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Crisis Penitenciaria en Perú

La realidad penitenciaria en Perú presenta diversos desafíos como el hacinamiento, problemas de salud e infraestructura deficientes, así como la falta de tratamiento penitenciario efectivo y resocialización. El Estado ha convertido las cárceles en lugares desordenados, caóticos y peligrosos. Además, la sobrepoblación carcelaria ha empeorado las condiciones y generado tensiones. Se requieren soluciones integrales que aborden la infraestructura, políticas y recursos para el sistema penitenciario.
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Crisis Penitenciaria en Perú

La realidad penitenciaria en Perú presenta diversos desafíos como el hacinamiento, problemas de salud e infraestructura deficientes, así como la falta de tratamiento penitenciario efectivo y resocialización. El Estado ha convertido las cárceles en lugares desordenados, caóticos y peligrosos. Además, la sobrepoblación carcelaria ha empeorado las condiciones y generado tensiones. Se requieren soluciones integrales que aborden la infraestructura, políticas y recursos para el sistema penitenciario.
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“AÑO DE LA UNIDAD, LA PAZ Y EL DESARROLLO”

“UNIVERSIDAD PERUANA LOS ANDES”

“REALIDAD PENITENCIARIA EN
EL PERÚ”

APELLIDOS Y NOMBRES: SANDOVAL TRUJILLO JOHEL

CÓDIGO: F09143G

PROFESOR: Dr. PABLO BERNARDO PACHECO ARREA

CURSO: DERECHO PENITENCIARIO

SECCIÓN: B2 SEMESTRE: VIII

HUANCAYO-PERÚ
2023
CRITICA A LA REALIDAD PENITENCIARIA EN EL PERU

La realidad penitenciaria en el Perú ha sido objeto de diversos análisis e informes que


destacan problemas como el hacinamiento, las dificultades en la salud, el tratamiento
penitenciario, la resocialización, los conflictos del personal del INPE y las vulneraciones
de los derechos humanos de las personas privadas de libertad. Además, se ha planteado
la necesidad de una nueva política penitenciaria que resocialice a los reclusos y los
vuelva útiles, obligándolos a cambiar. Estos problemas no son recientes, y se ha señalado
que el Estado ha convertido las cárceles en recintos desordenados, caóticos y peligrosos.
Además, se destaca que mensualmente ingresan más de mil hombres a los 68 recintos
penales del Instituto Nacional Penitenciario (INPE). Los informes también abordan
aspectos como la ejecución de la pena de prisión, el tratamiento penitenciario, la
resocialización, la salud, la educación, el trabajo penitenciario, entre otros.

La realidad penitenciaria en Perú presenta diversas problemáticas, entre las que destacan
el hacinamiento, las dificultades en la salud, el tratamiento penitenciario, la
resocialización, los conflictos del personal del INPE y las vulneraciones de los derechos
humanos de las personas privadas de libertad. Además, se ha señalado que el Estado ha
convertido las cárceles en recintos desordenados, caóticos y peligrosos. En cuanto a la
infraestructura penitenciaria, de los 66 establecimientos penitenciarios, 25 se encuentran
en mal estado, 29 en situación regular y 12 en buen estado de uso. La población
penitenciaria se ha incrementado en un 100% en los últimos 14 años, lo que ha agravado
el problema del hacinamiento. También se ha planteado la necesidad de una nueva
política penitenciaria que resocialice a los reclusos y los vuelva útiles, obligándolos a
cambiar. En resumen, la realidad penitenciaria en Perú presenta una serie de desafíos
que requieren atención y soluciones efectivas por parte del Estado.

La sobrepoblación en las cárceles peruanas conlleva diversas consecuencias negativas,


como el hacinamiento, la precaria infraestructura, las inhumanas condiciones de higiene,
la mala alimentación de los internos, la propagación de enfermedades como la
tuberculosis y el VIH, y el aumento de la delincuencia dentro de las cárceles. Además, el
hacinamiento en las cárceles peruanas ha llevado a situaciones críticas que afectan la
salud y seguridad de los reclusos, especialmente en el contexto de la pandemia del
COVID-19. La sobrepoblación también ha generado tensiones y conflictos entre los
internos, así como dificultades para implementar medidas de seguridad y control.
Además, la sobrepoblación en las cárceles peruanas ha llevado a un aumento
exponencial de la población penitenciaria, lo que representa un desafío para el sistema
penitenciario en términos de capacidad y recursos. En resumen, la sobrepoblación en las
cárceles peruanas tiene repercusiones significativas en la salud, seguridad y bienestar de
los reclusos, así como en la efectividad del sistema penitenciario.

Como es común en todos los años, existe una mayor población penal en calidad de
procesados que sentenciados. Según información publicada en el Diario El Comercio,
para nadie es un secreto que aquella persona que ingresa a una cárcel por haber
cometido un delito, sale por lo general más violenta y perfeccionada en su accionar
delictivo. Además, todos coinciden en señalar que el Estado no está haciendo su mejor
esfuerzo para recuperar a los que han delinquido, ni siquiera a los más jóvenes, que son
los que podrían tener alguna esperanza de cambio. Incluso, aquellos que piensen que las
cárceles sirven, por lo menos para mantener encerrados a los delincuentes y de esa
manera evitar que hagan daño a la sociedad, también se equivocan.

Según las estadísticas del INPE y de la Comisión Especial para la Reforma de la


Administración de Justicia, los penales son centros de detención transitorios, en los que
entre el 83% y 87% de los internos permanece solo entre dos días y tres años en las
cárceles. Es decir que, en ese lapso, más de 28,475 personas acusadas de cometer un
delito ingresarán y saldrán de las 83 cárceles que tiene el país.

Evidentemente, algunos lo harán más de una vez. En realidad, el problema penitenciario


no es reciente, el Estado durante décadas ha convertido las cárceles en recintos
desordenados, caóticos y peligrosos, donde hasta el más fiero hampón corre grave
riesgo. Quien tampoco salva su responsabilidad en el hacinamiento en que se encuentran
los penales es el Poder Judicial, que actúa con lentitud y en muchos casos con
ineficiencia a la hora de resolver los procesos penales.

Por ejemplo, un proceso judicial por un delito no grave, que debería demorar no más de 4
meses, se prolonga hasta tres o cuatro años. Además de ello, hay que agregar que
muchas de las decisiones judiciales que terminan con reos en cárcel son corregidas
meses después, por no haber pruebas o porque la persona resultó siendo inocente, lo que
termina por congestionar la cárcel. En conjunto, todo ello ha originado que más del 70%
de los encarcelados no tenga una sentencia firme.

Actualmente los penales no son lugares en los que los presos son resocializados, sino,
más bien, un escenario donde se aprenden más conductas violentas, y donde los
derechos fundamentales de los internos no son respetados. Lo cierto es que esta
situación constituye una bomba de tiempo. La pregunta que debemos formularnos es qué
hacer ante esta realidad. Lamentablemente, desde el Estado no se ha dado una
respuesta satisfactoria. No existe, en definitiva, un plan integral de reforma del sistema
carcelario.

Por el contrario, cada vez que el Estado ha intentado brindar una solución, ha sido
aumentado el rigor de las penas como si ello fuera a desincentivar la comisión de delitos.
Asimismo, la partida presupuestaria otorgada al INPE resulta insuficiente para
reestructurar los actuales penales y crear otros. Es necesario, por tanto, una propuesta
integral que aborde los temas de infraestructura, política pública y personal, y se cuente
con profesionales mejor calificados, promoviendo también la participación de otros
sectores de la sociedad civil que permitan realizar una efectiva labor de vigilancia
ciudadana en el sistema penitenciario.

Según nuestra realidad las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos indica que
el tratamiento tiene por objeto: “...inculcarles la voluntad de vivir conforme a ley,
mantenerse con el producto de su trabajo, y crear en ellos aptitud para hacerlo. Dicho
tratamiento estará encaminado a fomentar en ellos el respeto de sí mismos y desarrollar
el sentido de responsabilidad”. Asimismo, indica que el tratamiento “deberá recurrir a la
asistencia religiosa, a la instrucción, a la orientación y formación profesional, a métodos
de asistencia social individual, al asesoramiento relativo al empleo, al desarrollo físico y a
la educación del carácter moral, en conformidad con las necesidades individuales de cada
recluso”.

El tratamiento en las cárceles está aún lejos de cumplir con las exigencias mínimas de
esta norma. Los factores son diversos, destacando: el insuficiente personal para realizar
esta labor, la falta de recursos logísticos para desarrollar adecuadamente las tareas de
tratamiento, las dificultades en la infraestructura, la clasificación de internos de acuerdo a
determinadas variables (primarios, reincidentes, bandas organizadas, jóvenes, adultos,
etc.), el trato del personal, entre otros. Es común escuchar lo que indica el Código de
Ejecución Penal: “el tratamiento tiene por objetivo la reeducación, rehabilitación y
reincorporación del interno a la sociedad.”

El Reglamento de este Código desarrolla este objetivo indicando “que el tratamiento es el


conjunto de actividades encaminadas a lograr la modificación del comportamiento del
interno, con el fin de resocializarlo y evitar la comisión de nuevos delitos. El tratamiento es
progresivo y comprende el desarrollo de programas de resocialización del interno en
forma individualizada y grupal según la naturaleza de la atención.

Será aplicado en forma multidisciplinaria por los profesionales y técnicos de tratamiento,


promoviendo la participación del interno, así como de instituciones públicas y privadas, la
familia y la sociedad”. Esta explicación, con más detalle sobre tratamiento, nos lleva a
concluir que lamentablemente los planes y programas que se aplican no son los
adecuados, pues la cárcel actual no rehabilita, sino genera mayor delincuencia y
criminalidad.

Según lo presentado anteriormente puedo decir que en la situación actual de las cárceles
resulta muy difícil generar actitudes de respeto hacia los demás y hacia la sociedad,
siendo normal que se produzcan efectos contrarios a los pretendidos.

La prisión acaba siendo una institución altamente des personalizadora, de socializadora y


estigmatizadora. En las actuales condiciones de vida en prisión, es paradójico que se
intente preparar para la vida en libertad privando de libertad.

Una política resocializadora implicaría la cooperación de toda la sociedad, una apuesta


decidida del Estado acompañada de las necesarias dotaciones presupuestarias e
inversiones importantes en medios y personal técnico calificado que permita implantar
programas diferenciados mínimamente eficaces.

Las actuales políticas de tratamiento penitenciario no actúan sobre las carencias y


dificultades personales y sociales, lo que permitiría hacer de la persona encarcelada una
persona con capacidad para convivir de forma pacífica en la sociedad al término del
cumplimiento de la pena.

En el tratamiento penitenciario, en general, no se considera las carencias de todo tipo


(personales, afectivas, laborales, educativas y trastornos de la personalidad) que padecen
gran parte de los internos, los problemas de drogodependencia que afectan a un
porcentaje importante de ellos y el enorme resentimiento que manifiestan hacia la
sociedad.

La arquitectura y la distribución interior de las cárceles son también importantes para un


mejor desarrollo y eficacia del tratamiento. Las nuevas infraestructuras, pensadas casi
exclusivamente para la seguridad, facilitan poco el desarrollo de un proceso rehabilitador.
No se conoce que existan, en el tratamiento, programas y técnicas de carácter psicosocial
que vayan orientadas a mejorar las capacidades de los internos y abordar las
problemáticas específicas que puedan haber influido en su comportamiento delictivo
anterior.

Tampoco existen, o son muy limitados, los programas formativos orientados a desarrollar
las aptitudes de los internos, enriquecer sus conocimientos, mejorar sus capacidades
técnicas o profesionales y compensar sus carencias y los contactos del interno con el
exterior.

El tratamiento sigue siendo un sistema premial y poco objetivo. La valoración del


comportamiento y del progreso de rehabilitación se considera y “valora” no por la
evolución personal en términos de reinserción, sino por la adaptación al régimen de
custodia. Se acaba premiando al interno más “prisionalizado”.

En todas las cárceles se llevan a cabo actividades muy diversas, pero en pocos centros
se hace auténtico tratamiento. El pensamiento del tratamiento ha venido impuesto por la
ley, pero aún no ha llegado a imponerse culturalmente, a asumirse por parte de todos los
integrantes de las instituciones penitenciarias.

En la práctica penitenciaria son evidentes también las condiciones de desventaja en las


que se colocan a las mujeres encarceladas frente a las oportunidades que se les brinda
para acceder a las actividades de tratamiento en una cárcel (por ejemplo, en relación a la
educación y al trabajo).

Existe finalmente un gran número de personas que nunca debieron llegar a la cárcel,
como lo demuestran los datos del INPE: del total de las libertades del 2014, el 18% (324
internos) logró su libertad por absolución, es decir, eran inocentes y el sistema judicial los
mantuvo privados de su libertad en contaminación con delincuentes consumados, y
respecto al resto de liberados (902 internos) se determinó que ya no era necesario que
continúen privados de su libertad, por lo que varió su mandato inicial.

En total 1,226 personas permanecieron recluidas en condición de hacinamiento y


convivencia con delincuentes consumados.

La cárcel añade más exclusión a la exclusión. Muchas veces ocasiona daños irreparables
en la persona que ha debido pasar por ella. Es inaudito que la sociedad y los medios de
comunicación no lo perciban y que el sistema judicial no repare en ello a la hora de
determinar el encarcelamiento de una persona.

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