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Evolución Política y Democracia en México

La política social constituye programas estatales para mejorar la calidad de vida en áreas como educación y salud. Originalmente tenía un enfoque asistencial, pero evolucionó hacia una verdadera mejora de condiciones. México transitó de un autoritarismo a una democracia a través de reformas electorales en 1977, 1990 y 1996 que crearon autoridades electorales autónomas e imparciales y reglas equitativas. Esto generó elecciones libres y justas que llevaron al cambio político. La última reforma en 2014 fortaleció al IN

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Evolución Política y Democracia en México

La política social constituye programas estatales para mejorar la calidad de vida en áreas como educación y salud. Originalmente tenía un enfoque asistencial, pero evolucionó hacia una verdadera mejora de condiciones. México transitó de un autoritarismo a una democracia a través de reformas electorales en 1977, 1990 y 1996 que crearon autoridades electorales autónomas e imparciales y reglas equitativas. Esto generó elecciones libres y justas que llevaron al cambio político. La última reforma en 2014 fortaleció al IN

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Tema 1:

ACTIVIDAD:

 Realiza la Lectura Política Social y Democracia


 Subraya con amarillo y elabora una línea del tiempo (orden cronológico,
relevancia imágenes)
 Contesta las dos preguntas que se encuentran al final de la lectura
 Comparte en plenaria
 Entrega a tu docente para su revisión.

Política Social y Democrática

La política social constituye el conjunto de programas institucionales que desarrollan


el Estado y su administración pública para fortalecer el nivel de vida de la población,
principalmente en áreas como educación, salud, vivienda, seguridad social y empleo. El
tránsito hacia la institucionalización de la política social ocurre con el surgimiento del
Estado moderno. En sus orígenes tuvo un carácter subsidiario y se ejercía junto con
una política económica de fomento para eliminar lo que se consideraba como
"deficiencias transitorias" de un sistema autorregulado; mientras que
tradicionalmente el Estado se encargaba de atender, en términos asistenciales, a
pequeños grupos que habitaban en condiciones de indigencia, con el fracaso de este
sistema, y ya en la era del Estado moderno, se fueron retomando paulatinamente
aspectos como la seguridad social, la instrucción básica y más adelante políticas
nacionales de empleo y vivienda.! En efecto, la política social tuvo en un principio un
carácter asistencial y correctivo de los desajustes generados por la economía. Así lo
demuestra el tipo de instituciones creadas para su instrumentación. Estas cumplían
más un papel caritativo y solidario que una verdadera intención de mejorar las
condiciones de vida de los grupos más desprotegidos.

LA DEMOCRACIA EN MÉXICO
HACIA UN CAMBIO POLÍTICO

México no siempre ha sido una democracia. De hecho, durante la mayor parte de su


historia como Nación independiente, el sistema político mexicano era algún tipo de
autoritarismo. Durante la mayor parte del siglo XX, desde la Revolución y hasta
mediados de la década de 1990, México fue una dictadura de partido. El grupo que
triunfó tras la Revolución estableció un férreo control sobre el ejercicio del poder
desde las instituciones dominadas por el partido hegemónico, que controlaba el acceso
al poder y, si bien permitía que los partidos de la oposición participaran en las
elecciones, se aseguraba que estos no tuvieran posibilidades reales de derrocar al
grupo dominante.
El partido hegemónico fue fundado como Partido Nacional Revolucionario (PNR) en
1929, posteriormente cambió su nombre a Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en
1938 y se convirtió en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1946. El PRI
dominó el sistema político mexicano por más de 70 años. A este tipo de régimen
político, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, le denominó como “dictadura
perfecta” que controlaba a los municipios, a las gubernaturas, al Congreso federal y a
la Presidencia de la República hasta los finales del siglo XX. El partido hegemónico
ejercía el control político a través de diferentes mecanismos, entre los cuales
destacan un esquema de clientelismo (distribución de beneficios como tierras,
permisos, monopolios, viviendas y, sobre todo, cargos públicos a cambio de apoyo
político) y el uso del fraude electoral (alteración de los resultados de los comicios).

Uno de los rasgos distintivos del sistema era la concentración del poder en la figura
del Presidente, quien gozaba de las facultades constitucionales y metaconstitucionales
(es decir, aquellas no previstas por la Constitución pero que derivaban del control
sobre el partido hegemónico) que lo convertían en la figura central del sistema
político. Por supuesto, no toda la sociedad mexicana estaba de acuerdo con vivir en una
dictadura, lo que originó distintos movimientos y muestras de rechazo al sistema: por
ejemplo, las guerrillas, el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, el movimiento de
los médicos 1964-65, o el movimiento estudiantil de 1968. Los movimientos de
protesta, las limitaciones de las políticas económicas y el debilitamiento del régimen
llevaron, finalmente, a la liberalización y a la transición a la democracia.

El proceso de cambio político desde ese sistema no democrático hacia otro de tipo
competitivo fue largo, centrado en gran medida en transformaciones encaminadas a
lograr que las instituciones fueran capaces de organizar elecciones libres y justas y
que garantizaran resultados reconocidos por la sociedad y por los actores políticos.
Por ello, la transición mexicana transcurrió a través de reformas electorales y de la
celebración de los comicios, buscando generar confianza entre la ciudadanía. En ese
sentido, fue una “transición votada” (Merino, 2003).

Los momentos clave del cambio político en México fueron las reformas electorales de
1977, 1990 y 1996. La primera de ellas se dio en un contexto muy particular: un año
antes (en 1976) en la elección presidencial fue postulado un solo candidato, respaldado
por el PRI. Este hecho inédito evidenció que las elecciones en aquella época eran tan
vacías de contenido, tan insignificantes, que ningún partido de la oposición quiso
participar en la contienda que mucho antes de la jornada electoral había definido al
ganador. Ante esa situación, el partido del régimen decidió implementar una reforma
que abriera mayores espacios y generara condiciones para que otros partidos quisieran
participar. Esta reforma reconoció a los partidos políticos como entidades de interés
público, facilitó la creación y registro de partidos nuevos y les otorgó tiempo en radio
y televisión.
Más tarde, otra crisis electoral, esta vez ocasionada por la “caída del sistema” que
retrasó la publicación de los resultados de la elección presidencial de 1988, también
evidenció la debilidad del régimen que se vio obligado a recurrir a un fraude para
mantener el control del poder. A raíz de esa crisis, acontecieron dos hechos
relevantes para la historia mexicana: se fundó el Partido de la Revolución Democrática
(PRD) y se dio la reforma electoral de 1990. Esta reforma creó el Instituto Federal
Electoral (IFE) como un órgano formalmente independiente del gobierno, aunque
todavía sujeto a cierto control por parte de la Secretaría de Gobernación. El Tribunal
Federal Electoral (TRIFE) era el órgano encargado de la resolución de disputas
electorales, aunque sin tener la última palabra respecto de la validez de los resultados
electorales.

A CONSTRUCCIÓN DE LA DEMOCRACIA
La reforma de 1990 puede ser considerada como el momento fundacional del sistema
de autoridades que sigue vigente en nuestro país. Si bien las autoridades sufrieron una
serie de (mayores y menores) cambios, el esquema dual, con una autoridad
administrativa encargada de la organización de las elecciones y otra jurisdiccional a
cargo de la resolución de conflictos se convirtió en un estándar replicado incluso en
todas las entidades federativas. Sin embargo, la evaluación del proceso electoral de
1994, que fue considerado como ejemplar en cuanto a la organización electoral y
certeza de los resultados, pero que no logró garantizar un piso equitativo para los
participantes de la contienda, llevó a una nueva reforma electoral.

Las autoridades electorales lograron autonomía plena a partir de la reforma de 1996.


Este iba a ser el último cambio en el sistema electoral mexicano, una reforma
definitiva que ya no requeriría más ajustes. En efecto, el diseño establecido en aquella
reforma fortalecía las autoridades electorales, eliminaba por completo la incidencia de
otros poderes (Ejecutivo y Legislativo) en la organización de los comicios y la
calificación de sus resultados, fortalecía la equidad en la contienda a través de las
reglas para el financiamiento público, la distribución de tiempos oficiales en radio y
televisión, así como de las facultades del IFE para realizar el control de los ingresos y
gastos de los partidos políticos.

Sin embargo, la dinámica de las campañas electorales de la elección presidencial de


2006, en la que los partidos emplearon la mayor parte de sus recursos en la compra de
propaganda en la radio y televisión y recurrieron a los mensajes de propaganda
negativa, y donde otro tipo de actores, entre ellos el Presidente de la República y las
organizaciones empresariales, emitieron posicionamientos con contenido electoral,
obligaron a una nueva reflexión sobre las reglas de equidad de la contienda. A partir
de ello, se adoptó una nueva reforma electoral, enfocada en la regulación de la
comunicación política.
El modelo adoptado en 2007 se basó en tres prohibiciones para los partidos políticos:
de compra o adquisición de tiempo aire en los medios de comunicación masiva, de
emisión de propaganda gubernamental durante las campañas, de difusión de contenidos
que calumnien a las personas (es decir, les atribuyan, sin fundamento alguno,
realización de comportamiento ilícitos) o denigren a las instituciones. El nuevo modelo
implicó también el establecimiento de una serie de reglas para que las autoridades
pudieran analizar los contenidos de las campañas e imponer sanciones a quienes
violaran las reglas.

La última -hasta el momento- reforma electoral tuvo lugar en 2014. Con ella,
desapareció en IFE y fue creado, en su lugar, el Instituto Nacional Electoral (INE). El
cambio fue, por supuesto, más profundo que sólo de una letra en el nombre.
El pasar de ser “federal” a “nacional” implicó que ahora el INE se involucra no
solamente en la organización de las elecciones federales (de presidente, diputaciones
y senadurías), sino también de los comicios locales (gubernaturas, legislaturas locales
e integrantes de los ayuntamientos).

La mecánica del cambio político en México transcurrió por la vía de construcción de las
autoridades electorales autónomas e imparciales y de las reglas de la contienda, para
generar condiciones equitativas de competencia (Woldenberg, Salazar y Becerra,
2000). Las reformas electorales poco a poco fueron creando las condiciones para la
competencia política y para el desarrollo de un sistema plural de partidos. Como
consecuencia, el PRI empezó a perder su fuerza electoral, los partidos de oposición
empezaron a conquistar espacios en los tres niveles de gobierno y surgieron también
nuevas fuerzas políticas que lograron ser exitosas.

A través de las reformas electorales en México hemos construido autoridades


importantes, de gran calidad, que se han convertido en los árbitros de las contiendas
electorales y que son un ejemplo para el mundo sobre cómo deben organizarse las
elecciones. El INE es reconocido por la comunidad internacional como el pilar de la
democracia mexicana y el modelo de organización y trabajo que desarrolla el Instituto
es uno de los modelos a seguir para los países que quieren mejorar la calidad de sus
elecciones.

La transición mexicana se centró en la construcción de un sistema electoral


competitivo. Sin embargo, a partir de la década de los 1990 se dieron también otros
cambios que contribuyeron a fortalecer el proceso del cambio político. En especial fue
importante la reforma al Poder Judicial que entró en vigor en 1995. A partir de esta
reforma la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) fortaleció su autonomía y
adquirió las facultades de realizar el control de constitucionalidad, es decir, de
revisar los actos de los otros poderes (Ejecutivo y Legislativo) para garantizar que
estén acorde con la Constitución y que respeten los derechos humanos.
También fue importante la creación de los órganos autónomos, encargados de
desarrollar ciertas funciones fundamentales y servir como contrapesos a los otros
poderes. Así, en 1992 se creó la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), que
es encargada de conocer los posibles casos de violación de los derechos humanos
cometidos por los órganos del Estado. Más tarde, en 2002 nació el Instituto Federal
de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI), a cargo de garantizar la
transparencia en el ejercicio gubernamental y de proteger los datos personales de
todas las personas (a partir de la reforma de 2015 su nombre cambió a INAI –
Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos
Personales).

A lo largo de casi 30 años han cambiado no sólo las reglas electorales sino también
muchas de las relaciones entre los actores que participan en el sistema político
mexicano. Las instituciones que tienen el papel de contrapesos, como la Suprema Corte
de Justicia de la Nación, los órganos autónomos (el IFAI/INAI o la CNDH),
empezaron a ejercer cada vez mayor influencia en la política de nuestro país. Los
actores políticos también cambiaron: aparecieron nuevos partidos, algunos otros
desaparecieron o cambiaron de alianzas. Los gobernadores adquirieron mayor
importancia en la escena nacional, al igual que las organizaciones de la sociedad civil y
los medios de comunicación. Las relaciones, los pesos y contrapesos han cambiado,
ajustándose a las dinámicas propias de una sociedad moderna, plural y democrática.

TERMINAMOS COMO EMPEZAMOS:

¿Cambió tu idea de la democracia? ¿Cómo? ¿Por qué?

¿Consideras que México es una democracia? ¿De qué tipo? ¿Por qué?

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