… Para colmo de desdichas, comenzó a nevar.
Pero una nevada discreta no
habría causado tanta preocupación a Harlan Coleman, pues se le había
estropeado la brújula. Ésa, ciertamente, había sido la mayor de las desdichas,
hasta el momento. Hasta el momento, porque la mayor desdicha, sin duda
alguna, era llevar a Sussie con él. No debió haber accedido nunca, nunca.
Una cosa era aprender esgrima, por ejemplo, y otra cosa era salir a cazar por
las montañas, de madrugada, con un frío espantoso, y teniendo por delante
una terrible jornada a pie. Todo esto, a más de nueve mil pies de altura, y por
un terreno en el que hace falta tener unas piernas solidísimas para no
desfallecer en menos de una hora. Se lo había dicho, se lo había explicado, se
lo había detallado concienzudamente.
Lou Carrigan
Biografía de un monstruo
Bolsilibros: Selección Terror - 607
ePub r1.2
Titivillus 04.09.2019
Título original: Biografía de un monstruo
Lou Carrigan, 1985
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
REFUGIO EN LA NIEVE (I)
BIOGRAFIA DE UN MONSTRUO
REFUGIO EN LA NIEVE (II)
ESTE ES EL FINAL
REFUGIO EN LA NIEVE (I)
… Para colmo de desdichas, comenzó a nevar.
Pero una nevada discreta no habría causado tanta preocupación a Harlan
Coleman, pues se le había estropeado la brújula. Ésa, ciertamente, había sido
la mayor de las desdichas, hasta el momento.
Hasta el momento, porque la mayor desdicha, sin duda alguna, era llevar
a Sussie con él. No debió haber accedido nunca, nunca.
Una cosa era aprender esgrima, por ejemplo, y otra cosa era salir a cazar
por las montañas, de madrugada, con un frío espantoso, y teniendo por
delante una terrible jornada a pie. Todo esto, a más de nueve mil pies de
altura, y por un terreno en el que hace falta tener unas piernas solidísimas
para no desfallecer en menos de una hora. Se lo había dicho, se lo había
explicado, se lo había detallado concienzudamente.
¿Respuesta de Sussie? Una sonrisa cariñosa y unas pocas palabras:
—Eres un exagerado, querido.
Muy bien. Pues las… «exageraciones» de él se habían visto cumplidas
holgadamente. Allá estaban, sin haber visto una sola pieza, ella derrengada,
estropeada la brújula, y… ¡Cualquiera sabía en qué dirección tenían que ir
para encontrar el coche o toparse con Michael y Sam! Por supuesto que, con
aquella nevada, los dos amigos habrían regresado a los coches, y los estarían
esperando, convencidos de que no tardarían en reunirse con ellos.
Claro que Sam y Michael se lo habían dicho también:
—Hombre, Harlan, debes estar bromeando… ¿Cómo vamos a llevar a
Sussie? —Convencedla vosotros de que no venga— había gruñido él.
Naturalmente, perdieron el tiempo. Por lo general, salían siempre de caza
los tres, y se entendían muy bien. Pero, en aquella ocasión, atendiendo a una
«estupenda» idea de Sussie, se habían separado por parejas. Por un lado, Sam
y Michael. Por otro lado, ella y Harlan…
—¡Y vamos a cazar más que vosotros! —había reído Sussie.
En aquellos momentos. Sussie no se mostraba, ni mucho menos, tan
animosa.
—Harlan —llamó ella con aguda voz—. ¡Harlan, no puedo más!
Harlan Coleman se volvió, se quedó mirando a su esposa, y frunció el
ceño. Abrió la boca para pronunciar una frase sarcástica, pero, la cerró
enseguida. Tenía demasiado espíritu deportivo.
Así que retrocedió, puso en manos de Sussie su escopeta y la alzó en
brazos, reanudando la marcha… para ponerla en el suelo al minuto.
—¿Qué… qué haces?
—Tienes que caminar, Sussie.
—No puedo… ¡No puedo más! Oh, Harlan, lo siento, lo siento tanto…
—Eso ya no tiene remedio. Lo único que tenemos que pensar ahora es
seguir caminando. Los dos, Sussie; si te llevo en brazos, no tardarás en
congelarte, por la inmovilidad.
—Oh… ¡Oh, Dios mío!
Cargó él con todo y reanudó la marcha.
—Harlan —llamó ella, un par de pasos atrás—. ¡Mira, Harlan, parece una
cabaña!
Él se volvió, miró hacia donde señalaba Sussie, y, efectivamente, lo que
vio a través de la densa nevada sólo podía definirlo como una cabaña. Pero…
¿una cabaña allí?
—Vamos allá.
Todavía tuvieron que subir una ligera pendiente desprovista de abetos,
donde la nieve se había acumulado en cantidad increíble.
—¡Eeeeeehhhh! —llamó Harlan, ya muy cerca de la casa—. ¿Hay
alguien ahí?
No debía haber nadie, evidentemente, porque cuando llegaron ante la
puerta, nada había variado.
Con un suspiro, Harlan dejó caer las escopetas y los equipos, y se golpeó
una contra otra las enguantadas manos. Luego, empujó la puerta, pero ésta no
cedió. Llamó a la madera, con fuerza.
—¿No hay nadie? —gritó.
—Me… me estoy… muriendo de frío —tartamudeó Sussie.
Su marido se desplazó hacia una de las ventanas y la probó. No podía
alzarla. Pero, para su alivio, la otra se alzó. Sin vacilar, saltó dentro de la
cabaña, y fue inmediatamente a abrir la puerta. Abrazó a su esposa por los
hombros, y entraron ambos.
—Quizá sólo vengan aquí de cuando en cuando —dijo—. No creo que a
su propietario le moleste que nos cobijemos aquí. Voy a ver si puedo
encender fuego. Sussie, querida, no te quedes quieta, no es prudente, por
ahora… Prepara algo de comer, ¿quieres?
—Sí… S-s-ssííí…
A Sussie le chocaban los dientes, y temblaba cada vez con más violencia,
pero sabía que Harlan tenía razón, así que salió en busca del equipo, tiritando.
Lo primero que entró fueron las escopetas. Luego, salió en busca de los
macutos de piel…
Y Harlan, que estaba examinando la chimenea, dio un salto al oír el
alarido de su esposa. Se abalanzó hacia las escopetas, tomó la suya y se
precipitó al exterior, mirando a todos lados, desencajado el rostro.
—¿Sussie? ¿Qué…?
Pero ella estaba allí mismo, junto a los macutos. Miraba hacia la izquierda
de la cabaña con los ojos muy abiertos, demudado el rostro.
—¿Qué pasa? —miró Harlan hacia allí.
—He… he visto… algo…
—¿Algo? ¿Dónde? ¿Qué cosa?
—No sé… Allá, entre los abetos… Me ha parecido un hombre, Harlan…
—Vamos, querida, no digas tonterías. Si hubiese un hombre por aquí ya
habría acudido a nuestro encuentro… Hemos gritado tanto que nos habría
oído, si tan cerca estaba. Vamos dentro.
—Harlan, de verdad, he… he visto algo…
—Eso no lo dudo ni pizca, mi amor —sonrió él—. No debemos ser, ni
mucho menos, los únicos seres vivientes por aquí. Puede que hayas visto un
oso, incluso.
—¿Hay… hay osos por aquí…?
—No —refunfuñó él—; si te parece, lindos conejitos de ojos azules.
Vamos dentro.
Tiró de ella y entraron los dos. Harlan cerró la puerta, y se colocó ante la
chimenea.
Junto a ésta, solamente quedaban tres o cuatro troncos; pero apoyada en
la pared, había una estupenda hacha de no menos formidable filo.
Tomó el hacha.
—Voy a cortar unas cuantas ramas —dijo—. Mira a ver si encuentras un
quinqué o algo parecido. Cada vez está más oscuro… No te estés quieta,
Sussie.
—Sí, sí, entiendo.
—Y si ves que la puerta se abre y no soy yo, dispara. Podría ser un oso,
recuérdalo.
Hacha al hombro, Harlan Coleman salió de la cabaña y se fue hacia uno
de los abetos más cercanos.
Se colocó debajo de las ramas y la emprendió a hachazos con la más baja,
cortándola en menos de un minuto.
Chac, chac, chac, sonaban los hachazos contra las ramas del abeto. Y esto
era lo único que se oía en aquel lugar, pues la nieve caía en un silencio
prodigioso.
Sin saber por qué, miró hacia donde Sussie había dicho que había visto un
hombre… Y se estremeció.
«Tonterías —pensó—. Tonterías de mujer. Espero que sea la última vez
que quiera venir a cazar. La primera y la última: todo un récord».
Fuese lo que fuese, él estaba notando algo de verdad extraño,
inquietante… Era como… como si… Sí, como una… presencia tétrica…
Cortó unas cuantas ramas más, dejó el hacha, cargó con las ramas que
pudo, y se dirigió hacia la cabaña, donde ya Sussie había encendido una luz.
Una enorme y gruesa vela de color rojo.
—¿No hay ningún quinqué?
—No. He buscado, pero sólo he visto esta vela. Hay más en ese armario
—señaló hacia la pared—. He visto una máquina de escribir.
—Bueno, luego echaremos un vistazo. Voy a por el resto de la leña…
¿Estás más tranquila?
—Sí. He sido tan tonta…
Cinco minutos más tarde, había un estupendo fuego en la chimenea, que
daba no sólo un agradable calorcillo, sino más luz a la cabaña…
Harlan miró alrededor. No había, en realidad, gran cosa que ver. La mesa,
un camastro, el armario, un fogón… También había bastantes libros, en un
estante. Por supuesto, nada de teléfono, ni de luz eléctrica. Y ni soñar en
encontrar allí una radio para pedir ayuda… Encogió los hombros.
—Podemos comer cuando quieras —dijo ella.
Media hora más tarde, incluso habían tomado café. Sussie lo ordenó todo
sobre el fogón, mientras Harlan se dedicó a echar un vistazo, con un cigarrillo
entre los labios. Los libros eran de Medicina, Análisis, Bacteriología… No
entendía una sola palabra de ellos. Y no habían de ninguna otra clase.
Harlan abrió el armario. Había más velas de aquellas rojas, enormes. Y
una máquina de escribir, en efecto. Un montón de folios, tabaco, un par de
pipas, cerillas en abundancia… De libros, ni rastro. Es decir…
Harlan estaba hojeando sin saber por qué uno de los montones de
cuartillas, así que hizo el descubrimiento. Todas las cuartillas de aquel
montón estaban mecanografiadas.
—Apuesto a que éste es el refugio de un escritor —dijo—: debe venir
aquí para trabajar en paz. Fíjate cuántas páginas escritas he encontrado.
—A lo mejor es una novela…, y te gusta.
—No sé si tengo derecho a…
Se calló, Sussie acabó lo que estaba haciendo y lo miró con gesto
interrogante.
—¿Decías…? ¿Qué te pasa?
Harlan Coleman tragó saliva y apartó la mirada de la primera página, de
la colocada encima, en la cual había un título y el nombre del autor.
—Nada… Nada.
Ella parpadeó. Estaba segura de que Harlan había palidecido un poco.
Claro que con los cambios de luz de la vela y el fuego de la chimenea… Se
acercó, miró el título, y lanzó un respingo.
—¡Por Dios…! —exclamó—. ¡Es horrible!
—Debe… debe ser una novela, claro.
—Pues tú dirás si prefieres leer «eso» o… Bueno… —prosiguió ella
sofocada.
Harlan dejó el fajo de cuartillas, y abrazó a su esposa.
—Me pregunto si cabremos los dos en ese camastro —susurró.
Sintió un poco de frío, y comprendió lo que ocurría: el fuego se estaba
apagando en la chimenea, cerca de la cual habían colocado el camastro.
Sussie parecía dormida, apoyado su dulce rostro en el hombro derecho de él,
y pasándole un brazo por encima del vientre, abrazándose a él, en busca de
calor.
Con gran cuidado, Harlan deshizo el brazo, y consiguió salir del camastro
sin despertarla, pero teniendo buen cuidado de abrigar de nuevo el desnudo
cuerpo de su mujer. Se acercó a la chimenea, y colocó tres troncos más,
estratégicamente apilados. La temperatura, si no descuidaban el fuego, era
muy agradable en aquella cabaña.
Volvió a mirar las cuartillas.
Tiró el cigarrillo al fuego, tomó aquéllas y regresó al camastro. Sussie se
movió, y abrió los ojos. Sonrió dulcemente…
—¿Qué haces…? —vio las cuartillas—. ¿Vas a leer?
—Pues…
—Déjame leer contigo.
Ella volvió a colocarse abrazada a él, con la mejilla izquierda sobre su
pecho. Harlan sostenía en alto el mazo de cuartillas, iluminadas por el fuego
perfectamente…
—Bueno —dijo ella—, ya hemos leído la primera página, ¿no? Pasa a la
siguiente: el título ya lo sabemos.
Harlan Coleman pasó la primera página, aquélla donde estaban el título y
el nombre del autor.
BIOGRAFIA DE UN MONSTRUO
POR JOHN H. JONES
VIERNES, enero 7, 1972
Hasta este día, el doctor Brett Kimsaid había sido un hombre completamente
normal.
Es decir, estaba considerado fuera de toda normalidad. Se le tenía, y con
razón, como uno de los más avanzados y lúcidos cerebros en el campo de las
investigaciones bacteriológicas. Ésta era, si así se puede decir, la única
«anormalidad» de Brett Kimsaid: ser más inteligente de lo normal.
En cuanto al resto, Kimsaid podía definirse como ese tipo de hombre
capaz de hacer amistad con una serpiente de cascabel. Era educado, amable,
servicial, atento, siempre dispuesto a prestar ayuda a cualquiera que la
solicitara. Si a esto se añadía que Brett Kimsaid era alto y apuesto, simpático
y joven, pues ni siquiera había cumplido los treinta y cinco años, se obtenía
una suma personal de altísimo valor.
En cierta ocasión, un joven médico recién incorporado a la R. A. K., y
precisamente en la Sección de Bacteriología, opinó que todas las cosas que se
decían del doctor Kimsaid lo estaban mitificando demasiado.
—Cuando no esté con sus cobayas o sus tubos de ensayo, pídele la Luna,
y te la irá a buscar —le dijeron—. Pero, cuando esté con eso, ni siquiera te
molestes en hablarle, porque no te oirá. No oye nada, no sabe nada, no capta
nada. ¿Está claro?
—¿No están ustedes exagerando un poco?
—Muchacho —le dijo un investigador ya maduro—: en este lugar,
puedes hacer todo lo que quieras y vivir estupendamente. Sólo hay dos cosas
que debes tener presentes. Una, nunca interrumpas a Kimsaid cuando está
trabajando. Dos, cumple tu propio trabajo con toda tu alma.
El joven médico debía de ser un poco sordo. Y, desde luego, muy
«bromista».
Una mañana, precisamente cuando Brett Kimsaid no estaba, tuvo una
idea genial:
—¡Fuego! —gritó—. ¡Fuego en los laboratorios…! ¡FUEGOOO!
No hace falta mucha imaginación para tener una idea de la sensación que
causó semejante aviso: gritos, carreras, exclamaciones, desconcierto y susto
general… Es decir, general, no, porque el doctor Kimsaid siguió delante de
sus tubos de ensayo, impertérrito. Y no era valor, temeridad, o ganas de morir
achicharrado. Era, sencillamente, que no estaba. Pero, claro, todo tiene un
límite, y el veterano ayudante de Kimsaid, Peter Roark, se abalanzó hacia su
jefe, lo tomó de los brazos, y lo sacudió fuertemente.
—¡Doctor, hay fuego en los laboratorios! —gritó—. ¡Fuego! ¡Tiene usted
que salir de aquí! ¡Pronto!
Brett Kimsaid parpadeó, y más bien lentamente, comprendió lo que
Roark le estaba diciendo. Entonces, respingó, cargó con los tubos de ensayo
en los cuales había estado trabajando, y, con su ayudante, echó a correr hacia
la puerta.
Brett Kimsaid, cargado de tubos de ensayo, se quedó mirando al joven
médico, y preguntó:
—¿No hay fuego?
—No, doctor —rió por lo bajo el otro—. Ha sido… un error. Creí que
había fuego, pero no.
Brett Kimsaid dio media vuelta, regresó a su mesa, dispuso de nuevo los
tubos y continuó trabajando durante tres horas más. Transcurrido ese tiempo,
encendió un cigarrillo, miró a su alrededor, se situó en este mundo, asintió
con la cabeza, y salió de la Sección. Tres minutos más tarde, el joven médico
era llamado a Dirección, de donde salió con unos pocos dólares y el despido
en el bolsillo. Tardó tres años en poder encontrar otro empleo parecido.
Por eso, aquella mañana, es decir, la mañana de este día, todos los
empleados de la Sección quedaron súbitamente en silencio cuando la joven,
bonita y pizpireta laborista Lucy Fisker comentó su primer desaguisado
después de un año y medio de formar parte de la plantilla de Kimsaid.
Un tifón en medio del laboratorio no habría dejado a todos tan asustados
como la torpeza de Lucy. Porque, en verdad, hacía falta ser torpe y
atolondrado para tropezar con el doctor Kimsaid, que se hallaba en uno de
esos momentos en que no estaba. Pero como físicamente sí estaba allí, Lucy
Fisker, después de dar un par de giros alegremente, respondiendo a un
requiebro malicioso de uno de sus compañeros se dio de bruces contra la
inclinada espalda de Brett Kimsaid.
Brett Kimsaid, tras recuperar el equilibrio, se volvió hacia la muchacha,
que estaba pálida como un cadáver, muda de miedo.
—Hola, señorita Fisker.
—Oh… Oh, Dios mío… ¡Oh! —gimió la muchacha.
Peter Roark corría ya hacia allí, no menos pálido que Lucy Fisker. Tomó
de un brazo a Kimsaid, tirando de él.
—Venga, doctor —dijo—. Se ha cortado en la mano. Será mejor que el
doctor Burnes le eche un vistazo.
Kimsaid alzó la mano, y la miró. Efectivamente, estaba chorreando
sangre, y la inclasificable mezcla de líquidos, gérmenes y virus que habían
contenido los tubos de ensayo.
—Sí —aceptó—. No puedo trabajar en estas condiciones.
En medio de un silencio auténticamente sepulcral, Roark y Kimsaid
abandonaron el laboratorio, y en dos minutos llegaron al consultorio del
médico de la R. A. K. Alzó la cabeza todavía riendo, vio el gotear de la
sangre, y pegó un salto.
—¡Kimsaid! ¿Qué le ha pasado?
—Un pequeño accidente, Burnes. ¿Puede hacer algo por mí? Tengo
mucho trabajo antes de terminar la jornada de hoy.
—Bueno… Ya se verá si puede seguir trabajando… Venga aquí.
Lo llevó ante una de las piletas, lavó la mano con agua y jabón, miró a
Kimsaid, y le guiñó un ojo.
—Vaya… Parecía mucho más grave. Cáscaras, a eso le llamo yo sangrar,
Kimsaid. Pero lo vamos a arreglar enseguida… Y ni siquiera habrá que coser:
son dos… tres cortecitos sin importancia.
—¿Podré seguir trabajando?
—Por supuesto que sí.
Con la lógica habilidad, el doctor Burnes colocó un gran apósito, vendó la
mano, y dijo:
—Volvamos a lo nuestro. Usted, a sus tubos, Yo, a mis «cómics».
—Estupendo… Y gracias.
—Es mi trabajo, ¿no? Dígame: ¿cómo ha ocurrido?
—Se me han roto unos tubos y me he cortado con ellos.
—Ah… ¿Qué contenían esos tubos?
—Pues… Tonterías mías.
—Bacilos, virus… ¿cosas así?
—Claro.
—Bien… No tengo que enseñarle nada a usted al respecto, Kimsaid.
Usted sabrá si eso puede resultar peligroso. Quiero decir que lógicamente
esos virus se habrán mezclado con su sangre, y…
—Oh, no. No hay el menor peligro, desde luego.
—Me alegra saberlo. De todos modos, sería conveniente que yo le echase
un vistazo a su mano el lunes.
—Estoy seguro de que Roark me lo recordará —sonrió Brett Kimsaid—.
Hasta el lunes, Burnes.
Cuando ambos regresaron al laboratorio, todo el personal de éste se
hallaba agrupado en torno a Lucy Fisker, que lloraba a lágrima viva. Al
parecer ellos, todos quedaron silenciosos, mirándolos fijamente… ¿Qué sería
de Lucy Fisker?
—Señorita Fisker —dijo Brett Kimsaid—: los tubos y demás que usted ha
roto valen unos ochenta o cien dólares… ¿Crees que ese gasto extra debe
pagarlo la corporación?
Lucy Fisker comenzó a tartamudear.
—No sé si me ha oído, señorita Fisker.
—Sí, sí… Yo pagaré esos… esos tubos, doctor Kimsaid.
—Espero que no lo olvide.
Y Brett Kimsaid volvió a su trabajo.
***
Loraine Stanton sonrió dulcemente, alzó sus preciosos bracitos, rodeó con
ellos el cuello de Brett Kimsaid y, ya bien acomodado contra su pecho, lo
besó en los labios.
—Hola —dijo luego—. Hoy has sido asombrosamente puntual, Brett.
—Podríamos discutir sobre esto dentro de tu casa, no en el porche —
sonrió él.
—Pasa —rió la muchacha; él entró, ella cerró la puerta, se volvió—.
¿Qué tienes en la mano? —se sorprendió.
—Se me rompieron unos tubos esta mañana, y me corté… No es nada —
añadió rápidamente—: tres cortecitos sin importancia. ¿Estás lista?
—Desde las ocho. Y son las ocho y veinte. Pasmoso… ¡Sólo veinte
minutos de retraso! Me parece que eso no es disculpable en un genio, doctor
Kimsaid.
—Bueno, bueno —refunfuñó simpáticamente Brett—, menos tomarme el
pelo, jovencita.
Loraine Stanton se quedó mirando fijamente a Kimsaid.
—¿En qué estás pensando ahora?
—¿En…? Oh, nada…
—Seguramente, en virus y cosas así.
—No, no… Palabra. ¿Adónde has pensado llevarme esta noche?
—Pues había pensado… ¡Oh, Brett, qué manera de hablar! ¡Eres tú quién
me lleva a mí! —Aparentemente, sí. Pero, a fin de cuentas, tú eres mi…
secretaria en la vida privada, y lo dispones todo.
—Pero fuiste tú mismo quien dijiste que tenías demasiado trabajo para
pensar en esas cosas, y que…
—Lo sé. Supongo que iremos a cenar, luego a algún espectáculo, después
querrás ir a tomar un par de copas, seguramente a bailar…
—¿Te parece mal? Es viernes, ¿no? Tienes dos días de fiesta después de
la… juerga de esta noche.
—Procuraré soportar esos dos días de fiesta.
Volvieron a reír los dos. Un minuto más tarde, ella con vestido de noche,
él con esmoquin, salían del apartamento.
***
Hacia la una y media de la mañana, el doctor Brett Kimsaid detenía su
coche ante la puerta del garaje de su estupendo y recoleto chalé situado en el
suburbio Norte de la ciudad.
Por supuesto que no lo había pasado mal… ¡Ni mucho menos! La idea
era casarse muy pronto con Loraine… ¿Por qué esperar? ¿Qué necesidad
tenía él de regresar solo a su casa, notando en sus labios el sabor de los de
Loraine… pudiendo tener durante toda la noche ese sabor, en… directo?
Pero, al mismo tiempo, el doctor Brett Kimsaid tenía otra sensación, y no
era en sus labios, sino en su mano derecha. Mejor dicho: tres sensaciones,
tres puntos de sensación idéntica en el dorso de su mano. Sensación de calor
y de latido. Muy tenue, pero claramente perceptible.
Brett Kimsaid permaneció sentado en su coche no menos de diez
minutos, pensando. Naturalmente, sabía muy bien lo que contenían todos y
cada uno de los tubos que se habían roto, y las posibles, casi infalibles
consecuencias de recibir en el torrente sanguíneo aquellos virus. Nadie podía
enseñarle nada al respecto, así que, tras un repaso mental de contenido de
todos los tubos, movió negativamente la cabeza. No. No había el menor
peligro.
Pero esto era tomando uno a uno todos los virus, y él sabía que en su
sangre habían penetrado varios… mezclados.
Frunció el ceño, accionó el botón de mando a distancia, y la puerta del
garaje se alzó. Dejó el coche, entró en la casa, y se fue directo a la
biblioteca… Lo pensó mejor, y subió al dormitorio; entró en el cuarto de
baño, y procedió a quitarse el vendaje realizado por el doctor Burnes. Cuando
la mano quedó al descubierto, vio enseguida las tres heridas. Hubiese
sonreído, pensando que a veces se había cortado más al afeitarse, si no
hubiese visto que las tres heridas tenían un color extraño… Amarillo. Sí,
amarillo claro. Por encima de la carne abierta se había formado una especie
de humor brillante, casi resplandeciente.
«Asombroso… —pensó—. ¿Qué demonios puede ser esto?».
Bajó a toda prisa a su laboratorio particular, preparó el microscopio, y
colocó la mano debajo, enfocando una de las pequeñas heridas.
—Asombroso… —dijo ahora en voz alta—. No conozco esta reacción…
«¿Qué ha ocurrido?» se preguntó.
Tomó su libreta de notas y un bolígrafo, y volvió a la biblioteca y
comenzó a sacar libros, que iba dejando sobre el sofá. Un par de minutos más
tarde, estaba tomando apuntes. Lo primero de todo fue la relación de todos
los virus y gérmenes que habían contenido los tubos de ensayo. Luego, puso
junto a cada uno de ellos la clave personal clasificatoria, de modo que, una
vez terminado, quedó como una especie de suma de símbolos…
Siguió tomando notas.
Y a las cinco menos veinte de la madrugada, es decir, que ya era sábado,
ocho de enero de mil novecientos setenta y dos, el doctor Brett Kimsaid se
dio cuenta de que estaba sudando, de que le temblaban las manos…, y de que
los tres cordoncitos de color amarillo se habían desarrollado. Eran casi la
mitad más grandes que al llegar a casa.
—Dios…
Se puso en pie, sin saber por qué.
Y de pronto, emitió un sordo rugido, más bien un gemido, y, sin la menor
vacilación, como súbitamente loco, se lanzó de cabeza contra la pared de
junto al hogar. Rebotó allí, se puso inmediatamente en pie de nuevo, y volvió
a tirarse de cabeza contra la pared, lanzando aullidos. De nuevo rodó por el
suelo, otra vez se puso en pie, y ahora se abalanzó sobre los libros,
destrozándolos a manotazos, tirándolos a todos los lados, derribando la
mesita del teléfono, sillones, jarrones de pie, la lámpara de la lectura… Todo
esto, antes de volver a lanzarse de cabeza contra la pared, y, esta vez, caer sin
sentido delante de la chimenea.
SABADO, enero 8, 1972
Finalmente, el rayo de sol, pálido y tibio, llegó al rostro del doctor Brett
Kimsaid, que parpadeó y se quedó mirando el techo, deslumbrado. Se sentó
de pronto, crispado su rostro en una mueca de espanto, y, enseguida, miró su
mano derecha.
Lanzó una exclamación de infinito asombro.
—¡Pero…! ¡Es inaudito!
No tenía nada en la mano.
No ya los cordoncitos de color amarillo resplandeciente, sino incluso las
tres pequeñas heridas habían desaparecido. Completamente, como si jamás se
hubiese cortado en aquella mano. Tal fue su asombro que se miró la mano
izquierda… ¿Quizá se estaba equivocando de mano? En la izquierda tampoco
tenía nada. Pero, además, estaba seguro, segurísimo, de que había sido en la
derecha. Sin la menor duda.
Se puso en pie de un salto, y, entonces vio el estado en que había quedado
el salón. Abrió la boca, estupefacto… ¿Qué había pasado allí? ¿Un huracán?
De pronto, palideció. Se llevó las manos a la cabeza, y lanzó un gemido
cuando sus dedos presionaron los hematomas de gran protuberancia. Sí: tres
formidables chichones. Retiró las manos, y quedó como clavado en el suelo.
Los recuerdos acudieron velozmente a su memoria… ¿Había enloquecido?
—Tiene que haber una explicación a todo esto —murmuró—; a fin de
cuentas, no soy tan… «genial» como para tirarme de cabeza varias veces
contra la pared. Ni varias, ni una, claro…
Miraba consternado a su alrededor. Y casi gimió cuando comenzó a
recoger los libros que él mismo había destrozado; sus libros, que tanto
amaba… Se puso en pie de un salto, de pronto, lanzó un alarido.
—¡El laboratorio!
Corrió hacia allí, y lanzó un grito de alegría cuando, apenas entrar, lo vio
todo intacto, en su sitio. Bueno, al menos no había causado destrozos allí…
Vio el microscopio, frunció el ceño, y volvió a colocar la mano bajo las
lentes… No. No había nada allí. Solamente, tres diminutas cicatrices,
perfectamente cerradas, como si tuviesen varios años. Por supuesto, aquélla
no era su especialidad, pero tampoco era necesario para comprender lo
insólito del caso. Lo mejor sería consultar con… con alguien de Cirugía.
Tenía muy buenos amigos en el campo de la Medicina. Al fin y al cabo, antes
que nada, fue médico, y luego se especializó en trabajos de investigación de
laboratorio.
Lo primero que hizo fue poner orden en el salón, después se quitó el
smoking y se vistió de calle. Y ya se disponía a abandonar su casa, cuando,
de pronto, se miró la mano, limpia de toda herida. Imposible. No podía
presentarse así. Volvió al cuarto de baño, sacó del botiquín un rollo de venda
de gasa, y procedió a envolverse la mano, cosa que hizo a la perfección. Hay
lecciones que no se olvidan, y una de las primeras cosas que se aprenden en
su profesión es hacer un vendaje.
Casi media hora más tarde, el vigilante de la «R. A. K. Medical
Corporation» se quedaba estupefacto al ver llegar el coche del doctor
Kimsaid al establecimiento de la compañía.
Tenía motivos para sorprenderse, porque el doctor Kimsaid, el hombre
que, según se decía, trabajaba más que nadie en la R. A. K. nunca se había
acercado allí los días de fiesta. Posiblemente, en primer lugar porque, todos
lo sabían, tenía en su casa un laboratorio con el que, en caso de necesidad,
podía reanudar los trabajos pendientes el viernes en la Sección de
Bacteriología. Y en segundo lugar, porque él mismo había dicho muchas
veces que para trabajar bien hay que descansar bien. En la R. A. K. se sabía
siempre todo lo que decía el doctor Kimsaid, así que, según este tipo de
información, Brett Kimsaid debía estar aquella mañana jugando al golf…
—Buenos días, Harper. Supongo que puedo entrar.
—¿Usted? —exclamó el vigilante—. ¡Vaya, esto tiene gracia!
Riendo los dos, fueron hacia la puerta, donde se despidieron.
—¿No juega usted hoy al golf, doctor?
—Iré dentro de un rato, se me ha ocurrido una cosilla que quiero aclarar
ahora mismo… Hasta luego, Harper.
Eran las diez menos diez de la mañana.
Cuando alzó la cabeza de su mesa de trabajo, después de estar haciendo
pruebas y más pruebas y tomando notas sin cesar, estaba completamente
desalentado, porque no había conseguido nada. Tenía allí todas sus notas, en
las que había estado trabajando hacía semanas, pero…
Se quedó petrificado, de pronto.
—¡Loraine! —exclamó.
Loraine Stanton, sentada en una silla a escasa distancia de él, lo miraba
atentamente. Sonrió, como preocupada, y al mismo tiempo cariñosamente.
—Hola, querido.
—Pe-pero… ¿qué haces aquí?
—Si no recuerdo mal, quedamos en que esta mañana, como siempre, irías
a jugar al golf, y que luego, a las doce y media, pasarías a recogerme, iríamos
a almorzar juntos, y después nos iríamos en tu coche a pasar el resto del día y
el de mañana, en uno de los hoteles de Sun Valley. ¿Correcto?
—Sí, claro… Perdona que me haya retrasado un poco, pero es que…
—¿Un poco? No te molestes —murmuró Loraine—, porque tu reloj
funciona perfectamente: son las seis y cuarto de la tarde.
—No… no es posible…
—¡Magnífico! Nuestra discusión puede empezar por ahí, y tengo la
seguridad de que la ganaré. Son las seis y cuarto… ¿Tú dices que no?
—Loraine, espera… Perdóname… No comprendo cómo ha podido pasar
el tiempo de este modo…
—El tiempo siempre pasa del mismo modo, segundo a segundo. Oh,
Brett, ¿no podías haberme llamado, al menos?
—Lo siento… Loraine, lo siento, de verdad. Tienes toda la razón… —
sonrió—. Incluso en la hora, claro.
—¿Cómo van tus heridas?
—Bien… Muy bien, supongo, porque no siento nada. Ya te dije que no
tenía importancia.
—Desde luego. Lo que sí tiene importancia es ese lapsus mental tuyo.
¿Cómo es posible que se te pasen un montón de horas sin darte cuenta?
—Haremos una cosa —sonrió de nuevo Kimsaid—: nos iremos ahora
mismo a Sun Valley, y cenaremos allí.
—Estupenda idea…
***
—Pues para besar, no eres nada distraído —suspiró Loraine dulcemente.
Brett Kimsaid la abrazó de nuevo, y la besó una vez más. Loraine emitió
un gemidito, y se abandonó en sus brazos, sentados ambos en el sofá,
escuchando música y tomando licor y café. La cena había sido de una
intimidad absolutamente romántica. Pero muy seria, desde luego. Seriedad
que se estaba disolviendo casa vez más rápidamente. A Loraine le zumbaba
la cabeza, y sentía cada vez más calor. Notaba las mejillas encendidas, y
sentía…
Se separó de pronto, tan bruscamente que sorprendió a Brett.
—¿Qué te ocurre?
—Por favor, Brett: vete. Ya está bien.
—No comprendo… Solamente te estaba besando, Loraine. No creo haber
intentado nada que…
—Te lo suplico. Hazlo por mí.
Brett Kimsaid parpadeó. Estuvo unos segundos mirándola fijamente,
luego, asintió con la cabeza, y se puso en pie. Ella no se movió, fija la mirada
en el suelo, sofocado el rostro. Kimsaid la tomó por la barbilla, obligándola a
mirarle.
—Loraine, tengo que terminar un trabajo en estos días. No sé cuánto
tardaré, quizá dos semanas, o tres… Pongamos cuatro semanas. ¿Querrás
casarte conmigo entonces?
Loraine Stanton asintió con la cabeza, sin que él hubiese soltado la
barbilla. Kimsaid se inclinó, la besó en los labios, sonrió y abandonó el
apartamento.
Segundos después, estaba en su coche.
Estaba sintiendo mucho calor. Se pasó una mano por la frente, y la retiró
llena de sudor. Demasiada calefacción en el coche… Imposible. Por la
sencilla razón de que, cuando iba solo, no ponía nunca la calefacción. Se
aseguró de esto. Cierto: la calefacción estaba cerrada. Pero seguía notando
calor. En realidad, era como si le ardiese la piel. En sus sienes comenzó a
notar como dos pequeños martillos que estuviesen golpeando rítmicamente.
Y en la nuca… Comenzaron a zumbarle los oídos.
Sacudió la cabeza, y centró bien la mirada hacia el frente, porque se le
iba, se desvanecía en una mancha gris y blanca. Y de pronto, la primera
punzada de dolor, tan intensa, que le hizo gritar, dar un fortísimo alarido…
Desvió el coche y frenó.
No sabía dónde estaba.
De pronto, la siguiente punzada de dolor, en el mismo sitio. Consiguió no
gritar mordiéndose los labios.
—Es en el hígado… —autodiagnosticó—. Algo de la cena debe haberme
sentado mal.
La tercera punzada de dolor lo crispó en el asiento como si acabase de
recibir un latigazo de fuego. El sudor resbalaba ya a chorro por su rostro, por
toda la cabeza, por todo su cuerpo. Se notaba como si estuviese metido en un
baño turco.
—Dios… Dios mío…
El cuarto lanzazo en el hígado lo desmayó.
Muy cerca de allí ladró un perro. Un alarido como temeroso, tremolante,
Kimsaid abrió los ojos y miró en aquella dirección. El animal volvió a aullar.
Parecía aterrado. Brett Kimsaid miró de pronto sus manos, sobre el volante.
De la derecha poca cosa podía ver, pues estaba convenientemente vendada,
pero la izquierda… ¿Qué era aquello? La acercó más a sus ojos, y se quedó
mirando sin la menor reacción ni asombro la gran cantidad de costras
amarillas que habían aparecido en el dorso de la mano. O como grandes
gusanos amarillos que se escondían debajo de la piel, transparentándose su
luz a través de ella.
Otro espantoso impacto en el hígado hizo gritar a Brett Kimsaid.
Salió del coche, y comenzó a caminar hacia donde, sin duda alguna,
estaba el perro. Cruzó la silenciosa y solitaria avenida, y fue regresando,
mirando hacia los jardines de las casitas. Era una zona residencial, tranquila,
ya muy cercana a su domicilio. La conocía bien.
Volvió a oír el ladrido del perro, y, sin vacilar, saltó la valla de madera
pintada de blanco. Caminó por el césped, con gran seguridad y aplomo… El
perro apareció de pronto, corriendo hacia él, ladrando entre furioso y
aterrado, quizá furioso consigo mismo por sentir aquel terror. Parecía
dispuesto a saltar contra Brett Kimsaid, y así tenía que haber sucedido con
toda lógica. Pero, de pronto, el animal se detuvo, y se encogió, comenzando a
gemir, mientras su cuerpo vibraba en fortísimos estremecimientos. Las orejas
del animal quedaron flojas, sus gemidos se hicieron apenas audibles, salvo
algún que otro trémolo.
Entonces, aquella garra amarilla cayó sobre su cuello.
DOMINGO, enero 9, 1972
La vió llegar, en su coche.
Debían ser las diez de la mañana.
Enseguida oyó, repentinamente, el «ding-dong» del timbre de la puerta, y
la voz de ella, llamándole:
—¡Brett! ¡Brett!, ¿estás en casa? ¡BRETT!
Loraine volvió al porche, después de ver el coche de Brett Kimsaid en el
garaje. Sus timbrazos, golpes en la puerta y llamadas de viva voz fueron más
fuertes que antes.
Luego, la vio cruzar el jardín, y poco después entraba en su coche y
partía.
Casi cinco minutos tardó Brett Kimsaid en comprender adónde iba ahora
Loraine. Entonces, se precipitó hacia el teléfono, y descolgó el auricular con
sus garras llenas de cordoncitos amarillos. Consiguió marcar el número, y
contuvo la respiración…
—¿…?
—¿Es usted, Harper? —musitó.
—Sí, soy el doctor Kimsaid… Escuche, Harper, tiene que hacerme un
favor, si es tan amable…
—¡…!
—Gracias. Mire, he tenido que salir de casa para atender a toda prisa un
asunto urgente. Estoy llamando a casa de mi prometida, la señorita Stanton…
Ya la conoce usted, ayer por la tarde…
—Sí, eso es. Bien… El teléfono de mi prometida debe estar estropeado, o
quizá ella haya salido ya de su apartamento, para reunirse conmigo, porque
quedamos citados. Pero no podré verla hoy. Es muy posible que ella crea que
he vuelto ahí, y se presente a buscarme. Si fuese así, dígale que pasaron a
buscarme unas personas y que he tenido que salir de la ciudad, que la he
llamado pero no he conseguido comunicarme con ella. La llamaré en cuanto
regrese… ¿Lo ha entendido bien?
—Estupendo. Gracias, Harper. Ah, otra cosa… Le agradecería que dejase
usted una nota en la Sección de Bacteriología en ese mismo sentido, dirigida
a Peter Roark, mi ayudante.
—Muchas gracias, Harper. Hasta la vista.
Colgó el auricular, y quedó mirándose en el espejo una vez más; tuvo que
volver la cabeza, no simplemente hacer girar los ojos en las órbitas. Lanzó un
alarido, asió con ambas manos uno de los sillones del salón, lo alzó como si
pesase lo mismo que un paquete de cigarrillos, y lo disparó con tal fuerza que
toda la cornucopia saltó por el aire destrozada.
Luego, cayó en redondo al suelo, y quedó inmóvil.
Despertó solamente cinco minutos más tarde. Se sentó en el suelo,
mirando a su alrededor. Parecía que nada hubiese cambiado. Pero, de pronto,
se dio cuenta de que podía mover los ojos hacia los lados, hacia arriba, hacia
abajo… Alzó sus manos, las miró, y lanzó un aullido de alegría.
—¡Están bien! —gritó—. ¡Están normales…!
Se puso en pie de un salto, dispuesto a correr hacia la cornucopia, pero la
vio en el suelo, convertida en pedazos, bajo y sobre el sillón volcado. Echó a
correr hacia el dormitorio, entró en el cuarto de baño, y se miró al espejo.
—Dios bendito…
Allá estaba él. Él, el doctor Brett Kimsaid, completamente normal, como
siempre. Alto, atractivo, simpático y juvenil… Era el mismo de siempre.
Volvió a mirar sus manos, no sin cierto temor, pero… no. Todo estaba
normal, todo estaba bien.
Es decir…
Se quedó mirando las manchas de sangre que tenía sobre el pecho, sobre
la ropa.
Kimsaid fue recordando lo sucedido.
Su mano izquierda con costras amarillas.
El dolor en el hígado…
El ladrar de aquel perro…
Luego…
—No… —palideció Brett Kimsaid—. No, no, no, no, no, no, no, no,
no…
Comenzó a golpear también aquel espejo, con ambos puños, pero se
detuvo en seco de repente.
—No… —insistió—. No, no, no, no… No ha pasado, soy el mismo de
siempre, no lo he hecho… Pero esta sangre en mi ropa…
Se lanzó escaleras abajo, y en pocos segundos estaba en la cocina, desde
la cual, por la parte de atrás, fue al garaje. Abrió la pequeña puerta lateral,
entró, y encendió la luz. Cuando miró el volante del coche, y el asiento
delantero, palideció. Todo estaba muy manchado de sangre. Por todas partes.
—Tengo que limpiarlo… ¡Tengo que limpiarlo!
Cuando volvió a la casa, era más de la una de la tarde, y se sentía
agotado. Hizo un paquete con sus ropas, y las metió en el horno de gas, que
puso a toda potencia. Luego, fue a bañarse, lo que hizo muy
meticulosamente, teniendo especial cuidado en pasarse el cepillo entre las
uñas de las manos. Hacia las dos y media, bajaba al salón, en albornoz,
fresco, relajado, limpio, tranquilo… Pero, al pensar en que había dejado atrás
la hora del almuerzo, estuvo a punto de vomitar su bilis.
Lo mejor sería dedicarse a leer el periódico como hacía todos los
domingos, que pasaba en casa.
El suplemento dominical fue lo primero que leyó. Al ver las tiras de
«cómics» sonrió, pero su sonrisa desapareció enseguida, al recordar al doctor
Burner. Le había dicho que el lunes querría echarle un vistazo a las heridas…
Desde luego, no lo consentiría, simplemente. Se presentaría allí con la mano
vendada, diría que él mismo se había hecho una cura, que todo iba bien, que
no tenía importancia… Nadie se extrañaría, y menos que nadie quien, a fin de
cuentas, era colega suyo.
Asintió con la cabeza, y comenzó a leer la parte normal del periódico.
Muy pronto vió la noticia, porque venía en tercera página.
ESCALOFRIANTE SUCESO NOCTURNO EN LA ZONA NORTE
RESIDENCIAL DE NUESTRA CIUDAD
Un perro es hallado muerto por sus amos en el jardín. El animal tenía roto
el cuello, y le habían arrancado el hígado a dentelladas.
Boise, 9 —Hacia la medianoche, los señores Bungham, residentes en el
884 de Vinter Avenue, fueron despertados por los alaridos de su perro, un
magnifico pastor alemán llamado Tik.
Cuando el señor Bungham salió de la casa alcanzó todavía a ver,
alejándose corriendo, a un hombre, o al menos tal le pareció, y se convenció
de ello cuando le vio entrar en un coche con el cual se dio a la fuga
inmediatamente. Tranquilizado por el hecho de que el supuesto ladrón se
diese a la fuga, el señor Bungham llamó a su perro, y lo encontró tendido en
el césped, ensangrentado y horriblemente destrozado.
La llamada del señor Bungham al Precinto 2 de la Policía se produjo
precisamente cuando nuestro periodista de sucesos de última hora estaba allí
durante su recorrido, con lo que pudo llegar a la casa de los señores Bungham
al mismo tiempo que la Policía.
La señora Bungham estaba al borde del ataque de nervios, por lo que tuvo
que ser requerida la presencia de un médico. Mientras el doctor Terrell
atendía a la señora Bungham, la Policía fue a examinar el cadáver del perro…
Ni uno solo de los presentes dejó de horrorizarse ante el estado del animal, y
su horror aumentó cuando el señor Bungham insistió en que había visto a un
hombre alejándose de ella, para huir en un coche que tenía estacionado cerca.
El doctor Terrell fue requerido por la Policía para que diese su opinión
sobre el cadáver del perro. Sin dar ninguna explicación por el momento al
respecto, solicitó que el cadáver de Tik fuese trasladado a la Morgue. Una
vez allí, el doctor Terrell y el forense de turno examinaron al animal, y
estuvieron de acuerdo inmediatamente en este hecho que insistimos en
calificar de escalofriante: el poderoso perro pastor alemán, cuyo peso quizás
excedía las ciento veinte libras, había sido muerto por rotura de cuello, y
luego, a dentelladas, le habían arrancado el hígado.
La policía regresó al jardín de los señores Bungham, en el cual se
procedió a una búsqueda que resultó infructuosa -con respecto al hígado de
Tik. Pero ahora viene un hecho que posiblemente sea el más sorprendente de
todos: la Policía reparó entonces en que precisamente la zona de césped
donde habían hallado al perro, se había marchitado; un círculo de
aproximadamente seis pies de diámetro mostraba el césped amarillento y
seco. Preguntado el señor Bungham, éste respondió que todo su jardín estaba
debidamente cuidado, y que, desde luego, aquella parte no la había
descuidado en absoluto, asegurando que, precisamente durante la mañana del
sábado, había estado dedicado a segar el césped, sin encontrar nada anormal.
Pero el hecho cierto es que ese círculo de césped muerto existía, con lo que la
Policía mucho nos tememos que se halle completamente desconcertada y
desorientada sobre este extraordinario y, repetimos una vez más, escalofriante
suceso.
Cuando terminó la lectura del artículo, Brett Kimsaid estaba pálido como
un muerto.
MARTES, enero 11, 1972
—Ah, doctor Kimsaid —se alegró sinceramente Roark—, ya le tenemos aquí.
No sabe cuánto lo celebro. Empezaba a temer…
—Gracias, Peter. ¿Cómo van las cosas?
—Pues… un poquito paralizado todo.
—Nos dedicaremos de nuevo al gran asunto.
Roark se echó a reír.
—¿Cómo va la mano?
—Oh muy bien… Yo mismo me he hecho ya un par de curas. No tiene la
menor importancia.
—El doctor Burnes estuvo ayer por aquí, preguntando por usted. Parece
que tiene gran interés en examinar las heridas, o algo parecido.
—Mucho me temo que el doctor Burnes tendrá que olvidarse de este
paciente, Peter.
—Seguro… —rió Roark—. ¡Eso no me sorprende nada!
—Bien —rió también Kimsaid—: ¡a trabajar todo el mundo!
VIERNES, enero 21, 1972
Brett Kimsaid asomó la cabeza por un lado de la puerta.
—¿Me ha llamado, doctor Garvan?
—Pase. Brett —sonrió cordialmente.
—Usted dirá, doctor —musitó.
—Siéntese… ¿Un cigarrillo?
Kimsaid se sentó y aceptó el cigarrillo. Pero era facilísimo darse cuenta
de su impaciencia. Impaciencia que en modo alguno parecía compartir Elliott
Garvan.
—Bien… Bueno, doctor, tengo mucho trabajo en…
—Lo sé… —sonrió de aquel modo cordialísimo Garvan—. Por eso le he
llamado, precisamente.
—Ah…
—Mira, Brett, lo primero que quiero decirle es que no hay nada,
absolutamente nada, que yo, y los señores del Consejo de Administración, no
estemos dispuesto a hacer por usted.
—Doctor: ¿qué está tratando de decirme?
—¿Necesita usted algo, Brett? Lo que sea.
—Pues… no…
—Veamos… Yo tengo la opinión de que se le está pagando a usted un
sueldo magnífico… Pero si, por cualquier circunstancia, sus necesidades
económicas hubiesen aumentado…
—Desde luego que no —se sorprendió Brett.
—Bien. Veamos…, veamos. Personalmente, he solicitado, y naturalmente
conseguido tratándose de usted, una… prima de diez mil dólares y quince
días de vacaciones que… —¿Vacaciones? ¿Para quién?
—Para usted, está claro.
—¿Vacaciones yo? ¿En enero? Pero… ¿por qué?
—Hace unos días tuve el gusto de conocer a su prometida, la señorita
Stanton. Es una joven muy bonita. Estaba en el estacionamiento, esperándole
a usted. Me presenté, hablamos de usted…
—Doctor Garvan: ¿qué está sucediendo?
—He pensado que una luna de miel de quince días, con un premio de diez
mil dólares por su…
—¿Está tratando de alejarme de mi puesto?
—Pues sí, Brett.
—¿Por qué? —casi tartamudeó Kimsaid—. ¿Ya no les satisface mi
trabajo?
Garvan lo miraba fijamente. Movió la cabeza con gesto de pesar, abrió un
cajón y sacó una carpeta llena de papeles. La tendió a Kimsaid.
—Éstos son los trabajos realizados por usted durante las dos últimas
semanas. Sus informes sobre el tratamiento de esos virus hepáticos en los que
viene trabajando hace más de tres meses. Hasta, hace quince días, su labor
iba siendo cada vez más asombrosa. Pero, Brett… ¿quiere examinar ahora,
con toda calma, los informes siguientes, los de estas dos últimas semanas?
Brett Kimsaid tomó la carpeta, en silencio. Poco a poco, a medida que iba
pasando hojas, su rostro iba quedando más y más demudado. Por fin, se
quedó mirando a Garvan poco menos que aterrado.
—¿Esto… lo he presentado yo?
—¿No conoce sus informes?
—Sí… Sí, sí, son míos… ¡es la mayor pérdida de tiempo de que tengo
noticia en mi vida profesional!
—Ésta es también mi opinión —dijo suavemente Garvan.
—¿Debo considerar esta entrevista como… como un… despido?
Garvan se sobresaltó tanto que casi dio un salto en su sillón.
—¡Está claro que no! Pero lo diré algo que, según he oído, usted mismo
acostumbra decir: para trabajar bien, hay que descansar bien. ¿De acuerdo?
—Sí… Claro.
—Bueno. Le voy a entregar ahora mismo un cheque por diez mil
dólares… Insisto en que es una prima por su labor, no otra cosa. Usted toma
el cheque, se mete en su coche, se va a buscar a la señorita Stanton, y se
casan. Luego, nos envían una postal desde… Miami Beach, por ejemplo. Y le
apuesto esos diez mil dólares —sonrió maliciosamente Garvan— a que
cuando usted regrese después de quince días de descanso profesional —guiñó
un ojo—, me pedirá estos informes, los quemará, y en una semana terminará
el caso que lo tiene ocupado… ¿Trato hecho?
—El caso es…
—Mire, Brett, se está matando, muchacho. Tómese esos quince días con
la nariz al sol y verá…
La puerta del despacho de Elliott Garvan se abrió, después de una
llamada protocolaria. Los dos miraron hacia allí, y la doctora Cattlet,
ayudante y secretaria directa de Garvan, entró en el despacho, ya con la boca
abierta para decir algo… Vio a Kimsaid, enrojeció, y comenzó a tartamudear
pidiendo disculpas…
—No se preocupe, doctora —sonrió Garvan—. ¿Ocurre algo?
—No… Bueno, son las cinco, y quería saber si necesitaba algo antes de
marcharme, doctor.
—Pues no… ¿Las cinco ya? ¡Estupendo! Viernes a las cinco de la
tarde… ¿No es un momento estupendo para iniciar unas vacaciones? —
preguntó mirando de reojo al sombrío Kimsaid.
—Vaya… —rió la doctora Cattlet—. ¡Quién pudiera…!
Se calló de pronto, atónita.
—¿Qué pasa? —se sorprendió Garvan.
La doctora Cattlet se acercó a un jarrón con flores colocado en una repisa
cerca de la ventana y las señaló.
—Qué raro…
—¿Qué es lo raro?
—Pues… yo misma corté estas flores, en el jardín de la parte de atrás del
edificio, y… y las puse aquí… Quiero decir que son flores frescas, están con
agua… ¡No comprendo cómo se han marchitado tanto en sólo unas horas!
—Sí que es raro… —convino Garvan—. Es la primera vez que esto
ocurre… ¿Le parece que dediquemos la noche del viernes usted y yo a
analizar el agua, por si encontrásemos…?
—No… —rió ella—. ¿De verdad no necesita nada?
—Que se divierta, Ann.
—Igualmente. Adiós… Adiós, doctor Kimsaid.
—Adiós… Adiós, doctora Cattlet, adiós…
La puerta se cerró tras la doctora y las flores marchitas, y Kimsaid se
puso rápidamente en pie.
—Creo que yo también debo marcharme —dijo.
—Pero no a trabajar horas extras, como los otros días —dijo Garvan, algo
sorprendido por la actitud de Brett—, sino a descansar. Bien, Brett: ¿qué me
dice de mi oferta?
—Sí… Sí, señor, la acepto, con mucho gusto. Y gracias.
—Ah… —Garvan parpadeó cada vez más sorprendido—. Muy bien, le
daré el cheque.
Abrió el cajón, y se lo tendió. Era evidente que lo había tenido preparado.
—Gracias… —musitó Kimsaid—. Gracias, doctor.
—Feliz luna de miel —sonrió Garvan.
—Sí… Gracias de nuevo. Hasta la vuelta…
—Felicite de mi parte a la señorita Stanton, Brett.
—Gracias, gracias… Adiós…
Salió a toda prisa del despacho de Garvan, y se dirigió hacia los
vestuarios de la Sección Bacteriológica, donde su personal se estaba
cambiando para abandonar el trabajo. El doctor Brett Kimsaid fue visto y no
visto en los vestuarios. Y segundos después, salía al estacionamiento, cada
vez más apresurado el paso, hasta su coche. Se colocó al volante, sacó las
llaves… y tuvo que sujetarse una mano con otra para poder introducir la del
encendido en la ranura del contacto. Un calor cada vez más intenso se
extendía por toda su piel, y sabía que su frente comenzaba a llenarse de
sudor. Se pasó la mano y, en efecto, estaba comenzando a sudar, mientras
leves estremecimientos sacudían su cuerpo. Al bajar la mano, vio en ella los
cordoncitos amarillos resplandecientes.
—No… —jadeó—. ¡No, no, no!
Se miró la otra. Estaba igual, mostrando aquellos cordoncitos que
parecían de seda, o, mejor aún, de cristal amarillo…
«¿Dónde encuentro yo ahora un hígado?», pensó.
Inmediatamente, quedó horrorizado. Por el amor de Dios… ¿qué había
pensado? «No… —se dijo—. Tonterías, imaginaciones…».
—¡Adiós, doctor! —oyó la alegre y dulce voz.
Quiso girar la cabeza rápidamente en aquella dirección, pero casi no pudo
conseguirlo. Fue una sacudida brutal en el cuello. Y tampoco podía girar los
ojos. Se volvió, y vio a Lucy Fisker unos pasos más allá, parada, mirando
hacia él, como sorprendida.
—Adiós, señorita Fisker —pudo decir Kimsaid.
«Maldita —estalló el pensamiento en la mente de Kimsaid—, tú tienes la
culpa… ¡Maldita, maldita, maldita…! Debería…».
***
Lucy Fisker dejó el coche en la calle. Poco después, entraba en su
apartamento, tan coquetón y agradable, y se abalanzaba inmediatamente
hacia el teléfono. Marcó un número.
—¿Archie? —rió.
—¡Ya sé que soy preciosa! ¡Hola! ¿Tardarás mucho?
—¡Oh, no seas pesado…! ¿Vas a venir o no?
—¿A las siete? Bueno, estupendo… Así tendré tiempo de bañarme…
—Pero qué tonto eres…
—Está bien… Hasta ahora…, querido.
Colgó el auricular, riendo cada vez más. Se desnudó rápidamente, y se
puso una bata, ya caminando hacia la cocina. Encendió la luz, abrió el
frigorífico, y sacó un bocadillo preparado. Le dio un mordisco, sin dejar de
tararear, pero estremeciéndose al ver la tarde gris y sombría fuera.
Cerró el frigorífico de golpe, y el búcaro con flores que había encima
estuvo a punto de caer. Lo sujetó con una mano, lo puso bien, y salió de la
cocina, dando otro mordisco al bocadillo. De pronto, se detuvo en seco, ya en
el saloncito—comedor.
—Pero qué tonta soy… Además, estoy automatizada. Claro, cada día lo
mismo… Pero seguramente Archie va a llevarme a cenar…
Salió del cuarto de baño cuarenta minutos después, ya maquillada y todo.
Apagó la luz, y todo quedó a oscuras. Vaya…, allá estaba ya la fría y oscura
noche. ¡Brrrr!
«¡Qué raro! —pensó—. Juraría que dejé encendida la luz de la cocina…
Y desde luego, la ventana estaba cerrada… ¿O no?».
Se acercó a la ventana, tiritando. Bajó la hoja de guillotina y fue a abrir el
refrigerador. Cerró la puerta según costumbre, con un empujón, y el pequeño
búcaro con flores volvió a oscilar. Lo sujetó rápidamente, sonriendo… Una
de dos: o compraba un búcaro que resistiese sin moverse las sacudidas al
cerrar la puerta del frigorífico de aquel modo, o aprendía a cerrar la puerta
con suavidad…
Abrió la boca, estupefacta, y sus ojos se abrieron mucho, como si de otro
modo no pudiese ver…
—Pe-pero…
Se quedó contemplando incrédulamente las flores que había en el
búcaro… Estaban marchitas, como muertas hacia un siglo, negras,
podridas…
Aturdida, desconcertada, Lucy Fisker sacó las flores del jarrón, y las tiró
a la basura. Hasta olían mal. Claro, a podrido…
Había…, algo raro en el ambiente. Una cosa indefinible… No, no era
indefinible.
Parecía… Sí, el ambiente era el mismo que algunas personas muy
sensibles perciben al entrar en un cuarto donde hay un enfermo con fiebre,
agobiante… y estremecedor. Casi le pareció sentir como un… aliento en la
nuca.
Lanzó un grito ahogado, de pronto, corrió hacia la puerta del
apartamento, encontró el interruptor y encendió la luz. Miró a todos lados,
con ojos espantados. Pero no pasaba nada. Todo estaba bien, desde luego.
—Soy una tonta.
Volvió al cuarto de baño, tomó dos aspirinas, y, con gesto resuelto, fue a
vestirse. Encendió la luz del dormitorio, entró y se quedó clavada en el suelo.
Estaba pasando algo… Estaba pasando algo horrible, sí… Notaba… como
una presencia. Se estremeció.
Sí… la ventana de la cocina. ¿Y si había entrado alguien en el
apartamento mientras ella se bañaba? Sorprendiéndose, miró por el
dormitorio, incluso debajo de la cama. Luego, volvió a la cocina, al cuarto de
baño… En ninguna parte había nadie.
—Decididamente, soy una tonta.
Dejando encendidas todas las luces, regresó una vez más al dormitorio, se
quitó la bata, se miró complacidísima, al espejo del tocador, y se pasó las
manos por los senos, sonriendo, entornando los ojos. Riendo nerviosamente,
fue al armario, lo abrió…
Los cabellos de la joven y bella Lucy Fisker quedaron, de pronto, en una
fracción de segundo, completamente blancos, pero parecieron amarillentos
debido al leve resplandor que rodeaba a aquel ser…, a aquella… cosa que
había dentro del armario. En las retinas de los ojos de Lucy Fisker, en aquella
fracción de segundo, se reflejó la imagen de aquel ser monstruoso, suya
cabeza estaba formada por costras, como la garra que se alzó, sosteniendo
uno de los cuchillos de cocina de la propia Lucy…
La garra se movió, y el cuchillo cercenó completamente el esbelto y
blanco cuello de la muchacha, de modo que la cabeza rebotó en el suelo, y el
cuerpo, soltando un espantoso chorro de sangre por la parte mutilada, cayó
hacia delante, para ser rechazado por la otra garra, brutalmente, y caer de
espaldas al piso, que en pocos segundos quedó inundado de sangre.
En realidad, Lucy Fisker tuvo suerte de morir, porque le habría ido
mucho peor continuar con vida después de haber tenido aquella imagen en
sus pupilas.
De todos modos, aunque no le hubiesen cortado la cabeza, tampoco
habría sobrevivido después que aquellas garras manejaron el cuchillo para
extirparle de un modo espantoso el hígado y llevárselo seguidamente a la
boca…
Eran las siete menos diez.
***
A las nueve menos cinco, Loraine Stanton agotó la gran cantidad de
paciencia que había estado consumiendo. Descolgó el teléfono, marcó el
número, estuvo escuchando durante casi un minuto, pulsó la horquilla y
volvió a llamar al mismo número.
Nada. El timbre sonaba, pero Brett no contestaba. No debía estar en casa.
Entonces…, ¿dónde estaba?
Llamó a la «R. A. K. Medical Corporation», y allá recibió respuesta a los
pocos segundos.
—Soy Loraine Stanton, la prometida del doctor Kimsaid —se presentó—.
Por favor, ¿sería tan amable de mirar si el doctor está en su laboratorio?
—Ah… ¿No hay nadie trabajando ahí, en estos momentos?
—Bien… Gracias. Dígame, ¿quién es usted?
—Lyman, el vigilante de noche. Bueno, señor Lyman, tendría que
hacerme un favor: ¿puede conseguirme el teléfono privado del doctor Peter
Roark?
—Muchas gracias, señor Lyman. Buenas noches.
Volvió a pulsar la horquilla, para marcar ahora el número que había
retenido de memoria.
—¿…?
—¿Doctor Roark?
—Soy Loraine… ¿Está Brett con usted, quizá trabajando en algo que…?
—Ah… Sí, entiendo. Sí, sí… Por favor, ¿puede decirme el teléfono de
doctor Garvan? —Muchas gracias…
Colgó, y marcó ahora el número de Elliot Garvan, facilitado por Peter
Roark. Pero, en casa de los Garvan, el resultado fue aún menos orientador:
los señores Garvan habían salido a las cinco y media, en el coche, para pasar
el fin de semana en la quinta de unos amigos.
Colgó definitivamente el auricular, y quedó pensativa.
Un par de minutos después, volvió a llamar al domicilio de Brett, pero
tampoco contestó él esta vez. El teléfono sonaba, sonaba, sonaba… y eso era
todo.
Loraine Stanton, entre molesta y preocupada, tomó una decisión: iría ella,
en su coche, a casa de Brett.
***
Pero la casa se veía completamente a oscuras, y lo lógico era pensar que
nadie había en ella.
Se acercó a la casa, subió al porche y pulsó el timbre.
Nada.
Silencio.
—Brett… ¡Brett!
Silencio absoluto.
Y debía ser un silencio extraño, porque de pronto, Loraine tuvo… una
sensación extraña, que le estremeció. Era como… como si en lugar de estar
expuesta al frío de la noche invernal estuviese en un lugar cerrado y cálido.
Alrededor de ella notaba como si hubiese jirones de humo tangible, pero al
mismo tiempo, invisibles. Volvió a estremecerse.
Tragó saliva.
—¿Brett? —volvió a llamar, con voz tan ahogada que la sorprendió.
Ni el más leve ruido, ni el más ligero rumor.
¿Y si le había ocurrido algo? Aquella sensación cálida y apretada podía
ser… ¿de gas?
—Oh, Dios mío…
Empujó la puerta, pero, desde luego, estaba cerrada con llave. Bajó del
porche, buscó una piedra por el jardín y la encontró enseguida. Con ella en la
mano, nerviosísima, fue a una de las ventanas, y golpeó el cristal. Introdujo la
mano, abrió la ventana, y entró… Se quedó como clavada en el suelo. Allí
dentro, la sensación de calor era aún más intensa… Pero no olía a gas.
—¿Brett? ¡Brett!
Localizó el interruptor y encendió la luz, lanzando un suspiro de alivio.
Todo estaba bien, todo estaba normal. Miró hacia las escaleras, y emprendió
la ascensión, lentamente, pisando con cuidado. No sabía por qué, pero le
parecía que si pisaba fuerte, normalmente, podía aplastar algo. Algo caliente.
Llegó arriba, y fue directa al dormitorio que sabía ocupaba Kimsaid.
Movió el pomo, empujó la puerta, encendió la luz, y se quedó mirando la
cama, que estaba un poco aplastada, como si alguien hubiese estado en ella.
Acabó de entrar, empujando la puerta para cerrarla.
Entonces tuvo la completa seguridad de que había alguien tras ella. Se
volvió, sobresaltada, un poco demudado el rostro, abierta la boca en el
principio de un grito de miedo, de temor a lo desconocido…
Pero ya era demasiado tarde.
No pudo gritar, porque la boca de Brett Kimsaid cayó sobre la suya,
sofocándola en un beso profundo, ávido, mientras sus brazos la estrechaban
contra su pecho desnudo… Loraine se desasió inmediatamente, excitada, y
retrocedió un paso. Se quedó mirando con los ojos muy abiertos a Kimsaid,
que estaba desnudo, cubierto únicamente con una toalla arrollada a la cintura,
mirándola muy sonriente.
—¡Brett! —gritó ella—. Pero ¿qué estás haciendo?
—En estos momentos, te estoy mirando —dijo él—. Y me alegra mucho
que hayas venido a mi dormitorio: será bueno que empieces a acostumbrarte.
Volvió a abrazarla por la cintura, pero ella se desasió. De pronto, se sentía
irritada.
—¡Debes estar loco! —exclamó—. ¡Son más de las nueve y media,
vengo a buscarte pensando que ha podido ocurrirte algo, y te encuentro…
desnudo, escondido detrás de la puerta, toda la casa a oscuras!
—Soy un sádico —rió él—, y eso es una trampa contra ti, querida
Loraine. ¡Al fin estás dónde quería tenerte!
—¡No me toques! —volvió a retroceder ella, cada vez más indignada—.
¡Esto es inaudito…! ¿Puedo saber lo que te propones? La verdad, hay muchas
cosas que estoy dispuesta a soportar, pero… ¡No te comprendo!
Brett Kimsaid, de pronto, mostró una expresión de niño preocupado, y
sus musculosos hombros se abatieron flojamente.
—Y si te lo explico no vas a creerme… —musitó, pasando a relatarle lo
que recordaba.
Se miró las manos, y fue a sentarse en uno de los silloncitos. Loraine lo
miraba, desconcertada. En verdad, Brett parecía estar muy cansado, agotado,
deprimido… Se acercó a él y le puso una mano en la frente.
—Pero… ¿te encuentras mal? Quizá convendría que avisáramos al doctor
Burnes, para…
—¡No! —gritó Kimsaid—. ¡No!
—Pe-pero… ¿qué te pasa?
—Nada… No sé. No lo sé, Loraine. Ya te lo he dicho: estoy cansado,
todo me sale mal… Llevo muchas noches sin dormir lo mínimo necesario,
repasando libros, tomando notas, trabajando abajo, en el laboratorio…
Supongo que es eso. Me estoy matando… ¿y sabes para qué?
—No…
—Para nada. He quedado estacionado en mi trabajo sobre ciertos virus
hepáticos, me dedico a perder tiempo… Garvan me ha llamado esta tarde a su
despacho, y me ha dado quince días de vacaciones… y un cheque de diez mil
dólares.
—Oh, Brett —se consternó ella—. ¡Cuánto lo siento!
—Pues yo no —la sorprendió Kimsaid—. Soy el primero en decir que
para trabajar bien hay que descansar bien. Loraine: ¿algo te impide viajar a
Miami?
—¡A Miami! Pero es muy lejos, para un fin de semana me parece que…
—No, no… Creo que no me entiendes. Bueno, lo cierto es que soy yo
quien no se explica bien: ¿quieres casarte conmigo?
—Pe-pero… habías dicho que…
—Podemos consumir alegremente quince días de luna de miel y diez mil
dólares obsequio de la R. A. K. Lo que no creo que se pueda consumir
fácilmente será nuestro amor… Loraine, ¿quieres casarte conmigo… ahora?
DOMINGO, enero 23, 1972
—Señor y señora Kimsaid —sonrió el empleado del Motel Rainbow—. Sí,
aquí está su reserva hecha desde Boise…
—¿Se nota? —rió Brett.
El empleado descolgó una llave y señaló hacia la puerta de la cabaña de
conserjería. Afuera estaban las maletas de los recién llegados clientes, y el
taxista, esperando. Brett le pagó, el empleado del motel tomó el equipaje, y
los tres se dirigieron hacia los bungalows.
La cabaña era la 16. El empleado abrió la puerta, les cedió el paso, y
luego fue directo a dejar el equipaje en el dormitorio.
—Estarán aquí mejor que en cualquier hotel —aseguró—. Ya se sabe:
mucha gente, ruidos inevitables, molestias… Aquí no hay nada de eso. Si
precisan algo sólo tienen que llamarme.
—Gracias.
El empleado los dejó solos, cerrando la puerta mientras sonreía
socarronamente. ¡Que si se les notaba…! Bueno, el día que él no supiese
distinguir a una pareja en luna de miel, se jubilaría, eso era todo.
Brett se acercó a Loraine, la tomó en brazos, y la besó en la boca…
Durante un par de minutos, pareció que no hubiese nadie allí.
Por fin se oyó el suspiro de Loraine.
—Brett…
Se acercó a ella, y le bajó lentamente la cremallera del vestido. Loraine
no se movió, ni siquiera cuando el vestido cayó a sus pies. Permaneció
inmóvil hasta que le llegó el turno a la última prenda.
Entonces se abrazó al cuello de Brett Kimsaid.
—Brett… Brett, cuánto, cuánto te amo…
***
—¿Brett?
Él volvió la cabeza, y ella vio su sonrisa a la luz de la luna que entraba en
el dormitorio.
—¿Sí, mi amor?
—Brett, es todo tan… tan extraño… ¿verdad?
—¿Extraño? ¿A qué te refieres?
—A nosotros.
Brett se sorprendió. Se colocó sobre un codo de costado y besó a su mujer
en los labios, mientras la acariciaba.
Veinte minutos más tarde, dijo:
—Creo que ya es lo suficientemente de noche para que el encargado del
motel no te vea salir. Y como tenemos el coche en la puerta…, ¿qué tal si
vamos a ver cómo es Miami la nuit?
—Oh, Brett, ¡qué tonto eres! —rió Loraine.
—¿Te ayudo a vestirte?
—No… —musitó ella—. Eso sabré hacerlo sola…
LUNES, enero 24, 1972
Se había quedado momentáneamente sola, y decidió poner la televisión.
Se arrepintió muy pronto.
Sentada en el sofá del pequeño saloncito de la cabaña, Loraine asistió,
horrorizada a la transmisión de una película que muy pronto la hizo ponerse
en pie de un salto, al oír el nombre de Lucille Fisker relacionado con
aquella… monstruosidad.
Como sumergida en un pozo hecho de algodón, aturdida y no menos
aterrada, desorbitados los ojos contempló aquellas imágenes que se estaban
difundiendo por todo el país, relacionadas con el espantoso asesinato
cometido precisamente en Boise, Idaho. Pálida, con el rostro y las manos
heladas, Loraine Kimsaid asistió a la estremecedora proyección: la cabeza
había sido cortada, y luego, con un cuchillo de cocina de la propia víctima, le
habían extirpado el hígado, del cual solamente se habían encontrado
pequeños restos esparcidos por el dormitorio. No cabía duda alguna de que
había sido… mordido, destrozado a dentelladas, y, pese a lo horrible de esta
deducción, la policía tenía que atenerse a ella: el asesino había devorado el
hígado de la infortunada Lucille Fisker, que había sido hallada en su
apartamento por su novio, Archie Looman, el cual había pasado a recogerla a
las siete a su apartamento, según lo convenido por teléfono.
Archie Looman había estado llamando con insistencia, sin obtener
respuesta. Alarmado, porque sabía que Lucy se proponía bañarse, había
bajado a la calle, para solicitar la ayuda de un policía, que, bajo la
responsabilidad de Looman, había forzado la puerta del apartamento… Los
dos hombres tuvieron que ser atendidos luego por el médico, tan
impresionados quedaron.
La hora de la muerte había podido determinarse en primer lugar por las
declaraciones de Archie Looman, que aseguró que a las cinco y media la
señorita Fisker estaba viva, hablando con él por teléfono, y, a las siete, estaba
muerta. Como quiera que por el cuello había escapado prácticamente la
totalidad de la sangre de la muchacha, así como por el boquete en la
ubicación del hígado, el forense se habría visto en apuros para determinar la
hora de la muerte, habida cuenta de la extremada frialdad del cuerpo…
Por el momento, la policía no había hallado ninguna pista, pero
relacionaban el caso con lo sucedido un par de semanas antes a un perro
pastor alemán llamado Tik, propiedad de ciertos señores Bungham, al cual
habían matado rompiéndole el cuello y le habían arrancado luego el hígado a
dentelladas… Se recordaba que el señor Bungham había visto, huyendo, a un
hombre, que se dio a la fuga en un coche. Respecto al perro, pocas
consecuencias habían podido obtenerse, ya que le habían arrancado el hígado
a dentelladas. Pero a la señorita Lucille Fisker se lo habían extirpado de tal
modo que quedaba indiscutiblemente establecido que el asesino tenía muy
aceptables nociones de cirugía, porque las incisiones efectuadas en la zona…
Loraine apagó el televisor, y quedó inmóvil, con los ojos tan abiertos que
ya era imposible más.
Y se puso en pie, gritando, cuando la puerta de la cabaña se abrió, y Brett
apareció, mostrando en alto dos localidades, que, al parecer, le producían
gran satisfacción.
—He conseguido… ¡Loraine! —exclamó cuando ella gritó—. ¿Qué te
pasa?
Dejó caer las localidades, y corrió hacia ella, abrazándola. Loraine
comenzó a tartamudear, señalando el televisor, pero su marido no conseguía
entenderla.
—Por favor, querida, cálmate… ¿Qué te ocurre? ¿Estás enferma?
—Brett, e-e-es… es horrible…
—Bueno… He conseguido dos entradas para el Orange Bowl, a fin de ver
el partido de…
—Lucy… Lucy Fisker…
—¿Lucy? ¿La señorita Fisker, la que trabaja conmigo? ¿Qué pasa con
ella?
—La… la han… la han matado y… y se han… se han… comido su…
su…
—Tranquilízate… —murmuró con voz ronca—. Loraine, tranquilízate,
por favor. Luego me lo contarás. Espera, voy a traerte un vaso de agua…
Fue a la diminuta cocina del bungalow, pero las manos le temblaban tanto
que se salpicó profusamente antes de conseguir llevar el vaso, que, de todos
modos, llegó por la mitad a Loraine. Pero ella movió negativamente la
cabeza, y Brett volvió a sentarse a su lado, mirándola, en silencio, mientras
en su mente parecían palpitar, como brasas las palabras de su esposa. Claro,
tenía que haber pensado en ello, era lógico… Habían encontrado a Lucy
Fisker… tal como él la había dejado.
Brett fue al mueble-bar, sirvió whisky en un vaso, y lo bebió de un trago.
Luego, llevó otro a Loraine, que lo apuró con dificultades, chocando sus
dientes contra el cristal…
Poco a poco, se fue calmando, mientras Kimsaid lo conseguía a su vez, y
acariciaba sus manos…
—Ya… ya estoy mejor, Brett…
—Lo celebro, querida. Me has asustado, la verdad. Creí que tenías un
ataque nervioso… y me parece que no has estado muy lejos de él.
—Han matado a…
—Ya sé, ya sé. Me lo has dicho. Pero ahora no hablemos más de eso, por
el momento. Cuando estés completamente calmada, me lo dirás… Me has
dado un susto terrible; venía tan contento porque podría llevarte al Orange
Bowl y demostrarte cuantísimo sé de baseball…, y casi me has hecho tragar
las entradas.
—Creo… creo que no es momento de bromas, Brett.
—Tienes razón. Lo siento, perdona… Pero no creo que debamos
convertir nuestra luna de miel en un funeral.
—Oh… Sí, claro… Perdóname tú a mí…
—Pues estamos perdonados los dos… —la besó él en los temblorosos
labios—. Lo mejor será que vayamos a dar un paseo en coche por Collins
Avenue. ¿Te parece bien?
—Sí, sí… Oh, no sé… ¿No piensas hacer nada?
Brett Kimsaid se sobresaltó.
—¿Hacer… qué?
—No sé… Quizá deberíamos volver a Boise…
—¿Para qué?
—Ya te he dicho que han matado a la señorita Fisker. Ella trabajaba
contigo, y…
—Lo sé muy bien… —Kimsaid se miró la mano derecha, y consiguió una
sonrisa poco menos que siniestra—. Ella estropeó uno de mis trabajos, y me
produjo cortes, pero el trabajo se retrasó unos días. No necesitas decirme
quién es… o era la señorita Fisker. Además, lo que pretendías era asistir al
sepelio, quizá no llegásemos a tiempo.
¿Cuándo ha ocurrido?
—El… el viernes por la noche…
—Pues debe estar enterrada ya, o, sin duda, lo estará cuando lleguemos
nosotros… Que, por otra parte, no vamos a dejar nuestra luna de miel por
algo que no nos incumbe. —¡Brett!
—Quiero decir que nada podemos evitar ya, querida.
—Sí, claro… Oh, Brett, es horrible… ¡Le han extirpado el hígado, y la
policía dice que… que el asesino se… se lo comió allí mismo…!
—Ah.
Loraine lo miró aterrada.
—¿Eso es todo lo que se te ocurre?
—Bueno… No olvides que yo soy médico, mi amor. Hay cosas que los
médicos podemos soportar mejor que otras personas.
—Pero… ¡se le han comido el hígado!
—Seguramente, la policía está equivocada. Vamos, vamos, Loraine,
serénate… ¿No comprendes que eso no puede ser? Admito que se pueda
cometer un asesinato en la persona de la señorita Fisker, o de cualquier otra
persona, pero de eso a comerse su hígado… Vamos, vamos…
—Pe-pero lo… lo han dicho por la televisión…
—Pues no creo que lo que digan en televisión debamos considerarlo
como verdades divinas, francamente, mi amor. Creo que no debemos seguir
hablando de esto… ¿Qué te parece si vamos a almorzar hoy al Fontainebleu?
Y a la noche, iremos a un —luau. Te va a parecer que estás en las
mismísimas Islas Hawái… ¿De acuerdo?
—Sí, Brett… Lo que tú digas.
MIERCOLES, febrero 2, 1972
—Brett… ¡Brett!, ¿no me oyes?
Brett Kimsaid estaba oyendo perfectamente la voz de su esposa a través
de la puerta del cuarto de baño, en el cual se había encerrado.
—¡Brett! ¡Contesta, Brett!
Kimsaid quiso volver la cabeza hacia la puerta, pero no pudo. Tampoco
pudo mover los ojos, que habían quedado como bloqueados de aquel modo
que conocía ya muy bien. Conocía muy bien todos los síntomas.
El primero había sido aquel intenso calor en toda su piel, como si
estuviese sumergido en un baño caliente de aire. Esto no lo había notado
mucho debido al agua caliente de la ducha, pero sí se dio cuenta pronto de
que sus manos comenzaban a deformarse, mostrando aquellas placas,
aquellas costras de color amarillo resplandeciente… Luego, seguía el bloqueo
de todos los músculos del cuerpo, y de los ojos…, mientras más y más
costras iban apareciendo por todo su cuerpo.
—¡BRETT, ABRE…! ¿Te ocurre algo?
—No… —consiguió decir—. Estoy bien, Loraine. Salgo en dos
minutos…
—Pero ¿qué haces? ¡Vamos a llegar tarde!
—Dos minutos, por favor.
Brett Kimsaid se colocó ante el espejo, haciendo acopio de valor… y un
grito ahogado brotó de sus labios, mientras por debajo y entre las costras
amarillas, palidecía hasta el límite cadavérico.
—¡Dios…!
Nunca se había visto desnudo así, y la visión casi le hizo desvanecerse.
¿Aquel… monstruo era él? ¿Aquel ser lleno de costras amarillas
resplandecientes era el apuesto joven doctor Kimsaid, que tenía enamoradas a
todas las empleadas de la «R. A. K. Medical Corporation»?
Tenía placas amarillas en todas partes; en el rostro, en las manos y brazos,
en el tórax, por entre el vello, y en la cabeza, en las piernas… E iban
aumentando en tamaño y cantidad… Sus facciones se iban deformando,
ensanchando. Era como si la cabeza estuviese aumentando de tamaño, y sus
hombros, y sus manos… Fijos, hieráticos, bloqueados, sus ojos rodeados de
córnea ahora de color amarillo, contemplaban la aparición de las costras, cada
vez a más velocidad. Era como… como ver agua amarilla hirviendo. La piel
se hinchaba un poco y, enseguida, la burbuja se convertía en una costra,
algunas de las cuales comenzaron a supurar.
«Necesito un hígado», pensó.
Aún más horrorizado ante este pensamiento, seguía contemplando a aquel
monstruo amarillo, enloquecedor, que había en el espejo, mirando al doctor
Brett Kimsaid. Una mirada que iba vidriándose, tomando una expresión
enloquecida, estremecedora. Inmóvil, Brett Kimsaid iba notando cómo
aquellas burbujas que sentía en su cuerpo salían a la superficie, a la piel. Casi
oía el «blup» de cada burbuja al llegar a la epidermis y convertirse en una
costra… Las sentía y las oía… Una en la cabeza, ahora. Otra en la espalda,
otra en el brazo derecho, dos en el izquierdo, una en el hombro derecho, otra
en la espalda, otra en el vientre… Blup, blup, blup, blup…
Y de pronto, terrible, horrendo, espantoso, dolorosísimo, el primer
lanzazo en el hígado, que le hizo lanzar un grito de dolor incontenible.
El pensamiento volvió a su mente:
«Necesito un hígado».
Oyó los pasos precipitados afuera; se detuvieron delante de la puerta del
baño, cuyo pomo se movió, mientras oía ahora la voz de Loraine,
preocupada, casi asustada.
—Brett, ¿qué pasa?
El monstruo amarillo movió los labios, pero no brotó de ellos ningún
sonido. En alguna parte de su cerebro, por debajo de aquella idea fija de
conseguir un hígado, latía una idea, una respuesta: «No te preocupes, sólo me
he pinchado un poco… Enseguida salgo…».
—Brett, por Dios, contesta…
«Necesito un hígado», insistió el más poderoso de sus pensamientos.
Llegó el segundo lanzazo en el suyo, y casi cayó al suelo de tanto dolor,
pero esta vez consiguió no gritar. Se quedó de rodillas, apoyando sus garras
en el suelo. Vacilante, estremecido de dolor, se puso en pie, y su garra
derecha cayó sobre las pequeñas tijeras de manicura de Loraine, colocadas en
una de las repisas de cristal… Casi no veía, y muy pronto comprendió por
qué: la luz le dejaba a cada instante más y más cegado. Alzó la mano
izquierda, asió el tubo fluorescente de encima del espejo, y dio un tirón… Lo
arrancó todo, con la facilidad de quien parte en dos una cerilla.
Afuera, oyó el grito de espanto de Loraine, su llamada.
—¡Brett, Brett…!
Brett Kimsaid puso la mano en el pomo de la puerta, pero justamente
entonces, oyó el rápido desplazamiento de los pies de Loraine, alejándose. Se
quedó petrificado… Enseguida, oyó el batir de la puerta de la cabaña, y,
fuera, el jadeo, los gritos de Loraine que corría alejándose…
—Maldita… ¡Maldita!
Se volvió hacia la ventana, se encaramó pesadamente, y se dejó caer al
exterior, a la noche. Todavía pudo ver a Loraine, corriendo hacia la cabaña de
la conserjería del «Rainbow Motel». Ni siquiera cinco segundos más tarde,
ella reaparecería, acompañada ahora por el conserje, ambos corriendo hacia la
cabaña.
Se deslizó hacia unos arbustos de flores, y, apenas se había ocultado allí,
sintió tal lanzazo que casi se desvaneció. Las costras estaban supurando cada
vez en mayor cantidad, lo sabía. Se quedó quieto, como mareado. Muy cerca
de él pasaron Loraine y el conserje, el hombre tratando de tranquilizarla. Sus
voces llegaban hasta Kimsaid como procedentes de mucho, muchísimo más
lejos…
—No se preocupe… cortocircuito… arreglaremos enseguida…
Siempre como de mucho más lejos que la realidad, seguía oyendo las
voces. Loraine le llamaba, se oían golpes en la puerta… del cuarto de baño,
sin duda.
La voz del conserje:
—… otra llave en mi oficina, claro… a buscarla… herramientas…
arreglar…
Lo vio desaparecer en el porche, corriendo hacia su cabaña, y se deslizó
paralelo a él, siempre por entre los arbustos. Con la misma potencia, con el
mismo sigilo pesado de un oso, llegó junto a la cabaña en el momento en que
el conserje entraba en ella. Se deslizó hacia unos arbustos más cercanos,
resistiendo al siguiente lanzazo, que parecía estar destrozando todas sus
entrañas. Quedó jadeando muy cerca del camino que tenía que salir el
conserje de regreso a la cabaña 16, mareado de tanto dolor, al borde del
desmayo, supurando cada vez más ferozmente las costras.
El hombre salió muy pronto, llevando lo que parecía un maletín en una
mano…, siempre corriendo, siempre de prisa… Pasaba muy cerca de los
arbustos cuando se detuvo, de pronto, al ver aquel resplandor amarillento
entre los arbustos.
—¿Qué…?
Su rostro quedó lívido, su boca se abrió en el más grande gesto de terror y
de incredulidad a la vez.
Una zarpa poderosísima, cubierta de costras, asió por un brazo al
paralizado conserje, y tiró de él, hacia el monstruo amarillo, entre los
arbustos. Todavía con la boca abierta, el aterrado conserje no pudo ni siquiera
gritar antes de que las pequeñas tijeras se hundieran en su garganta, con
fortísimo impacto, para dar inmediatamente un tirón hacia un lado,
destrozándolo todo, desgarrándolo todo, produciendo una muerte fulminante.
El monstruo lo arrastró más hacia la oscuridad de los arbustos, le arrancó
la ropa del torso a jirones, y sin pérdida de tiempo, hundió las tijeras en el
costado derecho, comenzando a cortar, salvajemente. La sangre brotó al
principio en chorro impetuoso, hacia la tierra, por un lado del cuerpo aún
caliente. Unos cuantos cortes fueron suficientes para dejar libre el camino
hacia el hígado. Las garras lo tomaron, dieron un tirón, lo sacaron del cuerpo
y lo llevaron a la boca del monstruo, cuyos dientes se hundieron en la masa
sangrante…
Apenas engullido el primer bocado, el dolor en su propio hígado decreció
considerablemente, pero siguió comiendo, igual que una bestia, devorando a
toda velocidad aquel órgano que reponía en el suyo todo lo necesario…
… Que de pronto, se detuvo. Quedó inmóvil unos segundos. Luego, tiró a
un lado lo que quedaba del hígado, y se incorporó, con firmeza, con
seguridad. Pasó pisoteando el cadáver, salió de entre los arbustos…, y sus
ojos bloqueados quedaron fijos en Loraine Kimsaid, que estaba allí, como
clavada en el suelo, desorbitados los ojos, como cegados por el resplandor
amarillo que, sin duda, había llamado su atención.
Durante unos segundos, ambos se estuvieron contemplando. El monstruo,
inalterable. Loraine Kimsaid petrificada, lívida, como si estuviese muerta,
abierta la boca al máximo en el gesto de quien está contemplando lo más
horrible del mundo…
Y de pronto, los ojos de Loraine Kimsaid giraron en las órbitas, mientras
caía al suelo, como arrugándose, como plegándose lentamente sobre sí
misma.
***
Pero allí estaba el monstruo…
¡Allí estaba!
Igual que una bestia horrenda de la más horrenda pesadilla, allí tenía al
monstruo, delante y encima de ella, mirándola. Había abierto la boca, en la
que se veían unos colmillos larguísimos, también amarillos, chorreando
sangre y escupiendo trozos de hígado humano… Una de aquellas garras se
movió, y acarició los senos desnudos de Loraine, que quería gritar y no
podía, quería levantarse y no podía, quería morirse… ¡y ni siquiera eso podía
hacer!
Era como si se hubiese convertido toda ella en una barra de hielo.
—Eres muy hermosa… —decía el monstruo, manoseándole con sus
horripilantes garras amarillas los senos—. ¡Muy hermosa, Loraine! Vamos a
ser muy felices los dos, y después, me comeré tu hígado. Y después del
hígado, me comeré lo demás… ¡Me lo comeré todo, sin dejar de ti ni los
huesos!
—No… —consiguió articular ella—. No, no por favor…
—Sí, sí… Vas a ser toda para mí de un modo completo, como jamás
mujer alguna ha podido ser para un hombre. Los demás hombres sólo pueden
poseer a las mujeres de un modo convencional, que ni siquiera es auténtico,
porque nadie posee nunca a nadie de verdad. Es… un intercambio de placeres
y necesidades, pero no existe posesión alguna, ni fusión… Nuestro caso será
distinto, Loraine.
—No, no, no… ¡NO!
—Sí, mi amada, sí… ¿Concibes amor más grande e intenso que este
nuestro? No es posible, ¿verdad? ¡Solamente nuestro amor será auténtica
fusión entre dos seres! ¡Va a ser tan hermoso, Loraine! Porque estoy seguro
de que tú también me amas, ¿verdad?
—No… ¡No!
—Sí, me amas… —rió el monstruo—. ¡Pero me gusta tu pudor más que
cualquier otra cosa! Una mujer tiene que ser… recatada razonablemente, aún
con el hombre que ama, y…
—¡Usted no es un hombre! —chilló ella.
—¿Por qué no? ¿Qué te parece que soy, entonces?
—¡Un monstruo! ¡Es un monstruo, un monstruo, un monstruo, un
mons…!
Ya no pudo decir nada más, porque el monstruo tapó su boca con una
garra, y se inclinó más sobre ella. Notó su aliento en la cara; era frio, helado,
como el viento que puede soplar en el Polo Norte. Era un aliento tan helado
que la dejó aún más helada a ella, más llena de frio, de estremecimientos.
—No, querida… No soy un monstruo. Mírame bien, te lo ruego… ¿No te
gustan mis placas de cristal amarillo? Son tan bellas, con esta luz… Es una
luz radiante…, como nuestro amor. Y lo que tú crees que es pus, no lo es,
no… Es oro líquido que produce mi propio cuerpo cuando siente los deseos
del amor. Es oro para ti. Y tanto y tanto te amo, que vas a tener oro,
muchísimo oro… ¡Serás la mujer más rica y más amada de la Tierra! Pero
amémonos, Loraine… ¡Amémonos!
—¡NO!
Pero la boca del monstruo ya estaba en la suya, besando sus labios. No…
No los besaba: los mordía. Clavaba en sus labios los agudos colmillos llenos
de sangre, de trozos de hígado humano. La estaba mordiendo con rabia, con
fuerza, porque ella no quería que él le amase… ¡Se la estaba comiendo
empezando por la boca!
—Dime que me amas… —rugía el monstruo—. ¡Dime que me amas, o
seguiré mordiéndote hasta devorarte ahora mismo, aquí, en el lecho nupcial!
¿Lecho nupcial? ¿Se había casado con el monstruo? Sus ojos giraron con
gesto enloquecido, buscando algo, algún dato, alguna pista, pero a su
alrededor todo era negro.
No había nada, salvo una negrura absoluta, increíble… No. No, no, no…
Allá, muy lejos, se veían pequeños puntitos amarillos… Sí, puntitos amarillos
a cientos, a miles, a millones… A billones de billones. Todo estaba lleno de
puntitos amarillos, resplandecientes… ¡Eran ojos!
—¿Me amas? —insistía él.
—Sí… Sí, te amo…
—¿No me mientes?
—No, te lo juro.
—¿No lo dices sólo para que no te coma?
—No, no… Te amo de verdad.
—Pues demuéstramelo. Bésame tú a mí, y demuéstrame que me amas
completamente, como yo a ti.
—Sí… Te amo… Te lo voy a demostrar…
Luego, él siguió besándola, pero ella no sentía nada, en realidad. Oía y
veía, pero no sentía ya nada en su cuerpo. Lo oía a él, diciendo:
—¿Ves como soy hermoso? ¿Ves como sí puedes amarme? ¿No te
parezco hermoso ahora?
—Sí… Eres muy hermoso, monstruo.
—¡No soy un monstruo, soy un hombre!
—Sí… Eres muy hermoso, hombre.
—Bueno. Ahora, me voy a comer tu hígado. No te dolerá. Y te dejaré un
pedazo, para que vuelva a reproducirse.
Loraine se incorporó un poco, y vio al monstruo comiéndose su hígado, a
grandes mordiscos. Él alzó la cabeza, y ella vio su boca llena de sangre otra
vez, y de trozos de hígado. De hígado de ella…
—¿Te duele? —preguntó el monstruo.
—No, no… Sigue comiendo…
—Tienes el mejor hígado que he comido. Loraine. ¡Es muy sabroso!
—Me alegra que te guste. Come, come…
—¿Me amas?
—Sí, sí; mucho…
—Entonces, te dejaré un poco, y podrás seguir viviendo.
Loraine se dejó caer de nuevo de espaldas en la negra cama y miró hacia
el techo…, hacia aquella negrura de puntitos amarillos, de ojos… De ojos
que esperaban… Pero uno de aquellos ojos no quería esperar, y se estaba
acercando. Desde lo más profundo del negro espacio, aquel ojo estaba
viajando hacia ella, a una velocidad superior a la luz. El monstruo no se daba
cuenta, porque seguía comiéndose su hígado, pero ella sí veía al ojo viajando
a aquella velocidad espantosa…
Entonces comprendió que la estaban engañando. El monstruo que se
estaba comiendo su hígado la estaba engañando. Cierto que le dejaría un
trozo de hígado para que no muriese, pero era para que los demás monstruos
que había en la negrura pudiesen ir viajando hasta allí, y ocupar su lugar. De
modo que después de aquel monstruo llegaría otro, y otro, y otro…, y así,
hasta trillones de cuatrillones…
—No… —jadeó, incorporándose—, ¡NO, NO, NNNOOOOOOOOO…!
Pero ya era demasiado tarde. Aquel ojo llegó, tan velozmente que se
clavó en ella, se hundió en su carne, con un pinchazo fino, agudo, pero casi
indoloro…
Y cosa extraña, eso la tranquilizó, la fue sumergiendo en un dulce sueño
donde no existía ni el color negro ni el color amarillo…
***
El doctor Camacho, oriundo de Cuba, retiró la aguja del brazo de Loraine
Kimsaid, y dejó la jeringuilla sobre su maletín. Esperó unos segundos y
entonces alzó los párpados de la muchacha. Se incorporó, y se volvió hacia el
teniente Orville, del Departamento de Policía de Miami, que estaba junto a él,
lívido.
—Ya ha hecho efecto el sedante… —dijo Camacho—. Descansará
durante varias horas. Y espero que no tenga esas pesadillas… Buen Dios, ha
estado diciendo cosas horribles…
—Seguramente presenció lo ocurrido al conserje… —musitó Orville—.
Debió ver algo que la ha puesto en ese estado, doctor.
—Así debió ser, claro. Le aseguro, teniente, que no he visto a nadie jamás
tan inmerso en un estado de terror como el de esta joven.
—¿Ha visto el cadáver del conserje?
—Pues no… Como me dijeron que tenía que atender a la señora…
—Vaya a echarle un vistazo —palideció aún más Orville—. Y después,
piense cómo puede hallarse una persona que vio cómo ocurría… «eso».
—Lo haré. Pero antes voy a examinar al marido.
—Oh, él está bien… Asustado, desde luego, pero bien… Es médico
investigador, creo que ha dicho.
—Entiendo… ¿Cómo ha dicho que se llama?
—Kimsaid.
Camacho parpadeó.
—¿Brett Kimsaid?
—Sí, exactamente.
—Ah… Un verdadero genio, teniente… He leído muchos de sus trabajos.
Una eminencia, créame. Iré a charlar con él unos minutos, sobre todo para
decirle que no tenga cuidado por su esposa… ¿Qué ha dicho el doctor
Kimsaid sobre esto?
—No sabe nada. Dice que estaba bañándose, y su esposa le esperaba, para
salir a cenar y luego a un espectáculo. Terminó de bañarse, y se estaba
secando cuando se encontró mal… Sintió un mareo. Lo único que recuerda es
que quiso agarrarse a alguna parte para no caer, y que vio un chispazo… Eso
es todo. Nosotros hemos encontrado la luz del cuarto de baño arrancada, en
efecto, así que es fácil comprender que él mismo provocó el cortocircuito.
Luego, puesto que la señora Kimsaid no ha podido decir nada coherente,
hemos tenido que formar nuestras propias hipótesis: la señora Kimsaid debió
asustarse cuando la cabaña quedó a oscuras, y salió corriendo a buscar al
conserje cuando el doctor Kimsaid, encerrado en el cuarto de baño, no le
contestó… Posiblemente, ella se adelantó, al regreso, y el conserje vino
detrás, llevando una caja de herramientas, fusibles, hilos… Todo eso.
Entonces, recibió el ataque, lo arrastraron hacia los arbustos, y allá le… le
hicieron lo que le hicieron… No se lo pierda. Se lo digo porque sé que usted
no va a sufrir ningún ataque de nervios.
—No creo —sonrió Camacho.
—Yo me he sentido muy mal, francamente —Orville se pasó una mano
por el rostro—. Santo cielo, es horrible… No me sorprende que la señora
Kimsaid se encuentre así, y que tenga pesadillas… Pero me gustaría saber
qué vio ella, exactamente, cuando llegaba detrás del conserje… O quizá se
adelantó, y como el conserje tardara, regresó a buscarlo de nuevo… No sé,
eso no importa, supongo. Pero ella debió ver lo que hacían con el conserje…
Se desmayó, desde luego. Y así la encontró el doctor Kimsaid. Al parecer,
recobró el sentido a los pocos minutos, y al encontrarse a oscuras, salió
precipitadamente del cuarto de baño, llamando a su esposa… Entonces,
mirando hacia la cabaña de la conserjería, le pareció verla, tendida en el
suelo, y corrió hacia allí. Vio también la caja de herramientas del conserje, y
lo llamó. Como no le contestase, se inclinó, para recoger a su esposa y
llevarla a la cabaña. Al inclinarse, le pareció ver algo brillante entre los
arbustos. Miró allí, y… Bueno, por muy médico que sea, me parece que
debió llevarse el susto más grande de su vida. Luego, llevó a su esposa a la
cabaña, y llamó al Departamento… Eso es todo.
Camacho asintió con la cabeza.
—Iré a charlar con él… ¿Han encontrado alguna pista?
—Pisadas entre los arbustos y cerca de la ventana del cuarto de baño de la
cabaña de los Kimsaid. Como si alguien hubiese estado merodeando… Y son
unas pisadas… extrañas.
—¿Extrañas?
—Bueno… Muy grandes. Caramba, me pregunto cómo puede ser de alto
y fuerte el tipo que pueda mover esos pies, doctor. Además, si iba calzado
debían de ser unos zapatos raros los suyos… No sé. Algo así… Están
tomando los moldes de esas pisadas con escayola, ya se las enseñaré.
—Tengo curiosidad auténtica por verlas. Hasta luego.
Camacho salió del dormitorio. En el saloncito sentado en el sofá, todavía
en albornoz, estaba Brett Kimsaid y fue a sentarse a su lado, ofreciéndole un
cigarrillo.
—Gracias… —lo aceptó Kimsaid—. ¿Cómo está mi esposa?
—Bien. Le he dado un sedante…, inyectable, desde luego, por la vía
rápida. Debía tener unas pesadillas horribles, pero ahora descansa
profundamente.
—Gracias.
—No hay de qué… —sonrió Camacho—. Ignoraba que fuese Brett
Kimsaid. Debo decirle que admiro sus…
—Lo he comprendido.
—¿Cómo dice? —se desconcertó Camacho.
—No he podido evitar oír la conversación entre usted y el teniente
Orville.
—Ah… Sí. Claro. Dígame una cosa, doctor Kimsaid: ¿está usted
realmente así de sereno y dueño de sí mismo…, o quiere que le facilite algún
sedante?
—No, no… Estoy bien. Es mi esposa la que me preocupa.
—Quede tranquilo. Le enviaré una enfermera para esta noche, pero es
más para la tranquilidad de usted que para la de su esposa. ¿Le parece bien?
—Sí, sí… Muchas gracias por todo.
—Bah, bah… ¿Vio usted el cadáver del conserje?
—Vi lo que quedaba del conserje —susurró Kimsaid.
—Entiendo… ¿Puedo ver sus manos, doctor Kimsaid?
Brett palideció, y se quedó mirando con gesto tenso al doctor Camacho.
—¿Mis manos? —musitó.
—Al parecer, usted se desvaneció, posiblemente a un corte de digestión
retrasada, o algo parecido, y, al caer se agarró a algo que provocó un
cortocircuito… ¿No se quemó? ¿No sintió una descarga, o…?
—No recuerdo nada más que el chispazo.
—Pero debió quemarse. Permítame… —Camacho tomó una mano de
Kimsaid. Sí, aquí tiene la quemadura, pero no es nada. ¿Le duele?
—Ni siquiera me había dado cuenta de que tengo esta señal.
—Estupendo. Ahí sale el teniente… Iré con él a echarle un vistazo al
cadáver. Hasta ahora… y me honra haberle conocido, doctor Kimsaid. —
Muy amable… Lo mismo digo.
Estaban a punto de salir Camacho y Orville cuando uno de los detectives
a las órdenes del segundo apareció en la puerta de la cabaña, mostrando un
gesto estupefacto. —Teniente— balbuceó—, venga a ver esto…
—¿Qué ocurre ahora, Reeves?
—Venga, señor: tiene que verlo usted mismo. Es increíble: de pronto
algunos arbustos de flores se han puesto a morirse.
—¿Se han puesto a…? ¿Qué modo de hablar es ése?
—Pues no se me ocurre otro —masculló Reeves—: se han puesto a
morirse, señor. Estábamos tomando los moldes de esas pisadas enormes
cuando, de pronto, el arbusto que teníamos alrededor de nosotros se… ¡se ha
puesto a morirse, qué demonios, no sé decirlo de otra manera! Y en pocos
segundos, hasta huele mal, señor, como… como si llevase años podrido.
—Pero qué tonterías… —comenzó a mascullar Orville, saliendo de la
cabaña, seguido de Camacho.
Brett Kimsaid quedó solo, y durante unos segundos, no se movió. De
pronto, apagó el cigarrillo en un cenicero, y se dirigió al dormitorio. Se sentó
en el borde de la cama, y se quedó contemplando a su esposa, que estaba muy
pálida, pero dormía tranquila, profundamente… Kimsaid se miró las manos,
y después pasó una de ellas por las frías mejillas de Loraine… Por aquella
vez había salido bien. Bien en todos los sentidos. Bien, porque había
conseguido volver al cuarto de baño y bañarse, limpiarse la sangre y todo lo
demás antes de que nadie viese a Loraine tendida afuera, junto a los arbustos.
La policía no podría relacionar jamás de un modo directo al doctor Kimsaid
con lo sucedido, con el estado en que había quedado el conserje. Habían
encontrado las huellas del monstruo, no del doctor Kimsaid, desde luego. No
tenía nada que temer… de la policía.
Pero…, ¿y de sí mismo? Desde la aparición de aquellos cordoncitos
amarillos en su mano herida, hasta que había ido a matar a Lucy Fisker,
habían pasado catorce días, de modo que había calculado que ésta sería la
periodicidad de aquella horrenda mutación producida por la mezcla de virus
penetrada en su sangre, quince días. La segunda, diez días… ¿Cuándo
volvería a sucederle aquello? ¿Quizás en una semana, o en menos tiempo
aún…? Lo cierto es que estaba convencido de que volvería a suceder.
Aquellos virus, aquella mezcla… Los había estado estudiando a fondo… Los
conocía perfectamente, pero… uno a uno, siempre por separado. Nunca se le
había ocurrido mezclarlos.
Miraba intensamente a su bella esposa… ¿Y si ella no hubiese salido
corriendo de la casa? ¿La habría matado a ella, se habría comido el hígado de
Loraine? Desde luego que sí. Con toda seguridad que sí. Habría matado a
Loraine, le habría extirpado el hígado y se lo habría comido. Desde luego,
positivamente, sí.
No pudo resistir más.
Se puso en pie, y corrió hacia el cuarto de baño. Llegó con el tiempo justo
de comenzar a vomitar grandes pedazos de hígado en el inodoro, y aquella
visión aún le produjo más náuseas, más asco, más espanto. Sus ojos estaban
desorbitados, llenos de lágrimas que parecían saltar como lluvia a todos
lados…
Finalmente, por instinto de conservación, apretó el botón y el agua, en
impetuoso y grueso chorro, se llevó los trozos de hígado apenas comenzados
a digerir. Se lavó la cara y las manos, y volvió a sentarse junto a Loraine,
rígido y pálido como un cadáver.
—Tengo que volver allá…, a la R. A. K. Necesito los laboratorios, los
libros, todo… todo mi material de trabajo. Tengo que encontrar la solución a
esto cuanto antes, o… o muy pronto mataré también a Loraine ¡Dios…!
Sí.
Lo mejor era volver. Esperaría a que Loraine se recuperase. Aquello no
era nada serio, se repondría pronto. Quizá en un día o dos, como máximo. Y
volvería al laboratorio. Nadie se sorprendería. Además, las vacaciones se
estaban terminando…
Sus pensamientos seguían dando vueltas y vueltas. Ciertamente, también
podría matar conejos. Hay mucha gente que cría conejos, con el exclusivo fin
de comérselos cuando están lo bastante desarrollados. O cerdos, o pollos,
patos, corderos…
Pero ¿serían esos hígados suficiente para él? Sabía que necesitaba
hígados de gran tamaño, y desde luego los conejos y los pollos no los tenían;
los cerdos y los corderos quizá… ¿Alguien se podía imaginar al doctor
Kimsaid criando cerdos y corderos? Llamaría la atención, desde luego.
Aunque, seguramente, sólo al principio. Luego, dirían que estaba chiflado, o
quizá solamente que era un excéntrico, y lo olvidarían. Entonces, la
perspectiva estaba muy clara: toda la vida criando cerdos y corderos con el
exclusivo fin de comerse sus hígados. Y esto… ¿era vida? ¿Realmente?
«¿Y si se suicidase?».
La idea estuvo latiendo con insistencia durante unos minutos en su mente.
Suicidarse era una solución, claro. Pero… ¿para quién? No para él, que,
simplemente, moriría. Él no saldría beneficiado en nada. Los que saldrían
beneficiados serían los conejos, pollos, patos, cerdos, corderos… Y algunas
personas que escaparían de la muerte a sus manos.
VIERNES, febrero 4, 1972
Los Kimsaid regresaron a Boise, naturalmente a la casa de Brett, este día; ya
anochecido, el taxi los dejó ante el chalet, y, en especial Brett Kimsaid, se
llevaron una desagradable sorpresa. Desagradable porque, en verdad, no
tenían ganas de ver a nadie.
Pero allá estaban. Esperándoles, charlando en el jardín delantero, vieron a
Elliot Garvan, Peter Roark, el doctor Burnes, Howard Risser, jefe de la
Sección Química de la R. A. K., y los empleados más veteranos de la Sección
de Bacteriología, Saunders y Rowan.
Howard Risser y Elliot Garvan se mostraron afectuosos y cordiales,
mientras el doctor Burnes, un poco separado, contemplaba a Kimsaid con
cierta extraña expresión de perplejidad y cálculo.
—Nos enteramos de su regreso por la Policía de Miami —dijo Garvan, ya
todos en la casa—. Naturalmente, llamamos allá para interesarnos por ustedes
en cuanto leímos la noticia en los periódicos. Nos dijeron cuándo iban a
regresar ustedes, y… aquí estamos, dispuestos a lo que sea… Debió ser
terrible para usted, señora Kimsaid.
—Sí… —musitó—. Fue horrible. Una visión que jamás olvidaré, doctor
Garvan.
—Es extraño todo esto… —dijo Roark—. Y escalofriante. La policía está
completamente desconcertada. Naturalmente, han relacionado el asesinato de
Miami con el de la pobre señorita Fisker, ya que a ambas víctimas les sucedió
lo mismo…
—Yo creo —deslizó Saunders— que todo eso del hígado es una treta del
asesino para desorientar a la policía, precisamente. ¿Para qué puede alguien
querer un hígado humano? Y todo eso de que el asesino se comió el de la
señorita Fisker…
—¿Y si hablásemos de otra cosa? —propuso hoscamente Howard Risser
—. Yo creo que ésta no es la conversación que le conviene a la señora
Kimsaid.
Elliot Garvan fue el primero en ponerse en pie, sonriendo.
—Bueno… —dijo mirando su reloj—. Solamente queríamos darles
nuestra solidaridad y la bienvenida. Como me parece que esto está cumplido,
lo mejor será que nos vayamos. No, señora Kimsaid, no proteste: su cortesía
es mucha, pero hoy por hoy la visita ha terminado. Ya nos iremos viendo con
más frecuencia.
—Por supuesto —musitó ella.
—Ahora que Brett se ha casado y tendrá a alguien a su lado para vigilarle
a fin de que no trabaje tanto, espero que algunos fines de semana vendrán con
nosotros… Bien está el trabajo, pero… mejor está la diversión.
Los demás rieron amablemente. Hubo despedidas, muestras de afecto…
El último en salir fue el doctor Burnes, que había permanecido silencioso
en todo momento. En el umbral, se quedó mirando fijamente a Kimsaid, y
dijo:
—¿Podrá dedicarme unos minutos el lunes, doctor?
Brett lo miró también fijamente.
—¿Para qué? ¿Qué ocurre?
—Bueno… Después de todo esto, creo que un buen examen médico sería
conveniente para usted y su esposa. Un examen… completo, desde luego.
Claro está, si su esposa tiene ya médico, haría un bien acudir a él. En cuanto a
usted, pues —sonrió a medias—, creo que yo soy su médico, ¿no?
Brett Kimsaid también consiguió sonreír a medias.
—No he estado enfermo desde que era niño, Burnes, pero supongo que sí,
que usted es mi médico… De todos modos, aun agradeciendo mucho su
interés, creo que no será necesario que se moleste, ya que me encuentro
perfectamente.
—Un buen examen nunca está de más —murmuró Burnes—. Lo espero
el lunes por la mañana.
Un minuto después, los Kimsaid estaban solos en el salón de la casa,
sentados en sendos sillones, silenciosos, cada uno sumido en sus propios
pensamientos. Hasta que Kimsaid miró a su esposa. Loraine estaba
demacrada, como apagada. Físicamente, estaba bien, sin duda, asegurado esto
por el doctor Camacho, pero en su aspecto mental, habría que tener mucho
tacto con Loraine Kimsaid durante una temporada; la impresión había sido
demasiado fuerte.
—Voy a subir el equipaje al dormitorio —dijo Kimsaid, poniéndose en
pie.
Ella le miró como regresando de otro mundo.
—Te ayudaré —dijo.
—No, no… Debes estar cansada. Yo me ocuparé de todo.
—Como quieras… Gracias.
Durante media hora, Brett estuvo ocupado colocando las cosas en su sitio,
arriba. Sabía positivamente que el estado mental de su esposa era de total
aislamiento. Y eso le causaba honda preocupación, por dos motivos a cuál
más poderoso. Uno de ellos, sincero, era por Loraine misma, por su salud y
felicidad, porque la amaba cada vez más. El otro, era por los pensamientos de
ella… ¿Qué estaría pensando? ¿Quizás estaba llegando a conclusiones
inquietantes? Para nadie debía dejar de resultar sorprendente el hecho de que,
estando el doctor Brett Kimsaid en Boise, habían asesinado a Lucy Fisker y
le habían extirpado el hígado, y que, estando el doctor Kimsaid en Miami,
allá había sucedido lo mismo…
Cierto que los visitantes que se habían marchado hacía poco no habían
hecho la menor alusión al respecto, pero… ¿no era lógico que lo estuviese
pensando? Y también era lógico que lo estuviese pensando Loraine. Ella, con
más motivo que nadie… Incluso podía estar obteniendo conclusiones sobre el
hecho de que él se hubiese encerrado en el cuarto de baño…
¿Y Burnes? El doctor Burnes, evidentemente tenía algo bulléndole la
cabeza. Lo había estado mirando todo el tiempo de un modo extraño, muy
atento, fijamente. Y sin duda, era el más peligroso a la hora de obtener
conclusiones, dados sus conocimientos de Medicina…
Preocupado, Kimsaid regresó al salón. Loraine seguía en el mismo sillón,
inmóvil. La tomó de las manos, la puso en pie, y la abrazó dulcemente.
—Loraine, tienes que sobreponerte —susurró—. Comprendo que ha
tenido que ser horrible para ti, pero no creo que debamos… arruinar nuestra
felicidad por algo ajeno a nosotros.
Ella parpadeó, de aquel modo que sugería el regreso de un viaje mental a
remotísimos lugares.
—Tienes razón —admitió; y sonrió dulcemente—. Lo siento mucho,
Brett, perdóname.
—No digas tonterías —la besó en los labios—. Ni tú ni yo tenemos que
perdonar nada al otro. Nos hemos casado para ser felices, eso es todo. ¿Lista
para la felicidad?
—Lista, si —rió ella.
—Estupendo… Empezaremos por cenar. ¿Quieres que yo prepare la
cena? Estoy acostumbrado, así que…
—No, no, no —se sobresaltó ella—. ¡Nada de cenas de soltero! Me
parece que ha llegado el momento de que tu esposa demuestre que sabe hacer
algo más que pasarlo bien.
—Es una buena idea… Te ayudaré. ¿O no admites ayudantes en la
cocina?
—Tratándose de ti, haré una excepción.
Se echaron a reír los dos, y, abrazados por la cintura, se dirigieron a la
cocina.
Brett Kimsaid se sentía grandísimamente aliviado: no tenía por qué
preocuparse.
DOMINGO, febrero 6, 1972
A las diez y media de la mañana, la opinión de Brett Kimsaid respecto a que
no debía preocuparse, sufrió un golpe, si bien fue solamente al principio.
Habían llamado a la puerta mientras Loraine estaba en la cocina, organizando
el almuerzo. Kimsaid dejó el suplemento dominical, y se puso en pie.
—¡Yo voy, querida!
Cuando abrió la puerta, tuvo un velocísimo estremecimiento a todo lo
largo de la columna vertebral. Ante él, sonriendo muy amablemente con el
gesto de un viejo amigo que da la gran sorpresa, estaba el teniente Orville, de
Miami; le acompañaba otro hombre, de mirada penetrante, dura, pero que
pretendía ser amable también.
—¿Cómo está, doctor Kimsaid? —saludó alegremente Orville.
—Bien… Oh, vaya, muy sorprendido, teniente. Usted es la última
persona que habría esperado ver al abrir la puerta.
—Lo supongo —rió afablemente Orville—. Pero ya verá como todo tiene
una explicación… ¿Conoce al teniente Karpis, del Departamento de Policía
de Boise?
—Pues no —sonrió Kimsaid como pudo—. ¿Cómo está, teniente?
—Bien, gracias —sonrió Karpis, como si sus facciones fuesen de piedra
—. ¿Puede usted recibirnos, doctor Kimsaid? Sabemos muy bien que es
domingo, pero…
—No importa, no importa. Pasen, por favor.
—Gracias.
Los dos policías entraron, Kimsaid cerró la puerta, y los precedió hacia el
salón, donde, procedente de la cocina, demudado el rostro, estaba Loraine,
inmóvil, como petrificada. —Buenos días, señora Kimsaid— saludó Orville
—. ¿Se acuerda de mí?
—Claro que sí, teniente… ¿Cómo le va?
—De viaje, ya ve… Él es mi colega, el teniente Karpis, de esta ciudad.
—Encantada…
Karpis inclinó la cabeza, murmurando una cortesía. Durante unos
segundos, ninguno de los cuatro personajes pareció tener que decir nada. Y
fue Kimsaid quien rompió el silencio.
—¿Gustan café? Excelente café, se lo aseguro… Soy lo que llaman un
hombre de suerte: me caso con una preciosidad, y resulta que, además, es un
hada de la cocina.
—Bueno —rió Orville—. Caramba, nadie sería tan loco de despreciar un
café hecho por un hada. Lo tomaremos con mucho gusto.
—Tendrán motivos para arrepentirse —sonrió Loraine—. Brett es un
exagerado.
—Tengo la seguridad de que no —rió de nuevo Orville.
Quedaron solos los tres hombres. Kimsaid señaló los sillones, y él se
sentó en el sofá. Los policías tomaron asiento, mirando a todos lados con
gesto aprobativo.
—Tiene una hermosa casa, doctor Kimsaid —murmuró Karpis.
—Gracias. Espero que dentro de poco resultará aún más acogedora.
—Oh, sin duda… —intervino Orville—. Una mujer hace milagros en ese
sentido. Y luego, los niños… ¿O ustedes son de los que no quieren niños?
—Por el contrario —sonrió Kimsaid—: creo que en una casa debe haber
una cantidad razonable de niños.
—Doctor Kimsaid —habló quedamente Karpis—: ¿tiene usted enemigos?
—¿Cómo? —respingó Kimsaid.
—Enemigos personales.
—Caramba… No lo sé. Pero yo diría que no, teniente. Soy hombre de
pocas relaciones, y, además, por los comentarios que he oído sobre mí mismo
en ocasiones en la R. A. K., yo diría que más bien tengo amigos que me
estiman bastante.
—¿Conocía bien a la señorita Lucy Fisker?
—Oh, esa pobre muchacha… ¿Bien? Supongo que sí, aunque, claro, sólo
en el aspecto profesional. Estuvo trabajando conmigo durante año y medio,
aproximadamente. Era diligente y eficaz. Y… simpática y bonita. Un poco
atolondra da, a veces, pero nada grave… ¿Por qué me pregunta por ella?
—Personalmente, he interrogado al novio de la muchacha, el señor
Archibald Looman, y él asegura que desconoce cualquier motivo por el que
una persona pudiese odiar a la señorita Fisker. Efectivamente, era muy
simpática y bonita, y, según nuestras pesquisas, todos los que la conocían la
querían… ¿Está de acuerdo con eso?
—Pues sí… —parpadeó Kimsaid—. Completamente de acuerdo.
—Entonces… ¿usted tampoco tiene idea de que alguien pudiese… odiar a
la señorita Fisker?
—¡Claro que no! —Kimsaid miró de uno a otro teniente—. No sé si están
tratando de decirme algo, teniente, pero le aseguro que no comprendo…
—Las características de los asesinatos cometidos en la persona de la
señorita Fisker y en el conserje del «Rainbow Motel» son idénticas. ¿Lo
había notado usted?
—Bueno… Veamos, yo me enteré de lo sucedido a Lucy por medio de mi
esposa, que lo vio en la televisión al poco de haber llegado a Miami, y… Sí,
ella me dijo que… que a Lucy le habían… arrancado el hígado, y que… Sí,
claro: parece que hay una cierta similitud en…
—¿Una cierta similitud? —alzó las cejas Karpis—. Nosotros no lo
consideramos tan ligera, doctor Kimsaid. Para nosotros, los casos son
idénticos…, salvo pequeñas variantes que en nada nos desconciertan.
—Bueno, no sé… ¿Adónde quiere ir a parar, teniente?
Karpis vaciló, y Orville tomó la voz:
—Mi colega opina que todo esto es una coincidencia que debe ponernos
alerta, doctor Kimsaid. Puesto que, al parecer, nadie le odia a usted ni tenía
motivos para odiar a la señorita Fisker, su teoría inicial es que se esté
tramando algo contra la «R. A. K. Medical Corporation».
Kimsaid quedó auténticamente estupefacto.
—¿Cómo dice? —exclamó.
—Mire… En Boise, as asesinada la señorita Fisker. Y en Miami, un
pobre conserje que no tiene nada que ver con la R. A. K., ni con usted, ni con
la señorita Fisker… El teniente Karpis y yo, encargados de los casos,
respectivamente en Boise y en Miami, nos hemos puesto en contacto para
cambiar impresiones, y estamos sopesando la posibilidad de que esto sea una
especie de… sabotaje contra posibles logros científicos de la R. A. K.
—¿Quiere decir… que alguien quiere matar personal de la R. A. K. para
impedir que logremos determinada cosa?
—¿Le parece descabellado, doctor Kimsaid?
—No, no… Espere, no es eso… Estoy desconcertado, eso es todo…
—Nosotros también —gruñó Karpis—. Pero tenemos una pista que no
pensamos abandonar: los asesinatos que estamos investigando el teniente
Orville y yo están relacionado. Al principio, para serle franco, sospeché de
usted en cuanto ocurrió lo de Miami. Pero… —alzó las manos como pidiendo
paz y disculpas, y casi sonrió— muy pronto supe quién era usted en lo
profesional y qué clase de persona, y, naturalmente, abandoné esa teoría
inicial, que, por supuesto, hemos discutido el teniente Orville y yo.
—Vaya… —gruñó Kimsaid—. Muy amables por borrarme de su lista de
asesinos, teniente…
—Por favor, no se moleste con nosotros…
—Lo intentaré. Pero comprendan que no puede hacerme gracia que me
señalen como el posible sujeto monstruoso que va por ahí matando y…
—Oh, vamos, doctor —cortó amablemente Orville—: ¿realmente ha
creído usted eso del ser monstruoso?
—¿Qué…? Bueno, mi esposa pudo explicar por fin lo que vio, y,
francamente…
—Doctor Kimsaid: su esposa había visto las imágenes que se televisaron
sobre el asesinato de Lucille Fisker, y su imaginación debió desbocarse al
ver, posiblemente, a un hombre corriente, un asesino al que, por cualquier
motivo, la luz del motel le confería un sorprendente color, o quizá llevaba
una máscara… Yo no creo en los monstruos, ni en los marcianos. En cuanto a
la… extirpación del hígado, bien podría ser una —pista falsa que nos deja
deslumbrados para localizar las verdaderas.
—Lo mismo que con el perro de los Bungham el mes pasado… ¿No leyó
esa noticia, doctor? —machacó Karpis.
—Ah, sí… Sí, la recuerdo… Fue…
—Aquí tenemos el café… —exclamó alegremente Orville—. ¡Y huele
estupendamente!
Segundos después, los dos policías se expresaban en términos de sincero
elogio sobre el café de la señora Kimsaid, que no parecía apreciar los elogios
debidamente, pues su atención se hallaba en otra parte.
—¿Ustedes creen que tuve… alucinaciones? —preguntó de pronto.
—Bueno, señora Kimsaid… —empezó Orville.
—Lo que les dije que vi, es lo que vi con mis ojos, no con mi mente.
—Señora Kimsaid, no pretendemos molestarla a usted…, ni provocarle
recuerdos tan desagradables. Nosotros hemos venido aquí porque se han
cometido dos asesinatos. No discutiremos por las circunstancias o detalles de
ambos, pero lo cierto es que hay un asesino. Si ese asesino es… amarillo
resplandeciente, o un hombre normal, nos tiene sin cuidado. Lo que
queremos es encontrarlo.
—Yo vi al monstruo, teniente.
—Pero señora, convenga con nosotros en que muy bien pudiera haberse
tratado de un disfraz, de una máscara.
—Podría ser —admitió Loraine—: pero lo vi.
—De acuerdo, de acuerdo… Pero nosotros no llegaremos a ninguna parte
buscando monstruos. Lo que buscamos es un asesino, a secas… Y hemos
venido aquí con la esperanza de que su marido pudiese proporcionarnos
alguna orientación.
—Les aseguro que no conozco a ningún asesino… —dijo Brett Kimsaid,
un tanto irritado—. Al menos, que yo sepa. En cuanto a eso del… sabotaje
con la R. A. K., pues… lo tendré en cuenta. Precisamente, el lunes comienzo
a trabajar; me interesaré por algunas interioridades de la empresa, y les
pondré al corriente si algo me parece sospechoso. Orville y Karpis se
miraron, lanzaron sendos suspiros de alivio, y se pusieron en pie, sonriendo.
—Precisamente, doctor Kimsaid, eso es lo que habíamos venido a
pedirle… extraoficialmente.
—¿Qué quiere decir?
—Nuestra línea de trabajo señala la R. A. K. Pero si la Policía toma
abiertamente esa línea de trabajo, alguien se pondría sobre aviso, cosa que no
nos interesa. ¿Nos comprende usted?
—Según parece, tengo que convertirme en un… espía.
—Algo parecido… —admitió Karpis—. ¿Lo hará usted?
—Lo haré. No perjudico en nada a la R. A. K. y en cambio, ayudo a la
Policía.
—Ése es un admirable punto de vista… —volvió a suspirar Karpis; y
sonrió, por fin—: Tan admirable como su café, señora Kimsaid. Muchas
gracias a los dos.
—¿Cuándo nos dirá algo, doctor? —preguntó Orville.
—No sé… Denme una semana. ¿Les parece bien?
—Hemos esperado en ocasiones mucho más tiempo para conseguir
resultados. De nuevo gracias, y… hasta dentro de una semana.
Los Kimsaid estaban solos un minuto después. Brett volvió a sentarse en
el sillón, y miró a su esposa.
—Lo del disfraz de aquel… monstruo podría ser cierto, Loraine.
—Te aseguro que soy la primera en querer creerlo. ¿De verdad estaba
bueno el café?
—¡De verdad! —rió Kimsaid.
MARTES, febrero 8, 1972
Se había llevado unos libros de la biblioteca de la R. A. K. a casa, y estaba
haciendo pruebas de acuerdo a algunas teorías contenidas en él, en el
laboratorio de su casa, cuando sonó el timbre de la puerta.
Normalmente, no habría hecho el menor caso, y habría seguido
trabajando, pero sabía que Loraine había salido aquella noche después de
cenar, para tratar de la venta de su apartamento con una amiga, y pensó que
ya estaba de regreso y había olvidado la llave. Así que, refunfuñando un
poco, Brett Kimsaid fue hacia la puerta de la casa, mirando su reloj. Eran las
ocho menos cuarto.
Y no se trataba de Loraine, sino de otra persona, que se quedó mirando
fijamente a Kimsaid.
—Doctor Burnes… —musitó éste—. Qué sorpresa…
—¿Puedo pasar, doctor Kimsaid?
—Pues… Bueno, estoy trabajando ahora y Loraine ha salido para…
—Lo sé. La vi salir, y esperé por si había ido cerca y podía volver pronto.
Pero me parece que tardará un poco más. ¿Podemos hablar?
—¿Sobre qué?
—Sobre medicina y otras cosas. Llevo dos días persiguiéndole por la
R. A. K. doctor Kimsaid, pero usted se las arregla muy bien para eludirme.
—Tengo mucho trabajo —gruñó Brett.
—Lo sé, lo sé… Y precisamente, de ese trabajo quería hablarle.
Últimamente, me he interesado mucho por sus investigaciones.
—¿Con qué objeto? —preguntó fríamente Kimsaid.
—¿Puedo pasar? Creo que está siendo usted desacostumbradamente
descortés.
Kimsaid le dirigió una hosca mirada, pero se apartó.
—Pase.
—Gracias. ¿Le parece bien que vayamos a su laboratorio? Tengo
curiosidad por ver cómo trabaja usted…, y en qué trabaja.
Kimsaid no contestó. Cerró la puerta y señaló hacia el fondo de la casa.
Llegaron al laboratorio, y Burnes lo examinó de un vistazo crítico. Vio el
libro abierto, y los tubos de ensayo junto a él, el bloc de notas… Se acercó, y
estuvo casi un minuto leyendo el trabajo de Brett Kimsaid, que le
contemplaba en silencio. Por fin, Burnes se volvió hacia él, y sonrió
amablemente. Colocó sobre otra mesa el maletín, lo abrió, y comenzó a sacar
cosas…
—¿Puedo saber qué se propone usted? —preguntó Kimsaid.
—Vamos a ser claros desde un principio, doctor Kimsaid. En primer
lugar, yo tengo un gran interés en realizar algunas pruebas con usted, si me lo
permite.
—¿En qué consisten esas pruebas?
—Están relacionadas con el hígado… Con SU hígado, doctor Kimsaid.
—¿Qué le pasa a mi hígado?
—Posiblemente, nada. Pero, ya le digo que me he estado interesando por
sus últimas investigaciones sobre virus hepáticos. La verdad es que no soy un
sabio en esto de las investigaciones, pero, usted lo sabe, se me tiene por buen
médico: jamás abandono un caso, nunca me doy por vencido. Ni siquiera con
usted.
—¿Conmigo? No le entiendo.
—Me refiero a los cortes que se produjo hace un mes con sus tubos de
ensayo, debido a la… torpeza de la señorita Fisker. Esos tubos de ensayo
contenían virus, bacterias, líquidos de pruebas a determinadas reacciones…
¿Correcto?
—Sí… Claro.
—Claro… —sonrió Burnes, sacando una pequeña libreta—. Lo tengo
anotado todo aquí.
—¿Con qué derecho se ha permitido…?
—Vamos, vamos, doctor Kimsaid, no tenemos que discutir… Solamente
quiero hacerle una exploración hepática completísima. Lo que no podamos
resolver aquí y ahora…
—Usted no va a resolver nada aquí ni ahora. Márchese.
El doctor Burner se sentó en uno de los blancos taburetes.
—Hay tres puntos que quiero tocar —dijo—: un perro llamado Tik, una
jovencita llamada Lucy, y el conserje de un motel, llamado… Soames, me
parece. Tres… seres vivientes que fueron privados de su hígado. En las tres
ocasiones, usted podía estar muy cerca de los lugares donde ocurrieron las
cosas…
—¿Qué está tratando de decir? —alzó la voz Kimsaid.
—Por el momento, nada… —musitó Burnes—. Francamente, no he
conseguido sacar nada en claro con los datos reunidos. No tengo su talento
investigador, es obvio. Sin embargo, hay cosas que me llaman poderosamente
la atención.
La primera de ellas es que, después de haberle atendido cuando se cortó
en la mano, usted no quiso volver para que le examinase. Bueno, no le di
importancia, la verdad, entonces… Luego, lo del perro. Después, me entero
del asesinato… trágico y horrible de Lucy Fisker. ¿Sabe qué hice? Le estuve
llamando a usted por teléfono… Pero no estaba. Pocos días después, se
reciben en la R. A. K. una postal de usted, enviando saludos desde Miami.
Para entonces, yo ya sabía que se había casado… ¿Sabe qué hice, doctor
Kimsaid?
—¿Qué hizo?
—Me dediqué a localizar el juzgado donde usted y su esposa contrajeron
matrimonio. No fue difícil. Entonces, me las arreglé para poder examinar los
análisis de sangre que es obligatorio presentar por ambas partes. Los dos
correctos. Descarté inmediatamente a su esposa, pero seguí interesándome
por usted. Su análisis estaba firmado por el doctor Baldwin, precisamente
destinado en Análisis en nuestra empresa… Me las arreglé para conversar
con Baldwin con toda naturalidad sobre el hecho, exponiéndole mi sorpresa
de que usted no hubiese recurrido a mí para ese asunto. Me dijo que, al
parecer, usted no conseguía localizarme, y, como tenía interés en partir lo
más pronto posible en viaje de bodas, usted mismo se había hecho los análisis
obligatorios, y había ido a verle para que él los firmara. Naturalmente,
Baldwin no tuvo inconveniente, pues es uno de sus más fervientes
admiradores, debido a los numerosos contactos que durante el trabajo se ven
obligados a realizar. Todo muy bien… Pero, cuando ya estaba empezando a
desechar ideas… raras, llega la noticia de lo sucedido en Miami a los esposos
Kimsaid. ¿Me comprende?
—No —mintió Brett.
—Me parece que sí. Pero, quizá podamos resolverlo todo de un modo
muy simple: permítame a mí hacerle algunos análisis, y no le molestaré más.
—¿Qué… es lo que está usted pensando, doctor Burnes?
—La verdad, no lo sé. Pero esas coincidencias… Es posible que a usted le
esté ocurriendo algo… Me gustaría ayudarle, en ese caso.
—No necesito ayuda de ninguna clase. Márchese.
—¿Es su última palabra?
—Desde luego.
—Muy bien… No voy a molestarle más, de acuerdo. Pero le diré una
cosa: mañana mismo estaré en la R. A. K., olvidando el permiso que he
solicitado, y lo primero que haré es adelantar la fecha de la revisión periódica
de los empleados de la Sección de Bacteriología. Buenas noches, doctor
Kimsaid.
—Espere… Espere, espere…
—Soy un hombre muy razonable… —murmuró Burnes—. Y ya le he
dicho que mi único deseo es ayudarle, Kimsaid.
—Sí, ya… Gracias… ¿Qué quiere hacer, exactamente?
—Podemos empezar por tomarle una muestra de sangre… ¿Le parece
bien?
—Sí… Está bien.
—Gracias. Por favor, súbase la manga.
—Sí… Sí.
—Entienda usted —dijo Burnes, poniéndose en pie y volviéndose hacia
su maletín— que todo esto es estrictamente confidencial entre dos médicos,
Kimsaid. Mi propósito no es otro que ayudarle… si es que, realmente, tiene
usted algún problema… ¿Dónde pued…?
Su boca quedó abierta, desencajada por la sorpresa y el miedo. La última
imagen que contempló fue el rostro de Brett Kimsaid, crispado, tenso por la
angustia y la decisión a la vez, brillante de fino sudor… Sí, la última imagen,
porque, simultáneamente, la mano de Kimsaid, armada con una larga y
poderosa espátula de acero inoxidable, se hundía en su garganta, con blando
choque, pasando por debajo del maxilar inferior izquierdo.
Burnes fue empujado hacia atrás y un lado por el golpe, pero rebotó en la
mesa, y cayó hacia Kimsaid, que se apartó, dejándolo caer al suelo, ante sus
pies. Su cabeza quedó ladeada, con una mejilla pegada al suelo, y, durante
unos segundos, Brett Kimsaid se quedó mirando, horrorizado, los
desorbitados ojos de Edward Burnes.
—Dios… —gimió—. Dios mío…
Pero no podía permitir que Burnes le hiciese análisis alguno de sangre, y
menos, directamente del hígado… ¡No podía permitirlo de ninguna manera!
«¿Y qué hago ahora? —pensó—. ¿Qué puedo hacer…?».
Pensó que lo lógico, puesto que había matado, sería comerse el hígado de
su víctima, pero la sola idea le produjo unas náuseas terribles, que agitaron su
cena en plena digestión. ¡Claro que no se iba a comer su hígado! Aunque…
aunque…
Fue a lavar escrupulosamente la espátula, reflexionando con sorprendente
frialdad, con total lucidez. Cierto: no podría soportar ni siquiera la visión del
hígado, pero eso era en aquellos momentos…
Preso de súbita decisión, dejó la espátula en su sitio, y salió del
laboratorio. En la cocina, encontró bolsas de plástico. Tomó tres, y uno de los
cuchillos, el más grande y afilado. De nuevo en el laboratorio, colocó uno de
sus delantales de goma debajo del cuerpo de Burnes, evitando mirar su rostro.
Dejó las bolsas de plástico a su lado, rasgó las ropas del cadáver, y, tras una
ligerísima vacilación, efectuó la primera incisión, conteniendo el temblor de
sus manos…
En menos de un minuto, el hígado estaba fuera del cuerpo. Lo metió en
una bolsa de plástico, ésta en otra, y ésta en la última. La triple bolsa,
segundos después estaba en la cámara frigorífica del laboratorio, al fondo.
Nadie miraba allí nunca. Y menos que nadie, Loraine, que jamás interfería en
su trabajo, y tenía instrucciones severísimas de no tocar nada de allí dentro, ni
siquiera cuando venía la asistenta a limpiar la casa. Allí, sólo entraba él.
Volvió a la cocina, lavó meticulosamente el cuchillo, y lo dejó en su sitio.
Salió por la puerta de atrás, fue al garaje, y lanzó una imprecación al no ver el
coche… Claro, Loraine se lo había llevado. Ella se había vendido ya el
suyo… Encontró unos cuantos sacos viejos, y se los llevó. Diez minutos
después, regresaba al garaje, llevando en brazos el gran fardo que había
hecho con Edward Burnes. Lo dejó en un rincón, puso un par de neumáticos
viejos encima, y volvió al laboratorio. Estaba sudando como nunca… pero
era un sudor normal.
Con meticulosidad de científico, procedió a limpiar las manchas de
sangre, y cualquier otro indicio de lo ocurrido, lo cual le llevó no menos de
media hora. Satisfecho en este sentido, subió a toda prisa al cuarto de baño, y
se bañó frotándose enérgicamente con la esponja para quitarse las manchas
de sangre… La esponja… No debía dejarla allí después, desde luego.
Ya bañado, limpio a su satisfacción, se vistió de calle. Volvió al
laboratorio, metió la esponja en el maletín de Burnes, y lo llevó al garaje.
Allá, encontró también una pala de las que utilizaba en el jardín cuando tenía
tiempo y humor de cuidarlo personalmente… Lo dejó todo junto, miró su
reloj, y suspiró… Suspiro que se convirtió en un respingo.
—¡El coche de Burnes! —gritó.
Salió a la calle, y, efectivamente, lo vio allí, estacionado muy cerca de su
casa. De nuevo sudando de angustia, por el error que había estado a punto de
cometer, captó en el acto otro tremendo error. Corrió hacia el coche, y, en
efecto, las llaves no estaban en el contacto, y el coche estaba cerrado.
Regresó una vez más al garaje, y tuvo que abrir el fardo, y emplear todo
cuidado para quitarle las llaves del coche al médico sin mancharse ni
manchar el piso. De nuevo estaba sudando.
Corrió al coche de Burnes, lo abrió, lo puso en marcha, y lo condujo hacia
el garaje, entrando de espaldas. Salió, alzó el capó del portamaletas, y metió
dentro el cadáver y su maletín. Cerró, se colocó al volante, y llevó el coche a
la calle. Regresó, lo dejó todo en su sitio, volvió al coche de Burnes, y partió.
Eran las nueve y cuarto.
***
Regresó, en un taxi, a las doce menos diez. Las luces de la casa estaban
apagadas, y, sin encenderlas, se dirigió directamente al dormitorio.
Cuando encendió la luz, Loraine se sentó en la cama, soñolienta,
mirándole con tierno reproche.
—Pero, Brett…, ¿de dónde vienes?
—De la R. A. K. tuve que ir allá para consultar una cosa. Quería terminar
esta noche unas anotaciones, pero… me siento demasiado cansado ahora.
Mañana lo terminaré.
—Harás muy bien… Y comprendo que estés cansado. Eres agotador,
querido. Cualquiera que esté a tu lado se cansa sólo de ver tu capacidad de
trabajo… Pudiste dejarme una nota, al menos. Cuando llegué vi las luces
encendidas y pensé…
—Lo olvidé completamente… —Kimsaid se inclinó para besarla en los
labios—. ¿Has vendido el apartamento, por fin?
—Sí… Se terminó todo. Ya no me queda nada de mi vida de soltera.
—Excepto tú misma…, que no es poco —rió Kimsaid.
—Si a ti te parece lo suficiente… ¿Vas a volver al laboratorio ahora?
—No, no… Ya te he dicho que me siento muy cansado.
—Bueno… —rió ella—. Tú te lo pierdes.
Kimsaid también rió, maliciosamente.
—Tardaste mucho, Loraine. ¿A qué hora regresaste?
—Me parece que a las nueve y media. ¡No sabes lo terca que es
Dorothy…! Estuvo intentando por todos los medios que le rebajase mil
dólares… ¡Mil dólares! Desde luego, si has de fiarte de las amistades… Le
dije que si lo quería, bien, y que si no, como no tenía prisa en venderlo, ya
encontraría un comprador menos aprovechado… Casi se enfadó.
—Pero al final, tan amigas como siempre, ¿no? —rió Brett, poniéndose el
pijama—. Oh, claro… Brett, he pensado invertir parte de ese dinero en hacer
algunos arreglos en la casa… ¿Te parece bien?
—Me parece estupendo —aprobó él, metiéndose en la cama—. Tengo
dinero de sobras para lo que sea, querida, pero si es tu gusto gastar del tuyo,
no se me ocurre ningún inconveniente, la verdad.
—¿Va a resultar que te has casado conmigo por el dinero de mi
apartamento? —susurró ella, brillantes los ojos.
Kimsaid se quedó mirando a su esposa, echada junto a él, mirándole
temblorosa en sus labios una sonrisa. Y precisamente, con aquella camisita de
dormir que había comprado en Miami estaba tan juvenil y deliciosa…
—¿Cómo podría demostrarte que no? —susurró también.
Y se inclinó para besarla…
MIERCOLES, febrero 9, 1972
Abrió los ojos, de pronto, y los dejó fijos en la oscuridad. La oscuridad… Ah,
sí. Notó junto a ella la respiración de Brett, y sonrió dulcemente,
lánguidamente, recordando aquellos minutos… Luego… Sí, se había
quedado dormida con la cabeza sobre el pecho de él, abrazados… ¿Qué hora
debía ser? Las dos o las tres de la madrugada, calculó.
Pero…, ¿por qué se había despertado?
Por el calor. Por aquel intenso calor, que, de pronto, le pareció
insoportable. Se destapó bruscamente, y se disponía a salir de la cama cuando
Brett la asió, con mano durísima.
—No te muevas… —oyó su jadeo—. No enciendas la luz, Loraine, por lo
que más quieras. Quédate aquí. No enciendas la luz.
—Brett, ¿te ocurre algo? Estás ardiendo…
—No me encuentro bien… —dijo él con aquella voz ronca, jadeante—.
Pero no te preocupes, sigue durmiendo. Iré a mi laboratorio, a… ¡No! ¡No,
Loraine!
Ella se había desasido, y había saltado ágilmente de la cama. Encendió la
luz, diciendo:
—Si no te encuentras bien…
Entonces, pudo verlo. A plena luz, a menos de una yarda de él, que se
había incorporado vivamente. Parecía dispuesto a echar a correr, pero se
quedó petrificado, mirándola con sus bloqueados ojos de córnea amarilla.
Loraine Kimsaid quedó blanca como la nieve, sus ojos se desorbitaron,
todo su cuerpo tembló, su boca se crispó en un horrible gesto de espanto…
—No te asustes… —jadeó aquel ser que todavía se parecía a Brett
Kimsaid—. No te asustes pasará enseguida…
Loraine movía la boca, pero ni una sola palabra, ni el menor sonido,
brotaba de sus labios. Sus ojos parecían dos bolas a punto de desprenderse
del rostro, fijos en aquel ser que se estaba levantando pesadamente, que
parecía tener dificultades para moverse.
Las costras amarillas iban apareciendo con terrible rapidez en el rostro, en
los brazos, en el pecho… ¡en todo el cuerpo desnudo de Brett Kimsaid! Y
aquellas manos… ¡Aquellas garras! Blup, blup, blup… iban estallando las
costras amarillas, apareciendo en todo el cuerpo, en la cabeza, junto a los
ojos, en la boca, en el abdomen… Y de pronto, lo vio crisparse, lanzar un
alarido de dolor, y caer de rodillas al otro lado de la cama. Segundos después,
alzaba la cabeza, para mirarla, con expresión demoniaca. Se puso en pie,
lentamente. Las costras estaban ya supurando, y aparecían más, y más, y
más…
A Loraine Kimsaid la cabeza le daba vueltas, y ahora sentía un frío que
parecía congelar sus huesos. Fue incapaz de moverse mientras el monstruo
rodeaba la cama, y se acercaba a ella, con las garras tendidas, los ojos
lanzando llamaradas… Estaba a tres pasos de ella cuando volvió a lanzar un
alarido de dolor y otra vez cayó de rodillas. Pero se puso de nuevo en pie
muy pronto, emitiendo rugidos, berridos…
Clavada al suelo, Loraine había llegado de tal modo a su límite de terror
que parecía insensibilizada, incapaz de reaccionar de algún modo. El
monstruo dio un par de pasos más hacia ella, y sus garras volvieron a
adelantarse, pero ni aun así conseguía reaccionar Loraine. Bruscamente, el
monstruo dio media vuelta, y salió corriendo torpemente del dormitorio.
Igual que una estatua, Loraine estuvo oyendo sus pesadas pisadas en las
escaleras. Igual que una estatua con capacidad de oír y ver, pero no de
reaccionar, o de pensar… Plom, plom, plom, resonaban las pisadas del
monstruo escaleras abajo.
Luego, dejó de oírlas.
Ya no oía nada.
¿Se había ido de la casa?
Como una autómata, Loraine salió del dormitorio, y bajó a la planta de la
casa. Había luz en el laboratorio de Brett… Fue hacia allí, y, desde el umbral,
divisó enseguida al monstruo. Estaba delante de la cámara frigorífica donde
Brett guardaba algunos de los virus y compuestos… Estaba allí, arrodillado,
lanzando feroces mordiscos a algo que tenía en las manos. Algo de color…
ligeramente rosado, quizá morado. Algo blando, que engullía rápidamente,
con una velocidad asombrosa. Tenía el rostro y la boca rezumantes de sangre,
o de algo parecido. A su lado había unas bolsas de plástico de las que ella
utilizaba para recoger los desperdicios de la cocina; estaban destrozadas,
rasgadas. El monstruo gruñía y comía, se estremecía y gemía…
Loraine Kimsaid, de pronto, suspiró profundamente.
Y justo cuando el monstruo se volvía pesadamente para poder mirarla, sin
dejar de comer, ella comprendía lo que estaba comiendo; todo su cuerpo, su
mente, recobraron la capacidad de funcionar normalmente.
Por lo tanto, se desmayó.
***
Lo primero que vio al abrir los ojos, fue el rostro de Brett Kimsaid, su
marido. Los cerró inmediatamente, estremeciéndose, abriendo la boca para
gritar, pero una mano de él la tapó, impidiéndoselo.
—No grites, Loraine… Por Dios, no grites. Te suplico que te calmes, que
te serenes… Nada puede ocurrirte, querida.
Durante un par de minutos, Loraine permaneció inmóvil, con los ojos
cerrados. En su mente, había un solo pensamiento: allí estaba el monstruo…
El monstruo que ella había visto estaba allí, ¡y era Brett! Pero no… Brett no
era ahora un monstruo, ni estaba comiendo hígado de ser humano. Notaba su
mano en la frente, oía su respiración normal, todavía sonaban en sus oídos las
palabras cariñosas de él…
Abrió los ojos. Era cierto: quien estaba allí era Brett Kimsaid, el hombre
que amaba, su marido.
—Brett…
—Loraine, mi vida… —gimió él—. ¿Estás bien?
—Sí… Creo que si…
Brett Kimsaid la alzó, la estrechó contra su pecho, que estaba algo
húmedo, después de la ducha para limpiarse la sangre.
—Loraine, Loraine… ¡tienes que ayudarme! Tienes que sobreponerte y
ayudarme… —gemía Brett, al borde del llanto—. ¡Por Dios te lo pido, tienes
que ayudarme!
—Sí, Brett —dijo ella.
Él la apartó, y la miró; su expresión no podía ser más angustiosa.
—Lo que has visto es… es algo que… que no puedo controlar… Siento
como… como si me estuviesen clavando lanzas al rojo vivo en el hígado, y sé
que se está pudriendo rápidamente. Por eso… necesito… reponerlo de un
modo que… que… Loraine, tenemos que serenarnos los dos, ya no corres
peligro… Te habría matado si no hubiese tenido en el frigorífico el hígado de
Burnes, pero ya no corres peligro, tenemos varios días por delante… ¿Me
estás escuchando?
—Sí, Brett.
—Estoy… estoy intentando encontrar algo que evite esta… mutación
horrenda, pero no lo consigo… ¡No lo consigo, no puedo controlar las
relaciones entre los virus que aquella maldita Lucy…! —se calló de pronto,
se pasó una mano por la frente, soltándola, y la miró cada vez más angustiado
—. Loraine, vas a tener que ayudarme. Sólo necesito tiempo, para poder
estudiar mi caso. Mientras tanto, me las arreglaré con otra clase de hígados,
buscaremos una solución… ¡Tienes que ayudarme!
—¿Qué puedo hacer yo, Brett? —hablaba Loraine como un robot, como
una máquina que espera instrucciones.
—Aún no lo sé… ¡Ni siquiera sé lo que puedo hacer yo mismo! Pero sé
que encontraré la solución, sólo necesito tiempo… ¡Sólo tiempo! Mientras
tanto, nos las arreglaremos… Cada día comprarás hígados, de cualquier
animal, y los iremos guardando en mi laboratorio… Creo que es lo único que
podemos hacer, mientras yo sigo investigando… Loraine, tienes que olvidar
lo que has visto, ¡tienes que esforzarte en olvidarlo!
—Sí, Brett.
—Es horrible, lo sé… ¡Es horrible! Todo empezó cuando Lucy Fisker…
***
—¿Me ayudarás? —insistió él una vez más, anhelante—. ¿Me ayudarás,
Loraine?
Loraine Kimsaid asintió con la cabeza. Brett se lo había contado todo.
Absolutamente todo, a partir del momento en que Lucy Fisker, con su
atolondramiento, había dado lugar a que el doctor Kimsaid se cortara con los
tubos de ensayo que contenían virus hepáticos y soluciones bacteriológicas
con las que estaba trabajando. Todo, hasta llegar a aquel momento, en que
estaba amaneciendo.
—Sí… —susurró por fin—. Sí, Brett, te ayudaré. Pero no sé cómo podría
hacerlo…
—Sólo tienes que comprar mucho hígado, y…
—Pero…, ¿y si esto te sucede cuando no estás en casa? Brett Kimsaid se
estremeció. Pero su decisión estaba ya tomada mentalmente, y la expuso:
—¡No saldré de casa! Voy a pedir la excedencia en la R. A. K., o me
despediré… ¡No importa cómo, pero me quedaré siempre aquí, en mi
laboratorio, investigando hasta encontrar la solución! He podido comprobar
que aun en esos momentos puedo… razonar bastante, así que nada te ocurrirá
a ti, porque cuando empiece a sentir los primeros síntomas me encerraré en
mi laboratorio, donde tendré hígado en abundancia… ¡Tengo que hacerlo,
Loraine!
—Sí… Sí, Brett, tienes que hacerlo. Yo te ayudaré. —Gracias… —casi
lloró Kimsaid, abrazándola de nuevo—. ¡Gracias Loraine, mi vida…! Iré
ahora mismo a la R. A. K. me despediré… Estaré de vuelta hacia las diez, y
empezaré a trabajar, a solas… ¡Nadie tiene que saberlo, Loraine! —Nadie—
aceptó ella.
JUEVES, febrero 10, 1972
—Voy a trabajar un poco después de cenar… —había dicho él—. Será mejor
que te acuestes. Y no me esperes despierta, querida.
—¿No puedo ayudarte en nada?
Brett le había tomado una mano, y se la había besado.
—No en esto, mi amor. Pero gracias.
Todavía sentía en la mano aquel beso. Lo notaba como un contacto
ardiente y mojado. Igual que si Brett hubiese derramado sobre su mano aquel
líquido que salía de sus costras cuando… cuando no era Brett Kimsaid.
Volvió a mirar el reloj, de esfera luminosa. Eran las dos y media de la
madrugada. Y no conseguía dormir. Era completamente imposible.
Absolutamente imposible. Aquel día había comprado hígado de ternera y de
cerdo, en varios sitios, en abundancia, y Brett lo había guardado en el
laboratorio. No había peligro…
Pero se estremeció cuando oyó las pisadas de él, en las escaleras. Subía
sigilosamente, haciendo el mínimo ruido. No eran, por tanto, los pesados
pasos del monstruo, sino los de Brett Kimsaid, su marido, el hombre que
amaba.
Lo oyó entrar, y entonces cerró los ojos; apretó los párpados, con fuerza.
Dentro de su cuerpo notaba como una descarga eléctrica contenida a medida
que los pasos de él se acercaban a la cama que compartían… Podía decirle
dentro de unos días que era mejor tener camas separadas, pero quizás él se
molestase. Y no quería molestarlo. ¡Por nada del mundo haría algo que
pudiese molestar a Brett! Podía tener consecuencias terribles…
Los pasos de Brett se habían detenido junto a la cama. En el silencio de la
madrugada, oía claramente su respiración, normal, acompasada. Cada vez
más cerca… Pero no se movió. Estaba rígida, lo sabía, apenas respiraba…
¿Apenas? ¡Tenía contenido el aliento como si estuviese realmente muerta! Y
no debía hacer aquello, porque él se daría cuenta de que algo ocurría, de que
no estaba normal, y comprendía que estaba despierta, fingiendo dormir. No
podía permitir que él se enterase de esto, así que se movió un poco, y suspiró.
Ahora oía la respiración de Brett encima mismo de su rostro. Estuvo a
punto de abrir los ojos, pero el miedo la agarrotó. ¿Y si no era… Brett? ¿Y si
era el monstruo, que había terminado con todo el hígado que había en la
casa…, y tenía más… hambre?
Se estremeció cuando notó una mano de él, acariciándole un seno, y al
mismo tiempo su boca en sus labios. Fue una caricia breve y dulce, que
normalmente habría hecho sonreír a Loraine, con dulzura…
—¿Estás despierta? —oyó el susurro de él.
No se movió, no contestó. Él dejó de acariciarle el seno y la volvió a
besar. Luego, se incorporó. Sí, porque volvió a oír la respiración más lejos…
Y oyó sus pasos, pasando al otro lado de la cama. Entreabrió los párpados, y,
a la luz exterior, azulada, tenue, lo vio. Se estaba desnudando. Luego, le
estuvo mirando mientras se ponía el pijama…
«¿Y si me despierta para…?».
La imagen, tan dulce otras veces, la llenó de horror. ¿Y si Brett la
despertaba para hacer el amor? Llevaban tan poco tiempo casados, que
aquella interrupción de su sueño era normal en ellos. Y era tan dulce ser
despertada a besos, y recibir entre sus brazos al hombre que amaba…
«No podría soportarlo… ¡No podría! Oh, Dios mío, que Brett no quiera
amarme esta noche… Ni esta noche, ni ninguna más, nunca jamás…».
Pero eso no sería posible. Eran marido y mujer. Los dos jóvenes, se
amaban… ¡Eso no sería posible, hasta dentro de muchos, muchos años!
¿Muchos años? ¿Y si Brett no conseguía encontrar una solución a aquella
horrible situación? Sí, era un gran investigador científico, pero…
Oyó los pasos de nuevo, y lo vio dirigirse hacia el cuarto de baño. Entró a
oscuras, cerró la puerta, y encendió la luz…
***
En el cuarto de baño, Brett Kimsaid se miró al espejo, y en su rostro
apareció un gesto de desánimo. No iba a ser fácil, desde luego. Pero si lo
conseguía… Tenía gracia: lo que en un principio le había parecido que podía
proporcionarle el Premio Nobel se había convertido en algo horrible, que lo
tenía sobrecogido de espanto. Por fortuna, había hígado en la casa, pero
Loraine tenía razón… ¿Y si aquello le ocurría cuando no estuviese en casa?
«No saldré nunca de aquí, nunca, hasta que haya encontrado la solución,
el remedio a esa… metamorfosis, a esa degeneración acelerada hepática…
¡Nunca! Y la encontraré… Tengo que conseguirlo, ya no sólo por mí, sino
por Loraine. Si me pongo en su lugar, me estremezco de espanto… Es más
valiente que yo. Y me ama… ¡Mucho tiene que amarme, para soportar esto!».
Sí. Mucho tenía que amarlo Loraine, pues de otro modo, la convivencia
con un monstruo en potencia no podría soportarse. Claro que él le había dado
toda clase de explicaciones, la había convencido, pero aun así, había que
admitir el valor de ella. Y mucho amor. Pero, quizá, no debía haberse casado.
En cierto modo, había sido un repugnante egoísta al mezclar a Loraine en
aquello. Lo generoso y razonable por su parte habría sido ir dando largas a la
boda, mientras investigaba hasta encontrar el remedio. Sí, casarse había sido
un error. Y una crueldad para con Loraine. En realidad, ella era mucho mejor
que él, infinitamente mejor.
Comenzó a limpiarse los dientes, mirándose al espejo.
«Si yo estuviese en su lugar —reflexionó juiciosamente—, creo que no
podría soportarlo de ninguna manera. Ella es mil veces mejor que yo…».
Acabó de limpiarse los dientes, se enjuagó la boca, se lavó las manos…
La puerta del cuarto de baño se abrió, y Loraine quedó visible en el
umbral, con su camisita tan corta, un poco sofocada, manos a la espalda, la
mirada brillante.
—¿Ya has terminado? —preguntó.
—Sí… —sonrió Kimsaid—. Por hoy, sí. Lamento haberte despertado: es
muy tarde.
—No importa… —dijo ella—. ¿Quieres algo? Voy a bajar a la cocina.
—¿Para qué? —se sorprendió él.
—Tengo sed. Beberé un poco de jugo de naranja. ¿Te subo un poco?
-No, no gracias. Espera —dejó la toalla—, iré contigo abajo, querida. O
mejor, yo mismo te subiré el jugo de naranja. Vuelve a la cama y…
Se había adelantado hacia ella, tendiendo las manos con gesto cariñoso,
solícito, para tomarla por los brazos. Ella movió los suyos entonces, hacia
delante, dejando de tenerlo en la espalda, y, por un instante, Brett Kimsaid
vio aquel brillo en una de las delicadas manos de su esposa.
Luego, brutalmente, las tijeras se hundieron en su pecho, por debajo de la
barbilla, con un golpe cuya potencia resultaba asombrosa en una jovencita
delicada y de aspecto casi frágil como Loraine. Brett Kimsaid lanzó un grito
ahogado, y cayó hacia atrás, chocando contra el borde del lavabo, para caer
entonces hacia delante, de rodillas; sus manos se apoyaron en el suelo, y él
hizo un intento de levantar la cabeza. Lo consiguió a medias, y mientras sus
ojos desorbitados, llenos de sorpresa y dolor, contemplaban a su esposa como
entre brumas, Loraine se acercó, y volvió a clavarle las largas y agudas
tijeras, ahora en la nuca, abatiéndolo contra el suelo.
Y hasta allí le siguió Loraine, tijeras en alto. Se arrodilló a su lado, y otra
vez utilizó las tijeras, y otra vez, y otra, y otra…
REFUGIO EN LA NIEVE (II)
Cuando terminaron la lectura de aquellas páginas escritas por el tal John
H. Jones, los jóvenes esposos Coleman quedaron silenciosos, tan inmóviles
como habían permanecido durante aquellas horas.
Hasta que, por fin, Sussie se estremeció y suspiró.
—Dios mío, qué relato más horrible, Harlan…
Harlan Coleman no contestó. Comprendía que Sussie estuviese asustada,
impresionada…, pero él se sentía absolutamente aterrado. ¿Le decía a Sussie
que aquel… relato era, en realidad, un… reportaje periodístico de algo que
realmente había sucedido meses atrás, cuando ella estaba viajando por
Europa…? Los nombres habían sido cambiados, desde luego, pero recordaba
perfectamente el caso del asesino que se comía el hígado de sus víctimas. Oh,
pero estaba pensando tonterías… Aquello debía ser una coincidencia, o
quizás un novelista había aprovechado el hecho para escribir la novela. Eso
es corriente.
Con velocidad de proyección cinematográfica, todos los recuerdos
pasaron por su mente. Era como si estuviese viendo aquellos periódicos, las
grandes letras de los titulares, las fotografías del doctor… del doctor…
¿cómo se llamaba?… Ah, sí: Michael Denton. Ése era el nombre. Y su
esposa, Julie… Sí, Julie. La policía había ido a la casa de los Denton por la
tarde de un viernes, para ver si el doctor Denton había conseguido hacer las
averiguaciones que le habían encargado. Y lo habían encontrado en el cuarto
de baño, destrozado a cuchilladas. Su esposa había desaparecido, y nunca
pudieron hallarla. La teoría de la Policía había sido la siguiente: alguien, en
efecto, tenía resentimientos contra la R. A. K., o quizás en lo personal contra
algunos miembros de ella, de modo que aquella vez le había tocado el turno
al doctor Denton. En cuanto a su esposa, tan bonita, la Policía había
asegurado una suerte aún peor para ella: el asesino se la había llevado,
posiblemente con fines sexuales, y luego la había matado y la había enterrado
en cualquier sitio. Un loco, un sádico…
—¿Harlan? —lo miró Sussie, apoyándose sobre un codo en el camastro.
—Oh, sí… ¿Qué?
—Digo que es un relato horrible.
—Sí, desde luego. Pero ya sabemos que algunos novelistas tienen una
imaginación desbordada… Demonios, qué frío hace.
Saltó del camastro, y fue a poner más troncos en el fuego, que muy
pronto se espabiló, expandiendo su grato calor por la cabaña. Harlan
Coleman miró su reloj, y alzó las cejas.
—Caray —exclamó.
—¿Qué pasa?
—Son las seis de la mañana… —se acercó a una ventana, y miró al
exterior—. Y parece que hace horas que no nieva. Ni siquiera está cubierto el
cielo. O sea, que podremos marcharnos muy pronto.
—¿Sí? No te entiendo.
—Mujer, si sale el sol, sabremos dónde está el Este. Y sabiendo dónde
está el Este, podremos orientarnos.
—Y si sabes eso tan bien… —sonrió ella—, ¿por qué no te orientaste
ayer?
—Mujer, ayer estaba tan encapotado que ni siquiera se sabía si era de día
o de noche. Y del sol, ni rastro. Maldita sea, la próxima vez que salga de
caza, me llevaré dos brújulas. —Eres un antipático, Harlan Coleman.
—¿Yo? —se pasmó él—. ¿Por qué?
—Porque tenías que haber dicho que esta noche había sido una treta tuya
con el fin de pasar una noche deliciosa con tu bellísima y amada esposa en un
refugio, perdidos en la nieve…
—Bueno… —rió Harlan—. ¡Podemos repetir la experiencia otro día, eso
no es problema!
—Pues no creas que me disgustaría… —estiró ella los desnudos bracitos
hacia el fuego—. ¡Pero sin relatos de monstruos que comen hígados
humanos!
—Lo tendré en cuenta. ¿Qué? ¿No te levantas?
—¿Para qué? ¿Acaso ha salido ya el sol?
—Pues no, pero…
—A veces pienso que eres tonto… —murmuró ella—. ¿No vas a volver
aquí… conmigo? —Caracoles… Decididamente, te sienta bien la nieve, mi
amorcito.
—¿No quieres? —murmuró ella.
***
—Bueno… —dijo Harlan—. Ha salido el sol ya, querida. Deben ser las
ocho, más o menos. Y Michael y Sam deben estar buscándonos hace rato.
—Es una pena que nos encuentren —rió Sussie.
—Estaba pensando… ¿Y si nos comprásemos una cabaña como ésta, en
alguna montaña donde hubiera siempre nieve, para pasar las vacaciones, los
fines de semana…? —¿Lo resistirías?— rió Sussie de nuevo.
—Ésa es la cuestión —rió también Harlan—. ¡Venga, arriba de una vez!
La hizo volverse, y le dio una palmada atrás. Luego, saltó del camastro, y
volvió a mirar por la ventana. Perfecto. No sólo no nevaba, sino que, al
parecer, dentro de muy poco luciría un sol espléndido. Así son las altas
montañas. Fue adonde había dejado sus cosas, y sacó el plano, con el cual
volvió a la ventana, para mirar hacia donde se veían los reflejos solares, aún
bajos y pálidos.
—No hay problema… —se volvió—. Calculo que tenemos los coches a
menos de cinco millas montaña abajo y hacia allá, hacia la derecha. O eso, o,
caminando, caminando, apareceremos directamente en Salmón… Vamos,
Sussie, por favor vístete de una vez. —Estoy esperando a que lo hagas tú.
—Pues hagámoslo los dos.
Minutos después, los dos estaban vestidos, y Sussie comenzó a preparar
café y algo para desayunar. De cuando en cuando, miraba a su marido, y
sonreía, con encantadora malicia.
En verdad, perderse en la nieve no siempre es malo, ni mucho menos.
—Lo que pasó —dijo Harlan, señalando un punto del mapa, que seguía
examinando— es que la nieve cubrió el camino, y pasamos por encima de él,
lo cruzamos. Si la brújula no se hubiese estropeado, ahora estaríamos ya con
Sam y Michael.
—Pues qué bien.
Harlan se echó a reír, mientras se acercaba por detrás de su esposa. La
besó en el cuello, y dijo:
—Voy a echar un vistazo por ahí fuera.
—¿Para qué?
—No sé… ¿Prefieres que te ayude?
—Tú verás. Cuanto antes terminemos, antes nos reuniremos con tus
amigos… Y eso es lo que estás deseando, ¿no?
—Mujer —refunfuñó él—, piensa que estarán preocupados por
nosotros…
—Oh, sí. Ya veo que se han pasado la noche buscándonos.
—Vamos, Sussie, sé razonable… ¿Qué podían hacer durante la noche?
—No, no… —rió ella—. ¡Si por mí lo han hecho muy bien!
—Y por mí. Bueno, te ayudaré…
Veinte minutos más tarde, habían desayunado. Harlan se dedicó a apagar
el fuego. Nunca se sabe las cosas que puede dar un fuego abandonado…
Luego, arregló el camastro, y fue a dejar las cuartillas mecanografiadas, en el
armario. Vaciló, pero decidió no llevárselas. Desde luego, aquel relato
encajaba perfectamente con el caso del doctor Denton y aquellos asesinatos
que la policía no había podido descubrir, pero…, en definitiva, todo podía ser
una solución novelesca decidida por John H. Jones, al cual, ciertamente,
podía parecerle bien que utilizasen su cabaña en un momento de apuro, pero
no que la saqueasen; de todos modos, quizá sería una buena idea ir a ver a la
policía de Boise en uno de sus viajes por allá… Sí, podía ser una buena idea.
Teniente… teniente Karpis, así se llama el policía de Boise. Claro que
también este nombre debía estar cambiado…
Dejó las cuartillas, cerró el armario, y se volvió hacia su esposa.
—Bueno, yo ya estoy listo… ¿Te estás pintarrajeando ahora? —se
asombró.
Sussie lo miró por encima del espejito que sostenía con la mano
izquierda, se dio otro toquecito de carmín en los labios, y sonrió.
—No querrás que tus amigos me encuentren convertida en un monstruo,
querido. —¡Pero si estás bellísima, Sussie!
—Muchísimas gracias —rió ella—, pero aún lo estaré más cuando
termine.
—Pero…
—Oh, Harlan, no seas pesado… ¡Estoy enseguida!
—Está bien… Demonios, estoy deseando marcharme de este lugar.
—¿Por qué?
—No sé… No me gusta. Mmm… No me gusta eso es todo.
Sussie lo miró extrañada, pero no hizo ningún comentario. Terminó de
maquillarse, dejó sobre la mesa el estuche de nácar que contenía todos sus
«artículos de belleza», y se dirigió hacia donde estaba el equipo.
—¿Me ayudas?
Harlan la ayudó a ponerse la gruesa cazadora de piel, y el macuto. Le
pasó la correa de la escopeta por la cabeza, y sonrió irónicamente.
—¿Podrás con todo?
—Te diré una cosa, Harlan Coleman: como tú y tus amigos os paséis de
la raya en vuestro pitorreo por lo de ayer, te… te… odiaré toda mi vida.
—Menos cuando estemos solos en una cabaña —condicionó él.
—Bueno —rió ella—: menos cuando estemos solos en una cabaña. ¿Qué
estamos esperando?
—Nada… ¡En marcha!
Salieron de la cabaña, dejando ajustada la puerta, y emprendieron el
descenso por la suave ladera. Había abetos por todos los lados, llenos de
nieve, que en el suelo formaba una espesa alfombra de una blancura azulada,
bellísima, inmaculada. Se hundieron casi hasta la rodilla, pero Harlan
Coleman ya no sentía la menor preocupación. Encima de ellos, el sol les
señalaba incuestionablemente el Este. Eso sí que nadie podía alterarlo.
—¡Mi estuche! —exclamó de pronto Sussie.
—¿Qué…?
—Harlan, mi estuche… ¡Me lo he dejado en la cabaña!
—Bueno, mujer, ya te comprarás otro mejor…
—Oh, Harlan… ¡Es el que tú me regalaste hace años, cuando éramos
novios! Recuerdo el día que…
—No sigas —alzó él las manos—: por nada del mundo estás dispuesta a
desprenderte de él, ¿no es eso?
—En resumen, sí.
—Pues marcha atrás… No, será mejor que vaya yo solo, así te ahorras
algo de fatiga. Espérame aquí. Dejaré mi equipo: no tengo por qué llevar peso
inútilmente.
Lo dejó todo sobre la nieve, incluida la escopeta de dos cañones, y
emprendió el regreso a la cabaña, que estaba a poco más de trescientas
yardas. Tardó más de cinco minutos en recorrer aquel camino blando y
hermoso. Entró en la cabaña, y enseguida vio, sobre la mesa, el estuche de
Sussie. Lo recogió, y, ya iniciando el gesto para volverse, quedó inmóvil,
petrificado, bruscamente pálido.
Con incredulidad y espanto, sus ojos contemplaban las florecillas que la
tarde anterior había cortado para su esposa. Estaban en el vaso, con agua,
pero… parecían muertas hacía años. Negras, caídas, putrefactas.
Harlan Coleman movió negativamente la cabeza.
—No… —tartamudeó—. No, no, no…
Contemplaba las flores hipnotizado. No se había fijado antes en ellas…
¿Era posible que durante la noche hubiesen… muerto de aquel modo? Podía
ser. Con tan buen calor, demasiado oxígeno consumido por la vela, el fuego,
él y Sussie…
Oyó un rumor a su espalda, en la puerta, y se volvió velozmente, con la
convicción subconsciente de que Sussie no había querido quedarse sola, y
había caminado tras él.
Lo que vio le dejó helado de espanto. Absolutamente helado. Congelado.
Incapaz de mover ni siquiera los párpados.
El ser estaba rodeado de una especie de halo resplandeciente, de color
amarillo. Llevaba pantalones, botas, un grueso chaquetón, capucha de piel…
Pero se le veía perfectamente el rostro, y las manos… ¿Rostro y manos? Lo
que veía eran unas horribles zarpas llenas de costras amarillas y supurantes;
en cuanto al rostro, era todo él una gran costra húmeda, reluciente, con dos
ojos que destacaban, oscuros, en la córnea absolutamente amarilla…
Harlan Coleman se estremeció, de pronto, y su barbilla comenzó a
temblar antes de que lanzase un alarido ante aquella monstruosa aparición. Y
al parecer fue su alarido lo que hizo reaccionar al monstruo, que alzó las
garras y dio un paso a él. Un paso lento, pesado, como agarrotados sus
miembros. Y otro paso, y otro. Como un ser indefenso, Harlan miró a todos
lados, en busca de un lugar por donde escapar, pero el monstruo parecía
adivinar sus pensamientos, porque estaba en todo momento entre la puerta y
él. Alargó más las garras, dio otro paso…
Por fin, Harlan pudo reaccionar. Tiró el estuche de Sussie hacia la cara
del monstruo, con toda su fuerza. El pesado objeto dio de lleno en la nariz
llena de costras, y el monstruo soltó un gruñido, alzó los brazos hacia la parte
dolorida… Con toda la velocidad de su formidable condición física, pero,
sobre todo, con la velocidad que pude llegar a prestar el miedo, Harlan pasó
junto a él, abrió la puerta que el monstruo había ajustado, y salió a la nieve.
Incapaz tan siquiera de gritar, de razonar para pedirle a su esposa que
acudiese a su encuentro con las escopetas, Coleman tenía que limitarse a
correr, hundiendo sus pies en la nieve. De sus fosas nasales y de su boca
brotaban espesos chorros de vapor, mientras un solo pensamiento latía en su
mente: el monstruo era mucho más pesado que él, más torpe…, ¡jamás podría
alcanzarlo!
Volvió la cabeza, y entonces sí lanzó un alarido, al verlo a menos de seis
pies de él, corriendo. Parecía… rebotar sobre la nieve, o deslizarse sobre ella.
Toda su pesadez había desaparecido, o, al menos, así lo parecía
comparándola con la de la marcha de Harlan Coleman.
De nuevo volvió la cabeza, y le pareció que el mundo se ponía a dar
millones de vueltas a toda velocidad: el monstruo estaba a tres o cuatro pies
solamente, y tenía sus garras hacia él, estaba a punto de alcanzarlo. Oía su
fortísimo jadeo, el crujir de la nieve… Eso era todo lo que oía. En la aterrada
mente de Coleman había ahora otro pensamiento, una imagen, una visión,
más bien: el monstruo lo alcanzaba, lo mataba, y se comía a dentelladas su
hígado…
Lanzó un alarido cuando notó en el hombro derecho el peso de una de las
zarpas, que pudo ver, desviando la mirada. Una zarpa enorme,
estremecedora… La zarpa lo retuvo, tiró hacia atrás, y Harlan Coleman cayó
de espaldas. Con los ojos poco menos que fuera de las órbitas, vio al
monstruo cernerse sobre él, separando las garras, a punto de desplomarse
encima suyo, abierta la boca…
Quien no sabe defender su vida, quizá no merezca vivir.
Harlan Coleman, al parecer, sí merecía vivir. Su reacción, aunque fruto
del miedo, no pudo ser más conveniente: encogió las piernas, el monstruo
cayó sobre las plantas de sus pies, de pecho, y salió disparado hacia atrás
cuando Coleman distendió fuertemente las piernas. En el acto, se puso en pie,
y vio al monstruo tendido de espaldas, pero iniciando ya el movimiento para
incorporarse.
Las escopetas… ¡Tenía que llegar junto a Sussie, tomar una de las
escopetas, dispararle al monstruo…!
Reemprendió la fuga ladera abajo, de nuevo seguido por el monstruo, que
le dio alcance en menos de cincuenta yardas. Otra vez la pesada zarpa cayó
sobre un hombro de Coleman, que esta vez resistió el tirón, se volvió, y lanzó
su puño derecho, confortablemente enguantado, hacia aquel rostro horrendo.
El impacto perjudicó a los dos: el monstruo cayó de espaldas, pero también lo
hizo Coleman, que se revolvió en la nieve, se puso en pie, resbaló… De
nuevo tendido, vio al monstruo ya en pie, rezumante como nunca su rostro de
humor amarillo, de pus…
¡BOUM!, ensordeció a Coleman el primer disparo… ¡BOUM!, casi le
aturdió el segundo, ambos muy cerca de su cabeza, un poco por encima…
Pero no miró hacia allí, sino hacia el monstruo, que había salido disparado
hacia atrás con la primera descarga, lanzando un chillido agudo, de miedo
estremecedor. Lo vio caer de rodillas, con el pecho lleno de sangre, pero fue
una visión fugacísima, porque el segundo estampido, el rostro de costras
pareció estallar en sangre y pus, y todo el cuerpo cayó hacia atrás, para
quedar inmóvil.
Una escopeta de caza cayó sobre la nieve, junto a Harlan Coleman, que
por fin volvió la cabeza. Un poco a su derecha y detrás de él, Sussie
contemplaba con ojos desorbitados al monstruo; su rostro estaba tan blanco
como la mismísima nieve. Se puso en pie rápidamente, y la estrechó contra su
pecho. Ella comenzó a temblar, a tartamudear… Oía el entrechocar de sus
dientes, percibía los fortísimos estremecimientos de su cuerpo… Quiso
decirle algo, pero de su boca brotó apenas un gañido, un sonido confuso.
Quiso decirle que se calmase, que se serenase, que no había para tanto…
Pero, ciertamente, a una chica que ve un monstruo como aquél, acude a
su encuentro en defensa del marido, y es capaz de disparar dos certerísimos
caparos como aquéllos, muy bien se le podía perdonar que tuviese un
pequeño ataque de histeria. Y muchas cosas más, desde luego.
Por fin, los dos fueron calmándose. Harlan tomó el rostro de su esposa
entre sus enguantadas manos y consiguió sonreír.
—¿Estás bien? —tembló la sonrisa en sus labios.
—Har… Harlan e-era… era…
—Lo sé. No lo mires. Da la vuelta y camina hacia abajo. No mires,
Sussie.
Ella dio la vuelta…, pero se volvió al oír la exclamación de él, que sí
había mirado. Harlan corrió junto al cadáver del monstruo, y quedó allí,
paralizado de asombro, de incredulidad. Entonces, Sussie se atrevió a mirar al
monstruo, y vio el rostro destrozado por el disparo, y las manos, pequeñas y
delicadas, crispadas por el dolor de la muerte.
ESTE ES EL FINAL
El teniente de policía llegado de Boise, no se llamaba Karpis, sino
Waterby, pero, como el del relato, tenía unos ojos penetrantes y duros.
Cuando apareció en el cuarto de la oficina del sheriff de Salmón donde
esperaban los cuatro cazadores, se pasaba un pañuelo por la frente, y su rostro
estaba un poco desencajado. Sussie, Harlan, Michael y Sam se pusieron
rápidamente en pie.
—¿Qué…? —empezó Harlan Coleman.
—Las huellas digitales son las de la señora Denton —dijo el policía—: a
ella es a quien han matado ustedes.
—Pe-pero, teniente, le juro…
—Cálmese, señor Coleman. Tenga la seguridad de que la Policía le está
agradecido a usted y a su esposa. A los cuatro, por supuesto —señaló a los
otros dos amigos—. Siento mucho haberles hecho perder aquí todo un día,
pero había que hacer todas esas comprobaciones. Ahora, pueden marcharse,
si lo desean.
—Sí… Sí, desde luego… ¿Ha… leído usted el… relato que le
trajimos…?
—Lo he leído. Se ha hecho todo lo que se tenía que hacer, señor
Coleman. Pero eso les digo que pueden marcharse.
—Pero… si nosotros matamos a… a aquel monstruo… ¿cómo es que…?
—El doctor Dugan me ha dado una explicación que no he entendido muy
bien por ahora, pero ya le dedicaré más tiempo. Al parecer, al morir la señora
Denton, su organismo recuperó la normalidad, y volvió a ser como había sido
siempre. ¡Y nosotros que creíamos que se la habían llevado para abusar de
ella y matarla…! Ella venía de cuando en cuando a Salmón, a comprar
provisiones, pero nadie sabía quién era, ni dónde vivía… Bien… Ahora
sabemos la verdad de lo ocurrido: ella no pudo soportar la perspectiva de una
vida junto a su marido sabiendo que éste se convertía periódicamente en un
monstruo que tenía que comer hígado, preferentemente humano, y… lo mató.
Así ocurrieron las cosas en realidad. Luego, quizá trastornada, se fue de la
casa…
—Pero… el monstruo era el marido, no ella… Y le juro que nosotros la
vimos…
—Otra explicación del doctor Dugan: mientras apuñalaba al marido con
las tijeras, debió cortarse en la mano, o en el brazo, y la sangre del doctor
Denton se mezcló en la de ella, penetrando en su cuerpo, de modo que,
periódicamente, también la señora Denton ha debido sufrir esos… cambios.
—Es horrible todo esto —musitó Michael Dewer—. Y otra cosa,
teniente: ¿ella también tenía que… comer hígado para…? Bueno, quiero
decir…
—Si no hubiese sido así, señor Dewer, dudo mucho que la señora Denton
hubiese atacado al señor Coleman: quería su hígado. Me pregunto cómo y
dónde habrá estado consiguiendo ese… antídoto durante estos meses que ha
permanecido oculta.
—Debía cazar —sugirió Sam Nolan.
—Seguramente. O comprar en buena cantidad en Salmón, o en otros
sitios más o menos cercanos. Bien… Si puedo hacer algo por ustedes…
—No, no… Tenemos los coches fuera. Si ya nos podemos marchar…
El teniente Waterby consiguió sonreír, tendió su mano a la señora
Coleman, luego a éste, a los otros dos hombres, y se despidió con un gesto de
agradecimiento, dejando solos a los cuatro amigos.
—Será mejor que volvamos a casa —murmuró Coleman.
—Se nos ha fastidiado la jornada —refunfuñó Dewer—. ¿Saldremos la
próxima semana, Harlan?
-Pues… no sé. Pero desde luego —Harlan Coleman abrazó fuertemente a
su esposa, por la cintura, contra su costado—, una cosa es segura: si voy de
caza, Sussie viene conmigo.
FIN