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Lecturas Cortas Con Valores

1. Tres cuentos presentan el valor de la amistad a través de la historia de tres animales que comparten comida entre sí. 2. Otro cuento muestra el valor de la empatía cuando un primo ayuda a un grillo afónico al ofrecerle unirse a su orquesta. 3. Un cuento final enseña sobre el valor de la generosidad a través de un erizo que comparte sus púas con otros a pesar del peligro.
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Lecturas Cortas Con Valores

1. Tres cuentos presentan el valor de la amistad a través de la historia de tres animales que comparten comida entre sí. 2. Otro cuento muestra el valor de la empatía cuando un primo ayuda a un grillo afónico al ofrecerle unirse a su orquesta. 3. Un cuento final enseña sobre el valor de la generosidad a través de un erizo que comparte sus púas con otros a pesar del peligro.
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Los tres animalitos, y el valor de la


amistad
Don Pato, Don Ratón y Don Conejo eran tres buenos amigos. Vivían felices y
contentos. Solían verse con frecuencia.

Una tarde cualquiera, los tres fueron a pasear al campo a buscar comida.

Don Pato se encontró con un huerto lleno de tomates. Comió uno y tomó dos
más para regalarle a sus buenos amigos.

—¡Qué dulce y sabroso está! —exclamó Pato mientras comía.

Antes de retirarse a descansar, Pato dejó un tomate en la puerta de cada uno de


sus amigos.

Don Ratón, por su parte, se topó con un queso exquisito. Comió un buen trozo y
reservó dos porciones más para sus amigos. Antes de irse a casa, dejó su regalo
en la puerta de Don Pato y Don Conejo.

El tercero de los amigos, Don Conejo, se encontró un buen montón de


zanahorias. Dio buena cuenta de una de ellas y apartó las otras dos,
acordándose de Pato y Ratón, dejó una zanahoria junto a la puerta de la casita
de ambos.

A la mañana siguiente, al abrir sus respectivas puertas, los tres se encontraron


con la comida completa y bien puesta. Decidieron, llenos de alegría, ir a darse el
banquete junto al río.

Los tres amigos se presentaron en el mismo sitio, a la misma hora y con


semejante comida. Todos se dieron cuenta de lo sucedido y, muy felices,
celebraron su amistad por todo lo alto.

Dicen que los amigos son “la familia que elegimos”. La amistad es uno de
los valores que hay que cultivar día a día. Estas relaciones interpersonales
están basadas en el amor y respeto, también por la lealtad y la confianza
mutua. Por eso, es importante inculcar su importancia desde edades muy
tempranas.

Esta historia anónima es un gran ejemplo de verdadera amistad, esto se


demuestra con el gesto que los tres personajes tienen con sus respectivos
amigos: piensan los unos en los otros cuando buscan sus alimentos y no
dudan en compartirlo en forma de regalo.

2. El grillo afónico, y el valor de la empatía


En una extensa pradera vivía un grillo muy preocupado. Llevaba mucho tiempo
afónico, a causa de un fuerte resfriado, y todos los remedios ensayados habían
terminado en fracaso.

La tristeza lo abrumaba, porque adoraba cantar y ahora no podía hacerlo, cómo


el resto de sus amigos y vecinos, quienes le dieron de lado porque pensaron que
ya no quería hacer su trabajo.

—¡Qué desgraciado soy! ¡Mira que no poder cantar como todo el mundo! —se
lamentaba el grillo, un día sí y otro también.

Un primo suyo, enterado del sufrimiento del grillo afónico y comprendiendo sus
sentimientos, vino a visitarle para escucharlo y darle ánimos.

—Tu afonía no es un problema grave —le dijo con gesto tranquilizador. Mira, yo
formo parte de una orquesta en la que todos somos muy amigos. En este
momento nos hace falta un trompetista y, como ahora no puedes cantar, pues he
pensado en ti. ¿Qué dices?

—¡Oh, gracias! — le contestó el grillo —¡Siempre me ha gustado tocar la


trompeta! ¡Sí, entraré en vuestra orquesta!

Desde aquel día, la orquesta fue la más famosa de toda la pradera y, aunque
grillo siguió sin poder cantar, fue nombrado el mejor trompetista del campo.

Esta historia anónima nos presenta el valor de la empatía. Esta cualidad


implica ponerse en lugar de los demás e indagar en qué les hace pensar o
sentir de determinada manera y, aunque sea diferente a la nuestra,
respetarla y no criticarla.

El primo del grillo demuestra este valor cuando, a diferencia de otros


amigos y conocidos que lo juzgan sin saber, ofrece su escucha. También es
capaz de comprender sus sentimientos y le ayuda a conseguir un nuevo
empleo en el que se siente valorado.

3. El erizo, y el valor de la generosidad


Había una vez un bosque donde vivía un erizo tan lleno de púas que ningún
animal salvaje osaba atacarle. Iba tranquilamente de un lado para otro,
importándole muy poco ver aparecer a la serpiente o al león. Nada podía contra
él, porque sus púas podían herir a cualquiera.

Sus amigos le envidiaban, porque ellos siempre tenían que huir al toparse con
alguna fiera.

Sin embargo, el erizo era muy generoso; se llevaba bien con todo el mundo y no
le importaba lo más mínimo regalar sus púas a quien se las pidiese. La última
púa que le quedaba se la dio al ratón. Este la quería para usarla para atacar al
gato que le perseguía.

En esto llegó la serpiente. Al ver al erizo, se dispuso a comérselo. Este, tumbado


panza arriba, al sol, no se inmutó.

—Cada cual debe aceptar su destino con una sonrisa— acostumbraba a decir a
sus conocidos.

El erizo era bien consecuente con sus ideas. Cuando ya la serpiente se le


acercaba, todos los animales que habían obtenido una púa se abalanzaron sobre
ella y la ahuyentaron. La serpiente no volvió nunca más.

Entonces, el erizo agradeció a sus amigos su valiente gesto.


Este cuento pone de manifiesto un valor tan importante como es el de
la generosidad. Esta es la cualidad de aquellas personas que comparten
sin esperar nada a cambio.

En esta ocasión, el personaje principal es un erizo que no duda en


compartir su mecanismo de defensa, las púas, con sus amigos del bosque.
A pesar de que ello resulte un peligro para su propia vida, él da más
importancia al amor, la amistad y a la seguridad de sus conocidos.

4. Los pies, y el valor del agradecimiento


Un día los pies se rebelaron contra el resto del cuerpo:

—La mayor carga sobre todo la llevamos nosotros; dondequiera que el cuerpo
desee ir, allí le debemos conducir.

Precisamente ese día, el cuerpo estuvo en tres lugares diferentes, para los cuales
realizó largas caminatas, que agotaron más a los quejumbrosos pies.

—¡Dicho está! ¡Caminar sin refunfuñar!

Sin embargo, en las horas de la noche, el cuerpo sumergió a los pies en una
deliciosa tina con agua tibia; los enjuagó con un líquido medicinal; los fregó con
una piedra suavizante y les aplicó un polvo reconfortante. Estos productos los
había conseguido en las tres caminatas.

Al verse abrumados, los pies se sintieron muy descansados y recompensados;


aprendieron la eterna lección: a la postre todo esfuerzo siempre traerá su
compensación.

Este cuento contemporáneo de Alfonso Barreto nos muestra la importancia


de ser agradecidos. El agradecimiento no solo implica decir gracias, sino
valorar lo que otros hacen por nosotros.

Aquí el cuerpo reconoce el trabajo diario de los pies, que le permiten ir de


un lugar a otro. Como muestra de agradecimiento, el cuerpo regala un
delicioso baño de agua tibia a los pies y los trata con mucho cariño.

5. La fuente de talentos, y el valor de la


humildad
En una pequeña isla en medio del océano se encontraba la Fuente de los Cien
Talentos.
Todos los niños que al nacer eran bañados en cualquiera de sus cien chorros
adquirían un talento que podrán compartir con sus familiares y amigos.

Con el paso de los años había quienes tardaban en conocer su talento, otros no
llegaban a saber jamás cuál era, pero los que lo averiguaban dedicaban gran
parte de su tiempo a mejorarlo y utilizarlo en favor de los demás. Hasta que, un
día, la fuente se secó y la gente del pueblo comenzó a asustarse.

Los ancianos, mucho más inteligentes que los que se creen muy listos,
observaron que los que tenían talentos presumían de ellos y se comportaban de
forma orgullosa y arrogante.

Por este motivo, muchos habitantes del pueblo comenzaron a sentir envidia y,
como el agua de la fuente nacía de las raíces del Árbol de la Humildad, la
envidia causó que la fuente se secara poco a poco.

Un día hubo tanta envidia entre los habitantes de la isla que la fuente dejó de
echar agua, y ningún niño pudo adquirir su talento.

Con el paso de los año, la vida se fue haciendo más monótona y aburrida, ya que
al no haber nuevas personas talentosas todos actuaban de forma similar:
cocinando de la misma manera, corriendo a la misma velocidad, o dibujando e
inventando objetos muy parecidos.

El día en el que el último vecino talentoso de la isla falleció, todos se sintieron


muy culpables y aprendieron una importante lección:

—Debemos aceptar las diferencias de los demás sin pensar que son mejores o
peores que nosotros, y ayudarlos a descubrir sus talentos en vez de provocarles
envidia con los nuestros.

En aquel preciso momento, una fuerte tormenta de lluvia de humildad bañó a


todos los habitantes de la isla, y poco a poco volvieron a tratarse con tanto amor
y respeto como en el pasado.

Entonces, la Fuente de los Cien Talentos volvió a echar agua por sus cien caños
para que los niños que nacieran disfrutasen nuevamente de sus talentos. Esta
vez, sus padres y amigos se ocuparían de enseñarles desde pequeños a
utilizarlos adecuadamente para ayudar a los demás, y no presumir de ellos.

Este cuento contemporáneo de Juan Lucas Onieva López nos enseña el


valor de la humildad. Se puede ver a través de personajes que hacen
alarde de sus talentos y sienten envidia entre ellos, lo que ha provocado
que la fuente de los talentos esté a punto de secarse.

Al final, la historia deja una gran enseñanza: aceptar las diferencias de los
demás sin considerar que son mejores o peores que las nuestras nos
alejará de la arrogancia y el orgullo.
6. El Patito feo, y el valor del respeto a las
diferencias

A la llegada del verano, Doña Pata estaba incubando sus huevos. Los dos
pequeños patitos nacieron sin novedad, pero el tercero se resistía. Por fin vio la
luz. Era grande y muy distinto a sus hermanos.

El pobre Patito fue despreciado por sus familiares y compañeros, quienes le


echaron. Como es natural, se sintió muy desgraciado, pues él quería jugar con
sus hermanitos. No tuvo más remedio que marcharse de allí.

Así que, nadó río abajo, en busca de su destino. Pasó incontables peligros. Todos
los animales del bosque se habían propuesto cazarle. Perros, gatos y zorros
acechaban sus menores movimientos. El pobre Patito pasó mucho miedo, pues
se encontró con una bandada de patos salvajes que lo despreciaron por su
apariencia.

A la llegada del invierno, una viejecita se apiadó de él y se lo llevó a su casa. Sin


embargo, al llegar la primavera, tuvo que salir a escape, porque el hijo de la
mujer se había empeñado en hacer de él un buen guiso.
El Patito caminó y caminó hasta que llegó a un tranquilo lago, donde una
bandada de cisnes, blancos como la nieve, le tomaron como uno de los suyos. Lo
acogieron y llenaron de amor.

El Patito, al mirar su reflejo en el agua, vio que no era feo, sino un cisne de
aquellos.

Solo ahora recordaba con alegría todas las penas y desgracias pasadas. Ahora
comprendía su felicidad ante la maravilla que lo rodeaba.

Este cuento clásico escrito por Hans Christian Andersen en 1843 puede ser
un gran ejemplo para inculcar el valor del respeto a las diferencias. Al
mismo tiempo que hace reflexionar sobre la aceptación.

El personaje del Patito Feo es señalado y humillado constantemente por su


“fealdad” respecto a sus hermanos y familiares. Las actitudes de los
personajes con el protagonista nos enseñan que, a veces, juzgamos solo
por las apariencias.

Un día, el Patito Feo decide iniciar un periplo que lo ayuda a fortalecer su


autoestima y a descubrir que no era feo, sino diferente.

7. Flori la jardinera, y el valor del respeto


medioambiental
Flori era una muchacha entusiasmada por la vida vegetal. Le encantaba
contemplar las flores, de ahí que su mamá le había puesto ese bonito nombre.

Cuando se hizo mayor, Flori comenzó a trabajar de jardinera en un parque


municipal. Cuidaba los macizos de flores con amor infinito y los visitantes del
parque se asombraban por la belleza y esplendor del lugar.

Un día, una terrible tormenta destruyó sus flores. Flori quedó desolada y,
además, se quedó sin empleo, pues el temporal se prolongó durante días y
destrozó la región.

—¿En qué puedo trabajar, si lo único que sé hacer es cuidar de las flores y de las
plantas? —se preguntó Flori angustiada.

Los pajarillos del parque, al verla tan afligida, alzaron el vuelo y, todos a una,
rogaron a las nubes que se marchasen y a la lluvia que cesase. Estas,
conmovidas por la bondad de los pajarillos y de Flori, accedieron a su petición.

Así, el sol asomó de nuevo y Flori pudo reincorporarse a su empleo.


La naturaleza es nuestro bien más preciado. Los valores ambientales son
fundamentales para concienciar sobre la importancia de conservar,
mantener y proteger el medioambiente y los seres vivos.

Este cuento nos presenta a una protagonista muy implicada en el respeto y


cuidado de la vida vegetal. Esa misma ayuda y cuidado que ella presta a la
naturaleza, le es devuelta al final de la historia. Pues este cuento enseña
que “si ayudamos a la naturaleza, ella hará lo mismo con nosotros".

8. El Mago de Oz, y el valor de la


perseverancia
Érase una vez una niña llamada Dorithy que vivía con sus tíos y su perro Totó en
una granja de Kansas. Un día, mientras jugaba con su perro en el jardín llegó un
tornado. Sus tíos vieron desaparecer a Dorothy y su perro, que viajaron a través
del huracán.

Pronto, aterrizaron en un lugar desconocido para ellos. Allí, encontró extraños


personajes, entre ellos, un hada a la que le pidió ayuda para regresar a casa. Esta
le aconsejó visitar al Mago de Oz. Así, le indicó que siguiera el camino de
baldosas amarillas para encontrarlo.

En el camino, Dorothy y Totó se cruzaron con un espantapájaros que pedía un


cerebro. Dorothy le invitó a que la acompañara para ver al Mago de Oz. Así,
continuaron el camino.

Tiempo después, los tres personajes se encontraron con un león que lloraba
porque quería ser valiente. Así, todos decidieron seguir el camino hacia el Mago
de Oz, con la esperanza de hacer realidad sus deseos.

Cuando llegaron al país de Oz por fin pudieron explicarle al mago sus deseos.
Aunque este les puso una condición para conseguirlos: antes de nada tendrían
que acabar con la bruja más mala del reino. Ellos, que querían cumplir sus
deseos, aceptaron el reto.

Al salir del castillo de Oz, Dorothy y sus amigos atravesaron un campo de


hermosas flores y su olor les hizo entrar en un profundo sueño.

Cuando despertaron, los personajes se encontraron frente a frente con la bruja.


Dorothy agarró un cubo de agua para ahuyentarla, y se lo arrojó a la bruja en la
cara. Entonces, el cuerpo de la malvada hechicera se convirtió en un charco de
agua.

Después de esto, Dorothy y sus amigos regresaron a Oz a solicitar que el mago


cumpliera sus deseos. Una vez allí, descubrieron que el mago era, en realidad,
un viejo que llevaba muchos años allí. No tenía poderes para cumplir su
promesa.
El hombre había creado un globo para escapar de allí y le ofreció a Dorothy
subir junto a su perro para regresar a casa. Pero antes, colocó un cerebro falso al
espantapájaros y un corazón falso al león, quienes quedaron muy agradecidos.

El globo, por fin, despegó del suelo e inició una peligrosa travesía. Pronto, Totó
se cayó y Dorothy no dudó en saltar para rescatarlo.

En su caída, la muchacha soñó con sus amigos y oyó como el hada le decía:

—Si quieres volver, piensa: “en ningún sitio se está como en casa”.

Así lo hizo. Cuando despertó, la muchacha oyó la voz de sus tíos. ¡Todo había
sido un sueño!

Esta historia protagonizada por la joven Dorothy Gale es ideal para


inculcar, entre otros, el valor de la perseverancia. La muchacha es
arrastrada por un huracán junto a su perro a un lugar muy lejano, y no
desiste en volver a casa para reencontrarse con sus tíos. Para ello, tiene
que superar diferentes dificultades con firmeza hasta conseguir su deseo.

Además, esta historia nos enseña otros valores como el de la amistad, la


valentía y la cooperación entre los personajes.

El maravilloso mago de Oz, de Lyman Frank Baum es una de las novelas


infantiles más editadas de todos los tiempos desde que se publicó por
primera vez en 1900.

9. El joven conductor, y el valor de la


prudencia
Leo era el hijo de un matrimonio adinerado. El muchacho recibió como regalo
un deslumbrante y costoso coche con el que disfrutada yendo y viniendo por la
ciudad. Quería que todos viesen y se enterasen de sus riquezas.

Leo era un conductor imprudente. Nunca respetaba las normas de tráfico, ni las
señales. Siempre superaba la velocidad permitida y provocó varios altercados a
otros conductores. Pero a Leo le daba igual, a pesar de las multas que recibía.

—¡Qué las paguen mis papás! —se repetía constantemente.

Un día, Leo tuvo su merecido. Vio a un compañero de clase que paseaba con un
perro muy bonito en el momento en que se disponía a cruzar la calle.
Leo, distraído, comenzó a llamar al cachorro para que se acercara a él. El
muchacho no miró lo que tenía delante y, antes de que pudiera reaccionar,
estampó su coche contra un árbol.

Leo no salió malherido, pero el coche quedó convertido en un acordeón.

—No pienso comprarte otro coche, Leo. Ya has demostrado que no tienes
sentido de la responsabilidad y, además, te has convertido en un peligro público.
Así aprenderás —le dijeron sus padres.

Esta historia contemporánea pone de manifiesto el valor de la prudencia.


Competencia que permite medir las consecuencias de nuestros actos para
actuar con responsabilidad.

En este cuento, nos encontramos con un protagonista imprudente al


volante, cuya acción irresponsable casi pone en riesgo su vida y la de los
peatones que había en la calzada.

10. El misterio del jarrón, y el valor de la


responsabilidad
Un día, cuando la maestra Lucía llegó a clase notó algo extraño: alguien había
roto el jarrón de flores que había a la entrada del aula.

Cada día, les recordaba a sus alumnos la importancia de ser responsables y


admitir sus errores. En lugar de molestarse, decidió ir mesa por mesa
preguntándole a cada uno de sus alumnos quién había sido. Pero cada uno de
ellos le daba información distinta, e inculpaba a otro compañero cada vez.

Así, después de haber hablado con sus alumnos, Lucía se sentía muy triste.
Pues, se había esforzado mucho para que sus alumnos fueran sinceros y
aceptaran sus responsabilidades.

Aquel día, los alumnos notaron muy extraña a su maestra, pues percibieron su
decepción.

Entonces, Laura, Marcos, y Adela se levantaron de sus asientos y dieron un paso


al frente.

Los tres alumnos reconocieron que tomaron el jarrón para jugar con él y, sin
mala intención, se cayó al suelo. Aunque esperaron hasta el último momento
para contar la verdad, los muchachos pidieron perdón. Por ello, fueron valientes
y responsables.

Entonces, Lucía se mostró muy agradecida y orgullosa de sus alumnos.


La responsabilidad es un valor que no solo supone el cumplimiento de
nuestras obligaciones, por ejemplo en el trabajo, en la escuela o en casa.
También implica reconocer y asumir las consecuencias de aquello que
hacemos.
Esta historia nos muestra cómo sus protagonistas al principio no quieren
reconocer el error que han cometido. Aunque luego entienden su
equivocación y piden perdón por ello. Actúan de manera responsable y
consecuente.

11. Pinocho, y el valor de la sinceridad

Érase una vez un carpintero llamado Gueppetto, un hombre solitario que


decidió hacer un muñeco de madera para tener como amigo. Era una marioneta
con piernas y brazos que podían moverse, de ojos pícaros y nariz afilada.

—¡Ojalá y fuese un niño de verdad! —dijo el hombre al terminar el muñeco.


Al oír estas palabras, el hada azul entró al taller mientras Gueppetto dormía
plácidamente y le dio vida al muñeco mientras decía estas palabras:

—Si eres valiente, sincero y desinteresado, algún día serás un niño de verdad.

Luego el hada se dirigió a Pepe Grillo, un insecto parlante que vivía en casa de
Gueppetto.

—Pepe Grillo —dijo el hada —tú lo guiarás y serás su consejero del bien y del
mal.

Cuando el carpintero despertó se sorprendió al ver que el muñeco podía reír


como un niño de verdad.

—¡Te llamaré Pinocho! Ahora te voy a enseñar a andar y a hablar —dijo


Guepetto.

Pronto, el hombre vendió su abrigo para comprar libros a Pinocho. También lo


mandó a la escuela y le advirtió que volviera a casa al terminar las clases. Pero,
de camino al colegio, Pinocho quedó asombrado por un teatro ambulante que
había en la calle.

El dueño del teatro, al ver al muñeco, supo que podría ganar mucho dinero con
él y le propuso actuar. Pinocho aceptó, no quiso escuchar las advertencias de
Pepe Grillo, y recibió como recompensa monedas con las que pensó comprarle
un abrigo nuevo a su padre.

Cuando Pinocho quiso volver a casa después de terminar la función, el dueño


del teatro se negó y lo encerró en una jaula.

Entonces, el muñeco empezó a llorar desconsolado arrepintiéndose de lo


sucedido y el hada azul apareció. Pinocho mintió al hada cuando esta le
preguntó la razón por la cual estaba allí, y su nariz empezó a crecer.

—Cada vez que mientas crecerá tu nariz —dijo el hada.

Pinocho, asustado por lo sucedido, prometió no volver a mentir. En


consecuencia, su nariz recuperó su tamaño original.

Al día siguiente, de camino a la escuela, Pinocho se encontró con unos niños que
lo invitaron a ir al lugar de los juguetes. Un sitio donde comería muchas
golosinas y no pararía de jugar.

Nuevamente, el muñeco desoyó las advertencias de Pepe Grillo, y faltó al


colegio. Después de un rato jugando en aquel sitio, las orejas de pinocho
comenzaron a crecer, y pronto se convirtió en un burro.

Convertido en asno, llega a un circo donde trabaja sin descanso. Hasta que, un
día, el dueño del circo, enfadado por su bajo rendimiento, lo arrojó al mar.
En el agua, volvió a ser una marioneta, pero pronto, una ballena se lo tragó. En
el estómago del animal, encontró a su padre Gueppetto, quien lo había buscado
durante días por tierra y mar hasta que fue a parar allí.

Padre e hijo consiguieron salir de allí gracias a la ayuda de un pez que los
rescató. Una vez en casa, Pinocho prometió a su padre no volver a mentir y
estudiar mucho. El hada azul, que estaba por allí, decidió convertir a Pinocho en
un niño de carne y hueso.

¡Todos celebraron muy contentos lo sucedido!

El valor de la sinceridad se pone de manifiesto a través del personaje


principal, un muñeco de madera fácil de manipular, cuyas acciones lo
llevan a mentir una y otra vez cuando es engañado por otros personajes. En
consecuencia, a cada mentira que dice, le crece un poco más la nariz.

Finalmente, Pinocho aprende que tiene que actuar con sinceridad, también
a ser responsable y a respetar las decisiones de su padre. Después de sus
infortunios, el muñeco se convierte en un niño de verdad.

Este cuento popular tiene su origen en 1883 de la mano del escritor italiano
Carlo Collodi, quien dio a conocer a este peculiar personaje a través de la
novela Las aventuras de Pinocho.

12. El espantapájaros, y el valor de la


solidaridad
Había una vez un labrador muy avaro que vivía en un pueblo lejano. Era tan
avaricioso que, cuando un pájaro comía un grano de trigo del suelo, se ponía tan
furioso que pasaba el día vigilando su huerto para que nadie lo tocara.

Un día, el hombre pensó una idea para impedir que los pájaros entraran en su
huerto: construir un espantapájaros que cuidara del lugar.

Así, el labrador hizo los brazos y las piernas con tres cañas, con paja configuró el
cuerpo y utilizó una calabaza como cabeza. También puso dos granos de maíz
para los ojos, zanahoria para la nariz y una hilera de granos de trigo para
completar su dentadura.

Después le colocó ropa y lo puso en la tierra. Pronto, el labrador se dio cuenta de


que le faltaba un corazón y decidió ponerle en el pecho el más maduro fruto de
granado.
El espantapájaros se quedó solo en el huerto y, pronto, un gorrión necesitado
sobrevolaba el huerto para buscar trigo. Entonces, el muñeco de paja quiso
cumplir con su labor y ahuyentarlo, pero el pájaro se situó en el árbol y dijo:

—¡Qué buen trigo tienes! Dame algo para mis hijos.

—No es posible —dijo el espantapájaros. Sin embargo, encontró una solución: le


ofreció sus dientes de trigo.

El gorrión, contento, tomó los granos de trigo. El espantapájaros quedó


satisfecho de su acción, aunque sin dientes.

Días más tarde, entró al huerto un conejo y miró interesado la nariz de


zanahoria del espantapájaros.

—Quiero una zanahoria, tengo hambre —dijo el conejo.

El espantapájaros tuvo una corazonada y le ofreció su zanahoria. Estaba tan


alegre que quiso entonar una canción, pero no tenía boca ni nariz para cantarla.

Una mañana, apareció el gallo madrugador lanzando al aire su quiquiriquí. Acto


seguido le dijo al espantapájaros:

—Voy a prohibir a la gallina que alimente con sus huevos al amo, pues les da
poco de comer.

Esta decisión no le pareció bien al espantapájaros y le ofreció sus ojos, formados


con granos de maíz, para que se alimentaran.

—Bien —dijo el gallo, y se fue agradecido.

A la hora del crepúsculo, oyó una voz humana. Era un antiguo trabajador que
había sido despedido por el labrador.

—Ahora soy vagabundo —le dijo.

—Toma mi vestido, es lo único que puedo ofrecerte.

—¡Gracias espantapájaros!

Ese mismo día, oyó a un niño llorar que buscaba comida, el dueño del huerto
había despedido a su madre y estaba hambriento.

—Te doy mi cabeza, que es una hermosa calabaza— dijo el espantapájaros.

Al amanecer, el labrador fue a la huerta y, cuando vio el estado del


espantapájaros se enfadó mucho. Tanto que le prendió fuego. Al caer al suelo su
corazón de granada, el labrador, riéndose, dijo:
—Esto me lo como yo.

Al morder, el hombre experimentó un cambio: su corazón de piedra se


transformó en un corazón de carne.
Desde entonces, el huerto del labrador se convirtió en un lugar agradable donde
todos acudían con la hermosa nota del calor humano.

Esta historia ilustra muy bien el valor de la solidaridad a través del


personaje del espantapájaros, quien no duda en ayudar a los demás sin
importar si son desconocidos o no. No duda en dar lo que tiene para que
los otros mejoren sus condiciones.

En contraposición, el labrador, carente de corazón, solo piensa en sí


mismo.

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