5. LA POESÍA DE 1939 A 1975.
CLAUDIO RODRÍGUEZ
A/ LA ÉPOCA DE POSGUERRA. LOS CUARENTA
Al finalizar la Guerra Civil, el panorama intelectual español queda arrasado. Además, la censura, la pobreza, el
aislamiento y el exilio producen una crisis de conciencia, así como desconfianza y falta de orientación. A esta
generación se adscriben poetas coetáneos al alicantino Miguel Hernández, muerto en la cárcel en 1942.
Los que permanecieron en España se orientaron por diversos caminos:
Poesía arraigada:
Adeptos al régimen franquista y agrupados en torno a las revistas Garcilaso y Escorial, cultivan una poesía con
afinidades políticas hacia el nuevo régimen al margen de la dura realidad del país y adoptan una actitud
evasiva a través de lo estético. Abundan los temas tradicionales (amor, paisaje, etc.) junto con el tema
recurrente de la religión. Utilizan formas métricas clásicas como el soneto, el romance, la décima, etc.
Son representativos Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, José García Nieto,
Rafael Morales…
Poesía desarraigada:
Comenzaremos hablando de Miguel Hernández, muerto en 1942, a quien se ha considerado epígono de la
generación del 27, si bien presenta una trayectoria absolutamente personal. Se han señalado en su producción
poética varias etapas:
- Modernista y gongorina: Perito en lunas.
- La plenitud poética en El rayo que no cesa donde se advierten ya los tres temas clave de su poesía: la vida, el
amor y la muerte. Es muy notable su Elegía a Ramón Sijé.
- Poesía comprometida Viento del pueblo. En la cárcel Cancionero y romancero de ausencias y Nanas de la
cebolla.
La poesía de esta corriente está presidida por el poemario Hijos de la ira de Dámaso Alonso. Es un tipo de
poesía desazonada de quienes se encuentran con un mundo deshecho y caótico, invadido por el sufrimiento y
la angustia. La religiosidad adopta ahora tonos desesperanzados o se manifiesta en imprecaciones a Dios sobre
el misterio del dolor humano. Este humanismo dramático se relaciona con el existencialismo. El estilo es
bronco, directo, más sencillo y menos preocupado de lo forma y el tono que adoptan es más patético e incluso
tremendista. En esta corriente se incluyen poetas como Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, Carlos Bousoño,
Ángela Figuera Aymerich, que publicarán en la revista Espadaña. También se incluirán en esta tendencia los
primeros libros de Gabriel Celaya, Blas de Otero (Ancia) o José Hierro
Otras tendencias:
De menor repercusión, será el Postismo, fundado por Carlos Edmundo de Ory, que enlaza con la vanguardia y
pretende la libertad expresiva, la imaginación y lo lúdico. Caso especial es Miguel Labordeta, que cultiva una
poesía rebelde cercana al surrealismo. Con este movimiento se relaciona Gloria Fuertes.
También hay que mencionar al grupo cordobés reunido en torno a la revista Cántico. Entronca en sus gustos
estéticos con la Generación del 27 y practica una poesía intimista de gran rigor estético. Aquí destacan Ricardo
Molina y Pablo García Baena.
Poesía en el exilio
Al terminar la guerra, marchan al exilio gran número de figuras decisivas en el devenir de la lírica española
contemporánea, pertenecientes a distintas generaciones. Es difícil encontrar características comunes, porque
poseían formación e ideología diferentes y la dispersión geográfica fue muy grande. Sin embargo, en casi todos
ellos el tema de la patria perdida ocupa un lugar primordial. Al principio, domina el tono amargo, pero luego la
desilusión por la derrota cede paso a la nostalgia, a los recuerdos, el deseo de volver… Y junto a ello, se
incrementará el cultivo de otros temas más personales.
El grupo más numeroso lo constituyen los poetas pertenecientes a la Generación del 27, que al estallar el
conflicto se hallaba en todo su esplendor. Paralelamente a sus compañeros que permanecen en España
(Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso), ejercen desde la distancia un poderoso influjo. Rafael
Alberti publicará en estos años libros llenos de nostalgia por la patria perdida (Entre el clavel y la espada);
Pedro Salinas mostrará en sus libros de esta época (El contemplado, Todo más claro) su lucha entre su fe en la
vida y los signos angustiosos que ve alrededor; Jorge Guillén pasa de la jubilosa exaltación del ciclo de Cántico
a expresar en el de Clamor el desorden y la confusión; Luis Cernuda alcanza una etapa de plenitud; Ernestina
de Champourcín, llegó a tener sentimientos de arraigo por su nueva patria, México ( Presencia a oscuras, El
nombre que me diste, Hai-kais espirituales…); Concha Méndez, muestra el desencanto y escepticismo del
exilio y el desarraigo (Lluvias enlazadas, El ciervo herido.)
A estos hay que añadir la figura de León Felipe con una poesía combativa, en un tono vehemente y
declamatorio de resonancias quijotescas. Algunas de sus obras son Español del éxodo y del llanto (1939 ) y
Ganarás la luz (1943); Pedro Garfias, que muestra la nostalgia por la patria perdida y profundos sentimientos
de soledad (Poesías de la guerra española o De soledad y otros pesares).
B/ LA POESÍA SOCIAL DE LOS CINCUENTA
Hacia 1955 se consolida el llamado “Realismo social”, también en poesía. De esta fecha son Pido la paz y la
palabra, de Blas de Otero, y Cantos iberos, de Gabriel Celaya. Estos poetas dejan la angustia existencial y sitúan
los problemas en el marco social. La poesía, para Celaya, será un “instrumento para cambiar el mundo”, el poeta
se hace solidario con los demás hombres y pospone metas estéticas ante objetivos más inmediatos. En cuanto a la
temática, destaca el tema recurrente de España, la injusticia social, el mundo del trabajo y el anhelo de libertad.
Es decisiva la influencia de dos grandes poetas hispanoamericanos: César Vallejo y Pablo Neruda.
Los poetas se dirigen a “la inmensa mayoría”. Por eso el estilo se vuelve más sencillo, el lenguaje claro e
intencionadamente prosaico, en un tono coloquial; interesa más el contenido que los valores estéticos. Junto a
Celaya y Otero, destacan José Hierro (Quinta del 42) y otros autores de poesía desarraigada, y se inician jóvenes
poetas como Ángel González (Palabra sobre palabra)
C/ LA NUEVA POÉTICA DE LOS AÑOS SESENTA.
El cansancio de la poesía social lleva al rechazo de la poesía realista, sin abandonar las inquietudes sociales.
Entonces irrumpe un grupo con criterio renovador y voluntad de recuperar el lenguaje poético. Estos poetas son
Ángel González (Tratado de urbanismo), Jaime Gil de Biedma (Las personas del verbo), José Ángel Valente (La
memoria y los signos), Claudio Rodríguez, del que hablaremos abajo.
Poetizan la experiencia personal en temas que vuelven a lo íntimo: el fluir del tiempo, la evocación de la
infancia, el amor y el erotismo, la amistad y lo cotidiano… Mantienen la preocupación por la situación española,
pero presentada con actitud distanciada, irónica o escéptica. Muestran su inconformismo pero no aspiran a
cambiar nada.
En cuanto al estilo hay un rechazo el patetismo de la poesía desarraigada y del prosaísmo de los poetas
sociales. Aunque se mantienen fieles a un lenguaje antirretórico, buscan un lenguaje personal de gran rigor y
cuidado en la construcción del poema. Su tono es cordial y cálido, aunque frecuentemente emplean la ironía que
muestra su escepticismo. En cuanto a la métrica, predomina el verso libre.
En 1970 Castellet publica la antología Nueve novísimos poetas españoles, en la que se incluye a poetas nacidos
posteriormente a la Guerra Civil y que empiezan a escribir en una sociedad de consumo. Se percibe un cambio de
sensibilidad que afecta tanto a los temas (los asuntos graves como el racismo, la guerra alternan con una
frivolidad provocadora) como al estilo (búsqueda de un nuevo lenguaje, cuya base se encontrará en el
vanguardismo).
(Hablaremos detenidamente de ellos en el tema 8)
D/ CLAUDIO RODRÍGUEZ
El zamorano Claudio Rodríguez (1934-1999), pese a ser escritor de una obra no muy extensa, fue un poeta
extraordinariamente precoz que ganó con su primer libro el premio Adonais cuando aún no había cumplido los
veinte años. Después, fue elaborando a lo largo de su obra poética una minuciosa teoría del conocimiento del
mundo. Con variaciones de tono, lenguaje y técnica, cantó y celebró la realidad envolvente de los objetos
sencillos y el vivir mismo, hecho concreto en la anécdota cotidiana.
En Don de la ebriedad (1953) se celebra la capacidad de nombrar (mediante el don de la poesía) una
naturaleza que se experimenta como unidad armónica, en un estado de entusiasmo pleno (de ebriedad). En
efecto, se trata de una poesía en la que lo fundamental es el fervor lírico ante la vivencia inmediata y el contacto
del poeta con la tierra y el mundo campesino. Este estado de éxtasis vital, que lo aproxima a la literatura mística,
se expresa con gran musicalidad en endecasílabos asonantados que alternan con versos blancos.
Conjuros (1958) representa la superación de la embriaguez primera, a la que sucede la contemplación de la
forma de la materia (una pared, una viga…), en la que los objetos inmediatos adquieren una significación figurada,
simbólica.
Pero el poeta descubre que las fuerzas que lo alían a la vida van indefectiblemente unidas a fuerzas
destructoras, descubrimiento que se expresa en Alianza y condena (1965).
En sus dos últimos libros, la poesía, siendo todavía una indagación cognoscitiva, se transforma en ámbito de
celebración vitalista de la realidad. En El vuelo de la celebración (1976) persiste la dualidad de lo existente, pero
ahora se celebra tanto el conocimiento como el remordimiento, porque ambos son caminos de mejora.
La asunción jubilosa de la vida —con sus zonas de sombra— continúa en Casi una leyenda (1991), aunque un
barniz de melancólica resignación ante lo incognoscible de la verdad cubre todo el libro.
Claudio Rodríguez dejó a su muerte un poemario inédito, cuyo título, Aventura recuerda unas palabras suyas:
“La poesía es aventura —cultura—. Aventura o leyenda, como la vida misma”.