El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr.
Hyde
LECTORA
Utterson, el notario, era un hombre de cara arrugada, de
conversación escasa. En las comidas con los amigos, cuando el
vino era de su gusto, sus ojos traslucían algo eminentemente
humano.
LECTOR 1
Cuando por la noche volvió a su casa de soltero, Utterson estaba
deprimido y se sentó a la mesa sin apetito. Aquella noche, sin
embargo, después de quitar la mesa, cogió una vela y se fue a su
despacho. Abrió la caja fuerte, sacó del fondo de un rincón un sobre
con el rótulo "Testamento del Dr. Jekyll", y se sentó con el ceño
fruncido a estudiar el documento.
LECTORA
En él se establecía no sólo que, en caso de muerte de Henry Jekyll,
doctor en Medicina, todos sus bienes pasarían a su "amigo y
benefactor Edward Hyde", sino que, en caso de que el doctor Jekyll
"desapareciese o estuviera inexplicablemente ausente durante un
periodo superior a tres meses de calendario"; el susodicho Edward
Hyde habría entrado en posesión de todos los bienes del susodicho
Henry Jekyll.
LECTOR 1
No habían pasado quince días cuando por una casualidad que
Utterson juzgó providencial, el doctor Jekyll reunió en una de sus
agradables comidas a cinco o seis viejos compañeros; y el notario
aprovechó para quedarse una vez que los otros se fueron.
LECTOR 2
Y el doctor Jekyll no era una excepción a esta regla; y si lo
mirábamos sentado con Utterson junto al fuego -un hombre alto y
guapo, sobre los cincuenta, de rasgos finos y proporcionados que
1
reflejaban quizás una cierta malicia, pero también una gran
inteligencia y bondad de ánimo- se veía con claridad que sentía un
afecto cálido y sincero por el notario.
LECTOR 1
-¡Escucha, Jekyll, hace tiempo que quería hablar contigo! dijo
Utterson—. ¿Recuerdas aquel testamento tuyo?
LECTOR 2
-¿Mi testamento? Sí, ya lo sé. Me lo has dicho y repetido.
LECTOR 1
-Bien, te lo repito de nuevo. He sabido algunas cosas sobre tu joven
Hyde.
LECTORA
El rostro cordial del doctor Jekyll palideció hasta los labios, y por
sus ojos pasó como un rayo oscuro.
LECTOR 2
-No quiero oír más. Habíamos decidido, creo, dejar a un lado este
asunto.
LECTOR 1
-Las cosas que he oído son abominables - dijo Utterson. -No puedo
hacer nada ni cambiar nada.
LECTORA
Tú no entiendes mi posición - repuso nervioso el médico. Me
encuentro en una situación penosa, Utterson, y en una posición
extraña…, muy extraña. Es una de esas Cosas que no se arreglan
hablando.
2
LECTOR 2
-Jekyll, tú me conoces y sabes que puedes fiarte de mí -dijo el
notario-. Explícate, dime todo en confianza, y estoy seguro de
poderte sacar de este lío.
LECTOR 1
-Mi querido Utterson -dijo el médico-, esto es verdaderamente
amable de tu parte. Pero, de verdad, las cosas no están como
crees, la situación no es tan grave. Te diré una cosa: podría
liberarme del señor Hyde en cualquier momento que quisiera.
LECTORA
Utterson reflexionó unos instantes, mirando al fuego: -De acuerdo,
no dudo que tú tengas razón.
LECTOR 1
Hay un punto que quisiera que tú entendieses. Siento un tremendo
afecto por el pobre Hyde. Sé que lo has visto, me lo ha dicho, y
tengo miedo que no haya sido muy cortés. Pero, repito, siento un
tremendo afecto por ese joven, y, si yo desapareciese, tú
prométeme, Utterson, que lo tolerarás y que tutelarás sus legítimos
intereses.
LECTORA
Utterson no pudo contener un profundo suspiro. -Bien -dijo-. Te lo
prometo.
LECTOR 2
Casi un año después, en octubre de 18… todo Londres era un
rumor por un delito horrible, no menos execrable por su crueldad
que por la personalidad de la víctima.
3
LECTOR 1
Los particulares que se conocieron fueron pocos pero atroces.
Hacia las once, una camarera que vivía sola en una casa no muy
lejos del río, había subido a su habitación para ir a la cama.
LECTORA
A esa hora el cielo estaba aún despejado, y la calle a la que daba la
ventana de la muchacha estaba muy iluminada por el plenilunio.
LECTOR 2
Hay que suponer que la muchacha tuviese inclinaciones
románticas, ya que se sentó en el baúl, que tenía arrimado al
alféizar, y se quedó allí soñando y mirando a la calle. Nunca (como
luego repitió entre lágrimas, al contar esa experiencia), nunca se
había sentido tan en paz con todos ni mejor dispuesta con el
mundo.
LECTOR 1
Y he aquí que, mientras estaba sentada, vio a un anciano y
distinguido señor de pelo blanco que subía por la calle, mientras
otro señor más bien pequeño, y al que prestó poca atención al
principio, venía por la parte opuesta.
LECTORA
Cuando los dos llegaron al punto de cruzarse (y esto precisamente
debajo de la ventana), el anciano se desvió hacia el otro y se
acercó, inclinándose con gran cortesía.
LECTOR 2
No tenía nada importante que decirle; probablemente, a juzgar por
los gestos, quería sólo preguntar por la calle; pero la luna le
iluminaba la cara mientras hablaba, y la camarera se encantó al
verlo, por la benignidad y gentileza a la antigua que parecía
despedir, no sin algo de estirado, como por una especie de bien
fundada complacencia de sí.
4
LECTORA
Dirigiendo luego la atención al otro paseante, la muchacha se
sorprendió al reconocer a un tal señor Hyde, que había visto una
vez en casa de su amo y no le había gustado nada. Este tenía en la
mano un bastón pesado, con el que jugaba, pero no respondía ni
una palabra y parecía escuchar con impaciencia apenas contenida.
LECTOR 1
-Muy pequeño y de aspecto mal encarado, al menos es lo que dice
la camarera. Utterson reflexionó un instante con la cabeza gacha,
luego miró al funcionario.
LECTORA
-Tengo un coche ahí fuera -dijo-. Si venís conmigo, creo que puedo
llevaros a su casa.
LECTOR 2
Eran ya las nueve de la mañana y la primera niebla de la estación
pesaba sobre la ciudad como un gran manto color chocolate.
LECTOR 1
Un instante después la niebla había caído de nuevo, negra como la
tierra de sombra, aislando al notario de esos miserables contornos.
LECTORA
¡Aquí vivía el favorito de Henry Jekyll, el heredero de un cuarto de
millón de esterlinas! Una vieja de cara de marfil y cabellos de plata
vino a abrir la puerta. Tenía mala pinta, de una maldad suavizada
por la hipocresía, pero sus modales eran educados.
LECTOR 2
Sí, dijo, el señor Hyde vive aquí, pero no está en casa; había vuelto
muy tarde por la noche y apenas hacía una hora que había salido
de nuevo; en esto no había nada de extraño, ya que sus
costumbres eran muy irregulares y a menudo estaba ausente; por
ejemplo, antes de ayer ella no le había visto desde hacía dos
meses.
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LECTOR 1
-Bien, entonces querríamos ver sus habitaciones - dijo el notario y,
cuando la mujer se puso a protestar que era imposible, cortó por lo
sano-: El señor viene conmigo, os lo advierto, es el inspector
Newcomen, de Scotland Yard.
LECTORA
Un relámpago de odiosa satisfacción iluminó la cara de la mujer,
que dijo: ¡Ah, metido en líos! ¿Qué ha hecho?
LECTOR 2
Utterson y el inspector intercambiaron una mirada. -Parece que es
un tipo no muy querido - observó el funcionario-. Y ahora, buena
mujer, déjenos echar un vistazo.
LECTOR 1
De toda la casa, en la que, aparte de la mujer no vivía nadie más,
Hyde se había reservado sólo un par de habitaciones. En una
alacena había vinos de calidad, los cubiertos eran de plata, los
manteles muy finos.
LECTORA
Sin embargo, las dos habitaciones estaban patas arriba y
mostraban que habían sido bien registradas. En el suelo se
amontonaba ropa con los bolsillos al revés; varios cajones habían
quedado abiertos; y en la chimenea, donde parecía que habían
quemado muchos papeles, había un montón de ceniza del que el
inspector recuperó el canto y las matrices quemadas de un talonario
verde de cheques.
LECTOR 2
Detrás de una puerta se encontró la otra mitad del bastón, con
complacencia del inspector, que así tuvo en la mano una prueba
decisiva.
6
LECTOR 1
Y una visita al banco, donde aún había en la cuenta del asesino
unos miles de esterlinas, completó la satisfacción del funcionario.
LECTORA
-¡Ya lo tengo cogido, estad seguro, señor! -dijo a Utterson-. Pero
debe haber perdido la cabeza, al haber dejado allí el bastón, y, aún
más, al haber quemado el talonario de cheques. Eh, sin dinero no
puede seguir! Así que no nos queda nada más que esperarlo en el
banco y enviar mientras tanto su descripción.
LECTOR 2
Pero el optimismo del inspector se revelaría excesivo. A Hyde le
conocían pocas personas, y de su familia no se encontró rastro;
nunca se le había fotografiado; y los pocos que le habían
encontrado dieron descripciones contradictorias. En algo estaban
todos de acuerdo: el fugitivo dejaba una impresión de monstruosa
pero inexplicable deformidad.
LECTOR 1
Pasó el tiempo. Una recompensa de miles de esterlinas pendía
sobre la cabeza del asesino, pero Hyde seguía escapando a la
búsqueda como si no hubiera existido nunca.
LECTORA
Muchas cosas de su pasado, y todas abominables, habían salido a
la luz: se conocieron sus inhumanas crueldades y vilezas, su vida
ignominiosa, sus extrañas compañías, el odio que parecía haber
inspirado cada una de sus acciones.
LECTOR 2
Pero no había ni el más mínimo rastro sobre el lugar en que se
escondía. Desde el momento en que había dejado su casa de
Soho, la mañana del delito, Hyde pura y simplemente había
desaparecido.
7
LECTOR 1
Así, poco a poco, Utterson empezó a reponerse de las peores
sospechas y a recuperar algo la calma. La muerte de Sir Danvers,
llegó a pensar, está más que pagada con la desaparición del señor
Hyde.
LECTORA
Jekyll parecía renacido a nueva vida ahora que ya no sufría esa
influencia nefasta.
LECTOR 2
Salido de su aislamiento, Jekyll volvió a frecuentar a los amigos y a
recibirlos con la familiaridad y cordialidad de una vez.
LECTOR 1
Llevaba una vida activa, pasaba mucho tiempo al aire libre, en su
mirada se reflejaba la conciencia de quien no pierde ocasión para
hacer el bien. Y así, en paz consigo mismo, vivió más de dos
meses.
LECTORA
El 8 de enero Utterson había cenado en casa de él con otros
amigos, entre ellos también Lanyon, y la mirada de Jekyll había
corrido de uno a otro como en los viejos tiempos, cuando los tres
eran inseparables.
LECTOR 2
Pero el 12, y de nuevo el 14, el notario pidió inútilmente ser recibido.
El doctor se había cerrado en casa y no quería ver a nadie.
LECTOR 1
El 15, tras un nuevo intento y un nuevo rechazo, Utterson empezó a
preocuparse. Se había acostumbrado a ver a su amigo casi todos
los días, en los últimos dos meses, y esa vuelta a la soledad le
preocupaba y entristecía.
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LECTOR 2
La noche después cenó con Guest, y la siguiente fue a casa del
doctor Lanyon.
LECTORA
Allí, al menos, fue recibido sin ninguna dificultad; pero se aterrorizó
al ver cómo había cambiado Lanyon en pocos días: en la cara,
escrita con letras muy claras, se leía su sentencia de muerte.
LECTOR 1
Ese hombre de color rosáceo se había quedado térreo,
enflaquecido, visiblemente más calvo, más viejo; y sin embargo no
fueron tanto estas señales de decadencia física las que detuvieron
la atención del notario sino una cualidad de su mirada, algunas
particularidades del comportamiento, que parecían testimoniar un
profundo terror.
LECTOR 2
Era improbable, en un hombre como Lanyon, que ese terror fuese el
terror de la muerte; sin embargo Utterson tuvo la tentación de
sospecharlo.
LECTORA
Sí -pensó-, es médico, sabe que tiene los días contados, y esta
certeza lo trastorna.
LECTOR 2
Pero cuando, cautamente, el notario aludió a su mala cara, Lanyon
con valiente firmeza declaró que sabía que estaba condenado.
LECTOR 1
-He sufrido un golpe tremendo -dijo-, y sé que no me recuperaré; es
cuestión de semanas. Bien, ha sido una vida agradable. Sí, señor,
agradable. Vivir me causaba placer. Pero a veces pienso que, si lo
supiéramos todo, nos iríamos más contentos.
LECTORA
-También Jekyll está enfermo -dijo Utterson-. ¿Lo has visto?
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LECTOR 2
Lanyon cambió la cara y levantó una mano temblorosa. -No quiero
ver —dijo con voz alta enfermiza- ni oír hablar jamás del doctor
Jekyll.
LECTORA
Utterson, nada más volver a casa, escribió a Jekyll quejándose de
que ya no le admitieran en su casa y preguntando la razón de la
infeliz ruptura con Lanyon.
LECTOR 2
Al día siguiente le llegó una larga respuesta, de aire muy patético en
algunos puntos oscuros y ambiguos en otros. La desavenencia con
Lanyon era definitiva.
LECTOR 1
"No reprocho a nuestro viejo amigo -escribía Jekyll-, pero tampoco
yo lo quiero ver nunca. De ahora en adelante, por otra parte, llevaré
una vida muy retirada. Tú, por tanto, no te extrañes y no dudes de
mi amistad si mi puerta permanece a menudo cerrada incluso para
ti. Deja que me vaya por mi oscuro camino. He atraído sobre mí un
castigo y un peligro que no puedo contarte. Y lo único que puedes
hacer, Utterson, para aliviar mi destino, es respetar mi silencio”.
LECTORA
El notario se quedó consternado. Cesado el oscuro influjo de Hyde,
el médico había vuelto a sus antiguas ocupaciones y amistades.
LECTOR 2
Un cambio tan radical e imprevisto hacía pensar en la locura, pero,
consideradas las palabras y la postura de Lanyon, debía haber otra
razón más oscura.
LECTOR 1
Una semana más tarde el doctor Lanyon tuvo que meterse en la
cama, y murió en menos de quince días. La noche del funeral, al
que había asistido con profunda tristeza, Utterson se cerró con llave
en su despacho, se sentó a la mesa, y a la luz de una melancólica
vela sacó y puso delante de sí un sobre lacrado.
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LECTOR 2
El sello era de su difunto amigo, lo mismo que el rótulo, que decía:
"PERSONAL: en mano a G. J. Utterson EXCLUSIVAMENTE, y
destruirse cerrado en caso de premorte suya".
LECTORA
Frente a una orden tan solemne, el notario renunció casi a seguir
adelante. "He enterrado hoy a un amigo -pensó- ¿y quién sabe si
esta carta no puede costarme otro?"
LECTOR 1
Pero luego, leal a sus obligaciones y condenando su miedo, rompió
el lacre y abrió el sobre. Dentro había otro, también éste lacrado y
con el rótulo siguiente: "No abrirse nada más que después de la
muerte o desaparición del doctor Henry Jekyll".
LECTOR 2
Utterson no creía a sus ojos. Sin embargo, la palabra era de nuevo
"desaparición", como en el loco testamento que desde hacía ya un
tiempo había restituido a su autor.
LECTORA
Una vez más, la idea de desaparición y el nombre de Henry Jekyll
aparecían unidos. Pero en el testamento la idea había nacido de
una siniestra sugerencia de Hyde, por un fin demasiado claro y
horrible; mientras aquí, escrita de puño de Lanyon, ¿qué podía
significar?
LECTOR 1
El notario sintió tal curiosidad, que por un instante pensó saltarse la
prohibición e ir inmediatamente al fondo de esos misterios. Pero el
honor profesional y la lealtad hacia un amigo muerto eran
obligaciones demasiado apremiantes; y el sobre se quedó
durmiendo en el rincón más alejado de su caja fuerte privada.
LECTOR 2
Henry Jeckyll estaba cada vez más a menudo confinado en la
habitación de encima del laboratorio, donde incluso a veces dormía;
estaba constantemente deprimido y taciturno, ni siquiera leía.
11
LECTORA
Utterson se acostumbró tanto a estas noticias, invariablemente
desalentadoras, que poco a poco espació sus visitas.
LECTOR 1
Sucedió que un domingo, cuando Utterson y su amigo, en su paseo
habitual, volvieron a pasar por aquella calle, al llegar ante aquella
puerta, ambos se detuvieron a mirarla.
LECTORA
-Bien -dijo Enfield-, afortunadamente se acabó aquella historia. Ya
no veremos nunca al señor Hyde.
LECTOR 2
-Esperemos -dijo Utterson-.
LECTOR 1
¿Os he dicho que lo vi una vez y que inmediatamente también yo lo
detesté? -Imposible verlo sin detestarlo -replicó Enfield-.
LECTORA
Pero, ¡qué burro me habréis juzgado! ¡No saber que esa puerta es
la de atrás de la casa de Jekyll! Luego lo he descubierto, y, en
parte, por culpa vuestra.
LECTOR 2
-¿Así que lo habéis descubierto? -dijo Utterson-. Pues, si es así,
venga, ¿por qué no entramos en el patio y echamos un vistazo a las
ventanas?
LECTORA
El patio estaba frío y húmedo. Una de las tres ventanas estaba
medio abierta; y sentado allí detrás, con una expresión de infinita
tristeza en la cara, como un prisionero que toma aire entre rejas,
Utterson vio al doctor Jekyll.
LECTOR 1, LECTOR 2 y LECTORA
-¡Eh! ¡Jekyll! ¡Espero que estés mejor!
12
LECTOR 1
-Estoy muy decaído, Utterson -respondió lúgubre el otro-, muy
decaído. Pero no me durará mucho, gracias a Dios.
LECTOR 2
-Estás demasiado en casa -dijo el notario-. Deberías salir, caminar,
activar la circulación como hacemos nosotros dos.
LECTORA
¡Venga, ponte el sombrero y ven a dar una vuelta con nosotros!
LECTOR 2
-¡Eres muy amable! -suspiró el médico- Me gustaría, pero… No, no,
no, es imposible; no me atrevo. Pero, de verdad, Utterson, estoy
muy contento de verte. Y te pediría que subieras con el señor
Enfield, si os pudiera recibir aquí. Pero no es el lugar adecuado.
LECTOR 1
-Entonces nosotros nos quedamos abajo y hablamos desde aquí -
dijo cordialmente Utterson-. ¿No?
LECTORA
-Iba a proponéroslo yo -dijo el médico con una sonrisa. Pero,
apenas había dicho estas palabras, desapareció la sonrisa de golpe
y su rostro se contrajo en una mueca de tan desesperado, abyecto
terror, que los dos en el patio sintieron helarse.
LECTOR 2
Lo vieron sólo un momento, porque instantáneamente se cerró la
ventana, pero bastó ese momento para morirse de miedo; se dieron
media vuelta y dejaron el patio sin una palabra.
LECTOR 1
Siempre en silencio cruzaron la calle, y sólo después de llegar a
una más ancha, donde incluso los domingos había más animación,
Utterson se volvió por fin y miró a su compañero.
13
LECTORA
Ambos estaban pálidos y en sus ojos había el mismo susto.
LECTOR 2
-¡Dios nos perdone! ¡Dios nos perdone! - dijo Utterson.
LECTOR 1
Pero Enfield se limitó gravemente a asentirlo con la cabeza, y
continuó caminando en silencio.
(Breve pausa.)
LECTOR 2
Yo, Henry Jeckyll, he nacido en 18…, heredero de una gran fortuna
y dotado de excelentes cualidades.
LECTOR 1
El peor de mis defectos era una cierta impaciente vivacidad, una
inquieta alegría que muchos hubieran sido felices de poseer. Así fue
como empecé muy pronto a esconder mis gustos, y que cuando,
llegados los años de la reflexión, puesto a considerar mis progresos
y mi posición en el mundo; me encontré ya encaminado en una vida
de profundo doble.
LECTOR 2
Más que defectos graves, fueron por lo tanto mis aspiraciones
excesivas a hacer de mí lo que he sido, y a separar en mí, mas
radicalmente que en otros, esas dos zonas del bien y del mal que
dividen y componen la doble naturaleza del hombre.
LECTOR 1
Mi caso me ha llevado a reflexionar durante mucho tiempo y a fondo
sobre esta dura ley de la vida, que está en el origen de la religión y
también, sin duda, entre las mayores fuentes de infelicidad.
LECTORA
Los dos lados de mi carácter estaban igualmente afirmados: cuando
me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era
14
exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el
progreso de la ciencia y el bien del prójimo.
LECTORA 2
Por la naturaleza de mi vida, he avanzado infaliblemente en una
única dirección. Ha sido por el lado moral, y sobre mi propia
persona, donde he aprendido a reconocer la fundamental y
originaria dualidad del hombre.
LECTOR 1
Considerando las dos naturalezas que se disputaban el campo de
mi conciencia, entendí que se podía decir, con igual verdad, ser una
como ser otra, era porque se trataba de dos naturalezas distintas;
aprendí a cobijar con placer, como en un bonito sueño con los ojos
abiertos, el pensamiento de una separación de los dos elementos.
LECTORA
Si éstos, me decía, pudiesen encarnarse en dos identidades
separadas, la vida se haría mucho más soportable.
LECTOR 2
El injusto se iría por su camino, libre de las aspiraciones y de los
remordimientos de su más austero gemelo; y el justo podría
continuar seguro y voluntarioso por el recto camino en el que se
complace, sin tenerse que cargar de vergüenzas y remordimientos
por culpa de su malvado socio.
LECTOR 1
Es una maldición para la humanidad, pensaba, que estas dos
incongruentes mitades se encuentren ligadas así, que estos dos
gemelos enemigos tengan que seguir luchando en el fondo de una
sola y angustiosa conciencia.
LECTORA y LECTOR 2
¿Pero cómo hacer para separarlos?
LECTOR 2
Estaba siempre en este punto cuando mis investigaciones de
laboratorio empezaron a echar una luz inesperada sobre la
cuestión. Empecé a percibir la trémula inmaterialidad, la vaporosa
15
inconsistencia del cuerpo, tan sólido en apariencia, del que estamos
revestidos.
LECTOR 1
Descubrí que algunos agentes químicos tenían el poder de sacudir
y soltar esa vestidura de carne. Tengo dos buenas razones para no
entrar demasiado en particulares en esta parte científica de mi
confesión.
LECTOR 2
Me limitaré a decir que no sólo reconocí en mi naturaleza física la
mera emanación o efluvio de algunas facultades de mi espíritu, sino
que elaboré una sustancia capaz de debilitar esa facultad y suscitar
una segunda forma corpórea, no menos connatural en mí en cuanto
expresión de otros poderes, aunque más viles, de mi misma alma.
LECTORA
Dudé bastante antes de pasar de la teoría a la práctica. Sabía bien
que arriesgaba la vida, porque estaba clara la peligrosidad de una
sustancia tan potente que penetrase y removiese desde los
cimientos la misma fortaleza de la identidad personal.
LECTOR 1
Pero la tentación de aplicar un descubrimiento tan singular y
profundo era tan grande, que al final vencí todo miedo.
LECTOR 2
Había preparado mi tintura desde hacía ya bastante; adquirí
entonces en una casa farmacéutica una cantidad importante de una
determinada sal, que, según mostraban mis experimentos, era el
último ingrediente necesario, y aquella noche maldita preparé la
poción.
LECTOR 1
Miré el líquido que bullía y luego me armé de valor y bebí.
Inmediatamente después me entraron espasmos atroces.
LECTORA
16
Un sentido de quebrantamiento de huesos, una náusea mortal, y un
horror, y una revulsión del espíritu tal, que no se podría imaginar
uno mayor ni en la hora del nacimiento o de la muerte.
LECTOR 2
Pero pronto cesaron estas torturas, y recobrando los sentidos me
encontré como salido de una enfermedad grave. Había algo extraño
en mis sensaciones, algo indescriptiblemente nuevo y por esto
mismo indescriptiblemente agradable.
LECTOR 1
Me sentí más joven, más feliz físicamente. E inmediatamente,
desde el primer respiro de esa nueva vida, me supe llevado al mal
con ímpetu decuplicado y completamente esclavo de mi pecado de
origen.
LECTORA
Pero este mismo conocimiento, en ese momento, me exaltó y
deleitó como un vino. Alargué los brazos, exultando con la frescura
de estas sensaciones, y me di cuenta de repente de ser diminuto de
estatura.
LECTOR 1
Decidí por tanto, exaltado como estaba por la esperanza y por el
triunfo, aventurarme con esta nueva forma hasta mi dormitorio.
LECTORA
Atravesé el patio. Me escurrí por los pasillos, extraño en mi propia
casa. Y al llegar a mi dormitorio contemplé por primera vez la
imagen de Edward Hyde. .
LECTOR 1
Así explico que Edward Hyde fuese más pequeño, más ágil y más
joven que Henry Jekyll.
LECTOR 2
Así como el bien transpiraba por los trazos de uno, el mal estaba
escrito con letras muy claras en la cara del otro. El mal además
(que constituye la parte letal del hombre, por lo que debo creer aún)
había impreso en ese cuerpo su marca de deformidad y corrupción.
17
LECTOR 1
Sin embargo, cuando vi esa imagen espeluznante en el espejo,
experimenté un sentido de alegría de alivio, no de repugnancia.
También aquél era yo. Me parecí natural y humano.
LECTOR 2
He observado que cuando asumía el aspecto de Hyde nadie podía
acercárseme sin estremecerse visiblemente; y esto, sin duda,
porque, mientras que cada uno de nosotros es una mezcla de bien
y de mal, Edward Hyde, único en el género humano, estaba hecho
sólo de mal.
LECTOR 1
No me detuve nada más que un momento ante el espejo. El
segundo y concluyente experimento todavía lo tenía que intentar.
Que daba por ver si no habría perdido mi identidad para siempre,
sin posibilidad de recuperación.
LECTORA
Volviendo de prisa al laboratorio, preparé y bebí de nuevo la poción;
de nuevo pasé por la agonía de la metamorfosis; y volviendo en mí
me encontré con la cara, la estatura, la personalidad de Henry
Jekyll.
LECTOR 2
Alquilé y amueblé la casa de Soho, donde luego fue la policía a
buscar a Hyde; tomé como gobernanta a una mujer que tenía pocos
escrúpulos y le interesaba estar callada.
LECTOR 1
Y por otra parte advertí a mis criados que un tal señor Hyde, del que
describí su aspecto, habría tenido de ahora en adelante plena
libertad y autoridad en mi casa.
LECTORA
Luego escribí y te confié el testamento que tanto desaprobaste, de
tal forma que, si le hubiera ocurrido algo al doctor Jekyll, habría
podido sucederle como Hyde.
18
LECTOR 1
Hace un tiempo, para cometer delitos sin riesgo de la propia
persona y reputación, se pagaban y se mandaban a matones. Yo fui
el primero que dispuse de un "matón" que mandaba por ahí para
que me proporcionase satisfacciones.
LECTORA
Fui el primero en disponer de otro yo mismo que podía en cualquier
momento desembridarse para gozar de toda libertad.
LECTOR 1
Pero también en el impenetrable traje de Hyde estaba
perfectamente al seguro. Si pensamos, ¡ni existía! Bastaba que, por
la puerta de atrás, me escurriese en el laboratorio y engullese la
poción (siempre preparada para esta eventualidad).
LECTOR 2
Porque Edward Hyde, hiciera lo que hiciera, desaparecía como
desaparece de un espejo la marca del aliento; y porque en su lugar,
inmerso tranquilamente en sus estudios al nocturno rayo de la vela,
había uno que se podía reír de cualquier sospecha: Henry Jekyll.
LECTORA
Los placeres que me apresuré a encontrar bajo mi disfraz eran,
como he dicho, poco decorosos; pero en las manos de Edward
Hyde empezaron pronto a inclinarse hacia lo monstruoso.
LECTOR 1
A menudo a la vuelta de estas excursiones, consideraba con
consternado estupor mi depravación vicaria.
LECTOR 2
Esa especie de familiar mío, que había sacado de mi alma y
mandaba por ahí para su placer, era un ser intrínsecamente malo y
perverso; en el centro de cada pensamiento suyo, de cada acto,
estaba siempre y sólo él mismo.
LECTORA
Bebía el propio placer, con avidez bestial, de los atroces
sufrimientos de los demás.
19
LECTOR 1
Tenía la crueldad de un hombre de piedra.
LECTOR 2
Henry Jekyll a veces se quedaba congelado con las acciones de
Edward Hyde, pero la situación estaba tan fuera de toda norma, de
toda ley ordinaria que debilitaba insidiosamente su conciencia.
LECTORA
Hyde y sólo Hyde, después de todo, era culpable.
LECTOR 1
Y Jekyll, cuando volvía en sí, no era peor que antes: se encontraba
con todas sus buenas cualidades inalteradas; incluso procuraba, si
era posible, remediar el mal causado por Hyde.
LECTORA
Empecé entonces a reflexionar, con más seriedad de la que había
puesto hasta ahora, sobre las dificultades y los peligros de mi doble
existencia.
LECTOR 1
Esa otra parte de mí, que tenía el poder de proyectar, había tenido
tiempo de ejercitarse y afirmarse cada vez más; me había parecido,
últimamente, que Hyde hubiera crecido, y en mis mismas venas
(cuando tenía esa forma) había sentido que fluía la sangre más
abundantemente.
LECTOR 2
Percibí el peligro que me amenazaba. Si seguían así las cosas, el
equilibrio de mi naturaleza habría terminado por trastocarse: no
habría tenido ya el poder de cambiar y me habría quedado
prisionero para siempre en la piel de Hyde.
LECTORA
Mi preparado no se había demostrado siempre con la misma
eficacia.
LECTOR 1
20
Una vez, todavía al principio, no había tenido casi efecto; otras
veces había sido obligado a doblar la dosis, y hasta en un caso a
triplicarla, con un riesgo muy grave de la vida.
LECTOR 2
Pero después de ese incidente me di cuenta de que la situación
había cambiado: si al principio la dificultad consistía en
desembarazarme del cuerpo de Jekyll desde hace algún tiempo
gradual pero decididamente el problema era al revés.
LECTORA
O sea, todo indicaba que yo iba perdiendo poco a poco el control de
la parte originaria y mejor de mí mismo, y poco a poco
identificándome con la secundaria y peor.
LECTOR 1
Entonces sentí que tenía que escoger entre mis dos naturalezas.
Parecía que se iba a imponer la primera elección, pero hay que
colocar algo más en la balanza.
LECTOR 2
Mientras Jekyll hubiese sufrido con agudeza los escozores de la
abstinencia, Hyde ni siquiera se habría dado cuenta de lo que había
perdido.
LECTORA
Esto explica las burlas simiescas que Hyde empezó a tomarme,
como escribir blasfemias de mi puño y letra en las páginas de mis
libros, quemar mis papeles o destruir el retrato de mi padre.
LECTOR 1
Es inútil alargar esta descripción, sobre todo porque el tiempo ya
aprieta terriblemente. Bastaría decir que nadie jamás ha sufrido
semejantes tormentos, si no hubiese que añadir que también a
éstos la costumbre ha dado no digo alivio, sino disminución debida
a un incierto encallecimiento del alma, a una cierta aquiescencia de
la desesperación.
LECTORA
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Ni puedo tardar mucho en concluir, porque sólo gracias a mi
cautela, y a la suerte, estas hojas han escapado hasta ahora de la
destrucción.
LECTOR 1
Hyde, si la metamorfosis se produjese mientras estoy aún
escribiendo, las haría inmediatamente pedazos.
LECTOR 2
Si, por el contrario tengo tiempo de ponerlas aparte, su
extraordinaria capacidad de pensar únicamente en sí mismo, la
limitación de su interés por sus circunstancias inmediatas las
salvarán quizás de su simiesco despecho.
LECTORA
Pero en realidad el destino que nos aplasta a ambos ha cambiado e
incluso domado a él.
LECTOR 1
Quizás, dentro de media hora, cuando encarne de nuevo y para
siempre a ese ser odiado, sé que me pondré a llorar y a temblar en
mi sillón, o que volveré a pasear de arriba abajo por esta habitación
(mi último refugio en esta tierra).
LECTOR 2
¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿Encontrará, en el último instante, el
valor de liberarse? Dios lo sabe, a mí no me importa.
LECTORA
Esta es la hora de mi verdadera muerte.
LECTOR 2
Lo que venga después pertenece a otro.
LECTOR 1
Y así, posando la pluma, cerrando esta confesión mía, pongo fin a
la vida del infeliz Henry Jekyll.
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