Gelatina de Unicornio
Gelatina de Unicornio
Gelatina de unicornio
by Raescritora
Summary
Este proyecto iban a ser tres OS independientes, unidos por el hilo de la visibilidad trans
publicados en un recopilatorio, pero creció y creció y dos de ellos ya superaron las 12k antes de
tenerlo todo acabado, así que mi oráculo, mis amigas del Comando Español, por supuesto, me
dijeron: cari, estos chicos necesitan ser historias separadas.
Y aquí estamos con más celebración del 31 de marzo, Día Internacional de la Visibilidad Trans,
estrenando el primero de tres minifics. Como soy así, ya que los iba a publicar por separado, me fui
a buscar un calendario de eventos LGTBIQA+, porque ya que estamos vamos a ver si celebramos
más cosas y anda, fíjate, el 6 de abril es el Día Internacional de la Asexualidad. Y casualmente en
este fic hay dos personajes dentro del espectro asexual.
Un apunte nada más, porque no estamos aquí para hacer didáctica, pero como hay mucha idea
preconcebida, creo que es interesante aclararlo: no hay dos vivencias iguales en una identidad trans
o en una orientación no hetero (supongo que en la hetero tampoco, pero tendré que fiarme de los
implicados), y eso incluye a las personas asexuales. Es una orientación más y como tal cada cual lo
vive de una manera distinta y, recalco, tiene una relación diferente con tener relaciones sexuales. El
resto ya lo contarán los personajes.
Un último apunte, hay conversaciones en esta historia sacadas de la vida real, de hecho esto
empezó así, escuchando las conversaciones entre los adolescentes de mi salón, que normativos
pues como que no son. Así que un saludo a esa maravillosa generación que tiene ahora entre
catorce y dieciséis, de los que aprendo a diario. Y como el Harry de esta historia, encantada de ser
un punto de reunión segura.
Los personajes de esta historia no me pertenecen, yo solo les doy otra vida diferente a la que
planteó JK. Y por supuesto no me lucro escribiendo esto.
Gelatina de unicornio
Harry disfruta esas tardes perezosas de domingo. Escondido en su despacho con lápiz y libretas,
dibujando sin pensar, solo dejando que las cosas salgan. Esa tarde en concreto lo que está saliendo
forma parte de la escena que ha visto unos minutos antes al pasar por el salón de su casa, la que
aún escucha porque las puertas están abiertas y los adolescentes no son precisamente silenciosos.
Aparta el lápiz del papel y contempla un momento a las dos figuras que acaba de terminar de
bocetear. Los conoce tan bien que puede trazar sus rasgos de memoria. Su hijo mayor, su James,
con sus ojos castaños fuertemente delineados de negro, se acurruca sobre Ted. Hoy el cabello de su
ahijado es de un feliz color celeste y su mirada sobre James, que juega con las mangas de su jersey,
es amorosa.
Los ve una y mil veces juntos y siguen confortando su corazón. Hace tiempo que superó lo de la
diferencia de edad, no hay nadie en el mundo capaz de adorar a James como lo hace Teddy.
James tenía trece años cuando un domingo parecido a ese se sentó frente a él, muy acurrucado en
una de las viejas butacas.
Harry levantó las cejas, sorprendido. Esos dos estaban tan unidos desde siempre que seguramente
tenía que saber mejor que él como funcionaba el género para su ahijado.
— Depende de cuando le preguntes, supongo. O puede que todo a la vez, no creo que Ted se haya
parado a etiquetarlo nunca. ¿Le has preguntado a él?
Los ojos castaños le miran desde el sillón. Son tan iguales a los de Ginny que a veces le duelen. El
cabello largo, sujeto con una cinta nada más, es un poco más oscuro, pero inconfundiblemente
Weasley.
— Le pregunté si yo... podía ser un chico. Me dijo que puedo ser lo que yo quiera, pero no... no me
parece tan fácil.
Se enterneció. No se asustó ni se horrorizó, que quizá era lo que su hijo esperaba, a la vista de su
postura encogida y sus ojos preocupados. Se levantó de su butaca y fue a sentarse en el brazo de la
que ocupaba el larguirucho adolescente. Le pasó un brazo por los hombros y apoyó la mejilla en su
coronilla.
— ¿Por eso has estado de tan mal humor desde que viniste de Hogwarts? ¿alguien te ha dicho
algo?
Las últimas dos semanas habían sido de portazos y bufidos, sus hermanos menores desconcertados
por tanto mal genio.
— A mi jefe de casa le molestó que transformara mi falda en unos pantalones. Y que le pidiera a
Fred y Louis que me llamaran James.
— Puedes ser quien quieras. ¿Te gustaría ser James? ¿llevar pantalones? no hay problema.
— ¿Podéis tratarme como a un chico este verano? tú, Al y Lily. Para saber si eso funciona para mí.
No quiero que lo sepan aún los abuelos o los tíos.
A Harry no le pasó desapercibido que no nombrara a su madre, pero decidió dejar el tema por el
momento.
— Estoy seguro de que podemos. Aunque igual necesitas un poco de paciencia con tus hermanos.
— Por supuesto —respondió, abrazándolo más fuerte y dejando un beso en la coronilla pelirroja.
Funcionó para James. Fue fácil para los hermanos y los primos, bendita generación mucho más
abierta, no tan fácil con los abuelos y algunos de los tíos. Harry fue acusado de ser un padre
demasiado permisivo e incluso varios Weasley adultos se negaron por un tiempo a usar su nombre
y siguieron usando el deadname, hasta que Harry se plantó, cansado de ver el dolor de su hijo ya
con quince años. Ninguno de los Weasley lo había visto en todos sus años ligado a la familia
levantar así la voz en un almuerzo familiar y amenazar con no volver a ir a ninguna reunión si no
se respetaba completamente a su hijo.
Sabe que algunos de sus familiares tampoco aprueba que haya consentido la relación entre James y
Ted. No se ha olvidado de los seis años que se llevan, pero conoce a Edward seguramente mejor
que nadie. Acaricia con una sonrisa el dibujo y se plantea levantarse para ir a tomar sus lápices de
colores y añadir los detalles del cabello de sus dos chicos, pero un retazo de conversación llega
hasta él y lo mantiene sentado en el sillón.
Ella, Lily y Hugo son un trío inseparable, juntos a todas partes. Interesado espera la respuesta de su
hija pequeña, la más caótica e irritable.
Se hace un silencio. Harry no respira, esperando a oír la respuesta de su hija. Está terriblemente
orgulloso de ser el lugar de reunión del pequeño círculo no normativo de sus hijos y sobrinos. Por
otro, su hija, su pequeña solo tiene trece años. Es cierto que seguramente es la más avispada de los
tres, la más parecida a su madre, pero besuquearse en el cine... Neville pondrá el grito en el cielo
cuando se entere, no es ni de lejos tan permisivo como él. Por un momento piensa en sí mismo, a
los trece años... ojalá haber tenido una adolescencia tan relajada como la de sus hijos.
Parece que Alice Longbottom tiene muchos fans, piensa Harry, con una media sonrisa.
— ¿Entonces, Lily? —interroga divertido James— ¿Hubo beso o no?
— Pues claro —contesta divertida su hija pequeña y escucha claramente como choca las cinco con
James e imagina el gesto cómplice entre ellos.
A Harry le sorprende el tono de Albus. Ni siquiera lo había oído bajar las escaleras para reunirse
con los demás, ha llegado hace un par de horas de dormir en casa de los Malfoy y lo ha visto lo
justo antes de que se encerrara en su habitación. Eso no es extraño en su hijo mediano, es el más
retraído de los tres, el más tranquilo y silencioso. El más para adentro, como él.
El resto de los reunidos comienzan a hablar, opinando, posicionándose a favor de Lily o de Albus.
Desconecta y vuelve la atención a su libreta, retrocede un par de hojas, a uno de los dibujos que
hizo el domingo anterior. Albus sentado en un sofá, con la cabeza rubia de Scorpius Malfoy en sus
rodillas, el delgado chico tumbado ocupando el resto del mueble. Ha pintado el cabello de ambos,
muy oscuro el de Albus, un amarillo muy suave el de Scorpius.
Unos nudillos en la puerta le sacan de su ensimismamiento. Los ojos verdes de Albus le miran con
su seriedad habitual. Se pregunta si él era así también a los quince años, un niño serio.
— ¿Estás ocupado?
— No. Pensaba preparar algo de merienda para todos —le responde mientras se pone de pie—
.¿Me ayudas?
Su hijo comienza a cortar queso con el ceño fruncido, con cuidado. En eso no se parecen, Albus es
muy bueno en pociones, maneja estupendamente y con mucha precisión el cuchillo.
— A veces.
Trabajan un poco más en silencio, Albus montando sandwiches de jamón y queso mientras Harry
llena cuencos de patatas fritas.
Harry deja lo que tiene en la mano y se gira hacia su hijo, tratando de entender su tono neutro.
— ¿Y eso es bueno o malo? —pregunta por fin, incapaz de interpretar su rostro de slytherin.
— No lo sé.
— ¿No? Al, es tu mejor amigo, no está fuera de lugar que le gustes. Pero si no quieres que vuelva a
ocurrir, deberías ser sincero con él.
Albus cierra los ojos con fuerza y respira hondo, como si estuviera frustrado y no fuera capaz de
explicarse. Harry conoce el gesto, lo ha hecho desde pequeño, sabe que está relacionado con hablar
de sentimientos y emociones. Le pone una mano en la nuca y masajea con cariño, despacio.
— No quiero perderlo.
Acongojado, abraza a su hijo. Hace ya cuatro años que Ginny aceptó una oferta para jugar al
quidditch en Alemania y sus hijos apenas la han visto en las vacaciones, es una desconocida para
ellos que los abandonó sin mirar atrás.
— Cariño. Entre mamá y yo pasaron muchas cosas, la mayoría culpa mía. No puedes evitar estar
con alguien que te gusta por miedo a que no salga bien.
— ¿Y se lo has dicho?
Niega.
Su hijo se separa del todo de él y lo mira con una mezcla de seriedad y miedo.
— Yo no soy mamá. Eso está en el pasado, hijo. Y Scorpius no es su padre, igual que tú no eres
yo.
Mucho más tarde, con la casa ya silenciosa, Harry vuelve a sacar el cuaderno de dibujo. Nunca lo
usa fuera de su despacho, no enseña los dibujos, son algo muy íntimo para él. Fue un consejo de su
terapeuta, bastante tiempo atrás, buscar un hobby que le supusiera un reto pero que a la vez le
permitiera sacar fuera sus fantasmas. En uno de los armarios del despacho hay un montón de
cuadernos, la última vez que contó rondaban los cincuenta.
Dibujar salvó su cordura tras la guerra. Al principio era un negado que colmaba la paciencia de
Dean, su sufrido profesor, pero con el paso del tiempo le ayudó a centrarse. En los cuadernos que
están más abajo en el montón hay torpes bocetos de sus pesadillas en esos primeros meses: el claro
del bosque al que fue a morir, los fantasmas de sus padres cuando giró la piedra de la resurrección,
escenas más antiguas como Cedric muerto en el suelo del cementerio o Draco Malfoy
desangrándose en el baño de Myrtle.
Mira de refilón hacia el armario. No es partidario de ver los cuadernos una vez los recoge, porque
teme que alguno de esos fantasmas vuelva. Y ver cosas que no quiere ver, como por ejemplo la
cantidad de veces que cierto rubio aparece en ellos, algo ni remotamente cercano a las veces que
aparece su mujer. Esa es una de las cosas de las que se siente culpable respecto a su matrimonio.
El sonido de una llamada flu le hace dar un pequeño bote en su sillón. Deja el cuaderno sobre el
escritorio y se acerca hasta la antigua chimenea de piedra. Acepta la llamada, a esas horas no hay
muchas opciones.
— ¿Estabas durmiendo?
Los rasgos difusos que puede ver a través del flu se distorsionan un poco, como si la persona al
otro lado hiciera una mueca.
Asiente y se pone de pie para recoger los útiles de dibujo, que encierra en un cajón con triple
hechizo. Sigue siendo muy celoso de su intimidad. Cierra la puerta y tira un muffliato modificado
para evitar orejas extensibles Weasley.
Acaba de terminar de servir un vaso de licor para su invitado cuando la chimenea da una alta
llamarada verde y un hombre aún más alto sale con el ceño fruncido, limpiándose la ceniza de la
camisa.
— ¿Qué te quita el sueño? —inquiere Harry, sentándose en su silla de nuevo y tomando la taza que
aún está caliente sobre la mesa.
Él no bebe alcohol. Es algo que descubrió en su juventud, es un mal borracho, uno que hace
estupideces. Su amigo se deja caer frente a él y toma el vaso mientras con la otra mano se quita el
pelo de la cara con elegancia.
— Sí.
— ¿Y tú estás de acuerdo?
Harry da un sorbo de té y le sostiene la mirada un largo minuto. Sus conversaciones son siempre
así, siente que cualquier pregunta que Draco le hace necesita al Harry más controlado.
Tras los juicios, y una noche de borrachera que ambos han elegido ignorar todo ese tiempo,
volvieron a reencontrarse casi dos años después, en la sala de espera de sus respectivos terapeutas.
Por suerte no era la misma persona, eso habría acabado de enredar la madeja.
Lo mantuvieron durante tiempo en un seco saludo y despedida, los dos sentados muy rígidos cada
uno en una punta de la sala de espera, hasta que un día Draco salió tropezando y obviamente muy
alterado de su sesión. El corazón blando de Harry, con una innegable debilidad por su ex némesis,
no pudo evitar ofrecer tomar un té.
Hubo más tazas de té ocasionales, y luego saludos más largos cuando sus hijos se hicieron amigos.
Harry admiraba la resolución de Draco de formar una familia y no mirar atrás, simplemente seguir
trabajando para ser una persona mejor, a pesar de los obstáculos que su apellido seguía poniendo.
Ginny nunca entendió la cordialidad entre ellos. O quizá sospechó que tras la amistad había cosas
que Harry callaba, ella le conocía bien, pero el caso fue que eso se convirtió en la grieta definitiva
en un matrimonio de por sí ya bastante frágil. Nunca le confesó eso a Draco, solo a su terapeuta.
La muerte de Astoria había hecho que dieran un paso más y se convirtiera en algo habitual que
Draco llamara cuando la casa se le caía encima. O en el caso presente, la paternidad.
Harry siente un pequeño temblor por ese también, que no sabe si se refiere al padre o a una posible
bisexualidad. O las dos cosas.
— Bueno, yo ya no hago apuestas con esas cosas —apunta Harry burlón, pensando en los
adolescentes de su salón de la tarde—. Albus parecía muy feliz cuando ha vuelto esta tarde de
hablar con Scorpius.
— Yo quería una vida más fácil para él —murmura por fin, con los ojos brillantes.
— Por Merlín, Granger tiene razón cuando dice que eres muy permisivo.
— ¿Y crees que oponernos cambiaría la realidad? Los sentimientos son los que son, Draco. Mi
papel como padre es apoyarlos, ayudarlos a ser felices. ¿Recuerdas lo que supone tener a los
adultos manejando nuestras vidas a su antojo?
Draco aprieta la mandíbula por el golpe. Harry sabe que ha incidido en un punto doloroso, que su
amigo sigue trabajando en terapia su relación con Lucius porque le aterroriza la idea de convertirse
en el mismo tipo de padre.
— No he sido capaz. Estaba tan feliz, Harry... no creo haber sonreído así a su edad.
Harry apura su té y se inclina un poco hacia delante, los codos sobre la vieja mesa rescatada de
Grimmauld Place.
— Vamos a ver cómo fluye pues este verano —le dice en tono conciliador—. ¿Crees que
necesitamos una charla incómoda y prohibirles estar a solas en su cuarto?
— ¿Qué?
— No lo sabías.
No es el primero en su círculo de amigos que se acerca a Harry para que le explique cosas lgtbiqa,
parece que lo consideran un experto. Aunque ese tema en concreto lo controla mejor que otros.
— No necesariamente. De salida implica que Albus no siente atracción sexual, pero la actitud
hacía tener sexo es diferente en cada persona asexual.
Algo ve Draco en su cara que hace que se incline hacia delante y le mire con intensidad.
Han hablado bastante de lo que trabajan en terapia los dos, pero Harry ha dejado ese tema también
fuera de las razones de su divorcio.
— Astoria y yo teníamos una vida sexual que iba a menos cada año —suelta Draco, como si eso
fuera lo más incómodo que pudiera contar para compensar la incomodidad de Harry.
Para a pensar la respuesta. Solo ha puesto en palabras esa parte de su vida una vez, y no sabe si será
capaz de hablarlo precisamente con Draco.
— No voy a forzarte, Harry. Pero tampoco a juzgarte, ¿lo sabes, no?
Claro que lo sabe, se han contado en esos años muchas cosas que no han hablado más que en
terapia .
— Fui a una sexóloga. Llegó un punto en el que acostarme con Ginny pasó de serme indiferente a
generarme rechazo. A ella le provocaba inseguridad que yo no la encontrara atractiva —explica
por fin, sonrojado, mirando el borde de su taza.
— ¿A un sexólogo?
— Mi terapeuta quería descartar que fuera por alguno de mis traumas. La sexóloga me ayudó a
revisar mi relación con ella y a darme cuenta de que... no era ella el problema, no había un
problema mental tampoco. Simplemente yo soy así.
— Asexual.
— En algún punto del espectro, sí. Tuve sexo porque era lo que se esperaba de mí. Ni siquiera me
agrada especialmente la idea de hacerlo con una mujer.
Se calla voluntariamente el hecho de que la sexóloga también le hizo replantearse hacia dónde
estaba enfocado su deseo y su atracción romántica. O hacia quien, mejor dicho.
— ¿Por eso no has salido con nadie en todo este tiempo? —pregunta Draco, los largos dedos
acariciando el borde de su vaso.
— Me resulta muy incómodo tener que explicarlo. La gente lo tomaría como una excusa para no
tener sexo, un rechazo camuflado.
— Tú me conoces. No he hablado de esto con nadie más, los niños no lo saben. Ya me siento
bastante culpable, no querría que...
— No te hagas eso —le riñe Draco, inclinándose hacia delante—. Te culpas de que tu matrimonio
se fuera a pique y eso es injusto para ti.
No puede evitar sonreír, son casi las mismas palabras de Albus unas horas antes.
— Bueno, tampoco tiene sentido machacarse más por lo que fue mal. Respecto a Albus, voy a
hacer como que no sé nada y esperaré a que venga a hablar conmigo.
— Lógico. Harry... —dice Draco poniéndose de pie, el vaso ya vacío sobre la mesa—. Mereces
alguien que se tome el trabajo de verte y escucharte. Estoy seguro de que allá afuera hay alguien
tan asustado como tú esperando a encontrarte.
Harry solo puede tragar saliva mientras lo ve despedirse con la mano y desaparecer por el flu.
Ojalá... piensa, con una sensación de ardor en el pecho. Ojalá.
La última reunión en su salón antes de la vuelta a la escuela es una degustación de postres. Desde
su escondite en el estudio, se arrepiente un poco de haberles dado permiso para usar la cocina a sus
anchas. Huele a caramelo quemado y a algo que parece leche agria, pero las voces son alegres,
incluso la de Albus.
Tiene el cuaderno de dibujo sobre la mesa, pero hace ya rato que acabó el boceto y no le apetece
más. De hecho ha cerrado el cuaderno para no verlo. Está un poco enfadado consigo mismo
porque últimamente parece que ha vuelto a la época en la que solo dibujaba una cosa. O una
persona más bien.
— ¡¡¡Papaaaaaaaa!!! —grita Lily desde la cocina y él pega un brinco en el sillón, saliendo a toda
prisa varita en mano.
— ¿Qué pasa?
Suelta aire, y una maldición entre dientes. La cocina es un desastre y a tenor de los olores, lo que
va a probar puede que sea absolutamente terrible, pero aún así coge la cuchara que le tiende
Scorpius y corta un trozo del pastel que se supone que es de chocolate y fresa.
Bebe más agua, pero el ardor no se va, así que se sirve un vaso de leche.
Es un vasito con capas de distinto color de cremas, rematado por una galleta.
Harry coge mucho aire y una cuchara limpia y la introduce con cuidado, cogiendo crema azul de la
capa superior y un poco de la siguiente. Se lo lleva a la boca, bajo la atenta mirada del público que
no se pierde un gesto suyo.
— Esto está buenísimo —exclama admirado, haciendo que Albus y Scorpius aplaudan alborozados
—. ¿Puedo acabármelo mientras dejáis mi cocina impoluta?
— ¿Draco?
— Están en la cocina.
Se queda allí, envarado. Quiere recoger el cuaderno, le pican los dedos por hacerlo. Su mente
funciona a toda velocidad, preguntándose si está tal y como lo dejó o no. Y Malfoy no se mueve.
— Emm, si, claro —responde sin mirarle, avanzando hasta dejarse caer en su silla.
— Ya has probado la "Gelatina de unicornio" —señala hacia el vaso que aún sujeta.
— He sido el juez del concurso. Nuestros hijos trabajan bien en equipo también en esto.
— ¿No tienes que llevarte a Scorpius? —le recuerda por fin, incómodo por el escrutinio.
— Sí —contesta con parquedad, mirando su carísimo reloj de pulsera—. ¿Seguro que estás bien?
Pareces... ansioso.
— Eres un mago, Potter —le riñe Draco con su aspereza habitual, poniéndose de pie—. Voy pues
a por mi hijo. ¿Sigue en pie la cena de la semana que viene?
— Claro.
Y Draco se marcha; a sus espaldas ya, Harry se tapa la cara con las manos y toma aire varias veces.
En el otro extremo de la casa, las voces adolescentes despiden a Scorpius e imagina a padre e hijo
marchándose a través de la chimenea del salón.
Con manos un poco temblorosas, abre el cajón y guarda el cuaderno bajo los encantamientos
habituales. Después, trata de serenarse lo suficiente como para ir a la cocina a verificar que no la
hacen explotar con algún hechizo indebido.
No es una celebración, ellos simplemente se encuentran para cenar siempre el viernes posterior a
que los chicos se vayan a la escuela. Pero en ese momento Harry está considerando faltar a la cita.
Que no es una cita, pero le gustaría que lo fuera y no lo va a ser porque Draco sí abrió el cuaderno.
Lo descubrió unos días atrás, porque encontró el lapicero en la alfombra. Recordaba perfectamente
haberlo dejado sobre el cuaderno, siempre lo hacía, era un gesto de cierre, y sin embargo parecía
haber rodado hasta quedar debajo del escritorio.
¿Cómo narices va sobrevivir a esa cena con la mirada escrutadora de Draco en él ? Los chicos lo
describen como la mirada del detector de mentiras, no hace falta que hable, sólo les mira y acaban
confesándolo todo.
— ¿Padrino?
Levanta la cabeza y en la puerta está Teddy. El cabello rosa le cae hasta los hombros y lleva una
minifalda vaquera con unos leggins, por suerte tupidos porque la falda tiene más agujeros que tela.
— Tu secretario dice que te marchas enseguida —señala con el pulgar por encima de su hombro—,
¿tienes un momento?
— ¿No es fantástico?
— Oh. ¿Es un problema? Puedes hacer mientras el curso que querías de profesorado, el orden da
igual, ¿no?
Ted le mira y se muerde una uña pintada también de rosa. Puede ver que están descascarilladas,
signo de nerviosismo.
— Teddy... no puedes supeditar tu carrera a James —le recuerda con su mejor aire paternal.
— No me ha dicho nada —comenta, con el ceño un poco fruncido, extrañado, al fin y al cabo es el
Jefe de Aurores.
— Ya sabes, personas que han hecho las pruebas de acceso y les han tirado por su género. O les
han hecho la vida imposible el primer año hasta que se han marchado.
— ¡Claro que no! —responde dando un golpe indignado en la mesa con la mano abierta—. ¿Crees
que me quedaría de brazos cruzados?
Ted se encoge de hombros. Sabe positivamente cuanto afecta la política al trabajo de su padrino y
cuantas veces ha tenido que manejar situaciones con métodos con los que no estaba de acuerdo por
orden directa del ministro de turno.
— Pensábamos que estaba fuera de tus límites, o que no querías meterte en ese jardín.
— En todo caso lo protegería de mi apellido, como he hecho siempre. Yo jamás le diría que no
hiciera algo que desea por ser trans, Ted. Nunca, igual que no lo haría con Albus o Lily por su
orientación.
— Lo sé, y él también lo sabe. Por eso quería estar aquí, para apoyarle. No queríamos ponerte en
un aprieto con esto, Harry, pero si me voy...
— Acepta la beca, Ted —le dice por fin, con la voz más controlada, más de vuelta al tono paternal
—. Y déjame que investigue estos casos. Da una voz discreta de que estoy abierto a que la gente
me cuente, o que me manden recuerdos si quieren.
Teddy sonríe por primera vez desde que ha entrado por la puerta, y se levanta para darle un abrazo.
Harry vuelve a suspirar, su mente ya trabajando a toda prisa sobre el tema incluso mientras pasa los
brazos alrededor de la estrecha espalda.
La visita de su ahijado ha hecho que se le vayan de la cabeza sus propios quebraderos, así que
cuando Draco, a los cinco minutos de sentarse le pregunta qué pasa, es eso lo que sale, todo, a
borbotones indignados.
— Me mata esto —concluye—, me mata saber que mis hijos y mis sobrinos aún están expuestos a
estas cosas, Draco.
— No deja de sorprenderme tu capacidad para la empatía. ¿Pero sabes que en realidad eso es un
reflejo de tu propio malestar? —le plantea, tomando la copa de tinto con gestos cuidadosos.
— Te proteges del rechazo a la asexualidad no saliendo con nadie. Es más fácil evitar el golpe. Sin
embargo juraría que si lo hicieran los chicos les dirías que hay que ser valiente.
El golpe de realidad duele como una bofetada, haciendo que se eche un poco para atrás en la silla,
con los cubiertos fuertemente sujetos entre los dedos..
— Sabes que no —responde Draco, sin dejar su tono moderado, cualquiera que lo vea desde afuera
pensará que está hablando del estado de la economía—. Sé cómo funcionas, Harry. Demasiadas
luchas, sientes que es mejor invertir en luchar por ellos que por ti mismo.
— Vaya... ¿has hablado con mi terapeuta? —trata de bromear, dejando los cubiertos con cuidado
sobre la mesa.
— No he hecho nada de eso conscientemente —contesta por fin, a la defensiva, cruzando los
brazos sobre el pecho, la comida ya olvidada.
— No arriesgas.
— Pero estas dejando fuera la posibilidad de ser correspondido —insiste Draco, dejando también
sus cubiertos sobre la mesa, todavía calmado.
— ¡Tú no tienes taras! —masculla el rubio, apretando los puños en el regazo, tratando de no subir
la voz.
— Llevo casi veinte años de terapia y no veo el final. Soy más que consciente de que tengo
problemas y que voy a vivir siempre con ellos.
— Temo exponerme y que vuelvan a abandonarme —confiesa, la voz más frágil de lo que le
gustaría—. Ya está, ¿contento?
— Porque has conseguido que ponga todo mi patetismo sobre la mesa. ¿Qué más quieres que te
diga, Draco? ¿Necesitas escuchar lo lamentable y falto de afecto que me siento?
— Harry, yo no...
— Dije que me ocuparía de eso. Lo habría hecho antes si hubiera sabido lo que estaba pasando,
James —responde su padre, dejando sobre la mesa una fuente de huevos, salchichas y tostadas.
— Igualmente, papá, es admirable —interviene Albus con voz tranquila—. Te has cargado al
equipo de admisiones de la Academia y has obligado a que se cree una normativa anti
discriminación. La tía Hermione dice que has sentado un precedente en la selección de
funcionarios, el ministro va a tener que hacer algo con eso.
— ¿Por qué no pareces contento? —le pregunta Lily, entre bocado y bocado de tostada.
— No entiendo.
— Como decis vosotros, Lils —le explica, sentándose frente a ella— , es una puta mierda saber
que ahí fuera hay mucha gente que piensa así y es capaz de tratar mal a gente perfectamente válida.
James y Lily dan por buena su respuesta y pasan el resto del desayuno hablando de los planes para
presentarse a las pruebas de James. Pero Albus ve más allá, siempre lo hace, y no pierde de vista el
gesto un poco ausente de su padre mientras termina su café.
Un rato después, Harry está en el patio, tendiendo. A pesar de las posibilidades de los hechizos
para el hogar, él prefiere hacerlo todo a la manera muggle, porque le relaja. El ritmo de agacharse,
coger una prenda del balde, sacudirla y sujetarla con pinzas a la cuerda, acunado por el sol de abril
le ayuda a mantener la mente enfocada. Sonríe a Albus, achinando los ojos por el sol, cuando su
hijo se agacha por él y le entrega una camisa.
— ¿Por qué no me has dado a mi también la charla sobre sexo como a James? —pregunta Albus a
bocajarro, muy poco slytherin para ser él.
Harry parpadea sorprendido, y se da cuenta en ese momento de que ha cometido un error de bulto:
cuando James empezó a salir con Ted, se aseguró de tener una incómoda conversación sobre
relaciones sexuales y control de natalidad; sin embargo, a pesar de que no era un secreto que Albus
y Scorpius estaban juntos, había dejado pasar varias oportunidades de tener esa conversación.
Finalmente, opta por la sinceridad.
Albus sonríe un poco y le pasa a su padre una de las faldas del uniforme de Lily.
— ¿En serio?
— No sabía cómo hablarlo contigo. Pero James me recordó hace unos días cómo eres, y yo...
¿sabes lo afortunados que nos sentimos de tener un padre como tú?
El muchacho descubre, asustado, que su padre parpadea, mirando al suelo, porque se le están
cristalizando los ojos.
— Ey, papá, —Se acerca, le quita la falda de la mano y lo abraza— ¿qué ocurre?
— No, hijo, todo está bien —le contesta por fin al cabo de un minuto, separándose, pero aún
mirando al suelo.
— ¿Seguro?
— Sí, sí —le asegura, alejándose—. No todos los días te dicen que eres un buen padre.
Por fin, Harry levanta la mirada hacia su hijo y recupera la prenda tirada en el césped.
— Voy a pensar que vas a pedirme algo al final —le dice con un intento de sonrisa, sacudiendo la
falda.
— ¿Te parece poco la charla de salud sexual que me debes? —responde Albus, mostrando su
sonrisa más Sly.
— Te aseguro que no me parece poco. Podemos... —se aclara un poco la garganta— podemos
también si quieres hablar de asexualidad.
Albus no contesta de inmediato, sigue pasándole ropa a su padre, con el labio atrapado entre los
dientes, pensativo.
— Tú ¿sabes eso? que es una orientación más, que no me pasa nada, ni tengo un trauma ni...
— ¿Tú?
— Sí. Por eso te lo digo, sé que a veces es frustrante intentar explicarlo a la gente, aunque vosotros
tenéis otra mentalidad. Puedes hablar conmigo de eso en cualquier momento. Y de cualquier otra
cosa. Respecto a la charla pendiente, —Toma los pantalones que le tiende Albus y los sacude con
fuerza— cuando acabe esto podemos encontrarnos en el estudio si quieres.
Es el viernes después de que los chicos se marchen, las vacaciones de pascua han quedado atrás. Se
saltó la cena posterior a las vacaciones de navidad con una excusa. Apenas ha visto a Draco en
esos meses, sobre todo porque él ha puesto mucho de su parte para evitarlo.
Está remoloneando en el despacho, porque en ese momento la idea de volver a su casa silenciosa se
le está haciendo cuesta arriba. Ya está pensando en llamar a Hermione y Ron para ver si quieren
cenar, cuando suena una llamada en su puerta cerrada.
— Adelante —responde.
Le pilla por sorpresa la presencia de Malfoy, de Draco, en la puerta. Ha olvidado en esos meses lo
largas que son sus piernas y lo bien que le sientan los trajes muggles. Puede que no esté pensando
en empotrarlo contra la pared, pero no está ciego, reconoce su atractivo, tiene varios cuadernos de
dibujo que lo atestiguan.
— Señor Jefe de aurores, —Hace una reverencia burlona— me alegro de ver que estás vivo.
— Creo que de no ser así El Profeta lo habría publicado —responde en el mismo tono—. Hola a ti
también, Draco.
— ¿Me estás amenazando? mal sitio para eso, Malfoy —bromea, aunque le tiemblan las rodillas
porque Draco parece realmente enfadado.
— Te amenazaría si eso ayudara a que entraran mis palabras en tu dura cabeza. Vamos a cenar.
Ahora, sin excusas.
— Draco...
Suelta aire, pero hace caso. Se quita la túnica de auror y la cuelga con cuidado en el perchero, con
gestos pausados, y se pone la chaqueta muggle que ha dejado allí mismo esa mañana. Coge de la
mesa su varita y le hace un gesto con la mano para que abra camino.
Draco permanece callado hasta que se sientan a la mesa y piden la cena. Con calma, en cuanto el
camarero se aleja con las cartas bajo el brazo, saca la varita y hace un potente hechizo silenciador.
— No debería haberte presionado de esa manera.
El tono de Draco es lo más cercano a una disculpa que le ha escuchado Harry desde la lejana tarde
en que tomaron un té e intercambiaron "lo sientos" por todos sus encontronazos escolares.
— ¿Estás de acuerdo conmigo en que me has estado evitando y eso es una actitud infantil impropia
de ti?
No contesta porque el camarero aparece con el vino de Draco y el agua mineral que ha pedido para
él. Espera a que el hombre vuelva a alejarse antes de hablar.
Vuelven a guardar silencio mientras les dejan los primeros platos sobre la mesa. Dan los primeros
bocados antes de que Draco vuelva a hablar.
— No sabía cómo decirte que había visto tu cuaderno —admite, en voz baja.
Harry suelta aire por la nariz largamente. No encuentra las palabras para decirle a Draco lo que
supone para él esa exposición.
El rubio cierra los ojos y se aprieta el puente de la nariz con el pulgar y el índice.
— He seguido por la prensa lo que has hecho con la Academia —cambia finalmente de tema, entre
cucharadas de crema de puerros—. Scorpius dice que tus hijos están muy orgullosos de ti.
— De acuerdo. Pero me vas a escuchar. Luego prometo dejar el tema para siempre, pero ahora me
vas a escuchar en silencio. ¿Sí?
— Tengo ojos, Draco. Eres atractivo, más que a los veinte años. Y estoy bastante seguro de que lo
sabes.
— De acuerdo. Pero vi los demás retratos. Son todo personas a las que quieres.
— Estás empeñado en hacerme esto difícil —suspira Draco, inclinándose hacia delante con las
cejas un poco bajas.
— Ohh, sí lo sabes. Pero voy a ser más preciso: qué le falta a nuestra amistad para que la
consideres una relación.
— Oh joder —masculla Harry, usando su varita para reforzar el hechizo de silencio, porque hay
personas que los miran con curiosidad.
— Saber que hay atracción —responde por fin, a tumba abierta—. En mi caso no es sexual, pero es
evidente que me resultas atractivo físicamente; y hay más tipos de atracción.
— ¿Y si te digo que conozco los tipos de atracción y siento todas por ti? he estado leyendo para
tratar de entender.
— Debí de ser más directo, mea culpa. Aunque creo que aunque te hiciera una pancarta no me
creerías.
El auror bebe agua. Y se sirve otra copa y se la bebe también. La tercera la mira, pero no se la
bebe, la deja sobre la mesa y mira a Draco.
— Es bastante difícil de creer —admite por fin, mirándolo de frente con la barbilla un poco alzada.
— Habíamos bebido.
— No lo suficiente como para ignorar el hecho de que eres un hombre. Dijiste que habías tenido
sexo con Ginevra porque era lo que se esperaba de ti, pero no fue así esa vez conmigo. ¿O lo
recuerdo mal y te presioné de alguna manera? Ese pensamiento me ha torturado todo este tiempo.
— No, Draco —contesta Harry, despacio, sintiendo que la cara le arde pero que es capaz de
sostener la mirada fría que le interroga—. Yo... los sentimientos son importantes para mí, y la
conexión emocional. Y definitivamente mi deseo fluye más hacia hombres. Aquello... fue algo
excepcional pero completamente consentido.
— Lo siento, sé que es bastante grosero decirle a alguien que estás enamorado de él y después
preguntarle de sexo, pero contigo parece que solo funciona ser directo.
— Joder, Draco. —Harry se tapa la cara con las manos y suelta una risa temblorosa— Esta debe
ser la declaración más rara de la historia.
— Bueno, somos dos personas fuera de lo común, había que estar a la altura. —Se detiene para
beber un sorbo de vino y luego se inclina hacia delante y retira con suavidad una de las manos de
Harry de su cara.
—¿Estás bien? —pregunta con una sonrisa cariñosa que solo le ha visto usar en el pasado con su
hijo.
— Es una opción. También puedo contarte que Albus me reclamó la charla de educación sexual
que no le había dado y así acabamos hablando de asexualidad.
— Scorpius me lo contó. Parece que ellos son una versión mejorada de nosotros. ¿Te dijo Albus
cómo se declaró Scorpius?
— Dime que de una manera menos rebuscada, por favor —responde Harry un poco más relajado,
recuperando los cubiertos para terminar su ensalada.
— Creó para él la gelatina de unicornio, reuniendo los sabores preferidos de los dos. Le dijo que
juntos sabían mejor que por separado.
— Ohh. Envidio muchas veces la adolescencia que ellos sí están disfrutando —murmura,
saboreando una tomate cherry.
— También han pasado lo suyo. Y siempre van a cargar con nuestros apellidos. Pero sí, yo a veces
también habría querido una adolescencia sin peligro de muerte.
— No seríamos las personas que somos ahora. Yo no imagino cómo habría sido crecer con mis
padres, tener hermanos, una familia real. Me alegra que ellos tengan eso.
Draco vuelve a dejar los cubiertos sobre la mesa y estira la mano sobre la mesa para ponerla sobre
una de las de Harry.
— Eres... eres una persona increíble —le dice en un tono inusualmente intenso—, Harry. Tus hijos
son afortunados y lo saben. Yo me considero afortunado de ser tu amigo a pesar de todo.
— No se trata de inteligencia, sino de ver a la gente. Tú eres demasiado bueno para darte cuenta de
algunas cosas.
Harry juega un poco con los pálidos dedos antes de darse cuenta de como le observan en las mesas
de alrededor y soltarlo para volver a echarse atrás en la silla. Es extraño estar allí, delante de su
amor platónico, tratando de asumir que puede tenerlo y que quiere protegerlo de su fama a la vez.
Le sorprende su propia posesividad, nunca se ha visto a sí mismo como un hombre celoso.
— A riesgo de meterme en el terreno de tu terapeuta, diría que tiene que ver con la falta de lazos
afectivos reales de tu infancia. Y de posesiones materiales. Y obviamente del final de tu
matrimonio. Pero vamos, no voy a quejarme de que quieras tenerme y mantenerme cerca, la
verdad.
— ¿Con menos ropa de paso? —pregunta de nuevo con una sonrisa ladeada.
— No me opongo a la idea.
Harry se inclina hacia delante y ahora es el que clava la mirada verde con intensidad en la de
Draco.
— Es posible que no me interese siempre el sexo, o que tengas que dar a menudo el primer paso.
Eso era lo que le generaba inseguridad a Ginny —le dice, y contiene un poco la respiración.
— Yo no soy tu ex mujer.
La pregunta, o el brillo travieso en los ojos de Draco, hace que Harry ría y se relaje lo suficiente
como para volver a prestar atención a su segundo plato, que acaban de ponerle delante.
— ¿Cómo lleva tu ego que a Scorpius le tire más la herbología que las pociones?
Y siguen con la cena hablando de los niños, del laboratorio de Draco y de todo lo que ha hecho
Harry respecto a la Academia, con los pies tocándose bajo la mesa.
Es un día de celebración en casa de los Potter porque James ha aprobado el acceso para la
Academia de Aurores. Lo único que lo empaña es que Ted no está, ha tenido que incorporarse unos
días atrás al puesto de investigación que ha conseguido en la universidad mágica de Frankfurt.
Igualmente, los primos Weasley que ya no están en la escuela y algunos amigos están reunidos en
el jardín, aprovechando un día cálido de final de octubre, mientras Harry está en la cocina
preparando platos de sándwiches y dulces para sacarles.
Le sobresaltan unos brazos que le abrazan desde atrás, y una nariz fría que le acaricia la nuca.
— Esta costumbre de entrar silencioso como un ladrón es peligrosa, algún día te voy a hechizar —
le amenaza, sin dejar de cortar queso.
— La falta de simetría de eso que estás haciendo ya es suficiente castigo. Trae, anda.
Y le golpea con la cadera para que le haga sitio a la par que le roba el cuchillo.
— ¿Estás comparando al excelso cuerpo de aurores con patatas fritas? —pregunta, fingidamente
serio, metiéndose una patata a la boca.
Draco sigue cortando despacio, trozos exactamente iguales que coloca con cuidado en un plato de
loza blanca.
Los dos siguen sacando platos y colocando cosas. Se mueven con fluidez, Draco ya conoce bien la
cocina de Harry, pero el silencio es un poco tenso.
— No quiero ponerte en la posición de ser el que riñe a sus hombres porque se meten con su novio
—admite por fin.
— De acuerdo. —Asiente con la cabeza, sin separar la vista de los cuencos de patatas— Solo que
si te lo hacen a ti, se lo harán a más gente. Y es ese tipo de aurores el que me sobra. No hice lo de
la academia por James, lo hice por todas las personas como James, hay un matiz.
—Tienes razón —admite Draco, con un tono más amable—. ¿Estás preocupado por lo de la
Academia?
— No te he preguntado eso.
— ¿Has sabido algo de Edward? —cambia Draco de tema sin sutileza, porque se da cuenta de que
sí está preocupado.
— Han hablado esta tarde, cuando han llegado los resultados. Está bien, sobre todo ahora que ya
han pasado los nervios pre y post examen. La despedida fue un mar de lágrimas.
— Hablando de lágrimas, pasé ayer a ver a mi tía. Me pidió que te recordara que cenaremos con
ella la semana que viene. La encontré todavía un poco baja de ánimo.
Siguen trabajando en silencio hasta que Harry dice algo en voz baja que obliga a Draco a parar y
girarse hacia él.
— Cuando supe que James era trans, pase mucho miedo por él, por como eso podría limitar su
vida. Fue por él que empecé a leer y a tratar de aprender todo lo posible sobre temas LGBTIQA.
Pero el miedo no se va, Draco. Aún temo que tenga problemas en la academia.
— Papá...
Ambos se giran y en la puerta de la cocina está James. Ha crecido en los últimos meses, la genética
Weasley se ha activado y ya es más alto que su padre. Con el pelo largo suelto sobre los hombros y
la cara pecosa por el sol del verano, a Harry le recuerda muchísimo a Bill.
Y sale por la puerta trasera con varios platos flotando delante de él que los jóvenes acogen
alborozados.
— Papá, —James se acerca hasta coger una de las manos morenas, que se aprietan en puños en ese
momento— has hecho todo y más por mí, por nosotros. Sin ti y tu apoyo... la transición habría sido
un proceso mucho más duro. He tenido una adolescencia muy feliz, igual que mis hermanos. Y
todo eso es gracias a ti, porque has creado para nosotros un espacio seguro. Tú eres nuestro espacio
seguro, así que todo va a ir bien.
Se abrazan, fuerte. Desde la puerta Draco los observa con una pequeña sonrisa. Cuando James
coge un par de platos y sale al jardín, se acerca a la nevera, la abre y saca un vasito que pone en
una de las manos de Harry.
— ¿En qué momento has metido gelatina de unicornio a la nevera? —mira sorprendido el vasito en
el que se alternan líneas de sabores de distintos colores.
— ¿No? —cuestiona Harry con la cuchara en la mano, mirando el vaso con los ojos entrecerrados.
— Son tus sabores y los míos juntos, porque combinamos bien.
Harry sonríe de oreja a oreja y deja todo sobre el mostrador para acercarse, cogerle la cara de las
manos y ponerse de puntillas para besarle.
Extra: el desfile del orgullo
— Papá.
Harry levanta los ojos del cuaderno en el que dibuja con trazos distraídos. Hace un tiempo que ya
no es un secreto que es capaz de expresarse a través de arte, su compañero se ha encargado de
revisar una a una todas sus libretas y escoger sus favoritos para repartirlos por toda la casa, son un
recordatorio para su familia de cuánto significan para él.
James debe de haber llegado recientemente a casa, porque lleva aún su nuevo uniforme de auror. El
cabello pelirrojo está recogido en un moño informal en lo alto de su cabeza y sus pómulos están
cubiertos de pecas por el tiempo al aire libre del entrenamiento recién terminado. Como en su
adolescencia, lleva los ojos fuertemente delineados, no ha renunciado ni un momento en esos tres
años de entrenamiento a maquillarse o pintarse las uñas, a pesar de la oposición de alguno de sus
profesores.
— En cuanto os pierdo de vista os escaqueáis de trabajar —comenta con fingido tono de jefe, él se
ha cogido la tarde libre porque tienen celebración familiar.
Su padre sonríe mientras cierra el cuaderno y pone el lápiz sobre él. Le hace feliz lo bien que se
llevan sus hijos con su novio, los últimos tres años han sido suaves, tranquilos. Se levanta y sale de
la habitación, con James siguiéndole de cerca mientras se desabrocha la casaca.
— Draco va a recoger a Lily en la estación dentro de un rato, Scorpius y Albus no tardarán mucho,
dijeron que me ayudarían con la cena —va enumerando mientras abre armarios y cajones para
sacar cosas— ¿Y Ted?
— Está dando una clase ahora mismo, vendrá directo desde la facultad.
Lo mira de reojo y le gusta lo que ve. Su hijo lleva una camiseta con una bandera arcoiris y una
muñequera con los colores de la bandera trans, otra de sus rebeliones personales en la academia.
— Porque lo estoy —confirma James con una gran sonrisa, deshaciendo su moño para volver a
hacérselo con gestos expertos— Es el profesor más joven de la facultad mágica de Oxford.
— Sus padres estarían también terriblemente orgullosos de él. Yo lo estoy —continúa Harry con
suavidad.
Pero las palabras de James son interrumpidas por la entrada de Albus y Scorpius cargados de
bolsas de la compra. Las conversaciones cruzadas y las voces juveniles llenan la cocina mientras
Scorpius, el cocinero oficial de la familia en los eventos, los organiza a todos para preparar un
elaborado menú para celebrar el cumpleaños de su padre. Con un poquito de retraso, porque han
elegido esperar a Lily para estar todos juntos.
Por supuesto, Harry y Draco ya han celebrado el cumpleaños el fin de semana anterior saliendo de
viaje; desde que están juntos, Draco ha enganchado a Harry a pequeños lujos que no se ha
permitido nunca y eso incluye hacer viajes breves a lugares que consiguen sorprender al auror.
Está distraído, pensando en su noche en Sofía, cuando los tres jóvenes rompen a reír y le sacan de
su ensimismamiento.
— Tienes esa cara. ¿En qué estabas pensando? —comenta Scorpius divertido desde el fogón.
— ¿Qué cara? —pregunta, echándose la mano manchada del jugo de las fresas que corta para la
ensalada a la mejilla.
— La misma que pone Al cuando está pensando en nuestro chef —se regodea James, evitando un
codazo de su hermano.
— Tu pones una parecida, Jaimie, tiene que ver con los Black me parece —dice Albus.
— Es nuestro magnetismo natural —interviene una voz más grave desde la puerta.
Todos se vuelven hacia allí y ven a Lily entrando como una exhalación para colgarse del cuello de
su padre con grititos de emoción. Draco entra con pasos más moderados y saluda a su hijo y a los
otros dos chicos con un abrazo breve. Luego tiene que esperar con una ceja levantada para saludar
a Harry a que su hija lo libere y salte al cuello de su hermano mayor.
— Hola —le saluda, con tono íntimo— ¿estabas distraído pensando en Sofía?
Harry le da otro beso en lugar de contestar, sonrojado, y vuelve a su tarea con el cuchillo.
La pequeña de la familia es pura energía, ni siquiera sentada en la silla cenando se está quieta,
Harry se pregunta cómo la consiguen calmar en la escuela para que preste atención en clase. Lleva
toda la cena hablando sin parar, apenas ha dejado intervenir a sus hermanos o a los demás
invitados. Incluso Ted, acostumbrado a los diferentes caracteres de los tres jóvenes Potter parece
sorprendido del derroche de energía.
— No me ha dado tiempo —contesta su hermano mayor, divertido porque en ese momento Lily se
mueve como si tuviera hormigas en la ropa interior—. Podemos comentarlo ahora.
— ¿Qué vais a pedirme? Que os temo —interroga Harry— la última vez que vinisteis con tanto
misterio queríais un perro.
Por un momento, Harry se siente incómodo, tiene la sensación de que se va a discutir algo de ellos
cuatro, o incluso algo relacionado con su madre, que está de vuelta en el país y bastante empeñada
en retomar contacto con sus hijos. Pero enseguida ve como los jóvenes se miran entre ellos con
complicidad y deduce que se refiere a todos ellos, porque son una familia, y se siente cálido y
predispuesto a decir que sí.
— Nos gustaría ir todos juntos al desfile del orgullo de Londres —suelta por fin Lily.
— ¿Sabéis de qué hablamos, no? —cuestiona Albus porque los dos adultos permanecen en
silencio.
— Sí, claro —responde Draco porque Harry sigue sin decir nada.
— Bueno, somos una familia queer, igual la más queer de Inglaterra. Tenemos que celebrarlo y el
desfile es para reivindicar y celebrar —prosigue Lily.
— ¿Estás bien, Harry? —pregunta por fin Teddy, al darse cuenta de que su padrino sigue en
silencio.
— Claro. ¿Qué tal si saco el postre y le damos los regalos al señor mayor del cumpleaños? —
plantea Ted, poniéndose de pie y comenzando a recoger platos vacíos.
Una protesta de Draco, que le tira su servilleta, y las burlas de los demás por su mala puntería
rompen un poco la tensión creada.
— Harry.
La voz de Scorpius, cada vez más parecida a la del Draco de su juventud, saca a Harry de sus
pensamientos mientras termina de recoger la vajilla limpia y seca. Han recogido entre todos, como
siempre, pero a él le gusta dar el repaso final a la cocina y colocar cada cosa en su sitio.
— Dime, Scorp.
Harry esboza una sonrisa. Ojalá su mundo fuera tan avanzado como el muggle para cosas así.
— Lo sé.
— Una de las reivindicaciones de este año es para que se reconozca la A en las siglas del colectivo
a nivel oficial.
Deja la fuente que seca con cuidado sobre el mostrador y se gira para mirar mejor a su yerno.
Conoce a Scorpius desde siempre, lo ha visto crecer con Albus, pero hasta los últimos años no ha
visto realmente más allá. Ahora ya es un hombre camino de los veinte años y él lo aprecia
profundamente, sabe cuan importante es en la vida de su hijo mediano y cuanto le ha ayudado a
sentirse cómodo en su propia piel, incluida la A que ambos defienden con orgullo.
— Y lo entiendo, sé que odias los actos públicos, ya me he dado cuenta de que sueles delegar en
otros aurores para los eventos y los discursos.
Asiente. Cuelga el paño de secar en su gancho con gestos medidos mientras medita sus palabras.
— No tienes que significarte en nada, no vamos a pedirte que te pintes la cara, te cuelgues una
bandera o grites un slogan. Solo que nos acompañeis, como habeis hecho siempre.
Harry asiente de nuevo y Scorpius le abraza antes de marcharse. Sabe que dormirá en su casa, igual
que Draco, así que termina de recoger y sube las escaleras despacio hasta su dormitorio.
Efectivamente, su novio está sentado sobre la cama, las largas piernas estiradas y la espalda contra
el cabecero, aún vestido de traje y con un documento de varias páginas entre las manos.
Una de las cosas que más le gustan de Draco es su cara de concentración, sobre todo cuando se
rasca la inexistente barba y estrecha un poco los ojos porque es demasiado presumido para
reconocer que necesita gafas para leer, como en ese momento.
Trepa a la gran cama, regalo de Draco que no paró de quejarse de su colchón las primeras noches
que durmieron juntos, hasta llegar al brazo que automáticamente Draco ha abierto para recibirlo sin
dejar de leer.
— ¿Scorpius ha ido a hablar contigo? —interroga Draco sin apartar la vista de la lectura.
— Sí. ¿Cómo…?
No acaba de preguntar cómo lo sabe porque Draco le entrega los papeles y ve que es un escrito en
relación a la reivindicación de la que le ha hablado el hijo de su pareja un momento antes. Típico
de los chicos afrontarlos de maneras diferentes.
— ¿A un evento en el que se junta millón y medio de personas en un día caluroso? Música a alto
volumen, gritos, pancartas, banderas… es el sueño de mi vida adulta.
— Draco…
Su compañero suspira y deja la frivolidad a un lado. Lo invita a sentarse sobre sus piernas para
poder mirarse y le habla con cuidado.
— Has criado personas libres, Harry. Y eso incluye a mi hijo, siempre piensas en la influencia de
Scorpius sobre Albus, pero no te paras a pensar en cuanto ha influenciado tu actitud abierta a mi
hijo. —Toma sus dos manos y las aprieta— Ellos quieren celebrar eso y a mi me parece bien, lo
entiendo, y quieren que tú también te sientas libre. Libre para ir o para no ir.
Harry se inclina y apoya la mejilla en su pecho, abrazando su torso. Draco le devuelve el abrazo y
durante un largo minuto respira el olor de su colonia y siente que eso le calma, el contacto de
Draco siempre lo hace. No era consciente de la necesidad de contacto que tenía hasta que su
compañero empezó a ofrecerle abrazos a todas horas, estaba claro que le conocía mejor a veces de
lo que se conocía a sí mismo.
— No lo sé… es extraño porque yo en mi vida diaria no siento que necesite reivindicar algo o que
mi vida esté limitada.
— ¿No?
— ¿Tú sí? ¿Necesitamos volver a hablar de nuestra vida sexual? —le plantea, incorporándose para
mirarle preocupado.
— Nuestra vida sexual está bien, Harry —le tranquiliza—. Y sí, soy una persona reservada, pero
aún así me gustaría que no fuera un problema que nos dejáramos ver juntos en público.
— ¿Crees que es un problema para mí dejar ver que estoy con un hombre? ¿Por qué no hemos
hablado de esto antes? —inquiere, ceñudo.
— No entiendo nada.
— Harry… —le toma con cuidado la cara con las dos manos— para mí es más importante estar
contigo, pero si me preguntas si me siento limitado, es así. ¿Me gustaría ir contigo a los eventos a
los que acudo o acudes tú? sí. ¿Es vital para mí? no.
Unen sus frentes. El miedo a no ser suficiente es una constante en la vida de Harry, una cuestión
que trabaja con su terapeuta y que habla a menudo con Draco.
— Supongo que he dado por hecho que tú no querías que nos vieran juntos. Ya sabes, tú tan… tú.
— Oye, eso me ofende. Te llevaría del brazo por todo el mundo mágico con orgullo, Harry, ¿cómo
puedes dudarlo?
No responde, porque tratándose de él es casi una pregunta retórica: Harry duda de sí mismo a cada
paso, salvo en su trabajo.
— Ven aquí.
Draco lo abraza con fuerza. Con un hechizo murmurado, ambos están sin camisa y Harry siente el
confort del piel a piel mientras se pega a él como una lapa.
El día 29 por la mañana lo que siente Harry al despertar es cansancio. Han llegado a casa bastante
tarde, de hecho si lo piensa despacio quizá mucho para su hija adolescente. Pero es que ha sido
toda una experiencia, una de la que no se arrepiente para nada.
— Buenos días —le saluda la voz de Draco, que entra en la habitación con una bandeja—. Los
chicos te mandan esto.
Harry hace una mueca y usa la varita que está sobre la mesilla para hacer un tempus.
— Necesitabas dormir —le dice Draco, colocando la bandeja sobre sus rodillas para luego ir a
abrir las cortinas.
— Ya, pero…
Mastica despacio, es mermelada casera que hicieron Albus y Scorpius unas semanas atrás, un
manjar.
— ¿Tú has dormido bien? Tengo la sensación de haber caído como una piedra en la cama.
— Y así fue. Pero no fuiste el unico, me mataba la espalda después de tanto rato de pie.
— Lo disfruté —reflexiona Harry con la taza de café equilibrada en una mano y en la otra el resto
de la tostada—. Mucho más de lo que esperaba.
Harry sonríe. El día del pride fue largo y dio para muchas cosas, entre otras para reunirse y comer
en el césped de un pequeño parque con un variopinto grupo de jóvenes.
— Son combativos.
— A alguno de ellos le hizo gracia tu atuendo. Pero no el mismo tipo de gracia diría yo.
Draco pone los ojos en blanco y le roba un par de arándanos del platito que hay con fruta sobre la
bandeja.
— Creo que les gustaste más tú, señor maduro vestido de venteañero.
— Así te ven esos chiques, como un padre moderno en vaqueros cortados y camiseta negra. Y
cuerpazo de veinteañero.
— Na. —Hace un gesto con la mano para desestimar esa imagen— Te encanta esa palabra.
— Me encanta presumir de que mi novio parece un veinteañero. Me hace sentir más joven.
Harry suelta una carcajada y se inclina por encima de la bandeja para besarle, poniendo en peligro
la vajilla.
— Desayuna, venga —le insiste mientras sujeta la bandeja—. Los chicos han dicho algo de ir a ver
a sus abuelos.
Draco simplemente asiente y le roba el resto de los arándanos. Come en silencio un rato,
observando a Harry terminar su segunda taza de café.
— Por mí no.
— Para variar. Bueno, —Se encoge de hombros con aparente indiferencia y se limpia los labios
con la servilleta— si tiene algo que decir supongo que nos enteraremos.
— ¿No has pensado en sentarte a aclarar cosas con ella? —plantea Draco, apoyándose en el
cabecero a su lado, cadera con cadera.
— Tiene un hijo que está reivindicando los derechos de las personas ace, seguramente podría
aprender algo de él.
— Creía que…
Harry niega con la cabeza, mientras mastica su segunda tostada y la baja con sorbos de café.
— Ella se dio cuenta antes que yo de que estaba enamorado de ti. Eso es lo que no me perdona,
Draco. Seguramente habrá pensado más de una vez que el que yo le dijera que era asexual era una
excusa para tapar la realidad respecto a ti, pero no tengo ganas de tener esa conversación con ella.
Prefiero dejarla aprender a relacionarse con sus hijos, que bastante trabajo tiene ahí.
— No los conoce.
— Sobre todo a James. Y no, no estoy dejando que me odie a mi para compensar nada,
simplemente prefiero que si he de discutir con ella, esa energía sea para mejorar su relación con sus
hijos, la nuestra a estas alturas no tiene remedio.
— Qué pragmático.
— Bueno, —Se encoge de hombros mientras deja la taza en la bandeja— hay veces en las que hay
que ser práctico.
— ¿Te hizo sentir bien darte cuenta de que no eres el único asexual del mundo?
— ¿Y esa pregunta?
— La primera vez que pensé que me gustaban también los hombres mi siguiente pensamiento fue
que era un bicho raro y algo iba mal en mi cabeza. Fue bueno darme cuenta de que no era el único
en la escuela.
— Sí. ¿Decidí ignorarlo bastante tiempo? también, pero había otra gente y se dejaban ver. Tú hasta
ayer solo conocías a Albus, ¿cambia la perspectiva escuchar otras vivencias, saber que no eres el
único a pesar de la diferencia de edad?
Su compañero se queda un rato callado. Draco sabe que no se ha parado hasta ese momento a
pensarlo, pero lo ha visto el día anterior con esos chicos.
— Es cierto que escuchar sus experiencias ayuda —dice por fin, despacio a la par que se pellizca el
labio con los dedos.
— Menos marciano.
— Pero me quieres, señor que va a una manifestación con pantalón de traje y chaleco a juego.
— ¿Cómo voy a privarte de la vista de mi trasero en unos pantalones a medida? Sé que te encanta.
— Creído —ríe.
— Pero me quieres.
— Eso está bien, porque en este momento quiero quitar la bandeja de la cama y besuquearme
contigo como adolescentes un buen rato.
— Eso también suena bien —responde Harry, bajándose de la cama para dejar la bandeja en una
esquina de la cómoda—. ¿Adolescentes que se meten mano? Seguro que fantaseabas con eso detrás
de las cortinas de tu cama, príncipe de Slytherin —plantea con una sonrisa torcida, mientras se
desabrocha la parte de arriba del pijama.
— ¿Contigo? Pues claro, héroe de culo prieto. ¿Quieres que te cuente más?
— Soy un fácil, ¿cuándo he dicho que no a desnudarme para ti? —responde Draco, comenzando
por los botones de los puños de su camisa.
Please drop by the archive and comment to let the author know if you enjoyed their work!