SEMINARIO DE
HISTORIA
Panorama de la cultura, la ciencia y la educación en el
período (1935-1958)
HENRRY IBAÑEZ HERRERA
Panorama de la cultura, la ciencia y la educación en el período
(1935-1958)
La producción intelectual posterior a 1935 reflejó la nueva situación del país. Una buena parte de la
ensayística, de la narrativa y del testimonio tuvo como centro de atención el proceso revolucionario
de los años treinta. Raúl Roa es un ejemplo mayor de esto, con Bufa subversiva (1935) o
Escaramuza en las vísperas (1947); El acoso (1955) de Alejo Carpentier y La Trampa, (1956) de
Enrique Serpa (1900-1968), independientemente de sus diferentes calidades, son novelas que
abordan aristas de aquel proceso después de haberse cerrado, a partir de la presencia de los
“grupos de acción” o gansteriles que proliferaron en los años posteriores como remanentes de una
revolución trunca. Aquel proceso convulso y su desenlace dejaron honda huella en la producción
literaria cubana.
En estos años se introdujo la televisión en Cuba (1950) lo que incidió en la vida cotidiana, tanto de
quienes podían comprar un televisor como de quienes no podían tenerlo, pero aspiraban a él, como
un nuevo medio de difusión; mientras el cine siguió ampliando el número de salas donde se
exhibían películas estadounidenses fundamentalmente, a la vez que se producían algunas películas
en Cuba con sentido comercial de escasa calidad artística. La empresa Cuba Sono Film, fundada en
1938 por el partido marxista de entonces, trabajó por una creación cinematográfica de valores
artísticos y sociales en los que laboraron como guionistas y musicalizadores figuras de la cultura
cubana como Guillén, Carpentier y Marinello, entre otros. Los Cine-Clubs, de muy limitado alcance y
sometidos a la hostilidad de empresas y policías, buscaban crear un gusto estético y una mirada
crítica de la producción cinematográfica. Entre las producciones cubanas se destaca el documental
El Mégano (1954), de Julio García Espinosa, por su compromiso social y su lenguaje cinematográfico
experimental y de honda raíz nacional, tomando como escenario y tema fundamental la vida de los
carboneros en la Ciénaga de Zapata. La película fue secuestrada y sus autores detenidos.
La radio seguía teniendo adeptos, en especial el género de las radionovelas que en 1948 tuvo en El
derecho de nacer, de Félix B. Caignet, su gran momento de despegue, lo que dio fama continental a
su autor. No fue la primera radionovela, pero marcó un hito nacional y continental. La encuesta
realizada entonces, arrojó que el 81 % de los radios estaban encendidos para oír aquella novela, lo
que significaba más de un millón de radioescuchas. A partir de entonces este se convirtió en un
género de gran gusto popular.
El desarrollo científico no fue una prioridad de los gobiernos del período, por lo que las instituciones
que surgieron entonces contaron con muy escaso o ningún respaldo oficial para convertirse en
verdaderos centros de investigación. La medicina siguió siendo el campo de mayor impacto, aunque
la concepción de la práctica médica se basaba en el criterio curativo y no preventivo. A pesar de
ello, médicos cubanos realizaron esfuerzos importantes por desarrollar las investigaciones en esta
ciencia, entre los que se destaca Pedro Kourí Esmeja, quien junto a sus colaboradores José G.
Basnuevo Artiles y Federico Sotolongo Guerra, fundó el Instituto de Medicina Tropical dentro de la
Universidad de La Habana en 1937. Esta fue la institución de investigación científica de mayores
resultados y reconocimientos internacionales. El Instituto tuvo su propia publicación, la Revista
Kuba de Medicina Tropical y Parasitología y Kourí presentó sus resultados en congresos
internacionales, como el descubrimiento de un nuevo parásito: el inermicapsifer cubensis; además
de publicar los nuevos métodos para diagnosticar y tratar las enfermedades parasitarias.
En estos años surgieron numerosas instituciones profesionales, sobre todo en el campo médico, con
sus publicaciones, pero sin un impacto apreciable en el desarrollo científico. Entre las instituciones
de mayor mérito hay que mencionar la Sociedad Espeleológica de Cuba, fundada en 1940 por
Antonio Núñez Jiménez, que, gracias a la tenacidad de su fundador en la exploración de las grutas o
cavernas cubanas, contribuyó al conocimiento espeleológico, arqueológico y de nuestra geografía.
En este período alcanzaron la madurez los que iniciaron su vida intelectual en el campo de la
historia en la década del veinte. En la historiografía se consolidaban los clásicos Fernando Ortiz,
Ramiro Guerra y Emilio Roig, pero este último alcanzaría una connotación especial como promotor
de los estudios históricos al organizar los Congresos Nacionales de Historia desde 1942. Otros
historiadores, algunos de filiación marxista, aparecían para dejar una obra de gran solidez, como
Julio Le Riverend cuyos capítulos de historia económica en la obra en 10 volúmenes Historia de la
Nación Cubana, (1952), organizada por un colectivo encabezado por Guerra, constituyen aportes
fundamentales a nuestra historiografía en aquellos años.
La Historia de Cuba mantenía su acento en la indagación del pasado colonial, especialmente en las
luchas independentistas, pero ya se incursionaba en aspectos de la historia republicana más
reciente y, sobre todo, en la historia de las relaciones de Estados Unidos con Cuba, en lo que Roig
aportó la obra más cuantiosa y comprometida con el antiimperialismo.
En la literatura, además de los que se habían consagrado, aparecen nuevos nombres que darían
obras trascendentes como Onelio Jorge Cardoso en la cuentística, José Lezama Lima en la poesía, la
narrativa y la ensayística y Virgilio Piñera en el teatro, aunque también cultivó otros géneros.
Muchos de los nuevos nombres integraban el grupo Nuestro Tiempo o el grupo Orígenes.
La ensayística tenía significativos exponentes como Juan Marinello, Mirta Aguirre, José Antonio
Portuondo, el propio Lezama Lima, Cintio Vitier y otros cuya obra fue amplia en los géneros que
cultivaron, entre ellos la poesía.
Como se ha señalado, estos años dieron lugar a una importante y permanente polémica en torno a
los problemas económicos de Cuba, en la que intervenían representantes del pensamiento
económico burgués como Gustavo Gutiérrez y Raúl Lorenzo, y del pensamiento marxista como
Carlos Rafael Rodríguez y Jacinto Torras.
La plástica tendría también nuevos exponentes junto a los que habían emergido en la etapa
anterior, entre los que se destacan, entre otros, René Portocarrero, Wifredo Lam y Mariano
Rodríguez. Escultores como Jilma Madera, Rita Longa y Juan José Sicre, aportaron una obra de
primer orden, enclavada en espacios públicos
En la caricatura se mantiene el desarrollo con la mirada que satirizaba el acontecer o llamaba a la
reflexión, se hacía caricatura personal desde la perspectiva psicológica. Juan David y René de la
Nuez, este con su personaje de El Loquito, estarían entre los más destacados.
La música siguió siendo un factor de primera importancia en la imbricación de los componentes de
la cultura cubana y de afirmación de lo propio frente a la invasión de lo externo, en cubana
asimilación de los aportes que llegaban para enriquecer nuestro mundo musical. La permanencia
del son, la creación del mambo de Dámaso Pérez Prado quien grabó su ¡Mambo, ¡qué rico el
mambo! en 1949, y del cha-cha-chá de Enrique Jorrín con La engañadora (1953) serían muestras de
la vitalidad de la música cubana, mientras El Bárbaro del Ritmo, Benny Moré, mostraba la gran
cubanía de su hacer bajo el formato del jazz band, con su Banda Gigante. José Antonio Méndez con
sus Novia mía (1946) y La gloria eres tú (1947) y César Portillo de la Luz y sus creaciones como
Contigo en la distancia (1946) y Tú, mi delirio (1954) serían pilares fundamentales de la nueva forma
de la canción cubana denominada feeling.
En la danza, la fundación del ballet Alicia Alonso en 1948 fue un hecho cultural de singular
trascendencia. Alicia, Fernando y Alberto Alonso creaban entonces una compañía que alcanzó fama
mundial y permanecería como parte del patrimonio nacional, convertida posteriormente en Ballet
de Cuba y, después de 1959, Ballet Nacional de Cuba. La compañía ofrecía espectáculos populares,
además de sus funciones en los teatros, entre las que sobresalen sus presentaciones en el estadio
universitario en coordinación con la FEU de la Universidad de La Habana. La primera agrupación
profesional de ballet de Cuba recibía una escasa ayuda oficial, pero esta fue cancelada en 1956. La
medida oficial, que intentaba presionar a la compañía para su utilización política, fue respondida
con toda dignidad por sus directores y provocó una reacción solidaria, patentizada en el homenaje
que ofreció la FEU al Ballet de Cuba y a su primera figura, Alicia Alonso (fig. 5.21). En esta compañía
se formaron otras grandes figuras del ballet cubano como Josefina Méndez, Loipa Araújo, Mirta Pla
y Aurora Bosch que ocuparon lugares de honor en los años posteriores.
La educación superior oficial contó para esta época con tres universidades pues, además de las de
La Habana y Oriente, en 1948 se fundó la Marta Abreu de Santa Clara; pero por la Ley de
Universidades Privadas aprobada en 1950, se fueron creando otros centros superiores de ese
carácter, especialmente alentados por el gobierno a partir de 1957, que intentaban sustraer a los
estudiantes del ambiente de rebeldía que había caracterizado a la universidad cubana.
En general, se aspiraba a la modernización de la enseñanza oficial, en un ambiente de
profundización de la influencia norteamericana. La Oficina de colaboración intelectual de la Unión
Panamericana, la Asociación de Colegios y Universidades Americanas, el Instituto de Asuntos
Interamericanos y otras instituciones de proyección cultural y educativa, ejercían una fuerte
influencia en la concepción pedagógica oficial en Cuba. También se amplió la presencia de escuelas
de origen y formación norteamericana como la Havana Bussiness
Academy, fundada en 1936 con director estadounidense, que fue extendiendo sus filiales por la
capital rápidamente. En 1942 se estableció el primer Junior College con la Havana Bussiness
University. Después de la Ley de universidades privadas, entre otras, se legalizó en 1953 la Santo
Tomás de Villanueva que existía desde 1946 regida por los padres agustinos estadounidenses de
Villanueva, en Pennsylvania.
Frente a la pretendida norteamericanización, el magisterio cubano defendió su tradición patriótica y
nacionalista lo que se vinculaba con la aspiración a una enseñanza más científica y moderna, desde
los presupuestos nacionales. Una conquista de gran importancia fue la incorporación de la
enseñanza de la Historia de Cuba en todo el sistema educacional oficial entre 1939 y 1940, aunque
en sus objetivos se planteaba: “[...] cultivar el conocimiento y el amor hacia las naciones hermanas
de América, […] a fin de que cristalicen en hermosa realidad los ideales panamericanos inspirados
en las fecundas doctrinas de Washington, Bolívar y Martí [...]44 Esta orientación se correspondía
con los acuerdos emanados de la VII Conferencia Panamericana de Montevideo de 1933, en la que
se aprobó la creación de un Instituto encargado de revisar los programas y planes de enseñanza de
la historia de manera de reforzar, mediante un modelo interamericano común, el sentido
panamericano —falsamente atribuido a Bolívar y Martí— y la defensa del sistema imperante.
La educación también era un campo de batalla de defensa de la nación, como lo evidenció el
movimiento “Por la Escuela Cubana en Cuba Libre” en el que se agrupaban figuras como Emilio Roig
de Leuchsenring, José Antonio Portuondo, Elías Entralgo y Fernando Ortiz.
Con más de un millón de analfabetos totales, bajos índices de escolarización y la indiferencia oficial,
Cuba seguía construyendo su identidad y la cultura cubana fortalecía su presencia frente a la
dominación. Este fue también un campo de resistencia y combate.