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Meditaciones de Navidad y Adviento

Este resumen contiene 3 oraciones: El documento presenta una selección de meditaciones espirituales sobre las escenas del Evangelio y santos celebrados durante el tiempo de Navidad, desde el Adviento hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Incluye oraciones para el inicio y final de la meditación, así como notas introductorias sobre el propósito y forma de hacer oración. La meditación del 17 de diciembre invita a prepararse para la Navidad con alegría, recordando que Jesús nos hace vivir plenamente.

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Meditaciones de Navidad y Adviento

Este resumen contiene 3 oraciones: El documento presenta una selección de meditaciones espirituales sobre las escenas del Evangelio y santos celebrados durante el tiempo de Navidad, desde el Adviento hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Incluye oraciones para el inicio y final de la meditación, así como notas introductorias sobre el propósito y forma de hacer oración. La meditación del 17 de diciembre invita a prepararse para la Navidad con alegría, recordando que Jesús nos hace vivir plenamente.

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Meditaciones

Christmas selection
E-BOOK
Índice
17 de diciembre Humm, me haces vivir 6
18 de diciembre De la mano de José 10
19 de diciembre Yo elijo creer en Jesús 14
20 de diciembre El sí de María es el sí de nosotros 17
21 de diciembre Perder el tiempo para ganar la eternindad 21
22 de diciembre Adviento, tiempo de alegría 25
23 de diciembre ¿Qué será este niño? 28
24 de diciembre Ya casi es navidad 32
Noche Buena Nochebuena 36
25 de diciembre Ya está entre nosotros 39
26 de diciembre Buenos días María y José, ¿Ya despertó Jesús? 42
27 de diciembre Te haces tan pequeño para engrandecer al hombre 46
28 de diciembre Santos inocentes 50
29 de diciembre Cumplir la ley de Dios no cuesta 54
30 de diciembre La oración de los que están solos 58
31 de diciembre Juan nos pone delante de la verdad en el último día del año 62
Sagrada Familia Sagrada Familia 66
1 enero Corazón, ojos, manos de una madre 70
2 de enero Ser testigos de la luz 74
3 de enero Jesús, ¡ese sí es Nombre! 78
4 de enero Ser apóstoles, llevar a Jesucristo 82
5 enero Apariencias 86
6 de enero No tengamos miedo, es Jesús 89
Epifanía Reyes Magos 93
7 de enero En el Evangelio como un personaje más 98
8 de enero Si quieres puedes 101
9 de enero No dejes de incluir a Jesús en el viaje de tu vida 105
10 de enero El niño se quiere quedar en la Eucaristía 109
11 de enero Agua de Dios 113
12 de enero Cultivo una rosa 116
Bautismo del Señor ¡Hijo de Dios! 119
Introducción
Esta pequeña recopilación de consideraciones espirituales en
torno a las escenas del Evangelio que la Iglesia nos propone cada
día en la Santa Misa, o de la memoria de sus santos, surge a raíz
de la iniciativa “10 minutos con Jesús América Latina” (www.10min-
conjesus.net).
En esta ocasión, hemos querido facilitarte una selección de me-
ditaciones del Tiempo de Navidad que va, desde la víspera del 25
de diciembre, hasta la fiesta del Bautismo del Señor (que se cele-
bra el domingo después de Epifanía). Pero, para que la Navidad no
nos encuentre desprevenidos, hemos decidido incluir los últimos
días del Tiempo de Adviento que sirven como preparación próxima
a la Natividad del Señor (del 17 al 24 de diciembre).
Se trata de meditaciones de 10 minutos, predicación oral envia-
da como notas de voz o podcasts, que hemos decidido transcribir.
Creemos que, presentadas de esta manera y agrupándolas por te-
mas, pueden ser de utilidad para la oración personal; con la facili-
dad que da tener un texto sobre el que se puede volver cuando uno
quiera.
Puedes también acceder por tu cuenta a estas y todas las demás
meditaciones, ya sea en audio o escritas, en nuestra página web.
Agradecemos a los sacerdotes que las han predicado desde, al
menos, 9 rincones distintos de Latinoamérica. También a todas las
personas que, tras bambalinas, hacen realidad este proyecto día
a día: editores de audio, quienes administran los distintos canales
(WhatsApp, YouTube, Spreaker, Spotify, Instagram, etc.) y la página
web junto con el blog, el equipo de transcripción y edición digital
y, por supuesto, quienes ayudan a coordinar todo, que son como el
aceite que hace que el engranaje funcione.
¿Qué es hacer oración?
Pienso que es mejor dejar hablar a los expertos. Por eso, primero,
te transmito lo que dicen los santos, verdaderos amigos de Jesús:

“La oración es hablar con Dios.” (San Juan Crisóstomo)

“La oración es una conversación y entretenimiento del alma con Dios.”


(San Gregorio de Nisa)

“No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad,


estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.”
(Santa Teresa de Jesús)

“La oración es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada hacia
el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio del sufrimiento
como en medio de la alegría.” (Santa Teresa del Niño Jesús)

Habiendo escuchado a los santos, te digo: “déjanos ayudarte a ha-


cer oración.”
Estas meditaciones tienen como finalidad suscitar una conver-
sación entre Dios y tú, entre Jesús y tú. Te recomiendo leer despa-
cio, con calma; busca un rincón tranquilo y evita las distracciones.
Ponte en presencia de Dios (para lo que te puede servir la oración
inicial) y luego permanece atento a los pensamientos y las impre-
siones, afectos, inspiraciones, que el texto sugiere en tu mente, en
tu alma, en tu corazón. Jesús se sirve de eso para mejorar tu vida y
meterte por caminos de amistad con Él.
En ocasiones bastará leer poco, otras mucho; no existen reglas
escritas para los senderos del alma. Avanza a tu manera. Puedes
escribir, por tu cuenta, tu propio diálogo con Jesús; o apuntar aque-
llo que te ha “golpeado” de forma especial; también puedes guar-
dar silencio en actitud de atenta escucha; o incluso simplemente
mirar a ese Dios que se ha hecho hombre y que te sale al encuentro
en las páginas del Evangelio y en el interior de tu alma en gracia. En
fin, “Cada caminante, siga su camino” como decía aquel letrero que
tanto gustó a San Josemaría al encontrárselo antes de comenzar a
predicar un curso de retiro espiritual allá por el año 1939.
Al finalizar no dejes de darle gracias a Jesús por darte esta opor-
tunidad maravillosa de hablar con Él (para lo que te puede servir la
oración final).
Un último consejo: procura tener un tiempo fijo para tu oración.
Nosotros lo hemos llamado “10 minutos con Jesús”, pero tú decides
cuánto dura “tu cita” con Él.
Oración inicial
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi
guarda: interceded por mí.

Oración final
Te doy gracias, Dios mío,
por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en esta meditación.
Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi
guarda: interceded por mí.
17 DE DICIEMBRE
Humm, me haces vivir
Martes de la 3ª semana de Adviento.
Gn 49, 1-2. 8-10; / Sal 71; / Mt 1, 1-17

P. JUAN CARLOS - ECUADOR

La genealogía de Jesús nos hace meternos en la alegría de su pronta llegada, de la


mano de la banda de rock Queen, nos disponemos a rezar con alegría.

ORIGEN DE JESUCRISTO
Comenzamos estos minutos de oración y nos vamos poniendo a
tono con la preparación inmediata a la Navidad. Seguimos en este
tiempo de Adviento y el tiempo de Adviento tiene dos partes.
La primera se concentra en esperar la segunda venida de nuestro
Señor Jesucristo. La segunda parte comienza ahora, en Navidad.
Y por eso, se nos proponen estos días, varios extractos del Evan-
gelio según san Mateo del primer capítulo y también del primer
capítulo de san Lucas.
Hoy partimos con el principio de san Mateo, el libro del origen
de Jesucristo, “hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1,1), que dice el
versículo primero.
Y empieza toda esa sucesión de nombres, de cómo Abraham en-
gendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a
sus hermanos, Judá engendró de Tamar a Farés. Y luego una serie
de nombres, van saliendo algunos personajes ilustres como Jesé,
que es el padre de David y de Booz, que engendró de Rut, ese per-
sonaje también importantísimo del Antiguo Testamento.
Y luego, como David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, y
Salomón engendró a Roboam, y así hasta el destierro de Babilonia.
Después del destierro en Babilonia son una serie de personajes.
San Josemaría nos decía, que en este listado son catorce hasta
el rey David, y después catorce hasta la deportación a Babilonia.
Luego catorce hasta Cristo, como dice el último versículo de este
Evangelio.
San Josemaría decía: “En este listado aparecen personas que son
buenas y personas que cometieron errores, personas que son gran-
des santos y personas también pecadoras. Esta es la genealogía de
Cristo. Esta es la genealogía de todos”.

YOU MAKE ME LIVE


Y la verdad es que estaba haciendo mi oración, hace un rato en el
oratorio, y pensando un poco en esto y conversando con el Señor,
no sé por qué me vino a la cabeza una canción -seguramente por-
que la escuché ayer-. Una canción de la banda Queen, que se llama
“You’re my best friend” (Tú eres mi mejor amigo).

6
En el coro de esa canción se dice una frase que estuve repitiendo
en la cabeza durante mucho rato: “... you make me live” (tú me haces
vivir), y te cuento esto porque eso es lo que me pasó en la oración
hace unos cuantos minutos.
Esa canción venía con fuerza a mi cabeza, e inmediatamente me
di cuenta de que de esto iba a hablar en la meditación. La traduc-
ción al español de la canción es muy bonita: “Señor, tú me haces
vivir, tú me haces vivir todo lo que este mundo puede darme”.

MI CORAZÓN CANTA DE ALEGRÍA


Estamos a punto de acompañar a Cristo en su primera venida en
el día de Navidad y debemos ser conscientes que Él nos hace vivir.
Él es el que en realidad nos hace que podamos percibir las cosas
realmente importantes de este mundo: todo lo que el mundo puede
darme.
Porque Él es el que cambia, es como la televisión en blanco y ne-
gro que cuando pasas a color, es un mundo distinto.
Cuando era pequeño rompí el televisor de mis padres y duran-
te unos meses nos tocó volver al blanco y negro y era un mundo
totalmente arcaico… Y cuando volvieron a comprar una televisión,
después de algunas semanas, el cambio fue de una alegría impre-
sionante. Era como ver las cosas en una dimensión distinta.
Y eso es lo que pasa cuando dejas que Cristo esté en tu vida. Por
eso, en este rato de oración, te invito a decirle conmigo ahora: “Je-
sús, Jesús me haces vivir todas las cosas que este mundo puede
darme. Tú me haces vivir; y te agradezco Señor, porque me haces
que el corazón cante de alegría, porque Tú me haces vivir, Señor”.

JESÚS ESTÁ CON NOSOTROS


La canción es bien bonita, y sigue diciendo: “... eres el primero cuan-
do las cosas se ponen feas”. Y Jesús es siempre el primero cuando
las cosas se ponen feas. Está al lado tuyo, está para alegrarte.
Por eso, mira, la antífona de entrada de la misa de hoy que dice
(es un texto de Isaías): “Exulta, cielo, alégrate, porque viene nues-
tro Señor y tendrá misericordia de los pobres”.
“Jesús, gracias porque yo estoy en ese grupo” y díselo tú también.
En el grupo de los pobres, en el grupo de los que nos sabemos ne-
cesitados. En el grupo de las personas que se sienten necesitadas
de Dios, ahí tenemos que estar. Y por eso: “Exulta, cielo, alégrate,
porque viene nuestro Señor y tendrá misericordia de ti y de mí”.
“Gracias, Señor, porque me haces vivir todo lo que este mundo
puede darme. Me haces vivir Señor, me haces tener esa sensación
de completitud, de estar lleno de paz, de alegría”.

CAMBIO DE PLANES
Aunque a veces nos vengan momentos un poco más duros, como
los que estamos acostumbrados a acompañar en esta novena de
7
Navidad: en ese camino de Nazaret a Belén que vamos acompa-
ñando a Jesús, que está en María. Y vamos junto con José y María y
el burrito también, que están caminando hacia Belén.
Puedes ver en la novena de Navidad que hoy contemplamos, cómo
hay ese cambio de planes con José y María, que querían que el niño
nazca en Nazaret y de repente les cambian todos los planes, y tie-
nen que irse hasta Belén, que les queda bastante lejos y donde no
tienen ningún pariente, ningún amigo, ninguna persona que les dé
la mano.
Es lo que nos pasa normalmente en la vida. Son los cambios de
planes, las contradicciones que vienen sin esperarlas. Por eso esa
canción es bien bonita. “... Jesús, eres el primero que está al lado
mío cuando las cosas se ponen feas, eres mi mejor amigo que me
hace vivir”.

LUCHAR EN LAS TENTACIONES


Los buenos marineros se hacen en las tempestades, no se hacen
en el mar calmo. Las personas que realmente saben luchar en las
dificultades son los que van venciendo las tentaciones y son los
que van acercándose cada vez más a Dios.
Los que vencen la tentación son los que ganan la corona. Lo im-
portante es que veamos detrás de las dificultades, de los cambios
de planes, de las cosas que tal vez no nos gustan tanto la voluntad
de Dios, porque así estaremos contentos de seguir luchando.
“Señor, me haces vivir todo lo que este mundo puede darme y me
haces vivir con mucha más fuerza. Eres el primero cuando las co-
sas se ponen feas. Eres mi mejor amigo. Gracias Señor Jesús y por
eso queremos juntarnos con los cielos: Exulta, cielo, alégrate, por-
que viene nuestro Señor…”.
El Señor y su Madre van caminando junto a José. La Virgen ha
nacido sin mancha de pecado original, y tiene más fe. José tal vez
tiene que ir constantemente repitiéndose estas frases para auto-
convencerse. Pero va con María y eso le hace estar también seguro.
Tú y yo vamos a recorrer estos días de Navidad junto a María, por-
que eso nos hace estar seguros, porque eso es lo que nos permite
cantar: “... me haces vivir todo lo que este mundo puede darme…”.
Gracias, Señor, porque nos has dado a María y con ella es más fá-
cil este viaje. Este viaje de la vida.
Jesús, eres mi mejor amigo. Me haces vivir todo. Y gracias por dar-
nos a tu Madre, la Virgen María, que es quien nos ayuda en este
camino a llegar hasta donde Tú estás.

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Reflexión:
¡Gracias Señor por estar a mi lado, gracias por todo lo que me das y
haces por mí!

https://www.youtube.com/watch?v=BG7X9-XjrwM

9
18 DE DICIEMBRE
De la mano de José
Viernes de la 3ª Semana de Adviento
Jr 23, 5-8 / Sal 71; / Mt 1,18-24

P. FEDERICO – GUATEMALA

José quiere cumplir la voluntad de Dios, a pesar que las circunstancias lo confundan
o le inquieten. Pidámosle nos guíe en el camino a Belén también a través de nuestras
fragilidades y debilidades. Que “sueñe” con nuestros problemas y nos de paz.

CONFUSIÓN DE SAN JOSÉ


José está confundido; no termina de aclararse… Dice el Evangelio
que “Estando María desposada con José, y antes de que vivieran
juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba espe-
rando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo
ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto” (Mt 1, 18-19).
José está confundido. Se ha dado cuenta que María espera un hijo,
pero no quiere aplicar la justicia como la aplican los judíos: ellos la
condenarían a ser lapidada. No quiere que María sea apedreada
como una pecadora porque sabe que no lo es. Ella es pura, limpia,
un alma sin fisuras… ¿Qué hacer? ¿Qué hacer entonces?
San Josemaría tal vez nos diría: “No tenemos más remedio que
contar con ese -vamos a llamarlo así- prejuicio psicológico de pensar
habitualmente en los demás” (El Diálogo con el Señor, 64, 4).

JOSÉ Y SU GENEROSIDAD CON MARÍA


Y eso es lo que hace José. Piensa en los demás, piensa en María.
Por eso decide separarse de ella, huir sin decir nada, desaparecer
del mapa, para que todos piensen mal de él.
Sabe que la otra alternativa es denunciar a María y no está dis-
puesto a hacerlo. No le importa lo que pueda suceder con él porque
está convencido de que está cerca de algo sobrenatural, algo que
le supera.
“San José nunca duda de María; en todo caso, duda de él mismo.
Entiende, se imagina, que él no pinta nada en el misterio que se está
realizando. Tal vez no sabe bien lo que pasa: lo que sí sabe es que él
parece que sobra, porque nadie le ha hecho partícipe de estas cosas,
y resulta que María guarda silencio” (cfr. Fulgencio España, Cuares-
ma, Semana Santa 2015, Vívela con Él -Solemnidad de San José).
Esta es su manera de abandonar las cosas en las manos de Dios,
de confiar en Él.
En la Carta Apostólica, Patris Corde, que el Papa Francisco nos
ha escrito en este año dedicado a san José, comenta: “También a
través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su
proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además

10
creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de
nuestras fragilidades, de nuestra debilidad.
Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos
tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, no-
sotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una
mirada más amplia” (Papa Francisco, Patris corde, Cap. 2).
Y ésta es la lección que nos da José Evangelio de hoy. En éstas
estaba el carpintero de Nazaret.

LOS SUEÑOS DE SAN JOSÉ


Y entonces, mientras pensaba en estas cosas, “Un ángel del Se-
ñor le dijo en sueños: - José, hijo de David, no dudes (no temas di-
cen otras traducciones) en recibir en tu casa a María, tu esposa,
porque ella ha sido concebida por obra del Espíritu Santo. Dará a
luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a
su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).
“Cuando José se despertó de aquel sueño, hizo lo que le había
mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa” (Mt 1, 24).
José tiene “miedo” ante lo grande. Miedo ante el misterio de lo
sobrenatural… Pero el ángel le hace ver con claridad su misión, su
vocación, y él se lanza…
El Papa Francisco sigue comentando: “José acogió a María sin po-
ner condiciones previas. Confió en la palabra del ángel. Muchas ve-
ces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos.
Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José
deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por
más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad.
José no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonis-
ta valiente y fuerte. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger
la vida tal como es, para hacer sitio incluso a esa parte contradicto-
ria, inesperada...” (Papa Francisco, Patris corde).
Aprendamos del Santo Patriarca. A pesar de las dificultades o de
los imprevistos, a pesar que tal vez nos imaginábamos unas Na-
vidades distintas, estemos como estemos, preguntémonos: ¿Estoy
haciendo ahora lo que Dios espera de mí? Ahora, en estos días de
Adviento, en estos días previos a la Navidad…
No deja de ser la misma pregunta, o la misma duda, que le asalta
a José ante el panorama que tiene delante, que al final le llevará a
la primera Navidad.

SIGAMOS A SAN JOSÉ PARA NO PERDERNOS


Seamos valientes y fuertes como él. Acojamos lo que Dios nos
manda y caminemos de su mano hacia la Navidad. Así como se nos
presenta este año, no nos desviemos, no vayamos por otros derro-
teros.

11
Sólo se puede llegar bien preparado, si recorremos el camino de
la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, como san José. Es
más, él nos puede ayudar a no perdernos.
Cuentan que iban a fundar un monasterio: “La Madre Teresa de
Jesús, con sus monjas, atraviesan la Sierra Morena. Vueltas y revuel-
tas, derrumbados que no acababan nunca. La Madre advirtió cierta
inquietud y duda en los arrieros.
Presintió el peligro e inmediatamente hizo rezar a sus hijas: - Los
carreteros van perdidos, hijas. Pidamos a Dios y a nuestro padre san
José que nos encaminen de nuevo.
Se oyó entonces, desde lo hondo del barranco, la voz de un viejo
pastor, acostumbrado a vocear a distancia: - ¡Paren! ¡Deténganse! Se
van a despeñar si siguen por allá.
Frenazo en seco, confusión. Están perdidos en medio de la Sierra,
y comprueban que iban derechos a un barranco. Pero ¿cómo hacer
para salir?
Pues haciendo así bocina con las manos, preguntaron por dónde
podían pasar a aquel que les había gritado. Y escucharon: - Retroce-
dan despacio, no hay peligro. A cien vueltas de rueda hacia atrás está
el camino.
Se bajó uno y fue a comprobarlo y efectivamente así era. Todos in-
tentaban localizar al de la voz, al que les había gritado, para agra-
decerle, porque les había salvado la vida. Intentaron, pero nada, se
había desvanecido.
El semblante de Teresa de Jesús resplandecía de amor, de lágrimas
y de confusión: - Me duele dejarles seguir buscando -le decía a sus
hijas-, porque no encontrarán a nadie. Pero no podemos decirles que
la voz esa era la respuesta de nuestro padre san José a nuestras ple-
garias” (cfr. M. Auclair, Vida de Santa Teresa).

SAN JOSÉ NOS INDICA EL CAMINO


¡Qué claro lo tenía Teresa de Jesús! Y así es José: indica el camino.
Nos enseña, nos ayuda a saber discernir. A responder a la gracia
de Dios que es la que nos va señalando por dónde, a través de los
sucesos de nuestra vida, a través de los consejos, o a través de las
sugerencias que nos da en nuestra vida de oración.
Que nos ayude especialmente en estos días para poder recorrer
sin peligros el camino que lleva a Belén y llegar bien dispuestos a
celebrar la Navidad. Pero a base de hacer la voluntad de Dios. Es,
me parece, la mejor manera de llegar con paz a la Noche de Paz.
José tiene paz. Duerme, y duerme bien, hasta el punto que sueña;
y sueña “cosas bonitas”.
Pues queremos ser como san José, que después de María, es la
persona que llega mejor preparada a aquella primera Navidad.
¿Y nuestros problemas y nuestras preocupaciones? Bueno, ha-
gamos lo que hace el Papa: dejémoslos en las manos del Santo Pa-
triarca.
12
Aquella confidencia que nos hizo el Papa Francisco en su viaje a
Manila: “Yo quisiera también decirles una cosa muy personal. Yo
quiero mucho a san José. Porque es un hombre fuerte y de silencio. Y
tengo en mi escritorio una imagen de san José durmiendo. Y durmien-
do cuida a la Iglesia. Sí, puede hacerlo. Nosotros, no. Y cuando tengo
un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo
de san José para que lo sueñe. Esto significa, para que rece por ese
problema” (Papa Francisco, Filipinas, 16 de enero de 2015).
“Pues Madre nuestra, nosotros haremos lo mismo. Acudimos a tu
esposo fiel y casto, que es custodio tuyo y de ese Niño que nacerá en
pocos días: del Emmanuel, del Dios-con-nosotros”.

Reflexión:
Señor, que sigamos siempre a Tu Padre San José, para que nos en-
señe el camino hacia Ti.

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de-jose-18-12-20

13
19 DE DICIEMBRE
Yo elijo creer en Jesús
Jueves de la 3ª semana de Adviento
Jc 13, 2-7. 24-25ª; / Sal 70; / Lc 1, 5-25

P. RICARDO - PERÚ

Cada vez está más cerca la Navidad, y la Iglesia quiere que nos preparemos más
para recibirla en nuestros corazones, en nuestras almas, en nuestras familias. Para
ello es necesaria la fe en la persona de Jesús.
La celebración del Nacimiento del Señor está cada vez más cerca
y esto nos lo demuestra la liturgia de la Santa Misa, que ahora son
como gritos las antífonas, antes de la proclamación del Evangelio
que nos invitan a pensar en que el Señor está cerca.
Hoy en la Misa, el Aleluya tiene la siguiente antífona: “Raíz de
Jesé que te alzas como un signo para los pueblos. Ven a librarnos.
No tardes más”. Y al leer esto, preparando esta meditación, en este
rato de oración Contigo, Señor, me daba alegría. La liturgia busca
contagiarnos: ¡No tardes más!
Y es bueno preguntarnos, si cada uno de nosotros tenemos ese
deseo, ese deseo de decirle: “Señor, no tardes, quiero que estés en
mi vida, quiero que estés en mi casa, quiero que seas mi familia, que
estés en mi trabajo”.
Por supuesto que la Navidad es la celebración del nacimiento de
Jesucristo. Es como celebrar el cumpleaños de Jesucristo verdade-
ramente. Y no es que todo esto me lleve a pensar que otra vez Jesús
va a nacer. Jesús ya nació. Jesús ya ha muerto por nosotros. Ha re-
sucitado por nosotros y está glorioso a la derecha de Dios Padre.
Pero al mismo tiempo, somos personas que necesitamos recordar.
Recordar esta fe. Estos hechos que no son una leyenda, que no son
un mito, ni mucho menos unos hechos del pasado, son parte de la
historia de nuestra familia, de nuestra Iglesia a la que pertenece-
mos.
Y hoy, para hacer este rato de oración Contigo, Jesús, quería apo-
yarme en lo que nos cuenta el Evangelio, como otras veces. “¿A
dónde vamos a ir?” Es lo que, parafraseando estas palabras de Pe-
dro que te dijo en una ocasión: “A quién vamos a ir, Señor, si tú tie-
nes palabras de vida eterna”.
Y lo mismo podemos decir nosotros ¿A quién vamos a ir sino a los
Evangelios, donde está la vida eterna?
Y hoy, san Lucas nos cuenta este episodio nada más y nada me-
nos que de Zacarías y de Isabel, la prima de Santa María, de nues-
tra Madre.
Nos dice san Lucas que en los días del rey Herodes había un sa-
cerdote llamado Zacarías y le toca a él, (como se ve tenían turnos
los sacerdotes), ir al templo y realizar una serie de ofrendas. Y en
este caso le tocó ir a él, entrar al santuario del Señor y ofrecer el in-
14
cienso, mientras que la gente esperaba afuera. Entra. Se entiende
que entra al Santa, (el Santa se le llama al lugar más sagrado, se
llamaba el Santo de los Santos).
Y en ese momento ocurre un hecho extraordinario, se le aparece
el ángel Gabriel, el mismo que le anunciará a María que será la Ma-
dre de Dios.
Y se ve que Gabriel era el mensajero, pero no cualquier mensa-
jero. Y entonces le dice: “No temas, Zacarías, porque tu ruego ha
sido escuchado.Tu mujer Isabel, te dará un hijo y le pondrás por
nombre Juan”.
El ángel le dice que van a tener un hijo. Ellos, que ya eran de edad
muy avanzada, y aparentemente Isabel era estéril, humanamente
no había ninguna esperanza. No había manera de que ellos pudie-
ran concebir. Era un imposible.
Y le dice el ángel: “Tus ruegos han sido escuchados”. Y esto nos
hace ver la omnipotencia, la fuerza de la oración.
Es una de las primeras enseñanzas que podemos sacar de este
pasaje. La oración. Todo lo podemos conseguir si se lo pedimos a
Dios.
Lo que también Jesús nos ha enseñado es a pedirle a Dios cons-
tantemente: orar, orar, orar hasta que lo consigamos.
No vale decir: ya he rezado un rosario todos los días durante un
mes. Y El Señor no me ha concedido nada... Se trata de seguir re-
zando hasta que lo consigamos.
Y aquí pasa algo muy curioso, muy interesante, porque Zacarías
no le cree al ángel. Le dice: “- ¿Cómo estaré seguro de eso? Porque
yo soy viejo y mi mujer es de edad avanzada”. Y aquí Gabriel se mo-
lesta. Hay que decirlo, se molesta porque no cree. No tanto porque
no le crea a él, porque Gabriel trae un mensaje, sino porque no le
cree a Dios.
Y esa es la incredulidad que a veces se puede presentar ante lo
que puede parecer imposible, por ejemplo, que este defecto que
tengo no lo pueda cambiar o el carácter. Esa situación en mi familia
o esta enfermedad.
Y uno dice no, no se puede y ya no vale la pena. O Dios no me es-
cucha o Dios no me puede cambiar. Pero es la falta de fe. Esta falta
de fe que en otras ocasiones al Señor le duele y no hace milagros.
Fe en Dios. Ahora, Señor, es el momento para avivar nuestra fe,
¡aumenta nuestra fe!
En estos días, en la ciudad donde vivo, me llamó la atención que
hay muchos nacimientos en los cruces de las avenidas, de las gran-
des avenidas. Son unos nacimientos muy bonitos, muy sencillos: la
Virgen, san José y el Niño Dios como decoración. También los hay
en los centros comerciales. También en la publicidad de grandes
empresas, tiendas de ropa y tiendas por departamento.
Pero hay una publicidad que me llamó especialmente la atención,
y me dió un poco de tristeza, porque me hizo pensar por lo que de-
15
cía: - Esta Navidad elige creer en ti. Y pienso que son palabras que
a algunos nos pueden llamar la atención, porque la Navidad, me
pregunto Señor, ¿es para creer en nosotros mismos o para creer en
Ti, Señor? En Ti que eres nuestro Salvador. En el Señor, en esa raíz
de Jesé, en ese Dios con nosotros.
Y eso es lo que puede pasar muchas veces, que ponemos o ele-
gimos poner nuestras esperanzas, nuestra confianza en nuestras
propias fuerzas. Y es verdad que podemos lograr muchas cosas por
nosotros mismos, porque el Señor nos ha dado la inteligencia, nos
ha dado unas manos para trabajar e ingenio. Podemos lograr cosas
extraordinarias, pero porque Tú nos las has dado. Y hay otras cosas
que no podemos. Y por eso recurrimos a Ti, así como también los
milagros existen...
Por eso, Señor, me daba un poco de tristeza. Y es que si hay que
creer en uno mismo y que uno también puede llegar a hacer cosas
grandes. Pero esta Navidad no es para creer en nosotros mismos,
sino para creer más en Ti.
Creer en que eres Tú el que nos ha amado tanto que has tomado
nuestra naturaleza humana. Eres Tú quien ha hecho tantos prodi-
gios, tantas cosas maravillosas, y es lo que el ángel Gabriel le lla-
ma la atención, lo riñe a Zacarías: “¿Por qué no crees?” Y por eso lo
deja mudo.
Que no nos tenga que pasar una cosa por el estilo; Zacarías se
queda mudo. Y no podrá decir así las maravillas que Dios ha hecho
dándole un hijo, y un hijo muy grande, que será Juan el Bautista.
Señor, en esta Navidad, ahora, en este tiempo de Adviento que
estamos en unos días especiales, desde el diecisiete al veintitrés:
¡Ven, ya quiero que estés aquí!
Quiero que llegue la Navidad, y no únicamente para el regalo, que
a lo mejor no vamos a recibir, sino específicamente para que en
este tiempo nos convirtamos y te podamos recibir en esta Navidad
en nuestros corazones, en nuestras almas y nos ayudes a dar ese
cambio. Nos ayudes a creer más en Ti.
Saber, que Tu Señor, con Tu gracia, puedes llevar a cabo esa gran
obra en nuestras vidas y nos hagas santos, porque has muerto jus-
tamente para eso. Has resucitado para eso, para que recuperemos
esa dignidad de hijos de Dios y seamos verdaderamente santos.

Reflexión
Señor en tí confío.

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16
20 DE DICIEMBRE
El sí de María es el sí de nosotros
Viernes de la 3ª semana de adviento
Is 7, 10-14 / Sal 23 / Lc 1, 26-38.

P. NEPTALI - VENEZUELA

La respuesta libre de María hizo posible los deseos de redención de Dios. También
hoy el Señor cuenta con nuestras decisiones libres.

EL SÍ DE MARÍA
Hoy leemos en la misa ese hermoso pasaje que nos narra san Lu-
cas, sobre la Encarnación del Hijo de Dios.
“En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a
una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada
con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se
llamaba María.
Y entró donde ella estaba y le dijo: - Dios te salve, llena de gracia,
el Señor está contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consi-
deraba qué podía significar este saludo.
Y el ángel le dijo: -No temas, María, porque has hallado gracia
delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le
pondrás por nombre Jesús.
Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le
dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa
de Jacob para siempre y su Reino no tendrá fin.
María le dijo al ángel: - ¿De qué modo se hará esto, pues no co-
nozco varón? Respondió el ángel y le dijo: - El Espíritu Santo des-
cenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios.
Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha conce-
bido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto
mes, porque para Dios no hay nada imposible.
Dijo entonces María: - He aquí la esclava del Señor, hágase en mí
según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia” (Lc 1, 26-38).

LLENA DE GRACIA
En este pasaje del Evangelio que contiene este hermosísimo diá-
logo entre el ángel Gabriel y la Virgen, la llama: “Alégrate llena de
gracia, el Señor está contigo”.
Un modo que revela esa identidad profunda de María, su nombre,
por decirlo así, con el que Dios mismo la conoce: La llena de gracia.
Una expresión que nos resulta muy familiar desde la infancia,
pues la pronunciamos cada vez que rezamos el Avemaría.
De hecho, María, desde el momento que fue concebida por su pa-
dre, fue objeto de esa singular predilección por parte de Dios. Él
17
la escogió para ser la Madre de su Hijo hecho Hombre y, por consi-
guiente, fue preservada del pecado original.
Por eso el Ángel se dirige a Ella con este nombre, que implíci-
tamente puede significar: La colmada, desde siempre, del amor de
Dios y de su gracia.

LA GRACIA ES MÁS GRANDE QUE EL PECADO


En medio de las pruebas en nuestra vida, especialmente las con-
tradicciones que podemos experimentar en nuestro interior o a
nuestro alrededor, ahí está María, la Madre de Cristo, que nos dice,
con su ejemplo, con su vida, con el ejercicio pleno de su libertad,
que la gracia es más grande que el pecado. Que la misericordia de
Dios es más poderosa que el mal, y sabe además sacar de los gran-
des males los mayores bienes.
Por desgracia, cada día experimentamos el mal y se manifiesta
de muchas maneras: en nuestras relaciones, en los acontecimien-
tos, en el contexto en que vivimos. Pero siempre tiene su raíz en el
corazón del hombre, un corazón herido, enfermo e incapaz de cu-
rarse por sí mismo.

DESIGNIO DE AMOR
La Sagrada Escritura nos revela que, en el origen de todo mal se
encuentra esa desobediencia a la voluntad de Dios, y que la muerte
ha dominado porque la libertad humana, que ejercemos a diario, ha
cedido a la tentación del maligno.
Pero también sabemos que Dios no desfallece en su designio de
amor, en sus designios de vida. Y es a través de ese largo y paciente
camino de reconciliación, plasmado en toda la historia de la salva-
ción, la alianza nueva y eterna, sellada ahora con la sangre de su
Hijo, que se ofrece a Sí mismo en expiación de nuestros pecados.
Él, nacido de mujer.

EL ÁNGEL GABRIEL
Gabriel es el mensajero de la Encarnación de Dios. Llama a la
puerta de María. Y a través de él, Dios mismo pide a María su “sí”, a
una criatura, a la propuesta de convertirse en la Madre del Reden-
tor, de dar su carne humana al Verbo Eterno de Dios, al Hijo de Dios.
El Papa Francisco nos hace considerar que la respuesta de María
es una frase breve. Que no habla de gloria, ni habla de privilegios,
sino de disponibilidad, de servicio: “He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra”.
Tiene un contenido distinto, Ella no se exalta frente a esa perspec-
tiva de convertirse incluso en la Madre del Mesías, sino que perma-
nece modesta y expresa la propia decisión al proyecto del Señor.

18
EXALTÓ A LOS HUMILDES
No es presumida, la Virgen es humilde, y se queda como siempre.
Un contraste muy significativo y nos hace entender que María es
verdaderamente humilde y no trata ni siquiera de exponerse.
Reconoce ser pequeña delante de Dios y está contenta de ser así;
pero al mismo tiempo es consciente de que de su respuesta depen-
de la realización del proyecto de Dios. Por tanto ella, está llamada
a adherirse a ese proyecto con todo su ser.
Así, la Virgen se revela como la colaboradora perfecta al proyec-
to de Dios, y se revela también como discípula de su Hijo.
En el Magníficat podrá proclamar que: “exaltó a los humildes”, pre-
cisamente porque con esa respuesta suya, humilde y generosa, ha
obtenido una alegría y una gloria altísima.

OBEDIENCIA LIBRE, HUMILDE Y MAGNÁNIMA


Un momento decisivo de la historia, en el que de los labios de esa
Virgen y de su corazón sale la respuesta: “Hágase en mí según tu
palabra”. Es el momento de la obediencia libre, humilde y magná-
nima, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.
Ella, María, se convierte en madre por su respuesta.
También a nosotros se nos ofrecen, a nuestra libertad, encrucija-
das, en las que según la respuesta que demos, nuestra vida puede
tomar un sentido u otro: el matrimonio, el sacerdocio, el celibato
para amar a Dios en exclusiva, por ejemplo.
Y de esa respuesta libre y generosa depende el poder cumplir o
rechazar los planes que Dios tiene para cada uno, y que siempre es
para buscar lo mejor: nuestra felicidad. Y también con el cumpli-
miento de esos planes divinos podemos hacer felices a los demás.

ALCANZAR LA FELICIDAD
La gran responsabilidad de ejercer nuestra libertad, es entonces,
cuando conviene escuchar la voz de Dios que nos solicita una deci-
sión generosa, en un determinado tiempo o un lugar.
La felicidad que buscamos no se alcanza ni por la vía del egoís-
mo, ni por la indecisión, ni por el temor, porque hemos nacido para
amar, que sólo es posible, además, siendo libres. Si no, no podremos
amar. Nuestro corazón necesita un gran amor, libremente abrazado
y sostenido en el tiempo.
Todo ello requiere de cada uno conocimiento propio, dominio de
sí y madurez; son las disposiciones estables que permiten contem-
plar la vida como una oportunidad de crecimiento constante.
Mientras admiramos a nuestra Madre, por su respuesta a la lla-
mada y a la misión que Dios le dió, le pedimos que nos ayude a
cada uno de nosotros, a acoger el proyecto de Dios en nuestra vida
con humildad sincera y generosidad valiente.

19
Reflexión:
Señor, ayúdame a tomar decisiones libres que me acerquen siem-
pre a Tí.

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20
21 DE DICIEMBRE
Perder el tiempo para ganar la eternindad
Viernes de la 3ª Semana de Adviento San Pedro Canisio, Presbítero y Doctor de la Iglesia
Ct 2 8-14 ó So 3, 14-18a / Sal 32 / Lc 1, 39-45

P. MARCOS - ARGENTINA

No podemos robar tiempo a Dios. No es oro, sino gloria.

TE DIRÉ MI AMOR, REY MÍO


Un fraile capuchino, Fray Rufino María Grández, compuso en 1978
una poesía que pasó luego a la Liturgia de las Horas en castellano
como Himno de Segundas Vísperas.
“Te diré mi amor, Rey mío, en la quietud de la tarde, cuando se cie-
rran los ojos y los corazones se abren.
Te diré mi amor, Rey mío, con una mirada suave, te lo diré contem-
plando tu cuerpo que en pajas yace.
Te diré mi amor, Rey mío, adorándote en la carne, te lo diré con mis
besos, quizá con gotas de sangre.
Te diré mi amor, Rey mío, con los hombres y los ángeles, con el
aliento del cielo que espiran los animales.
Te diré mi amor, Rey mío, con el amor de tu Madre, con los labios
de tu Esposa y con la fe de tus mártires.
Te diré mi amor, Rey mío, ¡oh Dios del amor más grande! ¡Bendito
en la Trinidad, que ha venido a nuestro valle!”

EL DIOS DEL AMOR MÁS GRANDE


El Dios del amor más grande ha venido a nuestro valle, un hermo-
so valle pero sembrado de lágrimas. Una creación maravillosa de
Dios convertida en un mundo de tensiones. Un mundo que Dios con
generosidad nos dió y que tantas veces mal administramos.
El Dios del amor ha venido a nuestro valle, se ha hecho presente
entre nosotros para habitar en medio de nosotros, para enseñarnos
a administrar el tiempo, compartiendo con nosotros “Su tiempo”.
Como un padre de familia que se sienta con el hijo a hacer las
tareas escolares, perdiendo el tiempo con el hijo, así Dios se hizo
niño, perdió una eternidad de tiempo con nosotros y sigue perdien-
do el tiempo a nuestro lado, habitando con nosotros en el Sagrario.
Para Dios, la eternidad no es un tiempo perdido al reducirse a
nuestra temporalidad, al encarnarse. Dios se preocupa de nosotros,
pierde el tiempo con nosotros.

TIEMPO QUE ES ETERNIDAD


“Te diré mi amor, Rey mío, que quiero corresponder a ese perder
el tiempo Tuyo que es la eternidad”. Te bajaste de la eternidad para

21
entrar en el tiempo y perderlo conmigo. Has perdido la eternidad
para nacer, trabajar, sufrir y morir como hombre, acompañando al
hombre, enseñándonos a ser hombres.
Nosotros, mi Niño, queremos perder nuestro tiempo con Vos y ga-
nar la eternidad. Porque cuando uno pierde su tiempo con la ora-
ción, cuando perdemos nuestro tiempo dedicándonos a la oración,
ganamos un tiempo que es eternidad. No destruimos valor, sino que
construimos la eternidad futura.
En realidad, la peor pérdida de tiempo es, que nuestro tiempo
quede encerrado en la estrecha esfera del reloj, que no trascienda,
que no sirva para dar el salto a la eternidad. Dios quiso pasar de la
eternidad al tiempo, para elevar nuestro tiempo a la eternidad.

DELANTE DE UN MISTERIO
¿No tenés tiempo para hacer la oración? ¿Te faltan horas del día
para dedicarte un rato a la lectura, para rezar el rosario? ¡Dale prio-
ridad a esas normas de piedad! ¡Dale prioridad a esas cosas y ga-
narás una eternidad de tiempo! Ganarás un tiempo eterno, conver-
tirás el miserable tiempo que se escurre, en una eternidad que se
atesora”.
Dice san Josemaría en Es Cristo que pasa: “Es preciso mirar al
Niño, amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que esta-
mos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe
y, también por la fe, ahondar en su contenido.
Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes del alma cris-
tiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres con-
ceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese
misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres”.

LUZ QUE NOS GUÍA


Necesitamos aceptar el misterio, ahondar en su contenido. No
queremos, Jesús, reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres
conceptos, a nuestras explicaciones humanas.
Dios es la luz que guía nuestra vida terrena y Dios compartió con
nosotros la vida terrena, se hizo hombre y nos enseñó a perder el
tiempo para ganar la eternidad, el mejor de los negocios. Perder el
tiempo con Dios, perder el tiempo haciendo nuestra oración, nues-
tras normas de piedad. Perder el tiempo con Dios, para recuperarlo
convertido en eternidad.
El Evangelio de Mateo nos dice que: “El reino de los cielos se pa-
rece a un tesoro escondido en el campo; el que lo encuentra, lo
vuelve a esconder, y lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene
y compra el campo” (Mt 13, 44).

EL TESORO ESCONDIDO
El hombre que encuentra un tesoro escondido no tiene miedo a
perder unas monedas para adquirir aquel tesoro. El tiempo es oro,
22
dice un refrán. Vale la pena perder un poco de oro, para ganar un
tesoro.
Invertí tu tiempo en este negocio de transformar tiempo en eterni-
dad, de convertir tu tiempo en eternidad. Perdé tu tiempo con Dios
y Dios te dará Su tiempo eterno.
Dice San Josemaría en Camino: “Los que andan en negocios huma-
nos dicen que el tiempo es oro. Me parece poco. Para los que andamos
en negocios de almas, el tiempo es ¡gloria!” (Camino, Punto 355).

UN BUEN NEGOCIO
Invertir tiempo en la oración, invertir tiempo en las normas de pie-
dad, es un buen negocio. Es muy buen negocio dedicar el tiempo a
rezar, es muy lucrativo utilizar horas que me faltan para emplearlas
en la oración, porque ese tiempo regresará a nosotros transforma-
do en eternidad.
Dios se desprendió de Su tiempo, que era la eternidad, para que
nosotros seamos generosos con nuestro pobre tiempo. El peque-
ño tiempo nuestro que cabe en la pequeña esfera de nuestro reloj.
Dios siempre nos devuelve los dones multiplicados, le encanta mul-
tiplicar.

DIOS SOLO SABE MULTIPLICAR


Dios no sabe otra operación más que multiplicar. Damos pan y nos
devuelve Eucaristía. Damos trabajo y nos devuelve gracia. Damos
tiempo y nos devuelve un tesoro en el Cielo que nadie nos puede
arrebatar. Porque el tiempo de la oración es un tiempo para Dios.
A veces subvencionamos nuestra falta de tiempo recortando los
ratos de oración, y así estamos robando a Dios.
“No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el
óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien,
acumulen para sí, tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido
carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque allí donde esté
tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).

TIEMPO PARA DIOS


No acumules minutos robados a Dios, no hagas montones de mi-
nutos hurtados a la oración. Ese tiempo se pierde, se corroe y se co-
rrompe y se vuelve en tu contra. Ese tiempo te encierra. Ese tiempo
Dios lo necesita.
La Santísima Virgen no hizo otra cosa que unir su tiempo a la eter-
nidad, y fue llevada en cuerpo y alma a los Cielos. Su tiempo de vida
se ha hecho eterno, porque ella engendró en el tiempo al Hijo del
Padre Eterno.

23
Reflexión:
Señor, que seamos generosos con nuestro tiempo en la oración, al
rezar el rosario, con nuestras normas de piedad y que sepamos que
es Tu tiempo.
¡Quiero ganar la eternidad!

24
22 DE DICIEMBRE
Adviento, tiempo de alegría
Cuarto domingo de Adviento
Is 7, 10-14; / Sal 23; / Rm 1, 1-7; / Mt 1, 18-24

P. SANTIAGO - COLOMBIA

Aprovechar este tiempo de más alegría, porque se nos va. El Señor quiere también
estar allí, en lo ordinario de estos días, que son los festejos en familia, para servir.
Pero hoy la Virgen nos muestra que la alegría más plena, es la de estar llena de
Dios.
Llegamos al cuarto domingo de Adviento, hoy se enciende la úl-
tima velita de esa corona de Adviento. Ya faltan muy pocos días.
La Virgen está a punto de dar a luz a Jesús. Por eso la miramos con
mucho cariño, la consolamos también, porque una madre, cuando
está a punto de dar a luz a su hijo, ya está cansada. Por eso vamos
a acompañarla, especialmente estos dos últimos días.
Estos días, ya se escucha mucha música y ¡me encanta! Es lo que
más me gusta de estos días: la bulla, la alegría y la música. Pero no
sólo los villancicos, sino también la música de los hispanos como de
Pastor López y de Rodolfo Icardi, por decir algunos artistas. Ade-
más son los de siempre, llevan alegrando la Navidad desde hace
más de cuarenta años y además con las mismas canciones.
Yo recuerdo esa música desde que era muy chiquito y todavía se
sigue escuchando por ahí. Esto seguramente pasa en Venezuela,
en Ecuador y Colombia, pero en otras latitudes será igual. La mis-
ma música, la misma alegría. ¿A quién no le gusta la música de Na-
vidad? ¡A todo el mundo!
Pero esa música produce un aire de nostalgia, trae recuerdos de
familia, los abuelos, las tías, los tíos, los primos y esos años, para
muchos, ya pasaron.
Y por eso quería servirme de esto, para sugerirte a ti, que estás
haciendo también este rato de oración, estos 10 minutos con Je-
sús, que hay que aprovechar muy bien estos días, estas fiestas y
cada instante. Hay que aprovecharlo como el único, como el último
y como el primero.
Quererse dar a los demás en estos días de Navidad, querer estar
pendiente de los demás, hacer la vida agradable a todo el mundo,
estar sonriente con todos, felicitar por la Navidad a las personas
que estos días están todavía trabajando o sirviendo. Por ejemplo
en los peajes, las personas que trabajan en los hospitales y los vi-
gilantes. Ser muy amable con estas personas estos días.
Y en este tiempo de Navidad no parar de dar, no para recibir, sino
para darse, porque esa es la mejor forma de disfrutar. Y este es un
tiempo que se va.
Este tiempo de Navidad, para que sea más largo, algunos lo em-
piezan desde octubre. Ya ponen árboles de Navidad y luces, jue-
gos pirotécnicos y música. Y luego también se alarga un poquito en
25
enero, e incluso llega hasta febrero por ahí un árbol de Navidad y
un pesebre.
Pero bueno, sabemos que es un tiempo breve, por eso hay que
aprovecharlo más. Es tiempo que se va, un tiempo para amar, para
estar alegres. No nos podemos perder de estas pequeñas y gran-
des cosas, ni perdernos la alegría con lo ordinario.
Estos días estuve en una ciudad aquí en Colombia, en los Llanos
Orientales, en Villavicencio. Es la octava ciudad de Colombia, como
me explicaba un amigo.
Un día hacía la oración delante de un pesebre pequeñito, muy bo-
nito, donde había una figura de un zapatero, uno que vende chorizos,
uno que guarda a las gallinas. Otro que está ahí tumbado porque
quizás se ha pasado un poquito de copas, otro que levanta un jarro
de cerveza para brindar, un horno de pan, una posada, pero está
cerrada. Uno que saca agua del pozo, el pastor que no falta con sus
ovejas, uno que está sacando filo a los cuchillos... Realmente unas
figuras muy simpáticas.
También recuerdo haber visto allí en esa ciudad, un pesebre de
toda la fachada de una casa impresionante, muy bonito, grandioso.
Y es que allí quiere encontrarnos el Señor en lo ordinario, en las
cosas más comunes y normales.
Señor, y ahora que estamos haciendo oración: lo ordinario estos
días, ¿qué será? Para muchos serán las novenas, las fiestas, las re-
uniones familiares, los amigos, los aguinaldos y los regalos.
El Señor quiere estar ahí, y le podemos decir ahora que estamos
haciendo este rato de oración: “Señor, ven a mi familia estos días,
ven a mi fiesta, ven a mi alegría”.
Y así nos lo cuenta san Lucas en el Evangelio de la misa de hoy:
“En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa
hacia la montaña, a una ciudad de Judá, entró en casa de Zacarías
y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de
María, saltó la criatura en su vientre” (Lc 1, 39-42).
Yo había escuchado que los niños en el vientre de sus madres pa-
tean, mueven las manos, pero ¡¿saltar?! ¡Un salto! Pegó un brinco
san Juan de la emoción, de la felicidad.
Y dice san Lucas, por eso se entiende: “Se llenó Isabel del Espíri-
tu Santo”. Y ahí está la verdadera alegría: recibir el Espíritu Santo.
Señor, queremos también prepararnos en esta Navidad para reci-
bir el Espíritu Santo.
“Y levantando la voz, exclamó”. Y lo hacemos todos en este mo-
mento: “Bendita Tú, entre las mujeres y bendito el fruto de tu vien-
tre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues
en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría
en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que ha
dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 42-45).
Entonces, fíjate la reacción de María que es simpática y le dijo:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en
Dios, mi Salvador” (Lc 1, 46-47).
26
Y estas palabras, a mi me gusta verlo así, parece que estuvieran
contenidas en el corazón de María. La Virgen, con san José iba co-
mentando todo lo que le llamaba la atención.
La Virgen era una mujer muy prudente, muy recatada, muy sen-
cilla. Guardaba todas las cosas en el corazón y no andaba todo
el tiempo diciendo, qué le parecieron las cosas ni expresando sus
emociones y sus alegrías.
La Virgen guardaba todas esas cosas en el corazón, pero al reco-
nocer que esos sentimientos tan poderosos, tan potentes, no sólo
conmueven su corazón y su interior, sino también el de su prima, la
Virgen exulta: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra
mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
¡Qué bonita eres, Madre nuestra! Cómo rompes en ese canto de
alabanza a Dios, en ese canto de reconocimiento al Dios Uno y Tri-
no, “Proclama mi alma la grandeza del Señor”.
Qué bueno que nosotros en estos días y también en este ambien-
te festivo de alegría, vayamos proclamando esa alegría, pero esa
alegría de saber que tenemos al Señor, de saber que tenemos a
Dios en nuestro corazón.
En estos días los padrecitos tienen mucho trabajo, no dudemos
en darles aún más trabajo, buscar una buena confesión, buscar re-
zar de verdad con el corazón delante del pesebre. Estos días nos ha
ayudado el padre Juan Carlos a rezar en la novena de aguinaldos,
esa tradición tan bonita de este rincón del mundo.
Que alegría de tener tan cerquita al Señor y más adelante con
esa misma oración de la Virgen, “el Magnificat”, muy famosa y que
muchas personas se las saben de memoria. La verdad yo sé sola-
mente un pedacito: “Me felicitaran todas las generaciones”.
Pues que sea de verdad, que nosotros seamos parte de esas ge-
neraciones que felicitan a María. Vamos a felicitarla y a darle gra-
cias porque con su “sí generoso” nos hizo partícipes por los siglos
sin fin de esta felicidad.
Que alegría esperar al nacimiento de Jesús y poder gozar y dis-
frutar en familia Señor.
Fíjate qué cantidad de cosas salieron en este rato de oración. Va-
mos a meditarlo, vamos a tenerlas en el corazón y vamos también a
sacar propósitos, poniendo como testigo a nuestra Madre, a nues-
tro Padre y Señor, a san José y a esa Criatura que viene ya en cami-
no, que quedan solamente dos días.

Reflexión:
Que la alegría de estos días dure todo el año, porque Jesús está
siempre con nosotros, todos los días.

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27
23 DE DICIEMBRE
¿Qué será este niño?
Miércoles de la 4ª semana de Adviento
MI 3, 1-4. 23-24 / Sal 24 / Lc 1, 57-66

P. SANTIAGO – COLOMBIA

Cada Navidad nos habla de la novedad del mundo, de la posibilidad de estrenarlo


de nuevo. Nos mueve a los hombres por dentro, nos invita a despojarnos del hombre
viejo. Saber que nuestra vida está dentro de los planes de Dios y que la mano del
Señor siempre está con nosotros.

NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA


“¿Qué será este niño? Porque la mano del Señor estaba con él”
(Lc 1, 66). Quizás esta pregunta te lleva a pensar en el Niño Jesús,
pero se refiere a otro niño. Hoy san Lucas nos cuenta cómo fue el
nacimiento de san Juan Bautista. Una gran alegría en la casa de
Zacarías y de Isabel.
Nos cuenta también la historia de cómo acuden a Zacarías para
decirle:
“Oye, que Isabel le quiere poner a tu hijo Juan, pero nadie en la
familia se llama Juan. Pero él tomó una tablilla y escribió: Juan es
su nombre. Y se le desata la lengua y puede adorar y alabar a Dios
y darle gloria a Dios” (cf. Lc 1, 60-64).

PORQUE LA MANO DEL SEÑOR ESTABA CON ÉL


Jesús, ahora que estoy haciendo este rato de oración, me hago
esa pregunta final del Evangelio: ¿Qué será este niño? ¿Qué será
de este niño? Pero más importante aún, lo que sigue a continua-
ción: “Porque la mano del Señor estaba con él” (Lc 1, 66).
Y me gustaría que hoy nos preguntemos todos: ¿Qué hubiese sido
de este mundo sin mí? ¿Qué hubiese sido este año sin mí? Bueno,
puede parecer bastante egoísta esta pregunta.
Pero vamos también a hacer otra pregunta que nos sirva para ha-
cer oración: ¿Qué será de mí el próximo año? O, ¿qué sería el próxi-
mo año sin mí? También podría ser muy egoísta, pero ya vas a ver
por qué quiero hacerme estas preguntas.
Lo importante no es la pregunta, sino la afirmación: “Porque la
mano del Señor estaba con él”.
“Jesús, te quiero pedir eso en este rato de oración, que tu mano
siempre esté conmigo, que Tú siempre estés conmigo”.

QUIERO VOLVER A NACER CONTIGO JESÚS


Mañana nace Jesús, mañana es 24 de diciembre y qué bueno pe-
dirle a Jesús: “Jesús yo quiero Contigo, volver a nacer, y que Tú es-
tés conmigo”.
28
Entre todos los dones espirituales que los hombres podemos re-
cibir, el más grande -creo yo- es el de poder nacer de nuevo. Eso es
lo que encarna ese Niño que mañana nace en Belén.
Por eso la Navidad nos habla de una novedad incesante, de la po-
sibilidad de estrenarlo todo de nuevo. Y esto nos tiene que mover a
nosotros, por dentro.
Que la Navidad nos invite a despojarnos del hombre viejo. Y que
cada Navidad dejemos el hombre viejo atrás y vivamos una vida
nueva, una vida en la que se pueda decir: “Porque la mano del Se-
ñor estaba con él”.

LOS PLANES QUE TÚ TIENES PARA NOSOTROS


¿Qué será de este niño? “Jesús, la vida de cada persona, desde el
inicio, está dentro de tus planes. Y ¿cuáles son los planes que Tú
tienes para nosotros? Pues que terminemos gozando de Ti por toda
la eternidad, ¡por toda la eternidad!
“Es verdad, que ya en este mundo Señor, se ven, se tocan, se pal-
pan, los planes especiales que Tú tienes para con muchas perso-
nas. Para todos tienes esos planes, a algunos se les nota más, los
santos, por ejemplo”.
Y ¿por qué padre? -me puedes preguntar tú-. Usted por qué se
hace esas preguntas, que al comienzo sonaban tan egoístas: ¿Qué
será de mí? ¿Qué sería de este mundo sin mí este año? ¿Qué hubie-
ra sido este mundo sin mí? ¿Qué sería este mundo sin mí el próximo
año? ¿Qué pasa?

CUENTO DE NAVIDAD
Hace dos días vi una película, se llama: Cuento de Navidad, Christ-
mas Carol (que está basada en un cuento que escribió Charles Dic-
kens).
Y cuenta la historia del Señor Scrooge, que es un hombre súper
avaro, tacaño -amarrado como decimos aquí en esta tierra-, más
solo que la una, súper solitario. Y no celebra la Navidad porque solo
piensa en ganar dinero.
Entonces, cuenta la película (la pueden ver, pero igual se los voy a
contar) que una víspera de Navidad, a Scrooge -Ebenezer Scrooge-,
se le aparece su antiguo socio, que había muerto hacía 7 años.
Se le aparece en forma de fantasma, arrastrando unas cadenas y
le dice: -Mira yo estoy padeciendo y voy a padecer toda la vida eter-
na, porque tengo que arrastrar esta larga y pesada cadena, que me
gané en la vida.
Y entonces le dice: - Tú todavía tienes una posibilidad, una opor-
tunidad para cambiar la vida que llevas, y no estar en mis condi-
ciones. Entonces le dice: - Esta noche te visitarán tres espíritus. Y
esos tres espíritus te van a mostrar algunas facetas de tu vida. Tú
al final decides qué vas a hacer con tu vida.

29
LOS TRES ESPÍRITUS
Entonces, viene el espíritu del pasado, el espíritu del presente y
el espíritu del futuro. Y cada uno, le va mostrando facetas de su
vida y cómo va a terminar su vida.
Hay una escena, en la que el espíritu del futuro, que es el más
tenebroso, le muestra el destino que tienen los avaros. La casa de
él, por ejemplo, queda saqueada completamente; él ve su propia
tumba, y eso le horroriza profundamente.
Entonces cuando despierta de ese sueño en el que aparecen los
tres espíritus, decide cambiar de vida. Se convierte en un hombre
generoso, amable, que va a celebrar la Navidad y que va a ayudar
a todos los que le rodean. Se convierte en un hombre muy querido
por toda la gente que lo conoce y toda la gente que lo ve pasar por
los caminos y por las calles. Cambia totalmente su vida.

QUE BELLO ES VIVIR


Otra película muy famosa, Que bello es vivir. Esa nochebuena, en
la que George Bailey está pensando suicidarse, tirarse de un puen-
te y acabar con su vida.
Manda el Cielo a un ángel (Clarence, se llama), y le muestra tam-
bién a George Bailey, cómo hubiese sido su pueblo sin su presen-
cia. Entonces él descubre, cuán importante ha sido su vida para los
demás.
En fin, yo me podría quedar aquí hablando de estas dos películas,
que son maravillosas para ver en esta época. Pero qué bueno que
nosotros aprovechemos esta Navidad, para tener ganas de vivir,
para querer disfrutar de la vida. Ganas de vivir, además, vivir para
los demás: ¡ganas de servir!

EL MILAGRO DE LA NAVIDAD
Que en esta Navidad nos podamos hacer esa pregunta: ¿está
siendo mi vida, Jesús, lo que Tú esperas de ella?
La Navidad nos enseña que, por muy afincados, que por muy an-
clados que estemos en este mundo, hay un milagro: que es la posi-
bilidad de rehacer nuestra vida.
¡Eso es posible! Los hombres lo podemos hacer. Exactamente
como Dios rehizo la Suya haciéndose Niño.
Antes de la Navidad, si lo pensamos, adorábamos a Dios y tenía-
mos que elevar los ojos hacia el Cielo, elevar los ojos. Pero después
de la primera Navidad, adorar a Dios ya no exige elevar los ojos,
sino ¡exige agacharse! Entrar a una cueva, en un pesebre, reparan-
do, dándonos cuenta de la fragilidad de un niño recién nacido.

EL DON QUE NOS TRAE LA NAVIDAD


Por eso la Navidad trae, para todos nosotros, un don espiritual
¿cuál es ese don? Revalidar las categorías con las que valoramos
nuestra vida. 30
Si el mundo entero cambió cuando nació el Niño Jesús, también
nuestras vidas pueden cambiar en esta Navidad. Pero solo si tene-
mos la humildad de agacharnos, entrar en el pesebre, en esa cueva,
para recibir ese don espiritual.

ESTA NAVIDAD, UNA NAVIDAD DIFERENTE


Esta Navidad, evidentemente, será una Navidad diferente. Una
Navidad, en la que tendremos que convivir con el coronavirus. Y
será una Navidad, para muchos, menos ruidosa, menos agitada.
Una Navidad, en definitiva, más humilde, que nos puede permitir
reparar en nuestra propia fragilidad.
Y al reparar nuestra fragilidad, tal vez nos atrevamos a eso: a aga-
charnos, a entrar en ese pesebre donde nos están esperando todos
esos dones sobrenaturales que nos trae el Niño Jesús.
Que la venida de Jesús, nos llene de esperanza para el renacer del
año nuevo. ¡Feliz y Santa Navidad a todos en 10 min. con Jesús!

Reflexión:
Jesús, quiero volver a nacer Contigo y que Tú siempre estés conmi-
go. Que Tu venida, nos llene de esperanza para el renacer del Año
Nuevo.

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31
24 DE DICIEMBRE
Ya casi es navidad
Martes de la 4ª semana de Adviento
2 Sam 7, 1-6. 8b-12. 14ª. 16; / Sal 88; / Lc 1, 67-79

P. FEDERICO - GUATEMALA

Estamos a escasas horas de la Navidad. ¿Cómo te has preparado? ¿Qué le llevarás


al Belén? Todavía estamos a tiempo.

NOCHEBUENA
¡Ya! Hoy es 24 de diciembre, pero no es Navidad todavía. Claro,
estamos acostumbrados a celebrar la Navidad desde hoy en la tar-
de noche. La verdad es que queremos adelantar la noche a como
dé lugar.
Ahora, ¿por qué adelantar la noche? Bueno, por aquello que dice
el salmo: “Un día le anuncia el mensaje al otro día y una noche le
da la noticia a la otra noche. Se esparce su rumor por toda la tierra
y su pregón hasta los confines del orbe” (Sal 19).
Y la noticia de esta noche es especial. ¿Cuál es la noticia? Que tú
Jesús, siendo Dios, te has hecho hombre.
Esta noche, se hace realidad lo que canta Zacarías en el Evange-
lio: “Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que
viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pa-
sos por el camino de la paz” (Lc 1, 67-79).
Se cumple. Por eso, muchas familias tienen la tradición de hoy,
a las doce de la noche, poner al niño en el nacimiento, en el Belén.
Eso, recordar eso, volver a vivirlo, convierte a esta noche en Noche-
buena. Pero ojo, es esta noche.

PREPARÉMONOS PARA FELICITAR A JESÚS


Decía uno: Una vez tuve que ir a recoger a un amigo al aeropuerto.
Llegué con suficiente tiempo, comprobé los datos en la pantalla,
número de vuelo, hora de llegada y terminal.
Me acerqué puntual a la puerta de salida, esperando encontrar-
me con él, Y por aquella puerta fueron saliendo un sinfín de perso-
nas, pero ninguna de ellas era mi amigo.
De pronto me llamó por teléfono: ¿Dónde te has metido? ¿No ve-
nías a buscarme? Sin que lo hubieran anunciado por las pantallas,
los habían llevado a otra terminal. Llegó y yo estaba en otro lugar.
Va quedando poco para el nacimiento de Jesús. Tu y yo, ¿dónde le
estamos esperando? Pensémoslo...
Porque de las doce de la noche todavía nos separan algunas ho-
ras, y son horas que nos pueden servir como una preparación ya
inmediata, para este gran acontecimiento, para esta celebración.
¿Cómo pienso llegar a felicitar a Jesús Niño en esta Navidad?
¿Cómo me presento? ¿Qué le llevó?
32
REGALARLE AL NIÑO LO QUE TENEMOS
Tal vez tenemos la sensación de estar con las manos vacías, sin
grandes méritos, sin grandes cosas que ofrecer. Y tal vez, -o sin el
tal vez-, tienes razón… Pero mira, por lo menos puedes llegar a pre-
sentarle el esfuerzo, por pequeño que te parezca, que has hecho
estos días. Puedes llegar a presentarle tus luchas.
El niño es niño y se entretiene con poca cosa. Y el niño, en este
caso, es Dios. Agradece y aprecia lo que le des, porque te conoce y
porque te quiere.
Justo nacerá dentro de unas horas por amor a ti y a mí. Lo impor-
tante es llevarle, aunque sea algo, aunque sea tus luchas, tus pro-
pósitos, tus deseos. Aunque sea eso.
San Josemaría, alguna vez, ponía el ejemplo del regalo que le
hace un niño pequeño a su papá, y consideraba cómo el peque-
ñín demuestra a su padre cuánto le ama, renunciando a sus pocos
tesoros de escaso valor: un carrete, un soldado descabezado, una
chapa de botella… Le cuesta dar ese paso, pero al fin, puede más el
cariño y extiende satisfecho la mano.
Pues te entregamos Jesús, lo que tenemos, que puede ser poca
cosa, la verdad. Y son como eso, un carrete, un soldado descabe-
zado, una chapa de botella: poca cosa. Pero Señor, a las doce te
vamos a recibir con lo que tenemos.
Ahora, pregúntate: ¿qué tienes? ¿Qué tengo para darle o qué le
puedo dar en estas últimas horas que quedan?

SAN JERÓNIMO EN NAVIDAD


Me recordaba de san Jerónimo, este santo que es un hombre sa-
bio, recio, gran traductor de la Sagrada Escritura. En sus últimos
años se trasladó a vivir a una gruta en Belén y “cuentan que una
noche de Navidad se le apareció en su cueva el Niño Jesús y le dijo: -
Jerónimo, ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños? Él pensó un poco
y le respondió: -Señor, te regalo mi salud, mi fama, mi honor y mi vida,
para que dispongas como mejor te parezca.
Pero Jesús le respondió: - Como tal, la vida te la regalé yo. ¿Qué tie-
nes tuyo para darme? Y san Jerónimo le replicó: - Señor, te entrego mi
sabiduría, mi tiempo dedicado al estudio de la Sagrada Escritura.
Y Jesús volvió a decirle: - Jerónimo, la sabiduría, el tiempo, en rea-
lidad también te los di yo. Entonces, como ya no sabía qué ofrecerle
y cómo se había dedicado a la penitencia con tanto empeño, le dijo:
- Señor, te ofrezco mis penitencias, mis ayunos, mis sacrificios.
Y Jesús le contesta: -Valoro tu penitencia, pero ¿no tienes algo más
tuyo como para ofrecerme? Y Jerónimo, ya sin saber qué responderle,
le dijo: - Señor, no sé qué te puedo ofrecer, pídeme lo que quieras.
Entonces, Jesús le dijo: - Dame tus pecados para que los pueda per-
donar. Tus pecados son verdaderamente tuyos y yo entregué mi vida
para salvarte de tus pecados.

33
El santo, cuando escuchó esto, se echó a llorar de emoción y ex-
clamó: - ¡Loco tienes que estar de amor cuando me pides esto!” (Juan
Ramón Domínguez Palacios, Locura de Amor).
Y pues sí, ahí está una posibilidad: tus pecados, una buena confe-
sión. Y le llevas eso al Niño. Seguro que te lo agradece y seguro, tú
mismo, se lo agradeces.
Así podemos llegar, total, ¿cómo llegan los que llegan a la gruta
de Belén? Llegan como son, llegan con lo que tienen. Algunos in-
cluso pudieron haber llegado con las manos vacías. Pues nosotros
nos acercamos como somos. Así se han acercado, pues todos, y
muchísima gente.

EL HUERFANITO MISHA EN EL PESEBRE


Cuentan de un orfanato ruso que, en 1994, fue visitado por unos
voluntarios de América, que querían compartir la maravilla de la
Navidad con los niños que estaban ahí, que nunca habían escucha-
do acerca del nacimiento de Jesucristo.
Ellos se lo contaron y luego les pidieron que representaran lo que
recién habían escuchado.
Y cuenta uno: - Todo fue bien hasta que llegué donde el pequeño
Misha. Estaba sentado. Cuando miré el pesebre, quedé sorprendido
al no ver un niño dentro de él, sino a dos. Llamé rápidamente al tra-
ductor para que le preguntara. Misha cruzó sus brazos, y observando
la escena del pesebre, comenzó a repetir la historia.
Para ser el relato de un niño que la había escuchado una sola vez,
estaba muy bien. Hasta que llegó la parte donde María pone al bebé
en el pesebre.
Allí Misha empezó a inventar su propio final y dijo: - Y cuando María
dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un
lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía
un lugar para estar.
Entonces Jesús me dijo que yo podía estar ahí con Él. Le dije que no
podía porque no tenía un regalo para darle, pero yo quería quedarme
con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiera darle como re-
galo.
Se me ocurrió y por eso le pregunté a Jesús: - ¿Si te doy calor, sería
ese un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo: -Si me das calor, ese sería
el mejor regalo que jamás haya recibido.
Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que
podía quedarme ahí para siempre.
Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban
llenos de lágrimas. […] El pequeño huérfano había encontrado a al-
guien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que esta-
ría con él para siempre!
Había encontrado a Jesús y este niño le llevaba lo que podía. ¿Pues
qué le llevas tú, qué le llevo yo? Tengamos la ilusión de llevarle algo.

34
De todos modos, siempre que vayamos a Belén vamos a salir de ahí
con muchísimo más de lo que hemos entregado.
Pues, Madre de Jesús, Madre de Dios, Madre nuestra, nos vemos
dentro de unas horas en Belén. Prometo intentar llegar bien prepa-
rado…

Relexión:
Jesús, quiero regalarte mi amor, y como Misha, que me dejes que-
darme por siempre junto a Ti…

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35
NOCHE BUENA
Nochebuena
Navidad del Señor. Vigilia de Navidad. En la tarde.
Is 62, 1-5; / Sal 88; / Hch 13, 16-17. 22-25; / Mt 1, 1-25

P. JOSE ANDRÉS – ECUADOR.

¡FELIZ NAVIDAD!

Empezamos estos 10 minutos de oración con Jesús, en esta noche


Santa, noche de Paz y de Luz, en la que Dios viene a la tierra en un
Niño; en Jesús.

UN ESPACIO PARA JESÚS

Hemos acompañado a María y a José camino de Belén y en esta


noche llena de misterio, llegamos a ese lugar en que María y José
no encuentran posada, no encuentran espacio.
Las personas de entonces y también las personas de ahora, no
tienen espacio para Jesús.
En esta noche en que vemos al Niño, es bueno que cada uno de
nosotros se pregunte: ¿En mi vida, yo tengo espacio para ese Niño
que hoy nace, que es nuestra Salvación?... ¿Tengo espacio en mi
corazón?... ¿Tengo tiempo para Jesús?...
Hace unos días pude asistir a un festejo de Navidad en un pre-es-
colar. Estaban los niños pequeños representando la Navidad. Sus
padres asistían. En un momento dado, como parte del show, los ni-
ños gritaban: ¡No queremos juguetes! Y señalando a los padres, les
decían con simpatía: ¡Necesitamos su tiempo!

ÉL NOS TRAE PAZ

Pensemos, si esta noche el Señor se dirige a nosotros y nos dice:


“Necesito tu tiempo, necesito espacio en tu vida”. Piensa, en si hay
demasiadas cosas superfluas, demasiadas ansias, demasiado es-
trés o demasiadas preocupaciones que no dejan espacio al Señor.
Y es que cuando al Señor le damos la ocasión de entrar a nuestra
vida, nos trae sobre todo paz.
San Pablo en una de sus epístolas a los Efesios exclama: “¡Él mis-
mo es nuestra Paz!” (Ef 2,14).
El nacimiento del Señor trae a nuestra alma, a nuestro corazón y
al mundo, la paz de Su presencia, la serenidad de Sus palabras, de
Sus respuestas: Su vida.
Hoy es una noche de fe, cuando vemos al Niño, es un Niño como
los demás: ríe como los demás, duerme y llora como los demás. De
la misma forma, vive después a lo largo de su vida en la tierra.
36
Jesús ha vivido entre nosotros, como nosotros. Y para creer que
ese Niño que duerme en un pesebre bajo la mirada de la Virgen es
Dios, necesitamos la fe.

DIOS CON NOSOTROS


Que en esta noche santa y en este día de Navidad sepamos de-
cirle a Jesús: “Señor Jesús, creo en Ti, confío en Ti, creo firmemente
que lo que conmemoramos esta noche es lo que da sentido a mi
vida, a la vida de los hombres y mujeres en todo el mundo.
Dios con nosotros, ¡Emmanuel!, Dios con nosotros”.
Y no es en general, como una forma de decir, sino es: Dios en mi
vida, Dios en mi tiempo, Dios en mi trabajo, en mi hogar. Dios en mi
relación con las otras personas, especialmente con las personas
que más quiero.
¿Por qué el nacimiento de Jesús llega en ese lugar desamparado,
abandonado del interés de las personas de entonces y tantas ve-
ces de las personas de ahora? Porque el Señor viene sin imponer-
se. Entra en nuestra vida con la humildad y la sencillez que nos lo
hacen maravillosamente cercano.
¿Y quiénes son los que en aquella noche de paz supieron mostrar
a Jesús, a María y a José el cariño que otros no le dieron?: Los pas-
tores.

CON HUMILDAD Y SENCILLEZ


Los que tenían sencillez de corazón, para acoger el anuncio de los
ángeles, y decir: ¡Vamos a Belén! Vamos porque encontraremos no
un palacio con un ser poderoso ante el cual solo es posible caer de
rodillas, sino un Niño envuelto en el cariño de Su Madre y recostado
en un pesebre.
Y ellos van, como nosotros en esta noche de Navidad, vamos a Be-
lén con esa disposición de humildad, de sencillez. Descomplicando
nuestra cabeza y nuestro corazón. A Jesús se le encuentra en el si-
lencio, en la discreción, en la caridad escondida, en la generosidad
con los demás.
Es bueno que en estos minutos de oración pensemos, especial-
mente, en esta noche -como nos enseña y nos anima a hacer el
Papa Francisco-, en tantas personas desamparadas que quizá pa-
san esta Navidad en la soledad, en el sufrimiento, en el dolor.
No podemos ser ajenos, porque el Señor no es ajeno a esas nece-
sidades.
Y, al experimentar la alegría de tener familia, de tener personas
que nos quieren y a las que podemos querer, nuestro corazón se
agranda.
Y al postrarnos ante el Nacimiento de Nuestro Señor Jesús, le
pedimos hoy especialmente, que Él acompañe y dé cariño a todas
esas personas necesitadas. Que nosotros seamos, desde ahora,
37
más generosos para pensar menos en nuestros egoísmos y más en
los demás.

¿QUE LE PUEDO DAR?


¡Navidad es tiempo de regalos, de recibir regalos, pero también
de hacer regalos!
Y pueden ser las preguntas que se queden en nuestro corazón en
las próximas horas: Si voy yo llegando a Belén: ¿Qué le voy a dar a
Jesús? ¿Qué le puedo dar?
Probablemente en mi conciencia, en mi corazón, rondan algunas
ideas, cosas que podría hacer por el Señor: dedicarle más tiempo,
más oración, acudir a la misa con más frecuencia.
Cosas que podría hacer por los demás, especialmente por las per-
sonas queridas. Los sentimientos que puedo abandonar, la fortale-
za para saber perdonar a quienes me hicieron algo reciente o en el
pasado.
¿Qué le vamos a regalar a Jesús?...
Le pedimos a la Virgen y a san José que supieron cuidar tan bien
del Niño Dios, que nos enseñen a nosotros a tratarle tan bien como
ellos, con el mismo cariño, con el mismo afecto, con la misma ale-
gría y con la misma paz.

Reflexión:
Jesús ayúdame a no ser ajeno a las necesidades de los demás.
A dar con generosidad y de corazón. A dar de mí, dar mi tiempo y
dar más que recibir.

38
25 DE DICIEMBRE
Ya está entre nosotros
Solemnidad de la Natividad de Señor
Is 9, 1-3. 5-6 / Sal 95 / Tt 2, 11-14 /Lc 2, 1-14

P. JUAN – ARGENTINA

Vino a traernos los dones más grandes que podríamos recibir.

NOS ACERCAMOS AL PESEBRE


Creo Jesús que estás aquí... con qué emoción te decimos esto en
el día de la Navidad. Nos ha nacido El Salvador esperado, Emmanuel,
Dios está entre nosotros, Dios con nosotros.
Y nos alegramos, nos felicitamos unos a otros porque te recibi-
mos Jesús. Y los regalos, la comida de fiesta, todo eso es manifes-
tación de algo mucho más grande, que quizá permanece de lado a
nuestros ojos.
El Reino de Dios está entre vosotros, nos dirás; cuando oigan, está
aquí… está allá, no vayan, no hagan caso, porque está entre noso-
tros y está escondido. Nosotros hoy nos acercamos con los pasto-
res, llenos de admiración ante este misterio.
Y quisiéramos, Jesús, estar a la altura de algo que sabemos que
es muy grande y que a la vez no percibimos del todo. Que los sen-
tidos no nos lo manifiestan, sino más bien, lo ocultan. Porque no
hay ninguna ostentación en el pesebre, no hay nada extraordinario,
nada espectacular.

UN NUEVO MIEMBRO A LA FAMILIA


Incluso nos viene la idea, al verte Señor envuelto en pañales, ¿Qué
salvación nos puede traer un bebé que necesita de los cuidados de
su madre? ¿Que necesita protección? ¿Que no se nos manifiesta
con poder, ni nos trae riquezas, títulos, victorias políticas, ni es su-
perior a otros?
Más bien, al contrario. Parece Jesús, que en Tu nacimiento te falta
cualquier comodidad. Tu familia no encontró en Belén ni siquiera el
apoyo de familiares o conocidos que te quisieran recibir en su casa,
que te facilitaran las cosas.
La única alegría que podemos percibir es, la que trae el nacimien-
to de un hijo, el nuevo miembro de una familia; la alegría que es para
su madre que le esperaba durante meses, que lo llevó en su panza.
La alegría de su papá que por primera vez lo puede tener en bra-
zos y se alegra profundamente por el nacimiento de su hijo.
Y, sin embargo, aunque esto parece tan normal, sabemos Jesús,
que lo que nos traes es una alegría mucho más grande y profunda,
un don inmenso. Que es para toda la humanidad, que es para mí: es
la esperanza de la salvación.

39
NOS MUESTRA SU AMOR
Venís a mostrarnos el amor que Dios nos tiene, que llega al punto
de entregar a su propio hijo. Venís a salvarnos de esa muerte que es
a consecuencia del pecado, el pecado de nuestros primeros padres
y nuestros pecados personales.
Venís para que sea posible, para mí y para cada persona, vivir
como hijos de Dios, en el Hijo. Nos traes esa “Vida Nueva” (con ma-
yúscula), y todo eso vale muchísimo más que cualquier don humano
que hubieras podido darnos Señor: riquezas, beneficios, solución
de problemas, que todos tenemos problemas en distintos órdenes.
Y hoy, con los ojos de la fe, nos alegramos porque podemos ver
un poco más. Nos llenamos de agradecimiento porque queremos
valorar, Señor, este tesoro que es Tu vida para cada uno.
Queremos que la luz de la estrella de Navidad ilumine nuestra
vida. Incluso en aquello que es más oscura, más difícil: en nuestras
incertidumbres y nuestras miserias. ¡Porque nos ha nacido un Sal-
vador!
¡Cómo te gustará Jesús que hoy te recibamos personalmente! Que
hagamos un acto de fe, en que venís para salvarme a mí, no a la hu-
manidad en general; y que te lo agradezcamos así, personalmente.
Venís a darme esa vida nueva a mí; y por eso nos llenamos de opti-
mismo, de agradecimiento y de la esperanza de la navidad.

NOS LLENE DE LO NOS FALTA...


Y quizás nos puede llevar ahora este ratito de oración, en un día
tan especial… a presentarle a Jesús cuáles son mis necesidades,
mis carencias… Necesito Jesús que vengas a mi vida, que nazcas,
que vengas a salvarme, a llenarme.
¿Qué nos va a dar el Señor? Sí me falta paz, si me falta alegría, si
me falta amabilidad para con los demás, me dará paciencia y hu-
mildad. Si me siento inseguro, si no encuentro el camino por donde
avanzar, si hay división en mi familia, crisis….
Vamos a dejar que venga Jesús a todas estas falencias. Vamos
a contar con Vos Señor, que para eso estás entre nosotros: para
acompañarnos. Incluso para cargar con nuestra vida y para darle
otra perspectiva.
Qué todo es para bien, que todo puede ser para nuestra unión con
el Padre.

LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS


Hay una frase famosa del libro El Principito, que es muy conocida
y dice: “Que lo esencial es invisible a los ojos”. Y si hoy, lo que a ti en
esta Navidad se te hace perceptible en los sentidos, son proble-
mas, necesidades y preocupaciones… vamos a procurar ver con los
ojos de la fe y alegrarnos, agradecer y sacar provecho.

40
Porque ya no estamos solos en nuestras necesidades: Dios está
entre nosotros para que todo eso tenga sentido. Vamos a hacer que
pese más el amor que Dios nos tiene y sus planes en nuestra vida.
Fíjate en el pesebre, suelen aparecer las figuras en un clima de
serenidad, de adoración, en la noche serena… Con asombro, los
pastores, se acercan...
Pero si pensamos un poco, la realidad es que no era una situación
tan romántica, tan favorable. San José podría sentir la precariedad,
¿no? Instalarse, imagínate, en un garaje con un bebé recién nacido
y dónde falta todo; y a san José le podría venir la frustración de:
¿cómo puede ser esto?
Sin embargo, Dios le va confirmando que sus decisiones fueron
justas: en recibir a María, en ir a Belén con ella, llevarlos, que allí
naciera El Salvador, y se van…

VERDADERAMENTE YA ESTÁ ENTRE NOSOTROS


José tiene la convicción, la profunda alegría de que se están cum-
pliendo los planes divinos, las promesas hechas por tanto tiempo
al pueblo. Esas promesas, esos planes divinos no son sólo para la
Sagrada Familia. Nuestro Padre Dios tiene planes también para
cada uno de nosotros.
En esta navidad, en estas circunstancias, podemos abrirnos al
misterio y también nosotros tener esa satisfacción de san José, de
dejar entrar a Dios en nuestra vida, no privarlo de nuestro corazón,
de todos los ámbitos, ya sean más alegres o más duros.
Permitirle a Jesús que nos sane, que nos enseñe, que nos haga
saber el amor que Dios nos tiene. Que nos muestre el camino para
corresponder a tantos dones del Padre.
En este día de gozo, en este día en que procuramos ser más bue-
nos. En este día en que rezamos por toda la humanidad, vamos a
terminar nuestros 10 minutos con Jesús, pidiéndole a María y José
que nos ayuden a ver con los ojos de la fe estos eventos divinos que
la Iglesia nos pone delante.
Y en el fondo, son eventos que Dios quiere que cambien nuestra
vida, como cambiaron, y cómo cambió la Navidad la vida de María
y José.
Vino el Señor para llenarlo todo, para divinizar su vida tan normal,
tan humana.

Reflexión:
Gracias Padre por mandarnos a Tu hijo a salvarnos…

https://www.youtube.com/watch?v=bcomBsr03g8

41
26 DE DICIEMBRE, 2018
Buenos días María y José, ¿Ya despertó Jesús?
Miércoles Fiesta San Esteban, Protomártir
Hch 6, 8-10; 7, 54-60; / Sal 30; / Mt 10, 17-22.

P. SANTIAGO - COLOMBIA

Hoy quiero preguntar a María y José: ¿Por qué Jesús quiso nacer Niño? Y porque
Dios quiso venir a la tierra?

MI TODO
María, José, ¡Buenos días!, ¿Ya despertó el niño?, ¿Puedo entrar?
Quería estar solo 10 minutos con Jesús. ¿Tú María, me das el ok?
Y José, ¡qué bueno es José! Me trata como un padre a su hijo, hasta
me perdona si cojo en mis brazos al niño y me quedo horas y horas
diciéndole cosas dulces y encendidas, y le beso. ¡Bésale tú!
Y le bailo y le canto. Le llamo Rey. ¡Amor! ¡mi Dios! ¡Mi único y mi
todo! Qué hermoso es el Niño y que corta la decena.
Estas últimas palabras no son mías. ¡Ojalá! ¡ya quisiera Jesús, tra-
tarte así. Estas son de san Josemaría, que en el libro, Santo Rosario,
en la consideración del Tercer Misterio Gozoso, “El Nacimiento del
Hijo de Dios” se lo dice.
Y ahora aprovechando que estoy en el pesebre, junto a José, jun-
to a María voy a hacerles dos preguntas. ¡Estoy inquieto Jesús!

HACERTE NIÑO
Jesús, ahora que estoy Contigo, Tú eres una criatura de brazos y
por eso voy a preguntarle más bien a José y a María: ¿Por qué Dios
se quiso hacer niño y no hombre, sino niño? ¿Por qué Jesús, tú qui-
siste nacer así, niño? ¿Por qué Jesús no se quiso hacer hombre ya
con 30 años para comenzar la vida pública? ¿O con treinta y tres y
ya listo para morir? ¿Por qué se quiso hacer niño?
Y tiene su lógica. Porque los niños quieren toda nuestra atención
y el niño siempre busca la atención, de día y de noche, cuando se
levanta en la noche y ve que nadie le está velando, que nadie le está
protegiendo.
Y, ¿qué hace? Pues llora porque quiere que alguien le esté viendo
y protegiendo. Y durante el día, con los juegos, con las carantoñas,
con correr, subir y bajar. Ellos lo que quieren es llamar permanen-
temente la atención, y no porque sean orgullosos y vanidosos, sino
porque son niños.
Y lo hacen sobre todo, porque necesitan sentirse protegidos. Por
eso Jesús quiso hacerse niño. Nosotros queremos poner al Señor
en el centro de nuestra vida.

42
EL CENTRO DE NUESTRA VIDA
Poner a Jesús en el centro de nuestro corazón y saber que aunque
parezca paradójico, porque lo es… que Dios quiera hacerse niño y
tenemos nosotros la responsabilidad de protegerlo, -a Jesús-, y de
hacerle reír para demostrarle nuestro amor y nuestra alegría.
Porque Jesús Tú estás entre nosotros, ¡qué alegría! ¡Qué alegría!
Los niños también aman jugar, y para jugar con un niño, uno tiene
que hacerse como un niño. Entrar en su lógica. Y pedirle que juegue
con la lógica del adulto, es imposible.
Señor, nosotros queremos que Tú te diviertas con nosotros. Sa-
bemos lo que te gusta y no queremos ser egoístas, queremos hacer
las cosas que te gustan a Ti, no las cosas que nos gustan a noso-
tros, a mí Señor. Y ésa puede ser una enseñanza.
Esa es la primera pregunta que yo tenía, ¿por qué quisiste hacer-
te niño? Y tú, María y José, ¿me ayudan a entender un poquito más?
Y la otra pregunta que tenía era, ¿por qué quisiste venir a la Tie-
rra? Y para eso encontré una historia, es solo una historia, pero me
ayuda a entender un poquito más.

PARA QUÉ VENIR A LA TIERRA


“Érase una vez un hombre que no creía en Dios y llegó la Noche-
buena, y su buena mujer con sus hijos se fueron a la Misa de me-
dianoche. Lo invitaron, por supuesto, - ¡Vente con nosotros!- Pero él
siempre respondía de igual manera: - ¡Qué tonterías! ¿Por qué Dios
se iba a rebajar a descender a la Tierra, adoptando la forma de hom-
bre? ¡Qué ridiculez! Era siempre la respuesta de este hombre.
Esta buena mujer salió con sus hijos para la Misa y él entró a su
casa. Era una noche de invierno, caía la nieve y comenzaron unos
vientos fuertes.
Él encendió la chimenea y placenteramente se puso a esperar a
su esposa y a sus hijos. De repente escuchó en el vidrio dos golpes,
uno después de otro, -fuertes-. Se asomó, pero la nieve no le dejaba
ver qué pasaba.
Le tocó salir al jardín, vivía en una granja, y cuando salió se dio
cuenta de que se habían estrellado contra su ventana dos gansos.
Los gansos se habían perdido por la tormenta de nieve.
SER COMO UNO DE ELLOS
Salió y quiso ayudarlos, sintió lástima e inmediatamente pensó:
- Ya que están aquí y están bajo la nieve y se han perdido, los voy a
meter a mi granero.
Se abrigó y salió a salvarlos. Abrió las puertas de su establo, para
que ellos pudieran entrar, pero observó, esperó, y los gansos no en-
traron. Luego fue por un poco de pan a su casa y comenzó a regar
las migajas para que los gansos siguieran esos pedazos de pan.
Pero tampoco lo consiguió.

43
Luego intentó corretearlos y ahuyentarlos en dirección al grane-
ro, y tampoco. Y pensó: - ¿por qué no me seguirán? ¿Es que no se
dan cuenta de que ese es el único sitio donde ellos pueden sobre-
vivir a la nevada?
Y cayó en la cuenta de que las aves no seguían a un ser humano
y pensó:- Si yo fuera uno de ellos, entonces sí que podría salvarlos,
-dijo pensando en voz alta-. Y se acordó que tenía un ganso en su
granja.
Fue por el ganso y lo trajo. El ganso revoloteó entre los demás
gansos perdidos y después se fue directamente al establo porque
hacía mucho frío, y corría el viento y la nieve. Los gansos que esta-
ban perdidos lo siguieron hasta el establo.

SOLO ASÍ SE PUEDEN SALVAR


Y este hombre se acordó de lo que había pensado unos minutos
atrás “Si yo fuera uno de ellos entonces sí podría salvarlos”. Tam-
bién se acordó de esa frase que le había dicho a su mujer: ¿Por qué
Dios querría hacerse como nosotros? ¡Qué ridiculez!... ¡Y todo cobró
sentido en ese momento!”
Era precisamente lo que Dios había hecho. Se puede decir que
nosotros éramos como aquellos gansos que estábamos ciegos,
perdidos a punto de perecer, y Dios se volvió como uno de nosotros,
a fin de indicarnos el camino y salvarnos.
Jesús, con esta historia yo entiendo un poquito más esa pregunta:
¿Por qué quisiste venir a la Tierra? ¿Porque quisiste hacerte niño?
De pronto este buen hombre comprendió el sentido de la Navi-
dad, y de por qué había venido Jesús a la Tierra. Se disiparon tantos
años de incredulidad y se hincó de rodillas en la nieve, y elevó su
primera plegaria a Dios: ¡Gracias Señor por venir en forma humana
a sacarme de la tormenta y salvarme!

AMOR CON AMOR SE PAGA


Señor, ¿cómo pagaremos todo lo que has hecho por nosotros?
¿Cómo pagaremos este gesto tan grande e inefable de amor?
Pero eso sí te lo voy a dejar a ti, para que en otros 10 minutos lo
sigas hablando con Jesús, con María y con José.
San Josemaría decía: “Amor con amor se paga”. ¿Cómo pagó san
Esteban? Hoy celebramos a san Esteban protomártir, el primer már-
tir de los mártires católicos. Puedes mirar las Actas de su martirio
en el capítulo 6 de los Hechos de los Apóstoles.
Es impresionante esa historia. Aparece por ahí también san Pa-
blo. Y es que hay que ser muy valiente para ser mártir, pero sobre
todo hay que estar muy enamorado. Si, ¡muy enamorado!
Vamos a pedirle a san Esteban que nos enseñe a pagar con amor
a Dios.

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Señor, gracias por hacerte niño. Te cuidare, te protegeré, te juga-
ré y te arroparé. Gracias Señor por venir en forma humana a sacar-
me de la tormenta. Gracias también a ti María y a José por dejarme
estar estos 10 minutos con Jesús.

Reflexión:
Niñito Jesús que has nacido en Belén, este año utiliza de pesebre mi
pequeño corazón también.

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27 DE DICIEMBRE
Te haces tan pequeño para engrandecer al
hombre
Jueves, Fiesta de San Juan Apóstol y Evangelista
1 Jn 1, 1-4; / Sal 96; / Jn 20, 2-8

P. MARCOS - ARGENTINA

Podemos acompañar a Jesús en la Eucaristía, desde cualquier sitio que nos


encontremos.

UNA POESÍA
Quiero comenzar estos 10 minutos con Jesús, leyéndote una poe-
sía, de una poetisa española que durante la guerra se exilió en Mé-
xico, Ernestina de Champourcin, un fragmento de esa poesía:
Hay un grillo que canta
muy cerca del sagrario…
Suena a espiga con sol;
es un trozo de campo
que se nos ha metido
porque Dios lo ha llamado
en este rincón nuestro…
Soy un grillo olvidado.
Pobre grillo ciego
a orillas del sagrario.

ESA GRANDEZA TAN PEQUEÑA


El amor que Dios nos ha manifestado es tanto, tanto, que supera
nuestro asombro y llena el corazón de agradecimiento. Estoy aquí,
Jesús, junto a Vos en el Sagrario para hacer este rato de oración de
hoy.
Tu grandeza de Dios se hace tan pequeña para caber en la hos-
tia y para engrandecer al hombre que de la hostia se alimenta. Tu
grandeza se ha hecho tan pequeña para caber en la hostia…
“Creo Señor firmemente que estás aquí. Oculto bajo las aparien-
cias de pan, latiendo, palpitando tu humanidad y escondiendo tu
divinidad. Creo que estas aquí como alimento, pero también aten-
diendo mi conversación de este día, ¡que privilegio Señor que me
atiendas!”

MI ORACIÓN UNA LETANÍA


Quiero hacer este rato de oración, pidiéndote Señor: “la gracia, de
ser alma de Eucaristía, de tener más devoción a la Eucaristía. Aunque

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sea haciéndote la monótona compañía, como un grillo, junto al Sagra-
rio, que vela con su canto, con su monótono canto y con su letanía”.
“Jesús, quisiera cada día pasar a visitarte al menos un rato para re-
petirte mi monótona cantinela de ruegos, mis cosas, alabanzas, que
solo se repetir una y otra vez, mis desabridas acciones de gracias y la
paupérrima contrición por mis faltas”.
Dice san Josemaría en Camino: “La gente tiene una visión plana,
pegada a la tierra, de dos dimensiones. –Cuando vivas vida sobrena-
tural obtendrás de Dios la tercera dimensión; la altura, y, con ella, el
relieve, el peso y el volumen” (Camino 279).
Esta época de la historia prioriza el plano más que el volumen, la
velocidad más que la reflexión; hay que moverse rápido, hay que
cambiar, hay que correr al ritmo del tiempo, es más, hay que correr
más rápido que el tiempo para adelantarse a los tiempos y adelan-
tarse a los competidores. Las pantallas son planas y la velocidad
es vertiginosa.

DARTE DE NUESTRO TIEMPO


Parece que no tenemos tiempo para visitar cada día a Jesús en el
Sagrario. Vamos por el camino corriendo, teléfono en mano, mane-
jando el coche con la otro mano, a gran velocidad.
O renegamos y nos ponemos nerviosos y ansiosos en el embo-
tellamiento que hace exasperantemente lento nuestro regreso a
casa, tal vez después de un día de trabajo o estudio.
¡Tranquilízate! ¡Sosiega tu ansiedad! ¡No corras por el plano de la
vida! Y si andas por la calle… aprovecha para pasar a visitar a Jesús
en el Sagrario. Si salís de la oficina, de la universidad, de tu casa o
del colegio para hacer una gestión, aprovecha para hacer otra ges-
tión… y no sé…pasa por el banco, por el banco de una Iglesia cerca-
na, para arrodillarte un instante junto al Sagrario y decirle: “Jesús,
yo quisiera recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que
te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos”.

ESTAR CONTIGO EN EL SAGRARIO


Te dice san Josemaría en Camino: “¿No te alegra si has descubier-
to en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?”
Pasa a visitar a Jesús cuando salgas a la calle, hacé una visita al
Santísimo Sacramento, a Jesús en la Eucaristía, ¡que está tan solo!
Y cuando vayas por la calle, en un medio de transporte, busca a la
distancia, cuando asoma algún campanario; cuando pases frente a
una Iglesia, no seas tan ciego, tan atolondrado, que dejas de meter-
te dentro de cada Sagrario cuando divises los muros o torres de las
casas del Señor. “¡El te espera!”
Nos recuerda san Josemaría que podes hacerle compañía a Jesús,
con la discreta letanía de tus preocupaciones diarias, como canta
el grillo junto al Sagrario; velá a Jesús, de esa manera. Acompáñalo
cada día. ¡Un ratito al menos! Deja que los demás corran alocados,
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poné una cuota de serenidad y de cordura en este mundo enloque-
cido.

MULTIPLICA LOS MINUTOS


Si visitas a Jesús en el Sagrario, vas a ver que llegas a casa con
otras disposiciones, con un repertorio emocional ampliado. Hacé
cada día una visita a Jesús en la Eucaristía. Visita a Jesús al salir o
antes de llegar al trabajo.
Acudí al Sagrario cuando salgas a la calle aprovechando el tiem-
po, para hacer el más importante de todos los trámites; porque no
tengo ni un minuto de tiempo, y entonces acudo al dueño de todo
el tiempo, al Señor de la eternidad y de la historia, que multiplica
los minutos que le doy y me devuelve eternidad, a cambio de mis
poquitos minutos que le he dedicado.
Siempre hace así… Jesús, siempre multiplica, es la operación que
más le gusta. Le damos un poquito de pan y el pan se multiplica
para saciar a la multitud; le damos un minuto de nuestro tiempo y
nos devuelve el tiempo multiplicado por la eternidad.
¿Tenés alguna necesidad y no acudís a la Eucaristía? ¡Qué locura!
¡Pasar hambre con la heladera llena! ¡Qué insensatez, pasar nece-
sidades, teniendo millones disponibles!.

PIEDAD EUCARÍSTICA
¡Qué gran negocio! Amor humano a cambio de amor divino, tiem-
po a cambio de eternidad, vale la pena este negocio, este admira-
ble intercambio.
¿Cuánto tiempo perdiste con tu teléfono? ¿Cuánto tiempo le de-
dicas a las redes sociales o leyendo whatsapps frívolos, insustan-
ciales? ¿Cuánto tiempo dedicas a ver unos videítos que te enviaron
por whatsapp, o enterarte de los últimos entretelones de la políti-
ca? Pero después no tenemos un minuto para una visita al Santísi-
mo Sacramento...
“Señor, Jesús, sin tu ayuda soy capaz de ser tan necio, de dar más
importancia a esas tonterías, que a mi piedad eucarística. Soy ca-
paz de postergarlo… Jesús ¡no me dejes!”.
Quiero hacer hoy un propósito firme: Visitarla diariamente para
repetirte la monótona letanía de mis peticiones cotidianas: “¡Dame
hoy el pan de cada día!”. Monótono canto que se reitera como las
letanías del Rosario.
María, que esa titánica melodía borre la reiterada repetición de
mis pecados.

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Reflexión:
Señor, ayúdame a tener la disposición de entrar a acompañarte en
el Sagrario cada vez que pase cerca de Ti. A encender en mí esas
ganas de querer verte y platicar Contigo.

49
28 DE DICIEMBRE
Santos inocentes
Viernes, Fiesta Santos Mártires Inocentes
1Jn, 1-5-2, 2;/ Sal 123; / Mt 2, 13-18

P. FEDERICO - GUATEMALA

La escena que la Iglesia nos propone hoy nos habla de “humildad o sacrificio”.
Aprendamos de estos niños a vivir estas virtudes pensando en el Niño Jesús.

MILES DE CRUCES
Contaba uno como visitar el cementerio americano situado junto
a la famosa playa de Omaha, en Normandía, donde tuvo lugar el
famoso desembarco en la Segunda Guerra Mundial, había sido una
de las experiencias que recordaba con mayor emoción.
Sobrecoge la imagen de las más de nueve mil cruces perfecta-
mente alineadas que señalan el lugar donde descansa cada solda-
do y decía que sobrecoge ver las edades, porque muchos no habían
cumplido los veinte años.
Y me impresionó la inscripción que se encuentra en la tumba de
aquellos que no pudieron identificar; en ellas se lee: “Aquí descansa
en honrosa gloria un compañero de armas a quien solo Dios conoce”.
Impresiona el recuerdo de aquellos soldados que llegaron de muy
lejos para luchar por la libertad de unos países y unos pueblos que
no eran los suyos, y es justo que no se les olvide. Y a la vez es tan
poca cosa la memoria humana.
Por eso consuela que Dios, sí conoce a todos, conoce a todos y
cada uno de aquellos que murieron, incluso a los que nadie pudo
identificar” (C.f. Adviento-Navidad 2017, con Él).

SANTOS INOCENTES
Se me venía esto a la cabeza porque hoy celebramos a los San-
tos Inocentes, almas de tantos niños que sin culpa alguna tuvieron
el privilegio de derramar su sangre por el Señor, entregar la vida,
aunque fuera inconscientemente. Y Dios, a través de su Iglesia, les
recuerda y les agradece.
Nosotros también, porque tuvieron, aunque “inconscientemente”,
la valentía de dar su vida por proteger a nuestro Dios “recién naci-
do” … al que estamos contemplando en esta Octava de Navidad.
Y a ti y a mí (a todo cristiano), Jesús nos ha llamado a entregar la
vida por Él, pero nos pide que lo hagamos conscientemente y día a
día.
Ojalá estemos decididos a responderle en cada momento para
que se cumpla en nosotros lo que dice la Antífona de entrada de la
misa de hoy: “Ahora sigan al Cordero sin mancha, cantando: Gloria
a ti Señor”.

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Ojalá que así fueran nuestros días y “Jesús, queremos que así lo
sean, conscientemente día a día, que te sigamos a Ti, con coheren-
cia, con valentía”.

HUMILDAD
Me parece muy sugerente, pues que, en el Adviento, la Iglesia nos
haya propuesto la figura de san Juan el Bautista y esa figura pre-
cisamente nos habla de humildad y de sacrificio. Porque son dos
cosas que siguen siendo válidas siempre y que nos pueden ayudar
hoy… porque hoy saltan a la vista.
La primera: la humildad. “Salta a la vista por contraste, porque
Herodes está lleno de soberbia. Como lo decía un padre de la Igle-
sia: “El que es soberbio, la soberbia es subir para abajo”.
Herodes que es viejo y supersticioso, cree en la venida del Mesías
-pero le odia-, porque lo ve como posible rival al trono. Herodes está
loco, ve en todos sombras que quieren su corona, y su demencia le
lleva a matar: ahogó con sus propias manos a su cuñado Aristóbulo,
él le parecía que era demasiado popular para su gusto.
Y luego, uno a uno fue pereciendo, por orden suya, su otro cuñado,
José, el rey Hircán II, la altiva asmonea Mariamme (a pesar de ser
su esposa), también la mató. Y hasta a sus propios hijos: Aristóbulo,
Alejandro y Antípater.
Todo su reinado estuvo señalado por la sangre. Es más, en una
ocasión hizo quemar a cuarenta jóvenes como antorchas vivas” (c.f.
Acercarse a Jesús 1).

SOBERBIA SIN LÍMITE


La soberbia de Herodes no tiene límite. Y es que, “sin humildad
no se entiende al Rey Humilde” (así con mayúsculas) “Rey Humilde”
que acaba de nacer” … y por eso Herodes no lo entiende.
Pero la soberbia no solo impide ver bien las cosas, sino que des-
troza lo que tiene a su alrededor, hace daño. La soberbia de Hero-
des manda matar a todos los niños menores de 2 años.
“Jesús, que yo no sea un Herodes de la vida que, por su soberbia,
por estar demasiado centrado en sus cosas, pasa golpeando a los po-
bres inocentes que tiene a su alrededor (y que lo puedo llegar a hacer
consciente o inconscientemente…). Al menos luche por no dejarme
enredar por este defecto de la soberbia, y sea humilde”.

SACRIFICIO
¿Y el sacrificio?... Bueno, “La muerte de los inocentes es sacrifi-
cio” y puede parecer inútil a los hombres que lo ven con ojos que
no tienen fe, pero a los ojos de Dios es fecunda. Estos niños, con su
sangre, protegieron la vida de Dios.
Y le podemos decir: “Jesús, yo me doy cuenta de que el dolor y la
alegría van de la mano. No permitas que me olvide que la felicidad

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está unida al sacrificio, a las pequeñas y grandes incomodidades
de la jornada. Haz que no pierda Tu luz, la luz de Dios en el dolor y
que las contradicciones no me aparten de Ti” (Acercarse a Jesús 1).
Solo si entiendo esto, voy a entender el sacrificio de los inocentes
en este día.
Un Padre de la Iglesia, se planteaba preguntas y al mismo tiempo
daba unas respuestas que nos podrían servir también. Porque él
empezaba preguntando: “¿Por qué abandonó a los que sabía que
habrían de ser buscados por su causa y por su causa habrían de
morir? Él había nacido como rey, y Rey del Cielo.

VICTORIA SIN LUCHA


¿Por qué abandonó a los que eran inocentes? ¿Por qué desdeña
un ejército de su misma edad? ¿Por qué abandonó de esa manera a
los que descansaban en una cuna como Él, y el enemigo, que bus-
caba solo al rey, causó daño a tantos soldados?”
Y responde inmediatamente san Pedro Crisólogo, (que es este
santo de los primeros siglos) diciendo: “Cristo no abandonó a sus
soldados, sino que les dio una suerte mejor, les concedió triunfar
antes que vivir, les hizo alcanzar la victoria sin lucha alguna.
Fueron plantados en el Cielo antes que en la Tierra. Cristo mandó
a sus soldados delante, no los perdió; recibió a sus huestes, no las
abandonó.”
¡Ya nos gustaría a nosotros tener el Cielo, y un Cielo grande, ase-
gurado… como estos niños…!! La verdad es que los deberíamos de
ver con envidia, -han protegido a ese Dios niño que ha venido a sal-
varme-. De alguna manera hasta les debo parte de mi redención.
Mira estas escenas, hay que vivirlas, hay que “vivirlas a fondo”
para que nosotros sepamos aprender lo que tienen que enseñar-
nos.

UNA ANÉCDOTA
Justo también me recordaba de algo que contaba una madre de
familia, que un domingo de diciembre, había colocado el nacimien-
to en su casa con todos, y cada uno había puesto de su parte; ¿no
se?... Todos poniendo el corcho, el musgo, el papel de plata para el
río, cada figura allí puesta en su sitio.
Resulta que dos días después, cuando pasa delante del Belén, del
nacimiento, se da cuenta de que no está la imagen del niño Jesús, y
mira por el suelo por si se ha caído, pregunta a los hermanos mayo-
res nadie sabe nada; lo comenta en la mesa durante la cena, pero
“nada”, ni rastro de la figura.
Y un día mientras recoge la cocina, resulta que se le acerca el hijo
más pequeño de cinco años y le pregunta con cara de circunstan-
cia a la madre:
Mamá, ¿puedo decirte algo? -Sí, claro. Entonces viene y le comen-
ta un poco, como con tono de misterio: - Nos han contado en el kín-
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der (en la guardería) que el rey Herodes quiere hacer daño al Niño
Jesús. Así que lo he agarrado y lo he metido debajo de mi almohada
para que no lo encuentre. Pero no se lo digas a nadie por si lo escu-
cha Herodes…
Misterio resuelto. Por supuesto, la madre quedó profundamente
conmovida cuando comprobó que su hijo pequeño había sido capaz
de meterse tan de lleno en la historia.

ESTAR EN CADA ESCENA


“Pues Jesús, nosotros también queremos meternos muy de lleno en
esta historia y poner todo de nuestra parte”. ¡Ojalá!
Y se lo pedimos al Espíritu Santo, que nosotros sepamos también
meternos durante estos días de este modo en cada escena de la
Navidad.
Acudimos a nuestra madre, que ella estuvo presente y que vivió
todo esto de cerca, le supuso también un gran impacto, pero nues-
tra madre iba entendiendo todas las cosas según la mirada de Dios.
Pues Madre nuestra: Ayúdanos a nosotros también a sacar y a
conseguir esas virtudes que todas estas escenas nos quieren en-
señar, que nos quieren empujar a tener.

Reflexión:
Señor, no permitas que me olvide que la felicidad está unida al sa-
crificio, a las pequeñas y grandes incomodidades de cada día.
Haz que no pierda Tu luz en el dolor y que las contradicciones no me
aparten de Ti.

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29 DE DICIEMBRE
Cumplir la ley de Dios no cuesta
Martes 5a de la Octava de Navidad. Santo Tomas Becket, obispo y mártir.
1Jn 2, 3-11 / Sal 95 / Lc 2, 22-35

P. RICARDO - PERÚ

Hoy meditamos el episodio de la Purificación de María y la Presentación del Niño


en el templo. María no tenía ese deber de purificación porque ella es Inmaculada.
Pero, a pesar de todo, sube al templo, con los inconvenientes y molestias que eso
representa. De ese modo, nuestra Madre y san José, nos enseñan que cumplir la
Ley de Dios no cuesta si lo hacemos con y por amor.

PURIFICACIÓN DE MARÍA Y PRESENTACIÓN DE JESÚS


Estamos viviendo unos días en los que hay alegría por el naci-
miento de Jesús, la alegría de celebrar Tu nacimiento, de ese Dios
que se hace Hombre; de ese Dios que no abandona; ese Dios que
cumple Sus promesas y que quiere estar junto a nosotros.
Así que caminemos, vivamos estos días de la Navidad junto a la
Sagrada Familia. El domingo celebramos la Sagrada Familia de Je-
sús y estos días la Iglesia nos presenta muchas lecturas, sobre todo
de san Lucas, de san Mateo, en las que se narran los episodios del
nacimiento de Jesús o relacionados con los primeros días.
De esto llama la atención el pasaje que quería comentar hoy, que
quería aprovechar para que tú y yo hagamos este rato de oración.
Es el episodio de la Purificación de María y la Presentación del Niño
en el Templo.
Nos cuenta san Lucas: “Y cumplidos los días de Su purificación,
según la ley de Moises, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al
Señor como está mandado en la Ley del Señor: todo varón primo-
génito será consagrado al Señor y para presentar como ofrenda
un par de tórtolas y dos pichones según lo mandado en la Ley del
Señor” (Lc 2, 22-24).

SIMEÓN
Y después de este episodio, en esas circunstancias en las que se
encuentran en el templo, hay un hombre, un anciano, un hombre
justo y temeroso de Dios, llamado Simeón.
Este hombre había recibido una revelación de Dios en la que le
decía que él no moriría antes de ver al Mesías.
Movido por el Espíritu Santo, va al templo y se encuentra con Ma-
ría y José que llevan al Niño. Entonces Simeón exclama cuando ve
a Jesús: “Ahora Señor puedes dejar a Tu siervo irse en paz, según
Tu palabra, porque mis ojos han visto Tu salvación, la que has pre-
parado ante la faz de los pueblos; luz para iluminar a los gentiles y
gloria de Tu pueblo Israel” (Lc 2, 29-32).

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Este hombre, Simeón, finalmente puede descansar en paz. Esto
me llama mucho la atención (no sé si a ti te pasa lo mismo). Simeón
dice que ya es un anciano -o sea que ha vivido muchos años-, es un
hombre justo; es decir, que ha cumplido la Ley de Dios, que ha bus-
cado agradar a Dios.
Entonces Dios le da este premio de poder mirar al Mesías. No po-
drá ver la obra de la redención, pero al menos ya le ha visto, y de
cierto modo, se le ha dado un adelanto de lo que va a pasar.
Este hombre dice: “Finalmente me puedo ir en paz”. Sobre todo
tiene esa confianza, esa tranquilidad de que Dios no abandona y
eso es una primera enseñanza que tú y yo podemos sacar.
A lo mejor, buscamos vivir cerca de Ti Señor, buscamos ser agra-
dables a Ti, cumplir Tu voluntad y, al mismo tiempo, nos encontra-
mos con dificultades; nos encontramos con la Cruz, nos encontra-
mos con contrariedades, con el dolor y uno puede desanimarse.
Entonces tenemos el ejemplo de Simeón que logra ver al Cristo,
que logra ver al Mesías y tú y yo (me atrevería a decir) somos más
que Simeón, en el sentido de que vivimos en el tiempo de Jesús.
Cuando Jesús ya ha venido, cuando Dios ya ha cumplido con to-
das Sus promesas; es más, cuando ya nos ha salvado, y por tanto,
ese Dios se ha quedado con nosotros en la Eucaristía y en los sa-
cramentos.

SOMOS HIJOS DE DIOS: CUMPLAMOS Y CONFIEMOS


De ese modo, tú y yo debemos vivir, en primer lugar, como hijos de
Dios; luego, con la alegría de los hijos de Dios y con la confianza de
que Dios lo puede todo y así tú y yo podemos esforzarnos cada día
con la gracia de Dios para que seamos santos. Eso es lo que signi-
fica ser justos.
Simeón representa el hombre justo del Antiguo Testamento que
cumple la Ley de Dios y busca agradarle, como también María y
José.
Porque antes hemos leído cómo María y José suben al templo de
Jerusalén a cumplir con lo que está prescrito por la Ley y, por una
parte María que según la Ley es impura, porque ha dado a luz... No
vamos a entrar en detalles teológicos, pero es lo que prescribe la
Ley de Moisés.
María, que es Inmaculada, no es impura (de ninguna manera), sube
a cumplir la Ley, (“El que yo sea Inmaculada y que sea Virgen an-
tes, durante y después del parto, es algo que no lo sabe el mundo.
Tampoco lo voy a ir pregonando por todas partes”) porque quiere
agradar a Dios.
Vamos a hacerlo, y también para dar ejemplo a las demás per-
sonas. Y, por otro lado, la Ley de Moisés mandaba que todo varón
primogénito sea consagrado al Señor y tienen que pagar un precio
por su rescate.

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Es así como María y José suben al templo para entregar al Niño. Y
el precio de su rescate será, en este caso, un par de tórtolas o dos
pichones, que es la ofrenda de los pobres; o sea, que los que no te-
nían suficiente dinero como para dar algo mayor, daban un par de
tórtolas o pichones.
Esto nos hace ver que María y José iban ajustados de dinero. Era
un matrimonio joven y no tenían riquezas, pero ahí los vemos y nos
los imaginamos entrando al templo con la grandeza del templo.
María, que es la Madre de Dios y que lleva en sus brazos a Dios he-
cho Hombre. Y José, este hombre justo, extraordinario que -al leer
su vida-lo que nos cuenta sobre todo san Mateo, nos damos cuenta
que es un tipo, digamos: un gran partido.
Sobre todo porque es un hombre que ama a María. Luego, es un
hombre que ama a Dios y que se deja llevar por Dios que le habla en
sueños y no tiene ningún reparo en complicarse la vida y cambiar
sus planes.
¡Qué ejemplo tan grande nos dejan María, José y Simeón! Al ver
esta escena en la cual María va a purificarse, nos podemos pregun-
tar: ¿Cómo cumplo con la ley de Dios? ¿Cómo busco la voluntad de
Dios? ¿Qué quiere Dios de mí ? Y si cumplo eso, ¿que Dios quiere de
mí?

NECESITAMOS PURIFICARNOS
San Josemaría comenta este pasaje de la Purificación, en el libro
“Santo Rosario”. (Es un libro bellísimo para aprender a meditar los
misterios del Santo Rosario). Entonces, justamente a raíz de que
María tenga que ir a purificarse, ella que es Inmaculada, nos dice:
“¿Aprenderás con este ejemplo, a cumplir -a pesar de todos los sacri-
ficios personales-la santa Ley de Dios? ¡Purificarse! Tú y yo sí que ne-
cesitamos purificación. Expiar y, por encima de la expiación, el Amor”
(San Josemaría, Santo Rosario).
Establece un contraste entre María, que no necesita purificarse,
pero cumple la Ley de Dios. A pesar de los sacrificios, ha tenido que
ir a Jerusalén; hacer un viaje...
A veces nosotros podríamos quejarnos un poquito por la misa, por
ser muy temprano... “mejor voy a la misa de las 8:00 de la noche…”
O “mira, a lo mejor ahora que empieza el verano, vamos a ir de viaje
y no sé si podremos ir a misa…”
¡De ninguna manera se nos ocurre eso! Porque queremos cumplir
la Ley de Dios, sobre todo, porque amamos a Dios.

AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS


Es lo que nos dice san Josemaría: “pero sobre todo el amor”. Y
cuando uno ama, puede hacer lo que se le dé la gana. Tomando
unas palabras de san Agustín: “ama y haz lo que quieras”, que no
significa libertinaje, no. Que, cuando uno ama, todo lo que hace,

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lo hace por amor y lo hace con amor. De este modo, cumplir lo que
Dios quiere para nosotros que, al final, es para que seamos felices.
Cumplir con Sus mandamientos, cumplir con lo que la Iglesia nos
pide. Si ponemos amor, si lo hacemos por amor, no será un peso, no
será una carga.
Sigamos las huellas, en estos días, de María y de José y así, tú y yo
podremos vivir una feliz Navidad; una Santa Navidad y, sobre todo,
que la Sagrada Familia, que el Niño Dios, nos ayude a acercarnos
más a Dios; y nos ayuden a ser santos.

Reflexión:
Que yo sepa cumplir siempre la Voluntad de Dios, porque mi anhelo
como el de Simeón, es poder ver a Jesús.

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30 DE DICIEMBRE
La oración de los que están solos
Lunes, día VI dentro de la Octava de Navidad.
1Jn 2, 12-17 / Sal 95 / Lc 2, 36-40

P. SANTIAGO – COLOMBIA

En esta época de fiesta, hay muchos que no están en familia, que buscan salud en
algún hospital; otros que trabajan como una semana más del año. Allí les sale, al
encuentro, Jesús recién nacido.
Estoy haciendo este rato de oración, estos 10 minutos con Jesús,
delante de un pesebre chiquito, empotrado en una chimenea, con
un fondo verde que simula unas montañas. Una chocita que simula
también el pesebre, que sería eso: un establo.
Al fondo, un retablo y se ven unas casas. Incluso, hay algunas mon-
tañas nevadas. Aparecen ya los Reyes acercándose y “miro Jesús,
Tu pobreza, Tu humildad; la paciencia y el cariño de María y de José.
El asombro de los pastores que se acercan, alguno con una canasta
llena de frutas; otro, con unas gallinas, con unos pollos en sus manos.
Otro que carga un corderito chiquito, que seguramente te haría gra-
cia Jesús”.

DESCANSO PARA MUCHOS, PERO PARA OTROS NO


Pienso en aquellos que, en este momento, están haciendo este
rato de oración en los hospitales; los enfermos, los que están solos,
los que están trabajando fuera de sus familias, lejos de sus ciuda-
des donde está su familia.
Los militares que están con sus uniformes y haciendo su trabajo
protegiendo a la población. Los vigilantes, los que están en las ca-
setas de los peajes, los que están atendiendo una farmacia…
“Porque Señor, estos días son días de fiesta, son días de descanso
para muchos, pero para otros no”.
Otros tienen que seguir en otras circunstancias, muchos no nos
damos cuenta y nos sostienen a todos con su trabajo, con su ora-
ción, con sus sacrificios…

ORACIÓN DE FAMILIA JOVEN


¿Cómo será la oración de estos días, por ejemplo, de una familia
joven: padre, madre y su hijo recién nacido, que el primer 25 de di-
ciembre tienen que pasarlo en un hospital?
Una oración, seguramente, muy parecida a la de José, a la de Ma-
ría, contemplando a su Hijo desvalido, con frío, indefenso…
Pero qué bueno que todas estas personas que ahora están ha-
ciendo este rato de oración, se sientan acompañados por todos en
10 minutos con Jesús; se metan en el Belén, se metan en el Pesebre
y se identifiquen con Jesús, con María y con José.
58
SOMOS UNA FAMILIA
Hoy queremos todos, en 10 minutos con Jesús, tenerlos presente,
que vengan con el corazón a celebrar con todos; somos una familia
en Cristo.
“¿Por qué no Señor soñar con que todos, después, nos encontra-
remos en el Cielo y estaremos todos junto a Ti, a María, a José, como
hemos procurado hacer estos días?
Ya se está acabando el año, ¿cuántos 10 minutos con Jesús hemos
pasado durante este año? ¡Qué maravilla! ¡Qué delicia Señor poder
hablarte cada día; todos los días!”
Incluso, yo lo hago en este momento, en un ambiente muy rural.
No sé si a lo lejos escuchas a los pajarillos. He dejado una ventana
abierta para que se escuchen a propósito, porque casi siempre gra-
bo la meditación en una sala o en mi habitación a puerta cerrada.
Pero esta vez quise abrir un poco la ventana (también para que
refresque, porque hace un poco de calor).
¿DÓNDE HACEMOS ORACIÓN?
“Señor, ¿en cuántos ambientes no nos has pillado este año ha-
ciendo un rato de oración?” En el carro o mientras hacemos cual-
quier cosa en la mañana o si algunos hacen ese rato de oración por
la tarde…
¡Cuántas cosas! ¿Con qué naturalidad Señor hemos aprendido y
estamos aprendiendo a hablar contigo en los momentos y en las
circunstancias más normales, más cotidianas?
Ahí Tú sales a nuestro encuentro; ahí es donde Tú quieres que te
busquemos también.

SAN LUCAS
En estos minutitos quería detenerme en el Evangelio de hoy, es
una escena entrañable. Lo cuenta san Lucas:
“En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la
tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De jovencita había vivi-
do siete años casada y luego viuda hasta los 84.
No se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayu-
nos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a
Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación
de Jerusalén” (Lc 2, 36-38).
Hablaba del Niño a todos… “porque, Señor, cuando de verdad se
te conoce, no se puede dejar de darte a conocer. Cuando nosotros
te conocemos bien, tenemos que darte a conocer, allí donde este-
mos, a las personas con las que nos crucemos.
Sobre todo, a las personas que dependen de nuestro cariño, de
nuestra amistad, de nuestro trato…”
“Es muy importante que acerquemos a Ti a esas personas, pero
a esas personas también las acercamos a Ti con nuestra amistad,
con nuestro trato cordial”.
59
Continúa el Evangelio: “Y cuando cumplieron todo lo que prescri-
bía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea -a su ciudad de Nazaret.
El Niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría
y la gracia de Dios lo acompañaba” (Lc 2, 39-40).

EL NIÑO CRECÍA Y SE LLENABA DE GRACIA…


“Es muy bonito ver como Jesús, Tú, perfecto Hombre, ibas cre-
ciendo. Te ibas llenando de gracia, ibas siendo contemplado por
esos ojos virginales de nuestra Madre”.
En nuestra oración personal, podemos también muchas veces
conversar con ese Niño… ¡Qué delicia! ¡Qué delicia!
Me acordaba (y lo decía al comienzo de este rato de oración) de
esa familia joven que pasó su primera Navidad con su hijo hospita-
lizado y han mandado un video hace pocos minutos, con el niño ya
queriendo hablar.
Apenas tiene tres meses y ya grojea, ya mueve sus manitos, ya
hace todo tipo de sonidos. Sonríe, hace fuerza, hace pucheros… y
esos papás jóvenes, no dudan en hablarle, contarle cosas, cantarle,
hacerle ruido…

HACER ORACIÓN DELANTE DE UN PESEBRE


Nosotros también queremos hacerlo estos días con Jesús. Por
eso, qué bueno es hacer un rato de oración delante del Pesebre y
meternos en la escena y querer acercarnos a contemplar al Hijo de
Dios hecho Hombre.
María lo hizo durante muchos años y ella puede guiarnos de su
mano. También podemos acudir a san José y también vamos a acu-
dir hoy a Ana, esa ancianita que servía a Dios y que hacía mucha
oración.
Por tanto, estaba preparada ya para encontrarse con Cristo y de-
cirle que todo su corazón era para Él. Que todos sus ojos eran para
Él; que todos sus sentimientos eran para Él.
Vamos a pedirle a esta anciana, viuda, que nos enseña a tratar
así a Jesús y que nos enseñe, con ese asombro de haber conocido a
Jesús, de haberlo tratado, a llevar ese mensaje a todas las almas, a
todas las personas.
Sobre todo, a las que dependen de nuestro trato, de nuestro cari-
ño, de nuestra amistad…
Volvamos a recordar a todos aquellos que no la están pasando
tan bien como muchos: a los enfermos, a los que están solos, a los
que están trabajando… y queremos unirnos también a su oración.

60
Reflexión:
Señor, que yo sepa acercar a las personas a Ti, sobre todo, a las per-
sonas que dependen de mi cariño, de mi amistad y de mi trato.

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de-los-que-estan-solos-30-12-

61
31 DE DICIEMBRE
Juan nos pone delante de la verdad en el último
día del año
Día VII dentro de la octava de Navidad.
1 Jn 2, 18-21; / Sal 95; / Jn 1, 1-18

P. JAVIER – ARGENTINA

Ideas para el último día del año. Día para reordenar lo que va bien y lo que no.
Pedir perdón y agradecer.

LA PALABRA
Dice el Evangelio del día 31, último día del año: “En el principio
existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la palabra era
Dios. La Palabra, en el principio, estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de
lo que se ha hecho. En la Palabra había vida y la vida era la luz de
los hombres, la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la ven-
cieron.
Surgió un hombre, enviado por Dios que se llamaba Juan. Y este
venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que, por él,
todos vinieran a la fe. Él no era la luz, sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al
mundo vine y en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de
ella y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la reci-
bieron.
Pero cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si
creen en Su Nombre; estos no han nacido de sangre, ni de amor
carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos con-
templado Su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de
gracia y de verdad.
Juan da testimonio de Él y grita diciendo: «Éste es de quien dije:
El que viene detrás de mí pasa delante de mí porque existía antes
que yo».
Pues de Su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia.
Porque la Ley se dio por medio de Moisés; pero la gracia y la ver-
dad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno
del Padre, es quien lo ha visto y dado a conocer” (Jn 1,1-18).

DIVINIDAD DE JESÚS
Todo este prólogo de san Juan, nos está hablando de Jesús y es
muy bonito porque habla de la Divinidad de Jesús, de esa preexis-
tencia de Dios en el tiempo, estaba junto a Dios: Jesús era Dios.

62
En pocos pasajes se nos dice tan claramente que Jesús es Dios
y que Jesús está con nosotros y que estará con nosotros hasta el
final de los tiempos. Y este es el fundamento más importante de
nuestra seguridad en la vida.
Por eso hoy, que es el último día del año, es un buen momento
para hacer balance del año que ha pasado. Para pensar en todo
aquello que queremos cambiar, en todo aquello que queremos de-
jar, en aquellas cosas que nos han encantado, que nos han salido
muy bien y en las que Dios nos ha acompañado especialmente.
Es un momento para hacer balance. Y en el balance hay crédito y
débito. Hay cosas que tenemos que tirar por la ventana, porque no
son buenas; cosas que hay que sacar de la propia vida y por eso es
bueno hacer un examen.

HACER UN BALANCE
Es un día especialmente propicio para hacer examen y decirle a
Jesús: esto no me gusta, esto no me gusta, esto no me gusta… elegir
ver, mirar todas aquellas cosas con las que no estamos de acuerdo.
Cosas que no nos gustan, cosas que no nos parecen bien y que
no hemos hecho bien. Decisiones que no hemos tomado acertada-
mente, juicios de valor que no hemos hecho bien.
A veces, nos hemos detenido a tomar decisiones en base al éxito,
en base al beneficio que vamos a obtener y son cosas que hay que
“re-ver” si realmente estábamos en el camino correcto o nos está-
bamos saliendo del camino.
Si estábamos tomando decisiones para nuestra comodidad, para
nuestro bienestar, para nuestro “ego”, para nuestra vanidad...
Cuántas cosas en juego se mueven en torno al corazón y nos van
llevando a tomar decisiones en un sentido o en otro.

UN EXAMEN DE LO VIVIDO
Este es el momento del año, este es el día del año, para sentarse
con un poquito de calma y mirar qué decisiones, de todas las que
hemos tomado a lo largo del año, no nos parecen adecuadas. De las
decisiones más importantes, porque hay cosas muy pequeñas que
ni nos acordaremos.
Pero de las decisiones importantes, seguramente, hay muchas
que podamos decir, cara a Dios: “Señor, esto la verdad no estuvo
bueno; esto no me sumó; esto me restó; esto no me hizo bien; esto
no venía de Vos, venía de mi orgullo; venía de mi amor propio herido,
de mi deseo de lucirme, de mi vanagloria...
Por eso Señor, te pido que lo limpies, te pido que limpies mi cora-
zón, con la sencillez con la que un niño pequeño te lo pediría”. Por
eso Jesús nos insistirá muchísimas veces en el Evangelio: “Hágan-
se como los niños por favor, porque si no, no van a poder entrar en
el Reino de Dios” (Mt 18, 3).

63
No van a poder acogerse a la misericordia; no van a ser capaces
de pedir perdón... porque nos vamos a creer autosuficientes; por-
que no vamos a actuar porque no nos guste lo que hayamos hecho,
sino porque en realidad nos da vergüenza -a veces- nuestros pro-
pios pecados, nuestras propias limitaciones.

NUESTRAS MISERIAS
Cuánta gente se avergüenza cuando tiene que contar algo, qué
lejos está la infancia espiritual de un corazón así.
Y a nosotros -a veces- nos pasa eso, que nos ponemos adultos y
nos da vergüenza nuestras miserias, sabiendo que son “nuestras
miserias”, nuestra condición. Somos pecadores, siempre vamos a
ser miserables, siempre vamos a tener faltas.
Lo que tenemos que hacer es ponernos delante de Dios y decirle:
“Señor Jesús, aquí estoy para que me limpies, aquí estoy para que me
cures, aquí estoy para que me sanes, me reconozco pecador como
san Pablo”.
“No consigo hacer el bien que quiero, sino el mal que no quiero,
¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rm 7,24).

HACER EL BIEN QUE QUIERO...


Y san Pablo decía esto, él se reconocía pecador. Él estaba pecan-
do mientras fundaba las comunidades cristianas con más éxito,
mientras escribía estas cartas, estas epístolas, que han sido la gran
teología sobre la cual nos hemos parado durante siglos.
Cómo conviven la fragilidad y la santidad en la vida de san Pablo;
y san Pablo lo reconoce sin el menor problema: “No consigo hacer
el bien que quiero sino el mal que no quiero, ¿quién me librará de
este cuerpo de muerte?”
En Argentina les decimos mis viejos, refiriéndonos a mis padres,
aunque en el resto de Latinoamérica supongo que sonará feo, si no
son nativos de aquí, decirles así.
Pues mis padres, que son sumamente precavidos, no solamente
compraron sus tumbas, sino también las nuestras, las de sus hijos.
Y la verdad es bastante impresionante pararse sobre la propia tum-
ba.

PEDIRÍA TIEMPO
Una vez fui al cementerio, y pregunté cuál era el lugar de mi tum-
ba. Me paré encima. Eso te da una cosa rara por dentro. Y pensé en
ese momento: Cuando me muera, ¿qué le pediría a Dios? Y lo prime-
ro que me salió fue: tiempo, ¡le pediría tiempo!
Tiempo para pedirle perdón a un montón de gente, a la cual no
le he pedido perdón de verdad. Tiempo para dar gracias a gente a
la cual no le he podido decir: gracias por esto, esto y esto… porque

64
esto fue muy importante para mí en la vida, en este momento, en
este año...
Tiempo para decirle cosas que les quería decir a muchas perso-
nas, para hacer favores, incluso para devolver plata que por allí de-
bía… ¡Tiempo, necesitamos tiempo!
Por eso, de cara al final del año para pedir perdón, además le te-
nemos que pedir a Jesús que nos ayude a aprovechar el tiempo y,
por último, a dar gracias.

DAR LAS GRACIAS


Tenemos que llegar con una lista de las cosas buenas que hemos
hecho, que nos han pasado a lo largo del año, porque son un mon-
tón.
Tengo un amigo que lleva un diario de todo lo bueno y la verdad
que hace muchísimo bien. Siempre, el primero de año se sienta a
leerlo y le dedica tres o cuatro horas a la lectura del diario, porque
son un montón de cosas.
Si nos tomáramos el trabajo de anotar, durante el año, todas las
cosas buenas que nos pasan... Es increíble ver al final del año la
cantidad de cosas buenas.
Son muchísimas más las cosas buenas, que las cosas malas que
nos han pasado. Probablemente, no las hemos anotado, las haya-
mos perdido de vista, nos hayamos olvidado.
Este es un buen momento también para dar gracias. Le pedimos
esto a Jesús: “Perdón, gracias y ¡ayúdame más!”

Reflexión:
Señor, te agradezco por este año pasado y te suplico que me ilumi-
nes cada día para ser mejor persona y te sientas un Padre orgulloso
de mí.

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65
SAGRADA FAMILIA
Sagrada Familia
DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD* Domingo, 3er día de la octava de Navidad. Sagrada Famila.
Eclo 3, 2-6. 12. 14 / Sal 127 / Col 3, 12-21 / Lc 2, 22-40

P. JUAN CARLOS – ECUADOR

La Solemnidad de la Sagrada Familia nos lleva a considerar que la familia es el


servicio. Es importante tener hambre de servirnos, aunque seamos personas de
edad, debemos estar pendientes de los demás, todos podemos afinar más. Pidamos
que nos ensanche el corazón y la cabeza para servir, servir y servir.

ACUDIR A LA SAGRADA FAMILIA


Cuando empezamos estos ratos de oración, siempre acudimos a
la Sagrada Familia: a Jesús, María y José. Y hoy celebramos esta
solemnidad.
Cede el espacio a la fiesta grande, a la solemnidad de la Sagrada
Familia y la Iglesia entera se pone de nuevo de fiesta.
Hace pocos días hemos celebrado la Navidad en donde ya han
recibido a Jesús, María y José después de una larga espera.
El Evangelio de hoy, nos habla de la Purificación, cuando van al
Templo a presentar al Señor como está escrito en la Ley que: “Todo
varón primogénito sea consagrado al Señor”.
También deben ofrecer el sacrificio de un “par de tórtolas o de pi-
chones de paloma como ordena la Ley del Señor” (eso es para las
personas más pobres).
“Vivía entonces, en Jerusalén, un hombre llamado Simeón que
era justo y piadoso y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu
Santo estaba en él y le habían revelado que no moriría antes de ver
al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo espíritu, fue al templo y cuando los pa-
dres de Jesús llevaron al Niño para cumplir con Él las prescripcio-
nes de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios dicien-
do:
“Ahora Señor puedes dejar que Tu siervo muera en paz como lo
has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que prepa-
raste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las nacio-
nes paganas y gloria de Tu pueblo Israel”.
Y dice el Evangelio: “Su padre y Su madre estaban admirados
por lo que oían decir de Él”.
Luego continúa la profecía: “Simeón, después de bendecirlos,
dijo a María, la Madre: Este Niño será causa de caída y de eleva-
ción para muchos en Israel. Será signo de contradicción y a ti mis-
ma, una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán cla-
ramente los pensamientos íntimos de muchos” (Lc 2, 22-35).

66
Muchas veces María habrá considerado estas palabras: “una es-
pada te haría daño al corazón” y eso habrá vivido la Virgen cuan-
do perdió a Jesús a los doce años en su visita al templo. Eso habrá
también recordado cuando la muerte de san José y en las miles de
vicisitudes que en una familia normal se producen.

LUCHAR POR ESTAR UNIDOS


La fiesta de la Sagrada Familia tiene una especial importancia en
estos tiempos, especialmente en este último siglo, en los cuales se
quiere destruir a la familia y sobre todo a la familia cristiana.
Debemos tener también nosotros esa claridad, como tuvo la Vir-
gen desde el principio, que una espada es probable que muchas
veces toque nuestro corazón.
Que a veces, de la misma familia, nos vengan cosas que nos pro-
ducen mucho dolor… Sin embargo, tenemos herramientas que nos
ayudan a luchar por estar unidos.
El Papa Pío XI nos decía sobre la familia y el Rosario: “No existe
problema social, político o familiar que no se pueda remediar con el
rezo del Santo Rosario, porque la familia que reza unida siempre per-
manecerá unida”.
La familia es la célula básica de la sociedad y tenemos todos cla-
ro que tenemos que cuidar la familia. Hoy, en este día, tenemos que
velar especialmente por nuestras propias familias y una cosa que
nos puede ayudar, es cómo la Virgen velaba por su familia y san
José también.

SERVIR, SERVIR Y SERVIR


Es importante tener hambre de servirnos, aunque seamos per-
sonas de edad, debemos estar pendientes de servir a los demás.
Todos podemos afinar más en este punto.
Vamos a pedirle al Señor que nos ensanche el corazón y la cabe-
za para servir, servir y servir. Para hacer una gran labor en nuestra
familia, para acercar a todos más a Dios.
Que se nos note contentos, que se nos note que luchamos por dar
lo mejor que tenemos.
Dar el perdón, la comprensión y no dejarnos llevar por la ira y, si
alguna vez no hemos sido ni comprensivos, hemos sido irascibles
o no estamos dando lo mejor porque nos hemos dejado llevar por
la pereza, pues que hagamos lo que nos dice ahora con claridad el
Señor: que cuidemos de la familia.
El Papa Francisco decía: “Debemos retomar la comunicación en la
familia: los padres con los hijos, con los abuelos, los hermanos entre
sí… es una tarea que hay que hacer hoy precisamente en el día de
la Sagrada Familia” (Papa Francisco, fiesta de la Sagrada Familia,
2019).

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HACER LA VIDA AGRADABLE
¿Cómo vamos de cercanía con nuestros padres, abuelos, pri-
mos…? ¿No es el día ideal para mandar un mensaje?: Te extraño, te
quiero… algunas cosas que muestren esa necesidad de cercanía.
La Sagrada Familia luchó para estar siempre junta, luchó para
darse lo mejor, inclusive en los momentos más difíciles siempre es-
tuvieron juntos.
No nos imaginamos a María y José discutiendo por tonterías: ¿dón-
de vamos a pasar las noches del fin de año, en casa de mis padres
o de los tuyos?
No se habrán puesto a pelear, porque claro ya habrán cedido el
uno al otro o habrán querido pasar los dos juntos.
No nos imaginamos peleando por quién se quedaba más tiempo
con Jesús o por quién hacía que su opinión prevalezca. Al contrario,
se esforzaban para hacer la vida agradable a los demás.
La fiesta de la Sagrada Familia nos tiene que traer a la cabeza un
poco el cómo nos comportamos con nuestra familia de sangre, con
las personas que vivimos.
Si somos delicados, si dejamos algunas cosas pasar, si no saca-
mos en cara cosas que no nos caen bien… Y si somos delicados en
esos detalles, haremos en definitiva la vida más agradable a todos.
Qué difícil, en cambio, vivir con alguien que es muy negativo, que
constantemente está encontrando la quinta pata al gato, que está
diciendo cosas que van a salir mal, como ave de mal agüero: que se
van a ahogar todos o que nos vamos a contagiar o que es lo peor
que hemos vivido en la vida…

UN ESFUERZO PERSONAL
Vale la pena pensar: si mi actitud en casa es positiva, ¡es lo que
tengo que hacer! A veces, pasar uno y otro detalle que pueden re-
sultar fastidiosos o no responder de mala forma y estar más en los
detalles para acordarme de qué cosas le gustan al resto.
Tal vez llegar antes a las fiestas; llegar con puntualidad es un sig-
no de deferencia con los demás; estar más pendiente al responder,
no solo hablar cuando tengo ganas, sino también cuando no tengo,
para hacer la vida un poco más agradable.
En definitiva, hay tantos detalles pequeños que hacen que la fa-
milia funcione mejor.
Una bonita poesía que nos puede ayudar a terminar este rato de
oración:
“Cómo me gustaría
estar con la Sagrada Familia
que en Nazaret vivía.
San José como gran Patriarca
en Nazaret reinaba
68
aunque en dignidad, menos pintaba.
La Virgen miraba y cuidaba
a los que allí estaban
y su amor les prodigaba.
El Niño con ellos vivía
y los respetaba y quería
y su bondad les impartía.
Cómo me gustaría
estar con los que allí vivían
en paz y armonía”.

LO QUE GUARDABA EN SU CORAZÓN


Y de ellos aprender a respetar y a querer en lo que pueda enten-
der, porque muchas cosas no entenderemos en nuestra vida. A mu-
chas cosas no les encontramos explicación…
Pero al igual que la Virgen, que sabía que una espada le atravesa-
ría el alma, estaría dispuesta a ofrecer las cosas al Señor.
Muchas veces, esta expresión de que “llevaba las cosas y las guar-
daba en su corazón”, me hacen reflexionar de que ella no pensaba
como de resentimiento, de que guardaba estas cosas en el corazón,
sino más bien, para ponerle una y otra vez las cosas en manos de
Dios Padre.
Esta es la mejor forma de vivir la fiesta de la Sagrada Familia, que
pongamos en manos de Dios Padre las cosas que no nos gustan de
los que están a nuestro alrededor.
Que nos esforcemos por no hacerles notar nuestros disgustos,
sino más bien, para hacer la vida agradable a todos. Esa será la
mejor forma de presentar ese gran regalo a Dios que, como la Sa-
grada Familia, hará que funcionemos mejor y nos tendrá preparado
un gran espacio en el Cielo.

Reflexión:
Señor, que se nos ensanche el corazón y la cabeza para servir, servir
y servir. Para hacer una gran labor en nuestra familia, para acercar
a todos más a Dios.

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69
1 ENERO
Corazón, ojos, manos de una madre
Octava de Navida. Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Nm 6, 22-27 / Sal 66 / Ga 4, 4-7 / Lc 2, 16-21

P. SANTIAGO - COLOMBIA

En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, contemplemos su corazón


inmenso donde caben todas nuestras cosas. Sus ojos que te acarician cuando te
ven; sus manos que te sostienen en los momentos en que piensas desfallecer y su voz
que te llena de esperanza y ganas de luchar por amor. A Ella nos encomendamos
al empezar este nuevo año.
Voy a hacer este rato de oración con este villancico (se escucha
música), cantado por una agrupación de jóvenes que se llama “Pen-
tatonics”.
Hoy es un día muy especial, es un día de fiesta, un día de mucha
alegría porque es el día en el que los cristianos celebramos la so-
lemnidad de santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.
“Y quería, Jesús, en estos 10 minutos -aparte de ir haciendo la ora-
ción con esta música de fondo-hacer un ejercicio un poquito lanza-
do, algo lleno de confianza y que no nos escuche Tu Madre porque
se puede sonrojar un poco… Sé que sería muy arriesgado pregun-
tarle a alguien: oye, ven cuéntame de tu mamá. Pero te quiero pre-
guntar puntualmente, por el corazón, por los ojos, las manos y la
voz de Tu madre.
A ver, cuéntame cómo era el corazón o cómo es el corazón de Tu
madre o cómo son los ojos, las manos, la voz de Tu mamá”.

PENSANDO EN MI MADRE
Podemos (como tantos hacemos la oración este día con estos au-
dios de 10 min con Jesús) pensar: Mi madre ya no está en esta tierra,
pero la recuerdo. Recuerdo su corazón, sus ojos, su mirada, su voz.
Y ¿por qué no? Que todos hagamos la oración pensando también
en nuestras madres.
¿Por qué se me ha ocurrido hoy hacer la oración pensando en
esto? Queriendo contarle a Jesús cómo me imagino yo el corazón,
los ojos, las manos y la voz de mi Madre santa María, mi Madre del
Cielo”.
He leído un libro muy bonito que se llama “Querido Lucas”. Habla
de un escritor que reúne unas cartas recibidas de los apóstoles y
algunas santas mujeres; y Lucas, que es quien recibe esas cartas
y luego las publica, va contando los detalles que reciben en esas
cartas y él pregunta puntualmente por las manos, el corazón, la mi-
rada, la voz, los sentimientos...

70
LAS CARTAS...
Me voy a guiar con este libro. Mientras tanto, vamos escuchan-
do de fondo otra canción “What Child is this”, de Andrea Bocelli en
su disco de villancicos. Es bellísima esta canción, en alguna parte
dice: Qué Niño es este que descansa en el regazo de María, así co-
mienza.
Y más adelante dice: Este es el Cristo Rey, a quien resguardan
los pastores y cantan los ángeles. Hoy podemos hacer oración con
música y con todo, porque es un día de fiesta muy grande, muy es-
pecial.

UN CORAZÓN INMENSO
“Señor, pero no puedo olvidar que estoy hablando contigo ¡10 mi-
nutos con Jesús!”. La carta que habla del corazón la escribe San
Juan. Yo me quiero fijar solo en un detalle de esa carta. Dice: “Maria
es muy sensible, tiene un corazón inmenso...”.
Y un corazón grande se ocupa de muchas cosas. Cualquier cosa
le afecta un montón, porque la guarda en su corazón.
Así era el corazón de María, corazón de nuestra Madre, hoy es su
fiesta solemne: Santa María, Madre de Dios.
“Y Jesús, yo le quiero pedir hoy a la Virgen, Madre, que nos dé un
corazón a su medida. Que nos olvidemos de lo nuestro para llenar
su corazón; que lo vaciemos de nosotros mismos y que nuestro co-
razón sea para nuestra Madre, un corazón útil, generoso, servicial.

ACARICIA CON SU MIRADA


Ahora me voy a detener en los ojos. La carta la escribe María de
Cleofás, una de esas mujeres que acompañaban a Jesús a todas
partes y que estuvieron tan cerca también de María Santísima.
Dice: “No sabría decirte de qué color son los ojos de Maria y si son
grandes o pequeños, oscuros o claros. Enclavados en el fondo de su
rostro o saltones, parece mentira”. Luego dice: “Los ojos de María
cambiaban en función de lo que miraba o, mejor todavía, puede que
los ojos de María te hicieran contemplar lo que ella acariciaba con su
mirada”.
Lo que ella acariciaba con su mirada... y vamos pensando, si no-
sotros tenemos una mirada limpia, si de nosotros se puede decir
también lo mismo, que todo lo que miramos lo acariciamos porque
nos ennoblece el corazón, nos ennoblece nuestro mundo interior,
nos ennoblece la vida y son cosas que también puede ver y con-
templar Jesús dentro de nuestro corazón.

HAGAMOS NUESTRA ORACIÓN


Vamos haciendo esta oración del corazón. Que nos salga del co-
razón: “Sus ojos acariciaban todas las cosas, especialmente los cora-
zones sufrientes”.
71
Ahora que estamos haciendo oración, si tú tienes el corazón un
poquito así, que sepas que María lo mira y lo acaricia.
“Nada se le escapaba a Maria, aún lo más mínimo lo descubría sin
que te dieras cuenta; sin embargo, nunca te sentías vigilado por Ma-
ría”. Vamos sacando también punta a todas esas cosas: que no que-
ramos estar controlando a las personas, que las dejemos en liber-
tad.
“Conseguía mirarme y que mi alma encontrara un poco de paz. Solo
ella sabe mirar sin juzgar, comprendiendo, haciéndose cargo inme-
diatamente, diciendo lo que nadie sabe decir”.

SUS OJOS TRANSMITEN ESPERANZA


“A sus ojos todo es más comprensible, más proporcionado y menos
dramático. Parece que sus ojos transmiten esperanza”.
Jesús, que este año que comienza, nuestros ojos transmitan es-
peranza. Esa esperanza de nuestro corazón que se ha llenado de
luz en estas navidades, desde el día 24 en la noche.
Así fue uno de los mensajes que recibí, me pareció muy bonito:
“Que la luz que recibimos en estas navidades, nos llene de esperanza
para el próximo año”.
Como los ojos de la Virgen, que transmiten esperanza, transmiten
la confianza de que todo saldrá bien.
Hay una parte que habla de los ojos de María, pero en un sitio muy
concreto: el calvario: “En el calvario su mirada era más profunda que
nunca. Parecía que miraba detrás de la Cruz; más allá, al Cielo. Y que
veía algo que, sin ahorrarle las lágrimas, la llenaba de esperanza”.

CUANDO TE MIRA, VE TU CORAZÓN


Cuando María te mira, es como si viera a tu corazón reflejado en
sus ojos. Sabes perfectamente que te conoce, que se hace cargo,
que trata de llevar por ti tu dolor, tu preocupación o tu alegría.
Pero esa mirada hace que cambie poco a poco tu ánimo y que te
llenes de paz y de los mejores deseos.
Esta carta es preciosa, me quedé con muchos de los detalles.
La carta que habla de las manos, la escribe la mamá de Dimas,
el buen ladrón. En algún momento cuenta que está por desfallecer
y hay una mano que la agarra, que la sostiene y es la mano de una
mujer, es la mano de María, santa María (habla precioso de esa
mano que la sostiene, que nos sostiene a nosotros también).

SUS MANOS, NOS SOSTIENEN


Dice: “Sus manos lo decían todo. Eran pequeñas, suaves con los de-
dos largos, no eran las manos de una princesa. María había limpiado
muchas veces la ropa y había amasado el pan con toda seguridad.
Eran manos curtidas. Aunque preciosas, eran las manos de una rei-
na”.
72
Finalmente Señor, podemos seguir contemplando nosotros en el
silencio de la oración las manos de la Virgen, pero yo tengo que se-
guir, ahora me detengo en la voz.

SU VOZ, LA MELODÍA PERFECTA


El que habla de la voz de María es el Arcángel san Gabriel. Dice
lo siguiente: ”La voz de Maria es una de las mejores maravillas del
Señor. El Señor probando todo tipo de sonidos, hasta que dio con la
melodía perfecta, el tono más suave y la vibración adecuada.
Cuando oyes a María, todos los demás sonidos desaparecen o, mejor
dicho, se integran en esa canción que son cada una de sus palabras”.
Y cuando habla de que Maria pronuncia un nombre, dice lo siguien-
te: “Es como una caricia de madre oír tu nombre dicho por Ella. Hay
un nombre que reluce sobre todos los demás y es que cuando María
habla de Jesús, parece como si se hiciera el silencio y a la vez lo dijera
todo en esa palabra.
Su Jesús, con qué cariño habla de Él, narra sus conversaciones y
relata su infancia”.

¡QUÉ MARAVILLA COMENZAR ASÍ!


Hoy, en esta fiesta tan especial del comienzo del año ¡qué mara-
villa comenzar el año así! Pensando en nuestra Madre, escuchando
a nuestra Madre, viendo su corazón, sus manos, sus ojos...
Vamos a pedirle a nuestra Madre, que nos acompañe y que esté
muy cerca de nosotros.
Y no quería terminar sin honrar y darle toda la gloria al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo por habernos dado a una Madre, unida de
nuestro linaje humano, de nuestra condición humana.
Darle gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por su belleza, por
su santidad incomparable y por estar pendiente de nosotros, sus
hijos de la tierra.

Reflexión:
Virgen María, Madre mía, dirige a nosotros tu mirada, que nos aca-
ricien también tus manos y que nos conserves en tu corazón.

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73
2 DE ENERO
Ser testigos de la luz
San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno. Obispos y doctores de la Iglesia
1 Jn 2, 22-28; / Sal 97; / Jn 1, 19-28

P.JUAN CARLOS– ECUADOR

En el Evangelio de hoy, nos encontramos la presentación de San Juan Baustista y


de cómo él responde a quienes le preguntan con muchas dudas sobre su procedencia;
a lo que San Juan responde: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Enderecen el
camino del Señor, como anunció el profeta Isaías”.
El día de hoy, la Iglesia nos propone un Evangelio de san Juan,
para seguir profundizando en la vida de Juan el Bautista, justo al
día siguiente de empezar el año; después de haber celebrado esta
solemnidad de “Nuestra Madre la Virgen Madre de Dios”. Y nos en-
contramos enseguida con esa pregunta… (de hecho así comienza
el Evangelio):
“En este tiempo, Juan dio el testimonio de cuando los judíos en-
viaron sacerdotes y levitas de Jerusalén, para preguntarle ¿quién
eres tú? y él confesó: “Yo no soy el Mesías.” Entonces, ¿quién
eres? le preguntaron, ¿eres Elías? Juan dijo: “no”. ¿Eres el profe-
ta? Tampoco, respondió. Ellos desistieron y preguntaron: ¿quién
eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han en-
viado? ¿qué dices de ti mismo? y él les dijo: “yo soy una voz que
grita en el desierto: allanen el camino del Señor como dijo el pro-
feta Isaías.” Algunos de los enviados de los fariseos volvieron a
preguntarle ¿por qué bautizas entonces si tú no eres el mesías, ni
Elías, ni el profeta? Y Juan respondió: “yo bautizo con agua, pero
el que vendrá será alguien al que ustedes no conocen… Él viene
después de mí y yo no soy digno de desatar la correa de su sanda-
lia” (Jn 1, 19-27).
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán donde Juan
bautizaba. “Yo soy la voz que grita en el desierto”, dice San Juan a
los que le preguntan. San Juan Bautista dice con claridad: “No soy
Él, no soy el mesías, no soy el enviado, no soy Elías, no soy el profe-
ta,” pero da con claridad un anuncio de que vendrá ese testigo de
la luz.

EJEMPLO, TESTIMONIO QUE ARRASTRA


Tú y yo somos también testigos de la luz. “Si estamos hacien-
do estos 10 minutos de oración contigo Jesús, es porque también
queremos ser testigos de Tu luz; queremos también prepararte el
camino Señor y por eso te pedimos que nos ayudes a ser buenos
testigos”.
Habrá que examinar y darle vuelta a las cosas en donde, a veces,
nosotros no solemos dar tan buen ejemplo…
“Yo soy la voz que grita en el desierto, enderecen el camino del
Señor, como anunció el profeta Isaías”.
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Otra versión se puede leer, esta variante señala:
San Juan Bautista era un predicador al aire libre, metía mucho
ruido, atraía a mucha gente. Sabemos que bautizaba en el río Jor-
dán, tenía sus seguidores y, claro, eso debe haber preocupado a las
autoridades. Por eso, san Juan Bautista critica el poder dominante
de los romanos.

SAN JUAN BAUTISTA


Como sabemos, más adelante, Herodes lo meterá en la cárcel y
le entregarán su cabeza en un azafate. También se nota que a las
autoridades religiosas no les gustaba su insistencia en “el pedir
perdón por los pecados”, que era lo que predicaba el Bautista.
Es por esto que le envían a este grupo de personas para hacerle
algunas preguntas insidiosas: ¿quién eres tú? A lo que él primero
les dice, lo que no es: No soy el mesías, ni Elías, ni el profeta; que
era lo que todos esperaban oír.
Luego de esto, les dice lo que es: “yo soy la voz que grita en el de-
sierto, enderecen el camino del Señor”.
San Juan Bautista es como el despertador que anuncia la luz del
nuevo día al Señor, todos los días. Es como un espejo que puede ilu-
minar agujeros profundos, secretos oscuros, porque puede reflejar
la luz a esos lugares inaccesibles.
Él no es propiamente la luz, no es tampoco la fuente de la luz,
pero puede hacer brillar la luz en la oscuridad y eso es ser testigo
de la luz.
San Juan Bautista es ese testigo humilde que no se da importan-
cia, puede reflejar la luz de Cristo en los corazones de los hombres,
puede contagiar la luz y la vida, cambiar algunas cosas en sus vi-
das, él es el testigo y nos revela que que sabe de Dios y del amor.
Que sabe de la fuente y de cómo se calma la sed de felicidad que
hay en el ser humano.
Dios ilumina la vida del Bautista, se ve en su manera de vivir y de
creer es un testimonio; no habla mucho, pero es una voz que comu-
nica lo que a él, le hace vivir. No dice cosas sobre Dios, pero conta-
gia algo. No enseña doctrina religiosa, pero invita a creer: “Él es el
verdadero testigo de la luz”.
La vida del testigo atrae, despierta el interés, contagia la confian-
za en Dios, libera de miedos, abre siempre caminos. Es justamente
lo que hace el Bautista, allana el camino al Señor.
Hace algún tiempo, el Papa Paulo VI decía que: “hoy la gente no
busca maestros sino testigos” y también decía: “a nuestra Iglesia le
sobran documentos y le faltan testigos”.

TESTIGOS DE LA LUZ
En estos 10 minutos de oración Señor, te pedimos que este nuevo
año nos hagas testigos; queremos ser testigos de la luz y para ser
testigos sabemos que tenemos cada uno que cambiar algo…
75
A alguno le vendrá bien sonreír, más a otro, desarrollar la pacien-
cia. A otro dar testimonio comportándose más cristianamente en
su trabajo, poniendo esfuerzo para portarnos bien a pesar de que
no tenemos ganas de responder con una sonrisa a los cargantes y
pesados, que a veces nos molestan.
Estar dispuestos a ayudar a esas personas que necesitan ayuda,
pese a que nosotros no tengamos tiempo. Eso es ser testigos de la
luz.

SANTA TERESA DE CALCUTA


Contaba Santa Teresa de Calcuta, que estaba visitando a una viu-
da pobre llevando arroz y frijoles y esta viuda pobre con sus tres
hijos, vivía en absoluta necesidad y no habían comido nada durante
los últimos días.
“Tan pronto como recibió el arroz”-contaba Santa Teresa-“tomó una
parte y corrió hacia una cabaña cercana”.
A su regreso la Madre Teresa le pregunta: ¿dónde fuiste? y ella
respondió: “hay un anciano musulmán que vive en esa cabaña que no
tiene a nadie, no ha comido nada durante varios días y quería com-
partir con él, algunas de nuestras bendiciones”.
Luego de esto, la Madre Teresa dijo: “Aprendí lo que es el corazón y
la mente de Jesús”. A partir de esa acción de la propia pobre viuda,
ella era testigo de la luz y nosotros tenemos que ser también testi-
gos de la luz, en nuestro propio lugar de trabajo, en nuestra propia
familia.
“Señor Jesús, te pedimos esa alegría para transmitir Tu buena
nueva. Que estas fiestas de inicio de año, en que todo el mundo
desea bienes y todo es prosperidad, tengamos nosotros claro, que
lo que más va a cambiar al mundo, es nuestra actitud de testigos,
no de jueces implacables sobre lo que está bien o está mal. Sino de
testigos de la luz, que reflejan esa alegría del Evangelio.
Tú y yo, sí que podemos ser de estos testigos que remueven los
corazones, porque son atractivos. Más atrae una gotita de miel, que
un barril de hiel. Y esa gotita de miel, será a veces tu sonrisa, pasar
por alto algo desagradable de los demás, tener paciencia para no
corregir con cólera, para decir las cosas con alegría, para decir las
cosas con paz y sencillez.
Hoy terminamos este rato de oración pidiéndole al Señor, que nos
ayude a ser también como san Juan Bautista, que era testigo de la
luz.
Señor, acudimos al terminar este rato de oración. Te pedimos que
nos ayudes a ser testigos de la luz; que sepamos llevar a Tu Hijo a
todas partes. Que sepamos hacer que los demás tengan esa admi-
ración por la vida del cristiano.

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Reflexión:
Señor, ayúdame a ser testigo de tu luz. Que cuando me vean, no me
vean a mí, que te vean solo a Ti.

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77
3 DE ENERO
Jesús, ¡ese sí es Nombre!
Feria del Tiempo de Navidad. Santísimo Nombre de Jesús
1 Jn 2, 29-3,6; / Sal 97; / Jn 1, 29-34.

P. JUAN - CHILE

En el ADN van muchas cosas de la vida… pero en el nombre más. Muchas más, si
es el nombre con que nos llama Dios mismo a la existencia.

REZAR CON EL CORAZÓN


Hoy día sí que estamos haciendo algo importante: Rezar. Hay tan-
tas cosas para hacer. Seguramente, cada uno de nosotros o varios
miles de personas, distintas agendas, distintas circunstancias.
Con el corazón, mirar a Jesús, esto es muy importante, esto cons-
truye nuestra familia, esto construye nuestro país, esto aporta.
Son muy grandes estos 10 minutos, así que aprovechemos para
mirar al Señor, aprovechemos para decirle lo que queramos decirle.
Por ejemplo: “Jesús te quiero” (eso es algo muy grande) o “Señor te
pido por tal persona. Señor te pido por esto que voy a trabajar hoy
día, igual que ayer seguramente, pero hoy es hoy Señor, ¡ayúdame!”
Esto es muy grande, lo que estamos haciendo ahora, si rezamos,
si de verdad rezamos.

EL NOMBRE DE JESÚS
Hoy también, celebramos así, litúrgicamente en la Iglesia, el san-
tísimo Nombre de Jesús. Tantas veces que decimos este nombre,
¡ojalá lo digamos siempre! Se lo podemos decir ahora al Señor: “Je-
sús, me encantaría decir siempre Tu nombre con corazón, con fuer-
za, con cariño, con fe”.
Es el nombre que Dios mismo, Dios Padre -a través de un emisa-
rio- el ángel Gabriel, le indicó a la Virgen María en la Anunciación:
“este va a ser el nombre”, también san José lo supo y él sería quien
le pondría el nombre.
No me acuerdo exactamente en qué fiesta (en alguna fiesta de
la Virgen), pero quizá te ha sucedió alguna vez en la santa misa,
cuando se lee: “…cuando se acercaron los apóstoles al Señor y le
dijeron: -Señor enséñanos a rezar…” y se va leyendo el Evangelio
y el sacerdote va leyendo el Padre Nuestro (típico, la respuesta de
Jesús).
Quizá te ha pasado, alguna vez, que el sacerdote está leyendo,
nos está leyendo y llega a esa parte donde termina la primera par-
te del Padre Nuestro y, a veces, alguien medio despistado (si es en
un colegio de niños) es muy probable que empiece: “… danos hoy
nuestro pan de cada día…” Da un poco de risa.
Alguna vez me pasó el año pasado, el 2019, que estando en un
colegio (no me acuerdo qué fiesta de la Virgen era), pero había una
78
oración dirigida a la Virgen, en que le íbamos diciendo un montón
de cosas bonitas.
Y llega un momento, (y aquí sintonizaban los niños con las pala-
bras que iba diciendo el sacerdote era una oración, pero no estaba
rezando un Ave María) estaba diciendo una oración de la misa y en
algún momento me acuerdo haber dicho esto: “bendito es el fruto
de tu vientre”.
Y… se encienden los niños -por decirlo así- como que levantan un
poco la cabeza, se abren un poco los ojos y empiezan: “Santa María,
Madre de Dios…”, empiezan no sé cuántos enanos... y no tan enanos
también, que estaban medios despistados; un poco de reflejo de
tantas veces rezar el Ave María.
Al llegar a esta parte: “…y bendito es el fruto de tu vientre…”, le de-
cimos a la Virgen: el nombre de este fruto bendito: Jesús.

DIOS NOS LLAMA POR NUESTRO NOMBRE


Hoy cuenta san Lucas (y nos sirve para mirar al Señor, para irle pi-
diendo cosas): “Cuando se cumplieron los ocho días para circunci-
dar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado
el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron los días de
la purificación” (la purificación de la madre, ese rito religioso judío)
“según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén
para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del
Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y, para
entregar la oblación, como dice la ley del Señor, un par de tórtolas
o dos pichones” (Lc 2, 22-24).
Ese es el nombre de nuestro Señor. El nombre, el apelativo, aque-
lla palabra, aquella expresión, con la que se llama a una persona.
El nombre, esa palabra con la que se hace la llamada, la vocación.
Ese nombre lo pone Dios y quizá ahora podemos decirle: “Señor,
menos mal que eres Tú el que me llama. Menos mal que eres Tú in-
finitamente cariñoso, infinitamente sabio, infinitamente bueno, el
que me llama, el que me conoce más a fondo, el que me dice quién
soy”.
El que, por decirlo así, de un vistazo cariñosísimo, lee mi ADN. No
sólo el ADN, sino el ADN profundo del corazón. “Menos mal que
eres Tú Señor”.
Menos mal… y ahí está el ADN, la llamada, la apelación, el nom-
bre: ¿este Niño quien es? Es Jesús.
“Señor, gracias porque yo también tengo un nombre, un nombre
así de profundo. Un nombre más allá de las pocas letras que com-
ponen el nombre de cada uno, el que está en el carné de identidad.

SIN MIEDO A AMAR


En Panamá, hace algunos meses, decía el Papa: “Te pregunto,
¿crees en este amor? Los jóvenes le decían: -¡Siii! Pregunto otra cosa
(ahora nos puede servir para hacer oración) ¿Crees que este amor
79
vale la pena? Los jóvenes responden: -Sí” (con fuerza). Yo no estaba
ahí, pero algunos de los que están haciendo oración ahora, seguro
que sí.
Y seguía el Papa: “Jesús una vez a uno que le hizo una pregunta,
se la contestó y terminó diciendo: -Bueno, si crees, anda y hace lo
mismo”. Mira lo que decía el Papa a continuación: “-Yo, en nombre de
Jesús, en el santísimo Nombre de Jesús (el que estamos celebrando
hoy) les digo: vayan y hagan lo mismo. No tengan miedo de amar. No
tengan miedo de ese amor concreto, de ese amor que tiene ternura,
de ese amor que es servicio, de ese amor que gasta la vida”.
Eso sí que es vida, podríamos pensar nosotros y decirle al Señor:
“Señor, eso sí que es vida”. La vida vivida, no la vida así, dentro de la
caja -digamos- con envoltorios de plástico, con etiquetas y fechas
de garantía.
¡No, no! La vida vivida, esa sí que es vida, como dice el Papa. Y por
eso, lanzaba a la gente, nos lanzaba a nosotros; “Señor, yo quiero”,
se lo podemos decir ahora.
El nombre de Jesús nos ha interpelado el Papa. A este mismo Je-
sús: “Jesús, yo quiero una vida vivida, yo quiero una vida que se gas-
te, yo quiero Señor gastar mi vida, gastarla con sentido de verdad”.

DAR FRUTOS
Hay unas palabras que le encantaban a san Josemaría, unas pa-
labras de la Escritura. Las decía en latín: “electis meis non labo-
rabunt frustra”; es decir, mis elegidos, los míos, no trabajarán en
vano, los míos no gastarán su vida, no vivirán su vida, no se la juga-
rán en vano.
Porque, a veces, podría ser que uno dijera: -Bueno, esto es remar
en el aire o es sembrar en el mar… Y no se trata solamente de gas-
tar por gastar la vida, no.
Yo quiero gastarla con sentido. Yo quiero vivirla con fruto. Y ahí
están las palabras del Señor: “electis meis non laborabunt frus-
tra”, esto lo dice nuestro Jesús.
No sé si conoces por ahí a alguien que le gusta subir cerros o el
alpinismo. Para el que sube cerros…una mochila bien gastada, (de
esas mochilas de alpinista, grande) es una mochila a la que uno
mira con cariño (no sé si uno mira con cariño una mochila).
Es una mochila trabajada, gastada, rozada. Si uno la vende de se-
gunda mano saca poca plata porque está gastada pero, por ese
mismo estar “gastada”, uno la mira con cariño.
O esa típica mecedora que está en la terraza desde no sé cuántos
siglos. Uno puede pensar: ¿Cuántas tardes allí? ¿Cuántas conver-
saciones ahí?
Gastemos nuestra vida, en nombre de Jesús, con Jesús, eso sí que
vale la pena. Es lo que nos decía el Papa en Panamá a los jóvenes
¡a todos!

80
Hace algún tiempo, justo diez años, decía el Papa Benedicto XVI
en una celebración como la de hoy, hablando del Nombre del Se-
ñor: “este Nombre, que significa “Dios salva” es el cumplimiento de
la revelación de Dios. Jesús es el rostro de Dios, es la bendición para
todos los hombres y para todos los pueblos. Es la paz para el mundo”.
Con la ayuda de la Virgen llevemos esta paz, el Nombre de Jesús
a todos los lugares.

Reflexión:
Señor, ayúdanos a dar frutos, ayúdanos a amar en tu nombre, a gas-
tar nuestra vida con sentido…

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81
4 DE ENERO
Ser apóstoles, llevar a Jesucristo
Lunes de Navidad después de la Epifanía.
1Jn 3, 22-4,6; / Sal 2; / Mt 4, 12-17.23-25

P. JUAN CARLOS – ECUADOR

Al igual que el Bautista, hay que llevar a otros a Cristo. Tu apostolado consiste en
difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia
en el trabajo, profundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día,
obediencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta. Nadie da lo que no tiene
En la primera lectura que nos propone la Iglesia, en la Liturgia del
día de hoy, nos encontramos con la Primera carta de san Juan que
nos expone: “Cómo el vivir como hijos de Dios, es incompatible con el
pecado”.
Y, de hecho, la forma en que san Juan llama a los destinatarios de
esta carta es: “hijos míos”, supone que entre ellos existía una rela-
ción no solo de fraternidad, sino también de filiación. Les dice “hi-
jos míos” porque, les había engendrado en la fe. Había sido el após-
tol de los que reciben la carta, el que les había atraído al Señor.
San Juan es muy dado a la confrontación dualista; habla entre la
luz y la oscuridad; entre el bien y el mal; presenta en contraste las
obras de los hijos de Dios con las obras de los hijos del Diablo. Unos
y otros tienen comportamientos antitéticos, que están contrapues-
tos. Conociendo sus obras, sabremos a quién se ha adherido, ¡Quién
realiza las obras! Por eso dice el texto:
“Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo,
como él es justo. Quien comete el pecado es el diablo, pues el dia-
blo peca desde el principio.
El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo.
Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su ger-
men permanece en él y no puede pecar, porque ha nacido de Dios.
En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo
el que no obra la justicia, no es de Dios, ni tampoco el que no ama
a su hermano” (1Jn 3, 7-10).

NO SE DEJEN ENGAÑAR
Este texto, como hemos visto, comienza con la exhortación a: “no
dejarse engañar”, que es la acción propia de los pseudo-profetas.
No podemos dejarnos engañar por nada ni nadie; ni por las tenta-
ciones que nos alejan de ese proyecto original de Dios, ni por las
seducciones de otros que nos desvían de nuestro camino vocacio-
nal.
Ni siquiera por nosotros mismos y por nuestros egos, porque:
“Todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no
ama a su hermano”.

82
La prueba de nuestra identidad o lo que es lo mismo, de que per-
tenecemos al ámbito de Dios es nuestra forma de actuar, nuestras
opciones y acciones concretas en el amor al hermano.
“Si alguno dice: «Amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un
mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede
amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4, 20).
Ya los profetas anunciaron y denunciaron continuamente esto.
Una buena relación con Dios siempre se traduce en una relación de
amor fraterno hacia los hermanos y viceversa. ¡La idolatría siempre
se traduce en la injusticia y en la insolidaridad! Cuando nos aleja-
mos del prójimo, cuando no nos importa, cuando somos indiferen-
tes.

MIRAR NUESTRAS OBRAS


Y si miramos nuestro comportamiento, podremos determinar a
quién hemos entregado nuestra existencia, nuestro proyecto vital,
¿Quién es el Señor de nuestra vida?
Desde esta perspectiva el Papa Francisco, en esta última Encícli-
ca que se llama Fratelli tutti, ha subrayado que: “no basta con fo-
mentar una mística de la fraternidad sino que, al mismo tiempo, hay
que promover una organización mundial más eficiente para ayudar a
resolver los problemas acuciantes de los abandonados que sufren y
mueren en los países pobres” (Papa Francisco, Fratelli Tutti, 165).
Aquí estamos nosotros, tú y yo. ¿Cómo actuamos frente a aque-
llos que vemos que sufren?

¡VENGAN Y VERÁN!
El texto del Evangelio nos narra la vocación de los primeros dis-
cípulos (en el cuarto Evangelio o sea, en el Evangelio de San Juan,
que se despega un poco de la narración de los otros tres Evange-
lios, que se conocen como los Evangelios sinópticos).
La escena comienza con san Juan Bautista que está acompañado
de dos de sus discípulos, uno de ellos es Andrés, el hermano de Pe-
dro. Del otro no sabemos su nombre. Y el Bautista, al ver a Jesús,
“lo señala” ante sus discípulos como: “El Cordero de Dios”. Lo está
identificando, les está diciendo: ¡Ese es!
Así como es “El Siervo de Yahvé” (Is 42,1-4; 53,1-9). Así estaba
explicado en Isaías, que sería indicado o señalado como, “El que
quita el pecado del mundo”, “El Cordero Pascual”, el Símbolo de
la Liberación, con Su sangre, de la décima plaga y de la salida de
Egipto de la esclavitud (Ex 12, 1-14).
Juan se convierte así -cuando señala a Jesucristo-, en un media-
dor entre los discípulos de Jesús y les ayudará a que reconozcan al
verdadero Cristo en medio de sus búsquedas. Y con eso provocará
el deseo de los discípulos de ir con Él.

83
Por eso se acercan y le preguntan: Maestro, ¿dónde vives? Y la
respuesta de Jesús no es teórica, Él les invita a realizar la expe-
riencia y a recorrer su propio camino. Les dice: ¡vengan y verán!
Nosotros también podemos ayudar a que otras personas conoz-
can a Jesús: cuando ayudamos al prójimo, cuando las demás per-
sonas ven nuestra preocupación sincera de ayuda, de solidaridad...
¡Eso atrae mucho! y hacemos igual que Juan el Bautista: Señala-
mos a Cristo con nuestro comportamiento, ¡con nuestra vida!
Por eso es importante que nos preocupemos porque nuestras ac-
ciones sean positivas, sean buenas. El corazón del hombre es de
tal magnitud que solo Dios puede llamarlo.
Te acuerdas de lo que decía San Agustín: “Nos hiciste Señor, para
Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (San
Agustín).
Por eso, nosotros no podemos matar ni achicar el hambre de
nuestras propias almas y por eso tenemos que convencernos que
nuestro apostolado consiste en difundir: bondad, luz, entusiasmo,
generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, pro-
fundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día, obe-
diencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta… “Porque
nadie da lo que no tiene” (Surco, 927).
“No lo olvides: tanto mejor convencemos cuanto más convencidos
estamos” (Surco, 929).
Eso es lo que le pasó a san Bernardo, -¡Cuánto nos gustaría contar
con otro San Bernardo! Que, cuando se convirtió y entró al conven-
to de monjes Benedictinos, llamado el Convento del Císter, arrastró
a sus hermanos, a sus primos. A gran cantidad de gente que entró
también ahí y, tanto fue así, que durante su vida fundó más de 300
conventos e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos.
Fundó, en concreto, un convento muy importante, que es el “Con-
vento de Claraval” y por eso lo llamaban «El Doctor boca de miel»,
porque sus palabras en la predicación, eran una verdadera golosi-
na para los que la escuchaban.
Tal vez tú, al igual que yo, no tenemos el don de la palabra de san
Bernardo y nos cuesta un poquito más que la gente se acerque,
pero con nuestras obras podemos hacer lo mismo: podemos esfor-
zarnos en que nuestras obras sean atractivas.

JESÚS NOS LLAMA AL APOSTOLADO


Jesús también nos dice a nosotros hoy estas palabras: “Vengan
y verán” ¿A qué lugares acudimos para vivir la experiencia del en-
cuentro con Jesús? Eso lo tenemos que ver. Supuestamente, de-
bería de ser esta oración, estos 10 minutos con Jesús, que debería
ponernos delante de Jesús.
En el relato de vocación vemos cómo en las llamadas a los prime-
ros discípulos aparecen siempre mediadores. Por ejemplo: Juan el

84
Bautista, Andrés… ellos ayudan a identificar la voz de Dios, a des-
cubrir la identidad de Jesús.
En muchas ocasiones, nosotros también necesitamos de la me-
diación de otros hermanos que nos ayuden a distinguir la voz de
Dios en medio de los ruidos del mundo y poder así acudir a Sus
llamadas.
Pero, en otros momentos, nosotros seremos esos “señaladores” o
“indicadores” y ayudaremos a que otros descubran que Jesús está
aquí.
Vamos a pedirle en este rato de oración: “Señor, ayúdanos a ser
más apostólicos, ayúdanos a que, con nuestra generosidad, con
nuestro entusiasmo, con nuestra luz, con nuestra bondad, vayamos
indicando el camino a los demás para que te descubran.
Y ayúdanos a arrancar de nuestra vida las cosas que alejan a los
demás de Dios: nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra rigidez,
nuestra forma de ser dura. ¡Quítanos Señor todo eso! Que sepa-
mos llevarte -como hacia san Antonio de Claraval- con la “Boca de
Miel”; con palabras dulces que realmente ayuden a los demás a
descubrirte”.
Hoy, que llevamos sólo 4 días de empezado el año, podemos pe-
dirle al Señor esta gracia: ¡Que seamos mejores apóstoles! y que
nos dejemos también conducir por otras personas para estar más
cerca del Señor.
Se lo pedimos también a la Virgen María.

Reflexión:
Nosotros también podemos ayudar a que otras personas conozcan
a Jesús. Hagamos igual que Juan El Bautista: ¡Señalemos a Cristo
con nuestro comportamiento! ¡Con nuestra vida!

https://www.youtube.com/watch?v=hFQvkx4Onxk

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5 ENERO
Apariencias
Sábado de la I Semana del Salterio. Feria del Tiempo de Navidad
1 Jn 3, 11-21; / Sal 99; / Jn 1, 43-51

P. FEDERICO - GUATEMALA

Natanael se deja llevar por las apariencias, Jesús le hará cambiar. Que nos cambie
a nosotros también en este final del tiempo de Navidad.
“En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra
a Felipe y le dice: —Sígueme. Felipe era de Betsaida, ciudad de
Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: —Aquel
de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos
encontrado: Jesús, Hijo de José, de Nazaret. Natanael le replicó:
—¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1, 43-46).
Qué bien nos viene darnos cuenta de que los apóstoles son de
carne y hueso…, como nosotros.
Natanael es bueno, pero un poco juzgón como nosotros muchas
veces… Y hoy su juicio se basa en las puras apariencias.

NAZARET
Nazaret es un pueblito pequeño, refundido en las montañas, con
200 habitantes como mucho… No es Betsaida, ciudad marítima (a
orillas del Mar de Galilea), transitada, comercial, “cosmopolita”,
hasta cierto punto.
Y entonces Natanael empieza a comparar Betsaida con Nazaret
“¿de Nazaret puede salir algo bueno?” Pero Felipe sabe que Na-
tanael es bueno…entonces, cuando le replicó: “¿De Nazaret puede
salir algo bueno? Felipe le contestó: Ven y verás”.
“Jesús, que aprenda a no juzgar y a no dejarme llevar por las apa-
riencias… Y ojalá, que como Natanael, cuente con gente al lado mío
que me ayude a no dejarme llevar por esas cosas que se me puedan
meter en la cabeza”.

NO VIVIR DE APARIENCIAS
Porque somos un poco así... Vamos a veces por allí con prejuicios,
viendo un poco de reojo y saltando a conclusiones, con rapidez o
mirando por encima del hombro.
A veces se nos mete tanto, que nosotros mismos empezamos a
vivir de apariencias y actuamos más por la imagen que damos, que
por lo que realmente queremos o lo que realmente creemos.
Lo increíble es que hasta se nos puede meter en lo espiritual…:
vivir de apariencias y, entonces, antes que ser buenos, queremos
parecer buenos… Entonces rezamos o hacemos un buen comenta-
rio para “quedar bien”.
Hasta lo hacemos con nosotros mismos, “rezo porque así me sien-
to bien…”
86
Es curioso cómo podemos llegar a ser, pero hasta nos podemos
dar una apariencia a nosotros mismos. Y es cierto, no vivimos para
“rezar”, sino que el rezo nos une con Dios y nos lleva a ese encuen-
tro personal con Jesús (estos 10 minutos)… Que son para Él.
No tanto para mí, como para Él. Ni tampoco los hago para sentir-
me bien, sino para agradarle a Él. Un encuentro personal con Jesús,
como el que va a tener Natanael gracias a Felipe…
Lógico, si yo noto que me dejo llevar por las apariencias hasta en
lo espiritual, la solución no es dejar de rezar, sino aprender a rezar
bien, porque, como dicen, “no hay peor Avemaría que la que no se
reza…” o sea, a rezar, pero a rezar bien.

EL MUNDO AL REVÉS
Estamos todavía en el tiempo de Navidad y creo que, si hemos
observado bien el Nacimiento, el Belén, nos hemos dado cuenta de
que es “el mundo al revés”.
Hay que mirarlo. ¡Es el mundo al revés! El Autor de todo, sin el que
nosotros no existiríamos, hecho Niño pequeño, para caber en nues-
tras manos pecadoras.
El Rey de reyes: pobre. El Señor de lo creado: sin un rincón de Su
creación donde poder dormir cómodamente. El Maestro, sin poder
pronunciar una sola palabra… Nada de apariencias… Jesús no las
necesita… Nosotros tampoco.
“Jesús que yo aprenda esa lección de Ti en esto último de la Na-
vidad. Que yo aprenda a no dejarme llevar por las apariencias y a
tratar bien a todos y a querer bien a todos”.

PASAR LA NOCHE CON LA SAGRADA FAMILIA


Fray Junípero Serra (gran misionero, franciscano, de las tierras
estadounidenses), junto con otro hermano franciscano, “había sali-
do con suficiente agua y pan para un día.
Llevaban ya dos días de camino por un desierto de cactus y espinos
y habían empezado a desanimarse cuando, a punto de ponerse el sol,
vieron en la distancia tres grandes álamos, muy altos.
Fueron hacia allá. Encontraron a un amable mexicano vestido con
pieles de oveja, que les saludó cortésmente. Entraron en su casa, lim-
pia, sencilla, agradable.
La esposa era una joven muy bonita que preparaba unas gachas
al fuego. El hijo, apenas un bebé, jugaba en el suelo con un pequeño
corderillo. La cena fue una delicia: por la comida, por la compañía,
por la conversación...
Después de la cena, hicieron sus rezos y se fueron a dormir. A la
mañana siguiente, no encontraron a nadie en el lugar y, suponien-
do que habían salido a trabajar, los misioneros dejaron, en silencio y
agradecidos, aquel hogar…

87
Cuando llegaron al convento, a pie y sin provisiones, los frailes los
recibieron asombrados: les parecía imposible que hubieran podido
cruzar una extensión tan grande de desierto.
Les hablaron de la familia de los tres álamos. Sitio conocido, pero
nadie conocía a aquella familia. Fueron a ver el lugar todos y estaban
los 3 álamos, pero ni rastros de casa, ni de familia…
Entonces, el padre Junípero cayó en la cuenta de lo que había suce-
dido: se echó al suelo besando la tierra y confesó estar seguro de ha-
berse hospedado, la noche anterior, con la Sagrada Familia. La dul-
zura de la madre, la ternura de aquel niño y la hospitalidad del padre,
le habían llamado poderosamente la atención…”.

MANTENER LA CARIDAD FRATERNA


Estamos terminando el tiempo de Navidad: tratar a todos como
los trataría la Sagrada Familia,… Que Dios nos pide esto: no dejar-
nos llevar por las apariencias. Cómo lo habríamos tratado a Él o
cómo nos gustaría, como desearíamos haberle tratado a Él si hu-
biéramos estado en Belén en aquella época.
Como dice la Carta a los Hebreos: “Mantengan la caridad frater-
na. No olviden la hospitalidad, gracias a la cual algunos, sin sa-
berlo, hospedaron a ángeles…” (Hb 13, 2).
Imagínate lo que tú y yo podríamos llegar a hacer.
Jesús no se deja llevar por las apariencias, porque conoce los co-
razones…
En el Evangelio, la escena de Natanael sigue: “Vio Jesús que se
acercaba a Natanael y dijo de él: —Ahí tienen a un israelita de
verdad, en quien no hay engaño. Natanael le contesta: —¿De qué
me conoces? Jesús le responde: —Antes de que Felipe te llamara,
cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael respondió: —
Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 47-49).
Es curioso…: empezó con un juicio basado en apariencias y acaba
llamándole ¡Hijo de Dios!
Se lo podemos pedir a nuestra Madre que siempre nos puede con-
seguir todos estos pasos espirituales. Nos los puede facilitar, nos
los puede conseguir ella.
Madre Nuestra, te pedimos que nos ayudes a no dejarnos llevar
por las apariencias y a ir a ver a tu Hijo, para que nos quite, a no-
sotros, todos los prejuicios y todas esas cosas que se nos pueden
meter en el corazón y en la cabeza y que tanto nos pueden llegar a
separar de los demás.
Madre nuestra, en tus manos dejamos este cambio, esta última
lección de la Navidad.

Reflexión:
Jesús, que yo aprenda a no dejarme llevar por las apariencias y a
tratar bien a todos y a querer bien a todos.
88
6 DE ENERO
No tengamos miedo, es Jesús
Miércoles de Navidad después de la Epifanía.
1 Juan 4, 11-18; Salmo 71; Marcos 6, 45-52

P. RICARDO – PERÚ

Después de haber multiplicado los panes, vemos a Jesús caminar sobre las aguas.
Los apóstoles que están en la barca tienen miedo, pero Jesús los anima a no temer
porque Él está allí. Jesús nos invita a confiar en que es Dios y, por tanto, puede
más a pesar de los obstáculos o de nuestros pecados.
San Marcos nos cuenta en su Evangelio una escena que quería
traer hoy en nuestro rato de oración, para meditar y para aprender
qué significa ser discípulo de Cristo.
Dice el evangelista que en esa ocasión, nuestro Señor, después
de haber saciado a más de cinco mil hombres, con la multiplicación
de los panes y peces, les dice a sus discípulos que ya es tarde; por
tanto, que suban a la barca. Pero les dice que se adelanten.
Se dirigían hacia la orilla de Betsaida, “mientras Él despedía a la
gente” (Mt 14, 22).
Ya en esto encontramos una enseñanza y es que el Señor piensa
en nosotros, porque Él estaría cansado. Él estaría cansado de ha-
blar con tanta gente, de esos milagros, porque el Señor es perfecto
Dios y perfecto Hombre, por tanto, también se cansaba.
No obstante, Él les dice a los apóstoles, suban ustedes a la barca
y yo ahora los alcanzo. Y entonces “después de despedir a la gente,
Jesús se retira a orar”. (Segunda enseñanza del Señor.)
No importa lo cansado que Él está, incluso diríamos que es apre-
miante; es importante ir a ver a sus discípulos que están allí espe-
rando. Jesús tiene la necesidad (el que es hijo de Dios), de retirarse
a orar.
“Qué bonita enseñanza la que nos deja Jesús, de saber ver qué
es lo importante”. Y a veces la oración no parece que fuera lo más
importante porque tenemos otras cosas más delante de nosotros,
delante de nuestros ojos y todas ellas preocupaciones buenas, líci-
tas y a veces pensamos: ponerme a rezar ahora… no me da tiempo.
Será porque nos hemos planteado hacer todos los días un rato de
oración o porque nos gusta o queremos hacer oración. Queremos
hablar con Dios, pero vemos que, de pronto, las actividades, el tra-
bajo, el estudio, son cosas que nos ahogan.
Y uno dice: no, no tengo tiempo para rezar…. “Y Tú Señor te bus-
cas un tiempo; que el resto, espere...”
Yo necesito hablar con mi Padre…. Y así hace el Señor.
Entonces el tiempo pasa porque el Señor despide a la gente, les
dice a los discípulos: apúrense y súbanse a la barca porque ya es
de noche; pero, por lo visto, nuestro Señor se queda un buen rato
rezando.
89
“Entonces llegada la noche”, nos dice San Marcos, “la barca es-
taba en mitad del mar y Jesús solo en tierra” (Mc 6, 47). No sabe-
mos si los apóstoles decidieron avanzar o que, de pronto, el viento
o la tormenta los fue llevando; los fue alejando de la orilla. La cosa
es que estaban a mitad del mar…
Continúa el relato: “Viéndolos fatigados de remar, porque tenían
viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue
hacia ellos andando sobre el mar e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma
y dieron un grito porque todos lo vieron y se asustaron” (Mc 6, 47-
50).
Cómo no se iban a asustar de ver a un hombre caminar por el mar
(en este caso era un lago, ellos le llaman mar a un lago). Se asustan
ellos, no reconocen al Maestro, all menos, personalmente.
No puedo dejar de ver un buen humor, el buen humor de Jesús,
porque dice: “que hace el ademán de pasar de largo…”, diríamos
“se hace el loco” y ellos se sorprenden y los asusta de ese modo.
Pero Él habló enseguida con ellos y les dijo: “-ánimo, soy yo, no
tengáis miedo” (Mc 6, 50).
Estas palabras el Señor nos las repite siempre: “no tengáis mie-
do”. No tengamos miedo porque estamos con Él, somos de Dios. Y,
de hecho, los apóstoles le reconocen por la voz, por Sus palabras,
que les dice: “soy yo, el Maestro, Jesús, no tengan miedo”.
Entonces ellos se calman, “Jesús entró a la barca con ellos y el
viento amainó”. Se tranquilizaron, se tranquilizó la naturaleza. Ellos
estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de
los panes, porque tenían la mente embotada.
Sí, no habían podido entender ¿cómo era posible que nuestro Se-
ñor haya multiplicado los panes de unos cuantos panes y peces?
Ahora, no entienden cómo ha podido caminar sobre las aguas.
Y es que nuestro Señor manifiesta Su ser y Su poder; es decir,
¿quién es? Él es Dios. Y así vemos, como nos dice un autor ecle-
siástico: Orígenes: “Jesús prefería proclamarse y manifestarse como
Cristo con Sus actos más que con Sus palabras”.
El Señor hace milagros, el Señor camina sobre las aguas y de ese
modo manifiesta Su Divinidad.
A veces tú y yo podemos querer un milagro de esos, como los que
han visto los apóstoles u otros milagros de ese tipo que se dan hoy
en día por intercesión de los santos y que luego permite que pue-
dan ser llevados y proclamados santos o beatos.
“Pero Tú Señor haces muchos milagros sin que nosotros nos de-
mos cuenta. Son esos milagros de la gracia”.
Cómo nos gustaría Señor que hagas en nosotros esos milagros
de hacernos ver. No únicamente porque estemos ciegos o porque
tengamos miopía o hayamos perdido la vista, sino que nos abras
los ojos del alma.

90
Para ver, por ejemplo, en las demás personas a otros Cristos; para
querer a todas las personas con las que vivimos a nuestro alrede-
dor; para que no haya esas diferencias, esos rencores.
En nuestro mundo encontramos mucho rencor. A veces en la fa-
milia, en el puesto de trabajo, en el barrio...
El Papa Francisco, de vez en cuando, arremete contra esto, dice:
“el chismorreo, cuánto daño puede hacer, porque no vemos con los
ojos de Dios”.
Y por eso pidámosle al Señor que abra nuestros ojos y nos ayude
a mirar a todas las personas que son hijos de Dios; que somos hijos
de Dios.
También que nos abres los ojos para poder ver lo que Tú quieres
de nosotros, para mostrarnos el camino, hacia dónde vamos Señor.
¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres que haga?
A lo mejor, será que mejoremos nuestro comportamiento. Que
nos tomemos más en serio nuestra vocación de cristianos, de hijos
de Dios. Que dejemos alguna mala costumbre, un defecto.
Otras veces será caminar y es justamente tomar la iniciativa, la
decisión de abandonar todo aquello que me ata al pecado y cami-
nar, por ejemplo, a la parroquia, a la Iglesia a confesarme o caminar
para ir a la misa “o a lo mejor voy a misa más tarde… o ya me dio
flojera… es que no me siento muy bien… “.
“Ayúdanos Señor a caminar para encontrarte.”
Y por supuesto, esos dos grandes milagros como son, en efec-
to, en la confesión (sobre todo cuando uno se confiesa después de
haber estado en pecado mortal, grave, uno vuelve a la vida) y ese
gran milagro de la Eucaristía, el milagro más grande que hay sobre
la tierra.
“A veces podemos querer presenciar un milagro, justamente,
como los que hiciste Tú Señor: la resurrección de la hija de uno o el
hijo de la viuda de Naím o la multiplicación de los panes…” Pero to-
dos los días, en esta tierra, el milagro más grande es la Eucaristía.
Vamos a aprender de esta escena, en la que Tú Señor te manifies-
tas como Dios pero, sobre todo, que cuidas de los Tuyos.
El Señor les dice: “no tengan miedo, soy yo”. Y esto nos lo dices
Tú, a cada uno de nosotros: que no tengamos miedo.
“Dejas que tus discípulos peligren un momento para que sean
fuertes, para que sobre todo aprendan a confiar en Ti y menos en
sus propias fuerzas.
Ayúdanos también a nosotros a confiar más en Tu gracia, que ten-
gamos más fe y que te amemos más”.

91
Reflexión:
¡Qué yo vea con tus ojos Señor! Ayúdanos a caminar para encontrar-
te…

https://www.youtube.com/watch?v=qEZWPxKW6A4

92
EPIFANÍA
Reyes Magos
EPIFANÍA. ESTA SOLEMNIDAD SE PUEDE CELEBRAR EL 6 DE ENERO O EL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE
NAVIDAD. Domingo, Epifanía del Señor
Is 60, 1-6 / Sal 71 / Ef 3, 2-6 / Mt 2, 1-12

P. FEDERICO – GUATEMALA

Todos, como los Reyes Magos, hemos visto La Estrella. Perseveremos en nuestro
camino sin apartar la mirada de ella, a pesar de las dificultades en nuestro empeño
por buscar a Jesús, por nunca abandonarle. Los “tesoros” que nos ofrece la vida no
se comparan con el Tesoro de la cuna de Belén.

EPIFANÍA
Hoy es Epifanía. Los últimos días hemos visto cómo nace el Se-
ñor. Empieza su paso por la tierra y el único testigo es una estrella
que comienza a brillar en Oriente.
Habían transcurrido siglos de espera, profecías que se acumula-
ban... Y la creación, ante la llegada de su Creador no se inmuta. No
hay espectáculo... Sí, en cambio, hay trabajo: observar las estrellas,
estudiarlas. De allí vino el ver La Estrella.
Como cuando tú y yo nos encontramos por primera vez con Dios.
No me refiero al hecho de haber sido bautizado o que nos enseña-
ran a rezar desde pequeños, sino se cae en la cuenta, ver, sentir, su
cercanía: el auténtico encuentro con Dios, el descubrir en carne
propia la relación íntima y personal con Jesús.

EL ENCUENTRO
Ese momento especial en que le descubrimos, en que sentimos
su llamada. Y no hablo de cosas raras: en la vida ordinaria, en nues-
tro trabajo, estudiando, tal vez. Sin espectáculo; en todo caso, la
conmoción fue por dentro, porque Dios toca el alma.
Vimos esa estrella y nos decidimos a seguir a Jesús o a seguirle
más de cerca. Pero no está todo resuelto con ver la estrella. Queda
un trayecto por delante. Hay que pasar desiertos.
Pasan los años y, por momentos, las dunas de arena nos pare-
cen exactamente iguales. Hay que luchar, pero con la convicción de
contar con toda la ayuda de Dios nuestro Señor.
Es una buena ocasión para agradecerle: “Gracias Señor por pre-
sentarte en mi vida. Gracias por seguirme acompañando”.

MI CAMINO
Ahora, tampoco está demás preguntarnos: ¿Cómo recorro mi ca-
mino de relación con Dios? ¿Lo agradezco o he dejado que se oxide
por acostumbramiento?

93
A veces lo que hace falta es fe. Esa fe cotidiana que es la que nos
lleva a seguir caminando. Hemos visto una estrella, nos ha llamado
Jesús y queremos adorarle.
Pero hace falta fe. Porque nos encontramos con muchas cosas
por el camino: desiertos, dificultades, cansancio, visión humana. Y
se nos puede olvidar dónde se esconde Dios.
Puede suceder que, por las mismas vueltas de la vida, perdemos
de vista la estrella. Perdemos la ilusión, el entusiasmo, el impulso.
Nos acostumbramos y por allí, por el acostumbramiento, se nos es-
capan las ganas y, con ellas, las fuerzas.
Puede ser que, incluso, volteemos a ver a otro lado, apartemos
nuestra mirada de la estrella y nos refugiemos en otras cosas.

RECONDUCIRSE
Entonces, pretendemos buscar al Señor donde no está. En pala-
cios, lujo, descanso, distracciones... La pura visión humana de las
cosas; aún con la excusa de venir a adorarle.
“Unos Magos llegaron del Oriente a Jerusalén preguntando:
¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos Su
estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle”.
Aún así, el Señor se puede servir de nuestros errores y recondu-
cirnos.
“Al oír esto, el rey Herodes se turbó y con él, toda Jerusalén. Y,
reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas
del pueblo, les interroga dónde había de nacer el Mesías. En Belén
de Judá, le dijeron, pues así está escrito por medio del Profeta”
(Mt 2, 1-5).
Dios se puede servir hasta de eso, pero ¿para qué vamos a dar
rodeos si nos basta con ver la estrella? ¿Con acudir a los medios
ordinarios: los sacramentos, la dirección espiritual, la oración que
alimenta nuestra alma?

AGRADECER
“Gracias Dios mío por haberme salvado de tantos descaminos.
Por haberte aprovechado hasta de mis defectos. Por permitirme
contar un año más cerca de Ti.
Gracias por que aquí estoy haciendo oración y vuelvo a hacer el
propósito y tomarme mi vocación cristiana en serio, a no dejarte, a
siempre buscarte”.

SENTIDO SOBRENATURAL
“Se pusieron en marcha. Y he aquí que la estrella que habían vis-
to en el Oriente, iba delante de ellos hasta pararse sobre el sitio
donde estaba el Niño.
Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en
la casa, vieron al Niño con María, Su madre y, postrándose, le ado-
94
raron. Luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro,
incienso y mirra” (Mt 2, 9-11).
No nos dejemos llevar por una visión humana, chata, miope, de
las cosas. No perdamos el sentido sobrenatural de lo que hacemos,
miremos la estrella.

EL VERDADERO TESORO
No nos llenemos de esa superficialidad que nos lleva a confor-
marnos con poco, creyendo que es mucho. Esa que nos lleva a afe-
rrarnos a la supuesta seguridad de mis cosas, mi gusto, mi placer,
mi comodidad.
Nos quedaríamos con “nuestros tesoros” que no tienen compara-
ción con “El Tesoro” que descansa en esa cuna en Belén.
A propósito de esto, te comparto un relato de un amigo chileno
que se sitúa dentro del Evangelio de esta fiesta que celebramos,
justo entre el palacio de Herodes y Belén. El protagonista es un ju-
dío que deambula por allí.

EL RELATO
“Qué buen día el de ayer. Iba llegando a Jerusalén cuando vi venir
por el camino una comitiva del todo extraña. Tres hombres principa-
les, a lomos de sus camellos, acompañados por cuatro o cinco de sus
servidores.
Se notaba, a la distancia, que venían de muy lejos porque no ves-
tían ni se movían como nosotros. Sus ropas eran amplias, abundan
los dorados y sus movimientos eran particularmente solemnes.
Íbamos a cruzarnos, cuando me preguntaron si entendía el griego.
Cuando les dije que sí, se pusieron muy contentos. Me preguntaron si
quería ganar dinero.

EL TRATO
– Todo depende de cuántos y de cuál sea el trabajo, les dije.
– Queremos ir a Belén, ¿conoces el camino?
– De allá vengo, contesté
– Es muy simple. Queremos que nos lleves.
– ¿Cuánto?
– Veinticinco.
LA PAGA
Yo pensé que se referían a cuadrantes, pero el hombre que hablaba
me mostró nada menos que un estáter. Tuve que hacer esfuerzos para
que no se notara mi sorpresa.
– De acuerdo, respondí. ¿Alguna otra indicación?
– Que nos acompañes en silencio. No hables, salvo que te pre-
guntemos algo.

95
– Eso no es problema, le dije, mientras pensaba en la gigantesca
suma que estaba ganando por hacer casi nada.
Di media vuelta con mi burro y enfilamos hacia Belén. Ya se había
oscurecido, en el breve tiempo que llevamos conversando.

LOS TRES HOMBRES


Los hombres hablaban una lengua que yo no conocía, probablemen-
te el caldeo. Se veían muy excitados. Solo pude entender, de vez en
cuando, la palabra “Herodes”.
No parecían asustados, como nos ocurre a los judíos cuando men-
cionamos a nuestro rey, pero algo sucedía que no estaban tranquilos.

LA ESTRELLA
En eso pasó algo increíble, porque apareció una estrella enorme,
que se asentó como indicando un lugar al lado sur de Belén. Los tres
hombres, que se veían tan solemnes, perdieron la compostura.
Empezaron a dar gritos de alegría en su lengua, como si fueran ni-
ños e, incluso, intentan abrazarse, lo que no resulta fácil cuando uno
viaja sobre las jorobas de un camello.

EL LUGAR INDICADO
Uno de piel oscura me dijo que probablemente no necesitaríamos
buscar mucho, pues se encaminaron directamente hacia el lugar que
marcaba la estrella.
Así fue, nos dirigimos hacia el sitio marcado por la estrella y llega-
mos a una casa pequeña y pobre. Los tres hombres estaban tan feli-
ces que parecía que se encaminaba a un palacio.

EL OFRECIMIENTO
Cuando faltaban unos cien pasos, uno me ofreció acompañarlos: “te
conviene”, me dijo. No gracias -le respondí con amabilidad- a mí solo
me convienen mis veinticinco starter”” (Joaquín Gracía-Huidobro, “y
los suyos no lo recibieron”, pro manuscrito).
Qué triste que por falta de fe o por falta de visión sobrenatural, cam-
biáramos a Dios por veinticinco estater...

FE
Pidamos fe. Fe en que Dios es ese Niño que está envuelto en pa-
ñales. En que no hay espectáculo. En que, por momentos, como en
la escena de hoy, hasta “huele a camello”. Pero que es un Niño, que
es Dios y que no se deja ganar en generosidad.
Podemos aprovechar para pedirle a nuestra Madre, que nos ayu-
de a acercarnos al Niño, que nos ayude a presentarle nuestros re-
galos de fidelidad y perseverancia; de nunca abandonarle, siempre
buscarle.

96
Reflexión:
Señor, aumenta mi fe. Que nada me aparte de Ti.
Que nunca te abandone y siempre te busque.

https://www.youtube.com/watch?v=_S36WLlOPIY

97
7 DE ENERO, 2019
En el Evangelio como un personaje más
Lunes de la II Semana del Salterio. Feria de Tiempo de Navidad. Después de la Epifanía
1Jn 3, 22-4,6; / Sal 2; / Mt 4, 12-17. 23-25

P. JUAN - CHILE

Jesús anuncia el Reino de Dios y esa luz brilla especialmente en la Sagrada


Escritura.
Ayer celebramos la fiesta de la Epifanía, fiesta grande. Hoy, el
Evangelio de la misa nos trae otro texto de bastantes años después;
otro recuerdo del Señor -de esos que los apóstoles, los discípulos,
irían comentando cuando el Señor Ascendió al Cielo.
Tantos recuerdos, que después se fueron plasmando, poniendo
por escrito en los Evangelios, en los textos del Nuevo Testamento.
Cuenta San Mateo, uno de los apóstoles del Señor: “Comenzó Je-
sús a predicar diciendo: Conviértanse porque está cerca el Reino
de los Cielos” (Mt 4, 17).
Y luego sigue: “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en Sus si-
nagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda en-
fermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos
aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemonia-
dos, lunáticos y paralíticos y Él los curó. Y lo seguían multitudes
venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania”
(Mt 4, 23-25).
San Mateo, en el Evangelio que hemos leído ahora, recoge un
montón de predicación de curaciones, de generosidad de Jesús,
de Cristo que pasa junto a nosotros, del Emmanuel, de Dios hecho
Hombre.

LA LUZ DE JESÚS NOS ILUMINA


Ayer veíamos en la Epifanía, la estrella guiando a los magos, a los
reyes, que iban a adorar, que iban a presentar su cariño, a aprender
también del Rey de los judíos que había nacido: de Jesucristo.
Y con este mismo Jesús, que es en verdad la Luz de todas las na-
ciones, la estrella guió a los magos. Pero era una estrella, por lumi-
nosa que fuera, por bellísima que estuviera arriba en el firmamen-
to, un pálido reflejo de la Luz que traía la Luz del mundo: Jesucristo.
Y esta misma luz del Señor que brilla ahí en Belén, que atrajo, que
enamoró a los reyes -a nosotros también-es la que te pedimos tam-
bién para nuestra vida.
Esta luz que nos cuenta san Mateo, iluminó Galilea, la Decápolis,
Jerusalén, Judea y Transjordania y todas las costas del mar Medi-
terráneo y todo el mundo…
Y ahora aquí, en mi ciudad, en mi país, Señor, traes Tu Luz y quie-
res que yo sea también luz.
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Es Tu luz, es Tu fuego que ilumina a partir de mi vida, de mi pobre
vida. Es, Señor, Tu luz, Tu fuego el que calienta, el que da vida, a
partir de mi pobre vida, a tanta gente”.
Qué bueno abrir el Evangelio, leer estos textos, esto que nos trans-
mite san Mateo, dándome cuenta que cuando abro el Evangelio, ahí
encuentro la Luz de Dios. Luz para mí, luz para las gentes -como se
dice.
Pero no es una cosa así mecánica, automática; sino que es por la
presencia, por la acción del Espíritu Santo.
Por eso es muy distinto cuando uno lee (como ahora, en un am-
biente de oración, en un ambiente de recogimiento interior), cuando
uno reza con la Sagrada Escritura, con la Palabra de Dios, animado,
movido, encendido por dentro por el Espíritu Santo.

SER UN PERSONAJE MÁS EN EL EVANGELIO


A san Josemaría le encantaba procurar, buscar esta presencia de
Dios, esta acción callada pero fuerte, luminosa del Espíritu Santo
en nuestra oración. Y decía (lo decía con una expresión muy suya,
pero muy bonita) meterse en el Evangelio, en este texto.
Meterse -decía- como “un personaje más” (San Josemaría “Forja”,
Punto 8), como uno de los reyes, como uno de los de la comitiva de
los reyes que llegaron ahí a ver a Jesús en Belén.
Como uno de los necesitados de la ayuda de la curación del Se-
ñor. Como uno de estos que recibía esta Luz, este anuncio del Reino
de Dios, ahí en Galilea que nos cuenta san Mateo… Como un perso-
naje más.
Hay un texto de una homilía de san Josemaría que ahora nos pue-
de servir para ir haciendo oración, para aprender a hacer oración,
para que el Espíritu Santo pueda, a partir del texto evangélico, ilu-
minar, encender, remover, nuestro corazón.
Decía san Josemaría: “Yo te aconsejo que, en tu oración, interven-
gas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más.
Primero, te imaginas la escena o el misterio que te servirá para re-
coger y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar
aquel rasgo de la vida del Maestro: Su Corazón enternecido, Su hu-
mildad, Su pureza, Su cumplimiento de la Voluntad del Padre.
Luego, cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que
te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él
querrá indicar algo: y surgirán esas emociones interiores. Ese caer
en la cuenta, esas reconvenciones” (San Josemaría “Amigos de Dios”,
Punto 253).

MARÍA GUARDABA TANTAS COSAS EN SU CORAZÓN


Nosotros conocemos, por el Evangelio de san Lucas, esos rasgos
del corazón de la Virgen. Dice un par de veces san Lucas cómo “la
Virgen guardaba tantas cosas en su corazón” (Lc 2, 19).

99
Cómo ella las conservaba, las ponderaba, las saboreaba (si que-
remos poner esa palabra) poco a poco, con cariño. Nosotros que-
remos, como la Virgen, como san José -es lo que vieron los Reyes
Magos cuando llegaron ahí a Belén, es lo que vieron los pastores,
es lo que veía tanta gente, en Belén, en Egipto luego, en Nazaret-, ir
aprendiendo, enseñando también muchas cosas. Pero lo más pro-
fundo, aprendiendo de Jesús, mirándolo.
“Señor, yo también quiero aprender de María, de José, cómo mi-
rarte, cómo abrir el corazón a Tu Luz; esta Luz, este fuego que arde
en la Sagrada Escritura. Esta Luz, este fuego que trae el Espíritu
Santo.
Esa luz, ese fuego que Tú fuiste esparciendo, pegando, hacien-
do arder, en Galilea, en la Decápolis, en Jerusalén, en Judea, en la
Transjordania”. Y todo a partir de aquí, de la vida del Señor.
“A ti Señor que te tenemos en la Eucaristía -con Tu cuerpo, con
Tu sangre, con Tu alma, con Tu divinidad, con Tu sonrisa. A ti, Se-
ñor, que tenemos en la Sagrada Escritura. Señor, como María, como
José, yo quiero hacer oración, quiero ser un personaje más en el
Evangelio”.

SERMÓN DEL ACUEDUCTO


San Bernardo, en un sermón antiguo, por ahí del año 1100, un ser-
món precioso (se le llama a veces el “Sermón del Acueducto”), en
un momento preguntándote de qué modo se ha hecho así accesible
Dios a nosotros.
Porque es así, “con Tu encarnación Señor, te has hecho accesible,
cercano, visible”. Y decía San Bernardo: “¿De qué modo? -accesible,
visible, te preguntarás.
Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, pre-
dicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendien-
te de la Cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y do-
minando sobre el poder de la muerte, como también resucitando al
tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como
signo de victoria y subiendo, finalmente, ante la mirada de ellos, has-
ta los más íntimos de los cielos” (Sermón sobre el acueducto -Opera
Omnia, ed. Cirterciense 5, 282-283).
Fíjate: San Bernardo, como si fuera repasando, (como hacemos
nosotros en los misterios del Rosario), va repasando la vida del Se-
ñor. Así se ha hecho accesible el Señor. “Esta vida Tuya Jesús yo la
quiero conocer, la quiero considerar”.

Reflexión:
“Señor, yo también quiero aprender de María, de José, cómo mírate,
cómo abrir el corazón a Tu Luz; esta Luz, este fuego que trae el Es-
píritu Santo; esta Luz que has esparcido”.

100
8 DE ENERO
Si quieres puedes
Viernes de Navidad, después de la Epifanía
1Jn 5, 14-21 / Sal 149 / Jn 3, 22-30

P. JOSEMARÍA – MÉXICO

Es frecuente sentir que nos falta confianza con Jesús y por eso necesitamos rendirnos
de nuevo como el leproso y confiar de nuevo en Dios y decir: Señor, me vuelvo a
poner en Tus manos. Creo que estás en mí, confío en Ti.
Poco a poco vamos volviendo a la normalidad y estamos también,
digamos, “litúrgicamente” ya empezando a meditar la vida pública
de Jesús después de haber meditado sus grandes misterios de Su
nacimiento, de la adoración de los pastores y de los reyes.
Después de haber gozado de esta temporada navideña, ahora el
Evangelio comienza de nuevo el recorrido de la vida pública de Je-
sús y nos presenta una curación de Jesús a un leproso.
Una curación, muy sencilla, pero que es tan cortita que podríamos
pasar por alto cosas muy importantes que suceden allí.

SI QUIERES, PUEDES.
Dice el Evangelio que, mientras Jesús iba de camino de un pueblo
a otro, “se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres,
puedes curarme”. Y dice, simplemente, el Evangelio que “Jesús ex-
tendió la mano y lo tocó diciendo: “quiero, queda limpio”. Y la le-
pra le desapareció al instante y quedó curado” (Lc 5, 12-13).
Uno dice, bueno, pues algo así de sencillo, pero vamos a tratar de
ir un poquito más a fondo:
¿Cómo el leproso logró que el corazón de Jesús diera un respiro?
¿Cómo que si quieres? Muchas veces tú y yo, en la oración, nos es-
tamos preguntando ¿quién es Jesús para mí?
Pero que no se nos olvide que también hay que preguntarnos
¿Quién soy yo para Jesús? Que Jesús muchas veces nos mira y nos
dice: ¡¿Cómo que si quieres?, claro que quiero!

VENCER EL MIEDO
Fíjate cómo este leproso era un hombre que sufría, no solamente
una enfermedad física tremenda, sino moral. Un aislamiento tre-
mendo, estar separado de la sociedad y de la gente con una enfer-
medad terrible que hacía que vivieras toda tu vida segregado de la
comunidad.
Y oye hablar de Jesús, oye hablar de sus milagros, a ciegos, a pa-
ralíticos y esto le despierta la esperanza de que quizá Jesús le ayu-
de a salir de esta situación en la que se encuentra y se lanza.
Fíjate cómo tiene que vencer el miedo para acercarse a Jesús. El
miedo a que, quizá, los desaprensivos lo apedrearan porque no te
podías acercar a nadie, era leproso.
101
EL SEÑOR TIENE COMPASIÓN DE TODOS
Sin embargo, él logra, digamos que “colarse” y ponerse frente a
Jesús y Jesús lo toca. Es también muy bonito cómo el Señor tiene
esa compasión con todos. Y este hombre le dice: “Si quieres, pue-
des”, (Mt 8, 2) una petición muy indirecta, no como otras del Evan-
gelio que son más directas: Jesús cúrame, “Señor que vea” (Mc 10,
51) le dice Bartimeo, el cieguito, ¿te acuerdas? En cambio, el lepro-
so es sutil: “Si Tú quieres, puedes” (Mc 1, 40).
Fíjate cómo cuando tú y yo hablamos de esta misma forma, lo ha-
cemos para no sufrir o para no hacer sufrir.
Por ejemplo, una persona que está sufriendo, pero no quieres ser
inoportuno, le dices: si quieres hablar me dices, como diciendo: oye,
yo estoy deseoso de hablar contigo, pero respeto tu libertad y, al
mismo tiempo, me respeto a mí para que no me tengas que dar una
negativa directa.
Quizás este hombre ya le han hecho sufrir mucho cerrándole la
puerta en las narices, ya le han dicho mucho que no y por eso va
con Jesús, sutilmente.
Pero mira, antes de aplicarnos esta historia, fíjate de nuevo en
la razón por la que Jesús se mueve a compasión. No solamente es
que Jesús no quiere el sufrimiento físico ni moral, sino también que
Jesús tiene un gran deseo de curar a este hombre: “Si quieres, pue-
des”.

EL SEÑOR QUIERE
En otras palabras, pensaría el leproso: porque quizá no quieras. Y
aquí uno diría ¿oye esto qué es? ¿psicología inversa? pero no. Je-
sús, que conoce los corazones de los hombres, sabe de la rectitud
de estas palabras.
Pero, efectivamente, hay como una sutil afirmación implícita de
que “es que quizá no quieras” y entonces ahí es donde Jesús, su co-
razón, da un respingo ¡¿Cómo que no voy a querer?!
Y por eso la respuesta de Jesús, que no es totalmente literal del
griego, en realidad significa algo así todavía más fuerte. Algo así
como: por supuesto que quiero, claro que quiero, ¿cómo no voy a
querer?
Lo que el leproso, de forma indirecta está diciendo, “es que quizá
yo no soy digno de recibir Tu atención”. Lo que Jesús está diciendo
es lo contrario: ¡Claro que sí eres digno de recibir toda Mi atención
y todo Mi cariño: “queda limpio”.

ACUDIR CON CONFIANZA


Y ¿qué hay de ti y de mí y de la confianza que tenemos cuando
acudimos a Jesús, cuando rezamos? También le podemos expresar
esto mismo: “Señor, si Tú quieres…”

102
Vamos a hacer un poquito de memoria de los propósitos que he-
mos hecho este año nuevo, pero no pongas la fuerza en ti, ponla en
el Señor.
“Señor, si tú quieres, este año puedes conseguir que yo cambie
este mal hábito. Si tú quieres, puedes hacerme más dedicado al
estudio, al trabajo. Si Tú quieres, puedes ayudarme a vencer en esa
flojera que muchas veces me deja tumbado en el sofá”.
Vamos a identificar cómo esta confianza, a la hora de rezar, no
solamente creer que Dios está allí, no digamos en el Sagrario, sino
que está allí para mí.

TENER FE
Digamos que una cosa es creer de manera teórica y otra cosa es
tener fe y confianza de que Jesús se ha hecho Hombre y está en el
Sagrario y se ha hecho pan para mí.
No solamente cuál es mi actitud respecto a Dios, sino cuál es la
actitud de Dios respecto a mí. Le importa, se preocupa de mí y es
cuando el Señor nos va a decir: “Por supuesto que me importas, por
supuesto que me preocupo de ti”.
Pues es una gran verdad que Jesús es Dios y que está en el Sagra-
rio para mí, que Dios quiere escucharme, que Dios quiere estar con-
migo, que Dios me ha llamado desde toda la eternidad para tener
la más grande e íntima amistad que se puede tener en esta tierra,
conmigo.
No porque soy uno más de muchos, sino porque he sido elegido;
he sido llamado. Porque he sido deseado por Dios, no para vivir una
fe de afirmaciones, sino una fe viva de relación de amor.

JESÚS PIENSA EN TI
“Jesús te pido, ahora en mi oración, que me envíes Tu aliento de
vida. Dame Tu Espíritu Santo para que pueda superar la resisten-
cia, el miedo o la duda de que Tú quieres vivir conmigo. De que Tú
quieres tener conmigo amor como ninguno: único, exclusivo y total.
Así como un enamorado tiene tan presente a su amada que le
lleva a pensar todo el tiempo en ella: ¿Qué estará haciendo ahora?
Y piensa en ella, se le va la cabeza en ella y espero volver a verla y
hablar con ella y todo le recuerda a ella”.
Pues así Jesús piensa en ti, así Jesús se ha hecho Hombre para
que pueda existir esa relación cercana entre tú y Él.

CONFIAR EN DIOS
Sin embargo, es frecuente que no sintamos esa intimidad con Je-
sús y por eso necesitamos -como leprosito- rendirnos de nuevo y
confiar de nuevo en Dios y decir: “Señor, me vuelvo a poner en Tus
manos, creo que estás en mí, confío en Ti”. “Si quieres, puedes”.

103
“Pensé que podía hacerlo mejor”, decía Tiger Woods cuando tuvo
que cambiar su swing. Declaraba: “Pensé que podía hacerlo me-
jor. Siempre he asumido riesgos para ser mejor golfista, por eso he
llegado tan lejos”. Y, efectivamente, al cambiar su swing tenía que
hacerlo todo de nuevo, como intentar volver a caminar.
Nosotros tenemos la confianza de que en nuestra oración hay mu-
cho más dinamismo que en el golf y que cualquier deporte. Por eso,
hay que lanzarse a hacerla mejor, hay que lanzarse, a desafiar los
miedos; hay buscar de nuevo esa confianza en el Señor y menos en
nosotros. “Señor, si quieres, puedes”.
Vamos a terminar nuestra oración con esa confianza de que ya no
tenemos que preguntarle al Señor: “Si quieres” porque sabemos
que quiere. Si no, simplemente decírselo: “Señor, auméntame la
fe, porque sé que Tú eres mi íntimo amigo, que eres mi Padre y sé
también que María es mi Madre a quien acudir también al terminar
esta oración”.

Reflexión:
Jesús, te pido ahora en mi oración, que me envíes Tu aliento de vida,
dame Tu Espíritu Santo para que pueda superar la resistencia, el
miedo o la duda de que Tú quieres vivir conmigo.

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104
9 DE ENERO
No dejes de incluir a Jesús en el viaje de tu vida
Jueves después de la Epifanía
1 Jn 4, 19-5,4: / Sal 71; / Lc 4, 14-22ª

P. FEDERICO – GUATEMALA

Jesús nos acompaña desde el principio y nos lanza al mar de la vida, pero sin dejar
de estar pendiente. Cuando vienen las tempestades hay que acudir a Él y no tirar
por nuestra cuenta. Si lo hacemos, Él llegará. Todo depende del trato personal con
Jesús; aunque seamos pecadores podemos llegar a quererle con locura.
Jesús, en estos 10 minutos me serviré de uno de los posibles evan-
gelios para la Misa de hoy -que depende de cuándo, cada uno de
nosotros ha celebrado la Epifanía-, para hablar Contigo.
La verdad es que me parece que para ti y para mí, bien puede ser
un resumen, como una imagen, de nuestra vida (de la tuya o de la
mía) …
Dice el evangelista: “Después de que los cinco mil hombres se
saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran
a la barca y lo precedieron en la otra orilla, hacia Betsaida, mien-
tras Él despedía a la multitud. Una vez que los despidió, se retiró a
la montaña para orar”.
Acaba de tener lugar la multiplicación de los panes y de los pe-
ces. Los apóstoles están entusiasmados. “Han palpado la cercanía
de Dios a través tuyo Señor. Y ahora les pides que vayan a la otra
orilla”.
Tú y yo, probablemente, hemos tenido la suerte de conocer a Je-
sús desde pequeños. Aprendimos a rezar y lo hacíamos con todo el
cariño, con todo el fervor de los niños.
Hicimos la Primera Comunión con mucha piedad, con una fe gran-
de. Y es que en aquel Pan, palpamos la cercanía de Dios con noso-
tros.

A NAVEGAR MI VIDA…
“Tú Jesús, te lo has gozado. Y cuando sabías que estaba listo, me
lanzaste mar adentro: ¡a navegar mi propia vida! Pero no me has
dejado. Me has acompañado siempre: orando en la montaña, vién-
dome avanzar en ese mar que se extiende…”
Sigue el Evangelio: “Al caer la tarde, la barca estaba en medio
del mar y Él, Jesus, permanecía solo en tierra. Y entonces vio que
remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra”.
Tarde o temprano vienen las borrascas y tempestades; las difi-
cultades. Porque las cosas no salen, porque me cuesta vencer la
tentación, ¡porque la vida es la vida! Y me siento débil, incapaz, un
poco a la deriva…
Yo a veces me asusto... Pero tengo que aprender a llamarle. ¡Y Él
llega! Él reza por mí, me cuida, me ve. Los apóstoles piensan que
105
Jesús está lejos, que los ha dejado solos. Y nosotros a veces lo pen-
samos, y por allí se oye: “Total, ¿para qué voy a rezar? Si es que Dios
no me escucha; es que Dios no me hace caso; es que no le importo…”.

JESÚS NOS ACOMPAÑA


Y nosotros, como los apóstoles, apretamos los dientes y tiramos
para adelante. Pensamos que lo tenemos que lograr con nuestras
propias fuerzas. Y nos cansamos, nos frustramos, nos asustamos.
¡Pero lo peor, es que no acudimos a Él! Y, entonces, sí que nos que-
damos solos. “Más solos que la una” (como dicen…)
“Jesús: ¡no me dejes solo! ¡Confío en que no me dejas solo! Gracias
por rezar por mi, gracias por estar pendiente. Gracias por todo Je-
sús mío…”

LA CACERÍA DEL ZORRO


Hace poco leí algo que nos puede servir: Todos hemos conocido,
aunque solo sea de oídas, cómo se desarrolla la tradicional cacería
del zorro, propia de la cultura británica.
Una vez que han soltado el zorro, todos los perros de la jauría sa-
len a perseguirlo. Al principio, todos corren, saltan y ladran. Pero a
medida que pasa el tiempo y el cansancio hace mella, los perros se
van descolgando poco a poco.
Finalmente, solo son dos o tres los que consiguen alcanzar a la
presa. Y es aquí donde se formula la pregunta de la parábola: ¿por
qué han sido estos perros los que han alcanzado al zorro? ¿Y por
qué se descolgaron los demás miembros de la jauría? ¿Es que es-
tos estaban mejor entrenados o alimentados o es que eran más jó-
venes?
Y en la respuesta, encontramos la moraleja de la historia: no, es
que resulta que los perros que alcanzaron al zorro son los únicos
que lo habían visto al comienzo de la cacería, mientras que los de-
más no habían visto nada.
Corrían porque veían correr a los demás. Ladraban porque escu-
chaban ladrar a los otros… Pero llega un momento en que se cansan
de correr sin ver nada y se dicen unos a otros: «Oye, ¿tú has visto al
zorro? Porque yo no he visto nada y me estoy cansando».
Y claro, como era de suponer, se van descolgando de la jauría uno
tras otro.

LA PERSEVERANCIA CRISTIANA
La moraleja es clara: la perseverancia en la vida cristiana requie-
re una experiencia personal, un encuentro vivo con Cristo. Porque
el cumplimiento del deber por sí mismo no puede garantizar la per-
severancia a medio o a largo plazo.

106
DIOS TE QUIERE FELIZ
Búscale, llámale, encuéntrate con Él: hagamos oración, vayamos
a misa, recemos, que Jesús nos ve, se preocupa por nosotros y se
acerca a ayudarnos. Incluso, si hace falta, camina por encima de lo
que sea, con tal de tendernos una mano.
Y continúa el Evangelio: “Cerca de la madrugada fue hacia ellos
caminando sobre el mar e hizo como si pasara de largo”.
(“Señor, no te quiero dejar pasar de largo”…)
“Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantas-
ma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban
sobresaltados. Pero Él les habló enseguida y les dijo: “Tranquilí-
cense, soy Yo; no teman”.

TE NECESITO PARA LLEGAR A LA OTRA ORILLA


“Señor, no te quiero confundir con un fantasma. No quiero buscar
un sucedáneo Tuyo, no me sirve de nada el horóscopo, ni la lectura
de cartas, ni que se junten los astros. ¡Te quiero a Ti! Y quiero reco-
nocerte cada vez que pases, porque te necesito en mi vida, en mi
barca, para llegar a la otra orilla.
Termina el Evangelio así: “Luego subió a la barca con ellos y el
viento se calmó” (Mt 6, 45-50).

SAN JOSEMARÍA: EL CAMINO DE UN SANTO


Un día como hoy, en 1902 nació san Josemaría. Y su biografía, po-
dríamos decir, es un poco como la nuestra. Te doy unas pinceladas,
citando de propias palabras, acerca de sus primeros años:
“Empieza con Jesús en la orilla. Me hizo nacer en un hogar cristiano,
como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practica-
ban y vivían su fe. Ellos trataron de darme una formación cristiana.
Todo normal, todo corriente y pasaban los años.
Luego, vino el mar de la vida: Y vi a mi padre como la personificación
de Job. Perdieron tres hijas, una detrás de otra, en años consecutivos
y se quedaron sin fortuna.
Yo sentí el zarpazo de mis pequeños colegas. Y fuimos adelante.
Mi padre, de un modo heroico. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar
el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque
después he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se
me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos
planchas de hierro.
Pero mi padre no descuidó su trato con Jesús, acudía a Él, le tenía
un cariño sincero. Pasó el tiempo y vinieron las primeras manifesta-
ciones del Señor.
Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios.
El Señor me fue preparando, a pesar mío, con cosas aparentemente
inocentes, de las que se valía para despertar en mi alma una sed in-
saciable de Dios”.
107
SER PECADORES QUE AMAMOS CON LOCURA
Este es el camino de un santo. Y también puede ser tu camino y el
mío. Le pedimos, a través de la intercesión de santa María nuestra
Madre, que nos ayude a vivir así, de tal manera que podamos -al
final de nuestra vida, al llegar a esa otra orilla (lleguemos cuando
lleguemos)- definirnos como él se definía a sí mismo: ¡Un pecador,
que ama a Jesucristo con locura!

Reflexión:
Jesús que acuda a Ti al ver venir las tempestades y soportarlas siem-
pre de Tu mano. Tú llegaras a mi vida. Tú estás siempre en mi vida.

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108
10 DE ENERO
El niño se quiere quedar en la Eucaristía
Jueves de la II Semana del Salterio. Feria del tiempo de Navidad. Después de la Epifanía.
1 Jn 4, 19-5,4; / Sal 71; / Lc 4, 14-22

P. JUAN PABLO – MEXICO

Aprovechemos para “dirigirnos con fe al Niño” y contemplarlo.


Estamos todavía en el tiempo de Navidad, nos quedan unos po-
cos días antes de volver al tiempo ordinario y hemos de aprovechar
para mirar al Niño porque ya se nos acaba el tiempo de Navidad.
Y al mirar al Niño con fe, pensando en quién es, qué es Dios real-
mente, que es Dios quien viene a salvarnos. Dios que viene a ilumi-
narnos.
Leíamos hace poco en el Evangelio, cómo se cumplen las profe-
cías, una gran luz apareció, hemos leído cómo Jesús viene y nos ali-
menta a todos con esa multiplicación de los panes y de los peces.

EVANGELIO DE HOY
Y vamos a leer hoy en el Evangelio de la misa cómo Jesús vuel-
ve a Su ciudad, entra en la sinagoga y lee una profecía del profeta
Isaías que dice:
“El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para
llevar a los pobres la Buena Nueva. Para anunciar la liberación a
los cautivos y la curación a los ciegos. Para dar libertad a los opri-
midos y proclamar el año de gracia del Señor”.
Y Jesús, después de leer esta profecía, se sentó con un gesto de
autoridad para enseñar, para hablar: “Los ojos de todos los asisten-
tes a la sinagoga estaban fijos en Él, entonces comenzó a hablar
diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura
que acaban de oír”” (Lc 4, 18-21).

EL AMOR DE DIOS
Él mismo nos explica el significado de las Escrituras, ¡qué bonito
pasaje! en el cual Jesús mismo explica y explica que las Escrituras
se cumplen en Él: “Hoy se ha cumplido esta profecía, porque Yo
estoy ungido por el Espíritu Santo y Yo vengo a hacer todas estas
cosas buenas, a llevar a los pobres la Buena Nueva, a anunciar la
liberación de los cautivos, la curación a los ciegos, dar libertad a
los oprimidos, proclamar el año de gracia del Señor”.
“Proclamar el año de gracia” o sea, explicarle al mundo la gracia;
explicarle al mundo el amor de Dios, la gratuidad del ser mismo.
Dios mismo nos ha creado por amor, un acto de libertad, un acto de
amor.

109
Y Dios mismo viene a salvarnos, Dios mismo viene a entregarse
a nosotros, a dársenos para darnos vida. La gracia, puro amor de
Dios, pura bondad de Dios.

LA BONDAD DE DIOS
“Es que yo no me doy cuenta de la bondad de Dios, yo no me doy
cuenta el amor de Dios...” Pues tengo que ir a Jesús más de 10 minu-
tos con Jesús, para contemplarlo, para escucharlo, para que Él me
explique las Escrituras, para que Él me interprete los misterios, las
dificultades, estos pasajes.
¿Este pasaje a quién se refiere? ¿Te acuerdas? Aquí hay otro pa-
saje del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde va Felipe ca-
minando y va un carruaje con un funcionario de una reina muy im-
portante.
Leyendo el libro de Isaías y Felipe escucha y le pregunta: “¿Estás
entendiendo lo que lees? ¿A quién se refiere ese texto? ¿De quién
lo dice el profeta? ¿De sí mismo? ¿De alguien más?”.
Y el apóstol le explica que se refiere a Jesús. Jesús es el centro de
la Escritura, Jesús es el centro de la realidad, la Cabeza de la Igle-
sia.

EL NIÑO JESÚS
¡En Jesús tenemos todo! Es Dios que está con nosotros. Por eso
mira al Niño.
Ahora que se nos acaba la Navidad, aprovecha estos días para
seguir contemplando, mirando al Niño con fe, sabiendo que no es
un Niño nada más, sino que es Dios que está allí presente.
Y quería leerte una canción, una letra para cantar en la Solemni-
dad del Nacimiento. Es un poema escrito por una poeta mexicana,
Sor Juana Inés de la Cruz, del siglo XVII.
Es un texto -como lo escucharás- antiguo, un español antiguo,
pero muy bonito, lleno de fe, lleno de piedad; un texto, como te dije,
para cantar, para leer en la Solemnidad del Nacimiento de Jesús, en
la Navidad.

MIRAR A JESÚS CON FE


Y ahora que estamos todavía en tiempo de Navidad, nos da para
hacer oración, para mirar a Jesús, para mirarlo con ojos de fe. Te lo
voy a leer, de corrido todo y luego vamos a comentarlo un poquito:
Es el estribillo en primer lugar:
“Cómo será esto mi Dios, que yo creo en Vos y, aunque creo lo que
veo, no veo todo lo que creo”.
Y ahora vienen las coplas:
“Si la fe y la vista son tan encontradas, ¿por qué aquí ha de ser fe la
vista y no ser vista la fe?.

110
Niño, os miro y que lo sois es necesario creer. Más también sé que
sois grande y mis ojos no lo ven. Cuando allá en la Eucaristía estáis,
más fácil es, porque ya sé que al contrario de la vista, he de creer.
Pero aquí, ¿qué me mandáis? Que crea mi sencillez, lo que veo y que
no veo, lo que es y que no es. Hombre pareceis y sois, Señor lo que
pareceis, pero Dios no se os mira y sé que soy Dios también.
En fin, el sentido aquí nos engaña pero es infinito más lo que hay,
que lo que se alcanza a ver”.
Hasta ahí la canción, las coplas, de Sor Juana Inés de la Cruz.

AMOR REAL
Miramos al Niño y vemos algo real, vemos la humanidad, vemos
un Hombre, un ser humano completo ahí. Pero, ¡hay más, hay más!.
Vemos al Hombre, pero no vemos a Dios y sabemos que ahí está
Dios.
“¿Cómo será esto mi Dios, que yo creo en Vos y aunque creo lo que
veo, no veo todo lo que creo?”
Aquí utiliza el verbo “creer” en sentidos distintos; “Creo lo que
veo”: estoy viendo un niño y creo que es un niño; “Pero no veo todo lo
que creo”: porque a la vez creemos, confeso de natural, que ahí está
Dios.
“Creo lo que veo”: ves algo y aceptas que lo que ves es real. Hace
falta un movimiento de la voluntad también para rendirse ante las
evidencias sensibles y, a veces, hay gente necia que, aunque hay
una evidencia, no la acepta como verdadera.
Hace falta un movimiento de la voluntad -yo creo lo que veo, yo
creo lo que mis sentidos me dicen, yo creo que ahí hay un niño pero
a la vez creo, sé, por una gracia de Dios, por el don de la fe, que allí
está Dios - “Aunque creo lo que veo, no veo todo lo que creo”.

EUCARISTÍA
Y es muy bonita la referencia que hace más adelante a la Eucaris-
tía: “Cuando allá en la Eucaristía estáis, más fácil me es, porque ya sé
que al contrario de la vista, he de creer”.
Porque con la vista, en la Eucaristía lo que vemos es pan; vemos
pan pero ahí, al contrario de lo que vemos, es lo que hemos de creer.
Porque como dice el Adoro te devote: “La vista, el tacto, el gusto, se
equivocan al juzgar de Ti”.
En la Eucaristía, la vista, el tacto y el gusto se equivocan; “Pero
basta el oído para creer con firmeza”. Bata el oído para darnos cuen-
ta que ahí está realmente Dios, para creer.
Terminamos estos 10 minutos acudiendo a nuestra Madre la Vir-
gen, ahora que se acaba el tiempo de Navidad, ese tiempo tan tier-
no. Acudimos a la Madre de Jesús y le pedimos que nos ayude a
quedarnos con este buen sabor de la Navidad ¡todo el año!.

111
Que nos dejemos acompañar por Jesús que ha venido a acom-
pañarnos. Que se hizo Hombre para estar cerca de nosotros y que
sepamos, en la Eucaristía, encontrarlo siempre.

Reflexión:
Jesús, que yo me de cuenta de Tu bondad y de Tu amor.

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112
11 DE ENERO
Agua de Dios
Viernes de la II Semana del Salterio. Feria del Tiempo de Navidad. Después de la Epifanía.
1 Jn 5, 5-13; / Sal 147; / Lc 5, 12-16

P. SANTIAGO – COLOMBIA

Sabernos necesitados de la ayuda de Dios y no tener miedo acercarnos, así


tengamos lepra.
Seguimos contemplando al Niño estos días de Navidad y segui-
mos viendo, en ese Niño, el cielo en la tierra y la tierra en el cielo. El
hombre en Dios y Dios en el hombre.
Ese Dios que no puede ser encerrado en todo el universo y que se
hace Niño, una criatura indefensa, al cuidado de San José, de Ma-
ría; al cuidado de nosotros los hombres.

CONTEMPLAR A JESÚS EN EL EVANGELIO


Y para hacer este rato oración, vamos a contemplar a Jesús en el
Evangelio, como lo hacemos a menudo, meternos en el Evangelio
para hacer oración. Allí en el Evangelio aprendemos a hacer ora-
ción.
Hoy contemplamos a Jesús en el Evangelio de san Lucas, que es
el Evangelio después del domingo de Epifanía.
Dice san Lucas: “Una vez estando Jesús en un pueblo, se presen-
tó un hombre lleno de lepra. Al ver a Jesús, cayó rostro en tierra y
le suplicó” (Lc 5, 12).

AGUA DE DIOS
Y déjame contarte, también a Ti Jesús, porque yo estoy también
haciendo mi oración, que hace dos días hice una excursión en bici-
cleta con unos amigos.
Y pasamos muy cerca de un pueblo que se llama “Agua de Dios”
(tiene ese nombre el pueblo). Y es un pueblo, que a finales del siglo
XIX, por allá en 1890, fue designado por el gobierno nacional como
un “Lazareto”.
No sé si habías escuchado ese nombre de “Lazareto”, pero eran
pueblos que se establecían para que allí vivieran los enfermos de
lepra y allí estaban aislados; completamente aislados.
Se implementaron retenes en las afueras del pueblo para evitar
que las personas sanas ingresaran al pueblo. Los familiares de los
pacientes, por ejemplo, de las personas enfermas o que los enfer-
mos también salieron sin permiso, sin autorización.

PADRE MIGUEL UNIA


Y allí, en este pueblo del que te hablo, “Agua de Dios” , el 26 agos-
to de 1891 llegó un sacerdote italiano que pertenecía a la congre-
gación de los Salesianos de don Bosco. 113
Se llamaba el padre Miguel Unia (creo que así se pronuncia la
apellido) y entró a “Lazareto” a ese pueblo de “Agua de Dios” con el
fin de acompañar a los enfermos y llevarles toda su misión pastoral
y apostólica.
Le tomaron rápidamente un gran aprecio y, desafortunadamente,
leyendo un poco su historia, regresó a Italia y allí moriría enfermo
de lepra.

CARTA A DON RÚA


Este padre Miguel, le escribió una carta a don Rúa, que fue el pri-
mer sucesor de don Bosco. Se la escribió en 1891. Dice así:
“¡Qué lugar tan bello el Lazareto! Está todo rodeado de montes y co-
linas deliciosas, espesos bosques y verdes prados alegran la mirada
en cuanto al horizonte abarca.
Pero, ninguno quiere venir por aquí, la lepra espanta a todos. En Bo-
gotá, que dista tan poco de estos infelices, al hablar de la lepra ¡Ave
María! Se espantan, tiemblan de miedo y no quieren ni oírla nombrar.
Por eso, no es fácil que yo vuelva a Bogotá. Un viaje de tres días en
mula, puede ser bello, si se quiere, pero bajo un sol abrasador. No
ofrece muchos atractivos para decidirse uno a dar tal paseo. Y ade-
más, temería tener que hacer cuarentena, antes de entrar en la capi-
tal”.

QUIERO, QUEDA LIMPIO


Y yo, que estuve por allí montando bicicleta, puedo dar crédito
de que los paisajes y las colinas son muy bonitas y también de que
hace bastante calor; hace muchísimo calor en esa zona que está en
el centro geográfico de Colombia, país.
114 kilómetros separan al “Agua de Dios” de Bogotá. Ahora se
puede ir en carro muy rápido, en pocas horas. En ese momento, se
demoraba uno tres días.
Y esto nos sirve, también, para pensar lo que le pasó a este hom-
bre con Jesús, un hombre lleno de lepra, seguramente vivía también
aislado.
Tenían que ponerse unos cencerros que avisaran que iba a pasar.
Y ese hombre se acerca a Jesús, se postra en tierra y le dice: “Señor
si quieres, puedes limpiarme”. Y dice san Lucas: “Y Jesús extendió la
mano y lo tocó diciendo: “Quiero, queda limpio””.

ALMA DE CRISTO
“Quiero, queda limpio...” . Y al recordar también este nombre de el
pueblo “Agua de Dios”, me acordaba de esa oración que algunos re-
zamos después de la Misa: “Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de
Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame”
Me acordaba sobre todo de esta parte: “Agua del costado de Cris-
to, lávame”. Agua del costado de Cristo... Es Cristo quien nos limpia
114
a nosotros, quién devuelve la salud a nuestra alma, a nuestro cuer-
po.

DOS ACTITUDES
“Y fíjate Jesús, que es la parte central de este rato oración”: Las
dos actitudes que tiene el leproso. Primero, él sabe que necesita la
ayuda de Jesús, “Tu ayuda Jesús”, se sabe leproso, se sabe enfer-
mo, se sabe inmundo, se sabe pecador, la primera cosa importante.
Y la segunda actitud, “es que no tiene miedo de acercarse a Ti”, se
acerca a Jesús, no obstante su lepra.
Y estas son dos cosas muy importantes también para nosotros
que estamos haciendo este rato de oración. Y podemos hablar con
Él y podemos decirle:
“Señor yo encuentro muchas dificultades para acercarme a la
confesión, me da miedo, me da pena, me da vergüenza, no encuen-
tro los momentos adecuados”.

ACERCARNOS A LA CONFESIÓN
Conversa de esto también con el Señor y ve sacando propósitos,
deseos de acercarte a la confesión, como a esa agua de Dios.
Nos acercamos a la confesión para renacer a la gracia de Dios. Y
para esto, es muy importante también, recordar los actos del peni-
tente, esos actos que nos mueven a la penitencia.
Un acto muy concreto del corazón, es la contrición. El acto de la
boca es la confesión, confesar los pecados y, finalmente, lo que
obra también la humildad es satisfacer el propósito de la enmien-
da.
Esto es bueno que lo vivamos y lo cuidemos al acercarnos a la
confesión, al sacramento de la penitencia. Acercarnos con contri-
ción, con ese dolor del alma, detestando el pecado que cometimos
y con el que ofendemos a Dios y el propósito de no volver a pecar.
Vamos a pedirle a Jesús, al terminar estos 10 minutos, primero:
que nosotros sepamos, “nos sepamos muy necesitados de la ayu-
da tuya Jesús” y luego que no tengamos miedo de acercarnos a la
confesión, como esa agua de Dios.

Reflexión:
“Señor yo encuentro muchas dificultades para acercarme a la con-
fesión, me da miedo, me da pena, me da vergüenza, no encuentro
los momentos adecuados”.

115
12 DE ENERO
Cultivo una rosa
Sábado de la II Semana del Salterio. Después de la Epifanía
1 Jn 5, 14-21; / Sal 149; / Jn 3, 22-30
P. MARCOS - ARGENTINA

Dice el poeta cubano José Martí: “Cultivo una rosa blanca en junio como en enero
para el amigo sincero que me da su mano franca y para el cruel que me arranca el
corazón con que vivo cardo ni ortiga cultivo, cultivo la rosa blanca”.
Si descomponemos una rosa, arrancando uno a uno sus pétalos,
hemos perdido la belleza de la rosa. Si le arrancamos el corazón a
la persona amada, ha dejado de ser la persona amada, porque la
vida está en la unidad y no en la división.
Porque la belleza está en la unidad de la rosa y no en la disección
de sus partes. Porque el bien de la rosa es ser una rosa sin pétalos
sueltos que se marchitan.

DULCE MARÍA LOYNAZ


Una poetisa cubana, dice: “si me quieres no me recortes, quiéreme
toda o no me quieras”.
Cuando Zacarías, lleno del Espíritu Santo entona el Benedictus,
afirma que “Dios quiere que le sirvamos sin temor con santidad y jus-
ticia en Su presencia todos los días de nuestra vida”.
Y ese servicio a Dios compromete todo nuestro tiempo; y ese ser-
vicio a Dios, es lo que le da unidad a nuestra vida.
Si cada acto que realizamos en cada momento de nuestro día fue-
se un acto de servicio a Dios realizado sin temor en su presencia,
ningún fragmento de nuestro tiempo se perdería y el más intras-
cendente de los momentos dejaría de trascender.

SE PIERDE EL TIEMPO QUE NO TRASCIENDE


Porque solamente se pierde el tiempo que no trasciende, el tiem-
po que no confluye porque sigue un sentido divergente.
Cada mañana, al salir de la cama, fluimos con dirección y sentido
desde el primer momento en que rezamos, ofreciéndole al Señor
nuestro día. Y con ese sentido ¡te serviré Señor en este día!
Comenzamos nuestra jornada de trabajo. Y, cada mañana cuando
comenzamos a trabajar, tenemos que estar dispuestos a que todos
los fragmentos de tiempo no se dispersen, en que concluyen que
se encaucen hacia el servicio a Dios y a los demás.

SERVIR A DIOS
Porque en este día no vamos a servir a un cliente, ni a un pacien-
te, ni a un alumno, ni a un hijo; ni a tu marido, ni a un amigo, vamos
a servir a Dios, a buscar el rostro de Dios para que, cada minuto de
nuestro tiempo, tenga esa maravillosa confluencia. 116
Para que todo minuto y segundo de nuestro día, encuentre su
trascendencia. Y entonces el día de trabajo se convertirá en horas
de oración.
Ojalá que sea tal tu unidad de vida que, al concluir el trabajo, ten-
gas la misma paz de quien estuvo horas rezando frente al Santísi-
mo.
RECTITUD DE INTENCIÓN
Todo confluye cuando buscamos el Reino de Dios y Su Justicia y
dejamos que Dios ponga todo lo demás. La rectitud de intención
está en ese cauce que nos conduce a nuestro fin sobre la tierra, lu-
chando por amor hasta el último instante.
El artista siempre descubre en su obra algo que mejorar y lo me-
jora y si no es en esa obra, será en la siguiente hasta el final de sus
días y por eso el trabajo del artista nunca termina.
Por eso Dios no puede dejar de crear cada día, aunque sea el fu-
gaz fulgor de un relámpago y este día que ha comenzado, este día
será un día repetirle en medio de la rutina, no habrá un segundo
idéntico a todo lo largo de nuestra existencia.

OFRECERLE A DIOS NUESTRO DÍA


Vamos a sacar todo su esplendor a este tiempo que Dios nos re-
gala; vamos a convertir cada minuto de este día en oración, ofre-
ciéndole al Señor nuestro trabajo, nuestra tarea, nuestro cansancio,
nuestras preocupaciones, nuestras angustias, nuestras alegrías.
Y así llegará la noche, después de un día de trabajo intenso, des-
pués de un día de trabajo santificado y ahí, tal vez, en medio de la
multitud, en medio del tumulto, tengamos un encuentro casual con
Cristo que pasa y nos invita a cargar con Su Cruz.

EL TIEMPO TIENE QUE FLUIR


Esa cruz que será sacrificar muchos gustos, por atender a la fa-
milia, por no disponer de un tiempo para descansar en zapatillas
frente al televisor. Porque nuestro trabajo no cesa al llegar a casa.
Porque el tiempo no puede encharcarse, porque el tiempo tiene
que fluir en busca de sentido con el esfuerzo fiel del Borrico de No-
ria, que recorre alegre su senda redonda.
No existe el tiempo para mí, ni siquiera el tiempo de descanso en
balsa, también ese tiempo debe correr como el agua en busca de
sentido.

TU BIOGRAFÍA
Hay una biografía que te recomiendo vivamente leer y releer: es
la tuya, tu propia biografía. Busca en las páginas de tu propia bio-
grafía, las veces que Dios ha intervenido en tu vida, que te ha de-
vuelto al cauce, que te ha ayudado en un momento difícil.

117
Relee las páginas de tu biografía, porque a los acontecimientos
de nuestra vida, más que buscarles explicación, lo que tenemos que
encontrarle es sentido. No el ¿por qué? sino el hacia dónde.
Y cuando te venga el pensamiento de por qué permitió Dios que
me ocurra esto, te recomiendo que reformules la pregunta de la si-
guiente manera: ¿Para qué permitió Dios que me ocurra esto?
Y entonces, tal vez descubras el paso que tienes que dar luego. Te
invito a releer tu propia biografía, despacio, meditando ese capítu-
lo que viviste ayer o hace unos años y que atesoras en tu corazón.

DIOS ES EL AUTOR
Porque el día que estás viviendo en este momento, se está escri-
biendo en nuestra vida en el transcurso del presente, en este hoy,
aquí y ahora, en estas circunstancias que componen lo más concre-
to de tu vida y la mía.
Y tendrá sentido dentro de ese contexto. Dios es el autor de nues-
tra biografía y así como un escritor deja en el texto la impronta de
su personalidad de su pensamiento, incluye su mensaje en los diá-
logos de los personajes aunque sean ficticios.
Y puebla su obra con lugares que ha conocido, así, en nuestra bio-
grafía también está la Palabra de Dios que nos da señales del rum-
bo que debemos dar a nuestros pasos.

EMMANUEL MOUNIER
En el año 1939 comienza la Guerra Mundial y un filósofo francés
Emmanuel Mounier se encuentra movilizado, aunque a causa de su
mala salud, estaba en servicios auxiliares y en esas circunstancias
escribe a su mujer Paulette:
“Esta mañana me he querido comunicar contigo, he intentado tam-
bién estar allí con toda mi compañía ausente. He sentido, con una
urgencia temible, este deber de un cristiano en un cuerpo de no cre-
yentes.
No se trata solo de no ir a la iglesia con un corazón fariseo, pero
desde el momento que sepan que soy cristiano, todo el mundo juzga-
rá el cristianismo por mis actos”.
Vamos a pedirle a María Santísima que siempre demos buen ejem-
plo con nuestra unidad de vida.

Reflexión:
Jesús, que yo saque todo su esplendor a este tiempo que nos re-
galas; que convierta cada minuto de este día en oración, ofrecién-
dote mi trabajo, mi tarea, mi cansancio, mis preocupaciones, mis
angustias, mis alegrías.

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118
BAUTISMO DEL SEÑOR
¡Hijo de Dios!
DOMINGO DESPUÉS DE LA EPIFANÍ. Domingo. El Bautismo del Señor
Is 42, 1-4. 6-7; / Sal 28; / Hch 10, 34-38 / Lc 3, 15-16. 21-22
P. FEDERICO - GUATEMALA

Con el Bautismo Jesús viene a rescatarnos del pecado. Pero, hay


algo más: nos hace hijos de Dios, ¡miembros de su familia!
Dice el Evangelio de la fiesta de hoy que, como el pueblo estaba
en expectativa y todos se preguntan si Juan no sería el Mesías, él
tomó la palabra y les dijo: “…yo los bautizo con agua, pero viene
uno que es más poderoso que yo y yo ni siquiera soy digno de de-
satar la correa de sus sandalias, él los bautizará en Espíritu Santo
y en el fuego” (Lc 3, 16).
Todo el pueblo se hacía bautizar y también fue bautizado Jesús
y, mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo de-
scendió sobre Él en forma corporal como una paloma.
Se oyó entonces una voz del Cielo: “Tú eres Mi Hijo muy querido
en quien tengo puesta toda mi predilección” (Lc 3, 22).

JESÚS NOS HA RESCATADO


“Gracias Jesús, gracias por haber caminado en este mundo nues-
tro. Por haberte hecho Hombre, por habernos buscado Tú a nosotros
como en el Bautismo, como en esta escena del Evangelio en la que
Tú buscas a Juan y así también nos han buscado nosotros”.
Qué suerte tenemos, Jesús nos ha rescatado. Y con el Bautismo
vino a borrar el pecado original con el que todos nacemos.
Como dice un gran santo de los primeros siglos del cristianis-
mo, comentando esta fiesta: “Hoy, el Espíritu Santo se cierne sobre
las aguas en forma de paloma, para que así como la paloma de Noé,
aquella del diluvio anunció el fin del diluvio, de la misma forma ésta
fuera signo de que ha terminado el perpetuo naufragio del mundo”.

HEMOS SIDO RESCATADOS


Es decir, se acabó el naufragio del pecado. Nosotros hemos sido
rescatados, pero no solo eso, Dios me ha dicho -como sale en el
Evangelio: “Tú eres mi hijo muy querido”. Dios a ti y a mí nos voltea
ver y nos dice “tú eres mi hijo muy querido”.
San Josemaría, en un punto de Forja dice: “Al traerte a la Iglesia, el
Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble por medio del Bautis-
mo: eres hijo de Dios. No lo olvides” ( Forja n.264).

SAN JOSEMARÍA
Fue bautizado en una fecha como hoy, 13 de enero, pero de 1912
(lógicamente), en Barbastro. Ironía de la vida, el sacerdote que le
bautizó se llama Ángel Malo.

119
En un día como hoy, recibió la gracia de Dios por primera vez. No-
sotros, tú, me imagino que fuiste bautizado de pequeño y ya son
muchos los años en los que tú y yo hemos pasado libres del pecado
original.
Luchando con la gracia, con esa gracia que hemos recibido en los
sacramentos, por no manchar el alma con otros pecados. Pero yo
te pregunto y me pregunto, ¿será que lo hacemos con la conciencia
de ser hijos de Dios?

HIJOS DE DIOS
Ya hijos de Dios, esto es lo que nos impulsa, esto es lo que nos da
confianza; y en una fecha como hoy, esto es lo que conviene recal-
car: que soy hijo de Dios.
San Josemaría, en sus anotaciones de un retiro en el año de 1932,
escribió: “Dios es mi Padre y no salgo de esta consideración, yo soy
de Dios y Dios es para mí”.
“Cuántas veces me he detenido a considerar esto Jesús: que soy
como Tú, que Dios es mi Padre, yo soy de Él y Dios es para mí”. Esta
es la seguridad que tenía san Josemaría y esta es una realidad de
la que no podemos olvidarnos.

EL PATITO FEO
Hay un conocido cuento, que se titula El Patito Feo -seguro que lo
has leído- de todos modos igual te lo recuerdo.
Cuenta que una pata incuba -sin saberlo- un huevo de cisne, entre
los demás huevos de ella y cuando el pollo rompe el huevo, aparece
un ser gordo y gris, feísimo y torpe comparado con sus hermanos
patitos.
Lleva una vida dura, apenas sabe nadar, va siempre de un último...
sus hermanos patos se burlan de él. Un día ve unas grandes aves
majestuosas, muy bellas, son cisnes; él se queda cautivado por el-
las, entonces guarda esa nostalgia en su memoria.

LOS CISNES
Y resulta, que otro día, les ve sobrevolar la laguna donde está na-
dando y sin saber cómo, asombrado de él mismo, levanta vuelo y
les sigue hasta otra laguna.
Se posa en el agua y nada hacia los cisnes, mientras piensa...si yo
fuera uno de ellos…
Entonces ocurre algo inesperado: contempla en el agua su propio
reflejo, junto al de los cisnes y descubre que él es uno de ellos, son
de la misma raza.

HEMOS NACIDO PARA ENTRAR EN LA PLENITUD DE LA VIDA


Comentando este cuento, escribía una monja: “que en cada uno
de nosotros vive un patito feo, que necesita comprender que ha na-
cido para entrar en la plenitud de la vida, para la que ha sido hecho”.
120
El hombre fue creado a imagen de Dios, es de la raza de Dios, aun-
que no lo sepa. Pero una vez que tiene la gracia de recibir siquiera
un flash de esta verdad, guardará nostalgia para siempre, en el en-
cuentro con la mirada de su Dios, en la pupila de los ojos de su Dios,
el hombre verá el reflejo de lo que él es en verdad.
En la mirada de su Padre descubrirá, su dignidad de hijo.

SOMOS HIJOS DE DIOS


Eso es lo que, me parece, nos puede venir bien hoy: contemplar
esta realidad y darme cuenta de las consecuencias que tiene para
mi vida; darme cuenta de que soy hijo de Dios…
Es que las consecuencias son infinitas, se puede cambiar mi vida.
Mi conversión, la conversión de un hijo de Dios; mi alegría, la de un
hijo de Dios; mi oración, la de un hijo de Dios.
Mi trabajo, el de un hijo de Dios; el hogar de uno, es el hogar de un
hijo de Dios; mi apostolado, el de un hijo de Dios; y así, es lo que han
descubierto y han vivido los santos.

SABERSE HIJOS DE DIOS


San Josemaría decía que era el fundamento del espíritu del Opus
Dei: “saberse hijos de Dios”, que también se dice Filiación Divina,
hijo de Dios.
Eso da muchísima confianza y da muchísima fuerza; es cierto.
¿Será que le importan las muchas caídas a un niño que está apren-
diendo a ir en bicicleta mientras él ve a su padre cerca, animándole
a que lo vuelva a intentar?
Entonces él piensa: papá dice que puedo, pues vamos, ¡puedo!
Ese es Dios con nosotros, no solamente es que ha venido a res-
catarnos del pecado sino que, me ha incluido en Su familia. Yo soy
de la familia de Dios, soy de la raza de Dios, ¿qué tan consciente
soy de esta realidad?

VIVIR COMO HIJOS DE DIOS


Yo estoy en Sus manos, también yo soy hijo de Dios, tú eres hijo de
Dios y queremos comportarnos así a pesar de nuestros defectos y
recordarle al mundo esta verdad.
¿Cómo se las puedo recordar? Pues viviendo como un hijo de Dios
y viendo a los demás como hijos de Dios y tratándoles de acuerdo
a esto.
Es un don del Espíritu Santo que hay que implorar: que nosotros
seamos conscientes, pero no solo con los que tenemos cerca, sino
con todos los que encontramos en nuestro camino, especialmente
con los más necesitados.

SANTA MADRE TERESA DE CALCUTA


La Santa Madre Teresa de Calcuta, contaba un suceso; decía: “Un
día recogí a un hombre en la calle, tenía el cuerpo cubierto de gusa-
121
nos, lo llevé a nuestra casa. Ni maldice, ni culpó a nadie de su situ-
ación, simplemente dijo “he vivido como un animal en la calle pero
voy a morir como un ángel amado y atendido”; tardamos tres horas en
limpiarlo”.
Finalmente el hombre levantó la vista hacia la hermana y dijo: “Me
voy a casa a ver a Dios” y dicho eso, murió. ”Jamás” -comenta la Madre
Teresa- “he visto una sonrisa tan radiante como la de aquel hombre
que se fue a casa a ver a Dios”.

¡QUÉ COSAS PUEDE HACER EL AMOR!


Es posible que la joven hermana no se diera cuenta en su momen-
to, pero estaba tocando el Cuerpo de Cristo. Soy hijo de Dios, soy
hermano de Jesús, yo soy parte de su familia y los demás también;
cuando estoy con alguien, toco el cuerpo de Cristo.
Se lo podemos pedir a nuestra Madre en este día, “Madre nuestra,
ayúdanos a ser muy conscientes de esta realidad, que formamos
parte de la familia divina, que somos hijos de Dios como tú también
eres Hija de Dios”.

Reflexión:
Jesús, yo soy como Tú, Dios es mi Padre, yo soy de Él y Dios es para
mí.

122
Agradecimientos
Nuevamente agradecemos a los sacerdotes que han predicado
estas meditaciones desde, al menos, 9 rincones distintos de Lati-
noamérica y a todos en “10 minutos con Jesús América Latina”, en
especial al equipo de transcripción y edición digital que hicieron
posible este libro: Claudia Alegría de Sarmiento, María Gabriela
Asensio de Castillo, Lisa Benatuil Stull, Lucía Figueroa de Núñez,
María Mercedes Godoy de Cordón, Larisa María González Ríos, Ge-
raldine Lojo de Erichsen, María Mercedes Marroquín de Pemueller,
María Marta Porras, Carmen Santizo de Mayén, Carolina Simán de
Aparicio, María Mercedes Valdés de Contreras, Ana Claudia Valdés
de Fernández y Mónica Vela de Yurrita.

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