Concepto Garantía Constitucional
Son instrumentos de naturaleza procesal cuya finalidad es la restauración del
orden constitucional cuando éste ha sido desconocido o violado por los órganos
de poder y los instrumentos protectores no fueron suficientes para lograr el
respeto de la Constitución y la vigencia del Principio de Supremacía.
Los derechos humanos, las declaraciones que los consignan y las garantías que la
Constitución señala, son tres conceptos conexos. Por garantías debemos
entender las seguridades o procedimientos tuitivos de la libertad, establecidos por
la Carta Política para dar efectividad a los derechos constitucionales. La palabra
"garantías" puede ser tomada en dos acepciones, lata y estricta. En sentido
estricto, son garantías constitucionales los medios de protección de los derechos
humanos, consistentes en la posibilidad que tiene el titular de un derecho de poner
en movimiento el órgano jurisdiccional para que tutele ese derecho, si es
conculcado o amenazado de vulneración.
En sentido lato, la expresión garantías constitucionales, como sucede en el Perú,
es empleada por la Carta Política para enunciar los derechos humanos; de esta
manera, se quiere dar a entender que tales derechos no han s:do conferidos por el
Estado, puesto que son previos a toda organización política, sino simplemente
asegurados en su goce, o sea garantizados, por el poder público, el cual se ha
constituido precisamente con esa finalidad. Los derechos humanos, en cuanto son
protegidos por medios jurisdiccionales frente al Estado y a los particulares, son
derechos públicos subjetivos. El grado de interés jurídico de tales derechos
subjetivos se revela en la protección que las leyes acuerdan a los titulares de
ellos. Así, la libertad de prensa protegida por la prohibición de censura previa, o la
libertad corporal, amparada por el habeas corpus, tienen una protección
privilegiada en todas las democracias de Occidente.
En la práctica, la obligatoriedad de las normas para el Estado se manifiesta en la
existencia de órganos obligados a someterse a ellas. Existen normas que
disciplinan la actividad estatal para la consecución de un bien público, o sea propio
de la colectividad, como el sostenimiento de los caminos; de tales normas surgen
los derechos públicos colectivos, sin titular individualizado. Pero cuando la ley ha
tenido en cuenta el interés directo de cada persona, el particular tiene un derecho
hacia el Estado, a la vez que una acción para exigir que no sea consultado ese
derecho. Tales son los de derechos públicos Subjetivos, que denominamos
garantías constitucionales. Los países organizados como Estados de Derecho
conceden protección judicial para las garantías individuales. La conceden también,
aunque no siempre con rotundidad igual, para las garantías sociales, o sea
aquellas que se han establecido después de la primera guerra mundial, para
tutelar a la sociedad, a los trabajadores y a los sectores sociales económicamente
débiles.
El artículo 89 de la Declaración de los Derechos Humanos, inspirado en el
principio de que un derecho sin protección no es un derecho vivo, expresa: "Toda
persona tiene derecho a un recurso efectivo, ante los tribunales nacionales
competentes que la amparen contra actos que violen sus derechos fundamentales
reconocidos por la constitución o por la ley". Cuando una garantía constitucional
es conculcada, el titular del derecho, o quien lo represente, puede pedir protección
judicial para restablecer el derecho violado. El proceso ha de ser urgente y
sumario, para impedir la consumación del acto ilegal o su prolongación. Los
institutos jurídicos ideados para ello son el habeas corpus y el amparo, a los que
debemos agregar el de impugnación de inconstitucionalidad, que es de
procedimiento ordinario, y la acción popular, que se sustancia como de puro
derecho.
El sistema jurídico de cada país regula el ejercicio de dichos medios, con
denominaciones y alcances no siempre iguales, según pasamos a analizar.
HABEAS CORPUS.
Fue concebido para proteger la libertad física individual; tal fue su origen y tal es
su esencia, si bien en el derecho peruano y en el de otros países procede para
amparar todas las garantías individuales y sociales. Al elaborarse el anteproyecto
de Constitución, el maestro Manuel Vicente Villarán propuso extender el habeas
corpus a todas las libertades. Fue sobre esa base que se aprobó el texto vigente
que franquea acción no sólo respecto de todas las garantías individuales sino
también para las garantías sociales. El habeas corpus se perfiló como instituto
jurídico autónomo en la ley inglesa de 1679, promulgada durante el reinado de
Carlos 11 con la finalidad de dar garantía procesal al derecho de libertad corporal
que la Carta Magna había enunciado sin la precisión necesaria. Dicha ley dispone
que todo Alcaide de una prisión a quien se exhiba un mandato judicial de "habeas
corpus" en amparo de algún detenido, se halla obligado a presentar la persona del
preso ante el Juez, el cual lo pone en libertad si la detención se ha efectuado sin
orden legal. La expresión habeas corpus proviene de la frase "habeas corpus ...
ad sudjiciendum", que debía usar el Juez romano respecto de la persona que le
solicitaba justicia; equivale dicha frase a "tráigase la persona de ... para tenerlo
bajo mi amparo". En Aragón, el fuero o juicio de manifestación, instituido en dicho
Reino en 1428, o sea doscientos años después de la Carta Magna, estuvo reglado
por los fueros llamados "de manifestationibus personarum", "loannas Rex
Navarra", y "lannes Secundus, Calataiubil". Se protegía, bajo graves penas, a
quienes hubieran sido detenidos sin orden judicial o por oficiales sin derecho a
ordenar prisión. Debían ser puestos en libertad, mediante procedimiento sumario y
expeditivo. También el Fuero de Vizcaya, en su ley 26 del Título XI, del año 1527,
mandaba que ninguna autoridad fuera osada de prender a persona alguna sin
mandamiento de juez competente, salvo el caso de infraganti delito. Si ello
sucediere, el juez competente debía ordenar su exhibición y puesta en libertad. 36
desde la Carta Magna se fueron elaborando, dentro del "common law", medios
judiciales que realizaban, de modo imperfecto, la garantía del habeas corpus, pero
ella no fue consagrada hasta la ley de 1679 y siempre como mandato o auto y no
como acción que determina la expedición del auto. En la Petición de Derechos, de
1628, así como en la ley que suprimió el Tribunal llamado de la Cámara de la
Estrella, en 1641, se hace referencia al auto de hábeas corpus. Dicha garantía de
la libertad tomó origen en el interdicto romano de "hómine líbero exhibiendo", o
sea trasladando al derecho público una institución del derecho privado. Para los
británicos y los países anglosajones, el hábeas corpus se denomina privilegio y no
garantía, por ser el concepto de garantía propio de los juristas franceses. La
Constitución de los Estados Unidos dice en su sección novena, artículo segundo,
"el privilegio del auto de hábeas corpus no será suspendido, excepto en caso de
invasión o rebelión, cuando la seguridad pública lo requiera". En el Perú, la
Constitución de 1920 fue la primera Carta que acogió el hábeas corpus, que había
sido introducido por la ley de 21 de octubre de 1897 y modificado por las leyes
2223 y 2253, ambas del año 1916. La Constitución vigente lo amplió para todas
las libertades individuales y sociales y el Código de Procedimientos Penales
reguló su ejercicio con disposiciones orientadas sólo a impedir que se prolongue la
detención arbitraria. El Decreto Ley 17083 lo ha circunscrito al fuero civil en los
casos que no entrañen privación de libertad, violación de domicilio o restricción de
la libertad de transitar. En nuestro país, el hábeas corpus es ejercitado respecto de
detenciones practicadas por alguna autoridad. Pero en Gran Bretaña y otros
países, procede contra particulares que hayan privado de su libertad a una
persona.
El writ o mandato se expide con la mayor amplitud. La jurisprudencia de algunos
países latinoamericanos, e inclusive algunas legislaciones, prevén que la garantía
sea invocada contra particulares que hayan secuestrado a una persona. En
nuestro ordenamiento constitucional, las garantías están referidas al Estado para
limitar los excesos de poder de los funcionarios. Doctrinariamente, cabe sostener
la conveniencia de extender el hábeas corpus a los casos de privación de libertad
impuesta por particulares, pero en rigor nos parece que es desfigurar la
construcción jurídica, elaborada como defensa de los súbditos contra la
arbitrariedad del poder público, ampliar la garantía constitucional. Desde luego, si
ello se hiciera en aras de una protección más expeditiva, la ampliación podría ser
beneficiosa. Constituye el hábeas corpus un medio extraordinario, de trámite que
debe ser fulminante para hacer cesar la conculcación.
El derecho ordinario ofrece múltiples procedimientos para obtener la tutela
jurídica, como son los interdictos y la denuncia criminal. Por ello, al idear el
instituto del hábeas corpus, la técnica constitucional ha querido dar a las garantías
individuales y sociales una protección excepcional, por la celeridad en hacer cesar
el acto conciliatorio. Dado que la palabra acción es sinónimo de derecho a exigir
una prestación jurisdiccional, consideramos acertado el texto del Art. 699 de
nuestra Carta Fundamental, que denomina acción y no recurso al instituto del
hábeas corpus. Al respecto, creemos necesario distinguir entre las palabras
"recurso" y "acción", por ser frecuente la confusión en que se incurre. De modo
genérico, se entiende por recurso toda petición escrita y también el medio de
impugnación contra una decisión de cualquier autoridad, aunque ella pertenezca a
otra rama del poder público, y por ello es usual en muchos países la expresión
"recurso de hábeas corpus". Pero, en lenguaje estrictamente procesal, la palabra
"recurso" debe emplearse sólo para expresar el medio de impugnación que, dentro
de una causa, plantea una nueva consideración, tal como la apelación o el recurso
de nulidad. La voz acción es sinónimo de derecho a la jurisdicción; expresa la
facultad concreta de hacer valer judicialmente el cumplimiento de una obligación o
la reparación de un derecho conculcado. La acción es un derecho a la instancia
jurisdiccional, o sea a la prestación de administración de justicia.
En consecuencia, es un derecho subjetivo público: el de acudir al Estado, que
monopoliza la jurisdicción, para demandarle tutela jurídica. Tocante a derechos
políticos tan importantes como la ciudadanía y el sufragio, se considera que la
tutela de ellos debe ser extrajudicial. La creación del Poder Electoral entraña un
régimen eficaz de protección contra el fraude, sin necesidad de comprometer la
neutralidad del poder judicial en luchas que desencadenan violentas pasiones.
Con varias décadas de altibajos, la pureza del sufragio ha ganado, evidentemente,
pues los centros de poder han debido inclinarse a la voluntad popular. Es prudente
la advertencia que formuló Guizot: Si el poder judicial vigilara directamente el
proceso electoral, la política ganaría poco en pureza y en cambio la justicia podría
perder mucho, pues el personal de jueces sería arrollado.
Como dijimos en el capítulo vigésimo de este trabajo, entendemos por garantías
constitucionales, siguiendo a Héctor Fix-Zamudio, el conjunto de instrumentos
legales, generalmente procesales, para restablecer el orden constitucional, cuando
es violentado por un acto de autoridad; no nos referimos a los derechos
fundamentales que el texto de 1917 llamó “garantías individuales”, sino a las
herramientas legales adjetivas consignadas en la propia ley suprema. En este
sentido, encontramos cuatro garantías constitucionales en la redacción original de
la Constitución en 1917: el procedimiento investigativo a que se refería el artículo
97, del cual ya hemos hecho referencia en el capítulo anterior, el juicio de amparo,
las controversias constitucionales y el juicio político de responsabilidad, que
generalmente se estudia junto con el proceso de desafuero de los altos
funcionarios de la Federación. A continuación analizaremos estas tres últimas.
I. El juicio de amparo Pocas instituciones jurídicas tienen una historia tan
rica como la de nuestro juicio de amparo,1250 y de modo particular
destaca el periodo de sesenta años que estuvo en vigor la Constitución
Federal de los Estados Unidos Mexicanos (1857-1917). Pues bien, el
resultado de la construcción de nuestra máxima institución procesal en
esas seis décadas fue recogido en nuestra carta magna de 1917, como
lo veremos a continuación. Como sabemos, el juicio constitucional de
amparo tuvo su origen, a nivel federal, en el Acta de Reformas del 18 de
mayo de 1847, aunque a nivel local 1250 Duarte varios años, la
Suprema Corte de Justicia de la Nación estuvo publicando ediciones
muy lujosas que contenían trabajos monográficos de la historia del
llamado máximo tribunal del país, de valor intelectual muy irregular, en
donde, obviamente, se tratan muchos temas históricos del juicio de
amparo, pero no de una manera sistemática ni armónica. Nosotros de
una manera más modesta, en todos los sentidos, tenemos el
antecedente de la Constitución de Yucatán del 16 de mayo de 1841; sin
embargo, la Constitución Federal de 1857 fue la que le dio plena carta
de ciudadanía en el orden jurídico nacional, a través de sus artículos
101 y 102. En el Proyecto de Venustiano Carranza se recogió en los
artículos 106 y 107, y finalmente en el texto promulgado quedó en los
numerales 103 y 107. El artículo 103 no tuvo problema, ya que repitió la
misma redacción que el 101 de la ley fundamental de 1857. En el
Constituyente de Querétaro, el dictamen de la segunda comisión,
presentado en la 52ª sesión del 20 de enero, junto con otros artículos
relacionados con el Poder Judicial de la Federación, como vimos en el
capítulo precedente, fue puesto a discusión en la 55ª reunión del 22 de
enero, en la cual el diputado Luis Fernández Martínez propuso que el
amparo procediera contra actos de autoridad municipal que invadieran
las esferas federal o estatal; Machorro Narváez le contestó, y ya no
hubo más oradores; se votó ese mismo día por la noche, en la 56ª
sesión, con una aplastante mayoría, en donde sólo hubo un voto en
contra, el de Fernández Martínez. La novedad más importante vino con
el artículo 107 constitucional; pero antes de analizarlo recordemos lo
que dijo Carranza en el discurso inaugural del Constituyente el 1º de
diciembre de 1916:1251 El artículo 14 de la Constitución de 1857, que
en concepto de los constituyentes, según el texto de aquél y el tenor de
las discusiones a que dio lugar, no se refirió más que a los juicios del
orden penal, después de muchas vacilaciones y de resoluciones
encontradas de la Suprema Corte, vino definitivamente a extenderse a
los juicios civiles, lo que dio por resultado, según antes expresé, que la
autoridad judicial de la federación se convirtiese en revisora de todos los
actos de las autoridades judiciales de los Estados; que el poder central,
por la sugestión en que tuvo siempre a la Corte, pudiese injerirse en la
acción de los tribunales comunes, ya con motivo de un interés político,
ya para favorecer los intereses de algún amigo o protegido, y que
debido al abuso del amparo, se recargasen las labores de la autoridad
judicial federal y se entorpeciese la marcha de los juicios del orden
común. Sin embargo de esto, hay que reconocer que en el fondo de la
tendencia a dar al artículo 14 una extensión indebida, estaba la
necesidad ingente de reducir a la autoridad judicial de los Estados a sus
justos límites, pues bien pronto se palpó que convertidos los jueces en
instrumentos ciegos de los gobernadores, que descaradamente se
inmiscuían en asuntos que estaban por completo fuera del alcance de
sus atribuciones, se hacía preciso tener 1251 Palavicini, op. cit., p. 149.
un recurso, acudiendo a la autoridad judicial federal para reprimir tantos
excesos. Así se desprende de la reforma que se le hizo, en 12 de
diciembre de 1908, al artículo 102 de la Constitución de 1857, reforma
que, por lo demás, estuvo muy lejos de alcanzar el objeto que se
proponía, toda vez que no hizo otra cosa que complicar más el
mecanismo del juicio de amparo, ya de por sí intrincado y lento, y que la
Suprema Corte procuró abrir tantas brechas a la expresada reforma,
que en poco tiempo la dejó enteramente inútil. El pueblo mexicano está
ya tan acostumbrado al amparo en los juicios civiles, para librarse de las
arbitrariedades de los jueces, que el Gobierno de mi cargo ha creído
que sería no sólo injusto, sino impolítico, privarlo ahora de tal recurso,
estimando que bastará limitarlo únicamente a los casos de verdadera y
positiva necesidad, dándole un procedimiento fácil y expedito para que
sea efectivo, como se servirá ver la Cámara en las bases que se
proponen para su reglamentación. A continuación vamos a copiar el
texto correspondiente del Proyecto de Venustiano Carranza; y como, en
virtud de que el texto finalmente aprobado era prácticamente el mismo,
vamos a poner en negritas lo poco que se añadió, y entre paréntesis lo
que se suprimió: Artículo 107. Todas las controversias de que habla el
artículo 103 (anterior), se seguirán a instancia de la parte agraviada, por
medio de procedimientos y formas del orden jurídico que determinará
una ley, (la) que se ajustará a las bases siguientes: I. La sentencia será
siempre tal, que sólo se ocupe de individuos particulares, limitándose
ampararlos y protegerlos en el caso especial sobre el que verse la
queja, sin hacer una declaración general respecto de la ley o acto que la
motivare;
II. En los juicios civiles o penales, salvo los casos de la regla IX, el amparo
sólo procederá contra las sentencias definitivas, respecto de las que no
proceda ningún recurso ordinario por virtud del cual puedan ser
modificadas o reformadas, siempre que la violación de la ley se cometa
en ellas, o que, cometida durante la secuela del procedimiento, se haya
reclamado oportunamente y protestado contra ella por negarse su
separación, y que cuando se haya cometido en Primera Instancia, se
haya alegado en la Segunda, por vía de agravio. La Suprema Corte, no
obstante esta regla, podrá suplir la deficiencia de la queja en un juicio
penal, cuando encuentre que ha habido en contra del quejoso una
violación manifiesta de la ley, que le ha dejado sin defensa, o que se le
ha juzgado por una ley que no es la exactamente aplicable al caso, y
que sólo por torpeza no se ha combatido debidamente la violación; En
los juicios civiles o penales, sólo procederá el amparo contra la violación
de las leyes del procedimiento, cuando se afecten las partes
substanciales de él y de manera que su infracción deje sin defensa al
quejoso; IV. Cuando el amparo se pida contra la sentencia definitiva, en
un juicio civil, sólo procederá, además del caso de la regla anterior,
cuando llenándose los requisitos de la regla segunda, dicha sentencia
sea contraria a la letra de la ley aplicable al caso o a su interpretación
jurídica, cuando comprenda personas, acciones, excepciones o cosas
que no han sido objeto del juicio, o cuando no las comprenda todas por
omisión o negativa expresa; Cuando se pida el amparo contra
resoluciones no definitivas, según lo dispuesto en la fracción anterior, se
observarán estas reglas en lo que fuere conducente. V. En los juicios
penales, la ejecución de la sentencia definitiva contra la que se pida
amparo, se suspenderá por la autoridad responsable, a cuyo efecto el
quejoso le comunicará, dentro del término que fije la ley y bajo la
protesta de decir verdad, la interposición del recurso, acompañando dos
copias, una para el expediente y la otra que se entregará a la parte
contraria; VI. En (los) juicios civiles, la ejecución de la sentencia
definitiva sólo se suspenderá si el quejoso da fianza de pagar los daños
y perjuicios que la suspensión ocasionare, a menos que la otra parte
(diera) diese contrafianza para asegurar la reposición de las cosas al
estado que guardaban, si se (concediere) concediese el amparo, y
pagar los daños y perjuicios consiguientes. En este caso, se anunciará
la interposición del recurso, como indica la regla anterior; VII. Cuando se
quiera pedir amparo contra una sentencia definitiva, se solicitará de la
autoridad responsable copia certificada de las constancias que el
quejoso señalare, la que se adicionará con las que indicare la otra parte,
dando en ella la misma autoridad responsable, de una manera breve y
clara, las razones que justifiquen el acto que se va a reclamar, de las
que se dejará nota en los autos; VIII. Cuando el amparo se pida contra
una sentencia definitiva, se interpondrá directamente ante la Suprema
Corte, presentándole el escrito con la copia de que se habla en la regla
anterior o remitiéndolo por conducto de la autoridad responsable o del
juez de Distrito del Estado a que pertenezca. La Corte dictará sentencia
sin más trámite ni diligencia que el escrito en que se interponga el
recurso, el que produzca la otra parte y el procurador general o el
agente que al efecto designare, y sin comprender otra cuestión legal que
la que la queja contenga; IX. Cuando se trate de actos de autoridad
distinta de la judicial, o de actos de ésta ejecutada fuera de juicio o
después de concluido, o de actos en el juicio cuya ejecución sea de
imposible reparación o que afecten a personas extrañas al juicio, el
amparo se pedirá ante el juez de Distrito bajo cuya jurisdicción esté el
lugar en que el acto reclamado se ejecute o trate de ejecutarse,
limitándose la tramitación al informe de la autoridad, a una audiencia
para la cual se citará en el mismo auto en que se mande pedir el informe
y que se verificará a la mayor brevedad posible, recibiéndose en ella las
pruebas que las partes interesadas ofrecieren y oyéndose los alegatos,
que no podrán exceder de una hora para cada uno, y a la sentencia que
se pronunciará en la misma audiencia. La sentencia causará ejecutoria,
si los interesados no ocurrieren a la Suprema Corte dentro del término
que fija la ley, y de la manera que expresa la regla VIII. La violación de
las garantías de los artículos 16, 19 y 20, se reclamará ante el superior
del tribunal que la cometa o ante el juez de Distrito que corresponda,
pudiéndose recurrir, en uno y otro casos a la Corte contra la resolución
que se dicte. Si el juez de Distrito no residiere en el mismo lugar en que
reside la autoridad responsable, la ley determinará el juez ante el que se
ha de presentar el escrito de amparo, el que podrá suspender
provisionalmente el acto reclamado en los casos y términos que la
misma ley establezca; X. La autoridad responsable será consignada a la
autoridad correspondiente, cuando no suspenda el acto reclamado,
debiendo hacerlo, y cuando admita fianza que resultare ilusoria o
insuficiente, siendo en estos dos últimos casos solidaria la
responsabilidad penal y civil de la autoridad, con el que ofreciere la
fianza y el que la prestare; XI. Si después de concedido el amparo, la
autoridad responsable insistiere en la repetición del acto reclamado o
tratare de eludir la sentencia de la autoridad federal, será
inmediatamente separada de su cargo y consignada ante el juez de
Distrito que corresponda, para que la juzgue; XII. Los alcaldes y
carceleros que no reciban copia autorizada del auto de formal prisión de
un detenido, dentro de las setenta y dos horas que señala el artículo 19,
contadas desde que aquel esté a disposición de su juez, deberán llamar
la atención de éste sobre dicho particular, en el acto mismo de concluir
el término, y si no reciben la constancia mencionada, dentro de las tres
horas siguientes lo pondrán en libertad. Los infractores del artículo
citado y de esta disposición, serán consignados inmediatamente a la
autoridad competente. También será consignada la autoridad o agente
de ella, el que, verificada una aprehensión, no pusiere al detenido a la
disposición de su juez, dentro de las veinticuatro horas siguientes. Si la
detención se verificare fuera del lugar en que resida el juez, al término
mencionado se agregará el suficiente para recorrer la distancia que
hubiere entre dicho lugar y el en que se verificó la detención.
Como señalamos antes, el 20 de enero se presentó el dictamen de este artículo,
junto con otros relativos al Poder Judicial de la Federación; en dicho dictamen,
prácticamente, lo que destaca es la creación de un nuevo procedimiento en el
amparo: el llamado amparo “directo” o uniinstancial, que junto con el otro, que
lógicamente se le denominó “indirecto” o biinstancial, constituyen las dos formas
de tramitar este juicio constitucional. En esa misma oportunidad también se dio
lectura a un voto particular de los diputados Heriberto Jara e Hilario Medina sobre
este mismo precepto, que no era otra cosa sino suprimir el amparo contra las
resoluciones judiciales, retomando la tesis que se defendió en 1868 y después fue
abandonada radicalmente, proponiendo, de una forma un tanto extraña, que se
dejara solamente la fracción primera.
En la 55ª sesión del 22 de enero por la tarde se comenzaron a discutir tanto el
mencionado dictamen como el voto particular; con buen sentido, se puso a
discusión primero este último, ya que si se aceptaba, ya no tendría sentido pasar
al primero; la discusión del dictamen se contrajo a una larga perorata de José
Natividad Macías apoyando el dictamen. Se continuó en la 56ª sesión de ese
mismo día por la noche; Palavicini, con la imprudencia que le caracterizaba, pidió
que se votara primero el dictamen y luego el voto particular; finalmente se votaron
en conjunto, pero separadamente, los artículos 103 a 107; por lo que hace a este
último, el dictamen fue aprobado por una aplastante mayoría de 139 votos, en
contra de 4, que se supone serían a favor del voto particular (correspondientes,
aparte de los dos proponentes del mismo, a los de Meza y Ramírez G.).
Uno no se explica por qué el diputado Hilario Medina Gaona1252 propuso
semejante voto particular que ignoraba casi cincuenta años de la historia de
nuestra máxima institución procesal; de Jara no nos extraña, ya que no conocía el
ordenamiento jurídico. Evidentemente que la redacción de 1917 superaba en
mucho al texto de 1857; como dijimos antes, durante casi cincuenta años (de
1869, con la segunda Ley reglamentaria, hasta 1917) el amparo mexicano se
transformó radicalmente a través de una muy rica evolución legislativa, doctrinal y
jurisprudencial; podemos decir que el Código Federal de Procedimientos Civiles
del 26 de diciembre de 1908, que fue la última legislación reglamentaria de los
artículos 101 y 102 constitucionales, anterior a la Revolución mexicana, asume
todo ese desarrollo.
Fuentes de las garantías constitucionales.
Las principales fuentes de las garantías constitucionales son las costumbres la
legislación escrita su fuente primaria es la constitución política de los Estados
Unidos Mexicanos, sin embargo las constituciones de los entidades federativas
pueden complementar a la regulación de las garantías individuales en la parte
dogmática de la constitución que autoriza a los estados a colaborar en el
desarrollo de los derechos garantizados por los artículos 3,4 y 5 constitucionales
pero las garantías se van robustecido por los tratados internacionales.
Las fuentes de las ganancias son sólo formales y reales siendo las primeras
obligatorias en la segunda supletorias
Diferencia entre Derecho Humano y garantía
El decreto publicado en el DOF del 10 de junio de 2011, que modificó la
denominación del capítulo I del título primero de la Constitución Política y reformó
diversos artículos de la misma, sustituyó, en términos generales, la expresión
“garantías individuales” por la de “derechos humanos”. El texto actual del párrafo
primero del artículo 1o. de la Constitución es el siguiente:
En los Estados Unidos Mexicanos todas las personas gozarán de los derechos
humanos reconocidos en esta Constitución y en los tratados internacionales de los
que el Estado Mexicano sea parte, así como de las garantías para su protección,
cuyo ejercicio no podrá restringirse ni suspenderse, salvo en los casos y bajo las
condiciones que esta Constitución establece.
En el párrafo transcrito se distingue entre los derechos humanos y las garantías
para su protección. Esta distinción no se había hecho en las Constituciones ni en
los proyectos constitucionales a que hemos hecho referencia en los apartados
[Link] concepto de derechos humanos tiene carácter fundamentalmente
sustantivo, y comprende los diversos derechos que la Constitución Política y los
tratados internacionales de los que el Estado mexicano sea parte reconocen a las
personas, en cuanto que son inherentes a su dignidad humana: el derecho a la
vida, a la integridad personal, a la libertad, a la protección de la honra y la
dignidad, etcétera. Son los derechos que originalmente fueron considerados
naturales, inalienables e imprescriptibles por los filósofos iusnaturalistas y de la
Ilustración, y como tales fueron reconocidos en las declaraciones de derechos de
los Estados que se formaron a partir de las colonias inglesas en América (de 1776
a 1784) y en la Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
de 1789.
Pero los derechos humanos son derechos en constante transformación y
ampliación. Como escribe Norberto Bobbio:
La expresión “derechos del hombre”, que es ciertamente enfática, puede llamar a
engaño, porque hace pensar en la existencia de derechos pertenecientes a un
hombre abstracto y, como tal, sustraído al fluir de la historia, a un hombre esencial
y eterno de cuya contemplación derivamos el conocimiento infalible de sus
deberes y derechos. Hoy sabemos que también los derechos llamados humanos
son el producto no de la naturaleza, sino de la civilización humana: en cuanto
derechos históricos son mutables, esto es susceptibles de transformación y de
ampliación.
El concepto de garantías constitucionales es básicamente de carácter procesal, y
comprende todas las condiciones necesarias para el ejercicio y la defensa de los
derechos humanos ante los tribunales, a través del proceso. Este es uno de los
significados que Fix-Zamudio reconoce a la expresión “garantías constitucionales”:
“derechos subjetivos públicos conferidos expresa o implícitamente a los
justiciables por las normas constitucionales, con el objeto de que puedan obtener
las condiciones necesarias para la resolución justa y eficaz de las controversias en
las cuales intervienen”. Igualmente, Comoglio entiende por garantía todo
instrumento técnico jurídico que se encuentre en aptitud de hacer convertir un
derecho meramente “reconocido” o “atribuido” en abstracto por la norma, en un
derecho efectivamente “protegido” en concreto, y por tanto, susceptible de plena
“actuación” o ‘reintegración’ cada vez que resulte violado.
En el mismo sentido, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia sostiene
que “las garantías de protección de los derechos humanos son técnicas y medios
que permiten lograr la eficacia de los mismos; en su ausencia, el goce de los
derechos que reconoce nuestro orden constitucional no puede materializarse en
las personas”.
Sobre la distinción entre derechos humanos y garantías constitucionales, Luigi
Ferrajoli afirma que los derechos humanos son los derechos primarios de las
personas y conciernen indistintamente a todos los seres humanos, como, por
ejemplo…, el derecho a la vida y a la integridad de la persona, la libertad personal,
la libertad de conciencia y de manifestación del pensamiento, el derecho a la salud
y a la educación y las garantías penales y procesales.
Como señala Ferrajoli, las garantías procesales también son derechos humanos,
pero se les llama “garantías” precisamente porque su finalidad consiste en
asegurar o garantizar el ejercicio y la defensa de los derechos ante los tribunales,
por lo que tienen un evidente carácter instrumental. En este caso se encuentran la
garantía de audiencia o derecho al debido proceso, la garantía o derecho al juez
natural, la garantía de exacta aplicación de la ley penal, la de legalidad de las
sentencias en los juicios civiles (en sentido amplio), el derecho a la tutela
jurisdiccional, etcétera.
Norberto Bobbio afirma que las actividades desarrolladas por los organismos
internacionales para la tutela de los derechos humanos pueden ser consideradas
bajo tres aspectos: promoción, control y garantía. Dentro de la promoción ubica el
conjunto de acciones que se orientan a inducir a los Estados a introducir o
perfeccionar la regulación interna de los derechos humanos, tanto en su ámbito
sustantivo como procesal. Por actividades de control entiende el conjunto de
medidas que los distintos organismos internacionales ponen en práctica para
verificar si las recomendaciones han sido acogidas y los tratados respetados, y en
qué medida. Por actividades de garantía entiende la organización de una
verdadera tutela jurisdiccional de carácter internacional, sustitutiva de la nacional,
cuando ésta sea insuficiente o falte sin más.
Estos tres aspectos también pueden ser contemplados dentro del derecho interno.
La promoción de los derechos humanos se vincula con la educación y la difusión
que deben llevarse a cabo para conformar una cultura de respeto a estos
derechos en todos los ámbitos. El control se ejerce a través de los organismos
gubernamentales y no gubernamentales de derechos humanos. La garantía para
la eficacia de estos derechos no puede residir sino en la organización de
tribunales independientes, imparciales y eficientes y en la regulación de
instrumentos procesales adecuados que aseguren la defensa oportuna y eficaz de
los derechos humanos.
El artículo 8o. de la Convención Americana sobre Derechos Humanos regula con
el rubro de “Garantías judiciales”, las condiciones para el ejercicio del derecho a la
tutela jurisdiccional. El artículo 27 de la Convención Americana de Derechos
Humanos prevé los casos en que los Estados parte pueden decretar la suspensión
de garantías, y excluye de tal suspensión los derechos humanos más relevantes
(el derecho al reconocimiento de la personalidad jurídica, el derecho a la vida,
libertad de conciencia y de religión, etcétera). También excluye a “las garantías
judiciales indispensables para el ejercicio de esos derechos”.
En consecuencia, se puede afirmar que aunque en el artículo 1o. reformado de la
Constitución Política se distingue entre los derechos humanos y las garantías para
su protección, los derechos que dicho ordenamiento reconoce a las personas para
ejercerlos ante los tribunales, por medio del proceso, además de ser derechos
humanos, tienen también el carácter de garantías constitucionales.
Es claro que los instrumentos procesales destinados expresamente al
conocimiento y resolución de los litigios sobre la interpretación y aplicación de las
normas constitucionales (el juicio de amparo, las controversias constitucionales y
las acciones de inconstitucionalidad) constituyen garantías constitucionales, pues
son medios previstos expresamente para el ejercicio y defensa de las normas
constitucionales.
Conforme al texto reformado del artículo 1o. de la Constitución, en México los
derechos humanos tienen una doble fuente: por un lado, la propia Constitución
Política, y por el otro, los tratados internacionales de los que el Estado mexicano
sea parte. En sentido estricto, los derechos humanos reconocidos en los tratados
internacionales ya formaban parte del derecho vigente en nuestro país, de
acuerdo con lo que dispone el artículo 133 de la Constitución Política. Sin
embargo, el mérito de la reforma es que, al hacer un reconocimiento expreso de
esos derechos, despeja cualquier duda sobre su vigencia y promueve su
conocimiento, interpretación y aplicación.
Por otro lado, la expresión “tratado internacional” debe ser entendida en sentido
amplio. En la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados, del 23 de
mayo de 1969, se entiende por tratado “un acuerdo internacional celebrado por
escrito entre Estados y regido por el derecho internacional, ya consté en un
instrumento único o en dos o más instrumentos conexos y cualquiera que sea su
denominación particular” (artículo 2o., inciso a).
Entre los tratados internacionales sobre derechos humanos más relevantes
podemos destacar los siguientes:
a. La Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre, aprobada
en Bogotá, por la IX Conferencia Internacional Americana, el 2 de mayo de
1948. Si bien es cierto que esta declaración tuvo rango de recomendación,
sin tener las formalidades de un tratado, también lo es que el Estatuto de la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos aprobado el 25 de mayo
de 1960 dispuso en el artículo 2o. que debía entenderse por derechos
humanos, para los efectos del trabajo de la Comisión, los proclamados en
la Declaración Americana. Como la Comisión fue incorporada como órgano
principal de la Organización de los Estados Americanos, por el protocolo de
Buenos Aires de febrero de 1967, la Declaración Americana adquirió
jerarquía de derecho convencional.
b. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la
Organización de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Como
señala Norberto Bobbio, la Declaración Universal es el primer sistema de
principios y de valores esenciales aceptados y reconocidos por la mayor
parte de los hombres que habitan la Tierra, a través de sus gobiernos
respectivos; representa la conciencia histórica que la humanidad ha tenido
de sus propios valores en la segunda mitad del siglo xx. La Declaración
Universal fue adoptada por una resolución de la Asamblea General de la
ONU, por lo que tampoco tuvo la forma de un tratado. Sin embargo, la
Declaración Universal ha adquirido carácter obligatorio, porque así se lo ha
reconocido en la práctica internacional de numerosos países y porque su
contenido ha sido adoptado en principales tratados internacionales de
derechos humanos, sobre todo los que se indican en los dos siguientes
incisos. La Declaración Universal no sólo es obligatoria, sino que forma
parte de lo que se denomina jus cogens o norma imperativa de derecho
internacional.
c. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, adoptado en la
Organización de las Naciones Unidas el 16 de diciembre de 1966, y
ratificado por México el 23 de marzo de 1981.
d. El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales,
adoptado por la misma Organización el 16 de diciembre de 1966, y
ratificado por México el 23 de marzo de 1981.
e. La Convención Americana sobre Derechos Humanos, adoptada por la
Conferencia Especializada Interamericana sobre Derechos Humanos, en
San José, Costa Rica, el 22 de noviembre de 1969, la cual es conocida
también como Pacto de San José, y fue ratificada por México el 24 de
marzo de 1981.
Éstos son los principales tratados internacionales sobre derechos humanos de los
que México es parte, pero existen otros tratados que se refieren a derechos
humanos específicos o se relacionan directamente con éstos. En el ámbito
internacional tienen ese carácter, entre otros: a) la Convención sobre el Estatuto
de los Refugiados, del 28 de julio de 1951; b) la Convención sobre los Derechos
Políticos de la Mujer, del 31 de marzo de 1953; c) la Convención sobre Asilo
Territorial, del 26 de marzo de 1954; d) la Convención Internacional sobre la
Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, del 21 de diciembre de
1965; e) la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de
Discriminación de la Mujer, del 18 de diciembre de 1979; f) la Convención contra la
Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, del 10 de
diciembre de 1984; g) la Convención sobre los Derechos del Niño, del 20 de
noviembre de 1989; h) la Convención Internacional sobre la Protección de los
Derechos de todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares, del 18 de
diciembre de 1990; i) el Convenio Internacional para la Protección de todas las
Personas contra las Desapariciones Forzadas, del 20 de diciembre de 2006; j) el
Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, del 17 de julio de 1998, y k) la
Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, del 13 de
diciembre de 2006.
En el área interamericana, además de la Declaración y la Convención americanas,
son fuente de derechos humanos los siguientes instrumentos internacionales: a) la
Carta de la Organización de Estados Americanos, del 2 de mayo de 1948; b) la
Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la Tortura, del 9 de
diciembre 1985; c) el Protocolo Adicional a la Convención Interamericana sobre
Derechos Humanos, en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales,
del 17 de noviembre de 1988; d) el Protocolo Adicional a la Convención
Interamericana de Derechos Humanos relativo a la Abolición de la Pena de
Muerte, del 6 de agosto de 1990; e) la Convención Interamericana sobre
Desaparición Forzada de Personas, del 9 de junio de 1994; f) la Convención
Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer,
del 6 de septiembre de 1994; g ) la Convención Interamericana para la Eliminación
de Todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad, del
6 de julio de1999, y h) la Convención Interamericana contra el Terrorismo, del 3 de
junio de 2002.
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