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Conocimiento a priori y empírico en Kant

Este documento discute la distinción entre conocimiento puro y empírico. Argumenta que (1) aunque todo conocimiento comienza con la experiencia, no todo procede de ella, ya que nuestro entendimiento puede producir conocimiento a partir de sí mismo motivado por las impresiones; y (2) existen juicios necesarios y universalmente válidos que son conocimiento a priori y no pueden derivarse de la experiencia, como los principios matemáticos y el principio de causalidad. Finalmente, sostiene que (3) algunos conceptos como el espacio también

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Conocimiento a priori y empírico en Kant

Este documento discute la distinción entre conocimiento puro y empírico. Argumenta que (1) aunque todo conocimiento comienza con la experiencia, no todo procede de ella, ya que nuestro entendimiento puede producir conocimiento a partir de sí mismo motivado por las impresiones; y (2) existen juicios necesarios y universalmente válidos que son conocimiento a priori y no pueden derivarse de la experiencia, como los principios matemáticos y el principio de causalidad. Finalmente, sostiene que (3) algunos conceptos como el espacio también

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INTRODUCCIÓN DE KANT 27

Introducción

I. DISTINCIÓN ENTRE EL CONOCIMIENTO PURO Y EL EMPÍRICOA

No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la expe-
riencia. Pues ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante
objetos que afectan a nuestros sentidos y que ora producen por sí mismos representacio-
nes, ora ponen en movimiento la capacidad1 del entendimiento para comparar estas
representaciones, para enlazarlas o separarlas y para elaborar de este modo la materia
bruta de las impresiones sensibles con vistas a un conocimiento de los objetos denomi-

A
[Texto de A:]
I. IDEA DE LA FILOSOFÍA TRASCENDENTAL
La experiencia es, sin ninguna duda, el primer producto surgido de nuestro entendimiento
al elaborar éste la materia bruta de las impresiones sensibles. Por ello mismo es la primera enseñan-
za y constituye, en su desarrollo, una fuente tan inagotable de informaciones nuevas, que nunca
faltará la concatenación entre todos los nuevos conocimientos que se produzcan en el futuro y que
puedan reunirse sobre esta base. Sin embargo, nuestro entendimiento no se reduce al único terreno
de la experiencia. Aunque ésta nos dice qué es lo que existe, no nos dice que tenga que ser necesa-
riamente así y no de otra forma. Precisamente por eso no nos da la verdadera universalidad, y la
razón, tan deseosa de este tipo de conocimientos, más que satisfecha, queda incitada por la expe-
riencia. Dichos conocimientos universales, que, a la vez, poseen el carácter de necesidad interna,
tienen que ser por sí mismos, independientemente de la experiencia, claros y ciertos. Por ello se los
llama conocimientos a priori. Por el contrario, lo tomado simplemente de la experiencia se conoce
sólo, como se dice, a posteriori, o de modo empírico.
Ahora bien, nos encontramos con algo muy singular: incluso entre nuestras experiencias se
mezclan conocimientos que han de tener su origen a priori y que tal vez sólo sirven para dar co-
hesión a nuestras representaciones de los sentidos. En efecto, si eliminamos de las experiencias lo
que pertenece a los sentidos, quedan todavía ciertos conceptos originarios y algunos juicios deriva-
dos de éstos que tienen que haber surgido enteramente a priori, independientemente de la experien-
cia, ya que hacen que pueda decirse —o, al menos, que se crea que puede decirse— de los objetos
que se manifiestan a los sentidos más de lo que la simple experiencia enseñaría y que algunas
afirmaciones posean verdadera universalidad y estricta necesidad, cualidades que no puede propor-
cionar el conocimiento meramente empírico.
1
Leyendo, de acuerdo con la quinta edición, Verstandesfähigkeit en lugar de Verstandestä-
tigkeit (N. del T.)
28 KANT/CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA

nado experiencia? Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede


a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella.
Pero, aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso
procede todo él de la experiencia. En efecto, podría ocurrir que nuestro mismo conoci-
miento empírico fuera una composición de lo que recibimos mediante las impresiones y
de lo que nuestra propia facultad de conocer produce (simplemente motivada por las
impresiones) a partir de sí misma. En tal supuesto, no distinguiríamos esta adición res-
pecto de dicha materia fundamental hasta tanto que un prolongado ejercicio nos hubiese
hecho fijar en ella y nos hubiese adiestrado para separarla.
Consiguientemente, al menos una de las cuestiones que se hallan más necesita-
das de un detenido examen y que no pueden despacharse de un plumazo es la de saber si
existe semejante conocimiento independiente de la experiencia e, incluso, de las impre-
siones de los sentidos. Tal conocimiento se llama a priori y se distingue del empírico,
que tiene fuentes a posteriori, es decir, en la experiencia.
De todas formas, la expresión a priori no es suficientemente concreta para ca-
racterizar por entero el sentido de la cuestión planteada. En efecto, se suele decir de
algunos conocimientos derivados de fuentes empíricas que somos capaces de participar
de ellos o de obtenerlos a priori, ya que no los derivamos inmediatamente de la expe-
riencia, sino de una regla universal que sí es extraída, no obstante, de la experiencia.
Así, decimos que alguien que ha socavado los cimientos de su casa puede saber a priori
que ésta se caerá, es decir, no necesita esperar la experiencia de su caída de hecho. Sin
embargo, ni siquiera podría saber esto enteramente a priori, pues debería conocer de
antemano, por experiencia, que los cuerpos son pesados y que, consiguientemente, se
caen cuando se les quita el soporte.
En lo que sigue entenderemos, pues, por conocimiento a priori el que es absolu-
tamente independiente de toda experiencia, no el que es independiente de ésta o aquella
experiencia. A él se opone el conocimiento empírico, el que sólo es posible aposteriori,
es decir, mediante la experiencia. Entre los conocimientos a priori reciben el nombre de
puros aquellos a los que no se ha añadido nada empírico. Por ejemplo, la proposición
«Todo cambio tiene su causa» es a priori, pero no pura, ya que el cambio es un concepto
que sólo puede extraerse de la experiencia.

II. ESTAMOS EN POSESIÓN DE DETERMINADOS CONOCIMIENTOS


A PRIORI QUE SE HALLAN INCLUSO EN EL ENTENDIMIENTO COMÚN1

Se trata de averiguar cuál es el criterio seguro para distinguir el conocimiento


puro del conocimiento empírico. La experiencia nos enseña que algo tiene éstas u otras

1
Este epígrafe, así como su texto correspondiente, faltan en A.
INTRODUCCIÓN DE KANT 29

características, pero no que no pueda ser de otro modo. En consecuencia, si se encuen-


tra, en primer lugar, una proposición que, al ser pensada, es simultáneamente necesaria,
tenemos un juicio a priori. Si, además, no deriva de otra que no sea válida, como propo-
sición necesaria, entonces es una proposición absolutamente a priori. En segundo lugar,
la experiencia nunca otorga a sus juicios una universalidad verdadera o estricta, sino
simplemente supuesta o comparativa (inducción), de tal manera que debe decirse pro-
piamente: de acuerdo con lo que hasta ahora hemos observado, no se encuentra excep-
ción alguna en esta o aquella regla. Por consiguiente, si se piensa un juicio con estricta
universalidad, es decir, de modo que no admita ninguna posible excepción, no deriva de
la experiencia, sino que es válido absolutamente a priori. La universalidad empírica no
es, pues, más que una arbitraria extensión de la validez: se pasa desde la validez en la
mayoría de los casos a la validez en todos los casos, como ocurre, por ejemplo, en la
proposición «Todos los cuerpos son pesados». Por el contrario, en un juicio que posee
esencialmente universalidad estricta ésta apunta a una especial fuente de conocimiento,
es decir, a una facultad de conocimiento a priori. Necesidad y universalidad estricta son,
pues, criterios seguros de un conocimiento a priori y se hallan inseparablemente ligados
entre sí. Pero, dado que en su aplicación es, de vez en cuando, más fácil señalar la limi-
tación empírica de los juicios que su contingencia, o dado que a veces es más convin-
cente mostrar la ilimitada universalidad que atribuimos a un juicio que la necesidad del
mismo, es aconsejable servirse por separado de ambos criterios, cada uno de los cuales
es por sí solo infalible.
Es fácil mostrar que existen realmente en el conocimiento humano semejantes
juicios necesarios y estrictamente universales, es decir, juicios puros a priori. Si quere-
mos un ejemplo de las ciencias, sólo necesitamos fijarnos en todas las proposiciones de
las matemáticas. Si queremos un ejemplo extraído del uso más ordinario del entendi-
miento, puede servir la proposición «Todo cambio ha de tener una causa». Efectivamen-
te, en ésta última el concepto mismo de causa encierra con tal evidencia el concepto de
necesidad de conexión con un efecto y el de estricta universalidad de la regla, que dicho
concepto desaparecería totalmente si quisiéramos derivarlo, como hizo Hume, de una
repetida asociación entre lo que ocurre y lo que precede y de la costumbre (es decir, de
una necesidad meramente subjetiva), nacida de tal asociación, de enlazar representacio-
nes. Podríamos también, sin acudir a tales ejemplos para demostrar que existen en nues-
tro conocimiento principios puros a priori, mostrar que éstos son indispensables para
que sea posible la experiencia misma y, consiguientemente, exponerlos a priori. Pues
¿de dónde sacaría la misma experiencia su certeza si todas las reglas conforme a las
cuales avanza fueran empíricas y, por tanto, contingentes? De ahí que difícilmente po-
damos considerar tales reglas como primeros principios. A este respecto nos podemos
dar por satisfechos con haber establecido como un hecho el uso puro de nuestra facultad
de conocer y los criterios de este uso. Pero no solamente encontramos un origen a priori
entre juicios, sino incluso entre algunos conceptos. Eliminemos gradualmente de nuestro
concepto empírico de cuerpo todo lo que tal concepto tiene de empírico: el color, la
dureza o blandura, el peso, la misma impenetrabilidad. Queda siempre el espacio que
dicho cuerpo (desaparecido ahora totalmente) ocupaba. No podemos eliminar este espa-
cio. Igualmente, si en el concepto empírico de un objeto cualquiera, corpóreo o incorpó-

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