Heroísmo Infantil y Sacrificio Familiar
Heroísmo Infantil y Sacrificio Familiar
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vuestro corazón. Acércate, muchacho. En nombre del rey de
Italia te doy la medalla al valor cívico‖.
Un viva atronador, lanzado a la vez por multitud de voces, hizo
retumbar el palacio.
El alcalde tomó la condecoración de la mesa y la puso en el
pecho del muchacho. Después lo abrazó y lo besó.
La madre se llevó la mano a los ojos; el padre tenía la barba
sobre el pecho.
El alcalde estrechó la mano a los dos y, tomando el decreto de
concesión de la medalla, atado con una cinta, se lo dio a la
madre.
Después se volvió al muchacho y le dijo:
—Que el recuerdo de este día, tan glorioso para ti, tan feliz para
tus padres, te sostenga toda la vida en el camino de la virtud y
del honor. ¡Adiós!
El alcalde salió; tocó la banda, y todo parecía concluido, cuando
de las filas de la multitud salió un muchacho de ocho o nueve
años, impulsado por una señora que se escondió enseguida, y
se lanzó al condecorado, dejándose caer entre sus brazos.
Otra explosión de vivas y aplausos hizo tronar el patio. Todos
comprendieron, desde luego, que el muchacho salvado en el Po
acababa de dar las gracias a su salvador. Después de haberlo
besado, se tomó de su brazo para acompañarlo fuera. Ellos dos
primero, y el padre y la madre detrás, se dirigieron hacia la
salida, pasando con trabajo por entre la gente que les hacía
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calle, confundiéndose guardias, niños, soldados y mujeres.
Todos se echaban hacia delante y se empinaban para ver al
muchacho. Los que estaban más cerca le daban la mano.
Cuando pasó por delante de los niños de la escuela, todos
agitaron sus gorras en el aire. Los del barrio del Po
prorrumpieron en grandes aclamaciones, agarrándolo por los
brazos y por la chaqueta, gritando:
—¡Pin! ¡Viva Pin! ¡Bravo Pinot!
Yo lo vi pasar muy cerca. Iba muy encarnado y contento. La
medalla tenía la cinta blanca, roja y verde. Su madre lloraba y
reía; su padre se retorcía el bigote con una mano que le
temblaba mucho, como si tuviera fiebre. Arriba, por las
ventanas y galerías, seguían asomándose y aplaudiendo.
De pronto, cuando iban a entrar bajo el pórtico, cayó de la
galería de las ―huérfanas de los militares‖ una verdadera lluvia
de pensamientos, de ramitos de violetas y margaritas, que
daban en la cabeza del muchacho, en la de sus padres y se
esparcían en el suelo. Muchos se inclinaban a recogerlos y se los
alargaban a la madre.
Y en el fondo del patio, la banda tocaba suavemente un aria
bellísima que parecía un canto de voces argentinas que se
alejasen lentamente por las orillas del río.
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MAYO
LOS NIÑOS RAQUÍTICOS
Viernes, 5
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acostumbrados a ser desnudados, examinados y vistos por
todas partes. Ahora están en el período más benigno de su
enfermedad y ya casi no sufren. Pero, ¿quién puede pensar lo
que sufrieron cuando empezó su cuerpo a deformarse; cuando,
al crecer su enfermedad, veían disminuir el cariño en torno de
sí; pobres niños, a quienes se dejaba solos horas y horas en el
rincón de una habitación de un patio, mal alimentados,
escarnecidos a veces, o atormentados meses enteros con
vendajes y aparatos ortopédicos, muchas veces inútiles? Ahora,
en cambio, gracias a las curaciones, a la buena alimentación y a
la gimnasia, mucho se mejoran.
La maestra los obligó a hacer gimnasia. ¡Daba lástima verlos
extender sobre los bancos, al oír ciertas órdenes, todas aquellas
piernas fajadas, comprimidas entre los aparatos, nudosas,
deformes, y que en otras circunstancias habrían sido cubiertas
de besos! Algunos no podían levantarse del banco, y
permanecían allí, con la cabeza apoyada en el brazo,
acariciando las muletas con la mano; otros, al mover los brazos,
sentían que les faltaba la respiración y volvían a sentarse,
pálidos, pero sonriendo para disimular su fatiga.
―¡Ah, Enrique! ¡Vosotros que no apreciáis la salud y os parece
muy poca cosa el estar bien! Yo pensaba en los muchachos
hermosos, fuertes y robustos que las madres llevan a paseo
como en triunfo, ufanas de su belleza, y me entraba el deseo de
tomar todas aquellas pobres cabecitas y de estrecharlas sobre
mi corazón desesperadamente. Si hubiese sido sola habría
dicho: <<No me muevo ya de aquí; quiero consagraros la vida,
serviros, hacer de madre para con vosotros, hasta el último día
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de mi vida>>… Y entre tanto, cantaban; cantaban con ciertas
vocecillas delicadas, dulces, tristes, que llegaban al alma, y
habiéndolos elogiado la maestra, los pobrecillos se pusieron tan
contentos, y mientras pasaban por entre los bancos le besaban
las manos y los brazos, porque sienten mucha gratitud hacia el
que les hace bien, y son cariñosos. También tienen talento y
estudian aquellos angelitos, según me dijo la maestra.
La maestra es joven y agraciada. En su rostro, lleno de bondad,
se adivina cierta expresión de tristeza, reflejo de las desventuras
que acaricia y consuela. ¡Pobre niña! Entre otras criaturas
humanas que se ganan la vida con su trabajo, no hay ninguna
que se la gane más sanamente que tú, hija mía‖.
TU MADRE
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SACRIFICIO
Martes, 9
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—¿Qué dices? —repitió mamá, sonrojándose—. ¡No es verdad!
¿Qué sabes tú? ¿Quién te lo ha dicho?
—Lo sé —dijo Silvia, con resolución—. Y bien, oye mamá:
tenemos que hacer sacrificios también nosotros. Tú me habías
prometido un abanico para fin de mayo, y Enrique esperaba su
caja de pinturas: no queremos ya nada, no queremos que se
gaste dinero y estaremos tan contentos. ¿Has comprendido?
Mamá intentó hablar, pero Silvia dijo:
—No; tiene que ser así. Lo hemos decidido. Y hasta que papá
tenga dinero no queremos ya fruta ni otras cosas. Nos basta con
la sopa, y por la mañana, en la escuela, comeremos pan. Así se
gastará menos en la mesa, que ya gastamos demasiado, y te
prometemos que nos verás siempre alegres como antes. ¿No es
verdad, Enrique?
Yo respondí que sí.
—Siempre contentos, como antes —repitió Silvia, tapándole la
boca a mamá con la mano—, y si hay otro sacrificio que hacer,
en el vestir, o en cualquier otra cosa, lo haremos gustosos, y
hasta venderemos nuestros regalos. Yo doy todas mis cosas. Te
serviré de criada. No daremos ya nada a coser fuera de casa,
trabajaré contigo todo el día, haré todo lo que quieras. Estoy
dispuesta a todo, ¡a todo! —exclamó, echando los brazos al
cuello de mi madre—, para que papá y mamá no tengan ya
disgustos, para que vuelva a veros tranquilos a los dos, de buen
humor, como antes, en medio de vuestro Enrique y vuestra
Silvia, que os quieren tanto, que darían su vida por vosotros.
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¡Ah! No he visto nunca a mi madre tan contenta como al oír
aquellas palabras. No nos ha besado nunca como entonces,
llorando y riendo, sin poder hablar. Después aseguró a Silvia
que había entendido mal, que no estábamos, por fortuna, tan
apurados como ella creía. Nos dio mil veces las gracias, y
estuvo muy alegre toda la tarde, hasta que volvió mi padre y se
lo contó todo.
Él no abrió la boca. ¡Pobre padre mío! Pero esta mañana, al
sentarme a la mesa, experimenté al mismo tiempo un gran
placer y un gran disgusto: yo encontré bajo mi servilleta mi caja
de pinturas, y Silvia, su abanico.
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EL INCENDIO
(El suceso ocurrió la noche del 27 de enero de 1880)
Jueves, 11
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—¡Que se queman vivos! ¡Socorro! ¡Bomberos!
―Llegó en aquel momento un carruaje, del que bajaron cuatro
bomberos, los primeros que se habían encontrado en el
Municipio, los cuales se lanzaron dentro de la casa. Habían
apenas entrado, cuando se vio algo terrible: una señora se
asomó desesperada a un balconcillo, cabalgo sobre él y, siempre
asida a la baranda, pasó al lado de afuera y así permaneció,
medio encogida, esquivando con dificultad el humo y las
llamas que salían de la habitación. La multitud exhaló un grito
de terror. Los bomberos, detenidos por equivocación en el
segundo piso, donde había también inquilinos aterrorizados,
tenían ya destrozada una pared y se precipitaban en una
habitación, cuando cientos de gritos les advirtieron:‖
—¡Al tercer piso, al tercer piso!
―Volaron al piso tercero. Aquello era una ruina infernal: vigas
del techo que crujían, corredores llenos de llamas, humo que
asfixiaba. Para legar a los cuartos donde estaban encerrados los
arrendatarios no había otro camino que el tejado. Se lanzaron
enseguida arriba, y minutos después se vio como un fantasma
negro saltar sobre las tejas entre el humo; era el cabo de los
bomberos, que había llegado primero. Pero para ir a la parte del
techo, que correspondía al cuarto aislado por el fuego, era
menester pasar por un espacio estrechísimo, comprendido entre
el borde del alero y una buhardilla; todo lo demás estaba
ardiendo, y aquel pequeño trecho estaba cubierto de nieve y
hielo, y no había de dónde agarrarse.‖
—¡Es imposible que pase! —gritaba la gente, abajo.
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―Él avanzó sobre el alero. Todos temblaban y miraban
fijamente, con la respiración suspendida. ¡Pasó!‖
―Una inmensa aclamación atronó el espacio. El cabo volvió a
emprender su marcha y llegó al punto amagado. Empezó a
romper furiosamente con el zapapico tejas, vigas y ladrillos,
para abrir un boquete y entrar. Entretanto, la señora continuaba
suspendida fuera del balconcillo, y las llamas casi le llegaban a
la cabeza. Un minuto más y se habría arrojado a la calle. El
boquete fue abierto. Se vio al cabo quitarse la bandolera y
meterse dentro; los otros bomberos, reunidos ya, lo siguieron.
En aquel instante, una altísima escalera llegaba; entonces se
apoyó en la cornisa de la casa, delante de las ventanas, de
donde salían llamas y alaridos de locos. Pero se creía que ya era
tarde.‖
—¡Ninguno se salva! —gritaban—. ¡Los bomberos se queman!
¡Todo ha concluido! ¡Se ha muerto!
―De pronto se vio aparecer en la ventana de la esquina la negra
figura del cabo, iluminada por las llamas, de arriba abajo. La
señora se le apretó al cuello, él la aferró por el talle en sus dos
brazos, la levantó y la colocó dentro de la habitación. De la
multitud se escaparon mil y mil gritos, que cubrían el ruido del
incendio. Pero, ¿y los demás? ¿Cómo bajarían? La escalera,
apoyada en el tejado por delante de otra ventana, distaba de
aquélla todavía un buen espacio. ¿Cómo podrían agarrarse?
Mientras decía esto la gente, uno de los bomberos se echó fuera
de la ventana; puso el pie derecho en el antepecho y el
izquierdo en la escalera, y así, de pie en el aire, se le abrazaban
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uno a uno los inquilinos, que los demás le alargaban desde
adentro, se los entregaba a un compañero que había subido
desde la calle y que, atándolos bien con las cuerdas, los hacía
bajar uno tras otro ayudado por los demás bomberos de bajo.
Descendió primero la señora de la esquina; después una niña,
otra señora y un anciano. Todos se salvaron‖.
―Después del viejo bajaron los bomberos que quedaban dentro.
El último en bajar fue el cabo, que había sido el primero en
acudir. La multitud los acogió a todos con una salva de
aplausos; pero cuando apareció el último de los salvadores, el
que había arrastrado a los demás a afrontar el peligro, el que
habría muerto seguramente si alguno hubiese tenido que morir,
el gentío le saludó como a un triunfador, gritando y
extendiendo los brazos, como en demostración cariñosa de
admiración y gratitud, y en pocos momentos su nombre oscuro,
José Robbino, se repetía en todos los labios...‖
—¿Has comprendido? Eso es valor; el valor del corazón, que
no razona, que no vacila, que va derecho, con los ojos cerrados
y con la velocidad del rayo, adonde oye el grito de los que van a
morir. Yo te llevaré un día al ejercicio de los bomberos y te
enseñaré a Robbino; porque te dará mucho gusto conocerlo, ¿no
es verdad?
Respondí que sí.
—Aquí está —dijo mi padre.
Yo me volví de pronto. Dos bomberos, terminado el examen,
atravesaban la habitación para salir.
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Mi padre me señaló al más pequeño, el que llevaba galones, y
me dijo:
—Estrecha la mano al cabo Robbino.
El cabo se detuvo y me dio la mano, sonriendo: yo se la
estreché, me saludó y salió.
—Recuerda esto bien —dijo mi padre—, porque de mil manos
que estreches en tu vida, quizá no haya diez que valgan lo que
la suya.
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CUENTO MENSUAL
DE LOS APENINOS A LOS ANDES
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algunos renglones. Ganando ochenta liras al mes, y no
gastando nada ella, mandaba a su casa, cada tres meses, una
buena suma, con la cual el marido, que era muy hombre de
bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y
adquiriendo así buena reputación. Entretanto trabajaba y estaba
contento de lo que hacía, también lisonjeado con la esperanza
de que la mujer volvería dentro de poco, porque la casa parecía
vacía sin ella, y el hijo menor, principalmente, que quería
mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su
ausencia.
Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una
carta breve, en la que decía que no estaba bien de salud, no
recibieron más. Escribieron dos veces al primo, y éste no
contestó. Escribieron a la familia argentina donde estaba
sirviendo la mujer, pero sospecharon que no llegaría la carta,
porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto,
no tuvieron contestación. Temiendo una desgracia, escribieron
al consulado italiano de Buenos Aires, para que hiciese
investigaciones; y después de tres meses les contestó el cónsul
que, a pesar del anuncio publicado en los diarios nadie se había
presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro
modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el
decoro de la familia, que creía manchar haciéndose criada, la
buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero
nombre.
Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia.
Padre e hijos estaban consternados. Al más pequeño lo oprimía
una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién
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recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su
mujer a América, pero ¿y el trabajo? ¿Quién sostendría a sus
hijos? Tampoco podría marchar el hijo mayor, porque
comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la
familia. En ese afán, vivían repitiendo todos los días las mismas
conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio.
Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente:
—Voy a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza tristemente y no respondió. Era un
buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo,
hacer un viaje a América, necesitándose un mes para llegar!
Pero el muchacho insistió pacientemente. Insistió aquel día, el
siguiente, todos los días, con gran tranquilidad, razonando
como un hombre.
—Otros han ido —decía—, más pequeños que yo. Una vez que
esté en el barco, llegaré allí como los demás. Llegado allí, no
tengo más que buscar la casa del tío. Como hay allá tantos
italianos, algunos me enseñarán la calle. Encontrando al tío,
encuentro a mi madre, y si no la encuentro buscaré al cónsul y a
la familia argentina. Cualquier cosa que ocurriese, hay allí
trabajo para todos. Yo también encontraré ocupación; al menos,
ganaré bastante para volver a casa.
Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo
apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimos, que estaba
acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, y que todas
esas cualidades daban doble fuerza a su decisión en aquel santo
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objeto de buscar a su madre, a quien adoraba. Sucedió también
que un comandante de buque mercante, amigo de un conocido
suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle
gratis un pasaje de tercera clase para la República Argentina.
Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y
se decidió el viaje. Llenaron una bolsa de ropa, le pusieron
algunas monedas en el bolsillo, le dieron las señas del primo, y
una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.
Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano
Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue
breve el alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre; el creciente
calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el
sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra
sus pasados bríos. Los días se sucedían tristes y monótonos,
confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede
a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el
mar. Cada mañana, al despertar, experimentaba nuevo estupor
al encontrarse allí solo, en medio de aquella inmensidad de
agua, viajando hacia América. Los hermosos peces voladores
que a cada instante caían en el barco, las admirables puestas del
sol de los trópicos con aquellas inmensas nubes color de fuego
y sangre, las fosforescencias nocturnas que hacían aparecer
todo el océano encendido como un mar de lava, no le hacían el
efecto de cosas reales, sino más bien de prodigios vistos en un
sueño. Hubo días de mal tiempo, durante los cuales
permanecía encerrado continuamente en el camarote, donde
todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de
quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última
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hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor
insoportable, de fastidio infinito; horas interminables y
siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados,
tendidos, inmóviles sobre las talas, parecían que estaban
muertos.
Y el viaje no acababa nunca; mar y cielo, cielo y mar, hoy como
ayer, mañana como hoy, todavía, siempre, eternamente. Y él se
pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin
fin, aturdido, pensando vagamente en su madre, hasta que los
ojos se le cerraban y la cabeza se le abatía, rendida por el sueño;
y entonces volvía a ver la cara desconocida que lo miraba con
aire de lástima y le repetía al oído: ―¡Tu madre ha muerto!‖ y a
aquella voz se despertaba sobresaltado, para volver a soñar con
los ojos abiertos, mirando al inalterable horizonte.
Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los
mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había
entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a
América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de
Rosario. Le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el
viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el
cuello:
—¡Ánimo, galopín! Tú encontrarás a tu madre sana y contenta.
Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes
se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo
labrador, que fumaba su pipa, bajo un hermoso cielo estrellado,
en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se
representaba cien veces en su pensamiento su llegada a Buenos
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Aires, se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en
brazos del tío.
―—¿Cómo está mi madre? ¿Dónde está?‖ ―—¡Vamos
enseguida!‖ ―—Enseguida vamos‖—. Corrían juntos, subían
una escalera, se abría una puerta… Y he aquí que el sordo
soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un
sentimiento de inexplicable ternura, que le hacía sacar, a
escondidas, una medalla que llevaba al cuello y murmurar,
besándola, sus oraciones.
El vigésimo séptimo día después de la salida, llegaron. Era una
hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el
inmenso río de la Plata, sobre una orilla, en la cual se extiende
la vasta ciudad de Buenos Aires, capital de la República
Argentina. Aquel tiempo espléndido le parecía de buen
agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su
madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de
pocas horas ya la habría visto! ¡Y él se encontraba en América,
en el Nuevo Mundo, y había tenido el atrevimiento de ir allí
solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, ahora, que hubiese
pasado en un momento. Le parecía haber volado, soñado y
haber despertado entonces. Y era tan feliz que casi no se
sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se
encontró una sola de las dos partes en que había dividido su
pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le
habían robado la mitad. No le quedaban sino muy pocas liras;
pero ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con
su bolsa en la mano pasó, con otros muchos italianos, a un
vaporcito que lo llevó a poca distancia de la orilla. Saltó del
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vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de ―Andrés
Doria‖, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo
lombardo y se dirigió deprisa a la ciudad.
Llegado a la desembocadura de la primera cuadra que
encontró, paró a un hombre que pasaba y le rogó que le
indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de ―Las
Artes‖.
Por casualidad se había encontrado con un obrero italiano. Éste
lo miró con curiosidad y le preguntó si sabía leer. El muchacho
le contestó que sí.
—Pues bien —le dijo el obrero, indicándole la calle de que
salía—. Sube derecho, leyendo siempre los nombres de las
calles en todas las esquinas, y acabarás por encontrar la que
buscas.
El muchacho le dio las gracias y siguió adelante por la calle que
le indicaron.
Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas
bajas y blancas que parecían otras tantas casas de campo; llenas
de gente, de coches, de carros, que producían ruido
ensordecedor. Aquí y allá se izaban inmensas banderas de
varios colores, en las que había escritos, en gruesos caracteres,
anuncios de salida de vapores para ciudades desconocidas. A
cada instante, volviéndose a derecha e izquierda, veía otras
calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas,
también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y
situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana,
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semejante al horizonte del mar. La ciudad le parecía infinita.
Creía que se podían pasar días y semanas viendo siempre, aquí
y allá, otras calles como aquellas, y que toda América estaba
formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles,
nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva
que divisaba sentía que le latía más deprisa el corazón,
pensando que sería la que buscaba. Miraba a todas las mujeres
con la idea de encontrar a su madre. Vio una delante de sí, y le
dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la miró; era una negra.
Y seguía andando. Apretando el paso, llegó a una plazoleta,
leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de ―Las
Artes‖. Volvió, vio el N° 117. La tienda del tío era el N° 175.
Apretó más el paso, casi corría. En el N° 171 tuvo que detenerse
para tomar aliento, diciendo entre sí: ―¡Ah madre, mía, madre
mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?‖. Corrió
más, llegó a una pequeña tienda de mercero. Aquélla era. Se
asomó. Vio a una señora con el cabello gris y anteojos.
—¿Qué quieres, niño? —le preguntó ella en español.
—¿No es ésta —dijo el muchacho, esforzándose para emitir
alguna voz— la tienda de Francisco Merelli?
—Francisco Merelli murió —respondió la señora, en italiano. El
chico recibió una fuerte impresión al oírlo.
—¿Cuándo murió?
—¡Oh! Hace tiempo —respondió la señora—, algunos meses.
Tuvo malos negocios y se escapó. Dicen que se fue a Bahía
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Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda
es mía.
El muchacho palideció. Después dijo precipitadamente.
—Merelli conocía a mi madre, la cual estaba aquí sirviendo en
casa del señor Mequínez. Él sólo podría decirme dónde está. He
venido a América a buscar a mi madre. Merelli le mandaba las
cartas. Necesito encontrar a mi madre.
—Hijo mío —respondió la señora—, yo no sé de eso. Puedo
preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le
hacía los encargos a Merelli. Puede ser que éste sepa algo.
Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó enseguida.
—Dime —le preguntó la tendera—, ¿recuerdas si el
dependiente de Merelli iba alguna vez a llevar cartas a una
mujer que estaba de criada en casa de ―hijos del país‖?
En casa del señor Mequínez —respondió el muchacho—. Sí,
señora; alguna vez. Al final de la calle de ―Las Artes‖.
—¡Ah! ¡Gracias, señora! —gritó Marcos—. Dígame el número…,
¿no lo sabe? Hágame acompañar; acompáñame tú mismo,
chico. Aún tengo algunas monedas.
Y dijo esto con tanto calor que, sin esperar la venia de la señora,
el muchacho respondió:
—Vamos —y salió él primero a muy ligero paso.
Casi corriendo, sin decir palabra, fueron hasta el fin de la
larguísima calle, atravesaron el pasadizo de entrada de una
pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa
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cancela de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de
macetas de flores. Marcos dio una sacudida a la campanilla.
Apareció una señorita.
—Vive aquí la familia Mequínez, ¿no es verdad? —preguntó
con ansiedad el muchacho.
—Aquí vivía —respondió la señorita, pronunciando el italiano
a la española—. Ahora vivimos nosotros, la familia Zeballos.
—¿Y a dónde se han ido los señores Mequínez? —preguntó
Marcos, latiéndole el corazón.
—Se han ido a Córdoba.
—¡Córdoba! —exclamó Marcos—. ¿Dónde está Córdoba? ¿Y la
persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada
era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?
—No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se
fueron. Espérate un momento.
Se fue y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris.
Éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de
pequeño marinero genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña,
y le preguntó en mal italiano:
—¿Es genovesa tu madre? Marcos respondió que sí.
—Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.
—¿Y a dónde han ido?
—A la ciudad de Córdoba.
El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:
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—Entonces…, iré a Córdoba.
—¡Ah, pobre niño! —exclamó el señor, mirándolo con
lástima—. ¡Pobre niño! Córdoba está a centenares de millas de
aquí.
Marcos se quedó pálido como un muerto, y se apoyó con una
mano en la cancela.
—Veamos, veamos —dijo entonces el señor, movido a
compasión, abriendo la puerta—. Entra un momento. Veremos
si se puede hacer algo. Siéntate. —Le dio asiento, le hizo contar
su historia, estuvo escuchando muy atento, y se quedó un rato
pensativo; después le dijo, con resolución—: Tú no tienes
dinero, ¿no es verdad?
—Tengo todavía, pero muy poco —respondió Marcos.
El señor estuvo pensando otros cinco minutos, después se sentó
a una mesa, escribió una carta, la cerró y, dándosela al
muchacho, le dijo:
—Oye, ―italianito‖, ve con esta carta a La Boca. Es una ciudad
pequeña, medio genovesa, que está a dos horas de camino de
aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve
allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es
muy conocido. Llévale esta carta. Él te hará salir mañana para
Rosario, y te recomendará a alguno de allí que podrá procurarte
que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la
familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto —le dio
algunas monedas—. Anda, y ten ánimo. Aquí hay por todas
partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.
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El muchacho le dijo: ―Gracias‖, sin ocurrírsele otras palabras,
salió con su bolsa y, despidiéndose de su pequeño guía, se puso
en camino lentamente hacia La Boca, atravesando la gran
ciudad ruidosa, lleno de tristeza y de estupor.
Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del
día siguiente le quedó después en la memoria, confuso e
incierto como ensueño de calenturiento. ¡Tan cansado, turbado
y debilitado se encontraba!
Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la
noche antes en un cuartucho de una casa de La Boca, al lado de
un almacén de muebles, después de haber pasado casi todo el
día sentado sobre un montón de maderos, y como entre sueños,
enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se
encontraba en la popa de un gran barco de vela, cargado de
frutas, que salía para Rosario, conducido por tres robustos
genoveses bronceados por el sol, cuya voz y el dialecto querido
que hablaban llevaron algunos bríos al ánimo de Marcos.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, con continuos
motivos de admiración para el pequeño viajero. Tres días y
cuatro noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya
comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la
extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.
El barco iba lentamente contra la corriente de aquella masa de
agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas,
antiguamente habitadas por serpientes y jaguares, cubiertas de
sauces y naranjos, semejantes a bosques flotantes; y tan pronto
se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que
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no podrían salir, como desembocaba en vastas extensiones de
agua, que parecían grandes lagos tranquilos, después, de nuevo
entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, en
medio de montones inmensos de vegetación.
Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las
aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río
desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el
mundo que se aventuraba a surcar. Mientras más avanzaban,
tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su
madre se encontraba aún a gran distancia, y que la navegación
debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de
pan y de carne en conserva con los marineros, los cuales,
viéndolo triste, no le dirigían nunca la palabra. Por la noche
dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante
bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que
blanqueaba las inmensas aguas y las lejanas orillas; entonces el
corazón se le oprimía. ―¡Córdoba!‖, repetía este nombre:
―Córdoba‖, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de
las que había oído hablar en las leyendas. Pero después
pensaba: ―Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas,
aquellas orillas‖, y entonces no le parecían ya tan raros y
solitarios aquellos lugares en los cuales se había fijado la
mirada de su madre… Por la noche, alguno de los marineros
cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre
cuando lo adormecía de niño. La última noche, al oír aquel
canto, sollozó. El marinero se interrumpió.
Después le gritó:
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—¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por
estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo
tan contentos como orgullosos!
Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida: oyó
la voz de la sangre genovesa que corría por sus venas y levantó
la frente con orgullo, dando un golpe en el timón.
―Bien —dijo para sí—, también yo daré la vuelta al mundo.
Viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré
adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea
moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal que vuelva a
verla una sola vez…! ¡Ánimo…!‖.
Y con estos bríos llegó, al clarear una fría y hermosa mañana,
frente a Rosario, situada en la ribera alta del Paraná, en cuyas
aguas se reflejaban los palos y banderas de mil barcos de todos
los países.
Poco después de desembarcar subió a la ciudad con su bolsa en
la mano, buscando a un señor argentino, para el cual su
protector de La Boca le había dado una tarjeta con algunas
líneas de recomendación. Al entrar en Rosario le pareció que se
encontraba en una ciudad conocida. Aquellas calles eran
interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas;
atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por
espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían
inmensas telarañas, y oyéndose gran estrépito de gente,
caballos y carruajes. La cabeza se le iba. Casi creía que volvía a
entrar en Buenos Aires y que iba otra vez a buscar a su tío.
Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y
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revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle, y
a fuerza de tantas preguntas encontró al fin la casa de su nuevo
protector. Tiró de la campanilla. Se asomó a la puerta un
hombre grueso, rubio, áspero, que tenía el aire de corredor de
comercio, y que le preguntó fríamente, con pronunciación
extranjera:
—¿Qué quieres?
El muchacho dijo el nombre del patrón.
—El patrón —respondió el corredor— ha salido anoche para
Buenos Aires, con toda su familia. El muchacho se quedó
paralizado.
Después balbuceó:
—Pero yo…, no tengo a nadie aquí… ¡soy solo! —y le dio la
tarjeta. El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:
—No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes cuando vuelva.
—¡Pero yo estoy solo!, ¡Estoy necesitado! —exclamó el chico,
con voz suplicante.
—¡Eh, anda! —dijo el otro—. ¿No hay ya bastantes pordioseros
de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.
Y le dio con la puerta en las narices. El muchacho se quedó
petrificado.
Después tomó con desaliento su bolsa y salió con el corazón
angustiado, con la cabeza hecha una bomba y asaltado de un
cúmulo de pensamientos desagradables.
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¿Qué hacer? ¿Adónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de
viaje en ferrocarril. Le quedaban ya muy pocas liras.
Deduciendo las que habría de gastar en aquel día, no le
quedaba casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el
viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¿cómo? ¿A quién pediría trabajo?
¡Pedir limosna! ¡Ah, no! ¡Ser arrojado, insultado, humillado
como hace poco, no! ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Antes morir!
Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí la inmensa calle
que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le
faltaban nuevamente las fuerzas, echó a tierra la bolsa, se sentó
en ella, apoyando las espaldas contra la pared, y se cubrió la
cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente
lo tocaba con los pies al pasar. Los carruajes llenaban de ruido
la calle. Algunos muchachos se pararon a mirarlo. Estuvo así
un buen rato. De su letargo lo sacó una voz que le dijo, medio
en italiano, medio en lombardo:
—¿Qué tienes, muchacho?
Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en
pie, lanzando una exclamación de sorpresa:
—¿Usted aquí?
Era el viejo labrador lombardo con el cual había contraído
amistad durante el viaje. La admiración del viejo no fue menor
que la suya.
Pero el muchacho no le dio tiempo para preguntarle y le contó
rápidamente lo ocurrido.
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—Estoy sin dinero. Búsqueme usted trabajo para poder reunir
algunas liras. Yo haré de todo: llevar ropa, barrer las calles,
hacer encargos, hasta trabajar en el campo. Me contento con
vivir de pan negro, para poder marchar pronto y encontrar a mi
madre. ¡Hágame usted esta caridad! ¡Búsqueme usted trabajo,
por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!
—¡Cáspita! —dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la
barbilla—. ¿Qué historia es ésa? Trabajar… se dice muy pronto.
Veamos… ¿No habrá aquí medio de encontrar treinta liras entre
tantos compatriotas?
El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.
—Ven conmigo —le dijo el anciano.
—¿Dónde? —preguntó el chico, volviendo a tomar la bolsa.
—Ven conmigo.
El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió, y anduvieron
juntos buen trecho sin hablar. El lombardo se detuvo a la puerta
de una hostería que tenía en la muestra una estrella y este
rótulo: ―La Estrella de Italia‖; se asomó adentro y, volviéndose
hacia el muchacho, le dijo alegremente:
—Llegamos a tiempo.
Entraron en una habitación grande, en donde había varias
mesas y muchos hombres sentados, que bebían y hablaban alto.
El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en modo de
saludar a los seis parroquianos que estaban a su alrededor se
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comprendía que se había separado de ellos poco antes. Estaban
muy encendidos y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.
—¡Camaradas! —dijo sin más preámbulo el lombardo,
quedándose de pie y presentando a Marcos—: he aquí un pobre
muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo desde
Génova a Buenos Aires, para buscar a su madre. En Buenos
Aires, le dijeron: ―No está aquí, está en Córdoba‖. Se viene en
barco a Rosario, un viaje de tres días con tres noches, con dos
líneas de recomendación; presenta la carta, lo reciben mal. No
tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un infeliz
muy animoso. Hagamos algo por él. ¿No ha de encontrar lo
necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su
madre? ¿Hemos de dejarlo aquí como a un perro?
—¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos! —gritaron
todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa—. ¡Un
compatriota nuestro!
—¡Ven aquí, pequeño!
—¡Cuenta con nosotros los emigrantes!
—¡Mira qué hermoso muchacho!
—¡Aflojad el dinero, camaradas!
—¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimo! Echa un trago,
compatriota.
—Te enviaremos a donde esté tu madre. Eso, ni dudarlo. Uno le
tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en las
espaldas, un tercero le aliviaba el peso de la bolsa, otros
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emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaron.
La historia del muchacho corrió por toda la hostería.
Acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos
argentinos, y en menos de diez minutos el labrador lombardo,
que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos liras.
—¿Has visto —dijo entonces, volviéndose hacia el muchacho—
qué pronto se hace esto en América? ¡Bebe! —le gritó,
pasándole un vaso de vino—. ¡A la salud de tu madre!
Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió
—A la salud de mi….
Pero un sollozo de alegría le impidió concluir, y dejando el vaso
sobre la mesa se echó en brazos del viejo lombardo.
A la mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para
Córdoba, animado y riente, lleno de presentimientos
halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto
siniestro de la naturaleza. El cielo estaba cerrado y oscuro. El
tren, casi vacío, corría a través de una inmensa llanura, en la
que no se veía ninguna señal de habitación. Se encontraba sólo
en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para
los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no veía más que
una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles
deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían
figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación
oscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de un
inmenso cementerio.
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Dormitaba una media hora y volvía a mirar. Siempre veía el
mismo espectáculo. Las estaciones estaban solitarias, como
casas de ermitaños, y cuando el tren paraba no se oía una voz.
Le parecía encontrarse solo en un tren perdido, abandonado en
medio del desierto. Cada estación le parecía ser la última y que
a partir de allí seguían las tierras misteriosas y horribles de los
salvajes. Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarcándolo
en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en
América podía encontrar el invierno, y lo habían vestido de
verano. Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con
el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones
violentas y de noches de insomnio. Se durmió. Durmió mucho
tiempo, se despertó aterido, se sentía mal. Y entonces le
acometió un vago terror de caer enfermo, de morirse en el viaje
y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria,
donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las
aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas
que veía al lado del camino de vez en cuando, y de los cuales
apartaba la mirada con espanto. En aquel malestar inquieto, en
medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación
se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. ¿Estaba por otra
parte bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si
no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de ―Las
Artes‖ se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiera muerto? Con
estos pensamientos volvía a adormecerse, y soñó que estaba en
Córdoba, de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde
todas las ventanas: ―¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está
aquí!‖.
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Se despertó sobresaltado, aterido y vio en el fondo del vagón a
tres hombres con barba, envueltos en mantas de diferentes
colores, que lo miraban, hablando entre ellos por lo bajo, y le
asaltó la sospecha de que fuesen asesinos e intentasen matarlo
para robarle el equipaje. Al frío, al malestar se agregó el miedo.
La fantasía, ya turbada, se le extravió. Los tres hombres lo
miraban siempre. Uno de ellos se movió hacia él. Entonces le
faltó la razón, y corriendo a su encuentro, con los brazos
abiertos, gritó:
—No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia. Voy a
buscar a mi madre. Estoy solo. ¡No me hagáis daño!
Los viajeros lo comprendieron todo en seguida. Tuvieron
lástima, le hicieron caricias y lo tranquilizaron, diciéndole
muchas palabras que no entendía; y viendo que le
castañeteaban los dientes de frío, le echaron encima una de sus
mantas y lo hicieron volver a sentarse para que durmiera. Y se
volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron estaba en
Córdoba.
¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se echó del vagón!
Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero
señor Mequínez. Le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la
cual estaba la casa. El muchacho echó a correr hacia ella.
Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario
otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas
blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero
había poca gente, y a la luz de los escasos faroles encontraba
caras extrañas, de un color desconocido, oscuro y oliváceo; y
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alzando el rostro de vez en cuando, veía iglesias de una
arquitectura rara, que se dibujaban inmensas y negras sobre el
firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero después
de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre.
Preguntó a un sacerdote y pronto encontró la iglesia y la casa.
Tiró de la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra
contra el pecho, para sostener los latidos de su corazón, que se
le quería subir a la garganta.
Una anciana fue a abrir, con una luz en la mano. El niño no
pudo hablar pronto.
—¿A quién buscas? —preguntó aquélla, en español.
—Al ingeniero Mequínez —dijo Marcos.
La vieja cruzó los brazos, y respondió meneando la cabeza:
—¡También tú, ahora, preguntas por el ingeniero Mequínez! Me
parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres
meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo
hayamos dicho en los diarios. ¿Será menester anunciar en las
esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?
El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo,
en una explosión de rabia:
—¡Parece que me persigue una maldición! ¡Me moriré en
medio de la calle sin encontrar a mi madre! ¡Yo me vuelvo loco!
¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese país? ¿Dónde está?
¿A qué distancia?
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—¡Pobre niño! —respondió la vieja, compadecida— ¡Una
friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas millas.
El muchacho se cubrió la cara con las manos; después preguntó
sollozando:
—Y ahora… ¿qué hago?
—¿Qué quieres que te diga, hijo mío? —respondió la mujer—.
Yo no sé. —Pero de pronto se le ocurrió una idea, y añadió
enseguida—: Oye, ahora que me acuerdo, haz una cosa.
Volviendo a la derecha, por la calle, encontrarás, a la tercera
puerta, un patio. Allí vive un capataz, un comerciante, que
parte mañana para Tucumán con sus caretas y sus bueyes. Ve a
ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios. Te dejará,
quizás, un sitio en carro. Anda enseguida.
El muchacho tomó su bolsa, dio las gracias a escape, y al cabo
de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por
linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de
trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a las casetas
ambulantes de los titiriteros, de toldo arqueado y ruedas
altísimas. Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie
de capa con cuadros blancos y negros, con grandes botas,
dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso,
tímidamente, su pretensión, diciéndole que venía de Italia y
que iba a buscar a su madre.
El capataz, o sea, el conductor de aquel convoy de carros, le
echó una ojeada de pies a cabeza, y le dijo secamente:
—No tengo colocación para ti.
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—Tengo quince liras —replicó el chico, suplicante—, se las doy.
Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las
bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta.
¡Déjeme ir, señor!
El capataz volvió a mirarlo y respondió con mejor aire:
—No hay sitio…, y, además, no vamos a Tucumán; vamos a
otra ciudad, a Santiago del Estero. Tendrás que apearte en
cierto punto y seguir a pie un buen trecho todavía.
—¡Ah! ¡Yo andaría el doble! —exclamó Marcos—. Yo andaré,
no lo dude usted; llegaré de todas maneras. ¡Déjeme un sitio,
señor, por caridad! ¡Por caridad, no me deje aquí solo!
—¡Mira que es un viaje de veinte días!
—No me importa.
—¡Es un viaje muy penoso!
—Todo lo sufriré.
—¡Tendrás que viajar solo!
—No tengo miedo a nada. Con tal que encuentre a mi madre…
¡Tenga usted compasión! El capataz le acercó a la cara una
linterna y lo miró. Después dijo:
—Está bien.
El muchacho le besó la mano.
—Esta noche dormirás en un carro —añadió el capataz,
dejándolo—. Mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches.
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Por la mañana, a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila
de los carros se puso en movimiento con gran estrépito. Seis
bueyes tiraban de cada carro, y otros, en gran número, iban en
la rezaga del convoy para mudar los tiros. El muchacho,
despertado y puesto dentro de uno de los carros, sobre los
sacos, se durmió bien pronto profundamente. Cuando se
despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo
el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en
círculo alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire
libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al
lado de un gran fuego agitado por el viento. Comieron todos
juntos, durmieron y después volvieron a emprender la jornada,
y así continuó el viaje, regulado como una marcha militar.
Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; paraban a
las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y paraban de
nuevo a las diez. Los peones iban a caballo y excitaban a los
bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el
asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y
llevaba el agua para beber.
El país pasaba delante de él como una visión indistinta: vastos
bosques de pequeños árboles oscuros; aldeas de pocas casas,
dispersas, con las fachadas rojas y almenadas; vastísimos
espacios, quizás antiguos lechos de grandes lagos salados,
blanqueado por la sal hasta donde alcanzaba la vista; y por
todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez
encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de un rebaño
de caballos sueltos, que pasaban a galope, como una
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exhalación. Los días eran todos iguales, como en el mar,
sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso.
Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor
obligado, se hacían de día en día más exigentes. Algunos lo
trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de
él sin consideración: le hacían llevar cargas enormes de forrajes;
lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por
la fatiga, no podía ni aun dormir de noche y a cada instante
despertábase por las sacudidas violentas del carro y por el
chirrido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Y, por
añadidura, habiéndose levantado viento, una tierra fina, rojiza
y copiosa, que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le
introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración,
oprimiéndole continuamente de un modo insoportable.
Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido
y maltratado de la mañana a la noche, el pobre muchacho se
debilitaba más cada día, y habría decaído su ánimo por
completo si el capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando
alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro,
cuando no lo veían, lloraba con la cara en su bolsa, que no
contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más
débil y más desanimado, y al mirar el campo y ver siempre
aquella implacable llanura sin límites, como un océano de
tierra, decía entre sí: ―¡Hoy me muero en el camino! ¡No llego a
la noche!‖.
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