea “para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).

La vida espiritual da prioridad a la santidad. Dejar que el cielo llene


nuestros pensamientos supone esforzarse para incluir las prioridades

celestiales en la práctica cotidiana, y concentrarse en lo eterno antes que en

lo temporal: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo

lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud

alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil. 4:8). Y para que

estemos seguros de que tenemos el poder para mantener nuestras

prioridades en el orden correcto, Dios nos ha dado su Espíritu y nos manda

que obedezcamos su guía: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos

de la carne” (Gá. 5:16).

La vida espiritual producirá conflictos. Al contrario de lo que piensan

algunos cristianos, Dios nunca prometió a los creyentes una vida fácil. De

hecho, Jesús dijo que, cuanto más se identifique con Él un creyente, más

problemas tendrá. Jesús advirtió a sus seguidores cuáles eran las

consecuencias de la vida celestial: “Acordaos de la palabra que yo os he

dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido,

también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15:20).

Y la batalla no acaba con los conflictos personales. Además de ser

perseguidos por identificarnos con Cristo, también nos enfrentaremos a la

oposición de las fuerzas del mal. “Porque no tenemos lucha contra sangre y

carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores

de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las

regiones celestes” (Ef. 6:12). No obstante, podemos alabar a Dios porque

tenemos la victoria sobre los malvados y las fuerzas de las tinieblas “por

medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:57).

La vida espiritual produce recompensas futuras. Una recompensa que

obtienen los creyentes como resultado de la vida espiritual es inmediata:

saben que honran al Señor y sirven a su pueblo. Esto ya es de por sí una

gran bendición, pero la Biblia también enseña que lo que hacen los

creyentes para Dios en esta vida les proporcionará más recompensas en el

cielo. Pablo afirmó esta bendición doble cuando escribió: “la piedad para

todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera”

(1 Ti. 4:8).

De modo que, en nuestra condición de cristianos, debemos animarnos. A

pesar de que sufrimos, de que nos tratan mal y nos parece que obtenemos
poca recompensa por nuestra fidelidad en este mundo, esas cosas son nada

en comparación con lo que Jesucristo tiene reservado para nosotros en el

cielo. Jesús dice: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en

los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de

vosotros” (Mt. 5:12).

La vida espiritual glorifica a Dios. ¿Qué harán los creyentes por toda la

eternidad? La Biblia dice que estaremos adorando en torno al trono

celestial. Daremos a Dios la honra que merece. ¿No es eso lo que debemos

hacer después de todo lo que Él ha hecho por nosotros? Dirigiéndose a los

corintios, Pablo escribió: “Fuisteis comprados por precio”. Luego exhortó a

sus lectores a “honrad a Dios con vuestros cuerpos” (1 Co. 6:20). Eso es lo

que haremos en el cielo por toda la eternidad, y podemos y debemos

empezar a hacerlo aquí en la tierra.

¿Cuál debe ser nuestra meta a lo largo de cada día? Si, pues, coméis o

bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”

(1 Co. 10:31).

¿Qué significa eso para tu vida?

Cuando pusiste tu fe en Cristo para ser salvo, participaste espiritualmente

de la crucifixión del Señor y de su victoria sobre el pecado y la muerte

(Gá. 2:20). Tu “viejo hombre” ha muerto (Ro. 6:6). Como una nueva

persona, tienes al Espíritu Santo que mora en ti y que te capacita para vivir

una vida nueva. Te proporciona los recursos necesarios para vivir en la

tierra como lo harás en el cielo. ¡Con su ayuda, puedes hacerlo! Pablo dijo a

los corintios que no tenían excusa para su conducta mundana, y eso también

es para ti. Toma la decisión de no actuar como un mero humano, y ora para

no hacerlo, sino para vivir como el ciudadano de los cielos que eres.
50

Al final, ¡Dios gana!

Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con

trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo

resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos

quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para

recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor

(1 Ts. 4:16-17).

Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya

suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es

que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus

pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte

(1 Co. 15:24-26).

ace poco leí un relato que es la segunda parte de una trilogía de

H novelas. Esperaba con ganas el tercer libro, pero el escritor cometió un

error grave. Me dijo qué les iba a pasar en la última novela a dos de mis

personajes favoritos. En cierto sentido, se habían convertido en mis

“amigos”, y el escritor dijo que no aparecerían en el último libro. Bueno,

pues para mí eso lo decidió todo: no leí la tercera novela. ¡No quería

enfrentarme a lo que iba a suceder!

Sin embargo, cuando leo mi futuro en la Biblia, no es eso lo que pasa. En

cambio, me animo. ¿Por qué? Porque al final, ¡Dios gana! Si tenemos en


cuenta todo lo que vemos que sucede hoy a nuestro alrededor, eso es una

buena noticia. ¿Ves mucha esperanza para la humanidad y para nuestro

mundo? El mal está desenfrenado, y las cosas aún van a empeorar. Pero no

será así para siempre. La Biblia dice que llegará un día en que Dios

destruirá toda maldad y restaurará la justicia, y nosotros, los cristianos,

estamos en el bando ganador.

El camino al futuro

Según la Biblia, hay una serie de acontecimientos futuros que deben tener

lugar como preparación para la manifestación completa y definitiva del

reino de Dios. Los teólogos se refieren a este estudio de las últimas cosas

como escatología.

La muerte física. Durante la muerte física, el aspecto material de tu ser, el

cuerpo, se separa del aspecto inmaterial, el espíritu. En este momento, existe

un estado intermedio tanto para los justos como para los impíos cuando

mueren. Los espíritus de los justos irán con Dios (Fil. 1:21-23), mientras

sus cuerpos físicos permanecen en la tierra. Los espíritus de los inconversos

van al Hades (Lc. 16:23), para esperar el juicio final y la segunda muerte, el

lago de fuego (Ap. 20:14-15), mientras sus cuerpos físicos se quedan

también en la tierra.

La segunda venida. Este evento tendrá dos etapas. En la primera, Cristo

regresa a la tierra por sus seguidores, los vivos y los muertos, y los lleva al

cielo como prometió, donde vivirán con Él por la eternidad (1 Ts. 4:16-17).

Su venida es “en el aire” y solo afectará a los creyentes. Esta etapa es

conocida como el rapto, un término que viene de la expresión griega

traducida “arrebatados” (1 Ts. 4:17). En ese momento, los creyentes verán

sus cuerpos terrenales, corruptos reunidos con sus espíritus como nuevos

cuerpos de resurrección. Este suceso tendrá lugar “en un abrir y cerrar de

ojos” (1 Co. 15:52).

Durante la segunda etapa del regreso de Jesús, “vendrá con las nubes”, y

“todo ojo le verá, [incluso] los que le traspasaron” (Ap. 1:7). Vendrá como

Mesías y establecerá su reino terrenal en Jerusalén y gobernará a las

naciones durante mil años.


La resurrección de los muertos. También esta tendrá dos fases.

La resurrección de los justos. Esto tendrá lugar en el momento del

rapto. Los muertos en Cristo, así como todos los que estén vivos en

ese momento, experimentarán una resurrección literal, corporal

(1 Co. 15:22).

La resurrección de los injustos. Se producirá después del reinado

milenial de Cristo y justo antes del juicio final (Ap. 10:7-15).

Los juicios. En un momento tan temprano como Génesis 2:17, Dios dijo:

“ciertamente moriréis”, refiriéndose al juicio. El día del juicio llegará, y

nadie puede eludirlo. Más concretamente, la Biblia describe una serie de

juicios:

El juicio de los creyentes. En realidad no se trata de un juicio, porque

los pecados de los creyentes fueron juzgados en la cruz. “Ahora, pues,

ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).

Este suceso será como el juicio en una feria campestre, donde se

reparten los premios a los participantes que han ganado. “Entonces

cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5). A este juicio lo

podríamos llamar también una entrega de premios.

El juicio de Israel. Este se centrará en los hijos de Israel y tendrá lugar

al principio del milenio, el reinado de mil años del Mesías, Jesucristo.

Este juicio será una preparación para que el pueblo judío viva y

gobierne con su Mesías en el reino davídico (Mt. 19:28; Lc. 22:30).

El juicio de las naciones vivientes. Este se producirá al principio del

milenio. Tendrá lugar en la tierra, en el “valle de Josafat”, seguramente

cerca de Jerusalén. Jesús juzgará a las naciones “a causa de mi pueblo,

y de Israel mi heredad, a quien ellas esparcieron entre las naciones, y

repartieron mi tierra” (Jl. 3:2).

El juicio de los ángeles caídos. Este tendrá lugar durante el periodo

conocido como “el gran día” (Jud. 1:6). Satanás será juzgado

definitivamente antes del juicio final de los malvados. La Biblia no lo

dice concretamente, pero podemos imaginar que todos los ángeles

caídos serán juzgados en este momento (Ap. 20:10).


El juicio ante el gran trono blanco. Este será el juicio final de los

malos, que decidirá para siempre su condenación. El juez será Dios

Hijo. La norma será la perfección. Este juicio se basará en las cosas

guardadas en “los libros” (Ap. 20:12). Por si algo se hubiera pasado

por alto, se hace una última consulta al “libro de la vida” para ver si

sus nombres están escritos en él. Solo los creyentes en Cristo tienen

sus nombres escritos en ese libro.

El nuevo cielo y la nueva tierra. Dios creará estas moradas nuevas

después del reinado de mil años de Cristo y del juicio ante el gran

trono blanco. Todas las cosas se restaurarán a aquel estado que fue

diseñado por Dios. En una gloria sin pecado, creará un nuevo cielo y

una nueva tierra. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el

primer cielo y la primera tierra pasaron… la santa ciudad, la nueva

Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa

ataviada para su marido” (Ap. 21:1-2).

¿Qué significa eso para tu vida?

La Biblia contiene la historia completa del mundo, de principio a fin,

empezando en Génesis y acabando en Apocalipsis. No hace falta que nos

preguntemos quién creó el tiempo y puso en movimiento el mundo, y quién

establecerá al final una nueva creación. Es Dios, quien desea que conozcas

tu pasado y tu futuro. En el pasado, Dios envió a su Hijo para morir por tus

pecados. Si has reconocido el pago que hizo Cristo por tus pecados, esta

salvación se manifestará cuando Jesucristo regrese y vivas con Él por toda la

eternidad en el cielo.

Sabiendo que tu pasado ha sido resuelto, y que tu futuro está seguro,

puedes concentrarte en el presente. Ruega diariamente que el Espíritu Santo

te capacite para andar según el Espíritu y vivir para Cristo. Ancla tu fe en la

Palabra de Dios. Mantente alerta espiritualmente mientras esperas el regreso

de Cristo. Aunque la guerra aún no ha acabado, ¡la victoria es segura!


[1] Bernard Ramm, Protestant Christian Evidences (Chicago: Moody, 1953), p. 33; como se cita en

Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids: Baker, 1983), p. 33.

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Título del original: The 50 Most Important Teachings of the Bible, © 2015 por Jim George y

publicado por Harvest House Publishers, Eugene, Oregon 97402. Traducido con permiso.

Edición en castellano: Las 50 enseñanzas más importantes de la Biblia,© 2017 por Editorial

Portavoz, filial de Kregel, Inc., Grand Rapids, Michigan 49505. Todos los derechos reservados.

Traducción: Daniel Menezo

Diseño de portada: Dogo Creativo

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