EL MUKI
Era un día del mes de agosto, cuando la luna estaba llena, que un minero se
fue a trabajar en una mina cerca de Pucayaco manejando máquinas pesadas.
Él tenía un hijo llamado Eustaquio de nueve años que se encargaba de
llevarle el almuerzo todos los días a pesar de su pobreza. Un día Eustaquio
salió de su casa llevando el almuerzo de su papá. A las once de la mañana
aún no llegaba con el almuerzo; ya era la una de la tarde y su papá muy
preocupado y con mucha hambre se fue a buscarlo. Cuando estaba pasando
una curva vio a su hijo jugando con otro niño con piedritas, pero mientras
más se acercaba se dio cuenta de que esas piedritas eran pepitas de oro y
que el otro niño era nada más y nada menos que un muqui. Al darse cuenta
el señor agarró su correa y ató al muqui y lo encerró en un baúl y a cambio
de su libertad el muqui le dio un baúl de oro y los padres de Eustaquio
salieron de la pobreza.
Para la tradición cerreña, el Muqui es un ser pequeño, de cuerpo fornido y
desproporcionado. Su cabeza está unida al tronco, pues no tiene cuello. Su voz es grave
y ronca, no concordante con su estatura. Su cabello es largo, de color rubio brillante.
Su rostro es colorado y está cubierto de vellos. Posee una barba larga, del
color blanquecino de la alcaparrosa. Su mirada es penetrante, agresiva e hipnótica, de
reflejos metálicos. En otras tradiciones mineras, su cabeza presenta dos cuernos.
Estos le sirven para romper las rocas y señalar las vetas. Su piel es muy blanca y lleva
colgado de la mano un farolito (cf. Sosa y Tamara). Además, tiene las orejas en punta.
(La influencia occidental es nítida en este aspecto de la representación. El diablo,
originario de la cultura etrusca y difundido extensamente en el bajo medioevo por
el catolicismo, ha sido vinculado con los duendes mineros. Los metalarios del periodo
inicial de la alquimia, atribuían a los duendes, gnomos, kobolds y al diablo mismo, las
perturbaciones en el tratamiento de los metales. Por ejemplo, el nombre
del cobalto deriva de kobold (duende escandinavo) y níquel del diablo mismo, como lo
llamaba un sector de alquimistas.)
Habitan en lugares desérticos, atacan produciendo bastante miedo a sus víctimas o
adversarios, se dice que suelen llevarse niños solos e indefensos; un secreto de
personas antiguas para enfrentarlos es quitarse el cinturón o correa de los pantalones y
darles con el cinturón con mucha fuerza sin dejarse vencer por el miedo.
Su descripción varía de acuerdo a la época. Antiguamente, por la década de los años
1930, se decía que recorría los socavones sosteniendo en la mano, una pequeña lámpara
de carburo, abrigado con un poncho hecho de lana de vicuña. Tenía en la cabeza dos
pequeños cuernos relucientes y hablaba con voz suave. En la actualidad no es muy
diferente, aunque ahora vista ropa de minero, botas de agua y use una linterna eléctrica
a batería. A veces el pequeño duende toma también la forma de animal o de
un hombre muy blanco y rubio para presentarse a los mineros y engañarlos.
La leyenda del Muqui, se encuentra ampliamente extendida en el ambiente minero de
los Andes Centrales.
Consecuente con las exigencias del trabajo, el Muqui usa casco, ropa de minero y calza
botas claveteadas. En otras tradiciones, se le representa como un geniecillo vestido
de verde musgo, a veces con una finísima capa de vicuña o con el traje impermeable que
usan los mineros. Generalmente, porta en la cintura una lámpara, ya de carburo,
ya eléctrica, según el avance tecnológico de la mina. Lleva un shicullo, soga de pelos de
la cola del caballo, atado a la cintura. Camina como pato, pues sus pies son de tamaño
anormal. Sus extremidades inferiores pueden adoptar la forma de las patas de
un ganso o cuervo. Asimismo, pueden tener la punta hacia atrás. Por ello su ropa les
cubre hasta los pies. Los curiosos esparcen ceniza o harina en su camino para auscultar
la huella que dejan a su paso.
El Muqui puede andar solo o acompañado: refieren, algunos informantes, episodios
protagonizados por varios Muquis formando grupos; otros dan fe sobre su inclinación de
vivir solos. Pueblan, estos seres, un mundo de eterna oscuridad, sin tiempo. No se le ha
visto envejecer, pareciera que el tiempo no le afecta. Y, en su sorprendente existir, se
torna visible o invisible a los ojos mortales. Los Muquis gustan de lanzar penetrantes
silbidos. Éstos, anuncian peligro y salvaguardan a los mineros de su simpatía. En otras
ocasiones, producen desconcierto y miedo. Los Muquis, son comunicativos. Hablan a
los oídos, conversan en los sueños, poseen un extraño poder premonitorio. Esta energía
dialogal es sentida, vitalmente, por las gentes de las minas. El Muqui no gusta de
los agnósticos. Le molesta que duden de su existencia.
El Muqui se inmiscuye en el destino de los trabajadores del socavón, gratificándolos o
escarmentándolos. Es un misterioso enano conocido como el dueño de las minas.
El Muqui es un duende investido de poder. A su voluntad, hace aparecer o desaparecer
las vetas (veta de oro). Está atento a las obsesiones, resentimientos, ambiciones y
frustraciones de los mineros. Y, al tiempo que demuestra simpatía hacia unos, genera
castigo y escarmiento a otros. Puede aliviar el trabajo, ablandar las vetas o
endurecerlas, si prefiere. Suele conceder favores, establecer pactos, sellar alianzas,
llegar a acuerdos a plazo fijo, que cobra puntual e inexorablemente. Pues, estos
donantes de la buena o mala suerte, poseen un código de honor preciso y reservado.
Su ética exige discreción y reciprocidad en sus pactos. De allí que los amigos del Muqui
sean personas de opiniones reservadas y criterios parcos.
La mayoría de relatos coinciden en que es posible atrapar al Muqui y hacer “ pacto” con
él para enriquecerse. En el caso más frecuente el enanito de las minas ofrece al
trabajador hacer su “tarea” a cambio de coca, alcohol y hasta de la compañía de
una mujer para mitigar su soledad. Pero casi siempre el resultado del pacto es trágico,
pues a la larga de una u otra manera el minero incumple y el Muqui se venga quintándole
la vida.
El Muqui se abstrae en el juego o el trabajo. Por esa razón bien puede observársele sin
que lo advierta. En esa circunstancia, los audaces, logran cogerlo y sujetarlo con
el shicullo. En tal caso, al Muqui "se le amarra sólo con soga de cerda de caballo, porque
hasta el alambre lo rompe" (cf. Huanay: 78-79). Enseguida, se lo cubre con la misma
ropa de su captor. Este secreto, lo inmoviliza. Ha habido mineros que habiéndolo
amarrado lo han amenazado con llevarlo a la luz y el Muqui se ha vencido, sabedor de su
debilidad: los reflejos del sol lo desvanecen y matan.