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Heterosexualidad y homoerotismo en hombres

Este documento presenta los agradecimientos de una tesis de maestría. Agradece al director de tesis por su guía y orientación, así como por ayudar al autor a crecer profesional y personalmente. También agradece al comité de lectura por su tiempo y comentarios valiosos, a la familia y amigos por su apoyo constante, y a los participantes de la investigación por compartir sus experiencias e ideas. Finalmente, agradece a todas las personas e instituciones que contribuyeron de manera directa o indirecta al desarrollo y conclusión de esta
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Heterosexualidad y homoerotismo en hombres

Este documento presenta los agradecimientos de una tesis de maestría. Agradece al director de tesis por su guía y orientación, así como por ayudar al autor a crecer profesional y personalmente. También agradece al comité de lectura por su tiempo y comentarios valiosos, a la familia y amigos por su apoyo constante, y a los participantes de la investigación por compartir sus experiencias e ideas. Finalmente, agradece a todas las personas e instituciones que contribuyeron de manera directa o indirecta al desarrollo y conclusión de esta
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Agradecimientos

Esta investigación es resultado de la experiencia académica y personal que viví durante


mi proceso de formación en la Maestría en Estudios de Género. Detrás de cada idea
plasmada en este texto se encuentran innumerables tazas de café, garabatos y apuntes en
múltiples cuadernos, pero también, incontables conversaciones, risas y momentos de
aliento de todas y todos aquellos que me acompañaron en el proceso.

En primer lugar, agradezco la guía, la orientación y la confianza que encontré en


Karine, mi directora, en todo momento. Veo en ti a una profesora, una investigadora, un
ejemplo del tipo de profesional que busco llegar a ser, pero también veo a la persona
comprensiva, sensible y humana que me acompañó en cada momento, en cada duda y
decisión. De tu mano aprendí a tener confianza, a reconocer mis habilidades, así como a
admitir mis errores. Ahora puedo darme cuenta de cuanto he crecido como profesional,
de cuanto he aprendido como persona, y de lo mucho que te debo a ti, a tu siempre clara
dirección y a tu cálida forma de dirigirme. Muchas gracias.

Agradezco al comité de lectura que dedicó su tiempo a leer y comentar los avances
y el producto final de esta investigación. Mi reconocimiento y afecto para la Dra. Cristina
Herrera, quien con sus precisas y valiosas observaciones supo abrir mi mente a nuevas
inquietudes y me mostró otros horizontes. Al Dr. Salvador Cruz, quiero agradecerle por
tomarme en cuenta nuevamente, por incitarme a producir nuevas reflexiones, por
compartir su experiencia dentro y fuera del aula. Al Dr. Guillermo Núñez quien fue parte
fundamental de las primeras revisiones de esta investigación. Le agradezco por su guía,
por su arduo trabajo y por estar presente en este proceso.

Al Colegio de México, al Centro de Estudios de Género y al Consejo Nacional de


Ciencia y Tecnología (CONACyT) les agradezco por brindarnos espacios como la
Maestría en Estudios de Género. Personalmente, les agradezco por garantizarme el acceso
a los recursos materiales y simbólicos necesarios para realizar esta tesis.

Agradezco a Emma, mi madre y a Fátima (Patito), mi hermana, por siempre estar


ahí, por escucharme, por quererme y reconfortarme siempre que lo necesité. Saben que
sin ustedes ningún logro tiene sentido.
Dulce, Itza e Isabel, las amigas que desde que esto fue un sueño han estado ahí.
Gracias por escucharme, por hacerme sonreír, por apoyarme y por confiar en mí.

Daniela, Raúl y Fausto, las sorpresas que una pandemia y un posgrado me trajeron.
Gracias por su amor, por ser mi soporte en cada momento. Si tuviera que pasar por esto
de nuevo los elegiría cada vez.

Roberto, quien aún sin saberlo, representa un ejemplo para mí. Gracias por esas
tardes de risas, de películas, de charlas exhaustivas y provocaciones a pensar más allá de
lo evidente. Mientras más te conozco más ganas tengo de un día ser como tú.

Agradezco a cada uno de los participantes de esta investigación. Gracias por


compartir conmigo sus pensamientos, sus ideas y sus más íntimos sentimientos. Espero
que este texto haya recuperado aquello que esperaban transmitir.

Gracias a cada persona que de manera directa o indirecta estuvo involucrada en el


desarrollo y conclusión de esta tesis.
Índice

Puntos de partida para un estudio sobre la la heterosexualidad ...................................... 4

Planteamiento del problema ................................................................................................. 8

Capítulo I .............................................................................................................................. 12

Aproximaciones teórico-metodológicas ............................................................................. 12


1. Estado del arte .......................................................................................................................................... 12
1.1 HSH: hombres que tienen sexo con hombres como categoría analítica ..................... 12
1.2 Caracterizando a los hombres heterosexuales dentro de la categoría HSH ................ 13
1.2.1 La heterosexualidad como valor agregado en el comercio sexual
homoerótico……. .................................................................................................................. 14
1.2.2 Los hombres heterosexuales y el anonimato de sus prácticas homoeróticas ... 15
1.2.3 Las tensiones de la identidad: el deseo homoerótico en hombres
heterosexuales….. .................................................................................................................. 15
2. Propuesta teórica: el estudio de los hombres en la investigación del género y la
sexualidad… .................................................................................................................................................. 18
2.1 Los hombres como sujetos generizados ...................................................................... 19
2.2 Los hombres como sujetos sexuados .......................................................................... 22
2.3 La construcción de la heterosexualidad ...................................................................... 23
2.4 La performatividad de la hombría............................................................................... 24
3. Abordaje metodológico .......................................................................................................................... 25
3.1 Itinerario Metodológico: El campo y la toma de decisiones....................................... 27
3.2 El Cuestionario “Hombres y prácticas sexuales” y la construcción de redes ............. 30
3.3 El momento de las entrevistas y la experiencia del diálogo ....................................... 35
3.4 La construcción de la muestra..................................................................................... 37

Capítulo II ............................................................................................................................ 43

La diversidad en la heterosexualidad: de la controversia a las inflexiones .................... 43


1. La heterosexualidad es como “un constructo digno de diccionario Larousse” ...................... 46
1.1 Algunas notas sobre el proceso de hetero-socialización ............................................. 51
1.2 No se nace hombre: llega uno a serlo ......................................................................... 54
1.3 El reto de llegar a ser suficientemente hombre es “tan complicado como saber bailar
música salsa”…… ................................................................................................................. 59
1.4 Devenir macho en los tiempos del feminismo y la comunidad LGBTI+ ................... 63
1.4.1 Los efectos del feminismo y la relación con la población LGBTI+: emergencia
y afrontamiento de la controversia sexual ............................................................................. 65
1.5 Fantaseando con los limites sexuales: la heteronormatividad se pone en tensión ...... 75
2. La diversidad en la heterosexualidad ................................................................................................. 80
2.1 El intersticio de la bisexualidad: entre la práctica y la identidad ............................... 81
2.2. La heterosexualidad es todo menos recta: de heterocuriosos y heteroflexibles........ 89

Capítulo III……..…………………………………………………………………………………………………………………………………..96

Flexibilizando la heteronorma… cuirizando la heterosexualidad ........................................ 96

1. La diferencia sexual y el sexo con hombres y mujeres .................................................... 98


1.1 La diferencia sexual encarnada: hombres, mujeres y personas trans femeninas ...... 103
1.2 El género encarnado: hombres masculinos y mujeres femeninas ............................. 109
1.3 La homofobia y la policía del género ....................................................................... 113
1.4 El performance de la virilidad: salvaguardando los atributos de la masculinidad .... 117
1.5 Abrir el ano para flexibilizar la heteronorma ............................................................ 120
2. Algunas aproximaciones a la flexibilización de la heteronorma .............................................. 122
2.1 El placer anal y la inversión del género ................................................................... 124
2.2 “¿Qué tal que me gusta?”: Hombres con la identidad penetrada ............................ 127
2.3 ¿Los hombres pueden “Rajarse” de la heterosexualidad? ...................................... 129
2.4. La intimidad entre los hombres............................................................................... 131
2.5. Una mirada queer sobre la heterosexualidad: la flexibilización de las
heteronormas……................................................................................................................ 135
Tratar de cerrar lo que recién se está abriendo ....................................................................... 140

Referencias: ........................................................................................................................ 143


Puntos de partida para un estudio sobre
los hombres y la heterosexualidad

En esta investigación hablo sobre heterocuriosos, heteroflexibles, y otros hombres


autodefinidos como heterosexuales quienes a través de sus prácticas sexuales y/o
afectivas nos muestran nuevos significados y formas de vivir la heterosexualidad. Todos
ellos han tenido y/o tienen sexo con mujeres; algunos de ellos tienen sexo con otros
hombres; otros desean tenerlo; uno de ellos ha tenido sexo con una mujer trans y otro
fantasea con ello.

Un hombre como Raúl (informante) que se autodefine como heterocurioso, sería


aquel que vive una doble vida, en una tiene sexo con mujeres y, posiblemente, una
relación afectiva, familiar, mientras que, en la otra vida tiene sexo con hombres,
generalmente en contextos de mayor intimidad o anonimato, fuera del alcance de la
opinión pública. Según Bell y Weinberg (1978, citados en Figari, 2008, p, 101), “la
homosexualidad puede ser vivida –lo mismo que la heterosexualidad– con una variedad
de estilos de vida”.

Para Figari (2008) los heteroflexibles serían “hombres heterosexuales, que de


alguna manera transgreden o desvían las pautas esperables de la erogenia masculina
hegemónica” (p. 103). Entender la heterosexualidad como algo flexible supone reconocer
que en su práctica hay cabida para “posibles comportamientos actos de los considerados
homosexuales y también prácticas con “mujeres de sexo masculino” (trans), sin que esto
signifique ‘ser otra cosa’” (p. 119). Estas categorías (heterocuriosidad/heteroflexibilidad)
deben entenderse como términos flexibles, dinámicos, poco estables como la experiencia
de estos sujetos y no como nuevas identidades sexuales, finitas, determinadas que
describen formas únicas de vivir la sexualidad.

Inicialmente, había decidido trabajar únicamente con hombres autodefinidos


como heterosexuales que hubieran tenido o tuvieran sexo con hombres. Sin embargo,
durante el trabajo de campo dialogué con hombres para quienes tener sexo con personas

4
trans, particularmente trans femeninas,1 se asemejaba a tener sexo con hombres. Decidí
incluir la participación de estos hombres, no para deslegitimar la autodeterminación de
las personas trans, sino como una forma de aproximarme a entender cómo la
heterosexualidad se puede vivir de maneras diversas, complejas, distintas a lo pensado
como tradicional.

En esta investigación reúno la voz de 11 informantes: Raúl, Luis Fer, Iván, Carlos,
Andrés, Joseph, Aarón, Charly, Salvador, Jey y José (seudónimos elegidos por los
entrevistados). La edad de estos hombres oscila entre los 22 y los 40 años y residen,
principalmente, en la Ciudad de México y el Estado de México, y un par de casos en la
ciudad de Guadalajara y Puebla. Todos los informantes, salvo José, estudiaron o estudian
una licenciatura, aunque él también planea hacerlo en algún momento. Los hombres de
este grupo desempeñan laborares muy diversas que van desde la docencia, cuestiones
administrativas hasta el desarrollo de proyectos sociales relacionados con poblaciones
campesinas y derechos humanos.

Ninguno de estos sujetos se denomina a sí mismo como homosexual, gay, mucho


menos como queer,2 tampoco participan de manera activa en colectivos de la sociedad
civil en pro de los derechos LGBTI+3 o de la diversidad sexual, no obstante, tienen
contacto con espacios o personas relacionadas con estos temas. Durante las entrevistas,
algunos de ellos hablaron sobre cómo el feminismo, el movimiento de las personas
LGBTI+ y los espacios colectivos para hombres han influido sobre ellos y su forma de
vivir la sexualidad.

1
Retomo la noción de “personas trans femeninas” de Gutiérrez (2022). Para la autora, las personas trans
femeninas son aquellas que nacieron con pene y testículos y fueron socializados como varones, pero que
se han identificado en algunos momentos de su vida o se identifican a sí mismas en la actualidad como
mujeres y quieren ser vistas y tratadas como tales. De acuerdo con la autora, usar este término en lugar de
transgénero, travesti o transexual “permite la inclusión de otras formas de definición de las personas que
no son contempladas desde los campos sexológico, médico, psiquiátrico o activista, así como los tránsitos
frecuentes entre estas tres categorías” (p. 40).
2
De acuerdo con Domínguez-Ruvalcaba (2019), este término ha sido utilizado como un adjetivo peyorativo
contra los hombres afeminados. Sin embargo, ha ido adquiriendo relevancia política que busca convertir el
insulto en una forma de reivindicar las sexualidades disidentes de la norma heteropatriarcal (p. 16).
3
De acuerdo con el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en México es común el empleo de
las siglas lgbttti para referirse a las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgénero, travesti
e intersexuales, sin embargo, utilizar la abreviatura lgbti, se basa en el estudio elaborado por la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, “Orientación sexual, identidad de género y expresión de género:
algunos términos y estándares relevantes”.

5
Estos hombres se autodefinen como heterosexuales, algunos de ellos mantienen
relaciones estables con mujeres, incluso uno es padre de dos niños. Sin embargo, todos
participaron en esta investigación no solo para compartir sus experiencias, también lo
hicieron para encontrar explicaciones a dudas que tienen sobre sí mismos. La mayoría de
estos sujetos se preguntan cómo es posible que hombres como ellos, autodenominados
heterosexuales, puedan llegar a tener prácticas, deseos y/o fantasías sexuales que no
corresponden con lo que la sociedad, la familia y amigos, les han enseñado que es lo
correcto, lo natural en la vida de un hombre heterosexual.

Para muchos sujetos identificarse como hombres heterosexuales es una realidad


dada, algo natural e incuestionable porque afirman establecer vínculos afectivos, eróticos
y sexuales exclusivamente con mujeres. Sin embargo, para los hombres que participan en
esta investigación, la heterosexualidad es algo de lo que no están totalmente seguros. Con
esta investigación he llegado a pensar que ocasionalmente lo que entendemos como
heterosexualidad puede flexibilizarse para que algunos hombres vivan la sexualidad de
otras formas. La pregunta es ¿de qué manera ocurre el proceso inflexión de la
heteronormatividad? Y ¿qué implicaciones tiene en la vida de estos hombres y sus
relaciones sexo-afectivas? Y, sobre todo, ¿Qué nos dicen sus experiencias sobre la
sociedad, sobre nosotros mismos, sobre nuestras relaciones con los demás?

Desde mi punto de vista es necesario reflexionar sobre los efectos que supondría
repensar la heterosexualidad desde la noción de diversidad sexual, sobre el potencial que
reside en pensar la heterosexualidad más allá de su representación de natural, recta y
hegemónica. Propongo que nos cuestionemos sobre si es posible hablar de una
heterosexualidad, una que es única, lineal o si por el contrario nos encontramos ante unas
heterosexualidades que pueden analizarse desde una perspectiva queer.

Expongo las reflexiones a las que he llegado con esta investigación a lo largo de
tres capítulos. El primero, de carácter “teórico-metodológico” conformado por una serie
de referencias a trabajos que han estudiado la experiencia sexual y afectiva de hombres
autodenominados heterosexuales que tienen sexo con hombres. Adicionalmente, expongo
algunos de los referentes teóricos que retomo dentro de lo que Núñez (2016) llama “los
estudios de género de los varones y las masculinidades”, tales como Judith Butler,
Raewyn Connell, Guillermo Núñez, Michel Foucault, Óscar Guasch, entre otros. Por

6
último, presento de manera detallada el proceso de trabajo de campo y las técnicas de
producción y recolección de datos utilizadas.

En el segundo capítulo titulado: “La diversidad en la heterosexualidad: de la


controversia a las inflexiones” busqué aproximarme a la forma en que este grupo de
hombres entiende y vive la posible controversia entre su autoidentificación como
heterosexuales y sus prácticas sexuales con otros hombres. Este capítulo se divide en dos
secciones principales: en la primera, presento una serie de referencias donde estos sujetos
hablan de la heterosexualidad como una orientación sexual, pero también como un
proceso social, las cuales analicé a partir de propuestas teóricas que estudian o proponen
entender la heterosexualidad normativa como un efecto de la heteronormatividad.

En el segundo apartado de este capítulo, busqué ahondar en los procesos a partir


de los cuales este grupo de hombres ha logrado resolver o evitar la controversia entre su
autoidentificación y sus prácticas sexuales. Entre estas estrategias identifico algunas
como: I) la inflexión del término heterosexual, el cual ha sido deformado, transformado
o resignificado por algunos de estos sujetos que se nombran a sí mismos como
heterocuriosos o heteroflexibles; II) la apertura o deseo por experimentar prácticas
sexuales y afectivas que cuestionan una heterosexualidad normativa y que, considero,
abren paso a unas heterosexualidades queer.4

En el tercer capítulo titulado “Flexibilizando la heteronormatividad… cuirizar la


heterosexualidad”, perseguí el objetivo de analizar la relación entre la heteronormatividad
y las prácticas y relaciones sexo-afectivas del grupo de hombres que participan en esta
investigación. Elaboré una serie de reflexiones en torno a las formas en que estos hombres
viven y significan el sexo con hombres, pero también el sexo con mujeres. Analicé la
experiencia de estos sujetos al tener sexo con otros hombres y mujeres entendiendo el
género y la masculinidad como categorías relacionales.

4
Opto por el término queer, pues de acuerdo con Domínguez-Ruvalcaba (2019), éste tiene un uso más
extendido, “lo que indica que en varios ámbitos se ha incorporado al uso corriente de académicos, activistas,
artistas, etcétera. No obstante, es importante señalar que los aportes de la llamada queer theory han sido
apropiados por las y los estudiosos de América Latina, desde donde se ha empezado a hablar de una “teoría
cuir” como una forma de “incorporar, de manera crítica, el enfoque queer a investigaciones e intervenciones
sociales” (Torres y Moreno, 2021).

7
En este capítulo presento una serie de reflexiones para pensar la heterosexualidad
de este grupo de varones como un proceso abierto, indeterminado, en constante
reformulación y que se puede flexibilizar en muchos momentos. Finaliza con la
presentación de algunos apuntes desde las cuales considero que podría abrirse el camino
a nuevas interpretaciones sobre la heterosexualidad y la emergencia de nuevas
perspectivas sobre las heterosexualidades queer. Este documento termina con la
exposición de una serie de conclusiones que con las que busqué sintetizar algunos de los
puntos centrales de esta investigación.

Planteamiento del problema

El sexo entre hombres ha sido estudiado como un fenómeno social desde múltiples
aproximaciones, sin embargo, considero que la relevancia de esta tesis radica en las
particularidades de los informantes que colaboraron conmigo en el proceso. Propongo
analizar a este grupo de sujetos como parte de la población que la salud pública ha
denominado: hombres que tienen sexo con hombres.

De acuerdo con el boletín de la detección del VIH en México del Centro Nacional
para la Prevención y el Control del VIH y el Sida (CENSIDA, 2018), la categoría hombres
que tienen sexo con hombres (HSH en adelante) se refiere a las “personas del sexo
masculino que tienen relaciones sexuales con hombres con penetración anal u oral,
independientemente de si también tienen sexo con mujeres o, si se identifican como gay,
bisexual o heterosexual”.

Para Vance (1997) fue la aparición de la epidemia “del sida5 lo que favoreció el
resurgimiento del interés por la sexualidad de los hombres, sobre todo, desde
aproximaciones biomédicas a la sexualidad que repetían la asociación de sexualidad y
enfermedad” (p. 117). Se produjo un potente esfuerzo por tratar de entender el

5
El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), es causado por el Virus de Inmunodeficiencia
Humana (VIH) en la etapa más avanzada de la infección. Según datos de la Secretaria de Salud y el Centro
Nacional para la Prevención y el Control del VIH y el Sida (Censida) de México, en su informe nacional
2018, para finales de 2016, aproximadamente, 36.7 millones de personas vivían con VIH en el mundo.
Mientras que, en el país, por lo menos, 220 mil personas vivían con el virus.

8
comportamiento sexual de los hombres, particularmente de aquellos que tienen sexo con
otros hombres.

La categoría HSH ha sido retomada por investigaciones derivadas de la medicina


y otras áreas de la ciencia médica, las cuales han buscado incidir en los índices y
condiciones de transmisión del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Distintas
aproximaciones [Carvalho, Gámez y Valez (2020); Posada, Yepes, y Patiño (2020)] se
han enfocado en el estudio de las prácticas sexuales de hombres que se identifican como
homosexuales.

Trabajos como el de Herrera, Kendall y Campero (2014), por otro lado, han
abordado la experiencia de hombres y mujeres autodefinidos como heterosexuales que
viven con VIH. Sin embargo, según declaran las autoras, el énfasis de la investigación no
está en las prácticas homoeróticas de estos hombres. Mientras que, con esta investigación
lo que pretendo es ahondar en las experiencias homoeróticas de hombres que se
autodefinen como heterosexuales.

Disciplinas como la antropología, la psicología, la historia, los estudios de género


también han emprendido investigaciones [Langarita (2015); Núñez (2007); Mendoza
(2015); Mendieta (2018); Córdova (2008); Villalva (2011); Prieur (2008); Parrini (2007);
Tinat (2017)] que toman como objeto de estudio el sexo entre hombres. Estas
aproximaciones han evidenciado que la comprensión de estos sujetos y sus prácticas no
puede limitarse a una comprensión esencialista de la sexualidad y el género. Por el
contrario, han demostrado que las relaciones entre el género y la sexualidad son complejas
y muchas veces contradictorias.

De acuerdo con Núñez (2001), los estudios sobre la sexualidad de los hombres y,
sobre todo, del homoerotismo, cobraron especial relevancia durante las últimas décadas
del siglo XX. Desde disciplinas como la antropología se emprendieron novedosos
abordajes para estudiar el sexo entre hombres. Sin embargo, el interés académico se
enfrascó en un periodo de “etnocentrismo homosexual”, caracterizado por la
reproducción de discursos de la medicina occidental desde los que se promovían
categorías patologizantes como la homosexualidad.

Los estudios sobre el sexo entre hombres derivaron en el establecimiento de un


“sistema dual” que buscaba explicar el homoerotismo desde dos posturas centrales; por

9
un lado, los estudios hispanos que proponían el énfasis en un binomio activo/pasivo; y
por otro, las propuestas de carácter nor-europeo centradas en la “identidad gay”. Esto
provocó la emergencia de lo que Núñez (2001) llama un “Modelo Dominante de
Comprensión del Homoerotismo”, el cual propone una serie “binomios” como categorías
para la comprensión de este fenómeno.

Núñez (2001) identifica cuatro dualidades centrales en el pensamiento binario que


gobernaba la comprensión del homoerotismo de la época: 1) Penetrador – Penetrado,
determinado por el papel erótico que se desempeña en la relación anal; 2) El
activo/masculino y el pasivo/afeminado, como posiciones en la estratificación de las
relaciones de género; 3) El hombre y el joto, como identidades que se atribuyen a los
sujetos por su papel erótico y su posición en las relaciones de género; y finalmente, 4) el
dominante – el dominado, donde el pasivo-afeminado-joto es el sujeto de estigma (pp.
19-20).

El llamado Modelo Dominante de Comprensión del Homoerotismo hegemonizó


por muchos años el ejercicio analítico sobre las prácticas sexuales entre hombres. Sin
embargo, como Núñez (2001) sostiene, para entender la compleja relación entre el género
y la sexualidad de los varones es primordial superar los límites fijados por el pensamiento
binario.

Considero que aludir a la categoría HSH permite evidenciar que incluso hombres
que no se identifican con la homosexualidad, son participes de encuentros homoeróticos
y de prácticas sexuales que están más allá de una visión normativa de la sexualidad. Por
ejemplo, durante esta investigación dialogué con hombres que se autodenominan, en su
mayoría, como heterosexuales (8 de los 11), Raúl como “heterocurioso”; Andrés como
bisexual; y Joseph como un hombre que “vive la sexualidad más allá de las etiquetas”. La
compleja relación entre la autoidentificación y las prácticas sexuales de estos hombres
será abordada a lo largo de esta investigación.

Muchos hombres heterosexuales no tienen reparo en narrar ante sus amigos, ante
sus congéneres, los múltiples encuentros sexuales que han sostenido con mujeres incluso
ahondan en los detalles. La acumulación de historias de conquista heterosexual representa
una suerte de orgullo, reconocimiento o elogio para muchos de ellos, y envidia y celos
para los otros. No obstante, existen otro tipo de encuentros sexuales, prácticas o deseos

10
de los que estos hombres poco hablan, o que solo narran por algunos medios, bajo ciertas
condiciones y ante ciertas personas, me refiero a los encuentros sexuales que tienen con
otros hombres o con personas trans.

Presento una investigación que se inserta dentro de la lógica de lo que Núñez


(2017) llama “los estudios de género de los varones y las masculinidades”, los cuales
tienen la finalidad de entender la subjetividad de los sujetos como producto y productora
de un sistema de relaciones de género, de relaciones entre las masculinidades. Pues
considero que nos encontramos frente a un grupo de varones que demuestran con sus
prácticas sexuales cómo las heteronormas y los límites que parecen determinar el género
se fracturan, se tuercen, se cuestionan, al menos momentáneamente.

Parto del supuesto de que este proceso de cuestionamiento, flexibilización, incluso


desplazamiento de los límites que se imponen a los varones dentro de la
heteronormatividad, podría incidir en la producción de nuevos sentidos sobre el ser
hombre, sobre la hombría, sobre el deseo y la sexualidad. Este grupo de hombres que
tienen sexo con hombres podría demostrar la existencia de una heterosexualidad que se
puede mirar bajo una lente queer y de la diversidad sexual.

Con esta tesis busqué responder o, al menos, reflexionar sobre: ¿Cómo vive la
heteronormatividad un grupo de hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen
sexo con hombres y personas trans?; ¿De qué manera las normas del género y la
sexualidad se resignifican en función de las prácticas sexuales de este grupo de hombres?,
y sobre ¿Cómo impacta la resignificación de estas normas en su concepción de la
heterosexualidad?

El objetivo central de esta investigación es el de comprender los procesos de


flexibilización o resignificación de las heteronormas que se vive en un grupo de hombres
autodefinidos como heterosexuales que tienen sexo con hombres, personas trans o fuera
de lo admitido como tradicional. Me propongo estudiar las formas en qué los varones son
construidos como sujetos de un sistema de sexo-género-deseo; analizar las prácticas sexo-
afectivas en las que estos varones reproducen este sistema; pero al mismo tiempo, busco
reconocer aquellos cambios o desplazamientos en las normas de sexo-género que son
propiciados por las prácticas de estos sujetos.

11
Capítulo I

Aproximaciones teórico-metodológicas

1. Estado del arte

Como he mencionado, el sexo entre hombres como objeto de estudio ha sido abordado
desde múltiples disciplinas que van desde las ciencias sociales hasta las ciencias médicas.
Algunos de los planteamientos que recupero en esta tesis derivan de investigaciones
predecesoras que analizan el sexo entre hombres y, particularmente, la experiencia de
hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen sexo con otros hombres desde
ejes particulares como las tensiones entre la identidad y el deseo o las relaciones de poder.
A continuación, ahondaré en el contenido de estas reflexiones como un intento por
agrupar y propiciar el diálogo entre ellas y no como un intento por simplificar la
complejidad de su contenido.

1.1 HSH: hombres que tienen sexo con hombres como categoría analítica

En la literatura sobre el sexo entre hombres destaca el uso de la categoría “hombres que
tienen sexo con hombres” (HSH). Con la cual se busca agrupar a una pluralidad de
hombres que se identifican como homosexuales, heterosexuales, bisexuales, pero que
tienen sexo con otros hombres. Esta categoría ha sido ampliamente retomada por
médicos, epidemiólogos e investigadores interesados en comprender las dinámicas de
transmisión del VIH.6

La categoría HSH se retoma en una serie de trabajos como el de Carvalho, Gámez


y Valez (2020), quienes estudian “conductas de riesgo” como el chemsex o consumo de
sustancias con fines sexuales. O el de Posada, Yepes y Patiño (2020), quienes estudian la
“exposición” de los hombres a la infección por VIH. Estos trabajos suponen una relación

6
De 2013 a 2018 la población de “Hombres que tienen Sexo con Hombres” reporta las cifras más elevadas
de positividad en las pruebas aplicadas de VIH, según el boletín de la detección del VIH en México
(CENSIDA, 2018). Lo mismo ocurre con las cifras de detección de sífilis, en las que la población de HSH
reporta la mayor cantidad de resultados positivos.

12
entre el homoerotismo y la enfermedad, que se replica en Fernández (2015), quien desde
la epidemiología trata de identificar las razones por las que los hombres gay y otros
hombres que tienen sexo con hombres se ven mucho más afectados por el VIH en
comparación con otras poblaciones.

La pandemia por el VIH suscitó, a partir de la década de los ochenta, el


surgimiento de una serie de aproximaciones políticas, médicas y académicas interesadas
en las prácticas erótico-sexuales entre hombres. Entiendo que la atención y la lucha contra
el VIH y el SIDA debe ser un eje prioritario en estos estudios, sin embargo, considero
que es necesario problematizar otras dimensiones de la sexualidad y el género de los
varones que no se agote en la mirada patológica. La preocupación por los factores de
riesgo e infecciones de transmisión sexual ha hegemonizado el estudio de los HSH
propiciando una serie de generalizaciones sobre este grupo de sujetos. Tal como Langarita
(2015) afirma

En realidad, el término HSH se sitúa en un contexto ficticio, en el que no existen


relaciones de poder entre los distintos grupos sociales, y donde tanto unas prácticas
sexuales como otras están igualmente legitimadas por un imaginado consenso social
basado en el principio de igualdad y, por lo tanto, trasladarlo al estudio social genera
algunos problemas de análisis que difícilmente se pueden salvaguardar (p. 188).

En principio, la categoría HSH ha permitido evidenciar que no todos los hombres que
tienen sexo con hombres se autodefinen como homosexuales, algunos de ellos lo hacen
como bisexuales e incluso como heterosexuales. Por lo tanto, considero problemático
aplicar las mismas interpretaciones o reflexiones que se han hecho sobre hombres
autodefinidos como homosexuales sobre todos los sujetos, pues no todos los HSH son
iguales, en prácticas, en deseos ni en identidades sexuales.

1.2 Caracterizando a los hombres heterosexuales dentro de la categoría HSH

La categoría HSH surgió como un esfuerzo por agrupar a una población de hombres que
se identifican como homosexuales, bisexuales, incluso como heterosexuales, pero que
tienen sexo con otros hombres. Durante la revisión de la literatura encontré una serie de
referencias a la experiencia de hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen

13
sexo con otros hombres. Identifiqué las siguientes particularidades: a) su presencia en el
comercio sexual; b) el anonimato y la discreción como características de su experiencia;
c) las tensiones entre la hombría y el placer homoerótico.

1.2.1 La heterosexualidad como valor agregado en el comercio sexual homoerótico

Algunas investigaciones han identificado a hombres que se autodefinen como


heterosexuales y que se dedican al trabajo sexual con otros hombres. Por ejemplo, trabajos
como el de Yolocuauhtli y Alcalá (2015) o el de Mendoza (2015) analizan la figura del
mayate,7 que se describe como un hombre heterosexual que oferta sus servicios sexuales
a otros hombres. El hombre heterosexual de estos trabajos se percibe a sí mismo como
“normal” y considera a los otros como anormales. Para él, la necesidad económica lo
lleva a hacer de su cuerpo una “mercancía, objeto de deseo y venta” (p. 1544). Villava
(2011) afirma que los “mayates”

No se asumen homosexuales, bisexuales y, lo que, es más, ni siquiera se reconocen como


prostitutos, por lo que en todo momento hacen manifiesta su masculinidad y se jactan de
su heterosexualidad, característica que consideran una ventaja que aumenta la demanda
por parte de los clientes, que centran su preferencia en jóvenes viriles que penetran
(p. 116).

Otros como Mendoza (2015) afirman que “algunos trabajadores sexuales distinguen entre
su identidad sexual (definida a partir de sus preferencias sexuales) y sus actividades
sexuales. En algunos casos, además, se da un rechazo a cualquier identificación como
homosexual” (p. 900). Estos trabajos evidencian que hay hombres autodefinidos
heterosexuales que tienen sexo con otros hombres, sobre todo, por el intercambio
económico que hay de por medio. Estos encuentran en el homoerótismo una satisfacción
económica, y quizás erótica también. Sin embargo, hay otros escenarios en los que la
mediación económica no tiene un papel central como motivación. Por ejemplo, con esta
investigación ahondo en escenarios y experiencias donde las prácticas sexuales que estos
hombres tienen con otros hombres se rigen, principalmente, por el placer y la decisión.

7
Término utilizado en México para referirse al varón prostituto que no se identifica como hombre
homosexual” (Mendieta, 2018, p. 1542).

14
1.2.2 Los hombres heterosexuales y el anonimato de sus prácticas homoeróticas

Trabajos como el de Cardozo & Ramírez (2015) estudian la asistencia de los varones a
cuartos oscuros.8 Los autores destacan que la clandestinidad y el anonimato son
condiciones que influyen en la asistencia de hombres autodefinidos como heterosexuales
a estos lugares. En relación con lo anterior el trabajo etnográfico de Bobadilla (2020) en
un Spa de la ciudad de Aguascalientes resulta ilustrativo.

Bobadilla (2020) señala que en este espacio de homoerotismo los varones


casados con mujeres cisgénero forman parte importante de la población asidua del
lugar, “hombres maduros, mayores de cuarenta años, algunos probablemente casados,
pero esencialmente adultos de edades mayores a los cincuenta años” (p. 201). Para él
“cualquier lugar que se enmarque dentro de una lógica de privacidad, clandestinidad
y/o anonimato, puede ser sucinto de apropiación por parte de varones sexo diversos de
cualquier zona, región o poblado” (p. 195).

La relación entre el anonimato y la experiencia homoerótica de hombres


autodefinidos como heterosexuales que plantean estas investigaciones abre paso a
reflexiones sobre la disputa de la hombría y la identidad, pues, generalmente, los
hombres que sostienen encuentros anónimos buscan evadir la identificación pública,
hay cierta ritualidad en su práctica que les garantiza la “seguridad” de no ver
comprometida su vida social fuera del intercambio sexual anónimo (Langarita, 2014b),
es decir, no ser identificados como homosexuales.

1.2.3 Las tensiones de la identidad: el deseo homoerótico en hombres heterosexuales

La bibliografía sobre el sexo entre hombres es muy amplia, sin embargo, identifiqué un
interés común en muchas de estas investigaciones: el estudio de las tensiones entre la
identidad y las prácticas sexuales de ciertos hombres que tienen sexo con otros hombres.

8
El cuarto oscuro se define como “un espacio físico que se caracteriza por contar con poca o nula luz, un
ambiente al que ingresan diversas personas que usualmente no se conocen entre sí y cuyo objetivo principal
es lograr encontrar una pareja para así sostener relaciones sexuales” (Cardozo, M. & Ramírez, M., 2015, p.
889)

15
En Tinat (2017), por ejemplo, se habla del caso de Diego, un hombre homosexual de una
localidad rural michoacana, para quien existen diferencias entre los encuentros sexuales
con hombres casados y aquellos que se pueden tener con otros homosexuales. Mendoza
(2015), por otro lado, estudia el “estereotipo del mexicano: macho y moreno”, que se
traduce en un objeto de deseo en el “un estereotipo de hombre masculino” (p. 902). Otros
trabajos como el Laguna (2019) quien estudia la relación entre los placeres homoeróticos
y la masculinidad hegemónica en bares de estríperes para varones, concluyen que

El que el bailarín sea evaluado o identificado como heterosexual resulta erotizante para
algunos de los clientes, ya que en la subcultura gay el <heterosexual> adquiere máxima
<cotización> en el mercado sexual; de hecho, una de las fantasías habituales de algunos
gais es tener relaciones sexuales, con hombres heterosexuales y preferentemente casados
(p. 78).

Estos trabajos proponen entender la masculinidad y la virilidad como atributos que se


expresan por medio de la heterosexualidad, del color de piel, del matrimonio con mujeres,
y que son estos atributos los que determinan el potencial atractivo de muchos hombres
dentro de dinámicas homoeróticas. De modo que, la hombría o la expresión de ella se
construye como el objeto de deseo privilegiado en el sexo entre hombres.

La relación entre la hombría y el homoerotismo aparece también en trabajos como


el de Parrini (2007), quien trabaja con hombres presos en el Reclusorio Varonil Norte de
la Ciudad de México. Este espacio se caracteriza por una multiplicidad de relaciones de
poder, negociaciones, significados y atribuciones de identidad que emanan de la
complejidad de las relaciones eróticas entre hombres que ocurren en este espacio.

En el estudio de Parrini emerge la figura del puto “aquel que lo parece”, pues su
sexualidad y deseo son evidentes a través de su ropa, sus modos, sus gestos, su uso del
maquillaje, los ademanes, pero que, bajo el escrutinio de los otros, no deja de ser una falla
de hombre, pero hombre al fin al cabo. Y por otro lado está el Caquín, que “responde a
un hombre que tiene relaciones… sexo anal con otro”, una “intercepción entre lo puto
que está en el culo del otro y en este orden excrementicio de las identidades y el erotismo”,
“el culo del otro lo convierte” en caquín (p. 236). El caquín es el que “voltea” al otro.

Otra de las figuras que la masculinidad encuentra en la prisión es la del cabrón


cuyo cuerpo ostenta la ética y estética de la masculinidad, “se le reconoce por sus

16
tatuajes – pintura de la hombría sobre el cuerpo, imagen de la masculinidad grabada en
la piel -; pero, también, por una atribución de prestigio, el respeto” (p. 240). El cabrón
es el sujeto que en las relaciones erótico-sexuales entre hombres no suele ser
estigmatizado y violentado. En este espacio “no hay algo así como lo heterosexual y lo
homosexual como referentes fijos y prístinos, entidades claramente diferenciadas que
no se entrecruzan. Nada de eso. Lo que hay, a nuestro entender, son estrategias
deseantes y eróticas en la cárcel” (Parrini, 2017, p. 205).

La masculinidad y la heterosexualidad o, al menos, la apariencia de ellas


caracteriza a los sujetos que son privilegiados en el deseo homoerótico. Veo aquí un área
de oportunidad de sumo interés, pues considero que el siguiente paso podría ser la
construcción de investigaciones que busquen recuperar la experiencia encarnada y
significada por estos hombres, los masculinos, los heterosexuales, los no homosexuales
que se encuentran en el homoerotismo.

Cruz (2019) señala que usar las denominaciones de gay, lesbiana, bisexual,
heterosexual para hablar del erotismo son insuficientes, pues, “otras particularidades de
dichas adscripciones por afinidades o prácticas” aparecen como las lesbianas butch, gay
leather, osos, vaqueros e incluso de aquellos sujetos cuyo “deseo erótico es inaprensible
a una simple identidad como los llamados heteroflexibles, mañosos, curiosos,
indeterminados o queer” (p. 102).

Cruz (2019) afirma que “el encuentro sexual entre, o con, hombres asumidos como
heterosexuales puede ocurrir, pero acontece de manera muy discrecional”, como las
relaciones que Diego (Tinat, 2017) sostiene con los hombres casados de su localidad. A
diferencia del ligue entre hombres gay, la relación entre “heterosexuales” y
homosexuales” se basa en que “comparten un espacio homosocial que les hace cómplices
de una práctica erótica velada”, anónima (Langarita, 2013, p. 105).

Suscribo lo que Cruz (2019) señala al decir que debemos atender a la “variedad
de sujetos sociales que significan de forma particular su sexualidad e identidad de género”
(p. 111). Es fundamental problematizar las dicotomías entre lo masculino y lo femenino,
así como lo heterosexual y lo homosexual para abrirnos a la complejidad de la experiencia
deseante de los hombres como sujetos de género. Unos sujetos que construyen y

17
reconstruyen de manera constante significados sobre la sexualidad y género, propios y
ajenos.

A partir de la revisión de estas investigaciones noto que existe una construcción


de la heterosexualidad como un mito, una entidad, que se produce en el imaginario de los
sujetos como un objeto que se busca, que se desea y que se produce a través de la práctica
sexual. Al respecto, me pregunto ¿qué tienen que decir los hombres heterosexuales que
tiene sexo con otros hombres sobre sí mismos?, ¿En sus narraciones la heterosexualidad
cobrará los mismos sentidos que le son atribuidos por los hombres gay o es que cobrarán
nuevas dimensiones?, ¿Los hombres heterosexuales reproducirán una idea hegemónica
de la masculinidad o es que develarán otros sentidos que podrían ponerla en cuestión?

El propósito de mi investigación es proponer una lectura crítica sobre la


heterosexualidad, sobre sus prácticas y significados, que permita cuestionar los sentidos
tradicionales, casi naturales, que atribuimos al ser hombre heterosexual. Considero que
incluso en prácticas como las de estos sujetos puede residir la pólvora que se requiere
para detonar la noción de identidad como algo totalizador, monolítico y acabado.

2. Propuesta teórica: el estudio de los hombres en la investigación del género


y la sexualidad

Con esta investigación tengo el propósito de estudiar los significados que hombres
autodefinidos como heterosexuales que tienen sexo con otros hombres atribuyen a la
heterosexualidad y cómo éstos establecen relaciones sexo-afectivas con otros y otras.
Incito a leer este estudio dentro de la lógica de lo que Núñez (2016) llama “los estudios
de género de los varones y las masculinidades”, al respecto señala

No son los hombres o las masculinidades en sí mismos o de manera aislada, sino las
dinámicas socioculturales y de poder (androcéntricas y/o heterosexistas) que pretenden la
inscripción del género hombre o masculino y su reproducción/resistencia/transformación
en los humanos biológicamente machos o socialmente hombres (en sus cuerpos,
identidades, subjetividades, prácticas, relaciones, productos), y en la organización social
toda (p. 10-11).

18
Con esta investigación busco comprender el proceso a partir del cual se llega a ser hombre
y, sobre todo, cómo se llega a ser un hombre heterosexual y cómo se es heterosexual en
relación con otros sujetos. Pretendo estudiar “el género de los varones y las
masculinidades” en su carácter relacional, particularmente, en su dimensión sexual. Parto
de una serie de planteamientos teóricos emanados de los estudios de género y las
propuestas feministas, desde los cuales se propone una comprensión del ser hombre y de
los hombres como “sujetos genéricos, esto es, que sus identidades, prácticas y relaciones
como hombres son construcciones sociales y no hechos de la naturaleza como los
discursos dominantes han planteado por siglos” (Núñez, 2016, p. 20).

A continuación, ahondaré en los supuestos teóricos a los que me refiero y desde


los que se abordará esta investigación, pues busco hacer inteligible una propuesta desde
la cual “el término hombre, lo mismo que masculinidad, refieren, pues, a una ficción
cultural, a una convención de sentido que ha producido y produce una serie de efectos
sobre los cuerpos, las subjetividades, las prácticas, las cosas y las relaciones” (Núñez,
2016, p. 26) y no a una realidad única, estable y determinada.

2.1 Los hombres como sujetos generizados

Badinter (1993) afirma: “XY es la fórmula cromosómica del hombre. Si no se producen


accidentes de trayectoria, ambos cromosomas desencadenan los mecanismos de la
diferencia sexual que hacen que un hombre no sea una mujer” (p. 11); sin embargo,
también hay personas XY que desconocen su identidad masculina, mientras otras con
“anomalías genéticas” llegan a adquirir dicha identidad. Para Badinter “el devenir
masculino pone en juego factores psicológicos, sociales y culturales que no tienen nada
que ver con la genética, pero que no por ello dejan de tener un papel igualmente
determinante, y tal vez más” (p. 11).

La identidad masculina “marca la conclusión de la evolución del hombre”


(Badinter, 1993, p. 11), es resultado de un camino largo, difícil, lleno de dificultades. Para
entender a los hombres como “sujetos genéricos” es imprescindible aludir a referentes
como Scott (1990) quien propone el género como una categoría de análisis desde dos
proposiciones centrales:

19
1) El género como “un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en
las diferencias que distinguen los sexos”; y 2) El género como “una forma primaria de
relaciones significantes de poder” (p. 289). Esto supone una concepción del género que
se basa no sólo en la diferencia sexual, sino en las relaciones de poder que se establecen
a partir de los significados atribuidos a esa diferencia sexual.

De acuerdo con Scott (1990, p. 289-291), el género se comprende por cuatro


elementos que se interrelacionan entre sí, el primero, son los “símbolos culturalmente
disponibles”, es decir, las representaciones múltiples y, muchas veces, contradictorias del
ser hombre y ser mujer; segundo, los “conceptos normativos”, “las interpretaciones de
los significados de los símbolos que intentan limitar y contener las posibilidades
metafóricas”; tercero, la inclusión de “nociones políticas y referencias a las instituciones
y organizaciones sociales”; y por último, “la identidad subjetiva” de los sujetos.

Abordar el género como categoría analítica como propone Scott (1990) posibilita
el estudio de las interrelaciones que existen entre los símbolos culturales, los significados
normativos y las figuras institucionales, así como el efecto que estas interrelaciones
suponen para la constitución del ser hombre como identidad de género. Como
observaremos a lo largo de esta investigación, el estudio del género de los hombres
supone el reconocimiento de las múltiples interrelaciones y dinámicas implicadas en la
construcción de su identidad como sujetos.

Connell (2003), por otro lado, propone que la base de la construcción del género
no es una “base biológica”, sino que éste se construye en torno a un “ámbito
reproductivo”. Para la autora “el género es una de las formas en las que se ordena la
práctica social”, en relación con “el ámbito reproductivo” y “que se refiere
constantemente a los cuerpos y lo que éstos hacen; no es una práctica social que se reduzca
únicamente al cuerpo” (p. 109). La reproducción y/o coherencia entre el género y la
masculinidad o la feminidad deben comprenderse como proyectos de género, como
resultados exitosos de un proceso histórico de configuración de las prácticas, los cuerpos
y los sujetos.

Me parece importante incorporar los planteamientos que hace Butler (2001) sobre
el género al señalar que, si tomamos al género como “los significados culturales que
asume el cuerpo sexuado” (Butler, 2001, p. 39) tendríamos que asumir entonces que el

20
género no es un resultado directo del sexo en una única forma. La distinción entre
sexo/género nos llevaría a encontrar una ruptura radical en la correspondencia entre
cuerpos sexuados y géneros culturalmente construidos. “Aun cuando los sexos parezcan
ser nítidamente binarios en su morfología y constitución (lo que tendría que cuestionarse),
no hay razones para afirmar que sólo deban existir dos géneros” (p. 39).

Butler (2001) propone una visión radical del género al sustraerlo de su relación
dependiente con el sexo y lo coloca en el lugar de un “artificio vago, con la consecuencia
de que hombre y masculino pueden significar tanto un cuerpo de mujer como uno de
hombre y mujer y femenino tanto uno de hombre como uno de mujer” (p. 39). En esta
propuesta “el sexo” es puesto en disputa, pues la autora señala que, al cuestionar su
carácter inmutable, puede que incluso reconozcamos que el sexo está tan culturalmente
construido como el género. De hecho, tal vez “el sexo siempre fue género” y la distinción
entre ambos nunca existió (p. 40).

Los supuestos de Butler (2001) cobrarán sentido en este proyecto en la medida en


que nos aproximemos a las narrativas que estos sujetos producen sobre sí mismos, pues
de ellas deriva una comprensión del sujeto generizado como un sujeto complejo que está
más allá de una visión única y estable del género, de lo que significa ser hombre. Como
veremos en otros apartados, estos sujetos se comprenden a sí mismos como hombres, sin
embargo, pareciera que el ser hombre cobra sentido sólo cuando se piensa como un sujeto
sexuado, un sujeto relacional, un sujeto que atiende a otras categorías, tales como la de
heterosexual, la de novio, la de padre, la de amigo, mismas que aparecen todo el tiempo
como inestables y sujetas a cuestionamiento.

Para Butler (2001) pensar en los sujetos generizados como sujetos coherentes y
estables solo tiene lugar dentro de marcos específicos de realidad, particularmente
aquellos que se basan en la oposición binaria de lo masculino/femenino,
hombres/mujeres, es decir, dentro del contexto de una matriz heterosexual, expresión que
alude a “la rejilla de inteligibilidad cultural a través de la cual se naturalizan cuerpos,
géneros, deseos” (p. 38). La matriz heterosexual se define de la siguiente manera:

Un modelo discursivo/epistémico hegemónico de inteligibilidad de género, el cual supone


que para que los cuerpos sean coherentes y tengan sentido debe haber un sexo estable
expresado mediante un género estable (masculino expresa hombre, femenino expresa

21
mujer) que se define históricamente y por oposición mediante la práctica obligatoria de
la heterosexualidad (p. 38).

En una matriz heterosexual “los géneros inteligibles son aquellos que en algún sentido
instituyen y mantienen relaciones de coherencia y continuidad entre sexo, género,
práctica sexual y deseo” (Butler, 2001, p. 50). Aquellos sujetos que fracturan la
continuidad y rompen la coherencia son prohibidos, castigados. Al respecto, me pregunto
¿qué lugar ocupan los hombres heterosexuales que experimentan deseos o prácticas
sexuales homoeróticas y/o con personas trans en una matriz heterosexual? ¿Siguen siendo
sujetos generizados inteligibles? ¿Suponen una ruptura para la coherencia de esta matriz
o un nuevo reordenamiento?

La matriz heterosexual se sustenta en una visión normativa en la que el género


inteligible es el que cumple la concatenación entre cuerpo, género y el deseo. En esta
matriz no sólo se espera, sino que se exige, que los cuerpos nacidos como machos se
asuman como hombres, como masculinos y que ejerzan un deseo sexual y unas prácticas
heterosexuales.

2.2 Los hombres como sujetos sexuados

De acuerdo con Butler (2001) en una “matriz de normas coherentes de género. La


heterosexualización del deseo requiere e instituye la producción de oposiciones discretas
y asimétricas entre femenino y masculino entendidos estos conceptos como atributos que
expresan ‘hombre’ y ‘mujer’” (p. 50). La producción del binario: masculino – femenino
tiene como efecto la construcción y legitimación de las diferencias y distinción entre los
géneros, entre los hombres y las mujeres; pero también de otros binarios que legitiman
las diferencias y distinciones entre los mismos hombres, por ejemplo, el heterosexual –
homosexual.

De acuerdo con Connell (2003, p. 119), en las sociedades occidentales las


relaciones entre hombres heterosexuales y hombres homosexuales se han erigido sobre la
subordinación de los segundos ante los primeros, en la medida en que estos son
significados o asimilados a la feminidad. Como refiere Héritier (2002) “las operaciones

22
de clasificación, oposición, calificación, jerarquización, estructuras en las cuales lo
masculino y lo femenino se encuentran encerrados” (p. 27).

Los significados que se atribuyen al género se configuran de manera distinta en


cada cultura, de modo que, aquello que se enuncia como masculino y femenino, como
homosexual o heterosexual, no es más que un aparato de inteligibilidad construido por un
sistema particular de interpretación de la realidad.

2.3 La construcción de la heterosexualidad

Las culturas occidentales han definido la conducta sexual a través de una “gama limitada
de actividades aceptables” (Weeks, 1998: p. 65), como el matrimonio monogámico entre
sujetos de diferente género, y la adultez como puerta de entrada a la actividad sexual.
Imponiendo unas “restricciones de quién” y “restricciones de cómo”. Las primeras, son
sobre las parejas, el género, la especie, la edad, el parentesco, la raza, la clase, es decir,
determinan quiénes pueden o no serlo. Las “restricciones de cómo” determinan los
órganos que podemos usar, los orificios que se pueden erotizar, el tipo de relación sexual
y coito que podemos tener, es decir, qué podemos tocar, cómo, cuándo y dónde (p. 66).

Para autores como Guasch (2006) “la sexualidad es universal, pero la


heterosexualidad no. La heterosexualidad es una forma de sexualidad. Es el modo en que
nuestra sociedad regula el deseo erótico para evitar que cuestione el orden establecido”.
La heterosexualidad, añade Guasch, opera como el modelo sexual dominante en las
sociedades occidentales y ha sido definida por las ciencias de la salud y de la conducta
como una orientación sexual, mientras que, otras perspectivas la retoman como un estilo
de vida (p. 91- 92). Al respecto, Cruz (2018) apoyado en Seidler (1995) afirma que “la
heterosexualidad funciona como el requisito indispensable que representa la garantía de
ser considerado un ‘verdadero’ hombre” (p. 176).

Para el desarrollo de esta investigación considero fundamental atender a los


significados que estos hombres atribuyen a la heterosexualidad, en un intento por
identificar las “restricciones de quién” y las “restricciones de cómo” sobre las que han
construido su forma de vivir la sexualidad y el placer. Apuesto por una perspectiva que

23
aborde la heterosexualidad desde su carácter relacional, una que permita entender las
formas en que estos hombres construyen su heterosexualidad en la medida en que se
distinguen de la homosexualidad de otros.

Como señala Yébenes (2018) la heterosexualidad emerge junto con el dispositivo


de la sexualidad (Foucault, 1971). Pese a que pretende ser una realidad absoluta,
universal, transcultural y transhistórica, debe entenderse como un concepto contextual
que alude a unos saberes y prácticas específicos (p. 123). La heterosexualidad en su
pretensión de naturalidad se ha conformado como “la forma natural de expresión sexual”
y en ese proceso se ha construido a la homosexualidad como la expresión de lo
antinatural, lo desviado (Yébenes, 2018, p. 123). Pues en su proceso de normalización ha
relegado al deseo sexual entre varones a un lugar estigmatizado como lo diferente (Cruz,
2018, p. 176). Por lo que considero imprescindible atender a las formas diferenciadas,
contradictorias o complementarias en las que se construye el binomio hetero-homosexual
para estos sujetos.

2.4 La performatividad de la hombría

Para finalizar con este apartado, referiré a una cuestión central para comprender las
prácticas sexo-afectivas de los hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen
sexo con otros hombres: la performatividad o el carácter performativo de las identidades
de género. En relación esto, retomo a Connell (2003) quien señala que, el género “se
refiere constantemente a los cuerpos y lo que éstos hacen; no es una práctica social que
se reduzca únicamente al cuerpo” (p. 109).

Muñiz (2018) habla de un “dispositivo corporal” en el que se inscriben las


prácticas performativas a partir del cual el género opera en la producción de “los sujetos
encarnados”. Este dispositivo cumple una función estratégica “el disciplinamiento de los
sujetos encarnados” atendiendo a las necesidades regulatorias de la sociedad (Muñiz,
2018, p. 289). El disciplinamiento actúa en dos dimensiones: I) sobre los sujetos (cuerpos)
individuales y, II) sobre la sociedad (cuerpo colectivo).

24
Con esta propuesta no se descartan o niegan las posibilidades de “agencia de los
sujetos en su historicidad, puesto que, suponen el hacer, lo experimentado, la acción;
comprenden las técnicas y las destrezas para realizar algo o aplicar una idea y conllevan
la finalidad de obtener utilidad o provecho” (p. 290). Es por ello por lo que puede hablarse
de prácticas corporales potencialmente subversivas, como aquellas en las que “el cuerpo
transgrede” o desafía las buenas costumbres, retan el dolor y profanan la corporalidad
(Muñiz, 2018, pp. 293-295).

3. Abordaje metodológico

Esta investigación parte desde una epistemología cualitativa, la cual, de acuerdo con
Mejía (2010), se caracteriza por ser hermenéutica, y estar más allá de la simple
interpretación de los datos, pues busca presentar una visión holista de la realidad de
estudio. Parto del supuesto de que los sujetos, en este caso, los hombres no homosexuales
solo pueden ser inteligibles al considerarse como producto de unas estructuras sociales,
unas relaciones de género y sexualidad y que esas relaciones están implicadas en la
construcción de identidad y prácticas afectivas y sexuales.

Como podrá observarse a lo largo de esta investigación, se ha optado por la


producción y recuperación de narrativas como vía para acceder a la experiencia de estos
sujetos. Las narrativas pueden considerarse “las vías a través de las cuales los sujetos se
apropian, interiorizan y encarnan en sus vidas los mandatos del género y los marcos
normativos de la sexualidad” (Martínez-Guzmán, 2019). Y “al mismo tiempo, los relatos
de los sujetos pueden mostrar las rupturas de sus experiencias sexogenéricas con respecto
a los mandatos del orden de género dominante; las formas en que desobedecen disienten,
subvierten y ponen en entredicho en algún grado este orden” (p. 365).

Diseñé la metodología basándome en la articulación de distintas técnicas de


recolección de datos y el uso de recursos digitales. Suscribo a lo que Orellana y Sánchez
(2006) mencionan sobre la incorporación de las tecnologías de la información y
comunicación (TIC) para el desarrollo de la investigación social, pues estas “son
generadores de gran potencial documental, observacional y conversacional lo que de una
u otra forma modifican los procedimientos o técnicas convencionales tanto en la

25
recolección de datos como en su producción, almacenamiento, análisis y presentación”
(p. 205), podríamos decir que la incorporación de lo digital llega incluso a complejizar la
aplicación de las técnicas cualitativas tradicionales.

Para el trabajo de campo retomé propuestas como la de Grau., et. al. (2015)
quienes estudian el e-cruising, o bien, los encuentros sexuales homoeróticos acordados
por medio de chats en línea. Los autores realizaron un análisis documental de foros on-
line destinados a esta práctica con lo cual buscan estudiar el contexto en el que se produce.
Decidí retomar esta propuesta y realizar un ejercicio similar con una página web dedicada
al cruising en México. En concordancia con la referencia anterior utilicé los datos
extraídos de los foros de esta página como una fuente secundaria, casi documental, y la
tomé como base para construir algunas de las preguntas que realicé en las entrevistas.

Otra técnica de recolección de datos a la que recurrí fue el cuestionario/encuesta


cualitativa, el cual, de acuerdo con Jansen (2012), “no tiene como objetivo establecer las
frecuencias, promedios u otros parámetros, sino determinar la diversidad de algún tema
de interés dentro de una población dada” (p. 43). Esta técnica me permitió identificar dos
cuestiones centrales: I) un gran interés de los participantes por hablar sobre el sexo entre
hombres; II) la pluralidad de posturas, ideas y significados que hay en torno a los hombres
heterosexuales que tienen sexo con otros hombres.

En la última etapa del trabajo de campo realicé una serie de entrevistas


semiestructuradas. Las cuales, de acuerdo con Spradley (citado en Guber, 2011, p. 69),
son “una estrategia para hacer que la gente hable sobre lo que sabe, piensa o cree” de su
realidad. Siguiendo a Taylor y Bodgan (1984) la entrevista cualitativa debe caracterizarse
por ser flexible, dinámica, no directiva, abierta. Me parece importante señalar que los
encuentros que sostuve con los participantes se llevaron a cabo, casi en su totalidad, por
medio de programas de videoconferencias; sin embargo, conservan como objetivo “la
comprensión de las perspectivas que tienen los informantes respecto de sus vidas,
experiencias o situaciones, tal como las expresan con sus propias palabras” (Taylor y
Bodgan, 1984, p. 101).

26
3.1 Itinerario Metodológico: El campo y la toma de decisiones

Navegando en internet encontré una serie de testimonios que hablan de un secreto callado
a voces, el hecho de que muchos hombres que se consideran y/o son percibidos como
heterosexuales usan aplicaciones diseñadas para el ligue9 homosexual o se escabullen por
las noches en lugares de cruising10 para tener sexo con otros hombres. Algunos de estos
relatos son escritos por hombres que hablan de sus prácticas homoeróticas como
consecuencias del consumo de sustancias, como experimentos que usan para salir de
dudas sobre su sexualidad, pero también como encuentros plagados de placer y goce.

Me parece que estos sujetos no son completos extraños, pues mucho se ha dicho
sobre ellos durante años. De acuerdo con el portal del Festival Internacional del Cine en
Morelia (2020) o FICM, la representación de prácticas homoeróticas entre hombres ha
estado presente en el cine nacional desde hace décadas, no siempre de forma explícita,
muchas veces de manera ridiculizada o excusada, “tal es el caso de los charros donde se
le atribuye al alcohol las libertades físicas que pudieran ocurrir en las cantinas. Algunos
ejemplos son La tía de las muchachas (1938, dir. Juan Bustillo Oro), Papá se desenreda
(1940, dir. Miguel Zacarías) o Las mujeres de mi general (1950, dir. Ismael Rodríguez)”.

Un ejemplo claro es la historia de “El pancho”, el macho, conquistador de


mujeres en la localidad del Olivo y “La Manuela” (¿un travesti?, ¿una mujer trans?),
un personaje de expresión femenina que, en 1978 a través de El Lugar sin límites del
director Arturo Ripstein expuso “no sólo el erotismo homosexual —exhibe el primer
beso entre hombres en la historia del cine nacional—, sino la cruda realidad y la
represión sexual de un México muy oculto en ese momento” (FICM, 2020).

En la actualidad, la presencia de estos sujetos no se limita a la industria


cinematográfica. El creciente acceso a internet ha posibilitado que estos hombres
construyan una representación propia o, al menos, que compartan su experiencia en
primera persona. Durante la primera parte de mi trabajo de campo me dediqué a buscar
foros, páginas y/o sitios en internet en los que se hablara sobre hombres heterosexuales

9
De acuerdo con la Real Academia Española, esta palabra se refiere coloquialmente a la acción y efecto de
ligar (ǁ entablar relaciones amorosas).
10
De acuerdo con Langarita (2013, p. 100) este término alude a “la práctica concreta del sexo anónimo
entre hombres en espacios públicos”.

27
que tuvieran sexo con otros hombres, sobre todo, aquellos en los que éstos participaran
de manera activa compartiendo sus historias.

Hallé una serie de artículos que evidencian el creciente interés público que hay
por las historias de hombres heterosexuales que tienen sexo con otros hombres. Distintos
medios de habla hispana publicaron artículos titulados: “¿Por qué existen los
heterocuriosos?” de Shangay.com en el 2015; “Guía para hombres heterocuriosos que se
inician en el sexo gay” de Los Replicantes.com; “Heterocurioso, esto va por ti” de
códigopúblico.com en 2018; las “20 Historias de hombres heterosexuales que
experimentaron con otros hombres” por BuzzFeed en 2019, desde los que han
denominado a estos hombres como “heterocuriosos” o “heteroflexibles”.

En principio, utilicé estos recursos como una base para generar ideas, plantear
preguntas y pensar en estrategias para contactar informantes. A partir de los relatos que
encontré en una página web de cruising,11 entendí que estos hombres suelen mantener sus
encuentros homoeróticos bajo cierta secrecía, utilizan información falsa en aplicaciones
de ligue, no usan fotografías, ni de su rostro, y acuden regularmente a espacios públicos
como baños o semipúblicos como cuartos oscuros en busca de sexo con desconocidos.
Trabajos como el citado de Grau et al (2015) resultaron de gran utilidad para reconocer
la incorporación de los sitios web y páginas de ligue en la internet como campos fértiles
para la investigación social sobre el género y la sexualidad de los hombres.

De acuerdo con las personas que administran la página “es un lugar de encuentro
para toda la comunidad gay de México donde queremos que cada uno pueda expresarse
libremente (siempre dentro de unas normas razonables de convivencia y respeto,
claro)”.12 Se pretende que este espacio funcione como un lugar de encuentro digital para
la “Comunidad Cruising”, en la que puedan conocer a otros usuarios y compartir
experiencias por medio de textos.

La noche del 08 de febrero de 2021 realicé mi primera inmersión en esta página.


Navegué por este sitio web con dos objetivos concretos, el primero, identificar la
presencia de hombres no homosexuales en un espacio homoerótico digital como este y,

11
Para Langarita (2013, p. 100) alude a “la práctica concreta del sexo anónimo entre hombres en espacios
públicos.”
12
Esta descripción se encuentra en un texto llamado “carta a cruisers” publicado por las personas que
administran este sitio web.

28
segundo, aproximarme a las experiencias que estos hombres compartían en el sitio. Luego
de una serie de observaciones llegué a entender este espacio como una suerte de
repositorio del deseo, como un espacio que almacena, organiza y difunde información y
datos en torno al sexo entre hombres.

Realicé observaciones y navegaciones al interior de la página durante distintos


momentos y horarios en el periodo de febrero – julio de 2021, en estos recorridos virtuales
conocí las distintas pestañas del sitio, los foros, es decir, espacios donde los usuarios
comparten sus historias, relatan sus encuentros y hacen o solicitan recomendaciones para
ellos. Los usuarios que participan de este espacio digital exponen sus intereses, sus
deseos, sus fantasías, todo por medio de narraciones.

Logré identificar la existencia de dos versiones del sitio, una versión creada en el
año 2020 y una versión OLD que contiene las participaciones de usuarios que datan de
hace una década atrás. Noté que la versión OLD contenía mayor cantidad de
participaciones y que en ella había foros dirigidos, específicamente, para que los hombres
heterosexuales, bisexuales y/o no homosexuales compartieran sus experiencias y
narraciones en torno a sus encuentros y deseos homoeróticos.

Para la recolección de datos al interior de estos foros elaboré una base compuesta
por los siguientes campos:

a) Nombre del usuario. Este campo me permitió reconocer si los usuarios se


presentan como no homosexuales desde el nombre de usuario que deciden utilizar.
b) Descripción del perfil. En las algunas de las descripciones noté que los usuarios
se refieren a sí mismos como heterocuriosos o heteroflexibles. Por ejemplo,
encontré la descripción del siguiente usuario quien se presenta como “Soy un
chico agradable, deportista, guapo, hetero flexible en busca de experiencias”.
c) Autoidentificación. Traté de ser atento y registrar, particularmente, aquellos
casos en los que los participantes se identificaban o presentaban a sí mismos como
heterosexuales o rechazaban la homosexualidad como identidad.
d) Narraciones. Recuperé algunas participaciones de los usuarios. Por ejemplo: “A
mí solo me va la calentada. Nada de besos ni amor ni esas cosas. A lo que se va.
Si es mamadas bien, si se pone buena la cosa entonces pues igual sex. Soy feliz

29
siendo hetero, pero me encanta darle vuelo a la hilacha de vez en cuando y no me
considero gay. Igual y bi, pero me va bien la vida hetero y nunca me ha gustado
un cabrón”.
Estos hallazgos me permitieron dar cuenta de la presencia de hombres “hetero” o
“no homosexuales” al interior de este espacio digital y, también, reconocer
algunas de las prácticas que disfrutan o que buscan en sus encuentros con otros
hombres.
Nota del investigador. Mientras construía este instrumento, elaboré reflexiones
u observaciones sobre este mar de información, planteé ideas y dudas que busqué
confrontar y explorar en las entrevistas que posteriormente elaboré.

Esta página web funciona como un espacio que agrupa la experiencia compartida de
hombres que se presentan como heterosexuales o no homosexuales y que viven
encuentros y/o deseos homoeróticos. Estas aproximaciones me llevaron a reconocer la
importancia de una producción narrativa como ésta, pues en ella “afloran un conjunto de
discursos textuales sumativos e interactivos de carácter social y comunitario (Arriazu,
2007, p. 1).

3.2 El Cuestionario “Hombres y prácticas sexuales” y la construcción de redes

Uno de los problemas que tuve al navegar por la versión OLD de la página web y,
particularmente, en los foros de hombres heterosexuales y no homosexuales fue la
imposibilidad de la interlocución. Este espacio digital se caracteriza por la carencia de
opciones para establecer contacto con los usuarios, por lo que fue imposible enviar
mensajes a los usuarios.

Tuve la sensación de estar frente a un archivo de consulta, una especie de memoria


del deseo de estos hombres; sin embargo, la experiencia derivada de estas inmersiones
me llevó identificar algunos de los temas centrales que podría abordar en las entrevistas.
Debido a la imposibilidad de establecer contacto con usuarios de esta página, decidí
comenzar la búsqueda de personas que quisieran participar en mi investigación por otros
medios.

30
Consideré útil generar un cuestionario a través de los formularios de Google.13
Tenía el objetivo de captar la mayor cantidad de sujetos interesados en participar en la
fase de entrevistas. El 16 de febrero de 2021 presenté el cuestionario en mi perfil personal
en la red social Facebook, y lo describí como “parte de un proyecto de investigación sobre
la sexualidad de los hombres heterosexuales. Con el objetivo de conocer sobre las
distintas prácticas sexuales de los hombres”.

Aclaré que la información recopilada sería anónima y con fines académicos. Este
cuestionario fue compartido por mis contactos en esta red social. Se componía por seis
temáticas centrales que pretendía abordar a profundidad en las entrevistas. Utilicé
preguntas cerradas (opcionales) y otras abiertas para conocer la opinión de los
participantes. Las secciones se distribuían de la siguiente forma:

1. Sección I: datos sociodemográficos de los participantes, tales como la edad, la


entidad de residencia, la profesión u ocupación profesional, además se introducía
la pregunta ¿te consideras heterosexual?, a la que podía responderse con un no,
un sí o un “no estoy seguro”, el objetivo fue identificar potenciales interlocutores
para la fase de entrevistas.
2. Sección II: Algunas preguntas fueron: ¿Has sentido curiosidad por tener sexo con
otro hombre?, pues buscaba identificar el interés de los participantes por el sexo
entre hombres.
3. Sección III: Utilicé preguntas abiertas como las siguientes: ¿Cómo se justifica
que un hombre que no es homosexual tenga sexo con otros hombres? Y ¿Por
ejemplo, en qué situaciones se puede tener sexo con otro hombre sin ser
homosexual?
4. Sección IV: hice algunas preguntas para identificar a participantes con
experiencia en alguna aplicación de ligue entre hombres.
5. Sección V: con la pregunta ¿Has tenido sexo con otro hombre alguna vez?
buscaba identificar participantes potenciales para llevar a cabo las entrevistas. Sin
embargo, con las respuestas de los usuarios comprendí que éste no podía ser el

13
De acuerdo con Google su herramienta para la creación de formularios se define así: “Los Formularios
de Google te permite planificar eventos, enviar una encuesta, hacer preguntas a tus alumnos o recopilar
otros tipos de información de forma fácil y eficiente”.

31
único criterio para entrevistarlos, pues algunos de ellos no habían tenido sexo con
otros hombres; pero lo deseaban, fantaseaban con ello o, incluso, narraban
experiencias que para ellos eran equiparables, por ejemplo, tener sexo con mujeres
trans.
6. Sección VI: Con el mensaje “Este proyecto busca conocer con mayor profundidad
la diversidad de prácticas sexuales de los hombres, ¿Te gustaría participar y
compartir tu experiencia?” invité a los usuarios a participar en el estudio.

El primer día que este cuestionario circuló por mi perfil de Facebook obtuve algunas
respuestas; sin embargo, pocos de los participantes manifestaban interés en responder a
una entrevista. De modo que tomé la decisión de ampliar mi radar de búsqueda, es decir,
ir más allá de mis contactos en la red social. Me dediqué a hacer búsquedas en Facebook
usando el término heterocuriosos y heteroflexibles, y eso me llevó a identificar grupos
con hasta 13.5 mil miembros.

Estos grupos estaban cerrados al público, por lo que tuve que solicitar acceso,
respondí algunas preguntas, por ejemplo, con qué letra del acrónimo LGBTI+ me
identificaba y si estaba dispuesto a participar en el espacio de manera respetuosa y
apegada a sus normas. Así pude acceder a estos espacios y compartir el cuestionario.

Pocos usuarios interactuaban dando “like” al cuestionario, pero noté que las
respuestas comenzaron a aumentar progresivamente. Una de las principales inquietudes
que tuve en este proceso fue mi exposición ante los otros, es decir, estaba compartiendo
el cuestionario a través de mi perfil personal, los usuarios de este espacio digital podían
ver mis fotos, conocer más o menos alguna información sobre mí, incluso podían
comenzar a enviar solicitudes para ser mis amigos por esta red social o a enviar mensajes.

Recibí algunos mensajes y algunas solicitudes de amistad que asocié con estos
espacios, debido a que la mayoría de los perfiles no tenían fotografías, ni mucha
información en sus perfiles. Pese a los riesgos de esta “exposición” consideré que era una
manera de presentarme en el campo, de garantizarle a los usuarios mis intenciones, que
mis intereses eran genuinos y que no temía mostrarme, además, con cierta vanidad, asumí
que si algún usuario me encontraba atractivo esto podría llevarlo a responder mi
cuestionario.

32
Durante las primeras semanas de haber compartido el cuestionario en Facebook
las respuestas aumentaron; sin embargo, no había podido concretar ninguna entrevista
hasta ese momento. Por esta razón, el 23 de febrero decidí contactar a Raúl por Grindr14.
Es importante mencionar que la aplicación era y es nuestro único canal de comunicación
desde que nos conocimos varios meses atrás, antes de haber iniciado con este proyecto de
investigación. Contacté a Raúl y le propuse platicar a través de una llamada, pero él señaló
que prefería que nos encontráramos en persona, que camináramos un rato mientras
platicábamos al respecto y así ocurrió.

Contacté a los informantes de esta investigación por medio de las redes socio-
digitales, particularmente, Facebook y Grindr. En principio, intenté localizar informantes
por medio de la mencionada aplicación. Durante los primeros meses del año 2021
contacté a los perfiles que aparecían con nombres como “heterocurioso”, “heterosexual”,
“heteroflexible”. Esta aplicación funciona por medio de las tecnologías de la
geolocalización (gps), sitúa al usuario en un territorio específico y presenta a noventa y
nueve usuarios más próximos en distancia,15 en metros o kilómetros según sea el caso. El
funcionamiento de la aplicación se basa en el intercambio de mensajes y fotografías con
la finalidad de acordar encuentros sexuales y no sexuales entre los usuarios.

Raúl fue el primer hombre autodenominado heterocurioso que conocí, pero no el


único con el que he interactuado por medio de Grindr.16 En aquel momento no imaginé
que él se convertiría en una pieza fundamental de esta investigación, una brújula que
orientara muchas de mis preguntas y un ancla que aterrizara algunas de mis inquietudes
sobre el sexo entre hombres. Él se encontraba detrás de un misterioso perfil, y digo
misterioso porque carecía de descripción, fotografías o cualquier información sobre él,
sólo aparecía un nombre de usuario “heterocurioso”.

14
En el sitio web official de la aplicación puede leerse que: “Since launching in 2009, Grindr has grown
into the largest social networking app for gay, bi, trans, and queer people. We have millions of daily users
who use our location-based technology in almost every country in every corner of the plane”.
15
Usando la versión “gratuita” de la aplicación se pueden visualizar los noventa y nueve perfiles más
próximos. Sin embargo, existen otras versiones, una “Xtra” con un costo mensual de $149.99 pesos
mexicanos mensuales o $749.95 pesos mexicanos al año, que permite visualizar hasta seiscientos perfiles
en la aplicación y una “Unlimited” con un costo de $459.00 pesos mexicanos mensuales o $2,563.00 pesos
mexicanos al año, que promete, entre otras cosas, perfiles ilimitados y evitar los anuncios publicitarios.
16
De acuerdo cromosomaX y el artículo: “Entrevista con el creador de Grindr, Joel Simkhai”, Grindr surge
con el objetivo de promover relaciones y/o encuentros entre hombres que se identifican como gay o
bisexuales. Hoy registra más de 10 millones de descargas a nivel mundial y tiene presencia en 99% de los
países del mundo.

33
Nuestro primer contacto ocurrió varios meses antes de que esta investigación se
tornara en lo que aquí presento. Recuerdo que tuvimos una charla que podría tildar de
superficial, pues nuestro intercambio de mensajes se redujo a un “hola, cómo estás”, “qué
haces” y, posiblemente, al intercambio de fotografías de nuestros cuerpos. No recuerdo
con claridad los mensajes que intercambiamos o todo lo que nos dijimos durante las
primeras conversaciones, sin embargo, algo que siempre recordaré es el rechazo que Raúl
manifestaba a mostrar su rostro o dar cualquier información sobre él (dónde vivía, a qué
se dedicaba, etcétera).

Una de las dinámicas que he identificado a partir de mi experiencia como usuario


de esta aplicación es que muchos sujetos, al igual que Raúl, manifiestan un rechazo tajante
por compartir información que consideran personal como su nombre “real” (ese que
aparece en el acta de nacimiento), su ubicación, su profesión y, en muchos casos,
fotografías de su rostro. Sin embargo, son sujetos que acceden o deciden compartir
imágenes de sus cuerpos, sus genitales, o hablan de sus intereses sexuales aún sin
solicitud.

Considero que la estructura de los perfiles en Grindr funciona como una suerte de
disección del cuerpo, en la que los sujetos se exponen y/o se consumen por partes. Pocos
usuarios utilizan fotografías de cuerpo completo y son menos los que comparten
información personal, lo más frecuente es encontrarse con una exhibición de
abdominales, torsos, traseros y erecciones de miembros.17 Entre las limitaciones que
encontré en esta aplicación estuvieron la falta de interés de los usuarios por participar en
un estudio académico y la intermitencia de los perfiles, muchos de ellos desaparecieron
horas o días después de que los contacté.

En Facebook emprendí una estrategia distinta, en primer lugar, busqué grupos


para hombres que tienen sexo con hombres, espacios donde se hablaba de cruising o que
estuvieran dirigidos explícitamente para hombres heterocuriosos o heteroflexibles. En
segundo lugar, diseñé un cuestionario en línea por medio de Google Forms y lo distribuí
en estos grupos. Por medio del cuestionario pude obtener el contacto de algunos hombres
interesados en la investigación y en compartir su experiencia. Uno de los ‘filtros’ o

17
Para conocer más sobre la representación de los cuerpos masculinos en aplicaciones como Grindr pueden
consultarse los trabajos de Caraballo (2021); Gómez (2018); Caballero (2021).

34
preguntas del cuestionario establecía reconocerse como heterosexual y tener experiencias
o curiosidad sobre el sexo entre hombres.

3.3 El momento de las entrevistas y la experiencia del diálogo

Realicé una serie de 13 entrevistas semiestructuradas entre el 01 de marzo al 02 de agosto


de 2021. Las observaciones que realicé en los foros de la página web y de las respuestas
que obtuve de los cuestionarios online fueron de gran ayuda en el diseño del guion de
entrevista. Sin embargo, luego de una serie de entrevistas y nuevas respuesta al
cuestionario llegué a modificar algunas preguntas y agregar nuevas inquietudes que no
había considerado en el primer borrador del guion.

Raúl fue el único informante que contacté por medio de Grindr, al resto de los
entrevistados los contacté por medio del cuestionario que difundí en los grupos de
Facebook. Finalmente, dialogué con 11 sujetos: Raúl, Luis Fer, Iván, Carlos, Andrés,
Joseph, Aarón, Charlie, Salvador, Jey y José (seudónimos elegidos por los entrevistados).
La edad de estos hombres oscila entre los 22 y los 40 años y residen, principalmente, en
la Ciudad de México y el Estado de México, y un par de casos en la ciudad de Guadalajara
y Puebla. Todos los informantes, salvo José, estudiaron o estudian una licenciatura,
incluso posgrados, aunque él también planea hacerlo en algún momento. Los hombres de
este grupo desempeñan laborares muy diversas que van desde la docencia, cuestiones
administrativas hasta el desarrollo de proyectos sociales relacionados con poblaciones
campesinas y derechos humanos.

Durante las entrevistas, algunos de los informantes me cuestionaron sobre las


respuestas de los otros participantes, querían saber si sus respuestas eran similares, si
tenían experiencias comunes, si los otros compartían sus dudas. Entendí que estos
hombres no buscaban salir del anonimato, construir un discurso público sobre su
sexualidad o una comunidad con los otros hombres, lo que sí buscaban era saber que no
eran los únicos.

El guion que diseñé para las entrevistas semi estructuradas aborda las siguientes
temáticas:

35
o Los significados de la heterosexualidad: elaboré una serie de preguntas que
estaban orientadas en indagar sobre los significados que estos hombres atribuyen
a la heterosexualidad, a expresar si se identifican con ella y de qué forma, además
busqué explorar en las prácticas que de acuerdo con ellos los definen o determinan
como heterosexuales.
o Las dimensiones de la curiosidad y el deseo: con otra serie de preguntas busqué
explorar la forma en que estos hombres viven y piensan sus encuentros sexuales,
ahondé en lo que para ellos es el placer y las formas y prácticas que lo producen.
o La experiencia en los encuentros homoeróticos: Cuando estos hombres
declararon haber sostenido experiencias o encuentros homoeróticos, busqué
dirigir la entrevista a preguntas que ahondarán en lo que sintieron, lo que hicieron,
lo que pensaron y piensan al respecto. Y, sobre todo, en cómo estos encuentros
habían detonado cambios o dudas en la forma de pensarse a sí mismos como
hombres heterosexuales.
o Los sentidos de la heterocuriosidad: Estos encuentros me permitieron entender
que, por lo menos, para los hombres que pude entrevistar, la heterocuriosidad no
siempre estaba presente en su discurso. Solo para algunos esta etiqueta le parecía
adecuada para definirse a sí mismos, para otros tantos esta etiqueta tenía ciertos
significados que no los representaban.
o Algo que no consideré con antelación, pero que las entrevistas me permitieron
indagar fue la importancia y los significados que los hombres de este estudio
atribuyen al anonimato y la clandestinidad, haciéndolas aparecer constantemente
como características y/o condiciones para su experiencia.
o Con las entrevistas pude explorar en cierta medida el papel que ocupan o han
ocupado los medios digitales en el ejercicio de su sexualidad.

En este proceso aprendí que para abordar la experiencia de los sujetos resulta imposible
ceñirse a una lista de temas específicos. Cada encuentro fue distinto al anterior, cada
conversación inició con preguntas distintas, incluso el empatizar ocurrió en distintas
formas y distintos momentos para cada caso, me percaté de que las mismas preguntas
difícilmente suscitan respuestas idénticas, pues cada uno de los participantes comparte
experiencias personales únicas y se abre de formas particulares en la investigación.

36
Muchos de estos hombres manifestaron profunda curiosidad por conocer más del
proyecto, por conocer las intenciones de este estudio y mostraron interés por saber más
acerca de otros participantes, en algún momento uno de ellos me incitó a organizar
espacios colectivos en los que pudieran conocerse entre sí, sin embargo, teniendo en
cuenta la búsqueda del anonimato que muchos persiguen ésta no me resultó una gran idea.

En muchos momentos me sentí complacido por el hecho de que alguno de los


participantes me buscará para compartirme algo que había estado reflexionando luego de
nuestra entrevista y que incluso me pidiera un nuevo encuentro. Me confronté ante cada
pregunta que los entrevistados me hicieron, momentos en los que más que investigador
fui un sujeto más que desea y es deseado. No pensé que sería necesario externar mis
propios deseos, compartir con mis entrevistados mis intereses y pensamientos, abrirme
con ellos como ellos conmigo, sin embargo, supongo que a eso se refiere la consigna
metodológica de volverse sujeto-objeto de su propio estudio.

Retomando las palabras de un par de participantes, en algunos momentos las


preguntas se tornaron difíciles de responder, no porque les resultaran complejas, al menos
eso dijeron, sino porque eran preguntas que “ni su terapeuta les había hecho”. Algunas de
las preguntas implicaron que estos hombres reflexionaran sobre cuestiones que nunca se
habían cuestionado y que externaran experiencias que nunca habían compartido con
nadie.

Considero que hubo muchas preguntas pendientes por hacer y que, posiblemente,
pude ahondar con mayor fineza en varios momentos. sin embargo, aquello que se
construyó en cada interlocución con estos sujetos ha resultado de un profundo potencial
para hacerme seguir pensando y reflexionando sobre el objeto que a esta investigación
atañe, las complejidades del deseo sexual, las paradojas en las que vivimos nuestra
identidad y, en particular, la necesidad de repensar la heterosexualidad y su relación con
el ser hombre en nuestra sociedad.

3.4 La construcción de la muestra

Para conformar la muestra que compone este estudio contacté a los participantes del
cuestionario que cumplían con los siguientes criterios:

37
• Identificarse como heterosexuales/no homosexuales.
• Ser mayores de edad (18 años en adelante).
• Manifestar interés por las prácticas homoeróticas.
• Radicar en zonas urbanas.
• Tener interés en participar en una entrevista y haber compartido un contacto
para poder localizarlos.

A partir de estos criterios contacté a 30 participantes por medio de mensajes de mail y


mensajes de WhatsApp, sin embargo, sólo once de los participantes respondieron a mi
solicitud. Con ellos realicé trece entrevistas (tuve un segundo encuentro con dos de los
participantes), diez se realizaron por medio de zoom y meet google, aplicaciones de
videoconferencias en línea. Otra dos las realicé presencialmente, la última fue por medio
de la aplicación de WhatsApp ya que José, 18 el entrevistado, así lo solicitó.19

La duración promedio de las entrevistas ronda la hora con cuarenta minutos,


siendo cuarenta y dos minutos la duración más breve y más de dos horas la duración del
encuentro más prolongado. Entre los trece entrevistados que participaron en este estudio,
diez fueron contactados ya sea por mail o por teléfono, según los datos que decidieron
compartir por medio del cuestionario online, Raúl fue el único participante que contacté
por Grindr.

En cuatro de las entrevistas, los participantes decidieron no prender su cámara de


video, el resto de los participantes no tuvieron ningún problema con ser visibles durante
la entrevista. Cuando comenzaban las entrevistas yo hacía la indicación respecto a que
podían o no encender sus cámaras de video según se sintieran al respecto. De igual forma,
indiqué a los participantes que podían señalar si alguna de las preguntas les resultaba
molesta y que tenían libertad de no compartir conmigo algo que no quisieran.

Durante mi primer encuentro con Raúl, el primero de los entrevistados, él fue muy
enérgico al declarar que no se dejaría grabar, ni su voz, mucho menos su rostro y que
cualquier pregunta relacionada con su novia o con su familia podían ser omitidas desde
ya. Este momento me llevó a ser más empático al respecto, pues comprendí que para
muchos de mis futuros entrevistados la cuestión del anonimato podría ser igual de valiosa.

18
En el sitio oficial de la aplicación puede leerse la siguiente descripción: “WhatsApp is free and offers
simple, secure, reliable messaging and calling, available on phones all over the world.”
19
De acuerdo con él, la única forma en la que podía responder era de manera textual e intermitente, por lo
que a lo largo de una charla de tres días por este medio logramos abordar las preguntas que quería hacerle.

38
Cuando manifestaron su deseo de no encender la cámara no tuve mayor reparo en
aceptarlo, pues consideré que de esta forma su experiencia sería más grata. En lo que
respecta al audio, pude grabar 11 de las entrevistas. La primera entrevista no fue grabada
por solicitud de Raúl, a quien agradezco que pese a mostrarse muy nervioso al respecto,
accedió a responder a todas mis inquietudes. A continuación, hago una breve descripción
de los participantes de la investigación:

1. Raúl

Con Raúl realicé dos entrevistas, primero el 02 de marzo de 2021 y después el 01 de julio
de 2021. Ambos encuentros se llevaron a cabo de manera presencial y son las únicas que
llevé a cabo en esta modalidad. En su conjunto, los encuentros con Raúl tuvieron una
duración de dos horas y veinte minutos aproximadamente. Él se describe como un hombre
heterocurioso, tiene 29 años, radica en la Ciudad de México y desempeña actividades de
oficina. Durante la entrevista con Raúl algunas de las temáticas que destacaron fueron: la
diferencia entre la heterosexualidad, la homosexualidad y su experiencia como un hombre
heterocurioso; las diferencias que encuentra entre el sexo con hombres y con mujeres; la
importancia que tiene virilidad; y los riesgos y posibles castigos que podría vivir si
alguien se entera de sus prácticas no heterosexuales.

2. Luis Fer

Con Luis Fer realicé la entrevista el día 03 de marzo de 2021 por medio de la aplicación
de reuniones virtuales Meet de Google,20 el encuentro tuvo una duración de 57 minutos
aproximadamente. Él tiene 29 años, radica en Guadalajara, Jalisco y se dedica a la
docencia. Luis Fer habló de su integración a un grupo de derechos humanos y diversidad
sexual, donde comenzó a cuestionar lo que significa la masculinidad, y sobre cómo llegó
a reconocer que tiene deseo sexual por las mujeres trans y sobre cómo esto ha cambiado
su forma de entender la sexualidad, el placer y de pensarse como hombre heterosexual.

3. Iván

Con Iván realicé una entrevista el día 05 de marzo de 2021 por medio de la aplicación de
reuniones virtuales Meet de Google y tuvo una duración de dos horas y once minutos

20
En la descripción de la aplicación se señala que: “Google Meet es un servicio de videotelefonía
desarrollado por Google”.

39
aproximadamente. Iván se describe como un hombre heterosexual, tiene 35 años, radica
en la Ciudad de México y se dedica a la docencia. Iván habló de distintos momentos en
su vida personal y sexual. Él se describió como un hombre “heterosexual en la práctica”,
pues expresó que desde hace mucho tiempo ha sentido atracción por otros hombres; sin
embargo, nunca ha tenido un encuentro sexual con alguno.
Iván habló del encuentro sexual que tuvo con una mujer trans y en la serie de
dudas y pensamientos que se habían detonado de este encuentro. Durante la entrevista
habló de otros temas como los espacios homofóbicos como la familia y las normas que
rigen el comportamiento sexual de los hombres y el suyo en particular.

4. Charly

Realicé la entrevista con Charly el día 06 de marzo de 2021 por medio de la aplicación
de reuniones virtuales Meet de Google y duró cerca de cuarenta y cinco minutos. Carlos
se describe como un hombre trans heterosexual de 23 años, radica en Toluca, Estado de
México y es estudiante de la licenciatura en psicología. Durante la entrevista destacó que,
aunque se considera heterosexual, tiene deseos de tener sexo con hombres, pero, ahora
mismo se encuentra en una relación monogámica con una mujer.
Carlos habló sobre la importancia de la educación sexual. Además, expuso lo que
él describe como prácticas homoeróticas en la convivencia cotidiana de los hombres
heterosexuales en las que incluye los pellizcos, los “arrimones”, el “joteo”, una especie
de juegos sexualizados que se dan entre los hombres autodefinidos como heterosexuales.

5. Andrés

Realicé la entrevista con Andrés el día 07 de junio de 2021 por medio de la aplicación de
reuniones virtuales Meet de Google y tuvo una duración aproximada de una hora y
cuarenta y cinco minutos. Andrés se autodefine como un hombre bisexual, tiene 35 años
y radica en Chimalhuacán, Estado de México. Andrés compartió que ha tenido encuentros
sexuales tanto con hombres como con mujeres. Durante la entrevista destacaron temas
como la clandestinidad, el anonimato y el sexo entre hombres.
Para él, el sexo con mujeres resulta una experiencia incompleta que necesita al
sexo con hombres para lograr su plenitud. También habló del “cortejo” y del esfuerzo que
debe dedicar un hombre para establecer encuentros sexuales con una mujer, condición

40
que considera, no se replica en su experiencia con los hombres, por lo que el sexo con
estos es más fácil, más accesible.

6. Joseph

Con Joseph realicé dos entrevistas, la segunda por solicitud suya. El primero de nuestros
encuentros ocurrió el día 18 de junio de 2021 y el segundo fue el 09 de julio de 2021 por
medio de la aplicación de reuniones virtuales Meet de Google, el primero de estos duró
una hora con treinta y cuatro minutos aproximadamente, y el segundo tuvo una duración
de una hora con treinta y tres minutos. Joseph tiene 40 años, es un hombre divorciado
luego de un matrimonio heterosexual que duró cerca de una década, en este tuvo dos
hijos. Radica en la Ciudad de México y se desempeña como personal administrativo en
una institución educativa.
En el cuestionario online que Joseph llenó previo a la entrevista, expresó que se
identificaba como un hombre heterosexual que buscaba explorar su sexualidad, pero
durante nuestros encuentros se presentó de manera reiterada como un hombre que vive la
sexualidad más allá de las etiquetas, que vive el placer tanto con hombres como con
mujeres. Él habló de las diferencias que encuentra entre el sexo con hombres y el sexo
con mujeres, tales como el uso distinto que puede hacer de la rudeza en los encuentros y
de prácticas como el sexo anal que no ocurren en los encuentros con mujeres.

7. Aarón

Realicé la entrevista con Aarón el día 02 de julio de 2021 por medio de la aplicación de
reuniones virtuales Meet de Google y tuvo una duración aproximada de una hora y siete
minutos. Aarón se autodefine como un hombre heterosexual “sin duda”, tiene 34 años, es
sociólogo de formación y trabaja en distintos proyectos relacionados con poblaciones
campesinas y derechos humanos, radica en lo que él llama “la periferia de la Ciudad” en
el Estado de México. Él habló de sus primeros encuentros sexuales con otros hombres,
las dudas que en él despertaron sobre su sexualidad, sobre el placer, las nuevas
experiencias que vivió, así como los prejuicios y los miedos que él asocia con este hecho.

8. Carlos

Realicé la entrevista con Carlos el día 04 de julio de 2021 y tuvo una duración de
cincuenta y cuatro minutos aproximadamente. Carlos se describe como un hombre
heterosexual, tiene 29 años, estudia una licenciatura en línea y trabaja como empleado en

41
una distribuidora de textos. Durante la entrevista habló de las “circunstancias” en las que
ha tenido acercamientos sexuales con otros hombres, tocamientos, besos, caricias. Para
Carlos lo más importante es la distinción entre lo afectivo y lo sexual, ya que con los
hombres solo experimenta deseo, mientras que, con las mujeres es capaz de involucrarse
emocionalmente.

9. Salvador

Realicé la entrevista con Salvador el día 17 de julio de 2021 y tuvo una duración
aproximada de cuarenta y dos minutos. Salvador se describe como un hombre
heterosexual, tiene 28 años, es estudiante de posgrado y radica en la Ciudad de México.
Durante la entrevista expresó que ha imaginado cómo sería el sexo con un hombre, pero
que no llegaría a concretarlo. Además, habló de las “restricciones” sexuales que existen
en su relación actual, de los temores que su novia expresa ante las posibilidades de que él
tenga sexo con otros hombres o de que manifieste deseos por prácticas sexuales anales.

10. Jey

Realicé la entrevista con Jey el día 02 de agosto de 2021 y tuvo una duración de una hora
con cuarenta minutos. Jey se describe como un hombre heterosexual, tiene 27 años,
estudió negocios internacionales, ahora trabaja en el sector automotriz y radica en Puebla,
Puebla. Durante la entrevista ahondó sobre las experiencias sexuales que ha tenido tanto
con mujeres como con hombres, habló de las diferencias que encuentra entre unas y otras,
y narró cómo fue el proceso de exploración de su “curiosidad” sexual y sobre cómo
entiende el placer.

11. José

José solicitó que la entrevista fuera hecha por medio de WhatsApp, durante los días 27,
28 y 29 de julio de 2021, por medio de un intercambio de mensajes llevamos a cabo este
proceso. José se describe como un hombre heterosexual, tiene 22 años, trabaja como
empleado y radica en la Ciudad de México. La entrevista se centró en las diferentes
experiencias sexuales que José ha tenido tanto con hombres como con mujeres. Para él,
la diferencia central está en el hecho de que con las mujeres experimenta interés afectivo,
además de sexual, mientras que, por los hombres solo tiene “morbo” por sus genitales.

42
Capítulo II

La diversidad en la heterosexualidad:
de la controversia a las inflexiones

De acuerdo con la autora Fausto-Sterling (2000) “la palabra heterosexual hizo su debut
público en la Alemania de 1880”. Para 1982, el término ya había sido exportado a
Norteamérica y ahí “tras un periodo de debate, los médicos convinieron en que
«heterosexual se refería un Eros normal orientado al otro sexo>> (p. 30).

Las ciencias de la saludad y de la conducta han propugnado por entender la


heterosexualidad como una orientación sexual,21 atribuyéndole un carácter natural,
biológico, al representarla como una capacidad inherente de cada persona que permite
sentir atracción física o erótica por personas del género contrario. Esta visión de la
heterosexualidad se ha constituido como el modelo sexual dominante en las sociedades
occidentales (Guasch, 2006, p. 91-92).

El discurso de la orientación sexual ha construido sobre la heterosexualidad una


imagen de totalidad, de determinación, de naturalidad inherente e inamovible en el sujeto.
Es por ello por lo que, como menciona Fausto-Sterling (2000), hay casos que suscitan
particular controversia al contraponerse a esta representación. Por ejemplo, ella cita el
caso de “mujeres casadas que «descubrieron», a menudo después de los cuarenta, que
eran lesbianas. Aunque las mujeres entrevistadas hayan tenido vidas sexuales activas y
satisfactorias con sus maridos y hayan formado una familia, supieron que debían «ser»
lesbianas desde el primer minuto en que se sintieron atraídas por una mujer” (p. 24).

Considero que una controversia similar podría ocurrir si se revelara públicamente


la identidad de mis informantes, pues muchos de ellos tienen relaciones sentimentales con
mujeres desde hace varios años, incluso uno de ellos (Joseph) es un hombre casado y
padre de dos hijos. Joseph se encuentra en un proceso de divorcio de la madre de sus

21
La orientación sexual ha sido definida como “capacidad de cada persona de sentir una atracción erótica
afectiva por personas de un género diferente al suyo, o de su mismo género, o de más de un género o de
una identidad de género, así́ como la capacidad de mantener relaciones íntimas y sexuales con estas
personas” (CONAPRED, 2016, p. 27).

43
hijos, con la cual nunca habló sobre sus intereses sexuales por otros hombres o de los
encuentros que tuvo con ellos en algún momento. Considera que, de hacerlo, la
convivencia con sus hijos estaría en peligro. Al respecto, señala

Ahorita por la situación legal por la que estoy atravesando, por la cuestión de la
convivencia con mis hijos, mi abogada me dijo: “yo sé que es feo que te diga esto, pero
debes ser muy discreto porque no se ha concretado sobre cómo va a ser la convivencia
con tus hijos y no queremos entorpecer este proceso legal que ya casi tenemos ganado. Se
un poco discreto, incluso la terapeuta me dijo: “Se un poco discreto para que obtengas
mejores resultados ante esta situación legal”.

A diferencia de las mujeres que menciona Fausto-Sterling (2000), hay hombres casados
o en relaciones heterosexuales como Joseph que, aunque tienen sexo con otros hombres
no se ‘descubren’ como homosexuales en ningún momento de su vida. De acuerdo con
Langarita (2015) esto podría deberse a dos razones: la primera, por temor al “principio
homofóbico que genera estigma y rechazo en aquellas personas que mantienen relaciones
sexuales con personas de su mismo sexo”. Pues “el estigma supone una pérdida inmediata
de los privilegios de pertenecer al grupo de los «normales»” (pp. 184-185). Y la segunda,
porque “los hombres que se presentan como heterosexuales disponen de una serie de
privilegios sociales que tienen que ver fundamentalmente como el acceso al poder y a los
recursos en tanto que heterosexuales” (p. 185).

En el caso de Joseph, ‘descubrirse’ públicamente como un hombre que tiene sexo


con otros hombres podría impactar negativamente en la relación que tendrá con sus hijos
después del divorcio. Él percibe que el riesgo al estigma homofóbico podría alcanzar un
nivel institucional, pues por esa cualidad (ser un HSH) la jueza encargada de su caso
podría considerarlo incapaz de ejercer la paternidad. Posturas como ésta promueven la
idea de la paternidad como un privilegio y derecho, exclusivamente, heterosexual.22

De acuerdo con entrevistados como Jey, Andrés o el mismo Joseph, no es raro


coincidir con hombres que se dicen casados (con mujeres) en aplicaciones de ligue o en
lugares de encuentro homoerótico. Al respecto Joseph relata: “esto no creas que es muy

22
En México, el número de hombres y mujeres que no se identifican como heterosexuales y que ejercen la
paternidad o maternidad va en aumento. Sin embargo, también ha crecido el debate público entre posturas
conservadoras que defienden la idea de una familia natural y heterosexual que se oponen a posturas
progresistas que proponen nuevas formas de entender la familia y la defensa de los derechos humanos de
infantes y adultos. Respecto a estas discusiones pueden consultarte trabajos como Laguna (2016).

44
reciente, ya viene de muchísimos años porque, incluso, si tú vas a un vapor hay hombres
que tú dices: <<a ese señor yo lo vi con su esposa y aquí está buscando relacionarse con
otros hombres>>. Simplemente, no hay esa apertura, siempre nos dejamos guiar por lo
que dice la sociedad”.

Jey, por ejemplo, ha hablado con hombres casados en aplicaciones de ligue y en


grupos de telegram, mientras que, Andrés ha coincidido con ellos, sobre todo, en lugares
de cruising. Al respecto mencionó: “he encontrado muchos hombres casados con hijos
que lo practican y que no quieren una relación homosexual y te dicen <<ni me hables>>
o te tratan muy cortante, guardando su apariencia y su hombría”.

Fausto-Sterling (2000) considera que la controversia sobre las mujeres casadas


que se ‘descubren’ como lesbianas se basa en el hecho de que “la identidad sexual se
presenta como una realidad fundamental: una mujer es o inherentemente heterosexual o
inherentemente lesbiana”, es decir, que el problema está en la indeterminación o las
contradicciones entre las prácticas y la identidad sexual de los sujetos.

Este principio podría aplicarse también para algunos hombres casados con
mujeres que tienen sexo con otros hombres, de los cuales se esperaría una declaración
sobre su homosexualidad. El problema para este sistema de identidad sexual que pretende
definir a los sujetos en función de sus prácticas sexuales ocurre cuando hombres como
estos rechazan o no se identifican como homosexuales, por el contrario, reafirman su
autoidentificación como heterosexuales.

En lo que respecta a mis informantes, el temor al estigma homofóbico y la pérdida


de reconocimiento social señalados por Langarita (2015) podrían explicar, en parte, su
rechazo por la homosexualidad como una forma de identificarse. Sin embargo, considero
que en la experiencia de estos hombres podría haber otras formas de evadir la
controversia, incluso de resolverla o vivir el conflicto entre las normas y expectativas que
se les han impuesto como heterosexualidad y sus prácticas sexuales con otros hombres.
Esto no quiere decir que no haya costos o conflictos de tipo emocional, afectivo, personal,
sino que estos hombres construyen estrategias para gestionarlos.

Para aproximarme a la forma en que este grupo de hombres entiende y vive la


posible controversia entre su autoidentificación como heterosexuales y sus prácticas
sexuales con otros hombres, dividiré este capítulo en dos secciones principales: en primer

45
lugar, abordo una serie de referencias donde estos sujetos hablan de la heterosexualidad
como una orientación sexual, pero también como un proceso social que promueve y
define su vida sexual y afectiva bajo una serie de normas y expectativas. Analizo estas
referencias a partir de propuestas teóricas que estudian o proponen entender la
heterosexualidad normativa como un efecto de la heteronormatividad.

En el segundo apartado de este capítulo ahondaré en los procesos a partir de los


cuales este grupo de hombres ha logrado sortear, en cierto grado, la corrupción sobre las
normas de lo que llaman heterosexualidad, es decir, cómo es que han logrado resolver o
evitar la controversia entre su autoidentificación y sus prácticas sexuales. Entre estas
estrategias identifico algunas como: I) la inflexión del término heterosexual, el cual ha
sido deformado, transformado o resignificado por algunos de estos sujetos que se
nombran a sí mismos como heterocuriosos o heteroflexibles; II) la apertura o deseo por
experimentar prácticas sexuales y afectivas que cuestionan una heterosexualidad
normativa y que, considero, abren paso a lo que llamo unas heterosexualidades queer.23

1. La heterosexualidad es como “un constructo digno de diccionario Larousse”

Guasch (2006) señala que “la sexualidad es universal, pero la heterosexualidad no. La
heterosexualidad es una forma de sexualidad. Es el modo en que nuestra sociedad regula
el deseo erótico para evitar que cuestione el orden establecido” (p. 90).24 La
heterosexualidad como forma de regulación social del deseo erótico se inserta dentro de
un orden de género específico, uno que se caracteriza por ser binario, jerárquico y
desigual. Butler (2001) lo llama “la matriz heterosexual”

“[U]n modelo discursivo/epistémico hegemónico de inteligibilidad de género, el cual


supone que para que los cuerpos sean coherentes y tengan sentido debe haber un sexo
estable expresado mediante un género estable (masculino expresa hombre, femenino

23
Opto por el término queer, pues de acuerdo con Domínguez-Ruvalcaba (2019), éste tiene un uso más
extendido, “lo que indica que en varios ámbitos se ha incorporado al uso corriente de académicos, activistas,
artistas, etcétera. No obstante, es importante señalar que los aportes de la llamada queer theory han sido
apropiados por las y los estudiosos de América Latina, desde donde se ha empezado a hablar de una “teoría
cuir” como una forma de “incorporar, de manera crítica, el enfoque queer a investigaciones e intervenciones
sociales” (Torres y Moreno, 2021).
24
Cursivas usadas por el autor.

46
expresa mujer) que se define históricamente y por oposición mediante la práctica
obligatoria de la heterosexualidad” (p. 38).

De acuerdo con Fausto-Sterling (2000) y Guasch (2006), el discurso médico ha sido en


gran medida responsable de promover la noción de heterosexualidad como sinónimo de
normalidad erótica. Categorías como la de orientación sexual se han impregnado en el
lenguaje jurídico,25 activista, mediático, incluso en la opinión pública y el sentido común.
La heterosexualidad entendida como orientación sexual se define como la “capacidad de
una persona de sentir atracción erótica afectiva por personas de un género diferente al
suyo, así́ como la capacidad de mantener relaciones íntimas y sexuales con ellas”.26

La mayoría de los entrevistados coincide al definir la heterosexualidad como una


capacidad, orientación o preferencia por establecer relaciones sexuales y afectivas con
mujeres, usando expresiones como: “atracción sentimental al sexo opuesto”; “relaciones
amorosas con mujeres”; “una preferencia que consiste en que te llame la atención o gusto
por una persona que es distinta a tu sexo”; “una orientación sexual por tu género opuesto”,
entre otras parecidas. Sin embargo, para muchos de ellos, la heterosexualidad no sólo se
limita a las dimensiones sexual y afectiva. Experiencias como el sexo con otros hombres
o con personas trans han llevado a estos sujetos a percibir la heterosexualidad como una
serie de normas, de exigencias que se hacen sobre ellos y que no siempre logran cumplir.

Me parece importante aclarar que mi objetivo con esta tesis no es negar o invalidar
la visión de la heterosexualidad como una orientación sexual. Lo central en esta
investigación no es rechazar o poner en duda la autenticidad de la identidad sexual que
los entrevistados se atribuyen. Por el contrario, el valor de este trabajo reside en la
apertura, en la escucha y comprensión de otras formas en que la heterosexualidad se vive
y se complejiza por la experiencia de estos sujetos.

Para los entrevistados, y quizás para otros varones, definir la heterosexualidad


como una orientación sexual resulta útil para describir, caracterizar o entender muchas de

25
En el cuadernillo de jurisprudencia de la corte interamericana de derechos humanos nº 19: Derechos de
las personas LGTBI. “La Corte Interamericana deja establecido que la orientación sexual y la identidad de
género de las personas son categorías protegidas por la Convención (Americana). Por ello está proscrita
por la Convención cualquier norma, acto o práctica discriminatoria basada en la orientación sexual de la
persona. En consecuencia, ninguna norma, decisión o práctica de derecho interno, sea por parte de
autoridades estatales o por particulares, pueden disminuir o restringir, de modo alguno, los derechos de una
persona a partir de su orientación sexual” (p. 7).
26
Consejo Nacional para Prevenir y Erradicar la Discriminación (CONAPRED, 2016, p. 21).

47
las relaciones sexuales y afectivas que establecen con mujeres. No obstante, hay otras
posturas que ven en la heterosexualidad algo más que una orientación sexual. Por
ejemplo, Salvador señaló que gracias a que sus hermanos están “muy clavados en esos
temas” él ha llegado entender la heterosexualidad más allá del deseo y la práctica sexual.
Al respecto, comenta

Está más allá de una orientación sexual, también es una suerte de régimen que ordena la
sociedad. Todo está estructurado a partir de esta orientación sexual como eje central de
todo. Siento que todos los aspectos de la sociedad están hechos en esa medida. Entiendo
a estas dos formas diferentes: una muy concreta como orientación sexual por el género
opuesto y otra más a nivel estructural.

Iván también habla de la heterosexualidad no sólo como una orientación sexual, sino
como una guía normativa, una serie de principios desde los que aprendió a ser un hombre.
Al respecto, comenta: “fui educado y crecí con la idea de la heterosexualidad a rajatabla,
un constructo digno de un diccionario Larousse. Lo que hay que cumplir como hombre
es alimentar a tu familia, no expresar tus emociones y cumplir sexual y efectivamente”.

Para estos informantes, la heterosexualidad no sólo se refiere al deseo o atracción


sexual por las mujeres, sino que, también alude a una lógica desde la que se organizan las
relaciones sociales entre hombres y mujeres, entre heterosexuales y homosexuales. Para
Salvador, la sociedad está estructurada en medida de la heterosexualidad, que se
promueve y legitima como eje central de todo. Núñez (2011) llama “heterosexismo” a
esta forma de estructuración sexual de la sociedad, “la ideología y práctica que jerarquiza
las sexualidades y coloca la práctica y la identidad heterosexual como superior a las otras
prácticas e identidades sexuales” (p. 46).

Para Aarón, en cambio, la heterosexualidad significa “ponernos ciertos límites que


tienen que ver con una cuestión moral porque existe la idea de que tener relaciones
sexuales con una chica y es para procrear, es una construcción social”. Aarón creció en
el seno de una familia que describe como muy religiosa, “cristiana” donde se le inculcó
esta forma de entender la sexualidad “esos valores y esas ideas de alguna forma también
influyeron para reprimir ciertas opciones, ciertas prácticas que a mí me hubieran gustado
también”.

48
Aarón considera que los valores cristianos e ideas familiares lo llevaron a vivir la
heterosexualidad como una forma de reprimir ciertas prácticas que le hubiera gustado
experimentar. No obstante, en algún momento llegó a experimentar algo que no planeaba,
el sexo con otros hombres. Aarón se autodefine como un hombre “heterosexual sin duda”,
sin embargo, considero que esa “certeza” surgió después de un momento de duda, pues
comenta: “yo tuve una última pareja, una relación con una chica durante diez años, casi
desde mi uso de conciencia hasta hace poco fue que yo decía que era (heterosexual), me
considero más bien heterosexual, sí, me considero como tal heterosexual”.

Aarón se ha vivido como un hombre heterosexual, prácticamente, toda la vida. Al


menos, lo que su familia le enseñó que era una heterosexualidad determinada por unos
valores religiosos, que él llama cristianos, como una forma de sexualidad orientada a la
reproducción y a la represión. Para él, el sexo con otros hombres representó una ruptura
insospechada, ya que “no lo pensaba porque siempre me gustaron las mujeres, las niñas
cuando estaba pequeño, no existía en mí esa preferencia, o nunca la tuve durante ese
tiempo” (la juventud)”. Herrera, Kendall y Campero (2014) señalan que, “algunas veces
la práctica bisexual masculina tiene como contracara y causa indirecta a la homofobia, es
decir, el rechazo social a la homosexualidad, que puede llegar a adquirir rasgos de
violencia extrema”.

La represión normativa que algunos hombres, como Aarón, perciben en la


heterosexualidad los lleva a evitar, incluso a rechazar violentamente cualquier deseo o
práctica que se oponga la normalidad sexual aprendida. Salir de los limites sexuales
aprendidos puede suponer un alto costo para muchos de estos sujetos. Para Aarón, por
ejemplo, romper con las normas de la heterosexualidad tal y como las ha aprendido ha
supuesto distintos efectos sobre su autopercepción y sentimientos sobre sí mismo, al
respecto señala:

Antes, yo creo que, en mi juventud, en mi tiempo de adolescencia fue donde llegaba (a


tener) un sentimiento de culpa. Creo que conforme uno va teniendo sus propias
experiencias, se va dando cuenta de cosas. Pero, finalmente, yo creo que nunca dejas de
lado esa herencia cultural y esa herencia ideológica con la que la familia te dota. Yo sí he
sentido que interviene mucho.

Aarón encuentra en la heterosexualidad una serie de límites que determinan qué prácticas
sexuales se deben o no reprimir (el sexo con otros hombres), los fines que debe tener el

49
sexo (reproductivos). En relación con esto, Iván señala que la heterosexualidad representa
“una construcción cultural con su base fisiológica y con sus condicionamientos
históricos”.

La heterosexualidad normativa como es enunciada por estos sujetos nos habla de


una regulación de los cuerpos y lo que se hace con éstos, lo cual hace eco en la propuesta
de Connell (2003) para quien “el género es una de las formas en las que se ordena la
práctica social” en relación con “el ámbito reproductivo” y “que se refiere constantemente
a los cuerpos y lo que éstos hacen; no es una práctica social que se reduzca únicamente
al cuerpo” (p. 109). La heterosexualidad normativa determina, en gran medida, lo que los
cuerpos de hombres y mujeres pueden o no hacer, las formas en que se pueden relacionar
entre sí y con otros de su mismo género.

Los entrevistados hablan de la heterosexualidad como una construcción social,


cultural e histórica, una especie de tradición desde la que se educa a los cuerpos y que nos
lleva a identificar lo correcto y adecuado en las prácticas sexuales y a reprimir aquello
que traspasa esos límites. Por esta razón, considero que muchos de los entrevistados, ven
en el sexo con otros varones, no sólo satisfacción sexual, sino que, también, una forma
de cuestionar(se) y poner a prueba lo que han aprendido sobre sí mismos y de la
sexualidad.

Durante la interlocución con estos hombres pude encontrar una serie de


referencias que despojan a la heterosexualidad de una única definición como la de
orientación sexual, pues para estos hombres se vive y se siente muchas veces como una
serie de lecciones que aprendieron sobre lo que hacer y no hacer en el sexo. Asumir esta
forma de pensar la sexualidad, implica asumir que la heterosexualidad normativa no sólo
regula, sino que promueve el deseo erótico-afectivo entre hombres y mujeres. De modo
que la práctica sexual adquiere una determinante social que sirve a la legitimación y
reproducción del orden social, caracterizado por un binario de género y una estructura
heterosexista.

50
1.1 Algunas notas sobre el proceso de hetero-socialización

Como hemos visto hasta ahora, distintos informantes hablan de la heterosexualidad como
un sistema de normas, como una suerte de imposición estructural que valida ciertas
prácticas sexuales sobre otras. Si bien, ninguno de los informantes utilizó el concepto de
heteronormatividad al expresar estas ideas, me parece que este término me permite
analizar las características de un sistema de estructuración socio-sexual como el que
describen. En 1999, trabajos como el de Berland y Warner ya proponían distinguir la
heterosexualidad como práctica sexual de la heteronormatividad

Por heteronormatividad entendemos aquellas instituciones, estructuras de comprensión y


orientaciones prácticas que hacen no sólo que la heterosexualidad parezca coherente —es
decir, organizada como sexualidad —sino cambien que sea privilegiada. Su coherencia es
siempre provisional y su privilegio puede adoptar varias formas (que a veces son
contradictorias): pasa desapercibida como lenguaje básico sobre aspectos sociales y
personales; se la percibe como un estado natural; también se proyecta como un logro ideal
o moral (1999).

De acuerdo con estos autores, la heteronormatividad es un concepto distinto al de


heterosexualidad. Señalan que incluso algunas modalidades del sexo entre hombres y
mujeres podrían no ser heteronormativas. “Una de las diferencias más conspicuas entre
los dos términos es que heteronormatividad no tiene concepto paralelo como ocurre con
heterosexualidad, la cual organiza la homosexualidad como su opuesto” (Berland y
Warner, 1999). En la actualidad, el uso de este término puede encontrarse en propuestas
académicas [Rumens, Moulin y Brewis (2019); Spargo, 2000), incluso en acciones
artivistas.27

Desde estos referentes, la heteronormatividad puede entenderse como un proceso


formativo, orientador de prácticas, de organización social que promueve y valora la
heterosexualidad sobre otras formas de sexualidad. Considero que este proceso se asocia
en gran medida con lo que Butler (2001) llama “la matriz heterosexual”, pues este sistema
de organización socio-sexual se basa en la conformación de “los géneros inteligibles”, es

27
Durante 2015, en México se llevó a cabo un seminario/taller nombrado “Artivismo contra la Heteronorma
en América Latina” como parte de las actividades del FESTIVAL BATACLÁN INTERNACIONAL,
festival de arte multidisciplinario que versa en torno al erotismo y al postporno.

51
decir, sujetos que aseguran la coherencia entre sexo, género, práctica sexual y deseo (p.
50). En una “matriz de normas coherentes de género, la heterosexualización del deseo
requiere e instituye la producción de oposiciones discretas y asimétricas entre femenino
y masculino entendidos estos conceptos como atributos que expresan ‘hombre’ y ‘mujer’”
(p. 50).

El proceso de heterosexualización del deseo tiene como objetivo la formación de


sujetos generizados (hombres-mujeres) binarios y heterosexuales. La existencia de
personas que se autoidentifican como mujeres o como hombres heterosexuales representa
el éxito de este proceso. Sin embargo, la heterosexualización del deseo supone efectos
distintos para los sujetos en función de su género, al respecto Carlos señala

A la mujer normalmente la educan para que reprima su vida sexual o para que no la
platique y a nosotros como hombres no. Por eso pienso que el tener sexo con un hombre
es más abierto y directo porque nos enseñaron que mientras más relaciones tengamos
mejor o mientras más parejas, somos mejores, cosa que no es cierto; y a la mujer la educan
al revés, tiene que ser discreta, sólo tiene que estar con uno, si tiene muchas parejas está
mal. Creo que la diferencia radica ahí, en que estando con un hombre es como estar con
alguien como que le vale madres y normalmente con una mujer es alguien como que se
reserva un poco y se cuida por norma social.

Una vez que se asigna un género a los y las infantes, estos comienzan su andar en el
proceso de heterosocialización, es decir, que comienzan a instituirse dentro de las
estructuras heteronormativas que se imponen como normales, deseables, correctas,
naturales. Por ejemplo, para Carlos, los hombres y las mujeres reciben una educación
sexual diferenciada, siempre en función de la heterosexualidad. Los varones son
valorados en función de las múltiples parejas que puedan tener, mientras que, el valor de
las mujeres es proporcional a la represión con la que vivan su sexualidad, una que debe
ser reservada, limitada.

Aarón, en cambio, señala que “los tabúes que se han establecido han enseñado a
la mujer a ser sometida o subyugada, a no decir y no ofrecerse [tener iniciativa sexual]
porque entonces se ve mal, es una golfa”. De modo que, el proceso de heterosocialización
parece promover una estructura binaria y jerarquizada entre la sexualidad masculina y la
femenina.

52
Hablo de la socialización como el proceso mediante el cual se “dota a todos los
individuos de formas de pensar, sentir y actuar indispensables en el medio social en que
habitan” (Nateras, 2013, p. 52). La socialización implica “la inducción amplia y coherente
de un individuo en el mundo objetivo de una sociedad o en un sector de él” 28 (Berger &
Luckmann, 1968, p. 164). Pensemos en la socialización como el proceso a partir del cual
los sujetos son insertados en un ‘mundo objetivo’ con la pretensión de “internalizar ese
mundo como realidad” (Berger y Luckmann, 1968, p. 164).

El proceso de heterosocialización, en estos términos, implica inducir a los sujetos


desde su nacimiento a una serie de lógicas y dinámicas heterosexuales con el objetivo de
que éstas sean internalizadas y asumidas como naturales, objetivas. “Tras la asignación
del sexo en el momento del nacimiento el proceso de formación de identidad no hace más
que empezar. A partir de ese momento se inicia la tarea de imitar y repetir
comportamientos, gestos, deseos y prácticas adecuadas a nuestro sexo ‘heteroasignado’”
(Carrera, Lameiras & Rodríguez, 2013, p. 52). De acuerdo con Burgos (citado en Carrera,
Lameiras & Rodríguez, 2013, p. 52):

La sociedad, a través de sus diferentes agentes de socialización, se encargará de


‘continuar’ esta inmensa “obra” de construcción de la identidad, de forma que sobre la
casilla ‘mujer’ se edificará y estimulará una identidad femenina y sobre la casilla
‘hombre’ una identidad masculina, ambas culminadas con una orientación sexual,
‘naturalmente’ heterosexual. Hasta el punto de que esta tarea rutinaria y mecánica se
asume no ya como una ‘ficción’, sino como una ‘verdad’.

De acuerdo con Weeks (1998) distintas sociedades han restringido la conducta sexual de
los sujetos a una “gama limitada de actividades aceptables” como el matrimonio
monogámico heterosexual y la adultez edad adecuada para la actividad sexual (p. 65). A
través de procesos de heterosocialización los sujetos interiorizan una serie de
“restricciones de quién” y “restricciones de cómo”. Las primeras, determinan las
características de las parejas, como el género, la especie, la edad, el parentesco, la raza,
la clase, mientras que, las segundas, definen los órganos que se pueden usar, los orificios
que se pueden erotizar, el tipo de relación sexual que se puede tener; determinan qué
podemos tocar, cómo, cuándo y dónde (p. 66).

28
Objetivo en la medida en que se percibe y vive como ajeno a la injerencia personal, y humana en general,
con independencia, coherencia, y con un carácter a veces coercitivo e inevitable.

53
Las vivencias y reflexiones de estos sujetos exponen que el proceso de
heterosocialización no está determinado o culminado en un momento específico de la
vida. Los sujetos atraviesan por distintas situaciones o relaciones, que los inducen en
nuevos contextos, nuevas experiencias que llegan, incluso, a poner en duda esas
restricciones de quién y de cómo que se perciben como naturales.

La heteronormatividad se presenta como un proceso de organización socio-sexual


que privilegia la heterosexualidad como práctica erótico-sexual sobre otro tipo de
relaciones entre los sujetos. Ésta se presenta como un proceso formativo y normativo que
afecta de manera diferenciada el desarrollo social y sexual de los hombres y las mujeres.
En una estructura heteronormativa los hombres ocupan, regularmente, posiciones de
dominación sobre las mujeres, y lo masculino se jerarquiza sobre aquello que se considera
femenino. Lo cual no quiere decir que los varones estén libres de los efectos de la
heteronorma, por el contrario, esto indica que vivirse como hombres supone el
cumplimiento de unas normas específicas.

1.2 No se nace hombre: llega uno a serlo

En 1949 Simone de Beauvoir (1997) declaraba que “no se nace mujer: llega una a serlo.
Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la
sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto
intermedio entre el macho y el castrado al que se le califica como femenino” (p. 15)
¿Cómo podríamos extender este supuesto Beauvoriano para comprender el devenir de los
varones como hombres en una sociedad heteronormativa?

Badinter (1993) señala que la fórmula cromosómica XY no es lo que determina la


diferencia entre hombres y mujeres, puesto que “el devenir masculino pone en juego
factores psicológicos, sociales y culturales que no tienen nada que ver con la genética,
pero que no por ello dejan de tener un papel igualmente determinante” (p. 11).

Devenir hombre supone un proceso que parece iniciar con la diferencia


cromosómica XY, pero que va más allá de la misma. Si consideramos al género como

54
“los significados culturales que asume el cuerpo sexuado” (Butler, 2001, p. 39)
tendríamos que asumir entonces que el género no es un resultado directo del sexo en una
única forma. Incluso eso que llamamos “el sexo”, la diferencia sexual, podría ser puesta
en disputa y nos llevaría a reconocer que el sexo está tan culturalmente construido como
el género. De hecho, tal vez “el sexo siempre fue género” y la distinción entre ambos
nunca existió (p. 40).

Raúl, por ejemplo, señala que en nuestra sociedad el ser hombre se ha construido
en torno la imagen “del casanova o el heterosexual típico macho mexicano,29 que tiene
pito fácil y que mujer que se le pone, mujer que se coge”. Desde esta visión, el ser hombre
se asocia con un principio relacional que es heterosexual y/o machista, y que se sostiene
sobre el sexo con mujeres.

La noción de ser hombre parece cobrar sentido cuando se le contrapone a la de


mujer. Es decir, no se puede ser hombre si no existe un antagónico, en este caso la mujer.
Y, sobre todo, uno no puede entenderse como hombre sin pensar en el tipo de relaciones
que establece con las mujeres. Un sujeto es hombre en la medida en que no se es mujer,
y es un tipo de hombre específico según la forma en que se relaciona con las mujeres.

Con la expresión no se hace hombre: llega uno a serlo, expreso que para los
entrevistados autoidentificarse como hombres significa cumplir con una serie de
expectativas y normas más que el producto de un destino natural o simplemente biológico.
Algunos entrevistados describen al machismo como arraigado a la representación del
género de los hombres y como un eje cultural desde el que se enseña a ser hombre.

Para Andrés y otros de los entrevistados, la sociedad mexicana se caracteriza por


arraigar un profundo machismo. De acuerdo con él, las relaciones entre hombres y
mujeres suelen estar marcadas por la violencia y por relaciones de poder jerárquicas. Los
hombres que arraigan el machismo buscan el sometimiento y dominación de las mujeres.
Al respecto, Andrés comenta

Tendríamos que terminar el machismo antes que poder llegar a algo. Podemos ver cuántas
familias viven en casa violencia intrafamiliar, cuanta toxicidad se ha desarrollado con la

29
“México es conocido como la patria de los machos, por excelencia, como el país donde esa patología
social es parte del modo de ser, del carácter popular, del inconsciente colectivo, de la superestructura”
(Lugo, 1985, p. 43).

55
pareja sentimental. Al hombre le es mejor mantener sometida a su mujer porque así puede
mandar y disponer.

En una sociedad heteronormativa como la mexicana las mujeres padecen de los efectos
del machismo como lo son el sometimiento, el control, la dominación masculina. Sin
embargo, también, algunos hombres se enfrentan a problemas como el miedo constante a
la comparación y la pérdida de hombría ante otros, es decir, la pérdida de reconocimiento
y poder. Por ejemplo, Raúl comenta

Desafortunadamente tengo amigos muy machistas, considero que mí círculo más cercano
heterosexual es muy machista. En algún momento, a uno de mis cuates, le dije: “oye güey
si te dijera que soy gay, qué harías” - ¡A déjate de mamadas!, pues son tus nalgas - Yo sé
que mis amigos tal vez lo tomarían bien o lo tomarían a mal, pero el estar en boca de las
personas a mí me provoca mucho conflicto. Sí paso desapercibido para el mundo, mejor.
Y con esto, pues peor, ¿qué consecuencias me puede traer?, quizás mi mamá me amaría,
mi papá me amaría, pero las preguntas, simplemente las preguntas, explicar algo que ni
siquiera yo sé explicarlo. Me rompería la madre, cómo le explico a mi novia, cómo le
explico la otra vieja con la que me estoy besando.

Para hombres como Raúl, el machismo permea en el tipo de relación que establece con
otros hombres, particularmente, heterosexuales, pero también la que tiene con algunas
mujeres. Al alejarse de la heteronorma él experimenta el temor a las preguntas, al
cuestionamiento de estos hombres, a las preguntas de su novia y de otras parejas sexuales.
Raúl anticipa la controversia que podría suscitarse si se enteran de sus prácticas sexuales
con otros hombres, una que se considera incapaz de resolver y que le provocaría un
profundo malestar, le “rompería la madre” ser blanco de la crítica machista. De acuerdo
con Kaufman (1995)

Esto no significa equiparar el dolor de los hombres con las formas sistemáticas de opresión
sobre las mujeres, solamente quiere decir que el poder de los hombres en el mundo –
cuando estamos descansando en la casa o caminando por las calles, dedicados al trabajo
o marchando a través de la historia– tiene su costo para nosotros. Esta combinación de
poder y dolor es la historia secreta de la vida de los hombres, la experiencia contradictoria
del poder entre ellos (p. 123).

La sociedad heteronormativa que describen los informantes se encuentra atravesada por


un profundo machismo, uno que provoca sufrimiento, dudas, temor a los varones que se
encuentran en un incesante esfuerzo por demostrar y demostrarse ser lo suficientemente

56
hombres. Sin embargo, no pretendo equiparar estas experiencias con las manifestaciones
de opresión sistemática y violencia que viven las mujeres en México.30 Por ejemplo, para
Andrés

[E]l más machista es el más curioso, o sea, guardan debajo de esta careta de machismo
un homosexual potente, frustrado y el miedo. [El machista] Tiene a su pareja, está con
ella, quiere ser el primero en su vida, ¿para qué? Para que no haya comparación de
tamaños. Al hombre en nuestra sociedad le importa el tamaño del pene, si lo tienes grande
eres más hombre que otros y el hecho de que tu pareja no haya tenido sexo con alguien
más te garantiza que eres el más fregón porque no conoce a otro hombre, no sabe si tu
desempeño en la cama es bueno, es malo, o pésimo, no te puede comparar, no sabe si tu
tamaño es bueno, es malo, es chiquito o grande porque no ha comparado.

En este orden de ideas, el machismo parece sostenerse sobre la comparación y la


competencia entre los varones. En una sociedad de este tipo, los hombres deben
demostrarse viriles, grandes, competentes, incluso en las prácticas más ‘íntimas’, mejor
que otros. En esta medida, ser hombre se determina por la capacidad de dominación sobre
otros, no sólo sobre las mujeres en el encuentro sexual, sino sobre otros hombres al
probarse como más machos que ellos, al tener más parejas sexuales o ser más grandes.

La figura de la penetración aparece de manera recurrente en la narrativa de estos


sujetos. Estos hombres suelen pensarse como penetradores, mientras que, a las mujeres
las enuncian como las penetradas. Aunque en otro apartado ahondaré sobre este tema en
particular, considero ilustrativo lo dicho por Charly quien considera que aún hay muchos
hombres que piensan “yo soy el que tiene que tomar la iniciativa y siempre tiene que
haber penetración, sino no es coito, no es sexo”.

Parece que estos hombres ven en la penetración una forma de culminar, o


materializar, la dominación sobre los otros. Esta visión se reproduce por los hombres en
general, independientemente de su autoidentificación sexual, como heterosexuales,
homosexuales, o bisexuales. Al menos, para Andrés “un hombre por lo regular busca
sexo, satisfacción, placer. No solamente homosexuales o bisexuales, sino heterosexuales
también. Eso es lo que buscan, ciertamente a la hora de tener sexo con una mujer, tienen

30
En México, 12 mil 897 mujeres han sido asesinadas durante el gobierno del presidente Andrés José López
Obrador, de acuerdo con información del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública
(SESNSP). Información detallada en el artículo “Casi 13 mil mujeres han sido asesinadas durante el
gobierno de AMLO; 3 mil 386 casos han sido considerados feminicidios” publicado por Animal Político el
25 de mayo de 2022.

57
que cortejarla y tienen que llegar a ciertos aspectos, pero en fundamento lo que se desea
es llegar al coito”.

La penetración entendida como una forma de dominación, de demostración de


hombría o poder sobre otros y otras, cobra sentido en una lógica en la que los varones se
perciben como penetradores. Sin embargo, ocupar una posición inversa, la del penetrado
puede suscitar importantes problemáticas para algunos hombres. De acuerdo con Lugo
(1985) la relación entre la identidad de género de los hombres y la figura del macho
mexicano tiene una larga y profunda historia en nuestro país. En 1960 trabajos como el
de Lewis (1961) hacían ya una “denuncia de la cultura de la pobreza, íntimamente
vinculada al ejercicio y culto del machismo” (p. 40) en México. Lugo afirma que:

Para algunos autores, el machismo es "una actitud propia de un hombre que abriga serias
dudas sobre su virilidad... o como la exaltación de la condición masculina mediante
conductas que exaltan la virilidad, la violencia, la ostentación de la potencia sexual, de la
capacidad para ingerir alcohol o para responder violentamente a la agresión del otro; en
suma, el machismo es la expresión de la magnificación de lo masculino en menoscabo de
la constitución, la personalidad y la esencia femenina; la exaltación de la superioridad
física, de la fuerza bruta y la legitimación de un estereotipo que recrea y reproduce injustas
relaciones de poder" (Lugo, 1985, p. 43).

El hombre que reproduce la representación del macho mexicano sería uno que busca de
manera constante y performativa probarse a sí mismo como un ser viril, masculino, a
través de prácticas violentas, hipersexuales y, generalmente, en menoscabo de lo que se
considera femenino. El macho mexicano es ese hombre que se construye a semejanza del
ídolo de Guamúchil, Pedro Infante, pues busca emular el ideario masculino, “el héroe de
barrio, pícaro y querendón, pero que sacrifica todo por su familia; el hombre trabajador
que prospera y que, aun en la cima, no se olvida de sus raíces populares" (Bautista, 2017).

La narrativa de estos sujetos me lleva a pensar en una relación entre el machismo


– el ser hombre – y la práctica sexual. A partir de la cual muchos hombres viven en una
búsqueda constante de reafirmación de su ser hombre-macho. La demostración de
hombría se expresa en la potencia sexual, en la virilidad, en el tamaño de su cuerpo, en
su impenetrabilidad (simbólica y física).

La intersección entre el machismo – la demostración de hombría – y la práctica


sexual se expresa en la relación que los hombres establecen con otras y otros, pero,

58
además, se manifiesta en la relación que los hombres tienen con su cuerpo y placer. No
pretendo afirmar o confirmar que todos los hombres sean machos o machistas, sin
embargo, algunos de estos varones coinciden en que los hombres son educados con base
en el estereotipo del macho, entonces, ¿hay algo de macho en todos los sujetos
socializados en la heterosexualidad y el binarismo de género?

La sombra del macho asecha la sexualidad de los varones, pues su legitimidad


como hombres está asociada, también, con su forma de experimentar el sexo y el placer.
La heteronormatividad impone a los hombres restricciones específicas sobre quienes
pueden ser sus parejas sexuales, especialmente, mujeres, potencialmente reproductivas,
que se ven como objetos de deseo y dominación. Además, impone unas restricciones del
cómo acceder al placer, que restringen múltiples prácticas, como el placer anal receptivo,
“porque el culo es algo que no se toca en los hombres”.31

De lo anterior percibo que las formas en que los varones viven el placer y la
sexualidad dependen, sobre todo, de su identidad de género y no sólo de la orientación
sexual asumida. Es decir, los varones viven la sexualidad como hombres, más que como
heterosexuales u homosexuales. En la medida en que los varones, independientemente de
su autoidentificación, han sido hetero-socializados como hombres, han sido educados
para vivir el placer de formas específicas, en las que se prioriza la penetración, la fuerza
y la dominación sobre los otros. Es importante preguntarnos sobre cómo y en qué medida
el machismo determina las relaciones que estos hombres establecen con las mujeres y con
otros hombres.

1.3 El reto de llegar a ser suficientemente hombre es “tan complicado como saber
bailar música salsa”

La figura del macho mexicano se ha constituido como un eje central desde el cual se
educa a los varones como hombres. Sin embargo, durante el trabajo de campo identifiqué
que, para algunos hombres poder cumplir con tales expectativas resulta en un esfuerzo
complicado, doloroso, e inalcanzable en algunos casos. Durante la entrevista Iván habló
del temor o miedo que siente al no cumplir con lo que la sociedad y las mujeres esperan

31
Cita recuperada de la entrevista con Raúl.

59
de él como hombre. De acuerdo con él “siempre está uno como hombre, con esa sensación
de por medio, de que hay que ser suficientemente hombre o hay que cumplir determinadas
cosas”.

Para Iván, llegar a ser suficientemente hombre supone cumplir con un catálogo de
cosas y exigencias que “nos definen como hombres dentro de todos estos roles de género”,
una lista que nadie sabe dónde termina. Entre las cosas que él destaca de esta lista está la
exigencia de “tener iniciativa”. Ser un hombre implica tomar decisiones que garanticen
el bienestar de la familia, de la pareja, de los hijos. Sin embargo, el considera que en
muchos momentos tener tal iniciativa es complicado, al menos para él.

Considero que llegar a ser hombre, o suficientemente hombre, supone una


experiencia relacional, es decir, que devenir hombre no se trata sólo de distinguirse de las
mujeres, sino de aprender a relacionarse con ellas. La sociedad trata y educa a los hombres
y a las mujeres como “portadores de tipos de personalidad polarizados” (Connell, 2003,
p, 104), por lo tanto, se espera que se complementen el uno al otro y se les educa para
ello.

Retomando las palabras de Connell (2003), debemos entender que el proceso de


llegar a ser suficientemente hombre representa “un lugar en las relaciones de género, en
las prácticas a través de las cuales los hombres y las mujeres ocupan ese espacio en el
género y en los efectos de dichas prácticas en la experiencia corporal, la personalidad y
la cultura” (p. 109). Pues “cuando hablamos de masculinidad estamos ‘construyendo
género’ de una forma cultural especifica” (p. 104), pues “sólo un sistema de relaciones
de género puede producir alguna masculinidad” (p. 108).

Para Iván, el baile de ritmos tropicales materializa la presión constante que viven
los hombres como sujetos de género, en esta práctica los hombres son responsables de
expresar control e iniciativa. Al respecto comentó: “para mí es un choque muy fuerte
bailar los ritmos tropicales, la cumbia, la salsa, porque yo sé que ahí hay una dinámica y
un juego, mucho más cuando estás en ese momento de ligar, pues es parte de lo que se
involucra, o sea, demostrar que puedes llevar a la pareja y este tipo de cosas”.

La exigencia de saber bailar no debe considerarse un hecho aislado, pues como


señala Connell (2003), el género “se refiere constantemente a los cuerpos y lo que éstos
hacen; no es una práctica social que se reduzca únicamente al cuerpo” (p. 109). Las

60
prácticas corporales expresan la coherencia e inteligibilidad que se exige a los varones
como hombres masculinos y heterosexuales dentro de la heteronormatividad. Un varón
se prueba ante otras y otros como hombre al saber dirigir, controlar, o dominar a su pareja
mediante el baile, los giros, la toma con firmeza de las caderas.

Para Raúl, en cambio, ser suficientemente hombre se mide por la seguridad que
un hombre es capaz de garantizar a las mujeres que lo rodean o con las que se relaciona.
Al respecto mencionó

A mí me gusta mucho que una mujer que esté conmigo, amiga, mi mamá, mi pareja, diga:
“estoy con Raúl, me siento protegida”. Es como un piche león, o sea, te agarras a putazos
con el otro león porque sabe que tienes más huevos, entonces gana el león que está más
mamado, el que está más fuerte, gana el león que se las sabe más. Pues evidentemente el
león que gana, también, tiene a las leoncitas. (Raúl, 29 años).

La metáfora del león empleada por Raúl reafirma la idea del machismo arraigado en una
sociedad heteronormativa como la nuestra, que se basa en un estado permanente de
competencia, de enfrentamiento entre los varones. Para Raúl, llegar a ser suficientemente
hombre implica imponerse sobre otros varones, convertirse en el rey de la Sabana, y ser
reconocido como el león más fuerte, envidiado por otros hombres, y deseado por las
mujeres. La demostración de una hombría machista se convierte en un requisito, pero,
también, en un recurso que garantiza a los varones mayor éxito en sus interacciones
sexoafectivas con las mujeres y también, como veremos, con otros hombres.

Dentro de una estructura de género heteronormativa, el devenir hombre implica


que un varón aprenda y reproduzca “los rasgos, las actitudes y comportamientos que la
ideología de género atribuye a los hombres, a los significados asociados con la virilidad
o la categoría que, dentro de los estudios de género, representa la dominación masculina”
(Cruz, 2018, p. 171).

De acuerdo con Raúl, las mujeres preferirán a esos hombres que demuestren ser
“salvajones, varoniles, fuertes” sobre otros que parezcan débiles o asimilados a la
feminidad. La dominación de los varones no sólo se ejerce sobre las mujeres, sino que
también sobre otros varones. La fuerza, la virilidad son características que el cuerpo de
los varones debe materializar. Lo que se hace con su cuerpo y la forma en que es percibido

61
por las demás personas determina, en cierta medida, la legitimidad de un varón como
hombre. Al respecto, Raúl mencionó

Yo no me siento menos hombre, ¿por qué?, porque si tú me ves en el trabajo, si tú me ves


en la calle, no sé qué opinión tengas tú, me gustaría que me lo dijeras, pero yo siento que
no me veo como florecita, que no tiene nada de malo cada uno, pero a mí no me atrae, no
me gusta pensar que así me veo. Para mí la virilidad es atractiva. Yo soy un hombre
pequeño, me hubiera gustado tener unas manotas, estar alto, justo regresé a ejercitarme
por el hecho de sentirme más fuerte, siento que me hace ver más atractivo. Insisto, no
quiero sonar mamón, pero, evidentemente del tiempo para acá que me he cuidado más,
es lógico que me volteen a ver más. Siento que entre más viril me vea soy más atractivo.

Recuerdo este momento de la entrevista, cuando Raúl me increpó para conocer mi


percepción sobre él. Raúl quería saber si yo lo percibía como un hombre varonil, él
aseguró que al autoidentificarme como homosexual debería sentirme atraído por hombres
fuertes, grandes, que él describe como varoniles. Traté de evadir la pregunta respondiendo
con otra pregunta, le pregunté si para él era importante ser considerado un hombre varonil.
A lo que respondió que sí,32 que el buscaba crecer físicamente, tener un cuerpo de
gimnasio. El tamaño del cuerpo es importante para hombres como Raúl, y pude constatar
esto cuando en algún momento de la entrevista comentó que algo que lo hacía sentir
seguro de sí mismo, era provocar orgasmos a hombres y mujeres, pese a que tiene un pene
que considera pequeño.

Noto a partir de las respuestas de Raúl, que la virilidad puede entenderse como
una actitud, una forma de manejarse en las relaciones, de comportarse, pero también en
la forma en qué se usa y se presenta el cuerpo ante otros. La demostración de una
masculinidad dominante se expresa por medio de un cuerpo que es grande, es fuerte y
que es capaz de dominar y/o provocar placer en otros y otras. De acuerdo con Muñiz
(2018) el género se expresa a través de prácticas corporales en las que los sujetos se
producen así mismos a partir de un conjunto de acciones performativas, “mismas que los
sujetos ejecutan sobre sí mismos y sobre los otros, a través de las cuales se adquiere una

32
Luego de revisar las entrevistas realizadas, noté que Raúl, particularmente, utiliza un lenguaje mucho
más coloquial que otros de los entrevistados. Suele usar expresiones como “vieja”, “wey”, “coger”,
“mamón”, entre otras para expresar sus ideas. Me pregunto si está forma de hablar representa una forma de
materializar su virilidad ante mí o de demostrarse a sí mismo lo hombre que puede llegar a ser. Desconozco
si es el lenguaje que utiliza de manera cotidiana durante sus conversaciones casuales, sin embargo, al
desempeñarse como profesional presumo que no puede ser así, por lo que reconsidero la idea de que es un
lenguaje pensado especialmente para nuestro encuentro.

62
forma corporal y se producen transformaciones, es decir, se construye la materialidad de
los sujetos” (p. 282).

Muñiz (2018) habla de la noción de “dispositivo corporal” para entender cómo


prácticas como las de Raúl expresan la producción de género a través de unos “sujetos
encarnados”. De acuerdo con la autora es posible analizar “el vínculo entre las prácticas
discursivas que nos hablan de las formas de ser sujetos, hombres y mujeres en una época
determinada, y el conjunto de prácticas no discursivas que ponen en acto las tácticas y
estrategias de poder en el proceso de constitución de los sujetos encarnados” (p. 289).

El género se encarna y se expresa de formas particulares en momentos históricos


y culturales específicos, resultaría erróneo asegurar que el ser hombre y la masculinidad
han mantenido el mismo significado a lo largo de los años. Por lo tanto, podríamos decir
que no se nace hombre: aprende uno a serlo. La hombría no es el resultado de un destino
cromosómico XY, físico o genital, económico o puramente social. El devenir hombre es
más bien un proceso que es constante, que es riguroso e inacabado. El llegar a ser hombre
supone un esfuerzo constante por cumplir con aquello que la sociedad espera de los
varones en determinados momentos y situaciones. Llegar a ser hombre se mide por el
esfuerzo que los hombres empeñan en reproducir las normas del género en sus
interacciones, sus responsabilidades y, también, en sus cuerpos. Sin embargo, este
esfuerzo encuentra obstáculos personales, emocionales y contextuales específicos, que
suponen la oportunidad de ser hombre de otras formas.

1.4 Devenir macho en los tiempos del feminismo y la comunidad LGBTI+

Para estos informantes llegar a ser hombre implica un largo proceso de aprendizaje. Para
ellos, los varones mexicanos deben responder y reproducir una serie de normas de
comportamiento sexual y afectivo basadas en la heteronormatividad y un arraigado
machismo que impone una heterosexualidad normativa, la reproducción sexual, y roles
como el de proveedores económicos. Los varones deben, sobre todo, demostrar(se) más
hombres que los otros varones. Esto supone un estado permanente de competencia o de
conflicto y, por lo tanto, el establecimiento de unas brechas, una distancia afectiva, antes

63
que sexual respecto a otros hombres, como podremos ver en los siguientes apartados. Y,
generalmente, unas dinámicas de dominación en las que relaciones que establecen con las
mujeres.

El proceso de devenir hombre no se presenta, ni se vive como un proceso lineal,


estable y falto de cuestionamientos y negociaciones. Sobre todo, ante la histórica y
creciente movilización de mujeres y la articulación de una comunidad no heterosexual
que exigen su lugar en la ciudadanía mexicana.33 Tanto la movilización feminista como
la lucha de derechos por la población no heterosexual, no siempre articuladas, han
impugnado el machismo institucional y colectivo de nuestra nación y han provocado el
surgimiento de nuevas incógnitas y retos, y posibles horizontes para el devenir de los
hombres.

De acuerdo con Torres Falcón (2019) “en la efervescencia de la década de 1960,


miles de mujeres en diferentes latitudes salieron a las calles a protestar por las condiciones
de subordinación y opresión que las mantenían atadas a tradiciones injustificadas. Tanto
en Europa como en Norteamérica, se dieron protestas multitudinarias” (p. 207). En
México, durante los primeros años de la década de 1970 se formaron grupos pioneros en
el trabajo feminista.

En 1976, se constituyó la coalición de mujeres Feministas, la cual se enfocó sobre


tres ejes prioritarios para la práctica feminista mexicana y que aún hoy siguen vigentes:
la despenalización del aborto (a nivel federal), la lucha contra la violación y la protección
para las mujeres golpeadas (Jaiven, 2016, pp. 239-240). “En realidad, la lucha contra la
violencia ha sido eje de cohesión del movimiento feminista durante más de cuatro
décadas” (Torres, 2010, p. 208).

Jiménez y Morales (2021) consideran que con el surgimiento de las ideas


feministas y la corriente de diversidad teórica que se deriva de éstas, las mujeres han
señalado las inequidades que perduran a través del tiempo y que han sido justificadas de
manera arbitraria y naturalizada, iniciando así un proceso de revisión crítica y

33
De acuerdo con Jiménez (2018), la condición de ciudadanía conlleva una serie de derechos y
obligaciones. Si bien, no existe un consenso universal o regulatorio en torno a sus límites, es entendida a
partir de su universalidad, la cual remite a la condición de membresía a una comunidad política, en la que
deben ser garantizados tanto los derechos como las responsabilidades (p. 2-3).

64
desnaturalización de las identidades de género. Trabajando con estos varones, identifiqué,
al menos, un par de temáticas en las que el impacto de estos discursos se ve reflejado: su
visión del feminismo y su efecto sobre la libertad sexual de las mujeres; el pensamiento
de las jóvenes generaciones; el movimiento de las personas LGBTI+.

¿Podríamos decir entonces que ser macho es la única forma de ser hombre?, ¿es
real aquello de que todos los hombres son iguales?, para responder a estos y otros
cuestionamientos, considero preciso estudiar a los hombres no como identidades
acabadas y estáticas, sino como sujetos poseedores de una existencia sexual “una
dimensión humana abierta al cambio y en permanente definición y transformación”
(Núñez, 2011, p. 32). Es importante entender a los varones como sujetos inscritos en un
orden de género que cambia, se cuestiona a raíz de distintos momentos en la historia de
nuestra sociedad.

1.4.1 Los efectos del feminismo y la relación con la población LGBTI+:


emergencia y afrontamiento de la controversia sexual

Algunos de los participantes dirigieron las entrevistas a temas que originalmente no se


habían contemplado por el investigador, entre ellos: su opinión sobre el feminismo y,
sobre todo, su efecto sobre aquello que consideran la libertad sexualidad de las mujeres
y, en alguna medida, en la vida de los mismos hombres. Andrés, por ejemplo, declaró:

Culturalmente a la mujer se le han abierto muchos espacios. Creo que parte de su lucha
ha sido como consecuencia de eso, y eso es bueno, yo no estoy diciendo que sea malo, al
contrario, digo que es bueno. La apertura que tienen estas chicas, ojalá en algún momento
nosotros como hombres pudiéramos tenerla. Eso de decir “pues va, lo experimentaste con
un hombre, ¡qué chido!”. Yo dentro de mi círculo, con amigas, pues sí, abiertamente lo
platican y digo “qué chido”, pero a mí personalmente me cuesta un poco más de trabajo
poderlo platicar

Andrés aborda dos puntos en este comentario. Por un lado, habla de la lucha de las
mujeres y su efecto en la apertura de espacios, principalmente, el que tiene que ver con la
sexualidad. De acuerdo con él, las mujeres viven una libertad sexual mayor que los

65
varones, o, al menos, distinta. Ha escuchado a sus amigas hablar de experiencias
homoeróticas, besos y caricias con otras mujeres, sin que eso ponga en duda, para ellas o
para otros, su heterosexualidad. Andrés espera que una apertura similar llegue a la vida
de los hombres, para que las experiencias homoeróticas no representen motivo de dudas,
cuestionamientos o rechazo, sino, una expresión más de placer.

Para otros participantes como Aarón, la movilización feminista ha dotado a las


mujeres de una libertad sexual particular que se manifiesta, sobre todo, en la cama, él
comenta: “creo que culturalmente eso nos ha venido a impactar, porque la mujer ahorita
ya tiene un papel establecido dentro de la sociedad que le ha permitido empoderarse en
muchas cosas, y dentro de eso pues también la parte de la sexualidad”. Para él, hoy día,
las mujeres

Pueden desarrollar más esa parte sexual de experimentar. Yo conozco amigas que se
consideran heterosexuales, tienen su novio y antes de eso tuvieron prácticas (sexuales)
con alguna mujer, y hasta ahí quedó, eso no quiere decir que, por haber tenido una práctica
sexual con una persona de tu mismo sexo, ya vas a cambiar tu mentalidad y tu orientación
sexual.

Esto plantea, para mí, una incógnita particular ¿estos hombres ven en el feminismo una
oportunidad para que los hombres que tienen sexo con otros hombres vivan una
sexualidad más plena?; de acuerdo con estos sujetos, la movilización de las mujeres ha
ampliado su marco de libertad sexual, tanto que, las prácticas sexuales homoeróticas
tienen mayor cabida o se viven con menor riesgo al juicio, al reproche, en comparación
al que podrían vivir ellos como hombres que tienen sexo con otros hombres. En este tenor,
Raúl comenta:

[Y]o tengo amigas que se ha besado con viejas y han cogido con viejas y se lo comentan
a los hombres mujeres y no dicen absolutamente nada ¿Por qué no hay mujeres que se
digan heterocuriosas?... porque ellas están más abiertas para esto. Yo salí con una morra
que me dijo que alguna vez cogió con una vieja y para mí fue divertido, tal vez, excitante,
pero para nada llegue a decir ‘ay güey ya no quiero andar con ella’.

Para Andrés y Raúl, al menos, la lucha de las mujeres ha tenido un efecto particular sobre
su sexualidad, las ha dotado de la libertad de experimentar el placer homoerótico, según
ellos, con un riesgo menor a los prejuicios, a la condena social y, sobre todo, sin el

66
cuestionamiento implícito sobre su identidad, pues ellas no deben abandonar su
heterosexualidad ni su feminidad para gozar de este placer sexual, ellas no deben
nombrarse como heterocuriosas, término que explicaré más adelante. Sin embargo, es
importante preguntarnos hasta qué punto este halo de tolerancia percibido por estos
hombres se vive por las mujeres con prácticas homoeróticas en nuestro país.

De acuerdo con el informe “Muertes violentas de personas lgbt+ en México 2021”


de la organización civil Letra Ese A.C, entre 2017 y 2021 fueron asesinadas 25 mujeres
percibidas como lesbianas. Durante el mes de enero de 2022, se confirmó el asesinato de
Tania y Nohemí, pareja de mujeres lesbianas de 28 años, quienes fueron desmembradas
y tiradas en bolsas de basura en una carretera del Valle de Juárez, en Chihuahua.34 Otro
ejemplo ocurrió en la Ciudad de México, en la alcaldía Coyoacán, donde una pareja de
mujeres lesbianas fue atacada por un desconocido, quien les propinó una serie de golpes
con un ladrillo e injurias, presuntamente, por besarse en público.35

Al respecto, Salvador comentó: “creo que, en ciertos contextos, por ejemplo, en


una fiesta como una cosa de una vez, pero, tampoco creo que sea tan sencillo. Siento que
es más una fantasía de los hombres, ver a dos mujeres teniendo sexo obligadas, pero no
creo que sea tan aceptado”. Los casos anteriores representan, tan sólo, algunos ejemplos
de la intolerancia y violencia que viven algunas mujeres que expresan públicamente sus
relaciones sexo-afectivas con otras mujeres. Para los entrevistados, las mujeres viven con
mayor libertad sexual, con mayor tolerancia a la ruptura de la heteronormatividad, sin
embargo, estos ejemplos demuestran que esta percepción no aplica en todos los contextos
como señala Salvador, ni para todas las mujeres no heterosexuales.

En el texto “Ficciones, realidades y utopías de la liberación sexual de las mujeres


a través del feminismo en México” Estrada y Ochoa (2013) se preguntan “¿cómo viven
las mujeres la sexualidad?”, y si la revolución sexual es una realidad para las mujeres. Al
respecto, las autoras señalan que

Las mujeres comprometidas con sus derechos gestaron revoluciones intelectuales,


queriéndose emancipar como sujetos sociales, políticos y sexuales. En consecuencia, estos

34
Más detalles en artículos de prensa como “El doble feminicidio de Tania y Nohemí: la pareja asesinada
que muestra la cara más atroz de Ciudad Juárez” publicado por El País.
35
La agresión fue videograba y el video se difundió en la nota de prensa “Un hombre golpeó con un ladrillo
a dos mujeres que se besaron en Coyoacán” publicada por Infobae.

67
cambios trajeron el amor libre, una acentuada violación al cuerpo de las mujeres, hijos de
padres ausentes, abortos clandestinos, enfermedades de transmisión sexual, explotación
sexual de mujeres y niñas, y la trata de personas. Con la introducción de la píldora
anticonceptiva se pretendió que las mujeres planificaran el número de hijos. No obstante,
la emancipación y liberación sexual siguió siendo una utopía, pues la libertad de las
mujeres sigue restringida. No es plena, pues su cuerpo y su sexualidad siguen sin
pertenecerles.

Para Estrada y Ochoa (2013), el movimiento feminista no ha logrado la emancipación de


las mujeres, por el contrario, ha provocado una reacción violenta en su contra, agudizando
los índices de criminalidad contra ellas, como se evidencia en los ejemplos citados. Las
autoras retoman a Sheila Jeffreys para afirmar que “la supuesta revolución sexual que
trajo el feminismo no constituye una real ganancia para las mujeres; sin embargo,
continúan su opresión de manera enmascarada, porque los hombres no han participado
junto a las mujeres en la transformación de la igualdad social”.

La supuesta revolución sexual de las mujeres se manifiesta en la visión de


hombres como Raúl, quien asegura que “es imposible decir que no hay mujeres a las que
también les gusta el sexo fácil, es ilógico. Para un hombre es raro escuchar a una mujer,
decir: a mí me gusta coger, lo vi, me gustó y me lo cojo, no te puedes cerrar a decir que
no las hay, pero es raro”. De cierta forma, para estos hombres, la libertad ganada por las
mujeres es, sobre todo, de carácter sexual. Las mujeres que viven con libertad sexual
serían aquellas que tienen prácticas que no se asocian tradicionalmente con la feminidad,
como la apertura a las experiencias homoeróticas, la iniciativa al buscar un encuentro
sexual, fácil y, sobre todo, la apertura de hablarlo públicamente.

Estrada y Ochoa (2013) nos invitan a pensar que “los estereotipos sexistas están
siendo reforzados por el sistema estatal para beneficio de los varones y en detrimento de
las mujeres. El imaginario patriarcal lleva a las mujeres a que sigan el patrón de libertad
sexual”, es decir, que aquello que Andrés, Aarón o Raúl narran podría ser la
representación de una mirada masculina, históricamente privilegiada y dominante que lee
en sus propios términos la libertad sexual de las mujeres, sin considerar lo que implica
esta noción para ellas.

De acuerdo con algunos de los entrevistados, el feminismo no sólo ha impactado


en la vida de las mujeres, abriéndoles nuevos espacios y garantizándoles una libertad

68
sexual mayor. También, ha impactado sobre la vida de los hombres, y la forma en qué los
varones viven “la masculinidad”. Kaufman (1995) afirma que, el punto básico en el
análisis feminista es que “casi todos los seres humanos viven actualmente dentro de
sistemas de poder patriarcal que privilegian a los hombres y estigmatizan, penalizan y
oprimen a las mujeres”. La existencia de dolor en la vida de los hombres, provocado por
este sistema de género, no debe servir como excusa o justificación para actos de violencia
u opresión cometidos por ellos, sino, para acercarnos a una comprensión de ellos.

Algunos varones han comenzado a pensarse como sujetos de género y a cuestionar


los privilegiados que se les atribuyen dentro de un sistema que jerarquiza la masculinidad
sobre la feminidad. Pero, también a reconocer la serie de normas, expectativas que
determinan, en mayor o menor medida, su vida como hombres. Una muestra de ello es la
emergencia de propuestas como el Instituto para el Desarrollo de Masculinidades Anti
Hegemónicas, el cual busca desafiar al machismo y promover un mundo más justo e
igualitario a través del trabajo entre hombres en la Ciudad de México. Aunque, en
ciudades como Guadalajara, Jalisco existen otras propuestas con el mismo objetivo, al
respecto Luis Fer relata

Pues todo comenzó con mis colegas de trabajo, algunos de los psicólogos que trabajan en
la misma escuela que yo, que tienen especialidades en materia de género, maestrías en
terapia sistémicas, o algunos otros elementos que los han acercado al trabajo con las
masculinidades y con la diversidad sexual. Conocí con ellos más del tema, he estado
trabajando en la reconstrucción de mi masculinidad, en mis prácticas de hombre. Ahora
que estoy participando en el taller de activismo y que he asumido nuevas actitudes o
actividades con mi masculinidad, (mi novia) me ha dicho “tengo miedo a que te hagas
gay o que te conviertas” y yo (respondo): “no, al contrario, estoy liberando muchísimas
cosas que he tenido reprimidas, que he tenido que cumplir, que ni siquiera yo quería, cosas
que me han impuesto, simplemente me estoy relajando, estoy teniendo nuevas vivencias,
pero sigo siendo hetero, pero me sigues gustando tú, me siguen gustando las mujeres en
general, todo chido, no pasa nada”.

Las relaciones laborales y/o personales que Luis Fer ha establecido con hombres
formados en estudios de género o que tienen experiencia trabajando con temas como la
masculinidad o con personas de “la diversidad sexual”, han impactado de manera
importante en la forma en que él se piensa a sí mismo como hombre. Luis Fer se
autoidentifica como heterosexual, sin embargo, participa en un taller de activismo

69
LGBT+, el cual tiene como objetivo formar a promotores de espacios seguros y donde se
garanticen los derechos de esta población. Comenta que en este espacio se ha ido
cuestionando sobre el tipo de hombre qué es y cómo es que llegó a serlo. Al respecto,
comentó:

Lo que yo estoy trabajando es este tipo de cuestiones… el otro iba escuchando música en
el tren ligero de Guadalajara, y una canción me movió mucho porque me encanta. Me
puse a llorar porque me desbordó la emoción, anteriormente como hombre, yo decía
“puedes llorar, pero en un lugar a solas, que nadie te vea, ahí si te desahogas”. Ahora en
mi nueva vivencia de esta masculinidad o de ser hombre, “¿Quieres llorar?”, pues lloras.
No importa quién te vea, no importa que pase, si lo sientes, hazlo. Si yo puedo llorar y yo
me permito llorar siendo hombre en el momento en que siento que quiero llorar, si una
persona hace o deja de hacer cosas, sea lo que sea, sea la orientación que sea, no lo hace
ni más ni menos hombre que yo.

De acuerdo con Luis Fer, a través de este proceso de formación ha ido reconociendo
ciertas prácticas que se reprimen en pro de vivir la masculinidad, tales como llorar en
público sin importar lo que piensen o digan los demás al ver a un hombre llorar. Él declara
que antes de esto, vivía sus emociones como algo oculto, a solas, sin la presencia de
ningún testigo, ahora considera que la hombría no se determina por reprimir en mayor o
menor medida ciertas prácticas como ésta. Asociado a esto Andrés comentó

Tengo un amigo que justamente está hablando de las nuevas masculinidades. Es un tema
del que nos orilla a ver al hombre en su faceta sensible, yo creo que la masculinidad que
llegamos a tener es un poco machista, un poco misógina también, es creada justamente
por mujeres, que son nuestras mamás, nuestras abuelas, nos han hecho ver que el hombre
siempre debe ser como que el fuerte, siempre debe ser el que provee, el que tiene que estar
a cargo de la familia.

De acuerdo con Andrés, hablar de nuevas masculinidades nos lleva a entender a los
hombres como sujetos emocionalmente capaces o sensibles, pero, también implica
reconocer que la masculinidad está atravesada, en cierta medida, por el machismo, la
misoginia y, sobre todo, a preguntarnos de qué manera las mujeres participan en la
construcción de la masculinidad. Para él, las madres, las abuelas cumplen una función
pedagógica al enseñar a los hombres que deben ser fuertes, proveedores, responsables de
la familia.

70
En otro apartado retomaré de nuevo este tema, sin embargo, es importante decir
que las mujeres con las que estos hombres se relacionan afectiva y/o sexualmente son
fundamentales para entender la forma en como estos hombres viven la heteronorma. En
este caso, Andrés habla de las madres y las abuelas como responsables de los procesos de
heterosocialización o como pedagogas del género. Al respecto Lagarde (1996) señala que
“la mujer es una institución del orden del género, encargada de reproducir a otras mujeres
como mujeres y a los hombres como hombres, por eso nos echan la culpa de todo lo que
pasa con los géneros y no se equivocan. Jugamos un papel fundamental en la aculturación
del género, es decir, en la pedagogía del género” (p. 62).

En un sistema de género heteronormativo al mismo tiempo que las mujeres suelen


ser oprimidas, estigmatizadas o castigadas al desapegarse de las normas de género que se
les han impuesto, para muestra, los crueles asesinatos de mujeres lesbianas que decidieron
alejarse de la heterosexualidad normativa. También desarrollan una tarea fundamental, la
responsabilidad pedagógica del género, es decir, la enseñanza de las normas a los futuros
hombres y mujeres.

Aquellas mujeres que practican la maternidad se verán particularmente


atravesadas por este otro mandato del género. De acuerdo con Lagarde (1996) “las
mujeres y la madre somos instituciones del Estado y funcionarias del Estado. Una de las
más importantes funciones de la madre es hacer mujeres y hombres y hacer que nos
mantengamos firmes porque no podemos abdicar. Esto es la madre en el sentido
simbólico, como sujeto social” (p. 63). Para Andrés, las mujeres entendidas como madres
y abuelas son responsables, en gran medida, de la educación machista, heteronormativa,
sin embargo, considero que valdría la pena preguntarnos sobre cuál es el lugar de los
hombres en el proceso de heterosexualización y sobre cómo las relaciones con otros
hombres operan, también, como estabilizadores de este orden de género.

Son pocos los entrevistados que mencionaron participar en espacios como los
anteriores, sin embargo, varios de ellos aludieron a diferentes prácticas, que yo tildaría de
estratégicas, para afrontar problemáticas que van desde el alcoholismo hasta la
incertidumbre que surge al contraponer sus deseos homoeróticos y su autoidentificación
heterosexual. Algunos de ellos comentaron que han acudido a procesos terapéuticos o han
buscado hablar de sus experiencias homoeróticas con amigos en un intento por

71
responderse dudas sobre sí mismos. Por ejemplo, Jey y Raúl mencionaron que durante
sus procesos terapéuticos hablaron con los especialistas sobre sus prácticas homoeróticas.
Al respecto, el primero de ellos comentó

He estado aprendiendo que las etiquetas afectan el desarrollo de la sociedad y que eso ha
marcado que existan controversias, problemas. Y no recuerdo bien si fue mi terapeuta, si
él escuchó o lo leyó de un libro, pero el chiste es que hay una frase que dice ‘cada uno
hace de su sexualidad lo que quiere, literal, se coge lo que le caliente’. Y ahora creo en no
etiquetar, no señalar, me definiría como una persona sexualmente abierta.

Jey señala que, a través de la terapia llegó a percibir como problemático el uso de etiquetas
al hablar de sexualidad, que en su caso la autoidentificación como heterosexual y sus
prácticas homoeróticas podían generar controversias. Por medio de una frase entendió
que la sexualidad es responsabilidad del sujeto que la ejerce, que cada uno hace con su
sexualidad lo que desea, “se coge lo que le caliente”. Ahora para Jey, el deseo sexual está
más allá de la forma de etiquetarse, por lo que él podría optar por nombrarse una persona
sexualmente abierta. Raúl también estuvo en un proceso terapéutico en el que habló sobre
sus experiencias sexuales con otros hombres, al respecto comentó

Creo que con los hombres me es más fácil el sexo casual, a diferencia que con una mujer.
Eso alguna vez lo toqué con un psicólogo. No sé si te lo había mencionado, hace como
año y medio o dos intenté ir a terapia por razones ajenas a todo esto y en algún momento
mi terapeuta me dijo que no es un problema, pero que para involucrarme con una mujer
sexualmente hablando, lo hago mejor si está involucrado también lo sentimental, y no sé
por qué, pero con un hombre no lo necesito para nada.

Raúl a diferencia de Jey, habló con su terapeuta sobre la dualidad con la que percibe su
vida sexual; por un lado, el sexo con mujeres, donde lo sexual aparece como conducto de
lo afectivo, y por otro, el sexo con hombres, donde lo afectivo ni siquiera es requerido
para un encuentro sexual. Según Raúl, para el terapeuta esto no representa un problema,
sin embargo, la cuestión es saber si para él esta forma de vivir la sexualidad representa o
implica algún inconveniente. Como podemos ver en estos relatos, algunos sujetos han
encontrado en los espacios activistas o de nuevas masculinidades, así como en los
procesos terapéuticos, una serie de herramientas que les permiten sobrellevar de mejor
manera las dudas sobre sí mismos, incluso buscar respuestas a ellas, pero en pocas

72
palabras, estás prácticas les han permitido vivir de mejor manera con la incertidumbre
sobre su sexualidad.

Algunos de los entrevistados participan en grupos para hombres o están o


estuvieron en procesos terapéuticos, pero otros más, hablaron de cómo las dudas, la
comprensión, el cambio en sí mismos vino de las relaciones, generalmente afectivas,
amistosas, y familiares que mantienen con personas LGBTI+. Las relaciones que estos
hombres mantienen con personas que se autoidentifican como no heterosexuales y que,
sobre todo, están involucradas de manera activa en la promoción de derechos o los
ambientes de ocio LGBTI+ han impactado profundamente en la forma en que ellos
entienden y viven la heterosexualidad.

Salvador, por ejemplo, comparte opiniones con su hermana que se autoidentifica


como lesbiana o con amigas que se consideran bisexuales. Por otro lado, Jey encuentra
en sus salidas con personas LGBTI+ una oportunidad para “jotear” de manera segura, al
respecto mencionó “puedo decirte que joteo, que de repente tengo como un lado femenino
que saco, de repente soy súper señora o tengo un sexto sentido. Tengo muchos amigos de
la comunidad que me llevo increíble con ellos y respetan como estoy llevando en mi
sexualidad”. De alguna manera tanto Salvador como Jey encuentran en estas relaciones
la oportunidad de preguntar, de conocer información que no habían pensado conocer y
encuentran lugares para experimentar con su cuerpo, con su sexualidad como no lo habían
llegado a imaginar.

La articulación entre los efectos del movimiento feminista que llegó a cuestionar
la naturalidad de las relaciones de género; los espacios de trabajo entre hombres que
promueven una recomprensión de éstos como sujetos de género; y la convivencia con
personas LGBTI+ han motivado distintos procesos de duda o reflexión, incluso de cambio
en algunos de estos sujetos. Considero que esto nos permite entender que incluso algo
que consideramos tan estable como la masculinidad o la heterosexualidad son realidades
mutables, sujetas al cambio histórico y contextual por el que algunos sujetos atraviesan,
pues no puedo decir que estos procesos se extiendan al grueso de la población de hombres
en nuestro país. Kaufman (1995) considera que los procesos de este tipo evidencian el
carácter no lineal de lo que llama “el trabajo de género” entendido como

73
La interiorización de las relaciones de género es un elemento en la construcción de
nuestras personalidades, es decir, la elaboración individual del género, y nuestros propios
comportamientos contribuyen a fortalecer y a adaptar las instituciones y estructuras
sociales de tal manera que, consciente o inconscientemente, ayudamos a preservar los
sistemas patriarcales (p. 130).

Para Kaufman (1995) los hombres también están sujetos a la reconfiguración o cambio
que caracteriza el "trabajo de género" de una sociedad. Pues considera que “pese a que
los ideales de género existen como masculinidades y feminidades hegemónicas, y a que
el poder de género es una realidad social, cuando vivimos en sociedades heterogéneas
luchamos con presiones, exigencias y posibilidades que están frecuentemente en
conflicto” (p. 130).

En la matriz heterosexual [los humanos biológicamente machos o socialmente


“hombres”] cobran sentido como sujetos generizados en la medida en que expresan, de
manera coherente, una relación entre el sexo, el deseo y la práctica corporal. Los varones
deben ser hombres “(en sus cuerpos, identidades, subjetividades, prácticas, relaciones,
productos) y en la organización social toda” (Núñez, 2017, p. 23). Sin embargo, algunos
sujetos como los entrevistados atraviesan por procesos que ponen en cuestión la
reproducción natural y lógica entre de estas nociones.

La expresión de la heteronormatividad adquiere distintos matices en la narrativa


de cada uno de estos sujetos. Algunos de ellos han adquirido herramientas o participado
en procesos que los han llevado a pensarse como hombres desde otras lógicas o a
cuestionar las normas que aprendieron a naturalizar. Por ejemplo, Aarón, quien se formó
como sociólogo considera que “todo es una construcción social se basa en normas y en
reglas, en valores que se tienen que ir reproduciendo que vienen de tiempo atrás, desde la
historia”.

Encuentro en la forma en que se expresan tanto Salvador como Aarón un hecho


particular. Ambos son varones que cuentan con educación universitaria, el primero está
en un posgrado, mientras que, el segundo lleva tiempo dedicándose al desarrollo de
proyectos relacionados con los derechos humanos. Ambos expresan una forma de
‘teorizar’ o pensar la heterosexualidad como una estructura, un sistema normativo, una
especie de ordenamiento social.

74
Considero que procesos de reflexión similares podrían ser característicos o, al
menos, mucho más probables dentro de cierto grupo de hombres formados
profesionalmente en áreas como las ciencias sociales y las humanidades, con recursos
suficientes para acceder a la educación universitaria, residentes de zonas urbanas, pero no
podría afirmar que esta posibilidad se extienda en la totalidad de varones en la población
mexicana.

Salvador, por ejemplo, señaló que han sido sus hermanos “clavados en estos
temas” quienes lo han ayudado a llegar a tales reflexiones, mientras que, otros como Luis
Fer o Andrés han encontrado en las llamadas nuevas masculinidades recursos para
repensarse como hombres, para cuestionar sus deseos y su forma de entender el género.
Tanto Jey como Raúl encontraron en los procesos terapéuticos algunas respuestas y
nuevas preguntas sobre sí mismos, sobre sus deseos, sobre su forma de vivir la sexualidad.
La exposición a nuevos discursos como lo son los feministas o el de la diversidad sexual,
nuevas experiencias afectivas y sexuales, o a la interacción con personas de diversos
grupos sociales podrían representar un recurso fundamental para que los hombres
transiten de la heteronormatividad a la apertura o reflexión de su sexualidad.

1.5 Fantaseando con los limites sexuales: la heteronormatividad se pone en tensión

La noción de fantasía sexual puede entenderse como “una historia elaborada, un


pensamiento que surge repentinamente o una mezcla de imágenes que aparecen de
manera caótica. El contenido puede ser bizarro o realista. Puede incluso no ser sexual y
provocar excitación. La fantasía puede ocurrir espontáneamente, puede ser
desencadenada voluntariamente, o generada por otros pensamientos, sentimientos o
información sensorial” (Wilson, 1978, p. 62, citado en Moyano y Sierra, 2014).

Moral de la Rubia (2010) señala que, se ha tendido a asociar la fantasía sexual con
cogniciones placenteras y agradables y con afectos positivos; sin embargo, se ha
encontrado que, “en algunos estudios, las personas evalúan sus fantasías sexuales de

75
manera negativa o experimentan afecto negativo cuando las tienen, implicando vivencias
de angustia o culpa ante pensamientos intrusivos” (p. 246).

Considero que la noción de fantasía sexual cobra importancia en la vivencia sexual


de esta muestra de hombres. Durante las entrevistas, algunos de ellos compartieron o
narraron una serie de historias, de deseos sobre prácticas sexuales que no se atreven a
llevar a la práctica, otras que ya cumplieron o que esperan cumplir. Al respecto, Iván
comentó: “el sexo es mucho de fantasías, pasa de los roles de la sexualidad, de cómo
manejamos nuestros propios prejuicios, prenociones, o nuestra idea de quiénes somos y
quién es la otra persona”. Para Salvador, por ejemplo, hay algo particularmente fantástico
en tener sexo con una mujer “con iniciativa”, que sea quien domine la situación

En una fiesta ella tomo la iniciativa, yo no tenía mucha experiencia. Ella estaba descalza
y me ponía sus pies, en mis piernas, como que las acercaba a mi pene y yo al principio,
así como “qué onda con esta chava”, “se está equivocando o algo así” y ya de pronto sentí
que era muy evidente; luego que todos se fueron a dormir ni siquiera fue necesario
preguntar, nos empezamos a besar. El hecho de que ella tomara la iniciativa y empezara
este coqueteo, para mí fue una suerte de fantasía cumplida.

Durante nuestra entrevista, Salvador señaló lo siguiente: “siento que, por la cuestión de
la heterosexualidad como régimen, hay una cosa que genera mucho deseo para mí,
obviamente consensuado, pero es una relación de poder, con mis parejas ha existido la
pauta para cierta dominación en el sexo”. Lo cual me lleva a encontrar sentido a la fantasía
de la mujer dominante. Salvador suele fungir como el dominador en sus encuentros
sexuales con mujeres, suele atribuirse la gestión del “poder”. Sin embargo, considera una
fantasía el encuentro sexual que tuvo durante esa fiesta.

Esto podría deberse a que los encuentros sexuales en los que Salvador cede o en
los que es desposeído del poder sexual son pocos, y un evento de tal tipo supuso una
nueva experiencia, al invertirse los roles de dominación o donde al menos el poder se
disputó. Como hemos visto, esto podría asociarse con el carácter machista de la
heterosocialización masculina que se manifiesta en la competencia por el poder y la
dominación sobre los otros y otras como meta.

Los entrevistados describen sus fantasías sexuales como cosas intimas, privadas,
incluso secretas. Representan cosas que no se hablan con nadie más, sobre todo, por las

76
consecuencias que éstas podrían traer (rompimientos amorosos, dudas sobre su identidad,
agresiones, rechazo). Por ello, agradezco la confianza y sinceridad con la que los
participantes participaron en esta investigación.

Carlos, en cambio, asocia las fantasías sexuales con la curiosidad sobre ciertos
límites que nos atrevemos a cruzar. Al respecto, señaló “creo que es como una fantasía
que se basa en la curiosidad, porque yo puedo decir que quiero tener relaciones con varios
hombres, pero a lo mejor lo hago y nada más me gusta como que el primer contacto, pero
avanzar a más ya nono, es algo que todavía no sé, pero yo creo que sí me va a gustar”.

Carlos se describe como un hombre heterosexual y curioso sobre el sexo con otros
hombres. Durante algunas fiestas ha bailado, acariciado y besado a otros hombres. Sin
embargo, no ha tenido otro tipo de interacción sexual con ellos, pero como podemos notar
en su comentario anterior, es un límite que estaría dispuesto a superar. Durante la
entrevista lo increpé sobre cómo imaginaba el sexo con otro hombre a lo que respondió
“creo que es un más directo, creo que como hombres nos prendemos más rápido, así que
mi idea es que el sexo con otro hombre es más rápido, más directo”. Para Carlos, la
práctica que más curiosidad le provoca es el sexo oral, el contacto con otro pene.

Para Moral de la Rubia (2010) “la importancia de las fantasías sexuales recae en
la información que nos pueden brindar acerca de la sexualidad de una persona o un grupo
de personas”. El autor considera que las fantasías sexuales son expresiones más libres y
menos proclives de la restricción por aspectos sociales. Sin embargo, con esta
investigación he llegado a entender que fantasías sexuales también son como una ventana
desde la cual se puede echar un vistazo a los límites y normas que las sociedades
heteronormativas han impuesto sobre los deseos de los sujetos.

Muchas de las fantasías sexuales que estos hombres narraron eran sobre prácticas
sexuales, personas, lugares de los que no han podido gozar, ya sea por temor o por miedo
al juicio social, al rechazo de las parejas sexuales, de los grupos de amigos y familiares.
Si admitimos que las fantasías sexuales están libres de la restricción social estaríamos
negando que la heterosocialización tiene efectos sobre la subjetividad, particularmente,
sobre la de estos hombres. Esto podría explicar cómo, para estos hombres, desear aquello
que aprendieron como prohibido, anormal o incorrecto supone serios procesos de duda,
de dolor, de intriga sobre sí mismos.

77
El caso de Luis Fer ejemplifica un proceso de tránsito entre la duda, la intriga y el
reconocimiento y la aceptación de los deseos sexuales fuera de la imposición de la
heterosexualidad tradicional. Él comenta que, desde que comenzó a participar en un taller
de formación sobre derechos LGBT+ y en discusiones sobre “nuevas masculinidades” ha
encontrado una serie de recursos para resolver la controversia que ha surgido entre sus
deseos sexuales y su autoidentificación como heterosexual. Al respecto, él comenta

Formo parte de un laboratorio de formación de activistas LGBT+. Al escuchar, leer,


informarme más acerca de las nuevas masculinidades y todo esto, como que me permití
ser consciente sin culpa, sin alguna sorpresa de: “Ay, me estoy fallando como hombre
porque tengo la fantasía de estar con una chica trans”, aparte, el conocer, el tener contacto
con personas de la diversidad, de eliminar los tabús, los mitos que existen sobre la
diversidad, sobre los trans, transgénero, transexuales o las trans. Como que todo eso fue
lo que me hizo pensar “bueno, pues qué tiene, no pasa nada, te genera placer, pues date
placer”. Por ahí está una fantasía, relacionarme con alguna chica trans.

El relato de Luis Fer alude a dos momentos en un proceso de transición entre la culpa y
la aceptación de un deseo sexual fuera de los límites de la heterosexualidad tradicional.
A través de su paso por este espacio de (des)formación él considera que ha desmontado
algunos tabús, mitos que rodean a las mujeres trans, lo que le permite reconocerlo y
explorarlo con menor culpa. Por un lado, comparte que durante algún tiempo ha deseado
tener sexo con una “chica trans”, sin embargo, reconocer esto le producía cierta culpa, la
sensación de fallarse como hombre (heterosexual), uno que desea un cuerpo con pene,
que incluso desea ser penetrado por él.36 Al respecto, Luis Fer señaló

Tengo la curiosidad del sexo anal, tanto activo como pasivo, porque es algo que no he
tenido, ni me lo han pedido ni lo he buscado. En segunda, tengo una atracción enorme por
los senos, por el pecho femenino y hay trans que, ¡Wow!, bueno ¡Qué bárbaro!, ¡Qué
bárbaras!, tienen un pecho que me llama mucho la atención, pero al combinarlo con un
pene me llama. No he tenido contacto con otro pene que no sea el mío, un contacto físico,
entonces, siento que una chica trans puede darme el placer que ni yo mismo me puedo
dar, aparte de los caracteres femeninos.

36
En otro momento ahondaré en la forma en qué algunos de estos hombres conciben como el sexo con
mujeres trans, las prácticas que desean o han tenido y sobre algunas de las implicaciones en la
reconfiguración de su sexualidad.

78
Considero que las fantasías sexuales como la narrada por Luis Fer, poseen un carácter
potencialmente subversivo al presentarse como terrenos o espacios en los que los límites
del deseo se extienden o, al menos, se tensionan. Al autodefinirse como un hombre
heterosexual creyó que desear a una mujer trans significaba fallar como hombre, poner
en duda su hombría, al menos, ante otros. Al fantasear con la imagen de un cuerpo que
posee grandes pechos y un pene reconfigura la noción de mujer, desplazando o
flexionando así, los significados normativos de la heterosexualidad.

Las fantasías sexuales podrían ser entendidas como estrategias utilizadas por estos
hombres para vivir el placer y el deseo más allá de lo aprendido. Hablo de extender o
flexionar los límites del deseo y no de romperlos o superarlos pues considero que los
procesos de heterosocialización se manifiestan aún en las fantasías de estos sujetos. Esto
se debe a que “la orientación del deseo no está inserta en el patrimonio genético sino en
las regulaciones sociales” (Vélez-Pelligrini, 2008, p. 364)37 de las que difícilmente
podemos desprendernos. Por ejemplo, Salvador mencionó

No diría que fantasear, pero sí lo he imaginado, me imagino muchas cosas que


evidentemente no digo en voz alta. Digo no he fantaseado porque no siento que sea algo
que me atrae, pero creo que hay una línea delgada porque pensándolo, pues sí, de repente
si veo hombres que me parecen atractivos, pero curiosamente, no puedo fantasear, no me
imagino la imagen de la penetración, por ejemplo. Veo a sus espaldas y puedo imaginarme
acariciar su espalda, sus piernas…

Para Salvador existe una línea delgada entre la fantasía sexual y los escenarios
imaginarios. Para él, es posible imaginarse tocando o acariciando el cuerpo de otro
hombre, pero no puede imaginarse llegar a la penetración. La penetración o la falta de
ella, se toma como la condición que distingue el deseo sexual de la imaginación, de
acuerdo con Salvador. Sin embargo, considero que este relato pone a la vista un hecho
particular, que las fantasías sexuales también tienen fronteras. Quizás para hombres como
él, significar estos pensamientos como no sexuales funcione como una estrategia que les
permita disfrutar de ellos con menor culpa de por medio.

37
De acuerdo con este autor, múltiples estudios sociológicos han demostrado que la orientación sexual de
los hijos e hijas de gays o lesbianas no coindice con la de los padres, lo cual confirma que “la sexualidad
responde a un proceso de socialización articulado por y en beneficio de la institución de la heterosexualidad
obligatoria” (p. 364).

79
Estos hombres usan la imaginación, la fantasía, como recursos desde los cuales
jugar con los límites del deseo, como un territorio en el que las reglas de la
heteronormatividad se pueden poner en pausa, o evadir en cierta medida. Sin embargo,
en algunos casos esto es posible siempre que se tenga un límite claro, pero ¿qué hay de
aquellos hombres que cruzan los limites?, ¿qué hay de aquellos hombres que llevan las
fantasías a la realidad?

Desde la experiencia de estos sujetos, podemos decir que la heteronormatividad


se vive como un sistema de normas que impone a los hombres ciertas restricciones sobre
cómo vivir el placer. Sin embargo, la construcción de fantasías sexuales puede permitirles
explorar terrenos del placer sexual o situaciones que la sociedad tildaría de inapropiadas
o de prácticas que podrían poner en duda la legitimidad de su heterosexualidad.

2. La diversidad en la heterosexualidad

Los testimonios recabados en esta investigación demuestran que la heterosexualidad


también puede ser diversa. Al menos, para algunos hombres que se autoidentifican como
heterosexuales y que viven su sexualidad de manera distinta a lo que se dicta como
tradicional. Éstos no sólo tienen sexo con mujeres, sino que, también tienen sexo con
otros hombres, exploran el placer anal (de manera receptiva), tienen sexo con mujeres
trans, entre otras prácticas que podrían poner en duda la legitimidad de su
heterosexualidad ante la mirada pública.

De acuerdo con Núñez (2011) el concepto de diversidad sexual ha sido usado


teórica y políticamente para agrupar personas y grupos con identidades no heterosexuales.
Sin embargo, su uso supone un equívoco tanto lingüístico como teórico, pues refleja una
lógica heterosexista y patriarcal e incluso sexista, al reproducir “la ideología y práctica
que jerarquiza las sexualidades y coloca la práctica y la identidad heterosexual como
superior a las otras prácticas e identidades sexuales” (p. 46).

La lógica hetero-sexista, de acuerdo con Núñez (2011), promueve la


configuración de un sistema de identidad conformado por dos figuras centrales: los

80
heterosexuales y los otros (los de la diversidad sexual). Usar el concepto de diversidad
sexual como sinónimo de lo no heterosexual reproduce la representación de la
heterosexualidad como identidad central, única, normal y/o natural, “al grado de que ni
siquiera tienen que decir su nombre (¿cuántos varones o mujeres van por la vida diciendo
‘soy heterosexual’?)” (p. 47).

Núñez (2011) advierte que es necesario preguntarnos si es apropiado y


políticamente útil usar el concepto de diversidad sexual para referirse a la sexualidad
diversa de los distintos grupos sociales: heterosexuales, gays, lesbianas, bisexuales,
trangénero, los que no asumen identidad y aquellos otros que se agreguen en el futuro.
Desde mi punto de vista es necesario reflexionar sobre los efectos que supondría repensar
la heterosexualidad desde la noción de diversidad sexual, sobre el potencial que reside en
pensar la heterosexualidad más allá de su representación como natural, recta y
hegemónica.

Invito a cuestionar la idea de una heterosexualidad que es única y lineal. Y


propongo que comencemos a pensar que estamos ante unas heterosexualidades, una
multiplicidad de prácticas, de significados, de una suerte de inflexiones que abren nuevas
posibilidades de acceso al placer para aquellos se autoidentifican como heterosexuales o
bien, como no homosexuales, no sexodiversos.

2.1 El intersticio de la bisexualidad: entre la práctica y la identidad

Hablar de heteronormatividad no se limita al sexo entre hombres y mujeres o bien, la


práctica heterosexual. Sino que, alude a un conjunto de responsabilidades, normas y
reglas que rigen las relaciones entre los sujetos.38 Sin embargo, como señalan algunos de
los entrevistados, lo que entendemos por heterosexualidad no es igual en todas las
sociedades, los significados y prácticas que la dotan de sentido son resultado de procesos
históricos y culturales específicos de cada contexto. Al respecto, Iván comentó

38
De acuerdo con Vélez-Pelligrini (2008) incluso las personas autoidentificadas como gays y lesbianas
desvalorizan la homosexualidad como un proyecto de vida y buscan evitarlo abocándose “a retornar al
universo cultural de la heterosexualidad obligatoria mediante la propia socialización reguladora” (p. 364).

81
No pienso que dos heteros sean iguales, tan sencillo como que en Rusia y en Francia los
hombres se besan en la mejilla y aquí cualquiera se para de pestañas porque se besan en
la mejilla. O en Japón entran a los baños públicos prácticamente desnudos o en otras
partes del mundo y creo que todos ellos se asumen heterosexuales. Entonces eso de la
heterosexualidad es un constructo bastante flexible en muchos aspectos, ya sin considerar,
también, el aspecto sexual. Hay que cumplir como hombre, alimentar a tu familia, no
expresar tus emociones y cumplir sexual y efectivamente, es lo único corresponde. Eso
era la experiencia, pero al ir conociendo más mujeres y mucho más al descubrir ese gusto
por los hombres y la curiosidad por otras experiencias, se fue se fue destruyendo esa idea
que traía de niño, que me fue inculcada.

Para Iván, una práctica considerada heterosexual en un lugar puede no serlo en otro. Por
ejemplo, en Francia, un beso en la mejilla entre dos hombres puede ser visto con cierta
naturalidad, mientras que, en otros países el mismo acto podría costarles la vida a algunos
hombres.39 De acuerdo con él, aquello que aprendemos que es o no heterosexual se
transforma, cambia con el tiempo y con las experiencias de los sujetos. De acuerdo con
Aarón “atravesamos por un tiempo, adolescencia, juventud, para poder definirnos, llegas
a experimentarlo y sabes que tu preferencia realmente siempre fue gay, que es la represión
por los valores, reglas o normas que pueden existir, pero yo creo que habemos personas
abiertas a experimentar sin necesidad de definirnos como gays u homosexuales”.

Los testimonios de Aarón e Iván colocan al centro de la discusión una idea


particular: no son las prácticas sexuales las que determinan la autoidentificación de los
sujetos, un hombre que tiene sexo con otros hombres puede no identificarse como gay u
homosexual en ningún momento de su vida, es posible que ni siquiera llegue a dudar de
su heterosexualidad. En los términos de Moreno y Pichardo (2006) podríamos decir que,
la sexualidad de estos sujetos se encuentra en un intersticio entre la heterosexualidad y la
homosexualidad, una que podría caracterizarse como bisexual, definida por tener sexo
tanto con hombres como con mujeres. Sin embargo, señalan que

La bisexualidad como una identidad sexual que no acaba de encontrar su lugar. Así́, se
supone que sólo las personas que se sienten atraídas en igual medida por personas de su
mismo sexo y del otro podrán ser consideradas realmente como personas bisexuales. Si

39
De acuerdo con Sáez y Carrascosa (2011), en ochenta y cinco país se persigue la homosexualidad. “La
condenan con cárcel, flagelación, internamiento en psiquiátricos o campos de trabajo” (p. 57).

82
una persona se siente más atraída por unas u otros, será́ considerada (en el fondo) un
heterosexual o un homosexual que no acaba de definirse completamente (p. 149).

De acuerdo con Moreno y Pichardo (2006) la sexualidad ha tendido a mirarse y vivirse


desde un pensamiento dicotómico, el cual establece y da por hecho que la sexualidad
humana es naturalmente binaria y se divide entre heterosexuales y homosexuales.
Debemos entender que, esta forma de comprender la realidad no es preexistente a las
“categorías cognitivas” desde las que se le percibe. “[L]as operaciones de clasificación,
oposición, calificación, jerarquización, estructuras en las cuales lo masculino y lo
femenino se encuentran encerrados” (Héritier, 2002, p. 27), se encuentran configuradas
por cada cultura y discurso, incluido en el del estudio de la sexualidad, de modo que,
aquello que se enuncia como, masculino y femenino, como homosexual, heterosexual, no
es más que un aparato de inteligibilidad construido por un sistema particular de
interpretación de la realidad.

Esta lógica dicotómica ha dominado la comprensión de la sexualidad, desplazando


a las personas con prácticas bisexuales a una subalternidad en la que “los heterosexuales
que les considerarán unos depravados o depravadas; y los homosexuales les verán como
unos gays o lesbianas que aún no han asumido o que no se atreven a asumir su verdadera
identidad, es decir, su identidad de homosexuales” (Moreno y Pichardo, 2006, p. 149).
Durante la investigación, Andrés fue el único de los participantes autoidentificado como
bisexual, de acuerdo con él

Ser bisexual es un conflicto para muchos porque no es algo que se puede sobrellevar
fácilmente. Es mucho riesgo. En el caso de ser bisexual debes ser demasiado inteligente
para poder sobrellevar las cosas, debido a que, te soy honesto, la sociedad hasta el día de
hoy, al menos a mí no me ha tocado que la gente esté preparada. Si para un homosexual
hay demasiados tabúes, para un bisexual es doble o más porque no solamente los hay del
lado homosexual sino también en el lado heterosexual, como lo son el comportamiento
con las mujeres, el comportamiento con otros hombres, la cuestión de la fidelidad, entre
muchas cosas.

Andrés considera que vivir como un hombre bisexual puede ser duro en muchos
momentos. Podemos decir que, según el género de la pareja en turno, Andrés enfrenta
efectos diferenciados de la heteronormatividad, por un lado, los tabúes y discriminación
que viven las parejas homosexuales y, por otro, las exigencias y expectativas a las que

83
debe responder cuando es considerado por otros como heterosexual. Durante la entrevista
conversamos al respecto, de acuerdo con él

Hasta el día de hoy hay muchos señalamientos. Me tocó una doble situación, por una
parte, tienes de ocultarte de que no te vean con hombres y, por otro, debes demostrar que
sales con mujeres para que no haya señalamientos. Hay mucho que trabajar para lograr
una libertad normal en la que puedas salir a la calle sin que te señalen. Imagínate, si no es
común ver a un homosexual o dos homosexuales juntos, de la mano, que te vean con un
hombre y al ratito te vean con una mujer…
Samuel (entrevistador): ¿Tú has tenido que esconder a algún novio?
Andrés: Claro. Yo creo que homosexual que no haya pasado por eso, sería un mentiroso.
Todos hemos mentido que tenemos un noviazgo y tenemos a una persona con la cual no
pudimos continuar o no pudimos ser libres, tener esa libertad. Como hombre mientras más
mujeres tengas, mejor. Hasta hoy vivimos en esta sociedad machista, en la que puedes
acostarte con 50 mujeres y eres el más fregón de todos. También te voy a decir que, lo
manejamos a nuestra conveniencia, porque mientras presumes una cara, tapas la otra parte
y vuelve a ser clandestino.

De acuerdo con lo narrado por Andrés, podríamos decir que, algunos hombres con
prácticas bisexuales llegan a sufrir los efectos de la heteronormatividad, al menos, en dos
formas particulares. La primera, tiene que ver con el temor al juicio y violencia social que
estos hombres experimentan que se manifiesta en la búsqueda constante por ocultar y
mantener en el anonimato y/o clandestinidad sus relaciones homoeróticas. Incluso
aquellos hombres que se autoidentifican como bisexuales podrían vivir una sexualidad
atravesada por los prejuicios machistas y la imposición de las expectativas de género.

Otro de los efectos de la heteronormatividad se expresa, de acuerdo con lo dicho


por Andrés, en la búsqueda constante de demostrarse ante otros como el más “fregón”, el
que se relaciona con más mujeres, el que es más hombre. Es decir, que algunos hombres
emularían la representación del hombre macho caracterizada por la hipersexualidad y la
rudeza con el objetivo de evadir cuestionamientos, de evitar señalamientos y dudas sobre
la legitimidad de su masculinidad. De acuerdo con Guajardo (2018) “muchos hombres
jóvenes presentan un conflicto de aproximación/rechazo que confunde la afiliación,
competición y dominación de miembros de su propio sexo, y que tiende a sostener entre
varones con conducta bisexual un nivel alto de comportamiento clandestino impulsivo,

84
de engaño a sus parejas mujeres e infidelidad a las parejas masculinas, con lazos afectivos
efímeros, culpa y autonegación” (p. 68).

Para Andrés y Raúl la infidelidad, entendida como tener sexo con otras personas
que no son sus parejas formales (mujeres principalmente), cobra otros sentidos en la
búsqueda de placer sexual fuera de sus relaciones heterosexuales. Por ejemplo, Raúl
comentó

Soy muy fiel…a veces, cuando me enfoco, cuando quiero a la persona soy muy fiel. No
me es tan fácil relacionarme casualmente, sexualmente hablando, con una mujer, pero con
un hombre sí. Es que es como ‘otro yo’, igual de penoso, igual inseguro, pero como que
se anima a otras cosillas, que a veces con las mujeres le cuesta trabajo. Es como
complementar con un hombre lo que con una mujer no se puede hacer, mi caso tal vez es
eso.

Para Raúl la fidelidad, entendida como exclusividad sexual, está asociada al nivel de
afecto que siente por su pareja heterosexual. Sin embargo, el sexo con otros hombres es
percibido más como una búsqueda o un intento por complementar lo que le hace falta a
su vida sexual y menos como una violación a los acuerdos de su relación. Al menos,
durante la entrevista no manifestó o expresó sentir que estuviera faltando a algún
compromiso hecho con la mujer con la que tiene una relación. Por el contrario, la
infidelidad homoerótica se narra como una consecuencia de la falta de plenitud en los
encuentros heterosexuales, pues hay “cosillas” que a las mujeres les cuestan trabajo
aceptar o hacer. Como veremos en los siguientes apartados, esto se puede referir al
rechazo de las mujeres por el sexo anal tanto como receptoras y/o como penetradoras; o
prácticas sexuales que involucran cierto nivel de rudeza o golpes de por medio o el
rechazo de éstas a establecer encuentros sexuales de carácter grupal con otros hombres
y/o mujeres.

De acuerdo con Rivera, Díaz y García (2011) en el caso de los hombres “el deseo
de ser infiel, así como el involucrarse en relaciones de infidelidad, se incrementa cuando
se evita el acercamiento sexual, se rechaza a la pareja, se reprime su iniciativa” (p. 436).
En cambio, para Quaresma da Silva y Ulloa (2012) para algunos hombres “la infidelidad
es una característica inherente a su condición de género. Se nos presenta como un impulso
fuera del control de la voluntad masculina, víctima siempre de circunstancias que él no

85
decidió, provocó ni previó, y de las cuales no puede escapar, a riesgo de quedar en duda
su hombría” (p. 100).

Andrés comentó que es común coincidir con hombres casados y con hijos en
lugares de cruising. Es posible reconocerlos porque de acuerdo con él “(ellos) no quieren
una relación homosexual, te dicen ‘ni me hables’ o te tratan muy cortante, guardando su
apariencia y su hombría”. Al respecto Andrés considera que “si en casa tuvieran plena
satisfacción sexual dentro del matrimonio heterosexual, pero también una relación
homosexual que los mantuviera satisfechos no tendría ninguna necesidad de ser infieles,
porque vuelvo a lo mismo. Hay muchos que sí tienen cierta curiosidad”.

La infidelidad y, sobre todo, la clandestinidad, se convierten en estrategias que


permiten a algunos hombres autoidentificados como heterosexuales participar de
prácticas homoeróticas o practicar la bisexualidad sin que ello comprometa su imagen
pública. De lo dicho por los entrevistados podemos deducir que, estos hombres no buscan
adoptar el discurso de la diversidad sexual ni optar por una nueva de identificarse, sólo
pretenden explorar su sexualidad sin que ello represente someterse al juicio y
categorización social. Algunos de ellos, podrían encontrar en el sexo con otros hombres
una forma de complementar aquello que no se atreven a probar o que no han podido
experimentar al tener sexo con mujeres.

Siguiendo lo dicho por Quaresma da Silva y Ulloa (2012), la infidelidad podría


ser vista como una característica natural o lógica en el ejercicio de su sexualidad como
hombres. La infidelidad podría ser una práctica desde la cual se reafirma el género de los
hombres pues, aparentemente, no es una práctica exclusiva de los hombres
autoidentificados como heterosexuales, otros que se consideran bisexuales u
homosexuales también la practican. Considero que otras investigaciones sobre el sexo
entre hombres podrían encontrar en el estudio de la infidelidad de hombres homosexuales
y bisexuales datos que enriquezcan esta reflexión. De acuerdo con Esparza, Yuni y
Urbano (2020), en el caso de algunos hombres que tienen sexo con hombres y que se
autoidentifican como heterosexuales

La homosexualidad (es vista) como identidad negativa y la bisexualidad como identidad


de exploración permiten la afirmación de la propia hombría. En general, los HSH se
consideran a sí mismos, antes que nada, varones. Ellos son los sujetos de la acción que

86
mueve el encuentro y el contacto sexual con otros hombres, aunque esos otros se
reconozcan como pares o como gays, bisexuales o transexuales” (p. 3).

A los hombres con prácticas bisexuales se les exige o se espera de ellos que, en algún
momento definan su identidad sexual, que determinen si son homosexuales o
heterosexuales. Al respecto Núñez (2011) señala que la noción de identidad sexual supone
“una supuesta esencia o una estabilización en determinadas fronteras simbólicas de lo que
es heterogéneo y cambiante, la sexualidad” por lo que es preferible optar por la idea de
una existencia sexual, es decir, “una dimensión humana abierta al cambio y en
permanente definición y transformación” (p. 32).

Algunos hombres que viven en el intersticio de la bisexualidad pueden hacerlo


rodeados de dudas, del juicio de heterosexuales y homosexuales que les consideran como
indefinidos. De acuerdo con Moreno y Pichardo (2006)

Se refuerza así́ una jerarquía de las sexualidades, en la que a aquellas personas que
mantienen relaciones sexuales con hombres y mujeres indistintamente se las sitúa en un
lugar lejano a la respetabilidad y se les sanciona socialmente (se les califica como personas
inestables, tendentes a la infidelidad, maricas o bolleras en el armario...). Es decir, que
aquellas personas que no hacen del sexo ni del género una frontera a la hora de mantener
relaciones sexuales, crean incertidumbre y desconcierto al interior del sistema (p. 149).

La existencia sexual de hombres como Raúl, Aarón, Jey, supone un problema para la
matriz heterosexual. Estos varones se identifican como hombres y practican la
heterosexualidad, sin embargo, también tienen prácticas homoeróticas, provocando una
ruptura en el orden lógico y natural impuesto por la heteronormatividad. La existencia
sexual de estos hombres difumina, al menos, mientras dura el encuentro sexual con otros
hombres, las fronteras del sexo y el género. Siguiendo a Núñez (2007), me parece
importante decir que, esta investigación no pugna por la creación de “un mundo bisexual”,
sino que aboga por “la construcción de un espacio simbólico para pensar o repensar el
deseo homoerótico como algo que no es extraño a nadie y que atraviesa las formaciones
culturales y las relaciones sociales” (p. 80).

Es importante señalar que, si bien, algunos de estos hombres tienen prácticas


bisexuales, sólo Andrés se autoidentifica como tal, es decir, que adopta ésta como
identidad sexual. Para analizar y comprender las prácticas sexuales de los hombres que

87
participan en esta investigación me parece útil distinguir entre dos concepciones: la
bisexualidad como identidad sexual y la bisexualidad como práctica sexual. La primera
alude a una categoría identitaria a la que algunas personas se adscriben y desde la que se
producen algunos discursos y representaciones políticas, mientras que, la bisexualidad
como práctica, refiere a la existencia sexual de hombres que tienen sexo con hombres y
mujeres, pero que se autoidentifican como heterosexuales y/o que no se autoidentifican
como tales.

Esta categorización de la bisexualidad no debe entenderse como fija, estable y con


fronteras claras que distinguen la identidad de la práctica. Para algunos de los
entrevistados como José, el límite está en los afectos. Al respecto señaló “podría decirse
que tengo ciertas tendencias bisexuales, cierta atracción corporal hacia ciertos hombres,
y principalmente atracción por los genitales. Jamás tendría una relación personal con un
hombre, pero en el ámbito sexual he tenido y podría tener alguna experiencia sexual”.
Para él, la bisexualidad como tendencia o práctica involucra los encuentros sexuales, la
atracción física y genial, pero no el involucramiento emocional o personal con otros
hombres. En un sentido similar, Aarón comentó

Para mí una persona bisexual es quien tiene gusto por personas de sexo indistinto, o sea,
sea hombre o sea mujer, pero creo que sí se involucran otras cosas. No es sólo un gusto
sexual, sino que es un gusto afectivo, creo que eso es lo que te podría definir. Una persona
heterosexual tiene una preferencia, sobre todo, afectiva al sexo diferente.

Aarón es un hombre con prácticas bisexuales, durante diez años tuvo una relación sexo-
afectiva con una mujer, pero también ha tenido sexo con otros hombres. Sin embargo, él
se autoidentifica como un hombre heterosexual. Para ellos, el involucramiento afectivo
es el que determina la identidad sexual de los sujetos. Ellos no se consideran a sí mismos
como bisexuales, mucho menos como homosexuales. De acuerdo con Raúl esto es aún
más complejo porque

No lo entenderían (la sociedad). A veces ni yo lo entiendo. No puedo pretender que las


demás personas lo entiendan. Sería más sencillo ser gay o ser hetero sin que me gustara
curiosear o que simplemente me gustaran los hombres y ya, ¿cuál es el pedo?,
Heterosexual sin andar curioseando, pues sí, me gustan las viejas, los güeyes son mis
amigos nada más; ser bisexual, sí, me gustan las dos cosas y puedo andar con las dos
cosas, ok, ¿y cuál es el pedo?, cómo explico esto sin caer en una o en otra.

88
Para Raúl, su práctica bisexual resultaría incomprensible ante los ojos de la sociedad,
pero, incluso llega a serlo ante sus propios ojos. Para él, sería más sencillo ser gay o ser
hetero, es decir, tener relaciones sexo-afectivas exclusivamente con hombres o con
mujeres y no vivir el intersticio que representa su sexualidad. La “curiosidad” que siente
y que se consuma a través del sexo homoerótico le impide vivir una heterosexualidad
tradicional, tal como la que se pretende desde la heteronormatividad.

Como he referido con anterioridad, para hombres como Raúl, la bisexualidad sólo
cobra sentido cuando hay de por medio una relación afectiva, una que él no ha logrado o
se ha permitido establecer con otros hombres. Estas referencias me parecen
fundamentales para entender que la bisexualidad cobra dos sentidos específicos en la vida
sexual de estos hombres, por un lado, está Andrés que se autoidentifica como un hombre
bisexual, es decir, que es capaz de establecer relaciones afectivas con otros hombres, así
como con mujeres; por otro lado, están hombres como Raúl, quienes tienen prácticas
bisexuales, sexo con hombres y mujeres, pero rechazan la idea de relacionarse
afectivamente con éstos.

Es importante decir que, esta no es la única forma de analizar o entender las


disputas entre la identidad y la práctica sexual de estos hombres. Raúl comenta que por
momentos ni siquiera él puede entender o explicarse a sí mismo lo que ocurre con su
sexualidad, sin embargo, como veremos en las siguientes líneas, algunos de estos
hombres han construido categorías, etiquetas con las cuales identificarse, al menos,
temporalmente. Las cuales suponen o ponen en evidencia que la heterosexualidad puede
vivirse de manera diversa, que la sexualidad de algunos hombres heterosexuales puede
estar sujeta al cambio, a la apertura, a las inflexiones.

2.2. La heterosexualidad es todo menos recta: de heterocuriosos y heteroflexibles

En inglés se utiliza la palabra straight para describir a algo como recto, derecho, pero,
también se utiliza para referirse a las personas heterosexuales, aquellas que en una lógica
binaria del género se identifican como hombres o mujeres y que sienten atracción sexual
y afectiva por personas del género opuesto.

89
La heterosexualidad como práctica e identidad sexual ha sido asociada con lo
correcto, lo derecho, lo straight. De acuerdo con Fausto-Sterling se debe a que el discurso
médico y los médicos instauraron un “separatismo heterosexual, un apartheid erótico
forzoso que segregó a los normales de los pervertidos»” (p. 30). No obstante, esta
investigación podría demostrarnos que algunos hombres que se autodefinen como
heterosexuales llegan a cuestionar este separatismo, al transitar, al menos,
momentáneamente, entre el placer normativo y el “anormal”.

Con el paso de los años, la noción de heterosexualidad se afianzó con solidez en


la opinión pública sobre la sexualidad y se le atribuyó el carácter de natural, se le
consideró estable, única y normal. Sin embargo, las críticas feministas, los movimientos
lésbico-gay y, ahora, las crecientes comunidades de personas trans e intersexuales han
puesto en tela de juicio la presunta estabilidad de este término (Fausto-Sterling, 2000, p.
30).

Fausto-Sterling (2000) habla de la controversia que puede suscitar un grupo de


mujeres casadas con hombres que se “descubren” lesbianas durante la adultez. En el caso
de esta investigación, nos encontramos ante un riesgo similar, la controversia que podría
originarse si la identidad de los entrevistados fuera de conocimiento público. Los grupos
sociales en los que estos se desarrollan comenzarían a generar una serie de preguntas, de
cuestionamientos sobre cómo estos sujetos que se autodefinen como heterosexuales
también tienen sexo con hombres.

La controversia surge cuando “la desviación canónica paradójicamente se


reconoce a sí misma como práctica hegemónica, en nuestro caso, heterosexual y no como
‘otra’ cosa” (Figari, 2008, p. 99). Es decir, cuando los sujetos con prácticas desviantes no
se reconocen como tales, sino que propugnan por una nueva comprensión de las prácticas
hegemónicas. En este caso, cuando los hombres que tienen sexo con hombres rechazan
la homosexualidad como identidad y se autodefinen como heterosexuales. En relación
con esto Aarón comentó:

Yo creo que sí son cosas muy distintas. He conocido casos de señoras de 50 años que
están casadas y después llegan a tener un encuentro (lésbico) y se casan y se dicen gays
abiertamente, pero podríamos decir que hay ahí una historia de represión que realmente
no las dejaba ser como son. Pero yo creo que en mi caso no es así, yo sé cuáles son mis
preferencias. A lo mejor ser también parte de ser heterosexual implica eso, querer formar

90
una familia y formar un equipo con una persona con quien compartir el resto de tu vida,
sexual, profesionalmente. Para mí son esas normas para poder decir que soy heterosexual.
Y con hombres, por ejemplo, no le tiro a poder hacer una familia o tener algo con un
hombre, esa es la diferencia.

La diferencia entre las mujeres casadas que después se declaran públicamente como
lesbianas y los hombres como Aarón, radica en que los segundos declaran no tener nada
que descubrir o confesar, en su caso no hay homosexualidad que liberar. Aarón considera
que tener sexo con otros hombres no determina su heterosexualidad, sino que son las
normas y las expectativas de futuro las que lo hacen. El deseo de formar una familia, de
construir un futuro con una mujer es lo que legítima su heterosexualidad, no sus prácticas
sexuales, pues este deseo no existe en relación con otros hombres.

Al respecto, Jey usa la siguiente alegoría para expresar su forma de verlo: “si un
gato tiene sexo con un perro, eso no convierte en perro al gato, sé que es diferente pero
no en automático ya tienes sexo y ya te vuelves gay u homosexual”. Para él no existe una
correspondencia lineal y consecuente entre la práctica y la identidad sexual del sujeto. No
es el sexo entre hombres lo que determina la homosexualidad ni lo que despoja de la
heterosexualidad. Como señalé anteriormente, no es la práctica bisexual la que determina
la identidad bisexual de algunos sujetos, es su forma de comprender y vivir los afectos lo
que lo define. Por ejemplo, Iván señaló

Yo consideraría que lo que he hecho (tener sexo con una persona trans femenina)40 es, de
alguna manera, una forma de bisexualidad. No me considero heterocurioso porque creo
que esa categoría surge para paliar el hecho de que las personas no hemos podido
experimentar nuestra sexualidad de manera plena por la falta de derechos, por un montón
de discriminación social, etcétera. No me entra mucho esa definición en la cabeza,
¿heteroflexible? No, definitivamente no. Sé que, para mí, lo que tengo es un gusto latente
por el cuerpo masculino y también por los cuerpos trans. No me consideraría
heteroflexible, podría decir que bisexual, a ver qué nuevas categorías surgen, a ver si en
una de esas puedo o me atrevo a ponerme, clasificarme.

El comentario de Iván pone sobre la mesa dos puntos centrales. En primer lugar, para
algunos hombres como él, las personas trans femeninas siguen siendo vistas como

40
Retomo la noción de “personas trans femeninas” de Gutiérrez (2022). Para la autora, las personas trans
femeninas son aquellas que nacieron con pene y testículos y fueron socializadas como varones, pero que se
han identificado en algunos momentos de su vida o se identifican a sí mismas en la actualidad como mujeres
y quieren ser vistas y tratadas como tales.

91
varones,41 por lo tanto, tener sexo con ellas suele asimilarse a tener sexo con hombres. En
segundo lugar, Iván introduce un par de nuevas categorías desde las cuales se da sentido
a las prácticas sexuales de hombres autodefinidos como heterosexuales y que tienen sexo
con otros hombres “la heterocuriosidad y la heteroflexibilidad”.

Durante el trabajo de campo identifiqué una serie usuarios de Grindr que


utilizaban heterocurioso o heteroflexible como nombre de usuario; de igual forma, en los
foros digitales sobre cruising identifiqué algunos dirigidos, específicamente, a hombres
que se autodefinían a sí mismos como heterocuriosos o heteteroflexibles. Distintos
medios digitales han comenzado a utilizar estos términos, por ejemplo, sitios como los
replicantes o shangay.com, han publicado distintos artículos al respecto. De acuerdo con
el primero, “los heterocuriosos o heteroflexibles son aquellos hombres a los que les gustan
solo las mujeres, pero que fantasean con la idea de tener alguna relación homosexual
esporádica”, mientras que, para shangay.com, “muchos hombres que se consideran
heterosexuales afirman tener o haber tenido fantasías sexuales con otros hombres, y los
hay que incluso han experimentado en alguna época de su vida, sobre todo durante la
adolescencia. Pues bien, la respuesta a estos comportamientos la podría tener una
hormona: la progesterona”.

A diferencia de lo dicho por la prensa digital, Iván considera que, la


heterocuriosidad surge como una categoría paliativa, es decir, como un término que se
usa para suavizar o atenuar nuestra falta de libertad sexual, la imposibilidad de
experimentar plenamente por temor al rechazo y la discriminación. Él considera que los
términos heterocurioso o heteroflexible no logran dar sentido a su “gusto latente por el
cuerpo masculino y también por los cuerpos trans”, quizás podría encontrarse en un
espectro de la bisexualidad, mientras espera el surgimiento de nuevas categorías a las cual
podría adscribirse.

41
Refrendo mi apoyo al movimiento político de las personas trans quienes trabajan arduamente por la
garantía de sus derechos, tales como el reconocimiento de su identidad de género. Sin embargo, durante las
entrevistas decidí escuchar a los informantes antes de imponer o influenciar en alguna medida sus
reflexiones y respuestas a las preguntas. Elaboré una serie de preguntas utilizando textualmente la expresión
de mujeres trans para cuestionar a estas personas, pero en el proceso noté que algunos de ellos aún tenían
dudas al respecto, me preguntaron si eso quería decir que “estaban operadas o no”. Opté por exponer mi
punto de vista siempre que fue requerido, sin embargo, considero importante que el lector o lectora tenga
esto en cuenta y entienda el origen de estas reflexiones.

92
Para entrevistados como Aarón, para ser heterocurioso hay que tener un vínculo
afectivo con la pareja, pero “cuando uno experimenta con una persona de su mismo sexo
no hay ese vínculo afectivo; no es integral el asunto, sino nada más es como para algo
que no se va a concretar del todo”. Para él, la heterocuriosidad se piensa como una suerte
de espacio inacabado, que no termina de ser integral, como una experiencia sexual carente
de afectos. Por el contrario, para Raúl la heterocuriosidad significa vivir “una doble vida,
donde Raúl uno tiene su trabajo, sus amigos, su familia y de vez en cuando ese Raúl se
escapa para que Raúl número dos conozca un poco más acerca de este pedo”.42

En lo que dice Raúl encuentro una suerte de dualidad, en la que coexiste una
heterosexualidad normativa que impide a Raúl gozar del placer homoerótico, y una
heterosexualidad flexible desde la que se concede la oportunidad de experimentarlo.
Figari (2008) habla de “heterosexualidades flexibles”, categoría con la que “intenta
identificar, de acuerdo con sus condiciones de producción, prácticas, experiencias e
inclusive identidades de hombres que se definen a sí mismos como heterosexuales y que
alteran, de algún modo, el canon de las metáforas genéricas de diferenciación y
caracterización erótica dentro de la matriz heterosexual hegemónica” (p. 97)

Para Figari (2008), la categoría de heterosexualidades flexibles “nos posibilita


entender que existen múltiples posibilidades, o estilos de vida, en torno a los cuales o,
mejor dicho, a partir de los cuales se organizan múltiples experiencias y posibilidades de
reproducir y producir masculinidades heterosexuales (como también masculinidades
homosexuales e incluso lésbicas, pero esto corresponde a otra discusión)” (p. 101).
Considero que la controversia que podría emanar de la contradicción entre la identidad y
la práctica sexual de estos sujetos podría, también, provocar la emergencia de nuevos
significados, de nuevas categorías desde las que estos hombres buscan explicarse a sí
mismos.

La controversia o el temor a ella ha llevado a estos sujetos a complejizar su


heterosexualidad y dotarla de nuevos sentidos. Por ejemplo, Raúl se autoidentifica como

42
Adelanto a quien lea estas líneas que esta no será la última vez que un informante hable del sexo con
hombres como “el pedo”. Este término fue acuñado por algunos de ellos para referirse a las dinámicas
permeadas por el homoerotismo.

93
heterocurioso, es el nombre que usa en aplicaciones de ligue como grindr y como él, otros
de los informantes han llegado a nombrarse de esta manera. Raúl señaló

Alguna persona me preguntó: “¿no te defines como bisexual?, - hasta el momento no, no
sé después porque en ningún momento ha pasado por mi cabeza romantizar el asunto.
Entonces, creo que una persona bisexual es bisexual porque le atraen ambas cosas
hombres, mujeres y no descarta la posibilidad de tener una relación romántica con un
hombre. Lo puede tener con un hombre, lo puede tener con una mujer. Eso, creo que para
mí es el punto clave entre el bisexual y el heterocurioso, prácticamente hacemos lo mismo,
te coges a un güey, te coges a una vieja, y es indistinto, detalles más detalles menos, pero,
la esencia es la misma. Y la diferencia es que yo no quiero una relación con un hombre,
no me interesa, podemos ser amigos, podemos echar una chela, pero, no romántico, jamás.

Retomando las palabras de Raúl, considero que la bisexualidad como práctica sexual y
no como identidad, podría cobrar mayor sentido por medio de la categoría de la
heterocuriosidad. El heterocurioso sería un hombre que vive una doble vida, en una tiene
sexo con mujeres y, posiblemente, una vida familiar, colectiva, mientras que, en la otra,
tiene sexo con hombres, generalmente en contextos de mayor intimidad o anonimato,
fuera del alcance de la opinión pública. Según Bell y Weinberg (1978, citados en Figari,
2008, p, 101), “la homosexualidad puede ser vivida –lo mismo que la heterosexualidad–
con una variedad de estilos de vida”.

Para Figari (2008) los heteroflexibles serían “hombres heterosexuales, que de


alguna manera transgreden o desvían las pautas esperables de la erogenia masculina
hegemónica” (p. 103). Entender la heterosexualidad como algo flexible supone reconocer
que en su práctica hay cabida para “posibles comportamientos actos de los considerados
homosexuales y también prácticas con “mujeres de sexo masculino” (trans), sin que esto
signifique ‘ser otra cosa’” (p. 119). Es importante decir que, incluso estas categorías
(heterocuriosidad/heteroflexibilidad) deben entenderse como términos flexibles,
dinámicos, poco estables en la experiencia de estos sujetos y no como nuevas identidades
sexuales, finitas, determinadas.

Jey, por ejemplo, señala que llegó a nombrarse como heterocurioso, sobre todo,
para ligar en redes sociales e internet, “a mis inicios, por la curiosidad, lo utilicé con la
finalidad de conocer, de tener un encuentro sexual. Lo he escuchado muchísimo y algo
que creo y no sé tú qué pienses, el tema del encierro de la pandemia, el no tener conexión
física sacó a muchos heteroflexibles y muchos heterocuriosos”. En relación con esto,

94
Carlos mencionó: “cuando estaba descubriendo todo esto en mí, me consideraba así
(heterocurioso), porque decía, qué tal si solo es la curiosidad, pero ya en un proceso de
introspección llegué a la conclusión de que no creo que sea una simple curiosidad”.

Para estos informantes, la heterocuriosidad funcionó como una categoría temporal


o transitoria para llegar a autoidentificarse plenamente como heterosexuales. Incluso
puede entenderse como un recurso o herramienta para la gestión del deseo homoerótico
digitalizado. Para Jey, nombrarse de tal forma le permitió ser visible en redes sociales y
le abrió ciertas posibilidades para explorar el erotismo con otros hombres. Carlos, en
cambio, se nombró de esta manera luego de tener sexo con otros hombres, como una
forma de dar sentido a la controversia que posiblemente vivía con su sexualidad.

Siguiendo a Figari (2008), podríamos decir que, la heterosexualidad comienza a


flexibilizarse cuando algunos hombres como Jey, Aarón o Raúl experimentan un placer
sexual que rompe con la heteronormatividad, es decir, cuando “las formas de tocar, de
abrazar, del contacto sexual que van más allá de lo erógenamente admitido para los
comportamientos sexuales esperados de cada sexo-género establecen trayectorias eróticas
no autorizadas del cuerpo, lo que aquí́ denomino prácticas desviantes del patrón
masculino canónico” (p. 102).

Los hombres que participan en esta investigación viven “trayectorias eróticas no


autorizadas” para el cuerpo y género de los hombres en una matriz heterosexual. Algunos
de ellos han adoptado o construido estrategias para dar sentido a su sexualidad, optando
por el uso de categorías como heterocurioso o heteroflexible o diversificando los
significados que pueden atribuirse a la heterosexualidad. Lo que hay que decir aquí, es
que la sexualidad de cada uno de estos hombres demuestra que en la sexualidad no hay
nada fijo, que incluso la heterosexualidad se puede flexibilizar.

Me parece importante concluir con una idea particular sobre el proceso de


flexibilización de la heterosexualidad. Considero que este proceso surge cuando algunos
hombres se confrontan con nuevas experiencias sexuales, que pueden ser o no
homoeróticas, al respecto ¿sólo los hombres autodefinidos como heterosexuales que
tienen sexo con otros hombres viven este proceso de flexibilización? O acaso, ¿los
hombres autodefinidos heterosexuales que tienen sexo exclusivamente con mujeres
también pueden experimentar estos procesos?

95
Capítulo III

Flexibilizando la heteronorma… cuirizando la heterosexualidad

El culo parece muy democrático, todo el mundo tiene uno.


Pero veremos que no todo el mundo puede hacer lo que quiera con su culo
(Sáez & Carrascosa, 2011, p. 14).

De acuerdo con Spargo (2000) podemos entender la heteronormatividad como “la


tendencia, en el sistema occidental contemporáneo referente al sexo-género, de considerar
las relaciones heterosexuales como la norma, y todas las otras formas de conducta sexual,
como desviaciones de esa norma” (p. 86). Este sistema de estructuración social edifica lo
que Wittig (2006, p. 53) llama “la sociedad heterosexual”. La cual

Está fundada sobre la necesidad del otro/diferente en todos los niveles. No puede
funcionar sin este concepto ni económica, ni simbólica, ni lingüística, ni políticamente.
Esta necesidad del otro/diferente es una necesidad ontológica para todo el conglomerado
de ciencias y de disciplinas que yo llamo el pensamiento heterosexual. Ahora bien, ¿qué
es el otro/diferente sino el dominado? Porque la sociedad heterosexual no es la sociedad
que oprime solamente a las lesbianas y a los gays, oprime a muchos otros/diferentes,
oprime a todas las mujeres y a numerosas categorías de hombres, a todos los que están en
la situación de dominados. Porque constituir una diferencia y controlarla es «un acto de
poder ya que es un acto esencialmente normativo. Cada cual intenta presentar al otro como
diferente. Pero no todo el mundo lo consigue. Hay que ser socialmente dominante para
lograrlo».

En los términos de Wittig (2006), en una sociedad heteronormativa la categoría de


otro/diferente y, por tanto, dominado se le atribuye a gays, lesbianas, mujeres y a
numerosas categorías de hombres. Esto nos llevaría a pensar que los hombres se
autoidentifican como heterosexuales y que tienen sexo con otros hombres viven e incluso
padecen la heteronormatividad de distintas formas. Al respecto, considero importante
decir que, si bien, esto puede ser cierto, y estos hombres viven ciertos efectos de la
heteronormatividad que se expresan en el temor a la violencia homofóbica, el riesgo de

96
la condena social, la represión de ciertas conductas sexuales, también reproducen la
heteronormatividad cuando se relacionan con mujeres y otros hombres a través de
distintas prácticas afectivas y sexuales.

El objetivo de este capítulo es analizar la relación entre la heteronormatividad y


las prácticas y relaciones sexo-afectivas del grupo de hombres que participan en esta
investigación. Presentaré una serie de reflexiones en torno a las formas en que estos
hombres viven y significan el sexo con hombres, pero también el sexo con mujeres. Más
que elaborar una comparación entre el sexo con mujeres y el sexo con hombres, me parece
fundamental reconocer la interdependencia entre ambos para la existencia sexual de estos
varones, es decir, si entendemos el género y la masculinidad como categorías relacionales,
no podemos entender la experiencia de estos sujetos al tener sexo con otros hombres sin
entender las formas en que se es hombre al tener sexo con mujeres.

Presento una serie de reflexiones sobre cómo estos hombres viven lo que
considero son efectos de la heteronormatividad tanto en el sexo con mujeres como con
hombres. Sin embargo, como hemos visto la sexualidad de estos sujetos se presenta como
atravesada por la controversia, por la contradicción. Por lo tanto, propongo entender las
prácticas sexo-afectivas de este grupo de varones, como efecto, pero también como
productoras de la heteronormatividad. Por un lado, busco comprender la forma en que
estos hombres resisten o se enfrentan al riesgo de ser vistos como el otro/diferente y sufrir
los efectos de la dominación y, por otro lado, estudio el efecto que tienen sus prácticas
sexo-afectivas como extensiones o replicadoras de la estructura heteronormativa.

Con esta investigación he llegado a entender que la heterosexualidad es todo


menos recta. La existencia sexual de estos varones nos demuestra que la sexualidad es
una dimensión humana abierta al cambio, que se transforma y se redefine de manera
constante (Núñez, 2011, p. 32). Para algunos hombres que se autodefinen como
heterosexuales el cambio puede surgir de múltiples prácticas, de las más sutiles o
radicales experiencias sexuales, como practicar o recibir sexo oral o el sexo anal, tener
y/o desear tener sexo con personas trans femeninas, o al tener sexo con otros hombres.

Invito a pensar la heterosexualidad de este grupo de varones como un proceso


abierto, indeterminado, en constante reformulación y que se puede flexibilizar en muchos
momentos. Para entender el proceso de flexibilización de la heterosexualidad propongo

97
analizar la existencia sexual de estos hombres autodefinidos como heterosexuales que
tienen sexo con hombres desde algunos referentes de la teoría queer. Para finalizar con
este capítulo presentaré algunas propuestas desde las cuales considero que podríamos
abrir el camino a nuevas interpretaciones sobre la heterosexualidad para entender la
posible emergencia de unas heterosexualidades queer.

1. La diferencia sexual y el sexo con hombres y mujeres

De acuerdo con Lamas (1996) “si el cuerpo es el lugar donde la cultura aterriza los
significados que le da a la diferencia sexual, ¿cómo distinguir qué aspectos de ese cuerpo
están libres de imprint cultural, o sea, de género? No hay forma de responder a esta
interrogante porque no hay cuerpo que no haya sido marcado por la cultura” (p. 360). De
modo que, las prácticas sexuales de este grupo de varones podrían ser entendidas como
prácticas de género en la medida en que el placer y el deseo se encuentran permeados por
una serie de normas y estructuras que corresponden con la heteronormatividad y que no
sólo se basan en su subjetividad y sensación corporal como individuos. Aquello que
experimentamos con el cuerpo es interpretado a partir de su imprimt cultural de género,
de modo que, quizás, ninguna experiencia esté libre de esta marca cultural, incluido el
sexo.

Las prácticas sexuales y afectivas de este grupo de varones pueden entenderse


como generizadas o impresas culturalmente de género, en la medida en que se basan en
una comprensión binaria del mismo, estos hombres expresan deseos por representaciones
normativas de lo que es una mujer o de lo que es un hombre, de lo que es la masculinidad
y la feminidad, estas oposiciones dan sentido a su existencia sexual como hombres
heterosexuales que tienen sexo con otros hombres. La atracción y/o deseo que lleguen a
sentir por otros y otras depende de que tan bien reproduzcan las normas del género, es
decir, que los hombres sean hombres, parezcan hombres, tengan genitales de hombres y
brinden sexo como hombres; y que las mujeres sean mujeres, tengan genitales de mujeres,
se vean como mujeres y brinden sexo como mujeres.

98
Andrés encuentra importantes diferencias entre tener sexo con mujeres y tenerlo
con hombres, al respecto comenta

Como hombre ya sabes qué es lo que te gusta, qué es lo que quieres, y eso es una gran
ventaja que se tiene al estar con otro hombre. No hay como que un preámbulo, un cortejo
como tal, fuera de eso, el sexo con hombres es un sexo fácil, accesible, rápido; no necesitas
el cortejo, que a veces también es bueno, pero no es muy necesario. Y pues en el caso de
los hombres vas directo a un coito, vas directo a la penetración, al sexo como tal, al
disfrute y al placer.

Andrés señala que una de las principales diferencias entre el sexo con mujeres y el sexo
con hombres está en el tipo de relación que se establece con unas y otros. El sexo con
mujeres implica una inversión de tiempo y, en algunos casos, de dinero pues como
requisito cultural se ha instituido que los hombres deben cortejar a las mujeres antes de
un encuentro sexual, por el contrario, el sexo con hombres fluye con velocidad, sin
preámbulos o demandas de ningún tipo. Andrés comenta

Es más difícil (el sexo con mujeres) en un sentido de conquista, por ejemplo, para poder
llegar al sexo, por lo regular no es algo que sea rápido, es el noviazgo un requisito, pasan
meses y a lo mejor ya puedes llegar a tener un encuentro sexual. Y en el caso de una
relación homosexual, de hecho, no hay una relación como tal, no hay un noviazgo, es
cuestión de días para acceder al sexo. El cortejo depende de ciertos tabúes que se han
establecido, que nos han enseñado. La mujer no es libre de ejercer su sexualidad, muchas
veces es sometida o subyugada y no puede pedir u ofrecer (sexo) porque entonces se ve
mal, como una golfa y una infinidad de cosas que se pueden enumerar. He encontrado
personas que rompen con esos tabúes, que se van directo a lo que quieren y es muy
satisfactorio, muy agradable, saben lo que quieren, no se esperan a que tú las atiendas, no
se esperan a que tú, decimos vulgarmente, a que tú hagas la chamba sino ellas tienen
iniciativa, lo hacen, y es un disfrute muy bueno, pero son pocas mujeres así.

De acuerdo con Andrés, el cortejo se ha instituido como una práctica casi ritualizada y
obligatoria para acceder al sexo heterosexual. El cortejo implica cierto proceso de
conquista y/o seducción que se prolonga por cierto periodo de tiempo bajo la figura del
noviazgo. Esta práctica se funda en los tabúes que se promueven desde la
heteronormatividad desde los cuales se busca despojar a las mujeres de cierta agencia

99
sexual, pues aquellas que se apoderan de ésta suelen ser tachadas de golfas43 o de
múltiples formas despectivas más. Para Bourdieu (2000)

La construcción de la sexualidad como tal (que encuentra su realización en el erotismo)


nos ha hecho perder el sentido de la cosmología sexualizada, que hunde sus raíces en una
topología sexual del cuerpo socializado, de sus movimientos y de sus desplazamientos
inmediatamente afectados por una significación social; el movimiento hacia arriba está
asociado, por ejemplo, a lo masculino, por la erección, o la posición superior en el acto
sexual (p. 20).

El cuerpo diferenciado sexualmente entre varones y mujeres es socializado y sexualizado


a partir de formas específicas de sexualidad y género a las cuales puede acceder. Basado
en una oposición entre lo masculino y lo femenino, los sujetos son insertos en un “sistema
de oposiciones homólogas, alto/bajo, arriba/abajo, delante/detrás, derecha/izquierda,
recto/curvo (oblicuo) (y pérfido), seco/húmedo, duro/blando, sazonado/soso,
claro/oscuro, fuera (público/dentro (privado), etc.” (Bourdieu, 2000, p. 20). Para Andrés,
los hombres y mujeres con los que se relaciona representan una oposición entre lo fácil y
lo complicado. Durante la entrevista con Iván busqué indagar en las diferencias que él
encuentra entre el sexo con mujeres y hombres, al respecto, comentó

¿Cómo describiría yo el sexo con una mujer?, bueno, desde mi experiencia personal, creo
que tienen que pasar muchas cosas para que uno tenga una relación (sexual) con una mujer
y es difícil que no esté mediada por todos nuestros prejuicios y temores de nuestra idea
de lo que es ser heterosexual. En ese sentido, pensar en tener una relación (sexual) con
una mujer es un proceso muy difícil. En particular, siento que el resquemor, siempre lo
tiene uno como hombre, está esa sensación de por medio, de que hay que ser
suficientemente hombre o hay que cumplir con determinadas cosas. Entonces eso hace
que lograr tener una relación con una mujer sea un proceso que en muchos momentos es
tanto emocional como sexualmente muy difícil. En mi experiencia personal, tarda uno en
llegar a una relación realmente íntima, aunque muchas veces, no se da, nunca llegas
realmente a ese punto. Provoca tensión lograr ese contacto.

De acuerdo con Iván, la necesidad del cortejo, o la complejidad detrás del sexo con una
mujer radica no sólo en los tabúes y normas de género que se les han impuesto a éstas,
sino que, también algunos hombres, como él, experimentan o viven con inseguridades

43
De acuerdo con la Real Académica Española de la lengua este término puede ser asociado con, al menos,
tres significados distintos: 1. adj. deshonesto (ǁ falto de honestidad); 2. m. y f. Pillo, sinvergüenza, holgazán.
U. t. c. adj.; 3. f. prostituta.

100
asociadas a su género que les impiden avanzar en la búsqueda de un encuentro sexual.
Quizás un encuentro heterosexual implica una inversión más larga de tiempo y esfuerzo
porque algunos hombres tienen temor al rechazo, al no haber logrado demostrar(se)
“suficientemente hombres” ante la mirada propia y de las mujeres.

Algunos de los entrevistados comparten la opinión de que muchas mujeres viven


una sexualidad dominada por prejuicios, por normas de género que les impiden expresar
sus deseos sexuales con libertad. Jey, por ejemplo, considera que “sí existen muchos
tabúes, las mujeres tienen como muchos marcajes, entre ellas mismas son las primeras en
criticarse, en juzgarse. La mujer se hace así porque así lo prescriben, la idea de ‘soy
delicada’, ‘merezco más respeto’, es como un premio llegar al sexo”. Sin embargo, esto
no significa que las mujeres no tengan deseos o prácticas sexuales en las que subvierten
estos ordenamientos y normas. El mismo Jey comentó al respecto

Yo tenía una pareja a la que le gustaba mucho que le metiera los dedos antes de (tener
sexo), me enseñaba cómo moverlos, cómo hacer para causar más excitación y placer, y
me pasó que, con otra mujer intenté hacerlo pensando que quizá resultaría de la misma
manera y fue como “a mí no me gusta eso”. Me gustan las mujeres ni tan dominantes,
pero pasivas o un tanto sumisas tampoco, simplemente que demuestren que también
pueden llevar la batuta en el acto sexual

La presunta dominación masculina en el sexo heterosexual se relaciona, sobre todo, con


las normas de género en las que han sido socializadas las mujeres y los hombres. Ellas
han aprendido a no expresar o ser juzgadas por expresar sus deseos sexuales o por fungir
en las posiciones de poder, al dominar, al dirigir los actos sexuales. Algunos de estos
hombres son testigos de la existencia de mujeres capaces y dispuestas a disputar el control
sexual. Raúl considera que

Seguramente hay mujeres que disfrutan del sexo rudo, no he encontrado alguna, bueno,
en algún momento sí, con alguna de mis parejas lo intenté, pero hubo una limitante, el
hecho de pensar “no te pases de lanza”. Por ejemplo, cuando le daba nalgadas, ella quería
que prácticamente le dejara marcada la mano. Yo me limité porque dije “güey es una
mujer no te puedes pasar”, entonces, por más que me esfuerce, el trato siempre va a ser
más delicado en comparación con un hombre.

El problema que estos testimonios ponen al centro del debate no es que las mujeres
carezcan de deseos sexuales o de la capacidad de fungir como el sujeto dominante en un

101
encuentro sexual, por el contrario, evidencian que hay mujeres dispuestas a dirigir los
encuentros, a indicar los usos deseados del cuerpo, a marcar los ritmos y la intensidad en
el sexo. Hay mujeres que desean formas específicas de sexo, por ejemplo, uno en el que
sus cuerpos queden marcados al recibir unas fuertes nalgadas. Sin embargo, hombres
como Raúl deciden “no pasarse de lanza”, deciden no subvertir las normas de género ni
siquiera en el acto sexual, pues “es una mujer” y un hombre “no se puede pasar”.

Fraisse (2008) señala que “las mujeres han estado presas en situaciones que
subrayan su representación como objeto, objeto apropiado e intercambiado, poseído y
sustituido, consumido y utilizado” (p. 40). Los relatos hechos por algunos de estos
hombres reproducen, en cierta medida, la representación de las mujeres como objetos.
Por ejemplo, Salvador comenta que

Pienso que tener un encuentro sexual con alguien con un cuerpo diferente o un cuerpo que
no es como el mío es más difícil saber qué le gusta. Siento que, por esta cuestión de la
heterosexualidad como régimen, hay una cosa que con mis parejas me genera mucho
deseo, obviamente consensuado, pero es la idea de una relación de poder, no digo que
todas las veces sea así, pero con mis parejas siento que si ha existido esa pauta para tener
cierta dominación en el sexo (de él sobre ellas).

De acuerdo con Salvador, para hombres como él e incluso para algunas de sus parejas
sexuales es admisible o deseable tener sexo con mujeres dispuestas a ser dominadas,
cortejadas, que ceden el control del encuentro. De alguna manera se rechaza o se
invisibiliza la experiencia de mujeres que buscan ser “autónomas” en el sexo, “devenir
sujeto” al apropiarse de su cuerpo, al ser libres de disponer de sí mismas (Fraisse, 20008,
p. 43 - 44) porque parecieran representar el riesgo de una subversión de las relaciones de
poder asociadas al género.

102
1.1 La diferencia sexual encarnada: hombres, mujeres y personas trans femeninas

Héritier (2002) señala que “las categorías de género, las representaciones de la persona
sexuada, el reparto de las tareas tal como las conocemos en las sociedades occidentales,
no son fenómenos de valor universal generados por una naturaleza biológica común, sino
construcciones culturales” (p. 21). Algunos de los entrevistados hablan de diferencias
entre el sexo con hombres y mujeres, mencionan el rechazo de ellas a ciertas prácticas
sexuales (sexo anal u oral), o del por qué ellos se rehúsan a propinarle nalgadas, ciertos
golpes o usar la fuerza con ellas, mientras que, con los hombres muestran una apertura a
explorar o experimentar estas prácticas o usar sin mucho cuestionamiento la fuerza.

Considero que la falta de dominación femenina en el sexo, tal y como es narrada


por los entrevistados, se produce en gran medida porque ellos rechazan o no logran
reconocer a las mujeres como sujetos capaces de disputar el control en una relación, pues
atribuyen tales capacidades a los hombres. Al respecto, Joseph comenta

Estar con un hombre y con una mujer cambia nada más en el género. La mujer es más
tierna, más delicada, puede ser a veces aguerrida, salvaje, pero no pierde la parte
femenina. Y un hombre, si puede ser delicado, sí hay una parte delicada, pero es la
delicadeza de saber qué partes puede tocar para que la otra parte (el otro hombre) sienta
placer porque compartimos el mismo cuerpo. A veces en el sexo llega a un momento en
que entras al estado de mucha excitación y lo que quieres es dar alguna cachetada, dar una
nalgada, arañar, apretar. Pero con una mujer como que te limitas porque no se vaya a
malinterpretar porque las mujeres en ese sentido ante la rudeza se sienten agredidas. Por
ejemplo, el ano, sabemos que es una zona que no se puede dilatar fácilmente, entonces es
donde hay un poquito más de presión cuando haces ese tipo de penetraciones.
Desafortunadamente las mujeres, como te digo, venimos de culturas con muchos tabúes
y la mujer rechaza el sexo anal, es difícil que tú le digas a una mujer: “Oye, manipúlame
el ano”, no es tan sencillo que accedan. Si tú les pides eso luego, luego te etiquetan “¡eres
homosexual!”

Para Joseph la diferencia entre el sexo con hombres y mujeres tiene que ver con las
diferencias de género, o lo que él entiende como tal, pues considera que hay
características que son específicas de ellas como la ternura, la delicadeza y cierto grado
de salvajez que no deja de ser femenina, mientras que, los hombres se distinguen por una
delicadeza basada en su conocimiento sobre el cuerpo de los hombres, saben dónde y

103
cómo tocar para provocar placer a otros. Joseph considera que los altos grados de
excitación que se performan a través de nalgadas, de cachetadas, apretones y rasguños
son factibles en una dinámica entre hombres, pues una mujer puede considerar las
expresiones de rudeza como agresiones. Al respecto, considero útil recuperar lo
expresado por Bourdieu (2000) para quien

El mundo social construye el cuerpo como realidad sexual y como depositario de


principios de visión y de división sexuantes. El programa social de percepción
incorporado se aplica a todas las cosas del mundo, y en primer lugar al cuerpo en sí, en
su realidad biológica: es el que construye la diferencia entre los sexos biológicos de
acuerdo con los principios de una visión mítica del mundo arraigada en la relación
arbitraria de dominación de los hombres sobre las mujeres, inscrita a su vez, junto con la
división del trabajo, en la realidad del orden social.

Hombres como Joseph, viven una sexualidad que se basa en lo que consideran como
diferencias de género. Sin embargo, estas diferencias refieren, sobre todo, a la diferencia
sexual que se construye como una categoría cognitiva que les permite atribuir
características afectivas y sexuales diferenciadas entre hombres y mujeres. En este orden
se oponen la ternura y delicadeza como atributos femeninos contra la rudeza propia de la
masculinidad.

Para José, por ejemplo, la diferencia de género entre hombres y mujeres se encarna
en el cuerpo, para él esta diferencia se manifiesta en “pues en todo, sus piernas, sus nalgas,
su cintura, su pecho, sus caras, su cabello, a veces bajo cierto grado de excitación me
siento más atraído por los miembros de ciertos hombres, pero estando más tranquilo pues
realmente no”. En el mismo sentido, Raúl señala que

La diferencia está en la textura de la piel, en cosas tan delicadas como esa. Un hombre
tiene la piel más gruesa, las manos rasposas, el cabello grueso, barba, pelos, en general en
todo es más tosco. Una niña no, una niña es delicada, su piel es bonita, es suavecita,
cabello delgado, cabello largo, labios carnositos, la manera en que tocas a un cabrón y
tocas a una mujer, al menos para mí, es distinta.

Para Raúl, las diferencias de género entre hombres y mujeres se anclan en el cuerpo. Para
él, el sexo con una mujer se asocia a una experiencia delicada, bonita, suave, mientras
que, el sexo con un hombre se diferencia por ser tosco, rasposo. Bourdieu (2000) señala
que la diferencia biológica y, particularmente, la diferencia anatómica, “puede aparecer

104
de este modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre
los sexos” (p. 24). De cierta forma, la diferencia sexual, corporal entre hombres y mujeres
suele traducirse en los valores y capacidades sociales que también se les atribuyen a estos.
La asociación que Raúl hace entre las mujeres y atributos como la delicadeza, la suavidad,
lo delgado – lo pequeño, podría ser un camino para indagar en las razones por las qué
Raúl busca de manera constante fungir como una figura protectora para las mujeres a su
alrededor, ser como el león más fuerte de la manada.

El discurso de la diferencia sexual determina en cierta e importante medida el tipo


de relación sexual que algunos hombres establecen con otros hombres y mujeres. Pero en
el caso de algunos de los entrevistados como Iván, este discurso se complejiza cuando el
sexo ocurre con una persona trans femenina. De acuerdo con Gutiérrez (2022), para las
personas trans femeninas44, por un lado, está el signo de la masculinidad sobre aquellas
que experimentan erecciones y penetran y, por otro, el signo de la feminidad cuando son
penetradas. “Pareciera que el cuerpo no es un sitio definido, porque si la penetración dice
algo de la posición sexuada, el cuerpo es desplazado por la práctica” (p. 155).

Iván decidió participar en esta investigación, pues para él, tener sexo con una
persona trans femenina supone o implica cuestionar la idea de la heterosexualidad
tradicional, ya que, de alguna manera, puede asimilarse o tener relación con el deseo
sexual que siente por otros hombres. Al respecto, él comentó:

Fue con una chica trans, o sea, ahora con todo esto de las cuestiones de género, no era
propiamente un hombre, que también encuentro muy atractivos, pero de alguna manera
fue mi relación más cercana con todo esto (el sexo con hombres), y la verdad es que me

44
Para Estrada y García (2010, Citados en Gutiérrez, Evangelista y Anne, 2018), la noción de mujeres
trans refiere a “[...] aquellas personas que, habiendo nacido con sexo masculino, se identifican a sí mismas
o se piensan y reconocen en género femenino y desean ser reconocidas y tratadas como mujeres, sin
importar que hayan transita- do por un proceso de reasignación sexual mediante terapia hormonal y/o
quirúrgica”, aunque las categorías existentes no demuestran la diversidad y complejidad de las experiencias
identitarias trans vividas (p. 140). Por ello considero pertinente optar por la noción de “personas trans
femeninas” propuesta por Gutierrez (2022). Para la autora, las personas trans fememinas son aquellas que
nacieron con pene y testiculos y fueron socializados como varones, pero que se han identificado en algunos
momentos de su vida o se identifican a sí mismas en la actualidad como mujeres y quieren ser vistas y
tratadas como tales. Esta categoría se presenta como abierta, plural y reconoce las múltiples experiencias
desde las cuales se puede vivir el tránsito de género.

105
atraía mucho esta chica y al mismo tiempo no dejaba de pensar en que al final de cuentas
era una persona trans. En el transcurso de una reunión se acercó una chica que era trans o
que es trans, coqueteamos y en ese momento me sentí desinhibido. Después de que
salimos de la fiesta caminamos entre las calles y pues se dio un momento en que nos
besamos, nos tocamos y, pues fue una experiencia muy nueva para mí en ese momento.
Hubo un momento en el que hubo penetración de por medio, estando en la calle ella se
volteó y la penetré, fue algo momentáneo, estábamos en la calle y ya, ya luego nos
movimos y luego nos pusimos a platicar.

Iván considera que esta experiencia sexual con una persona trans femenina podría
asimilarse o estar cercana a tener sexo con otro hombre. Para él, la mujer trans que
conoció representaba cierta indeterminación en el umbral del género, “no era propiamente
un hombre”, también era una mujer, una persona trans. De acurdo con Torrentera (2014)
la emergencia de la mujer trans “cuestiona y revierte la relación pensada unívoca entre
corporeidad e identidad de género, la forma en que es vivido y socializado el cuerpo, y
encuentra lugares diversos para el deseo. Estos aspectos ponen en entredicho los soportes
que pretenden organizar dicotómicamente el dimorfismo sexual con la identidad y
expresión de hombres y mujeres necesariamente acordes con el equipamiento fisiológico
de nacimiento (p. 25).

Las personas trans femeninas como la mujer de la anécdota, provocan que


hombres como Iván cuestionen, duden o que, al menos, empiecen a reflexionar sobre el
hecho de que no todos los cuerpos sexualmente diferenciados como varones llegan a
convertirse en hombres, que algunas mujeres tienen cuerpos con pene. Adicionalmente,
Iván comentó: “hubo sexo oral de su parte, ese momento no me atreví a darle sexo oral.
Jugué con su ano oralmente, pero no directamente con sus genitales frontales, es decir, su
pene, sus testículos, no me atreví”. Lo que me lleva a pensar que, Iván pese a dejarse
llevar por el deseo sexual, por la atracción que experimentaba por aquella mujer, se
resistió a constatar que ese cuerpo no correspondía con el cuerpo impuesto por la
heteronormatividad.

De acuerdo con Gutiérrez, Evangelista y Anne (2018) “es importante reconocer


que el cuerpo masculino con características o expresiones femeninas está expuesto a las
violencias, en tanto que es subversivo, ya que transgrede las características físicas
atribuidas a su género”. Aquellas personas trans femeninas que no han logrado o deseado
feminizarse en función de las normas del género podrían presentar mayores

106
probabilidades de rechazo. Las autoras comparten el siguiente extracto de la entrevista
con una trabajadora sexual trans del estado de Chiapas: “Nosotras las trans siempre
sufrimos agresiones por nuestra apariencia, desde el pinche puto, coyolón45 [...], hombres
que como a veces subo mi anuncio a la página, hay una página donde nos anunciamos:
“mil eróticos”, ahí no tiene mucho que me dijeron puto, narizón, feo; te agreden, no te
tratan como mujer” (Gloria, 39 años, Tuxtla Gutiérrez).

Considero que, para hombres como Iván, podría ser difícil o complejo constatar
que ese cuerpo deseado no corresponde con lo que durante toda la vida han aprendido
como correcto. Por el contrario, hacerse conscientes de que están con personas como
Gloria, a quien algunas personas llaman “puto, coyolon” podría provocar severos costos
sobre su propia identidad, sobre la forma en que se piensan y se viven a sí mismos. Quizás
por ello, en este encuentro sexual Iván decidió evadir el pene ajeno que se encontraba
ante él. Esto no quiere decir que todos los hombres que tienen sexo con personas trans
femeninas rechacen o desprecien el pene. Por el contrario, como demuestra el trabajo que
Pérez (2017) realizó con trabajadoras sexuales trans en la Ciudad de México, muchos
hombres buscan a las personas trans femeninas para ser penetrados por ellas.46

Para hombres como Carlos, tener sexo con una persona trans femenina podría
representar una forma de experimentar el deseo que tiene por otros hombres sin abandonar
del todo la experiencia heteronormativa, al hacerlo con una mujer como ellas. Para él,
“estéticamente es como una mujer, como te decía, tengo ganas de tener relaciones
sexuales con hombres, pero tal cual no me atraen, no siento que sean guapos o que me
gusten, entonces verla como una mujer que me llama la atención, pero tiene esos genitales
de hombre que me dan curiosidad”.

De acuerdo con Pérez (2017), el hecho de que algunos hombres como Carlos que
podrían buscar a las mujeres trans por sus genitales masculinos o para ser penetrados por
ellas suele ser considerado por algunas trabajadoras sexuales trans como poco “natural”,

45
“Coyol es una planta nativa que se da en algunas zonas tropicales de América, y debido a que la forma
de su fruto es esférica, en el estado de Chiapas el coyol se ha relacionado con los testículos” (Gutiérrez,
Evangelista y Witon, 2018, p. 150).
46
En el contexto del trabajo sexual se utiliza el término “gallina” para referirse al hombre que gusta ser
penetrado por una mujer trans. De acuerdo con Pérez (2017) hay dos respuestas comunes: “algunas
señalaban que siempre han existido ‘las gallinas’, pero ahora son más visibles, y había quienes afirmaban
que si bien siempre han existido, desde hace 10 años el fenómeno ha crecido en forma exponencial, y que
hoy en día la mayoría de sus clientes solicitan ser penetrados” (p. 153).

107
“lo definen como perversión, y otras, como el rasgo de una persona homosexual reprimida
o bisexual, reiterando así la no naturalidad de tal proposición” (p. 153).47 Sin embargo,
podríamos decir que ante una estructura social que castiga a los hombres que subvierten
o atentan contra la heteronorma al tener sexo con otros hombres48 (y a muchas mujeres
que tienen sexo con mujeres), para algunos de ellos, como Carlos, el sexo con una persona
trans femenina podría representar una forma de vivir estas experiencias con el menor
costo social posible.

En relación con lo anterior, cuestioné a los informantes sobre sí han tenido o


tendrían sexo con una persona trans femenina, al respecto Andrés comentó: “con un
hombre con vagina sí, con una mujer con pene no, no creo. Se me hace un poquito
complejo. Insisto, a lo mejor tiene que ver con mi idea de que no me gusta ver a un hombre
vestido de mujer”; En relación con esto Raúl, señaló

Para mí es un hombre. Yo sé que, para ellos, ellos son mujeres y vestidos de mujer son
doblemente mujeres, pero, para mí seguiría siendo un hombre, a lo mejor me dirigiría a
ellos como me lo piden, dime “Roberta”, está bien, pero sigues siendo un hombre, al
menos en la onda sexual. Afuera te podré decir amiga, te podré acercar la silla, abrir la
puerta del carro, pero, sigue siendo un hombre.

Para hombres como Andrés y Raúl, la diferencia sexual determinada por los genitales
delimita las posibilidades y el tipo de encuentro sexual que pueden establecer con otras
personas. Por un lado, están las mujeres entendidas como cuerpos con vulvas, que son
delicadas, dominables en el sexo; por otro, están los hombres, cuerpos con pene, una
suerte de rivales en el sexo. Al respecto, Andrés comenta

Yo creo que esa es la parte interesante de tener sexo con hombres, esa fuerza que existe,
de algún modo hay una tendencia dominante, pero es por los dos lados; obviamente hay
el sumiso, que les gusta que lo dominen, pero en general es como un choque de sexo, tú

47
“El hecho de que buena parte de los clientes sean ‘gallinas’ genera burlas por parte de las trabajadoras
sexuales hacia esos hombres, porque les parece que pone en duda la masculinidad que sustentan al inicio
de la transacción. También —aunque cada vez menos— es motivo de escarnio entre ellas, porque no es
bien visto que una mujer trans desee penetrar, poniendo en tela de juicio su feminidad. En cuanto a la
penetración, escuché en varias ocasiones que ellas consideran que ‘lo normal’ es ser penetradas por un
hombre, ratificando así su posición femenina” (Pérez, 2017, p. 153).
48
Sáez y Carrascosa (2011) señalan que: “ochenta y cinco países persiguen la homosexualidad. La
condenan con cárcel, flagelación, internamiento en psiquiátricos o campos de trabajo. Y, en todos estos
casos, el detonante, el indicador, la prueba física del delito es la práctica del sexo anal. No estamos hablando
solo de agresiones verbales o discriminatorias, estamos hablando del asesinato de miles de personas a lo
largo de la historia, y en el momento actual” (p. 57).

108
eres fuerte y de repente a lo mejor él está ejerciendo cierta fuerza sobre ti, pero en un
momento cambian los roles y ahora tú eres el que ejerce la fuerza sobre él.

El sexo entre hombres, a diferencia del sexo con mujeres se describe como una suerte de
lucha, de enfrentamiento entre dos sujetos fuertes, competitivos que se disputan el
control, el dominio y que en esa lucha encuentran el placer, el orgasmo. Sin embargo, a
partir de la interlocución con estos hombres identifico que, la atracción que llegan a sentir
por otros y otras depende no sólo de que sus cuerpos sean normativos (mujeres con
vagina, hombres con pene), sino que, depende, en gran medida, de que éstas y éstos
reproduzcan o ejecuten apropiadamente los atributos asociados a su género (hombres
masculinos y mujeres femeninas).

1.2 El género encarnado: hombres masculinos y mujeres femeninas

Desde la heteronormatividad se ha instituido que los varones deben ser hombres “(en sus
cuerpos, identidades, subjetividades, prácticas, relaciones, productos) y en la
organización social toda” (Núñez, 2007, p. 23). Para Núñez (2017) la categoría de
“hombre” como la de “masculinidad” remiten a “una ficción cultural, a una convención
de sentido que ha producido y que produce una gama por demás diversa de efectos sobre
los cuerpos, las subjetividades, las prácticas, las cosas y las relaciones” (p. 46).

La correspondencia entre el ser hombre y el poseer o demostrar atributos que se


consideran masculinos podría ser entendida como ficcional, poco aplicable en la realidad,
sin embargo, para algunos de los entrevistados esta correspondencia aparece, no sólo,
como algo idealizado, sino como algo esperado o exigido sobre sí mismos y los otros. Por
ejemplo, Para Raúl la falta de feminidad o la masculinidad en un hombre es fundamental,
no solo en otros, sino en sí mismo, al respecto, menciona:

Para mí, a reserva de lo que tú y otras personas puedan decir, no me considero afeminado
o algo así, o sea, no digo que esté mal, pero, no me llama la atención las personas así o yo
mismo ser así. Para estar con otro hombre nada de que se ponen un calzón de mujer o
salen con medias, para eso tengo a mi novia o a otras viejas. Alguna vez me pasó que

109
alguno me dijo “ponme como a tu novia” o “hazme como a tu novia”. Yo pienso, para
ponerte como a mi novia o hacerte como a mi novia, para eso tengo a mi novia, no me
desagrada, no me molesta, pero tampoco es algo que me aporte. Un hombre vestido de
mujer, a mí parecer, es feo, sigue siendo un hombre, una mujer es más delicada, cuerpo
más pequeño, cuestiones más estéticas, un hombre es más tosco, más burdo, más grande
y aunque le pongas brasier y calzón de mujer se sigue viendo tosco.

Raúl considera que aquello que considera femenino, es decir, una serie de atributos como
la delicadeza, la pequeñez, la estética y el uso de prendas como medias, calzones, brasier,
deben ser exclusivos de las mujeres (cuerpos con vulva); cualquier hombre que pretenda
tener sexo con él debe evitar a toda costa expresar cualquier de estas características o usar
estas prendas, pues para Raúl, ser un hombre implica ser tosco, grande, y cualquier cuerpo
con pene que emule esa feminidad no deja de ser “un hombre vestido de mujer”. Raúl no
busca “poner a los hombres como a su novia o hacerlos como a su novia”, pues para eso
“tiene a su novia” y están las otras mujeres, para representar esa feminidad.

Connell (2003) señala que “la masculinidad no existe más que en su oposición a
la feminidad” (p. 104). Aquello que entendemos como la masculinidad funciona o
representa “un lugar en las relaciones de género, en las prácticas a través de las cuales los
hombres y las mujeres ocupan ese espacio en el género y en los efectos de dichas prácticas
en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura” (p. 109) de los sujetos. La
masculinidad y la feminidad funcionan como una serie de criterios a partir de las cuales
se valida la identidad de los hombres y las mujeres como tales, su cumplimiento es
deseado, exigido y, aparentemente, en todo momento vigilado.

Para Jey, en el sexo con otros hombres es fundamental “que sean hombres
simplemente, que se sientan hombres, que busquen hombres; nunca he tenido una
experiencia con un hombre que sea muy afeminado o que sea transexual, trasvesti, no he
tenido esa experiencia y tampoco me gustaría”. Para Jey, la feminidad es un hombre
resulta indeseable, sobre todo, la de aquellos que llegan a encarnarla a través de la
transexualidad o al usar prendas femeninas al travestirse. Cuestioné a Andrés sobre
aquello que le atrae o le gusta de los hombres, sin embargo, su respuesta también fue
acerca de aquello que no le gusta en ellos

No afeminado, sobre todo no afeminado, eso es una gran ventaja, o un gran requisito, que
no tenga alguna tendencia a ese estilo, ser frágil, y tener modos de mujer, eso no me

110
agrada. Que sea varonil como cualquier chico, que camina, se ríe, se comporta irreverente,
se comporta agresivo, a veces, no sé, con voz de hombre, con cuerpo varonil. […] Pues
no me gusta porque se me figura que quieren tomar un rol que no es el suyo, el hecho de
que de repente empiezan a gemir o empiezan a hacer algunas cosillas que no son lo propio,
para mí le quitan lo emocionante; o sea, quieren imitar a alguien, no me gusta. Quizás si
ya estás en el acto, “ya estamos aquí” y se culmina, pero no, prefiero algo que sea natural
y que si es hombre que se comporte como hombre en ese sentido y no femenino.

Para Andrés, quien se autodefine como un hombre bisexual, es fundamental que los
hombres con los que tiene sexo sean naturalmente varoniles, masculinos. Para él, esto
significa que sean irreverentes, en algunas ocasiones agresivos, que demuestren ser
hombres en cómo caminan, en como hablan y también en como tienen sexo, pues para él,
las formas de gemir también tienen un género y es el femenino encarnado en las mujeres.
Andrés comentó “me gustan los hombres varoniles, porque si quiero estar con una mujer,
me acuesto con una mujer, no con un hombre”. Y esos hombres que son muy femeninos,
no me satisfacen porque, insisto, o eres hombre o eres mujer”.49

Para Andrés la diferencia entre hombres y mujeres se manifiesta en la forma en


que se visten, en la forma en que hablan, incluso en la forma en que gimen durante el
sexo. Como señala Cruz (2018) la masculinidad no se reduce al cuerpo “sino que se
relaciona con el ejercicio del poder y con privilegios derivados de la posición que ocupan
los varones en la matriz de género” (p. 171). Recordemos que, tanto para Andrés, como
para Raúl, el atractivo sexual de los hombres radica en la capacidad de éstos para
performarse como uno sujetos fuertes, irreverentes, agresivos contra los cuales poder
disputar el dominio del encuentro.

Un caso distinto es el de Luis Fer, para él, las mujeres trans que resultan atractivas
o que despiertan sus fantasías sexuales son aquellas que logran encarnar plenamente los
atributos de la feminidad. Al respecto, él comenta

Tengo una atracción enorme por los senos, por el pecho femenino y hay trans que tienen
un pecho que me llama muchísimo la atención, pero al combinarlo con un pene, me llama
más, no he tenido contacto con otro pene que no sea el mío, un contacto físico. Entonces,

49
En otro momento de la entrevista Andrés comentó: “conozco a muchos hombres que dicen: yo soy un
hombre en la calle y una puta en la cama. Pues no, no coincido con eso, si soy hombre en la calle soy
hombre en la cama, el hecho de que tenga sexo con otro hombre no quiere decir que no soy hombre. Soy
yo al final de cuentas, así como me ves con ropa me ves sin ropa, y eso es lo que me gusta, que seas
auténtico, que no haya como la doble cara”.

111
siento que una chica trans puede darme el placer que ni yo mismo me puedo dar, además
de los caracteres femeninos. Dejaría como una limitante, tal vez, el sexo oral, no me
agradaría practicarle sexo oral a una chica trans con pene, pero ya estando ahí quién sabe,
tal vez lo haga, claro que sí podría besar, mientras esta persona se identifique como mujer,
adelante. No podría hacerlo con un chico trans, alguien que se identifica como hombre,
no me llama. Me llama una persona trans que se identifiquen mujer. No me importa si es
cisgénero o transexual, transgénero, transexual, pero que se identifique mujer que se viva
mujer.

La atracción sexual de Luis Fer por las mujeres trans se basa en qué tan bien desempeñen
los atributos de la feminidad. Él desea estar con una persona trans femenina con grandes
senos, que se viva y se sienta como una mujer, en este caso el pene resultaría un valor
agregado, un instrumento para que Luis Fer pueda acceder a un placer que no ha
encontrado en la heterosexualidad tradicional. Para él “un hombre muy femenino, con
expresión de género bastante femenina no me llega a despertar ningún interés sexual más
que amistoso”, sólo las mujeres, trans o cisgénero50 funcionan como objeto de deseo en
la lógica sexual de este hombre.

La masculinidad puede entenderse como “los rasgos, las actitudes y


comportamientos que la ideología de género atribuye a los hombres, a los significados
asociados con la virilidad o la categoría que, dentro de los estudios de género, representa
la dominación masculina” (Cruz, 2018, p. 171). Por ello, para algunos de los informantes,
la masculinidad como sinónimo de fuerza, de agresividad o competencia, es exclusiva de
otros hombres o, al menos, indeseado en las mujeres. De manera inversa, pariera que
aquellos varones que son vistos como femeninos son despojados de su cualidad de
hombres, de su potencial sexual ya que la masculinidad funciona como la única forma
admisible de tener sexo entre hombres, para lo demás, están las mujeres, amantes, novias,
esposas.

Lo masculino y lo femenino funcionan como categorías y fronteras desde las que


los hombres se distinguen de las mujeres, pero, también, desde las que los hombres se
distinguen de otros hombres y las mujeres entre ellas. Es importante decir que la llamada
masculinidad de los hombres y la feminidad de las mujeres expresa, sobre todo, los

50
El prefijo <<cis>>, abreviación común de <<cisgénero>> o <<cissexual>>, es un término usado como
adjetivo para designar a personas cuya identidad de género asumida coincide con aquella que se les ha
asignado al nacer, en función de criterios normativos de correspondencia entre características del
denominado sexo biológico y la identidad de género (Martínez-Guzman, 2017, p. 82).

112
efectos de un sistema de sexo/género que opera sobre la sexualidad de los sujetos antes
que la expresión de una naturaleza contenida en ellos. La masculinidad y la feminidad
cobran sentidos específicos en contextos históricos determinados, algunos de estos
hombres han sido educados en contextos homofóbicos caracterizados por el profundo
rechazo de la feminidad en los hombres.

Partiendo de Núñez (2007), podríamos decir que el discurso homofóbico o el


rechazo por los atributos de la feminidad en los hombres forma parte de los mecanismos
desplegados por la heteronormatividad puesto que “actúa como policía de las fronteras
simbólicas de la hombría, de sus cierres y aperturas, de sus posibilidades de rajarse, de
sus posibilidades de cercanía emocional con las mujeres y con los otros varones, así como
de las relaciones sexuales entre los varones” (p. 210).

1.3 La homofobia y la policía del género

La negación es tan típica de la masculinidad que un escritor estadounidense


ha podido alcanzar el éxito publicando un libro de título irónico:
Real Men don’t Eat Quiche!
(Badinter, 1993, p. 143).

De acuerdo con Foucault (2002) el poder que se ejerce entre los sujetos supone una
dimensión panóptica, de vigilancia perpetua que está “sobre todo”: “es el polvo de los
acontecimientos, de las acciones, de las conductas, de las opiniones, —‘todo lo que pasa’;
el objeto de la policía son esas ‘cosas de cada instante’, esas ‘cosas de nada’” (p. 197).
En una estructura de sexo-género-deseo heteronormativa los sujetos se encuentran bajo
una vigilancia constante y atenta a cualquier violación de las normas.

En una sociedad heteronormada como la nuestra, los discursos y prácticas


homofóbicas y misóginas representan mecanismos de control, de disciplinamiento y
corrección ante las discontinuidades del sistema sexo-género-deseo.51 La dimensión

51
Badinter (1993) define la homofobia como “el odio de los hombres hacía las cualidades femeninas, y la
misoginia es el odio, también entre las mujeres, hacía las cualidades femeninas” (p. 143).

113
panóptica de la heteronormatividad deriva en la conformación de una suerte de cuerpo
policiaco de la heterosexualidad.

La mayoría de los participantes menciona haber crecido o interactuado con


personas abiertamente homofóbicas y/o machistas. En su infancia fueron los espacios
familiares y ahora son los grupos de amigos o parejas quienes les reiteran estos discursos.
Por estos motivos, cada uno de ellos prefiere mantener en el anonimato,52 no hablan de
su deseo por otros hombres con nadie (excepto aquellos que acuden a terapia psicológica),
ni plantean a sus parejas mujeres nuevas prácticas o escenarios sexuales (como tríos con
mujeres trans o la exploración anal). Cualquier desapego a las normas de la masculinidad
podría significarles una condena social y física indeseable. Por ejemplo, Aarón vivió
cierto temor a la homofobia y a la agresión después de su primer encuentro sexual con
otro hombre

Cuando me pasó a mí fue un conflicto, la primera vez estaba yo en shock y dije “no tenía
que haber pasado”. Yo estaba con el miedo de “si se llega a enterar mi familia, mis
amigos, los del trabajo”. Mi círculo de amigos y mi círculo familiar, sobre todo, es
conservador y tradicional. Por ejemplo, tengo un hermano que es gay abiertamente, y
platicó con mis papás al respecto cuando era aún muy joven y hubo un conflicto en la
familia, fue mal visto. Después de tener ese encuentro (con otro hombre). Yo pensaba y
decía “si se enteran, va a volver a pasar lo mismo”. Y esa situación fue mi referencia para
pensar que podría pasar si se hubieran llegado a entrar.

De acuerdo con Foucault (2002) “poco importa, por consiguiente, quién ejerce el poder.
Un individuo cualquiera, tomado casi al azar, puede hacer funcionar la máquina: a falta
del director, su familia, los que lo rodean, sus amigos, sus visitantes, sus servidores
incluso (p. 186). Por ello, para Aarón cualquiera que pudiera saberlo, ya sea familiares,
amigos, compañeros de trabajo podrían poner en riesgo su vida como hombre
heterosexual. En este sentido, Iván comentó “siento que existe agresividad en mí entorno
en ese aspecto. Hay la posibilidad de ser discriminado o ser objeto de escarnio social o

52
Nota metodológica: para la mayoría de los entrevistados es fundamental evitar cualquier pista que pudiera
revelar su identidad. Esta necesidad se manifestó en múltiples formas a lo largo de esta investigación. Por
ejemplo, durante la serie de entrevistas que realizamos por medio de aplicaciones de video conferencia, los
entrevistados tuvieron la opción de encender o no su cámara de video, al menos la mitad de los participantes
decidieron no hacerlo. En otros encuentros algunos prefirieron no grabar el audio de la entrevista, y todos
eligieron un seudónimo con el cual aparecer en este texto.

114
ese tipo de cosas. Hay dos, tres personas que si pudieran agredirme. Y creo que la mayoría
sencillamente limitaría su interacción conmigo”.

Aarón e Iván podrían vivir distintas manifestaciones de violencia que van desde
el rechazo familiar, laboral, hasta las agresiones físicas. La violencia contra estos hombres
deriva, en los términos de Badinter (1993), de haber fallado como hombres y/o
masculinos, en la medida en que la masculinidad “acostumbra a definirse más evitando
alguna cosa … que por el deseo de” (p. 143). De acuerdo con la autora “ser hombre
significa no ser femenino, no ser homosexual, no ser dócil, dependiente o sumiso, no ser
afeminado en el aspecto físico o por los gestos, no mantener relaciones sexuales o
demasiado íntimas con otros hombres y, finalmente, no ser impotente con las mujeres”
(p. 143).

Basados en esta definición de hombre, muchos de los participantes de esta


investigación podrían no serlo. Los casos de Raúl, Andrés, Iván, José, son tan sólo
algunos ejemplos de hombres que rompen las reglas de la masculinidad, sobre todo, al
tener sexo con otros hombres. Sin embargo, en la medida de lo posible, buscan que estas
violaciones queden en el anonimato. Luis Fer, por ejemplo, comentó que no ha hablado
con otros hombres acerca de sus deseos por tener sexo con mujeres trans, pues

Seguramente me dirán que soy un puto. Me dirán que me gusta la verga. Cosas bien
machistas. Tengo amigos que tal vez de primer momento no se pongan violentos, pero
pues que a fin de cuentas harán comentarios alusivos a que puedo llegar a ser gay, que
soy gay de closet o alguna cosa de esas. Ni siquiera creo que me digan heteroflexible,
creo que se irían directamente al término de eres gay, puto.

Cualquier evidencia de haber fallado como hombres supone el riesgo a una condena
homofóbica e incluso violenta. Luis Fer considera que, para otros hombres, el desear algo
que está fuera de la noción de una heterosexualidad tradicional podría suponer el
despliegue de una serie de dudas sobre su sexualidad, sobre su identidad misma. Él dejaría
de ser visto como heterosexual para ocupar ahora un lugar marginal en las relaciones
sociales como puto. De acuerdo con Badinter (1993) “la homofobia refuerza en muchos
hombres su frágil heterosexualidad. Es pues, un mecanismo de defensa psíquica, una
estrategia destinada a evitar el reconocimiento de una parte inaceptable de sí mismos.

115
Dirigir la agresividad contra los homosexuales es una manera de exteriorizar el conflicto
y hacerlo soportable” (p. 146). En relación con lo anterior, Raúl comentó

Los hombres somos más cerrados, es blanco o es negro, no hay puntos medios. Te apuesto
que dentro de mis amigos heterosexuales hay alguno al que su vieja le mete el dedo, pero
cómo les dice a tus cuates “me encanta que mi vieja me meta el dedo mientras me la
cojo”, por qué, porque el culo es algo que no se toca en los hombres, entonces,
simplemente si te sales del blanco al negro y te vas al gris ya no es normal.

De acuerdo con Raúl, no sólo los hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen
sexo con otros hombres como él tienen prácticas sexuales que no corresponden con la
noción de una heterosexualidad tradicional. Él supone que muchos otros hombres, que
tienen sexo exclusivamente con mujeres, también rompen está idea al vivir experiencias
como el placer anal, al explorar alguno de los límites que se han impuesto como normales.
Pero, quizás como advierte Badinter (1993), para algunos hombres puede ser mucho más
sencillo juzgar las prácticas de otros hombres como femeninas, agredirlos o rechazarlos
que admitir la fragilidad de su propia masculinidad heteronormativa.

El caso de Joseph, en particular, expone que la homofobia tiene un efecto


extendido, es decir que, el sujeto en cuestión no es el único afectado por el rechazo, por
la violencia, pues ésta puede repercutir severamente en las relaciones y grupos a los que
este hombre pertenece. Por ejemplo, él como padre de dos hijos declara que

Este tipo de situaciones, de relaciones, tienen que ser muy discretas, ya lo hablaré con
mis hijos cuando tengan mayor sensibilidad o conocimiento, porque no les quiero causar
daño. La sociedad es muy ‘fregativa’ y si lo saben se van a burlar de ellos: “Tu papá es
gay o a tu papá le gustan los hombres”, ya sabes, las expresiones típicas, como comer
arroz con popote. Yo busco que tengan un crecimiento sano, sé que en un futuro lo van a
saber, pero lo van a comprender de otra forma y no les va a dañar tanto como ahora que
están pequeños.

Los efectos de la homofobia podrían llegar a fracturar los lazos familiares y afectivos de
Joseph, pero no solo los suyos, sino que también los de sus hijos. El efecto extendido de
la violencia podría provocar que ellos se vean excluidos e incluso agredidos como parte
del rechazo que se tiene contra su padre al ser visto como un hombre que rompió las reglas
de la masculinidad.

116
Con esta investigación logré entender que algunos de estos hombres evitan
compartir sus experiencias sexuales y afectivas con las personas de su entorno, como una
forma de protegerse a sí mismos de la violencia homofóbica, pero también como una
forma de proteger a aquellos que quieren, evitándoles ser blanco de los efectos que esta
violencia puede suponer. Algunos de estos sujetos han adoptado algunas estrategias para
salvaguardar su imagen como hombres masculinos, tanto en el sexo con hombres como
mujeres buscan de manera constante la demostración de su virilidad.

1.4 El performance de la virilidad: salvaguardando los atributos de la masculinidad

De acuerdo con Bourdieu (1998) la virilidad puede ser entendida como “capacidad
reproductora, sexual y social, pero también como aptitud para el combate y para el
ejercicio de la violencia (en la venganza, sobre todo), es fundamentalmente una carga”
(p. 68). Con base en la información recabada en esta investigación podríamos decir que,
algunos de estos hombres buscan de manera constante demostrar(se) como poseedores de
una legítima virilidad, sobre todo, a través de sus prácticas sexuales y en sus encuentros
tanto con hombres como con mujeres. Raúl, por ejemplo, comentó

Lo que a mí me llama la atención de tener sexo con hombres es que puedo ser violento,
más tosco, y no quiero decir que a las mujeres no les guste el sexo rudo, seguramente hay
algunas que sí, pero yo no me he topado con muchas a las que les guste, o no al mismo
nivel… tampoco soy el hombre más rudo entre los hombres, pero siento que (con otros
hombres) las caricias son más fuertes, el trato es más tosco, más salvaje, más animal, digo
que no me guste agarrarme a madrazos, pero puede parecer que así es y eso es algo que a
mí me llama la atención, que puedes ser más fuerte (al tener sexo con otro hombre).

Para Raúl, el sexo con otros hombres se caracteriza por el despliegue de fuerzas, de la
mutua demostración de rudeza. Desde esta lógica el sexo entre hombres se recrea como
una suerte de lucha, de enfrentamiento, pues ambos sujetos combaten, se dominan, para
demostrarse como verdaderos hombres. En estos encuentros están presentes las caricias
“fuertes” (cachetadas, nalgadas), bastante similares a “los madrazos”, mientras que, las
mujeres prefieren a los hombres “salvajones, varoniles, fuertes” de acuerdo con Raúl.

117
De acuerdo con Judith Butler (2007) “el género es la estilización repetida del
cuerpo, una serie de actos repetidos –dentro de un marco regulador muy rígido—que se
congela con el tiempo para producir la apariencia de sustancia, de una especie natural de
ser” (p. 67). Podríamos entender el encuentro sexual entre hombres como una interacción
en la que se actualiza el género, una situación en la que se estiliza masculinamente el
cuerpo de los hombres. La virilidad expresada a través de cachetadas, nalgadas, jalones
representa un performance de la masculinidad que pretende ser natural. Entender el
género y, la virilidad como una práctica performativa

Significa decir que posee una determinada expresión y manifestación; ya que la


‘apariencia’ del género a menudo se confunde con un signo de su verdad interna o
inherente. El género está condicionado por normas obligatorias que lo hacen definirse en
un sentido u otro (generalmente dentro de un marco binario) y por tanto la reproducción
del género es siempre una negociación de poder (Butler, 2009, p. 322).

Siguiendo a Bourdieu (1998), podríamos decir que, la virilidad de los hombres no está
garantizada, se encuentra en un constante juicio. La vigilancia sobre la virilidad de los
hombres “aparece de manera constante en las conversaciones entre hombres, pero
también en las conversaciones de las mujeres, en las que el desempeño sexual y sus
avatares ocupa un lugar central” (p. 68). El performance de la virilidad es una de las
formas en que algunos hombres buscan evadir cualquier duda sobre su masculinidad, por
lo que deben demostrar(se) ser suficientemente hombres incluso en el sexo.

De acuerdo con Joseph, en el sexo heterosexual se trata de que la mujer “se sienta
valorada, que se sienta atraída, el regalito, los detalles, porque con una mujer viene la
caballerosidad. Siempre creemos que el hombre es más rudo y la mujer más débil, no la
puedes ni azotar porque ocasiona un accidente y con otro hombre lo azotas y no pasa
nada”. La virilidad masculina en esta situación se performa a través de delicadas caricias,
juegos con el cabello, formas particulares de hablar, que se diferencia en gran medida de
la fuerza con la que se expresa la virilidad en el sexo con otros hombres.

Para Sáez y Carrascosa (2011) esto se basa en “una visión poseedor-poseída


respecto a las mujeres” (p. 20). Desde la cual los hombres las tratan como sujetos débiles,
factibles de dominación física y sexual, mientras que, los otros hombres son vistos como
un reto para la dominación, ya que ambos ostentan el estatus de poseedores, por lo que es

118
a través de la fuerza que buscan identificar a quién posee el mayor potencial de
dominación.

Como hemos podido observar, el performance de la virilidad se práctica


corporalmente de manera diferenciada a partir de la diferencia sexual y de género. Por un
lado, está la delicadeza heterosexual y, por otro lado, están “los madrazos” entre hombres.
La virilidad se encarna y se expresa a través de las disposiciones del cuerpo. Muñiz (2018)
habla de prácticas corporales como los procesos en los que los sujetos se producen así
mismos a partir de un conjunto de acciones performativas, “mismas que los sujetos
ejecutan sobre sí mismos y sobre los otros, a través de las cuales se adquiere una forma
corporal y se producen transformaciones, es decir, se construye la materialidad de los
sujetos” (p. 282). Jey, por ejemplo, describe las prácticas diferenciadas que hay entre el
sexo con hombres y mujeres

Con un hombre puedo ser más cochino, por ejemplo, si es más pasivo y se comporta muy
sumiso, quiere o busca que lo traten de esa manera. En cambio, siento que las mujeres no
tienen esa apertura a “méteme una buena nalgada” a menos que estén muy calientes,
aunque cuando es muy rudo a veces a las mujeres tampoco les gusta. En una relación
heterosexual con una mujer los hombres son los activos y buscan tener sexo con hombres
para sentir placer o tener la experiencia del sexo anal principalmente.

De acuerdo con lo que dice Jey, podríamos identificar grandes diferencias entre la forma
en que se performa la virilidad en el sexo con mujeres y cómo ocurre en el sexo con
hombres. El sexo funciona como un proceso en el que se rehacen las normas de género,
pues de acuerdo con Connell (2003), el género “se refiere constantemente a los cuerpos
y lo que éstos hacen; no es una práctica social que se reduzca únicamente al cuerpo” (p.
109). Es el sexo como proceso de género responde a las exigencias de masculinidad, pero
también permite a los hombres probar sus límites y confrontar sus barreras.

La heteronormatividad “impone en cada hombre el deber de afirmar en cualquier


circunstancia su virilidad” (Bourdieu, 1998, p. 68). Sin embargo, debemos comprender
que la virilidad no se trata de una sustancia, una forma natural del ser hombre, sino que
es la forma en que los hombres reaccionan o evitan ser señalados como menos o
insuficientemente hombres. La virilidad se construye por medio de una serie de actos
reiterados que pretenden presentarla como natural. Sin embargo, es importante considerar
que la producción del género está enmarcada en una constante negociación y relaciones

119
de poder por lo que no es posible reducir el performance del género de los hombres a las
prácticas de virilidad y dominación.

Considero que debemos comenzar a reflexionar sobre aquellas prácticas


corporales potencialmente subversivas, aquellas en las que “el cuerpo transgrede” o
desafía las buenas costumbres, retan el dolor y profanan la corporalidad (Muñiz, 2018,
pp. 293-295). Para Aarón el placer anal es una de estas prácticas pues “nunca me había
pasado hasta este momento y experimentarlo con un hombre fue algo que me movió y
dejó marcado”. Él encontró en el placer anal una puerta a nuevas experiencias, nuevas
inquietudes y deseos.

1.5 Abrir el ano para flexibilizar la heteronorma

De acuerdo con Sáez y Carrascosa (2011), la masculinidad se ha construido en torno a la


idea de que “el culo del hombre debe ser impenetrable salvo en situaciones extremas de
ausencia de mujeres: cárceles, barcos, seminarios de curas, naufragio de tíos en una isla
desierta…” (p. 25). En relación con lo anterior, Iván considera

Los hombres experimentamos culpabilidad ante una violación cuando nos creemos
heterosexuales, pues porque sufrimos de excitación, y no es un gusto, es una en forma en
la que reacciona el cuerpo y eso no va a modificar nuestra sexualidad de manera total, o
sea, no significa que nosotros fuéramos previamente flexibles ante tales cosas, sino que
el cuerpo es capaz de reaccionar y obviamente eso a muchas personas no les cabe en la
cabeza, los trastoca.

Es innegable lo violenta y dolorosa que es una experiencia de abuso sexual, sin embargo,
de acuerdo con Iván, pareciera que el mayor dolor que un hombre heterosexual puede
vivir ante una violación es el de haber disfrutado o reaccionado eróticamente ante este
hecho. La violación puede generar profundos sentimientos de culpa, pues implica
reconocerse como hombres que han sido penetrados, incluso dominados y han gozado en
alguna medida con ello. Sáez y Carrascosa (2011) consideran que “el placer
experimentado determina la medida del desprecio que vivirá un hombre penetrado: ‘si el
hombre penetrado no disfruta con ello (ha sido violado, por ejemplo), el desprecio y el

120
escarnio social será menor, queda algo disculpado, pero aun así habrá entrado en un
territorio de la vergüenza irreversible, será siempre algo traumático y terrible’ (p. 21).

De acuerdo con Raúl “el culo es algo que no se toca en los hombres, entonces,
simplemente si te sales del blanco al negro y te vas al gris ya no es normal”. De modo
que, quizás el problema detrás del placer anal no sea que los hombres gocen de éste, sino
que, hayan sido dominados, incapaces de demostrarse más hombres que los otros, menos
viriles.

El abuso o violencia sexual no es el único medio por el que los hombres pueden
acceder al placer anal. Para algunos de los hombres autodefinidos como heterosexuales
esta es una de las razones por las que deciden tener sexo con otros hombres, explorar el
placer anal, no sólo como penetradores también como penetrados. Jey, por ejemplo, relata
que “en un inicio sí fui activo con pocos hombres, con el primero con el que tuve sexo
anal fui pasivo, fue porque realmente lo quería sentir entonces una vez experimentándolo
lo quise repetir”. Jey comenzó siendo activo, replicando, posiblemente, una dinámica en
la que él era el dominante, el penetrador. Sin embargo, también encontró placer al invertir
la dinámica y convertirse en el sujeto penetrado, y en cierta medida, el dominado.

Jey, relata que ahora, incluso, en el sexo con mujeres suele estimular su ano como
una forma de experimentar mayor placer, pero también como una estrategia para no fallar
en el acto, al respecto añadió “literal, tocarme ahí y sentir un poco de excitación y fue lo
que me ayudó a levantar un poco al amigo” (a tener una erección). Por otro lado, Salvador,
quien tiene sexo exclusivamente con mujeres comentó “si he experimentado con mi ano
yo solo, masturbándome, pero es algo que me genera mucho temor, no sé, son
preocupaciones muy tontas. Siento que no les va a gustar a ellas, si lo he hecho yo solo,
pero siento una restricción de no poder ni siquiera proponerlo”.

Hombres como Jey o Salvador experimentan el placer anal en solitario o en


compañía, a través de la masturbación o lo hacen durante sus encuentros sexuales con
mujeres como una forma de asegurar la erección. Sin embargo, de acuerdo con Salvador,
algunos de ellos siguen viviendo con el temor de expresar tales deseos, sobre todo, en el
sexo con mujeres pues algunas de ellas podrían llegar a dudar de su masculinidad. El
género de los hombres se ha construido en torno a la evasión, la negación, pero también
sobre la profunda curiosidad por el placer anal. Más allá del temor a las dudas o injurias

121
homofóbicas, estos hombres se han aventurado a vivir el placer anal ya sea como
penetradores y/o penetrados. A través del placer anal, algunos de estos hombres han visto
su heterosexualidad y mente abrirse.

El rechazo de los hombres por el placer anal podría estar asociado al temor de ser
desplazados a la figura de los dominados, perder masculinidad, es decir, asimilarse a las
mujeres y lo femenino. Esta ansiedad masculina se basa en “un temor culturalmente
inducido de estar simbólicamente cerca o identificarse con lo que se considera femenino
y a sus implicaciones: ser objeto de opresión. La masculinidad no es sólo relacional, es
también reactiva ante la feminidad” (Núñez, 2007, p. 170). En el sexo anal lo que se
penetra no sólo es el cuerpo de los hombres, es su identidad, son las relaciones de poder
asociadas al género.

2 Algunas aproximaciones a la flexibilización de la heteronorma

Presento esta investigación como una propuesta que nos abre a la complejidad que hay
en la existencia sexual y de género de algunos hombres como los que participan en esta
investigación. He buscado dar cuenta de lo cuestionable que resulta hablar de la identidad
de género, de la identidad sexual, del ser hombres y la heterosexualidad como realidades
dadas, fijas, monolíticas, al menos, en la experiencia de estos sujetos.

La apuesta de esta investigación ha sido exponer que incluso en la


heterosexualidad hay diversidad sexual; que detrás de la heterosexualidad como práctica
sexual hay una serie de normas que atraviesan nuestra sexualidad, nuestro cuerpo,
nuestras relaciones sociales y afectivas. La heteronormatividad se presenta como un
constructo social y cultural que se instituye a varones y mujeres independientemente de
su orientación sexual. Es decir, que incluso aquellos hombres y mujeres que se nombran
homosexuales, bisexuales o no heterosexuales, han interiorizado las normas que se
producen en la matriz heterosexual en la que han sido socializados.

Los hombres hetero/curiosos, hetero/flexibles, hetero/sexuales de los que hablo en


esta investigación se caracterizan por tener una vida sexual y afectiva heterosexual, es

122
decir, con mujeres (categoría en la que las mujeres trans ocupan un lugar particular), pero
también por tener sexo o fantasías sexuales con otros hombres. Su experiencia social,
sexual y afectiva se encuentra en mayor o menor medida atravesada por la homofobia.
Algunos de ellos declaran haber sido testigos de las consecuencias que un hombre puede
vivir si es juzgado como no heterosexual, acusado de ser gay o femenino lo cual puede
suponer la pérdida de afectos, relaciones, confianza, incluso exponerlos a agresiones y
violencia.

La homofobia o el rechazo por los atributos femeninos en un hombre opera como


un mecanismo regulador y autorregulador en ciertos casos. El temor a la violencia lleva
a estos hombres a mantener sus prácticas no heterosexuales fuera del espacio público, a
resguardar su placer y sus deseos en el anonimato, para evitar cualquier duda sobre su
masculinidad. Las prácticas sexuales entre hombres se caracterizan por el performance
de la virilidad, o bien, la expresión de fuerza, la manifestación de una violencia latente.
Los encuentros sexuales se presentas como momentos de placer, pero también como
situaciones cargadas de género, en las que estos hombres deben demostrar lo hombres
que son y lo bien que cumplen con las normas de la masculinidad, tales como evitar el
placer anal con las mujeres o mostrar debilidad ante otros hombres.

En una matriz heterosexual se exige, se induce a una correspondencia entre


cuerpo-género-deseo, la subjetividad masculina “se aprehende a través de prácticas que
tienen como locus el cuerpo y con metáforas alusivas a características de los cuerpos
sólidos: dureza, resistencia, impenetrabilidad, invulnerabilidad, cierre, etcétera” (Núñez,
2007, p. 196). Los varones devienen hombres en torno a la exigencia de emular atributos
como la fortaleza, la iniciativa, la capacidad de saber llevar a las parejas en la vida como
si de un baile se tratara. Pero también a partir de figuras y metáforas que aluden a cuerpos
rígidos, duros y estables (Bourdieu, 2000).

Los sujetos/cuerpos hombres deben ser duros, cerrados, impenetrables si desean


ser reconocidos como tales. Sin embargo, qué pasa con aquellos hombres autodefinidos
como heterosexuales que incurren en faltas a la heteronormatividad, que tienen prácticas
sexuales que no corresponden con lo tradicional, ¿acaso dejan de ser hombres?, ¿acaso
dejan de ser heterosexuales? O, por el contrario, ¿abren paso a nuevas formas de
comprender la heterosexualidad?

123
2.1 El placer anal y la inversión del género

Preciado (2008) señala que hay que entender la heterosexualidad no como una práctica
sexual, sino como “un régimen político” el cual “asegura la relación estructural entre la
producción de la identidad de género y la producción de ciertos órganos (en detrimento
de otros) como órganos sexuales y reproductivos. Buena parte de este trabajo disciplinario
consistirá en extraer el ano de los circuitos de producción del placer (p. 59). El ano es
disciplinado como un órgano de salida nunca de entrada. Al respecto, Andrés, uno de los
entrevistados, señala que alrededor del ano hay una serie de tabúes, normas que nos han
educado “respecto a lo que debe, a lo que está bien y a lo que está mal, y sobre la
naturaleza, que no está hecho el ano para el acto sexual”.

Los hombres que rompen con esta regla corren el riesgo de ser agredidos y
enfrentase a procesos homofóbicos de castigo y corrección. Muchos de ellos evitan
expresar deseos, curiosidad o intenciones de experimentar el placer anal, incluso con sus
parejas heterosexuales. Otros llevan a cabo estas prácticas de manera individual o en
compañía de sus parejas sexuales, generalmente otros hombres. Retomando el trabajo de
Núñez (2007), considero que podemos entender algunas prácticas sexuales y afectivas
narradas por estos hombres como formas de “rajarse” de la heterosexualidad, como
prácticas que llegan, potencialmente, a desestabilizar la heterosexualidad a flexibilizarla,
entre ellas, la experiencia del placer anal.

La mayoría de los entrevistados coincide al señalar que el ano representa algo de


lo que no se habla, que no se debe desear y mucho menos tocar, y si se hace no se habla
al respecto. De acuerdo con Jey, detrás de la negación del placer anal está el temor “a que
el hombre se sienta menos hombre y la mujer piense que es gay o que se pierda una
relación o que se pierda la hombría”. Para Salvador, por ejemplo, hablar de placer anal
con su pareja heterosexual le produce “preocupaciones muy tontas”, la sensación de que
“no les va a gustar”, pues, aunque en la intimidad de la masturbación ha explorado con el
placer de su ano considera que hay “una restricción” que impide siquiera proponerlo.

124
Para Sáez y Carrascosa (2011) “el género también se produce por medio de la
regulación del culo, y que, de hecho, el acceso a ‘lo humano’ también tiene que ver con
esta cuestión en la medida en que el sexo anal puede acarrear ni más ni menos que la
muerte en 8 países del mundo, y la cárcel en más de 80” (p. 63). La regulación del placer
anal no sólo funciona para asegurar la identidad de los varones como hombres y como
heterosexuales, sino que determina el valor de unas vidas sobre otras.

Joseph, por ejemplo, considera que vivimos en una cultura atravesada por una
serie de tabúes que niegan a los hombres, incluso a los heterosexuales, el acceso al placer
anal. Por ello, él considera que en una relación heterosexual un hombre no puede decirle
a una mujer: “manipúlame el ano, no es tan sencillo que ellas accedan. Si les pides eso,
luego, luego te etiquetan: “eres homosexual”. El placer anal se ha asociado, casi
exclusivamente, con la homosexualidad y, particularmente, con el sexo entre hombres.

Para Sáez y Carrascosa (2011) esto es más una estrategia a partir de la cual la
heteronormatividad “hace desaparecer la penetración anal del mundo de la
heterosexualidad, limpia el espacio hetero de esa lacra” (p. 18). Sin embargo, que no se
asocie con la heterosexualidad no significa que las personas heterosexuales no puedan
encontrar placer por el ano. Al respecto, surgen inquietudes como: ¿El ano es un órgano
homosexual?, ¿Las personas heterosexuales no tienen ano?, ¿Si es un hombre el que
penetra el ano de una mujer deja de ser una práctica heterosexual? y, ¿si es una mujer
quien penetra el ano de un hombre éstos dejan de ser heterosexuales?

Me parece que estas preguntas no tienen una respuesta sencilla o única, sin
embargo, considero que reflejan la complejidad detrás de una práctica como el sexo anal.
No sólo los hombres homosexuales buscan el placer anal, muchas parejas heterosexuales
lo practican y disfrutan en la intimidad, aunque de ello no se habla mucho. De acuerdo
con Sáez y Carrascosa (2011) “en muchas culturas la penetración anal no representa una
amenaza para la masculinidad, siempre que se haga desde el papel activo: ‘muchos
hombres heteros penetran analmente a sus mujeres (de pronto ese acto ya no es tan
asqueroso, pero prefieren no hablar de ello), muchas mujeres penetran a sus maridos (de
eso se habla todavía menos)” (p. 19).

El problema está en que el placer anal pone en evidencia que el sujeto/cuerpo


hombre puede ser también vulnerable, abierto, es decir, que el placer anal supone el riesgo

125
de abrir un cuerpo que ha sido cerrado por el género. El buen funcionamiento de la matriz
heterosexual requiere mantener alejados a los hombres del placer anal, pues se corre el
riesgo de que en la medida en que estos cuerpos cerrados se abran, las relaciones de
género lo hagan también, y se desplacen a nuevas dinámicas que puedan desestabilizar
todo el sistema sexo-género-placer.

En una matriz heterosexual “ser penetrado te asimila a una mujer, te hace inferior,
pierdes tu hombría, es una vejación, una deshonra (contradicción: si yo penetro a mi mujer
cada dos por tres, ¿por qué no podría ella penetrarme a mí?... ¿O por qué le pido que me
penetre?” (Sáez, Carrascosa, 2011, p. 25). En el trabajo de Núñez (2007) sobre intimidad,
masculinidad y relaciones homoeróticas entre varones del norte del país encuentro la
siguiente cita que ejemplifica el terror a un desplazamiento (casi inversión) del género
que se atribuye al placer anal

José: No sé tú qué piensas, te voy a ser franco, ahí donde me ves, a mis 22 años, yo acabo
así de empezar a tener relaciones sexuales, o sea que a mí me penetren y no me siento a
gusto, no sé.
Núñez: ¿Sientes culpa?
José: Sí, a veces, pero no es tanto eso, a lo mejor es algo que poco a poco se me va a ir
quitando, sino la verdad es que me da miedo.
Núñez: ¿Al sida?53
José: No, eso no, aunque también, pero yo no lo hago con cualquier, así, con una loca, no,
sino con un bato tranquilo, como yo. La otra vez conocí a un bato, había llevado yo a mi
novia a un baile norteño de los que hacen allá en el estadio y ahí lo conocí y acá nos
acoplamos bien a toda madre y quedamos de luego tomarnos unas cheves y ya nos
seguimos viendo y la hemos cotorreado y con él sí me he dejado penetrar.
Núñez: ¿Entonces a qué le tienes miedo?
José: No es miedo, cómo decirte, ya no lo quiero hacer porque se me figura que si sigo
dejándome me van a salir al rato caderas, como vieja, o chichis de mujer, ¿cómo ves?

El temor al placer anal tiene que ver con asimilar a los hombres con las mujeres en una
calidad de sujetos penetrables, vulnerables, poniendo en jaque la legitimidad de la
dominación masculina. Los hombres que gozan del placer anal ponen en riesgo la

53
Algunos de mis informantes hablaron también sobre las Infecciones de Transmisión Sexual, sobre la
asociación que hay entre las prácticas homoeróticas y enfermedades como el VIH y en algunos casos, sobre
el peligro a la inseguridad, la exposición a asaltos y secuestros como ocurrió en el caso de Joseph.

126
representación de la hombría como símbolo de dominación, pues para acceder al placer
anal deben ocupar el lugar del sujeto dominado.

Si la dominación del otro se asegura por medio de su penetración, entonces los


hombres penetrados invierten su lugar con el de los dominados (mujeres y homosexuales,
feminizados), los no hombres. Lo que se penetra en el sexo anal no sólo es el cuerpo de
los hombres, son también las relaciones de poder. “Ser activo o pasivo (penetrador o
penetrado) en la penetración anal está históricamente asociado a una relación de poder
binaria construida sobre las figuras del dominador-dominado, amo-esclavo, fuerte-débil,
poderoso-sumiso, sujeto-objeto. En este esquema de género construido en el seno de un
régimen heterocentrado “la mujer es construida socialmente como un ser [el ser]
penetrable” (Sáez y Carrascosa, 2011, p. 20).

2.1 “¿Qué tal que me gusta?”: Hombres con la identidad penetrada

En 2018 el medio digital Plumas atómicas publicaba una nota titulada “Internet descubrió
a los hombres que no se limpian el culo”. En ella se cita una publicación del sitio Buzzfeed
en la que se revelaba un “escatológico” hecho. Según el medio “aparentemente los
hombres hetero no conocen cómo limpiar apropiadamente su trasero después de haber
defecado; y que encima buscan tener relaciones después”. Distintas mujeres de habla
inglesa e hispana narraron anécdotas sobre el culo “sucio” de algunos hombres.54 Por
ejemplo, una de ellas relataba: “con mi primer novio, la primera vez que hice un bj55 (que
era la 1ra en mi vida) me empezó a dar el olor a popó y pues dije ¿Qué está pasando? Y
pues me fijé y estaba con suciedad y pedacitos de papel enredados en el vello”, y como
éste muchos otros relatos expusieron este evento como una experiencia común.

54
Años después, en 2020, el medio periodístico mexicano La Silla Rota publicó una nota titulada “¿Los
hombres no se limpian bien porque temen tocarse el ano?, en la que se continuaba la discusión en torno a
por qué los hombres tienen mala higiene anal.
55
Abreviatura del anglicismo BlowJob que refiere a la práctica sexual de la felación o sexo oral.

127
De acuerdo con esta publicación, las tuiteras56 atañen este hecho a que “a muchos
hombres les enseñaron que tocarse el ano es ‘malo’ porque podría gustarles y (¡oh,
desgracia!) podrían volverse gays”. Para estas mujeres la relación de los hombres con sus
respectivos anos es problemática en la medida en que ven en ellos un riesgo, el del placer,
pues “podría gustarles” tocarlos y esto podría volverlos gays. De manera similar Carlos,
durante la entrevista comentó

Creo que para un hombre el probar con su punto “P”57 es un tabú por el simple hecho de
sentirse penetrados, que es como sentirse como mujeres o como homosexuales porque
dicen “no, yo no me voy a dejar”, porque he escuchado la frase de “¿qué tal que me
gusta?” Ese es el punto, que te guste. Creo que simplemente por la sociedad machista en
la que vivimos también como hombres nos reprimimos en mover ese tipo de cosas.

La exploración del “punto p” ubicado en la próstata de los varones al que solo se puede
acceder por medio del ano, viene a suponer una inversión de la lógica machista, en la que
los varones pasan de ser los dominantes, los penetradores a ser los dominados, los
penetrados. Sobre todo, porque asocian estos sentimientos con la experiencia de las
mujeres y los homosexuales, quienes son el blanco de la dominación. La incógnita para
estos varones es ¿qué tal que me gusta?, qué tal que disfrutan de la pérdida del control,
de la puesta en duda de su calidad de hombres.

Para Carlos y otros entrevistados, el problema está en la penetración. Para los


hombres (autodefinidos como heterosexuales) ser o sentirse penetrados ‘física e incluso
simbólicamente’ es motivo de un profundo rechazo, no por el dolor físico, sino por el
impacto que esto podría generar sobre su identidad de hombres pues ser penetrado hace
“sentirse como mujeres o como homosexuales”, ser penetrado les hace dejar de sentirse
hombres. Si acceder al llamado “punto P” podría provocar intensos orgasmos y
sensaciones placenteras ¿por qué habría de evitarse?, ¿por qué los hombres se niegan a
experimentar la estimulación anal?

56
Forma de referirse a las mujeres que compartieron sus relatos en Twitter.
57
De acuerdo con el medio digital Men’s Health el punto “P” está “Situado en la próstata, de ahí lo de la
P, se podría decir que debido a la intensidad de las sensaciones que produce excitarlo, es el equivalente
masculino al punto G de las mujeres”.

128
El rechazo a la penetración anal (receptiva) podría basarse en el riesgo a un
“desplazamiento del género”, pues en una sociedad heteronormativa “la prueba definitiva
de la hombría, la virilidad, lo masculino y lo heterosexual es que tu culo no sea penetrado
jamás; lo contrario supone un deslizamiento de género (hombre a mujer) y de identidad
en tu orientación sexual (hetero a homo)” (Sáez y Carrascosa, 2011, p. 26).

La frase “¿qué tal que me gusta?” enunciada por Carlos denota cierta aversión por
encontrar placer o “gusto” en la estimulación anal. Algunos hombres ven en la
penetración anal una práctica capaz de homosexualizar e incluso feminizar a los sujetos.
El problema no está sólo en encontrar placer, sino en disfrutar de esa pérdida de hombría.
El factor determinante no es el género de la pareja u objeto penetrante, sino, el hecho de
saberse penetrados. Incluso aquellos hombres que se identifican como heterosexuales
rechazan esta práctica, sin importar que el sujeto que penetra sea una mujer y no otro
hombre. Los hombres temen perder el control, el dominio en las relaciones que establecen
con otros y otras, por ello, ser penetrados representa una expresión de la perdida de sí, en
la que ceder el cuerpo, ceder el ano sería como ceder el poder.

2.3 ¿Los hombres pueden “Rajarse” de la heterosexualidad?

Núñez (2007) señala que “la subjetividad masculina se aprehende culturalmente como
economía deseante58 con una base corporal. Se aprehende a través de prácticas que tienen
como locus el cuerpo y con metáforas alusivas a características de los cuerpos sólidos:
dureza, resistencia, impenetrabilidad, invulnerabilidad, cierre, etcétera” (p. 196) ¿Cómo
se expresa la masculinidad como metáfora de lo impenetrable, lo sólido, lo monolítico?
En lo que respecta a la experiencia de los entrevistados, puedo decir que se habla del ser
hombre, de la hombría en términos de una impenetrabilidad emocional, afectiva, de poca
comunicación con otros y otras, pero, también, una impenetrabilidad corporal,
particularmente, anal.

58
Por economía deseante Núñez (2007) entiende “una manera de organizar, administrar, ahorrar o invertir,
esto es, expresar o contener y reprimir la energía libidinal (p. 196).

129
Si la heteronormatividad traza unos mapas y fija algunas jaulas sobre el cuerpo y
los afectos de los hombres ¿existe alguna llave o brújula que nos guie a la salida?, ¿los
hombres pueden trazar nuevas rutas, pueden abrir esas jaulas? Al respecto, me parece
ilustrativo el trabajo que Núñez (2007) desarrolló con hombres de Hermosillo y la Sierra
de Sonora, donde la noción de “rajarse” surgió como uno de los ejes analíticos para
estudiar las fisuras y re-construcciones de la masculinidad, el género y la sexualidad de
los varones norteños.

Núñez (2007) señala que “rajarse connota una fisura en el cuerpo, pero de un
cuerpo metafórico: el yo masculino” (p. 196). Rajarse “es un concepto poderoso en la
sociedad mexicana, como lo evidencian las frases ‘el que se raje es puto’, ‘pinche rajón’,
‘no seas bizcocho’ o ‘pinche culón’ (…). Estas frases participan activamente en la
socialización de los varones” (p. 181). Rajarse implica el distanciamiento que hay entre
el comportamiento de un varón y aquello que se espera de él como hombre.

Los hombres pueden rajarse de sus deberes o compromisos, faltando a su palabra


o promesas. Los hombres pueden rajarse de un plan al no participar de alguna actividad
colectiva. Pero ¿los hombres pueden “rajarse” de la heteronormatividad, de las normas y
expectativas que hay sobre ellos como sujetos de género?, yo considero que sí, en cierta
medida, los hombres pueden “rajarse” de la heteronormatividad al incumplir corporal y/o
afectivamente con aquellas normas de género que les impone la sociedad. Un hombre que
se raja de la heteronormatividad flexibiliza su propia existencia, al menos,
momentáneamente.

Si el ano es algo que debe permanecer cerrado para asegurar la hombría, ¿éste se
abre cuando un hombre se ‘raja’?, ¿será que un hombre se raja en la medida en que el ano
comienza a abrirse?; considero que podría haber una mutua influencia entre ambos
eventos, es decir, en cuanto un hombre comienza a vivir fuera de los límites de aquello
que le fue impuesto como la heterosexualidad tradicional puede que su experiencia sexual
y corporal comience a explorar otras prácticas, entre ellas, abrir el ano al placer.

Rajarse, o bien, incumplir con las normas sociales y/o corporales que se imponen
a los hombres suscita conflictos no sólo con los otros y otras, sino consigo mismos. Para
algunos hombres que se rajan de la heterosexualidad, explorar otras formas de ser
hombres y de vivir el placer, por medio del culo, por ejemplo, implica fisurar(se) una

130
concepción sobre sí mismos. Pues “el yo se construye metafóricamente como cuerpo y,
en el caso del yo masculino, se espera que sea sólido, coherente, unitario, sin fisuras, duro,
recio, cerrado y, por lo mismo, independiente, autónomo, autosuficiente, invulnerable”
(Núñez, 2007, p. 196).

Si la única fisura visible en un hombre es su ano, es lógico que se proteja de toda


penetración, pues en su apertura se corre el riesgo de romper la noción monolítica del
hombre, la masculinidad, la dominación masculina. Penetrar esa fisura supone poner en
riesgo las relaciones del género, la oposición y jerarquía entre la masculinidad y la
feminidad. Me atrevo a decir que con la penetración del ano de los hombres se penetra a
ese monolito que es la heterosexualidad, al sujeto masculino, al hombre. El cual se torna
vulnerable, penetrable, abierto al placer y por lo tanto al cambio.

Rajarse de la heterosexualidad, así sea momentáneamente, pone en riesgo el


funcionamiento del sistema sexo-género-deseo heteronormativo pues implica “haber
perdido el control sobre el deseo y, por lo tanto, sobre las fronteras de la subjetividad
masculina”. Por ello, el despliegue de mecanismos regulatorios como la policía
heterosexual y la homofóbica son fundamentales para someter a los sujetos “a la amenaza
del estigma y de otredades previamente construidas como inferiores o denigrantes: la
feminidad y la homosexualidad” (Núñez, 2007, p. 199).

2.4 La intimidad entre los hombres

Se suele pensar que la masculinidad, el ser hombre, se construye en torno a la inexpresión


de los afectos o el rechazo de las emociones, sin embargo, yo considero que los afectos
constituyen una pieza central en la construcción de la identidad de género de los hombres.
La medida y las forma en que se expresan es lo que determina la legitima virilidad de los
hombres. De acuerdo con Núñez (2007), “la intimidad entre los varones no es el resultado
de una orientación homosexual específica y estable, sino una expresión de una dinámica
deseante que es múltiple en su elección de objetos de deseo y se expresa bajo ciertas
modalidades culturales” (p. 81).

131
Tener sexo con otro hombre puede poner en duda la masculinidad de un varón,
pero no hay nada que confirme más la ruptura de las normas que una relación emocional.
En la estructura heteronormativa un hombre no debe aproximarse a otro hombre, ni física,
mucho menos, emocionalmente. Sin embargo, como señala Núñez (2007), entre algunos
los hombres se producen distintas formas de proximidad “emocional y/o corporal y de
revelación, que ocurre subvirtiendo los proyectos ideológicos dominantes del ser hombre
y los discursos dominantes de la sexualidad, por lo tanto, no aludo aquí a un ‘continuo
homosexual’,59 que involucra a todos los varones (p. 81).

Los casos que he abordado en esta investigación nos muestran algunas de las
múltiples formas que puede adoptar la proximidad entre los hombres. Como hemos visto,
algunos hombres que se autodefinen como heterosexuales también son capaces de
construir ciertas dinámicas intimidad con otros hombres. En relación con esto me parece
ilustrativo traer a colación lo dicho por Aarón quien describe su primer encuentro sexual
con otro hombre

Ahí donde yo trabajaba estaba otro compa. Nos invitaron a una fiesta del trabajo. Todo el
ambiente muy bien, yo terminé muy alcoholizado y la fiesta era muy lejos. Este compa y
yo vivíamos por el mismo rumbo, ya era noche, ya era de madrugada, decidimos irnos a
nuestra casa. Íbamos caminando, siguiendo la plática y con las chelas y todo, entonces mi
compa me dice: “oye, ¿y si nos quedamos por acá?”, le digo “¿pues dónde?, ¿aquí en la
calle?”. Y me dice “no, nos quedamos aquí en un hotel, ya para qué nos vamos, nos
arriesgamos, finalmente mañana entramos a trabajar temprano y pues sería como lo más
viable quedarnos por aquí” – “órale va y nos la seguimos aquí”. Pedimos una habitación
y nada más había una cama, al final, ya sabes, compartiendo cama fue como se empezaron
a dar las cosas.

Aarón relata su primer encuentro sexual con otro hombre como algo que no estaba
planeado, incluso durante la entrevista mencionó que nunca había pensado tener una
experiencia similar, sin embargo, considera que circunstancias como el alcohol o dormir
en una sola cama posibilitaron un contexto idóneo para que ocurriera este evento. Podría
decir que el caso de Aarón nos habla de una experiencia sin premeditación, de un
encuentro sexual que no fue orquestado con anticipación, y que, posiblemente, fue el
alcohol, el espacio de la cama, lo que llevó a estos hombres a tal momento de intimidad

59
Referencia a la obra de Adrienne Rich, Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana de 1980.

132
sexual. Sin embargo, en lo relatado por Aarón, podemos encontrar otras formas en que se
manifiesta la intimidad

Fue un acuerdo que se tomó, ni él ni yo estábamos en ese plan (de tener sexo), pero creo
que las circunstancias, el alcohol nos llevaron a eso y pues haberlo experimentado así nos
llevó a decir, “hay que hacerlo otra vez, pero de otra manera”. Él no se considera gay
tampoco. Afectivamente creo que nunca hubo algo con este chico, no hubo un afecto, pero
sí había la necesidad de decir “lo estamos experimentando de otra forma”, y se planteó
bien hasta eso, dijimos “cuando se plazca o cuando nos guste va, órale”. Dejamos las
cosas en claro. Funcionó un tiempo, después nos dejamos de ver y como si nada, creo que
las cosas quedaron bien planteadas, y él ahorita creo que sigue con su pareja, tiene a su
pareja y yo acabo de salir de una relación, pero él y yo seguimos con nuestras vidas
“normales” como dicen por ahí.

La intimidad que Aarón estableció con el hombre con el que tuvo sexo, no fue solo erótica,
pues en cierta medida construyeron una serie de acuerdos mutuos que les permitieron
salvaguardar su seguridad, el anonimato de su erotismo ante la mirada de otros, una suerte
de relación de complicidad e intimidad. De acuerdo con Cruz, “la literatura reporta
diferencias y malestares en torno a la manera en que viven y expresan la intimidad
hombres y mujeres. En particular, prevalece la idea de una incapacidad de los hombres
para la intimidad” (p. 134). Sin embargo, considero que las formas en que los hombres
construyen intimidad entre ellos son distintas a las formas tradicionales en que ésta se
entiende o se espera entre el hombre y la mujer. Cruz (2010) señala que

A la experiencia de la intimidad, se le vincula con un aspecto, la expresión de diversos


sentimientos. Dada la limitada expresividad en los hombres, se les ha considerado como
analfabetas emocionales. Como los hombres han sido habilitados más para la racionalidad
y, en términos instrumentales, para el logro de objetivos concretos y prácticos, les resulta
difícil satisfacer la demanda de ser más afectivos. Los aspectos culturales, que asocian la
afectividad con la feminidad, limitan la vida emocional de los hombres, dado que vulneran
en mayor medida la condición masculina ante el sexo opuesto, que no deja de tener
expectativas muy altas respecto del “sexo fuerte” (p. 148).

Algunos de estos hombres han construido una serie de acuerdos, de estrategias para evitar
el riesgo al juicio social y la violencia homofóbica por faltar a las normas de la
masculinidad. Prácticas que podríamos tildar de intimas al construirse en un espacio de
confianza, de mutuo acuerdo, de cuidado entre los hombres que tienen sexo con otros
hombres. Para Raúl, por ejemplo, cuando se trata del sexo entre hombres no le gusta

133
“cuando se torna romanticón, me gusta pensar que es de cuates, como cuando te echas
una chela con tu cuate. Por ejemplo, acabamos y le digo “¿buscamos una chela?”, nos
sentamos cada uno, en una orilla de la cama, cheleamos un rato, “¿Vámonos no?, adiós,
como dos compas”.

Como podemos observar en el relato de Raúl, no puede afirmarse que no haya


intimidad entre los hombres, sino que, debe reconocerse que ésta adquiere otras
manifestaciones, otras características, tales como tornarse en una dinámica de
complicidad, de amistad, “de cuates” que disfrutan tener sexo, pasar tiempo juntos sin la
necesidad de obviarlo ante la mirada de la sociedad. Raúl, encuentra una ventaja al tener
sexo con otros hombres autodefinidos como heterosexuales y es la de “no me va a meter
en pedos, ese cabrón tenía su novia, yo tenía mi novia, a ninguno de los dos le interesa
que este pedo se sepa, entonces, tengo más certeza con él de qué va a estar bien esto, bien
guardado el secreto”. Para Núñez (2007) la intimidad entre varones o intimidad masculina
se refiere a

Un amplio espectro de prácticas homoeróticas. […] Un espacio de intimidad o proximidad


afectiva y/o erótica, susceptible de producirse entre los varones, y que cubre un amplio
espectro de posibles configuraciones sociales de deseos e identidades. La intimidad va
más allá del contacto sexual, pero conlleva una cercanía de ‘almas’ y/o cuerpos en el
marco de una relación especial de revelación” (p. 81).

Para entender las prácticas sexo-afectivas y las dinámicas intimas entre hombres que
tienen sexo con otros hombres resulta poco útil limitarnos a la idea del amor, a la figura
del noviazgo, a la idea de la represión emocional o la carencia de afectos, pues como
hemos visto, entre los varones se producen formas específicas de intimidad, en forma de
acuerdos, de secrecía a las que debemos estar atentos para comprender la compleja
realidad de sexo-genérica de los hombres en nuestra sociedad. Andrés, por ejemplo,
señala “yo también guardo las apariencias por conveniencia propia, simplemente tienes
el encuentro, te da sexo, sexo oral, sexo anal o lo que sea y sales del lugar donde
estuvieron, te trata como un amigo del trabajo, platican, no es la mayor intimidad y
simplemente es bonito”.

La intimidad para algunos hombres que tienen sexo con otros hombres no es
aquello que se torna romántico, sino aquello que se presenta como cómplice, amistoso,

134
que brinda la seguridad de que ninguno de los dos, o alguno de ellos, corre peligro de ser
tachado de no heterosexual. Cruz (2010) considera que

Dado que el costo social de asumir la posición de poder de la masculinidad es una clara
sanción social por mostrar afectos, la represión de los mismos sirve de protección y de
respaldo al sentido de virilidad. En la vida emocional de los hombres se ha privilegiado
la expresión de sentimientos como la furia, la alegría, los celos, el odio, la cólera y el
afecto sexual. Sin embargo, existen otros como el amor, la ternura o el cariño, que resultan
más difíciles no sólo de expresar sino de experimentar (p. 148).

El desarrollo de futuras aproximaciones que ahonden en la construcción de la intimidad


entre hombres podría brindarnos información relevante para comprender la forma en que
se vive el placer, los afectos, las emociones, el género en los encuentros sexuales entre
hombres. En los términos de Núñez (2007) “la realidad de la intimidad entre varones es
más amplia, más heterogénea, rica y diversa en significados, subjetividades y relaciones.
Hacer invisible esta heterogeneidad e insistir en representarla por medio de una narrativa
única sobre la subjetividad homosexual o de un sistema dual, responde más al anhelo de
comunidad, que a la realidad (p. 366).

2.5 Una mirada queer sobre la heterosexualidad: la flexibilización de las


heteronormas

Butler (2001), señala que en la matriz heterosexual “ciertos tipos de ‘identidades de


género’ no se ajustan a esas normas de inteligibilidad cultural, y aparecen sólo como fallas
en el desarrollo o imposibilidades lógicas desde el interior de ese campo” (p. 50). Por
ejemplo, estos hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen sexo con otros
hombres, aquellos que tienen sexo con personas trans femeninas o los que experimentan
el placer anal en sus encuentros heterosexuales o lo estimulan en soledad, pueden llegar
a poner en duda la naturalidad, la normalidad y estabilidad de un sistema como el de sexo-
género-deseo. Al respecto, Iván señala

No creo que haya o son contadas, las personas que realmente pueden decir que solo hay
una dimensión erótica, sexual y afectiva, que es completa y absolutamente heterosexual u
homosexual. Si tomas la decisión de no tener relaciones sexuales o no tener una

135
experiencia afectiva o erótica con, tal o cual género, pues al final de cuentas, es una
decisión y una dimensión que no has explorado y está bien, es un es un derecho no hacer
algo que no quieres, pero no implica que la persona no pueda hacerlo.

Para Iván, la heterosexualidad, tanto como la homosexualidad son una decisión. Para él,
no es posible hablar de una dimensión única en el deseo humano, posiblemente las
personas experimentan deseos, erotismo con múltiples personas, independientemente de
su género. Sin embargo, tienen el derecho, la opción a elegir hasta donde explorar esas
experiencias. Como hemos visto, la experiencia de estos hombres demuestra que el deseo
escapa de las etiquetas a las que uno pueda adscribirse, pues autodefinirse como
heterosexual no significa privarse del placer de tener sexo con otro hombre. En estos
casos, vivirse como heterosexuales implica una toma constante de decisiones, de
construcción de estrategias para evitar el juicio social. Para Gomes (2021)

El género es una norma expresa y repetida por medio de actos reiterativos. Las
performances de género actúan simultáneamente construyendo y basándose sobre las
normas, pero también resignificándolas, reinventando las posibilidades. De este proceso
surgen los cuerpos y las subjetividades disidentes que no son definidos por identidades
reguladas políticamente. Aquí́ está la diferencia: no son identidades, sino la potencia de
una posición antinormativa que caracteriza el queer. Así́ que, si esto es cierto, podríamos
preguntarnos: ¿Y si percibiéramos el género como apertura? (p. 5)

Los hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen sexo con otros hombres
aparecen en el panorama del sexo-género-deseo como cuerpos y subjetividades
disidentes, que no se circunscriben a la determinación de una identidad sexual, ni a un
discurso político como el de la diversidad sexual. Estos sujetos ocupan una posición
antinormativa, fuera de las expectativas y normas tradicionales, una posición que puede
ser significada como queer.60 “De ser así́, el queer sería un movimiento que apuntaría a
lo imposible. La existencia de cuerpos y subjetividades imposibles que marcarían la
posibilidad de lo imposible. El queer declararía entonces que lo imposible es la condición
de la acción” (Gomes, 2021, p. 3).

60
“Queer es, por definición, todo lo que está en desacuerdo con lo normal, lo legítimo, lo dominante. No
hay nada en particular a lo que necesariamente se refiera” (Halperir, 1995, p. 62 citado en Rúmenes, Moulin
de Souza y Brewis, 2019, p. 597). Torres y Moreno (2020) señalan que para Annamarie Jagose, la teoría
queer se enfoca “en los desajustes entre sexo, género y deseo [...]; lo queer localiza y explota las
incoherencias en estos tres términos que establece la heterosexualidad” (1996, p. 3).

136
Para McKenna y Kessler (2006, citados en Torres y Moreno, p. 8) desde una
perspectiva queer se “asume que los heterosexuales pueden ser queer y que los
homosexuales no son necesariamente queer, no sentirse homosexual no significa que
alguien deba sentirse hetero o bisexual”.61 A partir de lo presentado en esta investigación,
considero que un análisis queer sobre los hombres autodefinidos como heterosexuales
debe estudiar no sólo las prácticas sexuales que tienen con otros hombres, sino, aquellas
prácticas que ocurren en el sexo heterosexual y que de igual forma cuestionan los límites,
subvierten las fronteras corporales, o que matizan las diferencias de género como lo puede
ser el sexo anal. Por ejemplo, Andrés considera que

De un tiempo a la fecha ha habido mucha apertura por parte de las mujeres con respecto
al sexo anal, es algo que han empezado a frecuentar. Por la experiencia que he tenido con
algunas amigas, es algo que se han perdido durante mucho tiempo, pero que es muy
placentero; muchas veces ellas se olvidan de que tienen vagina porque el sexo anal, es
sexo placentero, muy agradable. Pero, insisto, tiene que ver con tabúes, tiene que ver con
educación, tiene que ver con muchas cosas. Está mal, hablando respecto a lo que se debe
hacer, a lo que está bien y lo que está mal, por decirlo de algún modo, y la naturaleza,
ciertamente no está hecho el ano para el acto sexual, pero se ha optado por esto. Y tiene
mucho que ver a raíz del homosexualismo, el hecho de que quieras probar el ano es porque
de algún modo has tenido la idea, o has probado a lo mejor con un hombre. No quiero
meterlo a un estereotipo, pero sí, de alguna manera los amigos que yo he conocido que
buscan sexo anal es porque han estado con hombres. Y el hecho de estar con una mujer
les indica que no son homosexuales, pero también les satisface de laguna manera el sexo
así.

De acuerdo con Andrés, en su experiencia, la práctica del sexo anal ha comenzado a ganar
terreno inclusive en los encuentros heterosexuales. Muchas mujeres, y algunos hombres,
han comenzado a abrirse a nuevas experiencias, a poner a prueba ciertos límites impuestos
por tabús, por normas sociales e incluso por restricciones “naturales”: pues “el ano no
está hecho para el acto sexual”. Para él, el “homosexualismo”, el sexo entre hombres ha
influido poderosamente en la forma en la que las personas heterosexuales piensan el sexo,
ya sea porque lo han visto o lo han practicado, pero hay un creciente interés tanto en
hombres como en mujeres por vivir una vida sexual mucho más diversa.

61
Como afirma Duque Acosta (2010), “el movimiento queer es post-feminista, post- gay y post-lésbico:
critica la identidad sexual estática en que se funda el sujeto unitario homosexual (gay-lesbiana) y combate
la normalización y homogenización del sector LGTBIQ” (citado en Torres y Moreno, 2020, p. 8).

137
Para Rúmenes, Moulin de Souza y Brewis (2019) se trata de comenzar a Queerizar
la heterosexualidad, “romper los binarios sexuales y de género y desafiar las relaciones
sociales normativas” (p. 596). Para los autores, Queerizar la heterosexualidad supone
explorar “cómo la heterosexualidad puede ser entendida y experimentada como no
normativa dentro de contextos heteronormativos” (p. 596).62

Finalizo con la exposición de estas reflexiones haciendo un llamado de atención a


investigadoras e investigadores interesadas en los estudios de género, para que prestemos
atención a un campo de estudio de suma riqueza para comprender la reconfiguración, las
controversias y las inflexiones de la heterosexualidad y, sobre todo, las inconsistencias
del sistema sexo-género-deseo: la heterosexualidad (la sexualidad en general) de hombres
trans o personas trans masculinas. Durante el trabajo de campo tuve la oportunidad de
conocer a Charly, quien se autodefine como un hombre trans heterosexual, durante la
entrevista él comentó

Por ejemplo, como hombre trans he notado que hay una diferencia de socialización
abismal (entre hombres trans y cisgénero). Cuando conozco a un hombre nuevo, sobre
todo en mi facultad, que es donde yo interactuaba más con personas, cuando me
presentaban a un nuevo compañero, era como de te presento a mi compañero R*63 y ya,
como que saben que soy trans, el único hombre trans de mi generación y creo que de la
facultad, en realidad. Y es como de “cómo te saludo”, hay unos que me saludan normal,
como se saludan los hombres cisgénero, regularmente de mano y con el abrazo y la
palmada, hay otros que nada más con el apretón de manos y hay unos que de plano, esos
son los que me llaman la atención porque es como “oye, cómo quieres que te salude” y le
digo ¿cómo saludas tú?, me dice, es que quiero que te sientas cómodo, yo como – a mí
me encanta saludar de beso, seas hombre o mujer - Pues te saludo de beso. Y jamás he
visto que entre hombres cisgénero se pregunten eso, qué interesante esto de la
socialización entre hombres cisgénero y entre un hombre cisgénero y un hombre trans.

Charly ha atravesado un proceso para ser reconocido como hombre por los círculos
sociales a los que pertenece, familia, amigos, escuela. Al respecto, considera que su
presencia en espacios como la escuela ha supuesto todo un reto para otros hombres
socializados en la heteronormatividad, pues los confronta y los lleva a pensar en otras
formas de entender la masculinidad, ¿por qué entre hombres heterosexuales cisgénero no

62
La traducción y referencias de este texto son propias.
63
De esta manera evito utilizar el nombre femenino con el que Charly fue conocido previo a su proceso de
transición.

138
se besan al saludarse? Se pregunta Charly. Él encarna la ruptura de un sistema de sexo-
género-deseo que exige sobre los cuerpos con vulva reconocerse como mujeres, al
apropiarse de una identidad de género, de algunos de los atributos de la masculinidad y
una práctica sexual que se reservan para los varones con pene. De acuerdo con Charly,
como sociedad debemos entender que

Las prácticas erótico-sexuales no definen la orientación sexual. Y creo que ese es un


estigma, un estereotipo que tenemos que romper todavía porque la orientación sexual tiene
que ver con lo social, con lo afectivo y con lo erótico. Entonces, más allá de ser
heterocurioso, se es una persona heterosexual con atracción erótica y sexual o incluso que
ya tiene prácticas homosexuales, pero solamente es la parte erótico-sexual, no es en la
parte social ni en la parte afectiva. Siento que eso es algo que todavía tenemos que trabajar
en la sociedad y que la gente entienda, porque luego, si hay personas que disfrutan en esa
parte o les gustaría disfrutarla. Pero por esos prejuicios sexuales, prejuicios de la sociedad
no lo llevan a cabo y reprimen ese gusto, ese deseo que tienen.

Desde la perspectiva de Charly, nos queda mucho camino por andar para entender la
diversidad que hay en nuestros deseos, nuestras identidades, nuestras prácticas sexuales.
Para él, aún quedan muchos prejuicios que restrigen la sexualidad, quizás al acercanor a
su experiencia al transitar por el binarismo de género, por los espectros de la diversidad
sexual, al ser reconocida primero como una mujer lesbiana y ahora como un hombre
heterosexual podamos encontrar importantes elementos para comenzar a cuestionar, para
comenzar a cuirizar, al menos, flexibilizar eso que entendemos por heterosexualidad.

Para Domínguez-Ruvalcaba (2019) “la noción de cuirizar64 (que bien puede


entenderse como amariconar, enjotecer, desviar, pervertir, torcer…) significa entender lo
desviado como sujeto de cambio histórico en el ámbito cultural y el político” (p. 18). Con
esta investigación presento una serie de ejemplos sobre prácticas sexo-afectivas y sujetos
que nos incitan a pensar en la necesidad de cambio, de cuestionamiento sobre cómo
vivimos el género y la sexualidad.

64
Este neologismo es la traducción que Domínguez-Ruvalcaba (2019) hace del término inglés queering, el
cual refiere a “un enrarecimiento de los procesos que se consideran normales, deconstruyendo su pretención
hegemónica.

139
Tratar de cerrar lo que recién se está abriendo

En un intento por concluir con este texto me gustaría compartir lo siguiente. Una de las
preguntas que contiene el cuestionario que apliqué por medio de redes sociales, cuestiona
a los participantes sobre ¿en qué situaciones se puede tener sexo con otro hombre sin ser
considerado homosexual? Al respecto, muchos de ellos emitieron respuestas como las
siguientes: “por obligación del acto sexual o violación”, “Ejercito o prisión”, “Cuando no
lo besas ni le dices que lo amas, sino que solo le chupas el culo y te lo coges”, “cuando
se le obliga o cuando lo hace por beneficios”, “porque lo ve como un objeto o sistema de
satisfacción”.

Menciono lo anterior debido a que el trabajo de campo me permitió dar cuenta


que para estos hombres y muchos otros, la violencia o la fuerza representan caminos
legítimos a partir de los cuales se puede acceder al placer. La violación y las agresiones
pueden llegar a adquirir un sentido erótico para algunos de ellos. En su imaginario el sexo
anal entre hombres tiene cabida en escenarios como la prisión o por medio de prácticas
en las que la fuerza y la dominación de unos hombres se impone sobre la de otros.

Las respuestas de estos sujetos ponen en evidencia la existencia de una


representación o, al menos, una asociación entre el sexo entre hombres y la violencia.
Algunos de los participantes de este cuestionario, de donde contacté a los informantes de
este estudio, consideran que un hombre asegura su heterosexualidad, su identidad, pese a
tener sexo con otro hombre, siempre y cuando el medio para llegar a ello sea la fuerza, la
violencia, “la violación”, siempre que evite los besos, el amor, lo objetive como forma de
llegar a la satisfacción. La lógica de la heteronormatividad supone que el cuerpo de un
varón debe materializar al hombre, varonil, masculino, heterosexual. Un hombre debe
verse de una forma específica y hacer cosas específicas con su cuerpo.

A lo largo de esta investigación busqué indagar sobre una serie de incógnitas


relacionadas con el sexo entre hombres y la performatividad de la virilidad como
sinónimo de rudeza, intenté cuestionar el carácter natural o lógico que hay en la
asociación entre la violencia latente y el placer, para abrir paso a nuevas formas de
comprender la sexualidad de los hombres, para reconocer las diversas formas en que se
vive y resignifica la heterosexualidad.

140
Un varón que expresa sensibilidad, afectos o emociones como el dolor, el amor,
la intimidad que no responden a las normas de la heterosexualidad, se expone a “la
violencia pedagógica de la ‘masculinización’ o, en definitiva, a la violencia homofóbica”
(Núñez, p. 181). Bajo la lente de la heteronormatividad todos los hombres son
sospechosos, por lo tanto, todo hombre es potencialmente capaz de intimar con otros
hombres, por lo que el despliegue de prácticas y discursos homofóbicos que rechazan y,
castigan, cualquier rasgo de feminidad en los hombres.

Con este estudio propongo entender la homofobia como el terror al potencial


afectivo que hay en las relaciones sexuales entre hombres, el cual se basa en el riesgo de
que los hombres desarrollen atributos femeninos, tales como los que deben desarrollar las
mujeres exclusivamente. La violencia homofóbica se despliega como un mecanismo
preventivo, regulador, pero también correctivo, que busca evitar desplazamientos en las
relaciones de género y, por lo tanto, de las dinámicas de poder y dominación en general.

Pese a los riesgos, algunos hombres han buscado y construido una serie de
estrategias a partir de las cuales se permiten, se atreven a vivir el placer fuera de la
normatividad heterosexual. Podríamos tildar de intimas las relaciones que se construyen
entre hombres autodefinidos como heterosexuales y otros hombres con los que tienen
sexo, ya que se producen como un espacio de confianza, de mutuo acuerdo, de cuidado
entre ellos. Con esta investigación no pretendo romantizar los encuentros sexuales entre
estos hombres, sino que, propongo a ampliar los sentidos y significados que asociamos a
la intimidad. Los ejemplos que he citado a lo largo de este estudio dan cuenta de algunas
de las particularidades que caracterizan la intimidad entre varones, sin embargo, queda
mucho por seguir explorando.

A partir de esta investigación he comenzado a preguntarme sobre si se podría decir


que los hombres autodefinidos como heterosexuales que participan en esta investigación
encarnan a unas ‘identidades de género’ que no se ajustan del todo a las normas de
inteligibilidad de la matriz heterosexual, si es acaso que su experiencia expone las
imposibilidades de cumplir con una lógica normativa como la heterosexual (Butler,
2001). Con esta investigación lo que propongo es reflexionar sobre las prácticas sexuales
de estos hombres como potencialmente desestabilizadoras del sistema sexo-género-

141
deseo. La existencia sexual de estos hombres abre la puerta a nuevas reflexiones sobre la
heterosexualidad, nos invita a preguntarnos si es posible hablar de otra(s)
heterosexualidad(es), unas que son diversas, un tanto raras, queer.

Los hombres autodefinidos como heterosexuales que tienen sexo con otros
hombres aparecen en el panorama del sexo-género-deseo como cuerpos y subjetividades
disidentes, que no se circunscriben a la determinación de una identidad sexual, ni a un
discurso político como el de la diversidad sexual. Estos sujetos ocupan una posición
antinormativa, fuera de las expectativas y normas tradicionales, una posición que puede
ser significada como queer.

A partir de lo presentado en esta investigación, considero que un análisis queer


sobre la heterosexualidad debe contemplar no sólo las prácticas sexuales entre hombres,
sino todas aquellas prácticas que ocurren entre hombres y mujeres y que de alguna manera
subvierten los límites, ponen en duda las normas sobre el cuerpo, sobre el placer, sobre el
género, tales como el placer anal.

Como hemos podido ver a través de los casos estudiados, para algunos hombres
heterosexuales el placer anal representa una experiencia única, deseada por muchos,
practicada por algunos. Me atrevo a decir que con la penetración del ano de los hombres
se penetra a ese monolito que es la heterosexualidad, el sujeto masculino, el hombre. El
cual se torna vulnerable, penetrable, abierto al placer y por lo tanto al cambio.

Concluyo con este intento por cerrar un estudio que trata de lo contrario, de abrir
y de complejizar nuestra sexualidad y género. Entiendo esta investigación como una
propuesta que puede servir de cimiento para futuras aproximaciones emanadas o
interesadas en los estudios de género. Este estudio se construye en torno a bases teóricas,
metodológicas y empíricas que permiten entender a los hombres como sujetos sociales,
sexuales, pero también de género. Abordo las prácticas sexuales y afectivas de este grupo
de participantes como ejemplos de conflicto, de controversia, pero también de cambio y
problematización y no como entes finitos y determinados.

En algún momento Raúl señaló que yo les buscaba lugar a hombres que como él
no se hallaban en el espectro LGBTI+, en lo sexo diverso. Ahora entiendo que, por el
contrario, lo que estoy tratando es mirar más allá de esas categorías para abrir paso a
nuevas formas de entender nuestras relaciones de sexualidad y género.

142
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