La Iglesia, Los Sacramentos Y La Moral : Módulo Iii
La Iglesia, Los Sacramentos Y La Moral : Módulo Iii
ASIGNATURA 3
«MORAL CRISTIANA Y MISIÓN EN LA ESCUELA»
PARTE 1
MORAL FUNDAMENTAL
TEMA 1
IDENTIDAD DE LA TEOLOGÍA MORAL
La Moral ha sido también definida como «la ciencia de lo que el hombre debe
ser en función de lo que ya es»1. La realización del ideal humano será pues el objeto de
estudio de esta ciencia que ve en el hombre un potencial, una semilla, que ha de
desarrollarse con la gracia divina. Se resalta así el carácter tensional y dinámico de la
Moral y del propio hombre que tiende a hacerse, que está dirigido hacia una meta.
El ser humano se diferencia del resto de los seres vivos por la razón, capacidad
que le permite saber qué es lo que hace y decidir sobre sus propias actuaciones. La
1
M. ORAISON, Una moral para nuestro tiempo (Madrid 1968), 2.
razón, por tanto, posibilita la libertad y ésta la descubrimos como origen de una serie de
sentimientos, pensamientos y acciones que permiten al hombre diseñar su propia vida.
El hombre es un ser potencial, cargado de posibilidades que él mismo, con el ejercicio
de la libertad, ha de ir desarrollando en pos de una humanización de su vida. De este
modo descubrimos cómo hay formas de vivir y de actuar que son más humanas que
otras, que le permiten al hombre desarrollarse mejor o peor, que contribuyen a su
desarrollo como persona o lo esclavizan privándolo del recto uso de su razón y de su
libertad y asimilando su comportamiento más al de los animales irracionales que al del
ser humano. Dicho de otra forma: vivir humanamente no es para el hombre algo
automático o puramente espontáneo; es una tarea encomendada en la que podemos tener
éxito o fracasar. Y en la medida en que ese éxito o fracaso humano es responsabilidad
de la persona, su vida y su conducta es moral o inmoral, de ahí que el campo de estudio
de la moral afecte a la vida entera del ser humano, tanto pública como privada.2
«La nota más trivial pero a la vez más importante de la vida humana, es que el hombre no
tiene otro remedio que estar haciendo algo para sostenerse en la existencia. La vida nos es dada,
puesto que no nos la damos a nosotros mismos, sino que nos encontramos en ella de pronto y sin
saber cómo. Pero la vida que nos es dada no nos es dada hecha, sino que necesitamos hacérnosla
nosotros, cada cual la suya. La vida es quehacer. Y lo más grave de estos quehaceres en que la
vida consiste no es que sea preciso hacerlos, sino, en cierto modo, lo contrario –quiero decir que
nos encontramos siempre forzados a hacer algo, pero no nos encontramos nunca estrictamente
forzados a hacer algo determinado, que no nos es impuesto éste o el otro quehacer, como le es
impuesta al astro o la piedra su gravitación. Antes que hacer algo, tiene cada hombre que decidir,
por su cuenta y riesgo, lo que va a hacer. Pero esta decisión es imposible si el hombre no posee
algunas convicciones sobre lo que son las cosas en su derredor, los otros hombres, él mismo.
Sólo en vista de ellas puede preferir una acción a otra, puede en suma, vivir.» 3
Finalmente dejemos que sea San Pablo el que nos de una última definición de la
Moral:
«Vivid, pues, según Cristo Jesús, el Señor, tal como habéis recibido; enraizados y edificados
en Él; apoyados en la fe, tal como se os enseñó, rebosando en acción de gracias.
Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en
tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo.» (Col 2,6-8)
2
Cf. A. HORTAL ALONSO, Ética, I. Los autores de la vida moral (Madrid, 2005, 2ª ed.), 1.
3
ORTEGA Y GASSET, Obras completas, vol. IV, 13.
II. ESPECIFICIDAD DE LA TEOLOGÍA MORAL Y SU RELACIÓN
CON LAS CIENCIAS AUXILIARES
Jesús, reconocido por sus discípulos como el Maestro, dejó a sus Apóstoles
encomendada la función ministerial de enseñar, regir y guiar a su Iglesia. Esta misión,
continuada en la historia por los obispos, incluye el adoctrinamiento ético junto con el
deber de regir la comunidad, que implica emitir normas y pautas de conducta moral. En
el ejercicio de su ministerio la jerarquía eclesial ha dictado a lo largo de los siglos
numerosos juicios, sentencias y normas que afectan a todos los ámbitos de la vida
humana, desde sus aspectos más personales a los comportamientos y responsabilidades
sociales. Ha condenado actos y actitudes, leyes y costumbres, ideologías y políticas…
Sabemos, en efecto, que la «Ley de Dios» no suplanta, sino que asume los hallazgos y
los lenguajes de los hombres. Los valores éticos fundamentales se expresan con
frecuencia en fórmulas normativas que denotan un patrimonio común en el Próximo
Oriente. Estos textos venerables nos remiten a unos valores éticos universales,
accesibles por la razón, que constituyen la base para un auténtico ecumenismo moral.
Por tanto, podemos afirmar que los valores de la cultura judeo-cristiana no son
exclusivos de una determinada concepción religiosa, sino que tienen un fondo natural
común a todos los hombres, por lo que tienen validez universal.
Un análisis" detallado del texto llevaría a descubrir entre las líneas del texto el antiguo
esquema literario de la alianza que un rey poderoso ofrece a un rey vasallo:
4
Seguimosa FLECHA ANDRÉS, J. R., Teología Moral Fundamental (Madrid 1994), 75-114.
5. Bendiciones y conminaciones: Envío un ángel... (Ex 23,20-33).
6. Ratificación de la alianza: Comida o pacto de sangre (Ex 24,1-18).
Para el autor sagrado, los mandamientos son garantía de libertad para el hombre.
Pensémoslo por un momento: ¿cuándo soy más libre? ¿cuándo vivo en la verdad, la
justicia, el bien… o cuando me dejo llevar por mis instintos y apetititos, cuando me dejo
arrastrar por el pecado, el odio, la pasión…?
Los libros sapienciales tratan de resolver las preguntas que sobre el comportamiento en
la vida diaria se hace un hombre que vive en la diáspora, en un ambiente poco propicio
a sus grandes experiencias religiosas. En medio de una sociedad secularizada, muy
similar a la actual, el creyente busca nuevos fundamentos para su obrar diario. Por eso,
esta secularidad ética es especialmente significativa para nuestros tiempos, en los que
una y otra vez reaparece la pregunta por la posibilidad de una ética civil.
Los sapienciales conocen la fragilidad y dignidad del nombre (Eclo 17), así como la
posibilidad de su salvación como imagen de Dios. En medio de un ambiente extraño, en
que el hebreo vive en diáspora, en el que la ética ha de justificarse racionalmente, el
criterio moral fundamental es la elección de aquella conducta que realiza
automáticamente al ser humano.
a) El seguimiento de Jesús
El Maestro llama a algunos discípulos y ellos le «siguen» (Mt 4,22). Esta constatación
primera se convertirá en exigencia y, posteriormente, en una de las categorías
fundamentales que definen el discipulado: «El que no tome su cruz y me siga no es
digno de mí» (Mt 10,38).
El seguimiento, al que Jesús nos invita no se reduce a una mera imitación exterior, sino
que comporta la aceptación de sus valores y sus ideales de vida: del estilo de servicio
que ha sido el suyo: «El que quiera ser el primero, que sirva... como el Hijo del hombre
no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45).
Si la Ley pedía ya el amor a Dios (Dt 6,5) y el amor al prójimo (Lev 19,18), Jesús ha
unido esa doble entrega en un mandamiento único, el mandamiento primero (Mc 12,28-
34). El amor a Dios, que se manifiesta en la ofrenda presentada en el templo, ha de ir
acompañado por el amor al hermano, que se manifiesta en el perdón (Mt 5.23-24; Mc
11,25). «La conexión interna del amor a Dios y al prójimo tiene una importancia nada
desdeñable tanto para la fe religiosa como para la comprensión de la moral».
b) La vida en el Espíritu
Si Jesús ha actuado durante su vida bajo el impulso y la orientación del Espíritu Santo
(cf. Lc 3,22; 4,1.14-18; 10,21), también lo recibirían todos los que, de sus labios y sus
gestos, han aprendido a invocar al Padre (Lc 11,13).
La vida de sus seguidores se verá enriquecida, si lo piden, por el don y la presencia del
Espíritu Santo (Le 11,13), quien les enseñará todo lo que deban decir (Lc 12,12). La
teología joánica pondrá especial énfasis en afirmar que los hombres que nacen de lo alto
y aspiran a ver el Reino de Dios son precisamente los que aceptan ser arrastrados por el
soplo del Espíritu (Jn 3,3-8).
El encuentro con Jesús cambió la vida de los que se decidieron a seguir su camino. La
aceptación de su mensaje se tradujo en una necesaria conversión. Pero este cambio sólo
alcanzó sus verdaderas dimensiones a la luz del misterio de la Muerte y Resurrección de
Cristo. El encuentro con el Señor resucitado inflama los corazones de sus discípulos y
los lleva a comprender las Escrituras mientras van de camino y a reconocerlo en la
fracción del pan (cf. Le 24,32-35).
En el interior del cristiano, el Espíritu clama «¡Abbá, Padre!», de forma que no sea
esclavo, sino hijo y viva con la libertad alegre y confiada que brota de la conciencia de
la filialidad (Gal 4,7; Rom 8,14-17). El cristiano es llamado e impulsado a una libertad
que nunca puede confundirse con la depravación del libertino. No ha sido liberado para
vivir según la carne, es decir, en una dimensión ajena a las orientaciones del Espíritu,
sino para poder entregarse a sus hermanos.
En evidente paradoja, Pablo subraya que el camino de la libertad pasa por la decisión de
servir a los demás por el amor, como hizo Cristo (Gal 5,13).
Conclusión
Pero la gracia también facilita el cumplimiento de las normas y le ayuda a vivir las
exigencias morales de la nueva vida:
A la luz de esta doctrina, el cristiano debe valorar los actos de su vida moral. Esta,
además de entenderse desde la vertiente psicológica y social, ha de considerarse
también bajo la acción de la gracia y de la opción cristiana, que le determinan a actuar
como seguidor e imitador de Jesucristo.
5
E. MORIN, El paradigma perdido. Ensayo de bioantropología (Barcelona 1983) 785.
IV. LA LIBERTAD HUMANA, UNA CUESTIÓN DE
RESPONSABILIDAD6
León XIII define la libertad humana como «la facultad de elegir entre los medios que
son aptos para alcanzar un fin determinado,en el sentido de que el que tiene facultad de
elegir una cosa entremuchas es dueño de sus propias acciones».
a) Mensaje bíblico
Para la tradición bíblica es fundamental la afirmación de la libertad humana. El relato
bíblico de Gen 3 nos viene a decir que el ser humano, «en cuanto ser social, esuna
libertad situada, determinada de antemano por su medio», y «en cuanto ser personal, es
una libertad responsable y autónoma»:«En cuanto ser social, hay en él un coeficiente de
destino propuesto,no elegido, previo a su opción personal. En cuanto ser personal,puede
y debe encararse libremente con su destino, para asumirloo para rechazarlo y, en
cualquier caso, para configurarlo a su medida».
Por tanto, el hombre es un ser libre, pero que vive en sociedad y por tanto su libertad
está condicionada por la influencia de los otros. Esta influencia podrá, de algún modo,
determinar su libertad, pero no anularla, al menos en la mayor parte de los casos.
b) Reflexión teológica
K. Rahner enseña cómo no podemos entender la esencia de la libertad comola mera
capacidad de elección entre objetos particulares dados a posteriori,entre los cuales,
además de muchos otros, pudiera encontrarsetambién Dios como meta de las
aspiraciones humanas. En esecaso, Dios estaría situado entrelos objetos a los que se
dirige la elección, no en el plano mismodonde se sitúa la esencia de la libertad. La
misma libertad, en efecto,está sustentada por la patencia de ese hacia-donde que
nosotros llamamos Dios. En cada acto libre de elección es Dios mismo quien eselegido,
de forma casi siempre atemática, pero es Dios mismo quienposibilita esa capacidad de
autotrascendencia del1 ser humano.
Dicho con otras palabras, es Dios mismo quien otorga la libertad al hombre. Dios está
en el origen de la libertad humana, libertad que se nos da para elegir el bien, para elegir
al mismo Dios. Dios está por tanto en el origen y en la meta de nuestra libertad, pero
además es quien sana nuestros afectos, quien nos liberta de nuestras ataduras y pecados,
6
Seguimosa FLECHA ANDRÉS, J. R., Teología Moral Fundamental, o.c. 162-172.
es por tanto quien posibilita, sostiene y garantiza nuestra libertad. Ahora bien, si sólo
pudiéramos elegir el bien y a Dios, no seríamos libres, estaríamos determinados hacia
ese fin, por eso en el horizonte humano aparece también la posibilidad del mal, pero
hemos de ser conscientes de que la libertad no nos ha sido dada para elegir el mal, esta
elección supone un mal ejercicio de la libertad, que nos aleja de Dios y deteriora nuestra
misma libertad.
V. RASGOS
FUNDAMENTALESDELCOMPORTAMIENTO
MORAL
Llamamos ―acto humano‖ a aquella acción realizada por un sujeto humano en cuanto
humano, es decir en cuanto ser consciente y libre. Son actos humanos todos aquellos que
son realizados consciente y libremente. A los actos realizados por un individuo humano
pero sin libertad, los llamamos ―actos del hombre‖. Entre éstos podemos recordar todos
los actos fisiológicos, reflejos, meramente instintivos, como también todos aquellos de
los que el sujeto es consciente pero que no dependen realmente de su libre voluntad. De
éstos, la persona no es verdaderamente responsable, en cuanto que no es su ―causa‖, no
nacen del querer libre de su Yo. De los otros, de los actos humanos, el sujeto es
plenamente responsable.
7
Tomado de: MIRANDA, G. La moral… una respuesta de amor, 27-28.
Los actos humanos pueden ser clasificados según diversos criterios. Esta clasificación
nos ayudará a comprender mejor su compleja realidad.
Por una parte, los actos humanos pueden ser internos o externos. Odiar, amar, pensar en
cómo hacer algo, etc. son actos que no salen del interior de la persona, actos solamente
internos, pero verdaderos actos humanos, en los que puede haber una moralidad (no es
lo mismo odiar que amar). El acto externo es siempre la realización exterior de algún
acto interno, sobre todo del acto mismo del querer.
El acto humano puede ser también ―de acción‖ o ―de omisión‖. En el primer caso el
sujeto realiza algo, en el segundo deja de realizar algo. También la omisión puede tener
una connotación moral muy precisa. Omitir no es simplemente no hacer, sino optar
voluntariamente por no hacer algo; algo que quizás se veía como un deber. Hay en ella
un verdadero acto de voluntad, y por ello una moralidad.
Otra distinción importante es la del acto voluntario ―in se‖ y el voluntario ―in causa‖. El
primero consiste en una acción en la que el sujeto tiene por objeto voluntario aquello
mismo que realiza, por ejemplo, matar a un individuo. El segundo, en cambio, se refiere
a un comportamiento en el que el sujeto quiere algo que puede ser la causa de un efecto
no querido en sí, pero aceptado al poner su posible causa. Es el caso, por ejemplo, de
quien sabe que si se emborracha y maneja un vehículo en esas condiciones puede
provocar un accidente, quizás mortal. En la medida en que es consciente de esa
posibilidad y la acepta, en esa medida es moralmente responsable del accidente y de sus
consecuencias.
Finalmente, podemos clasificar los actos voluntarios según la colocación temporal del
querer. El voluntario actual designa un querer presente, actual, como son los actos
voluntarios ordinarios. Pero a veces el sujeto actúa de un determinado modo, no tanto
porque realice ahora un acto de voluntad preciso, sino más bien a causa, en virtud de un
acto de volición anterior. Aquel acto de voluntad sigue operando ahora con su fuerza
(―virtus‖) en el operar del individuo. Este acto es llamado voluntario virtual. En
ocasiones se da también un acto voluntario habitual, es decir, se actúa simplemente en
función de un acto de volición pasado y nunca rechazado.
8
Seguimos: FLECHA ANDRÉS, J. R., Teología Moral Fundamental, o.c., 198-200.
Ninguna finalidad buenajustifica un acto de por sí malo(quitarle la vida a un enfermo
para que no sufra).
El objeto o resultado de la elección puede por sí solo viciar el conjunto detodo el acto.
Hay comportamientos concretos, como la idolatría, elhomicidio, la calumnia o el
adulterio, que siempre es un error elegirlos,porque su elección comporta un desorden de
los valores éticos
objetivos, una prostitución de la verdad ética objetiva.Es, por tanto, erróneo juzgar de la
moralidad de los actos humanosconsiderando sólo la intención subjetiva que los inspira
o lascircunstancias que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí
mismos,independientemente del fin del que actúa o de la intención, songravemente
ilícitos por razón de su objeto.
No está permitido hacer un mal para obtener un bien, el fin no justifica los medios (CEC
1756). No puedo hacer el mal para conseguir un bien.
b) La Etica de situación
Desde esta concepción la ética de situación afirma que las acciones humanas se realizan
siempre en unas circunstancias (situación) determinadas, por lo que la valoración moral
de las mismas ha de realizarse en orden a dichas circunstancias. Con esta base se llega a
afirmar que ―Sólo el fin justifica los medios; nada más‖ y que la ―decisiones han de ser
tomadas en la situación, no en fuerza de la prescripción‖.
2. LAS ACTITUDES9
El término actitud designa una ―postura‖ física o, de modo figurado, una postura
anímica; es una disposición de ánimo en relación con alguna realidad. Podemos
identificar en una persona múltiples actitudes, de acuerdo con las múltiples relaciones
que ella tiene con diversas realidades. Solemos hablar en castellano de ―actitud ante...‖.
Es el modo de situarse anímicamente ante algo. Ante una persona, un grupo, una nación,
etc. Actitud ante el dolor o el amor, ante el estudio, ante el sacerdocio, ante la amistad,
ante Dios, ante la materia de moral, etc. etc.
Las actitudes tienen cierto carácter de estabilidad, aunque pueden y suelen ser
modificadas mucho más fácilmente que la opción fundamental. De algún modo, las
actitudes expresan la opción fundamental, concretando aquella ―postura fundamental
ante el todo‖, en posturas concretas ante realidades particulares. Por otra parte, ellas
influyen directamente en los actos individuales de la persona. Así como la opción
fundamental orienta en general el comportamiento del individuo, las actitudes provocan
la tendencia a actuar de un modo específico. De hecho, solemos comprender las
actitudes de los demás precisamente a través de sus actos, sobre todo cuando se repiten
en una misma dirección, denotando la postura del individuo ante determinada realidad.
Según cómo se porte una persona en relación con otra, o cuando entra en una Iglesia,
etc. comprendemos su actitud ante esa persona, o ante Dios...
Teniendo en cuenta que las actitudes pueden ser positivas o negativas (también desde el
punto de vista moral), que en parte pueden depender del sujeto, y que pueden ser por
éste libremente orientadas e incluso modificadas, comprendemos que entran en el campo
de la propia responsabilidad moral y deben ser consideradas al analizar el
comportamiento ético de la persona, así como al plantearse el problema de su educación.
9
Tomado de: MIRANDA, G. La moral… o.c., 27-29.
Los hábitos humanos
El dinamismo real del obrar humano incluye también el fenómeno de los hábitos.
Proveniente del vocablo latino ―habitus‖ del verbo habere, el hábito indica, de modo
genérico, algo que se tiene por adquisición. Se trata de una disposición estable que
afecta a alguna de las facultades de la persona, facilitando su ejercicio en un
determinado tipo de actuación. Es sobre todo la repetición de determinados actos lo que
hace que la facultad que entra en juego en ellos vaya adquiriendo una especie de
―memoria‖ dinámica que la potencia en su capacidad de realizar en el futuro esos
mismos actos.
Los hábitos pueden afectar tanto a las facultades sensitivas como al intelecto y a la
voluntad. Cuando uno está aprendiendo a manejar, le parece casi imposible poder
coordinar los movimientos de los pies y las manos para cambiar de velocidad, mantener
la dirección con el volante, etc. Después de un tiempo de práctica, le sale ya casi sin
darse cuenta, mientras habla con quien viaja a su lado. Ha adquirido un hábito que le
facilita la ejecución de una serie de operaciones. Cuando un alumno se dedica con
intensidad al estudio de las matemáticas forma un hábito que le permite analizar los
problemas con agilidad y exactitud, mientras quizá le cueste enormemente expresarse
con soltura, como hace su amigo que estudió humanidades clásicas, y a quien las
matemáticas le parecen un misterio. No se trata de que uno se vuelva más inteligente, ni
de que simplemente ha adquirido nuevos conocimientos. Se trata de que, por así decir,
su facultad intelectiva ―ha aprendido‖ a operar de cierto modo en cierto tipo de actos.
Desde el punto de vista objetivo, la moralidad de los hábitos tiene que ver con su
contenido mismo, o con sus consecuencias en el comportamiento del individuo. Dado
que los hábitos se forman por repetición de actos, y que consisten en la facilidad de
obrar de un determinado modo, entendemos que puede haber hábitos en sí moralmente
buenos o moralmente malos. No es lo mismo tener el hábito de decir la verdad que haber
formado el hábito de mentir; no es igual el hábito autocontrolarse ante las ofensas
verbales que el hábito de ofender verbalmente al prójimo. Hay, pues, hábitos que nos
ayudan a obrar el bien y otros que lo dificultan o que incluso facilitan la realización de
actos inmorales. A los primeros los llamamos virtudes, a los segundos vicios.
Desde el punto de vista subjetivo habría que tener en cuenta el índice de responsabilidad
que cada sujeto tiene en la formación y mantenimiento de sus hábitos buenos o malos. A
veces se forman por repetición de actos casi mecánicos, sin que uno se dé cuenta. Otras
veces el individuo reitera conscientemente unos actos que le hacen responsable de los
hábitos que fraguan en él. Otras los forma incluso deliberadamente, como cuando
alguien se esfuerza por formar el hábito virtuoso de hablar bien de los demás; o, al
contrario, lucha contra el vicio de criticar. Hay que tener en cuenta también que
frecuentemente un determinado hábito puede llevar al sujeto a actuar de cierta manera
con menor consciencia y voluntad, como por un mecanismo del que no es del todo
responsable. La consideración del hábito que le lleva a actuar así podría ayudar a
comprender su menor responsabilidad moral respecto a un determinado acto. Pero
habría que considerar también lo dicho antes sobre los actos ―voluntarios in causa‖:
quizás esa persona es culpable de haber formado ese hábito que ahora le lleva a actuar
de ese modo.
TEMA 4
VALORES, NORMAS Y LEYES
I. EL VALOR MORAL10
Partamos del hecho de que siempre que actuamos voluntariamente (lo cual supone
también que actuamos conscientemente), lo hacemos movidos por algún motivo. Hay
algo que ―nos mueve‖ a hacer o dejar de hacer esto o aquello. También el chico que
dice: ―a mí me da la gana de actuar sin ningún motivo...‖. En realidad, ése es el motivo
que le mueve: el deseo de actuar sin motivo, por puro capricho.
Ahora bien, si algo nos ―mueve‖ a actuar, es porque para nosotros ese algo ―vale‖; a
veces decimos de ese algo que ―vale la pena‖.. Es decir, comprendemos que hay una
pena que pagar, un costo; pero que el valor de esa realidad justifica la pena. Puede
tratarse de un objeto que deseamos comprar pero nos parece caro; dudo, y un amigo me
dice: ―vamos, vale la pena‖.. Puede tratarse del esfuerzo por estudiar moral, o de
renunciar a mis planes previos, para entrar en el seminario... Cuando algo me cuesta,
pero decido de todas formas hacerlo, comprarlo, buscarlo.... significa que en mi interior
he captado un valor superior a lo que he de sacrificar.
10
Seguimos a: MIRANDA, G. La moral… o.c., 12-16.
b) El concepto de valor
Valor significa aquí simplemente aquello que me atrae a mí, sujeto, por parte de un
determinado objeto. Es un carácter que tienen las cosas en sí mismas y que hacen que
sean más o menos estimadas para alcanzar un determinado fin11. Todo ―objeto‖, en
sentido metafísico, puede ser visto en un momento dado como bien por parte de algún
sujeto. Será un filete humeante a las dos de la tarde, será un buen libro, o la amistad de
un compañero, o el sacramento de la Eucaristía... Pero no basta que sea potencialmente
un bien; yo, sujeto, he de descubrirlo en cuanto tal, he de captar algo en ese objeto que
me atrae y me lo presenta como bueno. Ese ―algo‖ que descubro en el objeto y me atrae,
eso es el valor.
Se notará que he dicho que el sujeto ―descubre‖ el valor en el objeto. Este es un matiz
importante. El valor, efectivamente, tiene a la vez una dimensión subjetiva y otra
objetiva. Por un lado, tiene que ser descubierto por el sujeto. Por otro, el sujeto lo
―descubre‖ no lo crea. Es decir, cuando yo aprecio un buen filete, cuando veo que
―vale‖, no soy yo quien hace que el filete valga. Más bien, descubro, aprecio algo en ese
objeto que corresponde a una tendencia mía. No vale porque yo lo aprecio, sino lo
aprecio porque vale, porque contiene ese algo que hace de ello un bien para mí. Cada
sujeto puede o no descubrir y apreciar los valores de modo diverso, a partir de sus
inclinaciones, educación, decisiones anteriores, estilo de vida, etc. Yo descubro, no creo,
el valor de las cosas.
Los seres humanos experimentamos un valor que es diverso de los demás valores, y
según el cual juzgamos las acciones humanas como buenas o malas en cuanto tales, y a
las personas como buenas o malas en cuanto tales. A ese valor especial lo llamamos
―valor moral‖.
De pronto, algo me detiene en mi plan. Algo, dentro de mí, me dice que ―no puedo‖
hacerlo. Naturalmente, puedo hacerlo. Es fácil, es bastante seguro... Pero ―¡no puedo!‖.
¿Qué me está pasando? Siento que si cometo semejante acción me rebajo a mí mismo en
mi valor de persona, a pesar de todos los otros intereses particulares, gustos o
apetencias.
Supongamos que, a pesar de ese sentimiento negativo fuerte, actúo según mi plan, todo
sale ―bien‖, y al final me compro ese traje… Más tarde, cuando orgulloso paseo con
traje nuevo, me encuentro con la anciana pidiendo limosna porque no tienen para comer
este mes ya que ha perdido su paga. Entonces siento un tremendo nudo en el estómago.
11
Cfr. FONDEVILLA, J.M., ―¿Qué son los valores?‖, en Educación y valores, 22.
Pero, ¿qué me pasa? ¿No está claro que todo salió ―bien‖? El nudo sigue ahí, apretando
desde mi conciencia. Sé que hice mal, que me he rebajado como persona...
Este valor moral nos recuerda que no todo lo que de facto podemos realizar es
moralmente aceptable; no todo lo que técnicamente podemos hacer, ―podemos‖ hacerlo.
a) Noción de la norma
El Diccionario define la norma como la «regla que se debe seguiro a que se deben
ajustar las conductas, tareas, actividades, etc.» Pero en un sentido más específico, se
entiende por norma moral: laformulación lógica y obligante del valor moral. Se trata,
por tanto,de una mediación del valor, que lo formula y evidencia con exactitud,al
tiempo que muestra su íntima exigencia para la realizaciónpersonal y social del ser
humano.
12
Seguimos: FLECHA ANDRÉS, J. R., Teología Moral Fundamental, o.c., 214-216.
La norma moral es absolutamente necesaria, encuanto revela los valores enraizados en
lapersona, educa para su percepción y ulterior realización, favorece lacomunión y el
consenso, y también la discusión y el disenso creativosobre los mismos.
Pero, por otra parte, su debilidad y suriesgo está en ignorar su relación última con los
valores morales, lo que puede llevarnos a su rechazo absoluto o a su absolutización.
b) Fundamentación de la norma
Los valores se encuentran enraizados en la mismanaturaleza o verdad óntica del ser
humano. Las normas moralesgozarían por tanto de un fundamento «natural», absoluto,
aplicable por igual atodos los hombres y todas las culturas, vinculante en todas las
situacionesy, en consecuencia, indispensable.
Según Cicerón, la ley natural es una ley «no escrita, sino innata», que no la dictamos
nosotros mismos, sino que la recibimos, la aceptamos, es «coherente con la naturaleza,
difundida en todos, constante y eterna». Para León XIII «La ley natural es la misma ley
eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les
conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo», esta ley
aparece «escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que
no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a
no pecar».
Con todo ello podemos concluir que en el interior del hombre se descubre una ley que le
viene dada por su misma naturaleza y que por tanto es común para todos los hombres, de
todos los pueblos y de todos los tiempos; una ley estable, permanente e inmutable que el
no creyente pude ir descubriendo por medio de la razón, pero que el creyente la
descubre como don del Creador que al diseñar la naturaleza humana ya le ha dotado de
dicha ley.
Esta ley natural es, por tanto, una oportunidad de encuentro y diálogo entre el Creyente
en Cristo Jesús, el creyente de otras religiones y el no creyente.
2. La ley positiva13
Como una derivación de la Ley Natural aparecen otras muchas leyes, civiles y
eclesiásticas, que ayudan a regular las relaciones sociales marcando unos mínimos
imprescindibles para la convivencia humana. Estas leyes, a diferencia de la Ley Natural,
son escritas, consensuadas o dictadas por los propios hombres. Son las que llamamos
―leyes positivas‖.
Santo Tomás define la ley positiva como la «ordenación de la razón, dirigida al bien
común, y promulgada por el que tiene a su cargo la comunidad».
a) Racionalidad de la ley
Para Santo Tomás, la ley es un acto de la razón práctica más que de la voluntad. Para
Tomás de Aquino, como se sabe, las acciones humanas no son malas por haber sido
prohibidas por una determinada ley, divina o humana, sino que pueden ser prohibidas
por ser malas. Dígase lo mismo de la bondad del comportamiento. La bondad o la
maldad preceden a las leyes.
Por ejemplo, la eutanasia será buena o mala en sí misma y con anterioridad a una
determinada ley que la condene o la permita. Será buena en función del fin último del
hombre, si respeta el valor sagrado de la vida humana o si atenta contra ella. A la ley no
le corresponde establecer la bondad o maldad, sino reconocerla y tutelarla, garantizar
que en la sociedad se respeta el bien y se condena el mal.
13
Seguimos: FLECHA ANDRÉS, J. R., Teología Moral Fundamental, o.c., 238-242, 262-267.
San Agustín considera que también la ley civil encuentra su medida en laley eterna de
Dios. Por ello afirma que es justa y legítima la ley temporal en cuanto deriva de laley
eterna; ahora bien, una ley injusta no sería ley. Las leyes injustas son más bien nulas.
Por su parte, Santo Tomás reconocerá que las leyes pueden ser injustas por dos
capítulos:
«Primero, porque se oponen al bien humano: o por razón de su fin (como cuando un
soberano impone leyes onerosas a sus súbditos mirando a la gloria y los intereses propios
más que la utilidad común), o por razón de su autor (cuando un hombre dicta leyes que
traspasan la potestad que le ha sido otorgada), o también por razón de la forma (por
ejemplo, cuando se reparten las cargas a la multitud de una manera muy desigual, aun
cuando se ordenen al bien común).
Tales leyes son más bien violencias... Por eso tales leyes no obligan en el fuero de la
conciencia, si no es para evitar el escándalo y el desorden; por cuya causa el hombre debe
ceder de su propio derecho...
El segundo motivo por el que las leyes pueden ser injustas es por ser contrarias al bien
divino; por ejemplo, las leyes de los tiranos que obligan a la idolatría o a cualquier cosa
contraria a la ley divina. Nunca es lícito observar estas leyes, según aquello que se nos dice
en los Hechos de los Apóstoles: "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres"
(Hech 5,29)»14.
Como dijimos, las leyes injustas pierden su vigencia y por tanto no obligan moralmente,
pero también esas leyes injustas (cuando son contrarias al bien humano) pueden
vincular la conciencia, o bien para evitar el escándalo o para conjurar males mayores, en
estos casos sí habría que cumplirlas.
Ahora bien, cuando las leyes son injustas contra el bien divino (cuando atentan
directamente contra Dios o contra los bienes fundamentales de la persona como es el
derecho a la vida, v.g. ley del aborto o de la eutanasia) no pueden cumplirse bajo ningún
concepto. En tales casos habría que apelar a la objeción de conciencia y, si la ley no
prevé esta opción, habría que negarse al cumplimiento de tales leyes asumiendo, si fuera
preciso, la sanción que el estado estableciera (recordemos aquí el testimonio de los
mártires).
TEMA 5
LA LUZ DE LA CONCIENCIA
1. Concepto de conciencia
14
S.Th. 1-2, 96, 4.
valores morales por los que ha de orientar su actuación y, a fin de cuentas, su misma
vida.
Popularmente se concibe la conciencia como árbitro, como una ―campanita‖ que suena
dentro de uno cuando se pasa una determinada línea, una ―voz‖ que te indica de vez en
cuando lo que debes hacer o dejar de hacer (―la voz de la conciencia‖)...
Hay en todas esas expresiones una comprensión de la conciencia como algo que tiene
que ver con el juicio sobre el bien o el mal de nuestros actos; algo que en su juicio no
depende totalmente de nuestro querer. Ese algo suena, ve, habla, remuerde, juzga,
atestigua o dicta, de algún modo independientemente de nuestros deseos, planes,
intereses, gustos y decisiones. Si dependiera totalmente de nuestro querer, las cosas
serían mucho más sencillas: sería bueno todo lo que quisiéramos que fuera bueno, todo
lo que nos gustara o interesara... y ¡se acabaron los ―problemas de conciencia‖! Pero no,
la conciencia no se doblega fácilmente a nuestro propio yo. Se tiene la impresión de que
se trata de un ―árbitro‖ moral, diverso de nosotros mismos.
Pero siempre queda el riesgo de confundir la conciencia con una especie de intuición
personal que deja de lado los valores objetivos para buscar el propio interés, la
apetencia o conveniencia personal. Así en muchas ocasiones apelamos falsamente a la
propia conciencia cuando en realidad se trata de un juico subjetivo carente de la
objetividad moral que la auténtica conciencia reclama. No confundamos la conciencia
con lo que quiero, me apetece, me gusta o me interesa.
15
Seguimos a: MIRANDA, G. La moral… o.c., 41-54.
Ésta última no es un habitus permanente, como la conciencia habitual, sino un actus de
la razón práctica. Podemos definirla como un juicio de la razón práctica que aplica los
principios morales comunes al acto humano singular, percibiendo su relación con la
razón misma y por lo tanto testificando su carácter moral y aprobando o reprobando su
realización.
Por ello, cuando la razón práctica, al aplicar los principios generales de la moralidad al
acto particular, comprende que este acto es moralmente malo, en ello mismo comprende
que debe rechazarlo y la persona se ve motivada a rechazarlo; en cambio si es bueno,
debe o al menos puede hacerlo y se ve motivada a ello. En este sentido, el acto realizado
por el intelecto penetra de algún modo la voluntad del sujeto y hasta repercute en su
esfera emotiva. La relación entre el intelecto y la voluntad es uno de los problemas más
intrincados de la antropología filosófica.
Ahora bien, esto no quita que la voluntad (o mejor, el sujeto volitivo), precisamente en
cuanto es libre, pueda adherirse al bien o al mal presentado por la conciencia. El mal
moral consiste, precisamente, en la adhesión voluntaria al mal presentado por la
conciencia, o en el rechazo del bien presentado por ésta con tal carácter de
obligatoriedad que su omisión es vista como un mal moral. El bien moral consiste en la
adhesión, también voluntaria, al bien presentado por la conciencia, o en el rechazo del
mal (aunque se presente siempre bajo algún aspecto de bien en otro orden diverso del
moral: placer, interés, utilidad, etc).
¿Cómo se debe actuar cuando la conciencia es verdadera o errónea? Digamos ante todo,
que debemos siempre seguir el juicio cierto de nuestra conciencia.. Si estamos
verdaderamente convencidos de que algo es bueno o malo, después de haber tratado de
comprenderlo con toda sinceridad, y poniendo los medios necesarios para ello
(conciencia recta), debemos actuar en consecuencia, haciendo lo que vemos como bueno
y rechazando lo que vemos como malo.
Esto no significa, sin embargo, que sea indiferente que la conciencia sea verdadera o
errónea. Ante todo porque la persona que es guiada por una conciencia errónea puede
hacer daño a los demás, creyendo que actúa bien (podría ser el caso, por ejemplo, de un
terrorista convencido sincera y profundamente de la bondad de sus actos de violencia en
favor de la causa por la que lucha). Pero además, debemos reconocer que no se realiza
igualmente como persona quien juzga con verdad y quien está en el error, supuesta en
ambos la misma buena voluntad. No da igual que alguien esté convencido de que dos
más dos son cinco o que sepa que son cuatro, aunque ambos tengan el mismo deseo de
conocer. No puede tampoco sernos indiferente el error o la verdad moral. Más aún, la
indiferencia significaría que no hay en el fondo una sincera y total adhesión de la
voluntad al bien moral.
Por otra parte, decir que la persona debe seguir el propio juicio de conciencia cierta,
también cuando yerra, no significa que no pueda haber cierta responsabilidad moral en
el error. En este sentido, se suele decir que aunque la conciencia errónea obliga siempre,
sólo disculpa moralmente al sujeto si el error es invencible e inculpable.
Se entiende por error invencible aquél en el que el sujeto yerra sin ninguna posibilidad
de salir de su error y conocer la verdad moral. Puede ser el caso de quien ha vivido
desde niño en un ambiente en el que todo y todos le han llevado a ver erróneamente
cierto tipo de acción como buena o mala. El no puede ni siquiera sospechar que pueda
ser de otro modo, y actúa -con buena voluntad- en consecuencia. Si, en cambio, en algún
momento sospechara que quizás ese comportamiento pudiera merecer un juicio moral
contrario al que hasta ahora ha dado, tendría la obligación de tratar de conocer la verdad
objetiva; su error ya no sería ―invencible‖, y si el no vencerlo depende de su libre
voluntad, su error vendría a ser ―culpable‖.
Se llama culpable, pues, a aquél error de conciencia del cual el sujeto es de algún modo
responsable. El es, de alguna manera, el causante de su propio error porque no ha
querido formar rectamente su conciencia, no le ha interesado o ha sido perezoso para
ello.
El Concilio resume sintéticamente esta doctrina:―No rara vez, sin embargo, ocurre que
yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su
dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la
verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del
pecado‖ (GS, 16).
Decíamos que a veces el individuo no sabe con certeza si un acto es moralmente bueno
o no. Se encuentra en situación de conciencia dudosa. ¿Cómo debe actuar? ¿Está
obligado a hacer algo que no sabe si es obligatorio? ¿Está obligado a abstenerse de algo
que no sabe si es ilícito?
Para poder resolver este problema es preciso hacer una distinción sutil pero
fundamental. Una cosa es la duda sobre la moralidad objetiva de un acto, y otra la duda
sobre la moralidad de la realización de un acto. La primera indica que yo no estoy
seguro de si una determinada acción está permitida o no, de si es en sí moralmente
correcta o no. La segunda se refiere a mi duda sobre si yo haría bien o mal al realizar
aquí y ahora este determinado acto. Llamaremos a la primera duda objetiva y a la
segunda duda operativa.
¿Qué hacer en caso de duda? Ante todo hay que aclarar que en estado de duda operativa
no se debe actuar. Es decir, si creo que haciendo esto aquí y ahora quizás haría un mal
moral, no debo hacerlo, pues equivaldría a aceptar el mal (como si un cazador disparara
en la maleza sin estar seguro de si lo que se mueve detrás es el ciervo que estaba
siguiendo o el guarda del bosque).
Por lo tanto, he de tratar de salir de la duda. Lo primero debe ser, naturalmente, tratar de
resolver la duda objetiva. Habrá que leer, consultar, reflexionar, orar... para ver si se
llega a una certeza objetiva, en un sentido u otro.
Pero…. ¿y si aún queda alguna duda? Ante todo, tenemos que reconocer que si lo que
está en juego es un bien importante para otra persona (como su vida o su salud), o si va
de por medio la validez de un sacramento, se debe actuar del modo más seguro. Es decir,
debo evitar actuar de modo que perjudique seriamente a otro, aunque tenga cierta duda
objetiva sobre la licitud o ilicitud de ese comportamiento.
TEMA 6
PECADO Y VIRTUD
I. EL PECADO
Dios se ha hecho hombre en Cristo Jesús para liberarnos del pecado y de sus
consecuencias (la muerte eterna). Por eso, el creyente en Cristo reconoce la realidad del
pecado en su vida, pero con esperanza, en la certeza de saberse pecador, pero un
pecador redimido, salvado, sanado, liberado.
Pero como rechazo a esa llamada aparece la realidad del pecado, por lo que es necesario
detenerse en su comprensión unos momentos.
Se puede pecar de obra, de palabra, con el deseoo, incluso, con una omisión (cuando no
hago el bien que debería hacer) siempre que orientemos nuestra libre voluntad contra la
ley eterna de Dios, contra el bien objetivamente determinado por nuestra naturaleza.
También podemos establecer las distinciones entre pecados de corazón, de palabra yde
obra, que encontramos en la liturgia; entre pecados contra Dios ycontra el prójimo, entre
pecados por pasión, por ignorancia y pormalicia; y, por último, entre pecados veniales y
mortales. Nos detendremos en esta última distinción.
«El pecado mortal(o grave) destruye la caridad en el corazón del hombre por una
infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y
su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior» (CEC 1855).
b) Pecado estructural
Junto al pecado personal o individual encontramos el pecado estructural o las
estructuras de pecado. Se trata de esas estructuras sociales que se construyen con el
pecado individual de muchos y generan situaciones sociales que incitan o promueven el
pecado de otros.Estas estructuras de pecado provienende decisiones individuales
pecadoras, y terminan generando y, lo que es peor, justificando y aun exigiendootras
decisiones pecaminosas.
El ejemplo más claro o visible quizá sea la industria pornográfica, pero no olvidemos el
mundo de la drogadicción, de la trata de personas, del abuso en el trabajo, de falta de
sueldo justos, el abuso en intereses….
II. LA VIRTUD
Pese a reconocer la realidad del pecado en la existencia humana, la revelación cristiana
no se detiene en él, sino que cada vez que lo denuncia es para anunciar la salvación
ofrecida por Dios al pecador en Cristo Jesús y recordar una y otra vez que el pecado ha
sido vencido en la cruz, que el hombre ha sido liberado de sus ataduras y, rotas las
cadenas del pecado, ha sido llamado a recuperar y sanar su amistad con el Creador.
Esta nueva vida no se limita a la evitación del pecado, sino que ha de mirar a la
realización del ser humano a la medida del hombre nuevo revelado en Jesucristo. La
moral cristiana es una moral de la gracia y, en consecuencia, es una moral de la fe, de la
esperanza y de la caridad, una moral de la virtud.
1. Concepto de virtud
Las virtudes son cualidades buenas, firmes y estables de la persona, que, al perfeccionar
su inteligencia y su voluntad, la disponen a conocer mejor la verdad y a elegir y realizar,
cada vez con mayor libertad y gozo, el bien moral a través de acciones buenas que le
ayudarán a alcanzar su plenitud humana y sobrenatural, que consiste en el amor a Dios y
a los hermanos.
La virtud es, pues, esa cualidad buena de la mente que nos ayuda a vivir rectamente, de
la que nadie puede usar para hacer el mal; es esa fuerza interior por la cual Dios actúa
en nosotros sanando nuestra libertad y capacitándonos para realizar lo moralmente
bueno con alegría y constancia, a pesar de las posibles resistencias internas y externas
que podamos encontrarnos.
Entre las virtudes morales hemos de resaltar las virtudes cardinales: prudencia, justicia,
fortaleza y templanza.
Las virtudes sobrenaturales o infusas son aquellas que Dios concede gratuitamente al
hombre para que pueda conocer, amar, elegir y realizar el bien. Es esa ayuda, necesaria
para el hombre, que de Dios le ofrece por diversos medios y a la que llamamos gracia.
Estas virtudes pueden dividirse entre virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que
son dones de Dios que disponen al hombre de forma permanente para vivir como
verdaderos hijos de Dios en Cristo Jesús, y las virtudes morales, que son las mismas
virtudes humanas pero sostenidas y alentadas por la gracia del Espíritu Santo.
Entre las virtudes sobrenaturales también encontramos los dones del Espíritu Santo
(entendimiento, ciencia, sabiduría, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios) que
permiten al hombre progresar en la vida virtuosa bajo el aliento directo y personal, la
guía constante y la fuerza renovadora del Espíritu Santo. Cada persona recibirá, si se
abre a la acción de Dios en su vida, los dones más necesarios conforme a su vocación
específica y su estado de vida.
En la vida del cristiano es necesario buscar un justo equilibrio entre esfuerzo personal y
gracia. He de disponer mi vida para acoger el don de Dios y, una vez recibido, he de
ejercitarlo y dejarme guiar y sostener por él. Lejos de contraponerse, las virtudes
humanas y sobrenaturales, se complementan y enriquecen.
PARTE 2
MORAL ESPECIAL
TEMA 1
MORAL DE LA SEXUALIDAD Y DEL AMOR
a) Gn 1,26-28
La primera enseñanza del relato sacerdotal de la creación del hombre es que éste ha sido
creado «a imagen de Dios». Es a este privilegio creacional a lo que se debe que el
hombre, todo hombre y todo el hombre, adquiera una dignidad especial y superior al
resto de los animales; distinción que se hará patente en el mandato recibido de «dominar
la tierra».
El segundo dato es la diferenciación entre los dos sexos: «hombre y mujer los creó».
Siendo iguales en naturaleza y dignidad, la sexualidad les otorga su distinción más
profunda; masculinidad y feminidad aparecen como don del Creador y la sexualidad
revestida de valor y dignidad. De esta forma, ni el «ser» del hombre ni su realización
pueden ser independientes de la sexualidad.
El Papa Juan Pablo II, en Mulierisdignitatem, acude a este relato para fundamentar el
matrimonio y el amor conyugal en la distinción creacional entre el hombre y la mujer y
en la bendición de fecundidad:
b) Gn 2,18-24
El hombre y la mujer parecen llamados a «hacerse una sola carne»; llamada que
adquiere en la literatura bíblica una doble dimensión física y moral que se desarrollará
principal y fundamentalmente en el matrimonio. Esta unión alude al compromiso por el
cual ambos se dan mutuamente (GS48) por lo que queda revestida de unas
características tan peculiares que solo se podrá realizar entre un solo hombre y una sola
mujer y es tan fuerte que resulta imposible romperla.
Dicha unión entre el hombre y la mujer se considera, en el texto, tan sólo desde la
perspectiva de la mutua ayuda; directa y explícitamente no se habla de la procreación.
Esta, sin embargo, no queda excluida ya que al «hacerse una sola carne» se constituyen
en principio de vida (CEC 372).
2. Magisterio de la Iglesia
a) Concilio Vaticano II
En el número 49, al hablar del amor conyugal, afirma la Constitución Gaudium et spes
que es precisamente en el «acto propio del matrimonio» donde se expresa y perfecciona
de manera singular dicho amor que abarca el bien de toda la persona y que enriquece
con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu. Este amor ha sido
elevado y perfeccionado por Dios con el don de la gracia y lleva a los esposos a un don
libre y mutuo de sí mismos que impregna toda la vida superando la mera inclinación
erótica.
16
Recordemos cómo el Código de Derecho canónico de 1917, siguiendo la concepción estoica de la
sexualidad, sintetizaba la doctrina eclesial afirmando que «el fin primario del matrimonio es la
procreación y educación de los hijos. El fin secundario es la mutua ayuda y el remedio de la
concupiscencia» (cn. 1013.1). Planteamiento que contrasta con la visión más amplia del Concilio
Vaticano II. (Cf. Ibíd. 108-109). Por su parte, la doctrina estoica, rígidamente exigente en el dominio de
las pasiones y los afectos para conformarse a la razón, tuvo un importante influjo en la formación del
Derecho Romano y en la moral cristiana (Cf. VALVERDE, C., Antropología filosófica, EDICEP,
Valencia, 1995, 49).
intención sino que se ha de ajustar también a una serie de criterios objetivos tomados de
la naturaleza de la persona y de sus actos.17
b) Reflexión posterior
3. Reflexión Teológica
Sobre esta base, la criteriología clásica empleada en cuestiones de moral sexual antes
del Concilio (criterio jurídico y criterio biológico) tienen muchas limitaciones por lo
que habrá que acudir a una nueva criteriología que responda mejor a la naturaleza
propia del hombre. Esta nueva criteriología ha de reconocer la sexualidad humana como
expresión de la persona en cuanto tal y puesta al servicio de su propia realización y
perfección como donación y entrega a un tú con el que el yo está llamado a formar un
17
Cf. FLECHA ANDRÉS, J. R., Moral de la sexualidad. La vida en el amor, Sígueme, Salamanca, 2005,
134.
nosotros abierto a los demás. Se accede así a un reconocimiento de la bondad y la
riqueza de la sexualidad dentro del dinamismo del amor.
La antropología racional enseña que el hombre es una unidad radical constituida por la
dualidad cuerpo-alma de modo que ambas realidades han de ser asumidas en la
expresión amorosa de los cónyuges. El hombre, espíritu encarnado, es un ser sexuado,
pero este carácter sexual no se limita a la simple genitalidad pues el sexo afecta al
núcleo de la persona en cuanto tal. De aquí que reducir la expresión de amor entre los
esposos a unas relaciones sexuales-genitales sea empobrecer y trivializar el concepto de
amor y aun el de sexualidad.
«En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un
espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca
también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.» (FC 11)
Dando un paso más hacia delante y partiendo de que el matrimonio es una realidad
natural, hemos de afirmar que su especificad se halla en la unión conyugal entre el
hombre y la mujer; es decir, que el matrimonio consiste en la entrega amorosa y fiel por
la cual los esposos se unen entre sí desde su especificidad sexual. Es precisamente esta
conyugalidad la que distingue al matrimonio de otras instituciones o uniones entre
hombre y mujer ya que «el amor esponsalicio tiene como característica esencial que la
mujer ama al marido en cuanto es varón y éste ama a su esposa por ser mujer.»
Este amor conyugal exige totalidad: es toda la persona la que ama a toda la persona de
manera definitiva; abarca sentimiento y voluntad, cuerpo y espíritu. Como una forma
peculiar de amistad se dirige a la persona del otro amándola en la totalidad del bien que
la configura como hombre o mujer. Este amor no es un acto, aunque se exprese a través
de actos, se trata de una disposición libre y estable que se dirige a la mutua entrega y se
convierte en tarea.
En 1974 el entonces Cardenal Karol Wojtyla trataba esta dimensión oblativa del amor
conyugal apelando alderecho a la entrega que es connatural al hombre y en virtud del
cual los cónyuges «se dan y se reciben mutuamente» (GS48). En virtud de este derecho
el matrimonio alcanza el perfil más humano del amor esponsal. Este derecho consiste en
la entrega de sí mismo al otro, la entrega de persona a persona, que resulta inseparable
de la unión entre el varón y la mujer a fin de establecer una comunidad de amor. Gracias
a este derecho se hace posible el verdadero amor, la entrega mutua de las personas y la
común pertenencia de una a otra. Se trata de una entrega total y totalizante, que abarca a
todo el ser humano. Finalmente señala que es un derecho inscrito en el hombre por el
Creador y que hace que el amor sea totalmente estable e indisoluble.18
Desde esta dimensión oblativa y generosa del amor, la sexualidad no parece orientada a
la realización individualista del yo, como, por ejemplo, la satisfacción del instinto del
hambre o de la sed,sino a la realización del nosotros en el mundo. Llegamos así a una
clara concepción de la sexualidad como don y entrega, se le reconoce su dimensión
generosa y altruista, se la orienta a la creación del «nosotros». La dirección que lleva al
verdadero amor es la que sigue quien se ha sentido arrastrado por el otro para darse a él.
La ofrenda del cuerpo se convierte así en el símbolo más significativo de haber ofrecido
anteriormente el corazón; y al mismo tiempo posibilita que el calor y el cariño alcancen
su plenitud de expresión y se mantengan por encima de las dificultades. La sexualidad
entra así en la dinámica del simbolismo como manifestación de una actitud amorosa de
encuentro y comunión. Se trata de ese nivel personal y relacional que presenta la
sexualidad como diálogo con el otro sexo; un diálogo que ha de integrar lo que de
biológico e instintivo tiene dentro de una corriente afectiva y amorosa, superar el plano
de la pura animalidad para descubrir el contenido espiritual del encuentro amoroso que
se produce entre el hombre y la mujer.
18
Cf. WOJTYLA, K., El don del amor. Escritos sobre la familia, Palabra, Madrid, 2003, 212-220.
La sexualidad adquiere así una importante dimensión sacramental al realizar aquello
que significa, al mostrar con gestos y con palabras su sentido más profundo, a saber, la
oblación, la donación, la apertura al otro como rasgos esenciales del hombre que ha sido
creado como «ser-para-los-otros».
Recogiendo todo lo dicho hasta este momento, podemos afirmar que el amor esponsal
goza de una riqueza incalculable. En el encuentro amoroso matrimonial el amor
sensible-eros y el amor afectivo-filía son asumidos, purificados y elevados por el amor
sobrenatural-ágape. De este modo, y por la gracia sacramental recibida, cuando los
esposos manifiestan su amor más sincero se produce una participación especial en el
amor de Dios; es más, el amor humano, liberado de todo impulso egoísta, queda elevado
sacramentalmente a amor sobrenatural.
La unión sexual adquiere así una dimensión sobrenatural que la convierte en medio de
santificación para los esposos y de alabanza al Dios del amor. Cada manifestación de
amor y de entrega es una ratificación y una renovación de sus promesas matrimoniales,
una actualización del sacramento que un día les unió y que hoy permanece vivo y actual
en su vida amorosa.
Tanto el magisterio como la teología han dejado claro que el matrimonio se ordena al
amor de los cónyuges y a la promoción de la vida como fruto de ese encuentro amoroso.
Esta unidad indisoluble entre la significación unitiva y la función procreadora del
encuentro sexual ha sido defendida por la Humanae vitae con los siguientes términos:
«Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable
conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los
dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.
Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los
esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser
mismo del hombre y la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador,
el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la
altísima vocación del hombre a la paternidad.» (HV 12)
Esta misma teoría ha sido repetida insistentemente por el magisterio de forma que se
concluye que, si ambas realidades constituyen por naturaleza un uno inseparable, no
puede estar en manos de los esposos la posibilidad de romper por iniciativa propia esta
unidad propia del acto conyugal.
En este mismo sentido hemos de recordar cómo el II Concilio del Vaticano advertía de
que «el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la
procreación y educación de la prole» (GS 50). Dicho de otra forma, que el verdadero
amor esponsal no puede quedar desvinculado de su vocación a la fecundidad.19 José
Román Flecha lo expresa con los siguientes términos:
«La entrega del amor es una entrega de vida: una entrega de por vida y una entrega para la vida.
La entrega interpersonal no se agota en la especularidad del encuentro del ―yo‖ con el ―tú‖, sino
que se abre necesariamente a la nosotreidad que encuentra su culminación en la vida naciente.» 20
«Pero el matrimonio no ha sido instituido sólo para la procreación, sino que su mismo carácter
de alianza indisoluble entre personas y el bien de la prole exigen que también el amor mutuo de
los esposos se manifieste, progrese y madure según un orden recto. Por ello, aunque la prole, tan
deseada muchas veces, falte, el matrimonio, como amistad y comunión de vida toda, sigue
existiendo y conserva su valor e indisolubilidad.» (GS 50)
Establecida la unidad natural existente entre la doble significación del encuentro sexual
de los esposos se ha de reconocer que se pueden dar conflictos entre el acto unitivo
deseado y el efecto procreador del mismo. Este es un hecho constatado por la vida diaria
de los esposos que confirma que no siempre es fácil conciliar el deseo y la necesidad de
la unión matrimonial, nacida del amor mutuo, y la procreación que puede seguir a tal
unión.Esta problemática fue ya expuesta por los Padres Conciliares, quienes
reconocieron que:
19
Cf. FLECHA ANDRÉS, J. R., Moral de la sexualidad. La vida en el amor, o. c., 203.
20
Ibíd.
«El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, muchas veces
se ven impedidos por algunas condiciones actuales de vida y pueden encontrarse en
circunstancias en las que, al menos durante un tiempo, no es posible aumentar el número de
hijos, y el cultivo del amor fiel y la plena comunidad de vida se mantienen con dificultad.
Cuando se interrumpe la vida íntima conyugal, se puede poner en peligro no raras veces el bien
de la fidelidad y el bien de la prole puede irse a pique» (GS 51).
«La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a períodos infecundos,
mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la
fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias… Obrando así ellos
dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.» (HV 16; Cf. Ibíd. 14)
Conviene recordar en este momento las palabras de los obispos franceses en una Nota
pastoral sobre la «Humanae Vitae» publicada el 8 de noviembre de 1968, en la que
apelando a «la enseñanza constante de la moral» afirman:
«La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un desorden, pero este desorden no es
siempre culpable. Se da el caso, efectivamente, de que los esposos se encuentran ante un
verdadero conflicto de deberes (GS 51).
(…) Por una parte, son conscientes del deber de respetar la apertura a la vida en todo acto
conyugal. Creen igualmente que deben evitar en conciencia –o aplazar para más adelante- un
nuevo nacimiento. Al mismo tiempo, están privados del recurso a los ritmos biológicos. Por
otraparte, no ven, en lo que les concierne, cómo renunciar entonces a la expresión física de su
amor sin poner en peligro la estabilidad de su matrimonio (GS 51).
A este respecto, recordemos simplemente la enseñanza constante de la moral: cuando uno se
encuentra en una alternativa entre deberes, en la que, sea cual fuere la decisión que se tome, no
se puede evitar un mal, la sabiduría tradicional prevé que se busque, ante Dios, qué deber es
mayor en este caso. Los esposos tomarán su decisión después de una reflexión en común, hecha
con todo el interés que requiere la grandeza de su vocación conyugal.»21
21
CONFERENCIA EPISCOPAL FRANCESA, Nota sobre la «Humanae Vitae», 8 de noviembre de
1968, 16. Tomado de PASCUAL VIDAL, E., o. c., 102-112.
No se trata de una justificación de lo que objetivamente ha sido declarado como
desorden, sino de resituar el problema en el amplio campo de la paternidad responsable,
que aparece como una auténtica obligación ética. En este sentido recordemos que
también se puede pecar por irresponsabilidad en la procreación. La solución tradicional
para respetar esta obligatoriedad es la continencia periódica pero pueden darse
situaciones en las que esa abstinencia produzca consecuencias graves (Cf. GS 51).
«Si no se debe, por tanto, procrear porque sería un mal; si la manifestación del cariño es
necesaria para mantener la mutua comunión y la abstinencia, en esas ocasiones, resulta también
un mal, no cabe otra salida que el empleo de anticonceptivos, cuya utilización el Papa nos
recuerda que es también un mal. Es decir, nos encontramos ante una triple disyuntiva
inaceptable, pues ninguna de ellas respeta todos los valores que convendría salvar: la paternidad
responsable, el cariño conyugal, o la doctrina pontificia. La pareja que, en estas condiciones,
optara por uno de esos tres males con la conciencia y la honradez de que es el de menor
importancia, el menos grave para ellos, no podrá ser acusada de pecado.»22
«La Iglesia, en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos
verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un
impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por
cualquier motivo, directamente querido.» (HV 15)
El Papa se refería en este número tanto a las operaciones quirúrgicas necesarias, de las
cuales se sigue la esterilización temporal o perpetua, como al uso de píldoras para la
regularización de la función menstrual de la mujer. Lo que caracteriza a estos casos es
que se trata de una terapia curativa y no de prácticas anticoncepcionistas. Igualmente se
permite el uso de la píldora anticonceptiva ante el riesgo de un embarazo irracional o
violento.
1. Autoerotismo y masturbación
22
LÓPEZ AZPITARTE, E., Sexualidad y matrimonio hoy, o. c., 271.
como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la
masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado. La razón principal
es que el uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales
normales se opone esencialmente a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo
determine. Le falta, en efecto, la relación sexual requerida por el orden moral; aquella
relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana
en el contexto de un amor verdadero» (PH 9).
Ahora bien, frente a esta maldad moral objetiva que se da en los actos masturbatorios se
ha de reconocer una cierta gradualidad en la responsabilidad del sujeto:
«La psicología moderna ofrece diversos datos válidos y útiles en el tema de la masturbación para
formular un juicio equitativo sobre la responsabilidad moral y para orientar la acción pastoral.
Ayuda a ver cómo la inmadurez de la adolescencia, que a veces puede prolongarse más allá de esa
edad, el desequilibrio psíquico o el hábito contraído pueden influir sobre la conducta, atenuando el
carácter deliberado del acto, y hacer que no haya siempre culpa subjetivamente grave. Sin
embargo, no se puede presumir como regla general la ausencia de responsabilidad grave; eso sería
desconocer la capacidad moral de las personas» (PH 9).
«Es objetivo de una auténtica educación sexual favorecer un progreso continuo en el control de
los impulsos para abrirse a su tiempo a un amor verdadero y oblativo. Un problema
particularmente complejo y delicado que puede presentarse es el de la masturbación y sus
repercusiones en el crecimiento integral de la persona. La masturbación, según la doctrina
católica, es un grave desorden moral, principalmente porque es usar de la facultad sexual de una
manera que contradice esencialmente su finalidad, por no estar al servicio del amor y de la vida
según el designio de Dios» (OAH 98).
2. Homosexualidad
La declaración Persona humana recuerda que en la cultura actual «han llegado algunos
a juzgar con indulgencia, e incluso a excusar completamente, las relaciones entre ciertas
personas del mismo sexo» (n 8). Expuestas esas corrientes de opinión, la declaración
ofrece un juicio moral muy claro, en el que establece una distinción entre la moralidad
objetiva de la homosexualidad y la culpabilidad de la persona concreta:
«Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su ordenación
necesaria y esencial. En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e
incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura
no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía por esta causa incurran en culpa
personal; pero atestigua que los actos homosexuales son por su intrínseca naturaleza desordenados
y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (PH 8).
Podemos encontrarnos con una gran variedad de situaciones de origen –y por tanto, de
valoración moral- muy distinto que englobamos bajo el título de relaciones
extramatrimoniales:
Por otra parte, y como hemos visto anteriormente, la sexualidad humana tiene un valor
y un significado objetivos orientados a la donación de persona a persona en un lenguaje
privilegiado de amor que exige la totalidad y exclusividad de la entrega. Este
significado de la sexualidad humana solo alcanza su máxima expresión en la entrega
mutua y definitiva que se realiza entre el hombre y la mujer en el matrimonio.
Con esta base antropológica de fondo, la declaración «Persona humana», tras recordar
la tolerancia social sobre las relaciones prematrimoniales (n.7), emite su juicio negativo
sobre ellas: «Esta opinión se opone a la doctrina cristiana, según la cual debe
mantenerse en el cuadro del matrimonio todo acto genital humano [...] La unión carnal
no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida
entre un hombre y una mujer».
Por ejemplo, una relación entre dos personas que se acaban de conocer no será igual que
la de aquellos que tienen un cierto compromiso social y estable pero que aún no han
dado el paso para formalizar su relación o la de aquellos que desean formalizar su amor,
pero se encuentran con impedimentos objetivos insalvables que le llevan a formar una
familia estable y abierta a la vida, pero sin poder celebrar el matrimonio, tan deseado
por ellos.
TEMA 2
BIOETICA: EL CUIDADO Y LA DEFENSA DE LA VIDA
23
POSTIGO, E., ―Concepto de bioética y corrientes actuales‖ EN TOMÁS Y GARRIDO, G.M. Y POSTIGO E.
(EDTS), Bioética personalista: ciencia y controversias (Madrid, 2007) 19.
La importancia de la bioética, así como su dialogo con otras disciplinas, resulta hoy día
incuestionable. Las ciencias médicas han de abrirse a las orientaciones estudiadas por
las ciencias jurídicas y ambas han de mantenerse a la escucha de la reflexión filosófica.
Además, en palabras de San Juan Pablo II, «quienes trabajan en este delicado sector no
deben temer la verdad sobre el hombre que la Iglesia, por mandato de Cristo, proclama
incansablemente»24.
Por otra parte, en el ámbito de las ciencias de la vida es más evidente que nunca que no
basta con orientar las actitudes éticas de laspersonas particulares. Es preciso considerar
la importancia de los ordenamientos legales, tanto nacionales como internacionales y
sistematizar los recursos con vistas a una defensa de la vida y a una mejora de su
calidad. Con estas palabras se expresaba el papa Juan Pablo II:
«El próximo futuro deja prever nuevos pronunciamientos legislativos referentes a las
intervenciones del hombre sobre su misma vida, sobre lacorporeidad y sobre el ambiente. Estamos
asistiendo al nacimiento delbioderecho y de la biopolitica. Es muy importante que nos
comprometamosde forma tal que este camino se haga respetando la naturaleza delhombre, cuyas
exigencias son expresadas por la ley natural»25.
24
JUAN PABLO II, Discurso al Congreso de bioética (17.2.1996): L’OR ed. esp. 28/8 (23.2.1996) 6.
25
Id., Discurso a la Pontificia Academia para la vida (20.11.1995): Ecclesia 2.774(3.2.1996) 166.
circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano
inocente.
«Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus sucesores, en comunión con los
obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano
inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita
que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cf. Rom 2,14-15), es
corroborada por la sagrada Escritura, trasmitida por la tradición de la Iglesia y ensenada por el
magisterio ordinario y universal» (EV 57).
Además, Juan Pablo II creó la Pontificia Academia para la vida, a la que ha dirigido
estas palabras:
«Las ciencias biomédicas están registrando actualmente un momento de rápido y maravilloso
desarrollo, sobre todo con relación a las nuevas conquistas en los ámbitos de la genética, de la
fisiología reproductiva y de las neurociencias. Pero para que la investigación científica esté
orientada al respeto de la dignidad de la persona y al apoyo de la vida humana, no es suficiente su
validez científica según las leyes propias de cada disciplina. Debe cualificarse también
positivamente desde el punto de vista ético, y ello supone que sus esfuerzos sean enfocados desde
el inicio con vistas al verdadero bien del hombre, entendido como persona única y como
comunidad»26.
26
Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia para la vida (20.11.1995): Ecclesia 2.774 (3.2.1996)
165-166.
En cuanto a los fieles cristianos han de tomar conciencia de su responsabilidad en la
defensa de la vida por medio de los compromisos diarios individuales y en el esfuerzo
por la reforma de las estructuras sociales, económicas, políticas e informativas, de modo
que también en el ámbito público se defienda la vida y se promueva su calidad.
b) Principio de totalidad que establece cómo las partes del organismo están al
servicio de la integridad de la persona; en consecuencia, las partes pueden
sacrificarse en bien del todo (es lícita la mutilación de un órgano con el fin de
salvar a la persona). Ahora bien, recordemos que éste principio no puede
aplicarse al conjunto de la sociedad, ya Pio XII tuvo que desautorizar una cierta
interpretación de tal principio, según la cual los individuos, como partes de un
organismo social, podrían ser sacrificados en beneficio del bienestar colectivo.
«La bondad moral de todo progreso se mide por el bien autentico que proporciona al hombre,
considerado según su doble dimensión corporal y espiritual (…). La comunidad científica esta
llamada constantemente a mantener el orden de los factores, situando los aspectos científicos en
el marco de un humanismo integral y, por ello, tendrá también en cuenta las cuestiones
metafísicas, éticas, sociales y jurídicas que se plantean a la conciencia y que los principios de la
razón están llamados a ilustrar».
Convenio de biomedicina
El Convenio para la protección de los derechos humanos y la dignidad del ser humano
con respecto a las aplicaciones de la biología y medicina elaborado por el Consejo de
Europa y firmado en Oviedo en 1997 por los 40 países miembros del Consejo de Europa
y también por los Estados Unidos de América, Canadá, Japón, Australia y la Santa
Sede, defiende en el capítulo 1 la primacía del ser humano, es decir, su interés y su
bienestar, por encima del interés exclusivo de la sociedad y de la ciencia. En el capítulo
II ofrece unas normas generales sobre el consentimiento libre e inequívoco de los
destinatarios de las intervenciones, tratando de tutelar igualmente el bien de las personas
que no tengan capacidad para expresar su consentimiento o que sufran trastornos
mentales. El capítulo V del Convenio establece:
Art. 16. Protección de las personas que se someten a un experimento. No podrá hacerse
ningún experimento con una persona, a menos que se den las siguientes condiciones:
I. que no exista un método alternativo al experimentado con seres humanos de eficacia
comparable;
II. que los riesgos en que pueda incurrir la persona no sean desproporcionados con
respecto a los beneficios potenciales del experimento;
III. que el proyecto haya sido aprobado por la autoridad competente después de haber
efectuado un estudio independiente acerca de su pertinencia científica, comprendida una
evaluación de la importancia del objetivo del experimento, así como un estudio
multidisciplinar de su aceptabilidad en el plano ético;
IV que la persona que se preste a un experimento esté informada de sus derechos y las
garantías que la ley prevé para su protección;
V. que el consentimiento a que se refiere el art. 5 se haya otorgado libre y
explícitamente y este consignado por escrito. Este consentimiento podrá ser libremente
retirado en cualquier momento.
Art. 17. Protección de las personas que no tengan capacidad para expresar su
consentimiento a un experimento.
1. Solo podrá hacerse un experimento con una persona que no tenga, conforme al
artículo 5, capacidad para expresar su consentimiento acerca del mismo, cuando se den
las siguientes condiciones:
I. que se cumplan las condiciones enunciadas en el art. 16, párrafos I al IV;
II. que los resultados previstos del experimento supongan un beneficio real y directo
para su salud;
III. que el experimento no pueda efectuarse con una eficacia comparable con sujetos
capaces de prestar su consentimiento al mismo;
IV que la persona no exprese su rechazo al mismo.
2. De modo excepcional y en las condiciones de protección previstas por la ley, podrá
autorizarse un experimento cuyos resultados previstos no supongan un beneficio directo
para la salud de la persona si se cumplen las condiciones enumeradas en los párrafos I,
III, IV y V del apartado anterior, así como las condiciones suplementarias siguientes:
I. que el experimento tenga por objeto, mediante una mejoría significativa del
conocimiento científico del estado de la persona, de su enfermedad, o de su trastorno,
contribuir a lograr en un determinado plazo resultados que permitan obtener un
beneficio para la persona afectada o para otras personas de la misma categoría de edad o
que padezcan la misma enfermedad o el mismo trastorno, o que presenten las mismas
características;
II. que el experimento solo represente para la persona un riesgo o un inconveniente
mínimo.
Conclusión
Por todo ello, las investigaciones o experimentos en el ser humano no podrán legitimar
actos que en sí mismos sean contrarios a la dignidad de las personas y a la ley moral. La
experimentación en el ser humano no puede ser moralmente legitima si hace correr
riesgos desproporcionados o evitables a la vida o a la integridad física o psíquica de las
personas o si se llevan a cabo sin el consentimiento informado de los pacientes (Cfr.
CEC 2295).
«Está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación
moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para
justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a
eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los debates
científicos y de las mismas afirmaciones filosóficasen las que el magisterio no se
ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue
enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento de su
existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe
al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual». (EV 60)
Es fundamental poder determinar en qué instante surge la vida humada, ya que de ello
dependerá el cuidado, respeto y derechos que le debamos al embrión. Está claro que no
es lo mismo tratar con un puñado de celular inertes o de simple material genético que
tener entre nuestras manos una vida con toda su dignidad y, por ende, todos sus
derechos.
Para aclarar esta cuestión se ha de acoger tanto los datos de la ciencia como de la misma
filosofía. Atendiendo a estas disciplinas podemos concluir que la vida humana
comienza en el mismo momento de la fecundación. Las razones que se aducen pueden
resumirse así:
Como vemos, La ciencia contemporánea ofrece razones más que suficientes para
considerar que en la misma fecundación ha comenzado un itinerario que con el tiempo
solo admitirá cambios cuantitativos, no cualitativos, por lo que el Dr. J. A. Abrisqueta,
jefe de la Unidad de genética humana del CSIC, en Madrid, puede concluir:
2. Doctrina de la Iglesia
«Ya no estamos en el tiempo en el que los teólogos, filósofos y médicos discutían a porfía De
animationefoetus. Los progresos de la ciencia han puesto fin a todas esas discusiones. El germen
recibe, en el momento de la concepción, el principio vital, el soplo de vida, y no es posible, a este
respecto, asignar alguna diferencia entre el niño que acaba de nacer y el que esta todavía encerrado
en el seno materno, entre el feto de nueve meses y el huevo fecundado hace algunas horas».
1. Fecundación in vivo
Por todo ello, parece que el juicio ético sobre la fecundación heteróloga habría de ser
más negativo de lo que pudiera llegar a ser el juicio que se trataba de esbozar sobre la
inseminación artificial homologa, ya que son más valores los que quedarían dañados.
Un juicio igualmente negativo habría que formular sobre el caso de la mujer sola que
desea ser madre. En esta situación habría que considerar, sobre todo, la falta de una
relación conyugal que ofrezca al hijo no solo un hogar sino el necesario modelo dual
(paterno y materno) de identificación. El deseo de tener un hijo no fundamenta el
derecho a tener un hijo. Expresamente, afirma el Catecismo de la Iglesia católica que
«el hijo no es un derecho sino un don» (2378).
«Para algunos, el recurso de la FIVET homologa se presenta como el único medio para obtener un
hijo sinceramente querido: se pregunta si en estas situaciones la totalidad de la vida conyugal no
bastaría para asegurar la dignidad propia de la procreación humana. Se reconoce que la FIVET no
puede suplir la ausencia de las relaciones conyugales y que no puede ser preferida a los actos
específicos de la unión conyugal, habida cuenta de los posibles riesgos para el hijo y de las
molestias mismas del procedimiento. Pero se nos pregunta si ante la imposibilidad de remediar de
otra manera la esterilidad, que es causa de sufrimiento, la fecundación homologa in vitro no pueda
constituir una ayuda, e incluso una terapia, cuya licitud moral podría ser admitida».
Con éstas palabras la instrucción Donum vitae recoge la problemática de infertilidad con
la que se encuentran muchas parejas y abre el interrogante ético que se le plantea a la
Congregación pontificia. En los párrafos siguientes el documento se muestra contrario a
la técnica mencionada. En principio habría que recordar las posturas y razones ya
aducidas en los casos anteriores.
Para formular un juicio ético sobre la objetividad de tales procedimientos, habría que
recordar que esta nueva técnica de reproducción presenta las siguientes dificultades
principales:
1. En primer lugar, hay que considerar su carácter artificial, tanto en el proceso de
obtención de los gametos, como en el mismo acto de la fecundación de los
ovocitos y su ulterior transferencia al útero. Todo el proceso de generación de una
nueva vida humana se desarrolla al margen de la relación sexual de la pareja, e
incluso fuera del útero materno.
2. En segundo lugar, habría que considerar los eventuales problemas físicos o
psicológicos que podrían afectar al niño concebido mediante esta técnica.
3. Sin embargo, la dificultad más importante que nos encontramos es la creación
de varios embriones fecundados in vitro, con el fin de evitar la repetición de todo
el proceso de provocar una hiperovulacion, extraer los ovocitos y proceder a su
fecundación, cuando el primer intento resulta fallido. El problema ético se
presenta a la vista de esos embriones que, por el momento, no serán implantados
en el seno de la madre. Las salidas previsibles son su congelación, su destrucción
o su utilización para la investigación. ¿Cómo justificar la creación de vida
humanas que terminarán siendo destruidas de una manera u otra?
1. Definición y clasificación
Del latín abortus o aborsu, derivados de Ortus (nacimiento) y ab-orior, opuesto a orior
(nacer) significa literalmente no nacer y hace referencia al no nacido, al que no llega a
nacer, el que muere antes de su nacimiento. Así la medicina entiende por aborto ―toda
expulsión del feto, natural o provocada, en el periodo no viable de su vida intrauterina‖,
es decir ―la muerte del niño antes de nacer‖.
Esta muerte del niño, embrión o feto, como la de cualquier ser humano puede
producirse de forma natural, por accidente o deliberadamente. Distinguimos así entre:
1. El aborto espontáneo o natural: Éste es un fenómeno más común de lo que muchas
veces se piensa, según algunos estudios podría llegar incluso a suponer un 60% de los
embarazos. En la mayoría de los casos se trata de embriones débiles o enfermos, que no
pueden desarrollarse de forma normal y acaban muriendo prematuramente, se trata de
una especie de ―selección natural‖. En otros casos es la debilidad de la madre la que
hace imposible que el embarazo continúe su proceso. En otros hay causas externas,
espontáneas o violentas que causan la muerte o expulsión anticipada del niño sin
buscarlo ni quererlo.
2. El aborto indirecto: el no deseado, querido ni buscado; pero previsto y consentido,
permitido por estar inevitablemente unido a otra acción sí deseada y querida
directamente.
3. El aborto provocado o intencionado, cuando deliberadamente se busca y se causa la
muerte del niño o bien matándolo en el seno materno o bien forzando su expulsión
artificialmente para que muera en el exterior. Juan Pablo II lo definirá como ―la
eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la
fase inicial de su existencia, que va desde la concepción al nacimiento‖ (EV 58).
La moral más básica nos enseña que el aborto espontáneo o natural carece de toda
calificación moral.
En cuanto al aborto indirecto hemos de precisar que se trata del efecto de un acto no
abortivo en sí mismo: un acto realizado de forma consciente y libre, pero con el que no
se busca ni se quiere la muerte del hijo. En este caso habría que aplicar el principio de
doble efecto. Sería un acto de suyo lícito.
Muy distinto es el caso del aborto provocado, intencionado, querido. Aquí sí que se
pone, al menos en el plano teórico, toda la voluntad y la libertad al servicio del aborto,
hay una voluntad homicida, lo que se quiere es quitar la vida. Por lo que la calificación
moral habrá de recoger toda la responsabilidad de quienes practican o realizan dicho
acto.
―Una atención especial merece – a juicio del Sumo Pontífice- la valoración moral de las
técnicas de diagnóstico prenatal, que permiten identificar precozmente eventuales
anomalías del niño por nacer. (…) Estas técnicas –señala- son moralmente lícitas
cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño o la madre, y están
orientadas a posibilitar una terapia precoz (…). Pero (…) sucede no pocas veces que
estas técnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto
selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías.
Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el
valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de «normalidad» y de bienestar
físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del infanticidio y de la
eutanasia.‖ (EV 63)
Con estos antecedentes, el Código de Derecho Canónico establece que ―quien procura el
aborto, si éste se produce, incurre en excomunión lataesententiae‖ (CIC 1398), es la
pena en la que se incurre desde el mismo momento en que se comete el delito, sin
mediar sentencia del juez (CIC 1314). Esta pena pone de manifiesto la gravedad del
asunto.
¿Quiénes incurren en esta pena?Todos aquellos que realicen o cuya colaboración sea
indispensable para la realización del aborto: es decir el profesional sanitario, la mujer
embarazada, pareja, padres, amigos… todos aquellos que de forma activa, consciente y
libre colaboren en la realización del aborto.
3. La mujer, una víctima del aborto
La actual ley reguladora del aborto lo presenta como un derecho de la mujer ligado a su
derecho a una ―libre maternidad‖, pero lo que esta ley parece olvidar es que la mujer,
tras la concepción del hijo, ya no puede elegir entre ser madre o no serlo. Ya solo puede
elegir entre ser madre con hijo o ser madre sin hijo, ya solo puede elegir en cómo
ejercerá su maternidad: si aceptando cuidar de su hijo o dándolo en adopción si no le
que queda otra alternativa o dejándolo morir en el aborto.
Sin entrar en los múltiples efectos secundarios, tanto físicos como sicológicos y
emocionales, tantas veces silenciados intencionadamente, sí que debemos afirmar
rotundamente que el aborto no reafirma a la mujer, ni libera a la mujer, ni la hace más
autónoma, por el contrario, la somete a una sociedad que le enseña que matar a su hijo
es una solución fácil para ella y las complicaciones del embarazo, o una alternativa de
amor y compasión cuando el niño está enfermo.
La verdadera libertad de la mujer consiste en ser madre sin vergüenza, sin atender a los
prejuicios y, ante todo, sin tener hombres presionándolas a que ―arreglen eso‖ o ―se
deshagan del problema‖. La verdadera libertad está en poder tener, amar y cuidar a ese
hijo con la ayuda de la sociedad, especialmente si este está enfermo.
Es cierto que el aborto es un drama terrible, pero el testimonio de muchas mujeres nos
demuestra que el niño no es la única víctima de este crimen, a su madre, la mujer que
aborta, le afecta íntimamente puesto que para ella no sólo se trata sólo de la muerte de
un ser humano inocente, es su propio hijo que habita aún en su cuerpo.
El santo Juan Pablo II, comentando el pasaje evangélico de la mujer sorprendida en
adulterio señala:
Es necesario considerar además todas aquellas (madres) que muy a menudo, sufriendo
presiones de dicho tipo, incluidas las del hombre culpable, «se libran» del niño antes de
que nazca. «Se libran»; pero ¡a qué precio! La opinión pública actual intenta de modos
diversos «anular» el mal de este pecado; pero normalmente la conciencia de la mujer no
consigue olvidar el haber quitado la vida a su propio hijo, porque ella no logra cancelar su
disponibilidad a acoger la vida, inscrita en su «ethos» desde el «principio». (MD 14)
La mujer aparece en este texto como una víctima del hombre, de la sociedad y del
mismo aborto. El Papa describe así la otra cara del drama del aborto: esa mujer que es
empujada a librarse de su hijo sin que nadie le advierta de las consecuencias que tendrá
para ella misma, sin que nadie se preocupe de su estado, ni le acompañe luego en su
dolor o su angustia. El aborto no es algo que la mujer elija desde su libertad como un
bien, siempre es un mal. Un mal que en ocasiones se verá como un mal menor, pero un
mal; un mal que en ocasiones se verá como la única salida posible, pero un mal. Y este
mal no deja indiferente a la mujer, le desgarra en lo más íntimo de su ser abriendo
heridas sangrantes difíciles de curar tanto en su cuerpo como en su espíritu.
Y a partir de aquí de nada sirve el intentar quitar importancia a lo que se ha hecho, tratar
de mentalizar a la mujer de que el aborto fue una decisión correcta y razonable, porque
no lo es y ella lo sabe.
El único camino de sanación es el reconocimiento de lo que se ha hecho, asumir la
responsabilidad de un acto tan grave y sus consecuencias, hacer frente a la realidad y
pedir a Dios perdón por el propio pecado, pero también la gracia de saberse perdonar
ella mima. Ya no hay vuelta atrás; al proceso de gestación ―interrumpido‖ ya no se le
puede dar continuidad. Pero el daño ha de ser reparado, el dolor de esta madre ha de ser
reparado.
En este momento hemos de entonar juntos el mea culpa y reconocer con el Papa
Francisco ―que hemos hecho poco para acompañar adecuadamente a las mujeres que se
encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida
solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha
surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién
puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?‖ (EG 214)
La muerte es un acto humano, una realidad que aparece en el horizonte de todo hombre
y para la que nos vamos preparando y disponiendo durante toda la vida. La muerte ha de
ser asumida y vivida humanamente, no podemos huir de ella ni tratar de esquivarla. Es
quizá, el más humano y definitivo de todos los actos que realizaremos durante nuestra
existencia en este mundo. Y, al menos para el creyente, supone también un paso
decisivo hacia la vida en plenitud, hacia la eternidad junto a Dios. Por todo ello, el
hombre ha de prepararse para éste momento, ha de afrontarlo con humana
responsabilidad y con cristiana esperanza.
1. Aclaración de conceptos
Ya San Agustín afirma que «nunca es licito m atar a otro: aunque él lo quisiera, incluso
si lo pidiera, cuando, suspendido entre la vida y la muerte, suplica que le ayuden a
liberar su alma que lucha contra las cadenas del cuerpo y desea romperlas; no es licito ni
siquiera cuando un enfermo no esté ya en condiciones de sobrevivir».
Pero, sin duda alguna, quien asentará la doctrina y el magisterio sobre la eutanasia será
el Papa Pío XII. Tras haber defendido el valor inviolable de la vida humana en distintos
pronunciamientos, en el año 1957, se dirige a los participantes del IX Congreso nacional
de la Sociedad italiana de anestesiología asentando los principios básicos que regularán
el cuidado y la atención de los enfermos:
«Desde luego, toda forma de eutanasia directa, o sea, la administración de narcóticos con
el fin de provocar o acelerar la muerte, es ilícita, porque entonces se pretende disponer
directamente de la vida... En la hipótesis a que os referís, se trata únicamente de evitar al
paciente dolores insoportables: por ejemplo, en casos de cáncer inoperable o de
enfermedades incurables. Si entre la narcosis y el acortamiento de la vida no existe nexo
alguno causal directo, puesto por la voluntad de los interesados o por la naturaleza de las
cosas (como sería el caso, si la supresión del dolor no se pudiese obtener sino mediante el
acortamiento de la vida), y si, por el contrario, la administración de narcóticos produjese
por si misma dos efectos distintos, por una parte el alivio de los dolores y por otra la
abreviación de la vida, entonces es lícita; aun habría que ver si entre esos dos efectos
existe una proporción razonable y si las ventajas del uno compensan los inconvenientes
del otro...»
El principio que orienta la repulsa de la eutanasia directa es también aquí el hecho de
que el hombre no es dueño y propietario de su cuerpo y de su existencia, sino
únicamente usufructuario. Por otra parte, el papa invita a aliviar los dolores empleando
otros medios, al tiempo que exhorta a no traspasar, en el uso del narcótico, los límites de
lo necesario.
TEMA 3
Tal y como nos recuerda San Juan Pablo II, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece
orientaciones para la ―promoción de los derechos humanos, para la tutela de la familia,
para el desarrollo de instituciones políticas auténticamente democráticas y
participativas, para una economía al servicio del hombre, para un nuevo orden
internacional que garantice la justicia, la paz y para una actitud responsable hacia la
creación‖.
1. ¿Qué es la DSI?
La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) pretende hacer una reflexión desde la fe sobre los
problemas socio políticos que afectan al hombre. Su contenido se extiende
objetivamente al entero panorama de las realidades temporales que configuran y
condicionan la vida de la persona humana dentro de la sociedad. A través de ella la
Iglesia cumple su misión de ayudar a iluminar los problemas sociales, económicos,
27
Seguimos a: FERNANDO CHIARIOTTI, ¿Qué Es La Doctrina Social De La Iglesia?, 2019.
políticos y culturales de cada época, en orden a transformación del mundo a la luz del
Evangelio.
La fe en Cristo Jesús nos exige asumir nuestro compromiso social como consecuencia
de la misma fe, la práctica social pertenece de manera inseparable a la Historia del
Pueblo de Dios; tiene sus raíces en la Palabra de Dios, en la predicación del Reino de
Jesús, en la experiencia y testimonio de las primeras comunidades cristianas.
La DSI más que una teoría se orienta a la acción. El mensaje social del Evangelio no
debe considerarse como una teoría sino, por encima de todo, un fundamento y estímulo
para la acción (CA 57). Aunque es una disciplina académica, principalmente se orienta
a la vida, está hecha para practicarla. La DSI trata de orientar la vocación de cada
cristiano en la lucha por la justicia. No se queda en el enunciado de principios o en la
interpretación de la sociedad, sino que su fin es orientar la conducta de las personas
como consecuencia del compromiso por la justicia, según la función, vocación y
circunstancias de cada persona (SRS 41h).
Actuar: es dar vida, dar existencia concreta a las elecciones y decisiones coherentescon
los valores del Reino de Dios, porque la DSI está orientada a la praxis.Actuar es
comprometerse en actuaciones concretas, es trabajar para eliminar lasbarreras de
desigualdades, las estructuras y los mecanismos de injusticia; es crearcondiciones,
grupos, comunidades, movimientos para influir en la transformación de lasociedad en
dirección de la justicia social, la verdad, la libertad y la paz.
Como ya se ha dicho, la DSI es algo propio de nuestra fe, que se aprende en la misma
Historia de laSalvación: en la interacción de la Palabra de Dios con la realidad humana
y la respuestade los hombres y mujeres de cada tiempo.
Un pueblo que cuenta con líderes que no se cansan de proclamar las preferencias
de Dios por los pobres y la práctica de la justicia: Los profetas repiten sin cesar:
―Practicad el derecho y la justicia, liberad al oprimido de manos del opresor, y al
forastero, al huérfano y a la viuda no atropelléis‖ (Jr 22,3); ―Aprended a hacer el
bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano,
abogad por la viuda‖ (Is 1,17).
b) Seguir el mensaje de Jesús nos lleva al encuentro del necesitado
Los derechos fundamentales de cada persona no son concesión de los Estados. Son de
cadahombre y mujer en virtud de su dignidad de persona, son universales, de todos.
Renunciara ellos, negarlos o restringirlos constituyen una violación a la dignidad
humana. Los Estadosdeben garantizar, promover y defender el conocimiento y ejercicio
efectivo de los derechos de todos los ciudadanos(Juan XXIII,PT 11-34).
Lasolidaridad es una virtud personal y social capaz de crear energías y condiciones para
lajusticia social; exige la firme determinación de introducir en laorganización social,
política y económica la lógica de la solidaridad frente a la lógica delindividualismo, la
competitividad, los beneficios de unos pocos a consta de la mayoría.En virtud del
principio de solidaridad, la DSI se opone a todas las formas de individualismosocial o
político (Cardenal Joseph Ratzinger, LC 73).
Este principio es uno de los más dinámicos para organizar la sociedad, es aplicable
atodos los ámbitos y tiene una doble significación:
- las instancias superiores no deben sustituir a las inferiores, sino actuar sólo
cuando éstas sean incapaces de hacerlo;
- las instancias superiores deben ayudar a las inferiores para que puedanconseguir
mejor sus objetivos.
El deber de justicia y caridad se cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien
comúnsegún la propia capacidad y la necesidad ajena promoviendo y ayudando a las
institucionesasí públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida
del hombre (GS30).
La primacía del trabajo sobre los beneficios del capital (CDSI 255-322)
El trabajo de la persona hace que esta sea creadora y legítima consumidora de losbienes
producidos; es intrínsicamente perverso explotar a los trabajadores enbeneficio del
capital. El trabajo es la clave de la correcta interpretación del problemasocial. Los
cristianos deben ponerse al frente de la defensa de los derechos de lostrabajadores y de
sus familias: salario justo, descanso, garantías sociales, seguridadsocial, empleo digno,
etc.Mediante su trabajo, la persona se compromete no sólo en favor suyo, sino también
a favorde los demás y con los demás: cada uno colabora con el trabajo y en el bien de
los otros (Juan Pablo II, CA43). Uno de los problemas clave de la ética social es el de la
justa remuneración por el trabajorealizado, en tal remuneración debe estar presente
también las prestaciones familiaresy ayudas sociales: ―prestaciones que deben
corresponder a las necesidades efectivas, esdecir, al número de personas a su cargo
durante todo el tiempo en que no estén encondiciones de asumir dignamente la
responsabilidad de la propia vida (Juan Pablo II,LE 19).
Son las orientaciones prácticas que nos ayudan a aplicar los principios de reflexión
paravivir la fe en la vida diaria. Al ir encaminadas a determinar las pautas para la
acción,constituyen también el cuerpo de la DSI. Por su universalidad son aplicables a
todos lossectores de la vida en sociedad:
Conclusión
Concluyamos nuestro estudio con esta llamada que la Iglesia nos recuerda en el
Compendio de Doctrina Social:
«Existen muchos hermanos necesitados que esperan ayuda, muchos oprimidos que
esperan justicia, muchos desocupados que esperan trabajo, muchos pueblos que esperan
respeto: ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de
hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de asistencia médica más
elemental; quien no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede
extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a
menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la
desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o
en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social… ¿Podemos quedar al
margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y
enemigas del hombre las vastas áreas del planeta? ¿O ante los problemas de la paz,
amenazada a menudo con la pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de
los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los niños? El
amor tiene por delante un vasto trabajo al que la Iglesia quiere contribuir también con su
doctrina social que concierne a toda persona y se dirige a todas las personas» (CDSI 5).