Guillermo Tell: Héroe del Pueblo
Guillermo Tell: Héroe del Pueblo
GUILLERMO TELL
PERSONAS
WERNER STAUFFACHER.
CONRADO HUNN.
ITEL REDING.
JUAN AUF DE MAUER. Habitantes de Schwyz.
JORGE DE HOFE.
ULRICO DE SCHMID.
JOST DE. WEILER.
WALTHER FURST.
GUILLERMO TELL.
ROESSELMANN, párroco.
PETERMANN, sacristán. Habitantes de Uri.
KUONI, pastor.
WERNI, cazador.
RUODI, pescador.
ARNOLDO DE MELCHTHAL.
CONRADO BAUMGARTEN.
MEIER DE SARNEN.
STRUTH DE WINKELRIED. Habitantes del Unterwald.
NICOLÁS DE FLUE.
BURKKHARDT DE BUHEL.
ARNOLDO DE SEWA.
PFEIFER DE LUCEBA.
KUNZ DE GERSAU.
JENNI, muchacho pescador.
SEPPI, muchacho pastor.
GERTRUDIS, mujer de Stauffacher.
HEDWIGIA, mujer de Tell, hija de Fürst.
BERTA DE BRUNECK, rica heredera.
ERMENGARDA.
MATILDE. Aldeanas.
ISABEL.
HILDEGARDA.
FRIESHARDT. Soldados.
LEUTHOLD.
ACTO I
ESCENA PRIMERA
Rocas escarpadas que ciñen el lago de los Cuatro––cantones, frente a Schwyz. El lago forma un golfo.
Próxima a la orilla, una cabaña; en el lago, un muchacho pescador en su barca. En el fondo, verdes
praderas, aldeas, alquerías de Schwyz, alumbradas por los rayos del sol. A la izquierda, se divisan los picos
de las montañas coronadas de nubes; y a la derecha, a lo lejos, los ventisqueros. Antes de levantarse el
telón, suena el canto pastoril que llaman Kuhreihen y el cencerreo de los rebaños, y continúan hasta poco
después.
PESCADOR.––(Canta en su barca, con la música del Kuhreihen.) El lago sonríe; invita a bañarse.
Dormía el niño, recostado en la verde orilla, oyó suave sonido como el de la flauta, como la voz de los
ángeles en el paraíso; cuando despierta gozoso, la onda baña su pecho, y una voz salida del fondo de las
aguas, le dice: “¡Oh! niño mío, me perteneces; te sorprendo en brazos del sueño, y voy a llevarte a mi
morada.”
PASTOR.—(En la montaña, variación del Kuhreihen.) “¡Adiós! pastos, praderas que dora el sol; los
pastores deben separarse; huye el verano. Treparemos a los montes, para volver cuando se deje oír el
cuclillo, y resuenen las canciones, y se revista de flores la tierra, y con la llegada de mayo hermoso manen
las fuentes. Adiós, pastos, praderas que dora el sol; los pastores deben separarse; huye el verano.
CAZADOR DE LOS ALPES.––(Parece en lo alto de las rocas. Segunda variación del Kuhreihen.)
Truena en las alturas, tiembla la palanca, pero el cazador prosigue impávido su camino; resistiendo al
vértigo; osado avanza por campos de hielo. Allí, no florece la primavera, ni. ver dea un solo ramo. Tiene
bajo sus plantas un océano de nubes, y no divisa las ciudades de los hombres; sólo ve el mundo a través de
la rasgada niebla, y la verde campiña le aparece, debajo de las aguas.” (Cambia el aspecto del paisaje;.
suena sordo rumor en la montaña, y la sombra de las nubes cubre la comarca. RUODI el pescador, sale de
su cabaña. WERNI, el cazador, desciende de las rocas. KUONI, el pastor, se adelanta con una cántara de
leche. SEPPI, su criado, le sigue.)
RUODI.––Date prisa, Jenni; saca la barca a la orilla. Amenaza y se acerca la tempestad; el pico de
Mitene se corona de nubes y silva el viento glacial saliendo de su caverna; estallará la tormenta antes de lo
que pensamos.
KUONI.––Lluvia tenemos, buen batelero; mis ovejas pacen la yerba con ansia, los perros escarban la
tierra.
WERNI––Saltan los peces, y se sumerge la gallineta; la tempestad hace camino.
KUONI.––(A SEPPI.) A ver, Seppi, si se ha dispersado la vacada.
SEPPPI.––Oigo la esquila de la pelinegra Liseta.
KUONI.–– Entonces no falta una sola vaca, porque ésta llega siempre la última.
RUODI.––Vuestras esquilas, buen pastor, tienen un sonido agradable.
WERNI.––Y es buena la vacada. ¿Es vuestra, compañero?
KUONI.––No soy tan rico; es de mi bondadoso señor de Attinghausen, que la confió a mi cuidado.
RUODI.––¡Qué bien sienta este collar a esta vaca!
KUONI.––Harto conoce que dirige el rebaño; si se lo quitara dejaría de pacer.
RUODI. ¿Esto creéis, de un animal sin razón?
WERNI.––Pronto está dicho eso. También los animales tienen inteligencia. Nadie lo sabe como nosotros,
los cazadores de gamuzas. Cuando quieren pacer tranquilamente, colocan previsoras a poca distancia un
centinela que aguza el oído, y anuncia con un gritó la proximidad del cazador.
RUODI.––(Al pastor.) ¿Volvéis a casa?
KUONI. Ha pasado la estación de los pastos en los Alpes.
WERNI.––Os deseo un feliz regreso, buen pastor.
KUONI.––Y yo a vos; que no siempre se vuelve de vuestras excursiones.
RUODI.––¡Un hombre viene corriendo hacia acá!
WERNI.––Le conozco. Es Baumgarten de Alzellen.
CONRADO BAUMGARTEN. –– (Sin aliento.) Por amor de Dios... vuestra barca, batelero.
RUODI.––Pero bien, ¿qué hay que urge tanto?
BAUMGARTEN.––Desatad la barca, y me salvaréis la vida. Conducidme a la orilla opuesta.
KUONI. ¿Qué os pasa, amigo?
WERNI. ¿Quién os persigue?
BAUMGARTEN.––Daos prisa, daos prisa, porque me siguen de cerca. Me persiguen los soldados del
gobernador, y soy muerto si me cogen.
RUODI. ¿Y por qué os persiguen?
BAUMGARTEN.––Salvadme, primero; luego os lo diré.
WERNI.––Estáis manchado de sangre; ¿qué ha ocurrido?
BAUMGARTEN.––El baile del emperador que residía en Rossberg..
KUONI. ¿Os persigue Wolfenschieszen?
BAUMGARTEN.––No; ya no hará más daño a nadie; le he muerto.
TODOS.––(Retrocediendo.) ¡Dios os socorra! ¿qué habéis hecho?
BAUMGARTEN.––Lo que todo hombre libre, en mi lugar. He usado de mi derecho contra quien
atentaba a mi honor y al de mi esposa.
KUONI.––¿El baile atentó a vuestro honor?
BAUMGARTEN.––Dios y mi hacha se han opuesto a sus infames designios.
WERNI. ¿Le habéis partido el cráneo de un hachazo?
KUONI.––Contadnos lo ocurrido, tenéis tiempo para ello, mientras botan al agua el batel.
BAUMGARTEN.––Había salido a cortar leña en el bosque, cuando de pronto veo llegar a mi mujer, sofo-
cada, angustiada, y me dice que viene huyendo de casa donde se le ha presentado el baile, ordenándole pre-
parar un baño, y haciéndole indignas proposiciones. Inmediatamente me voy allá, y sin aguardar nada,
descargo sobre él un hachazo.
WERNI.––Hicisteis perfectamente Y nadie podrá culparos.
KUONL––¡Miserable! Encontró lo merecido. Mucho ha que el pueblo de Unterwald le debía otro tanto.
BAUMGARTEN.––El suceso se ha hecho público... ; me persiguen y mientras hablamos... ¡Dios mío!...
el tiempo pasa! (Truena.)
KUONI.––Despacha, batelero; conduce este hombre a la orilla opuesta.
RUODI.––No os embarcáis; terrible tempestad se acerca, y fuerza es aguardar.
BAUMGARTEN.––¡Santo Dios!... No me es posible; cada instante que pasa es mortal.
KUONi.––(Al pescador.) Probadlo; con la ayuda de Dios, es necesario auxiliar al prójimo. Lo mismo
puede sucedernos un día a nosotros. (Rayos y truenos.)
RUODI.––El Foehn se desencadena. ¡Ved qué formidable oleaje! ¡No podré conducir mi barca luchando
con la tormenta y las olas!
BAUMGARTEN. –– (Abrazándose a sus rodillas.) ¡Qué Dios tenga piedad de vos, como vos de mí!
WERNI.––Va en ello su vida, batelero; compadecedle.
KUONI.––Es padre de familia; tiene esposa... tiene hijos... (Redoblan los truenos.)
RUODI.––¡Pero también yo arriesgo en ello mi vida! ¡también yo tengo esposa y tengo hijos en casa!
Oid cómo ruge y avanza la tormenta; ved cómo se alzan las olas del fondo del lago. Yo bien quisiera salvar
a ese bravo, pero ya veis que es absolutamente imposible.
BAUMGARTEN.––(De rodillas.) Fuerza será, pues, que caiga en manos de mis enemigos, cuando me
hallo próximo a la playa salvadora... cuando la veo enfrente de mí ... Allí está; la alcanzan mis ojos; lle ga a
ella el eco de mi voz...; y aquí, la barca, que me conduciría a ella... ¿y debo quedarme sin socorro y sin
esperanza?
KUONI.––Mirad quién viene.
WERNI.––Tell de Bürglen.
GUILLERMO TELL—(Armado de su ballesta.) ¿Quién es este hombre que implora socorro?
KUONI ––Un vecino de Alzellen que ha defendido su honor, y ha muerto a Wolfenschieszen, el baile
regio de Rossberg. Los guardias del gobernador siguen sus pasos, y ruega al batelero que le conduzca a la
otra orilla, pero éste, amedrentado por la tempestad, no quiere arriesgarse a ello.
RUODI. Tell sabe también manejar el remo; él os dirá si es posible tentar ese paso.
TELL.—Cuando la necesidad apremia, batelero, se pasa todo. (Grandes truenos, braman las olas.)
RUODI.––Sería como arrojarme a la boca del infierno. Ningún hombre sensato lo intentaría.
TELL.––Los valientes sólo se acuerdan de ellos en último lugar. Fía en el cielo, y socorre al oprimido.
RUODI.––Desde el puerto, fácil es dar consejos. Aquí está la barca; aquí está el lago; probadlo.
TELL. El lago puede calmarse y el gobernador no. Haz un esfuerzo, batelero.
EL PASTOR Y EL CAZADOR––Salvadle! ¡salvadle, salvadle!
RUODI.––No; aunque fuera mi hermano; aunque fuera mi propio hijo; no es posible. Hoy es el día de
San Simón y San Judas... el lago está enfurecido y reclama su presa.
TELL.––De nada sirven las palabras, el tiempo apremia, y es necesario socorrer a este hombre. Dí,
batelero, ¿quieres llevarlo?
RUODI.––No; yo, no.
TELL.––Pues bien. ¡Dios me proteja! venga la barca; voy a ensayar mi débil brazo.
KUONL––¡Valiente Tell!
WERNI.––¡Acción digna de un cazador!
BAUMGARTEN.––Tell, sois mi salvador, mi ángel bueno.
TELL.––Os sustraeré a la cólera del enemigo, mas forzoso será que otro os proteja contra las olas. Pero
siempre vale más ponerse en manos de Dios, que en manos de los hombres. (Al pastor.) Amigo, vos con-
solaréis a mi mujer, si me sucede alguna desgracia. Hago lo que no puedo excusar. (Entra en la barca.)
KUONI.––(Al pescador.) Sois un piloto ¿y no os atrevéis a intentar lo que Tell?
RUODI.––Otros que valen más que yo, no le imitarían. No hay dos hombres como él en estas montañas.
WERNI.––(Encaramado en una roca.) Partió. ¡Que Dios te socorra, bravo batelero! ¡Mirad cómo danza
la barca sobre las olas!
KUONI.––(Desde la ribera.) El oleaje se eleva hasta cubrirla... Ya no veo.. Reaparece... ¡Cómo lu-
cha el experto piloto con la oleada!
SEPPI.––¡Los guardias del gobernador se acercan!
KUONI.––¡Dios mío!... son ellos... Era ya tiempo de socorrerle... (Llegan en tropel algunos caballeros
de Landenberg.)
I er. CARÁLLERo.––Entregadnos al asesino que habéis ocultado.
2.0 CABALLERO.––En vano intentaréis negar que tomó este camino.
KUONI y RUODI. ¿De quién habláis, caballero?
Ier. CABALLERO.––––(Viendo la barca.) ¿Qué veo?... ¡Diablo! ––
WERNI––(Desde su altura.) ¿Buscáis al de la barca?... Entonces, galopad, y podéis todavía alcanzarle.
2.0 CABALLERO.––¡Maldición!... se nos escapó.
Ier.CABALLERO.––(Al pastor y al pescador.) Le habéis auxiliado y debéis sufrir castigo. ¡Caed sobre
sus rebaños, destruid esta choza, matad, incendiad!
SEPPI.––(Huyendo.) ¡Oh! ¡mis corderos!
KUONI.––(Siguiéndole.) ¡Desdichado de mí! ...¡Mi rebaño!
WERNI.––¡Malvados!
RUODI.––(juntando las manos.) ¡Justicia divina!... ¿Cuándo llegará el libertador de esta comarca? (Le
sigue.)
ESCENA II
Cerca de Stein, en Schwyz. Un tilo enfrente de la casa de Stauffacher, situada en la carretera, junto a un
puente.
PFEIFER.––Sí, sí, maestro Stauffazher, como os iba diciendo, no prestéis juramento de fidelidad al Aus-
tria, si es posible excusarlo. Permaneced como hasta ahora firme y resueltamente adicto al imperio, y Dios
os conserve vuestros antiguos privilegios. (Estrecha cordialmente su mano, e intenta alejarse.)
STAUFFACHER.––Aguardad hasta que vuelva mi mujer; sois mi huésped en Schwiz, como yo el vues-
tro en Lucerna.
PFEIFER.––Mil gracias, pero me es forzoso estar hoy mismo en Gersau. Cuando os veáis obligado a su-
frir de la codicia e insolencia de los bailes, soportadlo con resignación, porque semejante estado de cosas
puede cambiar de repente, con ascender al trono otro emperador; pero una vez os habréis entregado al
Austria, será para siempre. (Se va.) (STAUFFACHER se sienta pensativo a la sombra del árbol;
GERTRUDIS, su mujer, le sorprende así, se acerca a él, y le contempla largo rato en silencio.)
GERTRUDIS.––¡Cómo tan grave amigo mío! No te reconozco... muchos días ha que observo silencios!
en tu frente la huella de sombrío pesar. Sí; mudo pesar oprime tu corazón; confíamelo. Soy tu fiel esposa y
reclamo mi parte en tus penas. (STAUFFACHER le tiende la mano, sin decir palabra.) ¿Qué puede
entristecerte? Dímelo. Dios bendice tu trabajo; tu fortuna es floreciente; henchidos tus graneros; tus
caballos, tus bueyes regresan bien apacentados de los montes, para pasar el invierno en cómodos establos.
Se alza tu casa como noble morada, decoran sus habitaciones nuevos artesones dispuestos con orden y
simetría, y la adornan y prestan claridad numerosas ventanas. Brillan en ella restaurados escudos, y sabias
máximas que lee y admira el viajero deteniendo el paso.
STAUFFACHER.––Ciertamente mi casa es cómoda y bien construida, pero ¡ay! que tiembla el suelo en
que la edificamos.
GERTRUDIS—¡Werner de mi alma! ... ¿qué quieres decir?
STAUFFACHER.––Poco ha me hallaba sentado como ahora bajo este tilo, pensando con placer que mi
casa estaba terminada, cuando llega el gobernador de su castillo de Kussnacht, con sus caballeros, y se de-
tiene sorprendido delante de ella; yo me levanto inmediatamente, adelantándome con respeto, como es
debido a quien representa en este país al emperador. ––¿De quién es esta casa? ––pregunta con malignidad,
porque harto lo sabía. Reflexiono un instante, y respondo: ––Señor gobernador, esta casa es del emperador
mi soberano, y vuestro soberano, y yo la poseo en feudo––. Y dice él: ––Gobierno el país en nombre del
emperador, y no quiero en modo alguno que simples villanos edifiquen casas por su propia cuenta y vivan
con libertad como si fueran los señores de la comarca; pensaré en el modo de impedíroslo––. Dicho esto
partió con semblante amenazador, dejándome a mí cuidadoso y pensativo con lo dicho.
GERTRUDIS: Caro esposo y señor; ¿quieres recibir de tu mujer un razonable consejo? Me honro con ser
la hija del noble Iberg, que es hombre muy experto. Más de una vez, sentada con mis hermanas y mientras
hilábamos por las noches, vi a los prohombres del pueblo reunidos en la casa de mi padre para leer las
cartas de los antiguos emperadores y discutir maduramente sobre el bienestar del país. Atenta escuchaba yo
sus discretas frases, las reflexiones del inteligente, los deseos del hombre de bien; de todo conservo
memoria. Oye pues; medita lo que te digo, porque mucho ha que conozco la causa de tu pesar. El
gobernador está irritado contra ti, y quisiera hacerte mala obra, porque eres obstáculo a sus deseos. Ansía
someter a los habitantes de Schwyz a la nueva casa real, pero ellos, como sus dignos antepasados, persisten
fieles al imperio ¿No es esto, Werner.. . . Dime si me engaño.
STAUFFACHER.––Verdad, esta es la causa de la violencia de Geszler.
GERTRUDIS.––Te envidia la dicha de vivir como hombre libre en tu propia heredad, porque él no posee
ninguna. Tienes esta casa en feudo del imperio y del emperador, y puedes probarlo, como el príncipe su
derecho a poseer sus dominios; no reconoces sobre ti otro soberano que el primero de la cristiandad. El
gobernador es, por el contrario, el segundón de su familia y sólo posee su manto de caballero; por esto mira
con malos ojos y con alma emponzoñada la felicidad de los hombres de bien. Hace mucho tiem po que ha
jurado perderte, y hasta ahora saliste librado... ¿Aguardarás a que cumpla sus malvados designios? El que
es prudente toma sus precauciones.
STAUFFACHER.––¿Qué debe hacerse?
GERTRUDIS.–– (Acercándose.) Oye mi consejo. Sabes cuánto se quejan de la rapacidad y crueldad el
gobernador todos los hombres honrados de Schwyz; no dudes que a la otra orilla del lago, en el país de Uri
y Unterwald, están cansados de semejante yugo, porque Landenberg se porta allí con tanta crueldad como
aquí Geszler. Apenas llega una barca que no nos traiga la noticia de alguna nueva desgracia, de alguna
violencia del gobernador. Convendría que algunos de vosotros, los más discretos, os reunierais pa -
cíficamente para excogitar el medio de libertaros de semejante despotismo. Creo que Dios no había de
abandonaros, y sería favorable a la justicia. ¿No tienes en Uri un amigo a quien puedas abrir tu corazón?
STAUFFACHER.––Conozco allí muy buena gente y ricos y respetados vasallos, que son amigos míos
y a quienes puedo fiar mis secretos. (Se levanta.) ¡Ah, esposa de mi alma! ¡Qué tempestad de peligrosas
ideas levantas en mi ánimo tranquilo! Pones ante mí, y a faz del sol, su interior, y lo que al pensamiento
negaba; tus labios lo pronuncian con osadía y ligereza. ¿Pero has refle xionado bien qué me aconsejas?
¿Quieres traer a este pacífico valle la terrible discordia y el estruendo de las armas? ¿Osaremos nosotros,
débiles pastores, atacar al señor del mundo? Sólo esperan un plausible pretexto para lanzar sobre este mí -
sero suelo las feroces hordas de sus soldados, y ejercer los derechos del conquistador, y con apariencias
de justo castigo, aniquilar nuestros antiguos privilegios.
GERTRUDIS.––Hombres sois también; sabéis manejar el hacha... Dios ayuda a los valientes.
STAUFFACHER.––¡Oh, esposa mía! Terrible calamidad es la guerra, y alcanza a los rebaños y al
pastor.
GERTRUDIS. ––Debemos soportar las penas que envía el cielo, pero un noble corazón no soporta la
injusticia.
STAUFFACHER.––Te gusta esta casa que hemos construido, ¿verdad? Pues la guerra la reducirá a
cenizas.
GERTRUDIS.—Si creyese que mi alma estaba encadenada a este pasajero bien, con mi propia mano le
pegaría fuego.
STAUFFACHER.––Amas a la humanidad, ¿verdad? pues la guerra no exime de la muerte al tierno
niño en la cuna.
GERTRUDIS.––La inocencia tiene en el cielo un protector. Extiende tu mirada delante de ti, Werner,
y no a tu espalda.
STAUFFACHER ––Nosotros los hombres podemos morir combatiendo como valientes, pero ¿cuál es
vuestra suerte?
GERTRUDIS.––Los más débiles podemos tomar también nuestro partido; me arrojo desde este
puente, y héteme libre.
STAUFFACHER.––(Arrojándose en sus brazos.) Quien oprime un corazón como el tuyo contra su
pecho, puede batirse gozoso por su hogar y sus ganados, y no teme las armas de rey alguno. Voy ahora
mismo a Uri; allí tengo un huésped, un amigo, Walter Fürst, que piensa de tales tiempos lo mismo que
yo... Allí encontraré también al noble señor de Attinghausen; aunque de elevada alcurnia, ama al pueblo
y honra las antiguas costumbres. Los tres discutiremos los medios de defendernos con valor contra los
enemigos del país... Adiós... y en mi ausencia, cuida solícita de la casa; abre tu ma no generosa al
peregrino y al fraile mendicante, y no permitas que se ale jen sin haberles atendido en todo. La casa de
Stauffacher no se oculta a los ojos del viajero; albergue hospitalario, se levanta al borde del camino.
(Mientras se aleja hacia el foro, salen GUILLERMO y BAUMGARTEN.)
TELL.—(A BAUMGARTEN.) Ahora ya no tenéis necesidad de mí. Entrad en esta casa, morada de
Stauffacher, padre de los oprimidos... verle allí en persona... Seguidme, venid. (Van hacia él.)
ESCENA III
Una plaza pública de Altdorf. En una altura del fondo se levanta una fortaleza en construcción pero
bastante adelantada, de modo que puede distinguirse la forma del edificio. La parte posterior está
terminada; algunos obreros trabajan en la fachada subiendo y bajando de los andamios, y otro en el
tejado. Todo es movimiento y animación.
EL CABO.––(Con su vara aviva a los obreros.) Vaya; ¡poco vagar!... Vengan las piedras, la cal, la ar-
gamasa; es preciso que cuando llegue el señor gobernador halle muy avanzada la obra. ¡Vais a paso de
tortuga! (A dos peones.) ¿A esto llamáis una carga? ¡A traer el doble... al instante! Estos holgazanes no
hacen lo que debieran!
Ier.. COMPAÑERO.––ES muy duro vernos obligados a trasportar con las propias manos las piedras de
nuestro calabozo.
EL CABO. ¿Qué estáis murmurando? Miserable pueblo que sólo sirve para guardar vacas y andorrear
por estos montes.
UN VIEJO.––(Sentándose.) ¡No puedo más!
EL CABO.––(Empujándole.) ¡Vaya!... vejete... a trabajar.
Ier. OFICIAL––No tenéis entrañas; forzar así a tan rudo servicio a un pobre viejo que apenas puede te -
nerse.
EL CANTERO Y SUS COMPAÑEROS.––¡Esto clama al cielo!
EL CABO.––Cuidad de lo que os importa; cumplo mi deber.
2.0OFICIAL.––¿Cómo se llamará el fuerte que estamos construyendo?
EL CABO.–––Se llamará la servidumbre de Uri; bajo este yugo doblaréis la cabeza.
LOS OBREROS—¿La servidumbre de Uri?
EL CABO.–– ¿Por qué reís?
EL 2° OFICIAL.––¿Con este pequeño edificio queréis esclavizar a Uri?
EL Ier.. OFICIAL.––Mirad cuántos montoncillos de tierra os será forzoso echar uno encima de otro
para igualar la más bajá montaña de Uri. (El cabo se retira hacia el foro.)
EL CANTERO.––Arrojaré al fondo del lago el martillo con que construí este edificio. (TELL y
STAUFFACHER llegan.)
STAUFFACHER: ¡Oh! habré vivido tan sólo para presenciar semejantes espectáculos!
TELL.––Aquí no se siente uno bien; alejémonos.
STAUFFACHER.––¡Me hallo realmente en Uri, patria de la libertad!
EL CANTERO—¡Oh! señor, si hubieseis visto el calabozo construido–– debajo de la torre! ... El que
sea encerrado allí no oirá el canto del gallo.
STAUFFACHER.––Mirad estos baluartes, estos estribos, que parecen construidos para la eternidad.
TELL.––Lo que las manos alzaron, las manos pueden derribarlo. (Señalando la montaña.) Dios nos
dio la fortaleza de la libertad. (Suena un tambor, llegan algunos hombres con un sombrero en lo alto de
un palo. Un pregonero les sigue; mujeres y niños salen en tumulto.)
EL Ier..OFICIAL.––¿Qué significa este tambor?. . .
EL CANTERO.––¿Qué mascarada es ésta? ¡Atención! ... ¿Para qué es este sombrero?
EL PREGONERO.––En nombre del emperador, oid.
Los OBREROS.––Silencio; oid.
EL PREGONERO.––Habitantes de Uri; ahí tenéis este sombrero que va a ser colocado en lo alto de un
mástil, en medio de Altdorf, en el sitio más elevado. Es la voluntad del señor gobernador, que este
sombrero sea honrado como su propia persona. El que pase por delante de él, debe hincar la rodilla y
descubrirse, con lo cual reconocerá el rey a sus súbditos. Quien no cumpla esta or den será castigado con
pena corporal y la confiscación de sus bienes. (El pueblo prorrumpe en una carcajada, suena el
tambor, y se retiran los soldados.)
EL Ier. OFICIAL.––¿Qué nueva extravagancia se le ocurrió al gobernador? ¡Honrar a su sombrero nos-
otros! ¿Habéis visto nunca cosa igual?
EL CANTERO.––¡Que hinquemos la rodilla delante de un sombrero! ... ¿Así se hace burla de un
pueblo grave y respetable?
EL Ier.OFICIAL.––Si fuera la corona imperial podría pasar, pero el sombrero austríaco, tal como lo vi
colgar del trono, cuando fuimos a prestar homenaje...
EL CANTERO.––¡El sombrero austríaco! ... ¡Mucho cuidado! ... es un lazo que se nos tiende para en-
tregarnos al Austria.
LOS OBREROS.––No habrá hombre de honor que se someta a esta humillación.
EL CANTERO.––Venid a poneros de acuerdo con los demás. (Se retiran el foro.)
TELL––(A STAUFFACHER.) Ya veis lo que ocurre... Con Dios, maestro Werner.
STAUFFACHER. ¿A dónde váis?.. . No tengáis tanta prisa...
TELL.––La casa reclama al padre, adiós.
STAUFFACHER.––Mi corazón rebosa; quisiera hablaros.
TELL.––Las palabras no alivian al corazón oprimido.
STAUFFACHER.––Pero las palabras podrían llevarnos a las obras.
TELL.––Por ahora, fuerza es callar y resignarse.
STAUFFACHER.–– ¿Sufriremos lo insufrible?
TELL.––El reinado de los tiranos violentos es el más breve. Cuando se desencadena la tempestad, se
apagan los hogares, se refugian las barcas en el puerto, y pasa el terrible huracán sobre el haz de la tierra
sin causar perjuicio, y sin dejar rastro. Viva tranquilo cada cual en su casa, que fácilmente se deja en paz
a los pacíficos.
STAUFFACHER. ¿Tal os parece?
TELL.––La serpiente no pica si no la excitan. Si ven que el país permanece tranquilo, se cansarán.
STAUFFACHER.––Mucho podríamos si unidos esperáramos.
TELL.––En el naufragio se auxilia más fácilmente a sí mismo el que va solo.
STAUFFACHER.––¿Con tal frialdad abandonáis la causa pública?
TELL.––Sólo consigo mismo puede contar cada cual.
STAUFFACHER.––Pero de la unión de los débiles nace la fuerza.
TELL.––Pero el fuerte lo es más, si va solo.
STAUFFACHER.––Decid pues, que la patria no puede contar con vos para el caso de acudir a la
resistencia en su desesperación.
TELL.––(Tomándole la mano.) Tell que salva a un cordera caído en un precipicio, ¿abandonaría a los
suyos? Mas sea lo que quiera lo que hagáis, no me invitéis a vuestras reuniones, porque no puedo discu -
tir ni reflexionar largamente. Si tenéis necesidad de mí para un gol pe atrevido, llamad entonces a Tell y
no faltará. (Se van en opuesta dirección. De repente suena un alboroto junto a los andamios.)
EL CANTERO. ¿Qué pasa?
EL Ier.OFICIAL.––(Se adelanta gritando.) El pizarrero se ha caído de la cubierta.
BERTA.––(Seguida de algunas personas.) ¿Ha muerto?... Corred, socorredle, salvadle, si hay tiempo..
Salvadle... ahí tenéis oro. (Reparte entre los presentes sus joyas.)
EL CANTERO.––¡Por el oro!. Pensáis conseguirlo todo con vuestro oro. Después de haber arrebatado
un padre a sus hijos, un marido a su mujer, sembrando la desola ción, pensáis compensarlo todo con
dinero! Id enhorabuena; antes de vuestra venida vivíamos felices y con vosotros llegó la desespera ción.
BERTA.—(Al cabo de vara que entra.) ¿Vive? (El CABO hace un signo negativo.) ¡Oh! ... infame
fortaleza, edificada para la maldición; la maldición pesará sobre sus habitantes. (Se va.)
ESCENA IV
ACTO II
ESCENA PRIMERA
El castillo del barón de Attinghausen. Una sala gótica; adornan los ángulos algunas panoplias.
ESCENA II
Una pradera rodeada de bosques y escarpadas rocas. Sobre las rocas algunos senderos con barandilla y
escaleras practicables. En el fondo; el lago; brilla sobre él un arco-iris lunar. Altas montañas coronadas
de nieve, en último término. Es de noche; la luna ilumina el paisaje, el lago y los ventisqueros.
ACTO III
ESCENA PRIMERA
WALTHER.––(Canta.) “Con su arco y sus flechas, por montañas y por valles, va el cazador apenas ama-
nece.”
“Como el buitre en los aires, reina el cazador libremente en los barrancos y en las montañas.”
“Suyo es el espacio, que alcanza su flecha; cuanto vuela, y cuanto se arrastra, todo es suyo.” (Se dirige
hacia su padre, saltando.) Se me ha roto la cuerda; recomponla, padre. . .
TELL.––No; el buen cazador se auxilia a sí mismo. (Los niños se van.)
HEDWIGIA.––Temprano empiezan nuestros hijos a tirar la ballesta.
TELL.––Temprano ha de empezar a aprender quien quiera ser maestro en el arte.
HEDWIGIA—Dios quiera que no lo sean jamás.
TELL.––Bueno es que lo sepan todo... quien se aventure a vivir en el mundo, debe aprestarse al ataque y
a la defensa.
HEDWIGIA.––¿Ninguno de los míos se quedará a vivir tranquilo en casa?
TELL––Mujer, yo no puedo variar; no he nacido para pastor, necesito correr constantemente tras fugitivo
fin, y sólo me siento vivir cuando arriesgo diariamente la vida.
HEDWIGIA.––Y no piensas en la ansiedad de tu esposa que espera desolada tu vuelta. Me atemoriza lo
que refieren tus criados de vuestras arriesgadas excursiones. Cada vez que me dejas, late mi corazón
temeroso de que no vuelvas. Ora te imagino extraviado en medio de las montañas de hielo, saltando de roca
en roca; ora persiguiendo a la gamuza que con súbita vuelta te arrastra al abismo. Otras veces te veo
sepultado bajo formidable alud, o resbalando sobre el hielo hasta caer en precipicio espantoso. ¡Ay, que la
muerte amenaza al cazador de los Alpes de mil diferentes modos! Triste ocupación la que así os trae, con
riesgo de vuestra vida, al borde del abismo.
TELL.––Quien sabe mirar en torno con sangre fría, y confía en Dios, y es fuerte y ágil, burla fácilmente
el peligro y evita los tropiezos. La montaña no asusta al que ha nacido en ella. (Terminado su trabajo deja
las herramientas.) ¡Ah! me parece que hay puerta para rato; ¿ves?.. para nada necesito al carpintero,
gracias a mi hacha. (Toma su sombrero.)
HEDWIGIA. ¿A dónde vas?
TELL.––A Altdorf, a casa de mi padre.
HEDWIGIA. ¿No traes entre manos algún proyecto arriesgado?... ¡Confiésalo!
TELL—¿De dónde sacas tú...
HEDWIGIA.––Algo se trama contra los bailes. Ha habido una reunión en Rutli, lo sé, y tú formas
también parte de la liga.
TELL.––No; no me encontraba allí, pero no he de ser sordo a la voz de la patria, si me llama.
HEDWIGIA.––Han de elegir para ti el puesto de más peligro; como siempre... te cabrá en suerte lo más
arduo.
TELL.––A cada cual, según sus medios.
HEDWIGIA.––Durante la tempestad condujiste a un hombre de Unterwald por el lago, y milagro es que
hayas vuelto. ¿Pero no piensas nunca en tu esposa y en tus hijos?
TELL.––¡Ah! cara esposa, ¿no pensaba en vosotros cuando devolvía un padre a sus hijos?
HEDWIGIA.––¡Navegar por el lago en día de borrasca!... Esto no es confiar en Dios, es tentar a la Pro-
videncia.
TELL.––Quien mucho piensa poco hace.
HEDWIGIA.––Ah, sí; eres bueno, eres compasivo, a todos haces beneficios, pero si tú necesitaras algo,
nadie te ayudaría.
TELL.––Dios quiera que no necesite ayuda. (Toma su ballesta y sus flechas.)
HEDWIGIA.––¿Qué vas a hacer de tu ballesta? Déjala acá...
TELL.––Cuando me falta un arma, me parece que me falta un brazo. (Salen los niños.)
WALTHER.––Padre, ¿a dónde vas?
TELL.––A Altdorf, hijo mío, a ver a tu abuelo... ¿Quieres venir?
WALTHER.––Ya lo creo.
HEDWIGIA.––Ahora está allí el gobernador; no vayas.
TELL.––Se va de allí hoy mismo.
HEDWIGIA.––Deja que se vaya primero; no hagas que se acuerde de ti.., ya sabes que nos quiere mal.
TELL.––Su mala voluntad no puede causarme perjuicio; vivo honradamente y no temo a nadie.
HEDWIGIA.––A los que obran bien les odia precisamente más.
WALTHER.––No, madrecita; yo voy con mi padre.
HEDWIGIA. –– Walther, ¿podrás abandonar a tu madre?
WALTHER.––Te traeré algún lindo regalo de casa de mi abuelo. (Se va con su padre.)
GUILLERMO––Madre, yo me quedo contigo.
HEDWIGIA.––(Le abraza.) Sí; tú eres mi hijo predilecto, tú eres el único que me resta. (Va hasta la
puerta, y les sigue largo rato con la mirada.)
ESCENA II
ESCENA III
Una pradera en Altdorf; algunos árboles en primer término. En el foro, una percha de la cual colgará un
sombrero. Limita al horizonte la sierra de Bannberg, y una montaña nevada.
FRIESHARDT.––En vano aguardamos; nadie pasará a saludar el sombrero. Y sin embargo, mucha gente
había por aquí... ¡si parecía esto una feria!... pero desde que se colgó este espantajo, la pradera ha quedado
desierta.
LEUTHOLD.––Y sólo vemos, pasar algunos mendigos que vienen aquí a quitarse su andrajoso gorro...
pero los buenos prefieren dar una larga vuelta antes que inclinarse delante del sombrero.
FRIESHARDT.––Pero no tendrán otro remedio que pasar por aquí, a medio día, cuando salgan de la casa
capitular. Buena presa esperaba hacer hoy, porque nadie se acordó del saludo; pero el cura que venía de
asistir a un enfermo lo advirtió, y se ha plantado con los santos sacramentos juntito a la percha; el mo-
naguillo tocaba la campanilla, y claro, todos se han arrodillado, y yo también, pero no al sombrero, sino a
los santos sacramentos hicieron la reverencia.
LEUTHOLD.––¡Camarada! ––me parece que estamos aquí como puestos a la vergüenza, porque la
verdad es que es vergonzoso para un soldado hacer guardia junto a un mal sombrero... Esta gente nos
desprecia, sin duda. Descubrirse al pasar por delante de él... confesemos que es un extravagante capricho.
FRIESHARDT. ¿Y por qué no por un sombrero? ¿No saludas tú muchas cabezas hueras?
(HILDEGARDA, MATILDE, ISABEL llegan llevando a sus niños de la mano, y pasan por delante de la
percha.)
LEUTHOLD.––¡Valiente pillo estás tú con ese celo! De buena gana maltratarías a estos buenos
aldeanos... Por mí que hagan lo que quieran; yo haré la vista gorda.
MATILDE.––Hijos míos, ¿veis el sombrero del gobernador?.. saludad con respeto.
ISABEL: ¡Ojalá se vaya pronto y no nos deje más recuerdo que este!... ¡No irían las cosas peor de lo que
van!
FRIESHARDT.––(Echándolas fuera.) Vaya... afuera, miserable caterva de mujeres... ¡No hacéis falta
por aquí! Vengan vuestros maridos si son tan valientes que se atrevan a forzar la consigna. (Se van las mu-
jeres. TELL se adelanta armado de su ballesta y llevando de la mano a su hijo; pasan por delante del
sombrero sin fijar en él la atención.)
WALTHER.––(Señalando la sierra.) Padre, ¿verdad que los árboles de estas montañas manan sangre al
darles un hachazo?
TELL. ¿Quién te ha dicho esto, hijo. mío?
WALTHER.––Un pastor. Dice que estos árboles están encantados, y si alguien los maltrata, después de
muerto, sale su mano de la fosa.
TELL.—Sí, sí; estos árboles están encantados, verdad... ¿Ves a lo lejos aquellas montañas que se elevan
hasta tocar al cielo?
WALTHER.––¡Los ventisqueros que retumban de noche como el trueno!... de allí se desprenden los
aludes.
TELL.––Sí, hijo mío... pues mira, si el bosque que está encima del pueblo no los detuviera, sepultarían
en el hielo a Altdorf.
WALTHER.–––(Después de un momento de reflexión.) Padre, ¿hay países sin montañas?
TELL.–––Cuando se desciende de éstas, y se sigue el curso del río hacia abajo, se llega a una vasta
comarca donde no hay torrentes espumosos y corren las aguas, lentas, tranquilas... Allí verías cómo crece el
trigo en la ancha llanura; la campiña parece un jardín.
WALTHER.––Y bien, padre, ¿por qué no vamos cuanto antes a un país tan bello, en lugar de estarnos
aquí, siempre ansiosos... siempre atormentados?
TELL.––¡Oh!... Aquel país es muy bueno, es bello como el paraíso, pero los que lo cultivan no disfrutan
de lo que sembraron.
WALTHER.––¡Cómo!... ¿No son libres como tú, en sus tierras?
TELL.––Sus tierras son del rey y del obispo.
WALTHER.––Pero podrán cazar con libertad en sus bosques,
TELL.––La caza, las aves, son del rey.
WALTHER.––Entonces pescarán en el río.
TELL.–––Los ríos, el mar, la sal, son del rey.
WALTHER:––¿Y quién es el rey que tanto le temen?
TELL.––Es un hombre que les protege y les mantiene.
WALTHER.––¿Y no pueden protegerse ellos mismos?
TELL.––Allí el vecino no se fía del vecino.
WALTHER.––Padre, no me gustaría vivir allí; prefiero seguir bajo los aludes.
TELL.––Sí, hijo mío; más vale vivir entre hielos, que junto a los malos. (Prosiguen su camino.)
WALTHER.––¡Mira, padre, qué sombrero colgando de una percha!
TELL.––¡Y qué nos importa! . Ven; sígueme. (A los pocos pasos. FRIESHARDT se adelanta con su
pica.)
FRIESHARDT.––En nombre del emperador, deteneos y no paséis adelante.
TELL.––(Cogiendo la pica.) ¿Qué queréis?... ¿Por qué me detenéis?
FRIESHARDT.––Habéis faltado a la orden; seguid.
LEUTHOLD.––Pasasteis sin saludar este sombrero.
TELL.––¡Dejadme pasar, buen hombre!
FRIESHARDT.––¡Vaya!... ¡vaya!... ¡A la cárcel!
WALTHER.–––¡Mi padre a la cárcel! ¡Socorro! ¡Socorro! (Sale gente.) Aquí... socorrednos... ayudad-
nos. (Los guardias se llevan a TELL. Salen el CURA y el SACRISTÁN y tres hombres más.)
EL SACRISTÁN.––¿Qué hay?
ROESSELMANN.––¿Por qué prendes a este hombre?
FRIESHARDT.––Por enemigo del imperio, por traidor.
TELL.––(Sacudiéndole con fuerza.) ¡Yo traidor!
ROESSELMANN.––Te engañas, amigo; es Tell, un hombre honrado y un buen ciudadano.
WALTHER.––––(Viendo a WALTHER FURST y corriendo hacia él.) ¡Socorro, abuelo, que maltratan a
mi padre!
FRIESHARDT: ¡Vaya! ¡a la cárcel!
WALTHER FURST.–– (Acudiendo.) Yo respondo de él. Deteneos. En nombre del cielo, ¿qué ha
ocurrido, Tell? (Salen MELCHTHAL y STAUFFACHER.)
FRIESHARDT.––Desprecia la autoridad suprema del gobernador, y no quiere reconocerla.
STAUFFACHER.––¡Tell obraría así!
MELCHTHAL.––¡Mientes, pillastre!
LEUTHOLD—¡No ha saludado el sombrero!
WALTHER FURST.––¿Y por esto irá a la cárcel? Amigo mío, acepta mi fianza y suéltalo.
FRIESHARDT.––Guarda para ti tu fianza; nosotros obedecemos a la consigna. Vamos; ¡a la cárcel!
MELCHTHAL.––¡Irritante violencia! ¡Y sufriremos que impunemente nos lo roben!
EL SACRISTÁN.––Somos los más fuertes; compañeros, no suframos tal; debemos ayudarnos
mutuamente.
FRIESHARDT.––¿Quién se atreve a resistir a las órdenes del gobernador?
TRES ALDEANOS. –– (Acudiendo.) Nosotros os ayudaremos... ¿qué hay? ¡A tierra con ellos! (HILDE-
GARDA, MATILDE e ISABEL vuelven a salir.)
TELL.––Ya me defenderé solo. Retiraos, buena gente... ¿Creéis que si quisiera emplear la fuerza me
impondrían temor sus alabardas?
MELCHTHAL. –– (A FRIESHARDT.) ¡A ver si te atreves a llevártelo en nuestra presencial
WALTHER FURST y STAUFFACHER. ––¡Calma!… ¡calma! ...
FRIESHARDT. –– (Gritando.) ¡A mí!... ¡Un motín... una sedición! (Suenan a lo lejos las trompas de
caza.)
LAS MUJERES.––¡El gobernador!
FRIESHARDT.–– (Gritando.) ¡A motín... socorro!
STAUFFACHER.––Grita hasta que revientes, bribón.
ROESSELMAN y MELCHTHAL... ¿Quiéres callar?
FRIESHARDT. –– (Sigue gritando.) ¡Socorro! ¡socorro! ¡Favor a la justicia!
WALTHER FURST.––¡El gobernador!... ¡Ay de nosotros!... ¿Qué va a pasar aquí? (GESZLER a ca-
ballo y llevando en la mano el halcón; RODOLFO, BERTA, RUDENZ y numerosa comitiva de criados
alrededor de la escena.)
RODOLFO.––¡Paso!... ¡paso al gobernador!
GESZLER.––¡Dispersadlos!... ¿Por qué este corrillo?... ¿Quién pide socorro? ¿Qué pasa? (Silencio ge-
neral.) Quiero saberlo. (A FRIESHARDT.) Avanza. ¿Quién eres tú, y por qué has preso a este hombre?
(Entrega el halcón a su criado.)
FRIESHARDT.––Poderoso señor, soy un soldado de tu ejército, y me hallaba de centinela junto a este
sombrero. He preso a este hombre porque se ha negado a saludarle; quería llevarlo a la cárcel cumpliendo
tus órdenes, y el pueblo quiere quitármelo por la fuerza.
GESZLER.––(Después de un momento de silencio.) ¿Así desprecias al emperador, y a mí que ocupo su
lugar, negándote a mostrar el respeto debido a este sombrero que mandé colgar aquí para poner a prueba
vuestra obediencia? Con esto das a comprender tus malas intenciones.
TELL.––Perdonadme, señor; fue distracción, no desprecio, perdonadme. Como me llamo Tell; que no
sucederá otra vez.
GESZLER.––(Despuéz de un momento de silencio.) Tell, eres maestro en el arco. Dicen que das siempre
en el blanco.
WALTHER.––Cierto, señor; mi padre acierta una manzana a cien pasos.
GESZLER. ¿Es hijo tuyo, Tell?
TELL.––Sí; señor.
GESZLER.––¿Tienes muchos hijos?
TELL.––Dos, señor.
GESZLER. ¿A cuál de ellos amas con más cariño?
TELL.––Ambos son mis hijos del alma.
GESZLER.––Pues bien, Tell puesto que aciertas una manzana a cien pasos, es necesario que dés una
prueba de tu puntería. Toma tu ballesta; precisamente la llevas contigo. Prepárate a acertar una manzana
colocada sobre la cabeza de tu hijo. Pero te aconsejo que apuntes bien y des en el blanco del primer fle-
chazo, porque si yerras, pagarás con la vida. (Todos manifiestan su horror.)
TELL.––Señor, ¡qué horrible mandato el vuestro! ... ¿Yo debo sobre la cabeza de mi hijo... ? No, no, no,
mi bondadoso señor... no es posible que se os ocurra... ¡Líbreme de ello el Dios de las misericordias! ... Vos
no podéis con formalidad exigir de un padre semejante cosa.
GESZLER.––Tú dispararás sobre una manzana colocada en la cabeza de tu hijo... lo quiero y lo mando.
TELL.––¡Yo apuntar con mi ballesta a mi propio hijo!... antes la muerte.
GESZLER:––Dispararás o morirás con él.
TELL.––¡Ser el verdugo de mi hijo! ... ¡Señor... vos no tenéis hijos... vos no sabéis lo que pasa en el
corazón de un padre!
GESZLER.––Por vida mía, Tell, que te vuelves de súbito muy prudente. Dicen que eres un soñador, que
te apartas de los hábitos de los demás, que gustas de lo extraordinario... ahí tienes por qué elegí para ti una
acción arriesgada. Otro reflexionaría, pero tú, tú cerrarás los ojos y tomarás osadamente tu partido.
BERTA.––No os chancéis, señor, con esta pobre gente. Vedlos pálidos y temblorosos en vuestra pre-
sencia; no están acostumbrados a tomar a chanza las palabras de su gobernador.
GESZLER.––¿Y quién os ha dicho que me chanceo? (Se acerca a un árbol y coge una manzana.) Ahí
está la manzana... ¡despejar!... Que mida la distancia según el uso. Le concedo ochenta pasos... ni más ni
menos. Se jacta de acertar un hombre a cien pasos... Ahora dispara y no yérres el tiro.
RODOLFO––Dios mío; la cosa se formaliza... Arrodíllate, hijo, y suplica al gobernador que te conceda
la vida.
WALTHER FURST.––(A MELCHTHAL que apenas puede contenerse.) ¡Dominaos, os lo ruego...
calma!...
BERTA.––(Al gobernador.) Basta, señor; es inhumano jugar así con la angustia de un padre. Aunque
este pobre hombre mereciera morir por su leve falta, ¿no acaba de sufrir diez muertes? Dejadle volver a su
cabaña; ha aprendido a conoceros, y él y sus hijos se acordarán de este momento mientras vivan.
GESZLER.––Vaya... ¡despejad!... ¿Por qué tardas? Merecías morir, puedo matarte y ya ves... en mi
clemencia pongo tu suerte en tus hábiles manos. No debe lamentarse del rigor de su sentencia el hom bre a
quien se deja dueño de su propio destino. Te jactas de tener buen ojo; ¡pues bien, cazador!... se trata de que
nos muestres tu habilidad. El blanco es digno de ti, y el premio no carece de importancia. Dar en mitad del
blanco eso cualquiera lo hace, pero el que es maestro, en todas ocasiones está seguro de su destreza, y no
pierde el pulso ni la puntería porque lata su corazón.
WALTHER FURST.––(Echándose a sus plantas.) Señor gobernador, reconocemos vuestro poder, mas
preferid la clemencia a la justicia; tomad la mitad de mis bienes, tomadlos todos si queréis, pero excusad
tan horrible tortura a un padre.
WALTHER.––Abuelo, no te arrodilles delante de este mal hombre. Decid dónde debo colocarme, que por
mi parte nada temo. Mi padre acierta los pájaros en el aire, y no herirá en el corazón a su hijo.
STAUFFACHER.––Señor, ¿no os conmueve su inocencia?
ROESSELMANN.––Pensad que hay un Dios en el cielo, a quien debéis dar cuenta de vuestras acciones.
GESZLER.––(Señalando al niño.) Atadle a ese árbol.
WALTHER.––¡Atarme! No, no quiero ser atado; tranquilo como un cordero, no me atreveré a respirar si-
quiera, pero si me atáis, no lo sufriré... no quiero que me atéis... si me atáis, resistiré.
RODOLFO.––Sólo te vendarán los ojos, hijo mío.
WALTHER. ¿Y por qué? ¿Os figuráis que le temo a una flecha lanzada por mano de mi padre? Quiero
esperarla con firmeza y sin pestañear... Vamos, padre mío, pruébales que eres diestro arquero. No quiere
creerte, e intenta perdernos. . . A despecho de este hombre cruel, dispara, y acierta. (Se dirige al árbol, y
colocan la manzana sobre su cabeza.)
MELCHTHAL—(A sus compañeros.) Pues qué... ¿se cometerá este crimen en nuestra presencia? ¿Para
qué prestamos juramento?
STAUFFACHER.––ES inútil; no tenemos armas, y ved en cambio qué bosque de lanzas nos rodea.
MELCHTHAL—¡Ah! si hubiésemos ejecutado nuestro designio inmediatamente! ¡Dios perdone a los
que aconsejaron que se aplazara!
GESZLER—(A TELL.) ¡Manos a la obra! No se llevan armas impunemente, y es peligroso pasearse por
ahí con un instrumento de muerte; la flecha va a parar de rechazo contra el que la arroja. Este derecho que
con tal orgullo se atribuye el campesino, ofende al señor de esta comarca, porque sólo quien manda debe ir
armado. Puesto que os satisface usar el arco y las flechas... Perfectamente... yo os daré el blanco.
TELL.—(Tíende la ballesta y coloca en ella una flecha.) ¡Haceos a un lado!... a un lado!
STAUFFACHER.––¡Cómo, Tell!... ¿intentaréis?... No; ¡jamás!... tembláis..., vuestra mano tiembla, se
doblan vuestras rodillas!
TELL.––(Deja caer su ballesta.) ¡Todo da vueltas en torno!
LAS MUJERES—¡Dios mío!
TELL.––(Al gobernador.) Excusadme este trance. Ahí está mi pecho; ordenad a vuestros soldados que
me maten.
GESZLER: No quiero tu vida; quiero que dispares la flecha. Todo lo puedes, Tell; nada te asusta; ma-
nejas así el remo como la ballesta, y no te impone pavor la tempestad cuando se trata de salvar a un hom -
bre; sálvate ahora a ti mismo, puesto que salvas a los demás. (TELL, hondamente agitado y con las manos
temblorosas, ora vuelve los ojos al gobernador, ora los eleva al cielo. De repente saca una segunda flecha
de su carcaj. El gobernador observa todos sus movimientos.)
WALTHER.––(Bajo el árbol.) Disparad, padre; nada temo.
TELL.––Forzoso es. (Recoge sus fuerzas y se apresta a disparar.)
RUDENZ.––(Que durante la escena ha intentado dominarse, se adelanta.) Señor gobernador, sin duda
no pasaréis más adelante... No; esto fue una prueba, y habéis logrado ya vuestro objeto. Extremar las medi -
das de rigor no sería prudente, porque el arco demasiado tirante se rompe.
GESZLER.––Callad, hasta ser preguntado.
RUDENZ.––Quiero hablar, debo hablar; el honor del rey es sagrado para mí... Semejante conducta sólo
puede producir el odio, y ésta no es la intención del rey; me atrevo a afirmarlo. Mis conciudadanos no
merecen semejante crueldad, y vuestras atribuciones no se extienden hasta estos límites.
GESZLER.––¡Cómo! Osáis...
RUDENZ: Guardé silencio mucho tiempo ha sobre todas las maldades de que fui testigo, y cerré los ojos
a cuanto veía, y oculté en mi pecho la indignación de mi alma, pero callar por más tiempo fuera hacer
traición a mi patria y al emperador.
BERTA.––(Interponiéndose entre él y el gobernador.) ¡Dios mío!... ¡Así irritáis más y más a este fu-
rioso!
RUDENZ.––Abandoné a mis conciudadanos, renuncié a mi familia, rompí todos los lazos de la natu-
raleza para unirme a vos. Creía abrazar el mejor partido para este país, afirmando en él el poder de imperio,
pero cae la venda de mi; ojos y me veo con espanto atraído a un abismo. Perturbasteis mi mente inexperta,
engañasteis mi ánimo confiado; con la más noble intención perdía a mis compatriotas.
GESZLER. ¡Temerario! ... Hablas así a tu soberano.
RUDENZ.––Mi soberano, es el emperador, y no Geszler. Libre al par que vos, puedo medirme con vos
como caballero, y si no representarais al emperador, a quien venero, en el punto en que le hacéis ultraje os
arrojaría el guante a la cara, y debierais darme satisfacción según las leyes de caballería. Sí; llamad a
vuestros soldados... no estoy desarmado como el pueblo... tengo una espada y al primero que se acerque...
STAUFFACHER.––––(Gritando.) ¡Acertó la manzana! (Mientras todos escuchaban al gobernador y a
RUDENZ, TELL disparó la flecha.)
ROESSELMANN.––¡El niño vive!
ALGUNOS.––––(Exclaman.) ¡Acertó la manzana! (WALTHER FURST tiembla, próximo a caer
desmayado. BERTA le sostiene.)
GESZLER.––(Sorprendido.) ¿Ha disparado?... ¡Cómo este demonio...
BERTA.––El niño vive; volved en vos, buen padre.
WALTHER.––(Acudiendo con la manzana.) Padre, toma la manzana; ya sabía yo que no habías de las-
timar a tu hijo. (TELL, al disparar la flecha, inclina el cuerpo hacia delante como si quisiera seguirla;
después deja caer la ballesta, y cuando ve volver a su hijo, corre a su encuentro extendiendo los brazos, y
le oprime con ardor contra su seno. Luego desfallece, próximo a perder el sentido. Todas le contemplan
con emoción.)
BERTA.––¡Bondad divina!
WALTHER FURST.––¡Hijos míos! ¡hijos míos!
STAUFFACHER.––¡Dios sea alabado!
LEUTHOLD.––¡Acción memorable que ha de pasar a la historia!
RODOLFO.––Mientras estas montañas permanezcan inmóviles sobre su base, se hablará del arquero Te-
ll. (Presenta la manzana al gobernador.)
GESZLER.––¡Por el cielo! La atravesó de parte a parte. Es maravilla; forzoso es hacerle justicia.
ROSSELMANN.––El flechazo ha sido bueno, pero ¡ay de aquel que ha forzado este hombre a tentar a la
Providencia!
STAUFFACHER.––Volved en vos, Tell, levantaos; os habéis portado bravamente, y podéis volver a casa
en libertad. ––
ROESSELMANN.––ld, y devolved al hijo a su madre. (Intentan llevárselo.)
GESZLER.––¡Oye, Tell!
TELL––(Vuelve.) ¿Qué me mandáis, señor?
GESZLER. Has guardado una segunda flecha contigo... Sí; sí; lo he visto perfectamente... ¿Cuál era tu
intención?
TELL.––(Confuso.) Señor; es costumbre entre los cazadores.
GESZLER—No, Tell, no acepto tu respuesta; otra era tu intención. Dime la verdad con toda franqueza,
libremente. Sea lo que fuere, te prometo que tienes asegurada la vida. ¿Qué pensabas hacer de tu segunda
flecha? ,
TELL.––Pues bien, señor; puesto que me prometéis la vida, os diré la verdad. (Saca la flecha y la mues -
tra al gobernador con terrible ademán.) Si hubiese tocado a mi hijo del alma, con esta segúnda flecha
disparaba contra vos, y juro al cielo que esta vez... no hubiera errado el golpe.
GESZLER.––Bien, Tell, te he prometido la vida bajo palabra de caballero, y lo cumpliré; mas cono-
ciendo tus malas intenciones, voy a llevarte donde no veas jamás al sol ni la luna. Así me hallaré al abrigo
de tus flechas. Cogedle y atadle. (Atan a TELL.)
STAUFFACHER. –– ¡Cómo, señor! ¿Podéis tratar así a un hombre a quien Dios protege visiblemente?
GESZLER.––Veremos si Dios le libertará por segunda vez... Llevadle a mi barca; soy con él al instante y
yo mismo le conduciré a Kussnacht.
ROESSELMANN.––No os atreveréis a ello; el mismo emperador no se atrevería, porque esto es
contrario a nuestros fueros.
GESZLER. ¿Dónde están? ¿Los ha confirmado el emperador? No; no los ha confirmado, y sólo con
vuestra obediencia obtendréis esta gracia. Rebeldes a sus mandatos, alimentáis audaces proyectos de resis-
tencia... Os conozco; leo en vuestros corazones. Prendo sólo a este hombre entre vosotros, pero todos
habéis tomado parte en su delito. Aprenda el discreto a callar y a obedecer. (Se va; BERTA, RUDENZ,
RODOLFO y los soldados le siguen. FRIESHARDT y LEUTHOLD Se quedan.)
WALTHER FURST.—(Con vivísima pena.) Se va; ha resuelto perderme a mí, y a toda mi familia.
STAUFFACHER.––(A TELL.) ¡Oh!... ¿Por qué habéis excitado la rabia de este energúmeno?
TELL.––¿Pero habrá quien sea dueño de sí en trance tan cruel?
STAUFFACHER.––¡Esto es hecho!... ¡Esto es hecho! Con vos quedamos encadenados todos, todos
esclavos. (Los aldeanos rodean a TELL.) ¡Con vos se aleja nuestro último consuelo.
LEUTHOLD.––(Acercándose.) Tell, os compadezco, pero debo obedecer.
TELL.––Adiós.
WALTHER.––(Con dolor, y cogiéndose a su padre) ¡Padre mío! ¡padre mío! ¡Padre del alma!
TELL.––(Elevando las manos al cielo.) Allí está tu Padre; invócalo.
STAUFFACHER.––Tell, ¿nada me encargáis para vuestra mujer?
TELL.––(Abrazando a su hijo con ternura.) Veo a mi hijo sano y salvo. ¡Dios vendrá en mi ayuda! (Se
va.)
ACTO IV
ESCENA PRIMERA La costa oriental del lago de los Cuatro-Cantones. Rocas escarpadas y de forma
rara, limitan el horizonte al oeste. El lago, borrascoso. Truenos y relámpagos.
KUNZ.––No queréis creerme, pero yo lo he visto con mis propios ojos; todo ha ocurrido como os decía.
PESCADOR.––¡Preso Tell y llevado a Kussnacht! ¡El hombre más honrado de la comarca, el más
valiente el día en que fuese necesario combatir por la libertad!
KUNZ.––El mismo gobernador le acompaña por el lago. Iban a embarcarse cuando salí de Fluelen, pero
tal vez les ha detenido la borrasca, que ya se acercaba, y que me ha obligado a detenerme aquí.
PESCADOR.––¡Preso Tell!... ¡Tell en poder del gobernador!... ¡Oh!... ya podéis suponer que van a
sepultarle en el más hondo calabozo para que no vea más la luz del día, por que Geszler temerá la justa
venganza del hombre libre que maltrató con tal crueldad.
KUNZ.––Dicen que está muriéndose nuestro antiguo landammann, el noble señor de Attinghausen.
PESCADOR.––De modo que va a romperse nuestra última áncora de salvación... Era el único hombre
que osaba todavía levantar la voz en defensa de los derechos del pueblo.
KUNZ.––La tempestad crece... Con Dios...; me voy al lugar en busca de posada, pues hoy no hay que
pensar en salir. (Se va.)
PESCADOR.––¡Tell preso, y el barón muerto! Alza tu frente con descaro, ¡oh tiranía!; cese todo escrú-
pulo. La boca de la verdad ha enmudecido, la mirada penetrante se extinguió, el brazo que debía libertarnos
está encadenado.
EL HIJO DEL PESCADOR.––Graniza que es un primor, padre... Vamos a casa... no es tiempo éste para
estar al aire libre.
PESCADOR.––Rujan los vientos, y relumbren los rayos, y revienten las nubes e inunden la tierra las
cataratas del cielo. ¡Así perezcan en germen las generaciones por venir, y los elementos desencadenados se
agiten con furor, y vengan de nuevo las fieras a apoderarse de la tierra asolada! ¿Quién querrá vivir aquí sin
libertad?
EL HIJO DEL PESCADOR.––¡Oíd!... ¡Qué rumor en los abismos! ¡Cómo muge el viento! Nunca sopló
sobre las olas del lago tan furiosa borrasca.
PESCADOR.––¡Derribar una manzana sobre la cabeza de un hijo! ¡Jamás se impuso tal a un padre! ¿No
ha de sublevarse con furor la naturaleza entera con, semejante acción? ¡Ah! No me sorprendería ver
desplomarse estas rocas, confundirse estas agujas y muros de hielo, inmóviles desde la creación, partidas
las montañas, hundidas las cavernas, un segundo diluvio inundando la tierra. (Suenan campanas a lo lejos.)
EL HIJO DEL PESCADOR. ¿Oís sonar las campanas?... Habrán divisado una barca en peligro, y tocan a
oración. (Se encarama a una altura.)
PESCADOR––~¡Ay de la barca que navega en este momento, mecida por el terrible oleaje! No han de
valerle ni timón ni piloto. La tempestad reina como soberana, y el viento y las olas se mofan de los,
esfuerzos del hombre. Ni refugio ha de hallar, que no lo ofrecen estas escarpadas rocas... sólo le presentan
su rudo pecho.
EL HIJO DEL PESCADOR.––(Mirando hacia la izquierda.) Padre, es una barca que viene de Fluelen.
PESCADOR.––¡Dios socorra a la pobre gente! Cuando la tempestad ha penetrado en esta sima, se
revuelve colérica como bestia feroz contra los hierros de su cárcel; muge y busca en vano salida... porque
los altos peñascos tocando al cielo la aprisionan y le cierran el paso. (Se encarama a la altura.)
EL HIJO DEL PESCADOR.––Padre, es la barca del gobernador de Uri; la reconozco por su cubierta roja
y por su bandera.
PESCADOR.––¡Justicia de Dios!... Sí; es él, el gobernador. Viene hacia aquí; su crimen va consigo.
Pronto le alcanzó la mano del Vengador omnipotente; ya ve ahora que hay un poder superior al suyo; estas
olas no ceden a su voz... no se inclinan estas rocas delante de su sombrero. No ruegues por él, hijo mío; no
detengas la mano del Juez...
EL HIJO DEL PESCADOR.––¡Yo no ruego por el gobernador, sino por Tell, que va con él, en la barca!
PESCADOR.––¡Oh! ciego furor de la borrasca! ... ¿Para alcanzar al culpable, has de hundir por ventura
la barca y el piloto?
EL HIJO DEL PESCADOR.––¿Ves?... ¿ves han pasado felizmente el Buggisgrat, pero la violencia de la
tormenta rechazada por el Tenfelmunster, los arroja hacia el gran peñasco de Axenberg; ya no los veo.
PESCADOR.––Allí está el Hackmesser, donde se ha estrellado más de una nave; así se estrellarán ellos
contra el escollo que sale del fondo del lago, si no la gobiernan con tino... Llevan buen timonero a bordo, y
si alguien debe salvarlos ha de ser Tell, pero está atado. (TELL, con la ballesta en la mano, llega
precipitadamente, mira en torno suyo con sorpresa, y parece muy agitado. Llegado en medio de la escena,
se arrodilla, toca el suelo con ambas manos, y después las eleva al cielo.)
EL HIJO DEL PESCADOR.––(Repara en él.) Mira, padre, ¿quién es aquel hombre arrodillado?
PESCADOR.––Coge el suelo con las manos y parece fuera de sí.
EL HIJO DEL PESCADOR.––(Se adelanta.) ¡Qué veo, padre mío!... Ven, mira.
PESCADOR.––(Se acerca.) ¿Quién es? ¡Dios mío! ... ¡Tell! ... ¿Cómo os halláis aquí? ... Hablad.
EL HIJO DEL PESCADOR. ¿No ibais en la barca preso, atado ?
PESCADOR. ¿No debían conduciros a Kussnacht?
TELL.––(Levantándose.) ¡Soy libre!
EL PESCADOR Y SU Hijo.––¡Libre!... ¡Milagro de Dios!
EL HIJO DEL PESCADOR. ¿De dónde venís?
TELL.––De la barca.
PESCADOR.––¡Cómo!
EL HIJO DEL PESCADOR.––¿Dónde está el gobernador?
TELL ––A merced de las olas.
PESCADOR. ¿Es posible? Pero vos ¿cómo os halláis aquí? ¿cómo os habéis libertado de vuestras liga -
duras y de la tempestad?
TELL.—Con el clemente auxilio de Dios; oíd.
EL PESCADOR Y SU HIJO.––¡Ah! hablad, hablad.
TELL.––¿Sabéis lo ocurrido en Altdorf?
PESCADOR.––Lo sé todo; hablad.
TELL.––Sabéis que el gobernador me hizo prender y atar para conducirme a la fortaleza de Kussnacht.
PESCADOR.––Y que se embarcó con vos en Fluelen; ya lo sabemos; contadnos cómo habéis escapado.
TELL.––Iba en la barca atado fuertemente con cuerdas, indefenso y resignado. Ya no esperaba ver más la
riente luz del día, ni el amado rostro de mi mujer y de mis hijos, y extendía la mirada con desesperación
sobre la desierta superficie de las aguas.
PESCADOR.––¡Oh, infeliz!
TELL.––Así bogabamos, el gobernador, Rodolfo de Harrás, los criados y yo. Mi carcaj y mi ballesta iban
a la popa de la barca cerca del timón. Apenas llegados junto a la roca de Axenberg, de repente, por especial
favor del cielo, horrible tempestad se precipita por el desfiladero de San-Gotardo... flaquean los remeros...
todos se imaginan que vamos a naufragar. Entonces, oigo que uno de los criados se dirige al gobernador y
le dice: ––Ya veis. señor, que vuestro peligro es el nuestro, estamos a las puertas de la muerte y los remeros
espantados no saben conducir la barca; pero aquí está Tell, que es hombre vigoroso y sabe cómo se maneja
el timón, ¿qué os parece?... Si en el riesgo que corremos, echáramos mano de él... ––Y me dice el
gobernador––. Tell, si crees poder salvarnos, mandaré que te desaten. ––Sí, señor ––respondo yo––, con
ayuda de Dios, espero poder arrancaron de aquí––. Y me desatan; empuño el timón y empiezo a maniobrar
con arrojo. Pero yo miraba de reojo mi ballesta, y buscaba atentamente en la costa un paraje, a donde saltar.
Veo de pronto una roca plana, que se interna en el lago.
PESCADOR.––La conozco; se halla al pie del gran Axen, pero no creía que fuese posible alcanzarla de
un salto, porque es muy escarpada.
TELL.––Grito a los remeros que maniobren con vigor hasta llegar a aquella roca, porque una vez allí––
les digo–– habremos escapado del riesgo mayor. Llegados a fuerza de remos cerca de la roca, me enco -
miendo a Dios, atraco la barca con todos mis puños, cojo rápidamente la ballesta, salto a tierra, y con vi -
goroso esfuerzo empujo la barca hacia fuera donde ya puede seguir flotando hasta el día del juicio. A mí,
ahí me tenéis libre de la fuerza de la tormenta, y de la maldad de los hombres.
PESCADOR.––Tell, Tell; el Señor obró visiblemente un milagro para salvaros; y apenas puedo creerlo.
Pero decidme; ¿a dónde pensáis ir ahora? ¡Dónde hallar seguridad, si el gobernador escapa con bien!
TELL.––Mientras estaba atado, le oí decir que pensaba desembarcar en Brunnen, y de allí, llevarme a su
fortaleza pasando por Schwyz.
PESCADOR.––¿Quería ir por tierra?
TELL.––Este era su propósito.
PESCADOR.––¡Oh! entonces, escondeos sin tardar... Dios no os libertará dos veces de sus manos.
TELL.––Indicadme el camino más corto para ir a Arth y a Kussnacht.
PESCADOR.––El camino principal pasa por Steinen, pero mi hijo, tomando otro más corto y poco cono-
cido, podrá llevaros por Lowerz.
TELL.––(Dándole la mano.) El cielo os recompense vuestra bondad... Con Dios... (Hace que se va, vuel-
ve.) ¿No prestasteis también juramento en Rutli?..; –– Me parece haber oído pronunciar nuestro nombre.
PESCADOR.––Sí; allí estaba y presté el juramento de alianza.
TELL.––Pues bien; hacedme el favor de ir a Burglen. Mi mujer estará ansiosa; decidle que estoy en
libertad y fuera de peligro.
PESCADOR. ¿Dónde diré que os habéis retirado?
TELL.––En casa hallaréis a mi suegro y a otros conjurados de Rudi. Decidles que se animen, que Tell
está en libertad, y puede hacer uso de su brazo... que pronto sabrán algo de mí.
PESCADOR. ¿Qué pensáis hacer? Decidlo francamente.
TELL.––Cuando estará hecho, dará que hablar. (Se va.)
PESCADOR.––Enséñale el camino, Juan; Dios le acompañe, y que acabe felizmente lo que ha
emprendido. (Se va.)
ESCENA II
ESCENA III
Hondonada cerca de Kussnacht, a la cual sé desciende por entre peñascos y de modo que antes de que los
transeúntes lleguen a la escena, se les ve en la altura. Rocas en todos lados; una de ellas, saliente y cubierta
de arbustos.
TELL.––(Se adelanta armado de su ballesta.) Le es imprescindible pasar por esta hondonada, pues no
hay otro camino para ir a Kussnacht: Aquí ejecutaré mi designio. La ocasión es favorable; escondido detrás
de estos árboles, puedo alcanzarle con mi flecha. Lo estrecho del camino no permite a los que le acom-
pañen caminar a su lado. Arregla tus cuentas con Dios, gobernador, que ya todo acabó para ti... sonó tu
hora.
Vivía tranquilo, inocente, sin que nunca dirigiera mis tiros más que a los animales del bosque, ni hubiese
manchado mi conciencia con la idea del asesinato, cuando tú, tú viniste a perturbar mi paz, tú has
emponzoñado mis pensamientos, antes piadosos, tú me habituaste al crimen. Quien puede disparar a la
cabeza del hijo de su alma, puede también herir en el corazón a su enemigo.
Fuerza es que les defienda de tu cólera, gobernador, a mis pobres, inocentes hijos, a mi fiel esposa.
Cuando mi mano trémula tendió la cuerda del arco, y tú me forzaste con astucia infernal a apuntar con tra
mi hijo; cuando suplicante y exánime, me viste a tus pies, ¡ah! entonces hice en el fondo de mi corazón un
juramento horrible, que oyó tan sólo el cielo; juré que tu pecho sería el blanco de mi primer tiro. Lo que
prometí en aquel instante de infernal angustia, es una deuda sagrada y quiero pagarla.
Eres mi soberano, y el representante del emperador, pero él no se hubiera permitido lo que tú osaste. Te
envió acá para ejercer la justicia, justicia severa porque estaba irritado contra nosotros, mas no para
convertir en cruel pasatiempo el asesinato y el crimen. Hay un Dios para vengar y castigar. Ven a mis
manos, tú que ftíiste el instrumento de amarguísimo dolor, y eres ahora mi bien, mi más precioso tesoro;
voy a darte por blanco un corazón que fue hasta ahora insensible a las más tiernas súplicas, mas a ti no te
resistirá. Y tú, arco fiel, que tantas veces me has servido en mis gratos pasatiempos, no me abandones en
tan terribles circunstancias; áé fuerte, por esta vez tan sólo, tú que fanzas la flecha veloz, que si flojo ca-
yeras de improviso de mis manos, no podría dispararle otra. (Cruzan la escena algunos viajeros.)
Voy a sentarme en este banco de piedra que, a falta de habitación alguna, ofrece al viajero un momen to
de descanso en estos lugares. Aquí se suceden los que pasan, con mutua indiferencia, sin informarse de sus
penas. Aquí vienen el inquieto mercader y el ágil peregrino, el monje piadoso y el sombrío bando lero, el
alegre tañedor, y el buhonero con su caballo cargado, que vuelve de lejanos países, porque cada una de
estas sendas conduce al último confín del mundo. Toma cada cual el camino que conviene a sus negocios;
el mío, conduce al homicidio. (Se sienta.)
Otras veces, hijos de mi alma, todo era júbilo en el hogar cuando volvía vuestro padre. Siempre os traía
algo; una flor de los Alpes... un ave rara... una concha encontrada en sus correrías. Hoy, hoy... acecha otra
presa, sentado en este lugar silvestre y con la idea del homicidio en el alma; la vida de su enemigo que
intenta sorprender. Y aún así, hijos de mi alma, sólo en vosotros pienso... Porque sólo para protegeros, para
defenderos de la rabia del tirano, tiende su arco y se prepara a dar la muerte. (Se levanta.) ¡Noble presa, la
que aguardo! ¡Cuántas veces el cazador pierde sin pena días enteros, en el rigor del invierno, saltando de
roca en roca, trepando por el hielo que tiñe con su propia sangre, por ma tar un pobre pajarillo! Mi caza
tiene otro y más importante valor... consiste en el corazón de un enemigo mortal que quisiera perderme.
(Suena a lo lejos alegre música, que va aproximándose.) Pasé mi vida en el manejo del arco..., en
ejercitarme según las reglas del cazador, y , muchas veces gané el premio en el tiro. Hoy quiero disparar mi
mejor flechazo, y ganar el premio mejor que puedan ofrecerme cien leguas a la redonda. (Parece en la
altura un cortejo de bodas. TELL lo contempla apoyado en su ballesta.)
STUSSI EL GUARDA.––(Se le acerca.) ¡El colono del convento de Marlischachen que se casa hoy! ...
¡Hombre rico si los hay... tiene diez ganados! La novia es de Imesea... esta noche habrá gran fiesta en
Kussnacht... Veníos conmigo... invita a todos los buenos.
TELL.––El que está triste no acude a una boda.
STUSSL.––Si algo os aflige olvidadlo alegremente. Dejad que ruede la bola; en estos pícaros tiempos
hay que aprovechar los buenos ratos. Aquí una boda, allá un entierro...
TELL.––Y a veces se pasa de lo uno a lo otro.
STUSSI.––Así va el mundo en el día; en todos lados desastres. Se ha hundido un trozo del monte Ruiff
en el cantón de Glaris, sepultando buena parte de la comarca.
TELL.––Hasta las montañas se hunden. ¡Entonces no hay ya nada estable en la tierra!
STUSSI.––Cuentan de otra parte cosas extraordinarias. Acabo de hablar con un hombre llegado de Ba-
den y me decía que un caballero que se puso en camino para visitar al rey, fue detenido por un enjambre de
abejones, y de tal modo picaron a su caballo que el animal cayó muerto, y el caballero llegó a pie a palacio.
TELL.––¡Oh! ¡los débiles tienen también su aguijón! (Sale HERMENGARDA con algunos niños y se
coloca a la entrada del camino.)
STUSSI.––Hay quien teme que esto es presagio de alguna desgracia muy grande para el país..., de algún
hecho contrario a la naturaleza.
TELL.––Cada día ocurren hechos de esta especie, y no los presagia ningún signo maravilloso.
STUSSI.––Feliz quien cultiva tranquilamente sus tierras, y vive entre los suyos sin cuidados.
TELL.––Al hombre mejor no le es dado vivir en paz, si esto desagrada a algún vecino de mal corazón.
(TELL mira impaciente hacia el lado del camino.)
STUSSI.––¡Con Dios! ... ¿Aguardáis a alguien?
TELL––Sí.
STUSSI.––Os deseo feliz regreso a vuestro país. Sois de Uri. Nuestro bondadoso señor gobernador debe
volver de allí hoy mismo.
UN VIAJERO (que llega.).––No le aguardéis hoy, porque las aguas han crecido con las grandes lluvias y
han derribado todos los puentes. (TELL se levanta.)
HERMENGARDA.–––(Adelantándose.) ¿No vendrá el gobernador?
STUSSI––¿Tenéis alga que decirle?
HERMENGARDA.––Sí, vaya.
STUSSI.––¿Por qué os colocáis en este sitio por donde debe pasar, junto a ese camino hondo?
HERMENGARDA.––Aquí no podrá escaparse, y habrá de oírme por fuerza..
FRIESHARDT. (Saliendo por el camino.) ¡Paso! ¡paso! ... ¡El señor gobernador a caballo! (TELL se re-
tira.)
HERMENGARDA.––(Con viveza.) Ya llega. (Va a colocarse con sus hijos en primer término,
GESZLER y RoDOLFO salen a caballo por la altura.)
STUSSI.––––(A FRIESHARDT.) ¿Como habéis podido atravesar los ríos, si las lluvias se llevaron los
puentes?
FRIESHARDT.––Amigo, cuando se ha bregado en el lago no se temen las aguas de los Alpes.
STUSSI. –– ¿Estabais embarcados durante la tormenta?
FRIESHARDT.––Sí estábamos; lo recordaré mientras viva.
STUSSI.––¡Oh!... quedaos... contad.
FRIESHARDT.––Dejadme; debo seguir adelante para anunciar la llegada del gobernador al castillo.
STUSSI.––Si hubiesen ido en la barca algunos hombres de bien hubieran naufragado, pero hay otros que
ni el fuego ni el agua pueden con ellos. (Mirando en torno.) ¿Dónde se ha metido el cazador que estaba
hablando conmigo? (Se va.)
GESZLER—(A caballo conversando con RODOLFO DE HARRÁ.) Diréis lo que os plazca, pero soy
agente del emperador y debo tratar de complacerle. No me manda. aquí para adular al pueblo y tratarlo con
blandura. Quiere que le obedezcan, y trátase de averiguar quién debe ser el amo, si el villano o el
emperador.
HERMENGARDA.––Ha llegado el momento. Voy a dirigirme a él. (Se acerca temerosa.)
GESZLER—No mandé colocar el tal sombrero en Altdorf por chanza y poner a prueba a ese pueblo,
porque harto lo conozco mucho tiempo ha. Lo que yo quise fue enseñarles a bajar la cabeza que alzan con
tanta arrogancia, y puse el sombrero en mitad del camino para que hiriera su vista y les recuerde al
soberano, a quien olvidarían sin duda.
RODOLFO.––El pueblo tiene, sin embargo, ciertos derechos.
GESZLER—No es esta, ocasión de pesarlos... Se van realizando grandes combinaciones; la casa imperial
quiere extender sus dominios, y lo que el padre gloriosamente emprendió, el hijo piensa llevarlo a feliz
término. Este pequeño pueblo es un obstáculo interpuesto en nuestro camino; de este o de otro modo...
fuerza es que se someta. (Intentan pasar. HERMENGARDA se arrodilla delante del gobernador.)
HERMENGARDA.––¡Misericordia! señor... ¡gracia!...
GESZLER.––¡Cómo os atrevéis a cerrarme el paso!... Apartad.
HERMENGARDA.––Mi marido está preso... mis hijos piden pan... Poderoso señor, muévaos a piedad
nuestra gran miseria.
RODOLFO. ¿Quién sois?... ¿Quién es vuestro marido?
HERMENGARDA.––¡Bondadoso señor! ... es un pobre jornalero del monte Righi, que va a segar la yer-
ba de los lugares más abruptos, donde ni los ganados se atreven a trepar.
RODOLFO.––(Al gobernador.) ¡Por el cielo! ¡Qué vida tan desdichada y miserable! Yo os io ruego; sol-
tad a ese hombre, sea el que fuere su delito; harto castigo tiene con su oficio. (A HERMENGARDA.) Se os
hará justicia. Id al castillo y presentad una solicitud. Este no es lugar para eso.
HERMENGARDA.––No, no, no me iré de aquí, antes que el gobernador me haya devuelto a mi marido.
Hace ya seis meses que se halla en la carcel, aguardando en vano la sentencia.
GESZLER.––¡Mujer! ¿queréis emplear conmigo la fuerza?... Vaya... Apartad.
HERMENGARDA.––Pido justicia. Tú eres juez de este país en nombre de Dios y del emperador; cumple
tu deber. Si quieres hallar justicia en el cielo... hazme justicia aquí...
GESZLER.––Vamos, apartad de mi vista este pueblo insolente.
HERMENGARDA.––––(Cogiendo de la brida el caballo.) No, no... Yo ya no tengo nada qué perder...
No pasarás antes de haberme hecho justicia. Puedes fruncir las cejas, puedes amenazarme con la mirada
cuanto gustes. Tan inmensa es nuestra desgracia, que ya nada nos importa tu cólera.
GESZLER.––¡Paso, mujer... o pasará mi caballo por encima de tu cuerpo!
HERMENGARDA.––Oblígale... toma. (Echa sus hijos al suelo, y se pone con ellos en mitad del
camino.) Heme aquí con mis hijos; aplasta a estos miserables huérfanos bajo los cascos de tu caballo... no
ha de ser ésta la más espantosa de tus crueldades.
RODOLFO.––¡Estáis loca, mujer!
HERMENGARDA. –– (Con doblada energía.) Harto ha que pisoteas la tierra del emperador. No soy
más que una. débil mujer; si fuera hombre, ya sé lo que debiera hacer en lugar de prosternarme en el polvo.
(Suena de nuevo la música, pero lejana.)
GESZLER. ¿Dónde están mis guardias? Que saquen esta mujer de aquí, o no sabré contenerme más, y
haré la que no quisiera.
RODOLFO.––Los guardias no han podido venir todavía. El séquito de una boda obstruye el camino.
GESZLER.––Gobierno a este pueblo con demasiada blandura; hablan aún con excesiva libertad... no es-
tán sojuzgados como debieran; pero juro que esta cambiará pronto. Venceré su ruda obstinación y su in-
solente afán de libertad... yo impondré otra ley a la comarca... Quiero... (En este momento hiere su costado
una flecha; lleva la mano al corazón y vacila sobre el arzón. Con voz ahogada.) ¡Dios mío! ¡tened
misericordia de mí!
RODOLFO.––¡Señor!... Cielos!... ¿Qué es esto? ¿De dónde partió?
HERMENGARDA.–– ¡Asesino! ... ¡Asesino! Vacila... cae... es muerto. ¡La flecha le ha atravesado el
corazón!
RODOLFO.––(Saltando del caballo.) ¡Qué horrible accidente!... ¡Dios!. .. invocad la clemencia del
cielo, señor... ¡Sois muerto! ...
GESZLER.––La flecha de Tell (Cae del caballo en brazos de RODOLFO que lo depone sobre el banco
de piedra.)
TELL.––(Pareciendo en lo alto de las rocas.) Conoces la mano que te ha herido; no busques otra. Libres
son nuestras cabañas, y la inocencia no tiene ya nada que temer de ti. No afligirás ya esta comarca. (Des-
aparece. El pueblo acude.)
STUSSI. ¿Qué hay?... ¿Qué pasa?
HERMENGARDA.––El gobernador ha sido atravesado por una flecha.
EL PUEBLO. ¿Quién le ha herido? (Mientras una parte de la comitiva de la boda se adelanta, el resto se
halla todavía en lo alto w la música continúa.)
RODOLFO.––Se desangra; id a pedir auxilio: perseguid al matador. ¡Desgraciado!... ¡Morir así!... no
quisiste escuchar mis consejos.
STUSSI.––Por el cielo... está pálido y exánime.
VARIOS. ¿Quién le hirió?
RODOLFO.––Pero, ¿está loca esta gente?... ¡Continuar tocando junto a un muerto! ... Mandadles que
callen. (Cesa la música.) Hablad, señor, si conserváis aún el conocimiento. ¿No tenéis nada que confiarme?
(GESZLER hace un signo con la mano, y observando que no es comprendido lo repite con viveza.) ¿Dónde
debo ir?... ¿A Kussnacht?.. . No os comprendo... ¡oh! Resignaos... Dejad de pensar en este mundo... y
cuidad de reconcíliaros con Dios. (La comitiva rodea al moribundo sin dar muestra alguna de compasión.)
STUSSI.––¡Mirad cómo palidece... Ahora la muerte invade el corazón... Se extingue la luz de sus ojos.
HERMENGARDA.––(Levantando en brazos a uno de sus hijos.) Mirad, hijos míos, cómo muere un
malvado.
RODOLFO.––¡Insensatas mujeres! ¿No tenéis corazón, por ventura?... ¿Así os gozáis en tan horrible es-
pectáculo? Ayudadme; acercaos a él... ¿No habrá nadie que quiera arrancar esta flecha de su pecho?
LAS MUJERES. ––(Retrocediendo.) ¡Tocar nosotras al que Dios ha herido!
RODOLFO.––¡Caiga sobre vuestras cabezas la maldición eterna! (Tira de la espada.)
STUSSI.––(Deteniéndole.) No intentéis, señor... se acabó vuestro poder; ha caído el tirano del país y no
sufriremos ninguna violencia. ¡Somos libres!
TODOS.––(En tumulto.) ¡La comarca es libre!
RODOLFO.––¡En esto hemos venido a parar! ¿Tan pronto cesaron la obediencia y el temor? (A los sol-
dados que se acercan.) Ya veis el horrible suceso que acaba de ocurrir; toda socorro es inútil, y en vano
perseguiremos al asesino... Otros cuidados nos reclaman. .. Vámos a Kussnacht, conservemos para el
emperador su fortaleza, porque en este momento se rompieron todos las lazos del deber... y todas las leyes,
y no podemos contar con la fidelidad de nadie. (Se va seguido de los soldados. Salen seis hermanos de la
caridad.)
HERMENGARDA.––Paso, ¡paso a los hermanos de la caridad!
STUSSI.––Aquí está la víctima; ya bajan los cuervos.
LOS HERMANOS DE LA CARIDAD.(Rodean el cadáver y cantan con voz lúgubre.) La muerte alcanza
al hombre en un instante, sin acordar demora. Es derribado en mitad de su carrera; arrebatado en la flor de
su vida, y tanto si está pronto, como si no está pronto a partir, le es fuerza comparecer ante su juez.
(Mientras se repiten. las últimas frases, cae el telón.)
ACTO V
ESCENA PRIMERA
Plaza pública en Altdorf. En el fondo, a la derecha, la fortaleza de Uri con los andamios, como en la
tercera escena del primer acto; a la izquierda, la vista de algunas montañas, en cuya cima brillan las fogatas.
Amanece, suenan las campanas en diversos lados.
ESCENA II
HEDWIGIA.––Vuestro padre torna a nuestros brazos, hijos míos; vive, es libre, todos somos libres, y él
ha sido quien dio libertad a este. país.
WALTHER.––Y yo también, madre; yo también tengo mi parte en eso y muchos pronunciarán mí
nombre. Me vi expuesto a morir de un flechazo de mi padre y no temblé.
HEDWIGIA.––(Abrazándole.) Sí, me has sido devuelto. Dos veces te me dio el cielo, dos veces sufrí los
dolores del parto. Ahora todo acabó, y os tengo a los dos..., a los dos... y vuestro querido padre vuelve. (Se
presenta un monje en el umbral de la puerta.)
GUILLERMO.––Mira, madre, mira; un fraile que viene a pedirnos limosna.
HEDWIGIA.––Decidle que entre para darle algo, y verá que se halla en la casa de la dicha. (Se va y
vuelve luego con un vaso.)
GUILLERMO.––(Al monje.) Entrad, buen hombre, mi madre quiere daros algo para refrescar.
WALTHER.––Entrad a descansar, y luego saldréis de aquí con nuevas fuerzas.
EL MONJE.––(Con las facciones descompuestas y espantados ojos.) ¿Dónde estoy? Decidme... ¿en qué
país estoy? ...
WALTHER.––¿Os habéis perdido... no sabéis dónde estáis? ... Pues estáis en Burglen, en el cantón de
Uri; en el camino del valle de Schaechent.
EL MONJE.–––(A HEDWIGIA que vuelve.) ¿Estáis sola?... ¿No se halla en casa vuestro marido?
HEDWIGIA.––Le aguardo en este momento... ¿Pero qué tenéis? ... Vuestro semblante no me parece de
muy buen augurio... Quienquiera que seáis estáis necesitado; tomad. (Le ofrece el vaso.)
EL MONJE.––Aunque sediento, nada tomaré antes que me digáis...
HEDWIGIA.––No me toquéis la ropa, no os acerquéis... Seguid a distancia si he de escucharos.
EL MONJE.––Por este fuego que brilla en el hogar... por vuestros caros hijos que abrazo... (Toma a los
niños.)
HEDWIGIA.––¿Qué os proponéis, buen hombre?... Dejad a mis hijos, sin duda no sois un religioso, no,
no lo sois... Este hábito es símbolo de paz, y no reina la paz en vuestro semblante.
EL MONJE.––¡Soy el hombre más desgraciado de la tierra!
HEDWIGIA.––La voz de los desgraciados llega al alma, pero vuestra mirada hiela mi sangre.
WALTHER.––(Dando un brinco.) ¡Madre! ... padre está aquí... (Se va corriendo.)
HEDWIGIA.––¡Oh! ¡Dios mío! (Intenta correr a su encuentro, pero tiembla y se detiene.)
GUILLERMO. –– (Corriendo hacia dentro.) ¡Padre!
WALTHER.––(Dentro.) ¿Ya de vuelta?
GUILLERMO. ––(Dentro.) ¡Padre, mi querido padre!
TELL.––(Dentro.) Aquí me tenéis... ¿Y vuestra madre? (Salen.)
WALTHER.––Ahí está... en el umbral sin dar un paso, temblando de emoción y alegría.
TELL—¡Oh! Hedwigia, Hedwigia, madre de mis hijos... Dios vino en nuestro socorro... De hoy más
ningún tirano podrá separarnos.
HEDWIGIA.––(Arrojándose en sus brazos.) ¡Oh! ¡Tell, Tell, qué angustias he sufrido por ti! (El MON-
JE escucha con atención.)
TELL.––Olvídalas ahora y regocíjate; ya me tenéis de vuelta. Ya estoy en mi casa... entre los míos.
GUILLERMO. ¿Dónde está la ballesta, padre?... no la veo.
TELL.––Ni has de verla jamás; la depuse en sagrado; ya no cazaré más con ella.
HEDWIGIA.––¡Tell! ¡Tell! (Retroce y suelta la mano.)
TELL.––¡Qué te asusta aún... esposa mía!
HEDWIGIA. :¡Qué!... qué... ya estás de vuelta... esta mano... puedo estrecharla... esta mano... ¡Oh ¡Dios!
TELL.––(Con ternura y energía.) Esta mano os ha defendido y ha salvado al país... Puedo levantarla
libremente al cielo. (El MONJE parece vivamente conmovido. TELL repara en él.) ¿Quién es este reli-
gioso?
HEDWIGIA.––¡Ah!... le había olvidado. Háblale... me da miedo.
EL MONJE.––(Se acerca.) ¿Sois Tell, cuya mano dio muerte al gobernador?
TELL.––Sí, yo soy; no he de negarlo a nadie.
EL MONJE.––¡Sois Tell!... ¡Ah! la mano de Dios me trajo a vuestra casa.
TELL.––(Fijarndo en él su mirada.) Vos no sois un religioso... ¿Quién sois vos?
EL MONJE.––Disteis muerte al gobernador, que os había tratado con crueldad; yo maté a mi enemigo
que me rehusaba mis derechos... Era a la vez vuestro enemigo, y el mío... Y liberté a la comarca de su
presencia.
TELL.––(Retrocediendo.)... Vos sois... ¡Oh! ¡es, horrible!... hijos, salid, vé... esposamía ... vé... ¡Desdi-
chado!... seríais...
HEDWIGIA: ––¡Dios mío!... ¿Quién es?
TELL.––No quieras saberlo... Vé, vé, tus hijos no deben, saberlo... sal de casa... ve... no puedes es tar
bajo el mismo techo que este hombre.
HEDWIGIA.––¡Oh!.. ¡desgracia!... ¿qué es esto?... Venid. (Se va con sus hijos.)
TELL.––(Al MONJE. ¿Sois el duque de Austria? Lo sois: ¿habéis dado muerte al emperador vuestro tío
y vuestro soberano?
JUAN EL PARRICIDA.––Me había robado mi herencia.
TELL.––¡Matar a vuestro tío, a vuestro emperador! ¡Y la tierra os soporta! ¿Y el sol os alumbra todavía?
EL PARRICIDA.––Tell, oídme antes de...
TELL. ¿Y manchado aún con la sangre de tu padre, con la sangre de tu emperador, te atreves a entrar en
esta casa, y a presentarte delante de un hombre honrado, reclamando su hospitalidad?...
EL PARRICIDA.––Esperaba que os compadeceríais de mí, porque también vos os vengasteis de vuestro
enemigo.
TELL. ––¡Desdichado! ¿osas comparar el crimen de la ambición, con la justa defensa de un padre? ¿Te-
nías que defender acaso la preciosa vida de tus hijos? ¿proteger el santuario de tu hogar? ¿preservar a los
tuyos de la más tremenda catástrofe?... Elevo al cielo mis puras manos, y te maldigo a ti, y a tu crimen... Yo
vengué los derechos sagrados de la naturaleza; tú los profanaste. Nada hay de común entre ambos...; yo he
defendido cuanto me era más caro, y tú has asesinado.
EL PARRICIDA.––No tengo consuelo alguno, ni una esperanza, ¿y me rechazáis?
TELL.––Me siento penetrado de terror, al hablarte. Vete; prosigue tu horrible camino, no manches esta
tranquila casa; morada de la inocencia.
EL PARRICIDA.––(Se dirige hacia la puerta.) ¡No puedo más... quiero morir!
TELL.––¡Y aún me mueves a compasión!... ¡Dios mío! tan joven, de tan ilustre prosapia..., el nieto de
Rodolfo, de mi emperador, de mi soberano... perseguido por asesino, está allí, en el dintel de mi puerta, en
mi pobre dintel..., suplicante... desesperado... (Vuelve el rostro.)
EL PARRICIDA.––¡Ah!... ¡si pudiérais llorar!... Muévaos mi suerte... es espantosa. Soy príncipe, lo era,
pude ser feliz, si hubiese reprimido la impaciencia de mis deseos. Pero la envidia me roía el corazón... Veía
a mi joven primo Leopoldo, henchido de honores, elevado a la realeza, yo, joven como él, seguía retenido
en servil menor edad.
TELL.––¡Desdichado! Bien te conocía tu tío, cuando te rehusaba tu herencia y tus vasallos. Con tu pron-
ta, feroz, insensata acción, tú mismo justificaste su prudencia. ¿Dónde están los cómplices de tu crimen?
EL PARRICIDA.––Donde quisieron arrastrarles las furias vengativas. Desde el atentado, no he vuelto a
verles.
TELL. ¿Sabes que pesa sobre ti la proscripción?... ¿que nadie puede darte asilo?... ¿que debes ser tratado
como enemigo, en donde quiera que vayas?
EL PARRICIDA.––Por esto me alejo de los caminos frecuentados, y no me atrevo a llamar a ninguna
puerta. Dirijo mis pasos hacia el desierto, llevando mi propio terror a través de los montes, y si alguna vez
veo reflejarse mi imagen en el cristal de una corriente, retrocedo ante ella con espanto. ¡Oh!... si os moviera
a lástima... a piedad... (Se arrodilla a sus plantas.)
TELL.––(Volviendo el rostro.) Alzad... alzad.
EL PARRICIDA.––No será, sin que me hayáis tendido la mano piadosa...
TELL. ¿Y acaso puedo socorreros? ¿Qué puede hacer un pobre mortal? Pero... alzad... Por atroz que sea
vuestro crimen, sois hombre, sois mi prójimo... Nadie saldrá de la casa de Tell sin algún consuelo. Cuanto
pueda hacer, lo haré.
EL PARRICIDA—(Se levanta y le toma la mano con viveza.) ¡Oh, Tell! ¡salváis mi alma de la des-
esperación!
TELL.––Soltad y salid de aquí, porque aquí no podéis quedaros sin ser descubierto, y si lo fuereis no
podríais contar con mi apoyo... ¿Adónde pensáis ir?... ¿Dónde esperáis hallar reposo?
EL PARRICIDA.––¿Lo sé yo por ventura, triste de mí?
TELL.––Oíd lo que Dios me inspira. Es fuerza que vayáis a Italia, a la ciudad de San Pedro. Postraos a
los pies del papa, confesad vuestro crimen, y salvad vuestra alma.
EL PARRICIDA. ¿Y no me entregará a mis perseguidores?
TELL–––Haga lo que quiera, someteos a la voluntad de Dios.
EL PARRICIDA.––¿Y Cómo llegar a este país desconocido para mí? Ignoro el camino, y no me atreveré
a juntarme con los viajeros.
TELL.––Voy a indicároslo. Estadme atento; ascenderéis el curso del río Reuss, que se precipita con ím-
petu de lo alto de agrestes montañas.
EL PARICIDA.¿Volveré a ver el río?... en su orilla cometí mi crimen.
TELL.––E1 camino bordea el abismo, y encontraréis en él gran número de cruces plantadas en memoría
de los pobres viajeros sepultados bajo la nieve.
EL PARRICIDA.––¡Qué habían de importarme los horrores de la naturaleza, si pudiera dominar los in-
mensos padecimientos del alma!
TELL.––Arrodillaos delante de cada una de estas cruces, y expiad vuestro crimen con las lágrimas del
arrepentimiento; si conseguís atravesar felizmente este camino, sin ser combatido del huracán que reina en
aquellas montañas, llegaréis por fin al puente; y si éste no se hunde al peso de vuestro crimen, y pasáis, por
él sano v salvo, entonces hallaréis una lúgubre abertura entre los peñascos, donde nunca penetró la luz.
Atravesadla, os conducirá a un hermoso y sonriente valle. Cruzadlo con paso veloz, que no habéis de
deteneros en los lugares donde se disfruta de tranquilidad.
EL PARRICIDA.––¡Oh! ¡Rodolfo, Rodolfo! ... mi real abuelo... así atraviesa el imperio tu níeto...
TELL.––Ascendiendo siempre, llegaréis a la cima del San-Gotardo, donde dos lagos se alimentan per-
petuamente de las aguas del cielo. Allí dejaréis la tierra alemana, y el sonriente curso de otro río os con-
ducirá a Italia, término de vuestro viaje. (Suenan las trompas y el canto pastoril.) Oigo voces... Salid.
HEDWIGIA—(Acudiendo.) ¿Dónde estás, Tell? Mi padre, y la alegre turba de confederados que llegan.
EL PARRICIDA.––¡Desdichado de mí! ... No puedo detenerme entre los hombres felices...
TELL.––Vé, esposa mía; da a ese hombre cuanto necesite para reparar sus fuerzas... cárgale de provi-
siones ... porque es largo su viaje y no ha de hallar posada en su camino. Vé... date prisa... Ya llegan.
HEDWIGIA. ¿Quién es?
TELL––No lo preguntes; cuando parta, vuelve la cara vara no ver el camino que toma. (EL PARRICIDA
se acerca a TELL conmovido. Éste le hace una seña con la mano, y ambos se van por diverso lado. Mu-
tación.)
ESCENA III
El fondo del valle delante de la casa de TELL; cerca de allí, una ladera ocupada por pintoresca mutitud.
Parte de ella pasa por una palanca que conduce a Schaechent. WALTHER FURST se adelanta con los dos
niños, MELCHTHAL. STAUFFACHER y algunos más. En el punto en que sale TELL, es acogido con
vivas demostraciones de júbilo.
TODOS.––¡Viva Tell el cazador, el libertador! (Mientras los de primer término se agolpan alrededor de
TELL y le abrazan, salen RUDENZ que abraza a los aldeanos, y BERTA que abraza a HEDWIGIA. La
música de la montaña acompaña esta escena muda. Un momento después, BERTA se adelanta en medio
del pueblo.)
BERTA.––Amigos y confederados, admitid en vuestra alianza a la afortunada mujer que fue la primera
que halló auxilio en la tierra de la libertad. Fío mis derechos a vuestro robusto brazo, ¿queréis protegerme
como vuestra ciudadana?
LOS ALDEANOS.––Sí; os asistiremos con nuestros bienes y nuestra sangre.
BERTA.––Pues bien; doy mi mano a este mancebo. La libre ciudadana suiza va a ser esposa de un
hombre libre.
RUDENZ.––Y yo doy la libertad a mis siervos. (Se repite la música. Cae el telón.)