0% encontró este documento útil (0 votos)
58 vistas10 páginas

Mejores cursos de Crehana: guía esencial

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
58 vistas10 páginas

Mejores cursos de Crehana: guía esencial

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Ejercicio 1

Mi nombre es Valeria, por algún tiempo fue Karla.

Por una gran parte de mi vida no me gustaba el nombre de Valeria, me parecía infantil, algo
que no me representaba, eso creía mi niña interior.

El nombre de Karla me lo impuso el alumnado a usar en el aula escolar, supongo por la


facilidad de ser el primer nombre que poseo. Sin embargo, no me identificaba, me parecía
un nombre fuerte y sin gracia por carecer de ies. Al pasar los años de mi vida estudiantil, en
algún momento pedí ser llamada Valeria pues es así como me conocen en mi casa, mi núcleo
familiar, pero tuve una contestación que en aquel momento me dejo sin palabras para
defender mi individualidad, fue por parte de una compañera en la secundaria: no, yo ya me
llamo Valeria, yo llegue primero. Y la verdad sí, debido a circunstancias no entre en el curso
de inducción que ofrecen en las escuelas, y al parecer, eso ocasionó que no calificara para ser
llamada como quería.

Y como consecuencia, así me presente lo que restaba del tiempo, como Karla, un nombre
que según su significado es Fuerte, pero no me gustaba. Porque no me consideraba alguien
fuerte y menos para pelear por lo que quería. Posteriormente ingresé a la universidad y
finalmente pude presentarme como Valeria… ¿Qué me hizo cambiar de opinión? Pues creí
que ya era tiempo de escoger mi nombre.

Aunque ahora ya siendo un poco más mayor, me doy cuenta que mis nombres Karla Valeria
han sido parte de mi identidad, no podría definirme sin mencionarlos y sin decir todas las
sensaciones que me causa el decirlos.
Avance 1: Describe qué sucede y qué se ve en una foto
Me surgen las dudas, ¿alcanzaré a llegar? ¿Tengo mis
llaves? ¿Se enojara el jefe? ¡Qué tarde que es! Cada
escalón es en sincronía con la incertidumbre que suena
en mis latidos. Siento el rebote de mis pasos, un pie tras
otro pie; puedo tropezar, puedo caer y rodar sobre estas
escaleras. Llegar en un dos por tres al final de ellas. El
clap clap de mis botas, el sonar de mi llavero, las voces
de más personas que van llenando poco a poco los
pasillos; risas detrás, murmullos y el sonido de la ciudad
anunciando que el día comienza.

La narrativa en mi cabeza sigue, y me canta que debo


dormir más temprano; cuidar las horas de sueño pues de
ahí se pueden alargar mis días en esta tierra. Después se
desliza en el argumento de que si tomo más café podría mantenerme con buena actitud hasta
la hora de la tarde. ¡Vaya cosa, que no me lo creo! Voy a tomarlo cuando llegue a la oficina,
claro que sí. El monologo interior que me exhorta pero también me aconseja es tan intenso
que tengo que hacer unas cuantas respiraciones para poder dejar de escucharlas. Tan
temprano y ya está el ruido.

El pasillo me guía a mi destino, doy un último vistazo a mí alrededor. Los colores, las luces y
la gente me recuerdan que debo vivir el momento. ¿Cómo llegué a vivir por automático? Sin
detenerme siquiera para apreciar mi alrededor. Siento la nostalgia envolviéndome, pero no
permito que me embargue, no tan temprano, de repente, oigo el sonido del metal con el piso.
Me detengo en seco, ¿qué ha sido? Claro, mis llaves, las solté. Esa es mi llamada de atención
para enfocarme en el aquí y ahora, y por supuesto que pienso contestarlo.
Avance 2: Carta al padre o madre
A Ti – Carta a mi padre.
Hace unos días atrás me había planteado escribirte, pero luego interrumpí esos pensamientos.
¿Por qué escribirte? ¿Por qué hacerlo? Pero bueno, alguna familiaridad debemos de tener,
al final de cuentas tú eres mi padre. Así que algo saldrá.
Mi vida ha transcurrido sin ningún problema aparente. Si nos vamos a lo fatalista, por
supuesto que el enunciado anterior es mentira. Mi vida se fue en desbocada hacia un oscuro
agujero que parece no tener fin, hasta la fecha. Pero no quiero estar en ese lado. Nunca me
ha gustado. Esa no sería yo. No quiero lamentarme.
Primero que nada, debo admitir que no te guardo rencor alguno. Lo intenté, quise y anhele
tenerlo con todas mis fuerzas. Quise odiarte, desearte hasta la muerte, pero no pude. Como
ya dije, esa no soy yo. No está en mi naturaleza ser así. No sé por qué. También me lo
pregunto. Porque claro, tendría todo el derecho de reclamar esa posición, luego de
abandonarme es lo mínimo que tendría que sentir por ti. Odio, desprecio, decepción, etc. Pero
supongo que juega en gran parte el hecho de que nunca jamás te volví a ver en lo que llevo
de estar viva. Así que eso actuó a tu favor. Pero aun así, no quiero cargar ese peso de odiarte.
Me he planteado que habrás tenido tus razones para marcharte. No lo he hablado con mi
mamá. Y no quiero hacerlo. Ella ha querido sacar el tema pero realmente no tengo mucho
que opinar, ella te conoció mejor que yo. No tengo idea de qué es lo que quiero saber de ti.
Tampoco a ella le he reclamado. Me di cuenta hace unos años, que para ella también debió
haber sido muy duro, y sí, me percaté que no era mi deber tener esa carga a esa edad tan
prematura cuando te fuiste y por lo tanto, a ninguna. Espero que hayas tenido razones sólidas,
de peso para haberte ido.
Pero sí que tengo varios reclamos, porque considero que tengo el derecho y con mucha razón,
de reclamarte de gritarte y de apuntar el dedo hacia tu pecho.
Me privaste de tener tardes contigo, me privaste de conocer el abrazo de un padre, nunca me
dijiste palabras de amor, nunca me diste consejos para la vida, no estuviste en mis
cumpleaños como hacían los padres de otras niñas, me hiciste sentir tan fuera de lugar, tan
incompleta, y tan vulnerable. Y sin mencionar la parte de inocencia que me quitaste, que ni
siquiera me explicaste lo que había pasado. Pero eso es otra historia.
Espero que a tus otros hijos les hayas dado lo que yo no tuve. Amor. Espero sí los hayas
abrazado, espero les hayas hablado bonito, los hayas consolado cuando tuvieran miedo, y
ayudado en las decisiones de la vida adulta.
Sabes que traté de contactarte, lo sabes bien. Pero no quisiste. Quizá ahora tiembles de miedo
pensando que te pueda denunciar o que quiera dinero. Y bien podría hacerlo. Pero no.
Te dejo en libertad, en realidad, ya lo había hecho. Pido a Dios que le de paz a tu alma, y que
sepas que ya no me debes nada.
Gracias a Dios tuve un abuelo que me quiso a su manera, y tengo a un papá que es muy
honorable en su tarea. Debes darles las gracias, a ellos, solo a ellos, y por supuesto a Dios,
no sé qué hubiera hecho sin él.
Acaso debas considerar dedicar tu último pensamiento a mí, y a mi mamá. Tan solo por
respeto y cariño a lo que alguna vez hubo. Debes también darle las gracias a ella. Hizo lo que
pudo con lo que sabía.
Estoy a unos meses de cumplir 27 años. Cada vez estoy más cerca de los 30 años, y estoy
segura que bien lo sabes. Esas cosas no se olvidan simplemente. Creo que si yo tuviera un
hijo y lo hubiera abandonado, me acordaría de hasta el más mínimo detalle de él. Esas
particularidades que solo van y hacen nido en la mente para atormentar.
Me han pasado tantas cosas que realmente tengo validado llorar hasta más de un mes si
quisiera. Pero me di cuenta que soy fuerte y esas heridas son parte de mí, no las puedo negar.
Déjame decirte que cuando forme mi familia, tendré mucho cuidado en escoger a mi pareja.
A ese hombre que comparta su espacio conmigo. Por ti tengo miedo de abrir esa etapa de mí,
pero quiero hacerlo. Me fijaré en todo, espero que no sea como tú.
Te escribo porque como es imposible decir la historia de una persona sin mencionar los
hechos y personas que la formaron, así me es imposible no mencionarte. Formas parte de mi
historia. Y está bien, llevo tus genes en mí. Llevo algo de ti en mí. Espero puedas extrañarme
como yo alguna vez te extrañe. Pero recuerda, ya todo por mi parte esta saldado, no me debes
nada.
Ahora en las noches cuando te recuerdo, solo doy un pensamiento al cielo deseando que el
camino sea claro para ti.
Avance 3: Un reloj
A veces la vida gira tan deprisa que parece egoísta, pues no le importa detenerse y darnos
tiempo de coger el ritmo y poder andar a su paso. Por supuesto que no, no lo hace, y no lo
hará. Tropezones, raspaduras, lágrimas y que el aire crudo en la cara golpee, no son
suficientes para darnos una sacudida que nos haga entrar en coherencia y aferrarnos a la
intensidad de ese ahora. Porque simplemente no medimos la rapidez de la vida.
Su cómplice es el tiempo; tan orgulloso y dueño de sí mismo. Quisiera ser bondadoso y
brindar segundas oportunidades, oportunidades para hacer las cosas de forma distinta, pero
le es imposible. Está dispuesto a confiar en que nosotros haremos lo correcto, porque nuestra
humanidad tan temeraria no se acobarda, somos tan inocentes y cándidos. Quizá ya sea hora
de que vayamos aprendiendo a valorar y ser capaces de reconocer nuestra valentía.
Pero… ¿qué pasaría si en realidad nuestra propia valentía, esa que tanto presumimos y hasta
nos vuelve pedantes en ocasiones, se desmorona como castillo de arena frente a la ola
intempestiva? No lo sé. Sucumbiríamos a lo inevitable, lo natural; nuestra frágil y vana
humanidad pero digna de admitir. No podríamos decir que nos traiciona cuando más
confiamos en ella. No podríamos otorgarle tal castigo, aunque quisiéramos, sabemos que no
podemos.
No puedo culpar a mi valentía de fallarme cuando quiero que me eleve ante los miles de
problemas de un solo día. No puedo culparla, quizás le den miedo las mismas cosas que trato
de que ella oculte perfectamente tras su vestidura. Le pido que las cubra en su sombra y que
si es posible, no deje que esos miedos salgan jamás. Pero eso es, solo es valentía del
momento, no puedo pedirle que defienda con una espada que es fácil de doblarse ante
sombras de miedos que llevo por años cargando. Debí haberlo sabido.
La vida se deja guiar por el compás de las manecillas, y nosotros le creemos.
Avance 4: Carta a la madre
Para ti, Mamá
Te observo, dibujo en mi memoria los relieves de tu rostro, los delicados pliegues que se
surcan cuando sonríes, y la forma en que se encojen tus ojos cuando piensas. Me gusta
escucharte cantar porque sé que te gusta hacerlo, y cuando callas sé que algo te pasa. Lo sé
porque somos muy parecidas.
Cuando te veo, me pregunto qué pensaras de la vida que tienes ahora. Nunca te he preguntado
directamente cuáles eran tus sueños de niña. Supongo que al pasar de los años tuviste que
improvisar algunos caminos para poder tenerme. Sé que me tuviste a una edad un tanto
temprana, y quizás no te dio tiempo de planear. No lo sé. No me atrevo a preguntártelo.
No me imagino lo que pasó por tu mente cuando te enteraste que me tenías. Papá se fue, tú
te quedaste, solo tú y yo. Elegiste tenerme. Supongo que es un acto de amor que no entenderé
y realmente estoy perfectamente en paz con ello. Me hace feliz que me hayas querido sin
conocer.
Ahora en mi momento de adulta, puedo darme cuenta de todos los esfuerzos que hiciste.
Como mujer puedo ver que seguiste luchando a tu manera por la felicidad. Encontraste otra
pareja, y aunque nunca me diste la plática que me introdujera a esa persona, la facilidad con
que todo fluyo fue natural, como que así tenía que pasar.
Una vez me escribiste una carta diciendo que te gustaría saber lo que pienso, yo solo tenía
13 años. No entendía esas palabras, pero ahora me doy cuenta que solo querías conocer a tu
hija. Ojala te hubieras esforzado más. Posiblemente me hubiera ahorrado varios ratos de
incertidumbre por querer adivinar qué era lo que realmente quería o me convenía en la vida.
Sin embargo, me sorprende que sabes y entiendes cosas de mí que nunca sospecharía que lo
hicieras. Supongo que es una clase de don que se les da a las madres; el poder conocer de
una manera microscópica a sus hijos. Me examinas pero a veces desearía que me hablaras y
me aconsejaras. Tu manera de acercarte es singular pero me he acostumbrado.
No me atrevo a culparte, no me atrevo a levantar mi dedo para señalarte como la única
culpable. No te puedo culpar. Si retrocedo en la memoria, podré darme cuenta que mis
abuelos tampoco tenían una cercana relación donde aclaraban tus ideas. No la había. No
puedo exigirte una profundidad que no conocías.
Ahora tienes 2 hijas; mi hermana y yo, después de 18 años, tienes la oportunidad grandiosa
que la vida te ofrece: hacer las cosas diferentes y mejores.
Escrito al Amor
Te miro, te observo, te estudio, te analizo. Deseo aprender tus líneas, tus gestos, tus fantasmas
y hasta tus pecas. Aprender la forma en que inclinas tu rostro cuando piensas y hasta cuando
te enfadas. Distinguir la mirada risueña de una que simplemente ríe por la ocasión.
Te dibujo en mis pensamientos, en mis recuerdos busco tu silueta y hasta la forma de tus
ojos. Temo que a veces me toma más tiempo del necesario. Cuando estoy a punto de
olvidarme, de no ser capaz de recordarte, apareces tan fácilmente. Como si supieras como
regresar a mí.
El viaje me lleva al sitio conocido, y vaya que lo conozco bien. Extrañarte. Extrañar verte, y
es hasta tonto, pues no hemos compartido más del necesario. Dime que no estoy exagerando,
dime que no solo vives en mi mente, dime que no es la realidad una imaginación utópica.
Dime que eres real.
Ahora que escribo me doy cuenta de lo tonto que suena escribirte. Pero si llega a concretarse,
te lo diré riendo. Desde antes de decirnos sí, ya estabas en mi narración. Desde antes de
tenerte en mis manos, ya estabas enredado en mi corazón. Ya tenías mi sí, cariño, ya lo tenías.
Escrito sobre Una pérdida

Puedo decir con mucha confianza que he tenido contacto desde muy temprana edad con la
perdida. Sentir el vacío inexplicable, la sensación de que algo hace falta pero no sabes qué
es. O quizás sí lo sabes, pero es aún más doloroso el admitirlo que el dolor de la perdida
misma.
Perdí el contacto con mi padre. Mi figura paterna deseada se fue. Aquellos sentimientos
salieron aflote: dolor, pena, vergüenza, indiferencia y hasta confusión, claro si se podía
considerar como un sentimiento. Yo estaba segura de sentirlo.
¿Cómo le explicas a una niña que su padre se ha ido y no regresaría jamás? Me atrevo a ir
más profundo aún, ¿cómo ayudas a una niña a procesar el sentimiento de sentirse extraviada
sin estarlo? Todo eso sentí, nadie me lo explicó.
Si mal no recuerdo, el suceso ocurrió cuando tenía 5 años, su ausencia me la habría explicado
argumentando que solo iría a la tienda a comprarme dulces. Inocentemente, le creí. Pero
jamás regresó.
Pasó el tiempo, no me explicaba lo que sentía. No sabía cómo llamarle, pero tampoco me
atrevía a decirle a mi mamá que había algo en mí que me molestaba. Ni sabía que tenía que
decírselo. ¡Cómo me hubiera gustado saberlo!
De repente el peso cayó por sí solo. El abandono, la herida que no me había permitido sanar,
y que tan solo al escuchar la palabra ¨padre¨, mis entrañas se revolvían con ardor, con miedo
y vergüenza de saber que no conocería eso.
Perdí el miedo a sentir eso, hasta recuperé recuerdos que había bloqueado, que mi mente
creyó haber creado en su infinita imaginación, pero con el dolor de mi corazón debí aceptar
que sucedieron. Un acto que un padre no debe de cometer, él lo hizo.
Por supuesto, la sanidad tuvo su parte pero todavía sucede, y en veces, el recuerdo asalta mi
tranquilidad reclamando espacios que ya no son de él… O quizás sí, pero ya no lo quiero.
Relato: Un día diferente.
La vida debería ser emocionante, llena de aventuras y grandes momentos, al menos así lo
dicen. Pero solo veo pasar las manecillas del reloj de minuto a minuto, segundo a segundo.
Un pasatiempo tedioso y no divertido. La televisión que se encuentra en la salita de espera
ya estará cansada de reproducir el mismo infomercial de la compañía, estar de recepcionista
se vuelve monótono, al menos cuando no hay nadie a quien saludar.

Las paredes color hueso se han empezado a deteriorar, ya empiezan a perder el color original.
Hay algunas manchas en la parte inferior de la pared, el otro día vi a un compañero derramar
accidentalmente parte de su café, aun puedo ver la mancha.

El sonido de voces que provienen del exterior hace que mi atención se concentre en un punto
fijo en la ventana. Intento entender lo que hablan pero el ritmo de la plática se acelera, pasan
de ser murmullos a gritos.

Entonces sucede, un hombre entra deprisa a la recepción seguido por otros dos sujetos. Ni se
molestan en verme, entran directo a las oficinas, no me da tiempo de hacer nada. Siempre
creí que en momentos de emergencia mi actuar sería rapidísimo para salvar a todos. Pero
estos hombres han entrado y yo no hice nada. Surgen preguntas en mi mente a una velocidad
que no me deja pensar, ¿Quiénes son? ¿Debería asomarme para saber que quieren?
¿Debería salir y pedir ayuda? ¿Debería correr?

Busco el teléfono, llamo al 911 pero no hay éxito, no hay respuesta. Me levanto de la silla y
rodeo el escritorio y justo cuando voy avanzar escucho una respiración agitada. Me quedo
helada. Aliso mi falda con mis manos y giro el rostro.

Lo veo a los ojos, él no aparta la mirada. No tiene miedo de sostenerla así que yo tampoco.
Quizás mi inocencia me priva de entender la gravedad de la situación. Nos vemos como si
fuéramos a enfrentarnos, como luchadores a punto de ejecutar nuestros movimientos,
buscando adivinar los del oponente para defendernos… pero él no sabe que estoy aterrada.

Mueve una de sus largas piernas y está a punto de dar un paso hacia mí. Guiada por mi
instinto doy un paso hacia atrás, tratando de mantener la distancia original el mayor tiempo
posible.
Él se detiene. No avanza, deja que me aleje. ¿En qué momento creció el interés por
mantenerme acorralada? Detrás de mí, a unos cuantos metros, se encuentra una de las cuatro
paredes de la oficina, la puerta que da al patio principal está al otro extremo, a un lado del
hombre que intenta atacarme.

El hombre que tengo frente a mí no entró con los demás. Intento recordarlo. Eran tres
hombres. Ellos están en las oficinas, están gritando, mis compañeros están gritando. Ahora
me doy cuenta que debí llamar al 911.

Giro un poco el rostro y parpadeo de una forma que me parece lenta porque lo que ocurre
después es que el hombre frente a mí me embiste y con la longitud de su brazo me tira de
espaldas. Siento el golpe y todo el aire sale de mis pulmones. Fue tan rápido que apenas doy
crédito a lo que pasó. Quiero abrir los ojos pero los parpados son tan pesados, poco a poco
los gritos se van alejando y mis ojos ya no luchan por abrirse y yo tampoco por levantarme.

Abro los ojos en un espacio iluminado, hay un hombre que parece ser un enfermero y a la
vez me examina las pupilas con una pequeña lámpara.

¿Volviste a lastimarte? – No entiendo lo que me dice. ¿De qué está hablando este hombre?
Quiero explicarle lo que pasó pero no puedo. No encuentro mi voz. Veo que tiene una jeringa
en la mano izquierda y presiento que lo que contiene no es precisamente medicamento sino
un calmante muy fuerte.

El enfermero no vuelve a hablarme, me levanta si quiera molestarse en saber qué es lo que


tengo. Siento como mis extremidades se empiezan a entumecer. Me acuesta sobre una cama,
cierro los ojos pensando en el descanso que merezco y me percato que el hombre comienza
a limpiar la habitación donde me encuentro.

Doy un vistazo y veo que es una habitación vacía, la cama donde estoy esta al ras del suelo
y para mi sorpresa el espacio no tiene ventanas. ¿En dónde estoy? Sé que hago ruidos porque
el hombre me gira y me ve pero no me responde.

Y es ahí donde me doy cuenta del logo que tiene su camisa, ¨Hospital de la Salud Mental¨.

Me doy cuenta que estoy atrapada, pero decido ceder en este descanso que me ofrece el día.

También podría gustarte