3) Los derechos humanos en la Argentina.
Las Naciones Unidas definen a los derechos humanos como aquellos “derechos
inherentes a todos los seres humanos, sin distinción alguna de raza, sexo, nacionalidad,
origen étnico, lengua, religión o cualquier otra condición”; UNICEF como “normas que
reconocen y protegen la dignidad de todos los seres humanos”; Amnistía Internacional
como “derechos y libertades fundamentales que tenemos todas las personas por el mero
hecho de existir.” Eso es lo que se puede interpretar, básicamente, de la Declaración
Universal de los DD HH proclamada en 1948, a la cual Argentina suscribe.
En su artículo 26, el derecho a la educación es explicitado como uno más de este tipo
de derechos universales, indivisibles e interdependientes (están interrelacionados y no
pueden separarse ni desentenderse unos de otros). De hecho, en el inciso 2, se detalla que
éste “tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento
del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales.” Lo cual nos recuerda
aquella función social de la educación en general y la de Superior en particular, que es
retroalimentar su carácter colectivo, no sólo el individual.
El compromiso de Argentina con esta Declaración quedó firmemente establecido cuando
se incorpora a la Constitución Nacional, quedando en el artículo 75, inciso 22. Lo
interesante es que esta formalización ya había sido antecedida por diversas formas de
acción colectiva, de movilización y activismo de la misma sociedad civil por defender el
respeto y garantía de los DD HH. En principio, a través de la denuncia del atentado contra
ellos por parte incluso del mismo Estado.
En nuestro país, la militancia alrededor de la temática de DDHH fue avivada fuertemente
por las violaciones perpetradas por la última dictadura cívico militar a éstos. La represión y
censura, el secuestro, encarcelamiento, tortura, asesinato y desaparición sistemática de
personas llevados a cabo por el gobierno de facto provocó rápidamente el accionar de una
parte de los ciudadanos, además de las críticas y condenas internacionales. Con el tiempo,
éstos se congregaron en la forma de organismos concretos de DDHH. Entre ellos, las
Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que se volvieron un ícono de esta lucha en particular.
Las organizaciones de la sociedad civil (OSC) se volvieron un actor importante a la hora
de ocuparse de esta problemática y de instalar la agenda en el país, la región y el mundo.
Antes que los Estados, fueron quienes se pusieron al hombro este tipo de causas y
convirtieron a los DD HH en una noción cotidiana. Antes de este proceso, no eran una parte
elemental ni del sentido común ni del discurso político institucional. Por lo tanto, fue la
disputa por los derechos humanos y las libertades que de ellos se derivan, en clave de
memoria, verdad y justicia, la que allanó el camino e impulsó su formalización legal.
Elizabeth Jelin, autora reconocida por estudiar este tema, habla de que efectivamente se
produjo un “giro paradigmático de los Derechos Humanos” (2003), en tanto estos principios
se volvieron profundamente presentes en la vida y la política, esbozando una bandera
fundamental para las clases populares y sectores subalternos al momento de defenderse y
basar sus reclamos y/o propuestas.
La vuelta a la democracia no podemos comprenderla sin la sucesiva creación de nuevos
espacios institucionales, como la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas
(CONADEP, 1983), la derogación de la Ley de Pacificación Nacional (1983) y el juicio a las
Juntas Militares (1985), pero también sociales y culturales. No sólo se cristalizó la lucha por
la Memoria, la Verdad y la Justicia, contra la impunidad del terrorismo de Estado, sino que
también se consolidó lo que se llamó el Movimiento de Derechos Humanos en general. No
se trató de una organización homogénea y tradicional, como los sindicatos, gremios,
partidos políticos; al contrario, englobaba a todo el campo multisectorial de luchas por la
ampliación de derechos. Trabajadores, mujeres, disidencias, estudiantes, luego indígenas,
migrantes y otros colectivos. Entre ellos, fue especialmente el movimiento feminista el que
vio reflejado en leyes y políticas varias de sus demandas, en parte porque también a nivel
internacional se estaba dando así. La patria potestad compartida (1985), el convenio sobre
igualdad de oportunidades para trabajadores y trabajadoras con responsabilidades
familiares (1986), la ley de divorcio vincular (1987), la creación de la Subsecretaría de la
Mujer (1987) y el derecho a la pensión del cónyuge en matrimonio de hecho (1988) fueron
las expresiones de estas transformaciones sociales que el movimiento buscaba impulsar. Si
nos ponemos a reflexionar, cada uno de estos derechos, se vincula con los derechos
humanos de libertad y búsqueda de autorrealización.
Hemos usado la concepción de “paradigma”, que quiere decir algo así como una
cosmovisión, una forma de ver y entender el mundo, las relaciones sociales, que se refleja
en las normas y códigos con los que la sociedad se piensa y actúa. Hablar de que se dio un
giro paradigmático en el sentido de los Derechos Humanos quiere decir que se pasó a
tenerlos en cuenta como base de todos los demás derechos, medidas, expectativas y
horizontes de actuación. Con ese marco, el feminismo fue creciendo, como movimiento
social pero sobre todo en su disputa por integrar concretamente ese sentido común. En
Argentina, éste tuvo, asimismo, una particular conexión con la lucha de memoria, verdad y
justicia, al procurar la visibilización de la opresión y violencia sufrida por las mujeres en los
centros clandestinos de detención. El giro paradigmático de DDHH vino, por ende,
acompañado con la semilla de lo que luego florecería como giro feminista. Así como el
discurso de aquellos fue asimilado por la sociedad sin quedar reservado a los grupos
activistas, las demandas del movimiento de mujeres tampoco lo hicieron.
Este giro no fue algo inmediato, por lo que su traducción institucional y normativa fue de
forma progresiva – de a poco, de menos a más– y sistemático – ordenado y/o en función de
plataformas políticas. Las diferentes coyunturas aceleraron o demoraron ese proceso. Por
ejemplo, su incorporación a la Constitución fue posible cuando el gobierno de turno impulsó
la Reforma. Lo cual fue un nuevo propulsor para que diferentes movimientos
desenvolviesen sus luchas específicas, con una piedra basal común. Apareció una
categoría de nuevos derechos en referencia a los derechos a la protección del ambiente y a
los derechos de usuarios y consumidores, lo que da cuenta de la mayor o menor capacidad
de agencia de los diversos colectivos. En esta agenda de Derechos Humanos tuvieron
acogida las luchas de comunidades indígenas y campesinas, de los migrantes y de los
usuarios de servicios de salud.
Como habíamos leído en el cuadro anteriormente, entre los años 2003-2015 tuvo lugar
un proceso de revalorización del rol del estado como garante de la ampliación de derechos,
lo que incluyó en la práctica un fuerte relanzamiento de las políticas de derechos humanos.
Las hubo en relación directa con la cuestión de la dictadura cívico-militar, como la anulación
de las llamadas leyes de la impunidad que permitió la reapertura de los juicios por crímenes
de lesa humanidad o la creación del Archivo Nacional de la Memoria (2003); como también
alrededor de derechos que posibilitaron la inclusión y su progresividad, como la Asignación
Universal por Hijo (AUH), la Ley de Matrimonio Igualitario, la Ley de Identidad de Género.
En consonancia con las nuevas realidades sociales, a la par se les sumó el reconocimiento
de la migración como derecho humano, consagrada en una nueva y pionera Ley de
Migraciones, en la que el Estado asume la obligación de favorecer y colaborar con la
regularización de quienes se encuentren en esa situación. Esto incluye la obtención de su
documentación, el respeto del debido proceso en los casos de deportación y detención..
Repasando lo ya discutido, este fue el contexto político en el cual la Universidad y/o
Educación Superior fue concebida como derecho: en el que un proyecto de país tomó las
causas del Movimiento de Derechos Humanos, y sostuvo un conjunto de políticas sociales
en los principios de interrelación entre los derechos inherentes a toda persona. En otras
palabras, si la educación es un derecho humano y como tal debe garantizarse, la única
forma posible es en articulación con decisiones en favor de los demás derechos.
4) El caso de la Ley Micaela
La lucha feminista compartió la arena pública con el movimiento de DDHH en general, y
logró también, como vimos, sus propios hitos legales, institucionales y socioculturales. Ese
conjunto de leyes que se mencionaron más arriba, sancionadas a finales de los ´80 y
durante la década de los ‘90, tuvieron un correlato al nivel de la producción de conocimiento
y formación de profesionales. Dicho de otra forma, la función social de la Universidad se
desenvolvió efectivamente en este caso concreto de la ampliación de derechos de las
mujeres y disidencias.
En primer lugar, aparecieron las cátedras, centros de estudios, institutos y programas de
investigación sobre la problemática de las mujeres y de género. Fue con el advenimiento del
siglo XXI y la expansión del movimiento feminista, alcanzando niveles inéditos de
masificación y relavancia con la causa Ni Una Menos en 2015, que se profundizaron y
ensancharon las políticas de género a nivel general y en particular, en las universidades.
El trabajo de Torlucci, Vázquez Laba y Pérez Tort (2019) propone considerarlo como una
especie de “segunda reforma universitaria” en tanto se procuró la transversalización de la
perspectiva de género a todos los aspectos de la institución; decisión que involucró y
todavía lo hace, una serie de cambios y novedades en todo el sistema. Un ejemplo que
ilustra esa idea es cuando en 2015 se crea la Red Interuniversitaria por la Igualdad de
Género y contra las Violencias (RUGE) en la Universidad Nacional de San Martín. con la
participación de más de 20 universidades, facultades e institutos. Ésta se creó como
“espacio de promoción de actividades académicas, experiencias de gestión e intervención,
así como, también, de circulación de ideas y propuestas” que alcanzaron a todo el sistema
universitario. Tres años más tarde, da un paso más grande que fue incorporarse al Consejo
Interuniversitario Nacional (CIN), con el objetivo de “colaborar en el diseño y desarrollo de
políticas que contribuyan a erradicar las desigualdades de género y las violencias en todo el
sistema universitario.” (ídem; p.3)
Tal como dan cuenta las autoras, se fue produciendo una acumulación de experiencia y
trabajo político de las feministas universitarias al mismo tiempo que el aumento de la
movilización. Luego del Ni Una Menos, cada “#8M - Paro Internacional de Mujeres” fue
redoblando la apuesta por un nuevo “giro paradigmático”, digamos, en clave feminista. En
2018, los “pañuelazos” a partir del debate en el Congreso de la Nación sobre la legalización
y despenalización del aborto interpelaron a todo el sistema universitario. Es en esa
coyuntura de activismo unido a la producción de conocimiento que, en 2019, se adhiere a la
Ley 27.499, denominada “Ley Micaela”.
Antes de ésta, ya se había subido un primer peldaño de esa “segunda reforma”: la
elaboración e implementación paulatina de protocolos de actuación en las
Universidades para intervenir y responder a las situaciones de discriminación y violencia
de género vividas dentro de las instituciones (Torlucci, Vazquez Laba, Pérez Tort; 2019).
Esta primera etapa consiguió la noción de que la violencia de género es una falta que
requiere medidas administrativas y pedagógicas para su resolución. El segundo fue la
institucionalización de los espacios de género, que consistió en la modificación de las
estructuras organizativas a partir de la incorporación de éstos, además de la introducción de
nuevas lógicas de funcionamiento y producción de conocimiento (ídem). De alguna
manera, esto influyó en la jerarquización y profesionalización de las políticas de género en
las universidades, ya que se fueron creando áreas, Secretarías, Subsecretarías,
Programas, Comisiones, etc… a cargo de personal especializado. Lo cierto es que esas
diferencias de rango están relacionadas con el hecho de que esta transversalización no dejó
de estar inmersa en la existente disputa política presupuestaria, por los recursos al interior
de las instituciones. No alcanza, es decir, con la mera creación de estos espacios, es (y
sigue siendo) necesario insistir y debatir su prioridad y competencia.
El tercer peldaño lo conformó el desafío de la implementación de la Ley Micaela: la
primera gran masiva capacitación en perspectiva de género que abarcó a todos/as los/as
miembros del sistema universitario. Trabajadores de diversa índole y estudiantes deben
realizarla actualmente. De manera similar a como el primer “Ni Una Menos” en el año 2015
había resignificado la violencia de género como un problema público y de agenda mediática,
la sanción de esta ley 27.499 evidenció que la formación en estas temáticas no era un
asunto de expertos sino un deber ciudadano para deconstruir el machismo y el patriarcado
en todas sus formas. La ley en sí lleva el nombre de Micaela García, militante por los
derechos de las mujeres y de los/as más vulnerables, víctima de un brutal femicidio
cometido en Gualeguay (Entre Ríos) que había conmocionado al país. El proyecto fue
impulsado, de hecho, por Néstor Yuyo García, el papá de Micaela, quien es académico
además.
Esta suerte de nueva “politización del género” relanzada en los últimos casi 10 años,
trajo aparejada, como lo citan las autoras de Bolstanski y Fraser (2019, p. 69) la
“reevaluación de las instituciones desde una perspectiva emancipadora” que a su vez,
contribuye a asegurar el estado de derecho, partiendo de estos sujetos subalternizados por
la desigualdad. Dicho de una forma más sencilla, a través de estos protocolos,
capacitaciones, difusión e instalación del enfoque de género, se fue construyendo un nuevo
orden institucional y social en las universidades, escuelas, organismos ejecutivos y
legislativos. Ello produce nuevos marcos de interpretación de la realidad social en el cual la
justicia de género empieza a formar parte de los discursos y prácticas institucionales
(Torlucci, Vázques Laba, Pérez Tort, 2019). Si decíamos que la Universidad tiene una
función social y que es garantizar un derecho colectivo, esta trayectoria recorrida ejemplifica
ese ejercicio, porque esta perspectiva crítica, en favor, básicamente, del pleno goce de los
derechos humanos para todas las personas, tiene su impacto afuera, en el resto de la
sociedad.
***
En paralelo a esta corriente de mercantilización de la universidad, tuvo lugar un proceso de
movilización de la sociedad en torno a las causas del campo de los derechos humanos en la
Argentina. Nuestra historia reciente de dictadura y vuelta de la democracia hicieron que esta
problemática internacional tuviera una forma particular de abordarse, ya que el activismo en
contra de la violación de DD HH por parte del gobierno de facto inauguró la agenda. Fue
con su incorporación al texto constitucional y el advenimiento de nuevos procesos de
movilización a fines de los 90 y principios de los 2000, que el Movimiento de DDHH se
consolidó e incluso inspiró políticas públicas.
Entre la movilización de la sociedad civil, fue tomando fuerza, magnitud y profundidad la
lucha del movimiento feminista. Al calor de esa interpelación a toda la sociedad, las
universidades, ejercitando su función social, se dedicaron a la transversalización de la
perspectiva de género. Implementaron protocolos de actuación frente a situaciones de
violencia, crearon nuevas estructuras y espacios para la temática y, lo que constituyó un
hito, llevaron adelante capacitaciones obligatorias en el marco de la ley Micaela.
Bibliografía
Declaración y Plan de Acción de la Conferencia Regional de Educación Superior (CRES
2008), UNESCO, Cartagena de Indias, Colombia, 4-6 de Junio de 2008, disponible en
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Declaración y Plan de Acción de la Conferencia Regional de Educación Superior (CRES
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Recursos
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Amnistía Internacional, Los derechos humanos. Disponible en:
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