El Armario Cuento de Terror
El Armario Cuento de Terror
Thomas Mann
Hacía un día nublado, oscuro y algo frío cuando el rápido Berlín-Roma entró en la nave, no muy
grande, de la estación. En un cupé de primera clase, con tapetes de puntilla sobre las anchas butacas
de felpa, se incorporaba un viajero solitario: Albrecht van der Qualen. Se había despertado. Notaba un
sabor soso en la boca y tenía el cuerpo invadido por la sensación poco agradable que genera quedarse
parado tras un largo viaje, el enmudecimiento del traqueteo rítmico, el silencio frente al que los
sonidos, las llamadas y señales del exterior destacan como si estuvieran extrañamente dotadas de
significado… Es un estado parecido a cuando uno vuelve en sí después de una borrachera o una
anestesia. De repente, algo ha arrebatado a nuestros nervios el sostén, el ritmo al que se habían
entregado, y de pronto se sienten extremadamente incomodados y abandonados. Tanto más si al
mismo tiempo despertamos del sordo sueño del viaje.
Albrecht van der Qualen se desperezó un poco, se acercó a la ventana y bajó el cristal. Siguió la línea
del tren con la mirada. Allá, junto al coche de correos, varios hombres trajinaban cargando y
descargando paquetes. La locomotora aún generó varios sonidos más, estornudó y gorgoteó un poco;
después guardó silencio y se quedó quieta, aunque sólo con la quietud propia de un caballo que
levanta trémulo los cascos, mueve las orejas y espera ansioso la señal de arranque. Una dama alta y
gorda embutida en una larga gabardina no cesaba de arrastrar con rostro terriblemente preocupado
una bolsa de viaje que debía de pesar toneladas y que empujaba a golpes de rodilla, recorriendo los
vagones de un extremo a otro: muda, apresurada y con ojos temerosos. Sobre todo en su labio
superior, que sobresalía mucho y estaba perlado por diminutas gotas de sudor, había algo
indeciblemente conmovedor… ¡Mi buena y pobre mujer!, pensó Van der Qualen. ¡Si pudiera ayudarte,
acogerte, tranquilizarte, sólo por amor a ese labio tuyo! Pero a cada uno lo suyo, así son las cosas, y
yo, que ahora mismo no tengo nada de miedo, estoy aquí de pie y te contemplo, como a un escarabajo
que se ha caído del revés…
La penumbra reinaba en la modesta nave de la estación. ¿Se hacía de noche o estaba amaneciendo?
No lo sabía. Había pasado el rato durmiendo y era totalmente incapaz de determinar si habían sido
dos, cinco o doce horas. ¿Acaso no le pasaba a veces que se quedaba dormido durante veinticuatro
horas y más, sin la menor interrupción, en un sueño increíblemente profundo? Van der Qualen
llevaba un sobre todo de invierno medianamente largo, de color marrón oscuro, con solapas de
terciopelo. Resultaba muy difícil estimar su edad a partir de sus rasgos. Se podía aventurar que estaría
entre los veinticinco y finales de los treinta. Tenía el cutis amarillento, aunque sus ojos eran negros y
ardientes como carbones, rodeados por unas sombras profundas. Eran ojos que no hacían pensar en
nada bueno. Varios médicos distintos, en el transcurso de francas y serias conversaciones de hombre a
hombre, le habían dicho que no le quedaban muchos meses de vida… Por cierto que el pelo, oscuro, lo
llevaba liso y peinado a un lado.
En Berlín –aunque esta ciudad no era el punto de partida de su viaje– había subido por azar, con su
bolsa de cuero rojo, al rápido que ya estaba a punto de partir, se había pasado el rato durmiendo y
ahora, al despertar, se sintió tan liberado del tiempo que le invadió el bienestar. No tenía reloj. Era
feliz por saber que de la fina cadena de oro que llevaba en torno al cuello no colgaba sino un pequeño
medallón oculto en el bolsillo del chaleco. No le gustaba ser consciente de la hora y ni siquiera del día
de la semana, pues tampoco llevaba nunca un calendario. Hacía bastante tiempo que se había
despojado de la costumbre de saber el día, el mes o incluso el año en que vivía. Todo tiene que quedar
en el aire, solía pensar, y esas palabras significaban mucho para él, aunque no fueran sino una frase
hecha de significado oscuro. Este desconocimiento sólo le molestaba muy raramente, o tal vez nunca,
pues se esforzaba por mantener alejadas de él todas las molestias de este tipo. ¿Acaso no tenía
suficiente con apreciar vagamente la época del año en que se hallaba? Debe de ser otoño, pensó
mientras miraba la nave nublada y húmeda del exterior. No sé nada más. ¿Es que sé siquiera dónde
estoy…? de pronto, al pensar en esto, la satisfacción que estaba sintiendo se convirtió en un alegre
espanto. ¡No, no sabía dónde estaba! ¿Estaría todavía en Alemania? Sin lugar a dudas. ¿En el norte de
Alemania? ¡Quién sabe! Con ojos todavía embobados por el sueño había visto pasar por la ventana de
su cupé una placa iluminada que seguramente le habría indicado el nombre de la estación… Pero ni
una sola de las letras había conseguido llegar a su cerebro. Todavía ebrio de sueño, había oído a los
revisores gritar el nombre dos o tres veces… Y no logró comprender ni un solo sonido. Pero allí, en
una penumbra que no sabía si significaba el atardecer o la mañana, había un lugar extraño, una
ciudad desconocida… Albrecht van der Qualen cogió su sombrero de fieltro de la red, agarró la bolsa
de viaje de cuero rojo –cuyo portamantas retenía una manta enrollada de lana fina a cuadros rojos y
blancos en la que, a su vez, había un paraguas con puño de plata– y, aunque había pagado el billete
hasta Florencia, abandonó el cupé, recorrió la modesta nave, depositó su equipaje en la consigna,
encendió un cigarrillo, metió las manos –no llevaba bastón ni paraguas– en los bolsillos del abrigo y
abandonó la estación.
Fuera, en la plaza turbia, húmeda y bastante vacía, cinco o seis cocheros hacían chasquear los látigos y
un hombre de gorra galoneada y abrigo largo en que se envolvía tiritando dijo en tono interrogativo:
Van der Qualen le dio cortésmente las gracias y siguió derecho su camino. La gente que le salía al paso
llevaba levantadas las solapas de los abrigos. Por eso él hizo lo mismo, arrimó la barbilla al terciopelo
mientras fumaba y continuó caminando, ni deprisa, ni despacio.
Pasó junto a unos muros bajos, un viejo portal rematado por dos compactas torres, y atravesó un
puente de pretil flanqueado por estatuas y bajo el que las aguas fluían turbias y pesadas. Pasó un largo
bote desvencijado en cuya popa había un hombre remando con una barra muy larga. Van der Qualen
se detuvo un rato y se inclinó sobre el pretil. Mira, pensó, un río. El río. Qué bien que no me sé su
vulgar nombre… Y siguió andando.
Continuó caminando en línea recta por la acera de una calle que no era ni muy ancha, ni muy
estrecha, y entonces, en algún lugar, torció a la izquierda. Era de noche. Las lámparas eléctricas de
arco se encendieron con un temblor, llamearon un par de veces, entraron en incandescencia,
zumbaron y terminaron por iluminar la niebla. Las tiendas ya estaban cerrando. Bien, digamos que es
otoño en todos los sentidos, pensó Van der Qualen mientras seguía deambulando por la acera
oscurecida por la humedad. No llevaba chanclos, pero sus botas eran extraordinariamente anchas,
firmes y duraderas; a pesar de todo, no carecían de elegancia.
Llevaba todo el rato caminando en dirección a la izquierda. La gente avanzaba y pasaba a toda prisa
por su lado, acudiendo a resolver sus asuntos o regresando de ellos. Y yo camino en medio de todos,
pensó, y estoy tan solo y soy tan forastero como probablemente nunca haya sido nadie. No me mueve
asunto ni meta. Ni siquiera tengo un bastón en que apoyarme. Nadie puede ser tan inestable, libre,
indiferente. Nadie me debe nada y yo no debo nada a nadie. Dios nunca ha puesto su mano sobre mí,
ni siquiera sabe quién soy. Las desgracias fieles, sin limosnas, son una buena cosa. Así uno se puede
decir a sí mismo que no le debe nada a Dios…
La ciudad pronto llegó a su fin. Debió de haberla cruzado en diagonal desde su centro. Se hallaba en
una calle ancha, periférica, con árboles y palacetes; torció a la derecha, atravesó tres o cuatro
callejuelas como de pueblo, únicamente iluminadas por farolas de gas, y finalmente se detuvo en una
calleja algo más ancha, delante de un portal de madera que se hallaba a la derecha de una casa
convencional, pintada de un amarillo ocre, que se caracterizaba por tener en las ventanas unos
cristales de espejo totalmente opacos y muy abombados. En el portal colgaba un letrero con la
leyenda: «En esta casa se alquilan habitaciones en el tercer piso». ¿Ah, sí?, se dijo, tiró el resto de su
cigarro, atravesó la puerta de la verja, caminó a lo largo de una valla que separaba aquel terreno de la
finca vecina, entró por la puerta de la casa que quedaba a la izquierda, cruzó con dos pasos el
vestíbulo, cubierto por una mísera alfombra continua que no era sino una manta vieja y gris, y empezó
a subir las modestas escaleras de madera.
También las puertas de los pisos eran muy modestas, con cristales traslúcidos protegidos por una red
de alambre y letreros con los nombres de los residentes. Los rellanos estaban iluminados por
lámparas de petróleo. En el tercer piso, en cambio –era el último, y después de él ya sólo venía el
desván–, también había entradas a izquierda y derecha de la escalera: sencillas puertas marrones en
las que no se veía ningún nombre. Van der Qualen hizo girar el botón del timbre de latón que había en
el centro… Sonó, pero no se percibía ningún movimiento en el interior. Llamó a la puerta de la
izquierda… No hubo respuesta. Llamó a la derecha… Y pudo oír unos pasos largos y lentos hasta que
alguien abrió.
Era una mujer alta y flaca, vieja y larga. Llevaba una cofia decorada con un gran lazo de color lila claro
y un vestido negro descolorido y pasado de moda. Tenía el rostro consumido, como de pájaro, y en la
frente podía apreciarse una erupción cutánea, una especie de excrecencia musgosa. Algo bastante
repugnante.
La vieja dama asintió. Asintió y sonrió lentamente, muda y llena de comprensión, y con su larga
mano, hermosa y blanca, en un gesto lento, fatigado y elegante, señaló la puerta de enfrente, la de la
izquierda. Entonces se retiró para aparecer de nuevo con una llave. Mira por dónde, pensó él, que
estaba a espaldas de la mujer mientras abría. Es usted como un espectro, como un personaje de
Hoffmann, señora mía… Ella cogió la lámpara de petróleo del gancho y le hizo entrar.
Era una habitación pequeña y de techo bajo con entarimado marrón. Las paredes, en cambio, estaban
revestidas hasta el techo de esteras de color paja. La ventana que había en la pared del fondo, a la
derecha, estaba cubierta con una cortina de muselina que caía en pliegues largos y delgados. La puerta
blanca que conducía a la habitación contigua quedaba a mano derecha.
La anciana dama la abrió y levantó la lámpara. Era una habitación lastimosamente fría, con paredes
desnudas y blancas frente a las que tres sillas rojas de rejilla destacaban como fresas sobre nata
montada. Un armario ropero, un lavabo con espejo… Y la cama, un mueble extremadamente robusto
de caoba, que se erigía libremente en medio de la habitación.
–¿Tiene usted alguna objeción? –preguntó la anciana señora, pasándose ligeramente la mano
hermosa, larga y blanca por la excrecencia musgosa de la frente… Era como si lo hubiera dicho sin
querer, como si fuera incapaz de recordar otra expresión más corriente para un momento como aquél.
Enseguida añadió—:
–No, no tengo ninguna objeción –dijo Van der Qualen–. La decoración de las habitaciones es bastante
graciosa. Las alquilo… Me gustaría que alguien fuera a recoger mis cosas a la estación; aquí tiene el
resguardo. Tendrá usted la amabilidad de hacer preparar la cama, la mesita de noche… Y de darme
enseguida la llave de la casa y del piso… Como también me conseguirá un par de toallas. Quisiera
asearme un poco. Después iré a cenar a la ciudad y regresaré entonces.
Sacó un estuche niquelado de la bolsa, echó mano del jabón que había en él y empezó a refrescarse el
rostro y las manos en el lavabo. De vez en cuando miraba por la ventana, de cristales extremadamente
abombados, al exterior; allá abajo, lodosas callejuelas de arrabal destacaban a la luz de gas; veía
lámparas de arco y palacetes… Mientras se secaba las manos se dirigió al armario. Era un trasto
rudimentario, barnizado en marrón, un poco tambaleante y con un remate de decoración simplona;
estaba en medio de la pared lateral derecha, alojado justo en el nicho que dejaba una segunda puerta
blanca que debía de conducir a las estancias cuya puerta principal y central se hallaba en el rellano.
Hay algunas cosas en el mundo que están bien dispuestas, pensó Van der Qualen. Este armario ropero
cabe en el nicho de la puerta como si lo hubieran construido expresamente para eso… Abrió la puerta.
El armario estaba completamente vacío, con sólo unas hileras de ganchos en el techo. Sin embargo,
resultó que este mueble tan sólido no tenía pared de fondo, sino que sólo lo cerraba una tela gris, una
arpillera dura y corriente prendida con chinchetas en sus cuatro esquinas.
Van der Qualen cerró el armario, cogió el sombrero, volvió a subirse el cuello de su sobre todo, apagó
la vela y se fue. Mientras atravesaba la antecámara creyó oír a su lado, en las otras estancias,
confundido entre el sonido de sus propios pasos, un tañido suave, claro y metálico… Aunque quizá
fuera una ilusión. Como si un anillo de oro cayera en una fuente de plata, pensó mientras cerraba la
puerta del piso. Después bajó por las escaleras, abandonó la casa y regresó a la ciudad.
En una calle animada entró en un luminoso restaurante y tomó asiento en una de las mesas
delanteras, dándole la espalda a todo el mundo. Tomó una sopa juliana con pan tostado, un bistec con
huevo, compota y vino, un trozo de gorgonzola verde y la mitad de una pera. Mientras pagaba y se
ponía el abrigo, dio un par de caladas a un cigarrillo ruso, se encendió después un puro y se fue.
Deambuló un poco de aquí para allá antes de reemprender el camino de regreso al suburbio, que
recorrió sin prisas.
La casa con los cristales de espejo estaba en completa oscuridad y silencio cuando Van der Qualen
abrió la puerta y subió por los oscuros escalones iluminándose con una cerilla. En el tercer piso abrió
la puerta marrón de la izquierda que conducía a su habitación. Tras haber dejado el sobre todo y el
sombrero sobre el diván, encendió la lámpara del gran escritorio, sobre el que encontró su bolsa de
viaje, así como la manta enrollada con el paraguas. Desenrolló la manta y extrajo una botella de
coñac, a lo que sacó una copa de la bolsa de cuero y, mientras terminaba de fumarse el puro, le daba
algún sorbo de vez en cuando sentado en la butaca. Es agradable, pensó, que, al menos, en el mundo
siga habiendo coñac… A continuación se dirigió al dormitorio, donde encendió la vela de la mesita de
noche, salió un momento a apagar la lámpara de la otra habitación y empezó a desvestirse. Pieza por
pieza, fue dejando su discreto y duradero traje gris sobre la silla roja que había junto a la cama.
Entonces, al soltarse los tirantes, se acordó del sombrero y del abrigo que todavía estaban en el diván.
Los fue a buscar, abrió el armario… y dio un paso atrás, agarrándose a una de las grandes bolas de
caoba rojo oscuro que, a sus espaldas, remataban las cuatro esquinas de la cama.
La habitación, con sus paredes blancas y desnudas en las que las sillas pintadas de rojo destacaban
como fresas sobre nata montada, estaba bañada por la inquieta luz de la vela. En cambio, el armario
ropero, que tenía la puerta abierta de par en par, no estaba vacío; había alguien en él, una figura, una
criatura tan encantadora que el corazón de Albrecht van der Qualen se detuvo un instante para, a
continuación, seguir palpitando con latidos plenos, lentos y suaves… Estaba completamente desnuda
y tenía levantado uno de sus brazos delgados y delicados, pues mantenía agarrado con el índice uno
de los ganchos del techo del armario. Algunas ondas de la cabellera larga y castaña descansaban sobre
sus infantiles hombros, que desprendían un encanto tal que sólo se podía responder a él con un
sollozo. En sus alargados ojos negros se reflejaba el resplandor de la vela… La boca era algo ancha,
pero de una expresión tan dulce como los labios del Sueño cuando se posan sobre nuestra frente tras
días de penuria. Tenía los talones muy juntos y sus delgadas piernas se arrimaban una a otra…
Albrecht van der Qualen se limitó a pasarse la mano por los ojos y a ver… Vio también que ahí abajo,
en la esquina derecha, se había soltado la arpillera gris del armario…
–Esto… –dijo él…–. ¿No quiere usted entrar…? O, mejor dicho…, ¿salir? ¿No quiere tomar una copita
de coñac? ¿Media copita…?
Aunque en realidad no esperaba respuesta y tampoco recibió ninguna. Sus ojos delgados, brillantes y
tan negros que parecían carentes de expresión, insondables y mudos, estaban fijos en él, pero sin
sostén ni objetivo, difusos como si no lo estuvieran viendo.
–¿Quieres que te cuente algo? –dijo de pronto, con voz velada y serena.
Van der Qualen había caído sentado sobre el borde de la cama, el sobre todo en las rodillas y las
manos entrelazadas sobre él. Tenía los labios entreabiertos y los ojos casi cerrados. Pero la sangre
pulsaba cálida y suave a través de su cuerpo y le zumbaban ligeramente los oídos.
Ella se había sentado en el armario, enlazando una rodilla con sus delicados brazos, mientras dejaba
que la otra pierna le colgara fuera. Los brazos apretaban los pechos diminutos y la piel tensa de su
rodilla relucía. Y se puso a contar… Contó con voz queda, mientras la llama de la vela ejecutaba
danzas silenciosas…
Dos se paseaban por la pradera y ella reclinaba la cabeza en el hombro de él. Las hierbas desprendían
un fuerte aroma, pero el suelo ya empezaba a desprender la nebulosa bruma de la tarde: así empezaba
el cuento. Y muchas veces eran versos que rimaban de una forma tan incomparablemente ligera y
dulce como nos acometen a veces en la duermevela de una noche febril. Pero no acababa bien. El final
era tan triste como dos personas que se mantienen estrechamente abrazadas y, mientras aprietan los
labios con fuerza, una, con fundadas razones, le clava a la otra un ancho puñal en el cuerpo, por
encima de la cintura. Pero así es como acababa. Y entonces ella se ponía en pie con un ademán
infinitamente quedo y discreto, levantaba el extremo derecho de la tela gris que conformaba la pared
trasera del armario y desaparecía.
Desde entonces la encontraba en su armario todas las noches y después la escuchaba… ¿Cuántas
noches? ¿Cuántos días, semanas o meses se quedó en aquel piso y en aquella ciudad? A nadie le
serviría que se hiciera constar aquí alguna cifra. ¿Quién podría encontrar placer en un simple
número…? Además, sabemos que, en opinión de varios médicos, a Albrecht van der Qualen ya no le
quedaban muchos meses de vida.
Ella le contaba… y eran historias tristes, desconsoladas. Pero se depositaban como una dulce carga
sobre el corazón, haciéndolo palpitar más lento y más feliz. Varias veces llegó a perder el control… De
pronto le hervía la sangre, estiraba los brazos hacia ella y ella no se le negaba. Pero entonces pasaban
varias noches sin que la encontrara en el armario y, cuando volvía, pasaba varias noches más sin
contarle nada para volver a empezar después poco a poco, hasta que él perdía el control de nuevo.
¿Cuánto tiempo duró esto…? ¿Quién lo sabe? ¿Quién sabe siquiera si Albrecht van der Qualen
despertó de veras aquella tarde y se dirigió a la ciudad desconocida? ¿O si no se quedaría más bien
dormido en su cupé de primera clase, dejándose llevar por el rápido Berlín-Roma a velocidades
increíbles por encima de todas las montañas? ¿Quién de nosotros se comprometería a aventurar una
respuesta decidida y responsable a esta pregunta? La incertidumbre es total. «Todo tiene que quedar
en el aire…»
EL FUMADOR DE PIPA
Martin Armstrong
Por lo general no me importa caminar bajo la lluvia, pero en aquella ocasión la lluvia era torrencial y aún tenía
diez millas que recorrer. Por eso me detuve ante la primera casa, más o menos a una milla del pueblo
siguiente, y miré por encima de la canela del jardín. La casa no tenía un aspecto muy prometedor, pues vi en
seguida que estaba vacía. Todas las ventanas estaban cerradas, y no había una sola con persianas ni visillos.
Por una de ellas, del piso bajo, vi paredes desnudas, la desnuda repisa de una chimenea y una parrilla vacía.
También el jardín estaba descuidado, los lechos de flores llenos de hierbas; apenas se lo habría reconocido
como tal jardín de no ser por la cerca, los vestigios de senderos rectos y los arbustos de lilas que estaban en
plena flor y que regaban de agua la hierba cada vez que el viento los sacudía.
Es fácil imaginar, pues, que me sorprendiera cuando un hombre salió de entre las lilas y vino hacia mí
lentamente por el sendero. Lo sorprendente no era sólo que estuviera allí, sino que paseaba por allí sin objeto,
con la cabeza descubierta y sin impermeable, bajo aquella lluvia que empapaba y calaba. Era un hombre más
bien gordo y vestido de clérigo, canoso, calvo, bien afeitado, con el aspecto engreído de intensidad excesiva
que ve uno en los retratos de William Blake. Advertí en seguida cómo los brazos le colgaban desmayadamente
junto a los costados. Sus ropas y ––lo que lo hacía aún más extraño–– su cara estaban chorreando agua. No
parecía notar en absoluto la lluvia. Pero yo sí. Estaba empezando a correrme por el pelo y a bajarme por el
cuello, y dije:
Se sobresaltó y alzó unos ojos desconcertados que se encontraron con los míos.
––¿Guarecerse?––dijo.
Abrí la cancela del jardín y lo seguí por un sendero hacia la puerta principal, donde él se hizo a un lado con una
leve inclinación para dejarme pasar primero.
––Me temo que no lo encontrará muy acogedor ––dijo cuando estábamos ya en la entrada––. No obstante,
pase usted, señor; aquí dentro, la primera puerta a la izquierda.
La habitación, que era amplia y con un ventanal saledizo dividido en cinco vidrieras, estaba vacía, con la
excepción de una mesa y un banco de madera de pino y una mesa más pequeña en un rincón cerca de la
puerta y sobre la que había una lámpara no encendida.
––Hágame el favor de sentarse, señor ––dijo, señalando el banco con otra leve inclinación. Había una cortesía
anticuada en sus modales y en su manera de hablar. Él no se sentó, sino que dio unos pasos hasta el ventanal
y se quedó de pe, mirando el jardín chorreante, los brazos aún colgándole ociosamente junto a los costados.
––Por lo visto, a usted no le importa la lluvia tanto como a mí, señor ––dije, tratando de ser amable.
Se dio la vuelta y tuve la impresión de que no podía volver la cabeza y de que por eso tenía que volver el
cuerpo entero para mirarme.
—¡No, oh, no! ––respondió––. En absoluto De hecho no había reparado en ella hasta que usted me la hizo
notar.
––Pero debe de estar usted muy mojado ––dije yo––. ¿No sería más prudente que se cambiara?
–– ¿Qué me cambiara? ––su absorta mirada se hizo inquisitiva y suspicaz ante la pregunta.
—¿Que me cambiara de ropa? ––dijo––. ¡Oh, no! ¡Oh, por Dios, no, señor! Si está mojada, sin duda se secará a
su hora. Entiendo que aquí dentro no llueve, ¿verdad?
––Me temo que no puedo ofrecerle nada ––dijo cortésmente––, Viene una mujer del pueblo por la mañana y
a media tarde, pero entretanto no tengo ninguna ayuda ––abrió y cerró sus manos colgantes––. A menos ––
añadió–– que quiera usted pasar a la cocina y hacerse una taza de té, si entiende usted de esas cosas.
––Hágame el favor ––dijo––. Me temo que no tengo ninguno que ofrecerle. El otro, mi predecesor, solía fumar
cigarrillos, pero yo soy fumador de pipa —sacó pipa y tabaco del bolsillo; era un alivio verle emplear sus
brazos y manos.
Cuando ambos hubimos prendido nuestro tabaco, yo volví a hablar: todo el rato era consciente de que recaía
sobre mí la responsabilidad de la conversación; de que, si yo no hubiera hablado, mi extraño anfitrión no
habría hecho la menor tentativa de romper el silencio, sino que se habría limitado a permanecer de pie, con
los brazos caídos junto a los costados, mirando directamente al frente, bien al jardín, bien a mí.
—¿Mudarme? —se desplazó mínimamente y volvió de nuevo hacía mí su absorta mirada, intensa y
desazonante.
—Oh, no —dijo—. Oh, no, por Dios, señor. Llevo aquí varios años; o, mejor dicho, yo mismo llevo aquí casi un
año, y el otro, mi predecesor, pasó aquí cinco años con anterioridad. Sí, ahora debe de hacer siete meses que
murió. Sin duda, señor —una melancólica, pensativa sonrisa transformó inesperadamente su rostro—, sin
duda no me creerá, Mrs. Bellows no me creyó, cuando le diga que llevo sólo siete meses aquí, eso más o
menos.
Dio unos pasos hacia mí y alzó la mano derecha. Se la cogí de mala gana, una mano gorda, fofa, fría, que me
produjo una sensación desagradable.
Solté la mano y él no terminó la frase: Se había sumido, aparentemente, en un ensueño. Luego volvió a
empezar:
—Sin duda todo habría ido bien, habría bastado con que mi… esto es, el viejo tío de mi predecesor no le
hubiera dejado esta casa. Más le hubiera valido seguir donde estaba. Era clérigo, sabe usted —abrió las
manos, dándose a ver a sí mismo—. Éstas son sus ropas de clérigo. De pronto me preguntó:
—¿En la confesión? —dije yo— ¿Quiere usted decir en el sentido religioso del término?
—Lo que quiero decir es —dijo, bajando la voz y mirándome intensamente—, ¿cree usted que confesar,
confesar un pecado o un… un crimen, reporta alivio?
¿Qué iba a contarme? Me habría gustado decir “No”, para disuadir a la pobre criatura de hacerme ninguna
confesión, ero había hecho su pregunta con tal tono de súplica que no tuve corazón para rechazarlo.
—Sí —dije—, creo que al hablar de ello puede uno librarse muchas veces de un peso en la conciencia.
—¡Ha sido usted tan comprensivo, señor —dijo con una de sus corteses inclinaciones—, que estoy tentado de
abusar…! —alzó una de sus pesadas manos con un gesto perfunctorio y la dejó caer de nuevo—. ¿Tendría
usted paciencia para escuchar?
Estaba de pie a mi lado como si fuera el maniquí de un sastre que hubiera sido colocado allí. Su pierna tocada
mi rodilla. Me sentí fuertemente repelido por su vecindad.
—¿No quiere sentarse ahí? —dije, señalando el otro extremo del banco en el que yo estaba sentado—. Me
resultaría más fácil escucharle.
Volvió el cuerpo y miró absorta y seriamente el banco, luego se sentó en él, dándome la cara, con una pierna a
cada lado, inclinado hacia mí. Estaba a punto de hablar, pero se frenó y miró a la ventana y la puerta. Luego se
sacó la pipa de la boca y la depositó en la mesa, y sus ojos se volvieron a mí.
Su declaración me horrorizó, como no podía ser menos; y sin embargo, creo, apenas me sorprendió. Su
extremada rareza me había preparado, hasta cierto punto, para algo bastante sombrío. Contuve el aliento y lo
miré fijamente, y él, con horror en sus ojos, me devolvió la mirada fija. Parecía estar esperando a que yo
hablara, pero en un primer momento no pude hablar. ¿Qué podía yo decir, en nombre de la cordura? Lo que
por fin dije fue algo fantásticamente inadecuado.
Asentí.
—Cuéntemelo —dije.
—De no haber sido por la herencia de esta casa —empezó—, nada habría sucedido. El otro, mi predecesor,
habría permanecido en su rectoría, y yo… yo no habría hecho nunca acto de aparición. Aunque hay que
reconocer que él, mi predecesor, no estaba contento en su rectoría. Se enfrentó con hostilidades, sospechas.
Por eso vino a esta casa al principio, sólo a título de prueba, ya ve. Le fue legada vacía: simplemente la casa,
sin muebles, sin dinero, y se vino y puso un par de cosas, esta mesa, este banco, unos cuantos utensilios de
cocina, una cama plegable arriba. Quería, ya ve, probarla primero. Lo atraía el apartamiento de la casa, pero
quería asegurarse de ella en otros sentidos. Algunas casas, ve usted, son seguras, y otras no lo son, y quería
asegurarse de que ésta era una casa segura antes de mudarse a ella —hizo una pausa y luego dijo con mucha
seriedad—: permítame aconsejarle, amigo mío, que siempre haga eso cuando considere la posibilidad de
mudarse a una casa desconocida: porque algunas casas son muy inseguras.
Asentí.
—No —dijo—, no es eso. Algo mucho más serio que eso. Me refiero al espíritu de la casa. ¿No siente usted —
su mirada absorta se hizo más penetrante que nunca— que ésta es una casa peligrosa?
Me encogí de hombros.
Sentí, en efecto, al hacerme él la pregunta, que la casa era rara; pero era la rareza de él, lo sabía
perfectamente, y las sombrías insinuaciones de su charla, lo que la hacían rara, y respondí:
—¡Extraño! —dijo— Extraño que no lo sienta usted. Aunque bien es verdad que… que el otro, mi predecesor,
no lo sintió al principio. Ni siquiera esta habitación (porque esta habitación, señor, es la habitación peligrosa)
le pareció extraña al principio; no, pese a que hay en ella una cosa muy curiosa.
Si hubiera hecho bueno, habría puesto fin a la conversación y me habría marchado, pues la charla y el
comportamiento del viejo me estaban haciendo sentir cada vez más incómodo. Pero no hacía bueno: estaba
lloviendo con más fuerza que nunca y se estaba poniendo muy oscuro. Evidentemente estábamos en medio
de una tormenta.
—Me parece que ahora puedo mostrarle —dijo— esa cosa curiosa de la habitación. Sólo se ve después de que
ha oscurecido, pero me parece que ya está lo bastante oscuro.
Se acercó a la mesita del rincón y se puso a encender la lámpara. Cuando estuvo encendida y él hubo vuelto a
su lugar el globo de cristal esmerilado, la llevó a la mesa más grande y la colocó a mi izquierda.
—Ahora está usted sentado —dijo, posando una pesada mano sobre mi hombro— donde el otro, mi
predecesor, solía sentarse para sus comidas.
No pude reprimir un respingo, ni resistir el impulso de volverme y mirarle. Me resultaba molesto tenerlo de
pie a mi lado, detrás de mí, fuera de mi vista. Pareció sorprendido.
—No se alarme, señor, hágame el favor —dijo—; vuélvase y dígame lo que ve.
Obedecí.
—No —dije—. Veo también cinco reflejos de mí mismo, uno en cada vidriera del ventanal.
—Eso es —dijo el viejo—, ¡eso es! Eso es lo que veía el otro cuando comía a solas. Veía a los otros cinco, cada
uno tomando su solitaria comida. Cuando él se echaba un poco de agua, cada uno de ellos se echaba agua;
cuando él encendía un cigarrillo, cada uno de ellos encendía un cigarrillo.
—El reverendo James Baxter —dijo el viejo—; así se llamaba. Asegúrese de no olvidarlo, amigo mío; y si la
gente le pregunta quién vive aquí, acuérdese de decir que el reverendo James Baxter. ¡Nadie sabe, ve usted,
que… que…!
—¿Y no ha sido usted objeto de investigaciones? —pregunté—. A este Mr. Baxter, ¿no se lo echó en falta?
—No —dijo—. Ni siquiera Mrs. Bellows, que cuidó de él desde el principio, se ha dado cuenta de lo ocurrido.
—No se ha dado cuenta de que yo no soy él. Ve usted —explicó—, éramos muy parecidos. ¡Así es,
tremendamente parecidos! Antes de que se vaya puedo enseñarle una fotografía suya y verá usted mismo.
Ahora decidí que, con lluvia o sin ella, me iba a ir: no parecía haber mucho motivo, aparte de la lluvia, para mi
permanencia allí. Me puse en pie.
—Bien, señor —dije—, no puedo sino esperar que sienta usted el beneficio de haber aliviado su conciencia de
su… secreto.
El viejo caballero se puso muy agitado. Cerraba y abría sus manos fofas.
—Oh, pero no debe irse aún. No ha oído usted ni la mitad. No ha oído usted cómo ocurrió. ¡Yo esperaba,
señor, ha sido usted tan amable, que tendría paciencia y amabilidad para…!
—Sí, naturalmente —dijo el viejo—; todo era enteramente natural hasta una noche, una noche terrible —se
interrumpió y me miró fijamente con horror en sus ojos.
—¿Y entonces? —dije yo.
—Entonces ocurrió algo extraño, horroroso. Cuando él, mi predecesor, hubo encendido su cigarrillo mirando a
aquellos otros yos, como siempre hacía, vio que uno de ellos, el de más a la izquierda, había encendido no un
cigarrillo, sino una pipa.
Me eché a reír.
—Es cómico, lo sé –dijo—, pero también es terrible. ¿Qué habría pensado usted si lo hubiera visto
efectivamente, con sus propios ojos? ¿Acaso no se habría quedado espantado?
—Sí —dije—, si efectivamente hubiera ocurrido. Si hubiera visto una cosa así realmente, desde luego me
habría quedado espantado.
—Bien —dijo el viejo—, ocurrió. No había error posible al respecto. Era espantoso, horrible —había tanto
horror en su voz como si él mismo lo hubiera visto efectivamente.
—Pero, querido señor mío –le dije—, usted sólo cuenta con la palabra de este Mr. … Mr. Baxter.
—Yo sé que ocurrió –dijo—; lo sé con mucha mayor certeza que si lo hubiera visto. Escuche. La cosa siguió
durante cinco días: durante cinco noches seguidas mi predecesor vigiló lleno de horror a ver si la cosa se
arreglaba sola.
—No se atrevió –dijo el viejo con un forzado susurro—. No se atrevía a irse: tenía que quedarse y asegurarse
con sus propios ojos de que la cosa se había arreglado.
—¿Y no se arregló?
—La sexta noche –dijo el viejo con un hilo de voz— el quinto reflejo, el que había desobedecido, desapareció.
—¿Desapareció?
—Sí, había desaparecido del ventanal. Mi predecesor se quedó sentado, mirando con terror, absorto, el cristal
vacío, y los otros cuatro devolvían la aterrada mirada al interior de esta habitación. Él miraba el cristal vacío y
luego los miraba a ellos, y ellos le devolvían la mirada fija, a él o a algo detrás de él, con horror en sus ojos.
Entonces él empezó a ahogarse… a ahogarse —dijo el viejo jadeando, él mismo casi ahora ahogándose—, a
ahogarse, porque había unas manos alrededor de su garganta, agarrándolo, estrangulándolo.
—¿Quiere usted decir que las manos eran las manos del quinto? –pregunté, y fue sólo mi horror ante el horror
del viejo lo que me impidió sonreír cínicamente.
—Sí —dijo él con un silbido, y extendió sus manos gordas y pesadas, mirándome con ojos fijos—. Sí. ¡Mis
manos!
Por primera vez me sentí realmente aterrorizado. Nos miramos mudos el uno al otro, él jadeando y resollando
aún. Luego, esperando calmarle, dije lo más tranquilamente que pude:
Me puse en pie: tenía el impulso de correr hacia la puerta. Pero algún escrúpulo me retuvo allí inmóvil, la
sensación de que sería inhumano dejarlo solo, presa de su horrible fantasía; y con la vaga idea de hacerle
entrar en razón, de aliviar su torturada mente, pregunté:
Contuvo el aliento, un estremecimiento le desfiguró el rostro y, apretando sus dos extendidas manos, empezó
a golpearse el pecho convulsivamente.
—Pude hacer algunos arreglos por unos pocos días; las cosas no están muy activas justamente
ahora. Pero Raymond, ¿no tienes dudas? ¿Es absolutamente seguro?
Los dos hombres paseaban lentamente por la terraza frente a la casa del doctor Raymond. El sol
oriental aún colgaba sobre la línea montañosa, pero brillaba con un pálido resplandor rojizo que
no producía sombras, y el aire estaba en calma; una dulce brisa vino desde el bosque en la
ladera, colina arriba, y con ella, por intervalos, el suave y murmurante arrullo de las palomas
silvestres. Abajo, en el largo y hermoso valle, el río serpenteaba entre las colinas solitarias y,
mientras el sol flotaba y se desvanecía hacia el oeste, una suave bruma, de un blanco puro,
comenzó a emerger desde las colinas. El doctor Raymond se volvió seriamente hacia su amigo:
—¿Seguro? Por supuesto que lo es. La operación es en sí misma una intervención perfectamente
simple, cualquier cirujano podría hacerla.
—Ninguno; absolutamente ningún riesgo físico. Te doy mi palabra. Siempre eres tan tímido,
Clarke, siempre, pero tú conoces mi historia. Me he dedicado a la medicina trascendental
durante los últimos veinte años. He sido llamado farsante, charlatán e impostor, sin embargo,
todo el tiempo supe que me encontraba en el camino correcto. Hace cinco años alcancé la meta,
y cada día desde entonces ha sido una preparación para lo que haremos esta noche.
—Me gustaría creer que todo eso es cierto —Clarke frunció el entrecejo y miró dubitativamente
al doctor Raymond—. ¿Estás perfectamente seguro, Raymond, que tu teoría no es una
fantasmagoría —por cierto que una visión espléndida, sin embargo, una mera visión después de
todo?
El Dr. Raymond detuvo su marcha y se volvió seriamente. Era un hombre de mediana edad,
macilento y delgado, de complexión amarillo pálida, sin embargo, mientras le respondía y
enfrentaba a Clarke, un rubor asomó en sus mejillas.
—Mira a tu alrededor, Clarke. Puedes ver las montañas, las colinas, como ondulación tras
ondulación, puedes ver los bosques y los huertos, los campos maduros de maíz, y las praderas
que se extienden hasta los lechos de caña junto al río. Puedes verme aquí a tu lado, y oír mi voz;
mas te digo, que todas estas cosas —sí, desde la estrella que acaba de brillar en el cielo hasta el
suelo sólido bajo tus pies— te digo, que todas son sólo sueños y sombras; las sombras que
ocultan a nuestros ojos el verdadero mundo. Existe un mundo real, pero trasciende este
glamour y esta visión, y se encuentra más allá de todo esto, tras un velo. No sé si alguna vez
algún ser humano ha corrido ese velo; sin embargo, Clarke, sé que tú y yo lo veremos levantarse
esta misma noche, en los ojos de otra persona. Quizá pienses que todo esto es un sinsentido
extravagante; puede ser extraño, pero es real, y los antiguos sabían lo que significaba descorrer
ese velo. Lo llamaban presenciar al dios Pan.
Clarke se estremeció; la bruma blanca que se juntaba sobre el río estaba helada.
—Sí. Una pequeña lesión en la sustancia gris, eso es todo; un insignificante reordenamiento de
ciertas células, una alteración microscópica que escaparía a la atención de noventa y nueve de
cien especialistas. Clarke, no quiero molestarte hablándote de mi oficio; podría darte muchos
detalles técnicos que sonarían imponentes, mas tú quedarías tan iluminado como estás ahora.
Sin embargo, supongo que habrás leído, por casualidad, en las apartadas esquinas de tu
periódico, acerca de los inmensos pasos que se han dado recientemente en la fisiología del
cerebro. El otro día divisé un párrafo de la teoría de Digby, y de los descubrimientos de Browne
Feber. ¡Teorías y descubrimientos! Donde ellos se encuentran ahora yo ya estuve hace quince
años, y no necesito decirte que no he estado inactivo durante los últimos quince años. Bastará
que te diga que, hace cinco años hice el descubrimiento al que aludí cuando dije que hace diez
años había alcanzado la meta. Luego de años de labor, luego de años de esfuerzo y de andar a
tientas en la oscuridad, luego de días y noches de desilusiones y, algunas veces, de
desesperación, en los cuales, una que otra vez, temblaba y me ponía helado ante el
pensamiento de que quizá otros estaban buscando lo que yo buscaba; pero por fin, después de
tanto tiempo, una punzada de alegría estremeció mi alma y supe que el largo viaje había llegado
a su fin. A través de lo que parecía y aún parece suerte, por la sugerencia de un pensamiento
fútil desprendido de las líneas familiares y los caminos que había recorrido cientos de veces, la
verdad me invadió, y vi, delineado en líneas de visión, un mundo completo, una esfera
desconocida; islas y continentes, y grandes océanos, en los cuales barco alguno ha navegado
(según creo) desde que el hombre alzó por primera vez su mirada y vislumbró el sol y las
estrellas del cielo, y la tranquila tierra debajo. Pensarás que esto es sólo lenguaje alegórico,
Clarke, pero es tan difícil ser literal. Y, sin embargo, no sé si acaso lo que estoy insinuando no
pueda ponerse en términos sencillos y aislados. Por ejemplo, actualmente este mundo nuestro
se encuentra completamente conectado con cables y alambres de telégrafo; y con algo menor
que la velocidad del pensamiento, cruzan como un relámpago desde el amanecer al atardecer,
desde norte a sur, a través de las inundaciones y los desiertos. Supón que un eléctrico de hoy se
diera cuenta que él y sus colegas han estado meramente jugando con guijarros,
confundiéndolos con las bases del mundo, supón que un hombre como aquél vislumbrara el
espacio infinito extendiéndose abierto frente a la corriente, y las voces de los hombres viajando
a la velocidad del trueno hacia el sol y más allá del sol, hacia los sistemas más alejados, y el eco
de la voz articulada de los hombres en el desolado vacío que confina nuestro pensamiento. En
relación a las analogías, ésta es una muy buena analogía de lo que he hecho; puedes entender
ahora un poco de lo que sentí aquí una tarde; una tarde de verano como ésta y el valle luciendo
como ahora. Yo me encontraba aquí y, frente a mí, vi el abismo inefable e impensable que se
abre profundo entre dos mundos, el mundo de la materia y el mundo del espíritu; vi el vacío y
gran abismo extenderse mortecino frente a mí, y, en aquel instante, un puente de luz saltó
desde la tierra hacia la orilla desconocida, y el abismo fue unido. Puedes mirar en el libro de
Browne Faber, si lo deseas, y te darás cuenta que hasta el día de hoy los hombres de ciencia son
incapaces de dar cuenta de la presencia, o de especificar, las funciones de un cierto grupo de
neuronas del cerebro. Aquel grupo es, así como era, tierra de nadie, sólo una pérdida de espacio
para poner teorías imaginativas. Yo no estoy el la posición de Browne Faber ni de los
especialistas, yo estoy perfectamente enterado de las posibles funciones de aquellos centros
nerviosos en el esquema de las cosas. Con un toque puedo hacerlas entrar en juego, con un
toque digo, puedo liberar la corriente, con un toque puedo completar la comunicación entre
este mundo de los sentidos y… podremos terminar la oración más tarde. Sí, el cuchillo es
necesario; mas imagina lo que ese cuchillo realizará. Nivelará totalmente la sólida muralla de los
sentidos y, probablemente, por primera vez desde que el hombre fue creado, un espíritu
contemplará un mundo de espíritus. Clarke, ¡Mary verá al dios Pan!
—Pero, ¿recuerdas lo que me escribiste? Pensé que era requisito que ella… —susurró el resto al
oído del doctor.
—No, para nada, para nada. Esas son tonterías. Te lo aseguro. De hecho, es mejor como está;
estoy completamente seguro de eso.
—Considera bien el asunto, Raymond. Es una gran responsabilidad. Algo podría salir mal; serías
un hombre miserable por el resto de tus días.
—No, no lo creo, aún si lo peor sucediera. Como sabes, yo rescaté a Mary de la cuneta y de una
muerte casi segura, cuando era una niña; pienso que su vida es mía, para usarla como estime
conveniente. Vamos, se está haciendo tarde, mejor entramos.
El doctor Raymond encabezó la marcha hacia la casa, a través del hall, y hacia abajo por un largo
y oscuro corredor. Sacó una llave de su bolsillo y abrió una pesada puerta, y le indicó a Clarke la
entrada a su laboratorio. Éste había sido alguna vez una sala de billar, iluminado por una cúpula
de vidrio en el centro del techo, donde aún brillaba una luz triste y gris sobre la figura del doctor,
mientras encendía una lámpara de pesada pantalla y la ponía sobre una mesa en el centro de la
habitación.
Clarke miró a su alrededor. Escasamente un pie del muro se mantenía desnudo; por todos lados
había estantes atiborrados con botellas y frasquitos, de todas las formas y colores, y a un
extremo se encontraba un pequeño librero estilo Chippendale. Raymond le apuntó:
fi—¿Ves aquel pergamino de Osward Crollius? Él fue uno de los primeros en mostrarme el
camino, aunque pienso que él mismo jamás lo encontrara. Éste es un extraño dicho suyo: «En
cada grano de trigo se esconde el alma de una estrella»
—Sí, ésa es la silla —dijo Raymond—. Debemos ponerla en posición. Se levantó y empujó la silla
hacia la luz, y comenzó a elevarla y a bajarla, dejando el asiento abajo, poniendo el respaldo en
varios ángulos, y ajustando la pisadera. Se veía bastante cómoda, y Clarke pasó su mano sobre
el terciopelo verde, mientras el doctor manipulaba las palancas.
—Clarke, ponte cómodo. Yo tengo un par de horas de trabajo ante mí, tuve que dejar algunos
asuntos para el final.
—Espero que el olor no te moleste, Clarke; no hay nada dañino en él. Te pone un tanto
soñoliento, eso es todo.
Clarke oyó las palabras claramente, y se dio cuenta de que Raymond se dirigía a él, sin embargo,
no podía salirse de ese letargo. Sólo podía pensar en la caminata solitaria que había tomado,
quince años atrás; era la última visión que tenía desde que era niño de los campos y bosques
que había conocido, y ahora, todo eso surgía en una luz brillante, como una fotografía, ante él. Y
por encima de todo llegó hasta su nariz el aroma del verano, el olor mezclado de las flores, de
los bosques y de los lugares templados en lo profundo de las verdes profundidades, emanando
producto del calor del sol; y el aroma de la buena tierra, yaciendo con los brazos abiertos y los
labios sonrientes, abrumándolo todo. Sus fantasías le hicieron vagar, como había vagado hace
mucho tiempo atrás, desde los campos hacia el bosque, recorriendo un pequeño sendero entre
la maleza brillante de las hayas; mientras el hilo de agua que goteaba desde la piedra caliza
sonaba como una melodía de ensueño. Sus pensamientos comenzaron a extraviarse y a
fundirse con otros pensamientos; la avenida de hayas se transformó en un sendero entre las
encinas, y eventualmente, alguna parra trepaba de rama en rama, confinando a los oscilantes
zarcillos y se inclinaba a causa de sus uvas púrpuras, y las escasas hojas verde grises del olivo
silvestre contrastaban con las oscuras sombras de la encina. Clarke, en los profundos pliegues
del sueño, estaba conciente que el sendero que partía de la casa de su padre lo había llevado
hacia un país desconocido. Repentinamente, mientras reflexionaba sobre la extrañeza de todo
esto, el murmullo del verano fue reemplazado por un silencio infinito que parecía cernirse sobre
todas las cosas, el bosque estaba en silencio. Y por un momento se encontró cara a cara con
una presencia, que no era hombre ni bestia, ni vivo ni muerto, sino todas las cosas a la vez, la
forma de todas las cosas pero desprovisto de forma. Y en ese momento, el sacramento entre el
cuerpo y el ama se disolvió y una voz pareció gritar: «déjennos salir», y entonces vino la
oscuridad más oscura, de más allá de las estrellas, la oscuridad de lo eterno.