Programación Didáctica y Práctica Pedagógica
Programación Didáctica y Práctica Pedagógica
Este apartado, que escoge como eje de análisis la programación de la enseñanza, ha sido
estructurado en diferentes momentos. En una primera instancia se aborda la perspectiva
dominante respecto de esta actividad, pues ha tenido una incidencia fundamental en el
modo de pensar y desarrollar la enseñanza. Posteriormente, se plantean las críticas desde
tres ópticas de análisis: desde las aportaciones provenientes de las teorías sobre el
currículum, de la investigación etnográfica y de los estudios sobre el pensamiento de los
profesores.
Puede afirmarse que la programación no es una práctica neutral ni aséptica, sino que está
sustentada en un conjunto de presupuestos teóricos, prácticos y axiológicos. Dicho, en otros
términos, el pensamiento previo sobre la finalidad de un curso, qué contenidos enseñar,
cómo organizarlos, con qué materiales abordarlos, tanto como la modalidad utilizada para
que esos contenidos se aprendan a través de un conjunto de tareas, y los instrumentos
seleccionados para su evaluación y acreditación, forman parte de un conjunto de decisiones
que se asientan en un entramado de conocimientos teóricos, intuitivos y provenientes de la
experiencia que lo justifican, más allá de que dichas justificaciones estén planteadas
explícitamente por parte de quien opta por una u otra forma de encarar la enseñanza.
Las diferentes formas de organizar y desarrollar la acción que, a su vez, forman par te de
teorías pedagógicas y de modelos didácticos (Porlán, R., 1993) implican pautas de
actuación, creencias implícitas, problemas prácticos y dilemas particulares. Así, es posible
re conocer una perspectiva tradicional centrada en la transmisión de conocimientos y
asentada en una concepción empirista del aprendizaje, tanto como un enfoque
espontaneísta que, aunque re lega el papel de la planificación,
pues ésta atentaría contra el respeto a los intereses y necesidades de los estudiantes, da
lugar a una modalidad de intervención particular en la que el sujeto que aprende es el centro
del proceso.
Sin embargo, ante la pregunta acerca de cómo enseñar y, en este caso particular, cómo
organizar la enseñanza, diversos autores inscriptos en la racionalidad técnica brindaron un
esquema que se tradujo en lo que se ha denominado carta descriptiva (Díaz Barriga, A.,
1992) o programación en doble folio cuadriculado (Salinas Fernández, D., 1994).
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Se trata de una respuesta que, centra da en el control de la situación de enseñanza,
pretende la eficiencia y la eficacia, a través de un ordenamiento prescriptivo que intenta
evitar la rutina y la improvisación en el aula.
En la racionalidad, técnica la planificación como proceso implica una dinámica que atraviesa
por diferentes etapas: diagnóstico de la situación real; elaboración o formulación de un plan;
ejecución del plan elaborado; evaluación de lo ejecutado. Quienes se inscriben en esta línea
de pensamiento presentan una técnica para elaborar la planificación que se expresa en el ya
clásico modelo con “columnas” en que cada una de ellas representa el espacio donde se
expresan diferentes componentes. Dicha técnica comprende el ordenamiento claro, lógico y
sintético de los siguientes elementos:
1. Objetivos: los objetivos son los resultados que se esperan que los alumnos logren al
finalizar el proceso de aprendizaje. Deben presentarse como conductas, ya que son las
conductas que se esperan que los alumnos logren, una vez finalizado el proceso de
enseñanza.
Si un objetivo supone la modificación de la conducta del estudiante, varía según el aspecto
que pretenda cambiar, es decir, será distinto si se refiere a su manera de pensar, hacer o
sentir.
–Cognoscitivos (conocimientos y habilidades): cuando el alumno debe saber algo. Por
ejemplo, enumerarlas causas de la Revolución de Mayo.
–Afectivos, cuando se espera que el alumno quiera algo: comprende los ideales, las
actitudes y las preferencias. Por ejemplo, que respete los símbolos patrios.
–Psicomotrices (hábitos y destrezas): cuando el alumno debe saber algo, comprometiendo
en ello alguna acción física. Por ejemplo, manejar el microscopio.
3. Actividades:
–Deben mantener estrecha correlación con los contenidos y los objetivos.
–Deben estar en orden, es decir, numeradas y colocadas según la secuencia de realización.
Esto permitirá su graduación (serán de dificultad progresiva) y su encadenamiento (para
ejecutar una actividad, será necesario poseer habilidades en una anterior).
4. El tiempo o graduación tecnológica de las clases: se asigna a cada tema el tiempo que se
considere necesario para desarrollarlo, previendo días de exámenes y feriados, y probables
inasistencias.
7. Evaluación: hace referencia a los instrumentos diseñados para el control del logro de los
objetivos de aprendizaje expresados en la primera columna del modelo.
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Los objetivos de aprendizaje: eje de la programación didáctica en la perspectiva
técnica
[...] la forma más útil de enunciar objetivos consiste en expresarlos en términos que identifiquen al
mismo tiempo el tipo de conducta que se pretende generar en el estudiante y el contenido del sector
de vida en el cual se aplicará esa conducta. Si se analizan algunos enunciados de objetivos que
parecen claros y orientadores para formular programas de enseñanza, se advertirá que cada uno de
ellos comprende en realidad tanto los aspectos de conducta como los de contenido (Tyler, R., 1973).
Los ejemplos presentados por R. Tyler como evidencia de lo que sería una correcta
formulación de los objetivos: “redactar en forma clara y coherente informes de programas de
estudios sociales”, o “familiaridad con buenas fuentes informativas acerca de cuestiones
relacionadas con la nutrición” (Tyler, R., 1973, p. 50), muestran que en él aún no se
presenta la exacerbada búsqueda de objetividad y precisión que se observa en autores
posteriores. Esta tarea correspondió a B. Bloom y sus colaboradores, quienes elaboraron las
ya también divulgadas taxonomías de objetivos en diferentes dominios de la conducta.
¿Qué son las taxonomías de objetivos?, ¿cuáles son sus propósitos? Una taxonomía es una
clasificación jerárquica de los resultados educacionales. Con respecto a su utilidad, el
principal propósito de las taxonomías es la comunicación.
A continuación, se presentan las conductas incluidas en las taxonomías para los dominios
cognoscitivo y afectivo.
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En una línea de continuidad que incrementó la precisión, objetividad y concreción de los
resultados educativos puede ubicarse a R. Mager, quien propuso un esquema centrado en
la elaboración operativa de objetivos didácticos en el que la técnica se convierte,
claramente, en tecnicismo. Según el autor, la utilidad de los objetivos radica en que sirven
para: a) seleccionar o plantear el contenido y los procedimientos de enseñanza; b) evaluar o
determinar el éxito de la enseñanza; c) organizar los esfuerzos y las actividades de los
alumnos para lograr los fines de la enseñanza.
El tecnicismo al que se hacía referencia más arriba se manifiesta con una clara evidencia
cuando afirma que “el objetivo más comunicativo será aquel que describa la actividad o
ejecución que se pretende del alumno con una nitidez tal que excluya toda interpretación
errónea” (Mager, R., 1973). El esquema para la formulación correcta de los objetivos
didácticos, esto es, para su formulación operativa, es el siguiente:
1) Realización: un objetivo debe decir siempre qué se espera que el alumno sea capaz de
hacer.
2) Condiciones: un objetivo describirá siempre las condiciones pertinentes (si las hay) bajo
las cuales deberá darse la realización.
3) Criterio: siempre que sea posible, un objetivo describirá el criterio de realización
aceptable, indicando el grado de perfección que se espera de la actividad del alumno para
que se lo considere apto.
Las metas se analizan en micropasos, los procedimientos son específicos para cada objetivo
operativo, hay que prever las condiciones en las cuales el alumno mostraría, con evidencia
observable, que ha alcanzado el objetivo. Se trata de un universo definido, preciso, previsible,
mensurable, interpretado unívocamente. La técnica pedagógica sería como la sucesión de pasos que
han de llevar por la dirección precisa al objetivo final, lo mismo que un astronauta a través de
decisiones muy concretas, precisas y secuencializadas es capaz de llevar una nave a la luna.
Esta visión reduce, para poder funcionar tal como pretende, la conducta humana a lo observable, las
aspiraciones a lo defendible, la educación a lo tangible, la técnica pedagógica a una secuencia
mecánica de pasos (Gimeno Sacristán, J., 1985).
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alumno superar los errores agregando información suplementaria. La base conductista de
esta técnica de enseñanza.
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Desde una óptica en la cual analiza las relaciones entre conocimiento e interés en el
currículum de la formación del profesorado, T. Popkewitz (1990) sostiene que las respuestas
que se han dado, entre las que cuentan las indicadas anteriormente, son instrumentales,
pues priman los criterios de eficacia administrativa u organizativa. Con respecto a esta
instrumentalidad cultural que afecta los modelos de conducta y los modelos cognitivos de la
enseñanza, del aprendizaje y de la evaluación sostiene:
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Si las perspectivas anteriores privilegian la organización de las condiciones externas de la
enseñanza y el papel del docente re legando las condiciones de aprendizaje de los
estudiantes, otras posiciones han colocado en el centro de la actividad de enseñanza a los
estudiantes, orientándose hacia la consideración de sus intereses, necesidades y al
afianzamiento de su identidad y autoafirmación. En contraposición al enfoque centrado en la
transmisión de contenidos y datos específicos, G. Fenstermacher y J. Soltis identifican el
“enfoque del terapeuta”, basado en el existencialismo y el humanismo. En este caso la
enseñanza es entendida como guía, asistencia u orientación del alumno, y está orientada a
capacitar al estudiante en la selección, elaboración y evaluación de los contenidos a ser
aprendidos. El objetivo es el desarrollo personal e individual del estudiante para que llegue a
ser un ser humano auténtico y autorrealizado. Ser auténtico, para los autores significa “ser
genuino tomar seriamente la libertad, comprender que uno tiene que tomar decisiones sobre
quién y qué es y aceptar la responsabilidad de tomar esas decisiones y afrontar las
consecuencias” (Fenstermacher, G. y J. Soltis, 1998). En este enfoque uno de los aspectos
centrales en la enseñanza es el énfasis en la relación educativa.
En el caso de R. Porlán (1993), además de caracterizar el “modelo de objetivos” y el
“modelo tradicional” incorpora el modelo de currículum “espontaneísta o activista” cuyo foco
de atención es el estudiante. En tal sentido el modelo se asienta en las siguientes creencias
implícitas:
–La enseñanza ha de basarse en las motivaciones espontáneas de los estudiantes.
–Para favorecer el aprendizaje lo más importante es que los alumnos se planteen los
problemas que les interesan e intenten abordarlos por ellos mismos.
–Una secuencia de actividades rígida y uniforme es contrario al proceso natural de
aprendizaje y a la diversidad de ritmos y estrategias mentales de los alumnos.
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concientización sobre las condiciones que dan lugar a la dominación económica, política,
cultural y social de una clase sobre otra. En este sentido, se hace hincapié en los
contenidos, pero a diferencia del anterior se admite que no cualquier estructura de
contenidos es liberadora. Mientras que los liberadores clásicos se preguntan en torno a los
argumentos fundados y las pruebas del conocimiento, los liberadores críticos se cuestionan
acerca de quienes elaboraron esos argumentos y esas pruebas de conocimiento; en otros
términos, los últimos van más allá preguntándose respecto de los intereses a quienes sirve
ese conocimiento.
De modo que ante la pregunta sobre cómo organizar y llevar a cabo la enseñanza, como se
indicó, no hay una respuesta única. La cuestión central es preguntarse acerca de la finalidad
y las consecuencias implícitas que devienen de la posición adoptada. La reflexión sobre
estas cuestiones es más importante que la estructuración de técnicas muy específicas para
su desarrollo. En este sentido, la resolución técnica del proceso a través del enfoque del
ejecutivo o el modelo de objetivos a través de la denominada carta descriptiva constituye un
obstáculo más que una ayuda, pues obtura la reflexión en torno a las finalidades de la
educación y a la revisión del papel de la escuela en la formación de la ciudadanía.
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L. Stenhouse también rompe con la lógica medios-fines a partir de una serie de críticas al
modelo de objetivos. Sostiene que éste tergiversa la naturaleza del conocimiento, pues los
contenidos sólo son concebidos como medios para el logro de unos objetivos
predeterminados, estableciendo límites arbitrarios a la especulación y definiendo soluciones
caprichosas a problemas de conocimiento irresueltos. A partir de los argumentos de Peters
justifica el valor intrínseco de los contenidos y de las actividades del currículum, y respecto
de estas últimas sostiene que tienen sus propios estándares implícitos de excelencia, esto
es, que son valiosas en sí mismas más que como medios hacia resultados en términos de
conducta predeterminados.
Cabe agregar que para L. Stenhouse la educación incluye, al menos, cuatro procesos
distintos: entrenamiento, instrucción, iniciación e inducción.
El entrenamiento implica el aprendizaje de capacidades y destrezas tales como construir
una canoa, escribir a máquina, manejar aparatos de laboratorio, tocar un instrumento
musical, entre otros; el éxito supone el logro de un rendimiento preciso y adecuado y, en tal
sentido, se trata de aprendizajes que pueden expresarse a través de conductas, siendo
adecuado el modelo de objetivos. La instrucción se refiere al aprendizaje de información –
memorización de las tablas de los elementos químicos, de las capitales de países europeos,
de una receta–, su éxito supone el logro de la retención y, aquí también, es útil el modelo de
objetivos pues se refiere a conductas de baja complejidad en cuanto a los procesos de
pensamiento implicados (por ejemplo, recuerdo y reconocimiento). La iniciación se ocupa de
la familiarización con ciertos valores y normas sociales, y su éxito supone la capacidad para
interpretar el entorno social y anticipar la reacción a las propias acciones.
La inducción, según L. Stenhouse, implica la introducción en los sistemas de pensamiento –
el conocimiento– de la cultura. Una inducción bien lograda da lugar a la comprensión, lo cual
se manifiesta en la capacidad para captar relaciones y juicios, y para establecerlos por uno
mismo. Y es aquí donde resulta útil y contraproducente el modelo de objetivos. En efecto, “la
educación como inducción al conocimiento logra éxito en la medida en que hace
impredecibles los resultados conductuales de los estudiantes” (Stenhouse, L., 1984). Por tal
motivo se dice que el modelo de objetivos confunde la naturaleza del conocimiento puesto
que en áreas tales como historia, música, antropología, por ejemplo, resulta difícil y
problemático predecir anticipadamente los resultados esperados en términos de conductas
observables. En efecto, la fragmentación del contenido que implica la formulación de
objetivos de este tipo obstaculiza el logro de la comprensión de las estructuras de las
disciplinas científicas, articuladas en torno de una red de relaciones entre conceptos. En
este modelo, la evaluación no implica el control del logro de objetivos conductuales. Por el
contrario, la evaluación del profesor es un juicio acerca de la calidad del aprendizaje del
alumno; y el grado en que dicho juicio permita perfeccionar el aprendizaje de los estudiantes
será un indicador de la calidad del profesor. Así, esta devolución hacia el estudiante es una
modalidad potencialmente más productiva que la derivada de un test objetivo centrado en el
control de resultados.
El desarrollo del Proyecto Curricular de Humanidades (Humanities Curriculum Project) por L.
Stenhouse tanto como el Proyecto Ford en el que participó J. Elliot forman parte del
“paradigma” de la investigación-acción.
Según J. Elliot (1993), la investigación-acción surgió en Inglaterra en la década de 1960
como un aspecto o una derivación de las reformas curriculares basadas en la escuela de las
secondary modern schools. Se trata de un movimiento que utilizó la reforma del currículum
para evitar el fracaso de los estudiantes en las materias de humanidades –lengua, historia,
geografía y religión– tanto como la resistencia pasiva o la rebelión activa que se generaba
como producto del fracaso en los exámenes.
En el movimiento de reforma curricular basado en la escuela estaban implícitas nuevas
concepciones del aprendizaje, la enseñanza y la evaluación, que se pusieron de manifiesto
en los profesores innovadores que debían fundamentar su actuación ante quienes
continuaban con prácticas más tradicionales. En el siguiente párrafo puede observarse,
también, el modo como J. Elliot plantea la relación teoría-práctica a partir de la experiencia
en la reforma antedicha:
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Desde el punto de vista de mi propio historial profesional, descubrí por primera vez la actividad de
elaboración de la teoría curricular entre los profesores de la escuela. Organizamos las “teorías” del
aprendizaje, la enseñanza y la evaluación en asambleas y reuniones celebradas en la sala de
profesores, a partir de nuestros intentos por lograr cambios en un determinado conjunto de
circunstancias y no de nuestra formación profesional en las universidades y centros superiores de
educación. No eran aplicaciones de la teoría educativa aprendida en el mundo académico, sino
producciones teóricas derivadas de las tentativas por cambiar la práctica curricular en la escuela. La
teoría se derivaba de la práctica y constituía un conjunto de abstracciones efectuadas a partir de ella.
Esta visión de la relación entre teoría y práctica se oponía en gran medida a los supuestos
racionalistas presentes en la formación del profesorado de la época, o sea que la buena práctica
consistía en la aplicación de conocimientos y principios teóricos comprendidos conscientemente
antes de realizarla. (Elliot, J., 1993)
Esta reforma curricular propiciada por una gestión que estimulaba y respaldaba la
innovación del profesorado tanto como el trabajo colegiado –no individualista ni burocrático–
posibilitó el desarrollo de la investigación como respuesta a cuestiones y problemas
concretos que iban surgiendo durante la práctica. Así, “las prácticas curriculares no se
derivaban de teorías del currículum elaboradas y comprobadas con independencia de esas
prácticas” (Elliot, J., 1993); constituían el medio a través del cual se elaboraban y
comprobaban las teorías propias y las elaboradas por otros.
Esta forma de investigación-acción basada en los profesores, en la que las ideas se
comprueban y desarrollan en la práctica, constituye una característica típica de cierto tipo de
proceso de re forma curricular, cuyas particularidades son las siguientes:
1. Es un proceso iniciado por los profesores en ejercicio para responder a la situación práctica
concreta a la que se enfrentan.
2. Las prácticas curriculares se han desestabilizado o se han convertido en problemáticas en la
situación práctica a causa del desarrollo de resistencias en los estudiantes o de su “negativa a
aprender”.
3. Las innovaciones propuestas suscitan controversias en el grupo de profesores por que cuestionan
las creencias fundamentales implicadas en las prácticas tradicionales sobre la naturaleza del
aprendizaje, la enseñanza y la evaluación.
4. Las cuestiones se aclaran y se resuelven en un diálogo colegiado y abierto que se caracteriza por
el respeto mutuo y la tolerancia hacia los puntos de vista de los otros, sin corta pisas procedentes de
las instancias de poder respecto de los resultados del diálogo.
5. Las propuestas de cambio se tratan como hipótesis provisionales que deben comprobarse en la
práctica, en un contexto de responsabilidad colegial ante el conjunto del profesorado.
6. La dirección facilita un enfoque “de abajo arriba” en vez de “de arriba abajo”’ en relación con el
desarrollo de normas y estrategias curriculares (Elliot, J., 1993).
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currículum oficial implica un proceso de reinterpretación en el que reside la capacidad para
desafiar la lógica de las propuestas hegemónicas.
Aquí interesa resaltar el significativo y relevante estudio etnográfico realizado por Ph.
Jackson, quien introdujo la distinción entre las fases preactiva, interactiva y postactiva de la
enseñanza, y, junto con ello, el papel de la intuición en la toma de decisiones que realiza el
docente en el aula cuestionando la percepción de la enseñanza como una actividad
estrictamente racional, la categoría de currículum oculto, que será ampliada y completada
por los teóricos de la reproducción y de la resistencia, y las críticas al modelo psicológico y
al de la ingeniería de la educación en la formación de los docentes.
Ph. Jackson extrajo una serie de características acerca de la vida en las aulas a través de
entrevistas a docentes de educación primaria considerados buenos docentes en las
instituciones donde trabajaban. En el libro La vida en las aulas (1992) –cuya primera edición
en inglés fue en 1968– el autor categorizó en cuatro temas el contenido de las entrevistas
que giraron en torno a la siguiente pregunta: ¿cuándo saben que están haciendo un buen
trabajo en clase? Otro conjunto de preguntas se orientó a indagar sobre la reacción del
profesor respecto de dos formas de autoridad, la suya y la de los superiores; y otro a las
satisfacciones derivadas del hecho de ser profesor. Dichos temas, que se describen de
manera sintética a continuación, son: inmediatez, naturalidad, autonomía e individualidad.
Inmediatez: Es el flujo continuo de información que recibe de los alumnos durante la
enseñanza aquello que utiliza como indicadores de su buena enseñanza: la participación, el
entusiasmo y la calidad de las aportaciones de los estudiantes. En este sentido, puede
concentrarse en el logro de objetivos a largo plazo pero también considerar los signos
inmediatos de la participación y el entusiasmo de los estudiantes.
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Cuando los profesores examinan retrospectiva mente las actividades del día y valoran el acierto de
sus acciones, los criterios que aplican a su gestión no están limitados al logro de unos objetivos
educativos. También se preocupan de si fueron justos o injustos en la distribución de elogios y
reproches, sensibles o insensibles a los matices que desprendieron los acontecimientos,
consecuentes o inconsecuentes en las normas y reglas que aplicaron. En otras palabras, se interesan
por las cualidades estilísticas de su propia actuación tanto como por si se alcanzaron propósitos y
objetivos específicos. En esos momentos las virtudes de la ingeniería, como velocidad, eficacia,
precisión y economía, no son las más fundamentales en su pensamiento (Jack son, Ph., 1992).
Otro texto de Ph. Jackson, Enseñanzas implícitas, abona la visión anterior, esto es, de la
enseñanza como una práctica compleja que requiere nuevas formas de estudiarla y de
entenderla. El reconocimiento de la presencia de “enseñanzas implícitas” durante la
enseñanza de diferentes contenidos curriculares es una condición indispensable para la
indagación de la “influencia” que ejercen los docentes sobre los estudiantes. Esta dimensión
que, sutil y en general inconscientemente, interviene en la modificación intelectual y moral
de los alumnos.
Des de una óptica poco habitual en el estudio de la enseñanza, Ph. Jackson presenta la
influencia que tuvo una profesora durante su paso por la escuela; el significado de la
enseñanza a partir del retrato de un docente incluido en un poema; y las observaciones de
clase realizadas a una maestra con el propósito de indagar los efectos per durables que
producen los docentes en sus alumnos. Finalmente, agrega los efectos de la enseñanza
sobre el propio profesor, expresada esta indagación en torno a la siguiente pregunta,
“¿cómo me ha afectado personalmente la actividad pedagógica?” (Jackson, Ph., 1999).
De modo que ante el intento por lograr una visión diferente y más compleja de la enseñanza
alude a un aprendizaje adicional que se produce como producto de la influencia humana a
través de la enseñanza.
Y vuelve a preguntarse: “¿Qué otras fuerzas modeladoras han influido en nuestra vida y
todavía no lo sabemos? ¿Estarán entre ellas nuestros maestros casi olvidados? ¿Estará
incluida la señora Henzi?” En el intento por “aprehender” cuál fue la enseñanza implícita
sostiene que puede haber sido la imparcialidad que deviene de la respuesta correcta a los
ejercicios o la comprensión esencial que tenía que ver con el hecho de darse cuenta de que
las cosas difíciles pueden llegar a ser fáciles si se las va dominando paso a paso.
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Cabe señalar que en el trabajo de los docentes se ha reconocido la presencia de ocho tipos
de planificación que aluden al lapso de tiempo considerado en cada uno: planificación
semanal, diaria, de largo alcance, de corto alcance, anual y del período lectivo. Los dos tipos
restantes, planificación de unidad y de lección, hacen referencia a la unidad de contenido
que es objeto de la planificación.
Otra cuestión importante es re conocer el producto de la planificación.
Según Yinger (citado en Clark, C. y P. Peterson, 1990), las rutinas son uno de sus
principales productos, lo cual indica que los docentes recurren a ella como respuesta a las
presiones a favor de la simplificación y de la administración eficaz del tiempo. Las rutinas
son un conjunto de procedimientos establecidos, tanto para el docente como para los
alumnos, que facilita el control y la coordinación de secuencias específicas de conducta.
En cuanto a las funciones de la planificación, las respuestas de los docentes a la pregunta
sobre por qué planificaban pueden agruparse en tres categorías: a) planificación para
satisfacer necesidades personales inmediatas (por ejemplo, disminuir la incertidumbre y la
ansiedad, lograr un sentimiento de control, confianza y seguridad); b) planificación como
medio para llegar a la instrucción (por ejemplo, para aprender el material, para reunir y
ordenar materiales, organizar el tiempo y el “flujo de actividad”), y c) planificación al ser vicio
de una función directa durante la instrucción (por ejemplo, organizar a los alumnos, poner en
marcha una actividad, facilitar el recuerdo, proporcionar un marco a la instrucción y la
evaluación). Sin embargo, la función más evidente es la de transformar y modificar el plan
de estudios a fin de adecuarlo a las circunstancias particulares de cada situación docente.
En este proceso de adaptación, los estudios muestran que los materiales curriculares
publicados ejercen una importante influencia en el contenido y el proceso de la enseñanza.
Los estudios inscritos en esta línea de investigación muestran que “el modelo de
planificación racional” que se desarrolló en la primera parte de este capítulo no refleja las
actividades que realizan los docentes con experiencia a la hora de encarar la organización
de la enseñanza.
En una síntesis que pretende resumir la investigación sobre la planificación del docente, C.
Clark y P. Peterson expresan:
La planificación del docente reduce pero no suprime la incertidumbre sobre la interacción de docentes
y alumnos. La enseñanza en el aula es un proceso social complejo que normalmente incluye
interrupciones, sorpresas y digresiones. Para comprender plenamente cómo funciona la planificación
del docente, los investigadores deben mirar más allá del aula vacía y estudiar los modos en que los
planes determinan la conducta de docentes y alumnos, en que se comunican, modifican,
reconstruyen o abandonan en el ambiente interactivo de la enseñanza (Clark, C., y P. Peterson,
1990).
Finalmente, interesa resaltar que si bien este modelo de investigación ha sido cuestionado
por el énfasis en el enfoque cognitivo frente al comportamental y porque no considera la
complejidad de las variables contextuales que completan el entramado del aula, fue útil pues
permitió sacar a luz el modo de proceder de los profesores cuando planifican y desarrollan la
enseñanza. El reconocimiento del papel mediador que juega el docente en la interpretación
de la normativa curricular –y, con esto, la superación de la visión como mero ejecutor o
“peón intelectual”, en términos de L. Stenhouse– resulta significativa para el diseño de
propuestas de formación docente y en la selección de contenidos y construcciones
metodológicas para dicha formación, que contribuyan a una mayor profesionalidad,
asentada en la articulación de saberes teóricos, prácticos y técnicos.
A continuación, se presenta una síntesis de las cuestiones más importantes, que justifican el
abordaje de la programación de la enseñanza como una categoría en el ámbito de la
didáctica; síntesis que constituye un reordenamiento a partir del análisis realizado en este
capítulo.
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– La programación constituye un instrumento de trabajo de docentes y alumnos que sintetiza
la finalidad e intencionalidad que caracteriza la práctica docente y, por consiguiente, no es
un mero instrumento formal o burocrático de la práctica educativa.
– La planificación es un proceso de re solución de problemas que implica dilemas ante los
cuales hay que tomar decisiones fundamentadas desde un punto de vista ético y científico, y
situadas en contextos institucionales particulares.
– El momento preactivo de la enseñanza es un momento clave, pues en él es posible
realizar la reflexión sobre la experiencia pasada tanto como sobre los presupuestos que la
orientan.
– Si bien la previsión que realiza un docente sobre el proceso de enseñanza es una etapa
condicionada por el plan de estudios o currículum explícito de una institución, por la
estructura del puesto de trabajo, por las tradiciones metodológicas –estilos dominantes de
enseñanza y de
aprendizaje–, y por las condiciones físicas y medios existentes, ofrece un espacio para
ejercer su autonomía profesional tanto como para determinar los factores que obstaculizan
su desarrollo en un sentido determinado.
Así, se reconoce un papel activo del docente en la mediación de los condicionantes
mencionados para decidir qué, cómo y por qué hacer unas cosas y no otras.
– Por ser una actividad motivo de reflexión sobre la práctica y un esquema flexible para una
acción consciente de los profesores facilita el crecimiento profesional. Y esto es posible
pues los docentes tienen que poner finalidades, ideas y experiencias en práctica. Se trata de
un momento privilegiado de potencial comunicación entre el pensamiento y la teoría con la
acción (Gimeno Sacristán, 1988).
En este apartado serán analizadas propuestas desarrolladas por diferentes autores que han
planteado un esquema propositivo para la organización de la enseñanza desde las críticas a
la óptica instrumental.
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La programación como eslabón intermedio entre la teoría pedagógica y la acción
J. Gimeno Sacristán (1992) amplía el esquema anterior sobre la base de los mismos
presupuestos: se trata de dimensiones de un modelo práctico que los profesores se pueden
cuestionar y que siempre están presentes más allá de que se presenten de manera
consciente. Reconoce que algunas dimensiones son más relevantes que otras y el grado de
libertad en las opciones también es variable.
• Metas y objetivos.
• Acotar contenidos y dosificarlos.
• Organización de contenidos.
• Atención a objetivos comunes.
• Decidir tareas u oportunidades de aprendizaje.
• Presentación de contenidos y materiales.
• Producción exigida al alumno.
• Consideración de las diferencias individuales.
• Participación y compromiso de los alumnos.
• Adecuación del escenario.
• Evaluación.
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Desde el papel activo que tienen los profesores en el desarrollo del currículum escolar, el
autor sostiene que cualquier innovación que se pretenda llevar a cabo re quiere considerar
el poder modelador de los docentes en su implantación. Y esto es así porque, finalmente,
son quienes mediatizan la vinculación de los estudiantes con los contenidos curriculares
prescriptos.
Así, la planificación del profesor es el determinante más importante de lo que se enseña en
las escuelas. El currículum, materializado en diferente tipo de publicaciones, es
transformado y adaptado en el proceso de planificación por medio de añadidos o
sustracciones, y por las decisiones sobre el ritmo, la secuencia y el énfasis en alguno de sus
componentes. La modelación del currículum es el campo donde mejor puede ejercer sus
iniciativas profesionales, fundamentalmente en la estructuración de actividades, con la
peculiar ponderación, valoración y traducción pedagógica de los contenidos que en ellas se
realiza.
La imprecisión del objeto, de sus fines, las formas variadas de poder llegar a resultados
parecidos hacen de la enseñanza una actividad de resultados imprecisos y no siempre
predecibles.
Realidad que choca con la racionalidad técnica que pretendidamente quiere diseñar las
prácticas pedagógicas apoyadas en un conocimiento instrumental firme y seguro.
Dentro de este esquema serán resumidos los aportes de D. Salinas, para quien la
planificación es un proceso cíclico, sujeto a aciertos y errores, y flexible, que admite su
modificación. El diseño o programación de la enseñanza es un proceso de investigación,
puesto que implica experimentación,
elaboración de hipótesis, refutaciones, confirmaciones y conclusiones. En dicho proceso
inter vienen no sólo el conocimiento teórico-organizado proveniente de las teorías
científicas, sino otras cuyas fuentes son la experiencia y la intuición de los docentes.
El desarrollo de la planificación concebida como una hipótesis –cuya tradición nueva mente
re mite al enfoque práctico– que se pone a prueba, significa poner a prueba el conocimiento
disponible, y aprender de la práctica para mejorarlo, en un proceso continuo de
reconstrucción del conocimiento, lo cual implica la recuperación del control de las
justificaciones de la enseñanza y, desde luego, responsabilizarse de las acciones
emprendidas en el aula.
Para D. Salinas la planificación como ámbito de investigación, reflexión y debate presupone
una justificación ética de la enseñanza (aquello que vale la pena enseñar) así como un
conjunto de razones teóricas y prácticas de las acciones que se realizan. La planificación del
currículum consiste en el establecimiento progresivo de principios justificados para actuar de
una manera y no de otra.
Se trata de principios de carácter pedagógico referidos a cuestiones de valor sobre aquello
que vale la pena enseñar en el aula.
D. Salinas incluye cuatro aspectos sobre los cuales reflexionar y tomar decisiones en la
elaboración de la planificación: análisis del sentido y alcance del proyecto cultural oficial;
principios de procedimientos para el trabajo en el aula; análisis del contenido, su adecuación
y organización; selección de actividades-marco y tareas.
La inclusión de principios de procedimiento como base para la acción es propia del modelo
de proceso desarrollado por L. Stenhouse, quien expone, como se ha visto, una serie de
críticas al modelo de objetivos. Los principios de procedimiento orientan las decisiones de
los docentes respecto de los contenidos a enseñar, de las actividades a desarrollar, del
modo como realizar la evaluación. Constituyen ideas para la acción que se articulan con una
finalidad de carácter intangible y no mensurable –en contraposición con los objetivos
conductuales–, que pretenden ayudar a pensar, realizar y justificar las decisiones en la
enseñanza.
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Esto supone que no existe un currículum ni una enseñanza óptimos, ni únicos, ni siquiera
eficaces. Todo currículum y toda enseñanza no son sino una opción social, cultural y
metodológica que ha de ser claramente justificada en todos sus estadios y evolución. Se
trata, en síntesis, de una hipótesis que se pone a prueba en las instituciones educativas y en
las aulas y que necesita procedimientos de debate y análisis para su mejora progresiva. En
este sentido, tanto el trabajo colectivo de los profesores y profesoras, como el
funcionamiento de los órganos de participación social en la gestión de la enseñanza, no se
constituyen únicamente en condiciones de un sistema democrático, sino también en
condiciones básicas para la planificación, análisis y mejora de la enseñanza.
La contrastación de este enfoque con la óptica de la ingeniería de la educación queda
sintetizada en los siguientes términos:
[...] toda propuesta de actividad en el aula, y especialmente las actividades de evaluación, recaban
una dimensión no sólo técnica o instrumental, sino también ética. Esto quiere decir que el proceso de
toma de decisiones sobre la enseñanza, se plantee desde el nivel que se plantee, debe girar en torno
a la cuestión sobre “lo que vale la pena enseñar”
(Salinas, D., 1994).
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