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Misterio en "El sabueso de los Baskerville"

Este documento presenta el primer capítulo de la novela de Arthur Conan Doyle "El sabueso de los Baskerville". Holmes deduce detalles sobre el doctor James Mortimer, su visitante de la noche anterior, a partir de haber examinado el bastón que este olvidó. Holmes concluye que Mortimer era un joven cirujano en Londres que ahora es médico rural, y que posee un spaniel de pelo rizado. Holmes demuestra sus habilidades deductivas a Watson.

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Misterio en "El sabueso de los Baskerville"

Este documento presenta el primer capítulo de la novela de Arthur Conan Doyle "El sabueso de los Baskerville". Holmes deduce detalles sobre el doctor James Mortimer, su visitante de la noche anterior, a partir de haber examinado el bastón que este olvidó. Holmes concluye que Mortimer era un joven cirujano en Londres que ahora es médico rural, y que posee un spaniel de pelo rizado. Holmes demuestra sus habilidades deductivas a Watson.

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Arthur Conan Doyle

El sabueso de los Baskerville

2006 - Reservados todos los derechos

Permitido el uso sin fines comerciales


Arthur Conan Doyle

El sabueso de los Baskerville

Índice

1. El señor Sherlock Holmes


2. La maldición de los Baskerville
3. El problema
4. Sir Henry Baskerville
5. Tres cabos rotos
6. La mansión de los Baskerville
7. Los Stapleton de la casa Merripit
8. Primer informe del doctor Watson
9. La luz en el páramo
10. Fragmento del diario del doctor Watson
11. El hombre del risco
12. Muerte en el páramo
13. Preparando las redes
14. El sabueso de los Baskerville
15. Examen retrospectivo

1
El señor Sherlock Holmes

EL señor Sherlock Holmes, que de ordinario se levantaba muy tarde, excepto en


las ocasiones nada infrecuentes en que no se acostaba en toda la noche, estaba
desayunando. Yo, que me hallaba de pie junto a la chimenea, me agaché para
recoger el bastón olvidado por nuestro visitante de la noche anterior. Sólido,
de madera de buena calidad y con un abultamiento a modo de empuñadura, era del
tipo que se conoce como «abogado de Penang»1. Inmediatamente debajo de la
protuberancia el bastón llevaba una ancha tira de plata, de más de dos
centímetros, en la que estaba grabado «A James Mortimer, MRCS2, de sus amigos de
CCH», y el año, « 1884». Era exactamente la clase de bastón que solían llevar
los médicos de cabecera a la antigua usanza: digno, sólido y que inspiraba
confianza.
-Veamos, Watson, za qué conclusiones llega?

1. Bastón de paseo de cabeza abultada que se fabrica con el tallo de Licuala


Acutifida, una palma dé Asia oriental.
2. Member of the Royal College of Surgeons (Miembro del Real Colegio de
Cirujanos).
Holmes me daba la espalda, y yo no le había dicho en qué me ocupaba.

-¿Cómo sabe lo que estoy haciendo? Voy a creer que tiene usted ojos en el
cogote.
-Lo que tengo, más bien, es una reluciente cafetera con baño de plata delante
de mí -me respondió-. Vamos, Watson, dígame qué opina del bastón de nuestro
visitante. Puesto que hemos tenido la desgracia de no coincidir con él e
ignoramos qué era lo que quería, este recuerdo fortuito adquiere importancia.
Descríbame al propietario con los datos que le haya proporcionado el examen del
bastón.
-Me parece -dije, siguiendo hasta donde me era posible los métodos de mi
compañero- que el doctor Mortimer es un médico entrado en años y prestigioso que
disfruta de general estimación, puesto que quienes lo conocen le han dado esta
muestra de su aprecio.
-¡Bien! -dijo Holmes-. ¡Excelente!
-También me parece muy probable que sea médico rural y que haga a pie muchas
de sus visitas.
-¿Por qué dice eso?
-Porque este bastón, pese a su excelente calidad, está tan baqueteado que
difícilmente imagino a un médico de ciudad llevándolo. El grueso regatón de
hierro está muy gastado, por lo que es evidente que su propietario ha caminado
mucho con él.
-¡Un razonamiento perfecto! -dijo Holmes.
-Y además no hay que olvidarse de los «amigos de CCH». Imagino que se trata de
una asociación local de cazadores', a cuyos miembros es posible que haya
atendido profesionalmente y que le han ofrecido en recompensa este pequeño
obsequio.

1. La deducción de Watson se explica porque la inicial H sirve en inglés tanto


para la palabra hunt, una de cuyas acepciones es «asociación de cazadores», como
para «hospital».

-A decir verdad se ha superado usted a sí mismo -dijo Holmes, apartando la


silla de la mesa del desayuno y encendiendo un cigarrillo-. Me veo obligado a
confesar que, de ordinario, en los relatos con los que ha tenido usted a bien
recoger mis modestos éxitos, siempre ha subestimado su habilidad personal. Cabe
que usted mismo no sea luminoso, pero sin duda es un buen conductor de la luz.
Hay personas que sin ser genios poseen un notable poder de estímulo. He de
reconocer, mi querido amigo, que estoy muy en deuda con usted.
Hasta entonces Holmes no se había mostrado nunca tan elogioso, y debo
reconocer que sus palabras me produjeron una satisfacción muy intensa, porque la
indiferencia con que recibía mi admiración y mis intentos de dar publicidad a
sus métodos me había herido en muchas ocasiones. También me enorgullecía pensar
que había llegado a dominar su sistema lo bastante como para aplicarlo de una
forma capaz de merecer su aprobación. Acto seguido Holmes se apoderó del bastón
y lo examinó durante unos minutos. Luego, como si algo hubiera despertado
especialmente su interés, dejó el cigarrillo y se trasladó con el bastón junto a
la ventana, para examinarlo de nuevo con una lente convexa.
-Interesante, aunque elemental -dijo, mientras regresaba a su sitio preferido
en el sofá-. Hay sin duda una o dos indicaciones en el bastón que sirven de base
para varias deducciones.
-¿Se me ha escapado algo? -pregunté con cierta presunción-. Confío en no haber
olvidado nada importante. -Mucho me temo, mi querido Watson, que casi todas sus
conclusiones son falsas. Cuando he dicho que me ha servido usted de estímulo me
refería, si he de ser sincero, a que sus equivocaciones me han llevado en
ocasiones a la verdad. Aunque tampoco es cierto que se haya equivocado usted por
completo en este caso. Se trata sin duda de un médico rural que camina mucho.
-Entonces tenía yo razón. -Hasta ahí, sí.
-Pero sólo hasta ahí.
-Sólo hasta ahí, mi querido Watson; porque eso no es todo, ni mucho menos. Yo
consideraría más probable, por ejemplo, que un regalo a un médico proceda de un
hospital y no de una asociación de cazadores, y que cuando las iniciales CC van
unidas a la palabra hospital, se nos ocurra enseguida que se trata de Charing
Cross.
-Quizá tenga usted razón.
-Las probabilidades se orientan en ese sentido. Y si adoptamos esto como
hipótesis de trabajo, disponemos de un nuevo punto de partida desde donde dar
forma a nuestro desconocido visitante.
-De acuerdo; supongamos que «CCH» significa «hospital de Charing Cross»; ¿qué
otras conclusiones se pueden sacar de ahí?
-¿No se le ocurre alguna de inmediato? Usted conoce mis métodos. ¡Aplíquelos!
-Sólo se me ocurre la conclusión evidente de que nuestro hombre ha ejercido su
profesión en Londres antes de marchar al campo.
-Creo que podemos aventurarnos un poco más. Véalo desde esta perspectiva. ¿En
qué ocasión es más probable que se hiciera un regalo de esas características?
¿Cuándo se habrán puesto de acuerdo sus amigos para darle esa prueba de afecto?
Evidentemente en el momento en que el doctor Mortimer dejó de trabajar en el
hospital para abrir su propia consulta. Sabemos que se le hizo un regalo.
Creemos que se ha producido un cambio y que el doctor Mortimer ha pasado del
hospital de la ciudad a una consulta en el campo. ¿Piensa que estamos llevando
demasiado lejos nuestras deducciones si decimos que el regalo se hizo con motivo
de ese cambio?
-Parece probable, desde luego.
-Observará usted, además, que no podía formar parte del personal permanente
del hospital, ya que tan sólo se nombra para esos puestos a profesionales
experimentados, con una buena clientela en Londres, y un médico de esas
características no se marcharía después a un pueblo. ¿Qué era, en ese caso? Si
trabajaba en el hospital sin haberse incorporado al personal permanente, sólo
podía ser cirujano o médico interno: poco más que estudiante posgraduado. Y se
marchó hace cinco años; la fecha está en el bastón. De manera que su médico de
cabecera, persona seria y de mediana edad, se esfuma, mi querido Watson, y
aparece en su lugar un joven que no ha cumplido aún la treintena, afable, poco
ambicioso, distraído, y dueño de un perro por el que siente gran afecto y que
describiré aproximadamente como más grande que un terrier pero más pequeño que
un mastín.
Yo me eché a reír con incredulidad mientras Sherlock Holmes se recostaba en el
sofá y enviaba hacia el techo temblorosos anillos de humo.
-En cuanto a sus últimas afirmaciones, carezco de medios para rebatirlas
-dije-, pero al menos no nos será dificil encontrar algunos datos sobre la edad
y trayectoria profesional de nuestro hombre.
Del modesto estante donde guardaba los libros relacionados con la medicina
saqué el directorio médico y, al buscar por el apellido, encontré varios
Mortimer, pero tan sólo uno que coincidiera con nuestro visitante, por lo que
procedí a leer en voz alta la nota biográfica.

«Mortimer, James, MRCS, 1882, Grimpen, Dartmoor, Devonshire. De 1882 a 1884


cirujano interno en el hospital de Charing Cross. En posesión del premio Jackson
de patología comparada, gracias al trabajo titulado "¿Es la enfermedad una
regresión?". Miembro correspondiente de la Sociedad Sueca de Patología. Autor de
"Algunos fenómenos de atavismo" (Lancet, 1882), "¿Estamos progresando?" (Journal
of Psychology, marzo de 1883). Médico de los municipios de Grimpen, Thorsley y
High Barrow».

-No se menciona ninguna asociación de cazadores -comentó Holmes con una


sonrisa maliciosa-; pero sí que nuestro visitante es médico rural, como usted
dedujo atinadamente. Creo que mis deducciones están justificadas. Por lo que se
refiere a los adjetivos, dije, si no recuerdo mal, afable, poco ambicioso y
distraído. Según mi experiencia, sólo un hombre afable recibe regalos de sus
colegas, sólo un hombre sin ambiciones abandona una carrera en Londres para irse
a un pueblo y sólo una persona distraída deja el bastón en lugar de la tarjeta
de visita después de esperar una hora.
-¿Y el perro?
-Está acostumbrado a llevarle el bastón a su amo. Como es un objeto pesado,
tiene que sujetarlo con fuerza por el centro, y las señales de sus dientes son
perfectamente visibles. La mandíbula del animal, como pone de manifiesto la
distancia entre las marcas, es, en mi opinión, demasiado ancha para un terrier y
no lo bastante para un mastín. Podría ser..., sí, claro que sí: se trata de un
spaniel de pelo rizado.
Holmes se había puesto en pie y paseaba por la habitación mientras hablaba.
Finalmente se detuvo junto al hueco de la ventana. Había un tono tal de
convicción en su voz que levanté la vista sorprendido.
-¿Cómo puede estar tan seguro de eso?
-Por la sencilla razón de que estoy viendo al perro delante de nuestra casa, y
acabamos de oír cómo su dueño ha llamado a la puerta. No se mueva, se lo ruego.
Se trata de uno de sus hermanos de profesión, y la presencia de usted puede
serme de ayuda. Éste es el momento dramático del destino, Watson: se oyen en la
escalera los pasos de alguien que se dispone a entrar en nuestra vida y no
sabemos si será para bien o para mal. ¿Qué es lo que el doctor James Mortimer,
el científico, desea de Sherlock Holmes, el detective? ¡Adelante!
El aspecto de nuestro visitante fue una sorpresa para mí, dado que esperaba al
típico médico rural y me encontré a un hombre muy alto y delgado, de nariz larga
y ganchuda, disparada hacia adelante entre unos ojos grises y penetrantes, muy
juntos, que centelleaban desde detrás de unos lentes de montura dorada. Vestía
de acuerdo con su profesión, pero de manera un tanto descuidada, porque su
levita estaba sucia y los pantalones, raídos. Cargado de espaldas, aunque
todavía joven, caminaba echando la cabeza hacia adelante y ofrecía un aire
general de benevolencia corta de vista. Al entrar, sus ojos tropezaron con el
bastón que Holmes tenía entre las manos, por lo que se precipitó hacia él
lanzando una exclamación de alegría.
-¡Cuánto me alegro! -dijo-. No sabía si lo había dejado aquí o en la agencia
marítima. Sentiría mucho perder ese bastón.
-Un regalo, por lo que veo -dijo Holmes.
-Así es.
-¿Del hospital de Charing Cross?
-De uno o dos amigos que tenía allí, con ocasión de mi matrimonio.
-¡Vaya, vaya! ¡Qué contrariedad! -dijo Holmes, agitando la cabeza.
-¿Cuál es la contrariedad?
-Tan sólo que ha echado usted por tierra nuestras modestas deducciones. ¿Su
matrimonio, ha dicho?
-Sí, señor. Al casarme dejé el hospital, y con ello toda esperanza de abrir
una consulta. Necesitaba un hogar. -Bien, bien; no estábamos tan equivocados,
después de todo -dijo Holmes-. Y ahora, doctor James Mortimer...
-No soy doctor; tan sólo un modesto MRCS.
-Y persona amante de la exactitud, por lo que se ve.
-Un simple aficionado a la ciencia, señor Holmes, coleccionista de conchas en
las playas del gran océano de lo desconocido. Imagino que estoy hablando con el
señor Sherlock Holmes y no...
-No se equivoca; yo soy Sherlock Holmes y éste es mi amigo, el doctor Watson.
-Encantado de conocerlo, doctor Watson. He oído mencionar su nombre junto con
el de su amigo. Me interesa usted mucho, señor Holmes. No esperaba encontrarme
con un cráneo tan dolicocéfalo ni con un arco supraorbital tan pronunciado. ¿Le
importaría que recorriera con el dedo su fisura parietal? Un molde de su cráneo,
señor mío, hasta que pueda disponerse del original, sería el orgullo de
cualquier museo antropológico. No es mi intención parecer obsequioso, pero
confieso que codicio su cráneo.
Sherlock Holmes hizo un gesto con la mano para invitar a nuestro extraño
visitante a que tomara asiento. -Veo que se entusiasma usted tanto con sus ideas
como yo con las mías -dijo-. Y observo por su dedo índice que se hace usted
mismo los cigarrillos. No dude en encender uno si así lo desea.
El doctor Mortimer sacó papel y tabaco y lió un pitillo con sorprendente
destreza. Sus dedos, largos y temblorosos, eran tan ágiles e inquietos como las
antenas de un insecto.
Holmes guardó silencio, pero la intensidad de su atención me demostraba el
interés que despertaba en él nuestro curioso visitante.
-Supongo -dijo finalmente-, que no debemos el honor de su visita de anoche y
ésta de hoy exclusivamente a su deseo de examinar mi cráneo.
-No, claro está; aunque también me alegro de haber tenido la oportunidad de
hacerlo, he acudido a usted, señor Holmes, porque no se me oculta que soy una
persona poco práctica y porque me enfrento de repente con un problema tan grave
como singular. Y reconociendo, como yo lo reconozco, que es usted el segundo
experto europeo mejor cualificado...
-Ah. ¿Puedo preguntarle a quién corresponde el honor de ser el primero? -le
interrumpió Holmes con alguna aspereza.
-Para una persona amante de la exactitud y de la ciencia, el trabajo de
monsieur Bertillon tendrá siempre un poderoso atractivo.
-¿No sería mejor consultarle a él en ese caso?
-He hablado de personas amantes de la exactitud y de la ciencia. Pero en
cuanto a sentido práctico todo el mundo reconoce que carece usted de rival.
Espero, señor mío, no haber...
-Tan sólo un poco -dijo Holmes-. No estará de más, doctor Mortimer, que, sin
más preámbulo, tenga la amabilidad de contarme en pocas palabras cuál es
exactamente el problema para cuya resolución solicita mi ayuda.

2
La maldición de los Baskerville

-Traigo un manuscrito en el bolsillo -dijo el doctor james Mortimer.


-Lo he notado al entrar usted en la habitación -dijo Holmes.
-Es un manuscrito antiguo.
-Primera mitad del siglo XVIII, a no ser que se trate de una falsificación.
-¿Cómo lo sabe?
-Los tres o cuatro centímetros que quedan al descubierto me han permitido
examinarlo mientras usted hablaba. Una persona que no esté en condiciones de
calcular la fecha de un documento con un margen de error de una década, más o
menos, no es un experto. Tal vez conozca usted mi modesta monografía sobre el
tema. Yo lo situaría hacia 1730.
-La fecha exacta es 1742 -el doctor Mortimer sacó el manuscrito del bolsillo
interior de la levita-. Sir Charles Baskerville, cuya repentina y trágica muerte
hace unos tres meses causó tanto revuelo en Devonshire, confió a mi cuidado este
documento de su familia. Quizá deba explicar que yo era amigo personal suyo
además de su médico. Sir Charles, pese a ser un hombre resuelto, perspicaz,
práctico y tan poco imaginativo como yo, consideraba este documento una cosa muy
seria, y estaba preparado para que le sucediera lo que finalmente puso fin a su
vida.
Holmes extendió la mano para recibir el documento y lo alisó colocándoselo
sobre la rodilla.
-Fíjese usted, Watson, en el uso alternativo de la S larga y corta. Es uno de
los indicios que me han permitido calcular la fecha.
Por encima de su hombro contemplé el papel amarillento y la escritura ya
borrosa. En el encabezamiento se leía: «Mansión de los Baskerville» y, debajo,
con grandes números irregulares, « 1742».
-Parece una declaración.
-Sí, es una declaración acerca de cierta leyenda relacionada con la familia de
los Baskerville.
-Pero imagino que usted me quiere consultar acerca de algo más moderno y
práctico.
-De inmediata actualidad. Una cuestión en extremo práctica y urgente que hay
que decidir en un plazo de veinticuatro horas. Pero el relato es breve y está
íntimamente ligado con el problema. Con su permiso voy a proceder a leérselo.
Holmes se recostó en el asiento, unió las manos por las puntas de los dedos y
cerró los ojos con gesto de resignación. El doctor Mortimer volvió el manuscrito
hacia la luz y leyó, con voz aguda, que se quebraba a veces, la siguiente
narración, pintoresca y extraña al mismo tiempo.
«Sobre el origen del sabueso de los Baskerville se han dado muchas
explicaciones, pero como yo procedo en línea directa de Hugo Baskerville y la
historia me la contó mi padre, que a su vez la supo de mi abuelo, la he puesto
por escrito convencido de que todo sucedió exactamente como aquí se relata. Con
ello quisiera convenceros, hijos míos, de que la misma Justicia que castiga el
pecado puede también perdonarlo sin exigir nada a cambio, y que toda
interdicción puede a la larga superarse gracias al poder de la oración y el
arrepentimiento. Aprended de esta historia a no temer los frutos del pasado,
sino, más bien, a ser circunspectos en el futuro, de manera que las horribles
pasiones por las que nuestra familia ha sufrido hasta ahora tan atrozmente no se
desaten de nuevo para provocar nuestra perdición.
»Sabed que en la época de la gran rebelión (y mucho os recomiendo la historia
que de ella escribió el sabio Lord Clarendon)' el propietario de esta mansión de
los Baskerville era un Hugo del mismo apellido, y no es posible ocultar que se
trataba del hombre más salvaje, soez y sin Dios que pueda imaginarse. Todo esto,
a decir verdad, podrían habérselo perdonado sus coetáneos, dado que los santos
no han florecido nunca por estos contornos, si no fuera porque había además en
él un gusto por la lascivia y la crueldad que lo hicieron tristemente célebre en
todo el occidente del país. Sucedió que este Hugo dio en amar (si, a decir
verdad, a una pasión tan tenebrosa se le puede dar un nombre tan radiante) a la
hija de un pequeño terrateniente que vivía cerca de las propiedades de los
Baskerville. Pero la joven, discreta y de buena reputación, evitaba siempre a
Hugo por el temor que le inspiraba su nefasta notoriedad. Sucedió así que, un
día de san Miguel, este antepasado nuestro, con cinco o seis de sus compañeros,
tan ociosos como desalmados, llegaron a escondidas hasta la granja y
secuestraron a la doncella, sabedores de que su padre y sus hermanos estaban
ausentes. Una vez en la mansión, recluyeron a la doncella en un aposento del
piso alto, mientras Hugo y sus amigos iniciaban una larga francachela, al igual
que todas las noches. Lo más probable es que a la pobre chica se le trastornara
el juicio al oír los cánticos y los gritos y los terribles juramentos que le
llegaban desde abajo, porque dicen que las palabras que utilizaba Hugo
Baskerville cuando estaba borracho bastarían para fulminar al hombre que las
pronunciara. Finalmente, impulsada por el miedo, la muchacha hizo algo a lo que
quizá no se hubiera atrevido el más valiente y ágil de los hombres, porque
gracias a la enredadera que cubría (y todavía cubre) el lado sur de la casa,
descendió hasta el suelo desde el piso alto, y emprendió el camino hacia su casa
a través del páramo dispuesta a recorrer las tres leguas que separaban la
mansión de la granja de su padre.

1 Referencia ala guerra civil que concluyó con la condena a muerte y la


ejecución de Carlos I, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, en 1649. Lord
Clarendon, Primer Conde de Clarendon (1609-1674), fue primer ministro en la
Restauración, pero en 1667 tuvo que huir a Francia, al acusársele de traición.
En el exilio terminó de escribir su Historia de la rebelión y de las guerras
civiles en Inglaterra.

»Sucedió que, algo más tarde, Hugo dejó a sus invitados para llevar alimento y
bebida junto, quizá, con otras cosas peores a su cautiva, encontrándose vacía la
jaula y desaparecido el pájaro. A partir de aquel momento, por lo que parece, el
carcelero burlado dio la impresión de estar poseído por el demonio, porque bajó
corriendo las escaleras para regresar al comedor, saltó sobre la gran mesa,
haciendo volar por los aires jarras y fuentes, y dijo a grandes gritos ante
todos los presentes que aquella misma noche entregaría cuerpo y alma a los
poderes del mal si conseguía alcanzar a la muchacha. Y aunque a los juerguistas
les espantó la furia de aquel hombre, hubo uno más perverso o, tal vez, más
borracho que los demás, que propuso lanzar a los sabuesos en persecución de la
doncella. Al oírlo Hugo salió corriendo de la casa y ordenó a gritos a sus
criados que le ensillaran la yegua y soltaran la jauría; después de dar a los
perros un pañuelo de la doncella, los puso inmediatamente sobre su pista para
que, a la luz de la luna, la persiguieran por el páramo.
»Durante algún tiempo los juerguistas quedaron mudos, incapaces de entender
acontecimientos tan rápidos. Pero al poco salieron de su perplejidad e
imaginaron lo que probablemente estaba a punto de suceder. El alboroto fue
inmediato: quién pedía sus armas, quién su caballo y quién otra jarra de vino. A
la larga, sin embargo, sus mentes enloquecidas recobraron un poco de sensatez, y
todos, trece en total, montaron a caballo y salieron tras Hugo. La luna brillaba
sobre sus cabezas y cabalgaron a gran velocidad, siguiendo el camino que la
muchacha tenía que haber tomado para volver a su casa.
»Habían recorrido alrededor de media legua cuando se cruzaron con uno de los
pastores que guardaban durante la noche el ganado del páramo, y lo interrogaron
a grandes voces, pidiéndole noticias de la partida de caza. Y aquel hombre,
según cuenta la historia, aunque se hallaba tan dominado por el miedo que apenas
podía hablar, contó por fin que había visto a la desgraciada doncella y a los
sabuesos que seguían su pista. "Pero he visto más que eso -añadió-, porque
también me he cruzado con Hugo Baskerville a lomos de su yegua negra, y tras él
corría en silencio un sabueso infernal que nunca quiera Dios que llegue a
seguirme los pasos”.
»De manera que los caballeros borrachos maldijeron al pastor y siguieron
adelante. Pero muy pronto se les heló la sangre en las venas, porque oyeron el
ruido de unos cascos al galope y enseguida pasó ante ellos, arrastrando las
riendas y sin jinete en la silla, la yegua negra de Hugo, cubierta de espuma
blanca. A partir de aquel momento los juerguistas, llenos de espanto, siguieron
avanzando por el páramo, aunque cada uno, si hubiera estado solo, habría vuelto
grupas con verdadera alegría. Después de cabalgar más lentamente de esta guisa,
llegaron finalmente a donde se encontraban los sabuesos. Los pobres animales,
aunque afamados por su valentía y pureza de raza, gemían apiñados al comienzo de
un hocino, como nosotros lo llamamos, algunos escabulléndose y otros, con el
pelo erizado y los ojos desorbitados, mirando fijamente el estrecho valle que
tenían delante.
»Los jinetes, mucho menos borrachos ya, como es fácil de suponer, que al
comienzo de su expedición, se detuvieron. La mayor parte se negó a seguir
adelante, pero tres de ellos, los más audaces o, tal vez, los más ebrios,
continuaron hasta llegar al fondo del valle, que se ensanchaba muy pronto y en
el que se alzaban dos de esas grandes piedras, que aún perduran en la
actualidad, obra de pueblos olvidados de tiempos remotos. La luna iluminaba el
claro y en el centro se encontraba la desgraciada doncella en el lugar donde
había caído, muerta de terror y de fatiga. Pero no fue la vista de su cuerpo, ni
tampoco del cadáver de Hugo Baskerville que yacía cerca, lo que hizo que a
aquellos juerguistas temerarios se les erizaran los cabellos, sino el hecho de
que, encima de Hugo y desgarrándole el cuello, se hallaba una espantosa
criatura: una enorme bestia negra con forma de sabueso pero más grande que
ninguno de los sabuesos jamás contemplados por ojo humano. Acto seguido, y en su
presencia, aquella criatura infernal arrancó la cabeza de Hugo Baskerville, por
lo que, al volver hacia ellos los ojos llameantes y las mandíbulas
ensangrentadas, los tres gritaron empavorecidos y volvieron grupas
desesperadamente, sin dejar de lanzar alaridos mientras galopaban por el páramo.
Según se cuenta, uno de ellos murió aquella misma noche a consecuencia de lo que
había visto, y los otros dos no llegaron a reponerse en los años que aún les
quedaban de vida.
»Ésa es la historia, hijos míos, de la aparición del sabueso que, según se
dice, ha atormentado tan cruelmente a nuestra familia desde entonces. Lo he
puesto por escrito, porque lo que se conoce con certeza causa menos terror que
lo que sólo se insinúa o adivina. Como tampoco se puede negar que son muchos los
miembros de nuestra familia que han tenido muertes desgraciadas, con frecuencia
repentinas, sangrientas y misteriosas. Quizá podamos, sin embargo, refugiarnos
en la bondad infinita de la Providencia, que no castigará sin motivo a los
inocentes más allá de la tercera o la cuarta generación, que es hasta donde se
extiende la amenaza de la Sagrada Escritura. A esa Providencia, hijos míos, os
encomiendo ahora, y os aconsejo, como medida de precaución, que os abstengáis de
cruzar el páramo durante las horas de oscuridad en las que triunfan los poderes
del mal.
»(De Hugo Baskerville para sus hijos Rodger y John, instándoles a que no digan
nada de su contenido a Elizabeth, su hermana.) »

Cuando el doctor Mortimer terminó de leer aquella singular narración, se alzó


los lentes hasta colocárselos en la frente y se quedó mirando a Sherlock Holmes
de hito en hito. Este último bostezó y arrojó al fuego la colilla del cigarrillo
que había estado fumando.
-¿Y bien? -dijo.
-¿Le parece interesante?
-Para un coleccionista de cuentos de hadas.
El doctor Mortimer se sacó del bolsillo un periódico doblado.
-Ahora, señor Holmes, voy a leerle una noticia un poco más reciente, publicada
en el Devon County Chronicle del 14 de junio de este año. Es un breve resumen de
la información obtenida sobre la muerte de Sir Charles Baskerville, ocurrida
pocos días antes.
Mi amigo se inclinó un poco hacia adelante y su expresión se hizo más atenta.
Nuestro visitante se ajustó las gafas y comenzó a leer:

«El fallecimiento repentino de Sir Charles Baskerville, cuyo nombre se había


mencionado como probable candidato del partido liberal en Mid-Devon para las
próximas elecciones, ha entristecido a todo el condado. Si bien Sir Charles
había residido en la mansión de los Baskerville durante un periodo
comparativamente breve, su simpatía y su extraordinaria generosidad le ganaron
el afecto y el respeto de quienes lo trataron. En estos días de nuevos ricos es
consolador encontrar un caso en el que el descendiente de una antigua familia
venida a menos ha sido capaz de enriquecerse en el extranjero y regresar luego a
la tierra de sus mayores para restaurar el pasado esplendor de su linaje. Sir
Charles, como es bien sabido, se enriqueció mediante la especulación
sudafricana. Más prudente que quienes siguen en los negocios hasta que la rueda
de la fortuna se vuelve contra ellos, Sir Charles se detuvo a tiempo y regresó a
Inglaterra con sus ganancias. Han pasado sólo dos años desde que estableciera su
residencia en la mansión de los Baskerville y son de todos conocidos los
ambiciosos planes de reconstrucción y mejora que han quedado trágicamente
interrumpidos por su muerte. Dado que carecía de hijos, su deseo, públicamente
expresado, era que toda la zona se beneficiara, en vida suya, de su buena
fortuna, y serán muchos los que tengan razones personales para lamentar su
prematura desaparición. Las columnas de este periódico se han hecho eco con
frecuencia de sus generosas donaciones a obras caritativas tanto locales como
del condado.
»No puede decirse que la investigación efectuada haya aclarado por completo
las circunstancias relacionadas con la muerte de Sir Charles, pero, al menos, se
ha hecho luz suficiente como para poner fin a los rumores a que ha dado origen
la superstición local. No hay razón alguna para sospechar que se haya cometido
un delito, ni para imaginar que el fallecimiento no obedezca a causas naturales.
Sir Charles era viudo y quizá también persona un tanto excéntrica en algunas
cuestiones. A pesar de su considerable fortuna, sus gustos eran muy sencillos y
contaba únicamente, para su servicio personal, con el matrimonio apellidado
Barrymore: el marido en calidad de mayordomo y la esposa como ama de llaves. Su
testimonio, corroborado por el de varios amigos, ha servido para poner de
manifiesto que la salud de Sir Charles empeoraba desde hacía algún tiempo y, de
manera especial, que le aquejaba una afección cardíaca con manifestaciones como
palidez, ahogos y ataques agudos de depresión nerviosa. El doctor James
Mortimer, amigo y médico de cabecera del difunto, ha testimoniado en el mismo
sentido.
»Los hechos se relatan sin dificultad. Sir Charles tenía por costumbre pasear
todas las noches, antes de acostarse, por el famoso paseo de los Tejos de la
mansión de los Baskerville. El testimonio de los Barrymore confirma esa
costumbre. El cuatro de junio Sir Charles manifestó su intención de emprender
viaje a Londres al día siguiente, y encargó a Barrymore que le preparase el
equipaje. Aquella noche salió como de ordinario a dar su paseo nocturno, durante
el cual tenía por costumbre fumarse un cigarro habano, pero nunca regresó. A las
doce, al encontrar todavía abierta la puerta principal, el mayordomo se alarmó
y, después de encender una linterna, salió en busca de su señor. Había llovido
durante el día, y no le fue dificil seguir las huellas de Sir Charles por el
paseo de los Tejos. Hacia la mitad del recorrido hay un portillo para salir al
páramo. Sir Charles, al parecer, se detuvo allí algún tiempo. El mayordomo
siguió paseo adelante y en el extremo que queda más lejos de la mansión encontró
el cadáver. Según el testimonio de Barrymore, las huellas de su señor cambiaron
de aspecto más allá del portillo que da al páramo, ya que a partir de entonces
anduvo al parecer de puntillas. Un tal Murphy, gitano tratante en caballos, no
se encontraba muy lejos en aquel momento, pero, según su propia confesión,
estaba borracho. Murphy afirma que oyó gritos, pero es incapaz de precisar de
dónde procedían. En la persona de Sir Charles no se descubrió señal alguna de
violencia y aunque el testimonio del médico señala una distorsión casi increíble
de los rasgos faciales -hasta el punto de que, en un primer momento, el doctor
Mortimer se negó a creer que fuera efectivamente su amigo y paciente-, pudo
saberse que se trata de un síntoma no del todo infrecuente en casos de disnea y
de muerte por agotamiento cardíaco. Esta explicación se vio corroborada por el
examen post mortem, que puso de manifiesto una enfermedad orgánica crónica, y el
veredicto del jurado al que informó el coroner 1 estuvo en concordancia con las
pruebas médicas. Hemos de felicitarnos de que haya sido así, porque,
evidentemente, es de suma importancia que el heredero de Sir Charles se instale
en la mansión y prosiga la encomiable tarea tan tristemente interrumpida. Si los
prosaicos hallazgos del coroner no hubieran puesto fin a las historias
románticas susurradas en conexión con estos sucesos, podría haber resultado
difícil encontrar un nuevo ocupante para la mansión de los Baskerville. Según se
sabe, el pariente más próximo de Sir Charles es el señor Henry Baskerville, hijo
de su hermano menor, en el caso de que aún siga con vida. La última vez que se
tuvo noticias de este joven se hallaba en Estados Unidos, y se están haciendo
las averiguaciones necesarias para informarle de lo sucedido.»

1. Funcionario público cuyo principal deber es investigar, en presencia de un


jurado, cualquier defunción cuando hay motivos para suponer que las causas no
han sido naturales.

El doctor Mortimer volvió a doblar el periódico y se lo guardó en el bolsillo.


-Ésos son, señor Holmes, los hechos en conexión con la muerte de Sir Charles
Baskerville que han llegado a conocimiento de la opinión pública.
-Tengo que agradecerle -dijo Sherlock Holmes- que me haya informado sobre un
caso que presenta sin duda algunos rasgos de interés. Recuerdo haber leído,
cuando murió Sir Charles, algunos comentarios periodísticos, pero estaba muy
ocupado con el asunto de los camafeos del Vaticano y, llevado de mi deseo de
complacer a Su Santidad, perdí contacto con varios casos muy interesantes de mi
país. ¿Dice usted que ese artículo contiene todos los hechos de conocimiento
público?
-Así es.
-En ese caso, infórmeme de los privados -recostándose en el sofá, Sherlock
Holmes volvió a unir las manos por las puntas de los dedos y adoptó su expresión
más impasible y juiciosa.
-Al hacerlo -explicó el doctor Mortimer, que empezaba a dar la impresión de
estar muy emocionado- me dispongo a contarle algo que no he revelado a nadie.
Mis motivos para ocultarlo durante la investigación del coroner son que un
hombre de ciencia no puede adoptar públicamente una posición que, en apariencia,
podría servir de apoyo a la superstición. Me impulsó además el motivo
suplementario de que, como dice el periódico, la mansión de los Baskerville
permanecería sin duda deshabitada si contribuyéramos de algún modo a confirmar
su reputación, ya de por sí bastante siniestra. Por esas dos razones me pareció
justificado decir bastante menos de lo que sabía, dado que no se iba a obtener
con ello ningún beneficio práctico, mientras que ahora, tratándose de usted, no
hay motivo alguno para que no me sincere por completo.
»El páramo está muy escasamente habitado, y los pocos vecinos con que cuenta
se visitan con frecuencia. Esa es la razón de que yo viera a menudo a Sir
Charles Baskerville. Con la excepción del señor Frankland, de la mansión Lafter,
y del señor Stapleton, el naturalista, no hay otras personas educadas en muchos
kilómetros a la redonda. Sir Charles era un hombre reservado, pero su enfermedad
motivó que nos tratáramos, y la coincidencia de nuestros intereses científicos
contribuyó a reforzar nuestra relación. Había traído abundante información
científica de África del Sur, y fueron muchas las veladas que pasamos
conversando agradablemente sobre la anatomía comparada del bosquimano y del
hotentote.
»En el transcurso de los últimos meses advertí, cada vez con mayor claridad,
que el sistema nervioso de Sir Charles estaba sometido a una tensión casi
insoportable. Se había tomado tan excesivamente en serio la leyenda que acabo de
leerle que, si bien paseaba por los jardines de su propiedad, nada le habría
impulsado a salir al páramo durante la noche. Por increíble que pueda parecerle,
señor Holmes, estaba convencido de que pesaba sobre su familia un destino
terrible y, a decir verdad, la información de que disponía acerca de sus
antepasados no invitaba al optimismo. Le obsesionaba la idea de una presencia
horrorosa, y en más de una ocasión me preguntó si durante los desplazamientos
que a veces realizo de noche por motivos profesionales había visto alguna
criatura extraña o había oído los ladridos de un sabueso. Esta última pregunta
me la hizo en varias ocasiones y siempre con una voz alterada por la emoción.
»Recuerdo muy bien un día, aproximadamente tres semanas antes del fatal
desenlace, en que llegué a su casa ya de noche. Sir Charles estaba casualmente
junto a la puerta principal. Yo había bajado de mi calesa y, al dirigirme hacia
él, advertí que sus ojos, fijos en algo situado por encima de mi hombro, estaban
llenos de horror. Al volverme sólo tuve tiempo de vislumbrar lo que me pareció
una gran ternera negra que cruzaba por el otro extremo del paseo. Mi anfitrión
estaba tan excitado y alarmado que tuve que trasladarme al lugar exacto donde
había visto al animal y buscarlo por los alrededores, pero había desaparecido,
aunque el incidente pareció dejar una impresión penosísima en su imaginación. Le
hice compañía durante toda la velada y fue en aquella ocasión, y para explicarme
la emoción de la que había sido presa, cuando confió a mi cuidado la narración
que le he leído al comienzo de mi visita. Menciono este episodio insignificante
porque adquiere cierta importancia dada la tragedia posterior, aunque por
entonces yo estuviera convencido de que se trataba de algo perfectamente trivial
y de que la agitación de mi amigo carecía de fundamento.
»Sir Charles se disponía a venir a Londres por consejo mío. Yo sabía que
estaba enfermo del corazón y que la ansiedad constante en que vivía, por
quiméricos que fueran los motivos, tenía un efecto muy negativo sobre su salud.
Me pareció que si se distraía durante unos meses en la gran metrópoli londinense
se restablecería. El señor Stapleton, un amigo común, a quien también preocupaba
mucho su estado de salud, era de la misma opinión. Y en el último momento se
produjo la terrible catástrofe.
»La noche de la muerte de Sir Charles, Barrymore, el mayordomo, que fue quien
descubrió el cadáver, envió a Perkins, el mozo de cuadra, a caballo en mi busca,
y dado que no me había acostado aún pude presentarme en la mansión menos de una
hora después. Comprobé de visu todos los hechos que más adelante se mencionaron
en la investigación. Seguí las huellas, camino adelante, por el paseo de los
Tejos y vi el lugar, junto al portillo que da al páramo, donde Sir Charles
parecía haber estado esperando y advertí el cambio en la forma de las huellas a
partir de aquel momento, así como la ausencia de otras huellas distintas de las
de Barrymore sobre la arena blanda; finalmente examiné cuidadosamente el cuerpo,
que nadie había tocado antes de mi llegada. Sir Charles yacía boca abajo, con
los brazos extendidos, los dedos hundidos en el suelo y las facciones tan
distorsionadas por alguna emoción fuerte que difícilmente hubiera podido afirmar
bajo juramento que se trataba del propietario de la mansión de los Baskerville.
No había, desde luego, lesión corporal de ningún tipo. Pero Barrymore hizo una
afirmación incorrecta durante la investigación. Dijo que no había rastro alguno
en el suelo alrededor del cadáver. El mayordomo no observó ninguno, pero yo sí.
Se encontraba a cierta distancia, pero era reciente y muy claro».
-¿Huellas?
-Huellas.
-¿De un hombre o de una mujer?
El doctor Mortimer nos miró extrañamente durante un instante y su voz se
convirtió casi en un susurro al contestar:
-Señor Holmes, ¡eran las huellas de un sabueso gigantesco!

3
El problema

Confieso que sentí un escalofrío al oír aquellas palabras. El estremecimiento


en la voz del doctor mostraba que también a él le afectaba profundamente lo que
acababa de contarnos. La emoción hizo que Holmes se inclinara hacia adelante y
que apareciera en sus ojos el brillo duro e impasible que los iluminaba cuando
algo le interesaba vivamente.
-¿Las vio usted?
-Tan claramente como estoy viéndolo a usted. -¿Y no dijo nada?
-¿Para qué?
-¿Cómo es que nadie más las vio?
-Las huellas estaban a unos veinte metros del cadáver y nadie se ocupó de
ellas. Supongo que yo habría hecho lo mismo si no hubiera conocido la leyenda.
-¿Hay muchos perros pastores en el páramo?
-Sin duda, pero en este caso no se trataba de un pastor.
-¿Dice usted que era grande?
-Enorme.
-Pero, ¿no se había acercado al cadáver?
-No.
-¿Qué tiempo hacía aquella noche?
-Húmedo y frío.
-¿Pero no llovía? -No.
-¿Cómo es el paseo?
-Hay dos hileras de tejos muy antiguos que forman un seto impenetrable de
cuatro metros de altura. El paseo propiamente tal tiene unos tres metros de
ancho.
-¿Hay algo entre los setos y el paseo?
-Sí, una franja de césped de dos metros de ancho a cada lado.
-¿Es exacto decir que el seto que forman los tejos queda cortado por un
portillo?
-Sí; el portillo que da al páramo.
-¿Existe alguna otra comunicación?
-Ninguna.
-¿De manera que para llegar al paseo de los Tejos hay que venir de la casa o
bien entrar por el portillo del páramo?
-Hay otra salida a través del pabellón de verano en el extremo que queda más
lejos de la casa.
-¿Había llegado hasta allí Sir Charles?
-No; se encontraba a unos cincuenta metros.
-Dígame ahora, doctor Mortimer, y esto es importante, las huellas que usted
vio ¿estaban en el camino y no en el césped?
-En el césped no se marcan las huellas.
-¿Estaban en el lado del paseo donde se encuentra el portillo?
-Sí; al borde del camino y en el mismo lado.
-Me interesa extraordinariamente lo que cuenta. Otro punto más: ¿estaba
cerrado el portillo?
-Cerrado y con el candado puesto.
-¿Qué altura tiene?
-Algo más de un metro.
-En ese caso, cualquiera podría haber pasado por encima.
-Efectivamente.
-Y, ¿qué señales vio usted junto al portillo?
-Ninguna especial.
-¡Dios del cielo! ¿Nadie lo examinó?
-Lo hice yo mismo.
-¿Y no encontró nada?
-Resultaba todo muy confuso. Sir Charles, no hay duda, permaneció allí por
espacio de cinco o diez minutos.
-¿Cómo lo sabe?
-Porque se le cayó dos veces la ceniza del cigarro.
-¡Excelente! He aquí, Watson, un colega de acuerdo con nuestros gustos. Pero,
¿y las huellas?
-Sir Charles había dejado las suyas repetidamente en una pequeña porción del
camino y no pude descubrir ninguna otra.
Sherlock Holmes se golpeó la rodilla con la mano en un gesto de impaciencia.
-¡Ah, si yo hubiera estado allí! -exclamó-. Se trata de un caso de
extraordinario interés, que ofrece grandes oportunidades al experto científico.
Ese paseo, en el que tanto se podría haber leído, hace ya tiempo que ha sido
emborronado por la lluvia y desfigurado por los zuecos de campesinos curiosos.
¿Por qué no me llamó usted, doctor Mortimer? Ha cometido un pecado de omisión.
-No me era posible llamarlo, señor Holmes, sin revelar al mundo los hechos que
acabo de contarle, y ya he dado mis razones para desear no hacerlo. Además...
-¿Por qué vacila usted?
-Existe una esfera que escapa hasta al más agudo y experimentado de los
detectives.
-¿Quiere usted decir que se trata de algo sobrenatural?
-No lo he afirmado.
-No, pero es evidente que lo piensa.
-Desde que sucedió la tragedia, señor Holmes, han llegado a conocimiento mío
varios incidentes difíciles de reconciliar con el orden natural.
-¿Por ejemplo?
-He descubierto que antes del terrible suceso varias personas vieron en el
páramo a una criatura que coincide con el demonio de Baskerville, y no es
posible que se trate de ningún animal conocido por la ciencia. Todos describen a
una enorme criatura, luminosa, horrible y espectral. He interrogado a esas
personas, un campesino con gran sentido práctico, un herrero y un agricultor del
páramo, y los tres cuentan la misma historia de una espantosa aparición, que se
corresponde exactamente con el sabueso infernal de la leyenda. Le aseguro que se
ha instaurado el reinado del terror en el distrito y que apenas hay nadie que
cruce el páramo de noche.
-Y usted, un profesional de la ciencia, ¿cree que se trata de algo
sobrenatural?
-Ya no sé qué creer.
Holmes se encogió de hombros.
-Hasta ahora he limitado mis investigaciones a este mundo -dijo-. Combato el
mal dentro de mis modestas posibilidades, pero enfrentarse con el Padre del Mal
en persona quizá sea una tarea demasiado ambiciosa. Usted admite, sin embargo,
que las huellas son corpóreas.
-El primer sabueso era lo bastante corpóreo para desgarrar la garganta de un
hombre sin dejar por ello de ser diabólico.
-Ya veo que se ha pasado usted con armas y bagajes al sobrenaturalismo. Pero
dígame una cosa, doctor Mortimer, si es ésa su opinión, ¿por qué ha venido a
consultarme? Me dice usted que es inútil investigar la muerte de Sir Charles y
al mismo tiempo quiere que lo haga.
-No he dicho que quiera que lo haga.
-En ese caso, ¿cómo puedo ayudarle? -Aconsejándome sobre lo que debo hacer con
Sir Henry Baskerville, que llega a la estación de Waterloo -el doctor Mortimer
consultó su reloj- dentro de hora y cuarto exactamente.
-¿Es el heredero?
-Sí. Al morir Sir Charles hicimos indagaciones acerca de ese joven, y se
descubrió que se había consagrado a la agricultura en Canadá. De acuerdo con los
informes que hemos recibido se trata de un excelente sujeto desde todos los
puntos de vista. Ahora no hablo como médico sino en calidad de fideicomisario y
albacea de Sir Charles. -¿No hay ningún otro demandante, supongo?
-Ninguno. El único familiar que pudimos rastrear, además de él, fue Rodger
Baskerville, el menor de los tres hermanos de los que Sir Charles era el de más
edad. El segundo, que murió joven, era el padre de este muchacho, Henry. El
tercero, Rodger, fue la oveja negra de la familia. Procedía de la vieja cepa
autoritaria de los Baskerville y, según me han contado, era la viva imagen del
retrato familiar del viejo Hugo. Su situación se complicó lo bastante como para
tener que huir de Inglaterra y dar con sus huesos en América Central, donde
murió de fiebre amarilla en 1876. Henry es el último de los Baskerville. Dentro
de una hora y cinco minutos me reuniré con él en la estación de Waterloo. He
sabido por un telegrama que llegaba esta mañana a Southampton. Y ésa es mi
pregunta, señor Holmes, ¿qué me aconseja que haga con él?
-¿Por qué tendría que renunciar a volver al hogar de sus mayores?
-Parece lo lógico, ¿no es cierto? Y, sin embargo, si se considera que todos
los Baskerville que van allí son víctimas de un destino cruel, estoy seguro de
que si hubiera podido hablar conmigo antes de morir, Sir Charles me habría
recomendado que no trajera a ese lugar horrible al último vástago de una antigua
raza y heredero de una gran fortuna. No se puede negar, sin embargo, que la
prosperidad de toda la zona, tan pobre y desolada, depende de su presencia. Todo
lo bueno que ha hecho Sir Charles se vendrá abajo con estrépito si la mansión se
queda vacía. Y ante el temor de dejarme llevar por mi evidente interés en el
asunto, he decidido exponerle el caso y pedirle consejo.
Holmes reflexionó unos instantes.
-Dicho en pocas palabras, la cuestión es la siguiente: en opinión de usted
existe un agente diabólico que hace de Dartmoor una residencia peligrosa para un
Baskerville, ¿no es eso?
-Al menos estoy dispuesto a afirmar que existen algunas pruebas en ese
sentido.
-Exacto. Pero, indudablemente, si su teoría sobrenatural es correcta, el joven
en cuestión está tan expuesto al imperio del mal en Londres como en Devonshire.
Un demonio con un poder tan localizado como el de una junta parroquial sería
demasiado inconcebible.
-Plantea usted la cuestión, señor Holmes, con una ligereza a la que
probablemente renunciaría si entrara en contacto personal con estas cosas. Su
punto de vista,
por lo que se me alcanza, es que el joven Baskerville correrá en Devonshire
los mismos peligros que en Londres. Llega dentro de cincuenta minutos. ¿Qué
recomendaría usted?
-Lo que yo le recomiendo, señor mío, es que tome un coche, llame a su spaniel,
que está arañando la puerta principal y siga su camino hasta Waterloo para
reunirse con Sir Henry Baskerville.
-¿Y después?
-Después no le dirá nada hasta que yo tome una decisión sobre este asunto.
-¿Cuánto tiempo necesitará?
-Veinticuatro horas. Le agradeceré mucho, doctor Mortimer, que mañana a las
diez en punto de la mañana venga a visitarme; también será muy útil para mis
planes futuros que traiga consigo a Sir Henry Baskerville.
-Así lo haré, señor Holmes.
Garrapateó los detalles de la cita en el puño de la camisa y, con su manera
distraída y un tanto peculiar de persona corta de vista, se apresuró a abandonar
la habitación. Holmes, que recordó algo de pronto, logró detenerlo en el
descansillo.
-Una última pregunta, doctor Mortimer. ¿Ha dicho usted que antes de la muerte
de Sir Charles varias personas vieron esa aparición en el páramo?
-Tres exactamente.
-¿Se sabe de alguien que la haya visto después? No ha llegado a mis oídos.
-Muchas gracias. Buenos días.
Holmes regresó a su asiento con un gesto sereno de satisfacción interior del
que podía deducirse que tenía de lante una tarea que le agradaba. -¿Va usted a
salir, Watson?
-Únicamente si no puedo serle de ayuda.
-No, mi querido amigo, es en el momento de la acción cuando me dirijo a usted
en busca de ayuda. Pero esto que acabamos de oír es espléndido, realmente único
desde varios puntos de vista. Cuando pase por Bradley's, ¿será tan amable de
pedirle que me envíe una libra de la picadura más fuerte que tenga? Muchas
gracias. También le agradecería que organizara sus ocupaciones para no regresar
antes de la noche. Para entonces me agradará mucho comparar impresiones acerca
del interesantísimo problema que se ha presentado esta mañana a nuestra
consideración.
Yo sabía que a Holmes le eran muy necesarios la reclusión y el aislamiento
durante las horas de intensa concentración mental en las que sopesaba hasta los
indicios más insignificantes y elaboraba diversas teorías que luego contrastaba
para decidir qué puntos eran esenciales y cuáles carecían de importancia. De
manera que pasé el día en mi club y no regresé a Baker Street hasta la noche.
Eran casi las nueve cuando abrí de nuevo la puerta de la sala de estar.
Mi primera impresión fue que se había declarado un incendio, porque había
tanto humo en el cuarto que apenas se distinguía la luz de la lámpara situada
sobre la mesa. Nada más entrar, sin embargo, se disiparon mis temores, porque el
picor que sentí en la garganta y que me obligó a toser procedía del humo acre de
un tabaco muy fuerte y áspero. A través de la neblina tuve una vaga visión de
Holmes en bata, hecho un ovillo en un sillón y con la pipa de arcilla negra
entre los labios. A su alrededor había varios rollos de papel.
-¿Se ha resfriado, Watson?
-No; es esta atmósfera irrespirable.
-Supongo que está un poco cargada, ahora que usted lo menciona.
-¡Un poco cargada! Es intolerable.
-¡Abra la ventana entonces! Se ha pasado usted todo el día en el club, por lo
que veo.
-¡Mi querido Holmes! -¿Estoy en lo cierto?
-Desde luego, pero ¿cómo...?
A Holmes le hizo reír mi expresión de desconcierto. -Hay en usted cierta
agradable inocencia, Watson, que convierte en un placer el ejercicio, a costa
suya, de mis modestas facultades de deducción. Un caballero sale de casa un día
lluvioso en el que las calles se llenan de barro y regresa por la noche
inmaculado, con el brillo del sombrero y de los zapatos todavía intacto. Eso
significa que no se ha movido en todo el tiempo. No es un hombre que tenga
amigos íntimos. ¿Dónde puede haber estado, por lo tanto? ¿No es evidente?
-Sí, bastante.
-El mundo está lleno de cosas evidentes en las que nadie se fija ni por
casualidad. ¿Dónde se imagina usted que he estado yo?
-Tampoco se ha movido.
-Muy al contrario, porque he estado en Devonshire.
-¿En espíritu?
-Exactamente. Mi cuerpo se ha quedado en este sillón y, en mi ausencia, siento
comprobarlo, ha consumido el contenido de dos cafeteras de buen tamaño y una
increíble cantidad de tabaco. Después de que usted se marchara pedí que me
enviaran de Stanford's un mapa oficial de esa parte del páramo y mi espíritu se
ha pasado todo el día suspendido sobre él. Creo estar en condiciones de
recorrerlo sin perderme.
-Un mapa a gran escala, supongo.
-A grandísima escala -Holmes procedió a desenrollar una sección, sosteniéndola
sobre la rodilla-. Aquí tiene usted el distrito concreto que nos interesa. Es
decir, con la mansión de los Baskerville en el centro.
-¿Y un bosque alrededor?
-Exactamente. Me imagino que el paseo de los Tejos, aunque no está señalado
con ese nombre, debe de extenderse a lo largo de esta línea, con el páramo, como
puede usted ver, a la derecha. Ese puñado de edificios es el caserío de Grimpen,
donde tiene su sede nuestro amigo el doctor Mortimer. Advierta que en un radio
de ocho kilómetros tan sólo hay algunas casas desperdigadas. Aquí está la
mansión Lafter, mencionada en el relato que leyó el doctor Mortimer. Esta
indicación de una casa quizá señale la residencia del naturalista..., si no
recuerdo mal su apellido era Stapleton. Aquí vemos dos granjas dentro del
páramo, High Tor y Foulmire. Luego, a más de veinte kilómetros, la prisión de
Princetown. Entre esos puntos desperdigados se extiende el páramo deshabitado y
sin vida. Tal es, por lo tanto, el escenario donde se ha representado la
tragedia y donde quizá contribuyamos a que se represente de nuevo.
-Debe de ser un lugar extraño.
-Sí, el decorado merece la pena. Si el diablo de verdad desea intervenir en
los asuntos de los hombres...
-¿Se inclina usted entonces hacia la explicación sobrenatural?
-Los agentes del demonio pueden ser de carne y hueso, ¿no es cierto? Hay dos
cuestiones que aclarar antes de nada. La primera es si se ha cometido algún
delito; la segunda, ¿qué delito y cómo? Por supuesto, si la teoría del doctor
Mortimer fuese correcta y tuviéramos que vér-
noslas con fuerzas que desbordan las leyes ordinarias de la naturaleza,
nuestra investigación moriría antes de empezar. Pero estamos obligados a agotar
todas las demás hipótesis antes de recurrir a ésa. Creo que podemos volver a
cerrar esa ventana, si no tiene usted inconveniente. Es muy curioso, pero
descubro que una atmósfera cargada contribuye a mantener la concentración
mental. No lo he llevado hasta el extremo de meterme en una caja para pensar,
pero ése sería el resultado lógico de mis convicciones. ¿También usted le ha
dado vueltas al caso?
-Sí; he pensado mucho en ello durante todo el día. -¿Ha llegado a alguna
conclusión?
-Es muy desconcertante.
-Sin duda tiene unas características muy peculiares. Hay puntos muy
sobresalientes. El cambio en la forma de las huellas, por ejemplo. ¿Qué opina
usted de eso?
-Mortimer dijo que el difunto recorrió de puntillas aquella parte del paseo.
-El doctor se limitó a repetir lo que algún estúpido había dicho en la
investigación. ¿Por qué tendría nadie que avanzar de puntillas paseo adelante?
-¿Qué sucedió entonces?
-Corría, Watson..., corría desesperadamente para salvar la vida; corría hasta
que le estalló el corazón y cayó muerto de bruces.
-Corría..., ¿alejándose de qué?
-Eso es lo que tenemos que averiguar. Hay indicios de que Sir Charles estaba
ya obnubilado por el miedo antes de empezar a correr.
-¿Cómo lo sabe usted?
-Imagino que la causa de sus temores vino hacia él atravesando el páramo. Si
es ése el caso, y parece lo más probable, sólo un hombre que ha perdido la razón
corre alejándose de la casa en lugar de regresar a ella. Si se puede dar crédito
al testimonio del gitano, corrió pidiendo auxilio en la dirección de donde era
menos probable que pudiera recibir ayuda. Por otra parte, ¿a quién estaba
esperando aquella noche, y por qué esperaba en el paseo de los Tejos y no en la
casa?
-¿Cree usted que esperaba a alguien?
-Sir Charles era un hombre enfermo y de edad avanzada. Es comprensible que
diera un paseo a última hora, pero, dada la humedad del suelo y la inclemencia
de la noche, ¿es lógico pensar que se quedara quieto cinco o diez minutos, como
el doctor Mortimer, con más sentido práctico del que yo le hubiera atribuido,
dedujo gracias a la ceniza del cigarro puro?
-Pero salía todas las noches.
-Me parece improbable que se detuviera todas las noches junto al portillo.
Sabemos, por el contrario, que tendía a evitar el páramo. Aquella noche esperó
allí. Al día siguiente se disponía a salir para Londres. El asunto empieza a
tomar forma, Watson. Se hace coherente. Si no le importa, páseme el violín y no
volveremos a pensar en ello hasta que tengamos ocasión de reunirnos con el
doctor Mortimer y con Sir Henry Baskerville mañana por la mañana.

4
Sir Henry Baskerville

Terminamos pronto de desayunar y Holmes, en bata, esperó a que llegara el


momento de la entrevista prometida. Nuestros clientes acudieron puntualmente a
la cita: el reloj acababa de dar las diez cuando entró el doctor Mortimer,
seguido del joven baronet, un hombre de unos treinta años, pequeño, despierto,
de ojos negros, constitución robusta, espesas cejas negras y un rostro de rasgos
enérgicos que reflejaban un carácter batallador. Vestía un traje de tweed de
color rojizo y tenía la tez curtida de quien ha pasado mucho tiempo al aire
libre, si bien había algo en la firmeza de su mirada y en la tranquila seguridad
de sus modales que ponían de manifiesto su noble cuna.
-Sir Henry Baskerville -dijo el doctor Mortimer.
-A su disposición -dijo Sir Henry-, y lo más extraño, señor Holmes, es que si
mi amigo, aquí presente, no me hubiera propuesto venir a verlo hoy por la
mañana, habría venido yo por iniciativa propia. Según creo, resuelve usted
pequeños rompecabezas y esta mañana me he encontrado con uno que requiere más
sustancia gris de la que yo estoy en condiciones de consagrarle.
-Haga el favor de tomar asiento, Sir Henry. ¿Si no entiendo mal ya ha tenido
usted alguna experiencia notable desde su llegada a Londres?
-Nada de importancia, señor Holmes. Tan sólo una broma, probablemente. Se
trata de una carta, si es que se la puede llamar así, que he recibido esta
mañana.
Sir Henry dejó un sobre en la mesa y todos nos inclinamos para verlo. Era de
calidad corriente y color grisáceo. Las señas, «Sir Henry Baskerville,
Northumberland Hotel», estaban escritas toscamente, en el matasellos se leía
«Charing Cross» y la carta se había echado al correo la noche anterior.
-¿Quién sabía que fuese usted a alojarse en el Northumberland Hotel? -preguntó
Holmes, mirando con gran interés a nuestro visitante.
-No lo sabía nadie. Lo decidí después de conocer al doctor Mortimer.
-Pero, sin duda, el doctor Mortimer se alojaba allí con anterioridad.
-No -dijo el doctor-; estuve disfrutando de la hospitalidad de un amigo. No
existía la menor indicación de que fuésemos a elegir ese hotel.
-¡Hummm! Alguien parece estar muy interesado en sus movimientos -Holmes sacó
del sobre medio pliego doblado en cuatro que procedió a abrir y extender sobre
la mesa. Una sola frase, escrita por el procedimiento de pegar en el papel
palabras impresas, ocupaba el centro de la hoja y decía lo siguiente: «Si da
usted valor a su vida o a su razón, se alejará del páramo». Tan sólo la palabra
«páramo» estaba escrita a mano.
-Ahora -dijo Sir Henry Baskerville- quizá pueda usted decirme, señor Holmes,

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