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Contenido
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Portada
Antes de empezar
1. La Biblia es un libro único
2. El universo no fue fruto de la casualidad
3. Dios es a la vez trino… y uno
4. Jesús fue un hombre, pero mucho más que un hombre
5. Toda persona está creada a imagen de Dios
6. La Biblia es el manual definitivo para la vida
7. El Espíritu Santo vive dentro de cada creyente
8. Jesucristo está vivo y presente en el planeta Tierra
9. En Jesucristo, Dios nos perdona por completo
10. Eres más valioso de lo que piensas
11. Una de las máximas prioridades de Dios es que cuidemos de los
necesitados
12. Debemos perdonar como Dios nos ha perdonado
13. La oración es una manera de conectarnos con Dios
14. Estás creado para vivir eternamente
15. Satanás no es tan poderoso como piensas
16. El peligro de no tener en cuenta a Satanás
17. Los cristianos son perfectos, ¡y lo serán!
18. Lo que cuenta no es lo que tú hagas, sino lo que hizo Cristo
19. Incluso cuando no lo parezca, Dios tiene el control
20. No puedes esconderte de la presencia de Dios
21. Nada puede separarte del amor de Dios
22. El pecado tiene consecuencias presentes y eternas
23. Dios tiene un propósito maravilloso para tu vida
24. En la vida espiritual, sin esfuerzo no hay progreso
25. Ten misericordia de ti… porque Dios la tiene
26. Este mundo no es tu hogar
27. Dios es real y no está callado
28. El pecado no es solo un acto, es una naturaleza
29. Todo gira en torno al amor
30. Jesús volverá de verdad
31. Jesús ora por ti y por mí
32. Cuando Jesús murió, la muerte quedó vencida
33. Nacer una vez no es suficiente
34. La redención es solo una parte de la historia
35. El Espíritu Santo es el arma secreta de todo cristiano
36. ¿Cómo es Dios? Mira a Jesús
37. Dios desea tener intimidad contigo
38. El Señor es mi pastor
39. Arrepentirse o morir
40. ¿Cuánta agua hace falta?
41. Ser miembro de la Iglesia tiene sus privilegios
42. Jesús proporciona una felicidad diferente
43. Los ángeles no son solo algo con lo que adornas el árbol de Navidad
44. Cuando Dios hace una promesa, la cumple
45. Jesús camina a tu lado y, cuando hace falta, te lleva en brazos
46. ¡Qué buena es esta noticia! ¡No la mantengas en secreto!
47. ¡Todavía no has visto nada!
48. Nada toma a Dios por sorpresa
49. La vida del cielo empieza aquí y ahora
50. Al final, ¡Dios gana!
Créditos
Libros de Jim George publicados por Portavoz
Editorial Portavoz
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Antes de empezar
e ha dicho que nuestras creencias dictan nuestro comportamiento. Es
S decir, que lo que creas sobre Dios, su revelación escrita (la Biblia) y su
suprema revelación (su Hijo) definirá tu manera de vivir la vida. Mi
propósito al escribir este libro sobre las enseñanzas de la Biblia es ayudarte
a comprender mejor las doctrinas clave que son esenciales para tu
crecimiento como cristiano. Aunque todas las enseñanzas bíblicas son
importantes porque todas nos transmiten lo que Dios quiere que sepamos de
Él, hay algunas que son más fundamentales que otras. Por supuesto, la gran
pregunta es: ¿por dónde empezamos?
He escrito Las 50 enseñanzas más importantes de la Biblia para ayudarte
a encontrar ese “punto de partida”. Estas 50 enseñanzas guiarán tu estudio
inicial de temas cruciales como son:
Dios como Creador del universo y su forma de tratar con el ser
humano
La relación de Jesús con el Padre y con el Espíritu Santo
La naturaleza de la Biblia como revelación escrita de Dios
La solución de Dios para el problema del pecado
El ministerio de Jesús y del Espíritu Santo
Los planes de Dios para el futuro, incluyendo el final de los tiempos
A medida que vayas leyendo, ten en cuenta que las enseñanzas expuestas
en este libro no siguen un orden de importancia. Y dado que el propósito de
esta obra es ofrecerte los elementos básicos, si quieres profundizar más,
tendrás que recurrir a otras fuentes para obtener más información sobre un
tema determinado.
Pido a Dios que este volumen, unido a tu lectura y estudio personal de la
Biblia, te ayude a satisfacer el deseo de Dios de que crezcas “en la gracia y
el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria
ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 P. 3:18).
1
La Biblia es un libro único
Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro
permanece para siempre (Is. 40:8).
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para
redargüir, para corregir, para instruir en justicia (2 Ti. 3:16).
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda
espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las
coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las
intenciones del corazón (He. 4:12).
ace unos años mi esposa y yo viajamos a Francia. En lugar de buscar
H un hotel en París, decidimos alojarnos fuera de la ciudad, en un
pequeño pueblo en el campo, a fin de relajarnos después de nuestro arduo
esfuerzo para cumplir con las fechas de entrega de varios libros. Nos
quedamos dos días en aquel apacible lugar antes de estar deseoso de hacer
un viaje por carretera (en nuestro caso, en tren) a París. Como puedes
imaginar, nuestra primera parada fue subir en ascensor a lo alto de la torre
Eiffel. Luego visitamos el Louvre, uno de los museos de arte más
importantes del mundo. Y aunque no soy un amante cultivado del arte, mi
primer deseo fue localizar la Mona Lisa, que es uno de los cuadros más
famosos de todos los tiempos, pintado por el famoso artista italiano
Leonardo da Vinci, entre 1504 y 1519 aproximadamente.
A pesar de que la Mona Lisa es especial, ¡no tiene nada que hacer frente a
la unicidad de la Biblia! En el mundo del arte hay muchas obras maestras,
pero solo hay una Biblia. La Biblia se diferencia de cualquier otro libro
porque fue escrito por Dios. También es el libro más leído del mundo, y se
ha traducido a cientos de idiomas. Veamos algunas de las razones por las
que la Biblia es única:
La Biblia es un libro hecho de libros. Cuando hojeas la Biblia, ¿qué te
salta a la vista? A medida que vayas pasando páginas, verás de inmediato
que la Biblia contiene numerosos libros distintos, cada uno de los cuales
tiene un número determinado de capítulos. Los 66 libros de la Biblia fueron
redactados por más de 40 escritores, que escribieron en hebreo, griego y
arameo. La redacción de este libro tuvo lugar durante el transcurso de unos
2.000 años.
Ningún otro libro puede jactarse de haber sido redactado así, y lo más
increíble de esos 66 libros y sus más de 40 autores es que ofrecen un
mensaje unificado que describe a Jesucristo y apunta hacia su persona. El
mensaje que Dios, el Creador del universo, quiso que la humanidad
comprendiera era la relación que tenía él con Jesús, y cómo esa relación
afecta a toda la humanidad, tanto en el presente como en la eternidad.
La Biblia es la palabra escrita de Dios. Comenzando en el Antiguo
Testamento, los escritores de la Biblia afirmaron más de 3.800 veces que lo
que escribían era la palabra de Dios. Además, las expresiones “la palabra de
Dios” o “los oráculos de Dios” aparecen más de 40 veces en el Nuevo
Testamento.
¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que las palabras que forman la
Biblia procedieran de los corazones y las mentes de hombres y, al mismo
tiempo, del corazón y de la mente de Dios? El apóstol Pedro lo explicó de
esta manera: “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino
que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu
Santo” (2 P. 1:21).
Las palabras “siendo inspirados” significan que, aunque los escritores
humanos fueron los que plasmaron el mensaje, Dios el Espíritu Santo “los
dirigía” mientras escribían. Sería como el director de una tienda o de un
centro comercial. No hace determinados trabajos, solo supervisa y dirige a
otros para que los hagan. De la misma manera, los escritores de la Biblia
usaron su propio vocabulario, personalidad y forma de pensar para redactar
y plasmar lo que Dios quería que quedase escrito. Dios el Espíritu Santo
supervisó a los autores de los 66 libros de la Biblia guiándoles hacia un
producto final cuyo contenido estaba formado por las palabras exactas que
quería Dios, y sin errores. No podía ser de ninguna otra manera, porque
Dios, “que no miente” (Tit. 1:2), creó un libro cuyo original no tenía un solo
error.
La Biblia es indestructible. Ningún otro libro de la historia ha sobrevivido
a tantos intentos de destruirlo. El Antiguo y el Nuevo Testamento han
soportado la prueba del tiempo, y algunos de sus textos tienen más de 3.000
años. A pesar de que se han perdido los manuscritos originales de los libros
de la Biblia, a lo largo de los siglos se han hecho miles de copias que han
sobrevivido. Al disponer de los miles de copias tempranas de todas las
partes de la Biblia, los eruditos piensan que han recuperado en torno al 99,9
por ciento del texto originario sin ningún error. Fíjate en la promesa que
hace Dios sobre su Palabra en Isaías [Link] “Sécase la hierba, marchítase la
flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.
¿Qué significa esto para tu vida?
Como deducirás de mi anécdota sobre la Mona Lisa, hice un esfuerzo
considerable y pagué bastante dinero para ver ese cuadro tan famoso. Tardé
un día en volar a Europa, y otro para llegar en tren a París, pero ahora puedo
decir: “¡He visto la Mona Lisa!”.
Entonces me tengo que preguntar: “¿Y qué?”. Por el hecho de haber visto
esa obra de arte, mi vida no ha cambiado. No puedo decir que a
consecuencia de esa visita sea una persona mejor. De hecho, en cierto
sentido ahora estoy peor, ¡porque tuve que pagarme el viaje!
Sin embargo, ¿qué pasa con la Biblia? La historia y el propio Dios han
dado testimonio de que la Biblia es el libro más importante y singular que se
haya escrito jamás. Su mensaje tiene una importancia trascendental, y puede
cambiar vidas. Puedes leerla, memorizar sus verdades y aprender algo nuevo
cada vez que la abres. Por el contrario, la Mona Lisa está guardada tras un
cristal y solo se puede admirar desde una distancia de unos siete metros. Y
encima no tiene la capacidad de producir cambios en tu vida.
Por lo tanto, tiene sentido que la Biblia sea el libro más popular que se
haya escrito jamás. Después de todo, es el mensaje personal de Dios para la
humanidad, y para ti. En ese libro, Él te ofrece palabras de ánimo, dirección
para tu vida y sabiduría para vivir cada día y tomar decisiones. ¡Lo más
importante de todo es que te dice cómo experimentar la vida eterna a su
lado!
Dado que todo eso es cierto sobre la Biblia, ¿no crees que deberías pasar
algo de tiempo —o más tiempo— leyéndola? Cuando lo hagas, seguirás
descubriendo todo lo que este libro increíble tiene que ofrecer. ¡Y además tu
vida cambiará!
_________________
“Creo que la Biblia es el mejor regalo que Dios haya hecho a la
humanidad. Por medio de ese libro conocemos todas las cosas buenas
sobre el Salvador del mundo.”
ABRAHAM LINCOLN
Decimosexto presidente de Estados Unidos
2
El universo no fue fruto de la casualidad
Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus
manos (Sal. 102:25).
Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú
lo fundaste (Sal. 89:11).
Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de
ellos por el aliento de su boca (Sal. 33:6).
¿H as conocido a alguien que quisiera revivir sus años de enseñanza
secundaria? ¡Pues yo no, la verdad! Quizá sea porque cuando yo
estaba en secundaria, no tenía ni idea de hacia dónde acabaría llevándome la
vida. Pero ahora, al verlo en retrospectiva, lo que sí sé es que el lugar donde
me encuentro hoy no ha sido fruto del azar. Esto lo veo, por ejemplo, al
examinar cómo me convertí en farmacéutico. Un farmacéutico local del
pequeño pueblo donde me crié era miembro de mi iglesia. Un día me
preguntó si me gustaría trabajar con él en su farmacia.
Me dijo que había observado mi conducta y mi compromiso con el grupo
de jóvenes de la iglesia, y pensaba que yo sería un buen trabajador e
interactuaría bien con los clientes.
¿Fue eso un acto improvisado por su parte? No, en absoluto. Tuvo un
propósito. Aquel hombre tomó la decisión de ofrecerme un empleo
basándose en la observación de mi persona y de mi carácter. Fue un ejemplo
del proceso de causa y efecto. La casualidad no tuvo nada que ver con el
hecho de que yo acabase siendo farmacéutico.
Piensa en ello: muy pocas cosas en la vida, o quizá ninguna, suceden por
casualidad. ¿Has pensado alguna vez en cómo empezó la vida? Si eres
cristiano, aceptarás lo que dice la Biblia acerca del origen de la vida: “En el
principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). Desde el primer
versículo de la Biblia hasta el último libro, Apocalipsis, vemos
declaraciones reiteradas de que Dios creó el universo y todo lo que hay en
él: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú
creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap.
4:11).
¿Cómo llegó a existir nuestro mundo? Las personas de todas las
generaciones han sugerido muchas explicaciones posibles, pero los
cristianos creemos que Dios hizo el universo.
Entonces, ¿qué opciones tienen quienes no creen que Dios hizo la tierra?
¿Qué explicaciones hay para quienes no pueden o no quieren creer el relato
bíblico sobre la creación? La respuesta primaria para quienes dicen que la
creación no se basó en un diseño es que tuvo lugar mediante la evolución, es
decir, por casualidad.
Quienes defienden la evolución afirman que su punto de vista está
respaldado por la ciencia. Pero, en última instancia, aún tienen que decir
que todo lo que vemos a nuestro alrededor fue fruto de la casualidad, de
unos procesos aleatorios que tuvieron lugar sin la ayuda de ninguna fuerza
externa. ¿Y cómo empezó todo? Hay muchos puntos en los que la teoría de
la evolución no puede estar respaldada por la ciencia, porque hay
determinadas cosas que no se pueden verificar o probar. De modo que las
personas recurren a distintas explicaciones sobre lo que pudo suceder, como
la teoría del Big Bang, que especula que nuestro universo en plena
expansión se remonta a un único punto de origen, del tipo que sea.
Si bien hay elementos de la teoría de la evolución que no se pueden probar
científicamente, hay también elementos de la creación que están respaldados
por la evidencia científica. Analizarlos supondría ir más allá del propósito
de este libro, y hay muchos libros excelentes que explican cómo la Biblia y
la ciencia afirman que nuestro universo fue creado por un Diseñador.
Sea cual sea tu punto de vista, cuando pensamos en la vastedad de todo lo
que existe a nuestro alrededor, no podemos por menos que considerar las
siguientes verdades:
El mundo a nuestro alrededor te enseña lo finito que eres. Las
dimensiones de nuestro universo escapan a la inteligencia humana. Los
astrónomos modernos, por medio de investigaciones llevadas a cabo con
satélites y el telescopio Hubble, han calculado que hay 100.000 millones de
sistemas solares, cada uno de ellos como el nuestro, con su propio sol y
miles de millones de estrellas. Puede que no seas capaz de explicar el
universo, pero debes admitir que su vastedad escapa a tu capacidad de
comprenderlo plenamente. Esto debe llevarte a preguntar: ¿es todo esto
fruto del azar, o de un diseño inteligente? Un universo de esa magnitud y
complejidad debió contar con una fuerza superior que lo hiciera realidad.
Entonces, ¿por qué no aceptar el relato bíblico que dice que Dios, la
fuerza más poderosa de todas, creó esos 100.000 millones de sistemas
solares? A nosotros, como seres finitos, nos parece irracional no buscar las
respuestas en lo infinito sobre cómo llegamos a este mundo y cuál es nuestro
propósito. No permitas que tu mente limitada pretenda superar a lo infinito.
“Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Sal. 14:1).
El mundo que nos rodea apunta a la existencia de Dios y a tu
responsabilidad. ¿Hay alguien que tenga excusa para no creer en Dios? La
Biblia dice que no. Dios se ha revelado por medio de la creación. “Los
cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus
manos” (Sal. 19:1). Como Creador, Dios asume un lugar preeminente. “El
Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del
cielo y de la tierra…” (Hch. 17:24). Todo ser humano, en su condición de
criatura creada, debe aceptar o rechazar la autoridad de Dios y la
responsabilidad que tiene delante de Él. No hay término medio, no hay lugar
para la mentalidad que dice “esperemos a ver qué sucede”. Llega el día en
que Dios juzgará el modo en que le haya respondido todo individuo. En ese
momento ya no habrá excusas para rechazar a Dios (Ap. 20:13).
Haz una cosa. La próxima vez que en donde tú vives el cielo esté
despejado, busca un lugar oscuro al aire libre y levanta la vista. Busca al
Dios infinito en su asombrosa creación, y escucha su llamado: “Los cielos
cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”
(Sal. 19:1).
El mundo que nos rodea te enseña acerca de tu relación con Dios. La
Biblia declara que Dios es el Creador y, como tal, difiere de ti, que eres su
creación. Dios es eterno y tiene el control sobre el universo. Sin embargo,
entre todos los millones de estrellas y la gran expansión del firmamento,
eligió centrar su esfuerzo creativo en hacer al hombre a su propia imagen.
Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra
semejanza” (Gn. 1:26).
¿Te lo puedes creer? Siendo el gran Creador de todas las cosas, Dios puso
aparte a la humanidad (en la que estás incluido) como algo especial a su
vista. De igual manera que un padre ama a sus hijos, Dios te ama y desea lo
mejor para ti. Por el contrario, el azar no puede ofrecerte este tipo de
relación personal. El azar solo puede ofrecerte una existencia sin propósito,
impersonal, en este mundo, y una eternidad sin esperanza.
El mundo que nos rodea nos habla del valor del ser humano. El hecho de
que tú y toda la humanidad hayan sido creados por Dios, no como meros
animales, sino conforme a su imagen, debería decirte algo sobre tu gran
valor. La dignidad humana no se fundamenta en las posesiones, los éxitos,
los rasgos físicos o la nacionalidad. No, se basa en ser creados a imagen de
Dios. Quienes no pueden o no quieren creer en la creación también
rechazan al Dios Creador. En consecuencia, consideran que sus congéneres
humanos no son más que otra criatura evolucionada carente de un valor
especial. Pero saber que llevas la imagen de Dios debería inducirte a
formular esta pregunta: ¿cómo debería relacionarme con Dios, cuya imagen
llevo, y con mi prójimo humano, que también lleva la imagen divina? A
Jesús le formularon una pregunta parecida, y su respuesta fue esta: “Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu
mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es
semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:37-39).
¿Qué significa esto para tu vida?
Dios, tu Creador, quiere lo mejor para ti y ha escrito un libro, la Biblia,
para guiarte por la vida. La Biblia contiene todo lo que necesitas saber
sobre cómo relacionarte con Dios, y sobre cómo esa relación te lleva de ser
una mera creación a ser un hijo o hija a quien Dios ama.
La pregunta a la que debe responder todo ser humano es: ¿por qué no
elegir la opción bíblica de la creación a manos de Dios en lugar de la que
habla de una creación al azar? ¡Tiene mucho más que ofrecerte! Moisés
exhortó al pueblo de su época para que tomase una decisión: “A los cielos y
a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la
vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que
vivas tú y tu descendencia” (Dt. 30:19).
3
Dios es a la vez trino… y uno
A ti te fue mostrado, para que supieses que Jehová es Dios, y no hay
otro fuera de él (Dt. 4:35).
Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los
cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como
paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este
es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia (Mt. 3:16-17).
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos
en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19).
¿H ay cosas que no sabes? Lo único que tienes que hacer para averiguarlo
es consultar tus calificaciones del colegio, ¿no? O jugar al Scrabble o
al Trivial Pursuit. La respuesta es dolorosamente clara: por supuesto que no
lo sabes todo; siempre hay cosas nuevas que aprender.
Sin embargo, el mero hecho de que no sepamos o no comprendamos algo
no significa que no podamos beneficiarnos de ello. Por ejemplo, no tengo ni
idea de cómo funciona mi ordenador, pero eso no me impide usarlo. Este
principio también es cierto por lo que respecta a determinadas verdades en
la Palabra de Dios. Que tú y yo no entendamos algo que afirma la Escritura
no significa que no podamos beneficiarnos de ello.
Un buen ejemplo de esto es la Trinidad, o la verdad que sostiene que Dios
es tres en uno. Nuestras mentes finitas no logran comprender esta verdad,
pero eso no quiere decir que tengamos que pasarla por alto. Para algunas
personas, la verdad de la Deidad supone un problema, hasta el punto de que
la niegan simplemente porque la palabra Trinidad no aparece en la Biblia.
Pero si leemos cuidadosamente las Escrituras, podemos encontrar una
exposición clara del hecho de que existe un solo Dios que está formado por
tres Personas eternas, que tienen la misma sustancia o esencia, pero con
funciones distintas, a saber:
Dios existe como el Padre invisible, de quien procede toda revelación
y que envió al…
Hijo, que media entre Dios y el hombre, y quien manifestó
históricamente esa revelación como ser humano, Dios encarnado, y
el Espíritu Santo, enviado por el Padre y que, como Dios, aplica
divinamente la revelación de Dios a los hombres.
Tertuliano, un teólogo del siglo III, fue el primero en acuñar la palabra
Trinidad. Afirmó que la Trinidad era una revelación divina porque, desde el
punto de vista humano, ¡parece un concepto tan absurdo que nadie lo podría
haber inventado!
El propio nombre de Dios conlleva pluralidad. La Biblia afirma en
términos muy claros que solo existe un Dios. “Oye, Israel: Jehová nuestro
Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4). Pero a todo lo largo del Antiguo Testamento
el nombre hebreo de Dios, “Elohim”, está en plural, lo cual indica más de
una Persona. Génesis, el primer libro de la Biblia, se refiere tres veces a
Dios usando el pronombre nosotros: Dios dijo “Hagamos al hombre” (1:26);
“Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo
el bien y el mal” (3:22); y “Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí
su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero” (11:7).
¿Qué nos dice la Biblia sobre cada miembro de la Trinidad?
El Padre es Dios. En su calidad de Creador del universo y del hombre, a
menudo la Biblia se refiere a Dios como Padre. De igual modo que un padre
humano mantiene una relación especial con sus hijos, el Dios Creador
mantiene una relación especial con su creación. Jesús nos dijo que, cuando
oremos, debemos empezar la oración diciendo “Padre nuestro que estás en
los cielos” (Mt. 6:9). Veamos unas pocas características del Padre:
Omnisciente: tiene una consciencia, un entendimiento y una visión
infinitas.
Omnipotente: tiene una autoridad, un poder y una influencia
ilimitados.
Omnipresente: está presente en todos los lugares y momentos.
Inmutable: no puede cambiar ni está afectado por el cambio. Ha sido y
será siempre el mismo.
Eterno: es infinito. No tiene principio ni tendrá final.
A continuación, veamos algunos datos sobre Jesús y el Espíritu Santo y
los atributos de ambos. Verás que poseen los mismos atributos que Dios
Padre.
Jesús es igual a Dios Padre. Se considera que el apóstol Pablo fue el
fundador de la teología ortodoxa. Dejó muy claro el hecho de que Jesús era
igual al Padre cuando escribió que estamos “aguardando la esperanza
bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo” (Tit. 2:13). En la Biblia hay otros pasajes que hablan de Jesús
como Dios, y que le confieren atributos divinos:
—Jesús manifestó omnisciencia: “Y conociendo los pensamientos de
ellos, dijo…” (Mt. 9:4).
—Jesús manifestó omnipresencia. Dijo: “Yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).
—Jesús manifestó su naturaleza eterna. “En el principio era el Verbo,
y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue
hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1:1, 14).
—A Jesús se le atribuye santidad. Pedro confesó: “Y nosotros hemos
creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn. 6:69, nvi).
—A Jesús se le atribuyeron las obras de Dios. Vemos en las Escrituras
que Jesús participó en la creación (Jn. 1:3), es un gobernante
soberano (Mt. 25:31) y sustenta el universo (Col. 1:17).
—Jesús es digno de adoración y de honor. Fíjate lo que dijo Tomás
sobre Él, al llamarle “¡Señor mío, y Dios mío!” (Jn. 20:28).
—El nombre de Jesús se asocia en un plano de igualdad con el de
Dios Padre: “En el nombre del Padre, y del Hijo…” (Mt. 28:19).
¿Qué otra conclusión podemos sacar, que no sea la de que Jesús es Dios y
está en un plano de igualdad con Él?
El Espíritu Santo es igual a Dios Padre y a Dios Hijo. También Él es una
persona, no una fuerza impersonal, como algunos suponen
equivocadamente. Los escritores del Antiguo y Nuevo Testamentos nos
ayudan a comprender la naturaleza del Espíritu Santo:
El Espíritu Santo está directamente relacionado con Dios. En Hechos 5:3-
4, el apóstol Pedro dijo a Ananías: “¿por qué llenó Satanás tu corazón para
que mintieses al Espíritu Santo?… No has mentido a los hombres, sino a
Dios”.
Los nombres del Espíritu Santo nos revelan su deidad. Por ejemplo, las
Escrituras dicen que el Espíritu Santo es “el Espíritu de nuestro Dios” (1
Co. 6:11), el “Espíritu de Cristo” (Ro. 8:9) y “el Espíritu de verdad” (Jn.
14:17).
El Espíritu Santo posee los siguientes atributos de Dios (y también todos
los demás):
—Omnisciencia: “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo
profundo de Dios… Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios,
sino el Espíritu de Dios” (1 Co. 2:10-11).
—Omnipresencia: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré
de tu presencia?” (Sal. 139:7).
—Omnipotencia: “Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las
aguas” (Gn. 1:2). “Se movía” en el sentido de que participaba en la
obra de la creación y la protegía.
¿Qué significa esto para tu vida?
El concepto de la Trinidad es importante, aunque nunca lo entiendas del
todo. Veamos cómo se relaciona la Trinidad con tu vida: Dios, que es
espíritu y no puede morir, envió a su Hijo para que naciese en este mundo
como un ser humano de carne y hueso. Su Hijo vivió una vida perfecta, y el
hecho de que fuera sin pecado le calificó para ser el sacrificio perfecto para
pagar por el pecado. Tres días después de que Jesús muriera en la cruz,
resucitó de los muertos, haciendo posible la salvación para todos aquellos
que creen en Él para vida eterna. En el momento de la salvación, el Espíritu
de Dios y de Jesús es enviado para morar en nosotros. El ministerio del
Espíritu Santo consiste en guiarnos, protegernos y equiparnos para que
vivamos vidas santas en medio de un mundo impío.
Si eres cristiano, la doctrina de la Trinidad forma parte esencial de tu fe.
Al tener en mente la obra que realiza cada miembro de la Trinidad, puedes
hacerles peticiones, y darles acciones de gracias y alabanza. Además, el
amor y la unidad perfectos dentro de Dios ejemplifican para ti la unicidad y
el afecto que debería caracterizar tu relación con otros creyentes dentro del
cuerpo de Cristo.
4
Jesús fue un hombre, pero mucho más que
un hombre
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era
Dios. Este era en el principio con Dios… Y aquel Verbo fue hecho
carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del
unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Jn. 1:1-2, 14).
Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia
delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un
hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado
Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre…
El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será
llamado Hijo de Dios (Lc. 1:30-32, 35).
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como
cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma
de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición
de hombre… (Fil. 2:5-8).
¿Q uién es el personaje más importante que ha nacido en este mundo?
Los judíos dirán que Abraham o Moisés. Los musulmanes dirán que
Mahoma. Los budistas, que fue Buda. Los chinos podrían decir que fue
Confucio. Pero, sin duda alguna, la persona más importante que ha vivido
en este planeta fue Jesús. Esto es impactante cuando pensamos que durante
el tiempo que pasó en este mundo no escribió ningún libro. Nunca viajó más
allá de una distancia relativamente corta desde su ciudad natal. Durante su
ministerio nunca contó con más que un puñado de seguidores. Sin embargo,
en el mundo alfabetizado hay muy pocas personas que nunca hayan oído el
nombre Jesús. Hay algunos que utilizan este nombre como una maldición,
como un término propio del lenguaje informal o como burla, pero a pesar de
todo, multitud de personas en todo el mundo pronuncian y reconocen su
nombre.
¿A qué se debe esto? ¿Qué le diferencia de cualquier otro personaje
histórico?
La Biblia nos dice que Jesús fue más que un hombre, mucho más. Veamos
lo que nos dice:
Jesús existía ante de venir al mundo. Dios no tiene ni principio ni fin.
Siempre ha existido; de no ser así, no sería Dios. La Biblia nos dice,
repetidas veces y sin explicarlo, que Jesús es Dios. Por consiguiente, tiene
que haber existido antes de descender a la tierra. Al principio del Evangelio
de Juan leemos esto: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,
y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios” (Jn. 1:1). Cuando
Juan habló del “Verbo”, se refería a Jesús, el Hijo eterno de Dios que existió
con Dios Padre antes de que empezase el tiempo. Entonces Juan hace una
afirmación impresionante: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre
nosotros” (v. 14).
¡Dios se hizo hombre! Jesús adoptó la plena humanidad y vivió como un
hombre pero, al mismo tiempo, nunca dejó de ser el Dios eterno que
siempre ha existido, el Creador y Sustentador de todas las cosas, la fuente
de la vida eterna. Después de escribir esta declaración impactante, Juan
dedica el resto de su libro a exhortar a sus lectores a que pongan su fe no en
un hombre corriente, sino en Jesucristo, el Dios que se hizo hombre (Jn.
20:30-31).
Jesús es tanto humano como divino. “El Verbo fue hecho carne” significa
que Dios se hizo humano. Al hacerlo, se convirtió en:
El hombre perfecto. Jesús siempre dijo e hizo lo correcto. Es posible que
este fuera el motivo por el que los hombres malvados reaccionaron con tanta
violencia contra su vida, su ministerio y su mensaje. Eran enemigos de
Dios, y mataron al hombre cuya perfección era un recordatorio constante de
que ellos no estaban dispuestos a arrepentirse de sus pecados.
El maestro perfecto. Las palabras de Jesús son ciertas y correctas para
siempre. Mediante sus enseñanzas aprendes lo que es importante para el
corazón de Dios.
El ejemplo perfecto. Jesús, quien era “el unigénito del Padre, [estaba] lleno
de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Es un modelo de cómo debes vivir.
Adoptó la “forma de siervo” (Fil. 2:8). ¿Cómo quiere Dios que vivas?
¡Fíjate en Jesús!
El sacrificio perfecto. Como Jesús era perfecto, pudo morir como el
sacrificio perfecto por todos los pecados. Dios es santo y no puede tolerar el
pecado en su presencia. Lo único que podía limpiarnos del pecado era un
sacrificio perfecto. La muerte de Jesús satisfizo plenamente la demanda del
Padre de que el pecado fuese castigado.
Jesús es el Salvador del mundo. José, que estaba desposado con María,
tuvo un sueño en el que un ángel le dijo que debía seguir adelante con su
intención de casarse con ella, porque su hijo sería alguien especial. El ángel
le dijo: “Y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados” (Mt. 1:21). El nombre “Jesús” significa “Dios salva”. Jesús vino a
la tierra para salvarnos de nuestros pecados. No hay nada que nosotros
podamos hacer para salvarnos; solo Jesús puede rescatarnos del poder del
pecado y del castigo por él.
El Señor no solo creó el mundo, sino que también fue su Salvador. Quizá
desees hacer una pausa en este momento y adorarle elevando una oración de
acción de gracias y alabanza a su nombre por su disposición a morir en la
cruz para sufrir el castigo por tus pecados. Luego pídele que te fortalezca y
te ayude a obtener la victoria sobre el poder del “pecado que nos asedia”
cada día (He. 12:1).
¿Qué significa esto para tu vida?
É
Jesús espera que vivas para Él. La fe cristiana no consiste en morir, sino
en vivir. Si el Señor Jesús es tu Salvador, ya no estás solo, porque ahora vive
en ti. Es tu fuerza para vivir y tu esperanza para el futuro. Su Espíritu, que
mora en ti, te ayuda, momento tras momento, a seguir en los pasos de Jesús.
Él dijo a sus discípulos que si le amaban, guardarían sus mandamientos.
Vivir para Jesús significa que eliges voluntariamente cumplir sus mandatos.
¿Dónde se encuentran esos mandamientos? Lee los Evangelios
regularmente. Lee lo que dijo Jesús acerca de vivir para Dios. Descubre
cómo respondió Jesús a las presiones de la vida cotidiana. En su Palabra, la
Biblia, Jesús ha provisto ayuda para que vivas la vida cristiana. Ella te
guiará como una lámpara que ilumina en medio de la noche más oscura.
También ha dado a la Iglesia líderes con dones espirituales, que te ayudarán
dándote consejos sabios e indicándote el camino a seguir.
Vivir para el Señor Jesucristo exige un esfuerzo decidido por tu parte.
Tienes a tu disposición los recursos necesarios. ¿Estás listo para aceptar el
reto?
5
Toda persona está creada a imagen de Dios
Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a
nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de
Dios lo creó; varón y hembra los creó (Gn. 1:26-27).
Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la
imagen del celestial (1 Co. 15:49).
Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un
espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en
la misma imagen…(2 Co. 3:18).
ace poco estaba en el centro de Honolulu para una visita con el
H dentista y, cuando volvía a casa, tomé un desvío equivocado. Como
resultado, acabé en una carretera que me hizo pasar por delante de la Ali’io-
lani Hale, la sede del Tribunal Supremo de Hawái, y de una estatua
impresionante de Kamehameha el Grande, el rey que unificó el archipiélago
hawaiano.
Thomas Gould, un escultor de Boston, fue el encargado de realizar esa
estatua. A pesar de que le enviaron fotografías de gente polinesia que le
sirvieran de referencia, es evidente que no las tuvo en cuenta. Kamehameha
tiene pinta de europeo, e incluso tiene una nariz romana. Esto quizá se deba
al hecho de que cuando Gould hizo la estatua, vivía en Roma. Aunque la
estatua es impresionante, lamentablemente no representa bien a
Kamehameha.
Cuando pensamos en la enseñanza bíblica de que toda persona ha sido
creada a la imagen de Dios, es posible que te preguntes: ¿Qué significa
exactamente que somos creados a imagen de Dios? Al considerar la
respuesta, aprendemos algunas verdades relevantes sobre la importancia que
tiene que Dios sea nuestro Creador.
Aceptar el hecho de que Dios es nuestro Creador es un acto de fe básico.
Las primeras palabras de cualquier libro son extremadamente importantes,
porque definen su tema. Cuando la Biblia empieza diciendo: “En el
principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1), esto nos dice de
inmediato que Dios, como Creador, es un punto focal clave en todo lo que
sigue. Más adelante, la Biblia dice: “Por la fe entendemos haber sido
constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue
hecho de lo que no se veía” (He. 11:3). Como adorador de tu Creador,
también te sometes a su poder, autoridad, sabiduría y dirección. Su imagen
en ti exige que la reflejes.
La imagen de Dios no se refiere a los rasgos físicos. Dios no nos hizo
exactamente como es Él; por ejemplo, Dios no tiene un cuerpo físico. En
lugar de ello, somos un reflejo de su carácter. Como Dios, tenemos la
capacidad de comunicarnos, razonar, amar, tener paciencia, ser fieles y
perdonar a otros. Está claro que nunca seremos del todo como Dios porque
Él es Dios —el Ser supremo— y nosotros no. Pero cuando vivimos como Él
desea que lo hagamos, reflejamos su carácter a un mundo que nos observa.
La imagen de Dios en nosotros quiere decir que le pertenecemos. En
cierta ocasión, cuando un grupo de líderes religiosos judíos abordó a Jesús,
intentaron hacerle caer en una trampa con esta pregunta: “¿Es lícito dar
tributo a César, o no?” (Mr. 12:14). ¿Qué hizo Jesús? Les pidió que le
mostraran una moneda romana que llevaba la efigie de César. Entonces les
dio esta conocida respuesta: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo
que es de Dios” (v. 17). Jesús dijo que la moneda que llevaba la imagen del
emperador debía entregársele al emperador. Pero una vida que lleva la
imagen de Dios pertenece a Dios. Jesús definió lo que significa pertenecer a
Dios cuando dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda
tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (Lc. 10:27).
¿Le estás dando a Dios lo que le corresponde por derecho? Da a Dios tu
corazón y tu vida: ¡llevas su imagen!
La imagen de Dios es el fundamento de la autoestima humana. En
realidad, es mejor decir “valor de Dios”. Dado que fuiste creado por Dios y
llevas su imagen, eres importante para Él. Tienes “valor de Dios”.
Cuando otros te critiquen o tú te recrimines ti mismo, recuerda que Dios
te ha creado a su imagen; te ha dado la vida además de las capacidades de
las que disfrutas. El salmista lo expresó de este modo: “Porque tú formaste
mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque
formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo
sabe muy bien” (Sal. 139:13-14).
Saber que eres una persona valiosa a los ojos de Dios debería animarte a
alabarle como lo hizo el salmista. Y saber que Dios te ama debería llevarte a
ser una influencia espiritual positiva sobre otros.
La imagen de Dios es importante para las relaciones humanas. Como
todos los seres humanos son creados a la imagen de Dios, todos poseen
ciertas cualidades que los distinguen de los animales. Esta “imagen” otorga
al hombre moral, razón, creatividad y valor. Cuando interactuamos con
otras personas, lo hacemos con otros seres creados por Dios; unos seres a
los que Dios ofrece el don de la vida eterna. En unas circunstancias ideales,
esta característica común debería mejorar nuestras relaciones.
Lamentablemente, el pecado imposibilita que tengamos relaciones
perfectas, exentas de problemas. Solo Jesucristo puede restaurar las
relaciones rotas, sobre todo tu relación con Dios; pues gracias a Él hemos
sido reconciliado “en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para
presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:22).
La imagen de Dios en nosotros está distorsionada por el pecado. Cuando
Dios hizo al hombre a su imagen, la vida era pura y sin estorbos en el huerto
del Edén. Dios y el hombre mantenían una relación perfecta. Había un amor
perfecto entre Dios y el hombre y entre el hombre y la mujer. Estaban
presentes todas las cualidades inherentes al concepto de la imagen de Dios.
Sin embargo, debido a la caída de la humanidad en el pecado, la imagen
de Dios en el hombre y la mujer se distorsionó, se desvirtuó y retorció.
Cuanto más se fue alejando el ser humano de Dios mediante su conducta
pecaminosa, más difusa aparecía aquella imagen. El sacrificio de Jesús en la
cruz posibilitó que se restaurase la relación rota con Dios: “Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
Dios restaura en Cristo la imagen original del ser humano. Dios creó un
mundo perfecto, e hizo al ser humano perfecto conforme a su propia
imagen. Por motivos que no alcanzamos a entender, Dios permitió que el
pecado ensuciase su creación y distorsionase su imagen en el hombre. Pero
a todo lo largo de la Biblia vemos que Dios siempre tuvo un plan para
restaurar y mejorar su imagen en el ser humano. El apóstol Pablo lo expresa
así: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen
hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8:29).
El plan de Dios consiste en hacer que quienes son suyos recuperen la
imagen de su Hijo Jesucristo. De manera que, como sucedió con la creación,
¡el pueblo de Dios poseerá de nuevo su imagen en toda su gloria!
¿Qué significa esto para tu vida?
Estar creado a imagen de Dios es un gran privilegio. De entre toda la
creación de Dios, el ser humano fue el único creado a su imagen. Como
llevas la imagen de Dios, Él tiene derecho sobre tu vida. Regocíjate en tu
relación con Dios; disfruta de tu semejanza con Él, y comprométete a
aprender más sobre tu Creador. Empieza hoy buscando un tiempo para
adorarle, y acepta el compromiso de vivir gozosamente de tal manera que
reflejes su imagen.
6
La Biblia es el manual definitivo para la
vida
Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino
(Sal. 119:105).
Toda la Escritura es… útil para enseñar, para redargüir, para
corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea
perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Ti. 3:16-
17).
Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido
dadas por su divino poder (2 P. 1:3).
btener un nuevo empleo es una aventura emocionante. Pero entonces
O llega ese momento en que tu jefe pone en tus manos un libro de tres
kilos diciendo: “Este es el manual de normas y prácticas de la empresa.
Todo lo que necesita saber sobre los procedimientos que regulan esta
compañía están en este libro. En él encontrará también información
importante sobre su responsabilidad hacia la empresa. Es conveniente que
se familiarice con este manual”.
¿Qué es exactamente un manual? Una definición sucinta dice que es “un
libro conciso de referencia que proporciona información concreta o
instrucción sobre un tema o lugar”. Si piensas en ello, esto también es lo que
hace la Biblia. Es un libro conciso de referencia y de instrucción para vivir
una vida que agrade a Dios. Por este motivo, como dijo tu jefe sobre el
manual de la empresa, “Es conveniente que te familiarices con este
manual”.
Sí, la Biblia es un manual. Vamos a descubrir más sobre cómo puede
ayudarnos:
La Biblia te presenta el modelo de vida que Dios pide. En los primeros
momentos de la redacción de la Biblia, Dios dio a Moisés un conjunto de
normas conforme a las cuales debía vivir el pueblo de Israel. Se trataba de
los Diez Mandamientos (Éx. 20:3-17). Los primeros cuatro detallan cómo
debía el pueblo honrar y adorar a Dios. Los seis restantes hablan de cómo
debían interactuar unos con otros. En el Nuevo Testamento, Jesús clarificó el
modelo de Dios cuando dijo: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro
Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48).
Con esas palabras, Jesucristo nos puso delante un modelo de vida que no
podemos alcanzar. Sus palabras resumieron lo que exigían los Diez
Mandamientos. Como ves, es un patrón inalcanzable. Sin embargo, Dios no
podía rebajarlo sin arriesgar su propia perfección. Dios, que es perfecto, no
podía fijar un patrón de justicia imperfecto. La verdad asombrosa del
evangelio es que Cristo satisfizo por ti esa demanda (1 Co. 5:21).
La Biblia es una guía. ¿Qué propósito tiene una guía? Ayudarte a llegar a
alguna parte. ¿Tienes alguna idea de adónde te diriges? Bueno, pues Dios
está dispuesto a encaminarte en la dirección correcta, y te ha dado la Biblia
a modo de guía. “Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para
siempre; él nos guiará aun más allá de la muerte” (Sal. 48:14).
¿Tienes que tomar alguna decisión? Entonces puedes buscar el consejo a
Dios en su manual, la Biblia. ¿Hay alguna área de la vida en la que la Biblia
no sirva de ayuda? No, porque “todas las cosas que pertenecen a la vida y a
la piedad nos han sido dadas por su divino poder” (2 P. 1:3). ¡Todas las
cosas! Si puede hacer semejante afirmación, ¡la Biblia tiene que ser el mejor
manual del mundo!
La Biblia es una luz. Como dice el Salmo [Link] “lámpara es a mis pies
tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Mientras que una guía te dirige por
caminos desconocidos, una lámpara proporciona luz para el camino por el
que transitas de modo que no tropieces, caigas o te pierdas. En esta vida
pasarás por momentos en los que andes por “el valle de sombra de muerte”
(Sal. 23:4), pero la Biblia puede ser la luz que alumbre tu camino de modo
que no tropieces. Te ayudará a distinguir la verdad de la mentira, y te
mostrará todas las mentiras y engaños de Satanás. Estudia la Biblia para que
puedas ver claramente tu camino y mantenerte en el correcto, que es el de
Dios. Permite que sea tu guía para esta vida.
La Biblia es un mapa. Un guía es el primero que va por el camino, una
lámpara lo ilumina, pero un mapa señala el camino. ¿Eres consciente de que
la tierra no es tu hogar, que solo vas de paso por ella? El apóstol Pedro nos
llama “extranjeros y peregrinos” en 1 Pedro 2:11. Como peregrino en este
mundo, debes estudiar el mapa de Dios para saber qué camino tomar. Si no
prestas atención al mapa, irás de un lado para otro por la vida, arriesgándote
a perderte todo lo que Dios tenía reservado para ti en este mundo. La vida es
un viaje difícil que tiene giros y encrucijadas impredecibles. Para asegurarte
que no te pierdas, consulta la Biblia. Es como un mapa de carreteras, que
señala las rutas seguras y los obstáculos que hay que rodear. Te indicará el
camino a tu destino final, que es el cielo.
La Biblia te equipa. La mayoría de manuales sirven para formar. Si
quieres hacer bien tu trabajo, debes leer y seguir las instrucciones del
manual. Lo mismo sucede con la Biblia. Segunda Timoteo 3:16 dice que la
Biblia es útil o “provechosa”. En esta vida no hay muchas cosas de las que
podemos decir que sean totalmente provechosas, pero la Biblia dice esto
sobre sí mismas. Es provechosa para…
Enseñar. La Biblia ha sido inspirada por Dios; procede de Él mismo,
lo cual hace que su enseñanza sea una fuente de autoridad sobre cómo
debes vivir tu vida.
Reprender. La Biblia reprende a los que pecan. ¿Quién mejor que el
propio Dios, mediante su Palabra, para pedirte cuentas sobre si vives
correctamente?
Corregir. La Biblia explica qué significa apartarse del pecado y
avanzar hacia una vida justa.
Formar o instruir. La Biblia te enseña cómo vivir una vida que agrade
a Dios y glorifique su nombre.
La Biblia proporciona sabiduría. ¿De dónde procede la sabiduría? Dios
es la fuente de toda sabiduría. Y porque Dios es el autor de la Biblia, puedes
estar seguro de que está repleta de su sabiduría. Pero la sabiduría no es algo
que venga porque sí. Tienes que decidir “adquirir sabiduría” (Pr. 4:5). Esto
exige que leas y estudies las verdades de la Biblia. Por consiguiente, la
sabiduría llega cuando aplicas a tu vida las verdades de Dios que pueden
cambiarla.
Si sigues las instrucciones de la Biblia, cometerás pocos errores. ¡Sé
sabio! Lee tu Biblia, descubre sus verdades y aplica su sabiduría
continuamente mientras vives cada día. Repite la oración de Moisés:
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón
sabiduría” (Sal. 90:12).
¿Qué significa esto para tu vida?
Puedes confiar en la Biblia al cien por ciento de las veces, para recibir una
instrucción y una información perfectas. Sin duda se trata del manual
perfecto para esta vida, lo cual la convierte en un recurso esencial. Recuerda
que la Biblia te señala el camino hacia la vida eterna, y te es dada “a fin de
que… [estés] enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:17). Sé
fiel en el estudio de la Palabra de Dios, de modo que sepas cómo hacer su
obra y superar los retos que enfrentes.
7
El Espíritu Santo vive dentro de cada
creyente
Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con
vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no
puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis,
porque mora con vosotros, y estará en vosotros (Jn. 14:16-17).
Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis
bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días (Hch. 1:5).
Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en
otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen (Hch. 2:4).
menudo se describe el cristianismo como una de las grandes religiones
A mundiales. Si con el término religión la gente se refiere a un conjunto
específico de creencias y de prácticas que aceptan generalmente un número
de personas o sectas, tienen razón. Pero el cristianismo es más que una
religión. Es una relación con Dios, una relación personal e íntima con el
Señor Jesucristo.
¿Cómo es posible tener una relación con Dios? Por medio de la obra del
Espíritu Santo, que vive en todos los creyentes y, por lo tanto, está
involucrado personalmente en sus vidas y activo en ellas. Ninguna otra
religión puede afirmar lo mismo. Solo los cristianos pueden decir que su
Dios, el único Dios verdadero, vive de verdad en ellos. ¿Cómo puede ser
esto? Veamos lo que nos dice la Biblia.
El Espíritu Santo es Dios. La Biblia afirma de forma inequívoca que
solamente hay un Dios: “Oye, Israel: Jehová nuestro dios, Jehová uno es”
(Dt. 6:4). Sin embargo, la Biblia dice que el Espíritu Santo es una persona
que tiene los atributos de Dios: tomó parte en la creación (Sal. 104:30),
conoce toda verdad (Jn. 14:16) y es omnipresente (Sal. 139:7).
El Espíritu Santo tiene un ministerio único. Después de su muerte, Jesús
resucitó de la tumba y permaneció en el mundo cuarenta días ministrando a
sus seguidores. Entonces Jesús regresó físicamente al cielo. No obstante, no
dejó sin un guía a sus discípulos y a los que más adelante creerían en él. Les
hizo esta promesa: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre
enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo
que yo os he dicho” (Jn. 14:26).
Como prometió Jesús, el Espíritu Santo fue enviado como el “Ayudador”
(TLA) para facilitar el nacimiento espiritual y para habitar en aquellos que
lo experimentan. El Espíritu Santo permanecerá en la tierra, morando en los
creyentes y guiándolos hasta que Jesús regrese.
Es interesante fijarse en la diferencia que el Espíritu Santo puede hacer en
nuestras vidas. Antes de que Jesús regresara al cielo, dijo a sus discípulos:
“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo,
y me seréis testigos” (Hch. 1:8). Antes de la venida del Espíritu, los
discípulos eran un grupo reducido de hombres asustados que huyeron de la
crucifixión y se ocultaron en un aposento alto. Pero después de la llegada
del Espíritu, su valor se multiplicó asombrosamente. Ese pequeño grupo de
seguidores, capacitados por el Espíritu, salió a las calles de Jerusalén y
empezó a ministrar con poder a las personas que los rodeaban.
El Espíritu Santo es un ayudador, no una fuerza. El Espíritu Santo es la
misma presencia de Dios en nuestro ser. Es nuestro ayudador, no una fuerza
impersonal. Su naturaleza personal es evidente en el hecho de que, cuando
el pecado nos controla, “contristamos al Espíritu Santo” (Ef. 4:29-31). El
Espíritu también se apaga cuando no aprovechamos nuestros dones
espirituales para beneficiar al cuerpo de Cristo, la Iglesia (1 Ts. 5:19). El
hecho de que el Espíritu se entristezca y lo podamos apagar indica que es
una persona.
El Espíritu Santo nos proporciona dones espirituales. El Espíritu Santo
prepara a todo creyente para servir a otros en la Iglesia. Todos tenemos
dones diversos para el beneficio de nuestros hermanos en la fe: “Ahora bien,
hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de
ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones,
pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno
le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Co. 12:4-7).
Fíjate que todos los dones deben usarse en la Iglesia “para provecho [de
todos]”. Algunos reciben el don de ser líderes, otros evangelistas, y otros
pastores y maestros (Ef. 4:11); mientras que otros dones van destinados a
vivir siguiendo la conducta de Cristo, como por ejemplo manifestando
misericordia y ayudando a los necesitados.
El Espíritu Santo fomenta la conducta semejante a la de Cristo. Cuando
una persona cree en Jesucristo y entra a formar parte de la familia de Dios,
es una nueva persona. Por eso, a menudo al hecho de convertirse al
cristianismo se le llama “nacer de nuevo”. Este nuevo nacimiento es un acto
instantáneo mediante el cual una persona recibe la justificación delante de
Dios.
Si eres creyente, el Espíritu Santo vive en ti. Su ministerio consiste en
ayudarte a santificarte. Los teólogos llaman a este proceso “santificación”.
Cuando permitas que el Espíritu Santo te ayude, el mundo verá la vida de
Jesús en tus actos. ¿Cómo sucede esto? Cuando “andas según el Espíritu”
(Gá. 5:16); es decir, cuando te sometes a su control, no actuarás
impíamente, sino que manifestarás una conducta semejante a la de Cristo.
Gálatas 5:22-23 habla de los rasgos que presenta una persona controlada por
el Espíritu. Estas cualidades se conocen como “el fruto del Espíritu”, y son
“el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la
mansedumbre, la templanza”.
El Espíritu Santo es un intercesor. Quizá sepas de la intercesión que lleva
a cabo Jesús por los creyentes sentado a la diestra del Padre (Ro. 8:34). Pero
el Espíritu Santo también es intercesor. En Romanos 8:26 el apóstol Pablo
habla del ministerio intercesor del Espíritu Santo: “Y de igual manera el
Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como
conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con
gemidos indecibles”.
¡Qué promesa tan asombrosa! Tienes la seguridad de que, cuando no
sabes cómo orar, el Espíritu Santo orará e intercederá por ti para que se haga
la voluntad del Señor (v. 27).
¿Qué significa esto para tu vida?
Para crecer como creyente es esencial que entiendas la obra y el ministerio
del Espíritu Santo. Dios se hace personal en tu vida por medio del Espíritu
Santo. Gracias al Espíritu puedes experimentar a Dios. Por medio de su obra
sabes que la presencia de Dios está en tu vida.
También percibes su influencia cuando le respondes en obediencia.
Cuando lees la Biblia, Él ilumina tu comprensión de las cosas espirituales.
Capacita tu ministerio por medio de los dones espirituales que te ha dado
para el servicio. También garantiza tu herencia futura en los cielos: “En él
también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de
vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu
Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención
de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:13-14).
8
Jesucristo está vivo y presente en el
planeta Tierra
De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago,
él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre
(Jn. 14:12).
Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero
todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así
también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados
en un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo
Espíritu. Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos
(1 Co. 12:12-14).
Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador
(Ef. 5:23).
uando piensas en iglesias, ¿qué te viene a la mente? Lo primero que la
C mayoría pensamos es en hermosos edificios con fachadas
ornamentadas y montones de vidrieras de colores. Y, por lo general, una de
esas ventanas presenta una imagen de Jesús.
Lamentablemente, muchas de las imágenes artísticas que se han hecho de
Jesucristo le representan clavado en la cruz, muerto o moribundo. Esto
puede inducir a la gente a acudir a la iglesia con la actitud de que se dirigen
a un funeral. Para ellos, Jesús sigue clavado en una cruz, como un personaje
histórico trágico. Son como las mujeres que acudieron al sepulcro buscando
el cuerpo de Jesús, que ya había resucitado de la tumba.
Entonces, ¿cómo debemos pensar en Jesucristo?
Jesús no está entre los muertos. Cuando algunas de las seguidoras de
Jesús acudieron a la tumba el domingo por la mañana en busca de su
cuerpo, se encontraron con unos ángeles que les dijeron: “¿Por qué buscáis
entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lc.
24:5-6). Jesús está vivo. Resucitó de los muertos y apareció a muchos de sus
seguidores y discípulos durante los cuarenta días siguientes. Sí, ¡no cabe
duda de que Jesús está vivo! ¿Qué pruebas hay de que está entre los vivos?
¿Y dónde puedes hallar señales de su presencia y poder? Sigue leyendo…
A Jesús no se le encuentra en un edificio. La gente acude a los templos
pensando que en ellas encontrarán a Jesús. Son como los antiguos griegos y
romanos, que pensaban que sus dioses se encontraban en los templos
edificados para ellos. El apóstol Pablo explicó a aquellas personas de la
antigüedad, y también a los adoradores modernos, que por lo que respecta a
Jesús eso es falso. Pablo dijo: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas
que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos
hechos por manos humanas” (Hch. 17:24).
A Jesús se le encuentra en las vidas de sus seguidores, la Iglesia. Cuando
Jesús dijo que edificaría su Iglesia (Mt. 16:18), no hablaba de piedras
literales colocadas una sobre otra para levantar un edificio. No hablaba de
un edificio físico, sino de un “organismo vivo” compuesto por “piedras
vivas”, de creyentes en Cristo (1 P. 2:5). Jesús reina en los corazones de sus
seguidores por medio de su Iglesia, de la que es cabeza. En la Biblia, la
Iglesia, que está compuesta por cristianos, se describe como “el cuerpo de
Cristo” (1 Co. 12:27). Por lo tanto, la Iglesia es el Cristo viviente que actúa
por medio de los creyentes que interactúan con los demás en sus
comunidades, manifestándole así a un mundo que los observa.
El ministerio de Jesús se multiplica a través de sus seguidores. Cuando
Jesús vino a la tierra, adoptó un cuerpo humano. Se hizo hombre, y vivió
con unas limitaciones humanas. Como hombre, solo podía estar en un lugar
a la vez. Dijo a sus discípulos que, tras su partida al cielo, ellos harían
“mayores obras” que Él (Jn. 14:12). Poco antes de que Jesús regresara al
cielo, explicó lo que quiso decir con “mayores obras” cuando dijo: “pero
recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me
seréis testigos… hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). Las mayores obras
que harían ellos no serían del estilo de las que hizo Jesús, como por ejemplo
los milagros. Las “mayores obras” fue el mayor número de discípulos que
llevaron el mensaje de salvación de Jesús hasta los confines más distantes
del mundo. Hoy, en tu calidad de creyente, formas parte de ese gran ejército
de testigos que participan en esta gran obra.
La vida de Jesús se manifiesta en la vida de su Iglesia. Jesús, siendo Dios,
vivió una vida perfecta. Su carácter era perfecto. Sus actos, también. Era el
hombre perfecto. Sus seguidores, como miembros de su cuerpo, la Iglesia,
deben imitar su vida perfecta. ¿Cómo se hace esto? Cuando una persona se
convierte, el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, viene a morar en su
corazón. Entonces, a medida que el creyente procura imitar el carácter de
Cristo y camina “conforme al Espíritu”, manifestará “amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:16, 22-
23). Manifestará su semejanza a Cristo.
Jesús volverá. Desde el día en que Jesús regresó al cielo, sus seguidores
han vivido esperando su regreso. Dijo a sus discípulos que iría al cielo a
preparar un lugar para ellos, y que luego regresaría para llevarlos al hogar
junto a Él (Jn. 14:3). Después de que Jesús ascendiera a los cielos, “dos
varones con vestiduras blancas” dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis
mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al
cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:10-11). El
adverbio “así” significa que el regreso de Jesús será tanto personal como
visible (Ap. 19:11-16).
Jesús tiene dos propósitos para volver a la tierra. Primero, como vimos
en Juan 14:3, Jesús regresará por su pueblo, sus fieles, su Iglesia, de modo
que pueda llevarlos con Él al cielo. El segundo propósito para el retorno de
Jesús es traer el juicio sobre un mundo incrédulo (2 Ts. 1:6-9).
¿Por qué vino al mundo Jesús, el Hijo de Dios? Para ofrecerse como
sacrificio y pagar por los pecados de la humanidad. Solo Dios puede hacer
este tipo de oferta: “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie
las arrebatará de mi mano” (Jn. 10:28). A quienes han aceptado su oferta de
vida eterna, Jesús les manda el Espíritu Santo, quien obra activamente en
sus vidas y por medio de ellas. Ciertamente, los cristianos no viven siempre
como lo hizo su Salvador. Pero incluso con sus imperfecciones, ¡los
cambios producidos en sus vidas son una prueba viviente de que Jesús está
vivo y presente en el planeta Tierra!
La misión de Jesús todavía no ha concluido. Hoy día, el Padre ofrece vida
eterna a todos los que crean en su Hijo, el Señor Jesucristo. Pero habrá un
día, que ya se acerca, en el que Jesús volverá a derramar el juicio sobre
todos los que se nieguen a creer.
¿Qué significa esto para tu vida?
Se acerca el día del juicio. ¿Has aceptado la oferta de vida que te hace
Jesucristo, una vida para siempre, eterna? Si es así, mira cada día a los
cielos con gran expectación. ¡Tu Salvador vuelve! Y, mientras esperas,
recuerda que Jesús está vivo y presente en la tierra por medio de las vidas de
sus seguidores, personas como tú. De modo que debes estar activo en tu
iglesia y participar en un ministerio. Da para los necesitados y para los
ministerios de tu iglesia. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos”
(He. 13:17). Y sigue mirando al futuro con la expectación gozosa de saber
que Jesús, tu Salvador, está de camino, y que le verás cara a cara.
9
En Jesucristo, Dios nos perdona por
completo
Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos
pecados son cubiertos (Ro. 4:7).
En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros
pecados, conforme a las riquezas de la gracia (Ef. 1:7, NVI).
Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido
perdonados por su nombre (1 Jn. 2:12).
avidad es un momento festivo y alegre en el año. Y, como te
N confirmará tu cuenta bancaria, ¡hacer regalos es un elemento
destacado en este tiempo de fiestas!
Si eres como la mayoría de personas, es probable que cada Navidad
recibas algunos regalos que, aparentemente, no te son útiles. Quizá tu tía
Maribel te regaló un jersey que no te vale, y que ni siquiera es de un color
que te siente bien. ¿Y qué me dices de esa botella de loción para el afeitado
o frasco de perfume? ¡Tenía un olor tan fuerte que podría marchitar un ramo
de flores! Los regalos como estos nos los hacen amigos y familiares que
tienen buena intención, pero con suerte habrás guardado las cajas originales
para poder devolverlos lo antes posible.
También recibes regalos que te gustan y te resultan útiles. Por ejemplo, esa
camisa o ese suéter que llevaste hasta que se cayó a pedazos. Y sigues
usando esa herramienta eléctrica o aquella trituradora de alimentos.
Sin embargo, hay un regalo de Navidad que tiene un valor infinito, un
regalo que nunca se desgastará. Es un regalo muy valioso y útil, ¡que te
puede salvar la vida! Se trata del regalo del Hijo de Dios, el Señor
Jesucristo. El apóstol Pablo llamó a este regalo de Dios, Jesús, “su don
inefable” (2 Co. 9:15).
Tristemente, como hijos de Adán y Eva, tú y yo, y el resto de la
humanidad, nacimos en rebelión contra Dios. Dios es santo, y tal como
testificó uno de los profetas del Antiguo Testamento, los ojos de Dios son
demasiado “limpios para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13).
Por tanto, para que tengamos una relación personal con Dios debió tener
lugar el acontecimiento de la cruz (2 Co. 5:21).
Cuando las personas reciben el don de Dios, Jesús, reciben un beneficio
esencial, el perdón de Dios: “en quien tenemos redención por su sangre, el
perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Ef. 1:7). ¿Qué supone
el perdón de Dios?
El perdón de Dios es completo. Es importante tener en cuenta que cuando
una persona recibe a Jesucristo y nace a la familia de Dios, sus pecados son
perdonados de una vez por todas. Cuando Jesús dijo “consumado es” en la
cruz, se refería a su obra de la redención (Jn. 19:30). Jesús murió por tus
pecados y los míos. Todos los pecados que tú y yo cometeremos en esta
vida están cubiertos por la muerte de Jesús.
Cristiano, como eres hijo de Dios, él te perdona de una forma tan
completa porque la obra de Jesús se consumó. Él satisfizo la justicia de
Dios, y ahora disfrutas del perdón absoluto.
El perdón de Dios es permanente. Seguramente aún recuerdas alguna
ofensa muy dura que viviste en el pasado. A lo mejor has perdonado a esa
persona el mal que te hizo, y estás haciendo lo posible por olvidar lo que
sucedió. Pero el dolor sigue ahí, y aún recuerdas ese episodio.
En lo que se refiere al perdón, Dios no es como nosotros. Cuando
perdona, también olvida. El Salmo 103:12 dice: “cuanto está lejos el oriente
del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”. Cuando una
persona se arrepiente de verdad de sus pecados, Dios la perdona totalmente
y se olvida para siempre de ellos.
El perdón de Dios no tiene fin. A lo mejor has escuchado la expresión que
dice “es un regalo que nunca deja de serlo”. Esto describe a la perfección el
perdón de Dios por medio de su Hijo. Tanto si nuestros pecados son muchos
como si son pocos, grandes o pequeños, Dios los ha perdonado. La
capacidad que tiene Dios de personar todos nuestros pecados no nos da
permiso para cometerlos deliberadamente, pero sí nos anima a saber que
cuando fallamos, no tenemos que temer que la gracia de Dios se acabe. Dios
no es un policía, sino nuestro Padre celestial. En Jesucristo tú y yo somos
hijos e hijas adoptivos, y dado que su perdón es eterno, nuestra posición
como hijos también lo es.
El perdón de Dios es para compartirlo. Una de las mayores bendiciones
del perdón de Dios es la oportunidad que tenemos de transmitir a otros esa
misma misericordia (Mt. 5:7). Si Dios nos ha perdonado tanto, ¿no crees
que debemos hacer lo mismo con otros?
A estas alturas, a lo mejor piensas como lo hizo Pedro cuando preguntó a
Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra
mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta
veces siete” (Mt. 18:21-22). En otras palabras, Jesús dice que nuestro
perdón debe ser ilimitado.
La disposición de perdonar a otros es una característica esencial que
identifica a un verdadero creyente. El perdón de Dios es la necesidad más
profunda del ser humano, y el perdón de otros es el máximo logro humano.
Además, este perdón debería empezar en nuestra propia casa, con aquellos
que nos son más cercanos.
El perdón de Dios es coherente. Dios nunca cambia. Ha prometido perdón
y lo proporciona en el mismo momento en que una persona recibe a Cristo
como Salvador. Y con ese perdón llega el deseo de evitar el pecado y
mantenerse puro para el Señor.
Si bien es cierto que Dios perdona el pecado, también lo es que no pasa
ninguno por alto. De modo que, cuando peques, debes confesar de
inmediato tu pecado, sabiendo que Dios es fiel para extendernos su perdón.
De esto es de lo que habla 1 Juan [Link] “Si confesamos nuestros pecados, él
es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda
maldad”. La relación que tenemos con Dios es dinámica. Mientras seguimos
confesando, Él sigue perdonando. La confesión no es una condición para
recibir el perdón divino, sino un resultado de este.
El perdón de Dios debe cambiarte. Es maravilloso que el perdón de Dios
sea completo, permanente e ilimitado. Pero debemos tener cuidado de no
aprovecharnos de su perdón y dar por hecho que no se fijará en el pecado
que hay en nuestras vidas. Cada acto de perdón es una oportunidad para
aprender una lección, para descubrir cómo evitar el mismo pecado en el
futuro. No solo debemos confesar todo pecado con la mayor rapidez posible,
sino también agradecer a Dios su sabiduría y su fortaleza para resistirnos al
pecado. El hecho de que Él sea fiel para perdonar debería motivarnos a
buscar la santidad en nuestra vida.
¿Qué significa esto para tu vida?
Muchos creyentes luchan con algún pecado que creen que es demasiado
grande como para que Dios lo perdone. Si esto te define, recuerda que la
gracia divina es mayor que todo tu pecado. Es cierto que habrá algunas
consecuencias con las que tendrás que lidiar después. Las relaciones rotas
son difíciles de arreglar. La transgresión de la ley va acompañada de un
castigo justo. Hay que devolver el dinero que se ha tomado prestado y se ha
administrado mal. Sin embargo, el amor de Dios que todo lo limpia, unido a
su perdón, pueden ayudarte a superar todas las consecuencias de tu pecado.
Si no has experimentado el perdón de Dios, todo empieza cuando recibes
su regalo, Jesucristo. Acepta su perdón, aférrate a su misericordia y confía
en su promesa poderosa de que su perdón es eterno. ¡Qué gran Salvador!
10
Eres más valioso de lo que piensas
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú
formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y
el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que
los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear
sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies
(Sal. 8:3-6).
Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy
maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi
cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más
profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban
escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar
una de ellas (Sal. 139:14-16).
uchas personas padecen lo que algunos han llamado baja autoestima
M o mala autoimagen. Por el motivo que sea, no tienen muy buen
concepto de sí mismos. No les gusta su aspecto o se sienten inferiores en
uno u otro sentido. Muchos de ellos permiten que la opinión que tienen de sí
mismos les afecte hasta el punto de que se retraen a un caparazón de tristeza
y soledad. Otros intentan compensar su supuesta incapacidad poniéndose
una máscara de seguridad en sí mismos o creando un personaje que no se
parece a ellos.
Sin embargo, lo que Dios desea es que nos veamos a través de sus ojos.
Para Él tenemos un gran valor. Esta es la respuesta a cualquier problema de
autoestima que podamos tener. Después de que acabes este capítulo, es muy
posible que hayas descubierto ¡que vales más de lo que piensas!
Tu valor se fundamenta en la creación. Al principio de nuestro
matrimonio, mi esposa y yo diseñamos y construimos una librería de
madera de pino. Ella la diseñó y yo la construí. Entonces colocamos nuestra
“creación” en su sitio. Durante los treinta años siguientes, la librería fue el
punto focal de nuestra sala de estar en todos los lugares donde vivimos.
Desde el punto de vista económico carecía prácticamente de valor, porque el
material solo nos había costado unos 30 dólares. Pero como la habíamos
hecho nosotros, aquella librería tenía un valor insuperable.
Desde el punto de vista meramente físico, el cuerpo humano está
elaborado con materiales que valen poco. Sin embargo, para Dios tienes un
valor incalculable. ¿Por qué? Porque te creó. “Y creó Dios al hombre a su
imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:27). De
igual manera que nuestra librería de pino era especial para nosotros, Dios ha
declarado que eres especial para Él incluso antes de que nacieras: “Mi
embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Sal. 139:16).
¿Entiendes que la consecuencia lógica es que si tienes un valor
insuperable para el Creador del universo, no debes tener mal concepto de tu
persona? Nunca debes pensar que no tienes valor o que eres inútil, porque
tienes una relación con el gran Dios que te creó.
Tu valor se define por el cuidado soberano de Dios. Jesús, en sus
enseñanzas, dejó clara con gran maestría esta idea. Incluso cuando un
simple gorrión, aparentemente insignificante, cae a tierra, no sucede “sin
[que] vuestro Padre” se entere (Mt. 10:29). Luego Jesús señaló que, si Dios
está tan interesado por un pequeño gorrión, ¿cuánto más no se interesará por
ti? ¿Cuál es la respuesta? ¡Más, mucho más! Jesús dijo: “Más valéis
vosotros que muchos pajarillos” (v. 31).
Y Jesús no se quedó ahí. Tú y todos los creyentes sois tan importantes
para vuestro Padre que “aun vuestros cabellos están todos contados” (v. 30).
¿Qué vales para Dios? Los expertos en medicina calculan que en el cuero
cabelludo humano hay más de 100.000 folículos pilosos, y que como media
el hombre pierde (y regenera) unos cien pelos al día. Esta cifra seguramente
también es aplicable a las mujeres. Es realmente increíble que Dios tenga
contados todos nuestros cabellos. Hasta ese punto eres importante para Él.
Tu valor está determinado por tu cercanía a Jesucristo. Algunas personas
padecen una mala autoimagen porque piensan, equivocadamente, que no
tienen valor para nadie. Otras tienen el problema opuesto: tienen un ego
enorme y piensan que no hay nada que no puedan hacer. ¡Piensan que valen
más que nadie! Fíjate que ambos tipos de personas se centran en sí mismas
y en sus propias capacidades o falta de ellas.
Como cristiano, debes darte cuenta de que tu valor se fundamenta solo en
Jesucristo. Él dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece
en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada
podéis hacer” (Jn. 15:5). El fundamento de tu valor es tu identidad en y con
Cristo. Es así de simple y de fabuloso. Desde el punto de vista de Dios,
aparte de Él eres incapaz de cumplir nada.
Desde el punto de vista humano, hay muchos hombres y mujeres que
tienen éxito. Esto es así porque medimos el éxito en función del salario
anual, los metros cuadrados de nuestra vivienda, el nivel de educación, la
importancia del empleo, el talento, la belleza física, la posición profesional.
Pero el valor auténtico solo se obtiene cuando permaneces en Cristo y te
mantienes estrechamente relacionado con Él. Jesús es el único
verdaderamente digno, y es en Él, en Cristo, donde radica todo tu valor. ¡No
hay mayor privilegio que tener a Cristo viviendo y obrando en tu vida! “Con
Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí”
(Gá. 2:20).
Tu valor como persona tiene un propósito. Eres especial para Dios porque
eres creación suya. El hecho de que seas especial para Él está demostrado
por el hecho de que Dios, en su gracia, se ha acercado a ti para salvarte
(Ef. 2:8-9). ¿Con qué propósito? “Porque somos hechura suya, creados en
Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para
que anduviésemos en ellas” (v. 10). También puso en ti su Espíritu y te
otorgó unos dones espirituales únicos para que pudieras servirle y servir a
su pueblo: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para
provecho” (1 Co. 12:7).
Estos dones espirituales son habilidades especiales que posees con objeto
de ministrar a las necesidades de tus hermanos en la fe. Otros creyentes
dependen de ti para que uses tus dones para fortalecerles y animarles. ¡Tú
tiene valor para todos los creyentes!
¿Qué significa esto para tu vida?
La Palabra de Dios te asegura repetidas veces que tienes valor para Él.
Dios te creó; dio a su Hijo para que muriese por tus pecados; puso en ti su
Espíritu Santo para que te guiase e instruyese. Además, te ha prometido que
algún día vivirás con Él en el cielo por toda la eternidad. No cabe duda de
que Dios ha hecho su parte para demostrarte que para Él eres valioso. Ahora
te toca a ti:
—Sé agradecido con Dios por haberte elegido como parte de su
pueblo especial.
—Considera todas las limitaciones que crees tener como
oportunidades para confiar en Dios. Depende de Él y de su fortaleza
en medio de tus dificultades.
—Recuerda que tu valor no se fundamenta en ti y en lo que tú puedas
hacer, sino en Dios y en lo que Él ha hecho y hará.
11
Una de las máximas prioridades de Dios es
que cuidemos de los necesitados
El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; mas el que tiene
misericordia del pobre, lo honra (Pr. 14:31).
A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo
volverá a pagar (Pr. 19:17).
El ojo misericordioso será bendito, porque dio de su pan al indigente
(Pr. 22:9).
a compasión y la misericordia son pilares fundamentales de la fe
L cristiana. Repetidas veces, por todo el Antiguo Testamento, vemos que
Dios demuestra su interés por aquellos que están necesitados, ya sea
mediante las leyes judías que permitían que los pobres recogiesen el grano
que quedaba atrás durante la cosecha (Rt. 2), o a través de otros medios
especiales, como cuando el profeta Elías cuidó de una viuda que se moría de
hambre (1 R. 17:9).
Dios, en su misericordia, se preocupa por quienes son pobres y padecen.
En Santiago 1:27, Dios identifica la verdadera religión dependiendo de su
interés por los más desafortunados: “La religión pura y sin mácula delante
de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus
tribulaciones”. Si queremos identificarnos con nuestro Padre celestial,
también nosotros debemos manifestar un interés genuino por otros.
Preocuparse de otros es una cualidad divina. Según Génesis 1:26, Dios
creó al hombre “a su imagen”. Es evidente que el ser humano no es un dios,
pero ser creado a imagen de Dios le confiere algunos atributos divinos.
Tenemos la oportunidad de manifestar algunos rasgos propios de Dios,
como la compasión: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido
consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias” (Lm. 3:22). El
amor inmutable de Dios nunca acaba. Esta misma compasión que Él nos ha
mostrado como portadores de su imagen es la que debemos ofrecer a otros.
Jesucristo fue el mejor ejemplo del interés de Dios por otros. Durante sus
tres años de ministerio, Jesús pasó buena parte de su tiempo ayudando a los
enfermos, los moribundos y los pobres. Por ejemplo, en un episodio leemos
que “le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; y
toda la ciudad se agolpó a la puerta” (Mr. 1:32-33).
Dios espera de nosotros que cuidemos a los necesitados. A Jesús se le
conocía por enseñar parábolas que transmitían verdades importantes. En
cierta ocasión contó la parábola de un rey (una referencia a sí mismo) que
volvía a reclamar su reino. A un grupo de sus súbditos le dijo: “Venid,
benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la
fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed,
y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me
cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mt.
25:34-36).
Los súbditos leales del rey se quedaron atónitos. El rey había estado en un
país lejano, y no recordaban que le hubiesen proporcionado ese tipo de
servicios. Entonces el rey les dijo: “De cierto os digo que en cuanto lo
hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (v.
40). El mensaje está claro: cuando cuidamos de los necesitados, lo hacemos
en lugar de Jesús.
La compasión es antinatural. Seguramente conoces bien la parábola del
buen samaritano, en Lucas 10:25-37. Jesús habla de un hombre a quien
golpearon, robaron y dejaron por muerto. Tres viajeros distintos pasaron
junto a aquel hombre que está tirado en la carretera. Dos de ellos no le
hicieron caso, pero el tercero, que era samaritano, se detuvo, lo curó, lo llevó
a una posada y pagó para que se quedase en ella hasta que estuviera lo
bastante sano como para seguir su camino.
Lamentablemente, la respuesta de los dos primeros viajeros se ve en
muchos hoy día, cuando su camino se cruza con el de personas necesitadas.
Incluso los cristianos a quienes Dios ha manifestado misericordia y
compasión no la extienden a otros en ocasiones. Esto se debe a que en
nosotros la compasión no es algo natural. Exige un acto deliberado de la
voluntad; por eso se nos ordena: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios,
santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad,
de mansedumbre, de paciencia” (Col. 3:12). Si el apóstol Pablo consideró
necesario recalcar esto como un mandato, ¡eso significa que la compasión
no es una respuesta automática! Debemos practicar esta cualidad divina y
cuidar de los necesitados.
Ayudar a otros debe generar misericordia. Se da por hecho que si te
preocupas por la necesidad de una persona harás algo al respecto. Una
persona podría decir “Me preocupan las personas que sufren”, pero no hace
nada. Siempre que Dios se preocupa por la situación de alguien, hace algo al
respecto, y espera que nosotros hagamos lo mismo. Aparte de la compasión,
los cristianos deben revestirse de misericordia (Col. 3:12). El corazón que
realmente se interesa por otros debe manifestar misericordia.
La misericordia es contagiosa. Como cristiano, tu interés por las
necesidades de otros no debe basarse en sentimientos de culpa o ni siquiera
en la lástima. Debe basarse en el amor, y más concretamente, en el amor de
Cristo que fluye por medio de ti a las vidas de los necesitados. El apóstol
Pablo era un hombre muy motivado, muy centrado, que tenía una misión
singular: la predicación del evangelio. Tenía una personalidad del tipo A.
Pero también era un pastor amante y volcado en las personas que le
rodeaban. Por ejemplo, leamos acerca de su interés cuando abre su corazón
ante los ancianos de la iglesia de Éfeso: “sirviendo al Señor con toda
humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las
asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de
anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas” (Hch. 20:19-20).
¿Cuál fue el resultado del amor y la bondad de Pablo por otros? Que ellos
le correspondieron. Primero, los líderes de la iglesia recorrieron a pie casi
50 kilómetros para despedirse de Pablo cuando iba camino de Jerusalén.
Segundo, “cuando hubo dicho estas cosas”, todos lloraron, abrazándole y
besándole. Lo que más les dolió fue el anuncio que hizo Pablo de que no
volverían a ver su rostro. Luego le acompañaron hasta el barco (vv. 37-38).
¿Qué significa esto para tu vida?
Cuando pensamos en la compasión y en el cuidado de otros, es
conveniente acordarse de Cristo Jesús. Usa estos pasajes e incidentes en el
ministerio de Jesús para comparar con ellos tu compasión y tu ayuda a
otros. Como un hijo de Dios que tiene una relación con su Hijo Jesús, y
como persona en la que vive el Espíritu Santo, puedes producir el fruto del
amor, la benignidad y la bondad que se manifestaron en la vida de Jesús.
—Jesús hacia el bien por todas partes (Hch. 10:38).
—Jesús mostraba compasión cuando la gente no tenía para comer, y
actuó para alimentarles (Mt. 14:14).
—Jesús se detuvo para ayudar a los desamparados, como el hombre
ciego, el cojo, la mujer con la espalda encorvada y la viuda que había
perdido a su hijo.
¿Quién necesita hoy tu ayuda? ¿Tus oraciones, tu provisión? Cuando te
entregues a otros, es cuando tendrás el mayor impacto en sus vidas.
12
Debemos perdonar como Dios nos ha
perdonado
Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré
a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te
digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mt. 18:21-22).
En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de
pecados según las riquezas de su gracia… (Ef. 1:7).
Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno
tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así
también hacedlo vosotros (Col. 3:13).
os Hatfields y los McCoys. La mera mención de estos apellidos trae a la
L mente visiones de violencia y de la falta de voluntad para perdonar.
Esta famosa enemistad tuvo lugar entre dos familias que vivieron en el área
comprendida entre Kentucky y West Virginia. La hostilidad sin tregua
comenzó en 1895, con el asesinato de uno de los McCoys. Durante los 35
años siguientes, las dos familias intercambiaron asesinatos y actos de
violencia. Al final la enemistad se disipó en la historia con la muerte de los
dos líderes de las familias en los primeros años del siglo XX. Aunque el
conflicto desapareció hace generaciones, los apellidos Hatfields y McCoys
siguen trayendo a la mente de las personas una actitud de venganza y de
negativa a perdonar.
Los Hatfields y los McCoys no son las únicas familias que han
manifestado una hostilidad perenne. Hay muchas personas, incluso
cristianas, que se consideran víctimas y creen tener justificación para
vengarse. Lamentablemente, un acto de venganza puede avivar el fuego de
la venganza por la otra parte. Así se pone en marcha un círculo vicioso que
puede durar semanas, meses o incluso años. ¿Cuál es la solución? Una
palabra: ¡perdón!
El perdón no es la respuesta natural. ¿Cuál es la típica respuesta cuando
ofenden a alguien, incluido a ti mismo? Normalmente, en lo primero que
pensamos es en vengarnos. Recuerda cuando eras niño. Cuando alguien te
golpeaba, tu primer instinto era devolverle el golpe, ¡o al menos querías
hacerlo! Y si te atrapaban con las manos en la masa, gritabas: “¡Él me pegó
primero!”.
¿Cómo evitar vengarse cuando te ofenden? Primero, sé consciente de que
la venganza, o cualquier tipo de revancha, es pecado. Cuando la gente te
hiera, en lugar de darles lo que creen que merecen, sigue el consejo del
apóstol Pablo: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante
de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en
paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos,
sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo
pagaré, dice el Señor” (Ro. 12:17-19).
El perdón sigue la pauta divina. A pesar de lo que piense o crea la gente,
Dios es perdonador. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios perdonó
repetidas veces las transgresiones de su pueblo. En el Nuevo Testamento
vemos su perdón manifestado con toda claridad en pasajes como
Efesios [Link] “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de
pecados según las riquezas de su gracia”. Este perdón se llama “la gracia de
Dios”. La gracia se define como el acto de recibir algo inmerecido. No
merecemos el perdón de Dios, pero aun así su gracia nos lo da.
La Biblia nos dice que como Dios nos ha perdonado, debemos estar
dispuestos a perdonar a otros. Colosenses 3:13 dice que debemos vivir
“soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere
queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo
vosotros”.
El perdón es un acto de la voluntad. Como sucede con otras actitudes del
corazón como el amor, el gozo y la paz, el perdón es una decisión
deliberada. Cuando otros te hieren, debes tomar una decisión: ¿amarás a esa
persona o no? ¿Optaré por tener gozo y paz aun en medio de esta situación
que no es propicia, o no? ¿Elegiré perdonar a esa persona o no?
En todo conflicto, las personas involucradas tienen alternativas.
¿Perdonarán a la otra parte? Si otra persona te ha ofendido, opta por seguir
el camino de Dios. Busca a Dios y su gracia y, mediante un acto de tu
voluntad, opta por mostrar perdón.
El perdón no tiene memoria. La venganza pecaminosa guarda un historial.
Espera el momento adecuado para atacar. Pero, en ocasiones, las personas
que han perdonado tampoco han olvidado. Jesús se enfrentó a este problema
con sus discípulos. Los maestros judíos del momento enseñaban que las
personas debían perdonar a otras que les ofendieran, pero solo tres veces.
Pedro, uno de los discípulos, quiso quedar bien delante de todos siendo
incluso más generoso al perdonar. De modo que preguntó a Jesús: “Señor,
¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta
siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”
(Mt. 18:21-22). La respuesta de Jesús es sorprendente. Los cristianos deben
estar dispuestos a perdonar a otros ¡un número ilimitado de veces! En otras
palabras, no debemos llevar la cuenta de cuántas veces nos ofende otra
persona o cuántas veces la hemos perdonado.
El perdón inspira perdón. Una persona perdonada es una persona
perdonadora. Si has experimentado la gracia perdonadora de Dios sobre
todos tus pecados, debes extender a otros esa gracia. Cuando te das cuenta
de quién eras antes de que Cristo viniese a tu vida y te extendiera su perdón,
y adónde ibas sin el perdón de Dios, debería resultarte más fácil perdonar
una ofensa que te haya hecho otra persona.
Lamentablemente, a menudo olvidamos lo que significa ser perdonado, y
nos negamos a perdonar a otros. Una actitud implacable es pecaminosa.
Esta actitud afecta a tu relación con otros y sobre todo con Dios. Jesucristo
dejó claro que nuestra disposición de perdonar a otros está interrelacionada
con recibir el perdón divino: “Porque si perdonáis a los hombres sus
ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no
perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas” (Mt. 6:14-15).
¿Qué significa esto para tu vida?
Como creyente en Cristo, has sido perdonado. Cuando te niegas a
perdonar a otros, no pierdes tu salvación, pero sí tu comunión con Dios. Tu
comunión con Dios es un precio demasiado alto por no perdonar a otros.
La Biblia dice: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de
nosotros nuestras rebeliones” (Sal. 103:12). Al decir “el oriente del
occidente” el salmista estaba diciendo: “Dios ha borrado por completo tus
pecados. Han desaparecido, ¡y nadie volverá a verlos!”. Y porque Dios ha
perdonado todos tus pecados, no debes negarles el perdón a otros.
13
La oración es una manera de conectarnos
con Dios
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias
(Fil. 4:6).
Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de
Dios para con vosotros en Cristo Jesús (1 Ts. 5:17-18).
Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias
(Col. 4:2).
i esposa Elizabeth y yo vivimos en una casa que está situada en lo
M alto de una colina. Esto quiere decir que nuestro hogar se construyó
con varios niveles. Cada día uno de nosotros escribe en un nivel diferente de
la casa. Para comunicarnos de un despacho a otro mientras trabajamos en
nuestros manuscritos, usamos comunicadores de radio portátil.
Un día, cuando nuestros nietos estaban con nosotros, descubrieron los
comunicadores de radio y, cómo no, quisieron hablar con ellos. Después de
enseñarles cómo funcionaban, le dimos uno a Jacob y el otro a Katie, que
tienen cinco y cuatro años respectivamente. Bueno, pues no pasó mucho
tiempo antes de que los dos volvieran, con los aparatos en la mano, llorando
y diciendo que estaban rotos: ¡es que no funcionaban! Como eran
demasiado pequeños para entender como enviar y recibir mensajes, Jacob y
Katie estaban convencidos de que el problema radicaba en los
comunicadores por radio.
No sorprende, pues, que en cuanto a comunicarse con Dios, muchos
cristianos son como nuestros nietos. No entienden cómo comunicarse con
su Padre celestial. Como resultado, cuando aparentemente sus oraciones no
reciben respuesta, tienden a desanimarse y a echarle la culpa a Dios.
Piensan que Él es el problema. Preguntan “¿Por qué no responde Dios a mis
oraciones?”. En muchos casos, tiran la toalla y dejan de orar.
Cuando comprendemos bien en qué consiste la oración, no nos damos
tanta prisa en acusar a Dios por lo que pensamos que es una oración no
respondida ni en dar por hecho que Dios no nos oye. La clave consiste en
saber cómo orar y cuál es el propósito de la oración.
La oración es adoración. En el Antiguo Testamento, buena parte de la
adoración que realizaba el pueblo de Dios estaba relacionada con el sistema
de sacrificios estipulado en la ley divina. Estos sacrificios de los adoradores
se asociaban con la oración e iban acompañados de ella, para presentar una
súplica ante Dios. A medida que el aroma de los sacrificios se elevaba desde
el altar, las oraciones ascendían a Dios.
Como adoradores del Nuevo Testamento, tú y yo no matamos ni
quemamos animales, ni tampoco ofrecemos incienso como sacrificio al
Señor. Dios nos llama a ofrecer otro tipo de sacrificio: la oración personal.
Debemos elevar ante Él nuestras oraciones y ofrecer el “incienso” de
nuestras oraciones. Y, a diferencia de los adoradores del Antiguo
Testamento, que tenían lugares y momentos designados para ofrecer
sacrificios, ¡nosotros podemos ofrecer nuestro sacrificio de oración en
cualquier lugar y a cualquier hora! Mediante la oración ofrecemos el
sacrificio de…
nuestra voluntad por la voluntad de Dios,
nuestro descuido por la atención de Dios,
nuestro pecado por el perdón de Dios,
nuestro corazón endurecido por el corazón amante de Dios.
La oración es hablar con Dios. ¿Cuál es la mejor manera de comunicarse
con otros? Si bien hoy día son populares los diversos tipos de medios
sociales o mensajes escritos, la mejor manera de comunicarse es hablando,
ya sea por teléfono o cara a cara. Así es exactamente como Dios quiere que
te comuniques con Él. Nos dice “pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;
llamad, y se os abrirá” (Mt. 7:7). Y lo estupendo de hablar con Dios es que
no hay falta de cobertura telefónica ni hay que pagar cuota alguna, ¡ni hay
contestador automático! Lo mejor de todo es que Dios siempre está ahí para
recibir tu llamada, las veinticuatro horas cada día de la semana.
La oración manifiesta tu confianza en Dios. Cuando no oramos,
básicamente estamos diciendo que no creemos que la oración suponga una
diferencia. Manifestamos que no confiamos en la promesa de Dios de que
“si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14:14). Si tienes
dificultades para confiar en Dios y en sus promesas sobre la oración,
empieza haciendo peticiones sencillas. Sé fiel; ora cada día. Sé constante, y
verás cómo tu fe va creciendo a medida que Dios obra en tu vida. Entonces,
cuando lleguen los grandes problemas, tu fe en Dios y la sabiduría y la guía
divinas estarán lo bastante maduras como para aceptar las respuestas que
Dios te dé.
La oración es una oportunidad de adaptarte a los planes de Dios.
Comunicarse con Dios por medio de la oración no significa que exijas lo
que desees. No, más bien se trata de tu oportunidad de hablar las cosas con
Dios, teniendo siempre en mente que, en última instancia, lo que intentas es
comprender mejor la mente de Dios. Él tiene sus motivos para su manera de
obrar en tu vida. No puedes alterar el plan perfecto que tiene Dios para ti, ni
deberías intentarlo. Tu parte en la oración es hablar con Él sobre lo que
desea para ti. ¿Y qué sucede cuando tus oraciones encajan con su voluntad?
“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa
conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Jn. 5:14).
La oración restaura las relaciones. El pecado que hay en tu vida afecta a
tu relación con tu esposa, con tus hijos, tu familia, tus amigos y, sobre todo,
con Dios. Tu pecado levanta un muro de separación entre tú y Dios. Sea
cual sea la situación, si estás dispuesto a volverte a Dios, podrás superarla.
Da lo mismo cuánto tiempo hayas estado alejado de Dios o a cuánta
distancia te hayas apartado, Él está dispuesto a oír de ti y a restaurar la
relación correcta que debes mantener con su Persona. Entonces, contando
con su ayuda y su gracia, puedes restaurar tus relaciones con otros.
La oración debe ser una constante en tu vida. Hay un dicho popular que
dice que “La ausencia aumenta el cariño”, pero no es cierto. No, la ausencia
tensa la relación. La ausencia puede mermar e incluso destruir una relación.
Solo cuando las dos personas se acercan y se mantienen en contacto, es
cuando el amor y el aprecio que sienten el uno por el otro tienen la
oportunidad de florecer y de crecer.
Lo mismo sucede con tu relación con Dios. Cuanto más tiempo pasas con
Dios en oración, más estrecha será vuestra relación. Por eso se exhorta a los
cristianos “perseverad en la oración”, y “orad sin cesar. Dad gracias en
todo” (Col. 4:2; 1 Ts. 5:17-18). Cierra la brecha, da un sencillo paso y habla
con Dios, no como algo que recuerdas de vez en cuando, sino como
prioridad. Cuanto más hables con Dios, más cerca estarás de su corazón y
mente.
Incluso cuando no sabes cómo orar, alguien lo hace por ti. ¡Dios responde
a tus oraciones! De hecho, promete responderte incluso cuando no sabes
cómo orar sobre un tema determinado. Como dice Romanos 8:26, “el
Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como
conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con
gemidos indecibles”. De la misma manera que un amigo íntimo siempre está
ahí para escuchar tus inquietudes, Dios está siempre a tu lado.
¿Qué significa esto para tu vida?
Es verdad que la oración cambia las cosas. Aunque no entiendas del todo
cómo funciona la oración en relación con la voluntad soberana de Dios, de
alguna manera tus oraciones participan en que Dios obre su voluntad en tu
vida. Como dije antes en este libro, no tienes que saber cómo funciona un
ordenador para aprovecharte de sus beneficios. ¡Tampoco tienes que saber
cómo funciona la oración! Lo único que tienes que saber es que tu Salvador
quiere que participes en su gran plan por medio de la oración. Quiere que
ores a menudo y con pasión. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis;
llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca,
halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt. 7:7-8).
14
Estás creado para vivir eternamente
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna (Jn. 3:16).
Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,
y a Jesucristo, a quien has enviado (Jn. 17:3).
Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios
permanece para siempre (1 Jn. 2:17).
once de León, un explorador español del siglo XVI, se pasó la vida
P buscando la fuente de la juventud. Está claro que no tuvo éxito. Lo que
sí descubrió fue el estado de Florida. Durante mucho tiempo se habían oído
leyendas acerca de una fuente de la juventud. Supuestamente, esa fuente era
capaz de devolver la juventud a quien bebiera de ella o se bañase en sus
aguas. Esto cautivó a Ponce de León; después de todo, ¿a quién no le
apetece ser joven para siempre?
El deseo de vivir eternamente constituye el meollo de muchas religiones.
Incluso a las personas que afirman no ser religiosas les encantaría tener la
vida eterna, porque les da miedo la muerte. Pero para los cristianos, la vida
eterna es una certidumbre, y un elemento fundamental de nuestro credo. Así
es como se describe la vida eterna en la Biblia:
La vida eterna se perdió en la caída. El ser humano fue creado a imagen
de Dios. Dios dio al hombre aliento de vida, y el hombre se convirtió en un
ser vivo. Esto no lo convirtió en un dios. Solo significó que el hombre
poseía algunos atributos de Dios, como emociones, intelecto y raciocinio.
Después de que el ser humano fuese creado, Dios lo puso en el huerto del
Edén en un estado de santidad carente de tentaciones. En teoría, si Adán no
hubiese pecado, habría vivido para siempre en esas condiciones.
Dios le prohibió a Adán: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás”. ¿Qué sucedería si el hombre desobedecía? Dios dijo:
“Ciertamente morirás” (Gn. 2:17). La muerte vendría sobre el hombre, y lo
primero sería la muerte espiritual. Sin embargo, Adán hizo lo que Dios le
había prohibido: comió del árbol del conocimiento del bien y del mal. Al
pecar contra Dios, Adán perdió la vida eterna. Por medio del pecado de
Adán, la muerte entró en el mundo. ¿Significa esto que se perdió la vida
eterna? No, la gracia de Dios restauraría la posibilidad de que la raza
humana caída tuviera vida eterna.
La vida eterna no se puede ganar. En cierta ocasión, un joven rico le
preguntó a Jesús: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”
(Lc. 18:18). Aquel joven quería que Jesús le diese un conjunto de normas
para guardarlas y algunas tareas que pudiera realizar para garantizar su
propia inmortalidad. Quería saber cómo podía ganarse la vida eterna. Jesús
no le dio ninguna fórmula, porque la salvación y la vida eterna no se pueden
ganar. La vida eterna es un don de Dios: “Porque por gracia sois salvos por
medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras,
para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9).
La vida eterna empieza en esta vida. Debido a nuestro problema con el
pecado, estamos separados de Dios. Jesús dijo que para entrar en el reino de
Dios “es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7). La vida eterna comienza en el
momento de la salvación, cuando el Espíritu de Dios entra en una persona.
Al final esa persona acabará muriendo físicamente, pero su alma vivirá por
toda la eternidad en la presencia de Cristo.
La vida eterna es tuya por medio de Jesucristo. Hay muchas religiones y
filosofías que hablan de la vida eterna. Ha habido personas como Ponce de
León, que han buscado por todas partes con la esperanza de encontrar la
vida eterna, y han pasado por alto la verdadera fuente. La respuesta es
sencilla: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios
no tiene la vida” (1 Jn. 5:12).
Jesucristo es todo lo que necesitas. La vida eterna es tuya en el momento
en que crees en Jesús como Salvador. No tienes que luchar por ella, porque
es un regalo. No tienes que preocuparte por perderla, porque has sido
sellado con el Espíritu Santo (Ef. 4:30): Él es tu garantía de obtener la vida
eterna.
La vida eterna puede ser una certidumbre. En este mundo hay mucha
incertidumbre. A lo mejor la estás experimentando ahora mismo: inquietud
respecto a tu salud, tu trabajo, tu familia, tu economía, tu futuro y, sobre
todo, tu futuro eterno. Solo los cristianos pueden afirmar convencidos que
tienen vida eterna. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a
vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que
tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”
(1 Jn. 5:13).
¿Cómo puedes saber que tienes vida eterna? Juan dice que tienes que
creer en Jesucristo, el Hijo de Dios. El primer Adán sumió a la humanidad
en la muerte espiritual; pero cuando inicias una relación personal con el
segundo Adán, Jesús, sabes con seguridad que participas de su vida eterna.
“Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn. 5:11).
La vida eterna no se puede perder. Adán perdió la vida eterna cuando
pecó. Como resultado de ello, toda la posteridad de Adán, tú incluido, está
muerta espiritualmente (Ro. 5:12). Pero gracias a la muerte y resurrección
de Jesucristo como segundo Adán, podemos recuperar esa vida, “porque así
como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados…
Fue hecho el primer Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu
vivificante” (1 Co. 15:22, 45).
Cuando recibes a Jesús como tu Salvador, Él te garantiza una posición
eterna a su lado al darte su Espíritu. La Biblia explica: “En él también
vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra
salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de
la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la
posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:13-14). ¡La presencia
del Espíritu en tu vida es la garantía de la seguridad de tu salvación!
Para algunos, la vida eterna es una maldición. Hasta ahora hemos
hablado de la vida eterna como un concepto deseable. ¿Quién no querría
vivir para siempre? Muchas personas se pasan la vida buscando la
posibilidad de disfrutar de algún tipo de existencia eterna. Si eres creyente
en Jesucristo, ¡ya gozas de esa esperanza gloriosa!
Sin embargo, para otros el concepto de la vida eterna es una maldición.
No desean que llegue. ¿Por qué? Porque sin Jesús sus vidas están
contaminadas por la maldición del pecado de Adán. Para estas personas, la
eternidad será un lugar donde pagarán para siempre por los pecados que han
cometido en esta vida.
Sin embargo, la eternidad no tiene por qué ser así; todo aquel que aún no
es creyente puede recibir la oferta que hace Dios de una existencia nueva,
con esperanza. Este nuevo comienzo llega cuando una persona se arrepiente
de sus pecados y pide a Cristo que tome el control de su vida. Así es como
funciona: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las
cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). La vida
eterna empieza en el mismo momento en que Cristo entra en tu vida y la
eternidad de Dios se apodera de tu corazón.
¿Qué significa esto para tu vida?
Hace miles de años, Moisés retó al pueblo de Israel: “escoge, pues, la
vida” (Dt. 30:19). Dios ofrece esta vida a todos los que le buscan: “y me
buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”
(Jer. 29:13). Esta vida —la vida eterna— llega cuando aceptas a Jesús. Si ya
has recibido al Señor Jesús como tu Salvador, puedes confiar en la promesa
de que vivirás para siempre. Saber que tu alma nunca morirá debería darte
gran valor y paciencia para soportar lo que la vida ponga en tu camino.
15
Satanás no es tan poderoso como piensas
Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La
gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros (Ro. 16:20).
El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el
principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras
del diablo (1 Jn. 3:8).
Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y
lo ató por mil años (Ap. 20:2).
l término preludio suele usarse para hablar de un segmento musical que
E precede a otro más importante o al segmento principal de un
movimiento en una composición musical. En términos históricos, un
preludio es un acto o evento que precede a otra cosa, normalmente a algo
más grande, de mayor alcance o más espectacular.
Muy bien, ¿pues sabías que hubo un preludio a Génesis 1:1? Antes del
tiempo y del “principio” de Génesis 1:1, tuvo lugar un preludio. Durante el
periodo de tiempo que abarca ese preludio, Dios creó al reino de los ángeles
(Col. 1:16). Los seres que poblaron este reino eran criaturas espirituales que
no podían morir, vivían en un estado de santidad y poseían un gran poder.
Sin embargo, durante este preludio sucedió algo trágico. Uno de los seres
angélicos creados por Dios, a quien se le describe como “el sello de la
perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura” (Ez. 28:12), se
llenó de orgullo y Dios lo expulsó del cielo (vv. 15-17).
Cuando Dios creó el universo material en Génesis capítulo 1, este espíritu
caído, Satanás, ya existía. Este espíritu diabólico tomó el control del cuerpo
de una serpiente y condujo a la humanidad al pecado (Gn. 3:1-7). Si bien es
cierto que Satanás es muy poderoso y totalmente malvado, y que dirige un
ejército de ángeles caídos o demonios, fue y sigue siendo tan sólo uno de los
muchos seres creados por Dios. Por consiguiente, tuvo y tiene que rendirle
cuentas a Él. De hecho, como Dios sigue siendo soberano sobre todas las
cosas, Satanás no es tan poderoso como piensa ser. Veamos ahora lo que
dice la Biblia sobre Satanás y sobre su derrota definitiva.
Satanás debe rendir cuentas a Dios. En los capítulos 1 y 2 del libro de Job
encontramos un prólogo muy informativo. Allí, Satanás puso en duda el
carácter de un hombre llamado Job al atribuir su conducta piadosa a las
bendiciones de Dios sobre su vida. Satanás dijo que si Dios dejaba de
bendecirle, Job acabaría maldiciéndole. Dios aceptó el reto de Satanás y
permitió que probase a Job, con algunas limitaciones, por supuesto. Dijo a
Satanás: “He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas
tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová” (Job 1:12).
Como ves, Satanás no tenía autoridad sobre Job. Para probarlo tuvo que
recibir permiso de Dios, y la prueba debía sujetarse a los límites que Dios
impuso. Más tarde, en el Nuevo Testamento, Jesús afirmó la falta de
autoridad de Satanás cuando le dijo a Pedro que Satanás debía pedir
permiso antes de probar a ninguno de los hijos de Dios: “Simón, Simón, he
aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lc. 22:31).
Toda esta información son buenas noticias para ti. Significa que Satanás
no tiene más poder sobre ti que el que Dios le permite tener para probar tu
rectitud, como probó a Job y a Pedro.
Jesús vino para derrotar el poder de Satanás. Cuando Adán y Eva
pecaron, esencialmente lo que hicieron fue dejar de obedecer a Dios para
acatar las órdenes de Satanás. Como resultado, ahora el mundo entero está
en poder del diablo (1 Jn. 5:19). Como dice Hebreos 2:14, Jesús vino a
acabar con ese poder: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y
sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la
muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”. El primer
Adán se hizo esclavo del poder de Satanás, pero el segundo Adán,
Jesucristo, venció ese poder con su muerte como pago por el pecado de la
humanidad.
Jesús creó el patrón para vencer a Satanás. Inmediatamente después de
que el Padre le confirmara en su bautismo, Jesús fue llevado al desierto para
que el diablo le tentase (Mt. 4:1). En este tiempo de prueba, Cristo demostró
que era verdaderamente el Hijo de Dios, y que estaba más que capacitado
para vencer al diablo y sus tentaciones. Las respuestas de Jesús ante la
tentación también nos ofrecen un ejemplo a seguir cuando nosotros somos
tentados. Aunque no somos Dios, nosotros, como Jesús, podemos
enfrentarnos a la tentación, resistirla y obtener la victoria sobre ella. Jesús
nos muestra el camino: cada vez que fue tentado, citó la Palabra escrita de
Dios. De modo que ármate con la Palabra de Dios, guárdala en tu corazón
para que no peques contra él (Sal. 119:11).
Satanás está en guerra con los creyentes. Satanás no lucha con un mundo
incrédulo. El mundo ya es su prisionero. Satanás se centra en acosar o
apartar a los creyentes de Dios. Si consigue que los seguidores de Cristo
desobedezcan a Dios y vivan en un pecado del que no se arrepienten, habrá
derrotado eficazmente su testimonio y su capacitación espiritual, así como
su utilidad para la causa de Cristo. Para soportar los ataques de Satanás
debes depender de la fuerza de Dios, y utilizar todas las partes de la
armadura que te ha dado. “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que
podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Ef. 6:11). (Para ver
una lista completa de las piezas de la armadura, ver Efesios 6:14-17).
Satanás es un enemigo derrotado. La primera derrota de Satanás se
produjo cuando Dios le expulsó del cielo. La guerra entre Dios y el mal
prosigue desde entonces. Satanás sigue librando una batalla que perderá, y
no tenemos que esperar para saber quién va a vencer. Al final, Satanás
perderá. Lo tenemos por escrito: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado
en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y
serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap. 20:10).
Lamentablemente, por el momento Satanás sigue activo, y sigue
tentándonos a dudar de Dios. Satanás es implacable cuando intenta
persuadirnos de que vivamos nuestras vidas sin la ayuda de Dios.
¿Qué significa esto para tu vida?
Satanás es un ángel caído que es real, y sus tentaciones también lo son.
Tentó a Adán y a Eva en el huerto de Edén, tentó a Jesús en el desierto, y
hoy sigue tentando a todos los creyentes.
Cuando te desanimas porque parece que el mal vence al bien, recuerda
estas grandes verdades: Jesús derrotó a Satanás en la cruz. La paga del
pecado se ha pagado por completo. Gracias a Jesucristo, la victoria última
es nuestra. Pero, por el momento, Satanás hace todo lo que puede para
hacernos vivir a su manera en lugar de la de Dios. Por consiguiente, a
menudo te enfrentarás a la tentación.
Cuando crees que no puedes resistir la tentación, o te ves racionalizando
por qué está bien ceder ante ella, recuerda: “Hijitos, vosotros sois de Dios…
porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo
(1 Jn. 4:4).
16
El peligro de no tener en cuenta a Satanás
Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar (1 P. 5:8).
Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros
(Stg. 4:7).
El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el
principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras
del diablo (1 Jn. 3:8).
or lo que respecta a Satanás, un buen lema que a los cristianos les
P conviene recordar es: “Es mejor prevenir que curar”. Todos los
cristianos deben considerarle el enemigo público número uno. A lo mejor
piensas: ¡Eh, un momento! ¿Es que Jesús no le derrotó en la cruz?
Entonces, ¿por qué he de temerle? No tiene poder sobre mí. ¡Soy cristiano!
Tienes razón. Eso es la pura verdad. Sin embargo, Satanás sigue siendo “el
dios de este siglo” (2 Co. 4:4), y tiene el poder de tentar a los creyentes. La
Biblia tiene muchos nombres para este “dios de este siglo”, nombres que
definen las actividades de Satanás:
Satanás: ser un adversario o actuar como tal. Es el adversario, aquel
que se opone a la causa de Dios y a su pueblo.
Diablo: adversario o acusador. La palabra diabólico procede del
término griego del Nuevo Testamento que se traduce como “diablo”.
Acusador, tentador, adversario, engañador, padre de mentiras,
homicida, pecador; estos son algunos de sus otros nombres, pero hay
más.
Todos estos nombres transmiten una parte del carácter y de las prácticas
del diablo. Un breve estudio de ellos puede ofrecerte una visión de algunas
de sus tácticas. Cuando le respondas, debes precaverte contra dos extremos.
Por un lado, no le tomes demasiado a la ligera, porque entonces no estarás
haciendo caso de las advertencias bíblicas. Por otro, no le culpes de todas
tus malas acciones. Hacer esto supone tener una mentalidad: “el diablo me
hizo hacerlo”. Teniendo en mente estos dos principios, veamos algunas de
las tácticas del diablo frente a las que debemos precavernos:
El arma primaria de Satanás es el engaño. El apóstol Pablo nos dice que
Satanás se disfraza de ángel de luz, y sus demonios también se disfrazan de
siervos de justicia (2 Co. 11:14-15). Este engaño utiliza sobre todo la
religión. Satanás ha cegado las mentes de los incrédulos para que adoren a
dioses falsos. También impulsa a los incrédulos a adorar al único Dios
verdadero, pero de la forma incorrecta: por medio de un sistema que se
centra en hacer buenas obras para obtener la salvación y el perdón.
Satanás engaña a los cristianos por medio de falsos maestros, incluyendo a
los que usan la Biblia para “demostrar” sus enseñanzas. Por eso, Pablo
advierte a los cristianos: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán
en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de
vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para
arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad” (Hch. 20:29-31).
El objetivo de Satanás es impedir que los cristianos conozcan a Dios.
Desde el principio de la historia bíblica, Satanás ha intentado hacer que la
humanidad dude de Dios y cuestione su autoridad. Disfrazado de serpiente,
las primeras palabras de Satanás que hallamos en la Biblia son “¿Conque
Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1). Dios había advertido a Adán y a Eva que no
comiesen el fruto de determinado árbol. Satanás logró convencer a Eva para
que desafiase la autoridad de Dios, y comió del árbol. Como resultado de la
desobediencia de Adán y de Eva, y de la entrada del pecado en el mundo, la
humanidad se separó de Dios. Y hasta el día de hoy, Satanás sigue usando la
misma táctica, intentando conseguir que las personas duden de Dios.
Sin embargo, a pesar de todo su poder, el creyente puede frustrar a Satanás
con éxito. Y cuando se le resiste con firmeza, “huirá de vosotros” (Stg. 4:7).
Satanás ataca por medio de la debilidad. Toda persona tiene puntos
débiles. Por ejemplo, en Génesis 3 vemos que la flaqueza de Eva fue su
orgullo. Satanás la hizo pensar que Dios era estricto, mezquino y egoísta por
no querer que ella compartiese su conocimiento. Cuando el diablo tentó a
Eva a comer del fruto prohibido, dijo: “seréis como Dios, sabiendo el bien y
el mal” (Gn. 3:5).
Al igual que Eva, también nosotros nos metemos en problemas cuando
pensamos en las cosas que no tenemos, y acusamos a Dios de “negarnos” lo
que queremos. En consecuencia, dudamos de la sabiduría de Dios y
actuamos basándonos en nuestros propios deseos, siendo atraídos al pecado.
Satanás conoce nuestras debilidades, e intentará aprovecharse de ellas.
Podemos resistir los ataques de Satanás. Antes de que Jesús empezara su
ministerio público, “fue llevado por el espíritu al desierto, para ser tentado
por el diablo” (Mt. 4:1). Durante ese periodo de tentaciones, Jesús nos
mostró cómo podemos enfrentar al diablo. La intención de Satanás era
descalificar a Jesús como la única esperanza de redención de la humanidad.
Es importante destacar que, en estas tentaciones, Satanás se centró en tres
áreas en las que solemos tener problemas: (1) las necesidades y deseos
físicos; (2) las posesiones y el poder, y (3) el orgullo.
Frente a cada tentación, Jesús citó las Escrituras y no cedió al pecado.
Hebreos 4:15 dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Cuando eres tentado, el Señor
sabe de primera mano lo que experimentas, y es capaz de ayudarte en tu
lucha. Cuando seas tentado, depende del poder del Espíritu Santo y recuerda
las instrucciones que figuran en la Palabra de Dios sobre las decisiones que
debes tomar.
¿Qué significa esto para tu vida?
El apóstol Pedro describe al diablo como un enemigo cruel, “un león
rugiente que busca a quien devorar” (1 P. 5:8). La meta del diablo es dejarte
en evidencia al hacerte sucumbir a la tentación, pecar y deshonrar a Dios.
Aunque como cristiano tienes la garantía de la victoria última, por el
momento debes participar en la lucha hasta que Cristo regrese.
Satanás tiene mucha práctica como engañador, que se remonta hasta
mucho antes del huerto de Edén. Él y sus demonios son una fuerza
sobrenatural, y necesitas un poder sobrenatural para derrotarlos.
Afortunadamente, Dios no te ha dejado batallar solo. Te ha proporcionado
su Santo Espíritu, su Palabra y la armadura espiritual descrita en Efesios 6.
En la guerra hay un dicho: “Conoce a tu enemigo”. ¿Cómo puedes
hacerlo? Las Escrituras te dicen cuáles son las tácticas que emplea Satanás y
como resistirlas. Descansa en el poder del Espíritu Santo, y sigue los
mandamientos de las Escrituras. Como dice Efesios 6:10-11: “fortaleceos
en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios,
para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”.
17
Los cristianos son perfectos, ¡y lo serán!
Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los
cielos es perfecto (Mt. 5:48).
Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los
santificados (He. 10:14).
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo
que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1 Jn. 3:2).
¿N o estás de acuerdo en que la perfección debería ser la meta para
cualquier acto, actitud o empresa que tú o yo iniciemos? ¿No nos dice
la Biblia que hagamos todo lo mejor que podamos? Todo esfuerzo debiera
empezar con la meta de la perfección en mente. Quienes participan en
competiciones de patinaje sobre hielo o gimnasia trabajan duro con la
esperanza de obtener un 10, la nota máxima. En el béisbol, el lanzador sube
al montículo con la esperanza de que los bateadores fallen y sean
descalificados. En el reino físico la perfección es la meta.
En el reino espiritual, Dios, que es santo, también tiene una meta: ¡tu
perfección! Jesús dijo a una gran multitud: “Sed, pues, vosotros perfectos,
como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). La meta
física de la perfección no se alcanza fácilmente, pero es asequible. Pero por
lo que respecta a la perfección espiritual, la humanidad no puede ni
acercarse a la norma divina de perfección. Por tanto, ¿qué tiene todo esto
que ver con la afirmación que hicimos en el título de este capítulo: “Los
cristianos son perfectos, ¡y lo serán!”? A lo mejor piensas: Parece una
contradicción. ¿Cómo puede ser eso? Quizá pueda explicarlo de la siguiente
manera:
Jesús es el modelo de la perfección. Por definición, Dios debe ser un ente
perfecto. De modo que Jesús, como Dios encarnado, fue perfecto y vivió
una vida de perfección. Por tanto, la vida de Jesús se convierte en un
modelo para vivir. Todo lo que sea menos que la perfección de Jesús impide
que la persona mantenga una relación eterna con un Dios santo. Dado el
hecho de que somos criaturas espiritualmente caídas, esta situación parece
irresoluble: es un callejón sin salida. Dios dice que debes ser perfecto para
estar con Él en el cielo, pero debido al pecado nunca serás perfecto. Aquí es
donde Jesús viene en nuestra ayuda.
Se nos ofrece ser perfectos en Jesús. El pecado es lo que, a los ojos de
Dios, impide que toda la humanidad sea perfecta. Es de sentido común que,
si tu pecado desapareciera, serías perfecto. Por eso vino Jesús al mundo; en
su calidad de hombre perfecto, Jesús pagó por tus pecados mediante su
muerte, su sacrificio en la cruz. Así es como expresa la Biblia esta
impresionante transacción: “Al que no conoció pecado [Jesús], [Dios] por
nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios
en él” (2 Co. 5:21).
La perfección empieza en la salvación. Cuando aceptas a Jesús como tu
Salvador, Dios ya no te ve a ti; ve a Jesús y su justicia. A los ojos de Dios
eres perfecto. Jesús ha cargado con tu pecado. Eres una nueva persona.
Cómo dice 2 Corintios [Link] “De modo que si alguno está en Cristo, nueva
criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
Por medio de la justicia de Cristo que nos fue dada en la salvación, somos
perfectos a los ojos de Dios. Por eso, cuando morimos, entramos
inmediatamente en el cielo y a la presencia de nuestro Dios santo. Por esa
razón, Pablo pudo declarar: “pero confiamos, y más quisiéramos estar
ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Co. 5:8). Los teólogos se
refieren a esta verdad de la perfección como “nuestra posición en Cristo”.
Somos perfectos porque somos perdonados. Nuestro “estado perfecto” no
será oficial hasta que muramos y vayamos al cielo, donde seremos como
Jesús, es decir, perfectos (1 Jn. 3:2).
La perfección aún no está completa. Mientras aquellos que somos
cristianos vivamos en el mundo, lucharemos con el pecado. A pesar de que
desde el punto de vista de nuestra posición ya somos perfectos, desde el
punto de vista práctico nuestra condición humana aún nos hace pecar. Pero
Dios no ha dejado que luchemos solos. El Espíritu Santo mora en nosotros
para guiarnos, aconsejarnos, enseñarnos y ayudarnos a soportar las
tentaciones que se interponen en nuestro camino.
Dios ha iniciado el proceso de la perfección, y seguirá perfeccionándonos
hasta el día de nuestra muerte, cuando concluirá ese proceso. Como dijo el
apóstol Pablo: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros
la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).
Hebreos 10:14 explica los dos aspectos, el de la posición y el práctico:
“porque [Jesucristo] con una sola ofrenda hizo perfectos [nuestra posición]
para siempre a los santificados [nuestra práctica]”.
La perfección es Dios obrando en ti. La Biblia es clara en cuanto a la
participación activa de Dios en nuestras vidas cuando dice: “porque Dios es
el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena
voluntad” (Fil. 2:13). Dios nos hace avanzar hacia la perfección última. Para
ayudarnos en este proceso, nos ha ofrecido una ayuda momento tras
momento. ¿Cómo sucede esto? Por medio del Espíritu Santo. Jesús dijo:
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi
nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he
dicho” (Jn. 14:26).
La perfección es una meta hacia la cual debemos esforzarnos. Cuando
llegues al cielo, tu perfección será completa. Pero hasta entonces, debes
aspirar a parecerte a Jesús todo lo que puedas. ¿En qué áreas de tu vida
puedes hacer esto?
—Carácter. El carácter tiene que ver con el corazón. La Biblia dice:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la
vida” (Pr. 4:23). Dado que tus actos y tus actitudes quedan
determinados por tu corazón, asegúrate de que tu corazón está en
consonancia con lo que Dios enseña en su Palabra. Entonces
manifestarás el carácter correcto.
—Santidad. Este mundo no es tu hogar. No haces más que pasar por él
en tu camino a morar con Dios. Tu ciudadanía está en los cielos
(Fil. 3:20). Por consiguiente, debes separarte de los valores
pecaminosos del mundo. Elige las cosas de Dios en lugar de las de
este mundo.
—Madurez. De la misma manera que la fortaleza física no se consigue
de una sola vez, la fortaleza espiritual (la madurez) sigue un proceso
lento. Es un crecimiento que pasa por fases. Es como las distintas
conductas que puedes esperar de alguien que está creciendo: un bebé,
un niño, un adolescente, luego un adulto. Dios también espera que
crezcas en madurez espiritual, y que ese crecimiento vaya
acompañado de cambios en tu comportamiento.
¿Qué significa esto para tu vida?
Si eres creyente, la perfección es una realidad futura para ti. Sin embargo,
debido al pecado que anida en tu carne humana, la perfección no es posible
en el presente. A pesar de ello, tu disposición a pecar no debe impedirte
intentar parecerte cada vez más a Cristo. Él te llama a que destaques, que te
eleves por encima de la mediocridad y que madures espiritualmente,
mientras esperas al mismo tiempo aquel momento en que la perfección ya
no será un objetivo sino una realidad.
¿Cuándo llegará ese momento? El apóstol Juan lo expresó de esta manera:
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2). Hoy eres
perfecto porque estás en Cristo. Pero un día serás perfecto ¡porque estarás
con Cristo!
18
Lo que cuenta no es lo que tú hagas, sino
lo que hizo Cristo
Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al
Padre, sino por mí (Jn. 14:6).
Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el
cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hch. 4:12).
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que
nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Co. 5:21).
¿S abes cuántas religiones hay en el mundo? A primera vista, puede
parecer que haya cientos, por no decir miles. Pero en realidad solo hay
dos: la de Dios y la de los hombres. La religión de los hombres, lleve el
nombre que lleve, siempre se levanta sobre un fundamento de justificación
propia. La religión de los hombres formula la pregunta: ¿qué debo hacer
para ganar la inmortalidad? La religión humana se edifica sobre el sistema
de méritos propios, sobre los esfuerzos religiosos para comprar la vida
eterna.
La religión de Dios, tal como se revela en la Biblia, descansa sobre el
fundamento de la justicia divina y el sacrifico expiatorio del Hijo de Dios,
Jesucristo. Dios dice: “No podéis hacer nada para merecer el cielo. Ya he
hecho todo lo necesario al enviar a mi Hijo Jesucristo para morir en la cruz,
de modo que podáis vivir”. Dicho en pocas palabras, la salvación no se
fundamenta en lo que tú hagas, sino en lo que hizo Cristo. ¿Y qué ha hecho?
Los teólogos llaman a la obra de Cristo “la expiación”, es decir, un pago o
sacrificio por el pecado.
La obra de Cristo estaba planificada de antemano. Dios es eterno y, por
consiguiente, sus actos también lo son. Todo fue determinado en la
eternidad, desde la creación del universo a la llegada del pecado al mundo;
desde el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, el Hijo
eterno, hasta lo que sucederá en los últimos días. Según el plan divino, Jesús
sería el medio para reconciliar con Dios a la humanidad pecadora. El
apóstol Pedro escribió: “fuisteis rescatados de vuestra vana manera de
vivir… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y
sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo”
(1 P. 1:18-20).
Cristo se hizo hombre. En la eternidad pasada, el trino Dios, en las
personas del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, decidió que el Hijo eterno se
hiciera hombre y viviera una vida santa. Sería Él quien satisfaría el requisito
de un Dios santo, que era la paga del pecado. Entonces quedaría satisfecha
la justicia de Dios, y ese Dios santo podría mantener de nuevo una relación
personal con el ser humano.
Cristo debía morir. Uno de los elementos en el sistema de adoración del
Antiguo Testamento era el sacrificio de animales, que se ofrecían
continuamente a Dios por los pecados del pueblo de Israel. Por medio del
derramamiento de sangre se obtenía la expiación (Lv. 17:11). Estos
sacrificios eran necesarios continuamente porque el pueblo no dejaba de
pecar.
Sin embargo, esos sacrificios solo podían cubrir el pecado del pueblo, no
borrarlo. Fue solamente por medio de la muerte de Jesús, que no tuvo
pecado, como se hizo el sacrificio definitivo que satisfaría, de una vez y para
siempre, todas las exigencias justas de un Dios santo. El escritor de Hebreos
lo expresa de esta manera: “somos santificados mediante la ofrenda del
cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (He. 10:10).
La muerte de Cristo fue sustitutiva. Desde que Adán y Eva pecaron en el
huerto de Edén, el ser humano ha estado en rebeldía contra un Dios santo. Y
el castigo por el pecado es la muerte. Pero en lugar de dejar que el hombre
muriese por su propio pecado, Dios proveyó un sustituto. ¿Quién mejor para
pagar por los pecados del mundo entero que el hombre perfecto, Jesús, “el
cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 P. 2:22)? Jesús ocupó
nuestro lugar en la cruz y se convirtió en nuestro sustituto: “Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
La muerte de Cristo garantizó el perdón. Según el sistema de sacrificios
propio del Antiguo Testamento, el pueblo hacía sacrificios continuos por el
pecado. Pero tales sacrificios no eran más que una cobertura temporal. La
justicia de Dios no quedó satisfecha hasta que la sangre de Jesús se derramó
en la cruz. Su sacrificio fue lo que proporcionó el perdón completo.
Como resultado de ello, ya no hay ninguna necesidad de que los
sacerdotes ofrezcan sacrificios adicionales. Como dice la Biblia en
Hebreos [Link] “que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos
sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego
por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a
sí mismo”. La muerte de Cristo garantizó el perdón ¡de una vez por todas!
La muerte de Cristo debe aplicarse. Al principio de este capítulo
explicamos que, en realidad, en el mundo solo existen dos religiones: la
religión humana de las buenas obras, y la religión divina de la obra de
Cristo hecha en la cruz. Si optas por depender de tus obras, harás una mala
elección, porque la Biblia dice que la salvación no es “por obras de justicia”
(Tit. 3:5). Ninguna cantidad de obras justas y buenas pueden ayudarte a
entrar en el cielo. La gracia de Dios es tu única esperanza, “la dádiva de
Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).
La gracia es el favor voluntario y amoroso de Dios extendido a quienes ha
decidido salvar. No puedes ganar la gracia de Dios, ni tampoco merecerla.
Sin la gracia de Dios nadie puede ser salvo. Para recibirla tienes que admitir
que no puedes salvarte por ti mismo, que solo Dios puede salvarte, y que
esto solo es posible por medio de la fe en Cristo, tal como lo define la
Escritura: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”
(Ef. 2:8-9).
¿Qué significa esto para tu vida?
Debe ser muy frustrante para las personas que intentan abrirse camino
hacia el cielo por sus propios medios no estar seguras jamás de si han hecho
suficiente, si lograrán su objetivo. A lo mejor eres una de esas personas.
¿Estás haciendo lo suficiente para obtener la vida eterna? ¿Cómo sabrás si
ya has satisfecho los requisitos de Dios o si lo has logrado? ¿Puedes confiar
tu destino eterno al cálculo humano de tus méritos?
Por el contrario, ¡qué liberador resulta saber que no puedes hacer nada
para asegurar tu salvación! Tu salvación costó el precio más elevado de
todos, la muerte de Jesucristo. Como resultado de este pago por tus pecados,
el Padre te ofrece el regalo de la vida eterna, que debes recibir por fe, no
ganarlo por obras.
Si tú, solo por la gracia de Dios, has recibido este regalo, el mayor de
todos, debes alabar a Dios sin cesar por “la superabundante gracia de Dios
en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Co. 9:14-15).
Además, movido por la gratitud constante por este regalo, debes hablarles
a otros acerca de la oferta de gracia divina. ¡Qué gran regalo! Sé fiel
comunicando esta buena noticia a todo el que quiera escucharla.
Por último, debido a la gracia de Dios, debes procurar activamente ayudar
y servir a otros con amor, caridad y bondad. Estos actos no compran la
salvación; son solamente el fruto que brota de haber sido hechos nuevas
criaturas en Cristo.
19
Incluso cuando no lo parezca, Dios tiene el
control
Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la
mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Pr. 21:1).
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que
fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el
primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos
también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que
justificó, a éstos también glorificó (Ro. 8:29-30).
Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su
consejero? (Ro. 11:34).
lo largo de toda la vida, cuando eras joven y ahora de adulto, has estado
A sometido a la autoridad de otros, ya sea en el hogar, la escuela o el
trabajo. Imagino que, en general, no has tenido problemas en hacer lo que te
han pedido las personas con autoridad. Esto se debe a que has admitido que
la persona que estaba al mando (ya fuera un padre, un maestro o un jefe)
tenía la última palabra.
Sin embargo, aunque a muchos de nosotros no nos supone un problema
acatar la autoridad humana, nos cuesta más ceder ante la de Dios. ¿Por qué?
Después de todo, Él es Creador y Señor de todas las cosas y, por
consiguiente, tiene libertad para hacer lo que quiera. No está sujeto a nadie
ni tiene que dar cuentas. Como seres creados, no estamos en posición de
juzgar a Dios por lo que hace. Una expresión que usan los teólogos para
hablar de la autoridad divina es “la soberanía de Dios”. Veamos lo que dice
la Biblia sobre la soberanía divina:
La soberanía divina está más allá de toda comprensión. Job dijo: “he
aquí, Dios es grande, y nosotros no le conocemos” (36:26). Nada es
comparable a Dios. Su poder y su presencia son inmensos y, cuando nos
habla hoy por medio de su Palabra, debemos escucharle. Lamentablemente,
a veces pensamos que tenemos una idea mejor sobre cómo vivir nuestras
vidas y tomar nuestras decisiones. Como no podemos entender algo que
Dios nos pide, queremos cuestionarlo, discutirlo o rebelarnos. En Romanos
9, Pablo usó una ilustración interesante para explicar la autoridad de Dios
sobre nosotros: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer
de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (9:21).
La soberanía de Dios es eterna. En la eternidad pasada, antes del
comienzo del tiempo, Dios eligió a determinados individuos para que
mantuviesen una relación especial con Él. Como dice 2 Timoteo 1:9, “nos
salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino
según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de
los tiempos de los siglos”. Este acto de salvación, junto con otros que Dios
haría, se decidió en la eternidad pasada, esperando su cumplimiento en el
momento oportuno.
La soberanía de Dios y el libre albedrío. A algunos les parece ver una
contradicción entre la soberanía divina y el libre albedrío, un término que, a
menudo, se malinterpreta. La voluntad humana es libre en el sentido que
toma decisiones voluntarias que tienen consecuencias. Sin embargo, la
voluntad del hombre no es moralmente neutra; está sujeta al pecado y, sin la
gracia divina, las personas eligen libre y constantemente rechazar a Dios
(Ro. 3:10-11; Ef. 2:1-3; 2 Ti. 2:25-26).
Las Escrituras afirman tanto la soberanía divina como la actividad
voluntaria humana. Por ejemplo, cuando el faraón se enfrentó a Moisés, el
primero actuó totalmente de acuerdo con su libre albedrío. Sin embargo,
Dios dice: “Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder” (Éx.
9:16). De igual modo, la crucifixión de Cristo la realizaron hombres
malvados, y al mismo tiempo Dios la permitió conforme a su propósito
(Hch. 2:23; 4:27-28).
Incluso la salvación de una persona queda determinada por la intervención
soberana de Dios. Hechos 13:48 declara: “creyeron todos los que estaban
ordenados para vida eterna”, y Hechos 16:14 dice: “Una mujer llamada
Lidia… el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que
Pablo decía”.
La soberanía de Dios respalda la evangelización. Muchos cristianos
emplean la soberanía de Dios como excusa para no compartir el mensaje de
Cristo con los incrédulos. Razonan así: “Si Dios ya ha ‘elegido’ a
determinadas personas para que se salven, ¿qué necesidad hay de que yo
predique u ore, o hable a los no cristianos acerca de Cristo?”. Sin embargo,
en Mateo 11:25-30, Jesús afirmó la soberanía absoluta de Dios y al mismo
tiempo invitó a los pecadores a acudir a Él para ser salvos.
También Pablo empezó su amplio tratamiento de la soberanía divina
expresando su carga por sus compatriotas perdidos (Ro. 9:1-5). No obstante,
también oró sinceramente por su salvación (Ro. 10:1), diciendo “todo aquel
que invocare el nombre del Señor, será salvo”. De modo que, aunque Dios
es soberano, debemos estar activos para acercarnos a los perdidos e
invitarles a ser salvos en Cristo.
La soberanía de Dios no exime de responsabilidad al ser humano. ¿Cómo
es posible que Dios sea soberano y el hombre sea responsable de sus actos?
La relación entre estos dos conceptos es misteriosa pero no contradictoria.
La Biblia enseña que el hombre debe dar cuentas a Dios de sus actos; como
dijo Pablo, “[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras” (Ro. 2:6).
Pablo abordó la tensión entre la responsabilidad humana y la soberanía
divina, limitándose a afirmar ambas (Ro. 9:19-29). Esta es una de las
aparentes contradicciones que nuestra mente finita no logra resolver; por
consiguiente, solo podemos recurrir a pasajes de la Biblia como
Deuteronomio 29:29, que afirma: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová
nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para
siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley”.
La soberanía de Dios no requiere explicación. Dios no tiene necesidad de
explicarnos nada. Esto se lo dejó claro a Job, que pensaba que Dios tenía
que justificarse por las muchas cosas malas que le habían sucedido en su
vida. Al final, como si Dios ya hubiera tenido bastante, “respondió Jehová a
Job desde un torbellino” (Job 38:1). Durante los cuatro capítulos siguientes,
Dios recordó a Job lo poco que él sabía. Si Job no entendía plenamente el
funcionamiento de la creación física de Dios, algo que podía ver, ¿cómo iba
a entender la mente y el carácter de Dios, a quien no veía? A la hora de
juzgar algo, no existe una norma o un criterio superior al propio Dios.
¿Qué significa esto para tu vida?
El mundo parece haber escapado a todo control. El pecado y la maldad
están por todas partes. Esto induce a pensar que a Dios no le importa lo que
está pasando, o que es incapaz de hacer algo para arreglarlo.
Pero a Dios sí le importa, y es capaz de hacer todo lo que quiere, pero a su
debido tiempo. Esta confianza está bien fundamentada, porque eso es
exactamente lo que Dios dijo a Moisés respecto a los israelitas cuando
estaban cautivos en Egipto:
Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto…
He conocido sus angustias…
He descendido para librarlos…
Te enviaré a Faraón (Éx. 3:7-10).
Este es el mismo Dios soberano que nos ve hoy, que se interesa por
nosotros, quien envió a su Hijo a morir por nuestros pecados y que un día
regresará para acabar con el mal. La Biblia nos dice todas estas cosas, y
puedes confiar en lo que afirma. Incluso cuando no nos lo parezca, Dios
sigue teniendo el control. Tu respuesta debe ser someterte voluntariamente a
su autoridad y descansar en su cuidado.
20
No puedes esconderte de la presencia de
Dios
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones… y he aquí yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén
(Mt. 28:19-20).
Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará
de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las
puede arrebatar de la mano de mi Padre (Jn. 10:28-29).
No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal
(Jn. 17:15).
o soy hijo único, lo cual me proporcionó grandes beneficios mientras
Y crecía. No tuve que compartir mis juguetes o mi bicicleta con
hermanos ni hermanas. No tuve que compartir el amor de mis padres con
otros hermanos. Fui en gran medida el centro de atención. Pero tuve un
problema persistente: ¡en casa no tenía a nadie con quien jugar! Por tanto,
siempre trataba de hacer amigos y encontrar compañeros de juego. A pesar
de que contaba con mis padres, anhelaba estar con otros niños de mi edad.
En este sentido, no quería estar solo.
A muy pocas personas les gusta estar solas. ¡Y así es como debe ser! Dios
dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2:18), de modo que hizo a
la mujer como compañera. Al principio, Dios quiso que esa relación de
compañerismo existiera entre el marido y la esposa; pero Dios también
podría haber estado hablando de su deseo de tener parte en la vida de su
pueblo. Eso es exactamente lo que prometió Jesús cuando dijo: “he aquí yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).
La presencia de Dios es real. Quizá, cuando estaba en un estado de ánimo
reflexivo, el salmista formuló la pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:7). Luego hizo una lista de
todos los lugares a los que podría ir, pero jamás podría escapar del
conocimiento o de la presencia de Dios. Incluso en los lugares más
elevados, profundos y distantes, Dios seguiría estando con él. En otro lugar
dijo: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno,
porque tú estarás conmigo” (Sal. 23:4).
La presencia de Dios es personal. Una de las características de Dios es
que está en todas partes al mismo tiempo. Esto quiere decir que es
omnipresente. En el Antiguo Testamento, Dios estaba personalmente
presente en la vida de individuos clave como Josué, que fue el líder de los
hijos de Israel cuando murió Moisés. Dios dijo: “No temas ni desmayes,
porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Jos. 1:9).
La presencia de Dios estaba con Josué porque este tenía que cumplir una
misión importante: llevar a los hijos de Israel a la tierra prometida.
En el Nuevo Testamento, con la llegada del Espíritu Santo, Dios está
presente en todos los que creen en Jesucristo. Dios está presente en todas
partes, pero está personalmente presente, y lo estará, con cada uno de los
cristianos mientras vivan en este mundo. Entonces, en el momento de su
muerte, el creyente será llevado inmediatamente a la presencia de Dios en el
cielo. No habrá demoras. Dios está presente con sus hijos en esta tierra, y
ellos estarán en su presencia en el cielo. ¡Qué promesa y esperanza más
poderosas y reconfortantes!
La presencia de Dios es algo bueno. Lamentablemente, la presencia de
Dios no es la pasión primaria de muchos cristianos. En lugar de dedicar
tiempo a vivir en la presencia de Dios momento tras momento, deleitándose
en ella, son como Adán y Eva (¡seguro que conoces la historia!). Hubo un
tiempo en el que Adán y Eva caminaron con Dios en todo momento, pero
cuando pecaron, “se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los
árboles del huerto” (Gn. 3:8). Su pecado alteró la relación que habían
disfrutado con Dios. Como resultado, intentaron ocultarse de Él.
Si no te entusiasma vivir en la presencia de Dios, busca el pecado en tu
vida. Confiésalo a Dios. Haz tu parte para cerrar el abismo entre tú y el
Señor. Y disfruta de nuevo de la verdad de la presencia divina en tu vida
como algo bueno, ¡lo mejor de todo!
La presencia de Dios es un consuelo. Si eres como yo (¡y seguramente
como todo el mundo!), a menudo te gustaría eludir el dolor, la tristeza, la
pérdida, la melancolía, los fracasos y toda una serie de dificultades más.
Incluso deseas que tu vida se viera libre de esas frustraciones, pequeñas
pero cotidianas, que te van agotando. Pero fíjate en cómo la presencia de
Dios acude a ti en momentos de angustia:
Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias.
Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los
contritos de espíritu (Sal. 34:17-18).
¿Lo has entendido bien? Dios promete ser una fuente de poder, valor y
fortaleza para ayudar a los justos en medio de sus problemas. A veces opta
por librarnos de ellos, pero es emocionante cuando prefiere darnos las
fuerzas necesarias para soportarlos, ¡porque entonces es cuando nos
recuerda especialmente que su presencia está con nosotros!
Cuando lleguen dificultades (¡y llegarán!), no te enfades con Dios ni cedas
a la frustración. No tengas un ataque de pánico. En cambio, recuerda que
Dios está presente contigo. Admite que le necesitas a tu lado. Clama a Él,
corre a Él, aférrate a Él, cuenta con su presencia. Por duras que sean tus
pruebas, el Señor está contigo. Siempre está con sus hijos.
¿Qué significa esto para tu vida?
Es asombroso darse cuenta de que Dios está presente en tu vida en todo
momento. Entonces, ¿cuál es la respuesta adecuada? Debes compartir este
hecho con todo el que te escuche. Debes hablar de Dios cuando estés con
otros, sobre todo con incrédulos. Habla de la realidad de la presencia de
Dios en tu vida. Eleva tu pensamiento a Dios en oración a la hora de la
comida para darle gracias por mostrarte su fidelidad.
Los incrédulos no pueden ver a Dios, pero sí pueden verle en tu vida. Tus
hermanos en la fe también pueden verle en ti. Adopta la costumbre de
insertar su nombre en tus conversaciones. Refiérete a Él a menudo. Cuando
otros estén desanimados o necesiten que alguien impulse su fe, háblales de
la presencia del Señor.
Veamos algunas maneras en las que puedes practicar la presencia de Dios.
Cuando recibas un cheque, antes de abrirlo, da gracias a Dios por su
provisión. Cuando recibas una carta o una llamada telefónica de alguien que
tiene un problema, ora con él o ella y habla con Dios sobre su problema o
inquietud. Cuando subas a un coche o a un avión, ora. Cuando comas, ora.
Cuando estés triste, ora; contento, ora; temeroso, ora; necesitado, ora.
Este capítulo no es acerca de la oración, así que, ¿por qué orar? Porque
crees que Dios está presente a tu lado en todo momento. Cada vez que
respiras eso te recuerda la presencia divina. Dios está en todas tus
circunstancias, “porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que
vayas” (Jos. 1:9).
21
Nada puede separarte del amor de Dios
Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que
me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero
(Jn. 6:39).
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o
persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en
todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que
nos amó (Ro. 8:35-37).
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el
evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis
sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de
nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para
alabanza de su gloria (Ef. 1:13-14).
¿T e gusta empezar proyectos, pasatiempos o ministerios? En mi caso ha
sido así durante años. Y para mí ha sido una gran alegría ver como
terminaba algunas de mis actividades y pasaba a la siguiente. Pero tengo que
confesar algo: también tiendo a dejar sin acabar algunos de mis proyectos
(¡y tengo un armario lleno que lo demuestra!).
Empezar algo nuevo siempre es emocionante, sobre todo cuando tienes un
montón de ideas. Pero en ocasiones, después de haber empezado un
proyecto, es fácil que otro diferente nos llame la atención… y entonces,
antes de que nos demos cuenta, ¡ya hemos salido corriendo tras lo último
que nos ha inspirado!
Es entonces cuando me doy cuenta de lo afortunado que soy de contar con
otros que vienen a mi lado para ayudarme a acabar lo que empecé. Estos
buenos amigos figuran entre los primeros en mi lista de “acción de gracias”
a Dios como ayudantes comprometidos. Pero, por encima de todo, yo (y tú
también) debería dar gracias a Dios porque, en lo tocante a nuestro destino
eterno, ¡Él empieza y también concluye! Todo creyente es una obra de Dios
en progreso, y Dios siempre acaba lo que empieza. Vamos a ver datos
concretos:
La salvación de Dios comenzó en la eternidad. Según 2 Timoteo 1:9, la
obra de Dios en tu vida empezó en la eternidad, cuando decidió, por medio
de su gracia, redimirte para él: “quien nos salvó y llamó con llamamiento
santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia
que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”. La obra
de Dios prosiguió con el tiempo cuando envió a su Hijo, el señor Jesucristo
sin pecado, para morir por los pecadores, lo cual nos incluye a ti y a mí.
Entonces, el día que pusiste tu confianza en Cristo, la salvación arraigó y
Dios empezó su buena obra en ti.
La obra de Dios se consumará. Esto debe quedarte muy claro: cuando
Dios empieza un proyecto, lo acaba. Dios te ha dado esta promesa en
Filipenses [Link]
El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el
día de Jesucristo.
Dios ha prometido que ayudará a todo aquel que acepte a su Hijo como
Salvador a crecer en su gracia hasta que esté completo; ¡sí, completo! Nada
puede separarnos de Dios y de su promesa para mantenernos a salvo hasta
que entremos en el cielo.
Desde el momento que experimentaste el “nuevo nacimiento” de la
salvación (Jn. 3:7), Dios ha obrado en ti. Y seguirá adelante con su obra
hasta que veas a tu Señor cara a cara (1 Jn. 3:2). No importa lo que suceda
por el camino: la obra de Dios en ti no se puede detener.
La obra de Dios es segura. Dios es soberano. Este término se emplea para
hablar de un rey o un gobernante que tiene un poder absoluto. Esa es una
descripción precisa de Dios. Nadie tiene más poder que Dios. Él solo creó el
universo y lo sustenta. Nada ha sucedido, no puede pasar ni sucederá nada
que escape a su poder.
El apóstol Pablo describió lo seguro que estás en el amor de Dios cuando
escribió: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles,
ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo
profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios,
que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38-39).
Puedes estar confiado sabiendo que el poder y el amor de Dios son lo
bastante poderosos como para mantenerte espiritualmente a salvo hasta el
final, hasta que estés completo.
La obra de Dios es interna. La obra de Dios en tu vida no se detuvo en la
salvación. No, ese fue solo el principio. Dios te ha dado su Espíritu Santo
para que obre en ti. Jesús dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro
Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad,
al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero
vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”
(Jn. 14:16-17).
¿Te lo puedes imaginar? El Espíritu Santo viene a vivir en ti cuando
aceptas a Jesús como tu Salvador. Y Jesús no puso condiciones a esa
morada. Dijo que el Espíritu Santo estará con nosotros “para siempre”. Dios
te ha concedido un “abogado”, un ayudador, un tutor residente que te
permita parecerte más a Jesús cada día que pasa, y para que te guíe a toda
verdad (Jn. 16:13). Mientras vivas, el Espíritu Santo seguirá obrando en ti y
nunca te abandonará.
¿Qué significa esto para tu vida?
¿Tienes un alto concepto de Dios? La Biblia dice que Él tiene el control
sobre todas las cosas, y eso incluye tu salvación. Jesucristo se sacrificó para
salvarte, y ahora vive para interceder por ti (He. 7:25). Su cuidado y su amor
te protegerán hasta que le veas cara a cara, en el cielo. ¡Esa es la línea de
meta! Dios se asegurará de que cruces la meta completo y perfecto en Él.
Todo esto quiere decir que puedes vivir tu vida sin dudas ni temores. Nada
ni nadie te puede separar del amor de Dios y de la consumación de la obra
que ha empezado en ti. Teniendo esto en mente, esto es lo que te pide:
Ten ánimo. Anímate sabiendo que Dios no ha acabado su obra en ti. Eres
una obra en proceso. Y, como un proyecto inacabado, aún puedes crecer. Sea
cual sea el obstáculo, el fracaso o el bache que encuentres en tu camino,
debes recordar que Dios usa esos retos para perfeccionar y completar la obra
que ha comenzado en ti. Dios obra para tu bien y para su gloria.
Crece espiritualmente. ¿Cómo? Veamos una lista breve: confiesa tu
pecado; obedece la Palabra de Dios; camina conforme al Espíritu; crece en
gracia y en conocimiento; pide ayuda a otros; adora con el pueblo de Dios;
evalúa tu progreso; da gracias siempre.
Ten confianza. Dado que Dios ha prometido que estás seguro en Él,
puedes estar confiado en que tu destino eterno está por completo asegurado.
Dios, que te ama incondicionalmente, no deja nada al azar. Él se asegurará
de completar lo que ha empezado a hacer en tu vida.
Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin
mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios,
nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y
por todos los siglos. Amén (Jud. 24-25).
22
El pecado tiene consecuencias presentes y
eternas
Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios
(Ro. 3:23).
Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el
pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto
todos pecaron (Ro. 5:12).
Porque la paga del pecado es muerte (Ro. 6:23).
uchas personas, cuando escuchan las palabras pecado o pecador,
M piensan inmediatamente en alguien como el personaje
cinematográfico de la década de 1960 Elmer Gantry, un hombre fraudulento
que recorrió las ciudades pequeñas de Estados Unidos durante la Depresión
“vendiendo” religión. El tema del pecado y de sus consecuencias nunca es
un tema popular, y quienes insisten en hablar del pecado no son invitados a
muchas fiestas. Pero esto siempre ha sido así. Jesús confrontó a los líderes
religiosos de su tiempo con su pecado, y le crucificaron. A pesar de que el
pecado no es un tema de conversación agradable, debemos abordarlo si
queremos tener paz con Dios y pasar la eternidad con Él en el cielo.
El pecado supone incumplir la ley divina. Durante los primeros días de la
formación de Israel como nación, Dios tuvo que recordar una y otra vez al
pueblo, incluyendo a Moisés y a los líderes, que “Porque yo soy Jehová
vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo
soy santo” (Lv. 11:44). Jesús clarificó la ley divina de la santidad cuando
declaró: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los
cielos es perfecto” (Mt. 5:48). Es lógico que un Dios santo no pueda aceptar
nada menos que un pueblo santo: la norma es la perfección. Todo acto que
viola la ley divina se define como pecado. Dicho en pocas palabras, el
pecado consiste en no alcanzar la meta de la perfección que establece Dios.
No hay matices de pecado. Todas las personas que caminan por la faz de la
tierra deben llevar una vida perfecta si quieren disfrutar de la vida eterna y
estar con Dios cuando mueran. Solo un hombre, Jesucristo, ha cumplido
este requisito.
El pecado no es la tentación. O, dicho de otra manera, la tentación no es
pecado. Disfrazado de serpiente, Satanás tentó a Eva para que desobedeciera
a Dios. Eva cedió a la tentación y comió del fruto prohibido y, por tanto,
pecó. Satanás sigue tentando a las personas al alimentar sus deseos
naturales y atacar sus áreas de máxima debilidad. La tentación suele ser
sutil, y ofrece lo que aparentemente es una elección inocente, como observó
Eva: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable
a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría” (Gn. 3:6). A menos
que pongamos freno a la tentación, puede conducir al pecado (¡pregúntale a
Adán y a Eva!). Una vez más, Jesús es el único hombre que ha vivido sin
pecado. Es el único que ha cumplido la norma divina de la perfección.
El pecado tiene consecuencias. “Muy limpio eres de ojos para ver el mal,
ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13). Por tanto, ¿cuáles son las
consecuencias del pecado para quien no logra vivir una vida perfectamente
santa, o que se queda corto frente a la gloria de Dios (Ro. 3:23)? Adán y
Eva aprendieron, por medio de una experiencia dolorosa, cuáles eran las
consecuencias del pecado.
Alienación. En cuanto Adán y Eva pecaron, se escondieron de Dios.
Sintieron vergüenza, culpa, miedo e intentaron justificarse. Adán culpó
a Eva, y Eva a la serpiente. El pecado había roto su estrecha relación
con Dios.
Juicio. Dios advirtió a la primera pareja que si comían de cierto árbol,
morirían. Su muerte se produjo en dos fases. Primera, experimentaron
la muerte espiritual al alienarse de Dios. Segunda, al final
experimentarían la muerte física. El juicio de Dios también incluyó el
padecimiento de la mujer durante el parto, y el esfuerzo del hombre
para labrar la tierra y proporcionar alimento a su familia. El dolor de
Adán se multiplicaría debido a la maldición de Dios sobre la tierra,
que produciría espinas y cardos.
Separación. Dios, que es santo, expulsó a Adán y a Eva del huerto de
Edén debido a su pecado. Ya no podrían tener una relación personal y
visible con Él. Esta separación fue tanto un acto de misericordia como
de castigo. Si estos dos pecadores, Adán y Eva, hubieran comido del
árbol de la vida (Gn. 3:22-23), habrían vivido para siempre en un
estado de muerte y de alienación sin oportunidad de redención. Pero
Dios tenía un plan. Prometió enviar a un Salvador (v. 15), que
derrotaría a Satanás y restauraría la relación entre la humanidad y
Dios.
Condenación. El pecado ha condenado a la humanidad. Es una
enfermedad letal que nos afecta a todos, y que acabará matándonos.
¿Por qué? Porque la paga divina para el pecado es la muerte, como
dice Romanos 6:23, “la paga del pecado es muerte”. La muerte se
produce en dos fases. La muerte espiritual tuvo lugar cuando Adán y
Eva pecaron. Como descendientes de Adán y Eva, nosotros también
estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Ef. 2:1). La muerte
física acaba afectando a toda persona viva. A menos que se invierta la
muerte espiritual, esta se vuelve permanente tras la muerte física. En
otras palabras, aquellos que no reciben la muerte sin pecado de Cristo
como pago por los suyos no solo experimentarán la muerte física, sino
también la eterna. Esta es la consecuencia última del pecado, y la
Biblia la llama “la segunda muerte” en Apocalipsis 21:8. Esta segunda
muerte separará eternamente de la presencia de Dios a los pecadores
que no se hayan arrepentido.
Repercusiones. Satanás nos miente cuando dice que el pecado es un
acto individual que afecta solamente a la persona que lo comete;
nosotros bien sabemos que no es así, ¡porque el pecado de Adán y Eva
acabó teniendo consecuencias mortíferas sobre todo ser humano
nacido desde entonces! El rey David es otro ejemplo de las
repercusiones del pecado: su adulterio con Betsabé no solo la afectó a
ella, sino también originó la muerte de su esposo, Urías. Entonces, el
niño concebido a consecuencia de su romance ilícito también falleció.
Y las consecuencias no se detuvieron ahí. Durante los siguientes
veinte años, la casa de David experimentó luchas internas e incluso
traiciones. No, el pecado nunca se comete en el vacío. Otras personas
se verán afectadas por tu pecado y padecerán las consecuencias.
La única cura para el pecado. Nunca lo olvides, ¡el pecado es una
enfermedad mortal! A menos que Dios entre en nuestras vidas, todos
sucumbiremos a la consecuencia última del pecado: la muerte eterna.
Mediante la muerte y resurrección de Jesús, Dios ha dado la solución para
el pecado y la muerte. Cuando Jesús dijo “consumado es” (Jn. 19:30), su
muerte “pagó del todo” la deuda por el pecado. Su sacrificio perfecto hizo
innecesario continuar con los sacrificios del Antiguo Testamento. El pecado
y la muerte han sido vencidos en Jesús, “porque la paga del pecado es
muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”
(Ro. 6:23). Quienes aceptan lo que ha hecho Jesús a su favor pueden vivir
eternamente con Dios y escapar de la consecuencia última del pecado.
¿Qué significa esto para tu vida?
Jesús ha resuelto las consecuencias del pecado, pero este todavía libra una
batalla en tu cuerpo mortal (Ro. 7:18). En Jesús, Dios ha perdonado tus
pecados, que ya no pueden condenarte, pero seguirás luchando contra el
pecado y sintiendo sus consecuencias. Cuando permites la entrada del
pecado en tu vida, este afectará a tu relación con Dios y con otros. Cuando
confiesas tu pecado, eso no afecta a tu salvación, porque Jesús ya arregló las
cosas para siempre. La confesión restaura tu relación con Dios. Es una
batalla feroz, pero tu victoria está garantizada: “Ahora, pues, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).
23
Dios tiene un propósito maravilloso para
tu vida
Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te
santifiqué, te di por profeta a las naciones (Jer. 1:5).
El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para
llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos
de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi
nombre (Hch. 9:15-16).
Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación
según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio
corrupción (Hch. 13:36).
íctor Frankl fue un psiquiatra austriaco que trabajó como trabajador
V esclavo en un campo de concentración alemán increíblemente duro
durante la Segunda Guerra Mundial. Durante ese tiempo, Frankl se dio
cuenta de que algunos de los prisioneros sucumbían a la presión de las
tremendas exigencias, se desmoralizaban y morían, mientras que otros
seguían vivos. ¿Qué marcaba la diferencia?
Usando su formación médica, el doctor Frankl habló con los prisioneros
supervivientes. Con el paso de los meses detectó un patrón. Los prisioneros
que tenían un motivo para vivir (un objetivo que daba un sentido o propósito
a su vida) eran los que parecían capaces de activar su fortaleza interior y
sobrevivir.
Cada superviviente tenía un punto de referencia y una pasión que lo
mantenía con vida. Y Frankl no fue la excepción. Había empezado a escribir
un libro, y poseía el intenso deseo de sobrevivir para acabarlo. Después de
la guerra, Frankl concluyó lo que le había inducido a mantenerse con vida:
su libro.
La experiencia de Frankl nos enseña el poder que tiene un propósito. No
hay nada tan poderoso como una vida que se vive con pasión y con
propósito. Pero, ¿qué pasaría si tuvieras un propósito que no estuviera
inspirado solamente por tus propios deseos? ¿Y si dispusieras de un
propósito que naciera de una fuente superior, una fuente divina, del propio
Dios? ¿No sería un propósito verdaderamente increíble? Sin duda, una de las
enseñanzas más importantes de la Biblia es que Dios tiene un propósito
maravilloso para tu vida.
El propósito de Dios da un verdadero sentido a tu vida. Las
observaciones del doctor Frankl en el campo de concentración eran certeras:
tener un propósito da sentido a la vida. Pero incluso un propósito vital, por
esencial que es, tiene poco sentido si solamente es importante para esta
vida; porque, una vez que concluye tu existencia, lo único que queda es un
recuerdo, y tu propósito ha acabado con tu muerte.
Sin embargo, este no es el caso si eres creyente en Cristo. ¿Por qué?
Porque tienes un propósito que no acaba con la muerte. Tu propósito estuvo
determinado en la eternidad pasada, es un propósito que se está cumpliendo
ahora, durante tu vida, y que concluirá en la eternidad futura.
Comprender que tienes un propósito que Dios te ha dado debería llenar tu
vida de sentido y de importancia. Te ayuda a darte cuenta de que todo lo
que te sucede tiene un motivo; forma parte de los planes de Dios para ti,
como afirma Romanos [Link] “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas
las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son
llamados”.
Cuando aceptes el propósito de Dios, tu vida adoptará el sentido que debe
tener. Los cristianos del pasado que entendieron el propósito de Dios para
sus vidas llevaron vidas audaces y valientes, porque sabían exactamente
cuál era la voluntad de Dios para ellos. Y lo mismo puede pasar contigo.
Dios tiene un propósito único para ti. ¿Te has dado ya cuenta? ¡Tú tienes
una importancia singular para Dios! Dios te ha preparado soberanamente
para un propósito que es sólo para ti, y que permite que contribuyas de una
forma única a su obra aquí en el mundo.
Dios tuvo un propósito para la vida de David (Hch. 13:36). A pesar de que
David vaciló algunas veces, siguió el propósito de Dios para su vida, y lo
cumplió. Su corazón abierto a Dios le permitió que éste le usara
poderosamente en su propia generación, a pesar de sus fallos. De igual
manera, en el Nuevo Testamento leemos que al apóstol Pablo se le dio la
misión de llevar el evangelio a los gentiles (Hch. 9:15-16). Cuando se
entregó a esta obra, cumplió el propósito de Dios para él.
Como David y Pablo, tú también tienes un propósito que Dios quiere que
cumplas. Te ha concedido un conjunto único de dones espirituales
(1 Co. 12:4-11), una personalidad única, experiencias vitales únicas, cosas
que Dios debe usar de maneras también exclusivas. Comprender que Dios
tiene un propósito concreto para ti debería evitar que te sientas desanimado,
incapaz o insignificante.
El propósito de Dios requiere paciencia. Cuando Jeremías, el profeta del
Antiguo Testamento, era joven, recibió un mensaje de Dios: “Antes que te
formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por
profeta a las naciones” (Jer. 1:5). Los estudiosos de la Biblia calculan que
Jeremías tenía entre 20 y 30 años cuando Dios le dijo esto. Si eso es así,
Jeremías vivió entre dos y tres décadas en una pequeña aldea, sin conocer el
gran propósito que Dios tenía para él.
Como Jeremías, es posible que tengas que esperar pacientemente a que
Dios te revele su propósito. Mientras aguardas, haz como hizo Jeremías, y
sé fiel en las circunstancias en que te encuentres, sean cuales sean. Mientras
esperas en el Señor, comprométete a seguirle, a madurar espiritualmente y a
servir a otros de las maneras que puedas.
El propósito de Dios exige obediencia. Para descubrir y cumplir el
propósito de Dios para tu vida, lo primero es la obediencia; esto fue lo que
preparó a Jeremías para que Dios lo usara. Si lees el libro de Jeremías,
descubrirás que muy pocos, por no decir ninguno, deseaban servir a Dios en
aquella época. Jeremías era una persona a la que Dios podía usar porque no
se había descalificado por medio de la desobediencia. Era digno de servir a
Dios gracias a su obediencia fiel, cotidiana.
Recuerda que el propósito de Dios para tu vida se cumple más y más con
cada uno de tus actos de obediencia. La obediencia es el punto de partida de
Dios para ti a la hora de comprender su propósito. Entonces, ¡da un paso
atrás y contempla cómo Dios revela el siguiente paso en tu futuro y su
voluntad para ti!
Dios tiene un propósito común para todos los creyentes. ¿Te sigues
preguntando cuál es tu propósito? Bueno, pues anímate. Como pasó con
Jeremías y con el apóstol Pablo, tu propósito tendrá una naturaleza única.
Pero también hay un sentido en que todos los creyentes comparten
propósitos comunes. A continuación veremos algunos de los propósitos
comunes que Dios pide a todo creyente:
Llegar al arrepentimiento (2 P. 3:9)
Ser conformado a la imagen de su Hijo (Ro. 8:29)
Glorificar a Dios (1 Co. 6:20)
Amar y respetar a tu cónyuge (Ef. 5:22-23)
Cuidar de tus hijos y formarles espiritualmente (Ef. 6:4)
Mantenerte puro (1 Ts. 4:4)
Ser testigo de Dios (Hch. 1:8)
¿Qué significa esto para tu vida?
Como David, Jeremías y el apóstol Pablo, tú tienes un propósito, el que
Dios te da. Dios ha planeado obrar por medio de ti de maneras que nadie
más puede hacerlo. ¿Estás comprometido a hacer lo que Dios desea de ti
como cristiano? ¿Te has fijado metas o te has ofrecido a ministrar a otros?
Ponerse metas y comprometerse te pondrá en el camino de tener un
propósito. Si aún no lo has hecho, empieza a ponerte metas para afectar
personal y positivamente a quienes tienes más cerca. Cuando seas fiel para
cumplir tu ministerio, Dios seguirá desplegando su propósito para ti en los
días venideros. Dicho de otra manera, tu fidelidad al propósito de Dios hoy
te guiará al propósito de Dios mañana.
24
En la vida espiritual, sin esfuerzo no hay
progreso
Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de
toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad
en el temor de Dios (2 Co. 7:1).
Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también
seréis manifestados con él en gloria. Haced morir, pues, lo terrenal en
vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos
y avaricia, que es idolatría (Col. 3:4-5).
Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a
vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio
propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la
piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas
cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin
fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 P. 1:5-
8).
n el Antiguo Testamento, Dios expresó su deseo de que los hijos de
E Israel fueran un pueblo santo. Les dijo: “Sed santos, porque yo soy
santo” (Lv. 11:44). Una razón esencial para este mandamiento es que sabía
que el pueblo de Israel estaría expuesto y rodeado de otras naciones que
adoraban a dioses falsos, y no quería que su pueblo se viera tentado a
volverse a la idolatría.
Para ayudar a los israelitas a prepararse para soportar esas influencias
perturbadoras, Dios les dio leyes con instrucciones sobre la ropa, la dieta y
una prohibición general contra la interacción social con las naciones
paganas. El pueblo de Dios debía hacer un esfuerzo comprometido para
separarse de las naciones que le rodeaban y mantenerse santo.
El deseo de Dios de que su pueblo fuera santo no cambió con la llegada
del Mesías, Jesucristo. Su llamado a la santidad y a la separación es un tema
constante en el Nuevo Testamento, lo cual lo convierte en una enseñanza
importante para todos los creyentes hoy. Los teólogos llaman santificación a
este proceso de crecer en santidad, que es una referencia al crecimiento
espiritual.
La santificación de los creyentes tiene dos facetas. Primero, todo creyente,
desde el momento de la conversión, es una nueva criatura, y se le concede lo
que se llama santificación posicional. A los ojos de Dios, gracias a la obra
de Cristo en la cruz, un creyente tiene una posición perfecta en cuanto a su
santidad. Los creyentes son “santificados en Cristo” (1 Co. 1:2). Este tipo de
santificación es un producto exclusivo de la gracia de Dios, y no necesita un
esfuerzo por nuestra parte.
Luego también tenemos lo que llamamos santificación progresiva.
Cuando nos comprometemos a la vida santa, en la práctica nos convertimos
en lo que somos por posición. Si bien la justicia de Cristo ya nos ha sido
atribuida, debemos seguir viviendo en la práctica esa justicia tomando las
decisiones correctas, y viviendo como Dios quiere que lo hagamos. Como
vivimos en un mundo lleno de pecado y a menudo nos sentimos tentados
por deseos pecaminosos, el crecimiento espiritual siempre es un reto. Por
eso podemos decir: “En la vida espiritual, si algo no cuesta, no sirve de
nada”. Hace falta diligencia y esfuerzo para crecer más y más como Cristo y
ser apartados para que Dios nos use.
¿Qué más necesitamos saber sobre la santificación progresiva, o el
crecimiento espiritual?
El crecimiento espiritual es constante. A pesar de que en esta vida nunca
nos veremos libres del pecado, Dios nos manda que hagamos el esfuerzo de
luchar contra el mismo. Esto es lo que quería decir Pablo cuando instruyó a
los creyentes: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque
Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena
voluntad” (Fil. 2:12-13). “Ocuparse de la salvación” significa hacer lo que
sea necesario para “apartarse” como hijo de Dios.
El crecimiento espiritual requiere negarse a uno mismo. Jesús dijo: “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame” (Mt. 16:24). Ser discípulos de Cristo exige un sacrificio, decir que
no a los placeres del mundo.
El crecimiento espiritual exige disciplina. Cuando el apóstol Pablo enseñó
sobre el crecimiento espiritual, usó la ilustración de un corredor que lo da
todo por ganar. Quiso decir que la vida cristiana exige trabajo duro, negarse
a uno mismo y prepararse esforzadamente. Como cristianos, corremos hacia
nuestra recompensa celestial. Esta carrera exige que seamos diligentes.
Nuestro progreso espiritual depende de ello. Pablo exhortó: “Todo aquel que
lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona
corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Co. 9:25).
El crecimiento espiritual exige obediencia a la Palabra de Dios. Cuando
Jesús oró por sus discípulos, pidió al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu
palabra es verdad” (Jn. 17:17). Es decir, la Palabra de Dios puede
santificarnos. Cuando la leemos, la estudiamos, escuchamos predicaciones
sobre ella y, con la ayuda del Espíritu Santo aplicamos sus verdades a
nuestra vida, crecemos y nos parecemos cada vez más a Cristo. El
crecimiento espiritual se consigue cuando nos dedicamos a explorar y
comprender la Palabra de verdad divina, la Biblia. Y lo mismo sucede al
revés: cada vez que te niegas a buscar el conocimiento de Dios y a obedecer
su Palabra, se interrumpen tu crecimiento espiritual y las bendiciones que lo
acompañan.
El crecimiento espiritual requiere la adversidad. Muchos piensan
equivocadamente que los cristianos deben tener vidas exentas de problemas.
Se enfurecen y decepcionan cuando Dios no los libra del sufrimiento.
Olvidan que el propio Jesús padeció sufrimiento y aflicción toda su vida
adulta, que acabó en una muerte cruel. Jesús nos advirtió claramente que
“en el mundo tendréis aflicción”. Sin embargo, añadió: “pero confiad, yo he
vencido al mundo” (Jn. 16:33).
Para un cristiano, la adversidad es como el ejercicio para los músculos
físicos. Sin adversidad, tus músculos espirituales se debilitan porque acabas
dependiendo más de ti mismo que de Dios y de su fortaleza. En lugar de
intentar eludir las pruebas o enfadarte con Dios cuando lleguen, decide
poner tus problemas en sus manos. Acepta tus circunstancias difíciles como
oportunidades para crecer. Y recuerda la exhortación de Pablo de que “esta
leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más
excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17).
¿Qué significa esto para tu vida?
¿Has entendido la gracia de Dios en la salvación como una oportunidad
para relajarte, tomártelo con calma y “dejar que Dios” obre su magia en tu
vida? El crecimiento espiritual no funciona así. Dios te salvó y empezó la
obra de la santificación por medio del Espíritu Santo, que mora en ti; pero tú
aún tienes que hacer tu parte. Debes “ocuparte de tu salvación”, esforzarte
por caminar según el Espíritu y llevar una vida santa y que honre a Cristo.
Todo esto te costará algo de sufrimiento necesario para obtener el
crecimiento espiritual.
No, tú no estás obrando para obtener la salvación; de eso ya se ocupó
Cristo mediante su muerte a tu favor. Pero debes esforzarte por honrar y
complacer a Dios mientras te tenga en este mundo. De modo que
“[prosigue] a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo
Jesús” (Fil. 3:13-14).
¿Cuál es ese premio? Es el aspecto más emocionante de la santificación:
la santificación definitiva. Esto es lo que conseguirás cuando estés
plenamente apartado para Dios en el cielo. Por tanto, debes aceptar con
alegría que en la vida espiritual, sin esfuerzo no hay progreso.
25
Ten misericordia de ti… porque Dios la
tiene
Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad
vinieron por medio de Jesucristo (Jn. 1:17).
Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención
que es en Cristo Jesús (Ro. 3:24).
Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de
igual modo que ellos (Hch. 15:11).
racia. Di la palabra, y muchas personas empezarán a pensar en la
G letra del himno “Sublime gracia”. Y, de hecho, la historia de John
Newton, el escritor de ese himno, se centra en la increíble gracia de Dios.
John Newton era un traficante de esclavos que desempeñó su negocio en el
siglo XVIII. Era un hombre duro e inmoral que más tarde se describió como
“un desgraciado”, algo que, desde todos los puntos de vista, sin duda era…
¡y más! Por medio de una serie de circunstancias difíciles que pusieron en
peligro su vida, Newton experimentó una conversión dramática que cambió
su corazón y su forma de vivir. Se convirtió en un famoso predicador y
compositor de himnos. No es de extrañar que en la primera línea de su
himno se asombrase diciendo: “Sublime gracia del Señor, que a un infeliz
salvó”.
La gracia constituye la parte central del carácter de Dios y de su relación
con la humanidad. Veamos qué podemos aprender de esta gracia:
La gracia de Dios es inmerecida. ¿Has hecho alguna vez algo malo,
realmente malo? Tú sabías que estabas equivocado, y todos los demás
también lo sabían. Sin embargo, tu cónyuge, o tu jefe, o los miembros de tu
familia estuvieron dispuestos a perdonarte. Si te ha pasado algo así,
entonces, hasta cierto punto, has experimentado qué significa recibir una
misericordia injustificada. ¡Eso es lo que es la gracia divina! Dicho en pocas
palabras, la gracia es la misericordia de Dios, su favor, un favor inmerecido.
Desde el principio de la humanidad, empezando con Adán y Eva, Dios ha
demostrado su favor. Esa pareja desobedeció voluntariamente a Dios y
merecieron el castigo de la muerte. Pero Dios les mostró su gracia, su favor,
¡que era claramente inmerecido!
Sí, Adán y Eva se enfrentaron a graves consecuencias por su pecado. Pero
la gracia de Dios se manifestó en gran manera desde el momento en que se
rebelaron contra Él. Les proporcionó túnicas de pieles para tapar su
vergüenza, y les expulsó del huerto para evitarles el contacto con el árbol de
la vida del que, si hubieran comido en su estado pecaminoso, habría dado
como resultado la muerte y la alienación eternas sin posibilidad de
redención (Gn. 3:22-23). Dios ha seguido dispensando su gracia a la
humanidad desde entonces, y esa gracia es evidente hoy. ¡Todo creyente es
una prueba viviente de la misericordia y la gracia divinas!
La gracia de Dios salva. La Biblia dice que todos “pecaron, y han sido
destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23), y que “la paga del pecado es la
muerte” (Ro. 6:23). Como todos hemos pecado, nadie merece el favor de
Dios. Pero (y aquí viene el favor inmerecido de Dios) “por gracia sois salvos
por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8).
La gracia de Dios consiste en la concesión intencionada de su amoroso
favor a aquellos a los que ama. Tú y yo no podemos ganarnos la gracia. Si
pudiéramos, ya no sería un “don de Dios” inmerecido. Y no puedes salvarte
solo. Solo Dios puede salvarte. La única manera de que recibas el don de la
gracia divina es por medio de la fe en Jesucristo (Ro. 3:24).
La gracia de Dios guía. Como John Newton, el apóstol Pablo fue un
hombre despreciable antes de conocer a Jesús en el camino a Damasco
(Hch. 9:1-9). Había perseguido y matado a cristianos. Sin embargo, a pesar
de su pasado tenebroso, Pablo pudo decir: “Pero por la gracia de Dios soy lo
que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado
más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”
(1 Co. 15:10).
La gracia de Dios descendió y cambió hasta tal punto la vida de Pablo que
pasó de ser alguien que odiaba a los cristianos a ser un cristiano que amaba
a su Señor y a sus hermanos y hermanas en Cristo, y estuvo dispuesto a
padecer persecución por ellos. Pablo reconoció que solo por la guía de Dios
fue capaz de conseguir algo bueno en su vida. Esta gracia transformadora le
conformó, le moldeó y le condujo durante muchos años cuando representó a
Cristo ante personas de todo el mundo romano.
Estas mismas gracia y guía son las que reciben todos los creyentes con la
salvación. La gracia de Dios no solo nos concede un nuevo nacimiento, sino
un propósito y una dirección también nuevos: “quien nos salvó y llamó con
llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito
suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los
siglos” (2 Ti. 1:9).
La gracia de Dios capacita. El mundo es un lugar implacable, sobre todo
cuando quieres vivir una vida recta. Puedes estar seguro de que padecerás
cierto grado de persecución (2 Ti. 3:12). Como cristiano, ya no compartes
los valores del mundo, y te encuentras en la posición constante de protegerte
de la tentación y del pecado. Para colmo, vivimos en cuerpos imperfectos,
que padecen enfermedades y sufrimientos. Por tanto, ¿cómo enfrentar las
diversas dificultades y obstáculos tan frecuentes en la vida? ¿Cómo obtener
la victoria? La respuesta, una vez más, es la gracia de Dios. ¿Recuerdas
cuando el apóstol Pablo tuvo que luchar con lo que él definió como “un
aguijón en la carne” (2 Co. 12:7). Oró a Dios pidiéndole que se lo quitase.
¿Cuál fue la respuesta de Dios a Pablo? “Bástate mi gracia; porque mi poder
se perfecciona en la debilidad” (v. 9).
¿Qué significa esto para tu vida?
Decir que la vida cristiana no es fácil es quedarse corto. De hecho,
podríamos decir que es imposible. Como muchos otros creyentes antes de ti,
incluyendo a personas como el apóstol Pablo, experimentarás debilidades,
insultos, angustias, persecución y dificultades. ¡Pero anímate! Dios promete
que la gracia que te salvó será también la gracia que te guardará y te
ofrecerá la fortaleza y el poder necesarios para vivir la vida cristiana. La
gracia de Dios procede del Espíritu que vive en ti, que te guiará y
capacitará. Sin importar tus circunstancias, puedes acercarte al trono de la
gracia de Dios con confianza, de modo que recibas misericordia y
encuentres gracia para ayudarte en tu momento de necesidad (He. 4:16).
¿Qué puedes hacer para poner en acción la G-R-A-C-I-A de Dios en tu
vida?
G ratitud. Da gracias a Dios porque estás bajo la gracia y no bajo la
ley.
R espuesta. Responde al don de la gracia de Dios en tu vida con amor
y obediencia.
A uxilio. Pide ayuda a Dios para comprender qué debe significar su
gracia en tu vida.
C omunión. Ten comunión con otros creyentes en una iglesia donde se
enseñe la Biblia y puedas recibir formación en los caminos de Dios.
I mplicación. Extiende la gracia de Dios a otros compartiendo el
evangelio, mostrando perdón y ayudándoles a llevar sus cargas.
A ma la obra de Dios en tu vida y, como barro dócil, deja que el
Alfarero divino siga moldeándote a la imagen y semejanza de su Hijo
Jesucristo.
26
Este mundo no es tu hogar
Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también
esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo… (Fil. 3:20).
En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo
hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere
y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para
que donde yo estoy, vosotros también estéis (Jn. 14:2-3).
Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos
de que vuestros nombres están escritos en los cielos (Lc. 10:20).
ace unos años, la iglesia a la que asisto nos encargó a mí y a mi familia
H un ministerio misionero en el país de Singapur. Pasamos por todo el
procedimiento habitual para obtener permisos de residencia y poder vivir y
ministrar en aquel país. Salimos de Estados Unidos sin saber cuándo
podríamos regresar, y estábamos preparados para quedarnos todo el tiempo
que nos necesitaran las personas que nos habían invitado.
En lugar de residir donde lo hacía la mayor parte de los occidentales, nos
establecimos en un barrio solo de chinos. Mi esposa acudía cada día al
mercado local para comprar alimentos, y después de que mis hijas acabaran
la escuela, a menudo las encontraba sentadas frente a uno de los puestos de
comida, disfrutando de una Coca-Cola y comiendo un bocadillo chino.
Éramos residentes y vivíamos con la gente de la zona, pero al mismo tiempo
éramos ciudadanos de otro país. A pesar de que amábamos al pueblo y
disfrutábamos de la cultura, sabíamos que Singapur no era nuestro
verdadero hogar. Éramos peregrinos, extranjeros en una tierra distinta a la
nuestra.
La situación de nuestra familia en Singapur ilustra perfectamente las
circunstancias de los cristianos mientras viven en esta tierra. Este mundo no
es nuestro hogar. No somos más que visitantes, y nuestra verdadera
ciudadanía está en el cielo. ¿Cómo es esta ciudadanía en el reino de Dios?
La ciudadanía celestial es exclusiva. Jesús hizo una promesa a sus
discípulos: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré
a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).
Solo aquellos que sean creyentes en Jesús serán llevados al reino celestial de
Dios. De hecho, Apocalipsis 21:27 nos dice el tipo de personas que
habitarán en ese reino: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que
hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el
libro de la vida del Cordero”.
La ciudadanía celestial es eterna. Tu ciudadanía en un reino terrenal
comenzó el día en que naciste, y concluirá el día que mueras. De forma
parecida, tu ciudadanía en el reino de Dios comienza con tu “nuevo
nacimiento” en Cristo, pero a diferencia de tu ciudadanía terrenal, nunca
acabará. Más bien, durará por toda la eternidad. Como dijo Jesús: “y yo les
doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”
(Jn. 10:28). Los gobiernos humanos y los reinos terrenales vienen y van,
pero el reino de Dios es eterno. Y tú, como ciudadano espiritual de ese
reino, vivirás para siempre con tu Rey.
La ciudadanía celestial aporta beneficios inmediatos. En
Colosenses 1:12-14 leemos acerca de cinco beneficios inmediatos para
quienes adquieren la ciudadanía del reino de Dios:
1. Somos facultados para tener parte en la herencia de Cristo en el reino
(v. 12).
2. Somos rescatados del dominio de las tinieblas (v. 13).
3. Somos trasladados al reino del Hijo de Dios (v. 13).
4. Somos redimidos del pecado y el juicio (v. 14).
5. Todos nuestros pecados son perdonados (v. 14).
La ciudadanía celestial significa representar a Cristo en la tierra. Cuando
vives en un país extranjero, representas tu país natal ante las personas que te
rodean; eres un reflejo de tu tierra natal. Lo mismo pasa con tu ciudadanía
en el reino de Dios. Debes reflejar al Padre y a su Hijo, el Señor Jesús, ante
las personas que viven contigo en la tierra. El apóstol Pablo escribió: “Así
que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por
medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con
Dios” (2 Co. 5:20). Vivamos donde sea, o vayamos adonde vayamos,
representamos a Cristo y somos instrumentos de su obra. Y debemos vivir
de tal modo que nos aseguremos de que los demás ven una representación
fidedigna de Cristo.
La ciudadanía celestial viene con un tutor. Cuando una persona se
traslada a otro país y quiere hacerse ciudadano, debe asistir a clases y
aprender las leyes y reglamentos básicos que gobiernan su nuevo país. En
ocasiones, a los inmigrantes les resulta útil obtener la ayuda de un tutor que
pueda prepararles para superar el examen que deben aprobar para
convertirse en ciudadanos.
Dios sabe que tú, como ciudadano de su reino, necesitas que alguien te
ayude a ser un representante idóneo y un ciudadano fructífero mientras
sigues en este mundo. Por consiguiente, te ha dado al Espíritu Santo como
guía, ayudador y maestro hasta que hagas la transición al cielo (Jn. 14:26).
La ciudadanía celestial exige una vida santa en esta tierra. Como
cristianos, somos extranjeros en el mundo porque nuestro verdadero hogar
está en el cielo. Además, tenemos el privilegio de representar a Dios ante un
mundo que nos observa. Fue esto lo que tuvo en mente Pedro cuando
escribió: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os
abstengáis de los deseos carnales… para que en lo que murmuran de
vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación,
al considerar vuestras buenas obras” (1 P. 2:11-12).
La ciudadanía celestial produce ciudadanos modelos en la tierra.
Ninguno de los escritores del Nuevo Testamento hizo comentarios negativos
sobre el gobierno romano y sus numerosas injusticias. Jesús tampoco lo
criticó. De hecho, dijo al pueblo que pagase los impuestos que reclamaba el
gobierno. Pablo escribió que los creyentes deben obedecer a las autoridades
gubernamentales (Ro. 13:1), y Pedro escribió que debemos someternos a
toda autoridad humana (1 P. 2:13).
La ciudadanía celestial fomentará la paz en la tierra. “Las
bienaventuranzas” que Jesús enseñó ofrecen una descripción de la vida recta
de los ciudadanos del reino (ver Mt. 5:3-12). Todas las bienaventuranzas
son importantes, pero en un mundo lleno de guerra y violencia, no hay
mejor manera de ser representantes de Dios que por medio del fomento de
la paz. Jesús dijo: “bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán
llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9). Pablo transmitió el mismo mensaje en
una vertiente más práctica: “si es posible, en cuanto dependa de vosotros,
estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18).
¿Qué significa esto para tu vida?
Como cristiano, eres ciudadano del cielo, a pesar de que ahora residas en
la tierra. Tu ciudadanía —que durará toda la eternidad— costó la muerte del
Hijo de Dios y no debes tomártelo a la ligera o darlo por hecho. La vida en
el mundo puede parecer maravillosa, pero el apóstol Pablo dijo que debemos
esperar anhelantes nuestro hogar en el cielo. Al mismo tiempo, como pasa
con tantas otras cosas en la vida cristiana, el tema de tu ciudadanía requiere
un equilibrio. Sí, debes vivir con la expectativa anhelante del cielo, pero,
mientras esperas, debes estar trabajando para Cristo, amando a los perdidos
y llevando la vida de un ciudadano ejemplar. Con este equilibrio,
¡disfrutarás de lo mejor de ambos mundos!
27
Dios es real y no está callado
Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz (Gn. 1:3).
Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de
ellos por el aliento de su boca (Sal. 33:6).
Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro
tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha
hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien
asimismo hizo el universo (He. 1:1-2).
¿C ómo sabemos que hay un Dios? “Debe haberlo”, respondes, “porque
ha habido incontables grupos de personas e individuos que, desde el
comienzo de la historia escrita, han creído en algún tipo de ‘poder superior’,
algo o alguien, al que llaman Dios”. Todo el que reflexione sinceramente
sobre la inmensidad del universo, la complejidad de la vida y la grandeza y
hermosura del planeta Tierra, no puede por menos que mirar fuera de sí
mismo para obtener respuestas.
Si hay un Dios, como mucha gente sostiene, esperaríamos que en
determinado momento Dios diera a conocer su existencia. ¿Por qué ese gran
ser llamado Dios se iba a limitar a crear al universo y alejarse luego, sin
interactuar en absoluto con su creación? Eso sería como unos padres que
abandonan a su hijo, dejando que este se las arregle por su cuenta.
¡Dios no ha hecho eso! En lugar de dejar a la humanidad sin más
É
información sobre Él, tomó la iniciativa y se reveló de dos maneras
significativas.
Primera, Dios se nos reveló por medio de lo que se conoce como
revelación general. Por medio de esa revelación, Dios ha hablado al hombre
indirectamente, es decir, por medio de la creación, la historia y la
personalidad humana.
Dios ha dado a conocer su presencia para todo aquel que desee observarla.
Independientemente de si una persona hace el esfuerzo de observar su
presencia, entenderla o creerla, la obra de Dios está a la vista de todo el
mundo. A menudo, la revelación general es el punto de partida en el camino
de una persona hacia el descubrimiento de Dios. Sin embargo, la revelación
general no ofrece a la humanidad un conocimiento personal de Dios.
Segunda, Dios también se ha revelado por medio de lo que se llama
revelación especial. A lo largo de los siglos, se ha mostrado a determinadas
personas en momentos y lugares concretos, permitiendo que entrasen en una
relación especial con Él. Estos encuentros están incluidos en la Biblia, por
medio de la cual Dios habla directamente al ser humano.
Un teólogo explica la revelación especial de este modo:
Existe un Dios trino, amoroso, todopoderoso, santo, omnisciente, que
se ha revelado mediante la naturaleza, la historia y la personalidad
humana, y mediante los actos y las palabras que se conservan en las
[1]
Escrituras canónicas del Antiguo y del Nuevo Testamentos.
Una expresión que aparece en la Biblia numerosas veces es la afirmación:
“Vino a mí palabra de Jehová diciendo…”. Esta “palabra” podía adoptar
distintas formas. Algunas revelaciones fueron audibles. Otras fueron
comunicaciones silenciosas, internas, del mensaje de Dios, o se
transmitieron por medio de sueños. Pero en todos los casos, el receptor supo
que la revelación procedía de Dios. Veamos algunas de las maneras en que
Dios ha hablado a su pueblo.
La creación. La mayoría de científicos aún tienen que hacer algo más que
desarrollar “teorías” para explicar la naturaleza del universo y a esa criatura
racional, intelectual, a la que llamamos ser humano. Por el contrario, el
primer versículo de la Biblia afirma: “En el principio creó Dios los cielos y
la tierra” (Gn. 1:1). El versículo 3 sigue diciendo: “Y dijo Dios: Sea la luz;
y fue la luz”. Dios hizo que el universo existiera mediante su palabra
hablada (Sal. 33:6). De modo que cuando una persona mira a los cielos,
contempla la manifestación de la obra de Dios. El universo no surgió a la
existencia por voluntad propia. ¡Dios hizo que sucediera!
Una parte crucial de la obra creadora de Dios fue crear al hombre a su
propia imagen (v. 26). Esto señaló el principio de la relación especial y
directa entre Dios y la raza humana. Y Dios no se quedó ahí.
El diluvio. Más adelante, Dios se reveló a un hombre justo llamado Noé.
Dios “habló” de nuevo, diciendo a Noé que construyera un arca para
salvarse junto con su familia y algunos animales. Dios reveló a Noé el
motivo de ese mandato: “He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está
llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la
tierra” (Gn. 6:13). Por medio de una comunicación directa, Dios dio a
conocer el hecho de que salvaría a un remanente de personas de un diluvio
universal.
La creación de la nación de Israel. Por medio de una comunicación
directa, Dios pidió a un hombre llamado Abram que se trasladase a un
nuevo territorio, donde se convertiría en el padre de una nueva nación,
Israel. Dios perpetuó esta comunicación personal con los descendientes de
Abraham hasta el tiempo de Moisés, que ayudó a sacar de Egipto al pueblo
de Dios. Entonces, de una forma impresionante, Dios habló de nuevo a
Moisés y grabó los Diez Mandamientos en tablas de piedra. Éstas eran las
normas divinas para la vida de su pueblo. Al final, el pueblo de Israel se
asentó en una tierra que Dios les había prometido, y de este pueblo saldría
la mayor de todas las revelaciones: Jesucristo.
El nacimiento de Jesús. Los teólogos llaman al nacimiento de Jesús la
encarnación, que significa “entrar en la carne o hacerse carne”. La doctrina
de la encarnación afirma que el Hijo preexistente de Dios se hizo hombre,
Jesús. El libro de Hebreos ofrece un estupendo resumen de la revelación
divina por medio de sucesos históricos y de la palabra oral de Dios, así
como de su obra por medio de Jesús: “Dios, habiendo hablado muchas
veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en
estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero
de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (He. 1:1-2).
Jesús, como Dios en forma humana, fue el portavoz definitivo de Dios.
Dios es espíritu, de modo que su Hijo adoptó forma humana para hablar
personalmente al ser humano. Jesús fue la revelación de Dios que caminó
por este mundo, transmitiendo las palabras divinas y haciendo los actos
milagrosos de Dios, incluyendo la crucifixión y la resurrección. Este último
acto posibilitó la venida del Espíritu de Dios, que hablaría a los corazones
de todos los que recibirían a Jesús como su Salvador personal.
¿Qué significa esto para tu vida?
A veces es necesario guardar un secreto para proteger a personas o cosas.
Pero en lo que respecta a la existencia de Dios y a su deseo de comunicarse
con el ser humano y tener relación con él, no hay secretos: ¡Dios existe! Se
nos ha revelado indirectamente por medio de su creación, y directamente
por medio de su Palabra, la Biblia, y especialmente a través de su Hijo, el
Señor Jesús.
Sí, Dios está aquí y no guarda silencio. Si aún no eres cristiano, la
pregunta que debes hacerte es la siguiente: “¿Reconozco que existe un Dios
y que se me revela, y que desea que le dé la bienvenida a mi vida?”. Dios te
ofrece la salvación y el don de la vida eterna por medio de su Hijo
(Jn. 10:28).
Si has respondido a la revelación que hace Dios de sí mismo por medio de
Jesucristo, alábale y dale gracias por tu salvación. Procura conocerle mejor
por medio de su Palabra; habla con Él mediante la oración; adórale en tu
corazón y en el templo; y comparte su mensaje de salvación con quienes no
tienen una relación con Él. Gózate diciendo, con los santos del Antiguo
Testamento: “Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación.
Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré” (Éx. 15:2).
28
El pecado no es solo un acto, es una
naturaleza
Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios
(Ro. 3:23).
Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el
querer el bien está en mí, pero no el hacerlo (Ro. 7:18).
Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo
con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del
pecado (Ro. 7:25).
l mundo es un lugar que da miedo, no solo debido a las turbulencias
E políticas mundiales, que incluyen guerras, terrorismo, secuestros y
asesinatos. El mundo también está lleno de catástrofes naturales y
enfermedades espantosas. Dos ejemplos de enfermedades temibles son el
virus del ébola (también conocido como FHE, o fiebre hemorrágica del
ébola) y el SIDA, que han provocado una tremenda devastación en África.
Lo que hace que estas enfermedades resulten especialmente aterradoras es
que son mortales, y que esté resultando tan difícil encontrar la cura para
ellas.
El pecado es una enfermedad para la que no existe cura humana. Pero, a
diferencia de una enfermedad que se contrae al entrar en contacto con una
persona o virus, el pecado infecta a todo ser humano desde el momento en
que nace, incluyéndote a ti. Es parte de nuestra naturaleza. No existe una
cura física para ella, y nos va corroyendo hasta que morimos.
Afortunadamente, Dios nos ha proporcionado la cura para el pecado. En
Marcos 2, vemos cómo Jesús aplica esta cura a un hombre paralítico a quien
sus amigos llevaron ante Jesús. En aquel momento, el Señor enseñaba
dentro de una casa, y estaba rodeado de una multitud que tapaba la puerta.
Como los amigos no podían acercarse a Jesús de otro modo, subieron a la
azotea de la casa, hicieron un agujero y bajaron al paralítico de modo que
este quedó ante los pies de Jesús. Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al
paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mr. 2:5).
Algunos de los líderes religiosos que escucharon a Jesús decir esto
exclamaron: “Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo
Dios?” (v. 7)
Jesús respondió: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para
perdonar pecados” (v. 10). Solo la acción sanadora de Cristo puede
solucionar la naturaleza incurable del pecado que afecta el cuerpo y la
mente.
Como vimos antes en este libro, todo ser humano es pecador. El pecado
no está limitado a nuestros actos; más bien, forma parte de nuestra
naturaleza, de quiénes somos. Veamos lo que tienen que decir las Escrituras
sobre el tema.
La naturaleza pecaminosa tuvo un principio. Dentro de la ciencia de la
medicina, el “caso índice” o “paciente inicial” de los afectados por una
epidemia recibe el nombre de “paciente cero”. En el libro de Génesis, Adán
fue el “paciente cero” en relación con la introducción del pecado en el
mundo. Veamos como describe la Biblia el origen de esta epidemia: Dios
creó un universo perfecto, con dos personas perfectas, Adán y Eva. Podían
hacer lo que quisieran, excepto comer del fruto de un árbol en concreto.
Dios les había advertido: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17).
Cuando Adán comió del fruto prohibido que le dio Eva, quien ya antes
había comido, se convirtió en pecador. Por definición, el pecado es todo
aquello que es contrario al mandato divino. Supone fallar el blanco de Dios;
es no alcanzar la perfección. Cuando Adán y Eva comieron del fruto
prohibido, desobedecieron voluntariamente a Dios.
De inmediato, Adán quedó totalmente infectado por el pecado. Ya no era
perfecto. Su naturaleza quedó contaminada, y pasó esta lacra a todo el que
ha nacido desde entonces. El apóstol Pablo explicó así este origen del
pecado: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por
el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto
todos pecaron” (Ro. 5:12). Debido a lo que hizo Adán, el pecado ahora
corría libremente por el mundo.
La naturaleza pecaminosa actúa sin restricciones. El hombre natural no
tiene un vínculo personal con Dios y “no percibe las cosas que son del
Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque
se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). Sin contar con la
información espiritual que Dios ofrece, una persona que no es salva no tiene
más restricciones que las normas de su sociedad y una conciencia
distorsionada. Actúa basándose solamente en sus deseos carnales. La Biblia
hace una lista de sus actividades normales o “evidentes”: “adulterio,
fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades,
pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías” (Gá. 5:19-20).
No es un panorama bonito, ¿verdad? A menos que Dios intervenga en la
vida de una persona, su naturaleza pecaminosa la condenará a muerte, y a
una eternidad alejada de Dios (Ro. 6:23).
La naturaleza pecaminosa tiene un rival. La naturaleza pecaminosa del
ser humano tiene su origen en Adán. Como resultado, el hombre está
espiritualmente muerto en sus delitos y pecados. Las personas pecan porque
son pecadores. La conducta pecaminosa es lo que el ser humano hace por
naturaleza, cuando no tiene a Dios. Como hemos visto, el único rival para la
naturaleza pecaminosa es Jesucristo.
Por medio de la muerte expiatoria de Jesús en la cruz, ahora hay remedio
para el pecado. Las personas tienen una alternativa. Pueden optar por seguir
a Dios o rechazarle. Por medio de la fe en Cristo, pueden “[despojarse] del
viejo hombre” y su conducta pecaminosa, como si se quietasen un vestido
viejo, y pueden vestirse con el “nuevo hombre”, que actúa “creado según
Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24).
La naturaleza de pecado lucha con la santidad. En Romanos 7, el apóstol
Pablo escribió acerca de la lucha que tiene todo creyente contra el pecado.
Aquí habla basándose en su experiencia personal. Podemos detectar su
frustración cuando describe el conflicto en su interior, la lucha entre su vieja
naturaleza de pecado y su deseo de honrar a Dios como un nuevo hombre.
Condena su naturaleza corrupta con sus afectos y lascivias, y sus deseos de
hacer el mal: “porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque
no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro. 7:17-
19).
La naturaleza de pecado se puede vencer. En Romanos 7:17-24, Pablo
explica que la lucha entre la antigua vida y la nueva prosigue incluso
después de hacernos cristianos. La vieja naturaleza no desaparece con la
salvación; sigue presente en nuestra carne. Pero, como cristianos, podemos
rechazar su influencia. Pablo dijo que tenemos dos opciones: una, podemos
permitir que nos influyan “los deseos de la carne” (Gá. 5:16), o dos,
podemos “andar según el Espíritu” (v. 16).
Como creyentes, podemos vencer los deseos de la carne si caminamos
conforme al Espíritu Santo, obedeciendo la Palabra de Dios y, por tanto,
produciendo el fruto del Espíritu (vv. 22-23). Esto no quiere decir que no
pecaremos; solo quiere decir que ahora podemos optar entre caminar según
el Espíritu o ceder a la carne.
Lo trágico es que la única opción que tienen los incrédulos es hacer “las
obras de la carne”, y si no se convierten, “no heredarán el reino de Dios”
(v. 21).
¿Qué significa esto para tu vida?
El incrédulo no tiene que librar la batalla contra la naturaleza pecaminosa.
El incrédulo peca porque esa es su naturaleza; pero, como creyente, tú tienes
la posibilidad de elegir si pecas o no. Lamentablemente, Satanás disfraza el
pecado como algo encantador, divertido y emocionante. La Biblia dice:
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). De modo que
prepárate para enfrentarte a las numerosas tentaciones atractivas que
vendrán a tu vida. Tienes que verlas como lo que son: invitaciones
cautivadoras para caer en el pecado.
¿Quieres evitar el pecado? Entonces haz estas dos cosas:
“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”
(Stg. 4:7).
29
Todo gira en torno al amor
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna (Jn. 3:16).
[Y] la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue
dado (Ro. 5:5).
l amor es sin duda una de las emociones, actitudes y cualidades más
E malentendidas de las que los seres humanos deseamos y poseemos. En
general, el mundo quiere definir el amor como cierto tipo de atracción física
que excluye prácticamente todo lo demás. Pero la Biblia tiene otra manera
de entender el amor y evaluarlo. Y debemos escuchar lo que tiene que decir,
porque la Biblia habla muchísimo del amor, usando la palabra más de 680
veces. Además, en la Biblia vemos a una persona perfecta que nos
demuestra la definición divina del amor: Jesucristo. Pero antes de aprender
acerca del amor por medio de Jesús, veamos cómo describe la Biblia el
amor desde el punto de vista de Dios Padre.
Dios nos muestra amor. El amor es tanto una cualidad divina dentro de la
naturaleza de la Trinidad como una actividad que realiza cada uno de sus
miembros. Por ejemplo, veamos algunos hechos sobre el amor de Dios:
El amor de Dios forma parte de su naturaleza: “Dios es amor”
(1 Jn. 4:8).
El amor de Dios por su Hijo es desde la eternidad: “porque me has
amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24).
El amor de Dios es activo: “dio a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16).
El amor de Dios es permanente: “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna
otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo
Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:39).
El amor de Dios se extiende a los perdidos: “porque el Hijo del
Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10).
El amor de Dios se sacrifica: “Mas Dios muestra su amor para con
nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”
(Ro. 5:8).
El amor de Dios bendice a sus hijos: “Mirad cuál amor nos ha dado el
Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1).
El amor de Dios es eterno: “con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3).
Jesús enseña sobre el amor. En Jesús hallamos tanto el modelo supremo
del amor como nuestro recurso último para transmitirlo a otros. Él amó
perfectamente, y nos enseña (y manda) que hagamos lo mismo. ¡Escucha
ahora la instrucción del Maestro sobre el amor!
Jesús practicó el amor. Porque lo practicó de forma perfecta, Jesús nos
muestra cómo hacer lo mismo y vivir su mandamiento de “os améis
unos a otros” (Jn. 13:34).
Jesús amó a sus amigos. En Juan 11:5 leemos que “amaba Jesús a
Marta, a su hermana y a Lázaro”. Le vemos en la casa de ellos,
comiendo con ellos en diversas ocasiones y llegando para ofrecer su
ayuda tras la muerte de Lázaro. Como amigo, Jesús estuvo allí cuando
aquellas personas le necesitaron en medio de una crisis de vida o
muerte.
Jesús amó a sus seguidores. Juan, al que la Biblia define como “el
discípulo al cual Jesús amaba” (Jn. 13:23), nos ofrece esta visión del
amor que sentía Jesús por los doce: “sabiendo Jesús que su hora había
llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a
los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1).
¡Hasta el fin! Amar a tu familia y a tus amigos es una cosa, pero, ¿qué
en cuanto a amar a aquellos con quienes trabajas todos los días?
Jesús amó a los perdidos. Lucas 19:10 dice: “El Hijo del Hombre vino
a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Jesús se relacionó
activamente con los perdidos; no los dejó de lado. Buscó a quienes
tenían necesidades.
El amor de Jesús se sacrificó. Jesús sometió su amor a la prueba
definitiva cuando murió voluntariamente en la cruz para garantizar
nuestra salvación. Dio el ejemplo supremo de amor altruista y
sacrificado. Jesús hablaba de sí mismo cuando dijo: “nadie tiene
mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”
(Jn. 15:13).
¿Cómo puedes tú mostrar el tipo de amor que manifestó Jesús? Todo
empieza con una relación personal con Dios por medio de Jesucristo. Una
vez que eres hijo de Dios, y dedicas tiempo a su Palabra y a la oración,
recibirás su amor de nuevo cada día. Desde aquí el amor se traduce en
actitudes de apoyo y ayuda primero a la familia, luego a otros creyentes, y
por último al mundo, a todo aquel a quien encontremos en nuestro camino.
Gracias a que el Espíritu Santo vive en nosotros, los cristianos contamos
con el amor de Dios: primero para amarle, y luego para amar a otros.
¿Qué significa esto para tu vida?
El amor es costoso. El amor a Dios le costó la muerte de su Hijo. El amor
de Dios te pide que renuncies a tu pecado y aceptes a su Hijo como tu
Salvador. El amor de Dios te pide que practiques el amor que se sacrifica de
formas muy prácticas… como escuchar, ayudar, servir, animar y dar de tu
tiempo y de tu dinero.
¿Has pensado por qué Jesús te manda que ames? El amor te exige algo;
requiere un esfuerzo. Y, tristemente, el amor no es siempre la respuesta
natural, a menos que quizá seas padre o madre. Pero más allá de este
vínculo familiar, es necesario nutrir el amor. Hay que estimularlo un poco,
sobre todo si vacilas en acercarte a otros con amor, quizá porque te hirieron
en algún momento del pasado cuando intentaste amar a otra persona.
A pesar de todos los obstáculos que te impiden ser obediente al mandato
de Dios de amar, puedes —y necesitas— recordar lo mucho que Dios te
ama por medio de su Hijo, Jesús, a pesar de tus pecados y errores. Su amor
incondicional debería motivarte a amar a otros, pues te muestra la manera
de amar. Ser consciente de lo mucho que Dios te ama te ayudará a superar
tu resistencia a amar a otros. Entonces, al ir mostrando amor por otros, el
sentimiento del amor surgirá de forma natural.
30
Jesús volverá de verdad
Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús,
que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis
visto ir al cielo (Hch. 1:10-11).
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo
que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que
tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro
(1 Jn. 3:2-3).
Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo
montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus
ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas
diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él
mismo (Ap. 19:11-12).
a Biblia es un libro preciso. Contiene solo lo que Dios decidió que era
L importante que supiéramos. Por consiguiente, cuando algo se repite,
podemos estar seguros de que Dios quiere llamar nuestra atención sobre
ello. Un ejemplo de esto es las muchas veces que el Antiguo Testamento
predijo el regreso personal y visible de Cristo para reinar sobre la tierra.
Existen más profecías sobre su regreso que sobre cualquier otro tema. Y en
el Nuevo Testamento, que contiene 260 capítulos, la segunda venida de
Jesús se menciona 318 veces. Más concretamente, el regreso de Jesús se
menciona una vez cada 25 versículos. Es evidente que Dios nos alerta sobre
la importancia del hecho del regreso de Jesús. Entonces, ¿cómo debemos
responder?
Lamentablemente, la maravillosa promesa del regreso de Jesús se
difumina debido a la confusión que domina a muchas personas sobre los
sucesos que rodean la segunda venida de Cristo. Respecto a su regreso, hay
dos formas de pensar:
Un grupo piensa que el regreso de Cristo se producirá en dos fases.
Primera, Jesús descenderá del cielo y se llevará a los cristianos a vivir con
Él. A este evento se le llama “el rapto de la Iglesia”, y se describe en
1 Tesalonicenses 4:13-18. La segunda fase es al final de los siete años de lo
que se llama “la gran tribulación”, cuando Jesús volverá con gran gloria.
Esta fase se describe en Apocalipsis 19. Cuando Jesús vuelva acabará con
todos sus enemigos y los cristianos reinarán con Él durante mil años en lo
que se llama el reino milenial.
Otros maestros de la Biblia están convencidos de que el rapto y el regreso
glorioso son un mismo acontecimiento. No creen que el regreso de Cristo se
divida en dos fases.
Independientemente de tu punto de vista, es imposible pasar por alto el
gran énfasis que pone el Nuevo Testamento sobre el hecho de que Jesús
volverá. Por supuesto, esto nos lleva a la segunda pregunta: ¿Qué sucederá
cuando Cristo regrese?
La segunda venida de Cristo tiene un propósito distinto. El propósito de
la primera misión de Jesús fue venir como siervo y Salvador. Vino a mostrar
al mundo el camino hacia la salvación y la vida eterna. Pero en su segunda
venida vendrá para juicio y condenación de todos los que rechazaron su
oferta de salvación.
La segunda venida de Cristo completará la realidad de la salvación. A
los creyentes se les asegura que “ninguna condenación hay para los que
están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). En 1 Corintios 1:8 leemos que Dios “os
confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro
Señor Jesucristo”. Esta garantía no se debe a nuestros grandes dones o
actuaciones sobresalientes, sino a lo que Jesucristo logró para nosotros por
medio de su muerte y su resurrección.
La segunda venida de Jesús tiene como objeto recoger a los suyos. Jesús
reunirá a todos los que forman su Iglesia para que vayan con Él al cielo, y
serán transformados instantáneamente en sus cuerpos eternos. Jesús dio a
sus discípulos —y a todos los creyentes— esta garantía: “Y si me fuere y os
preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo
estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).
La segunda venida de Jesús incluirá la resurrección de los creyentes que
hayan muerto. La pregunta que planteaba la iglesia de Tesalónica era: ¿Qué
pasará con quienes hayan muerto antes del regreso de Cristo? Pablo les
escribió para ayudarles a entender que para el creyente la muerte no es el
final de todo. Cuando Cristo regrese, todos los creyentes, incluyendo a los
que ya hayan muerto, serán reunidos, para no volver a sufrir ni a morir
jamás (1 Ts. 4:13-14).
Contando con esta información sobre lo que sucederá durante la segunda
venida de Jesús, puedes hacerte esta pregunta más práctica: “¿Cómo debo
vivir mientras espero el regreso de Jesús?”
¿Qué significa esto para tu vida?
Jesús dijo que nadie conoce el momento de su regreso: “Pero del día y la
hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos” (Mt. 24:36). Eso quiere
decir que debemos estar siempre preparados para su segunda venida. Pero
esto no significa que podamos ignorar lo que sucede a nuestro alrededor
ahora mismo. Al mismo tiempo que mantenemos la vista en el cielo,
también hemos de prestar atención plena a nuestras responsabilidades como
cristianos aquí en la tierra. Debemos cumplir nuestras obligaciones, cuidar
de nuestras familias y seres queridos, y vivir de tal manera que atraiga a
Dios a otras personas. También hemos de ser diligentes para compartir el
mensaje de salvación con los perdidos. Esa fue la misión de los discípulos, y
también es la tuya (Mt. 28:19-20). Como no conoces la fecha del regreso de
Cristo, debes sentir el impulso urgente de compartir las buenas noticias
mientras quede tiempo.
Por último, las profecías sobre el regreso de Jesús no se escribieron para
satisfacer tu curiosidad sobre el futuro, sino para cambiar tu modo de vivir
en la tierra. Esto era lo que anhelaba el apóstol Pedro para sus lectores, y tú
también debes preocuparte por ello: “Por lo cual, oh amados, estando en
espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha
e irreprensibles, en paz” (2 P. 3:14).
31
Jesús ora por ti y por mí
Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se
sentó a la diestra de Dios (Mr. 16:19).
Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los
hombres, Jesucristo hombre (1 Ti. 2:5).
[El poder de Dios] operó en Cristo, resucitándole de los muertos y
sentándole a su diestra en los lugares celestiales (Ef. 1:20).
lo largo de la historia, los estudiosos de la Biblia han explicado la obra
A de Cristo en términos de tres “oficios” o “funciones”: los de profeta,
sacerdote y rey. Aunque podemos hablar de estos oficios o funciones en
términos distintos, no se pueden desvincular unos de otros. Jesús, el Hijo de
Dios, entró en este mundo como alguien que predicaba y profetizaba cosas
venideras, pero también era un rey que iba a recibir su reino. Y también
actuó como un sacerdote, que oraba a menudo por sus discípulos, y que
ofreció el sacrificio supremo de sí mismo en la cruz. En este capítulo nos
centraremos en la enseñanza de la función de Jesús como sacerdote
intercesor: el hecho de que Jesús ora por ti.
La intercesión de Jesús tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Dios
instituyó el ministerio de sacerdote poco después de que los hijos de Israel
salieran de Egipto (Éx. 28). El sacerdote (y sobre todo el sumo sacerdote)
debía interceder por el pueblo y ofrecer sacrificios por sus pecados.
Además, una vez al año, el sumo sacerdote ofrecía en el día de la expiación
un sacrificio por los pecados de todo el pueblo. Al principio, estos
sacrificios y otras labores sacerdotales se realizaban en una estructura móvil
llamada tabernáculo, y más tarde en el templo fijo de Jerusalén. Pero con la
venida de Jesucristo, el Mesías, la tarea de sumo sacerdote quedó obsoleta.
¿Por qué? Porque Jesús asumió ese papel.
La intercesión de Jesús era permanente. Cuando los romanos destruyeron
el templo de Jerusalén en el año 70 d.C., la religión judía se quedó sin un
lugar donde realizar las funciones sacerdotales del Antiguo Testamento. Sin
templo, los sacerdotes judíos ya no podían seguir intercediendo por el
pueblo. La iglesia primitiva estaba compuesta de judíos que se habían
convertido al cristianismo, y debido a su trasfondo judío, estos conversos
estaban familiarizados con el papel del sacerdote, y podían entender
fácilmente el hecho de que Jesucristo era ahora su sacerdote e intercesor. El
libro de Hebreos, escrito para los judíos esparcidos por todo el mundo
romano, lo expresa claramente cuando dice: “Y los otros sacerdotes llegaron
a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por
cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” (He. 7:23-
24).
La intercesión de Jesús empezó durante su ministerio terrenal. De nuevo,
una de las funciones que desempeñaban los sacerdotes del Antiguo
Testamento era la de interceder por el pueblo. Dos veces al día entraban en
el lugar santo del templo y quemaban incienso a modo de ofrenda de
oración por el pecado del pueblo. De igual modo, mientras estuvo en el
mundo, Jesús oró a menudo por sus discípulos.
La noche antes de su muerte, Jesús elevó una extensa oración de
intercesión por sus discípulos. Esa oración, que aparece en Juan 17, señala
la transición entre el ministerio terrenal de Jesús y su ministerio intercesor
por todos los creyentes en el cielo, como lo describe Hebreos [Link] “ por lo
cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios,
viviendo siempre para interceder por ellos”.
La intercesión de Jesús viene con autoridad. Desde su ascensión, según
Hechos 1, Jesús ha estado sentado a la diestra del Padre. La importancia de
la posición de Jesús es que la derecha es el lugar de distinción y de poder,
no un lugar de reposo o de inactividad. El hecho de que esté a la diestra del
Padre es un símbolo de autoridad y de gobierno activo. En este lugar es
donde Jesús intercede ante el Padre por ti: “porque hay un solo Dios, y un
solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5).
La intercesión de Jesús es constante. Jesús no se limitó a darnos vida
eterna y luego nos abandonó a nuestros esfuerzos humanos. No, la obra que
Jesús empezó con su intercesión sacerdotal por sus discípulos y con el
sacrificio de su persona en la cruz seguirá adelante hasta que se complete,
“
cuando sus seguidores entren en su presencia. Estando persuadido de esto,
que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día
de Jesucristo” (Fil. 1:6).
Como vimos en Hebreos 7:25, Cristo intercede sin cesar por todos los
creyentes. Juan 11:42 indica que el Padre siempre escucha las oraciones de
Jesús, de modo que podemos estar seguros de que las oraciones de Jesús por
todos los creyentes seguirán sustentándoles hasta que lleguen al cielo.
La intercesión de Jesús está centrada. Tenemos una comprensión limitada
del papel de Jesús como nuestro abogado e intercesor. Pero en Juan 17:11-
26 se nos proporciona un atisbo del amor y el cuidado de Jesús por los
suyos, porque en ese pasaje oró primero por sus discípulos, y luego por
todos aquellos que a partir de aquel momento creerían en Él. Sin duda ese es
el mismo amor y cuidado que manifiesta hoy cuando intercede por nosotros.
Fijémonos en las peticiones concretas de la oración de Jesús:
Primero, Jesús oró por sus discípulos (Jn. 17:11-17):
1. Pide al Padre que los haga uno, como ellos son uno.
2. Pide al Padre que les imparta su gozo.
3. Pide que el Padre les proteja.
4. Pide que el Padre los santifique.
Luego Jesús oró por todos aquellos que creerían en él (Jn. 17:20-24):
1. Pide que los creyentes manifiesten unidad.
2. Pide que los creyentes honren al Hijo.
3. Pide que los creyentes manifiesten el amor de Dios.
4. Pide que los creyentes experimenten el amor divino.
5. Pide que los creyentes disfruten de la gloria de Cristo en el cielo, para
siempre.
El hecho de que Jesús ruegue e interceda por nosotros debería
consolarnos. Somos sus seguidores amados, y ora al Padre para que
constituyamos una fuerza unificada en el mundo. Ruega que “nos amemos
unos a otros” (1 Jn. 4:7). Desea que vivamos en unidad y en amor, teniendo
en mente un solo propósito: “para que el mundo conozca que tú [el Padre]
me enviaste” (v. 23). Nuestro testimonio de unión y de amor proclamará a
otros que Jesús fue enviado por el Padre como Salvador del mundo.
¿Qué significa esto para tu vida?
El patrón de oración intercesora de Jesús por sus discípulos y por todos
los creyentes es un buen modelo para nuestras propias oraciones. Además,
el hecho de que Jesús interceda continuamente por ti no significa que debas
dejar de pedir por ti mismo y tus inquietudes. Significa que cuando acudes
con confianza ante el trono del Padre para presentar tus peticiones, tendrás a
un intercesor y mediador que te acompañará.
Permite que la oración intercesora de Jesús aporte un mejor enfoque a tus
propias oraciones:
Ruega por ti mismo, tus necesidades y tu crecimiento espiritual.
Ruega por otros, para que se salven y amen al Señor.
Pide por la unidad de los cristianos y por tu parte en fomentarla.
32
Cuando Jesús murió, la muerte quedó
vencida
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que
Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que
fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras
(1 Co. 15:3-4).
¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús,
hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados
juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como
Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados
juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo
seremos en la de su resurrección (Ro. 6:3-5).
stos son nuestros valores fundamentales como empresa”. No te
“E puedo decir cuántas veces escuché o leí esa afirmación cuando
estaba en el mundo de los negocios. ¿Qué son exactamente los valores
fundamentales? Es una declaración que resume en pocas palabras las metas
y propósitos de una empresa. Mantienen a una empresa enfocada en una
dirección determinada teniendo fines concretos en mente. Y un beneficio
clave de los valores esenciales es que pueden inspirar a los empleados para
que rindan excepcionalmente.
Cuando hablamos del cristianismo, hay un sentido en el que podemos
decir que la resurrección de Cristo es “el valor fundamental”. La
resurrección es el eje alrededor del cual giran todas las verdades que Cristo
enseñó a sus discípulos cuando estuvo en la tierra. Él dijo: “Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”
(Jn. 11:25). Los dos primeros sermones pronunciados tras la resurrección y
la ascensión de Cristo se centraron en su resurrección (ver Hch. 2:14-36 y
3:12-26). Fue la resurrección la que convirtió a los abatidos seguidores de
Jesús en testigos valerosos y en mártires que, en cuestión de unos pocos
años, extendieron el evangelio por todo el Imperio Romano y más allá. Y, al
final, la resurrección proclamó el hecho de que, cuando Jesús murió, la
muerte quedó vencida.
Jesús murió para rescatarte de la esclavitud del pecado. Jesús dijo con
frecuencia a sus discípulos que debía morir, y les explicó por qué: “el Hijo
del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en
rescate por muchos” (Mt. 20:28). El rescate era el precio que se pagaba para
liberar a un esclavo de su situación.
Cuando Adán y Eva pecaron en el huerto de Edén, la humanidad cayó bajo
la esclavitud de Satanás, el pecado y la muerte. La muerte de Jesús pagó el
rescate necesario para satisfacer la santidad y la justicia divinas. La santidad
de Dios exigía que se pagase el precio, y el amor de Dios proporcionó ese
pago con la muerte del Hijo (Jn. 3:16). La vida perfecta de Jesús fue el
único sacrificio que podía ofrecerse para satisfacer la justicia de Dios. Jesús
murió para que tú no tuvieras que hacerlo.
Jesús murió para demostrar su poder sobre la muerte. Jesús no solo tuvo
que morir para pagar el precio de nuestro pecado, sino también para
demostrar su poder sobre la muerte. El apóstol Pablo dijo que Jesús “fue
declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la
resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:3-4). La resurrección de Jesús de
entre los muertos demuestra que Él es Dios y que posee vida eterna y que,
por consiguiente, puede dar esta misma vida eterna a todos los que creen en
Él.
Jesús murió derrotando a la muerte. A primera vista, parece que Satanás
fue el vencedor en el huerto de Edén (Gn. 3). Adán y Eva habían
desobedecido a Dios, y su pecado dio como resultado la muerte espiritual
inmediata y, con el tiempo, la muerte física. Incluso en la cruz, cuando Jesús
murió, Satanás pareció alzarse con la victoria. Pero Dios convirtió en
derrota el triunfo aparente de Satanás cuando Jesús resucitó de entre los
muertos. La muerte ya no es fuente de temor para nosotros, porque ha sido
“sorbida… en victoria” (1 Co. 15:54).
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?
ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la
ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio
de nuestro Señor Jesucristo (1 Co. 15:55-57).
Cristo venció a la muerte, y llegará un día en que todos los que están en
Cristo la vencerán también.
Jesús murió para dar esperanza. Muchas de las religiones de este mundo
hablan de algún tipo de vida después de la muerte; pero lo que dicen acerca
de esa vida futura está lleno de incertidumbre. Ofrecen una esperanza
incierta, una esperanza carente de contenido. Solo el cristianismo
proporciona la esperanza segura de que la muerte ha sido vencida, una
esperanza basada en relatos de testigos oculares de la resurrección corporal
de Jesús. Pablo fue uno de esos testigos, y ofrece una lista de personas que
vieron a Jesús vivo después de que los guardias romanos confirmaron su
muerte, y hablamos de unos hombres que eran verdugos expertos. Veamos
la lista de Pablo:
[Jesús] apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más
de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y
otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los
apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí
(1 Co. 15:5-8).
La muerte fue vencida en la cruz. ¡Jesús está vivo! La muerte ya no tiene
ningún poder sobre Él ni sobre ninguno de sus seguidores. Ninguna otra
religión puede hacer esta afirmación:
Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que
durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un
hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.
Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán
vivificados (1 Co. 15:20-22).
La muerte de Jesús canceló la muerte espiritual. Todas las personas
mueren físicamente, pero Cristo murió para que los creyentes no
experimentasen la muerte espiritual. Los cristianos tienen la máxima
confianza en la obra salvadora de Cristo y en la vida eterna. En el momento
de la salvación, somos declarados justos delante de Dios. Y, como dice
Romanos [Link] “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en
Cristo Jesús”. Como creyentes en Cristo, no tenemos motivos para temer la
muerte.
¿Qué significa esto para tu vida?
¿Eres creyente en Cristo? Si es así, no experimentarás la muerte espiritual.
¿Cómo debería afectarte esto? Para empezar, ¡deberías estar agradecido!
Además, date cuenta de que, aunque posees la vida eterna, aún sigues
funcionando con un cuerpo perecedero. De modo que no sabes cuánto
tiempo te queda en este mundo. Por tanto, aprovéchalo al máximo sirviendo
a Dios y a su pueblo. Tu vida nueva no está pensada para que solo pienses
en complacerte a ti mismo. Teniendo esto en mente, graba en tu corazón el
reto del apóstol Pablo: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y
constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro
trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58).
33
Nacer una vez no es suficiente
Nos salvó… por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración
y por la renovación en el Espíritu Santo (Tit. 3:5).
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su
grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la
resurrección de Jesucristo de los muertos (1 P. 1:3).
Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia
es nacido de él (1 Jn. 2:29).
on el estancamiento que padecieron algunas denominaciones cristianas
C durante la década de 1960, una ola de jóvenes contraculturales
llamados Jesus freaks (“fervorosos o fanáticos de Jesús”) se convirtieron al
cristianismo. Esta nueva generación de creyentes se dio cuenta de que sus
iglesias estaban moribundas, y contribuyeron a producir una oleada de
avivamientos que se extendió por los Estados Unidos. Estos jóvenes fueron
los que popularizaron la expresión “nacer de nuevo”.
Sin embargo, mucho antes de que esta expresión se identificase hasta tal
punto con los creyentes, Jesús utilizó estos términos en Juan 3:3, cuando
dijo a Nicodemo, un líder religioso judío: “De cierto, de cierto te digo, que
el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Básicamente,
Jesús le dijo a Nicodemo que “nacer una vez no es suficiente”.
Necesidad de un nuevo nacimiento
Nicodemo era un buscador; pero, como era un líder judío religioso
prominente, no quería que la gente le viera hablando con Jesús. De modo
que se acercó a Él de noche para obtener respuestas para sus preguntas.
Pero, incluso antes de poder despegar los labios, Jesús comenzó a hablar
sobre la oscuridad espiritual del corazón de Nicodemo: “el que no naciere
de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). Nicodemo necesitaba una
transformación espiritual que solo podía producir el Espíritu Santo.
Cuando Jesús dijo que Nicodemo necesitaba nacer de nuevo, al principio
él pensó que el Señor hablaba sobre el renacimiento físico. Entonces Jesús
le clarificó lo que quería decir: “De cierto, de cierto te digo, que el que no
naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (v. 5).
Como nos dice la Biblia en otros pasajes, todas las personas nacen sujetas
físicamente al pecado y a las tinieblas espirituales. El apóstol Pablo pintó
una imagen desoladora de la condición humana cuando dijo: “estabais
muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). ¡Todos los seres humanos
necesitan un segundo nacimiento!
Definición del nuevo nacimiento
La transformación espiritual producida por el Espíritu Santo es lo que los
teólogos llaman regeneración. La regeneración es un acto de Dios mediante
el cual se imparte vida eterna a un nuevo creyente. Este nuevo nacimiento
cambia todo el ser de la persona. Se le proporciona un corazón nuevo; su
mente queda iluminada; su voluntad es liberada de la esclavitud al pecado, y
Dios viene a morar en su cuerpo.
Naturaleza del nuevo nacimiento
¡Vaya cambio! La Escritura describe esta transformación de la siguiente
manera: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). Sigue
leyendo para saber más sobre el milagro del nuevo nacimiento.
El nuevo nacimiento es un acto en el que la persona es pasiva. Nadie
tiene control sobre el viento. Viene y va, y lo único que podemos hacer es
sentirlo. Jesús dijo que el nuevo nacimiento es como el viento. Viene sobre
una persona sin que esta haga ningún esfuerzo. Esto significa que ningún
acto religioso por tu parte puede producir el nuevo nacimiento (Jn. 3:8).
El nuevo nacimiento es subconsciente. El nuevo nacimiento no tiene por
qué sentirse necesariamente, pero el nuevo creyente apreciará enseguida sus
resultados. Algunas personas, cuando les llega la regeneración, pueden
manifestar una respuesta emocional, pero esta no es una garantía de que se
haya producido.
El nuevo nacimiento es inmediato. De igual manera que el nacimiento
físico es inmediato, el espiritual también lo es. No hay fases, pasos o grados.
O tienes vida espiritual o no la tienes. Jesús lo describió de este modo: “De
cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene
vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”
(Jn. 5:24).
¿Quién interviene en el nuevo nacimiento?
El autor de la regeneración es Dios Padre. En la eternidad pasada, Dios
decidió, por su soberana voluntad, elegir a un pueblo como posesión propia.
Esta elección se basó por completo en la gracia, y no tuvo nada que ver con
las cosas que haría ese pueblo en el futuro. Sin embargo, en el momento que
decidió Dios y por su Espíritu, tuvo lugar un acto de regeneración con este
resultado: “mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre,
les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).
El agente de la regeneración es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es
quien produce nuestro nuevo nacimiento. Otros pasajes bíblicos llaman a la
regeneración “renacimiento” y “renovación”, y dicen que el Espíritu Santo
es el agente de la misma: “nos salvó… por el lavamiento de la regeneración
y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3:5).
El mediador de la regeneración es Cristo. Un mediador es un
intermediario. Jesús, mediante su muerte y resurrección, trajo la
reconciliación entre Dios y el hombre pecador, posibilitando que Dios
entrase en una relación con el ser humano. Fíjate en la participación de
Jesús para hacer posible este nuevo nacimiento:
—“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”
(2 Co. 5:17).
—“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús” (Ef. 2:10).
—“… nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo”
(1 Jn. 5:11).
—“… nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección
de Jesucristo de los muertos” (1 P. 1:3).
El instrumento de regeneración es la Palabra. Fíjate en cómo describe
Pedro el papel de la Biblia en el nuevo nacimiento: “siendo renacidos, no de
simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive
y permanece para siempre” (1 P. 1:23).
Evidencias del nuevo nacimiento
Existen evidencias claras de que estás vivo físicamente, ¿verdad? Tu
corazón late; al tocarte, tu piel está caliente; tú hablas y piensas. Y, a menos
que estés confinado a una cama, puedes desplazarte de un lado a otro. Estas
son pruebas de que estás vivo.
De forma parecida, hay pruebas de que estás vivo espiritualmente. Como
dice la Biblia: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a
vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está
en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Co. 13:5). El libro de 1
Juan fue escrito para que el lector examinase y descubriera si realmente
habían nacido de nuevo. Veamos algunas de las pruebas a las que puedes
someter tu propia vida:
—¿Haces lo correcto? “Si sabéis que él es justo, sabed también que
todo el que hace justicia es nacido de él” (1 Jn. 2:29).
—¿Tienes al Espíritu Santo? “En esto conocemos que permanecemos
en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu”
(1 Jn. 4:13).
—¿Crees que Jesucristo es Dios? “Todo aquel que cree que Jesús es el
Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró,
ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Jn. 5:1).
—¿Tienes la victoria sobre el pecado? “Porque todo lo que es nacido
de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al
mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).
¿Qué significa esto para tu vida?
La vida no te da segundas oportunidades, pero Dios sí. Él te ofrece una
segunda oportunidad y un segundo nacimiento por medio de su Hijo
Jesucristo. ¿Has respondido a la oferta de Dios de relacionarte con Él y
nacer de nuevo? Si no es así, busca al Señor Jesús, como hizo aquel hombre
llamado Nicodemo.
Si ya has experimentado este nuevo nacimiento, alaba a Dios y anuncia a
tu familia y a tus amigos el hecho de que “es necesario nacer de nuevo”.
¡Nacer una vez no es suficiente!
34
La redención es solo una parte de la
historia
¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
(Ro. 7:24).
Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor
Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para
librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro
Dios y Padre (Gá. 1:3-4).
[Porque] ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos
recibisteis… y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los
muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera (1 Ts. 1:9-10).
ivimos en un mundo de incendios, inundaciones, terremotos y otros
V tipos de catástrofes de las que hay que rescatar a las personas.
También hay secuestros, situaciones con rehenes y otras circunstancias que
exigen la participación de equipos de rescate profesionales. Algunos de los
rescates los llevan a cabo policías y bomberos, y otros, los miembros de
equipos de Operaciones Especiales de las Fuerzas Armadas que han
recibido un entrenamiento especial.
Estos profesionales invierten mucho tiempo en prepararse para la
posibilidad de tener que rescatar a una persona. Su capacidad de hacer bien
el trabajo puede suponer la diferencia entre que una víctima salga con vida o
muera en el proceso.
¿Has pensado alguna vez en que Dios también se dedica a esta actividad
de rescate? Pero en cuanto a Dios, hablamos de otro tipo de rescate, pues Él
toma a los que están muertos y les da vida. Y eso es solo el principio de
todo lo que hace Dios cuando rescata a alguien. Veamos lo que hace:
El rescate comenzó en la eternidad. Si eres un creyente en Cristo, tu
salvación no ha sido un suceso reciente por lo que respecta a Dios. Tu
rescate se planificó en la eternidad pasada y se llevó a cabo en el ámbito del
tiempo. Así es como sucedió, tal como lo vio el apóstol Pablo: “Porque a los
que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre
muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los
que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también
glorificó” (Ro. 8:29-30).
Dios determinó de antemano, en la eternidad pasada, amarte, separarte y
destinarte a ser como Jesús, y para que vivieras con Él en la eternidad
futura.
El rescate se llevó a cabo en el tiempo. La Biblia dice: “estabais muertos
en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). Como estabas muerto
espiritualmente, no podías comprender tu necesidad de ser rescatado.
Estabas perdido espiritualmente sin saberlo. No te dabas cuenta de que
corrías un grave peligro. Es como si estuvieras a punto de morir en un
edificio ardiendo sin ser conscientes de ello.
A menos que Dios intervenga en la vida de una persona que no es salva,
esta seguirá avanzando por el camino que lleva a la destrucción eterna. Pero
afortunadamente, Dios interviene y ofrece a determinadas personas, a las
que ha elegido en la eternidad pasada, el deseo de ser rescatadas.
Un buen ejemplo de la intervención divina es la vida de una mujer
llamada Lidia. Hechos 16:14 dice: “el Señor abrió el corazón de ella para
que estuviese atenta a lo que Pablo decía”. En el momento que Dios eligió,
los ojos de Lidia fueron abiertos y se dio cuenta de que estaba en un edificio
incendiado, y respondió al evangelio.
En el momento que Dios elige, aquellos a los que ha elegido (Ro. 8:33)
ven las llamas y entienden que, a menos que sean rescatados, morirán. La
salvación se cumple cuando Dios abre los corazones y mentes de las
personas para que se arrepientan de sus pecados y acepten la muerte de
Cristo como pago por sus pecados. El apóstol Pablo lo expresó de esta
manera: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado
al reino de su amado Hijo” (Col. 1:13).
El rescate proporciona nuestra aceptación. Todos los incrédulos son
enemigos de Dios. Pero como parte del rescate para salvación de Dios,
quienes antes eran enemigos son “aceptos en el Amado” (Ef. 1:16). La
gracia de Dios ha permitido que los pecadores como tú y como yo seamos
aceptados como amados de Dios.
La Biblia usa diversos términos para expresar nuestra aceptación por parte
de Dios, incluyendo redimidos (Ro. 3:24), reconciliados (2 Co. 5:19-21),
perdonados (Ro. 3:25), justificados (Ro. 3:24) y glorificados (Ro. 8:30).
¡Estas declaraciones de aceptación son solamente unas de las pocas cosas
que se desprenden del rescate que se lleva a cabo en la vida de un pecador!
El rescate nos proporciona una posición. La salvación que Cristo hizo
posible ha establecido nuestra posición delante de Dios. Nada nos puede
separar del favor de Dios (Ro. 8:9). Somos ciudadanos del cielo (Fil. 3:20),
miembros de un sacerdocio real (1 P. 2:5), miembros de la familia de Dios
(Ef. 2:19), hijos e hijas adoptados en esa familia (Gá. 4:5), y la posesión
especial de Dios (1 P. 2:9). Nuestra posición en Cristo se determinó en la
eternidad pasada, se estableció en la salvación ¡y se aseguró para toda la
eternidad!
El rescate nos promete una herencia. El hecho de que Dios, por su amor,
te eligiera en la eternidad pasada garantizó no solamente tu vida presente,
sino también la venidera. A los ojos de Dios tu herencia ya está garantizada.
Por eso, el término “glorificados” de Romanos 8:30 está en tiempo pasado;
porque ahora esperas el momento en que estarás con Dios por toda la
eternidad. Y, como promesa de todo lo que vendrá, se te ha concedido el
Espíritu Santo, que es “las arras de nuestra herencia hasta la redención de la
posesión adquirida” (Ef. 1:14).
¿Qué aspecto tiene esta herencia? Somos herederos de Dios y coherederos
con Cristo (Ro. 8:17). Somos bendecidos en los lugares celestiales con toda
bendición espiritual (Ef. 1:3). Hay una herencia guardada en los cielos para
nosotros (1 P. 1:4). Tenemos una corona que nos espera, la corona de la
justicia, que Jesucristo nos dará (1 Ti. 4:8).
El rescate produce nuestra capacitación. Una de las bendiciones de la
salvación es el poder de la presencia de Dios en nuestra vida por medio de
la morada del Espíritu Santo. El Espíritu nos capacita para vivir de un modo
que honre a Cristo. Cuando caminamos según el Espíritu, no haremos las
obras de la carne (Gá. 5:16). Esta capacitación que viene de la gracia de
Dios nos libra de la carga del pecado (Ro. 6:14). Nos convierte en ministros
de un nuevo pacto, no de la ley, sino del Espíritu (2 Co. 3:6).
¿Qué importancia tiene esto para ti?
¿Cómo suelen reaccionar las personas a las que rescatan de un edificio
ardiendo, una inundación impetuosa o un lugar salvaje y remoto? ¡Están
entusiasmadas! Sienten una gran alegría, las dominan las emociones y están
llenas de gratitud. Estaban perdidas y las han encontrado. Corrían peligro,
pero las han salvado.
Cuando te hiciste cristiano, tú también fuiste salvo. Fuiste salvo de una
eternidad separado de Dios. De modo que recuerda siempre el día de tu
salvación y adora a quien te salvó. Movido por gratitud por la gracia y
misericordia de Dios, debes alabarle durante toda tu vida. Además, debes
sentir el impulso de contar a otros que necesitan ser rescatados que Cristo
les ofrece salvación y una nueva vida en Él.
Saber que solo Dios te puede salvar debería animarte a orar por tus
familiares, amigos y compañeros de trabajo que no son salvos. Pide a Dios
que abra sus corazones al evangelio. No has sido salvado para cumplir tus
propios propósitos, sino para alabar a Dios, honrar a tu Salvador y servir a
su pueblo mientras aguardas tu herencia venidera. ¡Qué día más glorioso
será ese!
35
El Espíritu Santo es el arma secreta de
todo cristiano
Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y
hasta lo último de la tierra (Hch. 1:8).
Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en
otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen (Hch. 2:4).
Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es
Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del
Espíritu en nuestros corazones (2 Co. 1:21-22).
l leer mi Biblia, me gusta seguir las vidas de hombres y mujeres
A concretos y ver cómo Dios los transformó y utilizó. Cuando abrimos el
libro de Hechos, vemos a un grupo reducido de hombres y mujeres apiñados
en una habitación en Jerusalén. Pero no pasó mucho tiempo antes de que
ese grupo abatido y derrotado de cristianos se convirtiera en un ejército
valiente de testigos y mártires.
Dos de las personas que más me gustan en el libro de Hechos son Esteban
y Felipe. Los conocemos cuando los miembros de la Iglesia primitiva los
eligieron para atender las necesidades de las viudas de Jerusalén (Hch. 6:1-
6). Pocos versículos después vemos a Esteban realizando “grandes prodigios
y señales entre el pueblo” (v. 8). Como había confundido a los líderes judíos
en las sinagogas locales, fue llevado ante los dirigentes de Israel, a los que
amonestó por no creer en Cristo (Hch. 7:2-53).
Vemos que a Felipe también le pasaron cosas igualmente increíbles.
Primero está sirviendo a las mesas y, a la vez siguiente que lo vemos, está
predicando a Cristo en Samaria. Él también realizaba “señales” (Hch. 8:6).
¿Cuál fue el común denominador que compartieron Esteban, Felipe y los
demás que estaban reunidos en el aposento alto en Jerusalén? Todos estaban
“llenos del Espíritu”. Fueron capacitados de una forma especial para
realizar con éxito la obra de Dios.
La enseñanza que examinamos en este capítulo es que el Espíritu Santo es
el arma secreta de todo cristiano. La primera vez que se concedió este
poder fue en Hechos [Link] “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre
vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea,
en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Este poder fue concedido con un
propósito espiritual, y está vinculado exclusivamente con el ministerio del
Espíritu Santo.
El poder de Dios viene del Espíritu Santo. Normalmente, el poder en este
mundo se consigue gracias a un intelecto superior, a la riqueza, la fuerza o
la manipulación astuta. Pero el poder que Jesús ofreció a sus discípulos,
poder que también concede a todos los creyentes, viene del Espíritu Santo.
En el Antiguo Testamento, Dios capacitó solo a un número reducido de
individuos concretos con el Espíritu Santo, como Moisés, David y aquellos
que hacían las distintas partes para la edificación del tabernáculo y el
templo. Pero desde la época de Hechos 2 en adelante, el Espíritu Santo ha
entrado en la vida de todos los seguidores de Cristo, incluido tú, y además
lo ha hecho para quedarse. Esto significa que disfrutas durante toda la vida
de la capacitación que Él te da.
El poder de Dios acompaña a la salvación. Los discípulos recibieron su
poder el día de Pentecostés, cuando “fueron llenos del Espíritu Santo”
(Hch. 2:4). Tú recibiste el mismo poder cuando pusiste tu fe y confianza en
Jesucristo: “el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos
ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Co. 1:21-22). No
tienes que pedir poder, o pedir más poder. Con la salvación recibiste todo el
poder que necesitas.
El poder de Dios viene por la obediencia. Cuando caminas con Dios
mediante su Espíritu, experimentas la victoria sobre los deseos del mundo.
Tu carne pecadora y el Espíritu que vive en ti están en guerra. Si cedes a la
carne y tus deseos pecaminosos, quedarás indefenso en la lucha contra el
pecado. Pero cuando caminas en obediencia a los mandamientos de Dios tal
como están escritos en la Biblia, obtienes amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio (Gá. 5:22-23).
El poder de Dios está disponible para dar testimonio. Jesús prometió a los
discípulos que recibirían poder para cumplir una misión determinada. Les
dijo: “Recibiréis poder… y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea,
en Samaria y hasta los confines de la tierra”. Antes de la llegada del Espíritu
Santo, sus seguidores eran tímidos, sentían miedo y estaban desanimados.
Pero después de la venida del Espíritu, sus vidas dieron un vuelco.
Corrieron osadamente por las calles de Jerusalén, diciendo a todos los que
quisieran escuchar lo que habían visto y oído cuando estaban con Jesús.
Tú también tienes la capacidad de ser testigo de Jesús. Puedes contar a
otros lo que has visto, oído y aprendido gracias a la Palabra de Dios sobre
Jesucristo, y lo que has experimentado en tu relación con Él. Tienes…
—convicción para hablar de Cristo,
—valor para hablar por Cristo,
—confianza para hablar acerca de Cristo, y
—la capacidad para hablar en nombre de Cristo.
El poder de Dios nos ayuda a comprender y a recordar la Biblia. Jesús
prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo les ayudaría a recordar lo
que Él les había enseñado. Esta promesa se cumplió cuando los discípulos
fueron por todo el mundo enseñando las palabras de Jesús. Todos los libros
del Nuevo Testamento fueron escritos por los discípulos o por otros
creyentes muy relacionados con ellos.
De igual manera, el Espíritu Santo nos ayuda cuando leemos la Biblia.
Nos ayuda a comprender lo que leemos, planta esas verdades en nuestras
mentes, nos convence de la voluntad de Dios y nos exhorta sobre los
pecados que debemos evitar.
El poder de Dios es para el servicio. Los cristianos recibimos “dones
espirituales”, capacidades divinas que debemos usar “para provecho”
(1 Co. 12:7). Estas capacitaciones sobrenaturales te permiten servir a Dios y
a su pueblo con un poder constante.
A solas, eres débil y no estás a la altura. Pero con la capacitación de Dios,
puedes hacer un impacto increíble, ya sea hablando ante una multitud hostil
como hizo Esteban, o desarrollando el ministerio vigoroso y de amplio
alcance manifestado en la vida de Felipe.
¿Qué significa esto para tu vida?
El Espíritu Santo capacita a los creyentes obedientes. De modo que
controla las cosas en tu vida; guárdate del pecado, y vigila tus palabras y tus
actos. Y cuando caigas, apresúrate a arreglar las cosas con Dios (confiesa tu
pecado) y con otros (pide perdón).
Descansa sobre el poder del Espíritu Santo que mora en ti. Sin duda, Él es
tu arma secreta. Nunca te abandonará, y su poder está disponible para ti en
todo momento… para siempre… y en toda circunstancia. Cuando la vida se
complica o todo empieza a venirse abajo, pide ayuda a Dios. ¡Descansa en
su poder en tus momentos de prueba!
36
¿Cómo es Dios? Mira a Jesús
He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su
nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros (Mt. 1:23).
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era
Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… A
Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del
Padre, él le ha dado a conocer (Jn. 1:1, 14, 18).
Yo y el Padre uno somos (Jn. 10:30).
ios es espíritu, y existe fuera del tiempo y del espacio. Su santidad
D perfecta impide el contacto con la humanidad pecadora. Para que Dios
pudiera volver a relacionarse con su creación, se hizo humano. Jesús, el Hijo
de Dios, igual a Dios en todos los aspectos, se hizo hombre. Durante su vida
en la tierra, estuvo expuesto a todas las tentaciones que experimentamos los
humanos, pero nunca pecó. Vivió una vida perfecta y murió como ofrenda
por los pecados de la humanidad, y luego, al tercer día, resucitó de los
muertos. Su resurrección fue prueba de que el Padre aceptó su sacrificio y
de que Él era realmente el Hijo de Dios. Sabiendo todo esto, y habiendo
asumido que Jesús es Dios encarnado, lo único que tenemos que hacer es
contemplar la vida de Jesús para ver cómo es Dios:
Dios es accesible. En los tiempos de Jesús, quienes padecían lepra eran
temidos y se les consideraba ceremonialmente impuros, según la ley judía.
Eran echados de la comunidad. El leproso tenía que gritar “¡Inmundo,
inmundo!” cada vez que alguien se le acercase o pasaba cerca de él.
Tristemente, la gente acostumbraba a tomar piedras y lanzárselas a los
leprosos que mendigaban alimentos. Por el contrario, cuando un leproso se
acercó a Jesús, Él “extendió su mano y le tocó” (Mr. 1:41). ¡Increíble! ¿Y
cuál fue el resultado? Que el leproso fue sanado inmediatamente (v. 42).
Igual que el Hijo, Dios es accesible. Podemos hablar con Dios en todo
momento de cada día. Podemos abrir nuestros corazones en oración e,
instantáneamente, estamos en su presencia. Porque Dios es accesible es por
lo que Hebreos 4:16 dice: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de
la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno
socorro”.
Dios es compasivo. Jesús siempre atendió a las necesidades de las
personas. En cierta ocasión, una multitud le acompañó hasta un lugar
desierto. En lugar de pedirles que se fueran, ¿qué hizo? “Salió Jesús y vio
una gran multitud, y tuvo compasión de ellos”. ¿Por qué? “Porque eran
como ovejas que no tenían pastor”. De manera que “comenzó a enseñarles
muchas cosas” hasta que “la hora era ya muy avanzada” (Mr. 6:34-35).
Primero satisfizo sus necesidades espirituales, y luego se ocupó de sus
necesidades físicas (vv. 39-41). Esto es coherente con la compasión que
Dios manifestó en el Antiguo Testamento: “Pero tú eres Dios que perdonas,
clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia” (Neh. 9:17).
Dios es fiel. A pesar de las distracciones y de las peticiones de las
personas, Jesús permaneció fiel a su propósito diciendo a la multitud:
“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la
voluntad del que me envió” (Jn. 6:38). Hasta el final, Jesús avanzó fielmente
hacia la meta que el Padre le había puesto delante. El día antes de morir,
expresó al Padre su evaluación del cumplimiento de su misión: “Yo te he
glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese”
(Jn. 17:4). Y este es el mismo tipo de afirmación que se hizo sobre Dios en
Lamentaciones [Link] “Grande es tu fidelidad”. Jesús fue fiel para cumplir su
misión, y el Padre también lo es para cumplir sus numerosas promesas
hechas a su pueblo.
Dios es paciente. A lo largo de la Biblia somos testigos de la paciencia de
Dios. En uno de los casos, Dios Padre fue paciente con la humanidad
pecadora esperando 120 años antes de enviar su castigo bajo la forma de un
diluvio que destruyó a toda la humanidad sobre la faz de la tierra,
exceptuando a Noé y a su familia (Gn. 6:3).
Jesús, como Dios encarnado, también refleja este mismo corazón de
paciencia. Fue paciente con sus discípulos y su incredulidad. Fue paciente
con todos los que sentían el deseo sincero de conocerle y creer en Él. ¿Te
puedes imaginar la paciencia que tuvo el Creador del universo para trabajar
con un grupo de personas, creación suya, incluso con su propia familia, que
no lograba entender lo que les contaba de sí mismo? Esa es la misma
paciencia que Jesús tiene contigo. ¡Él sabe que eres una obra inacabada!
Dios es amor. Juan, al que se lo conoce como “aquel al que Jesús amaba”
(Jn. 13:23), nos ofrece esta visión sobre el amor que sentía Jesús por sus
doce discípulos: “Sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase
de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). Jesús también amaba a sus amigos
Marta, María y Lázaro (Jn. 11:5).
¿Cómo expresa Dios su amor hoy? “Dios muestra su amor para con
nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”
(Ro. 5:8).
Dios es veraz. Jesús era y es la verdad. Esta cualidad de su carácter
siempre estuvo de manifiesto en la vida de Cristo, porque vivió la verdad. Él
dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6). Y, como Maestro
y Señor, su enseñanza no dejó la posibilidad de una mala interpretación o
una comunicación incompleta.
Jesús era directo, sencillo y claro con la verdad. Quería que sus seguidores
conocieran la verdad y dijeran la verdad. En Mateo 5:37 dijo: “Pero sea
vuestro hablar: Sí, sí; no, no”. Su mensaje fue: ¡Decid la verdad! Di lo que
quieres decir, y siente lo que dices… y haz lo que has dicho que vas a hacer
o lo que no vas a hacer. Entonces otros podrán confiar en ti y creerte.
¿Qué significa esto para tu vida?
¿Quieres conocer más de Dios, aparte de las pocas cualidades que hemos
destacado hasta ahora, estudiando la vida de Jesús? Para saber más sobre
cómo es Dios, primero debes conocer mejor a su Hijo. Una buena manera
de hacerlo es leyendo los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Así podrás aprender acerca del carácter de Dios examinando el de Jesús y
viendo cómo llevó a cabo su misión en este mundo. Fíjate en lo que dijo el
escritor de Hebreos al describir todo el alcance de la encarnación cuando
Dios se hizo hombre:
Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro
tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha
hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien
asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y
la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con
la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros
pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en
las alturas (He. 1:1-3).
Saber más de Jesús debería llevarte a alabarle incluso más, y despertar en
tu interior un deseo mayor de imitar en tu vida los rasgos de su carácter.
37
Dios desea tener intimidad contigo
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de
nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe
a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la
esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5:1-2).
Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva
humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un
solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad
(Ef. 2:15-16, NVI).
Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en
vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su
cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y
sin mancha e irreprensibles delante de él (Col. 1:21-22).
ubo una vez un hombre rico que tenía dos hijos. Uno de ellos no
H estaba satisfecho con su papel dentro de la familia de su padre, y
anhelaba viajar por el mundo y experimentar todo lo que pudiera ofrecerle
la vida. Acudió a su padre y le pidió su parte de la herencia. Con su porción
de las riquezas paternas, se fue de casa para ver mundo.
No pasó mucho tiempo antes de que aquel hijo malgastara toda su riqueza.
En un esfuerzo por ganarse la vida, el único trabajo que pudo encontrar fue
el de cuidar de unos cerdos. De hecho, era tan pobre que deseaba comer los
alimentos que les daban a los cerdos. Al darse cuenta de su estado y
recordando que los jornaleros de su padre vivían mejor que él, el joven
decidió regresar a su hogar. Pediría perdón a su padre y le rogaría que le
hiciera como uno de sus jornaleros.
Un día, cuando el padre oteaba el horizonte como hacia cada día, vio a un
hombre en la distancia y reconoció que era su hijo. Su corazón estaba lleno
de compasión, y en lugar de esperar a que el hijo llegara a su lado, se acercó
corriendo a él y le abrazó, perdonándole y restaurándole en su posición
como hijo.
Seguramente reconoces este relato abreviado como una parábola que
contó Jesús en Lucas 15:11-24. En la parábola, el padre representa a Dios,
quien en su gran compasión desea restaurar su intimidad con la humanidad,
que se perdió cuando Adán y Eva cayeron en el pecado. Los estudiosos de la
Biblia nos dicen que la relación íntima con Dios solamente es posible
cuando tiene lugar la reconciliación. Como enseña la parábola, cuando el
hijo rebelde admitió su responsabilidad personal por el pecado, dio el primer
paso hacia la reconciliación y la intimidad restaurada con su padre. La
Biblia tiene mucho que decir sobre la reconciliación.
La reconciliación es necesaria. En el principio existía una relación íntima
entre Dios y sus creaciones humanas. Pero en cuanto el hombre pecó, esa
relación se interrumpió. En Génesis 3:8 leemos que cuando Adán y Eva
“oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día…
se escondieron de la presencia de Jehová Dios”. Esto nos indica que, hasta
ese momento, Dios deseaba interactuar con su creación; por eso estaba “en
el huerto”. Pero, debido al pecado, ahora el hombre tenía miedo de
mantener una relación con Dios. Adán dijo a Dios: “Tuve miedo, porque
estaba desnudo; y me escondí”.
A partir de ese instante, el hombre pecador quedó alienado de un Dios
santo. Si Dios no hubiera intervenido, el ser humano habría seguido sumido
en la rebelión y la alienación de su Creador. Dios dio el primer paso, y
“siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).
La reconciliación conlleva restauración. La reconciliación significa la
restauración de una relación. En el sentido bíblico, se trata de la
restauración de la comunión entre Dios y el hombre. Conlleva la
eliminación del pecado, que altera la relación entre Dios y el ser humano,
que pasa de ser de hostilidad a amistad. Sin reconciliación no puede haber
relación.
Los objetos de la reconciliación son Dios y el hombre. La reconciliación
implica a Dios y al ser humano. Cambia la relación entre las dos partes, que
ya no están separadas por la barrera del pecado. Así es como intervienen
ambas partes:
El hombre es el objeto de la reconciliación. Dios produce un cambio
en el hombre borrando su pecado mediante la muerte de Cristo, y
restaurando así la armonía entre Él y el hombre. Pablo afirma que el
hombre es el objeto de la reconciliación en 2 Corintios 5:18-19, donde
dice: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo
mismo por Cristo… que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo
al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”.
Dios es el objeto de la reconciliación. La reconciliación es el cese de
la hostilidad o de la ira entre las partes alienadas. Por tanto, la muerte
de Cristo eliminó la enemistad de Dios con el ser humano. Una vez
más, pero desde la posición contraria, el apóstol Pablo afirma que
Dios es también el objeto de la reconciliación, en Romanos [Link]
“siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo”.
La reconciliación se realizó en el Calvario. El Calvario es el lugar donde
se alzó la cruz en la que murió Cristo. La muerte de Cristo produjo la
reconciliación tanto universal como individual. La Biblia dice que “Dios
estaba reconciliando al mundo consigo mismo” mediante el pago por el
pecado que Cristo hizo en la cruz. Debido a que se saldó la deuda por el
pecado, ahora las personas tienen el camino abierto para reconciliarse con
Dios.
El hecho de la reconciliación no quiere decir que todos los habitantes del
mundo la desearán o recibirán. No es una realidad hasta que una persona se
vuelve a Dios. Por eso Pablo nos exhorta “reconciliaos con Dios”
(2 Co. 5:20). La reconciliación se ofrece mediante la muerte de Cristo, pero
solo tiene lugar cuando una persona recibe el perdón en Cristo, como afirma
este versículo: “también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro
Jesucristo, por quien hemos recibido la reconciliación” (Ro. 5:11).
¿Qué significa esto para tu vida?
La noticia de que Dios y el ser humano se pueden reconciliar es el
mensaje central del evangelio. La guerra entre Dios y el hombre ha acabado.
Si has recibido a Jesucristo como Señor y Salvador, tus pecados han sido
borrados, y has sido justificado. Ya no eres enemigo de Dios ni un extraño o
un desconocido para Él.
Esta es una gran noticia, digna de darla a conocer a otros. Como has sido
reconciliado, Dios “nos entregó a nosotros la palabra de la reconciliación”
(2 Co. 5:19). En esa condición, tú y yo “somos embajadores en nombre de
Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre
de Cristo: Reconciliaos con Dios” (v. 20). ¿Sientes que necesitas transmitir
este mensaje de reconciliación a alguien hoy?
Debido a la reconciliación que viene por medio de Cristo, tienes paz con
Dios y te ha sido concedido el acceso personal a Él por medio de su Hijo
Jesucristo (He. 10:22). Gracias a esa relación íntima puedes hablar con Dios
en cualquier momento del día y de la noche. Él escucha tus oraciones y
personaliza sus respuestas conforme a su voluntad. Gracias a tu relación
familiar con Dios, puedes estar seguro de que sus actos a tu favor van a ser
siempre para tu beneficio.
38
El Señor es mi pastor
Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos
me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará (Sal. 23:1-
2).
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas
(Jn. 10:11).
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy
vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano
(Jn. 10:27-28).
unca olvidaré aquel día en que tomé una curva de una carretera rural
N secundaria y casi choqué con un rebaño de ovejas y su pastor; ¡no
faltaba ni el perro ovejero! No podía creer lo que veía, porque estaba en el
condado de Ventura, al norte de la metrópolis de Los Ángeles.
Sí, los rebaños y los pastores siguen existiendo en nuestro mundo
moderno. Sin embargo, el concepto del pastoreo es algo desconocido para la
mayoría de las personas, sobre todo las que viven en las ciudades. Tú no te
encuentras con muchos pastores en el centro de New York, o apacentando a
sus ovejas en la plaza principal de Los Ángeles. Y, sin duda alguna, no se
ven a muchos pastores guiando su rebaño por las calles de Chicago.
Sin embargo, los pastores y las ovejas forman parte integral de la cultura
bíblica. Los pastores desempeñaban una función vital para los pueblos
agrícolas de la época bíblica, y esto no ha cambiado mucho con el paso del
tiempo. Incluso hoy día, en Oriente Medio se pueden ver por muchas partes
rebaños de ovejas con sus pastores, haciendo lo que llevan haciendo miles
de años. Y las funciones cotidianas de pastores y ovejas ilustran muy bien
para nosotros las maneras en que Cristo, el gran Pastor, cuida de nosotros,
sus ovejas.
Cristo se sacrificó por sus ovejas. La tarea de un pastor es proteger a las
ovejas. Un buen pastor no sale huyendo cuando los lobos amenazan al
rebaño. Jesús se sacrificó voluntariamente, de modo que sus ovejas pudieran
tener vida eterna.
Cristo provee de seguridad a sus ovejas. De la misma manera que las
ovejas son vulnerables a los ataques físicos, el pueblo de Dios siempre está
en peligro de sufrir ataques espirituales. Necesitamos protección. Jesús
prometió a sus seguidores que ninguna de las fuerzas del mal podría
arrebatarlos de su mano, y que la nueva vida que tienen en Él permanecerá
para siempre (Jn. 10:28). Con Jesucristo como nuestro Pastor estamos en
buenas manos y no tenemos nada que temer.
Cristo no deja a sus ovejas sin ayuda. Jesús ya no está en la tierra, así que
¿cómo puede Él dar a sus seguidores ayuda, asistencia y dirección? Como el
buen pastor, Jesús nos ha dado el don de su Espíritu que mora en nosotros
(Jn. 14:17) y que en su ausencia actúa como nuestro ayudador y maestro
(v. 26).
Sin embargo, Jesús también nos ha dado otro don: líderes espirituales que
nos enseñan y nos guían: “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros,
profetas; a otros, evangelistas; a otros pastores y maestros, a fin de
perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del
cuerpo de Cristo” (Ef. 4:11-12).
Cristo provee liderazgo para sus ovejas. El propio título de pastor denota
liderazgo. Las ovejas siguen al pastor, tal como describe el Salmo [Link]
“junto a aguas de reposo me pastoreará”. Jesús es el Pastor por antonomasia
y, por consiguiente, el líder insuperable: “[Dios] sometió todas las cosas
bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es
su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:22-23).
Como nuestro líder, Jesús espera que sus seguidores:
—vivamos en obediencia absoluta a él;
—imitemos su vida ante un mundo que nos mira;
—usemos nuestros dones espirituales en su servicio, y
—adoptemos un corazón de siervo.
Cristo intercede por sus ovejas. Igual que un pastor cuida de los intereses
de sus ovejas, Jesús cuida de los de su pueblo e intercede por ellos. Jesús
intercede constantemente por nosotros ante Dios. Su presencia continuada
en el cielo con el Padre nos garantiza que nuestros pecados ya han sido
pagados y perdonados: “por lo cual puede también salvar perpetuamente a
los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”
(He. 7:25).
Cristo es nuestro abogado delante del Padre. Los seres humanos están
separados de Dios por el pecado. Solo una persona en el universo puede ser
nuestro abogado, nuestro mediador. Solo una persona puede mediar entre
Dios y nosotros y llevarnos a la relación correcta: Jesús, que es tanto Dios
como hombre. Jesús presenta su justicia ante el Padre como nuestra
justificación. El apóstol Pablo describe cómo nos representa Jesús delante
de Dios Padre con estas palabras: “Porque hay un solo Dios, y un solo
mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí
mismo en rescate por todos” (1 Ti. 2:5-6).
Cristo vuelve. Mientras estaba en la tierra, Jesús se definió como “el buen
pastor” (Jn. 10:11). Dijo que sus ovejas conocerían su voz, responderían a
ella y le seguirían (vv. 3-4). Aunque Jesús ahora está en el cielo, llegará un
día en que vuelva por sus ovejas. Él dijo a sus discípulos: “Y si me fuere y
os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde
yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).
¿Qué significa esto para tu vida?
Cuando Jesús ministró en este mundo, lo hizo como un pastor humilde.
Pero cuando vuelva, lo hará como juez: “Entonces vi el cielo abierto; y he
aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y
con justicia juzga y pelea” (Ap. 19:11).
Entre tanto, debes hacerte estas dos preguntas: ¿Me conoce Jesús como
una de sus ovejas? ¿Conoceré yo su voz cuando llame a su rebaño? Si no
puedes responder a estas preguntas con un sí rotundo, necesitas pedir a
Jesús que entre en tu vida y se convierta en tu Salvador y “buen pastor”.
Y si eres una de sus ovejas, ¿qué deberías estar haciendo? Ser consciente
de que nadie sabe el día en que Cristo volverá debería motivarte a estar
siempre preparado. Debes llevar una vida responsable, evitando vivir para
los placeres egoístas. Debes servir con humildad a otros en el cuerpo de
Cristo, la Iglesia, haciendo tu parte en la obra de edificar el reino de Dios.
Debes hacer que cada instante cuente, a la luz del hecho de que Jesús podría
regresar en cualquier momento.
39
Arrepentirse o morir
Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos,
al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41).
Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago
de fuego (Ap. 20:15).
ay religiones que hablan de un lugar espantoso de castigo donde las
H personas malvadas van cuando mueren. El motivo de que vayan a
parar allí es que no creyeron en un dios concreto, o no realizaron
correctamente los rituales de esa deidad, o en algún sentido no se las
considera dignas. Ese lugar tiene muchos nombres, pero en la Biblia se lo
conoce como “infierno”. Las Escrituras enseñan que el infierno es un lugar
literal de angustia y sufrimiento producido por un fuego eterno preparado
para los malos.
La única esperanza para todo aquel que quiera evitar este terrible lugar es,
como dice el título de este capítulo: “Arrepentirse o morir”. Una persona
debe arrepentirse de sus malos caminos o sufrir en el infierno por toda la
eternidad. Examinemos la Biblia y veamos qué nos dice sobre el infierno y
el castigo eterno.
La Biblia usa distintos términos para hablar del castigo eterno
El castigo eterno tiene lugar en el infierno, también conocido como “el
lago de fuego” o “Gehenna”. La Biblia usa tres palabras para describir este
lugar: (1) Seol o “sepulcro” se usa en el Antiguo Testamento para referirse
al lugar donde están los muertos, y generalmente se pensaba que estaba bajo
tierra: “La sequía y el calor arrebatan las aguas de la nieve; así también el
Seol a los pecadores” (Job 24:19). (2) Hades es un término griego que se
refiere a la morada de los muertos: “y la muerte y el Hades entregaron los
muertos que había en ellos” (Ap. 20:13). (3) El Gehenna, en tiempos de
Jesús, era un lugar real cerca de Jerusalén donde las personas tiraban la
basura para quemarla. En ese lugar el fuego nunca se apagaba.
Jesús enseñó sobre el infierno
Jesús enseñó a menudo sobre el tema del infierno, lo que nos lleva a la
conclusión de que es un tema importante. Veamos algunas de las
descripciones del infierno que hizo Jesús:
—Un lugar tan terrible que sería mejor cortarse una mano o perder un
ojo si estos nos llevan al infierno (Mt. 5:29-30).
—Un lugar para los impíos, alejados de la presencia de Cristo
(Mt. 7:23).
—Un lugar de castigo definitivo, donde habrá “lloro y crujir de
dientes” (Mt. 8:12).
—Un lugar peor que la muerte, “fuego que nunca puede ser apagado”
(Mr. 9:43).
—Un lugar de oscuridad absoluta (Mt. 22:13).
Basándonos en las enseñanzas de Jesús, llegamos a la conclusión
ineludible de que el infierno es una espantosa realidad.
Los apóstoles enseñaron sobre el infierno
Los apóstoles siguieron a Jesús al enseñar que solamente hay dos destinos
finales para el ser humano: el gozo eterno o el tormento del infierno.
Pablo. Escribió sobre el juicio inminente de Dios, diciendo que para
aquellos que son “contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que
obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que
hace lo malo” (Ro. 2:8-9). Estos malhechores aparecerán ante el gran trono
blanco para ser juzgados (Ap. 19:11-15).
Pedro. Se refirió al castigo que aplicó Dios a los ángeles caídos cuando
escribió: “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos
al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al
juicio” (2 P. 2:4). Los impíos que se deleitan en el pecado serán destruidos
“en su misma perdición” (v. 12). La “más densa oscuridad” está reservada
para los malos (v. 17).
Juan. Describió tanto el lugar como a las personas que habitarán en el
infierno. En Apocalipsis 14:11 dijo que el infierno es un lugar donde “el
humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de
día ni de noche”. En Apocalipsis 21:8 dijo que todos los incrédulos “tendrán
su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
En el infierno no hay segundas oportunidades
La Biblia enseña que después de la muerte no hay una segunda
oportunidad: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y
después de esto el juicio” (He. 9:27). El libro de Apocalipsis dice
claramente que “la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego”
(20:14). El lago de fuego es el destino final de todo lo malvado: Satanás, la
bestia, el falso profeta, los demonios, la muerte, el Hades, y todos aquellos
cuyo nombre no esté escrito en el libro de la vida porque no depositaron su
fe en Jesucristo. Cuando una persona muere sin poner su fe en Cristo, no
hay esperanza, no hay segunda oportunidad, no hay más apelación al cielo y
a estar con Dios.
El castigo del infierno es justo
La Biblia dice: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento
anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). Dios se ha revelado claramente a
todo el mundo mediante su creación. No obstante, muchos rechazan incluso
este conocimiento básico de Dios.
Dios también “ha puesto eternidad” en el corazón humano (Ec. 3:11).
Todo el mundo tiene un sentido interno de Dios y de lo que nos pide, pero
muchos optan por no vivir conforme a eso. Debido a su rechazo de Dios,
inevitablemente se enfrentarán a su ira: “Porque la ira de Dios se revela
desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen
con injusticia la verdad” (Ro. 1:18). Todo tiene que ver con la naturaleza de
Dios (“Jehová se ha hecho conocer en el juicio que ejecutó”) y con la del ser
humano (“En la obra de sus manos fue enlazado el malo”) (Sal. 9:16).
“¿Arrepentirse o morir?”
A muchas personas les cuesta aceptar intelectualmente la realidad del
infierno, sobre todo a aquellas que no creen en Dios. De modo que cuando
llega el momento de aprender más del tema o sobre su necesidad de
salvación, se lo toman con calma. “Algún día ya pensaré en eso”, dicen, o
“Uno de estos días tomaré una u otra decisión”. Pero mantener a Dios
alejado es, de hecho, una decisión contra Dios y contra la salvación. No hay
término medio: o una persona es salva o no lo es.
Hay algunos que preguntan: “Si Dios es amor de verdad, ¿cómo puede
enviar a alguien al infierno?”. Pero hacer esa pregunta supone ignorar la
justicia de Dios. No solo es un Dios de amor, sino también de justicia. Dado
que no puede tolerar el pecado, debe expulsarlo de su presencia. Por su
amor ofrece el don de la salvación disponible por medio de Jesucristo, y por
su justicia un día restaurará toda justicia y castigará a quienes no quieran
tener nada que ver con Él. Como dice 2 Pedro 3:9, Dios no quiere “que
ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. Lo que lleva
al hombre a pasar la eternidad en el infierno no es Dios, sino su propia
elección.
¿Qué significa esto para tu vida?
En la vida cristiana, mientras servimos activamente a Dios, amándonos
unos a otros y participando en nuestra iglesia, es fácil olvidar que, en
determinado momento, fuimos pecadores destinados al infierno. De modo
que cada vez que la Biblia nos recuerda el infierno, hemos de dar gracias a
Dios no solo por nuestra salvación, sino también por el hecho de que hemos
sido librados de la condenación y del sufrimiento eterno en el infierno.
Lo que es más, la realidad y la gravedad del infierno debería impulsarte a
hablar a quienes aún no han recibido a Cristo como Salvador. El infierno es
real, un lugar que no deberías desearle a nadie, ni siquiera a tu peor
enemigo. Jesús advirtió repetidas veces a otros sobre el infierno, ¡y eso es lo
que debes hacer tú! Transmíteles lo que dijo Jesús:
Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de
haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a
éste temed (Lc. 12:5).
40
¿Cuánta agua hace falta?
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos
en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28:19).
Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el
Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa… y en seguida se bautizó
él con todos los suyos (Hch. 16:30-33).
ace un tiempo mi esposa y yo, junto con unos familiares y amigos,
H vimos cómo dos de nuestros nietos fueron bautizados en la vasta
extensión del océano Pacífico. Por tanto, en cierto sentido imagino que
podríamos decir que para que dos adolescentes cumplieran el mandamiento
de bautizarse de nuestro Señor Jesús hizo falta todo un océano. Sin
embargo, lo importante es que fueron bautizados por inmersión; es decir,
fueron sumergidos hasta que el agua los cubrió por completo y luego los
levantaron de nuevo. Pero también he hablado con personas que me han
dicho que, cuando eran bebés o en algún momento más avanzado de su vida,
un sacerdote o pastor tomó un cuenco con agua, o un poco de agua
contenida entre las manos, y la roció sobre ellos, lo cual constituyó su
bautismo.
¿Cuándo debe celebrarse exactamente el bautismo? ¿Y cuánta agua es
exactamente necesaria para cumplir el mandamiento de Jesús de bautizar a
una persona “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”
(Mt. 28:19)? El bautismo es una ordenanza importante de la Biblia, y una
enseñanza que merece nuestra atención.
El bautismo era una práctica judía
Al principio del Nuevo Testamento encontramos a Juan el bautista, quien
bautizaba y predicaba el bautismo del arrepentimiento para la remisión de
los pecados (Mr. 1:4). Bautizaba a las personas para prepararlas
simbólicamente para la llegada del Mesías.
El significado del bautismo en el Nuevo Testamento
El bautismo ordenado para todos los cristianos también es simbólico, y no
es un paso en el proceso de salvación. Debido a que se menciona a menudo
el bautismo relacionándolo con el acto del arrepentimiento, hay algunos que
enseñan que es un requisito para hacerse cristiano. Pero cuando el apóstol
Pedro dijo “arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de
Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:38), no enseñaba que el
bautismo formase parte de la salvación. Más bien afirmaba la naturaleza
simbólica del bautismo. Esto es evidente cuando se compara el bautismo al
arca y a la salvación de Noé y de su familia: “mientras se preparaba el arca,
en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El
bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las
inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia
hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 P. 3:20-21). Según Pedro,
la salvación no era por agua, sino “la aspiración de una buena conciencia
hacia Dios”.
¿Por qué hay que bautizarse?
Puede que pienses: Si el bautismo no salva, ¿por qué es necesario?
Veamos dos motivos:
El mandato del Señor: “Id y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos” (Mt. 28:19). La palabra de nuestro Señor es motivo
suficiente para que un creyente se bautice. No hace falta ninguna otra
autoridad. Por tanto, el bautismo debería ser el primer acto de obediencia
después de convertirse al cristianismo.
La práctica de la iglesia primitiva: Los apóstoles conocían el mandato de
Jesús sobre el bautismo. Por consiguiente, cuando nació la Iglesia el día de
Pentecostés, después de que una gran multitud se salvara al escuchar el
sermón de Pedro sobre Cristo, “los que recibieron su palabra fueron
bautizados” (Hch. 2:41). Jamás hubo duda alguna respecto a que el
bautismo debía seguir al arrepentimiento, y no formar parte del mismo.
¿Quién tiene que bautizarse?
¿Cuáles son los tres requisitos que hay que satisfacer antes de bautizarse?
1. Discípulos. Jesús dijo: “Id y haced discípulos” (Mt. 28:19). Para ser
bautizado, uno tiene que ser discípulo, seguidor de Jesucristo. Un discípulo
es alguien que se identifica con su maestro y comprende sus enseñanzas.
2. Creyentes. “Los que recibieron su palabra fueron bautizados”
(Hch. 2:41). Más adelante, en Hechos 8, un eunuco etíope confesó su fe en
Jesús como Hijo de Dios, y fue bautizado (vv. 36-38). Después de que el
carcelero filipense y su familia fueran salvos, “en seguida se bautizó él con
todos los suyos… y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios”
(Hch. 16:33-34).
3. Quienes han recibido el Espíritu Santo. Pedro tuvo el privilegio de
predicar el evangelio, primero a los judíos en Hechos 2, y más tarde en
Hechos 10 a los gentiles, en casa de un centurión llamado Cornelio.
“Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre
todos los que oían el discurso… Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso
alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido
el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el
nombre del Señor Jesús” (Hch. 10:44-48).
El simbolismo del bautismo
Hasta ahora hemos visto que el bautismo simboliza la identificación de
una persona con Jesús. En Romanos 6:3-4, Pablo ofreció una imagen gráfica
de cómo se identifican los creyentes con Cristo:
Muerte: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en
Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (v. 3).
Sepultura: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte
por el bautismo” (v. 4).
Resurrección: “a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (v. 4).
Romanos 6:3-4 no se refiere al bautismo con agua, sino al simbolismo
espiritual subyacente en el acto físico de ese bautismo y a la identificación
de la persona con Cristo.
Ahora bien, el bautismo es más que una declaración de identificación con
Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. También supone la admisión
de que el viejo hombre y su estilo de vida han muerto: “sabiendo esto, que
nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo
del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Ro. 6:6).
¿Cómo deberíamos bautizarnos?
La palabra griega original del Nuevo Testamento que se traduce como
“bautizar” significa “sumergir”. Sin embargo, en la época en que la Biblia se
tradujo al español, la práctica habitual de la Iglesia Católica era el bautismo
por aspersión. De modo que, para no ofender a nadie, la palabra griega
baptizo se tradujo en la Biblia española como “bautismo”, sin definir su
sentido original. Pero en Romanos 6:3-4, el apóstol Pablo definió
claramente el bautismo por inmersión: “somos sepultados juntamente con él
para muerte por el bautismo”. Ese simbolismo se pierde con la práctica de
la aspersión o el derramamiento de agua. Además, todos los otros ejemplos
de bautismos registrados en las Escrituras implican la inmersión y no la
aspersión (ver, p. ej., Mt. 3:16 y Mr. 2:9-10).
¿Qué significa esto para tu vida?
Si has sido bautizado, o cuando lo hagas, haces una confesión pública de
tu identificación con Cristo, de tu compromiso de caminar en novedad de
vida, y tu deseo de renunciar a tu vieja vida, en la que serviste al pecado y a
Satanás. Declaras que progresas en el camino de la justicia y sirves a Cristo.
Si cuando lees estas palabras ya has puesto tu confianza en Cristo pero aún
no has sido bautizado, permite que subraye la importancia que tiene la
obediencia a Cristo. ¿Cómo puedes ignorar un mandamiento que procede de
tu Salvador y Dios?
¿Y cuánta agua hace falta? La suficiente para que sea evidente que te
identificas con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. ¡En el caso de
mis nietos, el océano Pacífico cumplió muy bien con los requisitos!
41
Ser miembro de la Iglesia tiene sus
privilegios
El fin de todo esto es que la sabiduría de Dios, en toda su diversidad,
se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y
autoridades en las regiones celestiales (Ef. 3:10, NVI).
Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los
hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como
piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo,
para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de
Jesucristo (1 P. 2:4-5).
No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino
exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca
(He. 10:25).
n general, a todo aquel que le gusta vivir o estar solo lo consideramos
E un individuo excéntrico, peculiar, extraño. Resulta difícil imaginar a
alguien que no forma parte de un grupo, organización o club, ya sea por
motivos laborales o de ocio. Lo habitual es que una organización o club
dispongan de unas normas que los socios deben cumplir. Por tanto, el
concepto de membresía, ser parte de algún grupo u organización, es bien
conocido.
Si eres creyente en Jesucristo, tanto si eres consciente como si no, formas
parte del cuerpo de Cristo, la Iglesia. Tu membresía comenzó en el mismo
momento en que te convertiste. ¿Y qué es exactamente la Iglesia? Así como
la nación de Israel fue el instrumento de Dios para proclamar su nombre y
demostrar su gracia y misericordia en el Antiguo Testamento, la Iglesia es el
instrumento de Dios en la era del Nuevo Testamento y en la época moderna.
Para comprender mejor el concepto de Iglesia, veamos unas enseñanzas
bíblicas tomadas de la carta a los Efesios, uno de los libros del Nuevo
Testamento:
Cristo es la cabeza de la Iglesia (Ef. 1:22).
La Iglesia es el cuerpo de Cristo (1:23).
La Iglesia debe manifestar la sabiduría de Dios (3:10).
La Iglesia está sujeta a Cristo (5:24).
Cristo amó a la Iglesia y murió por ella (5:25).
Cristo sustenta a su Iglesia y la cuida (5:29).
Los creyentes son miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia (5:30).
La membresía en la Iglesia de Cristo otorga a los creyentes privilegios
increíbles, pero esta membresía conlleva también ciertas responsabilidades.
Los privilegios de la membresía. En Efesios 1, Pablo escribió acerca de
las bendiciones de formar parte de la Iglesia:
Fuiste escogido desde antes de la fundación del mundo (v. 4).
Fuiste adoptado como hijo o hija (v. 5).
Tus pecados fueron perdonados (v. 7).
Se te ha concedido una herencia (v. 11).
Fuiste sellado en Cristo por el Espíritu Santo (v. 13).
Las responsabilidades de la membresía. El privilegio siempre va
acompañado de una responsabilidad, y la pertenencia al cuerpo de Cristo
tiene sus obligaciones. En Efesios 4, Dios pide a los creyentes que cumplan
con sus obligaciones como miembros:
Debes vivir una vida digna de tu llamamiento (v. 1).
Debes ser paciente con otros en amor (v. 2).
Los líderes de tu iglesia deben prepararte para servir (v. 12).
Debes crecer y llegar a ser espiritualmente maduro (v. 13).
La meta de la membresía. Cuando una persona se convierte al
cristianismo, no entiende todas las ramificaciones de su nueva vida en
Cristo. Lo único que sabe es que antes estaba espiritualmente ciego y ahora
ve. Ahora debe “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18).
Jesús tiene un plan y un propósito para cada creyente: “que todos
lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un
varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”
(Ef. 4:13). Esta meta debe constituir la pasión de todo miembro del cuerpo
de Cristo durante toda la vida. Y Cristo, conociendo nuestras debilidades,
ha proporcionado a los creyentes un recurso increíble en el Espíritu Santo.
La capacitación de la membresía. Cuando una persona acepta a Jesucristo
como Salvador, el Espíritu de Jesús (Fil. 1:19) viene a morar en ese nuevo
creyente proporcionándole lo que llamamos dones espirituales. Un don
espiritual es una capacidad espiritual que da Dios y que sustenta el Espíritu
Santo, con el propósito de ministrar a otros en el cuerpo de Cristo.
Hay tres pasajes clave para comprender la importancia y el sentido de los
dones espirituales: Romanos 12:4-8, 1 Corintios 12:1-31 y 1 Pedro 4:10-11.
Veamos algunos principios básicos que nos enseñan estos tres pasajes sobre
los dones espirituales.
Se nos conceden junto con la salvación.
No son habilidades personales.
No hay que clasificarlos en mayores o menores.
No deben ser una fuente de orgullo.
Van destinados a beneficiar a otros creyentes.
Se usan en presencia de otros creyentes.
Las condiciones de la membresía. Toda organización cuenta con un
conjunto de principios o normas éticas para ser un miembro de buena
reputación dentro de ella. Cristo solo pone una condición para mantener
nuestro estatus: la obediencia. Él dijo: “Si me amáis, guardad mis
mandamientos” (Jn. 14:15).
Jesús también dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón… porque mi yugo es fácil, y ligera mi
carga” (Mt. 11:29-30). Jesús pide amorosamente que sus seguidores
obedezcan sus mandatos tal como aparecen en su Palabra, la Biblia. No es
algo imposible de hacer, porque “su carga es ligera”. También ha dado a su
Iglesia, al cuerpo de creyentes, hombres que tienen un don especial para
guiar a su pueblo (Ef. 4:11-12). Jesús pide a estos líderes que cuiden de su
pueblo y demanda a sus seguidores que les obedezcan como le obedecerían
a Él: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan
por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta” (He. 13:17).
¿Qué significa esto para tu vida?
Ser miembro del cuerpo de Cristo es la más importante de todas las
membresías, y los privilegios son excepcionales para esta vida y para la
venidera. Confío en que ya estés involucrado activamente en tu iglesia local.
Si no es así, deja que el mandato de Hebreos 10:25 sea un recordatorio de tu
necesidad de hacerlo: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen
por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día
se acerca” (He. 10:25).
La Iglesia es importante para Dios y para su Hijo Jesús. Tú y tus
hermanos en la fe sois “piedras vivas… edificados como casa espiritual y
sacerdocio santo” (1 P. 2:5). Puedes demostrar la importancia que tiene la
Iglesia en tu vida de estas maneras:
Asiste regularmente. Adorar a Dios y crecer espiritualmente deben ser
prioridades en tu vida. Es evidente que puedes adorar a Dios en cualquier
lugar y momento, pero la adoración no es solo una experiencia individual,
sino también colectiva. Y cuando adoras a Dios con otros cristianos,
también tienes la oportunidad de desarrollar y utilizar tus dones espirituales.
Ofrenda generosamente. Se dice que es posible saber cuáles son las
prioridades de una persona al examinar su estado de cuenta del banco o de
su tarjeta de crédito. Cuando inviertes tu “tesoro” en la Iglesia de Dios y en
su pueblo, aumenta tu interés “de corazón” en el bienestar de otros. ¿Por
qué? Porque “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”
(Mt. 6:21).
Ora cada día. El apóstol Pablo pedía a menudo a sus lectores: “[orad] en
todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con
toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6:18). Como
miembro del cuerpo de Cristo, debes orar regularmente no solo por tu
familia, sino también por tu familia de la iglesia, sus líderes y sus
ministerios. Haz una lista de oración por las personas que conoces dentro y
fuera de la iglesia, y luego “ora sin cesar” (1 Ts. 5:17).
Sirve diligentemente. Sean cuales fueren los dones espirituales que posees
como miembro del cuerpo de Cristo, debes seguir su ejemplo en servir a
otros. Jesús dijo que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para
servir” (Mt. 20:28). El servicio a otros puede empezar justo después de que
la persona haya recibido a Cristo, y un motivo esencial para hacerlo es que,
cuando sirves a otros, sirves al Señor Jesucristo (Col. 3:24).
42
Jesús proporciona una felicidad diferente
Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, porque el gozo
de Jehová es vuestra fuerza (Neh. 8:10).
Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor,
recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del
Espíritu Santo (1 Ts. 1:6).
Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas
pruebas (Stg. 1:2).
omo ser humano, posees en tu ADN la esencia de tus padres y de tus
C antepasados. Cuando aceptas a Jesús como Señor y Salvador, te
conviertes en una nueva creación en la que mora el Espíritu Santo, y todo
esto es posible gracias a tu unión con el Hijo. El don de Dios se describe
como “el Espíritu de Jesús” (Fil. 1:9), o el Espíritu Santo.
Este gran don del Espíritu Santo te confiere la capacidad de vivir una vida
santa. El Espíritu Santo te da todos los recursos espirituales que necesitas
para vivir como Dios quiere. Los recursos están ahí, pero, al mismo tiempo,
aún te manda “andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”
(Gá. 5:16). El resultado de “andar en el Espíritu”, o tu sometimiento
instante tras instante a su guía, manifestará “los frutos del Espíritu”. Entre
las manifestaciones del fruto del Espíritu está el gozo, y es importante que
entendamos que el gozo no es lo mismo que la felicidad.
La felicidad no es sinónimo del gozo
Cuando la vida marcha bien, cuando las cosas funcionan y hay pocos
problemas, la alabanza y la acción de gracias fluyen libremente de nuestro
corazón y labios. Cuando el sol brilla con fuerza, somos felices. Pero
cuando la vida se vuelve oscura y tormentosa, la alabanza y la acción de
gracias son más difíciles de expresar. Cuando nuestras circunstancias se
ponen en nuestra contra, nuestro estado de ánimo cambia y somos infelices.
Existe una gran diferencia entre el gozo espiritual y la emoción de la
felicidad. La felicidad es una emoción que experimentamos cuando hemos
tenido buena suerte y éxito. Por el contrario, el gozo espiritual es una
plenitud profunda, interna, que consigue mantenerse positiva y centrada en
Dios incluso cuando las cosas van mal. El hecho de que podemos
experimentar gozo en medio de las dificultades queda patente en
Santiago 1:2, que nos dice que debemos “tener por sumo gozo cuando os
halléis en diversas pruebas”.
Normalmente la felicidad se desvanece cuando llegan las pruebas, pero el
gozo espiritual persevera incluso cuando la vida se complica. Sacrifica el
impulso a ceder ante la depresión o la ira. El gozo del Espíritu induce a los
cristianos a “dar gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para
con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts. 5:18). Por eso una definición precisa del
gozo es “sacrificio de alabanza”.
El intercambio divino
Aunque no siempre tengas ánimos de alabar al Señor o darle gracias, opta
por hacer lo que Dios dice y, a pesar de las circunstancias, esfuérzate por
tener gozo. Por eso es un “sacrificio”.
En Santiago 1:2 se nos dice que “tengamos por sumo gozo” pasar por
pruebas. En otras palabras, hemos de responder a las circunstancias
negativas no con ira ni frustración, sino con gozo. La decisión es nuestra,
pero las fuerzas necesarias para llevarla a cabo y vivir el gozo del Espíritu
proceden de su poder. Cuando el mundo recurre a la autocompasión o se
atasca en la depresión, nosotros, mediante ese intercambio divino, optamos
por mirar más allá de nuestro sufrimiento y hacer el sacrifico de alabar a
Dios.
Ejemplos de gozo espiritual
El Señor Jesús nos ofrece el modelo supremo del gozo en medio del
sufrimiento más tenebroso de la vida. Seguramente en el mundo antiguo no
había una fuente de dolor más intensa que la crucifixión en una cruz
romana. Sin embargo, en Hebreos 12:2 leemos: “el cual por el gozo puesto
delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio”. Sabiendo que su
sufrimiento daría como resultado un gran gozo, Jesús soportó
voluntariamente el dolor insoportable de la muerte en la cruz. Miró más allá
de la cruz, a su regreso al Padre y a la eternidad con todos aquellos que son
suyos. Y el mismo gozo increíble que Jesús experimentó en su hora más
oscura ¡es el que tenemos disponible hoy los creyentes!
Los apóstoles también nos proporcionan ejemplos poderosos de gozo en
medio de la persecución. Después de haber recibido el Espíritu el día de
Pentecostés (Hch. 2:1-4), comenzaron de inmediato a predicar la
resurrección de Jesucristo. Como resultado, fueron llevados ante los líderes
religiosos de Jerusalén, quienes les advirtieron que dejasen de hablar de
Jesús… ¡o se atuvieran a las consecuencias! Fueron amenazados y
golpeados, y esto solía conllevar que les propinasen 39 latigazos. ¿Cómo
respondieron los discípulos? “Y ellos salieron de la presencia del concilio,
gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del
Nombre” (Hch. 5:41). ¡Sin duda que lo suyo fue un “sacrificio de
alabanza”!
¿Qué significa esto para tu vida?
Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33). La cuestión no es
si pasarás por una prueba o experimentarás algún tipo de sufrimiento, sino
cuándo llegará. Cuando te sobrevenga, permite que te acerque a Dios. Que
tu prueba te motive a ofrecerle un sacrificio de alabanza. Sí, Jesús dijo
“tendréis aflicción”, pero también añadió, en el mismo versículo: “pero
confiad, yo he vencido al mundo”.
Como resultado de la victoria de Cristo en la cruz y de tu nuevo
nacimiento en Él, puedes beber todo lo que quieras del arroyo infinito del
gozo de Dios, independientemente de lo que te traiga la vida.
Recuerda:
—El gozo no depende de las circunstancias, sino de las realidades
espirituales de la bondad de Dios, que incluyen su amor
incondicional por ti.
—El gozo no depende de tus esfuerzos, éxitos o fuerza de voluntad,
sino de la verdad sobre tu relación con el Padre por medio del Hijo.
—El gozo no es simplemente una emoción, sino el resultado de optar
por mirar más allá de lo que parece ser una realidad en tu vida y ver
lo que es verdad de tu vida en Cristo.
Dios ha hecho todo esto por ti. Tu parte en la experiencia del gozo del
Espíritu consiste en cultivar el gozo espiritual en tu caminar diario con Dios.
¿Cómo? Cada día, ten la voluntad de…
—Caminar según el Espíritu. Esto significa que no tengas cuentas
pendientes con Dios. Cuando peques, confiesa rápidamente tu
pecado y restablece tu dependencia de Jesús. Entonces, cuando
llegue una prueba, ya estarás “en el Espíritu” y preparado para
responder con gozo.
—Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza constante, incluso cuando
no te apetece. Por medio del poder del Espíritu Santo este acto de
acción de gracias convierte tu dolor en alabanza.
—Haz que tus pruebas se conviertan en la tierra en la que crezca y
florezca el gozo. Esto sucede cuando los malos momentos de tu vida
te acercan más al Señor, la única fuente de gozo genuino y esperanza
auténtica.
—Da gracias en todo. Pase lo que pase, bueno o malo, da gracias a
Dios por su soberanía, su propósito, el momento que ha elegido
perfectamente, su plan insuperable y su amor incondicional.
—Obedece el mandamiento de Dios de tener gozo. El gozo es un acto
de la voluntad; procede de tomar la decisión deliberada de
regocijarse siempre (Fil. 4:4). No te sientes a esperar que “suceda”.
Búscalo en todas tus circunstancias.
Padre de gracia, te ruego que hoy salga por la puerta de mi casa lleno
del gozo del Espíritu. A pesar de lo que suceda hoy, te ruego que en mí
sea evidente en todo momento una actitud de gozo, y que esto refleje el
gozo de Cristo, mi Salvador. Amén.
43
Los ángeles no son solo algo con lo que
adornas el árbol de Navidad
¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me
daría más de doce legiones de ángeles? (Mt. 26:53).
Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los
seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de
millones (Ap. 5:11).
Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre,
donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y
noche por los siglos de los siglos (Ap. 20:10).
i eres como muchas personas, cuando piensas en los ángeles, tu mente
S se centra inmediatamente en la figurita que muchos colocan en lo alto
del árbol de Navidad. Quizá nos sentimos inclinados a pensar así porque el
relato del nacimiento de Jesús en Lucas 2 menciona a los ángeles que
hablaron con los pastores. El único problema es que, por lo que sabemos,
ninguno de los ángeles que visitaron el mundo tenía alas. Por ejemplo, el
ángel que estaba en el sepulcro de Jesús tenía aspecto “como un relámpago,
y su vestido [era] blanco como la nieve” (Mt. 28:3), pero no se nos dice que
tuviera alas.
El término español ángel procede de la palabra griega angelos, que
significa “mensajero”. De modo que, en las Escrituras, básicamente un ángel
es un ser creado cuya misión consiste en ser un mensajero de Dios. Gracias
a las Escrituras, también podemos saber que los ángeles tienen poderes que
los humanos no tenemos. Y cuando aparecen, lo hacen en forma humana.
Además, cumplen la voluntad de Dios (Sal. 103:20), están en la presencia
de Dios y le adoran (Sal. 29:1-2), y acompañarán a Cristo en su segunda
venida (Mt. 25:31).
En las Escrituras solo se mencionan por su nombre a dos ángeles: Gabriel,
que transmitió a Zacarías el mensaje sobre el nacimiento de Juan el bautista,
y otro mensaje a María sobre el nacimiento de Jesús; y el arcángel Miguel, o
“uno de los principales príncipes” (Dn. 10:13).
Hay dos categorías de ángeles: buenos y malos
Los ángeles buenos. Esta categoría se compone de los ángeles santos o
ángeles de Dios. Jesús también habló de “sus ángeles” como aquellos a los
que se podía invocar para ayudarnos (Mt. 24:31). A Miguel se le describe
como el comandante del ejército de ángeles buenos que derrotó a los ángeles
malos y los expulsó del cielo (Ap. 12:7-8). Gabriel, el otro ángel bueno
mencionado en la Biblia, parece ser el mensajero principal.
Incluso dentro de la categoría de ángeles buenos hay distintos tipos:
Querubines. El primer tipo de ángeles que se mencionan en la Biblia
son los querubines (plural de querubín). Eran seres celestiales que
Dios envió para guardar el árbol de la vida en el huerto de Edén
(Gn. 3:24). Se les representó simbólicamente sobre la tapa del arca de
la alianza (Éx. 25:18-22), en el tabernáculo (Éx. 26:31) y en el templo
(2 Cr. 3:7), y los vio el profeta Ezequiel en una visión de la Jerusalén
restaurada (Ez. 41:18-20).
Serafines. Estos ángeles tienen un ministerio en el cielo. Isaías los vio
en una visión, cerniéndose sobre el trono de Dios, y los describió
como seres con seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos los pies,
y con dos volaban (Is. 6:1-3).
Ángeles de la guarda. Dios los envía para que ministren a todos los
creyentes (He. 1:14), y a los ángeles que dirigen los asuntos de las
naciones, también llamados “los principales príncipes” (Dn. 10:10-
14).
Principados y autoridades. Pablo usa estos términos para describir a
distintas órdenes angélicas, pero su función concreta no está clara
(Ef. 1:21).
Mensajeros de Dios. Estos santos ángeles anunciaron el nacimiento de
Cristo. También asistieron a Jesús en el desierto y en el huerto de
Getsemaní. Estuvieron presentes en el sepulcro vacío del Señor
resucitado y durante su ascensión a los cielos. En el futuro
proclamarán los mensajes del juicio de Dios (Ap. 14–17) y, en su
calidad de mensajeros, cumplirán los juicios de Dios (Ap. 20:1-3).
Ángeles malos. Esta categoría de seres angélicos la forman “el diablo y sus
ángeles” (Mt. 25:41). Antes residieron en el cielo, pero se rebelaron contra
Dios y los ángeles santos los expulsaron de su morada y los arrojaron a la
tierra. Satanás es el promotor de todo mal y sufrimiento en este grupo de
ángeles caídos. La Biblia describe a Satanás (también llamado el diablo) de
diversas maneras:
Querubín grande, protector (Ez. 28:14)
Príncipe de los demonios (Lc. 11:15)
El dios de este siglo (2 Co. 4:4)
El príncipe de la potestad del aire (Ef. 2:2)
El príncipe de este mundo (Jn. 14:30)
Beelzebú, príncipe de los demonios (Mt. 12:24)
León rugiente (1 P. 5:8)
Satanás y sus ángeles caídos tienen un programa espantoso:
Oponerse a la obra de Dios (Zac. 3:1)
Tergiversar la Palabra de Dios (Mt. 4:6)
Poner trabas a los obreros de Dios (1 Ts. 2:18)
Poner lazo al pueblo de Dios (1 Ti. 3:7)
Agobiar a los hijos de Dios (1 P. 5:8)
Tener el mundo en sus manos (1 Jn. 5:19)
Aunque Satanás, como un ángel, es muy poderoso, no tiene la capacidad
de estar en dos sitios al mismo tiempo. Pero dado el gran número de
demonios que hacen su voluntad, da la sensación de que está en todas
partes.
Satanás tampoco es omnisciente, y no puede leer las mentes. Sin embargo,
manipula a las personas para que hagan su voluntad. Eso es exactamente lo
que hizo con Eva en el Edén.
El ángel Satanás es maligno y padre de todas las cosas malas. Jesús
describió de la siguiente manera a Satanás, o el diablo, y a sus seguidores:
“Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre
queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido
en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo
habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Jn. 8:44).
¿Qué significa esto para tu vida?
Estamos metidos en una guerra, pero no podemos verla. Es una guerra
espiritual. Aunque Dios y el diablo están combatiendo, no tienes por qué
esperar hasta el final para ver quién vencerá. Dios ya ha derrotado a Satanás
y el poder del pecado y de la muerte mediante el sacrifico de Cristo en la
cruz. Cuando sea el momento idóneo, Dios echará a Satanás y a sus ángeles
en “el lago de fuego y azufre”, donde permanecerán toda la eternidad
(Ap. 20:10).
Hoy y todos los días, Satanás intenta hacer todos los estragos que pueda.
Sigue usando las mismas viejas estratagemas y tácticas que ha utilizado con
otras personas durante los tiempos, para inducirte a pecar. El apóstol Juan
describió nuestras debilidades como la concupiscencia de la carne, la
lascivia de los ojos y la vanagloria de la vida (1 Jn. 2:16). No permitas que
Satanás te ataque por medio de tus debilidades. Sigue estas tres prácticas
que se indican en la Biblia:
—“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes
contra las asechanzas del diablo” (Ef. 6:11).
—“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como
león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual
resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se
van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo” (1 P. 5:8-
9).
—“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”
(Stg. 4:7).
44
Cuando Dios hace una promesa, la cumple
Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se
arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?
(Nm. 23:19).
El cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay;
que guarda verdad para siempre (Sal. 146:6).
Lo hizo así para que, mediante la promesa y el juramento, que son dos
realidades inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta,
tengamos un estímulo poderoso los que, buscando refugio, nos
aferramos a la esperanza que está delante de nosotros (He. 6:18, NVI).
¿Q ué es una promesa? El diccionario define la palabra promesa como
“una declaración, oral o escrita, que garantiza que una persona hará o
no hará algo”. Es un voto o un compromiso.
Tú seguramente has hecho durante tu vida unos cuantos votos y te has
comprometido, ¿verdad? Si estás casado, prometiste amar y honrar a tu
cónyuge hasta la muerte. Si has estado en el ejército, hiciste el juramento de
honrar y servir. Incluso los miembros de la Iglesia hacen votos a Dios y a
otros miembros sobre su deseo de formar parte de una iglesia determinada y
tener comunión en ella. Es decir, que prácticamente todo el mundo tiene
cierta experiencia con las promesas, los votos y los compromisos. Pero en
este capítulo no estamos hablando de nuestra capacidad de cumplir una
promesa. No, nos centramos en la capacidad de Dios de cumplir las suyas.
Estamos hablando de la veracidad de Dios.
La naturaleza de Dios
Los teólogos llaman “veracidad” a la sinceridad de Dios. Este término
tiene su origen en el latín medieval, y significa “verdadero”. Dios, por su
propia naturaleza, representa todas las cosas como son realmente. La
veracidad de Dios es evidente en sus promesas y en su capacidad de
mantenerlas.
Esto es importante, porque el poder de una promesa depende del poder
que tenga el que la hace. Todo el mundo puede hacer promesas, y todos las
hacemos. Pero, el que promete algo, ¿tiene la capacidad, el poder o la
autoridad de cumplirla? Cuando hablamos de Dios, podemos estar
convencidos de que puede cumplir sus promesas y de que lo hará.
El profeta Samuel dijo a Saúl: “el que es la Gloria de Israel [Dios] no
mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta”
(1 S. 15:29). El apóstol Pablo también habló de la naturaleza de Dios como
aquel “que no miente” (Tit. 1:2). En Hebreos 6:18 leemos que “es imposible
que Dios mienta”. Como resultado de la veracidad divina, tenemos “un
fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza
puesta delante de nosotros” (He. 6:18).
Como Dios mismo es la verdad y la fuente de toda verdad, es imposible
que diga nada falso. El pasaje que hemos visto no solo afirma que Dios no
miente, sino que no puede hacerlo. Mentir es algo totalmente opuesto a su
naturaleza.
Por consiguiente, la gente puede confiar en las promesas de Dios tal como
se revelan en la Biblia. Si Dios lo ha dicho, ¡podemos creerlo!
La naturaleza de las promesas en la Biblia
Todas las promesas de Dios que tenemos en la Biblia se cumplirán. Pero
cuando consideramos sus promesas, tenemos que preguntarnos: ¿A quién ha
hecho Dios esa promesa? Sería un error que dieras por hecho que todas las
promesas que leemos en la Biblia son aplicables hoy.
Muchas de las promesas de Dios estuvieron limitadas a personas o grupos
de personas concretos. Esto quiere decir que esas promesas se les aplicaron.
Otras promesas, aunque se hicieron en relación con una circunstancia
específica, tienen una aplicación universal para todos los tiempos. Estos
tipos de promesas se pueden aplicar a los creyentes modernos, incluyéndote
a ti.
Por ejemplo, pensemos en la promesa que hallamos en 1 Reyes 8:56. Se
considera una promesa específica, pero también tiene una aplicación
universal: “ Bendito sea Jehová, que ha dado paz a su pueblo Israel,
conforme a todo lo que él había dicho; ninguna palabra de todas sus
promesas que expresó por Moisés su siervo, ha faltado”. El rey Salomón, el
hijo de David, acababa de pronunciar una oración de dedicación a Dios por
el templo de Jerusalén, que estaba recién acabado. En esa oración, Salomón
expuso ante el Señor todo lo que había hecho este por su pueblo de Israel.
Después de concluir la oración, Salomón se dio la vuelta e hizo la
declaración que vemos en el versículo 56. Recordó al pueblo de Israel que
Dios les había dado paz, como les había prometido. Y añadió que Dios
siempre cumple sus promesas.
El pueblo de Israel podía fiarse de Dios para que cumpliera sus promesas,
y como Dios es coherente, hoy podemos estar seguros de que Él siempre
guarda sus promesas.
La naturaleza de las promesas que Dios te hace
Hay otra cosa a tener en cuenta cuando hablamos de las promesas de
Dios: muchas de ellas son condicionales. Es decir, que la promesa de Dios
hará o no hará algo concreto, pero se espera de nosotros que hagamos o
demos algo. Fíjate en esta promesa que se hizo a la nación de Israel:
“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para
guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy,
también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra”
(Dt. 28:1). Esta es una promesa “si… entonces”, una promesa con una
condición. ¿Te has fijado en el adverbio “si” al principio de la promesa? Si
el pueblo de Israel obedecía al Señor, entonces Dios haría que su pueblo
fuera mayor que cualquier otra nación de la tierra. Dios hizo esa promesa
con una condición.
¿Qué significa eso para tu vida?
Dios no hace promesas a la ligera que nunca cumplirá. Toda promesa que
vemos en la Biblia tiene un propósito, y Dios cumplirá todas ellas. Algunas
de las promesas de Dios las hace a personas concretas, pero hay muchas
otras que te ofrece a ti hoy. Estas promesas están en la Biblia para que nos
apropiemos de ellas. Dios no ofrecería lo que no puede o no quiere hacer.
Por tanto, puedes estar seguro al cien por ciento de la legitimidad de sus
promesas.
En cuanto a las grandes promesas de Dios para tu vida, nunca dudes de su
veracidad o capacidad de llevar a cabo esas promesas. Por lo que respecta a
las promesas condicionales, el cumplimiento siempre depende de ti. Debes
cumplir tu parte de la promesa (el “si”), y confiar en la capacidad de Dios de
cumplir y hacer su parte (el “entonces”). De manera que, cuando esperas
que Dios cumpla una promesa, comprueba tu obediencia en la parte del
“si”.
Entonces, ¿qué espera Dios de ti? En una sola palabra, obediencia. El
Dios todopoderoso te ofrece promesas todopoderosas. Lo único que te pide
es…
—la disposición de seguirle, aunque en ocasiones tropieces y caigas
(Fil. 3:14),
—la disposición a pedir perdón cuando caes (1 Jn. 1:9), y
—la disposición de mantenerte en la batalla (¡y vaya si lo es!) que te
llevará a ser el hombre o la mujer que Dios desea (Hch. 13:22).
45
Jesús camina a tu lado y, cuando hace
falta, te lleva en brazos
Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar
mi depósito para aquel día (2 Ti. 1:12).
Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo
de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna (1 Jn. 5:13).
Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y
en su seno los llevará (Is. 40:11).
urante la guerra franco-india en Norteamérica, un grupo de soldados
D estadounidenses conocidos como los Rangers de Rogers lucharon por
los británicos contra los franceses. Usaron una combinación de técnicas de
los pioneros y de tácticas de los nativos americanos para superar a los
soldados enemigos en terrenos boscosos, donde los ejércitos tradicionales
no sabían luchar. Aquellos soldados eran conocidos por seguir una
determinada norma: nunca dejar abandonado a ningún compañero.
El concepto de no dejar a nadie atrás es también esencial para la
enseñanza bíblica sobre la seguridad de la salvación. La cuestión es sencilla:
¿Puede una persona que haya sido salvada de verdad perder su salvación y
ser “dejada atrás”?
La realidad bíblica es que una persona realmente salva puede tener la
seguridad de que Jesús siempre está con ella y, cuando sea necesario, la
llevará en sus brazos. Tenemos la confianza de que, nos pase lo que nos pase
en este mundo, llegaremos al cielo.
La seguridad de la salvación se fundamenta en la promesa de Dios. Dios
no dejará atrás a ninguno de sus hijos. En Génesis dijo a Jacob: “porque no
te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho” (Gn. 28:15). El Nuevo
Testamento repite esta promesa cuando afirma: “porque él [Dios] dijo: No te
desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). El Dios que no puede mentir ha
prometido que podemos tener la seguridad de nuestra salvación: ¡Nunca nos
dejará ni nos abandonará!
La seguridad de la salvación se basa en la obra de Dios. Si eres creyente,
puedes estar seguro de que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la
perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Una vez Dios te ha dado
nueva vida en Cristo y ha puesto en ti su Espíritu Santo, la obra de la
salvación proseguirá hasta que veas a Jesús cara a cara en el cielo.
La seguridad de la salvación se fundamenta en el poder de Dios. En
ocasiones puede que peques y te sientas mal, como si tu pecado fuera
demasiado grande como para que Dios lo perdone y, por consiguiente,
sientes que Dios te ha abandonado. Pero el apóstol Pablo, que se proclamó
“el peor” de los pecadores (1 Ti. 1:15), estaba seguro de que el poder de
Dios bastaba para salvarle:
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni
principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni
lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor
de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:38-39).
La seguridad de la salvación se basa en la resurrección de Cristo. Los
seguidores del Cristo resucitado se convirtieron en un grupo de testigos y
mártires valientes que, en pocos años, extendieron el evangelio por todo el
Imperio Romano. Ni el ridículo al que fueron expuestos, ni la cárcel, la
tortura o incluso la muerte pudieron destruir su creencia en la resurrección.
Ningún temor en esta vida podía apagar la esperanza y el gozo que
provenían de la seguridad de su salvación. Su fe se basaba en la promesa de
Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté
muerto, vivirá” (Jn. 11:25).
La seguridad de la salvación se basa en la presencia del Espíritu Santo en
nuestra vida. Jesús dijo que vendría a morar en cada creyente (Jn. 14:23), y
que esa relación estaría sellada para siempre con el Espíritu Santo
(Ef. 4:30). En Romanos 8:15-16 hallamos otra afirmación de nuestra
relación con Dios: “habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual
clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro
espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:15-16).
La seguridad de la salvación no significa que no haya dudas. Las dudas
nos asaltan cuando apartamos nuestros ojos de Dios y no recordamos sus
promesas de que estará con nosotros hasta el fin de nuestra vida y más allá.
Satanás, “el acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12:10), también hace su
parte para que los cristianos duden. Satanás no puede afectar a nuestra
salvación, pero sí hacer que dudemos de Dios usando la misma táctica que
empleó con Eva. Introdujo la duda en la mente de ella al preguntarle:
“¿Conque Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1).
Vivir con pecados sin resolver también puede llevar a un creyente a dudar
de su salvación. Su pecado le impide disfrutar de una relación abierta con
Dios. Experimenta la angustia física y mental por la que pasó el rey David
después de su pecado con Betsabé: “mientras callé, se envejecieron mis
huesos” (Sal. 32:3). Por último, David dijo: “Dije: Confesaré mis
transgresiones a Jehová”. ¿Y qué pasó? “Y tú [Dios] perdonaste la maldad
de mi pecado” (v. 5). Los cristianos no pueden perder su salvación debido a
un pecado inconfesado, pero sí verse privados de la bendita comunión con
Dios.
Muchos cristianos tienen dudas pensando si habrán hecho o no suficientes
buenas obras. Se preguntan: ¿Habré hecho suficiente? ¿He hecho mi parte?
¿O me he quedado corto frente a lo que Dios espera de mí?
Si eso te describe, recuerda lo que dice Efesios 2:8-9: “Porque por gracia
sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de
Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La seguridad no se basa en tus
obras, sino en la obra de Cristo en la cruz a tu favor.
Por último, hay quienes carecen de la seguridad de la salvación porque no
tienen al Salvador. Nunca han creído realmente en Jesús como su Señor y
Salvador. Puede que hayan seguido un ritual, como hacer una oración,
responder al llamamiento del predicador o levantar la mano, pero aún no
conocen la salvación. Esta es la única razón legítima para tener dudas sobre
la salvación. En este caso, la duda es positiva porque puede conducir a la
salvación cuando una persona descubre su necesidad de volverse
sinceramente a Dios con fe plena, para obtener el don de la salvación.
¿Qué significa eso para tu vida?
La seguridad es cuestión de confiar. Si confías en tus propias capacidades
o en tus obras religiosas, nunca tendrás la seguridad de la salvación. ¿Por
qué? ¡Porque confías en algo equivocado! Solo Cristo puede ofrecerte y
darte vida eterna. La confianza puesta en el Dios del universo para salvarte
te dará una confianza y una seguridad plenas. La seguridad personal de la
salvación se parece mucho a ir al aeropuerto teniendo en mano un boleto
que confirma tu destino. Puedes relajarte sabiendo que, con ese boleto,
tienes garantizado un asiento en el avión que va al destino que has elegido.
Si Jesús es tu Salvador, te ha pagado el boleto para el cielo. Lo pagó con
su muerte y resurrección.
Es muy reconfortante saber que, incluso si tus familiares y amigos te
abandonaran, Jesús siempre está ahí, para ti y contigo. Te consolará,
protegerá, te dará las fuerzas que necesitas y, si es necesario, te llevará en
sus brazos no solo durante tus pruebas, sino a tu hogar eterno en el cielo.
46
¡Qué buena es esta noticia! ¡No la
mantengas en secreto!
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que
Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que
fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras
(1 Co. 15:3-4).
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí,
aunque esté muerto, vivirá (Jn. 11:25).
Fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad,
por la resurrección de entre los muertos (Ro. 1:4).
¿C uál es la mejor noticia que has recibido en tu vida? Y una vez que la
recibiste, ¿cuánto te costó retenerla, no salir corriendo por tu teléfono
o a la calle para darla a conocer a todos los que te escuchasen? ¿Fue la
noticia de que esperabas a tu primer hijo? ¿O que habías recibido aquel gran
ascenso? ¿O tu médico te informó de que por fin te habías librado del
cáncer? Todas estas noticias tienen gran valor, y son dignas de celebrarlas.
Pero la mejor noticia de todas llegó hace 2.000 años, cuando los discípulos
de Jesús escucharon y vieron que su amigo, maestro y líder había resucitado
de los muertos (Hch. 4:33). ¡Eso sí que es una noticia impresionante!
Gracias a la prueba visible de su resurrección, los apenados seguidores de
Jesús se convirtieron en un ejército de testigos valientes que, sin pensar en
las represalias, la venganza o incluso sin temer a la muerte, salieron a las
calles a transmitir a todo el mundo las buenas noticias. ¿Cuál fue el
resultado de ese entusiasmo? En tan solo unos pocos años, su mensaje había
llegado hasta los confines más lejanos del Imperio Romano. ¿Cómo te va en
esta área? ¿Estás tan entusiasmado como los primeros discípulos por dar a
conocer la buena noticia? Veamos algunas verdades importantes que hemos
de recordar sobre la resurrección:
La resurrección es fundamental para la fe cristiana. La resurrección de
Jesús constituye el centro de la fe cristiana. Jesús prometió su resurrección,
y el hecho de que sucediera de verdad demuestra al mundo que Cristo tiene
poder sobre la muerte y es el gobernante del reino eterno de Dios. Jesús no
fue un falso profeta ni un impostor. De todos los líderes religiosos que han
vivido, solo Jesús resucitó de los muertos. Gracias a su resurrección
corporal, quienes han puesto su fe en Él pueden estar seguros de su propia
resurrección, como explica Romanos [Link] “ Porque somos sepultados
juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo
resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros
andemos en vida nueva”.
La resurrección es el punto focal del mensaje cristiano. Los dos primeros
sermones que Pedro predicó tras la resurrección de Cristo se centraron en la
resurrección (ver Hch. 2:14-36; 3:12-26). Pablo también dejó claro que la
resurrección era un elemento clave del cristianismo. Dijo: “porque
primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí” (1 Co. 15:3). Luego
Pablo hizo una lista de todos los que habían visto al Jesús resucitado:
Apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de
quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros
ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los
apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí
(1 Co. 15:5-8).
La resurrección no es un mito ni una fantasía que fue tramada por un
puñado de pescadores asustados que habían perdido a su líder.
La resurrección es segura gracias a la resurrección de Cristo.
É
—Como Cristo resucitó, sabemos que lo que prometió es verdad: Él es
Dios.
—Como Cristo resucitó, tenemos la seguridad de que nuestros
pecados son perdonados.
—Como Cristo resucitó, vive y está sentado a la diestra del Padre
intercediendo por nosotros.
—Como Cristo resucitó, derrotó a la muerte por nosotros.
Por consiguiente, sabemos que nosotros también resucitaremos.
La resurrección es nuestra esperanza de vida eterna. Todas las religiones
hablan de algún tipo de vida después de la muerte. Pero son habladurías.
Todas las otras religiones ofrecen cierto tipo de esperanza incierta, una
esperanza que no se ha demostrado. Solo el cristianismo ofrece una
esperanza segura de que la muerte ha sido vencida. ¿Por qué? Porque Jesús
resucitó de los muertos. Aparte de esto, ninguna otra religión presenta a un
líder que haya resucitado. La resurrección de Jesús es prueba de que quienes
creen en Él serán también resucitados de los muertos para vivir en cuerpos
nuevos por toda la eternidad con Jesús. Esta fue la promesa de Jesús: “Y si
me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo,
para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).
La resurrección incluye tanto el cuerpo como la mente. Pablo escribió a
una iglesia en la ciudad de Corinto, situada en el corazón de la cultura
griega. Según los filósofos griegos, el alma era la auténtica persona,
atrapada en un cuerpo físico, y con la muerte el alma quedaba libre. El
cristianismo, por el contrario, enseña que el cuerpo y el alma se reunirán
durante la resurrección. Como explicó Pablo a los corintios: “así también es
la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en
incorrupción” (1 Co. 15:42).
Tu cuerpo resucitado será eterno. ¿Te gusta tu aspecto? Bueno, pues
acostúmbrate a él, porque tu cuerpo eterno tendrá un aspecto parecido pero
una sustancia diferente. Después de la resurrección, cuando Jesús se
apareció milagrosamente a sus discípulos atravesando unas puertas
cerradas, ellos le reconocieron: “los discípulos se regocijaron viendo al
Señor” (Jn. 20:20). Tu cuerpo resucitado será mejor de lo que puedas
imaginar. Aún tendrás tu personalidad y rasgos distintivos, pero se habrán
perfeccionado por medio de la obra de Cristo. Ya no habrá más enfermedad
ni muerte. ¡Vivirás para siempre!
¿Qué significa eso para tu vida?
La realidad de la resurrección debería proporcionarte una esperanza firme
sobre el futuro y entusiasmarte más en tu fe. La resurrección de Cristo es la
prueba de que ya no debemos temer a la muerte. No importa si mueres a la
semana que viene, el próximo mes o después de muchos años. ¿Por qué?
Porque no tienes motivos para temer a la muerte. Entiendes lo que Jesús dijo
a sus discípulos y ahora también a ti: “Yo soy la resurrección y la vida; el
que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn. 11:25).
Puede que pienses: Si hubiera estado allí y hubiese visto a Jesús vivo
después de haber muerto, podría estar tan entusiasmado como aquellos
primeros discípulos. Pero no estabas allí. Estás vivo en la tierra ahora, 2.000
años después. ¿Debería suponer eso una diferencia? No, y Pedro pensaba
que no lo era cuando escribió: “ a quien amáis sin haberle visto, en quien
creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y
glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras
almas” (1 P. 1:8-9).
Pedro dijo que deberías estar rebosando de gozo inefable. Tu gozo debería
ser tan visible que las personas a tu alrededor no puedan por menos que
percibir algo distinto en tu vida. ¿Es visible ese gozo? Si no es así, quizá sea
el momento de renovar tu comprensión de las implicaciones que tiene para
tu vida la resurrección. Entonces, con un entusiasmo renovado, recuerda:
¡Estas noticias son tan buenas que no querrás guardártelas para ti solo!
47
¡Todavía no has visto nada!
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan,
y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y
alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos… (Mt. 5:11-
12).
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la
primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la
santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios,
dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran
voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los
hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo
estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos
de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni
dolor; porque las primeras cosas pasaron (Ap. 21:1-4).
ientras estudiaba el tema del infierno cuando escribía este libro, me
M di cuenta de que el tema que precedía al infierno era el del cielo.
Pensé: ¡Qué lógico que estos dos temas vitales estén uno después del otro en
mi manual de referencia!
Es lógico porque el cielo y el infierno son los “extremos” de lo que Dios
ha hecho, hace y hará en el futuro. El infierno es un lugar real creado antes
del inicio de los tiempos para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41). Para
conocer lo que dice la Biblia sobre el infierno, lee el capítulo 39,
“Arrepentirse o morir”. Pero ahora estamos considerando lo que es el cielo,
lo opuesto al infierno, sobre el que podemos decir: “¡Todavía no has visto
nada!”.
Cuando empezamos a examinar lo que enseña la Biblia acerca del cielo, lo
primero que hemos de saber es que en las Escrituras la palabra cielo puede
referirse, en términos generales, a una de tres esferas: al espacio atmosférico
que tenemos sobre nosotros, al reino celestial que incluye el universo o al
lugar donde vive Dios.
El cielo atmosférico
El cielo atmosférico incluye el espacio que rodea inmediatamente la
Tierra, el aire que respiramos, que tiene un grosor de unos 32 km. En las
Escrituras, el fenómeno meteorológico más frecuente es la lluvia y, en
contadas ocasiones, la nieve. Isaías 55:9-10 habla de este entorno cuando
dice: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más
altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros
pensamientos. Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve…”.
El cielo sideral
Si has visitado alguna vez un observatorio, es posible que el guía se haya
referido a la gran expansión del universo con el nombre de cielo. Y eso es
exactamente lo que Dios llamó a su obra en el momento de la creación. Dios
dijo: “Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la
noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años” (Gn. 1:14).
El escritor del libro de Hebreos afirmó: “los cielos son obra de tus manos”
(He. 1:10). Y en Job 9:9 leemos que Dios “hizo la Osa, el Orión y las
Pléyades, y los lugares secretos [las constelaciones] del sur”.
El cielo como morada de Dios
Es cierto que la Biblia enseña que “los cielos, los cielos de los cielos, no
te pueden contener” (1 R. 8:27), y que Dios está presente en todo lugar del
universo. Pero, al mismo tiempo, la Biblia también afirma claramente que el
cielo es la morada de Dios: “yo habito en la altura y la santidad” (Is. 57:15).
En numerosos pasajes del Antiguo Testamento a Dios se le da el título de
“Dios de los cielos” (p. ej., Neh. 1:4-5).
Los moradores actuales del cielo
Antes de que Jesús dejara a sus discípulos, les dijo que regresaba al cielo
para preparar lugar para aquellos que creían en Él. Jesús dijo: “En la casa de
mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy,
pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar,
vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros
también estéis” (Jn. 14:2-3).
¿Cómo se describe el regreso de Jesús por los suyos? “Porque el Señor
mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego
nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados
juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así
estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con
estas palabras” (1 Ts. 4:16-18).
Una descripción del cielo
Una manera de conocer mejor a una persona es ver dónde vive. Pero en el
caso de Dios, ¡es justo al revés! Dios no es un reflejo del cielo. Al contrario,
el cielo es un reflejo del Dios que habita en él. El profeta Ezequiel recogió
esta visión de Dios en el cielo:
Y sobre las cabezas de los seres vivientes aparecía una expansión a
manera de cristal maravilloso, extendido encima sobre sus cabezas…
Y oí el sonido de sus alas cuando andaban, como sonido de muchas
aguas, como la voz del Omnipotente… Y sobre la expansión que había
sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de
zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de
hombre sentado sobre él. Y vi apariencia como de bronce refulgente,
como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto
de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi que parecía
como fuego, y que tenía resplandor alrededor. Como parece el arco iris
que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor
alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y
cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que
hablaba (Ez. 1:22-28).
Partiendo de esta imagen de Dios y de su cielo, imagina el cielo como un
lugar…
—sin tristeza, dolor o muerte (Ap. 21:4).
—sin maldición alguna (21:4).
—con la gloria de Dios como único resplandor necesario (21:23).
—con una población compuesta solamente por aquellos cuyos
nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero (21:27).
—donde se adora y se sirve a Dios día y noche por toda la eternidad
(7:15).
¿Qué significa eso para tu vida?
Piensa en el hogar, la mansión o el palacio más hermoso y elegante que
hayas visitado. ¿Te cuesta describirlo a otros? Bueno, pues eso es lo que
pasa cuando nosotros intentamos describir el cielo. Después de todo, es el
lugar donde habita el Dios del universo. ¡Tiene que ser impresionante! Pero
lo que debe atraerte del cielo no es solo el lugar, por hermoso que parezca
tal como se describe en la Biblia; lo que debe atraerte es la persona, Jesús,
el Cordero de Dios, tu Salvador.
Mientras aguardas tu llegada y recibimiento en el cielo, disfruta leyendo
los pasajes que describen tu futuro hogar eterno. Dedica un tiempo a
asombrarte frente a su gloria indescriptible. Espera con ganas el momento
de reunirte con el Padre y el Hijo en un lugar donde “ya no habrá muerte, ni
habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”
(Ap. 21:4), un lugar de adoración constante y perfecta.
48
Nada toma a Dios por sorpresa
Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis
mal en vuestros corazones? (Mt. 9:4).
Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el
espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las
cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios (1 Co. 2:11).
Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el
cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las
intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su
alabanza de Dios (1 Co. 4:5).
no de los beneficios de un matrimonio de muchos años es anticipar lo
U que piensa la otra persona. A menudo, antes de que un cónyuge abra la
boca, el otro empieza a decir o completa la frase que quería pronunciar.
Parece ser que las personas que viven juntas durante años son casi capaces
de leerse la mente y anticipar las reacciones del otro. Sorprendente,
¿verdad?
Sin embargo, esto no es más que la punta del iceberg cuando lo
comparamos con lo que puede hacer Dios. Él, como creador de todas las
cosas, también es quien posee todo conocimiento. Dispone de todo
conocimiento y, como Creador, es el origen de todo conocimiento. Los
teólogos han definido ese atributo divino como omnisciencia. Dios tiene un
conocimiento infinito de las cosas pasadas, presentes y futuras. Dicho
llanamente, nada toma a Dios por sorpresa.
En las Escrituras se subrayan dos aspectos del conocimiento infinito de
Dios.
Primero, no sucede nada, en ningún lugar ni en ningún momento, que
Dios ignore. El ser humano no puede esconder de Dios sus actos ni sus
pensamientos. El rey David reconoció esto en el Salmo 139:1-6:
Versículo 1: David dijo que el conocimiento que tenía Dios de él era
como si hubiera examinado todos los detalles de su vida y, como
resultado, lo conociera íntimamente: “Oh Jehová, tú me has
examinado y conocido”.
Versículos 2-3: El Señor conocía todos los movimientos de David,
todos sus actos: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has
entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y
mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos”. Que Dios
conociera los pensamientos de David quiere decir que estaba al tanto
de sus motivaciones. Y no solo percibía los pensamientos de David,
sino que lo hacía “desde lejos”.
Versículo 4: El Señor también sabía lo que diría David aun antes de
que este hablara: “Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí,
oh Jehová, tú la sabes toda”.
Versículo 5: El Señor rodeaba a David con su conocimiento y su
presencia: “Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano”.
Versículo 6: David, totalmente asombrado por las capacidades de
Dios, concluyó su revelación diciendo: “Tal conocimiento es
demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender”. En
otras palabras, la omnisciencia divina es demasiado elevada para que
la entiendan los humanos.
Dios no solamente conocía bien a David, sino que conoce los corazones
de todas las personas: “yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os
daré a cada uno según vuestras obras” (Ap. 2:23).
Jesús, el Hijo de Dios, también manifestó omnisciencia. En Mateo 9:4
leemos: “Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué
pensáis mal en vuestros corazones?”. Y más tarde, en el libro de
Apocalipsis, el Señor describió claramente no solo los actos de las personas,
sino también su condición espiritual interna. Respecto a las siete iglesias de
Apocalipsis 2 y 3, el Señor dijo: “conozco tus obras” (Ap. 1:1—3:22).
Por toda la Biblia se nos recuerda una y otra vez que no sucede nada en
ningún lugar sin que Dios lo sepa.
Segundo, la sabiduría de Dios es insuperable en todos sus planes y
propósitos. Dios conoce todo desde el principio, y desde el mismo principio
tiene planes para todas las cosas.
Dios tiene un plan para la nación de Israel. En el Antiguo Testamento,
Dios dijo a los israelitas, por medio del profeta Jeremías, que tenía planes
para ellos. Aquella nación rebelde había sido llevada cautiva a la lejana
Babilonia. Parecía que Israel había terminado como nación. Pero Jeremías,
hablando en nombre de Dios, dijo a aquellos judíos exiliados que tendrían
un futuro. Dios dijo: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de
vosotros… pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”
(Jer. 29:11).
Dios prometió a Abraham que de sus descendientes surgiría una gran
nación. A pesar de que el pueblo de Israel se había rebelado contra Dios y
fueron repartidos por todos los confines del mundo, su futuro seguía estando
seguro gracias al sabio plan de Dios para llevar a cabo la restauración de ese
pueblo y su participación en el reinado milenial del Mesías en la tierra.
Dios tiene un plan para su Iglesia. Este plan para la Iglesia no es nuevo.
De hecho, ¡es un plan forjado en la eternidad! El apóstol Pablo lo expresó
de este modo: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo,
para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Ef. 1:4).
El Nuevo Testamento está lleno de detalles sobre los planes de Dios y sus
propósitos para su Iglesia:
Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen
propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo
cuando se cumpliera el tiempo, esto es, reunir en él todas las cosas,
tanto las del cielo como las de la tierra (Ef. 1:8-10, nvi).
Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a
bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque
a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen
hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el
primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:28-29).
¿Qué significa eso para tu vida?
La omnisciencia de Dios puede ser un problema para ti si intentas
esconderle alguna parte de tu vida. Algunos prefieren negar que Dios es
capaz de conocer sus pensamientos y sus actos, porque piensan que eso
significa que pueden ir por la vida sin preocuparse de que Dios les llegue a
pedir cuentas. Francis Thompson, en un poema, llamó a Dios “el sabueso
celestial”, porque su omnisciencia “seguirá la pista” de una persona hasta
que esta admita el control de Dios sobre su vida. El hecho de que Dios es
omnisciente debería constituir una fuerza restrictiva en tu vida. ¡No puedes
esconderle nada!
Si eres cristiano, la omnisciencia de Dios no te inquieta. De hecho, el
saber que Dios sabe todas las cosas debería proporcionarte gran consuelo y
confianza. Cuando te sientas tentado a dudar de Dios o a cuestionar el modo
en que dirige tu vida, o cuando las circunstancias no parecen favorables,
recuerda que Dios tiene un plan y, al final, todas las cosas redundarán en tu
beneficio y en su gloria. Lo único que debes hacer es tener fe y confiar en
que Dios sabe lo que hace, ¡porque es así!
Y veamos otro pensamiento consolador: Dios nunca olvidará el día que le
pediste que salvara tu alma. Tu nombre está escrito y guardado en el libro de
la vida del Cordero (Ap. 13:8). Dios te conoce por nombre, y nunca olvida
el nombre de uno de sus hijos.
49
La vida del cielo empieza aquí y ahora
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos
bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en
Cristo (Ef. 1:3).
Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también
esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el
cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de
la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí
mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21).
¿S abías que todos esos escritos que se conocen como “epístolas” en el
Nuevo Testamento eran en realidad cartas dirigidas a individuos y a
iglesias para animarles, exhortarles o, en ocasiones, reprender los actos y las
actitudes de los lectores? Hace 2.000 años, Dios no solo supervisó la
escritura de esas cartas para beneficio de los lectores modernos, ¡sino que
las escribió teniendo en mente a los creyentes de nuestros tiempos! Las
cosas que causaban dificultades a nuestros hermanos en la fe del pasado son
las mismas que nos las causan hoy a nosotros. También a nosotros nos
cuesta conformarnos a las enseñanzas de Cristo.
Dos de esas cartas fueron escritas a un grupo de iglesias en la ciudad
griega de Corinto. Los cristianos de esa ciudad estaban un poco alborotados,
y les costaba contrarrestar las influencias negativas de su cultura pagana y
de su naturaleza pecaminosa. El apóstol Pablo les escribió para retarles a
“vivir como en el cielo”.
Porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos,
contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?
(1 Co. 3:3).
Pablo exhortó a los creyentes de la iglesia de Corinto a que actuasen como
ciudadanos del cielo. Cuando una persona acude a Cristo, se convierte de
inmediato en un ciudadano del cielo, y Dios espera que adopte un estilo de
vida consecuente. Dado que esto es lo que se espera de todo cristiano,
veamos qué consecuencias tendrá para nuestras vidas conducirlas como en
el cielo.
La vida espiritual ofrece un punto de vista diferente. Como ahora nuestra
ciudadanía está en el cielo, nuestra participación en este mundo (con su
materialismo e incontables actividades impías) debería inducirnos a vivir
con discernimiento. En lugar de buscar la realización a base de placeres
mundanos, deberías buscarla en Dios y en su Palabra, así como en nuestra
asociación con el pueblo de Dios.
No deberíamos concentrarnos en lo “horizontal” (nuestra relación con la
humanidad y el mundo), sino en lo “vertical” (nuestra relación con Dios).
Debemos mantener la mirada en lo alto. En Colosenses 3:1-2, Pablo dijo:
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba,
no en las de la tierra”. Esto es lo que significa centrarse en lo vertical.
La vida espiritual cumple la voluntad de Dios. En el Padrenuestro, Jesús
nos enseñó a decir: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la
tierra” (Mt. 6:10). La voluntad de Dios es que todos los cristianos sean
transformados a la imagen de su Hijo, el Señor Jesús (Ro. 8:29). Por tanto,
la vida del cielo es lo mismo que parecerse cada vez más a Jesús.
¿Cómo se consigue esto? Cuando muestras obediencia fiel a la Palabra de
Dios, vives una vida que honra a Cristo, que es lo que Dios desea de sus
hijos como ciudadanos del cielo. El deseo de todo creyente debería ser que,
haga lo que haga, sea “para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31).
La vida espiritual da prioridad a la santidad. Dejar que el cielo llene
nuestros pensamientos supone esforzarse para incluir las prioridades
celestiales en la práctica cotidiana, y concentrarse en lo eterno antes que en
lo temporal: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo
lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud
alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil. 4:8). Y para que
estemos seguros de que tenemos el poder para mantener nuestras
prioridades en el orden correcto, Dios nos ha dado su Espíritu y nos manda
que obedezcamos su guía: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos
de la carne” (Gá. 5:16).
La vida espiritual producirá conflictos. Al contrario de lo que piensan
algunos cristianos, Dios nunca prometió a los creyentes una vida fácil. De
hecho, Jesús dijo que, cuanto más se identifique con Él un creyente, más
problemas tendrá. Jesús advirtió a sus seguidores cuáles eran las
consecuencias de la vida celestial: “Acordaos de la palabra que yo os he
dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido,
también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15:20).
Y la batalla no acaba con los conflictos personales. Además de ser
perseguidos por identificarnos con Cristo, también nos enfrentaremos a la
oposición de las fuerzas del mal. “Porque no tenemos lucha contra sangre y
carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores
de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las
regiones celestes” (Ef. 6:12). No obstante, podemos alabar a Dios porque
tenemos la victoria sobre los malvados y las fuerzas de las tinieblas “por
medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:57).
La vida espiritual produce recompensas futuras. Una recompensa que
obtienen los creyentes como resultado de la vida espiritual es inmediata:
saben que honran al Señor y sirven a su pueblo. Esto ya es de por sí una
gran bendición, pero la Biblia también enseña que lo que hacen los
creyentes para Dios en esta vida les proporcionará más recompensas en el
cielo. Pablo afirmó esta bendición doble cuando escribió: “la piedad para
todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera”
(1 Ti. 4:8).
De modo que, en nuestra condición de cristianos, debemos animarnos. A
pesar de que sufrimos, de que nos tratan mal y nos parece que obtenemos
poca recompensa por nuestra fidelidad en este mundo, esas cosas son nada
en comparación con lo que Jesucristo tiene reservado para nosotros en el
cielo. Jesús dice: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en
los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de
vosotros” (Mt. 5:12).
La vida espiritual glorifica a Dios. ¿Qué harán los creyentes por toda la
eternidad? La Biblia dice que estaremos adorando en torno al trono
celestial. Daremos a Dios la honra que merece. ¿No es eso lo que debemos
hacer después de todo lo que Él ha hecho por nosotros? Dirigiéndose a los
corintios, Pablo escribió: “Fuisteis comprados por precio”. Luego exhortó a
sus lectores a “honrad a Dios con vuestros cuerpos” (1 Co. 6:20). Eso es lo
que haremos en el cielo por toda la eternidad, y podemos y debemos
empezar a hacerlo aquí en la tierra.
¿Cuál debe ser nuestra meta a lo largo de cada día? Si, pues, coméis o
bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”
(1 Co. 10:31).
¿Qué significa eso para tu vida?
Cuando pusiste tu fe en Cristo para ser salvo, participaste espiritualmente
de la crucifixión del Señor y de su victoria sobre el pecado y la muerte
(Gá. 2:20). Tu “viejo hombre” ha muerto (Ro. 6:6). Como una nueva
persona, tienes al Espíritu Santo que mora en ti y que te capacita para vivir
una vida nueva. Te proporciona los recursos necesarios para vivir en la
tierra como lo harás en el cielo. ¡Con su ayuda, puedes hacerlo! Pablo dijo a
los corintios que no tenían excusa para su conducta mundana, y eso también
es para ti. Toma la decisión de no actuar como un mero humano, y ora para
no hacerlo, sino para vivir como el ciudadano de los cielos que eres.
50
Al final, ¡Dios gana!
Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con
trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo
resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos
quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para
recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor
(1 Ts. 4:16-17).
Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya
suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es
que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus
pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte
(1 Co. 15:24-26).
ace poco leí un relato que es la segunda parte de una trilogía de
H novelas. Esperaba con ganas el tercer libro, pero el escritor cometió un
error grave. Me dijo qué les iba a pasar en la última novela a dos de mis
personajes favoritos. En cierto sentido, se habían convertido en mis
“amigos”, y el escritor dijo que no aparecerían en el último libro. Bueno,
pues para mí eso lo decidió todo: no leí la tercera novela. ¡No quería
enfrentarme a lo que iba a suceder!
Sin embargo, cuando leo mi futuro en la Biblia, no es eso lo que pasa. En
cambio, me animo. ¿Por qué? Porque al final, ¡Dios gana! Si tenemos en
cuenta todo lo que vemos que sucede hoy a nuestro alrededor, eso es una
buena noticia. ¿Ves mucha esperanza para la humanidad y para nuestro
mundo? El mal está desenfrenado, y las cosas aún van a empeorar. Pero no
será así para siempre. La Biblia dice que llegará un día en que Dios
destruirá toda maldad y restaurará la justicia, y nosotros, los cristianos,
estamos en el bando ganador.
El camino al futuro
Según la Biblia, hay una serie de acontecimientos futuros que deben tener
lugar como preparación para la manifestación completa y definitiva del
reino de Dios. Los teólogos se refieren a este estudio de las últimas cosas
como escatología.
La muerte física. Durante la muerte física, el aspecto material de tu ser, el
cuerpo, se separa del aspecto inmaterial, el espíritu. En este momento, existe
un estado intermedio tanto para los justos como para los impíos cuando
mueren. Los espíritus de los justos irán con Dios (Fil. 1:21-23), mientras
sus cuerpos físicos permanecen en la tierra. Los espíritus de los inconversos
van al Hades (Lc. 16:23), para esperar el juicio final y la segunda muerte, el
lago de fuego (Ap. 20:14-15), mientras sus cuerpos físicos se quedan
también en la tierra.
La segunda venida. Este evento tendrá dos etapas. En la primera, Cristo
regresa a la tierra por sus seguidores, los vivos y los muertos, y los lleva al
cielo como prometió, donde vivirán con Él por la eternidad (1 Ts. 4:16-17).
Su venida es “en el aire” y solo afectará a los creyentes. Esta etapa es
conocida como el rapto, un término que viene de la expresión griega
traducida “arrebatados” (1 Ts. 4:17). En ese momento, los creyentes verán
sus cuerpos terrenales, corruptos reunidos con sus espíritus como nuevos
cuerpos de resurrección. Este suceso tendrá lugar “en un abrir y cerrar de
ojos” (1 Co. 15:52).
Durante la segunda etapa del regreso de Jesús, “vendrá con las nubes”, y
“todo ojo le verá, [incluso] los que le traspasaron” (Ap. 1:7). Vendrá como
Mesías y establecerá su reino terrenal en Jerusalén y gobernará a las
naciones durante mil años.
La resurrección de los muertos. También esta tendrá dos fases.
La resurrección de los justos. Esto tendrá lugar en el momento del
rapto. Los muertos en Cristo, así como todos los que estén vivos en
ese momento, experimentarán una resurrección literal, corporal
(1 Co. 15:22).
La resurrección de los injustos. Se producirá después del reinado
milenial de Cristo y justo antes del juicio final (Ap. 10:7-15).
Los juicios. En un momento tan temprano como Génesis 2:17, Dios dijo:
“ciertamente moriréis”, refiriéndose al juicio. El día del juicio llegará, y
nadie puede eludirlo. Más concretamente, la Biblia describe una serie de
juicios:
El juicio de los creyentes. En realidad no se trata de un juicio, porque
los pecados de los creyentes fueron juzgados en la cruz. “Ahora, pues,
ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).
Este suceso será como el juicio en una feria campestre, donde se
reparten los premios a los participantes que han ganado. “Entonces
cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5). A este juicio lo
podríamos llamar también una entrega de premios.
El juicio de Israel. Este se centrará en los hijos de Israel y tendrá lugar
al principio del milenio, el reinado de mil años del Mesías, Jesucristo.
Este juicio será una preparación para que el pueblo judío viva y
gobierne con su Mesías en el reino davídico (Mt. 19:28; Lc. 22:30).
El juicio de las naciones vivientes. Este se producirá al principio del
milenio. Tendrá lugar en la tierra, en el “valle de Josafat”, seguramente
cerca de Jerusalén. Jesús juzgará a las naciones “a causa de mi pueblo,
y de Israel mi heredad, a quien ellas esparcieron entre las naciones, y
repartieron mi tierra” (Jl. 3:2).
El juicio de los ángeles caídos. Este tendrá lugar durante el periodo
conocido como “el gran día” (Jud. 1:6). Satanás será juzgado
definitivamente antes del juicio final de los malvados. La Biblia no lo
dice concretamente, pero podemos imaginar que todos los ángeles
caídos serán juzgados en este momento (Ap. 20:10).
El juicio ante el gran trono blanco. Este será el juicio final de los
malos, que decidirá para siempre su condenación. El juez será Dios
Hijo. La norma será la perfección. Este juicio se basará en las cosas
guardadas en “los libros” (Ap. 20:12). Por si algo se hubiera pasado
por alto, se hace una última consulta al “libro de la vida” para ver si
sus nombres están escritos en él. Solo los creyentes en Cristo tienen
sus nombres escritos en ese libro.
El nuevo cielo y la nueva tierra. Dios creará estas moradas nuevas
después del reinado de mil años de Cristo y del juicio ante el gran
trono blanco. Todas las cosas se restaurarán a aquel estado que fue
diseñado por Dios. En una gloria sin pecado, creará un nuevo cielo y
una nueva tierra. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el
primer cielo y la primera tierra pasaron… la santa ciudad, la nueva
Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa
ataviada para su marido” (Ap. 21:1-2).
¿Qué significa eso para tu vida?
La Biblia contiene la historia completa del mundo, de principio a fin,
empezando en Génesis y acabando en Apocalipsis. No hace falta que nos
preguntemos quién creó el tiempo y puso en movimiento el mundo, y quién
establecerá al final una nueva creación. Es Dios, quien desea que conozcas
tu pasado y tu futuro. En el pasado, Dios envió a su Hijo para morir por tus
pecados. Si has reconocido el pago que hizo Cristo por tus pecados, esta
salvación se manifestará cuando Jesucristo regrese y vivas con Él por toda la
eternidad en el cielo.
Sabiendo que tu pasado ha sido resuelto, y que tu futuro está seguro,
puedes concentrarte en el presente. Ruega diariamente que el Espíritu Santo
te capacite para andar según el Espíritu y vivir para Cristo. Ancla tu fe en la
Palabra de Dios. Mantente alerta espiritualmente mientras esperas el regreso
de Cristo. Aunque la guerra aún no ha acabado, ¡la victoria es segura!
[1] Bernard Ramm, Protestant Christian Evidences (Chicago: Moody, 1953), p. 33; como se cita en
Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids: Baker, 1983), p. 33.
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Título del original: The 50 Most Important Teachings of the Bible, © 2015 por Jim George y
publicado por Harvest House Publishers, Eugene, Oregon 97402. Traducido con permiso.
Edición en castellano: Las 50 enseñanzas más importantes de la Biblia,© 2017 por Editorial
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Traducción: Daniel Menezo
Diseño de portada: Dogo Creativo
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