Amores Perros
Amores Perros
Amores Perros relata la historia de dos estudiantes de Filosofía y Letras. Cegados por el amor
incomparable que se tienen, Bruno y Lucía recorrerán de la mano un mismo camino, repleto de
sueños que pueden hacerse realidad.
1
Uno: Filosofía y letras.
El pitido del despertador me sacó de mi más dulce sueño. Sin abrir los ojos tanteé con la mano mi
mesita de luz para apagar el ensordecedor aparato. Fue inútil. Indiscutiblemente seguía
sumamente dormida. Abrí los ojos con total dificultad. Prendí el velador. La luz me provocó una
ceguera temporal, mis ojos tardaron varios minutos en acostumbrarse. Seis de la mañana marcaba
el reloj. Me incorporé de la cama con lentitud y me dirigí hacia el baño con pasos torpes. Una ducha
caliente sería reconfortante. A medida que el agua golpeaba mi cuerpo recordé mi tan explosiva
adolescencia vivida en el Saint Jean. Sonreí con satisfacción ante tanto recuerdo.
Al cabo de media hora con mi bata de toalla puesta me encontraba frente al placard, abierto éste de
par en par. Me vestí lentamente, sequé mi pelo lacio que rozaba mi cintura. A diferencia del año
pasado, ésta temporada llevaba flequillo. Dicen que cada vez que uno comienza una nueva etapa
debe renovarse. Cuando ya estaba todo en orden tomé mi bolso y bajé a la cocina.
-¿Qué tal amaneciste? –preguntó papá, quien me miraba por encima del periódico.
Me senté junto a mi familia. Jorge, mi papá, era contador. Su vida se perdía en un mar de números
cada día. María, mi mamá, era arquitecta al igual que mi hermano mayor, Patricio. Ana Laura, mi
hermana, estudiaba Psicología. Era su último año.
-Es sólo el primer momento… ya te vas a acostumbrar… es una etapa re linda –me alentó mi
hermana, ya toda una experta.
Terminé mi desayuno y tomé mis cosas para salir de allí. Al cabo de media hora de viaje en
colectivo me encontré frente a la gigantesca infraestructura de la Universidad de Filosofía y Letras.
Miré a mí alrededor más de una vez. Suspiré y me dispuse a subir las escalinatas.
Seis y treinta de la mañana marcaba mi celular al tiempo que comenzaba a sonar con la voz de
Liam Gallagher, cantante de Oasis. Me incorporé a regañadientes maldiciéndome por haberme
quedado hasta tarde en la computadora. Con torpeza y llevándome todo puesto ingresé al baño.
Tomé una ducha tibia con el propósito de despabilarme. Al cabo de una hora ya estaba a medio
vestir. Busqué un buzo que me abrigase del frío matutino. Mi departamento era un verdadero caos.
Parecía una verdadera batalla campal. Esto de vivir solo no me iba para nada bien.
Nací en Bahía Blanca. Gran parte de mis años los pasé allí. Un pueblo chico. Todos nos conocemos
con todos. Pueblo chico, infierno grande. A fines de la temporada pasada me preparé para un
examen de gran importancia. Las mejores cinco notas obtendrían una beca. Mi colegio, Spring
Collage, tenía un convenio con la Universidad de Buenos Aires. Tanto estudio provocó que
obtuviera el tercer lugar. Dadas las circunstancias mis padres compraron un departamento en
Capital Federal, Buenos Aires. Más precisamente en el barrio de Belgrano. Tanto mis padres,
Fernando y Claudia, como mis hermanos, Bautista y Florencia, quedaron en Bahía. Los extraño por
sobre todas las cosas. Pero más extraño la comida y limpieza de mamá. Una mano femenina a éste
departamento no le vendría nada mal. Mamá es secretaria en una Fiscalía, papá es el fiscal. Mis
2
hermanos aun van al colegio. Bautista al secundario y Florencia al primario. Tienen quince y diez
años, respectivamente. A mis dieciocho años mis viejos me compraron un auto. Un Clio negro. Ese
es mi segundo hogar.
Al cabo de media hora estaba frente a la Facultad de Filosofía y Letras. Indudablemente la escritura
era lo mío. Suspiré con desgano y subí las escalinatas. El edificio era un mundo a parte. Gente que
iba y venía. En ése momento el edificio era compartido por los estudiantes de Filosofía y Letras,
como yo, y los estudiantes de Bioquímica. Se comentaba que el edificio de ésta última carrera se
encontraba en refacción. Dadas las circunstancias, supuse que había más gente que de costumbre.
Subí hasta el quinto piso. Hombres y mujeres por doquier. Se notaba que algunos se conocían del
colegio porque habían armado pequeños grupos antes de ingresar a clase. O quizás era gente
desconocida pero muy sociable. Al fondo del hall ví sentada a una chica. Se apoyaba contra la pared
y sobre sus piernas cruzadas había un gran bolso color marrón. Tenía una mirada temerosa.
-Disculpame… ¿estás para Filosofía y Letras? –le pregunté descaradamente. Alzó la vista y la
encontré mucho más linda de lo que suponía.
-Sí… ¿vos también? –me dijo con una sonrisa torcida y con voz temblorosa. Me senté a su lado
imitando su postura.
-Así es… Bruno Rojas… un gusto –le dije estrechándole la mano y con una sonrisa de lado.
-¿Lu? –pregunté.
-¿Eh?
Hacía ya una semana nos habíamos instalado con mis padres en casa de Euge. Creí que la noticia le
desagradaría por completo, pero para mi sorpresa lo tomó mejor de lo esperado. Supongo que
durante todo éste año que pasó sola debe de habernos extrañado. Al menos un poco.
Luego de un rápido desayuno en familia, papá nos llevó en su auto. Papá es médico forense. Mamá
es escritora. Siempre admiré su costado artístico. Trabajó como profesora de Literatura en el
Lincoln Collage, colegio al cual fuimos junto a mi hermana.
3
Primero dejamos a Eugenia en el edificio de Diseño Gráfico. Diez minutos más tarde ya me
encontraba frente a la Facultad de Filosofía y Letras. Subí las escalinatas como un rayo veloz. Al
tiempo que trotaba por los pasillos oí que el profesor de la primera materia estaba tomando lista.
-Sí, sí, acá… presente… soy yo… Rocío Esquivel –dije al tiempo que abrí la puerta desaforadamente.
Sentí que las mejillas me ardían de la vergüenza. Sentí unas cuantas miradas sobre mí.
-Pase, por favor… tome asiento –me dijo el profesor. Disimuladamente le sonreí con vergüenza y
me dirigí al fondo del salón. Me acerqué a una grada poco ocupada. Sólo había una chica que me
sonreía con dulzura, trasmitiéndome paz con su mirada, y un chico que tenía dibujada en su cara
una sonrisa torcida. Irradiaba la misma tranquilidad que ella. Sonreí vergonzosamente y me senté
junto a ellos.
4
Dos: Quién es quién.
La primera clase no fue tan entretenida como suponía. Historia de la Filosofía Antigua. La cátedra
estaba constituida por tres profesores. Un hombre mayor, titular de la misma, y dos adjuntos. Una
mujer y un hombre. La clase había consistido en una introducción a la materia. Un pantallazo
general de lo que cursaríamos durante todo ese cuatrimestre. El hombre mayor se había ocupado
de dictar la materia. Los adjuntos permanecieron a un costado asintiendo a cada palabra dicha por
el titular. El silencio era notable. No sé si todos prestaban atención o dejaban que su imaginación
volase a lugares impensados. Al cabo de una hora y media de clase nos dejaron libres. Teníamos un
receso de media hora para luego entrar a la otra materia. Teoría y análisis literario. Supuse que
ésta última iba a gustarme más. Con mis nuevos compañeros, Bruno y Rocío, nos dirigimos a la
cafetería del edificio. Estaba ubicada en planta baja. Era un lugar amplio. Gigante para serles
sincera. Una gran multitud de personas se centraba allí. Nos dirigimos los tres hacia la barra para
tomar algo calentito. Buscamos una mesa entre la muchedumbre y nos sentamos.
-Casi más me muero de la vergüenza, fue un papelón –dijo Rocío mientras revolvía su café negro.
-Sí… pero justo el primer día… anoche me acosté tarde y hoy no podía moverme de la cama –
explicó ella y Bruno rió.
-Perdoname… no quiero ser indiscreta… pero no sos de acá ¿no? –le pregunté con timidez.
-No… con mis viejos y mi hermana… Eugenia… es un año mayor que yo… estudia acá también pero
en el edificio de Diseño Gráfico… ella vive acá hace un año… y mis viejos esperaron a que yo
terminase el colegio para mudarnos todos juntos –nos contó– ¿Ustedes son de acá?
-No… nací en Bahía Blanca y estoy transitando la misma situación que tu hermana… vivo solo… mi
familia se quedó allá porque tengo dos hermanos chiquitos… bah, no tan chiquitos… pero todavía
van al colegio.
-Es raro estar en otro lugar… no sé, no conocés a nadie, tenés que adaptarte a una vida
completamente diferente de la que tenías, acostumbrarte a otro ritmo… extraño bastante Mendoza
–dijo Rocío.
-Sí… yo extraño a mis amigos… ninguno se vino a Buenos Aires… algunos quedaron en Bahía y
otros buscaron carreras que no las dictan acá… va a ser raro estar acá solo –dijo Bruno.
-Bueno… pero para eso estoy yo ¿no? –dije con las mejillas ardiéndome. Ellos me miraron con
curiosidad y con una sonrisa torcida– Digo… yo soy de acá, tengo a mis amigos y a mi familia acá…
digamos que si nos salen las materias a los tres juntos vamos a terminar siendo amigos…
-O algo más –me interrumpió Bruno con una sonrisa traviesa. Mis mejillas pasaron por todas las
tonalidades de los rojos habidos y por haber. Rocío largó una risita divertida.
-Y además puedo presentarles a mis amigos… en alguna que otra ocasión podríamos salir todos
juntos… son gente muy copada y tienen un corazón enorme –dije evitando el comentario de Bruno
que sinceramente me tomó por sorpresa.
5
El resto de la media hora seguimos charlando de nuestro pasado. Contándonos anécdotas.
Recordando viejos tiempos. Sentía una cierta melancolía. Extrañaba tanto a mis amigos. Extrañaba
las paredes del Saint Jean.
Como supuse la segunda materia fue mucho más entretenida que la primera. Sin receso de por
medio cursamos una materia más. Gramática. No era tan entretenida como Teoría y análisis
literario. Era más simple, pero menos atrapante.
Ese día salimos de la facultad alrededor de las dos de la tarde. Mi estómago se estrujaba
provocando ruidos involuntarios. Señal que debía alimentarme un poco.
-Sí, obvio –dije con una sonrisa en mi cara. Me gustaba conocer gente nueva. Y sinceramente Rocío
y Bruno me habían caído diez puntos.
-Esperá Rocío… dijiste que vivías en Belgrano… yo también vivo ahí… estoy con auto… te llevo –le
dijo Bruno.
-Ehm… yo no vivo en Belgrano… me tomo el colectivo a dos cuadras de acá –dije con vergüenza. No
entendí por qué tartamudeé tanto.
-¡Vení igual! No me cuesta nada llevarte… tampoco vivís tan lejos –me dijo con una sonrisa torcida.
Le correspondí la sonrisa y así los tres nos fuimos en auto. A mí me dejaron primera.
-Bien… la verdad que mejor de lo que esperaba –respondí mientras colgaba mi campera en el
perchero de la entrada de casa.
-¡Ana Laura, por favor! –exclamó mi hermano– ¡Siempre igual vos, che! Además Luli es muy
chiquita –volvió a decir al tiempo que me rodeaba con sus brazos.
-¿Por qué no la dejan tranquila? La están ahogando… –dijo mamá. Amaba que me salvase siempre
de los interrogatorios de Patricio.
Tuvimos un almuerzo lleno de anécdotas. Les conté cómo había sido mi primer día de clases. No dí
muchos detalles porque con ellos suelo ser bastante reservada. Mi mamá contó que la reunión con
los contratistas había salido de diez. Pato los había persuadido para que invirtieran en el nuevo
proyecto de los Allemand, empresa constructora liderada por mi abuelo paterno. Papá comentó
algunos inconvenientes sufridos con ciertos clientes. Y Ana… Ana se encargó de preguntarme por
cada chico que había visto o hablado en la universidad. Sin dar mucha respuesta me fui a mi cuarto.
Tomé un baño calentito. Llamé a Candela, mi amiga de toda la vida. Quería saber cómo le había
resultado el primer día de clase. Ella estudiaba Psicología, al igual que mi hermana. Luego de
media hora de pura charla, armé el bolso para el día próximo. Me puse el pijama y me metí en la
cama. Antes que pudiera conciliar el sueño mi celular sonó con fuerza. Era un mensaje de texto.
Luli: quedamos con Bruno en ir juntos a la facu… ¿querés que te pasemos a buscar? Tecleé el
6
telefonito haciéndole saber que sí. Esperé la respuesta de Rocío confirmándome el horario y luego
apagué el celular. Me acurruqué en mi propio cuerpo y me entregué a un sueño profundo. Dormir
la siesta era mi pasatiempo preferido.
7
Tres: Ronda de amigas.
Hacía exactamente un mes que habíamos comenzado la cursada del primer año de la carrera. Lo
cierto es que me gustaba más de lo que creía. La carrera… estoy hablando de la carrera. Las
cátedras eras muy buenas. Cada uno de los profesores tenía su forma de explicar, pero todos eran
admirablemente buenos haciendo lo suyo. Que Bruno y Rocío pasasen a buscarme todas las
mañanas ya era un hábito.
-¡Upa! Qué carita eh… –dijo Bruno con una sonrisa ancha.
-Sí, ya se… tengo la almohada pegada en la cara… debo estar horrible –dije sin intención alguna.
-¿Vos horrible? ¡Qué paradoja! Jamás podrías estar horrible –me dijo mientras me miraba a través
de espejo retrovisor. Sonrojé casi por instinto y Rocío largó su risita característica.
-Sí… me quedé hablando con un amigo por chat y cuando me di cuenta ya era re tarde –expliqué
mientras me refregaba los ojos.
-¿Con un amigo? –me preguntó Bruno como quien no quiere la cosa. Este chico no dejaba de
sorprenderme. En realidad me decía cosas que me dejaban sin habla. Lo odiaba por ello.
-Sí… un amigo del colegio… Manuel… anda con mal de amores y bueno… lo escucho un rato y trato
de aconsejarlo –les conté sosteniéndole firmemente la mirada a Bruno.
Aquella mañana había resultado más densa de lo que pensé. Definitivamente Historia de la
Filosofía Antigua no era precisamente mi materia favorita. Se volvía más interesante cuando la
profesora proyectaba filminas. De esa manera podía seguir el hilo de la materia y anotar todo en mi
cuaderno. Nos informaron que dentro de una semana debíamos preparar un trabajo práctico en
grupo. El trabajo constaba de una parte escrita y una parte oral. La primera se basaba en una
investigación profunda sobre un tema específico. La segunda era una exposición oral sobre lo
investigado. De más esta decir que nosotros tres formamos un grupo.
-¿Podríamos juntarnos hoy a la salida de la facu para hacer el trabajo, no? –dijo Bruno.
-Yo estoy libre en cualquier momento… si quieren pueden venir a mi casa –ofreció Rochi.
-Yo al mediodía no puedo… me junto a almorzar con mis amigas… pero voy a estar en casa… si
quieren pasen tipo cinco de la tarde y aunque sea empezamos a hacer algo… total falta una semana
–propuse. Los dos estuvieron de acuerdo. Y así fue. Salimos de la facultad y Bruno me dejó en casa.
Dentro de unas horas los volvería a ver.
-Vienen las chicas… almorzamos todas juntas acá… creí que iba a estar sola –le dije mientras le
daba un beso en la mejilla.
-¡Ah! Pero por mí no te preocupes… me estoy por ir a la constructora, me olvidé unos papeles allá y
después tengo turno con el médico… hasta la nochecita no vuelvo.
Mamá me ayudó a preparar la comida. Milanesas con puré para mí y mis amigas. Una vez por
semana almorzábamos todas juntas. Las casas iban rotando: en esta oportunidad tocaba la mía.
-Te juro que me encanta… es perfecto… no sé qué tiene… pero me encanta –contó Daniela.
8
-Pero… ¿se hablan? –le preguntó Sofía.
-Sí… bah, más o menos… bah, no… empezamos a hablar hoy… porque tuvimos que armar un
equipo para un trabajo y en mi grupo esta él –explicó Dani, la más enamoradiza del grupo.
-Yo la verdad que no conocí a nadie… hay muchos chicos lindos… pero nada que digas ¡Wow, cómo
me gusta éste flaco!… es muy tranqui –contó Cande.
-Sí, estamos bien… por el momento no hay peleas en vista… tenemos nuestros días... pero estamos
bien –respondió Sofi– ¿Y vos Luli? ¿Algo en vista?
-¡Vamos! –me interrumpió Cande– Ese Bruno te tiene a mal traer –dijo divertida. Odiaba que
Candela ventilase mis cosas. Lo cierto es que las cuatro éramos muy amigas, muy unidas. Pero
Cande era especial. Nos conocíamos desde muy chicas. Éramos amigas desde que teníamos uso de
razón. Nuestros padres también lo eran. De hecho, mi papá era padrino del hermano menor de los
Sáez, Luciano.
-Cómo llegó no sé… pero sí sé… o, mejor dicho… sí sabemos cómo va a terminar –volvió a decir ella
mientras largaba una risita macabra.
-¿Qué? ¿Qué Bruno me gusta? ¿Me pueden explicar de dónde sacaron eso? –grité histérica.
-Vos porque no te ves cuando lo nombrás… te brillan lo ojitos –me explicó Dani.
-Ay, Daniela… vos siempre tan voladora, eh… Bruno es un compañero de la facultad… nada más
que eso… no hay onda… no hay ni lo habrá –sentencié.
El resto del almuerzo se pasó en un abrir y cerrar de ojos. Afortunadamente la tortura no se había
extendido mucho más. Eran las cinco en punto cuando el timbre de casa sonó, reiteradas veces.
-Pasen… a menos que quieran que traiga la mesa acá y hacemos el trabajo en medio de la vereda –
dije con ironía y diversión en mi voz.
-Luli, nosotras nos vamos –dijo Dani, seguida de Sofi y Cande. Las tres quedaron petrificadas ante
Rocío y Bruno: una más disimulada que la otra.
-Vos debes ser Rochi… y vos… sí, indudablemente vos sos Bruno –dijo Candela y Rochi asintió.
-¡Ah! ¡Al fin te conocemos! Digo… ¡Al fin los conocemos! ¡¿No, chicas?! –Cande y su nata
exageración.
9
-Sí, un gusto… yo soy Sofía y ella Daniela –dijo la primera mientras se repartían besos de
educación.
-¿Así que querían conocerme? ¿Por qué será? –dijo Bruno al tiempo que me lanzaba una mirada
curiosa.
-Ya les dije… mis amigas son muy copadas y les gusta conocer gente nueva –me defendí.
-Claro… claro… nos encanta conocer gente nueva… así que Rochi cuando quieras estás invitada a
una ronda de amigas ¿si? –dijo Cande con el entusiasmo que la caracterizaba– Decime si no haría
una pareja perfecta con Manu –me preguntó.
-Sí, tenés razón… te lo vamos a presentar –le dije a Rocío con una mirada cómplice.
-Mmm… pienso que todas las mujeres son lindas… no tengo un prototipo de mujer… pero creo que
las morochas son mi perdición… y… si son petisas más aun –dijo divertido. Yo solo me sonrojé.
-Bueno, bueno… basta de tanta cháchara… vinieron a estudiar ustedes así que pasen así
empezamos –dije para cortar con esa situación.
-Sí, mejor… ¿vamos chicas? –dijo Sofi. Las otras dos sólo asintieron sonriéndome con picardía.
Al fin. Se fueron. Me dirigí con Bruno y Rocío hacia la cocina para servir gaseosa y tomar algunas
galletitas. Subimos a mi cuarto, allí armaríamos el bosquejo del trabajo práctico.
-Qué linda que estabas acá –dijo Bruno señalando una foto que sobresalía del corcho colgado en mi
pared.
-¿Y por qué cortaron? Digo… si nos querés contar –me preguntó Rochi.
-Por nada en especial… nos pusimos de novios cuando teníamos dieciséis años… éramos muy
chicos y no sabíamos lo que queríamos… salimos un par de meses nada más –les conté sin
vergüenza.
10
-¿Nunca más estuvieron? –me preguntó Rochi.
-No… hace ya un año que sale con Sofi, mi amiga… la alta de pelo batido –dije largando una risita.
Cuando por fin pude terminar con el interrogatorio nos dispusimos a continuar con el trabajo. El
reloj marcaba las ocho de la noche. Estábamos bajando las escaleras para poder abrirles la puerta.
Al pie de éstas nos encontramos con el resto de mi familia.
-Hola, hija –dijo mamá mientras me daba un beso en la mejilla. Mi papá y mis hermanos la
imitaron.
-¡Ah! Al fin los conocemos… Luli habló mucho de ustedes… soy la mamá de Luli… un gusto.
-Un gusto, señora –dijo Rocío. Ella y Bruno saludaron al resto de los presentes.
-Sí… bueno… un gusto y buenas noches –dijo Bruno con respeto. Los tres nos dirigimos hacia la
puerta de entrada. Saludé primero a Rocío y luego a Bruno. Sus besos en mis mejillas me producían
una extraña electricidad.
-Primero, Rocío me cae muy bien… segundo, te pregunté un millón de veces si habías visto algo
lindo en la facu y me dijiste que no… ¿sos tarada? ¿Vos viste lo que es Bruno? –dijo indignada. Yo
solo rodé los ojos.
-¡Ana Laura, por favor! ¡Es un nene! ¡Tiene dieciocho años y vos veintidós! –le gritó mi hermano.
La cena no fue tan pacífica como hubiese querido. Mi hermana no dejó de hablarme de Bruno
durante todo el rato. Con desgano subí a mi cuarto. Tomé una ducha caliente. Me puse el pijama y
me metí en la cama para ver algo de televisión. El sueño me venció antes de lo pensado.
11
Cuatro: Historias.
Aquella tarde nos reuniríamos en casa de Bruno para repasar la exposición oral del trabajo
práctico. Habíamos hecho una ardua investigación para poder obtener un buen puntaje. Casi toda
la semana la habíamos pasado en la biblioteca de la facultad con el fin de recolectar un poco de
información. Un paro estudiantil de dos días nos había permitido trabajar hasta el agotamiento.
Antes que me dispusiera a salir para lo de Bruno, Rocío me llamó y me propuso que la pasase a
buscar para ir juntas. Y así fue.
-Yo creo que vamos a aprobar… es un trabajo re completo el que hicimos –dije.
-Sí, yo la vez pasada me puse a hablar con Fernanda… la rubiecita que se sienta delante nuestro…
me dijo que su trabajo era tan largo como el nuestro y lo encararon igual que nosotros así que
supongo que estará bien.
-Espero… porque sino para el parcial vamos a tener que estudiar el doble.
-Yo creo que sí… ¿vos viste las cosas que te dice así al pasar?… la juega de calladito –me dijo
mientras largaba su risita.
-¡No! Debe ser así con todas, Rochi… además… no, nada… no hay onda.
-¿No te gusta ni un poco? ¿Nada de nada? –me preguntó arqueando ambas cejas.
-Ehm… no… bueno… un poco… bah, un poquitito así de chiquito… digo, es lindo ¿no? –pregunté
haciendo gestos de pequeñez con mis manos.
-¡Vamos, Luli! Se re nota que le gustás –dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Quedé perpleja. ¿Es que era tan obvio? Cierto que Bruno era un lindo chico. Digo, ¿Qué lindo?...
era un caño como decía Rocío. Pero nos trataba de igual a igual con Rochi, por lo que jamás supuse
que me tiraba onda. Cierto que hacía comentarios que me dejaban boquiabierta, pero siempre
supuse que así era con todas. Él me sacó de mis pensamientos.
-Pasen –dijo con una sonrisa de lado. ¡Es que se ponía tan lindo cuando sonreía así! Llevaba unos
jeans azules oscuros, una remera manga larga negra y sus zapatillas de siempre. El pelo mojado y
despeinado como de costumbre.
12
Subimos al ascensor, algo apretados. Podía oler su perfume con total facilidad. Era un perfume
bien de hombre. De esos que me gustaban a mí. Entramos al departamento. No exageraba ni un
poco cuando decía que era un verdadero caos. Había cosas por doquier. Todo desacomodado. No
había que ser muy inteligente para darse cuenta que ése departamento sólo lo habitaba un hombre
adolescente.
-La palabra orden no forma parte de tu diccionario ¿no, Bru? –dijo Rocío. Ahora quien largaba la
risita era yo.
-Perdón, perdón… me quedé dormido… me tendría que haber levantado un rato antes para
acomodar… ¡es que me da tanta fiaca! –se sinceró.
Nos quedamos allí en el comedor. El departamento no era muy grande. Al entrar por la puerta
directamente se veía el comedor, o intento de living-comedor. Una mesa de madera redonda con
cuatro sillas. Al fondo de la sala un sillón para dos y otro individual. Se asomaba por detrás un puff
color verde. Hacia la derecha estaba la cocina. Angosta, pero nada mal para una sola persona. Entre
el comedor y la cocina había un pequeño pasillo. Al fondo de este había un baño, bastante amplio.
Y hacia la izquierda estaba su habitación. Curiosamente su puerta era corrediza.
-La verdad, Luli, que no te pude ver bien… ¡qué linda estás hoy! –dijo descaradamente. Sonrojé
casi por instinto al tiempo que Rocío me lanzaba una mirada cómplice.
-Mmm… ahora que lo decís… es cierto… estás como siempre… linda como siempre.
-¿Hola?... Ah, hola… bien, muy bien, ¿vos?... nada, acá con unas amigas de la facu haciendo un
trabajo que tenemos que entregar… sí, amigas… Paula, por favor… no es momento… ¡es que es
siempre lo mismo!... yo tampoco quiero discutir… bueno Paula tengo que seguir… sí, Paula…
chau.
Bruno se desplomó en el sillón al tiempo que despeinaba su ya despeinado pelo. Dejó su vista fija
en el suelo. Ni Rocío ni yo sabíamos qué decir o hacer.
-Supongo –dijo con desgano. Con Rocío nos miramos instantáneamente. Sabíamos que algo no
andaba bien– ¿Se quieren quedar a cenar?
-Después las llevo en auto hasta sus casas –dijo casi suplicando. Las dos asentimos y comunicamos
lo dicho a nuestras respectivas familias.
Claro está que la heladera de Bruno estaba completamente vacía por lo que llamamos a un delivery
de pizzas y empanadas.
13
-Está todo bien –lo alenté.
-¿Querés contarnos qué pasó? Desde que cortaste el teléfono que te cambió el humor –dijo Rochi.
Lo cierto es que ellos tenían un poco más de confianza. Sus comentarios hacia a mi me inhibían por
completo, por lo que no lograba abrirme como quería.
-Tenemos tiempo –le dije sonriente. Él me respondió con una sonrisa de lado. Esas que hacían que
mi mundo se disminuyera a él enteramente.
-Yo… bueno, estuve de novio muchos años con Paula… ella vive allá… en Bahía… lo dejamos
cuando a mí me salió la beca… no sé… por un lado estaba ella y por otro lado mi futuro
profesional… en Bahía no hay tantas posibilidades como acá… y yo quería crecer, quiero crecer…
cuando decidí venirme acá le dije de terminar la relación… ella me propuso seguirla a distancia… lo
cual es imposible… ustedes saben que yo sólo viajo a Bahía los fines de semana… y además hay
fines de semana que viajo sólo para ver a mi familia… a veces no tengo ganas de verla… no es que
no la quiera, al contrario… la amé mucho, mucho… me propuse salir adelante… pero es que me lo
pone tan difícil.
Sentía una pena que hacía añicos mi corazón. Sentía tristeza por Bruno, a quien quería desde el
momento en que lo conocí. Y sentía tristeza por mí. Con Rocío compartimos una mirada. Una
mirada que solo nosotras entendimos. Quizás Bruno trataba así a todas, como me trataba a mí.
Nada especial en mí despertaba algo en él.
-¿Y ella por qué no vino acá, con vos? –pregunté. Rocío me miró sorprendida. ¡Es que tenía que
disimular un poco!
-En realidad ella no podía venirse… los Iraola son una familia importante en Bahía… su papá es
dueño de grandes extensiones de tierra… tienen criaderos y viven de eso… ella está dentro del
negocio familiar igual que su hermano.
-Por momentos sí y por momentos no… la extraño pero en su conjunto… quiero decir, extraño mi
vida allá… extraño a mi familia, a mis amigos… ella era una parte importante de mi vida, fuimos
novios mucho tiempo… quizás me extraño a mí mismo.
La cena siguió de esa manera: Bruno contándonos sus historias de cuando vivía en Bahía Blanca.
Era entendible que no lograra acostumbrarse a la ciudad.
El reloj marcaba las diez y treinta de la noche cuando Bruno nos llevó en auto hasta nuestras casas.
Primero dejamos a Rocío. Bruno estacionó su Clio frente a mi casa.
-Bueno, gracias por traerme –dije al tiempo que me quitaba el cinturón de seguridad.
-¡No seas chamuyero ¿Querés?! –dije con diversión. Ni yo podía creerme lo que decía.
14
-¡No soy chamuyero! Me gusta estar con vos…
-A mí también me gusta estar con vos… con vos y… con vos y con Rochi –esbocé nerviosa.
-Te volvés más linda cuando tenés vergüenza ¿sabés? –y acarició con su pulgar una de mis mejillas.
-Gracias.
-Hasta mañana –le dí un beso en la mejilla y salí del auto. Cuando estaba por abrir la puerta de
casa oí que me llamaba.
-Lu… gracias por escucharme hoy… me hizo bien descargarme –le sonreí y entré a casa.
15
Cinco: Excepción a la regla.
Agosto ya comenzaba a asomarse. El primer cuatrimestre habíamos aprobado todas las materias y
por fortuna nos había tocado a los tres juntos las mismas materias para el segundo cuatrimestre.
Ahora cursaríamos Ética, Metafísica, Literatura Argentina II y Lingüística. De todas ellas la que
más era de mi agrado era Lingüística. Rocío concordaba conmigo. Aunque todavía no tenía claro si
era de su agrado por la materia en sí o por el profesor que estaba a cargo de dictarla. Lo cierto es
que era el profesor más joven que habíamos tenido. Su nombre era Fernando Crespi. Un hombre
de mediana estatura, pelo corto y moreno. Tes blanca como el papel. De aproximadamente unos
treinta años. La mirada de Rochi cada vez que el Licenciado Crespi ingresaba al salón era para una
fotografía. Lo miraba embobada. Se perdía en sus palabras. Pero claro, era un profesor. ¿Quién no
fantaseó alguna vez con un profe?
El cumpleaños de Rocío era un día sábado. Bruno había postergado su viaje a Bahía Blanca para
quedarse. Esa noche iríamos a cenar a un restaurante de Puerto Madero junto a la familia Esquivel.
Ya entrada la noche mis amigos nos esperarían en un boliche al que solíamos ir los fines de
semana.
Eran las ocho de la noche cuando comencé con mis preparativos. Tomé un baño que duró más de lo
normal dado al tratamiento de nutrición que me hacía en el pelo dos veces por semana. Salí del
baño completamente renovada. Me anudé el toallón y me dispuse a buscar algo de ropa para la
ocasión. Una vez más, mi placard estaba abierto de par en par. Opté por pantalón negro de
gabardina. Unas botas del mismo color de caña alta con un buen taco. Eran del estilo de equitación.
Sacarlas de la caja me generó cierta melancolía. Había sido un regalo de mis amigos y amigas para
mi cumpleaños número diecisiete. El tiempo pasaba a una velocidad inigualable. Me vestí con una
musculosa blanca de lycra y por encima me eché una camisa negra con pespuntes verdes. Sequé el
pelo y con mayor intensidad mi flequillo. Mi hermana fue la encargada de ondulármelo. Tomé el
bolso y me dirigí a la cocina para esperar a Bruno, quien me recogería a las nueve en punto.
-¿A dónde te vas vos? –me preguntó papá al tiempo que ingresaba a la cocina.
-Hoy cumple años Rochi… vamos a cenar con su familia a un restaurante en Puerto Madero y
después nos encontramos con los chicos y las chicas para ir a bailar… como sus amigas están en
Mendoza, le presto a las mías.
-Me parece muy bien… parece ser muy buena chica Rochi –dijo papá.
-Sí, yo siento que es una hija más –agregó mamá. Lo cierto es que Rochi pasaba mucho tiempo en
casa. Más de una vez se quedó a cenar y a dormir. Sobre todo en época de parciales y finales.
Estudiábamos juntas y el repaso final lo hacíamos con Bruno.
-Sí, es que está a full con la facu y además anda en algo con un chico –le conté.
-No seas cavernícola, Patricio… te quedaste en la era del hielo vos –le dijo mi hermana.
16
Nueve en punto de la noche el timbre sonó. Saludé a mi familia rápidamente y abrí la puerta. Y ahí
estaba él. Con su jean azul oscuro. Una remera manga larga celeste y una camisa por encima al
tono. Zapatillas, por supuesto.
-¡Wow… linda es poco! –me dijo al tiempo que recorría mi cuerpo con su mirada.
-Gracias, Bru –ya había perdido la vergüenza, me había acostumbrado a sus comentarios. Nos
subimos al auto y fuimos hacia el restaurante. Allí ya estaba Rocío junto a su familia.
-Gracias, Bru… ¡qué lindo que te viniste, eh! –dijo ella sonriente.
-¡Feliz cumple, amiga! –le grité mientras la rodeaba con mis brazos.
-¡Ay me encanta! ¡Ponémelo! –gritó. Era una cadenita de plata. El dije era un rectángulo vertical
bastante discreto. Tenía dibujado en azul dos lunas y una estrella.
Luego de los besos y abrazos entramos al restaurante, donde nos esperaban los papás de Rochi y su
hermana. Yo conocía a los tres, pero a Bruno le faltaba conocer a Eugenia.
-Comportate ¿querés? –le dije al tiempo que golpeaba su brazo con mi codo.
Ya estábamos los seis en la mesa. Los padres de Rocío habían pedido una gran paella para todos.:
casualmente la comida preferida de Bruno. Y ahí estábamos todos. Rocío chocha de la vida.
Eugenia y Bruno de lo más campante hablando de sus vidas. Y yo echando humo por las orejas.
Todo lo que Bruno contara a Eugenia le parecía genial. En cierto momento pensé en echarle la
paella encima. Pero no. Era demasiado desubicado. Opté por irme al baño. Estaba frente al espejo
tratando de cambiar mi cara de póker, cuando Rocío entró.
-De diez… ¿la estás pasando bien? –le pregunté con mi sonrisa más fingida.
-Sí… creí que este cumpleaños sería pésimo, pero resultó genial.
17
-¡Nada que ver! ¡Nada… nada… pero nada, eh… nada que ver! –exclamé nerviosa y escandalizada.
-¡Vamos amiga! ¡A mi no, eh! Igual quedate tranquila… Bruno no va a darle chance y ¿sabés por
qué? –negué con la cabeza– ¡Porque está muerto por vos!
-Y dale con la novelita, eh… ¿no hay una más entretenida en la tele que tenés que armarte una
conmigo y con él? –ironicé.
-¡Nada de eso!... el día que íbamos a su casa para hacer el trabajo práctico… ¿te acordás que te
pregunté si tenías onda con él?
-Me acuerdo.
-Bueno, fue porque él me pidió que tanteara el terreno… quería saber si podía tirarse a la pileta.
-Es que… ese día cuando hablo así de Paula… qué se yo… quizás le siga pasando algo con ella.
-¿Y después la novelita me la armo yo, no? –me dijo con sarcasmo. Bufé. En ese momento entró
Eugenia al baño.
-No… quería saber si estaba todo bien porque hace un montón se fueron de la mesa y estábamos
por pedir el postre.
-No lo sé… igualmente quería decirte que a Bruno lo tenés muerto –dijo descaradamente con la
misma risita que Rocío. Me quedé petrificada– ¡No me digas que no te diste cuenta!
-Se lo vengo diciendo desde que la conocí… ¡pero es tan cabeza dura! –exclamó Rochi lanzándome
una mirada de reproche.
-Desde que se levantaron de la mesa creo que te nombró unas diez veces –dijo Euge.
El resto de la noche siguió igual. Me dispuse a mejorar mi cara y responder con educación. Antes de
las doce de la noche un mozo acercó a nuestra mesa una pequeña torta de cumpleaños. Todo el
restaurante cantó con nosotros. Indudablemente la sonrisa de Rocío reflejaba toda su felicidad.
Diecinueve años no se cumplen todos los días.
18
-¡Buenas! –me dijeron todos a coro.
-¿Cómo andan los más lindos y las más lindas? –les pregunté al tiempo que los saludaba con un
beso en la mejilla a cada uno– Bueno… ellas son Rocío, la cumpleañera, y Eugenia, su hermana. Y
él es Bruno –les dije a mis amigos, dado a que mis amigas ya los conocían– Y ellos son Ignacio,
Joaquín, Pablo, Manuel, Federico, Candela, Sofía y Daniela.
Todos se repartieron besos y así fue como entramos al boliche. Ya era la una de la madrugada. Al
instante Candela se había perdido con su chico. Estaba echa una estúpida sinceramente, pero la
veía tan feliz que no me importó. Pablo y Sofi se repartían besos cada dos por tres. Mis amigos
decidieron echar raíces en la barra, mientras que nosotras nos pusimos a bailar.
Estaba sentado en la barra con los amigos de Luli. Todos bebíamos cerveza. Ellas movían el
esqueleto en el centro de la pista.
-La enana habla mucho de vos, de Rochi también –volvió a decir, creo que era Joaquín.
-Está contenta de tenerlos como amigos, los quiere mucho… siempre tiene alguna anécdota que
contar sobre ustedes –me contó el más rubio que debía ser Manuel.
-Sí, es una genia, la pasamos bien juntos… nos divertimos mucho, por lo menos hacemos que la
facu no sea tan densa.
-¡Siempre igual vos, eh! ¡No cambiás más! –le gritó el que restaba, Ignacio.
-¿Rochi? –pregunté.
-No… bah, Rochi esta bárbara también… pero yo hablo de la hermana… ¿cómo es que se llama? –
dijo sin mirarme.
-Eugenia.
-¡Ay pero qué linda mujer, por Dios! –exclamó mientras bebía exageradamente. Todos nos
echamos a reír.
-Es linda… aunque prefiero a las morochas –dije como quien no quiere la cosa: debía tantear el
territorio con sus amigos.
-¿Es una indirecta por Luli? –me preguntó con seriedad Pablo, su ex. Negué con la cabeza pero
ninguno me creyó, o al menos eso pareció.
-Luli es un sol, es la mina más buena que conozco… un poco histérica y muy celosa… pero tiene un
corazón gigante… así que no te pasés de la raya ¿estamos? –me amenazó Pablo.
19
-En realidad queremos que tengas claro que si vas a ponerle fichas a Luli lo hagas bien, queremos
que ella sea feliz, la queremos demasiado y siempre la cuidamos… no sabemos por qué motivo lo
hacemos, pero siempre fue la más frágil de todos aunque ella sostenga lo contrario –dijo Manuel.
-Si querés avanzar con ella nosotros no te ponemos trabas, pero ojo… la lastimás y no te va a
alcanzar la vida para pedir perdón ¿estamos? –me dijo Joaquín con firmeza.
-Sí, a mi también.
-Sobre todo porque te deja el camino libre con Bruno ¿no? –y arqueó sus cejas.
-Es súper obvio que Bruno te encanta… y la verdad, recién lo hablábamos entre todas cuando
estabas en el baño y coincidimos en que hacen una pareja re linda –dijo Cande con ojos de
enamorada.
-Dale, dale… escapate tranquila, eh –me retó Cande. Es que me conocía tanto.
-Está bien, está bien… me encanta Bruno… me encanta… ¿listo? –grité fastidiosa.
-Disculpen que las interrumpa… ¿les puedo robar un ratito a Luli? –dijo Bruno con dulzura.
-¿Vamos? –me dijo con una sonrisa torcida mientras me extendía la mano.
Fuimos de la mano hasta la otra barra, la más alejada a mis amigos. El temita de las manos fue
porque había tanta gente. Desbordaba de gente. Quizás nos perdíamos de vista. Bueno… fuimos de
la mano ¿y qué?
-¿Querés tomar algo? –me preguntó mientras me ayudaba a sentar en una banqueta alta sobre la
barra.
-Dale… algo que tenga fruta –dije con una sonrisa– Vos no podés tomar –sentencié.
-¿Querés probar un poquito aunque sea? –dije mientras tomaba a través del sorbete.
-¿Qué cosa?
-¿Amistad?
-Mmm… no se… no suelo tener amigas mujeres… nunca tuve… explicame como son las reglas para
la amistad entre un hombre y una mujer –me dijo mientras se acercaba.
-Mmm… no se si hay muchas reglas por cumplir, más bien son códigos… aconsejarse, escucharse,
ser incondicionales, quererse… lo típico.
-Ah… entiendo… y… ¿si un amigo le da un beso a una amiga es romper de las reglas? –y se acercó
peligrosamente.
-Mmm… supongo que sí… los amigos no se dan besos –dije con firmeza mientras me perdía en su
sonrisa.
-¡Qué mala suerte la mía! ¡Justo con vos me toca ser amigo! –teatralizó mientras se alejaba de mí
abruptamente. Yo sólo reí.
-¿Te molesta si rompo una sola regla? –me dijo acercándose una vez más.
Y su boca chocó con la mía. Me interrumpió con un beso. Un beso suave y dulce. Yo seguía sentada
en aquella banqueta con las piernas levemente abiertas. Él se posicionó en el hueco que quedaba y
me tomó de la cara con dulzura. Luego de unos minutos se nos hizo necesario respirar por lo que
nos separamos.
-Qué linda que sos –dijo muy cerca de mi boca con una sonrisa de lado.
-Gracias.
-¿Te cuento un secreto? –yo sólo asentí– Amo romper las reglas –me dijo con sus labios pegados a
los míos.
21
Una vez más buscó mi boca y me volvió a besar. Tenía sus manos rodeándome la cintura y me
abrazaba. Me apretaba a él con fuerza. Yo le rodeé el cuello.
Al fin de la noche, nos despedimos en la puerta del boliche, sin que nadie nos viera con un beso
tímido. Esa noche Fede me llevó a mi casa mientras me contaba todo lo sucedido con Euge. Me fui
a dormir con una sonrisa de oreja a oreja.
22
Seis: Como dos extraños.
Aquella noche marcó un antes y un después en mi relación con Bruno. Lamentablemente no fue
para bien. Aquél lunes me desperté con el sonido de mi celular. La bandeja de entrada evidenciaba
la llegada de un nuevo mensaje de texto de Rocío. Amiga, Bruno me avisó que no pasa a
buscarnos. Nos vemos en la facu. Cerré el celular con confusión. Algo debería haberle pasado para
que no pasase a buscarme como cada mañana. Incluso, no pasaba a buscar a Rocío, viviendo tan
cerca el uno del otro. Sumergida en mis pensamientos comencé a vestirme a gran velocidad. El
viaje en colectivo era mucho más largo que en el Clio negro. Mi mente deambulaba para todos
lados. Inventé más de una teoría acerca de aquél mensaje. Sería más práctico llegar a la facultad y
preguntárselo directamente. Salí de casa sin desayunar. ¿Mi destino?: aclarar mis inquietudes.
-Creí que no llegaba más –dije agitada al tiempo que la saludaba– ¿Y Bruno? –pregunté mientras
mi mirada lo buscaba en cada rincón.
-¡Te pegó fuerte, eh! –dijo ella con una sonrisa de oreja a oreja. Yo sólo bufé– Todavía no llegó…
raro ¿no? –dijo con el ceño fruncido. Me encogí de hombros y entré al salón seguida por ella.
Dejamos todas nuestras cosas sobre los asientos y salimos al hall una vez más. Nos sentamos en el
suelo frente a la escalera por donde Bruno debería venir– Tenés cara de preocupada… ¿pasó algo?
-No… quizás me ilusioné… supuse que ayer iba a llamarme… pero no sonó ni una vez el teléfono…
-¿Para decirle qué? Sabés como soy… no tiendo a hacer ése tipo de cosas.
-De ésa forma no estarías tan preocupada… quizás durmió toda la tarde… llegamos bien entrada la
mañana a nuestras casas.
-Supongo –esbocé.
Luego de unos largos e interminables minutos ví a Bruno subir los escalones de dos en dos. Llevaba
el pelo mojado, lo que me extrañó aun más: él nunca se bañaba por la mañana. Nos regaló una
sonrisa confusa desde lejos y entró al salón. Con Rocío nos miramos enigmáticamente al tiempo
que nos encogíamos de hombros.
-No tengo un buen día –dijo él dándole un beso en la mejilla– Hola, Luli –acerqué mi cara a la suya
e instantáneamente se echó para atrás corriendo su cara y dejando un beso vacío sobre mi mejilla.
Casi por instinto me ruboricé y recé a todo el cielo que me tragase la tierra. Su expresión era
distante, fría, calculadora. Ví de reojo cómo Rocío me miraba confundida y luego dirigía su vista
hacia Bruno, quien permanecía de pie junto a ella.
-Sí… tengo que entrar ya… nos vemos –dijo nervioso. Y así, sin más, se fue en dirección al salón al
tiempo que se reunía en la puerta con algunos compañeros. Lo cierto es que el profesor aun no
había llegado. Indudablemente escapaba de mí. Confundidas Rocío y yo le seguimos.
23
A lo largo de la jornada me dediqué a pensar pura y exclusivamente en Bruno. No entendía su
reacción. No entendía su mirada confusa. Lo observaba sin que se diera cuenta. Parecía demasiado
interesado en la clase de Metafísica. Por un momento creí que no respiraba y con un movimiento
torpe hice caer mi cuaderno cerca de su cuerpo. Se volteó hacia mí bruscamente. Lo tomó y lo dejó
sobre mi mesa sin mirarme a los ojos. La confusión aumentaba a cada rato. Era incesante. Supuse
que Rocío se sentía igual que yo. La ví distraída al tiempo que garabateaba su cuaderno. Empujó
sus hojas hacia mí. Yo me sentaba entre medio de los dos.
Está muy raro –me escribió ella al tiempo que señalaba con la fibra el renglón donde debía leer.
Me limité a asentir con una mueca de angustia. Ella lo notó y se encogió de hombros.
-Ro… pasame una lapicera… me quedé sin tinta –le dijo él en un susurro. Indiscutiblemente el
problema lo tenía conmigo. Su fluidez al hablar con Rocío seguía intacta.
La mañana trascurrió de igual forma. La gran mayoría de los recesos Bruno se la pasó dentro del
salón leyendo. Cuando fuimos los tres juntos a la cafetería permaneció en silencio. Sólo reía ante
los comentarios de Rocío, que dicho sea de paso, era la única que hablaba en la mesa. Seguía
abstraída en mis pensamientos. Lo observaba cada vez que podía, pero no lograba descubrir
ninguna expresión en su cara que me calmase, que me dijese tranquila Luli, todo va bien.
-Nos vemos mañana –dijo él rascando su cabeza. Ya estábamos bajo las escalinatas del edificio.
-Sí, nos vemos mañana –dijo Rocío. Esbocé mi sonrisa más fingida.
-¿Mañana tampoco pasás a buscarnos? –pregunté con un hilo de voz. Me miró confuso y
suplicante– Digo… para saber si puedo dormir un rato más…
-Supongo que vas a tener que levantarte un rato antes –y pude notar pena en su voz. Sonreí con
suficiencia.
-Si no podés pasar por mí no hay problema alguno –lo calmó Rochi.
-Mañana te aviso –dijo con un punto de confusión en su voz. Nos despedimos y cada uno se fue en
dirección distinta.
Me pasé casi toda la tarde en casa junto a Candela, Sofía y Daniela. Nos rebanamos los sesos
ideando cualquier tipo de teoría estúpida que pudiese explicar el comportamiento de Bruno.
Daniela prefería pensar que era un caído del catre, como lo llamaba ella. Manejaba la posibilidad
del arrepentimiento. Sofía dudaba con firmeza acerca de su sexualidad. Teoría que me propuse
descartar por completo. ¡Es que no podía ser! La más sensata, como siempre, era Candela. Sin abrir
en mí una herida a sal opinó que sólo buscaba pasar un buen momento. Y lo cierto es que, todo era
demasiado bueno para ser real. Aquel sábado había sido una de mis mejores noches, no así para
Bruno, creo yo. Lo que nunca nació había muerto en aquél boliche. Simplemente, nos
comportábamos como dos extraños.
24
Siete: Línea divisoria.
Y todo siguió de igual forma. No hubo cambio alguno. Cada vez que podía me esquivaba. Trataba
de evitar cualquier tipo de comentario referido a aquél sábado. No charlábamos con la misma
intensidad de antes. Me costó entender que quizás él sólo buscaba un beso. Si así fuera lo hubiese
perdonado. ¡Claro que había traicionado mis sentimientos! Pero así y todo estaba dispuesta a
olvidar aquél desafortunado episodio. Yo sólo quería conservar la amistad de antes. Durante la
jornada universitaria se mantenía callado. Dialogaba poco y nada conmigo. Con Rocío tenía una
conversación un poco más fluida, pero no se asemejaba a la que habían tenido tiempo atrás. Por
supuesto que ya no me pasaba a buscar cada mañana para ir a la facultad. Hacía poco más de un
mes que mi relación con Bruno era exactamente ésa. Con Rocío la amistad cada día crecía más. Se
había unido a mi grupo de amigas, quienes la recibieron con los brazos abiertos, al igual que a
Euge, quien ya noviaba con mi amigo Fede. Bruno desaparecía cada viernes y reaparecía en peor
estado cada lunes.
Aquélla mañana fue como todas. ¡Es que mi vida se había vuelto sumamente monótona! Era
viernes. Último día de la semana. Esa misma noche cenaríamos junto a mis amigas en casa. Me
levanté de la cama de un salto. La noche anterior me había desvelado rebuscando en lo más
profundo de mi cabeza cualquier teoría que pudiera explicar lo que sucedía con Bruno. No tuve
tiempo de ingresar a la ducha para un baño reconfortante, por lo que me vestí a gran velocidad,
desayuné más rápido aún y salí disparada hacia la facultad.
Rocío se encargaba de levantarme el ánimo. Cursar con el Licenciado Crespi me interesaba por
demás. Aunque admito que Rochi se volvía completamente loca cada vez que él ingresaba al salón.
Lo cual me causaba risa.
Al finalizar la jornada salimos los tres juntos. Con Rocío íbamos riéndonos por lo sucedido el
sábado anterior en el boliche de siempre. Bruno permanecía en silencio. Antes de bajar las
escalinatas Bruno se adelantó con nervios. Se acercó a una chica. Delgada. De mediana estatura.
Pelo largo hasta la cintura. Castaña. Linda. Muy linda.
-Hola, un gusto…
-Ehm… sí… chicas… ella… ella es Paula –dijo pidiéndome disculpas con la mirada. Quedé atónita.
Entendía todo. La historia comenzaba a cerrar. Todo encajaba.
Aquella tarde me la pasé en cama llorando. No entendía por qué motivo Bruno me hacía algo así,
me escondía algo así. Lo hubiese entendido si me lo hubiese contado. Pero no. Prefirió ocultarlo, al
tiempo que yo enloquecía lentamente.
Cerca de las nueve y treinta de la noche mis amigas se hicieron presentes en mi casa. Estaba sola.
Mis viejos cenarían con los de Candela. Mi hermano dormiría en casa de su novia, y mi hermana
saldría con amigas. Nos sentamos todas en el living. Había preparado una picada. Nuestra comida
preferida. Estábamos todas: Candela, Sofía, Daniela, Eugenia, Rocío y yo.
25
-Yo la verdad es que… no sé… me siento perdida –dije con angustia en mi voz.
-¡Ay, Luli! ¡No puedo verte así! –me dijo Sofi mientras frotaba mi espalda amistosamente.
-Es que… me dolió tanto… cómo me mintió… cómo no me dijo nada… a vos Ro te preguntó si yo
tenía onda con él… no estoy loca… decime que eso pasó o fue un sueño del cual ya me desperté –
dije.
-Sí, amiga, eso pasó… yo estoy tan sorprendida como vos… ahora entiendo el motivo de su
distancia…
-Igualmente, hubiese sido mejor que lo aclarase… al menos con vos, Luli… en definitiva vos no ibas
a decirle nada malo ¿o si? –dijo Euge.
-¡No! ¿Cómo iba a decirle algo?... pero ¿saben qué?… yo en el fondo, muy en el fondo sabía que
seguía enamorado de ella… ¿te acordás cuando cenamos en su casa el día que nos contó sobre ella?
–le pregunté a Rochi. Ella sólo asintió– Bueno, era obvio que seguía re enganchado con ella… yo
soy una estúpida… no aprendo más… ya sé que no tengo mucha experiencia en el amor… pero qué
sé yo… me había ilusionado un poco –dije con un punto de dolor en mi voz.
-¡Basta, amiga! ¡Basta! Bruno no vale la pena… no quiero que sufras así por él –me retó Cande.
La noche siguió de igual forma. Terminamos de cenar y acomodamos el living de manera tal que
pudiésemos caber todas para ver la película que había alquilado Dani con Sofi. Previo a todo éste
preparativo el timbre de casa nos interrumpió.
-Sí, lo sé… por eso vine… vine a buscarla –me dijo al tiempo que pasaba hacia el living.
-¡Ah bueno! Ahora que estás con Euge te olvidás de mi ¿no? –dije fingiéndome ofendida mientras
me cruzaba de brazos.
-¡Ay, enana! ¿Cómo me voy a olvidar de vos? Si sabés que te adoro –dijo mientras me revolvía el
pelo.
-Hola, bonita –dijo Fede con dulzura mientras la rodeaba por la cintura.
-Vine a buscarte… ya sé que es noche de película entre amigas y ronda de chicas y esas cosas que
hacen ustedes… pero te extrañaba –dijo con ternura.
-¡Ay, chiquitito! –exclamó Euge mientras le daba besos cortitos– ¿Chicas no les molesta si me
escapo con Fede?
Así Euge y Fede se fueron de casa. Nosotras empezamos con la película. Definitivamente Daniela y
Sofía no serían más las encargadas de alquilar. Una película de amor. ¡Justo en éste momento! La
película transcurría a medida que las cinco llorábamos. El timbre sonó interrumpiéndonos por
segunda vez. Abrí la puerta y quedé petrificada.
26
-Hola, Luli –dijo Bruno con vergüenza.
-Ehm… vine porque… porque necesito hablar con vos –dijo mientras rascaba su cabeza con
nerviosismo.
-¡Ah! Perdoname, no sabía… no quería interrumpir… tendría que haberte llamado, pero creía que
no ibas a atenderme… paso en otro momento mejor ¿si?
Bruno saludó a las chicas y subimos a mi habitación. Yo iba detrás de él. Antes de subir el primer
escalón dirigí mi mirada hacia mis amigas. Candela me largó una mirada asesina. No permitiría
jamás que Bruno me lastimase. Sofía me lanzó una mirada de asombro. Yo estaba igual que ella.
Dani me largó una de desentendimiento total. Yo también estaba igual que ella. Y Rochi me miró
con dulzura. Su mirada me persuadía a que perdonase a Bruno cualquiera sea el motivo por el cual
me mintió. Ya dentro de la habitación él se sentó sobre mi cama y yo en una silla frente a él.
-Bueno, acá estamos… ¿de qué querías hablar? –pregunté con tranquilidad.
-¿Y qué pasó hoy? –pregunté fingiendo confusión. ¡Que mal miento!
-Bueno… ehm… primero que todo quiero pedirte perdón por haberme distanciado de vos de ésta
manera… no supe manejar la situación… me tomó desprevenido todo lo que pasó…
-Al día siguiente del cumple de Rochi cuando me levanté me encontré con Paula en mi casa… me
dijo que se venía a Capital porque me extrañaba, me necesitaba y estaba dispuesta a mudarse con
tal de estar conmigo… sinceramente no sé qué me pasó por la cabeza… pero accedí… como te dije,
me tomó por sorpresa.
-Bruno, no está mal… ustedes fueron novios y es re lindo que ella haya hecho todo eso por vos –dije
ocultando mi pena.
-Sí, está mal, Luli… porque tendría que habértelo contado y no actuar como un histérico… yo no
quise lastimarte ¿sabés?
-Sí, lo sé… lo único que puedo recriminarte es éso… no fuiste capaz de decírmelo y te alejaste de mí
de un día para el otro… levantaste una pared entre los dos… marcaste una línea divisoria.
-Sí, tenés razón… pero entendeme… no sabía cómo decírtelo –dijo tomándome de la mano.
27
-Era sencillo, Bruno –sentencié– Igual quedate tranquilo, no estoy enojada –y le regalé mi más
sincera sonrisa.
-Gracias, Luli… pero es que hay algo más… la historia no se termina ahí… no necesité de mucho
tiempo para darme cuenta que la relación con Paula no funcionaba… pero no sabía cómo
decírselo…
-¡Menos mal que estudias Filosofía y Letras! Creo que tenés un serio problema de comunicación.
-Bueno, la cuestión es que desde un principio quise explicarle que yo ya no sentía lo mismo de
antes… y como no podía hablarlo, tampoco podía decirte a vos que me esperes…
-Lu… me gustás mucho… más de lo que quisiera… desde el día en que te ví sentada sola en la facu…
-¡Pará, Bruno! –lo interrumpí– ¿Qué me estás diciendo? Esto ya es cualquier cosa… puedo
entender que no supiste manejar la llegada de Paula… pero yo no soy segunda de nadie ¿sabés? –y
ya enojada.
-¡Pará, Lu! ¡Estás entendiendo cualquier cosa! No te estoy pidiendo que seas mi segunda… jamás te
haría eso… jamás te lastimaría de ésa forma, Luli… tampoco te estoy pidiendo que me esperes… te
estoy pidiendo una oportunidad… yo… hoy terminé con Paula –y me miró a los ojos.
-Ehm… pero… si hoy los vimos con Rochi… te dijo amor… no entiendo, Bruno –dije al tiempo que
me desplomaba sobre la silla.
-Me bastó tener a las dos al lado para darme cuenta por quien siento algo fuerte… Paula ya es
costumbre… una rutina… pero vos… vos sos distinta… tenés algo distinto a ella… o a las demás…
descartando que sos la mujer más linda que ví en mi vida… tenés algo que me atrapa… algo que
ocultas… que nunca contás y eso me atrae más… porque sólo sé que sos muy reservada con tus
cosas… y… yo quiero descubrir todo de vos… quiero saberlo todo –me dijo con sinceridad. Mis
mejillas eran ya de un color carmesí.
-Hagamos una cosa… empecemos de nuevo… arranquemos de cero… como si nada de ésto hubiese
pasado… pensalo todo el tiempo que quieras… yo te voy a estar esperando –me dijo con una
sonrisa torcida. Asentí a todo lo dicho por él. Se levantó y me besó la frente.
Sentí cinco pares de ojos clavados en nosotros mientras bajábamos los últimos escalones
riéndonos. Definitivamente las chicas no tenían idea de lo que había sucedido. No se lo imaginarían
tampoco. Bruno las saludó y lo acompañé hasta la puerta.
-Si, mañana me voy a Bahía… me iba a ir hoy, pero me quedé para hablar con vos –me dijo con
dulzura mientras me tomaba de la mano y entrelazaba nuestros dedos.
28
-Sí, salgo mañana muy temprano… extraño a mi familia… hace dos semanas que no los veo…
extraño a mi hermana… a mis amigos… ¡Ey! ¿Qué pasa? –me preguntó mientras alzaba mi cara con
su dedo índice.
-Que Paula y yo vayamos a estar en el mismo lugar no significa nada… confiá en mí, por favor –me
dijo. Yo sólo sonreí.
-Bueno andá que sino no vas a dormir nada –le dije separando nuestras manos.
-Y vos anda y seguí divirtiéndote con tus amigas… que duermas bien –se acercó peligrosamente y
me robó un beso chiquito.
-¿Eso?… éso es el beso de feliz comienzo, nenita –dejó un beso chiquito en la punta de mi nariz,
otro en mi boca y se fue.
Cerré la puerta con alegría. Me dí vuelta para dirigirme hacia el living pero me topé con mis cinco
amigas que gritaban. No. Aullaban de felicidad. No habían escuchado nuestra conversación, pero
tampoco se habían perdido el beso final. Aquella noche nos dormimos tarde. La película no la
terminamos de ver.
29
Ocho: Enamorame que no quiero.
Los rayos del sol se colaron por los huecos de la persiana. Definitivamente debería haber comprado
una persiana americana color negra o gris, y no blanca. Abrí los ojos casi por instinto. Me incorporé
con ganas. Era un nuevo día facultativo y estaba ansiosa por ver a Rocío. La noche anterior me
había enviado un mensaje en el que prometía contarme lo sucedido con Manuel aquella tarde.
Tenía unas ganas locas de ver a Bruno. Hacía casi dos semanas del episodio en que me contó que lo
había dejado todo con Paula. No éramos novios oficialmente pero cada vez que podía me robaba un
beso. Yo sólo me hacía la interesante: me gustaba dejarlo con las ganas. Entré a la ducha, como
cada mañana. Oí que mi celular sonaba anunciando la llegada de un nuevo mensaje de texto. No
me desesperé por salir. Debería de ser un mensaje de Rocío jugando con mi intriga. O de Cande
preguntándome por billonésima vez si Bruno me había pedido de ser su novia. O del susodicho,
comunicándome que ya salían en mi busca junto a Rochi. Me seguí bañando como si nada. Unos
minutos más tarde ya estaba a medio cambiar buscando sin parar mi celular, enredado entre las
sábanas. Buen día, nenita. Espero que hayas amanecido bien. Anda preparándote que en un
ratito estamos ahí con Rochi. Tengo muchas ganas de verte. Te quiero. Sonreí tontamente. Toda
mi adolescencia me encargué de acomplejarme por mi baja estatura. Odiaba que usaran apodos de
pequeñez para nombrarme. Pero el nenita de Bruno causaba un efecto diferente en mí: me gustaba.
Finalmente me demoré más de lo esperado. No conseguía qué vestirme. Motivo por el cual no pude
desayunar, ya que cuando me disponía a hacerlo oí la bocina del Clio negro anunciando su llegada.
-Buenos días –dijo Rocío con una sonrisa de oreja a oreja desde dentro del auto: ahora yo viajaba
en el asiento de acompañante.
-Bien, con un poco de intriga, pero bien –dije girando mi cara, de modo que su beso fue depositado
en mi mejilla izquierda.
-¿¡Por qué no se saludan como debe ser!? ¡Paren ya con éste jueguito absurdo! –exclamó Rocío.
-¡Ya! ¡Ya! ¡Es muy temprano para que empiecen a retarme! –me quejé.
El viaje fue normal, como todos los días. Rocío se encargó de seguir jugando con mi intriga.
Prometió que en el primer receso me contaría lo sucedido. Bruno sólo me molestaba
amistosamente.
-Ustedes vayan a buscar una mesa que yo me encargo de comprar las cosas –dijo él mientras
ingresábamos a la cafetería.
-No necesito que me lo digan… Café con leche y dos medialunas de manteca para Rochi… y Té con
limón y una bola de membrillo y crema pastelera para vos – y se hizo el superado.
Luego de varios minutos con Rocío conseguimos una mesa. Bien alejada y bajo el calefactor.
Todavía se sentían los vestigios del crudo invierno.
-Esperá que venga Bruni… también se lo quiero contar a él –dijo sonriente. Yo sólo bufé.
30
-Acá estoy… empezá, rubia –dijo mientras nos entregaba una bandeja a cada una.
-Bueno… ayer a la tardecita… eran las seis más o menos… me habló por chat y me dijo de ir a dar
una vuelta… entonces le dije de encontrarnos en la plazoleta que está a tres cuadras de casa…
-¿La estás pasando bien o te aburro? –me preguntó con sus ojos brillando.
-Y bueno… éso es un resumen de mi vida… no me pasaron tantas cosas jugadas como para que
sea un poco más entretenida –dijo vergonzoso.
-Sólo un poquito, eh… – me advirtió– “Me miro al espejo y allí estoy, es ese que veo, el que soy, en
dónde me encuentro, a dónde voy, a quién reconozco y quién está hoy. Me miro y la veo, aquí
está, es ésa que llega y se va, a quién ama ahora, a quién amará, es mía o de otro, por quién
llorará. No vengas, no sueñes, no sufras, no sientas, no soy lo que quieres, ni soy lo que esperas.
No digas que miento, no ves lo que siento, no vuelvas, no hay tiempo, no me ames, lo siento mi
amor…”
-Gracias –logré esbozar. Ya estaba completamente perdida en sus ojos color cielo.
-Rochi… yo no suelo ir muy de frente en cuestiones del amor… soy un poco tímido y me cuesta
hablar… pero siento algo fuerte acá cada vez que te tengo cerca –y señaló su pecho– sos hermosa,
desde que te ví la primera vez me dejaste boquiabierto… me gustás mucho.
-Gracias, Manu… yo la verdad es que vengo de una historia un poco complicada… me lastimaron
mucho ¿sabés? Jugaron conmigo. Me da un poco de miedo, siento que no quiero volver a
enamorarme…
-Yo no voy a lastimarte –me interrumpió– jamás te lastimaría o te haría sufrir, Rochi… yo quiero
enamorarte –y quedé sin palabras– ¿Puedo? –me preguntó al tiempo que tomaba mi cara entre
sus manos. Yo solo asentí. Rozó mi nariz con la suya y me dió un beso dulce.
-Y… nada… probaremos… no me pidió de ser la novia… pero bueno… quizás se dé.
-No es el único –dije indirectamente. Rocío largó su risita marca registrada y Bruno se echó a reír
con ganas.
-¿Vos pretendés que te pida de ser mi novia siendo que no sos capaz de saludarme con un beso
cada mañana? –y se cruzó de brazos. Yo sólo rodeé los ojos.
-¡Pónganse las pilas de una buena vez! –y Rochi ya estaba harta de ésa situación.
-Ya te lo dije, Ro… decíselo a tu amiga –me robó un beso chiquito y se levantó de su asiento.
El resto de la mañana siguió de igual forma. A medida que pasaba el tiempo las clases se volvían
más dinámicas. Disfrutaba más de las materias de Letras que de las de Filosofía: eran mucho más
entretenidas. Aquélla mañana tuvimos clase con el Licenciado Crespi. La cara de Rochi demostraba
enamoramiento. Lo cierto es que con Bruno nos preguntábamos si se debía a su amor
31
incondicional y utópico hacia el profesor o respecto a lo sucedido con Manuel: de una u otra
manera me sentía feliz por ella.
-Sí, sí… ¡me encanta! –y la sonrisa de ella fue más grande que una casa.
-Hola, sí ¿Qué tal?... soy Lucía Allemand… te cuento que somos amigos… no sé si lo recordás –
ironicé al tiempo que me cruzaba de brazos.
-¡Cómo para olvidarte, enana! No te me pongas celosa ¿si?... hoy a la tarde paso por tu casa a tomar
unos mates ¿querés? –y me rodeó con un brazo.
-¡Vamos, enana! –exclamó al tiempo que comenzaba a hacerme cosquillas: sabía que era mi punto
débil.
-Además amiga no te quejes… te volvés con Bruno solita –y le largué una mirada asesina– ¿Vamos,
Manu?
-Vamos mejor –me sonrió de medio lado y entrelazó sus dedos con los míos.
-Mmm… de todo un poco… depende la ocasión… si tengo que ir a un recital prefiero el rock
nacional… si estoy con amigas prefiero lo melódico… el pop me gusta mucho también… y si
necesito relajarme opto por el jazz.
-Mmm… me da igual.
-¡Uy cómo estamos hoy, eh! –frunció el ceño y yo sólo reí– ¿Te gusta el histeriqueo, no?
32
-¿Me estás llamando histérica? –grité escandalizada.
-Solo un poquitito –y puso cara de nene bueno: amaba esa carita de angelito que ponía.
-Porque me matás –dije sonriendo. Él, como siempre, hizo una sonrisa torcida.
Y así nos mantuvimos el resto del viaje. Indirectas que iban y venían.
-Gracias por traerme… ¿nos vemos mañana, no? –pregunté soltándome el cinturón de seguridad.
-¡Qué pares con esas caras! –teatralicé. Él sólo rió y se acercó. Me tomó de las mejillas y me dió un
beso. Hubiese querido que durase un poco más.
-Ehm… sí… nos vemos mañana –dije. Lo cierto es que no quería bajarme del auto– ¿Querés
quedarte a almorzar? –pregunté tímida. Noté cómo ardían mis mejillas.
-Disculpame… ¿estás insinuando que no podés estar sin mí ni un solo momento? –dijo superado.
-Eso es lo que más me atrapa de vos… no podés contener mucho más lo que sentís… y me encanta
que pase éso ¿sabés? –dijo tomándome otra vez por las mejillas y dándome un beso bien chiquito.
-Me encantaría, de verdad… pero tengo turno con el odontólogo… me tienen que sacar una muela
hoy –y puso puchero.
-¡Ay, pobrecito! Bueno… que te sea leve, nenito –y sonreí de forma traviesa.
-Sí… tengo miedito –esbozó sin perder su puchero– ¿Me das un besito así se me va el miedo? –¡Es
que no me podía contener ante ésa carita! Me lancé a sus brazos descaradamente y le llené la cara
de besos. Luego de una larga despedida entré a casa.
Por la tarde Manuel vino a visitarme y a contarme cómo se sentía con Rocío. Creo que se estaban
enamorando, aunque no quisieran.
-¡Feliz cumple, amiga! –exclamó Cande abalanzándose sobre mi cuerpo con ganas.
-Feliz cumple, hija –y mamá me dio un beso en la frente mientras dejaba una bandeja sobre mis
piernas.
-Ya sé que es un desayuno. Ana Laura –y le eché una mirada asesina– ¿Por qué está todo
empaquetado?
-Es un regalo…
-De Bruno –interrumpió Cande a mi mamá. No sé qué cara habré puesto, pero la de mi hermano
no era muy feliz.
-Escuchame una cosita vos –y me retó con su dedo índice– ¿Qué onda ése Bruno? ¿Por qué te
manda un desayuno? ¿Por qué dice éso la tarjeta?
-Tenía que saber qué decía ése tal Bruno –se excusó.
-¡Estoy cumpliendo diecinueve años! ¿No te parece que estoy algo grandecita como para que me
sigas cuidando de tal forma? –ironicé.
-¡Ya! ¡Ya basta! ¡Dejen de pelear chicos, por favor! –exclamó papá. Amaba su costado conciliador.
-¡Que pares un poco! –le gritó Candela: era una hermana más.
-Vos no hablés mucho que te tengo en la mira Candelita… ¿Cómo es éso que estás saliendo con un
chico?
-Además sos el menos indicado para hablar… tenés veinticuatro años y Jimena tiene veinte.
Así seguimos un largo rato hasta que mis viejos y Patricio salieron de la habitación.
-Dale Luli, lee la tarjeta –dijo Ana con la ansiedad a flor de piel.
34
-La voy a leer cuando esté sola –sentencié.
-¡Vamos, amiga! ¡No nos dejes afuera! –exclamó Cande y simplemente no pude resistirme ante su
cara de nena buena.
-Bueh… ahí va –y abrí el sobrecito– Para que empieces bien tu día. Feliz cumple, nenita. Te quiero
mucho. Bru.
-¡Ay no! ¡Me muero! ¡Es un dulce de leche! –gritó mi hermana con voz de enamorada.
-¡Ya! ¡Ya! ¡Es mío! –gruñí celosa y las dos se echaron a reír.
El resto del día siguió de igual manera. Recibí llamados de todos mis amigos y amigas. Mamá y
papá me regalaron un par de botas que había visto tiempo atrás en el shopping. Eran color
chocolate con algunos detalles en rosa. Eran media caña y no tenían mucho taco. Mis hermanos me
compraron un libro. Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. En la primera hoja me
habían escrito una dedicatoria.
“Para que nunca se te olvide soñar. Para que sepas que las fantasías no son tan utópicas como
parece. Felices 19 Luli. Te amamos con el corazón. Pato y Ana.”
La familia Sáez me regaló una gargantilla de oro blanco de la que colgaba una ele bien discreta.
Esa misma noche, todos nos reuniríamos en casa. Tanto mí familia como mis amigos estarían
presente.
-¡Qué los cumplas feliz, qué los cumplas feliz, qué los cumplas Enana, qué los cumplas feliz! –
cantaron todos mis amigos al unísono.
-¿Ni siquiera el día de mi cumpleaños van a dejar de decirme así? –y me crucé de brazos.
-Es que es imposible no llamarte así, Luli… sos nuestra Enana –dijo Fede mientras me alzaba por
los aires.
-El problema no es que yo sea petisa, es que ustedes son demasiado altos –dije una vez que ya
estaba en el suelo. Todos se echaron a reír con ganas– Bueno, pasen… estamos todos en el jardín.
La primera bolsa contenía un pantalón blanco bien ceñido al cuerpo. Probablemente lo hubiesen
comprado las chicas. En la segunda encontré un remerón bien largo y sin escote color lavanda.
Definitivamente el segundo regalo lo habían comprado los chicos. Ellos eran los que sostenían la
estúpida frase nada de escotes, nada de minis.
-¿Y Bruno? –le pregunté a Rochi tomándola del brazo antes que entrara al jardín.
-Me llamó hace un rato. Se tuvo que ir a Bahía… tuvo una urgencia. Me dijo que más tarde te
llamaba –asentí con desgano. Verdaderamente sentía unas inexplicables ganas de verlo y
abrazarlo.
35
-¡Qué los cumplas feliz, qué los cumplas feliz, qué los cumplas nenita, qué los cumplas feliz!
-¡Bruno!
-Gracias, Bru.
-Bien… estoy con todos acá… mi familia y los chicos… la estamos pasando bárbaro… es una pena
que no hayas podido venir –me lamenté.
-Ay Bru, esperame que tocan timbre –lo interrumpí enojada. ¿Quién se atrevía a molestarme justo
en éste momento?
-Hola –me dijo Bruno a través del teléfono y parado frente a mí. No me lo esperaba– ¿No me vas a
saludar? –cerró su celular y me extendió un ramo de diecinueve rosas rojas. Mis favoritas.
-¡Uy… cómo estás hoy! Siento que tiene que ser tu cumpleaños para que estés así de cariñosa, eh –
me dijo al oído mientras yo seguía colgada de su cuerpo con mis piernas enredadas en su cintura.
-¿Cómo crees que iba a perderme tu cumpleaños? Era una sorpresita… y… por lo que veo… te
sorprendí –y me dejó un beso en la comisura de los labios.
Luego de que todos me cantasen el feliz cumpleaños, de a poco se fue yendo mi familia. Sólo
quedamos mis amigos y yo.
-Lu… ¿vos cantás? –y Bruno se sentó porque recién había vuelto del baño.
36
-Bueno, tampoco tanto –y me puse colorada.
-Sí, amores perros… es un tema que compuso Luli hace dos años –y ésa era Cande: siempre tan
orgullosa de mí.
-¡Ya, Luli, no te pongas celosa! –Sofi se ganó una mirada furibunda y Manuel comenzó con los
primeros acordes de la canción.
-Abrázame y muérdeme, llévate contigo mis heridas. Aviéntame y déjame mientras yo contemplo
tu partida, en espera de que vuelvas y quizás vuelvas por mí. Y ya te vas ¿qué me dirás?, dirás
que poco sabes tú decir. Despídete, ya no estarás, al menos ten conmigo esa bondad. Te
extrañaré, no mentiré, me duele que no estés y tú te vas. Amárrame y muérdeme, llévate contigo
mis heridas. Murmúrame y ládrame y grita hasta que ya no escuche nada. Sólo ve como me
quedo aquí esperando que no estés, en espera de que vuelvas y quizás vuelvas por mí. En espera
de que vuelvas y quizás vuelvas por mí.
-Gracias, Ro… y sí, es cierto, nunca les conté porque nunca se dio.
Así seguimos un largo rato más. Mis amigos se fueron yendo uno a uno y con Bruno nos quedamos
acomodando un poco el jardín. Cerramos todo y nos quedamos en el living. Mis papás dormían al
igual que mi hermano. Mi hermana había salido.
-Vení… sentate acá conmigo –me acerqué a él y me sentó sobre sus piernas– ¿La pasaste bien?
-Sí, me encanta mi cumpleaños… me gusta reunir a toda mi gente… me gusta recibir regalos –dije
provocando su risa.
-Lu… yo la verdad es que… siento algo muy fuerte por vos… no sé… me siento nervioso cada vez que
te tengo cerca… te extraño a cada rato… me gusta estar con vos… siento cosquillas en la panza
cuando te veo… vos… ¿vos sentís algo? –me preguntó con ojos sinceros.
-No tartamudees, Lu, por favor –me interrumpió– ya nos hicimos bastante tiempo los tarados ¿no
te parece?
-Sí, tenés razón… sí, me siento como vos –Bru sonrío y me regaló un beso tierno.
-Yo quiero estar con vos… pero no sólo en la facultad… tampoco ser amigos… quiero avanzar un
poco más… no sé, me parece que ya es tiempo de buscar un amor ¿no?
37
-No sé, somos grandes… yo no busco diversión… yo busco algo serio, algo de verdad… alguien con
quien compartir proyectos… no sé… quiero estar con vos, Luli.
-Bueno… entonces… dadas las circunstancias me veo en el compromiso de pedirte que seas mi
novia –dijo con un tono divertido– ¿Querés ser mi novia?
Sonreí tontamente y asentí en silencio al tiempo que me acercaba para besarlo. Me apretó contra su
cuerpo y me dió el beso más lindo. El más lindo en comparación a los que me había dado. Nos
quedamos un rato más allí dándonos besos y riéndonos como dos chiquilines.
-Dale… igual no te prometo nada… tengo que organizar una ronda de amigas… las chicas no me van
a perdonar si no les cuento la noticia de último momento… Candela lleva esperando meses a que
me pase esto –dije con una sonrisa.
-¿Ves por qué te quiero tanto, nenita? –sonrió y me tomó por la mejillas para besarme.
-Igualmente mañana te llamo –y se acercó una vez más– Chau, novia… que duermas bien –susurró
con dulzura.
-Chau, novio… vos también –dije sonriente. Me regaló unos cuantos besos más y se fue hacia su
casa.
Acomodé todos los regalos que había recibido ése día y me metí en la cama. Sonreía tontamente.
Definitivamente había sido un día especial.
38
Diez: Quédate conmigo.
Me desperté sobresaltado. Prendí el velador e instantáneamente cerré los ojos. Me dolía la cabeza.
El despertador marcaba las tres de la tarde. La noche anterior había ido a bailar junto a Luli y sus
amigos y amigas. Lo cierto es que seguía extrañando vivir en Bahía. Extrañaba a mi gente. Sin
embargo, los amigos de Luli me recibieron con los brazos abiertos. Cuando se enteraron que nos
habíamos puesto de novios tuve que tolerar una conversación sólo de hombres, la cual aseguraba
mi muerte instantánea en caso que la lastimase.
Ingresé a la ducha con pasos torpes. El agua fría me despabilaba. Llamé a Luli pero no atendió, lo
cual me extrañó. Me cambié y me dirigí al almacén más cercano. Mi heladera siempre permanecía
vacía. Al cabo de media hora ya estaba almorzando. Unas milanesas con ensalada habían sido lo
más práctico para cocinar. Me tumbé en el sillón a ver un partido de rugby: Los pumas versus Los
All Blacks. Seguí llamando a Luli, pero seguía sin contestarme. Hacía ya dos meses que salíamos.
La quería tanto. Sentía que estaba a pocos pasos de cruzar la línea que divide el te quiero del te
amo. Ella era toda una muñeca. Dulce. Cariñosa. Linda. Frágil. La trataba con sumo cuidado, como
si se fuera a romper de un momento para el otro.
Le envié un mensaje a Rocío preguntándole si estaba con ella, a lo que me respondió que no. Seguí
esperando, aunque mi preocupación se acrecentaba. Esperé. Esperé. Y esperé. La llamé alrededor
de seis o siete veces. Nunca me atendió. Salí de mi casa y me subí al Clio. Manejé a velocidad.
-Hola, Bruno –me saludó Ana. Ella era la única que sabía que con Luli habíamos formalizado.
Crucé el living y luego la cocina para atravesar el ventanal de vidrio que separaba el jardín. Caminé
largos pasos y la ví bajo la galería sentada en una silla con Pablo a su lado. Se estaban abrazando.
Apreté los puños para impedir cualquier reacción estúpida. Ella no notó mi presencia. Pablo sí. Se
separó de los brazos de Luli y ella se volteó hacia mí.
-Hola, mi amor –dijo mientras caminaba en dirección a donde estaba yo. Pablo me saludó con la
mano.
-¡Qué sorpresa!
-¿Qué pasa? –me preguntó cuando notó que corrí mi cara impidiendo que me besara.
-¿Lucía?
-Sí, Lucía. ¿Me podés explicar por qué motivo no me atendiste? ¿Estabas muy ocupada, no? –
estaba sumamente enojado y reventaba de celos.
-Te estoy llamando desde las tres de la tarde… son las seis y media.
39
-Y yo te estoy diciendo que dejé el celular arriba… no lo escuché. ¿Me podés decir qué te pasa? –y
se alejó unos cuantos pasos.
-Pasa que te llamé un montón de veces, vengo hasta acá porque estaba preocupado y encima te
sorprende mi llegada, ¿te parece poco? –dije alzando el tono de voz.
-¡A mi no me grites! Te dije tres veces ya que dejé el celular en mi habitación. Estoy acá con Pablo y
no lo escuché. Me olvidé de ir a buscarlo.
-Bueno, listo. Disculpame si te interrumpí. Cuando estés disponible avisame. ¡Ah! Y después
decime en qué momento puedo venir a tu casa para no causar ninguna sorpresa.
-Che, Bru… te estás pasando de la raya ya –dijo Pablo mientras se acercaba a nosotros.
-Pará, Pablo… dejalo –y ella interponiéndose entre nosotros– Andá, Bruno… después hablamos.
Me fui de la casa de Lucía hecho una furia. Manejé con enojo golpeando una y otra vez el volante.
Llegué a casa y me metí en la cama. Estaba sumamente enojado. Enojado con ella. Enojado con él.
Enojado conmigo mismo. Sin quererlo quedé profundamente dormido.
El reloj marcaba las nueve y media de la noche cuando el insistente timbre me sacó de mis sueños.
Me incorporé con torpeza y caminé hacia la puerta de entrada. Llevaba puesto un pantalón pijama
y una remera vieja, gastada. Abrí la puerta y ahí estaba ella.
-¿Qué haces acá? –dije parpadeando más de una vez. No sabía si era un sueño o la pura realidad.
-¿Me dejás pasar? –entonces me corrí abriéndole paso. Entramos y ella se sentó en el sillón grande.
-No. Quiero que vengas y te sientes acá –sentenció al tiempo que con la palma de su mano me
señalaba un lugar a su lado. Con obediencia me senté junto a ella.
-¿Me podés explicar qué es lo que te pasa? ¿Por qué estás tan enojado?
-Sí, porque no lo entiendo. No podés ponerte así porque no te atendí, Bruno. Dejé el celular en mi
cuarto y no escuché cuando sonó. Después que te fuiste ví todas las llamadas perdidas. Me parece
que exageraste un poco.
-¿Yo exageré? Pensé que te había pasado algo… o… me podría haber pasado algo a mí y vos ni te
enterabas porque estabas muy entretenida con Pablo.
40
-En primer lugar no me pasó nada y a vos tampoco… y en segundo lugar ya entiendo por que estás
así… ¿es por Pablo, no? –y se acercó un poco.
-En primer lugar pudo haberte o haberme pasado algo –la imité– Y en segundo lugar perdoname si
te interrumpí el abrazo –dije ofuscado. Ella se echó a reír. Definitivamente no la entendía.
-¡No! –grité.
-¡Para ya con eso! No estoy celoso –ella permaneció en silencio pero me sostuvo la mirada– Bueno,
sólo un poco –volví a decir. Ella siguió mirándome– Bueno, sí, estoy muy celoso –admití por fin–
¿Qué te tiene que estar abrazando? Sos mi novia, no la suya. Él ya tuvo tiempo de hacer éso con vos
y lo desaprovechó así que ahora que no venga a arrepentirse porque tu novio soy yo, no él.
-¿Podés parar de armarte películas en ésa cabecita? Él no vino a verme para recuperar el tiempo
perdido –la miré con bronca. Me sentía fatal por el sólo hecho de pensar en aquella posibilidad–
Vino porque anoche se peleó con Sofía. Estuvieron discutiendo durante toda la noche y cuando
salimos del boliche ella le dijo que no quería seguir más con él.
-No. Vino para pedirme que hable con Sofi, que la haga entrar en razón. Pablo está perdidamente
enamorado de ella, Bruno. Lo que tuvo conmigo ya pasó, ya fue.
-Ehm… ¿de verdad? –le pregunté con timidez. Ella sólo asintió– Y… ¿y a vos qué te pasa con él?
-Es un chiste ¿no? –y negué– Bruno, por favor… mirá lo que me preguntás… ¿cuántas veces tengo
que decirte que Pablo fue un novio que tuve a los dieciséis años? Dieciséis años, Bru.
-No tiene nada que ver… yo también me puse de novio a los dieciséis ¿y?
-Disculpame… ¿me estás diciendo que todavía sentís algo por Paula? –me dijo con el ceño fruncido.
-No. Te estoy diciendo que por más que haya tenido dieciséis cuando me puse de novio con ella no
significa que no tenga importancia… a veces a los dieciséis podes ser muy maduro… yo sabía lo que
quería en ése momento –le expliqué.
-Bueno, yo no sabía lo que quería en ése momento. Pero sí sé lo que quiero ahora.
-Quiero que mi novio cambie ésa cara que tiene, que se desenoje, que me regale una sonrisita, que
me de muchos besos, que me haga reír como siempre…
Mi beso la interrumpió. Era cierto que me había comportado como un chiquilín, pero es que me
angustiaba el sólo hecho de pensar que podía perderla.
-Arreglé con Rochi para irme a su casa, a mis viejos les dije que estaba con ella.
-Dale, quedate –le pedí poniendo cara de bueno: sabía que no iba a resistirse.
41
-Mi amor –la interrumpí– la llamás a Rochi y le decís que te quedas acá conmigo, si tus viejos te
tienen que llamar lo van a hacer a tu celular y si llegan a llamar a lo de Rochi le decís que meta
algún verso así te da tiempo para que los llames.
-¡Mentiroso compulsivo que sos! –se escandalizó pero con diversión en su voz.
-Nada de eso… es sólo una mentirita piadosa que nos beneficia a los dos… dale, quedate conmigo
hoy.
Me dió un beso como respuesta. Esa noche cenamos en el sillón. Le compré comida china. Quedó
fascinada. Ya era tarde cuando decidimos irnos a dormir. Nos metimos dentro de la cama y la
sujeté con fuerza contra mí. Amaba sentirla de ésa forma.
-Lu –susurré.
-Mmm…
-¿Estás dormidita?
-Te amo –volví a susurrar. Era la primera vez que se lo decía. No sabía cuál iba a ser su respuesta.
Se apretó más a mí y me tomó de la nuca.
-Yo también, mi amor, yo también –pronunció calma para luego darme un beso dulce. Casi por
instinto nos quedamos dormidos.
42
Once: Mamá, Papá… mi novio.
Hacía exactamente tres meses que estaba de novia con Bruno. Cada vez que lo miraba a los ojos
sentía que el corazón me estallaba en miles de trocitos. Me trataba delicadamente. Me cuidaba y
me protegía. Me hacía sentir única. Me daba todo lo que necesitaba y más también.
Indudablemente era el amor de mi vida. El sonido del teléfono me sacó de mis pensamientos.
-¿Hola?
-Hola, nenita.
-Bien ¿y vos, amor mío? –me dijo con dulzura. Inevitablemente el corazón comenzó a latirme con
más fuerza.
-No creo que le ganes a mi departamento –dijo soltando una risita y yo lo imité– Mi amor, te
llamaba para proponerte de hacer algo a la tarde… al final no me voy a Bahía y nada… estoy algo
aburrido y te extraño mucho.
-Bueno, entonces… ¿qué hacemos? Si querés te paso a buscar y vamos a tomar algo, a merendar a
la costanera, no sé… ¿Qué tenés ganas de hacer?
-Ay, Bru… es que… me junto con las chicas hoy… me llamó Rochi hace un rato para decirme que
nos juntamos en una hora y media en su casa…
-Ah, bueno… no te preocupes mi amor, pasala lindo –y noté cómo su voz volvía a apagarse.
-A ver…
-Sí, pero ellos te conocen como Bruno, mi compañero de facultad… y… yo te quiero presentar
como Bruno, mi novio –dije con voz temblorosa. Sabía que Bruno moría porque yo hiciese aquello.
Con tal de verlo feliz haría cualquier cosa. El único inconveniente sería mi hermano. Temía que le
partiese una mesa en la cabeza al enterarse.
-Bueno, entonces… no hay nada más por decir… ¿a qué hora querés que vaya?
-Dale… a las nueve estoy ahí, nos vemos a la noche mi amor, te amo.
43
-Bien ¿y vos amigo?
-Ronda de amigas –le confirmé– Nacho… yo te llamaba porque…. porque quería pedirte un favor…
-Sí, decime.
-Bueno… como ahora me voy a lo de Euge y me quedo toda la tarde ahí, Bruno va a estar solo…
-No, al final se quedó… entonces quería pedirte si lo podés llamar e invitarlo a hacer algo…
¿ustedes se juntan hoy, no?
-No, enana ¿Cómo va a molestarnos?... no le dijimos nada porque creímos que se iba a Bahía
Blanca… pero quedate tranquila que ahora lo llamo y le digo que se venga ¿si?
-¡Ay, gracias, Nacho! Me sacás una preocupación de encima –y rió ante mi exageración.
-Bueno… ayer… ayer estuve con Fede –y las mejillas se le volvieron coloradas.
-Bueno… me pasó a buscar por la facu… ¿vieron que yo los viernes curso a la noche?… y de ahí nos
fuimos a cenar… me llevó a un restaurante en la costanera… ¡súper fino!... bueno cenamos,
charlamos…
44
-Andá al grano –la interrumpió su hermana.
-Bueno… nada después me dijo de ir a la casa de su primo… Sebastián… el que vive solo… así que
alquilamos una peli y fuimos al departamento… y nada… ¡fue re lindo chicas! ¡Re dulce!
-Sí… fue distinto… o sea, no era la primera vez de ninguno de los dos… pero sentí como si lo fuera…
¡estoy muy enamorada!
-Me alegro mucho por vos, amiga –le dije con una sonrisa sincera– Escuchame una cosita vos –y
señalé a Daniela– ¿No tenés nada para contar?
-Sí, vos… hoy hablé con Nacho y me dijo que les mandara besos a todas, en especial a vos.
-Bueno, nada… ayer pasó por mi casa para traerme un libro que le pedí… y bueno, nada…
-Disculpame… ¿Ignacio le dice a Luli que te manda especialmente un beso y vos pretendés que
creamos que es porque te prestó un libro? –replicó Sofía.
-¿Cómo fue? ¿Cómo fue? –preguntaron las hermanas Esquivel al unísono, lo que causó risa en
todas.
-Nada del otro mundo… fue raro… nos despedimos y cuando le iba a dar un beso en la mejilla
corrió la cara y me besó… y… y yo… yo le seguí el beso.
Así estuvimos durante toda la tarde. Me sentía inmensamente feliz por mis amigas. Sofía y Pablo ya
se habían reconciliado. Eugenia y Federico habían dado un gran paso. Manuel y Rocío ya habían
formalizado. Daniela e Ignacio quizás estarían viviendo el comienzo de una historia. Y Candela
había terminado con aquél chico, pero también vivía el comienzo de una nueva historia, de la mano
de Joaquín. Yo era la única que lo sabía. Cande no quería armar escándalo por algo que todavía no
estaba bien definido.
Cuando llegué a casa tomé un baño. El agua caliente recorría mi cuerpo mientras pensaba si la cena
de ésa misma noche sería un caos o un buen comienzo. Salí de la ducha y una vez más: mi placard
abierto de par en par.
Mi familia ya estaba enterada del acontecimiento. Particularmente pedí a mis viejos que
impidieran cualquiera reacción de Pato tendiente a quitarle la vida a Bruno. Nueve de la noche
anunció el reloj del living. Corrí hacia la puerta y allí estaba él.
-Hola, mi amor –dije tomándola, para luego abrirle paso– ¡Wow! –esbocé: Llevaba puesto un
pantalón bombacha de gaucho color cemento. Mocasines. Y camisa celeste. Estaba adorable.
-Estás… estás… estás buenísimo –y mordí mi labio inferior. Al instante la vergüenza se apoderó de
mis mejillas. Él se echó a reír.
45
-Gracias, mi amor… vos estás preciosa –me tomó de las mejillas y me besó– Aunque… el pantalón
es un poco ajustado.
-Mmm… mucho –dije con una sonrisa mientras rodeaba su cuello con mis brazos. Nos fundimos en
un beso dulce que se vio interrumpido.
-Perdonen, chicos… es que Pato se está poniendo impaciente porque están tardando mucho –nos
informó Ana.
Ingresamos al jardín los tres juntos. Sentí tres pares de ojos clavados en nosotros, principalmente
en Bruno.
-Hola, Bruno –esbozó mi hermano con seriedad. Ví cómo a Bruno comenzaron a temblarles las
piernas, por lo que largué una risita divertida.
La cena no fue tan mala como creía. Era imposible que Bruno le cayese mal a mi familia. Ana lo
adoraba, más de lo que yo quisiera. Mamá y papá me veían contenta, de modo que pusieron todo el
empeño habido y por haber para que Bruno se sintiera bien. Pato, era difícil. Era otro cantar.
-No quiero que te vayas –me sinceré abrazándolo con fuerza. Bruno rió con suficiencia.
-Si no querés quedarte sin novio será mejor que me vaya… no creo que tu hermano me tolere un
minuto más cerca de ti –y entrelazó los dedos de sus manos con los míos.
-¡Epa! ¡Cómo estamos, eh! –espetó divertido provocando que mi vergüenza se reflejara– ¿Cuándo
va a ser el día en que pierdas la vergüenza conmigo? –en efecto sólo le di un beso.
-Dale, llevame con vos… no tengo sueño –le supliqué fingiendo ser una pequeñita.
-¿Cómo puedo decir que no si mi nenita me pone ésa carita? –y me llenó la cara de besos.
-Busco un abrigo y vamos… esperame en el auto –y sonreí triunfante. Le di un beso más y cerré la
puerta. Fui hasta la cocina donde estaban todos tomando café.
46
-Me voy con Bruno –informé mientras me disponía a subir las escaleras.
-Vamos a tomar un helado o a caminar un rato… nada del otro mundo, mami… son las doce de la
noche recién y no tengo sueño.
-¡Pará vos un poquito! ¡No sos mi papá! Y mejor que te acostumbres a Bruno porque va a estar por
acá muy seguido y no quiero problemas ¿estamos?
-El problema es que sos una nena –me dijo con enojo.
-Además Bruno está solo acá… tiene a su familia muy lejos… no puede verlos cuando quiere… tiene
a sus amigos allá… mis amigos y yo son lo único que tiene… así que deja de escandalizarte y
preocupate por tu vida –le dije a mi hermano al tiempo que saludaba a todos y me iba de casa.
Cerré la puerta y pude seguir escuchando los gritos de mi hermano.
-Es mi hermano… él tiene el problema… Ana te adora y a mis viejos les caes diez puntos… no sé qué
le pasa a Patricio –y estaba muy enojada.
-Bueno, mi amor, entendelo… sos su hermanita chiquita… sos una nena para él.
-Tenés razón… ahora sos mi nenita… ¡Vamos, Lu! Cambiame ésa carita de enojo ¿si? –me tomó por
las mejillas y nos besamos largo rato.
47
Doce: Te necesito.
Dormía como un angelito. Pacífica, como en pocos momentos. Mis amigos siempre me decían que
era polvorita y que cuando duermo me transformo en una nena buena. Sentí murmullo detrás de la
puerta de mi habitación pero no lograba despertarme. Lo hice de golpe cuando sentí que alguien
frotaba mi espalda bruscamente.
-¿Qué pasó? ¿Qué hora es? –pregunté parpadeando más de una vez.
-Están todos bien ¿no? –y fue más una afirmación que una pregunta.
-Marisa y Hernán están bien… Luciano también, sólo se torció un tobillo… pero Cande…
-¿Cande qué mamá? –grité sintiendo los ojos llorosos e incorporándome de un salto.
-No, ma, no, Cande no –susurré al tiempo que me lanzaba sobre los brazos de mamá.
Me levanté sin dejar de llorar. Por primera vez no tardé en vestirme. Tomé lo que había sobre el
puff, la ropa del día anterior. Me até mi enmarañado pelo. Recogí mi alborotado flequillo. Tomé el
bolso y baje las escaleras. El resto de mi familia ya estaba en la cocina, esperando por mí. Nos
metimos los cinco en el auto de papá y fuimos directo a la clínica. Previo llamé a Sofía para que
hiciera cadena con el resto de nuestros amigos. De Bruno me encargaría yo.
-Calmate, Lu… necesito que te tranquilices porque no te entiendo bien… ¿estás con tus viejos?
-Ss…í.
-Hagamos una cosa… hablo con Rochi así paso a buscarla a ella y a Euge y vamos para allá ¿si,
amor?
-Ss…í.
48
-Nn…o.
-Quedate tranquila, mi amor… va a estar todo bien ¿si?... yo en un ratito estoy allá con vos ¿sabés?
–me dijo con vos dulce.
-Nn…o. No.
Era asmática. En situaciones como éstas tendía a tener algún ataque. Siempre llevaba en la cartera
dos broncodilatadores. Bruno ya había tenido que presenciar un episodio de los míos. Aunque no
fue tan grave. Se debió a los nervios por dar mi primer final oral a mitad de éste año. En su casa
siempre había uno o dos de ésos aparatitos.
Llegamos a la clínica y nos encontramos con la familia Sáez completa. Hernán nos contó que Cande
estaba despierta. Había sufrido un politraumatismo. Pero no había sido tan grave. No hubo pérdida
de conocimiento. No podíamos entrar a verla porque le estaban practicando ciertos estudios. Mis
amigos fueron cayendo en pequeños grupos. Sofía vino con Pablo. Joaquín, Daniela e Ignacio por
un lado. Federico y Manuel por el otro. Finalmente llegaron Eugenia, Rocío y Bruno.
Cuando lo ví entrar a la sala de espera yo estaba acurrucada contra el cuerpo de mi mamá. Pegué
un salto de la silla y corrí hacia él. Hundí mi cara en su pecho y me eché a llorar
desconsoladamente.
-Ya, nenita. Ya pasa, mi amor –dijo mientras me apretaba con fuerza y me acariciaba la cabeza. Yo
no podía articular palabra. El sólo hecho de pensar que Candela podía estar grave me desesperaba.
Me estrujaba el corazón– Vamos, Lu… necesito que te tranquilices –dijo mientras me separaba un
poco de su cuerpo para mirarme a los ojos– Por favor –me susurró finalmente.
Ya había transcurrido una hora. Los médicos seguían dentro de la habitación de Candela. La
tristeza era notable. Los únicos que no perdieron la calma fueros mis viejos y los de Cande. Yo
estaba sobre las piernas de Bruno acurrucada sobre su pecho. Lloraba incesantemente. Un hombre
vestido de blanco salió de aquella habitación por fin. Hernán y Marisa ingresaron. Volví a llorar con
más fuerza.
-Si seguís así, Lu, te voy a llevar… necesito que te tranquilices por favor, no me hagas esto –y cubrió
mi cuerpo con sus brazos.
Hernán y Marisa salieron al fin con una sonrisa tranquila: señal que las cosas iban bien. Candela no
había sufrido nada grave. Pedí de entrar a verla.
49
-Te acompaño ¿si? –me dijo Bruno.
-Prometeme que vas a estar tranquila, sino entro con vos, Luli.
Ingresé a la habitación. Cande estaba algo golpeada. El choque había sido muy fuerte. Al cerrar la
puerta ví cómo me sonreía y me eché a llorar una vez más.
-Basta amiga, estoy acá… vivita y coleando… no te pongas así que va a darte un ataque y no
quiero… a menos que quieras ser mi compañera de camilla –dijo provocando que me Vega– ¿Ves?
Así me gusta –y sonrió.
-Ya está, Luli, ya está… no fue nada –me dijo a tiempo que acariciaba mi cabeza.
-Te quiero, Cande… te quiero mucho… sos una persona indispensable en mi vida… sos mi amiga de
toda la vida… mi mejor amiga… a la que más quiero… sos como mi hermana… perdoname si éste
último tiempo no estuve atenta con vos…
-Es que… desde que estoy con Bruno… quizás te dejé de lado… no fue mi intención, Can.
-Nada de eso, Luli… yo sé que estás a full con él y éso me hace feliz… no me siento sola…
tranquilizate, por favor… yo también te quiero… vos también sos como mi hermana… y sos a la
amiga que más quiero.
-¡Ay, Cande, menos mal que no te pasó nada! No se que haría sin vos –dije secándome las lágrimas.
-Sí, estaba llorando y empezó a decir ¿Por qué no se lo dije? ¿Por qué no se lo dije?… todos lo
miraban asombrados… levantó unas cuantas sospechas.
-¡Ay, Luli! –gritó como lo hacía normalmente– ¿Vos crees que Joaco va a pedirme de ser la novia?
–dijo con una sonrisa tonta y ojos de enamorada.
Salí de la habitación contenta. El próximo en pasar fue Joaquín, obviamente. Les dije a mis amigos
que Candela estaba como si nada hubiese sucedido. Me dirigí hacia Bruno y me volví a sentar sobre
sus piernas luego de haberme abrazado con mamá y Marisa, mi segunda madre.
50
-De nada, mi amor… yo siempre voy a estar con vos ¿sabés? –y acarició mi mejilla.
-Y cada vez que me necesites yo voy a estar con vos… ahora quedate tranquilita ¿si? –me acomodó
sobre su pecho y me abrazó por la cintura.
Al cabo de dos horas nos fuimos de allí todos. Sólo quedó Marisa, quien cuidaría aquella noche a
Cande, que debería quedarse en observaciones al menos un día más. Le pedí a mamá que Bruno se
quedara a dormir en casa. Pero papá se negó. No me celaba como Patricio, pero me hacía respetar
ciertos límites. Así que me despedí de Bruno en la puerta de la clínica.
51
Trece: Mujer.
Una tarde de sábado me encontraba en mi habitación en pleno estudio junto a Rochi. Sobre el suelo
había desparramado unos cuantos libros, cuadernos, carpetas, apuntes, resúmenes y demás. Eran
ya las cinco y media de la tarde. Los párpados comenzaban a pesarme. Vivía tomando café para
poder tolerar el ritmo de estudio.
-¡Hola, mi amor! –exclamé al tiempo que me levantaba del suelo y corría hacia él.
-Hola, nenita –rodeé su cintura con mis piernas y le llené la cara de besos– Pará, pará… me vas a
dejar sin aire –me dijo jocoso.
-¡Es que hace mucho que no te veo! –e hice puchero al tiempo que sentía sus besos sobre mi cuello.
-A ver si dejamos de comer delante de los pobres –ironizó Rochi con diversión.
-¿Qué pobres? La vez pasada te vé agarrada a Manu cual garrapata –le dijo Bruno con una sonrisa
traviesa al tiempo que me devolvía al suelo.
-¡Ay, Manu! ¡Lo extraño tanto! –Rocío suspiró y con Bruno reímos en complicidad.
-Veo que interrumpí el momento de estudio –y él se dirigió hacia mi cama mientras intentaba no
pisar ningún libro.
Bruno se quedó prácticamente una hora con nosotras. Nos distrajimos bastante de modo que
pudimos seguir estudiando a full dos o tres horas más. Cuando Rocío salió de casa ingresé a la
ducha en busca de un baño caliente reconfortante. Debo haber estado prácticamente una hora bajo
la ducha. Cerré la canilla de agua caliente y me enrollé en un toallón. Peiné mi pelo lentamente y lo
sequé. El placard ya estaba abierto de par en par. Esa noche Bruno me esperaba en su casa para
cenar juntos. Me maquillé en tonos naturales. Tomé un abrigo y el bolso y bajé hacia la cocina.
-¿A dónde te vas con ésa pinta? –me preguntó mi hermana con picardía.
-No vuelvo –y sentí sus miradas clavadas en mí con fuerza– Después salimos con las chicas…
duermo en casa de Rochi y Euge –mentí.
-Espero que sea así… no quiero enterarme que te quedaste a dormir en lo de Brunito –me retó mi
hermano.
52
-¿Viene a buscarte? –me preguntó papá mientras yo me echaba perfume importado.
Al cabo de media hora ya estaba parada frente al edificio donde vivía Bruno. El portero ya me
conocía de modo que me hizo entrar antes que pudiese tocar el timbre. Tomé el ascensor y fueron
los cuatro pisos más largos de mi vida. Me paré frente a aquella puerta de madera y llamé.
-Hola, nenita –y esbozó una sonrisa canchera– Qué linda estás –y me miró de arriba hacia abajo, y
de abajo hacia arriba.
-Gracias –espeté con timidez al tiempo que me acercaba a él para besarlo. Me tomó de la cintura y
con su pie izquierdo empujó la puerta para que se cerrase.
-¿Cocinaste vos o… pediste comida y la metiste en el horno para simular? –dije riéndome.
-¿Ayuda de quién?
-Un poco y un poco… llamé a mamá para pedirle alguna receta de las suyas… y después
descaradamente le toqué el timbre a Isabel para que me ayudase con ciertas cosas.
-¿Ah si? ¿Y por qué es divina? ¿Es linda? ¿Cuántos años tiene? ¿Te trató bien? ¿Te ayudó mucho?
¿Le dijiste que tenías novia? –pregunté escandalizada. Bruno sólo se echó a reír.
-Pero mirá que resultaste celosa, che –dijo mientras me tomaba de la cintura y me acercaba a su
cuerpo– Algún día vas a conocerla. Te la voy a presentar –al tiempo que me daba besos cortos en
los labios– ¿Comemos? –y se separó abruptamente de mí.
Nos sentamos en la mesa del comedor. Había preparado un pollo relleno de verduras salteadas al
wok y como guarnición una fuente de papas a la crema. No sé quién cocinó en verdad, pero la
comida estaba exquisita. Charlamos principalmente sobre la facultad. Bruno era de esas personas
que tenían total facilidad para el estudio. Bastaba con que leyera unas cuantas veces los apuntes
para que ya los supiera al pie de la letra. A mí me costaba bastante más.
-¿Qué tal? ¿Cómo le va? ¿Le sucedió algo? –preguntó tapándome la visión.
-No, querido… sólo quería saber cómo había salido la comida… me quedé preocupada… no quería
que provocaras un incendio –y largó una risita divertida.
53
-Vení, Lu –me ordenó. Me levanté del sillón con vergüenza y fui hacia él– Se la quiero presentar…
ella es Lucía, mi novia… Lu ella es mi vecina… Isabel –dijo mirándome firmemente aunque su
sonrisa emanaba ironía.
-Ah… la vecina… Isabel… ¿Isabel? –pregunté confusa y él sólo asintió– Un gusto, señora –dije al
tiempo que me acercaba para saludarla educadamente. Isabel era una mujer de avanzada edad. Le
calculé a ojo aproximadamente unos sesenta y pico de años. Tenía el pelo blanco como el papel. Me
sentí avergonzada por un momento.
-Un gusto, querida –me dijo con una sonrisa de suficiencia– Bueno, no los molesto más, quería
saber cómo había salido todo.
-Todo muy bien, Isa. Gracias –la saludamos una vez más y ella se fue– ¡La tengo muerta, eh! –dijo
Bruno con sarcasmo mientras giraba las llaves– ¿¡Podés creer que me tiró onda toda la tarde!?
-¡Ya! ¡No me condenes más! Perdoname –dije apenada al tiempo que lo abrazaba.
Nos mantuvimos durante un largo rato en el sillón. Una vez que acabamos el helado y procuré
haberme comido todas las frutillas del pote, Bruno me sentó sobre sus piernas. Me abrazaba con
fuerza y me daba besos escalofriantes.
-Ehm… no… que… me quedaba en casa de Rochi y Euge… dije que… que íbamos a bailar.
-Pero qué mentirosa que resultaste ser, nenita –me dijo divertido sin dejar de besarme. Supongo
que notó que me estremecía a cada momento, por lo que se separó un poco de mí –¿Qué pasa?
-¿Estás incómoda? ¿La estás pasando mal? –me interrumpió con pena en sus ojos.
-No… no, para nada… nada de éso… es que yo… bueno… yo nunca…
-Mi amor –me volvió a interrumpir– Está todo bien… no tenés que hacer nada que no quieras
¿sabés? Perdoname si te incomodé… no fue mi intención ¿si? –me dijo al tiempo que tomaba mi
cara entre sus manos. Yo sólo asentí– Yo no te quiero apurar, Lu –me lancé sobre sus brazos y lo
besé con ganas. Así nos mantuvimos largos minutos– Mi amor… si seguís dándome ésos besos no
voy a poder aguantar mucho más ¿sabés? –y se separó un poco de mí con una sonrisa traviesa. Yo
sólo me sonrojé. Estaba lista para ése paso. Sólo que sentía vergüenza.
-Es que… yo no quiero que te aguantes… pero es que… no sé cómo se hace… y me da un poco de
miedo –tartamudeé.
-¿Vos confiás en mí? –me preguntó sincero. Yo asentí– Lu… yo no voy a lastimarte nunca… nunca
te haría mal… jamás… y no tenés por qué saber cómo se hace… es algo nuevo que vas a
experimentar… y… y me encanta que me elijas a mí para hacerlo… de verdad… no quiero que
tengas miedo… quiero que sea algo lindo para vos.
-Y para vos –agregué. Él sólo sonrió. Me tomó de la cara y me llenó de besos. Al ratito nos
levantamos simultáneamente del sillón y caminamos mientras nos besábamos en dirección a su
cuarto. Sentía un frío que me recorría de pies a cabeza, pero estaba segura de lo que estaba
haciendo.
Una vez dentro del cuarto nos acostamos sobre la cama. Él sobre mí. En el trayecto desabroché su
camisa. Él ya se había sacado las zapatillas. Comenzó a darme besos dulces en el cuello: mi punto
débil. Con delicadeza desabrochó mi camisa y casi sin darme cuenta me la quitó. Sonrió al verme
sólo en corpiño y siguió dándome besos por la panza. Antes de desabrochar mi pantalón se quitó su
54
camisa y su jean. Sólo estaba en ropa interior. Deslizó el pantalón tranquilamente por mis piernas
mientras yo sonreía tontamente. Estaba a la vista que Bruno tenía mucha más experiencia que yo.
Se acostó una vez más sobre mi cuerpo regalándome besos dulces mientras quitaba mi corpiño.
¿Estás bien?, me preguntó con la respiración entrecortada antes de que nos faltasen las últimas dos
prendas. Yo sólo asentí sosteniéndole la mirada. Me regaló su sonrisa torcida. Creí haber perdido la
razón por un momento. Sólo sentía un intenso dolor dentro de mí. Un sonido desgarrador nació en
mi garganta. Bruno me miró con preocupación. Apaciguó sus movimientos y me besó con calma.
Me transmitía paz. Te amo, me susurró. Yo sólo sonreí. El dolor mermaba de a poco. Cuando caí en
la cruda realidad estaba tumbada en la cama abrazada a Bruno. Nos quedamos dormidos casi por
instinto.
Aquella mañana me desperté algo aturdido. El pelo de Lucía sobre mi cara me producía cosquillas.
La ví y fue inevitable no sonreír. Era tan linda. Dormía desnuda entre mis brazos. La contemplé un
largo rato. Simplemente amaba verla dormir. Me fascinaba. La cara hinchada y el pelo revuelto. La
apreté con más fuerza hacia mí sujetándola con mis brazos. Ella sólo suspiró pero no despertó. La
noche anterior habíamos hecho el amor, por primera vez. Me sentía feliz de haber sido yo quién la
convirtió en mujer. La miraba atontado y pensé que irrevocablemente ella sería la mujer con la que
planeaba pasar el resto de mi existencia.
55
Catorce: Crisis de ansiedad.
Catorce de Diciembre. Último final. La materia más difícil de todas. Me levanté de la cama de un
salto. Me sentía muy nerviosa. Hacía días que con Lucía llevábamos preparando ésta materia.
Sabíamos muchísimo, pero los nervios eran intactos. No es que no tuviésemos experiencia, ya
habíamos sobrellevado varios finales. Era inevitable no sentirme así.
Salí de la ducha a gran velocidad. Ya tenía dentro del baño toda la ropa que llevaría ése día. Me
gustaba vestirme más formal para cada final. Para esa ocasión habían elegido un pantalón negro de
gabardina. Unas sandalias negras. Una camisa larga que tapaba mi parte trasera a cuadros en la
gama del verde y rojo. Me eché perfume y tomé mi bolso. Sin querer desperté a mi hermana. Se me
había caído la carpeta que llevaba todos los apuntes.
-Sí, Bru debe estar por llegar –dije recogiendo los papeles del suelo.
-Ah… bueno… éxitos, Rochi… vamos a ir con los chicos a verlos… así que en un rato nos vemos.
-Ah… si… dale… buenísimo –tartamudeé. Antes de cerrar la puerta me volví hacia ella– Euge… ¿me
abrazas?
-Ay… si… gracias… bueno… nos vemos allá –y abandoné nuestra habitación.
No pude desayunar de los nervios. Me quedé en el living releyendo el apunte hasta que Bruno me
envió un mensaje en el que ponía que ya estaba afuera, esperándome. Saludé a mis viejos y salí de
casa.
Catorce de Diciembre. Último final. La materia más difícil de todas. Me levanté al tiempo que
sonaba mi celular. Era un mensaje de mamá. Hijo, mucha suerte para hoy. Vas a aprobar. Confío
en vos. Te amo y nos vemos pronto. Sonreí con algo de melancolía. ¡Es que los extrañaba tanto! Me
incorporé de la cama y me metí en la ducha. No sentía nervios. Sólo ansiedad. Tenía ganas de
rendir para poder disfrutar de las vacaciones. Salí de la ducha y me anudé el toallón a la cintura. La
noche anterior Lucía me había torturado para que me vistiese bien, más formal. Eso quería decir
que no podía usar mis zapatillas como siempre. Llamé a Lucía unas cuantas veces y no atendió.
Seguramente seguía estudiando. Se volvía histérica en momentos así. Yo sólo quería evitar un
futuro ataque de asma. Tomé los apuntes y la mochila y me dirigí hacia lo de Rochi.
-Tenés que relajarte, Rochi… no te tortures más –y encendí el motor del auto.
-¡No entiendo cómo estás tan tranquilo! Es admirable, Bru –y nos echamos a reír los dos.
56
Bueno, sí. Catorce de diciembre. Último final. La materia más difícil de todas. No me levanté de la
cama ni me bañé como hicieron Bruno y Rocío. ¡Es que no dormí en toda la noche! Llevo releyendo
éste apunte cada media hora. Las ojeras me llegan al piso. Yo sí tenía nervios y también tenía
ansiedad. Sentía que el paso de los minutos iba borrando la información que con tanto esfuerzo
había logrado ingresar en mi cabeza. Bruno me llamó más de una vez. No lo atendí. Suena egoísta
pero… ¡es que él es tan pacífico… tan amor y paz! Eso me pone aun más nerviosa y ansiosa. Hoy
pude comprender el motivo por el que mis amigos me dicen Polvorita.
Dejé todos los libros sobre la cama. Ingresé al baño. Me enjuagué la cara por décima vez. Cepillé mi
pelo. Y comencé a vestirme. Mi hermana me había regalado una falda negra que rozaba las rodillas
de tiro alto. Dentro de ésta me puse una camisa finita y delicada en color verde agua. Zapatos de
taco negros. Bolso negro. Me eché perfume y tomé todas mis cosas. Bajé hacia la cocina. Allí
estaban mamá y papá.
-Bueno, hija, tranquila, te va a ir bien… como siempre –me alentó papá al tiempo que me dejaba un
beso sobre la cabeza.
-Mandale un beso y otro para Rochi –me dijo mamá al tiempo que la saludaba rápidamente y me
dirigía hacia la puerta– ¡Llamame para contarme cómo te fue! –me gritó antes saliera de allí.
Salió de su casa. Caminaba con total perfección. Estaba increíblemente hermosa. Una brisa chocó
contra su cuerpo e hizo que se despeinara un poco. Puso cara de enojada y con Rocío largamos una
risita divertida. Se subió al auto sin decir una palabra. Se había echado el perfume que más me
gustaba a mí. Todo el auto quedó impregnado con esa fragancia.
-¡¿Pueden parar ya?! ¡Me están dejando sordo! –grité para aplacar sus voces chillonas.
-Ay, perdón… yo estoy tranquilo para el final –ironizó mi novia. Le largué una mirada asesina y
conduje en completo silencio mientras ellas iban leyendo sus apuntes por millonésima vez.
Lo cierto es que el final se demoró más de lo que esperábamos. Los profesores habían sufrido un
retraso y la modalidad de evaluación era completamente distinta al resto de las materias: todos los
alumnos que rindiesen ése día debían esperar fuera del salón. Así iban llamando a uno por uno.
Estábamos todos sentados en el hall a la espera de que nos llamasen. Nuestros amigos ya habían
llegado. Ellos habían terminado de cursar y rendir. Nosotros terminábamos hoy. Mañana
comenzarían las vacaciones. Creo que ellos estaban más nerviosos que nosotros. Eugenia seguía
estudiando Diseño Gráfico. Candela había finalizado el primer año de Psicología. Federico hacía el
Profesorado de Educación Física. Daniela estudiaba para Chef. Ignacio había comenzado
57
Arquitectura y ya trabaja en la Constructora de mi familia. Joaquín estudiaba Ingeniería. Sofía
hacía campañas gráficas, siempre le gustó éso de las pasarelas; estudiaba Producción de modas.
Pablo estudiaba Abogacía. Y Manuel acudía todos los días al Conservatorio de Música. Se ganaba
unos buenos pesos dando clases de guitarra, piano y órgano.
-Te va a ir bien –me dijo Bruno sacándome de mi lectura. Sólo alcé la vista, le sonreí y seguí
leyendo– ¿Podés responderme por lo menos? –espetó molesto.
-Estoy leyendo… después hablamos –dije sin mirarlo. Se dió media vuelta y se fue.
Sé que debería prestarle más atención. Es que no logra entender lo nerviosa que me ponen éstas
situaciones. No hubiese querido hablarle así, es más fuerte que yo. Todos nos sentimos de igual
forma, excepto él, por supuesto. Pretende que esté pacífica cuando en verdad siento que rasguño
paredes.
-¿Allemand? –dijo una voz masculina. Alcé la vista y entendí que era mi turno. Caminé
torpemente. Todos me sonrieron. Rocío me susurró algo que no logré comprender. Bruno ni
siquiera me miró.
Luego de media hora aproximadamente salí de aquel salón con una sonrisa triunfante. Mis amigos
se levantaron de un salto y se acercaron a mí.
-Y… y… y… bueno…
-¡Nueve! –grité desaforadamente al tiempo que me trepaba sobre Fede, el que más cerca tenía.
Todos comenzamos a gritar como locos.
-Sí –esbozó ella tomando sus cosas. La miré tratando de transmitirle toda la paz posible.
-Dijo que se iba a tomar un café… hace rato se fue –y ésa era la voz de Joaco.
Tres cuartos de hora pasaron. Bruno no aparecía. Fui a buscarlo a la cafetería y allí no estaba. Fui
hacia el kiosquito de la esquina y tampoco. Lo llamé y no atendió. Su auto seguía estacionado a
mitad de cuadra, de modo que no había ido muy lejos. Rocío salió con una sonrisa y los ojos
abiertos de par en par. Se quedó estática ante nosotros.
-¡Dejá de ponerle suspenso… ya estás como Luli! –le dijo Manu, al que le largué una mirada
furibunda.
-Ocho… ocho… ¡me saqué ocho! –gritó con alegría. Corrimos hacia ella e hicimos el mismo festín
que conmigo. El resto de la gente nos miraba asombrados. Nos sentíamos sapo de otro pozo.
Bruno llegó al tiempo en que el profesor lo llamaba por su apellido. ¿Rojas está presente? Miró de
reojo a mis amigos y sonrió con suficiencia. Debo admitir que me ponía nerviosa saber que estaba
allí solito. Quería protegerlo. Seguramente él estuviese de lo más campante dejando mudos a los
profesores. Era inteligente.
Al cabo de largos minutos salió. Su sonrisa de medio lado lo decía todo. Se paró frente a nosotros y
elevó los diez dedos de la mano. ¡Diez! ¡Se había sacado un diez! Mis amigos corrieron hacia él y lo
elevaron por los aires. Me sentía feliz de lo que hubiesen integrado al grupo sin problema alguno.
58
Lo consideraban un amigo más. Y él a ellos también. Luego se abrazó con todas y cada una de mis
amigas. El abrazo más largo fue con Rocío. Cuando se separaron, sacó de su bolsillo el celular y
comenzó a apretar las teclas con rapidez. Estaba apoyado sobre una columna. Me acerqué a él con
vergüenza.
-Gracias –se limitó a decir, ni siquiera me miró. En ése preciso instante entendí cómo se sintió él
unas horas atrás cuando prácticamente ni le hablé.
-¿Me perdonás? –dije con la mirada baja, retorciendo mis manos que aun reflejaban nervios. Él
sólo me miro– Perdoname, me comporté como una tarada.
-Es que no podés tener ése ataque de ansiedad cada vez que rendís, Lucía –volvió a decirme con
firmeza y enojo. Dejó que me acercara a él, aunque no se movió. Puse mis brazos en los huecos que
había entre sus costillas y sus brazos hasta que mis manos chocasen contra la pared. Él seguía
estático.
-Ya lo sé… perdoname… estaba muy nerviosa… es que no lo puedo controlar –me excusé.
-Entonces… ¿cada vez que tengas que rendir voy a tener que tolerarte con ése humor de perro, no?
-No lo hago más… prometo que me porto bien –y fingí ser una nena. Sabía que no iba a resistirse
mucho más.
-Está bien, te perdono –para mi asombro permaneció de igual forma y siguió tecleando su celular.
-Ya te dije que te perdoné –y no me miró. Le quité el celular de las manos y me acerqué más, si eso
era posible.
-Dámelo –sentenció.
-No me perdonaste ¿verdad? –dije dejando besos cortos en su cuello mientras sostenía el celular
con mis manos. Mis brazos estaban cruzados por detrás de mi espalda.
-No parece… dale, mi amor… dame un beso y no te molesto más –y le echó ojitos. Se echó a reír–
¿Un beso? –volví a decirle con una sonrisa gigante.
-¿Cómo es esto? ¿Cuándo mi novia está de mal humor y con una crisis de ansiedad yo tengo que
tolerarlo y encima darle un beso… pero cuando el enojado soy yo también tengo que besarla? Las
reglas no son muy justas me parece…
-¡Pero que mala que es tu novia! ¡Qué injusto! –teatralicé. Reímos los dos. Bruno bufó y miró en
todas las direcciones posibles antes de mirarme a los ojos. Nos mantuvimos la mirada por un
momento. Repentinamente me tomó de la nuca con una mano y me sujetó con fuerza al tiempo que
me acercaba a su cara para darnos el beso que tanto le pedí.
59
Esa noche fuimos todos a festejar el comienzo de las vacaciones. Optamos por un bar tranquilo
donde pudiésemos tomar algo y al mismo tiempo conversar. Me la pasé sentada sobre las piernas
de Bruno. Candela y Joaquín blanquearon al fin su relación. Ignacio y Daniela los imitaron. A
diferencia de los primeros, ellos sólo recién comenzaban algo, algo a lo que no habían titulado. Pero
bueno, algo era algo. Federico y Eugenia contaron que el mes siguiente se irían juntos de
vacaciones. Carmelo. Un pueblito en el Uruguay.
Alrededor de las cuatro de la mañana con Bruno nos fuimos de allí. Nos dirigimos hacia su casa. El
sueño me venció en el camino.
-Te me quedaste dormida, nenita… dale, vamos… ya llegamos a casa –me dijo dulcemente. Amaba
que hablara de su casa como si fuera nuestra.
60
Quince: Año nuevo.
El año próximo ya no era tan próximo. Mañana comenzaría. Si tuviese que hacer un balance diría
que el año que estaba por archivarse había sido increíblemente perfecto. Había comenzado la
facultad y definitivamente aquella carrera era lo mío. Mis amistades de toda la vida seguían junto a
mí sin problema alguno. Había conocido a Rocío y a Eugenia, a quienes quería como si las hubiese
conocido de toda la vida. Y bueno… ¿Qué decir de Bruno? Era irrevocablemente el amor de mi vida.
Todo con él era perfecto. Nunca fui una chica de esperar el amor con demasiadas ansias. No
buscaba la perfección absoluta. Sólo quería alguien que se encargase de mí de otra manera. Que me
cuidase y me mimase. Y Bruno encajaba en ése prototipo de hombre que me gustaba. No es que no
creyese en el amor, sólo que no lo había experimentado como se debía. Y justo apareció Bruno.
Cayó del cielo. Se cruzó en mi camino y casi por instinto me enamoró. Hacía ya una semana y
media que no lo veía. Se había ido a Bahía Blanca a pasar las fiestas junto a su familia. A veces creía
que podía cansarse de la ciudad, armar sus maletas y marcharse por donde vino. El sólo hecho de
pensar en aquella posibilidad provocaba que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza. Es que lo
amaba por demás. Y en estos momentos lo extraña mucho más de lo que creía.
Esa noche toda mi familia paterna y materna se reuniría en casa. Durante la tarde ayudé a mamá a
preparar lo que sería la cena. Hicimos comida como para un batallón. La entrada sería una
abundante picada. El plato principal consistía en un pavo. Nunca había visto uno de ése tamaño.
Era descomunal. Ensaladas varias eran parte de la guarnición. Mi abuela me había prometido sus
papas a la crema. Nadie podría igualarla.
El reloj de cocina marcaba las nueve de la noche. Los invitados comenzaron a llegar en pequeños
grupos. Al cabo de media hora ya estábamos todos rodeando la mesa que había preparado papá en
el jardín. Fue una cena grata. Por lo menos pude olvidarme apenas de lo mucho que extrañaba a
Bruno. Salvo cuando comenzó el interrogatorio habitual sobre él de parte de mis celosos tíos,
quienes apañaban a mi hermano en cada comentario.
A las doce y un minuto levantamos nuestras copas. Nos fuimos abrazando unos con otros. El hecho
de tener primos pequeños hizo que mis tíos comprasen varios fuegos artificiales. Nos entretuvimos
con aquello durante un largo rato.
-¿Qué pasa?
-Tenés teléfono… es Bruno –dijo con una sonrisa cómplice. Salí corriendo del jardín. A medida que
me alejaba pude oír silbidos de parte de mi familia y un gruñido de parte de mi hermano– ¿Hola?
-¿Cómo te la estás pasando? –no podía oírlo bien. Había un murmullo constante del otro lado del
teléfono.
-Bien… acá estoy con toda la familia… estábamos en el jardín entreteniéndonos con los fuegos
artificiales… ¿y vos?
-También… estamos todos reunidos en casa de mi abuela… hacía mucho que no veía a toda la
familia reunida –dijo con un dejo de melancolía.
-¡Qué lindo, amor! Disfrutá mucho entonces –lo alenté. Odiaba que su corazón sintiera pena.
61
-¡Por lo menos seguís viva! –me interrumpió mientras reía.
-Yo también, nenita… pero ya mañana nos vemos –al día siguiente viajaría hacia Bahía Blanca.
Bruno moría por presentarme a su familia.
-¡Sí! –grité feliz– Extraño que me abraces, que me des besos… te extraño mucho, mucho.
-¡Vamos, nenita! Levantame el ánimo… no quiero que te pinches… en un par de horas ya vamos a
estar juntos.
-Obvio, mi amor… no te mando ningún beso porque ya mañana te los doy todos –dijo y yo reí– Que
descanses… te amo.
Corté el teléfono y me fui al jardín una vez más. El resto de la noche se armó un debate sobre si era
políticamente correcto o no que me fuera sola a Bahía Blanca. Mamá, papá y por supuesto Ana
estaban de acuerdo. Ya tenía diecinueve años. Parecía que Pato se disponía a armar discordia cada
vez que podía. Cansada ya de justificar saludé a todos y salí de casa. Me encontré en la plaza de
siempre con el resto de mis amigos. Fuimos a un barcito que se inauguraba cerca de allí. Volví a
casa bastante tarde. Sólo pude dormir algunas horas.
Ya tenía todo el equipaje armado. Papá me llevó a la terminal del bus que me llevaría donde Bruno.
Era un viaje de aproximadamente siete horas, de las cuales dormí seis. Me sacó de mi dulce sueño
el celular. Era un mensaje de él preguntándome por donde estaba. Pregunté a la mujer que estaba
sentada a mi lado. Por lo que había dicho, sólo me restaba una hora de viaje. Durante ése rato me
quedé despierta. Una sonrisa se me dibujó en la cara cuando ví que el micro atravesaba el arco de
bienvenida a Bahía Blanca. El micro seguía estacionándose cuando ví a Bruno allí parado. Se había
dejado un poquito de barba. Lo hacía parecer más grande. Bajé del bus de un salto. Me saludó con
la mano mientras me sonreía de lado. Corrí hacia él y me colgué de su cuello.
-Hola, mi amor… hola –pronunciaba cuando dejaba de besarlo. Me quiso dejar en el suelo pero le
largué una mirada asesina– Mi amor, vamos a buscar el bolso y después te me subís de nuevo…
pero se va a ir el bus sino –y rió por mi cara.
Bruno se encargó de tomar mi equipaje. Por suerte era una con rueditas, era más práctico para él
que debía llevarlo hasta su auto.
-Sí… se me pasó volando… dormí casi todo el rato… anoche salimos con los chicos y volví tarde a
casa –y todo lo evidenció mi bostezo.
-A ver… a ver… explicame un poquito… ¿Cómo es éso que te dejo sola una semana y ya te me vas a
bailar con tus amigos y volvés bien tarde a tu casa? –y fingió enojo.
-¡Obvio! ¿Qué pretendías que me quedase en casa echando raíces hasta hoy?
62
-¡Obvio! No te puedo dejar sola que ya haces un desastre, petisa –lo miré de mala gana por el
apodo. Él sólo se echó a reír y se inclinó apenas para que le diera un beso.
Al cabo de unos veinte minutos ya estábamos frente a su casa. Más que una casa era un caserón.
Era de madera con techo de teja color negra. Tenía un jardín por delante de la casa, lleno de flores
bien coloridas. Había dos ventanales enormes al frente de la casa. Salimos del auto y caminamos
por un camino de lajas incrustadas sobre el césped. Bruno llevaba mi valija con una mano y la otra
sostenía la mía, con nuestros dedos entrelazados. Me sentía bastante nerviosa. Supongo que Bruno
lo notó por lo que antes de abrir la puerta me acercó a él y me dió un beso dulce y suave. Me sonrío
de medio lado y abrió la puerta. Al ingresar había una enorme sala. El piso era de madera al igual
que el exterior de la casa. Había varios sillones, era muy espaciosa. Si subías un escalón estaba el
comedor. Con una mesa de madera rectangular bastante larga. Hacia la derecha estaba la cocina,
sin puerta que la dividiera del comedor. A un costado, entre la sala y el comedor había una escalera,
también de madera que conducía a las habitaciones. Del otro costado había una puerta de color
negra que separaba la casa del jardín. Había también dos ventanales muy grandes, como los del
frente, que permitían ver el parque. Bruno dejó la valija a un costado de la puerta de entrada y tiró
de mí hacia el jardín. Era muy grande. Había mucho verde. Algunos árboles. Previo al césped había
una galería con una parrilla y una mesa blanca con cinco sillas a juego de plástico. Al fondo del
parque había una pileta de natación de mediana extensión.
-¡Familia! ¡Llegamos! –gritó sosteniéndome aún de la mano. Ví cómo una mujer de pelo castaño y
delgada se acercaba a nosotros junto a un hombre de gran estatura. Indudablemente era el padre
de Bruno, eran idénticos. De un costado del jardín salió una nena preciosa. Rubia y de ojos claros.
Esa era Florencia. Y de la pileta salieron tres hombrecitos. Todos venían en nuestra dirección.
-Hola… bueno… ella es Lucía… Lu, ellos son mis viejos… y esta hermosura es Flor.
-Sí, Luli, por fin… no veíamos la hora de saber quién tenía tan loco a este demonio –dijo Fernando.
-Yo soy la hermana de Bruno –me dijo Flor colgándose a su hermano cual garrapata.
-Bueno, Marcos… no te zarpes… últimamente tus hormonas están de festín en festín –y Bruno le
dio un golpecito amistoso.
-¡Ya, Santi! –le gritó mi novio golpeándole la cabeza– Es mi novia… respeto. Yo sólo reí tímida.
-Luli… él es Bauti, mi hermano, como te habrás dado cuenta… y ellos son Marcos y Santi… amigos
de Bauti.
Almorzamos todos juntos en casa de Bruno. Fue prácticamente un interrogatorio. Claudia quería
saber todo de mí. No lo tomé a mal. De igual forma se había comportado mi mamá y mi hermana
63
cuando presenté a Bruno en casa. Aquél día almorzamos un asado que preparó Fernando junto a
Bauti y sus amigos. Después de una extensa sobremesa con Bruno subimos para dejar mi valija. La
planta alta constaba de cuatro habitaciones y un baño. Del lado derecho estaba la habitación de los
papás de Bruno. Esa habitación tenía un baño en suite. Junto a ésta estaba la habitación de Flor.
Era espaciosa y decorada como una princesa. En la puerta había un letrero con su nombre. Al lado
de esa habitación había un baño que compartían los más pequeños de la familia. Luego le seguía el
cuarto de Bauti. Su puerta también tenía el mismo letrero que el de Flor, pero éste era con letras
azules. Por último del lado izquierdo restaba una sola habitación. En la puerta había un idéntico
cartel. Ese decía Bruno. Su habitación era bastante grande. Un placard ocupaba una de las paredes.
Había una cama bastante amplia. Sería de una plaza y media. Tenía un escritorio sobre el cual
descasaba una computadora. No era último modelo como la del departamento de Belgrano. Había
un televisor pequeño de catorce pulgadas. Al lado de la cama había una mesita de luz. Me llamó la
atención el portarretrato que había junto al velador. Era una fotografía nuestra. Una que nos tomó
Cande una tarde en casa de Dani. Nunca me había contado sobre la existencia de aquel
portarretrato. La habitación de Bruno tenía vista al parque. Era un cuarto muy luminoso. Las
paredes estaban pintadas de un celeste clarito. Era bien varonil. Ésta habitación también tenía un
baño en suite.
-¿Y? ¿Te gustó la casa? –dijo sentado en su cama mientras yo revolvía mi bolso en busca de un
pantalón más cómodo.
-Sí, tu vieja es divina. Tu papá me cayó súper bien. Bauti me parece súper canchero y me encanta…
amo la edad que tiene… todo un rebelde sin causa… y Flor… creo que Flor está bastante celosa con
mi llegada –me sinceré.
-Es que ella siempre fue la princesita de ésta casa… la reina… y ahora viene una nena linda que
tiene loco de amor al nene de mayor… y bueno… ya sabés… me quiere sólo para ella –canchereó.
-Decile que al nene mayor se lo regalo con moño y todo –dije como quien no quiere la cosa.
-¿Ah si? –y arqueó las cejas. Yo sólo asentí sonriente– Bueno, lo voy a tener en cuenta… te dejo
entonces así estás tranquila –y se levantó de la cama. Me acerqué hasta él y lo tomé del cuello de la
camisa.
-A buscar a mí hermana… ya que me regalaste con moño y todo –e hizo puchero. Simplemente fue
inevitable no besárselo. Definitivamente me podía.
Pasamos el resto de la tarde charlando junto a su familia. Claramente no era del agrado de Flor.
Cada vez que Bruno se me acercaba ella se ponía entre los dos. Marcaba su territorio. Pero cómo
explicarle a una nena de diez años que yo no quería quitarle a su hermano.
Ya a la nochecita llegaron algunos familiares más de Bruno, que, según Claudia, morían por
conocerme. Traté de ser lo más agradable posible, pero el sueño ya me estaba poniendo algo
fastidiosa. Esa noche cenamos en el jardín junto a los dueños de casa y los tíos de Bruno con sus
primos y primas.
-No… Lu esta cansada por el viaje así que después del helado nos vamos a dormir ¿no, amor? –me
causaba vergüenza que me llamase así delante de todos. Yo sólo asentí sonriente.
64
-Florencia, por favor… comportate –la retó Fernando en mi defensa.
-Está todo bien –dije con un hilo de voz y una sonrisa sincera.
-No, pioja… Lu duerme en mi habitación, conmigo –y Bruno le revolvió el pelo. Flor puso cara de
perro y se fue hacia adentro.
-Perdonala, Luli… está un poco celosa… Bruno fue siempre de ella y bueno… vos sabés –me dijo
Claudia. Yo sólo asentí con una sonrisa.
Luego del postre con Bruno nos fuimos hacia su habitación. Me puse mi pijama y me metí en la
cama. Bruno me dejó sola. Se fue al cuarto de su hermana para leerle un cuento. Me dijo que me
durmiera, que él no tardaría mucho. Ni bien cerró la puerta sentí como los párpados se me
cerraban. No sé con exactitud cuánto tiempo transcurrió. Sólo se que me desperté al sentir los
labios de Bruno sobre los míos.
-Es que te ví tan linda que no me aguanté a darte un beso –dijo dulcemente y yo le sonreí.
-Bien… la enana no se quería dormir… es porque estás vos… le tuve que contar dos cuentos… está
celosísima.
-Ya, nenita… dormite que estás con carita cansada –y me acarició una mejilla con sus dedos.
-¿Y vos?
-Y yo me quedo acá con vos… a menos que quieras que vaya a dormir con Flor –dijo divertido. Me
acurruqué contra su cuerpo y me abrazó con fuerza. Me dió un beso en la frente y lo último que
escuché fue cuando me dijo lo mucho que me amaba.
65
Dieciséis: Bahía Blanca.
Estaba sucumbida en un sueño muy profundo. Sin embargo, cada vez que dormía fuera de casa
padecía del sueño liviano. Será la tranquilidad en casa de Bruno y el sueño acumulado que no me
hicieron notar que estaba sola en su cama. Abrí los ojos con dificultad. Miré hacia mí alrededor
algo aturdida y me encontraba completamente sola. Por un momento me dió vergüenza ser la única
que dormía en la casa. Me incorporé de un salto y entré al baño con ropa en mi mano. El calor de
principios de Enero ya podía sentirse. Me vestí con un short negro, una remera de algodón blanca
con corte princesa y unas ojotas de igual color muy cómodas. Até mi alborotado pelo en una trenza
que caía sobre mi hombro izquierdo y recogí mi flequillo con una hebilla invisible. Me eché el
perfume que más le gustaba a Bruno y salí del baño. Al tiempo que cerraba aquella puerta, Bruno
abría la de su habitación.
-¿Por qué no me levantaste? ¿Qué van a decir tus viejos de mí? No es de cortesía ser la invitada y
dormir más que los dueños de casa –lo reté al tiempo que me rodeaba por la cintura.
-¿Vos me escuchás cuando te hablo o sufrís de sordera transitoria? –lo volví a retar al tiempo que
esquivaba su boca.
-Y yo quiero que me escuches cuando te hablo… no quiero que me dejes dormir más que al resto de
la casa… me da vergüenza… no es…
-¡Ya, Lu! –me interrumpió– no pasa nada… estabas cansada y te dejé dormir un poquito más…
¿vas a seguir retándome o me vas a dar un beso? –y puso puchero. Simplemente no me resistí y lo
besé con ganas.
-Sí, te llegó un mensaje de Cande… quería saber cómo la estabas pasando… y al rato te llamó Euge.
-¿Y vos por qué revisas mi celular y atendés mis llamadas? –pregunté divertida y arqueando las
cejas.
-¡Obvio! –esbozó con una sonrisa de lado– llamala a Euge y también deberías llamar a tu mamá…
te dejo tranquila así hablas con ellas… te espero abajo para desayunar ¿si? –y rozó su nariz con la
mía. Yo sólo asentí con una sonrisa. Me dió un beso lindo, de los que me gustan a mí y se fue de la
habitación.
Luego de responder al mensaje de Cande y charlar largo rato con mi hermana, ya que mamá no
estaba en casa, llamé a Euge.
-¿Hola?
-Hola, Euge.
66
-¡Luli! ¿Cómo estás, amiga? –gritó ella con alegría.
-Muy bien… estoy acá terminando de desayunar con Fede, Manu y Rochi…
-Sí, te llamé… pero estabas durmiendo… no Luli, no pasó nada… quería saber cuándo volvías a
Capital y si volvías con Bruno.
-Ah… ehm… creo que volvemos la semana que viene… y supongo que él viene conmigo ¿por qué?
-Es que yo la semana que viene ya me voy a Carmelo con Fede y pensamos en hacer una reunión
antes de irnos… ¿Qué te parece?
-Yo creo que con Bruno volveremos el viernes por la noche… a lo sumo el sábado por la mañana.
-¡Perfecto! Entonces armamos la reunión para el sábado a la noche ¿si? Nosotros nos encargamos
de todo.
-Bueno, amiga, no te molesto más, espero que disfruten ésta semana y nos vemos el sábado ¿si? –
esbozó con entusiasmo.
-Sí, nos vemos, Euge… besos para todos –dije de igual forma.
Colgué el teléfono y me dispuse a bajar las escaleras. La mamá de Bruno había preparado el
desayuno en la mesa de la galería. Estaban ya todos sentados. Caminé hacia ellos mientras Bruno
me sonreía jocosamente. Supuse que mis mejillas reflejaban toda mi vergüenza.
-Buenos días, Luli –me dijo Claudia con una sonrisa idéntica a la de Bruno. Fernando y Bauti la
imitaron. Flor no.
-Bueno, podés saludarme otra vez ¿no? –y me tomó de la cintura con un solo brazo atrayéndome
hacia él.
67
-Despreocupate, cuñadita… no es la primera vez que vemos un beso entre Bruno y la novia –
intervino Bautista descaradamente. Bruno le echó una mirada asesina y Bauti rió por lo bajo.
Supuse que aquél comentario se debía a la relación de Bruno y Paula.
-Luli, acá tenés para servirte té… y en éste pote hay miel… Bruno nos dijo que sólo desayunabas y
merendabas éso –me dijo Clau. Miré a Bruno con amor y él me sonrió como siempre.
-¡Ay miralo vos… no te tenía tan pollerudo hermanito! ¡Le fuiste a comprar la miel a tu noviecita! –
lo burló su hermano.
-En primer lugar no es de pollerudo, es pura amabilidad. En segundo lugar sí, le fui a comprar la
miel a mi novia ¿algún problema? Y para finalizar deja de hacerte el vivo porque la vas a pasar
bastante mal ¿estamos? –dijo Bruno con sarcasmo mientras me untaba manteca y mermelada a
una tostada.
-¡Ay, ay… le prepara la tostadita! –siguió Bauti. Bruno amagó a levantarse pero Fernando lo frenó
tomándolo del brazo.
-¡Ya, chicos! ¡Compórtense! ¡Hay una invitada en casa y ustedes sólo pelean! –se quejó el papá de
ambos.
-Él empezó –dijeron Bruno y Bautista al unísono. Claudia, Florencia y yo reprimimos una risa,
aunque nos miramos en complicidad.
-No me interesa quién empezó… pero si siguen así sé cómo van a terminar ¿estamos? –siguió
retándolos. Ninguno de los dos respondió– ¿Estamos Bautista Rojas?
-Estamos –balbuceó mirando con recelo a Bauti. Creo que le daba vergüenza que su papá lo retase
delante de mí.
-Bueno, cuéntennos… ¿Qué van a hacer hoy? ¿Vas a llevarla a conocer un poco el pueblo, Bruno? –
preguntó Claudia cortando con el ambiente tenso que se había generado.
-Sí, seguro… quiero mostrarle un par de lugares… seguro que a la tarde vamos al arroyo… los chicos
se juntan ahí hoy para tomar mate –explicó él mientras tomaba un sorbo de café.
-Además los amigos de Bruno son buenos chicos, re piolas –comentó Fer.
-Sí, están desesperados por conocerla –dijo Bruno mientras volvía a tomar café. Claro se había
servido de nuevo y estaba caliente, por lo que se quemó la lengua.
-¡Ay! –gritó.
-Ay, soplale, soplale –me dijo Bauti con ironía y diversión una vez más al tiempo que reía.
-¡Ya! ¡Me cansaste! –gritó Bruno y se fue hacia donde estaba él. Pero claro, Fernando volvió a
interceptarlo.
68
-¡Basta, Bautista Rojas! –gritó. Me causaba gracia que los llamase por su nombre completo– Bruno
Rojas, comportate… traes a tu novia para que la conozcamos y lo úFede que haces es pelear con tu
hermano.
-¡Claro! ¿Yo soy el chiquilín, no? Él molesta sin cesar y el chiquilín soy yo, como siempre –gritó mi
novio caprichoso.
-Ya, Bru –susurré con voz casi inaudible. Me miró y sin decir una palabra se sentó junto a mí de
nuevo.
-Wow… sos increíble… con dos palabras lograste que se callara… apuesto a que si no estabas acá
ésta discusión podría haber durado toda una madrugada –me dijo Claudia sorprendida. Yo sólo me
sonrojé y Bruno le largó una mirada asesina.
El resto del desayuno Bruno se mantuvo callado. Cada dos por tres Fernando le pegaba un grito a
Bautista, quién parecía que ésa mañana se había levantado con el propósito de molestar a Bruno. O
quizás siempre fuera así.
-Nada –dijo secamente. Él estaba sentado sobre su cama y yo buscando mis zapatillas para salir.
-No quiero –dejé lo que estaba haciendo y me puse en cuclillas delante de él. Me sostuve de sus
brazos y me metí en el hueco que dejaban sus piernas.
-Dale, nenito –le dije al tiempo que le llenaba la cara de besos. Instantáneamente me levantó del
suelo y me sentó sobre sus piernas.
-Es que… me vuelve loco… una buena paliza le sacaría las ganas que tiene de molestar –y se
mostraba verdaderamente enojado.
-Ya, mi amor, es un adolescente rebelde… está en la edad del pavo… dejalo… cuanto más le prestes
atención peor va a ser… dejalo que hable sólo… vas a ver cómo se le pasa ¿si? –le dije con serenidad
al tiempo que acariciaba su pelo.
-¿No ves por qué te amo, nenita? –me tomó de las mejillas y me regaló varios besos.
Salimos de casa de Bruno en auto a recorrer todo el pueblo. Sinceramente era lindísimo. Me
hubiese encantado criarme en un pueblo como ése. No tenía muchos habitantes. Y los pocos que
había se conocían los unos con los otros. Bruno me mostró los lugares típicos de allí: los
restaurantes que valían la pena pagar. La plaza del centro. Había un mini shopping bastante
tentador. Según él, lo mejor lo reservaba para la tarde. Ese mediodía almorcé junto a toda la familia
Rojas. ¡Es que no entendía de dónde seguían sacando familiares! Eran mucho más que nosotros; y
eso que nosotros éramos un batallón, literalmente.
Cuando el sol estaba bajando con Bruno fuimos al famoso arroyo en donde sus amigos de toda la
vida se reunían para tocar la guitarra y tomar mate con facturas. El viaje hacia ése lugar duró a
penas diez minutos en auto y cinco minutos más de caminata.
-¡Hey, chicos! –gritó Bruno levantando una mano y sosteniéndome a mí con la otra.
69
-Al fin te dignaste a venir, Rojas –dijo uno de cabello colorado. Los amigos de Bruno estaban
sentados sobre rocas a orillas del arroyo. Era una imagen muy pura. A ojo había seis o siete chicos y
cuatro o cinco mujeres. Sólo pude divisar a Paula. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
-Bueno, gente… ella es Lucía, mi novia –dijo Bruno con orgullo mientras me abrazaba con un solo
brazo– Lu… ellos son mis amigos… Martín, Nahuel, Federico, Lucas, Andrés, Valeria, Manuela, Sol
y bueno… Paula, que ya la conoces –al tiempo que los señalaba.
-¡Al fin te conocemos, Luli! ¡Nos tenía loco el monstruo éste! –exclamó uno de los chicos.
-Yo creo que sí… hace dos noches atrás me torturó por teléfono porque dudaba de que vinieras…
creía que no ibas a sentirte cómoda… y…
-¡Ya, Vale… no me ayudes más! –la interrumpió él con ironía. Todos nos echamos a reír. Valeria era
la mejor amiga de Bruno y Nahuel era su más amigo. Se habían criado juntos.
-Vengan, siéntese… estábamos por empezar a tocar algo –dijo una chica, creo que era Manuela.
-Lu sabe cantar –dijo Bruno. Le largué una mirada asesina y él me puso cara de angelito.
-¿En serio? ¡Ah te la buscaste completita, eh! Tarado para elegir mujeres, Brunito –intervino una
voz masculina y todos se echaron a reír.
-No te pases de la raya vos que te conozco como a la palma de mi mano –le dijo Bruno dándole un
golpe en la cabeza. Ese era Nahuel.
-Compone temas –y ésa bendita costumbre de responder por mí. le eché otra mirada de las mías.
-Yo te diría que dejes de hablar por ella si no querés terminar ahogado en el arroyo –escupió
Valeria con gracias y todos rieron con ganas.
-Estudié canto en el colegio… pero no es algo que haga con frecuencia –dije intentando
autoconvencerme de que no cantaría.
Pasamos una tarde llena de risas. Los amigos de Bruno me parecieron re piolas, como me había
adelantado Fernando. De más está decir que tuve que cantar. Opté por Amores Perros. Vale aclarar
que Paula se mantuvo en silencio todo el rato. Nos miraba a Bruno y a mí con cierto recelo. Una
parte mía la entendía por completo. La otra no.
-Bien, estuvimos con los chicos tocando un rato –y se echó sobre el sillón.
-¿Te gustó el arroyito? –me preguntó Bauti, que estaba sentado en la mesa del comedor.
-Amor, tengo que ir a buscar algo a lo de Fede, en diez minutos vengo ¿si?
-Te acompaño.
70
-No, quedate acá… yo enseguida estoy de vuelta –dijo sin dejarme la posibilidad de debatir sobre
aquello. Me dió un beso corto en los labios y se fue hacia lo de su amigo.
-Claudia… ¿te molesta si tomo una ducha? –le pregunté con vergüenza.
-Luli… ¿cómo va a molestarme? –yo sonreí con timidez– Sentite como es tu casa, corazón –me dijo
con una sonrisa maternal.
-¿Viste? Vos les caíste diez puntos, me lo dije Fede… y él es quien dirige la batuta –y rió.
-Me alegro entonces… voy a ser bien recibida las veces que venga ¿no?
-¡Obvio! Siempre que quieras seguir viniendo –dijo haciéndose el interesante. Yo reí y me acerqué
a él para darle un beso– Mi amor… perdoname si hoy no estuve muy demostrativo con vos en el
arroyo… es que estaba Paula… y yo…
-No, es que yo quiero explicarte… a mí con ella no me pasa nada… nada de nada… pero bueno… por
respeto a lo que fuimos no me gustaría que tuviera que presenciar alguna de nuestras escenas
¿sabés? –yo sólo asentí.
-No… es más amiga mía… Manuela y Sol sí son muy amigas de ella… quizás por eso se mantuvieron
calladas… igualmente a Manu le caíste de diez… ella es la novia de Fede… y cuando fui hasta su casa
me lo dijo… Sol va a ser otro cantar… ella sí que no me perdona lo que le hice a Paula… aunque…
técnicamente no le hice nada.
-Más o menos… con Paula las cosas no funcionaban bien… esto ya era así antes de conocerte… y…
digamos que conocerte me ayudó a tomar la decisión –y me acercó a él.
Seguimos charlando un rato largo acerca de sus amigos. Pero el sueño nos venció una vez más.
Había sido un largo día.
71
Diecisiete: Los Iraola.
Aquella mañana me encontré sola en la cama de Bruno, por segunda vez. Los primeros minutos de
mi despertar los dediqué para maldecirlo. ¡Es que me lo hacía a propósito! Mientras repasaba
mentalmente el reto que iba a darle cuando lo viese, encontré un papel sobre la mesita de luz. Era
su letra. Inconfundible.
Nenita: ¡no me retes! Tuve que salir temprano de casa para buscar unas cuantas cosas en casa de
mi abuela. Te pones tan linda cuando dormís que no me gusta tener que despertarte. Aunque…
debo admitir que no pude resistirme a darte un beso en la trompita que pones mientras soñas. Si
te levantas y no estoy en la cama, baja y quedate con mamá y papá que deben estar
desayunando. Yo vuelvo en un ratito re chiquitito. Pero, si te levantas y estoy en la cama
durmiendo con vos despertame. Pero despertame con besos ¿si?
Te amo mucho. Bruno.
Fue inevitable que el corazón no se me acelerase. Creía estar viviendo en un cuento de hadas,
donde la perfección existía. Temía que de un día para el otro Bruno se esfumase de mi vida.
-¿Hola?
-Re bien, ma, son divinos conmigo… la única que me da más trabajo es la hermana chiquita de
Bruno… está bastante celosa…
-Estamos todos bien, hija… papá te manda un beso grande, dice que te extraña.
Seguí charlando con mamá un largo rato más. Luego bajé las escaleras y sólo encontré a Claudia en
la cocina.
-Dale, si querés batime ése café… el de Bauti –y señaló la taza con la mirada.
Nos quedamos un largo rato preparando el desayuno para armarlo en el jardín como la mañana
anterior.
72
-Luli… yo… quería agradecerte ¿sabés?... la verdad es que cuando Bruno se fue para Capital tenía
un miedo inmenso… encima él venía cada vez que podía para Bahía… extrañaba mucho…
-Con Fernando nos daba miedo que Bruno no pudiese salir adelante… no es que sea un chico
introvertido, al contrario… pero bueno… la vida de pueblo en nada se parece a la de la ciudad… ni
siquiera que Paula fuese allá con él le hacía bien –dijo. Creo que al instante lamentó haberla
nombrado– Perdoname…
-Está todo bien, Clau –la calmé con mi sonrisa más sincera.
-Bueno… como te decía… de verdad quiero agradecerte… sos la compañía que Bruno necesitaba…
en todos los sentidos… y nada… él siempre me contaba que vos lo integrabas a tu grupo de
amigos… y yo desde acá me siento contenta de que él tenga más de un motivo para no venir todos
los fines de semana.
-Quedate tranquila… los chicos ya lo consideran como un amigo más… lo quieren mucho… lo
quieren más a él que a mí –dije divertida causando la risa en Claudia.
-Bueno, me alegra escucharlo entonces… aunque creo que el principal motivo por el que no quiere
volver a Bahía sos vos –y esbozó la misma sonrisa de lado de su hijo.
-Yo no quiero retenerlo… pero bueno… son los primeros momentos –me excusé.
-Se quieren mucho ¿verdad?... yo noto cómo se miran… el brillo en los ojos de Bruno cuando te
nombra es inigualable y se acrecienta cuando apareces… no lo había notado antes… se te queda
mirando cuando vos no te das cuenta… y… y eso a mí me deja tranquila –sentí que el corazón me
explotaba de la emoción.
-Sí, mi mamá dice lo mismo… algún día, si ustedes van para Capital podríamos organizar una
comida todos juntos ¿no? –le propuse, a lo cual asintió sonriente.
La charla se vió interrumpida con la llegada de Fernando. Venía acompañado de Bautista y de más
personas. Un hombre de gran estatura, de piel morena y ojos claros. Una mujer rubia de ojos
oscuros y con un pelo lacio hasta los hombros. Un muchacho de pelo oscuro con rulos y algunas
rastas que sobresalían, fortachón, y muy lindo, por cierto. Y detrás de ellos una muchacha delgada.
Paula. Sí, la ex de Bruno.
-Luli… te presento a una familia amiga –me dijo Fernando mientras me abrazaba con un brazo– Él
es Gustavo Iraola, su mujer Leticia y sus dos hijos… Maxi y Paula Iraola.
-¿Y vos sos…? –preguntó la mamá de Paula haciéndose la desentendida. Se produjo un silencio
incómodo de largos segundos.
-Lucía, mi novia –dijo Bruno entrando a la galería. Me sentí aliviada en varios sentidos.
-Bien… haciendo algunas compras –y saludó a todos. A mí me dió un beso en la cabeza. No debía
esperar otra cosa estando Paula presente.
73
-Me encontré con Gus en la panadería… arreglamos una cena para hoy –le contó Fernando– ¿Qué
decís?
-Perfecto –dijo Claudia con una sonrisa de oreja a oreja. Maxi me miraba con ganas. A su papá le
fui indiferente, como a Paula, que sólo lo miraba a Bruno sin disimulo. Pero la mamá de los Iraola
me miraba con recelo.
-¿Cenamos acá o en casa? –preguntó Leticia socarronamente. Bruno les largó una mirada a
Fernando y a Claudia que no comprendí hasta que ella habló.
-Perfecto… ¿nos vemos a las nueve entonces? –intervino Gustavo y Fernando asintió.
-¿Bauti vos venís? –le preguntó Maxi– Hacemos campeonato con la play ¿te va?
-¡Me re va!
-Hola, enana… ¿cómo andás? –le dijo ella respondiéndole el abrazo. Si Florencia se proponía
generar sentimientos confusos dentro de mí ya lo había logrado.
-Obvio que podés, siempre podés venir a casa –y ambas sonrieron de oreja a oreja.
-No creo… seguro me quedo con Lucía en casa –dijo él mientras me tomaba de la mano por debajo
de la mesa. Me sentí con una seguridad tal que cualquier cosa que pudieran decir o hacer las
mujeres Iraola me importaría poco.
La tarde la pasamos de aquí para allá. Bruno no dejaba de mostrarme nuevos lugares. Me sentía
como su juguete nuevo. O, más bien, el juguete nuevo de todo el pueblo. Por la noche tanto los
papás como los hermanos de Bruno se fueron a casa de los Iraola. Preparamos unas pizzas caseras
y nos quedamos en la sala viendo algo de televisión.
-La mamá de Paula me parece que tampoco te perdona lo que le hiciste a la hija –dije como quien
no quiere la cosa.
-¡Ya… que se curtan! Odio hacerte pasar por ésas situaciones… pero son inevitables –dijo con pena.
-No importa éso, mi amor… no pretendo que no vengan a tu casa porque estoy yo.
-Es que lo hacen porque estás vos… nunca vienen en manada para hacer una invitación… además
éso de preguntar en que casa se hacía la cena…
-Y sí… ¡lo que me faltaba!... que mi ex y su familia cenen acá… igual si mis viejos preferían quedarse
en casa con ellos, nosotros nos íbamos a comer por ahí –no pude evitar morderme el labio inferior.
Era tan lindo.
74
-Te amo ¿sabés?
-¿A qué se debe ésa demostración de amor? –dijo extendiéndome la mano para que me acerque a
él.
-A cómo me tratas, a lo bien que me haces sentir… siento que estoy en casa… y éso me gusta –posé
la mitad de mi cuerpo sobre el suyo y hundía mi cara en su cuello.
-Estamos mimosas hoy, eh –su voz era divertida y me acarició el pelo. Yo sólo asentí– A mi me
encanta que te sientas como en tu casa… vos me haces sentir de igual forma cuando estamos en
Capital… siento que no extraño tanto estar acá.
-Supongo que en mi otra vida debo haber sido una especie de diosa o una imitación de la Madre
Teresa de Calcuta.
-¿Cómo por qué lo digo? ¡Mirate lo que sos! Debí haber sido buena para tenerte conmigo.
-No podés ser más linda –tomó mi cara entre sus manos para darme mil y un besos.
-Yo también supongo que en mi otra vida fui un buen tipo –y nos echamos a reír. Si bien amaba a
Bruno en su conjunto, si había algo que me enamoraba de él cada día más era justamente eso: me
hacía reír aunque no quisiera– ¿Sabés qué estaba pensando?
-Ah… te levantaste viva hoy, eh –dijo al tiempo que me hacía cosquillas. Mi otro punto débil, como
ya saben.
-¡Ya! ¡Pará, Bru!... Dale, decime en qué pensabas –al tiempo que tomaba sus manos con fuerza
para evitar un nuevo ataque.
-Mmm… pensaba que… todavía no hicimos el amor desde que llegaste… tenemos que estrenar mi
cuarto, eh –arqueó sus cejas y puso cara sexy. Yo sólo me sonrojé y me eché a reír por su cara– Se
supone que no te tenés que reír de mi cara… ésta cara es un arma de seducción –dijo con voz grave.
Sólo aumentó mis ganas de reír.
Acomodamos todo lo que había quedado en la sala y subimos las escaleras en dirección a su
habitación mientras nos despojábamos de la ropa y nos llenábamos de besos dulces.
75
Dieciocho: Siempre hay tiempo.
La última mañana que desperté en Bahía Blanca fue por el efecto del sol que se colaba por la
persiana. Parpadeé más de una vez. Odiaba despertarme con luz. Giré sobre la cama y ví a Bruno
tumbado junto a mí. Todo odio se esfumó con el sólo hecho de verlo. Sí que iba a extrañar dormir
con él. Despertar viendo su carita de angelito. Se volvía más pacífico de lo normal. Me acerqué a él
cuidadosamente y lo rodeé con un solo brazo por debajo de la sábana. Le dí unos cuantos besos en
la punta de la nariz y en las mejillas hasta que despertara.
-Hola, nenita –esbozó con vos rasposa y ojos abiertos. Me tomó con fuerza de la cintura y me llevó
hacia él– ¿Cómo durmió la más linda de todas?
-Y… con vos al lado… más que bien –y los dos sonreímos.
-Te despertaste mimoso ¿verdad? –y solté una risita: su barba me provocaba cosquillas.
-Mmm… no… técnicamente no… me desperté con ganas de hacerte el amor –dijo sin dejar de
besarme– ¿Puedo?
-Si querer hacerle el amor a mi novia es ser un zarpado… te informo que soy el más zarpado que
hayas podido conocer –dijo sonriente pero sin que sus besos cesaran.
-¡Ya, Bru! Está tu familia –y me separé un poco de él. Instantáneamente me largó una mirada
asesina. Se separó de mí bruscamente y se cruzó de brazos– ¿No me digas que te enojaste? –y reí.
-Es que te ponés tan arisca cuando querés –se levantó de la cama y entró al baño.
Tardé algunos segundo es reaccionar. Me incorporé de la cama y entré sigilosamente al baño. Trabé
la puerta sin hacer demasiado ruido. Bruno ya estaba dentro de la ducha. Me deshice de mi pijama
con torpeza y me metí en la bañadera.
-Y… no sé… vengo a comprobar cuán zarpado es mi novio –y sonreí con picardía. Casi por instinto
Bruno me tomó de la cintura y me acercó a él. Quise darle un beso pero el se separó de mí. Le
largué una mirada furibunda y él sonrió de lado.
-Quiero disfrutarte… de a poco –susurró sobre mi boca. No hubo parte de mi cuerpo que haya
dejado sin besar. Aquella mañana hicimos el amor bajo la ducha.
Era una mañana sumamente calurosa por lo que el desayuno lo habíamos puesto en el comedor.
Cuando estábamos terminando cinco hombrecitos bajaron con el traje de baño puesto: Bautista y
sus amigos.
-¡Qué lindo es despertar en tu casa! –espetó uno de los chicos codeándolo a Bauti.
76
-Sí, pero es mucho más grande que vos –le respondió Bauti.
-Disculpen que interrumpa tan amena charla, pero… ¿piensan babosearse mucho tiempo más con
mi novia? –dijo Bruno tomando por la nuca a dos de ellos. Los había tomado desprevenidos.
Fernando, Claudia y yo reprimimos una carcajada.
-Perdoná, Bru… ¡pero qué buena que está! –y el restante le propició un golpecito pícaro en la boca
del estómago a Bruno.
-Vos querés que te baje diente por diente ¿No, Franquito? –y lo tomó de la remera.
-Hola, soy Javier… un amigo de Bauti… Javi para vos –me dijo mientras me saludaba con un beso
en la mejilla.
-¡Javier! –gritó Bruno. Creo que nadie pudo contenerse, todos largaron su más sincera carcajada,
menos Bruno, por supuesto.
-¡Ya! No me podés decir nada… ésa técnica de levante me la enseñaste vos –se defendió.
-Sí, pero para que la uses con cualquier mina… no con mi novia –dijo Bruno amenazante mientras
se sentaba junto a mí.
Luego de algunas cuantas escenitas más, con Bruno subimos a su habitación. Al rato llegarían
algunos de sus amigos para disfrutar todos juntos de la pileta.
-¡No, no, no y no! –me gritó cuando me vio salir del baño.
-Esa maya no, Lucía… te la sacás –me impuso. Era una bikini bandó de color guinda.
-¿Cómo me la voy a sacar? Además es re linda, Bruno… me la regaló la familia de Cande por
Navidad.
-Haceme acordar que intercambie algunas palabritas con Candela cuando lleguemos a Capital –
espetó ofendido. Yo sólo reí y lo abracé con ganas.
-La otra que traje es igual, Bruno –y me senté sobre su cama con desgano.
-¡No me van a mirar! No soy Miss Universo, Bruno… dale… vamos a la pile que hace calor –me
levanté de la cama y me lancé a sus brazos. Le comencé a dar besos cortitos para convencerlo.
Demás está decir que lo logré.
77
Íbamos caminando por el césped en dirección a la pileta cuando cinco cabezas se asomaron del
borde de la pileta en fila.
-Si no dejan de mirar les juro que les arranco ojo por ojo ¿estamos? –los amenazó Bruno
poniéndose delante de mí– ¿Cómo era eso que no te iban a mirar? –ironizó.
-¡Ya! No te pongas difícil que me tomo el primer bus a Capital y nos vemos allá ¿estamos? –dije
molesta.
-¡Epa, Brunito! ¡Te tienen cortito, eh! –canturreó Nahuel al tiempo que caminaba en dirección a
nosotros. Bruno le largó una mirada asesina.
-¡Qué linda maya, Luli! –Vale y su sonrisa de oreja a oreja la hacían más divina de lo que era.
-¡Ya! ¡No seas celoso, Bruno Rojas! –lo retó su amiga divertida.
-Además… vos te la comes… deja que nosotros por lo menos la miremos –y Martín sólo quería
fastidiarlo.
-No me busques, Martincito, porque me vas a encontrar… tengo suficiente con mi hermano y los
amiguitos –dijo Bruno histérico.
Pasamos el resto del día bajo el sol. Al ser mi último día en Bahía, los amigos y amigas de Bruno me
la hicieron pasar diez puntos. Cerca de las cinco de la tarde partimos con Bruno hacia Capital.
Prometí a Claudia y a Fernando que en algún momento volvería. Lo cierto que es esperaba verlos a
todos los Rojas en Capital. Moría por presentarles a mi familia. Y Bruno quería que conocieran a
sus nuevos amigos.
Luego de extenuantes horas de viaje pude notar que Bruno no se dirigía hacia mi casa. Sino a la
suya.
-Porque ésta noche dormís conmigo –sentenció con una sonrisa torcida.
-La llamé yo y le avisé que volvíamos mañana al mediodía –al tiempo que ingresa el auto al garaje.
Entramos al departamento y casi por instinto comenzó a quitarme la ropa.
-Ya te lo dije… a toda hora tengo ganas de hacerte el amor –y besaba mi cuello provocando que las
piernas se me aflojasen.
-Para estar con vos siempre hay tiempo –caminamos en dirección a su cuarto. Esa noche Bruno
quedó dormido sobre mi pecho. Pero era cierto. Para estar juntos siempre había tiempo.
78
Diecinueve: Con una pequeña ayuda de mis amigos.
Febrero ya estaba llegando a su fin. Casi no podía notarse porque el calor seguía igual que el mes
anterior. Me gustaba disfrutar del calor, sobretodo porque los chicos se la pasaban en casa. El
hecho de tener pileta hacía más amena la situación.
Era una tarde de jueves. Estábamos con Bruno en mi habitación ordenándola. Nos dedicamos a
tirar apuntes del año anterior. Acomodar libros por género y autor. Lo peor lo dejaba para el final:
el placard. Tumbé de un golpe toda la ropa al suelo. Bruno estaba sentado con las piernas cruzadas
en el piso al tiempo que me lanzaba cada prenda para que yo la doblase sobre la cama y la ubicase
en los estantes.
-Ya sé que no resulta divertido… pero podrías ponerle un poquito más de ganas ¿no?
-Me desespera el tamaño de tu ropa, me saca de las casillas –dijo enojado y yo me eché a reír.
-¡Ya! Casi todas las remeras son largas… me tapan todo –despreocupada al cien por cien.
-Justamente… vos lo dijiste… casi todas… las más provocativas las usas para cursar y cuando estas
conmigo te tapas toda… hay algo que no encaja ¿no? –y levantó una ceja– A menos que te guste
que todos los hombres te miren, claro.
-¿A quién no le gusta que le miren? Es todo un halago –dije para fastidiarlo, aunque fuera cierto
aquél comentario.
-¡Ah… ya entiendo! Te encanta que se baboseen por vos… ¿es éso, no? –y se levantó de un salto.
-Técnicamente no… yo usé el verbo mirar… no babosear… no pongas palabras en mi boca que no
dije.
-¡Es lo mismo!... ¿te gusta verme celoso, no? –dijo parado sobre el placard cruzándose de brazos.
-¡Ah… y ahora te volviste irónica! Sos una verdadera caja de sorpresas, Lucía –su tono seguía
siendo de enfado.
-¿Qué cosa?
-No. Es lo único que queda por guardar, Bruno –y fui a buscarlas yo misma.
-Está buenísima.
79
-¡Ya, Lucía! ¡Me tomas para la joda! –me gritó.
-¿Podés parar un poco? Pones quinta sin motivo alguno –dije molesta: ya no hablaba en chiste.
-¡Lo que me faltaba! ¡Que me critiques la ropa! Yo me visto como alguien normal…
-Y yo también –lo interrumpí con un grito– así que si no te gusta no me mires –y me metí dentro
del baño.
Es que siempre era igual. Siempre teníamos la misma discusión. Odiaba pelearme con Bruno, ¡pero
alguien tenía que ubicarlo! Me quedé en el baño unos momentos y sin darme cuenta me eché a
llorar. Me sentía tonta al ver como resbalaban las lágrimas por mis mejillas. Pero es que el enojo
me atacaba por ese lado: antes de ponerme a gritar como una loca histérica, me echaba a llorar
como una marmota.
Eché un vistazo al espejo y me ví los ojos hinchados. Las mejillas coloradas. No podría disimular el
llanto de momentos atrás. Me enjuagué la cara con fuerza para recomponerme, pero causó el efecto
contrario. Me veía más fea que con lágrimas en los ojos. Salí del baño con la mirada baja. De reojo
pude ver cómo Bruno me miraba con firmeza. Caminé como si nada sucediera a través de mi
habitación y me hice a un lado a la ventana. Miraba a través del cristal el jardín de mi casa. Unos
largos minutos transcurrieron hasta sentir sus brazos rodeándome la cintura por detrás. Dejó caer
su mentón sobre mi hombro. Quizás no había notado el estado de mi rostro aún.
-Sí que lo hay, mirá cómo te pusiste… no quería hacerte llorar, Lu… es que… sólo soy un cabrón
malcriado y caprichoso… perdoname –dijo sincero. Yo solo asentí mientras un torrente de lágrimas
circulaba por mis mejillas. Me volteó hacia él con fuerza y me miró con firmeza y ojos tristes– ¡Ay,
Lu! Perdoname, por favor.
-Te hice muy mal ¿verdad? No quise, te juro que no quise ponerte así… no quiero hacerte llorar –al
tiempo que limpiaba con sus manos mi cara.
-Vení, mi amor, veni acá conmigo –me tomó de la mano y me sentó sobre sus piernas en mi cama.
Me acurruqué en su cuerpo y hundí mi cara en su pecho. Seguía llorando en silencio– Ya, nenita, ya
pasó –dijo mientras me acariciaba el pelo y me apretaba más contra él.
-Perdoname… no quise arruinar la tarde –y el llanto intentaba cesar, pero mis pulmones requerían
más oxígeno que el que tenía en ése momento.
-Vos perdoname a mí… nunca más te voy a hablar así, te lo prometo –y dejó un beso chiquito sobre
mi boca empapada en lágrimas.
80
-Alcanzame… el broncodilatador.
-¿Qué? ¿Qué tenés, mi amor? ¿Un ataque? ¿Es eso? –dijo con ojos preocupados.
-Me falta… un poco el aire –se levantó de un salto sin recordar que yo estaba sobre sus piernas.
Corrió hacia los estantes del closet para tomar el paff.
-Acá, mi amor… acá tenés –lo destapó y agitó un poco antes de ponerlo en mi boca– Dale… respirá,
amor –respiré hondo y Bruno apretó el aparatito. Conté lentamente en silencio hasta diez y exhalé.
-¿Otro?
-No… ya –la sensación que me producía el broncodilatador era una entera apertura de pulmones.
Sentía un aire fresco recorrer todo mi interior.
Con Bruno nos quedamos tumbados un rato en la cama. Él me mimaba y me trataba con
delicadeza, como si fuese de cristal. Estaba sobre su cuerpo, al tiempo que nos dábamos besos y
reíamos olvidando lo sucedido momentos atrás, cuando la puerta se abrió.
-¡Ya, Brunito, sacale la mano de ahí! –le gritó Federico. Bruno tenía su mano entre mi espalda y la
remera.
-¡Ya, que es mi novia y puedo poner la mano donde quiera! –le retrucó.
-No te pases de vivo, Rojas… la conozco hace mucho más que vos –dijo Fede rodeándome con los
brazos. Me volvía más pequeña de lo normal cuando me tomaba entre sus fuertes brazos.
Nos sentamos los tres en la cama con una bandeja llena de galletitas y tres vasos de jugo de frutilla
de por medio.
-¿Cómo que un tiempo? ¿Pero por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué te hizo? O… ¿qué le hiciste? –pregunté
sin respirar entre cada palabra.
81
-Ya, Lu… no te olvides de respirar –me dijo Bruno con una sonrisa torcida.
-Ehm… bueno… yo… en realidad quería hablar con vos sobre algo… ehm…
-Con quién –me corrigió– Esto… bueno… ¿viste Matías?... bueno… volver a verlo me generó
sensaciones que creí muertas dentro de mí… bah, lo cierto es que estaban dormidas… no sé cómo
fue… no sé qué me pasó… sólo sé que me encuentro en una nube de confusión insoportable –
expulsó las palabras con rapidez. Quedé atónito.
-¡No, Fede!… por favor… creeme… jamás… escuchame bien… jamás te haría éso… es por eso que
te dije de hablar… quiero que… quiero que nos tomemos un tiempo… no quiero que las cosas se me
vayan de las manos... y yo lo último que quisiera es lastimarte, mi amor…
-Fede… yo sé que te amo… pero es que Matías fue muy importante en mi vida ¿sabés? Y no sé…
volver a verlo me confundió… quizás es cuestión de tiempo… quizás cuando se vaya todo pase…
no lo sé… perdoname Fede –me levanté de donde estaba sentado y me eché a caminar a gran
velocidad.
-En realidad la maldije toda la noche… de despechado nada más que soy… pero… es que siento que
se me parte el corazón –dijo con un punto de dolor en su voz.
-¿Pero qué tan fuerte es el amor que me tiene que se quiebra con el sólo hecho de ver a su ex? –se
defendió Federico.
-No es excusa –sentencié largándole una mirada asesina. Pensar que podía sucederme aquello ante
la presencia de Paula me ponía los pelos de punta.
-Yo… en realidad… necesito ayuda… necesito que me ayudes, Luli… yo la quiero recuperar a Euge…
siento que no puedo respirar…
-Acá tenemos broncodilatadores de sobra –dijo Bruno jocoso. Fede y yo le largamos una mirada
furibunda– Perdón, perdón, perdón –repitió con arrepentimiento mientras me dejaba un beso en
el hombro.
82
-¿Qué querés que haga, Fede? Pedime lo que sea –y lo tomé de las manos. Él arqueó las cejas con
diversión.
-¡Federico! –le gritó Bruno al tiempo que me tomaba de la cintura y me sentaba sobre sus piernas
cruzadas.
-Hablá con ella, Luli. A mí mucho no me dijo porque no la dejé… pero quiero saber qué fue lo que
pasó… si es que pasó algo con él… quiero saber cómo está… esas cosas… quizás que seas muy amiga
de Rochi ayuda –dijo esperanzado.
-Dejalo en mis manos… yo te voy a ayudar, amigo –y me lancé sobre sus brazos para abrazarlo.
-Gracias, enana… sabía que no me ibas a fallar –dijo mientras me apretujaba con fuerza.
-Bueno, bueno… soltando –y Bruno nos separó. Con Fede nos echamos a reír mientras Bruno ponía
trompita de enojado.
Aquella noche Bruno se quedó a cenar en casa. Cuando se fue tomé el teléfono casi por instinto y
llamé a Euge. Sentía la necesidad de ayudar a Fede. Matías había sido novio de Eugenia cuando ella
todavía vivía en Mendoza. Fueron compañeros de colegio y se quisieron mucho. Lo dejaron cuando
ella vino a Capital para estudiar. Se ve que algo fuerte había quedado entre ellos. Hacía tres
semanas atrás, Eugenia había cumplido años y Matías junto a las dos mejores amigas de Euge
habían venido a Capital para saludarla. Según ella, el sólo hecho de verse después de tanto tiempo,
había reavivado algún vestigio de amor que había quedado entre ellos.
Cuando corté con Euge me metí en la ducha para tomar un baño caliente. Mientras el agua caía
sobre mi cuerpo en forma de catarata me dispuse a armar algún plan para que Federico pudiese
recuperarla. Indudablemente mañana habría ronda de amigas.
83
Veinte: Decisiones.
Aquél mediodía me reuniría con todas mis amigas en casa de Eugenia y Rocío. Esa mañana opté
por un baño lleno de sales con perfume a vainilla. Esa fragancia era mi preferida, junto a la de
almendra y miel. Me sentía una torta de cumpleaños con el perfume impregnado en toda mi piel.
Me dejé el pelo suelto al igual que el flequillo. Me vestí con un short color violáceo, una remera
amarillo patito de algodón y chatitas a juego. Cada tanto me agarraba por los colores fuertes. Tomé
el bolso y me puse las gafas para el sol.
-Bueno… ya estamos todas… empezá, Euge –dijo Sofía como si fuese a comenzar una sesión en el
Parlamento.
-Contanos qué sentís, amiga –intervino Daniela al tiempo que le frotaba un brazo amistosamente.
-Es que ni yo sé… no sé si hice bien en pedirle un tiempo a Fede… lo extraño mucho. Siento la
necesidad que me llame o me envíe mensajes… pero al instante Matías se apodera de todos mis
pensamientos.
-Ya te lo dije, Eugenia… cuando se vuelva a Mendoza se te va a aclarar la cabeza –le dijo su
hermana con desgano.
-Igualmente no creo que ése sea el punto en cuestión –agregué con vergüenza. Todas me miraron
expectantes.
-No estoy de acuerdo… quiero decir… ¿cada vez que vuelva Matías vas a pedirle un tiempo a
Federico? –inquirí. Euge hizo un gesto pensativo.
-¡Ya! No te quieras llevar los méritos –la retó Sofía provocando risas en todas menos en Cande,
claro.
-Que trates de aclarar en tu mente esa situación sin pensar que Matías en exactamente una semana
desaparece de Capital Federal.
-Sí, Luli tiene razón… yo no puedo pedirle a Fede un tiempo cada vez que tenga una nueva noticia
sobre Matías –admitió Eugenia.
-Lo mejor sería que vuelvas con Fede, Euge –le aconsejó Sofía.
-O… que te saques las ganas con Matías y después vuelvas con Federico –agregó Rochi. Le largué
una mirada asesina. Todas quedamos boquiabiertas ante su comentario. Pero claro, Candela,
Daniela, Sofía y yo defendíamos a Federico, nuestro amigo de toda la vida. Y Rochi, a su hermana.
84
-Eso es jugar sucio –dijo la voz indignada de Daniela.
-No sé… yo sé que si no vuelvo a mantener diálogo con Matías voy corriendo a Federico… porque
de hecho lo extraño y quiero estar con él… con Matías sería una especie de despedida, por llamarlo
de algún modo…
-Es lo que estoy diciendo yo –la interrumpió su hermana– Tu relación con Matías terminó porque
así lo quiso el destino… porque él se fue a estudiar a Córdoba y vos a Buenos Aires… no hubo algún
problema por el cual se separaron… no es ilógico que después de tanto tiempo se vuelvan a ver y
quieran estar juntos –prosiguió. Desde aquella perspectiva no era tan malo el plateo de Rocío.
-Es que el problema es la seducción, chicas –espetó Euge con obviedad. Todas la miramos sin
entender– Claro, yo el problema lo tengo cuando me seducen… y éso es lo que hace Matías desde
que llegó… estuve evitándolo desde ése momento… reprimiéndome…
-No… no creo estar enamorada de él… cuando me vine a Capital que empecé ésa historia con
Francisco… ahí sí seguía enganchada con Matías… pero desde que conocí a Federico, no… no sé, es
raro –y volvió a desplomarse sobre el sillón.
-Yo lo único que te digo es que trates de aclararte lo más rápido que puedas… Fede es un chico de
pocas pulgas –dije.
-¿Vos hablaste algo con él, no? –me preguntó sabiendo la respuesta. Mi cara evidenciaba todo.
-¿Y qué te dijo? –y su mirada llevaba pena. Creí que era oportuno contarle lo que pensaba Federico
al respecto, quizás éso le serviría de empujón para decidirse.
-Me contó de la conversación que tuvieron ustedes… me dijo que al principio no te quería ni ver…
estaba así, despechado… pero que después lo pensó mejor… bah, para resumirte… me pidió que lo
ayude a recuperarte.
-Sí, Euge… Fede te quiere de verdad… no la está pasando nada bien –defendí a mi amigo.
Cerca de las siete de la tarde nos fuimos de la casa de Euge. Nos prometió que pensaría qué hacer
mientras se debatía entre Federico y Matías.
Sentía unas ganas locas de ver a Bruno. De abrazarlo y acurrucarme en su cuerpo pese a que hiciera
veintiocho grados de sensación térmica. Llamé a mamá y le informé que esa noche me quedaría en
casa de Bruno, quería darle una sorpresa. El ya me había dejado la llave de la puerta de entrada, de
modo que subía directamente a su departamento.
-Hola, nenita… qué sorpresa –dijo con una sonrisa torcida ni bien me vió.
-Vení, pasá –y me abrió paso. Me quedé estática unos segundos. ¿Qué hacía María Harvey en casa
de Bruno? ¿Qué hacía sentada en su sillón bebiendo un vaso de gaseosa?
-No, Lu… María vino a buscar mis apuntes de Historia de la Filosofía Medieval.
85
-Hola, Luli –me dijo ella.
-Al final no la rendí en Diciembre y la tengo que dar ahora a principios de Marzo… y como Bruno se
sacó un diez… bueno, le pedí sus apuntes –me explicó.
-¿Venís de tu casa, amor? –me preguntó él para cortar con aquél clima tenso.
Me quedé tumbada en el sillón mientras Bruno se fue con María. No es que no confiase en Bruno,
sólo que me ponía los pelos de punta que fuese tan buena onda y amable con las mujeres. Si fue a
buscar un apunte ¿Qué hacían tomando un vaso de gaseosa? El ruido de las llaves me sacó de mis
pensamientos.
-¡Qué carita que tenés! ¿Me puedo acercar o vas a morderme? –me preguntó risueño tras cerrar la
puerta del departamento. Yo le eché una mirada asesina– ¿Qué pasa, amor?
-¡Epa! Sí que das miedo cuando te enojas, eh –y no entendía por qué me sonreía de lado.
-¡Ya! ¡No me pongas ésas caritas para persuadirme! ¡Te conozco, Bruno! –le seguí gritando.
-¿Bruno? –claro, nunca lo llamaba por su nombre de pila: salvo cuando estaba enojada.
-Sí, Bruno.
-¿Podés dejar de gritarme? Decime qué es lo que te pasa… ¿Qué hice ahora? –dijo haciéndose el
tarado.
-¡Sabés muy bien lo que me pasa! –creí que iba a replicarme pero sin embargo me sostuvo la
mirada en silencio– ¡¿Qué hacia ella acá?!
-Es mi casa, invito a quien quiero –dijo superado. Llena de furia tomé el bolso y me levanté del
sillón de un salto. Caminé a grandes pasos en dirección a la puerta. Me giré bruscamente, él seguía
parado de brazos cruzados apoyado sobre el mueble.
-No seas ridícula, Lucía, deja de teatralizar ¿querés? –y se mostró completamente pacífico. Me
volteé una vez más y salí de allí. Esperé el ascensor impaciente. Antes de que se cerrase
herméticamente la puerta, Bruno la trabó interceptándola con su mano– ¿Podés volver a casa y
hablar como dos personas civilizadas?
-¿Soy bienvenida? No sé… es tu casa y vos decidís a quién invitar –espeté ofuscada e irónica a
partes iguales.
-Vos no necesitas invitación para venir a mi casa… ¿podés salir, por favor? –y puso su cara de
angelito.
86
-¡Que conste que lo hago porque quiero y no porque vos me lo decís! –le grité saliendo del
ascensor. Rió por lo bajo y le lancé una mirada asesina. Se tapó la boca con las dos manos al tiempo
que sus mejillas se volvían color carmesí. Se notaba que contenía una carcajada.
Entramos al departamento en silencio. Me senté sobre el sillón con el bolso sobre mis piernas y me
mantuve de igual forma. Él se sentó en un puff frente a mí.
-Acá estoy bien –dije hinchada de enojo, en efecto él rodó los ojos.
-Me llamó al mediodía para pedirme los apuntes de Historia. Me dijo que tenía médico cerca de
acá, si podía pasar a buscarlos. Le dije que si. Fin de la historia.
-¿Qué tenían que charlar? ¿Para qué la hiciste pasar? ¿Por qué no le bajaste los apuntes y listo?
-No teníamos nada que charlar, la hice pasar y no bajé a llevárselos por simple amabilidad.
-Si querés repetir la escenita de antes hacelo, no voy a ir a buscarte de nuevo al ascensor –dijo al
tiempo que se desplomaba sobre el puff. Me quedé unos momentos quieta mirando el techo. Él
estaba de igual forma. Me levanté y me paré a pocos pasos de él.
-¿Sabes qué? Me tendría que haber ido a mi casa… pero como soy una estúpida quería darte una
sorpresa y quedarme a cenar y a dormir con vos… pero claro… ¡yo sólo te fastidio! –le grité. Se
levantó de un salto del puff y me tomó de la nuca con brusquedad. Me pegó a su cuerpo y me besó
con ferocidad. No me propuse luchar. Él era más fuerte que yo. Además no quería oponer
resistencia. Seguimos besándonos en dirección al cuarto mientras nos quitábamos la ropa.
-Yo te amo –dije agitada y con la respiración acelerada. Esa frase fue el puntapié inicial para
comenzar a hacer el amor.
87
Veintiuno: Oportunidades.
Sábado. Diez de la noche. Estaba sentada en una banqueta pintándome las uñas sobre la isla de la
cocina. Al mismo tiempo mi hermana me ondulaba el pelo y aplicaba sus años de estudio de
Psicología sobre el problema entre Federico y Eugenia. Me explicaba cómo actuaba el inconciente
sobre el conciente. Me habló de tantas teorías que ya ni las recuerdo. Esa misma noche Ignacio
había organizado una fiesta en su casa. No había motivo alguno de festejo, pero Nacho era de hacer
ése tipo de cosas. Las fiestas que organizaba eran bien concurridas. El era de esas personas que
tenía conocidos por todo el país. Era sociable o chamuyero.
-Hola, Luli –dijo Marisa al abrirme la puerta– Hace mucho que no te veo por acá, che.
-Sí, tenés razón… tengo que visitarte más seguido –dije con timidez. ¡Es que odiaba ser tan
vergonzosa!
-Antes venías a tomar mate, a cenar, te quedabas a dormir… ahora que estás enamorada ya nada es
igual –y esbozó una sonrisa maternal. Yo sonrojé.
-Prometo venir más seguido –le respondí con una sonrisa de oreja a oreja.
-Es cierto… siempre nos mantenemos al tanto… pero quiero conocerlo aunque tu mamá diga que es
encantador –me enorgullecí de Bruno. Sabía que a mamá la tenía metida en un bolsillo, pero no
creí que fuera tanto.
-Un día que esté en casa te digo que te pases así le echas el ojo y me decís si vale la pena –dije
riendo.
-Por supuesto –intervino Hernán interrumpiéndonos– Soy tu padrino y todavía no pasó bajo mi
supervisión.
-¡Ya, Hernán! Deja tranquila a Luli… andá que las chicas están con Cande en el playroom.
Al cabo de una hora ya estábamos todas saliendo de casa de Cande. Desde la vereda podía sentirse
la música descontrolada en casa de Ignacio. Había dos ventanales enormes al frente. Habían
cerrado las cortinas, pero eran blancas, de modo que podía verse el movimiento de gente que había
conquistado aquella noche. Candela estaba histérica, sólo quería bailar. Sofía, desesperada por ver
a Pablo, ése mismo día era su aniversario. Rocío y Daniela no demostraban más allá de la emoción
habitual. Eugenia tenía el corazón en la garganta. Después de una semana volvería a verse con
Federico. Yo estaba igual que Rochi y Dani. Tenía ganas de disfrutar junto a mis amigos y amigas
de una gran noche, como prometían las fiestas de Nachito.
-¿Cómo están las más lindas del universo? –dijo el dueño de casa abriéndonos la puerta.
-Desborda –respondió Nacho con una sonrisa de oreja a oreja, orgulloso de sí mismo.
-¡Ya! Dejanos pasar –le dije. Fuimos pasando de a una. Un beso en la mejilla para todas, menos
para Dani, quien tardó en unirse a nosotras dado a que el anfitrión la había acorralado entre la
puerta y la pared.
88
Dimos cortos pasos y sólo ví una gran masa de gente que iba de aquí para allá. Había gente de
nuestro colegio, del club en el que Ignacio jugaba al fútbol y algún que otro amigo del barrio. La
casa de Ignacio constaba de dos plantas. En la primera había una enorme sala con varios sillones,
puestos para esta ocasión sobre las paredes, de modo que se pudiera armar una buena pista de
baile. La sala tenía salida al parque. Había gente por doquier. Si había algo que los identificaba a
todos era el vaso en cada mano. En una esquina de la sala habían armado con un tablón de madera
y dos caballetes una especie de barra. Había todo tipo de botella, tamaño y color. Dos licuadoras.
Debajo de la barra había dos heladeritas que supuse que contenían el hielo y varios cestos con
frutas de todo tipo.
Estaba junto a los amigos de Lucía. Me corrijo. Estaba junto a mis amigos de Capital en casa de
Ignacio. Lucía siempre decía que las fiestas de Ignacio salían diez puntos. Era a la primera a la cual
concurría y creo que Luli no había exagerado en nada. Ese tipo de fiestas se estilaban en Bahía. Me
traía muchos recuerdos. Estaba apoyado sobre una especie de barra que Nacho junto a Fede y
Pablo habían armado en el jardín. Bebía un vaso de cerveza. Nada del otro mundo. Luego tenía que
manejar. Charlaba animadamente con Joaquín acerca de un partido de rugby de hacía ya tiempo
atrás cuando ví entrar al resto de mis amigas. Lideraba el grupo Candela. Le seguían Rocío y
Eugenia y detrás de estas Daniela, Sofía y por último ella. Si hubiese sido un dibujito animado, se
me hubiese caído la mandíbula al piso y los ojos se me hubiesen salido de la cuenca ocular. Estaba
indiscutiblemente hermosa. Cierto que sus horas de producción daban su fruto. En aquél momento
volví a enamorarme de ella involuntariamente. A medida que el resto de las chicas me saludaba yo
seguía a Lucía con la mirada, que dicho sea de paso me dejó último para saludar.
-¿Y vos… quién sos? –me dijo con una sonrisa pícara. Siempre recordábamos aquella forma en que
le había hablado el primer día de clases.
- Bruno Rojas… pero prefiero Bruno… un amigo del dueño de casa –y le estreché la mano.
-Un gusto… soy Lucía… bah, Luli o Lu… también amiga del dueño de casa –e imitó mi gesto.
-¡Qué raro! Nacho nunca mencionó que tuviera una amiga como vos –y me hice el interesante.
-Digo… siempre hizo alarde de que sus amigas eran hermosas… pero una como vos no me imaginé.
-¿Y cómo soy yo? –enarcó una ceja pero sin perder la sonrisa.
-No quiero ser indiscreto… pero sinceramente… te partís –ella se echó a reír y se acercó a mí
tomándome por el cuello de la camisa.
-Hola, novio –susurró a pocos centímetros de mis labios y con una sonrisa amplia.
-Hola, novia –pronuncié de igual forma. Terminamos con el espacio que nos separaba y nos
fundimos en un beso dulce.
-¡Epa! ¡Epa! ¿Qué tanto toqueteo con mi amiguita? –nos interrumpió Manuel divertido.
-¡Ya! Déjenlo tranquilo –me defendió Lucía mientras se apretujaba contra mi pecho.
89
-¡Vos no lo defiendas enana! Yo conozco a ésta clase de pervertidos –le retrucó Fede.
-¡Exacto! Divino le queda chico –concluyó Cande. Todos los chicos me miraron con recelo.
-Tranquilos, chicos… cuando quieran se vienen a casa que les doy algunas clases… por ser amigos,
no les cobro –les guiñé un ojo y me permití cancherear un poco.
-¿Te dolió?
-¡Ay, ése pucherito! Decime a ver… ¿Qué voy a hacer con vos? –al tiempo que me llenaba la cara de
besos.
-Ay, ay, ay –suspiraron todas las chicas exageradamente mientras Luli me daba un beso por lo que
dije. Los chicos simplemente procuraron mi inmediata muerte con la mirada.
Estábamos a mitad de la noche. Pasaba un rato junto a mis amigas al ritmo de la música y otro rato
mimándome con Bruno. Me encantaba poder complementar las dos cosas. Mis amigos eran
esenciales en mi vida. Sin ellos no sé qué hubiese sido de mí. Y Bruno… Bruno era mi otra mitad.
Sin duda le debía muchas cosas. Pese al festín de aquella noche pude notar las miraditas entre
Federico y Eugenia. Tenían unas ganas locas de comerse a besos. El sentía puro despecho, pese a
querer recuperarla. Ella, simplemente, no se animaba a dar el primer paso. Parecían dos
adolescentes de quince años. Era hora de tomar cartas en el asunto. Me reuní con Manuel, Rocío e
Ignacio en la sala.
-Vos le decís a Fede que vaya a buscar algo a la habitación de Nacho –le indiqué a Manuel– Y vos le
decís a tu hermana que vaya a buscarte algo, también a la habitación de Nacho… pero decíselo uno
o dos minutos después de que suba Fede –le ordené a Rochi.
-¡Ah! Claro… necesitamos tu autorización… ¿nos prestas el cuarto? –dije arqueando las cejas.
-¿Para eso me llamaste, enana? ¡Obvio! –y se esfumó de nuestro lado como por arte de magia.
Así cada uno de ellos fue en busca de su objetivo. Y yo fui en busca del mío.
-¿Me extrañaste? –dije a Bruno que estaba sentado en una silla, rodeándole el cuello por detrás.
90
-¿Dónde te habías metido? –me preguntó llevando su cabeza levemente hacia atrás para poder
darme un beso de revés.
-Si yo soy una nena buena… me porto re bien –y puse cara de angelito.
-¡Exacto! Quería mantener unas palabritas con vos al respecto –me dijo Bruno amenazante al
tiempo que levantaba su dedo índice.
-Escuchame una cosita vos… –intentó decir Bruno antes de que lo interrumpiera con un beso, se
separó a los pocos minutos– No me gusta nada que… –y lo volví a interrumpir con otro beso–
¿Cuántas veces hablamos de…? –y otra vez. Seguí así hasta que olvidó el reto que estaba por darme.
-Yo más, nenita –y acabó con la pequeña distancia que nos separaba.
Subí las escaleras a regañadientes porque mi hermana me había pedido que le bajase a Luli un
broncodilatador por las dudas. Ante la alarma de un futuro ataque de asma no me quejé y fui hasta
el cuarto de Ignacio. Cuando abrí la puerta ví a Federico revolviendo entre las cosas que había
sobre la cama.
-Me mandó Manuel a buscar un broncodilatador para Luli, pero no sé cuál es su bolso –y no me
miró.
-A mí también me mandaron a buscar lo mismo –dije confusa. Nos miramos por un momento y a
los dos nos cayó la ficha.
-Después voy a dialogar un ratito con la enana ésa –y largó una risita– Bueno, voy para abajo.
-Quiero hablar con vos un ratito… ¿puede ser? –y sentí, por primera vez en la vida, vergüenza.
91
-Fede… yo… la verdad es que… bueno… perdoname, Fede –y lo miré a los ojos. Él me mantuvo la
mirada guardando silencio– Me comporté como una histérica e inmadura… perdoname si te
lastimé… si te hice sufrir… no quise, de verdad –dije sincera.
-Está todo bien, Euge, son cosas que pasan –dijo como si tuviera todo superado. Pero hubo algo en
mí que hizo ruido: me trataba de una forma distante. Yo quería que me llamase bonita, al menos–
¿Eso es todo? –preguntó y yo sólo asentí. Me regaló una sonrisa sincera y se levantó de la cama.
-Te extraño mucho –murmuré con ahogo antes que pudiera cerrar la puerta. Se detuvo en seco y
giró hacia a mí. Lo miré con vergüenza y le sonreí de lado– Yo… yo sé que quizás lo que te hice no
tenga perdón… pero me siento mal, Fede… cometí un grabe error, uno de los más grandes…
irreparable quizás… pero bueno… ehm… no sé, Fede… si pudieras darme una nueva oportunidad…
-¿Y cuando vuelva Matías voy a tener que tolerar otro desplante? –me preguntó con firmeza.
-No, no… no quiero volver a cometer el mismo error, Fede… yo tengo claro que te amo… me hiciste
mucha falta durante ésta semana… no sé… lo de Matías… Matías fue muy importante en mi vida…
pero es éso… justamente éso… fue… ya no hay más de él… yo sólo quiero estar con vos –dije al
tiempo que sentía que los ojos se me empañaban en lágrimas. No sé si él se sentía igual que yo, o
quizás le causé pena, pero se acercó a mí y me dió un abrazo. Un de sus abrazos de oso. Uno que
necesitaba tanto– Perdoname –le susurré al oído.
-Yo… yo quiero que sepas que con Matías no pasó nada… esto… él quiso rememorar viejas épocas…
pero yo no –y tomó mi cara entre sus manos y me miró con una sonrisa tierna.
-Te amo, bonita –y en ese preciso instante respiré con serenidad. Ya me sentía en paz.
Estábamos todos juntos en el jardín. La noche seguía en pañales, como repetía Nacho a cada
momento. Ví cómo Euge y Fede se dirigían hacia nosotros tomados de la mano. Me alegré
internamente. Sentí paz al saber que había podido ayudar a mi amigo, tal y como me lo había
pedido días atrás. Les regalé una sonrisa cómplice que ellos me devolvieron.
-Veo que te encargaste de hacer una obra de bien cuando me dejaste solo –me susurró Bruno en el
oído. Yo seguía sentada sobre sus piernas.
-Me siento feliz… me gusta que mis amigos estén bien… me llena –dije con una sonrisa de
satisfacción.
-¿Y cómo era eso de que era una nena bastante traviesa? –dije irónica. Me tomó por las mejillas y
me dió un beso. Uno de los que a mí me gustaban.
-Te amo –murmuró Bruno con sus labios pegados a los míos, sin prestar atención a los
comentarios y risas de… ya no míos, sino, nuestros amigos.
La fiesta había terminado en paz. Eugenia y Federico se habían reconciliado. Y todos nosotros la
habíamos pasado mil puntos. Aquella noche me fui a dormir a casa de Bruno, como de costumbre.
92
Veintidós: Amarte, duele.
El segundo año de la carrera ya había comenzado. Las materias eran por sorteo. A mí me había
tocado con Rocío. Con Bruno compartíamos sólo dos materias. En las restantes teníamos cátedras
diferentes. Durante este cuatrimestre deberíamos cursar obligatoriamente Historia de la Lengua,
Gnoseología y Filosofía Política. Ya en el segundo año teníamos materias optativas. Por lo que los
tres nos habíamos inscripto en Epigrafía y en Latín Posclásico.
Ya habían transcurrido tres semanas de cursada. Sabía que Gnoseología sería la materia que más
iba a gustarme. Con Bruno nos veíamos en casi todos los recesos. Los esperábamos siempre en la
cafetería.
-¡Ya! ¡Tengo la cabeza quemada! –gritó al tiempo que lanzaba sus libros sobre la mesa.
-¡Y Claro! De por sí Historia de la Lengua es la materia más aburrida… y encima con ésa
profesora… se potencia –dijo con enfado.
-¡¿No te conté?! Hay una… Martina se llama… es divina… tiene un cuerpo envidiable… es así linda
como ustedes… aunque bueno, te falta bastante para ser como ella… sobre todo por la altura… es
altísima… divina, divina, sin palabras la verdad –teatralizó.
-Y… y son… ¿son lindas, no? –lo interrumpí tartamudeando como tarada.
-¿Cómo vos? –y pensó– Imposible –concluyó para después dejarme un beso en el cuello.
Aquél viernes con Rocío salimos antes de la facultad. A Bruno le restaba una hora más de clase. Por
lo que cada una se fue por su lado. Arreglamos para juntarnos a cenar aquél día en casa de ella.
Durante la tarde me dediqué a leer unas cuantas fotocopias que debía saber para la próxima clase
de Filosofía Política. Quedé dormida en el intento. Me sucumbí en un sueño profundo. Eso de
madrugar lo llevaba bastante mal. Me desperté al cabo de dos horas cuando sentí que mi mamá me
avisaba que tenía teléfono.
-¡Uh! Es re tarde… me tengo que preparar… ¿hablaste con los chicos? –pregunté dando un salto de
la cama.
93
-Si querés vení a casa así estamos un ratito solos y después vamos juntos ¿te parece? –le propuse.
-¡Me prometiste quedarte éste fin de semana conmigo! –le recordé elevando el tono de voz.
-Sí, vida, lo sé… es que me llamó mamá y tengo que irme para Bahía…
-Es… esto, Lu… hace unas horas falleció Celina… la abuela de Paula… y… bueno… mamá me pidió
que vaya para que acompañe a los chicos…
-A ver si entiendo… ¿tenés que ir a Bahía para consolar a Paula? –y rayaba de histeria.
-No… no tengo que ir a consolar a Paula específicamente… voy para acompañar a todos en éste
momento… Maxi también es mi amigo, Lu… entendeme… no la están pasando nada bien… el que
peor está es Gustavo… era su mamá…
-Lu, por favor… Gustavo es como un hermano para papá… tengo que acompañarlos, me lo pidió
mamá… además quiero estar con ellos en un momento así…
-¡Ah… hubieses empezado por ahí! –grité– No tenés que ir… ¡querés ir!
-Tengo que ir, ya te dije tres veces que me lo pidió mi mamá… y además quiero ir.
-Dale, Lu… no quiero irme sabiendo que estoy peleado con vos –me pidió. Pude imaginar su cara
de angelito.
-No estamos peleados… nos vemos el lunes, Bruno… un beso para tus papás.
Y sin más corté el teléfono. Sé que no tenía motivo para tanto enojo. Es que sólo pensar en que iba
a estar cerca de Paula hacía salir lo peor de mí. Sigo sosteniendo que Paula lo ama. No es que no
confíe en Bruno. Pero es que… no sé. El sonido de mi celular me sacó de mis pensamientos. Ya sé
que seguís enojada. No te persigas. El domingo a la noche estoy de vuelta. Te amo, Lu, no te das
una idea de cuánto. Cerré el celular con furia. Sus palabritas mágicas no iban a borrarme los
pensamientos. Era testadura. Muy testadura. Tomé una ducha y me dispuse a prepararme para la
cena en casa de las hermanas Esquivel. Tomé una campera y el bolso, luego de maquillarme, y salí
de casa. Caminé un largo rato. Bruno era el dueño de todos los pensamientos que se me cruzaban
por la mente. Quizás había exagerado. Quizás había motivos por los cuales preocuparme.
-¿Y Bruno? –me preguntó Ignacio al tiempo que cruzaba la cocina para saludarlos.
-Se fue a Bahía Blanca –respondí tajante mientras comenzaba repartir besos de cortesía.
94
-Yo hablé con él hoy y me dijo que venía –agregó Manuel.
-Sí… es que lo llamó la mamá y tuvo que irse –dije con desgano mientras me desplomaba en la silla.
-¿Paula? ¿La ex? –preguntó Federico con los ojos abiertos de par en par. Eugenia lo golpeó.
-Más o menos –dije sin mirarla mientras jugaba con una servilleta.
Esa noche cenamos unas pizzas compradas. No era que la estuviese pasando mal, pero sentía un
vacío dentro de mí que no me dejaba ser. Quería ponerle ganas a la noche, pero lo cierto es que
prefería irme a dormir. Estábamos todos en el living jugando a las cartas. Veía a todos con sus
parejas y me daban ganas de llorar. Me levanté con disimulo y me fui al segundo piso. Estaba
sentada sobre el borde de la bañadera conteniendo las lágrimas. No quería hacer una de mis
escenitas delante de todos. Después de unos largos minutos la puerta del baño se abrió. Me bastó
mirar a los ojos de Candela para poder largarme a llorar, por fin. Ella caminó hacia a mí y se detuvo
en seco.
-Abrazame, Cande… abrazame fuerte –y me eché sobre su cuerpo. Ella me rodeó con sus delgados,
pero fuertes brazos.
-Ya está, Luli, ya está –repitió sin cesar mientras me acariciaba el pelo. Nos mantuvimos en ése
abrazo un largo rato.
-Es… que… me… me pone… mal… no… no quiero que… que esté cerca… cerca de… de ella –dije
ahogándome en mi propio llanto.
-En… el… en el bolso –dije fingiendo que tenía todo el oxígeno necesario. Cande salió del baño y a
los pocos minutos estaba de nuevo junto a mí agitando el paff. Me bastó uno sólo para poder
respirar con regularidad.
-Luli, quiero que me escuches una sola cosa… que Bruno se haya ido a Bahía no significa que vaya a
estar con Paula… tenés que entender que ellos fueron pareja… aceptar que a sus familias los une
una relación amistosa inquebrantable.
95
-No tiene por qué ser así, Luli… Bruno fue al funeral de la abuela de Paula… indirectamente la tiene
que ver y estar con ella… pero no en el sentido en que vos lo interpretas… ¡vamos, Luli! Sos una
mujer inteligente.
-No hace falta quererte para darse cuenta el amor que te tiene Bruno, Luli. Se nota a simple vista…
¿por qué no lo llamas? Se van a sentir mejor los dos –me aconsejó. Sabía que Candela tenía razón.
Ella era la única capaz de convencerme en todo. Tomé el celular y marqué el teléfono de la casa de
Bruno.
-¿Hola?
-Me alegro entonces… Flor… ¿me pasás con tu hermano? –y traté de sonar amable y dulce.
-Mi hermano no está. Se fue a dormir a casa de Pauli –imaginé su cara de satisfacción. ¡Ya, Lucía!
¡Tiene apenas diez años!, me dije para mis adentros.
-Ah, bueno… lo llamo al celular entonces –dije con desgano– ¿Vos estás solita?
-Bueno mejor… un beso Flor y mandale otro a Bauti –colgué y me eché a llorar una vez más.
Candela ya estaba preparada para otro paff.
-¿Qué pasó?
-Me dijo Flor que Bruno se fue a dormir a casa de Paula –y suspiré hondamente.
-No. Que se curta ése tarado –me negué con capricho y enfado.
-Sí que querés, Luli… llamalo… quizás no duerma ahí… sabés que Flor te tiene celos… quizás lo dijo
para que te sientas mal.
-Con más razón –ya. Tomé el teléfono una vez más y llamé a Bruno a su celular. Recién contestó en
el cuarto tono.
-¿Hola?
96
-Ah… hola soy Lucía, la novia de Bruno –dije tratando de sonar convincente.
-Ajam.
-Buscaba hablar con Bruno un momento… ¿sabés a que hora vuelve a su casa? –necesitaba saber si
Flor había mentido sólo para ponerme los pelos de punta.
-No creo que vuelva a su casa… por lo que sé, se queda en la mía –y la imaginé hinchada de orgullo.
-Bueno… lo llamo más tarde. Gracias –y así corté el teléfono sin esperar una respuesta de Paula.
Me volví a echar en brazos de Candela y lloré con fuerza.
Aquella noche volví a casa más temprano de lo planeado. Me metí en la cama y recordaba las
palabras de mis amigos previo a salir de la casa de Rochi y Euge: ése pibe es un tarado, Luli, no
vale la pena. Me acurruqué sobre mi cuerpo volviéndome bien chiquitita y quedé dormida
mientras lloraba.
97
Veintitrés: Hasta el santo desconfía.
El día anterior había llegado a Bahía Blanca. Había sido una noche larga y difícil. A Celina la
conocía desde hacía años. Me vió nacer y crecer. Incluso me vió convertirme en el novio oficial de
su nieta preferida. Era esa clase de abuelas que siempre te esperaba en el jardín de su casa con
pastelitos de membrillo en una canasta. Muchos recuerdos inundaron mi mente durante la noche.
Gustavo simulada tener la situación bajo control, pero papá me había comentado que estaba
partido a la mitad. Maxi y Paula eran dos trapos de piso. Celina era la única abuela que les quedaba
viva y de un momento al otro se les escurrió de sus vidas. Esa misma noche me quedé a dormir en
casa de los Iraola.
La mañana me encontró tumbado en un colchón junto a la cama de Maxi. Abrí los ojos con torpeza
y me sentí aturdido por un momento. Había soñado toda la noche con Celina. Una lágrima resbaló
por me mejilla ante tanto recuerdo. Me quedé allí tumbado entre mis recuerdos. En un abrir y
cerrar de ojos la carita de Lucía se posicionó en medio de mi mente. Recordé lo mal que me había
tratado el día anterior por teléfono. Era conciente de que mi viaje de urgencia no fue de lo más feliz
que le pudiese haber dicho, pero es que así lo sentía. Sentía ésa necesidad de estar presente en un
momento así. Celina era como de mi familia. Me hubiese sentido feliz, dentro del lamentable
episodio, de estar junto a Lucía en éste momento. Pero no sé si era políticamente correcto traerla.
Quizás me hubiese ahorrado un problema.
Me hice a un lado de la cama y tomé el celular. La llamé unas cuantas veces pero no atendió. Debía
de seguir muy enojada y a mí ése comportamiento ya me estaba tornando bastante molesto. Salí de
cada de los Iraola para almorzar junto a mi familia en casa, por la tarde seguramente volvería.
-¿Qué pasa, hijo? –me preguntó mamá mientras cocinaba y yo la observaba en silencio.
-Nada, ma.
-Bruno, sos mi hijo y te conozco… sé cuando estás angustiado… ¿es sólo por lo de Celina o hay algo
más que te tiene así? –y me miró firmemente.
-Celina me llenó el corazón de tristeza, siento que la voy a extrañar mucho cada vez que esté en
Bahía…
-Pero…
-Sabía que ella tenía algo que ver con esos ojitos tristes… ¿me querés contar? –y me miró de
manera maternal. Dejó todo lo que estaba haciendo y nos sentamos en el comedor.
-Nos peleamos porque me vine a Bahía… le había prometido quedarme con ella todo este fin de
semana… y bueno… cuando me llamaste por lo de Celina la llamé para decirle que venía para acá…
-Sí, le conté lo de Celina… pero enloqueció cuando se enteró que era la abuela de Paula… Lucía es
muy celosa.
-Entiendo…
98
-Se cree que vine para estar con Paula… se lo traté de explicar y me cortó el teléfono… le mandé un
mensaje y no me lo respondió… odio pelearme con ella… pero me molesta que sea tan poco
comprensiva –me quejé con enojo.
-¡Claro que terminó! Estoy enamorado de Lucía, ma, la amo… la amo mucho… pero no sé… no
confía en mí y eso no me gusta… creí que iba a entrar en razón e iba a llamarme por lo menos…
pero nada.
-Sí… llamó re tarde y la atendió Flor… le dijo que dormías en casa de Paula –y tomé mi cabeza
entre las manos. Si creía que estaba enojada, ahora sería peor… debería estar hecha una furia.
-Llamala, hijo… llamala y explicale –dijo mamá al tiempo que levantaba mi mentón con su mano.
Le regalé una sonrisa insegura y me levanté en busca del teléfono. Llamé y como era de esperar no
me atendió. Me propuse insistir hasta el agotamiento. Al sexto llamado atendió.
-Hola.
-¿Que qué quiero? Quiero hablar con mi novia… ayer me cortaste el teléfono, no me respondiste el
mensaje, te llamé hoy por la mañana y éste es el sexto llamado de la tarde –me quejé. No iba dejar
pasar por alto ése detalle.
-¿No pensaste que no quería hablar con vos? –dijo superada. Estaba dispuesta a atacarme por
cualquier costado.
-¿Y por qué me atendiste ahora si no querías hablar conmigo? –y dudó unos momentos. ¡Punto
para Bruno!
-¡Ya, Lu! No quiero pelear más con vos, por favor –le supliqué. Simplemente me podía.
-Por favor –la interrumpí– No estoy bien… necesito que no peleemos más… por favor, mi amor –le
imploré.
-¿Mi amor? Encima me decís mi amor… ¡vos no tenés cara, Bruno! –gritó histérica.
-Luli, ya se que llamaste a casa y Flor te dijo que dormí en casa de Paula… no pasó nada, mi amor…
dormí en el cuarto de Maxi… creeme, por favor –dije ya cansado.
-Lu, te juro por lo que más quieras que no tengo idea de qué hablás –ella suspiró.
99
-Anoche cuando tu hermana me dijo que dormías en casa de Paula te llamé al celular… y ¿sabés
quien me atendió? ¡Paula! – gritó al decir su nombre. Sabía que estaba llorando.
-¡Ah! ¡Lo que faltaba! ¡¿Encima soy mentirosa?! ¿Sabes qué? Quedate con Paula, Bruno… quedate
con ella y recuperá el tiempo perdido –gritó ahogándose en llanto.
-Lu, pará, pará un poco… calmate que te va a hacer mal… no quiero que tengas un ataque, dale, por
favor –le pedí preocupado. Conocía el comienzo de sus ataques y éste se asemejaba mucho.
-¡Ya, Lucía! Yo no finjo… estoy preocupado por vos… no lo entendés ¿no? Fue todo un mal
entendido… Paula no me dijo que me habías llamado… nunca supe que ella te hubiese atendido…
no estoy tratándote de mentirosa… sólo estoy tratando de entender lo que pasó… recién me dijo
Bautista que llamaste a casa y ahora me entero que llamaste a mi celular –dije sin respirar. Ella
sólo permaneció callada, llorando en silencio– ¿Lucía? ¿Lu, estas ahí?
-Respirá, Lu, respirá profundo –la interrumpí. Pude escuchar cómo respiró hondo.
-¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué me querés decir? –dije confundido y sorprendido.
-Lo que entendiste, Bruno… no quiero que me pase lo mismo que a Federico… quizás no fue buena
idea empezar con esto… quizás fuimos muy rápido… no quiero esto, Bruno.
-Lu, no hay nada… sólo vos y yo, mi amor… me tenés que creer.
-Yo… estoy confundida, Bruno… te fuiste, dormiste con ella, ella atiende tu teléfono… siempre ella,
Bruno…
-¿Sabes qué? Tenés razón… siempre es ella… porque vos la seguís sintiendo como un fantasma…
pero enterate que Paula ya no es nada en mi vida… y puedo decírtelo tantas veces que nunca vas a
conformarte… nunca vas a creerme… nada de lo que te de te alcanza… no confiás en mí… y yo… ¡yo
no puedo estar con alguien que no confía en mí! –le grité. Permanecimos en silencio los dos largos
segundos y colgué el teléfono. Me volteé al comedor y allí estaba mamá con cara de angustia… y
Paula entraba del jardín– Me voy a mi cuarto… ¡que nadie me moleste! –les grité y me fui escaleras
arriba.
Me tumbé en la cama y me eché a llorar. Mitad angustia, mitad enojo. Quedé dormido casi por
instinto. Me desperté a la hora de la cena. Bajé al comedor y me encontré con toda mi familia
comiendo junto a Paula y Maxi. En silencio me senté en la mesa y me serví la comida. Cuando
todos se dirigieron hacia su habitación me quedé en el jardín, sentado en el borde de la pileta con
los pies chapoteando en el agua. Al cabo de un largo rato de tanta soledad sentí una mano sobre mi
hombro. Era Paula. Se sentó junto a mí y me imitó. Nos mantuvimos callados unos largos minutos.
-Supongo… tengo la cabeza llena de recuerdos… voy a extrañarla mucho –dijo mientras una
lágrima resbalaba sobre su mejilla.
-Te entiendo… a mi me pegó más fuerte de lo que creí, voy a extrañarla –y sonreí al recordarla.
100
-Te quería mucho… siempre me lo decía –y ella también sonrió.
-Yo también la quería mucho –dije con un dejo de melancolía. Nos quedamos allí recordando viejas
épocas. Ella me contaba los momentos más felices junto a su abuela. Reíamos y también las
lágrimas se nos caían.
-Paula…
-¿Si?
-Ehm… Bruno… sí… llamó a tu celular cuando fuiste a casa a buscarme un abrigo… te dejaste el
móvil allí y… y lo atendí –dijo con vergüenza.
-¿Qué le dijiste?
-Quería hablar con vos… le dije que no estabas… me preguntó a qué hora volvías a tu casa y le dije
que no sabía… que más que seguro dormías en la mía –dijo con la vista baja.
-Está bien… te pido que no atiendas más mi celular, Paula… tengo un problema grande ahora con
Lucía…
-Lo juro por mi abuela –dijo haciendo la señal de la cruz sobre su boca. Eso sí que era un golpe
bajo.
Casi por instinto cambiamos de tema. Recordamos momentos de nuestra adolescencia. En cierto
momento no recuerdo ni de que manera quedamos muy cerca. Ella se acercó más a mí
peligrosamente, si eso era posible.
-Pero ya no… escuché cuando dijiste que no querías estar más con ella –volvió a decir al tiempo que
se acercaba a mí.
-Paula… por favor, comportate… fue una pelea de enamorados la que tuvimos… nosotros tuvimos
muchas de esas… lo dije de cabrón que soy… pero yo estoy enamorado de Lucía –le expliqué. Ella
se alejó bruscamente– Perdoname si te creaste una ilusión, Pau… yo… sabés que no quiero
lastimarte, menos en éste momento… pero… vos sabés cómo son las cosas… Lucía es mi novia… y…
y yo la amo.
-Perdoname… pero es que… estabas llegando demasiado lejos –ella permaneció en silencio
mirando hacia la nada– Esto… mejor me voy a la cama –me levanté y entré a casa. Maxi dormía en
101
mi cuarto. Hice malabares para no pisarlo. Me metí en la cama y me zambullí en un sueño
profundo, mientras sentía como una lágrima saltaba de mi ojo sin autorización previa.
102
Veinticuatro: Te ví.
Pasé toda la noche de sábado tumbada en mi cama llorando. Pasé todo el domingo llorando, pero
en brazos de mis amigas. Estaba dolida. Me dolía el corazón. Me autoconvencía de que Bruno no
me había dicho aquello. Que no habíamos terminado. Nosotros no podíamos terminar. Ya saben.
Yo creo en su palabra, pero es éste enojo que me supera. Que me nubla el corazón y no me deja
sentir. No puedo decir que ya me lastimaron mucho como para seguir sufriendo. Nunca salí herida
del amor. Porque nunca tuve un amor. Pablo era un grato recuerdo. Como saben, éramos chicos.
Chiquilines que jugaban al amor. Y lo dejamos de chiquilines que éramos. Pero Bruno sí era mi
amor. Yo había querido que lo fuese. Yo lo había elegido para ello. Y así, casi sin pensarlo, el amor
se esfumaba frente a mí. Me decía chau con una sonrisa macabra.
Aquella mañana me levanté sin ganas. Me hubiese quedado en la cama por veinticuatro horas más.
Era martes. Ayer no había visto a Bruno, porque simplemente no había vuelto de Bahía Blanca.
Rocío era mi informante. Por más que me hiciese la fuerte, en el fondo quería enterarme cada
detalle acerca de sus movimientos. Habían pasado apenas cuatro días de la primera discusión. Tres
de la última vez que hablamos. Como era de esperar el Clio negro no me esperaría en la puerta de
casa. Por lo que debía ir sola a la facultad. Me levanté más temprano para no ser yo quién salude a
Bruno al llegar. Me metí en el baño mientras arreglaba mi monstruosa cara. Esa que se te pone
cuando no dejás de llorar durante varias horas: yo había estado llorando dos días enteros. Era una
tarea difícil tapar las huellas de las lágrimas.
El sol matutino me encandiló. Durante el viaje sólo pude pensar en Bruno. ¿Es que siempre tenía
que rondar en mi cabeza? Llegué a la facultad y me fui directo a la cafetería. Compré un café
caliente y me dirigí hacia mi salón. No había rastro de Rocío. Mucho menos de Bruno.
Íbamos en el auto. Rochi me hablaba sobre cualquier cosa. Supongo que notó mi cara de tristeza.
Estaba angustiado. Aquella había sido nuestra primer pelea grossa. Nunca le había gritado de tal
forma. Ella tampoco. Estaba ansioso por verla. Sabía que no iba a contenerme ante su mirada. Su
carita de nena buena y traviesa al mismo tiempo. Su naricita perfecta y diminuta. Su piel suave,
como la de un bebé. Su boquita que me volvía absolutamente loco. Si fuese por mí me pasaría la
vida entera besando a Lucía. No había algo que me gustase más después de verla dormir.
Estacioné, luego de una extenuante búsqueda, a dos cuadras de la facultad. Nos detuvimos en el
kiosco de la esquina para que Rochi pudiese llenar su estómago con algo sólido. Me regaló un
alfajor. Le regalé mi sonrisa más sincera. Era una loca linda. Entramos a la universidad. Sentía
como temblaban mis manos. Mi estómago crujía de ansiedad.
Y allí estaba Bruno, ansioso por ver a Lucía. Y seguramente, allí estaba Lucía, ansiosa por ver a
Bruno. ¡Es que se amaban tanto! Debían dejar ya esa estúpida pelea de lado. Bruno se desvivía por
Lucía. A ella se le desbordaba el corazón por él. Si había algo que los identificaba era que los dos no
darían el brazo a torcer. Eran cabezas duras. Aunque, debo admitir, que yo sabía cómo terminaría
esta historieta: Bruno iría a buscarla desesperado. Era el más flojito de los dos. O el más
enamorado. Ella se haría la superada unos momentos. Se mirarían profundamente. Se dirían todo
con la mirada y luego… luego se comerían a besos.
103
parados frente a mí. Rocío se sentó a mi lado y me regaló su sonrisa más sincera y compradora.
Bruno quedó de pie.
-Hola, amiga –me dijo Rochi sin perder la sonrisa. Yo le sonreí abiertamente.
-Voy a entrar ya… nos vemos después –dijo rápidamente. Y se echó a caminar.
-Chau, amigo –y Rochi lo saludó con la mano– ¡Ya… no los banco cuando se ponen así! –se quejó.
Entramos a clases y sólo pensé en Bruno. Estaba tan lindo. Se había rapado el pelo. Nunca entendí
ése ataque. O quizás no quería entenderlo. Cuando yo necesitaba un cambio automáticamente
hacía algo con mi pelo. Traté de no pensar que Bruno pudiese ser igual que yo en ése sentido. Su
perfume tan penetrante me había hecho marear por un momento. Sinceramente lo nuestro no
tenía arreglo. ¡Pero qué ganas de besarlo que tenía!
Dediqué toda la clase de Historia de la Lengua pensando en ella. Estaba allí sentada como cuando
la conocí. En la misma postura y de igual forma. Me hubiese lanzado sobre sus brazos para besarla
hasta el agotamiento. Aunque, claro está, jamás me cansaría de besarla. Su cara de enojo
demostraba que lo nuestro no tenía arreglo. ¡Yo sólo pedía un beso!
Durante los recesos me dediqué a hacer cualquier tipo de papelerío con tal de no tener que
sentarme en la cafetería junto a Bruno. Deambulé por la biblioteca sin motivo alguno. Me llené de
fotocopias.
-¡Mi amor! –gritó Rocío emocionada al ver a Manuel bajo las escalinatas.
104
-¿Qué haces por acá? –le preguntó Manuel.
-Disculpame… ¿sos el único que puede visitar a los chicos cuando salen de clase? –y provocó la risa
en todos– Salí antes de la facu y bueno pensé en pasar a saludar… no sabía si salían a esta hora o
qué.
-Bueno… nosotros nos estamos yendo… ¿vamos, mi amor? –dijo Manu y Rochi asintió.
-¿Cande, vos te quedás? –preguntó Bruno. Fueron las únicas cuatro palabras que escuché decirle
desde la mañana.
-Sí, vine a ver un ratito a Luli –y me rodeó por los hombros con un brazo.
-Bueno… yo me voy… quieren… ¿quieren que las alcance a algún lugar? –preguntó con las mejillas
rosáceas.
-No, amigo… despreocupate… me la llevo a almorzar por ahí –dijo Cande con una sonrisa sincera.
-Bueno, entonces me voy… chau, chicas –primero saludó a Cande y luego quedó por una fracción
de segundo frente a mí. Simultáneamente nos echamos hacia atrás y nos dimos un beso en la
mejilla. Fue la sensación más rara que hubiese podido experimentar.
Almorzamos con Candela en un lugar de comidas rápidas mientras le conté lo poco que había
sucedido con Bruno. Sabía que algo se traía entre manos. No digo que no le importase mi situación
con Bruno, pero sus ojos tenían un brillo especial. ¡Y claro! ¡Para no tenerlos! La tarde anterior
había hecho el amor con Joaquín. Llevaban unos meses saliendo. Pero Cande era de esas que se
tomaba su tiempo para todo. No es que fuese su primera vez en sus cortos diecinueve años. Pero lo
contó como si lo hubiese sido.
Pasé el resto de la tarde en la cama inundada de pilas de fotocopias. Debía presentar un trabajo
práctico para Epigrafía. Era individual, lo cual me aburría más de lo normal.
Esa misma noche no cené porque todas las chicas armamos una conversación grupal vía chat para
que Cande pudiese contar su experiencia abiertamente. Me acosté bastante tarde. Cuando estaba
por sucumbirme en un sueño denso, el celular vibró. Estaba enrollado entre mis sábanas. Si querés
mañana puedo pasar a buscarte por tu casa para ir a la facu. No tengo problema, Lu. Espero tu
respuesta. Perdoname si te desperté. El corazón me latió con fuerza. Con mi mano temblorosa
comencé a teclear el celular.
Estaba tumbado en mi cama impaciente por la respuesta de Lucía. Quizás estaba durmiendo.
Quizás no quería responderme. Cuando el celular sonó anunciando la llegada de un nuevo mensaje
me volví más impaciente. Quizás no quería saber la respuesta. No me despertaste. No tengo
problema en que pasen a buscarme. Los espero a la hora de siempre. Que descanses. Sonreí
tontamente pero con un dejo de melancolía al leer el nombre de Lucía registrado en mi celular.
Amor. Yo sentía que seguía siendo mi amor.
105
Veinticinco: Beso a beso.
Hacía media hora que ya estaba sentada en la isla de la cocina revolviendo la taza de té. Me sentía
nerviosa. Como si fuese la primera cita. Mamá me miraba de reojo. Papá estaba concentrado en el
periódico. Ana sonreía sin saber la razón. Pato demostraba su disconformidad ante la situación que
se aproximaba. Todos nos manteníamos en silencio. El timbre desesquematizó la escena. Salté de
la banqueta y fui corriendo hasta la puerta. Del otro lado me esperaba Rocío con una sonrisa tonta.
Bruno estaba dentro del auto mirando al frente. Sentí un escalofrío de pies a cabeza. Preferí
sentarme en el asiento trasero. Rocío de copiloto.
-Listos –dijo Bruno con una sonrisa de lado. Puso primera y nos dirigimos hacia la facu. Debo
admitir que su sonrisa me derritió por completo. Durante el trayecto charlamos sobre cualquier
tema. Por momentos me quedaba mirándolo sin querer.
Cuando Lucía subió al auto la ví más hermosa que nunca. Llevaba esos pantalones que le sentaban
diez puntos. Tenía puesta una remera que le había regalo por Navidad. Era gris topo con líneas
horizontales en verde y fucsia. Amaba verla con ropa que yo le había regalado. Y particularmente
me encantaba cómo le quedaba esa remera. Sobre todo porque era bien larga. La miraba
disimuladamente a través del espejo retrovisor y moría por comerle la boca a besos. Estacionamos
a pocas cuadras de la facu y fuimos los tres juntos hacia el salón. La única que hablaba era Rocío.
Las primeras horas de clase sólo pensé en Bruno, como era de esperar. En el primer receso salimos
con Rochi riendo sobre una anécdota contada por el profe de Gnoseología. Quizás lo idealizábamos
demasiado, pero era simplemente perfecto. Bruno estaba esperándonos en la puerta del salón.
-Es ella que se ríe sin parar y me contagia la risa –dijo Rochi.
-No tardo mucho… mejor busquen una mesa… estoy con hambre –dije al tiempo que buscaba en la
billetera plata para darle a Rochi.
106
-No tenés por qué hacerlo –y lo miré con firmeza.
-¡Ya! Vamos, Bru que sino perdemos la mesa… después ustedes arreglan cuentas.
Bajamos los tres en silencio y yo me dirigí hacia el salón donde se compraban los apuntes. Luego
fui hasta la cafetería y allí nos quedamos los tres durante un largo rato. La próxima clase era Latín
Posclásico. Eso significaba una sola cosa: una hora y media junto a Bruno. Entramos al salón y nos
sentamos en la grada de siempre. Yo en medio de ellos dos. Me sentía bastante nerviosa. Cada
tanto miraba a Bruno de reojo. Al cabo de media hora de clase él puso sobre mi cuaderno un papel
doblado. Lo miré incrédula y él tenía la vista al frente. No puedo dejar de mirarte. No podes estar
tan linda. Sonreí tontamente y dejé el papel debajo de mi apunte y seguí prestando atención. A los
pocos minutos Bruno volvió a repetir aquella acción. La idea era que me respondas. Si querés
prestar atención dejo de escribirte… total yo no puedo hacer otra cosa que no sea mirarte. Volví a
sonreír y lo miré. Efectivamente me estaba mirando con una sonrisa vergonzosa. Cualquiera de sus
sonrisas me dejaba sin habla. Ya no recordaba ni mi nombre. Quiero prestar atención pero vos no
me dejás. Me incomoda que me mires fijo. Sabés que me dan vergüenza esas cosas, le escribí. Por
eso lo hago. Sabés que te amo más cuando te sonrojas.
Leyó el último papel y sin mirarme lo dejó debajo de su cuaderno. Me mantuve callado el resto de
la clase. No pude prestar atención a nada de lo que explicó el profesor. Sólo pensaba en ella. Así
pasó prácticamente toda la mañana.
-Chau, chicos… nos vemos mañana –y Rocío descendió del auto y caminó hacia su casa.
-Yo también te dejo… no te conviene llevarme a casa… te desvías –dije como una tarada.
-No, Lu… quedate… necesito que hablemos –y me tomó de un brazo. Yo solo me quede quieta–
Vamos a casa a hablar ¿si? –y solo pude asentir.
Condujo hasta su casa. Entró el auto al garaje y en silencio subimos por ascensor. Entramos y me
fui a sentar en una silla.
-¿Querés tomar algo? –me preguntó dejando sus cosas sobre un sillón.
-No… estoy bien así –lo cierto era que estar de nuevo en ésa casa me producía cierta melancolía.
-Vení… sentémonos acá –y caminó hacia un sillón. Fui hacia él y allí quedamos. Permanecimos un
largo rato en silencio– Te pido que me dejes hablar primero, por favor.
-Te escucho.
-En primer lugar quería pedirte perdón… sé que te hice mal y me siento horrible por eso… siento
un vacío acá –y señaló su pecho– Yo, Lu… me fui a Bahía por el motivo que ya sabés… yo a Celina
la quise mucho, era como de mi familia… me vió nacer y crecer… sentía que tenía que estar con
ellos en un momento así… quería estar con ellos… y después de éso vos te enojaste y todo fue un
gran mal entendido… yo me enteré que vos habías llamado a casa cuando te llamé el sábado… hacía
minutos atrás Bauti me lo había contado… nunca ví una llamada tuya en mi celular… nunca supe
que Paula te había atendido… nunca me lo dijo… y… bueno… lo que te dije por teléfono sabés que
107
no es verdad… lo dije de cabrón… me asusté mucho cuando me dijiste que no querías… que no
querías estar más conmigo.
-Bruno, yo… yo no sé qué me pasa… no sé por qué te dije éso… me enojó mucho que te fueras… ya
sé que soy una egoísta… pero es que… yo no quiero sufrir…
-Es que… esto… ella siempre está en el medio… me las banco todas, Bruno… te juro… de verdad… te
juro que entiendo que ella es alguien importante en tu vida… lo entiendo y lo acepto… pero es que…
siento que te pierdo cada vez que ella aparece.
-Lu, por favor… ella fue importante en mi vida… ya no lo es más… es sólo un recuerdo… jamás te
lastimaría de ésa forma… dejé todo con ella cuando te conocí… lo sabés muy bien… yo, Lu… yo te
amo como a nadie… lo que siento por vos no tiene comparación con nada… sos… sos mi vida
¿sabés?... y cuando no te tengo cerca me angustio…
-¿Y entonces? ¿Qué hacemos así, Lu? Estamos los dos angustiados, sufriendo… necesito estar con
vos… necesito abrazarte, mimarte, cuidarte, besarte, no aguanto más, mi amor… no quiero pelear
más con vos…
-Y bueno… ya está, Lu… yo… no tengo nada que ver con Paula… por favor, creeme… quiero que
confíes en mi, amor… porque sino confiamos en el otro no podemos seguir… en éso se basa ésto…
¿confiás en mi? –y me tomó de la mano.
-Sí que confío… pero entendeme, Bruno… yo te llamé y ella ahí con vos atendiendo tu teléfono… y
yo… éso me corresponde a mí en todo caso… no a ella… pero…
-Lu –me interrumpió– Yo hablé con ella… le dejé en claro cómo era la situación… creí que lo había
entendido… pero me demostró que no al comportarse de ésa manera… entonces se lo volví a
aclarar… confiá en mi, Lu –dijo con cara de ángel– no hablemos más de ella… hablemos de
nosotros ¿si?
-Yo tampoco quiero tenerte lejos, Lu –me interrumpió– Me hiciste mucha falta todos estos días…
mirá cómo estoy ahora –y llevó mi mano a su pecho. El corazón le latía a gran velocidad. Yo dibujé
una sonrisa tonta y él hizo la suya– ¿Puedo? –dijo tomándome de las mejillas a poca distancia de
mi boca. Yo sólo le sonreí abiertamente.
Cuando Lucía me sonrió el corazón comenzó a latirme salvajemente. Se me había llenado el cuerpo
y el ama de alegría. Acerqué su cara a la mía y rocé nuestros labios. Claro está que no era la primera
vez que la besaba, pero me sentía de aquella forma. Nos fundimos en un beso suave y dulce. Cruzó
su pierna izquierda sobre las mías y se entregó por completo. Sentí mayor felicidad cuando sentí
que desabrochaba mi camisa lentamente. Ella nunca tomaba las riendas de la situación, siempre se
dejaba llevar por mí. Lo cierto es que me gustaba que tuviese el control. Sin dejar de besarla la
tomé de la cintura para sentarla sobre mí. Apoyé toda mi espalda sobre el respaldo del sillón. Ella
estaba sentada con una pierna de cada lado y me rodeaba el cuello con sus brazos. Le quité el
pulóver junto con la remera. Le regalé una sonrisa de lado y ella me respondió ruborizada. Amaba
verla de esa forma. Me levanté con serenidad y automáticamente enredó sus piernas en mi cintura.
108
Así la lleve al cuarto. Beso a beso le hice el amor. Poco a poco ella iba perdiendo su vergüenza. De
ésa forma logramos reconciliarnos.
-Te propongo algo –dije abrazándola. Los dos estábamos tumbados en la cama.
-Vamos a tu casa a buscarte ropa y te quedás lo que resta del día conmigo… dormimos juntos y
mañana faltamos a la facu.
-¡Dale! Una sola vez… tenés una asistencia impecable… ¿Qué puede pasar de malo si en vez de ir a
escuchar sobre la Ética te quedás con tu novio?
-Puede pasar que me mal acostumbres y no quiera volver más a la facultad –dijo muy cerca de mí.
Le dí unos cuantos besos y nos quedamos en la cama en silencio.
Antes de abrir la puerta de casa rodeé a Bruno por el cuello y lo besé con ganas. Es que esos besos
me podían. Giré la llave y entramos. Me dió la sensación que Bruno sentía vergüenza. Esperaba que
Patricio no estuviese en casa. Pero claro. La suerte nunca estaba de mi lado.
-¡Vos flaco no tenés cara! –volvió a gritarle– No me digas que lo perdonaste –y me miró enojado.
-Es un problema mío si lo perdoné… además yo tuve la culpa también… pero qué voy a explicarte a
vos –dije resignada.
-¿Pero qué pasa acá? –dijo mamá bajando las escaleras y entrando a la cocina– Ah… hola Bruno –
dijo sorprendida.
-¡Basta, Patricio! –le advirtió ella– Veo que hubo reconciliación –y nos sonrió de forma maternal.
-¡Cuánto me alegro! –exclamó acariciando mi mejilla y la de Bruno con sus manos. Amaba a mamá
cuando se comportaba de aquella forma.
-La podrías imitar un poquito ¿no? –le dije irónica a Pato. El bufó y antes de que pudiera articular
palabra tiré a Bruno de un brazo para ir a mi habitación. Armé un pequeño bolso con las prendas
básicas y las cosas esenciales y bajamos de nuevo a la cocina. Busqué a mamá en el jardín para
decirle que dormiría en casa de Bruno. Omití decirle que al día siguiente no iría a la facultad.
109
-Yo sólo te voy a aclarar una cosa, Bruno –dijo Pato acercándose peligrosamente a él. Quise
interponerme entre los dos cuerpos pero no llegué a tiempo.
-La próxima vez que mi hermana sufra de ésa forma yo te juro… te juro por lo que más quieras que
te busco y te mato ¿me entendiste? –dijo agresivo.
-Patricio, comportate.
-Eso espero… la próxima vez que la veo llorar día y noche te juro que te mato… me caes muy mal y
ganas de pegarte no me faltan… así que espero que pienses un poco en ella –lo amenazó.
-¿Ah si? Empezá a hacerlo mejor entonces… tuvo cuatro ataques de asma en cuatro días… ¿vos
sabés lo que éso significa? –le gritó Pato. Bruno sólo atinó a mirarme. Entendí su mirada triste.
Debía intervenir.
-¡Ya, Patricio! ¡Dejalo tranquilo! ¡Procurá dejar de ocuparte de mi vida! –le grité y salimos de casa.
Durante el viaje a casa de Bruno, éste se mantuvo callado. Tenía una expresión que daba miedo.
Intentaba hacerle un mimo pero no me dejaba. Cuando llegamos al departamento se sentó en el
sillón y encendió la televisión. Habremos estado de aquella forma prácticamente veinte minutos.
-Bueno… digamos que tu cara no es muy feliz… desde que salimos de casa tenés ésa cara… ni me
hablás –dije tomándolo de las mejillas.
-¿Cuatro ataques tuviste? –y llevaba los ojos más triste que conocí en la vida.
-¿Cómo que no pasa nada? Lu… tuviste cuatro ataques por mi culpa.
-Pero te causé cuatro ataques –no iba a permitir que siguiera discutiendo sobre ello. Así que lo besé
con ganas. Beso a beso me pedía perdón. Beso a beso le dejé en claro lo mucho que lo amaba.
110
Veintiséis: Vos y yo.
-Vamos, mi amor… es hora de levantarse… te preparé un desayuno –dije dándole un beso ruidoso
en la mejilla.
-¿Querés que te deje dormir un poquito más? –dije tomándola por la cintura por encima de las
sábanas.
-Sí –sentenció como si fuera una nena caprichosa. Dejé un beso sobre su frente y salí de la
habitación. Amaba malcriarla y cumplir todos y cada uno de sus caprichos.
Me dirigí hacia la cocina con bandeja en mano. Dejé todo allí y me tumbé en el sillón para ver
televisión. No podía pretender un programa entretenido un miércoles a las diez de la mañana, por
lo que opté por leer algunas fotocopias acumuladas que tenía sobre Epigrafía.
Seguía sumergido en mis apuntes. No ví a Lucía acercarse a mí. Se paró a un costado del sofá doble.
Tenía el pelo revuelto. Los ojos achinados. Se fregaba los pies con torpeza. Estaba envuelta en el
cubrecama. Le regalé una sonrisa torcida y dejé mis fotocopias a un lado.
-Vení acá, chiquitita –y la senté sobre mi. Quedamos los dos recostados. Ella se acurrucó en mi
pecho, yo le acariciaba el pelo.
-Gracias por el desayuno que no tomé… es que no podía despertarme –y levantó su mirada para
encontrarse con la mía.
-Sí –dijo sonriente. Permaneció unos momentos callada y alzó la vista– Bru…
-Mmm…
111
-¿Me abrazás?
-Pero así no… abrazame fuerte… como me haces siempre –y de repente todo mi mundo quedó
patas para arriba. Todo se redujo a ella. A ella y a su mirada. La tomé de la cintura y procuré subirla
apenas. Ella estaba acostada sobre mi costado izquierdo. La apreté contra mi cuerpo con los dos
brazos. Ella hundió su cara en mi cuello.
-¿De verdad estás bien? ¿No me estás ocultando nada? –y le dejé un beso en la cabeza.
-De verdad… solo quiero quedarme así un rato… solo vos y yo… así, abrazados y en silencio –alcé
con mi mano su mentón y la besé brevemente.
Nos quedamos tumbados en aquél sillón hasta el mediodía. Mientras Lucía tomaba una ducha fui
con el auto hasta un lugar de comidas rápidas. No quería perder el tiempo cocinando. Me pregunté
más de una vez si Lucía se encontraba bien. Admito ser bastante fatalista. Quizás sólo se había
levantado más mimosa que de costumbre. Entré al departamento y ella seguía en el baño
cambiándose. Preparé todo en la mesita ratona del living. Me senté sobre el sofá a esperarla
mientras encendía la televisión.
-¡Ya! Estoy igual que siempre –al tiempo que miraba su cuerpo chiquito.
-Por eso… linda como siempre –y le sonreí– Vení acá a darme un beso –ella se acercó a mí
lentamente sonriente. Tomó mi cara entre sus manos y me besó con dulzura.
-Te amo –susurró sobre mis labios. Sólo esbocé una sonrisa tonta. Se sentó sobre mis piernas y me
miró fijamente.
-Sí que da miedo esa carita –dije divertido al tiempo que la abraza por la cintura.
-¡Uh! Qué mal sonó éso –puse cara de circunstancia y de angelito por si luego venía un reto.
-Quiero que me expliques éste temita –y pasó su mano por mi pelo rapado– ¿Qué pasó? ¿Tuviste
un brote psicótico y te la agarraste con el pelo?
-¿No te gusta?
-¡Ya! ¿Vos solo me querías por el pelo? Porque caía así, lacio…
-¿Entonces?
112
-Fue por el calor… me molestaba un poco… así que papá hizo un trabajo impecable –dije orgulloso
de mi pelo rapado.
Nos quedamos allí almorzando al tiempo que veíamos una serie en televisión que a ella le
encantaba. Yo sólo me dediqué a contemplarla. Cada tanto largaba una carcajada espontánea y
cuando quería darme cuenta estaba riendo yo también. Amaba verla feliz. Mientras Lucía seguía
concentrada en su programa recogí todo lo que había sobre la mesa y me quedé en la cocina
lavando. Antes de que pudiera terminar sentí que me abrazaba por detrás y me dejaba besos en la
espalda.
-¡Ya! ¡Te pasas de chanta! –me gritó. Sabía que seguía sonriendo. Cerré la canilla y me giré para
poder tomarla por la cintura.
-A ver…
-Ya hicimos el amor en la ducha, montones de veces en el cuarto… nos faltaría el living y la cocina…
creo que es una buena oportunidad –y notó la picardía en mi voz, más aún cuando arqueé mis
cejas.
-Yo sólo decía –y fingí pena– Pero claro, no estás obligada a hacer lo que no quieras –y volví a girar
para quedar de espalda a ella.
Ni lerda ni perezosa, ante aquél comentario, me escabullí entre Bruno y la mesada de la cocina. Me
sonrío con picardía y me lancé a su boca al tiempo que le quitaba la remera. Me tomó de la cintura
y en un solo salto ya estaba sentada sobre la mesada. Rodeé con mis piernas su cintura y seguí
besándolo. Se separó de mis labios abruptamente y le eché una mirada asesina. Me sonrió de lado y
atacó mi cuello al tiempo que enredaba su mano en mi pelo. Esa tarde comenzamos en la cocina y
acabamos en el sillón del living.
-Hola.
-Hola, Lu… ¡qué carita, eh! –dijo Rochi al tiempo que entraba.
-Estoy sola en casa… si quieren nos quedamos en la cocina que hay más luz.
-¿Te sentís bien vos? –me preguntó Bruno mientras me tomaba de la mano.
-Es que pasamos por un almacén y compramos algo para merendar –y Rochi ya estaba sentada
sobre la isla de la cocina. Sonreí y subí a la habitación para buscar la información que había
impreso.
Estábamos armando nuestro trabajo práctico con total concentración. Rocío escribía en la
notebook lo que Bruno le dictaba. Yo seguía buscando entre una pila de libros un artículo para
cerrar el tema. El teléfono de casa nos interrumpió.
-¿Hola?
-¿Qué hacés, Sofi? Bien… acá haciendo un trabajo con los chicos… ¿vos?
-En un receso de estudio… tengo que armar un vestido con tornillos… ¡estoy desquiciada! –y me
eché a reír– Amiga, te llamaba porque Cande me dijo de juntarnos hoy a la noche… no sé… cenar
todos juntos y salir por ahí.
-En mi casa… mis viejos se van a una cena de negocios y mis hermanos salen… ¿te parece?
-Ahora les digo… nos vemos a la noche amiga… ¿a las nueve, no?
114
-Me llamó Sofi… nos juntamos a cenar en su casa hoy a las nueve –les informé.
-¡Buenísimo! Después de éste plomazo necesito despejar mi cabeza y divertirme –dijo Rochi al
tiempo que se desplomaba sobre la mesada.
-¿A dónde van a ir? ¿Por qué no quieren salir con nosotras? Ah… ¿noche de piratas? –me
escandalicé.
-No sé, amor… dice eso sólo el mensaje… quizás quieran ir a un bar… ni idea.
-Ah… ¿no querés saber lo que pienso? Yo sí quiero que sepas lo que pienso –seguí gritando.
-Pienso… pienso que… que ¡es cualquiera! ¡Cualquiera! Son todos unos machistas… no los
soporto… juran amor eterno ¿y después? Después… ¡sácate! Te dan un puñal por la espalda… es
como dice Cande… el rulo siempre vuelve… aunque no quiera ser rulo… siempre… por más que se
haga el mejor alisado… siempre… ¡Siempre vuelve! –grité con atropello. Bruno se echó a reír y le
lancé una mirada asesina– ¿Y ahora de que te reís? –volví a gritar con histeria.
-De vos, Lu… te olvidaste de respirar… y además te estás armando una película –y siguió riendo–
Nadie va a hacer nada… los chicos sólo quieren divertirse un rato… está bueno tener un poco de
aire…
-¡Ah! ¿Me estás echando en cara que te asfixio? Decilo de frente, eh… No vengas con palabritas
rebuscadas… no hables en código… ¿Necesitás aire? ¿Te ahogo? ¿Es éso? –y nunca dejé de gritar.
-¡Armarte rollos, me dice! ¿Vos lo escuchás, Ro? ¡Armarte rollos! Pero… ¡Por favor, Bruno!
-Ya, Luli… tranquila… dejalos… que hagan noche de machos –ironizó– Esta noche nosotras
hacemos salidas de mujeres… solas y solos –concluyó y quise aplaudirla: lo merecía.
-Pará, pará… pará un poquito –y mi novio frunció el ceño– ¿Qué noche de mujeres? Nada de eso.
-¡Machista! –gritamos las dos al unísono. El teléfono nos interrumpió. Esta vez era Candela. Puse
el altavoz. Lo primero que se escuchó fue un grito histérico.
-¡Ya, Candela! Vas a acabar con uno de nuestros sentidos mientras sigas así –se quejó Bruno.
-Vos mejor callate, Bruno –le gritó Cande– ¿Chicas, quieren saber lo que pienso?
-¡Uh… otra vez! –bufó el único hombre. Rochi y yo le largamos una mirada asesina.
115
-Pienso, pienso y pienso que… ¡Esto es cualquiera! –y su gritito agudo nos mató.
-A ver… explicame, Bruno… vos que sos un ejemplo… ¿es necesario? –le dijo Cande.
-¡Claro! Eras demasiado bueno para ser real –esbozó Cande sumamente indignada. Así nos
mantuvimos largo rato. Candela gritaba. Rocío gritaba. Yo gritaba. Bruno bufaba.
Tomé una ducha caliente y me dirigí a casa de Candela para llegar juntas a casa de Sofía. Durante el
camino fuimos debatiendo si era políticamente correcto y ético que ellos salieran solos, sin
nosotras. Llegamos y estaban casi todos. Faltaban Joaquín, Manuel y Bruno. Al cabo de media hora
llegaron en ése mismo orden.
-Hola, amor –y se agachó para quedar a mi altura: yo estaba sentada en el suelo del living.
-La verdad es que no… ¿me podés saludar bien? –sentí las miradas de mis amigas sobre mí.
Habíamos quedado en no hacer ningún tipo de escenita infantil, total nosotras saldríamos solas.
Esa noche cenamos una picada preparada por Sofía y Pablo. Escuchamos música y charlamos de
todo un poco. El reloj ya marcaba la una de la madrugada.
-¡Che confíen un poco! Tenemos ganas de charlar un poco entre hombres –dijo Joaquín.
-Disculpame… ¿tienen algo que ocultar que necesitan estar solos? –inquirí con la sangre hirviendo.
¡Es que no me podía contener!
-No… de la misma forma que ustedes necesitan su espacio… nosotros también –me respondió
Federico.
-¡Ya, chicas! Está todo bien… procuren pasar un buen momento… nosotros haremos lo mismo –y
su voz pacífica me hicieron odiarlo.
-¡Ya, Candela! ¡Deja de repetir perfecto cada dos por tres! ¿Querés? –había sacado lo peor de
Federico.
116
-Ey, ey, ey… el tonito –la defendió Joaco.
-¡Ya, no seas pollerudo! –le dijo Pablo palmeando su hombro a la vez que se ganaba una mirada
asesina de Sofía.
-Vos procurá no encontrarte con ninguna que se ponga fácil ¿si? –ironicé.
-¿Podés confiar en mi una vez en la vida? –dijo molesto– dale, nenita… ¿querés que después te
pase a buscar y vamos a casa a dormir… los dos juntos? –y esbozó su sonrisa torcida.
-¡Nada de eso!... ¡vos querés todo!... salir con tus amigos sin mí pero después dormir conmigo –me
escandalicé.
-Está bien –sonreí porque creí que estaba cediendo– si no querés dormir conmigo lo entiendo…
mañana te llamo ¿si?
-Como quieras –odié no poder convencerlo. Prefería salir con sus amigos antes que dormir
conmigo.
-¡Ay, ay, ay, ay! –gritó Candela. Todos nos volteamos a verla.
-¡¿Qué?! –grité.
-Dice Andrés que están en Capital, que van al bar de siempre… ¡vamos ahí! –dijo con los ojos
abiertos de par en par y con una sonrisa de oreja a oreja.
-Ay, Bruno, es una historia tan, pero tan larga que van a llegar tarde al bar… otro día te cuenta –y
Candela sobreactuó cada palabra.
117
-¡Exacto! –gritó Cande– Euge y Rochi los van a conocer… ¡me muero!
-Se van a morir chicas… ¡Andy y los amigos son unos genios! –grité emocionada.
-¿No era que llegaban tarde? –intervino Dani irónica. Daniela era de esas mujeres de pocas
palabras, pero cuando abría la boca era para decir algo inteligente, siempre.
-¿Me podés decir quién es Andrés? –me impuso Bruno algo molesto.
-Es un amigo mío y de Luli… nos conocemos de siempre... es el hijo del casero de la casa del campo
de mis abuelos –respondió Cande por mí.
-Yo creo que deberíamos salir todos juntos… es infantil querer estar todos separados –y Joaco
tomó a Candela por detrás.
Echamos a los chicos para poder estar más tranquilas. Tomamos dos autos y fuimos al encuentro
de Andy y sus amigos. Era un grupo de pueblerinos de lo más piolas. Nos conocíamos desde
pequeños. Andrés era un año mayor que nosotras. Era de esas personas que hacían reír a todos. Un
payaso. Su grupo de amigos se conformaba de cinco hombres más. Ramiro, Benjamín, Franco y
Alejandro. Llegamos al bar de siempre y ellos ya esperaban por nosotras en un sector del lugar. El
bar era muy amplio. Estábamos en un rincón sobre pequeños silloncitos. Nos dedicamos a charlar
casi toda la noche. En verdad la estábamos pasando bien. Cierto que estaba bueno tener un espacio
para estar solo con amigas.
Ya eran las cuatro de la mañana. La noche seguía en pañales. Nos pusimos a bailar como hacíamos
nosotras. Seis hombres se hicieron presenten en el lugar provocando que más de una mujer se
diese vuelta. La manada iba encabezada por Joaquín. Pude ver cómo la sangre le hervía. Federico
iba con los puños apretados. Ignacio llevada una ceja enarcada. Pablo ladeaba la cabeza de un lado
al otro. Manuel caminaba llevándose puesto todo lo que se interponía en su camino. Bruno tenía
una expresión inescrutable. Podía ver su enojo a simple vista. Lo que creí que se convertiría en una
verdadera batalla campal terminó en la escena más romántica nunca vista. Joaco tomó a Cande de
un abrazo y la acercó a él. La besó para demostrar que le pertenecía. Nacho tomó por detrás a Dani
quedando sus bocas a pocos centímetros. Se comieron a besos. Manu se acercó a Rochi y la
acorraló contra la barra. Se besaron hasta quedarse sin aire. Fede tomó a Euge de la nunca
marcando territorio. Pablo se acercó a Sofi con cara de enojo. Pero una sonrisa asomó cuando ella
lo miró con seducción. Se dieron un beso con ganas. Bruno se detuvo a unos cuantos pasos de mí.
Me miró histérico. Yo hice como si nada fuese a suceder. Llevé mi mirada a cada una de mis
amigas, quienes seguían entretenidas. Luego posicioné mis ojos en Andrés y sus amigos que me
miraban sorprendidos. Franco me sonrió tontamente provocando que Bruno se interponga entre
nosotros dándome un beso fiero. Desde aquél día se les fueron las ganas de salir solos por la noche.
Veintisiete: Sorpresa.
118
Me desperté aquella mañana con las caricias de Lucía. Podía reconocer sus mimos a ciegas. Esbocé
una sonrisa de lado.
-¡Cómo me gusta despertarme así! Voy a procurar cumplir años todos los días.
-¡Ya! Como si nunca lo hiciera –dijo escandalizada. La tomé de la cintura y la acerqué a mí.
-Gracias –tomó mi cara entre sus manos y me regaló un beso dulce y largo.
-Te preparé el café con leche como te gusta a vos y fui a comprarte las medialunas que te gustan.
-¿Y cómo sabés cuáles me gustan? –inquirí apoyando la bandeja sobre mis piernas.
-Me acompañó tu mamá a comprarlas –la noche anterior habíamos viajado los dos a Bahía, donde
pasaría mi cumpleaños. Le regalé un beso y nos quedamos desayunando.
-Sí, después a la noche te doy el otro –yo arqueé mis cejas con picardía– ¡Ya! ¡Zarpado! ¡Mal
pensado! –y golpeó mi pecho.
-No me maltrates el día de mi cumpleaños –y fingí ser un niño. Sonrió y me besó de nuevo.
-Espero que te guste –y me entregó una bolsa. La abrí y dentro de ella había una campera que ella
sabía que me gustaba. Se había gastado un dineral, seguramente.
-Gracias, vida, sabés que me encanta… te pasaste, eh –se acercó a mí, quitó la bandeja de por
medio y se sentó sobre mis piernas. Me llenó la cara de besos. Fueron exactamente veinte. Los años
que cumplía.
-¡Bruni! –gritó mi hermana lanzándose a mis brazos obligando a Lucía a salir de allí.
-¡Qué los cumplas feliz, qué los cumplas feliz, qué los cumplas Brunito, qué los cumplas feliz! –me
cantaron todos juntos.
-Gracias –dije mientras abrazaba a mamá. Flor seguía sobre mis piernas. Todos se sentaron sobre
mi cama, menos Lucía que había quedado en una silla un poco más alejada. Me regalaron un jean y
119
un par de zapatillas. Florencia me había hecho un dibujo y en letras rosas había escrito lo mucho
que me quería. Acordamos colgar el papel en uno de mis placares en mi departamento de
Belgrano– Vení, vida –le dije a Lucía. Quería tenerla cerca. Ella sonrió con vergüenza y se subió a
mi cama. Le propicié un buen golpe a Bautista que había quedado boquiabierto. Automáticamente
Florencia se aferró a mi cuello cual garrapata.
-Ya, hija… soltalo un poquito que lo vas a dejar sin aire –dijo mamá entendiendo la situación. Le
extendí una mano a Lucía y acto seguido Flor se prendió a mí de nuevo.
Ya entrada la noche estábamos con los preparativos de la reunión. Habíamos preparado todo en el
parque. Papá había comprado unas antorchas que empotró sobre el césped junto a Bautista.
Recibiría a mi familia y todos mis amigos. Mamá había contratado un catering. Era toda comida
fría. El hermano de mi amigo Martín se daba idea con la música, de modo que armamos unos
tablones con caballetes para que pudiese allí poner todo su equipo.
El reloj marcaba las nueve de la noche cuando comenzó a llegar la gente. Recibí montones de
regalos. Besos y abrazos, por supuesto. Al cabo de un rato ví que Lucía no estaba en el parque.
Comencé a buscarla pero nadie sabía decirme dónde estaba. Me despreocupé y seguí divirtiéndome
junto a mi gente de Bahía.
Me sentía algo nerviosa. Había armado todo este preparativo tiempo atrás. Sabía que a Bruno iba a
encantarle. Sabía que iba a sorprenderlo. Entré al jardín con una sonrisa de oreja a oreja. De a poco
la gente comenzó a voltear hacia mí. Me sentí muy observada. Bruno imitó al resto y su sonrisa se
apoderó de su cara. Detrás de mí estaban nuestros amigos. Sus amigos de Capital, como los
llamaba él: Ignacio, Daniela, Joaquín, Candela, Manuel, Rocío, Pablo, Sofía, Federico y Eugenia.
Sabía que Bruno tenía unas ganas locas de reunir a toda su gente. Y ello incluía a mis amigos.
También anhelaba presentarle a su familia. Esa misma noche podría hacerlo. Las chicas corrieron a
él y lo ahogaron en un abrazo fascinante. Ellos se acercaron y lo alzaron por los aires al tiempo que
lo hacían elevar y lo atajaban con sus brazos. Me sentí feliz en aquel momento.
Los chicos pasaron dentro de la casa de Bruno y dejaron todas sus cosas. Habían llegado en bus y
se irían mañana de igual forma. Esa noche dormirían en un hotel de allí que había conseguido el
Fernando.
-Los famosos amigos de Capital –dijo Claudia repartiendo besos al igual que Fernando, Bauti y
Flor.
-Sí, Bruno se la pasa hablando de ustedes –comentó Fer tras lo cual mis amigos dibujaron una
sonrisa tonta.
-Bueno… ella es Cande, Dani y Sofi… ella es Euge y Rochi… Rochi es la de la facu –prosiguió
Bruno– Y ellos son Fede, Manu, Joaco, Nacho y Pablito.
-Bauti… ves a este de acá –y Bruno palmeó el pecho de Joaco. Bauti asintió– Bueno… ¿viste lo alto
y grandote que es? Es el novio… así que mejor ubicate… todas ellas están de novias con todos
ellos… así que no quiero enterarme de ningún comentario ¿estamos?
-Estamos, Bruno, estamos –y salió de escena arrastrando los pies con desgano.
-¿Y vos preciosa, cómo te llamas? –dijo Manu agachándose a la altura de la hermana de Bruno.
-Bueno, chicos vayan a disfrutar, a comer algo… deben estar cansados del viaje, así que vayan –los
invitó Clau.
Salimos al parque y Bruno siguió presentando a los chicos. Finalmente reunió a sus amigos de
Bahía junto a sus amigos de Capital. Sentí su felicidad y sin querer sonreí tontamente.
-Por ésta idea que tuviste… para Bruno es importante que estén todos sus amigos juntos… no se lo
imaginaba.
-Sí, está re contento… parece un nene chiquito con juguete nuevo –y ambas reímos.
-Sí, me encanta verlo así… agradecele a los chicos por venir, yo después voy a hacerlo
personalmente –dijo y asentí sonriente.
-¿Qué paso?
-Nada… quería estar un ratito con vos –dijo sonriente mientras me rodeaba con un brazo.
-Te amo, ma –le gritó Bruno. Ella se volteó a él y le lanzó un beso con la mano.
-Sabías que moría por tenerlos acá… y lo hiciste –y juntó su frente con la mía– te amo, Lucía.
121
-Te amo, Bruno –nos echamos a reír y nos dimos un beso clandestino.
Hacía ya varias horas que estábamos de fiesta. Era la hora de actuar. Había preparado, hace tiempo
atrás, un tema para Bruno. Manuel me había ayudado con la música. Y pese a que la vergüenza
pudiese apoderarse de mí, quería cantársela en ése momento. Así que con Manu nos ubicamos en
una punta del parque. Pedimos un micrófono al hermano del amigo de Bruno y allí me ví: frente a
tanta gente cautivando su atención.
-Hace un tiempo que llevo trabajando en un tema… y quería regalártelo en éste día… ojala te
guste… Manu va a acompañarme en la guitarra –dije nerviosa. Sentí varios pares de ojos enfocados
en mí. Manuel comenzó a tocar los primeros acordes y allí me ví: cantándole a Bruno delante de
toda su gente– te regalo mi cintura y mis labios para cuando quieras besar, te regalo mi locura y
las pocas neuronas que quedan ya. Mis zapatos desteñidos, el diario en el que escribo, te doy
hasta mis suspiros, pero no te vayas más. Porque eres tu mi sol, la fe con que vivo, la potencia de
mi voz, los pies con que camino. Eres tu, amor, mis ganas de reír, el adiós que no sabré decir,
porque nunca podré vivir sin ti. Si algún día decidieras alejarte de aquí, cerraría cada puerta
para que nunca pudieras salir. Te regalo mis silencios, te regalo mi nariz, yo te doy hasta mis
huesos, pero quédate aquí. Porque eres tu mi sol, la fe con que vivo, la potencia de mi voz, los pies
con que camino. Eres tu, amor, mis ganas de reír, el adiós que no sabré decir, porque nunca
podré vivir sin ti.
Todos quedaron en silencio al término de la canción. Me sonrojé. Ví a mis amigos con una sonrisa
de satisfacción. Acto seguido comenzaron a aplaudirme provocando que el resto de la gente se
sumase al cálido aplauso. Quien manejaba la música siguió mis instrucciones al pie de la letra. Pedí
que no dejase un bache entre mi tema y la próxima tanda de baile. No quería ser el centro de
atención de todos. Comenzó a sonar una música suave. Bruno caminó hacia mí, yo caminé hacia él.
Nos fundimos en un abrazo.
-¡Me encantó! –exclamó al tiempo que acariciaba mis mejillas con sus manos– Sos increíble, Lu.
-Vos sos increíble –dije con una sonrisa tonta. Se acercó a mí y quiso besarme.
-¡Ya! ¡Qué me importa! –en ése instante se me llenó el corazón de felicidad. Sonreí como una
tarada. Bruno me alzó de la cintura y me dió un beso. Podía sentir cómo muchos de los presentes
nos miraban. Pero nada me importó. Seguía concentrada en aquel beso– Te amo mucho –dijo
rozando mis labios.
122
La noche se había convertido en mañana. Me desperté de golpe, sin motivo alguno. Sobre mi
habitación se reflejaban destellos de luz por el efecto del sol. Era sábado. Me hubiese quedado
remoloneando en la cama largo rato de no ser por la nota que ví escrita sobre mi mesita de luz. La
acompañaba un paquete de chocolate. Indudablemente había sido Bruno. Él sabía que ésa era mi
golosina preferida. Refregué mis ojos con pereza y tomé el papel. Definitivamente aquella era la
letra de Bruno.
Buenos días, mi amor. Cuando leas ésta nota quiero que te levantes y entres a la ducha. Te armes
un pequeñito bolso con lo que creas necesario para pasar todo un fin de semana conmigo. No
acepto un “no” como respuesta. Tomá la guitarra. En una hora paso a buscarte. Te amo. Bruno.
Sonreí tontamente y me dispuse a cumplir las exigencias de Bruno. Tomé un baño caliente y
relajante mientras me zambullía entre las diversas teorías acerca de a donde iría a pasar aquél fin
de semana. Fuera el lugar que fuera sabía que con Bruno iba a divertirme. Salí de la ducha y me
vestí. Rellené un bolso con ropa y todo lo que fuese conveniente llevar. Me alcé al hombro la
guitarra y bajé las escaleras. Todos parecían saber de que se trataba aquello ya que nadie hizo
observación alguna.
-Mmm… ¿Cómo decirlo?... ¿Está mal que quiera pasar un fin de semana a solas con mi novia? –
preguntó teatralizando.
-¡Ya! Relajate un poco… ¡es que siempre querés saber todo, eh! –puse cara de perro y el río por lo
bajo.
Al cabo de una hora estábamos en la estación de Tigre. Le lancé varias miradas confusas y él sólo se
limitó a reír. Sacó dos boletos para un lugar llamado Luz y Fuerza. ¡Ahora sí que estaba perdida!
Subimos a un catamarán pequeño con un gentío. Yo seguía sin entender de qué iba todo este
asuntito. Bruno llevaba un bolso de ropa y otro más que no sabía cual podría ser su contenido.
Cargaba con dos bolsas repletas de comida. Transcurrió media hora de viaje por agua. Bruno se
encargó de distraerme para que dejase de preguntar cual sería nuestro destino. De la parte superior
del catamarán se escuchó una voz masculina que anunciaba la llegada al complejo La Ursulina.
Bruno tomó todas sus cosas a gran velocidad y me sonrió, dándome a entender que ese era nuestro
destino. Fue todo un logro saltar del barquito al muelle del complejo. El río tenía demasiado oleaje,
por lo que el catamarán se movía de un lado al otro incesantemente. La Ursulina era un complejo
de cabañas sobre el Río Sarmiento, en el Delta del Tigre. Deberían ser unas cuantas hectáreas.
Sobre el río había un muelle de madera con una arcada del mismo material que nos daba la
bienvenida. Las cabañas estaban divididas por una frondosa ligustrina. Y cada cabaña tenía un
color diferente. Caminamos por el corto muelle siguiendo un camino de lajas empotradas sobre el
césped. En la puerta de la cabaña azul nos esperaba un hombre de ojos claros y sin pelo. Bruno lo
saludó sin ningún tipo de formalidad. Ésa era nuestra cabaña. Para entrar había que subir varios
escalones, de madera también. Tenía una pequeña sala con un sillón de mimbre y una mesita
ratona. Un comedor bastante amplio y bien equipado. Una mesa y ocho sillas. Un televisor sobre
una mesita de mimbre también. Una cocina donde solo cabían dos personas. Un baño ínfimo y una
habitación con cama matrimonial.
-¿Pensás decirme de qué va todo ésto? –dije apoyando mis pertenencias sobre el sillón.
-Vamos a pasar el fin de semana acá… ¿no te gusta? –y su cara mostraba sorpresa.
-Sí que me gusta… ¡¿Cómo no me va a gustar?! –y sonreí– ¿Todas las cabañas son del mismo
tamaño?
-No… hay más chicas. Esta es la más grande, sin contar la del dueño.
123
-¿Y por qué elegiste la más grande?
-Porque mañana vienen los chicos a pasar el día –me lancé sobre él y lo abracé hasta ahogarlo.
Dedicamos las primeras horas del día en acomodar todo lo que Bruno se encargó de llevar.
Mientras yo limpiaba el lugar, él se reunió con el dueño del complejo para saldar cuentas y comprar
bebida. Ya eran la una del mediodía y el estómago me crujía.
-Mañana a las diez pasa el catamarán. Hay que levantarnos para comprar lo que nos falta y además
la carne para el asado –dijo entrando a la cabaña.
-Sí, me dio la idea Joaco… ellos traen algunas cosas mañana y yo les dije que compraba el asado
acá… así la carne no se echa a perder durante el viaje.
-¡Ay… ves que pensás en todo! –y rodeé su cuello con mis brazos.
Ese mediodía preparamos comida rápida para poder disfrutar el resto de la tarde. Luego de lavar
los cacharros que usamos salimos al parque con dos reposeras y las echamos sobre el césped.
Nuestra cabaña tenía salida al río y al muelle por el que llegamos. Nos la pasamos charlando y
contándonos anécdotas que ninguno conocía del otro.
-Fue un momento muy duro… yo era muy chica –y llevaba la voz apenada.
-Diez.
-Lu, eras una nena ¿Cómo ibas a ser culpable? –y me tomó de la mano.
-Sí, lo sé… pero en aquél momento creía serlo… fue muy fuerte… de un día para el otro mi viejo
había hecho las valijas y se había ido pegando un portazo.
-Algunos meses… no llegaron al año… me acuerdo que el día en que todo se arregló volví del colegio
y ví a mi papá sentado en la sala mirando televisión junto a mamá. Corrí hacia ellos y me eché a
llorar desconsoladamente –y dejé escapar una lágrima.
-No es tristeza… no sé… era muy chica para tener que transitar ésa situación… quería hacer oídos
sordos y me era imposible… pasaba la mayor parte del tiempo en casa de Cande.
-Sí… son como mi familia… papá y Hernán se conocen desde pequeños… de hecho Hernán es mi
padrino… y mi mamá es madrina de Cande. Papá también es padrino de Lucas, el hermano menor
de Cande. No sé… los conozco desde que tengo uso de razón. Son muy buena gente… y en aquél
entonces a mí me ayudaban mucho… Marisa me daba explicaciones sobre cosas que mi mamá no
podía. Me contuvo mucho. A Pato y a Ana también, pero ellos eran más grandes en ése momento.
-Cuando conocí a Cande supe que era divina… tiene algo especial que la distingue del resto.
124
-Sí… Cande es… es mi otro yo… es mi complemento… siempre estuvimos juntas… es mi hermana
del alma –y sonreí orgullosa de ella.
-Igualmente a Sofi y a Dani las adoro también… nos conocemos desde pequeñas… pero con Cande
me une algo mucho más fuerte… no sé cómo explicarte.
-En verdad no… no podríamos estar juntos… somos muy diferentes y éso es lo que hace que
podamos ser amigos… ella es mucho más liberal en sus relaciones… no duraríamos ni una semana
–y rió.
-Mmm… –espetó pensativo– es algo que estoy analizando desde que empezamos a salir… y llegué a
la conclusión de que lo nuestro no se va a terminar nunca… va a ser eterno –me fue inevitable no
sonreír. Me extendió su mano y me senté sobre sus piernas.
-Gracias por llegar a mi vida sin aviso… no sé qué sería de mí sin vos.
-¿Y yo? Yo no puedo imaginarme sin vos… sos… sos todo lo que necesito para sentirme vivo… sos lo
que le da sentido a todas mis cosas… supongo que si no te hubiese conocido seguiría igual que
siempre… alargando una relación con Paula que ya no tenía cura… levantándome por inercia cada
mañana… respirando porque tengo los pulmones llenos de oxígeno… no sé… sería muy vacía mi
vida.
-Te amo –y me dió un beso– te amo –y me dió otro– te amo –y otro más.
Nos quedamos un rato más de aquella forma hasta que la luna se apoderó por completo del cielo.
Entramos a la cabaña y preparamos algo calentito para cenar. Estar cerca del río provocaba tener
más frío que de costumbre. Una vez que terminamos de cenar, salimos al parque. Nos acostamos
sobre unas cuantas mantas y nos quedamos allí tapados.
-Desde chiquito me gusta mirar las estrellas… me acuerdo que siempre lo hacía con papá, los dos
solos. Después se sumó Bauti y por último Flor. Nos quedábamos horas mirándolas. Cuando mis
hermanos quedaban profundamente dormidos los llevábamos a upa a su dormitorio y volvíamos
los dos solos. Era el momento que compartía siempre con papá… extraño mucho hacerlo –y sentí
un dejo de melancolía en su voz.
-Un poco menos de lo que creía… supongo que estar con vos me retiene bastante… los chicos
también… creo que si no estuviésemos juntos ya me hubiese vuelto a Bahía.
125
-Sí… vivir acá es muy distinto a vivir allá… vos misma lo pudiste comprobar… fue un cambio muy
brusco para mí… pero bueno… termine acostumbrándome.
-Mmm…
-Yo… yo quiero que sepas que vos no tenés que quedarte acá… por mí. Vos podés irte las veces que
quieras a Bahía… no es una condición que me lleves con vos… y… y mucho menos que te quedes
por mí… yo puedo entenderlo ¿sabés?
-¿Vas… vas a… dejarme? –tartamudeé con miedo en la voz. Él se echó a reír con ganas.
-¿Cómo podés creer que voy a dejarte, Lu? –yo me encogí de hombros– yo voy a estar con vos hasta
que vos quieras…
-Entonces será para siempre –sentí que el corazón volvía a latirme regularmente. El cuerpo
comenzaba a temblarme por el frío. Bruno lo notó y me apretó más a su cuerpo al tiempo que me
rodeaba con sus brazos. Nos mantuvimos largo rato en silencio. Sólo podía oírse el ruido de las olas
chocando contra las piedras.
Nos quedamos tumbados allí. Sentía la respiración acompasada de Lucía sobre mi cuerpo: se había
quedado dormida. La tomé en brazos y en una fracción de segundos recordé cuando hacía aquello
con mi hermana. Entré a la cabaña y con un empujón del pie logré cerrar la puerta. Me dirigí a la
habitación.
-¿Qué? ¿Qué pasó? –espetó de golpe abriendo los ojos de par en par.
-Nada, amor… te estaba por poner el pijama… te quedaste dormidita –ella terminó de vestirse y la
cubrí con la sábana y unas cuantas frazadas.
-No, quedate conmigo –dijo encaprichada a la vez que dejaba caer sus párpados.
-Lu… hace frío afuera… en cinco minutos estoy en la cama… dormite, amor –y dejé un beso en su
frente. Salí fuera de la cabaña y una ráfaga de viento me hizo temblar. Recogí todo lo que habíamos
dejado allí y volví a entrar. Me dí una ducha caliente para contrarrestar el frío y me metí en la
cama.
-Tardaste mucho –se quejó entre sueños mientras rodeaba mi cintura con su brazo.
126
-Es que me duché… dormí, nenita –y la apreté contra mi cuerpo.
-Yo también te amo –ví cómo buscaba mi boca con la suya sin abrir los ojos. Me acerqué a su cara y
la besé.
-Gracias –dijo con una sonrisa torcida al tiempo que se desplomaba sobre mi cuerpo y se entregaba
al más profundo de los sueños.
Veintinueve: Recuerdos.
127
Aquélla mañana desperté como consecuencia del sol que atravesaba los cristales de la ventana. Me
giré hacia donde se encontraba Bruno, pero su lugar estaba vacío. La sábana estaba fría, señal que
hacía tiempo que ya se había levantado.
-¡Bruno! –grité.
-¡Vení! –volví a gritar. Cuando Bruno atravesó la puerta le sonreí tontamente. Me arrodillé sobre la
coma y él se paró frente a mí. Por vez primera no tuve que ponerme en puntitas de pie para poder
besarlo– Hola, mi amor –dije cariñosa al tiempo que acercaba mi cara a la suya.
-No me despertaste –dije fingiendo ser una pequeña– Odio que hagas éso.
-Sí, quería dormir… ¿pudiste comprar todo? –al tiempo que le llenaba la cara de besos. Él sólo
asintió.
-Vestite, Lu… en un ratito llegan los chicos –dijo cuando lo dejé respirar.
-Mmm… no quiero.
-Se nos va a hacer tarde, mi amor… dale, vestite… después vienen los chicos y estás a medio
cambiar.
-Mmm… se me ocurren mejores ideas… tenemos algo de tiempo –le quité la remera y acerqué a mi
cuerpo.
-Cómo nos levantamos hoy, eh –ironizó gracioso. Lo miré enojada. Me sonrió con cara de angelito,
como siempre, al tiempo que se recostaba sobre mi cuerpo.
Cerca de las once de la mañana llegaron nuestros amigos. Nos organizamos de manera tal que ellas
se encargaron de las guarniciones, al tiempo que nosotros nos pusimos al hombro el tema de asado.
Almorzamos en el parque todos juntos. Era un día espléndido. El sol quemaba, pero el viento lo
apaciguaba. Realmente sentía una gran felicidad. Me habían integrado al grupo y me trataban
como si me conociesen de toda la vida.
-Nada de eso… en realidad con Sofi queremos compartir algo con ustedes…
128
-Bueno… en realidad… con Sofi queremos… queremos comprometernos –ví cómo Lucía esbozó su
sonrisa más sincera y él le respondió de igual forma. Sus miradas se mantuvieron por algunos
segundos.
-Decidimos no hacerlo de manera íntima, como quizás debería ser, y preferimos compartirlo con
ustedes… que vivieron a nuestro mismo ritmo esta historia –habló la voz enamorada de Sofía.
Todos sonreímos con satisfacción. Pablo sacó de su mochila una cajita color verde. Contenía dos
anillos de plata. Cada uno llevaba grabado el nombre del otro. Se dijeron palabras de amor y se
besaron como si fuera la última vez. Todos acabamos aplaudiendo a la pareja recién comprometida.
Un rato más tarde las chicas se encargaron de levantar todo de la mesa, mientras nosotros
organizábamos un campeonato de truco.
Estábamos todas en la cocina terminando de fregar los cacharros. Al mismo tiempo nos
encargamos de atacar a Sofía con mil y un preguntas. Ella sólo sonreía de oreja a oreja. Parecía una
modelo de una marca de dentífrico.
-Es que… no sé… me siento rara… hace mucho tiempo que estamos juntos… ustedes saben que yo
nunca tuve suerte con los hombres… y nada… Pablo apareció así como si nada –y llevaba ojos de
enamorada.
-A simple vista se nota lo mucho que se quieren, amiga –y Dani le sonrió sincera.
-Y es exactamente éso lo que me gusta… sentir que es un amor puro… que es verdadero… en
realidad todo esto fue idea de él… yo sólo me limité a seguirle el jueguito –y largaron risitas
divertidas.
-¿Vos, Luli, qué pensás? –me dijo Cande. Sabía que me conocía lo suficiente.
-Estoy súper contenta… me alegra saber que se sienten felices… y si ésto del compromiso sirve para
seguir confirmando el amor que se tienen ¡bienvenido sea! –dije al tiempo que secaba mis manos.
Sofía se acercó a mí y me rodeó con sus brazos en un abrazo cálido. Nos dijimos lo mucho que nos
queríamos. Las chicas quedaron dentro de la cabaña poniéndose ropa más cómoda. Yo salí de allí
en busca de los chicos.
-Mi amor –me llamó Bruno con una sonrisa dulce– ¿A dónde vas?
-Me voy a sentar al muelle un ratito –dije mientras me apoyaba sobre la espalda de Fede.
-Están dentro de la cabaña… querían ponerse ropa más cómoda –contesté– ¿Quién va ganando?
-¡Nosotros, Enana, nosotros! –gritó Joaco con orgullo. Un equipo estaba conformado por él,
Ignacio y Bruno. El otro, por Manuel, Federico y Pablo.
-¿Estás bien, amor? –me preguntó Bruno con el ceño fruncido. Yo sólo asentí– Vení acá un poquito
–me acerqué a él y me senté sobre sus piernas– ¿De verdad estás bien? –y acarició una de mis
mejillas.
129
-Dale, jugá –le dije. Le dí un beso en una mejilla y me levanté en dirección al muelle.
-¿Querés que te acompañe? –me preguntó mientras me tomaba del brazo bruscamente.
Me alejé de ellos y me senté en uno de los escalones del muelle. Mi mente se entrelazaba con más
de un pensamiento, con más de un recuerdo. Ví cómo las chicas se sentaron junto a los chicos.
Automáticamente Pablo caminó en dirección a mí.
-¿Estás bien, Luli? –me preguntó mirándome a los ojos. Esos ojos verde agua.
-Te conozco… sé cuándo estás bien, cuándo estás mal… no digo que estés triste, pero me parece que
estás un poco sensible ¿puede ser?
-¡Es que me conoces tanto! –grité divertida provocando una sonrisa orgullosa en su cara.
-Nada… no sé… tu compromiso con Sofi me trajo muchos recuerdos –y sentí vergüenza.
-¿Cómo podés decir éso? ¡Obvio que me acuerdo! Éramos muy chicos… pero me acuerdo muy bien
–y sonrió– Yo a vos te quise mucho ¿sabés?
-Yo también te quise mucho –sentí que las mejillas me cambiaban de color.
-Y me acuerdo de todas las cosas que viví con vos… y ¿sabés qué? –yo negué– No me arrepiento de
nada –y tomó una de las manos. Yo sonreí con alegría.
-Yo tampoco.
-¿Te cuento un secreto? Aquél día me la pasé ensayando frente al espejo una y otra vez… no sabía
cómo pedírtelo… no sabía cómo ibas a reaccionar… me acuerdo que mi hermano entró sin golpear
la puerta y me vió ahí practicando cómo decirte que había comprado los anillos… me gastó durante
muchas horas –los dos reímos– Y al fin y al cabo terminó ayudándome –me contó. Nos miramos
durante un largo rato y sonreímos tontamente. Nos fundimos en un abrazo amistoso.
-Yo tampoco me voy a olvidar de Pablo, mi primer novio y comprometido –esbocé de igual forma
soltando una risita. Nos quedamos allí abrazos unos momentos más al tiempo que nos
recordábamos lo mucho que nos queríamos.
130
Me llamó la atención que Lucía se hubiese quedado en compañía de Pablo un largo rato. Me
preocupaba. Quizás mis celos me cegaban por completo, pero la conocía lo suficiente como para
armar una de mis escenitas. Cuando ví que él se dirigía hacia nosotros, me fui en busca de ella.
Cuando me crucé en el muelle con Pablo, me sonrió y yo lo imité.
-¿Qué tenés?
-Nada, Bru.
-¿Querés que me vaya? No me molesta que quieras estar sola –le aclaré.
-No tengo ganas de hablar… pero quiero que te quedes conmigo –se acercó y se acurrucó en mi
cuerpo. Me fue inevitable no sonreír tontamente.
-¿La estás pasando bien? –le pregunté al tiempo que la apretaba más a mí y le acariciaba un brazo.
Ella sólo asintió– ¿Tenés frío? –porque noté que su cuerpo temblaba levemente.
-¿Estás llorando? –pregunté preocupado al tiempo que intentaba ver su cara– ¿Qué tenés, nenita?
-Recuerdos…
-¿Te voy a buscar un buzo, querés? –dije tratando de cambiar el tema paro no hacerla sentir mal.
-Voy a buscarlo y vengo ¿si? –y acerqué su cara a la mía. Nos dimos un beso y me fui en busca de
un abrigo.
Cuando salí de la cabaña ví que Lucía estaba junto a todos los chicos sobre el parque riendo como si
nada. Me sentía confundido, pero amaba verla reír. Sin duda su risa era el mejor sonido que jamás
había escuchado. Me acerqué a ellos y me senté sobre una manta que había en el césped luego de
darle el buzo. Cuando me di cuenta, ella estaba sentada sobre mis piernas, hundiendo su cara en mi
cuello al tiempo que dejaba sobre él besos chiquitos.
131
Treinta: Los tuyos, los míos y los nuestros.
Hacía ya dos días que mi familia había viajado a Capital. Me sentía feliz de poder llevarlos a
recorrer cada lugar que ya conocía. Junto a Lucía los llevamos a los lugares típicos de la ciudad
porteña. Estábamos todos viviendo en mi departamento. A mis viejos les cedí mi habitación.
Nosotros tres dormimos en el living en tres colchones. Ya era domingo, al día siguiente ellos se
volverían a Bahía. Ese mismo mediodía almorzaríamos todos juntos en casa de Lucía. Sería la
presentación oficial de las dos familias. Me desperté temprano y desayuné junto a mis viejos y mi
hermana. Bautista durmió hasta última hora, por supuesto. Tomé una ducha caliente y me dispuse
a elegir algo de ropa para la ocasión. En casa de Lucía me conocían hace tiempo, pero tenía la
extraña sensación de querer estar perfecto. Obviamente me sentía nervioso. Pero sabía que al fin y
al cabo no había motivos para que algo saliese mal. Jean. Zapatillas. Camisa. Mi look de todos los
días. Una vez todos listos, nos fuimos en el auto de mi viejo hacia la casa de mi novia.
Me desperté aturdida por el pitido del despertador. Aquél sería un gran día. Mamá y Ana estaban
enloquecidas por conocer a la familia de Bruno. De un salto salí de la cama y me metí en la ducha.
Al cabo de media hora ya estaba frente al espejo secándome el pelo y decidiendo que llevar puesto.
Jean. Botas de media caña. Una remera de algodón y encima de ella un pulóver lo suficientemente
abrigado. Dejé mi pelo suelto y el flequillo sobre la frente. Me eché perfume y me maquillé lo más
natural posible. Al tiempo que bajaba las escaleras el timbre sonó. El reloj marcaba las doce y
treinta del mediodía.
-¡Hola! –exclamé al ver a toda la familia Rojas del otro lado de la puerta.
-Hola, nenita –dijo Bruno al tiempo que entraba y unía sus labios con los míos.
-Pasen, pasen –y les abrí paso a los restantes. Nos repartimos besos de educación y los conduje
hacia la cocina.
-Hola, María –dijo Bruno con una sonrisa torcida al tiempo que le daba un beso en la mejilla.
-Bien, bien –pronunció Bruno nervioso– bueno… ésta es mi familia… mis viejos, Claudia y
Fernando, y mis dos hermanos… Bautista y Florencia.
-Y ésta es mi familia –tomé la palabra– mi mamá María, mi papá Jorge y mis hermanos… Ana
Laura y Patricio… y ella es mi cuñada, Jimena.
Todos se saludaron como correspondía. Mi papá había preparado, con ayuda de mi hermano, un
asado. Mamá y Ana se encargaron de una picada bastante abundante de manera que pudiésemos
picar algo antes del almuerzo. Claudia había preparado dos tortas: una de chocolate con dulce de
leche y otra de crema pastelera con frutas, mi preferida. Mientras los hombres de mi familia junto a
los hombres de la familia de Bruno quedaron en el jardín, las mujeres de mi familia y las de la
familia de Bruno quedaron dentro de la cocina. Subí con él en busca de un buzo para mi cuñada.
-Sí, supongo que sí… tus viejos son divinos… imposible que se lleven mal –al tiempo que revolvía
mi placard.
132
-Los tuyos también, Lu. Sé que a mis viejos les hace bien ver cómo me tratan los tuyos… aunque no
se conocen, se sienten seguros, creo…
-Y la mía también te quiere más que a mí –los dos nos echamos a reír– ahora que te miro… –y me
hizo dar una vueltita– ¡Te pusiste bien linda, eh! –y me sonrió.
-Y también me dí cuenta que desde que llegamos me diste un solo beso –y puso puchero.
-¡Ay que novia mala que tenés! –espeté jocosa. Me tomó de la cintura y yo rodeé su cuello con mis
brazos. Nos dimos un beso dulce y largo. Lleno de amor.
Con Bruno fuimos tomados de la mano hacia el quincho. Ya estaban todos en la mesa
esperándonos. Bruno se sentó juntó a mí y cerca de su hermana, quién había protagonizado un
berrinche momentos atrás.
-Y… es difícil… toda la vida viviendo en un pueblo… yo nací en Capital pero al poco tiempo mi
familia se fue para Bahía… Fer nació allá –dijo Clau.
-Es un ritmo completamente diferente el que llevan ustedes al que llevamos nosotros… por éso
creímos que Bruno no iba lograr acostumbrarse –agregó Fernando.
-Se acostumbró bastante rápido –esbozó mi hermano, ganándose mi mirada asesina y un golpe de
Jimena.
-No es la única –murmuró Jime ganándose una mirada furibunda de mi hermano. Todos nos
echamos a reír.
El almuerzo siguió de aquélla manera. Se habló de lo que se habla generalmente en ése tipo de
situaciones. Luego de la comida, mamá sirvió café con ayuda de Claudia y cortaron las tortas que
ella había traído. Alrededor de las cinco de la tarde llegaron nuestros amigos, en manada.
-¿Cómo anda la segunda mamá? –esbozó Manuel con voz cantarina al tiempo que abrazaba a
mamá.
133
-Bien… vinimos a tomar cafecito con vos –dijo Ignacio.
-¡Ya! ¿Ahora soy tu madrina por ser el novio de mi ahijada? –dijo mamá divertida.
-Sí… ésta es la casa del encuentro… andan siempre todos dando vueltas por la casa… desde
chiquitos… ahora se sumaron Rochi, Euge y Bruno… ya no somos cinco en la familia… somos
catorce… contándola a Jime también –dijo papá divertido.
-Los entiendo… cuando Bruno vivía en Bahía era igual… ahora nos pasa con los amigos de Bauti –
contó Claudia.
-¡Ah y guarda si haces diferencia, eh! A Cande me la torturan por ése motivo… y a Pablito
también… aunque saben que los quiero a todos por igual –se defendió mamá.
-Pablo, María, Pablo… no le digas más Pablito –la gastó papá y todos nos echamos a reír.
-Aunque el que se lleva todos los premios acá es Bruno… la tiene metida en el bolsillo –dijo mi
hermana provocando la vergüenza en él.
-No es muy difícil meterse a María en el bolsillo… no hay que tener nada especial –esbozó Federico
celoso.
Así nos quedamos el resto de la tarde. Mi familia. La familia de Bruno. Nuestros amigos. El reloj
marcaba las ocho de la noche. Papá propuso que la familia de Bruno se quedase a cenar. Ellos
aceptaron con la única condición de repartir los gastos. Los chicos también se quedaron, por lo que
pidieron pizzas para un verdadero batallón. Cenamos en la sala, porque el frío nocturno no podía
tolerarse mucho más.
-La manito, Rojas –espetó Fede. Yo estaba sentada sobre las piernas de Bruno. Todos los hombres
Rojas lo miraron confusos.
-Luli es una hermana para nosotros y aunque Bru ya forma parte del grupo, no dejamos que se pase
de la raya –explicó Manu con sinceridad.
134
-Claro que no… pero igual… la manito Rojas junior –dijo Nacho provocando la risa en los demás.
-Yo, la verdad, que quiero felicitarte –le dijo Cande a Claudia– Tu hijo es un sol.
-Sí, me adhiero a éso –agregó Rochi. El resto de las chicas asintieron sonrientes.
-¿Te das cuenta lo que nos hace? Se lleva todos los premios, siempre –espetó Pablo fingiendo
enfado.
-¿Qué más querés, Bruno? –intervino Federico– Te quedás con Lucía, María te quiere más que a
nosotros –y aquello fue un reproche para mamá– Nuestras novias nos exigen que seamos como
vos… hay algo que no encaja.
-¡Ya, Fede! ¡Te dije que cuando quieras te doy clases! –y mi novio se hizo el superado.
-¡No te agrandes! ¿Querés? –y lo golpeé en un hombro. Me sonrió con picardía y me robó un beso
chiquito bajo la mirada amenazante de mi hermano.
-¡Bautista Rojas! –exclamaron Bruno y Fernando al unísono. Las mujeres nos echamos a reír.
Se había hecho demasiado tarde. Los chicos fueron los primeros en irse a sus respectivas casas, con
excepción de Candela que se quedaría a dormir. La familia de Bruno se despidió de la mía y yo fui
quién los acompañó hasta la puerta. Saludé a todos y les desee un buen viaje.
-Yo también, nenita… pero pensá que mañana te levantas y al ratito ya me ves.
-Mucho.
-¿Me amás?
-Mmm… una que yo conozco está muy mimosa… ¿puede ser? –canturreó divertido y yo sólo
sonreí– Mucho… mucho te amo –dijo con dulzura. Sonreí una vez más y lo besé– ¿Y vos? ¿Me
amás?
-¡Eso sí que es mucho, eh! –y rió– Bueno me voy, amor, que me están esperando hace un montón.
135
-Te veo mañana entonces –y puse puchero.
-Sí, te la pongo –dije caprichosa. Él se rió. Nos despedimos con más de un beso.
Entré a casa y ayudé a mamá a acomodar todo lo que había quedado en la sala. Con Cande subimos
a mi cuarto y nos quedamos charlando hasta tarde.
136
Treinta y uno: Tu corazón.
Aquella tarde me ví en casa. Había llenado la bañadera de sales, cada tanto me gustaba hacer ése
tipo de cosas. Elegí unas que tuvieran una fragancia afrutada. Estaba sumergida en mis propios
pensamientos mientras disfrutaba de una plena relajación cuando mi celular sonó a las siete de la
tarde.
-Hola, amor.
-Sí, Bruno… ¿Quién otro puede saludarte así? –espetó molesto. Hacía ya un tiempo que Bruno me
celaba más de lo normal.
-Solo vos –le aclaré– estoy tomando un baño… ni siquiera miré el celular cuando sonó.
-Mmm… muy tentador –dijo divertido. Yo sólo me eché a reír– ¿Querés que te pase a buscar para ir
juntos?
-No. Voy con las chicas –él solo suspiró– Nos juntamos en casa de Cande para prepararnos.
-Espero que te vistas con ropa bien discreta –me retó, pero no noté en su voz ninguna diversión.
-¡Ya, Bruno! ¡Deja de hacerme escenas estúpidas! –le grité abriendo los ojos por vez primera.
-Sí, vos –sentencié– me conociste de una forma y no tengo por qué cambiar.
-¿Podés parar ya? ¿Qué te pasa? –grité y luego traté de apaciguar un poco la voz. No quería pelear.
-¿A vos qué te pasa? –me gritó fuera de sí– desde el compromiso de Pablo y Sofía que estás así.
-Sabes que sí, Lucía… ¿por qué estas así desde ése día en el Tigre? ¿Te molestó que Pablo se haya
comprometido? ¿Te diste cuenta que no te olvidaste de él? ¿Seguís sintiendo algo por él? –y no
respiró entre pregunta y pregunta.
-Sabés de lo que hablo… ¿no te pudiste olvidar de él, verdad? –y noté la ironía en su voz.
-Y si fuese así… ¿qué? –y me arrepentí al instante. Se hizo un silencio por varios segundos.
-Y si fuese así… ya sé lo que tengo que hacer –cuando quise responder ya me había cortado el
teléfono. Lancé el aparato hacia la otra esquina del baño. En mi garganta nació un grito
desgarrador. Me sumergí bajo el agua. Al cabo de un rato salí.
137
-¡Epa! ¿Qué pasa, amiga? –dijo Cande del otro lado del teléfono.
-¡No sé! ¡¿Qué tanto apuro tienen?! –grité al tiempo que sostenía el toallón sobre mi cuerpo.
-¿Qué tenés?
Colgué el teléfono. Tomé un bolso y lo llené de ropa. Esa noche Manuel daría su primera
presentación junto a sus compañeros de Conservatorio. Sería en el teatro Lola Membrives. Tocaría
la guitarra en tres escenas y por último cantaría a dúo con Mariela, una de sus compañeras.
Llegué a casa de Candela y todas ya estaban terminando de arreglarse. Traté de cambiar mis
expresiones para no tener que dar explicaciones de ningún tipo.
Cerca de las nueve de la noche me ví llegando al teatro junto a las chicas y la familia de Candela.
Allí nos esperaban los varones, la familia de Manuel, la de Rocío y la mía. Sólo faltaban Ignacio y
Bruno. Fuera del teatro había dos hombres vestidos de negro y una mujer con carpeta en mano.
Nos hicieron pasar a una especie de hall antes de acomodarnos en nuestras butacas frente al
escenario. Al cabo de media hora los ausentes se hicieron presentes. Me sentí nerviosa cuando ví a
Bruno saludar uno a uno. No sabía cuál sería su reacción.
-Me quedé sin nafta a medio camino –dijo Bruno al tiempo que terminaba de saludar a nuestros
amigos– hola, María –le dijo a mamá con una sonrisa canchera.
-Hola, corazón –le respondió ella con dulzura. A su lado estaba yo. Ví en sus ojos tristeza. Me dió
un beso rápido y vacío. Supuse que era para disimular delante de mis viejos. Si hubiese podido me
hubiese besado en la mejilla.
Entramos dentro y nos ubicamos en los asientos que nos correspondía, uno al lado del otro. Fila
once. Nos entregaron un folleto, el que establecía el orden de las escenas. Vimos a Manu tocando la
guitarra en una esquina del escenario al tiempo que un grupo de chicos y chicas entonaban diversas
canciones. Al cabo de dos horas, el show estaba llegando a su fin, era el turno de Manuel y Mariela.
Salió al escenario en postura de ganador. Cruzamos nuestras miradas y sonreímos con alegría. Su
rostro expresaba entusiasmo, rayando felicidad.
-Qué sensación tan extraña aquélla que sentí al escuchar tu corazón. Qué falsedad la que engaña
a todos en aquél viejo salón. Por eso yo, ya no se qué voy a hacer sin tu amor, si no puedo escapar
de ésta llama que incendia mi cuerpo. Yo ya no intento descubrir qué pasará, si prefiero morir
que aguantar lo que siento, todo lo que yo llevo, lo llevo por dentro… –cantó Mariela.
-Qué sensación tan extraña, llegó sin avisar y acorraló mi corazón. ¿Qué escondes dentro de tu
alma que me hace alucinar y hasta perder la razón?... –cantó Manuel.
138
-Por eso yo, ya no se qué voy a hacer sin tu amor, si no puedo escapar de esta llama que incendia
mi cuerpo. Yo ya no intento descubrir qué pasará, si prefiero morir que aguantar lo que siento,
todo lo que yo llevo, lo llevo por dentro… –siguió ella.
-Que me condenen a cien años, que me destierren si te beso, que me castigue Dios si peco y grito a
voces que te quiero… –cantó él dos veces seguidas.
-Qué angustia siento en el alma, pues tengo que callar cuando en verdad quiero gritar. Qué
misteriosa la calma, se oculta en el umbral de mi ansiedad… –y ella de nuevo.
-Por eso yo, ya no sé qué voy a hacer sin tu amor, si no puedo escapar de esta llama que incendia
mi cuerpo. Yo ya no intento descubrir qué pasará, si prefiero morir que aguantar lo que siento,
todo lo que yo llevo, lo llevo por dentro… –y al tiempo que Manu cantaba ésa estrofa, sólo miraba a
Rocío.
-Que me condenen a cien años, que me destierren si te beso, que me castigue Dios si peco y grito a
voces que te quiero. Te entrego todo lo que tengo guardado aquí en mi corazón –cantaron los dos
reiteradas veces.
La sala entera aplaudió hasta el cansancio. Había sido alucinante. Manuel tenía una voz
privilegiada, admirable.
-¡Muy bien, amor! –gritó Rochi al tiempo que se colgaba del cuello de su novio.
-¡Felicitaciones, macho! –dijo Fede golpeándole amistosamente el hombro. Todos los chicos lo
imitaron.
-¿Qué sos lo mejor de lo mejor? –completó ella. Manuel rió y las dos lo abrazamos de cada lado.
-¡Y yo a mi hijo de sangre! –la imitó la mamá de Manuel y todos nos echamos a reír.
-¿Vamos a comer algo todos juntos? –propuso el papá de Manu luego de que éste fuese pasando de
brazo en brazo.
Así todos nos fuimos a un restaurante en Avenida Corrientes. Una pizzería de lo más antigua.
Según los mayores allí se comía la mejor pizza de todas. Y no exageraron ni un poquito. Bruno no
me dirigió la palabra en ningún momento. Durante la interpretación de Manuel lo miré de reojo a
cada momento pero él seguía con la vista al frente. En la cena se sentó lo más lejos posible de mí.
Se escapaba de mi mirada cada vez que podía. Cuando las agujas del reloj marcaron la una de la
madrugada nos despedimos de nuestros padres y nos fuimos a un bar que se inauguraba ése mismo
día sobre la Costanera. Era un lugar bastante grande y con una decoración de lujo. En la planta baja
había mesas por doquier y gente sentada en ellas. Tenía un largo dec de madera oscura. Había
varias sombrillas con mesas de plástico. En el primer piso había una pequeña pista de baile
rodeada de sillones de cuerina. Allí nos quedamos todos. La pista se había llenado de gente. No
podía verse de un extremo al otro. Sólo una muchedumbre bailando al compás de la música.
-¡Pero qué linda! –me dijo un muchacho frenando en seco a sus amigos.
-Per…fec…ta –agregó otro bastante más alto que el primero. Yo me encargué de apartar la mirada y
seguir junto a mis amigas como si nada.
139
-Las morochas flaquitas son mi perdición –agregó el segundo sonriéndole a Cande.
-¡Dale, nene! ¡Soltala! –gritaron Daniela y Rocío al unísono. La primera en mi defensa, la segunda
en defensa de Euge. Sofi desapareció por arte de magia.
Seguía sobre la barra junto a Joaquín e Ignacio. El lugar se había inaugurado con mucho éxito. La
decoración era increíble, según las chicas. La música era de estilo. Reíamos al ver a Manuel y
Federico haciendo payasadas sobre la pista. Pablo llegaba del baño al tiempo que Sofía se acercaba
a nosotros a gran velocidad.
-¡Luli, Luli, Luli! –gritó sin respirar entre cada palabra. Me atraganté con la bebida.
-¡¿Luli, qué?! –grité. Me tomó de un brazo y me llevó hacia la otra parte del boliche. Los chicos
venían detrás de mí. Ví a Candela pegándole a alguien en un brazo. Era un hombre. La sostenía a
Lucía por la cintura y se le acercaba más de lo permitido. Ardí de ira.
-¿Me hablás a mí? –me dijo él despreocupadamente. Solté el brazo de Lucía con fuerza y me
interpuse entre ella y él, dejándola detrás de mí en símbolo de defensa– Bueno, bueno… llegó el
héroe de la noche –y rió irónico volteando su mirada hacia sus amigos.
-El héroe no, el novio –le grité. Él se acercó a mí. Junté mi frente con la suya demostrándole que no
iba a salir ileso de aquél lugar. Sus amigos lo tomaron de un brazo y lo arrastraron hacia otra parte
del lugar. Ignacio tuvo que ponerse frente a mí y obligarme a mirarlo a los ojos para poder calmar
la furia. Nadie dijo una palabra. Me volteé y ví a Lucía sobre la pared. No lloraba, pero sabía lo
nerviosa y asustada que se sentía– ¿Estás bien? –pregunté de mala manera. Todos me miraron
confusos. Ella sólo asintió– ¿Les puedo pedir que se queden cerca de nosotros? –dije mirando a
todas las chicas. Ellas sólo asintieron. Tomé a Lucía de un brazo tratando por no perder la
delicadeza y la puse delante de mí para guiarla hacia donde nos encontrábamos nosotros
momentos atrás. Ella se agarraba fuerte de mis manos.
Y todo fue demasiado confuso. En ése preciso momento comprendí el enojo de Bruno. Se había
comportado como un verdadero extraño. No vaciló al decir que era mi novio. Me defendió. Y
después… la nada misma. Me trató como si fuésemos amigos.
140
-¿Podés ir y hablar con él? –me dijo Cande sacándome de mis pensamientos.
-¿Eh?
-Yo tampoco… ¿viste la cara que tenía cuando hablaba con el flaco? Estaba lleno de furia… en un
momento sentí miedo.
-Yo también.
Ví acercarse a Lucía hacia nosotros. Desvié la mirada por completo. Era extraño sentir tanto enojo.
Estaba subsumido en una completa confusión. Por vez primera sentía inseguridad y desconfianza
de ella. Era el peor sentimiento que hubiese podido experimentar. Caminaba con pasos lentos y
compungidos. Yo sólo me encargué de revolver la bebida que contenía mi vaso, como si no hubiese
algo más interesante por hacer.
-Br… Bruno –esbozó con voz temblorosa. Yo sólo alcé la vista– ¿Po…podemos… hablar?
-No. No tengo ningún ataque –dijo aclarando su voz. Me volví a sentar. Nuestros amigos estaban a
cierta distancia.
-Por favor –me pidió en un susurro reiteradas veces y sólo pude asentir– Esto… Bruno… quiero que
hablemos sobre lo que pasó hoy… yo… perdoname… no quise gritarte por teléfono… tampoco quise
hacerte pasar por la situación de recién…
-Cierto… pero… en lo otro sí… me parece que tenemos que hablar sobre éso.
-Te escucho.
-Creo que… que hubo un mal entendido, Bru… quiero saber por qué estás enojado.
-¿No lo sabés? –pregunté histérico. Ella hizo un gesto de angustia– Sí que lo sabés.
141
-¿Y cómo es?
-Yo… el día en que él se comprometió… yo… no estoy celosa de eso, Bru… no me molestó ni me
dolió… sólo que… me trajo recuerdos… Pablo y yo nos comprometimos cuando éramos novios… fue
inevitable no acordarme de ése día… traté de disimularlo lo más que pude…
-Puedo llegar a entenderlo –la interrumpí por tercera vez– no pongo en tela de juicio tu historia
con él… es solo que… no entiendo por qué te volviste tan distante conmigo desde ése día –dije con
un dejo de dolor.
-Esto… creo que… ¡es que es muy estúpido! –y tapó su cara con sus manos avergonzada de ella
misma.
-En ése momento me dí cuenta de que a lo largo de todos estos años perdí muchas cosas… no sé…
me acordé del día de mi compromiso con él… y… y del día que lo dejamos todo… el día en que Sofía
me contó que estaban juntos… yo… yo no siento nada por Pablo, Bru – y tomó mis manos entre las
suyas– Yo estoy segura de éso… es solo que… no sé… recordé cómo lo perdí… y me asusté… me
asusté de que me fuese a pasar lo mismo con vos… me siento una tarada, una chiquilina… pero… no
quiero repetir la historia.
-Lo sé… es sólo que… me asusté… yo… yo no quiero perderte, Bruno… sos… sí –y sonrió– sos
indudablemente lo más importante que tengo… lo que más me gusta… lo que más me llena… lo que
más necesito… –se hizo un largo silencio– Me molestó que pensaras que podía sentir algo por
Pablo después de la cantidad de veces que te dije lo mucho que te amaba.
-¿Y qué querías que pensara, Lu? Vos misma reconocés que no te comportaste conmigo de igual
manera después de ése día… además… a vos te pasó lo mismo con Paula…tenía motivos para dudar.
-¡No! ¡Nunca dudes! –dijo al tiempo que se sentaba sobre mis piernas– Por favor, amor, no dudes
de lo que siento por vos… es mucho, de verdad te lo digo… no… no quiero sembrarte ninguna
duda… por favor… perdoname –y la noté compungida.
-Por favor –susurró varias veces buscando mis ojos con los suyos.
-Bueno, dale –dije de igual forma mirándola atontado. Me sonrió como si fuese una pequeña y
buscó mi boca con la suya. Tomó mi cara entre sus manos y me besó con dulzura y
acompasadamente– Amame mucho –susurré sobre sus labios.
Aquélla noche nos fuimos un rato antes del lugar, los dos solos a mi departamento. Confirmamos el
amor que nos teníamos entre medio de las sábanas. Y entendí lo mucho que me amaba al escuchar
el sonido errático de su corazón.
142
Las vacaciones de invierno transcurrían con total lentitud. Gozábamos de tres completas semanas.
La primera de ellas había viajado junto a mi familia a Villa La Angostura. Mis sospechas se habían
convertido en una perfecta confirmación. Aquél lugar era el favorito de mamá y papá. Quizás por
haber sido el sitio dónde concibieron a sus tres hijos. El invierno era demasiado crudo y el clima del
sur del país no colaborada demasiado. No obstante ello hicimos cada cosa que quisimos sin
importar la baja temperatura. Si hubo algo que disfruté con ganas –y que disfruto cada vez que
viajamos al sur– fue esquiar. Mamá y papá eran dos expertos. Pato se defendía de buena manera al
igual que yo. El problema lo tenían Ana y Jimena. Después de tantos años vacacionando allí no se
propusieron aprender a esquiar sin caerse dos veces seguidas. Claro está que con mi hermano
caíamos descostillados de risa sobre la nieve impoluta. Ellas se defendían lanzándonos bolas de
nieve. Minutos después se sumaban los viejos. Y así, se armaba una verdadera batalla entre la
familia. Claro está también, que Candela había viajado con nosotros. Las vacaciones juntas era un
hito. Su forma de esquiar se asemejaba más a la de su madrina. Ella sí tenía paciencia para
aprender. Al contrario, yo era una acelerada. Textuales palabras de mamá. Quedaban dos semanas
por delante cuando estuvimos de vuelta en Buenos Aires. Eugenia y Rocío se habían ido a
Mendoza. Tenían mucha familia que esperaban por ellas. No tenían la posibilidad de viajar con la
misma frecuencia que lo hacía Bruno, dada la distancia. Él se había marchado a Bahía en visita de
todos sus amigos.
Aquélla tarde iba caminando bajo el sol caliente. Estaba abrigada por demás. Era sábado. El lunes
próximo comenzaría la facultad. El invierno sí que me pegaba fuerte. Con mis antecedentes
pulmonares y bronquiales, mis ataques de asma eran insoportablemente continuos, por lo que
llevaba más a mano que de costumbre el broncodilatador. Llegué a la confitería donde me
esperaban mis amigos con una gran chocolatada caliente y facturas. El aspecto externo era de
madera oscura barnizada. Era una esquina llena de mesas y sillas del mismo material sobre la
vereda. Hacia los costados tenía grandes ventanales debajo de los cuales caían flores pequeñas
plantadas sobre canteros de cemento. Tenia techo a dos aguas. Entré dentro y el calorcito del lugar
contrastó contra mi piel fría. Mis amigos ya estaban ubicados en la mesa de siempre. Todas las
tardes de verano e invierno la pasábamos allí dentro. Éramos el grupo de siempre. De hacía dos
años atrás. Faltaban Eugenia, Rocío y Bruno.
-Está terrible –dije al tiempo que mis dientes rechinaban unos contra otros.
-¿Ya pidieron? –pregunté mientras me quitaba el abrigo y me sentaba de espalda al ventanal entre
Sofía e Ignacio.
Nos pasamos un buen rato dentro de la confitería. Se estaba increíblemente bien. Nos la pasamos
contando anécdotas y recordando viejos momentos. El móvil comenzó a sonarme
desaforadamente. Sin ver de quién procedía la llamada atendí al tiempo que masticaba.
-¿Hola?
-¡Bruni! –grité fascinada y dibujé una amplia sonrisa en mi cara. Todos mis amigos me miraron
sonriendo con satisfacción. Hacía ya casi tres semanas que no lo veía. Y dos días que no
hablábamos.
-Bien… muerta de frío… estoy acá con los chicos merendando en la confitería de siempre…
143
-Mandales saludos –me interrumpió– Mucho frío ¿verdad?
-Nada que un paff no pueda solucionar –lo tranquilicé con voz pacífica– Quiero verte –y puse
puchero.
-Te dije que quiero verte –me quejé con el ceño fruncido.
-Yo te estoy viendo –y soltó una risita. Levanté la vista hacia el frente buscándolo dentro de la
confitería– No estoy adentro –indudablemente me estaba viendo desde algún lugar. Volteé mi vista
hacia el ventanal que estaba frente a nuestra mesa– de ése lado tampoco –miré hacia mi izquierda,
la puerta de entrada. Él suspiró– date vuelta –giré todo mi cuerpo para quedar frente al ventanal
que estaba detrás de mí. Y ahí estaba. De pie sobre la otra vereda, con celular en mano y
sonriéndome de lado. Casi por instinto dejé el celular sobre la mesa y salí corriendo del lugar
tropezándome con todo lo que se interponía en mi camino. Crucé la calle a ciegas. Sólo podía
mirarlo a él. Salté y me enredé en su cintura. Su carcajada fue obvia– te dije que te abrigues –me
retó en un susurro al tiempo que me acunaba.
-Hola, mi amor –dijo separando un poco nuestros cuerpos pero sin dejarme sobre el suelo. Tomé
su cara entre mis manos y lo besé con ganas. Extrañaba sus besos.
-Bueno… si querés me vuelvo –ironizó y amenazó con dejarme sobre el suelo. Me aferré más a él de
manera que siguió teniéndome a upa.
-Yo también te extrañé, nenita –dijo de igual forma para después darme un beso, esos que me
gustaban a mí. Cuando por fin le dí una tregua para que pudiese dejarme sobre el suelo, me tomó
de la mano y entramos a la confitería. Saludó a nuestros amigos y se sentó junto a mí. Ordenó dos
chocolatadas bien calientes, una para él y otra para mí. Lo quería más cuando me cuidaba.
-Bastante bien… la verdad que extrañaba estar tantos días con los chicos.
-¡Ya! ¡Nos cambiaste por ellos una vez más! –exclamó Cande fingiendo enojo.
-¡Eso jamás, flaqui! Debo admitir que los extrañé bastante –dijo con una sonrisa torcida. Las chicas
suspiraron de amor. Ellos se hicieron los machos y sólo sonrieron.
-¿Alguna novedad? –le pregunté al tiempo que lo miraba con admiración. No me podía creer que
ya hubiese vuelto, aunque ya fuese hora.
144
-¡No te la vas a poder creer! –gritó fascinado abriendo los ojos de par en par. Yo sólo sonreí
curiosa– ¡Nahuel se le declaró a Vale!
-¡No! –grité feliz– ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué le dijo? ¿Dónde fue? ¿Qué pasó? –pregunté
atolondrada.
-A la semana que llegué a Bahía… tuvimos una charla sobre aquello y… nada… se le declaró como
quien no quiere la cosa…
-Sabíamos que la pileta estaba medio llena… pero no estábamos seguros de que estuviese repleta…
así que nada… comenzó a mover las fichas y se ganó un beso –y se enorgulleció de su amigo.
-No hay mucho más… se reunieron para hablar y empezar algo… no tienen título… no le pidió de
ser la novia… pero bueno… andan bastante bien.
-Creo saber de dónde sacó esa lentitud Nahuel –ironicé con diversión en mi voz. Todos se echaron
a reír, pero él me lanzó una mirada asesina. Le sonreí abiertamente y giré su cara obligándolo a que
me mire. Sin perder la sonrisa lo besé.
Más tarde fuimos juntos hacia mi casa. Esa noche se quedaría a cenar. Estábamos mimándonos en
mi habitación.
-¿Tengo que preocuparme? –pregunté asustada. Él sonrío de lado y negó con la cabeza
simultáneamente.
-¿Me prestás la guitarra? –dijo mientras se levantaba en busca de ella. La sacó de la funda y se
sentó con las piernas cruzadas frente a mí.
-Bueno… ¿cómo empezar?... la semana pasada escribí algo… se lo mostré a Nahuel y me dijo que se
asemejaba a una canción. Se ofreció para hacerle algunos retoques y a ponerle música… no me
quejé… él sabe mucho más de éso que yo…
-Voy a intentarlo… sé que no lo hago del todo bien –y esbozó una sonrisa vergonzosa. Tomó un
papel del bolsillo de su campera y lo puso frente a él. Nahuel debe de haberle enseñado a tocar la
guitarra, o al menos, a tocar esa canción– Llueve afuera, llueve de más, esta desierta la ciudad,
mientras tú y yo nos refugiamos en la eternidad, no siento frío cerca de ti, dentro de mí brilla el
sol. Se cae el cielo y ¿qué más da?, tenemos nuestro mundo. El día sigue siendo azul, si estamos
juntos. No importa nada más, que en ti jamás será invierno, invierno. Tanto ruido, tanta soledad,
gente que corre sin parar. Tras la puerta, ese universo de infinita paz, necesito la calma que tú
me das. Se cae el cielo y ¿qué más da?, tenemos nuestro mundo. El día sigue siendo azul, si
estamos juntos. No importa nada más que lo que tú me das. Nubes, viento, miedo, lluvia, noches
grises, ni una luna por tu invierno de oscuridad. Tú me besas, tú me curas, tú calor y tú ternura
no me dejan en paz, invierno, invierno, invierno. Se cae el cielo y ¿qué más da?, tenemos nuestro
mundo. El día sigue siendo azul, si estamos juntos, no importa nada más, que en ti jamás… se cae
el cielo y ¿qué más da?, tenemos nuestro mundo, el día sigue siendo azul. Se cae el cielo y ¿qué
145
más da?, tenemos nuestro mundo. El día sigue siendo azul, si estamos juntos. No importa nada
más, que en ti jamás será invierno, invierno…
A medida que acariciaba la guitarra y cantaba palabra por palabra sentí que los ojos se me
humedecían. El corazón me golpeaba fuerte contra el pecho hasta hacerme doler. La sonrisa ocupó
toda mi cara. Dejó la guitarra sobre sus piernas y me sonrió con vergüenza.
-Por ser la primera vez que canto… no lo hice tan mal ¿verdad? –dijo rascando su cabeza con las
mejillas coloradas– Admito que practiqué bastante.
-Supongo que… las clases de comedia musical en el colegio hicieron lo suyo conmigo.
-Gracias –le dije entre dientes. Él me respondió la sonrisa con un dejo de timidez. Quité mi guitarra
que ya comenzaba a estorbarme y me lancé a sus brazos haciéndolo caer de espalda sobre la cama.
Quedé sobre su cuerpo y lo llené de besos.
-Te amo –dijo falto de aire, le estaba besando el cuello. Dejé aquello tan entretenido y junté mi cara
con la suya.
-Los dos sabemos a la perfección que si hay alguien que ama más al otro… ése soy yo –y sonrió
cantando victoria. Nos echamos a reír y seguimos dándonos mimos hasta escuchar el grito de
mamá que nos llamaba a cena.
146
Treinta y tres: Miedo.
Por mala fortuna no salí sorteada junto a Bruno y Rocío para este nuevo cuatrimestre. Teníamos
las mismas materias, pero con diferentes cátedras. Cursaríamos por separado Literatura
Norteamericana, Lengua y Cultura Griega I y Lógica, y sólo conjuntamente Historia Social de la
Ciencia y de la Técnica, por ser una materia optativa. Su carga horaria era de una hora y media
semanal. Nada.
-No quiero entrar –por un momento me sentí una niña de poca edad suplicándole a su madre que
la llevase consigo.
-Y yo también quisiera –me dijo por millonésima vez desde que me había enterado que no estaría
con ellos en tercer año– Pero dale… vas a conocer gente nueva… va a estar buenísimo –me alentó
separándose de mí.
-¡Claro!... imposible que me vaya sin vos –y sonrió al tiempo que me acariciaba el pelo. Me quedé
frente a él esperando a que me bese. Sonrió de lado y tomó mi cara entre sus manos y así lo hizo. Se
separó de mi esperando a que me fuese, sin embargo, seguí de pie haciendo trompita como él para
que siga besándome. Soltó una risita divertida y me golpeó con cuatro o cinco besos cortos.
Suspiré más de una vez y entré al salón. Las gradas estaban casi repletas. Desde el fondo una chica
alzó su mano llamándome. Señal que había, al menos, un lugar para mi cuerpo. Era una grada de a
tres. Ella era morena. De pelo negro hasta los hombros. Unos ojos verdes felinos que encandilaban.
Él era de tes clara y melena rubia. Unos ojos celestes como el mar. Indudablemente tenía una cierta
tendencia hacia los tríos.
Las tres primeras horas de clase pasaron con total lentitud. Cierto que Literatura Norteamericana
no era la materia más entretenida. No obstante lo cual, los profesores eran bastante claros al
hablar. Extrañaba a Rocío y Bruno, pero, Felipe y Vanina eran una buena dupla. Durante el primer
receso me quedé hablando con ellos, dado a que mi amiga y mi novio seguían en clase.
Casualmente, Vani vivía a pocas cuadras de casa. Ocho, para ser precisa. Feli, era de Pergamino, un
pueblito a las afueras de la ciudad. Hacía ya dos años que vivía junto a un amigo a pocas cuadras de
la universidad.
-¡Amiga! –me gritó Rocío al tiempo que bajaba con Bruno las escalinatas. Yo los esperaba junto a
Felipe y Vanina. Les sonreí abiertamente a ambos.
-Creí que te habías ido –dijo Bruno y me besó para que no cupiera duda alguna acerca de nuestro
noviazgo.
-No, me quedé esperándolos… les quiero presentar a mis nuevos compañeros… ella es Vanina y él
es Felipe. Y ellos son Rocío y Bruno… mi amiga y mi novio –y el pecho se me infló de orgullo.
-Sí, vamos, mi estómago está haciendo estragos en mi cuerpo –espetó Rochi soltando una risita
provocando la carcajada en los demás.
147
-Bueno, Luli, nos vemos mañana –dijo Vani al tiempo que nos saludamos.
-Sí, hasta mañana –la imitó Feli. Ellos se fueron por su lado y nosotros tres por el otro. Aquél día
Bruno había dejado el auto a varias cuadras del edificio por lo que debimos caminar. Estaba muy
emocionada por mis nuevos compañeros.
-¿Quiénes?
-Vanina y Felipe… ¿sos sordo? –intervino Rochi. Largué una risa por su espontaneidad, al tiempo
que Bruno le lanzaba una mirada asesina a través del espejo retrovisor.
-¿Quién es él? ¿Cuántos años tiene? ¿Trabaja? ¿Con quién vive? ¿Te tiró onda? –dijo pisando con
más fuerza el acelerador. Con Rocío nos echamos a reír con ganas.
-Se llama Felipe, es un año mayor a nosotros, trabaja en un call center, vive con un amigo porque
es de Pergamino y no… no me tiró onda.
-Sabés demasiado de su vida por ser el primer día… no me gusta nada que curses con otra gente –y
noté cómo apretaba con fuerza el volante.
-Hoy a la mañana no decías lo mismo –alegué en mi defensa. Me echó una mirada odiosa. Ese
mediodía me dejó primera en mi casa. No pudimos despedirnos como corresponde por dos
motivos. Primero, Rocío estaba famélica. Segundo, y el más importante, Bruno ardía en celos.
Desperté de golpe al sentir la voz de mamá susurrándome al oído. Teléfono, Luli. Me refregué los
ojos con pereza y lo tomé.
-¿Pajarilla?
-Sí, así te apodó Bruno… dice que pareces una pajarilla con todos los pelos enmarañados –y solté
una risita.
-¡Ya lo voy a agarrar a ese! –amenazó divertida– Amiga, te llamo porque hoy viene Fede a cenar a
casa y Rochi invitó a Manu… ¿querés venir con Bruno? Dice que Rochi que te quedes a dormir acá
y mañana van a la facu juntas.
-Dale, Luli… hablamos más tarde, un beso –colgué el teléfono y volví a marcarlo. Tardó varios
minutos en responder.
-Ehm… me llamó Euge… nos invita a cenar a su casa… van los chicos… ¿querés ir?
148
-¿Vos tenés ganas? –me preguntó.
-Me da igual.
-Estoy dormido… no puedo reaccionar aun –y me eché a reír. Verdaderamente me causaba mucha
ternura. Finalmente quedamos en que ocho y media de la noche pasaría a buscarme para ir a cenar
a casa de las hermanas Esquivel.
El reloj marcaba las ocho de la noche cuando salí de bañarme. Llevaba puesta la bata de toalla al
tiempo que exploraba mi placard. Opté por un jean gastado, una polera de algodón color negro y
me eché encima de ella una remera mangas cortas en azul eléctrico con estrellas y arco iris en
fluorescente. Medias abrigadas y zapatillas botita de cuerina. Me eché el tapado encima, previo
armar un bolso con la ropa de noche y los apuntes para el día siguiente de la facultad. Me eché
perfume y esperé a Bruno en la cocina.
-Nunca podes estar fea vos… sos linda –y su voz dulce que me derretía.
-Un poco… pero no me hagas acordar mejor –esbozó disgustado. Reí por lo bajo y lo besé con
ganas– Tenés gusto a frutilla –y pasó su lengua por sus labios.
-No, es mío –dije caprichosa. Frenó el auto sobre la vereda y me miró con firmeza– ¿Qué? –se
acercó a mí y dirigió su mano hacia mi cintura. La posicionó entre mi tapado y el pulóver, con el fin
de acercarme más a él. Me besó con ganas. Como nunca lo había hecho antes.
Llegamos a casa de Eugenia y Rocío. Nos quedamos en la cocina cenando. Habíamos encargado
unas pizzas. Estábamos de jolgorio cuando mi celular comenzó a sonar incesante.
-¿Hola?... Sí, Feli… ¿cómo va?... bien, todo bien… no, no… estoy en casa de unas amigas cenando,
¿vos?... sí, decime… ah… ¡cierto!... dale, dale… mañana te lo llevo… si, despreocupate… yo
también me olvidé… bueno, dale… un beso para vos… hasta mañana Feli –corté el teléfono y noté
la tensa situación. Bruno ya no estaba a mi lado– ¿Y Bruno?
149
-En uno muy grande –me respondió Bruno entrando a la cocina– ¿Qué te tiene que llamar? –y
elevó el tono de voz.
-Me olvidé de darle unas hojas que me pidió hoy… me dijo que se las lleve mañana.
-¿Es el primer día y no anotó nada? ¿Qué hizo durante la clase? ¿Armar un chamuyo para
levantarte?
-Ya te lo expliqué –dije al tiempo que comía como si nada. Mis amigos prefirieron no meter
bocado. El horno no estaba para bollos, como suele decirse.
-¿Por qué tiene tu teléfono? ¿Por qué se lo diste? ¿Para qué te lo pidió? –y se mostraba
completamente ofuscado.
-Te recuerdo que a vos te conocí de igual forma y también me pediste el teléfono y también te lo dí
–dije ya molesta.
-Sí… justamente… yo sí te quería levantar… él está haciendo lo mismo que yo hice hace dos años
atrás.
-¿Y a Rochi también te la querías levantar? Porque te recuerdo que a ella también se lo pediste –le
grité. Ví cómo Manuel levantó la mirada a espera de una respuesta.
-Es él –lo acusé– ¿Viste lo qué es? ¿Vos viste cómo se comporta? No sé qué pretende… que me
quede encerrada en una cápsula mientras la vida me pasa por delante de los ojos… que no hable ni
mire a nadie…
-No pienso volver a tener ésta discusión ¿estamos? Soy una persona de casi veintiún años… tengo
vida… respiro… soy sociable… al igual que lo fui con vos y con Rochi… si buscás tener al lado
alguien que solo haga lo que vos decís y piense como vos… lamento decirte que te equivocaste…
imposible que encuentres alguien así… a menos que te pongas de novio con un potus – y rayaba de
histeria. Se produjo un silencio que ya se tornaba ensordecedor.
-Sí –podía notar su enojo a través de su voz– Chau chicos y… perdonen –así se fue sin saludarme.
-Sí, enana… ¿por qué no vas a buscarlo?... no lo noté bien –agregó Federico.
-No, chicos… no se enojen… pero, prefiero que no se metan… quizás hablé un poco de más… pero
no está mal… lo conozco… siempre es igual con él.
150
Esas fueron mis últimas palabras referido a lo sucedido durante la cena. Casi dos horas más tarde
Federico y Manuel se fueron hacia sus casas. Con las chicas nos pusimos el pijama y nos metimos
en la cama. Nos quedamos charlando un buen rato.
Entré a mi departamento completamente furioso. Definitivamente ése no había sido mi día. Todo
me había salido al revés. Me acosté en el sillón a ver algo de televisión. Aun eran las diez de la
noche. Me preparé un vaso de leche caliente. Todavía podía sentirse el frío de Agosto. Me cubrí con
unas cuantas mantas. No sé en que momento quedé profundamente dormido, pero el teléfono de
casa me sacó de mis sueños.
-¿Hola? –esbocé con voz grave al tiempo que los párpados no querían mantenerse en alto.
-Rochi… ¿qué pasa? –y refregué mis ojos con lentitud. Sus gritos me aturdían.
-¡Tenés que venir, Bruno! ¡Vení ya a mi casa! –volvió a gritar. Noté la desesperación en su voz.
-Luli tiene un ataque… se olvidó el broncodilatador en su casa… traele uno por favor –dijo con la
voz vencida. Sentí cómo el miedo copaba todo mi cuerpo.
-¿Llamaste a María? –la interrumpí al tiempo que salía de casa. Afortunadamente me había
dormido vestido, de modo que sólo necesité tomar las llaves y la billetera, junto a una campera.
-Abrí todas las ventanas, Rochi… dale aire… ya voy para allá.
Cortamos el teléfono y corrí por las escaleras hasta llegar al garaje. Sentía que todo sucedía a una
lentitud insoportable. Una vez dentro del auto volví a llamar a Rocío.
-¡Bruno!
-Ho…ho…la –esbozó con total dificultad. Me partió el cuerpo en dos y el miedo se hizo más
presente que nunca.
-Ya estoy dentro del auto… estoy a sólo quince cuadras ¿si?
-Ss…
151
-No hables –la interrumpí– Escuchame… sólo quiero que me escuches… ya estoy a casi diez
cuadras ¿si? Ahora te llevo el paff y vas a ver que no es nada… no te asustes ¿si? No tengas miedo...
estas con las chicas y con Salva ¿verdad?
-Ss…s…í.
-Sí, amor… vos prestame atención a mí… pensá en algo lindo… pensá en cuando te fuiste a
Bariloche con Cande y tu familia… como te reías cuando Jime y Ana se caían… ¿te acordás?
-Aguanta, amor. Ya estoy a menos de cinco cuadras, Lu… respirá hondo como te dice Salva… ya
estoy a una cuadra… pasame con Rochi.
-Voy, voy…
-Poné a Luli en el teléfono de nuevo –ella no habló pero sentí su respiración entrecortada del otro
lado del teléfono– Lu, ya estoy en la puerta… estoy esperando que Rochi me abra ¿si? Ya entro,
amor…
-Y…a…ya.
-Sí, amor. Ya estoy… acabo de entrar al edificio… esperame un chiquitín más… estoy entrando al
ascensor ¿si?
-Ss…i –en el tiempo en que Lucía tardó en contestarme ya estaba entrando al departamento. Corrí
hacia la habitación donde estaba ella con Eugenia, Salvador y Emilia. Afortunadamente Salva
entendía del tema. Si bien era médico forense, sabía cómo manejarse ante una situación así. Sólo
faltaba el broncodilatador. Entré al cuarto y la ví extendida sobre la cama. Eugenia de un lado de
ella y Salvador del otro; Emilia a los pies de la cama poniéndole paños fríos en la cabeza. Las
ventanas estaban abiertas de par en par, hacía mucho frío dentro. Ví miedo en los ojos de Lucía,
que se apaciguaron al verme entrar agitando el paff.
-Acá estoy, amor –y me lancé sobre la cama. Abrió levemente la boca y le introduje el aparatito–
respirá –le exigí al tiempo que lo apretaba. Conté en voz alta hasta diez y con su mano me pidió que
lo apretase una vez más, y así lo hice– Uno… dos… tres… cuatro… cinco… –seguí contando
nuevamente. Tenía el cuerpo frío y la frente sudada. La cara se le había vuelto color carmesí.
-Ya está, Luli, ya está –le repetía Salva al tiempo que ella cerraba los ojos y llenaba sus pulmones de
oxígeno.
-Ya, nenita, ya… acá estoy –dije cuando sentí que me tomaba de la mano.
-Bruno… hace frío para que la saques a esta hora –intervino Rocío.
152
-Prefiero llevármela a casa… me voy a quedar más tranquilo –y busqué aprobación en Salvador y
Emilia. Conocía los ataques de Lucía como a la palma de mi mano, pero igual sólo tenía veinte años
y en momentos como éste sentía una enorme responsabilidad sobre mi espalda.
-Como quieras, Bru… ya está mejor… pero si preferís llevarla, hacelo… que se abrigue bien –me dijo
Salva y asentí.
-Vamos, nenita… vamos a casa –dije al tiempo que la acariciaba y ella abría los ojos.
Con Rocío y Eugenia la ayudamos a vestirse. La abrigamos lo más que pudimos. Tomé todas sus
cosas y nos despedimos de las mujeres. Salvador bajó con nosotros para abrirnos la puerta. Puse
todas sus cosas en el asiento trasero al tiempo que él rodeaba a Lucía con un brazo. La ayudé a
ingresar al asiento y me despedí de él. Manejé a gran velocidad. Ella se quedó dormida al instante.
Según Euge, Luli se quedó dormida en su casa sin problema alguno. Debió de haber tenido una
pesadilla para despertarse de ésa manera. Demás está decir que sentí bastante culpa y miedo,
mucho miedo. Una vez que llegamos al departamento la llevé en brazos hacia la cama. Cambié su
ropa por la de noche, la tapé y la apreté a mi cuerpo. Esa noche no pude dormir casi nada, ante
cualquier movimiento de ella mis ojos se abrían de par en par.
Aquella mañana me levanté sobresaltada. Por unos momentos me sentí aturdida. Recordé todo lo
sucedido la noche anterior. Bruno no estaba junto a mí. En su lugar había una nota.
Nenita: ¡sí! No fuiste a la facultad. No iba a dejar que fueras con lo que pasó anoche. Sé que no te
gusta faltar, pero preferimos que te quedases. Hoy temprano llamé a tu mamá y le avisé lo de
anoche. Ella dispuso que te quedases durmiendo, yo sólo concordé y acaté su orden. Me fui al
supermercado a comprar algo para el desayuno: tengo las alacenas vacías. En un ratito vuelvo a
casa. Si estás más tranquila quiero hablar sobre lo que nos pasó ayer. Perdoname, amor. No
quise gritarte y decirte las cosas que te dije. Soy un estúpido cabrón. Bueno… quedate en la cama
durmiendo un ratito más hasta que llegue. Cuando vuelvo te despierto. Te dejé el broncodilatador
en la mesita de luz. Te amo mucho, mucho. Bruno.
Reí como una tarada y cumplí sus órdenes. Me quedé remoloneando en la cama esperando a que
volviese.
153
Treinta y cuatro: Uno.
Aquél mediodía de domingo me desperté algo exaltado. Era un día bastante especial: Lucía se hacía
mayor de edad. Estaba entusiasmada hasta los huesos con su cumpleaños. Nunca conocí a alguien
que le gustase tanto su día. Amaba que la llenasen de regalos. Adoraba reunir a toda su gente, como
decía ella. Había organizado una merienda en su casa. Allí estaría presente su gran familia y todos
nosotros, sus amigos. Bueno… yo no tan amigo.
La noche anterior habíamos salido todos juntos a un nuevo pub que se había inaugurado cerca de
la plaza en donde ella solía reunirse con sus amigos al término de la jornada escolar. Me levanté
con pereza y al tiempo que almorzaba algo rápido me dispuse a escribirle una carta.
Mi amor:
Hace ya dos años que te conozco. Y hace ya casi dos años que estamos de novios. Por si no lo
recordás, mañana es nuestro segundo aniversario. Preferiría poder decirte todo ésto
personalmente, pero sé que te gustan éste tipo de cosas. Y también sabés que amo cumplir tus
caprichos, por eso estoy acá, con papel y fibra escribiéndote una carta.
Es tanto lo que siento cuando te miro. Por momentos creo que el corazón adquiere un tamaño
biológicamente imposible y me ocupa todo el pecho, a punto de explotar de locura. Sos la mujer
más linda que conocí en mi vida. Tenés todo. Todo lo que necesito para estar bien. Sos mi
complemento. Tenés la firmeza que a veces me falta. Aunque, muchas veces, te volvés el ser más
frágil que conozco. Despertás en mí las irrefrenables ganas de cuidarte y protegerte. Amo que te
acurruques en mí con el sólo propósito de buscar alguien que te cuide. Amo que me ahogues en
tus abrazos. Que me mimes con dulzura. Que me beses cada dos por tres. Amo hacer el amor con
vos y sentirte tan mía… porque… anda enterándote de que sos mía y sólo mía. Te amo en cada
uno de tus momentos. En tus crisis y en tus calmas.
Sos indudablemente el amor de mi vida, Lu. La mujer de mi vida. Quiero estar con vos siempre, a
cada rato. Quiero de tus mimos, de tus llantos, de tus risas, de tus triunfos, de tus fracasos, de tus
chistes (malos, generalmente). Quiero todo de vos. Quiero tenerlo todo con vos. Y sólo me resta
agradecerte los buenos y no tan buenos momentos que vivimos juntos. Gracias por dejarme
entrar a tu vida, a tu corazón. Por dejarme descubrir todo lo que hay detrás de la mujer que
conocí hace más de dos años. Me acuerdo aquél día en que te dije “quiero saberlo todo de vos”.
Hoy sólo te digo que quiero quedarme con vos. Quedarme hasta que de rodillas me pidas que me
vaya.
Gracias por brindarme todo lo tuyo. Por ponerlo todo entre mis manos simplemente para verme
bien. Gracias por hacerme crecer junto a vos. Gracias por hacerme más hombre día a día.
Te merecés todo, nenita. Ojala seas la nenita más feliz de todas. Y ojala esa felicidad la encuentres
conmigo. Felices 21 años. Feliz mayoría de edad.
Doblé la hoja y la metí en un sobre color verde. En letra imprenta y algo apretada escribí su
nombre. Tomé un baño para lograr despabilarme al cien por cien. Este día sería bastante larg