Época colonial
La época colonial de México es el período histórico de la nación mexicana que
inicia en el siglo XVI, con el fin de las cruentas guerras de colonización que
produjo la llegada de Hernán Cortés y los conquistadores españoles al territorio
del entonces Imperio Mexica (Azteca), y culmina con la Guerra
de Independencia y proclamación de la primera República Mexicana.
Durante el período colonial, México formó parte del Virreinato de la Nueva España,
dirigido por un Virrey nombrado por las autoridades españolas, y que junto a los
de la Nueva Granada, el Alto Perú y el Río de la Plata, conformaba el régimen
territorial y político de la América colonizada por el Reino de España.
Como todos los países con historia colonial en la América hispana, México fue
remodelado política, religiosa, cultural, económica y socialmente conforme a los
valores de los invasores europeos, renegando o segregando las tradiciones y las
instituciones de los habitantes originarios del continente que sobrevivieron a la
masacre de la conquista.
La conquista
Los españoles contaban con tecnología avanzada como la pólvora y los caballos.
La llegada de Hernán Cortés y los conquistadores españoles que, luego de las
expediciones de Colón, venían a enriquecerse y a extender las influencias del
trono español, desencadenaron un rápido cese diplomático con el Imperio Mexica
dirigido por Moteczuma, cuya capital de Tenochtitlán fue tomada en 1521,
poniendo fin a una guerra cruenta y desigual que duró dos años y costó millones
de vidas indígenas.
A pesar de la resistencia mexica que no se rindió hasta el último instante
posible, los españoles contaban con superioridad
tecnológica (pólvora, perros, caballos, armadura) y táctica, así como con la alianza
de diversos pueblos indígenas tributarios del Imperio Mexica, que vieron en los
recién llegados la oportunidad de saldar sus cuentas con sus opresores locales.
Fundación del Virreinato
El virreinato llegó a abarcar todo el territorio de lo que es actualmente México.
El Virreinato de la Nueva España se fundó catorce años después de la caída de
Tenochtitlán y fue edificado sobre las ruinas mismas de la civilización azteca. Fue
regida a lo largo de su historia por 62 Virreyes, siendo el primero Antonio de
Mendoza y Pacheco, quien asumió el cargo en 1535. El período previo había sido
gobernado por el propio Cortés, autoproclamado Capitán General de la Nueva
España.
Si bien el Imperio Mexica se consideraba ya derrotado, la expansión del Virreinato
continuó durante muchos años, haciéndoles la guerra a los pueblos del norte, así
como a sus antiguos aliados.
Su territorio total fue enorme, abarcando lo que es actualmente México, junto con
los actuales estados norteamericanos de California, Nevada, Colorado, Utah,
Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington, Florida y partes de otros
estados norteños, así como parte al sur de la actual Canadá, la totalidad
de Centroamérica, las islas de Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Trinidad
y Tobago, Guadalupe, y también las Filipinas, las Carolinas y las Marianas. Era el
mayor y principal asentamiento colonial español de la época.
Organización político-territorial
El Virreinato de la Nueva España era tan extenso que requería una división
política en dos unidades: reinos y capitanías generales.
Reinos. Nueva España (diferente al Virreinato como tal), Nueva
Galicia, Guatemala, Nueva Vizcaya, Nuevo Reino de León, Nuevo México,
Nueva Extremadura y Nuevo Santander.
Capitanías generales. Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo.
Estas divisiones territoriales y administrativas eran regidas por un Presidente
Gobernador o un Capitán General, respectivamente, que se reportaban al Virrey y
éste a su vez directamente a las autoridades coloniales en la España peninsular.
La sociedad colonial
La sociedad de la colonia distinguía entre sus ciudadanos en base a un criterio,
ante todo, racial.
La población indígena, de por sí diezmada tras la conquista y el esparcimiento de
nuevas enfermedades para las cuales los locales carecían de defensas
(tuberculosis y viruela), integró un peldaño muy bajo en la nueva pirámide social,
aunque no tan bajo como el de los negros esclavos, importados desde África para
hacer de mano de obra en los vastos nuevos territorios de la Corona.
Por encima de todo estaban los blancos, provenientes de Europa, y
posteriormente los blancos nacidos en suelo americano.
Mestizaje y castas
Los mestizos eran descendientes de la unión entre un blanco y una india.
La ausencia de mujeres blancas durante los primeros tiempos de la colonia
justificó que los colonos europeos tomaran una o varias amantes indígenas y
tuvieran descendencia ilegítima con ellas. Así surgieron un conjunto de “castas”,
para distinguir a los ciudadanos según su origen:
Blancos peninsulares. Blancos nacidos en Europa, que eran dueños de
las tierras y ocupaban la más alta jerarquía política. Sólo ellos podían ser
nombrados para cargos públicos.
Blancos criollos. Blancos nacidos en América. Eran también de la clase
pudiente, pero no contaban con los beneficios de los peninsulares y tenían
moderado acceso al poder político.
Mestizos. Descendientes de la unión de blanco con india. De las clases no
blancas, eran los que mejor posicionados estaban.
Indígenas. Los habitantes de los pueblos precolombinos o sus
descendientes, que no eran esclavos como los negros, pero sí limitados a
labores de servicio.
Negros. Esclavos africanos que ocupaban el peldaño inferior de la
pirámide.
Economía
La economía colonial en México era de tipo extractivista, como en todo el
continente de la época. Sobre todo los yacimientos minerales recién descubiertos
en el Norte mexicano, que a su vez impulsaron el crecimiento de obras y la
expansión agrícola.
Sin embargo, casi todo lo obtenido era despachado a Europa a través de los
puertos de Veracruz y Acapulco, parte de una red comercial que llevaba los
productos filipinos a América y luego a la península.
Evangelización
A las poblaciones indígenas se les impuso la religión católica.
Parte del sistema de opresión y control que la colonia impuso a las poblaciones
indígenas, consistió en despojarlos de su idioma y sus tradiciones, tenidas por
paganas y heréticas.
Así, se les impuso la religión católica y con ella las normativas sociales y éticas de
la sociedad española, con las cuales pensaron ganar almas para la Iglesia
Católica, dado que los indios, a diferencia de los negros, eran considerados seres
humanos, aunque deficientes, necesitados de tutelaje.
Se instauró la Iglesia Católica en la Nueva España, edificando muchos de sus
templos y sus espacios literalmente sobre las ruinas de los que habían
pertenecido a las culturas indígenas. Con ella, además, llegó la Santa Inquisición.
Cultura
En este virreinato ocurrió el sincretismo, a lo largo de 300 años de historia, de las culturas
indígenas (zapoteca, mixteca, tolteca, maya, náhuatl, etc.) con la española, dando origen
a una sociedad culturalmente fértil, que contribuyó a la cultura española con escritores
como Sor Juana Inés de la Cruz o Juan Ruiz de Alarcón, o Manuel Tolsá en el ámbito de
la arquitectura. Esto a pesar del control eclesiástico sobre la educación, que imposibilitaba
cualquier nexo directo con el imaginario precolombino.
Expansión urbana
La creación de ciudades se llevó a cabo conforme a un criterio de “tabula rasa”.
Durante la colonia se asentaron numerosas de las principales ciudades del
continente y del actual país mexicano, lo cual se llevó a cabo en muchos casos
conforme a un criterio de “tabula rasa”, que planificaba las ciudades desde cero.
No fue el caso de Ciudad de México, obviamente, alzada sobre la antigua
Tenochtitlán.
Fin de la colonia
La invasión de España por los franceses y la salida de Fernando VII del trono
produjeron el vacío de poder propicio para el alzamiento militar de las colonias, lo
que en el caso de la Nueva España se inició en 1810 con el Grito de Dolores. Esto
condujo a una larga Guerra de Independencia que culminó en 1821 con el
reconocimiento de la independencia mexicana por parte de último virrey.