0% encontró este documento útil (0 votos)
84 vistas8 páginas

Loic Wacquant

Este documento presenta un extracto del libro "Entre las cuerdas" del sociólogo Loic Wacquant sobre su investigación etnográfica viviendo y entrenando en un gimnasio de boxeo en un barrio empobrecido de Chicago. Explica cómo se unió al gimnasio por curiosidad y para estudiar de cerca la realidad del gueto, y cómo terminó entrenando boxeo durante 3 años, compitiendo en torneos y desarrollando una estrecha amistad con los boxeadores. Su inmersión le permitió comprender las

Cargado por

holawey06
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
84 vistas8 páginas

Loic Wacquant

Este documento presenta un extracto del libro "Entre las cuerdas" del sociólogo Loic Wacquant sobre su investigación etnográfica viviendo y entrenando en un gimnasio de boxeo en un barrio empobrecido de Chicago. Explica cómo se unió al gimnasio por curiosidad y para estudiar de cerca la realidad del gueto, y cómo terminó entrenando boxeo durante 3 años, compitiendo en torneos y desarrollando una estrecha amistad con los boxeadores. Su inmersión le permitió comprender las

Cargado por

holawey06
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Espacio Curricular: Sociología

Profesora: Mariela Mitsuko Nerome


Cursos: 4°1° TM - TT
Ciclo Lectivo 2023 | Loic Wacquant

Estimados/as estudiantes. Este bimestre la idea ha sido poder aplicar algunos de los
conceptos vistos en dos extractos de investigaciones realizadas por investigadores:
Néstor García Canclini, antropólogo argentino nacido en 1939, especializado en
consumos culturales y Loic Wacquant, sociólogo francés nacido en 1960, especializado
en Sociología urbana. El texto de Canclini se encuentra en el cuadernillo del tercer
bimestre, pero, de todas formas, se incorpora en el aula virtual por separado.

1- Extractos de “Entre las cuerdas” (2006) | Loic Wacquant

Todo grupo de personas —presos, hombres primitivos, pilotos o pacientes— desarrolla


una vida propia que se convierte en significativa, razonable y normal desde el momento en
que uno se aproxima a ella.
Erving Goffman, Internados, 1961

Aterricé en la sala de boxeo de Woodlawn por rebeldía y por casualidad. Buscaba un lugar
de observación para ver, entender y tocar de cerca la realidad cotidiana del gueto
americano, cuyo estudio había iniciado por invitación y en estrecha colaboración con el
eminente sociólogo negro William Julius Wilson, pero del que no tenía ni la más mínima
percepción práctica, puesto que había crecido en el seno de una familia de clase media
de un pueblecito del sur de Francia.
La Universidad de Chicago me asignó el último departamento vacío que nadie quería
porque se encontraba en la línea de demarcación del barrio negro de Woodlawn,

1
señalizado cada 50 metros por teléfonos blancos de emergencia para llamar a la policía
privada de la universidad en caso de necesidad.
El gym de la calle 63, estaba apenas a dos manzanas de mi casa, pero de algún modo en
otro planeta. Me inscribí inmediatamente, por curiosidad y porque era evidentemente el
único medio aceptable de estar por allí y de conocer a los jóvenes del barrio. Y desde la
primera sesión de entrenamiento comencé un diario etnográfico, sin sospechar
remotamente que habría de frecuentar el gimnasio con creciente asiduidad durante más
de tres años y que, de esa forma, reuniría casi 2.300 páginas de notas donde consignaba
religiosamente durante horas cada noche los acontecimientos, las interacciones y las
conversaciones del día. Lo que sucedió fue que una vez dentro del Woodlawn Boys Club
me encontré enfrentándome a mi cuerpo y ante un triple desafío. El primero era crudo e
incluso brutal: ¿Sería capaz de aprender este deporte exigente y duro como pocos, de
dominar sus rudimentos con el fin de hacerme un hueco en el universo al tiempo fraternal
y competitivo de la pelea, de entablar con los miembros del gimnasio relaciones de
respeto y confianza mutuos y, finalmente, de realizar mi trabajo de investigación sobre el
gueto? La respuesta tardó varios meses en llegar. Después de unos comienzos difíciles y
dolorosos durante los cuales mi ineptitud técnica sólo era comparable a mi sentimiento
de frustración y, a veces, de desaliento (aquellos que se convertirían más tarde en los
compañeros de cuadrilátero más queridos apostaban entonces unánimemente por mi
abandono inminente), conseguí mejorar mi condición física, fortalecer mi mente, adquirir
los gestos y empaparme de la táctica del púgil (boxeador).
Tomé clases sobre el parquet y después probé entre las cuerdas, entrenándome
regularmente con los demás boxeadores, aficionados y profesionales, antes de
embarcarme, con el apoyo entusiasta de todo el club, en el gran campeonato de los
Golden Gloves de Chicago e incluso pensar en hacerme profesional. Adquirí
conocimientos prácticos y afiné mis ideas sobre el Noble Arte (Boxeo) hasta el punto de
que el viejo entrenador DeeDee me pidió que lo sustituyera como «hombre de esquina»
durante un gran combate que debía disputar Curtis, el mejor boxeador de Woodlawn.
Apenas cruzada esta barrera inicial y una vez cumplidos los requisitos mínimos
necesarios para mi inserción duradera en el medio, se me volvió a presentar un segundo
desafío, el de mi proyecto inicial: ¿Podría comprender y explicar las relaciones sociales en
el gueto negro partiendo de mi implantación en un lugar concreto? La inmersión en la
pequeña sala de boxeo y la participación intensa en los intercambios que tenían lugar a
diario me permitieron —en mi opinión, pero el lector también se podrá formar la suya—
hacerme una idea completa de lo que es un gueto en general y de la estructura y

2
funcionamiento concretos del gueto negro de Chicago en la Norteamérica posfordista y
poskeynesiana de finales del siglo XX en particular, especialmente en lo que lo distingue
de los barrios marginales de otras sociedades avanzadas. Empezando por desterrar la
falsa creencia —profundamente arraigada en la sociología estadounidense— de la
relación entre división racial y marginalidad urbana y de que el gueto es un universo
«desorganizado», caracterizado por la penuria, la carencia y la ausencia.
El gym me permitió centrar su estudio en las relaciones de poder que lo caracterizan
propiamente como instrumento de explotación económica y de ostracismo social de un
grupo desprovisto de honor étnico, una forma de «prisión etnorracial» en la que están
confinados los parias de Estados Unidos.
Aún quedaba el tercer desafío, el mayor, que yo no podía ni remotamente imaginar cuando
un día franqueé la puerta del Woodlawn Boys Club: ¿Cómo dar cuenta
antropológicamente de una práctica tan intensamente corporal, de una cultura tan
profundamente cinética, de un universo en el que lo más esencial se transmite, se
adquiere y se despliega más allá del lenguaje y de la conciencia; resumiendo, de una
institución hecha hombre que se sitúa en los límites prácticos y teóricos de lo habitual?
En otras palabras: una vez comprendido el oficio de boxeador, en el sentido de ocupación,
de estado social, pero también de ministerio y misterio «por el cuerpo», con mis puños y
mis entrañas, estando yo mismo preso, cautivo y cautivado por él, ¿sabría traducir esa
comprensión de los sentidos en lenguaje sociológico y encontrar las expresiones
adecuadas para comunicarla sin anular sus propiedades más señaladas?
Al entrar en la fábrica del boxeador, al dilucidar «la coordinación de estos tres elementos,
el cuerpo, la conciencia individual y la colectividad», que le dan forma y lo hacen vibrar día
a día, «es la vida misma, es todo el hombre» lo que descubrimos. Y que descubrimos en
nosotros.
Introducción
En agosto de 1988, por una serie de circunstancias, me inscribí en un club de boxeo de un
barrio del gueto negro de Chicago. Nunca había practicado ese deporte, ni siquiera se me
había pasado por la imaginación hacerlo. Aparte de las ideas superficiales y los
estereotipos que uno puede formarse a través de los medios de comunicación, el cine o
la literatura, nunca había tenido contacto con el mundo pugilístico. Era, pues, un perfecto
novato. Durante tres años me entrené junto a boxeadores del barrio, aficionados y
profesionales, entre tres y seis veces por semana, aplicándome en todas las fases de su
rigurosa preparación, desde el shadow-boxing delante del espejo hasta el sparring sobre
el ring. Para mi sorpresa y la de mis allegados, me fui enganchando poco a poco hasta el

3
punto de pasar todas las tardes en la sala de Woodlawn y «calzarme los guantes»
frecuentemente con los profesionales del club para finalmente pasar entre las cuerdas y
disputar mi primer combate oficial en los Chicago Golden Gloves; en la embriaguez de la
inmersión llegué a pensar en algún momento en interrumpir mi carrera académica para
«hacerme» profesional y seguir así cerca de mis amigos del gym y de su entrenador,
DeeDee Armour, quien se convirtió en un segundo padre para mí. Siguiendo sus pasos
asistí a una treintena de torneos y «veladas» de boxeo celebradas en diversos cabarets,
cines y centros deportivos de la ciudad y sus alrededores en calidad de compañero de
gimnasio y admirador, sparring y confidente, hombre de esquina y fotógrafo, lo que me
sirvió para tener libre acceso a todas las escenas entre bastidores del mundo de los
combates. También acompañé a boxeadores de mi gym «en la ruta» cuando se
celebraban veladas en otros lugares del Midwest y en los prestigiosos (pero lamentables)
casinos de Atlantic City. Y fui asimilando progresivamente las categorías del juicio
pugilístico bajo las ideas de DeeDee, conversando interminablemente con él en el
gimnasio y analizando los combates que veíamos por las noches en el televisor de su
casa, los dos sentados sobre la cama que tenía en la cocina de su pequeño departamento.
La amistad y confianza que me demostraron los socios del Woodlawn hicieron que me
pudiera confundir con ellos dentro del gimnasio, pero también que los acompañara en sus
peregrinaciones diarias al exterior, buscando un empleo o un departamento, en sus
negocios en las tiendas del gueto, en sus peleas conyugales, en los servicios sociales o la
policía, así como en sus salidas con sus «homies» (colegas) de las peligrosas ciudades
vecinas. Mis colegas de ring compartieron alegrías y penas, sueños y deberes, meriendas,
noches de baile y reuniones familiares.
Debía estudiar el boxeo en su aspecto menos conocido y menos espectacular: la rutina
gris y punzante de los entrenamientos en el gimnasio, la larga e ingrata preparación —
física y moral al mismo tiempo—, preludio de las breves apariciones bajo las luces, los
ritos ínfimos e íntimos de la vida del gym que producen y reproducen la creencia y
alimentan esa economía corporal, material y simbólica tan particular que es el mundo
pugilístico.
No entré en el gym con la intención expresa de investigar el mundo pugilístico. Mi
pretensión inicial era servirme de la sala de boxeo como «ventana» sobre el gueto para
observar las estrategias sociales de los jóvenes del barrio —mi objeto inicial—, y sólo al
cabo de 16 meses de presencia asidua, y después de haber sido entronizado como
miembro del círculo próximo del Boys Club, decidí, con el aval de los interesados, hacer
del oficio de boxeador un objeto de estudio completo. No me cabe la menor duda de que

4
jamás me habría ganado tal confianza ni obtenido la colaboración de los socios del
Woodlawn si hubiera entrado en la sala con el objeto premeditado de estudiarla, puesto
que esta intención habría modificado irrevocablemente mi estatus y mi rol en el seno del
sistema social y simbólico considerado.
La nacionalidad francesa me otorgó una cierta exterioridad estatutaria respecto de la
estructura de relaciones de explotación, desprecio y desconfianza que se da entre blancos
y negros en América. Me beneficié del capital histórico de simpatía del que goza Francia
entre la población afroamericana gracias a la acogida que ésta proporcionó a los
soldados en las dos Guerras Mundiales (donde, por vez primera en su vida, se sintieron
tratados como seres humanos y no como miembros de una casta inferior) y por el simple
hecho de no tener el hexis del americano blanco medio que marca continuamente, incluso
con su cuerpo, la frontera infranqueable entre comunidades. Eddie, el segundo entrenador
de Woodlawn, me lo explicaba:
“Te respeto, porque vienes a un gym y por ser como otro cualquiera de la sala... No hay
muchos Caucasians [blancos] que hagan eso con los negros... Mi mujer y yo hace cinco
años que vivimos en Hyde Park [el barrio de la Universidad de Chicago, en un 80% blanco] y
nunca hemos conocido a Caucasians, jamás. Cuando se acercan a ti en la calle tienen cara
de susto como si fueras a atacarlos. Por eso nunca hemos hablado con un Caucasian en
Hyde Park. [Su tono sube y se acelera por el efecto de la emoción.] La mayoría de los
Caucasians, cuando te acercas o intentas hablarles, retroceden y te miran como si llevaras
una argolla en la nariz, ¿sabes? Te miran de arriba abajo [mueve los ojos con un aire feroz]
y te das cuenta de que hay algo que no va bien. Pero tú no haces eso, estás completamente
relajado en la sala y cuando vienes a las peleas con nosotros... Man! Tú estás tan relajado
que no pareces Caucasian”.

La calle y el ring
Del mismo modo que no se podría comprender lo que es una religión instituida como el
catolicismo sin estudiar con detalle la estructura y el funcionamiento de la organización
que le da cuerpo - en este caso la Iglesia romana- , tampoco se puede dilucidar la
importancia y el arraigo del boxeo en la sociedad norteamericana contemporánea - o, al
menos, en las franjas inferiores de la esfera social de donde emana - sin examinar la trama
de relaciones sociales y simbólicas que se tejen en el interior y alrededor del gimnasio,
núcleo y motor oculto del universo pugilístico.
El gym, es el taller donde se fabrica ese cuerpo-arma y escudo que el púgil lanza al ataque
en el ring, el crisol donde se pulen las habilidades técnicas y los saberes estratégicos cuyo

5
delicado ensamblaje hace al combatiente completo. Pero el gimnasio no es sólo eso, y su
misión técnica reconocida —transmitir una competencia deportiva— no debe ocultar las
funciones extrapugilísticas que cumple para quienes llegan allí a comulgar con este culto
plebeyo de la virilidad que es el Noble Arte. Ante todo, el gym aísla de la calle y desempeña
la función de escudo contra la inseguridad del gueto y las presiones de la vida cotidiana.
A modo de santuario, ofrece un espacio protegido, cerrado, reservado, donde uno puede
sustraerse a las miserias de una existencia vulgar y a la mala fortuna que la cultura y la
economía de la calle reservan a los jóvenes nacidos y encerrados en el espacio
vergonzoso y abandonado de todos que es el gueto negro. El gym es, además, una
escuela de moralidad en el sentido de Durkheim, es decir, una máquina de fabricar el
espíritu de la disciplina, la vinculación al grupo, el respeto tanto por los demás como por
uno mismo y la autonomía de la voluntad, aspectos indispensables para el desarrollo de
la vocación pugilística. Por último, el gimnasio es el vector de una desbanalización de la
vida cotidiana al convertir la rutina y la remodelación corporal en el medio de acceder a
un universo distintivo en el que se entremezclan aventura, honor masculino y prestigio. El
carácter monástico, casi penitencial, del «programa de vida» pugilístico transforma al
individuo en su propio campo de batalla y lo invita a descubrirse o, más bien, a crearse a
sí mismo.

Ritos y símbolos

Las conversaciones en el club están muy ritualizadas. El orden de los locutores, el


contenido de sus palabras, la posición que mantienen en el espacio limitado de la sala de
atrás dibujan una estructura compleja y sutilmente jerarquizada. Por ejemplo, muy pocas
veces se charla en la sala propiamente dicha cuando se está entrenando. Un orden
estricto rige la ocupación de los sillones, así como el uso de la palabra: los entrenadores
y los viejos tienen preferencia.
El sillón desde el que DeeDee observa la evolución de los atletas está estrictamente
reservado al señor del lugar. La versión oficial es que no quiere que la gente se siente con
el pretexto de que se mancharía de sudor. Pero la prohibición se aplica también a aquellos
que vienen vestidos de calle y no se entrenan; sólo Curtis, la promesa del club, se permite
transgedirla alguna vez, normalmente cuando el viejo entrenador no está presente.
La excusa higiénica apenas logra disfrazar la razón social de esta prohibición: el sillón
simboliza el lugar de DeeDee y su función en la sala. Puesto de observación, símbolo de

6
autoridad, lugar desde donde puede abarcar de un vistazo, vigilar y controlar todas las
fases del entrenamiento y los gestos de todos.
Hay un vínculo emocional con el gym, que los boxeadores suelen comparar con “su casa”
o como una “segunda madre”, lo que indica bien la función protectora y nodriza que tiene
a sus ojos.

Mujeres y el club

Las mujeres no son bienvenidas en la sala porque su presencia perturba, sino el buen
funcionamiento material, al menos el orden simbólico del universo pugilístico. Sólo en
circunstancias excepcionales, como la proximidad de un torneo o el día después de una
victoria decisiva, se permite a las amigas o esposas asistir a un entrenamiento de su
hombre. Cuando van, deben quedarse sentadas inmóviles y en silencio en sillas colocadas
detrás del ring, y normalmente se sitúan a los lados, contra la pared, de forma que no
entren en la zona de ejercicio propiamente dicha, aunque no esté ocupada.
Gueto y gym

El gueto y el gym se encuentran en relación de contigüidad y continuidad. Pero una vez en


la sala de boxeo, esta relación se rompe y se ve invertida por la disciplina espartana a la
que deben plegarse los púgiles, que incorpora las cualidades de la calle al servicio de otras
metas, más lejanas y estructuradas de forma rígida.
El gym funciona prácticamente como una institución que intenta reglamentar toda la
existencia del boxeador: como emplea el tiempo y el espacio, el cuidado de su cuerpo, su
estado de ánimo y deseos, hasta el punto que los púgiles de la sala comparan a menudo
el trabajo de la sala con el ejército.
La sala de boxeo se define en su relación de oposición simbiótica al gueto que la rodea:
al reclutar a sus jóvenes y apoyarse en su cultura masculina del valor físico, el honor
individual y el vigor corporal, se enfrenta a la calle como al desorden, como la regulación
individual y colectiva de las pasiones a su anarquía privada y pública, como la violencia
controlada y constructiva de un intercambio estrictamente civilizado y claramente
circunscripto -al menos desde el punto de vista de la vida social y la identidad del
boxeador- a la violencia sin sentido ni razón de los enfrentamientos imprevistos y carentes
de límites o sentidos que simboliza la criminalidad de las bandas y los traficantes de droga
que infestan el barrio.
El gym como fábrica

7
A menudo se ha comparado a los boxeadores con los artistas, pero una analogía más
exacta apuntaría más bien al mundo de la fábrica o al taller del artesano. El Noble Arte se
parece punto por punto a un trabajo manual calificado pero repetitivo. Incluso este trabajo
es todavía más grotesco que la pesadilla de la cadena de montaje. Los mismos
boxeadores profesionales ven el entrenamiento como un trabajo (“Tengo que hacer mis
deberes”, “Es como tener otro trabajo”), y sus golpes como sus herramientas.

Capital Incorporado

El dominio teórico sirve de poco mientras el gesto no haya quedado grabado en el


esquema corporal, y sólo una vez asimilado el golpe con y por el ejercicio físico repetido
hasta la náusea, queda completamente claro para el intelecto. Existe de hecho una
comprehensión del cuerpo que supera y precede la plena comprensión visual y mental.
Sólo la experimentación carnal permanente que supone el entrenamiento como complejo
coherente de “prácticas de incorporación” permite adquirir este control práctica de las
reglas del pugilismo que, justamente, dispensa de constituirlas como tales en la
conciencia.
La asimilación del pugilismo es fruto de un trabajo de participación del cuerpo y de la
mente que, mediante la repetición infinita de los mismos gestos, procede mediante una
serie discontinua de desplazamientos ínfimos, difícilmente reconocibles individualmente,
pero cuya suma en el tiempo produce avances significativos sin que se los pueda separar
ni fechar ni medir con precisión.

También podría gustarte