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Fragmentos Ánima Fatua

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Mi abuela me arregla el cuello del uniforme dema- siado grande (para que dure). Corrige la posicion del enorme lazo azul sobre mi cabeza, me entrega los es- pejuelos, y me empuja por el hombro: «jAnda!» Yo voy delante, ella detras. Saluda a los vecinos, y como una buena abuela cualquiera cuenta que lleva a la nie- ta al colegio. Suspira. «j{Qué maldicién a la vejez de mis afios!», murmura para que la oiga solo yo. Algu- nos nifios por el camino lanzan miradas de curiosidad, hablan entre ellos, y rien estridentemente. En la puerta de la escuela me detiene con un gesto. —Ya te sabes el camino. Le doy la espalda y entro. Los gritos y risas me en- sordecen, siento ganas de salir corriendo para cual- quier otro lugar, pero me da por quedarme muy quieta en un rincén. Suena el timbre y yo sigo en mi rincon. Alguien adulto me pregunta algo que no sé responder. Me rodean varias personas averiguando quién soy, sacan la cuenta y me llevan a la fila correspondiente de nifios demasiado animados. En el aula me sefialan un pupitre vacio, y paso el resto del tiempo mirando las ralladuras en la tabla del pupi- tre, adivinando en ellas figuras y rostros y ciertos anima- les fantasticos, hasta que me parece oir mi nombre. 20 Lr ae -jAlia! —grita la maestra, posiblemente no por pri- mera vez. La descubro lejisimo, me levanto, la observo mover los labios y escucho su voz como una melodia sin ritmo coherente. Soy incapaz de captar el sentido de su dis- curso 0 pregunta, soy incapaz de separar su voz en pala- bras con algun significado, apenas sé ruso. Me mira como si esperara algo de mi. Todos me miran. Bajo la vista hacia mis sandalias ya gastadas de tanto ir y venir por el trillo. Veo un descascarén en la correa de mi san- dalia izquierda, tiene un lejano parecido con la cabeza de un gato vista de perfil. —jSiéntate, estipida! —grita la maestra, posiblemen- te no por primera vez. Interpreto sus palabras y me siento en medio de las risas. —No volveré a la escuela —le anuncio a la abuela en casa. Me da un manotazo sin mirar y sigue empujando la cuchara con papilla a la boca de mi hermano. —Si que volveras —grufie—, ya verds como irds a la escuela sin chistar... A la mafiana siguiente me arrastra por el antebrazo y me dejo llevar inerte. Soy incapaz de rebelarme por un tiempo sostenido; carezco de voluntad. Voy pisando las hojas caidas de los arboles: una hoja en cada pisada. Descubro un monton de tachuelas sobre mi silla, pero no las quito. Me siento encima de ellas, acomodo los libros. Los demas abren bocas y ojos, no les resulta cémico. Una nifia, pequefia y delgada se me acerca. 21 * —jLevantate! « Sigo ordenando mis cosas entre figuras, Tostros animales fantasticos, . . —jLevantate! —repite la nifia y aprieta los puiios Alzo la cabeza y obedezco. Estamos rodeados ¢ nifios expectantes. Ella recoge las tachuelas, me quita dos o tres que que daron clavadas en mis nalgas, y las tira a la basura. Lue. go, con la consciencia limpia se acomoda en su puesto De pronto me da un ataque de llanto. Yo no pertenezco aqui, no tengo nada que ver con esto, me quiero ir para mi casa, dondequiera que esté. Me quito los espejuelos y dos chorros caen de los cristales sobre el pupitre. —Vamos a comenzar la clase —pronuncia la maes- tra y me ve. Su cara adquiere una expresién de asco incontenible. —Sal inmediatamente —ordena. Arrastro los pies, y pasa una eternidad de silencio entre mi pupitre y la puerta. —Eres una tarada —anuncia la abuela—. Claro, con un padre negro, {cémo podrian salir los hijos? Abuelo sale y tira la puerta. —Tu madre si que era inteligente, la primera de su clase, nunca hubo que obligarla a estudiar y menos air a la escuela. Le gustaba tanto que... Salgo detras del abuelo, me paro frente a él, lo miro fumar. — Qué miras? . —Es verdad que te criaste en un orfanato? —re. cuerdo la historia que me It mi madre cuando to- davia mi madre me contaba rias. 22 —Desaparécete de aqui —responde y me vira el rostro. Bajo hacia el rio y me meto entre las sombrillas, que ya han comenzado a marchitarse. La historia de mi abuelo Todos estaban reunidos alrededor de la mesa. Nadie hablaba. El padre solo permitia hablar a la hora del postre. La madre con un cucharén de madera servia el borsch. El padre incliné la cabeza, tomé la cuchara y los demas lo imitaron. De pronto Piotr (otro Pedro, otro zar), el menor, hizo un ruido con la cuchara y el borde del plato. Sin que nadie le dijera nada, se levan- td y siguid comiendo de pie. Ahora debia tener doble cuidado: si volvia a hacer ruido, se iria de la mesa. En ese momento Ilamaron a la puerta. . Se trataba de alguien avisando la muerte de un pa- riente cercano. No terminaron de comer; el padre y la madre partieron de inmediato. —Cuelen la leche dos veces, el sancocho esta sobre el fogén, ahorita lo-apagan, le echan mas a la Rubia que esta gravida, las manzanas las recogen en la cesta grande y los albaricoques en la mediana, y si llueve, entran a los pollitos —dijo ella saliendo. Ni siquiera les dio un beso. EI sol estaba alto, no habia ni una nube en el cielo, y los nifios corrieron para el rio. Solo iban a darse un chapuzon para luego hacerlo todo rapido antes de que volvieran los padres, Pero se entretuvieron jugando y salpicdndose, saltando al agua y probando los diver- sos modos del clavado, Se dieron cuenta de que llovia cuando la Iluvia arrecié. f Volaron a casa atormentados; si se MOjaban Io pollitos, no se salvarian del castigo con el cinto ancl, del padre. Los pollitos estaban mojados. Decidicri; secarlos en el fogén, que atin no se habia apagady Bajaron el sancocho, echaron algo de lefia en la esty fa, meticron a los pollitos en una cazuela, y la pusicron sobre el quemador, Los pollitos piaban, —Es que todavia estan mojados, tienen frio —ex plicé el mayor de los varones—. Esperemos un ratico Los pollitos piaban. —No se han secado, esperemos otro ratico —repe- tian los nifios. Cuando os pollitos se callaron, supusieron que al fin se habian secado. Abrieron la cazuela y descubrie- ron un monton de pollitos muertos. Entonces no se les ocurrié otra cosa que irse de casa... EI final de la historia siempre me parecié algo cha- muscado. Se fueron de casa, se perdieron en el bosque, vaga- ron mucho tiempo alimentandose de raices y frutas silvestres, hasta que los encontraron no sé qué gente y los metieron en orfelinatos separados. Piotr nunca mas supo de sus hermanos ni de sus padres. Sentada en la orilla del rfo escribo con un palito sobre el fango |a historia de mi abuelo. Me hubiera gustado irme de casa, perderme en el bosque, y pasar el resto de mi vida en un orfelinato. Pero, mi abuela no cria Ilitos. Vuelvo a percibir que todo no es mas que un suefio, un suefio estipido y pueril. ye —jGorda! —me decian los nifios—. jFea! —jTorpe! —me decia la maestra—. jImbécil! —jCubana! —el peor de i insultos—. jExtran- jera! Yo no sufria, no tenia con qué. Me apasioné con las matematicas y pasaba el tiempo haciendo calculos, pero 1 nunca los que se exigian en las clases. Me refugiaba 3 en la légica de los numeros, llenaba mi cabeza de su- mas, restas, divisiones y multiplicaciones donde todo parecia tener un orden frio y perfecto. Creia advertir fisicamente el infinito y mi espacio dentro del infinito. Minumero preferido era el cero, tan redondo, tan equili- brado. El cero era yo. | ' Mi abuela cargaba agua de una pila que habia en el { patio. Echaba los cubos de agua dentro del tanque en 1 la cocina. Ponia lefia o carbon en la estufa, preparaba i empanadas para toda la semana, sopas rusas llenas de | vegetales del huerto, y dulces de las frutas que crecian 4 en el jardin. Se levantaba al amanecer y trabajaba sin parar. También hice ciertos avances en el idioma ruso, al menos, aprendi a leer. Me apunté en la biblioteca de la escuela, y sacaba los libros de uno en uno. El maximo tiempo de lectura eran diez dias, pero si terminabas 25 ahtes, podias cambiar el libro. Nunca lo hice. La cu, estaba en leer el mismo libro la mayor cantidad «| veces. No me importaban las tram i los persona), solo las palabras. Cuando encontraba una palabra ny; va, la repetia interminablemente coleccioné cristul, de colores / suetios / piedras redondas y lisas / paly bras eufdnicas, perturbadoras, raras / que saborealy, con deleite /a falta de caramelos.... Mi abuelo también se levantaba al alba. Se sentah, en el tocén del patio, liaba cigarros, fumaba. Despuc, del almuerzo se iba «a pescar» para el rio. Echaba lom brices en una lata, recogia las cafias y redes, bajaba por el trillo. Una vez intenté seguirlo, pero me descu brio y me miré con tal violencia, que me mandé a correr de regreso, despavorida. Volvia casi siempre borracho; otras veces no volvia, y era mi abuela la que lo traia a cuestas, murmurando insultos y quejas. Lo que me interesaba era la musicalidad de las pala- bras, sus sonidos. Decia jerigonzas sin sentido para escuchar diversas combinaciones de silabas, pronun- ciaba cosas al revés, de atrds para adelante; uni en mi cabeza eso a las matematicas y me parecié fantastico. Habia descubierto la fuente de los elementos. Los seres sobraban, lo unico util eran los nimeros y las letras en una liga indestructible. Abuela y abuelo habian tenido cuatro hijos. Tres murieron de tifus cuando la guerra. Abuelo andaba contra los nazis, y abuela se quedé peleando contra e] hambre y la ruina. Mi madre también estuvo enferma, pero sobrevivio. Era su unica alegria, su uni- co sostén, su unica heredera. Pero se les fue. Se caso con un negro y se fue. Y luego, la musica. La silaba dos, por ejemplo, no podia simbolizar lo mismo en un tono grave que en uno agudo. «Dos-dos-dos-dos», dicho cada dos en diferen- tes tonos podia ser todo una oraci6n, una mezcla de alto contenido. Y también los colores. Cada numero y cada sonido tenia un color particular. Las cosas se compo- nian por manchas danzantes de sonidos correspondien- tes a determinada cifra... Abuelo bebe-bebe-bebe y abuela trabaja-trabaja-tra- baja. Mi madre ha vuelto con dos crios de negro, se los ha soltado y se ha vuelto a ir. Su hija no es su hija y sus nietos no son sus nietos. Uno, porque llora de cualquier boberia, a veces sin motivo, y se orina todo el tiempo, y la otra o no esta bien de la cabeza 0 es una vaga descarada, o ambas cosas. —Initil! —grita abuela—. jDemente! —I-un-til —repito yo— li-tu-ni, ni-li-tu, nu-ti-li... —jCallate ya, anormal! —A-nor-mal... Un dia cayé la nieve y regres6 mi mama. 27 Ella nunea antes habia visto la nieve. Mariposas blay cas que caian del cielo, las asocié con el ballet, reco; d6 a Malena, pero sin dolor, como algo vivido por ofr, gente. Quité en silencio la cortina transparente q\) cubria la ventana de la sala, se sacé la ropa, envolvi; la tela alrededor de su cuerpo desproporcionado, y sa- lid al patio descalza. Comenzo a dar vueltas, levanta- ba las piernas, saltaba, movia los brazos. Hacia mucho frio, pero le importaba poco. La abuela le gritaba co- sas, pero le importaba menos atin. Bailaba —al menos eso creia hacer— con los ojos cerrados hasta que su cara se hundié en algo suave de olor rancio. —jMama! —levanté el rostro, casi feliz. Esta le dio una bofetada por todo saludo. — Es asi como le haces caso a tu abuela? —Y ti no sabes nada! —grité esta—. jEs mas ter- ca que una mula y vaga, no me ayuda en nada y no quiere estudiar! La llevaron a empujones dentro de la casa. —j(Maldita criatura! La pusieron de castigo desnuda al lado de la venta- na desnuda mirando caer la nieve, tan lenta, tan blan- ca. Yo nunca fui esa nifia/ que mira tras la ventana caer los copos de nieve / mds bien soy un copo ie 28 nieve /que ve auna nifiaenla ventana/y piensa que soV Vo, A la mafiana siguiente la madre anuncié que se iria con clla, Tu hermano se queda aqui, pero tu abuela no pue- de mas contigo. Yo te meteré en cintura... Tomaron el tren, el famoso tren de la otra orilla, el magico ¢ inalcanzable tren de sus suefios. Olia a hierro y a ropa de cama himeda. Daban té con galletas, y podia mirar todo el tiempo cémo se desplazaban en direccién contraria los campos blancos y los arboles y los postes. Contd los postes hasta quedar dormida. Sofié que iba en tren a Cuba. «;Cuba?» Le preguntaba a su madre que tenia otra cara y otro nombre, pero era la misma. «Si, desgraciada, Cuba, para que te pudras alla junto a tu padre. Imaginate, con un padre negro, équé puede uno esperar de los hijos?» «Cuba...» pens6 a punto de llorar, y desperté. Amanecia. La madre ron- caba ligeramente en la otra litera. Se incorporé y si- guid contando postes a partir del tiltimo numero que record6 de la noche anterior. 29 «Esta no es nuestra casa» dijo mi madre. «No puedes registrar las gavetas ni tocar nada. Menos aun las cosas de cristal, tu, que todo lo rompes. Yo trabajo de ocho a seis, por lo tanto, cuando vengas de la escue- la, cambiate de ropa, haz las tareas y espérame tran- quila, sin moverte. No puedes salir ni abrirle la puerta a nadie. No puedes andar en el refrigerador. Si tienes hambre, come pan» sefialé medio pan negro envuel- to en un periddico sobre la mesa. «No puedes abrir el gas, ni las ventanas. No pierdas la Ilave» me colgo en el cuello la llave enganchada en un cordel gris. «{En- tendiste?» Yo miraba su cara. Su cara movia los labios y par- padeaba los ojos, alzaba y bajaba las cejas, cambiando las lineas de las arrugas. —jzEntendiste?! —Si... —Repitelo todo. Tragué con esfuerzo. —No pierdas la llave... —jTodo! Volvi a tragar mirando su cara. Me tomé de los hombros y comenzé a sacudirme, cosa que haria a menudo a partir de entonces. Como si 30 quisiera que la locura hecha una bolita me saltara por la boca. No se hacia ninguna bolita, se comprimia, se licuaba, se escondia en la médula para salirse con la suya en el momento menos esperado... Pero al parecer aella sacudirme le hacia sentirse mejor. Me solt6, sus- pird, y se fue. Otra vez la escuela, otra vez nifios averiguando mi misera procedencia latina y colocandome al tiltimo lu- gar en la escala de tratabilidad, después del grandulon que por segunda vez repetia el afio, después de la bizca con los dientes botados por chuparse el dedo, después del uzbeco que tampoco hablaba correctamente el ruso y olia de modo espantoso. Nifios, burlandose de mi cuerpo precozmente desarrollado, de mis espejuelos, mi pelo oscuro y ondeado, mis botas de fieltro y el abrigo que fue de mi abuela. Una tarde en el vestidor de la escuela encontré el abrigo con los botones col- gando en tiras de la tela que ya estaba semipodrida, con los bolsillos Ilenos de escupitajos, papeles y toda clase de basura. Tuve una crisis sentimental: «Pobrecita mi abuelita que me regal el abriguito después de usarlo tanto tiempo y cuidarlo y ahora...», eteétera. Cuando Ilego a casa, mi madre se abalanzé sobre mi con el abrigo, metiéndomelo en la cara: «Es asi como ti cuidas las cosas?» La miré con ojos muy secos; toda- via me sorprendian ciertos rasgos de mi madre. Se paso la noche zurziéndolo y por la mafiana volvi a la escuela con el viejo abrigo de mi abuela todo remendado. «Si lo vuelves a romper», dijo ella a modo de despedida, «no lo coseré mas». Sabia que decia la verdad. Pero mi ruso iba mejorando, Y aunque no tenia de- masiadas oportunidades de hablarlo, comencé a hacer . 31 avances en la scritura; dos 0 tres veces la Maestrg leyo composiciones mias en voz alta como las Mejo. res de la clase cosa que aumenté el odio de los de. mas hacia mi— y hasta llegd a mandarme a ung olimpiada literaria entre escuelas. Eso si, leia sin pa. rar, leia todo el tiempo y todo lo que me caja en lag manos. Poco a poco fui desprendiéndome de la mania de buscar tnicamente la sonoridad de las palabras, empecé a comprender los argumentos y Vivirlos y ese fue el nuevo escape: yo no era yo, sino el personaje del libro de turno. ;Pobre gentecilla la que me rodea- ba! No sabian con quién estaban tratando. Miré el mundo desde arriba, desde mi nueva superioridad gj- lenciosa y el mundo me dio lastima. Hasta que mi madre me anuncié que irfa a una es- cuela de artes plasticas. No me preguntd si me gusta- ria estudiar pintura ni nada por el estilo, simplemente informé: «Mafiana comienzan las clases; cuando sal- gas de la escuela, iras a la otra. Llegaras a casa a la misma hora que yo del trabajo». Asi se aseguraba de tener todo mi tiempo controlado. jOtra escuela, con otros nifios!, estuve a punto de protestar, pero no lo hice, nunca lo hacia, me dejaba llevar tan docilmente, que daba la impresién de un ser sumiso y obediente. Sobre un trapo rojo, colocado descuidadamente enci- ma de la banqueta, un jarrén de barro y una pera ama- rilla, todo alumbrado por un bombillo. —Los objetos que vemos, los vemos tridimensio- nales, gracias al juego de luz y sombra. En la naturale- za no existen lineas rectas ni figuras planas; en la naturaleza no existen colores puros ni tonos enteros; 32 4 avanees en la escritura; dos o tres veces la maestra leyo composiciones mias en voz alta como las mejo- res de la clase —cosa que aumento el odio de los de. mas hacia mi— y hasta llegé a mandarme a una olimpiada literaria entre escuelas. Eso si, lefa sin pa- rar, leia todo el tiempo y todo lo que me cafa en las manos. Poco a poco fui desprendiéndome de la mania de buscar tnicamente la sonoridad de las palabras, empecé a comprender los argumentos y vivirlos y ese fue el nuevo escape: yo no era yo, sino el personaje del libro de turno. jPobre gentecilla la que me rodea- ba! No sabian con quién estaban tratando. Miré el mundo desde arriba, desde mi nueva superioridad si- lenciosa y el mundo me dio lastima. Hasta que mi madre me anuncié que iria a una es- cuela de artes plasticas. No me pregunté si me gusta- ria estudiar pintura ni nada por el estilo, simplemente informé: «Mafiana comienzan las clases; cuando sal- gas de la escuela, irds a la otra. Llegaras a casa a la misma hora que yo del trabajo». Asi se aseguraba de tener todo mi tiempo controlado. jOtra escuela, con otros nifios!, estuve a punto de protestar, pero no lo hice, nunca lo hacia, me dejaba llevar tan décilmente, que daba la impresion de un ser sumiso y obediente. Sobre un trapo rojo, colocado descuidadamente enci- ma de la banqueta, un jarrén de barro y una pera ama- rilla, todo alumbrado por un bombillo. —Los objetos que vemos, los vemos tridimensio- nales, gracias al juego de luz y sombra. En la naturale- za no existen lineas rectas ni figuras planas; en la naturaleza no existen colores puros ni tonos enteros; 32 ° todo esté compuesto por matices. Recuerden la pala- bra: matices: la usaremos a menudo. De pronto descubri que si queria aprender a pintar. El estipido trapo rojo con el estiipido jarron y la pera amarilla estaban Ienos de matices. | Vaya noticia! Volvi a construirme un mundo equilibrado: la es- cuela, donde cada dia sorprendia mas a la maestra con mis composiciones literarias y velocidad de calculo; la escuela de pintura, en busca de matices y formas; la casa, donde después de hacer las tareas de ambas escue- las, seguia delante del buré hasta la hora de dormir, le- yendo y creyéndome ser otra persona. Y haciéndome a la idea de que los demas no existen. Simplemente no existen. Puedo imaginar como era para mi madre aquella etapa de su vida. Dura, supongo, muy dura. Cualquier regreso en si es doloroso, el mas dulce de los regresos es doloroso, pero el de ella de dulce no tenia nada. Su patria la acogié como a una hija prédiga: te absuelvo tus pecados. Pero mi madre no se perdoné, ella misma no se perdon6. Trabajaba de ocho a seis y luego cosia para la calle (la maquina de coser de mi madre / tiene un panal sin miel / solo abejas), pero asi y todo no alcanzaba el dinero. El invierno exigia mucha ropa cara, y también tenia que estar bien vestida para la oficina, la gente comenta, y la comida, esa hija suya que come demasiado, demasiados dulces, y la soledad. Trabajar mucho, mantenerse ocupada para no sentir la soledad, sus tentaculos que abrazan mas de noche, esas noches tan oscuras como cierta piel, joh! Culparse por todo, lacerarse, y esa nifia, gorda, fea, retardada, como una evidencia, y la cara marchita frente al espejo, como 33 una evidencia. Y las cartas de los padres, cada carta los padres que no perdonan aunque callen. Y las sonas, {qué pueden saber las personas? Desvian ojos, murmuran: «Estuvo da con un cubano» cubano?» «Como lo oye: CUBANO. ,Negro, pongo?» «jNegrisimo!» «Pobrecita»... Miran, ran. Se acercan, a veces algunos, para huir como $i hubiesen quemado. «Eso no se pega» dan ganas de tar. Pero mi madre me grita solo a mi. Toda su cidn, todo su dolor y odio los descarga en mi. Me absolutamente insensible porque yo soportaba maltratos sin inmutarme. 2 34 ee

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