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CLLM .Sasusaku

Este documento narra el regreso de Sasuke a su pueblo natal para el funeral de su hermano Itachi, a quien no veía desde hacía dos años. Al llegar, se reencuentra con su madre y recorre los lugares de su infancia.

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Jesica González
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CLLM .Sasusaku

Este documento narra el regreso de Sasuke a su pueblo natal para el funeral de su hermano Itachi, a quien no veía desde hacía dos años. Al llegar, se reencuentra con su madre y recorre los lugares de su infancia.

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Prólogo

Mayo, 2001

Estás seguro de que no quieres regresar a casa? —preguntó Shisui.


Sasuke negó con la cabeza mientras echaba un último vistazo al centro de menores en el que había
pasado los últimos dos años. Miró a su tío y trató de sonreír. Shisui era el hermano de su madre.
Vivía en Nuevo México desde hacía varios años y las cosas le iban bastante bien. Como él, había
sido un chico rebelde y problemático, sin futuro, hasta que decidió abandonar Port Pleasant.

Quizá, él tuviera la misma suerte.

—No creo que sea buena idea. En ese pueblo nadie olvida —dijo Sasuke.

—¡Que se vayan al infierno! —replicó Shisui.

Sasuke sacudió la cabeza y embutió las manos en los bolsillos de sus tejanos. Cada vez que cerraba
los ojos, revivía lo que sucedió aquella noche como si solo hubiera ocurrido unas horas antes. Había
pasado todo ese día en el sótano de Naruto, perdiendo el tiempo, sin hacer nada salvo ver películas
de terror y beber cerveza. Cuando llegó a casa y vio el Chevrolet Chevelle de su padre, aparcado en
medio del jardín con parte de la valla de madera bajo las ruedas, supo que habría problemas.

Al entrar en la casa, los gritos y el eco de

los golpes confirmaron sus peores temores. Su madre estaba presa de un ataque de nervios mientras
su padre estrellaba la cabeza de su hermano pequeño contra el suelo. Itachi ya no se defendía y su
pecho apenas se elevaba. ¡Dios, solo tenía catorce años! Algo se rompió dentro de Sasuke mientras
contemplaba la escena. Estaba cansado de aquel infierno, de aguantar las palizas y los insultos, de
tener miedo cada vez que aquel hombre entraba por la puerta.

Corrió hasta su habitación, cogió el bate de béisbol que guardaba bajo la cama y regresó a la cocina.
Tenía diecisiete años y el pánico le atenazaba la garganta. Su padre se enderezó y lo miró con un
gesto de sorpresa; después su mirada reflejó un odio profundo mientras se levantaba del suelo con

los nudillos ensangrentados.

Esa noche, Sasuke no había vacilado y había hecho lo que un hombre haría para proteger a su
familia.

—Es tu casa, y tu madre y tu hermano quieren que regreses —insistió Shisui al ver que su sobrino
guardaba silencio.

—Pero yo no quiero volver. —Respiró hondo—. Ellos están mejor sin mí.
Shisui suspiró y le dio una palmada en la espalda.

—Si esa es tu última palabra, entonces vendrás conmigo —dijo mientras abría la puerta del coche.

Sasuke lo miró sorprendido.

—¿Quieres que vaya contigo a Santa Fe?

—preguntó sin aventurarse a sonreír.

—Eres mi sobrino, no puedo dejarte en la estacada. Además, será un favor por otro favor.

—¿Qué clase de favor? —quiso saber Sasuke con cierto recelo. Hacía mucho que no confiaba en
nadie excepto en sí mismo.

—Necesito una persona que me ayude en el gimnasio por las mañanas y en el taller por las tardes.
Solo tengo una condición: te mantendrás alejado de los problemas y las drogas. ¿De acuerdo?

—Las drogas no tienen que preocuparte, pero los problemas me persiguen —dijo Sasuke con voz
cansada.

—Pues les patearemos el culo cuando aparezcan. No voy a dejarte, chico. ¿Qué dices, te interesa el
trabajo?

Sasuke estrechó la mano que Shisui le ofrecía y esta vez se atrevió a sonreír.

—Me interesa.
1

Dos años después.

Sasuke jamás pensó que regresaría a Port Pleasant, y mucho menos que lo haría para asistir al
funeral de Itachi. Aún no podía creerlo. Un accidente de tráfico, un maldito árbol, y su hermanito
había dejado de existir para siempre.

Estrelló un puño contra el volante. No lograba asimilar la idea de que no iba a verle nunca más. No
quería mortificarse, pero le resultaba imposible no preguntarse si había hecho lo correcto largándose
a Santa Fe. Aún no estaba seguro de si había tomado

esa decisión para proteger a su madre y a su hermano de la clase de persona en la que se estaba
convirtiendo, o si, en realidad, se había limitado a huir de sí mismo, de los recuerdos y el desastre
en el que acabaría convirtiéndose su futuro de un modo inexorable.

Con solo diecisiete años, Sasuke había cometido infinidad de robos y allanamientos; destrozado un
par de coches durante las carreras ilegales que tenían lugar en la carretera de la costa; y enviado
a más de un tipo al hospital por las peleas en las que su padre le obligaba a participar.

Los dos años que había pasado en el centro de menores habían sido como un bálsamo para su alma.
Su padre había muerto dos días después de que a él le

encerraran, a causa de un infarto que nada tenía que ver con las lesiones de la agresión; eso habían
dicho los médicos. A Sasuke le daba igual el motivo por el que la había palmado. Lo único que le
importó en aquel momento fue que ya no tendría que pasarse las noches en vela pensando si su
madre o su hermano estarían bien, o si, por el contrario, aquel sería el día que al cabrón se le iría la
mano más de la cuenta. Saber que estaban en peligro y que él no podía hacer nada para protegerlos,
habría sido una tortura mayor de la que podría haber soportado.

Cruzó el pueblo en dirección a las afueras, hacia el barrio donde había vivido la mayor parte de su
vida. Allí todas las casas eran iguales, separadas las unas de las otras tan solo por un muro de
ladrillo,

insuficiente para tener algo de intimidad. En un barrio como aquel todos se conocían y las miserias
eran de dominio público. No estaba muy lejos de las zonas de clase media, ni de la colina donde se
alzaban las grandes casas sureñas de los ricos; y, al mismo tiempo, se encontraba a un mundo de
distancia.

Detuvo el coche frente a la que había sido su casa. Se sorprendió al ver el jardín delantero con un
césped impoluto. En el porche había un pequeño balancín, y de la viga de madera que lo sostenía
colgaban maceteros con flores multicolores. Se bajó con el corazón latiendo muy deprisa y contempló
la entrada. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había cruzado aquella puerta.

—¡Sasuke!

Su madre apareció en el porche y corrió hacia él. Se quedó inmóvil, mudo de la impresión, y solo
fue capaz de abrir los brazos mientras ella se precipitaba entre ellos. La estrechó contra su pecho,
preguntándose en qué momento se había convertido en aquel ser, pequeño y frágil. La apretó con
más fuerza e inspiró el olor a lavanda que desprendía su pelo. Se le encogió el alma al sentir aquel
aroma tan familiar que seguía grabado en su cerebro después de tanto tiempo.
Habían pasado dos años desde la última vez que se vieron, poco antes de que él terminara de cumplir
su condena, y en todo ese tiempo solo habían hablado por teléfono. La apartó un poco y le dedicó
una sonrisa.

Estaba tan pálida y demacrada que habría podido pasar por el cadáver que les esperaba en la
funeraria. Solo tenía cuarenta años, pero el espejo de su cara reflejaba muchos más, demasiados.

—Estás muy guapo —dijo su madre mientras le acariciaba la mejilla—. Y mucho más alto. —Lo miró
a los ojos y soltó un suspiro entrecortado. A ella le dolía contemplarlos porque eran iguales a los de
Itachi: de un marrón claro salpicado de máculas verdes, y con largas y espesas pestañas que los
ocultaban cuando los entrecerraba—. Anda, vamos adentro. Aún faltan un par de horas para el
funeral, y seguro que estarás cansado del viaje.

Sasuke se inclinó para besarla en la frente. Le rodeó los hombros con el brazo y, juntos, se dirigieron
a la casa. Se detuvo en el porche y cerró los ojos. Durante un segundo, pensó que no podría hacerlo,
que no podría entrar. Tomó aire y se obligó a cruzar el umbral del que había sido su infierno.
2

Sakura contempló el ataúd. Aún no podía creer que el cuerpo de Itachi estuviera allí dentro.
Nunca habían sido grandes amigos; no hasta un par de años antes, cuando Mikoto Uchiha, la madre
de Itachi, empezó a trabajar como asistenta para su familia. Todas las tardes el chico iba a recogerla
para acompañarla después a casa, y, mientras la esperaba, él y Sakura solían conversar en la cocina
tomando un té helado. A veces, incluso la ayudaba con los deberes. Cálculo y química se habían
convertido en una pesadilla para ella, y sin la ayuda de

Itachi no habría logrado la nota que necesitaba para graduarse e ir a la universidad.

En cierto modo, acabó admirándolo. Itachi siempre había sido un chico amable, inteligente, y había
conseguido lo que pocos en su situación lograban: una beca completa para estudiar en la Universidad
de Columbia.

Recorrió con la vista los rostros de los asistentes al funeral. Todos eran vecinos del barrio. Muchos
de ellos la miraban como si fuera alienígena, y no era de extrañar. La gente de la colina, como su
familia, con sus lujosas mansiones y sus coches caros, no solía relacionarse con la masa de los
suburbios. No porque fueran mejores ni nada de eso, sino porque pertenecían a mundos

diferentes.

Los ojos de Sakura se posaron en Mikoto Uchiha. La pobre mujer estaba destrozada y apenas lograba
mantenerse de pie. Solo los brazos de su hijo mayor impedían que cayera al suelo de rodillas. Sakura
miró de reojo al muchacho, Sasuke Uchiha. Su reputación aún era una leyenda en Port Pleasant. Era
el tipo de chico sobre el que los padres previenen a sus hijas. Las cosas que se contaban sobre él
atemorizarían al tipo más duro del pueblo, y ella las creía a pies juntillas. Aún recordaba lo mucho
que la intimidaba su presencia cuando se cruzaba con él en los pasillos del instituto. También
rememoraba el hormigueo que sentía en el estómago cuando sus ojos, de un color fascinante,
coincidían con los suyos por

accidente.

En aquella época, la diferencia de edad entre ellos suponía un abismo: Sakura contaba catorce años
y Sasuke tenía diecisiete. Sabía que era invisible para él. Sasuke salía por aquel entonces con Karin
y toda su atención era para ella. Eran tal para cual. Pertenecían al mismo barrio, al mismo ambiente
y a la misma pandilla. El rey y la reina de los suburbios.

Sakura jamás lo admitiría, aunque le fuera la vida en ello, pero había estado enamorada de Sasuke
en secreto durante todo un año; hasta que lo detuvieron por darle una paliza a su padre y
desapareció. Le costó olvidarse de él. Durante mucho tiempo formó parte de sus sueños y
fantaseaba despierta imaginando cómo sería que la

abrazara y la besara como hacía con Karin.

Notó que se ruborizaba con aquellos recuerdos. ¿Por qué pensaba ahora en todo eso? Miró de nuevo
al chico. Decir que estaba guapo era quedarse corto. Los años le habían sentado de maravilla. Lucía
una sencilla camiseta de color negro, lo suficientemente ajustada para insinuar un cuerpo perfecto,
y unos tejanos desteñidos que se moldeaban muy bien a sus caderas. Sasuke tenía una belleza
agresiva a la par que natural. Recordaba haber visto ese torso desnudo muchas veces, durante los
partidos de baloncesto, y los temblores que le provocaba.
Empezó a subirle un calor asfixiante por el cuello, que se instaló en sus mejillas como dos faros
luminosos. Apartó la vista cuando él miró en su dirección. Se sentía fatal por tener esos pensamientos
durante el funeral de su hermano, pero decidió devolverle la mirada.

Solo que no era a ella a quien había visto.

Karin acababa de aparecer agitando su oscura y larga melena y contoneando las caderas de una
forma insinuante. Pasó por su lado dejando una estela de ese perfume barato que siempre usaba, y
se lanzó a los brazos de Sasuke. Sakura se quedó de piedra ante su falta de sutileza. Si se pegaba
más a él, acabaría por fundirse con su cuerpo. Podría cortarse un poco, ¿no? Aunque tratándose de
Karin, sería como pedirle a una leona que no se comiera a una pequeña cebra. Y la chica tenía
debilidad

por las cebras, sobre todo si estas parecían modelos salidos de un anuncio como ocurría con Sasuke...
y también con Sai.

Dio media vuelta con el estómago revuelto: Karin la ponía enferma. Empezaba a arrepentirse de
haber asistido al entierro. Temary se lo había advertido, le había repetido mil veces que no era una
buena idea dejarse ver por allí, y mucho menos sola, pero ella se había negado a escucharla. Itachi
se había convertido en su amigo y merecía esa despedida. Pero, como siempre, Temary tenía razón.

A la mañana siguiente, Sasuke se levantó temprano. Apenas había podido dormir; demasiados
recuerdos. Había pasado parte de la noche entre las cosas de su hermano: hojeando sus cómics, sus
libros del instituto, y contemplando la fotografía que le habían tomado el día de su graduación,
apenas un mes antes.

Se había sentido tan orgulloso de él: el primer Uchiha que iría a la universidad, y nada menos que a
Columbia. Ahora todo eso se había convertido en una bonita ilusión absorbida por la realidad. La
gente como ellos no tenía derecho a soñar. Cuando lo

hacían, siempre ocurría algo que les recordaba que las cosas buenas solo les pasaban a los demás.

Fue hasta la cocina y se sirvió una taza de café. Oyó a su madre en el sótano, refunfuñando un par
de maldiciones.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó desde la puerta.

—Lo que necesito es una lavadora nueva —respondió ella con tono gruñón.

Sasuke sonrió. Era tan agradable escuchar su voz. Apoyó la cadera en la encimera y recorrió con la
vista la cocina mientras daba pequeños sorbos al café caliente. Todo estaba tal como lo recordaba,
incluidas las abolladuras en los armarios y las paredes, decoradas por los puños de su padre. Su
madre apareció cargando con un cesto de ropa. Sasuke se apresuró a ayudarla.

—Deja que yo lleve eso.

Se lo quitó de las manos y la siguió hasta el patio trasero. Mientras ella tendía la ropa, Sasuke
contempló la casa. Se fijó en el óxido que recubría las bisagras de las contraventanas y en la pintura
desconchada. A la valla de madera le faltaban bastantes listones y a través de los huecos se veía
con claridad el patio del vecino. No necesitaba mirar para saber que el tejado pedía a gritos una
buena revisión, pues las manchas de humedad que había visto en el techo daban fe de ello. Y el día
anterior, al llegar, también se había percatado de lo mal que estaban los peldaños del porche y la
puerta del garaje.

—¿Qué miras? —preguntó su madre.

Con las manos en las caderas, Sasuke sacudió la cabeza disgustado.

—Mamá, la casa se está cayendo a pedazos.

—Lo sé —dijo ella con un suspiro—. Itachi hacía lo que podía, pero nunca fue tan mañoso como tú.
Además, sus estudios le tenían ocupado la mayor parte del tiempo y... mi sueldo no da como para
contratar a alguien que la repare.

Sasuke tomó aire y lo soltó despacio: oír a su madre referirse a Itachi en pasado era muy doloroso.
Sus ojos volaron a la puerta. Deseó que se abriera y que el chico la cruzara con su amplia sonrisa,
tal y como la recordaba. Pero eso no iba a suceder y debía aceptarlo cuanto antes. Su madre debió
adivinar sus pensamientos, porque se acercó a él y le acarició el brazo. El contacto hizo

que tuviera que apretar los párpados para contener unas estúpidas lágrimas. ¡La había echado tanto
de menos!

—Tu hermano te adoraba. Para él eras como uno de esos superhéroes que aparecen en los cómics
que leía.

—Ya, solo que el héroe no estaba aquí para cuidar de él.

—Sasuke, tu hermano nunca te culpó de nada, ni pensó por un solo instante que le hubieras
abandonado. Te quería muchísimo y, aunque te echaba de menos, siempre supo que no era fácil
para ti regresar aquí. Lo que pasó, lo que hiciste aquella noche… — Respiró hondo—. Siempre tuvo
muy presente que fue para protegerle a él. Tú cambiaste su vida esa noche, le diste un futuro
sacrificando el tuyo. —Hice lo que tenía que hacer y, si me arrepiento de algo, es de no haberme
cargado a ese cabrón mucho antes — masculló, apretando los puños.

—No te atormentes, por favor. No quiero seguir pensando en cómo habrían sido las cosas si... si...
—Se cubrió las mejillas con las manos. Las lágrimas tensaban su voz—. Las cosas simplemente
pasan, Sasuke. Sé que no es fácil aceptarlo sin más. Tu hermano ya no está. Honra su memoria y
sigue adelante. Es lo que él querría que hicieras. No le gustaría que continuaras sacrificando tu vida
por él.

Sasuke no respondió, no sabía qué decir.

—Creo que me quedaré unos días. Voy a arreglar la casa —comentó al fin, cambiando de tema—.
Iré a la ferretería del viejo

Travis a por algunas herramientas y madera.

Sigue allí, ¿no?

Su madre sonrió.

—Sí, sigue allí, solo que ahora es su yerno quien se ocupa del negocio. Zack Philips, ¿te acuerdas de
él?
—Claro que me acuerdo de él.

Su madre miró el reloj que llevaba en la muñeca y sus ojos se abrieron como platos.

—¡Es tardísimo, voy a llegar tarde al trabajo! —exclamó.

—¿Vas a ir a trabajar? —preguntó Sasuke sorprendido. Y añadió con tono enojado—: ¿Qué pasa,
que esos ricachones no respetan ni el luto?

—¡No! Soy yo la que quiere ir. No... no puedo quedarme sin hacer nada. Necesito estar ocupada y
también necesito el dinero.

Hay que pagar el funeral.

—Está bien —refunfuñó—, pero yo te llevo. Quiero ver esa casa donde trabajas.

Sasuke condujo su Ford Mustang de 1969 hasta la colina donde se encontraba el barrio de la gente
rica de Port Pleasant. Adoraba su coche. Su tío lo había comprado en un desguace y se lo había
regalado para celebrar su salida del Centro. A Sasuke le había costado una pasta restaurarlo, dinero
que había conseguido trabajando quince horas al día durante dos años, pero había merecido la pena.
Por primera vez tenía algo que era realmente suyo.

—Es ahí —dijo su madre, señalando una enorme casa blanca de dos plantas con gigantescas
columnas.

Sasuke silbó por lo bajo.

—¡Vaya! ¿Y a qué dices que se dedica esta gente?

—No te lo he dicho. El señor Haruno es juez, vive con su esposa, Mabuki, y con su hija, Sakura. Es
una chica muy agradable, y también muy guapa. Toda una señorita.

—Ya, como todas ellas —replicó él con tono sarcástico.

Aún recordaba al grupito de animadoras del instituto: las populares. Tan estiradas que parecía que
se habían tragado un palo, y con la nariz siempre arrugada como si estuvieran oliendo algo
asqueroso. Esas chicas no sabían divertirse. Su única aspiración en la vida era cumplir los deseos
de los chicos del equipo de fútbol y perder la virginidad con uno de ellos durante el baile de
graduación. Chico con el que se casarían al

acabar la universidad y con el que formarían uno de esos matrimonios aburridos abocados a la
infidelidad. Porque ese tipo de chicas, que solo vivían para ser perfectas, en realidad soñaban con
que un tipo como él se colara bajo sus vestidos de diseño.

Su madre le dio una colleja cariñosa y después enredó los dedos en su pelo oscuro para alborotárselo.

—Necesitas un buen corte.

—Mi pelo es sagrado, ya lo sabes.

¿Recuerdas cómo me perseguías para cortármelo? Me traumatizaste. Llegué a tener pesadillas —


comentó con los ojos entornados.
Su madre rompió a reír y provocó que él también lo hiciera. Por un momento fue como viajar atrás
en el tiempo. Soltó con fuerza el aire de sus pulmones y clavó la vista en la casa. Jamás volvería a
ser como antes, ya no.

—No eres un mal chico, aunque te empeñes en lo contrario —le dijo ella con dulzura, y añadió en
voz baja—: Yo lo sé y tú te darás cuenta algún día.

Sasuke no respondió. Quizá no fuera malo, pero tampoco era bueno. Los chicos buenos no eran
como él. Solían ser las estrellas del equipo de fútbol y salían con chicas respetables; planeaban su
futuro; iban a buenas universidades, y se convertían en médicos, abogados o jueces. Los chicos
buenos no se metían en peleas ni se jugaban el pellejo con asuntos ilegales. Tampoco se veían
obligados a proteger a una madre y a un hermano pequeño de un padre violento. Y

no fumaban hierba para olvidar que la vida era una mierda y que no merecía la pena esforzarse por
un futuro que no iban a tener. No, definitivamente él no era un buen chico.

—¿A qué hora vengo a buscarte? — preguntó, haciendo a un lado sus pensamientos.

—La verdad es que no lo sé. Los viernes suelo acabar pronto, pero el señor Haruno da una cena
mañana y es probable que deba quedarme un poco más para echarle una mano. Te llamaré, ¿de
acuerdo?

Sasuke asintió y se dejó abrazar por ella durante unos segundos.

—Te quiero mucho —dijo su madre.

—Yo también te quiero, mamá.

Sasuke se puso en marcha y fue

directamente a la ferretería. Poco después estaba trabajando en el porche.

A última hora de la tarde ya había reemplazado todas las maderas del suelo y los peldaños estaban
casi terminados. Se limpió el sudor de la frente con la camiseta y continuó arrancando los clavos
oxidados con un martillo con el que hacía palanca.

—¡Serás capullo, he tenido que enterarme por los cotilleos del barrio de que mi mejor amigo había
vuelto!

Sasuke se dio la vuelta y se encontró con Naruto apoyado como un gato perezoso en la plataforma
de su camioneta. Unas latas de cerveza colgaban de su mano. Se apartó el pelo de la frente y se
encogió de hombros.

—Te habría enviado flores con una nota, pero no sabía si aún te ponían las rosas — dijo Sasuke sin
ninguna emoción. Se sacudió las manos en los pantalones.

Naruto se echó a reír y su risa chillona acabó contagiando a Sasuke. Chocaron sus puños y acabaron
fundidos en un abrazo fraternal.

—Me alegro de verte —declaró Naruto mientras le daba un golpecito en el hombro.

—Yo también. Aunque lo negaré en público —admitió Sasuke con una sonrisa maliciosa. Señaló las
cervezas—. ¿Están frías?
—Como el trasero de una tía —respondió Naruto. Cogió una lata y se la lanzó.

Sasuke la atrapó al vuelo y se sentó en los peldaños del porche.

—Veo que conservas tu encanto.

—Yo también te quiero, pero no pienso besarte —repuso Naruto con un suspiro. Hubo un largo
silencio en el que ambos se quedaron mirándose. Rompieron a reír a carcajadas, como si los cuatro
años que habían estado separados nunca hubieran pasado—. Siento lo de Itachi, tío, y siento no
haber asistido al funeral, pero ya sabes que esas cosas me ponen los pelos de punta.

—Tranquilo. No pasa nada —comentó Sasuke.

Le dio una palmada en la espalda y apuró la cerveza. Abrió otra lata y estiró sus largas piernas para
acomodarse. Contemplaron la calle, donde unos niños jugaban con un monopatín y molestaban a
unas niñas que saltaban con una cuerda.

—¿Cómo lo llevas? —preguntó Naruto.

El corazón de Sasuke se aceleró y se le tensaron los músculos de los brazos.

—Estoy jodido. No puedo creer que mi hermano ya no esté —respondió. Se pellizcó el puente de la
nariz para evitar que las lágrimas aparecieran en sus ojos—. Él era mi razón para todo, Naru. Era mi
responsabilidad, y no he podido mantenerlo a salvo.

—No podías protegerle de algo así. Aunque hubieras ido con él en ese maldito coche, no habrías
podido hacer nada. No te rayes, ¿vale?

Sasuke asintió, pero sabía que jamás podría librarse del sentimiento de culpa que lo consumía.

—¿Qué pasó en realidad?

Naruto se encogió de hombros.

—No lo sé. Su coche apareció empotrado contra un árbol a la altura de Cape Sunset.

No había marcas de neumáticos, no frenó.

—¿Crees que pudo quedarse dormido?

—Ni siquiera eran las once cuando le encontraron. Yo no lo creo, pero... quién sabe. —Abrió su
segunda cerveza y apoyó los brazos en las rodillas—. Dicen que había bebido. Había restos de alcohol
en su sangre.

—¡Y una mierda! —soltó Sasuke a la vez que se enderezaba como si le hubieran pinchado—. Lo más
fuerte que tomaba mi hermano eran refrescos con azúcar.

—Lo sé, tío. No le he quitado el ojo de encima durante estos cuatro años, y juraría por mi vida que
tu hermano no había bebido esa noche ni ninguna otra. Pero el informe del forense dice lo contrario.

—¡Pues ese informe se equivoca!

Se puso de pie y tomó un par de tablas del suelo. Las estudió por ambos lados hasta darles el visto
bueno.
Naruto se apartó de la escalera y se quedó mirando cómo las encajaba buscando una alineación
perfecta.

—Estás haciendo un buen trabajo — comentó para cambiar de tema.

Sasuke tenía un genio de mil demonios y Naruto se había dado cuenta de que hablar de su hermano
lo descontrolaba. Además, le dolía ver ese remordimiento en su mirada. Se había pasado la vida
culpándose por cosas de las que no era responsable. Naruto lo sabía mejor que nadie.

—La casa se cae a pedazos. Necesita muchos arreglos, y para eso necesito pasta. Y no tengo —dijo
Sasuke mientras hundía

unos clavos con demasiada fuerza. Se estiró y miró ansioso las ventanas—. Tengo que arreglarla
como sea.

Naruto se plantó a su lado mientras se pasaba la mano por la sombra que le oscurecía la mandíbula.

—Entonces necesitas un trabajo. ¿Vas a quedarte? —le preguntó con un atisbo de esperanza en la
voz.

—No —contestó señalando la calle con la cabeza—. Este sitio ya no es para mí. Regresaré a Santa
Fe en cuanto me asegure de que mi madre está bien.

—Pues es una mierda que vuelvas a irte.

Un coche patrulla pasó muy despacio por la calle. El policía que conducía bajó la ventanilla y clavó
sus ojos en Sasuke. Naruto alzó la mano y los saludó con una sonrisa socarrona.

—Gilipollas —masculló, asqueado, sin perder la sonrisa.

En cuanto desaparecieron les levantó el dedo corazón.

—Me alegra ver que hay cosas que no cambian.

—¿Esos? Para lo único que sirven es para poner multas y tocar los huevos. Sin contar con que solo
protegen a los de siempre. — Naruto jugueteó con el aro de su oreja y cogió otra cerveza—. Voy a
hablar con mi padre, quizá puedas echarnos una mano en el taller. No será mucho, pero... te vendrá
bien la pasta.

Sasuke se frotó la barbilla y una sonrisa se dibujó en su cara.

—Eso estaría bien, Naru.

—Hablaré con él esta noche. Podrías empezar mañana. —Naruto entornó los ojos mientras bebía un
largo trago de cerveza y observó el brazo de su amigo—. ¿Y eso? Ahí no es...

Sasuke se miró el bíceps, donde su tatuaje asomaba bajo la camiseta, y asintió.

—No soportaba esa cicatriz —aclaró con un estremecimiento.

Tras una carrera que Sasuke había estado a punto de perder, su padre lo había aplastado contra el
motor caliente del coche y le había provocado una quemadura bastante seria.

—¿Y te tatúas una lagartija al estilo maorí? —preguntó Naruto con una sonrisita burlona.
—Es un gecko, idiota, y es samoano —le espetó mientras se levantaba la manga para que pudiera
verlo.

—¡Vaaaaale! Es muy chulo, tío, me gusta.

Pero me sigue pareciendo una lagartija.

Sasuke resopló.

—Pues si vas a burlarte, paso de enseñarte el que llevo en la espalda.

—¿Llevas otro en la espalda? ¿Cuántos tienes ya? ¡Venga, desnúdate para mí, déjame verlo! —
canturreó Naruto con tono socarrón mientras contoneaba las caderas.

Sasuke se echó a reír.

—Te juro que después de lo que acabas de decir, no pienso volver a darte la espalda; y mucho
menos agacharme.

Naruto se quedó pensando. Frunció el ceño. De repente, su cara se iluminó, captando la indirecta.

—¡Serás capullo! Ya podrías ser la

hermana gemela de Sasha Grey y no te metería mano aunque me lo suplicaras — gritó mientras se
lanzaba a por él.

Chocaron contra una de las columnas y comenzaron a pelearse en broma, justo cuando un Mercedes
gris se detenía en la calle. Los chicos se enderezaron y lanzaron una mirada desconfiada al vehículo.
Un hombre descendió por la puerta del piloto y se apresuró a rodear el coche para abrir la otra
portezuela.

—No era necesario que me trajera hasta casa, señor Haruno —dijo Mikoto Uchiha.

—Por supuesto que sí, Mikoto. No es ninguna molestia. De todas formas tenía que salir.

—Gracias, señor Haruno.

El hombre asintió y miró la casa. Sus ojos se posaron en los dos chicos que le devolvían la mirada
de hito en hito.

—¿Es tu hijo?

Mikoto sonrió orgullosa.

—Sí, es mi hijo mayor, Sasuke.

El juez Haruno cruzó los escasos metros que lo separaban del porche y alargó la mano hacia Sasuke.
No porque conociera al otro muchacho, sino porque Sasuke era el vivo retrato de su madre y no
había lugar a error.

—Encantado de conocerte, hijo. Soy Kisashi Haruno.


Sasuke se quedó mirando la mano del tipo, en la que destacaban un anillo y un reloj de oro que
debían valer lo que aquel barrio. ¿Por qué aquellos ricachones se empeñaban en restregar a
todo el mundo la pasta que poseían? Sin apartar la mirada, Sasuke estrechó con fuerza aquellos
dedos de perfecta manicura con su mano callosa.

—Buen apretón —señaló el juez—, fuerte y seguro. Eso dice mucho de un hombre. — Sonrió y sus
ojos volaron al porche—. ¿Lo estás arreglando tú?

Sasuke dijo que sí con la cabeza sin dignarse a abrir la boca. Le importaba un cuerno ser amable
con ese tipo. No le gustaba la gente como él, que contemplaban el mundo desde un pedestal. Su
madre le dedicó una mirada asesina.

—Sí —se obligó a responder para no contrariarla.

—Pues está realmente bien. —Se quedó pensando un momento, con los brazos en jarras mientras
inspeccionaba el suelo del porche—. Espero que no te moleste, pero... —Clavó sus ojos grises en
Sasuke—. ¿Te interesaría trabajar para mí unos días?
4

Sakura no podía apartar los ojos de


Temary, que, con la boca abierta, escuchaba las razones de Konan por las que ella debía perdonar
a Sai por su desliz y volver a salir con él. Inició en su mente la cuenta atrás. Al llegar a cero, estaba
segura de que Temary abriría la boca y, sin cortarse un pelo, enviaría a la cándida Konan a que le
hicieran una lobotomía de urgencia.

—Bueno, no es que yo crea que estuvo bien lo que hizo —decía Konan—. Pero, reconozcámoslo, ¡es
un chico! Y si una fulana como la «innombrable» se lo da servidito en bandeja, pues es comprensible

que lo tome. Los chicos tienen necesidades y no todos son de piedra.

—¿Tú estás colocada? ¿Qué te has fumado? —preguntó Temary entornando los párpados.

Sakura miró a su alrededor para asegurarse de que nadie en el bar estaba pendiente de su
conversación. Se masajeó las sienes y se cruzó de brazos; estaba cansada de aquel tema. Su ruptura
con Sai había sido la comidilla de todo el vecindario. La pareja perfecta ya no lo era y ese hecho
parecía haberse convertido en un problema nacional para todo el mundo.

—¡No, ya sabes que yo no tomo esas cosas! —respondió Konan ofendida—. Solo digo que Sai es el
chico más popular. Es guapo, un brillante universitario y su familia

es la dueña de medio condado. Y todas sabemos que con Saku aún... pues eso, que nada de nada.
No creo que haya que enviarlo a la hoguera por un error. Está arrepentido y quiere volver con ella.
—Clavó los ojos en Sakura—. En serio, Saku. No sé a qué esperas. Los chicos como Sai no abundan
y tú vas a perderlo por no tragarte ese orgullo.

Sakura la miró sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. Abrió la boca para contestar, pero
Temary se le adelantó.

—¿Estás insinuando que, ya que mi mejor amiga no se acuesta con él, su ahora ex novio tiene todo
el derecho del mundo a tirarse a otra para bajar el calentón?

Temary levantó las cejas esperando la réplica.

—¡No, solo digo que, hasta cierto punto, es comprensible! Cuando no... cuando los chicos no... Ya
sabes, se excitan y no tienen sexo, les duelen los testículos y...

—¿Eso fue lo que te dijo Pein para meterse en tus bragas? ¿Que le dolían los testículos y que
necesitaba...? ¿De verdad eres tan inocente? —Temary empezó a reír con ganas.

—¿Quieres bajar la voz? —masculló Konan, fulminándola con la mirada—. Sé que es cierto, también
se lo oí decir a mi hermano.

—¡Oh, Dios, mátame! Si oigo una tontería más me haré el harakiri —replicó Temary. Se inclinó sobre
la mesa—. Konan, crece de una vez. Las chicas no somos ONGs para tíos

salidos, ¿vale? Sai la fastidió al


acostarse con otra mientras salía con Sakura. Si ella le importara de verdad, no la habría traicionado
por un mal polvo en el asiento trasero de su coche.

Ino, que estaba junto a la ventana sin decir una palabra desde que habían llegado, carraspeó para
llamar la atención de sus amigas.

—Temary, tienes razón. Pero oí a Sai hablando con Idan, y dijo que esa camarera se le echó encima.
¡Casi lo violó! No sé, seamos sinceras, Sai es un partidazo. Saku no encontrará a nadie más como
él. — Miró a Sakura a los ojos—. Y está loco por ti, deberías perdonarle. Lo está pasando fatal desde
que rompisteis.

—¡Oh, pobrecito! ¿Y tú qué vas a decir?

¡Es tu primo! —le espetó Temary.

—Vale, ya está bien, dejad el tema. Sai es asunto mío, ¿de acuerdo? —intervino Sakura.

—¿Y eso qué quiere decir? —estalló Temary—. ¿No te estarás planteando volver con él?

Sakura resopló exasperada. Adoraba a Temary, pero su sinceridad y su mal genio formaban una
mezcla que la sacaba de quicio.

—De momento, solo hablaremos. Le prometí que le escucharía y es lo que voy a hacer.

El ambiente se llenó de aroma a Chanel nº5 y todas alzaron la cabeza.

—¿Qué es lo que vas a hacer? —preguntó Matsuri, una chica pelirroja que acababa de llegar. Ocupó
el asiento al lado de Temary. —Saku hablará esta noche con Sai — respondió Konan.

—¿Es hoy la gran noche? —preguntó Matsuri.

Sakura asintió y se hundió en el asiento mientras la conversación volvía a girar en torno a su relación
con Sai. Habían salido juntos durante más de un año y, a lo largo de todo ese tiempo, se había
sentido la mujer más afortunada del universo por tenerlo como novio. Sai era el hombre que
cualquier chica podría desear... y los padres de la chica... y las amigas de la chica.

Era guapo como un dios del Olimpo, estrella del equipo de fútbol universitario; inteligente,
caballeroso y muy divertido. También era algo engreído, pero ¿quién no lo sería con su ficha?
Pertenecía a una de las familias más ricas de todo el condado y, en cuanto se licenciara en la
universidad, tendría un prometedor puesto en la junta directiva del conjunto de empresas que
generaciones de Tucker habían levantado.

Pero todos los sueños, planes y promesas se vinieron abajo cuando Sai destrozó el pequeño universo
de Sakura al liarse en el asiento trasero de su deportivo con otra chica. Y si eso ya era malo, peor
fue descubrir quién era la «robanovios» en cuestión: Karin Namikase. Karin era la chica con peor
reputación de todo Port Pleasant, una colgada; y Sakura sentía ganas de vomitar con solo pensar en
ella.

—¡Madre mía, sacad el paraguas, han empezado a llover ángeles! —exclamó

Matsuri, y sus ojos repasaron de arriba abajo al chico que acababa de cruzar la puerta del bar.

Sus amigas se giraron en el asiento y siguieron la dirección de sus ojos.


—¿Quién es ese? Me suena mucho — preguntó Temary.

Sakura levantó la vista de la mesa y se quedó sin aire en los pulmones. Sasuke Uchiha avanzaba
hacia ellas entre los clientes que abarrotaban a esas horas el local. Su mirada no se fijaba en nada
concreto. Daba la impresión de que solo buscaba un lugar libre en la barra; pero la de ella sí que se
empapó de él. El chico vestía unos tejanos desteñidos y una camiseta blanca sin mangas, pringada
de grasa, con una camisa de cuadros anudada a la cintura. Cuando logró que sus ojos se desplazaran

del cuerpo hacia arriba, se encontró con un rostro por el que los antiguos escultores griegos habrían
matado para inmortalizarlo. Incluso con aquella mancha oscura tan mona que le ensuciaba la mejilla.

—Bonita lagartija —le dijo un tipo al pasar junto a él.

—Es un gecko —gruñó Sasuke.

—Te dije que parece una lagartija —se rió Naruto a su espalda.

Sasuke se giró y le dio un empujón, que solo logró que Naruto se echara a reír con más ganas.

—¡Qué ángel ni qué niño muerto! — susurró Ino, inclinándose sobre la mesa—. Ese es Sasuke Uchiha.
¿Os acordáis de él? Iba a nuestro instituto. Era un colgado que siempre andaba metido en líos y
peleas — bajó la voz—, y, que yo sepa, desapareció en penúltimo curso porque acabó en la cárcel.

—No me extraña, debe ser un delito estar tan bueno —replicó Temary. Se dio la vuelta en la silla
cuando él pasó de largo—. Y ese culo debería estar prohibido.

—Pero si no se le ve con la camisa —le hizo notar Konan.

—Cinco pavos a que tiene un culito memorable —ronroneó Temary.

Ino golpeó la mesa con las palmas de las manos.

—Pero ¿se puede saber qué pasa con vosotras? ¿Habéis oído algo de lo que he dicho? Ese tipo de
chicos solo trae problemas. Utilizan a las chicas y arruinan su reputación, y a veces hasta la vida.
Tíos como él hacen subir el índice de embarazos juveniles.

Temary alzó las manos en actitud de derrota y sacudió la cabeza.

—Eh, respira, ¿quieres, Ino? Aquí nadie está hablando de salir con él. ¡Dios, lo tuyo es de médico!

—¡Chicas, mirad quién acude puntual a su cita! —anunció Konan, mirando a través del cristal.

Sai cruzaba en ese momento la calle con un par de amigos. Caminaba como si el mundo le
perteneciera. Unas semanas antes, a Sakura esa arrogancia le habría parecido de lo más atractiva,
pero ahora la sacaba de sus casillas. Empezaron a sudarle las manos. Ya no estaba tan segura de
que fuera buena idea hablar con él. No se sentía

con fuerzas y su intuición le decía que se largara a casa.

—Necesito ir al baño —dijo de repente, poniéndose de pie a la velocidad del rayo.

—Ponte algo de colorete, estás muy pálida —gritó Matsuri a su espalda.


Sakura serpenteó entre la gente y se precipitó hacia el oscuro pasillo donde se encontraban los
servicios. Estaba ocupado y tuvo que esperar. Odiaba aquel sitio porque el aseo era unisex. La puerta
se abrió y Sasuke apareció secándose las manos en los tejanos. Sakura se quedó clavada al suelo
mientras su corazón comenzaba a latir a un ritmo acelerado. ¿Qué demonios le pasaba? De golpe se
sentía como si hubiese viajado al pasado, cuando era una cría patética que babeaba por el chico
malo en busca de riesgo y emoción.

—Eh, Uchiha, mola la lagartija —dijo uno de los camareros al pasar entre ellos.

—Es un... ¡a la mierda! —replicó Sasuke. Agarró la camisa que colgaba de su cintura con intención
de ponérsela.

—Es un gecko —susurró Sakura.

Sasuke la miró sorprendido, como si no se hubiera percatado de su presencia hasta ese momento.

—¿Qué? —preguntó con el ceño fruncido. Sakura tragó saliva e irguió los hombros. El sonido grave
de su voz le hizo cosquillas en el estómago, no la recordaba así.

—Que... que es un gecko. Para las culturas polinesias es un animal sagrado y los nativos se lo tatúan
para alejar a los malos espíritus. ¿Tú lo llevas por eso, para alejar las cosas malas?

Sasuke la miró de arriba abajo.

Inspeccionó su cuerpo sin ningún disimulo, sin importarle que ella pudiera ofenderse por semejante
repaso. La chica llevaba un vestidito rojo que apenas cubría unas piernas de infarto y un generoso
escote. Una sonrisa traviesa apareció en su cara al ver que ella se ruborizaba y empezaba a mover
los brazos sin saber muy bien dónde colocarlos. En la penumbra del pasillo no podía saber de qué
color exacto eran sus ojos y su pelo, largo hasta media espalda. Tenía toda la pinta de ser una de
las pijas ricachonas que vivían en la colina.

Sasuke asintió muy despacio en respuesta a la pregunta. En el fondo estaba sorprendido de que
supiera el significado de su tatuaje, pero no pensaba demostrárselo.

—Sí, por eso lo llevo. Aunque parece que no funciona, porque tú sigues aquí.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos, después sus labios, brillantes por varias capas de gloss.
Enrojeció como un tomate y su mirada comenzó a echar chispas mientras apretaba sus pequeños
puños y la asaltaba el deseo irrefrenable de estampar uno en la cara de aquel idiota. Él sonrió con
suficiencia.

«Subnormal», pensó ella, y la palabra se abrió paso a través de su garganta, donde quedó atascada.

—¡Aquí estás, preciosa!

Sai apareció a su lado y le rodeó los hombros con el brazo, atrayéndola contra su cuerpo de una
forma demasiado posesiva. Los ojos del chico se posaron en Sasuke y, por un momento, el asombro
se dibujó en su rostro, pero de inmediato recuperó su actitud altiva.

—¡Uchiha, qué sorpresa! No sabía que habías regresado —dijo, alargando la mano hacia él.

Sasuke se quedó mirando la mano, levantó la vista y el estómago se le revolvió al contemplar la


sonrisa blanqueada del hipócrita de Tucker. No había cambiado nada: seguía siendo el mismo cretino
al que no soportaba en el instituto. Decir que habían sido enemigos acérrimos era quedarse muy
corto; por su culpa, Sasuke había pisado el despacho del director más veces que un aula. Y allí
estaba, con su cara

sonriente de gilipollas al cuadrado, como si fueran socios del mismo club.

—Llegué hace dos días.

—Ya —dijo Sai mientras bajaba la mano— . Supongo que por el funeral de tu hermano.

Sasuke apretó los dientes y cada uno de sus músculos se tensó marcándose bajo la camiseta.

—Siento mucho lo que le ocurrió. Parecía un buen tipo —continuó Sai.

—Lo era, mejor que cualquiera de aquí.

Sin apartar los ojos de Sasuke, Sai esbozó una leve sonrisa difícil de interpretar.

—¿Vas a quedarte mucho?

—Aún no lo sé —respondió Sasuke con una sonrisita que era pura malicia—. ¿Eso te preocupa,
Tucker?

Sai se encogió de hombros y apretó a Sakura un poco más bajo su brazo.

—No, Uchiha. Aunque no lo creas, me alegro de verte por aquí. El instituto quedó atrás y yo pasé
página hace mucho. ¿Tú no?

—Claro, colega. ¿Te apetece una cerveza y nos ponemos al día? —preguntó Sasuke con tono
sarcástico, destilando chulería.

Sacudió la cabeza y salió de allí de vuelta a la barra.

Naruto apuraba su cerveza cuando Sasuke se sentó a su lado con un gruñido.

—Has dejado como nuevo el Shelby, mi padre casi se echa a llorar cuando ha oído ronronear a ese
pequeño. —Sasuke asintió una vez y se bebió de un trago su jarra de cerveza—. ¿Todo bien? —
preguntó, mientras la emprendía a mordiscos con una hamburguesa gigante.

Sasuke volvió a asentir. Miró por encima de su hombro la mesa donde Sai y su «llavero» se habían
detenido.

—¿Quién es?

—¿Quién?

—La princesita de rojo —aclaró Sasuke. Ahora podía ver que su melena era de un llamativo pelirosa.
Sus ojos la recorrieron de nuevo de arriba abajo y acabaron sobre Sai, que le rodeaba la estrecha
cintura con una mano demasiado juguetona que se empeñaba en descender hasta su trasero.

Naruto siguió la dirección de sus ojos.

—Se llama Sakura Haruno.


—¿Esa es la hija del juez Haruno?

—Sip, la misma. ¿Y tú cómo sabes que el juez tiene una hija?

Sasuke apoyó los codos en la mesa y enterró el rostro en las manos, después enredó los dedos en
su pelo con gesto cansado.

—Me lo dijo mi madre, trabaja para esos pijos, ¿recuerdas?

—Y ahora tú también —le recordó Naruto con una risita.

Sasuke lo miró con los ojos entornados y le quitó su plato de patatas.

—Solo porque necesito el maldito dinero para arreglar la casa. No me hace ninguna gracia, te lo
aseguro.

—Entonces, ¿tu interés en ella es solo laboral? Porque está buena —comentó Naruto, y enarcó una
ceja con un gesto pícaro.

A Sasuke se le dibujó en la cara una media sonrisa, la única advertencia que le dio a Naruto, y le
estampó un puñetazo en el hombro.

—¡Vale, lo he captado! ¡Dios, me has jodido el hombro! —exclamó el chico, rotando el brazo para
asegurarse de que le funcionaba.

—Lo único que me interesa es saber qué clase de personas rodean a mi madre. Si esa niña mimada
es de las que se pasan el día pidiendo las cosas a gritos sin ningún respeto, ¿está claro?

—Clarísimo, y en eso no puedo ayudarte. No sé nada sobre ella, que sale con «Don perfecto», pero
eso ya lo habrás adivinado por cómo le mete mano.

Sasuke volvió a mirar por encima de su hombro a la parejita, pero allí ya no había nadie.
5

Sakura apartó de un manotazo la mano de


Sai.

—¿Y ya está? ¿Crees que con un «lo siento» se arregla todo?

El chico resopló y se pasó la mano por la cara. Sus ojos de color avellana la contemplaban inyectados
en sangre; demasiada cerveza. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró y sacudió la cabeza,
irritado.

—¿Y qué quieres que haga, cariño? Te he pedido perdón un millón de veces. No sé qué más quieres
de mí.

—¡Que contestes a la maldita pregunta

con sinceridad! —le espetó ella con una mirada asesina—. ¿Por qué, Sai? Solo dime por qué.

Sai suspiró y sacudió la cabeza otra vez. Levantó los ojos hacia ella y se encogió de hombros.

—Ella no significó nada. Ni siquiera recuerdo cómo acabamos en mi coche. Estaba tan borracho que
no me enteré de nada. Pasó, y yo me siento fatal desde entonces, no soporto haberte perdido.

Sakura bajó la mirada y agarró con fuerza su bolso, cada vez más convencida de que no había sido
buena idea hablar con él. Seguían en la misma espiral de acusaciones y excusas, y no tenía pinta de
que fueran a terminar.

Se estremeció cuando Sai le acarició la mejilla y después los labios, pero esta vez no fue por la
anticipación; ahora su contacto le resultaba desagradable. No sabía si era por la rabia que sentía o
porque la magia se había roto y ya no notaba esas mariposas en el estómago cuando lo tenía cerca.
Ahora solo deseaba que se alejara y le dejara espacio.

—Vuelve conmigo —musitó él, deslizando los dedos por su brazo.

—No puedo. —Suspiró cansada—. ¿Y qué pasa con ella? ¿No te preocupa si para Karin sí significó
algo?

—¿Y qué importa? —Su voz era profunda y suave, pero muy fría, como si aquella conversación lo
aburriera.

—A mí me importa.

—Pues no debería —alzó la voz. Dejó

caer los brazos—. Ella no me interesa. Ni siquiera me gustó. Tú y yo habíamos discutido por el tema
de acostarnos. Me fui hasta ese bar y bebí demasiado...

—Y como no pudiste hacerlo conmigo, lo hiciste con ella... ¡con Karin! —Se cruzó de brazos y apartó
la mirada.

Sai se acercó y le acarició el hombro.


Ella se deshizo de su contacto.

—Saku, por favor, olvidemos todo este asunto, podemos hacerlo. Yo te quiero.

—Pues vaya forma de demostrármelo — murmuró ella.

—Si me das otra oportunidad, te juro que no te arrepentirás. Seré el novio que te mereces, mucho
más. ¡Vamos, cariño, piensa en el futuro! En septiembre irás a Columbia, estaremos juntos y será
perfecto —susurró, sujetándole las caderas—. Tú y yo estamos hechos para estar juntos. Tus padres
me adoran y los míos te adoran a ti. Ya soñaban con vernos casados cuando solo éramos unos críos.
No podemos hacerles esto.

Sakura experimentó una extraña sensación. —¿Casados? —preguntó alucinada. Era la primera vez
que oía esa palabra en labios de Sai. De repente, sintió vértigo.

—Claro que sí. ¿A dónde crees que lleva lo nuestro? Eres la novia perfecta y algún día serás la esposa
perfecta. Mi mujercita, solo mía.

Ella lo miró sin dar crédito a lo que estaba oyendo. La actitud de Sai era tan cínica que resultaba
ofensiva. Se comportaba como si no hubiera hecho nada

reprochable.

—No sé, Sai, tengo que pensarlo. Para mí no es tan fácil olvidarlo todo —dijo ella, apartando la cara
para evitar que la besara.

—No pienses —musitó él, tomándole el rostro entre las manos. La besó en la boca y luego recorrió
su cuello con los labios—. Olvida el tema y vuelve conmigo. Sé que aún me quieres —jadeó sobre su
piel mientras le deslizaba una mano por el interior de los muslos.

—Para, Sai —le ordenó ella, tratando de sujetarle el brazo para que no ascendiera. Una vez, no hacía
mucho, él le había parecido atractivo y encantador. Ahora se comportaba como un baboso.

—Sé que me deseas, lo que tenemos es especial. Yo lo sé y tú lo sabes.

Le rodeó la cintura con firmeza y tiró de Sakura hacia él, presionando sus caderas contra las de ella.

—Déjame...

—Vamos, cariño.

Se oyeron unos pasos en la gravilla y percibieron la sombra de alguien que doblaba la esquina del
bar.

—Eh, Sai, Idan y las chicas quieren ir a los billares, ¿os apuntáis? —preguntó Deidara, uno de los
chicos que acompañaban a Sai.

Él masculló una maldición y se apartó de Sakura. Se giró hacia Deidara con un rictus de enojo. Movió
la cabeza imperceptiblemente y su amigo dio un paso atrás, alzando las manos en señal de disculpa.

—Desaparece —ordenó Sai con un tono glacial.

—Lo siento, tío —se excusó el chico, y salió de allí como un rayo.
Sai se giró hacia Sakura esbozando su mejor sonrisa, pero ella ya no estaba.

—¡Mierda! —masculló mientras golpeaba la pared con el puño.

Sakura salió a toda pastilla del aparcamiento. Temary tenía razón, no se podía confiar en Sai, nunca
debería haberlo hecho. Era evidente que él no le daba la misma importancia a lo sucedido.
Catalogaba de error lo que para ella había sido la peor traición de toda su vida. ¿Cómo iba a seguir
al lado de un chico en el que no

podía confiar? Se volvería loca pensando si la iba a engañar otra vez, si de verdad la quería tanto
como afirmaba. Pensar en el futuro con alguien así era imposible, al menos para ella.

Tenía que ser fuerte y no dejarse convencer. Lo tenía todo en su contra: sus amigos, sus padres...,
medio pueblo trataba de mediar para persuadirla de que regresara junto al mejor partido de todo el
condado.

¿A nadie le importaba la razón por la que habían roto? Porque tenía la sensación de que allí la única
culpable era ella por no hacerse la tonta y colocarse una venda en los ojos que borrara todos los
defectos del chico predilecto de la ciudad.

El rugido de un motor la sobresaltó, sacándola de golpe de sus pensamientos. De repente, se dio


cuenta de que caminaba sola por la carretera en medio de una oscuridad absoluta, rota tan solo por
la luz amarillenta de las farolas. Un coche oscuro pasó a toda velocidad, frenó de golpe unos metros
más adelante y dio marcha atrás. Sakura se quedó paralizada por el miedo, que la asaltaran sería el
broche perfecto para esa noche. Respiró hondo y se recompuso, aparentando una tranquilidad que
no tenía. Continuó caminando. El vehículo frenó justo a su lado y la ventanilla del copiloto bajó.

—¿Tu príncipe azul te ha dejado tirada?

Sakura se estremeció. Habría reconocido esa voz en cualquier parte. Miró de reojo al interior del
coche y vio a Sasuke inclinado hacia ella con una sonrisita socarrona. No se detuvo y continuó

caminando.

—¿Qué príncipe? —preguntó mientras su corazón latía de una forma furiosa.

—Tucker, tu novio —aclaró Sasuke, adaptando la velocidad de su Mustang al paso de la chica.

—Sai no es mi novio.

—¿Ah, no?

—No.

—Pues nadie lo diría. En el bar parecía otra cosa.

—Pues no.

—Entonces, ¿dejas que los chicos te metan bajo su brazo y te soben el trasero? Interesante —
comentó mientras admiraba las vistas a través de la ventanilla. La chica tenía unas piernas preciosas.

—¡No! Pero ¿qué te has creído? Sai y


yo... antes... hasta hace un mes...

A Sasuke le resultó graciosa la forma en la que Sakura se había puesto a la defensiva, y oírla
tartamudear era demasiado tentador como para dejarlo correr.

—¡Oh, vaya, Barbie y Ken han roto! ¿Y puede saberse cuál de los dos va a quedarse con la mansión
de Malibú?

Ella puso los ojos en blanco: Sasuke era un cretino. Forzó una sonrisa antes de hacerle un gesto
grosero con el dedo corazón y apretó el paso, rezando para que la dejara en paz. Oyó que él reía
por encima de la música que sonaba en el coche y eso la cabreó. Estaba siendo una noche horrible.
«Ten cuidado con lo que deseas. ¿No querías que Sasuke Uchiha te hiciera caso? Pues ahí lo tienes»,
pensó exasperada.

—Eh —insistió él.

—Piérdete, Uchiha, ¿no tienes a otra a la que acosar?

La chica tenía carácter y a Sasuke eso le gustó, aunque no tenía muy claro el motivo. Ni siquiera
sabía por qué se había detenido… Sí lo sabía; era un capullo, pero no un desalmado que dejaba a
una mujer sola en medio de una carretera donde podría pasarle cualquier cosa.

—Anda, sube —le pidió con un suspiro.

Sakura clavó una mirada de desprecio en la ventanilla. No podía verle el rostro, solo veía su cuerpo.
Un cuerpo que descansaba en el asiento en una postura relajada que hacía que se preguntara qué
se sentiría al estar sentada sobre ese regazo. Apartó la idea con un gruñido y murmuró:

—Ni loca subiría a tu coche.

—Solo me estoy ofreciendo a llevarte. No te estoy pidiendo un revolcón. —Su voz era ronca y
seductora.

—Como si pudieras.

Él suspiró y sus ojos contemplaron aquellas piernas largas y torneadas mientras caminaban cada
vez más deprisa. Las chicas de su clase no le interesaban. Las que eran como ella pensaban que los
tipos como él eran escoria, pero no estaba tan ciego como para no ver lo evidente, y hasta disfrutar
de ello. Sakura era una preciosidad. La rodeaba un halo de inocencia muy sexy y excitante; y por
sus palabras y el tono de su voz, era una inocencia real que lo obligaba a ser bueno con ella. Al
menos un poco.

—Créeme, podría; pero no quiero. Dudo

que supieras qué hacer conmigo. No me va el sexo pasivo —se burló.

Con la vista clavada en el suelo, Sakura sintió que se ruborizaba hasta las orejas, imaginándose la
sonrisita de lujuria que curvaba sus labios en ese momento.

—No me interesan tus perversiones.

Confió en que su tono de voz sonara tan despreocupado como pretendía, porque respiraba tan
rápido que casi jadeaba.
Él soltó una breve risita.

—¿Seguro? Podría enseñarte un par de cosas que a lo mejor te gustan.

Ella también se rió.

—¿De verdad te funciona eso con las chicas? Porque a mí me parece un intento patético.

—Venga, aún no he hecho mi buena acción

del día —dijo él—. Deja que te lleve.

—Ni en tus sueños.

—¿Y piensas ir andando hasta la colina? Sakura se paró en seco y los reflejos de Sasuke hicieron
que se detuviera al mismo tiempo.

—¿Y cómo sabes tú donde vivo? — preguntó irritada.

—Soy un tipo listo.

—¿Te lo repites como un mantra para convencerte a ti mismo de eso?

Sasuke se inclinó hacia la ventanilla y ella pudo ver su rostro.

—Intento ser amable —repuso con una mirada inocente.

—E imagino lo mucho que te está costando. Sobre todo cuando lo más bonito que sabes decir es:
«¡Eh, nena!» —replicó ella con sarcasmo, imitando su voz grave.

Viendo que Sakura no se movía, Sasuke bajó del coche y la contempló por encima del techo. Sonrió
con picardía. No pensaba admitirlo, pero se estaba divirtiendo con aquel tira y afloja.

—Me está sorprendiendo esa boquita contestona que tienes —admitió, sonriendo de oreja a oreja.

Sakura apretó los dientes. Él no era el único sorprendido, ella también lo estaba. No tenía ni idea de
dónde estaban saliendo todas aquellas respuestas; era como si algo salvaje en su interior empujara
hasta su boca cada réplica. Sasuke lograba sacarla de sus casillas de tal forma que no se reconocía
a sí misma. Su prudencia había desaparecido bajo el impulso irrefrenable de... de... ¡estrangularlo
muy despacio!

—Mira, te conozco muy bien y sé cómo piensas —le espetó ella con las manos en las caderas. Las
bajó, al ver que él le daba un buen repaso a esa zona de su cuerpo, y se abrazó los codos. Fue una
mala idea, ahora le miraba el pecho, apretujado bajo los brazos.

—¿Y desde cuándo se supone que me conoces? Porque yo no te había visto antes de esta noche —
comentó él mientras rodeaba el vehículo y se apoyaba contra la carrocería, a solo unos pasos de
ella.

—Claro que me habías visto antes, en el instituto —le recordó.

—¿Íbamos juntos al instituto?


Sasuke torció el gesto, frunciendo el ceño de una forma que a ella le pareció muy

mona.

—Sí, yo estaba en primero y tú en tercero. Recuerdo perfectamente cómo eras, de qué modo tratabas
a las chicas, como si fueran de usar y tirar. Sasuke Uchiha, el chico al que solo le van los rollos
fáciles —explicó Sakura. Alzó las cejas—. Si crees que voy a subir a ese coche contigo, es que estás
mal de la cabeza.

Él se pasó la mano por la mandíbula, haciendo verdaderos esfuerzos para no echarse a reír. La chica
estaba tan roja como el vestido que llevaba puesto. Intentó acordarse de ella, pero no lograba
ubicarla. Aquellos años habían sido una locura y apenas lograba recordar parte de ellos; mucho
menos a una cría que por aquel entonces no debía tener más de catorce años.

Vale, tienes razón, en el instituto no era de fiar. Y debo admitir que no he cambiado mucho
desde entonces: me siguen gustando los «asaltos» rápidos sin complicaciones posteriores. Pero te
prometo que estás a salvo conmigo. No eres mi tipo —confesó con una sonrisa sincera.

Sakura se quedó con la boca abierta. Eso era lo último que esperaba oír. Su enojo aumentó, aunque
no entendía por qué; o quizás sí. No quería reconocerlo, pero le había molestado que admitiera sin
dudar que no le gustaba, ni siquiera un poco. ¿Qué tenía ella de malo? Estaba segura de estar muy
por encima de la media de las mujeres que solían acercarse a él. De repente, se sintió estúpida
por los derroteros que estaban tomando sus pensamientos.

¿Qué dices, te llevo a casa? Es tarde para que una princesita como tú camine sola por la calle
—continuó él mientras se inclinaba para abrir la puerta del coche, invitándola a subir.

Ella lo miró con desconfianza, después le echó un vistazo a los alrededores. Ni un alma había
pasado en los últimos minutos por aquella carretera. Era tarde y tampoco se atisbaban luces
encendidas en las casas. El silencio y la oscuridad la inquietaban. Empezó a considerar seriamente
aceptar la oferta de Uchiha. Soltó de golpe el aire de sus pulmones y frunció los labios con una
mueca de disgusto y resignación. Lo miró a los ojos, que brillaban divertidos. Estaba segura de que
se tronchaba por dentro a su costa.

¿Sabes? No te pega el papel de salvador de chica en apuros, ni el caballo blanco.

Él le dedicó una de esas miradas que podían convertirse en la perdición de una chica. Sakura cambió
su peso de pie en cuanto notó que se le doblaban las rodillas. Su forma de observarla la ponía
demasiado nerviosa. ¡Dios, había comenzado a sudar! Las señales, había señales de peligro por
todas partes que la avisaban de que no debía acercarse a él.

Sasuke enfundó las manos en los bolsillos de sus tejanos y dio un paso hacia ella. Apoyó el pie en
el bordillo y balanceó su cuerpo; después se frotó la nuca. Una leve sonrisa se insinuó en sus labios,
pero esta vez no había ni rastro de fanfarronería o
juego. Se quedó mirándola un largo segundo.

—No soy ningún salvador a lomos de un caballo blanco, te lo aseguro, pero mi Mustang no está mal.
—Pasó la mano por la pintura del coche. La miró de reojo y suspiró —. Voy a serte sincero. Quiero
llevarte a casa porque sé que mi madre te tiene cariño y me cortará los huevos si se entera de que
he pasado de largo y te he dejado aquí.

Sakura le sostuvo la mirada, que acabó posándose en sus labios carnosos, curvados con la primera
expresión sincera de toda la noche. Un sentimiento de decepción se instaló en su corazón. Conque
todo era por su madre, no porque quisiera molestarla o por otro motivo como que... quisiera tontear
con ella.

De pronto no supo qué decir.

—Gracias —musitó al fin.

Sasuke sonrió y se encogió de hombros. Le hizo un gesto con la cabeza, animándola a subir.

Los faros de un coche aparecieron de la nada y el pitido intermitente de su claxon ahogó el silencio.
Un Toyota descapotable se detuvo detrás del Mustang con un fuerte frenazo.

—¡Por Dios, Saku! ¿Cómo se te ocurre marcharte sin decir nada? Nos has dado un susto de muerte
—le espetó Temary desde el volante. Sus ojos iban del cuerpo de Sasuke al rostro de su amiga—.
¿Todo bien? — preguntó con recelo.

—Sí, todo bien. Sasuke... Sasuke se estaba ofreciendo a llevarme a casa.

—Ya no es necesario. Te llevaremos nosotras —intervino Konan desde el asiento trasero. Lanzó una
mirada despectiva a Sasuke.

Sakura asintió. Bajó la vista y miró de reojo a Sasuke. Se sentía mal por él. El desprecio y la
desconfianza eran evidentes en el tono de sus amigas. Por la expresión de su cara, el sentimiento
era mutuo.

—Será mejor que vaya con ellas. Gracias de todas formas.

Él no dijo nada, se limitó a llevarse la mano a la frente a modo de despedida y rodeó su coche
dispuesto a marcharse. Ella se dirigió al descapotable de Temary, mientras Ino cambiaba el asiento
delantero por el trasero y se sentaba junto a Konan.

—Eh, reina del baile —dijo Sasuke.

Sakura se giró con el corazón latiendo deprisa. De nuevo estaba allí esa sonrisa arrogante y oscura
que encendía todos sus avisos de peligro.

—¿Sueles madrugar?

Ella lo miró con cara de póker.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

Él se encogió de hombros y entró en su coche, pero un instante después asomó la cabeza por la
ventanilla.
—Eh, nena...

Sakura se giró de nuevo con los ojos en blanco.

—¿Es cosa mía o... en el instituto estabas coladita por mí? Parece que me recuerdas muy bien —
comentó con intención de picarla.

Sakura se quedó de piedra. Un calor sofocante encendió sus mejillas y su irritación empezó a dar
paso a un profundo

cabreo. Era un cretino.

—Capullo —masculló por lo bajo antes de darle la espalda.

—Esa boquita —rió él mientras aceleraba a fondo y desaparecía en la carretera.


6

Aquel martilleo incesante había empezado a las siete y media de la mañana. Una hora después,
Sakura estaba a punto de perder los nervios. Agarró otra almohada y la puso sobre la que ya tenía
en la cabeza. Las apretó con fuerza contra su cara para amortiguar el molesto golpeteo. Tuvo que
apartarlas al cabo de unos segundos porque se estaba ahogando por la falta de aire.

Se quedó mirando el techo. Quería dormir, necesitaba dormir... De repente, el sonido se detuvo.
Esbozó una sonrisa encantada y se acurrucó bajo las sábanas, abrazando la almohada. Dio media
vuelta y se colocó de lado. Luego se giró y se puso boca abajo. Pateó las sábanas con fuerza hasta
que estas cayeron al suelo a los pies de la cama, porque era incapaz de volver a conciliar el sueño.
Se levantó farfullando un montón de maldiciones mientras se recogía el pelo en un moño flojo sobre
la nuca. Solo a su padre se le ocurría hacer reformas en casa en plenas vacaciones de verano.

Salió de su habitación arrastrando los pies. Necesitaba un café bien cargado. Bajó las escaleras y se
dirigió a la cocina mientras estiraba los brazos y el cuello para desentumecerse. Se ajustó el pantalón
del pijama: el satén rosa era muy mono, pero tenía tendencia a resbalar por sus caderas. Sintió un
escalofrío y tiró del bajo de su camiseta, decorada con conejitos, para

taparse el ombligo. Se sentía como uno de esos zombis de las películas que se movían sin ninguna
coordinación, como si estuvieran borrachos.

Se acercó a la encimera y encendió la cafetera. El mármol estaba frío y se inclinó para apoyar la
frente contra él. Maldita jaqueca. La cafetera hizo un ruido sordo y comenzó a gotear. El olor a café
flotó en el ambiente y Sakura gimió con un sonoro suspiro de placer. Se estiró, ronroneando como
un gatito, y movió las caderas de un lado a otro con un ligero balanceo.

—Adorable.

Sakura soltó un grito. Se giró hacia la voz y se quedó sin habla. Sasuke Uchiha estaba apoyado junto
a la nevera con una botella de agua en la mano. La miraba con

los ojos entornados y una sonrisa torcida que probablemente habría derretido el corazón de cualquier
mujer del universo. Su mirada la recorrió de arriba abajo y sus labios se separaron con un largo
suspiro.

—Creo que a partir de ahora veré los conejitos rosas con otros ojos —anunció.

Se llevó la botella a la boca y bebió un largo trago sin apartar la vista de ella. El pijama tapaba muy
poco y pudo corroborar lo que ya intuía: la chica tenía un cuerpo de infarto. Con el pelo revuelto y
sin maquillaje era sencillamente preciosa.

Sakura se ruborizó por el repaso e inmediatamente se recompuso.

—¿Qué haces tú aquí? —inquirió. Aunque empezaba a hacerse una idea. Sasuke llevaba la camiseta
pegada al cuerpo por culpa del sudor y de su cadera colgaba un cinturón lleno de herramientas. Allí
estaba el responsable del incesante martilleo.

—Tu padre me contrató para arreglar vuestro cobertizo y un par de cosas más. — Sonrió con malicia
y se mordió el labio inferior.
—Ya. ¿Y siempre comienzas a trabajar tan temprano? Es imposible dormir con tanto ruido —replicó
ella, tratando de aparentar indiferencia. Se dio la vuelta para servirse una taza de café y perder de
vista aquel cuerpo que se movía con la languidez de un felino perezoso.

—Te pregunté que si solías madrugar, pero tú me ignoraste. Te habría avisado si me hubieras dado
la oportunidad —comentó él con tono desenfadado.

—Mi instinto me dice que te ignore. Solo le hacía caso, no suele equivocarse — replicó ella.

—¿No te da pena herir mis sentimientos de ese modo? —se burló Sasuke.

Sakura abrió el armario para coger una taza, pero no quedaba ninguna en el primer estante. Se puso
de puntillas para alcanzar las del segundo. Maldita sea, no llegaba. Y, desde luego, no iba a pedirle
ayuda a él.

Sasuke rodeó la isleta que lo separaba de Sakura y se situó a su espalda, tan cerca que podía sentir
el calor de su piel. Alargó la mano por encima de su cabeza para alcanzarle una taza y le rozó el
trasero con la cadera. Notó cómo se ponía tensa y contenía el aliento. Con una lentitud premeditada
dejó la taza delante de ella. La estaba

incomodando porque aquella chiquilla despertaba en él el deseo irrefrenable de molestarla, y era tan
fácil conseguirlo. Además, se le soltaba la lengua cuando se mosqueaba y era divertido ver cómo se
ponía roja y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza.

—Gracias —susurró Sakura.

Sasuke se inclinó sobre su oído mientras con el aliento le acariciaba la nuca. Ella se estremeció.

—De nada —musitó. Al responder aspiró su olor. Olía muy bien y no era a perfume, sino a una mezcla
de ropa limpia y crema hidratante corporal con aroma a coco. Dio media vuelta y cogió la botella de
agua.

Sakura volvió a respirar. Le temblaban tanto las piernas que tuvo que apoyarse mientras servía el
café. Necesitaba aire, mucho aire frío.

La puerta se abrió de golpe y Mikoto entró en la cocina con un plumero en la mano.

—Sasuke, ¿qué haces aquí? —preguntó sorprendida.

—Nada, mamá, solo quería una botella de agua. ¡Hace un calor de cojones!

Mikoto le dio un coscorrón al pasar por su lado.

—Jovencito, esos modales —le dijo en tono severo. Miró a Sakura con una sonrisa de disculpa—. Veo
que ya conoces a Saku.

—Sí, acabamos de presentarnos. Tenías razón, es toda una señorita —dijo Sasuke, posando sus ojos
en la chica. Ella se esforzaba por ignorarle y eso le hizo sonreír. Su mirada se paseó por su cuerpo
mientras se dirigía a la puerta—. Una señorita hasta que pierde los papeles y saca las uñas — susurró
con tono malicioso al pasar por su lado.

Sakura lo fulminó con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Regresó a su cuarto,
avergonzada y enfadada. Una vez dentro, cerró de un portazo. ¿Cómo podía haberle gustado aquel
tipo en el instituto? Era odioso, manipulador y un cretino. Maldijo para sus adentros.
Se movía por la habitación como un león enjaulado, rememorando el momento en la cocina una y
otra vez; cada palabra, cada gesto... Se le ocurrieron decenas de frases hirientes con las que podría
haberle contestado y se golpeó la frente con la mano por no haberlas pensado antes.

Tenía calor y se acercó a la ventana para abrirla y dejar que el aire de la mañana enfriara la
habitación. Ese mismo aire se le atascó en los pulmones. Sasuke se encontraba sobre el tejado del
cobertizo, sin camiseta, clavando unas tablas. Cada vez que alzaba el brazo o su espalda se movía,
ella se ahogaba un poco más. No lo soportaba, de ninguna manera, pero había que estar ciega para
no admirarlo.

—¡Menudas vistas! —dijo Temary, pegando la nariz al cristal.

—¡Dios, qué susto! —gritó Sakura. Se llevó las manos al pecho como si así pudiera detener el infarto
que estaba segura iba a sufrir en cuestión de segundos—. ¿Qué haces

aquí tan temprano?

—Mi madre ha invitado a un amigo a desayunar. Diez minutos de risitas tontas y me han dado ganas
de vomitar. —Se cruzó de brazos y contempló a Sasuke—. ¡Eso sí que es un cuerpo! No me sorprende
que estén subiendo las temperaturas desde que él ha llegado. Está que arde.

—Y tú tienes un problema —farfulló

Sakura.

—¿Qué hace aquí? —preguntó Temary, ignorando el comentario de su amiga.

—Mi padre lo ha contratado para que haga unas chapuzas.

—¡Qué envidia me das!

—Todo tuyo —dijo Sakura sin apartar la vista del tejado—. Paso de los tíos como él. —Y por eso estás
babeando.

Sakura frunció el ceño y se puso a la defensiva.

—¡Yo no babeo!

—El charco en el suelo dice lo contrario

—repuso Temary con un inocente aleteo de pestañas—. ¡Venga, admítelo, en el instituto estabas
coladita por él! Me hacías pasar por delante de su taquilla todos los días solo para verle, dándose el
lote con alguna, pero para verle.

—Tú lo has dicho, me gustaba en el instituto. Han pasado cuatro años y he crecido. Él no, te lo
aseguro. Es imbécil.

—Sí, pero un imbécil que está como un tren. Mírale, seguro que lleva un letrero en el pecho que dice
«máquina del amor».

A Sakura se le escapó una risita.

—No tienes arreglo —dijo mientras la empujaba con el codo. Temary empezó a poner morritos y a
hacer gestos lujuriosos—. Vale, puede que sea el dios del sexo, pero también es un cretino arrogante.
—Y te sigue gustando. Vamos, a mí puedes decírmelo. Tus fantasías más secretas están a salvo
conmigo.

Sakura notó cómo se le encendían las mejillas. Sasuke acababa de enderezarse para beber agua y
algo tan sencillo lo convertía en todo un espectáculo. Poseía una belleza masculina tan intimidante,
que costaba no quedarse mirándolo. Desvió la mirada y soltó un sonoro suspiro.

—No soy tan superficial. Que esté bueno no evita que me entren ganas de abofetearlo cada vez que
abre la boca. No entiendo por qué tiene que ser tan idiota —dijo con pesar. Si no fuese un canalla
presuntuoso, sería el hombre perfecto.

Temary se encogió de hombros.

—Porque sabe que es guapo y que tendrá a la chica que quiera con solo parpadear. Así que ten
cuidado.

Sakura soltó una carcajada.

—Vaya, pensaba que tratabas de convencerme para que me liara con él.

—Y aún quiero, tonta. Necesitas desmelenarte. —Temary hizo una pausa y miró a su amiga a los
ojos—. Solo digo que no es el tipo de hombre que se casará contigo y te prometerá amor eterno.
Sasuke es un chico para pasar el rato. No es prudente enamorarse de alguien como él. —Sus labios
se curvaron con una sonrisa maliciosa—.

Pero es perfecto para pasar un verano inolvidable y averiguar cuántas posturas del Kamasutra se
pueden hacer sin romperte un hueso.

Sakura frunció el ceño, como si la idea le desagradara.

—¿Qué pasa? ¿Te reservas para el matrimonio? Nunca te he tenido por una estrecha —replicó
Temary.

Sakura se sentó en la cama con un sentimiento extraño de temor y excitación. Temary tenía razón:
dentro de ella había un rincón oculto, lleno de fantasías en las que el protagonista había sido Sasuke.
Durante todo un año las había alimentado y tenía miedo de que, cuatro años después, continuaran
allí, al acecho, esperando a que bajara la guardia. Su respiración se aceleró y su corazón

empezó a latir desbocado. Si ya era una pésima idea imaginarlo, planteárselo como una posibilidad
era una locura de la que estaba segura saldría con algo más que el orgullo herido.

—Creo en el sexo sin amor, no soy tan mojigata —confesó.

—Entonces, ¿qué te impide cumplir un par de fantasías?

—Que no soy su tipo. Si lo intentara estaría perdiendo el tiempo… y la dignidad —dijo Sakura con un
suspiro.

Temary se sentó a su lado y subió las piernas a la cama.

—¡Por Dios, Saku, me dan ganas de estrangularte cuando te pones en ese plan! Tú eres el tipo de
cualquier hombre que habite en el planeta Tierra y tenga ojos en la

cara. ¿Qué ha hecho Sai con tu autoestima? Ese sí que es idiota.


—Dejemos a Sai, por favor. Y no es una cuestión de autoestima. Sé que no soy su tipo porque él
mismo me lo ha dicho.

—¿Y yo me he perdido esa conversación?

—inquirió Temary con los ojos muy abiertos.

Sakura se cubrió la cara con las manos y se dejó caer de espaldas sobre la cama.

—Fue la otra noche, cuando se ofreció a llevarme a casa. Me dijo que podía subir a su coche muy
tranquila porque yo no le interesaba lo más mínimo. Que no era para nada su tipo. —Miró a Temary—
. Y era sincero.

Temary se quedó pensando un segundo y empezó a jugar con la pulsera que llevaba en el tNarullo.

—Que no seas su tipo no quiere decir que no acabes siéndolo. Seguro que podrías seducirlo.

Sakura se quitó las manos de la cara y se incorporó sobre los codos. Entornó los ojos.

—¿Y por qué iba yo a querer seducirlo?

—¡Para pasar el mejor verano de tu vida antes de ir a la universidad! Venga, no me digas que no te
apetece pasar estas semanas en los brazos de Sasuke; hacer realidad tus fantasías de adolescente;
cerrar ese capítulo antes de sumergirte en la tediosa vida de universitaria responsable —dijo Temary
casi sin respirar, y se abrazó las rodillas—. Está bueno a rabiar y ese aura de peligro y maldad que
lo rodea es tan sexy... Es el tipo ideal para perder la virginidad, cariño.

Sakura no pudo evitar sonrojarse y su imaginación comenzó a hacer de las suyas. Tragó saliva
mientras sentía cómo el calor comenzaba a concentrarse en su vientre y ascendía hacia su pecho.

—Seguro que sí, pero también sería mi suicidio social. Y sé cómo suena que diga eso, pero esto es
Port Pleasant.

—Nadie tendría por qué enterarse — convino Temary.

Sakura estiró los brazos por encima de la cabeza y resopló irritada.

—No, pero falla la parte más importante. ¡No le gusto! Si ni siquiera me mira salvo para meterse
conmigo y hacerme sentir estúpida. No se va a fijar en mí en ese sentido. —Se puso de pie y
comenzó a dar vueltas. Ni siquiera sabía por qué estaban

manteniendo una conversación tan surrealista. —¿Tú quieres que se fije en ti?

—No lo sé, ¿quiero? —preguntó. De repente se sentía abrumada, mareada, Temary lograba ese
efecto en ella cuando trataba de convencerla de algo, y siempre lo conseguía. Sacudió la cabeza—.
No, no quiero acabar colgada de su cuello, con mi reputación por los suelos y compartiendo
antecedentes.

—¿Saku?

—¿Sí?

—Vuelves a babear —dijo Temary entre risas. Sin darse cuenta, Sakura había vuelto a la ventana y
no apartaba los ojos del cobertizo.
7

El taller de los Uzumaki se hallaba a lasafueras del pueblo, cerca de la playa. Naruto acababa de
entregar un Shelby a su dueño, un tipo enamorado de los coches antiguos y con mucha pasta que
gastar; y estaba seguro de que volvería. El hombre había quedado impresionado con el trabajo de
Sasuke.

Se despidió de él, tras cobrar una buena propina, y fue directamente a la oficina en busca de las
llaves. Era hora de cerrar. Se encontró a Sasuke durmiendo en el sofá. Su amigo parecía de verdad
cansado y no quiso despertarlo. Se sentó a la mesa y contó el dinero que habían ingresado a lo largo
del día. Lo guardó en una pequeña caja fuerte bajo la mesa, menos cien dólares que dobló en su
mano. Se acercó a Sasuke con intención de meterle la pasta en el bolsillo de la camisa, junto con la
llave para que pudiera cerrar cuando despertara.

Se inclinó con cuidado sobre él. Dudó un segundo. Su amigo parecía demasiado tenso, tenía los
puños apretados y sus ojos no dejaban de moverse bajo los párpados. Lo que estuviera soñando no
parecía bueno. Alargó la mano con el dinero colgando de las puntas de los dedos. Ni siquiera tuvo
tiempo de darse cuenta de nada. Una mano lo cogió por el cuello y acabó de espaldas, espatarrado
en el suelo, sin apenas poder respirar y con un puño a milímetros de su cara. Sasuke jadeaba sobre
él con expresión

de terror y los ojos muy abiertos.

—¡Sasuke, soy yo! Soy yo, tío —gritó, aguantando aquel puño por la muñeca para que no aterrizara
en su cara.

Sasuke parpadeó y miró a Naruto. Después, sus ojos recorrieron el entorno asimilando dónde se
encontraba. Se apartó de un salto y apoyó la espalda en el sofá mientras se pasaba las manos por
la cara.

—Lo siento —se disculpó.

—¿Qué diablos estabas soñando? — preguntó Naruto en cuanto recobró el funcionamiento de sus
cuerdas vocales.

—No sé. Tenía una pesadilla... Estaba con mi padre... mi hermano y... conejitos rosas. Había conejitos
rosas por todas partes — dijo en un susurro.

—¿Conejitos rosas? —repitió Naruto, arrugando la frente—. Vaya, menuda locura. —Se quedó
mirando a su amigo. Apoyó los codos en las rodillas y se dejó caer contra la mesa—. Sabes que tu
viejo ya no puede hacerte nada, ¿verdad?

Sasuke asintió.

—Y aun así sigues teniendo pesadillas.

Sasuke volvió a asentir.

—Creía que, después de cuatro años fuera de aquí, lo habrías superado.


—No se supera, Naru —masculló Sasuke poniéndose en pie—. Unas veces se soporta mejor que
otras, pero no se supera. Él se encargó de que así fuera, y lo hizo a conciencia. A todo esto, ¿qué
cojones estabas haciendo sobre mí, ibas a besarme o qué?

Naruto sonrió y se frotó la nariz antes de coger el dinero que había caído al suelo.

—Iba a pagarte por el Shelby. El tipo estaba contento y ha sido generoso, pero acabo de cambiar de
opinión, capullo.

Le enseñó los billetes, agitándolos en el aire.

—Dame la pasta —le pidió Sasuke con una sonrisa de oreja a oreja. Tomó el dinero y se lo guardó
en el bolsillo—. Unos cuantos como este y tendré para el tejado.

El teléfono sobre la mesa comenzó a sonar. Naruto alargó la mano por encima de su cabeza y lo
localizó a tientas.

—Taller Uzumaki —contestó. La expresión de su rostro cambió—. Tranquilízate, mamá... Iré a


buscarle, ¿vale?... Sí, le llevaré a casa... Tranquila, creo que sé dónde está. —Colgó el teléfono y
se puso en

pie de un salto.

—¿Qué pasa? —preguntó Sasuke, intuyendo que algo no iba bien.

—Es mi hermano. Ese gilipollas va a conseguir que mis padres enfermen con tantos disgustos.

—¿Qué ha hecho?

—¡Qué no ha hecho! Anda metido en cosas... ¡Voy a matarlo! —Le dio una patada a la puerta al
salir—. Mira, nunca me ha importado que se ponga pedo con unas cervezas. Todos lo hemos hecho,
¿vale? Pero esto no se lo voy a consentir, aunque tenga que encerrarlo hasta que le salgan canas.

—¿En qué está metido? —insistió Sasuke mientras lo seguía fuera del taller.

Cada uno agarró una de las puertas correderas y tiraron de ellas para cerrarlas.

Naruto colocó el candado y se dirigió a su camioneta.

—Meta. Le ha dado por pillar meta. Hace unas semanas conoció a unos tíos, tienen un local y la
venden allí. Se lanzaron directos a por los chicos del barrio. Unos fueron listos y pasaron de esa
mierda; otros, como mi hermano... ¡Joder! Hay que ser imbécil — Golpeó un coche con el puño—.
Voy a romperles todos los huesos.

—Voy contigo —dijo Sasuke. No iba a dejar solo a Naruto con aquel asunto.

—De eso nada, tú no vienes. No quiero que te metas en problemas. Tienes que mantenerte limpio.

—Cierra el pico, Naru. No eres mi madre.

—Como si a ella le hicieras caso — rezongó el chico.

La puerta se cerró de golpe y el tipo que estaba tras la barra dio un respingo. No había nadie en el
local salvo él. A Sasuke no le extrañó. Ni las ratas querrían entrar en un tugurio como aquel.
—¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó el hombre, arrastrando las palabras. No estaba en
condiciones de mantenerse de pie.

—¿Donde están? —inquirió Naruto mientras se acercaba con aire amenazador. Se detuvo delante,
con las piernas abiertas y los brazos rígidos a ambos lados del cuerpo.

—¿Quiénes?

Sasuke sonrió con suficiencia. Saltó tras la barra y lo agarró por el cuello. Lo estampó contra el
expositor de bebidas.

—Tres chicos. Aparentan unos quince años. Así de altos. —Puso la mano a la altura del pecho—. Uno
tiene el pelo muy rubio, con un aro en la oreja izquierda… y es gilipollas —masculló frustrado.

—No… no los he visto —respondió el hombre, sacudiendo la cabeza mientras se estiraba de puntillas
intentando que el brazo de Sasuke no lo estrangulara.

—No me mientas. —Sasuke volvió a empujarlo contra el cristal—. Dime dónde están o te romperé
algo más que la cara —le espetó con tono gélido.

El hombre se rajó enseguida.

—Es... están abajo. El... el almacén. —

Señaló una puerta junto a la de los servicios.

Naruto y Sasuke entraron allí. Junto a unas cajas apiladas vieron otra puerta. La empujaron y
bajaron por unas escaleras por las que ascendía música rap a un volumen demasiado alto. Entraron
en aquel sótano a saco, sincronizados, evaluando con un simple vistazo la situación. Lo habían hecho
tantas veces, entre peleas y pandilleros, que no necesitaban ni mirarse.

—¡Mierda, Boruto, es tu hermano! —gritó un chico. Los otros dos que le acompañaban, en un sofá
que se caía a pedazos, se pusieron en pie de un salto. Una mano en el hombro los empujó hacia
abajo.

—Sentaditos, y al que se mueva le parto la cara —masculló Sasuke con una mirada asesina.

Los tres chicos obedecieron, haciéndose pequeños en el asiento.

Naruto, con expresión resuelta, fue directo a por dos tipos que se habían levantado de golpe de una
mesa. Un tercer hombre metía unas pastillas blancas en unas bolsas.

—¡Os voy a quitar las ganas de vender esa mierda! —rugió mientras volcaba la mesa. Su puño
aterrizó en la cara de uno de ellos. El tipo se tambaleó, llevándose las manos a la nariz. Empezó a
sangrar—. Si volvéis a acercaros a ellos os mato. ¿Está claro? Vuelve a acercarte a mi hermano y te
mato.

Los otros dos clavaron sus ojos en Sasuke, después en la puerta, y a continuación en Naruto, que le
estaba dando una paliza a su amigo. Volvieron a mirar a Sasuke y se abalanzaron contra él. Uno de
ellos logró darle un violento empujón que lo obligó a retroceder.

—Lárgate, cara bonita. O te haremos una nueva no tan mona —le escupió.

—¿Tú y cuántos más? —dijo Sasuke para sí mismo.


El hombre trató de golpearlo. El puño de Sasuke encontró su mandíbula, después un costado, y el
hueso de la nariz al partirse crujió con un ruido espantoso al recibir un fuerte gancho. Sasuke le dio
una patada en el estómago y el tipo cayó al suelo con una mano en la cara y la otra en las costillas.
Agarró al otro idiota cuando intentaba salir corriendo. Lo estampó contra la pared con una violencia
desmesurada.

—¿De dónde sacáis esa basura? — masculló, haciendo un gesto hacia la mesa que Naruto había
volcado nada más entrar.

—No... no es nuestra, nos la pasa un tío. Nosotros se la compramos y después la vendemos —


respondió el hombre entre sollozos.

—¿Qué tío? —Volvió a sacudirlo contra la pared. Le palmeó la mejilla y lo empujó otra vez.

Naruto empezó a recoger todas las bolsitas de plástico y se las fue guardando en los bolsillos.

—No... no lo conozco de nada. Ni siquiera sé cómo se llama. Uno de esos finolis con un Challenger
rojo.

—¿Un finolis?

—¡Sí, solo un tío así estropearía la pintura de un coche como ese con el dibujo de un tigre en la
puerta! Apareció un día y me ofreció un trato para colocar su mercancía. Nada más.

Poca cosa, nada grande.

—Y se la vendéis a unos críos. ¡Qué bien, hombretón! —musitó Sasuke entre dientes con una rabia
glacial. Se inclinó sobre su oído —. Mírame bien, capullo, y quédate con mi cara, porque será lo
último que veas si vuelves a venderle una sola pastilla a esos idiotas de ahí. —Señaló al pequeño de
los Uzumaki y a sus amigos. Los chicos continuaban sin moverse, pálidos y con el rostro
descompuesto—. ¿Está claro?

El tipo asintió de un modo compulsivo.

—Buen chico, veo que nos entendemos — dijo Sasuke.

Le propinó otra bofetada y le estiró la camisa rota sobre los hombros. Se dio la vuelta y, pasando
por encima del que aún se encontraba tirado en el suelo, se dirigió a la escalera, seguido por Naruto,
que empujaba a los chicos hacia la salida.

Vio una barra de hierro apoyada contra la pared y sus puños se cerraron con un movimiento
involuntario. Se detuvo, con el pecho subiendo y bajando muy deprisa por su respiración acelerada.
De repente, la agarró, se giró empuñándola como si fuera un bate y la emprendió a golpes con todos
los muebles hasta que los redujo a astillas. Dio rienda suelta a la ira que anidaba en él y que
necesitaba descargar, antes de que el reloj de la bomba que él mismo era comenzara a hacer tictac.

Naruto había metido a los chicos en el asiento trasero del Mustang, y esperaba a Sasuke apoyado
contra el capó mientras daba rápidas caladas a un cigarrillo. Tiró la colilla al suelo en cuanto lo vio
aparecer y subió al coche. Sasuke echó la barra dentro

del maletero y se sentó frente al volante. Un segundo después, tomaban la carretera en dirección al
barrio a toda velocidad.

—¿Problemas con el autocontrol? — preguntó Naruto con tono mordaz.


Sasuke era como un hermano para él: leal, sincero y capaz de cualquier cosa por aquellos que le
importaban. Pero también sabía cómo las gastaba y que no había que provocarle. Tenía un carácter
fuerte e impulsivo; y no en el buen sentido. Se había pasado toda la vida defendiéndose y
sobreviviendo, y esa vida había dejado marcas en él. Sus demonios eran de los que no se podían
exorcizar. Bien sabía que no era un mal tío, pero sí alguien a quien no tener de enemigo bajo ningún
concepto.

Sasuke le dedicó una mirada maliciosa y arrugó la nariz.

—Yo diría que no. Seguían respirando cuando salí de allí.

Naruto se echó a reír con ganas y Sasuke se limitó a sacudir la cabeza con una sonrisa burlona en el
rostro. Se pararon en la playa. Allí tiraron al agua todas las pastillas que habían logrado encontrar.
Poco después se detenían frente a la casa de los Uzumaki, dos calles más arriba de donde Sasuke
vivía.

—Gracias, tío —dijo Naruto con la vista clavada en la calle a través del parabrisas.

Sasuke se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.

—Para eso está la familia, ¿no?

Naruto asintió. Tenía un nudo apretado en la garganta que no le dejaba hablar, y la adrenalina que
le recorría el cuerpo aún le impedía relajarse. Se bajó del coche y movió el asiento para que su
hermano y sus dos amigos pudieran salir. No pudo evitar darle una colleja a cada uno, conforme iban
pasando bajo su brazo. No lograba entender cómo podían ser tan idiotas para meterse en esos líos.

—Nos vemos mañana y... gracias otra vez.

—No me las des. Tú habrías hecho lo mismo por Itachi —señaló Sasuke, sacudiendo la cabeza con la
vista en la carretera. Sus ojos destellaron un segundo

—: ¡Boruto! —gritó.

El hermano de Naruto se quedó clavado en la acera. Sasuke le hizo un gesto para que se acercara a
la ventanilla. Cuando el chico se paró junto a él, giró la cabeza y lo miró a los ojos.

—Tú y tus colegas estaréis por la mañana en mi puerta, a las seis. Si alguno llega tarde o se le ocurre
no aparecer... —Hizo una pausa en la que entornó los ojos y una advertencia asomó a ellos—. Mejor
no quieras saberlo.

El chico asintió sin más y salió de allí a toda prisa.

—¿Qué piensas hacer con ellos? —le preguntó Naruto.

Sasuke le dedicó una sonrisa mientras giraba la llave en el contacto y pisaba el acelerador, disparando
las revoluciones del motor.

—Les voy a sacar esa mierda del cuerpo y las ganas de volver a tomarla —dijo con tono travieso.

8
Cómo puede haber pasado una semana tan pronto?», pensó Sakura al oír la voz de su madre
ascendiendo desde el vestíbulo, e inmediatamente se arrepintió. La adoraba, pero era una mujer con
unos problemas de personalidad preocupantes. El famoso complejo de Peter Pan se quedaba a la
altura de un simple dolor de cabeza en lo que a su madre se refería. No asumía el paso del tiempo.
Para ella, el mundo se había detenido en aquellos años de instituto en los que había sido la reina del
baile, la reina de la belleza y la reina del quarterback del equipo. La chica más popular de Port

Pleasant.

La relación que mantenía con ella no era sencilla. Sentía que tenía una hermanita pequeña a la que
debía controlar, y no una madre. Su padre la justificaba continuamente y hacía oídos sordos a las
evidencias. Sakura conocía el motivo por el que él se comportaba así: se sentía culpable por haberle
cortado las alas, algo que su madre le recordaba cada vez que tenía ocasión. Se había convertido en
una experta en manipularle. Como si ella no hubiera hecho nada en aquella fiesta, en la que sus
vidas cambiaron para siempre al concebir un bebé bajo los efectos del alcohol. Primer año de
universidad, de hermandades, de libertad; y nueve meses después cargaban con un bebé regordete
y llorón de enormes ojos grises.

Su padre continuó estudiando para poder licenciarse y conseguir un futuro para su nueva familia; y
su madre regresó al pueblo para ahogarse entre pañales y biberones. Ahora vivía esa juventud que
no había tenido, y no era malo que lo hiciera, porque solo tenía treinta y nueve años. El problema
residía en el modo que lo hacía. Un modo del que Sakura se avergonzaba en muchas ocasiones.

—¡Hola, Mabuki! —saludó desde la escalera. Ahora ni siquiera le permitía llamarla mamá, sino por
su nombre de pila. Forzó una sonrisa y bajó los peldaños para abrazarla.

—¡Oh, hola, Saku!

—¿Qué tal tus vacaciones?

—Maravillosas —respondió con su sonrisa perfecta—. Ese balneario es estupendo y los


tratamientos casi milagrosos.

—Pero tú no los necesitas. Eres preciosa, ma... —se corrigió a tiempo—, y maravillosa. Su madre
sonrió y volvió a abrazarla.

—Tú sí que eres maravillosa, aunque deberías cuidarte un poquito esas ojeras — la reprendió como
si hubiera cometido un delito de primer grado. Suspiró y se pasó la mano por la frente—. Estoy
cansada. Creo que subiré a echarme un rato. ¿Podrías subir las maletas, mi amor?

—Por supuesto, cariño, enseguida — respondió de inmediato su padre, que intentaba cruzar el umbral
con dos maletas enormes en las manos y una tercera colgando de su hombro.

Aquello hizo que Sakura pusiera los ojos en blanco. Los despidió y se dirigió a la cocina a por algo
frío que beber. Ese verano estaba siendo uno de los más calurosos que recordaba, y la temperatura
no hacía más que subir. Encontró a Mikoto limpiando unos tarros de cristal que iba guardando
meticulosamente en una caja de cartón.

—¡Buenos días! —saludó Sakura.

—Buenos días.

Sakura abrió la nevera y sacó una jarra de té helado. Se sirvió un vaso y, mientras bebía, observó a
Mikoto. Le apenaba que una mujer tan joven y guapa tuviera siempre esa expresión triste y cansada,
y la sonrisa de una anciana que considera que su vida ya no puede aportarle nada especial. Era el
rostro de una persona que ya no tiene deseos.

Se preguntó qué clase de vida habría tenido.

—¿Qué tal estás, Mikoto? —preguntó.

La mujer levantó la vista de la caja y la miró.

—¡Bien, gracias! —Sonrió y sus ojos brillaron un momento.

«Tiene los mismos ojos que Sasuke, y el mismo pelo», pensó Sakura. De nuevo estaba allí el nombre
en el que no quería pensar, en el que no debía pensar, y que no lograba apartar de su mente.

—No hemos hablado desde... desde lo que pasó. Y... bueno... ni siquiera te has tomado unos días
para descansar. ¿De verdad estás bien? No puedo imaginar por lo que estarás pasando —comentó
con ansiedad.

Mikoto dejó de frotar el tarro de cristal y apretó los párpados un momento.

—Eres una buena chica, Saku. No cambies. —Se dio la vuelta y se acercó al fregadero, donde
humedeció el paño, y añadió—: He perdido a un hijo, claro que no estoy bien. Siento que me han
arrancado el corazón y que me dolerá mientras viva, pero no me queda más remedio que seguir
adelante. Tengo otro hijo... Sasuke me preocupa mucho y... me necesita. La muerte de su hermano
ha sido un golpe muy duro para él y ni siquiera es capaz de demostrarlo... No, Saku, no estoy bien.

Con el corazón encogido, Sakura rodeó con sus brazos a Mikoto y la estrechó muy fuerte. No fue
capaz de decir nada porque la pena que sentía no se lo permitía; y porque, si abría la boca, se echaría
a llorar. Apenas

dos semanas antes, Itachi había estado en esa misma cocina hablando sobre la universidad y los
millones de planes que tenía para el futuro. Era un chico estupendo. Tan diferente a los muchachos
de su barrio y... a Sasuke.

Mikoto se dio la vuelta y le acarició la mejilla.

—Anda, deja que lleve esa caja al cobertizo.

—No te preocupes, yo la llevaré —se apresuró a decir Sakura. Agarró la caja y por un momento se
le doblaron las piernas bajo su peso.

—¿Estás segura?

—Sí. Además, pensaba ir a buscar un filtro para la depuradora de la piscina. Hay que cambiarlo y a
papá se le olvida.

—Esta bien, ponlos junto a los otros. Los verás en un estante en la parte superior.

—Vale.

—Hay una escalera en la esquina. Junto a la podadora.

—En la esquina, junto a la podadora. De acuerdo.


Sakura salió al jardín con la caja entre los brazos. El peso hacía que sus pies se hundieran en el
césped y sus tNarullos se doblaran. Avanzó unos metros dando traspiés. Se detuvo para tomar aire
y clavó una mirada molesta en el cielo, donde brillaba un sol infernal. Al bajar la vista el oxígeno dejó
de llegarle a los pulmones.

Sasuke estaba de espaldas a ella, inclinado sobre un banco de trabajo donde serraba unos listones
de madera. Los tejanos que

vestía le sentaban muy bien, aunque parecía incapaz de mantenerlos en su sitio y le colgaban de las
caderas dejando ver un poco de su ropa interior. No llevaba camiseta y su piel brillaba por el sudor
con un increíble tono dorado.

El chico se enderezó un poco para cambiar la posición de la sierra y los ojos de Sakura se abrieron
como platos. Tenía un tatuaje tribal enorme que comenzaba en medio de su espalda, se desplazaba
hasta el hombro y bajaba por el bíceps donde había visto el gecko. Él se giró, como si hubiera sentido
que le estaban observando, pero ella continuó inmóvil sin apartar la vista de su torso. El tatuaje
cubría la parte delantera de su hombro y bajaba hasta la mitad del pectoral. ¡Y qué pectorales!
Aquella era, con

diferencia, la visión más sexy de un chico que había tenido en toda su vida.

Apartó la vista de golpe, medio mareada, cayendo en la cuenta de que estaba conteniendo la
respiración. Apretó la caja contra su pecho y continuó andando. ¡Mal, mal, muy mal! La había
sorprendido mirándolo pasmada. ¡Cómo podía ser tan ridícula!

—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó Sasuke.

—No, gracias, puedo yo sola —respondió entre jadeos por el esfuerzo. Lo miró por encima del hombro
y le dedicó una sonrisita de suficiencia. La caja bailó en sus brazos y a punto estuvo de caer de
bruces.

Sasuke suspiró y se quedó mirándola. Los pantaloncitos que llevaba apenas tapaban sus largas
piernas y la vista era espectacular. Aunque no tanto como aquella espalda completamente desnuda,
a excepción de la tira de su biquini rosa chillón que la cruzaba de lado a lado. ¿Qué les pasaba a las
chicas como ella con el rosa? Labios rosas, uñas rosas, ropa rosa; parecían pomposos algodones de
azúcar.

Tomó aire y, sin saber muy bien la razón, echó a andar tras ella.

—Dame eso —dijo, mientras le quitaba la caja de las manos.

—No es necesario, yo puedo...

—¿Dónde quieres que lo deje? — preguntó, ignorando por completo sus protestas.

—En el cobertizo. ¿Qué pasa, Uchiha, que aún no has hecho tu buena acción del

día? Mi padre no va a pagarte más por esto.

Sasuke la miró por encima de su hombro y se echó a reír al ver su expresión de suficiencia. Lo estaba
retando, ¡y era tan fácil caer en aquel juego de tiras y aflojas con ella! Decidió ser bueno. Arrugó los
labios con un puchero y a ella se le escapó una sonrisa que disimuló rápidamente. Entraron en el
cobertizo.
—Tengo que ponerlos arriba. Sujeta la caja y yo los voy colocando —le indicó ella.

—¿Ahora sí quieres mi ayuda? —le hizo notar Sasuke.

Ella lo fulminó con la mirada. Cogió la escalera y la colocó frente a los estantes. Tuvo que subir hasta
arriba para alcanzar la repisa superior. Cogió un par de tarros y los colocó, girándolos hasta alinearlos
perfectamente. Repitió el gesto con los siguientes. Él arqueó las cejas, sorprendido por el esmero
que ponía en algo tan insignificante. Así que, además de pija, era una tiquismiquis; seguro que se
ponía de los nervios cuando alguien cambiaba de sitio sus cosas. Sería divertido hacer la prueba y
ver cómo se ponía histérica. Abandonó sus planes malvados en cuanto se percató de que tenía su
bonito trasero a la altura de la cara.

¡Madre mía, era demasiado tentador! Soltó un gruñido, reprimiendo las ganas de plantar sus manos
en él.

—¡Dios! —maldijo.

—¡Qué! —inquirió ella, entornando los ojos—. ¿Qué pasa?

—Estooooo... —empezó a decir mientras su vista vagaba de un lado a otro—. Una araña, era enorme.

Sakura se quedó paralizada, odiaba las arañas más que nada. Eran unos bichos repugnantes frente
a los que no era capaz de pensar.

—¿Dónde está? —susurró muerta de asco —. ¡Dime que ya no está, por favor, dime que ya no está!
—rogó con los párpados apretados.

Sasuke esbozó una sonrisa maliciosa. La princesita cumplía con todos los tópicos posibles. «No lo
hagas, no lo hagas», pensó. No pudo resistirse.

—No te muevas —musitó. Notó que ella dejaba de respirar. Le puso una de las manos en las caderas—
. La tienes justo aquí, en los pantalones, y es enorme.

Sakura dio un respingo y comenzó a

gritar mientras se sacudía todo el cuerpo con las manos.

—¡Quítamela... quítamela... apártala! — chilló.

La escalera osciló y Sakura cayó de espaldas. Sasuke apenas tuvo tiempo de soltar la caja y abrir los
brazos. La atrapó al vuelo y la apretó contra su pecho. Tenía el peso de una pluma, su piel era suave
y olía de maravilla. La miró, tenía los ojos cerrados y temblaba. Hasta ahora no se había percatado
de las pecas que le salpicaban las mejillas, que pasaban desapercibidas bajo el bronceado de su piel.
Le daban un aspecto dulce.

—¡Eh, princesa —bajó la voz hasta convertirla en un susurro profundo y sexy—, estás a salvo!

—¿La ves por alguna parte? —preguntó ella, aún asustada.

Sasuke tuvo que librar una auténtica batalla por controlar su risa. Su pecho se agitó bajo ella.

—La verdad es que no había ninguna araña —admitió sonriente. Ella abrió los ojos de golpe y lo
taladró con sus iris de un gris profundo. Era la primera vez que podía verlos bien y sintió un revoloteo
en su estómago. Eran enormes, increíbles, y en ese momento le lanzaban rayos—. En realidad te
estaba mirando el culo y... bueno... no quería admitirlo.

Ella se puso colorada y empezó a retorcerse en sus brazos. Estaban tan cerca que respiraban el
mismo aire.

—Bájame.

—¿Te has enfadado? —preguntó él con tono burlón. Ella lo atravesó con la mirada —. Vale, ya veo
que sí. ¿Qué harás si te dejo en el suelo?

Sakura volvió a retorcerse y le golpeó el pecho con las manos. Empezaba a sudar y le ardía la piel,
porque se sentía avergonzada y porque estar entre los brazos del chico la alteraba demasiado.

—Sasuke, va en serio, déjame en el suelo ahora mismo. ¡Ya!

El frunció el ceño con un destello de diversión contenida.

—No me gusta ese tono mandón.

Pídemelo por favor.

Ella apretó los dientes y lo retó con la mirada. Él arqueó las cejas y se encogió de hombros.

—Puedo estar así hasta mañana —avisó.

—Por favor —masculló Sakura, a punto de salirse de sus casillas.

—Por favor, ¿qué? —inquirió Sasuke, y sus labios se curvaron con una sonrisa petulante.

—Bájame al suelo, por favor —escupió ella en voz baja.

Sasuke se quedó mirándola un largo rato antes de dejarla en el suelo. La bajó despacio y, de forma
premeditada, la apretó contra su pecho antes de soltarla. Sonrió, pícaro, al ver que se ponía muy
nerviosa al apoyar las manos en sus brazos para recuperar el equilibrio. Que lo tocara era agradable,
y un inexplicable deseo se enroscó en sus entrañas.

Por un segundo, Sakura se olvidó de su enfado. La piel de Sasuke le quemaba las palmas de las
manos y sus ojos marrones la mantenían anclada a él. Ninguno de los dos apartó la vista y el aire se
volvió tangible. La miraba sin parpadear, respirando con suavidad sobre su rostro. Nunca nadie la
había mirado de ese modo, ni durante tanto tiempo. Tragó saliva con la boca seca.

Sasuke le colocó las manos en la cintura y la empujó hacia atrás con suavidad.

—Solo ha sido una broma. ¿Amigos? — preguntó él sin poder ocultar un atisbo de mofa.

Ella volvió en sí y se puso roja. Aquel cretino se había reído de ella, y no solo eso, le había estado
mirando el trasero. El gran Sasuke Uchiha, al que ninguna chica se le resistía. ¡Pues con ella se
equivocaba de

cabo a rabo!

—¡Claro! —respondió mientras sonreía como una tonta, fingiendo que no se había molestado.
Se dio la vuelta y salió del cobertizo como si no pasara nada. En realidad, no podía respirar y sus
mejillas eran puro fuego. Se sentía mal consigo misma porque en el fondo todo aquel encuentro
había sido excitante. Una parte de ella lo había disfrutado.

Sasuke la siguió y se detuvo en la puerta. Algo no le cuadraba en su actitud; demasiado fácil. Ni un


mal gesto, ni una mirada aviesa. La contempló, y sus ojos se perdieron en aquel contoneo de caderas
hasta que ella se detuvo en medio del jardín. Se obligó a alzar la vista hacia arriba.

Sakura lo taladraba con una mirada cargada de rabia.

—Me apetece tanto ser tu amiga como que me saquen los ojos y después me rellenen las cuencas
con pimienta —dijo ella con los brazos en jarras—. Por eso voy a contarle a tu madre la clase de
pervertido que eres y lo que acabas de hacer. Te cortará esas dos bolitas a las que tienes tanto
aprecio. —Le señaló con el dedo la entrepierna—. Si tiene la suerte de encontrarlas, claro.

Sasuke se puso derecho con un respingo. Mierda, eso sí que no lo esperaba. Su madre se llevaría un
buen disgusto si se enteraba de que había molestado a Sakura. ¿Había dicho «bolitas»?

—Ni se te ocurra. —La apuntó con el dedo y entornó los ojos—. Esto es entre tú y

yo. No seas cría.

Ella frunció los labios con un mohín

—Vaya, vaya, el chulito de Uchiha también tiene su kryptonita. ¡Mami va a darte unos azotes! —
canturreó mientras echaba a correr hacia la casa.
9

Sentado a la mesa de la cocina, Sasuke estaba recibiendo una reprimenda de dimensiones épicas
por parte de su madre. No recordaba la última vez que le había echado una bronca tan enfadada,
aunque probablemente habría sido muy poco antes de que le detuvieran. Por aquella época siempre
andaba metido en algún lío. Ella procuraba hacer de madre y de padre y de educarlo metiéndole con
calzador algo de sentido común, mientras intentaba que no faltara comida en la mesa. La quería y
respetaba por todo ello, y sabía que no se lo había puesto nada fácil.

Conocía a otras familias igual de jodidas que la suya, en las que las cosas habían acabado muy mal.
Pero su madre nunca se rindió. No había ahogado sus problemas en alcohol, ni los había abandonado
para huir del infierno. Los había consolado, protegido, y había tratado por todos los medios que aquel
horror que sufrían, bajo la mano del bastardo de su padre, no causara heridas más allá de las palizas.
Eso no pudo lograrlo. En su interior había muchas más cicatrices que las que mostraba su piel.

—Tienes veintiún años, Sasuke. No eres ningún niño para comportarte así —decía ella, mientras
cortaba unas verduras para la cena— . Saku es una buena chica, un cielo de niña.

No quiero que vuelva a repetirse...

—Mamá, solo ha sido una broma. ¡Vamos, seguro que no es la primera vez que alguien le gasta
una! Lo que pasa es que las chicas como ella no tienen sentido del humor —se justificó, escondiendo
una sonrisa.

—Te conozco, Sasuke. Tienes dos personalidades: una que adoro, y otra que no soporto, de la que
he oído tantas historias que, si pudiera, la extirparía de tu cerebro. Eres un buen chico, lo sé, ¿o
acaso crees que no he oído los rumores que corren sobre lo que Naruto y tú hicisteis anoche? Solo a
un buen chico le preocuparía lo que pueda ocurrirles a esos niños. Pero lo solucionaste como no
debías, con violencia, como un gamberro... Y hoy has sido igual de desvergonzado con Saku.

«A veces no queda más remedio que ser un hijo de puta para que te respeten», pensó Sasuke. Clavó
los codos en la mesa y escondió el rostro entre las manos mientras su madre seguía con el sermón.
Cinco minutos después ya no conseguía asimilar ni una palabra más y dejó de prestar atención.

Sin saber cómo, Sakura acabó en sus pensamientos. Tenía que admitir que estaba sorprendido. La
chica había tenido el valor de contárselo todo a su madre, palabra por palabra. Se la había devuelto.
Sonrió al recordar su carita maliciosa de pequeño demonio mientras lo señalaba con el dedo.
«Bolitas... ya te daré yo bolitas, nena», pensó, y su sonrisa se ensanchó. Tenía la impresión de que
Sakura Haruno era una caja de sorpresas que esperaba a ser abierta. Y él comenzaba a sentir
curiosidad por saber qué guardaba dentro. Su madre le

dio un coscorrón.

—¿Te hace gracia lo que te estoy diciendo? —preguntó enfadada.

—¿Qué? ¡No! Tienes toda la razón, y a partir de ahora me portaré bien.

—Y le pedirás disculpas a Sakura — sugirió ella.

Sasuke se giró en la silla y entornó los ojos al mirarla.

—No.
—Sí, te disculparás.

—Solo me disculpo cuando de verdad me arrepiento de algo, y de esto no me arrepiento.

—¡Sasuke!

El teléfono móvil de Sasuke empezó a sonar. Miró la pantalla: era su tío.

—No volveré a molestarla, en serio, pero

no pienso disculparme. Además, creo que tu niñita mimada necesita espabilarse y no correr a
esconderse en las faldas de los mayores cada vez que alguien le saca la lengua. Cuando salga de
este pueblo y se tope con el mundo real, se la comerán con patatas. ¡Casi que le hago un favor!

Salió al porche y oyó a su madre pelearse con las cacerolas mientras soltaba un millón de maldiciones.
Lo sentía, no quería hacerla enfadar, pero bajo ningún concepto iba a disculparse con Miss Trasero
Perfecto.

—¿Qué pasa? —respondió al teléfono.

—¿Qué pasa, chico? —preguntó Shisui al otro lado—. ¿Qué tal está tu madre?

—En este momento, cabreada conmigo.

—¿Qué le has hecho?

—Nada, se ha mosqueado por una tontería. Ya se le pasará. Eh, Shisui, necesito pedirte algo.

—Claro, chico, lo que sea, ya lo sabes.

—Necesito quedarme un tiempo. No será mucho, te lo prometo.

—No necesitas mi permiso, y si has decidido quedarte, también me parece bien. Perderé al mejor
mecánico que he tenido jamás, pero ¡qué se le va a hacer!

—Cualquiera diría que te alegras de perderme de vista.

Shisui se echó a reír y su risa ronca surtió un efecto calmante en Sasuke. Quería a aquel hombre y
lo respetaba como a nadie.

—Eres como un hijo para mí, lo sabes. Y aquí siempre tendrás un sitio. Yo no abandono a los míos.
Aunque sean unos capullos como tú —apostilló.

Esta vez fue Sasuke el que rompió a reír a carcajadas.

—Solo necesito unas semanas. La casa se cae a pedazos y no puedo dejar a mi madre así.

—¿Necesitas dinero?

—No, tranquilo, he conseguido un par de empleos. No pagan mucho, pero será suficiente.

Hubo un silencio en el que la respiración de Shisui se volvió pesada.


—¿Cómo estás, Sasuke? Y dime la verdad, ya sabes que huelo tus mentiras a kilómetros. —¿Te
refieres a...?

—Sí, a tu hermano, y a cómo te sientes al estar de nuevo allí.

Sasuke tragó saliva. Shisui tenía un don para ver dentro de él como lo haría un halcón cazando una
presa. Directo y preciso hasta clavar las garras donde dolía. Pero ese tipo de dolor no era malo,
porque le recordaba que se preocupaba por él. ¡Su vida habría sido tan distinta si él hubiera sido su
padre!

—Soy como un campo de minas, pero no tienes de qué preocuparte. Puedo controlarlo.

—Y si no, solo tienes que llamarme.

Estaré ahí enseguida.

—No te preocupes, en serio. No hay nada que me ate aquí y, con un poco de suerte, convenceré a
mi madre para que venga conmigo. Antes de que te des cuenta, estaré aplastándote contra la lona
del ring.

—¡Ni en tus sueños, gallito!

Sasuke colgó el teléfono y se quedó mirando la calle con una sonrisa en el rostro.

Solo llevaba allí unos días y ya echaba de menos Santa Fe.


10

Recostado sobre un tronco que había arrastrado la marea, Sasuke contemplaba el cielo cubierto de
estrellas y la luna gigantesca que reflejaba su luz brillante sobre el océano en calma. La arena de la
playa aún conservaba el calor del día.

El grupo se había reunido otra vez y, por un instante, se sintió como si tuviera de nuevo diecisiete
años. No estaba seguro de si esa sensación le hacía sentir bien o no. Si hacía inventario de sus
emociones, la balanza se inclinaba de un lado a otro. Estar allí con sus viejos amigos le recordaba
quién era, de dónde venía. Ellos habían sido

su familia y su apoyo durante mucho tiempo. Por otro lado, viejas heridas comenzaban a doler.

Dio un trago a la botella de tequila y se la pasó a Naruto, que no dejaba de hablar con Obito de
coches y de las próximas carreras de NASCAR. Neji y Tente seguían metiéndose mano sin ningún
reparo. Y también estaba Karin. No había vuelto a verla desde el funeral. Trabajaba en un garito a
las afueras en el que pasaba casi todo el tiempo, pero esa era su noche libre y, cuando Tente le contó
los planes sobre el reencuentro, no había tardado en aparecer.

Karin se acercó a Sasuke contoneando sus caderas, ceñidas bajo una minúscula falda de licra. Naruto
contempló la escena con cierta preocupación. Kari era explosiva,

una de esas chicas por las que los tíos podían partirse la cara solo para conseguir que les dedicara
uno de sus mohines coquetos. Había sido la chica de Sasuke durante el penúltimo curso de instituto
y habían estado locos el uno por el otro. Pero nunca habían roto. Simplemente, cuando detuvieron
a Sasuke, él desapareció de su vida y nunca regresó, nunca la llamó; y ella continuó con su vida y
con lo que mejor sabía hacer: romper corazones, uno tras otro. Ahora se preguntaba qué ocurriría
entre ellos. Karin parecía más interesada que nunca en él, y Sasuke... sobre Sasuke no tenía ni idea.
El chico que se había largado no era el mismo que había regresado.

Tente soltó un gemido ahogado, que hizo que todos se fijaran en ella.

—Os pasáis el día sin dejar de mover la lengua, ¿no os cansáis? —les espetó Naruto.

—Búscate una novia, Naru —le dijo la chica a la vez que le enseñaba el dedo corazón.

Karin se sentó junto a Sasuke y le pasó la botella que llevaba en la mano.

—Así que lo has logrado, has conseguido tu pequeño sueño. Es muy bonito. —Sacudió la cabeza en
dirección a su Mustang y soltó una risita—. Aún recuerdo cómo te pasabas horas hablando de que
algún día tendrías ese coche. ¡Me volvías loca!

Sasuke la miró y sonrió.

—Yo también lo recuerdo. —Dejó escapar un suspiro y clavó la vista en el océano—. Ha pasado
mucho tiempo desde entonces.

Ella alargó la mano y la colocó sobre el muslo de Sasuke.

—No tanto. A mí me parece que fue ayer y que todo sigue igual. Bueno, no todo... —Lo miró de
arriba abajo y se mordió el labio—.
¡Estás increíble!

Sasuke esbozó una sonrisita y giró la cabeza hacia ella.

—¿Estás ligando conmigo, Kari?

—Es posible. ¿Funciona? —preguntó, lanzándole una mirada atrevida.

Sasuke se encogió de hombros y la estudió de arriba abajo. ¡Dios, estaba cañón! ¡Y con tan poca
ropa era una visión muy excitante!

—Es posible —contestó él. Notó la mano de Kari ascendiendo por su muslo. No se movió. Miró hacia
abajo e intuyó sus uñas rojas haciendo circulitos sobre sus tejanos, a juego con unos labios igual de
rojos. De repente pensó en uñas rosas, en labios rosas... conejitos rosas de satén. Se puso tenso.
En los últimos días ese tipo de pensamientos aparecían en su cabeza con demasiada frecuencia.

—Me alegro de volver a verte, Sasuke — susurró Karin, sentándose en su regazo y rodeándole el
cuello con los brazos—. Te he echado mucho de menos.

—Yo también me alegro, preciosa.

Ella sonrió y se colocó entre sus piernas con la espalda reposando sobre su pecho. Encendió un
cigarrillo y se lo entregó. Sasuke dio una larga calada y suspiró, soltando el humo muy despacio.
Kari le quitó el pitillo de la boca y se contoneó frotándose contra él de un modo que lo dejó sin
aliento. Sasuke no quería complicaciones con Karin, y menos

de ese tipo, pero si no dejaba esos jueguecitos, otra cosa, y no precisamente su cerebro, iba a
meterse donde no debía.

—Las carreras de NASCAR están bien, pero lo que mola es la Fórmula 1 —dijo Neji, destapando la
segunda botella.

Naruto y Obito se volvieron para mirarlo.

—¡Joder, pero si hablas! Pensaba que solo sabías mover la lengua —le soltó Naruto.

—Y sabe moverla —replicó Tente.

Naruto le hizo un gesto obsceno con su boca.

—Mi primo estuvo en Canadá el mes pasado y dice que fue alucinante, que podía oler la adrenalina
a pie de pista —continuó Neji, ignorando el intercambio de gestos—. Por eso quiero estudiar
ingeniería mecánica, para poder meterle mano a una de esas preciosidades. Tocar esos motores tiene
que ser como un orgasmo tras el mejor polvo de tu vida.

Naruto se quedó en silencio, pensativo.

—Me excitas cuando te pones poético — dijo después entre risas.

Neji alargó la pierna para darle una patada y también se echó a reír.

—Eres idiota, Naru.

Naruto se llevó las manos a la cabeza y su cuerpo osciló hacia los lados. Estaba mareado.
—Sí, pero un idiota que necesita bajar este pedo para poder conducir y llevaros a casa — dijo mientras
se ponía de pie, inseguro—. Dios, ¿qué tenía ese tequila que has traído, Kari?

—Nada, que te has bebido media botella

tú solito.

—Me está sentando mal. Necesito andar un poco o vomitaré aquí mismo. Debería haber comido algo
—se quejó Naruto.

Sasuke palmeó las caderas de Karin, invitándola a que se levantara. Se puso de pie y se acercó a
Naruto. Le rodeó el cuello con el brazo.

—Demos una vuelta —propuso. Y todos estuvieron de acuerdo.

Pasearon por la playa durante un rato. Se agitó una brisa fresca y Kari se apretujó bajo el brazo de
Sasuke para absorber algo de su calor. A lo lejos vieron las llamas de una hoguera y a un grupo de
gente a su alrededor. Las voces y las risas se hicieron más nítidas conforme se acercaban.

—Por cierto, Sasuke, ¿qué tal te va por

Santa Fe? —preguntó Neji.

—No me va mal. Paso casi todo el tiempo trabajando —contestó mientras se encogía de hombros.

—Tú tío es el dueño de los negocios. Entonces, tú serás algo así como el jefe, ¿no?

—Soy el puto amo —respondió Sasuke, chasqueando la lengua.

—Lo que eres es un fantasma —intervino Naruto, y añadió en tono burlón—: ¿Sabíais que da clases
de defensa personal a un grupo de niñas en el gimnasio? ¡Sí, el amo de la guardería!

Sasuke le dio un empujón con el codo y el chico trastabilló.

—Nunca dije que fueran niñas, dije nenas —puntualizó Sasuke.

Obito silbó.

—El sueño de cualquier hombre: chicas empapadas en sudor repartiendo puñetazos. Ese es el trabajo
que necesito, y dejar de servir ensaladas y agua con gas en el Club. Árbitro en peleas de barro. —Se
echó a reír —. Solo pondría una regla: nada de ropa.

—¡Por Dios, Obito, estás enfermo! — exclamó Karin.

—Lo que está es salido —dijo Naruto—. ¿Qué pasa, que Kim te tiene casti...? —la pregunta se ahogó
en su garganta cuando tropezó con algo y cayó al suelo de bruces.

—¿Quieres mirar dónde pisas, imbécil?

—dijo una voz masculina en la oscuridad.


La silueta de un tipo bastante grande se elevó recortada contra la luz de la hoguera, que estaba a
escasos pasos de ellos. A su lado también se incorporó una chica, que empezó a colocarse bien la
ropa.

Naruto se puso de pie con serios problemas para mantener el equilibrio.

—¿A quién llamas imbécil? —inquirió con tono asesino.

—A ti. Me has pasado por encima.

—La próxima vez que te pongas a echar un polvo en la playa, busca un sitio más adecuado, gilipollas.
¿O es que te gusta tener público? —le soltó Naruto señalando con la barbilla a la gente que los
observaba atónita.

—Ten cuidado con lo que dices o te partiré la cara —dijo el chico dando un paso hacia Naruto.

—¡Uy, qué miedo! —se burló.

Dio un traspiés porque aún seguía borracho.

El chico se lanzó contra Naruto, pero Sasuke lo contuvo con una mano en el pecho.

—Tranquilo —gruñó entre dientes.

—No me toques. ¿Quién te crees que eres? —Apartó la mano de su pecho de un manotazo. Soltó
una risita—. ¡Si sois esos colgados del barrio!

Sasuke acortó la distancia que le separaba del chico, que tenía la espalda del tamaño de un armario,
hasta quedar pecho contra pecho. Las llamas le iluminaron el rostro y dieron vida a sus ojos
inyectados en sangre.

—Repítelo y alégrame el día —masculló, echándole el aliento en la cara.

El chico dio un paso atrás. Aunque no parecía dispuesto a retirarse.

—Eh, venga, ya está bien. Seguro que ninguno quiere complicar las cosas esta noche —dijo alguien
desde la hoguera.

Sasuke reconoció la voz y se puso tenso. Sus ojos se clavaron en Sai Tucker, que se acercaba a ellos
para colocarse delante de su amigo, relegándolo a un segundo plano mucho más seguro.

—Pues enséñale algo de educación a tu colega —replicó.

—¡Uchiha! —dijo Sai, tratando de disimular su sorpresa.

—¡Tucker! —exclamó Sasuke en el mismo tono burlón.

—Perdona a Deidara. A veces se descontrola un poco —indicó Sai. Sus rasgos se endurecieron—.
Discúlpate, Deidara.

—Pero ¿qué dices? —estalló, indignado, mirando a Sai.

—He dicho que te disculpes —musitó este con voz fría.


Deidara bajó la cabeza y resopló. Lanzó una mirada asesina a Naruto y después se dirigió a Sasuke.

—Lo siento —dijo a regañadientes. Agarró a la chica que estaba con él y dio media vuelta de regreso
a la hoguera.

—¿Veis? Lo siente mucho. Deidara es un poco impulsivo, pero es buen chaval. Demasiados golpes
en la cabeza con el fútbol, ya sabéis — dijo a modo de broma. A nadie le hizo gracia.

—Pues dile a tu chico que la próxima vez lo dejaré sin lengua. —Sasuke no parecía dispuesto a dejarlo
pasar. Se había puesto de mal humor sin darse cuenta. La gente como Sai y Deidara tenía ese efecto
en él.

—¡Vamos, Uchiha, relájate un poco! —

Sai sacudió la cabeza, como si se le hubiera ocurrido una idea estupenda—. ¿Por qué... por qué no
os quedáis un rato y tomáis algo con nosotros? Tengo un bourbon de primera.

Sasuke estaba a punto de responderle que se metiera su invitación por donde le cupiera, cuando
atisbó un rostro conocido a través de las llamas. Sakura Haruno estaba haciendo lo imposible para
esconderse tras su melena y pasar desapercibida. Algo se agitó dentro de él, un aleteo en su corazón
que lo pilló por sorpresa. Entonces ella alzó la barbilla y sus ojos se encontraron. Decir que parecía
incómoda era quedarse corto. Era el momento perfecto para cobrarse una pequeña venganza por
haberse ido de la

lengua con su madre.

—¡Claro, por qué no! —aceptó sin apartar la vista de ella.

Las comisuras de sus labios se elevaron con una mueca maliciosa.

—Claro, será divertido —lo apoyó Sai.

—¡No, Sasuke! —susurró Karin, que salió de las sombras y lo agarró por el brazo —. Vámonos, por
favor.

Sai se puso pálido al ver a la chica. No fue capaz de decir nada. Era tarde para retractarse y no le
quedó más remedio que sonreír. Sasuke rodeó la cintura de Karin con su brazo y le dio un apretón
cariñoso.

—Venga, nena, probemos ese bourbon de primera.

—No creo que sea buena idea —dijo Naruto, que de pronto parecía más sereno que

nunca.

Sasuke sacudió la cabeza. No pensaba marcharse por nada del mundo. Sakura le miraba a través de
su cabello, que junto al fuego brillaba con un color rojo imposible.

—Sí que lo es. ¿Qué es eso que dijiste el otro día, Tucker? ¿Que el instituto quedó atrás y hay que
pasar página?

Sai asintió. Una sonrisa forzada curvó sus labios.

—Pues pasemos página —dijo Sasuke.


11

Se acercó al fuego y se sentó sobre la arena. Karin se acomodó a su lado, rígida. Él le rodeó los
hombros con el brazo. Naruto, Obito, Neji y Tente terminaron de cerrar el círculo. Durante unos
largos segundos nadie dijo nada. El silencio se volvió demasiado tenso para todos, menos para
Sasuke, que contemplaba divertido los intentos de Sakura por ignorarle. —¿Por qué... por qué no
seguimos jugando? —sugirió Konan. Agarró la botella vacía que tenía delante y la hizo girar

—. Era mi turno. —La botella dio vueltas hasta detenerse señalando a Temary.

Naruto se quedó mirando la botella.

—Así debe ser el infierno, pijos jugando a verdad o prenda —masculló.

—¿Tienes algún problema? —le espetó Temary.

Naruto giró la cabeza para mirarla con desgana. Como si el simple hecho de dedicarle su atención
supusiera más esfuerzo del que merecía.

—¿Me estás hablando? —le hizo notar en tono mordaz.

Temary puso cara de asco y le sostuvo la mirada.

—Yo te conozco. ¿Cómo era que te llamabas...? Ah, sí, Fracasado.

Naruto se inclinó hacia ella.

—Tú puedes llamarme mi amo —dijo con una sonrisa maliciosa.

Se quedaron mirándose, echando chispas por los ojos.

—Vamos, Temary —intervino Konan—. Verdad o prenda. ¿Es cierto que te diste el lote con Ricky
durante la graduación?

Temary giró la cabeza de golpe y le puso mala cara.

—¡Claro, éramos los que gemíamos en el suelo mientras el director entregaba los diplomas! —soltó
como si nada. Hubo algunas risitas y hasta los labios de Naruto se curvaron un segundo—. ¡Pues
claro que no! Me toca. —Hizo girar la botella y, para su sorpresa, apuntó a Naruto—. Verdad o prenda,
Fracasado. ¿Cuándo fue la última vez que te trincó la poli?

—Será esta noche, pienso hacer algo muy malo con este cuerpo, ¿te apuntas? — preguntó, clavando
sus ojos en ella; Temary sacudió la cabeza y lo ignoró. Naruto agarró la botella como si quemara y
la hizo dar vueltas. Apuntó a Sasuke. Sonrió—. Verdad o prenda, Uchiha. ¿Por qué cojones quieres
sentarte con estos?

Sasuke no contestó. Agarró su camiseta y se la quitó, lanzándosela después a su amigo como si fuera
un proyectil. Con el torso desnudo se inclinó e hizo girar la botella. Señaló a Temary.

—Verdad o prenda, rubita. ¿Por qué le dan miedo las arañas a la princesa? — preguntó, señalando
con su barbilla a Sakura.
Los ojos de Temary se posaron en su amiga y los entornó cuando ella le devolvió la mirada. Sakura
parecía un gatito asustado

con los ojos muy abiertos, lanzando a través de ellos una súplica silenciosa.

—¡Tengo que contestar! Ya he perdido los zapatos y solo me queda el vestido. No pienso quedarme
en ropa interior delante de estos — se justificó Temary. Miró a Sasuke—. Verdad. Cuando teníamos
doce años fuimos a un campamento de verano. Unos chicos llenaron un bote con esos bichos y se
los echaron por encima mientras dormía. Algunas le picaron y tuvo una reacción alérgica bastante
fuerte. No podía respirar. Desde entonces las odia.

La sonrisa engreída desapareció de la cara de Sasuke, para dar paso a una menos divertida. ¿Qué
clase de idiotas le hacían algo así a una chica? Empezó a sentirse mal por haberle gastado esa broma
estúpida en el cobertizo.

Continuaron jugando. El ambiente no se relajó en ningún momento. Todo el mundo estaba rígido,
esquivo. Todos menos Sasuke, que no parecía afectado por nada de lo que sucedía a su alrededor.
Solo se fijaba en Sakura, en sus gestos, en sus movimientos. No sabía si sería por el exceso de
tequila o porque desde que había llegado a Port Pleasant no había estado con ninguna chica, pero la
princesita lo excitaba.

—Verdad o prenda, Saku —anuncióINOE—. ¿Vas a volver con Sai?

Sakura tosió. No se esperaba esa pregunta. Parpadeó un momento y se inclinó hacia delante
buscando la mirada de Nora, esperando haber oído mal. Ese era el típico comportamiento de la
entrometida de su amiga, si es que se le podía llamar así. Su melena le cayó sobre el hombro y Sai
se apresuró a recogérsela tras la oreja.

—Mi prima te ha hecho una pregunta, Saku —le recordó el chico.

Sakura se encogió, apartándose de su ex novio. Se puso tensa y miró de reojo a Sasuke. El brillo
travieso de sus ojos le aceleró el pulso. Él alzó las cejas, animándola a contestar.

—Prenda —respondió con la voz entrecortada.

Se puso de pie y se quitó la camiseta, quedándose tan solo con el sujetador. Se sentó, abrazándose
las rodillas para ocultar su pecho, e hizo girar la botella. Aquel objeto de cristal pactó con su mala
suerte y se detuvo apuntando a Sasuke. Se quedó

helada. No podía ser... El corazón estaba a punto de salírsele por la boca. Los engranajes de su
cabeza comenzaron a funcionar. No tenía ni idea de qué preguntarle. Lo miró y él esbozó una sonrisa
lenta y malévola. Karin estaba a su lado, rodeándole la cintura con los brazos. Los celos despertaron
en su pecho, pillándola por sorpresa. Deseó darle a Kari de su propia medicina.

—Verdad o prenda, Sasuke. —Tragó saliva. Los ojos del chico la taladraban—. ¿Cuál es tu tipo de
chica? La otra noche no terminaste de aclarármelo y siento curiosidad —dijo como si nada.

Desvió la mirada hacia Karin y comprobó, por su mala cara, que había logrado su

propósito. Por una vez sentaba

bien ser la bruja de la historia. ¡Mejor que bien!

—¿La otra noche? —preguntó Sai a media voz, pero Sakura lo ignoró.
Nadie respiraba, todos estaban pendientes de ellos sin poder disimular su curiosidad. Sasuke se
inclinó hacia delante como un felino. Sus ojos brillaron al calor de las llamas y ese mismo calor hizo
enrojecer las mejillas de Sakura. Ella notó que se le aceleraba el corazón con aquella mirada
abrasadora.

—Si te refieres a si me gustan rubias, morenas o pelirrojas, con ojos azules, verdes o... grises, eso
me da igual, me gustan todas — respondió él con suficiencia y una sonrisa que a ella le resultó
irresistible. Suspiró y su expresión cambió—. Pero han

de tener algo para llamar mi atención. Han de tener un treinta por ciento de ángel y un setenta por
ciento de demonio. Eso te excluye.

Se quedaron mirándose fijamente y todo desapareció a su alrededor. Sakura únicamente era


consciente de aquellos ojos oscuros que no la dejaban pensar. Odiaba el efecto que tenían en ella,
pero al mismo tiempo la excitaban. Sasuke solo podía pensar en el rosa brillante de sus labios que,
a la luz del fuego, relucían como una señal luminosa en la oscuridad. Deseó mordisquearlos y
averiguar a qué sabían.

—¿Y por qué me excluye? ¿Tan fea te parezco? —preguntó ella con desdén.

Sasuke sonrió y negó con la cabeza.

—No, princesa, te deja fuera porque tú

eres cien por cien ángel.

Sakura contuvo el aliento. El tono grave de su voz la rodeó como si de un abrazo se tratara,
estremeciéndola. Forzó una sonrisa engreída y señaló la botella.

—Te toca jugar. —Sacudió su melena y se echó hacia atrás, apoyándose en las manos.

Sasuke la miró de arriba abajo sin ningún disimulo, deteniéndose en sus curvas, en la forma de su
estómago. Alargó el brazo y el juego continuó.

—Otra vez yo —gritó Temary minutos después, dando palmaditas.

La botella apuntó a Sai. De repente, todo el mundo se quedó en silencio.

—¡Se avecina tormenta! —dijo alguien entre dientes.

Sakura se cubrió la cara con las manos, rezando para que su amiga se controlara, al menos esa
noche. La chica odiaba a Sai por muchos motivos y no perdía ninguna ocasión de demostrarlo.

—Verdad o prenda —dijo Temary con un tono helado. Sai se puso tenso y le sostuvo la mirada. Sus
ojos de color avellana parecían retarla—. ¿Habrías continuado tirándote a la camarera si no te hubiera
pillado Saku? — Soltó la bomba sin dudar, mientras señalaba a Karin para que nadie tuviera dudas
de a qué y a quién se refería.

Sasuke se giró y miró estupefacto a Karin.

Joder, ¿había entendido bien?

¿Sai y Karin? Apartó su brazo de ella. El silencio que siguió a la pregunta fue sepulcral. Sai estaba
completamente rojo, tenía los puños apretados y parecía inmerso
en una batalla personal contra su autocontrol.

—No —masculló con voz firme—. Ese fue el peor error de mi vida. ¿A quién se le ocurre que yo podría
estar con alguien como ella más de una vez?

Karin se quedó pasmada, incapaz de moverse, con sus sentimientos hechos jirones por la humillación.
La mirada de Sasuke terminó de desarmarla. Se puso de pie y salió corriendo. Sakura también se
levantó y le dedicó una mirada asesina a su amiga.

—No solo los has humillado a ellos, Temary —le espetó.

—Lo siento, Saku, yo... Es que ese idiota... —empezó a justificarse Temary.

—¡Ya va siendo hora de que os metáis en vuestros propios asuntos! —les gritó a todos. Dio media
vuelta y se alejó en dirección a la carretera.

—Saku, espera —le pidió Sai.

—No me hables. No me sigas. Tú menos que nadie —gritó desde la oscuridad.

Sasuke, completamente alucinado, clavó sus ojos en Naruto. El chico sacudió la cabeza y se encogió
de hombros.

—Ya te dije que no era una buena idea — dijo con un suspiro. Se puso de pie mientras se sacudía la
arena de los pantalones—. Larguémonos de aquí.

Sasuke condujo en silencio hasta la casa de Karin. Ella tampoco dijo nada durante el tiempo que duró
el trayecto. Lo conocía bien y sabía que en ese momento estaba muy cabreado. Cuando se detuvieron
frente al apartamento del motel donde ella vivía, la tensión era inaguantable.

—Dilo si vas a decirlo —dijo Karin cuando no pudo soportarlo más. Se cruzó de brazos como si
quisiera protegerse.

Él apretó el volante y un tic contrajo el músculo de su mandíbula.

—¿Qué? ¿Que te pregunte si te acostaste con Sai cuando estaba con otra? Creo que ya tengo la
respuesta a eso.

—Fue un error, Sasuke.

Él la miró de reojo.

—Tú no cometes errores de ese tipo.

—Si estás enfadado conmigo porque estás celoso, no olvides que llevo cuatro años sin saber de ti...

Sasuke se inclinó hacia delante y golpeó el volante con la frente varias veces. Suspiró. Permaneció
en esa posición durante un largo segundo.

—No estoy celoso, Kari. Estoy cabreado porque te conozco y puedo hacerme una idea de por qué
dejaste que ese capullo te llevara a la cama.

—Tú no sabes nada —masculló ella. Le dio la espalda y se quedó mirando por la ventanilla.
—Joder, ¿de verdad creíste que se enamoraría de ti? ¿Qué esperabas, que te presentara a sus padres
y te comprara un diamante y una casa donde criaríais a vuestros hijos?

Karin no contestó y se limpió con la mano las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

—Los tíos como Sai se acaban casando con las de su clase, no con gente de la nuestra —añadió él—
. ¡Tú eres más lista que todo eso!

Karin se giró hacia él con una mirada furiosa.

—¡Y tú también! Sasuke puso mala cara.

—¿Qué cojones quieres decir con eso?

Karin se inclinó sobre él.

—Hablo de la princesita. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de que la mirabas como si te la
fueras a comer?

Él soltó un gruñido y puso los ojos en blanco.

—Creo que te has pasado con el tequila.

Imaginas cosas.

Karin se rió, pero fue un gesto frío.

—¿Miedo a las arañas? Parece que sabes cosas que muchos no. ¿Y qué es eso de cien
por cien ángel? —El estómago se le retorció por los celos—. Vamos, Sasuke, no has dejado de mirarla
ni un solo segundo.

Él respiró hondo. Todavía estaba alterado, pero eso no le impidió recapacitar un instante sobre su
actitud con Sakura. La conclusión no se hizo esperar. Sabía perfectamente qué le ocurría con ella.
Pero a Karin no podía explicarle que solo se trataba de algo físico, de puro instinto y atracción.
Sakura lo excitaba y no entendía por qué, cuando ni siquiera era el tipo de chica que le gustaba.

—Trabajo en su casa. He hablado con ella alguna vez. No hay nada más —dijo sin intención de dar
más explicaciones.

—No me lo trago. Yo también te conozco, Sasuke, y sé que esa niña se te ha metido entre ceja y
ceja —replicó ella.

Se bajó del coche, cerró de un portazo y echó a andar hacia el bloque de apartamentos.

De repente se detuvo y dio media vuelta.

—¿Sabes qué? —gritó.

Sasuke respiró hondo y salió del coche. Avanzó unos pasos y se cruzó de brazos con las piernas
abiertas.

—Sí, de verdad creí por un instante que podía pasar —dijo ella con la voz rota—. Me

dije, ¿y por qué no? Soy guapa, lista,

¿por qué no puede alguien como él enamorarse de mí, comprarme una casa blanca y sacarme de
toda esta mierda? — Hizo un gesto con los brazos con el que abarcó todo lo que la rodeaba. El
decrépito edificio, el aparcamiento solitario a excepción de un par de caravanas, y los
contenedores donde se acumulaba la basura —. Lo creí, aunque ese fuera Sai. ¡Me habría dado igual
quién fuera, la verdad! Pero él solo quería lo que quieren todos. Todos menos tú. A ti sí te importaba.

Sasuke se pasó la mano por la cara y después por el pelo.

—Y me sigues importando... —susurró, mirándola a los ojos.

Karin acortó la distancia que los separaba y puso una mano sobre su pecho. Sasuke inclinó la barbilla
para mirar esa mano. Sintió el calor que irradiaba, pero su cuerpo se quedó igual de frío. Ahí estaba
la señal que había esperado los últimos cuatro años cuando pensaba en ella, la que confirmaba que
todo se había acabado.

—Eres el único chico del que me he enamorado de verdad. Ahora estás aquí. Podría funcionar si lo
intentamos, Sasuke.

Él le cogió la mano y la apartó muy despacio.

—No me importas de ese modo. Ha pasado demasiado tiempo.

—Para mí no. Creía que sí, pero cuando te vi en el funeral supe que todo seguía ahí, latiendo con la
misma fuerza. Lo que teníamos era especial. —Su voz sonaba como un ruego desesperado.
Se pegó a él y sus manos le acariciaron el torso, bajaron hasta su estómago y recorrieron la cinturilla
de sus vaqueros. Tragó saliva y lo miró a los ojos mientras una de sus manos se deslizaba bajo su
camiseta, llegaba hasta su espalda y

descendían hasta su trasero.

Sasuke intentó que esa vulnerabilidad que empezaba a hacerse patente en ella, y que le humedecía
los ojos, no lo afectara como para hacer una tontería. Y si no se andaba con cuidado, eso era
exactamente lo que iba a pasar, porque su cuerpo empezaba a tener otras ideas sobre cómo acabar
la noche. La sujetó por los brazos y la apartó. No iba a tener sexo con ella, y mucho menos cuando
las razones eran equivocadas para los dos.

—Tú lo has dicho, lo que teníamos. Ya no somos los mismos, ninguno de los dos. No puedo salvarte
cuando no he conseguido salvarme a mí mismo, y eso es lo que estás buscando con tanta
desesperación, que te salven. Si no, no habrías caído en los brazos de Tucker. —Sacudió la cabeza y
dio media vuelta—. Buenas noches, Karin.

Abrió la puerta del coche.

—Verdad o prenda, Sasuke.

Él se quedó inmóvil, esperando la pregunta que estaba seguro vendría a continuación.

—¿Por qué nunca me llamaste?

Sasuke se encogió de hombros. Se dio la vuelta y enfundó las manos en los bolsillos de su pantalón.

—¿Y para qué iba a hacerlo? Tenía diecisiete años, había cruzado casi todos los límites que podía
cruzar y me iban a encerrar una buena temporada. —Torció el gesto al tiempo que se frotaba la
nuca—. Tú te merecías algo mejor que yo. Estaba seguro de que sin mí tendrías alguna posibilidad
de dejar todo esto, y me obligué a olvidarme de ti. —Levantó la vista del suelo y le lanzó una mirada
que parecía suplicar comprensión—.

No fue fácil, y tardé mucho, pero...

—Lo conseguiste, te olvidaste de mí — terminó de decir ella.

—Nunca me he olvidado de ti. Solo...

solo dejé de quererte como te quería.

Karin tragó saliva y se abrazó los codos.

Parecía a punto de echarse a llorar.

—Creo que eso es aún peor —susurró.

Dio media vuelta y entró en su apartamento.

Sasuke se quedó mirando la puerta un buen rato.

—Mierda —masculló, y dio un puñetazo al coche.

12
Temary dejó sobre la encimera de la cocina una enorme tarrina de helado de frambuesa.
—Aquí tienes, el más insípido y sin gracia que encontré. Cero grasa y ni una pizca de azúcar. ¡Guerra
a las calorías! —exclamó con entusiasmo.

Sakura apartó la vista de la pantalla de su portátil y la miró de reojo. Tras un largo suspiro, se recostó
en la silla y se quitó las gafas para frotarse los ojos.

—No voy a perdonarte porque me compres helado. Anoche te pasaste mucho, Tema.

Temary puso cara de perrito abandonado. —Lo sé —gimoteó. Se acercó a su amiga y la rodeó con
los brazos—. Pero ya me conoces, somos amigas desde primaria y... ¡Por Dios, mis Polly Pocket eran
tus Polly Pocket, esas cosas no se comparten con cualquiera! Unen casi tanto como la sangre.

Sakura sonrió mientras Temary la zarandeaba con un enorme abrazo de oso.

—No vuelvas a hacerlo, ¿vale? —dijo cuando pudo respirar—. Olvida el tema y olvida a Sai. Es asunto
mío. No os podéis pasar todo el verano lanzándoos puyas.

Temary dio un paso atrás y arrugó la frente.

—Eso suena a reconciliación —refunfuñó —. Dime que no lo estás considerando.

—Tema —replicó Sakura a modo de advertencia.

—Tendrás que pedir una orden de alejamiento si quieres que te deje tranquila con este tema. Sai no
debería respirar el mismo aire que tú. —Se dirigió al cajón y sacó dos cucharillas—. Un tío que piensa
más con la entrepierna que con el cerebro no merece la pena, cielo.

Sakura sacudió la cabeza con exasperación y volvió a centrarse en la página en blanco abierta en la
pantalla de su ordenador. Temary se sentó sobre la mesa y destapó la tarrina. Hundió la cucharilla y
se la llevó rebosante a los labios.

—¿Qué haces? —preguntó con la boca llena de helado.

Sakura cerró el portátil de golpe.

—¡Nada! Estaba comprobando mi correo —respondió, forzando una sonrisa.

Llevaba un par de años escribiendo de

forma constante y ya había sumado un buen número de relatos, cuentos y una novela corta de la
que se sentía bastante orgullosa. Soñaba con ser escritora desde los cinco años, cuando aprendió a
leer y descubrió que era tan divertido imaginar sus propias historias como leer las de los demás.

En secreto fantaseaba con la posibilidad de convertirse en una escritora famosa, ver sus novelas en
los escaparates de las librerías. Pero solo era eso, una fantasía. Su padre esperaba que se convirtiera
en juez, como él; o, en su defecto, que estudiara algo

«serio» con lo que lograr un brillante futuro. Cuando de pequeña ella le hablaba de sus sueños, él se
reía y le quitaba importancia, echando por tierra, quizá sin pretenderlo, todas sus esperanzas. Por
ese motivo nunca le había hablado a nadie sobre ese tema, ni siquiera a Temary.
El timbre de la puerta sonó. Sakura trotó hasta la puerta principal, con Temary pegada a sus talones.
Al abrir, sus pupilas se dilataron por la impresión. Uno ochenta, pelo rubio, gafas oscuras. El aro que
colgaba de su oreja atrapó un rayo de sol y lanzó reflejos que la dejaron momentáneamente ciega.
Parpadeó y recorrió con los ojos los tatuajes de sus brazos. Los chicos como él, así, tan de cerca,
disparaban todas las alarmas de peligro.

Daban un poco de miedo.

—¿Puedo ayudarte?

—Estoy buscando a Sasuke —dijo Naruto, ladeando la cabeza para ver el interior de la casa.

Hizo ademán de entrar, pero Sakura se movió ocupando el hueco de la puerta.

—Disculpa, pero apenas te conozco. No puedo dejarte entrar.

Naruto arqueó las cejas y la miró.

—Ya la has oído —dijo Temary tras ella.

—La que faltaba —masculló el chico. Echó mano a su bolsillo trasero y sacó su teléfono móvil. Marcó
y se lo llevó a la oreja—. ¡Eh, mueve el culo hasta la entrada! Aquí Wendy y Campanilla no me dejan
entrar, creerán que he venido a robarles la cubertería de plata.

Las chicas se miraron con cara de póker. Un instante después, Sasuke aparecía tras ellas con la
respiración agitada y sudando a mares.

—¿Has traído guantes?

Naruto asintió y se quedó mirando a las chicas. Ninguna parecía tener intención de moverse.

—Sasuke, mi padre no permite visitas en casa. Tus amigos no pueden venir a pasar el rato contigo
—repuso Sakura con cara de pocos amigos.

Sasuke ni siquiera se dignó a mirarla.

—Necesito ayuda para subir las vigas al tejado. O lo hace él, o me buscas a alguien que lo haga —
replicó con ojos centelleantes. Nadie se movió y nadie dijo nada—. Tictac... tictac... tictac... Tendré
que irme a casa.

Naruto apretó los labios para esconder una sonrisa. Sakura resopló y se hizo a un lado para dejarle
pasar.

—Está bien, pero la próxima vez deberías informar antes a mi padre de estas cosas — dijo ella a su
espalda.

—Lo que tú digas —farfulló Sasuke, y la dejó plantada en la puerta sin mirarla ni una sola vez.

Dos horas más tarde, el tejado lucía un aspecto mucho más sólido y seguro.

—¿Crees que lo hacen a propósito? — preguntó Naruto, mirando de reojo hacia la piscina.

Sasuke encajó la última viga en su lugar. Se pasó la mano por la frente para evitar que el sudor le
entrara en los ojos y comenzó a recargar la pistola de clavos.
—¿De qué hablas?

—De ellas —respondió Naruto con un gesto de su barbilla, señalando a Temary y Sakura, que
tomaban el sol junto a la

piscina—. Están ahí, tumbadas, prácticamente desnudas, sabiendo que tú y yo estamos por aquí.

—No creo. Están en su casa, hace calor y tienen una piscina de tamaño olímpico.

Naruto frunció el ceño, poco convencido.

—Pues es la tercera vez que la rubita se pone protector en menos de una hora. ¡Dios, es imposible
concentrarse mientras está ahí, sobándose!

—Pues no mires —le espetó Sasuke.

Porque eso era lo que él estaba haciendo: todo lo posible para no quedarse embobado contemplando
el cuerpo de la princesita. Desde su encuentro en la playa, y tras conocer el triángulo que formaba
con Karin y Sai,

había evitado pensar en ella. Sentirse atraído por Sakura era

absurdo, y eso le cabreaba. Estaba enfadado. En primer lugar, por sentirse atraído por ella; y en
segundo, porque conociéndose como se conocía no tardaría mucho en hacer algo estúpido. ¿Y qué
podría ser lo más estúpido? Seducirla y llevársela a la cama para relajar la tensión, cada vez mayor,
que comenzaba a sentir. No podía hacer eso, por un millón de razones que le complicarían la vida.
Si su madre se enteraba, lo castraría como a un gato. Así que, lo mejor sería mantenerse alejado de
ella como si fuese venenosa.

—¿Y a ti qué te pasa? —inquirió Naruto—. Desde la otra noche pareces cabreado, ¿tiene algo que ver
con Karin?

—¿Y por qué iba a estar cabreado con Karin?

—No sé, tendría sentido que lo estuvieras después de enterarte de que se acostó con Tucker.

Sasuke lo miró de reojo y frunció el ceño.

—¿Tú lo sabías?

—¡Claro, se enteró todo el mundo! La movida llegó hasta el último rincón. ¿Es eso lo que te tiene
mosqueado? En su favor, debo decir que tú eras historia.

Sasuke negó con un gesto y cazó al vuelo un clavo que se le escapó de la mano. Se inclinó sobre la
viga y disparó dos veces. Estudió la madera con ojo crítico, y la recorrió con la vista comprobando
que continuaba recta. Al fin dijo:

—Kari ya no es asunto mío, es libre de hacer lo que quiera y con quien quiera. Aunque debería
haberlo pensado dos veces antes de dejar que ese imbécil le pusiera una mano encima. Hay hombres
y luego está Sai, una rata. Sigue siendo el mismo imbécil prepotente.

—Yo sigo sin entender a las mujeres. En serio, deberían venir con un manual de instrucciones —dijo
Naruto con la vista clavada en las dos chicas que tomaban el sol. Cogió la botella de agua y la abrió
mientras reía entre dientes—. Entonces,
¿nada de nada? Siempre creí que entre Kari y tú habría «un para siempre».

Sasuke se sentó sobre la caja de herramientas y le quitó a Naruto la botella de las manos. Bebió un
largo trago y después dejó caer el resto sobre su cabeza. Se pasó las manos por el pelo, peinándolo
hacia atrás.

Hacía un calor infernal.

—Yo también lo creía, pero ya ves, las cosas cambian. —Esta vez sucumbió al impulso que llevaba
reprimiendo toda la mañana y clavó la vista en Sakura. Parecía una sirena, recostada sobre la toalla.
Y añadió—: Cambian cuando menos te lo esperas.

—Entonces, ¿no hay problema para que no puedas ir al Shooter esta noche?

Sasuke sacudió la cabeza y salpicó el aire de gotitas de agua.

—Si lo dices por Kari, no, no hay problema. Ella sigue siendo mi amiga. Aunque ahora está cabreada
conmigo y no sé cómo va a reaccionar cuando me vea por allí.

Naruto lo miró sorprendido.

—¿Se ha cabreado contigo?

—Bastante. Me pidió que volviéramos — respondió Sasuke. Respiró hondo y se levantó para seguir
trabajando.

—Ya. Y tú le dijiste que no —aventuró Naruto con tono condescendiente.

—No salgo con nadie por lástima.

—¿Tienes a alguien en Santa Fe? — preguntó Naruto. Quizá su amigo tuviera una chica en otra parte.

—No, en los dos últimos años no ha habido nada serio. No es eso, Naru. No la quiero, ya no estoy
enamorado de ella — admitió Sasuke. Su rostro se contrajo con una mueca de fastidio.

—Nunca ha sido imprescindible para ti.

Sasuke lo miró a los ojos y rebufó.

—Sé que soy un cabrón de primera y que me he aprovechado de ese tipo de cosas

otras veces. Pero con Kari no voy a hacerlo.

—No trato de convencerte. Te entiendo, en serio —susurró Naruto—. Lo que pasa es que soy un
sentimental y pienso en esos años... Lo pasábamos bien. No sé, veros juntos me hace recordar todo
aquello. —Le dio una palmadita en la espalda. Cogió su camiseta, que colgaba de la parte superior
de la escalera, y se la puso. Después contempló el nuevo tejado—. Pues esto ya está. Así que yo me
largo a casa.

—Gracias por ayudarme, tío —dijo

Sasuke con una sonrisa.


—No quiero tu agradecimiento. Esta noche pagas tú las copas.

Al otro lado del jardín, Temary volvió a cambiar de postura sobre la toalla. Estiró el cuello y trató de
ver por encima de sus gafas de sol sin que se notara que lo estaba haciendo. Se pasó la lengua por
el labio superior y los frunció.

—¿Dónde hay un móvil con cámara cuando lo necesitas? —gruñó sin poder apartar la vista del tejado.

—Se van a dar cuenta de que los estás mirando —susurró Sakura.

Trató de concentrarse en la revista que estaba leyendo, pero la visión de Sasuke, mientras vaciaba
una botella de agua sobre su cabeza, era todo un regalo para sus ojos.

—¿Tú crees que lo hacen a propósito? — inquirió Temary con la frente arrugada.

—¿El qué?

—Ya sabes, estar ahí, medio desnudos, haciendo posturitas y presumiendo de músculos y tatuajes.
—Sacudió una mano, como quitándole importancia—. No es que me moleste, lo estoy disfrutando,
pero hay que tener un ego muy grande para exhibirse de esa forma. ¡No me gustan los creídos!

—Para no gustarte, no les quitas los ojos de encima —le hizo notar Saku.

—¡Qué quieres, no soy de piedra!

Sakura les dedicó otra mirada de soslayo bajo sus gafas de sol.

—No creo que se estén exhibiendo. Hace calor y están trabajando sobre un tejado.

Y lo creía de verdad. Hacía un calor insoportable y desde donde se encontraba podía apreciar como
a Sasuke le brillaba la piel por culpa del sudor. Pensó en sus manos sosteniéndola por las caderas,
en lo que sintió cuando cayó en sus brazos, y se

estremeció. Recordó su penetrante mirada y se le aceleró la respiración. Intentó distraerse con la


revista de la que no había logrado leer ni un solo párrafo en la última hora, y que empezaba a
humedecerse por la presión de sus dedos.

—Oh, oh, el fracasado se larga — canturreó Temary.

—Se llama Naruto —le recordó Saku.

—¡Nos vemos en el Shooter! —dijo Naruto a Sasuke una vez en el suelo. Alzó la mano a modo de
despedida y cruzó el jardín hacia la salida.

Temary se giró en la toalla y se apoyó en los codos para tener una mejor perspectiva del jardín.

—¿Ya te marchas, Fracasado? —gritó para llamar la atención del chico.

A Sakura se le escapó un gemido de sorpresa.

—Pero ¿por qué te metes con él? — musitó, poniéndose roja como un tomate.

Naruto se detuvo y las miró con mala cara.


—Sí, ¿qué pasa? ¿Quieres cachearme por si estoy robando algún clavo? —Dio unos cuantos pasos
hacia ellas y levantó los brazos en cruz. Se miró la entrepierna—. Empieza por los bolsillos delanteros,
tienen sorpresa. Temary forzó una sonrisa orgullosa.

—¿Eso te funciona con las chicas o todas vomitan?

—Cuando me prueban solo saben pedir más —dijo él con una mirada juguetona—. ¿Quieres
probar? Así podrías presumir con tus amigas de haber estado con un hombre de verdad.

—¿Y ese se supone que eres tú?

—Temary, por favor —susurró Saku. Estaba a punto de esconder la cara tras la revista y fingir que
no se encontraba allí.

—La verdad es que solo quería preguntarte por ese garito, el Shooter. ¿Es tan guay como dicen?

Naruto se quedó de piedra durante un momento, ¿qué clase de tía con más de quince años decía
guay?

—¡Guay! —sacudió la cabeza y dijo para sí mismo—: ¡Joder, lo que hay que oír! —Se rascó la cabeza
y se echó a reír—. Sí, es bastante guay. ¿Qué pasa, te has cansado del Club de campo y buscas
emociones más fuertes?

—Es posible —respondió Temary,

decidida a no dejarse amedrentar por él.

Naruto suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Pues si estás pensando en aparecer por allí, voy a darte un consejo: no pierdas el tiempo, no
durarías ni media hora. Además, seguro que en la tele dan algún maratón de Gossip Girl. No querrás
perdértelo, ¿verdad?

Le dedicó una sonrisa socarrona y echó a andar, dejando a Temary con la palabra en la boca.

Ella se puso de pie a la velocidad del rayo, resoplando enfadada.

—¡Eh, Fracasado!

Naruto la ignoró, y se limitó a alzar la mano y hacerle un gesto grosero con el dedo corazón.

—Veinte pavos —continuó Temary.

Él se detuvo y se giró con una sonrisa astuta dibujada en su cara.

—Cuarenta, y no irás antes de las once. Es cuando empieza a animarse.

Ella entornó los ojos con una mirada maliciosa.

—Ve preparando la pasta.


13

De todas las malas ideas que has tenido hasta ahora, esta es la peor —protestó Sakura mientras
bajaba del coche de Temary.

Se soltó la coleta y se sacudió la melena con los dedos para darle volumen a su pelo. Contempló la
explanada y los nervios le arañaron el estómago. Camiones gigantescos bordeaban la carretera,
camionetas de grandes ruedas y coches tuneados para carreras atestaban el aparcamiento. Se dio
la vuelta y estudió el local. Frente a la puerta, una decena de Harleys perfectamente alineadas
brillaban bajo las luces de neón

del cartel. Tenía una sola planta y las ventanas parecían pintadas del mismo color que las paredes.

—Y por eso va a salir bien —dijo Temary, cogiéndola de la mano—. A mí no me vacila nadie, y menos
un fracasado.

—Ni siquiera sabes a qué se dedica para hablar así de él.

—No me hace falta.

—Y no te vaciló, fuiste tú, al igual que la apuesta fue cosa tuya. Yo estaba allí, ¿recuerdas?
—Se detuvo en secó y tomó aire —. Mira, yo misma le daré los cuarenta dólares si nos vamos ahora
mismo.

—Relájate, ¿qué puede tener este sitio que no tengan otros? —exclamó Temary, arrastrándola hacia
la entrada.

—¿Te refieres a algo más que al hecho de que parece sacado de una de esas películas de Carretera
al infierno o Carretera 666? Siempre hay un sitio como este, en una carretera como esta —gimoteó.

Temary le dedicó una mirada impaciente.

—Deja de decir tonterías. No tiene ninguna gracia.

De repente, la puerta se abrió y un tipo enorme con un delantal blanco apareció jalando por la camisa
a otro tipo. Con la mano libre lo agarró de los pantalones y lo lanzó por los aires. El hombre aterrizó
como un saco a los pies de las chicas, levantó la vista y las miró. Una sonrisa se dibujó en sus labios
e hipó.

—Señoritas, las invito a una copa — arrastraba las palabras, completamente borracho. Su cabeza se
desplomó sobre la arena.

Temary y Sakura se miraron un instante y sus ojos volaron hasta la puerta. El hombre del delantal
se quedó mirándolas al ver que no se movían.

—¿Vais a entrar? —les preguntó con cara de pocos amigos.

Las dos asintieron a la vez. Como para decirle que no con aquella cara.

—¡Venga, seguro que no es para tanto! — susurró Temary.

—No sé cómo me he dejado convencer — masculló Saku.


Cogidas de la mano entraron en el local. Dentro, el aire era casi irrespirable. Sobre sus cabezas
flotaba una densa nube de humo de cigarrillos que se mezclaba con el que se escapaba de la cocina.
Olía a algo acre mezclado con alcohol y ambientador, y hacía un calor insoportable. El techo era bajo
y los muros estaban decorados con carteles de coches antiguos y matrículas de todos los estados,
entre publicidad de cerveza y de bourbon. Una de las paredes lucía una colección de viejos vinilos
enmarcados, y fotografías de boxeadores autografiadas.

Los clientes no eran del tipo que ellas solían encontrar en los lugares que frecuentaban. Estaba
repleto de camioneros, moteros, trabajadores de la construcción…, gente de paso que buscaba un
sitio donde tomar algo que no se encontrara dentro de una máquina expendedora. Un par de
camareras serpenteaban entre las mesas, vistiendo unos pantaloncitos cortos y unas camisas a
cuadros anudadas bajo el pecho.

—¡Me encanta este lugar! —exclamó Temary con una enorme sonrisa.

Sakura lo contemplaba todo con los ojos muy abiertos. Se estremeció cuando un par de tipos —que
parecían hermanos de los ZZ TOP, con largas barbas, bandanas de calaveras en la cabeza y chaquetas
de cuero, a pesar de que allí dentro podrían estar rondando los treinta grados—, la miraron como si
estuviera desnuda. Trató de ignorarlos y siguió a Temary entre la gente. El local formaba una ele y
al llegar al fondo se abría hacia la izquierda. Mesas de billar y futbolines se distribuían en esa parte
bajo rieles de bombillas amarillas. Reconocieron a algunos chicos del instituto, gente del barrio que
las miraban con descaro. Las risitas y los comentarios llegaron hasta sus

oídos, pero los ignoró.

Temary localizó a Naruto en una de las mesas y fue directa hacia él.

—Hola, Fracasado.

El chico se dio la vuelta y una sonrisa socarrona se dibujó en su cara.

—¡Eh, Sasuke, pide cerveza, tenemos cuarenta pavos que gastar! —gritó por encima de la música.

Sakura lo buscó con la mirada. Estaba en la barra, hablando con otro chico. Él se giró y sus miradas
se encontraron. Las comisuras de su boca se alzaron con una sonrisa engreída. Levantó su vaso a
modo de saludo y la miró de arriba abajo. Ella se sonrojó y el corazón le dio un vuelco. Estaba muy
guapo con una camiseta negra de manga corta y unos tejanos del mismo color. Apartó

la mirada y cerró la boca antes de parecer idiota.

—Bien, rubita —dijo Naruto a Temary—. Será una hora a partir de este momento. Si sales por esa
puerta antes de tiempo, me da igual el motivo, me darás mi dinero.

—Pan comido —dijo ella.

—No cantes victoria todavía. ¿Ves a todos esos tipos que ahora no os quitan los ojos de encima? —
Les rodeó los hombros con los brazos—. Dentro de nada estarán apostando por vosotras, y no se
rinden fácilmente. Sois como un helado en la puerta de un colegio — musitó con su cabeza entre las
dos chicas. Soltó una carcajada y regresó a la mesa para seguir jugando.

Sakura tragó saliva y apretó la mano de Temary. Todo el mundo las miraba. Unos con
curiosidad, otros con interés, y algunos con demasiada malicia. Sasuke pasó junto a ellas con una
jarra de cerveza y les guiñó un ojo, pero no se detuvo ni dijo nada.

Se sentaron a una mesa que acababa de quedar libre. Miraron a su alrededor, solo para comprobar
que seguían atrayendo la mayor parte de las miradas. Sakura se sentía como un filete ante un
perro hambriento. Allí había otras chicas, pero las únicas que llamaban la atención eran ellas.

¿Tanto se notaba que estaban fuera de lugar?

—No creo que sea para tanto. Seguro que Naruto ha dicho esas cosas para meternos miedo y que
nos larguemos. Ya sabes, pretende ganarme con psicología. Inteligente, pero no pienso picar —
dijo Temary.

Espero que no te equivoques. Si uno de

esos se me acerca, me largo de aquí corriendo —susurró Saku, haciendo como que no veía los
guiños que un borracho le lanzaba desde la barra.

Temary se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.

—¿Sabes? Es por el miedo. Lo huelen y te conviertes en un objetivo. El truco está en aparentar que
eres una chica dura.

—¿Y si no cuela?

—Pues les haces creer que tu novio es un campeón de lucha libre y que podría partirlos por la
mitad.

—Es la tontería más grande que he oído en mi vida. Se nos nota a la legua que lo más extremo
que hemos pisado es la bolera y los recreativos del centro comercial.

Con la cara de gatito asustado que

tienes no me extraña. Podrías soltarte un poco.

Sakura entornó los ojos y gruñó por lo bajo.

—No estoy asustada, es solo que… me siento incómoda en este sitio.

Una camarera se acercó.

—¿Qué va a ser, chicas?

—Cerveza —dijo Sakura sin dudar.

—¿Cerveza? —inquirió Temary, sorprendida.

Sakura asintió como si lo que estuviera pidiendo fuese aire para respirar. Necesitaba desinhibirse
un poco y aflojar la tensión. Estaba segura de que Temary tenía razón y que parecía un gatito
asustado, y que en aquel sitio no era lo más recomendable.

Tenéis veintiún años, ¿verdad? —


preguntó la camarera.

—¡Claro que sí! —exclamó Temary con su gesto más inocente.

—Muy bien, un par de cervezas para las animadoras. —Tomó nota en una libreta—.

¿Queréis algo de comer?

—No, gracias. Solo las cervezas.

—Vale. ¡Kari, dos cervezas para la doce! —gritó con su voz aguda.

Temary y Sakura se giraron de golpe hacia la barra. Karin apareció tras ella y colocó encima dos
botellas, las abrió y las empujó con una destreza increíble. Se deslizaron por la madera y la camarera
las cogió al vuelo. Karin alzó la mirada hacia un cliente que trataba de coquetear con ella y reparó
en la presencia de las dos chicas. Sus ojos se entornaron y sus puños se crisparon

sobre la barra.

—Eh, Chad —gritó. El tipo del delantal, que las había recibido al llegar, gruñó desde uno de los grifos
de cerveza—. Deberíamos reservarnos el derecho de admisión, aquí ya entra cualquiera —añadió
dirigiendo una mirada asesina hacia ellas.

—¿Tú sabías que trabajaba aquí? — preguntó Sakura, apartando la vista de la morena.

—¿Cómo iba a saberlo? Es la primera vez que vengo. Creía que trabajaba en ese bar que hay cerca
de Point Cape.

—Yo también. Vale, intentemos relajarnos

—susurró.

De golpe el local parecía encogerse sobre ella. Karin en la barra y Sasuke Uchiha en las mesas de
billar; y todos aquellos tipos

que no dejaban de mirarla y sonreírle como idiotas. Estaba rodeada. Tomó la botella y se la bebió de
un trago. La dejó sobre la mesa con un golpe seco. El corazón le iba a mil por hora. Sintió que estaba
llegado a su límite. Las últimas semanas habían sido una pesadilla y no podía más. Cogió la botella
de Temary y se tragó la mitad.

—Vaya, jamás te había visto beberte una cerveza así —dijo Temary.

—Eh, ¿puedes ponerme otra? —le gritó Sakura a la camarera. Un eructo escapó de su garganta y se
llevó una mano a la boca con una risita. Se inclinó hacia Temary—. Estoy harta. Harta de dejar que
los demás me traten como si fuera idiota. Mis padres, Nora, Konan, Sai... Todos me dicen lo que
tengo que hacer, lo que debo pensar,

cómo debo ser...

La camarera regresó con otras dos botellas. Sakura tomó un largo trago y apoyó la barbilla sobre
sus manos entrelazadas.
—Mi novio me pone los cuernos y todos esperan que actúe como si no hubiera pasado nada. La chica
con la que se acostó me odia.

¿Perdona? —Sacudió la cabeza y tomó otro trago—. Soy yo la que tengo motivos para odiarla, ¿no
crees? Mi madre se comporta como una adolescente, ¡hasta coquetea con mis amigos! Y el primer
chico del que me enamoré es un cretino que espera que me derrita cada vez que me sonríe.

—Saku, ¿estás bien? —inquirió Temary un poco preocupada.

—Sí.

—Entonces, ¿a qué viene esto?

—A que voy a cumplir diecinueve años y en un par de meses iré a la universidad. Y... ¿de qué puedo
presumir en todos estos años? De nada, solo de haber sido una chica buena y responsable. ¿Y de
qué me ha servido? De nada. —Suspiró con angustia—. Mi antigua yo le habría dado una patada en
la entrepierna a Sai y habría dejado sin pelo a esa fulana. ¿Y qué hice? Me di la vuelta y les dejé que
terminaran. Me quedé allí, escuchándoles gemir y diciéndose guarrerías. ¡Aaaah! ¡Ohhh! ¡Y el muy
cretino aún dice que no recuerda lo que pasó! Estaba bastante centrado en lo que hacía, te lo aseguro.
¡Dios, debería haberle destrozado el coche!

—Sí, deberías haberlo hecho —admitió

su amiga—. Aún puedes hacerlo, Saku.

Puedes sacarte esa espina.

Sakura se mordió el labio, insegura.

—No quiero seguir así. Yo no soy así.

Temary sacudió la cabeza, sin poder creer que estuvieran, por fin, manteniendo esa conversación.

—No, no lo eres. Y solo necesitas soltarte un poco y dejar de pensar en cómo te ven los demás.
¿Recuerdas cómo nos conocimos?

Sakura asintió y soltó una risita. Por un instante se notó mareada.

—Sí, en nuestro primer año de primaria. Las dos fuimos al despacho del director, castigadas.

—Sí, tú habías puesto mermelada en los borradores de la pizarra...

—Y tú le habías cortado el pelo a una

niña en el baño —dijo Sakura entre risas —. Fue la primera niña grunge de nuestro colegio.

Temary se echó a reír a carcajadas.

—Sí, le quedaba bien, ¿verdad?

—Y yo cambié —continuó Sakura—. Me volví aburrida, predecible, y, aun así, has estado siempre a
mi lado.
—Bueno, siempre confié en que acabarías recuperando tu lado salvaje. —Temary frunció el ceño—.
Y si llego a saber que solo necesitabas venir a un antro como este para espabilar, te habría traído
mucho antes. ¡Nunca subestimes lo que la cerveza y el olor a sudor y calcetines usados pueden hacer
con una chica respetable! —replicó, guiñándole un ojo.

Las dos rompieron a reír. Sakura se

limpió un par de lágrimas que le resbalaban por las mejillas. Alzó la vista y su mirada se encontró
con la de Sasuke. El chico estaba apoyado sobre un taco y esperaba su turno mientras su amigo
estudiaba las bolas. La miraba fijamente, con una expresión extraña que le cortó el aliento. Sintió un
hormigueo extendiéndose por su cuerpo. Él sonrió de una forma que resultaba inquietante y el
hormigueo se transformó en una tensión que agarrotó su cuerpo.

—¿Sabes qué? —susurró Saku inclinándose sobre la mesa—. Vamos a ganar esa apuesta.

Temary la miró de hito en hito.

—Dime dónde está mi amiga y qué has hecho con ella.

Sakura la miró muy seria.

—Estoy harta de la actitud que se gastan esos dos. ¿Te das cuenta de que nos tratan como si
fuésemos retrasadas mentales? ¡Oh, mira mis pectorales! ¡Oh, mira mis abdominales! Soy un chico
malo, uuuhhh. No nos moveremos de aquí hasta llevarnos esos cuarenta pavos, aunque nos acose
un ejército de borrachos.

Dos hombres se sentaron a su mesa. Llevaban botas y ropa de trabajo. Por su aspecto y sus manos
callosas debían dedicarse a la construcción. Tendrían unos veintipocos y parecían tan fuera de lugar
como ellas.

—Eh, chicas, ¿podemos invitaros a una cerveza? —su acento terminó de confirmar que no eran de
allí. ¿Canadienses?

Temary y Saku se miraron con

complicidad.

—¡Claro, por qué no! —dijo Saku alzando su cerveza. Y añadió—: Por las apuestas.
14

Sasuke no apartaba los ojos de Sakura. Su amiga y ella llevaban casi una hora con aquellos dos
tipos y parecía que lo estaba pasando muy bien. Incluso había bailado con uno de ellos. Verlos juntos,
abrazados, le provocó una sensación extraña que se le enroscaba en las entrañas. El chico
aprovechaba cualquier excusa para tocarla. Hasta cierto punto podía entenderlo, porque en su lugar,
él habría hecho lo mismo. Sakura era preciosa y esa noche, con unos pantalones ajustados y una
camiseta que dejaba a la vista su estómago plano cada vez que se movía, era toda una delicia.

Pero eso no evitaba que, cada vez que lo veía coquetear con ella, deseara echársela sobre el hombro
y sacarla de allí. Ver a aquel tipo rodeándola con sus brazos hacía que le hirviera la sangre.

Naruto le echó otro vistazo a su reloj y farfulló un par de maldiciones. Faltaban dos minutos para que
se cumpliera la hora que habían acordado e iba a perder la apuesta.

—Creo que has perdido tu dinero —dijo Neji entre risas—. Las pijas no han salido corriendo.

Naruto le respondió con un empujón y Neji se lo devolvió. Sasuke no les prestaba atención. Los tipos
se habían puesto de pie y parecía que se marchaban. Se puso tenso. Si Sakura se largaba con ellos,
no estaba seguro de si la dejaría ir sin más. Con un

inesperado alivio vio cómo salían, solos. Temary se levantó y se encaminó directamente hacia él;
pasó de largo con Naruto en su punto de mira. Sakura se quedó en la mesa.

—Deberías cerrar la boca. Babeas —dijo Karin con voz envenenada al pasar por su lado.

Sasuke la siguió con la mirada. Continuaba enfadada y no se molestaba en disimularlo. A veces las
mujeres eran un auténtico misterio para él. Pedían sinceridad, pero cuando la recibían, y esa
sinceridad no encajaba con sus expectativas, te declaraban la guerra. Apoyó la cadera en la mesa de
billar, reuniendo el valor suficiente para acercarse a la princesita. Se sentía estúpido. Eso nunca había
sido un problema para él,

sobre todo porque eran las chicas quienes siempre lo buscaban.

Tomó aire y dejó el taco. Si pensaba acercarse debía hacerlo ya, antes de que su amiga regresara.
Se enderezó de golpe, al ver que Karin acababa de tropezar con la silla que ocupaba Sakura. Parecía
un traspié fortuito, pero Sasuke la conocía lo suficiente como para saber que había sido deliberado.

—¡Uy, perdona! —dijo Karin con sarcasmo.

Sakura se frotó el brazo, donde la había empujado con la cadera, y se puso de pie como si un resorte
la hubiera lanzado hacia arriba.

—Lo has hecho a propósito —le espetó.

Karin soltó una carcajada y regresó tras

la barra. Comenzó a recoger unos vasos.

—Te comportas como una cría —murmuró Sakura.

Karin la fulminó con la mirada. Se echó hacia atrás la melena oscura y apoyó las manos en la barra.
—¿Cómo has dicho?

—¡Que te comportas como una cría! — repitió Sakura, alzando un poco más la voz, con ganas de
sacar las uñas.

—Niñata estúpida —masculló Karin con ojos llameantes.

Sakura acortó la distancia entre la barra y ella. La bruja no dejaba de provocarla y ella estaba a
punto de estallar, ya fuera por la cerveza, o porque su mitad irracional e impulsiva estaba arrancado
de cuajo a la sensata. En el fondo le daba igual el motivo; esta vez no iba a mirar para otro lado y a
dejar que la pisotearan.

—Estoy harta de tu actitud —le espetó—. Me tratas como si fueras la víctima y yo la que se hubiera
tirado a tu novio —soltó sin importarle que todo el mundo la estuviera oyendo—. ¡Aquí la fulana eres
tú!

Karin se puso roja.

—¡Voy a partirte la cara!

—¿Seguro que tendrás tiempo entre polvo y polvo? Aquí debe haber muchos tipos con novia.

—¡Estás muerta! —gritó Karin mientras agarraba una botella.

Sakura no se amedrentó. Al contrario, tenía ganas de plantar un bofetón en aquella sonrisa pintada
de rojo y se lanzó hacia delante con

intención de saltar la barra. Unos

brazos la sujetaron por la cintura y la alzaron del suelo.

—¡Tiempo, tiempo! —dijo Sasuke, cargando con ella hacia la salida. No sin antes echar un vistazo
atrás para asegurarse de que Karin se quedaba tras la barra. Chad la sujetaba por los brazos.

—¡Suéltame! —gritó Sakura.

—Si te suelto te hará daño —replicó él, escondiendo una sonrisa—. Tú y yo vamos a tomar el aire un
rato.

—No quiero tomar el aire. Quiero atizar a esa bruja.

Sasuke empujó la puerta con la espalda y apretó a la chica contra su pecho con más fuerza para que
no se le escapara de entre los brazos. No dejaba de patalear y de retorcerse. El aire fresco los
recibió bajo un

cielo cubierto de estrellas.

—Ey, princesita, cálmate, ¿quieres?

—¡Suéltame, Sasuke! —protestó.

De repente sintió el deseo de morderle, pero él la aplastó contra la pared, sujetándola por los
hombros antes de que pudiera lograrlo. Sasuke se inclinó hacia delante, hasta que sus ojos quedaron
a la altura de los de ella. Brillaban divertidos y con algo más que no supo identificar.
—Si Karin te pone la mano encima, te dará una paliza. Así que cálmate.

—Con esa no tengo ni para empezar — replicó ella, intentando zafarse. Logró colarse bajo su brazo
y con un gruñido se lanzó contra la puerta.

Sasuke se echó a reír con ganas.

—Créeme, su derechazo es letal.

La tomó por la cintura y la levantó. Esta vez se alejó hasta el tocón de un viejo árbol que había en
un lateral. Se sentó con ella en su regazo, mientras le sujetaba las muñecas sobre el pecho y la
apretaba contra él.

Inmovilizándola por completo.

—¡Suéltame! —gritó ella.

—Tienes valor, princesita, pero estás demasiado borracha para que te deje volver ahí dentro.

—No estoy borracha.

—Jodidamente borracha —señaló Sasuke.

Tenía la respiración acelerada por el esfuerzo que estaba haciendo al sujetarla. Y porque el olor de
su perfume y su piel empezaban a nublarle la mente. Acercó la nariz a su cuello y le entraron ganas
de besarlo. Tuvo que morderse el labio para no caer en la tentación.

—¿Te pagan por decir tacos? —preguntó ella con rabia—. Porque solo sabes decir mierda, puta,
gilipollas...

Sasuke soltó una carcajada y se inclinó sobre ella.

—Esa boquita sucia me excita —susurró junto a su oído—. Suelta un joder y verás hasta qué punto.
—Movió las caderas bajo su trasero y notó cómo ella contenía la respiración.

—¡Ahora esperarás que me derrita! — replicó Saku, aparentando una calma que no tenía—. Pues vas
listo.

Trató de ponerse de pie, pero Sasuke no la dejó moverse.

—¡Venga, no te enfades! Me portaré bien, te lo prometo. Si tú me prometes que te vas a quedar aquí
conmigo hasta que las aguas se calmen —dijo él.

Sakura giró la cabeza y lo miró. Él le dedicó una sonrisa astuta que le aceleró el corazón y le hizo ser
consciente de la situación en la que se encontraban. Solos, en la oscuridad, sentada en su regazo
mientras la sujetaba entre sus fuertes brazos. Una sensación cálida le recorrió el vientre.

—Lo prometo —susurró, y trató de relajar el cuerpo.

Sasuke también se relajó, y muy despacio le soltó las muñecas. Aún no se fiaba de ella, por eso la
abrazó por las caderas y apoyó la barbilla en su hombro. Sonrió encantado. Si un rato antes alguien
le hubiera dicho que iba a ver cómo Sakura le plantaba cara a una chica como Karin en

un bar de mala muerte, no lo habría creído.


—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —preguntó ella—. Te estás riendo.

—No me estoy riendo... —Hizo una pausa en la que metió un brazo bajo sus rodillas y la hizo girar,
colocándola de lado para poder verle el rostro. Se le encogió el estómago. Estaba preciosa con el
pelo enmarañado y la nariz brillante por el sudor—. Solo estoy sorprendido.

—¿Por qué?

Sasuke guardó silencio sin dejar de mirarla. Con una mano le apartó el pelo del hombro y dejó a la
vista su cuello. Deslizó los dedos por esa zona y acercó la nariz a su piel.

—Porque no suelo equivocarme con las chicas, nunca, y contigo lo he hecho — respondió.

Sakura tragó saliva. Sentía la respiración de Sasuke bajo su oreja, mucho más tranquila que la suya,
y era una sensación fascinante.

—Ah, ¿sí? ¿Y se puede saber en qué te has equivocado?

Sasuke esbozó una sonrisa maliciosa y la meció con su cuerpo antes de contestar. Deslizó un dedo
por su brazo mientras la miraba a los ojos. Se pasó la lengua por el labio inferior y siseó.

Sakura apenas podía respirar. No era capaz de pensar ni de analizar nada de lo que estaba pasando
ni qué hacía allí con él. Nunca la habían mirado como él la estaba mirando y no quería que dejara de
hacerlo. Le gustaba

sentirlo junto a ella y le costaba comprenderlo.

—En que no eres cien por cien ángel. Ahora solo necesito averiguar los porcentajes —respondió él
con voz grave.

—¿Qué pasa, Sasuke, que empiezo a ser tu tipo?

Él no dijo nada. Entornó los ojos, como si pensara en algo.

—¿Juegas al futbolín?

Ella arqueó las cejas, sin entender el cambio de tema.

—¿Es una pregunta con trampa?

Sasuke se echó a reír. Se puso de pie, la tomó de la mano y la condujo hacia el bar.

—¿Te hace una partida?

Sakura lo frenó clavando los tacones en el suelo.

—Si entro ahí, Karin me atizará.

—No la dejaré, te lo prometo.

—No confío en ti.


Sasuke acortó la distancia que los separaba y pegó su cuerpo al de ella. Le puso un dedo bajo la
barbilla y la obligó a que lo mirara a los ojos. En ellos no había nada salvo resolución y un atisbo de
deseo contenido.

—Cuando hago una promesa siempre la cumplo, siempre —dijo con tono vehemente. Su mirada bajó
hasta sus labios, brillantes por una capa de gloss. «Me gusta tu boca», musitó para sí mismo. Volvió
a mirarla a los ojos y soltó el aliento—. Puedes confiar en mí.

Sakura contuvo el aire. Solo necesitaba ponerse de puntillas y sus bocas se unirían. Deseó besarlo,
tocarlo... y mucho más. ¡Dios, de verdad estaba borracha! Eso explicaría que estuviera
comportándose de ese modo.

—Vale —murmuró ella—. Pero creo que lo mejor es que me vaya a casa.

Sasuke gruñó y apretó con más fuerza su mano sobre la de ella. No quería que se fuera, se moría
por pasar algo más de tiempo con ella. De repente se le ocurrió una idea, una auténtica cabronada,
pero le daba igual. Cuando quería algo los escrúpulos no eran un problema.

—¿Te gustaría devolvérsela a Karin?

—preguntó muy serio.

—¿Qué?

—Me has entendido perfectamente. Eres una chica lista.

Sakura se mordió el labio y apartó la mirada. La rabia aún bullía en sus venas, y la propuesta sonó
demasiado tentadora.

—¿Cómo?

Sasuke suspiró y con una lentitud premeditada le colocó una mano en la cadera y se inclinó sobre su
oído.

—Si entras ahí conmigo y finges que te lo estás pasando muy bien, le estarás dando donde más le
duele.

—¿Cómo estás tan seguro? Me parece que no pensaba mucho en ti cuando se tiró a mi novio —
replicó Sakura. Él se movió y sus caderas se rozaron. Se le aflojaron todas las articulaciones.

—Entonces yo no estaba aquí. Ahora sí, y ella quiere volver conmigo.

—¿Y vas a volver con ella? —preguntó con voz queda. Por dentro sintió un arrebato de ira.

Sasuke sonrió y un hoyuelo se dibujó en su cara.

—¿Tú qué crees? —Su voz grave sonó malhumorada. Ella torció el gesto—. No, no quiero volver con
ella.

—Creía que era tu amiga.

Sasuke sabía que lo estaba poniendo a prueba, y eso significaba que la princesita se estaba
planteando seriamente aceptar su propuesta. Se lo tenía que jugar a una sola carta y la verdad era
la mejor apuesta.
—Es mi amiga, pero creo que te mereces esa revancha y ella una lección.

Sakura esbozó una sonrisa y Sasuke supo que había dado en el blanco.

—Tienes un sentido muy peculiar de la justicia —le hizo notar ella.

Sasuke la recorrió con la mirada de arriba abajo.

—Venga, sé que hay un pequeño demonio ahí dentro —susurró, y la empujó en el estómago con el
dedo. Después, ese mismo dedo se coló por la cintura de su pantalón y la atrajo hacia su cuerpo. Le
guiñó un ojo—. Reconozco a un igual cuando lo veo.

Sakura contempló la sonrisa de Sasuke mientras el corazón le latía tan rápido como las alas de un
colibrí. Se sonrojó hasta las orejas, pero le sostuvo la mirada en todo momento. La estaba retando
y, a pesar de que era la peor idea de todos los tiempos, aceptó su propuesta. No podía decir que no
a aquel dedo que no dejaba de acariciarle la piel bajo el ombligo.

A Sasuke se le iluminó la cara. Le apretó la mano y la guió hasta el bar. Sakura iba un par de pasos
por detrás y no podía apartar los ojos del chico. De su pelo oscuro y desgreñado, de la forma de sus
hombros, ni de cómo se le tensaba el brazo con el que la sujetaba. Estaba loca, completamente loca.
En algún momento de la noche su conciencia había sido abducida y reemplazada por una falta de
juicio total. Estaba en un garito de mala muerte con Sasuke Uchiha, un chico que probablemente
habría engatusado con tretas parecidas a incontables chicas. Aun así, no quería estar en ninguna
otra parte. Todavía notaba las articulaciones flojas. Sentir su cuerpo en contacto con el de él, era lo
más intenso que había experimentado en toda su vida.

—¿Esto es necesario? —preguntó ella, agitando su mano entrelazada con la de él.

Sasuke se encogió de hombros.

—Supongo que no —contestó, al tiempo que le dirigía una sonrisa arrogante—. Pero esto sí.

Le soltó la mano y la rodeó con el brazo. Su cuerpo la envolvió en calor y un maravilloso aroma.
Empujó la puerta y entraron.

Un tipo vestido con taparrabos a lomos de un elefante hubiera causado menos asombro que el hecho
de que Sasuke y Sakura aparecieran abrazados. Por algunas de las sonrisitas que iba encontrando a
su paso, Sakura supo que los pistones de aquellos cerebros pervertidos estaban sacando
conclusiones. Un rápido vistazo a la barra, y a la mirada ceñuda de Karin, borraron de un plumazo
cualquier inquietud al respecto. —Ya te dije que no tenías de qué preocuparte —le dijo Naruto a
Temary con una sonrisa burlona.

Temary no se dignó a mirarlo. Agarró a su amiga de la muñeca y de un tirón la desincrustó del brazo
de Sasuke. La arrastró hasta una esquina. Arqueó las cejas con una mezcla de susto y sorpresa y
una pregunta más que clara.

—Te lo explico luego, ¿vale? —dijo Sakura con las manos unidas en un gesto de súplica—. Y sígueme
el rollo. —Hizo ademán de girarse, pero se volvió hacia Temary otra vez—. Y veas lo que veas no te
sorprendas, no es de verdad.

—Empiezas a asustarme —susurró Temary.

—Sacamos nosotros —dijo Sasuke a su espalda.


Sakura apenas logró controlar el estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo al sentir el aliento
del chico en el cuello. Sus manos se posaron a ambos lados de sus caderas y la hicieron moverse y
avanzar hacia un futbolín.

—Tú controlas al portero y la defensa. Yo centrocampistas y delanteros —informó Sasuke.

—No he jugado nunca —replicó Saku sin atreverse a mirarlo directamente. Él alzó una ceja con un
gesto de preocupación—. Ha sido idea tuya, no mía —apostilló, encogiéndose de hombros.

Sasuke se echó a reír. Cogió la diminuta pelota y miró a sus adversarios: Naruto y Obito. Un golpe
contra la madera y la lanzó al interior de la mesa. Durante cinco largos minutos Saku encajó cuatro
tantos y los trescientos segundos más incómodos que recordaba. Y llegó el quinto tanto. Él se dio
media vuelta y la miró con expresión ceñuda.

—¡Dios, eres penosa! —resopló. Le dio la espalda—. Neji, saca la lengua de la boca de tu novia y
ven aquí —gritó a un rincón en la barra.

Saku vio a un chico moreno que intentaba separarse del abrazo caníbal de una muchacha con el pelo
teñido de rojo.

—No puedes cambiar de compañero —se quejó Naruto.

—No voy a cambiar —dijo Sasuke con tono travieso.

Agarró a Sakura del brazo cuando esta intentó apartarse. Se colocó tras ella y le sujetó las manos
en las barras, rodeándolas con las suyas. Ella tragó saliva y sintió vértigo, preguntándose por qué
cada contacto con él le parecía tan íntimo.

Sasuke abrió las piernas y tomó una bocanada de aire. Se dijo a sí mismo que debía ser bueno e
ignorar que aquella chiquilla era demasiado estimulante para sus sentidos. Bajó la vista hacia la mesa
y se topó con una visión de su escote que no esperaba. «Joder, ni que fueran las primeras tetas que
veo», pensó, regañándose a sí mismo. Volvió a mirar y notó que se encendía.

Empezaron a jugar.

—Relájate —dijo Sasuke a su oído sin dejar de mover los brazos, defendiéndose de los ataques de
Obito—. Deja el cuerpo flojo y que yo guíe.

Sakura intentó hacer lo que le pedía, pero era demasiado complicado cuando su presencia no la
dejaba respirar. Neji logró colocar un pase en la portería contraria. Dos minutos después era Sasuke
quien marcaba otro gol desde el centro del campo, y un tercero quince segundos después. Ya fuera
por las risas o por cómo refunfuñaba Naruto, Sakura empezó a animarse y un soplo de desinhibición
dejó su cerebro, demasiado analítico, en blanco. Casi sin darse cuenta, su cuerpo empezó a moverse
al ritmo del cuerpo de Sasuke. De delante hacia atrás o con giros y golpes de cadera cada vez que
lanzaban la pelota al terreno contrario.

Sasuke intentó mantener la concentración, pero sentía el trasero de la chica contra los pantalones;
y cada vez que se movía, corrientes eléctricas lo sacudían de arriba abajo. Se le secó la boca. Naruto
golpeó demasiado fuerte y la pelota salió despedida como un proyectil, botando por el suelo. «Sé
bueno, sé bueno», se repitió. Ella se dio la vuelta entre sus brazos y sus labios dibujaron una sonrisa
traviesa. Tenía las mejillas arreboladas y las pupilas tan dilatadas que casi hacían desaparecer el gris
de sus ojos. Él se perdió en ellos.

—¡Vamos a ganarles! —canturreó


Sakura—. Y mira a Karin, está cabreadísima. —Se puso de puntillas mientras lanzaba una mirada a
la barra, aferrada a sus hombros.

«Sé bueno», se repitió Sasuke como un mantra. No podía apartar la vista de aquella boca rosa.
¡Madre mía, aquello era una agonía! A pesar de saber que estaba jugando con fuego, la cogió por la
cintura y clavó sus dedos en ella. Sakura se dejó hacer, y sin apartar la mirada de Kari, trazó con las
manos el contorno de sus hombros y las deslizó hasta su pecho muy despacio. Después se mordió el
labio con un gesto sugerente. Sasuke notó que se le aceleraba la respiración. ¿Aún seguían jugando
o estaba provocándolo a propósito?

—Tú y yo vamos a tener un problema esta noche como no te cortes un poquito —le dijo en voz baja.
Miró hacia abajo, hacia su torso, donde ella había puesto las manos y clavaba las uñas. Salvó el
espacio que separaba sus cuerpos y se apretó contra ella

—. ¿Entiendes a qué me refiero? No empieces nada que no puedas terminar.

Sakura se puso colorada. Aún veía a Karin por el rabillo del ojo.

—No hace falta que te lo tomes tan en serio, se lo está tragando —susurró ella, pensando que todo
formaba parte del plan.

Sasuke levantó una ceja, estudiándola. Joder, ¿de verdad era tan inocente? Dios, sí que lo era, no
estaba fingiendo ser una chica ingenua y virginal. Le dedicó una sonrisa maliciosa. Se estaba
consumiendo por dentro y, sin pensar mucho en lo que hacía, sus dedos le recorrieron la cintura en
sentido descendente.

Naruto regresó.

Sin quitar las manos de la parte baja de su espalda, Sasuke la hizo girar y continuaron jugando.
Empataron tres minutos después.

—¿Lista para machacarlos? —preguntó Sasuke, inclinándose sobre su oído. Ella asintió eufórica y
apretó sus deditos en torno a las barras.

—¡Sí! —clamó. Jamás se había sentido tan competitiva. Clavó sus ojos grises en Obito y el chico
entornó los párpados, retándola—.

Machácalos.

La pelota entró en la portería contraria como una bala y golpeó la madera, retumbando como un
trueno.

—¡Sí! —soltó Sasuke, alzando los brazos —. ¿Quién es el mejor?

—¡Hemos ganado! —gritó ella, tan entusiasmada que saltó colgándose de su cuello. Él la abrazó y
con su mano libre chocó el puño con Neji.

—¿Quién es el mejor? —insistió. Apuntó con el dedo a Naruto y este le hizo un gesto grosero.

—¡Tú! —exclamó Sakura.

Intentó posarse en el suelo, pero él no la soltó.


—Formamos un buen equipo. Esto parece prometedor. ¿Te apuntas a mañana por la noche? —sugirió
Sasuke con un guiño.

Sakura arrugó la nariz con un gesto muy sexy y enlazó los brazos en torno a su cuello. Él se
estremeció, aquella chica pasaba de la inocencia más pura a aparentar una perversidad absoluta.

—No te emociones. Solo le estoy dando credibilidad al momento —replicó Sakura, buscando con la
mirada a Karin. La camarera salía por la puerta

echando humo—. Y ahora que acaba de marcharse, se terminó el juego. Me voy.

Empujó a Sasuke en el pecho para que la dejara en el suelo.

—No lo dices en serio —la cuestionó él, entornando los ojos.

—Muy en serio —aseguró, sosteniendo su mirada. Por dentro se derretía poco a poco y su
subconsciente le rogaba que aceptara la cita—. Temary, nos vamos. —Se enderezó mientras se
atusaba la melena—. Gracias, ha sido divertido —dijo como despedida, y se dirigió a la salida con su
amiga de la mano.

Sasuke sacudió la cabeza, con la sensación de que le había tomado el pelo.

—Ese es mi pequeño demonio —suspiró con una sonrisita.

Ella lo oyó y, sin darse la vuelta ni

detenerse, respondió:

—Cien por cien, principito.

Sasuke se echó a reír con ganas, y se pasó una mano por el pelo sin dejar de sacudir la cabeza.

—Sabes tan bien como yo que es mala idea, ¿verdad? —preguntó Naruto, poniendo un vaso con
tequila en la mano de su amigo.

Juntos, apoyados contra la mesa, las observaron llegar hasta la puerta.

—Sí —respondió Sasuke—. La peor. Pero qué quieres que te diga... tiene algo.

—Sí que lo tiene, un saco lleno de problemas si no mantienes los pantalones en su sitio. —Le palmeó
la espalda—. Puedo entender que una tía como ella tenga cierto morbo. Está buena, lo admito. Pero
no merece la pena que te metas en líos por ella.

Sasuke se encogió de hombros y apuró de un trago su tequila.

—El problema es que me gustan los líos.


15

Sakura volvió a mirar el reloj, sorprendida. Era casi mediodía. Se quedó contemplando el techo
de su habitación y escuchó. Nada, ni un sonido. A esas horas Sasuke ya debería estar trabajando.

Aún medio dormida, se recogió el pelo en una coleta y entró en el baño. Se miró en el espejo mientras
las imágenes de la noche anterior se sucedían en su cabeza. Sin el efecto del alcohol, su lado analítico
comenzó a trabajar implacable. ¡Había estado a punto de pegarse con Karin! Después Sasuke la
había sacado a la calle en volandas y, a partir de ese momento, todo su ser se había descontrolado.
Por si no estaba bastante claro, la noche anterior había disipado todas sus dudas: había perdido un
tornillo.

Nunca se había comportado de ese modo con un chico. Intentó recordar cada gesto, mirada, palabra
o roce… Ni buscando a conciencia encontraría en ellos un ápice de inocencia. Sasuke la seducía con
una simple mirada, y cuando la tocaba, dejaba de pensar. Habría hecho cualquier cosa que le hubiera
pedido, estaba segura.

Lo deseaba de un modo irracional y primario, y esa necesidad que sentía la aterraba. Porque todo lo
que había oído sobre él era cierto. Sasuke era atractivo y sexy a rabiar; arrogante, embaucador,
peligroso…, y poseía una sonrisa que prometía la luna y las estrellas. A su lado

una chica perdía el control sin importarle que al día siguiente volviera a salir el sol. Lo había
comprobado en su propia piel. Y, aun así, se moría por volver a verle. Sí, definitivamente estaba
perdiendo la cabeza.

Regresó a la habitación y se asomó a la ventana. Lo buscó con la mirada, pero no lo avistó por
ninguna parte. Quizá estuviera en la cocina. Casi siempre coincidían allí. Salió del cuarto y bajó las
escaleras corriendo. Frenó al llegar a la puerta y se detuvo un instante para coger aire. Entró y...
nada, allí tampoco estaba. Torció el gesto con cierto desencanto y se sintió ridícula por buscarlo de
aquella forma desesperada. Debía olvidarse de él. El coqueteo de la noche anterior no había sido
real. Solo había sido un juego, un juego demasiado cruel al

que se había prestado sin dudar.

Se sentó con una taza de café en una mano y un bote de aspirinas en la otra. Le dolía la cabeza.
Cerró los ojos y subió las piernas a la mesa. Afuera se oyeron unos pasos y la puerta chirrió. No se
movió, pensando que sería Mikoto. Los pasos eran suaves, no como el sonido de las botas de Sasuke
cuando aporreaban el suelo.

Una mano le rodeó el pie descalzo, envolviéndolo con una caricia. Abrió los ojos de golpe y se
encontró con unos ojos marrones y astutos clavados en ella desde el otro lado de la mesa. El corazón
se le paró un segundo, antes de volver a latir descontrolado, golpeándole las costillas con fuerza. Se
quedó sin habla. Sasuke la repasó de arriba abajo sin disimulo. Entornó los

ojos y esbozó una sonrisa taimada.

Sakura trató de retirar el pie. Sasuke lo sujetó con más fuerza y se sentó en la silla como si estuviera
tirado en el sofá de su casa. Comenzó a masajearle el tNarullo, sin prisa, presionando con los dedos
de una forma que provocó que algunas partes de ella comenzaran a derretirse.

—¿Resaca? —preguntó él. Señaló con la barbilla las aspirinas.

—Estoy bien. —Su voz sonaba casi sin aliento.


—¿Seguro? Pareces tensa. Podría ayudarte con eso —dijo con un susurro tentador y su mirada pasó
a sus labios. Deslizó los pulgares hasta la planta del pie y la acarició trazando circulitos.

Sakura puso los ojos en blanco e

intentó recuperar el pie. Si seguía acariciándola de esa forma, su fachada de indiferencia iba a venirse
abajo.

—Seguro que crees que sí —replicó con voz queda. Si no la soltaba acabaría dándole una patada—.
¿No deberías estar trabajando? —le preguntó impaciente.

Dio otro tirón y logró que la soltara. Cada centímetro de su ser era consciente de su presencia. Él
sonrió como si conociera cada uno de sus pensamientos.

—Hoy no.

Se puso de pie mostrando un modelito que dejó a Sakura con la boca abierta: un pantalón de deporte
gris y una camiseta sin mangas del mismo color. Unas zapatillas negras completaban una imagen
demasiado perfecta. —Necesito un aislante especial para el tejado, que no llegará hasta dentro de
unos días —añadió Sasuke.

—Entonces, ¿a qué has venido? — preguntó Sakura. Él había dicho días, eso significaba que no
volvería a verle en todo ese tiempo. De nuevo sintió ese extraño desencanto.

—A darte esto —respondió Sasuke mientras dejaba un billete de veinte dólares sobre la mesa—. Es
tu parte por lo de anoche. —¿Mi parte?

—Sí, tu parte, ¿creías que jugábamos por jugar? Había pasta de por medio.

Ella entornó los ojos y se puso de pie. Notó el cambio de expresión en el rostro del chico y recordó
que aún iba en pijama.

Sasuke no se cortó un pelo y la miró de arriba abajo sin disimulo. No estaba ciego, y el pantaloncito
y la camiseta que ella vestía apenas lograban tapar nada. Sakura no poseía una belleza exuberante,
llamativa, llena de curvas como la de Karin, el tipo de chica en el que Sasuke siempre se había fijado.
Sakura tenía un físico atlético, piernas largas, caderas estrechas y un bonito trasero. Bajo la camiseta
se adivinaba una preciosa cintura y unos senos pequeños y firmes. En su caso, menos era más,
mucho más.

—Los conejitos me gustaban, pero el negro me vuelve loco —comentó con una sonrisa traviesa.

Saku se la devolvió a modo de burla y cogió el dinero, maldiciéndose por haberse puesto tan roja.
No tenía ni idea de cuándo hablaba en serio y cuándo le estaba tomando el pelo. Dudaba de que
alguien como él hablara en serio alguna vez.

—Yo no hice nada, ganaste tú —replicó, ignorando su comentario.

—Pues no veo que lo estés rechazando — le hizo notar él.

—Por supuesto que no. Sobre todo después de las molestias que te has tomado para venir hasta aquí
—dijo ella con tono burlón.

Sasuke soltó una risita y volvió a mirarla de arriba abajo. Imágenes de la noche anterior acudieron
a su mente y el deseo de volver a sentirla apretada contra él se hizo demasiado intenso. Dio media
vuelta para marcharse. —¿Y qué vas a hacer estos días hasta que recibas el aislante? —preguntó
Saku, sin saber muy bien por qué. Bueno, sí lo sabía, de pronto tenía el deseo enfermizo de conocer
cada uno de sus pasos.

Sasuke se paró y la miró por encima del hombro.

—¿Te interesa?

—La verdad es que no —respondió con indiferencia.

Se acercó al fregadero y tiró el café, que se había quedado frío. Cuando se dio la vuelta se encontró
con Sasuke justo detrás. Contuvo un gritito. ¡Dios, le había dado un susto de muerte! Comenzaba a
ponerla de los nervios esa habilidad para aparecer a su espalda, tan cerca, tan silencioso. También
que la mirara del modo que lo hacía, con

tanta intensidad que anulaba sus pensamientos.

—Aprovecharé para ver a viejos amigos, salir por ahí y divertirme —dijo Sasuke—.

¿Vas a echarme de menos?

Apoyó las manos en la encimera y se inclinó sobre ella, disfrutando de cómo se ponía nerviosa al
tenerlo tan cerca. Se acercó un poco más y estudió su rostro sin ningún disimulo. Ella respiraba a
través de sus labios entreabiertos y desvió la mirada de él con el rubor tiñéndole las mejillas. El
deseo de alzarla por las caderas y sentarla sobre la encimera para colocarse entre sus piernas se
convirtió en algo difícil de manejar. Tenía que controlarse o aquello acabaría yéndosele de las manos;
o directamente a las manos. Las cerró en un

puño para no tocarla.

Sakura respiró hondo intentando que no se notara que estaba sufriendo un infarto. Captó el olor de
su perfume, o quizá fuera loción de afeitado; daba igual, olía de maravilla.

—Creo que no —dijo mientras enfrentaba sus ojos. Arrugó los labios, pensativa—. Estoy segura de
que no te echaré de menos.

—Yo a ti sí —dijo él con tono travieso. Le colocó un mechón de pelo tras la oreja y sonrió. Se apartó,
devolviéndole su espacio —. Si quieres que volvamos a jugar como anoche, ya sabes dónde
encontrarme. Y... no me refiero al futbolín —matizó.

Se dio la vuelta y salió de la cocina con un balanceo de caderas cargado de chulería.

Sakura se quedó agarrada a la encimera.

Notaba que se le estaban durmiendo los dedos de apretarlos tan fuerte. De repente, echó a correr
hasta la puerta principal, entró en el salón y se asomó por la ventana tras la cortina, solo para verle
marchar. Se quedó de piedra al ver a una chica rubia con el pelo corto esperándole apoyada en su
Mustang. Ella esbozó una sonrisa coqueta cuando él llegó a su lado, y le acarició el brazo. Subieron
al coche y desaparecieron a toda velocidad.

—Ya veo cómo te diviertes —dijo para sí misma con rabia.

16
Benjamin Tucker y Kisashi Haruno eran amigos de toda la vida. Como cada mes, desde que Sakura
tenía uso de razón, ambas familias se reunieron para comer juntas en el Club. Para ella era la
segunda comida que tenía lugar tras su ruptura con Sai, y la situación no podía ser más embarazosa.

Agitó con la pajita el hielo de su vaso, centrando su atención en cómo daba vueltas y se iba
derritiendo dentro de su refresco. Era consciente de la mirada de Sai sobre ella, también de que no
tardaría en aprovecharse de la situación para acercarse

y hablar. Algo que Sakura trataba de evitar a toda costa.

Sai siempre había sido una constante en su vida. Alguien a quien conocía, que siempre había estado
ahí: en los cumpleaños, durante las vacaciones, en Navidades..., pero con quien apenas había tenido
relación. Para ella siempre había sido el hermano mayor de Azumi. Era atento y educado, incluso en
alguna ocasión le había atizado a algún chico por molestarla. Pero su interés en ella siempre había
sido inexistente. Hasta que cumplió los dieciséis años. Azumi, Temary y Saku pasaron ese verano en
un campamento en Florida. A su regreso, casi tres meses después, todo cambió. De repente, Sai solo
tenía ojos para ella; y durante meses trató de conquistarla como si de un príncipe azul se tratara. Y
lo consiguió; logró enamorarla y se convirtieron en la pareja perfecta. Hasta que todo el castillo se
desmoronó bajo ellos, por culpa de la bruja y su manzana envenenada.

—Discúlpenme. La mesa ya está preparada —informó una camarera.

Sakura dejó su vaso sobre la barra y se dirigió al comedor. Una mano la retuvo.

—¿Te importa si hablamos un momento?

Sakura se giró y se encontró con la tierna mirada de Sophie, la madre de Sai. Asintió sin estar muy
convencida. La mujer enlazó su brazo con el de ella y siguieron a los demás.

—¿Qué tal va todo? Hace mucho que no hablamos —dijo la mujer.

—Bien. Todo va bien.

Sophie suspiró de forma exagerada. Ese era el prólogo que anunciaba la incómoda conversación.

—Estos días he hablado mucho con Sai. Está muy arrepentido, lo sabes, ¿verdad? — empezó a decir.
Sakura puso los ojos en blanco, pero ella no pudo verlo—. Cariño, te aseguro que mi intención no
es disculparlo, ni convencerte de nada...

—Entonces, ¿por qué estamos hablando de esto? —preguntó Sakura, consciente de que estaba
siendo grosera.

Sophie volvió a suspirar, afectada.

—¡Porque qué sería de nosotros si no aprendiéramos a perdonar! Todos cometemos errores –si bien
es cierto que unos más que otros–, pero... Sai te quiere

mucho, Saku. Él tiene planes, planes importantes de los que tú formas parte. Él no concibe un futuro
en el que no estés tú.

Sakura sacudió la cabeza. Vio cómo su madre les lanzaba una mirada fugaz por encima del hombro
y después continuaba conversando con el infiel. Aquello olía a complot.
—Pues no ha sabido demostrarlo — masculló con los labios apretados.

—Bueno, ya sabes cómo son los hombres...

Sakura la miró de reojo, sin dar crédito a lo que acababa de oír. ¡Bienvenidos al siglo de la igualdad!
Por mujeres como Sophie, Nora e incluso Konan, los hombres se comportaban como niños
caprichosos para los que nunca había consecuencias por

sus actos. ¡Pobrecitos, nunca saben lo que hacen! ¡Y un cuerno!

—¿Y cómo son, si se puede saber? — preguntó Sakura. Sonrió para disimular el tono acerado que no
podía reprimir.

—Cariño, los hombres a veces creen que desean aquello que no tienen para sentirse bien. Después
se dan cuenta de que lo que de verdad necesitan es lo que siempre han tenido a su lado. Lo que
ocurre es que, para llegar a esa conclusión, antes experimentan y no siempre de la forma más
adecuada. No sé si me sigues —explicó con una risita tonta

—.Y si a todo eso sumamos que el miedo al compromiso los vuelve locos al principio... —Acarició el
brazo de Saku con ternura y le dio un ligero apretón—. Sai ya ha superado ambas etapas. Se ha
dado cuenta

de que ha estado a punto de perderte por una insignificancia. Esa chica... ¡ya sabes cómo son las de
su clase!

«¡No puedo creer lo que estoy oyendo!», pensó Sakura. Catalogaba de insignificancia los cuernos de
su hijo, y no solo eso: lo eximía de toda responsabilidad culpando solo a Karin.

—Perdóname, Sophie, pero... —Exhaló con brusquedad y la miró a los ojos—, lo que Sai ha hecho
está mal y ahora mismo no confío en él. Nadie le obligó a nada y, que yo sepa – y sabe Dios que no
la disculpo a ella–, el único con un compromiso que debía respetar era él. Te aseguro que

«humillada» no define bien cómo me siento.

—Lo sé, cariño, y si ese chico tuviera unos cuantos años menos, le habría dado

unos buenos azotes —dijo la mujer con rabia. Suspiró y su expresión se relajó. Posó su mano sobre
la de Sakura—. Dale una oportunidad, os conocéis desde pequeños. Te quiere muchísimo y... luego
están tus padres, nosotros. ¡Ya somos una gran familia!

Sakura sintió una presión en el pecho. Sophie estaba jugando sucio, intentaba que se sintiera
culpable, cuando ella no había hecho nada. No era justo y las palabras se precipitaron fuera de su
boca.

—Si hubiera sido yo la que engañó a Sai, ¿intentarías convencerle a él para que me perdonara?

—Cielo, tú nunca harías algo así.

Sakura se detuvo y se plantó delante de ella. Frunció el ceño y sacudió la cabeza, sorprendida.

—¿Por qué no? Imagínalo por un momento. Con uno de esos chicos del barrio, por ejemplo. Con
antecedentes, tatuado y con mala reputación. ¿Me aceptarías después de saberlo?

Sophie se quedó muda de repente.


—Bueno... No se trata... Quiero decir que... No es... —tartamudeó.

Sakura hizo un ruidito exasperado con la garganta.

—Ya has contestado a mi pregunta —dijo sin más, forzando una sonrisa.

Se dirigió al comedor maldiciendo entre dientes. Comenzaba a estar muy cansada de aquella
situación. Sabía que su comportamiento con la señora Tucker quizá no había sido el más apropiado,
pero había sido incapaz de mantener los labios cerrados y asentir como una tonta solo por ser
educada, después de la sarta de disparates que la mujer había soltado por su boca.

Sai se levantó de la mesa en cuanto la vio aparecer, y retiró con cortesía la silla que había a su lado
para que pudiera sentarse. Ella ignoró el gesto y se sentó al otro lado de la mesa, entre su padre y
Azumi.

Se dedicó a doblar la servilleta sobre su regazo con la vista clavada en la tela, mientras su madre
relataba por milésima vez que necesitaba un nuevo entrenador personal. Miró de reojo a Azumi, que
cada vez tenía peor aspecto. Siempre había sido una muchacha preciosa, con un pelo rubio y perfecto,
y unos ojos de color avellana tan grandes que era imposible apartar la mirada de ellos. Era una de
las chicas más populares, capitana del equipo de animadoras durante dos años y futura estudiante
de Yale. Hasta hacía un mes, cuando sufrió una especie de brote psicótico que sus padres intentaban
suavizar llamándolo ataque de ansiedad.

—¿Qué tal, Azumi, todo bien? — preguntó en voz baja.

Izumi la miró, apenas un segundo, pero en seguida volvió a mirar al frente con urgencia, como si
un fuerte golpe la hubiera asustado, y se contempló las manos. Asintió una vez y volvió a ignorarla.

—Podríamos quedar algún día. ¿Por qué no vienes a casa y nos comemos una tarrina de helado
mientras vemos una película?

¿Esta noche? —insistió Sakura.

—No... no creo que sea buena idea. No salgo... por la noche —respondió Izumi con un hilito de voz.

—Puedo ir yo a tu casa —sugirió Sakura. Pasar la noche en la residencia de los Tucker, sabiendo
que Sai podría estar allí, no era lo que más le apetecía. Pero Izumi parecía estar tan mal, que sentirse
incómoda en su casa era lo que menos le importaba.

—No. Suelo acostarme temprano —negó Izumi mientras se pellizcaba los dedos.

—¿Puedo tomarles nota? —preguntó una voz.

Sakura levantó la vista hacia el camarero y sus ojos se abrieron como platos. A pesar del uniforme
y de su pelo

perfectamente peinado, pudo reconocer a Obito, el amigo de Sasuke con el que había estado en el
Shooter. Ella esbozó una leve sonrisa. Él le guiñó un ojo de forma casi imperceptible y también
sonrió. De repente se le erizó el vello de la nuca y su mirada se encontró con la de Sai. Su ex se
había percatado de los gestos y lanzaba rayos por los ojos.

—No sé dónde vas a encontrar un nuevo entrenador en Port Pleasant, cariño —decía Kisashi Haruno,
el padre de Sakura—. En menos de un año has despedido a los tres últimos.
—Pues pondré un anuncio en el periódico, si hace falta. Pero necesito a alguien que de verdad sepa
lo que está haciendo. Como uno de esos entrenadores que tienen las actrices de Hollywood —
respondió la madre de Sakura.

—Oh, querida —intervino Sophie—. De esos no hay en Port Pleasant.

—Disculpe, señora. No quiero meterme donde no me llaman... Pero yo conozco a alguien que... —
empezó a decir Obito.

—Pues cierra la boca. Nadie te ha pedido que hables, solo que sirvas, y mi vaso está vacío —lo
interrumpió Sai con malos modos. Se giró en la silla y lo miró a los ojos con un desprecio evidente.

Obito le sostuvo la mirada y un tic le contrajo el músculo de la mandíbula.

Sakura no pudo callarse y, con las manos a ambos lados de su plato, se inclinó hacia Sai.

—Que yo sepa, no se ha dirigido a ti, sino

a mi madre. No tienes derecho a hablarle así. No es tu esclavo.

—¿Y desde cuándo te importa a ti cómo le hablo a un camarero?

—¡Desde que te has convertido en un gilipollas! —alzó la voz.

—¡Saku, esos modales! —la reprendió su madre.

—¡Chicos, por favor! —intervino Ben Tucker. Le lanzó una mirada furibunda a su hijo y el chico se
relajó en la silla.

El encargado apareció a toda prisa, como si lo estuvieran fustigando. Lo seguía una muchacha.

—Obitohew, ¿te importaría cambiar tu puesto con Melissa? Por favor.

Sakura se quedó mirando la espalda de Obito, mientras este salía del comedor con

los puños apretados. Bajó la vista y la clavó en Sai, que la miraba sin parpadear y parecía muy
molesto. El corazón le dio un vuelco y todo su cuerpo se tensó con la sensación de que aquello no
había terminado.

—¿Qué van a tomar? —preguntó la camarera.

—He perdido el apetito —masculló

Sakura, mientras se ponía de pie arrastrando su silla. Salió disparada antes de que nadie dijera nada.

Cruzó el comedor y llegó hasta la cafetería. El lugar más rápido para salir de allí era a través de la
terraza que daba a la playa. Por el rabillo del ojo vio a Obito en la barra, secando unos vasos. Se
detuvo un segundo, sin saber muy bien si debía

acercarse. Tomó aire y se encaminó hacia el chico. Se sentó en un taburete frente a él y apoyó los
brazos sobre el cristal. ¡Se sentía tan indignada por lo ocurrido!

—Hola.
Obito levantó la vista y le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo.

—No sabía que trabajabas aquí — continuó ella.

Obito se encogió de hombros.

—Llevo aquí unos seis meses.

—¿En serio? —preguntó Saku con los ojos como platos—. No... no te he visto.

Obito colocó el vaso en un estante y apoyó las manos en la barra. Se quedó mirándola muy serio.

—Pues yo a ti sí. Me he ocupado de tu mesa varias veces.

Sakura sintió como si una roca de una tonelada le estuviera aplastando el pecho. Aquel chico llevaba
trabajando en el Club seis meses y durante algunas semanas la habría visto casi a diario; pero si se
lo hubiera cruzado por la calle ni siquiera lo habría reconocido, porque nunca se había fijado en él.

—Eh, no te sientas mal, estoy acostumbrado. La gente que viene a este sitio no suele fijarse en los
empleados —dijo él, quitándole importancia al darse cuenta de que se sentía abochornada.

«Ya, porque somos unos estúpidos esnobs», pensó ella. Recordó la noche que habían estado juntos
en el Shooter. Obito había sido amable y respetuoso en todo momento. Su aspecto la había
impresionado

al principio. Con aquella bandana en la cabeza tenía más pinta de pandillero que de otra cosa, pero
solo era una imagen que no reflejaba la realidad. «¿Qué realidad?», pensó de repente. ¿La que sus
prejuicios y los de los demás le habían hecho creer? Sí, esa realidad. Apartó la mirada porque, de
repente, se sentía demasiado hipócrita.

—Siento lo de antes. Sai es un cretino.

—Lo sé, le conozco bastante bien — replicó él. Al ver que ella se avergonzaba y se ruborizaba aún
más, añadió—: No pasa nada, no te preocupes. Me importa una mierda lo que ese imbécil diga. Y un
día alguien le partirá la cara... La lista de voluntarios es grande.

Sakura sonrió.

—Eso que le has dicho a mi madre sobre

que conocías a alguien... —comentó para cambiar de tema.

Obito asintió y pasó el paño de forma distraída sobre la superficie de la barra.

—Conozco a una persona que podría ser una entrenadora perfecta para... ¿era tu madre? —Saku
dijo que sí con la cabeza—. Bueno, pues eso, Kim es un hacha en Fitness, Pilates y todos esos rollos
que les van a las chicas.

—¿Y Kim es...? —sondeó Saku, arqueando las cejas.

—Kim es mi chica. Trabaja en un gimnasio, cerca del Starlight, la bolera.

Sakura tragó saliva y sonrió para que no se le notara la incomodidad. Esa zona pertenecía al barrio,
estaba a las afueras, y su madre jamás contrataría a alguien de allí.
Pero tampoco tenía por qué saberlo...

—¿Y crees que podría hablar con ella? Solo hablar y preguntarle sobre el tema, porque ni siquiera sé
si mi madre aceptará —confesó al fin.

Él asintió una vez y miró el reloj.

—¡Claro! Ya ha acabado mi turno.

¿Quieres venir ahora? —preguntó Obito.

Sakura se quedó pensando. No estaba segura de si hacía lo correcto. Largarse con un chico del que
no sabía nada, solo por el hecho de que le caía simpático, a conocer a su novia que trabajaba en un
gimnasio… Tomó aire. Prejuicios, prejuicios... no quería ser así.

—¡Sí, por qué no! —exclamó.

Obito sonrió.

—Vale. Tengo que cambiarme. No tardo nada.

—Vale —repitió ella—. Te espero en el aparcamiento.

Diez minutos después, el auténtico Obito aparecía en el estacionamiento del Club. Vestía unos
pantalones de camuflaje marrones y una camiseta negra sin mangas, con el logo de un grupo musical
alternativo, que se le ceñía al torso. La visera de una gorra le tapaba parte de la cara. Llegó hasta
Sakura y le lanzó una bolsa de papel manchada de grasa.

—¿Y esto? —preguntó ella.

—Una hamburguesa y patatas. Por lo poco que has estado en el comedor, intuyo que no has comido
nada —respondió con una sonrisa, y añadió mientras daba un par de pasos de baile y los finalizaba
con una reverencia—: ¡Qué se le va a hacer, soy todo un caballero!

Sakura se echó a reír.

—Se te da bien —confesó, poniéndose un poco colorada. ¡Dios, esos movimientos habían sido
alucinantes!

—Esto es lo mío: funky, street, krump...

Servir mesas paga el alquiler.

Sakura se quedó mirándolo un instante. Era encantador y dulce como ningún otro chico que hubiera
conocido. Toda su vida se había dejado llevar por las apariencias y así le había ido; no quería imaginar
la cantidad de veces que se habría equivocado.

—Gracias por la hamburguesa, la verdad es que me muero de hambre. ¿Cuánto te debo?

—Nada. Corre de mi cuenta —contestó—. ¿Tienes coche o te llevo?

—Sí, tengo. Te sigo. —Accionó el mando a distancia y las luces de su Chrysler Crossfire parpadearon
con un par de pitidos.
—¿Es tuyo? —preguntó Obito. Mantuvo los ojos fijos en el coche, sin pestañear, mientras daba la
vuelta a su alrededor.

—Sí —respondió un poco incómoda por su admiración.

—Pues espera a que Neji y Naruto le echen el ojo encima. Tardarán cinco segundos en diseccionarle
el motor. Se ponen cachondos con estas cosas.

Sakura se estremeció y apretó con fuerza la bolsa de papel.

—¿Lo dices en serio?

—¿Que si se ponen cachondos? —Asintió con los ojos muy abiertos—. Como perros

en celo. Dan asco.

Ella sonrió con timidez.

—No. Me refería a lo de diseccionarlo, solo hace dos meses que lo tengo.

—Ah, vale. —Esta vez fue Obito quien se ruborizó un poco—. No, tranquila. Se limitarán a babear
sobre el motor. Aunque eso también da asco. —Le dio la vuelta a su gorra, de modo que la visera
quedó sobre su nuca— . ¿Vamos?

17

Sakura seguía de cerca al viejo Cadillac de Obito, sujetando el volante con una mano, mientras
con la otra trataba de comerse la hamburguesa que él le había conseguido. No mancharse de aceite
se estaba convirtiendo en toda una odisea. Logró tragar el último bocado y lamió sus dedos
manchados de salsa, uno a uno. Chupó el pulgar, deslizándolo entre los labios con un sonido gutural
de placer. Se inclinó sobre la guantera y, sin apartar la vista de la carretera, logró encontrar la caja
de pañuelos que guardaba allí. Se limpió lo mejor que pudo. Comer dentro del coche, y conduciendo,
no era la mejor de las ideas.

Al doblar una esquina atisbó una vieja cancha de baloncesto y, un poco más adelante, un parque. El
Cadillac aparcó justo enfrente, entre un supermercado y un viejo cine. Sakura se detuvo en un hueco,
detrás de él. Bajó del coche y se quedó mirando el edificio gris que había en medio. Parecía un viejo
almacén reformado. Levantó los ojos y la sorpresa asomó a ellos.

«Gimnasio Balboa», leyó en un rótulo hecho con grafitis. La be la formaban dos guantes de boxeo.
Una cuerda de saltar se entrelazaba con las letras. Debajo del nombre se podía apreciar el torso de
un musculoso boxeador con los puños a la altura de la cara, dispuesto a atizar un buen golpe. Las
comisuras de sus labios se

elevaron sin darse cuenta. El dibujo era realmente bueno, muy realista y con unos detalles increíbles.

—¿Balboa? ¿Como Rocky Balboa? — preguntó a Obito, que se había detenido a su lado. El chico
asintió con una sonrisa—. No es muy original, ¿no?

Él la miró como si estuviera loca.


—Pero ¡qué dices! Es un nombre genial. Además, esa obra de arte es mía —dijo, hinchando el pecho,
orgulloso.

—¿También eres un grafitero?

—Soy un artista, nena —replicó con aires de estrella.

Sakura se echó a reír. Obito cada vez le caía mejor.

—Así que pintas, bailas… ¿También cantas o tocas algún instrumento? Si dices que sí, podría
considerarte el chico perfecto

—bromeó.

Él sacudió la cabeza y se echó a reír.

—No. La verdad es que tengo un oído penoso —confesó. Se ruborizó un poco. La miró a los ojos y
esbozó una sonrisa maliciosa. Se levantó la camiseta dejando a la vista unos abdominales increíbles—
. Pero soy perfecto en otros sentidos —replicó, alzando las cejas con un gesto elocuente.

En el costado, bajo las costillas, llevaba tatuada la cabeza de un lobo que aullaba. Sakura no pudo
evitar que sus ojos se posaran allí. Se puso colorada. Pero sabía que él estaba bromeando y le siguió
el rollo.

—¡Vaya, creo que voy a desmayarme! — exclamó, exagerando el tono.

Obito dejó caer su camiseta, entornó los

ojos y frunció los labios mientras le ofrecía su brazo. A Sakura le pareció un gesto adorable y enlazó
su brazo con el de él.

—Suelo causar ese efecto. Es mi maldición —suspiró.

Sakura volvió a mirar el rótulo.

—Me gusta. Tienes talento, Obito.

Deberías ir a una escuela de Arte.

La sonrisa se borró de la cara de Obito, y su mirada se entristeció un segundo.

—Conseguí una beca, ¿sabes? Para ir a la SCAD.

—¿En serio? —preguntó asombrada. La SCAD era una de las mejores escuelas de Arte del país. Jamás
lo hubiera imaginado —. ¿Y qué pasó?

—Mi familia pasaba por un mal momento y no podía dejarles. Pero aún me la guardan,

así que, en cuanto consiga convencer a Kim de que venga conmigo, creo que me matricularé —
comentó mientras entraban en el gimnasio.

—Me alegro por ti. Espero que…


La frase se quedó atascada en su garganta al ver el interior del gimnasio. El nombre le iba que ni
pintado, porque aquel lugar parecía salido de una de las películas de Rocky. Incluso había pósters de
las cintas por todas partes. A su derecha vio una vitrina, dentro de la cual había una bata de boxeo
negra y dorada. A su lado, en la pared, colgaba una fotografía firmada en la que se veía a Sylvester
Stallone con una bata idéntica. Se acercó un poco y la miró con atención, preguntándose si sería
auténtica.

No se dio cuenta de que lo había

preguntado en voz alta hasta que Obito le respondió:

—Lo es.

—¡Vaya! —susurró alucinada.

—Espera aquí. Iré a buscar a Kim —le pidió él.

—Vale. —Le dedicó una sonrisa y se quedó allí, parada, sujetando con fuerza la correa de su bolso.

Solo había dos personas entrenando, y una tercera, un hombre mayor, que limpiaba el suelo. Sakura
entornó los ojos y se fijó en el tipo que había al otro lado del ring, golpeando un saco, con la cabeza
cubierta por la capucha de una sudadera sin mangas. Muy despacio rodeó las cuerdas.

Era Sasuke.

El chico movía los pies de un lado a otro,

en un baile perfectamente coordinado, mientras lanzaba sus puños contra un saco que colgaba del
techo. Sus músculos se tensaban cuando lanzaba un puñetazo, al tiempo que ladeaba la cabeza y
hundía el cuello en los hombros, como si se estuviera protegiendo de un ataque invisible. Cada vez
que uno de sus puños se descargaba contra el cuero, el sonido que producía le erizaba el vello. Vale,
si creía que ya había visto al Sasuke más sexy, estaba equivocada, porque lo tenía justo delante en
ese momento.

Se acercó un poco más, y unas gotitas de su sudor la salpicaron. Olía tan bien que no fue capaz de
sentir asco. No llevaba guantes, solo unas vendas blancas alrededor de los nudillos. Tomó aire para
poder hablar, porque había dejado de respirar sin darse

cuenta.

—¿Practicando para romper unos cuantos huesos en la calle?

Sasuke dio un respingo y se giró. Perdió la concentración un segundo y el saco estuvo a punto de
golpearlo. Lo sujetó por los pelos y clavó sus ojos en Sakura. Durante un instante la sorpresa asomó
a ellos, pero de inmediato adoptó su actitud suficiente.

—¡Pero mira quién se ha perdido!

Ella forzó una sonrisa y se cruzó de brazos.

—Voy a pensar que me acosas —añadió él. —Ya te gustaría.


Sasuke la miró de arriba abajo y ella sintió la necesidad de abanicarse. ¿Por qué tenía que ser siempre
tan descarado? Si hubiera movido la mano para pedirle que girara sobre sí misma para un repaso
completo, no le habría sorprendido.

—No sabes cuánto —respondió él con un gesto muy masculino. Sonrió encantado al ver cómo ella
se ruborizaba.

—¿Por qué no llevas guantes? —preguntó Sakura para cambiar de tema. Apartó la mirada de sus
ojos y se fijó en sus manos—. ¿Es para sentir mejor cómo crujen los huesos de los incautos que se
meten contigo?

Él abrió las manos y las cerró un par de veces. Sacudió la cabeza y una sonrisita cínica borró el buen
humor de su cara.

—¿Crees que vengo a eso? ¿Que boxeo para poder sacudir a los gilipollas que intentan molestarme?
—preguntó con la mirada vagando por el gimnasio.

Saku se encogió de hombros.

—¡Dios, me da miedo hasta qué punto me conoces! Es como si pudieras ver dentro de mí —replicó
Sasuke con un tono de voz acerado y sarcástico. Entornó los ojos y acercó su nariz a la de ella—.
Deberías dedicarte a esto, se te da bien «calar» a las personas.

Sakura se mordió el labio. Parecía que había ido demasiado lejos con sus comentarios. El chico
presumido y provocador ya no estaba allí. Una rabia intensa lo estremecía de pies a cabeza, y todo
porque ella se había pasado de lista.

—¿Qué haces tú aquí? —interrogó él mientras volvía a golpear el saco.

—He venido con Obito.

Sasuke sujetó de nuevo el saco y la miró

con cierta desconfianza.

—¿Y qué haces tú con Obito? —preguntó con una mueca de fastidio. De repente sus ojos se fijaron
en algo por encima de ella. El hermano pequeño de Naruto y sus amigos acababan de aparecer—.
Boruto, llegas tarde, y espero que tengas una buena razón —gritó.

—Es que Sean no ha podido salir hasta que su madre ha llegado del trabajo — contestó Boruto.

—Espero que sea verdad, porque pienso preguntarle. Ahora a trabajar. Poneos los protectores.
Boruto, tú y Sean al ring, ya. Tú —señaló al tercer chico—, quiero verte sudar en aquel saco.

Los chicos se movieron a la velocidad de la luz, obedeciendo a Sasuke como si sus vidas dependieran
de ello.

—¿Por qué... por qué los tratas así? ¿Les obligas a pelear? ¿No es mejor que jueguen al baloncesto
o a otra cosa menos violenta?

¿Quieres que sean como tú? —Sakura lanzó la batería de preguntas sin percatarse de que él se
estaba poniendo rojo.
Sasuke se pasó la mano por el pelo oscuro de su nuca y después se frotó la cara, tenso como la
cuerda de un violín.

—Escucha, listilla, ni siquiera merece la pena que te lo explique, ya que me conoces tan bien. Pero
voy a hacerlo. Hace un par de semanas saqué a esos idiotas de un tugurio de mala muerte donde
se estaban poniendo hasta arriba de pastillas y alcohol. Y como creo que necesitan un buen
correctivo, voy a tenerles aquí hasta que a mí me dé la gana, sacándoles esa mierda del cuerpo y
las

ganas de volver a tomarla. Porque, a veces, la única forma de conseguir algo es a base de golpes,
¿entiendes? —Le dio un puñetazo al saco.

Sakura lo miró sorprendida por su arrebato y, sobre todo, por los motivos por los que obligaba a
aquellos chicos a ir hasta allí. Se sentía avergonzada y deseó golpearse la frente contra la pared por
haber dejado que las apariencias y los prejuicios le hicieran sacar conclusiones precipitadas, otra
vez. Las mejillas le ardían por la vergüenza.

—Lo siento. Creí que...

—No creas nada. Tú no me conoces —le espetó él.

—Ya te he dicho que lo siento.

—No has contestado a mi pregunta —le recordó Sasuke, ignorando su disculpa.

—¿Qué pregunta?

—¿Qué coño haces tú con Obito?

Sakura frunció el ceño. Sabía que se había pasado un poco con él, y que tenía motivos para sentirse
molesto por las cosas que le había dicho; pero no por ello tenía que aguantarle ese tono impertinente
ni permitirle que le hablara de ese modo.

—¿Y por qué no puedo estar con Obito?

¿Acaso tenéis exclusividad el uno con el otro? ¿Tan en serio va lo vuestro? — preguntó de mala
manera. Sasuke lograba sacarla de sus casillas, y el arrepentimiento por haberle juzgado mal unos
segundos antes ya se había esfumado.

Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Sasuke. Dio un par de pasos,

acortando la distancia entre sus cuerpos. Notó cómo ella contenía el aire con la vista clavada en su
boca, mientras sus labios se separaban. El deseo de atrapar su labio inferior y mordisquearlo se le
hizo insoportable. La miró a los ojos.

—La exclusividad la tiene con Kim — contestó—. Y cuando se trata de su novio es como una gata
salvaje. Yo que tú me pensaría muy bien cuáles son mis intenciones.

Hizo un gesto con la cabeza. Sakura miró en esa dirección y se encontró con Obito y la chica rubia
de pelo corto que había visto con Sasuke unos días antes; iban cogidos de la mano. De nuevo se
sintió estúpida. La otra mañana había estado segura de que esa chica

y Sasuke tenían algo, y los celos se encargaron del resto dejando volar su imaginación.
—¿Esa es Kim, la novia de Obito?

—Sí.

—Pues no tienes de qué preocuparte, he venido a hablar con ella.

—¿Y qué coño tienes tú que hablar con ella? —le espetó, aún más contrariado.

Sakura lo fulminó con la mirada y le clavó un dedo en el pecho.

—Deja de hablarme en ese tono —le soltó enfadada—, o la próxima vez mi rodilla le hará una visita
nada amable a tu entrepierna.

Le dio la espalda, dispuesta a alejarse.

Sasuke la sujetó por el brazo y la obligó a darse la vuelta. Parecía una muñequita con aquel vestido
blanco de lazos y las mejillas coloradas por el enfado. Era la imagen más excitante que había tenido
de ella hasta ahora.

—Queda conmigo esta tarde —dijo en un susurro. La petición había salido casi sin darse cuenta.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos. ¿Le estaba pidiendo una cita? No, más bien le estaba
ordenando que tuvieran una cita.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

—No disimules conmigo. Tienes tantas ganas de verme a solas como yo a ti. —Su voz sonaba áspera.

—¿Qué? A ti se te va la olla.

Sasuke entornó los ojos y tomó entre los dedos la punta de uno de los lazos que sujetaba el vestido
a sus hombros. Imaginó cómo sería tirar de él y ver de qué forma se deslizaba la tela hacia abajo.
Se mordió el labio inferior y la miró a los ojos.

—La otra noche lo pasamos bien — murmuró con intensidad.

—La otra noche fingíamos que lo pasábamos bien, y había un motivo para hacerlo.

Sasuke le rodeó la cintura con el brazo sin que a ella le diera tiempo a reaccionar y de un tirón la
apretó contra él. Sakura notó su camiseta sudada empapando su vestido. Tuvo que apoyar las manos
en su pecho para intentar mantener las distancias. Le fue imposible moverlo.

—Tú lo has dicho, y por eso me lo debes —dijo Sasuke con voz tensa. Su cuerpo rígido oprimía el
de ella—. Evité que Kari limpiara el suelo contigo, después te ayudé con tu pequeña venganza, y
hasta te hice ganar pasta. Quiero verte esta tarde.

Sakura cerró los ojos para intentar abordar el tema con toda la calma posible, ya que ni siquiera
lograba pensar en nada que no fuera aquel cuerpo enorme en contacto con el suyo, irradiando calor.
Inspiró hondo y abrió los ojos. Se encontró con su mirada, que estaba tan cerca que podía contar los
puntitos verdes que la salpicaban.

—A eso se le llama chantaje —dijo ella.

Sasuke le guiñó un ojo.


—Es la primera vez que le pido a una chica que quede conmigo, y esa chica acaba de rechazarme.
No estoy acostumbrado.

Sakura sonrió sin darse cuenta. Saber que era la primera chica que lo rechazaba acababa de subir
su autoestima dos puntos. Su vista seguía sobre ella. Le encantaban esos ojos cargados de malicia.
¿Era cosa suya o de repente hacía un calor infernal allí?

—No es mi problema —respondió, armándose de voluntad para no rendirse.

—Vamos, Sak, queda conmigo esta tarde. Y te prometo que seré bueno —musitó Sasuke con la
respiración entrecortada. Sus labios se curvaron hacia arriba y se le formaron unas arruguitas
alrededor de los ojos. Unos ojos que ardían sin apartarse de ella.

Sakura se estremeció. No la había llamado nena ni princesa, sino por su nombre, Sak. Nadie la
llamaba así porque en el fondo no le gustaba, pero en sus labios había sonado tan bien, tan íntimo...
Era el

hombre de las mil caras, podía pasar de cretino a seductor en un segundo; y ese tono suplicante era
tan adorable.

—Puede que otro día. Hoy no puedo, de verdad —susurró. Él torció el gesto—. No es una excusa.
Esta tarde debo llevar mi coche al taller. Algo le ocurre al climatizador, no funciona, y estamos en
verano con un calor de muerte.

Sasuke le soltó la cintura. Esperaba que ella se apartara de un salto, pero no lo hizo. Eso le gustó.
Se quitó la capucha de la cabeza y se pasó la mano por el pelo.

—¿A qué taller piensas llevarlo?

—Al de Harkness —respondió Sakura.

Sasuke sonrió y sacudió la cabeza, haciendo que varios mechones de pelo le cayeran sobre
la frente. Sakura tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no alzarla y apartárselos
con una caricia.

—Esos capullos no tienen ni idea de coches —comentó él.

—¿Y tú sí?

Él asintió y Sakura puso los ojos en blanco.

El ego del chico era de dimensiones siderales. Sasuke ahogó su risa en un suspiro cargado de
suficiencia. Apoyó las manos en las caderas y se pasó la lengua por el labio inferior.

—Por esta calle, en dirección a la playa, hay un taller. Se llama Uzumaki. Estaré allí hasta las siete.

—No iré.

—Contestona y testaruda, esto cada vez se pone mejor. —Se inclinó sobre ella hasta rozarle la piel
del cuello con la nariz, y susurró junto a su oído—: Irás.

Se quedaron mirándose fijamente, sin decir nada. Sakura fue la primera en apartar la vista. Le dio
la espalda y fue al encuentro de Obito y su chica. Podía sentir la mirada de Sasuke, abriéndose paso
a través de su cuerpo, y esa sensación le gustaba tanto como la aterrorizaba.
Su mente empezó a agitarse inquieta, demasiado activa. No podía permitirse pensar. No quería
especular sobre hasta qué punto era real ese interés desmesurado que Sasuke parecía tener en ella,
porque necesitaba que lo fuera. Empezaba a creer que su corazón solo era capaz de latir cuando le
tenía cerca y eso no podía ser bueno. No conocía a Sasuke, pero sabía que

no era de fiar, y por eso no podía convertirse en el aire que necesitaba para respirar, el mismo aire
que desaparecía de sus pulmones cuando imaginaba su boca sobre ella.

Al cabo de un rato, Sakura salía de la pequeña oficina con Kim.

—Gracias por todo. Hablaré con mi madre. Estoy segura de que te llamará.

—Vale —dijo Kim—. Si al final le interesa, solo tiene que decirme los días y yo iré hasta tu casa.

—Gracias —repitió Sakura.

—De nada. Te acompaño hasta el coche.

Sakura le dedicó una sonrisa a modo de agradecimiento. Sin pretenderlo, sus ojos volaron hasta la
zona donde antes había visto a Sasuke. Seguía allí, ladrando órdenes a los chicos mientras continuaba
golpeando el saco con agresividad. Deseó que aquel revoloteo que sentía en el estómago cada vez
que le veía cesara, porque si no iba a acabar con una maldita úlcera.

—Sabes que le gustas, ¿verdad? —soltó Kim de repente.

Sakura la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué?

—A Sasuke le gustas, le «pones» mucho.

Sakura le sostuvo la mirada un segundo, antes de echarse a reír.

—¡Qué va! Lo que le «pone» es atormentarme. Le gusta mosquear a la pija tonta y esnob.

Kim también se echó a reír con ganas.

—Oye, no estás tan mal, ¿sabes? Hasta podrías caerme bien —bromeó. Se cruzó de brazos y
contempló a Sasuke—. Sé lo que digo. Obito me contó lo que pasó la otra noche en el Shooter, y
hace un rato ha estado a punto de comerte ahí mismo. Le gustas, lo sé, pero ten cuidado con él.

—¿Por qué dices eso? —preguntó con cautela.

—Porque no es un hombre fácil. Es posible que te vuelva loca con sus cambios de humor y sus
paranoias antes de que llegues a conocerle solo un poco.

Sakura respiró hondo sin apartar los ojos de él. No dejaba de pensar en lo que Kim afirmaba con
tanta seguridad. En el fondo se moría por que estuviera en lo cierto. Inmóvil, continuó observándole,
preguntándose cómo no se hacía daño golpeando con las manos casi desnudas

aquel saco, una vez tras otra.

—¿Por qué practica boxeo? No parece que le guste, ni que disfrute. Está ahí, golpeando ese saco
como si le hubiera hecho algo.
—No golpea al saco... —dijo Kim—. Le está dando una paliza a sus demonios; es la única forma
que tiene de mantenerlos a raya.

Sakura se quedó muda. Buscó la mirada de la chica, pero ella no la apartaba de Sasuke.

—La primera vez que entró por esa puerta, solo tenía seis años. Vino con su padre. El muy cabrón
le obligó a pelear contra otro niño de nueve. Cada vez que caía al suelo, Sasuke se levantaba.
Puñetazo tras puñetazo, siempre volvía a levantarse. Cuando mi padre vio lo que ocurría y paró la

pelea, me acerqué a él con una botella de agua. Me daba mucha pena. Temblaba como un flan y yo
sabía que estaba intentando no llorar... — Hizo una pausa para tomar aire. Sakura la miraba con una
expresión de horror en la cara—. Le pregunté que por qué se había levantado todas las veces si sabía
que ese chico le volvería a pegar. Me dijo que lo hacía porque cada vez que se ponía de pie, era más
fuerte. Yo le pregunté que por qué quería ser más fuerte. Y él me dijo que si lograba serlo, algún
día podría devolverle los golpes al cabrón de su padre. Desde entonces vino cada día y golpeó ese
saco hasta que no podía tenerse de pie.

»Y al final lo hizo, pateó al hijo de... — Kim no terminó la frase. Resoplaba por la nariz.

—¡Eso es horrible! —exclamó Sakura.

Entonces recordó los rumores que habían corrido por el pueblo cuatro años antes, cuando detuvieron
a Sasuke. Decían que le había dado una paliza a su padre. De repente, uno más uno sumaban dos.
Se le encogió el corazón pensando en qué clase de vida había tenido el chico.

—Lo es. Pero que no se te ocurra compadecerle o te mandará al infierno y desaparecerá tan rápido
que ni te darás cuenta. Y tampoco le digas que te lo he contado. Me matará si se entera.

—No le diré nada —aseguró Sakura. Se la quedó mirando y se percató de que llevaba tatuada la
misma cabeza de lobo que Obito, solo que la de ella se encontraba en su antebrazo—. Sasuke te
importa mucho, ¿verdad? El otro día te vi con él, estabas en su coche cuando fue a mi casa. Pensé
que entre tú y él... había algo.

—Y lo hay —admitió Kim.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos y una punzada de celos le encogió el estómago.

Kim se dio cuenta y añadió:

—No te equivoques, Sasuke es como mi hermano. Por eso sé que es un capullo con carita de dios.
Ten mucho cuidado con él o el tipo irresistible te hará daño.

Sakura cruzó los brazos sobre su pecho, incómoda.

—Pareces muy segura de que será así. — Su voz no pudo disimular el malestar que sentía.

—Lo estoy. Para que funcione tendrías

que ser como él, y no lo eres ni de lejos. Y por lo que he visto, contigo no se va a dar por vencido.
Insistirá hasta que te consiga. Así que, sí, estoy segura de que te hará daño.

Sakura sacudió la cabeza con incredulidad.

—¿Conseguirme? No soy ningún premio ni un rollo fácil —masculló.


Kim sacó un cigarrillo de plástico de su bolsillo y comenzó a mordisquearlo.

—Si lo fueras, no estaríamos teniendo esta conversación. Solo le he visto esa fijación una vez, y fue
por su Mustang. Ha tardado dos años, pero ahí lo tiene. Es tozudo hasta un punto que no imaginas.

—Me has comparado con un coche, no lo estás arreglando.

Kim se echó a reír.

—¡Era un cumplido, te lo juro!

—¿Y por qué me adviertes?

Kim se encogió de hombros.

—Porque Obito tiene razón. No eres como todos esos ricachones estirados... y empiezas a caerme
bien. —Suspiró—. Y Sasuke se castraría a sí mismo antes que intentar enrollarse con la reina del
baile, por lo que es evidente que tienes algo. Aunque aún no sé qué. Por eso no pienso quitarte los
ojos de encima. Si Sasuke tiene problemas por tu culpa, te partiré las piernas. ¿Te queda claro?

Sakura asintió una sola vez, con los labios apretados para no saltar sobre Kim y morderle la yugular.
Con la amenaza se había pasado un trecho. Empezaba a creer que la doble personalidad era una

característica común en todos ellos. Primero se mostraban amables para que te confiaras y luego te
daban un sopapo que dejaba claro que se encontraban en lados distintos.

—Me hablas como si dieras por hecho que él también me gusta.

Kim tuvo que esforzarse para no reír a carcajadas.

—Boqueabas como un pez fuera del agua cuando lo tenías encima. Yo diría que te gusta mucho más
de lo que crees.

18

Sasuke dejó un par de llaves sobre el banco de trabajo y se limpió las manos manchadas de
grasa con un trapo. Miró su reloj por tercera vez en diez minutos. Ya eran las siete. Resopló y
comenzó a extraer la batería muerta de una preciosa Harley Electra Glide de 1969. Pronto él tendría
una como esa, en un par de años como mucho. Volvió a mirar el reloj y maldijo por lo bajo. No iba
a aparecer, la princesita no iba a aparecer. Vale, muy bien, pues iría a buscarla.

Se quedó inmóvil. ¡Por supuesto que no iría! Joder, si no quería venir, ella se lo perdía. Como si no
hubiera chicas dispuestas a pasar un rato en su compañía. El problema era que él no quería a
cualquier chica, la quería a ella. Le hervía la sangre cuando la tenía cerca, se ponía nervioso. Jamás
se había alterado de ese modo por culpa de una mujer.

¿Qué le pasaba con Sakura? No lograba entenderlo. No sabía si era porque tenía un cuerpo hecho
para condenar al infierno al hombre más casto, o porque lo ignoraba completamente. No, no era solo
atracción sexual. La deseaba, de eso no tenía la menor duda, pero había algo más. Su risa le producía
calor y le gustaba hacerla enfadar solo para ver cómo enrojecía. En los últimos dos años, solo ella le
estaba haciendo sentir esas cosas, y la lista de números de teléfono que había sumado en todos esos
meses era bastante larga.
Miró de nuevo la hora. Las siete y cuarto.

—¿Por qué miras tanto el reloj? ¿Tienes prisa por algo? —preguntó Naruto al llegar a su lado. Llevaba
un montón de tapacubos en los brazos y encima unas latas de cerveza.

—No.

—Si necesitas salir antes, solo tienes que decirlo —insistió Naruto.

Colocó los tapacubos en el suelo, junto a un Chevelle. Alcanzó una lata y se la lanzó a Sasuke, que
la cogió al vuelo y la abrió con los brazos estirados para que no le salpicara.

—Todo está bien, en serio. —Se quedó mirando el suelo. O lo soltaba o acababa escupiendo bilis—.
Bueno, no lo está. Me ofrecí a arreglarle el coche a la princesita

y... no ha aparecido. Ha pasado de mí.

Naruto se quedó inmóvil con la lata a medio camino de su boca y los ojos abiertos como platos.

—¿Qué demonios te pasa con esa tía?

—Si lo averiguas, ven y cuéntamelo, porque yo no me entero —masculló Sasuke.

Naruto alzó las cejas. Miró al infinito, tenso, y comenzó a mover la cabeza de un lado a otro.

—Lo sabía, me di cuenta la otra noche.

¡Te gusta de verdad! —exclamó, como si esa fuera la peor noticia del mundo—. No es para nada tu
tipo y lo sabes.

—Lo sé —respondió Sasuke con la mirada huidiza.

—Y también sabes que un tío como

nosotros solo acaba con una tía como ella en las películas. En la vida real no funciona.

—Lo sé, y no se trata de eso. ¡Joder, no quiero casarme con ella! —gruñó con expresión cansada—.
Ni siquiera algo serio, pero me tiene loco.

—Lo que te tiene es salido.

—¡Dios, sí!

Naruto alzó las manos como si dijera: ahí lo tienes, esa es la respuesta.

—Genial, me quitas un peso de encima. Pues ya sabes, tíratela cuanto antes y olvídate de ella.

—A veces eres un auténtico capullo.

Naruto se encogió de hombros.

—Bueno, tengo un buen maestro, deberías sentirte orgulloso.


Sasuke le enseñó el dedo corazón y lanzó su lata a la papelera. El sonido de unos neumáticos sobre
la gravilla llegó hasta ellos, se detuvo y se oyó un portazo.

—¿Hola?

Sasuke se enderezó de golpe y una sonrisita apareció en su cara.

—Parece que no pasa de ti —le hizo notar Naruto. La sonrisa del chico se ensanchó—. ¡Qué cara de
idiota se te ha puesto!

—¿Hola?

Saku apareció con expresión de despiste tras el coche que había en el foso. Se puso colorada en
cuanto vio a los dos chicos y su mirada vagó de uno a otro mientras se frotaba las palmas de las
manos contra los pantalones cortos.

—Hola —repitió. Se acercó un poco más. Naruto estaba apoyado sobre un coche y no parecía
contento. Sasuke se encontraba a horcajadas sobre una Harley y sonreía taladrándola con la mirada—
. Espero que no sea tarde. No he podido venir antes.

—No es tarde.

—Entonces, ¿vas a echarle un vistazo a mi coche?

—¡Claro! —respondió Sasuke mientras bajaba de la moto.

Sakura apartó la mirada de su cuerpo, capaz de provocar incendios solo con los pensamientos que
inspiraba. Había pasado toda la tarde dudando de si debía ir hasta allí. Durante todo ese tiempo
había logrado controlar el impulso, la necesidad imperiosa de verle. A las siete ya no se sentía capaz
de contenerse y asumió que Sasuke era un problema del que no podía distanciarse, aunque tuviera
un sinfín de razones para hacerlo. Algo dentro de ella le impedía alejarse de él, a sabiendas de que
las consecuencias podían ser desastrosas; sobre todo para ella.

—Te dije que vendrías —susurró él al pasar por su lado hacia la puerta.

Ella entornó los párpados con una mirada asesina que hizo que Sasuke se echara a reír. Lo siguió,
deseando no sentir todo lo que sentía, mientras se lo comía con los ojos sin poderlo evitar.

—Bien, veamos ese... ¿ese es tu coche?

—preguntó Sasuke muy sorprendido.

Sakura asintió, parándose a su lado mientras contemplaba su precioso Chrysler gris.

—Sí —respondió. Se encogió de hombros y se meció sobre las puntas de los pies, antes de añadir—
: ¿Por qué pones esa cara? ¿No te gusta?

Sasuke sacudió la cabeza.

—Pero ¡qué dices, es precioso! Aunque consume demasiado. Solo me sorprende que tengas buen
gusto para los coches. No sé, esperaba un Mini o un Escarabajo rosa decorado con flores y mariposas
—comentó como si nada.

El puño de Sakura salió disparado y le dio un buen golpe en el brazo. Con ganas.
—Muy gracioso.

—¡Au! —se quejó él, frotándose el brazo. Una sonrisa astuta curvó sus labios—. Pegas fuerte para
tener esos bracitos delgaduchos.

Sakura le dedicó un mohín de burla.

—No te fíes de las apariencias. No pienses ni por un momento que me conoces.

Sasuke se giró hacia ella y de un paso acortó la distancia que los separaba.

—Tú no me conoces, yo no te conozco. Eso es algo a lo que deberíamos poner remedio — dijo con
tono grave.

Movió la mano hasta los pantaloncitos de Sakura y la hundió en el bolsillo trasero. Cuando la sacó,
las llaves del coche colgaban de sus dedos. Sakura quiso contestar pero no pudo. Sentía una extraña
tensión en el estómago. Un calor sofocante y electrizante expandiéndose hacia abajo en oleadas. Se
quedaron mirándose un largo instante. Entonces él sonrió y sus ojos brillaron antes de meterse en
el coche y llevarlo adentro.

Sentada en uno de los bancos, Sakura observó a Sasuke mientras este trasteaba con el coche. No
tenía ni idea de qué estaba haciendo, pero por su gesto de concentración y por la seguridad de cada
uno de sus movimientos, él sí. No entablaron conversación en ningún momento, pero las miradas
hablaban por sí mismas. Era incapaz de apartar los ojos de él más de diez segundos, y se descubrió
admirando ciertas partes de su anatomía sin ningún pudor. Jamás había mirado a un chico como lo
miraba a él, ni siquiera a Sai. Pero, lo cierto era que tampoco ningún chico le había hecho sentir lo
que Sasuke lograba con un simple roce de sus dedos. La dejaba sin aliento. Se preguntó si ella lo
alteraba de la misma forma; parecía tan contenido la mayor parte del tiempo... El golpe del capó al
cerrarse la sacó de sus pensamientos.

—¡Listo! —anunció Sasuke con las manos en las caderas.

—¿Ya está? —preguntó, completamente alucinada. No había tardado más de media hora. Se bajó de
un salto del banco—. ¿Qué le ocurría?

—La válvula de expansión se había obstruido. La he limpiado, también el condensador, y le he


cargado el gas. Ahora debería funcionar. —Abrió la puerta del copiloto y, con un gesto de su cabeza,
añadió

—: Sube.

Ella entornó los ojos.

—¿Para qué?

—Para ver si funciona. La única forma es con el coche en marcha, a ser posible circulando —explicó
él. Sakura dudó y sus labios se fruncieron con una mueca. Una

risa ahogada y sexy vibró en el pecho de Sasuke—. No voy a secuestrarte ni nada de eso. Estás
completamente segura conmigo.

Ella suspiró con los ojos en blanco y entró. Sasuke cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó frente
al volante. Ajustó el asiento a su altura y reguló los espejos. El motor rugió y salieron marcha atrás.
Maniobró sin frenar y enfilaron la carretera.
—Completamente a salvo —dijo ella, mirándolo de reojo.

Sasuke cambió de marcha y aceleró. Buscó su mirada y sus labios esbozaron una sonrisa lenta y
burlona.

—Completamente a salvo, le dijo el lobo a Caperucita antes de comérsela —musitó con voz ronca.

Sakura se quedó sin aire y un

cosquilleo se extendió por todo su cuerpo. Aquel chico no iba a traerle nada bueno, y lo primero sería
un infarto. Se frotó los muslos sin saber qué hacer con las manos.

Sasuke bajó la mirada hasta ese punto y sintió la necesidad de deslizar sus dedos por el interior de
aquellas piernas suaves. Apretó el volante y se concentró en la carretera. No pensaba tocarla de esa
forma sin estar seguro de que sería correspondido en ese sentido, por más que lo deseara. Y no tenía
ni idea de si ese deseo era compartido, ya que con ella todas las señales eran demasiado confusas.
Unas veces daba la impresión de que él le gustaba, y mucho; otras, se comportaba como si su simple
presencia le molestara.

Circularon en silencio por la autopista que serpenteaba junto a la costa. Al cabo de unos minutos,
Sasuke tomó un desvío hacia el interior. El paisaje cambió y el desierto de dunas fue sustituido poco
a poco por el campo y los árboles.

—Parece que el climatizador funciona — dijo Sakura mientras se abrazaba los codos con un escalofrío.

Sasuke subió la temperatura unos cuantos grados.

—Ya te dije que sabía lo que hacía. Esos inútiles de Harkness te habrían cobrado una pasta y seguro
que para nada.

—Gracias —susurró ella.

A Sasuke le fue imposible no derretirse con el sonido de su voz. La miró y apretó con fuerza el
volante. Aquellos ojos enormes se lo tragaban cada vez que se clavaban en él.

Su cuerpo se tensó con una punzada de excitación. «El tipo de deseo que te jode el cerebro, se te
mete en la sangre y te deja indefenso sin que puedas hacer nada», pensó. Ese era el deseo que él
sentía, instintivo y primario. Apartó la vista y contuvo el aliento con los ojos en la carretera. De
repente, redujo la velocidad y acabó deteniéndose en la cuneta. Se bajó del vehículo y lo rodeó ante
la mirada estupefacta de Sakura.

—Sal del coche —le pidió mientras le sujetaba la puerta.

—¿Para qué?

Sasuke la cogió de la mano y tiró de ella.

—Para dar un paseo. Te dije que quería pasar la tarde contigo —respondió mientras la guiaba por un
estrecho camino de tierra que se perdía entre unos árboles.

—Está a punto de anochecer, ya no queda tarde —replicó ella. Él se giró y le guiñó un ojo. Sus
mejillas se llenaron de color y sus ojos se iluminaron—. No era necesario probar el coche en la
carretera, ¿verdad? Has hecho todo esto para salirte con la tuya.
Sasuke se echó a reír.

—Ahora sí que empiezas a conocerme.


19

Sakura se dijo que debería enfadarse con él, pero no podía cuando el único pensamiento que le
ocupaba la mente era que quería subirse a caballito sobre aquella espalda musculosa y rodearle el
cuello con los brazos mientras hundía la nariz en su pelo revuelto. Le apretó la mano sin darse
cuenta y él le devolvió el apretón, dejándola sin habla.

Sasuke entrelazó sus dedos con los de ella y la miró de reojo. Sakura no se había molestado con él
por la treta con la que la había llevado hasta allí. Al contrario, parecía bastante cómoda y continuaba

aferrada a su mano. Era agradable sentirla. La miró de arriba abajo y dio gracias a la falta de recato
y a la liberación de las mujeres a la hora de vestir, porque sus pantaloncitos cortos y la blusa
semitransparente que vestía la convertían en una delicia. No podía dejar de mirarla. Era preciosa.

—¿Dónde vives? —preguntó Sakura, intentando mantener una conversación que ahogara el silencio,
y también porque se moría de curiosidad.

—En el barrio.

—No, me refiero a...

—Sé a qué te refieres —la interrumpió él. Se detuvo bajo unos árboles y soltó su mano. No solía
hablar de su vida con nadie, salvo con sus amigos, y con ellos no es que hablara mucho. Alzó la vista
hacia las copas —. Llevo un par de años viviendo en Santa Fe.

—¿Y qué haces allí?

Él se encogió de hombros.

—Por las mañanas trabajo en el taller de mi tío, y por las tardes en un gimnasio. También es suyo.
Mantengo ocupados a los chicos de la zona, así no se meten en líos — respondió, un poco incómodo.
Tontear era sencillo, innato en él. Hablar de su vida era una tortura.

—¿Y qué más haces? ¿Estudias? ¿Sales con amigos... amigas?

Sasuke giró la cabeza para observarla. Ella se había recostado contra el tronco de un árbol y no le
quitaba los ojos de encima. La brisa le agitaba el pelo y se lo recogió tras

las orejas con un gesto que le resultó adorable. Se le aceleró el pulso y su mirada descendió hasta
sus pechos. El sujetador se le trasparentaba, definiendo unas curvas perfectas en tamaño y forma.

—Me gradué a los pocos meses de salir del Centro. Fue una de las condiciones que me puso mi tío
para quedarme con él. Y sí, salgo con amigos y... amigas —respondió, arqueando las cejas con un
gesto arrogante.

«Centro», repitió Saku para sí misma. A veces olvidaba que Sasuke había sido detenido y condenado
durante dos años por darle una paliza casi mortal a su propio padre. Hizo un esfuerzo para no
formular ninguna pregunta al respecto, a pesar de que tenía muchas sobre el tema. Sabía que no
era apropiado, ni se conocían lo suficiente como para hablar de ello. Otra pregunta por cuya respuesta
sentía la misma avidez, se deslizó por su boca.

—¿Alguna amiga en especial? — preguntó.


—Define especial —pidió él con los ojos entornados—. Porque ha habido muchas y, no sé, todas eran
especiales. Cada una a su modo, ¡claro! Las había que...

—Vale —lo interrumpió Sakura. Se le encendieron las mejillas y una punzada de celos le recorrió el
pecho—. Mejor lo dejamos aquí. Lo cierto es que no necesito información sobre tu vida personal.

—Sexual —matizó él.

—¿Perdona? —No podía haber oído bien.

—Mi vida sexual. No hay amigas en mi vida personal en Santa Fe. —Sonrió con picardía.

Sakura abrió la boca y volvió a cerrarla. —Bueno, pues… no necesito información sobre tu vida sexual.

Sasuke se pasó una mano por la cara para esconder una sonrisa.

—Pues hablemos de ti. Cuéntame algo — le pidió.

—No hay mucho que contar. Me acabo de graduar y pasaré el verano contando los días que faltan
para largarme de aquí e ir a la universidad. ¡Adiós Port Pleasant, bienvenido futuro! —exclamó
Sakura, alzando los puños a modo de victoria.

Sasuke sonrió. Sus miradas se encontraron y estuvo seguro de que hubo un chispazo de química
entre ellos.

—¿Y qué hay de Tucker? ¿Está en tu

futuro? —preguntó como si nada.

La sonrisa desapareció del rostro de Sakura.

—No creo —respondió. Pestañeó y miró hacia otro lado para ocultar su malestar. No entendía por
qué había tenido que nombrarlo.

—¿No crees? ¿Eso quiere decir que aún tiene posibilidades contigo? —insistió él. La miró fijamente
para no perder detalle de su reacción. Si decía que sí, el paseo y todo lo que tuviera que ver con ella
se terminaba en ese mismo momento.

—¡No! —respondió Sakura como si alguien la hubiera golpeado—. Lo único que quiero decir es que
con el tiempo podríamos volver a ser amigos, nada más. Nos conocemos desde pequeños y... eso es
mucho tiempo.

—¿No eres de las que perdonan? —Sonó más a una afirmación.

—Solo ciertas cosas —contestó ella. Se enderezó y enfundó las manos en los bolsillos traseros de sus
pantalones. Dio unos pasitos, notando cómo la hierba le hacía cosquillas en los dedos desnudos de
sus pies en las sandalias—. Cuando alguien te quiere y te desea de verdad, no tiene la necesidad de
engañarte.

—Fue un imbécil solo por pensarlo, y un gilipollas por llevarlo a la práctica. Un hombre de verdad no
se comporta así. Nunca te mereció —dijo Sasuke con tono vehemente, mientras daba un salto y se
colgaba con las manos de una de las ramas.

Sakura sonrió. Sus palabras habían


prendido una llama en su pecho, que cobraba fuerza por segundos. Lo miró de reojo. Él no dejaba
de balancearse como un mono y la camiseta se le había subido por encima del ombligo. Se quedó
mirando aquel estómago plano; decir que estaba bien formado era una manera suave de decir que
tenía el cuerpo más deseable, hermoso y perfecto que jamás había visto. Un cuerpo con un tatuaje
que le había pasado desapercibido. La mancha oscura sobresalía por la cinturilla de sus vaqueros, a
la altura de la cadera, en el vientre. Lo reconoció a pesar de que solo se veía la parte superior.

—¿Qué significa ese lobo? Obito y Kim tienen uno idéntico. Y estoy segura de que tus otros amigos
también lo llevan.

Sasuke se soltó de la rama y sus pies aterrizaron en el suelo. La miró antes de bajar sus gruesas
pestañas y sonreír con aire travieso. Con una mano se subió un poco la camiseta y con el pulgar de
la otra tiró hacia abajo de la cintura del pantalón hasta la sombra oscura del vello. El tatuaje quedó
a la vista y Saku se acercó un poco para verlo mejor.

—Puedes tocarlo si quieres —dijo él con una sonrisa maliciosa.

Sakura también sonrió y le dedicó una mirada coqueta que estuvo segura tuvo algún efecto en él,
porque sus labios se tensaron mientras tragaba saliva.

—Buen intento, Uchiha —replicó sin apartar la vista del dibujo para que no notara que sus mejillas
volvían a encenderse. Se preguntó cómo sería tocar toda aquella piel firme y bronceada, y que olía
de maravilla.

Sasuke se la quedó mirando un segundo antes de responder.

—Cuando éramos pequeños fuimos de campamento a una reserva. En uno de esos viajes que
organizaba la iglesia para los niños del barrio. Uno de los monitores nos llevó a observar una manada
de lobos. Nos explicó lo importante que es para ellos la familia; y cómo se defienden y se protegen
de otros depredadores. Se cuidan entre ellos y nunca se abandonan, ni siquiera a los enfermos. Son
territoriales y peligrosos cuando se les amenaza o amenazan a sus familias.

»Nos sentimos identificados con ellos, porque nos cuidábamos del mismo modo entre nosotros. Así
que, cuando cumplimos

los dieciséis, todos nos tatuamos uno — explicó Sasuke con voz grave. Se bajó la camiseta y se frotó
los brazos—. Todos ellos son mi familia, aunque no lleven mi sangre.

Decirle aquello le costó a Sasuke un gran esfuerzo. Tomó aire y apartó la mirada, pero no antes de
que ella pudiera ver un atisbo de vulnerabilidad en sus ojos. Sakura se mordió el labio hasta hacerse
daño. El deseo de acercarse y tocarle le cosquilleaba en los dedos de forma dolorosa. Sin estar muy
segura de lo que hacía, se aproximó a él muy despacio.

—Y tú eres el Alfa que los cuida y los mantiene unidos, ¿verdad?

—Antes lo era —respondió él con los ojos clavados en ella.

Se le aceleró la respiración al tenerla

cerca. La estudió de arriba abajo sin parpadear. Era delicada, con una piel blanca dorada por el sol,
suave y perfecta. Intentó no detenerse demasiado en su impresionante escote y ascendió por la línea
de su cuello hasta el rostro. Tuvo que inclinar la cabeza para verlo, porque ella se había detenido a
su lado y ahora alzaba una mano temblorosa para tocarle el bíceps. Las yemas de sus dedos le
acariciaron la piel, allí donde los trazos de tinta negra asomaban bajo su camiseta de manga corta.
Se estremeció con el roce y todo su cuerpo se tensó. Ella lo notó y alzó la vista hacia él. Aquellos
ojos grises le provocaron un dolor agudo en el pecho.

—Déjame verlo entero —pidió Sakura, aunque sonó más bien a súplica.

—¿Es tu forma de pedirme que me desnude para ti? —preguntó. Sonrió y le brillaron los ojos.

Sakura le sostuvo la mirada con una mezcla de temor y fascinación.

—Si quisiera que te desnudaras para mí, te lo pediría sin más —replicó, flirteando del mismo modo.

Sasuke se puso serio, de nuevo nervioso y sorprendido de que ella tuviera ese poder sobre él. La
miró de arriba abajo y el deseo se deslizó como un cosquilleo por su torrente sanguíneo.

—¿De verdad me lo pedirías?

—No soy tan mojigata como crees, Uchiha.

Sasuke emitió un gruñido y acercó su nariz a la de ella.

—Cada vez que me llamas así, me matas —musitó con voz ronca. Echó las manos por detrás del
cuello y tiró de la camiseta hacia delante. La dejó caer y se quedó quieto.

Sakura soltó el aire de sus pulmones con un ligero temblor y se colocó a su espalda. Era demasiado
alto para ella.

—Necesito que te agaches.

Sasuke obedeció y se sentó sobre la hierba con las piernas abiertas. Ella se arrodilló tras él, inspiró
hondo y contempló el tatuaje. Sus dedos se deslizaron sobre el dibujo, recorriendo el contorno y las
distintas formas. Lo hizo despacio, disfrutando de la sensación que le producía tocarle de ese modo.
Sasuke tenía una piel suave y cálida. Sus músculos, perfectamente definidos, estaban tensos y duros.
Notó que temblaban

bajo su mano y se preguntó si sería por la misma razón por la que ella también temblaba. Anhelo.

—¿Qué significa? —preguntó.

—Cada símbolo significa algo distinto.

—Entonces, no lo llevas solo para presumir —susurró Saku sin dejar de mover los dedos. Él se sacudió
bajo una risa silenciosa.

—No. —Inclinó el cuello hacia abajo y dejó que sus brazos reposaran en los muslos —. Ahí, donde
estás tocando ahora, ese representa el pasado, el presente y el futuro. Justo encima, ese es el sol,
trae buena fortuna. —Notó cómo la mano de ella ascendía y acariciaba el centro del astro, después
se deslizó hasta el hombro—. Esos círculos representan a mis antepasados, para

que no olvide de dónde provengo. Ese es el gran ojo, es un símbolo intimidatorio, permite poseer el
espíritu del enemigo. Ese es mi espíritu protector, y el gecko ya sabes para qué sirve.

Ella soltó una risita y sus manos ascendieron de nuevo por su brazo hasta el cuello, mientras iba
rodeando su cuerpo. Acabó de rodillas frente a él, entre sus piernas, con los ojos clavados en el
dibujo.
Sasuke le devoraba el rostro con expresión hambrienta. Aquel era el momento más erótico que había
tenido en toda su vida.

—¿Y este? —continuó ella, acariciando su clavícula.

La forma en la que el pecho de él subía y bajaba aceleró aún más su propia respiración. Intentó
parecer relajada, incluso

cuando besarle se convirtió en una tentación. —Ese simboliza a tres personas en una. —Sasuke
le cogió los dedos y los puso sobre un punto en su piel que se asemejaba a un árbol—. Este soy yo
con los brazos abiertos, que conectan aquí y aquí con mi madre y mi hermano, uniéndolos a mi
corazón —le explicó mientras colocaba su mano sobre la de ella.

Sakura lo miró fijamente; podía sentir los latidos de su corazón bajo la mano, rápidos y fuertes.
Aquello la había conmovido y sabía que se le notaba porque unas estúpidas lágrimas se
arremolinaban en sus ojos bajo las pestañas. Los de él mostraban otro tipo de emoción, y ella volvió
a encenderse como si hubieran acercado una cerilla a una mecha impregnada en gasolina.

—Me miras como si quisieras besarme — murmuró con voz temblorosa.

—Eso es porque quiero besarte — respondió él muy serio. La agarró por las caderas y la arrastró,
pegándola a su cuerpo, sin apartar los ojos de su boca.

—¿Y vas a hacerlo, vas a besarme? — quiso saber. Se humedeció los labios con la lengua, y fue un
acto reflejo, nada premeditado. Se puso tensa por la invitación que acababa de regalarle.

Sasuke negó con la cabeza. Le pasó un dedo por la mejilla, los labios, el cuello y la clavícula. Deslizó
ese mismo dedo hasta su barbilla y le sostuvo el rostro mientras la miraba a los ojos.

—Nunca he dado el primer beso.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Sakura, desconcertada.

—Siempre han sido ellas las que han dado el primer paso, y yo he acabado tomándolo por costumbre.
Nunca tomo la iniciativa.

Sakura le lanzó una mirada gélida, molesta por su ego tan desproporcionado; o quizá no lo era tanto.
No dudaba de que la mayoría de mujeres habidas y por haber no tendrían la paciencia suficiente
como para esperar a que el chico diera el primer paso, y que se lanzarían como hienas sobre aquellos
labios carnosos que prometían el cielo y todas las estrellas del universo.

—¿Qué pasa, te da miedo que te rechacen y que descubras que no eres tan irresistible como crees?
—le espetó con tono arrogante.

Sasuke entornó los ojos y una sonrisita apareció en su cara. Entonces, sin previo aviso, sus brazos
le rodearon las piernas y la sentó a horcajadas sobre sus caderas. Se inclinó sobre ella y le rozó los
labios con la punta de la nariz. Aquel cuerpecito ardía entre sus brazos alimentando su propio calor.
Y era increíble con qué perfección encajaban.

—¿De verdad crees que es eso lo que me preocupa? —musitó, provocándola.

Sakura cerró los ojos al sentir su aliento. Se moría por probarlo, por averiguar a qué sabía, pero se
cosería la boca antes que darle el gusto de ceder y aumentar un punto más su fanfarronería.
—Pues sí. En el fondo no eres tan seguro como quieres parecer —logró decir.

Puso las manos en sus hombros desnudos

y lo empujó un poco para apartarlo de ella, sobre todo porque su pecho estaba reaccionando al roce
masculino de una forma más que evidente. Se encogió mientras se desembarazaba de él y se ponía
de pie. Sasuke la siguió y, sin apartar sus ojos de ella, se puso la camiseta.

—O quizá seas tú la que tienes miedo de tomar la iniciativa.

Sakura iba a replicar cuando un vehículo aproximándose por la carretera llamó su atención. El coche
patrulla se detuvo junto al suyo y el agente que viajaba a bordo bajó. Con las manos en las caderas
rodeó el Chrysler, observándolo.

—Vamos —dijo Sasuke muy serio.

El policía no apartó los ojos de ellos mientras regresaban a la carretera. —¡Señorita Haruno! —
exclamó como si no hubiera sabido desde un principio que se trataba de ella—. ¿Va todo bien por
aquí? ¿Algún problema? —preguntó, taladrando a Sasuke con la mirada.

—No, agente Black. Todo está bien.

Sasuke ha reparado una avería que tenía en mi coche. Ahora lo estábamos probando — informó con
una sonrisa.

—¿Está segura de eso? —inquirió. Daba la impresión de que no creía una palabra, como si pensara
que Sasuke la estaba reteniendo contra su voluntad, o algo parecido, y ella tuviera miedo de dar la
voz de alarma.

Sasuke le sostuvo la mirada al policía. Apretó los dientes para contener su lengua y no mandar al
infierno a aquel tipo. Sabía que no era inteligente meterse en líos en ese momento, y que lo
detuvieran delante de ella no era la imagen que quería dejar impresa.

—Sí, lo estoy, pero si no me cree puede llamar a mi padre. Sabe que estoy aquí. Es él quien va a
pagar la factura del taller.

—Aun así, puedo acompañarla a casa si lo desea —insistió.

—Gracias, pero no es necesario.

—Ya… —murmuró el policía. Miró a Sasuke directamente—. Supongo que no te quedarás mucho por
aquí, Uchiha. Este pueblo debe ser bastante aburrido después de vivir en una ciudad como Santa Fe.

Sasuke le sostuvo la mirada, mientras encajaba la invitación a largarse de Port Pleasent cuanto antes.

—No mucho —respondió con voz queda.

Los ojos del policía vagaron de un rostro a otro durante dos largos segundos. Al fin se llevó la mano
al sombrero y se despidió de Sakura con una ligera inclinación. A Sasuke le dedicó una mirada asesina
cargada de advertencias. Subió al coche y desapareció.

—¿Has visto cómo ha reaccionado al vernos juntos? —preguntó Sakura con los ojos como platos.

—Sí, estoy acostumbrado —masculló Sasuke.


—Yo no —admitió ella en un susurro. El corazón le latía desbocado por la escena de película que
acababa de presenciar y no era capaz de mirarlo a la cara.

Sasuke cerró los ojos un segundo e inspiró hondo.

—¿Te preocupa lo que piensen los demás si te ven conmigo? —preguntó con un tono plano y frío.

—Hasta hace unos días sí. Ahora no lo sé —respondió ella sin aire en los pulmones, antes de pararse
a pensar detenidamente en ello.

—¿Y qué ha cambiado? —Sasuke continuaba serio y tenso.

—No creas que es por ti —se apresuró a aclarar Sakura—. Es por mí, porque estoy cansada de todo
esto, de fingir y aparentar. De que todo ocupe un lugar predeterminado y sin lugar a cambios. Y que
si abandonas el lugar al que se supone que correspondes, o actúas en contra de lo que se considera
que está bien, dejas de pertenecer a su pequeño club y todos te señalan con el dedo. Estoy

cansada de pensar primero qué va a parecerle a los demás el modo en que me comporto, cuando
mis actos son asunto mío y de nadie más.

Sasuke bajó la vista un momento, considerando cada palabra. Su expresión se suavizó y le entraron
ganas de acariciar la arruga que se le había formado en la frente.

—Vas a ir a la universidad, ¿no? — preguntó. Ella asintió—. En septiembre, cuando te marches, toda
esta gente se quedará aquí. A la mayoría jamás volverás a verla. ¡Que les jodan! Es tu vida, la mía,
y la de nadie más.

Saku lo miró a los ojos. Leyendo entre líneas el significado de sus palabras. Quería que pasara por
encima de los prejuicios y que se viera con él. Demasiado tentador

cuando se consumía por dentro solo con recordar su cuerpo bajo ella.

—Pero para septiembre aún faltan dos meses y, mientras, debo seguir aquí. No estoy preparada
para el cambio, ni para que me señalen.

—A mi lado siempre es así.

Ella se mordió el labio, escondiendo un suspiro antes de contestar.

—Lo sé.

Sasuke sacudió la cabeza y por un momento apretó los puños a ambos lados de su cuerpo. Se acercó
a ella, buscando su mirada.

—Voy a largarme de aquí, tú también. ¡Deja de pensar e intentar controlar todo lo que contiene el
universo! A veces ese universo se reduce solo a ti.

En los ojos de Sakura se reflejaron la confusión y la sorpresa.

—¿Intentas decirme algo?

Él le puso las manos en las caderas y la atrajo hacia sí. Contuvo el aliento y, sin apartar la mirada
de la de ella, le deslizó la mano por el cuello. Le acarició la piel con el pulgar y notó cómo ella
empezaba a temblar.
—Que, mientras ambos estemos aquí, quiero verte y quiero que salgamos por ahí. Me importa una
mierda lo que piensen los demás.

Sakura tragó saliva e intentó apartarse.

—A mí sí me importa lo que piensen. No es tan fácil. Sé lo que una reputación como la tuya le hace
a las chicas como yo. No me va lo de ser un nombre más en tu agenda.

—No tengo agenda.

Sakura sacudió la cabeza y suspiró.

—Entiendes lo que quiero decir. Para ti serán las palmaditas en la espalda y a mí me colgarán la
etiqueta de fulana.

—Le daré una paliza al que siquiera lo piense.

—Sasuke, no estoy segura de si quiero que nos vean juntos —dijo ella de forma categórica.

Él dio un paso atrás y la soltó.

—¿No quieres volver a verme? — preguntó sin ninguna emoción.

—Yo no he dicho eso.

Sasuke dejó caer la cabeza hacia delante. Después la echó hacia atrás y contempló el cielo mientras
se pasaba la mano por el pelo, pensando. Suspiró frustrado.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

Sakura tragó saliva, pero su voz solo fue un susurro.

—Podemos ser amigos y vernos sin necesidad de salir por ahí.

—A mí no me va lo de ser el rollo oculto de ninguna mujer. No voy a esconderme, si es lo que intentas


proponerme. Tú decides qué pasa a partir de ahora entre nosotros, princesita — replicó Sasuke con
demasiada dureza—. Porque está claro que entre tú y yo pasa algo.

Ella se cubrió la cara con las manos, demasiado nerviosa y abrumada. No podía tomar una decisión
en ese momento, no cuando la estaba mirando de aquella forma tan horrible.

—Vale, he captado el mensaje —dijo él con los labios apretados al ver que guardaba silencio. Abrió
la puerta del coche y la sostuvo sin mirar a Sakura ni una sola vez —. Sube, te llevaré de vuelta.

—Sasuke...

—Sube y cierra el pico. No necesito más aclaraciones.


20

Lo oyó gritar desde el salón.


—Sasuke, levántate, tu tío Dani ha llamado —bramó su padre mientras avanzaba por el pasillo dando
trompicones.

—No es mi tío —masculló Sasuke para sí mismo.

Itachi abrió los ojos y se puso tenso.

—¿Qué pasa? —susurró sin poder disimular su miedo.

—Tranquilo, es conmigo, no te hará nada.

—Siempre es contigo, Sasuke. Eso es lo que me da miedo, que siempre es contigo — musitó el chico,
pegándose a la pared. —¡Sasuke! —resopló su padre, golpeando la puerta con el puño.

—Por Dios, Josh —rogaba su madre—. Acabas de traerle de una de esas carreras. Déjale descansar.

—Cierra la boca si no quieres que te la cierre yo. No sirves para nada, solo

lloriqueas. Sasuke, te quiero en el coche ya o la paliza te la daré yo —dijo entre risas.

Sasuke se levantó de la cama. Se puso una camiseta y sus zapatillas, y salió al pasillo, donde su
padre le esperaba. Estaba apurando una cerveza y dejó caer la botella al suelo en cuanto le vio
aparecer.

—Vamos —le dijo.

—Josh, por favor —rogó Mikoto—. Un día le harán daño de verdad.

—¡Cállate! —le espetó al pasar junto a

ella, y la apartó de un empujón.

Sasuke la cogió al vuelo y la aguantó contra la pared.

—No le provoques —susurró—. Yo me encargo.

—Lo siento mucho, hijo. Todo es culpa mía.

—No es culpa tuya, solo suya —masculló Sasuke lanzando una mirada asesina a la puerta por la que
su padre acababa de salir —. Pero un día...

Subió al coche, en silencio, y se dedicó a contemplar la oscuridad mientras su padre conducía.

—El chico es grande —empezó a decir el viejo—, pero también es lento. No te costará mucho
tumbarlo. Las apuestas van fuertes esta noche. No la cagues. Deja que
se acerque durante el primer asalto, se confiarán, y en el segundo lo destrozas. ¿Entendido? —
le dijo con tono amenazador —. Ha venido mucha gente. Se pueden sacar dos mil y los necesito.
Los chicos quieren ir a Las Vegas y con los mil quinientos de la carrera me perderéis de vista una
temporada.

Su risa hizo que a Sasuke le entraran ganas de cerrarle la boca a puñetazos, pero su padre era
demasiado grande y fuerte como para intentarlo. En las ocasiones que había tratado de defenderse,
había acabado en el hospital hecho carne picada.

«Algún día», pensó. Ahora solo debía ganar la pelea, la pasta, y el bastardo se largaría a Las Vegas
una temporada. Eso significaba paz durante un tiempo.

Esta vez iba a ser en un viejo granero a unos cuarenta kilómetros de Port Pleasant. Los gritos se oían
desde fuera. Entró en el improvisado ring y se quitó la camiseta. Miró al chico al que tendría que
enfrentarse. Joder, no era grande, sino un gigante.

Minutos más tarde el sabor de la sangre era lo único que sentía en la boca, y un doloroso zumbido
en el oído. El resto del cuerpo lo tenía como si le hubiera pasado por encima una apisonadora. Iba a
necesitar hielo para el ojo urgentemente o se le cerraría en cuestión de minutos.

—Bien hecho, hijo —le dijo un tío mientras le ponía un fajo de billetes en la mano.

Salió a la calle a trompicones y encontró

a su padre junto al coche con una mujer a la que no había visto nunca. Apretó los dientes para no
vomitar y se acercó con el dinero en la mano. De repente, su padre se giró hacia él y los ojos de
Sasuke se abrieron como platos. El viejo tenía la cara destrozada, una brecha en la frente y le
faltaban un par de dientes. Sostenía un bate ensangrentado con la mano.

El prado y el granero desaparecieron y la cocina de su casa tomó forma en su lugar.

—¿De verdad creías que no iba a volver a por ti después de lo que me hiciste? — preguntó su padre
con una voz de ultratumba.

Sasuke cayó al suelo de culo y comenzó a arrastrarse para alejarse de él.

—Voy a matarte, pequeño bastardo. Pero antes me cargaré a tu madre y a tu hermano, y tú vas a
verlo —dijo entre risas, mientras levantaba a Itachi del suelo con una sola mano.

La cocina se desvaneció entre una extraña niebla y se encontró de pie en medio de una carretera.
Olía a gasolina y el sonido de un claxon taladraba el silencio de la noche. Se dio la vuelta y vio un
coche empotrado contra un árbol. Se acercó con miedo, sabía lo que iba a encontrar cuando mirara
dentro.

—¡No, joder, no!

Sasuke se despertó de golpe empapado en sudor. Todo el cuerpo le temblaba y sentía náuseas. Se
levantó de un salto y corrió al baño. Cayó de rodillas y empezó a vomitar entre espasmos. Al cabo
de unos minutos logró que su estómago se tranquilizara. Se acercó al lavabo y se enjuagó la boca,
después se mojó la cara y se quedó mirando su reflejo en el espejo. Unos ojos inyectados en sangre
le devolvían la mirada.
Las pesadillas y el miedo iban a acabar con su juicio. Dormir era una tortura; y, cuando estaba
despierto, lo que más deseaba era volver atrás y cambiar las cosas. Esa necesidad se estaba
convirtiendo en una obsesión. Tarde, ya era tarde, y regodearse en toda esa mierda no iba a
devolverle esos años y mucho menos a su hermano. Apretó el lavabo con las manos y el reflejo le
devolvió una mirada de odio. «Debiste

pararlo antes, mucho antes», pensó.

—No te pareces a él. No eres como él, Sasuke —dijo su madre desde la puerta.

—¿Cómo estás tan segura? —le preguntó a través de su reflejo en el espejo.

—Porque tienes mi pelo y mis ojos, y cuando te miro veo un buen chico.

—¿Y qué hay de lo que no se ve? — susurró él, mientras se daba la vuelta para mirarla a los ojos—.
De lo que hay dentro. Porque sé que no es bueno, mamá.

Ella se acercó y le acarició la mejilla. Sasuke movió el rostro buscando la palma de su mano.

—Nunca serás la clase de persona que él era, ¿me oyes? Nunca —aseguró ella con tono vehemente.

Sasuke cerró los ojos y sacudió la cabeza —Desde que él se fue no he sido un santo, mamá. Y ese sí
soy yo.

—¿Alguna pelea? ¿Un par de cervezas? No eres malo por eso, es la marca que deja crecer en un sitio
como este. ¿Cómo... cómo era aquello que decías cuando te regañaba? Decías: en un barrio como
este tienes que gritar más fuerte que los demás si quieres que te escuchen, tienes que pegar más
fuerte que los demás si quieres que te respeten...

—Tienes que dar más miedo que los demás si quieres que te teman —dijo Sasuke a la vez que ella.

—Tenías razón, cariño. Era el único camino —continuó Mikoto—. En cuanto a los fantasmas que no
te dejan dormir... Eres fuerte, un superviviente. Y sé que vas a lograrlo, lo superarás.

Le tomó el rostro y lo besó en la mejilla, después lo abrazó por la cintura con fuerza.

—No debí permitírselo. Debí hacer algo antes, mucho antes —musitó Sasuke, incapaz de devolverle
el abrazo.

—Lo hacías. Solo eras un niño. Nunca fue culpa tuya, ¿entiendes? Era suya.

El teléfono comenzó a sonar.

—Iré a ver quién es —dijo Sasuke.

Tomó aire de forma entrecortada y salió del baño.

—¿Estás mejor? —preguntó Mikoto desde el pasillo.

Él se limitó a asentir. Fue hasta la cocina. Las primeras luces del amanecer comenzaban a colarse
por la ventana tiñendo las paredes blancas de un fantasmal tono violeta. Descolgó el teléfono que
había en la

pared, junto a la nevera.


—Uchiha —contestó.

—Hola, Sasuke. Soy Zack. Acaba de llegar el aislante que necesitabas para el tejado. Uno de mis
chicos te lo llevará a la dirección que figura en el pedido. ¿Te parece bien?

—Claro, tío, estaré allí dentro de media hora.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la pared. Mierda, tenía que volver a casa de los Haruno y
acabar el tejado del cobertizo. No había escapatoria posible. Apoyó la frente contra la nevera y la
golpeó un par de veces, enfurruñado. No podía ver de nuevo a Sakura, no después de la conversación
de la tarde anterior. Sus palabras aún retumbaban dentro de su cabeza

y le entraban ganas de destrozar cosas.

La niña rica lo había atrapado bien con aquella dualidad de belleza inocente y espíritu de gatita
salvaje. No debía desearla y la deseaba. No debía pensar en ella y no hacía otra cosa. El rato que
había pasado bajo aquellos árboles, con ella a su alrededor acariciándole la piel y después entre sus
brazos, había sido con diferencia el mejor de toda su vida. Había tenido que contar hasta cien para
no besarla. Debió besarla y no haberse comportado como un gilipollas engreído; aunque pensaba
cada palabra que dijo. ¿Qué culpa tenía él si las chicas le encontraban atractivo y la media de espera
antes de lanzarse entre sus brazos era de unos cinco minutos? Pero Sakura no, ella era un

misterio para él. Unas veces, era

un pequeño ángel de hielo; otras, un demonio que lo consumía en fuego. Se alegró de no haberla
besado, porque no quería ese recuerdo entre los muchos que ya lo martirizaban.

Guardó aquellos pensamientos en el lugar más apartado de su cabeza y fue a su cuarto a vestirse.
Terminaría ese tejado cuanto antes y se acabó, se largaría poniendo una gran distancia entre ellos.

Sentada a la mesa de la cocina, Sakura era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera Sasuke. Un
par de horas antes se habían encontrado en la puerta. Ni una mirada, ni un saludo. Lo único que
había recibido por su parte había sido una absoluta indiferencia, y esa actitud le había dolido. Saber
que se encontraba allí, a solo unos metros de ella, era una tortura.

Estaba hecha un lío. La tarde anterior él había dejado muy clara su postura. En unas semanas
regresaría a Santa Fe y, mientras, quería salir con ella y divertirse. Conociéndole, seguro que se
refería a pasar las noches en ese local de mala muerte y a practicar sexo sin parar. Lo que significaba
que la veía como una relación pasajera y poco más. Esa realidad había abierto un abismo de
decepción en su interior y se odiaba por sentirse así. ¿Qué esperaba cuando ella también iba a
marcharse y a iniciar una nueva vida? ¿Que la siguiera hasta Columbia?

La puerta de la cocina se abrió y Sasuke


entró con una botella de agua vacía en la mano. Durante un segundo sus miradas se encontraron.
Él no dijo nada, dejó la botella sobre la mesa y se dirigió a la nevera. Sakura lo contempló. Llevaba
una camiseta de tirantes ajustada que dejaba a la vista sus tatuajes. Todo su cuerpo se estremeció
al recordar lo que había sentido al tocarlos. ¿A quién quería engañar? Se derretía por dentro cuando
lo tenía cerca, y en esas circunstancias se creía capaz de hacer cualquier cosa que le pidiera.

Sasuke cerró la nevera y se dispuso a largarse por donde había entrado. El timbre de la puerta sonó.
Sakura se levantó de la silla, pero no para abrir. Se plantó delante de él, cortándole el paso.

Espera, Sasuke —pidió, frenando su

avance con las manos en su estómago. Él bajó la vista claramente molesto por la confianza y ella
las apartó—. Es absurdo que te comportes así conmigo, como si hubiera asesinado a tu perro.

Sasuke alzó una ceja con un gesto que a ella le pareció muy sexy y Sakura se obligó a continuar:

—¿Qué quieres de mí? Hasta hace unos días no me conocías, ni siquiera te caía bien ni era tu tipo.
Y ahora estás enfadado conmigo porque me da miedo que la gente nos vea juntos y empiece a sacar
conclusiones que no son.

—Sai, querido, ¡qué sorpresa! — exclamó la voz de Mabuki Haruno en el vestíbulo—.

¿Qué te trae por aquí?

Nunca he necesitado un motivo para visitaros —respondió Sai—. Pasaba por aquí y he pensado que
podría ver cómo está Saku. Quiero disculparme por mi comportamiento de ayer en el club.

—¡Es tan considerado por tu parte! Estaba en la cocina hace un momento.

Mientras esa conversación estaba teniendo lugar, Sasuke y Sakura no apartaban los ojos el uno del
otro, inmóviles como dos estatuas salvo por sus expresiones. La de Sasuke era la de la ira
personificada, la de Sakura un caleidoscopio de emociones que iban desde la vergüenza al enfado.

—¿Ayer? ¿Con él no te da miedo lo que piensen los demás? —la cuestionó Sasuke con voz
envenenada.

—Eso no es justo —susurró ella.

Aquí la tienes —dijo Mabuki al entrar en


la cocina.

Hubo un momento incómodo por parte de todos, en el que las miradas entre unos y otros se
sucedieron. Sai clavó sus ojos en Sasuke y después en Sakura, y regresaron de nuevo a Sasuke con
un destello de violencia contenida. Una sonrisa falsa se dibujó en sus labios.

—¡Vaya, hola, Uchiha! ¿Qué haces tú aquí?

—Oh, ¿no lo sabías? —se apresuró a intervenir Mabuki—. Kisashi contrató al hijo de Mikoto para que
arreglara el tejado del cobertizo.

—Eso es estupendo —replicó Sai sin perder su falsa sonrisa—. Kisashi es incorregible, siempre
dispuesto a salvar el mundo con sus pequeñas obras de caridad.

Mabuki soltó una risita de asentimiento y apretó con cariño el brazo del chico, como si estuvieran
compartiendo algún tipo de broma secreta.

Sakura se quedó de piedra y clavó una mirada severa en Sai. Quiso disculparse con Sasuke por el
comentario malintencionado, pero no tuvo tiempo; él salió como un rayo de la cocina mascullando
que debía volver al trabajo.

—Yo tengo que marcharme, chicos. Pasadlo bien —dijo Mabuki, dedicándoles un guiño.

En cuanto se quedaron solos, Sakura se giró hacia Sai.

—¿A ti qué demonios te pasa? ¿Era necesario que le humillaras? —le soltó muy enfadada.

El chico abrió los ojos, sorprendido, como si la cosa no fuera con él.

—¿Humillarle? No he dicho nada que no sea cierto —se excusó—. ¿Y por qué te enfadas? ¿Desde
cuándo te preocupa a ti que un tío como ese se moleste?

—Ese tío tiene un nombre —dijo ella—. Si has venido a disculparte, pierdes el tiempo.

Se dirigió a la puerta con intención de ir a su cuarto, pero él la sujetó por el brazo. Se inclinó sobre
ella, arrinconándola entre la encimera y el aparador de la vajilla. Sus ojos, habitualmente cálidos, se
clavaron en ella con dureza.

—¿Hasta cuándo piensas castigarme? — preguntó con tono grave.

—No... no te estoy castigando. Pero ¿en

qué mundo vives?

Él se acercó un poco más, hasta que sus piernas se tocaron. Sakura había olvidado lo que era tenerlo
tan cerca, que la envolviera con su presencia, que la tocara. Y si tenía alguna duda sobre lo que
sentía por él, esta se difuminó en ese mismo instante. No había cabida a segundas oportunidades.

—Te echo de menos, Saku. Estoy siendo paciente, más de lo que jamás imaginé, pero empiezo a
cansarme de tus tonterías —le susurró mientras acercaba su boca a la de ella.

Sakura apartó la cara.


—¿Tonterías? —repitió sin dar crédito—. Que no confíe en ti. Que me dé miedo un futuro contigo
porque no sé si la próxima será la vecina, o la secretaria, o la niñera de nuestros hijos, ¿eso te
parecen tonterías?

Él suspiró, como si aquel tema le aburriera sobremanera.

—Cometí un error. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¿Cuántas veces debo disculparme y pedirte
perdón?

Sakura logró que se hiciera a un lado y pudo salir de entre sus brazos. Empezaba a quedarse sin aire
dentro de aquella cocina.

—Ni una más, Sai —aseguró resuelta

—. Porque tú y yo hemos terminado para siempre. No va a haber un nosotros, ni un futuro juntos,


nada. ¡Métetelo en la cabeza, porque esta conversación no volverá a repetirse!

Sai dio un paso hacia ella.

—No vuelvas a decir eso. Lo nuestro no se ha terminado. Yo lo sé y tú te darás cuenta

en algún momento.

—Hemos terminado —repitió. Lo empujó en el pecho para que no siguiera acercándose.

—No —negó Sai, categórico—. Solo hay una mujer con la que pasaré el resto de mi vida. Eres mía,
Saku. No creas ni por un segundo que voy a permitir que lo que tenemos termine. No me presiones.

Sakura se quedó muda. Respiró hondo para recuperar la calma y se alejó de él unos cuantos pasos.

—No me gusta cómo ha sonado eso — dijo—. No te reconozco.

Sai sacudió la cabeza, con los ojos enturbiados por una profunda emoción que Sakura no podía
precisar. De repente, se dejó caer en el suelo con los brazos en cruz. —Perdona, perdóname, no
me malinterpretes. Estoy desesperado, no sé lo que digo. Te quiero, te necesito...

—¡No hagas eso! —graznó ella.

—Pues di que me perdonas.

Sakura vaciló un instante, cansada de aquella situación.

—Está bien, te perdono...

Él levantó la vista y una sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios.

—Pero no volveré contigo —terminó de decir ella.

Sai estrelló el puño contra el suelo y se puso de pie.

—¿Puedes dejar de ser tan difícil?

—¿Puedes dejar de serlo tú? —le gritó.


—Es que no entiendo tu reticencia. ¡Dios, dime qué tengo que hacer y lo haré!

Sakura se abrazó los codos y lo miró con un gesto de súplica.

—Acepta lo que ha ocurrido, Sai. Sigue adelante y deja que yo siga.

Sai se apartó de ella. Se quedó mirando el suelo, como si estuviera meditando algo.

—Sí, tienes razón, necesitas tiempo para aceptarlo, para perdonarme. Sabré esperar... —suspiró—.
Por cierto, ya tengo tu cazadora para Columbia. Llegó ayer… Es preciosa. Nuestros nombres quedan
muy bien juntos en la espalda. Estoy deseando verte con ella puesta.

Sakura lo miró como si le estuviera hablando en otro idioma.

—No la quiero. ¿No me has escuchado? No quiero nada tuyo. No te quiero a ti.

¡Márchate!

Sai miró su reloj.

—Sí, debería marcharme. He quedado con nuestros padres para ir a pescar. ¿Sabías que tu padre
me ha regalado una caña nueva? — Sonrió—. Me quiere como a un hijo, lo sabes, ¿verdad?

—¡Sai! —exclamó exasperada—. ¿Me estás haciendo chantaje con los sentimientos de mi padre?

—No es chantaje, Saku, es la verdad. Él entiende lo que pasó.

—¡Dios, todos los tíos sois iguales!

—Cariño, estás enfadada, y lo entiendo, es ese enfado el que te hace decir esas cosas. — Hizo una
pausa y la miró—. No voy a rendirme. No puedo resignarme a perderte, ¿entiendes? Voy a ganarme
tu perdón.

Sakura se quedó mirando el pasillo por el que Sai acababa de desaparecer. Cuando oyó que la puerta
principal se cerraba, se desplomó sobre la mesa enterrando el rostro entre las manos. De pronto
sentía que lo tenía todo en contra. Se preguntó en qué momento se le había complicado tanto la
vida. Nada iba bien, y lo que más le dolía era haber perdido a Sasuke, incluso antes de haberlo
tenido.
21

No puedo creer que esté haciendo esto», pensó Sasuke mientras se colaba en la habitación de
Sakura a través de su ventana.

Llevaba dos horas dentro del coche, aparcado a pocos metros del hogar de los Haruno, con la
esperanza de que, en algún momento de la noche, la chica saliera de casa. Al final había acabado
con los nervios destrozados por culpa de la impaciencia, incómodo por las miradas que algunos
vecinos comenzaban a lanzarle, y desesperado porque sabía que una vez que se le metía algo en
la cabeza, no paraba

hasta llevarlo a cabo costara lo que costara.

La habitación estaba iluminada por una lamparita de lava que emitía una tenue luz, y no había nadie
a la vista. En el baño se oía el agua de la ducha. Se sentó en la cama y contempló el dormitorio. Las
paredes estaban llenas de cosas de chicas: fotos, pósters de películas, pañuelos... Había un escritorio
perfectamente ordenado, una librería, un par de armarios y una cómoda. Todo en colores blancos y
amarillos; nada rosa, observó con cierta decepción. Sin saber por qué, ese color se había convertido
en parte de sus fantasías.

Se puso de pie, incapaz de permanecer quieto. Cruzó el cuarto y fisgoneó los libros que había sobre
la mesa. Después se acercó a la cómoda y se asomó al primer cajón entreabierto. Silbó por lo bajo
y cogió con el dedo unas braguitas azules de encaje. Estuvo a punto de guardárselas en el bolsillo,
pero en el último momento le hizo caso a su conciencia. Con la mano libre cogió un sujetador a juego,
alzó ambas prendas y una sonrisa se dibujó en su cara. Se la imaginó con el conjunto puesto... o
quitándoselo. Ahora sí que era un acosador en toda regla. ¡Mierda, aquella chica le estaba dejando
frito el cerebro!

Jamás en su vida había hecho nada parecido, ni remotamente parecido. Ir así detrás de una mujer,
contra sus propios principios y normas; porque tenía normas, eran necesarias. Se le estaba yendo
la olla.

La puerta se abrió de golpe. Sasuke se giró y sus ojos se encontraron con los de

Sakura. Apenas iba cubierta con una toalla, y durante un instante se quedó embobado con la
aparición.

Sakura solo acertó a ver un cuerpo enorme en medio de la penumbra de su habitación. Gritó
aferrándose a la toalla. El cuerpo se abalanzó sobre ella y le tapó la boca mientras siseaba para que
se callara.

—¡Joder, soy yo, Sasuke! Shhhh... No grites —susurró con urgencia.

Sakura se quedó de piedra. Parpadeó y enfocó sus ojos en aquel rostro que se encontraba a solo
unos milímetros del suyo.

—¿Sasuke? —Movió los labios bajo la mano que le cerraba la boca.

—Sí.

De repente, ella le dio un empujón que lo estampó contra el dosel de la cama.


—Pero ¿qué demonios haces en mi cuarto?

Me has dado un susto de muerte.

—Lo siento —se disculpó él.

—¿Que lo sientes? —Empezó a pegarle en el hombro y en el pecho con la mano libre

—. Eres idiota. ¿Quién te crees que eres para colarte así en mi habitación? Casi me matas de un
infarto. Se me va a salir el corazón por la boca.

Sasuke alzó los brazos para protegerse, mientras una risa ahogada brotaba de su garganta. Logró
sujetarla y la inmovilizó contra una de las columnas del dosel.

—Lo siento, ¿vale? —musitó—. Voy a soltarte, pero prométeme que no vas a pegarme.

—No voy a pegarte —le aseguró—. ¡Voy a matarte! —juró entre dientes, intentando plantarle un
bofetón en la cara.

Sasuke le detuvo el brazo y apretó los dientes para no reír a carcajadas.

—¡Saku! ¡Saku, cielo! ¿Qué ocurre? — gritó su padre en el pasillo.

La puerta se abrió de golpe y Sasuke apenas tuvo tiempo de echarse al suelo y girar sobre su espalda
para ocultarse bajo la cama. Kisashi Haruno se precipitó dentro de la habitación con un palo de golf
en la mano. Con los ojos a punto de salírsele de las cuencas escudriñó el cuarto; al no encontrar a
nadie los clavó en su hija, que se encontraba paralizada sujetando una toalla contra su escote.
Entonces se dio cuenta de que iba medio desnuda y le dio la espalda de golpe.

—Perdona, cielo, pero te oí gritar.

—Sí... Bueno... Lo siento. Creí haber visto una araña —dijo ella—. Lo siento, papá.

Su padre relajó el cuerpo y suspiró.

—Saku, tienes que controlar ese miedo absurdo a las arañas. Te he visto jugando con las serpientes
de la tienda de mascotas, y te pones histérica por un bichito de ocho patas.

¿Entiendes que es de lo más ilógico?

—Lo sé, papá. Lo siento.

—Bueno, no pasa nada. Iré con tu madre antes de que llame a los S.W.A.T.

—Vale. No volverá a pasar —aseguró ella con tono de disculpa.

En cuanto su padre salió por la puerta, ella corrió a cerrarla con el pestillo. Durante un instante apoyó
la frente contra la madera y suspiró. Sasuke iba a volverla loca de remate.

Por la mañana ni siquiera le hablaba y ahora lo tenía escondido bajo la cama. Se dio la vuelta.

—Ya puedes salir —le dijo, aún enfadada.


—¿Vas a pegarme? —preguntó él con tono travieso.

—No.

Sasuke se arrastró con la habilidad de un contorsionista y un segundo después estaba de pie en


medio de la habitación. La observó sin parpadear y se le dibujó una sonrisita juguetona en la cara.

—¿Vas a decirme qué quieres o solo has venido para quedarte ahí como un pasmarote?

—¿Estás enfadada?

—¿Tú qué crees, tío listo? Kim ya me advirtió de que me volverías loca con tus paranoias, pero creí
que exageraba.

Con la toalla apretada contra su pecho se acercó hasta la cama. Le temblaban las rodillas y necesitaba
sentarse. Cambió de opinión en cuanto él se le acercó por la espalda. La cama no era un buen lugar
si ibas medio desnuda y todas las articulaciones se te aflojaban con solo captar su olor.

—¿Qué te dijo Kim exactamente? — preguntó Sasuke. No le gustaba la idea de que Kim y ella
hubieran estado hablando sobre él. La hizo girar, agarrándola por la muñeca.

Sakura clavó su mirada en los ojos entornados del chico.

—¿Qué quieres, Uchiha?

Sasuke se pellizcó el puente de la nariz y después se pasó la mano por la mandíbula. Se le había
olvidado todo el discursito que tenía preparado. Le resultaba difícil concentrarse cuando la presencia
de Saku le enturbiaba el cerebro de aquella manera y solo podía pensar en una cosa. Estaba
completamente trastornado, ya no tenía dudas. Al menos podría alegar enajenación mental si
acababa haciendo alguna estupidez a partir de ese momento.

—Vale. Esta mañana me preguntaste qué quería de ti —empezó a decir. Los ojos de ella se abrieron
como platos. «Sí, princesa, voy a hablar de mis sentimientos. Ni yo me lo creo», pensó—. Y la
respuesta a esa pregunta es que no lo sé, no sé qué quiero de ti. Pero me jugaría el cuello a que tú
tampoco sabes qué quieres de mí, así que...

eso nos deja en empate.

Guardó silencio un momento para darle opción a replicar, pero ella no dijo nada.

—Pero lo que sí sé es que me gustas mucho... Más de lo que imaginas. —Un gruñido vibró en su
pecho—. Y yo te gusto a ti. Si no fuera así, no me habrías dejado acercarme tanto. No eres de esas.

Una sonrisita asomó a sus labios y dio un par de pasos para aproximarse a ella. Se moría por tocar
aquella piel suave.

Sakura se alejó de espaldas y le apuntó con el dedo a modo de aviso.

—No te me acerques y termina el monólogo. No creas que vas a distraerme con tu voz grave y esos
ojitos sexys —dijo muy seria. Se dio una palmadita mental por no haberle temblado la voz, porque
por

dentro se estaba desmoronando.


—¡Ojitos sexys! —exclamó él, y su sonrisa se ensanchó. La borró de su cara en cuanto ella se cruzó
de brazos y lo asesinó con la mirada. Allí estaba su pequeño demonio, y lo volvía loco—. Vale, piso
a fondo. Así están las cosas. No quiero esconderme ni ser tu secretito, y tú no quieres que tu gente
te vea conmigo; pero tampoco quiero dejar de verte y es evidente que tú no quieres dejar de verme.
Sigues ahí y no has llamado a la pasma — razonó—. Así que he dado con la solución.

—¿Qué solución? —preguntó intrigada.

—Tienes que venir conmigo y verla por ti misma —dijo él mientras le ofrecía la mano.

—¡¿Ahora?! —exclamó—. No pienso ir a ninguna parte y menos sin saber a donde.

Que me gustes no significa que confíe en ti. Ni por un segundo creas que confío en ti.

Sasuke acortó la distancia entre ellos y la tomó por la cintura con firmeza, apretándola contra él. Su
larga melena húmeda le hizo cosquillas en el brazo y su olor lo envolvió de arriba abajo.

—Deja de hacerte la dura conmigo, Sak. No te funciona —susurró con la cara a milímetros de la de
ella. Su tono era grave y estaba cargado de frustración—. Aquí no tienes que fingir, solo estoy yo,
¿vale?

—No estoy fingiendo. No confío en ti — susurró, perdiéndose en el brillo de aquellos ojos que se la
bebían.

—Está bien. Dime que me vaya y no volverás a verme —la retó Sasuke,

inclinándose un poco más sobre ella

mientras su pecho subía y bajaba muy rápido.

Sakura abrió la boca para contestar, pero no pudo. Estaba atrapada en aquellos ojos oscuros y
maliciosos, y su aliento sobre el rostro no la dejaba pensar. Se mordió el labio hasta hacerse daño.

—No hagas eso —musitó él con una advertencia en los ojos.

—¿El qué? —Se humedeció los labios resecos.

—¡Joder, eso! —gimió Sasuke con la respiración acelerada.

La agarró por el cuello y la besó en la boca, anhelante, intenso y lleno de pasión. La atrajo con
firmeza hacia él. Entreabrió los labios y su lengua rozó los de ella, incitándola a abrir la boca. Ella
separó los

labios con un gemido y se estremeció cuando él la tomó por completo, incapaz de pensar, solo
consciente de su sabor. Su lengua la provocaba y la saboreaba con avidez, mientras la apretaba
contra sus caderas. La besó con más fuerza, exigiendo la respuesta que estaba provocando en ella.

Asustada y excitada, Sakura dejó de contenerse. Sus manos se movieron con vida propia,
deslizándose por sus bíceps. Le recorrieron los hombros, el cuello y se enredaron en su pelo. Emitió
un profundo gemido y contuvo el aliento un segundo. Su pecho subía y bajaba cada vez más rápido,
sorprendida de su propia respuesta. La toalla continuaba en su sitio porque la presión entre sus
cuerpos no la dejaba caer. Él aflojó un poco y convirtió el beso en un baile lento
y mucho más profundo. Dios, nunca la habían besado así. Susurró su nombre con un quejido cuando
él le mordió el labio inferior y volvió a sumergirse en su boca con una pereza premeditada que le
aflojó todas las articulaciones. Los besos se tornaron más lentos hasta que rompieron el contacto por
la falta de aire.

Sasuke la miró a los ojos, pero ella aún los mantenía cerrados.

—Mírame —susurró con un jadeo, y le lamió el labio inferior.

Ella obedeció y el fuego que encontró en sus pupilas hizo que su cuerpo ardiera. Él esbozó una
sonrisa.

—Creí que nunca dabas el primer beso — dijo Sakura con la voz entrecortada.

Sasuke tragó saliva, demasiado excitado.

No podía apartar la vista de sus labios, ahora un poco hinchados y enrojecidos. Sakura le estaba
robando el control y el alma, que ya estaba condenada al infierno solo por los pensamientos que le
enloquecían la mente. Lo siguiente podría ser el corazón; tenía que andarse con cuidado en ese
sentido.

—Yo también, pero parece que contigo no dejo de cruzar mis propios límites — contestó.

Deslizó la mano hasta su nuca y la enredó en su larga melena. Con un suave tirón la obligó a
mostrarle el cuello. Se inclinó y le besó la garganta, ascendiendo hasta su oreja. Le atrapó el lóbulo
con los dientes.

Ella se estremeció y todo su cuerpo se tensó con expectación al sentir su lengua en la piel, trazando
un sendero de sensaciones hacia la clavícula.

—Eres deliciosa, Sak —susurró, erizándole la piel con el aliento.

Sakura apretó los párpados. Él sabía perfectamente lo que estaba haciendo, lo que provocaba en ella
con esos gestos. Lo miró a los ojos. No era la única que se moría de deseo.

Sasuke tenía el cuerpo rígido mientras la oprimía con fuerza contra él. Emitió un trémulo suspiro,
con los dedos de su mano jugueteando con el borde de la toalla. Deslizó la mano por su muslo
desnudo hasta el lugar donde se unía a su trasero y lo apretó con fuerza. Cerró los ojos un instante,
reuniendo la escasa voluntad que le quedaba para apartarse de ella.

—Vístete. Te esperaré en la calle. He aparcado junto al cruce.

La soltó y Sakura tuvo que hacer malabares para mantener la toalla en torno a su cuerpo.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

Sasuke le tomó el rostro entre las manos.

—Confía en mí, ¿vale? Esta noche estás a salvo, princesa —susurró.

Le plantó un beso en los labios y se deslizó hasta la ventana.

—Eso fue lo que el lobo le dijo a Caperucita antes de comérsela —replicó Sakura.
Sasuke sonrió y su cara reflejó hambre. Le guiñó un ojo.

—No tardes.

Sakura necesitó unos segundos para conseguir moverse. A través de la bruma mental que le
embotaba la cabeza, empezó a ser consciente de lo que acababa de pasar. Se le doblaron las rodillas
y apretó la toalla contra su pecho. Notaba el corazón desbocado, y un dolor real en el vientre, tan
tenso que sentía calambres en él. Todas aquellas sensaciones eran nuevas.

Su cerebro racional empezó a despertar y se fue dando cuenta de la magnitud de sus actos. Fue
hasta la cómoda para coger ropa interior, repasando mentalmente cada segundo. ¡Había sido el
momento más intenso de toda su vida, y apenas habían pasado de unos besos y caricias! Se tapó
la boca y ahogó un grito.

Corrió al baño y se plantó delante del espejo. Temblaba como un flan de pies a cabeza. Se llevó la
mano a los labios, que tenía hinchados y enrojecidos. Tampoco le extrañaba que estuvieran así, pues
había perdido el control por completo. Si Sasuke no hubiera interrumpido el beso, no estaba segura
de hasta dónde habría llegado. El chico lograba llevarla al límite en todos los sentidos.

Con manos temblorosas se cepilló el pelo y terminó de arreglarse. Se paró delante del armario sin
saber qué ponerse. No tenía ni idea de a donde iba a ir. Tampoco quería vestirse de una forma
demasiado llamativa que él pudiera interpretar como una invitación a «quítamelo todo porque me he
quedado con ganas de más».

Miró su reloj. Cerró los ojos y metió la mano en el cajón de las camisetas. Abrió un ojo y comprobó
su pesca: camiseta negra de tirantes. Hizo lo mismo en el cajón donde guardaba los pantalones:
shorts tejanos. Menudo ojo, un poco más informal e iría en pijama. Se calzó sus zapatillas y se
precipitó fuera del cuarto. Bajó las escaleras, gritando a sus padres desde el vestíbulo que había
quedado con Temary, y salió a toda prisa de la casa antes de que estos pudieran hacerle alguna
pregunta. Una vez en el jardín sacó su teléfono móvil y escribió un mensaje para su amiga.

SOS. Padres. Estoy contigo. Viendo peli. Mañana te cuento. No llames, no puedo contestar.

Antes de que pudiera guardarlo de nuevo en su bolsillo, Temary contestó:

¿Un chico? ¿Algún lío? ¿Mejor amiga nueva? (Te mataré si se trata de eso). No hagas nada que yo
no haría.

«Menudo consejo», pensó Sakura con los ojos en blanco. No había nada en el mundo que Temary no
se atreviera a hacer. Cruzó el jardín y llegó a la calle. Giró a su izquierda y continuó por la acera.
Intentó no pensar que iba a encontrarse con Sasuke Uchiha después de que se hubieran enrollado
en su habitación. Imposible, era lo único que tenía en la cabeza. Sus manos recorriéndole el cuerpo,
su boca, su lengua, su piel…

Se llevó una mano al pecho, como si así pudiera frenar los latidos de su corazón desbocado. Él le
había dicho que le gustaba, que le gustaba mucho. Hasta se había colado en su cuarto como si tuviera
quince años. Y lo que había pasado entre ellos no era teatro, de eso estaba segura. No es que tuviera
mucha experiencia en esos temas. Con Sai las cosas nunca habían llegado demasiado lejos, pero
sabía reconocer el deseo y Sasuke la deseaba. No pudo evitar sonreír, mientras se preguntaba dónde
estaba su sentido común cuando más lo necesitaba.
El rugido de un motor vibró en el silencio de la calle y unos faros la iluminaron. Parpadeó y pudo ver
el Ford Mustang, con Sasuke dentro. El corazón le saltaba en el pecho mientras abría la portezuela
y se acomodaba en el asiento. Sintió su mirada sobre ella, examinándola de arriba abajo, y

se ruborizó. Lo miró y él le dedicó una sonrisa adorable.

—¿Hora de regreso, toque de queda o algo parecido? —preguntó Sasuke.

—No, ya no soy una cría —le espetó.

—De eso no me cabe la menor duda — susurró él. Le sostuvo la mirada sin dejar de sonreír, pero
sus ojos lo traicionaron y descendieron hacia abajo. Le era imposible dejar de mirarla—. Bien,
vámonos — anunció.

—¿Vas a decirme adónde?

—No —respondió sin más.

Sakura no supo si echarse a reír o enfadarse por ese estilo directo que gastaba el chico. Parecía de
esas personas que sueltan lo que piensan sin más, sin ningún tipo de filtro. Iba a contestarle, cuando
él

deslizó la mano entre sus muslos y la dejó allí, trazando circulitos con el pulgar. Se quedó sin aire.
La pregunta apareció en su mente, pero no se atrevió a formularla. ¿Qué somos, una especie de
pareja, novios secretos...?

Sasuke la miró de reojo mientras conducía. Una sonrisita satisfecha se dibujó en sus labios. Allí la
tenía, toda para él. Si pusiera el mismo empeño en no meterse en líos y en controlar un poco su
carácter, las cosas le irían algo mejor. Ella guardaba silencio y mantenía la vista fija en la carretera.
Su pulgar trazó un nuevo círculo en aquella piel suave. Movió la mano hacia arriba, solo unos
centímetros, y la hundió un poco más, rodeando su muslo con sus largos dedos. Ella se puso tensa,
pero no era el tipo de

tensión que provoca la incomodidad, sino la rigidez que cada músculo de tu cuerpo adquiere cuando
despierta a las sensaciones.

Sakura tragó saliva e intentó controlar los nervios que se habían apoderado de su estómago. No
era la primera vez que un chico le acariciaba las piernas. Apretó los párpados con fuerza. A quién
quería engañar.

Nada de lo que hubiera hecho o sentido con otra persona hasta entonces podía compararse al modo
hiperventilación en el que entraba con Sasuke. «Al cuerno con todo», pensó. En menos de dos meses
iría a la universidad, y él aseguraba que había encontrado la forma de poder verse sin que ella tuviera
que sufrir el escarnio social de convertirse en su juguetito. Algún día moriría, y lo haría sabiendo
que había vivido un verano loco junto al chico más guapo y sexy de todo el planeta Tierra. Al menos
tendría eso.

Tomó aliento y movió la mano. Deslizó los dedos por el brazo que reposaba entre sus piernas y las
separó un poco para tener acceso a su mano. Entrelazó los dedos con los de Sasuke y apretó los
muslos. Cuando levantó los ojos se encontró con su mirada sobre ella. Él también respiraba de forma
acelerada. Saber que lo alteraba del mismo modo la hizo sentir más segura, y apartó la vista con
una sonrisa coqueta.

—¿El barrio? —inquirió, enderezándose en el asiento en cuanto se dio cuenta de dónde estaban.
—Sí —respondió Sasuke.

Sin ganas, sacó la mano de entre sus

piernas para maniobrar por un estrecho callejón que desembocaba a una calle más ancha de
viviendas de dos plantas. Se detuvo frente a una de aquellas casas pintadas de blanco y paró el
motor.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella mientras observaba con atención el edificio.

—En casa de Obito —contestó Sasuke.

Se inclinó hacia ella para mirar por la ventanilla, pero inmediatamente su atención se centró en la
curva de su cuello y en lo bien que olía. Le apartó un largo mechón de pelo que dejó a la vista su
clavícula y la recorrió con los dedos.

—¿Esta es tu solución, la casa de tu amigo? No voy a acostarme contigo, y mucho menos aquí, si es
lo que estás planeando.

Sasuke le tomó el rostro entre las manos y

la miró a los ojos. Su ceño fruncido era adorable.

—Cuando nos acostemos, no será en casa de Obito. Puedo asegurártelo —susurró.

Le rozó el labio inferior con el pulgar. Sakura apenas podía respirar. Había dicho «cuando nos
acostemos» con una seguridad tan rotunda que hasta ella había creído durante un instante que era
algo que pasaría sin remedio. Se inclinó y la besó, y para su sorpresa fue un beso largo y casto en
el que no separó los labios en ningún momento; hasta que los abrió y su lengua dibujó el contorno
de su boca. Sakura se aflojó por completo.

—Tampoco será aquí —dijo él con voz ronca.

Se bajó del coche y ella lo siguió

intentando recuperar el aliento.

—Dime al menos qué hacemos aquí. No veo esa solución por ninguna parte.

Sasuke suspiró. Se detuvo en medio del camino de cemento de la entrada y la abrazó por la cintura.

—El barrio y mis amigos son los únicos que cumplen con todos los puntos de nuestro acuerdo...

—¿Acuerdo? —lo interrumpió Sakura, entornando los ojos.

—Nadie que tú conozcas, y que creas que puede pensar que eres una fulana por salir conmigo, te
verá aquí. Y a mis amigos te aseguro que les importa una mierda que nos liemos o no. —Hizo una
pausa para tomar aire y mirar la casa—. Deja de darle vueltas a esa cabecita buscando pegas, sabes
que tengo razón.

—Eres un prepotente manipulador —dijo ella, pero sabía que Sasuke estaba en lo cierto. Él no tenía
que esconderse de sus amigos para poder estar con ella y nadie que ella conociera podría verla en
un sitio como aquel, porque el barrio los repelía como si fueran imanes de polos opuestos.
—Tú también me gustas —dijo él sobre su oído, y la besó bajo la oreja con un mordisquito. Entrelazó
sus dedos con los de ella y la arrastró al interior de la casa.

22

No me jodas! —soltó Naruto, con la vista clavada en la puerta de la cocina que daba al patio trasero
de la casa.

Todos miraron en la misma dirección y vieron a Sasuke con Sakura Haruno. Se la estaba presentando
a la hermana mayor de Obito y al novio de esta.

—Eso sí que es una sorpresa —dijo Obito, despatarrado en el suelo del patio con Kim sentada entre
sus piernas—. Sabía que le gustaba, pero no que le gustara tanto.

—Hacen buena pareja —indicó Kim. Le dio un trago a su cerveza e inclinó la cabeza para mirarlos
desde otro ángulo.

—Pero ¡qué buena pareja ni qué nada! — exclamó Naruto—. ¿Soy el único que ve que esta historia
no puede funcionar de ninguna manera y que cuando se termine, porque terminará, Sasuke se va a
quedar más jodido de lo que ya está? Vosotros no lo conocéis como yo. No está bien. Y lo de Itachi...
Ni siquiera ha vuelto al cementerio, se comporta como si no hubiera pasado nada. Cuando explote,
Hiroshima será un petardo comparado con él.

Neji apartó la cabeza del cuello de Tente, que estaba sentada a horcajadas sobre él, y le dio un
golpecito a Naruto con el pie.

—Está bien que quieras protegerle, pero es su vida. ¡Pasa del papel de hermano mayor por una
noche, tío, y deja que se divierta!

—Lo que tú digas, Freud —masculló

Naruto.

—El problema de Naru no es esa pija, sino su amiga la rubita... ¿Cómo se llamaba? — comentó Tente.

—Temary —informó Obito.

—Esa tía lo pone de los nervios, y cree que por ser amigas son iguales —continuó Tente—. ¿Os ha
contado que nos encontramos con ella en el centro comercial?

¿No? Fue un encanto, en especial con Naru. — Miró al chico con una sonrisita burlona—. Lo mejor de
todo fue cuando te enseñó el dedo y te sacó la lengua. ¡Está loca por ti!

Naruto se giró hacia ella con los labios apretados.

—No podrías ser más zorra aunque quisieras —le espetó.

Tente hizo el mismo gesto que Temary le había ofrecido un par de días antes.

—Eh, tío, no te pases. Sabes que está de broma —le dijo Neji, acurrucando a su novia sobre su
pecho. Miró a Sakura—. Habría que darle una oportunidad. Y si a Sasuke le gusta...
—Le gusta —aseveró Kim con una risita.

—Yo he hablado un par de veces con ella y no es como esos gilipollas del Club — intervino Obito.

Naruto resopló.

—¡Vale, dejadlo ya! Me dedicaré a beber y mantendré la boca cerrada. Pero os juro que no pienso
despegarme de su culo para ser el primero en decirle «te lo dije».

—Eres un encanto —masculló Kim con tono irónico.

Naruto adoptó su expresión más inocente y alzó su cerveza hacia ella.

—Vamos, Kim, sé que estás loca por mí. Algún día dejarás al corista de Step Up y acabarás conmigo.

—El corista de Step Up sabe moverse muy bien, y no solo cuando baila —dijo Kim, y agitó sus
caderas.

Todos se echaron a reír, incluso Naruto, que se inclinó y besó a Kim en la mejilla mientras ella
arrugaba la nariz con un mohín.

—¿Qué pasa, no puedo dejaros solos sin que os matéis? —preguntó Sasuke con una enorme sonrisa.

Todos alzaron la vista hacia arriba y, en un acuerdo tácito, nadie mostró su sorpresa por que Sakura
estuviera allí.

—¿Qué tal, tío? Pensé que ya no venías —

le saludó Obito.

Sasuke se encogió de hombros.

—Bueno, pasé a buscar a Sakura.

La miró y le dedicó una sonrisa. Ella se la devolvió, pero no pudo disimular que estaba muy nerviosa.
Le puso una mano en la parte baja de la espalda y la acarició para tranquilizarla.

—¡Bienvenida a mi casa! —exclamó el anfitrión.

—Gracias, Obito —repuso Sakura. Notó que se ruborizaba y se alegró de la penumbra que había en
el patio.

—¿Cerveza? —inquirió Naruto, lanzando una mirada cargada de preguntas a Sasuke.

—Estoy harta de cerveza —intervino Kim. Se puso de pie y se sacudió el trasero con las manos—.
¿Quién quiere mojitos? —

Todos levantaron la mano—. ¿Me acompañas? —pidió a Sakura al pasar por su lado.

—¡Claro! —respondió ella.

—Yo también voy —se apuntó Tente, saltando del regazo de su novio.
Juntas entraron en la cocina. Kim despejó parte de la encimera y sacó unos vasos de un estante.
Tente apareció con una bolsa de hielo y unos limones, y empezó a exprimirlos.

Sakura guardó silencio mientras las oía bromear y preparar las bebidas a una velocidad asombrosa.
Miró a su alrededor. La cocina era tan humilde y sencilla como lo que había visto hasta ahora de la
casa, pero tenía un encanto especial. Invitaba a sentirse a gusto.

—Ahora debería decirte eso de... ¡Te lo dije! —comentó Kim a Sakura—. Te dije que Sasuke no
pararía hasta conseguirte y no me equivoqué.

Sakura se sonrojó. Se frotó los brazos y se encogió de hombros sin saber muy bien qué decir.

—Bueno. No es que se dé por vencido a la primera —contestó.

Tente se dio la vuelta para mirarla y se apoyó en la encimera. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo
con cierto desdén.

—Sasuke es un bombón, el premio gordo de la lotería, y es como un hermano para mí.

Has tenido suerte de que se fije en ti, cielo.

Espero que sepas apreciarlo… —Hizo una pausa cargada de intención y entornó los ojos— y que no
le hagas nada que no te gustaría que yo le hiciera a tu hermanito o a tu papá —le espetó, forzando
una sonrisa.

—¡Tente! —la reprendió Kim.

—¿Qué? —soltó la pelirroja—. No soy hipócrita, es lo que pienso. Lo que todos pensamos. Y dicho
esto... ¡Encantada de conocerte!

—No le hagas caso —le dijo Kim a Sakura mientras fulminaba con la mirada a Tente—. Sasuke ya es
mayorcito y sabe lo que hace. Lo que pase entre vosotros es cosa vuestra y de nadie más, ¿vale?

Sakura asintió y le dedicó una sonrisa, agradecida.

—No es tan mala como parece —añadió Kim en voz baja mientras colocaba unas hojas de
hierbabuena en dos vasos y se los entregaba.

—Si tú lo dices —susurró Sakura con serias dudas.

Kim sacudió la cabeza y le guiñó un ojo.

Juntas salieron afuera y cruzaron el patio entre risas. Sasuke se había recostado contra la pared de
madera de una pequeña piscina desmontable. Miró hacia arriba cuando ella se detuvo a su lado y
sonrió suavemente mientras tomaba el vaso que le estaba ofreciendo. Con un gesto la invitó a
sentarse entre sus piernas. Nerviosa, Sakura notó que se sonrojaba y que la temperatura de su
cuerpo aumentaba. Inspiró hondo y trató de controlar los acelerados latidos de su corazón al tiempo
que se sentaba. Apoyó la espalda contra su pecho y la cabeza sobre su hombro. Cerró los ojos un
momento,

encantada con su proximidad.

Sasuke le recogió un mechón detrás de la oreja y le rozó el oído con la nariz.


—Me gusta tenerte así —le susurró.

A ella se le disparó el pulso y se dejó rodear por su brazo, que acabó reposando sobre su estómago
con los dedos trazando líneas bajo su ombligo. Notó que se le erizaba la piel. Allí estaba, acurrucada
entre los brazos de Sasuke tal como había soñado tantas veces. Apenas lograba prestar atención a
nada que no fuera su cuerpo tras el suyo. Cada vez que él se movía para cambiar de posición o se
agitaba por la risa, su corazón latía a un ritmo endemoniado que no podía ser sano. Su voz, su olor,
su calor..., eran de lo más excitante para ella.

—Ni siquiera sé cómo lo hice —explicó Sasuke. Dobló las rodillas y enderezó la espalda. Cogió las
manos de Sakura y entrelazó sus dedos con los de ella de forma distraída—. Solo sé que el coche
salió volando y yo pensé que no íbamos a contarlo. ¡Naruto gritaba como una niñita! — Se echó a
reír con ganas.

—¡Venga ya! No grité —exclamó Naruto con una carcajada socarrona—. ¿De quién fue la idea de
escaparnos por allí? Si no me hubieras hecho caso, nos habría cogido la pasma. Aunque el que sí que
nos trincó fue mi padre. Nos tuvo trabajando toda una semana en el desguace.

Sasuke se echó a reír de nuevo y Sakura se contagió de su risa. Sabía que estaban hablando de
carreras ilegales, recordando cosas que habían pasado antes de que él se marchara. Eran como niños
pequeños contando sus travesuras, y no los delitos que realmente eran. Se fijó en sus caras. No
había maldad en aquellos recuerdos, solo la irresponsabilidad de unos adolescentes que se creían
por encima de las normas.

Continuó escuchando sus batallitas y bromas, acunada entre aquellos fuertes brazos. Algo estaba
despertando dentro de ella. Sasuke no solo la atraía físicamente, empezaba a gustarle de verdad.
Viéndole allí entre sus amigos, relajado en su ambiente, estaba conociendo una parte del chico que
no esperaba. De repente, él se puso tenso, con la vista clavada en la casa. Saku miró en la misma
dirección y el color abandonó su rostro. Karin venía hacia el grupo.

—¡Joder! —masculló Obito, y sus ojos volaron hasta Sasuke—. Creí que no iba a venir —se disculpó.
Entonces miró a Sakura—. Lo siento.

—No pasa nada —dijo Sasuke. Acercó su boca al oído de Sakura—. Lo siento. Si te hace sentir
incómoda y quieres que nos vayamos, solo dímelo. Te traje porque estaba seguro de que ella no iba
a estar.

¡Vaya mierda! —musitó mientras se pasaba una mano por el pelo.

—¡Hola! —saludó Karin con una sonrisa que desapareció de su cara en cuanto vio a la parejita. Sus
ojos evaluaron la situación. La niña rica entre las piernas de su exnovio, mientras él la abrazaba con
una intimidad que era difícil de ignorar.

Aquella mirada asesina hizo que Sakura se enfadara. Pero ¿qué se creía aquella arpía para actuar
como una novia celosa?

—Estoy bien, no quiero irme —susurró, inclinando la cabeza para que solo él pudiera oírla.

Sasuke sonrió y le tomó la barbilla entre los dedos. Se inclinó y la besó con lentitud. Su boca sabía
a alcohol y a menta, deliciosa. Sakura soltó un gemido que acabó ahogado en sus labios. Cuando
logró separarse de él, Karin ya no estaba.

—Vale. Necesito ir al baño. ¿Te importa que te deje sola cinco segundos? —preguntó Sasuke al cabo
de unos minutos.
Ella negó con la cabeza y se apartó para que él pudiera levantarse. Lo contempló mientras se alejaba.
El movimiento de su espalda y sus caderas era el más masculino y sexy que jamás había visto.
Derretirse era obligado con semejante regalo del universo. Se ruborizó al darse cuenta de que todos
la miraban. Naruto se inclinó sobre ella.

—Me gusta cómo sonríe cuando está contigo. A lo mejor hasta acabas cayéndome bien.

Sakura le sostuvo la mirada.

—Te llevo ventaja, tú ya me caes bien — murmuró.

Los ojos de Naruto se abrieron como platos y poco a poco una sonrisa se le dibujó en la cara. Le
rodeó los hombros con el brazo y chocó su vaso con el de ella.

—Por las nuevas amigas —dijo.

Sakura se echó a reír y dio un largo trago a su bebida.

—Yo quitaría ese brazo de ahí antes de que Sasuke regrese y te lo ampute —comentó Obito.

Naruto aceptó la sugerencia, lanzando una mirada fugaz a la casa, y apartó su brazo. Sakura frunció
el ceño. Bromeaban, ¿verdad?
23

Sasuke salió del baño secándose las manos en los pantalones. Le dolía la cara por la estúpida
sonrisa que llevaba en ella toda la noche. La culpa la tenía una preciosidad de piernas largas y melena
de color caramelo que no le convenía, y de la que no podía apartar las manos. Pero ¿cómo iba a
hacerlo con ese cuerpo de escándalo? Además, era divertida y tenía carácter. No era una de esas
chicas que se pasan todo el día asintiendo y sonriendo mientras aletean sus pestañas. No soportaba
esa actitud.

—Así que al final has metido a la niña rica en tu cama. ¿Es lo que esperabas o es

tan mojigata como parece?

Sasuke apretó los párpados antes de darse la vuelta y enfrentarse a Karin. La encontró sentada en
un taburete, junto a la nevera, con un vaso de zumo en la mano.

¡Qué raro, no solía bajar del tequila!

—Kari, por favor. No quiero discutir contigo.

—Tranquilo, no he venido para eso. Sasuke alzó los brazos, exasperado.

—Entonces, ¿a qué has venido?

La mirada asesina de la chica había pasado a ser fulminante.

—No olvides que también son mis amigos, mi familia al igual que la tuya. Y no solo eso. Yo he estado
aquí con ellos estos cuatro años. Tú no.

Sasuke apretó los labios, encajando el duro golpe. Eso se lo había merecido.

—Tienes razón, lo siento —le espetó, embutiendo las manos en sus tejanos.

—Más te vale sentirlo. Este es mi sitio, siempre lo ha sido. No soy yo la que sobra aquí.

Se quedaron mirándose fijamente. De repente él estalló.

—Lo siento, ¿vale? Siento haberme ido, siento no haber vuelto y siento no seguir enamorado de ti.
Soy un gilipollas por no haberte valorado como debías. ¿Eso es lo que querías oír? Pues ya lo he
dicho y soy sincero. Pero las cosas son así. Ella me gusta, me gusta mucho, y no sé por qué, ¿vale?

Alzó los brazos con actitud de derrota, y añadió:

—Deberías estarle agradecida por haberte quitado de encima al cabrón más grande de todos los
tiempos. Cuando vuelva a cagarla, será con ella, no contigo.

Los ojos de Karin brillaron, se llevó la mano a la boca y empezó a llorar.

—¡Joder, Kari, sabes que no puedo verte llorar! —musitó Sasuke, acortando con dos zancadas la
distancia entre ellos.
—¡No es por ti! —dijo ella en un susurro —. Estoy embarazada, Sasuke. Dios, estoy embarazada y
ni siquiera sé cuidar de mí misma.

Él se quedó de piedra. La miró, y el hecho de tomar conciencia de algo así le costó unos momentos.
Las risas y los gritos en el patio sonaban altos y claros. Tomó a Kari del brazo y la sacó de allí. Aquel
asunto

había pasado de ser privado a ser completamente confidencial y restringido. La llevó hasta la pequeña
sala de estar. La televisión estaba encendida pero no había nadie.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído —respondió ella. Se limpió con las manos las lágrimas que resbalaban por sus
mejillas sin control—. Estoy embarazada de siete semanas.

Sasuke se llevó las manos a la cabeza y enredó los dedos en su pelo desgreñado.

—Vale... ¿Y cómo...? ¡Mierda! —La miró a los ojos—. ¿Quién es el padre?

Ella forzó una carcajada seca. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—¿Tú qué crees? En los últimos dos meses no he estado con nadie más.

Sasuke no necesitó pensar mucho. Soltó un puñetazo al aire y unas cuantas maldiciones.

—¿Y cómo, nena? ¿Qué falló, la píldora, los condones? —inquirió, más alterado de lo que quería. Un
bebé, y del gilipollas de Sai Tucker, era lo último que Kari necesitaba. Ella apartó la vista,
avergonzada

—. ¡Joder! ¿En qué demonios pensabas? Tú no eres estúpida, Kari.

Estaba gritando sin darse cuenta. Que no estuviera enamorado de ella no significaba que no la
quisiera. Por encima de todo era su amiga, le importaba, y cuando algo le importaba demasiado, el
miedo le hacía comportarse como un idiota. Ella se echó a llorar de nuevo y se abrazó los codos,
ocultando su rostro tras su larga melena oscura.

Sasuke se arrepintió de inmediato de su salida de tono.

—Lo siento, nena, lo siento. No quería gritarte. —La abrazó con fuerza y la besó en la coronilla—. Es
que estoy cabreado con ese capullo. Era su obligación. Un tío debe preocuparse de esas cosas antes
de hacerlo —maldijo entre dientes—. Vale, perdona, me estoy pasando.

—Tienes razón, fui estúpida. No sé cómo me acosté con él sin protección.

—Voy a hablar con ese imbécil — masculló Sasuke, mientras le acariciaba la espalda de arriba abajo.

Karin se estremeció y sacudió la cabeza contra su pecho.

—No, no quiero que te metas. Esto es cosa mía. Yo hablaré con él.

—¿Estás segura? No me importaría tener esa conversación con el niño bonito.

—Por favor, Sasuke. No te metas en esto. Al menos de momento. Por favor —suplicó ella.
Él le tomó el rostro entre las manos y la miró a los ojos. Le limpió un par de lágrimas de las mejillas
con los pulgares.

—Vale. ¿Has pensado qué vas a hacer?

—Aún no —suspiró Kari—. Necesito pensar con calma en todo esto. Le he pedido unos días a Chad
en el bar. Quizá vaya a visitar a mi abuela.

Sasuke la abrazó de nuevo.

—De acuerdo. Ya sabes que estoy aquí, preciosa. Puedes contar conmigo, para lo que sea.

Ella apretó los puños, estrujándole la camiseta

—No se lo digas a nadie, por favor —le suplicó.

—Claro que no. Será nuestro secreto hasta que tú decidas —aseguró Sasuke. Se apartó y le tomó el
rostro entre las manos. Después la besó en la frente con ternura. ¡Jodido Tucker! Más le valía no
cruzarse en su camino, o si no...

—¡Eh, tortolito!

Sasuke se giró hacia Naruto, que estaba apoyado contra la jamba de la puerta.

—¿Qué pasa?

Naruto se encogió de hombros.

—Nada, solo pensé que querrías saber que Sakura acaba de largarse.

—¡¿Qué?! ¿Por qué? —preguntó con un vuelco en el estómago.

—No sé, puede que sea porque acaba de verte abrazado a tu exnovia en una situación un poco
extraña, ¿no?

Sasuke se puso pálido y se pasó las manos por el pelo.

—¡Joder! —gruñó—. No es lo que parece —le espetó a Naruto al pasar por su lado.

—¡Eh, no mates al mensajero! —exclamó este, alzando las manos.

Sasuke salió corriendo de la casa como alma que lleva el diablo. Al llegar a la acera se detuvo un
segundo, intentando averiguar qué dirección habría tomado Sakura. Si tenía un mínimo de sentido
de la orientación, seguro que iría hacia el norte, hacia su casa, aunque la colina se encontraba a
varios kilómetros de allí. Se la jugó a esa carta y echó a correr. Dobló la esquina, deslizándose sobre
sus Converse negras, que emitieron un desagradable chirrido. Un suspiro de alivio escapó de su
garganta cuando la localizó unos metros por delante. Corrió tras ella.

—Eh —llamó con la respiración entrecortada—. Eh, princesa.

Ella lo miró por encima de su hombro sin dejar de caminar. Su mirada era afilada como un cuchillo
y tenía las mejillas rojas y brillantes.
—Si vuelves a llamarme princesa, te saco los ojos —le espetó hecha una furia.

Sasuke vaciló un instante, sorprendido.

Ángel cero, demonio a tope.

—Sak, por favor, lo que has visto no era lo que parecía… —trató de explicarle.

—¿Ah, no? Si tú me hubieras encontrado

así con Sai, ¿cómo te lo habrías tomado?

—preguntó Sakura con desdén.

«Ahora el capullo tendría un par de piernas rotas y unos cuantos dientes menos», pensó él.

—Dejaría que te explicaras —respondió con toda la sinceridad que pudo aparentar. Iba a darle alcance
cuando ella se giró de pronto.

—No te me acerques, Uchiha —le advirtió, apuntándole con el dedo. Su irritación aumentó—. Lárgate.

—Vamos, Sak, no puedes ir sola por este barrio. Se ve de lejos que no eres de aquí.

Un coche que pasaba disminuyó la velocidad y un tipo bastante borracho asomó medio cuerpo por la
ventanilla.

—¡Eh, preciosa! ¿Necesitas que lleve tu bonito trasero a alguna parte? —gritó con la voz vacilante.

—Tú, gilipollas, sigue circulando si no quieres que te parta la cara —lo amenazó Sasuke.

El tipo pestañeó y se fijó en Sasuke. Sus ojos se abrieron como platos y su expresión se transformó.
Lo que quiera que hubiera tomado se le bajó a los pies.

—Uchiha, tío, no sabía que era tu chica.

Lo siento mucho.

—Lárgate.

—Lo siento, tío —volvió a disculparse mientras se alejaba.

Sasuke tuvo que apretar el paso, Sakura se alejaba de él por momentos. Con un suspiro de
exasperación, trotó hasta pegarse a su espalda.

—Sak, deja que te explique —le rogó.

—No soy tu chica para que montes esos numeritos de novio posesivo.

Sasuke suspiró. ¡Menudo carácter!

—No estaba pasando nada. Ella es mi amiga, ya te lo dije, solo eso. Le ha ocurrido algo y me lo
estaba contando. Tiene problemas muy serios. Está jodida de verdad.
Sakura soltó una carcajada y lo miró por encima del hombro.

—Ya, y supongo que quería que tú la jodieras un poco más —soltó sin pensar.

Sasuke tuvo que apretar los labios para no echarse a reír. Dios, le encantaba Sakura, hasta cuando
se enfadaba de aquella forma que la hacía parecer una psicópata.

La agarró por la muñeca y la obligó a detenerse. Ella lo empujó y se zafó de su mano.

—¡No me toques!

—Nena, aunque esa hubiera sido su intención, no tenía nada que hacer. No me interesa —suspiró
exasperado. Intentó abrazarla.

—¡Que no me toques! ¿Estás sordo o qué?

Estaba tan enfadada que solo tenía ganas de abofetearlo. Los celos la consumían. Ni siquiera sabía
que una persona pudiera sentirse como ella se sentía en ese momento.

Le ardía todo el cuerpo y no conseguía respirar con normalidad, solo resoplar. Sasuke no cejó
en su empeño, y su enfado también aumentaba por momentos.

—Vale, no te tocaré. Pero detente y aclaremos este asunto —pidió, armándose

de paciencia.

—¡No! Me largo a casa.

—¡No puedes irte a casa andando, no es seguro! —le dijo con tono hosco. Las cosas se estaban
desmadrando.

Sakura lo miró furiosa

—¿No? Pues mira cómo lo hago. —Echó a andar.

Sasuke la observó alejarse unos metros. Alta, esbelta, más que guapa era perfecta; y la forma en la
que sus caderas se contoneaban debería estar prohibida por riesgo de infarto. La siguió, y cuando la
alcanzó la sujetó por el brazo para detenerla y obligarla a que se diera la vuelta.

—¡Sak!

Ella le apartó la mano de un manotazo, furiosa.

—Por Dios, ¿quieres dejarme en paz?

¿Por qué no vuelves con ella?

—Porque ella no me interesa —replicó Sasuke.

—Eres idiota si crees que voy a tragármelo.

Sasuke la sujetó con fuerza por el brazo, sin intención de soltarla por mucho que se resistiera.
—Escucha, mientras estés tú, solo serás tú. Te lo juro por... por... Te lo juro por mi madre. —Su voz
adquirió un tono suplicante, parecía un niño pequeño. Ella lo miró con los labios apretados y sin pinta
de ceder. Sasuke alzó los brazos y suspiró, haciendo acopio de paciencia—. Estás enfadada conmigo.
Vale, lo entiendo. Intento ponerme en tu lugar y entender lo que has visto.

Ella lo fulminaba con la mirada; y él se la sostuvo entre furioso y contenido.

—¿Qué tengo que hacer para que me perdones? ¿Quieres gritarme? ¿Quieres pegarme? Si eso te va
a hacer sentirte mejor, adelante.

La bofetada lo pilló por sorpresa. Se llevó la mano a la mandíbula con un gesto de dolor. La masajeó
y un quejido escapó de su garganta. Entornó los ojos. Empezó a encenderse, aunque no sabía muy
bien en qué sentido. A la mierda la paciencia. Dio un paso amenazador hacia ella.

—¿Te sientes mejor? —masculló Sasuke con un tono alarmantemente bajo.

—La verdad es que sí. —Y era cierto. Nunca le había pegado a nadie, pero Sasuke había logrado
sacarla de sus casillas.

—Me alegro...

—¿Sí? —lo cuestionó Sakura en tono burlón.

—Sí, porque ahora me toca a mí.

Los ojos de ella se abrieron como platos.

—¿Vas a pegarme? —preguntó asustada.

Sasuke negó con la cabeza y sus ojos brillaron con malicia tras sus espesas pestañas. La agarró por
los hombros y tiró de ella. Sakura lo apartó, pero Sasuke volvió a arrastrarla hacia él. Tomó con
ambas manos su rostro y la atrajo con brusquedad. Le cubrió los labios con su boca, respirando con
dificultad. Sakura continuaba resistiéndose. La abrazó por la cintura y oprimió sus labios contra los
de ella con más fuerza. Con su cuerpo la empujó hasta dejarla contra la pared. De su

pecho surgió un sonido mitad gemido mitad gruñido. La besó con más intensidad, abriéndole los
labios con su lengua casi a la fuerza.

Sakura cedió y lo recibió con un sonido de lo más sensual. Gimió al sentir su contacto, su sabor. Sus
manos se aferraron a sus hombros, descendieron por sus brazos y acabaron en sus caderas, tirando
de él para sentirlo más cerca.

Sasuke se apretó contra ella y gruñó casi sin aliento. La tomó por las mejillas y echó la cabeza hacia
atrás para mirarla. Apenas podía respirar y jadeaba con los labios rozando los de ella. En sus ojos
ardía un fuego capaz de consumirlos a los dos.

—¿Por qué te resistes tanto conmigo? Sé que estás loca por mí, tanto como yo por ti —susurró
Sasuke, tirando de su labio inferior con un mordisquito.

Sakura le colocó las manos en el pecho e intentó apartarlo. No pudo, era como mover un bloque de
una tonelada.
—Tienes una tendencia preocupante a invadir el espacio de los demás —dijo sin aire en los pulmones.
El corazón se le iba a salir por la boca. Cada vez que él le rozaba el cuerpo podía sentir cómo se
incendiaba un poco más, y una deliciosa tortura se apoderó de su vientre.

—Solo el tuyo —contestó Sasuke con una sonrisa torcida. Sus manos, a ambos lados de la pared,
se deslizaron hasta la altura de sus caderas—. Contesta —pidió muy serio.

—No me resisto.

—Sí lo haces, es lo único que haces. Das

un paso hacia mí e inmediatamente retrocedes tres. Y como juego está bien, pero creo que esa parte
ya la hemos dejado atrás esta noche y que estamos en el siguiente nivel. —Acercó la boca a la de
ella y deslizó la lengua sobre su labio inferior mientras colaba la mano bajo su camiseta, rozándole
el estómago.

Ella se estremeció y la temperatura de su piel aumentó.

—¿Y qué nivel es ese? —preguntó Sakura, sin poder apartar la vista de sus labios. Tenían sobre ella
un poder fascinante. Sin darse cuenta se inclinó hacia delante, buscándolos, pero él retrocedió y
sonrió, provocándola.

—El nivel en el que deberíamos aflojar un poco esta tensión que hay entre tú y yo, porque a mí me
está volviendo loco — masculló.

Apoyó su frente en la de ella. Cerró los ojos y aspiró el olor de su perfume. Sakura volvió a buscar
sus labios y esta vez dejó que llegara hasta ellos. Apenas se rozaron, tentándose el uno al otro.

—Vale —respondió ella, temblando de pies a cabeza.

—Vale, ¿qué?

Sakura cerró los ojos y enredó los dedos en su cabello mientras él la besaba en el cuello y con la
lengua trazaba el hueco bajo su oreja. Contuvo el aliento al sentir la mano de Sasuke ascendiendo
bajo su ropa, acariciándole con las puntas de los dedos el abdomen. Le rozó la curva del pecho por
encima del sujetador y se le doblaron las

rodillas.

—¿Qué? —insistió Sasuke. Sakura se apretó contra él.

—Siguiente nivel —murmuró.

Sasuke dejó de pensar. La cogió por las caderas y la levantó del suelo. Sakura enlazó las piernas a
su cintura y se aferró a su nuca.

Se apretó contra ella y la besó con vehemencia. Ella buscó el borde de su camiseta y tiró hacia arriba
para acariciar la piel del estómago y la espalda. Ese gesto aumentó su necesidad.

Sakura no podía pensar. Entre sus brazos solo era un cuerpo incapaz de controlar todas las
sensaciones que la devoraban. Apretó las piernas con más fuerza y él se estremeció empujándola
con las caderas contra la pared.

Una vez y otra,


más rápido, más fuerte. Notó la presión que había tras los pantalones del chico en el centro de sus
muslos. Duro y rígido, y no se molestaba en ocultarlo. Él volvió a estrujar sus caderas contra las de
ella y un gemido de sorpresa escapó de los labios de Sakura. Fue un gesto infantil pero no pudo
evitarlo.

Sasuke se detuvo y la miró con atención. Se movió en círculos sobre su centro y ella se ruborizó
hasta que sus mejillas adquirieron un tono escarlata, irradiando calor. Si tenía alguna sospecha sobre
la inocencia de la chica, esta acababa de disiparse. Bajó la cabeza y escondió el rostro en su cuello.
Sonrió para sí mismo, sin dar crédito a la situación. Jamás lo habría imaginado, y menos sabiendo
que ella había estado saliendo durante todo un año con Sai.

Respiró hondo y trató de controlarse, aunque estaba seguro de que aquella erección no bajaría en
horas.

—Vamos a dejarlo aquí, ¿vale? Y a partir de ahora iremos un poco más despacio.

—¿Por qué? —susurró Sakura. No lograba que el aire llegara a sus pulmones.

—Solo si tú quieres, princesa. Tú mandas y yo obedezco, pero en otro momento. Ahora voy a llevarte
a casa...

«Porque si no acabaré por llevarte a la mía», pensó mientras cerraba los ojos para no mirarla. La
dejó en el suelo con cuidado.

—Has dicho que yo mando. ¿Y si no quiero dejarlo aquí? —preguntó Sakura.

No quería parecer tan desesperada, pero la adrenalina que le corría por las venas le había nublado
completamente el juicio y,

ahora que sus brazos no la tocaban, sentía como si le hubieran arrancado un trozo del cuerpo que
solo Sasuke pudiera llenar. Cinco minutos de besos y caricias, y ya era adicta a él.

—También he dicho que en otro momento —replicó Sasuke con voz firme, aunque sus pupilas, aún
dilatadas por la excitación, lo traicionaban.

—¿Qué te pasa?

Sasuke se pasó una mano por la cara y suspiró sin apenas aliento.

—¿Que qué me pasa? ¡Eres virgen, Sak!

Los ojos de la chica se abrieron de par en par y volvió a ruborizarse.

—¿Cómo lo sabes?

—Llámalo intuición —respondió él con una sonrisa—. Mira, no soy tan canalla como para
aprovecharme de la situación y hacerte el amor en un callejón o en mi coche. ¡Te deseo mucho! Pero
voy a echar el freno — dijo con toda la seguridad que logró reunir, aunque más para convencerse a
sí mismo que a ella.

—¿Solo el freno o vas a aparcar para siempre?


Sasuke la miró fijamente y su cara se transformó con una sonrisa oscura. Alargó una mano y tomó
uno de sus sedosos mechones de pelo. Dejó que se deslizara entre sus dedos. ¿Aparcar para siempre?
Ni de coña.

—No soy tan bueno como crees, Sak. Ni siquiera la mitad de bueno. Solo voy a bajar las revoluciones
para no estrellarnos. Ten por seguro que me encargaré de que

acabemos esto. —La besó, mientras deslizaba las manos hasta su trasero. La apretó contra su cuerpo
y ella notó que seguía tan dispuesto como antes—. No pienso en otra cosa desde que te saqué a
rastras del bar aquella noche.
24

Espero que la emergencia sea por algo así como el fin del mundo, un meteorito a punto de estrellarse
contra la Tierra, o que Ryan Guzmán esté escondido en tu habitación, esperándome desnudo para el
mejor polvo de mi vida. Porque si no, voy a matarte — masculló Temary, mientras tiraba su bolso
sobre la cama de Saku.

—Es importante.

—Eso espero. Me has sacado de la cama y me has hecho venir hasta aquí después de medianoche.
¡Ya sabes lo que me cuesta volver a dormir una vez que me despierto!

—Necesito hablar contigo... de sexo. Tú tienes experiencia, bastante, y solo puedo hablar de esto
contigo —dijo Saku con cara de gatito abandonado.

Los ojos de Temary se abrieron como platos. Se sentó en la cama y cruzó una pierna sobre la otra,
entrelazando los dedos de sus manos sobre la rodilla. Le encantaba adoptar el papel de terapeuta.

—¡Esto sí que es una emergencia! — exclamó con una sonrisita—. Espera, tenemos que prepararnos.
Chocolate, gominolas y una botella de algo fuerte.

Volaron hasta la cocina, y cinco minutos después habían montado sobre la alfombra del cuarto un
picnic a base de azúcar y alcohol. Temary descorchó una botella de vino dulce y sirvió dos vasos,
pasó uno a su amiga y dio un sorbito al otro.

—Bien, suéltalo, con quién lo has hecho. Y espero no oír el nombre maldito, por favor, por favor... —
susurró con los ojos cerrados.

—No lo he hecho con nadie. Aunque no ha sido por falta de ganas. ¡Por Dios, Temary, estoy hecha
un lío!

—¿Todo esto tiene que ver con tu salida secreta de esta noche?

—He salido con Sasuke Uchiha.

Temary se atragantó con el vino y empezó a toser. Tuvo que dejar el vaso en el suelo y alzar los
brazos por encima de su cabeza para que el aire llegara a sus pulmones. Cuando superó el ataque,
agarró el vaso y se lo bebió de un trago sin apartar los ojos de los de su amiga.

—Cuéntamelo todo —suplicó.

—Ya sabes que trabaja aquí y que nos vemos casi a diario. Pero también nos hemos encontrado un
par de veces en la calle y... bueno... Entre nosotros parece que hay química...

—Lo que hay entre vosotros es la energía de una supernova, nena. Emitís radiaciones nocivas para
el resto de humanos sin pareja —se burló Temary entre risas.

—¿Tanto se nota? —preguntó Sakura. Temary asintió con una sonrisa tonta en la cara—. Vale,
resumiendo. Esta noche vino a buscarme y acabé yendo con él hasta el barrio, a casa de uno de sus
amigos. Una cosa llevó a la otra, discutimos, le di un bofetón y acabamos enrollándonos en la calle.
Perdí el control por completo, Tema — suspiró, con una mirada que suplicaba
comprensión—. Me dejé llevar como nunca creí que lo haría. Pero con él es tan fácil dejar de pensar
y... Lo que me hace sentir es tan intenso que dejo de ser yo.

Temary puso los ojos en blanco y después levantó las cejas.

—Eso no es malo, Saku. Es natural cuando das con un chico que te gusta y que logra encenderte con
una mirada. Y Sasuke está tan bueno que es imposible no ponerse a jadear con solo mirarle.

Sakura dobló las rodillas y se inclinó hacia delante.

—¡Tema, estábamos en medio de la calle! Si me hubiera pedido que me desnudara lo habría hecho
sin pensar. Si él no llega a detenerse, lo habría hecho allí mismo, lo sé, y eso me asusta.

—¿Él puso el freno? —se extrañó Temary con los ojos como platos. Sakura asintió —. ¿Qué pasó?
¿Os pillaron?

—No, se dio cuenta de que soy virgen.

Temary se atragantó con un trozo de regaliz.

—¿Me estás diciendo que un tío como Sasuke, con una virgen más que dispuesta, cortó el rollo? —
casi gritó. Sakura volvió a asentir. Tenía la boca llena de chocolate que no dejaba de comer de forma
compulsiva—. Nena, tú le gustas de verdad a ese chico. Pero ¿cómo se dio cuenta si no te quitaste
la ropa?

Sakura se cubrió las mejillas con las manos. Le brillaban los ojos por culpa del vino y la vergüenza.

—Estábamos allí, besándonos y acariciándonos, y él... Su... —Empezó a mover las manos sin control,
intentando describir con ellas lo que no era capaz de decir con palabras—. Se apretó contra mí... Y
yo... Bueno, aquello era tan... ¡Uf!... ¡Ay! Es que… No me lo esperaba y él se dio cuenta.

Temary se echó a reír con ganas. No podía parar. Sakura se quedó mirándola y también se echó a
reír.

—A ver si lo he entendido. —Temary hipó, con lágrimas en los ojos—. ¿Te asustaste al notar que
estaba excitado? ¿Tan cerca estuvo?

—Asustada no es la palabra —dijo Sakura entre risas—. Y sí, estaba tan cerca que pensé que la tela
de mis pantalones iba a fundirse.

Fue alucinante,

Tema. Es solo que no me sentí como esperaba.

—Por Dios, Saku, ¿me estás diciendo que, a punto de cumplir los diecinueve, nunca has tenido la
polla de un chico entre las piernas?

Sakura le dio un manotazo y Tema puso los ojos en blanco.

—Rectifico: erección, verga, miembro, estaca…

Esta vez fue Sakura la que puso los ojos en blanco.

—¡No! Sabes que soy virgen.


—Sí, cariño, pero... Un chico y una chica pueden estar muyyyyy cerca y pasarlo bien sin llegar a
hacerlo. ¿Me entiendes? — preguntó mientras friccionaba sus dedos índices.

Sakura se puso colorada.

—Tema, nunca he tocado así a un chico — respondió entre risas.

—¿Ni un pequeño frote de nada? — sondeó Temary con chispitas en los ojos.

Sakura negó con la cabeza y apretó los labios para dejar de reír. Aquel vino era una bomba. Temary
soltó otra carcajada.

—¿Y qué has hecho con Sai durante todo un año?

—Nunca le dejé que llegara tan lejos. ¿Lo entiendes ahora? Con él nunca pude, es más, solo pensar
en su... —Puso cara de asco— cosita frotándose contra mí me daba grima. Y esta noche, con Sasuke,
bueno... ¡Ha sido una sensación tan intensa! Esperaba sentir vergüenza, pero no... Sentir su... —No
podía contener la risa viendo la cara alucinada de Temary—. Y menuda... ¡Uf!

A Temary se le escapó otra carcajada.

—¿Y cómo sabes que era tan «uff» si estuvo todo el rato dentro de sus pantalones?

Sakura se cubrió las mejillas con las manos.

—Por favor, no me hagas responder a eso, estoy demasiado borracha. Lo único que sé es que, en
cuanto ocupamos el mismo espacio, no podemos dejar de tocarnos. Me asusta un poco sentirme así,
porque jamás pensé que se pudiera desear tanto a alguien. Y darme cuenta de que no soy capaz de
controlarme, hace que me pregunte si no me arrepentiré más adelante.

Se quedaron mirando el techo, con una sonrisa en la cara. Temary giró el rostro para mirarla.

—Si haces algo porque te apetece o lo deseas, no tienes por qué arrepentirte. Ese chico ya te gustaba
en el instituto. Es como si estuviera escrito. Aprovecha que él siente lo mismo, disfruta del momento
y el tiempo se encargará del resto. No hay nada malo en una relación basada en el sexo, sobre todo
si ese sexo es fantástico. Solo voy a darte un consejo, más bien una norma: no lo compliques
enamorándote si no estás segura de que en ese sentido va a funcionar.

—No tengo intención de enamorarme. Sé que no saldría bien. Solo serán unas semanas, él regresará
a Santa Fe y yo iré a Columbia. Y todo esto será un recuerdo.

—Pero uno de los buenos —señaló

Temary en tono travieso.

—De los mejores —susurró Sakura, mordiéndose el labio para reprimir el calor que le envolvía el
estómago al pensar en él.

—¿Puedo hacerte una pregunta incómoda?

—tanteó Temary de repente.

—Ya sabes que sí.


—¿Por qué estabas tan dolida con Sai por los cuernos que te puso, si está claro que nunca has estado
enamorada de él?

Sakura suspiró. Buena pregunta.

—En ese momento pensaba que sí, que le quería. Pero ahora sé que no. Ni uno solo de sus besos me
hizo sentir lo que Sasuke con solo mirarme. Pero confiaba ciegamente en él y me engañó. Creo que
lo que me duele es el hecho de que me traicionara, no el motivo por el que lo hizo.

—Nunca me gustó ese idiota. Nunca entendí qué veías en él —dijo Temary más

para sí misma que para su amiga. Se puso de pie y fue hasta la cama, se dejó caer en las sábanas y
se acurrucó.

Sakura la imitó y se tumbó a su lado con las rodillas en el pecho. Cara a cara se sonrieron,
adormecidas.

—¿Y qué opinas de Sasuke? Temary se encogió de hombros.

—Que sabe quién es, de dónde viene y adónde va. No aparenta ser otra cosa. Me gustan las personas
así. Sabes qué esperar de ellas porque te lo dejan clarito desde el principio. —Sus ojos brillaron con
emoción —. Hazme caso, Saku. No dejes que Sasuke te rompa el corazón si no está dispuesto a
sacrificar el suyo. Después no podrás recomponerlo.

Sakura sostuvo la mirada de su amiga.


—¿Por eso no has vuelto a salir con nadie más después de él?

Temary suspiró y volvió a mirar el techo como si fuera algo fascinante.

—Eric era mi Sasuke. Era guapísimo. Dos metros de músculos de acero y un trasero perfecto. A mí
no se me fundían los pantalones cuando lo tenía cerca, se me fundían los huesos, y acabó por
derretirme el corazón. Me lo dejó muy claro desde un principio. Siempre supe lo que había, que se
iría a la Marina y sin cuentas pendientes. ¡Vive el momento, nena!, me decía. Pero bajé la
guardia y me enamoré. ¡Qué le voy a hacer, me encantan los chicos malos! Y Eric era, con diferencia,
el peor de todos. — Agarró la mano de Saku y le dio un apretón

—. Sasuke es igual. Los tíos así están cortados por el mismo patrón: una vida de mierda,
muchos problemas y se largan cuando menos te lo esperas.

La cortina ondeaba dentro del cuarto, sacudida por la ligera brisa que se colaba por la ventana
entreabierta. Afuera el silencio era sepulcral, menos por un sonido seco y repetitivo. Sakura abrió los
ojos y se quedó mirando el techo. Tenía un sabor horrible en la boca y notaba la lengua como si la
tuviera dormida.

Se puso en pie y se mareó tanto que tuvo que agarrarse a la columna de la cama para no caerse de
bruces. Temary dormía a pierna suelta despatarrada sobre las sábanas, con el rostro cubierto por su
rubia melena que, bajo los rayos de sol que la bañaban, parecía casi blanca. Sonrió y pensó que
deberían dejar los picnics nocturnos durante un tiempo. Cada una de aquellas resacas debía acabar
con millones de sus neuronas, y las iban a necesitar todas cuando comenzara el curso universitario.

Se acercó a la ventana con disimulo y su corazón comenzó a acelerarse hasta dar saltos en el
momento que lo divisó. Uno a uno, los síntomas de la noche anterior se sucedieron en su cuerpo:
escalofríos, palpitaciones, falta de aire y fiebre, mucha fiebre. Sasuke era el virus que la hacía
enfermar y no había medicinas que pudieran curarla; y de haberlas, no las querría. No había mejor
muerte que consumirse por él. Apoyó la frente en el cristal. Estaba

perdiendo la cabeza.

Dio un respingo al ver que Sasuke estaba bajando del tejado. Corrió al baño, agarró una botella de
enjuague bucal y tomó un buen trago. Lo agitó en su boca mientras volvía al cuarto. Entre saltitos y
contoneos y algún tropezón, logró quitarse los shorts y la camiseta con los que se había quedado
dormida. Cogió su pijama e intentó ponérselo con el mismo baile frenético. Su brazo y su cabeza se
atascaron en la estrecha blusa y trastabilló, chocando contra el armario.

Temary gruñó y alzó la cabeza con los ojos entornados.

—¿Qué haces?

—Vestirme.

Y al hablar se tragó el enjuague. Empezó a toser medio ahogada.

—¡Pero si te estás poniendo el pijama!

—Bueno... sí... ¡Duérmete!


—¿Cómo? No paras de moverte y de hacer ruidos raros. ¿Sabes que estás rompiendo una de las
normas vitales para cuando tienes resaca? Dormir hasta mediodía —murmuró Temary, hundiendo
la cara en la almohada. La alzó de nuevo—. No me lo digas. Mister Uff está abajo.

—¡No lo llames así! —exclamó Saku entre risas. Logró ponerse la parte de arriba y corrió a la puerta.

—Entonces, ¿cómo? ¿Semental? —gritó Temary a la puerta que acababa de cerrarse. Gimió por el
dolor de cabeza que le taladraba las sienes—. Al menos finge que no estás desesperada.

Sakura bajó las escaleras de dos en dos, rezando para que Sasuke hubiera abandonado el tejado
para ir a buscar una de sus botellas de agua fría. Se precipitó a la cocina justo cuando una sombra
alargada se encaminaba a la puerta de cristal del porche. Agarró una manzana roja y brillante y se
apoyó en la encimera, con descuido, como si llevara allí un buen rato. La puerta se abrió y Sasuke
entró en la cocina con su habitual atuendo de cada mañana: tejanos rotos y desgastados, y camiseta
gris sin mangas.

En cuanto la vio, esbozó una sonrisa lenta y burlona. Se quedó parado un momento, mirándola de
arriba abajo. Su sonrisa se ensanchó.

—Buenos días —dijo con voz grave.

—Buenos días —respondió Sakura, y

dio un mordisco a la manzana.

—¿Has dormido bien? —preguntó él, alzando las cejas con un gesto seductor.

Ella se enderezó cuando él comenzó a acercarse sin prisa.

—Buenos días, chicos —saludó la madre de Sasuke al entrar en la cocina con la compra—. Hace un
calor increíble. No recuerdo un verano como este...

Sin dejar de hablar sobre el calor y sus estragos, Mikoto comenzó a colocar la compra en los armarios,
sin percatarse de que los chicos se habían replegado, cada uno a una esquina, y que no dejaban de
mirarse. Sasuke sacó una bebida isotónica de la nevera y se la fue bebiendo a pequeños sorbos.
Saku devoraba su manzana a mordisquitos. Ni una palabra, y los mensajes

se sucedían en ambas direcciones a través de miradas infinitamente largas y esbozos de sonrisas


que arrancaron más de un rubor.

—Sasuke, ¿me estás escuchando?

El chico parpadeó y se fijó en su madre.

—¿Qué?

—Que si ya has terminado el tejado. Esta mañana dijiste que apenas te quedaban un par de horas
de trabajo.

Se obligó a pensar en lo que su madre le estaba diciendo.

—Eh, sí, acabo de terminar.

—Mikoto, ¿puedes subir y preparar el baño? Por favor —gritó una voz.
—Ahora mismo voy, señora Haruno — respondió—. No te marches sin decírmelo, necesito pedirte un
par de cosas —le dijo a Sasuke al pasar por su lado. Le dio un beso en la mejilla y desapareció.

Sasuke se estiró para ver el pasillo y sonrió de forma maliciosa antes de empujar la puerta y cerrarla
con el pie. Dejó la botella en la isleta, mientras la rodeaba en busca de Sakura. Su mirada la acechaba
como un depredador y a ella le encantaba ver esa expresión en su cara. Se plantó delante de la
chica y bajó la cabeza hasta darle un enorme mordisco a la manzana que sostenía en la mano. La
miró a los ojos mientras masticaba y tragaba. Había decidido echar el freno, pero no dejar de jugar.
Esa parte podía ser tan divertida como el desenlace y él quería que Sakura se divirtiera, que anhelara
esos juegos.

Sakura miró aquella boca salpicada de zumo de manzana y sus labios se abrieron con voluntad
propia. Él se inclinó y le dio un beso lento y profundo.

—Ahora sí. Buenos días, princesa — susurró sobre su piel.

Ella sonrió y se quedó mirándolo con el corazón latiendo desesperado.

—¿Por qué siempre me llamas princesa?

Sasuke bajó la vista un momento. La tomó por la cintura y la levantó hasta sentarla en la encimera.
Sus ojos quedaron a la misma altura.

—Preguntas trascendentales a media mañana... humm —gruñó, pensativo—. ¿La verdad?

—Sí.

Se tomó su tiempo para contestar.

—Vale. Te llamo así porque eso es lo que veo cuando te miro. Una princesita en busca de un cuento
con un príncipe azul, un palacio y un final feliz —respondió.

Le deslizó las manos por las piernas con suaves caricias y no apartó la vista de su cara para no
perderse ninguna reacción. Cuando se le exigía sinceridad, eso era lo que daba, aun a riesgo de
resultar molesto.

Sakura frunció el ceño. No esperaba esa respuesta, ni que él la viera de ese modo, tan encasillada
en el papel de niña rica. ¿De verdad era así? Porque no quería serlo. Se percató de su mirada
penetrante y dejó de torturarse con esa idea.

—¿Y tú qué eres, un principito? ¿También buscas un cuento con final feliz?

Sasuke hizo una mueca de suficiencia y bajó las manos hasta las rodillas de Sakura. Primero empujó
una, luego la

otra, separándolas, y se colocó en medio. Alzó su camiseta hasta el ombligo y tiró de la cinturilla de
los vaqueros hacia abajo, dejando a la vista su tatuaje.

—Yo soy el lobo feroz, nunca tengo finales felices —contestó sin apartar la mirada de su cara ni un
segundo. La agarró de la cintura y tiró de ella hasta el borde de la encimera, atrayéndola hacia su
cuerpo.
Sakura tragó saliva, turbada por su respuesta. Tenía la sensación de que escondía mucho más que
la broma que aparentaba ser. Le dedicó una sonrisa y entrelazó sus dedos fríos con los de él. Cambió
de tema.

—¿Es cierto que has terminado el tejado?

—Así es —respondió Sasuke. La abrazó, sujetándole las manos contra la espalda, y se inclinó para
depositar un beso en su cuello. Inspiró—. ¡Qué bien hueles!

La mirada de Saku voló hasta la puerta, rezando para que nadie entrara en ese momento, pero se
distrajo de inmediato, porque era imposible no abstraerse con él tan cerca y haciendo aquellas cosas
que hacía con la lengua sobre su cuello.

—Entonces, ¿es tu último día aquí? — logró preguntar.

Sasuke levantó la cabeza y la miró. Sus dedos se deslizaban por el bajo de sus pantaloncitos con una
languidez deliberada.

—Mis últimos minutos aquí. En cuanto recoja mis herramientas me largo.

Ella sonrió de forma coqueta.

—Voy a echar de menos verte en el cobertizo. Me estaba acostumbrando a las vistas.

—Lo sé —afirmó Sasuke de forma rotunda. Ella frunció el ceño—. ¿Creías que no te veía? —Una
sonrisa de pirata iluminó su rostro. Sakura se puso roja como un tomate e intentó soltarse de su
abrazo, pero él no se lo permitió—. Yo también voy a echar de menos las vistas de esta preciosa
sirena tomando el sol en la piscina. Por eso quiero que vengas conmigo esta tarde a la playa. Los
chicos han planeado ir hasta Hollow Bay.

—Pero para eso se necesita un barco.

—Tenemos un barco. ¿Vendrás conmigo?

—¡Claro que irá contigo, y yo también! — exclamó Temary. Los dos se volvieron de golpe hacia ella
y Sakura bajó de un salto de la encimera—. Por cierto, deberíais tener más cuidado, podría entrar
cualquiera y vuestro secretito... ¡puf! —dijo con un inocente pestañeo.

Sasuke clavó una mirada interrogante en Sakura y esta se encogió de hombros con un gesto de
disculpa.

—No pongas esa carita, Mister Uff — añadió Temary—. A ella se le olvidó mencionarte que en vuestro
acuerdo yo entro en el lote. Dos por una. ¡No voy a acostarme contigo, claro! —matizó—. No me van
los tríos, pero me encantan las fiestas. Por cierto, ¿estará tu amigo el fracasado? Hace tiempo que
no lo saludo —comentó como si nada.

Sasuke alzó las cejas, mientras examinaba a la rubia. Le recordaba mucho a alguien, demasiado.

—¡Temary! —la reprendió Sakura.

—¿Qué? —inquirió como si el tema no fuese con ella. Les guiñó un ojo y añadió mientras abandonaba
la cocina—: Bueno, ya me diréis a qué hora salimos.

—¿Se lo has contado? —preguntó Sasuke.


—Tus amigos también lo saben —se justificó Sakura—. ¿Te molesta?

—¿A mí? ¡No! Como si quieres poner un anuncio en el periódico, ya lo sabes. Pero me sorprende,
cuando te obsesiona tanto que sea un secreto. —Se quedó pensando—.

¿Por qué cojones me ha llamado Mister Uff?

25

Qué demonios hace esa aquí? —preguntó Naruto a Sasuke, mientras Sakura y Temary avanzaban
por el muelle hacia ellos.

—Se apuntó ella, no fue cosa de Sak.

—Pues le dices que no y punto. Mira, con tu chica trago, pero con esa Barbie... A esa me entran
ganas de meterle dos...

—Venga, seguro que quieres meterle de todo menos miedo. ¡Es guapa! —le hizo notar Obito, que no
perdía detalle de la conversación.

Naruto se giró hacia su amigo con una mirada asesina. Dio dos pasos acortando la distancia entre
ellos, pero Obito no se amedrentó y su sonrisa socarrona no se borró en ningún momento de su
cara.

—Si sigues por ese camino, tus hijos van a ser adoptados. ¿Captas la idea? —lo amenazó Naruto,
señalando su entrepierna.

—Corta el rollo, Naru. Te estás comportando como un gilipollas —dijo Kim—. Ignora a la chica y se
acabó.

—Esto es una mierda. No pintan nada con nosotros —masculló Naruto—. ¿Qué va a ser lo próximo,
invitar a los Cazadoras Azules y jugar a las aguadillas con ellos?

Sasuke puso los ojos en blanco y le dio la espalda. Naruto solía tener algunos días buenos, bastantes
pasables y muchos malos. Aquel era de los peores. Con las manos embutidas en los bolsillos traseros
de sus tejanos y una sonrisa pícara, se empapó de la imagen de Sakura, que vestía unos pantaloncitos
diminutos y un biquini de infarto.

—Hola —saludó en cuanto llegaron a su lado.

—Hola —respondió ella, y contuvo el aire cuando él se inclinó para darle un beso en los labios.

Temary carraspeó y Sasuke la miró de reojo.

—¿No vais a presentarme? Sasuke suspiró y se dio la vuelta.

—Ya los conoces a todos, menos a Kim.

La chica alzó la mano y la saludó. Temary le devolvió el saludo. A continuación esbozó una sonrisa
maliciosa y clavó sus ojos azules en los de Naruto, que eran tan verdes como el tallo de una rosa
recién cortada.
—Hola, Fra... —Sakura le dio un codazo en las costillas. «Me lo has prometido», la oyó susurrar—.
Hola, Naruto. Me alegro de verte.

El chico entornó los ojos y la estudió con una expresión de cautela. Se acercó a ella y le cogió la
bolsa que llevaba en las manos. Tenía pinta de pesar, y no era tan capullo. Pegó su nariz a la de ella.

—Ahora es cuando se supone que yo bajo la guardia y tú me apuñalas, ¿no?

—Estoy pensando en dejarte respirar un par de horas más. Aprovéchalas —le espetó Temary. Le
quitó la bolsa de las manos y se dirigió hacia el barco.

—Lo siento, es un tanto especial. Pero con Naruto se pasa. Creo que le recuerda a alguien, en muchos
sentidos —dijo

Sakura. Se recogió un mechón de pelo tras la oreja, mientras observaba a su amiga avanzar por el
muelle.

Sasuke le cogió la mochila y se la echó al hombro.

—¿En serio? —preguntó, mirándola a los ojos. A la luz del sol eran de un gris metálico, preciosos. Se
encogió de hombros

—. Pues por mí, como si quieren matarse. Lo único que me interesa de este viaje eres tú —le susurró
al oído.

Sakura se ruborizó. ¡Qué voz! Cada vez que hacía eso lograba que su piel se estremeciera con un
festival de escalofríos. Sasuke la ayudó a subir al yate y, una vez a bordo, no pudo reprimir su
sorpresa; también su preocupación. No entendía mucho de barcos, pero sí lo suficiente para saber

que aquella maravilla era un Oceanis con más de trece metros de eslora. Hacía años que su padre
quería comprar uno, pero nunca terminaba de decidirse. ¿De dónde habían sacado ellos un barco
como aquel? Trató de no pensar en ese detalle, mientras Neji recogía amarras y ponía rumbo a
Hollow Bay.

Tenían por delante unos veinte minutos de trayecto. Temary se tumbó al sol bajo el palo de la vela.
Obito y Kim se hacían arrumacos en la proa, y Naruto había desparecido en el camarote. Sasuke se
acomodó junto a Sakura en una esquina de popa. Se había quitado la camiseta y cubierto la cabeza
con una gorra negra calada hasta las orejas. A pesar del calor y de la fina película de sudor que
recubría sus cuerpos, él atrajo a

Sakura hacia su pecho para abrazarla. Ella se dejó estrechar y colocó la mano abierta sobre su
estómago plano y firme.

Sakura observó cómo Neji intentaba enseñar a Tente los pasos más básicos a los mandos del timón.

—Sabe lo que hace, ¿no?

Sasuke la miró a través de sus gafas de sol.

—¿Neji? —preguntó. Ella asintió—. ¡Claro! ¿Temes que naufraguemos?

—No, no es eso. Pero esto no es un bote de remos, hay que saber navegar para manejarlo. Y un
título de patrón.
Una sonrisa extraña reptó por el rostro de Sasuke. La miró de arriba abajo y se entretuvo un poco
más de lo necesario en sus pechos apenas cubiertos por dos triangulitos de licra. Suspiró, no podía
evitarlo, y la
sutileza no era una de sus virtudes más desarrolladas.

—¿Por qué no me haces la pregunta y así sales de dudas?

—¿Qué pregunta? —inquirió ella con un vuelco en el estómago.

—¡Eh, Neji, la princesita tiene curiosidad por saber de dónde hemos sacado el barco! —dijo Sasuke,
alzando la voz por encima de los graznidos de las gaviotas.

Neji se giró sin soltar el timón y esbozó una sonrisa.

—¿Quieres saber si lo hemos robado? — soltó sin más.

Sakura se quedó sin aire en los pulmones. Sentía la sangre agolpándose en sus mejillas, y algo
parecido a la humillación.

—¡¿Qué?! ¡No! —se apresuró a contestar. Miró a Sasuke, molesta, y se apartó de su lado—. Eso no
es cierto —le dijo.

—¿Ah no? Yo creo que sí. Pero no me molesta que lo pienses. De verdad. Lo raro sería que no lo
hubieras hecho —replicó él como si nada. Una pequeña llama ardió en su pecho, un punto airado. A
veces olvidaba quién era ella en realidad y los prejuicios que venían de serie en los de su clase.

Sakura lo fulminó con la mirada.

—No lo hemos robado —dijo Neji. Tente se le abrazó a la cintura y soltó una risita muy sospechosa
que hizo que Sakura se pusiera alerta—. Lo he tomado prestado.

—¿Prestado? ¿Y a quién se lo has tomado prestado?

—A Jasper Witcomb —respondió Neji.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos.

—¿A Jasper Witcomb, de Astilleros Witcomb?

—Al mismo —repuso Tente.

—¿Y él sabe que lo has tomado prestado?

—preguntó anonadada.

Ya se imaginaba camino de una celda con un mono naranja a juego con unas zapatillas. —No, llevo
como… unos dos años sin hablarme con él. Pero está acostumbrado a que haga estas cosas —explicó
el chico.

Se inclinó sobre Tente y le dio un beso lento y profundo.

—Es el padre de Neji —informó Tente cuando logró despegarse de él.

—¿Es tu padre? —se extrañó Saku. Nunca habría imaginado que Neji, con sus
brazos llenos de tatuajes orientales, fuera el heredero de una de las familias más adineradas de
Carolina del Norte.

Neji sonrió y asintió. El aro de su ceja se alzó con un ligero temblor.

—No te cuadra nada de esto, ¿verdad? — inquirió. Sakura sacudió la cabeza—. Yo era como tú y tus
colegas, pero me cansé de serlo. No quería una vida diseñada de principio a fin donde todos esperan
que cumplas las normas impuestas. Que sigas los pasos de tus padres y que actúes como ellos creen
que debes actuar. Qué amigos debes tener, qué novia, qué carrera estudiar, a qué te dedicarás
después... ¡Joder, hasta la puta ropa! Siempre me ha dado igual lo que piensen los demás, no me
van las etiquetas ni los moldes.

»Estoy cansado de ver cómo los estereotipos nos definen de forma injusta. Si vives en el barrio eres
un delincuente, un marginado sin futuro ni aspiraciones al que no se le pasa por la cabeza ir a la
universidad, conseguir una vida mejor. Eso es lo que mi padre piensa, y muchos como él. Y se
equivocan de principio a fin. Pero a mí me da igual. Hace seis años conocí a Sasuke y a Obito. Gracias
a ellos conocí a Tente y me enamoré de ella y del barrio. Estos me aceptan como soy. Es mi familia
la que no lo hace, así que, si por eso soy un delincuente marginado...

—¡Te aceptamos porque eres un cabrón con un yate! —le dijo Obito.

—Yo también te quiero —gritó Neji.

Obito le lanzó un beso y se echó a reír.

—No todos vivimos subyugados a las etiquetas y a los moldes —replicó Sakura —. Mi padre quiere
que vaya a Stanford y que me convierta en juez, pero iré a Columbia y estudiaré filología. También
espera que me case con cierto chico que, por mí, puede esperar sentado. No me imponen nada.

—¿Ah no? ¿Saben tu familia y amigos que sales con gente del barrio y que te das el lote con Sasuke?
Creo que no —respondió Tente antes de que ella pudiera decir nada.

—¡Eh, pelirroja! —intervino Temary. Se había incorporado sobre los codos y

fulminaba a Tente con una mirada muy fría —. Yo soy su amiga y sé qué hace y con quién, y no
he explotado al verlos enrollándose. Creo que vosotros también

juzgáis a la ligera y os dejáis llevar bastante por los «estereotipos».

—¿Le llevarías a cenar al Club y le harías arrumacos delante de todos esos estirados de tus amigos?
—insistió Tente, ignorando por completo a Temary.

—¡Déjalo, Tente! —la cortó Sasuke con tono acerado. Empezaba a pasarse de la raya —. Que yo
recuerde, tú tampoco has pisado ese club con Neji.

La chica guardó silencio y se quedó mirando a Saku y a Sasuke alternativamente. Apretó los dientes
y se dio la vuelta. Neji se encogió de hombros con una disculpa.

Sakura se quedó inmóvil, con la vista perdida en el mar. Sentía un revuelo de incomodidad en el
estómago que la urgía a salir corriendo. Como siempre, escogió el camino fácil, el de la huida, el que
la hacía sentirse como un pequeño títere sin un ápice de carácter y amor propio.

—Necesito un poco de sombra —dijo de repente.


Se puso de pie y se precipitó dentro del camarote. De reojo vio a Sasuke recostado contra la popa y
los brazos estirados sobre la barandilla. No hizo ademán de seguirla, sino que echó la cabeza hacia
atrás y contempló el cielo azul y despejado.

Sakura bajó la escalera y se encontró en un espacioso compartimiento. Había una cocina en la banda
de babor y un salón para varias personas en la banda de estribor. Al fondo, en la proa, se encontraba
lo que parecía un dormitorio.

Se sentó en el salón, agradecida por el ambiente fresco de la cabina. Se inclinó sobre la mesa y se
sujetó el rostro entre las manos. Estaba enfadada, pero solo tenía ganas de echarse a llorar. Se había
sentido tan mal arriba, y todo gracias a Sasuke y su doble personalidad. Un instante parecía adorarla
y al siguiente no tenía inconveniente en hacerla sentir como una arpía. Suspiró y se frotó las mejillas.

Un movimiento captó su atención. Estiró el cuello y vio unos pies a través de una puerta entreabierta.
Se había olvidado de que Naruto había bajado hasta allí nada más zarpar. Se levantó, tratando de
mantener el equilibrio, y fue en su busca. Lo encontró tumbado sobre una cama, con las manos bajo
la cabeza.

—Hola —dijo Saku.

Él solo movió los ojos para mirarla un segundo, y los clavó de nuevo en el techo.

—¿Buscando un escondite? —susurró con su voz ronca.

Saku sonrió y se encogió de hombros mientras se ruborizaba. Él palmeó la cama a su lado y ella no
se lo pensó. Se sentía como un perrito abandonado en busca de cualquier palmadita de afecto. De
repente, arriba todos eran extraños, incluido Sasuke. De un salto se acomodó junto a él, pero
manteniendo las distancias.

—A Tente no le caigo bien —dijo en voz baja.

—A Tente no le cae bien nadie, no le hagas caso —replicó Naruto.

—A ti tampoco te cae muy bien la gente. Naruto se giró y la miró con el ceño fruncido.

—Tú me caes bien.

Saku le sostuvo la mirada y sonrió.

—¿Ah, sí?

El chico asintió.

—Bueno, un poco, vas sumando puntos.

—¿Y por qué no te cae bien Temary? No es tan mala como crees.

Naruto la miró como si le faltara un tornillo y estuviera desvariando.

—¿Que no? Es la tía más borde y venenosa que he visto en mi vida. Cada vez que la oigo llamarme
fracasado me entran ganas de...

—¿Besarla? —sugirió Sakura en broma.


Naruto entornó los ojos.

—Tú ves muchas películas románticas. —Más bien leo libros románticos.

Naruto soltó una risita. Dobló las rodillas y acomodó la cabeza en el almohadón.

—Mal asunto. Los tíos que aparecen en esos libros no son reales y ponen el listón muy alto para los
que sí lo somos. ¡Contra esos no hay quien compita! Tío guapísimo, rico, atento, que siempre adivina
lo que estáis pensando y con una enorme polla multiorgásmica que nunca se cansa. ¿Os dais cuenta
de que eso no existe?

Sakura se quedó de piedra durante un segundo, porque no esperaba esa especie de confesión por
parte del chico. Pero al momento le entró la risa y no pudo evitar soltar una carcajada.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? — preguntó Naruto con una enorme sonrisa—. ¿Lo de que sea
un adivino o que tenga una polla que funciona con batería? —Sakura no podía responder. Movió una
mano indicando que era por lo segundo, y se abrazó el estómago muerta de risa. Naruto se contagió
de ella y su enorme cuerpo se agitó sobre la cama—. ¡Joder, pues lo digo en serio! Esas hazañas son
imposibles, te lo aseguro. Dos polvos son posibles en una noche. Puede que tres, pero al borde de la
muerte. A partir de ahí nos quedamos secos.

Las carcajadas de Saku aumentaron hasta un punto de histeria que amenazaba con romperle el
diafragma.

—¡Tía, estás loca! —dijo Naruto con cara de idiota. Nunca había visto a nadie reírse así.

—¿Lo pasáis bien? —replicó una voz malhumorada desde la puerta.

Sasuke estaba apoyado sobre la madera con los brazos cruzados a la altura del pecho y los
contemplaba con una expresión furibunda. Naruto no se inmutó, pero Saku dio tal respingo que
acabó sentada y pálida como una vela.

—Pues sí, bastante bien —respondió Naruto, sosteniéndole la mirada y sin intención de levantarse.

Sasuke apretó los dientes y su respiración se aceleró. Estaba celoso y se sorprendió por ello, ya que
era una emoción a la que no estaba acostumbrado; pero no hacía falta ser un genio para reconocerla.
Saku se le estaba metiendo en la sangre. Maldijo para sus adentros. Iba a darse la vuelta para
marcharse —pero con la firme intención de

explicarle a Naruto un par de cosas más tarde —, cuando su amigo se levantó de la cama. Se detuvo
a su lado.

—No seas capullo. Código de hermanos: es tuya, yo jamás me metería —le susurró.

—Lo sé —musitó Sasuke sin apartar la vista de Sakura.

La contempló fijamente. Tenía los ojos brillantes y el pelo alborotado. Se abrazaba las rodillas y le
sostenía la mirada. Era increíblemente sexy y le estaba costando contenerse. La deseaba, pero sabía
que debía tomarse las cosas con calma; no quería un revolcón rápido, con Sakura no. Además,
también quería que ella lo deseara de la misma forma, con la misma intensidad. Y eso requería un
trabajo previo. Intentó no pensar en los motivos por los que se estaba

tomando tantas molestias, negándose a sí mismo lo que tanto le apetecía cuando lo tenía al alcance
de la mano. Sakura batió las pestañas y se mordió el labio inferior. Maldita sea, iba a matarlo.
Se sacó las zapatillas y se sentó frente a ella en la cama.

—Lo siento —dijo con gesto de concentración—. Lo que ha pasado arriba ha sido culpa mía. Yo lo he
provocado. Supongo que, en tu lugar, habría pensado lo mismo si hubiera visto a unos cuantos
colgados en un barco como este.

Ella negó con la cabeza. Calló durante un segundo y desvió la mirada.

—No es cierto, yo saqué conclusiones. Pude pensar bien o mal, y elegí la fácil. Si algo he aprendido
en estos últimos días, es que las cosas no siempre son lo que parecen.

—No, no siempre son lo que parecen — repuso él. Le deslizó un dedo bajo la barbilla y la alzó para
que le mirara. Tragó saliva cuando sus ojos se encontraron—. Pero entiendo que es difícil pensar
bien de la gente como nosotros.

Sakura sacudió la cabeza, rechazando de pleno esa idea.

—No es tan difícil, Sasuke. —Su nombre se deslizaba por su boca con facilidad, le gustaba
pronunciarlo—. Tente tiene razón en todo lo que ha dicho, en todo. Y por eso no entiendo cómo,
sabiendo que tengo prejuicios sobre nuestra relación, o lo que sea esto que tenemos, quieres seguir
viéndome aun cuando te rebaja —musitó mientras se sonrojaba.

Intentó apartar la mirada pero él no la dejó. —Ven aquí —pidió Sasuke de repente.

La cogió de la mano y la atrajo hacia sí hasta que la tuvo sentada a horcajadas sobre sus caderas.
Entonces le acarició el cuello y le recogió el pelo tras las orejas con una ternura insólita en él. Sus
ojos se oscurecieron como nubes de tormenta mientras la miraba de arriba abajo.

—Esto no es rebajarme, es nuestro acuerdo, consentido por ambos. Somos adultos, nadie engaña a
nadie —dijo con voz ronca.

—Pero no está bien —replicó ella—. Y todo porque no soy capaz de hacer lo que de verdad me
apetece.

—¿Y qué te apetece? —preguntó Sasuke

con un tono demasiado tentador para pasarlo por alto.

—No estoy segura —susurró Sakura, perdida en aquella mirada que la consumía.

—¿Me lo dirás cuando lo averigües?

—Serás el primero en saberlo.

Él sonrió.

—Me encanta verte así, sobre mí — murmuró.

Se inclinó hacia delante y la besó en el hueco entre sus pechos. Sacó la lengua y capturó una gota
de sudor que le resbalaba por la piel.

A Sakura se le aceleró la respiración.

—Me encanta lo preciosa que eres — continuó Sasuke.


Deslizó una mano entre su larga melena hasta llegar a su nuca y la atrajo hacia sus labios para
besarla. Con sus bocas enredadas se tumbó de espaldas sobre la cama, con ella apretada contra su
pecho. Empezaron a moverse al mismo ritmo entre besos frenéticos. Y en algún momento Sakura
susurró su nombre.

Sasuke le rodeó la cintura con los brazos y, con un movimiento rápido, le dio la vuelta y se colocó
sobre ella, sujetándole los brazos por encima de la cabeza. La miró a los ojos y ella arqueó la espalda,
buscando su piel. Eva tentando a un Adán que no sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para
no arrancarle la poca ropa que los separaba. Sasuke sepultó la cabeza en el cuello de la chica,
tratando de controlar el deseo que le recorría el cuerpo. —¡Oh, Dios! —gimió al sentir su lengua bajo
la oreja.

Contuvo el aliento y le sujetó los brazos contra la cama con más fuerza. Era completamente suya, al
menos en cuerpo. El corazón debía permanecer intacto, se recordó antes de decir alguna estupidez
que pudiera interpretarse como sentimientos. Su experiencia con las mujeres le había enseñado que
la mayoría tenía tendencia a ver señales donde no las había, a ver promesas en frases que no querían
decir nada.

La miró desde arriba. Parecía una diosa, con la melena desparramada y los labios hinchados. El
corazón se le aceleró e hizo que le costara respirar.

—Sabes lo que haces, ¿verdad? —le

preguntó, mientras se ponía de rodillas entre sus piernas.

Sakura sostuvo la mirada de Sasuke. Sabía perfectamente a qué se refería, podía ver el deseo en
sus ojos, pero también el miedo. Se sentía exactamente igual que él. Entre ellos había un límite
infranqueable que mantener a toda costa, y ella era la más interesada. Enamorarse de Sasuke no
era una opción.

—Sí. Sin complicaciones, solo pasarlo bien. Lo dejaste muy claro —musitó. Alargó los brazos y le
acarició el pecho con las manos. Tenía la piel caliente y los músculos tensos.

Él tomó aliento al ver que sus manos descendían hacia abajo, se paraban en sus caderas y después
recorrían la uve que formaba su abdomen. Cada vez que estaban a solas los gestos de Sakura eran
más descarados y eso lo volvía loco.

—Necesito oírtelo decir —insistió Sasuke.

Ella entornó los ojos y dejó caer los brazos abiertos en cruz sobre las sábanas.

—Tú me gustas, yo te gusto. Juntos, en exclusividad, mientras ambos estemos aquí. Solo atracción,
sin sentimientos. Sexo, sin amor. Somos adultos y ese es nuestro acuerdo —lo dijo de una forma fría
y mecánica. Quería que sonara así, oírlo en voz alta para convencerse a sí misma de que era de ese
modo.

Sasuke tragó saliva con la respiración entrecortada. Debería sentirse aliviado por aclarar la situación,
y lo estaba, pero no dejaba de sentir un estremecimiento agridulce en la boca del estómago.

—Y sigues estando de acuerdo. ¿Hasta el final? —volvió a insistir. Se inclinó hasta acomodarse entre
sus piernas, aguantando el peso de su cuerpo con los brazos.

—Sí, hasta el final. Eso es lo que deseo


—respondió ella. Enredó los dedos en su pelo oscuro y revuelto. Pequeñas ondas le caían en la frente,
y se las apartó como si estuviera acariciando a un niño.

Sasuke se dejó caer sobre ella y la abrazó con fuerza. Sus cuerpos encajaron a la perfección. La
arrastró con él hasta que quedaron tumbados de lado, mirándose. Alargó la mano y cogió la de ella.

—Jamás he deseado a nadie como te deseo a ti, Sak. A nadie. Y aunque tenerte así es una agonía,
quiero alargarlo todo lo posible. Quiero que dure un poco más —su

voz sonó tan suplicante que ella se estremeció.

Sakura se apoyó en un codo, reduciendo la distancia entre ellos. Se entretuvo unos segundos
admirando su hermoso rostro. Podía ver el deseo ardiendo en sus pupilas, destellando de una forma
que la dejó sin aliento. Se mordió el labio y sonrió de un modo provocativo.

La mirada de Sasuke descendió hasta su boca. Suspiró inquieto. Su cabeza le decía una cosa, pero
su cuerpo gritaba otra, demasiado tenso y dispuesto como para ignorarlo.

—¡Joder! —exclamó mientras se inclinaba sobre ella y la besaba con más fuerza de lo que lo había
hecho nunca. Un gruñido vibró en su pecho cuando los labios

de Sakura se entreabrieron y su lengua rozó la suya, respondiendo a cada caricia. Le plantó una
mano en el trasero y la acercó a su cuerpo duro y firme.

—¿Dónde ha quedado lo de alargarlo todo lo posible? —logró decir ella mientras tomaba aire entre
beso y beso.

Sasuke rió bajito.

—Solo si tú quieres, princesa. Tú mandas y yo obedezco.

El yate golpeó algo y se detuvo con un ligero balanceo. Acaban de atracar en Hollow Bay. La cubierta
se llenó de voces y pies corriendo de un lado a otro. Por encima del ruido, la voz de Temary le gritaba
algo a Naruto y el chico le respondió con un «que te den» alto y claro que arrancó un par de risas.

—Me parece que vamos a dejarlo aquí — replicó Sakura con aires de suficiencia. Se deshizo de su
abrazo y se puso de pie con piernas temblorosas. Le guiñó un ojo, con la satisfacción de que esta
vez había sido ella la que había pulsado el botón de pausa—. Te veo arriba.

Sasuke se quedó mirándola con expresión hambrienta hasta que desapareció de su vista. Entonces
se dejó caer sobre el colchón y se pasó las manos por la cara, después las arrastró por su pelo hasta
agarrar un par de mechones y tirar de ellos como si quisiera arrancárselos. Sonrió y sacudió la
cabeza, intentando relajar cada parte tensa de su cuerpo para poder regresar arriba; e intentó no
hacer caso a una pequeña vocecita que comenzaba a despertar en su interior. «No lo compliques.»

26

Kilómetros de arena blanca y aguas cristalinas como las de una isla del Pacífico era lo que hacía
especial a Hollow Bay.
Allí, el sol siempre parecía más brillante, el cielo más azul, y el tiempo transcurría lentamente como
si se encontraran en una dimensión distinta. Además, solo se podía llegar hasta allí en barco, por lo
que la afluencia de gente era la justa. Esa tarde ellos estaban solos y Sakura lo agradeció.

Aun así, su vista vagaba de vez en cuando en busca de algún rostro conocido. Le daba rabia ponerse
tan paranoica. ¿Qué era lo peor que podía pasar si la veían allí? Nada salvo por la charla que le darían
sus padres; las amenazas sobre encerrarla en su cuarto si no dejaba ciertas amistades; las caras de
reproche que sus amigas le pondrían para recordarle que su inmaculada reputación y su santidad se
habían visto comprometidas...

¡Cuánta hipocresía! Estaba bien abrirse de piernas para el quarterback infiel, pero no enamorarse del
chico conflictivo. Cuando este estaba demostrando ser mucho más íntegro, sincero y dulce. ¿Había
dicho enamorarse? Se golpeó la frente con la mano, lo había dicho.

Terminó de escurrirse el pelo y se dejó caer en la toalla con el firme propósito de dejar su mente en
blanco. Recostada sobre los codos, observó cómo el resto seguía con aquel juego estúpido de
aguadillas del que ella necesitaba una pausa. Aguas cálidas, unos brazos firmes en torno a su cintura
y una sonrisa deslumbrante cargada de intenciones oscuras. No necesitaba más para arder como una
llama.

Precisaba tranquilizarse, y ver cómo Temary y Naruto se tiraban los trastos a la cabeza era la forma
perfecta. No habían dejado de discutir ni cinco minutos. Al principio era divertido, pero al cabo de
dos horas ya nadie les prestaba atención, ni se preocupaba por si sus vidas corrían peligro bajo la
amenaza de un asesinato pasional. Sí, pasional, porque empezaba a ser sospechosa esa antipatía,
con la que daba la impresión de que disfrutaban demasiado.

Sonrió, mucho más relajada. ¡Y entonces Poseidón surgió del mar! Sasuke emergió del mar como
una aparición, sacudiendo su cabeza para deshacerse del agua salada que se le metía en los ojos.
Se pasó una mano por el pelo y lo arrastró hacia atrás, peinándolo con los dedos. Su cuerpo brillaba
con miles de gotitas salpicando su piel dorada.

«Respira», se dijo a sí misma mientras se le aflojaba la mandíbula. Un metro ochenta y cinco de puro
músculo, apenas cubierto por un bañador tipo bóxer, avanzaba hacia ella con una sonrisita que podría
derretir los polos. Los tatuajes de sus brazos y su pecho no afeaban aquel cuerpo perfecto, sino todo
lo contrario: lo hacían tan sexy que era imposible apartar los ojos.

La sonrisa de Sasuke se ensanchó al ver la mirada caliente de Sakura sobre él. Se

dejó caer junto a ella, boca abajo sobre la toalla. Parpadeó para desprenderse de las gotas atrapadas
en sus pestañas y entornó los ojos.

—¿Quieres levantar el pie del freno? — preguntó con voz sugerente—. Por cómo me miras, parece
que sí.

Sakura sonrió y se humedeció los labios con la lengua. Él dejó de respirar.

—Yo no soy la que lo tiene pisado — respondió. Echó la cabeza hacia atrás y sacudió su pelo casi
seco por el sol, lo que hizo que sus ondas naturales se convirtieran en rizos descontrolados.

—¿Eso quiere decir que, si decido acelerar, vendrías conmigo al barco ahora? —sugirió. Sus ojos
volaban por cada una de sus curvas. Verla en biquini era una tortura.

Ella le dedicó una mirada coqueta.

—No. Creo que yo también quiero que dure un poco más.


—¡Joder, esto me pasa por bocazas! —se quejó Sasuke con un mohín que frunció sus labios. Parecía
un niño pequeño al que acababan de quitarle un regalo de las manos.

Sakura se echó a reír y se giró para acariciarle la espalda. Deslizó la mano por su cuello y la enredó
en su pelo mojado. Volvió a descender y sus dedos dibujaron el tatuaje, después la línea de su
columna hasta la parte baja de la espalda. El chico tenía un cuerpo perfecto que pedía a gritos que
lo

tocara, o quizá lo pedía ella.

Sasuke cerró los ojos y gimió con una sonrisa en los labios.

—Quieres torturarme —susurró con voz ronca y somnolienta—. Matarme, ¿verdad?

Ella se inclinó y acercó su boca a la de él.

—Sí, muy despacio, tan lentamente que no te darás cuenta de que ya estás muerto hasta que sea
tarde —murmuró y le dio un beso en los labios.

Él sonrió sobre su boca, sin abrir los ojos.

—Eres un demonio —musitó—. Mi pequeño y precioso demonio.

Suspiró, y su respiración se volvió lenta y profunda.

Sakura se quedó mirándolo dormir, sin dejar de acariciarle el pelo.

Mientras lo observaba empezó a enfadarse consigo misma. No entendía cómo podía ser tan estúpida
como para mantener en secreto al hombre más guapo y dulce de todo el

universo. Dios, si debería mostrarlo

sobre un pedestal con un cartel que dijera: «Solo mío, moríos de envidia». El problema era que no
estaba segura de que fuese suyo. Iba a marcharse y no volvería a verle. Un dolor agudo le taladró
el pecho. Se recostó sobre la toalla y trató de no pensar.

Media hora después, cerró el libro que estaba leyendo y contempló el mar. El sol había perdido brillo
y en menos de dos horas anochecería. Iba siendo hora de regresar a Port Pleasant. Sasuke continuaba
dormido a su lado y estaba adorable con los labios entreabiertos y sus largas pestañas rozándole las
mejillas.

Buscó con la mirada a los chicos. Temary había hecho buenas migas con Kim y conversaban animadas
dentro del agua. Naruto y Obito jugaban a las cartas sobre la arena, cerca de la orilla. Localizó a Neji
y a Tente dando un paseo abrazados a unos cuantos metros de allí.

Sasuke gimió a su lado. Alargó la mano hacia su brazo, pero no lo tocó. El chico tenía el cuerpo tenso
y los puños apretados. Sus ojos no dejaban de moverse bajo los párpados. Su garganta se movió
con un gruñido y balbuceó algo ininteligible; pero lo que fuera, no sonó bien. Se quedó mirándolo,
ansiosa, preguntándose qué estaría soñando. Los puños de Sasuke se cerraron con más fuerza y su
respiración se aceleró. Su cara se contrajo con un gesto de dolor, y después de pena. La rabia lo
volvió a transformar. Sakura se dio cuenta de que estaba sufriendo.

—Sasuke —llamó en voz baja sin estar


muy segura de si hacía bien despertándole. Le rozó el brazo—. Sasuke.

Él gimió.

—Sasuke, despierta.

Sin apenas darse cuenta, su espalda y su cabeza golpearon el suelo y ochenta kilos aplastaron su
cuerpo, mientras una mano le aferraba la garganta con demasiada fuerza.

—¡No vuelvas a tocarme! —masculló él con una voz extraña.

—Ca... leb —balbuceó Sakura. Él tenía los ojos cerrados y resoplaba a solo unos milímetros de su
cara. Su mandíbula no dejaba de contraerse y le chirriaban los dientes por la fuerza con la que los
apretaba —. Me haces daño.

Sasuke dejó de respirar, de repente despierto. Abrió los ojos y su cara se contrajo con una mueca
dolorosa. Aflojó la mano y se apartó de golpe arrastrando el trasero.

—Lo siento, ¿te he hecho daño?

—No —mintió Sakura, notando su desazón—. ¿Qué te pasaba?

Hizo ademán de acercarse, pero él se alejó un poco más. Se puso en pie. La respiración le silbaba en
la garganta.

—Necesito... Yo... Necesito un momento —masculló sin mirarla. Dio media vuelta y se alejó en
dirección al muelle con la cabeza hundida entre los hombros.

Sakura se incorporó sin entender qué acababa de pasar. Vio a Naruto corriendo hacia ella. El chico
se dejó caer de rodillas.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

—No lo sé. Estaba dormido y de repente

ha saltado sobre mí completamente ido.

Naruto suspiró y la tomó de la barbilla para verle el cuello, donde se apreciaban las marcas de unos
dedos. Sacudió la cabeza y la miró a los ojos. Le brillaban por culpa de las lágrimas que se
arremolinaban bajo sus pestañas. Se sentó junto a ella y la abrazó un instante.

—Vale, yo no te he contado esto, ¿de acuerdo? Sasuke sufre pesadillas desde hace muchos años —
dijo antes de que ella pudiera asentir—. Yo creo que, más que pesadillas, son momentos del pasado
que revive. Siempre despierta así, como si se estuviera defendiendo a vida o muerte de algo. Bueno...

—Arrugó los labios—. De alguien.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, demasiado sobrecogida.

—No puedo hablarte de esto sin su permiso.

—Te juro que no se lo diré.


—Ni siquiera sé qué hay exactamente entre vosotros. Y es su vida, no la mía.

Sakura posó su mano sobre la de él y lo miró a los ojos con un ruego en ellos.

—¡Casi me estrangula! Por favor, necesito entender lo que acaba de pasar. O te juro que saldré
corriendo y me alejaré todo lo que pueda de él.

Naruto se puso tenso y le sostuvo la mirada. —Eso no le gustará. Está loco por ti.

—No lo está. Solo se trata de… —No acabó la frase y notó cómo se ponía roja.

—¿Estás segura de eso? Porque el resto del mundo no lo tenemos tan claro como vosotros.

Ella apartó la vista, sin querer analizar lo que había dado a entender.

—Por favor.

Naruto resopló y levantó la cabeza hacia el cielo.

—La verdad es que Sasuke nunca ha hablado del tema, ni siquiera conmigo salvo alguna vez y nunca
contaba mucho. Pero soy su mejor amigo desde que éramos unos mocosos y he visto y oído más de
lo que me gustaría. Su padre era un maldito cabrón psicópata, ¿entiendes? Al hijo de puta se le iba
la mano con demasiada facilidad. Sasuke nunca se quejó, ni me dijo nada, pero yo solo tenía que
verle la cara y el cuerpo para saber cómo había sido la noche en El país de las jodidas maravillas.

Sakura no podía respirar y se le estaba revolviendo el estómago.

—Con apenas doce años le enseñó a conducir. Sasuke tiene un don con los coches, y a los catorce
empezó a meterlo en carreras ilegales y en peleas, donde se hacían apuestas y sacaba la pasta para
sus vicios. Lo tenía amenazado con hacerle daño a su madre y a su hermano. Nunca me lo dijo, pero
tampoco había que ser un genio para darse cuenta. Lo sé porque nunca se largó cuando cualquier
otro habría salido por pies de esa casa.

—¿También pegaba a Mikoto y a Itachi?

Naruto sacudió la cabeza con un gesto afirmativo.

—Al principio sí, pero más adelante, cuando Sasuke empezó con las carreras, dejó de hacerlo. No sé
el motivo. —Miró a la chica a los ojos—. Sasuke está muy jodido. Bajo esa sonrisa hay un tipo que
está roto, ¿entiendes? Las pesadillas son solo la punta del problema. No soy un loquero ni nada de
eso, pero hasta yo sé que las heridas hay que curarlas o la infección se extiende y acaba por matarte.
Sasuke necesita curarse, sacarse toda esa mierda, y dejar de tenerle miedo a su viejo y de creer que
es como él. Tú estás conociendo su parte buena, la encantadora; pero tiene una mala, muy mala.
Puede ser muy cabrón si se lo propone, pero ¿quién no lo sería si lo primero que aprendes en la vida
es a defenderte a cualquier precio?

Sakura trató de no parecer asustada, pero era como se sentía con toda aquella información.

—¿Cómo es de mala esa parte?

—No es mal tío, te lo juro. Pero es como una bomba con un temporizador muy corto. Si se pone en
marcha, si se le presiona más de la cuenta, estalla sin ningún control. Cuando se desestabiliza, por
decirlo de algún modo, es capaz de cualquier cosa. Le he visto dar palizas a tíos que le doblaban la
edad solo porque han mirado mal a uno de nosotros, ha pasado de una chica a otra sin importarle
las consecuencias. Sasuke siempre ha caminado al borde de un precipicio. Date por avisada.

A Sakura le flaqueó todo el cuerpo. Si no hubiera estado sentada, se habría caído de golpe.

—¿Esa es la parte que casi le hizo matar a su padre? Solo conozco los rumores, pero todos decían
que era culpable. —Hizo una pausa y resopló mientras se apartaba el pelo de la cara, demasiado
nerviosa—. Aunque ahora empiezo a verlo de otro modo. ¿Qué pasó aquella noche?

Naruto se encogió de hombros y comenzó a trazar líneas sobre la arena con el dedo.

—Solo los que estaban allí lo saben. Nunca me habló de lo que pasó. Fui a verle un par de veces al
centro donde lo internaron, y me pidió que no lo hiciera más. Solo hablábamos por teléfono, y
cuando salió le visité unas cuantas veces en Santa Fe. Allí está controlado, bajo supervisión
constante. Su tío cuida de él y sabe canalizar su mal genio. Y parece que funciona porque Sasuke
está mucho mejor.

—Me gustaría poder ayudarle —susurró Sakura.

—Creo que ya lo estás haciendo — admitió Naruto, mirándola de reojo—. Esa obsesión que tiene
contigo le mantiene ocupado, y mientras piense en ti no piensa en otras cosas. Al menos cuando
está despierto.

—¿Obsesionado conmigo? Después de lo que me has contado, no sé si eso me gusta.

Naruto sonrió.

—Jamás le he visto ir detrás de una chica. Ni esa sonrisa de idiota que se le pone en la cara cuando
está contigo. No le van los preliminares, ni las relaciones de más de una noche. Nunca ha habido
chicas de las que se quedan en su vida.

—Te olvidas de Karin.

Naruto sacudió la cabeza. Miró de reojo hacia al agua y su mirada se encontró con la de Temary. La
apartó rápidamente y tomó aire.

—No lo hago. Sasuke quiso a Karin, no lo dudo, pero nunca la necesitó. Y por eso no tenían futuro.

Sakura contempló el dibujo que tomaba forma bajo la mano de Naruto.

—Conmigo tampoco. Él volverá a Santa Fe y yo iré a Columbia —musitó, y darse cuenta de esa
realidad le resultó doloroso. Su relación era como una cuenta atrás, rápida e inevitable.

—Bueno, eso es asunto vuestro —dijo Naruto mientras se ponía de pie—. Pero ojalá tengas razón y
lo vuestro solo se trate de pasar un buen rato. Lo último que él necesita es colgarse de alguien como
tú.

—Vaya, creía que te caía bien —replicó Sakura, molesta.

Naruto la miró desde arriba.

—Y me caes bien. Pero por Sasuke dejaría de respirar.


Sakura asintió con una leve sonrisa. Naruto tenía razón, ella no le convenía a Sasuke del mismo
modo que él no era para ella. Les separaban demasiadas cosas. Alzó los ojos hacia el chico.

—¿Crees que Sasuke estará bien?

—¿La verdad? No lo sé. Pero se le acabará pasando. No te preocupes.

Sakura se abrazó las rodillas y miró hacia el muelle, que apenas era un punto oscuro a lo lejos.

—Me preocupa. No… no quiero imaginar qué clase de vida ha tenido para que…

Naruto alzó un dedo, haciéndola callar, y

negó con la cabeza.

—A Sasuke no le gusta que le compadezcan. Olvida lo que te he contado. Si le mencionas algo de


esta conversación le prenderé fuego a tu coche y tu amiga deseará no haberme llamado nunca
fracasado.

Sakura se quedó de piedra. ¿Lo había dicho en serio? Por su expresión parecía que sí. Se puso de
pie sin intención de amedrentarse y le sostuvo la mirada mientras se sacudía la arena de los brazos.

—Parece que Sasuke no es el único con problemas serios.

—Todos tenemos nuestros demonios.

27

Sasuke terminó de atornillar el canalón a la pared, mientras Naruto lo sujetaba desde arriba.
Llevaban toda la tarde en silencio, trabajando en el tejado y en el nuevo cableado eléctrico. Así
habían pasado los dos últimos días y la casa ya no parecía un edificio cochambroso, a punto de
venirse abajo. Una mano de pintura y quedaría como nueva.

Bajó de la escalera y encajó la última parte del tubo metálico que descendía paralelo a la pared. Se
quedó mirándolo y contempló todo el trabajo. No estaba mal. Adiós a las goteras y a las manchas de

humedad en la pared. El suelo del porche era completamente nuevo y también la baranda.

—Parece que al final lo hemos conseguido —dijo Naruto a su lado, contemplando la casa.

Sasuke sonrió y le dio una palmada en la espalda.

—Gracias, tío.

—De nada, hermano —respondió, chocando su puño con el de él—. ¿Qué nos queda?

—Cambiar la caldera. Pero eso puedo hacerlo yo, y lo haré mañana. Estoy muerto.

Naruto se apoyó en su camioneta, aparcada junto al Mustang en la entrada, y sacó una cerveza de
la nevera que llevaba en la parte trasera. La abrió y le dio un trago, después se la pasó a su amigo.
—¿Por qué no salimos a cenar algo? Tengo hambre y llevamos dos días aquí encerrados.

—No sé, estoy cansado —respondió

Sasuke.

Su teléfono sonó y el corazón le dio un vuelco. Lo sacó del bolsillo esperando ver en la pantalla un
mensaje de Sakura, pero era de Obito, recordándole que habían quedado al día siguiente. Desde que
casi había estrangulado a la chica, la había estado evitando, poniendo como excusa la reforma de la
casa.

No podía verla. No tenía muy claro el motivo, si era porque se sentía avergonzado por lo ocurrido o
por no darle explicaciones si se las pedía; y seguro que se las pediría. Las mujeres siempre pedían
explicaciones por todo. Se empeñaban en hablar de los sentimientos, de los traumas, de todo lo que
él quería mantener enterrado en una caja de acero bajo dos toneladas de hormigón. Se convertían
en psicólogas aficionadas que esperaban poder salvarte con su carita de comprensión absoluta, como
si un cerebro jodido pudiera arreglarse tras un par de horas desnudando tu alma y tus secretos.
Hasta ahora, lo único que le funcionaba en ese sentido era desnudar a la mujer en cuestión y hacerle
de todo. Durante un rato se olvidaba de sus paranoias, pero después ellas querían hablar y todo se
iba a la mierda. Él no servía para eso.

Había dado gracias al cielo cuando ella regresó al barco y no trató de sacar el tema sobre lo ocurrido.
Se comportó como si nada hubiera pasado, hablando con todo el mundo y sentándose a su lado como
si nada. Pero él empezaba a conocerla y sabía que en realidad no estaba bien. Ninguno de los dos
estaba bien. Apenas habían hablado y la despedida se limitó a un leve roce en los labios. Cuando ella
le llamó al día siguiente para quedar, él no tuvo valor y mintió; y en esas estaba.

El problema era que la echaba de menos. Echaba de menos tenerla cerca, oír su risa. Tocarla y
besarla se había convertido en una necesidad. Se le había metido en la sangre como si fuera una
droga, y quería más, necesitaba llegar hasta el final con ella. Acabar lo que se habían propuesto. De
eso se trataba, ¿no? Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que no era tan sencillo y que

día a día todo se estaba enredando? No podía complicarse la vida con ella. ¡Dios, estaba hecho un
lío!

—¡Venga, salgamos un rato, divirtámonos y pillemos un buen pedo! Nunca has dicho que no a una
hamburguesa, una botella de tequila y un par de chicas. No me hagas suplicar — rezongó Naruto.

Sasuke sonrió. Cuando Naruto se ponía en ese plan era imposible decirle que no, y el plan en cuestión
no sonaba nada mal. Pensó en Sakura, en el acuerdo, en que no podía haber nadie más mientras lo
mantuvieran, pero... ¿aún lo mantenían? Nunca se había comido tanto la cabeza por una historia y
a ese paso iba a explotarle.

—Vale, pillemos ese pedo —dijo al fin.

Lo necesitaba.

Una hora después iban caminando por el centro. Naruto se había empeñado en cenar en un local
nuevo. Hacía días que le había echado el ojo a la camarera. Caminaban sin prisa, conversando de
cosas sin importancia, cuando el teléfono de Sasuke sonó. Le echó un vistazo y todo su cuerpo se
tensó. Era ella. Tras un momento de duda, descolgó.

—Hola.

—Hola, soy... soy Sak. ¿Qué tal estás?


¿Qué tal la reforma?

Escuchar su voz provocó un terremoto en el cuerpo de Sasuke. De repente necesitaba verla para
poder respirar.

—Bien, casi hemos terminado — respondió sin aliento—. ¿Y tú cómo estás?

¿Qué haces?

—Estoy bien. En este momento saliendo

de casa. Voy con Temary a un local nuevo que han abierto en el centro. Una hamburguesería.

—¿En serio? —preguntó con una sonrisa boba. ¿Una señal del destino?

—Sí, ¿por qué iba a mentirte? —repuso ella un poco más seria.

—No lo digo por eso. Es que Naruto y yo nos encontramos en la puerta, vamos a cenar.

Hubo un silencio y estuvo seguro de que ella estaba mordiéndose el labio. Un gesto que hacía muy
a menudo cuando se ponía nerviosa o se quedaba pensando en algo; y

que a él le encantaba.

—¿Quieres compañía? —propuso ella en tono coqueto.

A él se le aceleró el pulso. Vale, eso significaba que... ¿estaban bien? Dios, sí quería verla.

—Me encantaría tener compañía. Pero este es un sitio público en el centro, lleno de gente...

—No me importa —respondió Sakura de inmediato.

Sasuke apretó con fuerza el teléfono y se detuvo. Le dio la espalda a Naruto y bajó la voz.

—Eso cambia tu parte del acuerdo. —Lo cierto es que… lo he estado pensando y por mí puedes olvidar
todas mis cláusulas. Quiero verte, te echo de menos — admitió Sakura con voz ronca.

Sasuke notaba su pecho subir y bajar muy deprisa.

—¿Y qué pasa con el resto del acuerdo? ¿Quieres aparcar? —preguntó para estar seguro.

—No quiero, esa parte sigue vigente — respondió—. No desaparezcas —dijo antes de colgar.

Sasuke se giró hacia Naruto con una sonrisa en la cara, y guardó el teléfono en su bolsillo.

—Vale, no hace falta que me lo digas. Seremos tres.

—Cuatro —aclaró Sasuke—. Temary también viene.

La expresión de Naruto cambió de golpe, y su sonrisa dio paso a una mueca airada.

—Eh, no pongas esa cara, querías una chica. —Sasuke ahogó una carcajada.
Naruto resopló. Lo que había empezado como una noche prometedora, empezaba a convertirse en
una cita a ciegas para la que no estaba de humor.

—Quería a la camarera —refunfuñó.

—Vamos, admítelo, Temary te pone mucho más. Te encanta que te dé caña y te castigue.

—Me gustaría si mantuviera la boca cerrada de vez en cuando. Es insoportable, y una pija creída.
Tío, destila veneno. No me acostaría con ella aunque me lo suplicara.

—Ya... —Sasuke frunció el ceño—. ¿Te lo has creído?

Naruto se rió por lo bajo.

—Ni de coña, pero sigue hablando demasiado.

Sasuke se echó a reír y rodeó el cuello de su amigo con el brazo. Entraron en el local y ocuparon una
de las pocas mesas libres que quedaban al fondo, cerca de la puerta batiente que daba acceso a la
cocina. No era

el mejor sitio, pero estaba alejado del ruido y el tránsito de clientes que se agolpaban en la barra.
Una camarera se acercó y les entregó la carta. Tomó nota de las bebidas y regresó a toda prisa para
recoger otro pedido.

La puerta principal se abrió y un grupo de gente entró haciendo mucho ruido. Sasuke levantó los
ojos de la carta y se encontró con la mirada de Sai Tucker sobre él. Todo su cuerpo se tensó como
la cuerda de un violín a punto de romperse. Sai le dedicó una sonrisa a modo de saludo. Sasuke
empezó a levantarse de la silla sin darse cuenta, con los puños apretados y los dientes rechinando
dentro de su boca. El muy cretino había dejado embarazada a Karin y estaba seguro de que iba a
pasar de ella en cuanto

lo supiera.

—Siéntate —ordenó Naruto en un susurró. Sasuke obedeció y soltó el aire que había estado
conteniendo—. Pasa de él, ya no estamos en el instituto.

Sai se sentó a una mesa reservada junto a la entrada. Con él iban dos parejas de adultos y las amigas
de Sakura; no recordaba sus nombres. No dejaban de parlotear y reír, y Sasuke se esforzó por
ignorarlos. La camarera apareció con las bebidas y, mientras las dejaba sobre la mesa, le dedicó a
Sasuke una sonrisa coqueta. Empujó con las puntas de los dedos una servilleta doblada y la dejó
junto a su mano, le guiñó un ojo y se pasó la lengua por los labios.

Sasuke la observó mientras se alejaba.

Sabía lo que iba a encontrar sin necesidad de mirar. Estaba acostumbrado a que las chicas lo
abordaran de mil maneras distintas, y aquella era de las más recurrentes. Le dio la vuelta al papel y
allí estaba, un número de teléfono garabateado con un bolígrafo. En otro momento lo habría
guardado, nunca había rechazado la oportunidad de pasarlo bien un

rato. Pero esta vez…

Deslizó la servilleta hacia Naruto.

—¿Lo quieres?
Naruto miró de reojo el papel y sacudió la cabeza. Antes de contestar dio un trago a su cerveza.

—Paso. Si no soy el primer plato, no me interesa.

Sasuke soltó una risita e hizo una bola con la servilleta.

—No sabía que te habías vuelto tan tiquismiquis.

Naruto sonrió con la botella entre sus labios.

—Y yo no sabía que un tarado como tú conocía esa palabra.

—Vete a la mierda —le soltó Sasuke entre risas.

La puerta volvió a abrirse y Sakura apareció en el umbral con Temary. Estaba preciosa con el vestidito
blanco de lazos que llevaba el día que se vieron en el gimnasio. Ella sonrió con la vista clavada en él,
pero esta se desvió hacia la mesa que tenía al lado y se puso pálida.

—¡Saku, cielo! —exclamó la señora Tucker—. ¿Qué hacéis aquí?

El tiempo se detuvo para Sakura.

—Hemos venido a cenar algo —logró responder. Tenía el corazón desbocado y podía notar los latidos
en todos los rincones de su cuerpo.

—Nosotros también, ¿por qué no os sentáis? Hay sitio de sobra.

Sakura empezó a marearse. Por el rabillo del ojo podía ver a Sasuke, mirándola fijamente. Estaba
serio. Frente a ella, todos aquellos rostros que la contemplaban expectantes. Sus pensamientos se
rompieron en jirones. No podía hacerlo, no podía dar el paso. Un pavor absurdo se apoderó de ella y
la decisión de unos minutos antes comenzó a diluirse en un fuerte sentimiento de inseguridad. Agarró
la silla que tenía al lado y la apartó para sentarse. Temary la aferró del brazo.

—¿Nos disculpáis un momento? — preguntó con una sonrisa despreocupada en la cara, mientras la
arrastraba hacia la barra —. Pero ¿qué haces? Sasuke y Naruto están...

—No puedo hacerlo, Temary, no puedo — balbuceó Sakura con lo que parecía un ataque de pánico—
. Si voy con Sasuke, todos ellos... Se lo dirán a mis padres... Mañana todo el mundo...

—¡Venga ya, no puedes estar hablando así a estas alturas! Sasuke está ahí, a solo unos metros, y
no deja de mirarte. No puedes darle un golpe así, ha sido idea tuya.

—Lo sé, pero no imaginé... No puedo hacerlo, Temary. Lo siento. Todo esto es demasiado.

Temary la fulminó con la mirada.

—Si voy con ellos, también empezarán a hablar mal de mí. Dirán miles de disparates. ¿Vas a dejar
de ser mi amiga cuando eso ocurra? Porque voy a sentarme con ellos. Ahora mismo. —Sakura no
contestó y apartó la mirada. Temary sonrió con desdén y un suspiro burlón escapó de su garganta—
. Que te aproveche la cena, cariño —le soltó con rabia, y antes de irse añadió—: Espero que despiertes
y te des cuenta de que no se trata de ellos, sino de ti. Es tu vida y siempre se tratará de ti.
Sakura se quedó muda cuando vio a Temary dirigirse a la mesa donde se hallaban Sasuke y Naruto.
Se sentó con ellos y tomó la cerveza de Naruto, le dio un trago y no miró hacia atrás ni una sola vez.
Incapaz de respirar con normalidad, Sakura logró moverse y unirse a sus amigas. Konan le

hizo un sitio junto a Nora.

—¡Dios, no me digas que Tema está saliendo con uno de ellos! A esa chica se le ha ido la cabeza, en
serio —susurró Konan con la mano en la boca para amortiguar sus palabras.

—A lo mejor está con los dos. Siempre ha sido un poco… Ya sabéis… fácil —replicó Nora con una
risita.

—Saku, cuéntanos, seguro que tú sabes algo.

—Yo...

—Shhh, callad. Se han levantado y vienen hacia aquí —les hizo notar Nora.

Sakura se hundió en el asiento y bajó la cabeza con el único deseo de morirse. De reojo vio pasar a
Naruto, que sostuvo la puerta para Temary; Sasuke los seguía.

—¿Qué tal, Uchiha? —saludó de repente Sai—. ¿Ya te marchas, y sin cenar? No me digas que la
comida es un asco.

Sasuke se detuvo y miró a Sai, después posó sus ojos en Sakura, que no apartaba la vista de su
regazo. Lo había despreciado y ni siquiera se dignaba a mirarle.

—He quedado con alguien, pero parece que no va a presentarse —respondió con una sonrisa
forzada—. No pasa nada. Tampoco era nadie importante, solo un rollo.

Sai trató de sonreír. No esperaba que Sasuke se parara, y mucho menos para charlar. Se encogió de
hombros. Entonces se dio cuenta de que algo raro le pasaba a Sakura, parecía a punto de
desmayarse.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó, inclinándose sobre la mesa, preocupado. —Cuida de tu chica,
Tucker, parece que no se encuentra bien —dijo Sasuke, y salió sin más del local.

—Saku —insistió Sai.

—Estoy bien —articuló ella a duras penas.

—Por Dios, Saku. ¿Has visto cómo te miraba Uchiha? Chica, ¿qué le has hecho? —inquirió Konan con
la mano en la boca para que solo ella pudiera oírla.

—¿Qué le va a hacer? Nada —intervino Nora—. Seguro que es cosa de Temary. Esos chicos son
delincuentes, drogatas, ¿qué esperas de gente así? Se pasan el día colocados. Son unos fracasados.

El parloteo continuó y Sakura dejó de escuchar. Solo podía oír las palabras de Sasuke atravesándola
como cuchillos. Le había hecho daño, lo había herido. Ella era la que había roto el acuerdo, forzando
aquella cita, y después lo había arrastrado por el barro como si fuera menos que nada. Sasuke se
había arriesgado a confiar en ella y le había devuelto el favor avergonzándose de él, fallándole. Se
puso en pie con un pellizco en el estómago, no podía dejar las cosas así. Tenía que explicárselo.

—¡Saku! —exclamó Sai al ver que abandonaba la mesa.


—En... enseguida vuelvo.

28

Salió a la calle, buscándolo con la mirada desesperada. Se encaminó al lugar donde había visto
aparcada la camioneta de Naruto, rezando para que aún estuvieran por allí. No había recorrido ni
media manzana, cuando vio pasar la camioneta a toda velocidad. Naruto conducía y Temary iba a su
lado, pero no Sasuke. Se le aceleró la respiración y echó a correr. ¿Iría andando?

Doscientos metros más adelante vio una figura que se alejaba rápido. Lo reconoció a pesar de la
distancia y la penumbra. Lo habría hecho en cualquier parte. Apretó el paso mientras sus zapatos
resonaban contra la acera. Él caminaba deprisa, con las manos en los bolsillos y la cabeza hundida,
como si le colgara de los hombros.

—¡Sasuke!

Él se detuvo un instante y miró hacia atrás. Al verla sacudió la cabeza y continuó caminando sin
inmutarse.

—¡Sasuke! Por favor, habla conmigo — gritó.

Logró darle alcance y lo sujetó por la muñeca para que se detuviera. Él se zafó con un tirón de su
brazo, y la fulminó con la mirada. Una mirada que destilaba rabia. La contempló de arriba abajo
como si no la conociera. Sacudió la cabeza.

—Por favor, habla conmigo —insistió Sakura. Le faltaba el aire e inspiró hondo tratando de calmar la
respiración y los latidos de su corazón.

Sasuke dijo que no con la cabeza.

Resoplaba con los puños apretados.

—Por favor.

Él la miró y permaneció en esa posición durante unos segundos dolorosamente largos. Apretó la
mandíbula y volvió a negar con la cabeza. El calor de sus ojos cuando la miraba, había dado paso a
una frialdad tan gélida como una noche de lluvia en invierno. De repente avanzó un paso hacia ella,
furibundo.

—Vale —masculló, y la apuntó con el dedo—. ¿Sabes qué? ¡Que te jodan, Sak! — le gritó—. ¡Que te
jodan, nena! ¡Tú empezaste todo esto, no yo!

Sakura se mordió el labio inferior para no echarse a llorar. Estaba furioso.

—Sasuke, por favor —suplicó. Alargó las manos y trató de acunarle el rostro.

Sasuke se apartó como si su tacto quemara. No quería que lo tocara, ni siquiera tenerla cerca. Un
sinfín de emociones se sucedían a través de su cuerpo: odio, culpa, dolor…, incluso deseo. Ni en un
momento como aquel era capaz de mantener a raya la necesidad que despertaba en él.

—No me toques —replicó con ojos centelleantes.


Sakura se sentía fatal. Tragó saliva bajo su intensa mirada y comenzó a temblar.

—Por favor, escúchame. Lo siento mucho, lo siento —rogó con lágrimas en los ojos.

—Lárgate por donde has venido. No quiero verte —dijo él articulando cada palabra con una furia
desmesurada. Se sentía como una bomba a punto de explotar.

Sakura negó con la cabeza. No pensaba marcharse, esta vez no iba a huir. —Lo siento. Creí que
podría… —insistió. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

La expresión de Sasuke se ensombreció y su mandíbula se tensó.

—En el fondo no eres diferente a todos esos gilipollas. Lo único que te importa de verdad son las
apariencias. Eres capaz de sacrificarte a ti misma solo para parecerte a la muñeca perfecta y rota
que todos esperan que seas. ¡Me das pena! —le espetó, y sus ojos centellearon al cruzarse con los
de ella. En ese momento la odiaba de verdad, porque su desprecio le había hecho darse cuenta de
que sentía por ella mucho más de lo que imaginaba y estaba dispuesto a admitir.

Apretó los puños y la mandíbula, tratando de contenerse.

—¿Y qué esperas que haga? —preguntó ella con un escalofrío.

—Yo no voy a decírtelo. Si tú no lo sabes... —Sacudió la cabeza otra vez. Se pasó las manos por el
pelo y las dejó allí entrelazadas con la mirada perdida en los edificios. Cerró los ojos y respiró hondo,
pero era incapaz de recuperar la calma.

—No es tan fácil —respondió Sakura. No conseguía salir de ese bucle de miedo y parálisis en el que
había entrado.

—Sí lo es —gritó Sasuke con todas sus fuerzas. Golpeó el aire con el puño—.

¡Joder! ¡Maldita sea! ¡Joder!

Sakura retrocedió un paso, intimidada por su pérdida de control.

—Pero mis padres... mis amigos... Creía que podría, pero no ha sido así. Ellos jamás me lo
permitirían.

Sasuke se llevó las manos a las caderas sin dejar de moverse. Ni siquiera sabía por qué seguía allí,
hablando con ella. Se detuvo y la miró a los ojos. Estaba llorando, pero no dejó que sus lágrimas le
afectaran. Era a él a quien habían hecho daño, al que le habían pisoteado sus sentimientos.

—Por Dios, Sak. Sigues sin entenderlo. No se trata de ellos, sino de ti. Eres adulta, nadie puede
decirte qué hacer. ¿Qué quieres tú? — gruñó furioso, avanzando un paso hacia ella.

Sakura retrocedió un poco y se abrazó los codos.

—Lo que quiero no está bien. No es lo correcto.

Sasuke hizo una mueca de dolor, de rabia, de frustración. Parecía un caleidoscopio de emociones.
Sus ojos lanzaban chispas y su irritación fue en aumento.
¿Y quién decide qué es lo correcto? ¿Por qué es tan importante para ti hacer lo correcto cuando no
es lo que quieres? ¿Por qué tienes tanto miedo? —exclamó con los músculos del cuello tensos como
cables de acero.

A Sakura se le cortó el aliento.

—Porque yo no soy como tú, Sasuke. Para mí no es tan fácil vivir sin que me importe nada —repuso
con rabia, alzando la voz.

Sasuke se quedó blanco. La miró en silencio unos segundos, con el rostro contraído por la
incredulidad. Retrocedió impulsado por sus palabras, apartándose de ella.

—¿Crees que a mí no me importa nada?

—dijo en voz baja.

Tictac, tictac. La bomba de su pecho estaba a punto de ponerse en marcha.

Ella también retrocedió un paso, abrumada por la furia y el odio que reflejaban sus ojos en ese
momento. Tragó saliva y enfrentó su mirada.

—Respecto a mí, sí lo creo. Al fin y al cabo solo se trata de sexo, ¿no? Eso es lo que hay entre
nosotros, un calentón. — Sakura exhaló por la nariz. No era capaz de creerse sus propias palabras—
. Entonces,

¿por qué te enfadas así conmigo? Eso lo ibas a tener igual, con o sin hamburguesa.

El dolor volvió a reflejarse en los ojos de Sasuke. Se puso pálido y sus labios esbozaron una triste
sonrisa, que desapareció tras un nuevo estallido de furia

—¿De verdad crees que todo se reduce a echar un polvo? Si solo se tratara de follar no seguirías
siendo virgen, te lo aseguro. Me habría colgado esa medallita hace días y tú no me lo habrías puesto
muy difícil. —Se encogió de hombros—. Pero si estás tan segura de que las cosas son así, quizá
debería pasar de toda esta mierda y follarte aquí mismo. ¿Qué dices, nos lo montamos y acabamos
con esto de una puta vez? ¡Que más da, solo se trata de sexo!

Se dio la vuelta llevándose las manos a la cabeza.

—¡Ni siquiera me conoces! —añadió para sí mismo.

Sakura sabía que debería sentirse ofendida por sus palabras, pero no podía. Sasuke tenía razón. Lo
habrían hecho la primera noche si él no hubiera puesto el freno. Tampoco podía enfadarse por su
tono despectivo y cruel, pues había sido ella quien lo había empujado y provocado hasta ese extremo.
Captó otra lectura en su comentario y el corazón comenzó a saltarle en el pecho.

—¿Qué has querido decir? ¿De qué se trata entonces sino es de…?

Las palabras se atascaron en su boca. La idea era disparatada, y a la vez el sueño oculto en el que
se negaba a pensar.

Sasuke cogió aire, no podía explicárselo. Eso era lo que quería evitar, pensar en lo que sentía,
desnudar su alma y ser
vulnerable. No podía hablarle sobre algo que acababa de descubrir y de lo que ni siquiera estaba
seguro. La miró a los ojos. A la mierda con todo, ya estaba jodido.

—¿Tú qué crees? —gritó. No era capaz de bajar el tono—. Para mí no eres solo una tía a la que
tirarme. Dios, si voy detrás de ti como un perro. ¿Tanto te cuesta verlo? — Alzó los brazos en un
gesto de súplica.

—Nuestro acuerdo...

—Nuestro acuerdo es una mierda. Es un juego. La excusa a la que nos aferramos para justificar que
nos morimos el uno por el otro y no cagarnos de miedo. Porque a mí me aterra saber que no solo
quiero estar dentro de ti, que necesito otras cosas que nadie salvo tú puede darme. Y que lo único
que yo puedo darte a cambio es un montón de

basura.

Sakura se quedó sin aire. No podía creer lo que acababa de oír. Sasuke sentía algo por ella.

—¿Y cuándo te has dado cuenta de todo eso? —preguntó casi sin voz.

—Cuando me has roto el corazón en la puta hamburguesería —le soltó Sasuke sin ningún miramiento.

Ella no podía dar crédito a sus palabras. Se llevó las manos a las mejillas y notó que las lágrimas
volvían a deslizarse por ellas.

—Lo siento, yo no quería… No podía... mis padres, mis amigos... Si hubieses oído las cosas que han
empezado a decir sobre Temary, solo por sentarse con vosotros...

—¡Y dale! ¡Por Dios, deja eso de una vez!

—suplicó Sasuke con la voz rota—. Es

mucho más fácil.

—No lo es —respondió Sakura, incapaz de deshacerse de aquella roca que la aplastaba.

Sasuke resopló. Tictac, tictac, el reloj de su bomba interna iniciaba la cuenta atrás. Estaba perdiendo
el control y no quería que viera esa parte de él. No quería… Lanzó una patada a la rueda de un coche
aparcado y golpeó con el puño el contenedor junto al que se habían detenido, dos veces. Asestó otra
patada al neumático y otro puñetazo, profiriendo una sarta de palabrotas.

Sakura soltó un grito al ver la abolladura en el metal. Sus ojos volaron hasta su mano, tenía que
habérsela destrozado.

—A la mierda con lo que piensen.

¿Quieres estar conmigo sí o no? —bramó Sasuke.

Ella guardó silencio, temblando de arriba abajo.

—¿Sí o no? —insistió cabreado, presionándola.

—No lo sé —sollozó, y tragó saliva para frenar el dolor que ascendía desde su pecho.
Sasuke la miró fijamente y su rostro se entristeció por un segundo antes de volver a

encenderse. Negó con la cabeza.

—Entonces es evidente que esto se ha terminado.

Dio media vuelta y comenzó a alejarse.

—¡Sasuke!

—Que te den, Sak —dijo mientras levantaba el dedo corazón—. No eres más que una niñata estúpida
y caprichosa.

Lárgate con tus amiguitos e intenta no volver a cruzarte en mi camino. La próxima vez te juro que
no seré tan amable.

—¿Amable? —preguntó ella, incrédula.

Sasuke se detuvo unos pasos más adelante. A Sakura se le paró el corazón. Pero lo que hizo fue
subir a su coche, aparcado allí, y salir a toda velocidad sin mirarla ni una sola vez.
29

Qué haces aquí? —preguntó Temary al ver a Sakura medio dormida, sentada en el porche de su
casa.

Sakura parpadeó y necesitó un par de segundos para recordar dónde se encontraba. Se enderezó en
el sillón de rafia en el que se había acurrucado. Se frotó el cuello para aliviar un leve tirón y trató de
sonreír.

—¿Por qué no has llamado a la puerta? — inquirió Temary.

Cruzó los brazos sobre el pecho y resopló.

—Lo hice, pero no hay nadie.

—Sí que lo hay. Mi madre —aclaró

Temary. Puso los ojos en blanco—. Pero ya debe estar hasta arriba de pastillas para dormir. —Miró
a su amiga—. ¡Son más de las dos, Saku! ¿Cuánto llevas aquí?

—No lo sé, mucho. Te estaba esperando

—respondió en voz baja. La miró a los ojos —. ¿Acabas de llegar?

—Sí.

—¿Dónde has estado?

—¿De verdad te importa?

Sakura apartó la vista de ella y apretó los labios con fuerza hasta convertirlos en una fina línea en
su rostro.

—Por favor, no te enfades conmigo. Eres mi mejor amiga, Tema —suplicó al borde del llanto.

Temary resopló y se sentó a su lado en el sillón. Miró a Sakura de reojo y suspiró mientras le daba
un empujón cariñoso con el codo. Sus enfados con ella no solían durarle mucho, sobre todo cuando
su amiga se comportaba como un perrito abandonado al que nadie quería. Esos tristes ojos grises
eran su debilidad.

—Vengo del Shooter. He pasado casi toda la noche allí con Naruto. Como amigos —se apresuró a
aclarar.

—¿Sasuke estaba con vosotros?

Temary negó con la cabeza y se abrazó las rodillas.

—No. Pero oí a Naruto hablando con él por teléfono. Creo que se marcha mañana. Regresa a Santa
Fe.
Sakura palideció. Sasuke iba a marcharse. Se acabó, y todo por su culpa. Se le retorció el estómago.
No había querido

ver la realidad y ahora esta caía sobre ella con un peso aplastante. Se había enamorado de Sasuke
en el instituto, y esos sentimientos nunca la habían abandonado como creía. Solo se encontraban en
un estado latente, a la espera de despertar en cuanto la más mínima señal diera la voz de alerta; y
la señal había llegado con la intensidad de un maremoto. Por eso había hecho tantos disparates y se
había dejado llevar por ese deseo desmesurado que la hacía temblar con solo oír su voz. Se cubrió
la cara con las manos y comenzó a llorar.

—Oh, no, Saku. Venga, no llores. Sabes que me bloqueo con estas cosas, nunca sé qué hacer o qué
decir.

—Lo he estropeado todo —sollozó.

—¿Qué parte? —preguntó Temary medio

en broma.

Sakura soltó una risita frustrada cargada de tristeza.

—Todas. Cada parte de mi vida desde que vine al mundo. Si no, mira a mis padres. Yo lo estropeé
todo y no dejan de recordármelo: todo lo que han sacrificado, todo lo que han hecho... —indicó
mientras se limpiaba con las manos las lágrimas que resbalaban por su cara.

—Eso no es cierto —susurró Temary, rodeándole los hombros con el brazo—. El problema no eres tú.
Tú eres la consecuencia de que ellos fueran unos irresponsables. Eso no te convierte en culpable,
eres la víctima. —Se quedó pensando y frunció el ceño cuando una idea tomó forma en su mente—
. ¡Dios! ¿Esta es la razón de que te hayas escondido tras alguien que no eres tú? —Le tomó la
cara y la giró para que la mirara. Entornó los ojos—. Te has pasado toda la vida complaciendo a los
demás. A tus padres para ser la hija perfecta; a tus amigos; a tus profesores; incluso a tus estúpidos
vecinos, para ser la chica a la que todos admiran...

¿Para compensar que existes? ¿Tanto necesitas que te acepten a toda costa? ¿Por qué? ¿A qué le
tienes tanto miedo?

Sakura sacudió la cabeza y apartó la vista.

—No lo sé.

En el silencio que siguió, ambas se quedaron mirando el jardín. Los aspersores se habían puesto en
marcha sin que se dieran cuenta y parecía que lloviera. El sonido del agua contra la hierba era
hipnótico. Temary alargó la mano y tomó la de su amiga.

—Va siendo hora de que empieces a

complacerte a ti misma, cariño. Piénsalo,

¿de qué te ha servido todo el esfuerzo, todo lo que te has negado? Tus padres siguen siendo los
mismos egoístas de siempre. Tu novio te puso los cuernos a pesar de que le idolatrabas. Y de los
amigos mejor no hablar... ¿Konan, Nora, Matsuri y compañía? Por favor, ¿de verdad te importa lo
que piensen?
Sakura se puso en pie, demasiado abrumada y nerviosa como para permanecer quieta. Temary tenía
razón en todo, al igual que Sasuke había estado en lo cierto con cada palabra que le había dicho,
aunque hubieran sido dolorosas.

—Párate y piensa un momento —continuó Temary, yendo a su lado—. ¿Qué hay de auténtico en tu
vida? ¿Qué has encontrado hasta ahora que sea de verdad?

—A ti —respondió Sakura sin dudar—. Tú nunca me juzgas, me quieres como soy. Incluso cuando
me comporto como una idiota estás ahí, igual que ahora. —Temary asintió con una sonrisa—. Y a
Sasuke, él también es auténtico. No se parece a nadie que haya conocido.

Temary sonrió y arqueó una ceja.

—Es un psicópata.

—No lo ha tenido fácil. Tú también lo serías si hubieras pasado por las mismas cosas que él ha
pasado. Y a pesar de todo, lo sigue intentando —le espetó Sakura con rabia—. Y no deberías decir
que es un psicópata cuando tú babeas por Naruto. Han salido del mismo molde, te lo aseguro.

Temary alzó las manos en un gesto de paz.

—Le quieres.

—Sí —admitió.

—Sabes que él se está enamorando de ti, ¿verdad? —preguntó Temary con el ceño fruncido.
Sakura la miró estupefacta—. ¡Despierta! Es evidente que le gustan más cosas de ti que tus bragas.
Me he dado cuenta esta noche. Casi explota cuando te ha visto sentarte con Sai.

»Y... Naruto y yo hemos visto vuestro numerito en la calle. Naru no se fiaba de Sasuke y lo ha
seguido para que no hiciera ninguna tontería.

Sakura bajó la vista al suelo, avergonzada.

—¿Lo habéis oído todo?

—Parte —convino Temary.

—Entonces sabrás que ahora me odia.

—Cariño, del amor al odio hay solo un paso, en los dos sentidos. Nos pasamos la vida yendo y
viniendo de uno a otro.

—No querrá hablar conmigo. Dudo que confíe en mí después de lo que le he hecho.

No creerá que esta vez es diferente.

—¿Lo es, es diferente?

—¡Sí! —gritó Sakura—. No soporto la idea de que se vaya.

—Pues ve y díselo. No creo que tengas que suplicarle mucho —replicó Temary con un bostezo. Saku
frunció el ceño—. ¿A qué esperas, a que se largue? —Puso los ojos en blanco—. Ve a buscarle, ya,
¡vamos!
—¿Intentas deshacerte de mí?

—¿Tanto se ha notado? —preguntó Temary


en tono travieso—. Es que me muero de sueño y mientras sigas aquí...

Sakura sonrió. Se lanzó a sus brazos y le dio un abrazo que la dejó sin respiración. Salió corriendo
en busca de su coche.

—¡Eh, Tema! —gritó desde la calle—. ¿Te ha besado?

—Se moría por hacerlo —respondió Temary con una enorme sonrisa—. La próxima vez caerá. Ya
sabes que tengo debilidad por los chicos malos. Alguien tiene que redimirlos.

Eran las dos y media de la madrugada, y a esas horas el barrio estaba tan muerto como el resto de
la ciudad. Sakura aminoró la velocidad intentando ver el nombre de las calles a la luz de los faros de
su coche. La mitad de las farolas no funcionaban y la luz de las pocas casas iluminadas no ayudaba
mucho.

Inspiró hondo. Le costaba respirar con normalidad y no quería que el pánico se apoderara de ella.
Sabía qué iba a decirle a Sasuke si este se dignaba a escucharla, aunque no cómo enfrentar a su
madre cuando la encontrara a esas horas de la noche en la puerta de su casa. Quizá, lo más sensato
fuese esperar a que amaneciera, pero Sasuke era tan impulsivo que, en un arrebato, podría poner
rumbo a Santa Fe a primera hora y ella no lograría llegar a tiempo.

Se detuvo en un cruce para poder ver la señal que sobresalía tras un árbol y el poste de un semáforo.
El corazón le dio un vuelco, esa era la calle que buscaba. Giró a la derecha y fue contando las casas,
intentando encontrar el número 25. Frenó de golpe y se quedó mirando una que parecía recién
reformada. La pintura blanca brillaba a la luz del porche, al igual que el barniz de la baranda. El
Mustang aparcado en la entrada terminó de confirmarle que había llegado a su destino.

Miró a su alrededor, estirando el cuello por encima de los asientos. No había ni un hueco donde
aparcar. Dio marcha atrás y estacionó en un espacio para carga y descarga de una tienda de
comestibles. Esperaba que nadie hiciera el reparto a esas horas.

Paró el motor y se recostó unos segundos contra el asiento. Los nervios le arañaban el estómago
como si dentro tuviera una pelea de gatos. Estaba aterrada, a punto de desmayarse por el pavor
que le provocaba enfrentarse a Sasuke y su desprecio. Suspiró. Pero para eso había ido hasta allí,
¿no? A intentarlo una vez más, a pesar de que todas las apuestas estaban en su contra y que se
arriesgaba a salir de allí sin dignidad y con el alma herida. Había atisbado esa parte mala y violenta
de la que Naruto le había hablado, y no quería verle así nunca más, gritando como un loco y
golpeando cosas.

Se bajó del coche y tomó aire sin lograr que sus pulmones se llenaran por completo. Alisó su vestido
con las manos un par de veces y se encaminó hacia la casa.

—¡Mirad lo que acabo de encontrarme, un gatito asustado!

Un hombre salió de la nada cortándole el paso. Sakura reculó al tiempo que ahogaba un grito y el
corazón se le paraba un momento.

—¿Te has perdido, gatito? —preguntó el hombre con un gesto socarrón. Llevaba el pelo muy corto y
vestía unos tejanos, que le quedaban demasiado estrechos, y una camiseta con la publicidad de un
taller de reparaciones de electrodomésticos. Olía a tabaco y sudor.

—No —respondió Sakura, tratando de mantener la calma.


Se hizo a un lado y pasó de largo, pero un segundo hombre se plantó delante de ella y la miró de
forma maliciosa, deteniéndose en la parte de sus piernas donde acababa el vestido.

La bilis se le subió a la garganta.

—Dejadme en paz —dijo Sakura con voz ahogada.

—Pero si no te hemos hecho nada — replicó en tono apenado el primero.

Sakura sintió su aliento en la oreja y el calor de su cuerpo en la espalda. Se estremeció. No podía


moverse sin tocarles. Prácticamente estaban sobre ella y le entraron náuseas.

—Tú no eres de por aquí, gatito. Me habría fijado —continuó el tipo. Con un dedo capturó un mechón
de pelo de Sakura y se lo llevó a la nariz para olerlo.

—¿Por qué no os buscáis a otra a la que molestar? Yo tengo prisa —les espetó.

Su voz sonó fuerte y segura. ¡Bien por ella!, porque por dentro estaba temblando. Se hizo a un lado,
pero volvieron a interceptarla. La respiración se le aceleró, haciendo subir y bajar su pecho muy
deprisa. Lanzó una mirada a la casa de Sasuke, que apenas estaba a una decena de metros. ¿La oiría
si comenzaba a gritar?

—¿Ves a alguien más? —preguntó el tipo, como si Saku hubiera dicho la mayor tontería del mundo—
. Además, me gustáis ariscas, y ver cómo acabáis ronroneando.

Una risa surgió de entre dos coches y Sakura pudo ver que había un tercer hombre sentado en la
acera. Los latidos de su corazón se dispararon a niveles estratosféricos. Solo a ella se le ocurría
meterse en aquel barrio en plena madrugada. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza encontrarse
con tres borrachos con ganas de molestar. Apretó los labios y se hizo a un

lado para escabullirse. Le cortaron el paso. Lo intentó moviéndose a su izquierda, pero no era tan
rápida como ellos. El tipo que había hablado hasta ahora la cogió por la muñeca.

—Vamos, no te enfades, quédate un ratito. —¡No me toques! —masculló Sakura.

—Vale, dame un beso y dejo que te vayas.

Los otros dos se echaron a reír con ganas.

—Ni en tus sueños —soltó, alzando la voz. Retorció el brazo intentando que la soltara. Le hacía daño,
pero el dolor no era nada comparado con el miedo y la sensación de vulnerabilidad que sentía.

—Solo un besito. A lo mejor te gusta.

—Seguro que le gusta —dijo el que estaba sentado. Tenía las manos entre las rodillas y estaba liando
un cigarrillo.

—¿Has oído lo que dice mi amigo? Él nunca se equivoca. Venga, dame ese besito —ronroneó,
acercando su cara a la de ella.

Sakura apartó el rostro con una mueca de asco. Sintió su aliento en el cuello y, de repente, oyó un
golpe seco. Apenas tuvo tiempo de ver cómo el chico que había intentado besarla se estrellaba contra
uno de los coches aparcados. Su cabeza rebotó en la ventanilla, como si fuera un muñeco, y cayó
hacia atrás en el asfalto.
—Tú, gilipollas —dijo una voz ronca que Sakura habría reconocido en cualquier parte—. Voy a
matarte.

Sasuke había surgido de la nada. Se echó encima del segundo tipo y empezó a atizarle un puñetazo
tras otro. El chico que estaba sentado en la acera tiró el cigarrillo al suelo y se abalanzó sobre él. No
logró tocarlo, recibió un codazo en las costillas y otro en la cara que le rompió la nariz. Cayó de
rodillas mientras gemía con las manos en el rostro. Cinco segundos después, el tercer idiota se
alejaba a gatas con la cara ensangrentada. Sasuke levantó del suelo al que había intentado besar a
Sakura y lo empujó contra el coche. Lo agarró por el cuello y le dio una bofetada.

—¿Estás despierto, capullo? —preguntó, y le dio otro revés.

—Sí, sí —tartamudeó el tipo.

—Bien, ahora escucha atentamente. Sí tú o cualquiera de los gilipollas que van contigo, os atrevéis
a respirar el mismo aire que ella, te mato. Te sacaré el corazón por la boca y se lo daré a mi perro,
y después, en su lugar, meteré tus huevos —le dijo, buscando con sus ojos los del hombre para
asegurarse de que lo había entendido—. ¿Está claro, hijo de puta? —subrayó cada palabra
golpeándole la frente con el dedo.

Sakura apenas podía respirar. Sus ojos no se apartaban de Sasuke, de la perversidad y el odio que
exhalaba su voz, su expresión. Estaba segura de que cada amenaza que había salido de su boca no
era un farol, sino una advertencia. Mataría a aquel tipo si le daba una razón para hacerlo. Su mano,
aferrando la garganta del hombre, tensa y contenida, dejaba claro el esfuerzo que estaba haciendo
para no seguir apretando hasta partirle el cuello.

—¿Está claro? —repitió.

—Sí, tío, sí —lloriqueó el otro.

Sasuke lo soltó, lo puso derecho y lo empujó de nuevo, como si necesitara seguir haciéndole daño.

—Largo —gritó. El chico empezó a moverse, dando tumbos—. ¡Largo! —bramó, dando un paso hacia
los otros dos.

Sakura se quedó mirando anonadada cómo desaparecían por un callejón, ayudándose entre ellos a
caminar. Se dio la vuelta y se encontró con Sasuke a solo unos centímetros de ella, con el ceño
fruncido y una mirada fría. No parecía contento de verla. Iba descalzo y sin camiseta, vistiendo tan
solo unos tejanos descoloridos y bajos que dejaban a la vista la línea de vello oscuro que nacía en su
vientre y subía hasta su ombligo. No se adivinaba la ropa interior. Tuvo que clavarse las uñas en la
mano para

no posarla en aquel estómago. Llevaba el pelo alborotado y varios mechones le caían sobre la frente.
En su cara aún se adivinaba el rastro de un sueño profundo.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Crees que este barrio es Disneylandia? —inquirió Sasuke con los
músculos de la mandíbula tensos.

No tenía intención de mostrar lo mucho que le afectaba tenerla delante, ni la sorpresa y la curiosidad
que sentía por saber qué estaba haciendo allí. Se estremeció. Joder, aún temblaba por dentro solo
de pensar en lo que podría haber ocurrido si no se hubiera despertado. Esta vez estaba agradecido
a sus pesadillas. Gracias a ellas había ido a la cocina a por un vaso de agua y desde la ventana había
visto a tres memos
molestando a una chica. Solo que, cuando su cerebro procesó la imagen y se dio cuenta de quién era
ella, su corazón reventó en mil pedazos por el miedo y la rabia. Casi sale completamente desnudo a
la calle, dispuesto a matar a golpes a aquellos imbéciles. No tenía ni idea de dónde había sacado la
calma para ponerse los pantalones.

Ahora estaba de nuevo herido y enfadado con ella. Sus ojos sobre él eran puñales. La forma en la
que lo miraba mostraba sus pensamientos con una claridad fotográfica. Dios, ¿qué pretendía, primero
volverlo loco con sus deseos y sus inseguridades y después matarlo? No era una maldita flor a la que
pudiera deshojar cuando le viniera en gana:

ahora quiero estar contigo, ahora no...

—He venido para que hablemos — respondió ella.

—Pues yo no quiero hablar contigo. Sube a tu coche y lárgate.

—Por favor, Sasuke. Vengo dispuesta a no moverme de tu puerta hasta que me escuches.

—Vete —dijo él en un susurro rabioso.

—Por favor —insistió ella, aferrándolo por la muñeca cuando se dio la vuelta dispuesto a marcharse.
Lo rodeó y se plantó delante, cortándole el paso.

Sasuke bajó la vista hasta el punto en el que sus cuerpos se tocaban. La mano de Sakura temblaba.
No solo su mano, toda ella temblaba de arriba abajo, hasta sus labios se agitaban como si el
ambiente estuviera a menos cinco grados. Una pequeña parte de él se ablandó al verla de ese modo.

—Tienes un minuto —dijo mientras se deshacía de su contacto. Que lo tocara era más de lo que
podía soportar.

Sakura asintió y suspiró con la respiración entrecortada. Tenía una oportunidad y quería
aprovecharla. Pidió al cielo no empezar a tartamudear y parecer más patética de lo que ya era.

—Vale. —Se humedeció los labios con la lengua, pero dejó de hacerlo en cuanto él entornó los ojos
como si se lo estuviera recriminando—. Siento mucho todo lo que ha ocurrido. Sé que lo he
fastidiado, que me he equivocado de principio a fin, y que no tienes por qué volver a confiar en mí
ni creer nada de lo que te diga. Pero necesito que entiendas que me asusté, ¿vale? Esta noche tomé
una decisión equivocada porque me

asusté. Pero te juro que, si pudiera volver atrás en el tiempo, no volvería a cometer ese error. Iría
contigo sin importarme nada más.

»No soy perfecta. Soy un desastre, insegura y patética. Me he pasado toda la vida intentando
complacer a todo el mundo, porque pensaba que al hacerlo iba a sentirme mejor conmigo misma.
Pero no es así, solo me siento bien cuando soy realmente yo, y eso solo ocurre cuando estoy contigo.
La forma en la que tú me ves es la única que me importa, porque me gusta la clase de persona que
soy cuando estamos juntos.

Su mirada le suplicaba comprensión.

Continuó:

—Me importas, y tienes razón, no se trata solo de sexo…, aunque esa parte seguro que es genial.
¡Dios, si ya me gustabas en el instituto, cuando tú ni siquiera me veías aunque te dieras de bruces
conmigo! Pintaba corazoncitos en mis libretas con nuestras iniciales —confesó, alzando los brazos en
actitud de derrota. No le pasó desapercibido el gesto de sorpresa que él esbozó—. No lo merezco,
pero necesito que me perdones. Jamás volveré a darte la espalda. Sé que pertenecemos a mundos
muy diferentes, que no tenemos nada en común y que es prácticamente imposible que esto funcione.
Sobre todo cuando dentro de nada nos separarán cientos y cientos de kilómetros. Pero quiero
intentarlo, y no solo los días que nos quedan aquí, quiero seguir intentándolo después. Aunque todo
el universo apueste contra nosotros.

»Si tú quieres, claro —añadió con la voz entrecortada. Bajó la vista esperando alguna reacción por
parte de él, y añadió—: Creo que me he pasado un poco de ese minuto.

Él continúo inmóvil y callado, sin apartar su mirada de ella. Sakura cerró los ojos. Estaba tan nerviosa
que el silencio la ahogaba y la sangre le atronaba en los oídos. Cuando los abrió, Sasuke se hallaba
a solo unos milímetros de su cuerpo. Tuvo que mirar hacia arriba para verle el rostro. Su expresión
no delataba nada; el único signo de que estaba vivo era su respiración, que hacía subir y bajar su
pecho con rapidez; y con cada inhalación, sus cuerpos se rozaban. Los labios del chico se abrieron
con un resuello y la miró con tal intensidad que podía sentirla a través de su piel, envolviéndola.

Sasuke pensó en todo lo que ella acababa de decirle. Su mundo estaba poniéndose patas arriba y no
tenía ni idea de cómo ordenarlo. Ella hablaba de intentar que hubiera un futuro... ¿juntos? ¿Eso era
lo que le estaba proponiendo? No un tú y yo, sino un nosotros pase lo que pase. Esa idea le provocaba
vértigo. Un miedo profundo que rivalizaba con la posibilidad de que algo así pudiera funcionar. Jamás
se había planteado dejar que alguien entrara en su vida de ese modo, nunca. Ya estaba bastante
jodido como para pasarle su mierda a otra persona. Pero... tampoco imaginaba a nadie que no fuera
ella para intentarlo. No iba a funcionar, era imposible que pudiera funcionar, aunque...

¿tan malo era que quisiera creer que sí? —¿Sasuke?

Su voz logró sacarlo del pozo en el que se habían convertido sus pensamientos. La miró y su
expresión se suavizó poco a poco. Unas horas antes, cuando le había gritado en mitad de la calle,
ahogado entre tanto miedo y frustración al darse cuenta de que la estaba perdiendo, jamás se había
sentido tan vacío. Ella lo llenaba.

Su princesita iba a tener un cuento, y un palacio si se lo pedía. El príncipe era otra historia, tendría
que conformarse con el lobo feroz y rezar para que hubiera un final feliz.

30

Sasuke, di algo, por favor —pidió Sakura al ver que él continuaba inmóvil, mirándola fijamente.
Sin mediar palabra, Sasuke la agarró por la cintura y la alzó del suelo, atrayéndola con fuerza hacia
sí. Con una expresión atormentada, le cubrió la boca con los labios, ahogando en su interior un
gemido. Ella se aferró a su cuello y le devolvió el beso, mientras una risita de alivio vibraba a través
de su garganta. La apretó más contra él y echó a andar. Conocía de memoria los pasos que había,
así que no necesitó mirar mientras se dirigía hasta la entrada de la

casa. A tientas encontró la manija de la puerta de su Mustang y la abrió. Dejó a Sakura en el suelo
el tiempo justo de mover el asiento hacia delante y hacerla entrar en la parte de atrás. La siguió y
cerró la puerta.

Una vez dentro, Sasuke no esperó. Deslizó una mano por su cuello y la atrajo hacia sus labios. Con
la otra la arrastró hasta sentarla a horcajadas sobre él. La besó, abriéndose paso con su lengua
dentro de su boca, y recorrió cada centímetro de la misma con más fuerza de lo que lo había hecho
nunca. Le lamió los labios y volvió a introducir la lengua en su boca arrancándole una exclamación,
mientras con una mano entre su pelo y la otra en las caderas, dirigía sus balanceos creando una
maravillosa fricción.

Sus labios pasaron a acariciarle la garganta, consciente de todas las partes de su cuerpo que tocaban
el de ella. Le mordió la piel y fue recompensado con un gemido de placer que lo llevó al límite.

—Me vuelve loco verte encima de mí — susurró pasando la lengua por el hueco de la base de su
garganta.

Sakura se arqueó para permitirle un mejor acceso. Podía sentir la sonrisa de Sasuke contra la piel,
mientras sus manos grandes y ásperas se perdían por cada centímetro de su cuerpo, recorriéndolo
con dedos expertos. Su boca dejó un reguero de besos hasta el borde del escote de su vestido. Se
detuvo y la miró a los ojos. Ella no apartó la vista de su cara mientras él soltaba los lazos de sus
hombros con

lentitud.

—Deseaba hacer esto desde que te vi con este vestido aquel día en el gimnasio — susurró, tirando
del segundo nudo. Ella se estremeció—. ¿Puedo? —No estaba pidiendo permiso, solo quería oír ese
sí.

—Sí —musitó Sakura con el corazón desbocado.

Sasuke esbozó una sonrisa oscura. Agarró el borde y tiró hacia abajo muy despacio, arrugándolo
alrededor de la cintura de Sakura. Sus ojos se posaron en el sujetador sin tirantes. Le acarició los
hombros y descendió hasta las copas de encaje, rozando con las puntas de los dedos la piel de
alrededor. Se inclinó y pasó la lengua por el mismo lugar. Despacio, sin prisa, trazando suaves
círculos.

Después

deslizó las manos bajo la curva del pecho, provocándola. Se inclinó y la besó muy despacio. Con
suaves caricias recorrió el borde del sujetador hasta la espalda y soltó el cierre a la primera.

Sakura contuvo el aliento. Era la primera vez que se mostraba así delante de un chico. La prenda
cayó entre ellos y Sasuke la dejó a un lado con cuidado. La recorrió de arriba abajo con la mirada y
con una lentitud premeditada cubrió sus pechos con las manos. Una oleada de calor le recorrió el
cuerpo y su cabeza colgó hacia atrás con un gemido. Él le besó la garganta sin dejar de acariciarla,
trazando leves círculos con los pulgares.

—Eres preciosa —dijo sobre su piel. Sakura sintió frío cuando una de las

manos de Sasuke abandonó su pecho, y el infierno se desató en su interior cuando su boca ocupó el
mismo lugar. Lamiendo, mordiendo y tirando con sensualidad. Se le aceleró la respiración y quiso
gritar por lo bien que se sentía.

Sasuke alzó la cabeza y vio el deseo en sus ojos. La besó con una necesidad que le hacía jadear. Sus
manos reptaron por sus piernas, le aferraron el trasero y tiraron de la tela del vestido hacia arriba,
convirtiéndolo en una especie de cinturón alrededor de sus caderas. Las deslizó hasta las rodillas y
buscaron la parte interna de sus muslos. Acarició cada centímetro de piel suave, reprimiéndose,
esforzándose para ir despacio y no perder el control. Algo que le estaba resultando muy difícil.
Sakura pensó que iban a hacerlo, al final iban a hacerlo, y su respiración se estremeció. Se ruborizó
al mirarle a los ojos. Su sonrisa maliciosa le llegaba al alma y caldeaba su cuerpo. En ese instante
todo su mundo se reducía a él y a la pasión abrumadora que le hacía sentir.

—Quiero tocarte —pidió Sasuke con la tensión patente en la voz.

Sakura tembló, sus músculos se tensaron y sus piernas se abrieron por voluntad propia sobre él.
Sasuke aceptó la silenciosa invitación con una sonrisa sugerente. Se mordió el labio inferior sin
apartar los ojos de los de ella, y posó la palma de su mano sobre la suave tela de su ropa interior.
La acarició. A Sakura le flojeó todo el cuerpo y tuvo que inclinarse

sobre él con las manos apoyadas en su pecho para no desplomarse. Sasuke le acarició el cuello con
la nariz y le mordisqueó la oreja, mientras sus dedos se abrían paso bajo el borde de las braguitas.
Gimió con desesperación y se mordió los labios cuando uno de sus dedos encontró lo que buscaba y
comenzó a moverse a su alrededor.

Se apretó contra él y dijo su nombre sin aliento dentro de su boca. Los músculos de sus piernas y su
vientre se tensaron dolorosamente anhelando una liberación que se acercaba con rapidez. Se abrazó
a su cuello con fuerza y la voz de Sasuke sonó como un gruñido grave en su oído.

—La respuesta es sí —susurró Sasuke—. Quiero intentarlo, y quiero que lo nuestro funcione, porque
me pasaría la vida

haciendo esto contigo.

Percibió el momento, y aumentó el ritmo ajustándose a la forma en la que Sakura se movía contra
su mano. Ella se derretía entre sus brazos y se sintió el dueño del mundo por lograr que se sintiera
así. Le lamió el cuello y le mordió la oreja, catapultándola a las estrellas con un gemido adorable que
le traspasó el corazón.

Quedó satisfecha y deshecha contra su cuerpo, y la abrazó con ternura, disfrutando al tenerla de ese
modo. Podría acostumbrarse a aquello para siempre. Le apartó el pelo de la cara con una mano y
con la otra le acarició la espalda desnuda, trazando con los dedos la longitud de su columna hasta el
trasero.

Sakura se acomodó sobre él y notó su

cuerpo duro y rígido bajo ella. Se enderezó, echándose hacia atrás, y con ojos brillantes recorrió su
torso hasta posarlos en sus pantalones.

—Quiero tocarte como tú a mí — murmuró. Se inclinó y le lamió el labio inferior. Algo muy parecido
a un ruego escapó de su garganta.

Sasuke le tomó el rostro entre las manos y la miró con atención. Le acarició los labios con el pulgar
y se movió bajo ella para aliviar la presión en sus pantalones. Ninguna de las fantasías que había
creado podía compararse con la realidad.

—¿Por qué me miras así? —preguntó

Sakura al ver que no decía nada.

Sasuke alargó su silencio un par de segundos. Las comisuras de su boca se elevaron con una sonrisa
maliciosa y sus ojos, ardientes de deseo, se entornaron.
—Porque si estás esperando a que diga que no es necesario que lo hagas. O que te pregunte si estás
segura de que quieres hacerlo… Es que aún no me conoces.

Ella sonrió y bajó sus manos hasta los pantalones del chico. Soltó el primer botón.

—Se me olvida que no eres tan bueno como creo —musitó.

Sin apartar los ojos de su hermoso rostro pasó al siguiente botón. Estaba sin aliento, iba a ser la
primera vez que tocara a alguien de una forma tan íntima. Se deshizo del último botón y tiró de los
pantalones hacia abajo. Él elevó las caderas con ella encima para que pudiera arrastrarlos y quedar
libre.

—Ni siquiera la mitad de bueno —susurró Sasuke.

Sakura deslizó la mano hacia abajo por su abdomen y rodeó su erección con los dedos. Sasuke silbó
entre dientes y arqueó la espalda contra ella con un siseo. No cerró los ojos en ningún momento,
quería mirarla mientras lo acariciaba. Su princesita no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, era
puro instinto y le encantaba. Se estremeció con un gruñido y el anhelo brilló en sus ojos.

—¡Joder, Sak! —gimió, moviéndose más deprisa contra su cuerpo.

Ella vaciló un instante ante el tono exigente de su voz.

—No pares, por favor —suplicó Sasuke, y su mano envolvió la de ella, guiándola. Dejó caer la cabeza
hacia atrás, contra el asiento, y su cuerpo se puso tenso.

Se quedó fascinada con la expresión de su cara: parecía un ángel. Hermoso y oscuro. Daría cualquier
cosa por verlo así todos los días. Sus abdominales se tensaban con cada inspiración y el aire escapaba
de su boca entreabierta con un gemido. Lo miró a los ojos, empañados por las sensaciones. Con un
grito ahogado él le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia su cuerpo. Se dejó arrastrar y lo
besó mientras se estremecía contra ella.

Sakura sabía lo que le ocurría al cuerpo de un hombre cuando se corría. No era idiota, solo virgen, y
la curiosidad la había llevado a entrar en algunas páginas webs con contenidos porno. Había sentido
asco al ver esas escenas y siempre había pensado que no sería capaz de hacer algo así con un chico.

Bueno, pues estaba equivocada. Le había encantado el poder sensual que había experimentado al
darle placer a Sasuke. En algún momento había dejado de pensar en lo que estaba haciendo y se
había dejado llevar por lo que sentía. Curiosamente, no se moría de vergüenza, sino que se
encontraba a gusto con aquella intimidad. Poco a poco, el cuerpo de Sasuke recuperó la calma, pero
no su corazón, que continuaba latiendo desbocado; podía notarlo contra el pecho. Le acarició el pelo,
las mejillas y después la boca.

Sasuke la abrazó con ternura, como si fuera a romperse si apretaba demasiado. Su nuez se movió
al tragar saliva con fuerza antes de besarla en los labios.

—¿Estás bien? —preguntó Sakura. Se acurrucó en su regazo, disfrutando de la sensación de su piel


desnuda y brillante contra la de él.

—Jamás he estado mejor en toda mi vida —respondió con voz ronca—. ¿Y tú?

—Si hubiera sabido que me estaba perdiendo todo esto, no te habría dejado echar el freno. —Le
acarició la barba incipiente con los dedos. Él sonrió y un gruñido grave escapó de su garganta—. Por
un momento creí que íbamos a hacerlo.
Sasuke inclinó la cabeza para mirarla a los ojos.

—Te deseo. Me muero por estar dentro de ti. Pero no voy a hacerlo en el asiento trasero de un coche.
No la primera vez. Y solo cuando de verdad estés lista —confesó con dulzura. Le puso un dedo bajo
la

barbilla y la besó en los labios—. Esto también es divertido.

Sakura le rodeó el torso con los brazos y apoyó la mejilla en el hueco entre su cuello y el hombro,
atesorando cada palabra para no olvidarlas nunca.

Permanecieron abrazados durante un rato, quietos y callados. Sasuke movió la mano y le acarició la
espalda con los dedos. Casi le daba miedo sentirse tan bien. Por primera vez la angustia que sentía
en el estómago desde que tenía uso de razón se aflojó. Era una liberación no sentir aquella opresión
continua, sofocante y dolorosa. Abrazó con fuerza a la responsable del cambio y, durante aquel
momento de paz, se preguntó por qué alguien como ella lo había elegido a él.

Sabía que Sakura se merecía algo

mucho mejor que un tío inestable con tendencia a arrebatos homicidas. Pero era demasiado egoísta
y no pensaba darle la opción de arrepentirse. Iba a enamorarla, de modo que solo pensara en él. Era
un trato justo cuando ella había capturado su corazón y lo tentaba con su cuerpo hasta volverlo loco.

—Siento lo de esta noche, haberte gritado, los golpes… Cuando me enfado me convierto en un
salvaje... No quería que me vieras así.

Ella se enderezó y arqueó una ceja.

—Las personas discuten, Sasuke. Algunas se gritan y rompen cosas cuando pierden los nervios. Y yo
tampoco me he portado muy bien que digamos.

Le acunó el rostro con las manos y le rozó

la nariz con la suya. Sasuke sonrió y colocó sus manos sobre las de ella.

—Sak, vas a necesitar mucha paciencia conmigo. Lo voy a fastidiar muchas veces, aunque esa no
sea mi intención.

—Soy consciente. No te preocupes. Soy una chica lista y sé lo que acabo de comprar...

—El peor coche de todo el desguace — dijo Sasuke en un susurro.

Ella sonrió y a él le encantó ver cómo se le iluminaba la cara.

—Bueno... —Se encogió de hombros—. Con los arreglos necesarios puede quedar bastante bien.

Sasuke le acarició el pelo con los dedos y tiró de sus ondas para ver cómo volvían a rizarse. Dios,
era increíblemente guapa, con aquella carita pequeña y redonda y esos ojos grises como el acero,
pero cálidos e inocentes. Mirarla le hacía daño al respirar.

—Nunca dejes que me pase contigo —su voz imploraba—. No me lo permitas, nunca. Si te das cuenta
de que voy a explotar, que me cabreo demasiado; si tu instinto te dice que no estás segura, no lo
dudes, vuela. Jamás te haría daño, no a propósito, pero no confío en mí mismo.
Ella posó la mano sobre el tatuaje de su clavícula, acariciando el símbolo que unía su familia a su
corazón.

—Tú no eres capaz de hacerme daño, ni siquiera por accidente. Los gritos no me gustan, pero,
créeme, soy capaz de gritar mucho más fuerte que tú. Aún no me has visto enfadada de verdad,
pequeño —dijo

con un mohín.

Recordó cada palabra de Naruto, el miedo que Sasuke tenía a acabar como su padre. Debía sacarle
esa idea de la cabeza, no todo se reducía al ADN.

Él se echó a reír.

—Seguro que das miedo —comentó, mientras la apretaba contra su pecho—. Pero prométemelo. A
la primera señal, sales pitando.

—Te lo prometo. Pero también te prometo que esto va a funcionar. ¿Y sabes por qué?

—Él sacudió la cabeza—. Porque es tan difícil que resulte, que va a hacerlo solo por ser la excepción
que confirma la puñetera regla.

Sasuke soltó una carcajada, ronca y profunda, que hizo que cada centímetro de su piel se
estremeciera.

—Eso espero, porque soy la peor elección que has hecho en tu vida. La peor idea, la más descabellada
y la más peligrosa...

Ella se puso derecha y frunció el ceño.

—Sí, sí, sí... —resopló con los ojos en blanco—. Ahora vas a decirme eso de que eres un chico malo
y que es mejor que me mantenga lejos de ti, y blablabla...

Sasuke le cogió el rostro entre las manos y apretó los labios contra los suyos con fuerza.

—No —dijo, con tal intensidad que ella dejó de respirar—. Quiero que te acerques mucho a mí, y que
no te separes bajo ningún concepto.

Se oyó un golpecito. Algo caminaba haciendo un ruido amortiguado por encima de su cabeza. Sakura
oyó un largo maullido. ¿Un gato? ¿Desde cuándo tenía gato? Apretó los párpados, segura de que
estaba soñando, y se acurrucó. Acomodó la mejilla sobre algo caliente que olía de maravilla. Inspiró
y lo acarició con la mano. Piel firme y dura, suave, y que latía bajo su mano con un ritmo pausado.
Se quedó inmóvil. Una respiración lenta se agitaba bajo ella. Despertó de golpe y se encontró con
Sasuke completamente dormido bajo su cuerpo, tumbado en el asiento trasero del coche,
sosteniéndola por las caderas. Por un momento se distrajo observándole. Estaba guapísimo mientras
dormía. Se obligó a reaccionar y pegó un bote.

¡Dios mío, Sasuke, despierta, nos hemos quedado dormidos y está amaneciendo!

Él gruñó y ella le dio una palmada en el estómago.

—¡Sasuke! —exclamó. Le cogió la cara con una mano y le apretó los mofletes haciendo que sus
labios se fruncieran—. Nos hemos quedado dormidos y está amaneciendo. Tu madre... tu madre
podría aparecer en cualquier momento por la puerta. Él protestó en un susurro.

—¿Y qué? Se va a enterar de lo nuestro de todos modos —suspiró adormilado sin abrir los ojos.

—Bueno, sí... Pero no quiero que se entere porque me encuentre medio desnuda en el asiento
trasero de tu coche. ¿Qué va a

pensar de mí?

Los ojos de Sasuke se abrieron de golpe.

—¿Desnuda? —Levantó el torso para mirarla y sonrió. Estaba agachada buscando algo. Sacó de
debajo de su espalda su sujetador y lo agitó en el aire—. ¿Buscas esto?

Ella lo fulminó con la mirada y se lo arrebató de la mano. Intentó ponérselo, pero sus dedos
nerviosos no lograban dar con el cierre.

—Anda, deja que te ayude. —Se colocó tras ella y abrochó el sujetador. Sus manos le recorrieron
la espalda y los costados. La besó en la nuca—. Buenos días —le dijo con voz ronca contra la piel.

Ella soltó una risita y le dio un codazo.

Si tu madre nos pilla, me muero.

Vale —cedió Sasuke al fin. Se estiró para poder abrocharse el pantalón.

Sakura terminó de colocarse el vestido y pegó la nariz a la ventanilla para asegurarse de que no
había nadie. Estaba eufórica y no quería pensar en ello. Cruzar los límites empezaba a resultarle
divertido.

—Despejado —anunció, lanzando una mirada nerviosa a Sasuke.

—Pues vamos allá —replicó él con una enorme sonrisa.

Abrió la puerta y bajó del coche. La ayudó a salir y cogidos de la mano cruzaron la calle.
Prácticamente había amanecido y dentro de las casas sus habitantes comenzaban a despertar.

—¿Dónde aparcaste?

Un poco más abajo —respondió ella,

tirando de su mano—. ¡Quieres darte prisa!

—lo jaleó.

—¿Por qué? Ya estamos en la calle, si mi madre nos ve...


—Te verá medio desnudo y descalzo, y a mí con un vestido con el que parece que he dormido. ¿Uno
más uno...?

Se detuvo junto a su Chrysler y buscó la llave en su bolso.

—¿Sexo brutal y ganas de volver a repetirlo cuanto antes? —respondió él con tono travieso,
arrinconándola contra la puerta. Le mordisqueó el cuello y después la oreja, mientras una mano
juguetona se colaba bajo el vestido y le apretaba el muslo—.

¿Cuándo volveré a verte?

Sakura se derritió entre sus brazos.

¿Cuándo quieres volver a verme?


Aún no te has ido y ya quiero —dijo él, mientras le daba un beso tras otro en las comisuras de
los labios.

—Esta noche, invítame a cenar —sugirió Sakura.

Sasuke la miró a los ojos y todo su cuerpo protestó a gritos.

—Eso está hecho.

Sostuvo la puerta hasta que ella estuvo dentro. La despidió con la mano y se quedó mirando cómo
desaparecía calle arriba. Con las manos enfundadas en los bolsillos de su pantalón regresó a su casa.
No necesitaba mirarse en un espejo para saber que sonreía como un idiota. Esperar a la noche iba
a ser una tortura.

31

Sakura se miró en el espejo del baño. Esa tarde había salido de compras, quería algo especial
que ponerse para su cita con Sasuke. Al final, tras probarse casi toda la tienda y volver loca a
Temary, se había decidido por un vestido violeta palabra de honor con vuelo en la falda. Era un poco
formal y, aunque estaba segura de que su aspecto desentonaría con el talante despreocupado que
siempre lucía Sasuke, le apetecía arreglarse un poquito.

Se atusó la falda de nuevo, alisando unas arrugas inexistentes. Estaba nerviosa, tanto que no
lograba respirar con normalidad, y la falta de oxígeno amenazaba con dejarla K.O. si resoplaba un
poco más deprisa. Aquella iba a ser su primera cita oficial con Sasuke, como amigos, novios o... lo
que quiera que fuesen. Se quedó pensando. ¿Qué eran exactamente? En su discursito desesperado,
ella le había hablado de un futuro juntos más allá de aquellos días en Port Pleasant. Le había
propuesto mantener una relación y ver adónde les llevaba. Él había aceptado, pero no habían
especificado en ningún momento el grado de compromiso de esa relación. No esperaba un anillo y
que le pidiera que se convirtiera en su prometida. Pero sí deseaba ser la primera y única del resto
de su vida. No era pedir mucho cuando él se estaba convirtiendo en el centro que hacía girar su
mundo.

Miró el reloj, eran las siete y media. Se calzó unas sandalias plateadas y remató el conjunto con
unos pendientes y una cadenita a juego de la que colgaba una lágrima de cristal. Echó un último
vistazo al espejo. Esa noche sí que parecía una princesita.

Condujo hasta el taller de los Uzumaki, dispuesta a darle una sorpresa. Aparcó tras una vieja
camioneta de grandes neumáticos y trató de caminar sin que se le hundieran los tacones en la
gravilla.

Un par de tipos abandonaban el taller.

—¿Te has perdido, cariño? —preguntó uno de ellos, cortándole el paso y mirándola de arriba abajo.
Era alto y le sobraban unos cuantos kilos; también necesitaba una buena ducha—. ¿Necesitas que
te indique el camino? Tres pasitos más y lo habrás

encontrado. Mi GPS nunca falla —añadió, haciendo un gesto obsceno con sus caderas.

El otro hombre se echó a reír con ganas.


Sakura suspiró exasperada y dio un paso atrás. Parecía que en las últimas horas se había convertido
en un imán para los cretinos. Por el rabillo del ojo vio a Sasuke en el interior del edificio. Acababa
de salir del foso y venía a su encuentro con expresión sorprendida.

—Si vuelves a faltarme al respeto, mi novio te dará una paliza —le espetó con cara de pocos amigos.

—¿Ah, sí, y eso cuándo va ser, antes o después de que acabe su partida de golf? — se burló el tipo.
Su amigo reía como si alguien le hubiera contado un chiste muy gracioso.

Sakura esbozó una sonrisita burlona.

—Cielo, ¿tú juegas al golf?

Se le aceleró el pulso al oír la risa ahogada de Sasuke, que se había apoyado contra la pared y no
perdía detalle del encuentro.

—No, cariño —repuso él—. Ya sabes que lo mío son los deportes de contacto. —Su voz estaba
cargada de chulería y de dobles intenciones.

Sakura se puso colorada, aun así le lanzó una mirada retadora al hombre.

—¿Has oído? La próxima vez le diré que te patee el culo.

El tipo se quedó mirándola, después desvió la vista hacia su amigo y los dos se echaron a reír con
ganas.

—¡Joder, Uchiha! —gritó con una voz cascada por el tabaco—. Sabes elegirlas.

Sasuke esbozó una sonrisa traviesa y se frotó los brazos.

—Ella me eligió a mí. Soy un capullo con suerte —respondió.

Los dos hombres alzaron la mano a modo de despedida y subieron a un camión aparcado junto a la
carretera. Sakura no se movió hasta que el vehículo desapareció de su vista. Dio media vuelta y,
sin mediar palabra, echó a correr hacia Sasuke con un punto ardiendo en el pecho. Una sonrisa
enorme se dibujó en los labios del chico, mientras abría los brazos para recibirla. Ella saltó y le rodeó
el cuerpo con los brazos y las piernas.

—¿Estás loca? —preguntó Sasuke entre risas, abrazándola por las caderas—. ¿Estabas dispuesta a
que me pegara con ellos? ¡Suerte que les conocía!

—Seguro que les habrías dado de lo lindo —replicó ella con un mohín coqueto.

—¿Has visto el tamaño que tenían? Me habrían roto todos los huesos.

—No seas modesto. Te vi atizándoles a esos tipos anoche.

Él entornó los ojos.

—Los tíos de anoche estaban colocados, Sak. Y yo muy cabreado —le hizo notar con un guiño. Ella
frunció el ceño y puso cara de suficiencia—. Vale, no tenían nada que hacer, ni siquiera en su mejor
momento — admitió con un tonito engreído.

Sakura le plantó un beso en los labios.


Sasuke la dejó en el suelo y dio un paso atrás. La miró de arriba abajo y una sonrisa le iluminó el
rostro.

—¿Dónde es el baile? —preguntó.

Sakura agarró la falda de su vestido y giró sobre sí misma como una muñequita.

—¿Te gusta?

Los ojos de Sasuke brillaron, empapándose de ella.

—¡Estás preciosa! ¡Qué digo preciosa, estás para comerte! —ronroneó. Le puso una mano en el
cuello y la atrajo para darle un beso largo y profundo que los dejó a ambos sin aire en los pulmones—
. ¿Qué haces aquí?

¿No quedamos en que yo pasaría a buscarte?

—Quería darte una sorpresa.

—Me encanta que me sorprendas — susurró Sasuke con el corazón latiéndole con fuerza contra el
pecho. Era suya, solo suya.

Ella levantó la mano y pasó los dedos por su espesa y oscura cabellera.

—¿Listo para irnos?

—Solo necesito cambiarme.

La cogió de la mano y tiró de ella hacia el interior del taller. La dejó esperando en la oficina y fue
hasta la pequeña habitación con baño que hacía las veces de vestuario. Encontró a Naruto
terminando de vestirse.

—¿Tomamos una cerveza? —propuso el chico.

—Esta noche no. Sak ha venido a buscarme, vamos a cenar. En plan cita. Ya sabes.

—¿En plan cita? ¿Cena en un sitio romántico, vino y cursilerías? —soltó Naruto sin poder disimular
su asombro. Sasuke asintió—. ¿Desde cuándo tú tienes citas?
se encogió de hombros.

—A ella le gustan ese tipo de cosas... supongo. ¿Crees que debería comprarle flores o algo? —
preguntó pensativo.

Los ojos de Naruto se abrieron como platos. Sacudió la cabeza y se aclaró la garganta.

—¿Flores? Sakura ha dejado de ser un simple rollo, ¿verdad? Quiero decir, que anoche hicisteis
algo más que las paces. Y no hablo de si echasteis un polvo o no.

—No echamos ningún polvo. No quise que la primera vez fuera tras un cabreo monumental. —
Sasuke suspiró y se dejó caer contra la pared.

—Vale, eso lo tengo claro, pero no has contestado a mi pregunta. ¿Vas en serio con ella?

—Supongo.

—¿Supones? —lo cuestionó Naruto.

Sasuke lo miró de reojo y se encogió de hombros. Se estaba ruborizando y eso no era propio de él.

—Cuando estoy con ella siento… cosas.

—Cosas —repitió Naruto.

No es que él tuviera el vocabulario de un catedrático, pero Sasuke no era lo que se decía pródigo
en explicaciones.

Sasuke levantó la vista y alzó las manos con un gesto de impaciencia.

—Sí, cosas. Cuando estoy con ella… siento cosas… buenas. Y me gusta sentirme así —confesó con
una sonrisita.

Naruto también sonrió y sacudió la cabeza sin apartar los ojos de su amigo.

—Ya entiendo. ¡Vaya!

se frotó las manos contra los

pantalones y suspiró. Le dedicó a su amigo una mirada intensa.

—Me gusta mucho. Quiero intentarlo con ella y necesito que funcione. No sé cómo lograrlo, pero
necesito que resulte, Naru. Esa chica se me ha metido en la sangre y la quiero conmigo hoy,
mañana, el mes que viene... Y con un poco de suerte no se dará cuenta de lo poco que le convengo
y quizá dure lo suficiente.

Naruto se pasó la mano por la sombra que le oscurecía la mandíbula. No quería preocuparse por
Sasuke, pero no podía evitar hacerlo. No creía que Sakura fuese la mujer adecuada para su amigo.
Al contrario, era un problema de los grandes con un bonito envoltorio.
—Pues espero que des con la fórmula mágica, porque no tenéis nada en común, nada. Y cuando
sus padres se enteren... ¡Joder, Sasuke, van a crucificarte! —le hizo notar, levantando las cejas de
forma elocuente.

Sasuke se sacó la camiseta agarrándola por el cuello y se sentó en el banco para quitarse las
zapatillas.

—Tiene casi diecinueve años y yo veintiuno. Es una relación entre adultos, solo nos incumbe a
nosotros. Me importa una mierda lo que digan sus padres —apuntó, sin poder evitar que sus
palabras sonaran con un claro tono de amenaza.

—Ten cuidado, tío —le pidió Naruto, mientras le apretaba el hombro con la mano —. Ten mucho
cuidado.

terminó de vestirse y fue en busca

de Sakura. Se detuvo unos instantes en la penumbra y la observó a través de los cristales de la


oficina. Se había sentado en el sofá con las rodillas muy juntas y los pies separados, los codos
apoyados en los muslos y el rostro acunado entre sus manos mientras se mordisqueaba el labio
inferior.

No se acostumbraba a quedarse sin respiración cada vez que la veía. Había estado con chicas
impresionantes que dejaban a un hombre sin habla, pero Sakura tenía algo que no había encontrado
en ninguna otra, y es que le hacía desear que hubiera un día más, una noche más, solo para poder
verla de nuevo.

Golpeó el cristal con los dedos. Ella dio un respingo y sonrió al verle. Cogidos de la mano salieron
afuera, mientras Naruto apagaba las luces y cerraba las puertas.

—¿Te gusta la langosta? —se interesó Sakura. Sasuke le rodeó los hombros con el brazo y ella
continuó sin esperar a que respondiera—. Ya verás, en el Club preparan la mejor. Te va a encantar.

Él se paró en seco.

—¿El Club?

—Sí, he pensado que podríamos cenar allí. Es un sitio tan bueno como cualquier otro y...

—No vamos a ir a ese club —declaró tajante.

—¿Por qué? —Sakura frunció el ceño contrariada.

—Porque no es necesario.

—Sasuke, yo quiero ir...

la tomó del rostro y acercó su nariz

a la de ella para que concentrara toda su atención en él. Un brillo de impaciencia le iluminó los ojos.

—No, no quieres ir. Quieres demostrarme que no te importa que te vean conmigo. Pero yo no lo
necesito, ya no. Iremos a ese restaurante italiano que hay junto a la playa.

Sakura se puso roja al sentirse descubierta, y notó cómo el rubor se le extendía por el cuello.
—¿Te refieres a ese que tiene una terraza sobre el mar? —murmuró con un cosquilleo en el
estómago.

Era uno de esos restaurantes pequeños y coquetos, con música suave y luz tenue. El lugar ideal
para una cena romántica. No pudo evitar sorprenderse por la elección,

sobre todo viniendo de él. No le tenía por el tipo de chico que regalaba flores y cuidaba los detalles.

Él sonrió y asintió con la cabeza.

—Vale —cedió ella, intentando contener una sonrisita estúpida.

—Genial, porque es nuestra primera cita y quiero que sea un buen recuerdo. El primero de muchos.
¡Italiano! —sentenció.

Sakura se derritió. Su mirada le hacía cosquillas por dentro.

—Eres un mandón.

Sasuke esbozó una sonrisa traviesa y le dio una palmada en el trasero, instándola a caminar en
dirección al coche.

—Iremos en el mío —dijo Sasuke.

—De eso nada. Yo he venido a buscarte, yo conduzco —replicó ella.

entornó los ojos.

—¡No! Me gusta conducir y soy un poco antiguo en ese sentido. Ya sabes, cita... chico conduce,
chico paga la cuenta.

Sakura alzó las cejas, boquiabierta. ¿Qué se suponía que debía contestar a eso? ¿Sí, mi
amo? El desafío se reflejó en sus ojos.

—Pues conduces el mío y pagamos a medias.

Sasuke abrió la puerta de su coche.

—Sak, súbete al coche —ordenó.

Sakura lo imitó. Se plantó junto a su vehículo y abrió la puerta en una clara invitación.

—Sasuke, sube al coche y no te comportes como un Neanderthal.

Él abrió los ojos como platos. Se quedó callado un momento y enderezó la espalda. La primera
impresión que había tenido sobre la chica al conocerla se confirmaba: tras aquella carita de ángel
y su boquita contestona, se escondía un demonio de uñas afiladas. Adoptó un aire ofendido.

—¿Qué? —La apuntó con el dedo y su voz reflejó un matiz de enfado y deseo. ¿Por qué le ponía
tanto discutir con ella?—. Eres tú la que se está poniendo histérica con el tema.

Sakura dio un paso adelante con las manos en las caderas. Empezaba a cabrearse.
—No me estoy poniendo histérica. Trato de sentar unas bases de igualdad entre nosotros. No me
va el rollo machito y ya he cedido con el restaurante.

Sasuke frunció el ceño y acercó su cara a


la de ella. Su mirada descendió hasta su boca y le hormiguearon los labios.

—Pues anoche te gustaba ese rollo — susurró en un tono de voz que rezumaba sensualidad.

Sakura contuvo el aire e intentó que el calor de su vientre no se le reflejara en la cara.

—No vi que te quejaras cuando yo tomé el control —le recordó ella, como si nada.

Se quedaron mirándose fijamente, echando chispas por los ojos. El ambiente se cargó de excitación,
tensión y enfado. Tras ellos alguien se estaba partiendo de risa. Naruto estaba apoyado contra su
camioneta y se sacudía entre espasmos sin dejar de reír. Ambos se giraron para mirarlo. El chico se
encogió de hombros y sacudió la cabeza. —Retiro lo que te he dicho antes —le dijo a Sasuke—. Sois
tal para cual. En serio. Estáis hechos el uno para el otro. Me muero por ver vuestra primera pelea en
serio.

—¡Naruto! —gritaron los dos a la vez.

—Lo que yo decía —replicó el chico mientras subía a su camioneta sin dejar de reír.
32

Me encanta este coche! —exclamó Sakura con un chillido.


Paró el motor del Mustang y se bajó pegando saltitos.

Sasuke la siguió, dando gracias al cielo de tener por fin los pies en el suelo. Aún le temblaban las
piernas.

—A mí me encanta cómo has adelantado a ese camión a ciento veinte y sin mirar, y cómo el motorista
que venía de frente casi se muere de un infarto —dijo en tono sarcástico, mientras cerraba la puerta
con más fuerza de la que pretendía—. Te juro que me has quitado cinco años de vida.

—Exagerado —replicó ella con los ojos en blanco.

Sasuke la miró, y extendió la mano con la palma hacia arriba.

—No te acostumbres a salirte con la tuya. Puedo volverme inmune a esos ojitos. Anda, dame las
llaves —le pidió.

Sakura frunció los labios con un mohín.

—¿Qué llaves? ¿No serán estas? — preguntó de forma coqueta.

Las agitó, sosteniéndolas con las puntas de los dedos, y dio un paso atrás, y después otro, alejándose
de él mientras sonreía con malicia.

Los ojos de Sasuke brillaron y su expresión se volvió hambrienta. Era como si la chica supiera qué
hacer, qué decir o cómo moverse en cada momento para acaparar su atención.

Como si en el mundo no existiera nadie más salvo ella.

—Sí, esas llaves. No volverás a coger el coche hasta que te enseñe a conducir.

Sakura dio un respingo, como si un látigo la hubiera azotado. Tomó nota mental de otra de las ideas
primitivas que pensaba eliminar del cerebro de Sasuke. No solo eliminarla, la extirparía con cirugía
si la obligaba.

—¡Ya sé conducir! —le espetó, y le puso mala cara.

—No, no sabes. Tú simplemente aceleras, giras y frenas. Eso lo hace cualquiera —le espetó sin
cortarse—. Dame las llaves.

Sasuke no era de los que adornaban los hechos para que los demás se sintieran bien, y tampoco iba
a hacerlo con ella. ¿Por qué

iba a decirle que conducía bien si era un peligro de metro setenta con ojos bonitos? ¿Por eso, porque
tenía los ojos bonitos y le disparaba el pulso? Ni de coña.

Sakura se enderezó de golpe y se puso colorada.


—No. Ahora sí que no pienso dártelas — lo retó, cruzándose de brazos.

—Sak. —Sasuke entornó los ojos y un destello amenazante los iluminó.

—Sasuke. —Lo imitó ella, sin dejarse amedrentar.

Sasuke se rió entre dientes y echó la cabeza hacia atrás, derrotado. Cuando volvió a mirarla su
expresión era divertida. La contempló de arriba abajo. Se fijó en sus labios entreabiertos y rosados
sin necesidad de ese brillo que solía ponerse. Lo volvían loco.

—Vale, quédatelas, pero a cambio quiero un beso.

Sakura se estremeció de pies a cabeza y su corazón se paró un segundo antes de volver a latir
desbocado. Tragó saliva y esbozó una sonrisa de suficiencia con la que trató de disimular que ciertas
partes de su cuerpo reaccionaban como nunca antes lo habían hecho al tono exigente de su voz.

—¿Un beso?

—Sí —respondió Sasuke, mientras se acercaba lentamente a ella. Miró a su alrededor, evaluando el
entorno y a las personas que iban de un lado a otro y que les observaban al pasar por su lado—.
Pero tiene que ser un buen beso, uno muy bueno.

Sakura también miró a su alrededor.

Vio a dos compañeras de clase paseando, y a la hija de su dentista saliendo de una tienda de dulces
al otro lado de la calle. Hizo inventario de sus sentimientos. No se sentía incómoda ni cohibida.
Sasuke era su...

¿novio? Subiría el Himalaya para besarlo en la cima si se lo pidiera. Esbozó una sonrisa coqueta.

—¿Me estás poniendo a prueba? ¿Crees que no voy a besarte aquí?

—No veo que lo estés haciendo —le hizo notar él. Se mordió el labio, tratando de reprimir la risa.

—Bien —suspiró Sakura. Se guardó las llaves en el escote y le guiñó un ojo.

La mirada de Sasuke sobre su escote aumentó unos cuantos grados el calor de sus mejillas, y su
sonrisa de pirata le provocó un revoloteo en el estómago. Se acercó a él muy despacio. Se puso de
puntillas, con la respiración entrecortada, sin apartar la mirada de sus ojos oscuros. Podía sentir en
el pecho la calidez de su estómago duro y plano bajo la camiseta. Todo desapareció salvo él.

Deslizó la mano por su nuca y lo atrajo hacia su boca. Sasuke se inclinó y se dejó besar, pero de
inmediato sus labios empezaron a moverse sobre los de ella con avidez. Como si ella estuviera hecha
de agua y él se hallara muerto de sed. Sakura se apretó contra su cuerpo. Se encontraba a su merced
más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Sasuke resultaba embriagador e irresistible, tanto que
debía ser malsano para la cordura.

Sasuke profundizó el beso. Los tímidos roces de su lengua se transformaron en una invasión en toda
regla y, mientras saboreaba cada dulce recoveco, le acarició el costado ascendiendo hasta la curva
de su pecho. La apretó un poco más contra su cuerpo y ella gimió. Mordisqueó su labio inferior y ella
se aflojó. Deslizó sin ningún problema un par de dedos en el interior de su escote.

Sakura se separó de golpe y lo miró mientras recuperaba el aliento. Una sonrisa perversa se dibujó
en la boca de Sasuke. Las llaves colgaban de sus dedos, y las guardó en el bolsillo de sus tejanos.
Ella no supo si echarse a reír o enfadarse. Sasuke se mordió el labio inferior con ese gesto sexy tan
habitual en él, y optó por la primera. No podía enfadarse si se estaba muriendo por

besarlo otra vez.

—Muy hábil —dijo con los ojos entornados.

Sasuke la levantó del suelo, tomándola en brazos, y sonrió de oreja a oreja satisfecho de sí mismo.

—No soy de fiar, princesita.

—Créeme, es algo que no volveré a olvidar —susurró Sakura a milímetros de sus labios. Él quiso
besarla de nuevo, pero lo rechazó empujándolo con una mano en el pecho—. ¿Tú no tenías hambre?

Sasuke sonrió, y echó a andar hacia el restaurante con ella colgando de sus brazos.

—Tengo hambre de ti. Siempre tengo hambre de ti —dijo con voz ronca.

Ocuparon una pequeña mesa en la terraza, vestida con un mantel a cuadros blancos y rojos. La
iluminación era suave, acogedora: un par de hileras de bombillas blancas que colgaban de una
esquina a otra sujetas a unos postes formaban una delicada carpa de luz. El mar golpeaba los
maderos que sostenían la terraza con un lento vaivén. El sonido de las olas se mezclaba con el de
los cubiertos y las voces de los clientes que a esas horas llenaban el restaurante.

Tomaron raviolis, carpaccio y vino tinto, que Sakura bebió casi con miedo, temiendo que alguien
reparara en que era menor para tomar alcohol. Se llevó a la boca una cucharada del helado casero
de manzana y Pop Rocks que había pedido de postre. Apretó los labios, conteniendo una carcajada
mientras el caramelo chisporroteaba dentro de su boca.

Sasuke la miraba con los brazos apoyados en la mesa y sus largas piernas repantigadas a un lado.
Una sonrisa le iluminaba la cara.

—¿Cómo puedes comerte eso? — preguntó.

Sakura se encogió de hombros.

—Está bueno y es divertido —respondió. Un trocito le explotó en la punta de la lengua y se echó a


reír—. ¿Quieres probarlo?

Sasuke puso una cara rara y negó con la cabeza.

—Venga, no seas miedica —replicó ella. Hundió la cuchara en el helado de color verde y la sacó
rebosante. Se la ofreció, invitándolo con un guiño coqueto.

Sasuke se quedó mirando el mejunje verde. Tomó la cuchara y se inclinó sobre Sakura.

Inspiró bruscamente.

—Abre la boca —susurró.

—¡Lo sabía, eres un miedica! —exclamó Sakura, mientras sus labios se cerraban en torno al cubierto.
Sasuke no apartó los ojos de su boca fruncida. Ella se relamió, atrapando una gota que resbalaba
por su labio inferior. Notó que le faltaba el aire y esa tensión en el cuerpo que lo mortificaba con una
urgencia desmedida. La deseaba tanto que la cabeza le daba vueltas.

—Ya te he dicho que no soy un miedica. Solo quiero probarlo de otro modo —dijo casi sin voz. Se
inclinó y la beso. El helado penetró en su boca y el caramelo comenzó a crujir. Lo saboreó—. Sí que
está bueno.

Sakura sonrió y lamió la cuchara. De reojo pudo ver muchas miradas sobre ellos, algunas conocidas.
Una parte de ella aún sentía cierto revuelo, pero sabía que no estaba haciendo nada malo. ¿Cómo
podía ser malo estar con alguien que era capaz de transportarla al séptimo cielo con una simple
sonrisa? Todas esas personas no lo conocían.

—¿Qué no te comerías nunca? —preguntó de repente.

—Criadillas, jamás me comería algo así —respondió él con un estremecimiento.

—¡Puaj, qué asco! —exclamó ella.

—¿Y tú?

—Caracoles, nunca me metería en la boca uno de esos bichitos babosos. Sasuke se echó a reír.

—Pues no están tan malos.

—¿Los has probado? —se sorprendió

ella.

—Sí. He hecho muchas locuras en mi vida —comentó con un atisbo de ironía.

Sakura clavó los codos en la mesa y lo miró fijamente.

—Vale, juguemos a las preguntas. Pero hay que ser sincero, así podremos conocernos — sugirió.

La sonrisa de Sasuke desapareció de su cara. Se pasó un dedo por el labio inferior, sin estar muy
seguro de si quería jugar a ese juego. Era demasiado peligroso para alguien como él. Hablar de sí
mismo no le gustaba, alimentaba sus fantasmas, y había secretos que era mejor que nunca salieran
a la luz.

—Sin preguntas incómodas. Te lo prometo —lo tranquilizó ella al ver su indecisión.

Él le sostuvo la mirada un segundo y

asintió con un gesto. Se acomodó en la silla y le dedicó la sonrisa abierta que ella tanto deseaba.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—Tú —respondió Sasuke con los ojos entornados.

Sakura se ruborizó y su cuerpo se agitó con una sensación agradable.

—¡Sasuke, contesta en serio o no sirve! — protestó.


—Lo he dicho en serio, te comería a todas horas y no me cansaría nunca. —Le guiñó un ojo. Ella le
dedicó una mirada enojada—. Pero mi segundo plato favorito es la pizza de mozzarella y anchoas,
¿y el tuyo?

—Pizza con aceitunas negras y champiñones —admitió Sakura con una


sonrisita—. ¿Dónde te gustaría vivir?

Antes de contestar, Sasuke sirvió más vino en las copas y tomó un sorbo. Adoptó una expresión
grave mientras hacía girar la copa entre sus dedos.

—Si de verdad pudiera elegir un lugar donde vivir, sería en Vancouver. Sé que me gustaría.

—¿Y por qué estás tan seguro?

—Es una ciudad preciosa, rodeada de naturaleza. Cosmopolita, urbana y a la vez salvaje. Y está muy
lejos de todo esto — susurró para sí mismo. Miró a Sakura y le sonrió burlón—. ¿Y tú qué, dónde te
gustaría asentarte?

Ella se quedó pensando un momento.

—La verdad es que no lo sé. Siempre he dado por hecho que me quedaré en Carolina del Norte, que
después de graduarme en la universidad trabajaré cerca de aquí... — Frunció el ceño con un gesto
que a Sasuke le pareció adorable—. Creo que San Francisco sería una ciudad estupenda para vivir.
Sí, si pudiera viviría allí.

—No está mal —dijo él—. ¿A qué quieres dedicarte?

—Me gustaría dar clases algún día y... — El resto de la frase se atascó en su garganta. Le daba
vergüenza confesarle su secreto, su anhelo desde que era niña. Lo miró a los ojos y lo que vio en
ellos le encogió el corazón. Sasuke no la juzgaría, simplemente lo sabía— . Y me gustaría convertirme
en escritora, publicar un libro o dos...

La ternura iluminó la cara de Sasuke y rió por lo bajo sin poder disimular su sorpresa. Imaginaba
que diría juez o abogado, o algo así.

—¿En serio? ¿Escritora?

—Sí, ¿qué pasa, tan raro te parece? — preguntó ella mientras el rubor le coloreaba las mejillas y una
sonrisita avergonzada dibujaba sus labios.

Sasuke sacudió la cabeza y la observó sin pestañear. No se había equivocado con ella. Sakura era
una caja de sorpresas esperando a ser abierta para mostrarse tal y como era en realidad. Y a él le
cautivaba lo que estaba descubriendo.

—No, la verdad es que no. Es más, no me cuesta nada imaginarte. No sé... te veo...

—¡Dios, nunca se lo había contado a nadie! —confesó ella, llevándose las manos a las mejillas.

—¿En serio? —se extrañó Sasuke,

encantado con la revelación y el hecho de que hubiera confiado en él.

—Eres la primera persona a la que se lo confieso. Ni siquiera se lo he dicho a Temary.


—¿Y qué clase de libros quieres escribir?

—Si te lo digo te reirás. —Apartó la vista y se ruborizó.

Sasuke cruzó los brazos sobre el mantel para estar más cerca de ella.

—No lo haré —le aseguró, y le dio un empujoncito con la rodilla por debajo de la mesa.

Sakura le sostuvo la mirada con cierta cautela.

—Historias románticas, paranormales...

¡Podría convertirte en uno de mis personajes! Un ángel caído que se enamora

de una chica humana —bromeó. Se colocó un mechón de pelo tras la oreja y lo miró un poco
avergonzada.

—Me encantaría leerlo —comentó él con una sonrisa.

—¿Y a ti qué te gustaría hacer? —quiso saber Sakura.

—Ya hago lo que me gusta. —Tamborileó con los dedos sobre la mesa—. Quizá tener un taller propio
en un futuro. Pero trato de ser realista con lo que soy y a lo que puedo aspirar. Intento no tener
sueños.

Sakura apretó los labios para que su expresión no reflejara esa compasión que Sasuke detestaba,
pero no podía evitar sentirla cuando le oía decir ese tipo de cosas. Quiso cambiar de tema y pensó
en uno por el que sentía mucha curiosidad y a la vez miedo: chicas.

—¿Cuál es la mentira más gorda que le has dicho a una chica para deshacerte de ella?

Sasuke se echó a reír.

—Le dije que era gay, y aun así no pensó que fuera un problema. ¡Dios, necesité ayuda para
quitármela de encima, más que dedos parecía que tuviera ventosas!

Sakura se contagió de su risa traviesa.

—¿Y tú? —preguntó Sasuke a su vez.

—A ti, cada vez que te decía que no me gustabas o que me parecías un cretino — murmuró,
llevándose las manos a las mejillas. Sasuke soltó una carcajada.

—¡Suerte que no suelo darme por vencido! —¿Con cuántas chicas has estado, Sasuke? —inquirió,
consciente de que era la peor pregunta que una mujer podía hacerle a un hombre si no estaba segura
de poder encajar la respuesta. —¿Te refieres a…?

—Sí.

Él se puso tenso y se echó hacia atrás en la silla. No entendía esa fascinación enfermiza que las
mujeres sentían por ese tipo de detalles. Fuera cual fuera la respuesta, si había más de una en el
historial, siempre se mosqueaban sin pararse a pensar que todo el mundo tiene un pasado y que lo
importante era centrarse en el presente, en el
«ahora aquí y contigo». Pero no pensaba mentir, ella tendría que lidiar con esa verdad si quería estar
con él.

—Han sido muchas —respondió sin apartar la mirada de sus ojos—, pero ninguna se convirtió en
algo importante, ni remotamente. Solo se trataba de sexo o de una escapatoria momentánea, no lo
sé. Algunas de ellas también buscaban ese escape en mí y nos usábamos para evadirnos de nuestras
vidas. Otras... supongo que creían estar enamoradas y quizá esperaban que, tras hacerlo, la historia
fuese a durar. Pero nunca duró y nunca lo intenté.

—Con Karin sí.

—No, con ella tampoco lo intenté. Es cierto que me importaba y que yo le importaba, pero vivíamos
el momento, solo eso. En todo el tiempo que duró lo nuestro, nunca pensé en cómo sería la vida con
ella. Nunca la imaginé en mi futuro. —Esbozó una triste sonrisa—. ¿Y tú, cuántos chicos? —le devolvió
la pregunta para poder dejar de hablar. Sincerarse no iba con él y estaba seguro de que esa era la
conversación más larga que había mantenido con una mujer a ese respecto; y solo porque se trataba
de ella.

—Ya sabes que no ha habido nadie en ese sentido... solo contigo he llegado tan lejos. Sí que he
salido con chicos, dos antes que con Sai, pero... nunca fuimos más allá de unos cuantos besos.

—Pero con Sai ibas en serio —dijo él como si no le afectara.

Por dentro le hervía la sangre al imaginarla entre los brazos de aquel gilipollas, con su asquerosa
boca sobre la de ella.

Sakura se encogió de hombros y empezó a juguetear con la cucharilla.

—Sí. No íbamos a casarnos ni nada de eso. Había planes, por supuesto, pero no nos habíamos
prometido. Aunque era algo que todos esperaban que pasara antes o después. Creo que todo el
mundo, menos yo, tenía muy claro que no tardaría en convertirme en la futura señora Tucker. Ahora
sé que habría sido el mayor error de mi vida.

Suspiró y levantó los ojos de la mesa.

Sonrió como si se disculpara.

—Captado —dijo Sasuke devolviéndole la sonrisa. La miró a los ojos fijamente con una intensidad
abrumadora—. ¿De verdad crees que conmigo puedes conseguir algo que dure?

¿De verdad ves un futuro?

Sakura se mordió el labio. Después de

lo que él había dicho sobre las chicas con las que había estado, y del hecho de que no le había dado
una cifra y que esas «muchas» podían ser demasiadas para ella... Sí quería, deseaba ser especial
para él. Ser la primera que le hiciera plantearse cómo sería la vida a su lado.

—Sé lo que me gustaría —explicó nerviosa—. Y sí, me gustaría que hubiera un nosotros que durara
en el tiempo. Me encantaría ser la primera y la última, la única. —Alzó las manos—. ¡No te asustes!
No estoy hablando de casarnos mañana y tener un hijo pasado mañana. Ni siquiera sé si esas cosas
entran en mi forma de ver la vida, la verdad. Pero soy una romántica, no puedo evitarlo. Me gusta
la idea de que dentro de un par de años estaremos cenando
en algún otro lugar, recordando esta noche, y tan bien como ahora.

—¿Por qué? —Aún le costaba entender qué había visto ella en él.

—Tal vez esto te suene ridículo, porque apenas nos conocemos, pero siento como si antes de ti no
hubiera tenido otra vida. Una vida de verdad siendo yo misma. Yo… me gustas y… me importas. Me
siento bien cuando estoy contigo.

Sasuke entrelazó sus dedos con los de ella. Le acarició la palma de la mano con el pulgar, trazando
circulitos con una intimidad sobrecogedora. No había escapatoria posible. Estaba atrapado en los
hilos que Sakura había tejido a su alrededor. Había conocido a tantas mujeres que no necesitaba ser
muy listo para darse cuenta de que con

ella todo era diferente y especial. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.

—Anoche, cuando te quedaste durmiendo sobre mí, me pregunté por primera vez en mi vida cómo
sería estar con la misma persona un día... y otro... y otro... Cómo sería estar contigo de esa forma,
que solo fueras tú.

—¿Y encontraste la respuesta? —preguntó ella, con la respiración atascada en la garganta.

Sasuke asintió y le dio un beso en los nudillos antes de contestar.

—Sí, lo tuve claro en cuanto me di cuenta de que te echaba de menos aun teniéndote conmigo.

Sakura sonrió con un millón de mariposas revoloteando en su estómago. Miró sus manos unidas.

—¿Qué pasará dentro de unas semanas, cuando yo vaya a Columbia y tú regreses a Santa Fe?

Sasuke respiró hondo. Le acarició la mejilla con los dedos, se inclinó y la besó con dulzura. Nunca
había besado así a nadie, con tanto cuidado y delicadeza, y solo deseaba hacerlo con esa chica.
Apoyó su frente en la de ella.

—Que seguirás siendo mía —respondió con una convicción absoluta—. No sé si lograré ser mejor
persona de lo que soy, o la que esperas que sea. Pero deseo serlo para ti, así que... no voy a dejar
que la distancia sea un problema. Hay una fórmula y yo la encontraré.

—Entonces, ¿qué se supone que somos?

—preguntó ella con voz ahogada.

—¿Qué quieres que seamos?

—Creo que si contesto a eso, acabaré metiendo la pata.

Sasuke bajó la mirada hacia sus manos unidas y jugueteó con sus dedos. Inspiró y exhaló por la
nariz.

—¿Temes asustarme?

Levantó la vista al ver que ella guardaba silencio. Se inclinó hacia delante, buscando sus ojos. Y
añadió:

—Lo que siento por ti es importante, lo sé. Nunca he sentido nada así por nadie.
Creo que... no solo me gustas, es más que eso. Tenerte cerca se está convirtiendo en una
necesidad. Creo que me estoy enamorando de ti, ¿en qué me convierte eso?

Sakura se mordió el labio e instó a su corazón a que latiera más despacio. —¿Novio? —sugirió casi
con miedo y un atisbo de vergüenza.

—Novio… ¡Suena bien! —dijo Sasuke con un guiño.


33

Ay! —se quejó Sasuke entre risas, cuando Sakura le dio otra palmada en el estómago.
—¿Vas a decírmelo? —preguntó ella.

Caminaban por la calle a paso rápido, buscando algo de sombra bajo los toldos multicolores de los
comercios. Ella le abrazaba la cintura y él le rodeaba los hombros con el brazo de forma protectora.
Sasuke sacudió la cabeza y se ajustó las gafas de sol.

—No —respondió, y su mano cazó la de ella antes de que le atizara de nuevo—. ¡Oye, vamos
a tener que hacer algo con toda esa agresividad! —Se inclinó sobre su oído y susurró—: ¿Necesitas
que te ayude a relajarte? Ya sabes que me encanta echarte una mano con eso.

Sakura resopló.

—Eres incorregible.

—Y a ti te gusta que lo sea. Muy, muy incorregible —dijo él, esbozando una sonrisa malvada.

—De todo puedo cansarme.

—¿De mí? —repuso Sasuke. Su tonito engreído hizo que Sakura pusiera los ojos en blanco—. Jamás
te cansarás de mí. Se me da demasiado bien mantener tu atención.

Sakura se puso colorada y, tras un momento, le dio un azote en el trasero que hizo que él rompiera
a reír. Le encantaba oír su risa, era grave, profunda y le provocaba un hormigueo electrizante por
todo el cuerpo. Intentó respirar con normalidad, algo difícil cuando él acababa de recordarle lo que
habían estado haciendo la noche anterior, y la anterior..., y la anterior. Esas imágenes en su cabeza
la hacían boquear como un pez. Darse el lote con Sasuke era adictivo. Sentir sus manos y su boca
sobre el cuerpo la transportaba al séptimo cielo.

—Dime adónde vamos y seguiré alimentando ese ego que gastas.

—Suplica cuanto quieras. Es una sorpresa

—bromeó él con una sonrisita oscura—, y si te digo adónde vamos, dejará de serlo.

—No soy de las que suplican —replicó con desdén.

Sasuke la miró con expresión juguetona. —Un poco sí. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro
que solo ella pudiera oír—. Oh, sí…, Dios mío…, por favor… —gimió con voz ronca—. Me encanta
pervertirte.

Sakura se sonrojó. Notó que le faltaba el aire y se obligó a ignorar los pensamientos excitantes que
invadían su cerebro. Recuperó la compostura y le propinó otra palmada.

—Así que admites que eres un pervertido.

Sasuke sonrió con malicia y se inclinó para darle un beso lento y suave en los labios.

Era tan tierno y dulce, que Sakura se


olvidaba de su pasado, de sus demonios y de lo que era capaz de hacer cuando se enfadaba. Se
olvidaba de esa parte mala oculta tras su sonrisa, de ese lado peligroso que caminaba de puntillas al
borde de un abismo. Sakura se derritió bajo sus labios y disfrutó de su sabor. Suspiró y se apretó
contra él rodeándole el torso con los brazos.

Una mujer se quedó mirándolos con los ojos como platos. Una décima de segundo después, esos
ojos brillaron con desaprobación. Sasuke casi podía oír los engranajes de su cerebro moviéndose a
toda velocidad mientras los juzgaba y sacaba conclusiones que, estaba seguro, no eran nada buenas.
Su reputación ya era una mierda, pero la idea de que la de Sakura pudiera resentirse por los prejuicios
de personas como esa mujer lo ponía enfermo.

Un tic contrajo el músculo de su mandíbula, mientras le sostenía la mirada con expresión

asesina. Estaba harto de idiotas.

Miró de reojo a Sakura. Ella ni siquiera

se había dado cuenta; caminaba sonriente, abrazada a su cintura. Entonces se dijo que su reputación
le importaba un cuerno. Lo único que le interesaba era tenerla a su lado aunque todo el mundo se
dedicara a señalarla con el dedo. Ella era su salvavidas.

Sasuke se paró de golpe y sus ojos volaron hasta el bar que se encontraba a su derecha. Enfocó un
punto tras el cristal de uno de los ventanales. Frunció los labios y resopló.

—¡Como esté bebiendo lo mato! —gruñó. Soltó a Sakura—. No te muevas de aquí. Enseguida vuelvo.

Le dio un beso en la frente y entró como alma que lleva el diablo en el local. Sin entender nada,
Sakura se quedó allí, plantada, viendo a través de cristal ahumado

cómo Sasuke serpenteaba entre las mesas en dirección a la barra.

—Así que es cierto. Te has liado con Uchiha.

Esa voz. Sakura tragó saliva y se dio la vuelta. Sai se alzaba a pocos centímetros de ella. Llevaba el
pelo rubio oculto bajo una gorra de béisbol y unas gafas de sol que se quitó lentamente. Las colgó
del cuello de su camisa, mientras la taladraba con sus ojos de color avellana.

—Si lo que quieres decir es que salimos juntos, sí, salgo con Sasuke.

Sai apretó los dientes y se inclinó sobre ella.

—¿Es un puto castigo por acostarme con Karin? Como yo me la tiré, tu plan es pagarme del mismo
modo —le espetó.

Sakura se quedó de piedra. Primero, por la agresividad y el veneno que destilaba su voz; y segundo,
por la conclusión absurda y egocéntrica a la que había llegado.

—¿Qué? ¡No, no es ningún castigo ni nada parecido! Sasuke y yo estamos juntos y no tiene nada
que ver contigo.

—Y una mierda.

Sakura dio un paso atrás. Lo miró asqueada.


—Piensa lo que quieras, pero no estoy con él para llamar tu atención. Lo que hay entre Sasuke y yo
es de verdad. Va en serio.

Sai la traspasó con su mirada.

Sakura le dio la espalda, dispuesta a terminar con aquella conversación.

—¡Qué cosas tiene la vida! —dijo él con desprecio—. Yo tenía que rogarte para que me dejaras
besarte, y ahora eres tú la que le suplica a ese gilipollas que te folle.

La bofetada de Sakura le hizo escupir la última palabra.

—Eres un capullo —le espetó con rabia.

A Sai se le aceleró la respiración y apretó los puños.

—Sí, soy un capullo desesperado. Tú me estás haciendo esto. ¡Por Dios, Saku, recapacita!

La puerta del bar se abrió de golpe y Sasuke salió con cara de pocos amigos. Con una mano apartó
a Sakura, colocándola tras él, y con la otra retiró a Sai poniendo distancia entre ellos.

—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó con una mirada asesina.

—Nada —se apresuró a contestar

Sakura—. Ya se iba.

Sai la ignoró y se encaró con Sasuke.

—Pasa que quiero que la dejes en paz, Uchiha. Para ti solo es una muesca más, un rollo con el que
pasar el tiempo, pero para ella puede ser el fin. Búscate a otra a la que arruinarle la vida.

Sasuke apretó los puños.

—Eres hombre muerto.

Dio un par de pasos hasta que su pecho quedó a solo unos milímetros del de Sai. Le sacaba unos
cuantos centímetros al rubio, y no solo en altura. Sasuke era mucho más corpulento, tenía la espalda
de un nadador y unos brazos que podían considerarse armas peligrosas. Todo su cuerpo temblaba
en ese momento. Un torbellino de rabia cobraba velocidad en su interior y Sakura no

estaba segura de que pudiera controlarlo.

—¡Sasuke! —Lo agarró de la camiseta para llamar su atención, pero él no le hizo caso.

Sasuke posó su dedo índice en el pecho de Sai con un golpe.

—Tú no sabes nada de mí.

—Pero sí de ella. Su sitio está en mi mundo, no en el tuyo —replicó Sai. Miró a Sakura—. Aún no es
tarde, podemos arreglar todo este desastre. Sabes que te quiero.

—Estoy con Sasuke. Márchate —le pidió ella.


Sasuke dio un paso adelante, de forma que ocultó a Sakura tras su espalda.

—Ya la has oído. ¡Olvídate de ella, es mía! No la mires, no la toques, ni siquiera

pienses en ella o desearás no haber nacido cuando te arranque los ojos, las manos y el cerebro.
¿Está claro? —le espetó mientras clavaba sus pupilas en los ojos de Sai.

—¿Tuya? ¿Hasta cuándo? Por lo que sé no suelen durarte mucho —replicó Sai, apartando el dedo de
su pecho.

Sasuke soltó un gruñido y se lanzó hacia delante.

—No, Sasuke —suplicó Sakura. Desde la espalda le rodeó la cintura con los brazos y trató de alejarlo,
pero era como mover un edificio—. Solo quiere que le pegues para meterte en un lío.

—Pues voy a hacerle feliz —gruñó él. Lo agarró de la camisa y dos botones salieron volando junto
con sus gafas de sol—. ¡Será mía hasta que el infierno se congele! Si me entero de que vuelves a
acercarte a ella...

Lo empujó con rabia. Sakura aprovechó el momento y se le colgó del cuello, llamando su atención.

—Sasuke, por favor. Pasa de él. —Miró a Sai por encima de su hombro—. Vete y olvídate de nosotros.

—Sí, gilipollas, lárgate. La próxima vez no estará ella para pararme.

Sai les miró con asco.

—No sabes lo que estás haciendo, Sak — replicó con una expresión triste.

Dio media vuelta, alejándose de allí con paso rápido.

—¿Qué te ha dicho para que le atizaras? —preguntó Sasuke. Le tomó el pequeño

rostro entre las manos y la obligó a mirarlo —. ¡Voy a matarlo, si vuelve a acercarse a ti lo mato!
—farfulló sin esperar a que ella respondiera.

Un terrible instinto de protección y posesión se apoderó de él.

—Olvídalo, no merece la pena —rogó Sakura, con sus manos sobre las de él. Se puso de puntillas y
le dio un beso, y añadió para distraerlo—: Quiero mi sorpresa.

—¿Qué te ha dicho, Sak? —insistió él sin ánimo de ceder.

En ese momento la puerta del bar se abrió y apareció un tipo con bermudas hawaianas y una camiseta
de tirantes muy holgada que apenas le cubría medio torso. Lucía los brazos y una parte del cuello
tatuados y unas dilataciones en las orejas. Guiñó los ojos por culpa del sol y acabó clavándolos en
Sasuke. —Te juro por mi madre que solo estaba tomando un café —se disculpó en tono solemne
mientras se llevaba la mano al pecho.

Sasuke gruñó un par de maldiciones.

—Vale, Jerry, ¿lo tienes listo?


—Sí, y es una maravilla —respondió el tipo.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos al entrar en el pequeño estudio de tatuajes. Las paredes
estaban llenas de fotografías y pósters. La zona de espera era de lo más original, un par de asientos
traseros que debían pertenecer a algún modelo antiguo de Cadillac, empotrados en la pared de
ladrillo. Tras el mostrador había un chico, que no tendría más de quince años, guardando

dibujos en unas fundas de

plástico. Levantó la vista y les dedicó una sonrisa de bienvenida.

—Este es Py. Es mi nuevo aprendiz. El tío es un genio con el 3D —explicó Jerry.

—¿Qué tal? —saludó el chico. Alzó el puño y Sasuke lo chocó con el suyo. Le guiñó un ojo a Sakura
y continuó con su tarea.

Jerry se colocó tras el mostrador y cogió una carpeta. La puso sobre la mesa y sacó de ella un dibujo.

—Échale un vistazo a esto. No he trabajado en otra cosa desde que me lo encargaste.

Sasuke se inclinó sobre el mostrador y giró con los dedos el boceto. Una sonrisa se fue dibujando en
su cara, que poco a poco se ensanchó hasta las orejas. Levantó la vista del papel y sus ojos brillaron.

—¡Joder!

—Te gusta, ¿eh?

—Es perfecto —respondió Sasuke—

Prepáralo todo, vas a hacérmelo.

—Tardo un minuto —indicó Jerry, entusiasmado, antes de desaparecer tras una cortina.

—¿Esta es la sorpresa? ¿Vas a tatuarte?

—se extrañó Sakura.

El tono de su voz no pudo disimular cierta decepción. Le gustaban los tatuajes de Sasuke, su cuerpo
decorado destilaba erotismo y a ella le ponía mucho. Pero su mente había fantaseado con otro tipo
de sorpresa. Se inclinó sobre el dibujo. Recorrió con los ojos los complicados trazos y poco a poco
entendió lo que veía. Una ese entrelazada con una cinta. Levantó
la vista de golpe y se encontró con la sonrisa engreída de Sasuke sobre ella.

—¿Es una broma?

—No. Tú y una noche que no olvidaré jamás —repuso él, mientras señalaba la cinta.

Sakura entendió al instante qué significaba, eran los lazos del vestido blanco que él le quitó la primera
noche que estuvieron juntos en su coche. Se ruborizó hasta las orejas y el corazón comenzó a latirle
desbocado. Le pareció un gesto tan romántico que se le encogió el pecho por la falta de aire, pero
no podía dejar que lo hiciera. Lo agarró del brazo y lo apartó a un rincón buscando algo de intimidad.

—Una cosa así es para siempre —susurró —. No puedes hacértelo.

—¿Por qué? —preguntó él, sin entender su reticencia.

—Sasuke, y si lo nuestro... y si nosotros... Tú mismo dijiste que te estás enamorando de mí. Te


«estás» enamorando, no que lo estés.

¿Y si más adelante te das cuenta...?

—¿De qué? —la interrumpió él con el ceño fruncido—. Ya soy mayorcito. No se trata de ningún
impulso estúpido. Sé muy bien lo que siento, lo tengo muy claro. Y si algún día seguimos caminos
distintos, sé que no me arrepentiré de llevarte en mi pecho. Mi cuerpo está lleno de cicatrices y
todas están ahí por un motivo u otro, no lamento ninguna porque cuentan cómo he llegado a ser
quien soy.

Sakura se quedó sin habla. Eso había sido tan hermoso e intenso. ¿Desde cuándo

el chico malo se había convertido en alguien tan profundo? Se lanzó a su cuello y lo abrazó con
fuerza. Él la alzó del suelo y le plantó las manos en el trasero cuando ella rodeó su cintura con las
piernas. Lo miró a los ojos con una enorme sonrisa y enredó los dedos en su pelo. Se lo revolvió,
tirando de un par de mechones para acercarlo a su boca. Le besó los labios y él clavó los dedos en
la carne con un gruñido de excitación.

—¿Sak? —musitó contra su piel.

—¿Qué?

—Me hice pruebas al poco de establecer nuestro acuerdo. Nunca… nunca me he cuidado mucho… —
confesó con cierta vergüenza—. Esta mañana llegaron los resultados. Estoy limpio —dijo en voz muy
baja, entre beso y beso. Su tono grave y profundo reverberó en el pecho de ella, y añadió—: Y
aunque no haré nada contigo sin un condón, es mejor asegurarnos de no correr ningún tipo de riesgo.
Por eso estaría bien que tú también tomaras alguna precaución.

Ella se separó para mirarlo a los ojos. Se había puesto roja y las mariposas de su estómago se
transformaron en abejorros zumbones. Sentía la respiración de Sasuke como si fuera propia y juraría
que hasta sus corazones galopaban al mismo ritmo. Un torbellino de emociones se apoderó de ella.

—Vale, mañana le haré una visita a mi médico —dijo casi sin voz. ¡Dios, había empezado la cuenta
atrás! ¡Iban a hacerlo! Se estremeció con escalofríos de placer y miedo ante la expectación de esa
realidad.
Deseaba a Sasuke, pero no podía evitar sentirse insegura ante algo desconocido. Por otro lado, el
hecho de que él se preocupara por los dos de las consecuencias de un descuido, le llegó al alma. Ella
jamás traería al mundo un bebé no deseado, como habían hecho sus padres.

Sasuke dibujó una media sonrisa, atrevida y maliciosa, que se ensanchó al notar que ella se aflojaba
entre sus brazos. No lo había planeado, pero la sugerencia había aparecido en su garganta antes de
pararse a pensar. No tenía ningún problema en seguir esperando, pero ardía en deseos de estar con
ella y Sakura parecía tan dispuesta como él.

—Sasuke —lo llamó Jerry.

Siguieron a Jerry hasta un cuarto donde

había una camilla, un armario lleno de antisépticos, gasas y bolsitas estériles con agujas y punteros,
y un carrito con un par de máquinas tatuadoras y botes de tinta. Sasuke se quitó la camiseta y se
recostó en la camilla.

Sakura se sentó a su lado y observó con atención a Jerry, mientras este le desinfectaba la piel y
ponía un papel de calco con el dibujo sobre el tatuaje de su pecho. Lo levantó con cuidado y la ese
apareció marcada con un llamativo color azul, debajo de los símbolos que representaban a Mikoto y
a Itachi. El lazo los tocaba de forma estratégica como si los uniera a los tres formando un triángulo
sobre su pecho.

—¿Listo? —preguntó Jerry.

Sasuke asintió y clavó sus ojos en Sakura; los dejó allí durante todo el proceso. Ella le acariciaba el
brazo, tenso por el puño que mantenía apretado por el dolor. Se miraron en silencio, como si
estuvieran compartiendo el momento más íntimo de todos los que habían vivido hasta ahora.

Una hora después, el trabajo estaba terminado. Sasuke se miró con atención en el espejo que colgaba
de la pared del cuarto. Le encantaba cómo había quedado, y aún más lo que significaba.

Sakura se colocó a su lado y observó la piel enrojecida y un poco hinchada, en la que destacaba la
tinta negra y brillante del nuevo tatuaje. Se le humedecieron los ojos. Sentía que era lo mas
importante que nadie había hecho por ella nunca. En cierto modo, Sasuke la había metido bajo su
piel, y era la mayor declaración de sentimientos e intenciones que había recibido por parte de otra
persona. Las palabras eran efímeras, desaparecían con el mismo aliento con el que se pronunciaban;
aquello perduraría para siempre. De repente tuvo una idea.

—Yo también quiero hacerme uno.

Sasuke giró la cabeza y la miró, sorprendido.

—Ni de coña.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Hacerse esto duele, ¿sabes? Y una vez que se empieza hay que terminarlo.

—Lo aguantaré —replicó ella, completamente convencida.

—No vas a hacerte ningún tatuaje —dijo

él, remarcando cada palabra.


—Como si tú pudieras decidir eso — indicó Sakura con suficiencia. Una nueva discusión se oteaba en
el horizonte, pero no pensaba ceder. Entre ellos comenzaban a ser tan frecuentes como los momentos
pasionales—. Voy a pedirle a Jerry que me haga un lobo como el que tú y los chicos lleváis.

Dicho esto, dio media vuelta en busca de Jerry. Sasuke la sujetó por el brazo y cada uno de los
músculos de su torso se tensó al atraerla hacia él. La acorraló contra la pared y se inclinó sobre ella
hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.

—No quiero que mi novia acabe pareciéndose a mí, eso no es bueno — masculló él.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos. ¡Dios, había dicho novia! Tragó saliva y se recompuso
cuanto pudo. Frunció el ceño y lo apartó, empujándolo con las manos en el estómago.

—Quiero un lobo —insistió.

—¿Otro? ¿Qué pasa, no tienes bastante conmigo? —Sasuke entornó los ojos y las comisuras de sus
labios se curvaron con un gesto travieso.

—Me lo haré, en el mismo lugar que tú lo llevas. Hoy. Y no hay nada más que hablar, Sasuke. Lo de
que soy tuya no es literal, sino figurado.

—¡Joder, qué figurado ni qué nada, no te harás ese tatuaje! —explotó él.

—No es tu decisión —alzó la voz Sakura. Empezaba a cabrearse por su

actitud de cavernícola—. ¿Qué problema tienes?

Sasuke se pasó una mano por el pelo, moviéndose de un lado a otro como un león enjaulado. ¿Que
qué problema tenía? Si ni siquiera sabía por dónde empezar de lo larga que era la lista de razones,
aunque tenía muy clara cuál la encabezaba.

—No voy a permitir que ningún tío te ponga las manos encima, y menos ahí. Ni siquiera por accidente.
Porque al que lo intente lo dejo manco.

Sakura soltó una carcajada seca.

—Así que se trata de eso. De unos estúpidos celos. Me sorprendes, Sasuke. ¿Qué vas a hacer,
asesinar a mi ginecólogo en la próxima revisión solo por ser un hombre que hace su trabajo?
Jamás pensé

que fueras tan...

Él le tapó la boca con la mano.

—Quién te mira ahí... quién... tu gine... — estaba tartamudeando, mala señal—. ¿Es un hombre?
¿Me estás diciendo que un tío mira entre tus piernas? Ya puedes ir cambiando de médico, pero ya. Y
espero por su bien que sea un viejo de ochenta años medio ciego — soltó casi a gritos.

—¡Estamos en el siglo XXI! ¿De qué poblado de vikingos te has escapado tú? ¿Te das cuenta de lo
irracional que está sonando todo lo que dices?

—¿Irracional? Vale, juguemos con tus reglas. Hace tiempo que tengo problemas en el hombro
derecho por culpa del boxeo. Necesito un fisioterapeuta, así que voy a buscar a la tía más cañón que
encuentre para que... me cure —ronroneó—. ¿Te parece bien?
Alzó las cejas con un gesto provocador.

Sakura apretó los puños. De golpe, sentía el deseo irrefrenable de soltarle una bofetada en plena
cara. Sasuke era un maldito chantajista que sabía qué piezas tocar para salirse con la suya. Se moría
de celos solo con pensar que otra mujer pudiera tocarle un mechón de pelo. Estallaría literalmente
si unas manos que no fueran las suyas se deslizaran por su hermoso cuerpo. ¿En qué momento su
dulce y pasional relación había evolucionado a tormenta con riesgo de convertirse en un huracán de
categoría seis? Resopló por la nariz y se cruzó de brazos, apoyando la espalda en la pared.

—Muy bien, hazlo. Me da igual. Tienes un problema muy serio con tus celos, Sasuke, y si no te
conociera, creo que hasta me darías miedo. Está claro cual de los dos es el más maduro.

Él esbozó una sonrisa maliciosa.

—Y puedes patalear todo lo que quieras, me haré el tatuaje —añadió categórica.

—Sak —susurró Sasuke en un tono peligrosamente bajo.

—No digo que me lo haga Jerry, puedes elegir a quien quieras. Pero quiero ese lobo.

Él soltó un par de maldiciones.

—Vale, trato hecho —aceptó al fin.

—Vale.

Se quedaron inmóviles, retándose con la mirada mientras otro tipo de sensaciones los agitaba por
dentro.

—Me da miedo la forma en la que puedo odiarte y adorarte al mismo tiempo — masculló Sakura.

En ese momento estaba furiosa con él, aunque una pequeña parte, que nunca reconocería, se sentía
halagada por sus celos y su comportamiento primitivo. La hacía sentirse deseada, y saber que
despertaba ese tipo de sentimientos en Sasuke no dejaba de ser un estímulo de lo más excitante.

—A eso creo que lo llaman amor —dijo él, mientras deslizaba un dedo por el interior de la cinturilla
de sus pantalones cortos y la atraía hacia su cuerpo.

Aún tenía deseos de estrangularla, pero besarla ganaba terreno en sus prioridades inmediatas. La
miró con desesperación. Lo que sentía por ella no dejaba de abrumarlo. Había pasado un mes y
medio desde que se cruzaran en el pasillo de aquel bar en el que le explicó el significado de su gecko,
y tenía la sensación de que toda su vida, hasta ese momento, se encontraba a años luz.

—¿Qué voy a hacer contigo? —suspiró ella.

Él había colado las manos por debajo del dobladillo de su camiseta y le estaba acariciando la piel que
había entre su estómago y su pecho. Se inclinó para besarla en el cuello. Eran incapaces de no
tocarse, como si algún tipo de campo magnético los empujara al uno contra el otro.

—A mí se me ocurren un par de cosas — respondió con tono travieso.

Ella le sujetó el rostro con las manos y lo obligó a levantar la cabeza para mirarla. El brillo de sus
ojos la dejó sin aliento.
Respiró hondo y se esforzó por parecer severa.

—Nos tiramos los trastos a la cabeza todo el tiempo. Intentamos imponernos el uno al otro como si
se tratara de una competición.

—¡No es cierto! —exclamó Sasuke. Se encogió de hombros—. Bueno, sí lo es. Pero a mí no me parece
que sea algo malo. Tampoco puedo comparar, eres la primera chica con la que estoy de esta forma...
— Suspiró—. No puede ser malo cuando lo único que deseo después de que me grites, es besarte
hasta quedarme sin aliento.

—Quizá te grite porque eres un celoso y un mandón —repuso ella con un mohín.

—Mira quién fue a hablar —musitó él divertido.

Sakura se quedó mirando sus labios,

los tenía tan cerca que casi podía saborearlos. Se estremeció. Sasuke estaba deslizando las manos
por debajo de la tela de sus pantalones y jugueteaba con el elástico de sus braguitas.

—Sigues teniendo un problema muy serio con la invasión del espacio personal —le hizo notar.

Sasuke soltó una risita.

—Mira quién fue a hablar —repitió.

Sakura se puso colorada. Sin darse cuenta sus manos habían seguido un recorrido parecido y
aferraban el trasero del chico, obligándolo así a pegar sus caderas a su estómago. Lo fulminó con la
mirada cuando él puso cara de chulito.

—Estoooooo... —Una mano apareció a

través de la cortina, sosteniendo una tarjeta negra de presentación grabada con letras rojas—. Se
llama Riley. Es la mejor a este lado del país y su lista de espera es de medio año. Decidle que vais
de mi parte y os hará un hueco.

Sakura tomó la tarjeta y le echó un vistazo. Se ruborizó al darse cuenta de que su pequeña pelea
había tenido oyentes.

—Gracias, Jerry.

—Lo que sea para que Terminator no me arranque un brazo —contestó el chico; su voz se fue
alejando.

Sasuke esbozó una sonrisa lenta y arrogante. Se inclinó y la besó en los labios sin apartar los ojos
de ella. Había algo perverso en aquellos besos sensuales y en su mirada.

—Te encanta parecer malo y que los

demás crean que lo eres —dijo Sakura con una sonrisita divertida.

Sasuke se quedó muy quieto.

—Soy malo, Sak. Esa es la realidad — susurró contra su piel.


El juego y los dobles sentidos habían desaparecido de su voz de un plumazo, y en su lugar se percibía
la frustración y la aceptación de que las cosas eran como eran porque a veces no podían ser de otro
modo. Él estaba roto, era defectuoso, y lo creía de verdad.

—¿Y te gusta esa realidad? —preguntó Sakura muy seria, al notar su cambio de humor.

Se sentía atraída por él a un nivel que resultaba casi doloroso, pero no se le iban de la cabeza las
cosas que Naruto le había contado sobre su pasado, ni esas fugaces pérdidas de control de las que
ella misma había sido testigo. Y no paraba de preguntarse hasta qué punto se sentía mal consigo
mismo después de esas explosiones; si es que lo hacía.

Sasuke se apartó y se la quedó mirando. El brillo seductor de sus ojos se apagó y un calor muy
diferente prendió en ellos.

—Solo cuando estoy contigo. Durante ese tiempo todo parece mejor... —Le tomó la mano y se la
llevó a la altura del corazón, la apretó con fuerza contra su piel—, todo duele un poco menos.

Sakura tuvo que apoyarse en él para sostenerse. La rabia se abría paso por su pecho como lo haría
una gota de ácido. Nunca había sido una persona violenta, pero

en ese momento tenía ganas de despellejar a los responsables que le habían dañado el alma de ese
modo.

—¿Aunque sea una mandona celosa con la que no paras de discutir? —bromeó, mientras enlazaba
los brazos en torno a su cuello y trataba de sonreír con naturalidad.

—Sobre todo porque eres una mandona celosa que me pone a mil con esta boquita respondona —
replicó Sasuke, y las líneas de su rostro se suavizaron con una sonrisa antes de besarla.

34

Por Dios, no olvides tomarlas todos los días a la misma hora!


—Temary, me lo has repetido como un millón de veces, que junto con el otro millón de mi médico,
me sorprende que no se me haya grabado en la piel a fuego —se quejó Sakura. Apretaba en su bolso
la cajita que acababan de darle en la consulta—. Además, también pienso usar protección. No quiero
correr ningún riesgo.

—¡Genial, porque ningún método es al cien por cien infalible! Y aunque estoy segura de que el
pequeño Uchiha Haruno sería una monada, aún soy joven para ser su

madrina. —Temary esbozó su mejor sonrisa y miró a Sakura con la expresión despreocupada que
siempre lucía. Frunció el ceño—. Te has puesto pálida.

—Por un momento he visto a ese niño — bromeó Sakura con cara de susto.

—¿Tan descabellada te parece la idea de tener hijos en un futuro? ¿O es la posibilidad de tenerlos


con Sasuke lo que te asusta?

—Las dos... supongo.


—¿Y por qué? Queréis intentar que lo vuestro vaya en serio. Ir en serio significa que, con el tiempo,
hablaréis de compromiso, más tarde de boda, y después vendrán los niños y el perro... la hipoteca...

—¡Por favor, Tema, déjalo! Empiezo a marearme.

Temary soltó una risita.

—Así que solo le quieres por el sexo — bromeó.

—¡Claro que no! ¡Si estoy enamorada como una idiota de él! Pero soy realista, Tema. No creo que
esa sea la idea que Sasuke tiene de una relación seria. Y yo no necesito un anillo, un acta de
matrimonio y niños. Solo saber que es mío y que jamás volverá a mirar y a desear a otra.

—Eso es lo que queremos todas, cariño —suspiró Temary. Le sonrió con ternura y enlazó su brazo
con el de ella—. ¿Y quién sabe? Quizá sea esa la idea de tu chico sobre una relación seria. Mirarte y
desearte solo a ti.

A Sakura se le subió el corazón a la garganta. ¿Dónde tenía que firmar para conseguirlo? Y si el
precio era su alma, ¿dónde estaba el cruce de caminos y el demonio más próximo? Necesitaba pensar
en otra cosa o acabaría por deprimirse.

—Por cierto, gracias por acompañarme.

—De nada. Ya sabes que cuidar de ti es una de mis malas costumbres —respondió Temary,
encogiéndose de hombros mientras empujaba la puerta del Café.

Sakura le dio un golpe en el hombro.

—Eres odiosa —dijo entre risas.

Se sentaron a una de las mesas junto a la ventana, al lado de un expositor de libros y revistas.
Enseguida se les acercó una camarera que les tomó nota, y un minuto después disfrutaban de un
enorme batido de vainilla y café muy frío. Sakura se entretuvo releyendo la carta de bebidas, tratando
de ignorar el hecho de que Temary la

miraba fijamente mientras sus labios rojos y un poco delgados se fruncían en torno a la pajita.

—¿Qué? —le soltó con cara de póker.

—Mi chica está a punto de convertirse en mujer. —Suspiró Temary—. Me contarás hasta el último
detalle, ¿verdad?

—Si quieres lo grabo en vídeo y después lo discutimos —le espetó, exagerando una sonrisa mordaz.

Temary se quedó pensando. Agitó su batido con el dedo para deshacer la espuma.

—No te ofendas. Ver a Sasuke desnudo echando un polvo, debe ser la fantasía de cualquier mujer
hecha realidad. Pero a ti...

—Se estremeció con un repelús—. Tiene que ser como ver a mi madre haciéndolo.

Sakura puso los ojos en blanco y

cambió de tema.
—¿Puedo preguntarte algo sobre Eric?

—Claro —respondió Temary.

—¿Discutíais mucho?

—¿Que si discutíamos? ¡A todas horas! Nos peleábamos por todo, hasta por la butaca del cine. Y no
sé por qué, la verdad, porque empezábamos a meternos mano antes incluso de que la película
empezara. ¿Por qué me lo preguntas?

—Sai y yo no discutimos ni una sola vez hasta... ya sabes. Nunca nos dijimos una palabra más alta
que la otra y estábamos de acuerdo en todo. Pero con Sasuke, a veces tengo la sensación de que no
hacemos otra cosa que tirarnos los trastos a la cabeza como si nos odiáramos. Y lo hacemos hasta
por los motivos más absurdos que puedas

imaginar. Otras veces por celos estúpidos o por intentar salirnos cada uno con la nuestra.

Temary sonrió. Apoyó la barbilla sobre sus manos entrelazadas y adoptó su pose de

terapeuta sabelotodo.

—Cariño, si hubieras discutido con Sai, aunque solo fuera un poco, probablemente ahora estaríais
juntos. A eso se le llama pasión, y reza para que Sasuke y tú no la perdáis nunca —dijo con un
suspiro. Sus ojos volaron a la puerta—. Ahí está tu bombón.

Sakura se giró en la silla y vio a Sasuke saludándola desde la puerta. Estaba guapísimo con unos
pantalones desgastados y una camiseta blanca que marcaba cada línea de su fantástico torso. El
pelo le crecía deprisa y ya le cubría parte de las orejas y el cuello, donde se le rizaban las puntas de
una forma muy mona. Un grupo de chicas en la mesa contigua se pusieron a cuchichear entre risitas,
sin apartar los ojos de él, y los comentarios fueron subiendo de tono.

—¡Eh, mantened las bragas en su sitio, ese está cogido! —les espetó Temary sin cortarse un pelo.

Sakura se echó a reír y se inclinó sobre la mesa para darle un beso a su amiga.

—Nos vemos esta noche, pásate por casa.

Temary asintió y le tiró de un mechón de pelo que se le había soltado de la coleta.

—A todo esto, no me has dicho adónde vais —le hizo notar. Dio un sorbito a su batido.

—A Raleigh. Voy a hacerme un tatuaje.

Temary empezó a toser, pero antes de que pudiera decir nada, Sakura ya se estaba lanzando a los
brazos de su chico.

—Hola, princesa —dijo Sasuke. La alzó del suelo por la cintura y le plantó un beso en los labios—.
¿Lista? Aún estás a tiempo de arrepentirte.

—De eso nada —replicó ella, tirando de su camiseta para que la siguiera afuera.

El viaje de dos horas hasta Raleigh pasó tan rápido como un suspiro. Hablaron de cosas sin
importancia, de sus amigos, de películas y hasta de música. Y acabaron cantando a gritos los temas
más clásicos de AC/DC y Aerosmith, que emitía una radio local.
No tardaron en encontrar el estudio de Riley y, para su sorpresa, la chica ya los estaba esperando.
Jerry la había llamado para avisarla de que pasarían por allí.

A Sakura le costó un esfuerzo enorme no quedarse mirando fijamente a Riley. Era guapísima, una
rubia despampanante con curvas de infarto y una cara de muñeca maquillada como si fuera una
geisha. Pero lo que realmente llamaba la atención era su cuerpo decorado con tatuajes de colores
brillantes, todos de estilo oriental. Lucía un enorme dragón en la espalda y un tigre en el vientre. Sus
brazos parecían un jardín de nenúfares que acababan en un pez koi en cada mano.

La chica se presentó y les hizo pasar a una pequeña habitación con las paredes forradas de espejos.
Solo había una forma de conseguir el boceto del lobo que Sakura quería tatuarse, y durante quince
minutos

tuvo que ver cómo Riley se comía con los ojos a un Sasuke con los pantalones por debajo de las
caderas y sin camiseta. El lobo tomaba forma donde nacía el vello y ascendía por su vientre hasta la
altura del riñón.

Él no miró a Riley ni una sola vez, solo tenía ojos para Sakura, a la que no dejaba de sonreír con
suficiencia cada vez que la vista de ella se perdía por su cuerpo medio desnudo. Eso mantuvo sus
celos a raya.

Cuando Sasuke había dicho que hacerse un tatuaje dolía, no mentía ni tampoco exageraba. Sakura
tuvo que sacar fuerzas de su orgullo para no levantarse y salir corriendo. La aguja le taladraba la
piel a una velocidad endemoniada y el intenso dolor se transformó en quemazón cuando Riley le

limpió la piel con una gasa impregnada en desinfectante.

—Bien, esto ya está —informó la chica—.

Termino los ojos y listo.

—Quiero... quiero que los ojos sean de color —logró articular Sakura, llevaba tanto tiempo con los
dientes apretados que la mandíbula se le había quedado rígida—. ¿Es posible?

—Claro. ¿De qué color quieres que sean?

—Como los de él —respondió, mirando a Sasuke. El chico estaba sentado a su lado y había pasado
todo el tiempo acariciándole el rostro y el cabello, preocupado por ella cada vez que esbozaba una
mueca de dolor—. De ese marrón dorado, y no olvides las motitas verdes... me encantan.

—Sin problema —aseguró Riley con una sonrisa, y fue en busca de la tinta que necesitaba.

—¡Joder, Sak! —exclamó Sasuke en voz baja. Se inclinó sobre ella y le besó la comisura de los
labios—. Eso ha sido especial, nena.

Sakura sonrió y le acarició la mejilla antes de cerrar los ojos. Riley volvía a la carga con aquella
condenada tortura.

—Yo también quiero llevarte conmigo.

Sasuke se empeñó en pagar la factura y Sakura aceptó porque estaba tan agotada que no podía
discutir. Iniciaron el viaje de regreso a Port Pleasant de inmediato y solo pararon para repostar
gasolina. Sakura se bajó del coche para estirar las piernas y Sasuke entró en la tienda a por una
botella de agua. Se acercó al mostrador y cogió un par
de barritas de chocolate.

—¿Uchiha? ¿Eres tú?

Sasuke se giró hacia la voz. Durante un instante no logró reconocer al hombre que sí parecía
conocerle a él. Entonces cayó en la cuenta. Era Jake Mo, con unos cuantos kilos de más y menos
pelo.

—¿Jake?

El tipo se acercó y le palmeó la espalda mientras lo abrazaba.

—El mismo hijo de puta de siempre. ¿Qué haces aquí, chico? Lo último que supe es que estabas con
tu tío pasando calor en el desierto.

—Ahora estoy en Port Pleasant, hace unas semanas que regresé. —Se rascó la cabeza y desvió la
mirada—. Itachi, mi hermano...

Jake sacudió la cabeza a modo de reconocimiento.

—Lo siento, oí lo que le pasó. Tuvo mala suerte. ¡Qué cosas, eh! Los dos crecisteis entre coches,
conducíais como demonios, y se estrella contra un árbol en una recta y a menos de sesenta.

—Aún no me lo creo —dijo Sasuke con un suspiro.

—Yo tampoco. Conozco al tipo que lo encontró, ¿sabes? Si te sirve de algo, ni siquiera se enteró, no
sufrió.

—Gracias, Jake. Aunque no cambia nada, mi hermano debería estar vivo.

—Sí, la vida es una mierda. —Se produjo un incómodo silencio—. Y tú qué tal estás, ¿piensas
quedarte?

Sasuke negó con la cabeza.

—No tengo ni idea de qué voy hacer. De momento voy viviendo el día, más adelante ya veré. ¿Y tú?

Jake se encogió de hombres.

—Sigo con lo mío, ya sabes. Con dos ex esposas y tres hijos, cuesta dejarlo. ¿Tú sigues corriendo?

Sasuke sacudió la cabeza.

—No, lo dejé. Tú mejor que nadie sabes por qué corría, era cosa suya, no mía.

—Lo sé, era un maldito cabrón. Pero si necesitas pasta o algo, no dudes en llamarme. —Sacó una
tarjeta del bolsillo de su camisa—. Este es mi número. Las cosas han cambiado mucho; las apuestas
han subido y tendrías que ver qué coches manejan algunos tipos. Aunque ninguno superará jamás a
tu Shelby. ¿Aún lo conservas?

—Mi madre lo tiene guardado en un almacén. Debería deshacerse de él — respondió Sasuke. Miró la
tarjeta y se la guardó en el bolsillo, aunque no pensaba usarla. Para él se había terminado esa vida.
—Me alegro de verte, chico.

Sasuke estrechó su mano y se despidió con otro abrazo. Salió de la tienda y cruzó a la carrera entre
los vehículos aparcados. Sakura lo esperaba de pie junto al coche. El viento agitaba su pelo y su
diminuto vestido, convirtiéndola en una visión adorable y perfecta. Ella se enderezó cuando le vio
acercarse y sus ojos le sonrieron como los de una gatita juguetona. Podría perderse en ellos para
siempre.

—¿Quién era ese?

—Un viejo amigo.

Sakura se dio cuenta de que no iba a decir nada más sobre el encuentro. Sasuke se cerraba de forma
hermética en cuanto surgía algo que pudiera conducir de alguna forma a su antigua vida. Y ella, de
momento, había decidido darle tiempo y respetar su silencio. Pero si continuaban juntos, él tendría
que dejarla entrar en sus miserias.

Continuaron el viaje sin apenas hablar. Cuando se detuvieron frente a la casa de los Haruno, habían
transcurrido un total de seis horas y ya había anochecido. Sasuke se giró en el asiento y la miró con
detenimiento.

—¿Te duele? —preguntó. Sus ojos viajaron hasta el hueco entre sus piernas.

—Solo un poco —contestó ella—.

Escuece más que otra cosa.

—Mañana no lo notarás. —Sasuke esbozó una sonrisa traviesa—. ¿Puedo verlo?

—¿Aquí? —preguntó, sin poder evitar que sus ojos volaran a su casa. Sasuke asintió una vez, y su
mirada la desafió—. Vale.

Alzó las caderas un poco para poder subirse el vestido, y lo dobló con las manos hasta la cintura.
Unas diminutas braguitas quedaron a la vista y también el tatuaje. Sasuke deslizó los dedos por su
piel sin tocar la zona enrojecida y tiró del elástico para poder ver la parte cubierta por la escasa tela.
Sus labios se curvaron con una sonrisa tentadora y sus ojos se encendieron.

—Es muy sexy —susurró. Se inclinó muy despacio y besó su piel alrededor del dibujo.

—Sasuke —susurró ella. Sus manos se cerraron en torno al asiento, apretándolo con fuerza, y su
pulso se aceleró desbocado. Cada centímetro de su piel despertó con un estremecimiento, y empezó
a arder cuando la mano del chico ocupó el hueco entre sus piernas y aquellos labios cálidos y húmedos
tomaron una dirección peligrosa—. Sasuke — repitió, esta vez con más urgencia. Solo sus manos se
habían aventurado por aquel terreno, sentir su boca tan cerca era demasiado—. Sasuke —jadeó.

Lo agarró por el pelo y lo forzó a alzarse. Algo parecido a un quejido escapó de su garganta cuando
logró que la mirase a los ojos. Tuvo que obligarse a recordar que se encontraban frente a su casa,
que sus padres estarían allí, y que cualquier vecino podría aparecer en el momento menos acertado.

—Vas a provocarme un infarto —le dijo, sujetando su muñeca para evitar que continuara con aquellos
movimientos que la volvían loca.
—No estaba pensando en eso exactamente —señaló Sasuke con malicia. Se inclinó sobre ella y le
rozó el cuello con la nariz. Sus dedos se hundieron un poco más a través de la suave tela—. Aún es
pronto, podemos ir a algún sitio y ser malos.

Sakura no supo de dónde sacó la voluntad para negarse a su petición.

¡Derretirse entre sus brazos era tan sencillo e inevitable! Siempre tenía hambre de él.

—Le prometí a mis padres que cenaría con ellos —contestó, apartando su mano.

Sasuke regresó a su asiento con una mueca de tormento. La miró de reojo, como si ella lo hubiera
castigado quitándole su juguete favorito.

—Otra vez será.

—Voy a compensarte, te lo prometo. Por acompañarme hasta Raleigh, por este momento, por todo
—le aseguró.

Le dio un beso en la mejilla y otro en el hoyuelo que se le formó al sonreír. La barba incipiente le
hizo cosquillas en la cara. Después le rozó los labios con la boca. Sasuke gruñó una palabrota que
quedó ahogada en su garganta y la besó con ganas mientras sus manos volvían a perderse bajo su
ropa. Casi tuvo que apartarlo a la fuerza.

—Buenas noches —musitó. —Buenas noches, princesa.

Sakura se quedó en la acera, viendo cómo el coche desaparecía a toda velocidad calle abajo. Con
una sonrisa boba en la cara,

cruzó el jardín hacia la entrada. La puerta se abrió y todo su mundo se vino abajo. Sai apareció en
el umbral. Descendió los peldaños y se acercó a ella con una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —le espetó con malos modos.

Sai se encogió de hombros y adoptó su expresión más inocente.

—He venido a felicitar a tus padres por lo tuyo con el pandillero.

Sakura dio un paso atrás y le flojearon las rodillas.

—¿Has venido a contárselo? —inquirió con voz ahogada. Ni siquiera sabía por qué había hecho la
pregunta, conocía la respuesta.

Él alzó las cejas con los ojos muy abiertos, sorprendido.

—¿Acaso era un secreto? —se burló. Se rió entre dientes—. ¡Ups, como soltaste todo ese rollo de
que lo vuestro iba en serio, creí que era oficial!

—Eres un cerdo, Sai. Y si crees que vas a lograr algo yendo con el cuento a mis padres, estás muy
equivocado. Ni tú ni ellos vais a apartarme de él —le advirtió.

Sai la miró con expresión apenada.

—¿Crees que me gusta hacer estas cosas? No me gusta, de verdad, prefiero ser el tipo bueno y
encantador. Pero tú me estás obligando a jugar sucio.
Sakura sacudió la cabeza con incredulidad.

—¡Maldita sea, Sai, lo nuestro se acabó! ¿Es que no lo entiendes? Entre tú y yo jamás volverá a
haber nada. Por favor,

déjame en paz de una vez.

Sai apretó los labios y la miró con resentimiento.

—La verdad es que no tengo muy claro que quiera volver contigo. Te quería, Saku. Aún te quiero.
Pero esto es demasiado.

¡Joder, y si al menos hubiera sido con otro! Si hubiera sido con otro podría intentar olvidarlo, en
serio. Por ti lo intentaría. Pero te estás tirando a un tío que es basura. Una mierda en la suela de mi
zapato está por encima de él. Para mí ya no eres la misma chica dulce de la que me enamoré. Ahora
no eres más que...

No terminó su frase, pero Sakura no tuvo problemas para captar el significado de esas palabras que
no había pronunciado. —No te conozco —musitó,

completamente asqueada.

—Yo a ti tampoco —suspiró él con cierta tristeza—. Pero no pierdo la esperanza. Quiero que vuelvas
a ser la de antes, y si he de jugar sucio para lograrlo, lo haré. Nos vemos, Saku. Ya me contarás
cómo te ha ido con tus padres. Me ha costado convencerles de que no era ninguna broma pesada.

Sai pasó por su lado y desapareció andando en la oscuridad, mientras tarareaba la que había sido su
canción. La primera canción que habían bailado en su primera cita.

Sakura se quedó inmóvil sobre el césped, anonadada y asustada. ¿De verdad había estado
enamorada de un tipo como Sai? ¿De verdad él esperaba que ella volviera a su lado

actuando como lo estaba

haciendo? ¡Acababa de meterla en un buen lío! Contempló su casa. La luz del salón se encendió y
dos sombras se movieron por él. Reconoció la silueta de su padre dirigiéndose al mueble bar, y cómo
después se acomodaba en uno de los sofás. Su madre se sentó a su lado y permanecieron quietos.

Sabía que debía entrar y enfrentarse a ellos, pero sus piernas no le obedecían. Intentó serenarse.
Quizá ni siquiera tenía motivos para preocuparse. Sus padres conocían a Sasuke. Durante el tiempo
que el chico había estado trabajando en el cobertizo, solo habían tenido halagos para él. Y a Mikoto
la adoraban. En los dos años que llevaba trabajando para ellos, se había hecho querer y se había
convertido en alguien

imprescindible, sobre todo para su

madre.

No había asesinado a nadie, solo estaba enamorada de un chico estupendo y cariñoso, con una vida
difícil que le había convertido en un superviviente desconfiado e irascible. Y con una reputación de
pena que no le hacía justicia. Pero ¿quién podía culparlo de todas esas cosas?
Se había convencido a sí misma, cuando la puerta se abrió de nuevo. Mikoto apareció en el umbral
cargando con un par de bolsas. Era muy tarde para que todavía estuviera allí. Los aspersores del
jardín se pusieron en marcha y Sakura tuvo que correr hasta la entrada.

—¡Saku! —exclamó Mikoto, sobresaltada.

—Hola, siento haberte asustado —se disculpó—. ¿Qué haces aquí tan tarde?

—Tenía que recoger mis cosas —explicó la mujer. Sus labios se curvaron con una sonrisa forzada.

—¿Por qué has recogido tus cosas? — inquirió Sakura con un mal presentimiento. Sus ojos volaron
a las bolsas.

—Bueno. Tus padres ya no me necesitan, han decidido prescindir de mis servicios.

Sakura se quedó paralizada.

—¿Qué? ¿Te han despedido? —Se llevó las manos a las mejillas, atónita—. No... no pueden hacer
eso.

—Claro que pueden —dijo Mikoto con una sonrisa maternal—. No pasa nada, cielo.

No iba a estar aquí para siempre.

—Es por Sasuke y por mí, ¿verdad? A

saber cuántas mentiras les habrá contado Sai. Mikoto se puso muy seria.

—¿Es cierto que vosotros dos...? ¿Sasuke y tú?

—Sí —respondió Sakura sin dudar. Y de pronto las palabras se agolparon en su boca— . Y no tienes
de qué preocuparte, de verdad. Él me importa mucho, Mikoto. Tu hijo es lo mejor que me ha pasado
en la vida. Es listo, bueno, es cariñoso... Estamos haciendo planes y...

—Sé cómo es mi hijo, lo conozco muy bien —la interrumpió Mikoto—. Y por eso sé que lo que quiera
que haya entre vosotros no va a funcionar. No es posible, Sakura. Vivís en mundos opuestos. Él
jamás encajará en el tuyo y tú no aguantarías en el suyo. Esa

es la realidad.

Sakura sintió las lágrimas pugnando por derramarse sobre sus mejillas. Sabía que a ojos de los
demás su relación con Sasuke parecía una locura, pero al mismo tiempo parecía lógica. No eran tan
distintos.

—¡No! La realidad es que estamos bien juntos y encontraré la forma de que funcione.

—Solo le harás daño, y Sasuke ya ha sufrido mucho. Niña, tú no sabes nada de él ni de mí. No puedes
imaginar las cosas por las que mi hijo ha pasado, las que se ha visto obligado a hacer. Estoy segura
de que no te ha hablado de nada de eso, y no lo hará nunca, porque es incapaz de confiar en nadie.
Déjale en paz, Saku.

—Creí que yo te gustaba, pero tienes los mismos prejuicios que los demás. No crees que sea buena
para él.
Mikoto apretó los párpados mientras asentía.

—No es cuestión de ser buena o mala. Tú no eres la mujer que le conviene. Necesita una persona
que conozca sus heridas, sus cicatrices, que sepa hacer frente a sus demonios y le ayude a sanar
poco a poco. Alguien con quien pueda ser feliz y formar una familia, sin presiones ni sacrificios que
acaben pesando más que el cariño.

—Yo puedo ser todo eso.

—No, no puedes. Por eso te lo pido. No, te lo suplico. Déjale antes de que sea tarde para él. No
quiero que sufra más perdidas, ni que se culpe a sí mismo y siga pensando que todo lo malo que le
ocurre es porque lo merece. Los tuyos nunca le aceptarán y, en el

fondo, tú tampoco.

—Mikoto —rogó.

—Entra en casa, Sakura. Tus padres te esperan para hablar contigo. Escúchales y hazles caso, tienen
razón. Y yo hablaré con Sasuke. Ha llegado el momento de terminar con esto y de que regrese con
su tío — repuso la mujer y, sin esperar a que Sakura pudiera replicar, se dirigió hacia el taxi que
acababa de detenerse junto a la acera.

35

Sasuke salió de la ducha envuelto en una nube de vaho. Se cubrió las caderas con una toalla y
se acercó al espejo. Lo limpió con la mano y se quedó mirando su reflejo. Debía hacer algo que
llevaba mucho tiempo evitando: tenía que poner toda su mierda en orden. Debía aceptar el pasado,
la culpa, y también perdonarse. Si no lo lograba, el futuro seguiría estando fuera de su alcance. Y
también Sakura. No tenía ni idea de por dónde empezar, ni siquiera sabía si podría lograrlo solo;
aunque por ella merecía la pena escarbar en la basura.

Había levantado tantos muros para

protegerse, que su mente se había convertido en una habitación blanca completamente vacía. Cerró
los ojos y se dejó arrastrar hasta aquella noche en la que se enfrentó a su padre. Sus manos
aferraron el lavabo, con la sensación de estar retrocediendo para tomar impulso y lanzarse al vacío.
Sintió que se le revolvía el estómago y que se le aflojaba todo el cuerpo. No pudo hacerlo, y su mente
se quedó al borde del precipicio en el que vagaba peligrosamente desde hacía mucho.

Abrió los ojos y se quedó mirándose fijamente. El agua le goteaba del pelo mojado, y cada gota
contra la superficie de cerámica reverberaba en el silencio haciendo que le palpitaran las sienes.

—No soy como tú —le dijo a la presencia que nunca lo abandonaba.

Se vistió con unas bermudas y una camiseta, y fue hasta la cocina para comer algo. Encontró a su
madre al teléfono. Parecía muy cansada y se masajeaba las sienes como si le doliera la cabeza.

—Gracias, Vic. Mañana pasaré a firmar el contrato... No me importa empezar con el turno de noche
si van a pagar más... Entonces, arreglado... Hasta mañana, Vic. Y gracias de nuevo.

Sasuke se sirvió un vaso de leche.


—¿Qué pasa?

Mikoto se apartó de la pared en la que se había apoyado y se sentó a la mesa.

—Mañana empiezo a trabajar en el servicio de limpieza del hospital. Este mes tendré que hacer el
turno de noche.

—¿Por qué? ¿Qué pasa con los Haruno? —preguntó Sasuke mientras se sentaba junto a ella.

Mikoto clavó la vista en su hijo y lo observó con atención. Soltó el aire que había estado conteniendo.

—Me han despedido, Sasuke. En cuanto han sabido que te veías con Sakura han tomado cartas en
el asunto. ¿De verdad creías que podrías mantener algo así en secreto? ¿Que sus padres o yo no
acabaríamos por enterarnos?

Sasuke notó cómo se encendía por dentro.

—Nunca ha sido secreto. Sakura y yo estamos saliendo, y hemos hecho lo que cualquiera. Pasear de
la mano, ir a cenar, salir con amigos... ¿Dónde está el problema?

—¿Que dónde está el problema? ¿En qué estabas pensando, hijo? Entre esa chica y tú no puede
haber nada. No te conviene, Sasuke. Solo te dará problemas. Tienes que dejarla.

—¿Qué? ¡No! No voy a pasar de ella — negó categórico.

Mikoto se inclinó sobre la mesa, buscando su mirada. Intentó tranquilizarse para razonar con él.
Conociéndole, no iba a ser fácil. Por eso perdió la paciencia antes de intentarlo.

—¿Qué esperas que pase? Venga, dime. ¿Vas a ir a la universidad con ella? ¿Os casaréis algún
día? Cuando se convierta en abogada o juez, ¿crees que querrá un marido que trabaja arreglando
los coches de los demás? ¿Les hablará a sus amigos importantes de tu historial de antecedentes?

¿Se sentirá orgullosa de ti?

Sasuke se levantó tan rápido que volcó la silla y la mesa se sacudió sobre sus largas piernas. El vaso
de leche se derramó. Miró a su madre como si no la conociera, como a una extraña.

—Sasuke, lo siento, no pretendía...

—¿Culparme? ¿Recordarme las cosas que he hecho? ¿Que tenga claro que no puedo aspirar a
nada más que a este barrio y a alguien tan jodido como lo estoy yo? —gritó.

Golpeó la nevera con el puño y el sonido metálico ahogó la maldición que salió de su

boca.

—No quería decir eso, hijo. He hablado sin pensar. Es que no quiero que nadie vuelva a hacerte daño.

Sasuke empezó a dar golpecitos con la frente en el armario.

—Soporté cada hueso roto porque


prefería mil veces que fuera mi dolor y no el vuestro. Cada vez que me interpuse, cada vez que le
provoqué, cada paliza que me dio, cada vez que me obligaba a destrozar a otro chico en una de esas
peleas. Era capaz de hacerlo porque solo pensaba en vosotros, en ti y en Itachi. Porque si pensaba
en mí, si me atrevía a pensar en mí por un maldito segundo, sabía que no podría seguir adelante.
¿Sabes cuántas veces deseé que apretara el gatillo con el que me amenazaba? Aún noto el sabor
metálico en la boca —dijo con voz temblorosa. Sentía la rabia desgarrada por todo el cuerpo. Se frotó
el cuello para intentar aliviarla.

Mikoto se levantó y se acercó a él sin estar muy segura de si se lo permitiría. Los cambios de carácter
de Sasuke eran tan

rápidos y extremos como las subidas y bajadas de una montaña rusa. Le puso una mano en la
espalda. El chico temblaba de arriba abajo mientras sus manos aferraban con fuerza la encimera y
mantenía la vista clavada en la ventana.

—Sasuke, lo siento. No quería hacerte daño. Sé muy bien todo lo que te has visto obligado a hacer
y a soportar. Creciste demasiado deprisa, y conociste el miedo y el dolor antes que nada. Pero lo
conseguiste. Lograste protegernos e hiciste de tu hermano un buen chico. A veces los hombres
buenos tienen que hacer cosas que no lo son. Pero eso no te condena.

—No soy bueno. Ese es el precio que pagué —musitó él con los dientes apretados.

—Y si lo crees de verdad, ¿por qué quieres arrastrar a esa chiquilla contigo? Parece que te
quiere.

Sasuke se alejó de su madre. Cruzó la cocina y se refugió en la esquina.

—Porque con ella consigo olvidarme de todo. Con ella todo parece mejor: esta casa, este barrio, yo...
—Mientras hablaba dejó que su espalda resbalara por la pared, hasta acabar sentado en el suelo con
las piernas abiertas y los brazos reposando en las rodillas—. Consigue que piense en el mañana, en
las cosas que podría hacer y en las que podría darle. Y porque cuando la hago reír me siento el puto
amo del mundo.

Mikoto se quedó muda, mirándolo con los ojos muy abiertos. Se acercó despacio y se arrodilló frente
a él.

—Sasuke —susurró—. ¿Te has enamorado

de Sakura?

—Hace una semana que no tengo pesadillas —confesó él de golpe—. No sé si es por ella, pero es la
verdad. No sueño nada salvo estupideces cursis. —Una sonrisa se dibujó en sus labios. La noche
anterior había soñado con Sakura. Estaban en la playa, de noche, contando estrellas y dibujando con
el dedo el contorno de las constelaciones. Después se la había comido a besos.

Mikoto se cubrió la cara con las manos. Sasuke tenía pesadillas desde los seis años, y estas se habían
agravado en los últimos cuatro de un modo preocupante. Que esas visiones nocturnas hubieran
desaparecido sin más, era algo que tener en cuenta. Quizá estaba preocupada sin motivo, por unos

prejuicios sin sentido. Pensando así les estaba dando la razón a todos esos ricachones que creían
que un chico como él no podía aspirar a un mundo mejor. Sasuke se merecía toda la felicidad del
mundo.

Enredó la mano en el pelo de su hijo y la deslizó hasta su mejilla.


—Espero que sepas lo que estás haciendo y que de verdad merezca la pena.

Conociendo a los Haruno, es posible que en este momento estén subiendo a su hija en un avión para
alejarla de ti —indicó con un suspiro. Sasuke se enderezó de golpe y frunció el ceño—. Son buena
gente, pero hay que ser realista. No es lo mismo que entres en su casa para arreglarles el cobertizo,
que para convertirte en el novio de su única hija. Se levantó del suelo y se pasó una mano por el
pelo despeinado, recogiendo los mechones sueltos en una improvisada coleta.

Tenía ojeras y los hombros caídos.

Sasuke la miró.

—Necesito que me apoyes en esto, mamá.

—Soy tu madre, no hay cosa en el mundo que no haría por ti. —Volvió a arrodillarse. Lo envolvió
entre sus brazos y, aunque apenas podía abarcar su enorme cuerpo con ellos, lo arrastró hacia su
regazo y le acunó la cabeza contra su pecho—. Todo saldrá bien, cariño.

Sasuke entró en casa después de haber pasado casi toda la noche en el porche pensando en Sakura.
Había tratado de llamarla varias veces, pero su teléfono estaba apagado. La

incertidumbre lo estaba matando. Fue hasta su cuarto y se dejó caer en la cama. Unos días antes
había desmontado la de su hermano y la había guardado en el garaje. Tenía la necesidad de que
aquella habitación no se convirtiera en un mausoleo. Sus cosas, los libros, las fotografías, su ropa,
lo ahogaban en recuerdos que en ese momento no se podía permitir el lujo de tener.

Sus ojos volaron hasta un par de revistas que sobresalían de una caja bajo el escritorio. Alargó la
mano y tomó una para echarle un vistazo. Alzó las cejas, sorprendido. Era una de esas revistas de
moda y cotilleos para adolescentes. Aquello no podía pertenecer a Itachi. Se estiró y con un dedo
logró arrastrar la caja hasta la cama. Empezó a curiosear. Había un MP4 de color

lila. Miró las listas de música: Taylor Swift, Jonas Brothers...

Se sentó de golpe y subió la caja a la cama. La volcó sobre las sábanas. Todas aquellas cosas
pertenecían a una chica. Una fotografía asomó bajo una camiseta rosa en la que se podía leer: «Yo
también quiero un novio vampiro». El corazón le dio un vuelco. En la imagen, un Itachi sonriente
abrazaba a una chica rubia de ojos marrones. Eran la viva imagen de la felicidad. Sasuke estudió
aquel bonito rostro con mucha atención. No la conocía, ni siquiera le sonaba de haberla visto por el
barrio. Intentó recordar las caras de todas aquellas personas que habían acudido al funeral. No, ella
no había estado allí.

Volvió a guardarlo todo y se tumbó con las manos bajo la nuca. Itachi estaba saliendo con
una chica y nunca le había hablado de ella. No existían secretos entre ellos, y menos de ese tipo; por
eso no lograba entender por qué no le había dicho nada al respecto, cuando era evidente que aquella
chica, quienquiera que fuese, le importaba.

Se quedó mirando el techo. Echaba de menos a Itachi. Intentaba convencerse a sí mismo de que era
fuerte y de que podía superar su pérdida. Pero no podía. No importaba cuánto fingiera ante los
demás, que no pronunciara su nombre o no hablara de él. El dolor estaba en su interior, helado y
corrosivo, debilitándolo, confundiéndolo. Ese dolor no podría curarlo nada. Apretó los párpados, pero
eso no pudo detener las lágrimas. Suspiró y se frotó el puente de la nariz. Su respiración se volvió
rápida y superficial.
Y ahora podía perderla a ella.

El sol iluminó poco a poco la habitación de Sakura. Llevaba horas sentada sobre la cama, abrazada
a sus rodillas sin moverse. Ni siquiera había intentado dormir. Las voces de sus padres aún
resonaban en su cabeza. No le habían dado la oportunidad de hablar ni de explicarse; no les
interesaba su versión de la historia.

Sai había logrado su objetivo. Con su sonrisa embaucadora y su expresión afectada, los había
convencido de que Sakura solo estaba pasando por una época rebelde y que

Sasuke se había aprovechado

de esa circunstancia. Que si se mantenían firmes y unidos, la pobre oveja descarriada volvería al
redil. ¡Qué ingenuos! Todos sus esfuerzos los habían dedicado a enumerar los motivos por los que
no volvería a ver a Sasuke.

Dejó escapar un sollozo y se limpió con las manos las lágrimas que le resbalaban por la cara. No
podía seguir lamentándose. Tenía que pensar y tomar decisiones. La primera sería poner distancia
con sus padres. Hasta ahora, si ellos le hubieran pedido que se tirara por un puente, lo habría hecho
por complacerlos. Pero eso se había terminado.

Se levantó con las piernas adormecidas y se dirigió al armario. Buscó una pequeña maleta en el altillo
y la abrió sobre la cama. Sin pararse a pensar, comenzó a sacar ropa de los cajones y la fue
guardando en ella. Sonaron unos golpecitos en la puerta y el pomo giró. Sakura le echó un vistazo
al pestillo para asegurarse de que estaba echado.

—Saku, por favor, déjame entrar —pidió su padre al otro lado de la puerta. Sakura continuó doblando
la ropa y lo ignoró por completo. La puerta se sacudió con algo más de fuerza—. Sakura, déjame
entrar o echaré la puerta abajo. Tenemos que hablar.

«Como si no hubieras hablado ya bastante», pensó ella. La noche anterior sus padres habían
convertido la conversación en un monólogo en el que ella había sido un mero espectador sin voz ni
voto. Se acercó a la puerta y corrió el pestillo. Volvió al cajón y sacó otro par de camisetas. La puerta
se abrió muy despacio y su padre entró.

—Saku, cariño. Debemos hablar... ¿Qué estás haciendo? ¿Qué haces con esa maleta?

—Me voy con Temary unos días — respondió con frialdad.

—¿Qué? No... no puedes hacer eso.

—Sí que puedo. Tengo dieciocho años, puedo hacer lo que quiera y no necesito tu permiso.

Kisashi Haruno cruzó la habitación y le quitó la ropa de las manos. Cerró la maleta de un manotazo
y cogió a su hija por los brazos, obligándola a mirarle.

—¿Todo esto es por Sasuke Uchiha? Creí que anoche ya quedó claro ese tema y que no hay nada
más que hablar a ese respecto.

Ella negó repetidas veces con la cabeza.

—¿Hablar? —le espetó en voz alta—. No


me dejaste decir nada. Te dedicaste a darme órdenes, a amenazarme y a decirme lo mala hija que
soy por querer a Sasuke.

—Y si me hubieras escuchado sabrías que tengo razón. No puedes ver a un chico como ese, Saku.
No te conviene. Anoche indagué un poco y... sus antecedentes con apenas quince años ya eran
dignos de un adulto. Ha estado en un centro durante dos años por agredir a su padre.

Sakura se puso rígida como una piedra.

—¿Te has molestado en leer las declaraciones? Quizá te hayas perdido la parte en la que dicen que
su padre era un hombre violento que le pegaba y abusaba de él. Quizá no tuvo más remedio y no le
quedó más opción que defenderse. ¿Y si se trató de ese hombre o su familia? ¿Qué habrías hecho
tú?

—Eso no justifica los robos, los allanamientos y tampoco la intención de homicidio. Podía haber
recurrido a las autoridades, están para eso. Ese chico es peligroso y conflictivo.

—Y si lo crees de verdad, ¿por qué le ofreciste trabajar en casa? —le soltó con desdén. La rabia le
estaba proporcionando la rebeldía que siempre había anhelado tener.

Su padre apartó la mirada.

—Bueno, creo en la reinserción y... ese dinero les iba a venir muy bien. Conocía a Mikoto y a su otro
hijo, ese chico que...

—Se llamaba Itachi, papá. Vino a esta casa casi a diario durante dos años. Le ayudaste.

No finjas que no sabías nada de él.

—No lo hago, y estamos hablando de su hermano. Los chicos como él...

—Tú trabajas con chicos como él. Juzgas sus casos y sabes que la mayoría de las veces no es culpa
suya, sino de las circunstancias y de la vida que han llevado. Pero ¿cuántos de ellos son malos de
verdad? Intentas darles una nueva oportunidad, les procuras los medios y las personas para sacarlos
del agujero. ¿Por qué Sasuke no se merece que le des otra oportunidad?

Su padre suspiró y se sentó en la cama con las manos apoyadas en los muslos.

—Está bien, puede que Sasuke sea un buen chico que solo ha tenido mala suerte, y que ahora esté
completamente reinsertado. Pero, Saku, tienes que entender que no es lo que te conviene. ¿Qué
esperas de una relación con él? ¿Qué puede ofrecerte?

Sakura entornó los ojos. Se sentía ofendida solo por la insinuación machista que contenía aquel
comentario.

—No necesito que un hombre me mantenga, si te refieres a eso.

—¡Claro que no! Pero tampoco está de más tener la seguridad de que pudiera hacerlo si llega el
momento. ¿Qué pasa con Sai? Formáis una pareja preciosa. Es un chico inteligente, con aspiraciones
y un futuro brillante. Te adora, eso es evidente, y, aunque yo no soy muy objetivo con esas cosas,
diría que es muy atractivo.

Sakura puso los ojos en blanco.


—Papá, si tuviera que elegir a un hombre con el que pasar mi vida basándome en el tamaño de su
cartera, ese sería Sai. Pero, créeme, yo preferiría vivir en una caravana y trabajar de camarera el
resto de mi vida, antes que pasar un solo día con él.

Su padre la miró como si hubiera perdido el juicio. Sacudió la cabeza y alzó las manos.

—No lo entiendo, Sakura. Hasta un ciego vería lo que tú te empeñas en ignorar. Sasuke Uchiha y tú
ni siquiera pertenecéis al mismo mundo. No es lo que te conviene. No tiene nada que ofrecerte.

—¿Cómo sabes que no tiene nada que ofrecerme?

—Porque es evidente que...

Sakura perdió la paciencia.

—¿Que no tiene un apellido importante? ¿Que vive en un barrio pobre y sobrevive con un salario
mínimo? ¿Que ha estado en la cárcel por defenderse del hombre que debía protegerle y quererle?
¿Que todos los que os creéis por encima de él ya le dais por perdido porque ni siquiera os atrevéis a
confiar, solo un poco, en que puede lograrlo? Quizá el ciego seas tú, papá, porque no quieres ver
más allá de lo «evidente».

Su padre se puso de pie tan rápido que parecía que lo habían fustigado.

—¿Qué insinúas? ¿Que no soy tolerante, que tengo prejuicios?

—Sí, eso mismo —admitió Sakura con fiereza y una mirada desafiante—. No te molestas en ver más
allá. No me has preguntado por qué quiero estar con Sasuke, qué he visto en él para dejar a un lado
mis propios prejuicios, esos que he heredado de ti y de mamá.

—Eso no es justo, Saku —suspiró él con frustración.

—Pero es la verdad.

Su padre frunció el ceño, esforzándose por mantener la compostura. Negó con la cabeza. No entendía
por qué su hija estaba sacando las cosas de quicio.

—¿Te das cuenta de que ese chico es una mala influencia? Tú nunca nos has desafiado, siempre te
has comportado, has ido por el buen camino. Hasta ahora. Has roto con un chico maravilloso, has
dejado a tus amigas y quieres irte de casa porque no nos parece bien que salgas con un muchacho
que no te conviene. ¡Deja de rebelarte y de ser tan egoísta!

Sakura le dirigió una mirada fulminante.

—¿Egoísta? No he dado un solo paso en

toda mi vida sin pensar antes si os parecería bien, si estaría actuando como esperabais que lo hiciera.
Me he vestido como a mamá le gusta, elegía las asignaturas que tú querías, y me he comportado
siempre bajo la presión de cumplir vuestras expectativas. Salí con Sai por ese motivo, elegí a mis
amigas porque a vosotros os gustaban, no a mí. Y así con todo. Porque siempre me habéis hecho
sentir como si tuviera que compensaros por todo lo que sacrificasteis al tenerme...

—¿Qué? ¿Por qué crees eso?


—¿Que por qué? ¿Acaso pensáis que estoy sorda o ciega, que en todos estos años no me he dado
cuenta de las cosas? Me habéis tratado como el recuerdo viviente de todo lo que no pudisteis hacer
porque

tuvisteis que ocuparos de mí. Mamá tuvo que dejar la universidad, regresó aquí, sola, sintiéndose
frustrada e insegura porque tú no podías estar con ella. Se comporta como si fuera una adolescente
anclada en el pasado y ya ni siquiera puedo llamarla mamá porque no le gusta que la gente sepa
que tiene una hija de mi edad. Y tú... Tú tuviste que estudiar y mantener una familia al mismo
tiempo, en lugar de ir a conciertos, salir con amigos y jugar al fútbol. Y la ayudas a mantener esa
ilusión de que el tiempo no ha pasado, sabiendo que eso me hace daño.

La perplejidad se dibujó en el rostro de su padre.

—Cariño, si tu madre y yo te hemos hecho sentir así, lo siento de veras. —Su voz se quebró—. Nunca
te hemos culpado de nada.

Fuimos unos irresponsables, y es cierto que tuvimos que pagar las consecuencias, pero tú eres lo
mejor que nos ha pasado nunca. No podemos culparte de algo de lo que no eres responsable.

Sakura suspiró con ojos brillantes. La emoción amenazaba con apoderarse de ella. Era la primera
vez que oía a su padre decir algo parecido, pero no quería distraerse del tema principal de aquella
conversación.

—Pues me alegro —replicó—. Porque se acabó, yo he dejado de sentirme culpable y ya no siento esa
necesidad constante de compensaros por el simple hecho de estar viva. Queredme por quién soy,
porque a partir de ahora no siempre pensaré como vosotros ni haré lo que creéis que es correcto.
No saldré con quien os gustaría y

puede que no lleve la vida que habéis imaginado.

—Y quieres demostrarnos que eres capaz de decidir por ti misma con sentido común, saliendo con
Sasuke Uchiha.

Sakura alzó las manos al cielo, exasperada.

—¡No le conoces, no es el canalla que anda detrás de la niña rica! Si le conocieras no me mirarías de
esa forma, como si estuviera loca. Él no es el medio para fastidiaros porque esté enfadada. Sigues
sin entenderlo.

—Entonces, ¡explícamelo! —rogó su padre.

—Cuando Sasuke no está conmigo, siento un agujero en el pecho que no soy capaz de llenar con
nada. Que duele hasta volverme loca y no me deja respirar. Ese agujero se transforma en un pozo
oscuro y frío con solo pensar que no volveré a verle. Cuando estoy con él ese dolor desaparece y me
siento feliz. —Sabía que estaba sonando desesperada, demasiado dramática, pero era como se
sentía—. Cuando me mira me hace sentir única, especial. Para él no existe nadie más, solo yo, y sé
que haría cualquier cosa que le pidiera. Él quiere ser mejor persona por mí, y lo está intentando con
todas sus fuerzas.

»No voy a darle la espalda, no voy a dejarle ir. Sasuke es mi elección, no espero que la aprobéis ni
que la celebréis, pero si me queréis aquí, tendréis que aceptar que él forma parte de mi vida.

—Está bien —dijo su madre desde la


puerta.

Los dos se volvieron hacia ella, sorprendidos de encontrarla allí.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Kisashi, preocupado por lo que pudiera haber oído.

—El suficiente para haberme dado cuenta de algunas cosas —respondió su esposa. Se abrazaba los
codos con nerviosismo. Miró a su hija y un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

—¡Mabuki! —musitó Sakura.

—¡No! Soy tu madre, así que se acabó lo de «Mabuki». Me he comportado de un modo irresponsable.
Si hubiera pensado más en ti, como es mi obligación, y menos en mí, ahora no estaríamos en este
punto. Todo esto es culpa mía.

—No es culpa tuya, cariño —dijo él, yendo a su encuentro. Le rodeó los hombros con el brazo y la
estrechó contra su pecho.

—Kisashi, deja de hacer eso, deja de ser tan indulgente conmigo. —Miró a Sakura a los ojos—. No
me parece bien. No creo que ese chico sea bueno para ti. —Buscó la mano de su esposo y la cubrió
con la suya—. Pero conozco ese vacío del que hablas, ese agujero en el pecho que no te deja respirar.
Lo sentí durante todos los años que tu padre no pudo estar conmigo. Si estás segura de que Sasuke
es tu elección, la respetaremos...

—Mabuki —la regañó Kisashi, con el ceño fruncido.

Ella lo ignoró y se acercó a Sakura. Le colocó un mechón de pelo tras la oreja.

—Pero haréis las cosas bien —continuó

—. Vendrá a casa para que podamos conocerle mejor, y sabremos en todo momento dónde estáis y
con quién. Y tú seguirás dando prioridad a tus estudios; vuestra relación no puede alterar tus planes.
Irás a Columbia y te licenciarás, y después... después estarás preparada para tomar decisiones
respecto a tu vida. Si para entonces él sigue a tu lado, tendrás nuestras bendiciones.

»Saku, puede que no siempre te comprendamos, pero lo intentaremos. Te queremos, cariño. Deja
esa maleta, por favor.

Sakura se quedó mirándola fijamente y su madre le devolvió la mirada. Sintió una opresión en el
pecho que la ahogaba con una emoción que apenas podía contener. El corazón le latía con fuerza
cuando se dejó rodear por sus brazos.

—Te quiero más de lo que puedas imaginar —dijo su madre.

—Yo también, mamá —susurró, y llamarla así aflojó el nudo. Una lágrima resbaló por su mejilla.

Mabuki la soltó y esbozó una sonrisa nerviosa. Se atusó el pelo y se frotó las manos en su vestido.

—¿Qué os parece si salimos a comer los tres juntos? —sugirió.

—Pero hoy es la comida en el Club con los Tucker —recordó Kisashi.

Sakura apretó los labios.


—Creo que esas comidas deberán aplazarse una temporada, Kisashi —dijo Mabuki en tono suspicaz—
. Hoy saldremos los tres juntos, como la familia que somos. Me apetece ir a ese restaurante italiano
que hay junto a la playa. ¿Qué... qué te parece, cariño? —preguntó a su hija.

Sakura asintió con una sonrisa, a pesar de que lo único que deseaba era ir en busca de Sasuke. Su
madre se merecía que pasaran esas horas juntas, por el esfuerzo que estaba realizando con todo
aquel asunto.

—Me parece bien. Tienen un helado de manzana que te va a encantar.

—Estoy segura de que sí —respondió su madre con un suspiro entrecortado.

36

Sasuke habría reconocido el ronroneo de aquel motor entre miles. Empujó la puerta y salió al
porche. Allí estaba ella, como una aparición, bajando de su Chrysler. La desesperación que había
sentido durante todo el día se esfumó de un plumazo. Se llevó las manos a la cabeza y logró llenar
sus pulmones de aire por primera vez en muchas horas. Lo soltó con un suspiro de alivio y bajó los
peldaños.

Sakura echó a correr hacia él y apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que ella le saltara
encima y le rodeara la cintura con las piernas. Rezó para que hubiera

venido a quedarse y no a despedirse; porque no podía dejarla marchar. La abrazó con tanta fuerza
que ella resolló. Aflojó un poco.

—¡Joder, Sak, no vuelvas a hacerme esto! Te he llamado un millón de veces y he ido a tu casa otras
tres.

Ella dejó caer los brazos por detrás de su cuello y lo miró a los ojos con una sonrisa.

—¿Has ido a casa? —Él asintió—. Lo siento, he pasado el día fuera, con mis padres. Tenemos que
hablar.

La sonrisa de Sasuke se borró de su cara, y en su rostro se formó una arruga de preocupación.

—Algo me dice que no va a gustarme.

Ella suspiró y le plantó un beso en los labios, sujetándole el rostro entre las manos. Inspiró con fuerza
y hundió la nariz en su cuello. ¡Olía tan bien!

—Eso depende —susurró.

Sasuke entró en la casa sin soltarla y se dirigió a la cocina. La sentó sobre la encimera y colocó las
manos a ambos lados de sus caderas.

—¡Suéltalo!

Sakura empezó a contarle todo lo que había pasado desde la noche anterior: el encuentro con Sai,
la conversación con Mikoto, y, por último, los asaltos que había mantenido con sus padres. Sasuke
la escuchó sin parpadear. Se esforzaba por guardar silencio y no explotar con una sarta de
maldiciones. Cuando terminó de hablar, la expresión del chico era indescifrable. —¿No vas a decir
nada? —le preguntó. Sasuke echó la cabeza hacia atrás. Hubo

un
momento de silencio. La miró a los ojos y después apoyó la frente contra la de ella. Inhaló el aroma
de su piel y soltó el aire de forma entrecortada. Le rodeó la cintura con los brazos y de un tirón la
apretó contra su cuerpo.

—Primero, voy a matar a Tucker — empezó a decir. Sus labios cubrieron la boca de la chica cuando
ella intentó protestar. Cuando habló de nuevo, su voz sonó áspera —. Segundo, no tienes que
preocuparte por mi madre, eso ya está solucionado. Y tercero, no tengo inconveniente en someterme
al tercer grado de tus padres si con eso puedo tenerte.

—Más bien es un primer grado, y cuentas con todos los agravantes. Así que, no sé yo si te va a
gustar —dijo Sakura mientras se ruborizaba.

Él esbozó una sonrisa arrogante. Se movió lo suficiente como para que sus labios se rozaran.

—Mientras la condena sea cadena perpetua a tu lado —susurró.

Posó los labios sobre los de ella mientras enredaba los dedos en un mechón de su cabello rubio.
Sonrió sin dejar de besarla, recorriendo con la lengua la curva inferior de su labio, para después
mordisquearlo muy despacio. Sakura gimió y el ardor de su impaciencia le calentó todo el cuerpo.
Deslizó la boca por su cuello al tiempo que bajaba las manos por sus costados para agarrarle el
trasero. Su cuerpo excitado se ajustó entre sus piernas, perfectamente alineado justo donde ella
necesitaba que estuviera. Sakura jadeó y enroscó los dedos en su pelo, tirando de él hacia arriba
para alcanzar su boca. Oprimió sus labios con fuerza contra los de ella y los abrió para él, aplastando
su cuerpo tembloroso contra el suyo como si buscara fundir sus pieles. Sasuke la saboreó, acariciando
con su lengua la de ella, cada vez más rápido y más profundo. Sus caderas meciéndose al mismo
ritmo con una deliciosa fricción.

Derretirse bajo los labios de Sasuke era inevitable, Sakura lo sabía porque su cuerpo se convertía en
una masa de hormonas incapaz de pensar. Sollozó cuando sus bocas se separaron y tardó un largo
segundo en abrir los ojos. Él la estaba mirando, recorriendo todos y cada uno de sus rasgos como
si estuviera

memorizándolos.

—No tienes la más remota idea de lo que provocas en mí —susurró Sasuke. Sakura se aferró a él
para no desplomarse hacia atrás y le lanzó una mirada ardiente—. Sí que lo sabes.

Sakura asintió y se le aceleró el pulso. Sintió una presión en el pecho que la dejó sin voz. Sus labios
pronunciaron un «te quiero» que quedó ahogado por el sonido de sus respiraciones, pero él lo oyó.

—¿Qué has dicho? —La miró fijamente a los ojos.

—Que significas más para mí de lo que puedo soportar —respondió ella con una adorable timidez.

Él entornó los ojos. De nuevo se sentía al borde del precipicio, con la sensación de estar a punto de
saltar sin saber si sería capaz de hacerlo. Solo que esta vez era algo peligroso y excitante y no le
daba miedo.

—Así no, quiero oírlo.

A Sakura se le subió el corazón a la garganta. Se inclinó hacia adelante y hundió la cabeza en el


espacio entre su hombro y su cuello. Con un dedo en la barbilla él la obligó a mirarlo de nuevo. Nunca
le había dicho a ningún chico esas palabras, nunca las había sentido de verdad.
—Te quiero —logró repetir.

Una sonrisa maravillosa se extendió por los labios de Sasuke mientras la devoraba con la mirada. Se
inclinó sobre ella muy despacio y un gruñido de placer brotó de su interior al ver cómo se mordía el
labio inferior. Era tan

guapa, y más aún con el

deseo que le ardía en la mirada. Sus bocas se buscaron con urgencia y jadeó al sentir sus dedos en
el pelo, tirando de él. Presionó su cuerpo contra el de ella, arrancándole un gemido sensual. A ese
paso, detenerse iba a ser difícil. Abandonó su boca con un suspiro de resignación. Incapaz de abrir
los ojos, apoyó su frente en la de Sakura y sonrió mientras le acariciaba la espalda con los dedos.

—¿Está tu madre en casa? —preguntó ella sin aliento.

—Si estuviera ya nos habría lanzado un cubo de agua fría.

Sakura sonrió. Se mordió el labio, con demasiadas emociones burbujeando en su interior. Sasuke se
apartó un poco para mirarla a los ojos.

—¿Y... volverá pronto? —quiso saber ella mientras le dibujaba con el dedo una línea desde el cuello
hasta el estómago.

Sasuke no se movió, ni parpadeó. Estaba tan alterado que no podía permitirse el lujo de imaginarlo
sin perder el control.

—No volverá hasta mañana por la mañana.

Sakura le deslizó las manos por el vientre hasta el dobladillo de la camiseta, las coló por debajo y le
acarició la piel de los costados ascendiendo por su pecho. Él seguía inmóvil.

—Sasuke, yo...

—No lo digas si no estás segura —dijo él con voz ronca. Cerró los ojos un instante; cuando los abrió
ardían—. No empieces si después vas a parar, hoy no. Hoy no podré echar el freno.

Sakura se estremeció por la necesidad que transmitía el tono de su voz.

—Hace tiempo que estoy segura — susurró, deslizando las manos por sus costillas—. No quiero
esperar más.

Tiró de la camiseta hasta sacársela y contempló su torso sin ningún pudor: su pecho, su abdomen,
cada músculo perfectamente cincelado que se flexionaba con solo respirar. Las yemas de sus dedos
recorrieron la ese tatuada sobre su pectoral. Se inclinó y la besó, entreabrió los labios y la punta de
su lengua lo probó con timidez.

Ni siquiera tuvo tiempo de ver cómo ocurría. Estaba sentada sobre la encimera y un segundo después
se encontraba de espaldas contra la mesa. Cuando Sasuke se

inclinó sobre ella, sus cuerpos encajaron a la perfección, y pudo notar la evidencia y la firmeza de su
deseo a través de la ropa. El calor que sentía por todo el cuerpo se hizo más intenso. Gimió y lo
agarró por el pelo para atraerlo hacia sus labios. De la garganta de Sasuke surgió un gruñido mientras
trataba de quitarle la ropa. Su camiseta acabó en el suelo, después el sujetador.
Sasuke se separó de ella para mirarla. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, mientras con la mano
trazaba una senda desde su cuello a través del hueco entre los pechos hasta su estómago. Su mirada
le llenó el alma. Tomó aliento y le desabrochó los pantaloncitos. Era preciosa, perfecta. Y era solo
suya. Algunos mechones de pelo le cayeron por la frente cuando se inclinó para depositar un beso
en su ombligo. Trazó un círculo con la lengua y ascendió con los labios mientras sus manos la
exploraban.

A Sakura se le aceleró la respiración, a medida que el calor de su boca se acercaba a la curva de su


pecho. Jadeó cuando una mano cubrió uno de sus senos y un beso suave y húmedo acarició el otro.
Sus caderas se movieron con vida propia contra las de él, se contoneó al ritmo que sus caricias
marcaban y sintió que se ahogaba sin remedio con cada palpitación de su vientre. Se preguntó si era
posible morir de deseo, de necesidad. Estaba a punto de averiguarlo. Sus manos se pelearon con el
cinturón de los pantalones de Sasuke, después con el botón, pero no conseguía coordinarlas para
soltarlo.

Sasuke deslizó una mano por debajo de su cintura y la alzó de la mesa como si no pesara nada. La
besó en el cuello, después en la boca buscándola con urgencia. Gotitas de sudor resbalaban entre
sus cuerpos.

—Vamos a mi cuarto —susurró.

Sakura asintió con la cabeza sin apartar su mirada de la de él. Sonrió y él le devolvió la sonrisa, tan
sensual que cada fibra nerviosa de su cuerpo se estremeció con un latigazo. Se estaba consumiendo.
Lo besó y su lengua se introdujo en su boca con una urgencia desesperada. Su piel la llamaba a
gritos y se apretó contra él como si nada fuera suficiente.

—Oh, Dios —gimió Sasuke—, me vuelves loco.

La desinhibición de Sakura provocaba estragos en él; esa dualidad de inocencia y provocación se


había convertido en su perdición.

La puerta se abrió.

—Sasuke... ¡Mierda! —Obito se dio la vuelta en cuanto sus ojos procesaron la escena y chocó contra
la pared. Se frotó la frente con los párpados apretados—. ¡Lo siento! Os juro que no he visto nada.

—¡Joder, Obito! —logró articular Sasuke, rojo por la ira—. ¿No sabes llamar a la puta puerta?

Dejó a Sakura en el suelo y empujó su cuerpo medio desnudo hacia la cocina para que se vistiera.

—Lo siento, tío, lo siento. Puedes matarme, pero he venido por algo importante. Es Naruto

—anunció, mientras se

daba la vuelta muy despacio.

—¿Qué le pasa a Naruto? —inquirió Sakura. Se acercó a Sasuke y este le rodeó la cintura con el
brazo. Obito parecía de verdad preocupado—. ¿Qué pasa? — insistió.

—Van a quitarles el taller —respondió Obito—. Necesitan cinco de los grandes para pasado mañana
o lo perderán.

—¿Qué? —exclamó Sasuke con los ojos como platos—. ¿A quién le deben todo ese dinero?
—Hace cosa de un año pidieron un préstamo para arreglar los desperfectos de un incendio en su
casa. Hubo un cortocircuito. Avalaron con el taller y... bueno, se les cumplió el plazo. Yo no tenía ni
idea de nada, pero he pasado a verle y me

lo he encontrado como una cuba. Neji se ha bajado los pantalones y va camino de

Charlotte para pedirle la pasta a su viejo. No tiene muchas esperanzas de que le dé el dinero, sobre
todo si le pide algo a cambio. Yo solo tengo quinientos pavos ahorrados, y el dinero de la beca no
puedo tocarlo; Kim está sin blanca... Necesitamos un milagro, tío.

Un tenso silencio se instaló en la habitación. Sasuke se frotaba la frente, pensando.

—Yo podría hablar con mis padres —dijo Sakura con cautela.

—¡No! Yo me encargo de esto —soltó Sasuke entre dientes—. Voy a matar a ese idiota por no
habérmelo dicho.

Se dio la vuelta y desapareció en la

cocina. Regresó mientras se vestía, mascullando un sinfín de maldiciones bajo la mirada estupefacta
de Sakura y de Obito.

—¿Y cómo piensas encargarte? ¿Tienes ese dinero? —quiso saber ella.

Sasuke cogió su cartera de encima de la mesa y empezó a buscar algo. Cogió una tarjeta y la miró
un segundo, dejando escapar un suspiro entrecortado.

—No, pero voy a conseguirlo —repuso. Marcó el número de la tarjeta en su teléfono móvil y esperó.
Segundos después un hombre contestó al otro lado—. Jake, soy Sasuke. Necesito pasta.

Sasuke se paró frente a la puerta del almacén donde su madre había guardado todas las pertenencias
de su padre. Notó una mano en la espalda, y pensó que no debería haber dejado que Sakura lo
acompañara. Ya era bastante malo que volviera a las andadas como para meterla a ella en esos
malos rollos. Pero decirle que no hiciera algo lograba justo el efecto contrario. Era tan cabezota como
él. En cuanto había escuchado sus planes y la forma en la que pensaba conseguir el dinero para los
Uzumaki, se había negado a separarse de él.

Giró la llave en la cerradura y subió la persiana. El olor a humedad y aire rancio les colmó los sentidos.
Se quedó plantado frente a la entrada. Sus ojos vagaron por el interior. Había un par de cajas en un
rincón y, bajo una lona gris, algo a lo que pensó que jamás volvería a acercarse.

—¿Estás bien? —preguntó Sakura.

Sasuke asintió sin mirarla, tomó aire y entró sin dudar. Agarró la lona y tiró de ella.

—¡Vaya! —exclamó ella al ver el vehículo gris decorado con dos rayas negras sobre el capó—. ¿Qué
coche es este? —Él la miró de reojo—. No me mires así, seguro que tú no sabrías distinguir un...
¡Bah, déjalo! No sabrías y punto.

Sasuke puso los ojos en blanco, gesto que había aprendido de ella y que comenzaba a entender.
—Es un Shelby GT500. El coche más bonito del mundo, y lo gané en mi primera carrera conduciendo
un Chevelle que se caía a trozos. Lo único bueno que mi padre me enseñó fue a amar los coches.
Trabajé en esta maravilla durante tres años y no perdí ni

una sola carrera. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Aunque daba igual, él siempre
encontraba otro motivo para hacerme sangrar.

Sakura se estremeció. Era la primera vez que Sasuke le contaba algo sobre su padre. Ni siquiera
respiró para no interrumpirlo, pero él no dijo nada más.

Con un cosquilleo en el estómago, Sasuke se acercó al coche y abrió el capó para conectar la batería.

—Cruza los dedos para que funcione — dijo antes de girar la llave en el contacto. El sonido del motor
se elevó en el aire. Cerró los ojos un momento para disfrutar de aquel ronroneo: era como escuchar
un coro de ángeles. Aceleró y una sonrisa se extendió por su cara—. Muy bien, pequeño. Vamos a
ponerte a punto.

Condujo el Shelby hasta el taller de los Uzumaki. Cuando aparcó en el interior, Naruto salió de la
oficina luciendo un aspecto lamentable. Le seguían Obito y Kim.

—No voy a dejar que lo hagas.

—Cierra la boca antes de que te la cierre yo, Naru —le ordenó Sasuke, apuntándole con el dedo a
modo de aviso—. Eres un idiota. Me diste trabajo sabiendo que necesitabas ese dinero.

—Tú también lo necesitabas. Eres mi hermano, cuido de ti.

Sasuke resopló.

—Y ahora yo cuido de ti —respondió mientras abría el capó.

—¡Joder! —exclamó Obito, mirando el motor—. Nunca he visto nada igual.

—Y nunca lo verás —masculló Sasuke—. No hay ninguno como este, es de fabricación propia.

Naruto se paró a su lado y lo agarró de un brazo para que lo mirara.

—Sasuke, no puedes correr. Es peligroso, y si te pillan...

—No me va a pasar nada y no van a pillarme. Jake me ha dicho que puedo sacar los cinco mil. Así
que deja de lloriquear y ayúdame con esto. Tenemos hasta las once. —La rabia que lo invadía
era tan fuerte que le temblaba el cuerpo. Apartó la mirada, apretando la mandíbula—. Estoy
cabreado, estoy furioso, y no quiero descontrolarme, ¿de acuerdo?

Naruto asintió una sola vez. Tenía los labios tan fruncidos que habían desaparecido tras una fina línea
recta. Acercó un potente foco y un carrito con herramientas, y en silencio comenzaron a trabajar.

No le quitéis los ojos de encima —dijo Sasuke a sus amigos mientras señalaba a Sakura con un dedo.

—La esposaré a mi tNarullo si hace falta — respondió Kim, haciendo un esfuerzo sobrehumano para
no ponerse a gritar de exasperación.
Sasuke estaba paranoico, irascible y llevaba una hora ladrando una sarta de advertencias y de
órdenes. El chico no lo hacía a propósito, pero el nerviosismo del ambiente se contagiaba como un
virus. El rumor de que Sasuke Uchiha volvía a competir había llegado hasta el último rincón del
mundillo, y la afluencia de público se había multiplicado. También las apuestas. La cifra había subido
de siete mil a diez mil. Si ganaba, después de darle a Jake su parte, sacaría para pagar la deuda de
los Uzumaki y el resto iría para el gimnasio. Sus ojos volaron por el aparcamiento de la vieja planta
de reciclaje abandonada. No cabía un alma. Se acercó a Sakura y la abrazó por la cintura.

—No es una buena idea que estés aquí. Si la situación se complica y hay que salir pitando, no sé si
podré llegar hasta ti a tiempo. —Le plantó las manos en el trasero y la apretó contra su cuerpo—.
Vete — suplicó.

Sakura negó con la cabeza y enlazó los brazos en torno a su cuello. Por nada del mundo se iría de
allí, dejándole solo.

—Ya estoy aquí y no iré a ninguna parte. Si de verdad hay un nosotros y quieres que estemos juntos,
lo estaremos para todo — respondió.

Él suspiró y apoyó su frente en la de ella. Jamás había tenido problemas para decir que no, para
imponerse y que se hicieran las cosas según sus deseos. Pero con Sakura era imposible, tenía la
sensación de que si ella le pedía que saltara, saltaría; y un segundo después estaría panza arriba,
esperando a que le rascara la tripa.

—No quería que conocieras esta parte de mí.

—¿Qué parte?

—La que da la razón a todos los que creen que soy un delincuente peligroso al que le gusta meterse
en problemas.

—Tú no eres así.

—¡Joder, Sak, sabes que sí!

—Estás aquí por Naruto, y las veces anteriores dudo que fueran idea tuya. Siempre has tenido un
motivo para hacer las cosas, y creo que esos motivos eran justos.

—Puede que sí, pero... Tengo un carácter de mil demonios. Pierdo los papeles cada dos por tres y
actúo antes de pensar. ¡Y acabo de traerte a una carrera ilegal donde, si todo va bien, nos iremos a
casa sin meternos en un lío! Si va mal... Bueno, la última vez que fue mal, mandé a un tipo al hospital
y le destrocé el coche con una llave inglesa. Después su novia quiso que la compensara bajándome
los pantalones.

»Este mundo no es para ti, nena, y yo me muevo en él como pez en el agua. ¿Qué has visto en
mí para querer meterte en todo esto?

Sakura arrugó la nariz con un guiño coqueto.

—¿Y qué has visto tú en mí?

Él sonrió de oreja a oreja y sus ojos se posaron en sus labios con una mirada ardiente.

—Todo, princesa. Te hicieron a mi medida.


Sakura se echó a reír. Se puso de puntillas y lo abrazó.

—Eh, Sasuke. Jake dice que ya están todos, es la hora.

Sasuke miró por encima del hombro a la chica que acababa de aparecer tras ellos.

—Dile que ya voy.

Ella le guiñó un ojo y dio media vuelta, contoneándose de tal forma que corría el riesgo de dislocarse
una cadera. Sakura le dedicó una mirada asesina. No importaba adónde mirara, en todas partes
había alguna mujer comiéndoselo con los ojos y evidentes ganas de usar alguna otra parte del cuerpo.
No estaba ciega, ella mejor que nadie conocía el efecto que su chico provocaba.

—Llegó la hora —dijo él nervioso.

Sakura le acarició el pelo. Sasuke la levantó del suelo y ella lo envolvió con las piernas.

—No te preocupes, ¿vale? Ya me has dicho lo que tengo que hacer, y no me separaré de los chicos.
Pero tú ten cuidado. Si te ocurre algo, me muero. —Una sonrisita despreocupada curvó sus labios—
. Y si

miras a cualquiera de esas zorritas que te están poniendo ojitos con las bragas en los tNarullos, tú
serás el que muera —le advirtió.

—¿Qué?—preguntó Sasuke con los ojos como platos. Soltó una carcajada que hizo que todos se
fijaran en él—. A la orden. Pero guarda el arma, yo solo te veo a ti. Sobre todo cuando te pones
celosa y mandona. —La apretó contra su cuerpo como si quisiera fundirla con él—. Me encanta que
seas una chica mala.

—¿Ves? A mí tampoco se me da tan mal manejarme en tu mundo —le hizo notar. Lo abrazó con
fuerza, como si al soltarlo fuera a perderlo para siempre—. Ten cuidado, ¿vale?

Él la dejó en el suelo. Le tomó el rostro entre las manos y se perdió en sus ojos grises durante un
largo segundo.

—No va a pasarme nada. Tú y yo tenemos que retomar algo muy importante en el punto que lo
dejamos. Eso motiva bastante — susurró junto a su oído.

Sakura se ruborizó y se le aceleró el pulso. —Entonces, date prisa y gana esa carrera.

Sasuke esbozó una sonrisa juguetona y la besó en el cuello. Miró a Obito con una advertencia y la
señaló con el dedo antes de

desaparecer entre la gente.

Naruto lo esperaba junto al Shelby. Jake estaba a su lado y parecía nervioso.

—Tres minutos, Sasuke, y a la carretera. Esto se está convirtiendo en zona caliente. Parece una puta
feria con tanta gente. La pasma recibirá el aviso en cualquier

momento.

—No te preocupes. Estoy listo.


Jake alzó el pulgar y se perdió entre la multitud en busca de los otros pilotos.

—He solucionado lo de las explosiones. Era la mezcla de aire y gasolina la que

producía el ruido. La he equilibrado y ¡voilà! El sistema de sobrealimentación funciona de


maravilla y el compresor... o explota o te duplica la potencia. Está a punto, el resto depende de ti —
explicó Naruto.

—Bien —repuso Sasuke, subiendo al coche. Se colocó el arnés —. ¿Qué tal los otros coches?

—Solo he visto dos. Un Nissan S15 al que le han metido un kit bi-turbo y un Saleen, pero lo conduce
un idiota. ¡Pan comido! — respondió, mientras ocupaba el asiento del copiloto. De repente se organizó
un revuelo. La gente abandonó el aparcamiento y se dirigió a la carretera, ocupando ambos lados de
arcén—. Es la hora.

Sasuke colocó el coche junto al margen derecho. En el centro aparecieron el Nissan y el Saleen. Un
cuarto coche ocupó el lado izquierdo. Los nervios se palpaban en el ambiente. Ante él, diez kilómetros
de curvas con tráfico antes de volver de nuevo a aquel punto.

—Suerte, capullo —dijo Naruto antes de bajarse.

Sasuke sonrió y pisó el acelerador un par de veces. Un golpe en la ventanilla llamó su atención. La
bajó y Naruto metió medio cuerpo dentro del coche.

—¿Recuerdas a los tíos que pasaban las anfetaminas? —preguntó algo alterado. Sasuke asintió—.
¿Qué coche dijeron que llevaba el camello al que se las compraban?

—Un Challenger rojo...

—Con un tigre dibujado —terminó de decir Naruto, mientras señalaba con la cabeza al cuarto coche
que participaba.

Sasuke buscó el vehículo con la mirada. Allí estaba, un precioso Dodge rojo brillante con un tigre
hortera destrozando la pintura de la puerta. Intentó ver al conductor, pero los cristales ahumados lo
hacían imposible. Si trincaba al tipo, pensaba decirle unas cuantas cosas.

Jake apareció con una bandera roja y se subió al capó de un coche aparcado unos metros más
adelante. Alzó el brazo. Los motores rugieron y los gritos y silbidos inundaron la noche.

—¡A quemar goma! —gritó mientras bajaba la bandera.


37

Sasuke aceleró y una sobredosis de adrenalina se extendió por sus venas, con la misma
velocidad endemoniada que los 700 CV que rugían bajo el capó lanzando al Shelby sobre el asfalto
como si fuera un proyectil. La sensación era alucinante. Tan aterradora como adictiva. Habían pasado
cuatro años desde la última carrera. Esperaba sentirse oxidado, pero no era así: su mente, su cuerpo
y el coche formaron un único ser desde el primer segundo.

Sus ojos iban de los espejos al parabrisas captando hasta el último detalle de lo que había a su
alrededor con una precisión milimétrica. Sus pies y sus manos se movían perfectamente coordinados.
Doscientos veinte... treinta... cuarenta... La carretera se convirtió en un borrón. Un rápido vistazo al
retrovisor le bastó para comprobar que el Nissan y el Saleen ya no eran un problema.

No podía decir lo mismo del Dodge

Challenger. El tipo que lo manejaba sabía conducir, pero no era rival. Y después de la carrera solo
sería un montón de despojos, porque pensaba solucionar el problema que suponía. Nunca le habían
gustado las drogas, y aún menos lo que les hacían a las personas. Circularon pegados durante tres
kilómetros, hasta que llegaron las curvas y comenzaron a encontrar tráfico. Esquivaron, como si de
uno solo se tratara, un par de camiones y un deportivo. Sasuke empezaba a divertirse. El Challenger
mantenía su ritmo, no se despegaba de su parachoques trasero y, durante algunos segundos, lograba
situarse a su lado, momento que Sasuke aprovechaba para intentar ver el rostro del conductor.

Unos destellos en el espejo llamaron su atención. La policía.

—¡Joder! —masculló.

Hora de dejar de jugar. Pisó a fondo y su Shelby voló. Los neumáticos chirriaron al doblar la última
curva y se mantuvieron pegados al asfalto. El Dodge apareció como un obús y Sasuke no tuvo más
remedio que maniobrar y rodar por el arcén entre una nube de arena, permitiendo que le adelantara.
Los neumáticos derraparon y provocaron una lluvia de gravilla.

—¿Juego sucio? —se rió.

Clavó los ojos en el coche rojo y hundió el pie en el acelerador. Cambió de marcha y volvió a acelerar.
El motor rugió y la aguja del cuentarrevoluciones vibró al máximo. Las luces de los coches de policía
solo eran unos puntitos a lo lejos, pero estarían allí en cuestión de nada. La gente abarrotaba los
márgenes. Divisó el brillo de la pintura reflectante que marcaba la meta y a Jake con la bandera en
la mano. Adelantó al otro coche. ¡Un poco más!

Sasuke cruzó la línea pintada sobre el asfalto. Pisó el frenó y los neumáticos dejaron una estela de
humo gris y olor a goma quemada. Dio un volantazo. El coche giró sobre sí mismo y se detuvo en
medio de la carretera, de frente al Challenger, cortándole el paso. El coche rojo se paró a

pocos centímetros de él, pero la potente luz de sus faros delanteros lo cegó, impidiéndole ver algo
más allá de una silueta borrosa. El conductor dio marcha atrás a toda velocidad. Después aceleró y
pasó por su lado, alejándose de allí.

Sasuke se llevó el teléfono a la oreja. Naruto lo estaba llamando.

—¡Lárgate! Jake me ha dado la pasta. Tengo a Sakura en la camioneta, la llevo a tu casa — gritó el
chico.
Sasuke lanzó el teléfono al asiento y salió de allí a toda prisa. Lo primero que debía hacer era ocultar
el coche, por lo que se dirigió al almacén. Una vez dentro apagó el motor y se quedó inmóvil en el
asiento, tan tenso por culpa de los nervios que le temblaba cada músculo del cuerpo y sentía

calambres. Cuando algo se le metía en la cabeza, no solía abandonar, y ahora se estaba obsesionando
con una idea. Patearía todo el pueblo y alrededores hasta dar con el tipo del Challenger. Quería saber
quién era.

Cubrió el coche con la lona. Se le encogió el estómago al verlo desaparecer. Conducirlo de nuevo
había despertado en él viejos sentimientos, unos más malos que otros, pero trató de canalizar solo
los buenos. ¡Joder, aquella carrera había sido como un intento de suicidio, pero había sido divertido!
Ese tipo de emociones, la adrenalina que inyectaban, eran demasiado adictivas. Ahí residía el peligro.

Minutos después aparcó el Mustang frente a su casa. Naruto le esperaba en la escalera del porche.
Buscó a Sakura con la mirada. —Está dentro —informó Naruto con una sonrisa. Iba a darle las gracias
por habérsela jugado por él en la carrera, pero Sasuke le dio una rápida palmada en la espalda y
pasó de largo.

—Te llamo por la mañana.

Entró en la casa. Sakura, que estaba sentada en el sofá con cara de preocupación, se puso de pie en
cuanto lo vio. Ella empezó a hablar, pero las palabras se ahogaron en su boca bajo el beso más
hambriento que jamás le había dado. La tomó en brazos y la llevó hasta su habitación. La dejó en el
suelo y, sin apartar los ojos de ella, se sacó las zapatillas y la camiseta. Se preguntó cómo aquella
chiquilla había llegado a convertirse en el centro de su existencia. Quería confesárselo, pero era
incapaz de hablar.

Solo dos palabras bastarían y no sabía cómo pronunciarlas.

Le tomó el rostro entre las manos, le apartó el pelo de la cara y la besó muy despacio. Sus labios le
recorrieron la mandíbula, después el cuello, dejando un rastro tibio sobre su piel con la lengua.

—Quítate la ropa —le susurró al oído.

Sakura obedeció sin dudar. Se deshizo de la camiseta y, con la respiración entrecortada, se


desabrochó el sujetador con dedos temblorosos. Le siguió el pantalón. Se quedó mirándolo, vistiendo
tan solo unas diminutas braguitas de encaje. No apartó los ojos mientras él se quitaba los pantalones.

Sasuke le envolvió la cintura con los brazos y comenzó a acariciarla con

movimientos lentos y deliberados. Las

puntas de sus dedos trazaron sus costillas, la parte baja de su espalda y la curva de su trasero hasta
los muslos. De su garganta surgió un gruñido sensual cuando ella gimió en respuesta a sus caricias.
Se inclinó y la besó en el hombro. Después deslizó la lengua a lo largo de su garganta. La calidez de
su boca hizo que Sakura se aflojara y soltara un suave sollozo. Se apretó contra su vientre y ella
pudo notar lo mucho que la deseaba. Su cuerpo rígido la oprimía con fuerza, duro y exigente.

Con los dedos buscó la cinturilla de las bragas y coló las manos entre la piel de sus caderas y la tela.
Muy despacio bajó el delicado tejido por sus largas piernas. La besó en el vientre y después en el
ombligo, iniciando un lento ascenso que acabó de nuevo en sus labios. Con un jadeo tomó su boca
con la lengua y la devoró por completo, hasta que no le quedó más remedio que tomar aire para no
ahogarse.
Dio un paso atrás y la contempló sin parpadear. Era la primera vez que Sasuke la veía desnuda de
ese modo. Era hermosa y perfecta, tanto que dolía. Se quitó los calzoncillos y dejó que ella también
lo mirara. Sonrió al ver sus ojos abiertos de par en par al fijarse en su erección. Dulce e inocente
hasta en el último gesto. Volvió a abrazarla y la besó con delicada dulzura. El tacto de su lengua al
entrar en su boca le recorrió todo el cuerpo hasta los dedos de los pies. La sujetó con fuerza y la
llevó hasta la cama.

Sakura se dejó arrastrar por su abrazo, perdida por completo en aquel beso bajo el que se estaba
desmoronando. La tumbó de espaldas y se situó sobre ella. La miró a los ojos. Él se estaba
conteniendo, pero podía ver que ese autocontrol no duraría mucho. El de ella se había quedado fuera
de la habitación. Lo atrajo para que la besara. Sus labios se volvieron más impacientes, mientras la
mano de Sasuke subía por la parte interior de su muslo. Soltó un largo y entrecortado suspiro cuando
él la tocó y su cuerpo se movió sin pensar contra aquella mano. Lo abrazó por las caderas para
sentirlo más cerca y le lamió el cuello, desbordada e impaciente.

Sasuke le besó y rozó cada centímetro de piel. Concentrándose solo en ella, en que se relajara y
estuviera lo más preparada

posible. Consciente del regalo que ella le estaba dando al ser el primero y de lo importante que era
ese momento para una chica. Sabía que la primera vez nunca era perfecta, más bien desconcertante
además de dolorosa, pero iba a entregarse en cuerpo y alma para lograr que fuera especial.

Sus labios descendieron por su vientre y depositaron un reguero de besos a lo largo de su cadera.
Ella se estremeció con todo su cuerpo palpitando ardiente.

Con un suspiro, Sasuke se detuvo y la miró a través de las pestañas.

—Eres demasiado buena para mí, lo sabes. No... no merezco este momento. No soy el hombre... —
Su voz se apagó al romperse y dejó caer la cabeza en su estómago.

Sakura alargó la mano y la enredó en su espesa cabellera oscura.

—En este momento todo lo que quiero eres tú. Te he elegido a ti.

—¿Estás segura? —preguntó con los labios sobre su piel.

—Sí.

Él le besó el interior de los muslos y rozó su piel con las puntas de los dedos. Ascendió por su cuerpo,
acariciándole el estómago y el pecho. Trazó círculos húmedos alrededor del pezón, a los que Sakura
respondió con un suspiro trémulo. Lo miró a los ojos y movió las caderas. «Por favor», dibujó con
sus labios.

Sasuke se estiró sobre ella y abrió el primer cajón de la mesita. Sacó un condón y desgarró el
envoltorio. Se lo puso y tras un momento se acomodó entre sus piernas.

—¿Confías en mí? —murmuró. Sakura

asintió, con las manos aferradas a sus brazos —. Entonces, cierra los ojos y relájate.

Ella sacudió la cabeza. —No quiero cerrarlos, quiero mirarte —repuso sin aliento.

Sasuke le dedicó una sonrisa arrebatadora que hizo que su cuerpo ardiera.
—Y yo que me mires.

Se inclinó y la besó con ternura, hasta aflojarla por completo. Y con un lento y pequeño movimiento
se deslizó dentro de ella. Sakura se tensó y su rostro se contrajo con una mueca. Alzó la cabeza y
la miró. Empujó un poco más y la barrera desapareció. Ella gimió una queja con los ojos cerrados.
Se quedó quieto y comenzó a

besarla, como si a través de aquellos besos pudiera aliviarla.

—Mírame —musitó contra su boca.

Sakura abrió los ojos y lo miró.

—Ya está, princesa —dijo con una sonrisa cargada de deseo y ternura—. Relájate.

Él se retiró un poco y volvió a deslizarse en su interior, muy despacio. Y una vez más. Y otra.

Sakura contenía el aire con cada invasión. El nerviosismo empezó a desaparecer bajo una sensación
placentera, que poco a poco se fue transformando en una llama que le quemaba las entrañas. Sasuke
se estaba tomando su tiempo besando y tocando cada parte de su cuerpo. El cosquilleo que notaba
entre los muslos cobró intensidad y

ese fue el último pensamiento coherente que tuvo. Empezó a balancearse contra él, mientras con las
piernas se aferraba con fuerza a sus caderas y le clavaba los dedos en la espalda. Sus cuerpos
encajaban a la perfección, al igual que sus movimientos, cada vez más rítmicos y rápidos. Se abrazó
a él y Sasuke hundió la cabeza en el hueco de su cuello. El sudor les resbalaba por la piel. Gimió
cuando él la acarició con su lengua bajo la oreja. Alzó las caderas hacia las de él y lo atrajo con más
fuerza.

Sasuke suspiró agarrándola como si nada fuera suficiente.

—Mi princesa —susurró con tono posesivo, al sentir cómo ella se estremecía y se tensaba entre sus
brazos.

La miró. Tenía los ojos cerrados y las mejillas arreboladas. Ella era todo cuanto necesitaba. Jamás
había habido ni habría nadie como ella. La besó entre jadeos de placer, que se volvieron más intensos
con cada embestida.

—Oh, Dios —murmuró ella.

Sasuke gimió, y sus caderas controlaron cada movimiento, sintiéndose morir cada vez que el cuerpo
de ella se apretaba alrededor del suyo. Era todo tan intenso que tuvo que luchar contra la creciente
presión que tensaba su vientre. Presionó un poco más fuerte y notó cómo ella llegaba hasta el borde
y estallaba con un grito mientras arqueaba la espalda.

Se hundió un poco más en ella y su cuerpo se liberó con un sonido gutural. El orgasmo lo sacudió
con una intensidad abrumadora.

Nunca había sentido nada tan perfecto. Exhausto, se derrumbó sobre ella. Sus brazos la envolvieron,
aún temblorosos, y la besó con ternura por toda la cara.

Al cabo de unos largos segundos sus cuerpos se relajaron y sus respiraciones se volvieron más lentas.
Sasuke se movió con cuidado y la liberó de su peso, dejándose caer de espaldas a su lado. Sakura
lo miró con expresión satisfecha y sonrió.
—¡Vaya! —susurró, con las mejillas cubiertas de rubor. Se acurrucó junto a él y apoyó la cabeza en
su pecho.

—¡Vaya! —repitió él. Cerró los ojos y la abrazó—. Podría acostumbrarme a esto sin problema.

—¿Quieres repetir? —sugirió Sakura en tono coqueto. Se acercó a él y le rozó la

piel con la nariz, aspirando su olor.

Él soltó una carcajada.

—¡Dios, dame unos minutos para recuperarme! —exclamó. La apretó contra su pecho y la besó en
la frente—. ¿Estás bien?

—quiso saber, esta vez más serio.

—¿De verdad tienes dudas?

Sasuke se encogió de hombros y suspiró. Para él había sido el mejor momento de toda su vida y lo
había dado todo para hacerla sentir bien, pero una extraña inseguridad le hacía dudar. Necesitaba
ser el centro de su universo, que cuando los separaran cientos de kilómetros ella solo pudiera pensar
en él; en todos los sentidos.

Sakura depositó un beso en su pecho y lo rodeó con el brazo.

—Ha sido increíble, y lo sabes —

respondió, enrojeciendo como un tomate. Su imagen, completamente desnudo sobre ella, mientras
se movía sin dejar de mirarla, quedaría grabada en su cerebro para el resto de su vida.

Sasuke sonrió encantado. Se quedó mirando el techo, disfrutando de la sensación de tenerla de ese
modo junto a él. Su piel, su olor, su respiración sobre su cuerpo eran como un estanque de paz en
el que podría sumergirse para siempre sin desear nada más. Se quedaron así un rato, en silencio.

—¿Es cierto que estabas enamorada de mí en el instituto? —preguntó Sasuke de repente, con una
risita.

Sakura se cubrió la cara con la mano.

—Como una idiota —confesó, hundiendo la cabeza en el espacio entre su hombro y su cuello—. Pero
nunca me miraste.

—Tuviste suerte de que no lo hiciera, era un capullo. —La tomó de la barbilla y la miró a los ojos—.
Ahora toda mi atención es tuya, cada uno de mis pensamientos es tuyo. Mi corazón es tuyo.

A Sakura se le encogió el pecho. Escuchar esa declaración le había hecho darse cuenta de lo lejos
que habían llegado las cosas entre ellos. Lo tenían todo en contra, nada les aseguraba un mañana
juntos; y empezaban a necesitarse de la misma forma que necesitaban el aire para respirar. Hacer
el amor había sido la sentencia que los condenaba a no poder estar el uno sin el otro. Sentirlo en su
interior iba a convertirse en su peor adicción.

—Y yo soy tuya —musitó.


Se estiró sobre su pecho para besarlo en los labios. Sus fuertes brazos la ciñeron por la cintura y
tiraron de ella hacia arriba. La estrechó con fuerza y aumentó la presión sobre sus labios. Sin aliento,
Sakura se apartó y lo miró a los ojos. El corazón empezó a golpearle las costillas. Bajo ella la
expresión de Sasuke cambió, sus ojos se oscurecieron hasta tornarse negros y feroces. Notó una
presión bajo su cadera, que iba en aumento, y todo su cuerpo se estremeció de expectación.

—Creí que necesitabas unos minutos — dijo mientras se ruborizaba.

Él sonrió con suficiencia.

—No dije cuántos —respondió Sasuke. Sin darle tiempo a reaccionar la hizo girar y se colocó sobre
ella. La cogió por las muñecas

y le estiró los brazos por encima de la cabeza. Entornó los ojos con malicia—. La segunda vez siempre
es mucho mejor.

El timbre de un teléfono comenzó a sonar. Sakura abrió los ojos y se encontró encima del pecho de
Sasuke como si fuera una almohada y con las sábanas de la cama enrolladas en las piernas. Él le
rodeaba la espalda con el brazo y ella le abrazaba la cadera. Parpadeó y sintió su pesada respiración
bajo ella.

—Sasuke —susurró. Él gruñó y la apretó con un gesto posesivo contra su pecho—. Despierta, es tu
teléfono el que suena.

—Déjalo y duérmete —ronroneó—. Aún no ha amanecido.

—Podría ser importante. Y yo debería irme a casa.

Sasuke se despertó de golpe.

—¿A casa... por qué?

El teléfono dejó de sonar.

—Tu madre no tardará en volver y mis padres estarán preocupados.

—Pero estamos juntos y todos ellos lo saben. ¡Qué importa! ¡Vamos, quédate! Mi madre no se va a
asustar si te encuentra aquí.

—No me parece bien. Me sentiría incómoda. —Le dio un beso sobre el tatuaje y se incorporó para
vestirse.

—Sak, no quiero que te vayas de mi cama, quiero que te quedes aquí —suplicó Sasuke. Le acarició
la espalda con los dedos y bajó hasta la curva de su trasero. Su voz sonó ronca—. Dormir y hacer el
amor, dormir y hacer el amor. Para siempre. Venga, es el mejor plan del mundo.

—¿Pretendes que vivamos en tu cama? — preguntó ella sonriente. Él asintió, alzando las cejas con
un gesto que le resultó muy sexy. El teléfono volvió a sonar—. Deberías cogerlo.

Sasuke resopló. Se levantó de la cama completamente desnudo y fue en busca de sus pantalones.
Sacó el teléfono de uno de los bolsillos y contempló el número. No le sonaba.
—¿Sí? —contestó. Una risita de suficiencia se dibujó en su cara al ver cómo Sakura se lo comía con
los ojos. Ella se sonrojó y se abrochó los pantalones como excusa para apartar la vista.

—Buenas noches. Le llamo del hospital

de Port Pleasant. Disculpe, pero ¿conoce a una mujer llamada Karin Namikase? —dijo una voz de
mujer al otro lado del teléfono.

La sonrisa se borró del rostro de Sasuke.

—Sí. ¿Le ha ocurrido algo?

—Verá: ha ingresado hace como una hora. Parece que cayó por unas escaleras. En su teléfono
aparecía este número como contacto en caso de emergencia, por eso le estoy llamando —informó la
mujer.

—¿Y está bien?

—Lo siento, pero esa información solo puede facilitarla el médico que la está atendiendo.

—Gracias. Iré ahora mismo.

Colgó el teléfono y se quedó mirándolo. —¿Qué ocurre? —se interesó Sakura.

—Era del hospital —respondió él. Sus

ojos vagaban de un lado a otro, desenfocados—. Karin ha sufrido un accidente y la han ingresado.

Sakura se estremeció. La invadió una oleada de celos y se sintió como una arpía. La chica podía estar
herida y a ella solo le molestaba ver a Sasuke tan preocupado.

—¿Está bien? —preguntó, haciendo de tripas corazón.

Él sacudió la cabeza.

—No lo sé, no me lo han dicho. —Se pasó una mano por la cara, cada vez más nervioso—. Sak, sé
lo que sientes por ella y no quiero que te enfades, pero... Debo ir al hospital. Ella no tiene a nadie, y
ni siquiera sé si está bien o no.

—Claro, lo entiendo. No te preocupes... Ve —aseguró Sakura, forzando una

sonrisa.

Sasuke la miró sin parpadear, como si intentara leer en su cara lo que sus palabras no decían.

—¿Estás segura? No quiero que esto sea un problema para nosotros.

Sakura asintió con una sonrisa. Se sentía como una de esas caricaturas de los dibujos animados, con
un ángel en un hombro y un demonio en el otro. Uno aconsejándole que hiciera lo correcto y otro
que lo mandara todo al cuerno y encerrara a Sasuke en aquel cuarto, lejos de las garras de Karin.

—En serio. No pasa nada. Llámame luego, ¿vale?


Una inseguridad terrible se apoderó de ella mientras se dirigía a la puerta. Había

hecho el amor con Sasuke, ya le había dado lo que él tanto ansiaba. Se acabó el misterio. ¿Y si ahora
lo perdía? Su preocupación por Karin podía acercarlos de nuevo. Unas lágrimas estúpidas se
arremolinaron bajo sus pestañas.

Sasuke la sujetó por la muñeca y la obligó a darse la vuelta.

—¿Adónde vas? Sak, quiero que vengas conmigo. No te vayas, por favor.

Los ojos de Sakura se abrieron como platos.

—¿Quieres que vaya contigo?

—¡Sí! No me gustan los hospitales. He estado demasiadas veces allí y me ponen nervioso —confesó
Sasuke, desviando la mirada al suelo—. Sé que te estoy pidiendo mucho, porque Kari y tú no os
lleváis bien.

Pero debo ir y me gustaría que me acompañaras.

El sol acababa de colarse entre los nubarrones de tormenta.

—Vale. Entonces vamos —aceptó con una tímida sonrisa.

Por dentro estaba saltando.


38

Juntos se precipitaron en la sala de urgencias. Sasuke se dirigió al punto de recepción y habló con
la enfermera.

—Está en la tercera planta —dijo él, mientras volvía a coger a Sakura de la mano y la guiaba al
ascensor. Subieron en silencio y, en cuanto las puertas se abrieron con un chirrido, salieron a toda
prisa en busca del puesto de enfermeras. Una mujer de unos sesenta años apilaba sobre el mostrador
unas carpetas marrones.

—Perdone. —Sasuke llamó su atención. La enfermera levantó la vista y le dedicó una sonrisa
forzada—. ¿Podría decirme a qué habitación han llevado a Karin Namikase?

—Habitación 214 —informó la mujer tras comprobar los datos en un ordenador—.

¿Sois familiares?

—Lo más parecido que tiene —respondió él.

La enfermera asintió y les indicó con el dedo el pasillo donde se encontraba la habitación.

Sakura se tragó la bilis que ascendía por su garganta y siguió a Sasuke, aferrada a su mano.
Encontraron la habitación y se deslizaron dentro sin hacer ruido. Karin estaba sobre la cama con los
ojos cerrados, inconsciente, conectada a un monitor cardíaco y a un par de vías que salían de sus
brazos hasta unas bolsas con medicación que colgaban de un soporte.

Sasuke se acercó a ella y le tomó la mano. Sakura se quedó a los pies de la cama, demasiado
impresionada, mirando a la chica con una expresión de horror. Su cara estaba deformada por la
inflamación de un pómulo y un ojo morado e hinchado. En la frente tenía un apósito en el que se
apreciaba una pequeña mancha roja: sangre. Otro hematoma bastante feo tomaba forma bajo sus
labios. Tenía el brazo derecho escayolado y le habían puesto un collarín.

La puerta se abrió y entró un médico con un portafolios. Levantó los ojos y los miró.

—¿Sois familiares?

—Sí —respondió Sasuke—. ¿Cómo está?

El médico suspiró y se acercó a su paciente. Comprobó los monitores y apuntó algo en un gráfico.

—Tardará en recuperarse, pero se pondrá bien. Aunque... —Bajó la vista y carraspeó —, ha perdido
el bebé.

Sakura dio un respingo y miró a Sasuke con los ojos como platos. Por un segundo lo pensó, no pudo
evitarlo, y la idea asomó a su mente como un doloroso fogonazo. Él levantó la vista y sus ojos se
encontraron. Lo que vio en ellos la tranquilizó y respiró aliviada. No era suyo.

—Tenemos que operarla y controlar una pequeña hemorragia —continuó el doctor—. También
comprobaremos los daños que parece haber sufrido, porque en la ecografía se muestra una zona
desprendida que... Bueno, no sabremos nada hasta que estemos en el quirófano.

—¿Quiere decir que es posible que no


pueda tener más hijos? —dedujo Sakura, intuyendo lo que el hombre no se había atrevido a decir.

—Cabe la posibilidad.

—¿Sabe qué le pasó? —preguntó Sasuke con una voz fría como el hielo. Tictac, tictac, el precipicio
apareció junto a sus pies.

—Tendrá que hablar con la policía.

—¿La policía? —inquirió Sakura.

—¿No ha sido un accidente? —intervino Sasuke.

—Parece que había indicios de violencia en la casa. Y ella presenta un fuerte golpe en la espalda, por
lo que podrían haberla empujado. Ingresó consciente, pero en estado de shock, y no recordaba
nada. Bueno, la operación está prevista para dentro de un par de horas. La enfermera les

mantendrá informados —contestó el médico. Les dedicó una leve sonrisa de ánimo y salió de la
habitación.

Sasuke se pasó una mano temblorosa por la cara. Una idea demasiado peligrosa se abría paso a
través de su cerebro. Se inclinó sobre Karin y la besó en la frente. «Si ha sido él, deseará no haber
nacido», le dijo en silencio, sin despegar los labios de su piel.

Necesitaba reflexionar con calma y no dejarse llevar por el impulso que palpitaba en su pecho.

—Sabías que estaba embarazada —dijo Sakura. Se había dado cuenta de que no estaba sorprendido
por la noticia. Él asintió —. Y el padre... —Sasuke le dedicó una mirada con la que parecía decir: «Ni
siquiera lo pienses». Ella tragó saliva—.

También sabes quién es el padre.

Sasuke no respondió de inmediato y Sakura tuvo el tiempo suficiente para empezar a atar cabos.

—Sí —declaró al fin con una sonrisa cínica.

Sakura cerró los ojos.

—Dime que no es él —pidió. Sasuke apretó la mandíbula y la miró de una forma que la hizo sentirse
totalmente expuesta. Se llevó una mano a la boca—. ¡Dios mío, lo es!

—Sí, y dudo que le entusiasmara la idea.

—¿Qué insinúas?

Sasuke le sostuvo la mirada.

—Que este accidente le arregla un problema.

Sakura negó con la cabeza, convencida

de que Sasuke había llegado a una conclusión precipitada.


—Sai tiene muchos defectos, pero no es capaz de algo así.

—Yo no lo tengo tan claro —replicó Sasuke, e infinidad de emociones cruzaron por su cara—. ¿Y
sabes qué? Si compruebo que ha tenido algo que ver con lo que le ha pasado a Kari, más le vale
esconderse.

Sakura rodeó la cama y se plantó delante de él. Lo cogió por los brazos y lo obligó a girarse hacia
ella.

—¡Prométeme que no vas a hacer nada! No tienes pruebas. Podrías estar equivocado. Seguramente
te equivocas. — Sasuke esbozó una sonrisa mordaz—. Escúchame. Si ha sido él, lo denunciaremos.
Pero no saques conclusiones precipitadas

basándote en tu aversión hacia él. Por favor, no te metas en problemas.

Sasuke resopló por la nariz, mientras se dirigía a la puerta. Ni siquiera se molestó en contestar.

—¿Adónde vas? —preguntó Sakura con miedo.

—Al pasillo, los chicos querrán saber qué le ha ocurrido a Kari.

Minutos después, Sasuke colgó el teléfono tras hablar con Naruto y ponerlo al corriente de lo
sucedido. No quiso contarle nada sobre el bebé y sus sospechas. Tenía que pensar con calma y no
dejarse llevar por las emociones. Nunca había sido fan de Tucker. El tipo ya era un cretino desde
niño. El típico creído que se consideraba por encima de todo y de todos.

Un niño de papá

acostumbrado a tener cuanto deseaba, ya fueran cosas o personas. Era un engreído taimado que
apuñalaba por la espalda sin remordimientos. Sasuke lo sabía muy bien, porque por su culpa había
sido expulsado muchas veces durante sus años en el instituto.

Se apoyó contra la pared y dejó caer la cabeza. Sabía que parecía una locura, rezaba para que solo
fuera producto de su odio hacia él, pero si descubría que Sai había tenido algo que ver con Kari, ya
podía ir saliendo del país.

Era casi media mañana y la gente llenaba los pasillos: enfermeras que entraban y salían de las
habitaciones y pacientes y familiares que caminaban de un lado a otro. Se pegó a la pared para dejar
paso a unos

celadores que empujaban una camilla con una mujer que se reía como una histérica y que iba
haciendo gestos obscenos. Los siguió con la vista, hasta que cruzaron una doble puerta con un
letrero en el que se podía leer: Área de psiquiatría. Vale, eso lo explicaba.

Sasuke se puso derecho y clavó los ojos en las dos mujeres que avanzaban por el pasillo en dirección
contraria a los celadores. Una de ellas tendría la edad de su madre, vestía de forma elegante y
caminaba muy estirada, con cierto aire de desdén. La más joven apenas levantaba la vista del suelo
y se abrazaba el estómago con brazos temblorosos. Cuando llegaron a su altura la chica alzó la
cabeza y sus miradas se encontraron. Sasuke dejó de respirar,

demasiado impresionado. Era ella. A pesar de su palidez, su expresión triste y unos ojos sin vida,
reconoció a la chica que aparecía en la fotografía junto a Itachi.

Ella se paró en seco y una chispa de reconocimiento cruzó por sus ojos.
—Izumi, ¿estás bien? —le preguntó la mujer que la acompañaba.

La chica sacudió la cabeza, confusa.

—Sí, mamá —respondió.

«Izumi», repitió Sasuke en su mente para no olvidarlo. Necesitaba hablar con ella. Sus ojos volaron
hasta las puertas dobles del ala de psiquiatría y de nuevo a la muchacha. No parecía estar bien. Su
mirada y sus gestos denotaban que sufría. Esa no era la chica que posaba sonriente junto a su
hermano, ¿qué le habría pasado?

Decidió seguirlas. Aceleró el paso para no perderlas de vista. Como si ella hubiera sentido su
presencia, volvió la cabeza. Su cara se contrajo al borde del llanto y moduló con los labios un «No,
por favor». Sasuke se detuvo, demasiado impresionado, y se quedó mirando cómo entraban en el
ascensor.

Corrió hacia el ascensor. Las puertas acababan de cerrarse y bajaba. Como alma que lleva el diablo
se lanzó escaleras abajo. Llegó hasta la planta baja y empujó la puerta que conducía al vestíbulo. La
localizó en la salida. La mujer que la acompañaba le dijo algo y dio media vuelta, entrando de nuevo
en el vestíbulo para dirigirse al mostrador de recepción. No podía perder la oportunidad. A paso
rápido cruzó la entrada y las

puertas automáticas. Ella alzó la vista y al verle dio un paso atrás y chocó contra la pared, negando
con la cabeza sin parar.

—¡No, no pueden verte hablando conmigo! —dijo ella. Con ojos desorbitados miraba a su alrededor,
como si esperara que en cualquier momento fuera a surgir algo horrible para abalanzarse sobre ella.

—¿Me conoces?

Ella asintió de modo compulsivo.

—Eres igual que él. ¡Vete, por favor! — suplicó, llevándose las manos al pecho.

Sasuke se acercó un poco más y alargó los brazos hacia ella. La chica se hizo un ovillo y movió las
manos para evitar que la tocara. Flexionaba los dedos como si estuviera sacudiéndose algo que
revoloteaba sobre su piel.

Yo también te conozco. He visto las fotos. Estabais juntos. ¿Por qué nunca me habló de ti? —
preguntó en el tono más calmado que pudo adoptar.

—Por favor. No puede vernos juntos, pensará que te lo he contado. Vete. —La melena rubia le caía
como una cortina sobre las mejillas huesudas. Sus ojos de color avellana le suplicaban una
comprensión que él no podía darle.

—¿Quién eres y qué relación tenías con mi hermano?

Ella gimió algo incomprensible y se clavó las uñas en la piel de la muñeca. Tres surcos
sanguinolentos la marcaron. Sasuke miró impresionado las heridas, sin saber qué pensar. Su
curiosidad por la chica iba en aumento.

Si se entera de que hemos hablado te hará daño, igual que se lo hizo a él —musitó ella.

«¿A él?» Sasuke se puso pálido.

—¿De quién hablas? —Algo en los ojos de la chica encendió una pequeña luz en su cerebro—.
¿Hablas de Itachi? ¿Alguien le hizo daño a mi hermano? —murmuró.

—Hazme caso. Vete del pueblo y olvídate de todos los que viven aquí, de todos. No pude protegerle,
no pude. Fue por mi culpa, yo tuve la culpa. Y ahora no está.

La ansiedad lo estaba ahogando y nunca había tenido paciencia para los jeroglíficos. Hasta ahora
siempre le había funcionado el «yo pregunto y tú respondes sin dudar si quieres conservar las
piernas». Pero la chiquilla estaba como una puta cabra.

¡Por Dios, habla claro! ¿De qué tienes la culpa? ¿Le hiciste algo a mi hermano?

—Vete, por favor, vete. Lo ve todo, siempre lo sabe todo. Yo sé cómo es de verdad. ¡Irá a por ti!

Se agachó y se cubrió los oídos con las manos.

—Izumi, ¿alguien que conoces le hizo daño a mi hermano? —preguntó Sasuke muy despacio,
marcando cada palabra como si estuviera hablando con un niño pequeño.

—¡Izumi!

La mujer que la acompañaba llegó corriendo, sin percatarse siquiera de la presencia de Sasuke.
Obligó a la chica a ponerse de pie y se la llevó a rastras en dirección al aparcamiento. Sasuke se
quedó parado. Algo en su cabeza intentaba abrirse
paso. ¿Dónde había visto antes a aquella mujer?

Después de la operación, y tras pasar un tiempo en observación en cuidados intensivos, el médico


trasladó a Karin de nuevo a la habitación. Los chicos pasaron a visitarla y también Chad, el dueño
del bar donde ella trabajaba. Continuaba sedada, y la enfermera les informó de que era prudente
mantenerla en ese estado durante unas cuantas horas.

A última hora de la tarde, cuando el tiempo de visita terminó, todos se fueron a casa excepto Sasuke
y Sakura, que habían decidido quedarse a pasar su segunda noche allí. Ninguno de los dos dijo nada
durante horas. Sakura intentaba comportarse como siempre, pero sabía que algo más que lo ocurrido
a Karin tenía preocupado a Sasuke. Empezaba a conocerlo. Apoyado contra la pared y con los ojos
cerrados, fingía que estaba relajado. Pero la tensión de su cuerpo y la fuerza con la que apretaba la
mandíbula mostraba a las claras todo lo contrario.

Se acercó a él.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Sasuke abrió los ojos y la miró un instante, antes de volver a ocultarlos bajo sus largas y oscuras
pestañas. Le deslizó una mano por el cuello hasta la nuca y la atrajo hacia su pecho. La envolvió con
sus brazos, aferrándose a ella como si fuera un salvavidas en medio del océano, y la besó en

el pelo como única respuesta.

—Estás cansado, ¿por qué no te vas a casa? Yo me quedaré con ella.

—¿Lo dices en serio? ¿Te quedarías con ella?

—¡Claro que sí! —Se puso tensa—. No le deseo nada malo, y menos lo que le ha pasado.

Sasuke le tomó el rostro entre las manos con una angustia en el pecho que lo dejó sin voz. No quería
estropear lo que tenían. Ella era cuanto deseaba y no quería perderla, pero solo era cuestión de
tiempo que lo hiciera. La besó, fue cuidadoso y delicado. Respiró hondo y esbozó una débil sonrisa.

—Me quedo. Por la mañana vendrá Kim y nosotros iremos a descansar. Juntos, a mi casa. —Suspiró
mientras volvía a abrazarla —. Necesito tenerte cerca.

Poco después, ella se quedó dormida en el sillón. Sasuke era incapaz de cerrar los ojos a pesar de
estar tan cansado que las piernas se le doblaban. Se acercó a la ventana y se quedó mirando el
parque que había al otro lado de la calle. No conseguía apartar de su mente a Izumi y sus
advertencias. Necesitaba averiguar quién era y qué demonios había tratado de decirle.

Apoyó la espalda en la pared y acabó sentado en el suelo con los brazos descansando sobre las
rodillas. Se quedó mirando a Sakura, con esa sonrisa estúpida que se le dibujaba en la cara cada
vez que la contemplaba. Verla dormir, con esa paz que irradiaba, era algo fascinante que lo calmaba.
Empezó a pensar en cómo

sería tener una casa propia, con un dormitorio inmenso en el que dormir con ella cada noche. En el
que hacer el amor con ella cada noche.

Sus ojos volaron a la cama y se encontró con Karin despierta, mirándolo fijamente.
—¡Eh! ¡Hola, preciosa! —susurró mientras se levantaba y se acercaba a ella.

—La miras como si fuera a desaparecer en cualquier momento —dijo Karin con voz ronca. Carraspeó
e hizo una mueca de dolor.

Sasuke tomó el vaso con agua que había sobre la mesita y la ayudó a beber.

—¿Cómo te encuentras?

—La quieres, ¿verdad? —preguntó ella, ignorando su preocupación—. Puedes decírmelo, en serio.
No me molesta.

Sasuke miró a su chica. Asintió.

—La quiero. —Sonrió y sacudió la cabeza—. Es curioso, a ella aún no he logrado decírselo. Esas dos
palabras se me atascan en la garganta cada vez que lo intento.

Observó el rostro magullado de Karin y trató de no perder la sonrisa. Le acarició la mejilla y le apartó
unos mechones de pelo del cuello.

—Ahora cuéntame qué pasó —le pidió en tono vehemente.

—No lo sé. Todo está borroso en mi cabeza, no lo recuerdo con claridad. Creo que me asaltaron.

—La policía dice que en tu casa había signos de violencia —explicó él, sin perder de vista su
expresión. Hizo una pausa. Al ver que no respondía, fue directo al grano—. Kari, ¿Sai te ha hecho
esto?

—¡No! —respondió ella dando un respingo.

—¿No lo hizo, no lo sabes o no lo recuerdas? —insistió Sasuke.

Karin abrió la boca varias veces para contestar, pero no sabía qué decir. Intentaba pensar, forzando
su mente, pero esta se resistía y un dolor insoportable comenzó a latirle en las sienes. Se llevó las
manos a la cabeza.

—Sasuke —murmuró Sakura. Se había despertado—. No es el momento y la estás condicionando.

Él la ignoró.

—¿Hablaste con él sobre el bebé? ¿Sabía que era el padre?

Los ojos de Karin se abrieron como platos al darse cuenta de adónde quería llegar Sasuke. Se llevó
las manos al vientre y un gemido escapó de sus labios cuando él apartó la mirada.

—¿Lo he perdido? —preguntó casi sin voz.

Sasuke posó una mano sobre las de ella y le acarició los dedos. Asintió una sola vez. Las mejillas
de Karin se llenaron de lágrimas silenciosas. Él le tomó el rostro con las manos y las fue secando
con los pulgares. Se inclinó y la besó en la frente.

—¿Hablaste con él? —insistió sin


despegar los labios de su piel. Ella asintió —. ¿Anoche, antes de...?

Ella negó con la cabeza.

—Le llamé nada más regresar de casa de

mi abuela. Quedamos a la mañana siguiente en un restaurante a las afueras.

—¿Y?

—Me dijo que no creía que fuera suyo, pero me ofreció dinero para que me deshiciera del bebé. Yo
quería tenerlo y le dije que no iba a aceptar su dinero ni nada de él. Le aseguré que el bebé era
suyo, y le prometí que no volvería a tener noticias de ninguno de los dos.

—¿Y cómo se lo tomó?

—No lo sé. Me dijo que esperaba que cumpliera mi promesa y también que no quería volver a verme.
Sasuke, sé lo que estás pensando, pero no es posible. No he vuelto a verle desde entonces.

Sasuke ignoró sus palabras.

—¡Espero que tenga una buena coartada, porque si no...!

Apretó los puños y una explosión de ira lo sacudió.

—Sasuke, Sai no me ha hecho nada — imploró Karin—. Te lo he dicho, no he vuelto a verle.

Él ni siquiera contestó. Dio media vuelta y salió de la habitación.

—¡Sasuke! —Sakura corrió tras él. Lo alcanzó en el pasillo y logró asirlo de la muñeca y obligarlo a
que la mirara—.

¿Adónde vas?

—Quédate con ella, por favor.

—Sé lo que estás pensando y no, no vas a hacerlo. No voy a dejarte.

Se puso rígido y entornó los ojos.

—Escucha, nena. No creas ni por un momento que lo que siento por ti es un lazo con el que puedes
controlarme. Tú nunca podrás decirme lo que puedo o no puedo hacer. ¿Está claro?

Sakura dio un paso atrás, sintiendo cada palabra como un mazazo en el pecho. Respiró hondo.

—Solo quiero evitar que hagas una tontería. Estás enfadado y preocupado por lo que le ha pasado
a Karin. Es normal, ella te importa. Pero te estás dejando llevar por lo que sientes por Sai y no
piensas con claridad.

—Te aseguro que pienso con bastante claridad.

En su fuero interno, Sakura quiso abofetearlo por ser tan testarudo.


—¿Y se puede saber qué piensas hacer?

No tienes pruebas de nada —le espetó.

—No las necesito —respondió, mientras echaba a andar.

—Sasuke...

—Déjame, Sak. No te estoy pidiendo permiso.

—Si te vas, puede que cuando vuelvas yo ya no esté aquí —dijo ella casi sin voz.

Sasuke se detuvo, rígido y con los puños apretados, pero no se volvió. Había entendido
perfectamente qué quería decir.

—Si es tu decisión... En esta relación no hay condiciones.

A ella se le cayó el mundo al suelo.

—Entonces, tú y yo... lo de anoche no significó nada.

Sasuke echó la cabeza hacia atrás como si lo hubiera abofeteado. Se giró muy despacio.

—Lo de anoche es lo más importante que

me ha pasado en la vida. ¡Joder, tú eres mi vida! Pero eso no me va a convertir en tu títere. Yo no


soy así, Sak.

Recobró la compostura y apretó la mandíbula. Segundos después entraba en el ascensor, dejando a


Sakura plantada en el pasillo.

Ella regresó a la habitación. Las lágrimas se arremolinaban bajo sus pestañas e hizo todo lo posible
por apartarlas. Miró a Karin, que cada vez estaba más pálida, y se preocupó. Se acercó a la cama.

—¿Estás bien? ¿Necesitas que llame al doctor?

Karin le devolvió la mirada mientras negaba con la cabeza. Se abrazó el estómago y se hizo un ovillo
bajo las sábanas. Sakura

sintió lástima por todo lo que le

había pasado. Intentó olvidarse de sí misma y de Sasuke, de la angustiosa posibilidad de que Sai
estuviera detrás de lo ocurrido. Esa idea era demasiado terrible y la asustaba hasta la médula. Se
sentó en la cama y con una mano temblorosa le acarició la melena desparramada por la almohada.

—Puedes irte si quieres. No se lo diré — dijo Karin.

—No quiero irme. No voy a dejarte sola.

—No somos amigas, ni siquiera nos soportamos.

—Es posible. Pero voy a quedarme contigo.


Karin la miró desconcertada.

—¿Por qué?

—Porque si yo estuviera en tu lugar,

querría que te quedaras —respondió Sakura. Colocó su mano sobre el brazo de la chica y le dio un
ligero apretón. Para su sorpresa, ella deslizó la mano y la colocó sobre la suya.

—Los chicos como él no cambian jamás

—empezó a decir Karin—. Nunca se convertirá en el hombre que tú quieres que sea. No encaja en
el perfil de chico perfecto. Si no sabes aceptarle tal y como es, será mejor que lo dejes en paz.

—No quiero que cambie, pero tampoco quiero vivir con miedo a que le ocurra algo.

Karin guardó silencio unos segundos. Se encogió hasta hacerse muy pequeña.

—A los chicos como él siempre les ocurre algo... A las chicas como yo, también. Deberías llamar a
Naruto antes de que Sasuke haga una tontería, él sabrá cómo encontrarlo.

39

Sasuke se bajó del coche con ganas de golpear algo, o más bien a alguien. Se dirigió a la
entrada de un garito elegante en el centro. Sus opciones de encontrarle esa noche se agotaban. Al
cruzar la puerta le hervía la sangre.

Solo necesitó un vistazo para localizarlo. Estaba junto a la barra con un par de sus colegas, vistiendo
ropa cara y un peinado perfecto. Cruzó entre la gente que abarrotaba el local sin fijarse en nada.
Sus sentidos no captaban la música alternativa que sonaba a través de los altavoces ni las luces
estroboscópicas que parpadeaban en lugares estratégicos del techo. Todo su ser se centraba en Sai
Tucker.

Mantuvo la mirada fija en él mientras se acercaba con ganas de golpearle. La rabia que sentía hacía
imposible que pensara con claridad.

Sai se dio la vuelta, alertado por uno de sus amigos. Su rostro adoptó una expresión cauta. Sasuke
se le echó encima sin avisar.

—¿Creías que no me iba a enterar, imbécil de mierda? —gritó Sasuke—. Ha perdido el niño, ¿no es
eso lo que buscabas?

Le dio un empujón en el pecho que lo estrelló contra la barra. Sai se enderezó, pero no a tiempo
de evitar que un puño

impactara contra su mandíbula.

—¿De qué estás hablando? —preguntó sorprendido y confuso. Se llevó la mano a la boca, la sangre
le manaba del labio manchándole la camisa—. ¿Estás colocado?

¿Qué demonios te has metido?


—Voy a romperte hasta el último hueso — rió Sasuke con desprecio. Se lanzó sobre él. Los amigos
de Sai lograron interponerse, pero Sasuke era imparable y se deshizo de ellos sin esfuerzo. La gente
se apartó, protegiéndose tras las mesas—. Voy a hacerte pagar lo que le has hecho a Karin.

Le dio otro empujón y Sai estuvo a punto de caer al suelo al tropezar con un taburete de la barra.

—¿A Karin? ¿De qué hablas? Yo no le he hecho nada.

—Eres hombre muerto, Tucker. Yo no necesito pruebas para saber que fuiste tú, y voy a encargarme
de que lo pagues. —Soltó un derechazo que lo alcanzó en el costado.

Sai se dobló hacia delante, sujetándose las costillas. Se enderezó con los dientes apretados y lo miró
con un odio patente y corrosivo.

—¿Te sientes muy hombre por darle una paliza a una chica? ¡Inténtalo conmigo, vamos! —lo provocó
Sasuke.

Sai le clavó el hombro en el estómago y logró que cayera de espaldas sobre una mesa.

—Yo no he tocado a Karin —masculló, sujetándolo por el cuello.

—Su cara dice lo contrario. ¡Joder, ese niño también era tuyo! —gritó Sasuke, apartándolo de un
codazo.

—¿Y quién lo dice? —inquirió Sai. Sus ojos brillaron de ira—. Podría ser de cualquiera. No somos los
únicos que se la han tirado, Uchiha. Ella es lo que se dice una chica fácil. Le gusta que le den caña.

—¡Hijo de puta!

Sasuke apretó los puños. Sai estiró los brazos para protegerse.

—Pégame cuanto quieras. Lo sabes tan bien como yo. Y aunque ese niño hubiera sido mío, ¿por qué
iba a hacerle algo así? Joder, soy asquerosamente rico, podría mantener a una decena de críos.

—Quizá porque era un bastardo. Sería una mancha muy fea en tu vida perfecta.

—No soy tan frío como crees. Y... y no sé por qué te tomas este asunto tan a pecho. Ni que se
tratara de Sakura. Si fuera ella lo entendería. —Sai entornó los ojos y lo miró con desconfianza—.
¿Estás jugando a

dos bandas?

—No sigas por ese camino. No trates de darle la vuelta —le advirtió Sasuke.

—Me pone enfermo que esté contigo, pero te ha elegido. No me gusta, pero tengo que aceptarlo,
aunque la quiero y no me voy a rendir. Cuando le rompas el corazón, estaré ahí, esperándola...

No pudo acabar la frase. El puño de Sasuke aterrizó sobre su cara y después en su costado. Sai se
dobló hacia delante sin aire en los pulmones. Apenas tuvo tiempo de ver la rodilla que se elevaba
hacia su rostro, pero el golpe no llegó. Cuando logró enderezarse, vio cómo los amigos de Sasuke
intentaban contenerlo sin mucho éxito. El chico se retorcía entre gruñidos. Justo detrás de ellos,
Temary lo fulminaba con la mirada.

—¡Basta ya! —gritó Naruto, esquivando por los pelos un codazo—. No nos obligues a sacudirte.
—¡Suéltame, voy a matarlo! —gruñó Sasuke.

Obito lo sujetaba por los hombros, arrastrándolo hacia la salida, y Naruto trataba de contenerlo
empujándolo en el pecho con las manos para que retrocediera.

—Me parece bien, cárgatelo, pero al menos busca un sitio donde no haya cien testigos que puedan
señalarte con el dedo.

—Inteligencia masculina, cada día tengo más claro que solo es un mito —dijo Temary.

Sostuvo la puerta abierta mientras ellos salían a trompicones.

Naruto le dedicó una mirada asesina a la chica.

—No estás ayudando —le soltó.

—Le habéis encontrado gracias a mí, monada —replicó ella, lanzándole un beso —. ¿Cómo se dice?
Ah, sí, gracias.

Naruto masculló una sucesión de palabrotas y maldiciones, pero acabó dedicándole una sonrisa
imperceptible.

—Esto no va a quedar así, Uchiha —gritó Sai desde la barra, en la que se había apoyado para coger
aire.

—A partir de ahora mira hacia atrás. La sombra que verás será la mía, hijo de puta —gruñó Sasuke
desde la calle.

Naruto y Obito lograron arrastrarlo hasta el coche. Sasuke sacudió los brazos para liberarse de ellos.
Lo soltaron, pero atentos por si volvía a la carga.

—¿Se te ha ido la cabeza o es que te has vuelto idiota de repente? —preguntó Naruto alzando la
voz—. Pero ¿cómo se te ocurre entrar ahí y liarte a golpes con él? ¡Mierda, Sasuke, si te denuncia
llevas todas las de perder! Y entonces, ¿qué? ¿A quién ayudas así?

—No me vengas con monsergas — respondió Sasuke con un gruñido. Se puso derecho y se pasó la
mano por los labios. Sentía el sabor de la sangre en la lengua y un dolor agudo en el estómago que
le obligaba a resoplar cada dos inhalaciones—. Ese imbécil le ha hecho daño a Karin. ¿Acaso no es
también tu amiga?

Naruto ignoró la señal de advertencia en la mirada de su amigo y le dio un empujón que lo estampó
contra el Mustang.

—Me importa Karin tanto como a ti,

pero yo uso el cerebro de vez en cuando, imbécil. Párate y piensa un poco, piensa en todo lo que
puedes perder si te encierran otra vez. Y además... ¿de dónde sacas que Tucker le ha hecho daño
a Karin? Estás obsesionado con él. El instituto quedó atrás.

Sasuke se tragó las palabras y guardó silencio. Sabía que, en el fondo, Naruto tenía razón. No podía
dejarse llevar por sus impulsos, sobre todo por el tipo de impulsos que él sentía. Además, tenía que
admitir que no había sopesado todas las consecuencias si le hacía daño a Sai en aquellas
circunstancias. Siempre le pasaba lo mismo. Algo ocurría y su mente se apagaba como si le hubieran
dado a un interruptor, y su yo oscuro emergía como un demonio del infierno tomando el control.
—Solo lo sé —respondió.

—¿Y desde cuándo eres vidente? Joder, Sasuke, tienes que centrarte. Se te está yendo la cabeza.

Sasuke abrió la boca para contestar, pero Naruto le apuntó con el dedo y se lo clavó en el pecho sin
contemplaciones.

—Yo que tú escogería con mucho cuidado lo que vas a decir. Me has jodido una noche que pintaba
de maravilla y yo también tengo ganas de cargarme a alguien —añadió Naruto.

Temary soltó una risita y centró toda su atención en la manicura de sus uñas.

—Porque el bebé que ha perdido Karin era de él —respondió Sasuke, a sabiendas de que estaba
traicionando el secreto de su amiga.

El silencio se impuso. Nadie dijo nada,

pero sus caras de sorpresa hablaban por sí mismas. De repente, el estallido de Sasuke cobraba
sentido sin dejar a nadie indiferente.

—Eso no le hace culpable —dijo Naruto con el rostro tan pálido como una vela—. Vete a casa —le
ordenó—. Por la mañana iré a verte y hablaremos con más calma, ¿de acuerdo?

Sasuke vaciló un momento. Empezaba a sentirse estúpido. Joder, Naruto tenía razón, había actuado
dejándose llevar por la rabia. Ver a Karin herida lo había sacado de sus casillas y no se había parado
a pensar.

—Vale —cedió al fin—, pero primero voy al hospital. Dejé allí a Sak.

—Sakura ya no está allí —dijo Obito.

A Sasuke se le aceleró la respiración y se giró hacia el chico. La niebla que había embotado su mente
se aclaró. ¡Dios, había metido la pata hasta el fondo con ella!

—¿Y dónde está?

—No lo sé, supongo que se habrá ido a casa. Kim ha tomado el relevo en el hospital.

—Tengo que verla —musitó para sí mismo.

Rodeó el coche sin despedirse y se sentó al volante. La puerta del copiloto se abrió y Temary se
sentó a su lado.

—A ver cómo te digo esto para que lo entiendas y no suene peor de lo que es — empezó a decir ella.
Frunció los labios con un mohín—. Si le haces daño a Saku te cortaré las pelotas. Esa idiota está
enamorada de ti desde que tenía catorce años, le importas, y parece que ella también te importa a
ti. Así que... ¡deja de explotar

como una bomba cada vez que se te cruzan los cables, deja de hacer gilipolleces! ¡Ella merece la
pena y si tú no eres capaz de verlo, déjale el sitio a otro que sí pueda!

Sasuke entornó los ojos con una mirada amenazante.


—¡Qué! —soltó ella con un parpadeo inocente—. Me quedaría a charlar, pero tengo planes. Así que
intenta portarte bien durante un rato y no me los fastidies.

Se bajó del coche y lo despidió con la mano antes de dirigirse a la camioneta de Naruto, aparcada
al otro lado de la calle.

Desde el baño Sakura pudo oír cómo la ventana de su cuarto se abría. El corazón se le aceleró. Sabía
que era él. No creía en conexiones químicas, románticas, ni en nada de eso. Esas cosas solo
formaban parte de los libros y las películas. Pero a veces tenía la sensación de que entre ellos era
así. Mantenían algún tipo de lazo invisible que palpitaba cuando estaban cerca el uno del otro.

Se apoyó en el lavabo para sostenerse – las piernas le temblaban como si fueran de mantequilla–,
y se miró en el espejo mientras un suspiro de alivio escapaba de entre sus labios. Que él estuviera
allí, colándose en su habitación, era señal de que no se había metido en ningún lío..., o quizá sí. Se
tomó su tiempo antes de salir, necesitaba hacer inventario de sus sentimientos. Aún estaba
enfadada con él. Se ahuecó el pelo tras cepillarlo y se lavó los dientes. Después se deshizo de la
toalla y se vistió con un culotte y una camiseta de tirantes que había preparado para dormir.

Salió del baño. La habitación estaba en penumbra, iluminada tan solo por la luz anaranjada de la
lámpara de lava que tenía sobre la cómoda. Sasuke estaba sentado junto a la ventana, con la cabeza
colgando entre los hombros y los brazos apoyados en las piernas. ¡Parecía tan cansado! Alzó la
cabeza y se quedó mirándola. Se puso de pie y se acercó a ella sin decir una palabra. De pronto,
cayó al suelo de rodillas y la abrazó por las caderas hundiendo el rostro en su vientre.

Sakura no se movió, demasiado aturdida por la escena. Pero poco a poco bajó la mano hasta su
cabeza y le enredó los

dedos en el pelo. Lo acunó contra su cuerpo como si se tratara de un niño pequeño, sin apenas
respirar. Él la apretaba con tanta fuerza que se le estaban durmiendo las piernas. Levantó la cabeza
y la miró.

—Lo siento —susurró Sasuke—. Lo siento mucho, princesa.

Ella se tragó el millón de preguntas que tenía en la punta de la lengua y también un par de reproches.
Deslizó los dedos por su mandíbula, oscura por una barba de tres días que le daba un aspecto muy
sexy.

—Lo sé —respondió.

—Te dije que lo estropearía muchas veces —le recordó, mientras le rozaba con la nariz la piel que
sobresalía por encima de sus braguitas. Le besó el estómago y deslizó las manos por debajo de su
camiseta.

—Lo recuerdo —musitó ella con un estremecimiento.

Sasuke alzó la barbilla para mirarla a los ojos. Un indicio de dolor atravesó su mirada. —No te
merezco.

—No, no me mereces —respondió Sakura sin aliento. El brillo hambriento de sus ojos la hizo temblar
de excitación.

—Pero te necesito, ahora.


Sakura dejó de respirar al oír la desesperación y el anhelo de su voz. Sasuke era su peor idea, su
peor elección, la más peligrosa. Estaba segura de esa realidad porque él mismo se lo había advertido
semanas atrás, pero también estaba segura de que jamás podría haber nadie para ella salvo él.
Sasuke era cuanto deseaba, le pertenecía.

Se soltó de su abrazo. Se acercó a la puerta, dejándolo de rodillas en el suelo, y corrió el pestillo.


Cuando se dio la vuelta Sasuke se había puesto de pie y estaba justo detrás de ella. La tomó en
brazos y la llevó a la cama. La tumbó de espaldas y acomodó las piernas entre sus muslos mientras
con su boca cubría la de ella y su lengua la acariciaba en un solo movimiento. Tiró de su labio inferior
con los dientes y volvió a introducir la lengua en su boca, provocando.

Ella arqueó la espalda y gimió cuando le acarició la parte inferior del pecho por debajo de la camiseta.
Sus manos ascendieron y le sacaron la prenda por la cabeza, obligándola a interrumpir el beso. Se
quedó mirándola desde arriba y sin romper el contacto visual le quitó las bragas,

deslizándolas por sus piernas. Ella se estremeció al notar las puntas de los dedos trazando el camino
de vuelta por el interior de sus muslos.

Sasuke le dobló las rodillas y las separó. La miró con ojos dominantes y se inclinó despacio para
besarla en el cuello. Sus labios dejaron un rastro húmedo sobre la piel sedosa, derritiéndose por
dentro con cada gemido que escapaba del cuerpo de Sakura. Su boca le acarició la curva del pecho
y se cerró en torno a su pezón. Ella arqueó la espalda y alzó las caderas, retorciéndose debajo de él
con el corazón latiendo desbocado. Sasuke dejó escapar un suspiro cargado de erotismo y fue
abriéndose camino a besos descendiendo por su cuerpo.

—Eres perfecta —susurró contra su piel. Le acarició el ombligo con la nariz, mientras deslizaba una
mano bajo su trasero y lo elevaba un poco. Resbaló hacia abajo por su cuerpo, acariciando, besando
y lamiendo cada curva.

Sakura dejó de respirar, paralizada por el deseo y la tensión al darse cuenta de que su destino era
el vértice entre sus piernas. Quiso detenerlo y lo agarró por el pelo para que no continuara bajando.
Pensar en él besándola de una forma tan íntima la avergonzaba. No sirvió de nada, era como detener
el empuje de un tren, y un gritito escapó de su garganta cuando la boca de Sasuke la besó allí al
tiempo que sus dedos se deslizaban en su interior.

Entonces comenzó una lenta tortura que la llevó a perder el poco control que le quedaba. Se mordió
el labio para no gritar y empezó a temblar entre gimoteos mientras su cuerpo se retorcía y el placer
inundaba cada músculo y cada nervio de su ser.

Sasuke abrió los ojos de golpe y se quedó mirando el techo. La luz anaranjada de la lámpara
proyectaba sombras en las paredes, trazando las formas caprichosas de las burbujas que subían y
bajaban en su interior. Eran hipnóticas. Giró la cabeza sobre la almohada y contempló el cuerpo
desnudo de Sakura a su lado. Dormía profundamente, boca abajo, dándole sin pretenderlo la imagen
más hermosa y sensual que había tenido nunca. Se colocó de lado y deslizó los dedos por su piel
suave, desde la nuca hasta la curva de su trasero firme. Se inclinó y la besó en el hueco donde se
unía a la espalda.

Verla así tuvo efectos inmediatos sobre él. Pero no era el momento ni el lugar. Tampoco lo había
sido antes, pero la desesperación, su necesidad de ella y el miedo a haber podido estropearlo todo
entre ellos habían borrado cualquier pensamiento lúcido de su mente. Cogió su ropa del suelo y
comenzó a vestirse. Terminó de atarse las zapatillas como pudo, porque no era capaz de apartar la
vista de la cama.
Al ponerse en pie empujó sin querer la estantería repleta de libros y trastos. Algo cayó sobre la
alfombra con un golpe seco. Se agachó y cogió una fotografía con marco. Levantó el brazo para
colocarla en su sitio, cuando los rasgos sonrientes de un rostro llamaron su atención.

De una zancada cruzó el cuarto hasta la cómoda y puso la fotografía bajo la luz. Allí estaba Sakura
con un par de años menos, abrazando a la chica rubia del hospital, la misma que aparecía junto a
Itachi. Con lo ocurrido en las últimas horas, se había olvidado completamente de ella. Se le aceleró
el pulso y la miró con más atención. Las dos chicas parecían estar frente a uno de esos pabellones
de madera que solía haber en los campamentos de verano.

«Fue por mi culpa, yo tuve la culpa...», las palabras de Izumi resonaron en su mente. El estómago
le dio un vuelco y su cabeza comenzó a trabajar a toda prisa. En la

fotografía no parecía la persona desequilibrada que él había visto. ¿Qué le habría pasado para acabar
en aquel estado? La presión de su pecho aumentó. Exhaló despacio y vació de aire sus pulmones;
en su lugar se instaló una oscuridad que había pensado que no volvería a sentir nunca más. Y si no
estaba loca... Y si sus palabras contenían algo de verdad... Y si no había sido un accidente...

Miró a Sakura, ella sabía quién era la chica. Se acercó a la cama.

—Sak... —susurró su nombre.

Ella gimió y movió la cabeza, parpadeó un par de veces y una sonrisa se extendió por su cara. En
el último segundo Sasuke vaciló. No podía preguntarle abiertamente por Izumi. Sakura querría saber
a qué se debía su interés y él no podía contestar a esa

cuestión. Después de su arrebato unas horas antes, lo único que iba a conseguir era parecer a sus
ojos un paranoico inestable. Mantener la boca cerrada era lo más sensato. Ya encontraría otra forma.

—Está a punto de amanecer, será mejor que me vaya a casa —musitó mientras le apartaba el pelo
de la cara con ternura.

Ella asintió y él se inclinó para darle un beso en los labios. Después cubrió su cuerpo desnudo con
la sábana y se quedó mirándola mientras volvía a dormirse. De repente tuvo un pálpito, la seguridad
de que iba a estropearlo sin remedio. Iba a perderla.

40

Sasuke salió de casa con una única idea en la cabeza. Iba a averiguar quién era la chica y qué
le había pasado a Itachi en realidad. Solo podía pensar en sus palabras, en su miedo; y las repetía
para sí mismo sin cesar. Aquel asunto apestaba y necesitaba descubrir la verdad.

—¿Sabes dónde está? —le preguntó a Naruto, que apuraba un café apoyado en su camioneta.

—El tipo de la grúa que retiró el coche después del accidente dice que lo llevó por orden de la policía
hasta un desguace que hay al norte. Por la carretera comarcal que circula junto a la autopista —
respondió. Dejó el vaso de plástico en la plataforma de su camioneta y subió al Mustang de Sasuke—
. ¿Vas a contarme qué pasa? Has evitado este tema desde que regresaste. Y ahora, de repente,
quieres detalles.

Sasuke dio marcha atrás y se incorporó a la carretera antes de contestar.


—No pasa nada. Ha llegado el momento de que asuma lo que le ha ocurrido a mi hermano. No puedo
regresar a Santa Fe sin despedirme de él y arreglar las cosas.

—Lo entiendo, pero... ¡Joder, Sasuke! ¿No es un poco siniestro que quieras ver el coche?

No sé, hay otra forma.

—Es posible. Pero esta es «mi» forma,

¿vale? —replicó con un atisbo de impaciencia.

—¡Vaaaaale! —dijo Naruto, levantando las manos en un gesto de paz.

El dueño del desguace los recibió en una oficina prefabricada en la que hacía un calor insoportable.
Aunque no tanto como el ruido del compresor del aire acondicionado que colgaba por fuera de una
de las ventanas. Era como si un terremoto constante agitara las paredes.

Minutos después salieron de la oficina con unas cuantas indicaciones y una advertencia para que
tuvieran cuidado con los perros. Se movieron por las calles que formaban los metros y metros de
cubos de chatarra comprimida y los coches aplastados. Un paisaje apocalíptico de muros de hierro
y acero.

Encontraron lo que buscaban cerca de una grúa y una cinta transportadora de gran tonelaje: un Ford
Crown de color marrón dorado con el morro aplastado en forma de uve.

—Nunca entendí cómo podía conducir esta mierda. Intenté mil veces que se quedara con una de
las camionetas que mi padre tenía a la venta. Le habría costado mucho menos que esta lata —
comentó Naruto, dándole una patada a uno de los neumáticos.

—Para él habría sido como aceptar caridad. Era demasiado orgulloso — contestó Sasuke.

—Sí, eso parece que es bastante común en tu familia —le hizo notar su amigo.

—Mira quién fue a hablar, Yo No Necesito A Nadie Uzumaki.

Naruto le enseñó el dedo corazón, mientras modulaba con los labios un «vete a la mierda».

Sasuke se acercó al Ford y la garganta se le cerró completamente. Escudriñó el vehículo y se


sorprendió de que no estuviera tan destrozado como esperaba. El parabrisas estaba roto, una
telaraña de grietas lo recorría por completo, pero no había ni rastro de colisión. Solo parecía haber
cedido por la presión del golpe. Tiró de la puerta del conductor unas cuantas veces, hasta que logró
desencajarla y que se abriera. En cuclillas examinó el interior. El salpicadero se había combado hacia
arriba y el cuadro del cuentakilómetros estaba desencajado. El volante se veía intacto. En realidad,
todo el interior estaba demasiado bien para un golpe como el que se suponía

que había tenido.

Intentó no fijarse en las manchas oscuras de la tapicería de los asientos y en las que salpicaban
parte del interior de la puerta y el volante.

—¿Suficiente? —masculló Naruto, preocupado por su mejor amigo.

Sasuke negó con un gesto y se puso de pie. Rodeó el vehículo hasta la parte trasera y se quedó
mirando el parachoques y el punto donde cerraba el maletero. Recorrió con los dedos la superficie
donde se apreciaban unas marcas. Una presión se instaló en sus costillas impidiéndole respirar con
normalidad.

—Dime qué ves —le pidió a Naruto. Cada palabra sonaba como si la pronunciara con los dientes
apretados.

—¿Qué esperas que vea? —preguntó este con un suspiro. Guiñó un ojo y miró hacia el cielo, donde
un sol mortal brillaba sin compasión.

Sasuke lo agarró de un brazo y tiró de él hacia abajo, clavándole una mirada asesina.

—¿Qué ves, Naru?

El chico percibió la ansiedad en su voz y se agachó a su lado. Observó las marcas, unas abolladuras
que pasaban desapercibidas si no te fijabas en ellas. Las tocó con los dedos y su respiración se
aceleró. Ambos habían crecido entre coches y talleres y sabían tanto o más que cualquier genio de
la mecánica. Durante un instante abrió mucho los ojos y un brillo de comprensión los iluminó.
Levantó la vista y la clavó en Sasuke.

—Defensas de una camioneta o un todoterreno —respondió.

Volvió a estudiarlas. Las depresiones en la carrocería no correspondían a las de un golpe seco. Todo
apuntaba a que otro vehículo había empujado al Ford y la presión había dejado huellas.

—Lo guiaron —añadió Naruto, pasándose una mano por el pelo con nerviosismo.

Sasuke asintió. Su respiración era tan acelerada que su pecho se movía a simple vista bajo su
camiseta. Se puso de pie y dio media vuelta. Naruto lo siguió.

—¿Vas a contarme de qué va todo esto?

—Aún no.

—¿Que aún no? ¡Eh! —Naruto lo agarró por el hombro para detenerlo—. No me toques las narices.
Hemos venido hasta aquí

porque ya sabías lo que ibas a encontrar.

Sasuke apartó la vista.

—En el fondo he venido porque esperaba estar equivocado y quería sacarme la idea de la cabeza.
Ahora que sé que es verdad, las cosas van a complicarse mucho y no quiero que te metas.

—Haberlo pensado antes de enseñarme ese puto coche —le espetó Naruto. Apoyó las manos en sus
caderas—. Ya estoy metido. Así que, o me lo cuentas o te obligo.

Sasuke estuvo callado tanto tiempo que creyó que al final no iba a hacer ningún comentario.

—Está bien, pero no aquí —cedió al fin.

Pararon en el primer bar de carretera que encontraron. Naruto pidió dos especiales y café para llevar
y los comieron en una mesa
en la calle, bajo un porche recalentado por el sol que convertía el ambiente en una sauna. El único
lugar donde podrían hablar sin oídos inoportunos.

Sasuke le habló de la fotografía que había encontrado, de su hipótesis acerca de la relación que su
hermano había mantenido con aquella desconocida. Después le relató el encuentro que había tenido
con ella en el hospital y cómo sus palabras angustiadas habían despertado sus sospechas. Sospechas
que se había confirmado durante la visita al desguace.

Naruto meditó la historia en silencio. Se repantigó en la silla y estiró sus largas piernas bajo la
mesa.

—Vale, tu hermano salía con una chica y no te lo dijo. —Se encogió de hombros—.

Puede que solo fuera un rollo y que no le diera mayor importancia. ¿Por qué iba a mantener en
secreto una relación más seria? Luego Itachi murió y ella se quedó trastornada. O no. Igual ya estaba
loca y tu hermano la dejó, o rompieron y ella no pudo superarlo. Pero de ahí a pensar en asesinatos...
—Naruto resopló—. ¿Te das cuenta de cómo suena todo esto? ¡Es de película!

Sasuke se inclinó sobre la mesa con los brazos cruzados. Entornó los ojos.

—Sé cómo suena, pero vi a esa chica y me reconoció. Está asustada, trastornada. Dijo que a Itachi
le habían hecho daño y que no pudo salvarlo. ¡Y ya has visto el coche, no puedes ignorar eso! Voy
a averiguar qué le pasó a mi hermano. Si compruebo que

solo se trató de un accidente y que me he dejado llevar por las fantasías de una loca, lo dejaré estar.
Si no es así, no pararé hasta dar con la persona que le hizo eso a mi hermano.

Naruto empujó con el tenedor los trozos de beicon que tenía en el plato. Lo apartó. Había perdido el
apetito.

—¿Y por dónde pretendes empezar?

Sasuke exhaló bruscamente.

—Hay un tipo, Jake lo conoce. Encontró a Itachi tras el accidente y avisó a los servicios de
emergencia. Intentaré hablar con él, puede que viera algo. Después encontraré a Izumi y, si es
necesario, la obligaré a que me cuente lo que sabe. Conoce a Sakura, debe moverse en su círculo
de gente.

Naruto negó con la cabeza.

—No te aconsejo que metas en esto a Sakura.

—Lo sé. La encontraré por mi cuenta, esta ciudad no es tan grande. No descansaré hasta saber la
verdad. Tengo un mal presentimiento con todo este asunto — susurró Sasuke en tono vehemente.
Su cuerpo estaba tan tenso que sus músculos se marcaban a través de la ropa como si fueran de
granito.

—Vale, lo investigaremos, pero lo haremos bien. Sobró dinero de la apuesta. Deberíamos comprar
el Ford y guardarlo en un sitio seguro. Si estás en lo cierto, es una prueba.

—Sí, es una buena idea.

—Pues a trabajar.
Eran cerca de las once —dijo Jacob, el tipo del que Jake le había hablado a Sasuke—. Oí un fuerte
golpe y al doblar la curva lo vi. Estaba empotrado contra el árbol. Entonces me di cuenta de que
había otros dos coches.

—¿Dos? —inquirió Sasuke, confuso.

Jacob asintió completamente seguro y dio otro trago a su cerveza. No había un ápice de duda en
sus ojos. Sasuke hizo un gesto al camarero para que le sirviera otra.

—Vi un coche rojo de aspecto deportivo en medio de la carretera, y otro mucho más grande y oscuro
–un todoterreno o una furgoneta– que se incorporaba al asfalto a toda prisa. —Se encogió de
hombros—. En un principio pensé que habían tenido algo que ver, que se asustaron, y huyeron de
allí en cuanto se dieron cuenta de que yo me acercaba. O que simplemente vieron lo que pasó y se
largaron para no tener que contestar preguntas. No lo sé.

Sasuke se pasó una mano por el pelo. Se terminó toda la bebida de un trago y dejó el vaso sobre la
barra. Se quedó mirando las gotitas que resbalaban por el cristal.

—¿Qué clase de deportivo?

—Podría ser cualquiera —respondió Jacob—. No pude verlo bien, lo siento.

Sasuke asintió con los labios apretados. El pecho le subía y le bajaba con cada inspiración brusca y
dolorosa.

—¿Se lo contaste a la policía?

—Claro, un par de agentes me tomaron declaración allí mismo. ¡Joder, hasta me hicieron la prueba
de alcoholemia! Pero esa noche yo iba tan sobrio como un bebé. Mira, la verdad es que ni siquiera
tomaron nota de nada de lo que les dije. Cuando les hablé de los dos vehículos, me miraron como
si estuviera loco. Me pidieron mi número de teléfono por si necesitaban contactar conmigo, pero no
lo hicieron. Fin de la historia.

Sasuke inclinó la cabeza y lo miró a los ojos.

—Gracias por hablar conmigo. Aunque no lo creas, me has ayudado.

—Jake me ha dicho que el chico era tu hermano. Seguramente no te sirva de nada, no cambia el
resultado, pero no creo que sufriera. Apenas pasaron dos minutos desde que se estrelló hasta que
llegué a él. Ya no respiraba.

No sufrió.

Sasuke sonrió y le dio una palmada en la espalda.

—¿Volverías a contar esto si te lo pidiera?

—Donde sea y ante quien sea —aseguró Jacob.

—Gracias —dijo Sasuke. Sacó su cartera del bolsillo, pero Jacob lo detuvo con una mano.

—No he hablado contigo por dinero. Soy de los que creen que la vida te devuelve los favores. Espero
que, si algún día necesito un favor, haya alguien dispuesto a echarme una mano.
Sasuke sonrió agradecido, y se despidió con un apretón de manos. Abandonó el bar y cruzó el
aparcamiento en busca del coche.

—¡Eh! —exclamó Jacob desde la puerta.

Sasuke se dio la vuelta y observó al hombre mientras corría hacia él—. No crees que fuera un
accidente, ¿verdad?

Sasuke no contestó y entornó los ojos. Jacob se detuvo a su lado y escrutó los alrededores antes de
volver a hablar.

—No sé, pero es posible que tengas razón. Tu hermano tenía cardenales en la cara y en los brazos
y sangre seca en el pelo y en la ropa. No soy un experto, pero dudo que se los hiciera al chocar
contra el árbol. Es imposible que tuviera ese aspecto tan solo dos minutos después. Y… ahora… lo
de esos coches allí ya no me parece tan normal. No lo había pensado hasta este momento.

Sasuke se quedó mudo. Apretó los dientes y las aletas de su nariz se dilataron.

—Gracias por decírmelo.

Lo siento, pero no puedo facilitarles esa información —dijo el forense sentado tras su mesa—. El
informe que redacté se lo di a la policía. Ellos tienen todos los detalles sobre ese caso.

Sasuke estaba apoyado contra uno de los archivadores de cajones que atiborraban el laboratorio,
con los brazos cruzados sobre el pecho. No le quitaba los ojos de encima al tipo, mientras se
esforzaba en guardar silencio.

—Seguro que posee alguna copia. Si no,

¿para qué son todas esas carpetas y cajones? —preguntó Naruto. Apoyó las manos en la mesa y se
inclinó hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.

—Por supuesto que guardo una copia de todas las autopsias, pero son confidenciales. —El caso se
cerró, fue un accidente. Podríamos pasar por alto lo de la confidencialidad. Mire, solo quiero saber
las causas exactas de la muerte. —Señaló a Sasuke—. Mi amigo era su hermano, y quiere saber qué
le pasó al chico. Ayúdenos.

—No puedo hacer nada, lo siento.

—¿No puede o no quiere? —intervino Sasuke. Estaba perdiendo la paciencia—. Me dijeron que el
cuerpo estaba destrozado y he visto el estado en el que quedó el coche... Algo no cuadra y voy a
averiguar qué es.

—¿Qué estás insinuando? Mi profesionalidad no es discutible. Tengo muchos años de experiencia y


te aseguro que la causa de la muerte fueron las múltiples lesiones que sufrió... —Se detuvo, estaba
hablando demasiado.

—¿Usted vio el coche? ¿Está seguro de que esas lesiones las provocó el golpe?

—No vi el vehículo, pero sí he visto muchos accidentes de tráfico a lo largo de todos estos años y sé
lo violentos que pueden llegar a ser. El ser humano es frágil, un golpe sin importancia en un mal
sitio puede truncar una vida.

Sasuke resopló exasperado.


—El aspecto de mi hermano era el de alguien apaleado. Yo sí he visto el estado del coche y le digo
que algo falla en esta historia. Estoy seguro de que tomó alguna fotografía.

Las toman, ¿no? Déjeme ver una.

—No puedo.

Esta vez fue Naruto quien perdió la paciencia. Golpeó la mesa con los puños. —¡Solo te está pidiendo
una puta

fotografía! ¿Quieres salir a la calle sin tener que preocuparte de quién puede estar tras la siguiente
esquina? Puede que sea alguien con mi cara.

—¿Me estás amenazando? —preguntó el forense con los ojos como platos.

—Una maldita fotografía es lo único que quiere —masculló Naruto con los puños apretados.

El doctor tragó saliva y sus ojos vagaron del rostro de un chico al otro, sopesando en su mente las
consecuencias de aquella extraña reunión. Se puso de pie y se dirigió a un armario cerrado con llave.

—Itachi Uchiha, ¿no?

—Sí —respondió Sasuke con voz ronca.

El forense empezó a pasar los dedos por encima de un montón de carpetas de color marrón. Se
detuvo en una y la sacó, llevándola después hasta su mesa. La abrió y hojeó la documentación que
contenía. Tomó una fotografía y la empujó sobre la mesa con las puntas de los dedos.

—Nunca he mentido en mi trabajo; solo que, a veces, cuando no hay sospechas criminales sobre
una muerte, las autopsias a los cuerpos no son muy exhaustivas. En todo momento me hablaron de
un accidente de tráfico, y lo parecía, solo tomé muestras para saber si había consumido drogas y
alcohol. En alcohol dio positivo.

—Itachi no solía beber... —empezó a decir Naruto.

Sasuke se acercó a la mesa temblando de arriba abajo. Le echó un vistazo.

—¡Dios! —gimió. Se le doblaron las

rodillas por la impresión.

Cerró los ojos un momento, armándose de valor, y volvió a mirar la imagen. Itachi estaba tumbado
en una camilla metálica, cubierto hasta la cintura por una sábana de color gris. Tenía los ojos
cerrados, hinchados y amoratados; el labio inferior partido, y alrededor de una de las comisuras otro
cardenal se extendía hacia la mejilla; el otro pómulo tenía una brecha, y otra se apreciaba en la
frente. Su torso y sus brazos eran como un mapa siniestro de contusiones.

Sasuke había participado en muchas peleas, demasiadas, y sabía cómo quedaba un hombre después
de que le dieran una paliza brutal.

Agarró la fotografía y salió de allí a toda prisa, a punto de vomitar.

41
Sasuke apretó la cruz en su puño hasta que las esquinas de plata se le clavaron en la piel. Había
encontrado el colgante en la caja, después de hurgar por tercera vez en su interior en busca de...
cualquier cosa. El revés estaba grabado con las iniciales B y D y las palabras Para siempre. Cerró el
puño con más fuerza, pero el único dolor que empeoró fue el que notaba en el pecho.

Se sentía culpable por lo que había permitido que le hicieran a su hermano; si hubiera estado con
él, nadie le habría puesto una mano encima. Pensar en cómo podrían haber sido las cosas le
resultaba devastador; y esa idea provocó una nueva herida, mucho más profunda que cualquier
otra.

No había nada ni nadie en el mundo que pudiera hacerle sentir mejor, el desgarro era insoportable.
Pero no sabía qué hacer, dónde buscar, a quién acudir… ¿La policía? El agente que le había atendido
lo había tratado como a un apestado, y a punto estuvo de liarse a golpes con él. Naruto lo había
evitado. Si no lo hubiera hecho, en ese momento estaría detenido en alguna celda.

Naruto se había convertido en su sombra, literalmente. Lo miró de reojo, con una mezcla de
agradecimiento e inquina; sentirse vigilado le ponía los nervios de punta. Estaba sentado a su lado
en los peldaños del porche, tragando su quinta o sexta porción de pizza; ya había perdido la cuenta.

El teléfono de Sasuke sonó otra vez. Miró la pantalla y se le encogió el estómago. Tenía un mensaje
de Sakura.

Sakura:

Te echo de menos.

Sasuke:

Yo también te echo de menos. Sakura: Dile a Naruto que le odio por tenerte trabajando como un
esclavo.

Sasuke sintió una punzada de remordimientos por haberle mentido. Le había dicho que Naruto le
necesitaba en el taller. No se le ocurrió otra cosa que ocultara sus verdaderas intenciones.

Sasuke:

Te lo compensaré. Prometido.

Sakura:

¿Mañana? ¿Desayunamos juntos? Mis padres no estarán.

Sasuke:

¿Me estás invitando a tu casa? Sakura: A mi casa, a mi cocina, a mi dormitorio...


Sasuke sonrió por primera vez en todo el día.

Sasuke:

¿Alguna vez te han llevado el desayuno a la cama?

Sakura:

Nunca un chico guapo y sexy... y ¿sin

ropa?

Su sonrisa se ensanchó y la respiración se le aceleró.

Sasuke:

Tú ordenas, yo obedezco.

Sakura:

Entonces sin ropa. Besos. Te quiero.

Sasuke:

Yo también te quie...

Se quedó mirando durante un largo segundo lo que había escrito. Lo borró y exhaló todo el aire de
golpe. Apretó los labios formando una fina línea recta.

Sasuke:

Hasta mañana, princesa.

—No tienes por qué hacerlo, Sasuke. Podrías seguir adelante y ya está. Nadie te lo echaría en cara
—dijo Naruto en tono lúgubre.

Sasuke levantó la vista del teléfono y lo miró.

—¿Qué quieres decir?


—Que podrías coger a Sakura y largarte de aquí con ella, a cualquier parte. Olvida toda esta mierda
—susurró sin disimular que estaba preocupado.

—No puedo hacer eso. Ahora no — replicó Sasuke al tiempo que se ponía de pie.

Parpadeó una vez y luego otra. Un velo brillante cubrió sus ojos.

—Te entiendo y en tu lugar yo estaría haciendo lo mismo. Pero como no lo estoy, puedo ver las
cosas con más perspectiva. Nada va a devolverte a Itachi, pero sí puedes perder muchas cosas si
sigues adelante. A Sakura para empezar.

Sasuke se lo quedó mirando. En su rostro podía leerse la lucha interna que sufría.

—¿Crees que no lo sé? —le espetó alzando la voz—. Pero no podría vivir con esto dentro. —Se golpeó
el pecho con el puño y la rabia se apoderó de él en un segundo—. Y acabaría perdiendo todas esas
cosas igualmente. No pararé hasta que el hijo de puta que le hizo eso a mi hermano lo pague. Lo
intentaré por las buenas, pero si no funciona, será por las malas. Tampoco sería la primera vez.

Lanzó un puñetazo al aire mientras soltaba una retahíla de maldiciones y palabrotas, y cruzó el
césped de su jardín a grandes zancadas. Por descontado que no sería la primera vez que hacía las
cosas por las malas, prácticamente era experto.

—¿Adónde vas? —preguntó Naruto, exasperado por las explosiones de mal humor de su amigo.

—A conducir un rato. Si sigo aquí acabaré destrozando algo o a alguien —masculló, dedicándole una
mirada cargada de intenciones.

Naruto se levantó de un salto.

—Espera, voy contigo.

—No te ofendas, Naru, pero necesito estar solo un rato —contestó.

Por suerte, no lo siguió. Subió al coche, agradecido por el silencio y el hecho de estar solo por
primera vez en los últimos dos

días. Reconocía la ayuda y la preocupación de su amigo, pero estaba llegando a su límite, y no quería
que el motivo por el que lo cruzara fuera Naruto. Le debía tanto al chico que jamás viviría los años
suficientes para agradecérselo todo.

Por ese motivo iba a tratar de hacer bien las cosas; por él y por la mínima posibilidad que tenía de
lograr un futuro junto a la única chica que necesitaba de verdad.

El problema era que no tenía nada que pudiera servirle para aclarar lo que le pasó a su hermano
aquella noche. Solo un coche con marcas de defensas en la parte trasera; una fotografía que
mostraba a su hermano apaleado; una chica aterrada que decía cosas sin sentido; y un agente de
policía que no pensó en ningún momento que el accidente

de Itachi mereciera algo más que un par de frases en un informe policial. Jacob había visto dos
coches en el lugar del accidente, uno de ellos un deportivo rojo, pero nada más. Y eso era lo único
que tenía, absolutamente nada salvo su instinto.
Giró la llave en el contacto y el motor rugió. Ese sonido lo tranquilizaba. Conducir era una de las
pocas cosas que aún lograban calmarlo. Tomó la carretera de la costa. Los minutos pasaron y cuando
decidió dar media vuelta y regresar, había anochecido por completo.

El indicador de gasolina parpadeaba en el salpicadero. Se dirigió a la gasolinera y llenó el depósito


antes de regresar a casa. Tuvo que dar un pequeño rodeo porque dos coches habían chocado a la
entrada del

Walmart y la calle estaba cortada. Giró hacia el centro. Mala idea. El tráfico era mucho más lento en
esa zona. Bajó la ventanilla y sacó la cabeza para intentar averiguar por qué se detenían los coches.

El corazón le dio un vuelco. ¡Era ella! Vio su reflejo en el cristal de un escaparate y necesitó un
segundo para darse cuenta de que caminaba por el otro lado de la calle. Se inclinó hacia la otra
ventanilla. Allí estaba, con el rostro oculto bajo su larga melena rubia, caminando encogida sobre sí
misma como la había visto hacer en el hospital. Dio un bote en el asiento. Tenía que aprovechar
aquella oportunidad, porque quizá no se le presentara otra.

El vehículo de delante se movió y Sasuke aprovechó el hueco para deslizarse con su Mustang hasta
la acera y aparcar. Se bajó a toda prisa y siguió a la chica.

—¡Izumi! —la llamó.

Ella miró hacia atrás y, al reconocerlo, sacudió la cabeza y aceleró el paso. Sasuke echó a correr y
la alcanzó al doblar una esquina.

—Espera, por favor.

La agarró por la muñeca para que se detuviera.

—Suéltame, no pueden vernos juntos. ¡Suéltame, por favor! —suplicó Izumi, tirando de su brazo
mientras sus ojos se movían a toda velocidad por las caras que pasaban junto a ellos.

—He visto tus cosas en mi casa, también esto —dijo Sasuke, mostrándole la cruz que pendía de una
cadena. Ella se quedó atónita, mirándola sin parpadear, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿La
quieres?

Izumi asintió con la cabeza y la palma de su mano se abrió frente a él. Sasuke se la entregó y Izumi
cerró los dedos en torno al colgante. No dejaba de temblar.

—Sé que estabais juntos —dijo Sasuke, buscando sus ojos—, y también sé que lo que le pasó no
fue un accidente. —Ella se estremeció y dio un paso atrás—. Tú sabes qué le pasó, pero tienes
miedo. Tienes miedo de la persona que le hizo daño a mi hermano, ¿verdad? Tú sabes quién fue.
Izumi, ¿quién fue?

Ella sacudió la cabeza con los ojos desorbitados y comenzó a alejarse.

—Si le querías, ayúdame. Hazlo por él. Necesito saber qué le pasó —insistió Sasuke. —No puedo, lo
siento. Olvida este asunto y vete de Port Pleasant. Hazlo por Itachi, vete.

—¡Izumi! —rugió una voz desde la carretera—. ¿Qué demonios haces? Sube a la camioneta ahora
mismo.

La chica dio un respingo y la vida abandonó su rostro. Bajó la cabeza y se dirigió a una enorme
camioneta GMC con defensas cromadas en la parte delantera. Subió al asiento trasero.
Sasuke se quedó inmóvil, con los ojos clavados en el conductor. Necesitó un momento para
reconocerlo. Sus pensamientos retrocedieron hasta la noche en la playa, cuando jugaron a verdad
o prenda con Sai y sus amigos. Era Deidara, el tipo con el que Naruto había tropezado en la arena

y con el que casi había llegado a las manos. Deidara le sostuvo la mirada con una expresión insolente,
y una sonrisita burlona se dibujó en sus labios antes de acelerar y desaparecer entre el tráfico.

Sasuke regresó a casa y se sentó en el porche. Su mente era un caos. Necesitaba respuestas para
volver a respirar sin esa sensación angustiosa en el pecho que convertía su sangre en ácido y que
le quemaba por dentro. Aún no sabía qué clase de milagro lo mantenía allí sentado, cuando lo único
que quería era ir en busca de ese tío. Pero le había hecho una promesa a Naruto. Primero iba a
intentarlo por las buenas, y su única razón era Sakura. Lograría que Izumi hablara, después iría a
por Deidara, y el testimonio de Jacob terminaría de darle forma a aquella locura.

Se pasó una mano por el pelo. Algo se le escapaba, algo evidente que no conseguía ver. ¿Qué
relación había entre Izumi y Deidara? ¿Sería su chica? ¿Celos? Arrojó la lata de refresco que tenía
en la mano contra una de las columnas del porche. El bote reventó y el contenido salió a presión
como si fuera un géiser. Se quedó mirando la columna: había hecho un agujero en la madera.

Con un suspiro se puso de pie. Debía limpiar todo aquello o le daría un buen disgusto a su madre.
El teléfono sonó dentro de la casa. Fue hasta la cocina, pensando que sería Naruto para asegurarse
de que seguía allí y que no estaba asesinando a nadie en ningún descampado. Descolgó.

—Diga —respondió con desgana.

—Soy Izumi, hablaré contigo —dijo una voz ahogada en sollozos al otro lado.

El corazón se le desbocó en el pecho. Tomó aliento en un intento por calmarse, pero no funcionó en
absoluto. Hubo un momento de silencio.

—¿Cómo has conseguido este número?

—Itachi —replicó ella a modo de respuesta—. Hablaré contigo. Estaré dentro de quince minutos en
el aparcamiento de Wings, la vieja feria.

—Gracias —dijo Sasuke en tono vehemente antes de colgar.

Salió disparado de la casa. El pulso le iba a mil por hora mientras conducía hasta la vieja feria. Hacía
años que aquel recinto estaba cerrado al público, desde que el ayuntamiento decidió trasladarla
junto al paseo marítimo, donde la afluencia de turistas era mucho mayor.

Se detuvo en el aparcamiento, que estaba oscuro como la boca de un lobo. Los faros de su vehículo
iluminaron un pequeño Toyota de color gris. Se bajó y fue hasta el coche.

Izumi surgió de la oscuridad. El pecho le subía y bajaba con rapidez y el rostro le brillaba bajo un
reguero de lágrimas. Lo miró horrorizada, demasiado aturdida para moverse. Temblaba de arriba
abajo, tanto que era un milagro que las piernas la sostuvieran erguida.

Sasuke aceleró el paso.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado.

Ella se encogió y dio un paso atrás.


—Lo siento —gimió—. Lo siento mucho.

Me han obligado.

Sasuke se detuvo. Ella no le estaba mirando, sino que contemplaba algún punto tras él. Apenas tuvo
tiempo de ver una sombra. Recibió un golpe en las piernas y otro en la espalda que lo dejó sin aire.
Cayó de rodillas, desorientado. A continuación sintió cómo le cubrían la cabeza con algún tipo de
bolsa o saco de tela. Recibió un nuevo golpe, una patada, esta vez en el estómago, que le hizo
doblarse hacia delante y caer de lado. Otra patada en el costado le arrancó un aullido ronco y dejó
de sentir cuando un puño se estrelló en su cabeza.

42

A medio camino entre la consciencia y la inconsciencia, Sasuke notó cómo lo agarraban por los
brazos y lo sacaban del

maletero de un coche. Tiraron de su cuerpo, arrastrándolo por un suelo de gravilla. Los goznes de
una puerta chirriaron y se vio arrojado hacia delante. Cayó de costado y tosió. Apenas le llegaba
aire a los pulmones. Le quitaron la bolsa de la cabeza y respiró hondo al tiempo que alguien le
lanzaba un cubo agua fría y maloliente.

Volvió a toser y escupió el agua que le había entrado en la boca. Terminó de

despertarse del

aturdimiento que embotaba sus sentidos.

Una mano lo agarró del pelo y tiró de él, obligándolo a que se pusiera de pie. Trastabilló hacia un
lado, pero alguien lo empujó para enderezarlo. Le palpitaban las sienes con un dolor agudo y, cada
vez que trataba de respirar, sentía como si las costillas se le clavaran en los pulmones. Parpadeó, y
poco a poco sus ojos se adaptaron a la tenue luz que emitían dos fluorescentes que colgaban de una
viga en el techo. Estaba en el centro de una especie de viejo almacén. Las únicas ventanas tenían
rejas y se encontraban a la altura de la cubierta. A su derecha había un coche, un Challenger rojo
con una cabeza de tigre dibujada en la puerta. La impresión hizo que su mente comenzara a
despejarse.

Una risita ahogada sonó a su espalda. De

las sombras salieron dos personas. Sasuke los reconoció enseguida: Deidara, y Idan Tucker, el primo
de Sai.

—¿Te gusta? ¡Es una maravilla, un coche precioso! Me ganaste por los pelos, ¿sabes?

Sai apareció tras él y, al pasar por su lado, le dio un golpecito en la cabeza con la mano. Sasuke lo
miró desconcertado.

—¡El gran Sasuke Uchiha! —exclamó, alzando los brazos—. Mírate, no eres para tanto. Solo eres
escoria, basura.

—Tú —logró articular Sasuke.


—¡Sorpresa! —exclamó Sai—. No te lo esperabas, ¿eh? Bueno, esa es la gracia. Si nadie imagina lo
que hago, eso quiere decir que soy bastante bueno. Aunque no tanto como me gustaría. Creo que
sabes más de lo que deberías, y no me queda más remedio

que tomar medidas.

Sasuke realizó una inspiración dolorosa y entrecortada que le abrasó la garganta.

—¿Qué clase de medidas? —logró preguntar.

Sai se inclinó hacia él con las manos en las rodillas.

—¿Sabes qué les ocurre a los que van por ahí haciendo preguntas, a los que meten sus narices en
expedientes policiales y que intentan desenterrar a los muertos? Pues que sufren accidentes.

Sasuke se concentró a través del dolor, asimilando las palabras de Sai. Todo el puzle encajó a la
perfección. El coche, las drogas, las carreras... y Itachi. Pero ¿por qué Itachi? Miró a Sai a los ojos,
esos ojos... Y entonces lo supo. La vio en él.

—Es tu hermana.

Sai suspiró de forma exagerada y sacudió la cabeza.

—Chico listo. —Le guiñó un ojo.

—La has utilizado para atraparme.

—Oh, claro que sí. Izumi es muy fácil de manipular, ¿sabes?

—Mataste a mi hermano —masculló

Sasuke, asaltado por la cruda realidad.

—Sí. Lo cierto es que no pensaba llegar tan lejos, pero se me fue un poquito la mano.

—Sai se encogió de hombros—. Bueno, tú ya sabes cómo son estas cosas, ¿no? Quieres enviar un
mensaje, pero el tipo no para de hablar y no quiere entender que no tiene opciones. Te planta cara,
te contesta, le atizas un poco para que capte la idea, pero te vuelve a contestar y... acaba con
el cuello

roto. Cosas que pasan.

Sasuke forcejeó con las cuerdas mientras asesinaba con la mirada a Sai. Acababa de admitir que
había golpeado a Itachi hasta liquidarlo, y ni siquiera le había visto un asomo de arrepentimiento.
Necesitaba saber los motivos. Después, le arrancaría el corazón a través de la garganta.

—¿Y cuál era ese mensaje que querías enviarle?

Sai se rió y le guiñó un ojo. Se acercó lentamente, y se quedó mirándolo. Sin previo aviso lo golpeó
en la cara. Sasuke intentó mantener el equilibrio y movió la mandíbula de un lado a otro.

—Que un mierda como él no podía tener a alguien como mi hermana ni ser amigo de mi novia. El
capullo de tu hermano de verdad creía que podía ser uno de nosotros. Se coló en casa de los Haruno
gracias a la zorra de tu madre. Se hizo amiguito de Sakura, se metió a Kisashi Haruno en el bolsillo
y logró que este le recomendara para una beca completa en Columbia. Se la concedieron, pero le
faltaba la chica para cumplir el sueño americano y puso sus ojos en mi hermana. Se equivocó
desde el principio. Le avisé, pero no me hizo caso. No quiso entender que nosotros y vosotros ni
siquiera pertenecemos a la misma especie. No podía aspirar a cosas para las que no había nacido.

»Y ahora tú intentas hacer lo mismo. ¿Te crees que puedes quedarte con mi chica? ¿Esperas
que me quede de brazos cruzados mientras los Haruno te llaman hijo? De eso nada.

—Tampoco te quedaste de brazos cruzados con Karin, ¿verdad?

Sai se echó a reír.

—Por supuesto que no. Jamás tendría un hijo con una fulana. Solo me la follé, una vez.

Me alegro de que no me contagiara nada.

Sasuke se lanzó a por él, a pesar de que tenía las manos atadas a la espalda.

—Hijo de puta, voy a matarte.

Deidara se adelantó y le dio un puñetazo en el costado que le hizo caer de rodillas. Sasuke se puso
de pie como pudo, resoplando.

—¿En serio? Porque te miro y no veo a ese tipo duro al que todos temen. Solo veo a un fracasado,
a un mierda —rió Sai.

Sasuke esbozó una sonrisa malévola.

—Pues este mierda va a limpiar el suelo contigo. ¿Crees que porque juegas a ser un chico malo que
trafica con drogas y participa en carreras lo eres de verdad? Para creer que somos de especies
diferentes, te esfuerzas demasiado en ser como yo.

Sai frunció el ceño y acortó la distancia que los separaba. Como si estuvieran sincronizados, Deidara
y Idan sujetaron a Sasuke por los brazos. Sai le soltó un rodillazo en el estómago. Lo sujetó por el
pelo y le echó la cabeza hacia atrás para que lo mirara.

—¿Como tú? Soy mil veces mejor que tú. No tienes ni idea de por qué estoy haciendo todas esas
cosas.

—Pues explícamelo, ya que estás tan hablador —masculló Sasuke entre dientes.

Sai le soltó la cabeza con desdén y se alejó unos pasos limpiándose la mano mojada en los
pantalones.

—Vale, si tanto te interesa. Lo hago porque puedo hacerlo, porque es divertido. Me gusta tener una
doble vida. Me ayuda a quemar adrenalina ¿sabes?

Sasuke lo miró sin poder creerse sus palabras.

—Estás como una puta cabra. Nada de esto te va a funcionar. Mis amigos darán contigo, no les
costará mucho en cuanto descubran que Izumi es tu hermana. Y lo harán.

Sai alzó los brazos y se estremeció como si temblara.


—¡Uy, qué miedo! —Soltó una risotada y se acercó a un montón de maderos que había junto a unos
bidones de gasóleo vacíos. Cogió uno y lo sopesó en la mano. Lo tiró y probó otro—. No te preocupes,
se me da bastante bien deshacerme de los cabos sueltos. Nadie puede relacionarme con tu hermano.
Y por lo que sé, Karin no tiene ni idea de lo que pasó, y el bastardo es historia. ¿Quién va a
acusarme? ¿Y de qué?

—Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba al encontrar un madero de su agrado. Lo
balanceó en el aire—. Tú eres mi único problema, y cuando tú caigas, tus amiguitos recibirán el
mensaje. Entenderán que deben estarse calladitos por el bien de todos, sobre todo sin pruebas. ¿A
quién van a creer?

Sasuke apretó los dientes. Sabía lo que estaba a punto de pasar. Iba a molerlo a golpes hasta
matarlo, como hizo con Itachi. Había participado en tantas peleas que el dolor físico no le daba
miedo. Se había acostumbrado a las heridas y a los golpes. En esos momentos su alma abandonaba
su cuerpo y simplemente encajaba y golpeaba, encajaba y golpeaba. Una bendición años atrás.
Ahora iba a ser como bajar al infierno, porque esta vez solo iba a encajar.

—Asegúrate de hacerlo bien. Porque si no, volveré a por ti y nadie podrá pararme, ¿lo captas? —
gruñó Sasuke.

Sai inclinó la cabeza y sonrió.

—No te preocupes, lo haré bien. No puedo matarte aquí, necesito que aguantes para lo que vendrá
después. Tiene que parecer un accidente, no sé si me entiendes. La práctica te hace experto, y con
tu hermano

aprendí de los fallos —explicó Sai mientras balanceaba el madero de delante hacia atrás y le asestaba
un golpe en las costillas.

—No seas cobarde. Al menos desátame

—masculló Sasuke con una risita, una vez que logró recuperar el aliento—. Tienes miedo de que os
dé una paliza a todos yo solo.

Sai soltó una carcajada.

—Haría eso si te considerara un igual. Para mí solo eres un perro, un montón de mierda.

Sasuke se puso derecho y lo desafió con la mirada.

—¡Que te jodan!

Lo golpearon durante lo que a Sasuke le pareció una eternidad. Al principio se obligó a permanecer
recto, después se tambaleó de un lado a otro sin control. Cada vez que iba a caer, lo enderezaban
para volver a pegarle. Le llovían los golpes desde todos los frentes y acabó desplomándose en el
suelo, donde se ensañaron con él. En algún momento perdió el conocimiento.

Volvió en sí. No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. A través de la neblina espesa de su
mente, le pareció oír el ronroneo familiar de un motor. Una voz distante, pero inconfundible, le
estaba hablando, aunque no lograba entender nada. Le costaba pensar. Intentó abrir los ojos.
Imposible. Pudo reconocer el hormigueo que produce la hinchazón. Alguien le golpeó la mejilla.

—¿Estás ahí? —dijo la voz, esta vez un poco más cerca.


Sasuke giró la cabeza y, a través de las rendijas en las que se habían convertido sus ojos, pudo ver
la sombra de un rostro. Intentó enfocarlo, pero era incapaz.

—No sé si puedes oírme. Espero no haberte reventado los tímpanos, porque hay unas últimas
palabras que quiero que te lleves contigo —musitó Sai.

Sasuke trató de hablar y entonces tragó algo que supuso que sería sangre. Tenía la boca llena de
ella. Notó su aliento en el cuello cuando se inclinó sobre su oído y, con el movimiento, percibió el
olor del mar y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Su mente empezó a despejarse y a
atar cabos. Estaba dentro de un coche, su Mustang, y se encontraban en los acantilados. El plan de
Sai tomó forma en

su mente.

—Quiero que sepas que no me he olvidado de Sakura —empezó a decir con tono perverso. Estaba
disfrutando con todo aquello, igual que un maldito psicópata—. Siempre tuve planes para ella, era
la chica perfecta: callada, confiada, complaciente y tan sexy. Iba a ser la esposa ideal, la madre de
mis hijos... Ahora es una zorra, pero me sigue gustando. —Bajó la voz y soltó una risita—. No creo
que me cueste mucho volver con ella. La pena le hará bajar la guardia y ¿quién estará allí para
consolarla?

Sasuke se estremeció y la bruma de su mente se disipó de golpe. Sakura no, a ella no. Notó un
latigazo de dolor. Sai había cerrado la puerta del coche y le había golpeado el brazo. A partir de ese
momento

todo sucedió muy deprisa. Percibió cómo el coche comenzaba a moverse y el sonido de otros
neumáticos en la gravilla ahogado por un motor que aceleraba. No necesitaba verlo para saber que
la camioneta de Deidara estaba empujando su Mustang hacia el acantilado.

El miedo por Sakura hizo que su adrenalina se disparara y, con ella, el mal genio que le hacía
funcionar cuando ninguna otra cosa podía. Tenía que salir de allí. Palpó el cinturón de seguridad, lo
llevaba puesto. Trató de soltarlo. Sus dedos manchados de sangre resbalaban sobre el enganche.
Tiró con fuerza, pero no logró que se abriera. Desesperado, se inclinó hacia delante y tanteó con la
mano bajo el asiento, rezando para que no la hubieran encontrado. Gimió al sacar la afilada navaja
de su

escondite. Ni siquiera sabía cómo estaba logrando moverse, solo podía sentir dolor y más dolor.

El Mustang empezó a moverse más rápido. No podía ver nada, la oscuridad era absoluta, aunque
percibió el momento en el que los neumáticos delanteros se encontraron en el aire.

«Sak, Sak, Sak», pensaba mientras cortaba la cinta de un tajo y abría la puerta. El coche ya volaba,
y no pensó en nada al saltar afuera. Nada podía ser peor que estrellarse unos metros más abajo
dentro de un ataúd de hierro. Su cuerpo se vació de aire al impactar contra la piedra. Resbaló
mientras sus pies y sus manos intentaban asirse a cualquier cosa que detuviera la caída. Abajo, el
coche sonó como un trueno

al estrellarse contra las rocas.

Aquí hay alguien! —gritó uno de los bomberos que había acudido al acantilado.

El servicio de asistencia se puso en marcha y se preparó para descender por la roca.


—Ya lo tengo. ¡Subidnos!

Sasuke solo veía destellos de luces que le taladraban el cerebro. Cada movimiento amenazaba con
lanzarlo de nuevo al abismo de la inconsciencia. Una voz conocida lo llamaba desde alguna parte
que no podía precisar.

—¡Joder, Sasuke! —exclamó Naruto, llevándose las manos a la cabeza—. Dios, Dios... ¿Cómo está?
¿Puede decirme cómo está?

—No lo sabremos hasta que lleguemos al hospital.

Sakura se precipitó en la sala de urgencias. Vio a Naruto hablando con un médico y corrió a su lado.

—¿Dónde está? ¿Cómo está?

Naruto la acogió bajo su brazo y la estrechó con fuerza.

—De eso me está hablando el doctor — respondió el chico.

El médico los contempló con gesto serio.

—Su vida no corre peligro, pero no hay un centímetro de su cuerpo que no esté magullado. Me
sorprende que no tenga lesiones más importantes dado el estado en

el que se encuentra. Le hemos repetido todas las pruebas dos veces para asegurarnos de que no
hay hemorragias o daños graves, y no hemos encontrado nada. Aun así tardará bastante en
recuperarse, y necesitará sedación las próximas horas. Ha tenido mucha suerte.

—¿Podemos verle? —preguntó ella con el corazón en un puño.

—Le subirán en unos minutos a la planta de trauma. Vayan hasta el puesto de enfermeras de
esa planta, allí les informarán.

Tras darle las gracias al doctor, Naruto y Sakura corrieron al ascensor.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó

Sakura.

—Ha tenido un accidente —respondió

Naruto con la vista clavada en su reflejo en el espejo—. El coche se salió de la carretera y se precipitó
por el acantilado. Parece que Sasuke logró saltar a tiempo.

Las puertas del ascensor se abrieron y ambos salieron a toda prisa. Encontraron a Mikoto Uchiha en
el puesto de enfermeras. Había algún tipo de problema con la póliza del seguro y la mujer se vio
obligada a ir al mostrador de admisión para rellenar algunos datos. Sakura la acompañó, después
de que la enfermera le asegurara que aún tardarían unos minutos en subir a Sasuke desde
urgencias.

Naruto entró en la habitación. Segundos después aparecieron Neji y Obito.


—¿Qué cojones ha pasado? —le espetó

Neji.

Llevaba el pelo despeinado y en su

mejilla se apreciaban las marcas de las sábanas. La llamada lo había sorprendido durmiendo.

Naruto lo miró de arriba abajo. Alguien debería decirle que solo llevaba el pantalón de un pijama y
que las zapatillas eran de chica, pero no iba a ser él. Se pasó una mano por el pelo y suspiró.

—Un accidente con el coche.

De repente la puerta se abrió y un par de celadores entraron con Sasuke tumbado en una camilla.
Con cuidado lo colocaron en la cama. La enfermera que los seguía lo conectó a un monitor cardíaco
y le colocó un par de vías por las que le empezó a administrar el contenido de unas bolsas de suero.

—¿Sois familiares? —preguntó la mujer

con recelo. Los chicos asintieron—. ¿Los tres?

—Somos sus hermanos —replicó Obito con su mejor sonrisa—. No me diga que no nota el parecido.

La enfermera dudó un segundo. Al final asintió con la cabeza.

—Llamadme si necesitáis algo. Y dejad que descanse y aseguraos de que esté tranquilo, ¿de
acuerdo?

La puerta se cerró y la habitación se quedó en silencio. Los tres se acercaron a la cama.

—¡Joder! —exclamó Neji al ver el rostro de Sasuke deformado por los hematomas y la inflamación.
Se llevó las manos a la cara y se restregó la barba incipiente—. ¿Qué coño le ha pasado, Naru? Esto
es como...

—Revivir lo de Itachi, lo sé —dijo Naruto con la voz ronca.

De repente Sasuke se despertó, parpadeó y sus ojos reflejaron confusión. Tardó unos segundos en
encajar las piezas y, en el proceso de atar cabos, su rostro se convirtió en un caleidoscopio de
emociones y sufrimiento. Pegó un bote y trató de levantarse. Su cara se transformó con una mueca
de dolor. Resopló y un aullido brotó de su garganta mientras sus manos volaban al costado para
sujetarse las costillas.

—¿Qué demonios haces, Sasuke? —le soltó Naruto, intentando que se tumbara de nuevo.

—Tío, tranquilízate. Estás bien, estás en el hospital. Te vas a poner bien, campeón — dijo Obito
sujetándolo por los hombros.

Sasuke sacudió la cabeza y con los dedos tanteó las vías. Logró quitarse una y un hilito de sangre
resbaló por su brazo empapando las sábanas.

—Tengo que irme —susurró con voz áspera.

—¿Irte adónde? ¿Tú te has visto? — intervino Neji.


Sasuke buscó con los ojos la mirada de Naruto.

—Tienes que sacarme de aquí. Tiré del hilo y la araña dio la cara. Soy un cabo suelto y ese tío está
loco —explicó entre gruñidos de dolor.

Naruto se puso pálido.

—¿De qué hablas?

—Sé quién mató a mi hermano.

—¡Se ha jodido la cabeza! —exclamó

Obito.

—¿Quién? —preguntó Naruto.

—Tucker. La chica, Izumi, es su hermana —respondió Sasuke casi sin voz.

Naruto se quedó de piedra. Necesitó un segundo para que la idea calara en su mente. Su cerebro se
puso en marcha a una velocidad endemoniada.

—¿Él te ha hecho esto?

Sasuke tragó saliva antes de contestar.

—Él y otros dos.

—¡Será hijo de puta! Vale —replicó Naruto, con la respiración acelerada—. Neji, busca una silla de
ruedas. Obito, ve a por el coche y espéranos en la salida.

Neji abrió la boca para protestar.

—¡Haced lo que os digo! —les ordenó. Rodeó la cama y se inclinó sobre Sasuke para asirle la espalda
con los brazos y ayudarle a levantarse—. Venga, chico, nos largamos de aquí.
43

Sasuke abrió los ojos y se quedó mirando el techo de la habitación. Apoyó las manos en el
colchón y trató de moverse hacia arriba. El dolor que le recorrió el cuerpo casi lo sumió de nuevo en
la inconsciencia. Su respiración se convirtió en un jadeo agónico, pero intentó concentrarse en las
inspiraciones para recuperar el control. Hizo inventario del estado de su cuerpo. No necesitaba verse
para saber que estaba hecho papilla. Incluso ese parecía un diagnóstico demasiado bueno.

Apretó los labios y se movió hasta que logró sentarse. Sacó las piernas fuera de la cama. Todo le
dio vueltas y las náuseas ascendieron desde su estómago hasta la garganta. Tuvo que obligarse a
no vomitar. En la mesita vio un par de antiinflamatorios y un bote con analgésicos. Los tragó como
si estuviera comiendo caramelos. Cerró los ojos, respiró profundamente e hizo una mueca de dolor
al ponerse de pie. Apoyándose en la pared, logró arrastrarse hasta el baño.

El espejo le devolvió una imagen que parecía sacada de una película de terror. Estaba tan pálido
como un cadáver, al menos en las pocas partes en las que podía apreciar la piel intacta. Se levantó
la camiseta y examinó su torso. Lo habían machacado sin compasión. Era un milagro que continuara
vivo.

Se quitó la ropa y logró meterse en la ducha. El agua caliente, al impactar contra su piel, tuvo el
efecto de un millón de agujas clavándose en él. Manipuló los mandos hasta que salió fría. Se apoyó
contra la pared y dejó que le desentumeciera los músculos. Poco a poco su mente empezó a
despejarse de la niebla que la embotaba, y un único pensamiento la ocupó: iba a matar a Sai Tucker.

El tipo era un psicópata demente con complejo de Dios, que había asesinado a Itachi después de
torturarlo; y su desequilibrada estupidez le había llevado a intentar lo mismo con él. No había vuelta
atrás; costara lo que costara, aunque eso supusiera sacrificar todo lo que le importaba, iba a vengar
la muerte de su

hermano.

Envolvió sus caderas con una toalla y se acercó al lavamanos, con serios problemas para mantener
el equilibrio. Clavó la mirada en el espejo.

—Voy a matarlo... Voy a matarlos a todos —susurró con los dientes apretados.

Sus ojos descendieron hasta el tatuaje que le cubría parte del pecho y se detuvieron sobre él. Un
dolor agudo, que nada tenía que ver con el sufrimiento físico que sentía, le atravesó el alma. Iba a
perder a la única persona que lograba que su vida tuviera sentido. Una chica preciosa con un interior
aún más hermoso, que había elegido quererle pese a saber quién y qué era.

Pero había tomado una decisión y no pensaba dar marcha atrás. A fin y al cabo, terminaría por
perderla de todos modos; solo era cuestión de tiempo que fastidiara lo que tenían, fuera lo que
fuera. No era bueno para ella, nunca lo había sido. En el fondo le estaba haciendo un favor, porque
iba a eliminar de su vida sus dos mayores problemas: Sai y él mismo.

Regresó a la habitación y tomó el teléfono móvil que Naruto había recuperado de sus cosas. Un
mensaje y la dejaría libre.

Sasuke:
Te prometí que encontraría la fórmula para que lo nuestro funcionara. Lo siento, no hay fórmula
alguna. Jamás funcionará. Tú y yo no tenemos futuro, nunca lo hemos tenido. Ahora lo sé.

Nunca quise hacerte daño, Sak.

Cuídate.

—Deberías imprimirlo y ponerlo en la pared. Así podrías verlo al despertar, al acostarte, lanzarle
dardos, montar un altar en plan psicópata obsesiva... —dijo Temary.

Estaba tumbada en la cama de Sakura, mientras lanzaba una bola de papel hacia el techo y volvía
a atraparla.

Sakura la miró de reojo. Apretó el teléfono que sostenía en la mano y lo lanzó contra la alfombra.
La pantalla con el mensaje parpadeó un par de veces antes de apagarse.

—O también podrías estrellar tu teléfono. Es menos sutil pero mucho más efectivo — añadió Temary.

Sakura se puso de pie y comenzó a

caminar por la habitación como un león enjaulado. La frustración que sentía le había robado el sueño
y hacía que no pudiera estar quieta. Habían pasado diez días desde que Sasuke tuvo el accidente.
Diez días desde que desapareció sin ni siquiera despedirse. Tres días después de que se largara le
había llegado el mensaje: escueto, directo y demoledor. Lo había leído como un centenar de veces,
puede que más.

No había derramado ni una lágrima, y no por falta de ganas. Necesitaba ese desahogo casi tanto
como respirar, pero no podía. Llorar significaba que aceptaba la ruptura, que se resignaba; y no
pensaba hacer ninguna de las dos cosas.

Quería explicaciones, necesitaba respuestas. Un Sasuke medio muerto se había evaporado del
hospital sin el permiso de los médicos. Según sus amigos, él y su madre habían tomado un avión
hasta Santa Fe, de donde no tenía intención de volver. Y hablando de amigos, Naruto, Obito y todos
los demás también estaban desaparecidos. Naruto se pasaba el día en el taller; Obito y Kim en el
gimnasio; Neji y Tente habían salido del pueblo. Todos aseguraban no tener noticias de Sasuke. Él
quería que le dejaran tranquilo y ellos lo respetaban.

—Es que no lo entiendo, Temary. No logro entenderlo. Podía verlo en sus ojos cuando me miraba,
yo... yo le importaba. Quería tanto como yo que lo nuestro funcionara — dijo en tono desesperado.

Temary asintió muy seria.

—Estoy segura de eso, cielo. Mientras

duró lo creía de verdad, pero en algún momento eso cambió.

—¿En horas? —preguntó Sakura, escéptica.

—En unas horas pueden pasar muchas cosas. Eric recibió una carta y todo se acabó, había algo que
le importaba más que yo. Siempre lo supe y no me pilló por sorpresa. Puede que haya ocurrido lo
mismo con Sasuke. Quizá, si te paras a pensar, los indicios estaban ahí y no los veías.
Sakura cerró los ojos un instante. Si Temary pretendía darle ánimos, estaba haciéndolo francamente
mal. Resopló y volvió a derrumbarse sobre la cama.

—Vale, pues al menos que me lo diga a la cara, ¿no? —El desafío se reflejó en sus ojos—. Después
de todo, creo que es lo mínimo que merezco.

Temary se incorporó sobre un codo y contempló a Sakura. Su expresión le dio mala espina.

—¿En qué estás pensando?

Sakura se puso de pie con decisión. Fue hasta el armario y sacó su bolsa de viaje.

—Me voy a Santa Fe en el primer avión que encuentre —aseguró.

Se acercó a la cómoda y tomó de uno de los cajones un estuche de metal cerrado con llave. Lo abrió
y sacó una tarjeta de débito.

—Papá me dijo que solo era para emergencias, ¿cuánto crees que costará un billete a Santa Fe?

—¿Lo dices en serio?

—¿Crees que bromeo? —preguntó a su vez Sakura con los ojos entornados.

Temary la estudió un instante. Suspiró resignada.

—No, creo que no.

Tres horas después, Sakura hacía cola para facturar su maleta. Temary la había acompañado al
aeropuerto y esperaba a su lado con mala cara. Su amiga no estaba de acuerdo con aquel precipitado
viaje, pero eran como hermanas y sabía que la apoyaría hasta el final.

—¿Estás bien? —preguntó Temary.

Sakura asintió mientras se ponía de puntillas para ver cuántas personas había delante de ella.

—Sí, solo un poco nerviosa —confesó en voz baja.

—No tienes por qué hacerlo.

—Sabes que debo hacerlo —replicó

Sakura con voz suplicante.

El teléfono de Temary sonó. Ella le echó un vistazo a la pantalla y una sonrisa sugerente se le dibujó
en la cara. El responsable de esa sonrisa medía un metro ochenta, tenía los ojos verdes y el pelo del
color del bronce. Temary respondió a través de los auriculares.

—¿Qué tal, bombón? ¡Cuánto tiempo!

—Sí, bueno... últimamente estoy un poco liado. Solo te llamaba para saber cómo estás —dijo Naruto
al otro lado.

—De maravilla, como siempre — respondió ella.


—Bien. Esto... Quería decirte que... Lo que pasó entre nosotros estuvo muy bien y... Bueno, no...
no quiero que pienses que paso de ti ni nada de eso. No soy de los que dejan de llamar a una chica
después de hacerlo. Ya sabes a qué me refiero.

—Me encanta cuando te pones nervioso

—dijo Temary con voz coqueta—. Lo que pasó estuvo bien, y no debes preocuparte. Ya sé que no
eres de los que aparecen con flores a la mañana siguiente. Que no volvieras a llamar también era
una posibilidad con la que contaba.

—Vale, me alegro de aclararlo. Pero lo cierto es que... —Naruto hizo una pausa—, sí que me gustaría
volver a llamarte y quedar para tomar algo. Estaré perdido unos días, pero cuando solucione mis
líos, me gustaría llamarte.

—Claro, cuando quieras.

Una voz anunció el próximo vuelo a través de megafonía.

—¿Estás en el aeropuerto? ¿Vas a alguna parte?—preguntó Naruto, desconcertado.

—No, yo no. Es Sakura. Va a Santa Fe a buscar a Sasuke. Así que estaría bien que me dieras
alguna dirección útil para que la chica no acabe secuestrada por esas calles de Dios. O un número
de teléfono, eso también serviría.

—¿Que va adónde? ¡Joder, mierda! No dejes que coja ese vuelo y tráela de vuelta.

—Escucha, Naruto, ella quiere hablar con él. Quizá para tu amiguito lo de pasar página sea algo fácil,
pero Saku le quiere y para ella un mensaje no es suficiente. La apoyo en esto — empezó a explicar
Temary a la defensiva.

Sacudió la cabeza ante la expresión interrogante de Sakura.

—¡Sasuke no está en Santa Fe, pero todos deben creer que sí! —aclaró Naruto. Parecía como si
hubieran tenido que arrancarle las palabras con un cuchillo.

—¿Qué? ¿Cómo que no está allí? Pero si todos vosotros... ¡Naruto, esto apesta!

—Escúchame. Coge a Sakura y volved a casa. Os estaré esperando. Y... ¡joder, no habléis de esto
con nadie!

Sakura se despidió de Temary y subió a la camioneta de Naruto. El chico estaba tan tenso que
rechinaba los dientes sin darse cuenta. No había dicho ni una palabra, negándose a dar cualquier
explicación delante de Temary. A ella no le había sentado bien. Puso el vehículo en marcha y se
dirigió al noreste

sin mirarla ni una sola vez.

—¿Adónde vamos? —quiso saber Sakura sin esforzarse en ser amable.

—Cerca de Beaufort.

—¿Él está allí? —preguntó con el corazón en un puño. Naruto asintió una sola vez—.
¿Sabe que voy?

Naruto negó con la cabeza y su pecho se infló con una profunda inspiración. Sus ojos volaron al
espejo retrovisor, atento a los coches que circulaban tras él. Ella comenzó a mosquearse.

—¿Por qué actúas como si te estuvieran siguiendo?

—Porque puede que me estén siguiendo —contestó él, mirándola de soslayo.

—¿De qué va todo esto, Naru? —Su voz sonó a súplica.

Naruto dio un volantazo y tomó la salida que estaban a punto de dejar atrás. Circuló unas decenas
de metros y aparcó en el arcén. Se bajó del coche. Alzó la cabeza y se pellizcó el caballete de la
nariz con los dedos. Sakura lo siguió afuera sin quitarle los ojos de encima.

—Sasuke es una de las personas más importantes de mi vida, ¿lo entiendes? — dijo él en tono
acerado mientras contemplaba el horizonte. Se le tensaron los hombros cuando se giró hacia ella—
. No me arrepiento de estar participando en esta historia. Ninguno de nosotros se arrepiente, así
que puedes ahorrarte los reproches. Voy a contarte lo que ocurre. No quiero preguntas, y me da
igual si lo entiendes o no. Es la verdad y punto. ¿De acuerdo?

Sakura dio un paso atrás y se abrazó los codos. Nunca había visto a Naruto en ese estado. Asintió
de forma compulsiva. Él continuó:

—Y si te lo cuento es porque no soy tan cruel como para dejar que te plantes en Santa Fe sabiendo
que él no está allí.

—Vale —susurró—. Pero vas a llevarme hasta él, ¿verdad?

—Sí, y no porque quiera. Algo me dice que tú y la loca de tu amiga no os quedaréis en casa de
brazos cruzados. —Suspiró—. Cuando Sasuke te vea aparecer, querrá matarme. Me dejó muy claro
que lo vuestro se había terminado por el bien de los dos. No quiere ni oír tu nombre.

Para Sakura sus palabras fueron como un puñetazo en el estómago. El orgullo casi

le hizo darse la vuelta y marcharse a casa. Que les dieran a todos, sobre todo a Sasuke. Pero no
podía. Necesitaba verle, averiguar de qué iba todo aquello, pero sobre todo verle.

—Lo entiendo —musitó.

—¿Tú sabías que Izumi Tucker salía con Itachi?

Sakura dio un respingo y cambió de posición para poder verle el rostro.

—¿Qué? —inquirió, boquiabierta.

—Ya veo que no. —Naruto soltó el aire de sus pulmones por la nariz—. Vale, ahí va la historia.

Naruto empezó a contarle todo lo ocurrido desde que Sasuke descubrió a Izumi en el hospital y
comenzó a sospechar sobre las causas de la muerte de su hermano. Ella escuchó sin interrumpirle
ni una sola vez. La historia tomó forma dentro de su mente y poco a poco fue asimilando lo que le
estaba contando, incapaz de creer que una sola palabra pudiera ser cierta.
Cuando Naruto terminó su relato, Sakura no podía respirar, no podía pensar con claridad y ni siquiera
era capaz hablar. Estaba demasiado asustada e impresionada como para moverse. Le dolía el pecho,
y se percató de que había empezado a llorar sin darse cuenta.

—¿Estas bien? —se preocupó Naruto.

Sakura hizo un gesto negativo con la cabeza. Iba a vomitar. Se llevó una mano a la boca y se apartó
en busca de aire. Inspiró hondo y se secó las lágrimas que humedecían sus mejillas. Jamás habría
podido imaginar nada tan horrible, y lo peor de todo era que creía cada palabra.

Sai era un perturbado mental con un complejo de Dios sin límites, tenía que serlo, porque alguien
en su sano juicio no podía hacer las cosas que él había hecho sin ningún tipo de remordimiento. Y si
no lo era... Ay señor, ¿qué clase de persona podía ser tan inhumana y cruel? Había asesinado a
Itachi y coaccionado a Izumi para que no hablara. ¡Izumi, pobre Izumi! Ahora entendía el cambio
que había sufrido en los últimas semanas, sus problemas... ¿Qué le habría hecho Sai para convertirla
en el cuerpo sin vida que ahora era? Y no solo eso. Había intentado lo mismo con Sasuke y casi lo
había conseguido.

—No hay forma de demostrarlo y está

claro que el hijo de puta y sus amiguitos son capaces de cualquier cosa. A Sasuke no le ha quedado
más remedio que desaparecer, para recuperarse y... para protegernos a nosotros, a su madre, y
también a ti —explicó Naruto. Clavó sus ojos en ella—. Así que no puedes decirle nada de esto a
nadie, ¿lo entiendes? No ha pasado nada. Para ti, Sasuke sufrió un accidente, se marchó a Santa Fe
con su madre y ahí acaba la historia. —La tomó por los hombros—. Esto es importante, Sakura. No
hablarás con nadie de esto, como si nada hubiera pasado. Aunque creas que puedes hacer algo,
confiar en alguien, no puedes, porque lo único que conseguirás es que lo maten.

A Sakura le costó encontrar su propia voz para contestar.

—No te preocupes, no diré nada. Pero ¿cómo sabes que Sai no irá tras él, que no tratará de buscarlo
y acabar lo que empezó?

—No lo sabemos, pero ha pasado más de una semana y sigue haciendo su vida como si nada. Se
hace ver de vez en cuando, supongo que para recordarnos que debemos mantener la boca cerrada.
Debe de estar convencido de que es intocable. Creerá que Sasuke ha salido corriendo y que nosotros
le tememos. Y tiene que creer que todo eso es verdad.

—¿Y lo es? ¿Es verdad que Sasuke ha salido huyendo?

Naruto esbozó una sonrisa cínica.

—No, Sasuke no es de los que huyen. Si da un paso atrás, solo es para coger impulso. Lo conozco
demasiado bien —repuso, sin poder disimular su inquietud.

—¿Y qué piensa hacer? —preguntó Sakura con el pánico atenazándole la garganta.

—Recuperarse —respondió el chico mientras se pasaba una mano por la nuca.

—¿Y cuando se recupere?

—No lo sé. No me lo ha dicho. Lo cierto es que no habla mucho desde el día del accidente —contestó
Naruto con la mirada perdida. Suspiró y cogió el cigarrillo que llevaba sobre la oreja. Lo prendió y le
dio una larga calada—. Ahora que lo sabes todo, lo inteligente sería que volvieras a casa y te
olvidaras del tema. No me pidas que te lleve a verlo, él no quiere.

—Si no me llevas a verle, patearé cada metro de Beaufort y alrededores hasta encontrarle. Entiendo
que se haya escondido como lo ha hecho, pero no entiendo que me haya dejado, y menos a través
de un mensaje. No ha confiado en mí, me ha echado de su vida, y quiero que me diga por qué.

Naruto se encogió de hombros con aire de resignación.

—Lo imaginaba. Sube, estaremos allí en un par de horas.


44

Durante las dos horas que duró el viaje hasta Beaufort, ninguno de los dos dijo nada. Naruto estaba
convencido de que Sasuke iba a cabrearse mucho con él cuando le viera aparecer con Sakura. Sabía
que las razones de su amigo para alejarse de ella del modo que lo había hecho eran completamente
válidas, pero la chica se merecía algo más que un mensaje. Sin embargo, era algo más complicado
lo que animaba a Naruto a ir en contra de los deseos de Sasuke. Su instinto no paraba de lanzarle
avisos de peligro respecto a su amigo, y Sakura era la única con poder suficiente

sobre él como para desbaratar cualquier locura que se le estuviera pasando por la cabeza.

Llegaron a Beaufort a mediodía.

—¿Y por qué aquí? —preguntó ella mientras contemplaba el mar que bordeaba la costa salpicada
de pequeños muelles.

Naruto se encogió de hombros.

—Los abuelos de Neji eran de aquí. Él heredó la casa al morir su madre. Al principio pensamos
esconderlo en el barco y navegar mar adentro, pero Sasuke apenas podía respirar sin ver las
estrellas. Así que este nos pareció el mejor sitio. ¿Quién pensaría en buscarlo aquí?

Ella giró la cabeza de golpe.

—¿No podía respirar? ¿Hay algo que deba saber? ¿Está... está bien?
Todo lo bien que puede estar alguien después de que le den una paliza salvaje. Hace días que
no le veo, pero Neji dice que se recupera rápido —respondió Naruto en voz baja.

Aminoró la velocidad y acabó por detenerse frente a una casa de paredes blancas y tejado gris,
rodeada por una valla de madera también blanca. Apagó el motor y sacó la llave del contacto. Clavó
los ojos en la casa y un tic contrajo su mandíbula. Miró a Sakura y le dedicó una sonrisa tensa.

—¿Lista?

Sakura asintió y bajó de la camioneta con los nervios estrujándole el estómago. No sabía qué iba a
decirle a Sasuke cuando lo tuviera delante. Estaba dolida y asustada por los últimos acontecimientos
y, a pesar de todo, seguía sin entender por qué la había dejado. O quizá sí y esa idea la aterraba
aún más.

La puerta se abrió de golpe y Neji apareció vistiendo tan solo unos pantalones cortos.

—Dime que has traído más analgési... — Las palabras se atascaron en su boca. Sus ojos se abrieron
como platos e inmediatamente se entornaron al clavarlos en Naruto—. Menudo día has elegido para
las visitas. Está de un humor de perros.

—Hola, Neji —dijo Sakura yendo a su encuentro.

—Hola, preciosa.

Abrió los brazos y la estrechó con un ligero vaivén.

—¿Dónde está? —preguntó Naruto.

Entra y compruébalo tú mismo. Yo os espero aquí.

Naruto tomó aire y entró en la casa con Sakura pisándole los talones. Cruzó el salón y se dirigió a
la cocina. La puerta estaba abierta y el sonido de una respiración apurada llegó hasta ellos.

Sasuke, vestido tan solo con unas bermudas marrones, se balanceaba de espaldas a ellos colgando
de una de las vigas del porche. Con las piernas cruzadas a la altura de los tNarullos, subía y bajaba
haciendo flexiones con los brazos. Cada uno de sus músculos se tensaba bajo su piel cubierta por
una película de sudor. Las partes visibles de su cuerpo parecían un mapa de cardenales que iban
desde un tono verdoso azulado hasta el amarillo. Tenía dos cortes, uno en el costado y otro al final
de la espalda, que ya estaban cicatrizando.

Sakura se llevó las manos a la boca para ahogar un gemido. No quería imaginar el aspecto que
habría tenido la noche del accidente si ahora estaba así. Contuvo el deseo de correr y abrazarlo,
recordándose que él no se iba a alegrar de verla.

—¡Eh! —dijo Naruto.

Sasuke aterrizó en el suelo y se dio la vuelta. Una sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios, que
desapareció inmediatamente al ver a Sakura tras él. Por un momento su rostro adoptó una
expresión vulnerable, pero se recompuso de inmediato y apretó los dientes.

—Vaya, te veo bien —continuó Naruto—. Ni siquiera esperaba encontrarte levantado. ¿Qué coño
estás haciendo, Naru? Lo dejé muy claro —masculló sin mirar a Sakura.
Entró en la cocina y pasó junto a ellos golpeando con su hombro el de Naruto. Cogió una botella de
agua del frigorífico y un bote de analgésicos de uno de los armarios. Se echó dos a la boca y los
tragó con un sorbo de agua después de masticarlos. Estaba a punto de darle un infarto. Su corazón
latía a un ritmo endemoniado que le embotaba los oídos.

Llevaba diez días mentalizándose de que se había acabado, que ella era historia. Solo pensar en
Sakura le dolía como si le atravesaran el pecho con un cuchillo y después lo retorcieran en su
interior. Verla, tenerla delante a solo unos pasos de distancia, oliendo su perfume, viendo su

boca fruncida por una mueca airada, multiplicaba ese dolor por mil. ¡Joder, estaba a punto de caer
de rodillas delante de ella y echarse a llorar como un bebé!

—La paré en el aeropuerto a punto de coger un avión a Santa Fe. Iba sola a buscarte, ¿qué querías
que hiciera? ¿Que la dejara ir? Tengo una cosa que se llama conciencia —explicó Naruto sin asomo
de culpa.

Sasuke les dio la espalda para que no vieran que estaba demasiado afectado. «¿A Santa Fe?»,
pensó con un vuelco en el estómago. Ella iba a buscarlo; después de todo, iba a recorrer miles de
kilómetros solo para verle. Se pasó las manos por la cara y pensó en Itachi, en Tucker y en lo que
había planeado. Ella estaba fuera del círculo.

Pues tu conciencia y tú deberías haber hecho cualquier cosa menos traerla aquí — replicó
Sasuke.

—¡Y una mierda!

—No es asunto tuyo —bramó Sasuke enfurecido.

—No, es tuyo, así que arréglalo de una vez —gritó Naruto.

—¿Queréis dejar de hablar como si yo no estuviera aquí? —les espetó Sakura—. Naru, ¿te
importaría dejarnos a solas?

—Encantado —dijo el chico en tono mordaz, mientras daba media vuelta y salía de la cocina a toda
pastilla.

Sasuke no pensaba quedarse allí. Se dirigió a la puerta, pero ella le cortó el paso. Estaba muy
enfadada y solo tenía ganas de abofetearlo, pero trató de calmarse por el bien de los dos. Intentar
razonar con él era más sensato que iniciar una guerra de acusaciones. Hizo acopio de paciencia y
dominio de sí misma, aunque era difícil mantenerlo cada vez que reparaba en las marcas y heridas
de su torso y brazos. Su hermosa cara no estaba mucho mejor.

—Lo sé todo —empezó a decir con voz vacilante—. Lo de Itachi y Izumi. Lo de Sai y los accidentes.
Ni siquiera puedo imaginar cómo te sientes, pero de ahí a dejarme... y la forma en la que lo has
hecho. No logro entenderlo. Hablábamos de tener un futuro juntos, eso implica muchas cosas, entre
ellas apoyarnos en los malos momentos. Pero tú me has apartado sin más, como si nunca te
hubiera importado. Sasuke, sé que estás enfadado, dolido. ¡Casi te
matan! Pero déjame que te ayude a superar esto, juntos podemos encontrar la forma de que Sai
pague por todo lo que ha hecho. Seguiré tus reglas, no haré ni diré nada, pero no me apartes de tu
lado.

Sasuke negó con la cabeza y guardó silencio.

—¿Ni siquiera vas a mirarme? —preguntó ella, buscando sus ojos con desesperación.

Hubo un largo silencio durante el cual ninguno se movió.

—Hablas como si se tratara de ti. No lo entiendes, tú ya no formas parte de lo que quiero. —Sasuke
respiró hondo y la miró a los ojos por primera vez desde que había llegado—. Si hubiera creído que
tenía que darte alguna explicación o decirte algo más, lo habría hecho. Pero no había nada más que
decir.

No apartó la vista de ella en ningún momento. La tensión se le reflejaba en la espalda y se pasó una
mano por la nuca.

Sakura se puso roja, notaba un fuerte calor en las mejillas y en el cuello. La frialdad de Sasuke era
peor que recibir una bofetada en plena cara. Sabía que estaba a punto de ponerse a llorar, pero no
iba a hacerlo.

—Ahora, por el bien de todos, márchate y olvida estas semanas —añadió él.

—¿Qué? —exclamó Sakura sin dar crédito.

Sasuke se dio la vuelta y se frotó las mejillas. Se acercó a la puerta y contempló el mar.

—Ya me has oído. Vete.

Sakura soltó una risita incrédula.

—No puedes estar hablando en serio.

Después de todo lo que hemos pasado no…

De repente, Sasuke se volvió hacia ella, sus ojos centelleaban. Cabreado, la empujó hacia la salida.

—¿Acaso estás sorda? —dijo en tono grave y airado—. Que te largues. Quiero que desaparezcas de
una puta vez.

La bofetada los cogió a los dos por sorpresa. Sakura no pensó en lo que hacía, solo sentía rabia y
esta fue la que le golpeó la mejilla. Sasuke notó cómo la piel empezaba a arderle. Bien, se lo merecía,
eso y mucho más; pero no pensaba echarse atrás. Tomó aire para armarse de valor y herirla para
obligarla a que se fuera. Apartó la vista, si la miraba no podría.

—Márchate, vete, puerta... —repitió alzando la voz—. ¿Lo captas ya? No quiero que estés aquí, no
quiero verte. Quiero que te largues...

Su cabeza se sacudió con otra bofetada, esta vez en la otra mejilla. Vio un odio puro brillando en sus
ojos grises normalmente dulces, y ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando ella se le echó encima
y lo empujó en el pecho con las manos abiertas. El sonido del golpe contra la piel restalló en la cocina.
—¿Que me largue? —soltó Sakura, con tanta rabia que apenas podía respirar. Con una mano lo volvió
a empujar mientras con la otra trataba de golpearlo de nuevo—.

¿Que me vaya? ¿Eso es lo que quieres, que me olvide de ti? ¿Que me olvide de lo que

hay entre nosotros? —No cesó en su empeño por pegarle, mientras le soltaba todo lo que se le
pasaba por la cabeza, dejando salir la agonía que había sufrido desde que él se marchó—. ¡Eres un
capullo y un egoísta! ¡No estás solo en esto! ¿Es que no lo entiendes?

¡No estás solo, pedazo de idiota! —Sasuke paraba cada golpe sin esfuerzo, pero no hacía nada por
detenerla—. ¿De verdad crees que vas a estar mejor sin mí? ¿De verdad quieres que olvide todo lo
que ha pasado? ¿Que olvide sin más que te quiero?

¡Porque te quiero! No te lo mereces, pero te quiero —le gritó con el rostro bañado de lágrimas,
alcanzándolo en el pecho una vez tras otra con los puños apretados.

Sasuke no pudo soportarlo más. La agarró por las muñecas, pero eso no evitó que tratara de alejarlo
a empujones. La sujetó más fuerte y ella forcejeó con todo su cuerpo. No le quedó más remedio que
inmovilizarla contra la encimera para que no se hiciera daño.

—Basta, para... —susurró él.

Se miraron a los ojos, rebosantes de dolor y pasión. Jadeaban, respirando el uno el aliento del otro.
Allí donde sus cuerpos estaban en contacto, la piel les ardía. Los labios de Sakura temblaron con un
suspiro entrecortado, y la mirada de él descendió hasta ese punto. Una décima de segundo después
la boca de Sasuke estaba sobre la de ella.

Sasuke dejó de respirar y de su garganta escapó un gruñido. Mientras la besaba solo podía pensar
que no debía hacerlo, que

debía apartarse y sacarla de allí. Pero Sakura era su debilidad, y la había echado tanto de menos.
Ahora su tacto lo estremecía y su olor lo envolvía como si de una manta caliente y suave se tratara.
Y él tenía tanto frío.

Sakura respondió a su beso y separó los labios para dejarle entrar. El sabor salado de sus lágrimas
se mezcló con el de la saliva dulce. Pegó su cuerpo al de él, eliminando el minúsculo espacio que
los separaba. Le acarició la boca con los labios y lo mordió, le clavó los dientes en la piel carnosa.
Sasuke gimió con el suave castigo y el sonido reverberó en el interior de su pecho. La rabia, la ira…,
todo desapareció, y solo quedó el deseo. Un deseo primario, instintivo, que no dejaba lugar al

entendimiento.

Sin palabras, la empujó aplastándola contra la nevera. Le bajó la cremallera de sus tejanos cortos
y metió la mano entre la tela y sus bragas. Ella se apretó contra esa mano y gimió. Adoraba ese
sonido. Deslizó la otra mano por su trasero hasta el muslo y tiró de su pierna para enlazarla a su
cadera. Su cuerpo excitado se apretó contra el de ella.

La levantó del suelo. Sus costillas protestaron, pero no les prestó atención. Sakura le rodeó con las
piernas y lo atrajo hacia ella con la espalda arqueada contra la fría superficie. Sasuke le coló las
manos por debajo de la camiseta y le acarició la piel hasta la curva de los pechos. Los cubrió sobre
el sujetador. El corazón le latía

deprisa y su velocidad aumentó cuando ella comenzó a gemir, diciéndole lo que quería con sus
quejidos y contoneos. Se movió con ella entre los brazos, sin dejar de besarla. Logró llegar al pasillo
y lo cruzó a trompicones, chocándose con las paredes. Tiraron una lámpara que reposaba sobre una
consola. Ni siquiera se percataron del estruendo.

Empujaron la puerta y se precipitaron en el interior del dormitorio. Sasuke la cerró a tientas con el
pie. La soltó y comenzó a desnudarla, mientras ella hacía otro tanto con sus pantalones. Las manos
de la chica le acariciaron los abdominales y ascendieron por su pecho. La abrazó de nuevo, sin dejar
de explorarla con caricias hambrientas con las que le recorrió la espalda hasta el

trasero. Cayeron sobre la cama con los brazos y las piernas enredados. Sus caderas se tocaban.

Sakura tomó el control. Lo empujó, logrando así que quedara de espaldas contra las sábanas, y se
colocó a horcajadas sobre él. Se inclinó sobre su pecho y lo besó, mientras sus piernas lo ceñían con
el corazón a punto de explotar. Sasuke la hizo girar y se acomodó sobre ella, sujetándole los brazos
por encima de la cabeza.

—Dios, estar dentro de ti es mi cielo — susurró en su oído con una dolorosa mezcla de deseo y furia.

—No voy a perdonarte —dijo ella sin aliento.

—Lo sé… Siempre lo estropeo, Sak…

Siempre lo fastidio todo. —Sus ojos

intensos y abrasadores no se apartaban de su cara mientras se movía cada vez más rápido.

—Me has hecho daño desapareciendo — sollozó oprimiendo las caderas de él contra las suyas.

—Lo siento —suspiró, apoyando su frente sobre la de ella. Le cogió la pierna por el muslo y la enlazó
a su cadera—. Te deseo tanto. Te necesito tanto.

La besó, acelerando el ritmo del balanceo de su cuerpo sobre ella. ¡Les resultaba tan fácil perderse
el uno en el otro! La miró a los ojos y apartó de su mente el después, porque solo quería pensar en
ese momento. Un pensamiento demasiado egoísta, pero él lo era.

45

Sasuke se levantó de la cama deseando tener más tiempo para estar con Sakura, pero no lo
tenía. Que ella le hubiera encontrado aceleraba sin remedio sus planes. La maldita espera llegaba a
su fin. No tenía ni idea de qué pasaría después, aunque podía imaginarlo. De una forma u otra, su
vida iba a dar un cambio en las próximas horas y no para bien.

Empezó a vestirse sin hacer ruido para no despertarla. Se puso los pantalones y sacó una camiseta
negra de su bolsa. Cogió las llaves del Shelby y se las guardó en el bolsillo de los tejanos. Le había
pedido a

Naruto que se lo trajera unos días antes. Sabía que iba a necesitarlo ahora que su Mustang era un
amasijo de hierros. Guardó la cartera en la bolsa y cerró la cremallera con sigilo, pero no fue
suficiente, porque ella se removió en la cama.

—¿Adónde vas? —preguntó Sakura en voz baja.

—Tengo que irme —respondió él, controlando sus emociones.


—¿Por qué tienes que irte? —Se le encogió el estómago cuando él se dio la vuelta y pudo ver sus
ojos, de nuevo inexpresivos.

Sasuke tomó la bolsa y se la colgó del hombro.

—Eso es asunto mío. Vete a casa y sigue con tu vida, Sak.

Ella pestañeó, confundida. Y se quedó helada cuando vio que se dirigía a la puerta.

—¿Aún quieres que rompamos? Lo que ha pasado esta tarde... Creí que...

Sasuke se giró hacia ella con los labios apretados.

—¿Qué creías? —le espetó de malos modos—. ¿Que por echar un polvo iba a cambiar de opinión
sobre lo nuestro? Pues lo siento, pero no cambia nada —dijo, a sabiendas de que le estaba haciendo
daño.

La expresión de su cara le confirmó que no solo le estaba haciendo daño, la estaba destrozando.

—Un polvo —repitió ella avergonzada mientras se cubría el cuerpo desnudo con la sábana.

Él cerró los ojos y se vino abajo un

instante.

—Lo siento. No quería que sonara así. Pero necesito que entiendas que se acabó. Esto que tenemos,
sea lo que sea, no es bueno para ninguno de los dos. ¡Joder, tenía que haber sido más listo, haber
pasado de ti como me aconsejaban todos!

Sakura se puso de pie con el corazón en un puño.

—¿Qué te pasa, Sasuke? ¿Por qué me tratas de este modo? Tú no eres así.

—¡Por supuesto que soy así, pero tú no quieres verlo! —explotó—. ¡Mierda, Sak, te lo advertí desde
un principio! Soy un caso perdido del que es mejor que no esperes nada.

—No lo eres.

—No tienes ni idea. No me conoces. ¿Quieres saber de qué te estoy hablando? ¿Qué clase de
persona soy? —gritó con ojos centelleantes. Ella asintió temblando de arriba abajo—. Mi hermano y
yo pasábamos casi todo el tiempo encerrados en nuestro cuarto, mi madre nos obligaba a quedarnos
allí sin hacer ruido para que mi padre no se fijara en nosotros. Pero no siempre lo lograba y... ocurrían
cosas. Cuando Itachi tenía cuatro años, mi padre lo obligó a dormir toda una noche en el patio,
completamente solo. Estaba cansado de sus miedos nocturnos y de sus pesadillas, de que se
despertara en medio de la noche y no le dejara dormir. Itachi siempre estaba asustado, siempre
lloraba; le daban miedo los golpes y los gritos, tanto como a mí. Esa noche, mientras le oía llorar
acurrucado bajo

la ventana, me prometí que lo protegería de toda aquella mierda. Yo era el mayor, ¿quién iba a
protegerle si no lo hacía yo? No pude cumplirlo. A la noche siguiente le dio tal paliza que le dislocó
un brazo. Entonces juré que no dejaría que mi padre volviera a tocarle...
A Sakura se le quedó el cuerpo helado ante aquella confesión. Quiso interrumpirlo, protestar. ¿Cómo
iba un niño de seis años a cumplir un juramento así? Él continuó, y su voz adquirió un tono glacial e
insensible.

—Cada vez que mi padre llegaba a casa bebido o colocado, yo escondía a Itachi en un armario. Robé
un reproductor de DVD portátil y varias películas, y durante un tiempo logré mantenerlo a salvo y
ajeno a cuanto pasaba en aquella casa. Después busqué otras formas. Pero a mi madre no podía
esconderla. No importaba cuánto intentaba ella complacerle, hacer las cosas como a él le gustaban.
Nunca era suficiente y siempre encontraba un motivo para insultarla o humillarla.

»Un día, al llegar a casa del colegio, lo encontré intentando ahogarla en la pila de la cocina donde
estaba fregando los platos. No lo pensé, salté sobre él y comencé a golpearle, y por primera vez se
fijó en mí. Me molió a palos, pero funcionó. Así que cada vez que las cosas comenzaban a
desquiciarse, yo hacía algo para llamar su atención y toda su ira se concentraba en mí.

Cerró los ojos un instante. Oía con claridad los sollozos que Sakura trataba de ahogar en su garganta.
Le agradeció en

silencio que no dijera nada y que se mantuviera alejada de él. Odiaba que le compadecieran. Que le
tuvieran lástima era el peor insulto que podía recibir. De golpe, una necesidad imperiosa de
contárselo todo se apoderó de él. Por primera vez en su vida los recuerdos que guardaba solo para
él pesaban demasiado y necesitaba sacarlos. Se aclaró la garganta y continuó hablando.

—Un día me llevó a un local donde me obligó a pegarme con otro chico. Gané la pelea y él un montón
de dinero. Eso le tuvo contento un par de días. Así que, cuando volvió a llevarme allí, yo me esforcé
para ganar de nuevo. Hice mucho daño a otros, más del que puedes imaginar. Después llegaron las
carreras. Me enseñó todo lo que sabía sobre coches, mecánica... y sobre todo a conducir. Y empecé
a ganar esas carreras para él, porque cuando conseguía suficiente pasta, se largaba de casa una
buena temporada y podíamos vivir tranquilos. Pero siempre regresaba a por más. Yo era su maldita
mina de oro, su matón, su ladrón y su saco de boxeo con el que se desahogaba cuando se ponía
violento. Algo que siempre ocurría cuando bebía demasiado o se colocaba. ¡Joder, en un par de
ocasiones no me voló la cabeza de milagro! Durante todos esos años hice cosas horribles, me obligué
a no sentir nada y lo logré. Acabé convirtiéndome en otra persona. Y mientras tanto, también la
cagué por mi cuenta: tomé drogas, me emborraché muchas veces, cometí tantos delitos que podría
empapelar esta habitación con el listado de mis

antecedentes y me tiré a tantas tías que no entiendo cómo no pillé algo o no dejé embarazada a
alguna. No me importaba nada, porque lo único que quería era mantener a salvo a mi madre y a
Itachi.

»Una noche él regresó de uno de sus viajes. Apareció sin avisar. Cuando llegué a casa lo encontré
sobre Itachi golpeándole la cabeza contra el suelo. Algo se rompió dentro de mí. No importaba
cuánto hiciera, cuánto dinero pudiera ganar para él. La pesadilla no terminaría hasta que el monstruo
que vivía en ella desapareciera. Esta vez no me interpuse para llamar su atención. No lo provoqué.
Fui hasta mi cuarto, a por el bate que guardaba bajo la cama. Cuando regresé a la cocina, tenía muy
claro lo que iba a hacer. No actué en defensa

propia, ni ninguna otra mierda como las que alegó el abogado durante el juicio. Quería devolverle
cada golpe, cada hueso roto, cada gota de sangre. ¡Quería matarlo!

—Pero no lo hiciste —susurró Sakura. Apenas podía tenerse en pie. El relato de Sasuke la había ido
desgarrando por dentro. No era capaz de imaginar el infierno que había sido su vida desde que vino
al mundo, su sufrimiento, su miedo. En cierto modo ya conocía la historia gracias a Naruto, pero oírla
de su boca, viendo la expresión desolada de sus ojos, era algo para lo que no estaba preparada. Ni
siquiera se atrevía a preguntar por esas cosas tan horribles que se había visto obligado a hacer.
—No, no lo hice. Mi hermano ya tenía bastante con un monstruo. No necesitaba que yo me convirtiera
en otro, y menos delante de él. Pero aquella noche me rompí por completo; si quedaba algo dentro
de mí que se pudiera salvar, desapareció.

—Cariño, te sientes culpable y es un sentimiento horrible. Yo también me siento culpable. Itachi iba
todas las tardes a casa para recoger a tu madre —empezó a decir Sakura. Se dio cuenta de que
Sasuke contenía la respiración—. Una de esas tardes me encontró en la cocina, a punto de
suicidarme por culpa de los deberes de química. Se sentó a mi lado y me miró. Nunca antes habíamos
hablado, pero una vez empezamos no pudimos parar. Era muy inteligente y divertido, siempre estaba
bromeando. Gracias a él logré subir mi notable a un sobresaliente. En el instituto

apenas coincidíamos. —Tomó aire, temblorosa—. Y si lo hacíamos, él solía fingir que no me había
visto. Con el tiempo me di cuenta de que lo hacía por mí. Si hay algún lugar donde las clases sociales
son como los sacramentos de la Biblia, ese es el instituto — admitió avergonzada.

Toda su vida había jugado a ese juego, lo había permitido. Los populares y los perdedores. Ahora se
avergonzaba de haberse dejado llevar por los prejuicios y por el rebaño de idiotas que establecían
esas normas no escritas. Idiotas como ella. Sasuke continuaba en silencio. Tenso como un bloque de
granito.

—Ese último curso, Izumi también estaba en clase de química y se le daba de pena — continuó
Sakura—. Le hablé de

Itachi y de las clases. Al principio no estaba muy segura, pero una tarde vino hasta casa y les
presenté. Se cayeron bien de inmediato. Nunca sospeché nada. Pasábamos juntos casi todas las
tardes, pero, cuando la clase terminaba, cada uno se iba a su casa y nunca imaginé que entre ellos
hubiera surgido algo. Ahora, cuando pienso en aquellas tardes, me doy cuenta de las miradas, de las
sonrisas, de la complicidad que compartían. —El corazón se le encogió de dolor—. Y no puedo evitar
sentirme culpable. Si yo no les hubiera presentado, quizá Itachi estaría vivo y Izumi... ella no habría
pasado por todo este infierno. Aunque no lo creas, te entiendo. Estás dolido, enfadado, pero no eres
esa persona tan horrible que crees ser.

Las palabras de Sakura albergaban

tanto dolor y culpa, que Sasuke tuvo que resistir la necesidad de acercarse y abrazarla. Si sentía su
cuerpo pegado al suyo, acabaría por mandar sus propósitos al cuerno y lo echaría todo a perder.
Acabaría convirtiendo su vida en un infierno o, peor aún, la arrastraría al suyo.

—No eres malo —insistió ella.

Sasuke sacudió la cabeza y abrió los brazos con un gesto de derrota.

—Sí que lo soy y no voy a cambiar, ni por ti ni por nadie. ¡Métetelo en la cabeza!

—No quiero que cambies —le aseguró Sakura—. Pero creía que querías tener un futuro conmigo, que
querías intentar ser mejor persona por mí. Me prometiste que lo ibas a intentar.

Sasuke se pasó las manos por la cara, ahogando un gemido de frustración. Recordaba cada palabra.
Las había pronunciado durante su primera cita de verdad en aquel restaurante italiano, pero desde
entonces habían cambiado muchas cosas.

—Lo sé. Ahora quiero un montón de cosas que antes no quería, pero no puedo engañarme creyendo
que puedo tenerlas. ¡No puedo! No puedo tener la vida que quiero ni puedo darte la vida que tú
quieres. ¡No puedo tenerte, y mucho menos a partir de hoy! Las cosas van a cambiar.
—¿Qué quieres decir con eso?

Él no contestó, se limitó a sostenerle la mirada. El desafío y la resolución que brillaban en sus ojos
le traspasó el corazón. Y entonces lo supo, lo vio con claridad.

Sabía lo que pretendía hacer y lo que eso suponía. De repente, su empeño en apartarla de él cobró
sentido. Se le rompió el corazón.

—Prométeme que no vas... Sasuke no la dejó terminar.

—No puedo hacerte promesas que no voy a cumplir —dijo con el rostro inexpresivo.

Se dirigió a la puerta. Ella corrió y logró detenerlo por la muñeca.

—No lo hagas. No vayas a por él. Tú no quieres hacerlo, tú no eres así, ¡lo sé!

Él sacudió la cabeza y una risa ahogada cargada de exasperación brotó de su garganta. Sacudió el
brazo para soltarse.

—Lo soy, solo que tú nunca me has visto así. En esta vida solo he aprendido una cosa: tienes que
gritar más fuerte que los demás si quieres que te escuchen, tienes que pegar más fuerte que los
demás si quieres que te respeten, tienes que dar más miedo que los demás si quieres que te teman.
¡Y yo voy a convertirme en su puta pesadilla!

—Sai no merece la pena. Déjame ayudarte —suplicó Sakura—. Tenemos a Izumi, hablaré con ella.

Sasuke se dio la vuelta como si lo hubieran azotado. Pegó su cara a la de ella.

—Ni siquiera lo pienses. No-te-metas — remarcó cada palabra como si las estuviera escupiendo.

—¿Y qué pasa con nosotros?

—Nada, nada de nada. Porque ya no hay un nosotros, ni un tú y yo. ¡Métetelo en la cabeza de una
puñetera vez! ¡Se acabó!

46

Naruto había llevado a Sakura de vuelta a casa. Durante el viaje habían compartido sus
preocupaciones: el temor a que Sasuke hiciera algo irreparable y la necesidad que ambos tenían de
poder ayudarle de algún modo. Naruto se había sentido tan impotente como ella, porque era incapaz
de encontrar una solución al desastre que se estaba gestando.

No podían presentarse ante la policía sin más y decirles que Sasuke Uchiha iba tras el hijo predilecto
de la ciudad para tomarse la justicia por su mano y vengar así la muerte de su hermano. Con su
reputación, tomarían a Sasuke por un loco, lo encerrarían y Sai se iría de rositas. Su única posibilidad
se reducía a obtener las pruebas que pudieran demostrar que el accidente de Itachi había sido un
asesinato, y el de Sasuke un intento fallido de acabar con su vida. Aunque ninguno de los dos sabía
cómo hacerlo.

Sakura se encerró en su habitación con el teléfono apretado contra su pecho. Naruto le había
prometido que la llamaría si había algún cambio. Con un poco de suerte, sus amigos lograrían
encontrar a Sasuke e impedirían que hiciera una tontería de la que se arrepentiría para siempre.
Se derrumbó en la cama completamente abatida y desesperada por poder hacer algo. Pero ¿qué
podía hacer? No había nadie creíble que pudiera contar la verdad, nadie salvo... Izumi. Sakura no
estaba segura de cuánto sabía Izumi ni de cuánto podía haber visto, pero sí estaba segura de que la
chica podía ser la llave que abriera la puerta que necesitaban.

Se dio cuenta de que debía llegar hasta ella, pero no podía hacerlo sola. Necesitaba ayuda. Con el
corazón en un puño, llamó a Temary por teléfono.

—Tengo que contarte algo muy importante —dijo en cuanto su amiga descolgó.

Una hora después, Sakura estacionaba su coche en el aparcamiento del hospital con Temary sentada
a su lado.

—Tienes un aspecto horrible —dijo Temary.

Sakura la miró de reojo mientras entraban en el edificio y cruzaban el

vestíbulo, donde se encontraban los ascensores que conducían a las consultas externas.

—El tuyo no es mejor.

—¡Qué quieres! Aún tengo los pelos de punta con todo lo que me has contado!

—Ya han pasado muchas horas, ¿y si no lo conseguimos? ¿Y si Sai ya está en una cuneta...?

—¿Con la cabeza en el culo? —replicó Temary, deleitándose con la idea—. Espero que no, sería un
fastidio perdérmelo.

Sakura la fulminó con la mirada.

—Es broma, lo siento. Estoy tan nerviosa que digo más disparates de los habituales — se disculpó
Temary—. Mira, Nora me ha dicho que Sai había viajado a Columbia para no sé qué tema de la
universidad.

Conociéndole, se habrá quedado a pasar la noche para tomar algo con sus colegas y tirarse a una
animadora. No está en Port Pleasant.

—Espero que tengas razón. —Sakura soltó un gruñido—. ¿Tienes claro lo que debes hacer?

Temary asintió y sus ojos se iluminaron.

—¡Me siento como si fuera Nikita en una misión para la División!

—Tema, céntrate —replicó Sakura con el ceño fruncido.

—Tranquila, sé lo que tengo que hacer y estoy lista. Entretendré a Sophie el tiempo suficiente para
que puedas hablar con Izumi.

Sakura tomó el ascensor hasta la tercera planta. Al salir al pasillo se le erizó

el pelo de la nuca. Respiró hondo varias veces y se dirigió hacia el ala de psiquiatría. Sabía que Izumi
acudía todas las tardes para recibir terapia tras haber sufrido varias crisis nerviosas. Le habían
diagnosticado trastornos de personalidad. Nunca había entendido cómo, de un día para otro, aquella
chica guapa, inteligente y divertida se había convertido en una persona con problemas de ansiedad,
aislamiento social y fNaruas. Ahora empezaba a hacerse una idea de qué y quién la había empujado
a casi perder el juicio.

¡Dios, si el loco era él!

No tenía ni idea de dónde buscarla, así que optó por preguntarle a una enfermera. La mujer la miró
de arriba abajo con suspicacia, al final no debió encontrar nada sospechoso, porque sonrió y le indicó
una

puerta de cristal. Sakura se apoyó contra la pared del pasillo, frente a la puerta, y esperó.

Se frotó los brazos, cada vez más impaciente. Esperaba que la sesión de Izumi no se alargara mucho
o le iba a dar un infarto. Por momentos, lo único que oía eran los latidos de su corazón resonando
por todo su cuerpo. La puerta se abrió y Izumi apareció seguida de una mujer con el pelo recogido
en un moño a la altura de la nuca y una gafas de pasta de color azul.

—Hola, Izumi —dijo Sakura, esbozando una gran sonrisa—. Tu madre va a retrasarse un poco. Me
ha pedido que te acompañe mientras.

Miró a la doctora a los ojos y su sonrisa de niña buena se ensanchó. La terapeuta, tras

un par de segundos en los que parecía que estaba tomando una decisión vital, le devolvió la sonrisa.
Se inclinó sobre Izumi como si se estuviera dirigiendo a un niño pequeño.

—Izumi, ¿qué te parece, esperas a tu madre con tu amiga? Yo tengo otro paciente y no puedo
quedarme.

Izumi miró de reojo a Sakura y empezó a retorcerse los dedos. Al final asintió. En cuanto la puerta
se hubo cerrado, Sakura se apresuró a rodear con los brazos los hombros de la chica y la guió por el
pasillo, fuera del ala del psiquiatría en dirección a la zona de trauma.

—¿Qué te parece si buscamos un sitio tranquilo para esperar a tu madre? —sugirió en tono
despreocupado—. Pero si no te importa, primero quiero ver cómo está una amiga. La pobrecita sufrió
un accidente hace un par de semanas.

No aflojó el paso hasta que llegó a la habitación donde aún estaba ingresada Karin. Empujó la puerta
y literalmente arrastró dentro a Izumi. Aquel era el único lugar en el que pensó que podrían hablar
sin sobresaltos.

—No... no creo... no creo que sea... buena idea —tartamudeó Izumi, cada vez más nerviosa—.
Esperaré... esperaré... esperaré a mi madre fuera.

Sakura le cortó el paso y bloqueó con su cuerpo la salida.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Karin, que acababa de salir del baño. Miró a las dos chicas, esperando
a que alguna

contestara.

Sakura solo le dedicó una mirada ansiosa y volvió a clavar los ojos en Izumi. Intentó no dejarse
impresionar por su aspecto desvalido. ¡Madre mía, nunca la había visto tan mal! Pero no podía dejar
que la conmoviera. Tenía que hacerlo.
—Lo siento, Izumi, pero tú y yo tenemos que hablar de tu hermano, de Itachi, y de lo que puede
pasar si no me ayudas.

Los ojos de Izumi se abrieron como platos. De repente se derrumbó en el suelo y se hizo un ovillo
mientras comenzaba a mecerse de delante hacia atrás como un tentetieso. Se cubrió los oídos y
empezó a gemir. Sakura se arrodilló a su lado y le acarició el pelo rubio, demasiado seco y
estropeado.

—Izumi, cariño. Solo tú puedes ayudarme a parar a Sai. Sé lo de Itachi, y sé que intentó hacer lo
mismo con Sasuke...

—¿Qué? —graznó Karin tras ellas—. ¿Qué le ha ocurrido a Sasuke? ¿Y qué pasa con Sai?

—Nada, ahora está bien —respondió Sakura.

—¿Y qué significa ahora? ¿Cómo estaba antes? Niñata, espero por tu bien...

—Cierra el pico y escucha, Kari. Es posible que así puedas enterarte de lo que pasa. Sasuke tenía
razón en todo, ¿entiendes? —le espetó en tono airado, y añadió con más calma—: Confía en mí, por
favor.

Karin apretó los dientes y guardó silencio. Sakura centró su atención en Izumi, que tarareaba con
voz de pito una

melodía desafinada. ¡Ay, señor, estaba como una regadera! Pero en una situación como esta, de
nada servía andarse con rodeos.

—Izumi, tienes que ayudarme. Si no hacemos algo van a pasar cosas muy malas.

—Le tomó el rostro entre las manos y la obligó a mirarla—. Te prometo que no dejaré que te hagan
daño, pero tenemos que parar esta locura. —La chica se enderezó y negó con la cabeza. Sus ojos
desquiciados volaron hasta Karin. Sakura suspiró—. Escúchame, por favor. Se llama Karin, es una
buena chica, es mi amiga. ¿Quieres que te cuente por qué está aquí? Hace un tiempo ella y Sai
estuvieron juntos, se quedó embarazada...

Los ojos de Izumi se abrieron como platos. Se quedó mirando fijamente el vientre de la chica y, por
un momento, su expresión se suavizó. Le gustaban los niños. Sakura se dio cuenta de lo que podía
estar pasándole por la cabeza y aprovechó el momento para tocar la siguiente tecla.

—A tu hermano no le gustó la idea, y parece que tiró a Karin por una escalera para solucionar el
«contratiempo». Ha perdido el bebé...

—Y no podré tener más hijos —terminó de decir Karin, demasiado abrumada.

Izumi se pegó a la pared con un gélido escalofrío bajándole por la espalda.

—Itachi, Karin, Sasuke... tú. Que sepamos hasta ahora. Sai tiene un problema muy serio. Pero en
este momento, eso no es lo peor. Sasuke está buscándolo, quiere vengarse y no parará hasta

conseguirlo. ¿Entiendes lo que eso significa?

—Sakura le acarició la mejilla—. Va a matarlo por su hermano. Si Itachi nos está viendo desde alguna
parte, ¿qué crees que estará pensando?
—¿Itachi nos está viendo? —preguntó Izumi, abriendo mucho los ojos.

Sakura asintió con la cabeza con la esperanza de haber despertado algo en ella y lograr que la
escuchara.

—Yo lo creo. Y sé lo mucho que quería a Sasuke. No creo que esté en paz viendo a su hermano, a
sus amigos... a ti, sufriendo de este modo. Podemos parar esta locura, podemos pararla por él, para
que descanse en paz.

Le tomó las manos y se las frotó, las tenía frías y temblorosas.

—Pero Sai no me dejará, me hará a mí lo mismo. No quiero que me haga más daño. —Sus dedos se
crisparon tirando de las mangas de su chaqueta hacia abajo.

De repente, Sakura cayó en la cuenta de que estaban en agosto y que la chica vestía una chaqueta
gruesa de punto. Le tomó el brazo y lo remangó. Se quedó de piedra. El gritito de sorpresa que soltó
Kari le dijo que no era la única horrorizada por la imagen. La piel aparecía salpicada de moratones,
algunos tenían un aspecto horrible. Recordó haber oído a Sophie hablando con su madre de que
Izumi había comenzado a autolesionarse. Levantó la vista y la miró.

—Tú no te estás haciendo esto, te lo hace él —susurró con el estómago revuelto.

Izumi retiró el brazo y lo escondió a su espalda—. Tienes que confiar en mí. No estás sola. Nos tienes
a nosotras, a los amigos de Itachi, a Sasuke. Él te protegerá. Si paramos a Sai no podrá hacerte más
daño, ni a ti ni a nadie. Está enfermo, necesita ir a un lugar en el que puedan ayudarle.

—No puedo... —lloriqueó Izumi.

—Sí puedes. La chica que eras puede, la chica de la que se enamoró Itachi puede... ¿Por favor? Se
lo contaremos a mi padre, nos creerá, lo sé. Él parará a Sai.

Karin se arrodilló junto a ellas.

—Por favor —rogó—. Si es cierto que tu puedes hacer algo, ¡hazlo! No dejes que Sasuke arruine su
vida. Que Itachi o mi hijo... —las palabras se atascaban en su garganta —. ¡Por favor!

Izumi cerró los ojos durante lo que pareció una eternidad. De repente se puso en pie, deslizando la
espalda por la pared para no caerse. Se llevó la mano al pecho y aferró la cadena con la cruz que
ocultaba bajo su ropa. La había recuperado gracias a Sasuke, y eso jamás lo olvidaría.

—Tengo pruebas... Tengo pruebas... escon... escondidas en mi cuarto. Sai me obligó a mirar cuando
Itachi... cuando... — Se le quebró la voz con un gemido de dolor.

Sakura se acercó y la abrazó.

—Vale, no hace falta que lo digas. Vamos a por esas pruebas. —Le tomó el rostro entre las manos y
le dedicó una sonrisa en la que reflejó un gran alivio—. ¡Gracias! Ahora debemos actuar con calma.
¿De acuerdo?

Izumi asintió sin estar muy segura.

Apretó la cruz en su mano. Sakura tenía razón, había que parar aquella locura. Tenía que hacerlo
por Itachi.
Y si se ha venido abajo? ¿Y si nos ha delatado? ¡Esto es un suicidio!

—¡Temary! —gritó Sakura, a punto de sufrir una crisis nerviosa. Pisó el freno a fondo, no se había
dado cuenta de que el semáforo se había puesto en rojo—.

¿Quieres dejarlo ya? Creía que la histérica era yo.

—Joder, es que nosotras no somos del FBI ni de la CIA. Esto no se nos da bien, nos van a pillar.
Estamos en manos de una loca. ¿Quién puede confiar en una persona que está como una cabra?

Sakura puso los ojos en blanco. El deseo de colocarle un bozal a Temary se convirtió en su único
pensamiento. Se paró frente a la enorme verja de hierro que poseía la mansión de los Tucker. Sacó
el brazo a través de la ventanilla y llamó a un interfono. Sonrió a la cámara. Segundos después la
puerta se abrió.

—Yo confío en ella. Sé que lo hará bien. Tú preocúpate de tu parte, ¿vale? Hay que convencer a su
madre de que nos deje sacar a Izumi de casa. ¿Y quién tiene un don para convencer a la gente de
que haga lo que no quiere?

—¿Tú? —repuso Temary, dibujando una sonrisa inocente. Sakura entornó los ojos con una mirada
asesina—. A mí me has

convencido para que me convierta en un corderito al que van a degollar.

—¡Así no ayudas! —masculló Sakura, frustrada.

—Vaaaale —se disculpó Temary, hundiéndose en el asiento. Su ánimo estaba tan oscuro como las
nubes de tormenta que habían cubierto el cielo. De repente se enderezó y pegó la nariz a la ventanilla.
El BMW de Sai estaba aparcado frente al garaje de su casa—. ¡Mierda, ha vuelto!

Sakura se encogió de hombros para disimular el estremecimiento que le bajaba por la espalda.

—Mira el lado positivo, aún sigue vivo y Sasuke a salvo —le hizo notar con una sonrisita nerviosa,
mientras detenía su coche detrás del BMW. Sacó la llave del contacto y suspiró—. Vamos allá.

Se bajaron del vehículo y se dirigieron a la entrada de la mansión. Se sonrieron para darse ánimo,
pero sus labios solo esbozaron una línea tensa y apretada. La puerta se abrió justo cuando iban a
llamar y Sai apareció frente a ellas. La expresión de su cara mostró confusión. Para nada esperaba
encontrarlas allí.

—¡Menuda sorpresa! —exclamó. Una sonrisa taimada se extendió por su cara sin apartar los ojos de
Sakura—. ¿A qué debo el placer?

Sakura se esforzó por devolverle la sonrisa. Se mordió el labio y se preparó para representar el
papel de su vida.

—Venimos a ver a tu madre y a tu hermana.

—¿A mi hermana para qué? —inquirió

Sai, esta vez bastante más serio. Sus ojos se entornaron.


—Hemos pensado organizar una fiesta de despedida en el Club, para los graduados, incluida Izumi.
Dentro de tres semanas todos nos iremos y... Bueno, algunos no nos veremos hasta Navidad o el
próximo verano. Estaría bien despedirnos con un baile o algo así —dijo con tono vacilante. Estaba
segura de que se iba a dar cuenta de que estaba mintiendo.

Sai la contempló durante dos largos segundos. Poco a poco la sonrisa regresó a su cara.

—Sigues estando adorable cuando tartamudeas —susurró, inclinándose sobre ella—. Dudo que Izumi
quiera ir. No se encuentra muy bien últimamente. Pero a mí sí que podéis invitarme. Me encantaría
asistir a vuestra fiesta.

Sakura sintió náuseas. Por supuesto que Izumi no se encontraba bien, su hermano el psicópata la
tenía atemorizada.

—Claro, date por invitado, ¿verdad, Temary?

Temary asintió con una sonrisa de oreja a oreja. Sai se la devolvió, pero no era sincera.

—¡Estupendo! Supongo que querréis hablar con mi madre para...

—Para que nos ayude a prepararlo todo. Se le dan muy bien estas cosas —se apresuró a aclarar
Sakura.

—Estará encantada de pasar algo de tiempo contigo. Te echa de menos —comentó él—. Todos en
casa te echamos de menos.

Sakura se puso colorada y trató de sonreírle. Se le doblaban las rodillas. Asintió sin saber qué
responder. Sai se inclinó hacia delante con una reverencia.

—Señoritas, tengo que marcharme. Suerte con los preparativos de vuestra fiesta.

Pasó entre ellas y se dirigió hacia el garaje.

De repente se dio la vuelta.

—Saku, cariño.

El tiempo se detuvo. Sakura se giró sin apenas respirar y con los ojos muy abiertos. Las había pillado.

—¿Te importaría mover tu coche? No puedo salir —pidió Sai.

—¡Claro! —exclamó enseguida, soltando de golpe todo el aire que estaba conteniendo.

Corrió hasta su Chrysler pero, cuando iba a abrir la puerta, una mano en su brazo la detuvo.
Tragó saliva y alzó la cabeza para encontrarse con los ojos de Sai a pocos centímetros de los suyos.

—Dicen que has roto con Uchiha.

Ella asintió con la cabeza. Notó que se le sonrojaban las mejillas.

—Sí, el mismo día que sufrió el accidente su madre decidió llevárselo a Santa Fe. La única familia
que tienen está allí.
—¿Y pudiste hablar con él? ¿Te dijo algo?

—tanteó Sai con cautela.

—No, la verdad es que me plantó con un simple mensaje. Al final todos teníais razón sobre él. Me
equivoqué —admitió en voz baja.

—Bueno, todos nos equivocamos a veces, ¿no crees? No eres la única. —Le guiñó un ojo y le tomó
un mechón de pelo. Lo acarició

y dejó que resbalara entre sus dedos—. Yo me equivoqué, tú te equivocaste. Ambos dijimos cosas
de las que seguro nos arrepentimos. Va siendo hora de perdonarnos por nuestros errores. No me
gusta que estemos enfadados.

—A mí tampoco.

Sai se acercó un poco más y deslizó las puntas de los dedos por sus brazos.

—Teníamos algo especial. Me gustaría recuperarlo.

—A mí también —respondió ella. Las palabras le sabían a bilis y tuvo que recordarse por qué estaba
haciendo aquello. Sai sonrió encantado y bastante sorprendido.

—Podríamos empezar con una cena, para hablar y ponernos al día. No sé, ¿te parece bien esta noche?

—Sí, esta noche sería perfecto.

Lentamente, Sai se inclinó sin apartar sus ojos de los de ella. Sakura tuvo que obligarse a permanecer
quieta. El corazón le saltaba en el pecho, aterrado. Cuando su boca rozó sus labios, tragó saliva para
no vomitar. Dejó que la besara. Por suerte, fue un beso de lo más casto y se apartó enseguida. Sai
sonrió con suficiencia.

—Pasaré a recogerte sobre las ocho.

Seguro que tus padres se alegran de verme.

—Estoy segura de eso.

Sai se llevó la mano al bolsillo y sacó su teléfono móvil, que no dejaba de vibrar. Le echó un vistazo
y se puso serio mientras sus mejillas enrojecían. Un brillo furioso cruzó por sus ojos.

Deidara:

Problemas. Tenemos que hablar. Nos vemos donde siempre.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

Sai la miró. Se inclinó y depositó otro beso en sus labios.

—De maravilla.
Sakura se quedó inmóvil mientras Sai subía a su deportivo y salía marcha atrás. Cuando estuvo
segura de que la verja se había cerrado y que él no volvería, corrió a la casa con el corazón en un
puño. Esa maldita cena no iba a tener lugar, aunque esperaba que por el motivo correcto.

47

Izumi había dicho que tenía pruebas y era verdad. La noche en la que Itachi murió, ella intentó
pedir ayuda. Su hermano los había descubierto juntos en una playa. No estaban haciendo nada, solo
hablaban cogidos de las manos, pero para Sai fue suficiente. Los arrastró hasta el viejo almacén que
su familia poseía en el campo, donde se guardaba un antiguo tractor y las herramientas que los
trabajadores usaban cuando esas tierras aún se cultivaban muchos años atrás.

Sai la obligó a mirar mientras sus amigos y él le daban una paliza a Itachi.

Trató de llamar a la policía, pero la descubrieron. Sai le arrebató el teléfono y lo tiró al suelo; y el
destino quiso que el vídeo de su nuevo iPhone 5 se pusiera en marcha. En la imagen solo se veía el
techo de planchas de aluminio, pero el sonido era impecable, hasta el punto de captar el momento
en el que le rompieron la nariz a Itachi con un crujido espeluznante. Izumi no supo qué mano guió a
la suya para recuperar el teléfono mientras la sacaban a rastras de allí, tras el cuerpo sin vida del
único chico del que se había enamorado en su vida.

Sai siempre había sido demasiado arrogante y narcisista. Él nunca se equivocaba y estaba
acostumbrado a salirse con la suya. Quizá por eso no volvió a preocuparse de ese teléfono ni de
ninguna otra cosa. Y gracias a eso, ahora el juez Haruno estaba oyendo aquella grabación.

Sentado a la mesa que tenía en el despacho de casa, la palidez y la rigidez de su cara le hacían
parecer diez años más viejo. Las arrugas de su rostro se movían al ritmo de los sonidos y las voces
que surgían de la grabación. No era difícil hacerse una idea de la crueldad y la violencia que se
desataron aquella noche. Cerró los ojos al percibir un crujido y el gemido que sonó a continuación.
Los abrió y los clavó en Izumi. La chica estaba encogida en el sofá de piel, tapándose los oídos.
Sakura la mantenía abrazada y le limpiaba las lágrimas con un pañuelo en el que se mezclaban con
sus propias lágrimas.

Su mirada se cruzó con la de su hija y el miedo lo paralizó con una idea espantosa: ella podía haber
sido la siguiente. Su pequeña había estado cerca de ese monstruo toda su vida y él no había sido
capaz de verlo. Años y años de formación, de cursos sobre psicología, conducta criminal y mil cosas
más, y no lo había visto.

«Si le cuentas algo de esto a alguien, le prenderé fuego a tu cuarto contigo dentro. Te mataré como
he hecho con él, puta». Esa era la última frase que había registrado el teléfono, momentos antes de
que empujaran el coche de Itachi hasta estrellarlo contra un árbol. Y había salido de los labios de
Sai.

Kisashi Haruno paró el vídeo. Ni siquiera tenía fuerzas para ponerse de pie.

Sakura se quedó mirándolo fijamente, conteniendo la respiración a la espera de que dijera algo.
Pero, para su sorpresa, fue su madre, que no se había movido del rincón donde había pasado todo
el tiempo mirando a través de la ventana, la que dio el primer paso. Se acercó a la mesa y descolgó
el teléfono, se lo tendió a su esposo con una mano temblorosa.

—Kisashi, llama a la policía.


Él la miró en estado de shock. Ella asintió con la cabeza, animándolo. Cogió el teléfono que le ofrecía
y marcó.

—Soy el juez Haruno. Necesito que emita una orden de detención contra Sai Benjamin Tucker. El
motivo: asesinato en primer grado y posible tentativa de homicidio. El sujeto es peligroso.

—Pero, señor. Se refiere usted a... —dijo

una voz al otro lado.

—Sí, Harrison, me refiero al muchacho de Benjamin. Encuéntrenlo...

—Papá... —lo llamó Sakura. Él alzo la cabeza y se encontró con su mirada suplicante—. Sasuke —le
recordó.

—Harrison.

—¿Señor?

—También busquen a Sasuke Uchiha. Si le encuentran, tráiganlo a mi casa, por favor.

Sai detuvo el coche a un lado del camino y recorrió a pie los últimos metros hasta el almacén. No
quería arañar los bajos con aquel terreno pedregoso. El todoterreno de Deidara estaba aparcado bajo
la sombra de los árboles que ocultaban la construcción de

ojos indiscretos. Suspiró con desgana. Seguro que el idiota de su amigo lo había llamado por alguna
tontería. Cada dos por tres se ponía paranoico y había que enfriarle los ánimos. Pero ese día nada
iba a estropearle su buen humor.

Estaba dándole vueltas a su cita con Sakura. La llevaría a cenar a ese nuevo restaurante que habían
abierto la pasada primavera en el muelle. Después pensaba cobrarse en especie los meses que habían
pasado separados. Iba a volver con ella, por supuesto que sí. Hacía medio año que había comprado
el jodido anillo de compromiso, grabado con su nombre. Ya tenía los planos de la que sería su casa
una vez se casaran. Y a él no le gustaba alterar sus planes. Pero nada iba a evitar que la dulce Sakura
aprendiera algunas nuevas reglas antes de retomar su relación.

A pesar de todo, aún seguía oyendo esa vocecita en su cabeza que le sugería alternativas, como
buscarse a una chica más decente para vestirla de blanco y convertir a Sakura en su juguetito. Una
sonrisa maliciosa se dibujó en su cara mientras empujaba la puerta del almacén.

La puerta repicó tras él al cerrarse, pero ni siquiera la oyó. Sus ojos, abiertos como platos, estaban
clavados en el centro del edificio. Primero notó que su Challenger no estaba allí. En su lugar, bajo un
haz de luz, se encontraban Deidara y Idan. Los dos se hallaban de rodillas, uno al lado del otro,
amordazados y atados. Dio un paso hacia ellos y vio la sangre que les empapaba las mordazas y la
ropa. Tenían la cara destrozada.

Su mente se puso en marcha. Dio media vuelta para largarse de allí. Pero no llegó a tocar la puerta.
Sasuke Uchiha le golpeó con el puño derecho en el estómago y, cuando se inclinó hacia delante, le
atizó con el izquierdo en la mandíbula. Cayó de espaldas y rodó por el suelo.

—Uchiha —masculló, limpiándose la sangre de la boca mientras se ponía de pie.


Sasuke sonrió con maldad.

—Te dije que lo hicieras bien, porque si no volvería a por ti.

—Y eso debería darme miedo. ¿Qué piensas hacer? Soy intocable, capullo.

Sasuke entornó los ojos y borró la sonrisa de su cara.

—Voy a matarte.

Sai reaccionó al oír sus palabras. No eran una simple amenaza, sino una sentencia. Lo vio en su cara.
Había ido allí a liquidarlo con la determinación del que ya no tiene nada que perder. Se abalanzó
sobre él y logró dar el primer golpe.

Los dientes rechinaron dentro de la boca de Sasuke y paladeó el sabor de su propia sangre. El
segundo y último golpe le machacó las costillas. El dolor lo estremeció de arriba abajo. Joder, aún
estaba débil; pero eso nunca lo había detenido. Cerró los puños y devolvió el golpe, y sin darle
tiempo a recuperarse, volvió a sacudirle. Lo atacó con saña. Sus puños se estrellaban una vez tras
otra en su cara ensangrentada. Un golpe a la cara, otro a las costillas, sin

descanso.

Sai dejó de atacar. Apenas se tenía en pie y movía los brazos sin parar para protegerse. Todo acabó
cuando Sasuke estrelló la rodilla contra su cara. Cayó al suelo con un ruido sordo y la cara cubierta
de sangre. Su respiración era irregular, jadeaba como si se estuviera asfixiando. Sasuke lo contempló
desde arriba con desprecio.

—Creí que ibas a matarme —susurró Sai. Sonrió mostrando los dientes manchados de rojo.

—Y voy a hacerlo —respondió Sasuke. Se agachó y lo cogió de un hombro. Lo giró hasta colocarlo
boca abajo con la cara en la tierra. Le ató las manos y lo amordazó.

Después lo arrastró al lado de Deidara y Idan.

Se agachó para hablarle al oído—. Pero primero quiero ver si un hijo de puta como tú sabe volar.

La expresión de Sai cambió y algo parecido al miedo hizo brillar sus ojos.

Los metió a los tres en el maletero del todoterreno. Estaba a punto de introducir la llave en el contacto
cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. No recordaba haberlo encendido. Dejó que sonara hasta
que la pantalla se iluminó con un mensaje de voz. Marcó y escuchó. Se le aceleró el corazón, era
Sakura.

«Sasuke, sea lo que sea lo que estás haciendo, déjalo y ven a mi casa. Escucha, Izumi ha hablado,
tenía pruebas, y mi padre ha dado orden para que detengan a Sai. Se acabó, cariño. ¿Me oyes? Se
acabó. No

podrá librarse de esta. Va a pagar por todo. Sasuke, ven a casa...». Apagó el teléfono y lo dejó en
el asiento. Se quedó inmóvil durante unos segundos con la vista clavada en el parabrisas. La duda lo
carcomía. Una parte de él quería volver con ella y olvidarse de todo. La otra no podía. Sacó de su
bolsillo la fotografía de Itachi que llevaba a todas partes. Pasó los dedos sobre su rostro y la volvió
a guardar. Había heridas del corazón que acababan infectando la sangre, y esa infección se extendía
como un virus destrozándolo todo. El único antídoto era la venganza.
—¡Listos para el salto! —gritó para que le oyeran desde el maletero.

Condujo hasta el acantilado donde había dejado el Challenger. Ironías de la vida, la historia iba a
repetirse, solo que esta vez él prendería la mecha. Pasó un infierno hasta que logró colocarlos en el
interior del coche. Le dolía cada centímetro del cuerpo y se sentía agotado. Por fin cerró la puerta y
se quedó mirándolos a través de los cristales. Deidara, el más grande de los tres, gimoteó como un
bebé al comprobar hasta dónde los había llevado y lo que pretendía. Ignoró el ruego silencioso,
recordándose que meses atrás, probablemente, había sido su hermano el que imploraba. ¿Habían
atendido sus súplicas? No, le habían roto los huesos y después le partieron el cuello.

Ahora debían pagar por lo que habían hecho. Cuando acorralas a un animal, al final se defiende, y si
das con el animal equivocado, acabas muerto. Ellos se equivocaron el día que decidieron utilizar a su
hermano como piñata.

Subió al todoterreno y giró la llave en el contacto. Mientras el motor ronroneaba, miró la fotografía
de su hermano sobre el salpicadero y se obligó a dejar de pensar.

Lentamente pisó el acelerador. Las revoluciones del motor aumentaron y el

Challenger comenzó a moverse delante de él.

De repente, una hilera de coches de policía apareció en la carretera con las sirenas aullando. Se
detuvieron con fuertes frenazos que provocaron una lluvia de gravilla seguida de una nube de polvo.
Un montón de agentes salieron de los vehículos

y rodearon el coche.

—¡Levante las manos del volante y salga del vehículo! —gritó un agente, apuntándole con un pistola.

Sasuke ni siquiera lo miró, tenía la vista clavada en el coche rojo y en sus ocupantes. «Y una mierda»,
pensó. Aceleró con el todoterreno y el Challenger avanzó un poco más.

—¡Levante las manos del volante y salga del vehículo! No nos obligue a disparar.

—¡No! ¡No le disparen!

La voz de Sakura llegó hasta Sasuke a través del ruido y los gritos. Miró por el espejo retrovisor y la
vio. El señor Haruno trataba de sujetarla, mientras ella se retorcía para liberarse, gritando su
nombre. También estaba Naruto; su presencia explicaba cómo le habían encontrado. Su amigo era
el único que le conocía lo suficiente como para saber que podía ser tan

retorcido con Sai.

—Salga del coche, por favor. No se lo repetiré de nuevo —ordenó otro agente.

Sasuke miró a su alrededor. Contó a cinco apuntándole con sus armas. Pero eso no fue lo que le
detuvo, sino un recuerdo que apareció de la nada como un latigazo. Su padre en el suelo de la cocina,
inmóvil; y él, de pie sobre su cuerpo, con el bate empuñado por encima de la cabeza. Ya no se
trataba de defensa propia, ni de proteger a su familia, en ese momento solo se reducía a un único
deseo: quería matarlo. Lo único que le impidió hacerlo fue su hermano que, hecho un ovillo en un
rincón, le miraba con el mismo terror en los ojos que cuando veía al viejo. Esa noche bajó el bate
porque no quería ser un monstruo a los ojos de su
hermano, aunque se sentía uno. Ahora reconocía a ese mismo monstruo abriéndose camino en su
interior.

Levantó las manos a ambos lados de su cabeza. La portezuela se abrió de golpe y una mano tiró de
él sacándolo del vehículo con brusquedad. Otro agente se coló en el coche por la otra puerta y quitó
la llave del contacto, deteniendo el motor. Lo empujaron de bruces contra el todoterreno y se golpeó
la mejilla. Apretó los dientes mientras le sujetaban los brazos a la espalda y lo esposaban. Giró la
cabeza y vio cómo ayudaban a salir del coche a Sai y a sus amigos.

Los paramédicos corrieron hasta ellos y enseguida dieron órdenes para que acercaran unas camillas.
Con cierto alivio comprobó que un policía los esposaba a las barras de metal. Sabía que el mundo no
solía ser justo con la gente como él, pero... ¡esos asesinos no podían librarse de lo que habían hecho!

Se tragó una queja cuando el policía que lo había esposado tiró de sus brazos para enderezarlo.
Mientras lo guiaba al coche patrulla, sus ojos volaron hasta Sakura. Sentimientos contradictorios se
sacudían en su interior. En cierto modo ella le había salvado la vida. Había hecho mucho más que
eso, pero era incapaz de sentirse agradecido. En realidad no sentía nada, solo ese maldito tictac en
la cabeza.

—¿Por qué lo esposan? ¿Por qué se lo llevan? ¡Él no ha hecho nada! —le gritaba Sakura a su padre.

—Es el procedimiento, Saku. Tienen que detenerle. Estaba a punto de lanzar por ese precipicio a tres
personas —intentaba explicarle su padre.

—Quiero ir con él. Quiero ir con él.

—No puedes. No te metas o me apartarán del caso y no podré ayudarle.

Aquellas palabras hicieron que Sakura cesara en su empeño. Se quedó mirando cómo uno de los
policías sujetaba la cabeza de Sasuke para que no se golpeara al entrar en el vehículo. Él le sostuvo
la mirada sin mover un solo músculo de su cara. Había aprendido a leer aquel rostro y lo que vio la
asustó hasta la médula. Vio rabia, dolor; a alguien que se había ido resquebrajando poco a poco
hasta romperse por completo. Alguien que se había rendido y que la daba por perdida. Y eso solo
significaba una

cosa: que ella también lo había perdido a él.


48

Habían pasado tres semanas desde que habían detenido a Sasuke, y esa mañana, por fin, lo pusieron
en libertad. El fiscal había presentado cargos contra él por intento de homicidio, pero el proceso ni
siquiera llegó a iniciarse. Una vez que el abogado que le asignaron empezó a aportar pruebas, testigos
y una larga lista de atenuantes y circunstancias, el fiscal decidió retirar los cargos. No había caso.
Ningún jurado lo condenaría, y mucho menos tras la tensión social que se había generado al
conocerse la magnitud de los hechos. Aunque, quizá, la razón de mayor peso fue que el juez

Haruno supo de qué hilos tirar para que el chico pudiera salir libre. A veces, los hombres buenos se
veían obligados a hacer cosas no tan buenas para impartir justicia.

El juicio contra Sai iba a celebrarse en pocos días. Sería juzgado por tráfico ilegal de drogas,
homicidio, tentativa de homicidio y lesiones, por lo que le esperaría una larga vida entre rejas. Sasuke
no pensaba asistir. No iba a quedarse. En la cárcel había tenido tiempo para pensar, para darse
cuenta de que tenía un problema consigo mismo que no podía ignorar por mucho más tiempo y al
que debía hacer frente.

Esta vez se despidió de todos sus amigos y no salió huyendo como solía hacer. Los reunió en su casa
y les contó los planes que tenía. Se comprometió a mantener el

contacto, y esta vez pensaba cumplirlo. Los chicos no terminaban de entenderlo. Entre todos
formaban una familia. Perder a uno de sus miembros, de nuevo, no era fácil. Naruto fue el que peor
lo encajó. Estaba cansado de despedidas y de no poder tener cerca a su mejor amigo. Y Karin ni
siquiera apareció. Días antes se había marchado a Carolina del Sur para vivir con su abuela.

Sasuke cenó con su madre, y se dijeron adiós como si solo se estuvieran dando las buenas noches y
fueran a verse al día siguiente. Sabían que aquello no era un adiós, sino un hasta pronto.

Cargó el Shelby con sus cosas y le echó un último vistazo a la casa. Su madre alzó la mano desde la
ventana y la agitó, esbozando una sonrisa. Él le devolvió el gesto y, tras tomar una bocanada de
aire, pisó el acelerador. Le quedaba un último sitio que visitar antes de marcharse.

Prácticamente había anochecido cuando llegó al cementerio. Se bajó del coche y echó un vistazo
alrededor. Con las manos en los bolsillos caminó sobre la hierba pulcramente cortada. Los grillos
cantaban en todos los rincones y a lo lejos se oía el chapoteo y el croar de las ranas del pequeño
lago junto al que solía jugar de pequeño con Itachi y sus amigos. Sonrió al recordar cómo se retaban
a cruzar el cementerio en plena noche. Ahora era él quien se retaba a sí mismo para no echarse
atrás. Serpenteó entre las tumbas con el estómago revuelto. Cada pocos pasos se detenía, tomaba
aire y se obligaba a continuar.

Necesitaba hacer

aquello.

Sus ojos se posaron en una lápida de granito en la que solo aparecía un nombre y unas fechas:
Joshua Uchiha, 1969-2009. Se acercó muy despacio y se quedó mirando el suelo donde reposaban
los restos de su padre. La adrenalina inundó su torrente sanguíneo y comenzó a sudar. Estaba allí,
muerto, bajo dos metros de tierra donde no podría volver a hacerle daño. Entonces, ¿por qué aún
sentía su aliento en la nuca y sus manos en el cuello dejándole sin aire? Se agachó y tomó un puñado
de tierra. Se había pasado toda la vida teniendo miedo, y continuaba teniéndolo. Miedo a ser como
él, a arrastrar la maldición familiar.
«No lo soy», pensó. Pero ahora debía creérselo y darse cuenta de que la sangre no dictaba quién
era. Se puso de pie y se alejó sin más. Nunca había sido nada suyo, solo un extraño, una pesadilla
de la que había despertado.

Cruzó el cementerio, sin prisa, en dirección a la tumba de Itachi. Cuando alcanzó la lápida encontró
sobre la hierba unas flores frescas. Un movimiento llamó su atención y vio una chica alejándose. La
luz de la luna llena incidía directamente sobre ella, iluminándola con un halo pálido y espectral. La
mujer se giró hacia él y se quedó inmóvil. Era Izumi. Ninguno de los dos se movió, solo se miraron.
Al final ella volvió a darle la espalda y se alejó.

Entre ellos ya estaba todo dicho, era una de las pocas personas a las que había accedido a ver
mientras estaba detenido. La

chica había sido importante para su hermano y ese lazo entre ellos era trascendental. Una parte de
él la culpaba de lo ocurrido, no podía evitarlo, pero también sabía que no tenía razón al pensar así.
Izumi era otra víctima. Una muñeca rota con pocas posibilidades de recuperarse del todo, y Sasuke
sabía lo malo que era vivir así, hecho pedazos. Hablaron durante dos horas y trató de aliviar el
sufrimiento y la culpabilidad que ella sentía. No sabía si lo había logrado, pero esperaba de todo
corazón que sí. Por Itachi.

Sasuke se agachó y acarició la lápida. Una punzada de dolor le taladró el estómago. Las lágrimas se
arremolinaron en sus pestañas y resopló mientras las alejaba con un parpadeo. Había hecho tantas
cosas mal, se

había equivocado tantas veces consigo mismo. Al menos con Itachi lo había hecho bien. En realidad,
no estaba tan seguro de eso, pero su madre se lo había repetido a diario durante los últimos meses.
Quizá tuviera razón. Nunca había dejado que Itachi siguiera sus pasos. Apenas era un par de años
mayor que él y se había convertido en su padre, obligándole a estudiar, a no meterse en líos... ¡Dios,
si hasta le había impuesto un toque de queda! Sonrió al recordar la vez que lo pilló fumando hierba.
Le obligó a fumar y a fumar, hasta que se encontró tan mal que acabó vomitando hasta la primera
papilla. Nunca más se acercó a las drogas.

—Lo intenté, hermanito. Te juro que lo intenté. Hice lo que pude para mantenerte a salvo, pero me
equivoqué. Creí que alejarme de ti era lo mejor que podía hacer. Lo siento. Si hubiera estado aquí,
nadie te habría hecho daño. Te prometí que siempre cuidaría de ti y rompí mi promesa.

Apenas reconocía la voz desgarrada que salía de su garganta.

Apoyó la palma de la mano sobre la hierba y cerró los ojos. Y entonces pasó. Estalló en sollozos
mientras toda la rabia y la pena y el dolor que había estado conteniendo salían a borbotones al
exterior. Clavó las rodillas en el suelo y se cubrió la cara con las manos. Las lágrimas le quemaban
la piel. No era capaz de respirar y sintió que se ahogaba por momentos. Maldijo al mundo entero por
haberle arrebatado a la persona más importante de su

vida. Un rugido salió de su boca y golpeó con el puño la hierba, una vez y otra y otra. Enredó las
manos en su espesa cabellera oscura y tiró de ella sin saber qué hacer con toda la frustración que
sentía. Itachi no iba a volver y nunca recuperaría lo que tenían, pero sí podía hacer algo en su
nombre.

—Te juro que voy a convertirme en el hombre que querrías que fuera —musitó antes de ponerse en
pie.

Regresó al coche. Iba a girar la llave en el contacto cuando se dio cuenta de que en el parabrisas
había algo. Salió y tomó lo que parecía un trozo de papel. Lo desdobló y vio que había una nota
garabateada.
Mucha suerte. Cuídate, por favor. TQ. S.

Sasuke levantó la cabeza de golpe y miró a su alrededor buscando a Sakura con la mirada. Ella había
estado allí y algo le decía que no se encontraba muy lejos. Se pasó una mano por el pelo y respiró
hondo, tratando de controlar el impulso de llamarla a gritos. Dejarla había sido lo más difícil que
había hecho nunca, porque Sakura era lo único que había deseado de verdad en toda su vida. Ella le
había robado el corazón y se había adueñado de su alma. Jamás habría nadie más para él, porque
ella era la única mujer por la que podía pensar en el futuro y sentir esperanza.

Pero para merecerla debía recomponerse y eso le iba a llevar tiempo. Corría el riesgo de no lograrlo
o de que, si lo conseguía, ya fuera tarde y ella hubiera rehecho su vida

con otro hombre. Pensar en eso le estrujaba las entrañas y unos celos enfermizos lo envenenaban.
Era el precio a pagar. Debía poner las cosas en su sitio y enfrentarse a sí mismo. Tenía que deshacerse
de ese dolor constante que sentía en el pecho, de la rabia que envolvía sus pensamientos, y entonces
estaría listo. Tendría algo que ofrecerle.

Sakura se quedó mirando cómo Sasuke se guardaba la nota en el bolsillo y subía de nuevo al coche.
El sonido de los neumáticos sobre la gravilla, alejándose, era lo más triste que había oído nunca. Se
acabó, se había ido llevándose con él un pedazo de su corazón. Había salido de su vida con la misma
rapidez que había entrado, pero

dejando un vacío que nada ni nadie llenaría nunca. No imaginaba su vida en brazos de ningún otro.
Sasuke formaba parte de ella y no podía dejarlo marchar por mucho que se esforzara. Estaba
impreso en su piel y en su corazón.

Él había elegido su camino y ahora debía hacerlo ella. La realidad volvió a golpearla. Él se había ido.
No más risas, no más caricias, no más besos. Una lágrima rodó por su mejilla, anunciando el
nacimiento del despojo humano en el que iba a convertirse. Necesitaba respuestas y él se había
largado sin dárselas, quizá porque él tampoco las tenía. La incertidumbre iba a volverla loca y no
podía permitirse ese lujo.

Izumi se paró a su lado. Aún parecía nerviosa y vulnerable, aunque el miedo había desaparecido de
sus ojos. Sus mejillas habían recuperado el rubor y había cogido algo de peso. Nada de eso significaba
que se estuviera recuperando, pero era un comienzo.

—¿Lista para irnos? —preguntó Sakura.

La chica asintió con la cabeza.

—Entonces vamos.

Entrelazó su brazo con el de ella y la guió a través del cementerio hasta el lugar donde había
aparcado.

—Tienes suerte —musitó Izumi con la vista clavada en el cielo. Apretaba en su mano la cruz que
colgaba de su cuello.

—¿Suerte? —inquirió Sakura sin entender.


—Sasuke está vivo. Mientras ambos respiréis, siempre tendrás la esperanza de que esté ahí, al doblar
una esquina o al subir a un autobús, o que vuelva a buscarte. Sin embargo, eso no significa que
tengas que estar toda la vida esperando. El mundo es demasiado grande y puede que nunca volváis
a encontraros. No hagas como yo, no persigas fantasmas eternamente.

Sakura inspiró hondo y sus ojos se humedecieron.

—No sé cómo hacerlo, Azumi —admitió con tono desesperado.

Izumi la miró y un esbozo de sonrisa se dibujó en su cara.

—Persiguiendo sueños.

49

Quince meses después

Sakura cogió con una mano temblorosa el bolígrafo que le ofrecían y estampó su firma en cada
una de las páginas del contrato. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su cara. Alzó su mirada
brillante y se encontró con la de su recién estrenada agente literaria. La mujer le sonrió y le ofreció
su mano.

—¡Bienvenida a la familia!

—Gracias —dijo Sakura.

—¡No! Gracias a ti por confiar en nosotros. Tu trabajo es excelente. Eres buena, Sakura. Este
manuscrito... —

Colocó la mano sobre un montón de folios encuadernados— es una maravilla. Conozco a varios
editores que matarían por él. Ya verás. Dentro de nada tendré muy buenas noticias para ti.

—Gracias. Siempre he soñado con dedicarme a esto, con ser escritora.

—Y vas a ser una de las mejores. Estoy segura.

Meses atrás había tomado la decisión más importante de su vida. Hacer caso a una buena amiga y
perseguir sus sueños. Sus padres creyeron que se había vuelto loca al posponer la universidad un
par de años para dedicarse a escribir novelas, pero ella jamás había estado tan segura de algo. Y la
prueba de que no se había equivocado reposaba dentro de la carpeta que llevaba apretada

contra el pecho. Había firmado un contrato con una de las mejores agentes literarias del país. ¡Sí!

Salió del edificio y tomó una gran bocanada del aire frío de finales de noviembre. Alzó la vista y
contempló el cielo de San Francisco. Otro sueño cumplido. Apenas llevaba un par de meses viviendo
allí y ya se había adaptado por completo. Compartía un pequeño apartamento con otras dos chicas
en la zona de Chinatown. Le encantaba el olor de la ciudad, el ambiente, su gente.
Caminó durante un rato para despejarse. Los últimos días habían sido demasiado intensos. La
llamada de la agencia, los nervios, la explosión de adrenalina que apenas la había dejado dormir. Se
arrebujó bajo el abrigo y apretó el paso en busca de un tranvía.

Al doblar una esquina se dio de bruces con un estudio de tatuajes. Miró a través del cristal y vio a
una chica recostada en un sillón mientras le tatuaban algo en la muñeca. A su lado, un chico sonriente
le besaba los nudillos de la otra mano.

Se le encogió el estómago y su mano descendió hasta su vientre sin pensar. Acarició sobre el vestido
a su lobo. Detestaba seguir anclada en el pasado, a su recuerdo. Pero no podía borrarlo. Se preguntó
si, allí donde estuviera, él también estaría cumpliendo sus sueños. Si habría conocido a alguien...

Habían pasado quince meses desde que se habían separado. Era mucho tiempo, tanto que habría
podido casarse y hasta tener un hijo. Apartó esa idea, el dolor era demasiado intenso. Ya sufría
bastante luchando todos los días contra su recuerdo como para atormentarse con esos pensamientos.

Subió al tranvía y un chico muy amable le cedió su asiento. Se lo agradeció con una sonrisa y trató
de pensar en la trama de la nueva novela que estaba escribiendo, en los personajes... El esquema
tomaba forma. Tenía bastante claro el principio, también el final; aún le quedaba lo más difícil:
averiguar qué demonios iba a ocurrir durante el nudo. Una risita escapó de su garganta. Parecía el
esquema de su propia vida, solo que en este caso no tenía mas que el comienzo. El nudo central y
el desenlace

seguían siendo una incógnita sin despejar, y las matemáticas siempre se le habían dado de pena.
Volvió a reír para ignorar la sensación de que, a pesar de todo, seguía faltándole algo.

Bajó del tranvía y recorrió con paso rápido las calles que la separaban de su apartamento. Le
encantaba aquel barrio ruidoso lleno de carteles luminosos y comercios repletos de cosas raras, por
no hablar de las comidas. Nada que ver con Port Pleasant, donde todo era tan normal que exasperaba.

Por fin llegó al portal del edificio donde se encontraba su apartamento. Buscó las llaves en el bolso.
Su teléfono móvil sonó en el bolsillo y tuvo que hacer malabares para poder sacarlo. En la pantalla
parpadeaba un mensaje.

Temary:

Tienes que llamarme. Llámame. Llámame ahora mismo. No imaginas quién está preguntando...

—Hola, Sak.

Sakura levantó la cabeza de golpe. El corazón se le detuvo un instante antes de comenzar a latir
desbocado en un peligroso ascenso hacia su garganta. Conocía aquella voz grave y áspera. Se quedó
paralizada, segura de que su oído le estaba jugando una mala pasada. Porque no podía ser. Se dio
la vuelta muy despacio. ¡Ay, madre! ¡Era él, Sasuke estaba allí de verdad! Vestía un tejano oscuro y
una camiseta de algodón gris bajo una chaqueta de piel negra. El pelo empezaba a cubrirle las orejas
y unos mechones rebeldes revoloteaban por su frente. Decir que estaba guapo no le hacía justicia.

Sakura trató de recuperar el ritmo de su respiración y lo miró a los ojos, marrones y brillantes como
si una luz los iluminara desde dentro. Nunca los había visto tan vivos.

—Hola —respondió en apenas un susurro. El suelo se sacudía bajo ella, o quizá fueran sus piernas.
Sasuke dio un paso hacia Sakura y la miró de arriba abajo. No quedaba en ella ningún rastro de la
niña que recordaba. ¡Y estaba más sexy que nunca! Lucía un vestido negro ajustado con botas altas
y un abrigo entallado

que marcaba con precisión su

silueta. Se le aceleró la respiración y un calor endiablado le quemó las entrañas. Dos pasos más y
solo necesitaría inclinarse un poco para besar aquellos labios que tanto echaba de menos. El problema
era que ya no tenía ese privilegio.

—Te veo bien. ¿Qué tal te va?

—Bien —logró responder Sakura, demasiado turbada por la impresión.

—Creí que estarías en Columbia, en la universidad.

—Cambié de opinión, decidí que quería probar otras cosas. A mis padres casi les da un infarto, pero
parece que se van acostumbrando. ¿Y a ti qué tal te va? ¿Dónde has estado todo este tiempo? —
soltó, recuperando el control sobre sí misma.

Sasuke se encogió de hombros.

—Viajando sin rumbo.

—¿Es algo metafórico? —preguntó desconcertada.

Sasuke sonrió. Se moría por tocarla y tuvo que hundir las manos en los bolsillos de su chaqueta para
no sucumbir a su deseo.

—No es metafórico. He estado viajando durante todo un año. Boston, Chicago,

Seattle, Colorado, Alberta...

Sakura habría esperado cualquier respuesta menos esa.

—¡Todo un año! ¿Y qué has estado haciendo de un lado para otro todo ese tiempo?

Sasuke se encogió de hombros.

—He servido mesas, he lavado coches y he aprendido mucho sobre quién soy.

—¿Y has hecho ese viaje tú solo? —La pregunta apareció en su boca sin darle tiempo a pensar, y
Sakura se arrepintió inmediatamente.

—Sí. Ese era el motivo del viaje, estar solo.

—¿Y qué pasa? ¿San Francisco está en tu itinerario? —inquirió ella. La necesidad imperiosa de saber
qué estaba haciendo él allí le martilleaba el pecho.

«Ni siquiera pienses que está aquí por ti», se dijo a sí misma.
—Aunque no lo creas, esta fue la primera parada. —Sasuke sacudió la cabeza—. Hace tiempo que
dejé de dar vueltas. Llevo tres meses viviendo en Vancouver. He encontrado trabajo allí y me gusta
aquello. Es diferente.

Sakura se mordió el labio y se balanceó sobre los tacones.

—Parece que ambos estamos cumpliendo nuestros sueños.

Sasuke asintió. Entonces se fijó en la carpeta que abrazaba y en el membrete dorado grabado en la
esquina superior.

Sonrió.

—Parece que sí. ¿Debo felicitarte?

Alargó la mano y golpeó la carpeta con el dedo. La brisa agitó la melena de la chica y un mechón se
le enganchó en la comisura de los labios. No pudo controlar el impulso y se lo apartó rozándole los
labios a propósito con las yemas de los dedos.

Sakura le devolvió la sonrisa y se puso colorada.

—Acabo de firmar un contrato con una agente literaria. Intentará vender mis manuscritos —
respondió.

—Me alegro por ti, señorita escritora — musitó Sasuke. Dio otro paso hacia ella—. Te lo mereces.

Sakura dejó de respirar. Todo lo que aún sentía por él la arrolló con la fuerza de un camión. Su
cuerpo cobró vida de repente: demasiadas emociones, demasiados sentimientos y preguntas,
muchas preguntas. Se estaba mareando y ya no soportaba más aquel «Hola, qué tal, pasaba por
aquí».

—¿Qué haces aquí, Sasuke? —Su nombre se deslizó por su boca con una suavidad y una familiaridad
indebida.

Sasuke la contempló un largo segundo antes de contestar. Había llegado el momento de hacer la
mayor apuesta de toda su vida, porque para eso estaba allí.

—Estoy buscando a alguien, una chica. Hay algo importante que necesito decirle — confesó, incapaz
de apartar sus ojos de ella.

Sakura apretó la carpeta contra su pecho para disimular que estaba temblando de arriba abajo, y no
por el frío.

—¿Y qué es eso tan importante que quieres decirle?

Sasuke se pasó una mano por la nuca.

Jamás había estado tan nervioso.

—Tantas cosas que no creo que sepa por dónde empezar. Pero me gustaría darle las gracias.

—¿Las gracias? —inquirió Sakura, confusa.

Él asintió muy serio. Irguió los brazos y tomó aire.


—Quiero darle las gracias por

preocuparse por mí y por evitar que arruinara mi vida. Por haberme impedido hacer algo de lo que
me habría arrepentido para siempre y que me habría destrozado. Quiero darle las gracias por
enseñarme que siempre hay otro camino aunque cueste verlo, y que siempre se puede cambiar.

»También quiero pedirle perdón. Perdón por haberle hecho daño, por no confiar en ella cuando me
había demostrado con creces que no me fallaría jamás. Perdón por haberme cargado lo que había
entre nosotros. La fastidié, metí la pata hasta el fondo, fui cruel y la hice sufrir. Estaba seguro de
que si no la apartaba de mí, acabaría destrozando su vida del mismo modo que estaba destrozando
la mía. Nunca podré perdonarme por ello, y si pudiera

volver atrás y tragarme cada palabra, lo haría.

—Sasuke —musitó Sakura sin saber muy bien qué decir, ni adónde pretendía llegar él.

—Y después necesito explicarle algo — continuó Sasuke. Dio otro paso y el olor de su perfume lo
envolvió como un abrazo. Ella era su casa, el lugar al que quería regresar cada día—. Dejarla es lo
más difícil que he hecho nunca, pero no tenía más remedio. Estaba roto por dentro. No tenía nada
que ofrecerle. No podía arrastrarla a un infierno lleno de traumas y miedos. Tenía que poner mis
cosas en orden y enfrentarme a mí mismo y a mis decisiones. Y debía hacerlo solo, porque no estaba
seguro de si lo lograría. Lo he conseguido. Sé que he tardado, pero ahora estoy en paz conmigo

mismo —explicó.

Sakura no podía apartar los ojos de su mirada, tan intensa y oscura como el abismo que estaba a
punto de tragársela. Sasuke suspiró antes de añadir:

—Sé que soy un desastre y un capullo con un genio de mil demonios, y que no hay nada en el mundo
que pueda hacer para merecerla. Pero quiero intentarlo. Estoy dispuesto a cambiar, a intentar ser
mejor. Quiero ser el hombre que ella necesita y estoy dispuesto a arriesgarlo todo por un futuro que
merece la pena. Porque ella es la única chica con la que imagino ese futuro. Nací para quererla y, si
no es ella, no será ninguna otra. Así que, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que me pida para
recuperarla. Solo espero que no sea tarde.

Se quedó inmóvil un momento, y luego un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Ya estaba, ya lo


había soltado todo. Días ensayando y al final había improvisado porque nada le parecía suficiente.
No había palabras en el mundo que pudieran expresar cómo se sentía.

Sakura no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que Sasuke le rozó la mejilla con el
pulgar y le limpió una lágrima. Tenía las manos frías y temblorosas y ella deseó cubrirlas con las
suyas y no soltarlas nunca, pero estaba bloqueada. Demasiado impresionada por la declaración. Ni
en sus mejores sueños contaba con que algo así pudiera pasar. Había tirado la toalla hacía mucho,
tanto que llevaba mucho más tiempo convenciéndose de que lo había perdido, que esperando a que
regresara.

—¿Qué crees que dirá? — preguntó Sasuke.

—No lo sé —respondió ella, encogiendo los hombros. De repente estaba aterrada—. Supongo que...
que te dirá que no necesita que le des las gracias. Hizo lo que consideraba correcto y todo lo que
pudo para que no arruinaras tu vida. Te perdonará por haberla hecho sufrir y por haber sido cruel, y
también por haberla dejado. En el fondo entendía tus motivos y que necesitabas encontrar tu propio
camino; aunque fuera sin ella. Pero... — resopló y cerró los ojos un momento.

—Pero...
—Pero... —Se le formó un nudo en la garganta cuando lo miró a los ojos. Los nervios la estaban
destrozando y el dique que a duras penas contenía sus sentimientos se vino abajo—. Todo esto. Tú...
y aquí... No lo esperaba. Estaba convencida de que no volvería a verte, que se había acabado para
siempre. Y ahora me sueltas todo esto y yo ni siquiera soy capaz de pensar. ¡Más de un año! ¡Dios,
te presentas ante mí quince meses después de largarte sin un maldito adiós y me dices que esperas
que no sea tarde! ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo? He vivido obligándome a no pensar
en ti, a olvidarte.

—Lo siento —se disculpó él—. Si... si pudiera volver atrás, lo cambiaría todo.

—Yo también —confesó ella.

Sasuke le tomó el rostro entre las manos y la obligó a que lo mirara a los ojos.

—Sak, haré lo que sea por ti, lo que me pidas, solo tienes que decírmelo. Quiero recuperarte. Tú eres
todo mi mundo. Ella lo apartó y dio un paso atrás.

—Pero yo no sé lo que quiero. No lo sé.

—Sollozó—. Apenas he conseguido vivir sin esperarte, sin preguntarme si ese sería el día que
aparecerías. Me ha costado mucho llegar hasta aquí y conseguir lo poco que tengo. Ahora no puedes
aparecer sin más y volver a poner mi mundo del revés. —Se llevó las manos a la frente y negó con
la cabeza—. Necesito pensar. No... no puedo darte una respuesta ahora.

Sasuke la miró fijamente mientras asimilaba el mensaje. Asintió una sola vez.

—Está bien. No tenía ningún derecho a esto. La culpa es mía. Toda la responsabilidad es mía. Lo
siento mucho.

Cuídate, ¿vale? —dijo mientras su corazón se hacía pedazos.

Se inclinó y la besó en la frente, demorándose en el contacto hasta que sus labios se pusieron
blancos. Apretó los párpados. Se apartó y trató de sonreír mientras la miraba por última vez. Dio
media vuelta y comenzó a alejarse. Joder,

¿qué pensaba que iba a ocurrir, que iba a saltar a sus brazos con una enorme sonrisa como si nunca
hubiera pasado nada? Tenía lo que se había ganado a pulso. ¡Estar solo!

Sakura se quedó mirándolo. Notó cómo el pánico, el miedo y la desesperación crecían en su interior.
Y la respuesta apareció sin más. ¡Ay, madre, se iba, se estaba yendo! Pero ¿qué demonios estaba
haciendo allí plantada?

¿Que no sabía lo que

quería? ¡Por Dios, lo quería a él! ¡Día y noche, de por vida!

—¡SASUKE! —gritó, con tanta desesperación que la gente se paró a mirarla.

Sasuke se dio la vuelta y vio a Sakura corriendo hacia él. Una punzada de esperanza se abrió
paso en su interior, donde un intenso dolor lo estaba matando. Ella redujo la velocidad y se detuvo
a pocos pasos, reprimiendo el impulso de lanzarse a sus brazos y enterrar el rostro en su pecho.
Trató de mantener el equilibrio sobre sus tacones, algo bastante difícil cuando sus piernas se movían
con vida propia. Las mejillas le ardían y un calor asfixiante le recorría el cuerpo. De repente le sobraba
el abrigo, el vestido... y le faltaban las palabras.
—Has dicho que harías cualquier cosa por mí. Lo que sea para recuperarme — murmuró Sakura con
la respiración entrecortada.

—Sí, lo que sea —respondió Sasuke. El corazón se le subió a la garganta.

—Bien. ¡Pues quiero mi cuento! No necesito un palacio, pero una casa pequeñita con grandes
ventanas por donde entre mucha luz para que pueda escribir estaría bien. Tampoco necesito un
príncipe azul, prefiero al lobo fiero, engreído y gruñón. Pero lo que sí necesito, por encima de todo,
es un final feliz. ¡Quiero que me des mi final feliz! — exclamó con tono vehemente.

Sasuke le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia su cuerpo como si tuviera miedo de que
pudiera desvanecerse si no la

sujetaba con fuerza. Con la otra mano le acunó el rostro. Temblaba de arriba abajo y un suspiro
trémulo escapó de su garganta.

—Te juro que lo tendrás —aseguró con una sonrisa que prometía el universo, y le rozó la sien con
los labios—. Un final para siempre.

Sakura notó cómo se le aflojaban los huesos y un escalofrío le recorría el vientre. Un hambre voraz
se apoderó de ella. Deslizó las manos por su torso, bajo la chaqueta, sin importarle que la carpeta
hubiera caído al suelo y que el viento arrastrara las hojas. Echaba tanto de menos tocarlo, sentirlo.

—Y no quiero que cambies, me gusta como eres. Un capullo con un genio de mil demonios —dijo
ella, mirándolo a los ojos.

Él soltó una risa ahogada.

—Vale, eso será fácil.

La besó en la comisura de los labios mientras le clavaba los dedos en la espalda con un gesto
posesivo. Tenía miedo de soltarla.

—Y me querrás con toda tu alma el resto de tu vida. Solo serás mío, no habrá nadie más.

Sasuke asintió sin dudar. Su mirada era pura convicción. Jamás podría mirar a nadie más que no
fuera ella.

—Hecho, es imposible que exista otra que no seas tú. Soy tuyo.

—Y estarás en mi cama cada noche — señaló Sakura con voz ahogada. Enterró el rostro en su pecho.

—Te haré el amor cada noche —le susurró Sasuke al oído. La apretó con más

fuerza para sentirla en cada centímetro de su piel.

A Sakura se le desbocó el corazón con aquellas palabras.

—Y serás tú quien le diga a mis padres que nos vamos a vivir juntos.

Sasuke soltó una carcajada que hizo que ella también se echara a reír. Se separó un poco para
mirarla.

—De acuerdo. Querrán cortarme las pelotas, pero lo haré. ¿Algo más?
Ella asintió con una sonrisa coqueta.

—Quiero que me beses.

Los ojos de Sasuke se oscurecieron de deseo al posarse sobre su boca. Le tomó el rostro entre las
manos y la besó con suavidad. Sus labios se curvaron en una sonrisa sobre los de ella y un ronroneo
vibró

en su garganta cuando Sakura abrió la boca y su lengua acarició la de él. La alzó del suelo y la
estrechó fuerte contra sí. Tenerla entre sus brazos una vez más era algo que no merecía, pero
pensaba ganarse ese regalo cada día.

—Te quiero, princesa.


Agradecimientos

Siempre es más difícil escribir los agradecimientos que el libro en sí, porque sé que acabaré
olvidándome de alguien importante.

En primer lugar, le doy las gracias de todo corazón a Esther Sanz, la editora que todo escritor soñaría
tener. Sin ella no podría existir este libro. Nunca podría haber emprendido este viaje sin ti.

Gracias a mi familia por aguantar toda esta locura. Sin su apoyo y comprensión no podría haber
hecho todo esto. Os quiero mucho.

A Nazareth Vargas; muchas gracias por todo lo que has hecho para que Cruzando los límites haya
dejado de ser solo un sueño. No tengo palabras para expresar lo que significas para mí. Eres un
regalo.

A Yuliss M. Priego; gracias por cada empujón, por estar ahí y por pedirme siempre más. Te adoro.

A Tamara Arteaga; gracias, peque. A veces dos almas gemelas tienen la suerte de coincidir en el
momento justo y en el lugar oportuno. Tú y yo lo hicimos.

A Raquel Cruz; gracias por ser un ángel, y por esa conversación de madrugada que me hizo darme
cuenta de que eres mucho más especial, si cabe.

Le estoy enormemente agradecida a Cristina Más y a Marta Fernández, por no dejar que me rinda.
Siempre conmigo.

No puedo olvidarme de Bea Magaña; gracias por todo. Nunca me cansaré de repetirlo.

A Daniel Ojeda y Eva Rubio; gracias por vuestro apoyo y todo el cariño que me dais. No me dejéis
nunca.

A María Cabal; gracias por ser la personita más encantadora del mundo. Te quiero por como eres.

Y por último, pero no por ello menos importante, me gustaría darles las gracias a todas esas personas
que he ido conociendo a lo largo de mi aventura literaria. Escritores, lectores y blogueros; no estaría
donde estoy hoy de no ser por su apoyo.

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