DIEZ MINUTOS ANTES DE LA
MEDIANOCHE
Jardiel Poncela
Autor: Jardiel Poncela, Enrique ©2012, Rey Lear, S.L. Colección:
Breviarios de Rey Lear, 44 ISBN: 9788493979959
PERSONAJES:
MIGUEL
RUFINO
GERMANA.
HERMINIA
LA ACCIÓN, EN UN PAÍS en el que la gente es tan inteligente que
nadie allí, a excepción de los gobernantes, se ocupa de la política.
Se trata, como el lector habrá comprendido al punto, de un país
imaginario.
Este país limita al Norte con otro país; por el Este, con otro país; por
el Oeste, con otro país; y por el Sur, con el mar. Las tres primeras son
las fronteras más sólidas y la del mar, la más húmeda. Finalmente,
limita por abajo con el suelo —su única frontera mineral— y por
arriba, con el firmamento; frontera absolutamente gaseosa.
No recuerdo cómo se llama el país en cuestión, porque tengo una
memoria fatal. Pero sí recuerdo que su población es muy densa y
abundante y que esta población, al no ocuparse para nada de política,
se siente completamente dichosa: tan dichosa que, en realidad, no
soporta otros sufrimientos que los que suelen desprenderse de la
dicha.
He olvidado también la extensión superficial del país. Y aunque la
recordase, no me ocuparía de ella, pues de sobra sé que los novelistas,
si queremos sentar plaza de trascendentes, no debemos ocuparnos de
cosas superficiales.
La capital —de millón y medio de habitantes, entre los que se
encuentran bastantes personas— se halla situada en la frontera Sur;
quiero decir, por tanto, que el mar la empapa por uno de sus barrios
extremos.
Dentro de este barrio precisamente y cerca de la playa, se abre una
calle a lo largo de la cual, por espacio de varios metros, corre un muro
provisto de reja, que acaba haciendo esquina con otra calle transversal
siempre solitaria.
En esa esquina, por las mañanas, pone su tenderete una churrera y
vocea su mercancía; y por las noches, en el mismo sitio que la
churrera, suelen colocarse dos individuos, con las gorras muy echadas
sobre los ojos y atracan a todos los transeúntes descuidados. Es, pues,
un rinconcito muy propio a la emoción.
La verja y el muro rodean por sus cuatro costados a una casa
construida en 1903 —con arreglo al gusto de 1880— por un arquitecto
nacido en 1866, y reformada en 1925 —al gusto de 1920— por el hijo
del arquitecto de 1866, que nació en 1894, y al que su padre, muerto
en 1918, había cedido la clientela en 1915.
La casa es suntuosa. Una de esas casas que los folletinistas del siglo
pasado describían vertiginosamente, diciendo «una mansión señorial».
Y gracias a los cuales, los folletinistas actuales no tenemos ni que
molestarnos en describir.
Entre la casa y la verja, sirviendo de perfumado mullido, existe un
jardín enorme y compacto, que aísla el edificio resguardándolo, como
las virutas de un embalaje aíslan el objeto embalado y como la cámara
de un «thermo» protege el interior las dos o tres horas que el «thermo»
dura sin romperse.
En uno de los extremos más olvidados del jardín ofrece su calor
agobiante una estufa, donde sudan y se sofocan varias familias de
plantas tropicales.
Y por entre las frondas, aquí y allá, blanquea el mármol de numerosas
estatuas: desnudos mitológicos de ninfas, venus, faunas, apolos,
dianas, hércules, mercurios y cupidos, que de día tiritan sobre sus
pedestales, pero aguantan el tipo en nombre de la mitología, el arte y
la belleza; y que de noche, así que nadie los ve, salen corriendo, se
meten de cabeza en la estufa y se sientan a calentarse alrededor de una
fogata de astillas de sicómoro.
En el centro del jardín brilla el cristal biselado de un gran estanque.
Los cisnes lo cruzan a la vela, poetizando las aguas con sus
evoluciones y buscando ranas que engullirse. Y cinco o seis garzas
reales dejan caer sus plumas sobre el verde del líquido, contentas de
que queden flotando y de que nadie las recoja para adornar sombreros
de mujer.
Por Oriente, el estanque va a languidecer contra una barandilla de
basalto, en la que un artista con pocas obligaciones se ha entretenido
en esculpir guirnaldas de rosas interminables. La barandilla
corresponde a una terraza sobre la que abren sus puertas vidrieras los
salones de la planta baja de la «mansión señorial».
Hemos llegado...
La terraza era nuestra meta.
Y hemos tardado tanto en llegar que hemos llegado de noche.
En la calle transversal los dos individuos de las gorras echadas sobre
los ojos ya acechan al
posible transeúnte.
El jardín se halla en sombras. Todas las estatuas han desaparecido
hace rato, en tropel, por la
puerta de la estufa.
Las garzas reales duermen, criando nuevas plumas, y los cisnes,
abotargados, digieren su última
rana.
En la «mansión señorial» hay luces resplandecientes; dentro se celebra
una fiesta y gimen
violines y estallan risas.
La terraza refleja en el suelo el resplandor de dentro, que vomitan las
puertas vidrieras, abiertas
de par en par. Pero unos metros más allá de las puertas, en la
barandilla de basalto, no hay más resplandor que el de la luna, y las
risas y los violines no son allí más que un susurro imperceptible,
devorado por el fragor de la brisa en la arboleda.
Si a la fiesta asiste alguna persona de buen gusto, tiene que estar en
este rincón de la balaustrada. Pero no hay nadie.
Y unos minutos pasan sobre nuestro desengaño, mientras las risas y la
fiesta continúan dentro y
mientras los violines lloran su melancolía de ser de madera y de estar
huecos.
Súbitamente, en el jardín se oye un silbido. Y luego, dos más.
Entonces, entre jirones de voces e hilachas de música, una de las
puertas vidrieras arroja un hombre a la terraza. Va vestido de frac.
Tiene cara de llamarse Miguel. Y treinta y cinco o treinta y seis años.
Es alto, guapo y fuerte, como todo protagonista de una novela, aunque
es menos alto, menos guapo y menos fuerte que de costumbre; porque
él sólo es protagonista de una novela corta. Se mueve y actúa, a pesar
de todo, con un aire enérgico y resuelto. Cierra la puerta vidriera tras
sí, después de haber lanzado al salón de donde procede una mirada
aguda y rápida. Va sin nada en la cabeza; no lleva en ella fijador, pues
no pertenece al grupo de los hombres que llevan la cabeza fija por
fuera, sino al otro grupo de los que la llevan fija por dentro. Y cuando
sale a la terraza, la brisa, que es mujer, se apresura a jugar con sus
cabellos.
Miguel desparrama una segunda mirada por el panorama del jardín, de
cuya negrura misteriosa, donde todo puede suceder, brota un nuevo
silbido, y avanza hacia la balaustrada, en la que se apoya, al llegar,
con una apariencia indiferente. Luego se endereza, saca una pitillera y
de ella un cigarrillo. Extrae un encendedor; prende fuego al cigarro;
mira nuevamente con precauciones a un lado y a otro, y, por fin, con
el mechero encendido, mueve la mano de derecha a izquierda y de
arriba abajo, trazando un zig-zag en el aire con la llama. Por dos veces
repite la maniobra, y, al acabar, apaga el mechero, se lo guarda y
queda en actitud expectante, mirando hacia la noche.
De ella surge Rufino, un individuo de unos cuarenta años, vestido de
criado, de aire abrutado y vulgar, el cual avanza también con
precauciones, pisando el césped que bordea el estanque, hacia el
rincón de la balaustrada donde se halla Miguel.
MIGUEL.- Rufino...
RUFINO.- ¿Qué hay, Melancólico?
MIGUEL.- ¿Se ha cumplido todo lo que ordené?
RUFINO.- Todo.
MIGUEL.- ¿Y no hay novedad?
RUFINO.- Ninguna.
MIGUEL.- Por aquí dentro también va todo bien.
(Rufino sonríe y enseña, al sonreír, tres muelas de oro con contraste
de 18 quilates.) RUFINO.- Lo suponíamos, porque donde usté trabaja,
jefe...
MIGUEL.- La invitación falsa que me procuraste a nombre del señor
Togores, con la que logré
entrar en la fiesta, ha pasado como buena.
RUFINO.- ¡Olé!
MIGUEL.- Cada cual me ha supuesto conocido de los demás, y desde
hace una hora soy amigo de
la infancia de los dueños de la casa, tus amos, y de varios invitados
importantes. De otros no he conseguido todavía hacerme amigo de la
infancia, pero les he convencido ya de que fuimos juntos a la
Universidad.
RUFINO.- Pero, Melancólico, ¿usté ha ido a la Universidad?
MIGUEL.- Yo, no. Pero tampoco han ido ellos...
RUFINO.- ¡Ya! Bueno, es que, realmente es usté el único... (Y Rufino
vuelve a sonreír. Miguel indaga interesado):
MIGUEL.- ¿Y Ramón?
RUFINO.- En su puesto.
MIGUEL.- ¿Dispuesto a actuar?
RUFINO.- Sí. No olvida la consigna. A las doce en punto, en cuanto
empiecen a sonar las
campanadas del reloj del asilo de la esquina, cortará la luz de toda la
casa.
MIGUEL.- Eso es.
RUFINO.- Los hombres que tenemos en las cocinas, que son de la
pandilla de Isidro el sordo,
están ya advertidos para salir de allí en el momento oportuno,
armando barullo; y, aprovechando la confusión, llegarán hasta el salón
grande a ayudarle a usté y a los otros a desvalijar a la gente y a
guardarlo todo para salir pitando.
MIGUEL.- Bueno; pero lo que principalmente tienen que hacer es
armar barullo; porque para robar esos son demasiado brutos.
RUFINO.- Sí, señor; muy brutos.
(Rufino repasa mentalmente los demás detalles del asalto y echa en
falta el hablar de uno de ellos).
RUFINO.- ¡Ah! Las linternas también están listas. Las he metido yo
mismo en los jarrones chinos que hay en el salón, a la derecha, a la
puerta del comedor.
MIGUEL.- No harán falta, porque los hombres que he puesto aquí
dentro conocen la casa palmo a palmo y son todo gente de Valladolid,
que, como sabes, tiene los dedos más ágiles que nadie.
RUFINO.- Ya, ya...
(Rufino hace un gesto de suficiencia: para honra y orgullo de los
ladrones de Valladolid). MIGUEL.- Y por mi parte, la caja de
caudales, que es un modelo viejísimo, la abro yo con los
ojos cerrados.
RUFINO.- Y sin necesidad de ser de Valladolid.
(Hay un silencio breve, lleno del rumor de los violines que, a fuerza
de tocar, están ya en las
cuerdas.)
MIGUEL.- ¿Y los coches?
RUFINO.- Dispuestos para la fuga en la fachada de atrás. La verja
está abierta y de los perros no
tiene usté que preocuparse en absoluto.
(Miguel se alarma al oírle; primer indicio de que se trata de un
hombre sentimental). MIGUEL.- ¿Habéis matado a los perros?
RUFINO.- Mucho mejor que eso. Si los hubiéramos matado no
habríamos hecho más que
quitárnoslos de en medio... Y con lo que hemos hecho los hemos
utilizado y además nos los hemos puesto de nuestra parte.
MIGUEL.- Pues ¿qué es lo que habéis hecho?
RUFINO.- Traerles una perra a cada uno. Están encantados.
(Ríen ambos, tan encantados como los perros).
MIGUEL.- ¿Tú no olvidarás tu misión, Rufino?
(Rufino sonríe ladinamente y vuelve a lucir su oro).
RUFINO.- No pase cuidado... Como nadie sospecha de mí, ya sé que
mientras dure la «cosa» yo,
¡quieto! Y que en cuanto que se oiga el ruido de los coches huyendo
de la fachada de atrás, un
servidor, a entrar en la casa, disimulando y preguntando: «pero ¿qué
ha pasado aquí?», «pero ¿qué ha pasado aquí?», con la mayor cara de
primo que me sea posible; que es mucha. Fíjese en la cara de primo
que voy a poner.
(Rufino pone una cara de primo terrible). MIGUEL.- Puede que sea
demasiado.
(Rufino se llena de orgullo y de agradecimiento). RUFINO.- ¡Gracias,
jefe!
MIGUEL.- Y no te olvides de lo principal: si ves que alguna de las
víctimas conserva la serenidad después del robo y trata de
perseguirnos, ¡tú, a impedirlo!
RUFINO.- Por supuesto...
MIGUEL.- Tienes que cubrirnos la retirada, desorientarles... Y que en
ningún momento comprendan que eres de los nuestros, Rufino.
RUFINO.- Déjelo de mi cuenta, jefe. A los hombres ya sé lo que les
voy a hacer: darles pistas falsas.
MIGUEL.- Bueno; muy bien.
RUFINO.- Y a las mujeres... ¿Qué les haré a las mujeres?
MIGUEL.- Hazles tila.
RUFINO.- ¡Olé, sí, señor! Que eso despista mucho...
MIGUEL.- Y si todo sale bien, como supongo, ya sabes: a primeros
de mes te despides de los
dueños de la casa, diciendo que dejas de servir por motivos de salud, y
te reúnes con los compañeros, que te esperarán en la frontera,
guardándote lo que te haya correspondido en el reparto.
(Rufino pone los ojos en blanco y se relame).
RUFINO.- ¡Se me hace la boca agua de pensarlo! Me parece que de
esta hecha nos retiramos todos del negocio...
(Miguel queda pensativo unos instantes. Luego, responde con voz
sorda):
MIGUEL.- El que quiera, podrá retirarse... El que buscase dinero nada
más, desde luego que podrá retirarse...
(Rufino mira a Miguel con cierta estupefacción).
RUFINO.- ¿Y usté no, jefe?
(Miguel hace un gesto desolado y se alza de hombros, indiferente).
MIGUEL.- Yo ya he comprobado por mí mismo hace tiempo que el
dinero no es suficiente para
vivir a gusto...
(La estupefacción de Rufino crece ante estas palabras).
RUFINO.- ¿Y qué es lo que busca usté entonces en el negocio?
(En la oscuridad, brillan los ojos de Miguel de un modo raro.)
MIGUEL.- La agitación, la actividad, el aturdimiento.
(Una nueva pausa. Miguel se expresa como si hablase consigo mismo
con voz débil): MIGUEL.- Retirarme... no me retiraría más que una
mujer. Tal vez si encontrase una mujer joven
e inocente...
RUFINO.- ¡Pues no pide usté nada! ¿Y para qué querría usté que
fuese inocente? MIGUEL.- Para que dejase de serlo a mi lado.
RUFINO.- ¿Y joven?
MIGUEL.- Para que me durase más tiempo.
(Rufino abre la boca, maravillado del talento del jefe).
RUFINO.- ¡Ahí va!
(A su vez, es ahora Rufino el que queda pensativo, cosa que le ocurre
muy de tarde en tarde). RUFINO.- ¡Con razón se le llama a usté en la
profesión el Melancólico!... Y por algo se dice
que es usté un hombre raro...
(Miguel, interesado):
MIGUEL.- ¿Se dice eso de mí?
RUFINO.- Sí, señor. Se dice eso, aunque con todos los respetos:
porque para la profesión, el
Melancólico es el número uno y el espejo en que nos miramos. Y
todos sabemos que cuando usté entra en un despacho la caja de
caudales se abre sola; y que los edificios de los bancos se echan pa
atrás cuando le ven, para ocultarse, y que usté pase de largo por la
acera; y que ha viajado usté más que un baúl de chapa, y que ha
robado en once idiomas diferentes... ¡Y que ninguno le llegamos a la
suela de los zapatos! Sí, señor; con todos los respetos, pero se dice que
es usté un hombre raro, jefe. Y yo, con todos los respetos, creo que es
verdad, porque...
MIGUEL.- ¡Chist! ¡Calla, Rufino!
(Miguel le ha agarrado a Rufino, nerviosamente, por un brazo y ha
vuelto rápidamente la cabeza hacia las puertas vidrieras de la
terraza, en una de las cuales se dibuja una sombra humana).
RUFINO.- ¿Eh?
MIGUEL.- ¡Vete! ¡Vete, que alguien sale!
RUFINO.- Son ya las doce menos diez... ¡El que sea va a meter la
pata!
MIGUEL.- No hay cuidado. Si es mujer, me la llevaré a bailar. Y si es
hombre, lo meteré para
adentro, charlando, antes de cinco minutos...
(Siempre mirando hacia la puerta vidriera, Miguel da sus últimas
instrucciones).
MIGUEL.- El plan no debe alterarse por nada. ¡A tu puesto! ¡Y todo
el mundo preparado! RUFINO.- Sí, señor.
MIGUEL.- Y al dar las doce en el reloj del asilo, ¡a apagar las luces
de la casa... y ya sabéis! RUFINO.- Sí, señor... Sí, señor...
(Rufino, agachándose, se escurre por el césped, a lo largo de la
balaustrada, produciendo un
momentáneo revuelo en el dormitorio de las garzas reales, hasta
perderse en la negrura del jardín.
Ya es tiempo, porque la puerta vidriera donde la sombra se dibujaba
se ha abierto, a impulso de alguien que sale del salón en fiesta.
Miguel, disimulando, se separa del extremo de la balaustrada, donde
mantuvo todo su diálogo anterior, y queda apoyado en el pretil, con
los ojos fijos en las caravanas de nubes que pasan y repasan ante la
luna.
En el umbral de la puerta vidriera del salón ha aparecido Herminia.
Es una muchacha de indefinible edad. En lo físico, joven; por la
firmeza y soltura de sus líneas puede tener perfectamente dieciocho o
veinte años.
En cambio, en aquellas características morales que a simple vista
descubren los seres, parece adivinársele un aplomo, una gallardía y
una decisión que llevan a pensar si no tendrá bastantes más años de
los que representa por su aspecto, puesto que tales cualidades sólo
nacen de una amplia y larga experiencia de la vida.
Sus ojos, que miran siempre de frente y con firmeza, tienen el fuego
propio de los temperamentos extremados, y en la línea de su boca hay
una extraña energía.
Todo ello contrasta vigorosamente con la delicadeza juvenil de su
organismo, formando un conjunto de atractivo fascinador.
Herminia cierra, detrás de sus pasos, la puerta por donde salió, y,
lentamente, como si no llevara objetivo fijo al venir a la terraza,
avanza hacia el lugar de la balaustrada donde Miguel se halla
acodado, y apoya sus manos en ella, con los brazos abiertos en Y
griega.
Miguel la observa, pero por un segundo nada más).
MIGUEL.- Buenas noches...
(Herminia permanece inmóvil, sin hacer caso de Miguel, mirando a
las copas de los árboles, que hacen encaje de bolillos en la altura.
Miguel, resuelto a entablar conversación, sincroniza su mirada con la
de ella).
MIGUEL.- Precioso cielo, ¿eh?
(Silencio por parte de Herminia, que ni mira a Miguel siquiera. Pero
Miguel insiste): MIGUEL.- Yo me paso noches enteras
contemplándolo, y siempre acabo prometiéndome a mí
mismo no volver a hacerlo, porque pensar en las terribles dimensiones
del espacio me aterra... (Nuevo silencio. Pero Miguel insiste...,
mirando ahora la luna):
MIGUEL.- ¡Precioso cielo y preciosa luna! Es como un espejo de
cuarto de baño.
(Y otro silencio aún. Miguel mira, alternativamente, al cielo y al
rostro de Herminia). MIGUEL.- ¿Se ha dicho alguna vez que los ojos
de las mujeres se parecen a los luceros en que
tienen órbitas? Por si no se ha dicho nunca, lo digo yo ahora.
(Herminia vuelve, al fin, sus ojos hacia Miguel, pero sólo un momento
y distraídamente. En
seguida cambia de postura, volviéndose de espaldas al estanque y
apoyando la cintura en la balaustrada, y no contesta. Otro silencio
todavía. Miguel ataca por un flanco):
MIGUEL.- Se habrá usted cansado de bailar, ¿verdad? También yo
salí de allí porque estaba cansado, pero en un hombre es natural; los
hombres resistimos menos el baile: tenemos los pies más flojos. A
ustedes, en cambio, les sucede al revés; no sé dónde he leído que las
mujeres y las mesas cuando se quedan cojas es cuando mejor bailan...
Una tontería, claro; pero tiene cierta gracia, ¿no?
(Silencio).
MIGUEL.- ¿No?
(Nuevo silencio).
MIGUEL.- Por lo visto, no.
(Pero vuelve a la carga, infatigable):
MIGUEL.- Indudablemente, la mujer es más fuerte que el hombre.
Antiguamente se la llamaba «el
sexo débil». Hoy el sexo débil ha hecho gimnasia. Y el hombre
siempre ha tenido un punto débil: el talón; acuérdese de Aquiles... Las
mujeres, para no tener débil ni ese punto, llevan los talones
reforzados.
(Herminia torna a mirar distraídamente a Miguel, y dando media
vuelta, cambia otra vez de postura y queda cara a la balaustrada del
estanque. Miguel, después de echar una ojeada de impaciencia a su
reloj de pulsera, imita la postura de Herminia y a ratos contempla el
estanque y a ratos, a ella. Y se lanza de nuevo al ataque, con bríos
inéditos).
MIGUEL.- ¡Qué fuerza misteriosa la de la luz de la luna cuando se
refleja en las aguas de un estanque!
(Breve pausa. Miguel se acerca un poquito a Herminia. Insinuante):
MIGUEL.- La misma fuerza misteriosa que adquiere una mujer
cuando, en lugar de hablar, lo mira todo melancólica, silenciosa...
(Una pausa. Herminia sigue sin contestar. Miguel, filosófico):
MIGUEL.- Y al fin y al cabo, ¿para qué hablar? Tiene usted razón...
Hace usted bien... El silencio es lo más elocuente que existe. Sólo
cuando callamos lo decimos todo.
HERMINIA.- Entonces ¿por qué no se calla usted?
MIGUEL.- Porque yo no tengo nada que decir.
HERMINIA.- ¿Y si tuviera usted algo que decir, se callaría?
(Miguel responde afirmativamente con la cabeza y guarda silencio).
HERMINIA.- ¿Por qué se calla usted ahora? ¿Es que se le ha ocurrido
decirme algo de pronto? (Miguel vuelve a afirmar con la cabeza y
queda mirando a Herminia fijamente). HERMINIA.- ¿Sí?
(Miguel, sin cesar de mirarla, no contesta).
HERMINIA.- ¿El qué?
(Miguel, sin contestar, sigue mirándola fijamente. Herminia,
irritada):
HERMINIA.- Le he preguntado a usted que qué es lo que tiene que
decirme.
MIGUEL.- Y yo acabo de decírselo. ¿No me ha entendido?
(Herminia, de mal humor):
HERMINIA.- ¡No!
(Volviendo la cara hacia otro lado):
HERMINIA.- No le he entendido...
MIGUEL.- Le he dicho con mi silencio que, a pesar de que la he
confesado estar cansado, mi
alegría suprema sería que entrásemos de nuevo ahí, al salón, de donde
me parece que los dos hemos salido impulsados por el aburrimiento, y
bailáramos juntos un baile, dos bailes, diez bailes: todos los bailes de
la noche...
(Extremando su insinuación):
MIGUEL.- La he dicho sin hablar que daría cuanto me pertenece por
conseguir llevarla a usted en los brazos sintiéndola recostada contra el
corazón, aspirándola, respirándola...
(Con un soplo de voz):
MIGUEL.- ¿Sería usted capaz de negarme eso?
(Suavemente, pero con firmeza, Miguel intenta separar a Herminia de
la balaustrada y
llevársela hacia el interior de la casa. Pero Herminia se resiste):
HERMINIA.- No; gracias. No quiero bailar. Aborrezco el baile.
(Miguel, soltándola):
MIGUEL.- Me extraña en una muchacha como usted...
(Herminia, burlona):
HERMINIA.- ¿Como yo? Pues ¿qué edad cree usted que tengo yo?
MIGUEL.- Dieciocho, veinte...
(Herminia se endereza y deja escapar una carcajada aguda,
compasiva, hiriente). HERMINIA.- Dieciocho... Veinte... ¡Cuánta
ingenuidad!
(Miguel se maravilla):
MIGUEL.- ¿Ingenuidad?
HERMINIA.- Ingenuidad, claro...
(Y vuelve a reír. Miguel, con cierta broma):
MIGUEL.- ¿Le parezco a usted realmente un ingenuo?
HERMINIA.- Estoy segura de que lo es.
(Miguel, divertido ya, e interesado en la actitud y en las palabras de
Herminia):
MIGUEL.- ¡Ah!... Está usted segura de que soy un ingenuo...
(Miguel se apoya de codo en la balaustrada y contempla a Herminia
como si fuera un ser
extraordinario).
MIGUEL.- ¡Mujer admirable!
(Herminia adopta un aire displicente).
HERMINIA.- Por lo demás, todos los hombres son ustedes
igualmente ingenuos...
(Miguel, siempre con aire de broma y con un tanto de burla):
MIGUEL.- ¿Ha tratado usted muchos?
HERMINIA.- Los suficientes para aprender esa verdad y para saber
también que si todos los
hombres son igualmente ingenuos, aquellos que la sociedad tiene por
malos, como ladrones y delincuentes de diversas clases, esos son los
más ingenuos de todos...
(Miguel se pone serio y no puede evitar un sobresalto). MIGUEL.-
¡Eh!
HERMINIA.- ¿Decía usted algo?
(Miguel, reponiéndose):
MIGUEL.- Decía, «¡eh!...».
HERMINIA.- «¿Eh?».
MIGUEL.- Sí.
HERMINIA.- ¡Ah!
(Después de una ligerísima pausa): HERMINIA.- Es que me pareció
que decía «que». MIGUEL.- «¿Qué?».
HERMINIA.- Sí.
MIGUEL.- Pues no.
HERMINIA.- ¡Ya!
(Vuelve el silencio reconcentrado con que comenzó la escena. De
nuevo Herminia deja perder
sus miradas por la superficie niquelada del estanque. Miguel,
preocupadísimo, finge una
indiferencia que está lejos de sentir).
MIGUEL.- Y... y esa opinión de que los delincuentes son los hombres
más ingenuos... ¿también la ha logrado usted tratando delincuentes?
(Herminia hace una pausa reflexiva. Suavemente):
HERMINIA.- Sí. También.
(Miguel la observa atentamente, entre crédulo e incrédulo):
MIGUEL.- ¿Y si le dijera que me cuesta trabajo creerlo?
HERMINIA.- Entonces yo le contestaría que toda cosa que es verdad
es siempre increíble. MIGUEL.- ¡Qué cosa tan increíble!
HERMINIA.- ¡Es verdad!
(Y ambos sonríen. Pero Herminia recobra pronto su gravedad
anterior):
HERMINIA.- Por otra parte, también es verdad y también le parecerá
a usted increíble que he
cumplido los treinta y cuatro años, que mi vida ha sido hasta ahora tan
novelesca como pueda ser, por ejemplo, la vida de usted...
(Miguel, interrumpiéndola, nuevamente preocupado):
MIGUEL.- ¿Mi vida?
HERMINIA.- ...y que, en realidad, en el mundo ya no hay nada ni
nadie capaz de asombrarme.
(A un ademán de él):
HERMINIA.- Conozco algunos de los lugares de la tierra todavía
habitados solamente por seres
irracionales, y casi todos los habitados por seres provistos de razón:
cito antes a los que carecen de razón, porque son gente mucho más
razonable...
(Suspirando):
HERMINIA.- Por lo tanto, amigo mío, hombres de muy opuestos
caracteres y de condiciones y circunstancias variadísimas se han
cruzado en mi camino.
MIGUEL.- Incluso delincuentes...
HERMINIA.- Incluso delincuentes, eso es.
(Perdiendo sus miradas en la espesura densa del jardín):
HERMINIA.- Hace quince años abandoné la casa de mis padres por el
amor de un hombre que no
lo merecía, como tantas otras muchas. Tuve una hija que me fue
arrebatada al nacer y de la que jamás he vuelto a saber nada... Y
cuando salí de allá, huyendo de aquellos dolores, que sólo eran el
prólogo de otros muchos futuros, mis primeras amistades fueron
estafadores y ladrones, sí, señor. ¿Le asusta?
MIGUEL.- Tanto como asustarme...
HERMINIA.- Más vale así. Y si conociera a fondo ese mundo, tan
temido y despreciado por las gentes de orden, es probable que hasta se
le hiciera a usted simpático.
(Miguel, con una sonrisa imperceptible):
MIGUEL.- Estoy seguro de ello.
HERMINIA.- Porque hay entre esos seres que viven fuera de la ley,
una ley particular, especial,
que rige sus vidas, que establece jerarquías de mando... (Miguel
acentuando, sin querer, su sonrisa): MIGUEL.- ¿Es posible?
HERMINIA.- Y existe entre ellos una armonía que frecuentemente
falta en la sociedad legal. Y como en su mayor parte son temerarios y
fantásticos y mantienen una existencia de riesgo y de aventura, uno
acaba sintiéndose atraído por ellos...
(Miguel, sonriendo ya francamente, a pesar suyo):
MIGUEL.- ¿De verdad?
(Herminia, leyendo en su propio interior):
HERMINIA.- Traté por primera vez delincuentes en el viaje a Buenos
Aires, cuando salí de España huida y anhelando olvidar. Eran los más
simpáticos de a bordo y los únicos que me ayudaron... a su modo:
porque yo viajaba sin un céntimo. Pero al tocar en Río, ya había
reunido seiscientos pesos nacionales. Los había «ganado»
asociándome a uno de ellos, un tal Díaz, que «hacía» las líneas
sudamericanas jugando al póker con ventaja. Yo le ayudé en aquella
travesía, llevándole a la mesa todos los ricos de a bordo y
distrayéndoles con conversaciones súbitas e inoportunas o con
sonrisas incandescentes, cada vez que Díaz hacía «maravillas» con los
naipes.
MIGUEL.- ¡Aaah!
HERMINIA.- No he visto nunca dedos más ágiles que los de aquel
hombre; había nacido en Valladolid. Porque usted ignora seguramente
que los ladrones de dedos más ágiles de España y del mundo son de
Valladolid...
(Miguel, creyendo que sueña y estremeciéndose).
MIGUEL.- ¿Cómo?
HERMINIA.- Que los ladrones de dedos más ágiles son de Valladolid.
(Miguel, reponiéndose; en tono ligero):
MIGUEL.- No sabía... Verdaderamente empiezo a creer que hablando
con usted acabaré
haciéndome una cultura...
(Ríen. Herminia continúa su relato):
HERMINIA.- Díaz era muy hábil; pero, doblemente ingenuo por
hombre y por delincuente,
cometió una grave torpeza: enamorarse de mí. Y, desde que, frente a
las costas del Brasil, le ocurrió aquello, se quedaba tan extasiado
mirándome horas y horas que... en el resto del viaje ya no volvimos a
«ganar» al póker.
MIGUEL.- ¿Y... usted?
(La mira a los ojos, queriendo escrutar un alma que empieza a
inquietarle. Pero Herminia no tiene un alma fácil de escrutar, y le
replica con voz fría, siguiendo la relación y el curso de su vida):
HERMINIA.- Yo, aunque muy joven, ya en aquella época lo que más
me había jurado a mí misma era no comprometerme por nada ni por
nadie el porvenir...
MIGUEL.- ¡Ah!
HERMINIA.- Tardé, pues, en huir del lado de Díaz todo lo que tardó
el barco en atracar a las dársenas del Plata...
(Y, sumergiendo sus miradas de nuevo en las frondas de tinta que
rodean al estanque, en busca de más recuerdos, añade):
HERMINIA.- A la siguiente semana pasé a Chile con un tal Landau,
que se dedicaba a la venta clandestina de cocaína: un negocio seguro y
relativamente ilegal...
(Miguel, abriendo de par en par los ojos):
MIGUEL.- ¿Relativamente ilegal? ¿Era, quizá, que la cocaína que
vendía Landau contenía un cincuenta por ciento de perborato de sosa?
(Herminia, muy seriamente):
HERMINIA.- No. Era que contenía un cincuenta por ciento de ácido
bórico.
(Vuelven a reír. Y cuando la risa se les ha agotado, Herminia
continúa su relación como con
pesadumbre):
HERMINIA.- Pero, por desgracia, la cocaína que Landau y yo nos
acostumbramos a tomar algún
tiempo después, ésa carecía de ácido bórico en absoluto... (Miguel,
agitando la cabeza):
MIGUEL.- ¡Hum!
(Herminia, suspirando):
HERMINIA.- Y al año, Landau moría intoxicado en una calle
cualquiera de la ciudad de México, y yo ingresaba en un sanatorio
para toxicómanos de Veracruz.
(Un suspiro más hondo infla el seno de Herminia).
HERMINIA.- Curé gracias a los esfuerzos desesperados de un médico
del Middle West norteamericano, Jack Stone, que no contento con
haberme vuelto a la vida física, normalizó toda mi vida espiritual,
casándose conmigo.
(Herminia hace un silencio y Miguel nada dice. La brasa del
cigarrillo, que ya arde en sus finales, ilumina su rostro, donde el
interés y la atención han borrado todo otro sentimiento, y, lo que es
peor para él, toda otra idea. Herminia ha vuelto su semblante hacia
la luna, cuya luz pone en sus facciones no se sabe qué de fantasmal y
de quimérico. Una especie de éxtasis la conmueve, y habla como
alucinada).
HERMINIA.- Pasamos a Estados Unidos y nos establecimos en
Lunesville, un pueblecito de Illinois, próximo a Chicago.
(Volviendo la vista hacia Miguel):
HERMINIA.- ¿No conoce usted el Illinois? Es una de las comarcas
más dulces de la Tierra: y lo era infinitamente entonces para mí. Jack
me llenaba por completo el corazón...
(Con voz oscura):
HERMINIA.- Pero mi destino no era la felicidad ni la vida tranquila...
(Después de un silencio profundo, durante el cual parece jadear,
mientras sus manecitas se
crispan sobre las falsas flores de basalto de la balaustrada):
HERMINIA.- En aquellos últimos años se había entablado en Chicago
la «guerra del alcohol» y
el Illinois entero perdió su dulzura característica para convertirse en el
campo de batalla más feroz. (Sombríamente):
HERMINIA.- Cierta noche, varios hombres, que huían de la Policía
Federal, llegaron a nuestro
paraíso de Lunesville: traían dos heridos y obligaron a Jack a
recogerlos en casa y a curarlos. Así lo hicimos. Y quince días más
tarde, la «pandilla» enemiga de aquellos hombres tomaba sobre
nosotros una represalia espantosa, ametrallando a Jack, a traición,
cuando volvía en coche de un paseo...
(Miguel, alzando vivamente la cabeza y dejando caer el cigarrillo):
MIGUEL.- ¿Es posible?
HERMINIA.- Días enteros pasé yo preguntándome eso mismo. No
podía ser... Pero había sido. Y mi vida acababa de desmoronarse para
siempre.
(Enderezándose; rígida y envarada como una esfinge):
HERMINIA.- Mi vida acababa de desmoronarse, pero no quedaba
vacía: estaba repleta de odio, y por el momento, averigüé que el jefe
de los asesinos de Jack se llamaba Jenina y que vivía en el Loop de
Chicago.
(Hablando precipitadamente, como deseando acabar):
HERMINIA.- Logré llegar hasta él, captarme su amistad... Y a los dos
meses, en la primera ocasión propicia, lo vendí a la policía. ¡A mis
propios pies cayó acribillado!
(Larga y emocionada pausa. Miguel prende lentamente un nuevo
cigarrillo. Herminia parece agotada como una flor sin agua. Los
violines han callado dentro y la brisa, triunfante en el concierto, les
arranca melodías inesperadas a los árboles. Suena como un susurro
la voz de Herminia, que resume el resto de su existencia en un
segundo).
HERMINIA.- Los ocho años transcurridos desde entonces los he
vivido sin conciencia de vivirlos. Pasé fríamente de unos países a
otros, y he hecho de todo sin que nada de lo que hacía me interesase lo
más mínimo... Una temporada me dejé absorber por la música...
Durante los dos años que siguieron practiqué el espionaje... He tenido
ráfagas de misticismo... Épocas de vivir obsesionada por el juego... Y
en todo momento he oído sin escucharlas palabras y palabras de
amor... Algún hombre intentó esclavizarme, teniendo que zafarme de
él violentamente... Algún otro, en cambio, se empeñó en ser
esclavizado por mí y acabó suicidándose... Para unas personas he sido
un demonio... para otras, un ángel.
(Suspirando con dejadez):
HERMINIA.- Y en realidad, sólo soy una mujer que se ha dejado en
el camino el alma y los mejores resortes de la vida.
(Confidencialmente):
HERMINIA.- ¿Comprende ahora por qué no me interesa la
cachupinada que se celebra en esos salones de ahí dentro y por qué no
he aceptado su invitación a bailar?
MIGUEL.- Lo comprendo... Suficientemente.
HERMINIA.- He caído hoy en esta casa, donde ni siquiera conozco a
los dueños, por pura casualidad. Y si me he refugiado en este rincón
ha sido para estar un rato a solas con mis recuerdos frente a la
inmensidad de ese cielo, que a ratos también parece indiferente a todo
y a todos...
(Miguel, reaccionando por completo al cabo, ha lanzado una nueva
rápida ojeada a su reloj. La hora le impacienta y súbitamente vuelve
a tomar a Herminia de una mano, con intención de llevarse a la dama
hacia el salón).
MIGUEL.- Pero ahora son ya las doce menos cinco...
(Herminia se pasa los dedos por la frente como rechazando su pasado
y el diálogo que lo resucitó; y sonríe, haciendo un esfuerzo sobre sí).
HERMINIA.- Justamente. Son ya las doce menos cinco, y a las doce
en punto empieza a funcionar el bar. Ya comprendo...
(Señalando gentilmente hacia el salón).
HERMINIA.- Vaya usted, amigo mío, vaya usted. Ahora iré yo
también. Y para cuando yo vaya ¿me tendrá usted preparado un
whisky con hielo?
(Miguel, tras de consultar otra vez, ahora abiertamente, su reloj):
MIGUEL.- Sí, si no tarda usted en venir más de cinco minutos.
(Herminia, frunciendo ligeramente las cejas, como si una sospecha la
rondase):
HERMINIA.- Parece como si tuviera usted algo importante que hacer
a las doce...
(Miguel, contemplándola unos instantes con fijeza y plegando los
labios en una mueca
alegre):
MIGUEL.- Quizás...
(Herminia, curiosa):
HERMINIA.- ¿Algo en lo que yo pueda intervenir? (Miguel,
acentuando la alegría de su mueca
y dándole una larga chupada al cigarrillo):
MIGUEL.- Quizás también...
(Acercándose a Herminia, paso a paso, sin desviar un punto de ella
los ojos):
MIGUEL.- Desde que en aquella travesía conoció usted los primeros
delincuentes, ha corrido
usted de aventura en aventura... ¿Y quién le dice que no puede correr
hoy su aventura final... con gentes parecidas a las de entonces?
(Herminia, absorta):
HERMINIA.- ¿Qué quiere usted decir?
(Miguel, retrocediendo a su primitivo lugar):
MIGUEL.- Nada.
(Miguel da la espalda a Herminia y se dirige terraza adelante hacia
las puertas vidrieras del
salón. A mitad de camino se detiene y se encara de nuevo con
Herminia): MIGUEL.- ¿Me promete no tardar en venir al bar más de
cinco minutos? HERMINIA.- Se lo prometo.
MIGUEL.- En ese caso, hasta ahora mismo...
(Se vuelve para irse definitivamente, pero en ese instante, una de las
puertas vidrieras se abre. Miguel, al verlo, deja escapar una
interjección indefinible).
MIGUEL.- ¡Ah!
HERMINIA.- ¿Qué ocurre?
(Miguel, sin ocultar demasiado su contrariedad):
MIGUEL.- La dueña de la casa viene hacia aquí.
(Un máximo sobresalto se apodera de Herminia. Sus dedos crispados
estrujan, clavándose en él, el bolso de «strass»).
HERMINIA.- ¿La dueña de la casa?
(Miguel, esforzándose por guardar una calma que empieza a faltarle):
MIGUEL.- Si. No le preocupe por conocerla. Yo se la presentaré.
(Herminia, buscando sitio por donde huir):
HERMINIA.- ¡No! ¡No!
(Miguel, sorprendido):
MIGUEL.- ¿Eh?
(Pero no hay sitio por donde huir. Por un lado corta el paso la
balaustrada del estanque. Por
otro, la persona que avanza desde la puerta del salón.
Esta persona ha entrado ya en la terraza. Es Germana, una señora de
cuarenta y tantos años,
exuberante, amabilísima y atrozmente vulgar.
Germana se dirige rectamente a Miguel con una sonrisa que la cubre
de arriba abajo, como
un abrigo de pieles).
GERMANA.- ¡Querido señor Togores!
(Miguel, con los nervios ya ominados; inclinándose):
MIGUEL.- Señora...
GERMANA.- ¡Muchas gracias, muchísimas gracias por la gentileza
que representa de su parte el
estarle dando conversación a Herminia!
(Miguel, asombrado):
MIGUEL.- ¿Eh?
GERMANA.- Justamente andaba buscándoles a ella y a usted para
presentarles, porque como es
el primer día que honra usted nuestra casa... Pero la juventud no
necesita presentaciones, bien lo veo... Y luego ¡estas muchachas de
ahora son tan atrevidas, incluso las que acaban de abrir los ojos al
mundo!
MIGUEL.- ¿Cómo?
GERMANA.- ¿Qué, le habrá marcado a usted bastante, verdad?
(Miguel, sin comprender nada):
MIGUEL.- ¿Quién?
(Germana, sorprendida y haciendo girar sus grandes pupilas
redondas):
GERMANA.- ¿Quién va a ser? ¡Herminia!
(Germana, más sorprendida todavía):
GERMANA.- ¡Ah! ¿De manera que estaban charla que te charla sin
conocerse? ¿Cómo podía
figurármelo?
(Germana, sonriente y tendiendo una de sus manos hacia Herminia
mientras sigue hablando a
Miguel):
GERMANA.- Herminia es mi hija, querido señor Togores. Por
supuesto no debía de confesarlo,
porque, después de todo, para una madre una hija de dieciocho años
significa casi la vejez... (Miguel retrocediendo un paso de estupor):
MIGUEL.- ¿De dieciocho años?
(Miguel vuelve su mirada hacia Herminia, la cual, apoyada en la
balaustrada, desfalleciente,
tiene los ojos clavados en el suelo desde que apareció Germana.
Esta última ríe con una risa que sólo para ella no suena a fúnebre):
GERMANA.- ¡Dieciocho años! Ni uno menos, pero ni uno más:
porque tampoco es cosa de
echarse tierra a los ojos...
(Confidencial, a Miguel):
GERMANA.- Herminia ha salido del colegio el mes pasado. Estaba
interna. Yo no soy partidaria
de los internados, pero Felipe sí; y cuando Felipe lo dispone... Total:
que el angelito, fuera de los veranos, que los pasaba con nosotros en la
finca del campo, pues ¡encerradita con las monjas desde los ocho
años!...
(Alegremente):
GERMANA.- Ahora, que yo no he visto una cabeza más despabilada
que la suya... Claro que en la inteligencia sale a Felipe, porque a mí,
desgraciadamente, de lo de Salomón me tocó poco...
(De nuevo confidencial):
GERMANA.- Y créame usted, señor Togores, no es porque yo sea su
madre, porque le aseguro que esta niña todo lo sabe, de todo se entera,
todo lo lee... ¡Imposible que exista una niña que haya leído más que
esta hija mía! Yo pienso que las mujeres no han nacido para leer, pero
Felipe opina que sí... ¡y vaya usted a llevarle la contraria a Felipe!
(Encarándose con Herminia.):
GERMANA.- ¡Bueno! Que ya va siendo hora de ir hacia dentro, hija
mía...
(Volviéndose nuevamente hacia Miguel; explicativa y siempre
refiriéndose a Herminia): GERMANA.- Su padre quiere hacer esta
noche la presentación oficial de ella en sociedad. Como
es la primera noche que damos una fiesta en casa desde que Herminia
salió del colegio... (Dirigiéndose otra vez a Herminia):
GERMANA.- Conque ve preparándote, pitusa.
(A Miguel, poniéndole los ojos en blanco):
GERMANA.- ¡Qué momentos de emoción para ella! Debe de estar
como loca, y me lo explico. En cuanto a mí, no es por nada, amigo
Togores, pero cada vez que recuerdo la noche... ¡ay, hace ya mucho!...
en que me pusieron de largo, me entra un...
(De súbito, se interrumpe, porque Herminia, que durante toda la
escena ha permanecido inmóvil, silenciosa, con los ojos clavados en
el suelo, el rostro encendido y el pecho palpitante, rompe de pronto
en sollozos).
GERMANA.- ¡¿Eh?! Pero ¿qué es eso? (Avanzando hacia Herminia):
GERMANA.- ¿Qué es eso? ¿Lloras?
(Miguel, avanzando también hacia Herminia): MIGUEL.- Herminia...
(Germana, acercándose a Herminia sin comprender nada, pero con el
corazón encogido). GERMANA.- ¿Qué te ocurre? ¡Hija mía!
¡Herminia! ¡Nenita! ¡Pero, nenita!...
(Herminia, con voz ahogada):
HERMINIA.- ¡Déjame!
(Rechazándola, queriendo ocultar las lágrimas y el rostro; queriendo
ocultarse toda ella): HERMINIA.- ¡Déjame! ¡Déjame!
(Herminia huye de su madre, de Miguel, de sí misma, y en fin: de su
imaginación. Y como un
pájaro fugitivo desaparece por una de las puertas vidrieras del salón
en fiesta).
(GERMANA, volviéndose hacia Miguel con la ceguera que tienen
siempre las personas
maduras para los goces y los sufrimientos de la juventud):
GERMANA.- ¿Qué es esto? ¿Qué le pasa? ¡Se va llorando! ¡En un día
como el de hoy!... ¡En un
momento como éste! Se lo aseguro, amigo Togores: las muchachas de
ahora son incomprensibles. (Miguel, emocionado):
MIGUEL.- Quizá para comprenderlas hace falta tener, ante todo,
fantasía...
(Germana, bufando la cabeza desolada):
GERMANA.- Así será cuando usted lo dice... Yo, francamente,
confieso que no las comprendo. ¡No las comprendo!
(Haciendo una transición):
GERMANA.- Pero discúlpeme usted, amigo Togores... Voy a ver.
¡Voy a ver!... Hasta ahora, amigo Togores. Adiós, amigo Togores...
(Nerviosa y preocupada, Germana se dirige a las puertas vidrieras.
Miguel se inclina a su paso):
MIGUEL.- Hasta luego, señora.
GERMANA.- ¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios!
(Y se va, desapareciendo en el bullicio del salón.
Miguel queda solo unos instantes: la cabeza baja, los brazos cruzados
y la barbilla apoyada
en una de las manos. Si hubiera luz bastante, se le vería sonreír
arrobado.
Instantes después, pisando el césped que rodea el estanque, como
antes, vuelve a surgir
brotando de la negrura del jardín, Rufino. Se comprende que todo lo
ha espiado. Se endereza, trepa hasta la balaustrada y se encara con
Miguel, esperando la orden definitiva).
RUFINO.- ¿Qué?
(La voz de Rufino saca a Miguel de su ensimismamiento. Fulgen de él
palabras tajantes): MIGUEL.- ¡Rufino! ¡A escape! ¡Da contraorden!
(Rufino, sin comprender):
RUFINO.- ¿Qué?
MIGUEL.- ¡Avisa a Ramón para que no apague las luces de la casa a
las doce!
RUFINO.- ¿Cómo? ¿Que no apague las luces de la casa a las doce?
(Miguel, febril):
MIGUEL.- ¡Contraorden a todos! ¡Que retiren los coches de la
fachada de atrás! ¡Que se vayan
los hombres que tiene Isidro en las cocinas! ¡Que nadie se mueva!
(Rufino estupefacto):
RUFINO.- Pero, Melancólico...
(Miguel, decisivo):
MIGUEL.- ¡Ya no se da el «golpe» esta noche! (Rufino, con la boca
abierta):
RUFINO.- ¿Que no se da el «golpe» esta noche? (Miguel exasperado,
sacudiéndole por un brazo): MIGUEL.- ¿Es que no hablo claro?
(Agresivamente):
MIGUEL.- ¡¡¡Que no!!! ¡¡Que no!!
(Fríamente; de un modo que no admite réplica): MIGUEL.- Anda, y
no pierdas un segundo, Rufino. (Rufino, acogotado):
HERMINIA.- RUFINO.- Sí, señor... Sí, señor...
(Y desaparece de nuevo por encima de la balaustrada, pisando el
césped sin ruido, como si llevase alas.
Miguel va hacia allí lentamente y se acoda de nuevo en la barandilla
de basalto. Dentro, vuelven a tañer los violines. Tenuemente, como
hablando para su interior, Miguel, monologa).
MIGUEL.- Madre de una hija desaparecida... Cómplice de
estafadores... Traficante en cocaína... Vengadora de la muerte de un
marido que no tuvo nunca... Espía... Jugadora... Aventurera
internacional... Todo lo había conocido... Nada le interesaba ya... ¡Y
llegó incluso a hacérmelo creer a mí! ¡A mí!...
(Sonriendo admirado y embelesado):
MIGUEL.- ¡Poder de la imaginación! ¡Poder de la juventud y de la
inocencia! (Melancólicamente, después de una pausa):
MIGUEL.- Inocencia y juventud: las dos cosas que yo he perdido para
siempre... ¡Y que sólo ella podría darme!
(Una nueva y profunda pausa.
Queda inmóvil, mirando hacia el estanque, como sugestionado por
las aguas, que, bajo la luz de la luna, parecen un charco de mercurio.
De pronto, un reloj de torre comienza a dar las campanadas de la
medianoche. A la tercera campanada, Miguel tira el cigarrillo al
estanque y se cubre el rostro con las manos).
DE SOCIEDAD
ESTA MAÑANA, en la iglesia de la Concepción, se ha verificado el
enlace de la bellísima señorita Herminia de Arévalo Iturride con don
Juan Togores y Suárez Guerrico, de antigua familia española, radicada
en el Plata hace varios años.
Apadrinaron a los nuevos esposos el padre de la novia, el acaudalado
prócer don Felipe Arévalo, y su distinguida esposa. Y firmaron como
testigos numerosos y honorables amigos de los contrayentes.
Con tan brillante ceremonial se ha escrito el último capítulo de una
historia de amor que tuvo su iniciación hace seis meses en San
Sebastián, donde la juvenil pareja trabó conocimiento en el hotelito
veraniego de la novia, justamente la noche en que ésta, recién salida
de un internado de Toulouse, celebraba su puesta de largo y su feliz
entrada en sociedad.
Esta noche, en el palacete de los Arévalo, en la calle de Lista, se
festejará con una comida íntima el dichoso acontecimiento.
Felicitamos a todos los interesados, y deseamos una luna de miel
eterna a los nuevos esposos.
(De un semanario dedicado a la vida social).