XV.
EL MERCADO
1. Introducción
La Economía del mercado es un sistema económico de división del trabajo
basado en la propiedad privada de los factores de producción. Cada individuo, dentro de
tal sistema económico, actúa según su propio interés; sin embargo, al atender sus
propias necesidades satisfacen las necesidades de los demás.
Este sistema económico se halla gobernado por el mercado. El mercado impulsa
las actividades de la gente por aquellos caminos que mejor permiten satisfacer las
necesidades de los demás. La mecánica del mercado funciona sin necesidad de
compulsión ni coerción. El Estado no interfiere en la mecánica del mercado, ni
interviene en aquellas actividades de los ciudadanos; que encamina el mercado. La
acción estatal ejerce sobre la gente únicamente para prevenir actuaciones que o
perturben el funcionamiento del mercado. Protege y ampara la vida, salud y propiedad
de los individuos contra las agresiones que con violencia o fraude puedan ingeniar
enemigos internos o externos. Así, el Estado crea y mantiene un ambiente social que
permite operar pacíficamente a la economía de mercado. La economía de mercado es un
sistema económico donde ningún dictador gobierna, donde no hay jerarca económico
que señale a cada uno su tarea, obligándolo a cumplirla. Todo el mundo es libre; la
gente se integra, por voluntad propia, en tal sistema de cooperación. El mercado guía a
la gente, mostrándoles cómo podrán alcanzar mejor su bienestar; y el bienestar de los
demás. Todo lo dirige el mercado, única institución que ordena el sistema en su
conjunto, dotándolo de razón y sentido.
El mercado es un proceso puesto en marcha por la actuación de individuos que
cooperan bajo el régimen de división del trabajo. Los juicios de valor de los individuos,
y las actuaciones generadas por esas apreciaciones, son las fuerzas que determina la
disposición continuamente cambiante del mercado. La situación queda, en cada
momento, reflejada en la estructura de precios, es decir, en el conjunto de tipos de
cambio que genera la mutua actuación de todos aquellos que desean comprar o vender.
Todo fenómeno de mercado puede retrotraerse a precisos actos electivos de quienes
actúan en el mercado.
El proceso del mercado hace que sean mutuamente cooperantes las acciones de
los miembros de la sociedad. Los precios ilustran a los productores acerca de qué, cómo
y cuánto debe producirse. El mercado es el punto donde convergen las actuaciones de la
gente y, al mismo tiempo, el centro donde se originan las actuaciones.
Conviene distinguir la economía de mercado de aquel sistema de cooperación
social bajo un régimen de división del trabajo, en que la propiedad de factores de
producción corresponde al Estado. Este sistema se denomina economía socialista. La
economía de mercado y la economía socialista son términos opuestos. La producción la
dirige el mercado o la dirige el Estado.
El sistema económico en que (en una sociedad basada en la propiedad privada
de factores de producción) algunos factores de producción sean administrados o
poseídos por el Estado no constituye sistema intermedio, combinatorio del socialismo y
economía de mercado. El que el Estado posea y administre determinadas empresas no
131
empaña las características de la economía de mercado. Dichas empresas, poseídas y
administradas por el Estado, están sometidas a la mecánica del mercado, a la soberanía
del mercado. Han de acomodarse, al comprar factores de producción, y al vender sus
productos. Están sometidas a la ley del mercado y, por tanto, a la voluntad de los
consumidores (que pueden libremente acudir a esas empresas o rechazarlas)
esforzándose por conseguir ganancias o, al menos, evitar pérdidas. La administración
podrá compensar sus pérdidas con fondos estatales; sin embargo, ello no suprime ni
palía la supremacía del mercado; las consecuencias se desvían hacia otros sectores.
Porque los fondos que cubran esas pérdidas habrán de ser recaudados mediante
impuestos; y las consecuencias que esos impuestos provocarán en la sociedad y en la
estructura económica; son consecuencias previstas por la ley del mercado. Es la
operación del mercado la que decide en quién incidirá, al final, los impuestos y cuáles
son o no los efectos de estos impuestos sobre la producción. De ahí que es el mercado
que determina el resultado y las consecuencias de las empresas públicas.
Las empresas estatales al comprar y vender en el mercado, se relacionan con la
economía de mercado. Testimonia la realidad de esa relación; el que efectúe sus
cálculos en términos monetarios. Así, recurren a los instrumentos intelectuales de la
economía de mercado.
El cálculo monetario es la base intelectual de la economía de mercado. Los
objetivos que persigue la acción humana, bajo cualquier sistema económico de división
de trabajo, serán inalcanzables si se prescinde del cálculo económico. La economía de
mercado calcula mediante precios monetarios. El que sea posible calcular, predeterminó
la aparición de la economía de mercado y condiciona su funcionamiento.
132
2. Capital y Bienes de Capital
Nuestros antepasados se preocuparon por producir herramientas merced a las
cuales podían atender sus más urgentes necesidades; después recurrieron a métodos que
les permitieron, primero, ampliar la producción alimenticia; para luego ir satisfaciendo
necesidades cada vez más elevadas hasta atender las necesidades típicamente humanas.
Se alude a este proceso; al decir que el hombre, a medida que prospera, va recurriendo a
métodos de producción más complejos, que exigen mayor inversión de tiempo; demora
compensada por la mayor producción o la mejor calidad que cabe conseguir gracias a
esos nuevos métodos.
Cada paso que da el hombre hacia un mejor nivel de vida se ampara en previo
ahorro, es decir, en la anterior acumulación de las necesarias provisiones merced a la
cual es posible ampliar el período temporal que media entre el inicio del proceso
productivo y la obtención del bien listo para ser consumido. Los bienes así acumulados
representan: etapas intermedias del proceso productivo (herramientas y productos
semielaborados); o bienes de consumo; que permiten al hombre abandonar sistemas de
producción de menor período temporal e inferior productividad, por otros sistemas que,
exigen mayor inversión de tiempo y superior productividad; sin que la ampliación del
plazo productivo obligue a quienes participan en el mismo a desatender sus necesidades.
Denominamos bienes de capital a esos bienes acumulados. Por ello se dice que el ahorro
y la consiguiente acumulación de bienes de capital son la base de todo progreso material
y el fundamento de la civilización.
El concepto de capital es la base del cálculo económico. El concepto de renta se
deduce del concepto de capital.
Cuando aludimos a los conceptos de capital y renta, estamos distinguiendo entre
medios y fines. La mente del individuo, al calcular, traza una línea divisoria entre bienes
de consumo que piensa destinar a la inmediata satisfacción de sus necesidades y bienes -
entre los que puede haber bienes de consumo- que, previa oportuna manipulación, le
servirán para atender futuras necesidades. Así, distinguir entre medios y fines nos lleva
a distinguir: entre consumir e invertir; entre hogar y empresa, y entre gasto familiar y
fondos de mercado. La suma resultante de valorar, en términos monetarios, el conjunto
de bienes destinados a inversiones es el punto de partida donde arranca el cálculo
económico. El fin inmediato de la inversión consiste en incrementar, o al menos en no
disminuir, el capital poseído. Se denomina renta aquella suma que, sin reducción del
capital originario, puede ser consumida en cierto período de tiempo. Si lo consumido
supera a la renta, la diferencia se denomina consumo de capital. Por el contrario si la
renta es superior al consumo, la diferencia es ahorro. Calcular con precisión a cuánto
asciende: la renta, el ahorro o el consumo de capital; es uno de los cometidos de mayor
transcendencia del cálculo económico.
El pensamiento que hizo al hombre distinguir entre capital y renta; está implícito
en el premeditar y planear la acción. Los antiguos agricultores ya intuían las
consecuencias que provocarían; si recurrían al consumo de capital. El miedo del cazador
de matar la vaca preñada y la prevención que sentían los más crueles colonos contra la
tala de árboles frutales; son consideraciones mentales que formulan quienes razonan en
el sentido que nos viene ocupando. Pero sólo la gente que puede aplicar el cálculo
monetario; está capacitada para percibir la diferencia entre un bien y los frutos
133
obtenidos de ese bien. Sólo a esa gente le cabe formular tales diferencias; al enfrentarse:
con las cambiantes situaciones de la industrialización altamente desarrollada, y con la
complicada estructura de la cooperación social montada sobre cientos de miles de
especializadas actuaciones y cometidos.
Si, a la luz de los sistemas contables, contempláramos las economías de nuestros
antepasados, diríamos que también ellos utilizaban "capital". Cualquier Contador podría
contablemente ponderar aquellos enseres que le servía al hombre primitivo para la caza,
pesca, agricultura y ganadería; siempre que conociera los precios correspondientes. El
"capital" constituye categoría de toda producción. El concepto de capital sólo cobra
trascendencia cuando la gente que actúa libremente (dentro de un sistema social basado
en la propiedad privada de factores de producción) pretende enjuiciar y ponderar sus
planes y actuaciones; el concepto de capital se fue, poco a poco, precisando a medida
que el cálculo económico progresaba en unidades monetarias.
Se denomina capital a aquella cantidad dineraria dedicada en un momento
determinado a específico negocio; resultante de deducir del valor total monetario del
activo; el valor total monetario de los débitos.
Los comerciantes, que sentaron las bases del cálculo económico; incluyen en el
concepto de capital; el valor de los terrenos y edificios en sus contabilidades. Los
agricultores conceptúan sus terrenos como capital. Son pocos los agricultores que
aplican a sus actividades las normas de contabilidad. La mayoría de los agricultores no
toman en cuenta el factor tierra ni la contribución de la tierra a la producción. Los
asientos de sus libros no hacen alusión al valor dinerario del terreno poseído, quedando,
por tanto, sin reflejar los cambios que pueda sufrir dicho valor. Es defectuosa tal
sistemática, porque no nos brinda aquella información que buscamos; mediante la
contabilidad de capitales. Ninguna ilustración nos proporciona acerca de si, durante el
proceso agrícola, ha sido perjudicada la capacidad productiva de la tierra; ninguna
noticia nos ofrece en relación a si la tierra ha sufrido desgaste, a causa del permanente
uso. Ignorando tal realidad, los datos contables arrojarán una ganancia superior a
aquella ganancia que reflejaría una sistemática más precisa.
Estas circunstancias históricas tuvieron trascendencia cuando los economistas
quisieron determinar qué bienes eran capital real.
Los economistas pretendían combatir aquella supersticiosa creencia, según la
cual: cabe eliminar la escasez de factores de producción incrementando el dinero
circulante. Con la finalidad de abordar este problema, los economistas elaboraron un
concepto de capital real confrontando el capital real con el concepto de capital que
maneja el comerciante cuando mediante el cálculo pondera el conjunto de sus
actividades comerciales. El valor monetario del terreno debía ser comprendido en el
concepto del capital. El capital real es el conjunto formado por los factores de
producción que el individuo tuviera a su disposición.
Cabe determinar y totalizar el importe dinerario de los factores de producción
que usa una empresa. Podemos denominar bienes de capital a los factores de producción
disponibles.
Factor de producción es toda cosa con cuyo intermedio cabe llevar a feliz
134
término cierto proceso productivo. El valor que se atribuye a esa potencialidad del
factor de producción se refleja en el precio que el mercado asigna al factor de
producción. En las transacciones de mercado se paga por el servicio que cabe obtener
del uso de cierto factor de producción (es decir, por la contribución que el factor de
producción es capaz de proveer a la empresa) el valor que la gente atribuye a tal
contribución. El factor de producción tiene valor única y exclusivamente por ese
servicio que reporta; sólo por ese servicio se cotiza el factor de producción. Una vez
pagada la suma, nada queda ya por pagar; todos los servicios productivos del factor de
producción están comprendidos en el precio del factor de producción.
La idea de capital sólo cobra sentido en la economía de mercado. Bajo el signo
del mercado sirve para que los individuos, actuando libremente, separados o asociados
puedan decidir y calcular. Es un instrumento sólo en manos de capitalistas, empresarios
y terratenientes deseosos de cosechar ganancias y evitar pérdidas.
135
3. La Economía de mercado
Civilización y propiedad privada de factores de producción siempre fueron de la
mano.
Hasta ahora y en forma plena y pura, nunca se ha aplicado la economía de
mercado. No obstante ello, prevalece la tendencia a ir paulatinamente eliminando todas
aquellas instituciones que perturban el libre funcionamiento de la economía de mercado.
A medida que dicha tendencia progresa, se multiplica la población; y el nivel de vida de
la gente alcanza cimas nunca conocidas ni soñadas.
Los problemas que suscita el ataque lanzado por estatistas e intervencionistas
contra la economía de mercado son de carácter económico, de tal suerte que tales
problemas sólo pueden ser abordados analizando la actividad humana y todos los
sistemas de cooperación social.
La economía de mercado es un modo de actuar (bajo el signo de la división del
trabajo) que el hombre ha creado. La economía de mercado es fruto de dilatada
evolución. El hombre, en su afán de acomodar su actuación, del modo más perfecto
posible, a las inalterables circunstancias del medio ambiente, logró describir esa salida.
La economía de mercado es la táctica que ha permitido al hombre prosperar
triunfalmente hasta alcanzar la actual condición civilizada.
Los economistas consideran la economía de mercado como el patrón ideal y
eterno de la cooperación social.
Al desentrañar los problemas que plantea la economía de mercado (es decir,
aquella organización de la acción humana que permite aplicar el cálculo económico al
planeado actuar) nos faculta para abordar el examen de todos los posibles modos de
actuar, así como cuantas cuestiones de carácter económico se suscitan a historiadores.
La economía de mercado es fruto generado por un largo proceso histórico que se
inicia cuando nace la raza humana.
La economía de mercado es la política económica que favorece a todos. La
economía de mercado propugna el comercio libre en la esfera nacional e internacional.
Siempre habrá gente egoísta cuya ambición les induce a pedir protección para
sus conquistadas posiciones, en la esperanza de lucrarse impidiendo la competencia. Al
empresario envejecido y decadente y al débil heredero de quien otrora triunfara; les
asusta el ágil novato que sale de la nada para disputarles su riqueza y posición. Pero que
triunfe aquella pretensión de paralizar el mercado y dificultar el progreso; depende del
ambiente social que prevalezca. La estructura ideológica moldeada por las enseñanzas
de los economistas impedía que prosperaran exigencias del tal tipo. Cuando los
progresos técnicos revolucionaron la producción, el transporte y el comercio, jamás se
les ocurrió reclamar proteccionismo a aquéllos a quienes tales progresos perjudicaban,
pues la gente se le hubiera ido encima. Sin embargo, hoy en día, cuando se considera
deber del Estado impedir que el hombre eficiente compita con el apático, la gente se
pone de parte de los poderosos grupos de presión que desean detener el desarrollo y el
progreso económico. Los fabricantes de mantequilla con notorio éxito dificultan la
136
venta de la margarina y los instrumentistas dificultan la venta de las grabaciones
musicales. Los sindicatos luchan contra la instalación de toda maquinaria nueva. En tal
ambiente los empresarios de menor capacidad reclaman protección contra la
competencia de sus más eficientes rivales.
Muchos empresarios no abogan por la auténtica economía de mercado y la libre
empresa; al contrario reclaman todo tipo de intervención estatal en la vida de los
negocios.
137
4. La Soberanía del Consumidor
En la economía de mercado los empresarios gobiernan todos los asuntos
económicos. Ordenan personalmente la producción. Están sometidos
incondicionalmente a las órdenes del consumidor. Los empresarios, terratenientes y
capitalistas no deciden qué bienes deben producirse. Esto corresponde a los
consumidores. Cuando el empresario no sigue, las directrices que le señala el
consumidor, mediante los precios de mercado, sufre pérdidas patrimoniales; siendo
finalmente relevado de aquella posesión que ocupaba. Otros empresarios más
respetuosos con los mandatos de los consumidores, serán puestos en su lugar.
Los consumidores van donde, a mejor precio, les ofrecen las cosas que más
desean; mediante comprar y abstenerse de comprar, determinan quiénes deben poseer y
administrar las fábricas y fundos agrícolas. Enriquecen a los pobres y empobrecen a los
ricos. Precisan, con el máximo rigor, lo que debe producirse, así como la cantidad y
calidad de los bienes. Son jerarcas egoístas e implacables, caprichosos y volubles,
difíciles de contentar. Sólo les preocupa su personal satisfacción. Abandonan a sus
tradicionales proveedores en cuanto alguien les ofrece cosas mejores o más baratas. En
su condición de compradores y consumidores, son duros de corazón y desconsiderados.
Sólo los vendedores de bienes de consumo se hallan en contacto directo con los
consumidores, sometidos a sus instrucciones de modo inmediato. No obstante, trasladan
a los productores de esos bienes; los mandatos de los consumidores. Los productores de
bienes de consumo, los comerciantes, las empresas de servicios públicos y los
profesionales compran los bienes que necesitan para atender sus respectivos cometidos
sólo de aquellos proveedores que los ofrecen en mejores condiciones. Porque si dejaran
de comprar en el mercado más barato y no ordenaran convenientemente sus actividades
transformadoras para dejar atendidas, del mejor modo y más barato posible, las
exigencias de los consumidores, se verían reemplazados en sus funciones por terceros.
Empresarios de mayor eficiencia, capaces de comprar y fabricar los factores de
producción con la más depurada técnica, les reemplazarían. El consumidor puede
dejarse llevar por caprichos y fantasías. En cambio, empresarios, capitalistas y
hacendados están como maniatados; en todas sus actividades se ven obligados a acatar
los mandatos de los consumidores. En cuanto se apartan de las directrices trazadas por
la demanda de los consumidores, perjudican sus intereses patrimoniales. La más ligera
desviación, ya sea voluntaria, ya sea debido a error, torpeza o incapacidad, reduce la
ganancia o la anula por completo. Cuando esa desviación es de mayor alcance, aparecen
las pérdidas, que volatilizan el capital. Sólo ateniéndose rigurosamente a los deseos de
los consumidores les cabe a capitalistas, empresarios y hacendados conservar e
incrementar su riqueza. Los empresarios no pueden incurrir en gasto que los
consumidores no estén dispuestos a reembolsarles pagando un precio mayor por el bien.
Al administrar sus negocios han de insensibilizarse y endurecerse por cuanto los
consumidores, sus superiores, son, a su vez insensibles y duros.
Los consumidores determinan los precios de los bienes de consumo y los
factores de producción, fijando los ingresos de cuantos operan en el ámbito de la
economía de mercado. Son los consumidores, no los empresarios, quienes pagan a cada
trabajador su salario. Con cada nuevo sol que gastan ordenan: el proceso productivo y,
hasta en los más mínimos detalles, la organización de las entidades mercantiles. Por eso
se ha dicho que el mercado constituye una democracia, en la cual cada nuevo sol da
138
derecho a un voto. Más exacto sería decir que, mediante las constituciones
democráticas, se aspira a conceder a los ciudadanos, en la esfera política, aquella misma
supremacía que el mercado les concede como consumidores. Aún así, la similitud no es
del todo exacto. En las democracias, sólo los votos depositados en favor del candidato
ganador gozan de efectiva transcendencia política. Los votos minoritarios carecen de
influencia. Por el contrario, en el mercado ningún voto es inútil. Cada nuevo sol gastado
tiene capacidad específica para influir en el proceso productivo. Las editoriales atienden
los deseos de la mayoría publicando novelas policiales; pero también imprimen libros
filosóficos y poesía lírica, de acuerdo con los minoritarios deseos. Las panaderías
producen no sólo los tipos de pan que prefieren las personas sanas, sino también
aquellos panes que consumen quienes siguen especiales dietas. La elección del
consumidor cobra virtualidad tan pronto como el consumidor se decide a gastar el
dinero necesario en la consecución de su objetivo.
En el mercado, los consumidores no disponen todos del mismo número de votos.
Los ricos pueden depositar más votos que los pobres. Dicha desigualdad es fruto de
previa votación. Dentro de una economía de mercado sólo se enriquece quien sabe
atender los deseos de los consumidores. Y, para conservar su fortuna, el rico tiene que
perseverar abnegadamente en el servicio de los consumidores.
De ahí que los empresarios y quienes poseen los factores materiales de
producción puedan ser considerados como simples mandatarios o representantes de los
consumidores, cuyos poderes a diario son objetos de revocación o reconfirmación.
En la economía de mercado sólo hay una excepción a esa total sumisión de
quienes poseen los factores materiales de producción; con respecto de los consumidores.
Los precios de monopolio implican violentar y desconocer los deseos del consumidor.
El metafórico uso del término Política
Las instrucciones dadas por el empresario, en la conducción de sus negocios,
son audibles y visibles. Hasta el portero sabe quien manda y dirige la empresa. En
cambio, es necesario una mayor perspicacia para darse cuenta de la relación de
dependencia en que se halla el empresario con respecto al mercado. Las órdenes de los
consumidores no son audibles y visibles. De ahí que muchos sean incapaces de advertir
la existencia de las órdenes; incurriendo en el error de suponer que empresarios y
capitalistas son autócratas irresponsables que a nadie dan cuenta de sus actos.
Tal mentalidad fue generada por la costumbre de emplear (al tratar el mundo
mercantil) términos políticos. Se denomina magnates a los empresarios más destacados
y sus empresas se califican de imperios. Nada habría que oponer a tales expresiones, sí
no constituyera más que intrascendentes metáforas. Pero lo grave es que provocan
graves falacias que perturban torpemente el pensamiento.
El gobierno es el aparato de compulsión y coerción. Su poderío le permite
hacerse obedecer por la fuerza. El gobernante, ya sea autócrata o representante del
pueblo, mientras goce de fuerza política, puede aplastar al rebelde.
Distinta a la postura del gobernante es la postura de empresarios y capitalistas en
la economía de mercado. El "rey del chocolate" no goza de poder sobre los
139
consumidores. Se limita a proporcionarles chocolates de la mejor calidad al precio más
bajo posible. No gobierna a los consumidores; antes al contrario, se pone al servicio de
los consumidores. No depende de él una clientela que libremente puede ir a comprar a
otras tiendas, Su hipotético "reino" se esfuma en cuanto los consumidores prefieren
gastar sus ingresos con distintos proveedores. Menos aún "reina" sobre sus trabajadores.
No hace más que contratar los servicios de estos trabajadores, pagándoles exactamente
lo que los consumidores están dispuestos a reembolsarse al comprar el producto en
cuestión. El poderío político no lo conocen capitalistas y empresarios. Hubo una época
durante la cual, en los países, los gobernantes no intervenían seriamente la operación del
mercado. En cambio, esos mismos países se hallan dirigidos por partidos hostiles a la
economía de mercado, por gente convencida de que cuanto más perjudiquen los
intereses de capitalistas y empresarios, tanto más prosperan los pobres.
En la economía de mercado, ninguna ventaja pueden obtener los capitalistas y
empresarios del soborno a funcionarios y políticos, no siéndoles tampoco posibles a
funcionarios y políticos coaccionar a capitalistas y empresarios ni exigirles nada. Por el
contrario, en los países estatistas existen poderosos grupos de presión que bregan
buscando privilegios para sus miembros, a costa siempre de otros grupos o personas
más débiles. En tal ambiente, los empresarios intentan protegerse contra los abusos
administrativos comprando funcionarios. Es más, una vez habituados a dicha mecánica,
buscan privilegios personales, al amparo de la misma. Pero ni siquiera esa solución de
origen estatista entre funcionarios y empresarios arguye en el sentido de que estos
empresarios sean omnipotentes y gobiernen el país. Porque son los consumidores, es
decir, los supuestamente gobernados, no los empresarios en apariencia gobernantes,
quienes aportan las sumas que luego se dedicarán a la corrupción y al soborno.
Por razones morales, y por miedo; la mayoría de los empresarios rehuye tan
torpes maquinaciones. Por medios limpios y democráticos pretenden defender el
sistema de libre empresa y protegerse contra las medidas discriminatorias. Forman
asociaciones empresariales e intentan influir en la opinión pública. Pero no son brillante
los resultados que han conseguido de esta forma, según evidencia el triunfo, por todas
partes, de la política anti economía de mercado. Lo más que lograron fue retrasar solo
por el momento, la implantación de algunas medidas intervencionistas nocivas.
Los demagogos gustan tergiversar las cosas. Dicen que esas asociaciones de
banqueros e industriales son los verdaderos gobernantes que inimpugnables imperan en
la llamada "plutodemocracia". Basta un repaso de la serie de leyes anti economía de
mercado dictadas para demostrar la inadmisibilidad lógica de tales mitos.
140