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Normas de Convivencia Monástica

El documento establece reglas estrictas para la convivencia de monjes y monjas en monasterios. Prohíbe que vivan juntos y establece límites estrictos para las interacciones, como prohibir conversaciones privadas o visitas a celdas. También regula aspectos como saludos, comidas y cuidado de enfermos para prevenir cualquier tipo de comportamiento impropio.
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Normas de Convivencia Monástica

El documento establece reglas estrictas para la convivencia de monjes y monjas en monasterios. Prohíbe que vivan juntos y establece límites estrictos para las interacciones, como prohibir conversaciones privadas o visitas a celdas. También regula aspectos como saludos, comidas y cuidado de enfermos para prevenir cualquier tipo de comportamiento impropio.
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VI.

CÓMO DEBEN VIVIR EN EL MONASTERIO SIN PELIGRO LOS VARONES CON SUS MUJERES E
HIJOS

Cuando llegare alguien con su mujer o hijos pequeños, es decir, menores de siete años, está
determinado por la santa regla común que tanto los padres como los hijos se entreguen a la
jurisdicción del abad, quien por sí mismo dispondrá razonablemente para ellos con toda
solicitud lo que deben observar; en primer lugar no han de tener potestad ninguna de su
cuerpo ni preocuparse del alimento o del vestido; ni pretenderán poseer en adelante bienes o
casas de campo, que ya abandonaron, sino que han de vivir en el monasterio, como huéspedes
y viajeros bajo obediencia. Ni los padres han de estar pendientes de sus hijos, ni los hijos de los
padres, ni se han de entretener en mutuas conversaciones, excepto si lo permitiere la
autoridad del abad. Sin embargo, los tiernos pequeñitos, que todavía se entretienen con
juguetes, tendrán licencia, por piadosa concesión, para acudir a su padre o madre cuando
quieran, con el fin de que no vayan a caer los padres en el vicio de la murmuración por causa
de ellos, porque suele haber mucha murmuración en el monasterio con motivo de esos
parvulitos. Mas deben ser cuidados por ambos padres hasta que conozcan algún tanto la regla,
y en ella han de ser instruidos, para que tanto los niños como las niñas se sientan atraídos al
monasterio donde habrán de habitar. Vamos a mostrar el método llano de cómo deben ser
alimentados los niños en el monasterio, si el Señor nos diere licencia. Ha de elegirse un
despensero experimentado en bondad y paciencia por la conferencia de la comunidad, y debe
estar libre de todo servicio del monasterio y del oficio de cocinero; de ese modo tendrá
siempre a su cargo la despensa para atender a los niños, ancianos, enfermos y huéspedes; y, si
el grupo fuere numeroso, se le concederá un joven para atender al mismo servicio, de modo
que a la orden de éste se reúnan a sus horas oportunas los niños y reciban el alimento. Desde
la Pascua santa hasta el 24 de septiembre comerán cada día cuatro veces. Desde el 24 de
septiembre hasta el 1 de diciembre, tres veces. Desde el 1 de diciembre hasta la Pascua santa
quedará al arbitrio del despensero. Pero, por otra parte, deben ser instruidos, de modo que sin
la bendición y permiso no han de llevar nada a la boca. También los dichos niños han de tener
su decano, que se cuidará de ellos más que nadie para observar la regla sobre los mismos y
para ser advertidos siempre por él de que no hagan ni hablen nada prescindiendo de la regla y,
desde luego, no caigan en mentira, hurto o perjurio. Por lo que, si fueren cogidos en alguno de
los delitos predichos, sin demora han de ser castigados por su mismo decano con la vara. El
despensero les lavará por sí mismo los pies y los vestidos y les enseñará con todo interés a
aprovechar en la santidad, para que del Señor reciba todo el galardón; y siga las lecciones de la
Verdad cuando dice: Dejad a los niños que se lleguen a mí; no se lo impidáis, pues de ellos es el
reino de los cielos.

XV. CÓMO DEBEN GUARDARSE LOS MONASTERIOS DE VARONES Y MUJERES

Determinó la santa regla común que los monjes no puedan habitar con las hermanas en el
mismo monasterio. Tampoco han de tener un oratorio común, pero ni el mismo recinto o
morada, aunque por grave necesidad podrán estar en un sitio común. Suprimida toda excusa
de ocasión, han de comportarse de tal manera, que los monjes nunca tengan licencia de comer
en una misma sala o convite con las monjas que tienen encomendadas a su cuidado. Tampoco
practicarán el trabajo que les impone la obediencia en un obrador común, sino que, si se diere
el caso de un enfermo, mantendrán la separación de recintos establecidas, y ambos se
portarán como buenos observantes con tan gran silencio, que no se intercambien palabras una
clase con otra entre ellos, excepto el rezo y el canto; o por lo menos ambos tendrán los
gemidos y suspiros con los suyos propios; debe haber allí tan gran precaución cuanto interés
tiene el ladrón nocturno en matar a Cristo en nuestra alma, y deseo de degollar no los cuerpos,
sino las almas. Por lo cual establecemos con tal cautela la siguiente regla: que nunca entren en
conversación uno solo con una sola. Y, si lo hicieren, deben saber que rompen las leyes de los
padres y se clavan en lo vivo del corazón una saeta mortal. Por ello se pierde la vida del paraíso
y logra la perdición con el suplicio del infierno. Creedme, no puede habitar sinceramente con
el Señor quien se junta a cada paso con mujeres, pues por la mujer se apoderó la serpiente, es
decir, el diablo, de nuestro primer padre; y, porque obedeció no al Señor, sino al diablo, sintió
al instante el acicate de la carne; y por lo mismo, pues, sentimos esta pasión los hijos, y
sabemos que, apresados por ella nuestros padres, fueron privados de las delicias del paraíso.
Hay, por tanto, que vigilar en torno y orar incesantemente, y huir con todas las fuerzas, para
no dejarnos cazar por tal trampa de nuestra sensualidad. Así que nunca uno solo con una sola;
aunque se tropiecen en un viaje, no deben conversar. Ninguna debe ser enviada a otra parte
sola, sino con una compañera. En consecuencia, si alguno fuere sorprendido conversando solo
con una en los casos señalados antes, será azotado, expuesto al público con cien golpes. Y el
que pretenda poner tales actos en práctica, será amonestado a prevención. Y, si se comportare
abusivamente contra los preceptos monásticos y reincidiere por segunda vez en tal culpa, se le
encerrará en la cárcel después de azotado, o, si no quisiere enmendarse, será expulsado fuera.

VI. QUÉ MONJES DEBEN HABITAR CON MONJAS EN EL MISMO MONASTERIO

Mandamos que en el monasterio de monjas habiten los monjes lejos de las celdas; y éstos han
de ser pocos y perfectos, de modo que de entre muchos se elegirán aquellos bien
experimentados que casi hubieren envejecido desde bastante tiempo en el monasterio, a
quienes siempre les recomendó su vida casta y a quienes los cargos de acusación no les
obligaron a quedar fuera de la iglesia como excomulgados. Por tanto, deben habitar en el
monasterio de vírgenes aquellos que o bien deban cumplir algún servicio de carpintería, o bien
deban preparar a los monjes que llegan de hospedaje, y han de ser como guardianes de esos
vasos en cuanto a los jóvenes de ambos sexos. Las monjas no tendrán autorización alguna para
salir; y sin la bendición de la abadesa no deben buscar después ocasión en manera alguna de
dar el ósculo de paz o hablar con los varones. Y, si obraren de otro modo, quedarán sujetas a la
regla.

XVII. CUÁL DEBE SER LA COSTUMBRE DE SALUDAR EN EL MONASTERIO DE VARONES Y


MUJERES

Cuando se presentare la ocasión de que llegare al monasterio de monjas, procedente de un


monasterio de varones, algún abad o monje, como hay costumbre de saludar, mandamos que
no las salude individualmente una a una, sino primeramente a la abadesa, y después se les
presentará toda la comunidad para saludarles. Y decimos esto para los monjes que vienen de
lejos, no para los que habitan en los territorios vecinos. Y, cuando llegare el momento de
volver a la propia casa, despedirán a la abadesa y a sus monjas los dichos monjes huéspedes,
como al principio, en común. Mandamos que se tenga permiso de saludar las dos veces, y aun
esas veces con gran recato y cautela, como si el Señor común de ambos y esposo de aquéllas,
Cristo, estuviera personalmente presente como juez. Cristo, estuviera personalmente presente
como juez. Cristo es celoso; no quiere convertir su casa en casa de negocio. Además,
ordenamos la práctica siguiente: que, si se reunieren en la misma conferencia para escuchar la
palabra de salvación monjas y monjes, no se sentarán las monjas junto a los varones, sino
ambos sexos ocuparán coros separados. Ningún abad o monje se atreverá además en ninguna
parte, sin autorización de los superiores, a dar un ósculo a un mayor, ni volver la cabeza, como
por acuerdo, al coro de las monjas; ni se atreverá una mujer a poner las manos en la cabeza o
en el vestido de un monje para estirarlo. Y, si algún monje procedente de lejos o de su propio
monasterio enfermare, no tratará de encamarse en el monasterio de monjas, no vaya a quedar
aliviado en el cuerpo y enfermo en el espíritu. Y, como afirma el bienaventurado Jerónimo, «te
sirve con peligro aquella cuyo rostro siempre miras».

Por tanto, pues, mandamos que todos los monjes enfermos yazgan en monasterio de varones,
y ordenamos que ni la madre, ni hermana, ni esposa, ni hija, ni pariente, ni extraña, ni criada,
ni cualquiera otra clase de mujer sirvan a los varones durante su enfermedad. Pero, si
sucediere que alguna de las precitadas mujeres fuese enviada por la abadesa con algunas
medicinas, no podrá visitarlo sin el enfermero ni quedarse junto a él; lo mismo mandamos
acerca de los varones. Nadie debe confiar en su castidad pasada, porque ni podrá ser más
santo que David ni más sabio que Salomón, cuyos sentimientos fueron maleados por mujeres.
Y para que nadie se fíe de su castidad en razón del parentesco, debe recordar que Tamar fue
violada por su hermano Amnón, que se fingió enfermo. Por lo cual los monjes y monjas deben
vivir con tal castidad, que conserven la buena fama no sólo ante Dios, sino también ante los
hombres, y dejen a los sobrevivientes ejemplos de santidad.

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