Tres X Infinito: Viaje a Venus
Tres X Infinito: Viaje a Venus
Ray Bradbury
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Capítulo I
Los aparatos de la compañía eran buenos. Eran muy buenos. Pero en esta ocasión Hugh
Starke empezaba a pensar que tal vez no podría salirse adelante con él.
Su cuerpo relativamente pequeño pero fornido y bien constituido se inclinó sobre el cuadro
de mandos y lanzó a fondo los motores del Kallman. La tibia noche celeste de Venus rodeaba
cuanto se alzaba a la vista, tiñiéndolo todo con sus velos de color índigo. Starke no estaba muy
seguro ya de dónde se hallaba. Venus era un planeta fronterizo, y más que nada una gran incógnita,
excepto para los venusianos, quienes no emitían a los otros planetas ningún mapa de su situación y
principales accidentes de su territorio. Starke sabía que se estaba acercando demasiado y de un
modo peligroso a las Montañas de la Blanca Nube. Era la parte más elevada de este planeta, que se
erguía hacia la estratosfera, y con gran atracción magnética, ésta con un radio de acción que se
extendía hasta Dios sabe dónde.
Pero todo parecía indicar que estaba alejado ya de las montañas, o al menos volando a gran
distancia por encima de ellas.
Ocurriera lo que ocurriera, él se había lanzado al espacio con el mayor y más potente aparato
que hasta el momento hubiera conocido la historia. Pilotaba un aparato que estaba valorado en un
millón de dólares. Apretó con fuerza los mandos que se hallaban bajo sus pies y cerró la boca
haciendo entrechocar los dientes en un signo de orgullo y valor. Pasaría mucho tiempo antes de que
nadie igualara esto.
Los indicadores de masa empezaron a agitarse con fuerza. De pronto y mostrándose al
principio como una forma vaga, las Montañas de la Blanca Nube aparecieron ante él como un muro
infranqueable. Starke verificó la posición de las naves espaciales que de pronto se dio cuenta que le
perseguían. No había medio de alejarse de ellas. Al fin dijo con decisión:
- ¡Como queráis, condenados! - y lanzó el Kallman hacia el espeso cielo azul.
Cuando volvió en sí, no tenía recuerdos muy claros de lo que había sucedido. Incontrolables
fuerzas magnéticas que siempre resultaban ser un azar en Venus, habían falseado totalmente las
indicaciones de sus aparatos de control. Se vio impulsado por una fuerza extraña hacia un lugar
indeterminado, y de pronto se dio cuenta de que estaba solo, con un millón de dólares como toda
pertenencia, pero solo en el espacio.
Allá abajo, en la oscuridad virginal, vio a su través un tenue reflejo, como si alguien hubiese
dado a aquel lugar una pincelada que más bien parecía de sangre. El Kallman se lanzaba en picado
hacia allí. El cuadro de control lanzaba chispas y pequeñas llamas azules, los turborreactores
estaban ardiendo y luego no quedó más que el silbido del aparato en su precipitada caída por el
espacio.
Hugh Starke lo abandonó todo, se sentó y esperó los acontecimientos que se desarrollarían
poco más tarde…
Antes de abrir los ojos, tuvo la impresión de que estaba muriendo. No sentía ningún dolor,
no sentía nada, pero sabía que aquella impresión era cierta. Se sentía como si hubiera perdido una
parte de sí mismo. Tenía la conciencia de que existía, pero como si su existencia se desarrollase
todavía en el espacio.
Abrió los párpados. Había un techo. Un techo que se extendía por todos lados y bastante
alto. Era de piedra negra con vetas serpenteantes de color rojo y ámbar. No recordaba haberlo visto
nunca con anterioridad.
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Cerró los ojos nuevamente, los apretó e hizo un gesto con la cabeza que más bien pareció de
alivio. Llevaba barba de varios días. Con los ojos entreabiertos vio que yacía en un lecho alto y bien
provisto de sedas y pieles curtidas. Su cuerpo estaba cubierto. Casi se alegró de no poderlo ver. Le
parecía que en aquellos momentos, no era lo más importante ver un cuerpo que ya nunca podría
valerse por sí mismo, y que al fin y al cabo no había sido de lo más bien hecho. Pero estaba
acostumbrado a él, y no quería verlo ahora, porque sabía que no lo vería del mismo modo que otras
veces.
Dirigió su vista hacia los pies de la cama y vio una mujer.
Estaba vigilándole desde una silla en cuyos brazos y respaldo se habían esculpido figuras o
tal vez pasajes de hechos célebres, y vestía una túnica de piel blanca como un copo de nieve. Ella
sonrió y dejó que él la mirara sin decirle nada. El pulso de Starke empezó a latir
desacompasadamente pero con debilidad.
Era alta y bien proporcionada, y las curvas de su cuerpo eran casi insolentes. Vestía aquella
túnica blanca que estaba sujeta a su cuerpo por una guirnalda de piedras preciosas, formando todo
su adorno. Su cara era alargada, con facciones muy finas que denotaban dificultad para penetrar en
sus pensamientos, y al mismo tiempo tenían vivacidad y alegría. Sus labios, sus ojos, y sus sedosos
cabellos que flotaban al aire, tenían la pálida serenidad de un agua marina.
Su piel era blanca, sin ningún tinte rosáceo. Sus hombros, sus brazos, la curva amplia de sus
caderas, el nacimiento de su erguido pecho, estaban salpicados de pequeñas partículas que brillaban
como polvo diamantino. Se movía lánguidamente bajo su túnica nevada, como si de un hada se
tratase. Una criatura con reflejos de plata, limpia y clara como las aguas de nieve.
Sus ojos no se separaban de los de Starke, y no eran humanos, pero sin embargo él sabía que
hubieran hecho impacto si él hubiera sido capaz de sentir algo en su cuerpo.
Hugh quiso decir algo, pero no tenía fuerza ni para mover la lengua. La mujer se inclinó
hacia delante, y como si su gesto hubiera sido una orden, cuatro hombres salieron de entre las
sombras que cubrían el muro. Eran como ella. Tenían los ojos extraños como los de la mujer.
Ella dijo en el líquido lenguaje venusiano:
- Tu cuerpo está muriendo. Pero tú no morirás. Ahora dormirás y te despertarás en un cuerpo
extraño y en lugar desconocido. No tengas miedo. Mi espíritu estará con el tuyo y te guiará, no
temas. No hay tiempo para que te pueda explicar, pero no tengas miedo.
Los ojos de la mujer parecían verter una fuerza invencible que se apoderaba poco a poco de
su voluntad y su cerebro. Parecían dos ríos deslizándose a través de los canales de sus propias
bóvedas oculares y cuyos efluvios se extendían sobre la torturada superficie de su cerebro. El
cerebro quedó relajado. Parecía que estuviese flotando sobre el agua, para luego las dos corrientes
convertirse en una sola, amplia y arrolladora, que se apoderaba de su espíritu, o el yo, y hacían que
ése se desvaneciera hasta llegar a perder la noción de vida.
Tardó mucho, mucho tiempo en recobrar el conocimiento. Le daba la impresión de que le
hubieran amasado y amazacotado todo su cuerpo y sus miembros uno a uno. Algo en su profundo
ser le decía que desde el primer momento que despertara y abriera los ojos, se tendría que arrepentir
de haberlo hecho. Lo tomó con calma y luchó por hacerse a la idea.
Recordaba su nombre, Hugh Starke. Recordaba las celdas de la Luna donde en cierta
ocasión estuvo a punto de morir. Nada tenían que envidiar estos momentos a aquellos otros.
Lo demás llegó rápidamente. El trabajo en las exploraciones terrestre-venusianas, el intento
de escapada que no lo fue, las Montañas de la Blanca Nube. Y luego el colapso contra aquel mundo
desconocido…
La mujer.
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Ahora recordaba… Su cerebro saltó de momento en ideas más claras. Luz, claridad,
presentimiento de existencia, una sensación desnuda de realidad que se extendía sobre él. Se
encontraba perfectamente con los ojos cerrados, y su imaginación no podía apartarse ni un
momento de la imagen de aquella mujer resplandeciente de pelo color verde mar y el sonido de
aquella voz que decía:
- No morirás; cuando despiertes te hallarás en un cuerpo extraño, no temas…
Abrió los ojos cautelosamente.
Vio un cuerpo que yacía a su lado sobre un montón de paja sucia. Era el suyo; se dio cuenta,
porque podía apreciar las punzadas que la paja le inferían.
Era un cuerpo poderoso, bien batido y lleno de músculos casi excesivamente desarrollados,
mucho mayor que el que había tenido anteriormente. A todas luces aquel cuerpo no había sufrido
nunca la miseria del hambre durante los veintitantos años de su vida. Estaba completamente
desnudo. El clima y la violencia había escrito su historia sobre él, como lo revelaban las señales y
cicatrices que se extendían aquí y allá, pero ningún miembro le faltaba. Tenía vello negro y fuerte
sobre el pecho, las piernas y los brazos, y sus manos tenían el aspecto pecaminoso de estar siempre
prestas para matar.
Era un cuerpo humano. Ya era algo. Había tantas otras cosas y cuerpos en que se podía
haber convertido y que no hubieran sido designados como humanos, en la nueva concepción racial.
Starke cerró los ojos nuevamente.
Los labios, que ya no eran los labios de Starke, se estrecharon en una ligera y cruel sonrisa.
Había estado durante seis meses en las criptas solitarias de la Luna. Si un hombre podía resistir
aquello y salir de allí sano y por su propio pie, podía resistirlo todo. Hasta esto.
Se le ocurrió pensar entonces que tal vez la mujer y los cuatro compañeros habían Evitado el
shock y la primera impresión postoperatoria por medio de sugestión hipnótica. Su subconsciente
comprendió y aceptó el cambio. Sólo la imaginación se resistía a la idea.
Hugh Starke imprecó a la mujer y sus compañeros en siete lenguas y otros dialectos
extraños. Estaba en un principio encolerizado al pensar que unos extraños pudiesen jugar con él de
aquel modo, pero luego pensó: ¡Qué demonios, estoy vivo y, al parecer, el cambio que me han
hecho no me ha ido tan mal!
Abrió los ojos de nuevo, poco a poco, como si temiese descubrir su nuevo mundo.
Se hallaba en uno de los extremos de una habitación de piedra, con dos líneas rectas de
pilares de madera, cortados de algún bosque venusiano. Había bancos y mesas. Algunas hogueras
habían estado ardiendo aquí y allá sobre lares de piedra, en el espacio que mediaba entre los pilares.
El humo que se alzaba había escondido o al menos confundía, una parte de la plata y bronce que
colgaba de los aparadores que pendían de los muros, y al mismo tiempo, ensombrecía el fulgor de
las espadas y las afiladas hojas que se extendían por doquier mezcladas entre trofeos.
Todo estaba muy tranquilo. En el exterior, en un lugar todavía impreciso, se llevaba a cabo
una pelea o escaramuza. Aparentemente era una lucha tenaz y pesada, pero aquel ruido no llegaba a
matar el silencio. Al contrario lo hacía todavía más profundo.
En la habitación había dos hombres, junto a Starke.
Estaban muy cerca de él. Uno de ellos sentado en una silla alta, inmóvil, con sus grandes
manos apoyadas sobre la mesa que había frente a él. El otro estaba acurrucado en el suelo. Tenía la
cabeza inclinada hacia delante, de tal modo que un mechón de pelo blanquecino escondía su cabeza.
Era un hombre pequeño, de aspecto sonrosado. Starke se volvió de nuevo hacia el hombre que
estaba sobre la silla.
El hombre habló en voz baja:
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Capítulo II
Una puerta se abrió de pronto en el otro extremo de la habitación. Una luz rojiza se extendió
por el suelo negro y entró un hombre. Era grande, medio desnudo, rubio y manchado de sangre.
Arrastraba la larga espada que sujetaba con una mano. Su pecho estaba abierto por una herida que
dejaba ver él hueso y que él cerraba con su mano libre.
- Un mensaje de Beudag - dijo -. Nos han hecho retroceder hasta la ciudad, pero por el
momento los mantenemos y nos hacemos fuertes en las puertas de la misma.
Nadie habló. El hombre pequeño movió en señal de asentimiento su blanca cabeza. El
guerrero de hendido pecho dio media vuelta y salió de nuevo cerrando tras él la puerta.
Un cambio repentino y muy peculiar se operó en Starke al oír mencionar el nombre de
Beudag. Nunca lo había oído anteriormente, pero quedó grabado en su imaginación como algo
peculiar, algo que le embargaba de emoción. No podía identificar la clase de sentimiento que le
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proporcionaba, pero lo cierto era que le había hecho olvidar al hombre ciego. El odio que momentos
antes había sentido se enfrió. Starke quedó relajado en una especie de tranquilidad relajada, helada,
que le hacía sentir el sopor de una serpiente cobra en plena digestión. No preguntó nada. Se limitó a
esperar a Beudag.
El hombre ciego golpeó con la mano sobre la mesa y se levantó.
- ¡Romna - gritó - dame mi espada!
El hombre pequeño le miró. Tenía los ojos lechosos y un rostro que recordaba al bulldog
guardián. Al fin respondió:
- No seas loco Faolan.
Faolan respondió a esto dejando resbalar las palabras entre sus dientes:
- Maldito seas… dame mi espada.
Los hombres morían al otro lado de la habitación y no morían en silencio. La piel de Faolan
estaba llena de sudor, un sudor de ansiedad que corría por todo su cuerpo. De pronto hizo un
movimiento brusco hacia Romna.
El hombre pequeño se dirigió hacia él. Había lágrimas en sus ojos pálidos. Dijo con rudeza:
- No podrás hacer nada. Siéntate.
- Ya encontraré el medio de hacer servir mi espada - respondió Faolan.
La voz de Romna se elevó hasta el punto de ser más que un grito un chillido y ordenó:
- ¡Cállate de una vez y siéntate!
Faolan se asió al borde de la mesa y se inclinó sobre ella. Temblaba y cerraba todavía más
las cuencas de los ojos, y sin embargo, las tibias lágrimas escapaban rodando por sus párpados. Su
acompañante se volvió e hizo vibrar el arpa hasta que sus cuerdas dejaron oír un estridente chillido.
Faolan respiró profundamente. Fue recuperándose lentamente dando vueltas alrededor de su
silla alta, y después se dirigió hacia Starke.
- Estás muy tranquilo, Conan - dijo -. ¿Qué es lo que ocurre? Deberías estar contento,
Conan. Deberías reírte y hacer sonar como cascabeles los anillos de tu cadena. Vas a tener lo que
querías. ¿O acaso estás triste porque ya no tienes imaginación ni inteligencia para comprender lo
que ocurre?
Se detuvo y fue palpando con la sandalia que cubría su pie hasta que encontró el muslo de
Starke. Starke se movió.
- Conan - continuó el ciego, oprimiendo el vientre de Starke con su pie -. Conan el perro, el
traidor, el carnicero, el del cuchillo en la espalda. ¿Te acuerdas de lo que le hiciste a Falga, Conan?
No, ahora no te acuerdas. He sido un poco brusco contigo y ahora ya no te acuerdas. Pero yo lo
recuerdo, yo sí que lo recuerdo. Mientras viva en la oscuridad lo recordaré.
Romna hizo vibrar nuevamente las cuerdas del arpa y éstas lanzaron al aire sonidos que eran
más bien lágrimas vivas en memoria de los hombres fuertes y valientes muertos a traición. Faolan
comenzó a temblar y todos los músculos de su cuerpo quedaron tensos. Los trazos de su rostro
parecían haber adquirido forma del mismo modo que el acero la adquiere bajo los efectos
constantes del martillo que lo golpea: como fulminado en lo más íntimo de su ser, cayó de rodillas.
Sus manos tocaron con nerviosismo los hombros de Starke, fueron resbalando hasta juntarse en la
garganta de Starke y allí apretaron con todas sus fuerzas.
Fuera, el sonido de la lucha parecía morir en la distancia para Starke.
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De pronto éste se movió con rapidez. Como si la hubiera visto anteriormente y hubiera
sabido el lugar exacto donde se encontraba, su mano se abalanzó sobre la pesada cadena y la ondeó
en el aire.
Parecía que iba a ser un golpe mortal. Starke deseaba con todo su corazón hacer saltar en dos
trozos la cabeza de Faolan. Al segundo intento consiguió alcanzar a Faolan en la parte posterior de
la cabeza. Este profirió un agudo quejido y cayó de un lado al mismo tiempo que Romna se
levantaba. Había dejado caer el arpa y sacó un cuchillo. Sus ojos refulgían de ira.
Starke se hizo a un lado. Después se fue hacia atrás ondeando la cadena de un modo temible.
Su nuevo cuerpo se movía con agilidad felina. En su exterior todo iba bien, pero en el, interior de su
cuerpo, las sensaciones neuróticas y las reacciones parecían haber estallado en una verdadera guerra
civil. Estaba malhumorado consigo mismo por no haber matado a Faolan y también lo estaba por
haber perdido el control y haber querido matar a un hombre sin razón suficiente. Odiaba a Faolan y
al mismo tiempo no le odiaba, porque algo en su interior le decía que no podía hacerlo, puesto que
no le conocía suficientemente. El cerebro calculador, lógico e impasible de Starke, contrastaba con
una serie de reacciones emocionales sin fundamento.
No se había dado cuenta de que sus actos no tenían fundamento, hasta que su mente
acostumbrada durante muchos años al más estricto control le impidió llegar a matar. De pronto
recordó la voz de la mujer que decía:
- Mi mente estará contigo, ella te guiará…
- Detente - gritó desesperado -. ¡No sigas, detente…!
Por un Instante la vio de nuevo inclinada hacia delante, con su cabello que reposaba sedoso
sobre sus maravillosos hombros. Sus ojos no podían ocultar un brillo burlesco y de provocativa
admiración. Starke la oyó decir:
- Quizás no tengas otra oportunidad Hugh Starke. Ellos conocen a Conan aunque tú no le
conozcas. Además, no tiene mucha Importancia que así sea. El fin será el mismo para todos ellos,
no es más que una cuestión de tiempo. Tú puedes salvar tu nuevo cuerpo o no, como quieras -
después sonrió -. Me gustaría que lo hicieras. Es un bello cuerpo. Lo conocí antes de que la mente
de Conan desapareciera y dejara el cuerpo vacío.
Un súbito pensamiento ocupó la mente de Starke:
- Mi aparato, con el millón de dólares que se me tenían confiados.
- Ve a buscarlos - respondió ella, al mismo tiempo que desaparecía. Cuando ella ya no
estaba allí, la mente de Starke estaba limpia sin nada ni ningún pensamiento extraño que la
enturbiase. Faolan seguía tendido en el suelo sujetándose la cabeza con ambas manos. Después dijo:
- ¿Quién hablaba?
Romna el juglar estaba mirando. Se movieron sus labios con ánimo de decir algo, pero no
emitió ningún sonido.
Starke respondió:
- Yo hablaba. Yo, Hugh Starke. No soy Conan, ni nunca he oído hablar de Falga, y aplastaré
la cabeza al primero que se me acerque.
Faolan no se movió. Tenía la cabeza apoyada contra el suelo y su respiración se entrecortaba
en la garganta. Romna, el juglar, el bufón, lanzó al aire una lánguida historia de otros tiempos con
tal naturalidad, que parecía no estar pensando en ello. Starke les contemplaba.
Impulsadas por una fuerza violenta, las puertas del otro extremo de la habitación se abrieron
de par en par. El fulgor rojizo de la luz del día se extendió por la habitación y con ella una masa de
cuerpos ardientes por la lucha y que traían un olor casi extraño para Starke, de sangre.
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Starke sintió cómo el corazón se encogía bajo el fornido pecho de Conan, al ver la figura de
quien encabezaba aquella comitiva.
Romna gritó:
- ¡Beudag!
Era alta. Toda ella era fuerte como una leona y caminaba con una arrogancia sin par, y su
pelo era como una llama de fuego. Tenía los ojos azules ardientes y brillantes como los había tenido
Faolan seguramente en otro tiempo. Se parecía a Faolan. Vestía como él, con una túnica de cuero y
sandalias y con su magnífico cuerpo desnudo por encima del talle. Llevaba una larga espada con
ella a la espalda, cuya empuñadura asomaba por encima del hombro izquierdo. La había usado. Su
piel estaba cubierta de sangre y sudor. Tenía una larga herida en el muslo y otra por encima del
vientre, y aunque quería disimularlo, la amargura que sentía era una carga pesada para ella en
aquellos momentos.
- Les hemos detenido Faolan - dijo al fin -. No pueden llegar hasta las puertas de la ciudad y
podemos mantenernos en Crom Dhu mientras tengamos comida. Y el mar nos alimenta - se echó a
reír pero no podía sin embargo disimular cuanto quería -. Cielos, estoy cansada.
Después se detuvo al lado de uno de los pilares. Fue recorriendo con su mirada cuanto tenía
delante, y pasando por el cuerpo de Faolan, llegó hasta Romna, para al fin elevarla al cuerpo de
Starke, donde se detuvo.
El pulso latió con fuerza en Starke, aunque esta vez su cuerpo se sentía fuerte, pero el pulso
continuaba latiendo como si del redoble de un tambor se tratara.
Romna dijo:
- Ha recuperado la mente.
Hubo un largo y pesado silencio. Nadie de los presentes se movía. Después los hombres que
hasta el momento habían permanecido a la espalda de Beudag, todos fornidos guerreros, empezaron
a acercarse a los pilares, hablando en voz baja los unos a los otros, hasta que todo se convirtió en un
sólo murmullo. Faolan se levantó, se puso frente a ellos y les conminó para que callaran.
- ¡Me pertenece a mí! Dejadle tranquilo. Beudag se acercó con un movimiento gracioso y a
la vez inquieto:
- No es posible - susurró -. Exterminaron su cerebro por medio de la tortura. Desde entonces
no fue más que un ser irracional incapaz Incluso de alimentarse por sí mismo. Y ahora, de pronto,
¿decís que es normal otra vez?
Starke dijo:
- Ya sabes que soy normal. Puedes verlo en mis ojos.
- Sí.
No le gustó a Starke el modo que ella tuvo de asentir a su proposición.
- Escucha, mi nombre es Hugh Starke. Soy un terrestre. No es el cerebro de Conan que ha
vuelto. Es otro cerebro. Se me transfiguró con este nuevo cuerpo. Lo que él hiciera antes de que me
transplantaran a él, no lo sé, ni soy responsable de ello.
Faolan dijo:
- No recuerda a Falga. No recuerda los barcos en el fondo del mar - y tras esto rió con fuerza
y burla.
Romna agregó tranquilamente:
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- Pero sin embargo, no te mató. Lo podía haber hecho fácilmente. ¿Te hubiera perdonado
Conan de ese modo?
Beudag interfirió:
- Sí, lo hubiera hecho, si hubiera tenido un plan mejor. El cerebro de Conan era como el de
una culebra. Se arrastraba por la oscuridad y nunca se sabía dónde iba a hacer presa.
Starke empezó a contarles cómo había ocurrido todo, con la cadena balanceándose de modo
despreocupado en su mano. Mientras hablaba vio sobre un pulido estante que colgaba de un pilar un
rostro. Más que nada, era una masa de pelo anudada montada sobre el esqueleto de un largo y
enjuto hueso. La boca era sensual, con una especie de risa burlona sobre ella. Los ojos amarillos.
Ojos brillantes y crueles de un asesino.
Starke se percató con horror, que el rostro que veía allí era el suyo.
- Una mujer con pelo color verde mar… - susurró Beudag.
- Rann - intervino Faolan, mientras el arpa de Romna lanzó un grito estridente.
- Su pueblo tiene este poder - siguió Romna -. Son capaces de apoderarse del alma del ser
más extraño.
- Son muchos los poderes y facultades que poseen. Quizás Rann siguió el espíritu de Conan,
donde quiera que fuese, y le indicó lo que debería decir, y luego le trajo de nuevo…
- Escucha - intervino Starke malhumorado -. Yo no pedí…
De pronto, con la mayor sorpresa para todos y con brusco movimiento, Romna arrebató la
espada de Beudag y la arrojó sobre Starke.
Starke hizo una finta para librarse del ataque. Miró a Romna con ojos plenos de ira.
- De acuerdo. Encadenadme de modo que no pueda luchar y matadme desde lejos.
No recogió la espada. Nunca se había servido de una. La cadena que le tenía apresado le
parecía mejor, no habiendo mucha diferencia entre ella y un pesado cinturón que en ocasiones había
podido manejar. La ondeó en el aire.
- ¿Ese es Conan? - preguntó Romna. Faolan se apresuró a preguntar:
- ¿Qué ha ocurrido?
- Romna arrojó mi espada a Conan. La esquivó y no la recogió del suelo - los ojos de
Beudag se estrecharon -. Conan podía apresar una espada en el aire cogiéndola por la empuñadura,
y era el mejor luchador de todo el Mar Rojo, a excepción de ti, Faolan.
- Intenta engañarnos. Rann le guía.
- Al diablo con Rann - Starke hizo restallar su cadena -. Ella lo que quiere es que os mate a
los dos y todavía no sé por qué. Ya lo sé, podría haber matado con toda facilidad a Faolan, pero no
soy un asesino. Nunca maté a nadie si no fue para salvar mi vida. Sin embargo, no le maté a pesar
de Rann y no quiero saber nada de vosotros ni de Rann tampoco. ¡Todo cuanto deseo es marchar de
aquí!
Beudag dijo:
- Su acento no es de Conan. Su modo de mirar es distinto también. En su voz hay una nota
extraña.
Romna la miró. Hizo pulsar unas cuantas cuerdas de su arpa y dijo:
- Hay un medio por el que podrás estar segura de si es Conan o no.
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Como si la luz hubiera llegado a su imaginación de pronto, Beudag sonrió. Romna se hizo a
un lado para dejarle paso. Sus ojos brillaban con una sonrisa maliciosa.
Beudag continuaba sonriendo como si de un felino se tratase, mostrando los dientes pero sin
humor en la expresión. Con aire resoluto caminó hacia Starke, la cabeza erguida, las manos vacías
apoyadas en los costados. Starke se irguió, pero notó cómo la sangre le saltaba en las venas.
Beudag le besó.
Starke dejó caer la cadena. Tenía algo mejor que hacer que sujetar la cadena en sus manos.
Al cabo de cierto tiempo, él levantó la cabeza para respirar y ella dio un paso atrás
susurrando:
- No es Conan.
Todos los presentes presenciaron la escena con emoción puesto que estaban seguros de que
ella daría la respuesta exacta sobre el tema que estaban deliberando. Al llegar a la altura de todos
ellos volvió a susurrar profundamente y como si todas las ideas hubieran desaparecido de su
imaginación.
- No, no es Conan.
Capítulo III
Se habían ido todos de la habitación. Starke se había lavado y afeitado. No tenía mal aspecto
su nuevo rostro. Al contrario, lo tenía muy bueno y era totalmente desconocido en todo el Sistema.
Continuaba encadenado pero le habían limpiado la paja, o mejor, sustituido por otra en buen
estado y vestía una túnica de cuero y un par de sandalias. Faolan estaba sentado en la alta silla
entretenido con una vasija de vino. Beudag estaba tendida sobre un tapiz de pieles a su lado. Romna
con las piernas entrecruzadas sobre el suelo, con los ojos medio dormidos y resbalando el dedo por
su arpa que lanzaba una melodía imprecisa y sedante.
- Este hombre dice la verdad - comentaba Romna -. Pero hay otro espíritu que le persigue y
acucia, el de Rann. No te fíes de él.
Faolan respondió:
- Yo no confiaría ni en uno de los dioses puesto en el cuerpo de Conan.
Starke dijo:
- ¿Pero qué es todo esto? Toda una lucha en el exterior y esa condenada Rann intentando
meter un asesino en el interior. ¿Y qué ocurrió en Falga? Nunca oí en todo el océano citar un lugar
llamado Falga.
El bufón separó las manos de las cuerdas:
- Yo te lo explicaré Hugh Starke. Y entonces tal vez sientas horror de estar en el cuerpo en
que hoy te encuentras.
Starke hizo una mueca. Luego miró a Beudag. Ella le estaba mirando con una intensidad que
sorprendió a Starke, a través de sus párpados bajos. La expresión de Starke cambió. ¡Separarse de
su cuerpo! ¡Era un cuerpo! El juglar dijo:
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- Al principio en el Mar Rojo, hubo una raza de gentes que tenían aletas y escamas. Eran
anfibios, pero al cabo de un tiempo hubo una parte de los de su raza que quiso quedarse para
siempre en tierra. Hubo una disputa, una batalla y algunos de ellos, abandonaron el mar para
siempre, se establecieron tierra adentro. Con el tiempo, perdieron sus aletas y tenían un gran poder
mental y amaban lo concerniente al mandato por telepatía. Subyugaron bajo estos principios a razas
humanas y las redujeron a la esclavitud. Odiaban a sus hermanos que todavía vivían en el mar y sus
hermanos les odiaban a ellos.
«Al cabo de un tiempo llegó otro pueblo al Mar Rojo. Eran ladrones procedentes del Norte.
Asaltaron y robaron Cuanto pudieron. Se establecieron en Crom Dhu, la Piedra Negra, y
construyeron barcos e hicieron pagar diezmos y primicias a las ciudades fronterizas.
»Pero el pueblo esclavo no quería luchar contra los ladrones. Querían luchar con ellos y
destruir a los del mar. Los ladrones eran humanos y la sangre tira a la sangre. Y así y a través del
tiempo, ha llegado el momento en que todos quieren dejar de ser guerreros para convertirse en
constructores de su propia nación.
Así pues, los asaltadores, los del mar, y los esclavos, estos últimos estaban atrapados entre
los otros dos comenzaron su lucha por la tierra.
Había una mujer llamada Rann que tenía el pelo color verde mar y gran belleza, y poseía el
espíritu de los del mar. Había un hombre llamado Faolan el de los Barcos, y su hermana Beudag. Y
había un hombre llamado Conan.
El arpa dejó oír unos lamentos a guisa de intermedio, como si el juglar tuviese que recordar
la historia.
- Conan era - continuó - un gran luchador y un buen amante. Estaba a las órdenes de Faolan
y Beudag le amaba, y eran felices. Después Conan fue hecho prisionero por las tribus del mar en
una escaramuza y Rann le vio… Y él vio a Rann.
Hugh Starke tenía un ligero recuerdo de Rann, cuando sonriendo le decía con voz vibrante:
- Es un buen cuerpo, yo lo conocí antes…
Los ojos de Beudag eran como dos piedras de vitriolo azul bajo sus párpados.
- Conan permaneció bastante tiempo en Falga con Rann la del Mar Rojo. Luego volvió a
Crom Dhu, y dijo que había escapado y que había descubierto un medio para introducirse en la
bahía de Falga, por la parte posterior de la flota de Rann y que desde allí sería fácil apoderarse de la
ciudad y de Rann con ella. Y Conan y Beudag estaban casados.
Los ojos de Starke se dirigieron hacia Beudag, que continuaba estirada como una joven
leona llena de poder y belleza. De pronto cambió un poco su color. Su mirada se perdió en el
infinito.
- Así pues - continuaba el juglar - el gran barco salió de Crom Dhu hacia el Mar Rojo. Y
Conan les condujo a una emboscada en Falga, y más de la mitad de los componentes de la
expedición se ahogaron. Conan pensó que su barco estaba libre de las manos de quienes había
vencido y que por tanto era poseedor de Rann y de todo cuanto ella le había prometido, pero Faolan
vio lo que ocurría y fue tras él. Lucharon y Conan golpeó con la espada la frente de Faolan y le
cegó; pero Conan perdió el combate y Beudag les trajo a los dos aquí.
»Conan fue encadenado desnudo en la plaza del mercado. La gente tenía mucho cuidado en
no matarle. De cuando en cuando, le hacían otras cosas peores. Al cabo de un tiempo enloqueció y
después quedó como el irracional más abyecto, y Faolan le trajo aquí y le tuvo encadenado, donde
pudiese oír el restallido de las cadenas, y cómo Conan las arrastraba. Esto le ayudaba a soportar la
oscuridad y hacerla más llevadera.
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»Pero después del asunto de Falga, las cosas fueron de mal en peor en Crom Dhu. Se
perdieron muchos hombres y muchos barcos. Ahora las gentes de Rann nos tienen aquí como en
una ratonera. No pueden entrar, pero tampoco nosotros podemos salir, y esto continuará así hasta
que… - el arpa volvió a sonar con uno de los tonos más agudos.
Tras transcurrir unos minutos, Starke dijo con cierta calma como si midiese sus palabras:
- Sí, ya comprendo. Asuntos personales. Y Rann pensó que si yo llegaba a matar a los
líderes, vuestras gentes se abandonarían a ella. - Y luego continuó como si discutiese consigo
mismo -: ¡Qué ardides más sucios y qué bajezas! Y quién le dijo a ella que se sirviese de mí… -
Hizo una pausa. Después de todo, pensó, ya estaría muerto. Y además un cuerpo nuevo. ¡Bah!, al
demonio con Rann. El no le había pedido que lo hiciera. Y aparte de todo, él no era ningún asesino
a sueldo. ¡Y además qué derecho tenía ella para imbuirle cosas que ni siquiera había pensado
nunca? Especialmente para hacérselas a alguien como Beudag.
De todos modos empezaba a pensar, que ojalá no hubiera visto nunca las naves terrestre-
venusianas, pues de ese modo no hubiera llegado nunca a ver las Montañas de la Blanca Nube.
Al parecer todo el mundo estaba esperando que dijera algo y por fin se decidió:
- Por regla general, cuando hay un encuentro como éste y la lucha no se decide por ninguno
de los dos bandos, se suele echar mano de un bando. ¿No hay nadie a quien se pueda pedir ayuda?
Faolan sacudió la cabeza con desesperación:
- El pueblo esclavo podría levantarse, pero no tienen brazos y no están acostumbrados a la
lucha. No harían más que hacerse asesinar y eso no nos ayudaría en nada.
- ¿Y esos otros que… esos que… las gentes que viven en el mar? ¿Y además qué es ese
mar? Unas radiaciones que se desprendían de él lanzaron mi nave a la deriva y me arrojaron aquí.
Beudag dijo perezosamente:
- No sé qué es eso. Los mares que nuestros antepasados navegaron, eran mares de agua, pero
éste es diferente. Flotará en sus aguas un barco si sabes cómo construirlo, muy delgado, con un
metal blanco que extraemos del pie de las colinas. Pero cuando se nada en él, es algo así como
nadar en una nube de burbujas. El entrechocar de esas burbujas parece que lance un sonido
metálico, y cuanto más profundizas en él, más extraño aparece ante tus ojos oscuro y lleno de fuego.
En ocasiones he permanecido en sus profundidades durante horas, cazando bestias que habitan
aquellos parajes.
Starke dijo:
- ¿Horas? Entonces tendréis trajes apropiados para bucear, ¿sino, qué es de lo que disponéis?
Ella movió la cabeza sonriendo:
- ¿Por qué te preocupas por eso? No hay ningún inconveniente en respirar en ese océano.
- Por todos los demonios - respondió Starke -. Quizá no comprendo nada, pero debe tratarse
de un gas pesado y radioactivo, con una presión atmosférica, lo suficiente denso como tensión
superficial para hacer flotar cualquier cuerpo y que contiene una gran cantidad de oxígeno sin
ninguna mezcla peligrosa. Entonces, ¿por qué no va alguien allí y trata de convencer a las gentes
que lo habitan para que os ayuden? Según dijisteis antes, son enemigos de la rama de la familia de
Rann.
- Sí, pero tampoco son amigos nuestros - intervino Faolan -. Nosotros estamos en la parte
sur del mar. Incluso en ocasiones hacen derivar nuestros barcos y se pierden en la inmensidad. - Su
boca dibujó un gesto de amargura que quería ser una sonrisa -. ¿Querrías ir tú para pedirles ayuda?
A Starke no le convencía el modo de hablar de Faolan, no le convencían aquellas
proposiciones.
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- Amé al hombre llamado Conan hasta que… - Contuvo la respiración y se acercó más. Puso
su mano sobre el brazo de Starke y aquel contacto hizo estremecer a Starke. La limpia y saludable
fragancia que se desprendía de ella penetraba intensamente en él. Los ojos de la mujer buscaron
ávidamente los de Starke.
- Si tales son los poderes de esa Rann, ¿no está dentro de lo posible que Conan se viese
forzado a hacer lo que hizo? ¿No sería posible que Rann se apoderase del espíritu de Conan y le
modelase a su capricho sin que él se apercibiese de ello?
- Quizás.
- Conan era amante de las peleas y ardiente en su temperamento, pero…
Starke dijo despacio:
- No creo que hubieras podido amarle si hubiera sido de otro modo.
La mano de Beudag continuaba apoyada en su antebrazo al tiempo que, mirando a Starke, se
puso a temblar y luego empezó a llorar silenciosamente. Starke la acercó delicadamente hacia él y
sus ojos brillaban a la luz de la bujía.
- Lágrimas de mujer - dijo ella con impaciencia al cabo de un momento. Intentó separarse de
él -. He estado combatiendo durante mucho tiempo y estoy cansada.
El dejó que se separara, pero no demasiado.
- ¿Todas las mujeres de Crom Dhu luchan como los hombres?
- Si lo desean sí. Siempre se ha sometido a votación. Pero después de ocurrir lo de Falga yo
tenía que luchar para no pensar - tocó el collar sobre el cuello de Starke.
Starke pensó en Conan en la plaza del mercado y le veía sacudiendo su cadena, arrastrándola
por la habitación de Faolan, y veía también en su imaginación a Beudag viendo aquellas escenas.
Sus dedos se apretaron y cerró los puños con fuerza. Luego volvió a abrir las manos y las pasó
suavemente por los brazos de la mujer y fue subiéndolas lentamente hasta llegar a sus torneados
hombros, para después acariciar su cuello. Ella llevaba el pelo suelto y podía sentir cómo su rojizo
pelo le quemaba las manos.
Ella susurró:
- Tú no me amas…
- No.
- Eres un hombre honesto, Hugh Starke.
- Y tú quieres que te bese.
- Sí. Bésame.
- Eres una mujer honesta Beudag.
Los labios de la muchacha estaban hambrientos, apasionados, salpicados por la amargura de
las lágrimas. Al cabo de unos instantes Hugh sopló y apagó la bujía…
- Yo podría amarte, Beudag.
- No del modo que yo quiero.
- Sí, del modo que tú quieres. Nunca dije esto a una mujer antes de ahora, pero tú tampoco
eres como ninguna mujer que haya visto antes. Y yo… yo soy un hombre diferente.
- Extraño… tan extraño… Conan y no eres Conan.
- Yo podría amarte Beudag, si viviera.
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Las cuerdas del arpa suspiraron en la oscuridad. Beudag se sorprendió, suspiró y se levantó
del tapiz de pieles. En un minuto encontró piedra y acero y encendió la bujía. Romna el juglar
estaba de pie junto a la cortina que servía de entrada a la habitación. Les contemplaba
tranquilamente.
De pronto dijo:
- Vas a dejarle marchar.
- Sí - respondió Beudag.
Romna asintió. No parecía sorprendido. Dio unos pasos por la habitación y dejó el arpa
sobre la mesa saliendo a otra habitación. En unos instantes volvió con una sierra metálica.
- Inclina tu cuello - ordenó a Starke.
El metal del collar era blando. Cuando lo hubo cortado, Starke introdujo sus dedos cerca de
los dos extremos y abrió lo que antes fuera anillo, sin muchos esfuerzos.
Su antiguo cuerpo no hubiera podido nunca hacer esto. Pensó que en realidad Rann no le
había castigado mucho. No, no mucho.
Se levantó mirando a Beudag. La cabeza de la muchacha estaba inclinada hacia delante con
el rostro velado por su resplandeciente pelo rojizo.
- Sólo hay un medio para salir de Crom Dhu - dijo ella -. Hay un pasadizo rocoso que
conduce a una bahía secreta, lo suficientemente amplia como para albergar una o dos
embarcaciones pequeñas. Quizás amparado por la noche y la niebla, puedas deslizarte a través de la
vigilancia de Rann, o tal vez puedas refugiarte en uno de sus barcos y de ese modo llegar a Falga. -
Cogió la bujía -. Te conduciré.
- Espera - respondió Starke -. ¿Y tú qué vas a hacer?
Ella le miró sorprendida.
- Yo como es lógico me quedo.
El la miró fijamente a los ojos:
- Va a ser muy difícil que nos podamos conocer, de este modo.
- Tú no puedes quedarte aquí, Hugh Starke. La gente se abalanzaría sobre ti y te destrozaría
desde el primer momento que salieses a la calle. Hasta llegarían a asaltar nuestra residencia para
poder hacerse contigo. Mira allí. - Dejó a un lado la bujía y le condujo hacia una estrecha ventana,
separando la cortina que la cubría.
- Allí - continuó Beudag - está lo que podríamos llamar la tierra de todos. Crom Dhu está
conectada a ella por una lengua rocosa. Los pueblos del mar tienen las tierras que se extienden a su
lado, pero nosotros podremos permanecer sobre ese puente rocoso mientras vivamos. Tenemos agua
y alimento suficiente procedente del mar. Pero no hay tierras de cultivo ni ganados en Crom Dhu.
Dentro de poco tiempo estaremos desnudos, sin cueros ni otros materiales que nos sirvan de abrigo
y padeceremos enfermedades, si no tenemos grano ni frutos. Estamos vencidos a menos que Dios
haga un milagro, y estamos vencidos como consecuencia de lo que ocurrió en Falga. Ya puedes
imaginar lo que siente el pueblo.
Starke miró las oscuras calles y las casas silenciosas apoyadas las unas contra las otras, con
sus débiles luces luchando contra la niebla.
- Sí - respondió - ya me doy cuenta.
- Además, está Faolan. No sé todavía si cree tu versión. Ni sé si le interesa mucho.
Starke asintió:
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El pasadizo conducía a una puerta de madera, profundizando en la roca, sin dejar entrever
por sus lados otros pasadizos o derivaciones del mismo. En algunos trechos había escaleras. El final
del pasadizo parecía una pequeña caverna de piedra negra. Beudag dejó la bujía a un lado.
Había dos pequeñas embarcaciones atadas a unos anillos incrustados en la pared. Estaban
construidas con un metal muy ligero y dos remos se hallaban apoyados en la pared. Beudag los
metió en el bote más próximo. Luego se volvió hacia Starke. Romna desapareció entre las sombras
de la boca del túnel.
Beudag dijo tranquilamente:
- Adiós hombre sin nombre.
- ¿Tiene que ser adiós?
- Ahora yo soy el jefe, puesto que tengo que reemplazar a Faolan. Además es mi pueblo -
Sus dedos se apretaron contra las muñecas de Starke. - Si pudieras… - Sus ojos parecieron adquirir
un destello de esperanza, después bajó la cabeza y dijo: - Me olvidaba de que no eres uno de los
nuestros. Adiós.
- Adiós Beudag.
Starke la rodeó con sus brazos y encontró su boca. Los brazos de la muchacha le apretaban
también con fuerza, con los ojos entornados y soñadores. Las manos de Starke se deslizaron hacia
arriba, hasta la garganta y apretaron con fuerza.
Ella se echó hacia atrás, con el cuerpo curvado y tenso como el acero. Por un momento hubo
fuego en sus ojos mientras miraba los de Starke. Sus dedos apretaron con fuerza sobre los centros
nerviosos vitales y la cabeza de Beudag cayó pesadamente hacia delante, en el momento que
Romna cayó sobre la espalda de Starke con la punta del cuchillo sobre su garganta.
Starke le cogió por la muñeca y apartó el cuchillo de su cuello. La sangre corrió por su
pecho, pero la herida no había afectado la arteria. Se retiró hacia atrás sobre la roca. Romna no pudo
separarse a tiempo pero no soltó el cuchillo. Starke rodó por la piedra con él. El juglar no era
enemigo para él: Era fuerte y ágil, pero la potencia y talla de Starke le superaba enormemente.
Starke podía recordar los días en que el juglar no le hubiera parecido pequeño. Golpeó con el puño
con todas sus fuerzas sobre la barbilla de Romna. La cabeza chocó con fuerza con la piedra. Soltó el
cuchillo. La lucha parecía haber acabado. Starke se levantó. Estaba sudando y respiraba
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pesadamente y no a causa del esfuerzo. Sentía su boca llena de saliva como la de un perro y sus ojos
amarillos tenían una mirada extraña.
Volvió hacia Beudag.
Estaba tumbada de espaldas sobre la roca negra. Starke se puso de rodillas sobre su cuerpo y
con todo su peso ahogaba la respiración de la muchacha. La miró. El sudor corría por su rostro y
cogió su garganta entre sus manos nuevamente.
Veía las venas que se marcaban sobre la pálida frente y cómo aquellos labios que antes había
besado se amorataban. Ella se defendió un poco, pero sin fuerzas, como alguien que se mueve en un
sueño. Starke respiraba pesadamente.
Luego, gradualmente, su cuerpo fue tomando rigidez. Sus manos quedaban heladas sin
relajar su esfuerzo, pero sin aumentarlo tampoco. Sus ojos amarillos se abrieron de par en par. Era
algo como si intentara ver el rostro de Beudag y que éste estuviera escondido por densas nubes.
Tras él, en el túnel, se percibía el susurro de unas sandalias que se arrastraban Teniente sobre
la roca. Starke no oía.
Sus manos empezaron a abrirse. Los músculos de sus brazos y hombros parecían cuerdas
rígidas corno si hubiese estado removiendo grandes pesos. Se mordía los labios. Inclinó el rostro y
el sudor resbaló por su cara cayendo sobre el pecho de Beudag.
En esos momentos Starke apenas ya rozaba el cuello de Beudag y ella comenzó a respirar
pesadamente.
Starke se echó a reír. No era una risa agradable.
- Rann - susurró ¡Rann, diablesa!
Casi cayó al separarse de Beudag, y cuando se puso en pie fue a apoyarse contra el muro. Se
movía convulsivamente.
- No hice uso de tu odio para matar, pero lograste hacerlo de mi pasión.
Estuvo insultándola, con un susurro silbante. Nunca hasta aquel momento había insultado a
nadie de aquel modo. Oyó el eco de una risa que bailaba en su cerebro.
Starke se volvió. Faolan estaba de pie en la boca del túnel, e inclinaba la cabeza escuchando
con sus oscuros ojos negros fijos en Starke como si le viese.
Faolan dijo en voz baja:
- Te oigo, Starke. Y oigo la respiración de los otros, pero no hablan.
- Ellos están bien. Yo no quise…
Faolan sonrió. Se adelantó, dejando el estrecho pasadizo. Sabía adónde iba y su sonrisa no
era agradable precisamente.
- Ví vuestros pasos por el túnel cuando pasasteis cerca de mí habitación. Sabía que Beudag
te conducía, y dónde, y por qué. Hubiera llegado aquí antes, pero es un camino muy difícil para
hacerlo entre tinieblas.
La bujía estaba entre ambos y sintió su calor cerca de su pierna. Se detuvo para cogerla, pero
sólo consiguió tirarla al suelo y todo quedó en la oscuridad. Muy oscuro. Sólo un tenue reflejo del
océano penetraba por la boca de la caverna.
Presintiendo que ya todo había quedado en la oscuridad, dijo sin perder la calma:
- No importa. De nada me hubiera servido. Lo importante es que haya llegado a tiempo.
- Faolan…
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- Te quería a solas. En esta noche te quería a solas. Beudag lucha en mi lugar, Conan. Mi
memoria necesitaba pruebas.
Starke miró a su alrededor midiendo la distancia que le separaba del bote. No quería luchar
contra Faolan. En su lugar hubiera experimentado los mismos sentimientos. Starke lo comprendía
perfectamente. No odiaba a Faolan, no quería matarle pero temía el poder de Rann, cuando aquélla
se apoderaba del control de sus emociones. Starke no se perdonaría nunca si matara a alguien sólo
por dar gusto a Rann.
Se movió con todo sigilo, pasando ante Faolan y tratando de alcanzar la embarcación.
Faolan no parecía oírle. Starke no respiraba. Sus sandalias se posaban con más suavidad que copos
de nieve.
De pronto la mano de Faolan se extendió y fue a tocar el pelo negro de Starke. El ciego se
echó a reír y apretó con fuerza.
Starke se dejó caer al suelo. Quería liberarse cuanto antes y salir de allí. Pero Faolan era
rápido y se abalanzó sobre Starke. Era de talla superior a la de éste, de más peso, y la oscuridad no
le importaba.
Starke apretó los dientes con rabia. ¡Había que darse prisa y salir de allí! Si no era así,
aquella gata de ojos verdes…
El golpe brutal de Faolan le tiró al suelo nuevamente. El brazo del ciego aplastaba su cuello
y con el otro puño castigaba sin compasión el vientre de su enemigo. Starke consiguió liberarse al
fin de aquella situación.
Había luchado en muchos sitios. Había aprendido de los guerreros marcianos las defensas y
contraataques más temibles y los ardides más expeditivos y todas las trampas y suciedades de los
hombres Nahalí de ojos rojos, pero ahora no hizo uso de su cuchillo, empleó las rodillas, los pies,
los codos, sus manos y sus puños. Era un combate magnífico. Faolan era un gran luchador, pero
Starke sabía más.
Un golpe más, pensaba Starke. Un golpe más y estará fuera de combate. Se hizo hacia atrás
para conseguir aquel golpe decisivo, pero su talón tropezó con Romna que continuaba tendido en el
suelo. Perdió el equilibrio y Faolan atinó a alcanzarle de lleno con un golpe certero. Starke cayó
hacia atrás contra el muro de la caverna. Su cabeza chocó contra la roca y la luz fue desapareciendo
de su cerebro, comenzó a poner se pálido y a enfriarse y se perdió en las tinieblas.
Estaba cansado, terriblemente cansado. Le dolía mucho la cabeza. Quería descansar pero se
daba cuenta de que estaba sentado haciendo algo que le apremiaba sin saber por qué. Abrió los ojos.
Se hallaba sentado en el banco de una pequeña embarcación. El largo remo se sujetaba por
el centro a la barca y del extremo se asía con fuerza Starke, como si temiese que se le fuera a
escapar. La pala del remo se hundía con fuerza en el mar rojo, y allí donde tocaba el metal se
levantaba un chisporroteo de fuego plateado y partículas brillantes. La embarcación se movía con
rapidez a través de la niebla, a través de las profundidades de la tibia noche venusiana.
Beudag estaba tendida en el suelo frente a Starke. Estaba atada con tiras arrancadas de su
vestido. Unas huellas aparecían confusas en su garganta. Miraba a Starke con la intencionada y
perfecta expresión de una tigresa.
Starke se miró a sí mismo. Había sangre en su túnica y una mancha oscura sobre el pecho.
No era sangre suya. Sacó lentamente el cuchillo de su funda. La hoja estaba oscura y todavía
conservaba la humedad.
Starke miró a Beudag. Sentía los labios secos y enfebrecidos. Se los mordió y dijo:
- ¿Qué ha ocurrido?
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Capítulo IV
Una sombra se fue acercando hacia ellos entre la oscuridad de la noche y el rojo del mar. Era
un barco con dos series de pesados remos que hacían saltar chispas de fuego en su movimiento y
que llevaba la sombra de una silueta a bordo, que recordaba el cuerpo de una mujer. Una mujer con
pelo y ojos de agua marina, se acercó a la embarcación de Starke.
Una escalera de cuerda resbaló por el costado. Había hombres que se alineaban sobre la
barandilla, hombres fusiformes, con una piel que daba reflejos como polvo de nieve y el pelo de un
color que se confundía con la noche.
Uno de ellos dijo:
- Sube a bordo, Hugh Starke.
Starke volvió al remo. Lo azotó contra el mar haciendo que la embarcación describiese un
arco para acercarse al barco de Rann.
En las manos de los hombres aparecieron arcos y en las cuerdas de los arcos afiladas flechas
metálicas.
El hombre repitió nuevamente con cortesía:
- Sube a bordo.
Starke terminó de desatar a Beudag. No respondió. No parecía tener ninguna respuesta
adecuada en aquel momento. Permaneció atento sobre su embarcación mientras ella subía la
escalera, y luego la siguió. El barco quedó a la deriva. El barco de Rann dio media vuelta
recuperando velocidad.
Starke preguntó:
- ¿Adonde vamos?
El hombre sonrió al responder:
- A Falga.
Starke hizo un gesto como si de antemano hubiera comprendido la respuesta. Descendió con
Beudag a una cabina donde habían mullidos cojines cubiertos de seda y cuadros de madera negra
maravillosamente pintados con fantásticas escenas, que representaban el pasado del pueblo de
Rann. Se sentaron uno frente a otro pero manteniendo completo silencio.
Divisaron Falga al amanecer, una ciudad con arrecifes de basalto que se elevaban sobre el
rojo y ardiente mar, con un ancho brazo que dibujaba una bahía repleta de barcos. A lo lejos se
divisaban campos verdes y más allá, confundida entre las tinieblas de Venus, la Montaña de la
Blanca Nube. Starke deseó no haber visto nunca la Montaña de la Blanca Nube. Luego, mirándose
las manos largas y fuertes, apoyadas sobre sus caderas, se dijo que no estaba seguro de lo que
acababa de pensar. Pensó en Rann que estaría esperándole. La rabia y la incertidumbre se
confundieron en una violenta emoción que le dejó muy nervioso.
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Beudag estaba sentada tranquila esperando. Del largo barco empezaron a saltar las maromas,
a medida que se acercaba a un espacioso embarcadero. Los hombres se apresuraban por terminar las
faenas.
Starke y Beudag saltaron a tierra. Igual podían ser prisioneros que invitados de honor,
rodeados de una escolta de hombres que vinieron con ellos en el barco. Las oscuras calles dejaban
atrás la bahía, zigzagueando y subiendo hasta la cima de los arrecifes. A ambos lados había casas.
Había empezado a llover pero pese a ello una gran multitud se agolpaba a su alrededor.
Algo había de extraño en todo aquello. Al cabo de un rato Starke se dio cuenta de que todo
guardaba un gran silencio. Aquella horda humana, ni reía, ni cantaba ni chillaba. Ni siquiera los
niños emitían un susurro. Comenzó a sentirse enfermo. Había una mirada en aquellas gentes…
Miró a Beudag y continuaron.
El final de aquellas calles conducía a unas galerías excavadas sobre el arrecife y los
acompañantes de Starke les introdujeron por ellas. Fueron pasando de una a otra, y por algunos
resquicios se divisaba el mar abierto. Había la misma masa de gente, la misma rigidez y el mismo
silencio. Todos los ojos miraban con atención los pies que se movían descalzos furtivamente por la
piedra. Desde uno de los lados, un niño lloró tímidamente, pero al momento se vio acallada su
interrupción.
Terminaron saliendo a lo alto del arrecife, al aire libre. Había una ciudad con amplias calles
adornadas con árboles; pequeñas casas de piedra negra rodeadas de jardín donde salpicaban las
flores. Hombres y mujeres desnudos trabajaban en los Jardines o limpiaban de maleza y suciedad
las avenidas, o bien caminaban de prisa deslizándose furtivamente por las calles principales, para
desembocar en otras arterias menos importantes.
El grupo se alejó del mar dirigiéndose hacia el palacio de ébano que descansaba como una
corona por encima de la ciudad. La lluvia resbalaba sobre el cuerpo desnudo de Starke, y desde la
altura en que se hallaban, se podía percibir el olor del agua de lluvia a través del perfume de las
flores. Se podía oler a Venus en la lluvia, primitiva y salvaje, con una fecundidad gigantesca y con
flores de pasión en sus manos extendidas.
Entraron en el palacio de Rann.
Ella les recibió en la misma habitación donde condujeron a Starke tras el hundimiento de su
nave espacial. A través de la amplia arcada, Starke divisó el alto lecho donde su cuerpo descansó
antes de que la vida se fuese de sus miembros. Rann les contemplaba plácidamente desde un alto
cojín empotrado en el muro. Sus largas, torneadas y preciosas piernas se extendían sobre sus suaves
sedas negras. Llevaba en esta ocasión una túnica amarilla. Sus ojos eran como siempre verdosos,
vivos, secretos y peligrosos.
Starke dijo:
- De modo que conseguiste de mí lo que te habías propuesto.
- Y tú estás enojado - rió mostrando la blancura de sus dientes perfectamente afilados. Su
mirada se enfrentó a la de Starke. No había nada de casual en ello.
Beudag se mantenía como una estatua de bronce, con los brazos cruzados por debajo de su
desafiante y desnudo pecho. Dos de los guardias del palacio de Rann estaban atentos tras ella.
Starke se encaminó hacia Rann.
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Los guardias caminaban tras ella, pero ninguno mantenía un paso tan firme y resoluto como
Beudag.
- Bueno - dijo Rann cuando su enemiga hubo salido - ¿qué me cuentas de Hugh Starke
llamado Conan?
- ¿Qué voy a contar y qué puedo hacer?
- Yo siempre me guardo la última carta para mí.
- Entonces devuélvemela y deja que me vaya de aquí.
- ¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿Podrías quedarte un poco más?
- ¿Contigo?
Rann alzó los hombros con indiferencia:
- No te prometo la mitad de mi reino, ni parte de él, pero podrías pasártelo perfecta y
estupendamente.
- No tengo ningún sentido del humor.
- ¿Y ni siquiera quieres ver lo que le ocurre a Crom Dhu?
Starke se levantó y respondió malhumorado:
- Al demonio con Crom Dhu.
- Y Beudag.
- Y Beudag. - Se detuvo de pronto mirando los ojos de Rann que estaban inescrutables No.
Beudag, no. ¿Qué vas a hacer con ella?
- Nada.
- Nada. No me mientas.
- Te lo repito, nada. Cualquier cosa que hiciera yo, sería por deseo de su pueblo.
- ¿Qué quieres decir?
- Me refiero a que durante unos cuantos días descansará y estará bien alimentada y atendida.
Luego la embarcaré en mi propio barco y reuniré a toda la flota ante Crom Dhu. Beudag será
instalada confortablemente en el mástil mayor, de modo que su pueblo la pueda ver perfectamente.
Estará allí hasta que su pueblo se rinda y de su pueblo dependerá su permanencia en el mástil. Se le
dará poca agua pero la suficiente.
Starke la miró sorprendido durante algún tiempo y luego escupió deliberadamente sobre el
suelo diciendo con voz ronca:
- ¿Cuándo puedo salir de aquí?
Rann se echó a reír.
- Humanos - continuó - sois divertidos. Pienso que nunca llegaré a comprenderlos. -
Extendió la mano e hizo sonar un «gong» que se hallaba a su alcance. La nota profunda del «gong»
tenía algo de nostalgia y Rann se dejó caer nuevamente sobre el cojín de sedas y brocados,
suspirando.
- Adiós, Hugh Starke.
Hubo una pausa para luego repetir con pesar:
- Adiós, Conan.
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Hacía un tiempo espléndido sobre las aguas del Mar Rojo. Uno de los barcos de Rann les
había llevado hacia la parte sur dejándoles en una playa inhóspita bajo los arrecifes. Desde allí
dirigiéronse hacia una elevación rocosa del terreno. En el grupo iba Hugh Starke y cuatro arrogantes
guerreros de Rann. Hacían a la vez de guía y escolta. Eran corteses y no se oponían si Starke se
detenía, o bien por el contrario sentía como si el demonio espolease sus talones La única diferencia
era que ellos iban armados y él no.
De cuando en cuando, Starke sentía cómo el espíritu de Rann arañaba el suyo rozándole con
delicadeza, como si lo hiciera con la garra de un gato. Otras veces despertaba de sus sueños con la
imagen de aquella mujer en su imaginación, con los labios salpicados de burla y con una secreta
sonrisa. No le gustaba en absoluto.
Le gustaba menos esto que permanecer con ella directamente despierto o durmiendo. Sin
embargo, le tranquilizaba la imagen de la otra mujer.
- Se le dará agua - había dicho Rann - No mucha pero la suficiente.
A la quinta noche, uno de los hombres de Rann habló tranquilamente alrededor del fuego:
- Mañana - dijo - llegaremos al sendero.
Starke se levantó alejándose del grupo. Se sentó. La niebla rojiza le envolvía como un manto
de sangre. Pensó en la sangre que llevaba en el pecho de Beudag, el primer día que la vio. Pensó
también en la sangre de su cuchillo, ennegrecida y seca. En la sangre que había corrido en poco
tiempo en Crom Dhu. La niebla tenía que ser forzosamente roja, dedujo en sus pensamientos. De
entre todos los colores del universo tenía que ser roja forzosamente. Roja como el cabello de
Beudag.
Apretó con las manos sus sienes y deseó con todas sus fuerzas no haberse separado nunca de
su antiguo cuerpo. Tenía un espíritu mucho más terco, había dicho Rann. Sí, había tenido que ser
terco. Había sido siempre muy terco. Las pocas mujeres con quienes había tratado en su vida, así se
lo habían dicho. Pero con su antiguo cuerpo no había tenido nunca problemas.
Y ahora sin embargo los tenía.
Al día siguiente llegarían al sendero.
Agua. Le darían agua. No mucha pero lo suficiente.
Conan se levantó, se asió a un saliente de la roca y sus músculos se marcaron en su cuerpo
ostensiblemente.
- ¡Oh, Dios! - susurró - ¿qué es lo que me ocurre?
Amor.
No era Dios precisamente quien había respondido. Era Rann. La vio con toda nitidez en su
mente oyendo su voz como una campana de plata.
- Conan era un hombre como Hugh Starke. Lo tenía todo, cuerpo, corazón y cerebro. Sabía
cómo amar, y para él no había mujeres, sino una mujer cuyo nombre era Beudag. Yo le destruí, pero
no fue fácil. A ti no puedo destrozarte.
Starke se mantuvo de pie durante largo rato sin moverse, a no ser por los temblores que
azotaban su cuerpo.
Se volvió por el sendero rocoso, hacia el lugar donde habían acampado. Los cuatro hombres
que vestían el uniforme de las tropas de Rann, salieron de la oscuridad de la noche y le rodearon.
Las puntas de sus espadas brillaban con destellos plateados.
Starke no llevaba sobre él más que la túnica y las sandalias y un manto de espeso tejido que
le servía para protegerse de la lluvia.
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Los tres hombres parecían contentos de llevar a cabo su hazaña y tenían ahora más prisa por
llegar a su fin, abriendo sus aletas plateadas, y moviéndose con más agilidad y seguridad que antes.
Starke notaba cómo aquellas vibraciones repercutían en él, haciendo vibrar todas las libras
de su cuerpo.
Decidió moverse con más rapidez, no a causa de los sabuesos que le perseguían, sino porque
le pareció mejor obrar así. Aquel temblor de su carne le ponía nervioso y comenzó a respirar con
más fuerza, en parte a causa del esfuerzo y además a causa de la composición del aire.
Llegó a un lugar donde le pareció que la luz era más roja, de vivacidad, pero sabía que se
estaba acercando a la fuente de procedencia.
Vio un grupo compuesto por más de cien sabuesos plateados. Vio al jefe con el arpa
silenciosa entre sus manos.
El grupo se movía imperceptiblemente, lleno de fosforescencia.
Cien, doscientos guerreros aparecieron desde otros lugares, por parejas, uno por uno, o bien
en tupidos grupos. Todos ellos se movían en completo silencio, dejándose arrastrar por las plácidas
oleadas rojizas.
El jefe se puso en pie. Sus agudos ojos de verde agua marina encontraron los de Starke. Su
mano plateada se dirigió hacia las cuerdas del arpa y dio un golpe sobre ellas. La reverberación del
golpe se extendió y alcanzó a Starke en una sacudida. Aquel golpe le desarmó de la daga cristalina.
Sus ojos se llenaron de fuego. Perdió el control muscular. Quiso luchar, pero se sintió
impotente. Aquel jefe era uno de los de la tribu marina que había venido a verle y de un modo o de
otro lo conseguiría.
Starke se preguntaba si todos aquellos guerreros estaban muertos o vivos. Pero aún le
esperaba otra sorpresa.
Eran hombres de Rann. Hombres de Falga. Hombres plateados con ardiente pelo verde.
Hombres de Rann. Uno de ellos erraba sin dirección fija de un lado a otro, dejándose arrastrar de
una a otra ola. Parecía muerto.
¿Qué tenían que ver las tribus del mar con los guerreros de Falga?
Un grupo innumerable pasó junto a él lentamente y por un momento se sintió rodeado.
Algunos cuerpos le rozaron. Cuerpos fríos. Tuvo ganas de gritar, pero las cuerdas vocales se
contrajeron aunque en su imaginación tuvo eco el grito:
- ¿Estáis vivos hombres Falga?
No hubo respuesta. Les miraba a los ojos y nada podía deducir. Se habían olvidado de Falga.
Habían olvidado a Rann por quien tantas veces levantaron su espada. Sus lenguas balanceándose en
la boca no pedían otra cosa sino el sueño. Y lo estaban realizando.
El arpa habló y los hombres marinos obedecieron. Volvió a hablar y aquellos seres se
movieron inquietos como en una pesadilla. Los sonidos de un coro llegaron hasta Starke y Sus
manos se crisparon.
-…y la muerte volverá otra vez…
La música les acompañaba.
-…y los hombres de Rann se levantarán de nuevo, pero esta vez contra ella…
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Starke tuvo tiempo de sentir algo como un escalofrío, antes de que la corriente le
transportase. Un sordo murmullo de cuerpos moviéndose a la vez, se levantó a su lado, y la muerte,
los inmusculados guerreros de Falga, trataban de pasar junto a él, todos al mismo tiempo.
Capitulo V
Starke se quedó solo. Los guerreros de Falga se habían ido hacia un lugar subterráneo y se
desvanecieron. Después el jefe con el arpa y sus hombres plateados tras él, le condujeron hacia un
pasadizo que desembocaba en una amplia habitación redonda toda de piedra. A la altura del techo,
había peces que se movían continuamente de un lado a otro. Su brillante fulgor daba luz a la
habitación. Habían estado allí, reproduciéndose, comiendo y muriendo durante mil años, y
continuarían allí reproduciéndose y muriendo mil años más.
Los sonidos del arpa fueron muriendo hasta que sólo quedó de ellos un murmullo.
Starke tomó pie firme. La fuerza volvió a él.
Podía ver bien al hombre en el centro de la habitación. Muy bien.
El hombre se mecía entre las olas de fuego. Sus piernas estaban atadas con cadenas de
bronce para que no pudiera escapar. Su cuerpo lo pedía. Y flotaba.
Hacía mucho tiempo que había muerto. Debido a la descomposición se había convertido en
algo gaseoso y quería elevarse a la superficie del Mar Rojo. Las cadenas se lo impedían.
Era uno de los hombres de Faolan. Uno de aquellos que habían ido a Falga a causa de
Conan.
Se llamaba Geil.
Starke le recordaba. Lo que había en él de Conan recordaba aquel nombre.
Los labios muertos se movieron.
- Conan. Qué agradable sorpresa. Conan. Te doy la bienvenida.
Todo en aquel ser, incluso las palabras, reflejaban la muerte. Los labios se movieron
nuevamente.
- Fui a Falga para ti y Rann, Conan. ¿Recuerdas?
Parte de Starke lo recordaba y se conmovía con agonía.
- Estamos todos aquí, Conan. Todos los nuestros. Cley y Mannt y Bron y Aesur. ¿Recuerdas
a Aesur que doblaba los metales más duros con los dedos? Aesur está aquí, grande como un
monstruo marino, esperando en un nicho. Los seres marinos nos coleccionan. Nos coleccionan con
un propósito irónico. ¡Mira!
El dedo deshuesado se extendió en una dirección. Los ojos de Starke se desorbitaron. La
parte de él, que pertenecía a Conan, dio un grito. Conan tenía tanto de él y él tanto de Conan, que
era imposible la separación. Habían crecido juntos, como una perla en la arena crece junto a otra.
Starke gritó.
En la antesala de aquella habitación circular había más de mil hombres.
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En filas de cincuenta en fondo, pegados hombro con hombro. Los hombres de Crom Dhu
miraban con ojos de muerte a Starke. De cuando en cuando, un rostro se le hacía familiar. A su
memoria acudían, antiguos recuerdos que venían acompañados de nombres.
¡Bron! ¡Cley! ¡Aesur!
Todos ellos estaban encadenados como Geil. Geil susurró:
- Hemos hecho un pacto con los hombres de Falga.
Starke se echó hacia atrás.
- ¡Falga!
- En la muerte todos los hombres son iguales. - Le costó decirlo. No tenía prisa. Los cuerpos
muertos bajo el mar nunca tienen prisa. Mañana nos lanzaremos contra Crom Dhu.
- ¡Estáis locos! Crom Dhu es vuestra patria. Es la patria de Beudag y Faolan…
- Y… - interrumpió Geil - de Conan, ¿eh? - Se echó a reír. - Especialmente de Conan. Conan
que nos hundió en Falga…
Starke se Movió con rapidez. Nadie podía detenerle. En un momento arrancó el arma que
colgaba del cuerpo de Geil.
Fríamente, sin inmutarse, la voz de Geil se dejó oír:
- Mátame, despedázame. Me puedes dar la muerte que quieras. Hazme trizas. Haz de
carnicero. Un costado, una mano, el corazón. Y mientras lo haces te explicaré nuestro plan.
Lleno de cólera, Starke se abalanzó contra aquel extraño ser. Con ciega violencia le golpeó
repetidas veces, mientras el cuerpo atacado recibía Inmutable los golpes, diciendo al mismo tiempo
como la cosa más natural:
- Saldremos del mar para dirigirnos a las puertas de Crom Dhu. Romna y los otros mirarán,
nos reconocerán y nos abrirán las puertas de la ciudad de par en par para darnos la bienvenida.
¡Piensa en la sorpresa, Conan! En el momento en que Bron y Mannt y Aesur y yo y ¡tú mismo!, sí,
tú mismo, Conan, volvemos a Crom Dhu.
Starke vio como en un cuadro la perspectiva que le anticipaban. Se echó hacia atrás
buscando aire para respirar. Algo le ahogaba. Veía las heridas que su espada había causado en el
cuerpo de Geil. Era horrible y sin embargo su cuerpo seguía inmutable. Pensó en la felicidad, en la
emoción de Faolan y Romna, al ponerse en contacto con antiguos camaradas que volvían. Viejos
compañeros que hacía mucho tiempo que habían muerto y que volvían para ayudarles.
Con rabia incontenible, Starke lanzó un golpe mortal sobre su enemigo.
La cabeza de Geil separada del cuerpo, comenzó a flotar lentamente remontándose hasta el
techo. En su ascenso, tan pronto miraba al rostro de Starke como mostrábale la parte posterior de la
cabeza, continuó su discurso de pesadilla.
- Y entonces, una vez dentro de las puertas de la ciudad, ¿qué ocurrirá, Conan? ¿Te lo
imaginas? ¿Puedes imaginarte lo que haremos, Conan?
Starke miraba sin dirección fija, con la espada temblando en su mano. La voz de Geil se
volvió a oír de nuevo, aunque esta vez más lejos:
-…Mataremos a Faolan en su habitación. Morirá con la sorpresa dibujada en los labios. El
arpa de Romna la meteremos en sus propias entrañas. Los últimos latidos de su corazón pulsarán las
cuerdas que darán las notas más tristes. En cuanto a Beudag…
Starke intentó pensar en otra cosa, separar sus pensamientos de todo aquello. El cuerpo de
Geil ya no era nada digno de ver, pues se habla ensañado cuanto pudo con él.
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La cabeza de Geil descansaba como si estuviese suspendido del techo y, al verlo, Starke no
pudo reprimir un gesto de ansiedad y disgusto, al propio tiempo que decía:
- ¡Mataréis a vuestro propio pueblo!
La cabeza suspendida del techo respondió:
- ¿Nuestro pueblo? Pero si no tenemos pueblo. Ahora somos otra raza. La muerte.
Pertenecemos a la raza del fondo del mar.
Starke miró a su alrededor y luego al muro circular.
- De acuerdo - dijo, sin inflexión en su voz -. Ven. Donde quiera que estés escondido sal y
ven aquí. Ven y habla claro.
Como respuesta, una parte de las piedras que recubrían el muro cayó sin que por ello se
rompiera el silencio. Starke vio una mesa delgada de fino mármol negro. Seis figuras estaban
sentadas tras esa, sobre sillas esculpidas que parecían tronos.
Eran todos hombres, desnudos de medio cuerpo para arriba. El resto estaba recubierto de
una fina película. Miraron a Starke, sin reflejar en sus gestos ni odio ni curiosidad. Uno de ellos
llevaba consigo un arpa. Era el que le había introducido en aquel recinto. Distraídamente pulsaba
las cuerdas con sus dedos y éstas emitían un sonido claro.
Aquel hombre detuvo el impulso que Starke se había dado para dirigirse hacia ellos con un
fuerte y agudo sonido del arpa.
El arma que tenía en sus manos teñida de rojo por la sangre de Geil, le cayó de las manos.
El hombre comenzó a hablar:
- ¿Y luego? - dijo, como si continuara la conversación de Geil.
- Luego conduciremos a los guerreros muertos de Rann hacia Falga. Allí, la gente de Rann,
viendo a los guerreros, se sentirán muy contentos, casi con una alegría histérica de ver nuevamente
a sus amigos y parientes que vuelven. Entonces entraremos en las defensas de Falga, y la muerte
entrará con nosotros, disfrazada de resurrección.
Starke asintió despacio, llevándose una mano a la mejilla:
- A esto en la Tierra le llamamos sicología. Buena sicología. ¿Pero conseguiréis engañar a
Rann?
- Rann estará con los barcos en Crom Dhu. Mientras ella no esté, la población inocente se
dejará caer en las manos de los guerreros perdidos, con todo contento. El jefe parecía divertido con
la explicación que estaba dando. Parecía un joven de diecisiete años. Pero Starke no sabía la verdad,
pues aquel joven tenía al menos dos centurias. Así es como se vive, y así se tiene el aspecto cuando
se está bajo las aguas del Mar Rojo. Había algo en sus emanaciones que conservaba la juventud.
Starke entrecerró los ojos y dijo pensativamente:
- Lo tenéis todo muy bien preparado. Ganaréis la partida. ¿Pero qué significa Crom Dhu
para vosotros? ¿Por qué no os limitáis a atacar, a Rann? Ella que es una de los vuestros, la odiáis
más que a las gentes de Faolan. Sus antepasados abandonaron el mar para vivir en la tierra firme y
nunca habéis olvidado esta injuria…
El Jefe se encogió de hombros:
- En realidad no sentimos odio, verdadero odio, por Crom Dhu. Únicamente que son por
naturaleza gentes de tierra, que poseen barcos y les gusta la guerra. Quizá un día les gustaría
intentar el atacar nuestros territorios bajo el mar…
Starke extendió la mano:
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- Nosotros también estamos luchando contra Rann. ¡No olvidéis que estamos de vuestra
parte!
- Pero nosotros no estamos del lado de nadie, excepto del nuestro. De modo, que bienvenida
la armada que quiera atacar a Crom Dhu.
- Veo que no hay nada que os haga retroceder en vuestros planes.
- No. Lo hemos pensado mucho. Hemos trabajado en ello mucho tiempo preparando nuestro
plan y perfeccionándolo. Nosotros no valemos mucho fuera del agua. Necesitábamos cuerpos que
pudieran hacer nuestras veces y nuestro trabajo. Así que, cada vez que Faolan perdía un barco, o lo
perdía Rann, nosotros nos manteníamos a la espera con nuestros sabuesos plateados. Recogíamos
todo lo aprovechable. Esperamos hasta tener suficientes guerreros de cada bando. Ellos lucharán
por nosotros, aunque por poco tiempo. La fuente de energía les dará un aspecto de vida. Una
momentánea habilidad eléctrica que les encaminará hacia el combate, pero una vez fuera del agua,
no durarán más de media hora, aunque será tiempo suficiente, una vez las puertas de Crom Dhu y
Falga estén abiertas.
Starke dijo:
- Rann encontrará algún medio de zafarse de vosotros. Id, primero sobre ella y atacad Crom
Dhu al día siguiente.
Los de la mesa deliberaron:
- Pretendes engañarnos, si bien reconocemos que tu proposición tiene sentido. Rann es más
importante. De modo que primero caeremos sobre Falga y de esa manera tendréis un poco más de
tiempo para confiar en falsas esperanzas.
Starke se sintió mal nuevamente. La habitación le daba vueltas.
Suavemente, con entera delicadeza, Rann se apoderó de su espíritu nuevamente. Sus ojos de
agua marina reflejaban deseo e incertidumbre.
- Hugh Starke, ¿estás de parte de los del mar?
Su voz era suave. El sacudió la cabeza.
- Dime Hugh Starke, ¿por qué formas un complot contra Falga?
El no respondió. No pensaba en nada y cerró los ojos.
Las uñas de Rann arañaron en su cerebro.
- ¡Dímelo!
Rann reía sarcásticamente, acercándose más y más, hasta que el cerebro de Starke se llenó
del maravilloso cuerpo de Rann.
- No respondes. De acuerdo. Yo te di el cuerpo de Conan. Ahora te lo quitaré.
Miró a Starke de un modo extraño, con un rictus sensual en sus labios y mostrando sus
afilados y nacarados dientes:
- ¡Vuelve a tu antiguo cuerpo! ¡Vuelve a tu antiguo cuerpo, Hugh Starke! - y continuó:
¡Vuelve! ¡Deja a Conan en su imbecilidad! ¡Vuelve a tu antiguo cuerpo!
El miedo le inundó y estaba temblando. Se podía luchar contra un hombre con una espada,
pero cómo se podía luchar contra alguien que se apoderaba del cerebro de uno. Sus labios
temblaban. Estaba chillando pero no se oía a sí mismo. Aquella voz de Rann parecía llegarle desde
el fondo del universo destruyéndolo
- ¡Hugh Starke! ¡Vuelve a tu antiguo cuerpo!
Su antiguo cuerpo estaba muerto. Y ella le devolvía a él.
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Capitulo VI
Yacía en la parte llana de una montaña desde donde no habría mucho trecho hasta Falga.
Una niebla rojiza serpenteaba a su alrededor. Estaba en su antiguo cuerpo.
Se sentía otra vez pequeño y feo. Le dolía la garganta. El frío, la oscuridad, la nada, se le
había echado encima. Estaba de nuevo en su antiguo cuerpo. Para siempre.
No quería.
- Esto no es más que el comienzo - le decía Rann -. La próxima vez te abandonaré en este
cuerpo y en este llano de la montaña. Y ahora, ¿me quieres decir cuáles son los planes del pueblo
del mar? Continuarás viviendo en el cuerpo de Conan y será tuyo si me lo dices. Me supongo que
no quieres morir.
Starke intentó razonar lo mejor posible en aquellos momentos, pero no veía la solución. Al
fin susurró:
- Si te lo digo tampoco respetarás el cuerpo de Beudag.
- Su vida a cambio de lo que sabes, Hugh Starke.
Aquella respuesta de Rann era demasiado débil. Sonaba a traición y Starke no la creyó.
Prefería morir. Esto lo resolvería todo y al menos Rann moriría también, cuando las gentes del mar
llevasen a cabo su estrategia. La revancha merecía la pena.
De pronto se le ocurrió algo.
Se echó a reír débilmente, levantando la cabeza y mirando al Jefe de los del mar. Su
pequeño diálogo con Rann no había requerido más de diez segundos, pero le habían parecido cien
años. El jefe de los del mar se adelantó.
Starke intentó levantarse.
- Tengo que hacerte una proposición; a ti, el del arpa. Rann está dentro de mí. Ahora mismo,
lo está. Si no me garantizas la seguridad de Crom Dhu y Beudag, le contaré todo cuanto sé de
vuestros planes.
El Jefe de los del mar sacó un cuchillo.
Starke sacudió la cabeza tranquilamente.
- Quita eso de ahí. Aunque consiguieras hundirlo en mi pecho no evitarías por eso que
llegase a tiempo de decírselo todo a Rann.
El Jefe bajó la mano. Sabía lo que hacía.
Rann apareció nuevamente en el cerebro de Starke.
- ¡Dímelo! ¡Dime sus planes!
Se sintió como un hombre en una puerta giratoria, pero dábase cuenta que aquellos hombres
estaban asustados, que dudaban y estaban nerviosos.
- Moriré dentro de un minuto - decía Starke -. Prométeme la seguridad de Crom Dhu y
moriré sin decirle nada a Rann.
El jefe de los del mar dudó, pero al fin levantó la mano y dijo:
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- ¿Me dejarás que yo me las entienda con Rann cuando llegue el momento? - Sus dedos se
levantaron llenos de fuerza y decisión y se cerraron sobre una figura imaginaria de Rann
apretándola sin compasión.
Linnl respondió:
- Es tuya. Rann te pertenece. Me gustaría hacerlo yo mismo, pero lo tuyo significa una
verdadera revancha que tienes de tomar. Vámonos. Salimos ahora.
Starke se movió cuidadosamente. Tenía miedo de hacer el menor gesto, pues creía que su
cuerpo se podría desintegrar.
Optó por dejarse mecer y arrastrar por el vaivén de las aguas. Después nadó cuidadosamente
tras Linnl a través de angostos pasadizos, hasta que llegaron a un lugar plateado y extenso como una
verdadera ciudad.
Suspendidos en el aire sujetos por las piernas con cadenas, los guerreros de Falga miraron
con pálidos ojos a Starke y Linnl.
¡Hombres de Falga!
Linnl pulsó repetidas veces el arpa.
Un sordo murmullo salió de los labios de los mil cuerpos muertos.
- ¡Vamos a saquear la ciudadela de Rann!
- ¡Rann! - repitieron las voces.
Tras un sonido del arpa, aparecieron los sabuesos plateados. Ellos cortaron las cadenas. Los
hombres de Falga danzaron al ritmo de las aguas, una vez liberados de entre la roja sustancia.
Atraídos por una corriente de agua, eran arrastrados hacia una galería volcánica. Starke fue
tras ellos, deteniéndose en la ladera de un montículo en cuyo fondo ardía una caldera.
Era la Fuente de la Vida del Mar Rojo. Estaba allí desde hacía un milenio. Los enormes
ciclones de chispas y fuego estremecían aquel sorprendente paraje, formando tales corrientes y
torbellinos que amenazaban atraer sin remisión a quien se pusiese a su alcance.
Starke movía los brazos y piernas para evitar la succión.
Los hombres de Falga no combatían la atracción.
Avanzaban como antes en silencio y quedaban suspendidos sobre la incandescencia.
La vitalidad de la Fuente se manifestó en ellos, pues parecía como si de pronto tocase los
dedos pulgares de los pies, y después, como si de un proceso osmótico se tratara, iba poco a poco
alcanzando a todos los miembros, dibujando su estructura, igual que el mercurio da la configuración
del termómetro cuando aumenta la temperatura. Los huesos tomaban un brillo extraordinario como
el marfil pulido, a través de la carne que de momento no era más gruesa que una película. Las
espinas dorsales se erguían y los hombres volvían a echarse hacia atrás. Sus ojos, lo último en ser
alcanzado por el fuego, ahora estaban en ignición y refulgían como bujías ante sepulcros. Los
mentones se irguieron y hasta los más recónditos poros de la piel habían adquirido un brillo
plateado.
Nadando a través de aquella tormenta de energía, iban saliendo totalmente fríos hasta
alcanzar el lado del montículo. Cuando se rozaban el uno con el otro, saltaban chispas purpúreas
que iban de una cabeza a otra cabeza y de una mano a otra.
Linnl tocó el brazo de Starke:
- Ahora te toca a ti.
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Starke dudó sólo un momento. Luego dejó que la fuerza de la corriente le arrastrara. Tenía
miedo. Condenado miedo. Una lengua de fuego le alcanzó mientras se acercaba al centro del
montículo y de pronto se vio envuelto en llamas que le dejaron en éxtasis. Beudag estaba oprimida
con él. Era su pelo rojizo consumiéndose lo que le daba fuerzas.
Esperando al otro lado del montículo, estaban los mil hombres de Falga. Cuando comenzó a
sonar una música que parecía proceder de mil arpas mientras Starke salía al otro lado. Los guerreros
comenzaron a marchar. Todavía estaban muertos, pero nadie lo hubiera dicho. No había espíritu en
el interior de aquellos cuerpos que estaban movidos desde el exterior.
Dejaron atrás la ciudad. En filas bien ordenadas, los nuevos combatientes eran conducidos
por los sabuesos plateados y por las arpas distantes hacia un lugar donde las olas conducían hacia
tierra. Linnl iba al lado de Starke, sin dejar de tañer el arpa, y Starke se sentía atraído hacia una
profundidad donde se agitaban extraños monstruos que le miraban con ojos coléricos. Pero el arpa
les hacía retroceder.
Starke miró a los hombres. «No saben lo que están haciendo - pensó -. Vuelven a su casa
para matar a sus padres y a sus hijos y para incendiar Falga, y no lo saben.» Sus rostros de vivos-
muertos, se agitaban sin cesar, y siempre hacia delante, como si la visión de la ciudadela de Rann
estuviera allí y les atrajese.
Con cierto temor pensé en Rann. Rann, Rann, Rann. La única respuesta fue el movimiento
de los cuerpos plateados entre las encendidas profundidades.
Poco antes del amanecer llegaron a la superficie del mar.
Falga descansaba silenciosamente entre la niebla rojiza. Sus calles estaban vacías y las
primeras luces del día bailaban los jardines de Rann.
Linnl continuaba al lado de Starke. Ambos sonreían cruelmente. Habían esperado aquel
momento durante mucho tiempo.
Linnl hizo un gesto de placer y dijo:
- Hoy es el día del gran carnaval. Frutos, vino y amor serán ofrecidos a los soldados de Rann
a su vuelta de la lucha y bailarán por ellos.
Lejos, hacia la derecha, se elevaba una montaña. En la cima - Starke miró hacia allí
intencionadamente - descansaba el cuerpo de un hombre pequeño, de un terrestre. Subiría a la
montaña más tarde, cuando todo hubiera acabado y tuviera tiempo para ello.
- ¿Qué estás buscando? - le preguntó Linnl.
La voz de Starke sonó con respeto:
- A alguien a quien yo conocía muy bien.
Alineados sobre las piedras desnudas, con sus sandalias raídas por el tiempo, los hombres se
mantenían en pie con sus cuerpos refulgentes. Starke andaba de un lado a otro sin salirse del centro
del grupo, para que su cuerpo moreno pasase inadvertido.
Les vieron.
Los guardias del arrecife, miraron hacia abajo desde las escotillas de las galerías y lanzaron
un grito. Las manos se agitaron, cundió el desorden y otros guardias fueron descendiendo desde las
rampas, uniéndose unos grupos a otros y reuniéndose a los primeros.
Linnl desde el mar, cerca desembarcadero, sugirió un tema con el arpa y otras arpas
continuaron el tema. La música que salía del agua con gentil firmeza, puso a aquellos pies muertos
en movimiento, hacia el encuentro de los guardias.
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Desde las cabañas de los esclavos, salían gentes que saludaban tímidamente a los guerreros
que pasaban, pues el paso de los mismos no era nuevo para ellos.
Aquellos guerreros no llevaban armas y a Starke no le seducía mucho. Hubiera preferido que
al menos llevaran un trozo de cadena, pero aquellas manos vacías no le gustaban. Le dolían los
dientes a causa de haber tenido mucho los maxilares firmemente unidos y los músculos de sus
brazos parecían enfebrecidos y nerviosos.
En el límite de la comunidad esclava con la ciudad, los guardias les hicieron un
reconocimiento, saliendo apresuradamente de las galerías con las espadas desenvainadas, para
interceptar lo que en principio tomaron como enemigo.
De pronto se detuvieron confundidos.
El capitán de la guardia se les acercó con los ojos llenos de sospecha. Pero pronto esta
sospecha se desvaneció y su rostro se ladeó. Habían permanecido en la desesperación durante
meses, pensando en su hijo muerto en la defensa de Falga.
Y ahora su hijo estaba ante él y vivo.
El capitán olvidó su graduación. Lo olvidó todo. Sus sandalias resbalaron sobre las piedras.
Se podía oír el aire entrando y saliendo de sus pulmones, sin dejar de dar paso a una plegaria que
brotaba de sus labios.
- ¡Hijo mío! ¡En el nombre de Rann! Dijeron que te habían matado los hombres de Faolan
hace más de doscientas noches. ¡Hijo mío!
Desde algún lugar llegaba el sonido de un arpa.
El hijo se adelantó sonriendo y se abrazaron, pero el hijo no decía nada. No podía hablar.
Esta fue la señal para los otros y toda la guardia conmovida y sorprendida, dejó a un lado las
espadas y fue reconociendo a viejos amigos, hermanos, padres, tíos, hijos.
Los guardias y los guerreros recién llegados se encaminaron. Starke caminaba en el centro.
Subieron por los arrecifes a través de pasadizos y senderos, hablando todos al mismo tiempo. Al
menos así parecía. En realidad, quienes hablaban eran los guardias, pues ninguno de los muertos
respondía.
Starke oía una música fuerte y clara que llegaba de todas partes.
Llegaron a la cima de los arrecifes. A aquella hora toda la ciudad estaba despierta. Las
mujeres llegaban corriendo con sus pechos desnudos, sollozando y arrojándose entre las filas de sus
amantes. Las flores llovían sobre ellos.
- Así es la guerra - se dijo Starke.
Se detuvieron en el centro de los enormes jardines. Toda la gente se movía felizmente, sin
darse cuenta del extraño silencio de sus hombres agasajados. Eran demasiado felices para
apercibirse de ello.
- Ahora - se dijo Starke a sí mismo ¡Ahora es el momento! ¡Ahora!
Como si fuese una respuesta, un silbido enorme procedente de las arpas, sonó como si
llegase del cielo.
La multitud no cesó de reír hasta que los guerreros recién llegados de Falga se abalanzaron
sobre ellos con las manos alzadas y gestos agresivos.
El griterío en las calles, era como el silbido de una sirena. Las espadas despedían extraños
fulgores hasta que encontraban un cuerpo donde hundirse. Una viciosa pantomima concluía en los
jardines verdes.
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Starke fijó sus ojos en la ciudadela vacía de Rann. Nubes rojizas cubrían las arcadas y caía
una lluvia fina. Los jardines se cubrieron de sangre.
Los guerreros muertos de Falga se habían apoderado de las espadas. Primero mataban a
quienes tenían más cerca, y luego se apropiaban de las espadas de las víctimas. Era muy sencillo y
desagradable.
Los esclavos se unieron a la batalla.
El padre muerto, mataba al hijo vivo. El hermano muerto agarrotaba entre sus manos al
hermano vivo. Horrible carnaval en Falga.
Starke incendió las tapicerías sedosas. Las piedras repetían el eco de sus pies mientras iba de
habitación en habitación. Rann se había ido probablemente la noche anterior. Eso significaba que
Crom Dhu estaba a punto de caer. ¿Habría muerto Faolan? ¿Habría visto el pueblo de Crom Dhu el
sufrimiento de Beudag? La bahía de Falga estaba totalmente desembarazada de barcos, a excepción
de unas cuantas pequeñas embarcaciones pesqueras.
Capitulo VII
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Todos se pusieron en movimiento. Serpenteando tras Starke iban los cuerpos de Cley y
Aesur.
Había ironía en todo aquello. Los hombres de Crom Dhu caídos en Falga bajo la traición de
Conan, volvían ahora bajo las órdenes de Conan para vengar aquella traición.
De pronto se hallaron en los alrededores de Crom Dhu. Aún envueltos en las sombras, se
divisaban las largas siluetas de los barcos de Falga diseminados por la bahía.
Starke miró el fondo de un inmenso barco plateado de Falga y sintió cómo la garganta le
oprimía. Luego haciendo una flexión de rodillas se remontó hacia él.
Linnl dejó que Starke dirigiera la operación. Starke sintió algo que aferraba su puño. Era una
cuerda que llevaba en su punta un ancla de abordaje. Sabía cómo hacer uso de ella sin preguntar.
Hubiese deseado un cuchillo, aunque sabía que un cuchillo en el mar era algo imposible de llevar si
había que moverse rápido.
Vio la silueta del mejor de los barcos de Rann a unas cien yardas, con sus antorchas
lanzando fuego como el cabello de la bella Beudag.
Nadó hacia allí respirando profundamente.
Los resucitados hombres de Crom se alzaron llenos de fuerza. Posaron su vista en Crom
Dhu y quizá supieron lo que era, pero tal vez no. Por un momento Starke tuvo miedo. ¿Y si Linnl le
hacía el engaño? ¿Y si una vez estos hombres hubiesen ganado la batalla iban a Crom Dhu y
raptaban el arpa de Romna y atacaban a Faolan? Se desembarazó de aquellos pensamientos. Eso ya
lo vería más tarde en el caso de que sucediera y trataría de poner remedio. Cley y Mannt
aparecieron uno a cada lado de él. Miraban a Crom Dhu con los labios cerrados. Quizá vieron el
pabellón de Faolan o tal vez oyeron el arpa que sonaba más fuerte que las que les conducían a la
batalla y les dominaban. Sus ojos miraban y miraban a Crom Dhu, pero nada veían.
El Jefe de los del mar apareció; sus seguidores iban cada uno con su arpa que comenzaron a
sonar en tono muy alto.
En silencio, con mucho silencio, los muertos pero no muertos hicieron un círculo de cuerpos
alrededor del barco de Rann. Aquel silencio tan profundo en sus movimientos, erizaba la piel y
hacía que un sudor frío apareciese en las mejillas de Starke.
Una docena de cuerdas se alzaron al aire cayendo sobre el barco. Starke lanzó la suya.
Llegó arriba.
Beudag estaba allí.
En el mismo puente de la embarcación, quedó como atónito sin poder apartar la vista de ella.
Una antorcha le iluminaba. Se mantenía todavía erguida; la cabeza apoyada sobre su pecho
por el cansancio y los ojos cerrados, con el rostro más delgado y menos moreno, pero todavía vivía.
Estaba volviendo en sí de su postración por el silbido de las cuerdas y el ruido de los anzuelos
metálicos al clavarse en cubierta. Al ver a Starke, sus labios se entreabrieron, y su vista permaneció
fija en él.
Casi le costó la vida a Starke permanecer allí mirándola, pues un guardia desde una de las
torretas le vio, sacó el arco y dejó partir una flecha en su dirección. Había una cadena en el suelo y
Starke pensó que le sería útil como arma y se agachó para recogerla.
Cley venía tras Starke y fue su pecho el que recogió la flecha. El dardo quedó incrustado en
su cuerpo, pero Cley siguió y le aprisionó la garganta entre sus dedos, hasta que el cuerpo quedó
inerte y se desplomaron los dos.
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Beudag gritó:
- ¡Detrás de ti, Conan!
¡Conan! En su nerviosismo le había dado el antiguo nombre.
Era Conan. Se volvió y vio a uno de los guerreros que venía hacia él, le azotó brutalmente el
rostro con la cadena y cogiendo la espada que el hombre había dejado caer, golpeó al guerrero con
fuerza. Luego cogiéndole por el cuello lo arrojó al mar.
Todos los que estaban en el barco se hallaban despiertos. La mayoría de los hombres estaban
abajo donde habían ido a descansar del ajetreo de las batallas. Pero ahora volvían precipitadamente.
Sus gritos formaban un extraño contraste con el silencio de los hombres de Crom Dhu. Starke se
encontró muy atareado.
Conan había sido un animal muy fuerte, con gran poder de recuperación. Ahora sus
músculos respondían perfectamente cada vez que se les pedía un esfuerzo. Starke fue saltando
limpiamente cuantos obstáculos se le presentaron y se dedicó a buscar a Rann. Pero no aparecía por
ningún sitio. Más cuerdas caían sobre la cubierta de la embarcación. Cada uno de los barcos de la
bahía estallaba en violencia. Más hombres subieron silenciosamente tras Starke.
Por encima de los gritos, se oyó la voz de Beudag que reconoció a los hombres que
luchaban:
- ¡Cley! ¡Mannt! ¡Aesur!
Starke era un dios, podía tener cuanto deseaba. ¿La cabeza de un hombre? Podía tenerla.
Accionaba a modo de guillotina con el cuchillo y la muñeca, y los cuerpos se desplomaban. ¡Así!
Sus ojos brillaban con un color ambarino y había un rasgo de placer en sus labios. Starke no cesaba
de dar golpes a uno y otro lado incansable.
¿Lo estás viendo Faolan? Se decía Starke para su interior, mientras luchaba denodadamente.
¡Mira esto Faolan! ¡Dios! ¡No! ¡Eres ciego! Pues escucha. Oye el entrechocar de los aceros. ¿No
llega hasta ti el olor a sangre y a cuerpos sudorosos? ¡Oh! si tú pudieras ver esto esta noche Faolan.
Olvidarías lo de Falga. Este es Conan fuera de la imbecilidad, con un tipo en su interior llamado
Starke que le guía y le dice dónde debe ir.
No se estaba muy seguro a bordo. No se había dado cuenta antes, pero los guerreros de
Crom Dhu no prestaban atención en quién era a quien atacaban. Se atacaban los unos a los otros
entre sí. Luchaban tan apretados que no dejaban sitio para accionar libremente.
Liberó a Beudag del mástil y la bajó a cubierta.
Beudag reía incontrolablemente. No podía dejar de reír. Sus ojos estaban ciegos de sorpresa.
Veía a hombres muertos vivos otra vez, defendiéndose con espadas y otras armas. Había estado sin
comer noche y día y siempre de pie y se hallaba tan debilitada, que sus nervios no la dejaban parar
de reír.
Starke la zarandeó.
- ¡Beudag! ¡Te has salvado! ¡Estás libre!
Ella respondió sin fijar los ojos en parte determinada:
- Estaré… estaré bien dentro de un minuto.
Tuvo que esquivar un golpe de uno de sus hombres. Starke le desarmó de un golpe y
asiéndole con fuerza lo arrojó al mar. Era cuanto podía hacer. No podía matarle.
- ¿Dónde está Rann? - preguntó Starke con ansiedad.
- Estaba aquí - murmuró Beudag.
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Rann apareció en el mástil como una imagen de nieve. Su erguido pecho zozobraba por la
emoción. Sus ojos reflejaban odio puro. Starke se mordió los labios y envainó la espada.
Rann miró fijamente a Beudag. Sin titubear, como en un sueño, Beudag se apoderó de una
daga y la apoyó sobre su propio pecho.
Starke quedó helado. Se dio cuenta de pronto que Rann se había apoderado de la mente de
Beudag igual que antes lo hiciera con él.
Rann hizo una mueca de satisfacción:
- ¿Y bien Starke? ¿Qué pasará ahora? ¿Quieres acercarte a mí y ver cómo entonces muere
Beudag? ¿O prefieres dejarme libre?
Starke respondió:
- No puedes ir a ningún sitio. Falga ha caído. No te puedo garantizar la libertad. Lo único
que puedes hacer es marchar al otro lado del mar, donde podrías encontrar un lugar apropiado para
ti y tus hombres.
- Y cómo me voy, ¿nadando? ¿Con todas esas bestias del mar a la espera? - Acentuó la
palabra bestias. Ella en el fondo formaba parte de las gentes del mar. Ellos, Linnl y sus hombres
eran bestias del mar para ella -. No, Hugh Starke. Cogeré una embarcación pequeña. Pon a Beudag
sobre cubierta de manera que no se separe de mi vista ni un momento. Protege mi paso y el de mis
hombres hasta tierra y Beudag vivirá.
Starke ondeó la espada en el aire:
- ¡Camina!
El no quería que ella se fuese. Tenía otros planes. Le dijo a gritos a Linnl que continuaba en
el mar, el trato que había hecho. Linnl asintió.
Rann, en una pequeña embarcación plateada, se dirigió hacia tierra. Maniobraba el bote y
miraba continuamente a Beudag. Pasó entre las bestias del mar y llegó por fin a tierra.
De pronto, Starke se volvió con velocidad sorprendente y estampó su puño contra la mejilla
de Beudag. La mano de la muchacha apoyaba todavía la daga contra su pecho. Se desplomó y el
arma cayó de su mano. Starke la lanzó lejos con el pie. Luego cogió a la muchacha del suelo y la
levantó. Para Starke, era una carga preciosa. La daga había marcado unos puntitos de sangre en su
pecho.
Una vez en tierra, Rann desapareció entre las rocas.
En la bahía, la música del arpa se hizo más tenue. Los barcos habían sido tomados y los
hombres de Crom Dhu habían terminado de luchar. Había algo en su fulgor que se había ido
apagando, particularmente el color de sus brazos y de sus espadas desnudas. Los barcos empezaron
a hundirse.
Linnl nadaba de un lado a otro mirando a Starke, cuando éste le hizo un gesto señalándole
hacia la playa:
- Ahora a ver si cogemos a esa diablesa - se dijo.
Faolan esperaba en su gran balcón de piedra, desde donde se divisaba Crom Dhu. Tras él los
hogares, donde se alzaban las llamas con su sonido devorador y su luz rojiza que llenaba las
habitaciones.
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Faolan se inclinaba sobre el borde del balcón con su pecho hundido, sus ojos ciegos
parpadeando, mirando hacia abajo una y otra vez con intensidad inquietante, y con la cabeza un
poco inclinada para poder escuchar.
Romna estaba de pie tras él, llenando y rellenando la copa que Faolan vaciaba en su boca
sedienta, y le decía lo que estaba ocurriendo. Le habló de los hombres que salían del mar y de Rann
apareciendo sobre la tierra rocosa. Algunas veces Faolan se inclinaba hacia un lado, movido por las
palabras de Romna. Otras se inclinaba totalmente, para oír mejor lo que ocurriera en la bahía, a la
asediada Falga.
Romna no tocaba el arpa: no necesitaba tocarla. Desde allá abajo, les llegaba un gran eco de
arpas, más líquidas en sus sonidos que la suya, y que caían sobre la ciudad como una cascada,
haciendo que la niebla lloriquease en lágrimas rojas.
- ¿Eso son arpas? - gritó Faolan.
- Sí, arpas.
- ¿Y qué era lo que ocurría? - preguntaba Faolan con la respiración entrecortado por la
emoción.
- Una escaramuza - respondió Romna.
- ¿Quién ganó?
- Nosotros.
- ¿Y eso? - los ojos ciegos de Faolan se esforzaban por ver, hasta que de ellos brotaron
lágrimas.
- Son los enemigos que caen al otro lado de las puertas de la ciudad.
- ¡Y ese sonido, y ese sonido! - El ritmo de las espadas y de los cuerpos era una música
complicada cuyos temas debía reconocer -. ¡Otro que ha caído! ¡Oí cómo gritaba! ¡Y era de los
hombres de Rann!
- Sí - respondió Romna.
- ¿Pero por qué nuestros guerreros luchan con tanto silencio? No he oído ni una palabra que
saliese de sus labios.
- ¡Silenciosos… sí, silenciosos! - murmuró Romna.
- ¿Y de dónde han venido si todos nuestros hombres están en la ciudad?
- Sí - respondió Romna. Luego dudó antes de continuar -. Todos en la ciudad, excepto los
que murieron en Falga.
Faolan no dijo nada. Después cogió con nerviosismo su copa vacía.
- Más vino, juglar, más vino - luego se volvió hacia la batalla de nuevo -. ¡Oh!, dioses, si al
menos pudiera verlo, ¡si pudiera verlo!
A lo lejos se oyó un enorme crujido y luego silencio. Después unos gritos desmesurados.
- ¡Las puertas! - gritó Faolan -. Hemos perdido. ¡Mi espada!
- Detente Faolan - rió Romna -. ¡Por cien mil dioses poderosos. Querría estar ciego ahora
mismo, o poder ver mejor!
Faolan le puso la mano encima y apretó con fuerza:
- ¿Qué ocurre? ¡Dímelo!
- ¡Cley! ¡Y Tlan!, ¡y Conan! ¡y Bluce! ¡y Mannt! ¡Están en las puertas como apariciones
visionarias! ¡Con las espadas en las manos!
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- ¡Haz que lo vea Rann, o morirás ahora mismo! ¡Haz que lo vea! - Y luego dirigiéndose a
Faolan -. ¿Qué es lo que ves?
Faolan parecía haber enloquecido. Extendía las manos hacia la visión que le sobrecogía.
- Veo… veo Crom Dhu. ¡Qué vista más maravillosa! Veo los barcos de Rann, ¡Hundidos!
No pudo contener una risa nerviosa:
- Veo… ¡la lucha al otro lado de las puertas de la ciudad!
El silencio se extendió por la habitación.
Sólo la voz de Faolan quedaba entre aquel silencio, como hipnotizada.
Extendió los brazos con los puños cerrados y luego los abrió.
- ¡Veo a Mannt, y Aesur y Cley! ¡Luchando como siempre lo hicieron, con la misma energía
y el mismo tesón! ¡Veo a Conan tal como era! ¡Y a Beudag blandiendo su espada sobre la orilla del
mar! ¡Veo a los enemigos muertos! Y a hombres que salen del mar con piel oscura y pelo negro.
Hombres que conocí hace mucho tiempo. Hombres que surcaron el mar conmigo en otro tiempo. ¡Y
a Rann capturada! - Estalló en sollozos. Las lágrimas corrieron por las cuencas de sus ojos vacíos -.
¡Veo a Crom Dhu tal como fue, es y será! ¡Veo, veo, veo!
Starke se estremeció.
- Veo a Rann cautiva, y a sus hombres muertos a su alrededor, ante las puertas de la ciudad.
Veo las puertas abiertas de par en par… - se detuvo. Miró a Starke -. ¿Dónde están Cley y Mannt?
¿Dónde Bruce y Aesur?
Starke dejó que su inquietud ardiera en el corazón durante un momento. Al fin contestó:
- Volvieron al mar Faolan.
Faolan bajó la cabeza antes de decir:
- Sí - dijo pesadamente -. Tenían que volver, ¿verdad? No podían estar y quedarse aquí, ¿no
es cierto? Ni siquiera para poder disfrutar de una noche de manjares, vinos y mujeres acostadas en
aterciopeladas pieles. Ni para echar un bocado. - Luego volviéndose -. Dame de beber Romna. Da
de beber a todos.
Romna le llenó una copa y se la dio. De pronto la dejó caer y cayó de rodillas llevándose las
manos al pecho.
- Mi corazón - gemía. - Rann ¡diablesa!
Starke la cogió inmediatamente por la garganta. Hizo presa en cada uno de los lados de su
cuello de nieve.
- ¡Déjale Rann! - Y apretaba más -. ¡Déjale Rann!
La boca de Faolan emitía estertores de muerte. Starke hundía más y más sus dedos en la
garganta de Rann, hasta que el rostro de la muchacha estuvo marcado con el signo de la muerte.
Parecía haber transcurrido una hora, antes de que Starke la dejase libre. Cayó inconsciente y
no se movió. No se movería ya nunca.
Starke se volvió lentamente para mirar a
Faolan.
- Lo viste, ¿verdad, Faolan?
Faolan asintió ciego, débil. Se levantó del suelo y murmuró:
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- Lo vi. Durante un momento lo vi todo. ¡Y qué bonito y maravilloso era! Con esto, Hugh
Starke, me diste algo donde mantener la Ilusión y ganas de vivir.
Al día siguiente, Beudag y Starke subían a la montaña que se alzaba sobre Falga. Se marchó
hacia un lado y con su llegada los pájaros que merodeaban alrededor de un cuerpo yacente,
huyeron.
Abrió una tumba no muy profunda, e hizo lo que tenía que hacer con el cuerpo que encontró
allí, y cuando la tumba estuvo cubierta nuevamente con grandes piedras, volvió donde Beudag le
estaba esperando. Se mantuvieron en pie junto a la tumba. Nunca hubiera imaginado el estar de pie
sobre una parte de sí mismo, y sin embargo, hoy era una realidad, con Beudag a su lado apretando
con firmeza su mano.
Estando allí pensó en la Tierra y en Júpiter y en las alegres calles de Jekkara Low Canals en
Marte. Pensó en el espacio y en las naves que lo atravesaban, viéndose en una de ellas. Pensó en la
caja con un millón de dólares que llevaba en su última misión en el espacio y que cayó al mar. Se
rió con ironía.
- ¡Mañana, cogeré a unos cuantos cazadores de entre los seres del mar, para que me busquen
la pequeña caja metálica. - Miró con solemnidad la tumba -. Tú lo hubieras querido así. O al menos
lo pensaste. Te mataste a ti mismo por llevarlos. De modo que si las gentes del mar lo encuentran, te
los traeré a está montaña y los enterraré contigo bajo las rocas y entre tus dedos. Creo que es el
lugar más apropiado.
Beudag le sacó de allí. Descendieron la montaña hacia la bahía de Falga donde un barco les
esperaba. Al mismo tiempo que caminaba, Starke levantó la cabeza. Beudag estaba con él, y los
marinos de la embarcación se aprestaban para el viaje mientras el Mar Rojo les esperaba. Lo que
había más allá de aquel mar, era algo que tendrían que descubrir Faolan, Romna, Beudag y Starke
llamado Conan. Se sentía a gusto. Caminó erguido y contento de tener a su lado a Beudag.
Y sobre la montaña, mientras el barco se alejaba, todavía vieron cómo los pájaros se
acercaban nuevamente al lugar donde descansaba el antiguo cuerpo de Starke. Llegaban, intentaban
hundir el pico entre las duras piedras y luego desechando toda esperanza se alejaban.
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