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El Retrato Oval

Este documento narra la historia de un hombre que se aloja en un castillo abandonado debido a una lesión. Mientras contempla las numerosas pinturas en el castillo, descubre un retrato oval de una joven bella que lo impacta profundamente. Intrigado, busca en un libro la historia del retrato, la cual revela que la joven fue la esposa de un pintor apasionado cuya obsesión con retratarla la fue secando lentamente hasta la muerte.
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El Retrato Oval

Este documento narra la historia de un hombre que se aloja en un castillo abandonado debido a una lesión. Mientras contempla las numerosas pinturas en el castillo, descubre un retrato oval de una joven bella que lo impacta profundamente. Intrigado, busca en un libro la historia del retrato, la cual revela que la joven fue la esposa de un pintor apasionado cuya obsesión con retratarla la fue secando lentamente hasta la muerte.
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El retrato oval

i.
Ilustrado por Mateo

entrar, poco menos


No pude sustraerme a que mi criado me hiciera
noche al raso que
que a la fuerza, en aquel castillo para evitarme una
ente herido. Era .el
hubiese sido fatal para mí, por encontrarme gravem
za y melancolía, que
castillo uno de aquellos edificios, mezcla de grande
fachadas en medio
desde remotos tiempos han levantado sus soberbias
en la imaginación de
de los Apeninos, tan grandes en la realidad como
ía sido abandonado
la señora !ladclif!e. Según toda apariencia, hab
las habitaciones más
muy recientemente. Nos instalamos en una de
aba situada en una
pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Est
rico, pero antiguo y
torre aislada del resto del edificio. Su decorado era
iertos_de tapicerías y
sumamente deteriorado. Los muros estaban cub
toda clase, y de ellos
adornados con numerosos trofeos heráldicos de
pinturas modernas,
pendía un número verdaderamente prodigioso de
gusto arabesco. Me
ricas de estilo, encerradas en marcos dorados, de
delirio fue la causa,
produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente
edes principales, sino
aquellos cuadros colgados no solamente en las par
ctura caprichosa del
también en una porción de rincones que la arquite
pesados postigos del
castillo hacía inevitables. Hice a Pedro cerrar los

-9 5-
EL RET RAT O OVAL

pue s ya era ho ra ava nza da, enc end er un gran candelabro de


salón,
ecera, y abr ir completamen-
muchos brazos colocado al lad o de mi cab
cidas de festones, que rodea-
te las cortinas de negro terciopelo, guarne
nos, si no conciliaba el
ban el lecho. Lo quise así par a po der al me
la contemplación de estas
sueño, distraerme alte rna tiv am ent e ent re
um en que había encontrado
pinturas y la lectura de un peq ueñ o vol
ica y análisis.
sobre la almohada y que tra tab a de su crít
religiosas devotamen-
Leí mucho tiem po; con tem plé las pin tur as
s, y llegó la medianoche. La
te; las horas huy ero n, ráp ida s y silenciosa
ext end ien do la ma no con
posición del can del abr o me mo les tab a, y
criado, lo coloqué de mo do
dificultad, para no tur bar el sue ño de mi
que arrojase la luz de lle no sob re el libro.
com ple tam ent e inespera-
Pero este mo vim ien to pro duj o un efecto
ple no en un nicho del salón
do. La luz de sus num ero sas bujías dio de
ierto hasta entonces con
que una de las col um nas del lecho hab ía cub
a luz un cuadro que hasta
una sombra pro fun da. Vi envuelto en viv
o de una joven ya formada,
entonces no hab ía advertido. Era el retrat
ré los ojos. ¿Por qué? No
casi mujer. Lo con tem plé ráp ida me nte y cer
que mis ojos permanecie-
me lo expliqué al principio; pero, en tan to
o que me los hacía cerrar.
ron cerrados, analicé ráp ida me nte el mo tiv
ar tiempo y recapacitar,
Era un movimiento inv olu nta rio par a gan
ía engañado, para calmar
para asegurarme de que mi vista no me hab
Y preparar mi espíritu a un a con tem pla
ció n más fría y más serena. Al
el lienzo fijamente.
cabo de algunos mo me nto s, mi ré de nuevo
iese querido; porque el
No era posible dudar, aun cua ndo lo hub
al cae r sob re el lien zo, hab ía desvan ecido el eS t u-
primer rayo de luz,
an poseídos, haciéndome
por delirante de que mis sentidos se hallab
a.
volver repentinamente a la realidad de la vid

- 97 -
EoGAR [Link].J\N PoE

o representaba, como ya he dicho, a una joven. Se t b


El cuadr d' rata a
te de un retrato de me 10 cuerpo, todo en ese estil
seneil1amen . . . ,.. 0 que
enguaJ·e técnico, esnlo de v1neta; había en él mu h
se Uama, en l . e o de
intar de Sully en sus cabezas favontas. Los br
la manera de P azos, el
untas de sus radiantes cabellos se perdían en las b
0 rn ra
seno y las P
de fondo a la imagen. El marco era
vaga, pero profunda, que servía .
oval. Magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez
no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su
fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No
podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese toma-
do la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del
dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron
dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí
una hora entera a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos
fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efec-
to, me dejé caer hacia atrás, en el lecho. Aquella inexplicable expre-
sión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó
por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su
primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi
profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que con-
tenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamen-
te el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la
extraña y singular historia siguiente:
«Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable,
que en mala hora amó al pintor y con él se desposó. Él tenía un
carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus
amores; ella, joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la ale-
gría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte,

-98-
EDGAR [Link] PoE

ue era su nv . al no temiendo más que a la paleta, los pincel


, es y
q . ent os imp ortu nos que le arre
demás 1nscrum ., ,
bat aban el amor d
. e su
adorado. rr.1errible impres1on causo a. la dama el. oír al pintor habl
del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y ar
se sentó pacien-
temente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación d
nde la luz se filtr e
l a torre, do aba sob re el albo lienzo sola mente por 1
. e
cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que ava
nzaba de hora
en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente,
extraño, pensa-
tivo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía
que la luz que
penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba
la salud y los
encantos de su mujer, que se consumía para todos
excepto para él.
Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el
pintor, que
disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ard
iente placer en
su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lien
zo la imagen de
la que tanto amaba, la cual de día en día se tornaba más
débil y con-
sunta. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato,
comentaban en
voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del
genio del pin-
tor, y del profundo amor que su modelo le inspirab
a. Pero, al fin,
cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió
a nadie entrar
en la torre; porque el pintor había llegado a enloquece
r por el ardor
con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez
del lienzo, ni
siquiera para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver
que los colo-
res que extendía sobre el lienzo se borraban de las mej
illas de la que
tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hub
ieron transcu-
rrido, Y no restaba por hacer más que una cosa muy
pequeña, sólo
dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alm
a de la dama
p~pitó aún, como la llama de una lámpara que está pró
xima a extin-
guirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durant
e un instªnte

-1 00 -
EL RETRATO OVAL

· edó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minu-


qu .' l'd . ' ·
to después, se estremecio, P_ª i ecio intensamente herido por el
ritando con voz ternble:
re~t Y g -
-¡En verdad que era la Vida ~isma!
Se volvió bruscamente para mirar a su amada, y... ¡estaba muerta!»

-101-

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