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Muñeca

El documento narra la historia de Muñeca, una mujer shipiba que pasó 25 años en la cárcel de Pucallpa y es liberada. Al salir, visita la tumba de Juan Pablo Nolorbe Castañeda, el hombre que la envió a prisión, para escupir sobre su tumba. Luego, Muñeca y una mujer canosa que la esperaba van a comer pollo a la brasa para celebrar su libertad.

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Muñeca

El documento narra la historia de Muñeca, una mujer shipiba que pasó 25 años en la cárcel de Pucallpa y es liberada. Al salir, visita la tumba de Juan Pablo Nolorbe Castañeda, el hombre que la envió a prisión, para escupir sobre su tumba. Luego, Muñeca y una mujer canosa que la esperaba van a comer pollo a la brasa para celebrar su libertad.

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Salió custodiada por una mujer policía; la llevaba cogida del brazo hacia la puerta que daba a la

calle. Sus piernas largas y fuertes avanzaban con pasos firmes. El callejón de la cárcel de
Pucallpa se había convertido en un espacio de algarabía aquella mañana. Todas estaban
felices.

-¡Adiós, Muñeca!

-¡Que te vaya bien, Muñeca! ¡Adiós amiga!

-¡Que Dios te acompañe, querida Muñeca!

-¡No te olvides de nosotras!...

Y otras frases afines, decían las mujeres que observaban detrás de los barrotes. Ellas
suspiraban, sus ojos se llenaban de lágrimas imaginando el sueño de ser libre hecho realidad.
Muñeca miraba a su alrededor, todavía incrédula. Sus labios esbozaban una ligera sonrisa
nerviosa, no sabía qué decir; se frotaba el pecho y suavemente su collar de huayruros.

El sonido de sus tacones cada vez más firmes se imponía por el ancho callejón a cuyos lados
estaban las celdas descoloridas, frías con barrotes negros, con mujeres de corazones
atormentados, afligidos por la espera.

El 25 se quedaba con una menos. Un número que coincidía con la cantidad de años que los
jueces resolvieron para Muñeca cuando se "hizo justicia" por el crimen que cometió. Aquella
celda fría que por muchos años fue testigo de su angustia y soledad, iba quedando atrás;
aunque también tuvo momentos alegres junto a sus compañeras, las veces que un par de latas
de cerveza San Juan salían por debajo de la falda de la "negociante" y se vendían a la
medianoche para que los guardias no se dieran cuenta. Las coristas hacían gala de su voz y las
risas y movimientos de cintura apagaban por momentos las penas de todas.

Un aguijón inexplicable lastimaba su corazón en cada paso, quizá estaba nerviosa, no


conseguía creer que por fin salía a la vida, a la libertad, a realizar sus sueños imaginados
durante sus largos años de prisión. Tal vez estaba feliz porque podría vengar la injusticia que
cometieron con ella; eran tantas cosas a la vez.

-Más rápido, Muñeca, hay otras mujeres que también saldrán hoy, así que nos apuramos. El
día avanza rápido.

-Sí, ya me apuro.

-¿A quién visitarás en tu primer día de libertad? ¿Ya lo pensaste, mujer? -preguntó la mujer
policía.
Iré al cementerio para escupir sobre la tumba del que me trajo aquí -respondió con rabia
profunda.

Me alegra que ya esté muerto el riquito abusivo. ¡Ja, ja, ja! -se carcajeó la custodia-. Mira,
Muñeca, el sol de la calle mira, la belleza que hay afuera, y no te quiero de regreso. ¡Que Dios
te acompañe! Golpeó su hombro y cerró la puerta.

Una mujer canosa le esperaba con ansias, corrió a su encuentro. Se abrazaron, lloraron un
rato. Muñeca miraba con emoción a la gente, a los carros, a las filas de motos y motocarros, a
los vendedores que ofrecían empanadas, gaseosas, aguajinas, masato, caldo de pollo pijuayos
con salsa de cebolla.

-Señorita, ¿qué le vendo? -decía uno que otro vendedor. Ella hacía breves movimientos de
negación con la cabeza, le era difícil responder con palabras. Por momentos avanzaba algo
retraída y la mujer canosa le conducía cogida del brazo.

-¿Conoce el cementerio de Pucallpa? -preguntó Muñeca.

-Sí, hija, conozco.

-Entonces, vamos allá. Tengo que mirar la lápida de ese infeliz.

-Tranquilízate, Muñeca, olvide el pasado, hoy comienza una nueva vida para ti; busca la
felicidad, hija.

Claro que voy a buscarla porque nunca la he conocido. Dios ha sido malo conmigo hasta hoy.
Mientras hablaban, se subieron a un motocarro.

- ¡Nos lleva al cementerio de Pucallpa! - indicó Muñeca al motocarrista - ¡Más rápido, amigo, al
cementerio! -sentenció.

Muñeca preguntó en la administración del cementerio por el hombre al que buscaba. Le


contestaron que efectivamente, ahí estaba enterrado. Un hombre le indicó el camino. Llegó
hasta la lápida y leyó "Descanse en paz eterna, querido Juan Pablo Nolorbe Castañeda".

- ¡Yo espero que te tenga el infierno!, hijo del demonio, lo que hiciste conmigo no tiene
perdón.
Destrozó dos jarrones con flores artificiales que adornaban una fotografía antigua de Nolorbe.
También hizo trizas a dos ángeles de vidrio que, con las manos juntas, rogaban por el muerto.

- Basta, Muñeca, eso es suficiente; no podrás revivirle para decirle el odio que sientes por él.
Ya la muerte le cobró tu sufrimiento, Nolorbe está muerto, muerto. Siempre es bueno
reflexionar para organizar el futuro; hoy te toca pensar en tu futuro. Piensa en enamorarte y
ser feliz. ¡Por favor!, ya no llores.

La mujer intentaba consolarla. ¿Cómo mitigar el dolor que emanaba como lava ardiente de su
corazón? ¿Cómo iba a borrar los recuerdos tristes que irrumpían en su cabeza y poco a poco
inundaban su memoria como el crepitar incesante de la leña que arde ante el soplo del viento?
¿Cómo convencerla de que todavía era una mujer bella?

Se había acentuado en su rostro los rasgos de su padre, el cura francés Laforêt, que solo
estuvo dos meses en la Comunidad de Masaray. Llegó para bautizar a los niños y grandes de la
Comunidad shipiba que estaban deseosos de asegurar su fe y como agradecimiento el jefe de
la Comunidad don Cairuna, pidió al cura que se quedara con ellos toda la cosecha de arroz para
que lleve a su congregación un par de sacos. Así sucedió. También le entregó a la mayor de sus
hijas, Nilda, porque hablaba muy bien el castellano. Terminó la cosecha y el cura nunca volvió a
visitarlos. Por otro lado, Muñeca había heredado la figura exótica de su madre shipiba Nilda
Cairuna. La genética había formado una mujer muy bella para alimento del morbo de hombres
propios y ajenos del pueblo.

No había palabra alguna que tranquilizara. Necesitaba derramar todo su dolor e indignación
que mantuvo veinticinco años en su corazón. Después de aquella catarsis de emociones,
ambas mujeres salieron del cementerio.

- Amigo, llévanos a una pollería, vamos a comer un rico pollo a la brasa. ¿Cuánto tiempo hace
que no comes pollo a la brasa, Muñeca?

- Desde el año pasado, que me regalaste un pollo al brazo el día de mi cumpleaños; aunque
estaba frío, he comido chupándome los dedos. ¿Recuerdas?

- Sí, lo recuerdo, Muñeca. También esos tacones te quedaban muy bien.

- ¿Verdad?

- Sí, también.

- Fue la primera vez que tuve lindos zapatos. Gracias.

- De hoy en adelante comerás pollo calientito y tendrás muchos zapatos bonitos. Vamos,
limpia esas lágrimas y borra esa tristeza de tu rostro hermoso.
- No digas eso, ya no soy hermosa. Ya tengo cuarenta años. Ya se tragó mi belleza la prisión.
Sólo quiero recuperar parte de mis sueños; si es que no me cruzo con otro Nolorbe en la vida.

- No sigas, Muñeca, no creo que eso suceda.

Así fueron conversando ambas mujeres hasta llegar a la pollería en el centro de la ciudad,
donde se mezclaron con otros comensales de rostros amables y alegres.

Mientras avanzaban por la ciudad, Muñeca permanecía aturdida y asustada en el asiento


trasero de la camioneta. Su mente intentaba procesar lo que estaba sucediendo, pero el miedo
la paralizaba. Miraba por la ventana, observando edificios, calles y personas, pero nada de eso
tenía sentido en ese momento.

Finalmente, llegaron a una lujosa mansión. Nolorbe la sacó del vehículo y la llevó hacia
adentro. Muñeca apenas podía sostenerse en pie, su cuerpo temblaba de miedo y angustia. La
casa estaba llena de lujo, pero para ella, en ese momento, todo era oscuro y amenazante.

Dentro de la mansión, Nolorbe la arrastró por pasillos y habitaciones. Muñeca se sentía como
un títere en manos de un malévolo titiritero. La llevó a una habitación lujosamente decorada y
la arrojó sobre la cama.

- Te daré lo que mereces por ser tan hermosa, - dijo Nolorbe con una sonrisa perversa.

Muñeca temblaba de miedo mientras él avanzaba hacia ella. Intentó resistirse, gritar, pero las
amenazas de Nolorbe la mantenían en silencio. La joven shipiba estaba atrapada en una
pesadilla de la cual no podía escapar.

Mientras tanto, en Masaray, la noticia de la desaparición de Muñeca se extendía como una


sombra. La maestra, los vecinos y la abuela, en su lecho de muerte, no sabían qué había
ocurrido con la joven. La tristeza y la incertidumbre se apoderaron del pueblo.

En la mansión de Nolorbe, Muñeca vivió horas de horror que parecían eternas. Cuando
finalmente logró escapar de ese infierno, la sombra de aquel día oscuro la persiguió durante el
resto de su vida.

La historia de Muñeca se convirtió en un eco de dolor que resonó en las selvas, recordándole a
todos que la libertad y la inocencia podían ser arrebatadas en un instante. La gente de
Masaray guardó luto por la pérdida de una joven prometedora, y la memoria de Muñeca se
convirtió en un símbolo de las sombras que acechan en la oscuridad.
**Moche de Presagio**

Era una noche fresca. La brisa movía las ramas de los árboles de manera descomunal.

"Abuela, parece que lloverá toda la noche."

"Así parece. Si amanece con lluvia, entonces caerá agua todo el mes, hijita. Porque mañana es
primero de diciembre."

"Sí, y es mi cumpleaños, voy a cumplir quince años, abuela."

La profesora Marina organizó una fiesta en el salón; ella ha traído pasteles y gaseosas de
Pucallpa para la fiesta.

"Qué buena es la maestra, hija. Se acordó de tu cumpleaños. Te cuento que voy a matar dos
gallos gordos para la comida. No puedo ir a la escuela porque me duele mi corazón cuando
camino mucho, creo que cada día me duele más. Voy a mandar la comida con los Ricopa."

"Gracias, abuelita. Te quiero mucho."

"Yo te quiero más, Muñeca, por ti he vivido hasta hoy. Tu madre me encargó que te cuide. No
sé cuánto tiempo más lo haré. Ya me siento muy vieja y enferma."

Se abrazaron y se alejaron de la tullpa cuyo fuego moría lentamente. Muñeca cerró su ventana
y se acostó emocionada. Quería que llegara pronto el siguiente día.

Levantense, dormilonas! ¡Arribal lleven sus productos al patio! vamos!, ganen sus espacios.
Busquen el mejor toldo. ¡Hoy es el concursol-gritaba entusiasmada una custodia.

Muñeca corrió con sus cosas al patio. Había confeccionado atractivas bolsas de tela y finas
carteras con diseño y shipibos para presentarlo en el concurso. Durante seis meses se dedicó a
trabajamos con el mejor de los cuidados. El concurso había sido una promesa de las
autoridades de la prisión para apoyar a las mujeres. Se unieron empresas privadas y otras
autoridades para el evento "Mujer empresaria", como ellos lo denominaron.
Los visitantes llegaron. Todos estaban admirados por el arte, la creatividad y la novedad que
las mujeres presidiarias demostraron en la confección de vestidos, carteras, tejidos de zapatos
y otras manualidades. Después de una larga exposición verbal de cada participante, los
organizadores dieron el veredicto: "La ganadora del concurso es la señorita Muñeca Laforêt
Cairuna". El premio era un contrato con la empresa Nasha Internacional por cinco años para
que confeccione carteras y bolsas de tela con motivos shipibos.

-¡Bravo, muñeca! ¡Te lo mereces! -Gritaban las amigas que había conseguido en la cárcel.
Todos los asistentes recibieron con beneplacito la resolución del jurado. Realmente hacia
carteras y bolsas espectaculares con el arte shipibo.

Muñeca estaba exhausta y al mismo tiempo muy alegre. Había resuelto un problema para
conseguir su libertad. Ahora podia contar con un ingreso económico para pagar la
indemnización a los deudos que leyó el juez en su sentencia.

-Hola, Muñecal ¡Te acuerdas de mi?-le preguntó una mujer cogiendo la del brazo.

-Si, maestra, pero ¿qué hace aquí?, ¿cómo me encontró? -preguntó tristemente,

-Lei en los periódicos tu sentencia y hoy, aproveché el evento para ingresar a la cárcel; así
consegui encontrarte, hija. Vendría a verte las veces que regrese a Pucallpa. Ahora trabajo en
Huánuco. Lo importante es que ya te encontré -decía contenta la maestra, mientras acariciaba
-el rostro de su alumna querida.

Desde aquel día la maestra visitó a Muñeca de temporada en temporada. Ambas se escribian
extensas cartas. En ellas la joven le contaba su historia pasada y presente, sus proyectos, sus
tristezas, su incredulidad así a la hacia la justicia de los hombres. También así fue cómo se
enteró de la muerte de su abuela.

La maestra le enviaba encomienda de frutas y de libros, revistas, periódicos y muchas obras


literarias, hasta la Constitución Peruana junto con el Nuevo Código Procesal Penal. Un día le
envío un collar de huayruros. Después de sus quehaceres durante el dia, dejaba la noche para
leer. Su celda se convirtió en una verdadera biblioteca. Los policías la respetaban mucho por su
dedicación al trabajo y a la lectura. Así fue como logró vivir en concordia emocional durante
veinticinco años en la cárcel.

La última noche

Esa noche no durmió. Organizó sus cosas personales en una mochila que ella misma hizo. A
todos sus libros les puso una dedicatoria. Sabía el nombre de todos de todas sus amigas de la
prisión. A cada una le dejó mínimo un libro.

Asi transcurrió esa última noche: para Carmen Salazar, con cariño de muñeca la obra... para
Eudosia Aguilar...; así continuó hasta que dieron las seis de la

mañana.

Así dejó en cada compañera a sus mejores amigos de páginas con historias que le ayudaron a
comprender mejor el mundo lleno de aciertos y desaciertos

Th
a luchar por lo que realmente quería. Dieron las ocho de la mañana y Muñeca estaba
preparada para enfrentar el mundo afuera. Primera vez tenía que decir que hacer de ahí en
adelante con firmeza emprendió su regreso a la libertad.

El final

-Dime Muñeca, qué es lo que harás mañana. No puedes perder el tiempo. Si quieres ven
conmigo a Huánuco. Ahí podrás encontrar trabajo y estudiar algo, o casarte y ser feliz.

-Ja, ja, ja... ¿Carmen? No lo creo. No he pensado en eso. Quiero ser libre, ¡libre!

Terminaron de comer y ambas salieron conversando en busca de un motocarro para dirigirse


al hotel donde se hospedaba la

maestra.

Era una noche con mucho viento y ruido en la ciudad. Muñeca miraba con atención a la gente
que cruzaba con ella.

La música que salía de los bares le fascinaba. El olor a humo de tabaco de los transeuntes le
hizo recordar las noches tristes en la prisión; ahi aprendió a fumar para llenar ese vacío del
corazón. Ese vacío que le producía la soledad y la desesperanza. Incluso algunas veces, la
nicotina le hizo imaginar ser uno de los personajes de las novelas que le leía.

-Muñeca, qué piensas. Oye, mirame. ¿Puedes decirme en qué piensas?

La maestra le sacó de sus cavilaciones.

-Sube, nos vamos.

-Sólo recordaba mi pasado. Mi triste pasado.

Viajaban en silencio. Muñeca recibía con satisfacción la brisa de la noche. El chofer se detuvo
frente al semáforo y el motor se apagó, en ese preciso instante el canto del urcututo se dejó
escuchar. Muñeca volteó asustada. Si frente a ellos había un árbol de mango, muy frondoso.
Ahí estaba el curcututo. La calle oscura no dejaba verlo. Su canto era cual llanto desesperado,
como si presagiara una tragedia. Muñeca se bajó del motocarro y corrió hacia el árbol. Se paró
en medio de la pista para buscarle con la mirada, deseaba hablarle, increparle por su cruel
persecución.

-¿Qué quieres ahora? ¿Por qué me persigues? ¡Vete!

¡Vete! -suplicaba.

En ese instante de una calle desierta, apareció repentinamente un carro a toda velocidad,
directo al cuerpo de Muñeca. No hubo freno, el chofer no tuvo tiempo de parar su marcha; se
llevó el cuerpo de muñeca unos metros adelante, luego huyó.

La maestra y el motocarrista levantaron el cuerpo ensangrentado. La voz de muñecas se apagó


para siempre. A lo lejos escucharon el canto del urcututo.

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