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Leyenda del Cadejo: Misterio y Magia

La leyenda del Cadejo cuenta la historia de una novicia llamada Madre Elvira de San Francisco que vive en un convento. Un día, un hombre llamado el hombre-adormidera llega corriendo al convento advirtiendo que "le cortarán la trenza" a alguien, dejando a la novicia horrorizada. Atrapada en una visión aterradora, la novicia se siente muerta de miedo mientras las monjas cortan rosas unas a otras para adornar altares, con rosales brotando de palabras blancas.

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Leyenda del Cadejo: Misterio y Magia

La leyenda del Cadejo cuenta la historia de una novicia llamada Madre Elvira de San Francisco que vive en un convento. Un día, un hombre llamado el hombre-adormidera llega corriendo al convento advirtiendo que "le cortarán la trenza" a alguien, dejando a la novicia horrorizada. Atrapada en una visión aterradora, la novicia se siente muerta de miedo mientras las monjas cortan rosas unas a otras para adornar altares, con rosales brotando de palabras blancas.

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Profa. Leonor Ortega Gutiérrez

cronistas, donde a las monjas sustituían las palomas de patas


de color de rosa, y a sus cánticos los trinos del cenzontle
LEYENDA DEL CADEJO cimarrón.
Fuera de su ventana, en los hundidos aposentos, se
unía la penumbra calientita, en la que las mariposas asedaban
MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS
el polvo de sus alas, al silencio del patio turbado por el ir y
(guatemalteco, 1889 – 1974) venir de las lagartijas y al blando perfume de las hojas que
Y asoma por las vegas el multiplicaban el cariño de los troncos enraizados en las
Cadejo, que roba mozas de vetustas paredes.

trenzas largas y hace ñudos Y dentro, en la dulce compañía de Dios, quitando la


en las crines de los caballos corteza a la fruta de los Ángeles para descubrir la pulpa y la
Madre Elvira de San Francisco, prelada del monasterio de semilla que es el Cuerpo de Cristo, largo como la medula de la
Santa Catalina, sería con el tiempo la novicia que recortaba las naranja —¡vere tu es Deus absconditus!—,3 Elvira de San
hostias en el convento de la Concepción, doncella de loada 1 Francisco unía su espíritu y su carne a la casa de su infancia,
de pesadas aldabas y levísimas rosas, de puertas que partían
hermosura y habla tan candorosa que la palabra parecía en
sollozos en el hilván del viento, de muros reflejados en el agua
sus labios flor de suavidad y de cariño.
de las pilas a manera de huelgo en vidrio limpio.
Desde una ventana amplia y sin cristales miraba la
novicia volar las hojas secas por el abraso del verano, vestirse Las voces de la ciudad turbaban la paz de su ventana,
melancolía de viajera que oye moverse el puerto antes de
los árboles de flores y caer las frutas maduras en las huertas
vecinas al convento, por la parte derruida, donde los follajes, levar anclas; la risa de un hombre al concluir la carrera de un
ocultando las paredes heridas y los abiertos techos, caballo o el rodar de un carro, o el llorar de un niño.
transformaban las celdas y los claustros en paraísos olorosos a Por sus ojos pasaban el caballo, el carro, el hombre, el
búcaro2 y a rosal silvestre; enramadas de fiesta, al decir de los niño, evocados en paisajes aldeanos, bajo cielos que con su
semblante plácido hechizaban la sabia mirada de las pilas
1Loada: alabada, ensalzada.
2Búcaro: tierra roja arcillosa, que se traía primitivamente de Portugal, y
se usaba para hacer vasijas que se estimaban por su olor característico,
especialmente como jarras para servir agua. 3 Traducción del latín: ¡verdaderamente eres tú, Dios escondido!
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Profa. Leonor Ortega Gutiérrez

sentadas alrededor del agua con el aire sufrido de las Le llamaban el hombre-adormidera.6 El viento andaba
sirvientas viejas. por sus pies. Como fantasma se iba apareciendo al cesar sus
pasos de cabrito: el sombrero en la mano, los botines
Y el olor acompañaba a las imágenes. El cielo olía a
pequeñines, algo así como dorados, envuelto en un gabán azul,
cielo, el niño a niño, el campo a campo, el carro a heno, el
y esperaba los hostiarios en el umbral de la puerta.
caballo a rosal viejo, el hombre a santo, las pilas a sombras, las
sombras a reposo dominical y el reposo del Señor a ropa Si que era; pero esta vez venía alarmadísimo y a las
limpia… volandas, como a evitar una catástrofe.
Oscurecía. Las sombras borraban su pensamiento, —¡Niña, niña! —entro dando voces—, ¡le cortarán la
relación luminosa de partículas de polvo que nadan en un rayo trenza, le cortarán la trenza, le cortarán la trenza! …
de sol. Las campanas acercaban a la copa vesperal 4 los labios
Lívida7 y elástica, la novicia se puso en pie para ganar
sin murmullo. ¿Quién habla de besos? El viento sacudía los
la puerta al verle entrar; más calzada de caridad con los
heliotropos.5 ¿Heliotropos o hipocampos? Y en los chorros de
zapatos que en vida usaba una monja paralítica, al oírle gritar
flores mitigaban su deseo de Dios los colibríes. ¿Quién habla
sintió que le ponía los pies la monja que pasó la vida inmóvil, y
de besos? …
no pudo dar paso…
Un taconeo presuroso la sobrecogió. Los flecos del eco
… Un sollozo, como estrella, la titilaba en la garganta.
tamborileaban en el corredor…
Los pájaros tijereteaban el crepúsculo entre las ruinas pardas
¿Habría oído mal? ¿No sería el señor pestañudo que e impedidas. Dos eucaliptos gigantes rezaban salmos
pasaba los viernes a última hora por las hostias para llevarlas penitenciales.
a nueve lugares de allí, al Valle de la Virgen, donde en una
Atada a los pies de un cadáver, sin poder moverse, lloró
colina alzábase dichosa ermita?
desconsoladamente, tragándose las lágrimas en silencio como
los enfermos a quienes se les secan y enfrían los órganos por
partes. Se sentía muerta, se sentía aterrada, sentía que en su
4 Vesperal: relativo a las vísperas, una de las horas del oficio divino en tumba —el vestido de huérfana que ella llenaba de tierra con
que se dice oración y que, antiguamente, solía cantarse hacia el su ser— florecían rosales de palabras blancas, y poco a poco
anochecer.
5 Heliotropo: planta de muchas ramas, de cinco a ocho decímetros de

altura, velludas y pobladas de hojas persistentes, se cultiva mucho en 6 Adormidera: planta de la que se extrae el opio.
los jardines por el olor de vainilla de sus flores. 7 Lívida: intensamente pálida.
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Profa. Leonor Ortega Gutiérrez

su congoja se hizo alegría de sosegado acento… Las monjas — cuenta de sus adornos de mujer, acompañada en sus bodas
rosales ambulantes— cortábanse las rosas unas a otras para diabólicas del hombre-adormidera y de una candela
adornar los altares de la Virgen, y de las rosas brotaba el mes encendida en el extremo de la habitación, oblonga8 como
de mayo, telaraña de aromas en la que Nuestra Señora caía ataúd! ¡La luz sostenía la imposible realidad del enamorado,
prisionera temblando como una mosca de luz. que alargaba los brazos como un Cristo que en un viático se
hubiese vuelto murciélago, y era su propia carne! Cerró los
Pero el sentimiento de su cuerpo florecido después de
ojos para huir, envuelta en su ceguera, de aquella visión de
la muerte fue dicha pasajera.
infierno, del hombre que con sólo ser hombre la acariciaba
Como a una cometa que de pronto le falta hilo entre las hasta donde ella era mujer —¡La más abominable de las
nubes, la hizo caer de cabeza, con todo y trapos al infierno, el concupiscencias!—;9 pero todo fue bajar sus redondos
peso de su trenza. En su trenza estaba el misterio. Suma de párpados pálidos como levantarse de sus zapatos, empapada
instantes angustiosos. Perdió el sentido en sus suspiros y en llanto, la monja paralítica, y más corriendo los abrió…
hasta cerca del hervidero donde burbujearan los diablos tornó Rasgó la sombra, abrió los ojos, salióse de sus adentros
a sentirse en la tierra. Un abanico de realidades posibles se hondos con las pupilas sin quietud, como ratones en la trampa,
abría en torno suyo: la noche con azucares de hojaldre, los caótica, sorda, desemblantadas las mejillas —alfileteros de
pinos olorosos a altar, el polen de la vida en el pelo del aire, lágrimas—, sacudiéndose entre el estertor de una agonía ajena
gato sin forma ni color que araña las aguas de las pilas y que llevaba en los pies y el chorro de carbón vivo de su trenza
desasosiega los papeles viejos. retorcida en invisible llama que llevaba a la espalda …
La ventana y ella se llenaban de cielo… Y no supo más de ella. Entre un cadáver y un hombre,
—¡Niña, Dios sabe a sus manos cuando comulgo! — con su sollozo de embrujada indesatable en la lengua, que
murmuró el del gabán, alargando sobre las brasas de sus ojos sentía ponzoñosa, como su corazón, medio loca, regando las
la parrilla de sus pestañas. hostias, arrebatóse en busca de sus tijeras, y al encontrarlas se
cortó la trenza y, libre de su hechizo, huyó en busca del refugio
La novicia retiró las manos de las hostias al oír la
seguro de la madre superiora, sin sentir más sobre sus pies los
blasfemia ¡No, no era un sueño! Luego palpose los brazos, los
de la monja…
hombros, el cuello, la cara, la trenza… Detuvo la respiración un
momento, largo como un siglo al sentirse trenza. ¡No, no era 8Oblonga: más larga que ancha.
un sueño, bajo el manojo tibio de su pelo revivía dándose 9Concupiscencia: en la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en
especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.
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Profa. Leonor Ortega Gutiérrez

Pero, al caer su trenza, ya no era trenza: se movía,


ondulaba sobre el colchoncito de las hostias regadas en el piso.
El hombre-adormidera buscó hacia la luz. En las
pestañas temblábanle las lágrimas como las últimas llamitas
en el carbón de la cerilla que se apaga. Resbalaba por el haz
del muro con el resuello sepultado, sin mover las sombras, sin
hacer ruido, anhelando llegar a la llama que creía su salvación.
Pronto su paso mesurado se deshizo en fuga espantosa. El
reptil sin cabeza dejaba la hojarasca sagrada de las hostias y
enfilaba hacia él. Reptó bajo sus pies como la sangre negra de
un animal muerto, y de pronto, cuando iba a tomar la luz, saltó
con cascabeles de agua que fluye libre y ligera a enroscarse
como látigo en la candela, que hizo llorar hasta consumirse,
por el alma del que con ella se apagaba para siempre. Y así
llego a la eternidad el hombre-adormidera, por quien lloran
los cactus lágrimas blancas todavía.
El demonio había pasado como un soplo por la trenza
que, al extinguirse la llama de la vela, cayó en piso inerte.
Y a la medianoche, convertido en un animal largo —dos
veces un carnero por luna llena, del tamaño de un sauce llorón
por la luna nueva—, con cascos de cabro, orejas de conejo y
cara de murciélago, el hombre-adormidera arrastró al infierno
la trenza negra de la novicia que con el tiempo sería madre
Elvira de San Francisco —así nace el cadejo—, mientras ella
soñaba entre sonrisas de ángeles, arrodillada en su celda, con
la azucena y el cordero místico.

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