Resumen Completo
Resumen Completo
David, Charles-philippe; Pérez De Armiñon, Karlos.; Restrepo F., Andrés; Sotomayor Velázquez, Arturo.; Abbott, Rogers Y
Sloboda; Abad Quintanal, Gracia; Williams, Phil.
El siglo XXI comenzó con guerras y conflictos armados, especialmente, en Afganistán, Irak, Líbano, República Democrática del
Congo, Sri Lanka, Colombia, Chechenia y Sudán, que adoptan toda clase de formas. La guerra constituye siempre una amenaza,
pero evoluciona en función de los cambios políticos, tecnológicos, económicos y étnicos significativos. Actualmente la espiral de
la violencia sería totalmente descendente. Se muestran una reducción importante en los últimos quince años. Desde el fin de la
guerra fría, los conflictos armados han disminuido un 40%, los conflictos más mortíferos bajaron un 80%; las guerras civiles, un
80%; los genocidios, también un 80%; los ataques terroristas mayores y menores, un 50%; el flujo de refugiados, un 45%; el
número de golpes de Estado y tentativas, un 60%; el número de crisis internacionales, un 70%; el 70% de los conflictos
secesionistas fueron resueltos; y el promedio de muertos en combate muestra una disminución del 98%. La ratio del número de
muertos en combate, respecto a la población, representó, en la década de los noventa, tan sólo un tercio de la de los años setenta.
Incluso los conflictos armados africanos son menos y son cada vez menos los muertos causados directamente por la violencia.
Pero, mientras las causas de los conflictos no se hayan resuelto, los riesgos de guerra no estarán eliminados.
En resumen, es demasiado pronto para declarar que la guerra es un mal en vías de reducción, o acaso de extinción. La inseguridad
humana continúa representando un reto y un grave peligro. Los enfrentamientos interestatales tampoco han desaparecido. Sin
ninguna duda, el fin de la guerra fría permitió la paz interestatal más extensa de la historia (la popular tesis del «fin de la historia»
de Francis Fukuyama, 1992). El verdadero desafío es, desde ahora, la prevención y resolución de las guerras de naturaleza
intraestatal. Los conflictos actuales son de un nuevo tipo: mientras que antaño los Estados combatían entre sí, ahora son los
grupos, clanes, etnias y facciones los que se disputan y cuestionan el propio Estado. Por lo tanto, las guerras interestatales han
dejado lugar a las guerras etnopolíticas. Los actores estatales pierden el monopolio de la violencia y lo comparten con los actores
infraestatales.
Los conflictos, en el plano militar, están experimentando una importante evolución. La guerra moderna, entre Estados-nación de
tipo europeo, sería por lo tanto una idea obsoleta. Este cambio revolucionario, que supera en parte a Westfalia, augura, para las
relaciones entre los Estados desarrollados, la llegada de una era caracterizada por los conflictos posmodernos: las amenazas
militares. Por otra parte, ciertos conflictos reflejan un retorno a los orígenes de la constitución de los Estados. La fragmentación
y la reconstitución se asemejan a las guerras premodernas, anteriores a Westfalia y a la creación de los Estados, para terminar
con las luchas anárquicas entre señores de la guerra.
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Las guerras y los conflictos armados son omnipresentes en la actualidad y afectan a la seguridad estatal y a la seguridad humana
en todos los continentes. Los términos utilizados para caracterizar la realidad mórbida y repetitiva de la violencia en el seno del
sistema internacional son muchos. Al no poder definirse todas las expresiones o categorías, el autor define tres nociones
fundamentales que deben comprenderse para entender la guerra. Estas nocione s van de la más general -guerra- a la más limitada
-crisis-.
La guerra
Las guerras interestatales son un fenómeno recurrente, inherente al sistema westfaliano. SI consideramos los últimos años, entre
el 10% y el 15 % de los Estados han sufrido o sufren las consecuencias de la guerra. La buena noticia es que, si lo comparamos
con el constante aumento del número de Estados, la proporción de guerras disminuye. Pero la cantidad de muertos en combate
que producen las guerras permanece estable.
Si bien no hay consenso en cuanto a la definición de guerra, el autor retoma a varios autores para formar una:
➢ Wright →definió la guerra como «Un contacto violento entre entidades distintas pero similares». Los Estados, como los
animales rivales, pueden entonces entrar en «contacto violento». Pero esta definición ignora la importancia del aspecto
político de la guerra.
➢ Clausewitz →describió la guerra como «Un acto de violencia cuyo objetivo es forzar al adversario a ejecutar nuestra
voluntad. «la guerra es simplemente la continuación de la política por otros medios». la guerra representa una lucha
armada entre enemigos con fines políticos irreconciliables o incompatibles, y que siempre comporta la posibilidad de
llegar al extremo, es decir, a un enfrentamiento sin límites para alcanzar la victoria y la destrucción del adversario.
Representa el último instrumento de la política.
➢ Bouthoul →La guerra es la lucha armada y sangrienta entre dos grupos organizados. La guerra, entre los clásicos, implica
en consecuencia actos violentos, dirigidos y organizados por actores políticos y militares, ya sea gubernamentales,
infranacionales o supranacionales, y que se alimentan de motivaciones antagónicas. Como dicen los realistas, que la paz
es la ausencia de violencia organizada entre grupos o Estados.
La guerra puede adoptar formas diversas, que varían según las épocas:
➢ La guerra internacional concierne a la guerra entre Estados, como la del Golfo en 1991. Puede adoptar la forma de una
guerra regional, como en el caso de las guerras de Oriente Medio o incluso mundial cuando está generalizada como la
2GM.
➢ La guerra intraestatal es dominante desde del fin de la guerra fría como la ex URSS, Colombia que indican una violencia
expandida a gobiernos, facciones, grupos o etnias que buscan mantener u obtener el control del territorio y el poder
político. Esta puede estar asociada tanto a las guerras civiles como a las guerras ideológicas tradicionales
(revolucionarias, de liberación nacional, de guerrillas).
➢ La guerra puede hacerse mediante métodos tradicionales (invasión, bombardeos, coerción) o no convencionales
(terrorismo, insurrección, ataque químico, bacteriológico, nuclear). Los medios militares utilizados determinan por lo
tanto la naturaleza de la guerra.
➢ La guerra puede ser corta, larga o interminable. De la guerra de los Seis Días en 1967 a las varías décadas que duró la
de Vietnam. Las guerras civiles, como la de Irlanda del Norte pueden llegar a parecer infinitas, en tanto que parecen (o
siempre lo son) endémicas.
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➢ La guerra puede ser total o limitada. En el primer caso, no tiene ninguna restricción: la aniquilación del enemigo, el
exterminio de su población. En el segundo caso, se opera en un marco coercitivo y tiene por objeto la prevención de una
escalada bélica y la aparición de la violencia extrema. La primera y la segunda guerras mundiales fueron guerras totales,
mientras que el compromiso militar estadounidense en Corea y Vietnam son guerras limitadas.
➢ Las guerras «extrañas» y nuevas implican, en la primera categoría, la guerra psicológica, la guerra por procuración o
indirecta, las operaciones distintas de la guerra, o incluso la guerra fría, y en segunda categoría, la infoguerra, la «guerra
de las galaxias», así como las guerras contra el terrorismo, la droga o por el control de algunas riquezas.
El conflicto
El «conflicto armado» reaparece episódicamente, sin que constituya en realidad una guerra a pesar de que no se limita al solo
enfrentamiento político que caracteriza a un simple conflicto. Estos conflictos armados «mayores», son aquellos «combates
prolongados entre fuerzas militares de dos o más gobiernos, o entre un gobierno y al menos un grupo armado organizado, en el
curso del cual el número de muertos sobrepasan el militar. La mayor parte son intraestatales (sobretodo en Asia y África).
En general, un conflicto designa una oposición de intereses que no conduce necesariamente a un enfrentamiento armado. Cuando
hay una evolución hacia un conflicto armado, con frecuencia se confunde con una guerra. El conflicto suele implicar una situación
en la cual, un Estado, una etnia, un clan o un grupo se compromete en una oposición absoluta a uno de ellos, porque los fines
buscados son incompatibles. Estos objetivos pueden ser territoriales, políticos, diplomáticos, económicos, militares, de identidad,
internos o externos. La novedad de los conflictos contemporáneos, reside en la creciente autonomía de los actores colectivos en
relación al sistema estatal, su heterogeneidad. Los conflictos, sean armados o no, pueden diferenciarse:
➢ Lo que está en juego en un conflicto puede ser el control del gobierno y del Estado y, por esta razón, se producirán
profundas divisiones nacionalistas, ideológicas o étnicas. El conflicto puede ir hasta la confrontación violenta entre
grupos o facciones que se quieren apropiar, al menos en parte, del control efectivo del Estado (el caso de las guerrillas
rivales en Colombia).
➢ La lucha por el territorio continúa siendo central en muchos conflictos por razones étnicas, económicas o estratégicas.
➢ La cuestión ideológica mantiene su importancia cuando reside sobre un antiguo litigio y una hostilidad que se ha ido
envenenando a lo largo de los años.
En muchos conflictos se solapan estas categorías. El desmoronamiento de los Estados, en ese sentido, representa con frecuencia
un desafío político, territorial e ideológico muy difícil de gestionar y de contener. Algunos conflictos son mayores, y reaparecen
con regularidad en la actualidad, otros pueden ser menores y muy limitados en el tiempo. Finalmente, una minoría es de tipo local
o regional, y permanecen circunscritos a uno o varios países limítrofes.
La crisis
La crisis representa la mecha que transforma un conflicto en un enfrentamiento armado y, si es grave, puede conducir al estallido
de una guerra. La Maisonneuve señala que la crisis es un período y una situación de inestabilidad. Es un estado transitorio. Es
también un estado de desequilibrio entre un viejo orden caduco y un desorden siempre posible. está generalmente asociada a una
situación que amenaza los objetivos de un grupo, un Estado o una etnia, en la que el tiempo apremia, donde existe un peligro de
escalada, y por último, donde se encuentra un fuerte elemento de sorpresa política, diplomática y militar.
Moreau Defarges nos recuerda dos principios: primero, la salida de una crisis no es previsible (puede desvanecerse o agravarse);
segundo, una crisis es compleja puesto que consagra la ruptura de un equilibrio en las relaciones entre enemigos potenciales. Las
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crisis pueden crear oportunidades de nego- ciación y de resolución de un conflicto o incrementar la perspectiva de un recurso a
la fuerza y a la violencia entre protagonistas.
Evoluciones y tendencias
La violencia es una características dominante del sistema internacional y evoluciona con el tiempo. ¿Cuáles son los rasgos
principales de esta violencia y en qué están marcados por el cambio? ¿Cuáles son las grandes tendencias del estado de guerra,
del conflicto y de la violencia en nuestro planeta?
1. Las guerras mayores, entre las grandes potencias, disminuyen de forma sustancial. Ninguna guerra entre las grandes
potencias se ha producido a partir de 1945. Si la tendencia se mantiene, el siglo XXI no debería ser testigo de ninguna
de estas guerras, o en todo caso de un número ínfimo. En cambio, la destrucción y las pérdidas producidas por las guerras
mayores aumentaron radicalmente a causa del perfeccionamiento de las armas y el dilema de la defensa.
2. Los conflictos armados y las gue- rras son intraestatales en un 95o/o de los casos. Uno de los objetivos de la guerra es
el combate por Estados más pequeños. La gran mayoría de las guerras, después de 1945, se desarrollan en el interior de
los Estados. «Cerca del 77o/o (126) de las 164 guerras estudiadas fueron de orden interno, produciendo combates
armados, no de un Estado contra otro, sino contra las autoridades estatales de un país o entre comunidades.».
3. La cuestión territorial disminuye considerablemente como causa de guerra. Mientras que durante la guerra fría, los
conflictos armados se repartían de forma bastante igual entre problemas territoriales, ideológicos y etnopolíticos, en los
conflictos armados después de 1989 tiene primacía la última categoría de problemas. Los graves conflictos territoriales
tienen más riesgo de terminar en guerras que los otros tipos de conflictos. Algunos pretenden además que el territorio
sigue siendo un problema importante, sobre todo en la era de la globalización, donde algunos Estados luchan con valentía
para mantener su integridad, mientras son cada vez menos independientes en el ámbito económico.
4. La mayoría de las guerras y los conflictos armados se desarrollan en el Sur, en particular, en el África Subsahariana, y
en Asia Central y del Sur, pero también en Oriente Medio y el Cáucaso. El número de conflictos armados disminuyó
sensiblemente en América Latina. La violencia civil hace estragos: la violación como arma de guerra, así como la
presencia de pandemias como el sida, que diezman a las sociedades y especialmente a las fuerzas armadas. Además,
una proporción creciente de víctimas civiles son niños y en una mayoría de conflictos armados se alistan niños-soldados
de menos de 15 años. Las guerras se trasladan a las ciudades, sobre todo en el sur del planeta. La industrialización, el
progreso de la economía de servicios ofrece empleos que atraen a las jóvenes poblaciones crecientes del Tercer Mundo
a las ciudades, cuyo tamaño aumenta sin cesar, determinando de esta manera la «urbanización de los conflictos.
Es evidente que la propensión humana a la violencia no se ha disipado de ninguna manera; por el contrario, es cada vez más
intensa y menos estatal.
Los conflictos posmodernos confirman una evolución de las guerras interestatales hacia la no guerra entre Estados.
Numerosos análisis explican el fenómeno de la desaparición progresiva de la guerra tradicional, patriótica y nacionalista, entre
los grandes ejércitos de las mayores potencias que dominan el sistema internacional. Se han terminado, parece, las guerras
mundiales y totales, o incluso limitadas, entre grandes potencias. ¿Por qué la guerra interestatal sería un fenómeno en fase de
abandono?
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1. Una tendencia pronunciada hacia el «contrabelicismo» (debellicisation) está en marcha según Mandelbaum. Esta
evolución se acentúa debido al desarrollo y democratización acrecentada de los Estados, así como a la emergencia de
una economía cada vez más mundial e interdependiente. La guerra en los países desarrollados se ha convertido en
absurda, ya que la paz ha engendrado un acostumbramiento y ha creado una dependencia entre las poblaciones de estos
países. Los valores cambian, la guerra ha dejado de percibirse como antaño, ahora es una empresa criminal y anormal.
Los liberales señalan que el Estado ya no sirve para hacer la guerra sino para hacer la paz.
El fin de la guerra confirma la tesis del “fin de la historia” anunciada por Francis Fukuyama (1992). Esta tesis afirma
que el triunfo de la democracia sobre sus competidores ideológicos consiguió que la humanidad llegase al final de su
evolución, y que ni el nacionalismo ni el irredentismo étIco podrán poner en peligro las virtudes pacificadoras de la
unanimidad ideológica.
2. «La guerra ha muerto» igualmente por razones tecnológicas. La invención y presencia de las armas nucleares en el
transcurso de la guerra fría permitieron a las grandes potencias mantener una «larga paz» con relaciones, a veces, muy
tensas. La supremacía militar y tecnológica de la superpotencia estadounidense elimina, con cualquier fin práctico, a los
competidores estatales que desearan disminuir mediante la fuerza la influencia de esta hegemonía. El fin de la
bipolaridad, o incluso de la multipolaridad, en el plano militar, excluye el peligroso juego de las rivalidades estratégicas
entre países aliados, que puede terminar en enfrentamientos armados entre los líderes de los bandos, o sea, entre las
grandes potencias.
3. Las normas internacionales, en particular los progresos efectuados en las sanciones de las Naciones Unidas e incluso en
la OTAN, transforman la agresión estatal en una ofensa cada vez más reprimida. Las resoluciones, sanciones y condenas
que conllevan las respuestas de la comunidad de Estados contra el Estado predador o culpable son más severas y eficaces.
¿La evolución del Derecho Internacional conseguirá que la guerra entre Estados sea totalmente ilegal e ilegítima?
4. La guerra interestatal representa una apuesta temible para el agresor. En el sistema westfaliano, son raros los casos en
los que la victoria le fue benéfica: la estrategia de la ofensiva debe ser eficaz y el Estado agresor debe tener los medios.
Atacar a otro Estado es una empresa de alto riesgo, en la medida en que «ninguna nación que haya emprendido una
guerra mayor salió victoriosa. Sin embargo, a menos que el Estado agresor derrotado sea totalmente dominado, la paz
impuesta en última instancia por el ganador se revela poco duradera. La tentación de la agresión debería, en principio,
haber disminuido.
La tesis del «fin de la historia» y del fin de la guerra interestatal está sobreestimada según varios estrategas y teóricos
estructural-realistas.
➢ Keegan (1995) no es la primera vez que la gente cree que hemos llegado a este punto. Una gran guerra es improbable
pero no imposible.
➢ Doran sostiene que «la probabilidad de una gran guerra disminuye para algunos Estados pero aumenta para otros». Las
democracias no harán menos la guerra a las no-democracias. La incertidumbre y la prudencia permanecen.
➢ Mearsheimer los anuncios de los funerales de la guerra entre las grandes potencias son prematuros e infundados.
➢ Cohen pondera, en su respuesta, el significado semántico de «guerra» «mayor» «obsoleta». La guerra interestatal no fue
jamás una «moda fresca y alegre» y por lo tanto no está «anticuada». Además, mayor no quiere decir total. Cohen no es
tan confiado sobre la irreversibilidad de esta presumida «obsolescencia» de la guerra mayor. Señala que debido al
perfeccionamiento de las armas, la guerra para los Estados desarrollados podría convertirse en un hecho menos doloroso
y mds eficaz. La tendencia del «contrabelicismo» estaría anulada por la de la guerra con aspecto de «deporte-
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espectáculo». Esta nueva tendencia sería aplicable por las innovaciones tecnológicas y doctrinales del pensamiento
estratégico.
Varios autores juzgan prematura e imprudente la idea de hablar del rechazo a la guerra:
1. No es evidente que la prosperidad y el desarrollo económico puedan en solitario yugular la propensión a la guerra entre
los Estados. Las guerras de escasez y de necesidad no se han eliminado, en un contexto de crecimiento y de afluencia de
poblaciones en ciertos países y ciertas regiones.
2. Puede ser que no haya guerras mayores, pero las consecuencias de las «guerras menores», en las cuales las grandes
potencias están frecuentemente implicadas, son en verdad «mayores» para un buen número de países. La guerra mayor
ha muerto ¡viva la guerra por procuración! Y también están las guerras de supervivencia que según Chaliand, se
intensificarán cuando la falta de tierras agrícolas junto al subdesarrollo pueden producir nuevos litigios fronterizos.
3. El choque o conflicto de civilizaciones anunciado por Huntington: en el mundo nuevo, los conflictos no tendrán, en lo
esencial, por origen la ideología o la economía. Las grandes causas de división de la humanidad y las principales fuentes
de conflictos serán culturales [...]. Los principales conflictos mundiales confrontarán a naciones y grupos pertenecientes
a civilizaciones diferentes. El choque de civilizaciones dominará la política mundial. Las líneas de fractura entre
civilizaciones serán las líneas de frente del futuro[...]. La próxima guerra mundial, si la hubiere, será una guerra entre
civilizaciones. Las oposiciones entre grupos o etnias que, según Huntington, implicarán a civilizaciones diferentes,
representarán un peligro para la paz mundial.
El análisis de Huntington recibe algunas críticas como: su negligencia sobre los intereses estatales que con frecuencia son
contrarios a las referencias de la civilización, su simplificación falsa y exagerada de las pertenencias a civilizaciones, incluso su
desconocimiento de éstas y de las verdaderas necesidades de los seres humanos, minimice el impacto de la globalización, de la
interdependencia y de la libertad humana respecto a la autoridad estatal. Para Pascal Boniface, esta tesis demuestra la vieja
aprehensión de la amenaza del Sur, enunciado de «falsas amenazas y verdaderos fantasmas». Huntington se mantiene en su
posición y replica a algunos de sus atacantes: «Las críticas al paradigma de las civilizaciones no ofrecieron ninguna explicación
mejor sobre lo que pasa actualmente en el mundo. Contribuyó a provocar las reflexiones de los investigadores sobre la naturaleza
y el significado de los conflictos identitarios, el objeto central de las verdaderas guerras de la actualidad.
4. Si se sigue la lógica de los estructural-realistas, el naci- miento y el declive de las grandes potencias son un proceso
histórico inexorable y que comportará desequilibrios y reconfiguraciones en las relaciones entre las potencias. Estos
cambios serán fuente de peligros estratégicos principalmente durante el período en el cual la redistribución del poder
en el seno de los Estados permita la ascensión de nuevos Estados fuertes que modifiquen la polaridad, y por lo tanto, la
estabilidad del sistema internacional. Una mayoría de autores juzga la configuración multipolar como más peligrosa e
inclinada hacia una guerra mayor que las configuraciones unipolares y bipolares. Esto complicaría las relaciones
estratégicas y produciría múltiples dilemas de seguridad. Otros, piensan que la multipolaridad será una fuente de gran
inestabilidad y que provocará nuevas rivalidades.
Hay múltiples causas de las guerras entre Estados. El modelo explicativo más utilizado continúa siendo el clásico de Waltz, que
analiza el fenómeno de la guerra según tres dimensiones o imágenes; individual, nacional e internacional.
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1. Las causas individuales se refieren al comportamiento humano. La guerra sería el producto de la condición humana, de
los deseos y las imperfecciones de los individuos. En esta categoría de causas se encuentran dos explicaciones
principales:
➢ El enfoque biológico y antropológico sostiene que la guerra se arraiga en la naturaleza belicosa del hombre, que
expresa sus frustraciOnes mediante la agresión y el uso de la violencia. La guerra es entendida aquí como un
modo instintivo de organización y supervivencia de la especie humana.
➢ Los enfoques basados en la toma de decisiones se centran en los individuos que tienen la capacidad de utilizar
el poder que les confiere el Estado. La voluntad de entrar en guerra responde más bien a intenciones y sigue un
proceso de cálculos cognitivos basado en las percepciones de los dirigentes. A veces, estas percepciones son
erróneas, los que deciden pierden el control sobre el desarrollo de. la gu~rra, y los resultados no concuerdan
con sus expectativas.
2. Las causas nacionales surgen de las determinaciones políticas, económicas y sociales que emanan de las estructuras
estatales. Las causas de las guerras resultarían de la naturaleza y de la evolución de los Estados. Tres categorías:
➢ Las necesidades políticas de los Estados predadores y expansionistas que optan sin dudar por la ofensiva
armada. Estas son las guerras de conquistas, de reconstrucción y de dominación que obedecen a las visiOnes
Ideológicas y geopolíticas totalitarias e imperiales. Estas guerras son asociadas con las motivaciones belicistas
de regímenes no democráticos.
➢ Las necesidades económicas reflejan la voluntad de un país de salir de una situación de dependencia y de
escasez de recursos, hasta el punto en que la guerra aparece como la única solución posible. La escuela
marxista ha llegado a pretender que el capitalismo es la fuente de un imperialismo guerrero, a causa de su sed
insaciable de conquista de nuevos mercados. La dependencia puede convertirse también en causa de guerra
cuando es percibida, por una de las partes, como el camino que conduce a una situación de desequilibrio
intolerable para ella Ya la pérdida de sus bienes adquiridos.
➢ Las necesidades sociales de afirmación de los grupos, clanes o etnias en el poder, que definen y justifican su
dominación por el enfrentamiento constante entre ellos y los grupos, clanes o etnias rivales (al interior o al
exterior de un Estado), provocando guerras fratricidas, nacionalistas e irredentistas. La guerra cumple la función
de imponer, por la fuerza, una cohesión nacional y social que satisface a un grupo en particular.
3. Las causas internacionales están asociadas a la condición relativamente anárquica (no civilizada) del sistema
internacional y a los cambios a los cuales hacíamos referencia en la evolución del equilibrio de las potencias. Dos órdenes:
➢ El crecimiento desigual del poder conlleva una asimetría que puede producir, en el Estado más fuerte, una
percepción de superioridad de tal envergadura que le hace creerse invencible. Existe la posibilidad de que se
enfrenten dos o más aspirantes a la hegemonía. La teoría de la estabilidad hegemónica pretende que la paz está
finalmente asegurada cuando una hegemonía triunfa, con frecuencia después de una guerra, y se estabiliza.
➢ La transición entre las potencias, es decir, la modificación en la dis- tribución de las capacidades que
constituyen el poder de los Estados, puede ser también origen de una guerra. Una transición amenazante para
una de las partes que ataca a su rival antes de que sea demasiado fuerte. Por temor a ser atacado, un Estado
toma la iniciativa al decidir una guerra preventiva.
El mundo ha caído en la degeneración de la guerra como en la Edad Media. La guerra «premoderna» no establece diferencias entre
combatientes y no-combatientes, aumen- tando así las guerras civiles, los muertos y la destrucción sin sentido. esta guerra se
desprofesionaliza, pues transfiere la guerra de los militares a los civiles. Borra también el papel institucional (y normalmente
legítimo) del Estado en su monopolio del uso de la fuerza. Y en cambio, valoriza el papel de los ejércitos irregulares y feudales al
servicio de bandas, clanes o etnias. Ha llegado la era de la guerra del tercer tipo, es decir, después de haber sido institucionalizada
o profesionalizada (1648-1792), la guerra devino en total con los reclutamientos masivos de los ejércitos napoleónicos para
alcanzar, en 1939-1945, el paroxismo de las guerras interestatales. Ya durante la guerra fría, y en un proceso acelerado a partir
de 1989, la guerra se «desinstitucionaliza», como lo había sido antes de 1648. La guerra «premoderna» deja de ser una empresa
nacional para volver a ser local, comunitaria y popular. Algunas guerras tienen por objetivo la destrucción del Estado, otras la
creación de uno nuevo; todas tienen en común, la desaparición de la jerarquía piramidal entre Estado, ejército y sociedad. ¿Cómo
se ha llegado a las guerras del «tercer tipo»?
1. En algunos lugares, la legitimidad vertical y horizontal del Estado se desvanece, arrastrándolo a la quiebra, incluso a su
derrumbe. La lealtad y la obediencia hacia las instituciones estatales se desmoronan, esto a puesto en peligro la
legitimidad: no garantiza la seguridad humana. Por otro lado, el consenso social sobre el cual reposan los fundamentos
de la cultura política también está roto. el contrato social no logra la unanimidad y provoca dicione entre comunidades,
y hace estallar la legitimidad horizontal. Cualquier represión estatal, o tentativa de reforzar el Estado, se muestra fútil y
provoca una resistencia que debilita aún más la legitimidad vertical. Otros factores también alimentan este dilema: la
adquisición de armas ligeras, el efecto de contagio de conflictos en las zonas limítrofes, las redes étnicas internacionales
y la rivalidad entre las grandes potencias. ante esta situación, ciertos Estados podrían desaparecer.
2. Los conflictos armados intraestatales reflejan la creciente importancia de los enfrentamientos étnicos. Una comunidad
étnica es un grupo unido por una herencia cultural común, una semejanza racial, una religión común y la creencia de una
historia compartida, que estimulan un fuerte sentimiento psicológico de pertenencia grupal. El nacionalismo etnopolítico
expresa, en muchos de estos casos, la esperanza de conseguir superar la condición de minoría por la vía secesionista y
la formación de un nuevo Estado. ¿Nos podemos sorprender, en estas condiciones, de que algunas minorías étnicas estén
en conflicto con otras etnias, para conservar su estatus o incluso para obtener un mayor reconocimiento?
3. Las guerras del tercer tipo son fundamentalmente conflictos identitarios. Hay, por lo tanto, un conflicto identitario,
cuando la supervivencia, real o imaginaria, del grupo está en juego, cuando se siente desposeído de un territorio o de su
territorio, pero, lo que es más grave, cuando se siente desposeído de su derecho a vivir, de su identidad y de su
especificidad.
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Tres tesis, la realista, la liberal y la constructivista, explican de forma muy diferente la dinámica de las guerras etnopolíticas. Las
tres tesis ven también claro que no hay que exagerar la irracionalidad de estas guerras, ya que tienen su lógica. «Need, Greed and
Creed», según la fórmula de Arnson y Zartman (2005), es decir, la necesidad de supervivencia, el beneficio y la identidad.
Analicemos cada uno de los componentes de esta fórmula.
1. El etnorealismo transpone los postulados de la escuela de pensamiento realista a las relaciones intraestatales y explica
los conflictos armados y las guerras por sus condiciones inherentes y objetivas. El etnorealismo hunde sus raíces en una
visión basada en los grupos en conflicto. Podemos resumir sus conclusiones en cuatro puntos:
➢ La identidad étnica y su afirmación son un fenómeno natural y por lo tanto inherente a la estructuración de las
relaciones humanas. El etnorealismo adopta una visión «primordialista» de esta estructuración: las diferencias
naturales entre etnias son normales y compor- tan tensiones -como las que se producen entre los Estados. Los
conflictos étnicos son rivalidades en las cuales los grupos se definen a partir de criterios nacionales o étnicos
y se autoproclaman defensores de los intereses colectivos contra el Estado y otros actores políticos.
➢ Los conflictos resultantes de las relaciones entre etnias con frecuencia ya no están sometidos a la autoridad
efectiva del Estado. Cuando éste se debilita o se desmorona, se instala una anarquía interior se- mejante a la
que prevalece en el sistema internacional. Cada grupo busca controlar el Estado o separarse de él para poder
dirigir su propio Estado, disminuyendo así la seguridad de todos los grupos y la capacidad del Estado existente
de proveer esta seguridad.
➢ El dilema de la seguridad actúa sobre las etnias tanto como sobre los Estados. Por miedo de ser atacada por
otra etnia, y al no poder confiar en ella, una etnia toma medidas para protegerse, que a su vez son percibidas
por la otra como amenazantes. Las dos etnias se arman y manifiestan veleidades ofensivas. Como resultado, la
seguridad obtenida por cada una contribuye a la inseguridad de ambas. Esta espiral desemboca en una guerra
cuando una de las etnias emplea la fuerza contra la otra de manera preventiva. El dilema vuelve difícil la
resolución pacífica del conflicto debido a las actitudes de algunos dirigentes étnicos que pueden desear
continuarlo, recurriendo a la trampa y a más violencia, con el fin de mantener su credibilidad y autoridad. Estos
dirigentes se comparan entonces a los provocadores
➢ La difusión y escalada de los conflictos étnicos siguen también la lógica de los conflictos entre los Estados.
Operan ambos según los cálculos de preservación y expansión de la influencia de una etnia contra otra etnia:
así, las rivalidades se expresan por alianzas, conquistas territoriales, adquisición de armas, operaciones
preventivas. a difusión se concreta en la exportación de un conflicto étnico a una región limítrofe o a otro
Estado; la escalada aparece cuando el conflicto conlleva el compromiso de actores y poderes externos que
deben defender o promover sus intereses geopolíticos.
2. Los conflictos armados intraestatales obedecen, en el análisis liberal, a una lógica económica, es decir, a la guerra «por
el bene cio», en otras palabras, a la explotación de los recursos de un país para financiar los esfuerzos de la lucha armada,
comprar armas, reclutar combatientes, tanto de parte de un gobierno como de parte de una facción o grupo armado. Las
«guerras por recursos» tiene muchas repercusiones:
➢ La rivalidad entre las facciones, incluyendo los gobiernos, puede ser intensa y determinante para monopolizar
y utilizar los recursos. Una verdadera economía de guerra se instaura y vuelve más difícil la resolución de los
conflictos, precisamente porque las partes apr~v~ch.an esta economía y el comercio ilícito de esos recursos.
Esta dinámica no es sólo nacional, sino que está enmarcada en un contexto regional donde las fronteras porosas
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de estos países contribuyen al sostenimiento de una economía ilícita floreciente, que permite continuar la
guerra.
➢ Si un país depende en gran medida de un solo recurso (sobre todo si es abundante), esta dependencia constituye
u.n acelerador de conflictos armados. El conflicto es más probable en los países que tienen una fuerte
dependencia de recursos naturales para sus ingresos de exportaciones, en parte porque los grupos rebeldes
pueden obtener ganancias importantes de este comercio con el fin de financiar sus operaciones.
➢ La «guerra por recursos» aumenta generalmente la duración de los conflictos armados. Se nota generalmente
el refuerzo d.el compromiso, de la financiación, de la recurrencia y de la capacidad militar de los grupos armados
para mantener o incrementar la extensión de una guerra civil. Una muy buena explicación de esta tendencia
está dada por la presencia de una economía floreciente e ilícita en los territorios que escapan a la autoridad de
los gobiernos, que enriquece a los barones y señores de la guerra, así como a los mercenarios o milicias.
Resumiendo, el beneficio y no la supervivencia, la identidad o la injuria, sería, según el análisis económico
liberal, la razón principal del estallido, la severidad y la duración de los conflictos intraestatales.
3. Según la tesis constructivista, el «identitarismo» o la crisis identitaria reside en una dinámica psicológica. Los conflictos
étnicos parecen ser el resultado de heridas narcisistas a la identidad de los grupos; en realidad, estas heridas y la
voluntad de curarlas por el recurso a la violencia son «construidas» sobre todo por el discurso de los líderes étnicos y
políticos. De este enfoque retenemos tres elementos importantes de análisis:
➢ Según los constructivistas, la violencia no es inherente a la etnicidad (escuela realista) sino condicionada por
las actitudes y el aprendizaje individual y colectivo de su naturaleza, socialmente construida. Aprendizaje
motivado y alimentado por estructuras sociales y actores que propagan cierta visión de lo que significa la
identidad y la supervivencia de la etnia. La etnicidad no es, por lo tanto, portadora de conflictos naturales. No
es homogénea ni inmutable, como pretenden los realistas. Así como la violencia es «aprendida», igualmente
puede ser «domesticada». Todo depende de las actitudes, los discursos y las percepciones vehiculadas. El
identitarismo, particularmente el étnico es una creación de las élites, que se apropian, deforman y a veces
inventan aspectos de la cultura del grupo que representan con el fin de preservar su existencia y su bienestar
o para ganar ventajas políticas y económicas, tanto para el grupo como para sí mismas.
➢ Los conflictos étnicos resultan de las crisis de identidad y de la discriminación. Cuando se manifiestan, se
produce un cuestionamiento de las normas de comportamiento y también ataques destinados a modificarlas
radicalmente. La construcción de amenazas y un proceso de victimización sirven para redefinir las identidades
para una eventual modificación por la fuerza del equilibrio étnico.
➢ Los activistas étnicos y los «empresarios etnopolíticos» explotan los momentos de conmoción política para
atizar la amenaza. Utilizan los símbolos étnicos y hacen referencia al imaginario colectivo así como a los mitos
históricos para movilizar el apoyo popular, especialmente en un contexto donde la debilidad o el
desmoronamiento de las instituciones provocan que la identidad constituya la última y única posibilidad de
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cohesión. En resumen, los dirigentes políticos reflejan y alimentan al mismo tiempo los miedos étnicos para
incrementar su propia influencia.
Ninguna de las teorías que hemos presentado aporta una respuesta exhaustiva al fenómeno de la violencia armada. Por lo tanto,
no podemos valorarlas sino ,es en relación con los objetivos de cada una de ellas. Para los etnorealistas, la mejor forma de prevenir
y de contener la anarquía intraestatal que conduce a las rivalidades étnicas y a los dilemas de seguridad que provocan conflictos
armados, es devolver al Estado lo que le pertenece: el control de su soberanía y de su autoridad.
CONCEPTO Y EL USO DE LA SEGURIDAD HUMANA: ANÁLISIS CRÍTICO DE SUS POTENCIALIDADES Y RIESGOS | Armiñon
A pesar de las imprecisiones y discrepancias que le rodean, en la idea de la seguridad humana cabe apreciar diferentes aportes
positivos y potencialidades, tanto en el plano de la seguridad como en el del desarrollo o el de la gobernanza democrática.
Hay dos grandes interpretaciones y propuestas que en los últimos años se han conformado en torno a la seguridad humana, que
se han venido a denominar “enfoque amplio” y “enfoque restringido”. El primero se centra en la “libertad frente a la necesidad”,
esto es, en la satisfacción del desarrollo humano y de un mínimo bienestar (seguridad alimentaria, sanitaria, medioambiental,
etc.), y se corresponde a la formulación inicial de la seguridad humana. El enfoque restringido se centra en la “libertad frente al
temor”, esto es, en la protección ante la violencia física en contextos de conflicto. Su gestación y expansión ha venido de la mano
en gran medida de la Red de Seguridad Humana, promovida por Canadá e integrada por varios estados.
Su formulación fue posible gracias a los cambios experimentados en dos planos: el del contexto internacional y el de las ideas. Su
aparición es resultado de los cambios operados en la sociedad internacional tras el final de la Guerra Fría, tanto en el plano de la
seguridad así como en el plano de las ideas (auge del liberalismo y sus valores) y de la política inter-nacional. Por otro lado, la
conceptualización de la seguridad humana es el colofón de una línea de evolución teórica habida durante las últimas décadas en
el campo de la segu-ridad y de los estudios sobre paz y conflictos.La concepción tradicional de la seguridad se ha centrado en el
Estado, en su independencia e integridad territorial, frente a agresiones armadas externas en un sistema internacional anárquico
y violento.
Durante los años ochenta emerge un “nuevo pensamiento sobre seguridad” tanto en la producción bibliográfica como, en alguna
medida, en algunas instituciones internacionales y gobiernos. Ese nuevo pensamiento consiste en diferentes propuestas que,
siguiendo a Krause (1998: 126), se pueden agrupar en tres tipos:
1. Aportaciones que mantienen un enfoque estatocéntrico, pero que matizan el concepto de seguridad para aludir a
diferentes formas de cooperación multilateral o interestatal en materia de seguridad.
2. Enfoques que amplían la estrecha concepción ortodoxa de seguridad, centrada en la salvaguarda del Estado, para
referirse a una seguridad multidimensional, que incluye una amplia gama de nuevas amenazas potenciales
3. Intentos de profundizar en la agenda de seguridad más allá del enfoque estatocéntrico, avanzando en dos direcciones:
hacia arriba, al concebirla como un bien global que trasciende a los estados; y también hacia abajo, por cuanto diferentes
autores y enfoques enfrentaron la concepción estatocéntrica con el argumento de que es la persona el sujeto final de la
seguridad,y que ésta puede ser incluso contrapuesta a la de su Estado.
En conclusión, el cuestionamiento del paradigma tradicional ha girado sobre todo en torno a dos ejes. El primero ha consistido en
el cuestionamiento del contenido de la seguridad y en el ensanchamiento del mismo, incorporando a las amenazas militares otras
de tipo económico, político, social, medioambiental, etc. Este proceso ha conllevado un acercamiento entre las cuestiones de
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seguridad y las de desarrollo, que se ha incrementado en los años noventa y se ha reflejado en el concepto de seguridad humana.
El segundo eje de evolución ha girado en torno al objeto de la seguridad, pasándose de la visión estatocéntrica clásica a las visiones
que se centran en un nivel global o individual. Esta última perspectiva nos interesa particularmente, pues es la que acaba
desembocando en la aparición del concepto de seguridad humana.
Esa ampliación en la agenda de seguridad ha contribuido a replantear que sea el Estado el objeto de referencia de la segu-ridad,
al entender que son los individuos los que sufren muchas de tales amenazas.
En suma, la aparición del concepto de seguridad humana responde sobre todo a dos nuevas ideas formuladas en la década o
década y media anterior:
Esta línea es deudora de otra línea de evolución teórica, la habida en el campo del desarrollo y que dio lugar al paradigma del
“desarrollo humano”. Éste es el formulado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1990 como un
proceso de ensanchamiento de las capacidades y libertades de las personas, en contraposición al concepto clásico del desarrollo,
entendido en términos de mero crecimiento macroeconómico. Estos están interrelacionados, la seguridad humana es un requisito
para el disfrute del desarrollo humano, que a su vez es necesario para materializarla.
1. La seguridad humana erige a la persona (su bienestar, libertad y derechos), y no al Estado, en sujeto de la seguridad. Este
cambio tiene profundas implicaciones tanto teóricas como prácticas.
En el plano teórico, supone un profundo cuestionamiento del carácter estatocéntrico del concepto clásico de seguridad, así como
también del enfoque “realista”. Además, el desplazamiento del eje de atención desde el Estado hacia el individuo implica también
un cambio de enfoque en el análisis que se realiza en diversos planos: así, por ejemplo, la prioridad pasa desde los derechos de
los estados (soberanía, no injerencia) a los derechos humanos de las personas, del mismo modo que hay también un cambio en
cuanto a las preocupaciones y necesidades, desde las del Estado (intereses nacionales, poder militar) hacia las de las personas
(necesidades básicas, libertades).
El cambio de enfoque tiene también evidentes implicaciones prácticas. Enfocarse en las personas y sus amenazas exige el diseño
de otro tipo de estrategias para poder garantizar la seguridad, que descansen no tanto en las capacidades militares sino en
políticas que garanticen un mínimo de bienestar, libertad y derechos. En segundo lugar, dado que muchas veces la seguridad e
intereses de los estados no coinciden e incluso son contradictorios con los de sus ciudadanos, podemos decir que la seguridad
humana constituye un paradigma con potencial emancipador para las personas, al revalorizar sus propios intereses.
Datos importantes: Este enfoque se nutre de un pensamiento de corte liberal y humanista y la traslación del objeto de estudio de
la seguridad desde el Estado al individuo supone pasar de un enfoque macro a otro micro.
2. El concepto de seguridad humana refleja la confluencia teórica y política de dos campos, la seguridad y el desarrollo, que
hasta los años noventa estuvieron notablemente separados (introduce los problemas de seguridad en debates de
desarrollo y a la inversa).
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Durante la guerra fría, al auge de nuevas explicaciones teóricas de la inseguridad y de los conflictos, que responden a una creciente
evidencia: la estrecha relación existente entre desarrollo y seguridad. Las guerras civiles actuales, claramente mayoritarias, así
como las denominadas Emergencias Políticas Complejas suelen producirse en contextos de quiebra de la economía y del Estado,
por lo que son reflejo de una crisis del modelo de desarrollo en su conjunto. Ante este nuevo tipo de conflictos internos, pierden
validez los tradicionales esquemas explicativos de la inseguridad, centrados en la confrontación entre estados que buscan el poder
y sus intereses nacionales. Tampoco sirven las explicaciones de tipo ideológico, propias de la Guerra Fría. Los análisis de las
guerras intraestatales contemporáneas buscan sus causas en factores vinculados al (sub)desarrollo, tanto económicos como
político. El enfoque de las seguridad humana tiene una mayor capacidad que los esquemas clásicos de seguridad para explicar las
guerras civiles actuales. Si éste se concibe como un proceso de ampliación de la gama de opciones y capacidades de las personas,
la seguridad humana consiste en que las personas puedan ejercer tales opciones de forma libre y segura.
3. De forma similar a lo que ocurre con el concepto de desarrollo humano, la seguridad humana presenta una dimensión
cuantitativa así como también otra cualitativa, lo que constituye una interesante contribución y ampliación del concepto
de seguridad.
La seguridad humana, de acuerdo al enfoque amplio y al PNUD (ONU), tiene una dimensión cuantitativa, referida a la satisfacción
de las necesidades materiales para garantizar la subsistencia física de las personas, tales como las de alimentación, cuidados de
salud, vivienda o educación. Es decir, esta dimensión cuantitativa, material, es el núcleo de la seguridad humana, una condición
necesaria aunque no suficiente.
En segundo lugar, abarca también una dimensión cualitativa, consistente en una serie de aspectos vinculados al valor de la
dignidad humana, tales como la participación en los asuntos de la comunidad, el control sobre la propia vida, la autonomía
personal, etc. Es una dimensión de calado político que implica la emancipación de estructuras de poder opresivas.
4. El concepto de seguridad humana tiene la virtualidad de integrar dimensiones tanto locales como globales, tanto micro
como macro, presentes tanto en las causas de su ausencia como en las actuaciones para promoverla.
La seguridad humana toma como sujeto a los individuos, de tal forma que tanto su disfrute como su conculcación vienen
determinados por factores personales como el género, la edad, la clase social, la etnia, la religión, etc. Pero, igualmente, vienen
marcados también por el entorno de cada persona a diferentes niveles, inciden factores como la familia, la comunidad, el Estado
y, también, las estructuras del sistema internacional y las instituciones de gobernanza a escala global.
Esta capacidad de vincular en el análisis las dimensiones personal, local y global encierra interesantes implicaciones. En primer
lugar, impele a superar el estrecho enfoque estatocéntrico tradicional para adoptar otro global, universal, a la hora de formular
las políticas de seguridad y las de desarrollo. En este sentido, el objetivo de la seguridad humana puede ser utilizado (como hace
esta autora) como criterio para analizar y juzgar los procesos globales y las estructuras de gobernanza global que inciden en la
seguridad humana de las personas del mundo.
En segundo lugar, otra consecuencia de la vinculación entre las dimensiones locales y globales es que subraya que la seguridad
de todos los seres humanos está conectada, sobre todo en lo referente a amenazas de tipo global como las medioambientales,
económicas, sanitarias, etc. Si un individuo o grupo está amenazado, otros grupos probablemente también estarán en riesgo. Como
consecuencia de esta interdependencia, “la seguridad humana no es un juego de suma cero”, en el que un grupo pueda conseguir
la seguridad a expensas de la de otro, sino que dibuja un escenario en el que todos ganan o todos pierden.
Es evidente el contenido normativo y ético implícito en este concepto, formulado no tanto para explicar la realidad sino para
impulsar su transformación basándose en determinados valores (cooperación internacional, multilateralismo, derechos humanos,
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bienestar, construcción de la paz), alternativos a los principios tradicionalmente dominantes en las relaciones internacionales
(intereses nacionales, seguridad estatal, poder militar, relaciones de confrontación en un sistema anárquico, etc.). Esta dimensión
ha sido remarcada por diferentes autores, que subrayan que “la seguridad humana no es tanto un concepto analítico como un
significante de valores políticos y morales compartidos”.
Esa dimensión transformadora de la realidad, sea a escala nacional o global, se desprende del hecho de que la seguridad humana
exige el avance en la satisfacción de los derechos humanos así como, al menos en su versión amplia, del desarrollo humano.
6. La seguridad humana aporta criterios y elementos de juicio para el análisis de las políticas de los estados y de las
relaciones entre éstos y sus ciudadanos.
El principal instrumento y responsable de la consecución de la seguridad humana son los estados, a través de sus políticas públicas,
sin perjuicio de la importancia que también tiene la cooperación internacional y la gobernanza global. No obstante, los propios
estados son con frecuencia responsables de políticas, prácticas y estructuras que causan inseguridad humana. Así pues, la
seguridad humana actúa como un referente que coloca al Estado ante el escrutinio crítico, que permite juzgar sus políticas, sus
capacidades, sus relaciones con los ciudadanos e incluso su legitimidad.
El concepto de la seguridad humana ha sido y es útil como lema movilizador en manos de políticos, activistas sociales y
organizaciones, para dar sustento teórico y coherencia a propuestas e iniciativas en diversos campos (prohibición de las minas
antipersonales, situación de las mujeres en las guerras, tráfico de armas cortas, etc.).
7. Una última contribución del concepto de seguridad humana radica en que ayuda a cuestionar narrativas y conceptos
dominantes en relación con la seguridad y con la política tanto nacional como internacional, que se basan en la lógica
de la confrontación (tales como “interés nacional”, “enemigos”, “relaciones de poder” o “guerra contra el terrorismo”).
Incluso cuestiona narrativas que conforman las propias identidades nacionales o estatales, como es la dicotomía entre “nosotros”
y “ellos”, tan arraigada en las relaciones internacionales. Por el contrario, la seguridad humana rompe con esta lógica de
confrontación y formula una visión de la seguridad en clave cooperativa, universal y preventiva. En este sentido, en el actual
contexto internacional después del 11-S, resulta particularmente reseñable la contribución que la seguridad humana puede hacer
para confrontar el discurso dominante de que la principal y casi única amenaza a la seguridad es el terrorismo internacional.
(invita a pensar sobre la diversidad de causas-raíces de la inseguridad).
1. El concepto de seguridad humana es impreciso, cuenta con diversas definiciones y éstas son demasiado amplias y vagas.
Estas discrepancias se plasman, sobre todo, en la existencia de los dos enfoques, el amplio y el restringido.
Tanto los defensores como los críticos del concepto discrepan sobre dónde situar las fronteras del mismo, cuya definición es
fluida, no estática, a diferencia de otros conceptos académicos y del propio modelo de seguridad nacional clásico. Algunos autores,
como París, hacen hincapié en que el concepto abarca una gama excesiva de cuestiones, desde la seguridad física hasta el
bienestar psicológico, con lo que son múltiples los problemas que pueden considerarse una amenaza a la seguridad humana.
Dicha ambigüedad conceptual, en opinión de tales autores, hace que el concepto tenga escasa utilidad práctica, sea para los
investigadores como herramienta de análisis, sea para los políticos como propuesta y criterio para priorizar sus objetivos y diseñar
sus actuaciones, esta visión amplia de la seguridad humana, tan vinculada al bienestar, no sólo es inútil, sino que “oscurece lo
más característico sobre la idea de seguridad y sobre cómo ésta está inextricablemente vinculada a los conflictos y a las amenazas
existenciales, así como al uso de la violencia.
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2. Por otro lado, existe el riesgo de que, por su carácter multidimensional y amplio, el enfoque de la seguridad humana sirva
como excusa para la militarización de diferentes políticas públicas, tanto en el plano nacional como internacional.
En la medida en que, con este enfoque, multitud de aspectos (salud, alimentación, medioambiente, etc.) pasan a cobrar una
dimensión en términos de seguridad, es verosímil que las fuerzas armadas se sienten legitimadas para tratar de incidir en las
políticas nacionales en las respectivas áreas, en detrimento del carácter democrático de las mismas.Tal posibilidad es
particularmente importante en países en situación de conflicto o fuertemente militarizados, como parece constatarse en
Colombia.
Este riesgo es particularmente perceptible en el caso de las políticas de cooperación al desarrollo y de acción humanitaria. La
vinculación teórica establecida durante los años noventa entre los problemas de desarrollo y los de seguridad, reflejada en el
propio concepto de seguridad humana, ha contribuido a que ambas hayan sido reconceptualizadas como instrumentos útiles para
la prevención de conflictos y la construcción de la paz.
3. Existe el riesgo de que el objetivo de la seguridad humana se utilice como justificación para realizar “intervenciones
humanitarias” por parte de países occidentales ricos en países periféricos en conflicto y crisis humanitarias.
El objetivo de la preservación de la seguridad humana ha pasado a ser esgrimido como una de las justificaciones para tales
intervenciones, particularmente entre los que postulan el enfoque restrictivo de la misma. El concepto de seguridad humana queda
así vinculado al principio de la responsabilidad de proteger, obligada para los estados y la comunidad internacional.
Ahora bien, la experiencia demuestra que tales intervenciones, aunque arropadas con el barniz de principios universales y
humanistas, en realidad responden en gran medida a la agenda y los intereses geopolíticos de los países desarrollados que las
practican. De este modo, según sostiene Mark Duffield, la seguridad humana puede verse como un instrumento occidental para la
gobernanza global, para lo que denomina la “biopolítica global”, esto es, un mecanismo de seguridad que opera mediante
intervenciones tanto reguladoras como disciplinarias. Este crítico autor británico ve la “seguridad humana como una tecnología
que empodera a las instituciones y actores internacionales para individualizar, agrupar y actuar sobre las poblaciones del Sur”.
4. Un último problema, tanto de conceptualización como de uso, radica en una cierta distorsión reciente del concepto de
seguridad humana, palpable en un creciente énfasis que se viene prestando a uno de sus componentes, el de seguridad,
en contraposición a otro, el de desarrollo.
Durante los años noventa predominó una visión universalista de la seguridad humana, en la que el desarrollo y la seguridad eran
vistas como “diferentes pero iguales”. Sin embargo, la guerra contra el terrorismo ha roto el equilibrio entre ambas; ha restado
peso al desarrollo a favor de una visión “más dura” de la seguridad, entendida como la seguridad de la economía e
infraestructuras. nacionales, del propio país. Esto es coherente con un escenario en el que la agenda universalista de desarrollo y
de lucha contra la pobreza, así como la cooperación internacional para el desarrollo, han quedado supeditadas a la prevención del
terrorismo mediante la reconstrucción de los estados frágiles y fallidos, y la mejora de la seguridad en áreas inestables de interés
geoestratégico. El problema, concluye, es que “su” seguridad y desarrollo se están convirtiendo en importantes sólo en la medida
en que son medios para “nuestra” seguridad.
Durante cerca de 50 años, el mundo construyó un concepto de seguridad internacional en torno a la confrontación entre las dos
súper potencias – EE.UU. y URSS - que disputaban la supremacía entre las naciones del mundo, obteniendo como resultado un
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esquema bipolar, con zonas de influencia claramente identificadas, y basado en el equilibrio del poderío militar como factor
principal para la no agresión. Se configuró así un sistema global de seguridad colectiva, la ONU, y unos subsistemas regionales
que podrían llamarse de defensa colectiva (OTAN, Pacto de Varsovia) con los cuales se pretendía mantener el control de las zonas
de influencia y tener capacidad de respuesta ante una agresión del polo enemigo.
La seguridad colectiva fue el paradigma de seguridad que mantuvo en el mundo la “paz internacional” y el equilibrio de poderes
durante el período de la Guerra Fría. Una “paz internacional” caracterizada por conflictos locales de baja intensidad y pugnas por
la expansión de las zonas de influencia, pero siempre con control del orden bipolar global. Estas condiciones no fueron ajenas al
hemisferio americano que, como zona de influencia preponderante para los EE.UU., conformó un esquema de seguridad basado
también en el paradigma de seguridad colectiva.
Este esquema sobrevivió a la coyuntura generada por la desaparición del orden bipolar, conservando sus ideales democráticos y
la voluntad permanente de cooperación para la seguridad y la paz, asimismo que la disposición a brindar al continente protección
ante cualquier amenaza externa que pusiera en peligro la preservación de dichos ideales. Sin embargo, la desaparición del
comunismo como una amenaza para el hemisferio produjo un vacío inmenso que dejó a la seguridad hemisférica en un limbo
conceptual. Esto marcó el inicio de un período en el que los países del hemisferio empezaron a observar cómo se intensificaban
amenazas internas que parecían haber estado congeladas.
Mientras nuevas amenazas se fortalecían paulatinamente sin encontrar resistencia de ninguna índole ni acciones que por lo menos
frenaran su crecimiento, las nuevas condiciones causaron el surgimiento de crecientes malestares en torno a los desequilibrios
de poder en el interior del esquema, las posiciones heterogéneas y las acciones unilaterales de la potencia hegemónica.
Los conceptos de seguridad son los cimientos sobre los cuales un sistema de seguridad es construido. Por eso, el debate sobre el
sistema que el continente necesita debe partir de una redefinición de la visión común que los países tienen acerca de cómo
enfrentar el reto de mantener su seguridad interna, subregional, regional y continental.
Seguridad colectiva
Bajo este concepto, los países pertenecientes a un organismo multilateral de seguridad “... aceptan renunciar al uso de la fuerza
y ayudar a cualquiera de los miembros de la comunidad en el caso de que otro Estado recurra al uso de la fuerza. Es un sistema
que contempla una reacción de fuerza de parte de la comunidad internacional en caso de quebrantamiento de la paz internacional.
A diferencia de la defensa colectiva, la seguridad colectiva está dirigida hacia todo ataque producido dentro de la comunidad”
Es el resultado de una perspectiva moralista y legalista en los asuntos internacionales, que considera que la guerra es un mal
moral que debe extirparse del contexto internacional, y que en su reemplazo debe existir una organización mundial basada en el
derecho, bajo una forma especial de organización y de legalidad que deberían adoptar las relaciones interestatales.
Este concepto está centrado en la garantía y sostenibilidad de una paz duradera, basada en la aceptación de todos los Estados
que hacen parte de determinada alianza para la seguridad de responder conjuntamente a cualquier intento de agresión sobre
alguno de ellos o el conjunto. También se requiere la participación de los Estados en la creación y sostenimiento de un organismo
de carácter internacional con la facultad de coordinar y administrar este mandato.
Propende por un continuo control y apaciguamiento de las amenazas latentes, pues cualquier foco de inseguridad significaría una
amenaza para quienes comparten esta condición de interdependencia en seguridad. Por esto, la seguridad colectiva se materializa
a partir de la creación de un mecanismo efectivo de coerción capaz de disuadir hasta suprimir la agresión.
Esta modalidad de seguridad basada en la disuasión requiere de una fuerza con características estratégicas orientada a mantener
un sistema defensivo creíble, racional y costeable. Es de gran importancia bajo este concepto la existencia de una fuerza
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entrenada, equipada, con capacidad operacional y de carácter multinacional que, además de la acción disuasiva, esté disponible
para la neutralización de una amenaza desbordada en el menor tiempo posible.
La máxima expresión institucional de la SC está representada por la ONU que exige basado en la renuncia de los Estados al uso
individual de la fuerza en supuestos de peligro obteniendo a cambio la garantía de que la amenaza o el uso de la fuerza que fueran
objeto sería contestado por la sociedad en su conjunto.
La SC también fue la base para la construcción de sistemas subregionales de seguridad que respondieran a las preocupaciones
directamente relacionadas con las tensiones vividas después de la Segunda Guerra Mundial. Respondió a la preocupación de
enfrentar cualquier ataque desde el polo geopolítico contrario de manera conjunta y de esta forma prevenir cualquier efecto que
rompiera el equilibrio global establecido.
El concepto de seguridad colectiva presuponía la disposición de los Estados a dejar la guerra en cabeza de un órgano internacional
que garantizara su neutralización. Sin embargo, la permanencia de los ánimos de guerra y la imposibilidad de consolidar una
policía mundial dieron vía libre al desarrollo de cursos de acción contra amenazas persistentes, que se materializaron en
organizaciones de seguridad y defensa colectiva, regionales y subregionales.
La seguridad colectiva fue una respuesta a la violencia entre los Estados que había gobernado el mundo hasta casi la mitad del
siglo XX. La aparición de nuevas amenaza de origen diferente al estatal puso en evidencia su incapacidad para responder a las
complejas situaciones de hoy también han promovido la SC.
La seguridad colectiva es el punto de partida para cualquier definición en torno a la seguridad en el sistema imperante, pero
actualmente dejó de ser el concepto que totaliza la seguridad y la paz para convertirse en un elemento más de un diseño complejo
que enfrente amenazas complejas.
Seguridad Defensiva
El derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectivo, está amparado por la Carta de Naciones Unidas para todos sus
Estados miembros en el entendido de una acción contraofensiva que pretenda mantener intacta su soberanía territorial. Para este
efecto, los Estados cuentan con unas fuerzas armadas encargadas de su defensa, las cuales desarrollan una infraestructura bélica,
unos sistemas de armas e información y llevan a cabo entrenamiento operativo, con vista a responder exitosamente cualquier
agresión externa. Esta suposición puede llegar a convertir una preparación puramente defensiva en una acción de carácter
ofensivo.
El concepto de seguridad defensiva está basado en la consolidación de un escenario en el cual se descarten como amenazas
latentes los ataques externos y la seguridad de un Estado esté ligada inseparablemente a la estabilidad de la comunidad en su
conjunto. La seguridad defensiva es, según la Organización de Naciones Unidas, “una postura militar en la que el concepto
estratégico y operacional, el despliegue, la organización, los armamentos, las comunicaciones y el mando, la logística y el
adiestramiento de las fuerzas armadas permiten inequívocamente en su totalidad una defensa convencional adecuada, pero son
inequívocamente incapaces de un ataque [ofensivo sostenible] transfronterizo.
Para garantizar un escenario en el cual los Estados superen el temor a que cualquiera de sus vecinos o socios regionales se
convierta en una amenaza latente, se requiere de una asociación bajo parámetros específicos como el reconocimiento del legítimo
derecho a la seguridad, la aceptación de la resolución pacífica de las controversias sin recurrir bajo ninguna circunstancia a las
acciones armadas, la homogenización de los aparatos militares, el respeto al derecho internacional y el reconocimiento político y
militar de todas las partes. Asimismo, requiere de la consolidación de una visión defensiva de las fuerzas armadas en la que el
desarrollo de actividades militares típicamente agresivas y de armas de destrucción masiva se limite y sea verificable por un
organismo internacional definido por los países.
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Continúa siendo un concepto que responde a esquemas de conflicto propios de la Guerra Fría, en los que las amenazas a neutralizar
siempre eran de carácter estatal y externo. La seguridad defensiva no contempla en sus bases las acciones a tomar contra la
proliferación de amenazas que rebasan el ámbito estatal y que surgen tanto afuera como dentro del Estado.
Seguridad Cooperativa
Es un enfoque amplio de la seguridad de alcance multidimensional. Enfatiza la confianza y la seguridad, más que la disuasión; es
incluyente más que excluyente; no limita el ingreso de miembros; favorece el multilateralismo más que el bilateralismo; no
privilegia las soluciones militares sobre las no militares; supone que los Estados son los actores principales en el sistema de
seguridad; no exige la creación de instituciones de seguridad formales, pero tampoco las rechaza; y sobre todas las cosas, resalta
el valor del diálogo sobre una base multilateral.
Es el resultado de la reflexión europea sobre las ideas tradicionales que fundamentaban los sistemas de seguridad y por lo tanto
representa un avance a partir de la crítica al concepto de seguridad colectiva. Es resultado de una evolución de las instituciones
de seguridad europea a partir de la Segunda Guerra Mundial, que ha resultado en innumerables acuerdos institucionales, acuerdos
sobre control de armamentos y medidas de construcción de confianza. Asimismo, el origen de la seguridad cooperativa es una
respuesta a un modelo contraproducente, costoso, ineficiente y a veces desestabilizador.
Según Fontana, la seguridad cooperativa es un modelo de carácter preventivo en el cual se genera un ambiente o espacio de
seguridad caracterizado por la estabilidad y la predictibilidad, a través de:
La seguridad cooperativa debe estar acompañada por una estructura institucional basada en el desarrollo continuo de mecanismos
para la promoción de la confianza entre sus asociados, la prevención de los conflictos, la solución pacífica de las controversias y
el fortalecimiento de la democracia. Entonces, la necesidad de una fuerza disuasiva con las características expresadas en el
modelo de seguridad colectiva es innecesaria, ya que las responsabilidades operativas quedarían bajo la responsabilidad de las
Fuerzas Armadas de cada uno de los asociados y tendrían una función netamente de vigilancia, a la espera de tareas de
mantenimiento de la paz que la comunidad internacional les asignare.
La seguridad cooperativa transforma el concepto de soberanía, como históricamente se ha entendido, en un concepto de “co-
soberanía”. La preeminencia de los intereses generales da lugar a un panorama de soberanía ampliado territorial y políticamente,
lo que aportaría un escenario de estabilidad para su consolidación. Es una evolución del concepto de seguridad colectiva que
conserva la característica asociativa, pero que transforma dicha asociación para la respuesta colectiva a una agresión en una
asociación para la prevención de las agresiones.
La presunción de efectividad en la neutralización de las amenazas por medio de la prevención hace de este concepto una opción
incompleta que enfrentaría una debilidad extrema ante el desbordamiento de una amenaza, por cuanto la necesaria respuesta a
dicho evento seria catastróficamente débil.
La seguridad cooperativa se diferencia de la defensiva en que esta última conserva a la disuasión como un elemento de
preservación de la seguridad y la paz ya que, aunque los ejércitos de un país que asuma dicho concepto de seguridad estén
incapacitados para iniciar acciones extraterritoriales, están perfectamente preparados para la derrota de todo aquel que
materializare una agresión contra él.
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Seguridad preventiva
Es el concepto de más reciente discusión entre la comunidad internacional. La percepción de los EE.UU. de tener en estos países
una amenaza latente que podría materializarse en cualquier momento hizo que le planteara al Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas la necesidad de emprender una campaña de carácter preventivo contra el Gobierno de Irak. Sin embargo, dicha solicitud
fue rechazada. Tras el fracaso de las acciones políticas del Consejo de Seguridad y con el fin de desactivar esta inminente fuente
de conflicto, el Gobierno de los EE.UU. invocó su derecho a la defensa y bajo la premisa de una acción de carácter preventivo atacó
a Irak con el fin de derrocar el gobierno existente y destruir el arsenal que representara una amenaza contra la seguridad
internacional.
La seguridad preventiva podría definirse como cualquier acción de carácter individual o colectivo, político o armado, que pretenda
neutralizar, de manera anticipada, una amenaza latente contra la seguridad del territorio o población de un país. Este concepto
ha sido desarrollado ampliamente de tiempo atrás por los Departamentos de Estado y Defensa de los EE.UU. y en países como
Israel y Rusia se ejecutan acciones de seguridad basadas en él.
Este concepto ha sido señalado como incompatible con el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, dada su extralimitación más
allá de la autorizada respuesta militar a una agresión armada consumada, hasta que el Consejo de Seguridad estime una acción
determinada, sea política o militar. Invocarlo presupone una acción unilateral o por lo menos con poco apoyo internacional.
Es un concepto que entra a competir con la visión generalizada de los sistemas de seguridad que fundamentan su accionar en la
resolución pacífica de conflictos, la existencia de cuerpos militares configurados exclusivamente para la defensa in situ y la
definición de medidas de confianza mutua, tendencia actual de la seguridad. De esta forma, se convierte en una alternativa de
fuerza para la solución de retos y amenazas a la seguridad a través del uso anticipado de la fuerza.
Seguridad Multidimensional
La seguridad multidimensional es un enfoque que busca dar respuestas alternativas a los retos de seguridad que enfrentan los
Estados y que serían difícilmente combatidos con medidas de carácter militar. Las características especiales de las nuevas
amenazas han generado la necesidad de diseñar nuevas estrategias que involucren a todos los estamentos de la sociedad y el
Estado en su prevención y neutralización. El concepto de seguridad multidimensional es considerado una respuesta integral contra
los factores de inseguridad modernos.
La Asamblea General de la OEA de 2002 en Barbados tuvo como resultado que los miembros de dicha organización reconocieron
el carácter multidimensional de la seguridad en el hemisferio a través de la firma de la Declaración de Bridgetown, la cual indica
que la seguridad del hemisferio comprende factores políticos, económicos, sociales, ambientales y de salud.
El concepto de seguridad multidimensional no es un concepto reemplazante como en el caso de los anteriores sino
complementario. Es decir, cualquier concepto de seguridad que da origen a un sistema puede apoyarse en la seguridad
multidimensional como pilar para el entendimiento de la seguridad en el sistema.
Sin embargo existen muchos planteamientos críticos del concepto de seguridad multidimensional, entendido como una ampliación
de las autorizaciones de acción de los aparatos armados de los Estados, extralimitando así su misión y otorgándole funciones que
desbordarían sus capacidades. Por otro lado, países como los EE.UU. no están de acuerdo con una aceptación abierta del concepto
de seguridad multidimensional, entendido como un mecanismo de justificación de la existencia de las amenazas y la búsqueda de
causas objetivas para su existencia. En Barbados, la delegación de los EE.UU. hizo un pronunciamiento fuerte frente a la posibilidad
de justificar el accionar de grupos terroristas como una respuesta a condiciones económicas y sociales adversas.
Seguridad Humana
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El nuevo orden internacional después de la Guerra Fría produjo una disminución sustancial de las preocupaciones por una
confrontación armada de carácter interestatal de dimensiones extraordinarias. Paralelamente, generó debates que involucraban
gobiernos, organizaciones civiles y organismos internacionales sobre todo aquello que se empezaba a configurar como amenazas
para la supervivencia y desarrollo de los individuos. Estas amenazas que empezaron a verse como desafíos a la supervivencia de
los seres humanos causaron una concentración del estudio de la seguridad en todo aquello que pudiera afectar el bienestar,
desarrollo y supervivencia del individuo, abriendo espacios para proponer la consideración del ser humano como el objetivo central
de los Estados.
Para la Comisión de Seguridad Humana, “la seguridad humana complementa a la seguridad estatal, promueve el desarrollo
humano y realza los derechos humanos. Complementa a la seguridad del Estado al centrar su foco de atención en las personas y
haciendo frente a inseguridades que no han sido consideradas como amenazas para la seguridad estatal. Al contemplar este otro
género de riesgos adicionales, amplía el foco de desarrollo humano más allá del concepto de “crecimiento con equidad”. El respeto
a los derechos humanos constituye el núcleo de la protección de la seguridad humana.
El concepto de seguridad humana propone cambios sustanciales en la visión de los Estados de las cuestiones de seguridad. Y
aunque no desconoce los factores de inseguridad tradicionales que han sido neutralizados por medio del uso de la fuerza, es
evidente que el posicionamiento del ser humano como eje central convierte en extraños conceptos tradicionales como el de
soberanía y a la seguridad en un concepto que requiere de la incorporación de elementos económicos, sociales, tecnológicos y
ambientales, principalmente.
Debido a su amplitud y a la novedad de su estudio, la seguridad humana es un concepto que teóricos y analistas corren el riesgo
de convertir en todo aquello que representa un obstáculo para el desarrollo humano, desdibujando el alcance real de la seguridad
como elemento necesario para la supervivencia y el libre desarrollo. Debe fundamentarse en el posicionamiento del ser humano
como fuente central de la atención de cualquier actividad política o militar del Estado, que reconoce al individuo y la suma de
ellos como fundamento básico en la definición de un concepto moderno de soberanía.
INTRODUCCIÓN
Se ha escuchado en el periodo de pos guerra fría que ante una realidad cambiante como la contemporánea es necesario que el
concepto de seguridad internacional se modifique y adapte al nuevo contexto internacional. Una ampliación y extensión del
concepto de la seguridad ayudará a enfrentar mejor las amenazas y proponer mejores alternativas para garantizar la precaria paz
internacional. El problema de estos enfoques es que exageran los factores de cambio y tienden a ignorar los factores de constantes
históricas. Por más mutable que resulte la realidad internacional, es innegable que existen rasgos de continuidad.
El argumento en el que se apoyó el autor es: el arte de la guerra y los instrumentos para garantizar la seguridad internacional han
sufrido menos cambios de lo que se suele admitir por tanto, el debate sobre la reforma y expansión del concepto de seguridad
internacional parecen prematuras porque son las continuidades, más que los cambios, los que dictan las necesidades estratégicas
y de seguridad de la mayoría de los estados. La visión ortodoxa y tradicional sobre seguridad internacional, enfocada en asuntos
militares y estratégicos, sigue siendo relevante y no debe ser desplazada por enfoques más normativos o liberales.
Parte del concepto de seguridad tradicional, como una subdisciplina que forma parte del estudio de las relaciones internacionales
y que atiende a lo referente a la amenaza, uso y control de la fuerza militar. El concepto explora las condiciones que posibilitan el
uso de fuerza, los efectos que ésta tiene sobre los individuos, la sociedad y el estado, así como las políticas de guerra. Desde este
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3. Marginación del mundo mayoritario.La reforma de los sistemas globales de comercio, la ayuda y la reducción de la deuda
con el fin de hacer de la disminución de la pobreza una prioridad mundial.
4. Terrorismo internacional. Abordar las reivindicaciones y aspiraciones políticas legítimas de los grupos marginados, junto
a operaciones policiales contra el terrorismo conducidas con inteligencia contra grupos revolucionarios violentos.
5. Militarización global. Junto a las medidas de no proliferación, los países con armas nucleares deben dar pasos hacia el
desarme.
Juntos, estos elementos constituyen un nuevo paradigma que podría denominarse “paradigma de seguridad sostenible”. La
principal diferencia entre éste y el “paradigma de control” es que este enfoque no trata de controlar unilateralmente las amenazas
mediante el uso de la fuerza (“atacar los síntomas”), sino que más bien tiene como objetivo resolver de manera cooperativa las
causas subyacentes de esas amenazas utilizando los medios más efectivos disponibles (“curar la enfermedad”). Asimismo, un
enfoque de seguridad sostenible es inherentemente preventivo en el sentido de que aborda las causas probables del conflicto y la
ines-tabilidad mucho antes de que se dejen sentir los efectos negativos. Por esto mismo, este enfoque requiere que se coordine
mediante la ONU (reformada) porque los gobiernos individuales están demasiado centrados en sus propios intereses.
INTRODUCCIÓN
Tras la Guerra Fría se dio un cambio significativo en el concepto de seguridad y lo que se entiende por la misma. La clásica
definición de seguridad elaborada por Arnold Wolfer (1962) como la ausencia de amenazas a valores adquiridos, en un sentido
subjetivos, la ausencia de que tales valores sean atacados sigue siendo válido, pero también se van a operar cambios significativos
en las amenazas consideradas y los valores susceptibles de protección. Y es que, el nuevo contexto internacional, las
preocupaciones de seguridad se fueron transformando. Así, a la preocupación por la supervivencia se sumaría en muchos casos
otra serie de cuestiones relativas a las condiciones de vida.
En ese contexto los años que siguen al fin de la Guerra Fría serán un tiempo de constantes esfuerzos en la búsqueda de una mejor
definición de la seguridad y de aparición de numerosas propuestas.
En ese nuevo marco se verán alterados todos los elementos fundamentales del concepto de seguridad: el objeto referente, los
valores a proteger y la naturaleza de los desafíos a la seguridad, y con ellos el propio concepto.
1. El objeto referente
En lo que hace al objeto referente, si durante la Guerra Fría la seguridad había estado centrada en el primer mundo en el estado,
entendiéndose fundamentalmente como seguridad nacional y en buena medida militar. Luego de la Guerra Fría, los esfuerzos en
materia de seguridad irán orientados a la protección del estado, pero también de la sociedad, las colectividades, el individuo y la
humanidad. Se amplía el concepto de seguridad, en lo que al objeto referente respecta y va más allá del estado para incluir el
esfuerzo tato de estados como de grupos por condicionar la estructura de conjunto del sistema de seguridad internacional.
En la periferia y estados en vía de desarrollo la situación será distinta. Será frecuente que el estado sobreviva como objeto
referente de la seguridad, pero a la par con él o incluso por encima de él y, frecuentemente identificado con él. El objeto referente
de la seguridad será en muchos casos el régimen. Es interesante, la asimilación de la seguridad del régimen a la seguridad nacional
y viceversa.
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Junto con la transformación del objeto referente de la seguridad se pasa de un concepto de seguridad nacional centrado en la
defensa de carácter territorial a una situación donde –de la mano de la interdependencia-, tal aproximación será cada vez menos
viable. En el nuevo contexto será importante el incremento de la confianza entre los estados, la reducción de sus capacidades
ofensivas o el avance de la reorganización de las capacidades defensivas de los estados en la línea de lo que se denominado
“seguridad cooperativa”, siempre con el fin de reducir la probabilidad de que se acabe llegando a un conflicto armado o la
necesidad de una aproximación cooperativa para hacer frente a determinados desafíos de naturaleza global o transnacional.
Estos se diversifican tras el fin de la Guerra Fría, junto a cuestiones que podríamos considerar vinculadas a un concepto clásico o
tradicional de seguridad como la soberanía, la integridad territorial o la autonomía, aparecen otras bien distintas entre las que
cabe mencionar la seguridad física, el bienestar, los derechos humanos o el mantenimiento de la biosfera.
Aparece la necesidad de proteger a los individuos, comunidades o poblaciones, que ahora son consideradas como referentes de la
seguridad de amenazas de base religiosa, lingüística, racial, de clase o de casta, entre otras.
Ha cambiado la naturaleza de los desafíos susceptibles de poner en tela de juicio la seguridad y también la percepción de los
mismos. Unos desafíos en relación con los cuales revestirá cada vez mayor importancia una cuidadosa diferencia de amenazas y
posibles situaciones que podrían darse como consecuencia de un conjunto de circunstancias y que conllevarían un daño en caso
de producirse.
En el caso de las amenazas, que en lo sucesivo serán militares y no militares, será importante tener presente que alguna de las
que identificamos como amenazas no tradicionales a la seguridad son en realidad cuestiones que ene l pasado quedaban
confinadas en el ámbito de la seguridad interior, este es caso de la delincuencia organizada.
En el caso de los riesgos que son de carácter no militar, podemos hablar de: hambre, problemas medioambientales, enfermedades
infecciosas, migraciones, desempleos, bancarrota, etc.
“Búsqueda de la libertad por la amenaza, y la habilidad de los estados y las sociedades de mantener sus identidades
independientes y su integridad funcional contra las fuerzas del cambio que pueden ser vistas como hostiles”
Partiendo de esa definición, habrá que tener presente que son varios los ámbitos a tener en cuenta en la relación con la seguridad:
seguridad militar, política, económica, societal y medioambiental. Hay que tener en cuenta que la jerarquía entre estos diferentes
tipos de seguridad varía de acuerdo de si hablamos de un estado de centro o de periferia.
SEGURIDAD CONCEPTO
Seguridad Militar Hace referencia al ámbito reservado tradicionalmente a la seguridad; esto es, el que se refiere a la
garantía de la independencia e integridad territorial del estado frente a fuerzas que pretenden
ponerla en cuestión.
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Seguridad Política Relacionada con la garantía de mantenimiento de la identidad política de un estado y su organización
institucional. Se trataría de la existencia de una expectativa razonable de supervivencia de su
sistema político.
Seguridad Económica El acento se pone en el mantenimiento de una base material que permita tanto la continuidad del
estado como la supervivencia de la población. En este caso, podemos hacer referencia a que el
incremento de población puede suponer un desafío o como la sobreutilización de recursos naturales
puede comprometer el desarrollo económico.
Seguridad Societal Se pasa de una seguridad centrada en el estado, a una seguridad centrada en la sociedad, y que
plantea que los rasgos fundamentales de una sociedad: tradiciones, cultura, lengua, religión,
costumbres, etc., se encuentran protegidos a pesar de las circunstancias cambiantes.
Existen dos tipos de desafíos de la seguridad:
1. Los que derivan de la competencia entre grupos dentro de una misma sociedad con rasgos
diferentes, llamados desafíos horizontales.
2. Los que derivan de la integración de un grupo en un contexto social más amplio, con la
posibilidad de quedar subsumido en él, llamados desafíos verticales.
La transformación de los elementos que integran el concepto de seguridad y la creciente importancia de algunas de las nuevas
dimensiones consideradas, determinarán la aparición y consolidación de nuevos conceptos como: seguridad societal, seguridad
humana, seguridad medioambiental, seguridad energética, seguridad alimenticia, etc.
Entre todos estos, cabe destacar un concepto central: SEGURIDAD HUMANA, es importante por su grado de implantación y
repercusión, por más que se trate de un concepto de difícil medición y cuya definición también es compleja, lo que explica que
aparezcan conceptualizaciones distintas y que sea objeto de numerosas críticas.
El concepto de seguridad humana surge tras finalizada la Guerra Fría y a principios de la década de los ’90.
Este nuevo concepto, en consonancia con el cambio del objeto referente de la seguridad a que nos referíamos más arriba y, a
diferencia de otros más tradicionales como el de seguridad nacional del que ya hemos hablado, tiene la particularidad de estar
centrado en la gente.
En un informe realizado por el PNUD, se explica que lo fundamental será la ampliación del concepto de seguridad de manera que
abarque algunas de las dimensiones a las que ya nos referíamos más arriba y sin las cuales la protección de la seguridad humana
no será posible, en concreto seguridad económica, alimenticia, sanitaria, medioambiental, personal, societal y política, son
dimensiones que en ningún caso deben considerarse como mutuamente incluyentes.
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Junto a ello, el informe planteaba qué se va a entender por seguridad humana, al indicar que en lo sucesivo los esfuerzos en
materia de seguridad deberían ir encaminados a garantizar que los individuos se encuentran:
La seguridad humana implicará en consecuencia la protección de los individuos frente a amenazas tales como la enfermedad,
hambre, desempleo, el crimen, el conflicto social, represión política o los riesgos medioambientales. Supondrá, en suma, la
emancipación del individuo de las ataduras físicas o humanas que puedan impedirle hacer lo que desearían incluyendo el hambre,
la enfermedad, discapacidad, desempleo, etc.
Con todo, es aquí donde aparecen las diferencias, fundamentalmente entre quienes son partidarios de un concepto amplio de
seguridad humana y quienes son ven de forma más favorable el empleo de un concepto restringido. Los partidarios de un concepto
rígido de seguridad humana limitan el concepto a la protección de los individuos de forma que queden libres de miedo, es decir,
freedom from fear.
Frente a esto aparecen los partidarios de un concepto amplio de seguridad humana, que consideran que los individuos también
deben ser protegidos frente al hambre, la pobreza, la enfermedad, la degradación medioambiental y los desastres naturales. Dirán
que estos desafíos son los responsables de más muertes que la guerra, los genocidios y el terrorismo.
Estos consideran que la seguridad es: la medida en que un individuo puede esperar no experimentar un estado de pobreza
generalizada en su vida», es decir prestan atención a la protección de los individuos en la medida en que estén «libres de
necesidad», esto es al ámbito de freedom from want.
En consecuencia, la emergencia y consolidación del concepto de seguridad humana es el resultado de la toma de conciencia de
que garantizar la seguridad de los estados es requisito necesario, pero no suficiente para garantizar la seguridad de sus
poblaciones, ya que no podemos olvidar entre otras cuestiones, que a lo largo del último siglo ha muerto más gente víctima de su
propio gobierno que en manos de ejércitos extranjeros.
Si bien el estado ha dejado de ser el objeto referente de la seguridad y pasar a ser los individuos quien ocupen su lugar, el estado
sigue teniendo su papel como provisor de seguridad, esto quiere decir que la razón de ser del estado sigue siendo la de garantizar
la seguridad a sus poblaciones.
La transformación de los elementos que se explicaba anteriormente (el objeto referente, valores a proteger, naturaleza de los
desafíos) e incluso del mismo concepto de seguridad va a llevar a que se cuestionen los medios utilizados hasta el momento para
proteger la seguridad, ya que en este nuevo contexto serán insuficientes. Y es que buena parte de los nuevos desafíos de la
seguridad tendrán un carácter claramente transnacional, cuando no global, además de ser desafíos no ya de carácter militar sino
económico, social, etc.
La consecuencia de este cambio será doble. En primer lugar, los medios militares deberán acompañarse de algunos otros para
poder dar respuesta efectiva a los problemas de seguridad y en otros casos resultarán inadecuados o inútiles para abordar el tipo
de desafíos a que nos enfrentamos.
Esta nueva realidad se traducirá en la necesidad de dedicar recursos previamente destinado a hacer frente a amenazas militares
a la gestión de cuestiones de carácter claramente no militar como pueden ser la pobreza, la competitividad industrial, problemas
en el ámbito educativo, el tráfico de drogas, la migración, el crimen transnacional, etc.
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Por otra parte, nos encontraremos con situaciones en las que por la naturaleza de los desafíos a la seguridad con que nos
encontramos, no será posible articular una respuesta de carácter nacional, sino que será necesario actuar de forma coordinada.
Esta realidad tendrá como consecuencia el ascenso de actores diferentes a los estados como las organizaciones internacionales,
pero también la aparición de nuevas realidades, reflejadas en nuevos conceptos como el de la indivisibilidad de la seguridad.
En consecuencia, será necesaria una aproximación a problemas que no se limite a esfuerzos presupuestarios cada vez mayores en
materia de defensa, sino que ponga en juego todos los recursos del estado y muchas de sus políticas por quienes abogan por una
aproximación de seguridad sostenible.
Por otra parte, el problema puede presentarse en la medida en que el estado no sea capaz o no quiera garantizar esa seguridad.
En el primer caso (no sea capaz), estamos hablando de estados fallidos y estados en donde el monopolio de la fuerza legítima dista
mucho de ser una realidad. En el segundo caso (no quiera), se hace referencia a que existen elementos del estado que se convierten
en una amenaza para su propia población y compromete el que esta pueda estar libre de necesidad y de miedo.
SECURITIZACIÓN Y DESECURITIZACIÓN
Un análisis importante es el que se refiere a quién puede decidir que una cuestión pasa a ser considerada como un problema de
seguridad y con qué finalidad y para responder a qué intereses toma tal decisión.
El problema es la dificultad inherente al intento de establecer el límite entre las que pueden ser consideradas cuestiones de
seguridad y las que necesariamente ya quedan fuera de ese marco. La cuestión no reviste una importancia menor ya que el propio
concepto de seguridad variará en función de cuáles sean las cuestiones que consideramos como problemas de seguridad,
dependiendo de cuáles sean el sujeto referente de la seguridad, los riesgos y amenazas y los valores a proteger.
Así, si nos limitamos a un concepto de seguridad nacional tradicional, como el analizado más arriba, donde el objeto referente es
indiscutiblemente el estado, el problema de la securitización simplemente no se planteará. Por el contrario, si pasamos a
considerar como objeto referente a las comunidades, la sociedad o los individuos y, en consonancia con ello pensamos que
cuestiones como el bienestar, la protección de la biosfera o los derechos humanos son valores a proteger estaremos securitizando
tales materias y expandiendo con ello el concepto de seguridad.
La cuestión para algunos autores, es ser capaces de determinar qué hace que una determinada cuestión constituya un problema
de seguridad, qué es lo que un ámbito debe ser securitizado. La cuestión reviste gran trascendencia ya que consideran que las
élites pueden tratar de secutirizar distintos ámbitos con el fin de lograr un mayor control sobre ellos, ya que cuando algo es
considerado una cuestión de seguridad se permite en relación con ello incluso la adopción de medidas que serían completamente
inaceptables en otro caso. En efecto, cuando de lo que se trata es de una amenaza a la seguridad incluso opciones tales como la
suspensión de derechos, la detención sin cargos o el uso de la fuerza contra la población llegan a considerarse justificables
La consideración de algo como «problema de seguridad» permite asimismo dejar de lado cualquier tipo de oposición política o
ideológica, pues se parte de la base de que una cuestión que es tan seria como para tener implicaciones en el ámbito de la
seguridad queda fuera de lo discutible, de lo debatible, no es algo que pueda ser objeto de la confrontación política y casi ni de
debate académico.
El problema es que toda vez que no es fácil determinar cuándo una determinada cuestión debe ser considerada como un problema
de seguridad, en muchos casos tal decisión queda en manos de elites que podrán actuar más guiadas por su propio interés que
por verdaderas razones de seguridad.
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Actores violentos no estatales y la seguridad nacional e internacional.
Introducción.
Las últimas investigaciones sugieren que los actores violentos no estatales se han convertido en un desafío para los Estados. Estas
situaciones las podemos ver en los siguientes países:
➢ En Europa podemos ver como los grupos yihadistas han llevado a cabo ataques en las ciudades de Madrid y Londres.
➢ En México, los cárteles de droga presentan un verdadero problema para el estado, han matado a una gran cantidad de
policías que se han enfrentado a estos grupos.
➢ En las favelas de San Pablo y Río de Janeiro, los traficantes de drogas y más actualmente, las milicias proveen formas
rudimentarias de gobierno en las áreas urbanas donde el estado está ausente.
➢ En América Central y los Estados Unidos “youth gangs” como Mara Salvatrucha (Ms-13) tienen una presencia
predominante en algunos territorios.
➢ En Colombia, el estado ha sido vencido tras los esfuerzos de establecer un acuerdo con las FARC, las guerrillas se han
transformado en el mayor traficante de drogas en algunas regiones.
➢ También existen estas situaciones en países como Italia, Albania, Afganistán y algunos países de África y Asia Central
La dominación del mundo por los Estados-nación, que se caracterizan por tener el monopolio de la fuerza en su territorio, no es
tan absoluta como parece. Latinoamérica, a diferencia de Europa, no se benefició o sufrió de la construcción de estos estados por
las guerras del siglo XX. Por otro lado, en África los estados fueron una creación artificial del colonialismo, algunos llegan a decir
que son “cuasi estados”.
En el siglo XXI, el monopolio del uso de la fuerza estatal está disminuyendo. Son pocos los estados que se pueden jactar de tener
un verdadero monopolio de la fuerza al interior de su territorio. Esta ha sido una cuestión fundamental, que de cierta manera se
ha dejado de lado, podemos hablar de un fenómeno de violencia a nivel mundial que ha tomado diferentes formas de acuerdo a la
parte del mundo en la que nos encontremos. Estas formas son:
En muchos casos, estos grupos son un desafío para el estado, en otros cooperan con éste y hasta se puede llegar a decir que en
algunos casos el Estado aparece como un espectador pasivo mientras los grupos criminales se pelean entre ellos.
A pesar de sus diversas formas, podemos decir que estos grupos violentos poseen ciertas características en común. Estos grupos
no solo representan un problema para cada uno de los estados que debe combatir con ellos sino también para la seguridad
internacional, según algunos analistas estos problemas lejos de disminuir, es muy probable que aumenten en las próximas décadas.
El objetivo de éste artículo es explorar el fenómeno de éstos actores y reconocer que hay varias sub-especies y en donde cada una
tiene diferentes características.
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UNIDAD 2: Cambios en el contexto de la Seguridad Internacional
Armerding, Gisela; Del Viso, Nuria; Fontana, Andrés; Münkler, Herfried ; Reinares, Fernando; Moreno, Alberto Priego; Corte &
Otros; Brieger, Pedro.
TENDENCIAS DE EVOLUCIÓN DE LA GUERRA HACIA EL SIGLO XXI. CASO DE ESTUDIO: GUERRA DE AFGANISTÁN (2001) | Armerding
INTRODUCCIÓN
El fenómeno de la guerra ha adquirido nuevas formas de manifestación. Los modos de resolución violenta de los conflictos humanos
han adoptado características particulares que permiten diferenciarlos de las formas en que se habían presentado anteriormente.
Es dable encontrar en dicho fenómeno ciertos factores de continuidad y otros de cambio.
Los primeros vienen dados por la esencia misma del hombre que, como ser egoísta, se encuentra en permanente estado de
conflicto con sus semejantes y recurre a la violencia para lograr su supervivencia. Lo que sí ha ido mutando con el paso de los
siglos, es la forma en que se ha manifestado esa interacción violenta, la que se fue modificando acompañando los cambios que
signan la evolución de la humanidad.
La realidad en la que los enfrentamientos armados tradicionales, entendiéndose como en los que se enfrentaban fuerzas armadas
regulares de los Estados organizados, han perdido perdido preponderancia frente a nuevas formas de guerra en las que
predominan métodos y reglas no convencionales en relación al paradigma vigente.
Es este sentido, es oportuno recordar la metáfora clausewitziana de la guerra como camaleón que, en tanto fenómeno social, está
sometido a cambio permanente y constante adaptación a las diversas realidades sociopolíticas en las que se desarrolla.
El conflicto de Afganistán de 2001 pone en evidencia la conjugación de ciertos elementos tradicionales que, sometidos a nuevas
aplicaciones, finalmente logran dar a luz un producto híbrido, característicos de las etapas de transición. Considerando que los
Estados Unidos es la potencia rectora del sistema internacional, la utilidad de estudiar el caso Afganistán radica en su plasmación
del “modo norteamericano de hacer la guerra”.
DESARROLLO
En respuesta a los atentados terroristas perpetrados contra los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, la administración
Bush decidió una respuesta militar de ataque al territorio afgano que, gobernado por el régimen Talibán, fue invadido por ser
considerado cobijo de la red Al-Qaeda, acusada del flagelo. El Comando Central del Departamento de Defensa de los Estados
Unidos (CENTCOM) fue la autoridad militar en Afganistán. Si bien en primer instancia, la respuesta norteamericana fue de corte
tradicional, respondiendo con un ataque militar frente a una amenaza no convencional, el desarrollo de la operación Enduring
Freedom revistió ciertas características que escapan al paradigma convencional de enfrentamiento armado.
Bajo dicho paradigma entendemos al fenómeno de la guerra como “...una forma de violencia que tiene por característica esencial
ser metódica y organizada, en cuanto se refiere a los grupos que la hacen y a las maneras como se desarrollan. Además, la guerra
se encuentra limitada en el tiempo y en el espacio, y está sometida a reglas jurídicas particulares..." De la definición clásica se
desprenden elementos que caracterizaron la manera de hacer la guerra desde la Paz de Westfalia.
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Siguiendo la tradición clásica, para que un hecho pueda ser calificado de guerra, debe ser posible identificar ciertos factores. En
primer lugar, la existencia de una relación conflictiva entre dos o más colectividades organizadas política y militarmente,
encarnadas tradicionalmente en la figura del Estado-nación, que se dirime a través del uso generalizado y continuo de la violencia
armada. Uno de los cambios más evidentes en este sentido, es la pérdida de monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado-
nación. No siendo ya el depositario único de las lealtades individuales, otras entidades que cuentan también con una organización
política y militar, detentan el recurso a la violencia armada.
Otra de las características que está sufriendo modificaciones es el hecho de la limitación del enfrentamiento armado en tiempo
y en espacio. En la mayoría de los conflictos actuales, resulta casi imposible establecer una delimitación temporal que responda
a la realidad. Del mismo modo, actualmente resulta casi improbable poder delimitar un campo de batalla tradicional para el
desarrollo de la contienda armada. Este ha adquirido diversas características, como ser virtual, no lineal y extensivo, todo lo cual
añade complejidad.
Un tercer factor a destacar es el hecho de la falta de códigos comunes en el desarrollo de la guerra. Tradicionalmente, los Estados
libran una guerra enmarcados por reglas jurídicas o por convenciones. Pero, dado que actualmente la mayoría de los
enfrentamientos se da entre actores de distinta naturaleza, ello redunda en la inexistencia de un lenguaje común, en la falta de
reglas compartidas.
La guerra de Afganistán, con fecha oficial de inicio el 07 de octubre de 2001, se emprendió contra el régimen Talibán, acusado de
apoyar a la red terrorista Al Qaeda considerada responsable de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Durante la operación
Enduring Freedom, la coalición liderada por los Estados Unidos dio apoyo a un grupo interno (la Alianza del Norte) para acometer
el ataque a la zona norte del país, considerada bastión principal de las fuerzas enemigas. El apoyo se dio mediante bombardeos
tácticos, relevamiento de inteligencia y provisión de armamento.
La operación comenzó con una serie de golpes aéreos contra ciertos blancos en territorio afgano. Pero, a pesar de los daños
causados, los ataques no lograron una significativa reducción del poder del régimen Talibán. Es que se tornó necesaria la puesta
rápida en acción de las Fuerzas Especiales. Si bien la acción militar logró la caída del régimen Talibán, ello no significó un verdadero
fin de la guerra, sino que el enfrentamiento armado continúa hasta nuestros días.
La primer y más obvia característica que presentan los actuales conflictos armados en general, es el hecho de que en los mismos
participan actores de distinta naturaleza. Sino que interviene una heterogénea gama de organizaciones de las más diversas
características. Diversos grupos compiten hoy en día con los Estados para arrebatarles su condición de actores beligerantes. Esta
situación viene dada, entre otros motivos, por la pérdida de legitimidad del Estado en tanto único representante de las demandas
sociales. Es así que, facilitado por el contexto globalizado, los individuos y las sociedades mantienen lealtades hacia causas que
no necesariamente coinciden con los intereses estatales. Si bien el Estado-nación ha perdido el monopolio de la violencia, no ha
perdido su legitimidad frente a la comunidad mundial, razón por la cual siguen siendo los actores preponderantes del sistema
anárquico internacional.
Bajo el mando del líder General Dostum, las tres principales facciones afganas constituyeron la principal fuerza de choque ante
los talibán. Es así que la Fuerzas Especiales trabajaron dando apoyo a un grupo de guerreros nativos para atacar las fuerzas del
Talibán al norte del país. Así quedó configurado el escenario de actuación de fuerzas militares trabajando con grupos de milicia
irregular frente a elementos armados del régimen que gobernaba al país.
El hecho de que las Fuerzas Especiales poseen gran habilidad para operar en forma descentralizada, en tanto constituyen
formaciones pequeñas, compuesta por poca cantidad de hombres, que pueden funcionar sin órdenes detalladas, redundan una
gran capacidad móvil con apoyo de poder aéreo. Esto confiere también flexibilidad a las operaciones, lo cual posibilita un mayor
abanico de opciones frente respuestas asimétricas de un enemigo difuso Esta combinación elementos rudimentarios más alta
tecnología, empleada por pequeñas unidades con alta capacidad de maniobra, resultó ser muy eficaz a la hora del logro del
objetivo, en contraste con el menos feliz empleo de fuerzas convencionales durante la posterior operación Anaconda.
Las operaciones de inteligencia dedicadas a combatir grupos irregulares difiere de aquellas dirigidas hacia operaciones
tradicionales, principalmente en su naturaleza más prolongada y la mayor incidencia de variables culturales.
Dado que en los conflictos actuales se enfrentan combatientes de distinta naturaleza, los medios y estrategias empleadas son
también disímiles. Es así como la característica de asimetría se aplica en el campo de batalla, implementando diferentes
estrategias de combate. Por lo tanto, los objetivos ya no se dirimen sólo en el campo militar, sino que implican otras áreas como
ser los campos económicos, e incluso psicológicos, por lo cual se argumenta que el campo de batalla se ha hecho extensivo a
punto de no poder ser delimitado. Por consiguiente, resulta funcional al objetivo último el ataque a blancos civiles, como ser un
monumento o un edificio gubernamental, en tanto ayudan a socavar la voluntad del adversario, que se ve afectado en sus bastiones
de poder cultural, por ejemplo. De este modo, queda implícita una ampliación del tradicional campo de batalla. Las confrontaciones
bélicas ya no se desarrollan exclusivamente en un lugar geográfico determinado, sino que puede hacerse extensivo hacia la
sociedad toda, incluyendo el ataque hacia ciudades y blancos civiles.
También está presente el combate en campo de batalla no lineal. Para el desarrollo exitoso de la guerra en Afganistán, resultó
clave la integración del poder aéreo con las operaciones especiales en el terreno.
Por otra parte, podemos hablar de un campo de batalla virtual. Las ventajas otorgadas por la velocidad en el intercambio de la
información, basada en el desarrollo tecnológico de las comunicaciones es un factor a tener en cuenta en el momento de elaborar
la estrategia. La guerra psicológica, librada para ganar “la mente y el corazón” de la población del adversario, deviene un elemento
de influencia sobre la opinión pública mundial. Durante el conflicto en Afganistán, fue común la circulación de imágenes de
soldados norteamericanos colocando su propio casco a un niño, como también lo fue la propagación en la red de escenas de
mujeres afganas llorando con el fondo de sus casas hecha ruinas. Esta lucha librada en el campo de batalla virtual debe ser tenida
en consideración a la hora de elaborar el modo actual de hacer la guerra.
En gran parte de los conflictos actuales, se ha observado la dificultad por parte de los actores en conflicto de poner fin a la
violencia armada, siendo que la mayoría de las veces se firman ceses al fuego, ante lo cual, ciertos sectores de las organizaciones
no estatales armadas no reconocen dicho acuerdo y siguen adelante con la lucha. Es decir, frente a la inexistencia de un adversario
claramente identificable, la complejidad de la contienda contamina también el proceso mismo de finalización, tornando difusa la
línea imaginaria entre la guerra y la paz.
En el caso de Afganistán, más allá del término oficial de la guerra, cuya fecha puede establecerse por la firma del Acuerdo de
Bonn el 05 de diciembre de 2001, no puede darse por concluido el enfrentamiento armado. El Acuerdo de Bonn, cuyo propósito
principal fue establecer instituciones de gobierno para llenar el vacío dejado por la destrucción del régimen Talibán, fue concluido
por grupos afganos convocados por las Naciones Unidas. Dicho documento no puede ser considerado un acuerdo de paz entre las
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partes enfrentadas, sino que su implementación se basa en la victoria de la coalición. Afganistán continúa padeciendo altos niveles
de inseguridad, principalmente en las zonas sur y este del país; donde las fuerzas de la coalición continúan operando contra los
insurgentes.
Otro rasgo común en la diversidad de los conflictos actuales analizados es el empleo cada vez mayor de compañías armadas
privadas. El uso de las mismas se da bajo forma de custodia de ciertas zonas que revisten importancia estratégica o por medio de
una actuación directa en los campos de batalla. El aumento del uso de fuerzas armadas privadas reditúa en una considerable
disminución de los costos económicos, y por sobre todo políticos, para el Estado que lleva adelante una guerra. Otra elemento
considerado a la hora de evaluar el empleo de fuerzas privadas es que las mismas pueden actuar por fuera de las convenciones
internacionales establecidas, lo cual les brinda un mayor margen de maniobra en el campo de batalla. Darle lugar a estos actores
en conflictos armados es contribuir a la proliferación de actores no estatales, una especie de retorno al pasado pre estatal donde
se desdibuja la figura de estado-nación como monopolizador de la coacción física legítima.
Una característica recurrente que se observa en la mayoría de los conflictos es que los actores recurren a actividades criminales
con el objeto de financiar sus operaciones bélicas. En un mundo altamente interconectado, los líderes de grupos irregulares suelen
utilizar las redes del crimen transnacional para obtener beneficios económicos que puedan sustentar sus operaciones bélicas. En
Afganistán el cultivo de amapola, junto con el tráfico de opio, heroína y de esmeraldas constituye la principal fuente de
financiación de los grupos irregulares que intervinieron en el conflicto armado afgano (en 2004 el 60% del PBI). La existencia de
la denominada “economía del opio” constituye un gran problema a la hora del planteo de estabilidad en el país.
Asimismo, los actores no estatales ven hoy facilitado el acceso a tecnologías, antes sólo disponibles para los estados, lo cual les
permite disputarle el monopolio de la violencia dentro de un determinado ámbito geográfico local (el del estado afectado) o
incluso pretender llevar el conflicto a nivel global. La guerra, como fenómeno humano, no escapa a los alcances de esta nueva
dimensión de la información; como toda interacción social resulta en esencia una forma de comunicación, que consiste en enviar
mensajes, en este caso por medio de la acción violenta, a la otra parte.
Esta situación se vio reflejada en el conflicto en Afganistán, en la cual operaron pequeñas unidades de acción o células en órdenes
de tipo misión, con mayor énfasis puesto en la maniobra. Si tomamos el ejemplo de la toma de la ciudad de Mazar-e Sharif
podemos ver que, frente al alto grado de dispersión de las fuerzas del talibán, fue necesario dividir a los destacamentos en
pequeñas células para aumentar el grado de movilidad y poder así infiltrar las fortalezas en las montañas. En esta guerra se vieron
desvanecidos los niveles tradicionales. Y lo que ahora hace un soldado o un sargento en el campo de batalla tiene el potencial de
afectar la estrategia en los niveles más altos.
La guerra es esencialmente un fenómeno político y no militar; en donde lo militar tiene un impacto trascendente como proyección
de poder, pero no es la única variable a tener en cuenta. A pesar que diferentes normas y convenciones han tratado de regular a
la guerra, estas no siempre han sido totalmente respetadas. El actual marco jurídico que regula a la guerra se remonta a mediados
del siglo XIX, como parte de un proceso más amplio de regulación de las relaciones internacionales entre los Estados. Pero, dado
que el escenario mundial ha variado, y hoy en día el enfrentamiento armado se da entre actores de distinta naturaleza, resulta de
ello la dificultad de exigir la aplicación de un código común de desempeño en la guerra.
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Resulta importante destacar que dicha situación se ve facilitada por el hecho de que el actual marco normativo, al ser de carácter
regulatorio y no coercitivo, es violado por diversos actores, no preocupados por ningún tipo de sanción que pudieran sufrir. Así,
los nuevos actores, que no se consideran restringidos por el mismo, actúan sin su observancia, mientras que las fuerzas de los
Estado-nación si tienen la responsabilidad de observarlos, lo cual produce situaciones de tensión y de anomalía.
COMENTARIOS FINALES
El principal factor contribuyente está dado por el hecho de que el Estado ha dejado de ser el depositario exclusivo de las lealtades
de su ciudadanía, en tanto ésta tiene ahora -más que nunca- la posibilidad de aunar esfuerzos, en procura de sus intereses
particulares, con otras unidades distintas a la estatal, dando lugar a estructuras funcionales plurales.
Es así que, en tanto la globalización facilita una serie de cambios en las estructuras sociológicas de muchas sociedades, el hecho
descrito presenta una alta incidencia sobre el fenómeno de la guerra. Por lo tanto, puede argumentarse que las guerras del nuevo
siglo no se darán ya exclusivamente entre Estados nación, sino que de las mismas participarán una pléyade de actores no
convencionales.
No obstante, en tanto el Sistema Internacional continúe dividido en unidades Estado-nación, éste seguirá siendo el actor
preponderante del Sistema Internacional, por lo cual es posible suponer que intentará adaptarse al cambiante escenario global y
buscará nuevas formas de contrarrestar las amenazas que los azotan. Y es en éste contexto que deben ser analizadas las nuevas
formas de manifestación de la guerra.
La globalización también ha facilitado la proliferación de amenazas de tipo no convencional, lo cual ha ejercido su impacto en el
modo de llevar adelante una guerra. Dada la naturaleza polifacética de las actuales amenazas, se torna necesario recurrir al
multilateralismo como intento de solución, implicando que ningún país, por poderoso que sea, puede abordarlos en modo aislado.
El caso de Afganistán pone de manifiesto ciertas tendencias que es esperable suponer se consoliden en el modo de desarrollo de
la guerra del nuevo siglo.
A pesar de la igualdad jurídica de los Estados-nación, el mundo presenta diversas regiones diferenciadas en virtud del grado de
desarrollo de los mismos. Y esto es una realidad que también influye en el modo de hacer la guerra. En tanto el poder relativo de
las unidades estatales es disímil, del mismo modo los son los flagelos que sufre y el modo de afrontarlos.
Podemos ver que los blancos no se deciden por su valor militar, sino también por su valor cultural y político; el impacto de la
tecnología aumentó el poder de fuego de las unidades pequeñas de acción; las operaciones psicológicas aumentaron su
importancia y el uso de los medios de comunicación se tornó estratégico, buscando manipular la opinión y el apoyo de la población
a la guerra.
Cómo hemos sostenido, el conflicto es inherente a la naturaleza humana, por lo cual no es dable suponer que tenderá a desaparecer
en un futuro. Por el contrario, ésta adoptará nuevas formas de implementación, al compás de los cambios contextuales, motivo
por lo cual, si el Estado-nación pretende continuar siendo el actor por excelencia del Sistema Internacional, deberá ampliar su
abanico de respuestas frente a nuevos flagelos.
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La definición tradicional de la seguridad ha estado estrechamente ligada a la defensa por parte de los estados de sus intereses
soberanos por medios militares. Esto significa básicamente el intento de proteger a una población y un territorio contra la fuerza
organizada. Se considera, pues, al Estado como la principal entidad garante de la seguridad.
A pesar de que ya en los años 70 la crisis del petróleo puso de manifiesto la importancia de la escasez de los recursos naturales,
su influencia sobre la economía y la seguridad, así como la interdependencia dentro del sistema, siguió imperando todavía por
algún tiempo una concepción restringida de la seguridad, basada en la dimensión militar y estatal. Este enfoque excluyó en buena
medida otras amenazas potenciales no militares, como los riesgos vinculados a la degradación de los ecosistemas y las
restricciones en el acceso a recursos naturales.
Al final de la Guerra Fría, la disminución de algunos de los riesgos clásicos de la seguridad coincidió con un acelerado deterioro
medioambiental. A diferencia de las amenazas tradicionales, que tienen un enemigo concreto, las nuevas amenazas vinculadas al
medio ambiente se perciben más como riesgos y vulnerabilidades, y su solución no llega aumentando el presupuesto de defensa
ni enviando más tropas a una región. Estos desafíos, más difusos y multidimensionales, no pueden resolverse dentro del marco
tradicional de la seguridad nacional. En consecuencia, por la naturaleza de las amenazas, el Estado dispone de menor capacidad
para proteger a sus ciudadanos.
En los 90, Michael Renner, entre otros, ha abogado por implantar un sentido amplio de la seguridad, que incorpore también
factores como pobreza, desigualdad, crimen internacional, proliferación de armas, éxodos de población a gran escala, desastres
naturales recurrentes, enfermedades infecciosas, así como la creciente competencia por la tierra y otros recursos naturales – en
especial, el petróleo.
El Oxford Research Group, en un interesante informe producido en 2006, Respuestas Globales a Amenazas Globales. Seguridad
Sostenible para el siglo XXI, -desafiando la ortodoxia imperante que apunta el terrorismo internacional como la principal amenaza
actual a la seguridad global-, fórmula cuatro categorías de amenazas para los próximos años: - el cambio climático; - la
competencia por los recursos naturales; - la marginación de la mayor parte de la población mundial; - la militarización global.
Un autor que actualmente examina el vínculo entre escasez y acceso a los recursos naturales – y en concreto, las fuentes
energéticas- como causa de competencia entre las potencias y sus repercusiones en la geopolítica mundial, argumenta cómo el
agotamiento de los recursos en combinación con el cambio climático desencadenará las “guerras por recursos”. Identifica cinco
factores que en el nuevo orden mundial cambiarán nuestro planeta:
1. Intensa competición por el control de las fuentes de energía entre las potencias emergentes y las establecidas;
2. La insuficiencia de suministros primarios de energía;
3. El lento desarrollo de energías alternativas;
4. Una transferencia sostenida de poder y riqueza de los países deficitarios de energía a los que tienen abundancia de
fuentes energéticas;
5. Un riesgo creciente de conflictos.
Si bien en las últimas décadas han ganado terreno las tesis a favor de ampliar el concepto de seguridad, otros investigadores
estiman que el pensamiento tradicional en este ámbito no es adecuado para enfrentar problemas de degradación ecológica, y
afirman que la falta de conexión causal entre ambos factores hace inadecuado incluir la degradación ambiental como una cuestión
más del concepto de seguridad. Argumentan, que si se amplía el concepto de seguridad para dar cabida al factor ambiental se
corre el riesgo de securitizar temas que no corresponden al ámbito de la seguridad. Alegan que los esfuerzos por aislar las causas
ambientales pueden resultar problemáticas a la hora de conceptualizar las complejas relaciones causales de los conflictos.
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A partir de estos debates, han emergido nuevas definiciones y conceptos sin que exista unanimidad entre los autores. En diferentes
etapas de la investigación se utilizan las expresiones: conflictos ecológicos, conflictos “verdes”, conflictos (medio)ambientales.
Se detecta, sin embargo, una evolución en los términos: si en los primeros momentos de la investigación era más común el uso de
conflictos ambientales, más recientemente se va imponiendo el término de conflictos ecológicos.
Daniel Castillo, de la Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia) los denomina conflictos socio-ambientales, que define como
“situaciones en las cuales existe un choque de intereses entre personas o grupos que usan un bien o un servicio ambiental, o entre
quienes causan un problema ambiental y quienes sufren sus consecuencias. Los conflictos socio-ambientales pueden también ser
ocasionados por diferencias en la distribución de bienes y/o servicios ambientales”. Es importante esta definición y el énfasis que
hace sobre el aspecto social.
Rafael Grasa plantea que existen dos posibles interpretaciones de “conflicto ambiental”:
1. Conflictos por la consecución de ciertos objetivos o bienes relacionados con cuestiones de la agenda medioambiental.
Se refiere a conflictos sociales relacionados con la asignación y/o gestión de bienes o recursos materiales o no
materiales.
2. Aluden a conflictos nuevos, que requerirían unas herramientas de análisis, gestión y resolución también específicos.
En los años noventa, la literatura sobre seguridad internacional invirtió gran parte de su energía en identificar si, como resultado
del fin de la Guerra Fría y procesos convergentes, tales como la interdependen- cia compleja, el regionalismo, los avances de la
globalización y la difusión de la democracia, se había producido un cambio en la naturaleza de las amenazas. Diversos autores
argumentaron que, efectivamente, había razones para pensar que mientras declinaba la probabilidad de la guerra entre Estados
y emergían nuevas oportunidades para la construcción de condiciones de paz y seguridad, también emergían nuevas amenazas,
nuevos desafíos y nuevos conflictos. En primer lugar, las tendencias de cambio en materia de amenazas implican la necesidad de
redefinir los fundamentos y las bases conceptuales del planeamiento militar y demás políticas que hacen a la seguridad y la
defensa nacional. En segundo lugar, este cambio implica, necesariamente, una redefinición de roles institucionales de las fuerzas
armadas y otras organizaciones, tales como los servicios de inteligencia y las agencias con responsabilidad sobre migraciones,
lavado de dinero, tecnolo- gías sensibles, etc. En tercer lugar, las tendencias emergentes en la pos Guerra Fría también implican
la posibilidad de aprovechar nuevas oportunidades para incrementar las relaciones cooperativas entre países, ampliar el empleo
de las fuerzas armadas para fines de política exterior y disminuir los gastos militares en armamento estratégico.
Michael Clarke sostiene que las grandes poten- cias podrán en el futuro elegir involucrarse o no en guerras. Su supervivencia
nacional no estará en juego, decidan o no hacerlo. El problema, sostiene Clarke, será decidir en qué conflictos participar. Lawrence
Freedman sostiene que a diferencia de las “guerras de supervivencia” hoy los miembros de la OTAN participan en “guerras por
elección Hay, evidentemente, una tesis común: los conflictos que emergen en el nuevo escenario no implican amenazas
fundamentales a las potencias, ni a la mayor parte de las democracias y economías avanzadas, que justifiquen grandes
movilizaciones o el empleo del conjunto de sus capacidades militares. En la medida que la supervivencia nacional no está en juego,
los Estados pueden elegir si se involucran o no. El problema es definir cuál es el motivo y cuáles son los medios militares adecuados,
si los hay, para hacer frente a los nuevos desafíos. Por eso, cuando la literatura se refiere a las “nuevas amenazas” también habla
de “nuevos tipos de guerra” y aparecen conceptos tales como “choice” e “involvement” referidos, justamente, a esos dilemas.
Sin embargo, el atractivo de los enfoques cooperativos y las oportunidades para su aplicación práctica condujo en algunos casos
a subestimar la importancia y la magnitud de las “nuevas amenazas.” Este concepto abarca un número amplio y variado de
fenómenos que justifica intentar algunas precisiones. Con este fin, en un trabajo previo he distinguido las “nuevas amenazas” en
sentido estricto (el terrorismo, el narcotráfico, y el crimen organizado, en sus diversas variantes y combinaciones) de las “fuentes
de inestabilidad” (el nuevo tipo de conflicto predominante tras el fin de la Guerra Fría) y las “fuentes de riesgo” (una herencia
de la confrontación entre bloques y el desarrollo en ese marco de armas de destrucción masiva).
Nuevas amenazas
El terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado constituyen amenazas en sentido estricto porque en ellos hay una voluntad
hostil y deliberada. Estas nuevas amenazas afectan principalmente a las personas, la población civil, las comunidades y sus valores,
la integridad de sus instituciones, pero no necesariamente la soberanía de los Estados ni la integridad de sus territorios. Cabe
caracterizar a estas amenazas como “nuevas” porque sus objetivos no están orientados hacia los blancos tradicionales de la
seguridad clásica (el territorio, el poder militar, la autonomía de decisión del Estado o su soberanía) sino, como dijimos, hacia la
población civil, las instituciones y los valores de la comunidad.
Además, si bien estas amenazas preexisten al fin de la Guerra Fría, lo novedoso es que se han transna- cionalizado y entrelazado,
dando lugar a procesos y actores que rebasan en muchos casos la capacidad de los Estados para responder al desafío. La
globalización de los mercados y la mayor permeabilidad de las fronteras han facilitado la expansión de actividades criminales en
escala y combinaciones antes desconocidas. Los nuevos actores combinan distintas ofertas según las demandas y las condiciones
del contexto regional donde operan, por ejemplo, narcotráfico + terrorismo; contrabando de materiales sensibles + terrorismo y
Estados que lo amparan; tráfico ilegal de armas + narcotráfico con sus consecuencias en el aumento del crimen; etc.
Estas actividades tienen en común el engendrar altos grados de violencia, dando lugar a una alta inseguridad en la vida cotidiana
y una alta inestabilidad en diversos contextos regionales. El financiamiento se basa fundamentalmente en los secuestros
extorsivos, cuya amplitud y sistematici dad es motivo de seria preocupación en un número creciente de países.
Se trata de fenómenos que, si bien no disputan formalmente la soberanía del Estado ni su integridad territorial, afectan a las
instituciones y a las personas; ponen en riesgo la integridad física y moral de estas ultimas y “permean” al Estado por diversas
vías. Dado que en todos estos casos existe una voluntad hostil hacia un “nosotros” (como individuos, miembros de una comunidad
nacional basada en ciertos valores e instituciones, o como Estados miembros de una región y de la comunidad internacional) cabe
emplear el termino “amenaza”.
Sin embargo, esta clase de amenazas se diferencia de las amenazas de la seguridad clásica debido a que por su naturaleza resulta
difícil responder a ellas o neutralizarlas anticipadamente mediante el empleo del potencial militar. Sin embargo estas nuevas
tendencias en materia de seguridad, han tornado la distinción entre seguridad interna y externa poco clara, potencialmente
equívoca en lo conceptual y riesgosamente inadecuada en su aplicación operativa.
Lo novedoso de las “nuevas amenazas” no es la existencia de cada actividad, criminal, delictiva o terrorista tomada
individualmente sino el hecho de que la sumatoria de su transnacionaliz ción, más su nuevo carácter global, sus interconexiones,
y su magnitud, han desactualizado los enfoques en materia de seguridad y trascendido las previsiones y pautas tradicionales con
que los Estados intentaron tradicionalmente atender a su seguridad y a la de sus ciudadanos.
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Nuevos tipos de conflicto
Los numerosos conflictos emergentes en la pos Guerra Fría también han sido caracterizados como “nuevas amenazas.” Se trata
de guerras que tienen lugar “dentro” de los Estados pero que exceden lo que tradicionalmente se caracterizaría como un conflicto
“interno.” Son guerras que involucran identidades na- cionales sin territorio, etnias y religiones enfrentadas en un mismo
territorio, persecuciones de minorías, actos de genocidio y migraciones masivas. Se los cataloga como “conflictos intra-estatales”
y la comunidad internacional las ha reconocido como conflictos que afectan la paz y la seguridad internacionales.
Este tipo de conflicto se produce principalmente en Estados pobres, con intensos enfrentamientos so- ciales, religiosos o étnicos,
provocados muchas veces por el colapso del Estado. Se trata de conflictos que, por su intensidad, se convierten en guerras que
involucran a la población civil e implican, casi siempre, violaciones masivas a los derechos humanos. Son conflictos que se
producen con prescindencia del derecho interno e internacional: no tienen ley ni orden. Son, de algún modo, conflictos de carácter
“post-estatal.”Se trata de conflictos principalmente urbanos, que afectan sobre todo a la población civil: conflictos relativamente
pequeños pero sangrientos, que no se prestan a las medidas para prevenir la guerra.
Los actores están imbuidos de lógicas de “suma cero.” El predominio de esta postura en los bandos beligerantes no surgen
exclusivamente de los líderes de las facciones en pugna sino de sectores sociales más amplios, todo lo cual inhibe toda estrategia
orientada a una solución negociada del conflicto.
Este tipo de conflicto ha planteado a la comunidad internacional un desafío distinto al de 1945, cuando se sanciona la Carta de
las Naciones Unidas. En ese momento, la preocupación primordial es regular o evitar el uso de la fuerza en los conflictos entre
Estados. El sistema de las Naciones Unidas se funda en la preservación de los derechos y los atributos fundamentales de los
Estados: su soberanía territorial, su derecho a la autodeterminación, su derecho a la legítima defensa.
El siglo XXI va a estar caracterizado por la fragmentación, sobre todo en los países poco desarrollados donde se repetirán y
profundizarán los conflictos civiles. Es cierto que la interdependencia económica y las instituciones hacen que las guerras
convencionales sean cada vez menos probables. Pero éstas no restringen el desarrollo y la expansión de los fenómenos
mencionados.
Fuentes de riesgo
Un tercer desafío a la seguridad que surge en la pos Guerra Fría es lo que denominamos “fuentes de riesgo.” Se trata de procesos
o dispositivos a los que no subyace una voluntad hostil, pero que implican potenciales amenazas a la seguridad, tales como el caso
de armas químicas arrojadas a los mares; naves con propulsión nuclear en creciente deterioro; la depredación del medio ambiente
por diversos factores heredados de la carrera armamentista.
Estas fuentes de riesgo, en su mayor parte, tienen carácter global debido a sus alcances. Pero su presencia no es simétrica en el
conjunto del escenario internacional. Por una parte, tienen la potencialidad de alcanzar, literalmente, cualquier punto del planeta.
Una de las características de estos fenómenos es que nadie puede asumir que por pertenecer a un determinado Estado, sociedad
o región, se encuentra totalmente a salvo de los mismos. Por otra parte, la presencia del conjunto de estos fenómenos no es
“global.” Responde a una distribución congruente con las diferencias económicas, tecnológicas, políticas y culturales entre
regiones.
Holm y Sorensen distinguen dos tipos de situaciones en materia de seguridad, que coinciden respectivamente con la presencia
de:
➢ Sociedades industrializadas, con democracias liberales y un alto grado de institucionalización interna y externa, y
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➢ Sociedades de tipo periférico, semi o no-industrializadas, con sistemas políticos autoritarios o semi-democráticos y un
nivel relativamente bajo de institucionalización interna y externa.
Estos procesos generan un contexto internacional caracterizado por la “complejidad de riesgo” y la “interdependencia en materia
de seguridad.” Ambas características preceden el fin de la Guerra Fría pero se acentúan a partir de entonces como resultado de
la heterogeneidad, el carácter disperso, el aumento constante y los entrelazamientos de las amenazas emergentes.
La complejidad de riesgo deriva de la multiplicidad y heterogeneidad de estos fenómenos. Desde el punto de vista estratégico, la
no configuración previa de las amenazas y la incertidumbre (como característica predominante del contexto internacional
derivada de los tres tipos de fenómenos que hemos descripto) tienen una importancia fundamental.
La existencia de conflictos de la seguridad clásica en determinados contextos no contradice sino acentúa la complejidad de riesgo.
Más aun, el alcance global de esos conflictos se hace posible y más verosímil en la medida en que los actores involucrados cuentan
o pueden contar con armamento nuclear o armas químicas.
Este conjunto de factores impide, o al menos hace extremadamente difícil, establecer en forma antici- pada el perfil de las
amenazas que afectan o pueden afectar la seguridad a mediano y largo plazo. Las amenazas emergentes, por su carácter
clandestino y su tendencia a la transnacionalización, son de por sí difíciles de analizar y predecir; los factores de riesgo pueden
dar lugar a crisis e incluso devenir amenazas; y las fuentes de inestabilidad tienden a proliferar con consecuencias que son motivo
de preocupación tanto a nivel global cuanto en los diversos marcos regionales.
La interdependencia en materia de seguridad se vincula estrechamente al carácter global o transnacional que asumen algunas
amenazas y fuentes de riesgo. La existencia de amenazas de carácter global, en un marco de complejidad de riesgo, es decir, en
el que los factores que afectan la seguridad tienden a multiplicarse, no se configuran anticipadamente y asumen un carácter no
centralizado, ampliamente disper so y heterogéneo, implica consecuencias importantes con relación al comportamiento de los
Estados. Un primer corolario de estos rasgos del escenario internacional es que las condiciones de paz y estabilidad de una región
constituyen garantías limitadas e insuficientes. En forma creciente, lo que ocurre en cualquier punto del planeta afecta o puede
afectar la seguridad del conjunto.
Esto provoca que aumenten las motivaciones de los Estados para asumir compromisos cooperativos regionales y globales dando
lugar a formas de asociación en materia de seguridad y contribución a la paz y la seguridad internacionales. Este conjunto de
factores inducen a lo largo del tiempo cambios de percepciones que refuerzan la tendencia favorable al fortalecimiento de vínculos
de nuevo tipo en el campo de la seguridad. Los Estados, se ven inclinados a cooperar y a comprometer recursos en relación a
objetivos de seguridad regional y global y de alianzas asumidas en función de consideraciones preventivas, sin un enemigo definido
ni con objetivos de balance de poder o equilibrio militar
Además, desde la perspectiva de los países más avanzados, la valoración positiva de tales compromisos también aumenta, al igual
que la imagen negativa de la resistencia a asumirlos. El establecimiento de la democracia como estándar o criterio en las
vinculaciones entre Estados a nivel global refuerza este aspecto de la interdependencia en materia de seguridad. USA y la OTAN
demandan mayor solidez de los regímenes democráticos como condición de vínculos internacionales más estrechos, emplean
estos vínculos para respaldar la consolidación y el avance institucional de las democracias y, a la vez, demandan de éstas mayores
compromisos en materia de seguridad global como parte de este complejo tejido de respaldos, condiciones y demandas.
La interdependencia en materia de seguridad deriva entonces de un contexto internacional en el cual los desafíos en materia de
seguridad tienden a superar la capacidad individual de los Estados y la seguridad de cada Estado depende más de sus capacidades
para entablar vínculos acertados en lo externo y adoptar políticas eficaces en lo interno que del desarrollo autónomo de
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capacidades militares de respues- ta. En consecuencia, los Estados tienden a asumir formas asociativas y cooperativas en materia
de seguridad, que a su vez incrementan la dependencia de la seguridad individual de cada Estado respecto del complejo tramado
de relaciones en la que se encuentra inserto,
Esto no implica descartar los medios militares, sino adecuarlos a estrategias afines a un contexto dominado por la
interdependencia en materia de seguridad. En ese contexto, la disuasión como herramienta para proveer a la seguridad pierde
eficacia. Esto induce a los Estados a nuevas formas de asociación tales como los partnerships, los mecanismos de seguridad
cooperativa y las alianzas de seguridad, conceptos que desarrollamos más abajo.
A partir de fines de los años setenta y a lo largo de los ochenta, los enfoques preventivos en materia de seguridad adquirieron una
importancia creciente. Esto se debió, en parte, a los imperativos que imponía el fenomenal despliegue de armas de destrucción
masiva y, en parte, a la dinámica revolucionaria generada por el llamado “proceso europeo de seguridad,” el que tuvo lugar en el
marco de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa. A esto se agregó, hacia fines de los años ochenta el éxito
de diversas acciones en materia de diplomacia preventiva e iniciativas regionales en materia de seguridad cooperativa en
contextos tan disímiles como el Asia-Pacífico, América Central, el Hemisferio Occidental y el Mercosur.
Estos procesos comparten el empleo creciente de mecanismos de construcción de confianza y enfoques de política que conforman
lo que a partir de principios de la década comienza a denominarse con cierta especificad “seguridad cooperativa.” El avance de
los enfoques preventivos se vincula a la complejidad de riesgo y a la interdependencia en materia de seguridad que se acentúan
en forma precipitada con el fin de la Guerra Fría y, también, debido al dinamismo que asume el proceso de globalización.
En estos espacios, que en un trabajo anterior caracterizamos como “zonas azules,” las amenazas de la seguridad clásica, las
guerras entre Estados, son prácticamente imposibles. Esta tendencia, si bien se asienta en procesos previos, se vincula más
directamente con procesos que tienen lugar tras el fin de la Guerra Fría. Entre estos últimos, los más importantes son la amplitud
de ,y el carácter crucial que asumen por la presión de los Estados Unidos, la democratización en diversas regiones, la creciente
difusión y penetración de la economía de mercado, la expansión e intensificación del comercio internacional, los dinámicos
procesos de integración regional y, junto con ellos, la adopción de enfoques de seguridad cooperativa.
Mientras Europa y Estados Unidos y Canadá han llegado a conformar un espacio regional de estas características, una suerte de
«franja horizontal,» que tiende a expandirse hacia el Este, también es posible observar una tendencia a la conformación de zonas
azules en América Latina y la región Asia Pacífico, en el mediano y largo plazo. Las políticas adoptadas por estos países tienden,
con mayores ventajas o limitaciones, a establecer espacios regionales de estas características. Tales procesos constituyen de
algún modo «ejes verticales,» que tienden a unirse con la franja de democracia, economía de mercado, y seguridad cooperativa
que se ha conformado entre los países de la OTAN / Unión Europea, plus, con su dinámica de expansión hacia el Este.
La seguridad cooperativa está vinculada con aspectos de interdependencia económica, de acercamiento y afinidad en el plano
político y de maduración de aspectos fundamentales del régimen democrático. Pero el contenido específico de este contexto en
materia de seguridad no se deriva mecánicamente de, ni se subsume en las dimensiones económico-políticas de la
interdependencia ni en las afinidades de la democracia con la paz y la estabilidad. La conformación de un espacio de seguridad
cooperativa supone aspectos específicos en materia de seguridad, que hacen fundamental- mente a compromisos, garantías
recíprocas y, en definitiva, renuncias voluntarias al ejercicio discrecional y autónomo de su capacidad militar que hacen los
Estados.
Los Estados asumen voluntariamente la subordinación del conjunto de mecanismos de seguridad regional ,a las normas
establecidas en la Carta de las Naciones Unidas; la renuncia al uso de la fuerza para resolver disputas, incluyendo mecanismos de
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operacionalización de tal compromiso a través de reglas y especificaciones técnicas y la seguridad basada en la transparencia, la
apertura recíproca, la prevención y la vulnerabilidad mutua.
A este conjunto de mecanismos se suman compromisos acerca del desarrollo de capacidades militares integradas y contribuciones
conjuntas a operaciones de paz. En esta etapa, las medidas de confianza han sido superadas como componente necesario de las
relaciones de cooperación.
En este marco, el Estado concede aspectos importantes de su autonomía en relación al uso de la fuerza y asume compromisos
acerca de su empleo en marcos cooperativos y multilaterales. Pero conserva el control sobre la preparación de la fuerza militar;
sigue siendo el único ámbito en el que legítimamente se organizan capacidades militares; y conserva también el monopolio de la
organización y el uso de la fuerza al interior de su territorio, si bien con las limitaciones crecientes que impone la comunidad
internacional.
El escenario internacional de los años noventa presentó tres tendencias fundamentales en materia de seguridad:
➢ La declinación de la guerra, en sentido clásico, como principal amenaza a la paz y la seguridad internacionales;
➢ La emergencia de nuevos riesgos, actores y amenazas y
➢ Una creciente capacidad de ciertos Estados para “construir comunidad”
El uso de la fuerza militar en el nuevo contexto se hizo crecientemente ambiguo y complejo; difícil de mantener; y potencialmente
mal visto por la opinión pública, local e internacional. Por estos motivos, los gobiernos esperan a la intensificación de las crisis
para intervenir militarmente. Las potencias evalúan cada vez más cuidadosamente qué es lo que está en juego, para ellas y para
el sistema internacional; si la intervención militar puede cambiar la situación; cómo la fuerza puede ser usada legítimamente, y
tempranamente, en situaciones que aún no son guerras, pero pueden tener la misma intensidad que las guerras tradicionales.
Sin embargo, a pesar de la conciencia que los gobiernos y las organizaciones internacionales tienen de la crucial importancia de
una intervención temprana, las potencias difícilmente deciden hacerlo. Hay otros factores que no ayudan a intervenciones rápidas
y eficaces, que son difícilmente evitables y es muy difícil ignorar: el carácter difuso del interés nacional y la poca afinidad entre
el modelo de operación que ofrece la tradición de las Naciones Unidas vis à vis los objetivos de la misión y las necesidades en el
terreno.
Por eso en la jerga de las fuerzas británicas se habla de middle ground messy operations, los ame- ricanos hablan de Operations
other than War y, en la terminología de la OTAN, de Out of Area Operations .Todo esto se refiere a guerras que no son guerras, ni
dejan de serlo. Guerras en las que el campo de batalla se comparte con la población civil. Edward Luttwak, las ha caracterizado
como “no heroicas.” En ellas, hay un uso calculado de la fuerza y la intervención militar debe ser “fulminante” ,“limpia” (sin
bajas), y “rápida” (televisiva). Claramente, no son guerras por grandes intereses nacionales. Ya no vemos a soldados que van a
defender a su patria, sino a profesionales que van a cumplir su misión, con muy baja probabilidad de perder la vida y sin un
enemigo temible que enfrentar.
Tal vez los atentados terroristas del 11 de septiembre hayan cambiado esto: la intensidad de los ataques terroristas y la reacción
de los Estados Unidos han establecido una vinculación entre nuevas amenazas y guerra convencional que no estuvo prevista en
toda la literatura de la década. Aparte siempre está presente, en primer lugar, la victimización de la población civil como rasgo
sobresaliente de las nuevas tendencias.
Las tendencias en materia de uso de la fuerza muestran una creciente merma del derecho internacional y la legitimidad que
ofrecen los ámbitos multilaterales como criterios decisivos. Asimismo, la larga y dolorosa guerra de Medio Oriente, los años
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incomprensibles de la guerra de los Balcanes y la relativamente breve guerra de Kosovo, muestran que cuando la Comunidad
Internacional intenta apoyarse en mecanismos regionales y multilaterales, su eficacia sigue planteando serios interrogantes. La
única certidumbre parece ser que, ante el nuevo tipo de guerras, sumado a la dinámica que imponen el terrorismo y el crimen
organizado, cada vez son menos las batallas y mayores los alcances de la victimización de la población civil.
Los Estados mantienen en parte sus formas tradicionales de asociación en materia de seguridad, en parte las recrean y en parte
desarrollan formas totalmente nuevas. Las alianzas de seguridad son, el nuevo tipo de asociación de mayor trascendencia para la
seguridad internacional de los próximos años. Incluyen un componente militar importante, suponen la existencia de valo- res e
intereses comunes, pero no la existencia de amenazas preconfiguradas sino objetivos de estabilidad, en el ámbito regional, y de
contribución a la paz y la seguridad internacionales, en el marco global. La alianza de seguridad se distingue de la alianza militar
tradicional, de naturaleza esencialmente defensivo-ofensiva, que supone la existencia de amenazas claras y compartidas. También
se distingue de las coaliciones ad hoc, de naturaleza esencialmente táctica, que tienen un componente militar fuerte pero no
suponen una comunidad de valores, y se agotan una vez cumplido su objetivo.
Los partnerships, o “asociaciones cooperativas de seguridad” tienen un carácter esencialmente preventivo, vinculado a fuentes
de riesgo cuyos efectos potenciales los países miembros de la asociación desean evitar. Es decir, los partnerships no suponen ni
se vinculan con amenazas tradicionales, y carecen de un componente militar específico.
El proceso de reformulación y ampliación de la OTAN es el ejemplo paradigmático de la forma más importante de asociación en
materia de seguridad en la pos Guerra Fría, es decir, las alianzas de seguridad. La transformación de la OTAN en una estructura
de seguridad y cooperación, iniciada a principios de los noventa, se basa en buena medida en la experiencia desarrollada en el
marco de la CSCE en los años previos. A partir de 1990-91, la OTAN define objetivos de estabilidad; reducción de armamentos;
respaldo a las transiciones de los ex-miembros del Pacto de Varsovia y establecimiento, en ese marco, de las pautas de control
civil de las fuerzas armadas y transparencia de las políticas de defensa ante la ciudadanía. Tales objetivos no descartan los
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propósitos defensivos fundacionales de la Alianza, pero se suman a ellos ocupando en la práctica un lugar de creciente
importancia.
En función de tales objetivos, la OTAN contribuye ahora a “proyectar seguridad y estabilidad hacia el Este” a través del Consejo
de Cooperación del Atlántico Norte y la Asociación para la Paz. Pero, si bien la OTAN constituye el actor operativo de primer orden,
la CSCE y otras instituciones de la llamada “arquitec tura de seguridad europea” dan forma y contenido político al proceso de
seguridad conducente a la estabili-zación del escenario europeo tras el fin de la Guerra Fría y a su proyección hacia el Este a
través de la conformación de “un espacio de paz, seguridad y democracia” lo cual se materializa finalmente con la incorporación
de Rusia al núcleo decisional de la Alianza Atlántica.
Gran parte de la transformación de la OTAN en alianza de seguridad se refleja en el rol decisivo que desempeña en la firma e
instrumentación del Tratado CFE sobre Fuerzas Convencionales en Europa en el año 1990.
Luego firman la Carta de París en el mismo año que incluye la promoción de las instituciones democráticas y la vigencia del
Estado de derecho. En el plano militar, da lugar a fuertes reducciones de las armas convencionales desplegadas en el continente.
La transformación de la OTAN de alianza defensiva en alianza de seguridad (su contribución al proceso de democratización y
unificación de Europa, su proyección hacia el Este, su redefinición como factor de estabilidad en el Continente y su compromiso
explícito con las Naciones Unidas) son orientados por decisiones tomadas en sucesivas reuniones del Consejo del Atlántico Norte.
A través de la Declaración de Londres emitida en julio de 1990, los Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN reafirman la necesidad
de continuidad de la Alianza como garantía de paz y estabilidad y sostienen que la Organización debe ser un agente de cambio,
ayudar a construir las estructuras de un continente unido y respaldar la seguridad, la estabilidad, los valores democráticos y la
resolución pacífica de conflictos.La Declaración de Londres adelanta el concepto de “new partnership” con todas las naciones de
Europa, que cuatro años más tarde va a constituir la base de la propuesta formal extendida por la OTAN a todos los países del
Este. A través de esta declaración la Alianza invita a los países del Este a entablar vínculos formales con la OTAN en Bruselas,
intensificar la cooperación en el plano militar y, particularmente, completar el Tratado CFE y el conjunto de Medidas de
Construcción de la Confianza y la Seguridad, en el marco de la CSCE, a fin de enfrentar en forma conjunta el período de cambio
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iniciado con la caída del Muro de Berlín. También se establecen las líneas genera- les del Documento de Viena, la Carta de París
para una Nueva Europa y el Tratado CFE sobre Fuerzas Convencionales en Europa, suscriptos en noviembre de 1990.
A fines de 1991, a través de la Declaración de Roma, firmada por los Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN luego de su segunda
Reunión Cumbre en el marco de la pos Guerra Fría, la Alianza Atlántica especifica las líneas generales establecidas en la
Declaración de Londres y establece su Nuevo Concepto Estratégico. También es relevante porque:
Desde entonces, el nivel de las fuerzas nucleares de la OTAN con base en Europa se ha reducido sustancialmente respecto de los
niveles de la Guerra Fría y el nivel de fuerzas convencionales entre un 25 y un 35%.
Poco después, la Alianza crea en su seno el Consejo de Cooperación del Atlántico Norte para dar cabida a los ex-miembros del
Pacto de Varsovia. Estrecha asimismo sus vínculos con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la Conferencia de
Seguridad y Cooperación en Europa, ofreciendo su apoyo en materia de operaciones de mantenimiento de la paz. De este modo, la
OTAN lleva a cabo el proceso de cambio que la transforma de una alianza defensiva, según el propósito que inspirara su origen en
el Tratado de 1949, en una alianza de seguridad. Los principales objetivos del CCAN son son fomentar la cooperación con las
nuevas democracias, asistirlas en los procesos de cambio de sus estructuras militares y garantizar la entrada en vigor de los
acuerdos de desarme ya firmados.
El CCAN da lugar a un proceso de cooperación para encauzar los problemas de los países del ex-Pacto de Varsovia en temas
relacionados con la seguridad, tales como la planificación de la defensa, la integración de las fuerzas armadas al sistema
democrático, y la conversión de las industrias de defensa para la producción civil. Asimismo, a través del Grupo de Trabajo de Alto
Nivel, uno de los primeros comités creados en el seno del CCAN, los estados miembros de la OTAN y los antiguos miembros del
Pacto de Varsovia encauzan un proceso de cooperación que tiene por objeto dar cumplimiento a los acuerdos CFE.
En las reuniones de de Oslo y Bruselas, ambas en 1992, el Consejo del Atlántico Norte expresa la disposición de la OTAN a apoyar
operaciones de mantenimiento de la paz a solicitud de la CSCE o del Consejo de Seguridad de la ONU, sobre la base de decisiones
caso por caso y de conformidad con sus propios procedimientos.
A partir de esto , la Alianza Atlántica inicia un proceso de adaptación de su estructura y de sus procedimientos a las demandas
de las operaciones de mantenimiento de la paz y también participan en el llamado Grupo Ad Hoc de Mantenimiento de la Paz.
El ciclo de transformación es completado por la propuesta Asociación para la Paz formulada por los Jefes de Estado y de Gobierno
en Bruselas en 1994, afirmando que la Alianza es un instrumento de estabilidad en el escenario europeo de la posGuerra Fría. La
propuesta tiene el propósito de responder a las solicitudes de membresía presentadas a la OTAN por varios países de Europa
Central.
De acuerdo con la propuesta, cada país interesado en vincularse a la OTAN debe suscribir un memorándum de entendimiento que
define la relación que el país desea establecer con la OTAN y a través del cual se compromete a:
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De este modo, el proceso iniciado con la Declaración de Londres redefine a la Alianza Atlántica como una institución capaz no sólo
de garantizar la seguridad en su ámbito específico, definido por el Tratado de Washington de 1949, sino también de ofrecer una
estructura de seguridad confiable para toda Europa. Más aún, en el desarrollo de ese proceso, la Alianza da muestras de su voluntad
de poner a disposición de los organismos internacionales, medios militares y logísticos para operar a nivel regional y
suprarregional, como así también su experiencia para la administración de crisis, forjada a lo largo de más de cuatro décadas de
diálogo y coordinación entre sus miembros.
Hacia mediados de 1999, nueve años después de la Declaración de Londres (de julio de 1990), la intervención de la OTAN en la
ex-Yugoslavia tras los bombardeos a Kosovo, culmina con la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas,
firmada el 10 de junio. La Resolución contiene dos anexos, uno referido a las condiciones de una solución política del conflicto en
Kosovo y el otro al estable- cimiento de una fuerza internacional de paz.
La fuerza de seguridad internacional contará con una presencia sustancial de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que
deberá ser desplegada bajo su comando y control unificados y se le ordena y autoriza a establecer un ambiente de salvaguardia
para todo el pueblo de Kosovo y facilitar el retorno a salvo a sus hogares de todas las personas desplazadas y refugiadas.
La aplicación del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas por razones humanitarias y el enco- mendarle a la OTAN su
implementación establece un precedente de importancia histórica. La Resolución 1244 del Consejo de Seguridad autoriza el uso
de la fuerza contra un país que ha cometido violaciones masivas a los derechos humanos, aun cuando las acciones de ese Estado
no constituyen una amenaza militar a los países vecinos. La Resolución no es un hecho fortuito, sino la culminación de una serie
de decisiones del Consejo de Seguridad a lo largo de los años noventa, que reconocen algunos antecedentes en décadas anteriores.
Pero marca un hecho de trascendencia histórica al reconfirmar el uso de la fuerza para ese fin y sentar otro precedente con
respecto a que la OTAN tiene cada vez menos el carácter de una alianza militar de orden territorial y cada vez más el de una
estructura de seguridad, destinada a prevenir y resolver conflictos más allá de su área geográfica y por razones humanitarias y
de estabilidad global.
A lo largo de los años noventa, Brasil y la Argentina se encaminaron hacia una alianza de este tipo. Su elemento más importante
fue su compromiso para crear una zona de paz y seguridad, con objetivos de estabilidad de largo plazo. Los intercambios
sistemáticos y las actividades de cooperación militar entre Brasil y la Argentina se remontan a 1987, cuando comienzan a
realizarse las Reuniones de los Estados Mayores Conjuntos de las Fuerzas Armadas de ambos países. Poco después, representantes
de Paraguay y Uruguay se suman a estas reuniones. Desde entonces, éstas pasan a denominarse Reuniones de los Estados
Mayores.Conjuntos de las Fuerzas Armadas de los Países del Mercosur. A partir de 1992, Chile se suma a las reuniones y desde
1993 participa oficialmente.
También las Armadas de Brasil y Argentina tienen ya una larga tradición de intercambios de personal en un amplio espectro de
funciones, que abarcan el dictado de cursos en las respectivas escuelas de guerra, la participación recíproca en actividades de
adiestramiento y la permanencia en unidades militares del otro país. Asimismo se realizan desde hace muchos años ejercicios
conjuntos, como el Operativo Fraterno, iniciado en los años setenta.
En junio de 1996, los presidentes de los países miembros del Mercosur firman la llamada Declaración Presidencial sobre Diálogo
Político, en la localidad Potrero de los Funes. Los fines de la misma son:
El encuentro es de particular significación para la Argentina por el respaldo que recibe su reclamo de soberanía sobre las Islas
Malvinas por parte de los socios del proceso de integración.
La Argentina y Brasil han desarrollado condiciones suficientes para avanzar hacia la coordinación de sus políticas de seguridad
en términos sustantivos. Sus vínculos recíprocos han sido redefinidos en términos congruentes con los valores democráticos y
objetivos compartidos de paz y seguridad. Han avanzado hacia el propósito común de contribuir a la consolidación de la paz y la
democracia en el hemisferio, y han dado muestras de su voluntad de manejar en forma transparente los respectivos presupuestos
de Defensa y las compras de armamento. Estos logros evidencian que existen condiciones para que se planteen el diseño conjunto
de políticas de seguridad en los campos subregional, hemisférico y global.
Todos estos elementos revelan la potencialidad estratégica de la vinculación política y militar de la Argentina y Brasil. Por eso,
esa asociación tiene la potencialidad de constituir una alianza de seguridad con proyección sobre el marco regional y gravitación
en el marco global. Las condiciones militares y de consenso social existen. Hasta ahora ha faltado, en medida suficiente, la voluntad
política de los líderes regionales para abordar esta enorme oportunidad estratégica.
Conclusiones
En el contexto emergente de la seguridad internacional, las políticas de defensa y seguridad y el empleo efectivo de las fuerzas
armadas atraviesan una transición que abarca desde los enfoques tradicionales de la seguridad nacional hasta innovadoras
aproximaciones a la seguridad colectiva y la seguridad cooperativa. En el futuro, los Estados continuarán siendo las bases
organizativas de las fuerzas militares en relación a la creación de su doctrina, identidad, pero las decisiones con respecto al uso
de la fuerza se verán progresivamente condicionadas por un contexto internacional de instituciones y crecientes restricciones,
impuestas por los Estados Unidos, la Alianza Occidental y, en menor medida, el rol de las Naciones Unidas y otras organizaciones.
Sólo a través de las instituciones de la seguridad colectiva pueden los Estados hacer uso de sus fuerzas armadas en forma legítima.
El Consejo de Seguridad de la ONU constituye la máxima expresión institucional de la toma de decisiones en el marco multilateral.
Sin embargo, la OTAN ha pasado a ocupar un rol intermedio, que combina legitimidad, derivada de su insistente supeditación a
las decisiones multilaterales con su capacidad operativa de alcance potencialmente global.
Como tendencia general, sobre todo en las llamadas zonas azules y en aquéllas que propenden a transformarse en tales, la función
de defensa nacional, en el sentido tradicional, basada en hipótesis de conflicto con los vecinos, tiende a reducirse. Esto es así,
tanto con respecto a la fuente de legitimación del gasto militar, cuanto a los motivos del eventual empleo de las fuerzas armadas
en el plano operativo. Realmente, la incidencia de la función de defensa nacional en la legitimación del gasto militar, las adquisi-
ciones y las previsiones de actividades operativas, ante la sociedad civil, los países vecinos y la comunidad internacional tiende a
ser cada vez menor y menos creíble.
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Esto no tiene que ver, sin embargo, con la justificación de la existencia de las fuerzas armadas ni con las percepciones de la
opinión pública con respecto a cuál es el “rol fundamental” de las fuerzas armadas, que aun hoy siguen ligadas a la misión de la
defensa nacional, en un sentido principalmente territorial. La defensa constituye, desde ambas perspectivas, una función
indelegable del Estado y el mar gen de discrecionalidad del poder político para atender o no a esa función es muy limitado. Un
país no puede «no tener» política de defensa. Lo que el poder político puede hacer y, en la mayor parte de los casos, lo que
efectivamente tiende a hacer, es bajar el nivel del gasto en defensa y ampliar el espectro de políticas y enfoques referidos a la
seguridad, varios de los cuales involucran centralmente a las fuerzas armadas.
Las iniciativas de política en los marcos regional y global basadas en el enfoque de seguridad cooperativa han aumentado
exponencialmente en los últimos años. En algunos casos, estas políticas se entrelazan con alianzas y/o sistemas de seguridad
regional preexistentes. En otros, surgen de asociaciones nuevas con proyección estratégica. Tales políticas amplían las fuentes de
legitimación del gasto militar y abren un campo significativo de actividad operacional de las fuerzas armadas con fines
cooperativos y de estabilidad regional.
En este caso, la discrecionalidad del poder político es mayor, en el sentido de un margen más amplio para optar por tales iniciativas
o desecharlas y para regular la intensidad de tales compromisos, si bien los beneficios en términos de estabilidad y predictibilidad
del contexto hacen que la tendencia sea hacia la intensificación del apoyo a estas políticas. La discrecionalidad, las fuentes de
legitimación y las oportunidades de empleo operativo de las fuerzas armadas aumentan si se incorpora la contribución a
operaciones de paz y otras formas de respaldo a la preservación de la paz y la seguridad internacionales.
Este amplio rango de opciones resulta el más adecuado para responder a un contexto en el que la probabilidad de amenazas a la
seguridad nacional en el sentido tradicional tiende a reducirse y la complejidad de riesgo tiende a aumentar. En ese marco, las
operaciones de paz constituyen el instrumento y la función más indefinidos y que mayores interrogantes plantea hacia el futuro.
La zona oscurecida y con signo de interrogación en el gráfico pretende representar los interrogantes que plantea este tipo de
operaciones en el futuro.
La insatisfacción y las frustraciones que en lo inmediato parecen motivar una declinación de los compro misos nacionales con
este instrumento de las Naciones Unidas para preservar la paz y la seguridad interna- cionales probablemente den lugar a medidas
tendientes a perfeccionar ese instrumento y garantizar mayores grados de eficacia y de cobertura político-jurídica para las
operaciones, así como una mayor solvencia económica del Organismo para atender esta función.
Casi todas las guerras se han desarrollado en los márgenes o en los puntos de fractura de los imperios que, dominaban el mundo
y se lo habían repartido.
Junto a los conflictos étnicos, cuyos orígenes se remontan en parte a los tiempos precoloniales y que las potencias coloniales
utilizaron para afianzar su dominación, no es raro que también desempeñen un considerable papel diferencias religiosos culturales.
A estas dos causas se han superpuesto enfrentamientos de tipo económico y relacionados con la política de poder, que a menudo
se han prolongado durante décadas, que resulta difícil disociar lo que es causa y lo que es mero pretexto.
Con el estallido de la violencia abierta, las líneas divisorias étnicas y religiosas se convierten en líneas de ruptura que dividen a
amigos y enemigos. En resumen: las diferencias étnicas y religiosas no son la mayoría de las veces las causas de un conflicto,
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RESUMEN SEGURIDAD PRIMER PARCIAL
Introducción
Son cuatro estadios identificables con cuatro conquistas: capacidad de movilización de los
ejércitos, poder masivo de fuego, libertad de maniobras y dominio de tácticas sorpresivas.
Ante el gigante americano, la escasez de medios de cualquier potencial enemigo obliga al
desarrollo de conductas muy pragmáticas. La primera, y quizás también la fundamental, es
la pretensión casi obsesiva de minar su moral de combate, a sabiendas de que a las
democracias occidentales se las vence por agotamiento. La segunda, la consecución de la
invisibilidad, que convierte al teatro de operaciones en un elemento difuso.
1
Una variante de estas sería la guerra internacionalizada de doble disimetría. La definición
más técnica es la que sigue: guerras que inician como conflictos intraestatales, pero
terminan involucrando a otro Estado soberano a favor del contendiente no gubernamental.
Tampoco suelen encuadrarse en el término los combates entre milicianos. Cuando
hablamos de guerras asimétricas, pensamos en enfrentamientos entre fuerzas armadas
poderosas, ya sean ejércitos nacionales o coaliciones internacionales, y pequeños grupos
armados no estatales.
Sería posible distinguir guerras de primera ola, características de las sociedades agrarias
(control o conquista de recursos territoriales con ejércitos de constitución enclenque,
limitados por las faenas en el campo); guerras de segunda ola, asociadas con el mundo
industrializado (ejércitos masivos, armamento estandarizado, oficialidad instruida, estrategia
dirigida desde un Estado Mayor) y guerras de tercera ola, las de la sociedad de la
información. En estas últimas, el control de datos se convierte en una obsesión y la
tecnología de alta precisión posibilita reducir la cifra de muertos civiles.
2
- Esta “asimetría de las legitimidades” ha sido instrumentalizada para contraponer la
idea de una guerra justa con la de una guerra santa, punto culminante de la “simetría
de las asimetrías”.
- Enfrentarse a un adversario difuso, camuflado entre civiles, sin campo de batalla
definido y durante un tiempo muy impreciso, aunque prolongado, rompe con los
esquemas mentales de las fuerzas militares profesionales. Se menciona camuflaje e
indefinición del frente porque otro gran elemento que dota de identidad al conflicto
asimétrico es la elección del terreno. El contendiente no estatal siempre procurará
enfrentarse en lugares donde la superioridad tecnológica del contrario pueda ser
anulada.
- La asimetría de la fuerza radica en una capacidad de aceleración que supera a la del
enemigo, mientras que la asimetría de la debilidad se basa en una disposición y una
habilidad para disminuir el ritmo de la guerra. Por lo general, esta estrategia acarrea
un aumento considerable de víctimas en el propio bando.
- El ritmo de desarrollo de toda guerra, pese al caos que acarrea, está sujeto a control
humano. El valor del sacrificio para nosotros ya no constituye un ideal.
- Los actores no estatales que practican la guerra se valen de un armamento bastante
asequible. La población civil y los recursos naturales (petróleo, diamantes…) de
esos países son sus presas, víctimas de sus constantes rapiñas y del miedo.
- No es la capacidad bélica lo que determina su resolución.
Los cambios se explican por los avances tecnológicos: del ocultamiento en la naturaleza se
transitó al enmascaramiento entre la población. Surgió lo que se bautizó como guerrilla
urbana. La forma de hacer la guerra también se ha modificado por la imposición del signo
de los tiempos. La lucha guerrillera ha dejado de funcionar como táctica subsidiaria de
combate, para convertirse en protagonista, sobre todo, de los conflictos alimentados por ese
potentísimo motor de la historia contemporánea que es la voluntad de autodeterminación de
los pueblos.
En el período que precede a la Segunda Guerra Mundial, los invasores sí triunfan, aunque
ello no impide que asistamos al desarrollo de varios episodios calamitosos para los
occidentales, sobre el terreno de batalla (smallwars). Después de la Segunda Guerra
Mundial, encontramos a la guerrilla desempeñando un rol protagonista contra la opresión de
3
autoridades nacionales consideradas injustas. Estas guerras fueron perdidas, en su
mayoría, por los correspondientes ejércitos de liberación.
Entre los detractores del presunto carácter novedoso de la guerra asimétrica, es lugar
común subrayar cierto ensimismamiento estadounidense y desviaciones etnocéntricas. Esta
falta de perspectiva histórica es censurable. A lo largo de la historia abundan las ocasiones
en que la superioridad organizativa, logística y operacional sirve de poco ante fallos
reiterados.
Las masacres de civiles se han registrado desde las guerras del Peloponeso hasta las de la
independencia de América, pasando por las Cruzadas. La tendencia actual y notoria es que
se agudizan. La privatización de la guerra, otro espinoso punto de debate, tampoco se
presenta como un aspecto ignorado hasta ahora.
Se promete una guerra que ni parece guerra. No hay sacrificio, destrucción ni muertes en el
bando propio; solo las mínimas de civiles en el contrario. Pero tampoco nadie dudará ya de
su absoluta necesidad. Cuando hay víctimas, se procura ocultarlas. La colaboración de los
medios de comunicación masiva en este punto es crucial (agenda setting).
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Los medios de comunicación deben contemplarse como agentes de primer orden, desde el
punto de vista estratégico. Es primordial separar a los grupos beligerantes de sus fuentes
de apoyo autóctonas, así como aislarlos electrónica, económica y físicamente. Los servicios
de inteligencia tienen que asumir un rol clave. Es crucial también prever y saber controlar
las reacciones del enemigo.
A las tropas se les exige que eviten la destrucción sistemática de las fuerzas adversarias,
que hagan todo lo preciso para esquivar represalias que conlleven la pérdida de su ventaja
numérica o tecnológica, en favor del medio físico, y para reducir la influencia de los medios
de comunicación. El soldado regular debe también intentar neutralizar los posibles centros
de gravedad del adversario, pero maximizando siempre la protección propia. Tres
categorías (la llamada three-block war): acciones para controlar la zona, dotándola de
seguridad; acciones sobre la información, siempre contrarrestando la propaganda
subversiva y acciones sobre la población civil, colaborando en la reorganización de la vida
política, económica y cultural del país.
Conclusiones
Existe otra gran asimetría que debería jugar a nuestro favor, la tecnológica. Pero esa
enorme disparidad es precisamente la que incita a los adversarios de Occidente a
escudarse en la acción asimétrica. La guerra asimétrica y la guerra sin víctima se excluyen
mutuamente.
Lo híbrido puede ser utilizado por cualquier actor tanto para ampliar su capacidad en el
campo de batalla posmoderno como para proyectar su influencia en el mundo físico,
psicológico, perceptivo o virtual.
La Alianza Atlántica define las amenazas híbridas como «…la integración de medios
convencionales y no-convencionales, medidas militares abiertas y encubiertas, paramilitares
y civiles por parte de actores estatales y no-estatales para lograr sus objetivos».
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no-convencionales que pueden ser utilizadas de manera coordinada por actores estatales y
no-estatales para lograr sus objetivos políticos. Las campañas híbridas son
multidimensionales, combinando medidas coercitivas y subversivas, utilizando herramientas
y tácticas tanto convencionales como no convencionales. Han sido diseñadas para ser
difíciles de detectar y atribuir. Estas amenazas apuntan a vulnerabilidades críticas y
pretenden generar confusión para dificultar la toma de decisiones rápida y efectiva. Las
amenazas híbridas pueden abarcar desde ataques cibernéticos a sistemas de información
críticos, pasando por la interrupción de servicios críticos como el suministro energético o
servicios financieros, hasta el debilitamiento de la confianza pública en las instituciones
gubernamentales o la profundización de las divisiones sociales. Como la atribución es difícil,
estos desafíos requieren medidas específicas y coordinadas para contrarrestarlos».
En un plano más militar muchos consideran que no existen razones suficientes para
emplear otro concepto que solo añade confusión al análisis estratégico, varios sostienen
que lo híbrido es el producto natural de la adaptación de la guerra irregular y asimétrica al
mundo globalizado y a la Era de la Información. Otros subrayan que este concepto no está
consolidado, ni tampoco existe ninguna definición aceptada que vaya más allá del mínimo
común denominador de la combinación de medios, procedimientos y tácticas
convencionales e irregulares. Finalmente, a raíz de la expansión del concepto, muchos
expertos argumentan que debería dividirse en sus distintas vertientes (subversión y
desestabilización, operaciones informativas, fuerza militar, etc.) mientras alertan que lo
híbrido corre el riesgo de perder su valor explicativo al haberse popularizado para definir
cualquier actividad situada por debajo del umbral del conflicto.
El término «guerra híbrida» fue empleado por primera vez en un documento oficial
estadounidense para explicar la combinación de dos o más amenazas de tipo tradicional
(convencional), irregular, catastrófico o disruptivo. Su uso pretendía concienciar al poder
político sobre la dificultad intrínseca de planear la defensa en un mundo menos previsible
que el bipolar. La utilización de lo híbrido para explicar la complejidad de la amenaza será
una constante que se ha mantenido hasta la actualidad.
Lo híbrido traspasó la frontera del debate estratégico para convertirse en un vocablo de uso
común y utilizarse para definir toda la gama de actividades informativas, de
desestabilización y subversión que el Kremlin podía estar realizando de forma abierta, semi
encubierta o clandestina por debajo del umbral del conflicto.
Aunque a nivel militar se ha consolidado para definir una tipología de conflicto que combina
el empleo de medios regulares e irregulares o explicar las «novedosas» tácticas rusas, lo
híbrido no es el único concepto barajado para explicar la transformación de los conflictos. Al
contrario, junto con la popularización del concepto de «zona gris» para referirse a cualquier
actividad ejercida con más o menos ambigüedad en la amplia franja que existe entre la paz
y la guerra abierta, lo híbrido es otra de las expresiones concebidas para exponer la
complejidad inherente de los conflictos actuales, la necesidad de superar el paradigma
mental de la Guerra Fría y lograr que tanto el poder político como la opinión pública
comprenda la multidimensionalidad de la amenaza.
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Elementos característicos más novedosos del siglo XXI de lo híbrido:
El énfasis de lo híbrido ha pasado del elemento militar a toda la gama de actividades que se
pueden producirse bajo el umbral del conflicto de forma más o menos encubierta para
preparar el teatro de operaciones, desestabilizar y desmoralizar el adversario o lograr la
situación final deseada sin emplear la fuerza militar de manera cinética. Sin embargo, si
finalmente se cruza el umbral del conflicto y se utilizan medidas abiertas o el actor carece
de los medios para preparar informativamente el campo de batalla, lo híbrido intentará
explotar las limitaciones del estilo occidentalizado de combatir, fundamentado éste en la
supremacía tecnológica militar y en el cumplimiento de las leyes y costumbres de la guerra
para lograr victorias rápidas, decisivas, contundentes y sin apenas bajas propias, ni daños
colaterales. Lo híbrido explota las debilidades políticas, sociales, jurídicas, morales,
económicas, demográficas o militares de adversarios más eficaces en el terreno
convencional.
Esta falta de credibilidad de la disuasión está motivando la escalada de las actividades bajo
el umbral del conflicto sin que Occidente pueda plantear ninguna réplica efectiva.
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con vectores físicos, financieros, legales, informativos o psicológicos o la combinación de
actividades militares regulares e irregulares. Lo híbrido no es propiedad del Kremlin, lo
híbrido es también consustancial en la cultura estratégica china y cualquier actor —aliado,
neutral o adversario— también puede hacer «cosas» híbridas para proyectar su influencia y
mejorar su posición relativa en el mundo actual.
El ANA y la ANP
El Gobierno afgano
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la situación en el país pronto comenzó a deteriorarse una vez más. Factores en esta
tendencia:
9
no ha podido llevarse a cabo. El resultado de lo primero es que se ha
alcanzado un bloqueo en cuanto a avances y retrocesos territoriales de
ambos bandos, mientras que la necesidad de invertir el sentido del
movimiento de tropas extranjeras – entrada, en lugar de salida – es evidente,
por muy difícil que sea tomar esa decisión.
- Presencia del Estado Islámico en Afganistán
- Su presencia relevante se ha reducido a algunas áreas dispersas del país,
como Nangarhar y Helmand. Esta circunstancia ha permitido a los talibanes
hacerles frente con cierta facilidad, ya que pronto resultó evidente que la
agenda e intereses estadoislamistas en Afganistán no coincidían en modo
alguno con la talibán.
- El EI ha luchado simultáneamente tanto contra las fuerzas antiterroristas
presentes en Afganistán como las ANDSF y, principalmente, contra la propia
insurgencia local, por lo que su implantación en el país es débil.
- Es poco factible un éxito del EI en Afganistán de la dimensión de los logrados
en Oriente Medio, más que por la acción antiterrorista o la presencia de las
ANDSF, porque su espacio está cubierto de forma hegemónica por el
movimiento talibán.
- Escenario de la nueva Guerra Fría y reconciliación nacional
- El apoyo ruso a los talibanes se ha incrementado, incluyendo envíos de
armas, en un intento de socavar la acción estadounidense y de la OTAN en
Afganistán.
- Los talibanes pueden ser vistos hoy como un freno a la expansión del
movimiento yihadista global en Afganistán y como un elemento que puede
colaborar de este modo a la seguridad de las repúblicas centroasiáticas. Y
este es un interés de seguridad esencial para Rusia.
- La opción rusa para Afganistán consistiría de este modo en una apuesta por
la negociación política y la reconciliación nacional de los afganos, en lugar de
una apuesta por el control militar y policial del territorio por las ANDSF al
servicio del Gobierno de Kabul.
Conclusiones
El papel del impacto medioambiental no solo frena el cese de la violencia, sino que también
impide el regreso de los refugiados afganos a su tierra. El país sufre sus peores años de
sequía, lo que conlleva a la escasez del agua y del terreno fértil para producir alimentos. La
elección del opio como principal cultivo, puede atribuirse a estas circunstancias.
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La organización Human Rights Watch, criticó duramente la idea promovida por la ONU,
ACNUR y la Comisión Europea, de repatriar a los refugiados afganos (incluyendo a mujeres
y niños) que se encuentren en el territorio europeo o paquistaní.
Los refugiados que se ven obligados a regresar a Afganistán, se enfrentan a una serie de
retos incomprensibles desde nuestro punto de vista occidental, pero que dentro del marco
afgano juegan un papel importante. Entre estos retos, podemos encontrar la expulsión de
las estructuras tribales y de los lazos familiares, que lleva a estas personas al desamparo y
mendicidad. Otros aspectos, están estrechamente relacionados con el déficit de tierra
arable donde podrían dedicarse al cultivo de trigo u otras plantas, la falta del agua, ya que,
los antiguos sistemas de los qanats o karez han sido destrozados o abandonados y dejados
sin uso por la falta de un mirab, o vigilante del agua.
Homer-Dixon describió los seis tipos del cambios medioambientales que se pueden
identificar como causas de un conflicto violento:
Para mitigar los efectos de la sequía, el Gobierno junto a las fuerzas armadas provenientes
de los países extranjeros, decidieron llevar a cabo una construcción de pozos para así
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facilitar el acceso al agua. La construcción de los pozos en las aldeas, privó a las mujeres la
posibilidad de disfrutar de un momento de intimidad.
La adormidera, necesita 1/5 o 1/6 parte de agua de la que utiliza el trigo, lo que no obliga a
los campesinos a estar irrigándola durante mucho tiempo. La razón económica todavía tiene
mucho más peso – según la UNDOC, los precios del opio y la demanda de los mercados
occidentales (no solo como droga, sino también como fármaco) están disparados y no dejan
de crecer. «La erradicación del opio, ha sido el programa más inefectivo y de pérdida de
tiempo y dinero que he visto en los últimos cuarenta años dentro y fuera del Gobierno».
La región que comprende Irán, Afganistán y Pakistán, gracias al tráfico ilícito del opio, se ha
convertido en el llamado «Creciente de Oro», por la forma de media luna en la que se
alinean los países. A pesar de influir seriamente en la seguridad de los tres, el opio en los
últimos años no ha sido el mayor problema para la región – lo es, en contra, el estrés hídrico
y la desertificación de la tierra.
A pesar de que el mayor conflicto por el agua y la tierra existe entre Pakistán y la India, es
en el territorio afgano donde se están desarrollando muchos aspectos de esta lucha. Basta
con apuntar a que lo que le interesa a la India es un Afganistán estable. Por el contrario, lo
que interesa a Pakistán, o mejor dicho a la agencia de inteligencia pakistani, ISI
(Inter-Services Intelligence), es la presencia de los talibanes y la inestabilidad en Afganistán.
El problema entre Pakistán y la India, no debería reducirse solo a la lucha por el poder
político – los recursos naturales, especialmente el agua, son un problema mucho más
amenazante.
Otro aspecto que explica mejor los problemas entre Afganistán y Pakistán, es la compleja
relación entre los insurgentes y el tráfico ilícito (sea el tráfico de drogas o el de personas, el
robo, extorsiones, el contrabando o el cobro por la protección). Esta relación, es un
elemento clave de la campaña asimétrica de los grupos insurgentes para sembrar
inestabilidad y miedo. La fuente principal de ingresos para estos grupos, es el tráfico del
opio. En las partes de Afganistán donde no hay adormidera, los insurgentes y el crimen
organizado, dependen de los secuestros, extorsiones de los proyectos del desarrollo,
contrabando de bienes – desde maderas, piedras preciosas hasta los neumáticos y ruedas.
Conclusiones
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tener que pagar el zakat (un impuesto pagado a los talibanes por el cultivo del opio), los
habitantes del país, ven en ello la única salida de la pobreza. La desertificación de tierras, la
evaporación del agua y el deshielo de los glaciares son sin duda, la mayores causas que
empujan a la gente a abandonar su tierra y buscar trabajo en el negocio ilícito. Los
traficantes saben que mientras haya demanda, habrá trabajo para todos.
Las respuestas que hasta ahora se han ido aplicando para luchar contra los talibanes y
estabilizar el país, no han funcionado – sin embargo, los países occidentales siguen
mandando tropas a un terreno hostil. La desaparición de métodos tradicionales de irrigación
y falta de respuesta adecuada al asunto, han aumentado los problemas relacionados al
cambio climático. La construcción de presas no se aplica a la realidad afgana. Las futuras
decisiones deberían tener esto en cuenta – una revitalización del terreno, junto a la
reconstrucción de los qanats, no solamente ayudaría a restablecer los desaparecidos
sistemas de irrigación, pero lo más importante – sería una manera de unir la población otra
vez. Una colaboración local, un trabajo común daría a estas personas un sentido para
reconstruir su tierra que ningún gran proyecto de construcción de presas o carreteras
obtendría.
La geopolítica de la región, está directamente relacionada con la falta del recurso natural
más deseado: el agua y los posibles conflictos tienen su origen en la falta del acceso al
agua, la desertificación del terreno que provoca grandes migraciones de población,
intensificando en consecuencia el contrabando en la región. Es importante buscar
soluciones al conflicto en Afganistán que salgan de la idea tradicional de intervenciones
militares y adopten un enfoque más amplio, que permita la participación de la sociedad civil.
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