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Sor Rosa Massobrio
Sor Rosa nace en Soleroi (Alessandria) el 1 de Octubre de 1848,
muere en Punta Arenas (Chile) el 13 de julio de 1926, con 47 años
de profesión religiosa.
Cuando entró en el Instituto era huérfana de madre. Mornese la acoge
como postulante el 29 de noviembre de 1876. El Instituto tenía apenas cuatro años, el fervor, el
espíritu de familia y el entusiasmo por la santidad era impulsado por la santidad de Madre
Mazzarello.
El 15 de agosto de 1877 Rosina (como la llamaban) junto a siete compañeras, es admitida a la
vestición. “A todas les desagradó –como dice la Cronohistoria- que no estaba presente don
Bosco, aunque todas sabían que estaba en Turín, muy cansado y sobrecargado de trabajos
ocasionados por la apertura de nuevas casas y expediciones de otros misioneros. Por tanto, la
devoción filial se expresa en la oración y en el ofrecimiento espontáneo al Señor de secretos
sacrificios” (Cronohistoria II 268)
Sor Rosina tiene la alegría, luego de dos años, precisamente el 15 de agosto de 1879, de emitir
los santos votos en Turín, precisamente en las manos de don Bosco. A las que renuevan los
votos o hacen la profesión perpetua, el venerado padre les deja estos recuerdos: “Vida de
oración, trabajo, humildad, recogimiento y sacrificio, sólo por Dios y por las almas, a imitación
de la Madre Celeste, para poder participar en la gloria con Él en el Cielo” (Cronohistoria III 67)
En Nizza emite los votos perpetuos, en el año sucesivo el 15 de agosto de 1880. El año de la
muerte de Don Bosco s encuentra en Turín. Mientras estaba Turín, (cuenta ella misma) que
sufría un fuerte mal de columna. Mandada por su directora, sor Laurentoni, junto con otra
hermana, a ordenar la habitación de don Bosco, días después de su muerte; apoyando su
columna en la cama donde él había muerto, se sintió inmediatamente libre de su mal.
El 30 de octubre de 1888 sor Rosina parte para las misiones de América. Forma parte de la
primera expedición a la “Tierra del Fuego” junto a la Madre Ángela Vallese y otras tres
hermanas: una profesa y dos novicias. La salida es desde Nizza aunque las dos últimas
semanas las transcurre en Turín; aquí tiene la alegría de los Ejercicios Espirituales, en los que
sor Rosina guardará en su corazón junto a los recuerdos de don Bosco, las sugerencias que
don Rúa deja a las misioneras.
La tarde del día 30 está destinada a la conmovedora función de despedida a seis misioneros y
cinco misioneras en la Basílica de María Auxiliadora, enfervorizada por el discurso de Monseñor
Fagnano y concluida con la bendición de Monseñor Leto, a nombre de don Rúa.
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La meta preestablecida del viaje es Punta Arenas, capital del Territorio Magallánico, donde
hacía un año tenían residencia los salesianos, junto a Monseñor Fagnano, a quien el Papa
León XIII le había confiado la Prefectura Apostólica de la Patagonia y Tierra del Fuego. El 3 de
diciembre, después de un mes de viaje, difícil y borrascoso, las misioneras llegan finalmente a
su destino.
A las Hijas de María Auxiliadora, como a los salesianos, se les presenta un inmenso campo de
trabajo, que, desde Punta Arenas se abre a las diversas localidades, que poco a poco son
exploradas; las que serán después centros de misión donde será destinada sor Rosina.
La primera noche cuando llega el momento de reposo, después de un extenuante viaje, todas
las hermanas quieren reservar una pequeña cama para la Madre Ángela, pero ella con firmeza
exige que haga uso una de las hermanas menos robustas, mientras que ella se acuesta como
las otras en el suelo. Esta primera noche se despiertan en forma brusca escuchando gritos:
“¡Fuego, fuego!” Una de las casas poco distantes de las hermanas está envuelta en llamas con
gran susto de las hermanas, que aprenderán, en poco tiempo, lo peligrosos que son los
incendios en Punta Arenas.
Día a día se da paso a la estabilización de la obra de evangelización de las mujeres y los niños
que llegan a la misión. Pobreza, privaciones y sacrificios que ciertamente ella se los había
imaginado.
Varias hermanas que vivieron con ella en Punta Arenas, como después en otros lugares de
misión, afirman que sor Rosina era toda donación y alegría, aún en los momentos de mayor
trabajo, recordando que cuando era cocinera y las hermanas se dirigían a ella para solicitar
algún favor que implicaba aumento de trabajo, esta respondía inmediatamente: “Vengan,
vengan” y las atendía con mucha caridad.
Quizá por su gran caridad y entrega incansable, hasta el límite de su resistencia, en 1895 sor
Rosina es elegida por la Madre Ángela para la fundación de La Candelaria. Los salesianos se
adelantaban explorando y abriendo camino. Monseñor Fagnano, en 1893 ya había elegido el
lugar en la desembocadura del Río Grande. Como responsables del grupo, la Madre Ángela
eligió a sor Luisa Rufino ya práctica con la experiencia de los difíciles inicios de la isla Dawson y
en su ayuda sor Rosina, con el título de Vicaria, que en concreto corresponde a aquel de “suora
tutto fare”. Con las dos profesas, envió a la novicia Rosa Gutiérrez y la postulante María Auxilio
Oyarzum, que había traído consigo de Santiago. La Madre no puede acompañarlas y las
despide en el puerto, junto a ella, los habitantes de Punta Arenas, admirados por el coraje de
las hermanas en aventurarse entre aquellos indios tenidos hasta ahora como antropófagos.
Inevitable el sentido de aprehensión y miedo de sor Rosina, como el de sus compañeras, pero
fue todo lo contrario. Llegadas a La Candelaria, la acogida de los indios de la misión fue más
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que buena. Contentos de reencontrar a Monseñor Fagnano, saltaban de alegría.
Maravillados por la presencia de las hermanas, las miraban atónitos, no sabiendo
si eran hombres, mujeres o seres sobrenaturales.
Algunos se acercaban a Monseñor diciendo: “Capitán, dame galletas”, otros tocaban con
estupor el hábito y querían uno igual, otros terminaron bautizándolas como “pájaros-pingüinos”,
por lo blanco del modestino sobre el vestido negro.
La amabilidad y el trato cariñoso de las hermanas, la entrega de comestibles y vestidos,
acercaban a los indios a las misioneras, pero siempre escondiendo especialmente a los niños,
por temor a que se los quitaran. Después de esfuerzos y fatigas se estableció en la misión un
primer grupo pero, cuando ya se pensaba que se podía realizar con ellos un trabajo, ellos
desaparecían improvisamente por un tiempo.
Cuando la Madre Vallese pudo finalmente realizar el viaje de visita a la Candelaria las cosas no
eran muy distintas: había un buen grupo de mujeres que junto a las hermanas esperaban a la
Madre, pero estaban ahí haciendo fiesta solamente por los regalos que recibían. Los niños y
niñas los tenían escondidos por el temor de que se los robaran. La Madre se impresiona al
constatar el aislamiento y la pobreza en que las misioneras viven.
Regresada a Punta Arenas, Madre Visitadora, el 1 de septiembre de 1895, siente la necesidad
de informar a don Rúa acerca de la situación de La Candelaria. Le dice, entre otras cosas: “He
encontrado que las hermanas están bien de salud, con buena voluntad de hacer el bien, le diré
que tienen mucho trabajo con estos indios, porque no quieren acercarse por miedo a que les
tomen sus niños… pobres indios, no saben el bien que queremos nosotras hacerles…” y
continúa pidiendo oraciones al Superior.
En 1896 tiene la gran alegría de recibir la visita de Madre General, Madre Catalina Daghero.
Fácil es de imaginarse la alegría de sor Rosina también porque la comunidad aprovecha de
esta visita y de la presencia de Monseñor Fagnano para hacer los Ejercicios Espirituales.
Hermanas y Salesianos, en diciembre de este mismo año, deben afrontar una gran prueba para
La Candelaria. Se desata un furioso incendio. Sor Luisa Rufino, directora, habla detalladamente
a don Rúa del acontecimiento, diciendo: “Quizá teníamos muchas comodidades {¡sabemos
cuáles!} y el Señor nos quería más pobres. Incluso en la grandiosidad {!?} en la que vivíamos
nos faltaban los niños y las niñas; los indios eran bien pocos. Ahora, que vivimos en un pobre
galpón con algunos compañeros de la pobreza, el Señor nos bendice en modo sorprendente y
nos consuela mandándonos muchos indios. No se puede vestirlos más y darles con facilidad
las raciones de comida como al principio, porque nos faltan los medios; pero ellos saben
compartir, porque muchos han presenciado el desastre. Si no hubieran estado y llegado en
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nuestra ayuda, no se habría salvado nada…desde ahora se demuestran más
obedientes hacia nosotros y en lugar de abandonarnos se hacen nuestros
amigos…”
En el mes de septiembre de 1897 la nueva directora de la misión, sor Teresa Bragutti, puede
dar a don Rúa noticias más confortantes. Después de haber dicho que en casa reina la caridad
y la alegría –sin duda mérito de sor Rosina, que siempre conservó el carácter alegre y festivo-
afirma que las adolescentes se civilizan siempre más y hacen grandes progresos en el trabajo y
en la vida espiritual.
Sor Rosina permanecerá en la misión de La Candelaria por cuatro años consecutivos: desde
1895 hasta 1899. Sigue un año de interrupción destinada a la isla Dawson en 1900, en la
misión de San Rafael, llamada así en recuerdo de un bienhechor de Santiago, don Rafael
Eyzaguirre.
En las diferentes casas donde sor Rosina fue destinada, atestiguan sus hermanas, que los
trabajos más pesados eran siempre los suyos. A quienes le preguntaban cómo hacía para
alcanzar tantos trabajos y fatigas, respondía con naturalidad: “soy misionera y debo sufrir por
Dios y por las almas”.
En 1909 encontramos a sor Rosina en Punta Arenas. En los dos años sucesivos, en Río
Gallegos, en la misión fundada en 1901, en el naciente territorio de Santa Cruz, situado en las
cercanías del estrecho de Magallanes. Esta casa fue bendecida por don Pablo Albera,
representante del Rector Mayor, en visita extraordinaria a la misión. Expuesta a vientos
fortísimos y llegando a 18-20 grados bajo cero; Río Gallegos pone a prueba las fuerzas físicas
de la ya no tan joven sor Rosina.
Las hermanas de la casa fueron todas a Punta Arenas para los Ejercicios Espirituales. Madre
Vallese, con la directora de Río Gallegos, solicitaron a sor Rosina permanecer para dirigir la
casa. Un acto de confianza, sin duda, y sor Rosina podía estar contenta. Pero cuando sabe de
la llegada de la Madre Vicaria a Punta Arenas, afirma: “me han dado ganas de llorar- dice con
conmovedora sencillez- pensando que no la podía ver.” Se consuela pensando que la Madre
Vicaria irá después a Río Gallegos y la espera para decirle tantas cosas.
En una ocasión, sor Rosina pide permiso a la Madre para visitar a su hermana y familiares en
Buenos Aires. Se presenta la ocasión de acompañar a dos alumnas a la capital argentina.
Madre Vallese, Monseñor Fagnano y su directora le conceden el permiso; pero sor Rosina, que
nunca se ha dado satisfacciones de esta naturaleza, siente la necesidad de presentar esta
situación a la Madre General. Con simplicidad de niña expone: “Dígame que sí, Madre”.
Es edificante que sor Rosina solicita a la Madre: “ore tanto por mí, para que no cometa el primer
pecado y haga siempre todo a la mayor gloria de Dios y del bien de este pueblo, para que se
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convierta toda esta gente”. Nos parece encontramos frente al temple no común
de una auténtica misionera.
Después del segundo año de permanencia en Río Gallegos, sor Rosina es destinada
nuevamente a Punta Arenas, esta vez, permanecerá hasta 1926 año de su muerte. A su
llegada, no es propiamente anciana: tiene 64 años, pero la vida durísima, conducida por tantos
años ha incidido sin duda en sus fuerzas físicas. No puede afrontar las fatigas de otro tiempo,
pero – manifiestan las hermanas- siempre se presta gustosa a todos los pequeños servicios
que pueden dar satisfacción a los otros. Mientras tanto, se prepara al encuentro definitivo con el
Señor.
¿Qué cosa podía temer sor Rosina al pensar en la muerte? Pasados ya los sesenta años pide
con naturalidad no cometer el primer pecado, su vida religiosa llena de sacrificios y fatigas,
siempre cumplidas para la mayor gloria de Dios y por las almas…había vivido comunicando
alegría a cuantos se acercaban a ella…
Sin embargo, las hermanas cuentan que el pensamiento de la muerte le inquietaba. Sor
Pascualina afirma que sor Rosina tenía mucho miedo a la muerte. Si alguna vez se hablaba en
su presencia ella dejaba el trabajo y se retiraba. Algunas veces, Monseñor Fagnano, que
conocía su lado débil, para reír un poco, hacía la seña, para que alguna hablase de la muerte.
Ella decía: “Monseñor, hágale callar, de otro modo me voy”. Todos reían juntos.
Poco a poco el rostro de la muerte comenzó a asumir, para sor Rosina, contornos de
aceptación. Dicen los testimonios que preparó su última jornada con gran diligencia y paz. El
día anterior a su partida confió a la directora que en la noche había visto a la Virgen que la
invitaba al Cielo y en el mismo día pide que se le administre el óleo de los enfermos.
Acercándose más el último momento, tranquila y casi sin advertirlo, cierra sus ojos como si
deseara reposar un poco para abrirlos en el lugar del reposo y la alegría eterna. “Moría a los
sesenta y ocho años con la inocencia de una niña”.
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i Facciamo Memoria. Cenni biografici delle fma defunte nel 1926. Istituto Figlie di Maria Ausiliatrice. Roma, 1987,
141-152.