FÁBULA DEL PELOTUDO, Según Fontanarrosa
Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían
con el pelotudo del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía
haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas. Diariamente, algunos
hombres llamaban al pelotudo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger
entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor
tamaño, pero de 1 peso. Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa,
lo que era motivo de risas para todos. Un día, alguien que observaba al grupo
divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no
había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le
respondió:
– Lo sé, no soy tan pelotudo…, vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el
jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar
algunas conclusiones:
La primera: Quien parece pelotudo, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos pelotudos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de
ingresos
La cuarta: (quizás la conclusión más interesante) Podemos estar bien, aun
cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros. Por lo tanto, lo
que importa no es lo que piensan los demás de nosotros, sino lo que uno
piensa de sí mismo
MORALEJA:
«El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelotudo delante
de un pelotudo que aparenta ser inteligente»
Esta historia que circula por Internet, quizás sea de Fontanarrosa, quizás no.
Quién sabe. Lo que plantea es a priori convincente; sobre todo porque quien
lee en general se suele situar del lado del más débil, del desfavorecido.
Las preguntas, muy del estilo de cuestionario escolar, que siguen a la anécdota
no parecen provenir de la pluma de Fontanarrosa. Pero están adosadas a
todas las versiones de la historia, así que ya son parte. Quien parece
pelotudo no siempre lo es, dice la primer “conclusión”.
Viene bien aquí traer el recuerdo la brillante frase de Groucho Marx: “Puede
que parezca un idiota y hable como un idiota, pero no deje que eso
le engañe. Realmente es un idiota”
La cito porque me parece que el pelotudo de la historia es realmente un
pelotudo, y paso a explicarlo.
Razonemos: el pelotudo se queda con una moneda de 50 centavos, pero
también con el estigma; la fama de ser un inmenso pelotudo. Para todo el
pueblo seguirá siendo siempre un pelotudo, y queda ratificado en cada ocasión
que el huevón elige los 50 centavos.
Las consecuencias de esta fama no están planteadas en esta historia de
marras, por eso este texto, en donde se invita a pensar en los efectos de
ratificar una pelotudez en público. Porque en ese pueblo ¿qué trabajo le
podrían encargar al pobre pelotudo? Ninguno. O alguno de los peores, porque
está visto que no puede distinguir inteligentemente algo valioso de algo de
menor valía.
Si la historia terminase con un giro, en donde un día, el pelotudo les
demostrara que estuvo fingiendo, y se llevara la moneda de mayor valor, ahí sí,
las risas serían de todos los que no participaron en la broma: sería más
festejada, y uno también reiría.
Pero Fontanarrosa, (o quien le tomó el apellido para querer demostrar algo así
como un estilo de “viveza criolla”) no le da este remate, y el pelotudo queda
recibiendo una limosna, pensando que es más vivo que quienes le toman el
pelo, prestándose a un juego que lo vuelve un hazmerreir, y que termina
teniendo el extraño efecto de hacernos imaginar que en algunos lugares del
interior realmente son de lo peor, que están muy al pedo y que se entretienen
menospreciando a los menos favorecidos.
Quizás también el enunciado del cuento, en donde se nos presenta al pelotudo
como el pelotudo del pueblo inclina a pensar que no hay otro modo de verlo,
que como un pelotudo, como un tipo indigno de confianza, factor desencadente
de terribles cagadas, llegando a propiciar toda suerte de desgracias.
Porque es así, un pelotudo es una posibilidad de catástrofe inminente y la hace
acontecer en el momento menos oportuno.
Pero en este caso vemos el accionar del pelotudo como un acto simple: tomar
una moneda. Entonces, cabría preguntarse si no habrá otro modo de ver esta
situación, o varios modos, pero una de ellas podría ser esta:
Que al pelotudo en realidad no le interese el valor de la moneda, y que
responde como responde a su interlocutor que le pregunta si no se da cuenta
de un modo que evita entrar en detalles de los verdaderos motivos de su
accionar; porque el pelotudo sabe y reconoce el efecto benéfico de la risa y
repite la escena a fin de que ocurra ese estallido energético que es la
carcajada, en personas que le son conocidas, y con eso se siente satisfecho,
no con la moneda: con poder alegrar a esos pobres pelotudos que creen
tomarle el pelo.
Paga así las consecuencias ulteriores, pero el pelotudo es un humanista, o
mejor, un humorista, de cincuenta centavos la función.
Lo que produce es infinitamente más valioso que el dinero. Es una especie de
alegría y no a su pesar, sino con su consentimiento.
El pelotudo así deviene en un sabio, un benefactor, un gran actor en un
escenario de algún modo ilusorio, ficticio, porque ni él, el pelotudo, ni los vivos
que se ríen, existen sino en la mente de quien los ve de este modo.
Enero 2023