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Lucía Berlín

Este documento es una reseña del libro "Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin. La autora tenía una vida itinerante y escribía desde la periferia. Sus cuentos se basan en sus propias experiencias y capturan las voces de personas diversas de manera auténtica. A pesar de publicar en pequeñas revistas, su obra no fue reconocida hasta después de su muerte. Su estilo directo y perspectivas únicas probablemente no encajaban con las convenciones literarias de su época.

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Lucía Berlín

Este documento es una reseña del libro "Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin. La autora tenía una vida itinerante y escribía desde la periferia. Sus cuentos se basan en sus propias experiencias y capturan las voces de personas diversas de manera auténtica. A pesar de publicar en pequeñas revistas, su obra no fue reconocida hasta después de su muerte. Su estilo directo y perspectivas únicas probablemente no encajaban con las convenciones literarias de su época.

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Scotti, Marcelo

Manual para mujeres de la limpieza


(2017) de Lucia Berlin

Guay: Revista de lecturas

2021, vol. Abril

Scotti, M. (2021). [Reseña de] Manual para mujeres de la limpieza (2017) de Lucia Berlin. Guay: Revista
de lecturas, Abril. En Memoria Académica. Disponible en:
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R E L AT O
MARCELO SCOTTI

Manual para mujeres de la


limpieza
(2017)
de Lucia Berlin

¿Se escucha la voz de una persona en su escritura? ¿La podemos oír


mientras leemos lo que escribió, incluso cuando ha pasado mucho tiempo de esa
escritura o, más aún, cuando alguien ha traducido su obra desde otra lengua?
Vuelvo a preguntarme sobre la presencia de la voz en el texto leyendo a Lucia
Berlin, percibiendo su tono limpio y directo, la música única que se desprende de
su forma de ver y de contar.
Una mujer nacida en Alaska en 1936 con una biografía de película, según
informa la edición en español de una selección de sus cuentos: pasó su infancia
en varios pueblos mineros del oeste y en el sur de Estados Unidos, en la frontera
cultural difusa con México, a los saltos entre escuelas católicas primarias que la
expulsaban y una familia materna desintegrada que la sometió a maltratos
dedicados y constantes a manera de crianza y de primera educación, pero la
introdujo también en el roce directo con el mundo en un lugar abundante de otros
¿o será que la pequeña Lucia era ya la otra dentro de un universo familiar
regenteado por abuelo y madre alcohólicos? La niñez, ya desajustada por su
estatura inusitada y una persistente afección en la columna que la obligaba a usar
un ostensible corsé, vuelve una y otra vez en sus relatos como referencia
fundante y territorio que no se ha terminado de abandonar; como si se tratara de
un ejercicio ante el analista, Lucia nombra muchas veces pasajes, anécdotas y
personajes de esa infancia y lo hace una y otra vez tallando algún nuevo matiz,
modelando sus recuerdos y lo que ella misma es capaz de hacer con ellos
mediante la escritura; hay allí dolor, violencia, temor, desesperación, pero también
alegrías inesperadas, bruscos aprendizajes, amores. Hay, sobre todo, una
experiencia de la vida que se mantiene en movimiento, en sus recuerdos y en su
escritura, una voluntad preciosa de seguir contándose y contando la propia
historia para alejarse de la fatalidad o de la muerte.
De Alaska a Texas y de allí a Chile, en un abrupto cambio de escenario que la
deposita, familia paterna mediante, en el seno mismo de la oligarquía trasandina,
trajinando su adolescencia en colegios de élite en los que se siente tan fuera de
lugar como desde que nació. De esa experiencia de una extranjería insistente,
Berlin declina una escritura insólita en la que sólo puedo reconocer un aire de
familia con la sensibilidad versátil de Agnès Varda o con algunos hermosos
cuentos de Truman Capote – La botella de plata o Deslumbramiento, por
ejemplo-: una forma de la soledad que se empeña en volverse abierta curiosidad
sobre el mundo y sobre los propios recuerdos.
La edición de Alfaguara destaca en el paratexto el hallazgo de esta obra, el
redescubrimiento de una autora poco o nada celebrada en su momento que se ha
vuelto famosa en los últimos años y que se ha ganado, post mortem, reediciones
y reconocimientos de los que no gozó en vida. Berlin tuvo su menos que cuarto
de hora publicando en revistas en los ochenta y los noventa y en libros de tiradas
limitadas en pequeñas editoriales; en sus textos uno no se imagina una escritora,
tanto porque su biografía a salto de mata revelada a retazos en sus cuentos
trasunta cierta imposibilidad de sostener el oficio y de sostenerse como tal, como
por la frescura de su prosa, o, mejor dicho, por la soltura de su tono; antes que
relatos planificados y elaborados pensando en su publicación, los textos de Berlin
parecen ejercicios de observación o de rememoración que están vinculados con
su biografía siempre de una manera diferente. Se trata de una antología de
cuentos, pero Manual para mujeres de la limpiezapuede leerse también como la
memoria de su autora, la memoria que se obstina en no quedarse quieta y que se
revuelve tras las varias luces de su rememoración. Más que a una escritora ante
una máquina de escribir, uno se imagina a Lucia Berlin escribiendo mientras
cocina, cose, cuida a una anciana enferma, atiende una central telefónica o lava
la ropa en alguna casa de familia que la ha empleado para la limpieza, como
muchas de las narradoras de sus historias.
En la mayor parte de los relatos aquí reunidos la autora narra fragmentos de
sus propias experiencias o compone pequeñas historias de familia, de amor o de
amistad incluyéndose en la escena, en otros se desplaza apenas hacia afuera del
cuadro y apela a algún personaje, incluso masculino, que sostiene su propia
mirada o que se torna un observador circunstancial de su vida. Una singularisima
capacidad de registrar a los sujetos que sólo puede entenderse como parte de
una curiosidad genuina por la gente que no asume sesgo alguno de exotismo o
de condescendencia, y una escucha finísima de los modos de decir y de callar de
los otros, seguramente apuntalada por sus frecuentes mudanzas, pero atesorada
con afecto y dedicación para servir a una escritura que suele sorprender con giros
graciosos o detalles que rompen la unidad de tiempo y lugar o traen a cuento del
pasado o de las lenguas vecinas disrupciones tan imprevisibles como precisas: un
aire fresco que se siente incluso en sus relatos más sombríos y que modera las
historias sin quitarles un gramo de peso o de verdad.
Su acercamiento a la ficción es inusualmente directo y sin poses, no parece
haber en sus relatos mucho margen para la imaginación de argumentos y,
claramente, no hay pretensión alguna de forzar o dilatar tramas, pero es notable
la capacidad para rotar los puntos de vista, para mirar o imaginar desde la
posición de otros sujetos e incluso para narrar y narrarse desde esas otras
miradas: en Y llegó el sábado relata parte de su experiencia como maestra de
escritura en un taller que dictó en la cárcel del condado de Boulder, Colorado; lo
notable del relato es que quien narra es uno de sus estudiantes y que su propia
figura como docente queda en un segundo plano; más notable aún es que el
verdadero protagonista del relato es otro de los alumnos del taller, y que su brillo
se delinea entre las varias admiraciones que genera entre todos esos otros y
otras detenidos que comparten brevemente las clases y en la propia maestra.
En Mijito, la tragedia anunciada se entreteje entre dos puntos de vista trabajados
con igual intensidad y precisión, la profundidad y la elocuencia emergen del
abismo social y cultural que se compone entre ambos, del horror que los hace
funcionar diariamente incluso contra la voluntad y las acciones de sus
protagonistas.
Tal vez las propias experiencias como adicta al alcohol la hayan introducido
por varios mundos oscuros sintiendo la comunión profunda con las almas
perdidas, tal vez su condición de saltimbanqui, incluso entre las clases sociales,
la haya llevado a ese lugar desprovisto de toda vanidad del orgullo o los propios
prejuicios; como sea, en la literatura de Lucia Berlin hay personas, variadas,
muchas, diferentes, otras, vivas y únicas, que se cruzan casualmente en su
sinuoso camino para que ella capture su brillo singular, para compartir o imaginar
sus felicidades fugitivas o mientras se abisman en sus propios infiernos.
Pero volviendo a aquello que no se vio o no se apreció en su momento, un
poco a la manera de Stoner, la notable novela de John Williams descubierta
recientemente casi medio siglo después de su primera edición, cabe preguntarse
en el caso de Lucia Berlin hasta qué punto su mirada y su escritura podían tener
alguna clase de aceptación mayor en su momento. Pensemos que se trata de una
literatura que se construye desde un afuera múltiple, sin lugar para la celebración
del “modo de vida americano” pero despojada a la vez de cualquier pretensión de
encuadrarse en alguna forma establecida de contracultura o de contra discurso
¿dónde se podrían poner los relatos de una mujer educada entre mineros de la
más variada procedencia y también entre ciertas élites cultas que escribe
mientras trabaja como empleada doméstica o enfermera en diferentes ciudades
de Estados Unidos o que cuenta, con la mayor y más brutal limpieza, cómo se
metió en los más estrafalarios y peligrosos tugurios para conseguir, a las horas
más inapropiadas, el trago que calmara su adicción al alcohol mientras criaba a
sus cuatro hijos? Tal vez en un hombre estas experiencias del borde, muchas
veces cultivadas para la propia notoriedad de artista fou tuviera algún rédito, pero
las mujeres rotas entraban en el mundo de la cultura sólo como tema o como
prueba de debilidad, muy raramente como autoras o como narradoras de sus
propias vidas. ¿Cuántas mujeres aparentemente comunes, atadas a las tiranías
de entrecasa o de la vida social habrán escrito o querido escribir sobre sí y sus
otros y otras? ¿Cuántas lo habrán hecho efectivamente sin modo alguno de que
sus escrituras trascendieran? Sabemos de Lucia Berlin porque en algún momento
sostuvo sus contactos con un borde del mundo editorial y pudo entonces publicar
parte de una obra que se desarrollaba al margen de casi toda forma usual de
literatura “publicable”; su brillo, justamente, procede de esa condición excéntrica
que no presumía de tal. Cada época deja afuera aquello que, por no confirmarla
del derecho o del revés, se le cae de su propia superficie de legibilidad o, más
simplemente, es incapaz de escuchar a quienes la nombran con la mayor
franqueza.

MARCELO SCOTTI

Es profesor en las carreras de Historia y de Ciencias de la Educación en la


Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP y es
docente de la FLACSO Argentina. Ha publicado recientemente el
libro Transficcional, para abordar el malestar en las prácticas
socioeducativas, a través del cine en diálogo con el psicoanálisis.

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