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Antígona: Honor y Desafío en la Muerte

El documento presenta el contexto de la muerte de los hermanos Martín e Ignacio Vélez. Martín fue asesinado defendiendo su tierra familiar "La Postrera" de un malón indígena, y su cuerpo yace velado en la casa. Ignacio se había unido a los indígenas pero regresó en el malón y murió luchando contra su propia gente. Los detalles de sus muertes y el legado de proteger la tierra de los Vélez se discuten entre los presentes que velan a Martín.

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Antígona: Honor y Desafío en la Muerte

El documento presenta el contexto de la muerte de los hermanos Martín e Ignacio Vélez. Martín fue asesinado defendiendo su tierra familiar "La Postrera" de un malón indígena, y su cuerpo yace velado en la casa. Ignacio se había unido a los indígenas pero regresó en el malón y murió luchando contra su propia gente. Los detalles de sus muertes y el legado de proteger la tierra de los Vélez se discuten entre los presentes que velan a Martín.

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ANTÍGONA:

¡Oh sepulcro, cámara nupcial, eterna morada subterránea que siempre ha de guardarme! ¡Voy
a juntarme con casi todos los míos, a quienes Perséfone ya ha recibido entre las sombras!
¡Desciendo la última y la más desgraciada, antes de haber vivido la parte de vida que me había
sido asignada! ¡Allí al menos iré nutriendo la certera esperanza de que mi llegada será grata a
mi padre (mi querido padre); grata a ti, madre mía, y grata a ti también, hermano mío, bien
amado! Mis propias manos, después de vuestra muerte, os han lavado, os han vestido y han
derramado sobre vosotros las libaciones funerarias; y hoy, Polinice, por haber sepultado tus
restos, ¡he aquí mi recompensa! No he hecho, sin embargo, a juicio de las personas sensatas,
más que rendirte los honores que te debía. (Es verdad que si hubiese sido madre con hijos por
quienes mirar, si mi esposo hubiese estado consumiéndose por la muerte, nunca me hubiera
impuesto tal tarea en contra del pensar de los ciudadanos. Pero ¿qué razón justifica lo que
acabo de decir? Después de la muerte de un esposo me hubiera sido permitido tomar otro
esposo; y por el hijo que hubiese perdido me hubiera podido nacer otro. Pero puesto que
tengo a mi padre y a mi madre encerrados en el Hades, ya no me puede nacer otro hermano.)
Por esta razón, ¡oh hermano mío!, te he honrado más que a nadie, aunque a los ojos de
Creonte haya cometido un crimen y realizado una acción inaudita. Y ahora, con las manos
atadas, me arrastran al suplicio sin haber conocido el himeneo, sin haber gustado de las
felicidades del matrimonio ni de las de criar hijos. Abandonada de mis amigos, ¡desgraciada!,
voy a encerrarme viva en la caverna subterránea de los muertos. ¿Qué ley divina he podido
transgredir? ¿De qué me sirve, infortunada, elevar todavía mi mirada hacia los dioses? ¿Qué
ayuda puedo invocar, ya que el premio de mi piedad es ser tratada como una impía? Si la
suerte que me aflige es justa a los ojos de los dioses, acepto sin quejarme el crimen y la pena;
pero si los que me juzgan lo hacen injustamente, ojalá tengan ellos que soportar más males
que los que me hacen sufrir inicuamente.

ISMENA: ¡Ah! Piensa, hermana, en nuestro padre, que pereció cargado del odio y del oprobio,
después que por los pecados que en sí mismo descubrió, se reventó los ojos con sus propias
manos; piensa también que su madre y su mujer, pues fue las dos cosas a la vez, puso ella
misma fin a su vida con un cordón trenzado, y mira, como tercera desgracia, cómo nuestros
hermanos, en un solo día, los dos se han dado muerte uno a otro, hiriéndose mutuamente con
sus propias manos. ¡Ahora que nos hemos quedado solas tú y yo, piensa en la muerte aún más
desgraciada que nos espera si a pesar de la ley, si con desprecio de ésta, desafiamos el poder y
el edicto del tirano! Piensa además, ante todo, que somos mujeres, y que, como tales, no
podemos luchar contra los hombres; y luego, que estamos sometidas a gentes más poderosas
que nosotras, y por tanto nos es forzoso obedecer sus órdenes aunque fuesen aún más
rigurosas. En cuanto a mí se refiere, rogando a nuestros muertos que están bajo tierra que me
perdonen porque cedo contra mi voluntad a la violencia, obedeceré a los que están en el
poder, pues querer emprender lo que sobrepasa nuestra fuerza no tiene ningún sentido.

ANTIGONA: No insistiré; pero aunque luego quisieras ayudarme, no me será ya grata tu ayuda.
Haz lo que te parezca. Yo, por mi parte, enterraré a Polinice. Será hermoso para mí morir
cumpliendo ese deber. Así reposaré junto a él, amante hermana con el amado hermano;
rebelde y santa por cumplir con todos mis deberes piadosos; que más cuenta me tiene dar
gusto a los que están abajo, que a los que están aquí arriba, pues para siempre tengo que
descansar bajo tierra. Tú, si te parece, desprecia lo que para los dioses es lo más sagrado
MENSAJERO: Rey, no diré que llego así, sin aliento, por haber venido de prisa y con pies
ligeros, porque varias veces me he detenido a pensar, y al volver a andar, me volví a parar y a
desandar el camino. Mi alma conversaba conmigo, y a menudo me decía: «¡Desgraciado!, ¿por
qué vas a donde serás castigado apenas llegues? ¡Infortunado! ¿Vas todavía a retrasarte de
nuevo? Y si Creonte se entera por otro de lo que vas a decirle, ¿cómo podrías escapar al
castigo?» Rumiando tales pensamientos, avanzaba lentamente y alargaba el tiempo. De este
modo, un camino corto se convierte en un trayecto largo. Al fin, sin embargo, me decidí a venir
aquí y comparecer ante ti. Y aunque no pueda explicar nada, hablaré a pesar de ello, pues
vengo movido por la esperanza de sufrir tan sólo lo que el Destino haya decretado.

CREONTE: ¿Qué hay? ¿Qué es lo que te tiene tan perplejo? MENSAJERO: Quiero primero
informarte de lo que me concierne. La cosa no he sido yo quien la ha hecho, ni he visto al
autor: no sería, pues, justo que yo sufriese castigo por ello.

CREONTE: ¡Cuánta prudencia y cuántas precauciones tomas! Voy creyendo que tienes que
darme cuenta de algunas novedades. MENSAJERO: Cuesta mucho trabajo decir las cosas
desagradables.

CREONTE: ¿Hablarás al fin y dirás tu mensaje para descargarte de él?

MENSAJERO: Voy, pues, a hablarte. Un desconocido, después de haber sepultado al muerto y


esparcido sobre su cuerpo un árido polvo y cumplidos los ritos necesarios, ha huido hace rato.
CREONTE: ¿Qué es lo que dices? ¿Qué hombre ha tenido tal audacia? MENSAJERO: Yo no sé.
Allí no hay señales de golpe de azada, ni el suelo está removido con la ligona: la tierra está
dura, intacta, y ningún carro la ha surcado. El culpable no ha dejado ningún indicio. Cuando el
primer centinela de la mañana dio la noticia el hecho nos produjo triste sorpresa; el cadáver no
se veía; no estaba enterrado; aparecía solamente cubierto con un polvo fino, como si se lo
hubieran echado para evitar una profanación. Ni rastro de fiera ni de perros que lo hubieran
arrastrado para destrozarlo. Una lluvia de insultos descargamos unos contra otros. Cada
centinela echaba la culpa al otro, y hubiéramos llegado a las manos sin que hubiera nadie para
impedirlo. Cada cual sospechaba del otro, pero nadie quedaba convicto; todos negaban y
todos decían que no sabían nada. Estábamos ya dispuestos a la prueba de coger el hierro
candente en las manos, a pasar por el fuego y jurar por los dioses que éramos inocentes y que
desconocíamos tanto al autor del proyecto como a su ejecutor, cuando al fin, como nuestras
pesquisas no conducían a nada, uno de nosotros habló de modo que nos obligó a inclinar
medrosamente la cabeza, pues no podíamos ni contradecirle ni proponer una solución mejor.
Su opinión fue que había que comunicarte lo que pasaba y no ocultártelo. Esta idea prevaleció,
y fui yo, ¡desgraciado de mí!, a quien la suerte designó para esta buena comisión. Heme aquí,
pues, contra mi voluntad y contra la tuya también, demasiado lo sé, ya que nadie desea un
mensajero con malas noticias.

Antígona Vélez de Leopoldo marechal


CUADRO PRIMERO

Frontis de «La Postrera»; en lo alto de una loma: estilo colonial, de gruesas y bastas columnas.
En el centro, gran puerta que deja ver un zaguán tenebroso a cuya derecha se abre la puerta
del salón donde se velan los despojos mortales de Martín Vélez. La ventana derecha, es decir,
la del salón, está iluminada por la luz temblante de los cirios. Atardecer pampa.
Cuando se descorre la cortina, las mujeres están a la izquierda y los hombres a la derecha.
MUJER 1ª. —¡Hermano contra hermano!

MUJER 2ª. —¡Muertos los dos en la pelea!

MUJER 1ª. —¡Ignacio Vélez, el fiestero! MUJER 2ª. —¡Y Martín Vélez, el que no hablaba! (Un
silencio).

MUJER 3ª. —¿Dónde los han puesto?

MUJER 2ª. (Indicando la ventana con luz). —Martín Vélez allá, tendido entre sus cuatro velas.
MUJER 3ª. —¿Y el otro? MUJER 1ª. —No se puede hablar del Otro.

MUJER 3ª. —¿Por qué no?

MUJER 1ª. —Está prohibido. (Un silencio). LA VIEJA. —Martín Vélez recibió una hermosa
lanzada.

MUJER 2ª. —Vieja, ¿cómo lo sabe?

LA VIEJA. —Yo mismo lavé su costado roto. Con vinagre puro, naturalmente. La lanza del indio
le había dejado en la herida una pluma de flamenco.

CORO DE MUJERES. (Se santiguan). —¡Cristo! LA VIEJA. —Eso pensaba yo: como Cristo Jesús,
Martín Vélez tiene una buena lanzada en el costado. En fin, ahora está mejor que nosotros.
MUJER 3ª. (Indicando la ventana con luz). —¿Allá?

LA VIEJA. (Que asiente). —Sobre una mesa de pino, envuelto en una sábana limpia.

MUJER 3ª. —¿Y el otro muerto?

MUJER 2ª. —Nadie lo sabe.

MUJER 3ª. —¿Está en la casa?

MUJER 2ª. —No lo hemos preguntado.

MUJER 3ª. —¡Yo le preguntaría!

MUJER 1ª. —Dicen que no se puede hablar del otro muerto.

HOMBRE 1º. —Ignacio Vélez era un mozo de avería, fantástico y revuelto de corazón. Se pasó a
los indios, ¡él, un cristiano de sangre!

HOMBRE 2º. —¡Y ha regresado anoche con este malón! Ha muerto peleando contra su gente.
HOMBRE 1º. —Ignacio Vélez quería regresar como dueño a esta casa, y a este pedazo de tierra
y a sus diez mil novillos colocados. VIEJO. —¡Era lo suyo!

HOMBRE 1º. —¿Y quién se lo negaba? Suyo y de sus hermanos. «Esta tierra es y será de los
Vélez, aunque se caiga el Cielo», así ha dicho siempre Don Facundo Galván. ¿Es así, hombres?
CORO DE HOMBRES. —Así lo ha dicho.

HOMBRE 2º. —Don Facundo es un hombre como de acero. Él ha defendido a «La Postrera»
desde que murió su dueño, aquel Don Luis Vélez que sólo montaba caballos redomones. VIEJO.
—Luis Vélez: yo lo conocí. Murió sableando a los infieles en la costa del Salado.
HOMBRE 2º. —Y Don Facundo Galván se quedó en esta loma, con los hijos de Don Luis, que
todavía jugaban. Su consigna fue la de agarrarse a este montón de pampa y de novillos, hasta
que Ignacio y Martín Vélez pudieran manejar un sable contra la chusma del sur y un arado
contra la tierra sin espigas.

HOMBRE 1º. —Recuerdo su amenaza: «Los enemigos de “La Postrera” son mis enemigos».
HOMBRE 2º. —Martín Vélez cayó defendiendo a «La Postrera».

HOMBRE 1º. —Por eso está él aquí, entre sus candeleras de plata. HOMBRE 2º. —Ignacio
Vélez desertó, y ha vuelto como enemigo.

HOMBRE 1º. —Por eso está solo y desnudo, allá, en el agua podrida. MUJER 1ª. (Con pesar, a
los Hombres). —¿Nadie le cavará una sepultura junto al agua?

HOMBRE 1º. —Está prohibido enterrar a Ignacio Vélez.

MUJER 2ª. —¿No tendrá ni una cruz en su cabecera de barro? ¿Ni dos ramitas de sauce
cruzadas en el pecho?

HOMBRE 1º. —¿Y quién se las llevaría? No se puede salir de la casa: los infieles han rodeado la
loma.

HOMBRE 2º. —Los pampas no encenderán fuego esta noche: se comerán sus yeguas crudas.
Pero estarán afuera, con el ojo abierto.

HOMBRE 1º. —Y al nacer el sol nos darán el asalto. MUJER 1ª. —¿Y si fuera esta noche? Será
de luna grande.

HOMBRE 1º. —Nosotros estaremos junto a los cañones.

MUJER 1ª. —Nosotras, junto al muerto. (Al Coro de Mujeres). Vamos a rezar por Martín Vélez.
MUJER 3ª. —¡Y por el Otro! De los labios adentro, las palabras no sufren ley: van donde
quieren.

MUJER 2ª. (Sombría). —¡Las mías estarán con el otro muerto, en el barro y la noche!
(Lentamente, las Mujeres se dirigen a la casa y entran en el zaguán. Al mismo tiempo los
Hombres hacen mutis por la derecha. Oscuridad total. Luego, redobles de truenos lejanos, y
aparecen las tres Brujas iluminadas con un proyector en el centro de la escena. Contra lo
convencional, serán tres mujeres jóvenes, espigadas y bellas a lo maligno: sus voces han de ser
naturales, entre irónicas y proféticas).

BRUJA 1ª. (Alargando sus manos a un fuego invisible). —«¡Lindo fuego!», «¡Lindo fuego!»,
decía una vieja. ¡Y se le quemaba el rancho!

BRUJA 2ª. (A la 1ª). —¡Me da un airecito, comadre!

BRUJA 1ª. —¿Por dónde?

BRUJA 2ª. —Por el lado de montar, yo diría. (Las dos Brujas ríen sonoramente). (La 3ª gruñe,
friolenta).

BRUJA 3ª. —¡No hay fuego esta noche!

BRUJA 1ª. (A la 3ª). —Comadre, ¿tiene frío?

BRUJA 3ª. —El que me calienta los pies está lejos. ¡Y no hay fogón!
BRUJA 2ª. —¿Quién lo dijo? Esta noche se ha de parecer a una gran olla tiznada, con un gran
fuego debajo.

BRUJA 1ª. (Intencionada). —¿Y adentro qué se cocinará?

BRUJA 2ª. (Con entusiasmo). —¡Una maldad sabrosa! ¡Una maldad con hueso y todo!

BRUJA 1ª. —¿Quién te lo dijo?

BRUJA 2ª. —El sapo Juan. ¡Es muy cuentero! (Risa de ambas).

BRUJA 1ª. (Súbitamente seria). —¡Que Antígona Vélez no se duerma esta noche!

BRUJA 2ª. (Ídem). —¡Antígona Vélez no dormirá. ¡Tiene su corazón afuera!

BRUJA 1ª. —¿Dónde?

BRUJA 2ª. —Junto a dos ojos reventados que miran la noche y no la ven.

BRUJA 3ª. (Restregándose las manos). —¡Hace frío, y Morrongo está lejos!

BRUJA 1ª. (A la 3ª). —Yo lo ataría con las tres plumas del gavilán. Página 9 BRUJA 3ª.
(Doliente). —Morrongo no quiere ser atado. ¡Le gusta salir de noche, a buscar la sangre fresca!
BRUJA 2ª. (Fatídica). —¡Ya encontrará la sangre!

BRUJA 1ª. (Ídem). —La encontrará, si es que Antígona Vélez trabaja esta noche.

BRUJA 2ª. —¡Trabajará! ¡Trabajará! Ella cavará esta noche, lejos y hondo, hasta encontrar la
vertiente de la sangre.

ANTÍGONA. (Llama, contenidamente). —¡Ignacio! (Más fuerte). ¡Ignacio! (Escucha). Sí, cuando
era niño le tenía miedo a la oscuridad. Lo mandaban de noche a buscar en el galón estribos,
riendas y bozales. ¡Y él volvía corriendo, y apretaba contra mi pecho su cabecita llena de
fantasmas! (Con amargura). Porque han olvidado allá que Antígona Vélez ha sido también la
madre de sus hermanos pequeños. Le tenía miedo a la oscuridad: ¡y me lo han acostado ahora
en la noche, sin luz en su cabecera! ¡Ignacio! ¿Por qué no corre hasta el pecho de Antígona?
¡Es que no puede! ¡Le han hundido los pies en el agua negra! Pero Antígona buscará esta
noche a su niño perdido, y lo hallará cuando salga la luna y le muestre dónde han puesto su
almohada de sangre. Han olvidado allá que Antígona Vélez fue la madre de sus hermanitos.
¿Por qué no se levanta la luna sobre tanta maldad? ¡Ella entendería cómo una mujer no puede
olvidar el peso de un niño, cuando vuelve asustado de la oscuridad, con dos estribos de plata
en sus manos que tiemblan!

ANTÍGONA. —¡Era fácil! Porque yo había encontrado mi alma junto a la pena de Ignacio Vélez.
La recogí entonces, y me puse a cavar: los pájaros volvían como enloquecidos; se descolgaban
sobre mí con sus picos gritones; y yo los hacía caer a golpes de pala. Creía estar en un sueño
donde yo cavaba la tumba de Ignacio, lo escondía bajo tierra, le plantaba una cruz de sauce y
le ponía flores de cardo negro. Yo estaba soñando. Y al despertar vi que todo se había
cumplido. Mi alma se desbordó entonces, y me vino un golpe de risa.

ANTÍGONA. —El hombre que ahora me condena es duro porque tiene razón. Él quiere ganar
este desierto para las novilladas gordas y los trigos maduros; para que el hombre y la mujer, un
día, puedan dormir aquí sus noches enteras; para que los niños jueguen sin sobresalto en la
llanura. ¡Y eso es cubrir de flores el desierto! (Mira, desolada, su atuendo varonil). Ahora me
viste de hombre y está ensillando su mejor alazán, y me prepara esta muerte fácil.
ANTÍGONA. —¡Él quiere poblar de flores el sur! Y sabe que Antígona Vélez, muerta en un
alazán ensangrentado, podría ser la primera flor del jardín que busca. Eso es lo que anda
sabiendo él, y lo que yo supe anoche, cuando le tiré a Ignacio Página 33 Vélez la última palada
de tierra y subí cantando a esta loma. ¡Era la piedad, y también el orgullo de los Vélez! Mi
padre murió en la costa del Salado, y fue su orgullo el que midió veinte sables contra
doscientas lanzas indias. ¡Ayer, a medianoche, lo supe y canté! Oigan mujeres: yo debí morir
anoche. Si yo hubiese muerto anoche, mi padre hubiera salido a recibirme, allá, en el bajo: él y
sus veinte sables rotos. ¡Ahora no saldrá!

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