JUAN
Versículo a versículo
GRANT R. OSBORNE
Editado por
Juan: versículo a versículo
Copyright © 2020 Grant R. Osborne
Copyright © 2020 Editorial Tesoro Bíblico para la versión española
Serie: Comentario Osborne del Nuevo Testamento
Todos los derechos reservados. Puede usar citas breves de este recurso en presentaciones, artículos
y libros. Para otros usos, escriba a Editorial Tesoro Bíblico para obtener permiso:
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A menos que se indique lo contrario, las citas de las Escrituras son de la Versión Nueva Versión
Internacional (NVI)®, Copyright © 1973, 1978,.1984, 2011 por Bíblica, Inc. Usada con autorización.
Todos los derechos reservados.
Traducción, edición: Equipo de traductores de Faithlife.
Editorial Tesoro Bíblico.
Contenido
PREFACIO A LA SERIE
INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO DE JUAN
Autor
Procedencia y fecha
Audiencia y propósito del escrito
Estilo literario
Veracidad histórica
Bosquejo
Principales temas teológicos
PRÓLOGO: EL VERBO SE HIZO CARNE (1:1–18)
Juan comienza con la esencia del verbo y la creación (1:1–5)
Juan el bautista viene como testigo (1:6–8)
El Verbo se hizo carne (1:9–14)
Vemos la grandeza y la gracia del Verbo (1:15–18)
TESTIMONIO DE JUAN ACERCA DE JESÚS (1:19–34)
La identidad de Juan es revelada (1:19–23)
Revelación de la misión de Juan (1:24–28)
El testimonio de Juan acerca de Jesús (1:29–34)
JESÚS COMIENZA A FORMAR SU GRUPO DE DISCÍPULOS (1:35–51)
Los primeros tres discípulos vienen a Jesús (1:35–42)
Felipe y Natanael vienen a Jesús (1:43–51)
EL VINO Y EL TEMPLO NUEVOS (2:1–25)
Primera señal: Jesús convierte el agua en vino en Caná (2:1–12)
Confrontación de Jesús en el templo (2:13–25)
NICODEMO Y EL NUEVO NACIMIENTO (3:1–21)
Introducción: Nicodemo viene de noche (3:1–2)
Primer diálogo: debes nacer de nuevo (3:3–4)
Segundo diálogo: debes nacer del agua y del espíritu (3:5–8)
Jesús confronta la ignorancia de Nicodemo (3:9–12)
Jesús demuestra su autoridad celestial (3:13–15)
Comentario: la vida y la luz confrontan al mundo (3:16–21)
EL BAUTISTA TESTIFICA DE LA GLORIA DE CRISTO (3:22–36)
Testimonio final del Bautista (3:22–30)
Comentario: Juan señala la gloria del Hijo (3:31–36)
EL REGRESO A CANÁ Y LA MUJER SAMARITANA (4:1–54)
Jesús regresa a Galilea pasando por Samaria (4:1–6a)
Encuentro inicial: Jesús pide agua (4:6b–9)
Segundo encuentro: Jesús ofrece agua viva (4:10–12)
Tercer encuentro: Jesús ofrece el agua de vida (4:13–15)
Cuarto encuentro: Jesús está consciente de su situación marital (4:16–18)
Quinto encuentro: la mujer crece en conciencia y adoración (4:19–22)
Sexto encuentro: la verdadera adoración es en espíritu y verdad (4:23–24)
Séptimo encuentro: Jesús se identifica como el Cristo (4:25–26)
El regreso de los discípulos y el testimonio de la mujer (4:27–30)
Jesús habla sobre la misión (4:31–38)
La cosecha: Jesús es el Salvador del mundo (4:39–42)
Jesús realiza una segunda señal en Caná (4:43–54)
EL CONFLICTO DERIVADO UN MILAGRO DE SANIDAD (5:1–47)
Jesús sana a un cojo en el día de reposo (5:1–15)
Los líderes judíos cuestionan a Jesús sobre su declaración de ser Hijo de Dios (5:16–47)
DOS SEÑALES MILAGROSAS (6:1–21)
Jesús alimenta a los cinco mil (6:1–15)
Jesús camina sobre el agua (6:16–21)
EL DISCURSO DEL PAN DE VIDA (6:22–59)
Juan establece la escena para el discurso (6:22–24)
Introducción: Jesús explica la obra que produce vida (6:25–29)
Jesús presenta su temática: el pan del cielo (6:30–34)
Jesús es el pan de la vida (6:35–50)
Jesús dice a sus discípulos que coman su carne y beban su sangre (6:51–59)
PÉRDIDA DE ALGUNOS DISCÍPULOS (6:60–71)
Algunos se quejan y se apartan (6:60–66)
Los doce permanecen fieles (6:67–71)
JESÚS EN LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS (7:1–52)
Los hermanos de Jesús intentan que vaya (7:1–13)
Jesús tiene autoridad para enseñar en la fiesta (7:14–24)
La gente debate sobre si Jesús es el Mesías (7:25–32)
Jesús enseña sobre su partida (7:33–36)
Jesús da el Espíritu (7:37–39)
La multitud se divide (7:40–44)
Los líderes no pueden arrestar a Jesús (7:45–52)
EXCURSUS: LA MUJER ATRAPADA EN ADULTERIO (7:53–8:11)
JESÚS LA LUZ DEL MUNDO (8:12–30)
Jesús tiene autoridad como la luz del mundo (8:12–20)
Los judíos no están de acuerdo sobre los orígenes de Jesús (8:21–30)
LOS HIJOS DE ABRAHAM (8:31–59)
Los judíos aseguran que Abraham es su padre (8:31–41 a)
Jesús los acusa de ser hijos del diablo (8:41b–47)
Jesús afirma ser Dios (8:48–59)
EL COSTO DEL DISCIPULADO: EL CIEGO DE NACIMIENTO (9:1–41)
Comienzo: Jesús sana a un hombre ciego (9:1–7)
Primera interacción: sus vecinos interrogan al hombre (9:8–12)
Segunda interacción: los fariseos interrogan al hombre (9:13–17)
Tercera interacción: los fariseos interrogan a los padres (9:18–23)
Cuarta interacción: los fariseos interrogan nuevamente al hombre (9:24–34)
Conclusión: Jesús subraya visión y ceguera espiritual (9:35–41)
EL BUEN PASTOR Y SUS OVEJAS (10:1–21)
Jesús narra la ilustración de la puerta y el pastor (10:1–5)
Jesús explica la puerta y el pastor (10:6–18)
Los judíos reaccionan (10:19–21)
LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN (10:22–42)
Juan establece la escena durante la fiesta (10:22–23)
Primer intercambio: Jesús es el Mesías (10:24–30)
Segundo intercambio: Jesús es el Hijo de Dios (10:31–38)
Eventos finales: rechazo y partida (10:39–42)
LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO (11:1–57)
Lázaro muere (11:1–16)
Jesús es la resurrección y la vida (11:17–32)
Jesús encolerizado por el poder de la muerte (11:33–37)
Lázaro es resucitado de entre los muertos (11:38–44)
Los líderes judíos conspiran para matar a Jesús (11:45–57)
ESCENAS FINALES QUE DAN PASO A LA SEMANA DE PASIÓN (12:1–50)
Jesús es ungido en Betania (12:1–11)
Jesús entra triunfante a Jerusalén (12:12–19)
Los gentiles guiados a la predicción final de la “hora” venidera (12:20–36)
La incredulidad como el cumplimiento de la profecía (12:37–43)
Última petición de Jesús a creer (12:44–50)
JESÚS Y LA COMIDA DE LA PASCUA (13:1–30)
Excursus: la cronología de la última cena y la cruz
Jesús lava los pies de los discípulos (13:1–17)
Jesús predice su traición (13:18–30)
DISCURSO DE DESPEDIDA: PRIMER DIÁLOGO (13:31–14:31)
Prólogo: Jesús habla de gloria, amor y fracaso (13:31–38)
Jesús es el camino al Padre (14:1–14)
Jesús promete poder a través de la fe (14.12–14)
Jesús promete el Espíritu Santo (14:15–31)
DISCURSO DE DESPEDIDA: SEGUNDO DISCURSO, PARTE 1 (15:1–16:4a)
Amor y unidad en la comunidad (15:1–17)
El mundo odia los discípulos (15:18–16:4a)
DISCURSO DE DESPEDIDA: SEGUNDO DISCURSO, PARTE 2 (16:4b–33)
Jesús describe la obra del Paracleto (16:4b–15)
La tristeza se convertirá en gozo (16:16–28)
Jesús predica la deserción de los discípulos (16:29–33)
LA ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN (17:1–26)
Jesús ora por su glorificación (17:1–5)
Jesús ora por sus discípulos (17:6–19)
Jesús ora por la unidad de la iglesia futura (17:20–26)
EL ARRESTO Y LOS JUICIOS DE JESÚS (18:1–19:16a)
Jesús es arrestado (18:1–12)
Anás interroga a Jesús y Pedro lo niega (18:13–27)
Juicio de Jesús ante Pilato (18:28–19:16a)
CRUCIFIXIÓN Y ENTIERRO DE JESÚS (19:16b–42)
Jesús es crucificado (19:16b–37)
Jesús es enterrado (19:38–42)
RESURRECCIÓN, PARTE 1: LAS APARICIONES EN JERUSALÉN (20:1–31)
Los discípulos corren a la tumba vacía (20:1–10)
María se encuentra con el Señor resucitado (20:11–18)
Jesús aparece a los discípulos (20:19–23)
Juan comparte el propósito de su evangelio (20:30–31)
LA RESURRECCIÓN, PARTE 2: APARICIONES EN GALILEA (21:1–25)
Jesús aparece a los discípulos junto al lago (21:1–14)
Jesús afirma y comisiona a Pedro (21:15–17)
Jesús profetiza sobre la muerte de Pedro: “sígueme” (21:18–23)
Conclusión: el verdadero testigo (21:24–25)
GLOSARIO
BIBLIOGRAFÍA
PREFACIO A LA SERIE
Hay dos autores para cada libro bíblico: el autor humano que escribió las palabras y el
Autor divino que reveló e inspiró cada palabra. Si bien Dios no dictó las palabras a los
escritores bíblicos, sí guio sus mentes para que escribieran sus propias palabras bajo la
influencia del Espíritu Santo. Si los cristianos realmente creyeran lo que dijeron cuando
llamaron a la Biblia “la palabra de Dios”, se comprometerían mucho más en el estudio
bíblico serio. Como revelación divina, la Biblia merece y, de hecho exige, ser estudiada
profundamente.
Esto significa que, cuando estudiamos la Biblia, no deberíamos sentirnos satisfechos con
una lectura superficial en la que insertamos nuestros propios significados al texto. En
cambio, debemos siempre preguntarnos qué es lo que Dios quiso decir en cada pasaje. Pero
el estudio de la Biblia no debería ser una tarea tediosa que tenemos que realizar. Es un
privilegio sagrado y una alegría. El profundo significado de cualquier texto es un tesoro
enterrado; todas las riquezas están esperando bajo la superficie. Si supiéramos que hay oro
en el patio trasero de nuestra casa, nada nos impediría obtener las herramientas necesarias
para cavar y sacarlo. Del mismo modo, en el estudio formal de la Biblia todos los tesoros y
riquezas de Dios están esperando a ser excavados para nuestro beneficio.
Esta serie de comentarios sobre el Nuevo Testamento tiene la intención de proporcionar
dichas herramientas y ayudar al cristiano a comprender más profundamente el significado
pretendido por Dios en la Biblia. Cada volumen guía al lector a través de un libro versículo
a versículo con el objetivo de desvelarnos lo que Dios mandó a Mateo o Pablo o Juan a decir
a sus lectores. Mi objetivo en esta serie es dar sentido al contexto histórico y literario de
estas obras antiguas, para proveer la información que va a permitir al lector moderno
entender exactamente lo que los escritores bíblicos estaban diciendo a su audiencia del
primer siglo. Me gustaría eliminar la complejidad de la mayoría de los comentarios
modernos del texto y proporcionar una explicación fácil de leer.
Pero no es suficiente saber qué querían expresar los libros del Nuevo Testamento en
aquel entonces; necesitamos ayuda para determinar cómo cada texto se aplica actualmente
a nuestras vidas. Una cosa es entender lo que Pablo les estaba diciendo a sus lectores en
Roma o Filipos y, otra muy distinta, es entender el significado de sus palabras para nosotros.
Así pues, en los puntos clave del comentario, intentaré ayudar al lector a descubrir áreas de
nuestra vida moderna a las que el texto se dirige.
Visualizo tres usos principales para esta serie:
1. Lectura devocional de las Escrituras. Muchos cristianos leen rápidamente toda la
Biblia en programas devocionales de un año. Eso es muy útil para obtener una
amplia visión general de la historia de la Biblia. Pero animo enfáticamente a realizar
otro tipo de lectura devocional, concretamente, a estudiar profundamente un solo
segmento del texto bíblico e intentar entenderlo. Estos comentarios están
diseñados para permitir eso. El comentario se basa en la NVI y explica el significado
de los versículos, lo que permite al lector moderno leer un par de páginas a la vez y
orar sobre el mensaje.
2. Estudios bíblicos de la iglesia. He escrito estos comentarios también como guías
para grupos de estudio bíblico. Muchos estudios bíblicos de hoy consisten en
personas que se reúnen para compartir lo que piensan que dice el texto. Hay
ventajas en tal enfoque, pero también debilidades. El problema es que Dios inspiró
estos pasajes bíblicos de modo que la iglesia pudiera entender y obedecer lo que él
pretendía que el texto dijera. Sin ninguna orientación sobre el significado del texto,
somos propensos a cometer herejía. Como mínimo, los líderes del estudio bíblico
necesitan tener un comentario, de modo que puedan guiar la discusión en la
dirección que Dios pretendía. En mis propios estudios bíblicos de la iglesia, a
menudo hago que la clase lea una exposición sencilla del texto, por lo que todos
pueden hablar del mensaje dado por Dios, y eso mismo es lo que espero ofrecer
aquí.
3. Ayudas para el sermón. Estos comentarios también están destinados a ayudar a los
pastores a exponer fielmente el texto en un sermón. Los pastores ocupados a
menudo tienen muy poco tiempo para estudiar comentarios complejos de mil
páginas sobre pasajes bíblicos. Como resultado, es fácil pasar poco tiempo en el
estudio de la Biblia y, por lo tanto, dar un sermón superficial el domingo. Mientras
escribo esta serie, estoy plasmando mi propia experiencia como pastor y pastor
interino, preguntándome a mí mismo lo que quisiera que un sermón incluyera.
Sobre todo, mi objetivo en estos comentarios es simple: me gustaría que fueran
aventuras interesantes y emocionantes a través de los textos del Nuevo Testamento. Mi
esperanza es que los lectores descubran las riquezas de Dios que se encuentran detrás de
cada pasaje en su divina palabra. ¡Espero que cada lector se enamore de la palabra de Dios
tanto como yo y que comience una fascinación similar de por vida con estas verdades
eternas!
INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO DE JUAN
El evangelio de Juan es una notable obra. Si queremos un libro bíblico que sea claro, lleno
del evangelio y de buena teología básica, además de una buena lectura para el nuevo
investigador o creyente, podemos contar con el evangelio de Juan. Y si queremos a estudiar
una increíblemente profunda obra teológica que alcance a la mente más brillante, entonces
abrimos el evangelio de Juan. Está en uno solo y al mismo tiempo, el evangelio más fácil de
entender y el más complejo de todos. Se requiere de un escritor brillantemente dotado para
hacer eso.
Juan es el más comprensible y sin embargo el más complejo de los libros bíblicos, porque
el autor nos brinda el evangelio más básico, así como el proceso por el cual Dios trae a cada
persona existente a una decisión de fe, a lo cual llamo, “el evangelio del encuentro”, el más
evangelístico de todos ellos. Al mismo tiempo, es una enseñanza del evangelio, tratar de
proporcionar a los cristianos maduros las verdades teológicas más profundas para su
consideración. Además, es una obra maestra dramática, brillantemente creativa y
maravillosamente bien escrita. Si estuviera enseñando un curso en la universidad o
seminario sobre escritura creativa, el evangelio de Juan sería presentado a la par de
Shakespeare como un modelo de caracterización y trama brillantes.
Las historias más largas en los evangelios Sinópticos consisten en aproximadamente
veinte versículos, mientras que las representaciones de Juan (capítulos 1; 3; 4; 6; 9; 11)
tienen cuarenta versículos o más de extensión y están poderosamente escritos, centrados
en el encuentro de varios personajes con Jesús como el Cristo e Hijo de Dios.
Autor
Primeramente, lo más importante para considerar es que este es un libro bíblico y, por lo
tanto, es la palabra de Dios. Como lo escribí en el prólogo a la serie, hay dos autores: el
autor humano y el Autor divino. Incluso aunque sostengo que el autor humano era de hecho
el apóstol Juan, el hecho que más se debe considerar es que Juan fue escrito bajo la
inspiración del Trino Dios, y cada palabra se deriva de Dios. Hasta cierto punto, eso es todo
lo que necesitamos saber. Sin embargo, todavía es importante darse cuenta de que el canal
a través del cual Dios decidió este material fue Juan, uno de los doce. Cuando buscamos
significado, no solo estamos preguntando lo que Juan trató de decir, sino que es lo que Dios
quería que Juan dijera. El “por qué” de un texto es más que la intención del autor humano,
sino que incluye también inspiración divina.
Es fundamental conocer al autor de un documento y su perspectiva básica de la
escritura, para determinar lo que está diciendo y determinar la veracidad histórica de los
detalles. Es por eso por lo que necesitamos comentarios: no podemos hacer esto por
nuestra propia cuenta. Sin embargo, los cuatro evangelios canónicos son anónimos, nunca
nos dicen sus autores. Así que, para determinar al autor del evangelio de Juan, debemos
considerar dos fuentes de información que, los primeros testigos consideraban lo habían
escrito, y cómo el autor se presenta a sí mismo en su escrito.
Evidencia externa de su autoría
Las tradiciones contenidas en el Nuevo Testamento no terminaron con los libros en sí, dado
que las iglesias plantadas por los apóstoles llevando fruto, y había un curso de continuidad
del periodo patrístico del segundo al cuarto siglo (cerca del 101–400 d.C.). Las tradiciones
que aseguraron la fe de estas iglesias se desarrollaron directamente de los testigos del
Nueva Testamento. Por lo tanto, las mejores fuentes para quienes escribieron los cuatro
evangelios serían los Padres de la iglesia. Los más antiguos de ellos personalmente supe,
Mateo, Marcos, Lucas, y Juan, por lo tanto, su testimonio con relación a su autoría debía
tener muchísima autoridad.
Desde las primeras veces que sabemos, el único título para el cuarto evangelio en
manuscritos griegos y otros escritos tempranos fue “El evangelio según Juan”. Entonces,
inmediatamente, la amplitud de posibles autores se reduce a los cristianos del primer siglo
llamados “Juan”. Los Padre s de las primeras iglesias (Justino Mártir, Ignacio, Policarpo) no
mencionaron por nombre a Juan, aunque Policarpo cita 1 Juan 4:2 (A los Filipenses 7.1), y
Justino Mártir alude Juan 3:3–5 (Primera Apología 61,4–5). Este evangelio fue el favorito de
escritores gnósticos (a menudo citado en el evangelio de la Verdad). Su uso incorrecto por
parte de estos gnósticos llevó a una pronta renuencia de los autores ortodoxos a citar a
Juan.
Aun así, Tatian usó el evangelio de Juan como la base histórica de su armonización de
los cuatro evangelios en su obra Diatessaron, y Atenágoras también lo mencionó en el siglo
II (Plegaria por los Cristianos 10). Teófilo de Antioquía lo cita (181 d.C.), e Ireneo (180 d.C.)
atribuyéndolo al apóstol Juan (Contra las Herejías 3.1.1), como lo hace el Canon
Muratoriano y el prólogo Anti-marcionita (ambas obras a finales del siglo II). Irineo dice que
escuchó a Policarpo hablando acerca de ser tutorado por Juan (Contra las Herejías 3.3.4).
Después de aquel período, la aceptación de los orígenes apostólicos de este evangelio fue
casi unánime, con excepción de un grupo llamado los Alogoi. Los cuales se oponían al
evangelio debido a su uso por parte de los montanistas, quienes dijeron que su fundador
fue el Paráclito en Juan 14:16.
El último testigo importante es Eusebio, el historiador del siglo IV que mencionó a dos
líderes de la iglesia primitiva llamados Juan. Citó a Papías, a inicios del siglo II, que mencionó
a un “Juan el anciano” detrás de este evangelio (Historia Eclesiástica 3.39.4–5). Muchos ven
a este como otro Juan aparte del apóstol, pero otros y yo argumentamos que Papías no
separaba a los ancianos de los apóstoles (cf. 1 Pe 5:1 a Pedro como “compañero anciano”)
y fue escrito por el apóstol Juan. En pocas palabras, testimonios externos de los primeros
cuatro siglos favorecen fuertemente al apóstol Juan como el autor.
Evidencia interna de su autoría
El texto del evangelio en sí mismo también nos muestra ciertas cosas que ayudan a
identificar al autor. Él es un judío, muy probablemente de Galilea, un discípulo de Jesús, y
una persona que escribió sobre Jesús como alguien que estuvo presente en los eventos que
narra. Eso reduce la lista considerablemente. Además, claramente el autor también fue “el
discípulo a quien Jesús amaba” (= Discípulo Amado, o DA) en Juan 13:23; 19:26; 20:2; y 21:7,
20, llamándose a sí mismo “el discípulo que da testimonio de estas cosas, y que escribió
estas cosas” (21:24). Este DA ha sido identificado diversamente como:
• Lázaro (llamado “el amado” en Jn 11:3, 36);
• Juan Marcos (Hch 12:12), que estaba relacionado con Simón Pedro (1Pe 5:13) y
el autor del segundo evangelio según la tradición;
• Tomás, mencionado en Juan 11:16; 20:24–29;
• Juan el anciano (ver arriba);
• El apóstol Juan; o
• una creación ficticia utilizada para retratar al discípulo y autor ideal.
Mirando a la evidencia de Juan, es poco probable que el DA sea una creación ficticia. Él
es el discípulo ideal, pero me gustaría argumentar que es una persona real siendo retratado
como tal. Además, en 21:2 él es uno de los siete que experimentó la pesca milagrosa. Casi
sin duda, este grupo está destinado a ser parte de los doce discípulos, por lo que se puede
descartar a Juan Marcos, Lázaro, o un apartado “anciano Juan”. Por otra parte, en cada
capítulo el DA está emparejado con Simón Pedro, y esto le podría favorecer para ser un
miembro del círculo íntimo de los tres que se retrata con tanta frecuencia en los evangelios:
Pedro, Santiago y Juan. Santiago murió joven (Hch 12:2), lo cual no encaja con lo profetizado
de que tendría una larga vida por delante en Juan 21:20–23. Así que, por todo lo anterior,
el apóstol Juan es por mucho el más probable de ser el DA, lo cual le favorece como el autor
de este evangelio.
Sin embargo, muchos críticos dudan reciamente que Juan pudiera haber escrito esto en
razón de que (1) un pescador casi analfabeto que creció a las orillas del mar de Galilea haya
podido escribir algo tan sofisticado como esta obra literaria; (2) el conocimiento detallado
de la geografía y topografía de Judea exige que el autor sea oriundo de Judea en lugar de
Galilea; y (3) un pescador galileo no podría haber estado tan cerca del sumo sacerdote de
modo que hubiera podido tener acceso al patio de Herodes en 18:15.
Aunque estos argumentos tienen algún mérito, no son en última instancia validos
debido a que la mayoría de los judíos estaban suficientemente letrados al leer regularmente
la Torá, y Juan había pasado una gran cantidad de tiempo, tal vez años, en Judea. Su familia
tenía un contexto sacerdotal (véase el comentario sobre 18:15–16 abajo), y muchos de los
grandes escritores de la historia tuvieron un origen modesto. En otras palabras, no hay
razón válida por la cual Juan el hijo de Zebedeo no pudiera haber escrito esta obra maestra.
Una objeción final a la autoría de Juan proviene de una teoría que ha sido popular en
las últimas décadas llamada El Circulo Joanino. De acuerdo con este punto de vista, Juan
conformó un grupo de discípulos quienes le ayudaron a reunir y escribir su material, y que
este grupo es el responsable del cuarto evangelio. Juan fue el primer autor, pero la mayor
parte del material vino de una serie de editores, añadiendo historias y detalles una y otra
vez a partir de la predicación de la comunidad de Juan. Sin embargo, esto es muy
especulativo y depende de la suposición de que encontremos en este evangelio una serie
de “aporías” o transiciones torpes que señalen material posterior. La verdad es que, en los
últimos treinta años, una serie de obras han demostrado la increíble unidad literaria de esta
obra. Se está brillantemente unificada, y en realidad no hay transiciones torpes. Esta es una
obra brillantemente concebida y ejecutada con un maravillosamente intacto argumento
(véase, por ejemplo, la introducción al capítulo 21). Así que concluyo que el cuarto evangelio
fue escrito por un solo autor, el apóstol Juan.
Procedencia y fecha
La fecha más temprana posible para la escritura de este evangelio es probablemente a
finales de los años 60, si el autor supiera de los evangelios de Marcos y posiblemente de
Mateo, como la mayoría supone hoy. La fecha más tardía posible sería hacia finales del
segundo siglo (sostenido por quienes suponen que el apóstol Juan no fue el autor), lo cual
ya no es sostenible debido al descubrimiento de dos papiros: Egerton Papiro 2, el cual
contiene un fragmento de un evangelio desconocido basado en el evangelio de Juan y
fechado en los años 130–150 d.C.; y un papiro temprano conteniendo un fragmento de Juan
(𝔓52; Papiro Juan Rylands 457), fechado en los años 110–120 d.C. Esto significa que el rango
de posibles fechas podría ser entre año el 70 y el 100 d.C.
La mayoría de los estudiosos actuales lo sitúan en los años 80 o tal vez a principios de
los 90 debido a Juan 21:23, el rumor de que Juan viviría hasta que Cristo regresara. Si Juan
escribió el libro de Apocalipsis, como yo sostengo en el comentario a ese libro en esta serie,
estaba vivo por lo menos hasta finales de los años 90. Los argumentos para una fecha
temprana provienen de la ausencia de cualquier referencia a la destrucción de Jerusalén y
el templo en el año 70 d.C., y los argumentos a favor de una fecha tardía se derivan de la
frase “expulsado de la sinagoga” en 9:22; 12:42; 16:2, y la decisión judía de hacerlo así en
el 85 d.C. Ambos argumentos tienen cierta viabilidad, pero demuestran poco. La prohibición
judía probablemente existió también en los días de Jesús. La complejidad y profundidad de
la teología de Juan también han ordenado una fecha tardía para algunos, pero temas como
la preexistencia y la deidad de Cristo se abordaron en la iglesia primitiva mucho antes de lo
que muchos críticos han pensado. Mi opinión es que una fecha en medio de estas dos
posibilidades, decir a principios de los 80, encajaría mejor con la evidencia. Sin embargo, no
se puede tener certeza.
Algunos han visto la procedencia (lugar de origen) de este evangelio como si fuera
Alejandría (debido a las similitudes con Filo) o Antioquía (debido a las similitudes con la obra
siríaca Odas de Salomón), pero eso tampoco es probable. La mejor opción por mucho (y la
tradicional) proviene de los testimonios de Ireneo en el siglo II (Contra las herejías 3.1.2) y
Eusebio en el cuarto (Historia eclesiástica 3.1.1) que Juan escribió durante su ministerio en
Éfeso. Lo cual encaja también con el libro de Apocalipsis (y sus epístolas) y proporciona el
lugar más probable de su escritura.
Audiencia y propósito del escrito
Ciertamente debemos comenzar aquí con la propia declaración de Juan sobre su propósito
en [Link] “Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo
de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida”. La pregunta es cómo interpretar
“para que al creer” si eso significa fe salvadora por parte de los no cristianos, principalmente
judíos, o una fe creciente por parte de los cristianos. Esto es crítico, ya que importa mucho
si Juan es evangelístico intencionalmente o es principalmente un evangelio de enseñanza.
Es bastante común hoy en día pensar que todos los cuatro evangelios, incluyendo Juan,
fueron escritos casi en su totalidad para los cristianos. Por ejemplo, los enfoques
sociológicos de los evangelios han desarrollado teorías de que cada evangelista tenía en
mente su propia comunidad. (Esto se llama en alemán Sitz im Leben, la “situación en la vida”
de la comunidad individual). Sin embargo, un número creciente ha comenzado a considerar
esto como excesivamente especulativo y cree que los cuatro evangelios fueron escritos para
la iglesia en su totalidad. Esto hace que tome mucho sentido, ya que no hay evidencia en el
segundo siglo sobre tales comunidades severamente controladas como aquellas a las que
se dedicaban las enseñanzas de Mateo o Lucas.
Un efecto secundario de este debate es dejar de lado la posibilidad de que los evangelios
puedan tener un propósito evangelístico. Esta es una suposición por demás reduccionista.
Si bien se puede entender que Marcos y Mateo no muestran un profundo interés en
alcanzar a los perdidos, Lucas y Juan al menos tienen una soteriología (doctrina de la
salvación) desarrollada. Analizaré el interés de Juan más adelante, pero es claro que hay un
desarrollado énfasis sobre evangelización en esta obra.
Juan quería tanto despertar la fe en los incrédulos como infundir fe en los creyentes. En
los capítulos 1–12 los encuentros con Jesús y las decisiones de fe son bastante numerosas,
y situaciones de salvación están en primer plano, Jesús con los discípulos de Juan en el
capítulo 1, con Nicodemo en el capítulo 3, con la mujer samaritana en el capítulo 4, y así
sucesivamente. Sin embargo, esto no es lo único que le interesa a Juan, porque también
narra cuidadosamente el conflicto de los creyentes con los adversarios judíos y muestra a
los discípulos creciendo en su fe y en su sentido de misión.
Estilo literario
Este evangelio tiene un estilo de escritura único y sumamente culto. Los discursos de Juan
están escritos en alta prosa y, a veces, tienen un aire poético sobre ellos. Al mismo tiempo,
su griego podría parecer torpe, utilizando demasiada parataxis (cláusulas coordenadas en
lugar de subordinadas) y asíndeton (cláusulas conectadas sin conjunciones), ninguna de las
cuales se considera de buen estilo. Él amaba la variación y el doble sentido, lo que favorece
los sinónimos para la variación estilística (por ejemplo: cuatro pares de palabras en el
conocido pasaje de “¿me amas?” en 21:15–17).
El uso repetitivo que hace Juan de los términos hace de este evangelio una tesorería
para los estudios de palabras y para los temas teológicos, por ejemplo, testigo, mandato,
vida, verdad, mundo, permanencia, luz, oscuridad y revelación. Además, sus narraciones
están llenas de confusiones (Jesús habla en un nivel celestial mientras su audiencia
interpreta en un nivel terrenal) e ironía (con las fuerzas del mal obligadas a obedecer las
órdenes de Dios).
Uno de los aspectos más conocidos del evangelio de Juan son sus diferencias con los
evangelios sinópticos. Más del ochenta y cinco por ciento del contenido en este evangelio
es material exclusivo de Juan. Por un tiempo muchos pensaron que no sabía acerca de los
otros, pero recientemente se ha dado un giro y ahora se cree que decidió permanecer
independiente. Hay varios pasajes que demuestran cierta dependencia, especialmente de
Marcos (Jn 3:24; 5:33–35; 7:1; 11:2, 56–57; 18:24, 28). Juan usa la tradición sinóptica, pero
permanece, en gran medida, independiente de ella.
El resultado de esta independencia es que muchos eventos importantes en la vida de
Jesús no están presentes. El bautismo de Jesús se narra de segunda mano en 1:32–33, y la
tentación por parte de Satanás, la transfiguración y el Getsemaní se omiten. No hay mensaje
sobre la misión, ni sermón en el Monte de los Olivos, ni exorcismos, ni ninguna de las
parábolas más extensas. En su lugar hay varias secciones agregadas, como el llamado los
discípulos de Juan el Bautista en el capítulo 1, los dos milagros Caná, los encuentros con
Nicodemo y la mujer samaritana, la narrativa de los conflictos en los capítulos 5–8, la
resurrección de Lázaro, y el mashal (metáfora extendida) del buen pastor.
El estilo utilizado en los discursos difiere notablemente del material sinóptico. El
“secreto mesiánico” de Marcos, donde Jesús pide que nada de lo que ha hecho sea contado
(véase, por ejemplo, Mr 3:11–12; 8:29–30), está cambiado en Juan por las expresiones “Yo
soy”, siendo Jesús quien les dice a todos quién es él. Marcos es reservado; Juan es polémico.
Muchos críticos estudiosos se preguntan si se tiene el mismo Jesús en Juan, pero las
diferencias realmente no garantizan una conclusión tan radical. Es cierto que Marcos es más
reservado, pero Mateo y Lucas contienen tanto material reservado como historias en las
que Jesús revela quién es él. Entonces el estilo progresa desde el reservado en Marcos hasta
el franco en Juan, con Mateo y Lucas en un feliz punto medio en la escala. La verdad es que
Jesús a veces mantenía sus cartas cerca del pecho y otras veces proclamaba la verdad desde
los tejados. Juan saca a relucir este último lado de Jesús.
La divinidad de Jesús, aunque no es tan explícita y contundente en los sinópticos, está
presente en todos los evangelios. No hay contradicción. Considere lo que ha sido llamado
“El rayo Joanino” en Mateo [Link] “Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce
al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera
revelarlo”. No se puede obtener más acerca del lenguaje de Juan que esto. Además,
considérese la increíblemente alta cristología de Mateo [Link] “De ahora en adelante verán
ustedes al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes
del cielo”. Juan contiene la “más alta” teología de los cuatro, sin embargo, no es una nueva
teología.
Veracidad histórica
Durante el último par de siglos ningún evangelio se ha puesto tanto en duda como este con
respecto a la histórica veracidad de su contenido, esto debido tanto a sus diferencias con
los sinópticos como a la profundidad de su teología (por ejemplo, la presentación de la
deidad de Cristo) Su representación distintiva de numerosos eventos como los viajes de
Jesús a Jerusalén durante su ministerio público o la resurrección de Lázaro como la fuerza
conductora de la semana de la pasión, presentan muchas dudas sobre su exactitud.
Más recientemente, también ha habido bastantes artículos en revistas serias sobre la
fiabilidad histórica del evangelio de Juan, pero cuando se le lee a detalle, no es el evangelio
el que se considera como histórico sino la comunidad detrás del evangelio de Juan. Estos
académicos han redefinido el significado de histórico hasta el punto de que ya no se refiere
a los eventos detrás de la narrativa del evangelio, sino más bien a una recreación académica
de la comunidad que se supone existía en el momento de su escritura. Es esta “comunidad
histórica” que formuló las historias sobre la base de las necesidades de su comunidad.
Sin embargo, junto con muchos recientes académicos me he convencido de que, si en
algo hace mayor énfasis Juan, es en la fiabilidad histórica de su contenido más que
cualquiera de los otros tres evangelios. El suyo es, definitivamente, el más cronológico de
todos, debido a que se desarrolla alrededor de tres pascuas (2:13; 13:1; 18:28).
Su estilo de testigo ocular se destaca a lo largo de su narrativa. Su narración acerca de
los viajes de Jesús a Jerusalén, sin duda ocurrieron justo como él dice, debido a que las
peregrinaciones eran comunes para los fieles judíos en la temporada de las fiestas. A
medida que aprendemos más y más sobre la época y las costumbres del período en que
Jesús caminó por esta tierra, Juan es confirmado cada vez más por la precisión de sus
representaciones. Con su frecuente uso de “testigo” y “verdad”, es claro que la intención
de Juan es escribir un documento histórico verificable, además de demostrar un interés en
la apologética al escribir con el toque de un testigo ocular que puede ser verificado como
auténtico.
Bosquejo
El interés principal de Juan radica en la historia teológica, y la estructura de su evangelio
refleja ese interés, incluyendo un prólogo (1:1–18), un epílogo (21:1–25), una etapa
preliminar (1:19–51), una serie de eventos que detallan el ministerio público de Jesús (2:1–
12:50), un extenso discurso de despedida (13:31–17:26), una narrativa de la pasión (18:1–
19:42) y dos narraciones punzantes sobre la resurrección (20:1–21:25), con el capítulo 21
funcionando tanto como epílogo y como parte del contenido sobre la resurrección.
I. Prólogo: El Verbo hecho carne (1:1–18)
A. La esencia del Verbo y la creación (1:1–5)
1. La divinidad del Verbo (1:1–2)
2. El Verbo en la creación anterior (1:3)
3. El Verbo en la creación anterior y la nueva (1:4–5)
B. El testimonio de Juan el Bautista (1:6–8)
C. La venida del Verbo encarnado (1:9–14)
1. La venida de la verdadera luz (1:9)
2. El rechazo del mundo al Verbo (1:10–11)
3. El Verbo como aprobado (1:12–13)
4. La encarnación del Verbo (1:14)
D. La grandeza y la gracia del Verbo (1:15–18)
1. Testimonio adicional de Juan (1:15)
2. La gracia recibida del Verbo (1:16–17)
3. La revelación de Dios por el único y sólo Hijo (1:18)
II Juan da testimonio acerca de Jesús (1:19–34)
A. La revelación de la identidad de Juan (1:19–23)
1. Sus preguntas (1:19–22)
2. El testimonio de Juan sobre sí mismo (1:23)
B. La revelación de la misión de Juan (1:24–28)
1. El cuestionamiento sobre su bautismo (1:24–25)
2. La respuesta de Juan (1:26–28)
C. El testimonio de Juan acerca de Jesús (1:29–34)
1. Testimonio inicial al Cordero de Dios (1:29–31)
2. El testimonio profundo del Espíritu (1:32–34)
III. Jesús comienza a formar su grupo de discípulos (1:35–51)
A. Los primeros tres discípulos vienen a Jesús (1:35–42)
1. La continuación del testimonio de Juan (1:35–36)
2. Interacción con los dos discípulos (1:37–39)
3. Consecuencia: Andrés lleva a Pedro a Jesús (1:40–42a)
4. La profecía y el testimonio de Jesús acerca de Pedro (1:42b)
B. Felipe y Natanael vienen a Jesús (1:43–51)
1. Jesús toma la iniciativa (1:43–44)
2. La invitación a Natanael (1:45–46)
3. Jesús se encuentra con Natanael (1:47–49)
4. Jesús el Hijo del hombre (1:50–51)
IV. El ministerio público de Jesús: señales y enseñanza (2:1–12:50)
A. La gloria revelada: etapas iniciales del ministerio de Jesús (2:1–4:54)
1. El vino y el templo nuevos (2:1–25)
a. La primera señal: conversión del agua en vino en Caná (2:1–12)
b. Enfrentamiento en el templo (2:13–25)
2. Nicodemo y el nuevo nacimiento (3:1–21)
a. Introducción: encuentro de noche (3:1–2)
b. Primer diálogo: el nuevo nacimiento (3:3–4)
c. Segundo diálogo: agua y espíritu (3:5–8)
d. Jesús confronta la ignorancia de Nicodemo (3:9–12)
e. La autoridad celestial de Jesús (3:13–15)
f. Comentario: la vida y la luz confrontan al mundo (3:16–21)
3. El baustista testifica de la gloria de Cristo (3:22–36)
a. El testimonio final del Bautista (3:22–30)
b. Comentario: la gloria del Hijo (3:31–36)
4. La mujer samaritana y regreso a Caná (4:1–54)
a. Regreso a Galilea pasando por Samaria (4:1–6a)
b. Encuentro inicial: petición de agua (4:6b–9)
c. Segundo encuentro: ofrecimiento de agua viva (4:10–12)
d. Tercer encuentro: agua de vida (4:13–15)
e. Cuarto encuentro: conciencia de su situación conyugal (4:16–18)
f. Quinto encuentro: conciencia creciente y adoración (4:19–22)
g. Sexto encuentro: la verdadera adoración es en Espíritu y en verdad
(4:23–24)
h. Séptimo encuentro: Jesús se identifica a sí mismo como el Cristo (4:25–
26)
i. El regreso de los discípulos y el testimonio de la mujer (4:27–30)
j. El sermón de la misión (4:31–38)
k. La cosecha: Jesús como salvador del mundo (4:39–42)
l. Sanación y conversión en Caná (4:43–54)
B. Jesús y las fiestas de los judíos (5:1–10:42)
1. La curación del cojo en el día de reposo (5:1–15)
a. Jesús y el hombre en el estanque (5:1–5)
b. Sanación en día de reposo (5:6–9a)
c. La controversia del día de reposo (5:9b)
d. Interacción con los líderes (5:10–13)
e. Reacción a Jesús (5:14–15)
2. Conflicto sobre la declaración de Jesús de ser el Hijo de Dios (5:16–47)
a. Idea principal: compartiendo la obra del Padre (5:16–18)
b. El presente: compartiendo la vida y el juicio con el Padre (5:19–24)
c. El futuro: compartiendo la vida definitiva y el juicio (5:25–30)
d. Testimonio e incredulidad (5:31–40)
e. La incredulidad de los judíos (5:41–47)
3. Jesús el pan de vida (6:1–59)
a. Introducción: dos señales milagrosas (6:1–21)
b. La declaración del pan de vida (6:22–59)
4. Pérdida de algunos discípulos (6:60–71)
a. Queja y apostasía (6:60–66)
b. Los doce fieles (6:67–71)
5. Jesús en la fiesta de los tabernáculos (7:1–9:41)
a. Intento de los hermanos Jesús para llevarlo (7:1–13)
b. Conflicto en la fiesta (7:14–52)
c. Excursus: la mujer atrapada en adulterio (7:53–8:11)
d. Jesús la luz del mundo (8:12–30)
e. Los hijos de Abraham (8:31–59)
f. El precio del discipulado: el hombre nacido ciego (9:1–41)
6. Jesús en la fiesta de la dedicación (10:1–42)
a. Transición: el buen pastor y sus ovejas (10:1–21)
b. La fiesta de la dedicación (10:22–42)
C. Eventos finales: la resurrección de Lázaro y el comienzo de la pasión de Jesús (11:1–
12:50)
1. La resurrección de Lázaro de entre los muertos (11:1–57)
a. La muerte de Lázaro (11:1–16)
b. Jesús, la resurrección y la vida (11:17–32)
c. La ira de Jesús sobre el poder de la muerte (11:33–37)
d. El milagro: Lázaro resucitado de entre los muertos (11:38–44)
e. Consecuencia: el complot para matar a Jesús (11:45–57)
2. Escenas finales que dan paso a la semana de la pasión (12:1–50)
a. La unción en Betania (12:1–11)
b. La entrada triunfal (12:12–19)
c. Los gentiles guiados a la última predicción de la “hora” llegada (12:20–
36)
d. La incredulidad como el cumplimiento de la profecía (12:37–43)
e. Última petición a creer (12:44–50)
V. Última cena y discurso de despedida (13:1–17:26)
A. Jesús y la cena de la Pascua (13:1–30)
1. Lavado de los pies de los discípulos (13:1–17)
a. La escena (13:1–2)
b. El lavado de los pies (13:3–5)
c. El diálogo con Pedro (13:6–11)
d. La explicación del evento (13:12–17)
2. Jesús predice la traición (13:18–30)
a. La comparación con los once (13:18–20)
b. La profecía sobre el traidor (13:21)
c. Diálogo sobre lo que está por venir (13:22–27)
d. La escena final está lista (13:28–30)
B. El primer discurso: gloria (partida) y el Paracleto (13:31–14:31)
1. Prólogo: Gloria, amor y fracaso (13:31–38)
a. Gloria y partida (13:31–33)
b. El nuevo mandamiento de amor (13:34–35)
c. La traición de Pedro profetizada (13:36–38)
2. Jesús el camino al Padre (14:1–14)
a. Preparando lugar para ellos (14:1–4)
b. Dos reacciones (14:5–11)
c. Promesas de poder a través de la fe (14:12–14)
3. El próximo Paracleto, el Espíritu Santo (14:15–31)
a. La promesa de la Santo Espíritu como Paracleto (14:15–21)
b. La venida del Padre y del Hijo (14:22–24)
c. La partida de Jesús y la promesa de la paz divina (14:25–31)
C. El segundo discurso: amor, odio, el Espíritu, y alegría (15:1–16:33)
1. Amor y unidad en la comunidad (15:1–17)
a. La vid y las ramas (15:1–6)
b. Explicación de la parábola (15:7–17)
2. El odio del mundo (15:18–16:4a)
a. El odio del mundo explicado (15:18–25)
b. La misión de Jesús extendida (15:26–27)
c. El problema de la persecución (16:1–4a)
3. La obra del Paracleto (16:4b–15)
a. La partida de Jesús (16:4b–7)
b. La obra en el mundo (16:8–11)
c. La obra en la iglesia (16:12–15)
4. La tristeza convertida en alegría (16:16–28)
a. La partida de Jesús y sus repercusiones (16:16–18)
b. Declaración sobre el gozo (16:19–24)
c. Diálogo franco sobre su partida (16:25–28)
5. Predicción sobre la deserción (16:29–33)
D. Oración de consagración (17:1–26)
1. Oración por la glorificación de Jesús (17:1–5)
2. Oración por los discípulos (17:6–19)
a. La obra de Jesús entre los discípulos (17:6–8)
b. El ministerio de los discípulos al mundo (17:9–16)
c. La santificación de los discípulos (17:17–19)
3. Oración por la unidad de la futura iglesia (17:20–26)
a. Oración por la unidad (17:20–23)
b. Oración por la gloria y el conocimiento (17:24–26)
VI. El arresto, el juicio y la pasión de Jesús (18:1–19:42)
A. El arresto de Jesús (18:1–12)
1. Traicionado por Judas (18:1–3)
2. Jesús avanza como soberano (18:4–9)
3. El arresto (18:10–12)
B. El interrogatorio por Anás y las negaciones de Pedro (18:13–27)
1. Jesús ante Anás (18:13–14)
2. La primera negación de Pedro (18:15–18)
3. Interrogatorio de Anás (18:19–24)
4. Las dos negaciones finales (18:25–27)
C. El juicio ante Pilato (18:28–19:16a)
1. Afuera: los judíos exigen la muerte de Jesús (18:28–32)
2. Adentro: Pilato le pregunta a Jesús sobre su reino (18:33–38a)
3. Afuera: Pilato no encuentra a Jesús culpable (18:38b–40)
4. Adentro: los soldados azotan a Jesús (19:1–3)
5. Afuera: Pilato nuevamente no encuentra a Jesús culpable (19:4–8)
6. Adentro: Pilato habla con Jesús sobre el poder (19:9–11)
7. Afuera: los judíos logran la pena de muerte (19:12–16a)
D. Crucifixión y sepultura de Jesús (19:16b–42)
1. La crucifixión de Jesús (19:16b–37)
2. La sepultura de Jesús (19:38–42)
VII. La resurrección de Jesús (20:1–21:25)
A. Las apariciones en Jerusalén (20:1–31)
1. La tumba vacía y la gran carrera (20:1–10)
a. El dilema del cuerpo desaparecido (20:1–2)
b. La carrera hacia la tumba (20:3–4)
c. La entrada a la tumba y la apologética (20:5–7)
d. Viendo y creyendo (20:8–9)
e. Las consecuencias (20:10)
2. María y el Señor resucitado (20:11–18)
a. María y los ángeles (20:11–13)
b. Jesús y María (20:14–15)
c. La resolución y el cambio (20:16–18)
3. Jesús y los discípulos (20:19–23)
4. Jesús y Tomás (20:24–29)
5. El propósito del evangelio de Juan (20:30–31)
B. Las apariciones en Galilea (21:1–25)
1. La aparición a los discípulos junto al lago (21:1–14)
a. Una decepcionante noche de pesca (21:1–3)
b. La pesca milagrosa (21:4–6)
c. El reconocimiento de Jesús (21:7–8)
d. La escena del desayuno (21:9–14)
2. El restablecimiento y la comisión de Pedro (21:15–17)
3. Profecía sobre la muerte de Pedro: “Sígueme” (21:18–23)
4. Conclusión: el verdadero testigo (21:24–25)
Principales temas teológicos
En el centro de este evangelio se encuentra la maravillosa buena noticia de que Jesucristo
el Hijo de Dios se hizo carne y descendió a la tierra con el fin de revelar a Dios y traer la
salvación de Dios a la humanidad caída. Es imposible de separar la soteriología (doctrina de
la salvación) de la cristología (doctrina de Cristo) en el eje de este libro. Dado que este es
principalmente un evangelio de encuentros en el que Cristo ilumina a cada persona (1:4, 7,
9) y la desafía acerca de las verdades de Dios, la soteriología se coloca en primer lugar. La
luz de Dios en Jesús obliga a las personas a tomar una decisión basada en la fe. Nadie puede
permanecer neutral acerca de Jesús; cada uno debe decidir aceptar o rechazar a Cristo, y su
destino eterno queda en espera de esa decisión de fe.
Salvación
Las representaciones en este evangelio (capítulos 1; 3; 4; 5; 9) enfatizan lo que yo llamo una
“decisión de fe”, demostrada en la conversión de los cinco discípulos en 1:35–51; el desafío
a Nicodemo en 3:1–15; y las transformaciones de la mujer samaritana en 4:1–42 y del
hombre nacido ciego en 9:1–41. Encontramos la decisión de rechazar a Jesús en la curación
del hombre cojo en 5:1–15. El énfasis en Juan está en la naturaleza universal de este
encuentro. Jesús derrama su luz sobre cada persona (1:4, 7, 9) y es “Salvador del mundo”
(4:42), de hecho, de “toda” la humanidad (1:7; 5:23; 11:48; 12:32).
Juan desarrolla su teología a través de términos clave, tal como la misión de Jesús es al
‘mundo’ (105 de sus 186 menciones en el Nuevo Testamento se encuentran en Juan), con
Satanás ‘el príncipe [gobernante] de este mundo’ (12:31; 14:30; 16:11). El pueblo judío ha
perdido su lugar como el pueblo del pacto y son parte de este mundo (1:10–11), pero a
pesar de su rebeldía y obstinación, Dios ama a este mundo y envía a su Hijo para salvarlo
(1:29; 3:16–17; 4:42; 6:33). El mundo se caracteriza por su incredulidad (3:36; 16:9), pero
Cristo ha vencido a Satanás (12:31; 16:11) y ha traído salvación.
El encuentro de fe se ve en grupos de términos que ocurren en prácticamente cada
capítulo: (1) “creer / fe” (noventa y ocho veces versus treinta y cuatro en total en los
sinópticos), siempre hace uso de un verbo para enfatizar la naturaleza dinámica del
compromiso de fe; (2) dos verbos para “conocer” (se utiliza un total de 141 veces) centrado
en el íntimo y mutuo conocimiento del Padre y el Hijo extendido al pueblo de Dios; (3) cinco
verbos para “ver” (usado un total de 114 veces), a menudo significan una visión espiritual y
se combinan con los dos primeros términos para representar la vida del discipulado; (4)
“vida / vida eterna” (sesenta y seis de sus 135 veces en el Nuevo Testamento), enfatizando
el resultado de la decisión de fe, con la vida eterna no solo como un regalo futuro sino
también como una posesión presente del creyente; (5) “verdad” (ochenta y cinco de 163
veces en el Nuevo Testamento), lo que indica tanto verdad intelectual como moral, esta
última enfatizando auténticas muestras de vivir a la luz de la verdad inapelable que ha sido
revelada en Cristo.
Jesucristo, Dios y hombre
En Juan hay un equilibrio notable entre la humanidad de Jesús y su divinidad. La deidad de
Jesús se expresa poderosamente en 1:1, 14, 18; 10:30; y en sus afirmaciones “Yo soy”,
especialmente aquellas en forma absoluta, las cuales se pueden traducir, “Yo, Yahweh, soy
él” (8:24, 28, 58; 13:19). Estas son alusiones directas a la revelación de Dios de sí mismo
como Yahweh en la zarza ardiente en Éxodo 3:14–15 y de ‘anoki hu’ (Yo soy él) en Isaías
43:10; 47:8, 10; 51:12 para representar “Dios y solo Dios”.
Sin embargo, como Hijo del Padre, Jesús no solo es uno con él, sino que también está
sujeto a él. Esto está implícito en el prólogo (Juan 1:1–18), con Jesús como el Verbo
revelado, y explícita con Jesús como el único enviado o el representante de Dios en 3:17
(treinta veces en el evangelio) y en 5:19–30, donde Juan hace evidente su dependencia del
Padre en su vida y el juicio. Él es completamente Dios y al mismo tiempo es obediente a
Dios su Padre. Tenga en cuenta los conceptos principales:
• La Palabra revelada: este es el significado de logos, el “Verbo”, cuando Jesús
vino a este mundo para dar a conocer a su Padre, para que las personas
pecadoras pudieran conocer a Dios y encontrarse con él en cada nivel de su ser.
• El Hijo del Hombre: este título habla del que será “levantado” en la cruz a la gloria
(3:14; 8:28; 12:32). Él es el Redentor descendente y ascendente (1:51) que revela
la gloria Shekinah a la humanidad (1:14) y se convierte en la puerta al cielo (6:62).
Los eruditos debaten si Jesús usó este título como una circunlocución para “yo”
en sintonía con Ezequiel (quien lo usa noventa y tres veces sobre él como un ser
humano mortal) o en un sentido exaltado para el que tiene dominio sobre toda
la tierra en sintonía con Daniel 7:13–14. En Juan tiene ambos énfasis, pero sobre
todo el mismo uso que Daniel, haciendo hincapié en la apocalíptica gloria de
Jesús a través de sufrimiento.
• El Mesías, Hijo de Dios: la revelación de Jesús como “el Mesías, el Hijo de Dios”
en Juan 20:31 es el propósito principal de este evangelio. La relación Padre-Hijo
domina esta obra. Jesús es “el único Hijo” (1:14, 18; 3:16, 18) que comparte la
gloria de su Padre. Él es el Mesías real, el “Rey de Israel” o “Rey de los judíos”
(1:49; 12:13; 18:33; 19:3, 19) cuyo trono es la cruz. Él es también el medio de
expiación para el mundo (1:29; 6:51; 10:11, 15; 11:50–52; 15:13; 17:19).
El Espíritu Santo
El Espíritu es, ante todo, un miembro de la Trinidad, enviado por el Padre (14:16, 26) y el
Hijo (15:26) a revelar verdades divinas. Él es entregado “sin medida” a Jesús (3:34) y
permanece en él (1:32–33) y es la fuente del “agua viva” (4:10) que fluye de él (7:37–39).
Como parte de la misión divina al mundo, el Espíritu es el “Abogado”, el representante de
la deidad enviado al mundo a convencerlo de su pecado (14:16; 16:8–11) y a los discípulos
de Jesús para guiarlos y capacitarlos en su misión hacia el mundo (14:15–17, 26; 15:26;
16:12–15). Él habita en los corazones de los creyentes como “el Espíritu de verdad” (14:17;
15:26; 16:13), guiándolos a las verdades divinas reveladas en Jesús.
Misión
En Juan, la salvación de Dios se revela al mundo en cuatro etapas:
(1) Dios se revela a sí mismo al mundo a través de (2) enviar a su Hijo como su
representante o enviado a alcanzar al mundo. Entonces (3) tanto el Padre como el Hijo
envían el Espíritu, y finalmente, (4) la Trinidad divina envía a sus discípulos para llevar el
mensaje de salvación al mundo. Prácticamente todos los aspectos del cuarto evangelio
representan una parte de esta misión, y que involucra no solo a los discípulos de Jesús, sino
a todos los futuros creyentes. Todos nosotros estamos involucrados en la ejecución de la
misión de Jesús de traer el perdón del pecado y vida eterna a la humanidad caída.
Escatología
La escatología a lo largo del Nuevo Testamento se ocupa de más que solo de los últimos
eventos, el fin de la historia humana. Los autores del Nuevo Testamento enseñan que los
últimos tiempos ya han comenzado, una realidad que toca cada área de la vida de los
creyentes. Para Juan, cada doctrina que presenta fluye a través de esta gran verdad.
Algunos eruditos enseñan que Juan ha reemplazado la escatología final de los
evangelios sinópticos con una escatología conscientemente centrada en las bendiciones
presentes de los creyentes. Según esta forma de ver las cosas, el sermón del monte de los
olivos es reemplazado por el discurso de despedida de Juan (13:31–17:26) y el regreso de
Cristo con la venida del Espíritu Santo (14:16–17, 26). Sin embargo, este no es realmente el
caso. Juan claramente tiene un interés en la segunda venida y la llegada de la eternidad
(5:25, 28–30; 6:39–40; 14:2–4; 21:22). Es mejor ver el énfasis que hace Juan de las
bendiciones presentes como una anticipación de su realización final, es decir, el
cumplimiento de las promesas de en el regreso de Cristo.
PRÓLOGO: EL VERBO SE HIZO CARNE
(1:1–18)
El propósito del prólogo en cualquiera de los evangelios es introducir la representación de
Jesús y de los principales temas que se abordarán a través de la presentación del escritor.
Este es probablemente el prólogo más notable jamás escrito, y podría abarcar fácilmente
un libro completo presentar en profundidad todo lo que Juan dice. Jesús es el Verbo
Revelado (Palabra) de Dios y es Dios mismo. En Jesús, Dios ha tomado forma humana
(encarnación), y en él la Shekinah (Dios “morando” entre su pueblo) camina el planeta
Tierra. Además, Jesús ha traído la luz de la salvación a este mundo, y los pecadores al creer
en él pueden convertirse en hijos de Dios. Sin embargo, el pecado es el gran obstáculo entre
Dios y la humanidad, y los pecadores debe voltear a Cristo y ser renacido para ser
perdonado. Muchos de los términos principales en este evangelio se presentan aquí: la vida,
la luz, la oscuridad, enviado, verdad, mundo, creer, conocer, recibir, testigo, nuevo
nacimiento, el amor, y la gloria. Estos términos surgen una y otra vez a lo largo de la
narrativa de Juan.
No es necesario decir, como algunos han hecho, que este prólogo fue escrito después
de que el evangelio fue terminado, tal vez por otro autor. El lenguaje y estilo encajan muy
de cerca con el resto de la narración y fueron claramente escritos juntos. Otros han marcado
a este como un himno con inserciones en prosa, y debaten sobre qué partes son himnos y
cuáles inserciones, por ejemplo: versículos 1–5 (6–8), 9–14 (15–18) o 1–2, 3–5 (6–9), 10–
12a (12b–13), 14 (15–18).
Sin embargo, dado que es poético, probablemente sería mejor clasificarlo como alta
prosa en lugar de un himno preexistente. Me gustaría concluir que el prólogo es una prosa
particularmente hermosa con una profundidad teológica sin igual en cualquier otro escrito.
Cada vez que enseño o escribo sobre este contenido (como ahora), me emociona el
privilegio de profundizar en él una vez más.
Juan comienza con la esencia del verbo y la creación (1:1–5)
Juan ha edificado deliberadamente la historia de la “nueva creación” por parte de Jesús
sobre las palabras iniciales de Génesis, “En el principio Dios creó los cielos y la tierra” (Gn
1:1). Todo comenzó no con la sustancia que hizo la vieja creación, pero con el Verbo: “En el
principio era el Verbo”. Jesús estaba allí, en los orígenes del universo y estuvo involucrado
en esa creación, la cual vemos en los versículos 3–4. Esta también es una declaración de
preexistencia, de que Jesús como el Verbo existió antes que comenzaran el tiempo y la
creación. Como creador de la vida física y espiritual, fue el agente divino responsable tanto
de la creación original del mundo (v. 3) como de la recreación espiritual del mundo (v. 4). El
Hijo de Dios como el Verbo preexistente es la base de todas las afirmaciones increíbles que
Juan hace en esta sección. Los primeros dos versículos tratan sobre quién era él antes de la
creación, el versículo 3 dice lo que hizo en la creación, y el versículo 4 dice lo que está
haciendo en la nueva creación para traer la luz espiritual y la vida a este mundo.
Jesús como el “Verbo” (logos) en griego considero podría denotar el principio de la razón
que gobierna la vida y hace el pensamiento posible. Sin embargo, el uso de Juan aquí es
mucho más cercano a los conceptos judíos del Verbo como la sabiduría divina que Dios usó
para crear el mundo (Pr 8:30–31) y fue visto como la voz misma de Dios en su relación con
el mundo. Entonces esto significa que Jesús es la “Palabra Revelada” de Dios, la misma voz
de Dios en este mundo (Sal 33:6).
La divinidad del Verbo (1:1–2)
Este primer versículo relata tres cosas acerca del Verbo: es preexistente (NTV, “ya existía”),
disfruta de una relación especial con Dios, y él mismo es deidad. Cada etapa es más intensa
que la anterior. El Verbo existe primeramente antes de que la creación sea llamada a
existencia, posteriormente tiene una relación especial con Dios, y finalmente está en su
propia naturaleza Dios mismo. Piense en lo que está pasando a través de la mente de Juan
mientras escribe esto. Este Jesús, con quien caminó a través de Galilea era en realidad el
Verbo eterno, Dios mismo encarnado. Él creó el mismo mundo en el que estaba caminando,
y cuando hablaba era la misma voz de Dios la que Juan escuchaba. Solo un ser que tenía esa
relación especial con Dios y que estuvo allí en el comienzo podría haber creado este mundo,
¡y Juan caminó con él!
La idea de que el Verbo era “con” (griego: pros) Dios connota ambas presencias (estaban
juntos) y la relación especial, la idea de pros significa a menudo “lado a lado” con otro. En
la segunda y tercera declaración, la humanidad de Jesús (la relación con) y la divinidad
(identidad con) se presentan juntas. Él es el Dios-hombre.
El griego para “el Verbo era Dios” (theos ēn ho logos) ha sido mal usada por los testigos
de Jehová, que interpretan la ausencia del artículo antes de Dios para interpretar como “un
dios”. Hay diversos errores graves en esto. Para comenzar, no existe una relación real entre
los artículos en griego y español. La ausencia del artículo en griego rara vez significa “un”, y
normalmente establece un aspecto abstracto, es decir, que Jesús participó de la divinidad
o “Deidad”. Al mismo tiempo, era común en griego designar al sujeto mediante el uso del
artículo (de modo que “el verbo” era el sujeto) y para mostrar el predicado nominativo
quitar el artículo (de modo que “Dios” o “divinidad” vienen después del verbo), lo que
resulta en “el Verbo era Dios / divino”. Esto fue probado al suceder lo mismo en 1:18,
cuando theos sin el artículo se utilizan para Dios el Padre (‘nadie ha visto a Dios jamás’). Por
lo tanto, aquí no se puede traducir “el Verbo era un dios” según este contexto. Es una
declaración perfectamente clara de la divinidad.
El segundo versículo combina las dos primeras cláusulas del primero, enfatizando la
relación especial del Verbo “con Dios” en el origen de la creación. En este sentido, se
establece que el acto de la creación en Génesis 1 se repite en la nueva creación establecida
por el Verbo. La realidad del evangelio constituye esta nueva creación y fue el propósito de
Dios y el Verbo “en el principio”.
El Verbo en la creación anterior (1:3)
Como corolario de la deidad del Verbo, Juan nos dice que él era el representante de Dios
en el acto mismo de la creación. Cristo como Creador, es una realidad emocionante que se
encuentra también en 1 Corintios 8:6; Colosenses 1:16; Hebreos 1:3; y Apocalipsis 3:14.
Para enfatizar esta verdad, Juan la afirma positivamente (“Por medio de él todas las cosas
fueron creadas”) y negativamente (“sin él, nada de lo creado llegó a existir”). Cada simple
aspecto del orden vino a existencia “a través” (dia) de él. Esto es aún más maravilloso para
nosotros, pues sabemos que hay más galaxias allá afuera que estrellas en nuestra galaxia, y
hay células más complejas en nuestro cuerpo de lo que jamás se hubiera imaginado antes.
Aun con todo nuestro conocimiento, sabemos que el universo creado está más allá de la
comprensión científica, ¡y el Verbo lo creó todo! Cristo es tanto Creador como Sustentador
de todo lo que existe.
Cuando Juan dice “en el principio” en 1:1, no significa que el Verbo fue llamado a
existencia junto con la creación como nacimientos paralelos. El Verbo preexistió a la
creación y fue la fuerza que llamó la creación a existencia. Juan usa lenguaje expansivo,
“todas las cosas” y “nada”, para enfatizar la totalidad de la creación. El verbo egeneto
significa “venir a existencia” y aquí enfatiza el acto de creación (“fueron hechos”). La frase
técnica que ahora utilizamos para describir esto es creatio ex nihilo, “creado a partir de
nada”, lo que significa que no había ningún material para que Dios creara el mundo. Todo
lo mencionado en los seis días de la creación de Génesis 1 fue el resultado de la obra creativa
del Verbo.
No está claro si la frase con la que termina el versículo 3 en la mayoría de las versiones
(“fue hecho”) realmente concluye el versículo 3 (como en NVI, RV 1960, Reina Valera
Estandarizada, RVR 1995) o debería comenzar el versículo 4 (con BLP, BLPH), y, por
consiguiente, leerse, “Lo que fue creado en él era la vida.” Mi opinión es que el paralelismo
de las líneas y el desarrollo de pensamiento se ajusta a este último mejor que un redundante
“nada de lo creado llegó a existir”. No coincido con la segunda opción de “lo que ha sido
hecho” hace referencia a la encarnación. Yo creo que se refiere a la nueva creación, lo cual
encaja muy bien en el contexto.
El Verbo en la anterior y la nueva creación (1:4–5)
La vida y la luz están en el corazón de la creación de Génesis 1, y conforman también el
núcleo de la nueva creación. Por lo tanto, en estos versículos hay un doble significado yendo
de la vida y la luz física a la vida y la luz espiritual en Cristo. El Verbo ha cerrado la brecha
entre ambos. La vida está revestida en el Verbo, y en el regalo de Dios a la humanidad
pecadora, la vida y la luz de Dios se han hecho carne. La vida espiritual ahora está disponible
para todos, y esa vida se ha convertido en “la luz de toda la humanidad”, lo que significa
que ilumina a todo ser humano con la luz de Dios. Toda la creación culmina en la nueva vida
que se encuentra en Cristo.
Las dos palabras clave “vida” y “luz” impregnan todos los escritos de Juan. “La vida”
aparece treinta y seis veces en Juan y diecisiete en Apocalipsis, casi la mitad del número
total en el Nuevo Testamento. La vida terrenal de la vieja creación se ha transformado en
la vida celestial y eterna de la nueva creación.
Las imágenes de “luz” son otro concepto importante, que aparece veintitrés veces en
Juan. La temática luz-oscuridad es un argumento recurrente en el evangelio. Aquí es parte
de lo que se conoce como “la voluntad salvífica universal” de Dios, presentada en los
versículos 4, 7, 9 y aquí. Colocando los tres juntos, Dios derrama su luz salvadora sobre toda
la humanidad (v. 4) de modo que puedan experimentar la luz y creer (v. 7), eso significa que
cada persona es condenada por la luz de Dios (v. 9) La doctrina está mejor explicada en 2
Pedro 3:9, donde Pedro dice que Dios, de hecho, no quiere “que ninguno perezca, sino que
todos procedan al arrepentimiento” Esto parece ser la revelación de Dios en Jesús, como
todos nosotros somos confrontados con nuestra total pecaminosidad a través de la luz de
Jesús y su muerte expiatoria para el perdón de nuestros pecados. Aquí encontramos el
mismo núcleo del mensaje del evangelio de Juan.
Juan introduce el dualismo oscuridad-luz en el versículo 5. La luz de Dios “brilla en la
oscuridad” a través del Verbo, basándose en Génesis 1:2–3: “La tierra era un caos total, las
tinieblas cubrían el abismo… Y dijo Dios: ¡Que exista la luz!” La oscuridad aquí es mayor y
más siniestra, ya que es la oscuridad del pecado (como en Jn 3:19; 8:12; 12:35), pero como
en Génesis, se ha sentido la luz salvífica de Dios. A lo largo de Juan la guerra entre la luz y la
oscuridad se propaga.
Sin embargo, Juan expresa la verdad eterna con claridad: “y las tinieblas no han podido
extinguirla”. Hay un debate aquí, para el verbo katelaben puede significar ya sea “entender,
comprender” (como en LBLA o NBLA) o “vencer, extinguir” (como en NTV, DHH, NVI). El
anterior se adaptaría a la influencia de 1:10, en el cual, el mundo no “reconocer” o “conoce”
la luz verdadera. También hay quienes creen que hay un doble significado aquí, como el
mundo no entiende la luz, por lo tanto, se opone a ella.
Si bien esto es probablemente cierto, el objetivo principal en este contexto de conflicto
radica en la incapacidad de la oscuridad de hacer que la luz de la convicción no brille en las
vidas de aquellos con quienes el Espíritu se encuentra (como en 12:35, “Caminen mientras
tengan la luz, antes de que los envuelvan las tinieblas”). A lo largo de este evangelio la luz
de Cristo se enfrenta a la oscuridad del pecado y obliga al pecador a tomar la decisión de
aceptar o rechazar la luz, y nada puede hacer que esa luz deje de brillar.
Juan el bautista viene como testigo (1:6–8)
Juan explicó la realidad celestial detrás de esta nueva creación extraordinaria en los
versículos 1–5. Ahora el prólogo vuelve al testigo terrenal de esta luz de Dios, el Verbo. El
cual, no fue un fenómeno puramente sobrenatural, sino que apareció en el escenario de
este mundo. Fue anunciado por Juan el Bautista, el cual es presentado en el versículo 6:
“Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”.
“Hubo” podría traducirse mejor como “vino”, usando el verbo (egeneto) que en el
versículo 3 describe la creación (“fue hecho”). Este llevaría un poco de esa fuerza y describe
a Juan como creado para este justo propósito. Él era parte de la nueva creación. De la misma
manera que Dios era la fuente de la luz, él era la fuente del testimonio. El Bautista fue
“enviado por Dios” como su embajador oficial para preparar la llegada del Verbo, quien
ahora sabemos es Jesús el Cristo. Él es el primero de los “enviados”, una descripción semi-
técnica de un shaliach o (enviado) embajador para representar a Dios y su enviado
definitivo, Jesús.
El ministerio de este Juan se describe en el versículo 7 como ser su “Testigo”, el cual es
un tema recurrente que habla del testimonio oficial de la realidad de Cristo (5:31–40; 8:14–
18). Como testigo él fue enviado por Dios para testificar “acerca de esa luz”, es decir, Jesús
como el Verbo. Hay un enfoque judicial en este concepto: se presenta a Jesús en la sala del
tribunal de este mundo, y el testigo de esta realidad es nada menos que Juan el Bautista.
El propósito de este testimonio domina el evangelio: “a fin de que por medio de él todos
creyeran “. El veredicto es claro, y se demostró que Jesús es, en verdad, el Verbo, la luz de
Dios. Esto prolonga el mensaje de los versículos 4–5, es decir, el deseo de Dios de que “toda
la humanidad” respondiera a la luz tomando una decisión de fe por Cristo. Esto no enseña
el universalismo, porque no todas las personas serán salvadas, pero cada persona va a
encontrarse con la luz (v. 5) y ser condenado por ella (véase 16:7–8). El tema misionero del
evangelio de Juan comienza aquí, preparar al lector para 1:35–39, donde dos de los que
escuchan el testimonio del Bautista creen y siguen a Jesús.
Juan quiere asegurarse de que no exista ningún malentendido y así lo dice en el versículo
8, “Juan no era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz”. La totalidad del enfoque
del prólogo es introducir el mundo al Verbo, Jesús, a quien veremos como ‘la luz verdadera’
en el versículo 9. Algunos han considerado que esto refleja una época posterior cuando
existió un culto bautista que colocaba Juan por encima de Jesús (tal vez este también está
detrás de Hechos 19:1–7). Sin embargo, eso no es más que una posibilidad.
Este versículo se centra en el propósito de Juan y coloca su ministerio en una perspectiva
histórica adecuada como preparación para la venida de Jesús.
El Verbo se hizo carne (1:9–14)
La llegada de la luz verdadera (1:9)
No es el Bautista sino el Verbo que es “la luz verdadera”, es decir, quien puede
verdaderamente iluminar el camino a Dios. En Juan, “verdadera” significa el “genuina” o
“auténtica” revelación de Dios, y como tal, solo el verbo puede “alumbrar a todo ser
humano” Solo la verdadera luz es capaz de iluminar al pecador con la luz de Dios, lo que
significa que Él es la única fuente de salvación. Además, él ilumina a “todo ser humano”,
culminando el tema de los versículos 4 y 7 sobre el poder universal convincente de Dios.
Una vez más, esto no significa que todo el mundo será salvado. La luz que brilla en cada
persona significa todos son llevados al punto de decisión, pero entonces la luz de Dios
separa la humanidad en creyentes y no creyentes, dependiendo de su respuesta. Todo ser
humano experimenta la luz de Dios en su vida, pero muchos, probablemente la mayoría,
rechazan la luz. Ellos no pueden extinguirla (v. 5), pero aquellos que “amaron la oscuridad
en lugar de la luz” “aborrecerán la luz” (3:19–20).
Esta verdadera luz se encarnó y “vino al mundo”. No era una deidad olímpica que
habitara en una montaña muy alejada de sus súbditos y se preocupara muy poco por ellos.
No, él se convirtió en uno de nosotros, y fue crucificado por nosotros para que pudiera
llevarnos a Dios. A medida que el mundo se rebelaba contra Dios, era también el centro del
amor salvador de Dios (3:16) y el receptor del sacrificio del Dios-hombre con el objetivo de
salvar a ese mismo mundo (3:17; 6:51; 12:47). Se hizo carne para quitar el pecado del
mundo (1:29), dar vida al mundo (6:33), y ser el salvador del mundo (4:42).
El rechazo del mundo al Verbo (1:10–11)
Ahora se nos presenta la verdad sobre el mundo. El término kosmos (“mundo”) aparece
setenta y ocho veces en el evangelio de Juan, 105 veces en todos sus escritos (Jn, 1-3Jn, y
Ap). Esto es más de la mitad de todas las veces (186) en todo el Nuevo Testamento. El
mundo está dominado por el pecado y la rebelión, junto con Satanás “el gobernante de este
mundo” (12:31; 14:30; 16:20). La hostilidad tipifica la reacción del mundo, sin embargo, al
mismo tiempo, es el destinatario del amor salvador de Dios (3:16), y Jesús fue enviado para
salvarlo (1:29; 3:17; 4:42; 6:33) Estos dos versículos cubren las reacciones del mundo como
un todo (v. 10) y del pueblo judío en particular, (v. 11), insinuando que el pueblo judío es
ahora parte del mundo.
El Verbo entró en este mundo con la instrucción de experimentar el rechazo y morir con
la finalidad de salvarlo. Juan comienza el versículo 10 con la doble verdad de su encarnación
(“Él estaba en el mundo”) y el acto de creación (“el mundo fue hecho a través de él”). Se
podría esperar que el mundo de la humanidad amaría y adoraría al único que los creó junto
con su mundo (v. 3) y quien los amó lo suficiente como para convertirse en uno de ellos. En
vez de eso, se equivocaron al no reconocerlo. El verbo detrás de “reconocer” (ginosko) no
solo significa que se equivocaron al conocer quién era él, sino que ellos rechazaron quién
era él. “Conocerlo” requería arrepentimiento y conversión, un cambio completo de la
perspectiva de la vida. No estaban dispuestos a dar ese paso. Ellos exigieron que Cristo se
encontrara con ellos en sus propios términos, y fueron reacios a aceptar al Verbo revelado
y al Salvador que ofrecía redención.
Juan vuelve a una parte significativa de este mundo creado en el versículo 11, diciendo
que él también llegó a ta idia, “a lo que era suyo” o “los que pertenecían a él.” El Antiguo
Testamento habla de los judíos como “su preciada posesión” (Dt 7:6), así que esto muestra
cómo su propio pueblo, los judíos, reaccionaron al Verbo. Ellos renunciaron a su especial
relación, para volverse también contra Cristo y así, a través del evangelio de Juan se
convierten en parte del mundo. Sin embargo, tienen mucha menos excusa que el resto del
mundo, porque eran el pueblo del pacto y entendían la obra de la creación, pero también
rechazaron a su Creador. El propio Hijo de Dios, su esperado Mesías, llegó y ellos “no lo
recibieron”. Lo repudiaron. “No lo conocieron” y ‘no lo recibieron’ son términos paralelos,
indicando la realidad de su rechazo deliberado de la ‘verdadera luz’.
El Verbo aceptado (1:12–13)
Juan divide el mundo en dos grupos: los que rechazan y los que aceptan. En el versículo 12,
Dios da a los que aceptan y creen un nuevo estado y autoridad: “Mas a cuantos lo
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios”. Recibir y
creer son la antítesis de “no saber / recibir” y son sinónimos prácticamente con “creer” otro
término clave en Juan, que aparece noventa y ocho veces frente a un total de treinta y
cuatro en los evangelios sinópticos y cincuenta y cuatro en todos los escritos de Pablo.
Siempre es utilizado como un verbo que enfatiza el proceso dinámico de la decisión de fe.
Esta fe es “en su nombre”, es decir, la plena realidad y la persona detrás de “el Verbo”.
Creer es sumergir a uno mismo en todo lo que es Jesús como el Verbo de Dios.
Aquí vemos el resultado de la revelación del Verbo y la nueva creación que se efectúa.
Los primeros once versículos guían a este momento, y ahora comprendemos nuestra parte
en esta representación. “Dar el derecho de” quiere decir que el Verbo otorgó “autoridad”
(exousia) a los creyentes como “hijos de Dios.” Tienen el derecho a pertenecer a una nueva
familia, y su estado cambia de campesino a príncipe. El nuevo nacimiento los hace parte de
la realeza en el hogar celestial. En la nueva creación, los creyentes pertenecen a la realeza.
En el versículo 13, Juan muestra el alcance de esta nueva autoridad, controlada no por
el esfuerzo humano sino solo por Dios. Él usa la metáfora del nacimiento para presentar
esta verdad, preparándose para las imágenes del nuevo nacimiento de 3:3–8. Este nuevo
nacimiento es “no es de descendencia natural, ni de decisión humana o de la voluntad del
marido, sino nacido de Dios”. Esta realidad de la nueva creación, este renacimiento
espiritual, no puede surgir de la pasión humana o de la planificación familiar. Solo Dios
puede lograrlo. Se produce no por medios naturales sino por intervención sobrenatural.
Nosotros participamos a través de la fe en Cristo.
La encarnación del Verbo (1:14)
En mi opinión, esta es la única oración más grande jamás escrita en la historia del lenguaje
humano, la declaración teológica más profunda jamás escrita. Ningún ser humano finito
podría jamás entrar en el reino de Dios y unirse a su familia. Solo podría suceder si Dios
mismo entrara en el reino de la humanidad y proporcionara la redención. Aquí Juan explica
cómo fue posible esto: “El Verbo se hizo carne”, no solo el punto culminante de este
prólogo, sino también el de la historia. Dios se ha hecho carne en el Verbo y entró en este
mundo. El Creador se ha convertido en una criatura y “he hizo su morada entre nosotros.”
Por otra parte, por “hacerse carne” Jesús tomó sobre sí la naturaleza humana en su
totalidad, la plena realidad del ser humano. Entró en el reino de la oscuridad y se convirtió
en luz en la oscuridad. Es imposible para las mentes finitas comprender la encarnación.
Pensar en Dios verdadero revestido de naturaleza humana, plenamente Dios y plenamente
humano, es un misterio más allá de nosotros. Al igual que a la trinidad, no la comprendemos
totalmente, aunque completamente nos regocijamos al aceptarla.
La frase “hizo su morada entre nosotros” es eskēnōsen en griego, literalmente “hizo su
tabernáculo entre nosotros”. Esto representa la Shekinah del Antiguo Testamento, la gloria
de Dios morando entre su pueblo en el tabernáculo y el templo. Esta presencia de Dios con
su pueblo se ve en la columna de fuego por la noche y la nube de día en el éxodo (Éx 13:21)
y luego llenó el tabernáculo, haciéndolo el objeto más sagrado en el universo, la física
manifestación de la santa presencia de Dios (Éx 25:8–9; Ez 43:7; Zac 2:13; 8:3). En Jesús
como el Verbo, la Shekinah caminó sobre el planeta Tierra; era el lugar santísimo andante.
¡Le garantizo que Juan estaba llorando de alegría mientras escribía esto!
Si “nosotros hemos visto su gloria”, no es de sorprenderse que ya no haya necesidad de
un templo. Todo lo que el templo significaba estaba envuelto en Jesús. La gloria de Dios,
una vez sellada en el templo en la pena de muerte, estaba ahora plenamente disponible
para todos en Jesús. Esta gloria se define posteriormente como “la gloria del unigénito
Hijo”. En la RV esta traducido como “engendrado”, para el término griego es monogenēs.
Este término puede ser usado para un hijo único (Jue 11:34, LXX1 Lc 7:12; Heb 11:17), pero
esa no es la fuerza aquí. Los componentes de la palabra son monos y ginomai, y aquí
significan “el único de su tipo”, haciendo hincapié en la singularidad de “el único y
solamente Hijo,” el único Dios-hombre que comparte la gloria divina.
Por último, Verbo lleno de gloria “vino del Padre, lleno de gracia y de verdad” (haciendo
eco Éx 34:6). Prácticamente todos están de acuerdo con el contexto encontrado en Éxodo
33–34, donde Moisés pide ver la gloria de Dios (Éx 33:18) y Dios pasa frente a él,
presentándose a sí mismo como “el Dios de la compasión y la misericordia … [lleno de] amor
infalible y fidelidad” (NTV). “Gracia y verdad” reflejan los dos principales términos hebreos
utilizados por Dios en el Antiguo Testamento, chesed (“gentil bondad”) y emet (“fidelidad
del pacto genuino”). El Verbo encarna el misericordioso amor de Dios y su absoluta
fidelidad.
Vemos la grandeza y la gracia del Verbo (1:15–18)
Como la gloria única de Dios presentándose como tabernáculo en la tierra, el Verbo ahora
es visto en su grandeza. Comenzamos con el testimonio adicional de Juan el Bautista.
El testimonio adicional de Juan (1:15)
El testimonio de Juan emplea un juego de palabras donde lo temporal se convierte en una
declaración de estado, “El que viene después de mí [opisō, temporal] es antes que yo
[emprosthen, status], porque él es primero [prōtos, status] superior a mí” (mi traducción).
El Verbo nació después de Juan, pero le superó. Juan fue el precursor del Mesías, pero Jesús
era una figura inmensamente superior, porque él es el único cuya venida había sido
anticipada por generaciones. La notación de que “existía antes que yo” se refiere a la
preexistencia mencionada en 1:1. El Verbo tenía absoluta primacía y prioridad sobre Juan.
La gracia recibida del Verbo (1:16–17)
En el versículo 14 el Verbo fue visto como “lleno de gracia y de verdad”, y ahora Juan se
basa en esto, diciendo, “fuera de su plenitud”, mostrando que el pueblo de Dios (“todos
nosotros”) ha “recibido” los beneficios de su plenitud en los dones de salvación que vienen
de Dios. El Verbo nos ha llenado con sus divinas bendiciones, el mayor de los cuales es él
mismo. El regalo enlistado aquí es “gracia sobre de gracia” (charin anti charitos).
Esta es una frase difícil de entender, dependiente del significado de la preposición anti.
Hay tres opciones principales:
(1) acumulación, traduciendo “gracia sobre gracia” o “una bendición inmerecida tras
otra” (NTV); (2) correspondencia, es decir, “gracia para gracia” lo que implica que la gracia
mostrada al creyente corresponde a la gracia del Verbo; (3) sustitución, traducido “gracia
en lugar de gracia” (o como en el DHH, “un don en vez de otro”), que es, la gracia de Cristo,
reemplazando la gracia que había llegado a través de la ley. La primera ha sido más popular,
pero yo prefiero la tercera. Esta encaja con el significado más habitual de anti tan bien como
el enfoque del siguiente versículo, con las bendiciones del nuevo pacto remplazando las del
anterior.
En el versículo 17, Juan explica la “gracia en lugar de la gracia” más extensamente. La
frase “la ley fue dada por medio de Moisés”, explica la gracia del antiguo pacto, y “la gracia
y la verdad vinieron por medio de Jesús Cristo” presentan la gracia de la nueva alianza. La
fuente anterior de la gracia divina fue Moisés, quien dio la ley. La cual fue un don temporal,
teniendo la intención desde el inicio de ser reemplazado por el mayor don de Cristo (véase
Gá 3:21–4:7). Este don mayor y más permanente era la plena expresión del infalible amor
de Dios y su fidelidad como se encuentra en el versículo 14, el cual vino “a través de
Jesucristo.” El resto del evangelio de Juan va a explorar las implicaciones de este último don
de Cristo.
La revelación de Dios por el Hijo único y sin igual (1:18)
Este versículo es una imagen especular del versículo 1, enmarcando el prólogo con
declaraciones sobre la deidad de Cristo como la revelación de Dios. En 1:1, “el Verbo era
Dios”, y aquí tenemos “el Hijo unigénito, que es Dios”. Aquí el énfasis está también en la
relación íntima entre el Padre y el Hijo “[cara a cara] con Dios” en 1:1 y “en unión íntima
con el Padre” aquí. En ambos versículos, el Hijo es llamado “Dios” y es “el Verbo”, la Palabra
revelada y la voz tangible del Padre.
Juan comienza el versículo 18 con una referencia a Éxodo 33:18–23 (véase la mención
de Moisés en el versículo anterior). En ese pasaje, Moisés pidió ver la gloria de Dios y se
puso en una hendidura de la roca mientras Dios pasaba, cubriendo su cara no sea que
Moisés la vea y muera. “Nadie ha visto a Dios jamás” no significa que nadie haya tenido
nunca una verdadera visión de Dios (véase Éx 24:9–11; Is 6:1–13; Ez 1–3), sino que nadie ha
estado nunca cara a cara con Dios, ver al Señor como realmente es, y vivir a través de ello.
El punto es que ahora, por primera vez en la historia, la gente puede ver el mismo rostro de
Dios en Jesús, “el Hijo unigénito, que es Dios mismo” (véase 1:14). Aquí nos encontramos
en la misma esencia de la concepción de la Trinidad. Jesús es de una vez y el mismo tiempo
plenamente Dios y plenamente humano y el representante de Dios como el Dios-hombre.
En la parte final de este versículo, “en unión íntima con el Padre” es literalmente “en el
seno del Padre”, una metáfora de una relación sumamente íntima. El Padre y el Hijo son
uno en el ser y uno en la intimidad amorosa. Esta intimidad se expande e incluye también a
los discípulos de Jesús, porque el Verbo “lo ha dado a conocer”. En otras palabras, las
profundidades íntimas del Padre son reveladas por el Verbo, y así la intimidad se extiende
para incluir a todos los santos. Me encanta enseñar este versículo en el seminario, la palabra
griega para “dado a conocer” aquí es exēgēsato. El término técnico para el estudio bíblico
profundo es exégesis, por lo que puedo traducir este versículo, “el único y sin igual Hijo,
quien es mismo Dios y está en unión íntima con el Padre, lo ha exagetado”.
Podría meditar en este pasaje para horas y horas. Es imposible agotar sus riquezas. Cada
una de las secciones está llena de ideas y de un incomparable y profundo significado no
encontrado en ninguna otra (incluso otros pasajes de las Escrituras) lectura. En la parte
inicial vemos dos maravillosas verdades: el Verbo era Dios mismo, y el Verbo en realidad
creó este universo, Padre e Hijo actuando en acuerdo. Estas dos realidades son los objetivos
más altos de toda la Escritura, que nos dicen que no necesitamos preocuparnos
excesivamente sobre el estado de este mundo. El mal está condenado, porque el pecado
entró a este mundo y trajo la muerte junto con él (Ro 5:12–14) es una tragedia temporal
determinada a ser destruida cuando el Señor divino regrese en gloria: la misma gloria con
la que se presentó en este mundo.
El Verbo creó este mundo (v. 3), y él mismo ya ha presagiado el fin del mal al traer una
nueva creación e introducir luz y vida espiritual, la antítesis del mal. Con esta luz
sobrenatural, cada persona se encuentra, es convencida por el Espíritu y toma una decisión
de fe de aceptar o rechazar la oferta divina de la salvación. Nada puede impedir que eso
ocurra (v. 5). La inauguración de la nueva creación es la llegada de Juan el Bautista (vv. 6–
8), creado para ser el antecesor, el testigo que introduce a Jesús el Verbo al mundo e inicia
su ministerio mesiánico.
El Verbo no solamente trajo una nueva creación, sino que se convirtió en la “luz
verdadera” que atrajo a la gente a ella y los convenció de sus pecados (v. 9). Sin embargo,
la mayoría rechazó la luz, incluido “su propio” pueblo, los judíos, que se negaron a recibirlo.
De esta forma los judíos dejaron de ser el pueblo del pacto y se convirtieron en parte del
mundo (vv. 10–11). Sin embargo, aquellos que en el mundo y en Israel, creen, les es dada
una nueva autoridad de ser la nueva realeza de la comunidad de la nueva creación, de ser
parte de la familia de Dios (vv. 12–13).
Lo más significativo de todo, este Verbo divino tomó forma humana (v. 14) y se hizo
carne, y en esto ejecutó la Shekinah, la gloria de Dios morando entre su pueblo, caminó en
Galilea y Judea como el Dios-hombre, Jesús el Verbo de Dios. En él la amorosa gracia y la
verdadera fidelidad del Dios del pacto se hizo humano y trajo la salvación de Dios a este
mundo. A medida que meditamos en esta magnífica realidad, los problemas de este mundo
se ponen en perspectiva y nos damos cuenta de que mientras confiemos totalmente en él,
somos realmente parte de esta nueva creación y somos exaltados por encima del mal que
nos rodea y podemos caminar en victoria y triunfo.
De hecho, este es el objetivo de la sección final (vv. 15–18). La plenitud de Dios ha venido
en Jesús el Verbo, y nosotros somos parte de ella. La amable bondad de Dios y su verdadera
fidelidad no son solo conceptos teológicos sino experiencias de vida, transforman nuestras
presiones diarias y nos muestran una y otra vez que Dios está realmente en control, y que
realmente podemos levantarnos por encima de estas presiones terrenales y confiar en Dios
de una nueva manera. Cristo el Verbo “le ha dado a conocer” no solo teóricamente, sino
por experiencia, dándonos una nueva perspectiva sobre la vida.
TESTIMONIO DE JUAN ACERCA DE JESÚS
(1:19–34)
La razón de la existencia de Juan el Bautista era a ser un “testigo” así como el precursor
mesiánico (Jn 1:7), la “voz que clama en el desierto” de Isaías 40:3 (Juan 1:23). Este pasaje
se refiere al comienzo oficial del ministerio de Jesús, el cual empieza con Juan el Bautista
bautizando en el Jordán (aproximadamente 26/27 d.C.). La historia de Jesús, su ministerio
mesiánico, comienza aquí. Hay dos conjuntos interrogatorios, el primero centrado en quién
es él (vv. 19–23) y el segundo en lo que ha venido a hacer (vv. 24–28).
El ministerio de Juan aquí consiste en cuatro testimonios acerca de sí mismo y Jesús: (1)
en 1:15–17 que dice que Jesús es el “mayor” quien lo supera y que trae gracia y de verdad;
(2) en 1:19–23 testifica que él no es el Mesías sino la “voz” que despeja el camino para que
venga el Mesías; (3) en 1:32 él testifica que el Espíritu ha descendido sobre Jesús y lo ungió
como Mesías; (4) en 1:34 proclama que Jesús es el elegido de Dios.
La narrativa que comienza aquí lleva al lector a través de la primera semana del
ministerio público de Jesús. Juan utiliza el lenguaje de “el día siguiente” para hablar de los
acontecimientos en 1:19–2:1, dando un periodo de seis días que podríamos llamar la
semana de apertura de la temporada de la nueva creación. En el primer día, Juan fue
interrogado (1:19–28), y en “el próximo día” (1:29) Juan dio testimonio de Jesús como el
Cordero de Dios. Luego, al “día siguiente” (día tres, 1:35), varios de los discípulos del
Bautista siguieron a Jesús. En el “día siguiente” (día cuatro, 1:43), Felipe y Natanael se
convirtieron en discípulos (1:43–51). Finalmente, en “el tercer día” después de estos
eventos (2:1) tuvo lugar la fiesta de bodas de Caná. Tomó dos días para viajar a Caná de
Galilea para la boda, por lo que en el séptimo día comenzó la boda. Los siete días serían:
1─versículos 19–28; 2─versículos 29–34; 3─versículos 35–42; 4─versículos 43–51; 5–6─viaje
a Galilea; 7─comienza la boda.
La identidad de Juan es revelada (1:19–23)
Bautista fue muy popular desde el principio y fue considerado como el primer profeta en
aparecer en siglos, atrayendo a multitudes de toda Judea (Mt 3:5). Debido a esta
popularidad, se envió una comisión oficial de Jerusalén, compuesta por “sacerdotes y
levitas”, que estaban en el extremo inferior de la jerarquía religiosa. Los sacerdotes
realizaban regularmente los rituales del templo, y los levitas eran los asistentes en el templo
y actuaban como la policía del templo. Ellos habían sido enviados por el Sanedrín y los
principales sacerdotes para cuestionar al Bautista. Los funcionarios de Jerusalén estaban
preocupados de que, con todos los rumores acerca de él como profeta, él pudiera haber
sido otro de los muchos pretendientes mesiánicos que habían aparecido recientemente.
Sus preguntas (1:19–22)
El interrogatorio comienza con el rechazo de Juan de su principal cuestionamiento (“quien
era él”). Las metáforas muestran esto prácticamente como una escena de juzgado,
pidiéndole a Juan que se identifique delante del juez (el Sanedrín representando a los
interlocutores). El lenguaje en el versículo 20, literalmente “Confesó y no negó” (NVI: “No
se negó a declararlo, sino que confesó con franqueza”) es redundante y da su respuesta
oficial a la petición. Su declaración al final del versículo 20 muestra la pregunta detrás del
cuestionamiento de la delegación: “No soy el Mesías”.
El resto de sus preguntas también se centrarán en las esperanzas mesiánicas de la
nación. El pueblo judío anhelaba un Mesías, pero había mucha confusión en cuanto a lo que
significaba exactamente. Los esenios en el Qumrán (los escritores de los Rollos del Mar
Muerto) esperaban dos mesías, uno de la realeza y otro sacerdotal, junto con un profeta.
Aun así, la mayoría de los judíos esperaban un solo “Ungido” (el significado del griego
christos, traducido “Mesías” en la NVI). Él ya había confesado a Jesús en 1:15 como el
“mayor”, y ahora lo hace perfectamente claro que él no era el Mesías esperado. Así que la
comisión avanza en la lista de figuras mesiánicas esperadas en el versículo 21 al preguntarle,
“¿Acaso eres Elías?” Elías es visto como una figura mesiánica en Malaquías 4:5, el cual
establece que Elías habría llegado “antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible”.
Debido a que el Bautista vistió y actuó como Elías, este era un cuestionamiento lógico. La
siguiente pregunta, “¿Eres el profeta?” Surge de “el profeta como Moisés” de
Deuteronomio 18:15, 18, considerado el Mesías de la Torá en Qumrán y por los
samaritanos.
Pero Juan dice que no a ambas preguntas. Curiosamente, Jesús en Mateo 11:14 y 17:12
le llama Elías. Es probable que Jesús viera más importancia en su ministerio de lo Juan hizo.
El viejo adagio es cierto: “Nadie es perfecto”.
Finalmente se quedan sin preguntas y finalmente repiten el “¿Quién eres?” del versículo
19, explicando que, como una comisión oficial debían dar una respuesta a los funcionarios
que les habían enviado. Por último, permiten que Juan hable por sí mismo.
Testimonio de Juan sobre sí mismo (1:23)
Juan responde oblicuamente, citando a Isaías 40:3, en lugar de dar una respuesta directa.
Sin embargo, muestra la conciencia de Juan de que él trasciende un papel rabínico, y que
también él, junto con Jesús, están en el proceso de cumplir las profecías y expectativas
mesiánicas del Antiguo Testamento. Este cumplimiento del clamor de Isaías se encuentra
en los cuatro evangelios (Mt 3:3; Mr 3:3; Lc 3:4), y se habla de la eliminación de todos los
obstáculos (el allanamiento de los caminos, la eliminación de las montañas) por la
intervención de Dios para el regreso de Israel del exilio. Al testimonio de Isaías se añade el
testimonio del Bautista al significado de este que va a seguir y superar todos los anteriores
ministerios profético.
Aun así, los esenios de Qumrán utilizaron este versículo en un sentido escatológico para
el estudio de la Torá como preparación para la venida del reino (1QS 8:13–16), y esto se
convirtió en el versículo central de la iglesia primitiva llamándose a sí mismo “el Camino”
(Hch 9:2; 19:9, 23; 22:4). Al igual que en el Qumrán y la iglesia primitiva, Juan se vio a sí
mismo cumpliendo la promesa de Isaías de ser una “voz en el desierto” que “despejaría el
camino [NVI: ‘enderezar el camino’] para el Señor” En Isaías “el Señor” era Yahweh, pero
para Juan y la iglesia primitiva este era Jesús, el Hijo de Dios. El Bautista creía que el suyo
era el ministerio activo de eliminar todos los obstáculos para la llegada del Mesías y el reino
que trajera consigo. El principal obstáculo era el fracaso del pueblo de Dios de permanecer
fieles a él y a sus ordenanzas, así como en Marcos 1:4, la voz vino “predicando un bautismo
de arrepentimiento para perdón de pecados”.
Revelación de la misión de Juan (1:24–28)
El cuestionamiento sobre su bautismo (1:24–25)
Cuando se les informó, varios de los funcionarios de los fariseos no estaban satisfechos con
la respuesta de Juan. Los fariseos eran un grupo de líderes religiosos laicos devotos
(llamados los jasidim en el período macabeo, 170–100 a.C.) quienes contemporizaron la
Torá desarrollando una tradición oral para hacerla accesible a la gente común con la
finalidad de comprender y cumplir las normas para permanecer fieles a Dios. Como
resultado, fueron muy conscientes acerca de permanecer fiel a las leyes judías y tenían
problemas con práctica de Juan del bautismo.
Si él no era el Mesías o Elías o el profeta, entonces, ¿qué derecho tenía él para bautizar
(vv. 24–25)? Esta preocupación era válida ya que su práctica difería significativamente de la
del resto del judaísmo. Ellos tenían lavados regulares como rituales de pureza (Mr 7:1–4), y
el grupo de Qumrán iba al estanque cada mañana para representar limpieza delante de
Dios. El de Juan, sin embargo, era un rito de iniciación de una sola vez, suministrado por
Juan mismo en lugar de auto-suministrado. ¿De dónde obtuvo la autoridad si él no era el
Mesías o un profeta?
Si en este momento los judíos estuvieran bautizando gentiles conversos (no hay
evidencia absoluta de su existencia antes del 70 d.C.), este podría ser incluso más
significativo, Juan podría estar diciendo que el pueblo judío se había convertido
prácticamente en gentiles necesitando arrepentirse de sus pecados. Yo estoy
personalmente abierto a esta posibilidad, ya que habían solo cuarenta años antes de la
evidencia escrita.
La respuesta de Juan (1:26–28)
Juan podría haber respondido al contrastar el bautismo en agua con el bautismo en Espíritu
(véase Mt 3:11; Mr 1:7–8; Lc 3:16), pero en lugar de eso se compara a sí mismo con el mayor
(Jn 1:15), alguien a quien ellos “no conocen” o reconocen. Hay un doble significado aquí: En
cierto nivel habían visto a Jesús y no se dieron cuenta quien era él, pero en un nivel más
profundo esta es una alusión de vuelta a 1:10–11, donde “no conocerlo” quiere decir uno
que han rechazado y que no quieren conocer. Ellos creen que están tomando la autopista
como religiosos expertos, pero Juan está, en efecto, diciéndoles que son parte del mundo y
necesitan, por lo tanto, el bautismo del arrepentimiento.
Una vez más (después de 1:15) afirma que Jesús es “uno que viene después de mí”. Esto
señala a Juan como mayor que Jesús (ver las cuentas de su nacimiento en Lucas 1), pero
incluso más que el que comenzó su ministerio primero como el que se preparaba para Jesús.
Aquí Juan está presentando lo trascendente; él es tan superior que es el único “al cual yo
no soy digno ni siquiera de desatarle la correa de las sandalias”. Dado que los rabinos no
recibían paga por sus servicios, era común que sus discípulos realizaran pequeños servicios
para ellos. Había un dicho rabínico que decía que un discípulo haría por su rabino todo lo
que un esclavo haría excepto “desatar las correas de su sandalia” (b. Ketubbot 96a), la cual
era una tarea demasiado degradante. El punto de Juan es que ni siquiera es digno ser
esclavo de Jesús.
El autor termina diciéndonos dónde sucedió esto, “en Betania, al otro lado del río
Jordán”. Esta no es la Betania de Juan 11, un suburbio de Jerusalén y el hogar de los amigos
cercanos de Jesús María, Marta y Lázaro. Aun así, una escena en Betania comienza y termina
la narrativa del ministerio de Jesús (Juan 12 comienza la narración de la pasión), así que
Juan puede enmarcar la historia del ministerio de Jesús con escenas en Betania.
El testimonio de Juan acerca de Jesús (1:29–34)
Testimonio inicial del Cordero de Dios (1:29–31)
En el versículo 29, Juan ve a Jesús “que se acercaba a él” y el lenguaje representa esto como
los primeros pasos en el ministerio público de Jesús. Su encarnación en 1:9, 14 (“venía a
este mundo”) pasa a su segunda fase con su “venida” al comienzo de su ministerio. El
testimonio de Juan es crucial para la teología de su evangelio: “¡Aquí tienen al Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo!
Hay tres opciones para entender la metáfora detrás de esta afirmación: (1) El Cordero
apocalíptico que triunfará sobre el mal y aplastar los pecados del mundo por la fuerza; (2)
el Siervo sufriente de Yahweh de Isaías 53 (la palabra aramea para “sirviente” también
puede significar “cordero”); (3) un cordero sacrificado, posiblemente basándose en las
imágenes del cordero de la pascua, el chivo expiatorio, o el cordero de los sacrificios diarios,
pero todo centrado en el elemento sacrificial.
Mientras que el siervo sufriente podría ser parte de esto (ver el paralelo en Is 53:7 y la
imagen en Jn 1:34 a continuación), el motivo principal es la metáfora del cordero. El
argumento principal para el Cordero apocalíptico está Mateo 11:2–19, en el cual Juan envía
desde la prisión a preguntar si Jesús es “el que había de venir”. Esto podría tomarse en el
sentido de que Juan el Bautista tenía serias dudas sobre el ministerio sacrificial mesiánico
de Jesús, lo que favorecería la opción apocalíptica. Sin embargo, estas son las dudas
posteriores del bautista y podrían ser el tipo de incertidumbre temporal que todos pasamos
de vez en cuando. En general, la visión sacrificial es perfectamente viable a la luz de la
predicación general del Bautista sobre el pecado y el arrepentimiento. No hay énfasis en
este evangelio sobre la conquista de los enemigos de Dios y la destrucción del pecado en
esa manera. La muerte sacrificial de Jesús “quitando” el pecado al proporcionar el perdón
es una imagen mucho más apta que la apocalíptica donde el pecado es aniquilado. Entonces
veo una combinación de los dos últimos puntos de vista: Jesús el Siervo Sufriente, es el
sacrificio expiatorio que quita los pecados.
Todo esto no significa que el Bautista haya entendido perfectamente todas las
implicaciones, sino que tenía una comprensión incipiente de los propósitos mayores de
Jesús. El Espíritu lo estaba usando para presentar el tema de la venida de Jesús. El cordero
era uno de los animales principales en el sistema de sacrificio, y en la declaración de Juan
de que Jesús “quita el pecado del mundo” existe una idea incipiente de expiación. Pero
¿Entendía que Jesús estaría cargando los pecados de la nación? ¿Reconoció a Jesús como el
siervo sufriente de Isaías 53? El judaísmo convencional en este momento no interpretó al
Siervo Sufriente como el Mesías sino más bien como un símbolo para la nación. Aun así, el
Espíritu podría haberle revelado esto a Juan; sabemos que la comunidad en Qumrán
entendió sí comprendió el concepto de siervo de esta manera. No podemos saber cuánto
comprendió, pero sigue siendo la forma más lógica interpretar que el testimonio de Juan
aquí es sacrificial.
Para explicar este notable testimonio acerca de Jesús, el Bautista en el versículo 30
recuerda a sus oyentes lo que había dicho en el versículo 15, que este Jesús “es superior a
mí, porque existía antes que yo”. La trascendental grandeza de Jesús significa que el
precursor debe dar paso a una mayor obra de Dios en él. Aunque nacido más tarde y
comenzando su ministerio posteriormente, Jesús era preexistente y elegido por Dios. Tan
grande como fue este primer profeta que apareció después de cuatrocientos años, su
ministerio debe definirse como el testimonio de la verdadera identidad de Jesús (Jn 1:7, 15,
19–20).
En el versículo 31, Juan relata el momento en que comprendió por primera vez la
verdadera identidad de Jesús. Hasta ese momento, él “no lo conocía”. Esto no significa que
nunca se habían conocido, porque eran parientes, probablemente primos (Lc 1:36), aunque
no sabemos cuánto tiempo pasaron juntos cuando estaban creciendo. Hasta el bautismo el
mismo Juan, como todos los judíos, anhelaba que viniera el Mesías, pero no tenía idea de
quién sería él. Juan entendió que su bautismo significaba arrepentimiento (Mr 1:4), pero
también sabía que el bautismo podría ser la unción para el ministerio, dado que él “vino
bautizando con agua [para que] él [Jesús] pudiera ser revelado [como el Mesías] de Israel”.
Pero hasta que Jesús llegó y el Espíritu se reveló, no tenía idea de que este era el momento
señalado
El profundo testimonio del Espíritu (1:32–34)
El momento en que Juan el Bautista comprende la naturaleza mesiánica de Jesús y su
condición de Cordero de Dios habría llegado cuando bautizó a Jesús. La historia no está
narrada, dado que Juan el evangelista quiere ponerlo en boca del Bautista y hacerlo parte
de su testimonio. Entonces, en 1:32–33 testifica: “Vi al Espíritu descender del cielo como
una paloma y permanecer sobre él”. Esto significa que Juan es el testigo oficial de la unción
de Jesús (el significado de christos, “Mesías / Cristo”), pero también fue una señal para el
mismo Bautista. En el Antiguo Testamento, los reyes son ungidos por un sumo sacerdote o
profeta, pero Jesús es ungido por el Espíritu Santo. Como Jesús en este evangelio es quien
revela a Dios, el Espíritu en este evangelio tiene una función reveladora, infundiendo poder
a Jesús y haciéndolo conocido por todos (14:26; 15:26). El Espíritu inaugura el ministerio de
Jesús aquí y Juan ahora lo reconoce como el Mesías elegido.
La forma física de una paloma descendente combina varios conceptos, especialmente
el Espíritu de Dios sobrevolando la creación en Génesis 1:2, así una nueva creación; y la
paloma volviendo al arca de Noé en Génesis 8:8–12, inaugurando así un nuevo orden
mundial.
De este modo tenemos una nueva era inaugurada en la venida del Hijo de Dios.
El Espíritu / paloma, que Juan vio “permanecer sobre él”, representa esta nueva realidad
del pacto como el reino eterno de Dios llegando con Jesús Esto hace eco de Isaías 11:2, “El
Espíritu del Señor reposará sobre él”, un tema principal encontrado también en Hechos
[Link] “cómo lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder”. La nueva ha iniciado, y el
poder de Dios ha venido sobre su pueblo en Jesús (1Pe 1:5).
En 1:33, Juan dice nuevamente que el Bautista “no lo conocía” hasta ese momento
cuando el Espíritu descendió y le reveló la verdad completa acerca de Jesús. Lo dice de una
manera muy interesante: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu desciende y permanece
es el que bautiza con el Espíritu Santo”. Esto significa que el testimonio del Espíritu
trasciende y profundiza el testimonio del Bautista. Hay dos puntos sobresalientes aquí: el
testimonio del Espíritu trasciende el de Juan, y el bautismo de Jesús con el Espíritu
trasciende el bautismo de Juan con agua.
El testimonio de Juan y su bautismo fueron en realidad ambos preparativos para
eventos mayores que llegarían con Jesús. Esto se hace evidente en 7:38–39, donde de los
creyentes en Jesús brotan “ríos de agua viva”, específicamente, el Espíritu Santo. A través
de él, el Espíritu fluye hacia toda la humanidad (véase 16:8–15), prueba de que la nueva
creación realmente ha llegado.
La conclusión del Bautista en 1:34 es, en cierto sentido, un cuarto “testimonio” oficial
(sobre 1:15, 19, 32) basado en 1:7–8, “Yo lo he visto y por eso testifico que este es el Hijo
de Dios”. Esto es una alusión a Isaías 42:1, “Este es mi siervo … mi escogido, en quien me
deleito”. Este pasaje también fue parte de la declaración de Dios hacia Jesús en Marcos
1:11. Continúa las imágenes de siervo y sacrificio de 1:29 y señala hacia a Cristo como el
Siervo Sufriente destinado (elegido) a morir como el sacrificio expiatorio por el pecado. La
verdad es Dios derramando su Espíritu en su Elegido, llamándolo a su ministerio de Siervo
Sufriente en la cruz.
Esta es la escena inicial del ministerio de Jesús y da comienzo a una serie de eventos
inaugurales, el testimonio cuádruple de Juan el Bautista acerca de Jesús como el Siervo
elegido aquí (1:19–34) seguido por el inicio de la conformación de la comunidad de
discípulos de Jesús en el próximo conjunto de versículos (1:35–51). El testimonio del
Bautista aquí comienza con sus respuestas a la comisión oficial de Jerusalén de que él no es
el Mesías sino simplemente la “voz” mencionada en Isaías despejando el camino para la
llegada del verdadero Mesías (1:19–23). El punto crítico es que las profecías mesiánicas del
Antiguo Testamento están en proceso de ser cumplidas con la llegada del Mesías.
Posteriormente, en 1:24–28, el Bautista relata lo que hace, llevando hacia el testimonio
adicional de que su ministerio no es digno de ser comparado al ministerio superior de Jesús.
Su objetivo completo en 1:19–28 es que ni él ni su ministerio deben ser especialmente
elogiados, porque él es el antecesor enviado para preparar para el verdadero Mesías y para
eliminar todas las barreras a su venida. Ha venido a testificar del que es mucho mayor a
quien Dios enviará pronto. Este es un pasaje invaluable para nosotros, porque es fácil estar
satisfecho con nuestra relación con Jesús, casi como si fuera nuestro hermano de
fraternidad o algo así.
Necesitamos la misma sensación de asombro que Juan sintió cuando contempló la
venida de este Ser celestial que trasciende cualquier cosa que este mundo puede ofrecer.
Juan estaba relacionado con Jesús, pero no se dio cuenta de quién era hasta que el
Espíritu se lo reveló en el bautismo de Jesús, como lo relata en 1:29–34. Entonces supo que
Jesús era incomparablemente mayor y que su bautismo a Jesús fue en realidad la unción
mesiánica que el pueblo judío había deseado durante siglos. En ese momento, el Espíritu
descendió sobre Jesús y el entendimiento iluminó a Juan. Este era el Elegido, el destinado
por Dios para ser el Siervo sufriente y el sacrificio expiatorio que conduciría al perdón de
pecados.
JESÚS COMIENZA A FORMAR SU GRUPO DE DISCÍPULOS
(1:35–51)
Esta escena esboza las primeras etapas del ministerio de Jesús mientras elegía a su grupo
de discípulos y conformaba su círculo. Esto se basa en 1:12, porque estos son los que “lo
recibieron” y son hechos ahora parte de su familia, convirtiéndose en “hijos de Dios”.
Muchos tienen la impresión errónea de Marcos 1:16–20 de que comenzó eligiéndolos
mientras pescaban en el mar de Galilea, pero ese evento probablemente tuvo lugar entre
seis y nueve meses dentro de su ministerio cuando estaba a punto de mudarse a
Capernaúm. En realidad, el día después de su bautismo por Juan, en el cuarto día de esa
semana inaugural (véase la introducción a 1:19–34), Jesús fue a pasar un tiempo con su
primo y encontró a sus primeros discípulos entre los seguidores de Juan.
Los primeros tres discípulos vienen a Jesús (1:35–42)
La continuación el testimonio de Juan (1:35–36)
“Al día siguiente” es el día después del testimonio original de Juan sobre Jesús como “el
Cordero de Dios” y “el Elegido”, el día tres de esta semana inaugural (véase 1:19, 29, 35, 43;
2:1). En esta ocasión, está acompañado por “dos de sus discípulos”, un fenómeno común
para los rabinos (Jesús y sus discípulos también fueron considerados un grupo rabínico). En
los cuatro evangelios, Juan el Bautista es el precursor mesiánico y es reemplazado por el
“mayor”. En Lucas, Jesús es el profeta mayor; en Marcos y Mateo, Jesús es el gran maestro
/ rabino, y aquí Jesús es el principal representante de Dios. Entonces es natural que el núcleo
de los discípulos de Juan sea atraído hacia Jesús.
Ahora, por segunda vez, Juan ve a Jesús y exclama a aquellos alrededor, “¡Aquí tienen
al Cordero de Dios!” Parece claro que Juan ha reflexionado más acerca de su testimonio en
1:15, 30, acerca de la grandeza de Jesús y está pasando su ministerio (y discípulos) al mayor
hombre de Dios para ser parte de su mucho mayor llamado. Él quería a sus discípulos
supieran el significado del Trascendente. Hay imágenes interesantes en el flujo narrativo de
la “venida” de Jesús Juan en 1:29 y “pasando” él por aquí. Como el hombre, así también el
ministerio: Jesús está ahora tomando el centro del escenario y será el foco a partir de este
momento en adelante. El Cordero de Dios es el núcleo de la historia de la salvación y el plan
de Dios para la salvación del mundo.
Interacción con los dos discípulos (1:37–39)
Juan no aparece de nuevo en este episodio (lo veremos nuevamente en 3:22–30). Su
participación está terminada por ahora, y Jesús se hace cargo de su ministerio y discípulos.
La interacción entre Jesús y los dos comienza un estilo narrativo que es bastante
característico de Juan, con doble significado y un formato enigmático. La interacción
terrenal en realidad contiene una interacción espiritual en la cual la oferta de salvación es
promulgada. Cada palabra aquí es parte de una escena terrenal, pero tiene una contraparte
espiritual / celestial. Cuando los dos discípulos escuchan el testimonio del Bautista,
comienzan a seguir a Jesús, están en proceso de convertirse en discípulos. Juan a menudo
usa “seguir” (el verbo principalmente representa una acción continua) para describir el
discipulado (1:43; 8:12; 12:26; 13:36–37; 21:19–22). Es su iniciación aquí. Esto refleja una
práctica rabínica, donde los discípulos elegían al rabino en lugar de lo contrario.
Sabemos que uno de ellos era el Andrés del versículo 40, pero el otro no está
identificado. Puede ser Felipe (v. 43) o quizás Juan, el “discípulo amado” y autor de este
evangelio. Ya que él nunca se nombra a sí mismo en este evangelio, esto tendría lógica y
encajaría con el estilo de testimonio presencial en esta escena. Nunca lo sabremos hasta
que lleguemos al cielo.
El doble significado continúa en el versículo 38. Jesús se da vuelta y pregunta: “¿Qué
buscan?” (Literalmente “¿Qué están buscando?”). De nuevo hay mucho más significado del
que aparece a simple vista. Esto se pregunta nuevamente en 18:4, 7 y 20:15, y siempre exige
una respuesta reflexiva con respecto a los deseos profundos que impulsan al individuo. En
un sentido real, él exige: “¿Qué es lo que realmente quieres en la vida?”. La razón de buscar
a Jesús está en el centro del propósito evangelista de Juan.
Su respuesta, “Rabí, ¿dónde te hospedas?” Parece evasiva a primera vista. No es una
gran respuesta. Sin embargo, tenga en cuenta que incluso aunque nunca antes habían visto
a Jesús, ya estaban dispuestos aceptarlo como su rabino sobre la base del testimonio de
Juan. Su pregunta también contiene mucho más de lo que aparece a simple vista. A nivel
terrenal, parecen decir solamente “¿Dónde te hospedas?”. Pero el término menō
(“quedarse”) es un concepto importante en Juan e implica un deseo de “habitar” o
“permanecer”; lo veremos más tarde en el Tema de “residencia mutua” en 15:4–10. A nivel
más profundo, están expresando un deseo de seguir a Jesús y “permanecer” con él.
La respuesta de Jesús en 1:39a, “Vengan a ver”, es entonces, una invitación a la
salvación. Felipe usa estas palabras exactas en 1:46 para invitar a Natanael a ser seguidor
de Jesús. Ambos términos son usados en Juan para representar una decisión de fe: “ven”
en 3:21; 5:40; 6:35; 7:37; y “ver” en 6:40; 9:39; 16:16; 17:24. La implicación clara es que
estos dos discípulos de Juan habían estado buscando lo que Jesús ahora les estaba
ofreciendo.
Detrás de este tiempo a los pies de Jesús escuchando el mensaje de salvación, implícito
en 1:39b, “Ellos fueron, pues, y vieron dónde se hospedaba, y aquel mismo día se quedaron
con él”. No solo se mudaron de un lugar de residencia a otro; encontraron una nueva casa
con Dios en Cristo. Escucharon al verdadero rabino o maestro, el Verbo de Dios, y él “hizo
su morada entre” ellos (1:14 reestablecido como salvación). Una de las técnicas narrativas
de Juan es no describir directamente la conversión de los individuos sino presentarla en el
lenguaje figurado de la historia (como con Nicodemo o la mujer samaritana). Este es el caso
aquí también. Vemos la decisión de fe representada en el drama detrás de escena. Se vuelve
claro en el testimonio de Andrés a Simón en el versículo 41: “Hemos encontrado al Mesías”.
Esta escena es lo suficientemente importante para que Juan nos diga cuánto tiempo
pasaron juntos: “aquel mismo día se quedaron con él … eran [hasta] como las cuatro de la
tarde”. Literalmente, esto se traduce “la décima hora”, pero esto sería más probable de
acuerdo con el cálculo judío (comenzando en el amanecer, es decir, alrededor de las 4:00
de la tarde) en lugar del romano (comenzando a medianoche, es decir, a las diez de la
mañana). Este sería el día más importante de sus vidas.
La consecuencia: Andrés lleva a Pedro ante Jesús (1:40–42a)
Esto es “evangelismo explosivo” en su máxima expresión: cada uno trayendo a otro. Uno
de los dos discípulos que vinieron a Jesús ahora es llamado: Andrés hermano de Simón,
quien también se convierte en uno de los Doce (Mr 3:18). No podía esperar para compartir
su nueva fe e inmediatamente va a su hermano Simón, quien sin duda también era discípulo
del Bautista Lo primero que dice es: “Hemos encontrado al Mesías”. Luego Juan explica,
probablemente para los lectores gentiles quienes no conocía el término, que esto significa
en griego christos, “el ungido”.
Para el pueblo judío se esperaba un Mesías de las profecías del Antiguo Testamento; él
era el esperado liberador que había de ser ungido por Dios para reivindicar a su pueblo y
eliminar a sus enemigos. Los matices redentores y la idea de un Mesías “Siervo Sufriente”
de Isaías 53 eran desconocidos en el judaísmo, como se menciona en el análisis sobre 1:29
arriba. Mientras que el Bautista pudo haber vislumbrado algo de esto, es poco probable que
sus discípulos lo hubieran hecho. Aun así, la confesión de Andrés aquí muestra un
sorprendente nivel de comprensión para un simple pescador judío. Muestra lo
profundamente espiritual y bien informado que era. Habría sido perfecto como un miembro
fundamental de los Doce. Luego fue a su hermano Simón Pedro y “lo llevó a Jesús” (v. 42).
Como con los dos en el versículo 39, la conversión de Pedro no está narrada sino implícita.
La profecía y el testimonio de Jesús acerca de Pedro (1:42b)
Otra escena increíble tiene lugar cuando Jesús se encuentra por primera vez con uno de los
grandes futuros líderes de la iglesia. El verbo detrás de “mirándolo” (emblepō) significa
“mirar atentamente” o “directamente” y podemos imaginar a Jesús mirando
profundamente a Pedro y discerniendo quien es realmente No se le llamaba “Pedro” sino
“Simón bar-Jonás” o “Simón, hijo de Juan”. En el judaísmo, el nombre del Padre se convertía
en una especie de apellido para una persona. Sin embargo, Jesús es omnisciente (Otro tema
de Juan que veremos nuevamente en 1:47 y 4:16–19) y le da a Simón un segundo nombre
que tipificará su verdadero lugar en la iglesia: Cefas (de la forma aramea) o Pedro (el
equivalente griego), la “roca”.
Cuando los Padre s nombraban a un niño, elegían un nombre que pudiera representar
lo que ellos anhelaban para su hijo. Jesús con base en su conocimiento previo le dio a Simón
su verdadero nombre que presagió su destino como la roca de la iglesia. Esto señala hacia
atrás al episodio en Génesis cuando Dios le dio a Jacob el nuevo nombre de Israel (Gn 32:28).
Es la segunda ocasión de una intervención divina para renombrar a una persona que
cambiaría el destino del pueblo de Dios. En realidad, esto habló no solo del futuro de Simón
como Pedro sino también de la autoridad mesiánica que Jesús poseía al darle ese nuevo
nombre. Esto fue verdaderamente profético, porque durante todo el ministerio de Jesús
Pedro no era una roca, sino arena movediza, siempre decía o hacía lo incorrecto. Sin
embargo, Dios estaba trabajando, y después del Pentecostés cuando vino el Espíritu, en
verdad se convirtió en “la roca de la iglesia” (también profetizado en Mateo 16:18).
Felipe y Natanael vienen a Jesús (1:43–51)
Aquí Jesús toma la iniciativa (en 1:37 los dos discípulos vienen a él) y se encuentra con
Felipe, quien luego, tal como Andrés, trae a alguien más a Jesús. Esto es inusual porque en
el mundo judío, los discípulos elegían a qué rabino querían seguir (al igual como los
estudiantes hoy deciden a qué seminario asistir). Jesús es el Dios-hombre y así como su
Padre elige a quien desea. También decide irse rumbo a Galilea, tal vez para la boda en Caná
del capítulo 2 y tal vez para comenzar su ministerio allí.
Juan difiere mucho aquí de los evangelios sinópticos. Ellos dividen el tiempo de Jesús
estrictamente entre Judea y Galilea. Jesús está en Galilea durante todo el tiempo de su
ministerio y no viene a Judea sino hasta semana de la pasión, la semana de su muerte. En
Juan, Jesús imita a sus Padre s, que, según Lucas 2:41, fueron todos los años a la Pascua. En
estos primeros capítulos Jesús es un viajero frecuente, viaja de ida y vuelta a menudo: en
Judea (1:29–42), luego Galilea para la boda (2:1), luego de regreso a Jerusalén para la Pascua
(2:13), luego de regreso a Galilea camino de Samaria (cap. 4). Los sinópticos son más
temáticos en su disposición, pero Juan capta bien el flujo histórico.
Jesús toma la iniciativa (1:43–44)
Antes de partir hacia Galilea, Jesús se toma el tiempo de elegir otra persona para su grupo
de discípulos: Felipe (Mr 3:18), que probablemente también fuera discípulo del Bautista.
Ahora Jesús dice “Sígueme” en el tiempo presente, lo que implica un llamado al discipulado
continuo, y como con Andrés, la clave es que Felipe es convertido. Conocemos poco sobre
Felipe. Sabemos que se convirtió en uno de los Doce (Mr 3:18), pero Juan es el único
evangelio que describe sus actividades por completo (6:5–7; 12:21–22; 14:7–9).
Probablemente no sea la misma persona que el Felipe en Hechos 6:5; 8:4–7, 26–40. Según
la tradición posterior, fue martirizado en Hierápolis cerca de Laodicea, en la provincia
romana de Asia.
En 1:44 se nos dice que él era de Betsaida, la ciudad natal de Pedro y Andrés, un pueblo
de pescadores al noreste de Capernaúm al otro lado del río Jordán en la costa norte del Mar
de Galilea. Marcos 1:29 nos dice que Pedro se mudó a Capernaúm durante el ministerio de
Jesús, así que esta era la ciudad donde todos crecieron. Probablemente los tres se
convirtieron en seguidores de Juan el Bautista juntos.
La invitación a Natanael (1:45–46)
Siguiendo el patrón evangelístico establecido por Andrés, Felipe trae a su amigo Natanael a
Jesús. A Natanael nunca se le llama como uno de los discípulos, pero muchos creen que él
es el Bartolomé de Marcos 3:18, ya que (1) Bartolomé está a la par con Felipe en las listas;
(2) Bartolomé en realidad significa “hijo de Tolomé”, por lo que hay espacio para un primer
nombre (como “Simón hijo de Juan” en 1:42 arriba); (3) en 1:50 Jesús dice él “verá cosas
más grandes”, probablemente el milagro en Caná, lo que significa que se convirtió en
discípulo inmediatamente. Entonces Natanael, junto con Simón, Andrés y Felipe se
convirtieron en los primeros de los Doce en seguir a Jesús.
La invitación de Felipe también fue similar a la de Andrés en [Link] “Hemos encontrado
a Jesús de Nazaret, el hijo de José, aquel de quien escribió Moisés en la ley, y de quien
escribieron los profetas”. Esto sigue la tendencia en el Nuevo Testamento de usar el
cumplimiento de las Escrituras para probar la verdad de Jesús como Mesías, una práctica
que todavía se usa en la apologética hoy. La cuestión es que la Ley y los Profetas (una forma
de hablar sobre todo Antiguo Testamento) señalan a Jesús como el Mesías. El énfasis en la
Ley probablemente tiene en mente Deuteronomio 18:15, con Jesús como “un profeta como
Moisés”.
Felipe identifica formalmente a Jesús: “Jesús de Nazaret, el hijo de José”, mencionando
tanto a su ciudad natal como a su Padre. Este era un procedimiento normal, especialmente
porque el nombre de Jesús era bastante común, por lo que necesitaría ser distinguido de
otros hombres con el mismo nombre. La reacción de Natanael en el versículo 46 es cortante:
“¡De Nazaret! ¿Acaso de allí puede salir algo bueno?” Hay dos posibles razones para esto:
(1) Este es un dicho local de Caná, la ciudad natal de Natanael, reflejando rivalidad entre las
dos ciudades. (2) Dado que el Mesías vendría de Belén (Mi 5:2), Nazaret fue demasiado
insignificante para ser el hogar del Mesías. No tenía más de dos mil habitantes y no se
menciona en ninguna parte del Antiguo Testamento o por el historiador judío Josefo. Ambas
razones están probablemente detrás del arrebato de Natanael, y son paralelas a las
reacciones en otra parte al respecto de que Jesús era un “Nazareno” (véase Mt 2:23; Hch
4:10; 24:5).
Felipe solo puede responder: “Ven a ver”, haciendo eco del desafío de Jesús a los dos
discípulos en 1:39. Una vez más, hay un doble significado. Natanael es desafiado a ver por
sí mismo, lo cual constituye una invitación a la salvación ofrecida por Jesús. Es imposible
saber cuánto de esto entendió Felipe, pero se había convertido en un seguidor de Jesús y
esta fue su primera incursión en su futuro ministerio, entonces, probablemente, él había
entendido más de lo que podríamos pensar.
Jesús se encuentra con Natanael (1:47–49)
Una vez más, Jesús tomó la iniciativa cuando “vio que Natanael se le acercaba”. Su desafío
es similar al de su encuentro con Simón en 1:42, demostrando su divina omnisciencia. Miró
profundamente el carácter de Natanael y su caminar con Dios (a pesar de que nunca había
conocido al hombre) y dijo: “Aquí tienen a un verdadero israelita, en quien no hay falsedad”.
Para entender todo lo que Jesús quiso decir con esto, debemos ir a la historia de Jacob en
Génesis 27. El nombre de Jacob connota “engaño”. Esto ciertamente caracterizó a Jacob,
quien engañó a su hermano Esaú sobre de su derecho de primogenitura, de modo que este
último dijo: “¡Con toda razón le pusieron Jacob! —replicó Esaú—. Ya van dos veces que me
engaña: primero me quita mis derechos de primogénito, y ahora se lleva mi bendición”. (Gn
27:36).
Más tarde, después de que luchó con éxito contra Dios, el Señor lo renombró como
Israel, dándole el nombre que representaría a la nación misma. Aquí Natanael es llamado
un israelita “verdadero” o “genuino”, un israelita que no es como el viejo Jacob (lleno de
engaño) sino como el nuevo Israel, un hombre que “lucha con Dios” (el significado de Israel)
y quien es completamente confiable. En otras palabras, este es un Israel con todo el Jacob
quitado. Natanael es un discípulo modelo, completamente honesto y confiable.
No hace falta decir que Natanael se sorprende y responde en [Link] “¿De dónde me
conoces?”. Está abrumado de que un completo desconocido haya demostrado un profundo
conocimiento de él. La réplica de Jesús es enigmática: “Antes de que Felipe te llamara,
cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto”. En otras palabras, solo le tomó un
vistazo y Jesús sabía no solo quién era Natanael en el centro de su ser sino también que
había sido invitado por Felipe. Ha habido todo tipo de especulaciones sobre un significado
más profundo para la higuera aquí, como decir que era el lugar donde los rabinos
estudiaban la Torá o que era un símbolo del Antiguo Testamento para el hogar (Is 36:16;
Zac 3:10). Ninguno es demasiado útil, y esto es probablemente una simple reminiscencia
histórica: Jesús lo vio bajo una higuera y sabía qué tipo de persona era. El énfasis no es en
la higuera sino en la visión sobrenatural de Jesús.
Natanael demuestra la verdad de Jesús al dar un salto asombroso de fe y comprensión
de la verdadera naturaleza e importancia de Jesús. Él llama a Jesús “Rabí”, como lo hicieron
los otros dos en 1:38, pero luego llega más lejos de lo que cualquiera podría soñar con llamar
a un rabino. Cuando él llama a Jesús “Hijo de Dios” y “rey de Israel”, incluso va más allá que
Andrés y Felipe, quienes reconocieron a Jesús como el Mesías (1:41, 45). La descripción de
Juan de estos primeros seguidores es notable. En los sinópticos, los discípulos nunca
muestran ningún entendimiento de la verdadera naturaleza de Jesús hasta la confesión de
Pedro en Marcos 8:27–30 y paralelos, y luego para él como el Mesías. Aquí, desde el
comienzo, ellos lo confirman no solo como el Mesías sino también como el Hijo de Dios y el
Rey de Israel.
Esta sección (1:35–49) contiene un conjunto extraordinario de títulos cristológicos
atribuidos a Jesús por sus seguidores: Cordero de Dios, Elegido de Dios, Mesías, profeta
como Moisés, Hijo de Dios, rey de Israel. Muchos críticos consideran que el cuarto evangelio
no es histórico en este punto, considerando que esto proviene de la iglesia primitiva y no
de los incidentes registrados aquí. Sin embargo, nada aquí está más allá de la plausibilidad
histórica. Las afirmaciones de los discípulos explican por qué dejan al Bautista para seguir a
Jesús, y todos los títulos tienen que ver con las expectativas mesiánicas, el mismo tema del
que el comité de Jerusalén interroga a Juan en 1:19–25. Estos títulos ejemplifican el
florecimiento de la fe y la comprensión en estos discípulos, y la escena toma sentido de esta
manera.
Al mismo tiempo, cuando Natanael llamó a Jesús “Hijo de Dios” difícilmente quiso decir
todo lo que el título llegó a significar para la iglesia primitiva. Él lo expresó en términos del
Mesías real, como cuando David es llamado un “hijo” de Dios en 2 Samuel 7:14; Salmo 2:7;
89:27, o cuando Israel fue etiquetado como un “hijo” de Dios en Deuteronomio 1:31 y
Jeremías 31:9. Las dimensiones teológicas adicionales: la unidad con el Padre, la
singularidad del Hijo unigénito: se encuentran en el prólogo y son abordados por Juan, pero
no forman parte de la comprensión original de Natanael. “Rey de Israel” se encuentra en
Isaías 44:6 y Sofonías 3:15 pero no era un título mesiánico. Junto con su expresión hermana,
“Rey de los judíos”, también se encuentra en Juan 12:13; 18:33, 39; 19:3. Natanael
probablemente lo uso en el sentido de un rey conquistador derrotando a los enemigos de
Israel.
Jesús el Hijo del hombre (1:50–51)
Jesús usa la visión de Natanael para llevarlo más lejos en el camino de la comprensión
mesiánica Comienza por reconocer la realidad de la fe de Natanael: “Crees porque te dije
que te vi debajo de la higuera”. Había dado un paso increíble, pasando de la visión
sobrenatural de Jesús para darse cuenta de quién era. Pero Natanael va más allá. Lo que
Jesús dice aquí debe ser entendido a la luz de la visión de Juan de la verdadera fe, la
verdadera fe toma lugar cuando uno ha escuchado las enseñanzas de Jesús y observado sus
obras. Natanael había experimentado la primera parte: creía tanto como pudo cuando
escuchó lo que Jesús le dijo después de que estuvo sentado debajo de la higuera. Pero había
más por venir; pronto él “vería cosas más grandes que estas”, y su fe se profundizaría.
Recuerde la oración clave “Vengan a ver” de 1:39. Las “cosas más grandes” comenzarían
con el milagro de Caná en 2:1–11, que implícitamente dice que Natanael sería uno de los
discípulos que lo acompañaría a Caná.
En el versículo 51 vemos el primero de las primeras frases amēn de Juan. Los sinópticos
usan una sola amēn para estas oraciones, pero Juan usa una doble forma para mayor
énfasis: amēn amēn, “verdaderamente, verdaderamente” (NVI “muy ciertamente”). Esta
frase se usó en el mundo antiguo para afirmar o confirmar la veracidad de una declaración.
Por lo tanto, a menudo se encuentra al final de una oración como un tipo de asentimiento
a los contenidos de esta. Cuando Jesús lo usa, funciona como su imprimatur divino para
enfatizar la importancia de su argumento. “Ciertamente les aseguro” se puede traducir, “les
digo la verdad” (como en la NTV), y en la doble función de Juan enfatizaría la verdad
absoluta que Jesús está dando. Los dichos amēn son “credos de Jesús” en un sentido real,
verdades particularmente importantes para sus seguidores.
El resto del versículo 51 también nos da el discurso de apertura del Hijo del Hombre en
Juan Jesús suscita el título de “uno como hijo de hombre” en Daniel 7:13–14, donde es una
figura celestial “con autoridad, gloria y poder soberano” sobre todas las naciones. En otros
lugares, la figura del Hijo del Hombre tiene un aspecto terrenal, evocando las imágenes de
“el hijo del hombre” de Ezequiel (por ejemplo, 2:1, 3, 6, 8); en Ezequiel significa “Ser
humano mortal”. El título aparece trece veces en Juan y a menudo se asocia con el origen y
el estado celestial de Jesús.
Esta primera declaración del Hijo del Hombre es el núcleo de la escatología en Juan,
contando cómo en Jesús el cielo y la tierra se acoplan en unidad. La introducción “verás” se
repite del versículo 50. El “ustedes” es plural: Jesús incluye a todos sus seguidores en esta
declaración.
Esta es la definitiva “cosa más grande” prometida a Natanael.
“Cielo abierto” es una imagen apocalíptica, y el pueblo judío creía que cuando los cielos
se abrieran Dios intervendría en la historia humana, y su reino vendría. En el bautismo de
Jesús, los cielos están “rasgados” cuando el Espíritu desciende (Mr 1:10), y en Apocalipsis
4:1 la puerta abierta en el cielo significa los eventos finales que anuncian el reino final de
Dios.
Aquí el cielo abierto se refiere a la presencia de Jesús como él mismo trayendo el reino
a este mundo (Mr 1:15). La frase de Jesús “ ‘Los ángeles de Dios ascendiendo y
descendiendo sobre ’el Hijo del Hombre” refleja el tema de “la escalera entre el cielo y la
tierra” (NTV) Al igual que la referencia en 1:47, debe entenderse considerando la historia
de Jacob, pero aquí está la escalera de Jacob o la de Génesis 28:12. Jacob en su visión vio
una escalera que se extendía desde la tierra hasta el cielo con los ángeles subiendo y
bajando, simbolizando su nueva autoridad y acceso al trono de Dios. Jesús es representado
aquí como el Jacob final y el nuevo Israel, aquel en quien los ángeles ascienden y descienden
mientras unen cielo y tierra.
Jesús es el que ha unido el cielo y la tierra, en cierto sentido proporcionando en sí mismo
el primer paso hacia el “cielo y la tierra nuevos” de Apocalipsis 21:1. El resto del evangelio
de Juan desarrolla esta imagen en varias direcciones, pero la clave es que Jesús trae cielo y
tierra juntos en sí mismo.
Este maravilloso pasaje es uno de los mejores ejemplos en las Escrituras del proceso de
hacer discípulos. En 1:35–37, Juan el Bautista es el precursor perfecto, sabiendo cuando su
ministerio y propósito habían culminado, cuando es el tiempo de Dios para pasar la batuta
“mayor” Jesús. Esta humildad se necesita desesperadamente en la iglesia: tenemos
demasiadas personas que exigen ser la cabeza y no pueden servir en roles subordinados.
Juan no solo transmite su ministerio, sino que también envía a sus discípulos a Jesús.
En 1:38–42, los dos discípulos escuchan el testimonio de Juan y deciden que quieren ser
seguidores de Jesús. Él les pregunta cuales son los verdaderos objetivos de sus vidas, y
declaran que quieren permanecer con él y convertirse en sus discípulos. Los lleva con él y
ellos “ven” quién es realmente, a medida que se convierten y se vuelven sus seguidores.
Andrés, al darse cuenta de que él es el Mesías esperado, va y trae a su hermano Simón.
Jesús con su visión divina ve profundamente en el alma de Simón y predice que se convertirá
en la roca de la Iglesia. Esta sección describe el programa evangelístico de la iglesia, y todos
deberíamos estudiarla.
La segunda mitad de este pasaje proporciona información histórica aún más
significativa, con Felipe y Natanael muy parecidos a Andrés y Simón, cada converso
trayendo a otros a Jesús. De nuevo esto es un modelo para la iglesia hoy. La forma en que
Jesús convierte a Natanael es asombrosa, ya que su omnisciencia una vez más lo lleva a ver
las profundidades de su persona y el valor futuro para Dios. Natanael es un Jacob
contemporáneo, personificando a la iglesia como un nuevo Israel. Él es no solo un discípulo
modelo. Él es el primero en ver las “cosas más grandes” y experimenta la verdadera realidad
de Jesús.
El versículo 51 pertenece junto con el prólogo a la enseñanza del poder y autoridad
divinos de Jesús. Ahora vemos que él es la escalera de Jacob, trayendo no solo el reino sino
también el cielo a la tierra y uniéndolos en sí mismo. En la eternidad no habrá dos lugares
(una tierra aquí abajo y un cielo allá arriba) sino una entidad verdadera, un “Cielo y tierra
nuevos” en uno solo. En Jesús, a nivel espiritual, el cual ya es el caso. Para sus seguidores,
el cielo es su morada actual (Ef. 2:6–7), y ya son ciudadanos del cielo (Fil 3:20). Esta se
convierte en la imagen central de la teología de Juan.
EL VINO Y EL TEMPLO NUEVOS
(2:1–25)
Ahora llegamos a la primera sección principal del evangelio, que narra el ministerio público
de Jesús (2:1–12:50). La cual está basada sobre de siete señales que están cuidadosamente
organizadas para coincidir con los discursos de Jesús. Estas señales son milagros usados por
Dios para representar la persona y obra de Jesús. Como resultado, muchos llaman a esto
“el libro de las señales”, porque en estas Dios revela la gloria y autoridad de Cristo.
El pueblo judío aquí encuentra la luz de Dios en Jesús (1:4, 7, 9) y recibe la invitación de
Dios a través de estos milagros para descubrir su verdadera identidad. Las señales exigen
decisión de fe, lo que intensifica el conflicto ya que el pueblo judío continuamente rechaza
a Jesús y su mensaje. Al mismo tiempo, su gloria se vuelve cada vez más evidente para
aquellos con los ojos de la fe (1:12).
La primera sección del libro de señales (2:1–4:54) está enmarcada por los dos milagros
de Caná (2:1–12; 4:46–54), las dos primeras señales. El tema es el cumplimiento de los viejos
métodos y el antiguo pacto y su reemplazo por el nuevo pacto y la salvación que Cristo ha
traído con él. En él tenemos el vino nuevo, el nuevo templo, el nuevo nacimiento, el agua
viva y la nueva adoración.
Primera señal: Jesús convierte el agua en vino en Caná (2:1–12)
La semana de apertura del ministerio de Jesús ha terminado, y él probablemente estaba
tomando un pequeño descanso para asistir a una boda en Caná, un pequeño pueblo a pocos
kilómetros al norte de Nazaret en Galilea. El cual era también el hogar de Natanael (ver
21:2). Las bodas normalmente comenzaban con una procesión que lleva a la novia a la casa
del novio, una cena y una semana de celebración. Jesús vino con su madre y discípulos
(cinco hasta ahora, ver 1:38–50), puede ser que la novia o el novio hayan sido parientes o
al menos amigos cercanos.
La boda y el gran problema (2:1–3a)
En algún momento de la celebración, se les acabó el vino. El novio era responsable de tales
cosas, y su familia entera podría haber caído en vergüenza. La hospitalidad era muy
importante en el antiguo mundo, y las bodas eran parte de las obligaciones sociales más
serias. Algunos incluso piensan que su familia pudiera haber sido demandada por la familia
de la novia por tal cosa. Esta era una situación desesperada.
Jesús y su madre (2:3b–5)
Al parecer, los anfitriones de la boda se acercaron a la madre de Jesús. No sabemos por qué
(quizás ella era una pariente cercana), pero ella inmediatamente viene a Jesús con el
problema, diciendo: “Ya no tienen vino”. También es difícil saber lo que ella esperaba que
él hiciera. Jesús todavía no realizaba ningún milagro. La reacción de su ciudad natal cuando
lo rechazaron en Marcos 6:1–6 muestra que no había realizado ningún acto como este
cuando era más joven. Sin embargo, ella sentía que él podía encontrar la respuesta. Jesús
era el carpintero del pueblo (Mr 6:3) y, por lo tanto, una persona ingeniosa. Probablemente
su Padre, José, que era mayor, había muerto y Jesús había desempeñado su oficio. Por lo
tanto, María como una viuda había aprendido a confiar en la ayuda de Jesús, y recurrió a él
en este momento.
La reacción de Jesús en el versículo 4 es sorprendente. A primera vista parece grosero e
irrespetuoso, pero se debe considerar el contexto. En primer lugar, llama a María “mujer”.
Cuando Jesús la deja bajo el cuidado de Juan en 19:26 también la llama “mujer”, y hay un
trato de mucho amor en esa escena. Él no está siendo grosero aquí, y cuando combinamos
esto con lo siguiente (“¿eso qué tiene que ver conmigo?”), él está claramente tratando de
distanciarse de ella y de la situación. La pregunta es, literalmente, “¿Y esto que tiene que
ver conmigo y contigo?” Es utilizado por los demonios en Marcos 1:24; 5:7, para decir:
“Aléjate. Deja de interferir”. Jesús estaba renuente a hacer algo. No es falta de respeto, sino
falta de relación; él no se quiere involucrar, como enseña la NVI “¿Por qué me involucras?”.
La razón se encuentra en “Todavía no ha llegado mi hora”. En Juan la “hora” se refiere
al tiempo del destino, los eventos de la pasión (7:30; 8:20; 12:23; 17:1). Jesús es reacio a
comenzar en este momento la serie de eventos que culminarían en la cruz. Había esperado
tener una breve pausa y disfrutar de la boda con sus discípulos. No quería iniciar el camino
tumultuoso que Dios ya había designado para él de antemano. Pero la mayor fiesta de
bodas (las bodas del Cordero) estaba esperando, pero no quería una declaración pública a
través de un milagro mesiánico que tuviera lugar en ese momento.
Vemos aquí el lado humano de Jesús, incluido su consentimiento a petición de su madre.
María muestra la confianza de una madre en su hijo cuando ignora su leve reprimenda y
simplemente les dice a los sirvientes que estaba con las jarras de vino vacías, “Hagan lo que
él les ordene”. Ella es una discípula modelo, deja todo a Jesús y confía en su sabiduría En
cierto sentido, Jesús dice: “No quiero hacerlo, pero lo haré”. Las acciones posteriores de
Jesús muestran que la confianza de María estaba en el lugar adecuado. Este drama va desde
la renuencia de Jesús a uno de los mayores milagros mesiánicos en los evangelios.
El milagro del vino (2:6–10)
Jesús no recurre a las jarras de vino sino a “seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos
en sus ceremonias de purificación”. Cuyo propósito era presentar lo impuro ritualmente
puro, lo cual se llevaba a cabo cuando una persona sumergía sus manos y pies en el agua
(Mr 7:1–5). Las tinajas estaban constantemente expuestas a la impureza. Cuando Jesús las
hubo llenado con agua y posteriormente convertido en vino, un doble milagro se produjo:
(1) Lo impuro quedó limpio. La razón por la cual las tinajas estaban hechas de piedra es
porque las de barro que estuvieran impuras debían romperse (Lv 11:33–35). (2) El agua se
convirtió en vino; quizás el mejor vino que alguna vez se sirvió en una boda.
Cuando se sirvió el vino, los sirvientes llevaron primero un poco de este al encargado
del banquete (que estaba a cargo de la celebración, incluyendo la comida y el vino), quien
lo probó antes y lo llamó el “mejor vino” de todas las celebraciones. Él estaba muy
sorprendido de probar tal calidad de vino a finales de la semana. Su explicación en 2:10
proporciona más antecedentes sobre las prácticas en las bodas en esos tiempos. Era
costumbre en las bodas comprar algunos vinos caros y otros más baratos. El buen vino se
servía en el primer momento, y luego “cuando los invitados ya habían bebido demasiado”
y sus paladares estaban un tanto insípidos, el vino más barato era servido. Jesús había
guardado lo mejor para el final.
La consecuencia (2:11–12)
Juan interviene y nos dice que esta es la “primera” (el griego literalmente significa
“comienzo”, como la inauguración de estos eventos) de las (siete) señales que realizó Jesús,
que determinan la organización de los capítulos 2–12. Los evangelios sinópticos los llaman
milagros “actos de poder” (dynamis), mientras que Juan los etiquetas como “señales”
porque representan el poder de Dios en Jesús para mostrar su verdadera naturaleza. Jesús
realizó un increíble milagro mesiánico, no simplemente cambiando el agua en vino, sino
cambiándola por 180 galones del mejor vino jamás probado. No es de extrañar que esto
“revelara su gloria” (2:11). Como señales de su gloria, revelan la obra de Dios en él. Además,
cuando Jesús revela al Padre, las señales milagrosas revelan su verdadera gloria (véase 1:14,
16, “hemos visto su gloria”).
Después de ver esta señal mesiánica, “sus discípulos creyeron en él”. Este es un desafío
evangelístico para el lector; vemos aquí que la única respuesta adecuada a Jesús es una
decisión de fe. El discipulado comienza con la fe. La fe y la cristología son dos temas
centrales en este evangelio. En 20:30–31 este hecho se presenta como el principal objetivo
del libro: “Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de
Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida”.
Juan concluye con una breve nota al margen sobre la actividad de Jesús en los días
siguientes (v. 12). Es probable que esto fuera una visita de planificación, durante la cual
Jesús viajó aproximadamente dieciséis millas al noreste, “abajo” a las elevaciones más bajas
del lago. Jesús en algún momento cerca de este tiempo se mudó a Capernaúm para su
ministerio en Galilea. (En Mt 9:1 la cual es llamada “su propia ciudad”). Fue idealmente
situada en la costa norte del lago y era la ciudad central en aquella región, un gran pueblo
pesquero con una importante carretera que lo cruzaba de norte-sur y una gran cantidad de
comercio efectuándose allí.
Confrontación de Jesús en el templo (2:13–25)
El primer problema al mirar el relato de Juan sobre la limpieza del templo es cómo
armonizarlo, como ocurre al comienzo del ministerio de Jesús, con los evangelios sinópticos,
donde se registra al final. La mayoría de los estudiosos creen que solo hubo una limpieza
del templo, al final de su ministerio, lo cual condujo a su arresto. Eso quiere decir que Juan,
por razones temáticas propias, lo coloca al principio.
Esto no es un problema para aquellos con una alta comprensión de las Escrituras,
porque tal reconoce que los evangelios no pretenden un orden cronológico. La organización
tópica fue vista como perfectamente correcta.
Sin embargo, dicho esto, no veo ningún problema con dos ocasiones diferentes de
limpieza.
El propósito del evento aquí al comienzo del ministerio de Jesús hace coherencia
perfectamente y tiene un propósito diferente al del cierre de su ministerio público. En los
sinópticos, la limpieza señala un juicio divino sobre Israel por su apostasía, mientras que
aquí el enfoque es el celo mesiánico por la pureza de la casa de Dios. Ambos encajan justo
donde se encuentran, y la narración de Juan casi lo convierte en una de las “señales” de la
naturaleza mesiánica de Jesús. Concluyo, entonces, que efectivamente hubo dos limpiezas
del templo. Hay dos secciones, la limpieza en sí misma (vv. 13–17) y la confrontación con
los líderes (vv. 18–22).
La limpieza del Templo (2:13–17)
Esta es la primera de las tres pascuas en Juan (junto con 6:4; 11:55), que divide la narración
de Juan acerca del ministerio de Jesús en dos partes durante un período de
aproximadamente dos años. Estos y las otras festividades a las que Jesús acude según Juan
tienen perfecta coherencia con aquellas mencionadas en los evangelios. Jesús asistió
regularmente a las festividades judías con sus Padre s (Lc 2:41), y pudiera haber continuado
esta práctica aun siendo un adulto. Lo cual muestra su piedad, debido a que la Pascua era
una fiesta de peregrinación en primavera, y se esperaba que hombres judíos asistieran cada
año.
La afrenta a la casa de Dios (2:13–14)
Cuando él llegó, vio el caos habitual causado por la venta de los animales (“vacas, ovejas y
palomas”) requeridos para los distintos sacrificios, y el intercambio de monedas extranjeras.
La cantidad de animales necesarios era asombrosa, y eran la fuente de enormes ganancias.
La población de Jerusalén aumentaba de 50,000–70,000 hasta al menos 250,000 durante la
Pascua, y todas esas personas venían a ofrecer sacrificios.
Además, debían dar el medio siclo de impuestos del templo, el cual debía ser pagado en
plata pura de Tyria. Muchas monedas romanas tenían imágenes de los emperadores o de
otros símbolos paganos grabadas, por lo que fueron consideradas idolátricas y no podían
ser aceptadas en el templo. La mayoría de los peregrinos intercambiaban sus monedas en
los recintos del templo por buena conveniencia, pero era escandaloso para muchos que los
principales sacerdotes intercambiaran monedas idólatras en el mismo templo, así que la
mayoría de la gente estuvo de acuerdo con Jesús aquí. Los sacerdotes también a menudo
cobraban un alto interés; se suponía que era del dos al cuatro por ciento, pero a menudo
era mucho más alto.
Todo esto ocurría en el lugar destinado para los gentiles, donde un se creó un mercado
que no debería haber estado allí. La compra de animales para el sacrificio y el intercambio
de monedas era necesario, pero no en los recintos del templo. Los principales sacerdotes
habían reemplazado la adoración con el comercio, y el caos resultante fue más que Jesús
podía tolerar.
La reacción de Jesús ante la profanación (2:15–16)
Jesús claramente estaba indignado por el alboroto, creyendo que habían profanado el
templo con esta compra y venta. Por lo que hizo un látigo a partir de algunas cuerdas y
persiguió a todos hasta sacarlos del templo, tanto ovejas como el ganado, así como a los
vendedores. Juan da los detalles en el versículo 15: “regó por el suelo las monedas de los
que cambiaban dinero y derribó sus mesas”. A menudo, en el Antiguo Testamento había un
llamado a purificar el templo a la luz de la impureza espiritual (Ez 43:7; Zac 14:21; Mal 3:3).
En efecto, el Sanedrín había establecido cambistas de dinero en el Monte de los Olivos
precisamente por esta razón, pero los principales sacerdotes eran codiciosos y quería los
beneficios para ellos mismos. No es de extrañar que esto fuera un escándalo.
En el versículo 16 hay un énfasis sobre la autoridad de Jesús como Mesías e Hijo de Dios,
mientras acusa a los vendedores, ¡‘dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado!’
Él era el único Hijo de Dios, por lo cual este era no solo el templo, sino “la casa de mi Padre”.
Cuando ellos narran la limpieza del templo, el énfasis en todos los evangelios no es, por lo
tanto, en el uso de la fuerza por parte de Jesús tanto como en su justa indignación, su cólera
moral y espiritual.
Su celo mesiánico por la casa de su Padre debe haber asombrado a los espectadores.
No había ninguna repercusión legal por sus acciones, sin duda, debido a que el pueblo
estaba de su lado. Incluso después de la segunda limpieza, los líderes podrían no haberlo
matado debido a que tenían “miedo” de la gente (Mr 11:18).
La moraleja de la historia (2:17)
Los discípulos entendieron el verdadero significado de las acciones de Jesús cuando más
tarde “recordaron” el Salmo 69:9, “Celo por tu casa me consume”. Este es uno de los salmos
más citados para apoyar la pasión de Jesús (ver 15:25; 19:28). El Salmo 69 narra la fe de
David de que una razón para la oposición en contra de él fue su pasión y celo por Dios y su
templo (69:7–9). En el salmo, “me consume” está en tiempo presente, mientras que aquí
esté en futuro, señalando a Jesús como el Mesías Davídico a llegar. Jesús, el Hijo de Dios y
el Mesías, está lleno de celo, y este celo mesiánico significa que debe purificar la casa de su
Padre de las acciones vergonzosas de estos líderes con ánimo de lucro.
La confrontación con los líderes (2:18–22)
La demanda de una señal (2:18)
En el versículo 18, los líderes responden. “Los judíos” en Juan casi siempre representan a
los líderes judíos, tal como aquí. Ellos han traído vergüenza a la casa de Dios, y ahora
desafían a Su Hijo a demostrar su autoridad para quitar a los cambistas de dinero teniendo
preeminencia sobre la autoridad de ellos. Jesús ya ha efectuado una “señal” (2:11), y ahora
quieren otra.
Esta es una reacción reveladora. No niegan la legalidad de sus acciones ni intentan
arrestarlo. Su única pregunta es la fuente de su autoridad, y esta es una pregunta válida, ya
que sin duda creen que el Mesías proporcionaría dichas “señales” o prueba de su presencia.
Al menos reconocen su reclamo básico y comprenden la autoridad detrás de sus acciones.
Ellos querían una prueba a través de un milagro mesiánico, una “señal” de que su estado
era real.
La increíble respuesta de Jesús (2:19)
Jesús tenía la intención de varias cosas cuando afirmó: “Destruyan este templo, y yo voy a
levantarlo de nuevo en tres días.” Él sabía que los líderes podrían entenderlo literalmente,
y que causaría bastante reacción, sobre todo porque se da a entender que podía cometer
un acto de violencia mucho mayor contra el templo de lo que ya había hecho. Destruir o
profanar el templo podía constituir un crimen capital tanto para los romanos como para los
judíos. En realidad, este sentido literal fue utilizado como testimonio a la tentación de Jesús
en Marcos 14:58, cuando se arremolinaron alrededor y dijeron que intentó destruirlo por sí
mismo.
Pero Jesús quiso decirlo metafóricamente, con su cuerpo el templo de Dios sería
“destruido” en la cruz. “Tres días” es un símbolo del Antiguo Testamento para la
restauración de Israel (Os 6:2), un símbolo perfecto para la resurrección de Jesús. Harían
exactamente lo que Jesús dijo: lo colocarían en la cruz, y el Padre lo resucitaría tres días
después. Jesús quiso decir esto como una profecía; mientras que ellos lo tomaron como una
advertencia. Jesús les está dando una “señal” más increíble de lo que podrían pedir, pero
se equivocaron al no reconocerla. Muchos piensan que la muerte y resurrección de Jesús es
en realidad la “séptima” señal de este evangelio (Juan 2–12 solo cubre seis milagros), y eso
tiene mucho sentido.
Su malentendido y corrección (2:20–21)
Jesús difícilmente espera que los líderes capten su significado profético, y su reacción es
perfectamente comprensible: “Tardaron cuarenta y seis años en construir este templo, ¿y
tú vas a levantarlo en tres días?” Herodes comenzó a construir el templo entre el 20 o 19
A.C. En realidad, no se terminó por completo hasta el 64 d.C., por lo que todavía estaba en
proceso de construcción en este momento. Este es un punto importante sobare la fecha de
la vida de Jesús, ya que significa que comenzó su ministerio público sobre el 27 o 28 d.C.
En cierto sentido, su promesa se refiere a ambos templos, ya que hay una segunda
profecía sobre la destrucción del templo en el 70 d.C. El templo judío sería reemplazado por
el que Juan menciona en 2:21, “Pero el templo al que se refería era su propio cuerpo”. El
verdadero “templo” se refiere a su muerte y resurrección y la nueva vida que producirá. El
propio pueblo de Dios, los judíos, han rechazado su revelación en Jesús (1:11), sin embargo,
él todavía los ama por completo (3:16) y ha enviado a su Hijo a morir en la cruz para que
puedan encontrar el perdón de sus pecados. En esta primera Pascua Juan predice la tercera
Pascua, cuando el ‘templo’ de Jesús iba a ser destruido y levantado tres días más tarde.
La consecuencia: creer (2:22)
Esta es la segunda vez que los discípulos “creyeron” (después de 2:11), viviendo por la
promesa en 1:12–13. La acción de creer en el evangelio de Juan está estrechamente
relacionada con la verdad acerca de la resurrección, mientras el acto de “levantarlo de los
muertos” asegura todo en la nueva vida que Dios ha producido a través de la muerte y la
resurrección como evento único en la historia de la salvación. Existe un contraste total con
los líderes, quienes se vuelven cada vez más en contra de Jesús.
Su fe hace eco una vez más de la centralidad de la decisión de fe en Juan. Los discípulos
creen dos cosas: las Escrituras, con énfasis en el testimonio de las Escrituras con respecto a
Cristo (5:39, 46), y “las palabras que Jesús había hablado”, también forman parte del tema
del testimonio en Juan (5:31–36; 8:14–18). El contraste con los líderes es aún más evidente
aquí, porque los seguidores de Jesús buscaban la verdad. Ellos se confunden a menudo, y
esto es parte del tema en Juan de su confusión, pero estaban completamente abiertos a los
eventos de la pasión para corregirlos y en dado momento creer. El balance en el evangelio
de Juan representa reunir las enseñanzas de Jesús, perplejo ante ellas, pero tomando
sentido a la luz de los eventos posteriores. Esta remembranza da comienzo a la fe (2:22;
15:20; 16:4).
La fe incorrecta basada en señales (2:23–25)
Esta es una sección de transición, terminando la limpieza del templo con el pueblo viniendo
a Jesús y dando cabida a la sección de Nicodemo. Es aparentemente insignificante pero muy
importante para el tema de discipulado en Juan. Al principio, estas “muchas personas”
parecen convertirse en seguidores de Jesús, creyendo “en su nombre” porque habían visto
“las señales que estaba realizando”. Sin embargo, aquí hay dos dificultades. Primero, solo
hemos visto una señal hasta ahora. Algunos piensan que la limpieza del templo era una
señal mesiánica, pero esto es poco probable, ya que Juan ve la segunda señal en 4:54.
Pienso que Juan está indicando que hay muchas otras señales milagrosas que no tendría
espacio para registrar; por lo tanto, tenía que ser selectivo (como se dice en 20:30).
Nicodemo mencionará esto también (3:2).
En segundo lugar, hay preguntas sobre el nivel de fe que esta “mucha gente” en realidad
tenía. El “creer” (en griego: episteusan) “en su nombre” hace eco en 1:12 y parece genuino,
pero que puede ser falso, porque nos dice que Jesús se negó a “confiar a ellos” (2:24),
utilizando la misma raíz de la palabra (pisteuō) pero con un doble significado. Ellos creyeron
en él, pero él no creyó en ellos en ningún momento. Por lo tanto, no confiaba en su aparente
decisión. La razón es que él “conocía a todas las personas”; él sabía que su decisión de fe
estaba incompleta. Habían visto las señales, pero no habían escuchado la enseñanza. Juan
nos dice que una fe basada en señales no es suficiente. Ellos vieron los milagros, pero aún
no los comprendían o lo que significaban con respecto a Jesús. Ellos “creían” en Jesús, ¿pero
verdaderamente creían?
Las acciones de Jesús están más explicadas en [Link] ‘él conocía el interior del ser
humano’, es decir, ‘sobre la naturaleza humana’ (NTV). La fe en los milagros como señales
es un buen primer paso, pero está incompleta sin el conocimiento. Estas personas se
entusiasmaron con verdades parciales, pero la suya aún no era una fe salvadora. Su fe
creciente es contrastada con la incredulidad radical de los líderes judíos (2:18–22) por un
lado, y la verdadera fe de los discípulos (2:11) en el otro. La verdadera fe se centra en quién
es Jesús y no solo en lo que hace; su fe era poco más que asombro a los estupendos
milagros. Podemos ver tres niveles de fe en Juan: incredulidad (los líderes), fe parcial (aquí
y en 6:66) y fe verdadera.
El capítulo 2 comienza con el ministerio público de Jesús, que Juan organiza en torno a
siete milagros que son “señales” de la realidad de la persona y obra mesiánica y divina de
Jesús. La primera señal en 2:1–12, es un retrato fascinante del hombre mismo. Varios
eruditos han señalado cómo los milagros pueden funcionar como parábolas, porque no se
centran solo en la propia obra poderosa, sino en el mensaje de fondo también. Jesús se
revela aquí, pues había llegado a disfrutar de un poco de descanso y relajación con sus
discípulos y de repente se le pide hacer algo que él no quería hacer: llevar a cabo un milagro
que sería tanto de alivio al problema para el desesperado novio y su familia, como también
para poner en marcha su destino mesiánico antes de lo que él quería. Se necesita
preferencia personal más pesada, pero se tiene aquí una preciosa imagen de Jesús
sucumbiendo a su madre y realizando uno de los más grandes milagros mesiánicos,
convirtiendo el agua en vino. Esta escena ofrece una maravillosa anticipación de la
celebración de la boda mesiánica que va a tener lugar en la segunda venida, cuando una vez
más Cristo multiplicará el pan y el vino cuando nos sentemos con él en el comienzo de
nuestra eterna morada en el cielo (Ap 19:6–9).
Así que, Jesús inaugura aquí y comienza su obra mesiánica definitiva, y en la historia de
la limpieza del templo (2:13–25) vemos como su celo mesiánico lo consume y guía sus
acciones. Hay una lección importante para nosotros en esto, dado que también nosotros
debemos experimentar justa indignación cuando vemos las cosas de Dios ser profanadas.
Los jefes de los sacerdotes habían reemplazado el culto con el comercio impulsado por las
ganancias obtenidas por la venta de animales para el sacrificio y el intercambio de dinero
justo en los propios recintos del templo. Jesús confronta su perfidia y purifica la casa de su
Padre, dando a todo el pueblo de Dios un modelo a seguir cuando su nombre se contamina.
En 2:23–25 vemos una tercera categoría crítica entre la fe y la incredulidad. Muchos,
como Nicodemo en el capítulo 3, están bastante interesados en Jesús, pero no están
dispuestos a comprometerse plenamente. La fe aquí es incompleta, pero se mueve en la
dirección correcta. A pesar de su aparente fe, Jesús se niega a creer en ellos porque sabe
que su corazón no está bien. Hoy en día nos diría que este grupo intermedio
“investigadores” Ellos están interesados, pero no comprometidos ni dispuestos a tomar una
decisión todavía. Sin embargo, hay otro grupo que llamo “seudo cristianos”. Estos asisten a
los servicios de la iglesia con frecuencia, pero no participan en gran medida y no ofrecen
ningún tipo de servicio para Dios. Este grupo a menudo puede constituir más de la mitad de
la iglesia.
La existencia de estos dos grupos intermedios significa que debemos hacer evangelismo
tanto hacia dentro como hacia fuera de nuestras iglesias locales. Estas personas parecen
creer, pero no evidencian ninguna “fruto” (Jn 15:1–8) de esta fe, y al igual que Jesús, no nos
podemos atrever a confiar en ellos como si fueran verdaderos creyentes.
NICODEMO Y EL NUEVO NACIMIENTO
(3:1–21)
En 2:18–22 tuvo lugar un encuentro público negativo en el que los líderes desafiaron la
autoridad de Jesús. Aquí tiene lugar un encuentro privado positivo cuando Nicodemo trata
de enfrentarse con la verdad acerca de Jesús. Claramente Nicodemo es uno de los muchos
que “creyeron” en 2:23. En 2:25, Jesús sabía lo que realmente estaba en el corazón de
Nicodemo. En realidad, esto establece el tono de todos los encuentros de salvación en el
resto del libro, justo como Jesús mira dentro del corazón de la mujer samaritana en 4:15–
21.
Todo este diálogo se centra en Jesús corrigiendo a uno de los que tenían una fe
inadecuada. La conversión de Nicodemo abarca la extensión del cuarto evangelio, aquí
cuando él experimenta convicción espiritual, posteriormente es visto al lado de Jesús (tal
vez como un seguidor secreto) en 7:50, y finalmente es un franco creyente en 19:39.
Introducción: Nicodemo viene de noche (3:1–2)
Nicodemo es “uno de los fariseos” descrito en 1:19, 24, y es un líder importante, “un
miembro del consejo gobernante judío”. Los fariseos eran líderes laicos, expertos legales en
la Torá. Por describirlo de esta manera, Juan nos dice que vino de una familia noble y rica,
que era uno de los fariseos en el Sanedrín (el “concilio gobernante” de los judíos). Él tenía
un nombre griego poco común entre los judíos que vivían en la región de Palestina que
significa “conquistador de los pueblos”, por lo que pudo haber sido un general militar
también. Él era el indicado aquí para cuestionar a Jesús.
En el versículo 2 se nos dice que viene “de noche”, posiblemente para evitar ser visto
por sus compañeros líderes o tal vez para tener una entrevista completamente privada. En
Juan, sin embargo, hay estilos simbólicos, con la palabra “noche” usada para tipificar
oscuridad espiritual (1:5; 3:2; 9:4; 11:10; 13:30). Como en 1:4–5, 7, 9, la luz confronta a la
oscuridad con la promesa de salvación. Nicodemo no es todavía un seguidor de Jesús (ver
más adelante) por lo que está hablando desde el punto de vista del mundo oscuro en el que
habita.
Él comienza positivamente, reconociendo a Jesús como “Rabí” (véase 1:49) y
considerando que él representa a un grupo de líderes (“nosotros sabemos”) quienes
piensan que Jesús es verdaderamente “un maestro que ha venido de parte de Dios”. En el
primer siglo, los rabinos emergieron como los maestros oficiales del judaísmo quienes
explicaban la Torá al resto de la nación, pero Nicodemo va más lejos y reconoce a Jesús
como “de Dios”, un reconocimiento sorprendente de su origen y llamado divina.
Difícilmente estaría confesando la deidad de Jesús; más bien, él está diciendo que Dios está
detrás de todo lo que Jesús está haciendo. Las palabras de Nicodemo contrastan a las de
los fariseos en 9:16, que dice, “Ese hombre no viene de parte de Dios”. Como en 2:23, su fe
es un viable primer paso: “nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera
con él”. Esto es ciertamente correcto e identifica a Jesús como algo más que un rabino,
como uno de los profetas de Dios, mayor que el Bautista, quien no hizo tales señales tan
poderosas. Pero como en 2:24–25, Jesús comienza ahora a mostrar los errores en el sistema
de creencias de Nicodemo. Primeramente, él tiene una fe inadecuada basada en señales
que necesita ir al siguiente paso, concretamente, al del nuevo nacimiento.
Algunos estudiosos consideran esta escena más como un duelo de ingenio que la
honesta indagación de Nicodemo con respecto a la verdad acerca de Jesús. Ellos ven a
Nicodemo y a Jesús envueltos en un conflicto abierto o una discusión, con Jesús surgiendo
como el claro ganador. Tan interesante como esta posibilidad es, creo que Juan describe a
Nicodemo como indagando honesta y abiertamente; y en Juan esta es una de varias
confrontaciones de salvación (como la mujer samaritana en el capítulo 4 o el hombre ciego
en el capítulo 10), un paso necesario en la eventual conversión de Nicodemo. Yo lo veo más
como un diálogo positivo en lugar de un debate negativo.
Primer diálogo: debes nacer de nuevo (3:3–4)
Jesús lleva ahora a Nicodemo al próximo paso a través de su segundo diálogo de doble amēn
(después de 1:51). Sin embargo, no responde a la pregunta implícita de Nicodemo sobre
Jesús como un rabino que produce señales. Más bien, él arranca al hombre de sus cómodas
categorías rabínicas para comenzar con el alucinante comunicado, “De veras te aseguro que
quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios” Hay un juego de palabras aquí,
debido a que “nuevamente” (anōthen) está relacionada tanto con el tiempo (“nuevamente,
otra vez”) como con el espacio (“desde arriba”). Lleva dos significados aquí. En otras
palabras, Jesús está exigiendo un nuevo nacimiento enviado del cielo.
Él es el Rey de Israel (1:49) que ha traído el reino de Dios con él en su venida a la tierra
(Mr 1:15). Dios mismo era el primer rey verdadero sobre Israel (1Sa 12:12; Sof 3:15), y el
futuro reino anhelado por el pueblo en el día de la Señor, cuándo serían liberados por el
salvador mesiánico (Is 9:2–7; Zac 9:9–17; Mal 4:5). Jesús está afirmando que solamente este
renacimiento permitirá que cualquiera pueda ver y experimentar este reino. Nicodemo
habría pensado en la esperanza nacional judía, pero Jesús estaba redefiniendo el concepto.
Más tarde le dirá a Pilato: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18:36), lo que significa que
es una verdad celestial, únicamente disponible con el nuevo nacimiento enviado del cielo.
No se puede ingresar solo en virtud de la membresía en el pueblo del pacto, los judíos.
Este reino de Dios es inaugurado, es decir, se encuentra aquí (ya) y de manera inminente
(no todavía) y será consumado en la segunda venida. En Juan, Jesús no habla a menudo del
reino; el término solo aparece aquí y en 18:36. Más bien, su enseñanza sobre el tema se
centra en el concepto de “vida eterna,” en ambos sentidos tanto presente como futuro,
tenemos “vida” ahora en Cristo (3:16; 5:24) y seremos resucitados en el día postrer (5:28–
29; 6:39–40).
En 3:4 Nicodemo interpretó erróneamente a Jesús en un plano literal; esto es bastante
común en Juan y siempre mueve el diálogo dramático al resaltar lo que Jesús está diciendo.
Sus palabras demuestran que él realmente no se había dado cuenta de que Jesús había
venido de parte de Dios, ya que no tenía ni idea de que el nuevo nacimiento se refiriera a
una verdad divina. Para él, “nacido de nuevo” significaba un bebé que entra en el canal de
parto por segunda ocasión. Sus ordenadas categorías rabínicas habían sido pasadas por alto
a nivel espiritual, y no podía abandonar el nivel terrenal.
Segundo diálogo: debes nacer del agua y del espíritu (3:5–8)
Idea principal: Nacido del agua y del espíritu (3:5)
Jesús ahora introduce una segunda metáfora a través de otro doble amēn para borrar la
confusión “Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el
reino de Dios”. Se ha pensado tradicionalmente que esto significaba un nacimiento natural
(agua) y renacimiento espiritual (el Espíritu), pero eso es poco probable. En el griego son
interdependientes, “nacido del agua, concretamente, del Espíritu”, y en 7:38–39 Juan
afirma que el “agua viva” es “el Espíritu”. La metáfora del agua de Juan se refiere al Espíritu.
Nicodemo debió haber entendido esto por varias razones: (1) Si bien el tema del
renacimiento no es un idioma del Antiguo Testamento, la idea de Israel como “los hijos de
Dios” debería haber hecho comprensible la metáfora del nacimiento. (2) El agua que
representa purificación espiritual es parte de la venida del Espíritu en Ezequiel 36:25–28,
“Los rociaré con agua pura … y les infundiré un espíritu nuevo”. Esto está relacionado con
los huesos secos en Ezequiel 37 y prepara para la representación del muerto levantado a la
vida. La idea del nacimiento que proviene de lo alto como un nuevo nacimiento que
proviene de la limpieza del Espíritu que fluye fuera de Ezequiel.
Explicación: un nuevo nacimiento controlado por el Espíritu (3:6–8)
Nicodemo está claramente confundido, por lo que Jesús explica el concepto. Hay dos tipos
de nacimiento, nacimiento físico o “carnal” y el nacimiento espiritual. Jesús contrasta los
dos. La NTV ofrece una buena traducción: “El ser humano solo puede reproducir la vida
humana, pero la vida espiritual nace del Espíritu Santo”. Nicodemo no había podido
comprender esto, y cuanto más permaneciera a nivel terrenal nunca hubiera podido
encontrar la vida eterna. Solo cuando se volvió hacia el Espíritu “de arriba” pudo tener vida
espiritual.
Nicodemo conocía Ezequiel, por lo que Jesús le dice “Así que no te sorprendas” (3:7).
Por lo tanto, Jesús lo reprende por su asombro. Por otra parte, la implicación es obvia:
“Tienen que nacer de nuevo”; dei (“tiene”) significa que ese renacimiento espiritual es una
necesidad divina. Sin ella no hay ninguna posibilidad en absoluto de entrar en el reino de
Dios. El plural “ustedes” conecta a Nicodemo con toda la humanidad. Pensaba que, como
maestro líder o rabino, controlaba el proceso, pero no es más que otra persona que necesita
el nuevo nacimiento para tener vida. Es completamente equivocado pensar que cualquier
persona o sistema de enseñanza controla el proceso de salvación. El Espíritu está en control,
no una escuela de pensamiento o una autoridad líder. Somos “nacidos del Espíritu”, no
como bautistas o reformados o cualquier otra categoría teológica.
Jesús utiliza una tercera ilustración en 3:8 (después de “nacer de nuevo” y “nacido del
Espíritu”). Todos nosotros nos damos cuenta de que nadie puede controlar el viento “El
viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde
va”. En otras palabras, si bien sentimos y escuchamos el viento, no saben ni su origen ni su
destino. Esto implica un juego de palabras, con el griego pneuma refiriéndose tanto al
viento como al Espíritu. Del mismo modo, en Ezequiel, fue el “aliento” de los “cuatro
vientos” de Dios lo que trajo vida a los huesos secos (Ez 37:9).
Jesús está diciendo que este aliento es el Espíritu / viento de Dios, y que el Espíritu lo
controla, no nosotros: “Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu”.
Él controla el proceso de la salvación. Nosotros sentimos la presencia del Espíritu, oímos
su voz, y la distinguimos de la voz de la carne. Nosotros creemos o aceptamos su obra (1:12),
pero el proceso es suyo, no nuestro. El poder de la Espíritu en nosotros es una fuerza
misteriosa, y nuestro trabajo es simplemente abrir nuestro corazón a él. Eso es lo que
Nicodemo no puede comprender, una fuerza que no controla. Ceder ante el Espíritu está
más allá de su conocimiento. Todo lo que cualquiera de nosotros puede hacer es permitir
que Dios y el Espíritu hagan su trabajo y nos den el nuevo nacimiento. Lo aceptamos; no lo
controlamos.
Jesús confronta la ignorancia de Nicodemo (3:9–12)
Jesús había reprendido a Nicodemo por su asombro en el versículo 7 y ahora lo hace por
segunda vez. Nicodemo todavía está confundido en el versículo 9 y pregunta: ¿Cómo es
posible que esto suceda?”. Está haciendo la pregunta por todos los lectores de Juan aquí.
Estamos en el corazón del tema de la salvación en el evangelio de Juan. Para tener vida
eterna, es necesario nacer del Espíritu y entregarse completamente a su obra en nosotros.
Como dice Pablo, no nos salvamos a nosotros mismos, sino que damos una respuesta de fe
al sacrificio expiatorio de Jesús. Juan hace eco de eso aquí; es un renacimiento celestial que
es del Espíritu y no de la carne. En cierto sentido, su confusión es comprensible, ya que estas
verdades del nuevo pacto aparentemente van en contra de los privilegios del pacto de Israel
y la importancia de la adhesión fiel a la Torá. Jesús acaba de romper estas categorías.
La respuesta de Jesús en el versículo 10 estaba implícita en los versículos 3–6: ‘Tú eres
maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?’ No oímos a Nicodemo nuevamente. El resto
del diálogo es solo Jesús, quien no acepta la respuesta de Nicodemo como una búsqueda
honesta de la verdad por parte de un maestro de Israel, pero le acusa de ignorar una verdad
que debería haber comprendido. Jesús toma la ofensiva. Puesto que Nicodemo era un
respetado maestro judío, debía haber entendido lo que Jesús le había dicho. Su problema
no era la ignorancia sino la incredulidad.
Con esta introducción a la temática, Jesús ahora vuelve al problema en el versículo 11,
usando otra solemne declaración tipo doble amēn. Él comienza con una autoridad,
“hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto personalmente”.
Algunos intérpretes piensan que el “nosotros” es un plural de majestad, haciendo hincapié
en la autoridad de la enseñanza (que sabemos) y testimonio (testificando) detrás de lo que
Jesús está diciendo en los versículos 3–10. Esto es correcto, pero yo creo que es mucho más.
El “nosotros” representa la voz del trino Dios. Jesús es el Representante Viviente, la voz de
Dios, y el testimonio es que el Espíritu también está detrás de lo que Jesús está diciendo.
Al mismo tiempo, el “ustedes” detrás de “ustedes no aceptan nuestro testimonio” es
también plural, refiriéndose a Nicodemo como el representante del pueblo judío y del
mundo que habló. Esto va de vuelta a 1:11, “pero los suyos no le recibieron” Una vez más,
no es una cuestión de ignorancia o falta de comprensión, sino de rechazo a la verdad.
Nicodemo y el pueblo judío se niegan a aceptar las verdades del reino de Jesús. Por otra
parte, dado que en 1:10–11 los judíos son parte del mundo, esto amplía a todo el mundo
fuera del reino de Dios. Esto sería evidente en 3:16, donde Dios ama al “mundo” como un
todo.
Jesús hace esto perfectamente evidente en el versículo 12, donde es la incredulidad y
no solo la ignorancia el corazón del problema: “Si les he hablado de las cosas terrenales, y
no creen, ¿entonces cómo van a creer si les hablo de las celestiales?”. En el versículo 6 era
carne contra espíritu, y aquí Jesús hace el mismo énfasis sobre lo terrenal versus lo celestial.
Jesús habló la verdad desde una perspectiva celestial, mientras que Nicodemo entendió las
cosas solo desde una perspectiva terrenal. Nosotros podríamos pensar que Jesús está
utilizando “celestiales” para hablar de las ilustraciones como el nacimiento físico, el agua o
el viento, pero Nicodemo no se niega a creer en eso. Jesús está hablando del nuevo
nacimiento como lo que implica, la conversión de los seres terrenales. Las verdades
celestiales, entonces, son verdades apocalípticas sobre el reino venidero y el reino
universal. De lo que está pasando ahora en este mundo, incluido el don de la salvación y la
presencia del reino, esto es lo terrenal. Lo que sucederá al final de este mundo, la llegada
de la realidad celestial definitiva es lo celestial.
Jesús demuestra su autoridad celestial (3:13–15)
Jesús ahora señala una serie de verdades apocalípticas que demuestran su autoridad
celestial. “Apocalíptico” se refiere al proceso por el cual Dios revela verdades ocultas
(apokalypsis es el título griego del libro de Apocalipsis). Solo Jesús tiene el derecho a revelar
verdades celestiales, pues solo él ha ascendido a los cielos y venido a la tierra. A primera
vista, esto parece incorrecto, porque Enoc fue trasladado al cielo (Gn 5:24), y Elías ascendió
al cielo en un carro de fuego en un torbellino (2Re 2:11). La tradición judía también dice que
Moisés fue llevado al cielo en su muerte. Sin embargo, Jesús no estaba negando estos
eventos.
El marco proporciona la respuesta, como lo establece la NTV: “Nadie jamás fue al cielo
y regresó”. Esto se refiere nuevamente a Juan 1:51, con su enseñanza con respecto a Jesús
como el Hijo del Hombre que tiene cielo y tierra unidos. Esto en realidad se convierte en un
tema principal en la primera parte de Juan, centrándose en los dos términos griegos
anabainō (“ascender”) y katabainō (“descender”). Jesús es el Hijo del Hombre, que
“descendió” desde el cielo en su encarnación (3:31; 6:33, 50, 51, 58) y luego “ascenderá”
nuevamente volviendo a los cielos en su muerte y resurrección (6:62; 13:3; 16:5; 20:17). Por
otra parte, que al igual que los ángeles en la escalera de Jacob en 1:51 puede ascender y
descender entre la tierra y el cielo a voluntad. Nadie más tiene o tendrá alguna vez ese
acceso y la autoridad para hablar realidades celestiales. El cielo es su origen, y un elemento
clave en Juan de la presentación del Hijo del hombre es que él es un ser divino que bajo
desde el cielo y, por lo tanto, puede hablar verdades celestiales.
En el versículo 14, Jesús recurre a otra imagen apocalíptica que Nicodemo debería haber
conocido. En Números 21:4–9 “Moisés levantó la serpiente en el desierto”. Israel se había
estado quejando contra Dios, así que Dios había enviado serpientes venenosas, que
mataron a muchos israelitas. Cuando el pueblo se arrepintió, Dios hizo que Moisés colocara
una serpiente de bronce en una asta, y quien lo miraba vivía. Jesús vio en esto una
ilustración de la nueva vida que las personas pueden tener al recurrir a él en
arrepentimiento y fe. Aquí se dirige a la salvación y al evangelio, el nuevo nacimiento de
3:3–5.
Así como la serpiente de bronce fue “levantada” en la asta, “el Hijo del Hombre debe
ser levantado”. Jesús vio en el incidente de Números una conexión con la necesidad divina
(dei, “debe”) de que él debía ser “levantado” en la cruz y la resurrección. La conexión entre
la serpiente de bronce y Jesús es tipológica, un método de interpretación en el que un
evento (tipo) del Antiguo Testamento es representado a través de un cumplimiento
contemporáneo (antitipo).
El tema de Jesús es que cuando el Hijo del Hombre es levantado en la cruz, él es elevado
a la gloria. Este versículo presenta la versión de Juan de las tres predicciones sinópticas de
la pasión, que se encuentran en las tres afirmaciones de “levantado” de Juan 3:14; 8:28;
12:32–34. Jesús está prediciendo su muerte en la cruz tanto como su exaltación a la gloria
y la base de la salvación de los pecadores. La humillación de Jesús es su exaltación y la base
de nuestro ser levantado hacia Dios a través de la conversión.
El propósito de su ser levantado se expresa en el versículo 15: “para que todo el que
crea en él tenga vida eterna”. Jesús está entregándose por completo en la cruz de modo
que su exaltación hará posible nuestra glorificación a través de nuestra salvación. A través
de la decisión de fe, los pecadores arrepentidos se reconcilian con Dios y se les da una nueva
autoridad como sus hijos (1:12) y ven su gloria (2:11). Aparte de su ser “levantado” no habría
ninguna posibilidad de fe o de la salvación que diera resultado. La “vida eterna” aparece
aquí por primera vez en Juan, y se encuentra veintitrés veces en su evangelio y epístolas.
No solo representa nuestra vida futura en la eternidad, sino que también es una posesión
presente, una vida que se infunde al nuevo hijo de Dios en el momento del nuevo
nacimiento.
Comentario: la vida y la luz confrontan al mundo (3:16–21)
El tono cambia aquí y culmina el desarrollo teológico de la historia de Jesús hasta ahora,
comenzando con quizás el versículo más conocido de la Biblia. Casi todos los intérpretes
están de acuerdo en que el diálogo cesa a 3:15, y esta sección es el propio comentario de
Juan y un resumen de las implicaciones de los tres primeros capítulos. El tema principal
recapitula el prólogo y su tema del encuentro entre la luz y la oscuridad. Este pasaje se suma
a la historia del conflicto luz-oscuridad.
Idea principal: El amor de Dios y la misión de Jesús (3:16–18)
Las palabras iniciales, “Porque tanto amó Dios al mundo”, nos dicen que la cruz fue un acto
de amor de parte de Dios. “Tanto” se traduce del griego houtos e indica el grado, por lo que
muchos traducen: “Dios amó tanto al mundo que…” (DHH, NBV, NTV). Otros prefieren verlo
como explicativo: “Dios amó al mundo de esta manera…” [traducción literal del inglés
versión CSB]. Ambos son viables, pero yo prefiero la primera, haciendo hincapié en el
increíble amor de Dios. Como hemos visto en 1:10–11, el mundo no ama a Dios, pero el
amor de Dios es tan profundo que “le dio a su unigénito Hijo” para ser el sacrificio expiatorio
en la cruz para la salvación de los perdidos. Este es un versículo central, porque toda la
misión de Jesús fluye de él. Versículos paralelos se encuentran en 1 Juan 4:8 (“Dios es
amor”) y 9 (“Así manifestó Dios su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo unigénito al
mundo para que vivamos por medio de él”).
El evangelio comienza con el amor de Dios, porque esa es la única razón que puede ser
suficiente para que Dios cree una especie que sabía que se rebelaría y rechazaría su amor.
Él quería un objeto para su amor y así quería que esta especie cargada de pecado pudiera
encontrar la salvación y reconciliación con él. La única manera era a enviar “su Hijo
unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. La misión
de Jesús, la razón por la que fue enviado, era a ser “levantado” en la cruz y procurar
salvación para las personas perdidas y sin esperanza, que lo encuentran a través de una
decisión de fe. El resultado entonces es que “no se pierda,” el fin determinado para una
raza irremediablemente caída, y que ellos “tengan eterna vida”, la cual, como se dijo en el
comentario sobre el versículo 15 significa nueva vida ahora y vida continua en el futuro. La
vida eterna es una posesión presente, así como una promesa futura.
Juan explica más adelante en el versículo 17 este propósito salvador de la misión de
Jesús impulsado por el amor. El carácter amoroso de Dios condujo a una acción resultante,
enviando a su Hijo unigénito a este mundo pecaminoso para que muriera para poder
salvarlo. La misión del Hijo “enviado por el Padre” se menciona cuarenta y una veces en
Juan y se deriva de la idea judía del shaliach, o “enviado”, un representante o embajador,
quien es la voz y la presencia del remitente. Esto está en el corazón del tema de la misión
en Juan: Jesús como enviado divino o como quien revela al Padre.
Siguiendo el formato de versículo 16b, Juan destaca el lado negativo primero. La misión
del enviado divino no es juicio; Dios no quiere que ninguno perezca (2Pe 3:9). El propósito
es para proveer salvación, no condenación, a pesar veremos más adelante que de hecho va
a tener lugar. Dios envió a su Hijo “para salvar el mundo a través de él”. Esta es la primera
vez que aparece “salvar”, y que es sinónimo de “nacer de nuevo de lo alto” en el versículo
3 junto con “tenga vida eterna” en el versículo 16.
Hay dos lados a la oferta, salvación y juicio, desarrollados más adelante en el versículo
18. Para aquellos que toman una decisión de fe, no hay ninguna condenación. Se presentan
ante Dios justificados, o declarados justos con él en su tribunal (Ro 3:24). Los incrédulos,
por otro lado, “ya ha[n] sido condenado[s] porque no ha[n] creído en el nombre del
unigénito Hijo de Dios” El “ya” se refiere al momento en que rechazaron a Cristo. Este no
es el juicio final en el Gran Trono Blanco de Apocalipsis 20:11–15, sino la condena general
que recae sobre aquellos que se niegan a creer. Cada persona es atraída por la presencia
convincente del Espíritu (Jn 16:8–11) a la decisión de fe en el “nombre del unigénito Hijo de
Dios” (1:14). Como se discutió en los comentarios en 1:12; 2:23, el “nombre” de Jesús se
refiere a todo lo que él es como Dios-hombre.
El conflicto entre la luz y las tinieblas (3:19–21)
Estos dos versículos reafirman la premisa básica del prólogo sobre luz y oscuridad y lo
catalogan, “Este es el veredicto”, continuando con la metáfora de la condenación tribunal
(krinō) en 3:18 con el término krisis, que se refiere al veredicto del juicio. La condenación
divina de los no creyentes es completamente justa, derivada de su rechazo a la luz. En lugar
de explicar el veredicto, este texto explica la base del veredicto. Juan recapitula 1:4–5, 7,
9—Jesús, la luz del mundo (8:12), la luz que brilla en la oscuridad (1:5), se encuentra con
cada persona (1:9). Sin embargo, como este versículo dice: “pero la humanidad prefirió las
tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos”.
Hay una poderosa evolución de los versículos 16 al 19. Dios amó al mundo lo suficiente
como para enviar a su Hijo a morir para salvarlo, pero la humanidad pecadora amaba la
oscuridad en vez de amar a Dios o a la luz que él había enviado. El mundo enfermo de
pecado ha tomado una decisión enfática para voltearse contra Dios y abraza la oscuridad.
Esto se muestra fácilmente en nuestro tiempo. Películas y medios de comunicación,
siempre que deseen retratar aquello qué piensan que es “divertido”, siempre muestran
escenas nocturnas, generalmente en lugares que “cobran vida” cuando oscurece. El mal es
el lado activo de la oscuridad. La oscuridad es lo que es; ¡el mal es lo que hace!
Queda claro en el versículo 20 que el mundo no prefiere simplemente la oscuridad;
“odia la luz” y se niega a acercarse porque la luz “expone” la oscuridad y sus malas acciones.
Probablemente he notado 3:19–20 en sermones tan a menudo como cualquier pasaje en
estos primeros tres capítulos, está cerca de ser el mejor pasaje de las Escrituras para
mostrar por qué el mundo siempre se volverá contra el pueblo de Dios. Ya que somos la luz
de Cristo en un mundo de oscuridad, este mundo no quiere tener nada que ver con
nosotros.
La luz que brilla en la oscuridad no se puede extinguir (véase 1:5), por lo que la
pretensión de los pecadores de hacer el bien en un sentido principal está terminada. La
humanidad caída siempre se ha engañado pensando que lo bueno finalmente resultaría a
partir de sus hechos. Sin embargo, cuando los temas de su naturaleza egocéntrica y de la
búsqueda de placer son exhibidos por la luz de Dios en Cristo, ya no pueden vivir esa
mentira. La oscuridad de la zona roja (¡tenga en cuenta el término aquí!) está siempre
envuelta en luz artificial. Cuando la luz de Cristo brilla, esa oscuridad es expuesta. Los que
rechazan la luz son culpables, y se muestra que el veredicto de Dios es completamente
justo.
En contraste, “el que practica la verdad se acerca a la luz” (v. 21). Los que viven para el
pecado evitan la luz, mientras que los que buscan la verdad se sienten atraídos por esta.
Demuestran que aman la luz al “venir” y “practicarla”. Hay un recordatorio serio en esto. La
verdadera fe no es simplemente un asentimiento intelectual; sino algo que se muestra en
la acción diaria. Aquellos quienes creen la verdad la practican. Lo viven en su vida diaria. En
Romanos 12:2, aquellos con una mente transformada y renovada “demuestran” en sus
vidas que la voluntad de Dios es “buena, agradable y perfecta”.
Quieren que otros vean que “lo que han hecho, se ha hecho a la vista de Dios”. Se
convierten en testigos del valor supremo de hacer la voluntad de Dios. Otros pueden ver en
ellos que la vida centrada en Dios es la única que vale la pena vivir. Mientras otros ven sus
vidas transcurrir, se dan cuenta, no solo de lo valiosas que son las vidas de estos creyentes,
sino que, aún más importante, cuán gloriosa la luz de Dios puede ser en sus propias vidas.
Hay dos partes en este pasaje, el diálogo de Nicodemo (3:1–15) y el comentario de Juan
sobre las implicaciones de este diálogo para el pueblo de Dios y el mundo (3:16–21). En el
desarrollo de la trama de este evangelio, Nicodemo es el líder judío representativo que
viene a Jesús, uno de los “muchos” señalados en 2:23–25 con una “fe” poco entusiasta en
el poder de sus señales milagrosas. Es así como él nos representa a nosotros también. En
3:3–8 Jesús explota las prioridades equivocadas de Nicodemo (y nuestras) mostrándole que
no podemos ser parte del reino de Dios hasta que hayamos nacido de nuevo del Espíritu y
nos hayamos sometido a la salvación que produce en nosotros. Como los vientos que vienen
del desierto de Judea, el Espíritu trae el nuevo nacimiento, y nuestra parte es aceptar ese
regalo (1:12).
No debemos caer en la misma ignorancia que Nicodemo (3:9–12). Pensar como él, a
nivel terrenal y reduciendo lo que Jesús está expresando al representarlo a nivel humano.
El nuevo nacimiento y el don de Dios no son un fenómeno centrado en el ser humano que
se pueda definir a través de la membresía de la iglesia o visualizándolo como cierto estilo
de vida. Es una realidad celestial bajo el control de la Trinidad divina, y nosotros lo
aceptamos por fe, no por obras.
La parte final del diálogo (3:13–15) demuestra la autoridad celestial de Jesús para hacer
tales declaraciones destacando su lado apocalíptico Es el único que ha nacido, que ha
descendido del cielo y ascendió nuevamente, por lo tanto, demostrando que tiene poder
sobre las realidades celestiales. Además, su destino es recrear o cumplir lo mismo que la
serpiente de bronce de Moisés hizo en Números 24 al ser “levantado” en gloria en nuestro
nombre, es decir, una de las tres predicciones de la muerte de Jesús en Juan. La cruz es la
base de nuestra salvación, y cuando recurrimos a la cruz y encontramos fe, venimos para
compartir la gloria de Cristo a través de la salvación.
En el comentario que discute las implicaciones de este nuevo nacimiento (3:16–21),
tenemos el evangelio en embrión. Todos hemos crecido en la oscuridad, y, sin embargo, el
amor de Dios ha llegado y nos ha levantado a su luz. Ayer mientras escribía lo que fue el
servicio de Pascua, y escuchábamos un mensaje sobre la nueva vida que Dios ha puesto a
disposición de los pecadores a través del sacrificio de su Hijo. Fue extremadamente
poderoso. La promesa del cristianismo se centra en la luz del evangelio proporcionando vida
eterna disponible para aquellos que viven en la oscuridad y la desesperación. Dios
realmente nos ama “mucho” más de lo que podemos comprender.
EL BAUTISTA TESTIFICA DE LA GLORIA DE CRISTO
(3:22–36)
En estos versículos, Juan el Bautista aparece para el último tiempo, dando testimonio de
Jesús (véase 1:6, 15, 19, 29, 36). Al igual que con sus otros testimonios, este se centra en el
hecho de que el ministerio de Juan había cumplido su propósito dado por Dios y estaba en
proceso de ser absorbido por la mayor obra profética y mesiánica de Jesús. Juan es el “best
man” [término en inglés para describir al amigo del novio que se está casando] que
felizmente presenta la novia (la comunidad mesiánica) ante el novio (Jesús). Esta es la
última vez que entrega su ministerio en manos de Jesús.
La mayoría de las versiones dan la impresión de que su testimonio continúa hasta el
versículo 36, pero en realidad termina en el versículo 30. Como en 3:16, un cambio de tono
y perspectiva indica que Juan el evangelista está escribiendo otro resumen editorial en los
versículos 31–36. Este se basa en dos énfasis anteriores: primero, el tema del ascenso /
descenso de 3:13, en el cual Jesús es el ser celestial que descendió del cielo a través de su
encarnación (vv. 31–33); y segundo, Jesús como enviado de Dios o el representante quien
es la voz de Dios (v. 34), confrontando a todos con la necesidad de una decisión de fe (vv.
35–36). Estos dos altos énfasis cristológicos resuenan constantemente a través de este
material.
Testimonio final del Bautista (3:22–30)
El escenario: ambos bautizando en Judea (3:22–24)
Poco tiempo después del ministerio en Jerusalén en 3:1–21, llevó a sus discípulos. “Al
campo de Judea”, posiblemente justo antes de su viaje a través de Samaria (cap. 4) de
regreso a Galilea (4:43). Solo en los evangelios vemos a Jesús bautizando discípulos, aunque
vimos en 4:2 que solo sus discípulos lo hicieron. Dado que algunos de ellos habían sido
discípulos de Juan el Bautista (1:35–51), tal vez querían continuar ese “bautismo de
arrepentimiento”. Jesús quería “pasar algo de tiempo con ellos “, probablemente para
conocerlos y conformarlos como grupo. Para Jesús, el bautismo para la iglesia comenzaría
con la Gran Comisión después de su resurrección (Mt 28:19), así que, entonces él no
participó en el bautismo de Juan.
Mientras tanto, Juan ya estaba en Samaria en un manantial natural con “mucha agua”
en Aenon cerca de Salim, al este de Siquem y del Monte Gerizim. Una nota al margen en
3:24 nos dice que esto ocurrió “antes de que Juan fuera puesto en prisión “, una historia
que no está en este evangelio, sino que es narrada en Marcos 1:14; 6:14–29, y
paralelamente en los otros sinópticos. De hecho, Juan el Bautista pudo haberse visto
obligado a mudarse al norte de Judea debido a la persecución de Herodes. Jesús habría
estado en la parte norte de Judea, no muy lejos de él. El propósito de esta nota es situar
este evento cronológicamente y mostrar otra área en la que Juan el Bautista hizo
preparativos para Jesús, quien se hizo cargo después de que el Bautista fue arrestado y llevó
la obra mesiánica a la conclusión prevista por Dios.
El conflicto sobre el bautismo (3:25–26)
La controversia estalló cuando un cierto judío comenzó a debatir a los discípulos de Juan
sobre el “lavado ceremonial”, o los ritos de purificación, tales como el lavado de manos (Mr
7:1–5) o la práctica de la comunidad Qumrán de lavados diarios. Incluido en este estaría
quizá el mérito del bautismo de Juan bautismo frente el de Jesús. Esto se indica por el hecho
de que cuando los discípulos de Juan vinieron a él, no argumentan el debate que recién
habían tenido sino más bien mencionan el hecho de que “el que estaba contigo al otro lado
del Jordán” ―estos son discípulos que saben poco acerca de Jesús y que consideran a Juan
como el “Rabbi” o maestro― “ahora está bautizando, y todos acuden a él”.
El bautismo era un rito ceremonial del lavado, y, por lo tanto, muy probablemente Juan
contra a Jesús habían sido parte del debate. El “tal judío” pudo haber sido inclinado hacia
Jesús y así preguntarle acerca de la relación. Es importante considerar que no hay ninguna
parte, en ninguno de los evangelios alguna indicación de la rivalidad entre Juan y Jesús, pero
aun así sus seguidores parecen visiblemente molestos por la disminución de su popularidad,
y por lo que puede ser un indicio de celos. Considere que ellos llaman a Jesús “de quien tú
diste testimonio” como Mesías. No eran creyentes y les preocupaba que Jesús y su creciente
círculo de seguidores estuvieran a punto de eclipsarlos. Ellos no cuestionan su testimonio;
más bien cuestionan lo que significa para ellos.
Testimonio adicional del Bautista (3:27–30)
Juan responde en el versículo 27 concluyendo sus predicciones anteriores (1:6, 15, 19, 29,
36), comenzando con una verdad general: “Nadie puede recibir nada a menos que Dios se
lo conceda”. Esto se aplica tanto a Jesús como a sí mismo, y lo usa para guiar hacia su
aclaración en cuanto a la diferencia entre su ministerio dado por Dios y el de Jesús Dios
había dado a cada uno el llamado destinado para él. Juan estaba contento y se alegró de
que se le permitiera hacer los preparativos para el Mesías, y desea que sus discípulos se
regocijen también. Este es un tema relevante para aquellos de nosotros que no estamos
contentos con nuestra suerte en la vida. Todos debemos darnos cuenta de que Dios nos
ama lo suficiente como para darnos exactamente la mejor vida para nosotros.
¿Aceptaremos esto o nos volveremos amargados e iremos por otro camino?
En el versículo 28 Jesús les recuerda a sus seguidores lo que el Bautista había testificado
antes: “Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él” (1:20). Juan fue el
mensajero divino y precursor quien “enderezaría el camino” para el Señor (1:23, de Is 40:3).
Este es un testimonio notable para alguien que estaba completamente consciente de que
su ministerio estaba por terminar, pero que también estaba perfectamente satisfecho con
lo que Dios tenía reservado para él. ¡Qué lección para todos nosotros!
Para aclarar su argumento completamente, en el versículo 29 Juan usa la ilustración del
“amigo del novio que está a su lado”, o best man [término en inglés anteriormente
descrito], cuyo deber en las bodas judías era supervisar los detalles. La suya fue una parte
importante, ya que se ocupó de todas las necesidades prácticas y dejó todo listo para la
celebración. Él estaba a cargo de la preparación de la novia, supervisando los ritos de
purificación y guiando la procesión que llevó a la novia a la casa del novio para la ceremonia.
Aun así, toda la atención estaba en la pareja de novios, y el amigo estaba en feliz espera,
escuchando, mientras “se llena de alegría cuando oye la voz del novio”. El propósito del
amigo debía ser desviar la atención hacia el novio y dirigir todos los preparativos, luego
desaparecen cuando llega el novio. Juan estuvo encantado de tener ese papel.
Detrás de esto está la imagen de Israel como la novia de Yahweh (Is 62:4–5; Os 2:16–
20) y la iglesia como la novia de Cristo (Ef 5:25–27; Ap 21:2, 9). Juan el Bautista ha cumplido
su tarea, y él
puede testificar a sus discípulos que “Esa es la alegría que me inunda”. Jesús ha llegado,
su ministerio mesiánico ha comenzado, y así la parte del Bautista ha terminado. No solo
está contento, está lleno de alegría de haber completado con éxito su parte, y como amigo
del novio ahora puede colocar la mano de la novia en la del novio y saber que todo está
bien.
Su declaración final (v. 30) aclara aún más su testimonio anterior de que Jesús, el
“mayor”, lo superaría (1:15, 30). Juan usa la palabra griega dei (“deber”) para comunicar
que fue la voluntad soberana de Dios que Jesús “debe tener cada vez más importancia y yo,
menos”. El plan de Dios exigía el un papel menos importante para Juan, pero eso también
significaba que el plan soberano estaba siendo exitosamente cumplido, y en eso Juan solo
pudo regocijarse en su privilegiado papel. dei es un término muy importante en Juan y
Apocalipsis, que muestra la voluntad predeterminada de Dios y denota las partes esenciales
del plan divino de salvación. La participación de Juan el Bautista estaba ahora terminada,
pero su gozo continuaba.
Comentario: Juan señala la gloria del Hijo (3:31–36)
El segundo resumen de la participación de Juan el evangelista (después de 3:16–21) se
centra en la persona y la obra de Jesús el Cristo. La cual es una parte esencial de la teología
de todo el cuarto evangelio y especialmente enfatiza su gloria y exaltación. Su objetivo es
cimentar sobre el testimonio del Bautista y profundizar en nuestra comprensión de este
cuyo ministerio está ahora comenzando a emerger.
La exaltación del que habla (3:31)
Con respecto a lo que dijo el Bautista en 3:29–30, en el versículo 31, el evangelista aclara
que “Él vino de lo alto y es superior a cualquier otro”. Jesús es el “mayor” porque su origen
es “de arriba” (en griego: anothen), el mismo término para “nacido de arriba” en 3:3. Jesús
ha hecho posible la base del nuevo nacimiento celestial a través de su origen divino, y
porque él es “superior a cualquier otro,” mayor que todos los demás.
En total de contraste, “el que es de la tierra, es terrenal.” Lo celestial es infinito, lo
terrenal es finito; lo celestial es eterno, lo terrenal es temporal. Lo terrenal incluye no solo
al Bautista, sino también a Nicodemo. La persona terrenal “de lo terrenal habla”, de manera
limitada y desde una perspectiva finita. Los profetas como el Bautista podían profetizar,
pero solo podían repetir lo que Dios les decía. Ellos no tenían ningún acceso a enigmas
celestiales ni tampoco control sobre el “nacimiento que viene de arriba”. Los maestros
como Nicodemo podían solamente explicar lo que se dice en los libros ocultos que Dios
había inspirado y fueron limitados en su capacidad para interpretar.
El recibimiento del que habla (3:32–33)
Juan continúa diciendo que Jesús, con su perspectiva “desde arriba” observa nuestra
situación terrenal con conocimiento celestial, lo que implica que el Padre mismo le habla al
Hijo acerca de todas las cuestiones celestiales. Lo que el Hijo oye y ve tiene lugar dentro de
la Divina Trinidad y es con respecto a verdades eternas. Sin embargo, el lado triste es que,
aunque el que tiene la autoridad celestial “da testimonio de lo que ha visto y oído “, estas
verdades celestiales se transmitieron a los seres finitos terrenales, “pero nadie recibe su
testimonio”. Su testimonio se basa sobre los hechos más importantes jamás conocidos por
la humanidad, pero no a nadie le importa. Como en 1:10–11, las mismas personas del
mundo creadas por Dios-hombre se han negado a saber o aceptar estas verdades. El único
testimonio más importante de toda la historia es recibido con incredulidad.
Y así como 1:10–11 (el rechazo del mundo) es seguido por 1:12–13 (la aceptación por
muchos), también aquí 3:32 (el rechazo) es seguido por 3:33 (la aceptación), pero esta vez
el énfasis está en la tutela de Dios, como aquellos que se abren a estas verdades y “aceptan”
el testimonio celestial “certifica [certificando] que Dios es veraz”. Es Dios quien ha enviado
a su Hijo y formuló su plan de salvación a través de él, así, mientras Cristo es la verdad
(14:6), también Dios es veraz. “Certificar” o “Afirmar” (sphragizō) es un término legal para
sellar un documento oficial y garantizar que es verdadero y válido. La metáfora es un sello
que autentica una decisión legal, de modo que aquellos que “aceptan su testimonio” se
convierten en testigos legales de las aseveraciones de verdad que él afirma
El Espíritu detrás del que habla (3:34–35)
Con el versículo 34, Juan especifica quién está detrás de cada palabra que Jesús habla,
completando la idea central de la trinidad en este pasaje. El Hijo tiene un doble apoyo, Dios
quien “lo envió” como su embajador y el Espíritu que lo llena con su presencia poderosa.
Así cuando habla, “comunica el mensaje divino”. El Verbo (en griego: logos, como en el
prólogo) proclama las palabras (rhēma). Las palabras de Jesús son “Espíritu y vida” (6:63),
porque son “las palabras de Dios” (aquí) y “las palabras de vida eterna” (6:68). Jesús es el
heraldo divinamente enviado, embajador de Dios desde el cielo, o “el enviado” como en el
shaliach, quien habla con la misma voz de Dios.
Con esta autoridad como la misma voz de Dios, “Dios mismo le da su Espíritu sin
restricción”. Dado que la palabra “él” en realidad no está en el texto, es posible interpretar
esto como Jesús dándonos el Espíritu. Mientras que unos pocos lo toman de esta manera,
el contexto hace que sea mucho más viable ver a Dios dando el Espíritu a Jesús. Un dicho
rabínico posterior decía que el Espíritu descansó sobre los profetas “según la medida” del
llamado de cada uno (Lv Rabá 15:2). No hay medida ni límite para el llamado de Jesús, por
lo cual, el Espíritu desciende sobre él (1:32–33) con poder ilimitado. Esta es la Trinidad: el
Padre envía al Hijo y le otorga el Espíritu ilimitado.
Además, según el versículo 35, “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos”. El
amor del Padre es ilimitado (5:20; 10:17; 15:9; 17:23–26) y también lo son tanto el Espíritu
como la autoridad dada al Hijo sobre su creación. Esto vuelve al Verbo como Creador (1:3–
4), con Jesús el dueño universal de “todo”. El control soberano de Cristo es universal y
eterno (ver Col 1:15–20), y él sabía que el Padre había “puesto todo en sus manos”. Cristo
es al mismo tiempo omnisciente (véase 1:42, 47) y omnipotente. Lo importante aquí es que
este soberano Cristo con autoridad y Espíritu ilimitados, ha traído la salvación a la
humanidad pecadora.
La decisión que toda la humanidad debe tomar (3:36)
Solo hay dos respuestas a Cristo (como en 3:19–21): incredulidad (amar la oscuridad) o fe
(viniendo a la luz). Este versículo, enfatizando la respuesta a Cristo, proporciona un clímax
apropiado para toda la porción 1:19–3:35, especialmente al capítulo 3. El resto del libro
continuará este tema, y en la “máxima” al final del cuarto evangelio se nos dirá, “Pero estas
se han escrito para que ustedes crean” (20:30–31). Este es un encuentro evangélico que
exige una decisión de fe como la única respuesta posible a las verdades reveladas, una
decisión que determinará el destino eterno del lector.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” como posesión presente. (Juan usa el tiempo
presente a lo largo de este versículo). La cual les pertenece a ellos ahora, así como en la
resurrección final. Por otra parte, “el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida”, tanto
en el presente como en el futuro eterno, porque “permanecerá bajo el castigo de Dios”.
En 3:18 vimos que el incrédulo “ya está condenado”. Su condena no les espera en el
juicio final; la ira de Dios ya descansa sobre ellos debido a sus repetidos rechazos a Cristo
prácticamente todos los días de sus vidas. Nuestro santo Dios es caracterizado por dos
aspectos interdependientes de su ser: la justicia y el amor. Rechazar su amor es caer bajo
su justicia, y el mismo Dios debe responder con ira a aquellos que rechazan a su Hijo. Como
el amor divino y el otorgamiento de la vida son realidades presentes, también lo son la
justicia divina y la ira.
Este es el final del ministerio de Juan el Bautista en este evangelio, y concluye la primera
sección principal del ministerio de Jesús. Ahora comenzará a separarse de aquellos en 1:11
(ministerio a “los suyos”, los judíos) a aquellos en 1:10 (ministerio al mundo). Comenzará
con los samaritanos en el capítulo 4, siendo identificado como “el Salvador del mundo
“(4:42).
La primera sección (3:22–30) trata sobre el reconocimiento de parte del Bautista por su
parte ya terminada en la historia de la salvación y su alegría. Como el amigo del esposo en
la boda entre Jesús y la iglesia, su tarea era para preparar el camino para la era mesiánica.
Ahora ha completado esta tarea con éxito y felizmente se hace a un lado, contenido por
haber realizado un buen trabajo. Esta es una lección importante, ya que la mayoría de
nosotros tenemos roles subordinados a desempeñar en el reino, sin embargo, todos
tenemos participaciones importantes. Tenemos que darnos cuenta de que Dios nos amó lo
suficiente como para darnos el lugar exactamente correcto en su plan. Nosotros, como
Juan, debemos estar contentos de aceptar nuestro ministerio y lugar dado por Dios.
La segunda mitad es el resumen de Juan (3:31–36) de las verdades que se acaban de
enunciar, centradas en la autoridad del que es “de arriba” y también tiene autoridad
celestial detrás de lo que revela. Su testigo es autenticado primero por aquellos quienes lo
aceptan y certifican las verdades divinas, y segundo por el Espíritu, quien sustenta estas
verdades y proporciona un poder ilimitado al orador divino. La esencia trinitaria es
inconfundible; la divinidad completa está detrás de las verdades del evangelio. El
omnipotente Cristo, el único en soberano control de su creación, ha traído salvación a
humanidad. Por lo tanto, cada persona es traída por el poder de convencimiento del Espíritu
(véase 16:8–11) a la decisión de fe y debe elegir entre creer o rechazar al Hijo, el Salvador
de la humanidad. Esto determinará si tienen vida eterna o si permanecen bajo la ira de Dios.
Ese es el centro del cuarto evangelio, además de señalar nuestra tarea: tenemos la misión
de llevar la salvación de Dios a un mundo perdido.
EL REGRESO A CANÁ Y LA MUJER SAMARITANA
(4:1–54)
Juan ha concluido la primera parte del ministerio de Jesús enmarcado por el testimonio de
Juan el Bautista (1:19–34; 3:21–36). Jesús ahora se dirige a Galilea por segunda vez (la
primera fue en 2:1) y en obediencia al Padre pasa por Samaria, participando en la primera
misión fuera del territorio judío registrada en la Biblia desde Jonás e iniciando el
lanzamiento profético de la misión de Dios al mundo.
Esta es la tercera escena de salvación, después de 1:35–51 y 3:1–15, una vez más, Jesús
toma la iniciativa (véase 1:43). En 3:1–15 alcanzó a un líder judío, aquí a una mujer
despreciada por la marginación (una samaritana, mujer, una persona inmoral).
Esto se convierte en un modelo perfecto de misión, porque ninguno de los discípulos de
Jesús pudiera haberla considerado como Jesús lo hizo para ser la primera no judía conversa.
El mensaje aquí es que todos y cada una de las personas son objetivo para la misión. Cristo
murió por todos, y no hay lugar para el prejuicio en la iglesia. Mi comentario a continuación
será algo detallado, porque quiero usar los diversos “encuentros” entre Jesús y la mujer
samaritana para mostrar la narrativa progresiva del evangelio cuando Jesús la confronta y
la guía a una decisión de fe.
En los últimos años, varios intérpretes han visto esta escena como un giro irónico en la
típica historia de la hospitalidad. Jesús visita un pueblo samaritano, donde como extraño se
le debía dar la bienvenida y ofrecer hospitalidad, pero el hecho de que fuera un pueblo
samaritano y que se encontrara con una mujer es muy inusual. Aún más así es el hecho de
que muy rápidamente la escena se invierte y Jesús se convierte en el anfitrión, ofreciendo
a la mujer “agua viva”. Su respuesta positiva a Cristo es el opuesto directo de la ausencia de
reacción alguna por parte de Nicodemo. Esto se convierte en una sección central para el
tema de la misión de Juan, ya que contiene el primer discurso sobre misiones (4:31–38), y
por lo tanto la misión de Cristo a los despreciados samaritanos comienza la misión de Dios
al mundo.
Jesús regresa a Galilea pasando por Samaria (4:1–6a)
En el versículo 1, Juan explica la razón por la que Jesús decidió abandonar Judea y volver a
Galilea, una controversia que se gesta cuando los fariseos, los enemigos del Bautista y de
Jesús “oyeron que estaba ganando y bautizando más discípulos que Juan”. La oposición en
Judea estaba empezando a organizarse, por lo que Jesús probablemente decidió irse. Juan
aclara en el versículo 2 que en realidad no fue Jesús sino sus discípulos quienes realizaban
el bautizo. Parece ser más una nota histórica, la partida de Jesús de Judea no se debió a
tensiones con Juan el Bautista sino a la situación con la creciente oposición por parte de los
fariseos.
El término crítico en el versículo 4 es que Jesús “tenía que” (griego: edei, “Deber o
tener”) “pasar por Samaria”. Algunos han pensado que esto significa simplemente que
Jesús, posiblemente apurado, sintió que tenía que tomar la ruta más corta atravesando
Samaria en lugar de la ruta más larga al otro lado del Jordán a través de tierras paganas.
Josefo dijo incluso que esta era la ruta normal para viajar de Judea a Galilea
(Antigüedades 20.118). Sin embargo, esto es poco probable, porque los samaritanos eran
enemigos de los judíos, y los fariseos y otros judíos conservadores la evitaban. Muy
probablemente cuando José y María fueron a Judea para las celebraciones, tomaron la ruta
por el exterior.
Entonces “tenía” tiene su fuerza habitual en Juan de retratar necesidad divina (3:7, 14,
30), en particular la importancia destinada por Dios de comenzar la misión universal de
Jesús y la iglesia con Samaria. Jesús estaba siguiendo el camino designado por el Padre.
Todo en Juan tiene lugar como parte del plan de Dios, y la misión para el mundo se inicia en
el momento justo. La voluntad de Dios guió a Jesús a Samaria a la aldea de Sicar, y él había
arreglado todo para que la mujer estuviera en el lugar designado a la hora señalada.
Mientras pasaba por Samaria, Jesús llegó al pueblo de Sicar cerca del pozo de Jacob (v.
5). Esto probablemente sería justo al este de los montes Gerizim y Ebal, en el corazón del
territorio samaritano, pero no lo sabemos con certeza. El rencor entre judíos y samaritanos
derivaba de la petición por parte de los judíos de que estos medio-judíos (los asirios los
obligaron a casarse con paganos) se divorciaran de sus esposas paganas al regreso del exilio.
Los samaritanos se negaron, y la enemistad continuó durante los próximos siglos. La mutua
aversión todavía era fuerte durante el tiempo de Cristo.
El pozo de Jacob (v. 6) no se menciona en el Antiguo Testamento, pero la tradición existe
hasta el presente y probablemente sea correcta. Este pozo tiene aproximadamente cien
pies de profundidad, siete pies de diámetro, y es alimentado por un manantial burbujeante
subterráneo, lo cual encaja con el “agua viva” de la historia aquí”. El terreno que Jacob le
había dado a su hijo José se menciona en Génesis 48:22, cuando Jacob en su lecho de
muerte se lo heredó a José. Se encuentra solo a poca distancia del pozo.
Encuentro inicial: Jesús pide agua (4:6b–9)
Aquí comienza la subnarrativa de la hospitalidad. Jesús llegó al mediodía, uno de los
momentos más calurosos del día, y cansado por el largo caminar, se sentó junto al pozo
para descansar. La luz de Dios estaba por brillar en el mundo samaritano. En ese momento
una mujer samaritana vino a sacar agua, y la escena estaba preparada. Jesús estuvo allí solo,
porque “sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida” (v. 8). Uno podría pensar
que esto es inusual, dado que los samaritanos fueron considerados impuros, pero los judíos
galileos no eran tan legalistas como los de Judea, por lo que los viajeros en Samaria tenían
que llevar muchas provisiones o comprar comida allí. Por esto, Jesús estaba esperando que
regresaran.
Mientras esperaba, una mujer samaritana vino al pozo, también por agua. Esto era
inusual por dos razones: primero, las mujeres en general venían en grupos en lugar de
individualmente; y segundo, iban de mañana en lugar del calor de la tarde. Probable (como
veremos) esto debido a que ella era considerada una mujer inmoral y por eso no era
bienvenida a la compañía de los demás. Ella vino cuando podía estar sola.
La petición de Jesús en el versículo 7, “Dame un poco de agua” ha sorprendido a la
mujer. Al hablar con ella, rompió varios tabúes: (1) un tabú religioso, debido a que los
samaritanos aceptan solo el Pentateuco como canon y el Monte Gerizim en lugar del Monte
Sion como el lugar sagrado; (2) un tabú sexual, ya que los hombres no interactuaban
socialmente con las mujeres; nunca iniciarían una conversación con una mujer que es
extraña; (3) un tabú étnico, con los judíos manteniéndose alejados de los samaritanos y
viceversa. Jesús libremente ignoró tales cosas cuando el evangelio estaba en juego,
proporcionando un importante modelo para el ministerio hoy entre los desamparados y
marginados.
La solicitud de Jesús por agua fue cuidadosamente calculó. Su respuesta en el versículo
9 (“si tú eres judío y yo soy samaritana”) muestra la distancia entre los dos grupos,
centrándose en lo inapropiado de esta petición, como explica Juan (“los judíos no usan nada
en común con los samaritanos”). El verbo indica no solo asociación sino también el uso de
los mismos utensilios, los cuales podían estar impuros. Los judíos fueron normalmente muy
cuidadosos con esas cosas y nunca beberían del mismo tazón, por lo que está sorprendida.
Aun así, Jesús a menudo se metió en problemas por comer con personas de mala
reputación (Mt 9:11; 11:19; Lc 15:2; 19:7), así que esto fue una extensión de su práctica
regular. Tenía un propósito superior en su solicitud, preparándola para su próxima oferta.
El evangelio es superior a todos los tabúes, porque la salvación de las almas tiene prioridad
sobre las preocupaciones religiosas.
Segundo encuentro: Jesús ofrece agua viva (4:10–12)
La primera petición preparó el escenario para esta réplica, cuando Jesús gira la tabla en la
narrativa de hospitalidad y asume el lugar del anfitrión que ofrece un nuevo tipo de agua.
La mujer está sorprendida por quien percibe ser un hombre judío que se dirige a una
samaritana. Sin embargo, él es mucho más y la lleva paso a paso en esa dirección,
desafiándola en el versículo 10, “Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te
está pidiendo agua.… “Lo que Dios puede dar” significa que Dios le está ofreciendo a través
de Jesús el don de la vida eterna y del Espíritu Santo, como veremos a continuación. Ella no
está hablando solo a un hombre judío o incluso un profeta, como ella piensa, sino a aquel
que ofrece el don de la salvación de Dios para ella.
Jesús le ofrece “agua viva”, que para ella se refiere a la fuente agua (de manantiales
frescos y burbujeantes como el estanque de Betesda o este también), pero en su sentido
metafórico previsto se refiere al “agua de la vida “de Dios. En el Antiguo Testamento, este
término se usaba a menudo de la Torá o la sabiduría o el Espíritu de Dios, ya que Dios es la
fuente de vida y de conocimiento (Is 12:3; Jer. 2:13; Zac. 14:8). La cual tipifica el poder
vivificante de Dios y la presencia del Espíritu Santo. Esto solo puede venir de Jesús, el Hijo
de Dios y el dador del Espíritu, concluyendo en Apocalipsis 22:1–5 con el río del agua de
vida brotando hacia el pueblo de Dios. Vemos aquí una participación trinitaria, como cada
miembro de la Deidad es la fuente de esta vida.
La mujer, tal como Nicodemo, entiende esto a nivel terrenal y lo dice así en el versículo
11: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo”, porque este
pozo tenía cien pies de profundidad. Y agrega, “¿de dónde, pues, vas a sacar esa agua que
da vida?”. Debía de haber estado allí al menos una soga, ya que cada habitante llevaba su
cubo propio (debido a las leyes de pureza). Ella está confundida por una promesa que Jesús
aparentemente no puede cumplir.
Entonces ella pasa a la ofensiva en el versículo 12, “¿Acaso eres tú superior a nuestro
Padre Jacob, que nos dejó este pozo?” Ella no se está burlando de él, sino que es incrédula
y escéptica sobre sus afirmaciones implícitas. Él parecía un hombre judío de aspecto
promedio, entonces, ¿por qué estas declaraciones tan extrañas? Jacob había cavado
originalmente el pozo, y había sido usado desde entonces por sus descendientes ¿Jesús se
creía mejor que uno de los patriarcas? Ella podría estar pensando en un profeta como
Moisés (Dt 18:15), que extrajo agua de la roca (Nm 20:2–13); seguramente no parecía
superior a esa figura.
Tercer encuentro: Jesús ofrece el agua de vida (4:13–15)
Jesús está subiendo las apuestas cada vez más alto y ofreciéndole todo a esta mujer
samaritana, pasando del agua al agua viva y finalmente al agua de vida eterna. Ahora ella
no se puede equivocar en su significado espiritual. Él parte de su perspectiva terrenal en el
versículo 13: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed”. A pesar de lo importante
que era el pozo, solo podía proporcionar satisfacción temporal.
Pero Jesús no tiene esta agua en mente. “Pero el que beba del agua que yo le daré no
volverá a tener sed jamás”. El agua del pozo tenía que ser sacada con un cubo, pero el agua
celestial que Jesús ofrece “se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna”. La
palabra griega detrás de “pozo” o “burbujeo” es fuerte, representando un géiser saltando,
una imagen que se encuentra a menudo en el Antiguo Testamento (Is 49:10; 55:1–3). El que
bebe de esta agua “no volverá a tener sed jamás”, con el significado griego “nunca más por
la eternidad”, aplicado a nueva vida literalmente brotará de este manantial mesiánico. El
resultado no es solo una vida terrenal prolongada sino “vida eterna”.
Ella no entiende completamente pero no se equivoca en los matices básicos, entonces
responde en el versículo 15: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni
siga viniendo aquí a sacarla”. Ella entiende que tiene acceso a un suministro de agua
sobrenatural, pero todavía está pensando en el agua literal. Ella le pide que llene su cubo
con esta agua nueva. Aún así, ella no muestra conciencia de la realidad espiritual a la que
Jesús se dirige. No podemos saber si ella en realidad cree lo que está diciendo al menos en
un nivel básico o está burlándose un poco, pero quiere una parte en la acción si hay algo de
verdad en eso.
Cuarto encuentro: Jesús está consciente de su situación marital (4:16–18)
La mujer samaritana está pensando claramente solo en la situación terrenal, entonces Jesús
cambia de rumbo y aborda su pasado y presente, mostrando la misma conciencia
sobrenatural tal como lo hizo con Simón (1:42) y Natanael (1:47). Su intención es obligarla
a ver cara a cara no solo quién es ella (lo cual ella sabe) sino con quien es Jesús mismo. Él
comienza en el versículo 16 pidiéndole que vaya a buscar a su esposo, lo que la llevó a
admitir que actualmente no estaba casada (v. 17). Probablemente pensó que esto
terminaría la discusión, pero su propósito era descubrir su verdadera condición espiritual.
Antes de que ella pudiera tomar del agua viva, debía enfrentarse a su condición moral.
No hace falta decir que su respuesta omnisciente la sorprende. Como en 1:5, la luz de
Cristo brilla en sus lugares oscuros y la confronta con su verdadera situación. Sus cinco
matrimonios (4:18) probablemente incluyeron varios divorcios. En el judaísmo, la escuela
que siguió al rabino Shammai era estricta, pero la escuela que siguió al rabino Hillel (el
enfoque predominante) permitió el divorcio por casi cualquier tema (como nuestra
sociedad hoy). Aun así, más de dos o tres divorcios era considerado vergonzoso, y con los
samaritanos era invariablemente similar. Por esta razón se veía obligada a traer agua ella
sola al mediodía; probablemente era rechazada por las otras mujeres.
Su estado civil actual (con un hombre que no era su esposo) habría agregado a su
vergüenza. Probablemente habría sido considerada inmoral debido a su número de
maridos, así como su situación marital actual, y Jesús la está confrontando con el problema
que le impide participar del agua viva.
Quinto encuentro: la mujer crece en conciencia y adoración (4:19–22)
El conocimiento y la revelación de Jesús de su verdadera situación la obligan a reflexionar
sobre quién es en realidad, así que ella dice en el versículo 19: “Señor, me doy cuenta de
que tú eres profeta”. Puede que quiera decir que él es un profeta inspirado como los del
Antiguo Testamento con una visión especial de Dios (ver Lc 7:39). Alternativamente, tal vez
se pregunta si él podría ser “el profeta”, el “profeta como Moisés” de Deuteronomio 18:15
(como en Jn 1:21), llamado Taheb por los samaritanos, que era el equivalente al Mesías
judío. Probablemente hay más doble significado, con la mujer pensando el primero y el
autor insinuando lo segundo.
Si él es un profeta, ella espera que pueda resolver un gran debate entre los judíos y los
samaritanos con respecto al lugar apropiado de adoración. En el versículo 20 ella pregunta
si Jerusalén o “este monte” (Monte Gerizim en Samaria, donde “nuestros ancestros
adoraron”) es el lugar apropiado para adorar a Dios. Los samaritanos habían construido su
propio templo allí y rechazaron la adoración en el templo Jerusalén. Creyeron la orden de
construir un altar al entrar a la tierra en Deuteronomio 27:4–8 la cual se refería al monte
Gerizim (en lugar del Monte Ebal, como dice el texto), y que Gerizim tenía preferencia sobre
Jerusalén, lo que argumentaron no surgió hasta después del período en que se escribió el
Pentateuco.
Este es un punto de inflexión en el diálogo, ya que ahora está pensando a nivel espiritual,
y la discusión se convierte en adoración.
La respuesta de Jesús en el versículo 21 ciertamente la sorprende, comenzando con la
misma palabra “mujer” que usó con su madre en 2:4. La invita a una “Fe” inicial en lo que
él está a punto de decir, claramente como preludio de una profunda decisión de fe que está
por venir.
Luego hace una afirmación profética sobre un “tiempo” venidero u “hora”, señalando
un evento apocalíptico en el futuro cuando la adoración judía en Jerusalén o la adoración
samaritana en el monte Gerizim ya no será así. Algunos intérpretes piensan que esto es una
referencia a la destrucción del templo en el año 70 d.C. y a la descentralización de culto
judío posteriormente. Sin embargo, es mejor considerando como señalando la llegada del
nuevo reino de Dios. Sin embargo, este no es el escatón, o el fin de todas las cosas, sino la
nueva era de salvación inaugurada por la muerte y resurrección de Jesús. El acceso al Padre
será directo (véase Heb 8:10–11), y ni el Monte Gerizim ni Jerusalén serán importantes.
Además, insinúa que judíos y samaritanos adorarán juntos, no por separado y en conflicto
el uno con el otro.
En 4:22 él responde su pregunta más directamente, afirmando que los samaritanos “no
conocen” el verdadero objeto de adoración, Dios, mientras que los judíos “adoran lo que
nosotros [Jesús se incluye a sí mismo] conocemos”, concretamente, el Dios del Antiguo
Testamento cuyo verdadero templo está en Jerusalén. La razón de esto (del griego: hoti,
“porque, para”) es que “la salvación es de los judíos”, junto con “de” (ek) refiriéndose al
origen.
Esto difícilmente quiere decir que todos los judíos serán salvos o que no hay salvación
sin volverse judío (eso se debatirá las epístolas de Pablo a los Gálatas y Romanos), sino que
Cristo y su salvación vienen de la matriz judía. Entonces Jesús claramente se identifica con
su trasfondo judío al responder a la mujer samaritana.
Sexto encuentro: la verdadera adoración es en espíritu y verdad (4:23–24)
Por segunda vez, Jesús le dice: “Pero se acerca la hora”, pero en el versículo 23 agrega “y
ha llegado ya”. La hora del destino en Juan (véase 2:4; 4:21) siempre se refiere al tiempo
designado por Dios de la pasión de Jesús.
El punto aquí es que la nueva era de salvación ahora ha llegado en Jesús. Hay una
discrepancia del tipo “ya / aún no” aquí, ya que el reino ya ha llegado, pero aún no se ha
consumado, la “hora que vendrá con la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Hay tres etapas
de la historia de la salvación en Juan: la encarnación, la vida y muerte de Jesús el Cristo, y la
segunda venida. Juan destaca los dos primeros aquí.
El “ahora” de la salvación se define por la adoración: “verdaderos adoradores rendirán
culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le
adoren”. Hay un patrón A-B-A en los versículos 23–24, con “adoración en espíritu y verdad”
brindando la estructura para “Dios es espíritu”. Jesús comienza con “verdaderos
adoradores” por dos razones: (1) ni la adoración judía ni la samaritana serás suficientes (v.
21, “ni en este monte ni en Jerusalén”, cada uno con su propio templo material), porque se
ha introducido un nuevo culto en la nueva era de la salvación; y (2) la adoración adecuada
ahora se centra en Cristo y la nueva vida que ha traído. La imagen de Dios “buscando” tales
adoradores es enfática. El Padre solo quiere a aquellos cuya adoración sincera es guiada por
el Espíritu y centrada en el Espíritu. Esta adoración es trinitaria, ya que todos los miembros
de la Trinidad están involucrados.
Jesús define esta verdadera adoración en el versículo 24. Se centra en la relación Padre-
Hijo. La nueva familia de Dios ha sido instituida por Cristo. Respondemos al amor del Padre
con adoración. La base de esto es el hecho de que Dios el Padre “es espíritu”. Juan define a
Dios de tres maneras en sus escritos: “Dios es espíritu” (aquí), “Dios es luz” (1Jn 1:5) y” Dios
es amor “(1Jn 4:8). Hasta cierto punto, decir que Dios es espíritu significa que no es un ser
corpóreo sino un ser espiritual. Él no es material y no debe ser adorado como tal en esta
nueva era de salvación, ya sea en Jerusalén o en el monte Gerizim. A nivel más profundo, él
trasciende totalmente y va más allá de nuestra comprensión, sin embargo, se nos ha
revelado y nos permitió pertenecer a su familia. Ese es uno de los grandes misterios. Como
Espíritu, él da vida y nos levanta por encima de nuestra propia finita existencia para
experimentarlo.
Debido a que Dios es espíritu en forma y esencia, la adoración no puede ser material,
sino “debe” (del griego: dei) llevarse a cabo “en el Espíritu y en verdad”. En griego, ambos
se rigen por un simple en (“en”) y forman una sola idea, “verdaderamente en Espíritu”. Hay
un doble significado aquí. En cierto sentido, esta adoración es “en el espíritu”; la adoración
se centra en el ser interior completo del adorador, siendo profundamente espiritual y de
todo corazón. En otro sentido, esta adoración solo es posible “en el Espíritu” debido a la
presencia y el poder del Espíritu Santo que nos hacen capaces. Él es “el Espíritu de verdad”
(14:17; 15:26; 16:13). El nuevo nacimiento viene “de arriba” (3:3), y Jesús es “de arriba”
(3:31), así que la verdadera adoración está disponible por el cielo y centrada en el cielo, y
tiene lugar cuando estamos buscando y pensando “en las cosas de arriba” (Col 3:1–2).
Aquellos en el Espíritu adoran con toda su alma, corazón, mente y fuerza.
Séptimo encuentro: Jesús se identifica como el Cristo (4:25–26)
Aquí está la culminación de esta escena de salvación y encuentro de fe, cuando la mujer se
da cuenta de que Jesús es más que un profeta. Su increíble explicación de la verdadera
adoración desencadena una reflexión sobre el Taheb samaritano y el Mesías judío, entonces
ella le pide que explore esto en el versículo 25: “Sé que viene el Mesías, al que llaman el
Cristo —respondió la mujer—. Cuando él venga nos explicará todas las cosas”. Ella está
todavía confundida y tenía una vaga idea de que algo extraordinario había sucedido, pero
todavía no podía definir qué. Entonces ella pregunta a Jesús sobre el Mesías, el equivalente
judío del Taheb, quien enseñaría y revelaría “todas las cosas”. Como varios intérpretes han
señalado, esta idea del Taheb como maestro es más una idea samaritana que una judía, y
ella está uniendo las dos figuras.
Jesús no se molesta en corregirla, sino que usa su comprensión parcial para revelarse
así mismo ante ella en el versículo 26: “ese soy yo, el que habla contigo”. La frase comienza
en griego con las tan importantes palabras egō eimi, basada en la auto revelación de Dios
en la zarza ardiente en Éxodo 3:14, “Yo soy el que soy”. Este es el verdadero nombre del
pacto de Dios como Yahweh, reflejado también en Isaías 41:4; 43:10–13; 48:12; 52:6 y visto
nuevamente en Juan en 8:24, 28, 58, y en las siete declaraciones “Yo soy”. Apenas le está
revelando su deidad, pero el evangelista quiere que el lector lo comprenda. Le está
revelando que él es el verdadero Taheb quien solo puede “explicar todas las cosas” y
proporcionar agua viva.
El regreso de los discípulos y el testimonio de la mujer (4:27–30)
Los discípulos finalmente regresan con la comida que compraron (véase 4:8), y lo hacen
justo en el momento de la auto revelación de Jesús, llevando esta representación al
siguiente nivel: la del testimonio. Allí hay un claro contraste entre el entusiasmo de la mujer
por compartir con la gente del pueblo y la sorpresa por parte de los discípulos de que Jesús
estuviera hablando con ella.
Además, no están dispuestos a participar en el diálogo, reflejando su postura en contra
de hablar con mujeres y samaritanos. Juan nos dice en el versículo 27 que “ninguno” estaba
dispuesto a abordar a la mujer (para preguntarle, “¿Qué pretendes?”) o a Jesús (para
preguntarle, “¿De qué hablas con ella?”). La Mishná, una antigua fuente judía, nos dice que
los judíos generalmente pensaban que los hombres no deberían hablar públicamente con
una mujer, y era aún peor para un rabino perder su tiempo haciéndolo (m. Abot 1:5). Jesús
no tenía ninguna de esas tendencias misóginas, pero claramente sus discípulos sí.
La mujer era todo lo contrario. No hay duda de que Jesús la había tocado
profundamente, porque en el versículo 28 ella deja su cubo de agua y corre de regreso a la
aldea para contarles a todos lo que había sucedido. Tres cosas muestran su estado mental:
(1) Los cubos de agua eran utensilios importantes y solo serían abandonados en caso de
que la tarea que estaba delante de ella fuera más importante. (2) Como acabamos de ver,
las mujeres no hablaban públicamente, especialmente con los hombres. No podían ser
testigos oficiales de ningún asunto. Si varias mujeres hubieran presenciado un robo, el
ladrón no podría ser llevado ante la justicia, porque ninguna de las mujeres podía testificar.
(3) Ella había sido humillada por sus compatriotas como una persona inmoral y tenía que
venir a buscar agua al mediodía para que no tuviera que enfrentarse a otras mujeres. En su
emoción y prisa por contarle al pueblo las noticias emocionantes acerca de Jesús, ella ignoró
cada una de estas barreras.
Su invitación a “Vengan a ver” (v. 29) refleja la invitación de Jesús en 1:39 y de Felipe en
1:46. Como la de ellos, su invitación tiene un objetivo evangelístico y de hecho conduce a
una decisión de fe por parte de mucha de la gente del pueblo. Su testimonio de que él le
había dicho “todo lo que he hecho “proviene de 4:17–18 y pudiera ser visto como la visión
e intuición de un profeta. Su pregunta final muestra que ella también está cerca de la
conversión, con “no será” (en griego: mēti) que indica la naturaleza tentativa de esto: “¿No
será este el Cristo?”
Todo el pueblo pregunta esto junto con ella, y pasamos directamente a la misión de
Jesús al mundo; ella, como Andrés y Felipe en 1:35–50, lleva la invitación mesiánica a otros.
La respuesta de los aldeanos es inmediata. Salieron de la ciudad y “fueron” (es tiempo
imperfecto, por lo que “comenzaron a venir” sería mejor) a Jesús. Piénselo de esta manera:
mientras Jesús pronuncia su discurso de misión en los versículos 31–38, estos aldeanos
están en camino hacia él para ejemplificar la cosecha. Su testimonio tiene éxito. Como
antes, su conversión no está narrada, pero está implícita en sus acciones. Es muy probable
que ella se encuentre entre aquellos que “creen” en 4:39, 41.
Jesús habla sobre la misión (4:31–38)
Este sermón misionero progresa de manera similar a los encuentros con la mujer, así que
lo resumiré como una serie de interacciones con los discípulos. Muchos consideran esto un
excursus o interludio, pero está, en realidad, integrado en el mensaje del capítulo completo,
mostrando que el propósito final de Jesús era tener una “cosecha” en Samaria. Creía que
era hora de pasar al siguiente nivel y alcanzar no solo a los judíos sino también al mundo
con el evangelio de salvación.
Primera interacción: un nuevo tipo de alimento (4:31–33)
La escena comienza a nivel terrenal, con los discípulos insistiendo en el versículo 31, “Rabí,
come algo”. Se han perdido el significado de cada cosa que han visto, centrándose en la
comida para el estómago en lugar de la comida eterna, Jesús ha estado alimentando a la
mujer. Para ellos, Jesús era un rabino hambriento; para la mujer era un profeta,
posiblemente el Mesías. En este momento solo Jesús sabía que él era Hijo de Dios, El Verbo
en vida y el Salvador.
Jesús ha preparado una comida mucho mayor y por eso responde en el versículo 32: “Yo
tengo un alimento que ustedes no conocen”. El agua viva que le había ofrecido a la mujer y
el alimento espiritual que ahora él les ofrecía eran lo más lejano en sus mentes.
Entonces ellos interpretan lo que dice con el mismo tipo de ignorancia materialista que
Nicodemo y la mujer samaritana mostraron, diciéndose el uno al otro: “¿Le habrán traído
algo de comer?” (v. 33). Ellos fueron desafiados espiritualmente en esta etapa, todavía en
su infancia espiritual. Lamentablemente, esto continuó prácticamente hasta que recibieron
el Espíritu en el día del Pentecostés.
Segunda interacción: la voluntad y la obra de Dios (4:34)
Jesús ahora deja en claro que no está hablando de lo terrenal sino de lo espiritual. Comida,
definiéndola adecuadamente: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y
terminar su obra”. El verdadero alimento de Jesús es responder al dei (guía divina; vea los
comentarios en 4:4) de su Padre y actuar en consecuencia. Su comida es completar su
misión divinamente dada (“Del que me envió”) como enviado de Dios, llevando la salvación
al mundo. La misión a Samaria es esencial para esa voluntad divina, y él debe “terminar la
obra [de Dios]” en Samaria y el mundo. Es la voluntad y la obra del Padre las que nutren e
impulsan a Jesús, y él invita a sus discípulos a consumir esa comida enviada por el cielo junto
con él.
Detrás de esto está Deuteronomio [Link] “no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo
que sale de la boca del Señor”. Los israelitas se habían quejado sobre el maná, pero Moisés
señaló lo que realmente importa. Jesús tuvo una lección similar para sus discípulos.
Él está pensando de manera similar a Pablo en Romanos 12:2, donde cristianos
transformados demuestran con sus vidas lo “bueno, agradable y perfecta” que es la
voluntad de Dios para ellos. En Juan, el propósito principal de Jesús es “Hacer la voluntad
de Dios” (5:30; 6:38), y aquellos que siguen su ejemplo tienen la garantía de la vida eterna
(6:39, 40). Completar la obra de Dios está estrechamente alineado con la hora del destino
en la pasión de Jesús, y la evangelización de los samaritanos sería uno de los resultados de
que Jesús haya hecho posible en la cruz la salvación para el mundo.
Tercera interacción: La cosecha (4:35–38)
La voluntad y la obra de Dios se centran especialmente en la cosecha, y una vez más, Jesús
usa una metáfora terrenal para representar a una verdad espiritual. Comienza en el
versículo 35 con una observación tomada del mundo de la agricultura: “Todavía faltan
cuatro meses para la cosecha”. Los agricultores normalmente esperaban cuatro meses
desde la siembra hasta la cosecha. Jesús declara el tiempo de espera para la cosecha de
almas de Dios. “¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura”.
La cosecha de Dios no es como la cosecha terrenal. No hay brecha entre plantación y
cosecha. Cuando se siembra la semilla del evangelio, la cosecha comienza de inmediato.
Se refiere generalmente a la misión de su equipo y específicamente a los aldeanos de
Sicar, que en ese mismo momento están en su camino a Jesús (4:30). Los discípulos carecen
de visión. Necesitan levantar la mirada y ver a Samaria como un campo maduro para la
cosecha. Esta es una metáfora muy importante para nuestros días también. Todos nosotros
necesitamos alzar la mirada y ver cómo Dios ha preparado a las personas que nos rodean
para la cosecha, y depende de nosotros recoger los frutos que él ha preparado.
En los versículos 36–38, Juan trata más el tema de la urgencia de la cosecha. En los
campos de Galilea, los sembradores están ocupados, pero los segadores aún no han
comenzado. En la misión del reino, “ya el segador recibe su salario y recoge el fruto para
vida eterna”. Existe cierto debate sobre las identidades del sembrador y segador. Los
sembradores son vistos de diversamente como los profetas del Antiguo Testamento o Juan
el Bautista, Jesús mismo, o incluso la mujer sembrando la semilla en sus compatriotas. Los
segadores podrían ser Jesús y los discípulos, pero algunos han dicho que, el Padre siembra
y que Jesús y sus discípulos cosechan; otros, que Jesús es tanto sembrador como segador al
mismo tiempo. Estoy de acuerdo con quienes dicen que Jesús deliberadamente no
especifica los dos porque esta es una historia sobre la siembra indicando la misión de Dios
y su pueblo como un todo. Por lo tanto, todas las opciones son parte de la representación.
Podríamos decir que nosotros mismos somos tanto sembradores (a medida que difundimos
el evangelio) como segadores (cuando traemos personas a Cristo).
El punto principal se ve en el proverbio “auténtico” del versículo 37 (“Uno es el que
siembra y otro el que cosecha”) y el resultado que les espera (v. 36b), “tanto el sembrador
como el segador se alegran juntos”. Jesús está probablemente haciendo alusión a Amós
9:13, que habla sobre la restauración de Israel: “Vienen días … en los cuales el que ara
alcanzará al segador y el que pisa las uvas, al sembrador”. Amós (y también Jesús aquí) habla
sobre la increíble cantidad que define la cosecha de Dios, un rendimiento de la cosecha tan
grande que tanto el sembrador como el segador trabajan juntos. Esta es la cosecha
escatológica de almas dentro del reino, por lo tanto, a los discípulos (y a nosotros) se les
promete un futuro increíble para el reino y la iglesia. De acuerdo con Isaías 65:21–22, el
pueblo de Dios “comerá del fruto de sus propios viñedos” y “mis escogidos tendrán tiempo
para disfrutar de lo adquirido con su arduo trabajo” (NTV). La tarea del pueblo de Dios es
clara: proclamar el evangelio (sembrar) y ganar personas para Cristo (cosechar), y esta
gozosa tarea dominará en la era de la iglesia.
Jesús dice que la era mesiánica ha llegado, un maravilloso tiempo de siega La misión de
la iglesia es una especie de parusía, una segunda venida preliminar cuando Jesús precede a
sus seguidores atrayendo al mundo a sí mismo. Los samaritanos fueron la primera cosecha
en ser segada, y los discípulos están invitados a participar en ambos fines de la tarea,
proclamando e integrando el fruto cosechado a la comunidad del Mesías.
En el versículo 38, Jesús explica más ampliamente la tarea que los discípulos deben
desempeñar en esta emocionante tarea nueva. Ellos, al igual que Jesús, se convertirán en
enviados, embajadores enviados divinamente de la nueva verdad del reino. La semilla ya se
ha sembrado, por lo que pueden “cosechar lo que no les costó ningún trabajo”. Algunos
han tratado de leer esto a la luz de la misión posterior a los samaritanos en Hechos 8, pero
eso es innecesario e improbable. Jesús se refiere a lo que está sucediendo aquí en Juan 4.
Los que ya han “trabajado” o “plantado” serían los profetas del Antiguo Testamento y
especialmente Juan el Bautista, que había ministrado en esa región (véase 3:23). Estos “se
han fatigado trabajando”, y a los discípulos” han cosechado el fruto de ese trabajo”. Su gran
privilegio es ver los frutos de la cosecha integrarse a la nueva comunidad. Sin embargo,
Jesús estaba pensando en algo más que este evento aislado. Esta es una promesa para la
futura iglesia también. Todos podemos participar en la cosecha de Dios y ver a la gente
entrar en el reino a través de nuestro trabajo. ¡No hay nada mejor que eso!
La cosecha: Jesús es el Salvador del mundo (4:39–42)
El discurso acerca de la misión en los versículos 31–38 se representa ahora en los campos
de la historia. La mujer había dado su testimonio en los versículos 28–29, y la gente del
pueblo había comenzado a ver a Jesús en el versículo 30. Ahora llegan, y muchos de ellos
“creyeron en él” como resultado directo de su testimonio. Entonces, ahora ella es también
otra (después de Andrés y Felipe en el capítulo 1) en una larga fila de sembradores, y Dios
usa su testimonio para que la omnisciencia divina de Jesús (“me dijo todo lo que había
hecho”) produzca una gran cosecha de almas.
En el versículo 40, los aldeanos ruegan a Jesús que se quede, un gesto muy inusual dados
los cuatro siglos de aborrecimiento entre judíos y samaritanos. Pero estos pueblos ya no
están separados, porque se han convertido en seguidores que piden a su “rabino” o
maestro permanecer con ellos un tiempo. Ahora el testimonio de la mujer no es suficiente,
y quieren más. Entonces Jesús se queda dos días más, y su respuesta es mucho mayor que
la de Nicodemo. Incluso la mayoría de ellos se convierten en creyentes (v. 41), y su
respuesta no está meramente fundamentada en señales (como la respuesta de Nicodemo)
sino “por sus palabras”. Ya no son seguidores de segunda mano aferrados al testimonio de
la mujer; ellos dicen, “ahora lo hemos oído nosotros mismos, y sabemos” acerca de Jesús.
Esto finalizaría en su confesión en el versículo 42 de que Jesús es “el Salvador del
mundo”, otra afirmación asombrosa como las registradas en 1:41, 49. La cual concluye no
solo el episodio samaritano sino todo el pasaje 1:35–4:42. El “Hijo unigénito” enviado por
Dios para proveer salvación a la humanidad pecadora (3:16–17) es el único que puede quitar
el pecado del mundo (1:29). Él es quien ha venido como el Representante Viviente que
proveyó el agua viva (4:10) y alumbró la luz de Dios sobre cada persona (1:4, 7, 9). Por lo
consiguiente, él es “Salvador del mundo” (véase también 1 Juan 4:14). Estos samaritanos al
convertirse en creyentes se dieron cuenta de que su Taheb era en realidad el Mesías judío,
de hecho, el Mesías para todo el mundo. Al hacerlo, son la primera prueba de que Jesús ha
venido no solo por los judíos sino por el mundo, con ellos mismos también la primera
cosecha en esta nueva era de salvación para todos los pueblos.
Jesús realiza una segunda señal en Caná (4:43–54)
Jesús va nuevamente hacia el norte, una vez a Galilea, exactamente al mismo pueblo donde
antes había transformado el agua en vino, Caná. Aquí finalizará la fase inicial del ministerio
público de Jesús, y nuevamente el evangelio triunfará. Mientras Jesús realiza un milagro de
sanidad realmente poderoso, el tema central continúa el énfasis misionero del episodio
samaritano, y el resultado del milagro es la fe y conversión de todo el hogar de un
funcionario.
La irónica “bienvenida” en Galilea (4:43–46a)
Al final de sus dos días con sus seguidores samaritanos, Jesús regresó a Galilea. Este había
sido por completo su destino previsto (4:3), y Juan está articulando el ministerio samaritano
de Jesús con su ministerio galileo como una misión única para el mundo. En 1:10–11 los
judíos son parte del mundo, entonces Jesús como Salvador del mundo une a los judíos con
los samaritanos en una sola misión mundial. En este evangelio, la misión dirigida por Dios
comenzó con la elección de Jesús de discípulos para formar su equipo misionero, se dirigió
a Nicodemo (la élite religiosa), luego la mujer samaritana (los marginados), y ahora a Galilea,
donde su misión comenzará en serio.
Parece haber una contradicción al principio. En 4:44 Jesús “testifica” (continuando con
el tema del testimonio) que “ningún profeta se le honra en su propia tierra”, sin embargo,
el versículo 45 dice que “fue bien recibido por los galileos”. Se han sugerido varias
soluciones: (1) Su “tierra” o “patria” (patris) es Judea, por lo que es deshonrado en Judea,
pero bienvenido en Galilea. El problema es que Juan enfatiza los orígenes galileanos de
Jesús y nunca menciona su nacimiento judeano en Belén. (2) Su falta de honra es del mundo
entero en su conjunto, pero Juan hace en 1:10–11 al pueblo judío parte del mundo. (3) Su
“propia tierra” es el suelo judío en su conjunto, incluidas Judea y Galilea, con la recepción
de bienvenida aquí, un dato irónico aparentemente con fundamento, como en 2:23, en la
emoción generada por las señales milagrosas más que por quién es él en realidad. Esto,
como veremos, se adapta mejor en el contexto. Así, el versículo 44 establece la verdadera
atmósfera, mientras que la bienvenida del versículo 45 es pura ironía y será de corta
duración.
Cuando miramos cuidadosamente la base de la “bienvenida” galileana en el versículo
45, este punto de vista es corroborado. Su bienvenida se debió al hecho de que “habían
visto personalmente todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua”,
concretamente, los milagros. Jesús se había convertido en su “novedad del mes”, y querían
que se llevara a cabo algo así como un festival de rock. Su interés no era religioso en lo más
mínimo. No se centraron en el Mesías sino en un personaje hacedor de maravillas quién
traería emoción a sus vidas. La “vida” que ellos deseaban era terrenal, centrada en milagros
poderosos, en vez de espiritual, centrada en una decisión de fe. Este enfoque centrado en
lo terrenal dominará los siguientes capítulos.
Caná visitada nuevamente: el hijo del funcionario real (4:46B–47)
Jesús vuelve a Caná, donde había convertido el agua en vino, y allí se encuentra con un
funcionario del gobierno de Capernaúm. Como “funcionario real” (basilikos), sin duda
sujeto a Herodes Antipas, que no era un rey, sino un miembro de una familia real, era un
personaje importante. Él podría haber sido Chuza, el “gerente comercial” de Herodes en
Lucas 8:3, o Menaen, “compañero de infancia” de Herodes (NTV) en Hechos 13:1.
Probablemente había escuchado sobre el milagro anterior de Jesús en Caná y por eso
viajó a esta ciudad (una distancia de aproximadamente dieciséis millas) para pedirle a Jesús
que regresar a Capernaúm con él y curara a su hijo, que estaba próximo a morir (v. 47). No
sabemos si el hombre era judío o gentil. La respuesta de Jesús en el versículo 48 (“ustedes”)
lo hace probablemente judío. No hay indicios en este momento de que fuera un verdadero
seguidor. Por el contrario, solo creía en el milagroso poder de Jesús.
La dura respuesta de Jesús (4:48)
En la historia, la respuesta de Jesús es al funcionario real, pero en la declaración se dirige a
la multitud en su conjunto (usando el plural “usted”), burlándose del hecho de que “nunca
van a creer si no ven señales y prodigios”. Esto los incluye con los seguidores superficiales
de 2:23–25. Allí la gente “creía” solo en señales milagrosas, y Jesús se negó a creer o confiar
en ellos. Lo mismo ocurre con estos galileos, cuya bienvenida del versículo 45 es ahora
contaminada por su poca fe y demandan algo espectacular. Este funcionario real está
siendo acusado de ser uno de ellos, porque hasta ahora solo había demostrado una
desesperada esperanza de que un milagro pudiera sanar a su hijo en lugar de la verdadera
fe en Jesús. Esto cambiará, pero en el principio su fe estaba incompleta.
A diferencia del centurión en Mateo 8:8, este hombre pensó que Jesús solo podía curar
al niño si estaba físicamente presente. No había ninguna fe verdadera en el poder de la
palabra de sanidad de Jesús. Esta es la razón por la que Jesús reprende al hombre y su fe
solo en las “señales y maravillas” en lugar de en el mismo Jesús. El asombro que está basado
solo en los actos sensacionales nunca será suficiente para una fe genuina en el Salvador del
mundo. Esta declaración (“ustedes nunca van a creer”) es también un desafío implícito para
que el funcionario encuentre la fe.
El funcionario tiene fe transformadora (4:49–50)
El funcionario tiene un enfoque único con una preocupación, la amenazante situación de su
hijo, y entonces responde simplemente: “Señor, baja antes de que se muera mi hijo”. El
tiempo es corto y su desesperación se hace cada vez más grande. Este importante
funcionario con toda su autoridad se humilla y habla a Jesús como un sirviente a su “Señor”
(del griego: kyrie, “señor”). Ya no es una poderosa figura del gobierno sino un Padre
asustado.
Jesús honra el clamor amoroso del Padre y le pide que tenga fe. Se niega a ir a
Capernaúm porque no hay necesidad de que lo haga La clave la orden en tiempo presente
en el versículo 50, “Vuelve a casa”, seguido de una promesa que exige fe, “que tu hijo vive”.
El funcionario-Padre debe tener fe en que las palabras de Jesús tienen poderes curativos y
confiar en que su hijo ha sido sanado a la distancia. Se le pide que se ponga de pie sobre su
fe y siga su camino, confiando en que Jesús realmente ha sanado a su hijo.
La fe del hombre cambia finalmente, pasando del milagro terrenal al milagro celestial
“El hombre creyó lo que Jesús le dijo, y se fue”, con su fe adecuadamente centrada en el
poder de las palabras de Jesús. Entonces se fue a casa, como Jesús le había ordenado. Tomó
una inmensa cantidad de fe para hacer esto mientras aún no sabía nada, pero ya había dado
vuelta a la esquina. La clave para una fe creciente es una combinación exacta de creer y
responder.
Sanidad y fe (4:51–54)
En el versículo 51, el hombre prueba la realidad de su fe en Jesús al “bajar” a Capernaúm.
El mar de Galilea estaba 700 pies debajo del nivel del mar, por lo que el viaje habría sido
cuesta abajo todo el camino. Antes de que el séquito regresara a Capernaúm, las buenas
noticias llegaron. Los sirvientes de la casa lo alcanzaron con el importante informe de que
“su hijo estaba vivo”.
Lo más sorprendente ocurrió cuando él “preguntó a qué hora había comenzado su hijo
a sentirse mejor” y supo que era a la una de la tarde (la “séptima hora” desde el amanecer,
o las seis de la mañana) cuando la fiebre había disminuido. El Padre entonces se dio cuenta
de que, “precisamente a esa hora” Jesús le había dicho: “Tu hijo vive”. El resultado fue
completamente natural: “Creyó él con toda su familia” (v. 53).
Tenga en cuenta la evolución de la fe: el funcionario real originalmente tenía una fe
incorrecta basada enteramente en informes sobre señales maravillosas (4:48). Después de
encontrarse con Jesús, tuvo una fe insipiente y le obedeció dirigiéndose a Capernaúm
(4:50). Finalmente, después del informe de que su hijo había sido sanado y su vida
perdonada, él y toda su familia experimentaron una fe completa en la persona de Jesús, así
como en sus poderosas obras. El poder de Jesús venía desde dentro y residía en sus
palabras, porque tenía poder sobre la vida, tanto espiritual como física (5:21; 11:25).
Juan el evangelista nos dice que “esta fue la segunda señal” (v. 54) que Jesús había
realizado en su ministerio en Galilea. Él quiere asegurarse de que entendemos que esto
enfatizaba el carácter de Jesús como Hijo de Dios y Salvador del mundo. Jesús había llevado
por completo su ministerio dador de vida, tanto física como espiritual, a Galilea. Por
supuesto que había realizado varios milagros en Judea (2:23), pero estos fueron los dos
hasta ahora en Galilea, y demostraron quién era. El poder de Dios en Jesús estaba en
movimiento, desde Judea (cap. 2–3) a Samaria (cap. 4) a Galilea (aquí) y por todo el mundo.
Este capítulo juega un papel crítico en el desarrollo del evangelio de Juan. Aquí el tema
misionero de Juan da un giro importante, dejando la misión a los judíos e inaugurando la
misión de Dios (visto en el “deber” divino del v. 4) al mundo, que culmina con la confesión
samaritana de Jesús como el “Salvador del mundo” (v. 42).
El progreso del diálogo de Jesús con la mujer samaritana es un modelo perfecto de un
encuentro evangelístico de cualquier tipo. En la presentación de Jesús, él toma un artículo
cotidiano (el agua potable del pozo) y lo convierte en un ofrecimiento de salvación en tres
pasos. Responde a la petición de agua ofreciendo no solo el agua del pozo sino el agua viva,
la cual explica además es el agua de la vida. Cuando la mujer samaritana no lo entiende,
revela su verdadera naturaleza como Mesías y figura trascendental para ella, revelando el
agua viva como parte de la nueva era de salvación con una nueva forma de adorar “en
espíritu y en verdad”.
Cuando ella comienza a vislumbrar la realidad de lo que él está diciendo, se convierte
en testigo tal como Andrés y Felipe en 1:35–50, invitando a sus paisanos a “venir y ver” a
este Jesús. Hasta este punto (4:31–38) el evangelista recuerda el sermón misionero de Jesús
mientras invita a los discípulos a participar de su mayor “comida”: hacer la voluntad del
Padre y convertirse en parte de la gran cosecha de Dios alrededor del mundo. Esta también
es una invitación para nosotros, los lectores, para participar también en esta cosecha.
Nosotros, incluso más que los discípulos, cosecharemos lo que no hemos trabajado (v. 38).
La cosecha ha sido preparada, y es nuestro privilegio y gozo ver la siembra milagrosa y ser
parte de los segadores que traen estas almas a la cosecha eterna.
La historia de sanidad de 4:43–54 demuestra varias cosas, principalmente a Jesús como
Salvador y sanador del mundo. Los milagros en Juan son “señales” porque demuestran
quién es Jesús y se centran en Cristo más que en la sanidad sobrenatural. Esta historia
culmina el movimiento de las etapas iniciales del ministerio público de Jesús con la salvación
del funcionario real y de toda su familia. El interés de Juan está en la conversión de esta
poderosa figura pública más que en la curación de su hijo. La evolución de los personajes
en estas representaciones de salvación hasta ahora en este evangelio, de los discípulos de
Juan a Nicodemo, a la mujer samaritana, al funcionario real, muestran que Juan quiere que
cada uno de nosotros participe en la difusión de la luz de Cristo “para todos” en el mundo
(1:9), desde el menor hasta el mayor.
EL CONFLICTO DERIVADO UN MILAGRO DE SANIDAD
(5:1–47)
La curación del hijo del funcionario real cerró la sección anterior en Juan. Esa curación fue
el segundo milagro de Caná, que enmarca 2:1–4:54 con los milagros de Caná y concluye la
serie de episodios que contienen la misión de Jesús al mundo. Esa sección se movió del
oficial judío Nicodemo a la mujer samaritana y, finalmente, al funcionario; geográficamente
de Judea a Samaria y a Galilea.
Otro milagro ahora comienza una amplia sección del evangelio que se centra en Jesús y
las fiestas judías (5:1–10:42). Los estudiosos dividen esta sección de muchas maneras
diferentes, y hay casi tantas tramas diferentes como comentarios. Las únicas divisiones del
evangelio de Juan sobre las cuales hay un acuerdo general es en la sección inicial de 2:1–
4:54 y el hecho de que la cobertura del ministerio público de Jesús termina en 12:50. La
base de mi bosquejo es el hecho de que, en esta sección, Juan se centra en Jesús cumpliendo
todas las metáforas de las fiestas de los judíos, comenzando por el día de reposo (cap. 5), la
pascua (cap. 6), los Tabernáculos (cap. 7–9) hasta llegar a la Dedicación / Hanukkah (cap.
10). El otro tema principal en esta sección es la creciente oposición y conflicto entre Jesús y
los judíos. Estos dos temas dominarán esta sección. En estos capítulos, la oposición
aumenta progresivamente en intensidad.
Jesús sana a un cojo en el día de reposo (5:1–15)
Esta señal milagrosa comienza una serie sobre Jesús como enviado de Dios y fuente de vida
en medio del rechazo y la oposición. En los próximos capítulos veremos una serie de
afirmaciones cristológicas presentando a Jesús como Pan de Vida (cap. 6), Dador del Espíritu
(cap. 7), Luz del mundo (cap. 8), Dador de la vista (cap. 9), la puerta (cap. 10), y el Buen
Pastor (cap. 10), varios de ellos presentados como afirmaciones “Yo soy”.
La geografía en esta sección es difícil de seguir, ya que Jesús regresa a Jerusalén (5:1),
regresa a Galilea (6:1), luego regresa una vez más a Jerusalén (7:10), donde aparentemente
permanece hasta su muerte. Esto es radicalmente diferente de los sinópticos, en los que el
primer viaje de Jesús a Jerusalén ocurre justo antes de su muerte. La mejor explicación para
esto y los numerosos viajes a Jerusalén (2:13; 5:1; 7:10) es la decisión de Juan de
complementar deliberadamente a los Sinópticos y retratar el extenso ministerio de Jesús
en Judea. Creo que Juan tiene el orden más cronológico de los eventos en todos los
evangelios. El viejo punto de vista de que Juan es menos histórico que los otros está siendo
cambiado debido a muchos estudios recientes.
Jesús y el hombre en el estanque (5:1–5)
Cuando se abre la escena, vemos a Jesús yendo “a Jerusalén por una de las fiestas judías”.
Los estudiosos han planteado prácticamente todas las fiestas en un momento u otro, pero
el anartrous (sin un artículo definido) “una fiesta” quiere decir que Juan no quiere que
pensemos en ninguna de ellas en particular. Más bien, esto introduce a toda la sección, la
cual presentará cuatro de las siete fiestas (ver arriba). Jesús había estado en Caná de Galilea,
y él “sube” a Jerusalén porque estará viajando desde el río Jordán hasta Jerusalén, la cual
está a 2.500 pies sobre el nivel del mar. La ruta lo lleva a través de Jericó cerca del Jordán,
la caminata de quince millas desde allí al oeste hasta Jerusalén fue bastante accidentada,
ascendiendo 3.500 pies “hasta” la ciudad.
Al llegar, Jesús fue al estanque de Betesda, cerca de la “Puerta de las Ovejas”, una
pequeña entrada en la pared norte de la ciudad, al noreste del templo, a través de la cual
eran traídos los animales para el sacrificio. “Betesda” se transcribe del hebreo y significa
“casa de derramamiento”. Excavaciones arqueológicas cerca de la Iglesia de Santa Ana han
descubierto grandes estanques gemelos, rodeados por cuatro pórticos o porches cubiertos,
con una quinta en medio de los estanques. Cuando Jesús llegó allí, había “tendidos muchos
enfermos” en los porches, y Juan los especifica como “ciegos, cojos, y paralíticos” (v. 3).
Algunos manuscritos incluyen mucho más material, que constituye 5:3b–4, que
describen a un ángel que agita las aguas (véase las versiones LBLA y RV 1960, o las notas
textuales de cualquier otra Biblia). Este dato se encuentra ausente en los manuscritos más
antiguos, y la mayoría de los estudiosos coinciden en que probablemente fue una antigua
tradición sobre el estanque que no estaba originalmente en el texto de Juan. En cualquier
caso, esta tradición explica por qué todos los enfermos y discapacitados estaban reunidos
alrededor del estanque, cada uno esperando ser el primero en meterse al estanque cuando
estuviera agitado.
Cuando Jesús llegó, se encontró con un hombre que había sido “inválido por treinta y
ocho años” (v. 5). Esto no significa que haya estado viniendo a la piscina durante tanto
tiempo, pero probablemente indica que había estado haciendo esto por muchos años. Sin
poder caminar y desesperado por encontrar la cura. Varios intérpretes piensan que esto es
una alusión a los treinta y ocho años que Israel vagó por el desierto debido a su pecado (Dt
2:14), pero no hay algún indicio verídico de tal vínculo con esto. Probablemente sea una
nota histórica para enfatizar cuán desesperanzada era su situación.
Sanación en día de reposo (5:6–9a)
Hay algunas opiniones diferentes con respecto a cómo Jesús descubrió la difícil situación
del hombre cuando “lo vio allí, tirado en el suelo” (v. 6). Varias traducciones describen a
Jesús “conociendo” sobre la situación a través de otros (NVI, TLA), pero otros lo describen
“conociendo” de antemano, de manera sobrenatural, acerca de su enfermedad (NTV, LBLA,
NBV; el verbo es ginōskō, el verbo básico para “saber”). La omnisciencia es tema frecuente
en Juan, como fue visto acerca de Simón (1:42), Natanael (1:47), “toda la gente” (2:24–25),
y la mujer samaritana (4:18), creo que esto probablemente también retrata el conocimiento
divino de Jesús. Tal como antes, Jesús con este conocimiento provoca una respuesta,
“¿Quieres quedar sano?” A primera vista parece una pregunta tonta, ¡por supuesto que sí!
Pero Jesús quiere que el hombre se involucre en el proceso, no que permanezca pasivo.
El hombre cojo considera a Jesús solo como otro espectador y ruega por ayuda (v. 7).
No tenía a nadie que lo ayudara a llegar al agua cuando esta se agitaba, y él creía
sinceramente la tradición hasta tal punto que venía regularmente al estanque. Este es un
ejemplo de la religión popular judía, no tan diferente de las creencias paganas populares en
un dios impersonal que le dio poder al agua. Alguien siempre le ganaba al llegar al estanque,
así que tenía años de frustración detrás de la petición a Jesús por ayuda para llegar primero.
De hecho, la ayuda había llegado, pero no de la forma en la que él esperaba.
La orden de Jesús en el versículo 8 debe haberlo sorprendido, porque dejó de lado las
aguas por completo: “¡Levántate! Recoge tu camilla y camina”. Uno solo puede imaginar
sus sentimientos al sentir el poder curativo de Dios fluir a través de su cuerpo demacrado.
Podría haber observado claramente crecer los músculos de sus piernas mientras yacía allí.
Su paralizante enfermedad no solo fue quitada; sus músculos recibieron una fuerza que
nunca habían poseído, un proceso de curación holístico en segundos. La “camilla” habría
sido ligera, un tipo colchón lleno de paja para dormir que usaban los pobres. Claramente
era capaz de levantarse en ese instante, con el equilibrio para permanecer de pie
posiblemente, por primera vez, enrolló su camilla y dio unos pasos. ¡Qué emoción debe
haber existido! Este no era un ángel sino el Hijo de Dios obrando.
La controversia del día de reposo (5:9b)
Sin embargo, esta sanidad causó un problema. Era sábado y la institución religiosa se
escandalizó de que Jesús hubiera violado sus tradiciones orales. La Torá dice simplemente
que una persona no debería de trabajar en el día de reposo, pero los fariseos habían
desarrollado en su tradición oral una clasificación elaborada de treinta y nueve tipos de
“trabajo” que estaban prohibidos. El trabajo como tal, solo se permitiría en situaciones que
amenazaran la vida. Jesús estaba violando la ley porque la vida del hombre no estaba en
peligro, por lo que esperaban que Jesús sanara hombre al día siguiente. Además, que el
hombre llevara su camilla también constituía un trabajo, debido a que mover cosas de un
lugar a otro era una de las treinta y nueve categorías. Así que él también estaba en
problemas.
Interacción con los líderes (5:10–13)
Una serie de objeciones por parte de los líderes hicieron que el hombre sanado
reconsiderara su gratitud hacia Jesús. Él está en un aprieto, y tres cosas en el desarrollo de
la situación demostraron su falta de sensibilidad a las verdades espirituales en escena:
1. Cuando los líderes le acusan de violar las leyes del día de reposo por llevar su
camilla (v. 10), él le echa la culpa a Jesús, quien le dijo que tomara su camilla y
anduviera (v. 11). Muestra poca o ninguna gratitud, sino que se preocupa solo
por sí mismo.
2. Cuando las autoridades preguntan sobre la identidad de la persona que ha hecho
tal cosa (v. 12), el hombre demuestra que ni siquiera se había interesado en
conocer el nombre de quien le había curado. Estaba tan centrado en sí mismo
que ni siquiera se tomó la molestia en conocer quién hubiera podido realizar tan
asombroso milagro. En el ínterin, Jesús se había “escabullido entre la mucha
gente que había en el lugar” (v. 13), y el hombre ni siquiera se había dado cuenta
de que se había ido.
3. Cuando el hombre conoce la identidad de Jesús, informa a los líderes acerca de
Jesús (sección siguiente). Paso a paso, el hombre se aleja de seguir a Jesús y se
une a las autoridades judías contra Jesús. Esto es bastante inusual en las historias
milagrosas, pero Juan quiere mostrar la forma en la que muchos de los que
rodeaban a Jesús eran seguidores poco leales (2:23–25) o que incluso se
convirtieron en sus enemigos (aquí).
Reacción a Jesús (5:14–15)
El hombre sano nunca busca a Jesús. Más bien, Jesús lo encuentra en el templo, el lugar
natural donde una persona sanada va a agradecer a Dios. Le da la oportunidad de
arrepentirse, advirtiéndole: “Mira, ya has quedado sano. No vuelvas a pecar, no sea que te
ocurra algo peor” (v. 14). A lo largo de las historias sobre milagros, la sanidad física es
acompaña por sanidad espiritual. A menudo, el verbo sōzō se usa con un doble significado
“sanar” y “salvar” (Mr 5:34; 6:56; 10:52). Ahora que el hombre ha sido transformado
físicamente, es tiempo de que sea transformado espiritualmente, para estar bien con Dios
no sea que enfrente “algo peor”, es decir, juicio divino por el pecado.
Existen diferencias de opinión con respecto a la relación entre el pecado del hombre y
su enfermedad y si el mandato de Jesús de “dejar de pecar” se entiende generalmente de
la condición pecadora o específicamente a un conjunto particular de pecados que podrían
haber causado la enfermedad. Particularmente, lo encuentro dudoso, Jesús tenía en mente
un pecado específico detrás de la enfermedad (véase Lc 13:1–5; Jn 9:3) y considero mejor
ver esto como arrepentimiento general, especialmente a la luz de la condición espiritual
superficial del hombre demostrada en los versículos 10–13 anteriores.
Su reacción en el versículo 15 muestra cuán obstinado se ha vuelto. En lugar de
arrepentirse, va e informa a las autoridades sobre Jesús. Está más interesado en estar bien
con los líderes judíos que en estar bien con Dios. Había mostrado un destello de fe cuando
obedeció a Jesús levantándose con su camilla en el versículo 9, y eso lo había llevado a la
sanidad física. Ahora él es desafiado a ir al segundo paso y pasar del pecado a Dios, a elegir
entre la vida y el juicio eterno. Fracasando en esta área mucho más importante. Para salvar
su propio pellejo, entrega a Jesús a sus enemigos judíos.
Este es el mensaje clave del cuarto evangelio: luz versus oscuridad, vida versus juicio.
Nosotros estamos tomando la misma decisión que este hombre, la cual determinará si
poseemos vida eterna o enfrentamos el juicio eterno. Este hombre simboliza “lo suyo” en
1:11, los cuales se niegan a “recibir” a Jesús y se convierten en parte del mundo incrédulo.
Hay un contraste intencionado entre este hombre, que nunca llegó a la fe y reaccionó con
incredulidad a la sanidad, y el hombre nacido ciego del capítulo 10, que aceptó la expulsión
judía de su verdadera fe en Jesús.
Los líderes judíos cuestionan a Jesús sobre su declaración de ser Hijo de
Dios (5:16–47)
El problema con el cojo era que no le importaba quién fuera Jesús. El problema con los
líderes judíos era que se oponían a quien era Jesús. En esta sección, Jesús los confrontará
con la realidad de quién es realmente: el Hijo de Dios y verdadero Dios. Como comúnmente
hace, los confrontará cara a cara con la necesidad de comprometerse ellos mismos no solo
con Jesús sino también con quien es él. Además, uno no puede conocer a Dios sin Jesús,
porque él es el mismo Representante Viviente de su Padre, el único camino que Dios ha
provisto para conocerlo. Aquí vemos la unidad entre Padre e Hijo en toda su gloria.
Idea principal: compartiendo la obra del Padre (5:16–18)
Dos hechos destacan este párrafo de transición: la oposición aumenta contra Jesús como
resultado de la traición del cojo, y, Jesús revela a todos su verdadera relación con su Padre.
Algunos intérpretes agrupan este pasaje con la historia milagrosa precedente debido a su
oposición, pero la revelación del versículo 17 es fundamental para el discurso en los
versículos 19–30, por lo que pertenece aquí.
Juan enfatiza la situación, llamando la reacción de los judíos “persecución” en el
versículo 16. Lo cual es resaltado por el tiempo imperfecto, describiendo una continua serie
de reacciones hostiles (“seguían persiguiendo”). Esta seria oposición se volverá común en
el resto del evangelio, y culminando en la cruz.
La respuesta de Jesús en el versículo 17 puede parecer moderada a nosotros: “Mi Padre
aún hoy está trabajando, y yo también trabajo” Para los lectores modernos este versículo
dice simplemente que Jesús está ocupado haciendo la obra de Dios, pero para el pueblo
judío esto justamente implica de manera clara mucho más, revelando ambas cuestiones,
quién es el Padre y cómo se relaciona Jesús con él. El tema del día de reposo, efectivamente
en esta controversia, desaparecerá y será reemplazado por cristología, ya que Jesús está
enfatizando realmente su igualdad con Dios.
Los rabinos enseñaron que solo Dios puede trabajar en día de reposo, aludiendo a la
creación y la naturaleza creativa de Dios como parte de su incesante actividad en el mundo
(Éx Rabá 30:6). Si Dios deja de trabajar en el día de reposo (Gn 2:2), se preguntaron, ¿cómo
es que el universo se mantiene en funcionamiento? Entonces, ¿él mismo se ha hecho
transgresor del día de reposo? No, porque como Dios está exento, y su incumplimiento del
día de reposo es necesario para mantener el mundo funcionando. Dentro de esta lógica, la
declaración de Jesús de trabajar junto con su Padre es equivalente a declarar que él es igual
a Dios, y hace todo esto mucho más grande al llamar a Dios mismo su Padre (lo hace así
nueve veces en 5:17–26). Él está afirmando a Dios como su Padre en un sentido exclusivo,
por lo que para ellos esto constituye una blasfemia.
Como resultado, “redoblaban sus esfuerzos para matarlo” (v. 18). Esta es la primera vez
que Juan menciona la intención de los líderes judíos de matar a Jesús, pero la expresión
“redoblaban sus esfuerzos” muestra que habían decidido con antelación que Jesús debía
morir. En los sinópticos esto ocurrió cerca del comienzo del ministerio de Jesús (en Mr 3:6
y paralelos) después de una serie de encuentros entre Jesús y los líderes.
El presente: compartiendo la vida y el juicio con el Padre (5:19–24)
Jesús responde a sus cargos en 5:19–30 con un extenso discurso defendiendo su derecho a
igualarse con el Padre. Muestra que comparte el poder de su Padre en la vida y el juicio en
dos partes. En la primera (vv 19–24), describe este poder en términos de escatología
práctica, diciendo que estos poderes son suyos ahora; en la segunda (vv. 25–30), lo describe
en términos escatología final, diciendo que él está a cargo del juicio final en el futuro. Esta
primera mitad está organizada en torno a cuatro cláusulas “para/por” (del griego: gar),
indicando la razón por la cual Jesús puede adjudicarse esta relación especial con su Padre.
El punto central: dependencia del Padre (5:19)
Este pasaje es increíblemente importante, ya que combina dos aspectos cristológicos
esenciales: la igualdad de Jesús con el Padre y su obediencia al Padre. Todo en los versículos
20–30 fluye en torno a esta declaración, y es por eso que estas declaraciones del tipo doble
amēn (“En verdad, en verdad”, véase 1:51; 3:3, 5, 11) son importantes. La primera cláusula
gar aquí explica que la filiación exige la unidad de acción: “el Hijo no puede hacer nada por
su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace, porque cualquier cosa que
hace el Padre, la hace también el Hijo”. Juan enfatiza la unidad del Padre y el Hijo en
términos de acción.
Tenga en cuenta que el Hijo es al mismo tiempo uno con el Padre en su naturaleza y
obediente al Padre en su acción. Ahí hay una unidad en el ser y al mismo tiempo una
subordinación funcional entre Padre e Hijo. Esto nos dice tres cosas sobre la relación Padre-
Hijo: el Hijo no hace nada separado de su Padre; el Hijo ve y conoce a su Padre íntimamente;
y, el Hijo es completamente obediente al Padre, así puede dar a conocer al Padre
perfectamente en todo lo que hace. Esto significa que la “obra” del Hijo es tan ilimitada
como la del Padre.
El amor del Padre (5:20)
La base (gar, “para/por”) del intercambio total entre el Padre y el Hijo es que “el Padre ama
al Hijo y le muestra todo lo que hace”. Todo lo que hace Jesús está basado en el amor del
Padre, y el amor es la fuerza de la unidad de la Divinidad en la Trinidad. El tiempo presente
de “ama” y “muestra” demuestran el amor continuo entre los dos. La confidencialidad es
absoluta; nada se retiene. Los anteriores versículos resaltan que el Hijo “ve” al Padre, y de
manera recíproca, el Padre “muestra” todo al Hijo. Este conocimiento recíproco se basa en
amor recíproco, y aquí se nos habla sobre la omnisciencia que Jesús ha poseído
frecuentemente (1:42, 47–48; 4:18; 5:6), ya que toda la verdad y el conocimiento del Padre
están disponibles para Jesús.
En realidad, esta revelación del Padre al Hijo y a través del Hijo a nosotros permitirá al
Hijo realizar “cosas más grandes que estas”, lo que significa incluso señales milagrosas
mayores como la sanidad de un hombre cojo. Esto especialmente aplica para los próximos
dos versículos, que describen cómo el Padre da al Hijo autoridad sobre la vida y el juicio. El
milagro más grande de todos es el regalo de la vida eterna, como veremos nuevamente en
14:12. El propósito de este es “que los dejará a ustedes asombrados”, señalando las muchas
veces que las personas se maravillaban ante el conocimiento y el poder de Dios en Jesús
(3:7; 4:27; 5:28; 7:15, 21). Este asombro que ellos experimentaron es el primer paso hacia
la fe, el resultado de encontrarse con Dios a través de Jesús mientras el Hijo da a conocer al
Padre en sí mismo (véase 1:18).
Autoridad sobre la vida y el juicio (5:21–22)
Aquí Jesús prueba la validez de su declaración de igualdad con el Padre desde el punto de
vista de la obra esencial que comparte con el Padre al dar vida y en el juicio. En esto
también, el Padre le muestra al Hijo todas las cosas, las cuales el Hijo ve y hace.
En este pasaje, el Padre “resucita a los muertos y les da vida “, y en unión con el Padre,
el Hijo “da vida a quienes a él le place”. Los judíos entendieron la resurrección de los
muertos por ser la procedencia especial de Dios (1 Sa 2:6; 2 Re 5:7), y rabinos posteriores
pensaron que ni siquiera el Mesías lo poseería (b. Ta’anit). La resurrección del hijo de la
viuda por parte de Elías en 1 Reyes 17:17–24 ocurrió solo porque Dios hizo el trabajo a
través de él. Jesús refuta esa teoría y trasciende a Elías. El comparte el poder divino de la
vida y se lo otorga a quien desee. Jesús con el Padre, es soberano sobre la vida, incluida la
capacidad de otorgar lo vida eterna ahora y resurrección final después.
La cuarta y última cláusula gar (v. 22) gira en sentido opuesto a la realidad escatológica:
juicio divino. Esta es otra declaración sorprendente: “el Padre no juzga a nadie, sino que
todo juicio lo ha delegado en el Hijo”. En el Antiguo Testamento y el judaísmo, solo Jehová
es el juez supremo, pero ahora Jesús afirma que la autoridad para juzgar se la ha confiado.
Esto no significa que Dios deja de ser el juez supremo, porque según Apocalipsis 20:11–15
Dios está en el trono del juicio. Así que esto significa que Jesús comparte esa autoridad con
su Padre.
Hay una aparente contradicción con 3:17, en la cual el evangelista dice que Jesús no fue
enviado “para condenar [krinō, juzgar] al mundo”. Sin embargo, aquí, en 5:30 y 9:39 dice
que vino a juzgar. La solución está en 8:15–16, en la cual Jesús declara: “yo, en cambio, no
juzgo a nadie. Y, si lo hago, mis juicios son válidos”. Jesús no vino a este mundo para juzgar,
sino que se encuentra con todas las personas y para aquellos que rechazan su oferta, se
convierte en juez.
El propósito: honrar al Hijo (5:23)
Un propósito principal (del griego: hina, “para que”) es “que todos honren al Hijo como lo
honran a él”. Padre e Hijo son iguales en autoridad y por eso merecen igual honor. El Hijo
es subordinado y obediente al Padre, pero él también es igual en autoridad y poder. No solo
eso, sino que la forma en la que tratan al Hijo es la forma en la que están tratando al Padre.
Entonces lo contrario es cierto: “El que se niega a honrar al Hijo no honra al Padre que lo
envió “. Esta es una faceta principal de la teología de Juan como se refleja en las enseñanzas
de Jesús: uno no puede creer u honrar a Dios sin creer y honrar a Jesús (5:38, 43–44; 7:16–
27; 8:19, 28, 42, 47; 10:38; 14:1), y el Hijo es el único camino a Dios (14:6). Aquellos judíos
que pensaban que podían ser el pueblo de Dios, mientras rechazaban a Jesús estaban
completamente equivocados. Jesús es el Enviado, el embajador de Dios, y como tal, es tanto
quien da a conocer al Padre como el receptor del honor del Padre. No hay otro camino a
Dios (14:6).
La necesidad de escuchar y creer (5:24)
Nos encontramos ahora en el corazón de todo, con la cristología (la doctrina de Cristo) y la
soteriología (la doctrina de la salvación) en maravillosa unidad. Esto es introducido por otra
declaración del tipo doble amēn, señalando una verdad solemne (véase 1:51; 5:19). Si Jesús
es realmente uno con Dios (5:19–23), entonces, podemos experimentar vida eterna
solamente por oír y creer en él. Este es el origen del evangelio de Juan, y culmina en los
últimos cinco versículos. Jesús como el enviado es el representante y quien revela a Dios,
con autoridad divina sobre la vida y el juicio. Por lo tanto, podemos participar del
ofrecimiento de la vida eterna y evitar el juicio que viene de rechazar esa oferta solo a través
de escuchar sus verdades divinas y creer en su persona divina.
Escuchar en Juan es el paso preliminar para creer, y el verdadero oír exige una
respuesta. Tanto en hebreo como en griego el verbo para escuchar connota obediencia; no
hemos escuchado hasta que hemos respondido. Al mismo tiempo, cuando oímos a Jesús
también oímos el Padre. La conversión es un acto trinitario y da como resultado la vida
eterna otorgada por la Divina Trinidad.
Como he dicho varias veces, esta vida eterna es una posesión presente, así como un
regalo futuro, como se ve en el hecho de que los verbos (“oír”, “creer”, “tener”, “venir”)
están en tiempo presente, refiriéndose a la posesión continua de la salvación a lo largo de
la existencia terrenal y celestial. La oración en tiempo perfecto “ha pasado de la muerte a
la vida” hace hincapié en el estado resultante de esta posesión, por lo que disfruta de la
misma fuerza. La vida describe nuestro estado de existencia desde el momento de la
decisión de fe. Los creyentes ya han “pasado de la muerte a la vida” (1 Jn 3:14), y para ellos
la muerte física es un paso hacia arriba para reclamar lo que ya es suyo. La muerte es
personificada en Juan y Pablo como una fuerza maligna que reina sobre la humanidad
pecadora, pero para los santos “la muerte ha sido devorada por la victoria” (1 Co 15:54, de
Is 25:8).
El futuro: compartir la vida y el juicio final (5:25–30)
Los muertos oyen y viven (5:25)
Hay un énfasis tipo ya/aún no en la frase “ya viene la hora, y ha llegado ya”, repitiendo 4:23.
El tiempo final del reino ha llegado ahora en Cristo, un tiempo “en que los muertos oirán la
voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán”. La vida futura anticipada por los santos del
Antiguo Testamento ya se ha convertido en una realidad, y la vida eterna, como he estado
mencionando, es tanto una posesión presente como una certeza futura para los que creen.
Fuera de Cristo, todas las personas se constituyen “los muertos” en el pecado, y la única
esperanza es la palabra vivificante de Cristo, quien es el Verbo (1:1–18; 6:63, 6:68; 10:3, 16,
27; 11:43). La vida de la resurrección final está disponible en el aquí y ahora para quienes
escuchan y vienen a la fe.
Autoridad para dar vida y juzgar (5:26–27)
En estos versículos, Jesús repite y se basa en la proclamación de esta autoridad
anteriormente mencionada en 5:21–22. Es el Padre quien “tiene vida en sí mismo”, lo que
significa que él es la fuente y el depósito de toda la vida (también en Gn 2:7; Dt 30:20; Job
33:4; Sal 16:11). La vida que posee el Hijo proviene del Padre, quien “ha concedido al Hijo
el tener vida en sí mismo”. Esto trasciende el poder de dar vida. El Padre y el Hijo poseen
vida; es integral a su ser e inherente a quienes son. Lo funcional (el poder de dar vida) fluye
de lo ontológico (son la vida). Una vez más, vemos la obediencia del Hijo, quien recibe la
vida del Padre como parte integrada en la igualdad con el Padre, quienes son, ambos la vida
personificada.
De la misma manera “la autoridad para juzgar” ha pasado al Hijo desde el Padre (5:27).
El aspecto positivo (que da vida) y negativo (pronunciando el juicio) de esta autoridad están
entrelazados y dependen de la decisión de fe de cada individuo. Jesús vino a salvar, no a
juzgar (3:17), pero la fuerza del llamado se encuentra con la luz de Dios (1:4–5, 7, 9) y exigen
una decisión. Esa decisión determina el destino de la persona, ya sea que se le dé vida
eterna o se enfrente al juicio final.
La autoridad para juzgar pertenece al Padre, pero ha sido pasada al Hijo “puesto que es
el Hijo del hombre”. Esta expresión es un anartrous (que carece de artículo definido), y la
ausencia del artículo hace que algunos piensen en esto con una fuerza mínima: “un hijo del
hombre”. Pero hay una mejor explicación. En griego, un sustantivo predicado que está antes
del verbo “ser” carece de artículo definido, y ese es el caso aquí. Por lo que debe ser
traducido, “porque él es el Hijo del Hombre”. El título apareció por primera vez en 1:51 y es
potencialmente apocalíptico, repitiendo lo escrito en Daniel 7:13–14, donde el Hijo del
Hombre es una figura glorificada a quien se le da dominio sobre este mundo. Como el Dios-
hombre, Soberano sobre la creación y el Verbo glorificado de Dios, tiene el poder y el
derecho a juzgar.
Vida y juicio en el futuro final (5:28–29)
Al igual que Nicodemo en 3:7, los asistentes en esta enseñanza están “asombrados” y
conmocionados por tales afirmaciones audaces. Tales verdades divinas son increíblemente
difíciles de comprender, y mucho menos aceptar, pero al mismo tiempo están
introduciendo simplemente verdades aún más difíciles y una prueba preliminar al próximo
pronunciamiento de Jesús. Él desea que ellos conozcan que una verdad futura les ayudará
a comprender las verdades actuales con las que están luchando: “porque viene la hora en
que todos los que están en los sepulcros oirán su voz”. Una vez más, él es “el Verbo de
Dios”, la representación viviente, así que la suya es la voz de Dios. Él es el Hijo del Hombre
de Daniel 7, por lo que es su voz la que habla en Daniel 12:1–2: “y del polvo de la tierra se
levantarán las multitudes de los que duermen, algunos de ellos para vivir por siempre, pero
otros para quedar en la vergüenza y en la confusión perpetuas”.
Aquí el cumplimiento de Daniel 12 toma la figura de la autoridad de Cristo sobre la vida
y el juicio, como se ve en [Link] “y saldrán de allí. Los que han hecho el bien resucitarán para
tener vida, pero los que han practicado el mal resucitarán para ser juzgados”. Esto es
claramente una referencia a la parusía, la segunda venida, cuando “El Señor mismo
descenderá del cielo con voz de mando” (1 Ts 4:16). Toda la humanidad se dividirá en dos
grupos, la única división en toda la historia que realmente importa: los buenos quienes
heredarán la vida eterna y los malos que enfrenta el castigo eterno. En el Nuevo Testamento
conocemos que, en el momento en que los creyentes mueren, sus almas van al cielo para
estar con Cristo (2 Co 5:1–10), mientras sus cuerpos yacen en la tumba esperando la
resurrección final. Esa resurrección tiene lugar aquí, mientras sus cuerpos en la tumba
escuchan la orden de Cristo y se levantan para encontrarse con el Señor (1 Ts. 4:14–16) y
para reunirse con sus almas, que han estado en el cielo y han regresado a Cristo.
Los no salvos no resucitan en ese momento, sino que resucitan en el juicio final de
Apocalipsis 20:12–13, cuando el mar junto con la muerte y el Hades “[entregan] a sus
muertos … y cada uno [es] juzgado según lo que habían hecho”. Aquí esto se describe como
“resucitar para condenación”, literalmente “una resurrección de juicio” (krisis). Su fe o
incredulidad, según sea el caso, acompañada de los hechos que resultan de esa decisión,
determinan su destino. En 3:21 “el que practica la verdad se acerca a la luz”, y aquí, estas
personas heredan la vida eterna. Estos portadores de luz tienen ahora vida en la
resurrección (compárese con Ro 6:4–5) así como la promesa de la vida eterna en el futuro.
Los que eligen el mal están bajo castigo ahora (5:22–24) y resucitarán al juicio eterno (aquí).
El justo juicio de Cristo (5:30)
Juan recapitula 5:19–20 para mostrar cuán justos y rectos son realmente los juicios de Jesús.
Si él tomara tales decisiones “por sí mismo” serían “nada”, sin ningún valor. Pero él no toma
decisiones por su cuenta: “juzgo solo según lo que oigo”. Es Dios quien lo dirige. Cambiado
a primera persona “yo” solo para enfatizar, él mismo testifica su completa dependencia en
su Padre en cada juicio que ejecuta. En los versículos 19–20 ve al Padre; mientras que aquí
escucha al Padre. Por lo tanto, se somete a la voluntad del Padre doblemente. Además,
todos sus juicios son completamente justos y rectos (dikaia, que significa ambos términos
aquí).
Estas son las decisiones del Padre, el resultado de la voluntad y la voz de Dios
transferidas a su Hijo. Jesús es el heraldo y el enviado divino y no actúa solo. Dado que
transmite las decisiones de Dios y lo hace de la siguiente manera: “no busco hacer mi propia
voluntad, sino cumplir la voluntad del que me envió”, cada juicio puede ser plenamente
certificado como proveniente de Dios. Sus juicios son “justos” en el sentido de que
provienen del mismo carácter de Dios y “rectos” en el sentido de que reflejan la justicia
divina en este mundo.
Testimonio e incredulidad (5:31–40)
El testimonio es un tema principal en Juan, con cuarenta y siete de las setenta y siete
menciones de “testimonio / testificar” del Nuevo Testamento encontradas en sus escritos
(treinta y tres en su evangelio). La palabra “testimonio” se refiere a la demostración objetiva
de la veracidad de Jesús como el Representante Viviente de Dios y de las revelaciones que
hace. Es la antítesis de las falsedades que los líderes judíos difundieron acerca de Jesús. Él
declara aquí que incluso si no desean aceptar su propio testimonio de la verdad que está
diciendo, hay otras diversas fuentes de testimonio para corroborar la veracidad de lo que
dice. En este pasaje, Jesús presenta primero cuatro conjuntos de testimonios de la validez
de sus declaraciones (vv. 31–40), por lo tanto, los judíos son culpables de incredulidad y de
rechazar los testimonios (vv. 41–47).
El verdadero testimonio (5:31–32)
Jesús comienza esta sección conviniendo con sus detractores y admitiendo: “Si yo testifico
en mi favor, ese testimonio no es válido” (en 8:14, él dice que en realidad es válido). El
término que Jesús usa es alēthēs, “verdadero, válido”, y analiza el tema desde un punto de
vista legal. La idea de que una persona no puede testificar por sí misma es un principio
rabínico (m. Ketubbot 2:9). Esto es puro sentido común, dado que un tribunal de justicia
nunca podría confiar en un juicio parcial basado en una auto testificación. Deuteronomio
17:6 y 19:15 dicen que, en un caso legal, se necesitan dos o tres testigos para condenar a
una persona. Mientras que el derecho romano se basaba en el interrogatorio del acusado
(como en el juicio de Jesús ante Pilato), la ley judía estaba basada en el testimonio de
testigos oculares. Por lo tanto, Jesús no está diciendo que su testimonio acerca de sí mismo
está mal, sino que en un sentido legal es insuficiente.
El argumento de Jesús es que, si no desean aceptar su propio testimonio con respecto
a su relación con Dios su Padre, hay otros testimonios “válidos”. Así que en 5:32 agrega:
“Otro es el que testifica en mi favor, y me consta que es válido el testimonio que él da de
mí”. Es interesante que Jesús no nombre a ese” otro testigo”. Prácticamente todos están
de acuerdo en que este debe ser el Padre mismo, pero él no se nombra hasta el versículo
37, probablemente porque Jesús cree que esta “otra” voz está detrás de los cuatro
conjuntos de testimonios en 5:33–39. Todas son diversificaciones del testimonio del Padre.
El testimonio de Juan el Bautista (5:33–35)
Con las palabras “Ustedes enviaron a preguntarle a Juan”, Jesús se refiere a esa
investigación previa enviada por el Sanedrín registrada en 1:19–28, cuando los sacerdotes
y los levitas interrogaron a Juan el Bautista. El punto de Jesús es que “él dio un testimonio
válido” en su alegato en 1:23 de que Dios le asignó “enderezar el camino para el Señor” (Is
40:3), que él era “indigno” incluso de atar las sandalias de Jesús en 1:27, y que Jesús es “el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” en 1:29 y “el elegido de Dios” en 1:34.
Posteriormente, en 3:27–30, el Bautista dijo que se regocijó con el privilegio de preparar el
camino para el Mesías, Jesús.
En 5:34 Jesús aclara: “no es que acepte yo el testimonio de un hombre” para afirmar su
propia conciencia de sí mismo. Ni él ni el Padre necesitan la confirmación humana para
establecer su identidad. Ellos provienen “de arriba” no de la tierra y existen en un plano
superior. Él y el Padre son uno (5:17, 19; 10:30), y por lo tanto él tiene poder sobre la vida
y el juicio. El testimonio es para el beneficio de los seres terrenales, para demostrarles la
verdad de Jesús “para que [hina] pudieran ser salvos” (mi traducción). El testimonio es para
hacer posible que los oyentes se den cuenta de la verdad acerca de Jesús, creer y ser salvos
del pecado y de la muerte Esto concuerda con 1:7, donde el propósito de Dios al enviar a
Juan era “como testigo para dar testimonio de la luz, a fin de que por medio de él todos
creyeran”.
Ahora en 5:35 Jesús se da vuelta y da su testimonio sobre el valor y propósito de Juan.
En 1:6–8, Juan dice que el Bautista “no es la luz” pero vino “como testigo” de la luz. No
obstante, aquí Jesús dice que él “era una lámpara encendida y brillante”. De cualquier
manera, esta no es una contradicción, porque cuando se combinan las dos oraciones, él es
una lámpara que contiene la luz de Cristo y da testimonio de ella. La idea detrás de
“encendida y brillante” representa su vertiginoso ascenso y su poderoso ministerio como el
precursor mesiánico. Esto bien puede aludir al Salmo 132:17, “Aquí haré renacer el poder[a]
de David, y encenderé la lámpara de mi ungido”.
La segunda mitad bien puede indicar que Juan estaba en prisión bajo el poder de
Herodes en este momento: “ustedes decidieron disfrutar de su luz por algún tiempo”. El
enfático “ustedes [hymeis] eligieron [solo] por algún tiempo” subraya el voluble grado de
compromiso por parte del pueblo judío. Como en 2:23–25, su nivel de lealtad tanto para
con Juan como para con Jesús era bastante superficial, y se desvaneció casi antes de que
tuvieran tiempo de desarrollarla. Su entusiasmo fue de corta duración y no conoció el
verdadero propósito de Juan de producir fe en Jesús como el Mesías.
El testimonio de las obras de Jesús (5:36)
En sí mismo, el testimonio del Bautista no es suficiente, pero el de Jesús tiene un “tiene más
peso [es más grande] que el de Juan”: él tiene que terminar la “tarea que el Padre me ha
encomendado que lleve a cabo”. La razón por la que “es más grande” es porque el Padre lo
está produciendo en Jesús, contrario a las obras del Bautista. Los logros de Juan, por
grandes que sean, no pueden igualar lo que Dios está haciendo en y a través de su Hijo. Juan
fue “enviado” como testigo en 1:6–8, pero el haber enviado al Hijo como representante
divino es infinitamente mayor. Estas obras están centradas en las señales milagrosas que
demuestran la verdad divina detrás de ellas, pero también incluyen su enseñanza. El punto
aquí es el valor apologético de estas señales y maravillas, ya que demuestran quién es Jesús,
no solo que es más grande que Juan, sino también que es mayor que Moisés y Elías, los
profetas obradores de milagros.
El testimonio de Dios mismo (5:37–38)
Jesús ha cerrado el círculo y reintroduce el versículo 32 al testimonio del “Padre [que] me
ha enviado”. Este testimonio apuntala todos los otros y proporciona el testimonio
culminante. Algunos piensan que este, específicamente, es una referencia al testimonio del
Padre en el bautismo de Jesús, pero eso está registrado en los sinópticos más que en el
evangelio de Juan (véase 1:32–33), por lo que la interpretación es poco probable. Las
palabras de Jesús generalmente se refieren al énfasis del Padre de todos los otros
testimonios acerca de Jesús.
Sin embargo, nunca habían “oído su voz” como lo hizo Moisés en Sinaí (Éx 33:11) o como
los profetas y especialmente Jesús la habían escuchado. El griego es enfático: “nunca en
ningún momento” (pōpete), lo cual señala al pueblo judío rechazando a Moisés, a los
profetas y a Jesús. Y tampoco nunca “han visto su figura” (eidos, apariencia real),
refiriéndose especialmente a la imagen de Dios en Jesús (1:18; 14:9). Dios ha revelado a
ambos, a él mismo y a Jesús, utilizando tanto el oído como la vista, y su pueblo habiendo
rechazado todo (1:11).
En el versículo 38 hay un tercer nivel de testimonio y revelación: su palabra morando en
ellos. Jesús es la Palabra de Dios, el Representante Viviente del Padre (1:1–18). El verdadero
pueblo de Dios centrará sus vidas en la Palabra de Dios (Jos. 1:8; Sal. 1:2; 119:15, 23), pero
estos eran falsos seguidores de Dios, bajo una triple condena aquí por haber rechazado la
revelación de Dios de sí mismo a través del oído, la vista y el pensamiento. Sus mentes
estaban cerradas a la verdad, porque se negaron a creer en el enviado de Dios.
El testimonio de las Escrituras (5:39–40)
Este habría sido un testimonio particularmente fuerte, dado que los escribas y los rabinos
hacían todo lo posible para conseguir una comprensión profunda de las Escrituras y habían
desarrollado una extensa tradición oral para ayudar a las personas a mantenerse fieles a la
Torá / ley. El verbo detrás de la palabra “estudian” (eraunate) connota una investigación
cuidadosa y es un término rabínico semi-técnico para referirse a la exposición profesional
de la Palabra de Dios.
Además, lo hicieron pensando que “en ellas hallan la vida eterna”. Definitivamente
tienen razón en eso, pero al mismo tiempo no encuentran esa vida porque “ustedes no
quieren venir a mí para tener esa vida” (5:40) y aceptar el hecho de que “son ellas las que
dan testimonio en mi favor”. Buscaron la vida eterna en el lugar equivocado, porque el
Mesías, el único fundamento para la vida, había venido en cumplimiento de las Escrituras.
Como han rechazado a Jesús el Mesías, no hay esperanza de vida.
Los escritores del Nuevo Testamento elaboraron una gran cantidad de pasajes
cumplidos, demostrando que todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
señalaban hacia Jesús. El problema básicamente era que mientras aceptaban las profecías,
se negaron a considerar que estas fueran cumplidas en Jesús. Preferían los detalles
minuciosos de la Torá en lugar de la amplitud del testimonio bíblico acerca de Jesús.
La incredulidad de los judíos (5:41–47)
En esta sección sobre testimonios, Jesús está a la defensiva, respondiendo los cargos judíos
relacionados con la validez de Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Aquí Cristo va a la ofensiva,
acusando a los líderes y al pueblo judíos de incredulidad.
El contraste entre Cristo y ellos (5:41–42)
Jesús comienza apartándose a sí mismo de la alabanza humana: “La gloria humana no la
acepto”. No necesita de testigos humanos o de aprobación humana, no tiene necesidad de
elogios o estima de la gente a su alrededor. Tiene toda la aprobación que necesita del Padre;
como dice Romanos [Link] “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra
nuestra?”.
Esto es especialmente cierto porque “Te conozco”, un pensamiento que se remonta a
2:24–25, donde el evangelista declaró por primera vez que Jesús “conocía a todas las
personas”, así como su pobre compromiso con Dios y la verdad. Con este profundo
conocimiento, él sabía que “no aman realmente a Dios”. Ciertamente, estos líderes judíos
creían que ellos amaban a Dios; de hecho, su tradición oral había sido ideada para asegurar
una relación correcta con Dios. Sin embargo, su rechazo al Hijo de Dios demostró que
realmente no amaban a Dios. Su “Dios” ya no era el Dios de las Escrituras, porque Dios envió
a su Hijo Jesús como la base y el fundamento de su salvación.
Su receptividad hacia Cristo (5:43–44)
Los contrastes continúan. Jesús ha “venido en el nombre de mi Padre” mientras que los
pretendientes mesiánicos habían venido en su propio nombre, aun así, los judíos
rechazaban a Jesús y seguían falsas afirmaciones. Jesús explicó ampliamente en la primera
parte de este discurso (5:19–30) la verdad de su igualdad y subordinación con el Padre, pero
sus oyentes hicieron oídos sordos a las verdades que proclamó. Se han negado a aceptar al
enviado de Dios, y eso tendrá serias repercusiones.
Por otro lado, son completamente ingenuos ante los falsos mesías. Jesús vino con la
autoridad de Dios mientras que los mentirosos apelaban solo a su propia autoridad. Y estos
judíos engañados caían directamente en su trampa. La humanidad pecaminosa no puede
entender la apelación de Jesús hacia Dios ya que ellos no conocen a Dios. El pecado acepta
las mentiras porque apelan al propio ego del pecador. La adulación puede llevarte lejos en
un mundo egocéntrico.
Este pensamiento continúa en el versículo 44. Jesús permanece incrédulo ante lo ilógico
de todo esto. Ellos: “unos a otros se rinden gloria” y al mismo tiempo, rechazan aceptar “la
gloria que viene del Dios único”.
Eso es exactamente lo contrario a cualquier persona racional, por lo que Jesús pregunta:
“¿Cómo pueden creer” en tal argumento? El egocentrismo mundano de estos demandantes
impactó un acorde sensible en sus corazones, por lo que se volvieron tras las mentiras.
Todas sus vidas se dedicaron a obtener alabanza humana en lugar de agradar a Dios. Esta
es una pregunta que todos nosotros debemos hacernos: ¿Hasta qué punto queremos la
atención de aquellos que están a nuestro alrededor en vez de buscar la gloria y alabanza
“del único Dios”? Nuestra respuesta a esto nos dirá cuán fácilmente podemos ser
manipulados por aquellos que apelan a nuestros propios intereses.
Su verdadero acusador: Moisés (5:45–47)
Jesús ha identificado a los testigos oficiales en el juicio, pero la escena ha cambiado. En
5:31–40 Jesús estaba en el juicio respondiendo los cargos de los judíos y convocando
testigos, pero aquí los judíos se han convertido en los acusados, respondiendo los cargos
relacionados con su incredulidad. Moisés se convierte en el abogado acusador aquí,
“acusándolos” de incredulidad en el bēma (asiento del juicio) del Padre. Jesús es el Juez
(5:22, 30; 9:39). No necesita presentar los cargos; Moisés será suficiente, porque es su
profecía del profeta como Moisés (cumplido en Jesús) la que los líderes han negado. Es
Moisés quien le dio a Israel la Torá y fue el libertador o salvador de la nación. Jesús dice que
los líderes judíos realmente se han engañado ellos mismos, porque es Moisés quien
mostrará la evidencia contra ellos. Si fueran realmente seguidores de Moisés, serían
seguidores de Jesús, porque Moisés profetizó de él.
La salvación bajo el antiguo pacto se centró en cuatro aspectos: la ley, la tierra, el templo
y los pactos. Moisés había sido el canal a través del cual Dios dio la ley, Israel fue introducido
a la tierra, y la adoración se estableció en el tabernáculo (predecesor del templo). Moisés
había estado involucrado en los cuatro efectos de salvación, así que es fácil entender por
qué Jesús lo llamó “en quien tienen puesta su esperanza”. Para el pueblo de Dios del
Antiguo Testamento, su fe y esperanza estarían en Abraham y Moisés, las dos personas que
los iniciaron como nación y como pueblo del pacto. Todavía en 5:44 Jesús les dice que han
rechazado “al único Dios”, a quien envió a Moisés.
Se suponía que su fe y convicción estaban en Moisés, pero “si le creyeran a Moisés, me
creerían a mí, porque de mí escribió él” (5:46) en Deuteronomio 18:15 (profeta como
Moisés). De hecho, Jesús (y Pablo) diría que todos los escritos de Moisés tenían a Jesús en
mente, porque él mismo como el Mesías que es cumpliría la ley, ya que “Cristo es el fin de
la ley “(Ro 10:4). Entonces su incredulidad con respecto a Cristo constituye incredulidad
también en Moisés, porque ellos han rechazado todo lo que escribió, ya que finalmente
tenía a Cristo en mente. El pueblo judío se enorgullecía de su fidelidad a las Escrituras, sin
embargo, estaban negando al mismo sobre el cual Moisés había profetizado. Su
culpabilidad está demostrada.
Entonces Jesús concluye (5:47) que su negativa “a creer lo que yo digo” era necesaria
por el solo hecho de que “no creen lo que él escribió”. Como Moisés no le cree a Moisés, es
lógico que no le creerán a Jesús. Han rechazado la única fuente de la verdad, por lo que su
incredulidad es el resultado natural, y su condena es segura. No es de extrañar que Moisés
se enfrente a ellos en el juicio final.
La curación en el estanque de Betesda (5:1–15) inicia la primera sección sobre el
ministerio público de Jesús (5:1–10:42) y se centra en una figura inusual, un hombre cojo
que es egocéntrico en lugar de lleno de fe y quien nunca muestra ninguna conciencia
espiritual. Al contar esta historia, Juan quiere mostrarnos dos cosas: primero, Jesús vino y
se preocupa por todas las personas, tanto por aquellos espiritualmente endurecidos como
por aquellos que están abiertos al evangelio. Él ama y cura incluso a los que lo rechazan.
Segundo, el ministerio no siempre es exitoso. Nosotros, como Jesús, a menudo gastamos
nuestro tiempo y esfuerzo en aquellos que no corresponden a nuestro amor y preocupación
por ellos. Estamos llamados a ministrar, no solo a ser exitosos. Jesús ejemplifica aquí el
esfuerzo infructuoso en el ministerio.
La creciente oposición contra Jesús comienza en 5:16–47, y será consistente a lo largo
del resto de este evangelio, culminando en la pasión de Jesús. La cual comienza aquí cuando
Jesús afirma su igualdad y unión con su Padre, algo visto como blasfemo por los judíos. Jesús
responde con el poderoso discurso en 5:19–30, que muestra que tanto en el presente y
futuro comparte la autoridad de su Padre en el hecho de dar vida y proclamar juicio. Esta
es una clara afirmación de su deidad. Sin embargo, al mismo tiempo, esto establece
visiblemente su subordinación al Padre, porque es Dios quien “muestra” y “da” esta
autoridad a Jesús, y su obra abiertamente fluye de la obra del Padre. El Padre y el Hijo
establecen la vida; es inherente a su ser. Por lo tanto, solo ellos tienen el poder de dar vida,
y este regalo es tanto una posesión presente como una certeza futura para los creyentes.
El resto de este capítulo aborda cómo el pueblo judío (y nosotros en la actualidad)
deberíamos responder a la afirmación de Jesús de que él es uno con el Padre. En un juicio
judío se necesitaban de dos a tres testigos para demostrar un caso. Jesús admite que su
propio testimonio en un juicio no es válido y por eso cita otros cuatro testigos oculares: el
Bautista, las obras de Jesús, el Padre él mismo y las Escrituras (5:31–40). Hay más que
suficiente evidencia terrenal para probar el caso de su declaración de igualdad con el Padre.
Las implicaciones son tan profundas para nosotros hoy como lo eran para la audiencia judía
de Jesús. Él es realmente el Hijo del Padre, y la salvación solo se puede encontrar en él.
Aquellos que solo dicen palabrerías de su compromiso con Cristo están jugando con su
destino eterno.
De hecho, el pueblo judío es una prueba positiva de lo que sucede, porque estos
testigos, especialmente Moisés, los están hallando culpables de incredulidad (5:41–47). Es
sorprendente que aquellos que rechazan a Jesús y su relación con Dios su Padre se dejan
engañar tan fácilmente por estos falsos mesías que apelan a nuestro propio interés.
Miramos más allá de sus mentiras porque nos gusta lo que dicen. Debido a que cada cosa
que Moisés escribió directamente profetizaba como Deuteronomio 18:15 y el contenido de
la Torá, que señalaban hacia Jesús y se cumplían en él (Mt 5:17–20), estos judíos no podían
creer a Moisés sin creer en Jesús. También para nosotros la verdad es incuestionable: solo
la fe en Jesús puede hacer posible ser hecho un hijo de Dios y un miembro de su pueblo.
DOS SEÑALES MILAGROSAS
(6:1–21)
Este capítulo es el famoso pasaje de “pan del cielo”, que se centra en la afirmación “Yo
soy” en el versículo 35: “Yo soy el pan de vida”. Juan elige presentar estas dos señales
milagrosas aquí porque representan los dos aspectos de esta declaración, con la
alimentación de los cinco mil que sostiene la parte del “pan de vida” y el caminar sobre las
aguas subyacente a la parte de “Yo soy” (véase v. 20, “Pero él les dijo: ‘Yo soy [egō eimi]; no
tengan miedo” [mi traducción]).
El capítulo se divide en tres partes: las dos señales milagrosas enfatizando el dicho “Yo
soy el pan de vida” (vv. 1–21); la teología que fluye de la declaración que presenta a Jesús
como el pan de vida (vv. 22–58); y las divisiones que esto causó entre los seguidores de
Jesús (vv. 59–71).
Jesús alimenta a los cinco mil (6:1–15)
Esta es la cuarta señal milagrosa en Juan y la única encontrada en los cuatro evangelios,
probablemente debido a la profundidad de su teología. Pareciera ir hacia atrás y reproducir
el maná en el desierto (Éx 16) y la multiplicación de los panes cuando Eliseo alimentó a cien
con veinte barras de pan en 2 Reyes 4:42–44. Además, junto con el milagro de Caná en 2:1–
11, hacer referencia a la provisión de comida y vino en el banquete mesiánico (Is 25:6–9).
El tema presenta a Dios cuidando a su pueblo y proveyendo para sus necesidades. En este
sentido hay una teología de comunidad aquí, con Jesús y su Padre cuidando a su familia.
La escena: la ladera de una montaña en la Pascua (6:1–4)
Jesús continúa sus caminos trotamundos, ya ha dejado Galilea (cap. 5) y ha regresado a
Jerusalén para la Pascua. En el versículo 1 cruza a “la orilla del mar de Galilea”, frente a
Capernaúm y los pueblos judíos costeros, en lo que hoy se llama las Cumbres Golán, la parte
montañosa de la región. El lago era popularmente llamado el Mar de Galilea, pero Herodes
Antipas lo había rebautizado como Mar de Tiberíades en honor del emperador romano. Es
difícil saber por qué Juan menciona ese dato aquí. Tal vez sintió que debería usar el nombre
oficial en este caso.
Como en la mayoría de los lugares donde Jesús fue, una “gran muchedumbre” (v. 2) lo
seguía, sin duda esperando ver otra de las señales de Jesús como la sanidad de algún
enfermo, como el cojo que relató en el capítulo 5. Está claro que, como las mencionadas en
2:23–25, la suya es una fe inadecuada centrada únicamente en los milagros en lugar de en
la persona. Cuando Jesús llegó allí, subió a la ladera de una montaña (v. 3), probablemente
para estar solo con sus discípulos. Varios intérpretes piensan que el propósito de Juan aquí
es comparar la escena con Moisés en el Monte Sinaí (véase el vínculo con el maná en 6:31–
33).
Juan nos dice que esto ocurrió cuando “Faltaba muy poco tiempo para la fiesta judía de
la Pascua” (v. 4). Esta es la segunda de las tres pascuas narradas en Juan (junto con 2:13;
13:1) y se menciona para agregar un aspecto teológico a la escena. La Pascua celebró la
muerte del cordero sacrificado por el pueblo, y Jesús en 1:29 es “el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo”. La Pascua implicaba comer un cordero y pan, y esta es una de
las ideas centrales del capítulo.
La problemática: falta de pan (6:5–7)
El intento de Jesús de escapar solo con sus discípulos no funcionó. Cuando Jesús levanta la
mirada, la multitud los ha seguido hasta la montaña. Decide que esta es una buena
oportunidad para “probar” (v. 6) la fe de sus discípulos (véase Stg 1:3, “la prueba de su fe”)
y comprobar su nivel de confianza en él y en Dios. Le pregunta a Felipe (quien viene de las
cercanías a Betsaida y conoce el área), “¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta
gente?”. No le estaba preguntando dónde podría haber una tienda, ya que se nos dice en
el versículo 6 que “él ya sabía lo que iba a hacer”. Su propósito era involucrar a sus discípulos
en este milagro y hacer que reaccionaran. En la versión sinóptica, esto se enfatiza aún más,
y los discípulos están involucrados en cada parte del milagro.
Como Nicodemo y la mujer samaritana antes que él, Felipe estaba pensando por
completo a nivel terrenal y por eso opinaba: “Ni con el salario de ocho meses podríamos
comprar suficiente pan para darle un pedazo a cada uno” (v. 7). En realidad, doscientos
denarios (un denario era el salario de un día para el trabajador promedio) estaría cerca de
ocho meses de salario, una pequeña fortuna. No tenían servicios de proveedor de alimentos
entonces, esto hubiera sido imposible de lograr realmente.
La solución: una alimentación milagrosa (6:8–11)
Andrés habla en el versículo 8, señalando a un niño entre la multitud con “cinco panes de
cebada y dos peces pequeños”. Los panes de cebada eran ordinarios, la comida de los
pobres, y el pescado estaba seco o en escabeche o tal vez una pasta de pescado para darle
un poco de sabor al pan.
Aparentemente, algunos pocos habían traído mucha comida, porque agrega: “¿qué es
esto para tanta gente?” El detalle de los panes de cebada bien puede hacerse eco del
milagro de Eliseo, con su multiplicación de veinte panes de cebada. Si es así, Jesús está
siendo representado como el mayor Eliseo.
Los discípulos no tienen respuesta al dilema, entonces Jesús toma el asunto en sus
propias manos y les muestra la solución que todo el tiempo había tenido planeada. Hace
sentar a la multitud. Juan hace eco de Marcos 6:39, quien enfatiza la “hierba verde”,
diciéndonos que todavía era primavera antes de que el calor del verano tomara el control y
quemara la hierba marrón. Esta era una multitud increíblemente grande. En el versículo 10
se nos dice que había cinco mil hombres, así que con mujeres y niños podría haber entre
diez y veinte mil personas allí.
Jesús no se inmuta por el tamaño de la multitud y les pide a todos que tomen asiento
para una comida como si fuera solo una reunión familiar. Los discípulos tuvieron que haber
quedado asombrados, mirando a su alrededor para ver de dónde podría provenir la comida.
La mesa del comedor debía ser un gran campo, probablemente una meseta en la montaña.
Entonces Jesús en el versículo 11 se convierte en la cabeza de la familia y “Dio gracias”
por la comida. Su oración hubiera sido como la bendición judía común: “Bendito eres, oh
Señor nuestro Dios, Rey del Universo, que das el pan de la tierra”.
En los sinópticos, los discípulos distribuyen el pan, mientras que aquí es Jesús quien lo
hace.
Él permanece totalmente a cargo. El milagro en sí es extravagante, y la gente comió
“todo lo que quisieron” de pan y pescado. La comida común para los pobres se convirtió en
un lujoso banquete, y ellos mismos estuvieron satisfechos. El suministro de Dios no tiene
límites, y él provee mucho más allá de las expectativas de todos.
La consecuencia (6:12–13)
Juan continúa enfatizando la increíble abundancia al juntar las sobras después de que todos
estuvieron satisfechos. Jesús finalmente incluye a los discípulos en esto y les dice en el
versículo 12: “Que no se desperdicie nada” (esto también se puede traducir, “para que no
se pierda nada”). Esta es una costumbre judía y enfatiza no tanto la limpieza después de la
comida sino asegurarse de que no se tire nada útil. Es común ver significado simbólico en
esto, quizás cumpliendo con Jeremías 31:14, “saciaré con bienes a mi pueblo”, o una alusión
a la misión de Jesús como en Juan 6:39, “que yo no pierda nada de lo que él me ha dado”.
Ambos encajan bien en este pasaje.
El énfasis principal viene en el versículo 13, donde se nos dice “con los pedazos de los
cinco panes de cebada que les sobraron a los que habían comido, llenaron doce canastas”.
La canasta habría sido una pequeña, hecha de mimbre, del tipo utilizado para las
provisiones cuando se viajaba. Queda mucho más alimento después de que todos quedaron
satisfechos que antes de que comenzaran.
Se han dado varios significados a las doce canastas. Combinado con las siete cestas que
quedan después de la alimentación de los cuatro mil en Marcos 8:8 y paralelos, el número
en sí es poco significativo. Probablemente la mejor interpretación es la restauración de las
doce tribus en la elección de Jesús de doce discípulos para formar el núcleo del nuevo Israel.
Dios está derramando su generosa provisión en su nueva comunidad centrada en el Mesías.
El intento de hacerlo rey (6:14–15)
La multitud, al ver su poder milagroso y pensar que constituía una representación de Moisés
y el maná en el desierto (Éx 16), concluyó: “En verdad este es el profeta, el que ha de venir
al mundo”, pensando que Jesús es el profeta como Moisés de Deuteronomio 18:15. Juan el
evangelista está de acuerdo con esto, ya que el judaísmo regularmente vio esta figura como
el Mesías venidero, pero no estaba de acuerdo con los matices políticos que se le dieron,
como vemos en el versículo 15.
Jesús, usando la misma perspicacia omnisciente que en 1:34, 47; 4:17–18, se dio cuenta
de que su comentario no era religioso sino político y que ellos “querían llevárselo a la fuerza
y declararlo rey”. Esto no significa que iban a sostener una espada contra su garganta o
secuestrarlo y llevarlo lejos de sus discípulos, sino que ellos tomarían forzosamente espadas
para declararlo rey e ir a la guerra contra Roma. Este tipo de cosas tuvieron lugar más de
una vez. Incluso cien años después esto, Simón Bar Kokhba trató de establecer una nación
judía independiente en los años 132 al 135 d.C.
El pueblo judío, incluidos los doce, no tenían comprensión de un Mesías sufriente como
en Isaías 53–54. Para ellos, Isaías 53–54 retrataba el sufrimiento de Israel, no el Mesías
venidero. Ellos pensaron solo en el Mesías como el Rey que repetiría la liberación de Moisés
de Israel de manos de los egipcios al derrotar a los romanos. Ellos vieron en Jesús al Mesías
guerrero quien les ofreció la oportunidad de liberación, y estaban perfectamente
dispuestos a forzarlo a seguir en caso de ser necesario.
La respuesta de Jesús fue inmediata. Se negó a quedarse y jugar su juego Él “se retiró
de nuevo a la montaña él solo”, enviando a los discípulos de regreso a través del lago al lado
judío. En Marcos 6:46 subió la montaña para orar, y en el evento histórico ambos son
ciertos. Deseaba estar solo con su Padre y alejarse de las falsas expectativas de la multitud.
Jesús camina sobre el agua (6:16–21)
Esta historia parece fuera de lugar, interrumpiendo el flujo de la multiplicación de los panes
a Jesús como el pan de vida. Sin embargo, en realidad encaja bien, identificándolo como el
proveedor divino y como el “yo soy”. Jesús ha subido la colina para estar solo, y los
discípulos en esta etapa también se quedan solos. Esto es bastante significativo.
Los discípulos se van solos (6:16–17)
Juan no nos dice que Jesús los envió a través del lago como en Marcos 6:45, donde dice que
Jesús hizo que sus discípulos se subieran a los botes y se dirigieran a través del lago. Aquí
ellos mismos bajan al lago, y cuando él no llega estando ya bastante oscuro, cruzaron el
lago. Probablemente Juan quiere enfatizar que los discípulos se encuentran solos,
enfrentando la oscuridad por sí mismos (véase 1:5; 3:2). La oscuridad y la ausencia de Jesús
están interrelacionadas, y la crisis que sigue está vinculada a estos hechos.
Caminar sobre el agua (6:18–19)
El lago tiene trece millas de norte a sur y siete millas de este a oeste en su parte más amplia.
Los discípulos se dirigían a cruzar por la esquina norte, probablemente un viaje de cinco
millas. En la costa este donde ellos se encontraban, el lago estaba rodeado de montañas, y
a menudo el viento azotaba los desfiladeros, causando tormentas terribles y olas en el lago.
Una de estas tormentas atrapó a los discípulos al otro lado y fue particularmente violento.
Los discípulos se embarcaron en los botes al anochecer, y Marcos nos narra que Jesús
vino a ellos como a las tres de la mañana. Cuando ellos comenzaron, “un fuerte viento
soplaba”, y muy pronto “el lago estaba picado” (v. 18). Cuando Jesús llegó, probablemente
ellos habían estado remando por sus vidas durante cerca de siete a ocho horas, y Juan aquí
nos dice que solo habían “remado unos cinco o seis kilómetros” hasta ese punto. En
condiciones normales a remeros experimentados solo les tomaría una hora más o menos
remar tan lejos.
Estaban naturalmente al final de sus fuerzas y llenos de terror cuando vieron esta
aparición saliendo de la torrencial lluvia. Era “Jesús [que] se acercaba a la barca, caminando
sobre el agua” (v. 19). Hay varios milagros aquí. Gran parte de ese tiempo, Jesús había
estado en la montaña orando a su Padre, y desde esta posición ventajosa señala que “vio
que los discípulos hacían grandes esfuerzos para remar, pues tenían el viento en contra”
(Mr 6:48). ¡Los vio a varios kilómetros de distancia a través de la fuerte lluvia! Luego caminó
directamente hacia ellos a través de esa misma lluvia, pasando de una gran ola a otra así
por cuatro millas. Calmar la tormenta en realidad puede haber sido uno de los milagros
menores.
La imagen muestra a los discípulos viendo a Jesús acercarse a su barca paso a paso
aterrador. Los que han reescrito esta historia mientras Jesús caminaba por la orilla hacen
todo lo posible para evitar admitir que ocurrió un milagro. Esta historia nunca hubiera sido
recordada si eso hubiera sido todo. En realidad, esta es una alusión al “Espíritu de Dios …
flotando sobre las aguas” en Génesis 1:2. Como en Juan 1:1–4, Jesús toma el control de su
nueva creación.
No hace falta decir que los discípulos están llenos de miedo, y Marcos 6:49 nos dice que
“pensaron que era un fantasma”. A lo mejor lo ellos realmente pensaron era: “Él es lo que
vamos a ser pronto: fantasmas”. Cristo en su alimentación milagro les acababa de
demostrar que Dios proveería para su pueblo, pero ellos, aterrorizados, habían olvidado
todo eso.
Pensaban que Dios y Jesús los habían abandonado, y ellos estaban a punto de ahogarse.
A medida que este fantasma se acercaba, su consternación, así como su miedo creció
exponencialmente.
Jesús calma sus miedos (6:20–21)
Jesús inmediatamente cambió la situación con dos pequeñas palabras, egō eimi, “Yo soy”.
Apenas captaron esto en ese momento, ya que se centraron solo en su próxima muerte. La
NVI traduce, “Soy yo”, y si bien eso es correcto, probablemente sea mejor verlo como Juan
lo hizo, diciendo “El Yo Soy está aquí” o “Yo, Yahweh, estoy aquí”. En varios lugares de su
evangelio, Juan describe a Jesús diciendo “Yo soy” sin predicado (8:24, 28, 58; 13:19; 18:5),
y en varios otros lugares él usa formas predicativas como “Yo soy el pan de vida” (6:35).
Estas declaraciones “yo soy” reflejan la revelación de Dios de sí mismo para Moisés en
la zarza ardiente: “Yo soy quien soy” (Éx 3:13–15), así como su uso en Isaías 43:10, 25; 47:8,
10; 51:12; Oseas 13:4. Jesús está identificándose a sí mismo como “Dios verdadero de Dios
verdadero”, como el Credo de Nicea más tarde lo pondría, como también lo hace en los
pasajes “Yo soy” enumerados anteriormente. No hace falta decir que la única conclusión
correcta es su orden: “No tengan miedo”. No hay lugar para el miedo cuando Jesús se hace
cargo de los elementos, porque son parte de su creación.
En ese momento, los discípulos reconocieron a Jesús, dejaron de estar aterrorizados, y
“se dispusieron a recibirlo a bordo” (v. 21). El hecho de calmar la tormenta, enfatizado en
Marcos 6:51, no se menciona realmente aquí. En cambio, se nos dice: “en seguida la barca
llegó a la orilla adonde se dirigían”. Algunos piensan que no estaba previsto ningún milagro
nuevo, pero creo que hay una alusión al Salmo 107:29–30, donde dice que Dios “calmó la
tempestad en suave brisa” y “los llevó al puerto anhelado”. Cristo ha visto su situación, y da
pasos extraordinarios para cuidarlos y mantenerlos a salvo, y posteriormente llevarlos a su
destino ordenado por Dios. Su cuidado sobre su pueblo elegido es realmente milagroso.
Estos dos milagros paralelos están juntos en tres de los cuatro evangelios (Lucas omite
el episodio de caminar sobre el agua) y se basaron uno sobre el otro. Esto es especialmente
cierto aquí en Juan, ya que forman el prólogo al discurso sobre el Pan de Vida y presentan
sus temas. El episodio de alimentación se dispone para el énfasis de Jesús en sí mismo como
el Pan de Vida, y el episodio de caminar sobre el agua se dispone para la declaración de
Jesús como el “Yo soy”. El mensaje es la provisión y el cuidado de Cristo por sus discípulos.
La alimentación de Jesús de los cinco mil representa la provisión de Dios del maná en el
desierto, con Jesús como el nuevo Moisés que satisface las necesidades del pueblo de Dios.
Este paralelo resalta tanto el control soberano de su creación como su abundante e incluso
espléndida provisión para satisfacer las necesidades de sus discípulos. La elección de los
doce ha introducido las nuevas personas que se reunieron en torno al Mesías, y Jesús está
al cuidado de ellos llenando sus vidas con la plenitud de Dios.
La segunda señal milagrosa, el caminar sobre el agua, muestra cuán mal preparados
estaban los discípulos para los eventos por venir. Varios de ellos eran pescadores
profesionales y habían crecido en este lago que tenía sus repentinos chubascos. Sin
embargo, cuando está especialmente grave tormenta los golpea, no estaban listos y olvidan
por completo el mensaje de la alimentación milagrosa, es decir, que Jesús y su Padre tienen
cuidado de ellos. Cuando milagrosamente atraviesa por en medio de las pluviales hacia
ellos, estos pensaron que era un fantasma que venía para llevarlos a casa (Mr 6:52 dice
“tenían la mente embotada”). En medio de todo esto, Jesús viene a ellos, calma la tormenta,
y los lleva a la orilla. El mensaje para nosotros es claro: ¡Dios y Jesús están realmente
cuidando de nosotros y pueden ver mucho más allá de lo que pensamos!
EL DISCURSO DEL PAN DE VIDA
(6:22–59)
El evangelio de Juan se opone completamente a los seguidores superficiales de Jesús que
entregan solo una parte de sus vidas. Este gran discurso se centra en la petición de Jesús de
que, como él es el pan de vida, todos los que creen en él deben dejar todo para seguirlo.
Hay una fuerte tipología de éxodo en este pasaje. El evento tiene lugar en la Pascua (6:4) y
se presenta con las dos señales milagrosas de 6:1–21: Dios suministra maná para las
necesidades de su pueblo y dirige a los discípulos a salvo a través de las peligrosas aguas del
mar. Jesús se presenta como el maná o pan divino, y esto se dispone para que sea
consumido por completo como el cordero pascual de aquellos que quieren la vida eterna
(6:53–58).
En 5:21–29 Jesús se describió a sí mismo como el dador de vida, y este pasaje se
extiende sobre ese tema. Da vida porque es el pan de vida, por lo que debe ser consumido
por completo. Muchos han pensado que este es un sermón artificial compuesto durante
varias etapas, pero es claramente una unidad bien organizada y, es probablemente, un
sermón midráshico judío sobre el tema de la provisión de vida de Dios, una homilía que
Cristo mismo ideó y predicó en la sinagoga de Capernaúm (6:59). ¡No es de extrañar que
esté tan brillantemente redactado! ¿No te gustaría sentarte en una iglesia y escuchar un
sermón predicado por el mismo Jesús?
En cuanto a la organización del discurso, veo los versículos 25–29 como tema
introductorio centrado en la obra que produce vida, los versículos 30–34 proporcionan la
cita clave del Pentateuco sobre el pan del cielo (Éx 16:4), los versículos 35–50 como un
midrash sobre Jesús como el pan de vida, y los versículos 51–58 abordan la necesidad de
consumir completamente a Jesús como este pan de vida.
Juan establece la escena para el discurso (6:22–24)
Esta escena relaciona profundamente el discurso con las señales milagrosas, porque esta
introducción a la enseñanza de Jesús relaciona la consecuencia con los milagros al otro lado
del lago, centrándose una vez más en las multitudes La mañana después de que Jesús y sus
discípulos habían regresado a Capernaúm, la multitud, que “se había quedado en el otro
lado [opuesto a Capernaúm] del lago” durante la noche de tormenta, de repente se dio
cuenta de que “ese único bote” que había traído a Jesús y a su grupo de discípulos se quedó.
Ciertamente la barca que había traído a Jesús era una pequeña, por lo que dedujeron que
Jesús no se había ido con los discípulos cuando en realidad sí lo hizo. Juan no explica sus
intenciones, pero suponemos que todavía querían obligarlo a unirse a ellos como rey de su
fuerza guerrillera contra Roma (véase 6:15).
Habrían tenido que caminar alrededor del lago, pero en ese momento algunos barcos
llegaron de la ciudad de Tiberíades en el lado noroeste del lago cerca de Capernaúm, tal vez
para recoger a algunos de la multitud. Desembarcaron cerca del sitio donde sucedió la
alimentación milagrosa, de modo que muchos de los que pudieron subieron a los botes y
se marcharon a Capernaúm, que ya se había convertido en la residencia de Jesús y sus
discípulos para el ministerio en Galilea.
Introducción: Jesús explica la obra que produce vida (6:25–29)
No le toma mucho tiempo a la multitud encontrar a Jesús. Tienen curiosidad sobre lo que
había sucedido la noche anterior y preguntan en el versículo 25, “Rabí, ¿cuándo llegaste
acá?” Esto estaba dista mucho de su petición anterior de que se convirtiera en rey (6:15),
generalmente fue conocido como rabino (1:38, 49; 3:2, 26; 4:31), un maestro oficial
respetado. Su pregunta implica que estaban descontentos por haberlos dejado toda la
noche.
Jesús no responde, sino que toma la ofensiva (v. 26) volviendo al tema de 2:24–25 (no
confiaba en ellos porque conocía sus corazones), desafiándolos con otra solemne
afirmación tipo doble amēn: “Ciertamente les aseguro” (véase 1:51). Él los acusa de tener
solo un interés terrenal en lugar de celestial, centrándose solo en ser alimentados en lugar
de en el significado de las señales. Ciertamente vieron el milagro e incluso intentaron
hacerlo el profeta mesiánico y el Mesías real (6:14–15), pero ellos no entendieron el
verdadero significado de la “señal” (ver comentarios en 2:11) señalando a Jesús como el
Pan de Vida, no solo como un hacedor de milagros. Una señal verdadera exige un encuentro
con Jesús, y eso será el tema de 6:35–50.
El gran interés de la multitud (lenguaje figurado) en la comida perecedera (v. 27) es
similar al desafío de Jesús a la mujer samaritana sobre el hecho de que el agua de esta solo
la haría volver a tener sed, mientras que “el agua viva” se convertiría en un “manantial de
agua que brota para la vida eterna” (4:13–14). De la misma manera, ahora le pide a la
multitud que deje de buscar comida perecedera y que busquen la “comida que perdura
hasta la vida eterna”, lo cual solo hace referencia a su arduo trabajo.
Es interesante que la vida eterna sea tanto trabajo (nuestra parte) como regalo (la parte
de Cristo); Los dos aspectos funcionan juntos en nuestras vidas. En una paradoja similar, la
fe no es una obra (Ef 2:8–9), sino que la única obra que Dios permite es el acto de fe (Jn
6:29). En nuestra época también muchos cristianos pasan su tiempo buscando “tesoros
temporales en la tierra” y prácticamente ningún tiempo acumulando “tesoros en el cielo”
(Mt 6:19–21). La única forma en que podemos lograr la vida eterna es a través del Hijo del
Hombre, quien unió el cielo y la tierra (Jn 1:51) y fue designado por Dios como Salvador
(3:17; 4:42) y Juez (5:27; 8:15–16).
La razón por la que Cristo puede hacer esto es que Dios ha puesto “su sello de
aprobación” sobre él, lo cual pudiera referirse a su encarnación o bautismo, pero
probablemente se refiere de manera general a su ministerio como un todo. Él es el enviado
(3:17, 34; 5:23–24), el agente o enviado certificado por Dios con autoridad sobre su
creación.
La multitud pregunta en el versículo 28: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras
que Dios exige?” Quieren saber cuáles son las obras que pueden realizar que les traerán
salvación. Como siempre están pensando a nivel terrenal, con la esperanza de obtener algo
de Dios y recibir la vida eterna mediante su esfuerzo. Ellos se han extraviado
completamente del argumento central de Jesús, repetido nuevamente aquí, que “la obra
de Dios es esta: que crean en aquel a quien él envió” (v. 29). La vida eterna es un regalo
gratuito de Dios. y viene solo por la fe en Jesús. Querían algo así como una lista de compras
de las cosas que podrían hacer.
Este es también un error común hoy en día, con personas que asisten a la iglesia y hacen
buenas obras para ganar el favor de Dios. La única obra que Dios permite es la fe; la vida no
viene por obras. Jesús es el representante celestial enviado del cielo por Dios, la única
fuente de salvación (Jn 14:6). La vida eterna viene solo creyendo en él. Pablo en Romanos y
Gálatas se centra en esta verdad: solo podemos estar bien con Dios por medio de la fe y no
por obras (Ro 3:21–4:17; Gá 3:1–4:7).
Jesús presenta su temática: el pan del cielo (6:30–34)
La autoridad que Jesús proclamaba iba mucho más allá de cualquier cosa que estas personas
hubieran visto alguna vez, así que en el versículo 30 le piden una señal de autentificación
“para que la veamos y te creamos”, como ha habían hecho antes en 2:18. Se declaró mayor
que Moisés en la alimentación milagrosa, certificado como el Hijo del Hombre por Dios
(6:27). Se preguntaron antes si era el profeta mesiánico; ahora desean más pruebas. Las dos
señales milagrosas que Jesús acababa de realizar deberían haber sido suficiente, pero no
pudieron entender las señales (6:26–27) y por eso necesitaba más. Probablemente estaban
buscando un presagio celestial como el ocurrido en Mateo 12:38 y 16:1.
En el versículo 31, mencionan el maná en el desierto como ejemplo de lo que están
buscando, probablemente esperando que se Jesús muestre a sí mismo como el profeta
como Moisés de Deuteronomio 18:15. Esto es extraño considerando que Jesús acababa de
realizar la alimentación de los cinco mil, pero no lo habían entendido como una señal y
quería algo más decisivo, otro milagro de maná. Citan Éxodo 16:4 (probablemente
combinado con Sal 78:24 y Neh 9:15): “Él les dio pan del cielo para comer”. Lo que faltaba
en el milagro de Jesús fue el aspecto “del cielo”, por lo tanto, lo consideraron insuficiente.
Los judíos se centraron en esto, como se ejemplifica en el Midrash Rabá en Eclesiastés 1:9,
“Como el antiguo redentor hizo que el maná descendiera… así también el Redentor
posterior [el Mesías] hará que el maná descienda”. Querían pan del cielo.
Con otra solemne declaración doble amēn (“Ciertamente les aseguro”), Jesús responde
en 6:32–33. El “pan del cielo” tiene un doble significado, que se refiere tanto al maná del
cielo en el Éxodo y la nueva verdad celestial presentada por Jesús (1:51; 3:13, 31). La
multitud entendió solo lo primero, pero Jesús aquí tiene ambas intenciones con su
respuesta. Comienza corrigiendo sus interpretaciones erróneas del episodio del maná: “no
fue Moisés el que les dio a ustedes el pan del cielo. El que da el verdadero pan del cielo es
mi Padre”. El tiempo presente “da” significa que el maná celestial es un regalo continuo,
provisto a través del Hijo (como en la alimentación de los cinco mil). Esto queda claro en el
siguiente versículo. El maná terrenal es perecedero como la comida del versículo 27. El
regalo del Padre es el “verdadero pan del cielo” que nunca cesará. El cual no es temporal
sino eterno.
Esto se aclara en el versículo 33, que nos lleva al siguiente nivel y proporciona el tema
principal detrás del discurso: “El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”.
Ahora está claro que el “verdadero pan del cielo” del versículo 32 es el mismo Jesús. Estos
son los dos énfasis: Jesús provee el pan (vv. 27, 33), y él es el pan (vv. 33, 35). El maná en el
desierto se cumple tipológicamente en Jesús, la Verbo, el Representante Viviente del Padre.
Esto resume varios temas en Juan:
1. Cristo es el verdadero pan que “desciende” (del griego: katabainō) del cielo,
implícito en 1:1–2, 14, en la encarnación de Jesús y declarado explícitamente en
1:51; 3:13, 31 (véase el análisis del tema del ascenso / descenso en el comentario
allí). Se vuelve un énfasis mayor en este discurso (6:35, 38, 41, 42, 50, 51, 58) El
verdadero origen de Jesús es el cielo, y Dios lo ha enviado a la tierra como su
representante o agente.
2. Jesús es el proveedor de la vida, en el prólogo (1:4) y a menudo en otros lugares
(3:15, 16, 36; 4:14; 5:21, 24, 26, 29, 39–40; 6:27). Este tema también dominará
este discurso (6:35, 40, 47, 48, 51, 53, 54).
3. El enfoque cambia de los judíos al “mundo”, enfatizado también en el prólogo
(1:9–10) y posteriormente (1:29; 3:16–17, 19; 4:42; 6:14), y enfatizado en 6:51.
El mensaje del cuarto evangelio es que el mundo, formado por judíos y gentiles
por igual, está lleno de pecado y, sin embargo, es el objetivo del amor salvífico
de Dios (3:16). La salvación es tanto para los judíos como para los gentiles a
través de la fe.
Al igual que Nicodemo y la mujer samaritana, la multitud solo comprende a nivel
terrenal lo que Jesús quiso decir y así responde en el versículo 34, “danos siempre ese pan”.
La mujer del capítulo 4 quería “un manantial de agua” (4:14–15), y la multitud quiere lo
mismo con el pan eterno, probablemente pensando que estaba otorgando su solicitud de
6:30–31.
Jesús es el pan de la vida (6:35–50)
Existe un debate considerable sobre los posibles matices sacramentales de este pasaje.
Muchos, especialmente aquellos con tradiciones de la alta iglesia (aquellos con una
perspectiva muy alta del bautismo y la eucaristía), véase el lenguaje de los versículos 51–58
como un retrato de una visión sacramental de la Eucaristía, según la cual al tomar el pan y
el vino se está consumiendo el cuerpo y la sangre de Cristo. Ya que Juan no tiene ninguna
explicación de la Cena del Señor, ellos creen que esto está provisto en su lugar como
teología de la Eucaristía. Otros no ven tal connotación, pero creen que Jesús estaba usando
imágenes de la Pascua para demandar que quienes acuden a él se entreguen por completo.
Como argumentaré en el análisis a continuación, estoy de acuerdo con aquellos que toman
una posición intermedia, con la intención principal de Cristo sobre esta última, pero
reconociendo que los seguidores posteriores no podrían equivocarse sino ver las
connotaciones eucarísticas al leer este material.
Declaración base (6:35–36)
“Yo soy el pan de vida” en el versículo 35 es la primera de siete declaraciones conocidas del
tipo “Yo soy” en este evangelio. Este culmina en 6:25–34 y domina todo lo que sigue. Juntas,
estas siete declaraciones completan el significado de Cristo como Yahweh. También definen
a la persona y la misión del Hijo divino. Esta declaración presenta a Jesús como el único
alimento que puede proporcionar vida eterna. (El genitivo “de vida” es objetivo, que
significa “el pan que produce vida”) Moisés y el maná del cielo nunca podría proporcionar
esto, ya que ese milagro fue terrenal y temporal por naturaleza.
Las dos declaraciones que siguen indican cómo los investigadores pueden encontrar
esta vida; deben hacer ambas acciones, venir y creer. Son los dos lados de la misma moneda:
venir es el preludio de creer, y juntos constituyen el proceso de conversión. Jesús hace
posible esta vida, pero los verdaderos discípulos deben venir y asegurarse de ella a través
de la fe/el creer. Venir y creer ambos términos conforman así la metáfora del pan (“Nunca
pasará hambre”) con la metáfora del agua viva de 4:14 (“Nunca tendrá sed”), y juntos se
preparan para la imagen posterior de comer la carne de Jesús y beber su sangre en 6:53–
56 (véase también 7:37, donde el sediento “viene a mí y bebe”).
En el versículo 36, Jesús define los aspectos divino y humano de venir a la salvación, y
en este sentido reúne las perspectivas de los calvinistas y de los arminianos sobre la
soberanía divina y la responsabilidad humana. Ambos son realmente necesarios para que
los efectos completos de la salvación puedan ser experimentados. El aspecto humano es
venir y creer, y el divino ocurre cuando Dios conoce y “atrae” a las personas a Cristo (vv. 40,
44), se las entrega a él (vv. 37, 39) y los mantiene seguros en él (vv. 40, 44). La multitud se
negó a creer a pesar de que había visto lo que Jesús dijo e hizo (v. 36), demostrando la
misma incredulidad como en 1:11; 3:19–20; 5:38, 46–47. Habían visto la señal y pidieron
más (v. 30) pero se equivocaron al no entender o aceptar lo que él dijo. Tomaron su
decisión, la cual fue venir y no creer. Aquí vemos tanto el anuncio del amoroso Señor como
la naturaleza poco receptiva y la respuesta de la multitud, y su culpabilidad es sobresaliente.
Fe y soberanía (6:37–40)
El objetivo de Jesús en estos versículos es demostrar que la incredulidad de la multitud de
ninguna manera daña el plan de Dios, porque los elegidos vendrán. No habían encontrado
fe porque no eran de Dios. Este es uno de los grandes pasajes de las Escrituras sobre la
soberanía de Dios en la salvación. El rechazo de Cristo por parte de la multitud es de poca
importancia, porque están simplemente mostrando los resultados del hecho de que Dios
ya los había rechazado.
Note la evolución de la predestinación en el versículo 37: “Todos los que el Padre me
da” es la elección divina, y “vendrá a mí” es la respuesta humana. Esta es una línea de doble
sentido: Jesús trae a las personas a Dios, pero ya pertenecen a Dios y son un regalo de Dios
para su Hijo. Dios los ha elegido desde antes de la fundación del mundo, y vendrán a Jesús.
Entonces Dios es consciente de aquellos que se niegan a venir y creer, y su negativa es de
hecho parte de su plan. Los elegidos vendrán, y “al que viene” Jesús “no lo rechaza” y lo
mantiene seguro (véase Jn 10:27–29; 1 Pe 1:5). Ellos pertenecen a Dios y son dados a Jesús,
por lo que Jesús no solo los acepta, sino que también los cuida. El equilibrio entre la
soberanía divina y la responsabilidad humana en el versículo 35 está en plena manifestación
también en el versículo 37.
Este poder soberano en la salvación surge de la voluntad de Dios (vv. 38–40). Jesús ha
“descendido del cielo” (“descender” viene del griego Katabainō; véase v. 33) para cumplir
la misión dada por su Padre, y, por lo tanto, su propósito completo es “no para hacer mi
voluntad, sino la del que me envió”. Esto repite lo escrito en 4:34, donde la “comida” de
Jesús consistía en “hacer la voluntad de Dios” reuniendo almas para el reino. Fue “enviado”
como embajador soberano de Dios (subrayado en 6:27, 29, 39, 44, 57). Su origen es
celestial, y ha descendido a la tierra con el único propósito de obedecer la voluntad de su
Padre en lugar de hacerlo a su manera (véase también 5:30).
En el versículo 39, Jesús define la voluntad del que lo envió en el versículo 38: que él,
Jesús, “no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el día final”. La
progresión continúa: Dios los entrega (v. 37), luego Cristo los protege (vv. 39a, 44), y
finalmente la Trinidad junta los resucita en el día final (v. 39b). Los eruditos describen esta
progresión con la frase “escatología realizada”, lo que significa que Dios a través de Cristo
asegura en el presente la seguridad futura de todos los verdaderos discípulos. La escatología
final aquí se ve en la promesa futura de resurrección (6:39, 40, 44, 54). Ya hemos visto esta
promesa en 5:28–29, y es claro que el evangelio de Juan contiene ambos aspectos
realizados (presente) y finales (futuro) de la salvación de Dios para los creyentes.
Estos temas culminan en el versículo 40, donde Jesús profundiza “La voluntad de mi
Padre” aún con más detalle: “todo el que reconozca al Hijo y crea en él tenga vida eterna, y
yo lo resucitaré en el día final”. Jesús ahora interpreta la “venida” del versículo 35 como
volverse hacia el Hijo y visualizar todo lo que ha hecho. Esto entonces produce una decisión
de fe, que resulta en la posesión presente de la vida eterna y la promesa futura de la
resurrección final, de las cuales ambas son enfatizadas frecuentemente en este evangelio.
Una vez más los dos aspectos de la salvación, la decisión humana (“Mirar / creer”) y la
soberanía divina (“la voluntad de mi Padre”), brotan juntos. Sin embargo, todavía queda la
duda sobre lo que significa que Jesús “no pierda nada”. Después de todo, parece haber
excepciones para esto en Juan 6:60–66 (la apostasía de “muchos de sus discípulos”) y en
17:12 (“ninguno se perdió sino aquel que nació para perderse” [Judas]). Pero ¿Eran estos
verdaderos discípulos? Judas no lo era; él era un “diablo” desde el principio (6:70–71), pero
los discípulos de 6:60–66 pueden haber sido (véase más abajo).
El equilibrio final entre seguridad y responsabilidad es un misterio y nunca será resuelto
de verdad hasta que llegue la eternidad. Mientras tanto, el evangelio de Juan es un libro
perfecto para estudiar sobre el tema, ya que ambos aspectos están claramente presentes y
se mantienen en el punto adecuado. Juan no parece tan confundido o preocupado por el
problema como nosotros, pero claro, él no tuvo que escribir considerando los últimos
quinientos años de debate e interactuar con ambos, calvinistas y arminianos.
El debate con los judíos (6:41–46)
La incredulidad de la multitud ahora se vuelve bastante evidente a medida que comienzan
a “murmurar” sobre la afirmación de Jesús de ser “el pan que bajó del cielo”. Juan se dirige
por primera vez a su identidad como “los judíos” para ordenar su hostilidad y oposición con
las porciones anteriores de este evangelio, donde la frase “los judíos” sirve como
abreviatura de los líderes judíos que se oponen a Jesús. Así el uso de “quejarse” o
“murmurar” (egongyzon) está en orden con la murmuración en el desierto quejándose
contra Dios (Éx 15:24; 16:2, 7), considerado posteriormente como incredulidad (Salmo
106:24–25) y desobediencia (Is 30:12). Estos judíos ignoraron su afirmación como dador de
vida y se centraron en su afirmación de haber descendido del cielo (similar a 5:17–18).
Su oposición estaba centrada en su conocimiento de sus orígenes humildes como el hijo
de José (6:42), un modesto carpintero conocido por muchos de ellos. A partir de esto
justifican el rechazo de su afirmación de haber venido del cielo. Esta fue una objeción
común a las afirmaciones de Jesús (Mr 6:3; Lc 4:22). Sus oponentes se enfocaron solo en lo
terrenal e ignoraron voluntariamente la mano de Dios y las verdades celestiales en estas
cosas, al igual que la gente hace hoy. Jesús pudo haber sido el hijo (adoptivo) terrenal de
José, pero él era el Hijo eterno de Dios, y su rechazo a considerar las verdades más
profundas les costaría la eternidad.
Jesús respondió como Moisés en Éxodo 16:7–8, quien señaló que las quejas de Israel
eran en contra del Señor y tendrían consecuencias duraderas. Entonces Jesús respondió a
sus quejas repitiendo lo que acababa de decir en el versículo 37 pero con una diferencia
significativa. Allí son “entregados” a Jesús, pero aquí son “atraídos” por Dios (v. 44). Solo
entonces una persona puede “venir”. Una vez más Dios controla soberanamente la
salvación, y solo aquellos a quienes trae a la fe pueden venir. El verbo para “atraer”
(helkusē) implica la incapacidad de las personas para realizar el acto por sí mismas y la fuerza
de atracción de aquel que los lleva a la acción.
Los teólogos debaten hasta dónde debe llegar esto. ¿Es esto “gracia irresistible”, la
doctrina de que aquellos que son atraídos vendrán, y que esta atracción está restringida
solamente para los elegidos? Muchos afirman que esta fuerza de atracción de Dios siempre
tiene éxito. Creo esta interpretación va demasiado lejos, porque en 12:32 Jesús dice
“atraeré a todos” a mí mismo, difícilmente está enseñando universalismo. Yo creo que en
6:44 se refiere al control de Dios sobre la salvación y a la seguridad del creyente. Jesús dice
que el rechazo hacia él es un rechazo hacia la fuerza de atracción de Dios, un acto que
conduce al eterno rechazo y juicio por Dios. Dios atrayendo a la gente hacia sí mismo se
refiere a la obra de convencimiento del Espíritu (16:8–11), la cual considero, es universal,
como la iluminación a cada persona por la luz de Dios (1:4, 7, 9). Todos son atraídos por
Dios, pero su respuesta determina quiénes de esos atraídos obtendrán la vida. El Espíritu
convence, supera la depravación total de cada persona, y hace posible la decisión de fe.
Jesús asegura su afirmación sobre la elección y la atracción de Dios en una plena
traducción de Isaías [Link] “A todos los instruirá Dios” (v. 45). Este pasaje habla de la venida
del nuevo pacto (véase Is 42:6; 54:10; Jer 31:31–34), en el que Dios promete un nuevo y
glorioso futuro para Sion, con su pueblo disfrutando de una relación nueva, directa e interna
además de tener libre acceso a él. Jesús dice que esto caracterizará ahora a sus discípulos.
El “todo” en la cita incluye el mundo (véase 6:14, 33), judíos y gentiles juntos. De nuevo,
“todas las personas” son iluminadas por la luz de Dios y convencidos por el Espíritu, y son,
por lo tanto, guiados a la decisión de fe.
En la segunda mitad del versículo, solo aquellos que han “escuchado al Padre y
aprendido de él” son quienes “vienen a” Jesús. Esta es otra definición del “atraer” y
“entregar” de Dios a quienes ha elegido (vv. 37, 44). Jesús ahora ha usado cuatro metáforas
para la conversión en este discurso: “ver” y “creer” en el versículo 40 y “escuchado” y
“aprendido” aquí. La conversión involucra ojos, corazón, oídos y mente, un proceso total en
el que Dios captura e involucra todo el ser en un cambio holístico de lo terrenal a lo celestial.
El pueblo judío rechazó el llamado de Dios en todos los niveles. Ellos habían sido
atraídos, pero lo rechazaron con vehemencia. Para aclarar los medios por los cuales Dios
enseña, Jesús agrega que él es el único camino para conocer Dios, diciendo en el versículo
46, “Al Padre nadie lo ha visto, excepto el que viene de Dios; solo él ha visto al Padre”. En
otras palabras, ¿Cómo estas personas escucharán y serán enseñadas por Dios? Solo por el
oír y prestar atención a su Hijo, Jesús. Repitiendo 1:18; 5:37, Jesús afirma que nadie más
excepto él ha visto a su Padre. Él es el único instrumento revelador a través del cual Dios
puede ser conocido y el único Salvador a través del cual cualquiera puede ser salvo (14:6–
7). El darle la espalda es asegurar que nunca se conocerá a Dios.
Resumen del pan de vida (6:47–50)
Esta es la sección final del discurso del Pan de Vida, así que, Jesús quiere resumir los puntos
principales. El versículo 47 es la undécima afirmación solemne del doble amēn hasta ahora
y repite un tema primordial encontrado en 3:15, 16, 36; 5:24; 6:35, 40, invitando a los
oyentes de Jesús (y los lectores de Juan) a creer. Juan no agrega las palabras “en él”
(encontradas en casi todas las otras invitaciones a creer) porque son obvias de todo lo que
Jesús ha dicho hasta aquí. Jesús provee el único camino a la salvación. También esta es la
undécima vez que la “vida eterna” ha aparecido hasta el momento. El verdadero objetivo
final de este evangelio es traer a todos los lectores a la vida a través de la decisión de fe
(como se indica en 20:31). La fe en Cristo es claramente el único camino, dado que Jesús es
el único “pan” dado por Dios “por el cual podemos ser salvos” (Hch 4:12).
El enfoque principal de este capítulo se encuentra en el siguiente versículo (v. 48), el
cual repite la declaración “Yo soy” en [Link] “Yo soy el pan de vida”. Todo llega nuevamente
a este punto, que enmarca la discusión completa. Los oyentes judíos aquí no tenían acceso
a Dios porque no tenían fe. La salvación no se basa en la genealogía de uno o en buenas
obras o la relación con la ley de Moisés. Se deriva por completo de la relación de uno con el
“pan de vida”. Jesús aquí vuelve al tema del maná en el desierto que ha dominado el
capítulo (y lo volverá a hacer en 6:51–58).
Con precisión lógica, Jesús concluye el discurso con la antítesis vida-muerte de los
versículos 49–50. Sus antepasados que solo tenían el maná perecieron (v. 49), mientras que
aquellos en los tiempos de Jesús que comen el pan que “desciende del cielo” no morirán (v.
50). Como todas las cosas perecederas (véase 6:27), el maná mantuvo vivos a los israelitas
por un tiempo, pero no pudo mantenerlos a largo plazo. Todos aquellos que comieron
finalmente murieron. Solo hay un camino hacia la vida eterna, comer “el pan que desciende
del cielo”. Dios es la verdadera y única fuente de esta nueva vida eterna, y los judíos de los
tiempos de Jesús la perdieron debido a su oposición a él. Él es el único pan que uno puede
“comer y no morir”.
Jesús dice a sus discípulos que coman su carne y beban su sangre (6:51–59)
Este pasaje no es una exposición sacramental aislada del tema, pero es una extensión
natural de lo que Cristo ha estado diciendo todo el tiempo. Ahora ha basado su discusión
sobre la salvación a fondo en la metáfora del pan y demostró que él es realmente el Pan
que da vida. El siguiente paso lógico es la invitación al lector para que participe de este pan
y encuentre la salvación, lo cual hace Jesús con la metáfora de comer el pan. Pero él quiere
transmitir la importancia de experimentarlo con total rendición, así que usa las imágenes
del cordero de la Pascua, que debe ser completamente consumido por la familia.
Cristo insiste en un encuentro total con él como enviado de Dios. Hay tres énfasis en el
pasaje:
1. El sentido de todo el capítulo se encuentra aquí con la petición a la gente de que
consuma a Jesús por completo como el pan de vida para ser verdaderos
discípulos. Los seguidores a medias se van en 6:60–66. Esto es tan importante
hoy debido al alto porcentaje de personas en nuestras iglesias que renuncian
poco al mundo para seguir a Cristo, que quiere tener ambos privilegios.
2. Las metáforas apuntan hacia la muerte de Jesús, cuando él entregaría su “carne”
por “la vida del mundo” (v. 51) y convertirse en “el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo” (1:29). El pan produce vida a través de la muerte de Aquel
que al mismo tiempo es el maná y el cordero.
3. Jesús no se estaba preparando aquí para su sacramental última cena, sino que
Juan y sus lectores probablemente verían influencia sacramental en el lenguaje
y las imágenes de este contenido, entonces es probable que esté presente, pero
sea secundario al mensaje del encuentro total con Cristo.
Idea principal: el pan de vida (6:51)
En el versículo 48 Jesús proporcionó una reformulación del tema principal de sí mismo como
el Pan de Vida, y aquí se dirige a otros dos aspectos críticos en el versículo 51. Desarrolla
aún más el punto básico al decir que es “el pan vivo que descendió del cielo”, convirtiéndolo
en una descripción de su esencia como el Viviente. En 4:10 ofreció a la mujer samaritana
“agua viva” para beber, y ahora él es “pan vivo” para comer. Esta es la sexta de siete veces
en este capítulo que Jesús se describe a sí mismo como descendiente del cielo (véase 6:33,
38, 41, 42, 50, 51, 58), enfatizando aún más su verdadero origen de parte de Dios.
La salvación que trajo también es “de arriba” (véase 3:3), y lo que está en juego no es
alimento terrenal o éxito sino vida eterna. El pan del cielo es celestial más que terrenal y
proporciona vida eterna en lugar de temporal. Solo aquellos que participan de este pan
“vivirán para siempre”, una promesa increíble. Esta se convierte en la metáfora principal de
esta última parte del discurso extendido, y culmina en la sorprendente parte final de esta
declaración de apertura: “este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva”, una
referencia obvia a la pasión de Jesús.
La “Palabra [que] se hizo carne” (1:14) entregará su carne en la cruz para que el mundo
pueda vivir. Jesús declaró en 6:33 que “el pan de Dios … da vida al mundo “, y aquí ese pan
es Jesús mismo. La gran paradoja del cristianismo es que la vida viene a través de la muerte.
Jesús murió para que podamos vivir, y nosotros morimos a las cosas del mundo para que
podamos vivir para Dios (Ro 6:4–6). Aquí Jesús muere “por [del griego: hyper] la vida del
mundo”. La preposición significa expiación sustitutiva: que Jesús es el sacrificio vicario
ofreciéndose a sí mismo como sustituto por la humanidad pecaminosa. Juan lo usa a
menudo en contextos de sacrificio en su evangelio (10:11, 15; 11:50–52; 15:13; 17:19) para
señalar el hecho de que nuestra vida tiene su origen en el sacrificio expiatorio de Jesús. Nos
apropiamos de esta vida por medio de la fe, comiendo este pan y confiando en su sacrificio
carnal que expía nuestro pecado.
Explicación de estas metáforas (6:52–57)
Esto inicia una discusión entre los oyentes judíos que están viviendo en el mismo plano
terrenal que Nicodemo y la mujer samaritana: “¿Cómo puede este darnos a comer su
carne?”. Se preguntan si está alentando el canibalismo. “Disputar acaloradamente” (v. 52)
es un término fuerte que intensifica la queja del versículo 41. Juan probablemente está
haciendo referencia a la lucha de Israel con Moisés en Éxodo 15:24; 16:2; 17:2. Ciertamente
aquí no se están cuestionando, sino burlándose de Jesús, mostrando lo profundo de su
incredulidad.
La respuesta de Jesús en los versículos 53–54 forma el clímax de esta narración. Debió
haberlos sorprendido profundamente cuando se vuelve aún más explícito y dice con otro
doble amēn, el más solemne hasta ahora, “si no comen la carne del Hijo del hombre ni
beben su sangre, no tienen realmente vida”. La primera mitad se remonta a 1:29, donde
Juan el Bautista llamó a Jesús “el Cordero de Dios”. La Torá decía que después del sacrificio
de la Pascua, el cordero debía ser consumido completamente, cada parte (Éx 12:9–10).
“Carne” se convirtió en un modismo judío para señalar a la persona completa, entonces el
punto aquí es que el encuentro con Jesús (comiendo su carne) debe ser total, involucrando
la rendición completa del ser.
La segunda mitad es aún más sugestiva. Al agregar “bebe mi sangre”, Jesús invocaba un
elemento extraño y escandaloso (incluso repulsivo) que profundizó la metáfora
considerablemente. Dios prohibió a los judíos beben sangre (Gn 9:4; Lv 7:26–27). Incluso en
la iglesia primitiva, esto era lo suficientemente importante como para que el concilio en
Jerusalén pidiera a los cristianos gentiles (que no conocían tal regla) que respetaran la
sensibilidad judía y no bebieran sangre (Hch 15:28–29).
La sangre simbolizaba la vida en el sistema de sacrificios y representaba muerte violenta
en el mundo antiguo, entonces Jesús iba mucho más allá de los límites normales para dejar
claro que es un consumo completo y un encuentro total.
Él agrega a esto en el versículo 54: “El que come[a] mi carne y bebe mi sangre tiene vida
eterna, y yo lo resucitaré en el día final” volviendo al énfasis en 6:39–40, 44. Aquí muestra
más profundamente que el significado de “vida” del versículo 53 es eterno e involucra la
prometida resurrección de los santos.
Esta declaración también fue una profecía clara y prospectiva de su muerte en la cruz.
Solo quien se rinde por completo a Jesús y su muerte expiatoria tiene vida. Así que, mientras
todos leemos esto hoy, tal como la audiencia original de Juan, escuchemos los matices
sacramentales cuando leemos esto, no hay evidencia o lenguaje aquí para indicar que Jesús
estaba pensando en la cena del Señor. Más bien tenía en mente, la necesidad y el significado
de su muerte.
A la luz del hecho de que el sustento terrenal es temporal y “perecedero” (6:27), la
verdad aún más importante de que el pan que Jesús da de sí mismo como el pan de vida
produce vida eterna, él puede concluir ahora que “mi carne es verdadera comida y mi
sangre es verdadera bebida” (v. 55). El cual es “real” o “verdadero” (del griego: alēthēs)
porque dura para siempre, mientras que toda provisión terrenal perece. Dijo esto mismo a
la mujer en el pozo en 4:13–14 cuando le dijo que podía darle agua viva que “brota para la
vida eterna”.
Esto significa que cualquiera que coma y beba este Pan de Vida “Permanece en mí y yo
en él” (v. 56), porque estarán en unión con él. Esta unión con Cristo ha sido etiquetada como
“morada mutua” y es un tema principal de los escritos de Juan, que aparece en 14:20; 15:4–
7; así como 1 Juan 2:24; 3:24; 4:15. El Padre y el Hijo son uno (Jn 10:38; 14:20; 17:11, 21), y
cuando nos convertimos en uno con el Hijo, compartimos esa unión. Además, cuando
somos uno con Dios, somos uno con los demás (17:20–26).
Conclusión (6:58–59)
Para concluir el discurso, Jesús repite dos elementos: la eficacia temporal del maná de los
versículos 49–50 y el tema del ascenso / descenso de los versículos 16, 33, 38, 41, 42, 50,
51. Jesús es el verdadero “pan que descendió del cielo” (v. 58), el único medio del regalo de
Dios, que es la vida eterna. Todos los demás métodos generados por los seres humanos
para alcanzar la salvación, incluida la ley de Moisés, son temporales; así como el maná que
cayó en el desierto para salvarles la vida y el cual, de hecho, fue un regalo de Dios, aun así
“los antepasados de ustedes comieron maná y murieron”. En contraste, “el que come de
este pan vivirá para siempre”. Así que solo Jesús es “El pan de vida” (vv. 35, 48), y solo él
tiene sus verdaderos orígenes en el cielo. Por lo tanto, única y exclusivamente él puede
proporcionar vida eterna.
El punto final es el escenario de este gran discurso (v. 59), “enseñaba en la sinagoga de
Capernaúm”. Este pasaje destaca el significado de estas metáforas de la Pascua en la
adoración judía. Algunos se han preguntado si la forma de diálogo realmente caracteriza la
adoración en la sinagoga, pero hay poca evidencia de que a veces se llevara a cabo, y la
presencia de un controvertido rabino como Jesús y las multitudes que entraron con él
harían tal cosa comprensible.
Cuanto más estudio este increíble evangelio, más convencido estoy convertirse de que
Juan es uno de los grandes narradores de la historia. Este bien puede ser el libro mejor
escrito de las Escrituras. La forma en la que Juan cuenta una historia, las representaciones
dramáticas que teje en sus narraciones, y la profundidad teológica de sus exposiciones
demuestran los maravillosos dotes de escritor que Dios le había dado. Toda la Escritura, por
supuesto, es “Soplada por Dios” o inspirado (2 Ti 3:16), pero todas las discusiones sobre
inspiración reconocen que Dios usa la mente y las habilidades personales de los escritores
particulares, y los de Juan son extraordinarios. Este capítulo se conjunta de manera experta
y saca a la luz el genio de Jesús para tejer metáforas en emocionantes tapices de verdad.
Este pasaje comienza con Jesús, de manera típica, desafiando a la multitud a dejar de
trabajar simplemente por lo terrenal y comenzar a trabajar por la vida celestial y eterna que
Dios ha puesto a su disposición (vv. 25–29). Luego se vuelve hacia la metáfora del maná en
el desierto, presentándose a sí mismo como el pan que produce la vida eterna en lugar de
la vida terrenal temporal (vv. 30–34). El mismo mensaje también es relevante en la
actualidad, para comenzar a edificar para nuestro retiro en el cielo y no solo para nuestro
retiro en la tierra. Muchos cristianos están confundidos acerca del cielo, algunos incluso
piensan acerca de este como un estado incorpóreo o quizá pensando en nosotros mismos
como angelitos querubines con arpas. Pero la imagen bíblica es que cuando Cristo regrese
recibimos un cuerpo perfecto, completamente físico y glorificado, y en el cielo existiremos
por la eternidad en la presencia gozosa de nuestro Señor y entre nosotros.
El discurso propiamente dicho (vv. 35–50) nos lleva directamente al centro del debate
sobre soberanía y responsabilidad en la salvación. Las verdades básicas (vv. 37–40, 44) son
claras. Todos los que encuentran la salvación vienen porque Dios los ha elegido, y cuando
vienen están seguros en su salvación y serán levantados en la resurrección final. Esta verdad
consuela a aquellos que tienden a dudar de su salvación, y la explica a aquellos que, como
los judíos en esta escena, se alejan de la oferta de salvación de Dios. Dios está
absolutamente a cargo. Al mismo tiempo, “todos” son “enseñados por Dios” (v. 45) a través
de la convicción del Espíritu y son llevados a la decisión de fe, y así todos son responsables
por su caminar con Dios. La soberanía y la responsabilidad en la salvación están
equilibradas. La clave es que Cristo es el único pan que trae la vida verdadera, ofrecida por
Dios y aceptada o rechazada por cada persona existente.
El mensaje principal viene en los versículos 51–58, donde vemos que Jesús como el pan
dado por Dios produce la vida verdadera al convertirse en el Cordero de Dios de la Pascua
que se sacrifica en la cruz para traer perdón de pecados. Al igual que el cordero de la Pascua,
todos los participantes en la vida que Dios ofrece deben consumirlo por completo para
tener esa vida entregándose por completo a Dios y haciendo a Cristo su Señor.
Jesús usa una metáfora sorprendente para asegurar esto, diciendo que deben no solo
“comer su carne” sino también “beber su sangre”, sorprendiendo a sus oyentes y haciendo
así más explícita su demanda de ser consumido por completo por sus discípulos. Juan el
escribir esto mucho más tarde se habría dado cuenta de las connotaciones interpretativas
sacramentales alrededor del 80 d.C. que se podrían ver aquí, pero estas connotaciones no
son importantes. Efectivamente, nos recuerdan que mientras participamos del pan y del
vino estamos representando el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, pero la intención
principal aquí es la petición de entregar todo nuestro ser al seguir a Cristo.
PÉRDIDA DE ALGUNOS DISCÍPULOS
(6:60–71)
Este pasaje contrasta a los discípulos superficiales que se desaniman, desertan y se alejan
de Jesús (vv. 60–66) con aquellos fieles que son los elegidos (vv. 67–71). Como hemos visto
en todo Juan, el ministerio de Jesús fomentó la división, ya que mientras hacía señales
milagrosas espectaculares, decía cosas que eran confusas y extremadamente inquietantes.
Como la Representación Viviente de Dios (el Verbo, véase 1:1), alumbró a cada persona con
la luz de Dios (1:4, 7, 9) y venció la oscuridad del mundo (1:5). Sin embargo, los de la
oscuridad no querían la luz y se opusieron (3:19–20), por lo que no podría haber
neutralidad. Uno abraza la luz o la oscuridad, y aquellos que prefieren esta última se alejan
de él. Así que todos los discípulos a medias (2:23–25) finalmente deben tomar una decisión,
y eso es lo que sucede en este pasaje. Ambos se encuentran, quienes dicen que no (vv. 60–
66) y aquellos que dicen que sí (vv. 67–71). Las fuertes declaraciones en 6:35–58 obliga a
decisiones finales, y muchos de sus supuestos discípulos se van.
Algunos se quejan y se apartan (6:60–66)
Primera interacción: vida en el Espíritu (6:60–63)
Como dice Juan en 1:5, cuando la luz brilla en la oscuridad, la oscuridad no puede
“vencerla”. La luz de Dios en Cristo ha resplandecido de manera sorprendente en este
discurso, y no se ha encontrado con los no salvos en la parte más profunda de su ser, sino
también con los discípulos. El mundo de muchos de ellos fue sacudido hasta el punto de
que murmuraron en el versículo 60: “Esta enseñanza es muy difícil. ¿Quién puede
aceptarla?” Las fuertes palabras de Jesús los obligan a hacer decisiones difíciles, y así es
como en la sinagoga de Capernaúm un gran grupo se reúne y expresa su consternación.
Este fue sin duda un círculo más amplio de discípulos, tal vez con algunos de los doce y
los totalmente comprometidos, pero también muchos como los de 2:23–25 con un
compromiso parcial. Estos eran como el suelo rocoso y el terreno espinoso en la parábola
del sembrador (Mr 4:5–7, 16–19) que se marchitaron tan pronto como llegaron los
problemas. “Duro” (sklēros) se refiere a algo que es tan duro que ofende a las personas.
Como resultado, no estaban dispuestos a “escuchar” o “aceptar” (akouō). Como lo haría la
mayoría de los judíos, ellos encontraron ofensiva su invitación a comer su carne y beber su
sangre, además tenían la difícil decisión de continuar siguiéndolo.
La visión sobrenatural de Jesús (NVI: “consciente”, literalmente él “sabía en sí mismo”)
lo lleva a interpretar sus murmullos correctamente como “murmuraciones” en el versículo
61, y entonces los reprende con respecto a la afrenta que sintieron por su enseñanza. Su
reacción es paralela a la de los judíos en 6:41–42 y los israelitas en el desierto, pues están
actuando como incrédulos. Jesús está confrontando la oscuridad que yace dentro de ellos
y expresándola como lo que realmente es. Si esto les molesta, ¿Qué harán cuando (ean,
“si”) vean “al Hijo del Hombre ascender al” cielo?
A lo largo de este capítulo, Jesús ha sido representado como descendiente del Padre
(6:33, 38, 41, 42, 50, 51, 58), así que esto no hace referencia a la futura ascensión (que está
en Lucas en lugar de en Juan) sino más bien a su regreso al Padre y su exaltación en la cruz
y resurrección. En Juan, la cruz es su destino para ser “levantado” o exaltado (3:14; 8:28;
12:32), y la cruz es el escándalo definitivo para los judíos en Juan. El tema en los tres pasajes
acerca de ser “levantado” es que cuando Jesús es levantado en la cruz, en realidad está
siendo levantado hacia la gloria. Así, la cruz es al mismo tiempo su más profunda ofensa y
su mayor gloria. La forma en que estos discípulos reaccionan a este momento culminante
determinará su destino eterno.
Estos discípulos, como las multitudes judías, han entendido todo lo que Jesús ha estado
diciendo solo en un nivel “carnal” o terrenal, entonces Jesús quiere que sepan en el
versículo 63 que “la carne no vale para nada”, pues produce solo vida temporal, y no puede
producir la salvación de Dios. Entonces Jesús se vuelve al Espíritu y completa el énfasis
trinitario en este discurso. La salvación es obra de la Trinidad unida, y dentro de esta idea
central, “el Espíritu da vida”.
Dios controla el regalo de la vida eterna (véase 3:16, 36; 5:21a, 24) y ha transmitido esa
autoridad a su Hijo (véase 5:21b, 28–29; 6:27, 33, 35, 39, 40, 48, 50–51, 54, 57). El Padre y
el Hijo trabajan a través del Espíritu, ya que el poder de dar vida es inherente al Espíritu.
Este es un tema frecuente del Antiguo Testamento (Gn 1:2; Is 11:2; 44:3; 61:1; Ez 37:5–6,
9–10; Jl 2:28; Zac 4:6). También está enfatizado en el un Nuevo Testamento (Ro 8:4; 1 Co
15:45; 2 Co 3:6; Gá 5:16; 6:8) y es central en la soteriología de Juan (3:5, 8; 7:37–39; 14:17).
Es el Espíritu, no el esfuerzo humano (es decir, “carne”), quien produce la vida eterna.
No solo es el Espíritu la fuente definitiva de vida, sino al mismo tiempo “las palabras que
les ha hablado son espíritu y son vida”. Esto es inherente en el discurso anterior del Pan de
Vida. La enseñanza de Jesús está llena del poder del Espíritu y produce la vida verdadera en
aquellos que creen y la siguen. En griego el verbo “ser o estar” se repite antes de cada
término, por lo que tienen énfasis individual. Como el Representante Viviente y la misma
voz de Dios (véase 1:18), sus mismas palabras contienen poder divino para traer el Espíritu
y dar vida.
Segunda interacción: incredulidad y la soberanía de Dios (6:64–66)
Dirigiéndose a los discípulos y no a las multitudes, Jesús interrumpe: “Sin embargo, hay
algunos de ustedes que no creen” (v. 64). Él sabe que la reacción de muchos no es solo duda
sino incredulidad real, y quiere que se den cuenta de que él lo sabe. Su percepción
omnisciente, como en gran parte de este evangelio (1:38, 47; 4:17–18) está en plena
exposición, tal como Juan nos dice que conocía sus corazones “desde el principio”. Luego,
siguiendo el tema central de la cruz en estos versículos, Juan agrega “y quién era el que iba
a traicionarlo”. La deserción actual de varios de estos seudo discípulos es simplemente un
anticipo de la mayor traición que está por venir por parte de uno de los doce, Judas.
Todo pastor de una iglesia conoce a personas como estos participantes poco
entusiastas. Muchos asisten a la iglesia regularmente y parecen preocupados acerca de las
cuestiones espirituales, pero se mantienen firmemente agarrados a las cosas del mundo, y
para muchos de ellos el seguir a Cristo es apenas un poco más que una garantía de que su
vida de abundancia continuará hasta la eternidad. Hay poco compromiso verdadero, y
enfrentarán la acusación en Mateo 7:21–23 y escucharán a Jesús decir al final: “Jamás los
conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!
La respuesta de Jesús en el versículo 65 es para recordarles lo que había dicho a los
judíos incrédulos en 6:37, 44, que “nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya
concedido el Padre”. En otras palabras, Dios conocía sus corazones todo el tiempo, y no
estaban entre los elegidos. Claramente no nos salvamos a nosotros mismos. La fe misma es
un regalo de Dios; “a menos se lo haya concedido el Padre” es literalmente “a menos que
se los haya dado el Padre”. La salvación no es algo que ganemos, sino que es, enteramente,
un regalo de lo alto.
Es en este punto que “muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban
con él” (v. 66). Obviamente encontraron su enseñanza intolerable y no estaban dispuestos
a dar el siguiente paso y venir a la fe en él. No sabemos nada de cuántos discípulos de este
segundo nivel desertaron y cuántos volvieron junto con los Doce a Jesús. Este fue un
momento decisivo para el grupo de apóstoles, porque el siguiente paso de Jesús ahora era
la cruz y ya no se puede jugar con su compromiso de fe. Tampoco es probable que los “otros
setenta y dos discípulos “de Lucas 10:1 o los 120 en el aposento alto en Hechos 1:15
representaran a todos los discípulos, casi seguramente que no. Sin embargo, nunca hubo
un gran número, por lo que este fue un evento significativo.
Los doce permanecen fieles (6:67–71)
Con la partida de los discípulos infieles, Jesús se vuelve hacia los doce. y pregunta
(probablemente con voz herida): “¿Ustedes también quieren marcharse?”. Él conocía sus
corazones (2:24–25; 6:64b) pero quería desafiarlos con respecto a su nivel de compromiso.
¿Están dispuestos a seguir hasta el final y consumir a Jesús por completo? Como siempre,
Pedro habla por todos ellos. Su respuesta se convierte en un juramento de lealtad a Jesús y
al nuevo reino que está inaugurando. Esto es el equivalente del cuarto evangelio al episodio
de los sinópticos de Cesarea de Filipo (Mr 8:27–33 y paralelos) cuando los discípulos de
Jesús declaran su compromiso definitivo con él.
Pedro comienza con el meollo del tema en el versículo 68: “Señor, ¿a quién iremos?” Es
el polo opuesto a los seudo discípulos que se fueron, pues ellos se preguntaban: “¿Por qué
deberíamos quedarnos?”. En contraste, Pedro comienza con la suposición de su fe en Jesús.
Ellos lo seguían solo a él y no pueden concebir apartarse. Las otras opciones religiosas
simplemente eran nada en comparación con Jesús. De hecho, habían consumido a Jesús, el
pan de vida, y así tuvieron fe para aceptar las difíciles enseñanzas de 6:22–58. No deseaban
seguir a nadie ni a nada más, porque se dieron cuenta que solo sus enseñanzas consistían
en “Espíritu y vida”.
Pedro continúa: “Tú tienes palabras de vida eterna”. El punto era la “vida”, ni el
judaísmo ni ninguna otra opción religiosa podría proporcionar vida eterna en el cielo con
Dios. En el proceso de comprometerse, agrega (v. 69): “hemos creído y sabemos”, con los
verbos en tiempo perfecto que describen su estado espiritual en Cristo. Aquí es donde están
en la vida, existiendo en el estado de creer y conocer la verdad de que Cristo es “El Santo
de Dios”. Estos dos verbos, “creer” y “saber”, son los verbos más frecuentes e importantes
de este libro, que describen el compromiso de fe con Jesús y el conocimiento que resulta
de eso. El cristianismo es una religión altamente intelectual, exige constante indagación
sobre las verdades divinas que se nos dieron a conocer en la palabra de Dios revelada.
Este título, “el Santo de Dios”, debe agregarse a los que hemos visto ya: el Verbo (1:1–
18), el único Hijo / Dios (1:14, 18), Mesías (1:41), Hijo de Dios (1:49), Rey de Israel (1:49),
Hijo del hombre (1:51), Pan de vida (6:35). El título aquí mencionado se encuentra solo en
otra sección en Marcos 1:24 y Lucas 4:34, cuando un demonio se ve obligado a confesar
esto acerca de Jesús. En el Antiguo Testamento, Dios es reconocido como el Santo, lo que
indica que él está apartado de todos los demás dioses. También es usado por los líderes
elegidos de Dios (Jue 13:7; Sal 106:16) o sacerdotes (Lv. 21:6–7). Aquí en Juan, la frase
“Santo Padre” distingue a Jesús de sí mismo (10:36). Pedro está reconociendo a Jesús como
apartado por Dios para ser su Mesías elegido.
Jesús vincula a los doce consigo mismo como apartados al confesar: “¿No los he
escogido yo a ustedes doce?” (v. 70). Ellos también han sido apartados como elegidos y
pertenecen a Dios. Es difícil saber si Jesús detectó en esto alguna nota de orgullo en Pedro
y los demás, como si ellos lo hubieran escogido a él (como normalmente hacían los
discípulos de rabinos). Les hace saber que él, no ellos, es soberano sobre la salvación y los
eligió-
También les dice que como grupo no están realmente comprometidos hasta el final:
“No obstante, uno de ustedes es un diablo”. En 6:64 se nos habló del conocimiento
sobrenatural de Jesús de que uno de ellos “lo traicionaría”, y aquí imparte ese conocimiento
a los mismos discípulos. Él lo identifica como un siervo de Satanás en el versículo 70, y luego
Juan explica a sus lectores en el versículo 71 a cuál de los doce Jesús se refería a: “Judas,
hijo de Simón Iscariote”. En 17:12 Jesús lo llamará “aquel que nació para perderse”. Aquí lo
llama “un diablo”, lo que significa que está bajo el control de Satanás, a quien usará para
enviar a Jesús a su muerte. En 13:2, 27, Satanás primero incita a Judas y luego entra en él,
poseyéndolo para esa terrible traición final. Jesús conocía a Judas desde el principio por lo
que era, pero Jesús estaba en completo control incluso de esto. Eligió a Judas para que
formara parte de los doce sabiendo lo que haría, probablemente porque era la voluntad de
Dios que cumpliera las profecías de traición.
En esta sección, nos movemos de la fuerte imagen de la seguridad del creyente (6:37–
40, 44) a la cuestión de la apostasía por parte de algunos. Es difícil imaginar el impacto que
tuvo este discurso en tales discípulos, quienes nunca habían escuchado algo así. En el grupo
más grande de aquellos que se adhirieron a Jesús había, sin duda, personas con diferente
profundidad de compromiso, y otros bastantes apenas habían llegado a comprender el
hecho de que él era el Mesías esperado y no estaban listos para estas ilustraciones del Pan
de vida y del Cordero de Dios. Por lo tanto, cuando dijo que debían estar dispuestos a comer
su carne y beber su sangre, ellos también lo entendieron literalmente y se ofendieron. La
respuesta de Jesús a ellos en los versículos 62–63 es que no solo respondían a él sino al
Espíritu también, porque el Espíritu de Dios da vida.
Jesús les recuerda en los versículos 64–66 que solo Dios “permite” la salvación, y
entonces su seudo lealtad en Jesús está en sus manos, y ellos responderán a Dios. Se nos
recuerda que cuando la gente juega con Dios y titubea en su caminar espiritual, responderá
a Dios por su fe poco confiable. En este episodio, estos seudo discípulos tomaron la decisión
final de regresar y renunciar a seguir a Jesús. Como resultado, pasarán la eternidad en el
fuego del infierno. Debemos recordar que “nuestro Dios es un fuego consumidor” (Heb
12:29), y no se debe jugar con él.
Debemos responder junto con Pedro en el versículo 68 y hacer nuestro juramento de
lealtad a él. No hay otro lugar a donde ir o voltear, pues la vida eterna solo se puede
encontrar en Jesús. A los cristianos superficiales se les debe hacer darse cuenta de la locura
de colocar el placer terrenal por encima de la recompensa celestial. No podemos vivir para
este mundo y poseer también la vida eterna. Podemos disfrutar los regalos que Dios nos da
en nuestra existencia terrenal, pero no nos atrevamos a descansar y depender de ellos.
Debe haber equilibrio y nuestro compromiso debe estar completamente en Jesús. Nuestro
destino eterno está en juego.
JESÚS EN LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS
(7:1–52)
El texto dice “después de esto”, pero no significa que debamos interpretar que esto
sucedió inmediatamente después; la fiesta de los tabernáculos tuvo lugar unos seis meses
después de la Pascua, entre septiembre-octubre. El interés de Juan aquí no está en la
cronología sino en mostrar cómo Jesús culmina el significado de las fiestas judías en sí
mismo. La fiesta de los tabernáculos fue la fiesta de la cosecha y una de las fiestas (ver
abajo) con mejor asistencia. Algunos cuestionan si el cumplimiento de las fiestas es lo
suficientemente primordial como para servir de indicador en el bosquejo de Juan. En sí
mismo no lo es (el tema del conflicto con los judíos es aún más importante en estos
capítulos), pero los capítulos 5–10 se organizan alrededor de cuatro de las siete fiestas
(Sabbath, la pascua, la fiesta de los tabernáculos, la dedicación), y el tema de Jesús
cumpliendo las fiestas judías en sí mismo son dignas de ser presentadas.
Esta es la tercera fiesta a la que Jesús asistió (Sabbath, cap. 5; Pascua, cap. 6), y como
en las anteriores, los dos temas principales son la revelación cristológica y el conflicto que
generó entre el pueblo judío y Jesús. La oposición se intensifica, y en los capítulos 7 y 8
cuatro escenas representan los intentos para arrestar a Jesús. Esto es ocasionado por la
enseñanza profunda de Jesús acerca de sí mismo, ya que, una vez más revela que él es el
embajador enviado por Dios y maestro (7:16–19) quien ha venido de Dios (7:28–30). Agrega
que él será la fuente del Espíritu Santo (7:37–39) y la luz del mundo (8:12). Esto llevó a una
mayor oposición a su revelación ya que, aunque pensaban en Abraham como su Padre
(8:39), en realidad su verdadero Padre era el diablo (8:44). Él cumple las imágenes de esta
fiesta de los Tabernáculos, tanto la ceremonia del agua, la cual ocurre en la mañana (7:37–
39), y la ceremonia de la luz, que ocurre en la noche (8:12).
Los hermanos de Jesús intentan que vaya (7:1–13)
La fiesta se acerca (7:1–2)
Al principio, aprendemos por qué Jesús estaba renuente de ir a Judea. La gente de Judea
era mucho más estricta y conservadora que los de Galilea, en consecuencia, había muchos
allí que deseaba ejecutar a Jesús por blasfemia (véase Jn 5:18; Mr 3:6). Permaneció en
Galilea por un tiempo, tal vez hasta un año. Este tiempo domina la representación del
ministerio de Jesús en los sinópticos, en el que Jesús no regresó a Jerusalén hasta la semana
de la pasión. Eso dice en el versículo 1 que Jesús “no quería andar”, mostrando que él está
a cargo. Esto comienza un tema crítico en esta sección: la soberanía de Jesús sobre los
eventos que van a suceder. El elige qué hacer y no permite que los eventos lo controlen.
Pero el versículo 2 nos dice que era otoño y la Fiesta de los Tabernáculos se acercaba.
Era la fiesta de las cosechas, celebrando la recolección de uvas y aceitunas (trigo y cebada
en mayo y junio). También fue una fiesta escatológica, un momento de alegría especial
porque representaba las esperanzas futuras con respecto a la venida del Mesías con su
reino definitivo. El historiador judío Josefo lo llamó la más alegre de las fiestas
(Antigüedades 8.100). Durante esta fiesta, la gente construía carpas o “tiendas” para
habitar ahí hechas de hojas y ramas, y había participaciones espontáneas de canto y baile
en grupos por todas partes. El nombre está asociado con el tiempo de vagancia por el
desierto, cuando el pueblo de Israel vivía en tiendas de campaña, y Dios habitó entre ellos
en su propia tienda o tabernáculo. Era una de las tres fiestas de peregrinación donde se
esperaba que asistieran todos los hombres judíos adultos (junto con la Pascua y el
Pentecostés), habría grandes multitudes de personas en los alrededores de Jerusalén.
La tentación para revelarse a sí mismo (7:3–5)
Es natural que los hermanos de Jesús quisieran que fuera con ellos a la fiesta. Sus hermanos
(véase 2:12) fueron incrédulos durante su vida y probablemente no se convirtieron hasta
sus apariciones posteriores a la resurrección (1 Co 15:7). Dos de ellos posteriormente se
convirtieron en líderes en la iglesia y escribieron cartas que luego fueron incluidas en el
Nuevo Testamento (Santiago y Judas). En este momento habían visto algunos de sus
milagros, pero aún no creía en sus declaraciones. En parte para que él pudiera demostrar
su valía ante ellos, querían que los acompañara a la fiesta “para que también tus discípulos
vean las obras que haces” (v. 3). Cuando le piden que “salga de Galilea y vaya a Judea”,
puede implicar algo más que una simple peregrinación, sino significar una mudanza
semipermanente. Es difícil saberlo.
De cualquier manera, suponen que Jesús quiere ser una “figura pública” y esto
significaría que dejaría de actuar “en secreto”, y para hacerlo tendría que abiertamente
“manifestarse [a sí mismo] al mundo” (v. 4). Difícilmente estarían diciendo que sus
discípulos aún no creían y necesitaban ver más obras. Su petición es desde su propio punto
de vista y probablemente asumen que hay discípulos en Judea que necesitan ver obras
milagrosas similares a las mostradas a sus seguidores en Galilea Los milagros que desean
serían aquellos que glorificarían a Jesús mismo en lugar de Dios.
Su razonamiento es lógico. Jesús quería un ministerio público así que, era necesario
“mostrarse públicamente al mundo” a través de milagros. Esta insistencia es similar a la
tentación de Satanás en el desierto en Mateo 4:1–11, que en efecto dice: “Lo tienes, ahora
presume”. Básicamente lo estaban desafiando a probarse primeramente ante ellos y
después ante el “mundo”, judíos y gentiles por igual (como en 1:10; 3:16; 4:42; 6:51). Lo
estaban tentando a realizar milagros egocéntricos solamente para ganar fama y fortuna.
Jesús realmente demostraría ser Hijo de Dios y Salvador, pero no de la manera que ellos
querían. Su demostración implicaría una cruz y una tumba vacía. La naturaleza falsa de su
desafío a Jesús se ve en el comentario agregado en el versículo 5 que en ese momento “ni
aun sus hermanos creían en él”, lo que demuestra que sus peticiones no procedían de un
corazón puro.
La contestación de Jesús a sus hermanos (7:6–9)
Jesús reconoce la naturaleza de su desafío y por eso responde: “Mi tiempo aún no ha
llegado”, refiriéndose al tiempo de su destino establecido por su Padre (véase 2:4; 7:30;
8:20; 13:1; 17:1). Quieren que él se adapte a su sentido del momento adecuado, y para
ellos, como dice Jesús, “cualquier tiempo es bueno”. Vieron esto como el momento u
oportunidad para que Jesús pudiera actuar de tal manera que se volviera famoso, y
cualquier momento es el tiempo adecuado si eso es todo lo que quieres. En realidad, el
tiempo de Dios no es su tiempo; “aún no ha llegado” y no será hasta la “hora” designada
por Dios para la pasión de Jesús.
Curiosamente, en 2:4 se apartó de una petición similar por parte de su madre, diciendo:
“Mi hora aún no ha llegado”. Ahora él hace lo mismo con sus hermanos. En ambos casos él
está obedeciendo a la verdadera “hora” establecida por su Padre. El momento adecuado
implicaría la señal radicalmente diferente de la cruz. Entonces la manifestación pública no
sería un acto de poder sino un tiempo de sufrimiento. Su hora [según sus hermanos] podía
ser cualquier momento, pero su hora [la de Jesús] dependía de la voluntad de su Padre.
Sus hermanos y su perspectiva no están alineados con Dios sino con el mundo, por lo
que Jesús dice: “El mundo no tiene temas para aborrecerlos; a mí, sin embargo, me
aborrece” (v. 7). El suyo era un sentido del tiempo mundano con un propósito mundano,
por lo tanto, lo que pedían sería alabado por el mundo. Jesús acusa al mundo de hacer el
mal. El mundo, lleno de oscuridad, odia la luz (3:19–20), y cuando Jesús lo expone por lo
que es, se vuelve contra él (3:20). Odia a Jesús porque, como él dice: “testifico que sus obras
son malas “, que es una metáfora jurídica que representa a Jesús demostrando la
culpabilidad del mundo ante la corte de la ley divina y demostrando a los hacedores de
maldad que son culpables (comparar con el Espíritu “condenando al mundo” en 16:8–11).
En todo esto sus hermanos son parte del mundo y están condenados por su propia culpa
delante de Dios.
En el versículo 8, Jesús les dice a sus hermanos que “suban ustedes a la fiesta” solos,
repitiendo lo que acaba de decir: “Yo no voy todavía a esta fiesta porque mi tiempo aún no
ha llegado”. Al decir esto, está reprendiendo a sus hermanos por sus falsas solicitudes y su
deseo mundano de que él busque fama y fortuna para sí mismo. El no seguiría el camino
que ellos querían, proporcionando pruebas públicas para llamar la atención. Más bien,
como veremos en el versículo 10, él iría por el camino en que su Padre quería, en privado,
para adorar a Dios. El momento de su destino no vendría aún por un tiempo, sino que
disfrutaría de la esperanza mesiánica de la tiesta como otro peregrino más.
Como resultado, por un tiempo Jesús “se quedó en Galilea” y no fue a Jerusalén con sus
hermanos, negándose a ir con su falso propósito en mente. Ofreció su tiempo por unos días
y esperó el momento justo de su Padre. No se había negado a asistir a la fiesta; más bien,
se negó a asistir con las expectativas pecaminosas de sus hermanos en mente.
La asistencia en secreto de Jesús a la Fiesta (7:10–13)
Algunos intérpretes han descalificado a Jesús por cambiar de opinión, pero la verdad es
exactamente lo contrario. La mentalidad de Jesús está firmemente fijada a su Padre, y él
está decidido a hacer su voluntad. Es obligatorio no ir a la fiesta en público como sus
hermanos querían. Eso constituiría una mentalidad egocéntrica. Era igualmente necesario
actuar de la manera en que su Padre deseaba: adorar y celebrar la esperanza mesiánica.
Contra la petición de sus hermanos en el versículo 4, él va “en secreto” en el versículo 10,
decidido a no alardear públicamente sino a estar en privado con su Padre.
Mientras tanto, los líderes también se preguntan acerca de Jesús (v. 11), porque su
creciente fama lo ha precedido desde Galilea, y ellos esperan que él venga. Las
implicaciones en la narrativa de Juan son que todavía querían arrestarlo y verlo muerto
(5:18).
En contraste, las multitudes están “murmurando” (NVI: “corrían rumores”, pero es el
mismo término que “quejarse”, gongysmos, en 6:41, 43), con algunos a favor de Jesús y
otros en contra. Muchos piensan que él es “una buena persona” (v. 11), indudablemente
debido a los buenos resultados de sus milagros y de todo lo que estaba logrando en Galilea.
Otros, de acuerdo con los líderes, piensan que es un charlatán que “engaña a la gente”. El
poder de los líderes se ve en el versículo 13: las multitudes tienen miedo de participar en
una discusión abierta “por temor a los líderes”. Veremos nuevamente esto en 9:22, 34–35,
cuando los funcionarios expulsen a cualquiera que esté apoyando a Jesús fuera de la
sinagoga, de hecho, excomulgándolos. Ahora están obligando al público a estar de acuerdo
con ellos, utilizando la amenaza del aislamiento religioso y social como arma para salirse
con la suya.
Jesús tiene autoridad para enseñar en la fiesta (7:14–24)
A continuación, junto con varios otros intérpretes, noto dos ciclos, cada uno con tres partes:
Ciclo 1 Ciclo 2
Jesús enseña 14–24 37–39
Debate y especulación 25–32 40–44
Intentos de arresto 33–36 45–52
Primer intercambio: sus orígenes (7:14–18)
En el versículo 14, Juan nos dice que Jesús no fue sino hasta “la mitad de la fiesta” para estar
completamente separado de sus hermanos. Probablemente pasó esos primeros días en
adoración privada (7:10). Habían querido que fuera y mostrara sus señales milagrosas en la
fiesta, lo cual rechazó Jesús porque estaría en propósito cruzado con su intención de
enviado por Dios como el representante divino. Sin embargo, “comenzó a enseñar”, porque
eso cumpliría la voluntad de su Padre para él como la voz de Dios para el pueblo. En medio
de las tensiones despertadas por los líderes, ya no podía quedarse callado. Él estaba, de
hecho, mostrándose al mundo (7:4) pero no en la forma en que sus hermanos o los líderes
querían. Vino con palabras, no con obras.
Como resultado, el pueblo judío está “admirados” (v. 15) por la profundidad de su
conocimiento y decían: “¿De dónde sacó este tantos conocimientos sin haber estudiado?”
Era mucho el tiempo de entrenamiento bajo un rabino para poder hablar como un rabino.
Un pasaje del Talmud (b. Sotah 22b) dice que una persona que estudia la Torá sin
entrenamiento rabínico formal no es mejor que una persona común que no sabe nada.
Tales comentarios a menudo se hicieron acerca de Jesús (Mt 13:54–56; Mr 1:22; Lc 2:47;
4:22) y los apóstoles (Hch 4:13). En nuestros días, esto sería como preguntar: “¿Cómo
puedes saber algo sin haber ido a alguno de los seminarios importantes?” Sin embargo, sé
de doctores que son poco profundos en sus predicaciones y predicadores no instruidos que
tienen una profundidad increíble. Es el corazón aún más que la cabeza lo que cuenta. La
verdad es que, con los comentarios increíbles disponibles hoy en día, la riqueza del
conocimiento está disponible para todos nosotros, y realmente es una cuestión de
motivación nuestra para alimentar al rebaño más importante.
En los versículos 16–18, Jesús revela la verdadera fuente de sus perspectivas. La idea
que tenían ellos de autoridad era meramente de educación en el entorno adecuado (tal
como hoy), pero el conocimiento de Jesús vino del Dios que lo envió. No era autodidacta,
ni dependía de la interpretación de otros, los rabinos, como la mayoría de los estudiosos de
hoy, basaron todo lo que decían en las opiniones de quienes estuvieron antes que ellos.
Su mensaje venía directamente de Dios y, por lo tanto, era la verdad divina. Los profetas
siempre comenzaron: “Así dice el Señor”, pero Jesús no necesito hacer esto. Él era el
enviado del cielo, el Verbo, el Representante Viviente de la verdad de Dios. Su autoridad
está sujeta a quién es él.
De hecho, Jesús continúa expresando que la verdad de lo que está diciendo está
disponible para cualquiera que “esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios” (v. 17). Jesús
ha desarrollado esto con más profundidad en 5:37–38, 41–44, donde reconocer a Jesús está
relacionado con recibir las verdades de Dios, buscando su gloria, y siendo lleno de su amor.
Jesús vivió completamente sobre la base de hacer la voluntad de Dios. Los que caminan
como Jesús caminó sabrán que vino de Dios. El criterio para la verdad no es tanto intelectual
como ético. Es una forma de vida que marca la diferencia, como en [Link] “El que practica la
verdad se acerca a la luz”. Cuando se viene al conocimiento de la verdad, los títulos
académicos importan menos de lo que a menudo pensamos; yo ni siquiera sé dónde están
mis diplomas. Mi autoridad viene de la Palabra de Dios y de la fidelidad con la que estudio
y la enseño. Mis títulos son una de las cosas menos importantes sobre mí.
Si Jesús siguiera sus propias ideas, sería egoísta. Como él lo dice en el versículo 18: “El
que habla por cuenta propia busca su vanagloria”. Aquellos que encuentran su propio estilo
de verdad y continuamente inventa cosas nuevas, lo hacen por fama en lugar de servir a
otros. Esto es tan cierto hoy como lo fue en la época de Jesús, pero todo lo que dijo e hizo
tenía un solo objetivo: honrar a Aquel que lo envió. Así, él es lo que recomienda ser en el
versículo 18: “una persona íntegra y sin doblez”.
El orgullo es uno de los pecados más grandes del líder cristiano promedio. Una persona
que había ministrado en varias mega iglesias me dijo hace un tiempo que el narcisismo era
común entre prácticamente todos los pastores famosos Espero que sea una exageración,
pero he visto esto con demasiada frecuencia. En contraste, Jesús no solo dijo la verdad, sino
que era la verdad (14:6) y personificó al verdadero líder siervo de Dios. Como él dijo en
Marcos 10:45, “ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir”.
Segundo intercambio: Moisés y la autoridad (7:19–24)
En el versículo 19 Jesús desafía la autoridad de los líderes sobre la base de su falta de
obediencia a la ley de Moisés. Su falta de justicia se prueba por su transgresión voluntaria
de la Torá. Él muestra que, aunque Moisés “les ha dado la ley”, ninguno de ellos “guarda la
ley”. En una visita previa a Jerusalén, las autoridades habían tratado de arrestarlo por cargos
capitales (5:18; 7:1), y volverían a hacerlo nuevamente (7:32, 45; 8:59). Entonces pregunta:
“¿Por qué tratan entonces de matarme?”. De esta manera estaban transgrediendo la más
estricta de las leyes y eran culpables de intentar asesinar a un hombre justo e inocente.
Moisés había escrito un testimonio del ministerio de Jesús y su posición ante Dios (5:45–
47), y ahora él era un testigo más de su violación de la ley.
En el versículo 20, la multitud se une a los líderes en respuesta a los cargos contra Jesús,
irrumpiendo y diciendo: “estás endemoniado”, que en el primer siglo era equivalente a
decir: “estás loco” (como en 10:20, “está endemoniado y loco de remate”). Pocos en la
muchedumbre sintieron alguna hostilidad hacia Jesús, y ninguno estaba al tanto de los
planes de los líderes, por lo que para ellos era simplemente un hombre delirante y
paranoico. Como resultado se levantaron en defensa de los líderes.
Cristo responde a las multitudes en 7:21–22 continuando el tema sobre la observancia
judía de la ley. Volviendo al evento que llevó a la acusación en su contra: la curación del
hombre cojo en el día de reposo (5:1–15). Estaban “asombrados” por el milagro, pero
reaccionaron más al hecho de que él quebrantó la tradición oral sanando en el día de
reposo. Jesús responde recordándoles que ellos también quebrantaron esa tradición
cuando obedecieron la ley de Moisés sobre la circuncisión, refiriéndose a la regla de
circuncidar a un niño varón en el octavo día después del nacimiento, incluso si ese día cayó
en el sábado (Lv. 12:3).
Como Jesús explica en el versículo 23, está señalando dos cosas, ambas basadas en el
principio de razonamiento de mayor a menor: (1) Dado que la circuncisión llegó a través de
los patriarcas, tenía prioridad sobre las leyes de Moisés, especialmente las tradiciones
orales. (2) Lo cual, estableció un precedente legal obedecido por Jesús cuando sanó en el
día de reposo. La “obra” de la circuncisión es el bien superior y válido como actividad
sabática, y como tal no viola las leyes del día de reposo. Si eso es cierto acerca de la
circuncisión, la cual afecta solo a una pequeña parte del cuerpo, cuánto más es válido para
la sanidad, la cual afecta a todo el cuerpo. Además, Jesús está haciendo la obra de Dios al
traer la presencia salvadora de Dios para influir en el cojo y sanarlo.
Dado que la curación de Jesús en el día de reposo, como la circuncisión, es el mayor
bien, estos líderes y multitudes deben “dejar de juzgar solo por las apariencias” (v. 24). Jesús
los acusa de juzgar mal sobre la base de un uso superficial de la ley. Su perspectiva de la ley
era terrenal, ignoraban la perspectiva divina o celestial, y necesitaban ver la situación de la
sanidad en día de reposo desde el punto de vista de Dios. Entonces se darían cuenta de que
Jesús no estaba quebrantando el día de reposo sino en realidad defendía su verdadero
propósito. Era un guardián de la ley, no un infractor de la ley.
La gente debate sobre si Jesús es el Mesías (7:25–32)
Sus orígenes terrenales (7:25–27)
La escena cambia desde el diálogo anterior de los versículos 19–24, centrado sobre
peregrinos a Jerusalén desde Galilea y la diáspora (las tierras fuera de Palestina) que no
estaban al tanto del deseo de las autoridades de arrestar y matar a Jesús (7:20). Ahora
“algunos de los que vivían en Jerusalén” entran en el debate y comienzan a desafiarlo. Ellos
conocen la situación y ahora preguntan: “¿No es este al que quieren matar?” Están
sorprendidos de que un “hombre buscado” sea tan audaz como para desafiar a los líderes
pudiera tener una imagen tan pública sin ser arrestado (7:26). Las autoridades nunca habían
estado tan titubeantes en el manejo otros. ¿Podrían haber estudiado la evidencia y
“concluir que él era el Mesías”? Eso sería un cambio notable dada la gravedad de su
oposición hasta este punto.
Consideran esta posibilidad solo por un momento. Muy rápidamente cambian de
opinión y dicen en el versículo 27: “Nosotros sabemos de dónde viene este hombre”: él es
de la insignificante ciudad de Nazaret (1:45–46) y es el carpintero del pueblo (Mr 6:3). El
lugar actual de la residencia de Jesús con sus discípulos es Capernaúm. Sin embargo,
razonan, “cuando venga el Cristo nadie sabrá su procedencia”. Asumen que, si saben que él
no puede ser el Mesías, los líderes también estarían conscientes de ese hecho.
Esto no significa que ignoraran Miqueas 5:2 y la profecía del nacimiento del Mesías en
Belén. Más bien, se ajusta a una creencia popular de la época, de que el Mesías estaría
oculto por Dios hasta la hora divinamente señalada para su manifestación (véase 1 Enoc
48:6; 4 Esd 7:28; 13:51–52; 2 Baruc 29:3) o, tal vez, a lo mejor, que nacería normalmente
pero no sería reconocido hasta que Dios lo diera a conocer (véase Justino Mártir, Diálogo
con Trifón 8). Supusieron que, si los judíos locales conocían a Jesús, él no podía ser el Mesías.
Sus verdaderos orígenes (7:28–29)
Jesús habla públicamente mientras enseña en el “templo” y admite que están en parte en
lo correcto y “saben de dónde vengo”, pero solo son conscientes de sus orígenes terrenales.
Las palabras de Jesús están mezcladas con ironía; esta frase podría parafrasearse: “Tú ¿De
verdad crees que sabes de dónde vengo?” Estaban completamente inconscientes de sus
verdaderos orígenes, que en realidad vino de Dios (“él que me envió “). Él dice “no he venido
por mi propia cuenta”, sino que más bien está cumpliendo la misión que le asignó su Padre.
En esto Jesús acusa al pueblo judío de ceguera espiritual e ignorancia. No conocen a
Dios el Padre ni a Jesús El Hijo y Cristo / Mesías. Además, es el Padre y no ellos quien es
“verdadero”. Jesús es “una persona íntegra y sin doblez” (7:18) y es “el camino, la verdad y
la vida “(14:6) porque su Padre es “verdad”. Él es verdaderamente el Dios soberano de las
Escrituras, el único que puede traer salvación y vida a su pueblo. Este Dios es desconocido
para estos oponentes de Jesús porque se han alejado de su único representante y han
rechazado su mensaje de salvación.
Solo Jesús conoce verdaderamente a Dios, por dos razones: (1) Sus orígenes vienen de
Dios y (2) su misión proviene “del que lo envió” (v. 29). Estas personas estaban orgullosas
de su relación de pacto y afirmaban conocer a Dios (Ro 2:17, 23), pero Jesús muestra que
las personas no pueden conocer al Dios verdadero hasta que hayan llegado a conocer a su
Hijo. Como dijo Juan antes en 1:18, solo Jesús es “el Hijo unigénito, que es Dios y que vive
en unión íntima con el Padre”. Solamente él “nos lo ha dado a conocer [al Padre]”, así que
estos judíos quienes piensan que pueden conocer al Dios de la ley de Moisés están
terriblemente equivocados y no sabe nada del Dios del nuevo pacto en Jesús el Cristo En
esta era del nuevo pacto, Dios se ha revelado a sí mismo de nuevo y ha mostrado nuevas
perspectivas de su ser que solo pueden ser conocidas a través de Jesús.
Intento de arrestar a Jesús (7:30–32)
Hay tres etapas para este intento: algunos intentan apoderarse de Jesús, pero no pueden
hacerlo (v. 30), los líderes envían a la guardia del templo para arrestarlo (v. 32), y luego se
sorprenden cuando regresan sin haberlo hecho (vv. 45–47). Este era un complot en curso
para deshacerse de este advenedizo problemático y blasfemo (5:18; 7:1) y había pasado
mucho tiempo (véase 7:13, 25–26), pero los líderes finalmente han llegado a su límite y
sienten que deben actuar.
La decisión de apoderarse de él puede haber sido apresurada; era inútil y nadie le había
puesto la mano encima porque “su hora no había llegado”. Las autoridades no estaban a
cargo; Dios lo estaba. Este es un tema principal en el evangelio de Juan y se refiere a la hora
destinada, el “tiempo establecido” que “había de venir” (Gá 4:4) cuando el plan de Dios de
la salvación culminaría en la cruz (Jn 2:4; 4:23; 7:6; 8:20; 12:23, 27; 13:1; 16:4, 32; 17:1). Su
tonto intento de arrestar a Jesús y obstaculizar el plan de Dios estaba condenado hasta que
el Padre dijera: “Es hora”.
En contraste con los líderes, “muchos de entre la multitud creyeron en él” (v. 31).
Ciertamente, su fe era incompleta y estaba basada en las señales milagrosas, tal como las
personas descritas en 2:23–25, pero este era un primer paso importante (10:38). Si bien su
fe en sí misma era inadecuada, al menos se daban cuenta de que las obras de Jesús eran
dignas del Mesías y así dar un paso preliminar de fe y comenzar a seguir a Jesús (como en
el v. 27). Ciertamente, razonaron: el Mesías no “realizar más señales que este hombre”. E
nuestros días a ellos se les llamaría “investigadores” o incluso “pre-discípulos”.
Los líderes se enteraron de la creciente fe de muchos en las multitudes y sintieron que
tenían que ponerle fin. El intento de arresto a Jesús en el versículo 30 ahora lleva a la
decisión oficial del “jefe de los sacerdotes y los fariseos” de llevar a cabo el arresto (v. 32),
algo inusual porque normalmente eran partidos opuestos en la estructura de poder de
Judea. Sin embargo, se habían unido en su oposición a Jesús. Esta probablemente fue una
orden de arresto del propio consejo gobernante, el Sanedrín, y ejecutado por la policía o
los guardias del templo, que consistía principalmente en levitas cuyo deber era mantener
el orden público en el templo y, en ocasiones, el orden cívico también en la ciudad. Entonces
el Sanedrín los envió a arrestar a Jesús mientras él atraía multitudes a las cercanías del
templo. No veremos lo resultante de esto sino hasta 7:45–47.
Jesús enseña sobre su partida (7:33–36)
Mientras los guardias están en camino a arrestar a Jesús, él explica a las multitudes por qué
no pueden entenderlo y por qué su tiempo entre ellos será breve: “Voy a estar con ustedes
un poco más de tiempo, y luego volveré al que me envió” (v. 33). El tiempo de su pasión
está a solo unos meses de distancia, y será hora de ascender de regreso al Padre (véase
3:13–14; 6:62). Después volverá al que lo envió, el Dios en el cielo que le dio su misión en
primera instancia y lo envió a la tierra (6:33, 38, 41, 42, 50, 51, 58). Su muerte próxima no
fue el fin de su ministerio, sino el comienzo de la siguiente fase, así como el regreso a su
preexistente gloria (1:1–2; 17:5).
El punto principal de este párrafo es la declaración de Jesús de que “me buscarán, pero
no me encontrarán”, que enmarca todo el pasaje (v. 34, repetido en el v. 36). Las palabras
de Jesús aquí contienen un doble significado. A nivel terrenal, a menudo buscarán
arrestarlo, pero no podrá encontrarlo hasta la hora designada por el Padre. Veremos esto
en 7:45–47. A nivel espiritual, buscarán a Dios y la vida eterna pero no podrán lo porque no
están dispuestos a ir a Jesús en fe y encontrar la salvación de Dios, la cual está contenida
solo en él (14:6, “Nadie llega al Padre sino por mí”). Incluso sus propios discípulos lo
buscarían y no podrían encontrarlo (13:33). La diferencia es que sus seguidores
eventualmente irán al cielo y lo encontrará, mientras que estos incrédulos solo enfrentarán
el juicio de Dios.
Como era de esperarse, los judíos que están escuchando no lo entienden. Con su
perspectiva terrenal, se equivocan en comprender su significado y comienzan a murmurar
el uno al otro, “¿Y este a dónde piensa irse que no podamos encontrarlo?” (7:35). Quizás,
suponen, que él está planeando escaparse de Judea e irse a las comunidades de la diáspora,
“irse a nuestra gente dispersa entre las naciones”. Dado que su enseñanza en Judea no va
a ninguna parte, razonan, tal vez él quiere “enseñar a los griegos”. Lo más probable es que
eso significara enseñar a los judíos de habla griega y a los prosélitos gentiles en otras tierras
en lugar de vivir entre los gentiles no judíos. Hay muy poca evidencia de la verdadera misión
judía a los gentiles en el primer siglo. Más tarde, la iglesia posterior a la resurrección
implicaría una misión a los griegos, pero ellos por su incredulidad no tendrían parte en ella.
La repetición de Juan de las palabras de Jesús en el versículo 36 enfatiza la seriedad de
su error. En realidad, las palabras de Jesús sirvieron de dos maneras: como una reprimenda
y como una invitación. El conocimiento de que actualmente no podían seguir a Jesús al cielo
era una reprensión de su incredulidad, pero al mismo tiempo una oportunidad para
arrepentirse y venir a Jesús. Su incapacidad y falta de voluntad para responder significaba
que no tenían esperanza.
Jesús da el Espíritu (7:37–39)
El segundo ciclo del ministerio de Jesús en la Fiesta de los Tabernáculos (ver mis
comentarios en 7:14) comienza con lo que Juan describe como “el último día, el más
solemne de la fiesta” (v. 37). La fiesta de los Tabernáculos, como la de la Pascua, era una
festividad de siete días con una congregación solemne el octavo día con la que concluía (Lv
23:36). Jesús se coloca a sí mismo en esta celebración del octavo día como cumplimiento o
culminación de su significado.
Había dos ceremonias especiales en cada uno de los siete días, y Jesús cumplía ambas.
Todas las mañanas había una ceremonia de agua (cumplida en los vv. 37–39), y cada tarde
había una ceremonia de luz (cumplida en 8:12). Estas dos no tenían lugar en el octavo día,
porque era un día de descanso alegre y especial para desarmar las tiendas, con bailes y el
canto de los salmos de Hallel (Sal 113–118). Jesús se puso de pie e hizo esta proclamación
en esa mañana especial, presentándose a sí mismo como la culminación de la ceremonia de
agua.
La ceremonia del agua tenía lugar con una procesión al amanecer cada mañana. Cada
noche anterior los juerguistas celebraban los cultivos que Dios les había dado y luego en la
mañana agradecían a Dios por la lluvia que hacía crecer los cultivos. Estas ceremonias se
basaron en Isaías 12:3, “con alegría sacarán ustedes agua de las fuentes de la salvación”.
Cada mañana el sumo sacerdote sacaba agua del estanque de Siloé en un cántaro dorado.
Luego dirigía una procesión hasta el templo con el sonido del shofar o trompeta en los
sacrificios matutinos, con los peregrinos sacudiendo lulabs o ramas frondosas, simbolizando
el viaje por el desierto, y sosteniendo un pedazo de algún fruto cítrico (tradicionalmente
una toronja o etrog) para simbolizar la cosecha misma. La procesión marchaba alrededor
del altar siete veces, vertiendo el agua del cántaro en un embudo al costado del altar.
Mientras el agua fluía alrededor de la base del altar, el coro del templo cantaba el Hallel.
La ceremonia de agua normalmente ocurría en los siete días previos, mientras que en
el octavo día Jesús “se puso de pie y exclamó” que los peregrinos sedientos podían venir y
beber de él. Como enviado de Dios se convirtió en la fuente de “los pozos de salvación” de
Isaías 12:3, cumpliendo el simbolismo de la ceremonia del agua y continuando la metáfora
del agua de la vida de Juan 4:10, 11–14; 6:53–56. La alegría que caracterizaba la fiesta era
bastante evidente en lo que Jesús dijo, mientras ahora se cumplía la promesa del Antiguo
Testamento del agua viva, y la vida que el pueblo judío siempre había deseado llegaba a
ellos. Los dos temas de la Fiesta de los Tabernáculos: cosecha y esperanza — se combinan
en Jesús.
La declaración en sí ha ocasionado un gran debate entre los académicos. La cita del
versículo 38 (“como dice la Escritura”) no señala un pasaje en particular, sino que resume
un tema, y los comentaristas debaten si Jesús o el creyente es la fuente del agua viva. Si el
creyente es la fuente, alude a Proverbios 18:4 (“arroyo de aguas vivas, fuente de sabiduría”)
e Isaías 58:11 (“Serás como jardín bien regado, como manantial cuyas aguas no se agotan”).
Si Cristo es la fuente, alude a Zacarías 14:8 (“En aquel día fluirá agua viva desde Jerusalén”,
un pasaje conectado con la Fiesta de los Tabernáculos) y Ezequiel 47:9 (“donde corra este
río, todo ser viviente que en él se mueva vivirá”). Jesús entonces sería visto como el
cumplimiento de la roca golpeada por Moisés con el agua brotando de ella (Éx 17:1–6; véase
Sal 78:16, 20).
La dificultad radica en el griego mismo. Una traducción literal sería de ayuda: “Que
cualquiera que tenga sed venga a mí y beba, al que cree en mí, como dicen las Escrituras,
ríos de agua viva fluirá desde dentro de esa persona”. La clave es cómo puntuamos la
declaración. Si se coloca un punto después de “beber”, el “que cree” cumple las Escrituras
y se convierte en la fuente de agua viva (como en la traducción NVI). Si ponemos el punto
después de “el que cree”, entonces Jesús se convierte en la fuente de agua viva— “Que
cualquiera que tenga sed venga a mí y beba, concretamente, el que cree en mí. Como lo dice
la Escritura, ríos de agua viva fluirán de él [es decir, Jesús]”. También podríamos poner los
dos aspectos en la primera parte juntos y traducir, “Deja que la persona sedienta que cree
en mí venga a mí y beba”.
Ambas traducciones son viables. Los Padre s de la iglesia oriental (como Orígenes) y
muchos eruditos actuales favorecen la interpretación con los creyentes como la fuente. Los
Padre s de la iglesia occidental (como Tertuliano) y un número casi igual de eruditos actuales
están a favor de Cristo como la fuente. Si “el que cree” comienza el versículo 38 (como en
la NVI), sería el único lugar en el Nuevo Testamento donde la formulación de las Escrituras
viene en medio de un versículo, pero esto es todavía bastante posible y se encuentra en
prácticamente todas las traducciones. Mi problema con la interpretación del “creyente” es
que la representación sería de creyentes sedientos primero bebiendo y luego dando agua a
otros, una metáfora posible, pero algo improbable.
Creo que es mejor en este contexto ver a Cristo invitando a los creyentes a beber y luego
él personalmente distribuyéndoles el agua. Cristo, en lugar del creyente, es el enfoque en
los capítulos 7–10. Los creyentes son los recipientes del Espíritu, no los distribuidores del
Espíritu: el dador del Espíritu en Juan es Jesús. Esto encaja mejor con el cuarto evangelio,
con Cristo enviando el Espíritu en 14:26; 16:7. Además, Jesús hablando de sí mismo en
tercera persona (“fluirán de él”) se ajusta a su uso de “Hijo del hombre” para sí mismo, y así
Cristo se representa a sí mismo (en lugar del creyente) cumpliendo la ceremonia del agua.
Ya hemos visto el agua como un símbolo del fluir del Espíritu Santo en 3:5, un tema que
continúa aquí. Los rabinos a menudo relacionaban la ceremonia del agua con la promesa
del Espíritu Santo y llamaban el patio del templo como “el lugar donde fluye el agua” (y.
Sukkah 5.1, 55a; Rut Rabá 4:8). Entonces Jesús cumple profecías posteriores al dar el
Espíritu a los creyentes. El tiempo para esto también está claro en el versículo 39: “Hasta
ese momento el Espíritu no había sido dado, porque Jesús no había sido glorificado
todavía”.
El Espíritu no vino durante la vida de Jesús, sino que esperó su acceso en gloria tras su
muerte y resurrección, y luego vino en Pentecostés (Hch 2). De hecho, este es el tema del
discurso de despedida de Jesús en los capítulos 14–17: él debe partir para que venga el
Espíritu. El Espíritu culminaría la misión de Jesús. Jesús proporcionó el regalo, y el Espíritu
fue la fuerza operativa que llevó a cabo la directiva. La era del Espíritu tuvo lugar después
de la partida de Cristo y fue enviado en las apariciones de resurrección y el Pentecostés.
La multitud se divide (7:40–44)
Al final del mensaje de Jesús en los últimos días de la Fiesta de los Tabernáculos, la multitud,
al igual que el cuestionamiento de Juan el Bautista hecho por el comité del Sanedrín en
1:19–22, le pregunta a Jesús si él podría ser el profeta como Moisés de Deuteronomio 18:15
(véase 6:14) o el Mesías. El profeta Moisés se ajusta a la parábola del maná detrás del
capítulo 6, y la parábola del agua de 7:37–38 encajarían en el agua de la roca en Éxodo 17.
Muchos judíos separaron las dos figuras en expectativa mesiánica, y ese parece ser el caso
aquí.
Sin embargo, como se señaló en 7:27, muchos dudaron de que Jesús pudiera ser el
Mesías debido a sus orígenes en Galilea. Él creció en Nazaret, y eso lo excluyó, porque las
Escrituras profetizaron que el Mesías “vendrá de la descendencia de David, y de Belén, el
pueblo de donde era David” (7:42). 2 Samuel 7:12–16 y Salmo 89:3–4 aclaran que el Mesías
tendría orígenes Davídicos, y Miqueas 5:2 identifica a Belén en Judea como su lugar de
nacimiento.
Como resultado, la multitud se divide acerca Jesús y lo que deberían hacer con respecto
a él (v. 43). En el versículo 44, muchos “querían aprehenderlo” y arrestarlo, “pero nadie le
puso las manos encima” porque la hora de su destino marcado por Dios aún no había
llegado (véase 7:30; 8:20). A todas partes a donde Jesús va en el evangelio de Juan,
encuentra la oscuridad en cada persona (1:5, 9), lo que lleva a reacciones negativas a
medida que la oscuridad rechaza la luz de Dios (3:19–20).
Los líderes no pueden arrestar a Jesús (7:45–52)
En el versículo 45, la guardia del templo del versículo 32 regresa con las manos vacías a “los
principales sacerdotes y los fariseos” en su vano intento por arrestar a Jesús (véase 7:11,
30, 32). Se habían ido cerca de cuatro días, ya que se fueron alrededor del cuarto día de la
fiesta (7:14, 30, “a mitad de la fiesta”) y ahora era el octavo día (7:37) En todo ese tiempo
no habían podido arrestar a Jesús, incluso aunque había estado a la intemperie enseñando
en los patios del templo (7:14) El diálogo registrado en estos últimos versículos debe ser un
resumen de este ministerio de cuatro días en la fiesta.
La razón: el increíble mensaje de Jesús (7:45–46)
No es que no existieran oportunidades para arrestarlo. Las multitudes no podían ponerle
una mano encima (v. 44), y aparentemente tampoco podían los guardias del templo. Esto
parece muy extraño, pero hay que recordar que no eran soldados profesionales sino levitas,
y ellos pudieron haber quedado atrapados en el fervor religioso de la fiesta o cautivados
por el poder de la enseñanza de Jesús. Tal vez olvidaron su tarea así que solo pudieron
responder a los líderes: “¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre!” (v. 46). Dejaron de
ser los guardias y se convirtieron en peregrinos hechizados por las verdades profundas de
Jesús. Sorprendentemente, estos guardias se convirtieron en testigos ante el Sanedrín de
que sus palabras eran realmente “Espíritu y vida” (6:63). Esto no significa que se
convirtieron, sino que la profundidad de su ser había sido agitada. Algunos pueden haber
sido convertidos, pero no se nos dice.
El contraataque de los líderes (7:47–49)
Los funcionarios reaccionan con dureza y acusan a estos guardias levitas de haber sido
engañados por Jesús al igual que las inconstantes multitudes. Jesús entonces es un
engañador (7:12), un blasfemo que ha llevado a estos levitas por mal camino en peligrosa
herejía, y han sido tan débiles como para permitir ellos mismos quedar atrapados en esta
falsedad. Hay mucha ironía en los siguientes dos versículos, porque uno de los suyos
(Nicodemo) está a punto de hablar en nombre de Jesús.
En el versículo 48, estos líderes preguntan a los guardias levitas: “¿Acaso ha creído en él
alguno de los gobernantes o de los fariseos?” luego ellos responden su propia pregunta:
“¡No!” Está a punto de mostrarse que están equivocados un versículo más adelante. Por el
momento, ellos están en lo correcto hasta donde estos levitas saben, y ahora los
funcionarios los avergüenzan aún más al vincularlos con “esta gente, que no sabe nada de
la ley, está bajo maldición” y aparentemente sobre estos guardias del templo también. El
desprecio farisaico hacia “la gente de la tierra” (en hebreo, am ha’arets) es evidente, y estos
líderes creen que su ignorancia de la ley los coloca bajo la maldición del pacto (Dt 27:26; Sal
119:21; Jer 11:3). Afirman que estos levitas deberían conocer la ley y nunca deberían
haberse permitido unirse a esta chusma ignorante en su engaño.
La corrección de Nicodemo a los funcionarios (7:50–52)
En muy poco tiempo, Nicodemo les demuestra que están equivocados. En el versículo 50
Juan nos recuerda que “antes había ido a ver a Jesús” (3:1–15) y al mismo tiempo, como
fariseo y miembro del Sanedrín, “era uno de ellos” (véase 3:1). Puede que aún no se haya
convertido en creyente, pero al mismo tiempo tampoco compartió su incredulidad. No hay
evidencia de que ninguno de los miembros del Sanedrín aún se hubiera convertido en
seguidor de Jesús, pero a la muerte y sepultura de Jesús se nos habla de dos miembros del
Sanedrín que se habían convertido en sus seguidores: Nicodemo y José de Arimatea,
descritos como “Discípulos en secreto” por temor a los otros líderes (19:38). La presión en
los plebeyos en contra de hablar bien de Jesús (7:13) se sintió aún más por parte de los
líderes, y se necesitó de mucho valor para que Nicodemo diera este paso adelante en este
punto.
Como estos funcionarios afirmaron que eran expertos en la ley (7:49), Nicodemo
plantea una cuestión de derecho. En el versículo 51 él dice: “¿Acaso nuestra ley condena a
un hombre sin antes escucharlo y averiguar lo que hace?” Esta no es una cita directa de la
Torá, pero se acerca a varios pasajes. Deuteronomio 1:16 dice: “Atiendan todos los litigios
entre sus hermanos, y juzguen con imparcialidad” (véase también Dt 17:2–5; 19:15–19; Éx
Rabá 21:3). “Averiguar” traduce el término griego gnō, de ginōskō, como “entender” lo que
Jesús está diciendo realmente. Nicodemo se da cuenta de cómo los otros funcionarios están
torciendo las afirmaciones de Jesús.
Los líderes no tienen respuesta; él está en lo correcto. Entonces en el versículo 52 ellos
recurren a insultos ad hominem, burlándose de él como “de Galilea” un insulto equivalente
a etiquetarlo como un provinciano bobo. Luego recurren a los orígenes de Jesús, repiten
7:41 y declaran que “de Galilea no ha salido ningún profeta”. En realidad, están
equivocados, porque Jonás y Nahúm eran de Galilea, y los rabinos cuyas palabras fueron
registradas más tarde en el Talmud declararon que de cada tribu habían surgido profetas
(b. Sukkah 27b). Ellos indudablemente sabían esto, pero eran tan contrarios a Jesús que no
estaban pensando lógicamente. Cuando dijeron: “Investiga”, se estaban condenando ellos
mismos, porque tomaría poco tiempo para que su error fuera descubierto. En cierto sentido
están en lo correcto. El verdadero origen de Jesús es el cielo, como nos han recordado una
y otra vez en Juan (3:13, 31; 6:33, 50, 51, 58), pero siguen ignorando esa verdad esencial.
Al comienzo de este pasaje, los hermanos de Jesús semejan la narrativa de la tentación
de los evangelios sinópticos tratando de atraer a Jesús para producir un milagro que lo haría
famoso (7:1–13). Jesús no lo hizo y se negó a acompañarlos a Jerusalén bajo falsas
pretensiones. Sirvió a su Padre y a su vocación y no ensuciaría su propósito designado por
Dios de tal manera. Esta es una tentación muy común que experimentan muchos líderes
cristianos, y a la cual demasiados ceden y conducen su ministerio para salir adelante en
lugar de servir a Dios. Jesús no iría públicamente, sino que iría para adorar a Dios en privado.
Au̱n así, cuando fue, tuvo que enseñar como el Representante Viviente y enviado de Dios
(7:14–24).
En esto se caracterizó su corazón de siervo, la falta de deseo de “buscar su propia
vanagloria” (7:18) y un compromiso con la centralidad de Dios y su misión al mundo. Ese es
el modelo para el siervo líder en nuestros días también.
En 7:25–36 vemos una unión de antiguos oponentes, la gente común con los líderes y
los principales sacerdotes con los fariseos dentro del Sanedrín. Se unieron en su oposición
a Jesús (vv. 30–32), suponiendo que ningún campesino judío de Galilea podría ser el Mesías.
Juan explica su trágico error en los versículos 33–36. Tienen solo una perspectiva terrenal y
no entienden los verdaderos orígenes celestiales de Jesús. Como resultado, son
completamente incapaces de comprender las verdades divinas que defiende y están
condenados en su incredulidad. Este es el problema en nuestros tiempos también, como la
humanidad pecadora no quiere tener nada que ver con Jesús y así inventa razones para
alejarse de él.
Para aquellos que se vuelven a Jesús, les espera una promesa increíble: la cual
realmente cumple el significado de la Fiesta de los Tabernáculos en Jesús. La procesión del
agua cada mañana representaba la cosecha espiritual y las promesas del Antiguo
Testamento de la entrega del Espíritu del Mesías al pueblo de Dios. Así que en 7:37–39 Jesús
se describe a sí mismo distribuyendo el agua viva, el Espíritu Santo, a sus seguidores. Este
es uno de los eventos más grandes que esperan al verdadero pueblo de Dios, aquellos que
se vuelven a Jesús y creen. Para nosotros, esto tiene lugar en la conversión (Ro 8:14–17),
cuando el Espíritu entra en nosotros y comienza a llenarnos de poder para vivir la vida
cristiana.
El resto del pasaje (7:40–52) regresa al intenso conflicto entre Jesús y sus oponentes.
Son como muchos hoy en día que odian todo lo cristiano y buscan formas para hacer que el
pueblo de Dios parezca malo. Ellos “cambiaron la verdad de Dios por la mentira” (Ro 1:25)
y odiaron la luz de Dios, prefiriendo la oscuridad, que se ajusta a su estilo de vida elegido
(Jn 3:19–20).
EXCURSUS: LA MUJER ATRAPADA EN ADULTERIO
(7:53–8:11)
Esta es una historia famosa porque muestra la gracia de Dios en Cristo perdonando a una
mujer que ha cometido adulterio. Sin embargo, al mismo tiempo, sin duda, no formaba
parte del evangelio de Juan y probablemente fue agregada por los escribas cristianos al
principio del siglo II La evidencia crítica del texto es bastante decisiva. Está ausente en casi
todos los primeros manuscritos (𝔓66, 𝔓75, א, Avid, B, Cvid, L, N, T, W, 037, 038, 044). Ningún
Padre de la iglesia griega habló de esta historia antes del siglo XII, y no se encuentra en las
traducciones antiguas del Nuevo Testamento (latín antiguo, siríaco, copto). El único
manuscrito antiguo que la contiene es el D (Codex Bezae), pero ese códice es conocido por
contener material extra. (¡Su versión de Hechos es diez por ciento más larga!) También se
le coloca en distintos lugares por escribas posteriores, después de Lucas 21:38; Juan 7:36;
44; o 21:25. Es casi seguro que Juan no tuviera esta historia en su evangelio.
De la misma manera, casi todos creen que la historia realmente sucedió. El historiador
de la iglesia Eusebio en su Historia Eclesiástica (39.16) menciona una historia similar de
Papías a principios del siglo II, y también se le encuentra en la Didascalia Apostolorum (cap.
7) del siglo III. La mayoría de los académicos actuales colocan su adición al evangelio de Juan
en el siglo II, posiblemente porque el adulterio estaba siendo tratado entonces como un
pecado prácticamente imperdonable, y los líderes quería que la iglesia se diera cuenta del
perdón de Dios extendido a los pecados sexuales también. Entonces concluiría que no es
canónico, pero es muy probablemente una historia real del ministerio de Jesús.
El escenario está en Jerusalén. Jesús está ahí posiblemente para una de las fiestas o tal
vez durante la semana de la pasión. La escena se ajusta a Lucas 21:37–38, con Jesús estando
en el Monte de los Olivos (probablemente en Betania) y enseñando en los patios del templo
todas las mañanas. Su popularidad con las multitudes es evidente, como lo es la oposición
de los líderes.
Los escribas y fariseos interrumpen a Jesús mientras enseña y le traen a una mujer que
ha sido atrapada en una relación de adulterio, probablemente la noche anterior. Los
escribas eran expertos legales, de cierta forma abogados, que interpretaban las leyes para
el resto del judaísmo. En un acto de crueldad sin sentido, la han mantenido incomunicada
durante toda la noche sin juicio, y están usando su vergüenza para tenderle una trampa a
Jesús. Su falta de preocupación por la mujer es bastante evidente.
La ley era clara. La lapidación solo se exigía si una virgen comprometido en casamiento
fuera atrapada, y entonces, tanto la virgen como el hombre debían ser apedreados (Dt
22:23–24). Pero tales legalidades no eran de interés para estos escribas; solo deseaban
atrapar a Jesús diciendo algo que podrían usar contra él (Jn 8:6). Es Jesús, no la mujer, quien
en realidad estaba siendo juzgado, y la justicia no era parte de la escena. Si dijera muy poco,
podrían acusarlo de ignorante de la Ley. Si dijera demasiado, podrían acusarlo delante de
los Romanos, quienes no permitieron que los judíos ejecutaran personas (véase 18:31).
La reacción de Jesús es notable. Todavía sentado (su modalidad de enseñanza rabínica),
se inclina y comienza a escribir en el polvo. Mucho se ha dicho sobre su posible mensaje:
Agustín argumentó que era Jeremías 17:13 (“El que se aparta de ti quedará como algo
escrito en el polvo”); Jerónimo dice que fueron los pecados de los acusadores. O quizás era
la sentencia que Jesús pronunciaría (los romanos escribían la sentencia y luego la leían en
voz alta). No podemos saber con certeza.
Mientras escribe, los líderes judíos lo siguen acosando por una respuesta, por lo que
finalmente habla: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”
(8:7). Esto coincidiría con la cita anterior en Jeremías cuando Jesús dirige el enfoque de la
mujer a sus propios pecados. En Deuteronomio 13:9 y 17:7, los testigos oficiales de una
violación capital de la ley arrojarían las primeras piedras. Jesús estaría siguiendo Mateo 7:1–
5 (“No juzgues” cuando tienes pecado en tu vida) y diciendo realmente: “¿Quién está listo
para testificar contra ella cuando el testimonio de Dios se levanta contra ti?” Jesús escribe
una vez más en la tierra, probablemente el mismo mensaje que antes, para asegurar su
culpa delante de Dios
Ninguno de los transeúntes está “sin pecado”, por lo tanto, los primeros acusadores se
alejan uno por uno, primero más antiguo (debido a la cortesía judía a los ancianos, pero
probablemente también porque eran más conscientes de sus pecados). Los que la han
avergonzado ahora sienten vergüenza de sus propias acciones duras, y solo pueden irse
hasta que finalmente ella se queda sola con Jesús. Entonces, él habla por primera vez y se
dirige a ella mientras la mujer indudablemente se mantiene con la cabeza inclinada, “Mujer,
¿dónde están? ¿Ya nadie te condena?” Todos se han ido, y el veredicto se deja a Jesús.
Su oración es clara: “Tampoco yo te condeno”. Jesús tenía la autoridad dada por Dios
para juzgar (Jn 5:22, 30) y también para perdonar (Mr 2:5–11; Lc 7:48–49). El punto aquí es
que el perdón impone una obligación moral y espiritual al individuo, entonces Jesús agrega:
“Ahora vete, y no vuelvas a pecar”. Jesús con su conciencia omnisciente sabía los pecados
que había cometido. Ella era claramente culpable, y su vida de pecado tuvo que terminar
con esta experiencia del perdón de Dios.
Este es un ejemplo poderoso de perdón disponible para los pecadores. En esta historia
el pecado de los insensibles líderes es mayor que los de la mujer. La culpa de la mujer es
evidente, pero la culpa de los escribas y fariseos reemplaza a la de ella, porque no les
importa en nada la verdad y la justicia, solo quieren atrapar a Jesús y hacer que las
multitudes y los romanos estén contra él. Entonces hay dos mensajes aquí, el juicio
acumulado sobre aquellos que son implacables y que no tienen arrepentimiento, y el
perdón disponible para aquellos que se paren ante Dios con las cabezas inclinadas y
busquen su misericordia. Un tercio del mensaje también es crucial: cuando somos
perdonados somos responsables ante Dios de cambiar nuestros caminos pecaminosos y
vivir vidas justas desde ese punto en adelante.
Creo que la historia de la mujer atrapada en adulterio es realmente cierto y bastante
significativo hoy, pero no fue parte de Juan hasta el segundo siglo y no está inspirado en la
Escritura. Por lo tanto, yo no podría usarlo como base para un sermón o estudio de la Biblia.
Pero podría ser usado como una ilustración del perdón en un sermón que trata sobre el
pecado sexual en la iglesia de un texto como 1 Tesalonicenses 4:3–8, y así es exactamente
como lo he usado en mi propio ministerio.
JESÚS LA LUZ DEL MUNDO
(8:12–30)
Como se mencionó en el capítulo anterior, dos ceremonias se presentaban cada día en la
Fiesta de los Tabernáculos, la ceremonia del agua cada mañana y la ceremonia de la luz
cada noche. Se ve a Jesús cumpliendo la primera en 7:37–39, y cumple la segunda en el “Yo
soy” que dice en el versículo 12, “Yo soy la luz del mundo”. Como en los capítulos 5 y 7, el
conflicto es presentado en el resto del capítulo. El nivel de intensidad es más alto en esta
sección, ya que en el capítulo 7 las multitudes y los líderes interrogaron a Jesús mientras
aquí Jesús como el juez (véase 5:22, 30; 9:39) presenta cargos formales contra este pueblo
judío apóstata. El material se divide en dos secciones principales, primero los testigos que
autentican la autoridad del Hijo para juzgar (8:12–30), y segundo Jesús los acusa de que el
diablo, no Abraham, es su verdadero Padre mientras que Dios es el Padre de Jesús, lo que
lleva a su afirmación de ser el “YO SOY” (vv. 31–59).
Jesús tiene autoridad como la luz del mundo (8:12–20)
Idea principal: La luz del mundo (8:12)
Esta es la segunda de las siete declaraciones “Yo soy” (véase el comentario en 6:35), y forma
la segunda exploración de temas de la fiesta del capítulo 7. Hay que recordar que en el
evangelio original este versículo es seguido inmediatamente después de 7:52 y por lo tanto
constituye el segundo discurso de Jesús sobre el cumplimiento de las dos ceremonias, aquí
la ceremonia de la luz en la noche. Entonces comienza: “Una vez más Jesús se dirigió a la
gente”, designando el segundo de tres mensajes (junto con 7:14–52 y 8:21–30).
Al anochecer, los sacerdotes encendían cuatro enormes lámparas en el patio de las
mujeres en el templo, tan altas que tenían que subir escaleras para encenderlas En la parte
superior, cada candelabro tenía cuatro cuencos dorados lleno de aceite, con las prendas
interiores gastadas de los sacerdotes utilizaban como mechas. Esto tuvo lugar en el Monte
del Templo, el más alto punto en Jerusalén, y se decía que toda Jerusalén era iluminada por
estas lámparas. Había canto y baile durante toda la noche, y la alegre celebración se
convirtió en leyenda en el judaísmo posterior. Jesús declara en el versículo 12 que él como
la luz de Dios (1:4, 7, 9) ilumina no solo a Jerusalén sino a todo el mundo. Habló estas
palabras mientras estaba parado en el lugar “donde se depositaban las ofrendas” (8:20) en
el patio de mujeres, lo que significa que estaba de pie debajo de estos cuencos dorados
mientras hablaba.
Como en 7:37–39, cuando usó la metáfora del agua, el enfoque de Jesús ahora cambia
de sí mismo a sus seguidores y las bendiciones que será derramadas sobre ellos. Aquí “el
que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. En 1:5 la oscuridad
nunca “vencerá” la luz, y en 3:20 los que caminen en la luz triunfarán sobre la oscuridad. En
el Antiguo Testamento la presencia de Dios fue simbolizada en la Shekinah, la columna de
fuego de noche y la nube de día (Éx 13:21–22; Sal 78:14), y la salvación de Dios se representa
como luz en el Salmo 27:1, “El Señor es mi luz y mi salvación” (también Sal 44:3; Is 60:19–
20). La luz simbolizaba la palabra de Dios (Sal 119:105) y a Israel como llamado a ser “una
luz para los gentiles” (Is 49:6, también Is 9:2).
Mientras que Zacarías 14:8 sirve de base a la ceremonia del agua (véase el comentario
sobre 7:37–38), Zacarías 14:6–7 sustenta la ceremonia de la luz, declarando que cuando
llegue el día de Yahweh “No habrá días y noches como de costumbre, porque en las horas
nocturnas todavía habrá luz” (NTV). Jesús está proclamando aquí que está trayendo una
nueva luz de Dios no solo para los judíos sino para todo el mundo. Sus oyentes pueden
participar de ese nuevo regalo de salvación siguiéndolo, con el resultado de que la oscuridad
del pecado y la muerte retrocederá y desaparecerá (Jn 1:5; 3:19–20; 12:35–36, 46). El
propio pueblo de Jesús lo rechazó y eligió el camino de la oscuridad (1:11), pero si vuelven
a él tendrán “la luz de la vida” (NTV). Israel fue liberado por la columna de fuego, y Jesús
promete aquí la mayor liberación a la vida eterna siguiéndolo como la luz de Dios.
Primer desafío: La validez de su autoridad (8:13–16)
El más vociferante de los oponentes de Jesús (Jn 4:1; 5:16–18; 7:32, 45–48), los fariseos,
presentan un asunto legal aquí. Jesús ha estado haciendo afirmaciones sobre sí mismo, por
lo que lo acusan, “Tú te presentas como tu propio testigo; así que tu testimonio no es
válido”. Como Jesús mismo admitió en 5:31, están en lo correcto legalmente. Deuteronomio
19:15 exigía dos o tres testigos externos para validar cualquier reclamación legal. Jesús en
lo sucesivo aclara su declaración anterior.
Es cierto que su testimonio sobre sí mismo no es válido en un tribunal de justicia (8:14),
pero esta no era tal corte, y él no era un testigo común. Como el Hijo de Dios, él dice: “Sé
de dónde he venido” (descendió del cielo) “y a dónde voy” (ascendiendo al cielo). El juicio
de los fariseos está terriblemente equivocado porque nuevamente estaban razonando
desde la perspectiva terrenal en lugar de la celestial: “no tienen idea” de los orígenes de
Jesús o de su destino final. Esto no fue ignorancia sino rechazo voluntario: ellos “detienen
la verdad” porque “la mente les quedó en oscuridad y confusión” (Ro 1:18, 21).
Esta nueva autoridad dada a Jesús por Dios significa que, como la luz, él tiene el poder
de juzgar. Después contrasta sus estándares carnales con su autoridad divinamente
otorgada. “Criterios humanos” en el versículo 15 es literalmente “según la carne” (kata tēn
sarka), centrada en las limitaciones carnales detrás de su juicio. Aunque Jesús antes habló
de sí mismo como juez (5:22, 30), aquí vuelve a 3:17 y dice: “No juzgo a nadie”. Esto no es
una contradicción, porque Jesús no quiso decir en 3:17 que nunca hubiera actuado como
juez, sino que vino principalmente como Salvador y se convirtió en Juez solo por aquellos
que le dieron la espalda a su oferta de salvación. Aquí está diciendo que él nunca hace
juicios humanos superficiales como lo hacen sus oponentes.
Él aclara esto en el versículo 16: “Y, si lo hago, mis juicios son válidos porque no los emito
por mi cuenta, sino en unión con el Padre que me envió”. “Si lo hago” significa “cuando
juzgo” a la luz de su autoridad de “El Padre, que me envió”. En otras palabras, juzgar es en
realidad parte de su misión. Cuando eso sucede, la sentencia siempre es “verdadera” o
correcta, ya que se basa no en estándares humanos sino en su unidad con el Padre.
Entonces, las decisiones de Jesús son en realidad las decisiones de Dios.
Recabando todo el contenido sobre Jesús como Juez (3:17; 5:22, 30; 8:15–16),
entendemos que Jesús no vino a juzgar sino a salvar a los pecadores, pero su venida
confronta a las personas y las obliga a tomar una decisión de fe, con el resultado de que
Jesús se convierte en juez para aquellos que rechazan su oferta de salvación. Cuando ejerce
su autoridad dada por Dios para juzgar, él está actuando en concierto con su Padre y como
representante de Dios, y sus decisiones son siempre absolutamente justas y correctas.
Los dos grandes testigos (8:17–18)
Volviendo a 5:31 y 8:14a y la necesidad en la ley de dos testigos, Jesús concluye que él está
proporcionando una nueva Torá del Mesías: su autoridad mesiánica significa que su
testimonio es ahora válido. Por lo tanto, él y su Padre ahora están proporcionando los
mejores testigos posibles, un conjunto trinitario de testigos, por así decirlo. El testimonio
de Jesús sobre él mismo trasciende la marca farisaica legalista de la interpretación de la
Torá porque, como enviado divinamente escogido por Dios, él que es el Hijo de Dios y en la
misión de su Padre tiene una autoridad que trasciende la de los intérpretes de la Torá
centrados en la tierra como los fariseos.
Segundo desafío: la identidad del Padre de Jesús (8:19–20)
No había forma de que los fariseos pudieran aceptar la afirmación de Jesús de que Dios era
su Padre, entonces su pregunta en el versículo 19 es natural: “¿Dónde está tu Padre?” Felipe
comete un error similar en 14:8, cuando le dice a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y con
eso nos basta”. Tanto él como los fariseos hablaron desde una comprensión terrenal, ni
siquiera Felipe pudo comprender la afirmación de Jesús de que su Padre está en el cielo y
ese es su lugar de origen.
Jesús da la misma respuesta que ha usado con frecuencia: ellos no lo conocen (5:37–38)
ni a Dios (7:28). A lo largo de su mensaje nunca ha flaqueado: no puedes conocer a Dios sin
conocer a Jesús, porque Jesús es el representante de su Padre. Esto está en el corazón de
la propia identidad judía, que son el pueblo del pacto y el Dios del Antiguo Testamento es
su Dios. El punto de Jesús es que el nuevo pacto ha llegado, y Dios ahora es conocido en su
“unigénito” Hijo (1:14, 18; 3:16). Este tema clave de Dios el Padre estará apareciendo en el
resto del capítulo mientras nos alejamos de Dios el Padre de Jesús a la pregunta de quién
es el Padre del pueblo judío en 8:31–59.
Como en 6:59, Juan finaliza esta porción de la enseñanza de Jesús al relatar que tuvo
lugar (v. 20) en la tesorería del templo cerca de “donde se depositan las ofrendas”. Allí los
sacerdotes habían colocado trece receptáculos en forma de trompeta para las ofrendas (Mr
12:41–44). También era el lugar donde se celebraba la ceremonia del encendido de velas,
por lo que este sería un sitio lógico para este discurso. Juan subraya una vez más el hecho
de que “nadie le echó mano, porque aún no había llegado su tiempo” (véase 2:4; 7:6, 30).
Dios tiene el control, no los funcionarios judíos. No tienen poder hasta que Dios designe
que la hora ha llegado.
Los judíos no están de acuerdo sobre los orígenes de Jesús (8:21–30)
Este es el segundo anexo al mensaje de apertura de Jesús en la fiesta, como se indica por
las palabras “otra vez / una vez más” (del griego: palin) en 8:12, 21. Entonces el mensaje
inaugural consistió en 7:14–52 (con 7:53–8:11 eliminado), centrado en la identidad y
autoridad de Jesús. Este es seguido por dos aclaraciones en 8:12–20 (Jesús la luz del mundo)
y 8:21–30 (sus orígenes celestiales). El sermón de 8:31–59 culmina los temas de la Fiesta de
los Tabernáculos.
Advertencia: en su pecado morirán (8:21)
Esta es una advertencia severa sobre el terrible destino que les espera a quienes se niegan
a creer. Jesús establece una serie de diferencias entre él y estos oponentes judíos. Él es de
arriba, mientras que ellos son de abajo. Él no es de este mundo, ellos son de este mundo.
Su destino no es el de ellos. Su Padre es Dios, el de ellos es el diablo.
En el contraste inicial, que repite 7:33–34, Cristo se enfoca en su destino. Predice su
próxima partida de este mundo y el hecho de que no pueden seguirlo al cielo. Cuando dice
“Me buscarán”, se refiere a su búsqueda perpetua del Mesías sin querer aceptar que Jesús
ha cumplido ese papel. Cuando dice “no pueden ir”, podría significar varias cosas. En 7:35
pensaron que se mudaría a otro país, pero se refería a la cruz y su partida de esta vida,
cuando se convertiría en el sacrificio expiatorio por el pecado. Ellos no sabían nada de eso,
porque lo rechazaron y se negaron a creer.
Por lo tanto, les dice que morirán en sus pecados porque nunca recibirán los beneficios
del sacrificio expiatorio de Jesús. Nunca acompañarán a Jesús a su destino final celestial
porque el único camino al cielo es la fe (3:16; 5:24, 38; 6:35, 47; 7:38). A los discípulos se les
dice algo similar, pero sin el grave peligro (13:33, 36). Deben permanecer en la tierra y
continuar la misión de Jesús, después, seguirlo más tarde (14:2–4). Mientras que los
enemigos de Cristo nunca podrán ir.
Malentendido y corrección (8:22–24)
Con su habitual mala comprensión desde una perspectiva terrenal, le preguntan a Jesús si
está planeando suicidarse, pensando que “ustedes no pueden venir” quiere decir que no
querrán unirse a él en su muerte. Esto es bastante irónico, porque Jesús sí se está refiriendo
a su muerte, pero claramente no en la forma en que ellos piensan. Él entregará su vida,
pero tendrá lugar en su destino designado por Dios (2:4; 7:6, 30; 8:20) como parte del plan
divino de salvación, no en un acto suicida.
Jesús responde en el versículo 23 proporcionando los siguientes dos contrastes
(después de 8:21): ellos son “de abajo”, él es “de arriba”; ellos son “de este mundo”, él “no
es de este mundo”. Esto pone de manifiesto claramente una de las principales diferencias
entre Jesús y ellos: lo celestial contra lo terrenal. El término “de abajo” no se refiere al reino
de Satanás sino el reino de este mundo. La brecha entre Dios y la humanidad pecadora no
puede ser cerrada a través de nadie más que el mismo Cristo (1:51; 14:6), porque él
descendió a este reino inferior y le abrió el cielo a la humanidad caída. Entonces Jesús y sus
oponentes pertenecen a reinos dispares y no tienen nada en común. Solo arrepintiéndose
y creyendo en Jesús los pecadores pueden cerrar la brecha.
Entonces Jesús en el versículo 24 regresa a su punto principal: “por eso les he dicho que
morirán en sus pecados”. Estas personas habían optado por darle la espalda a la salvación
de Dios y pertenecer al reino de la humanidad pecadora, por lo que morirán no solo
físicamente sino también espiritualmente, y esa muerte será eterna. El “pecado” (hamartia)
solo aparece anteriormente una vez (1:29, “Quita el pecado del mundo”), pero aparece tres
veces en 8:21, 24, enfatizando la antítesis absoluta entre la santidad de Dios y el pecado, la
última barrera entre la humanidad y Dios. Morir en sus pecados es morir sin ninguna
esperanza de reconciliación con Dios. La única esperanza reside en la decisión de fe de creer
en Jesús el Cristo.
Jesús establece la esencia de esa creencia como “que yo soy él” en griego egō eimi. Esto
se puede traducir “que soy quien digo ser”, “que yo soy él” o “que yo soy Yahweh”.
Cualquiera de los tres aspectos de refleja el matiz aquí. Analizo las siete declaraciones “Yo
soy” en el comentario en 6:35, pero esta es la primera de las declaraciones “Yo soy” que no
tiene ningún predicado implícito, (conocidas como declaraciones absolutas “yo soy”) y
deben traducirse, “YO SOY / Yahweh”. Las cuales se encuentran en 8:24, 28, 58; 13:19, y
son alusiones directas a la revelación de Dios como Yahweh en la zarza ardiente en Éxodo
3:14–15 (“Yo soy el que soy”) y el uso de ‘anoki hu’ (“Yo soy él”) en Isaías 51:12 (también Is
43:10; 47:8, 10) para significar “Dios y solo Dios”. Jesús deliberadamente hace la frase
ambigua para proporcionar estos niveles de significado.
Deben creer las afirmaciones que ha hecho aquí en Juan: que Él es el Representante
Viviente, el enviado de Dios, el Pan de Vida, el Único que descendió del cielo, el Hijo de Dios,
el Juez, el Salvador, la Luz del Mundo. Y en este contexto en particular, deben creer que él
es quien pronto se irá y ascenderá a su Padre en lo alto a la hora señalada de su muerte
sacrificial. Entonces deben aceptar y comprender el significado real de egō eimi como
referente a la deidad de Cristo. Ni la multitud ni los líderes comprenden nada de esto, pero
como quieren apedrear a Jesús por blasfemia, deben empezar a ponerse al día. Los
discípulos no tendrán ni idea de esto hasta la confesión de Tomás: “mi Señor y mi Dios” en
20:28.
La verdadera identidad de Jesús (8:25–30)
Estos interrogadores judíos están bastante confundidos, lo cual es completamente
comprensible a la luz de la declaración “Yo soy” de Jesús. Entonces ahora preguntan:
“¿quién eres tú?” Casi todo lo que Jesús ha dicho en este evangelio hasta ahora se ha pasado
por alto porque han plasmado su forma terrenal de pensar en todas las verdades centradas
en el cielo que se les han dicho. Esto no es diferente.
La respuesta de Jesús en el versículo 26 es difícil, y los intérpretes lo han entendido de
tres maneras: (1) como una pregunta (“¿Qué tengo que explicarles?” así en DHH, NBV); (2)
una afirmación en términos de su identidad personal (“el que siempre dije que era”, en
NTV); y (3) una afirmación en términos de su función cristológica (“El que al principio os he
dicho”, así en JBS, PDT, RVA-2015). Las dos opciones de una afirmación son más probables
que la interrogante, y dado que el énfasis de Juan ha estado en la función de Jesús incluso
cuando se habla de su identidad, la tercera opinión es preferible. Jesús quiere que se den
cuenta de que todo lo que ha dicho y hecho en su ministerio mesiánico hasta ahora ha sido
mostrarles quién es él y por qué ha venido. Además, no necesitan preguntar, porque él les
ha estado diciendo estas cosas todo el tiempo.
Aun así, tiene mucho que agregar, pero no disfrutarán escuchándolo, porque todo es
“en juicio de ustedes” (v. 26). Realmente no han escuchado antes y han rechazado lo que
oyeron. Entonces su mensaje será de condenación debido a su incredulidad (5:45–47; 6:26–
27, 41–42, 52; 7:7, 34). Lo más importante es que Jesús no solo habla por él mismo, sino su
mensaje proviene del “que me envió”, y, por lo tanto, lo que él diga será completamente
fiable. En 5:19 Jesús hace lo que ve a su Padre haciendo, y en 5:30; 8:26, 40, él dice lo que
oye del Padre. (En 3:32, ver y oír se combinan).
Sin embargo, a pesar del hecho de que él “solo le dice al mundo” lo que viene de su
Padre [origen], ellos “no entendieron” que él estaba hablando de su Padre (v. 27) [acerca
de él]. ¿Con qué frecuencia tiene que reiterar que está en una misión dictada por “el que
me envió”? Se han negado a considerar tanto el ministerio mesiánico de Jesús como que su
misión proviene de Dios el Padre.
Jesús les ha hablado previamente sobre su próxima partida (8:21), y ahora en el
versículo 28a les dice que en ese momento finalmente entenderán quién es él, pero será
demasiado tarde. Esta es la segunda predicción de la pasión en Juan (3:14; 8:28; 12:32), y
hay gran ironía en el hecho de que cuando los judíos crucifiquen a Cristo, en realidad lo
estarán levantando en gloria. La cruz será su trono, su momento de exaltación. En este
sentido, la cruz, la resurrección y la ascensión se convertirán en un evento único en la
historia de la salvación, y en ese momento sabrán “que yo soy él”. (Véase los comentarios
en el versículo 24 para la declaración absoluta de “Yo soy”) Esto difícilmente significaría una
conversión en masa. Después del Pentecostés hubo tres mil conversiones (Hch 2:41), pero
el pueblo judío en su conjunto permaneció contrario a Jesús. El avivamiento nacional no
ocurrirá hasta que el Señor regrese (Ro 11:25–32). Son los judíos creyentes quienes
conocerán la verdadera identidad de Jesús.
Podemos resumir el contenido de lo que conocerán identificando tres cosas que Cristo
ha estado diciendo en la fiesta en los capítulos 7–8: (1) que Jesús es el “Yo soy”, Yahweh, el
Hijo de Dios, y el “único Dios” (1:14, 18; 3:16, 18); (2) que no hace nada por cuenta propia,
sino que actúa completamente de acuerdo con la voluntad de su Padre (5:19, 30; 6:38; 7:16,
28; 8:16); (3) que él “hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado”. Como el Verbo o
el Representante Viviente, cada una de sus palabras es verdad absoluta porque su Padre,
que le enseñó qué decir, es completamente “Veraz” (v. 26).
Sus oponentes querían matarlo (5:18; 7:1, 19), y muchos de sus discípulos lo habían
abandonado (6:60–66). Estaba próximo a sufrir la muerte más horrible y vergonzosa que
alguien se pudiera imaginar, sin embargo, él estaba supremamente en paz con todo ¿Por
qué? Porque “el que me envió está conmigo”. Jesús irá solo a la cruz. Sus doce discípulos
huirán con miedo (Mr 14:50 y paralelos), pero la respuesta de Jesús será: “Miren que la
hora viene, y ya está aquí, en que ustedes serán dispersados, … a mí me dejarán solo. Sin
embargo, solo no estoy, porque el Padre está conmigo” (Jn 16:32).
Hay una lección aquí para nosotros. Cuando enfrentamos oposición y pruebas de todo
tipo, debemos ser conscientes de la presencia de Dios, como en Romanos [Link] “Si Dios está
de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?” Entonces Jesús agrega aquí: “no
me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada”. La vida cristiana es una calle de
doble sentido: buscamos en todo momento agradar a Dios (Ro 12:1–2, “en adoración
espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”), y Dios siempre
está a nuestro lado cuidándonos y fortaleciéndonos.
Aquí “muchos” de sus oyentes ponen su fe en él (v. 30). Anteriormente esto también
había sucedido (2:23), aunque la fe de aquellos que creyeron estaba incompleta y era falsa.
Juan tiene más esperanza aquí de que en este tiempo sería más fuerte (véase 4:41). Esto
proporciona una conclusión buena y positiva a los desafíos y advertencias de este discurso
y una transición interesante al contenido negativo que viene en 8:31–59. El propósito
incluso de los pasajes en los que se habla de juicio es llevar a las personas a la fe en Cristo.
En el capítulo 7 Jesús cumplió la ceremonia del agua y distribuyó el agua viva, el Espíritu
Santo, a los que creyeron. Aquí en 8:12 cumple la ceremonia de la luz e ilumina al mundo
con la luz de Dios, trayendo la salvación. Jesús como Luz, sin embargo, invoca también la
imagen de Jesús como juez (8:15–16), porque él ha traído el juicio de Dios para dar a los
que rechazan su luz. El conflicto se vuelve cada vez más severo, como piensan los judíos y
sus líderes hasta una excusa tras otra para rechazar la luz de Dios en Jesús. En 8:19–21
muestran que han rechazado al Padre y no tienen esperanza de unirse a Jesús cuando
regrese al cielo. Su religión centrada en la tierra ahora se opone al Dios del nuevo pacto y
les ha cerrado las puertas del cielo.
El contraste “arriba y abajo” en 8:23–24 es importante para nuestros días. En tal caso,
nuestra cultura está aún más centrada en lo terrenal y tiene poco espacio para lo celestial.
Las personas que piensan que pueden vivir para sus placeres terrenales y llegar al cielo por
unas pocas buenas obras (como asistir a la iglesia o dar a organizaciones benéficas) están
equivocadas y se están enredando en juegos peligrosos con sus destinos eternos. Los
creyentes verdaderos están centrados en el cielo y es necesario que vivan más para el
tesoro celestial que para el terrenal.
El énfasis en la verdadera identidad de Jesús en 8:25–30 también es importante para
nuestros días. Incluso los creyentes diligentes a menudo tienen una vista demasiado corta
acerca de Jesús Podemos parafrasear la obra clásica de J. B. Phillips como “Tu Jesús es
demasiado pequeño”. Su personalidad trasciende casi todas las categorías, porque él es
Yahweh, Creador de este mundo, y Salvador el único que puede traer la salvación. Nuestra
adoración a Jesús debe ser más primordial en nuestras vidas. Además, Él es Dios y Salvador,
quien irá a la cruz solo y no tendrá a nadie que lo sostenga. Pero él no estará completamente
solo porque su Padre estará junto a él a cada paso. Este es un inmenso consuelo para
nosotros, porque nos dice que nosotros tampoco estaremos nunca solos.
LOS HIJOS DE ABRAHAM
(8:31–59)
Este diálogo dramático culmina el conflicto entre Jesús y los judíos en los capítulos 5–8. El
pueblo judío afirma aquí que son hijos de Abraham (8:37, 39), pero Jesús los acusa de que
en realidad son los hijos del diablo (8:44). Hay tres partes en esta interacción: la afirmación
judía de ser descendientes de Abraham (8:31–41a), la acusación de Jesús de que su
verdadero Padre es el diablo (8:41b–47), y la afirmación de Jesús de ser Dios (8:48–59).
Los judíos aseguran que Abraham es su padre (8:31–41 a)
La necesidad de permanecer (8:31–32)
“Los judíos que habían creído en él” son aquellos que creyeron en el versículo 30, pero
pronto serán descritos como esclavos del pecado (v. 34), quienes intentan matar a Jesús
(vv. 37a, 40), endurecidos (v. 37b), hijos del diablo (v. 44), incrédulos (vv. 45–47) y
mentirosos (v. 55). Algunos piensan que esto significa que su fe aquí es aún una fe falsa,
pero en Juan una fe basada en la palabra como en estos dos versículos es una fe fuerte.
Otros piensan que esto era un problema en los días de Juan más que en los tiempos de
Jesús, pero Jesús está abordando una situación a la que se enfrenta, no una que surgirá
posteriormente. Es más probable que en la multitud hubiera tanto creyentes como
incrédulos; y desde el versículo 34 en adelante Jesús cambiará para dirigirse a sus
oponentes en la multitud. Algunos que habían creído pudieran haber tenido la misma seudo
fe que en 2:23, pero se presentan como oponentes totales desde el principio, y es mejor
ver a ambos grupos, salvos y no salvos, en esta multitud.
En estos dos primeros versículos, Jesús está hablando a los creyentes en la multitud y
define a los verdaderos discípulos como aquellos que “se mantienen firmes a mi
enseñanza”, con “mantienen” traducido del verbo menō, “permanecer, esperar en”. Este
término clave aparece cuarenta veces en Juan y connota una relación permanente con Dios
y su Palabra, un compromiso absoluto y fidelidad constante a la enseñanza de Jesús.
Los que están profundamente comprometidos con la enseñanza de Jesús “conocerán la
verdad, y la verdad los hará libres” (v. 32). Esto significa que tales seguidores pueden
discernir la verdad de la falsedad, descubren la verdadera forma de vivir de acuerdo con la
voluntad de Dios, y están comprometidos a vivir de esa manera (véase Heb 5:14). La
“verdad” es la revelación de Jesús acerca del Padre. El término es tanto dinámico,
cambiando vidas (véase 8:36), como proposicional, estableciendo la fe y la doctrina
verdaderas.
Este tipo de verdad te “hará libre” del error y del pecado. (8:34; Sal 119:45). En Romanos
6, Pablo describe cómo Cristo nos libera de la esclavitud del pecado para que podamos ser
esclavos de Dios y Servirnos los unos a los otros. Este último es un nuevo tipo de
emancipación en la que nos entregamos completamente a nuestro Padre amoroso. Este es
un mensaje muy importante para nuestro tiempo, en el que muchos de los feligreses son
poco apasionados, cediendo solo una pequeña parte de sus vidas para Cristo. Jesús dijo en
Lucas [Link] “Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el
reino de Dios”. Los que viven como si Cristo los liberara para hacer lo que quisieran están
tristemente equivocados. Somos libres para vivir vidas agradables a Dios, no para buscar el
placer que queramos.
La libertad y los descendientes de Abraham (8:33–38)
Una vez más, la perspectiva terrenal de los oyentes de Jesús causa malentendidos.
Interpretan “liberar” como libertad de la esclavitud bajo las otras naciones. Dado que
habían mantenido su identidad nacional a pesar del yugo bajo Asiria, Babilonia, Persia,
Grecia y Roma (ignorando convenientemente su esclavitud bajo Egipto), se centraban en el
pacto abrahámico y decían: “Nosotros … nunca hemos sido esclavos de nadie”. A pesar de
la dominación política, demandan libertad de religión. Esto tiene mucho sentido, dado que
eran el único pueblo al que los romanos le había otorgado la libertad de adorar a su propio
Dios.
Asumen que Abraham y el pacto abrahámico los ha liberado, entonces, ¿por qué Jesús
colocaría su liberación en el futuro? Internamente, ya tienen libertad, incluso si
exteriormente están bajo el dominio del César. Son hijos del reino de Dios, y eso tiene
superioridad sobre el reino romano.
Jesús responde en el versículo 34 con otra declaración doble amēn (véanse los
comentarios en 1:51), que apunta a una solemne e importante verdad. Corrige su
malentendido y deja en claro que deben tener en cuenta la esclavitud espiritual y moral, y
no solo la política o religiosa. El verdadero esclavo es “todo el que peca”, literalmente “que
practica el pecado”, refiriéndose al pecado continuo. Los pecadores se venden a un
despiadado capataz. En Romanos 6:6–7, 14, 16–23, Pablo nos dice que todos somos
esclavos de algo. Las personas pertenecen a la justicia o al pecado, y aparte de Cristo no hay
esperanza de ser liberado. El pecado es un poder abrumador que no puede ser conquistado
hasta que cedamos nosotros mismos a la presencia empoderadora de la unidad Trinitaria.
Jesús entonces desarrolla esta metáfora en una ilustración que contrasta el estado de
los esclavos con el de los hijos en una casa romana (vv. 35–36). Su intención es hacer que
estos oyentes judíos sean conscientes de su percepción errónea. Se consideraban hijos de
Abraham (vv. 33, 39), pero en realidad eran esclavos del pecado (v. 34). Muchos piensan
que Jesús está contando una parábola aquí, dado que para los romanos consideraban a los
esclavos, como Padre s e hijos, como parte de la familia nuclear. Esto es cierto, pero no
totalmente: los esclavos no tenían lugar permanente en la familia ya que podrían ser
vendidos a otra familia o ganar su propia libertad. (Esto sucedió a menudo en el mundo
Romano.) En el judaísmo, a un esclavo se le debía dar libertad después de seis años (a
menudo llamado el “año sabático”, Dt 15:12–14), aunque esto no se practicaba a menudo.
En contraste, “el hijo se queda en ella para siempre” incluso después de la muerte.
El contraste es claro: los oyentes judíos son esclavos del pecado mientras Jesús es el
eterno Hijo de Dios. Descendió del cielo y vino directamente de su Padre, ellos rechazaron
al Hijo de Dios y escogieron el camino del pecado. Jesús, sin embargo, ofrece esperanza y
liberación de su esclavitud. En el versículo 36 él promete: “si el Hijo los libera, serán ustedes
verdaderamente libres”. En el hogar del primer siglo un hijo de la casa (cuando se convertía
en adulto) podía liberar a un esclavo. Jesús tiene esa autoridad de su Padre (v. 36), y cuando
la ejerce, esos anteriormente esclavos son “verdaderamente libres”. Pablo lo llamó “la vieja
naturaleza” con “el cuerpo gobernado por el pecado” completamente eliminado y el
individuo puesto en libertad (Ro 6:6).
En los versículos 37–38, Jesús aplica este pensamiento de la libertad y esclavitud a sus
oyentes. Esta multitud judía se consideraba a sí misma parte de la familia de Dios como
“descendientes de Abraham”, pero esto no era completamente cierto. Físicamente, eran
parte del linaje de Abraham, pero espiritualmente no lo fueron (v. 39). Eran judíos
exteriormente pero no interiormente (Ro 2:28–29; véase Jer 9:25–26).
Su alejamiento de la familia de Dios se ve reflejado en dos verdades: sus repetidos
intentos de matar a Jesús, y el hecho de que “no había espacio” en sus corazones para su
“palabra” o enseñanza. Eran completamente imposibles de enseñar y juzgaban la verdad
en la medida en que encajara en sus categorías estrechas y preconcebidas. Sin embargo,
Jesús es la fuente de toda verdad (14:6), y su mensaje constituye la Torá del Mesías: el
conjunto final de verdades que culminarán la Palabra de Dios revelada. Como Jesús dijo en
el versículo 31, el verdadero discípulo permanece fiel a su mensaje. Los judíos estarían de
acuerdo con esto si aceptaran que Jesús era el verdadero Mesías, pero rechazaron a Jesús,
y todo lo demás resultó de ese trágico error.
El punto central de esta sección se encuentra en el versículo 38. Jesús y estos
interrogadores judíos tienen dos Padre s diferentes. Como en cualquier familia, los hijos
“obran” o actúan de acuerdo con lo que han “visto” y “escuchado” de sus Padre s. Jesús
siguió el consejo y ejemplo enseñados por su Padre, Dios, y estos judíos dicen hacer lo
mismo. El problema, como aprenderemos en 8:44, es que su “Padre” es el diablo. Están
esclavizados al pecado como su verdadero Padre, y eso explica por qué no tienen acceso al
Dios de la Biblia.
Las obras de Abraham (8:39–41a)
La teología equivocada de los judíos continúa brotando de su perspectiva terrenal. No
logran entender el verdadero argumento de Jesús y continúan enfatizando su linaje físico
en Abraham. El problema espiritual continúa, así que Jesús solo puede repetir el argumento
que ya hecho en 8:37. Los hijos siempre reflejan las acciones de su Padre; su Padre, por lo
tanto, no podría ser Abraham, porque él nunca se hubiera vuelto en contra del Mesías de
Dios. El hecho de que “están buscando una forma de matarme” [a Jesús] (v. 40) refuta su
reclamo. Abraham “jamás haría tal cosa” como intentar ejecutar al “hombre que les ha
dicho la verdad”, que ha “escuchado de Dios”.
Los hijos siempre siguen el ejemplo de sus Padre s. Mi mujer enseñó primer grado
durante varios años y en conferencias de Padre s y maestros, y ella podía adivinar qué Padre
pertenecía a qué niño al primer minuto de conocerlos. Los niños desbordaban la imagen de
sus Padre s Ese es el argumento de Jesús aquí. Las acciones de estas personas demuestran
de manera concluyente quién es su Padre, y no es Abraham. Su deseo de matar al Mesías y
al Hijo de Dios solo podía significar que rechazaron la verdad y siguieron la mentira. El
rechazar al Hijo es rechazar al Padre, porque ellos están “haciendo las obras de [su] propio
Padre”, y ese Padre no es Dios ni Abraham.
Jesús los acusa de ser hijos del diablo (8:41b–47)
Su incapacidad para escuchar (8:41b–43)
Hay una consistencia sorprendente en el razonamiento judío en todo el evangelio de Juan.
Están siempre desprovistos de conciencia espiritual y centrados en una perspectiva
mundana. Así que una vez más malinterpretan y reclamen en el versículo 41: “Nosotros no
somos hijos nacidos de prostitución … Un solo Padre tenemos, y es Dios mismo”. No han
estado escuchando, como de costumbre. Jesús ha puesto tanto su linaje de Abraham y su
relación con Dios el Padre en cuestionamiento. Es posible que este malentendido provenga
del conflicto judío con los samaritanos sobre quiénes eran los verdaderos hijos de Abraham.
Los samaritanos fueron el resultado de la ocupación asiria y el mestizaje forzado de los
judíos con los paganos traídos por los asirios. Los judíos pensaron en ellos como mestizos,
y también los samaritanos pensaron que los judíos habían descendido de Caín en lugar de
Set.
Jesús y sus oyentes continúan debatiendo la legitimidad de la descendencia del pueblo
judío de Abraham (Éx 4:22; Dt 32:6; Is 64:8). Jesús responde en el 42 volviendo al versículo
37 por segunda vez (véanse los versículos 40 y 42). Si Dios fuera realmente su Padre, ellos
amarían a su hijo en lugar de tratar de matarlo. Dios “lo envió”, y, por lo tanto, él no ha
venido solo. Su recepción amorosa del representante de Dios sería equivalente a una
muestra de amor para Dios. A lo largo de los capítulos 5–8 Jesús ha repetido una y otra vez
cómo vino del cielo a la tierra (6:33, 38, 51, 58; 7:28; 8:14, 23) y que fue enviado por Dios
como su representante (5:36, 38; 6:29, 57; 7:29, 33; 8:16–17). El Padre y el Hijo son uno
(10:30), así que amar a uno es amar al otro, y odiar a uno es odiar al otro. Su actitud hacia
Jesús hace que su relación con Dios sea perfectamente clara.
La profunda frustración de Jesús en el versículo 43 es evidente: “¿Por qué no entienden
mi modo de hablar?” Cualquiera podría entender fácilmente lo que ha estado diciendo,
pero él procede a responder su propia pregunta: ellos permanecen ignorantes porque “no
pueden aceptar mi palabra” tanto en hebreo como griego “aceptar” (del griego: akouō)
significa tanto entender como obedecer. Es su corazón de incredulidad el que tiene la culpa.
Además, su Padre Satanás ha cerrado sus oídos a las verdades espirituales. Son
espiritualmente sordos en ambos sentidos.
Su verdadero Padre (8:44–45)
Todo el tiempo Jesús ha estado haciendo referencia a un Padre misterioso, y en el versículo
44 conocemos su identidad: “Ustedes son de su Padre, el diablo”. No es de extrañar que
fueran los enemigos de Jesús: eran esclavos del pecado (8:34) y los hijos de Satanás. Toman
una prueba de paternidad, y su verdadero Padre es el polo opuesto de Jesús: el líder de esos
ángeles caídos que fueron expulsados del cielo por Miguel y su ejército angelical (Ap 12:7–
9).
Jesús presenta tres temas de su verdadero parentesco:
1. “Quieren cumplir los deseos de su Padre”: aman el mismo tipo de acciones malas
que el diablo hace. Hay un doble énfasis en los deseos (epithymia, que podría
traducirse como “lujuria por el mal”) y sus hechos resultantes. El deseo básico
de Satanás es el instituirse a sí mismo como un dios (como se muestra en Ap 12–
13), y esto lo lleva a él y a sus seguidores a oponerse a Dios en todos los niveles.
Entonces estos opositores judíos de Cristo le dan la espalda al Dios de sus Padres
y rechazan a su Hijo.
2. Se unen a Satanás, que “fue un asesino desde el principio”: Jesús aquí se refiere
a la seducción de Adán y Eva y su expulsión del jardín, que introdujo la muerte
en este mundo (Ro 5:12–14) lo cual provocó la muerte de Jesús Todo esto es en
última instancia atribuible a Satanás (Jn 13:2, 7).
3. El diablo “no se aferra a la verdad, porque no hay verdad en él”: la estrategia
principal de Satanás es el engaño (Ap 12:9; 20:3, 8, 10); no domina tanto a la
gente como la desvía. La falsedad está en el corazón de su persona, “porque es
mentiroso y Padre de mentiras”. La única vez que dice la verdad es cuando le
permite engañar más fácilmente. Las declaraciones falsas sobre Jesús por parte
de los líderes judíos tienen su origen en el diablo. Cuando Satanás o estos
funcionarios judíos hablan falsedad, están revelando su verdadera naturaleza y
esencia de ser.
En completo contraste, Jesús dice: “Yo digo la verdad” (v. 45), porque la verdad lo
caracteriza (14:6). Como el Representante Viviente de Dios, él es la misma voz de Dios. A
partir de que estas personas han seguido al Padre de mentiras, ellos, en virtud de su propio
carácter, no pueden creer en Jesús. Tenga en cuenta que su incredulidad surge porque Jesús
habla la verdad. Su profunda composición interna es incapaz de la verdad, y son repelidos
por ella. Esta es una definición muy fuerte del “hombre natural” y el incrédulo.
El problema: no pertenecen a Dios (8:46–47)
Jesús usa dos preguntas retóricas para cambiar el enfoque de sí mismo a sus oyentes.
Primero, les pregunta: “¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?”
(v. 46). Utiliza un término legal, “condenar” (del griego: elenchei). En 5:18 lo acusaron
formalmente de quebrantar el día de reposo y de blasfemia; en 6:41–42; 7:27, 41–42, 52,
de ser un falso mesías; en 7:47, de falsa enseñanza; y en 7:20; 8:48, de posesión demoníaca.
Pero Jesús exige la evidencia legal que haría que todos esos cargos se mantuvieran vigentes
en la corte de Dios. Pueden acusarlo, pero no pueden condenarlo.
La segunda pregunta se basa en el último versículo. Ya que Jesús ha estado “diciendo la
verdad”, pregunta, “¿Por qué no me creen?” La primera pregunta conduce naturalmente a
la segunda. No pueden demostrarlo culpable de ningún pecado, por lo que deben reconocer
su naturaleza sin pecado. Combinado con su veracidad absoluta, no hay razón por la que no
deberían creerle.
Solo es posible una conclusión: toda la evidencia muestra de manera concluyente que
Jesús no tiene pecado, y que ellos a pesar de su persona perfectamente sincera aún eligen
no creer en él. La verdad es que solo “quien pertenece a Dios escucha lo que Dios dice” (v.
47). Entonces Jesús ha demostrado en la corte de la ley de Dios que estos judíos “no
pertenecen a Dios”. Jesús está volviendo al discurso del Pan de Vida en 6:35–44. Dios le ha
dado algo a Jesús, y por lo tanto se regocijan en la verdad. Pero estos judíos se niegan a
escuchar, y eso solo puede significar que no le pertenecen a Dios. Han rechazado al Hijo de
Dios y, por lo tanto, ya no son hijos de Dios. Como en 1:11, ahora pertenecen al mundo y al
“dios de este siglo” (2 Co 4:4). Uno podría prácticamente decir ¡Que habían cambiado de
Padre s!
Jesús afirma ser Dios (8:48–59)
Primer intercambio: la verdadera naturaleza de Jesús (8:48–51)
La reacción judía a la acusación de Jesús de que son hijos del diablo y sus acusaciones legales
contra él prueban la veracidad de lo que ha dicho. Antes lo habían acusado de estar poseído
por el demonio (7:20), y ahora vemos que no han aprendido nada en el diálogo con Jesús
desde esa ocasión. Ahora le acusan de ser un “samaritano y tener demonio”. Esto puede
haber surgido de su ministerio y su recibimiento positivo en Samaria en el capítulo 4. Los
judíos consideraban a los samaritanos herejes, además de que Samaria fue la fuente de
muchos hechiceros famosos como Simón el mago (Hch 8:9–24).
Esto constituye los cargos adicionales de blasfemia y brujería, así como engaño satánico
y el control. Están tratando de virar la situación en contra de Jesús y lo acusan de las cosas
que él acaba de probar acerca de ellos: “Dices que no descendemos de Abraham, sino que
pertenecemos al diablo; pues decimos que esto realmente te describe a ti, tú raíz de
samaritanos y de poderes demoníacos”.
Como lo hace en Marcos 3:20–30, Jesús niega los cargos aquí en el versículo 49 y vuelve
al tema de su honra y glorificación a Dios en 7:18. Es uno con el Padre y al mismo tiempo
está sujeto a él, obedeciendo su voluntad (5:19–30). Un persona hereje o poseída por
demonios nunca buscaría honrar a Dios. Jesús en todo momento busca “honrar a mi Padre”
(“honor” traduce timō en tiempo presente), mientras ellos lo deshonran constantemente,
el enviado de Dios y el representante.
Juan enfatiza la palabra mou, “mi Padre”, destacando que mientras estas personas
pertenecen a Satanás (v. 47), Jesús pertenece a su Padre. Jesús busca honrar a su Padre, y
a cambio Dios busca glorificar a su Hijo (v. 50). Aquí hay un patrón A-B-A, con Jesús y su
Padre honrándose uno a otro y ambos, obviamente, siendo deshonrados con el
recibimiento a Jesús. El hecho de que Jesús nunca buscó la gloria para sí mismo
(nuevamente, véase 7:18) fue una prueba superior de que no era lo que afirmaban los
judíos. El resultado de la perfecta orientación de Jesús hacia su Padre fue la gloria que
recibió de él. De hecho, este es el tema del himno de Pablo en Filipenses (Fil 2:6–11): Jesús
buscó la humildad y dejó la gloria a Dios. Como Dios es el verdadero juez, esa gloria (véase
Jn 1:14; 2:11) es tanto verdadera como correcta. La oposición judía fue intrascendente a la
luz del hecho del contentamiento del Padre de Jesús en él.
Usando una de sus afirmaciones doble amēn para comunicar una verdad crítica, Jesús
proporciona el mensaje central (v. 51): “el que cumple mi palabra nunca morirá”. El énfasis
en esta sección pasó de creer (vv. 24, 30–31, 45–46) a su resultado, obedecer. En 8:31 dijo
“Si se mantienen fieles a mis enseñanzas”, y ahora dice “el que cumple [u obedece; del
griego: tēreō] mi palabra”. La creencia de uno debe producir una reorientación de la vida
fuera del mundo y dentro de la palabra de Jesús. La obediencia es inherente a “escuchar”
la palabra (5:24; 8:43, 47) Jesús va un paso más allá, desafiando a sus oyentes a “guardar”
su palabra, convirtiéndola en la prioridad en la sinagoga y en sus vidas. Solo entonces
tendrán vida eterna y “nunca verán la muerte”. El énfasis aquí es tan importante como para
nuestros días: no son suficientes las palabras para nuestra fe en Cristo. Nuestra fe debe
mostrarse en nuestras obras de obediencia y vida justa. La verdadera piedad no debería ser
simplemente declarada; sino realizada.
Segundo intercambio: Jesús como Dios (8:52–59)
Estos judíos todavía estaban interpretando a nivel terrenal y superficial lo que Jesús dijo,
(como en 8:19, 22, 33, 39, 41, 48), y así cuando Jesús dijo, “nunca morirá”, pensaron que se
refería a vivir en esta tierra para siempre Su respuesta natural a la luz de esto es pensar que
las fuerzas demoníacas han vuelto loco a Jesús. Entonces responden en el versículo 52,
“Abraham murió y también los profetas”. A pesar de su poder espiritualidad y de las
bendiciones que Dios derramó en sus vidas, los grandes hombres y mujeres de Dios au̱n así
murieron. Este nivel de blasfemia podría solo provenir de delirios inspirados por demonios.
Concluyen que Jesús pensó en sí mismo como alguien más grande que “nuestro Padre
Abraham” (8:53) así que pregunta: “¿Quién te crees tú?” Esta es una gran ironía: quien, más
que cualquier otro humano ser, se negó a buscar su propia gloria (7:18; 8:49–50) es acusado
de exaltarse a sí mismo, de ser un perseguidor de gloria. La verdad es que Jesús es el
paradigma de la humildad y ha dejado su reivindicación y gloria completamente en manos
de su Padre. Estos líderes judíos están proyectando su propio orgullo egoísta en las palabras
y acciones de Jesús. El “Padre de mentira” (8:44) en realidad está guiando sus
pensamientos, no los de Jesús.
En los versículos 54–55, Jesús declara argumentos que ya hizo para contrarrestar su
falso pensamiento. De hecho, estos versículos sirven como resumen de los puntos
principales en los capítulos 5–8:
1. Jesús nunca busca su propia gloria o actúa solo. Todo lo que dice y hace surge
de la unión con su Padre y busca glorificar a su Padre (5:19, 30; 6:38, 57; 7:16,
18, 28; 8:16, 26, 28, 42, 50).
2. Toda su gloria propia viene del Padre (5:23; 6:27; 8:50). Está completamente
centrado en la gloria de Dios, por lo que toda gloria personal es un regalo de Dios
(12:28; 17:1–5). Sin embargo, esta no es una gloria que los judíos o incluso los
discípulos de Jesús pudieran comprender, porque ocurrió cuando fue
“levantado” en la cruz (3:14; 8:28; 12:32).
3. El pueblo judío realmente no conocía a Dios a pesar de que lo declaraban su Dios
(5:37–38, 42; 7:28; 8:19, 47). Este es el corazón del conflicto en estos capítulos
y se deriva del Antiguo Testamento (Is 1:3; Jer 2:8; 4:22; Os 4:1). Ellos rechazan
a Jesús porque no se dan cuenta de que él es más que el Mesías: Él es el Hijo de
Dios. Por lo tanto, no conocen a Dios ni a su Hijo.
4. Jesús conoce a Dios y lo obedece (5:19; 6:46; 7:28–29; 8:29). Por lo que, solo hay
un camino hacia Dios, a través de su Hijo unigénito (1:14, 18).
Por lo tanto, Jesús en 8:56 dice la verdad sobre Abraham a quienes estos judíos han
recurrido con tanta frecuencia. En realidad, “Abraham, el Padre de ustedes, se regocijó al
pensar que vería mi día; y lo vio y se alegró”. Creen que están relacionados con él, pero
Jesús tiene una mucho mayor conexión. Esto probablemente se remonta a una combinación
de Génesis 15:17–21 (la ceremonia del pacto en la visión de Abraham) y 17:17, su risa ante
la noticia de que le nacería un hijo, Isaac. Algunos rabinos entendieron que Génesis 15 se
refería tanto a esta vida como al tiempo venidero (Akiba), mientras que otros lo tomaron
solo como referencia a este mundo (Johanan ben Zakkai). Como Jesús dice aquí “que vería
mi día”, lo aplica al Día de Yahweh inaugurado en su venida. Entonces el nacimiento de Isaac
fue una promesa tipológica de la encarnación de Jesús. Entonces juntos señalan la
encarnación como el amanecer de los últimos tiempos.
No hace falta decir que los judíos están conmocionados por esta respuesta y en el
versículo 57 continúan interpretando todo lo que Jesús dice desde un punto de vista
mundano y terrenal: “ni a los cincuenta años llegas”. Jesús tenía cerca de treinta y tres años
(véase Lc 3:23), así que este era un número redondeado. Abraham tenía muerto dos
milenios, por lo que están horrorizados por la declaración de Jesús.
La respuesta de Jesús en el versículo 58 es la tercera afirmación doble amēn
(“verdaderamente, verdaderamente “) en este capítulo (vv. 34, 51, 58). Es uno de los
versículos más importantes en Juan, en el centro mismo de las afirmaciones de la deidad de
Jesús: “¡Antes de que Abraham naciera, yo soy!”. Este es el ejemplo más claro de una
afirmación egō eimi absoluta (que no tiene predicado; véase 8:24, 28; 13:19; 18:5–6). Jesús
está proclamando: “Yo soy Jehová” especialmente como se entiende en su contexto en
Isaías (Is 41:4; 43:10–13, 25; 45:18–19; 48:12; 52:6) como una revelación divina.
Prácticamente está diciendo: “Antes de que Abraham naciera, yo, Yahweh, estaba allí”. Así
que esto no es solo un reclamo de divinidad sino de preexistencia también. Como parte de
la Trinidad unida, Jesús existió mucho antes que Abraham. Jesús trasciende los oficios tanto
del profeta como del Mesías, porque él es Dios de Dios mismo y la base de nuestra salvación.
Los judíos difícilmente podrían haber entendido todo este significado, pero ellos
entendieron lo suficiente como para saber que desde su perspectiva la blasfemia había
tenido lugar, por lo que “tomaron piedras para arrojárselas” a Jesús (como se exige en Lv
24:16; véase también Jn 5:18; 10:31). En respuesta, la NVI tiene “Jesús se escondió”, pero
el griego usa el pasivo “estaba oculto”, insinuando que Dios escondió a Jesús de ellos. Su
hora destinada no había llegado (7:30, 44; 8:20), así que una vez más las autoridades
estaban indefensas en sus intentos de eliminar este advenedizo rabino campesino y
“llevarlo ante la justicia”. Él deja el templo, y muchos ven esto como una representación
simbólica de la gloria Shekinah de Dios saliendo del templo. En este sentido es un precursor
del juicio, que en los sinópticos se resalta en el Discurso Olivet de Marcos 13 y paralelos.
Este pasaje (8:31–59) ha sido llamado “el primer sermón de Cristo” por su profundidad
y aguda perspectiva sobre la persona de Jesús y su conflicto con los judíos. Como uno de los
pasajes verdaderamente importantes en este evangelio, Juan presenta el núcleo del
conflicto como la confianza judía de su descendencia de Abraham junto con su fracaso en
conquistar el pecado. La libertad no proviene de la ascendencia sino de permanecer en
Cristo (vv. 32–33) y ser hecho libre en él (vv. 33–38). Las acciones de una persona muestran
quién es realmente su Padre (vv. 39–41a), por lo tanto, claramente su Padre no era
Abraham. Esto es importante para nuestros días, porque muchos cristianos confían en su
denominación o a qué iglesia pertenecen o qué tradición siguen en lugar de rendirse
verdaderamente a Cristo.
A la mita de la sección (vv. 41b–47), Jesús hace una declaración legal de la prueba de
paternidad que ha dado a estos judíos, su verdadero Padre es el diablo. Su completa falta
de voluntad para escuchar al Hijo de Dios, su deseo de matarlo y sus malas acciones
muestran concluyentemente que no pertenecen a Dios. Esta prueba es importante para
nuestros días, pero prácticamente es ignorada, y a muchos de los que se declaran
seguidores de Cristo, pero demuestran claramente que no lo son se les permite fingir ser lo
que no son. Nosotros por nuestra falta de valentía en el ministerio estamos dejando que
estas personas vayan a la condenación eterna porque no tenemos el coraje de decirlo como
es. Estos tiempos de discipulado superficial exigen el tipo de predicación audaz que vemos
aquí por parte de Jesús.
La sección final (vv. 48–59), sobre la verdadera personalidad de Jesús, es la clave de
todo. Él es mucho más que un profeta o el Mesías. Él es Yahweh, y hasta que reconozcamos
y vivamos bajo esa realidad, nunca podremos vivir la vida que Dios quiere para nosotros.
Como Pablo dice tan bien a lo largo de sus escritos, Jesús es Señor de todos, y debemos
convertirlo en el Señor de nuestras vidas y vivir bajo esa gloriosa realidad. Entonces seremos
“más que vencedores” (Ro 8:37) y verdaderamente viviremos vidas de libertad en él.
EL COSTO DEL DISCIPULADO: EL CIEGO DE NACIMIENTO
(9:1–41)
Jesús es “la luz del mundo”, un hecho demostrado en esta historia a través de su sanación
de un hombre que vivía en la oscuridad de ser ciego toda su vida. Jesús cumplió las
principales ceremonias de la fiesta de los tabernáculos (7:37–39; 8:12), y ahora continúa
cumpliendo las ceremonias mientras da vista físicamente (9:1–7) y luego espiritualmente
(implícito en 9:28–34) a un ciego. De esta manera él está en contraste total con los fariseos.
La curación de un ciego nunca se había hecho antes (9:32), así que esta es otro milagro
mesiánico por excelencia.
Es una historia brillantemente narrada, que progresa a través de una serie de
interrogatorios (vv. 8–12, 13–17, 18–23, 24–34) intercalados por una apertura (vv. 1–7,
narrando la curación) y un cierre (vv. 35–41, narrando la ceguera de los fariseos). El conflicto
entre los judíos y Jesús continúa ocupando un lugar central, con los fariseos yendo a la
ofensiva contra él. El mensaje se ve en la trama del desarrollo de la historia: el hombre
comienza ciego y procede a la vista física y luego a la visión espiritual, mientras que, en
contraste, los fariseos afirman tener visión espiritual, pero al final se prueba que se
encuentran espiritualmente ciegos. Al mismo tiempo, un subtema importante exige que el
verdadero discípulo tome una posición pública por Jesús y esté dispuesto a sufrir las
consecuencias. Tanto los Padre s como el hombre son desafiados públicamente por los
líderes y amenazado con su expulsión de la sinagoga (y comunidad). El hombre nunca es
nombrado (como la mujer samaritana); El énfasis de Juan está en el mensaje de la historia,
no en las personas involucradas.
Al mismo tiempo, este episodio ha sido central a la vista de muchos críticos eruditos que
este evangelio se dirige más a la situación de la iglesia de Juan a finales del primer siglo que
a los eventos reales que tuvieron lugar en la vida del Jesús histórico. Conforme a esta
interpretación, Juan escribió esta historia para abordar el tema de la expulsión de cristianos
de la sinagoga en los años 80. Analizaré esto con más detalle en el versículo 22 a
continuación, pero por ahora diré que hay poca evidencia de que Juan (y este capítulo en
particular) fuera escrito para describir la situación de la iglesia tardía más que de Jesús Todo
esto tiene más sentido en la vida de Cristo.
Comienzo: Jesús sana a un hombre ciego (9:1–7)
Esta historia tiene lugar en algún momento entre la Fiesta de los Tabernáculos en el otoño
y la fiesta de la Dedicación en el invierno (cap. 10), por lo tanto, probablemente ocurrió en
octubre o noviembre. Mientras camina, Jesús pasa por “un hombre ciego de nacimiento”.
No se nos dice cómo los discípulos llegaron a saber esto, pero preguntan en el versículo 2:
“Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus Padre s?” Jesús
todavía era considerado principalmente como un rabino que hacía milagros (véase 1:38, 49;
3:2; 4:31; 6:25), así que esta fue una consulta natural. Era una perspectiva judía común ver
a la deformidad física como el resultado del pecado. Este pasaje, así como el libro de Job
del Antiguo Testamento, muestra que este no es siempre el caso y que Dios a menudo tiene
diferentes propósitos en mente.
Jesús deja en claro (v. 3) que esta ceguera no resultó del pecado, sino que “esto sucedió
para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida”. Esto es similar a Éxodo 9:16 (la
plaga de granizo enviada para que el nombre de Dios sea exaltado) y Lucas 13:1–5 (Dios
enviando tragedias para provocar el arrepentimiento). El objetivo de todo lo que hace Jesús
es glorificar al Padre, y este era el momento para que buenas obras hicieran la obra de Dios.
Jesús enfatiza la soberanía de Dios en esta situación. Él está a cargo, y ni el pecado de los
Padres ni el del hijo pueden explicar esta ceguera. Por el contrario, Dios la permitió para
preparar este preciso momento, cuando sus obras habían de ser mostradas. Todo lo que se
hace en este evangelio es obra de Dios, ya sea lo hecho directamente por el Señor o por los
discípulos en su nombre.
A la luz de los propósitos más profundos de Dios, Jesús y los discípulos (Jesús usa
“nosotros”) son llamados por Dios a “llevar a cabo la obra del que me envió” (v. 4). El
“deber” (dei) divino hace de esto una necesidad absoluta. La tarea es parte de su misión, y
los discípulos son privilegiados de ayudar en esta. Esto es bastante aplicable a cada uno de
nosotros; lo que hacemos es la obra del Señor, y compartiremos su gloria mientras
participamos en ella.
Para Jesús, este es un ejemplo más de la guerra entre la luz y oscuridad en este mundo
(véase 1:4, 7, 9; 3:19–21; 8:12). El ministerio entre el pueblo judío tiene lugar durante el
“día” cuando la luz de Dios viene a este mundo. Es tiempo de ir a trabajar para Dios con
todas nuestras fuerzas y la urgencia del “deber” divino domina este desafío. La verdad es
que “viene la noche, cuando nadie puede trabajar”. El día es el momento en que Jesús está
con ellos, y la noche es cuando es quitado. Durante este tiempo “Mientras esté yo en el
mundo, luz soy del mundo” (v. 5).
El tiempo venidero de la noche / oscuridad tiene un doble sentido aquí. Primero, se
refiere a los eventos en la cruz y a los inmediatamente posteriores. Judas sale de noche
(13:30), y las mujeres vienen a la tumba después del anochecer (20:1). Durante ese tiempo,
los discípulos no trabajaron sino experimentaron las apariciones de resurrección y luego
esperó en el aposento alto. Antes de su partida, Jesús era la luz de Dios en el mundo y los
discípulos se regocijaron en su “día”. Segundo, el tiempo de noche connota el mundo en
que vivimos, donde los poderes del pecado y la oscuridad resisten a la luz.
La idea de Jesús escupiendo en el suelo, haciendo un poco de lodo a partir de esto, y
luego colocándolo en los ojos del hombre (vv. 6–7) es bastante repugnante para la mente
moderna, que considera escupir ofensivo. Au̱n así, los milagros que involucran saliva se
encuentran en otros dos lugares: Marcos 7:33 (un hombre sordomudo) y 8:23 (un hombre
ciego). Algunos de los antiguos judíos pensaban que la saliva tenía propiedades curativas
(b. Baba Batra 126b). Jesús probablemente se estaba adaptando al nivel de la fe del hombre.
Esto permitió al hombre participar en el evento y entenderlo. Muchos (varios Padre s de la
iglesia, así como eruditos modernos) ven el significado simbólico del lodo como una alusión
a Génesis 2:7 y la creación de la humanidad a partir del polvo de la tierra. Jesús entonces
está creando una nueva visión, y esto es parte de la nueva creación (véase 1:3–4),
especialmente porque esta vista física hará camino para la vista espiritual a medida que se
desarrolla la historia.
Entonces Jesús le dice al hombre que se lave el barro de los ojos en el estanque de Siloé
(v. 7). El lavado es una alusión a 2 Reyes 5:10–14 y la curación de Naamán el leproso. Juan
explica que el nombre “Siloé” significa “Enviado”, destacando la obra de Jesús como “el
Enviado”, el representante de Dios. También puede haber un juego de palabras en Jesús
“enviando” al hombre al estanque, haciendo hincapié en su autoridad soberana para sanar.
Algunos han visto en este episodio un símbolo del papel del bautismo en la salvación, pero
eso va más allá del texto. Simplemente no hay base contextual para tal interpretación.
Primera interacción: sus vecinos interrogan al hombre (9:8–12)
El hombre puede haber sido habitual en la comunidad, probablemente rogando en el
mismo lugar por años. Sus vecinos lo conocen de vista, lo ven caminando normalmente y se
sorprenden; Algunos están seguros de que es la misma persona, pero otros lo dudan. A
todos los que le preguntan, les asegura: “Soy yo” (v. 9). La pregunta siguiente también es
obvia: “¿Cómo entonces se te han abierto los ojos?” Quieren saber quién lo curó.
Esta historia es bastante similar a la curación del hombre cojo en el capítulo 5, a quien
también se le preguntó quién lo había sanado. Ese hombre era más instintivo y dice en
efecto: “¡No lo sé!”, realmente no le importaba: una evidencia del receptor apático de la
misericordia de Dios. Este hombre es mucho más consciente: “Ese hombre que se llama
Jesús hizo un poco de barro, me lo untó en los ojos” (v. 11). Mientras vuelve a contar la
historia de su curación, se convierte en otro testigo oficial de Jesús, iniciando un proceso de
comprensión y, por lo tanto, de conversión a discípulo.
La única pregunta que no puede responder es: “¿Y dónde está ese hombre?” (v. 12).
Parece probable que en esta etapa los vecinos no estén llenos de antipatía hacia Jesús.
Quieren conocerlo en vez de atacarlo, pero el hombre simplemente no sabe dónde está.
Segunda interacción: los fariseos interrogan al hombre (9:13–17)
Los vecinos del hombre lo llevan a los expertos religiosos locales, los fariseos, para que
puedan entender mejor el evento notable que ha ocurrido (v. 13). No tienen idea de lo que
se desatará por este acto inocente. No hay intención de causar una tensión legal, y tampoco
es necesario llevarlo a los sacerdotes, ya que ninguna impureza ritual (como con la lepra)
estuvo involucrada. Nunca han visto un milagro como este y simplemente van a los fariseos
para poder entenderlo.
Sin embargo, estos fariseos, como la mayoría de los líderes, están buscando la forma de
oponerse a Jesús e inmediatamente usarlo como interrogatorio negativo. Como en 5:16 (la
curación del hombre lisiado), el milagro ha tenido lugar en día de reposo (v. 14). Los fariseos
habían creado la tradición oral (una extensión de la ley de Moisés) para definir qué
constituía trabajo y, por lo tanto, estaba prohibido en día de reposo. Jesús rompió su
tradición de tres maneras: (1) la sanidad estaba permitida en día de reposo solo para
situaciones que amenazaban la vida; (2) algunos rabinos creían que la unción de los ojos en
día de reposo estaba mal; (3) amasar (hacer un emplasto de lodo) en el día de reposo era
trabajo, y por lo tanto no estaba permitido.
Como de costumbre, hay reacciones encontradas cuando el hombre cuenta su historia
(compárese 6:60–71; 7:12–13, 30–31, 40–44). Algunos fariseos reaccionaron tal y como
antes: “Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no respeta el sábado” (v. 16). Por
otro lado, otros preguntan: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes señales?” Este no
era el milagro promedio diario; había curado a un ciego, de hecho, a un ciego de nacimiento,
algo que nunca había sucedido en la historia (véase la introducción a este capítulo) Los que
enfatizan la violación del día de reposo están en contra de él, y aquellos que se centran en
el milagro sobrenatural tienden a estar a favor de él.
Entonces los fariseos se vuelven hacia el hombre y le piden su opinión sobre Jesús: “¿Y
qué opinas tú de él? Fue a ti a quien te abrió los ojos” (v. 17). En su respuesta vemos una
diferencia importante entre el cojo del capítulo 5 y este hombre. El hombre en 5:15 informó
acerca de Jesús a las autoridades y no se preocupó por él. Aquí la reacción es totalmente
diferente. Esta vez, con vacilación o equivocación, el hombre confiesa: “Yo digo que es
profeta”. Como la mujer samaritana en 4:19, la autoridad sobrenatural de Jesús lo
convencen.
Tenga en cuenta su creciente comprensión a lo largo de los acontecimientos. En el
versículo 11 identifica a su sanador solo como “el hombre al que llaman Jesús”, pero ha
estado reflexionando sobre las implicaciones del milagro desde que ocurrió. Ahora está listo
para externar su conclusión preliminar. Todavía no se da cuenta de que Jesús es el esperado
“profeta como Moisés”, el Mesías (véase los comentarios en 1:21; 6:14); pero ve en él el
modelo de Elías / Eliseo como un profeta de Dios que hace milagros. Su notable evolución
como seguidor de Jesús se desarrollará de sanador (v. 11) a profeta (v. 17) a uno que se
puede seguir como discípulo (v. 27) a uno que viene de parte de Dios (v. 33) y finalmente al
Salvador y Señor que debe ser adorado (v. 38).
Tercera interacción: los fariseos interrogan a los padres (9:18–23)
Los fariseos todavía están divididos, pero la mayoría opositora está segura de que ningún
milagro podría haber sido realizado por un hereje así. Este hombre no pudo haber estado
ciego y luego ser sanado. Necesitan más información y, en el versículo 18, recurren a los
Padre s preguntándoles si realmente nació ciego y si es así, cómo es que ahora puede ver.
Suponen que no pudo haber sido sanado por este falso profeta.
El interrogatorio informal se ha convertido en una investigación legal, pero no justa. No
buscan la verdad sino más bien evidencia que respalde la posición que exigen: que Jesús (y
el hombre) deben ser culpables de fraude. Esperaban que los Padre s admitieran que no
había nacido ciego, pues la segunda pregunta ahora pasa a primer plano: “¿Cómo es que
ahora puede ver?” (v. 19). Los Padre s se niegan a ser utilizados de esta manera. Esta es una
situación peligrosa, ya que estos funcionarios pueden hacer su vida muy difícil. Entonces
optan por mantenerse fuera del debate, dando las malas noticias a los fariseos sobre la
primera pregunta (“nació ciego”), pero evitando la segunda pregunta: “Lo que no sabemos
es cómo ahora puede ver, ni quién le abrió los ojos. Pregúntenselo a él, que ya es mayor de
edad y puede responder por sí mismo” (v. 21). Un niño se convertía en adulto a los trece
años, y entonces podía ser legalmente interrogado. La estratagema de los líderes no había
funcionado. Ellos no pudieron usar a los Padre s contra el hombre o contra Jesús.
Juan explica la razón de la discreción de los Padres en el versículo 22. Tenían “miedo a
los líderes judíos”, que habían prestablecido que “se expulsara de la sinagoga a todo el que
reconociera que Jesús era el Cristo”. Juan describe a los fariseos como los “líderes judíos”
dado que representan a la nación apóstata (véanse los comentarios en 1:11). Ser expulsado
de la sinagoga era bastante grave, uno de los peores castigos que una persona podía
soportar, pero, además, eso significaba la eliminación de la sociedad. Lo cual resultaría en
el aislamiento social total, y todos los vecinos e incluso familiares tenían que obedecerlo.
No hay duda de que tenían miedo. Hay una verdadera tragedia aquí, ya que estos Padres
han visto a su hijo sanar milagrosamente pero no se atreven a celebrarlo debido a las falsas
demandas de estos líderes.
Este versículo se ha convertido en un punto central de análisis académico (véase la
introducción a esta sección) ya que muchos académicos piensan que refleja la situación de
la iglesia a fines del siglo I en lugar de la situación de Jesús. Estos eruditos sostienen que tal
prohibición de expulsar a una persona de la sinagoga no estuvo presente sino hasta los años
80. Sin embargo, la evidencia de la expulsión de los herejes existió incluso antes del tiempo
de Jesús (véase m. Ta’anit 3:8 del primer siglo A.C.). Todo lo escrito aquí podría haber tenido
lugar fácilmente en la época de Jesús, así que, estamos justificados al considerar el relato
como histórico.
Cuarta interacción: los fariseos interrogan nuevamente al hombre (9:24–34)
Sus peticiones para con el hombre (9:24–27)
Los Padres han esquivado sus preguntas y han llegado a un callejón sin salida, así que los
fariseos tienen que regresar al hombre mismo. Ya no quieren su opinión. Es demasiado
peligroso para su causa. En cambio, intentan poner palabras en su boca, expresando su
solicitud de una mentira en términos piadosos: “Da gloria a Dios diciendo la verdad.…
Sabemos que este hombre es un pecador”. Si hay un ejemplo de oxímoron, es este. Este
lenguaje es normalmente una solicitud de arrepentimiento, pero aquí está relacionado con
una de las mayores falsedades pronunciadas en el evangelio de Juan hasta ahora (véase los
comentarios en 8:46 con respecto a la falta de pecado por parte de Jesús). “Da gloria a Dios”
es a menudo un juramento formal (Jos 7:19; 1 Sa 6:5), pero aquí está relacionado a su
opinión de Jesús como un “pecador”.
La respuesta del hombre es cortante, pero verdadera. Dice lo que sabe y lo que no sabe.
No piensa si tienen razón acerca de que Jesús es un pecador. Lo que sí sabe es simple: “que
yo era ciego y ahora veo”. Los fariseos no han escapado de su dilema: ¿Cómo puede un
pecador realizar un milagro tan grande?
Ahora que los fariseos han errado exigiéndole que se arrepienta y apoye su posición,
deben volver al principio. Como resultado, preguntan: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los
ojos?” (v. 26). En su respuesta, el hombre parece haberse dado cuenta de la falta de un
legítimo interés por encontrar la verdad y pasa a la ofensiva: “Ya les dije y no me hicieron
caso”. Ya está cansado de sus preguntas con doble propósito, por lo que responde con un
poco de ironía: “¿Es que también ustedes quieren hacerse sus discípulos?” (v. 27). Es
bastante posible que el hombre haya comenzado a pensar de sí mismo como un discípulo,
así que se está burlando de su intento de poner palabras en su boca.
Sus acusaciones y amenazas contra el hombre (9:28–34)
Los fariseos no pueden responder al hombre. Es obvio que ha juzgado correctamente sus
intenciones, por lo que también se ponen a la ofensiva. Ahora muestran sus verdaderas
intenciones cuando comienzan a insultarlo y maldecirlo por exhibir una verdad que no
quieren enfrentar. Esto no es blasfemia como tal, sino invocación de maldiciones del pacto
sobre él por lo que consideraban blasfemia (Lv 24:10–16; Nm 15:30). Comienzan diciéndole
(con algo de verdad) que él es un discípulo de Jesús mientras ellos en contraste son
“discípulos de Moisés” (v. 28). Creen que este hombre no puede seguir a Jesús y a Moisés
al mismo tiempo. Dios reveló su ley a Moisés, y Jesús era un advenedizo contrario y hereje.
Aunque, Jesús ya había declarado que creer en Moisés los obligaba a creer en él, porque
Moisés “escribió sobre” él (véase 5:46). Su trágico error fue el no aceptar la verdad sobre
los orígenes de Jesús.
El sarcasmo del hombre es evidente en el versículo 30: “¡Allí está lo sorprendente!”
responde. Su diálogo más largo aparece aquí (vv. 30–33), destruyendo la falsa lógica de los
fariseos. La incredulidad de los líderes es muy extraña a la luz del simple hecho innegable:
Jesús ha sanado sus ojos. Esto es a lo único que su escepticismo radical no puede responder.
Entonces, el hombre pregunta cómo podrían decir: “no sabemos ni de dónde salió” (v. 29).
Si él puede sanar a los ciegos, entonces, debe tener una relación muy especial con Dios.
Dios no escucharía a los “pecadores” (v. 31, mirando hacia atrás al v. 24), por lo tanto,
los fariseos deben estar equivocados. Dios “escucha a los piadosos y a quienes hacen su
voluntad”, y así debe ser Jesús. Nuevamente, la posición de Jesús es demostrada por el
hecho de que él es un profeta hacedor de milagros (v. 17). El hombre podría estar
considerando la definición de la persona piadosa escrita en Miqueas [Link] “Practicar la
justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Ese debe ser Jesús, ya que la
curación de un ciego nunca se había hecho antes (v. 32), y eso prueba el favor de Dios en
Jesús. La lógica del hombre es impecable: “Si este hombre no viniera de parte de Dios, no
podría hacer nada” (v. 33). Un falso profeta podría ser capaz de realizar algunos milagros
(por ejemplo, los magos egipcios en Éxodo), pero este tipo de milagros no.
Estos fariseos están tan cegados por sus prejuicios (como lo veremos a continuación)
que ni siquiera se han dado cuenta qué tan extensamente la simple lógica de este hombre
ha destruido sus argumentos pobremente estructurados. Han sido opacados por él, por lo
que explotan en su contra. Suponen, como hemos visto (7:15), que nadie sin la preparación
adecuada debe hablar, mucho menos este ex mendigo. Pensaban que su ceguera de
nacimiento demostraba que era un pecador (refutado por Jesús en 9:3) por lo tanto, le
gritan: “Tú, que naciste sumido en pecado, ¿vas a darnos lecciones?” y después, “lo
expulsaron”, sin duda significa que lo echaron de la sinagoga, la prohibición analizada en el
versículo 22. Seguir a Jesús en el discipulado significa seguirlo a través del aislamiento
religioso y social. Como bien se dijo en 3:18–19, la oscuridad siempre rechazará la luz.
Conclusión: Jesús subraya visión y ceguera espiritual (9:35–41)
La evolución de la historia ahora llega a su conclusión correcta. Es evidente que dos cosas
han estado sucediendo. El hombre ciego de nacimiento ha progresado asombrosamente,
de mendigar a un costado del camino a saltar y bailar por el camino mientras observa todo
alrededor al habérsele abierto sus ojos espirituales a la increíble visión espiritual. Al mismo
tiempo, los fariseos han empeorado aún más, de pretender ser los ojos de la Torá en la
nación a una ceguera espiritual cada vez mayor. Comentaré ambas progresiones en esta
sección.
Vida para el que ha recibido la vista (9:35–38)
La luz (8:12) ha estado venciendo la oscuridad (1:5). Los fariseos han estado haciendo todo
lo posible por estorbar a Jesús y exhibirlo como un falso profeta. Han expulsado al hombre
de la sinagoga, y ahora Jesús lo encuentra; él a menudo ha tomado la iniciativa al buscar
posibles discípulos (1:43, 48; 4:7; 5:6), y una vez más toma el control, como lo hará el
Espíritu en la próxima etapa de la historia de la salvación (16:8–11).
El hombre nunca había puesto los ojos en Jesús hasta ese momento. Se le mandó lavarse
la cataplasma de barro de la cara como parte del proceso de la curación (9:7) y luego se fue
a casa. Su conocimiento de las verdades de Dio aún está incompleto, por lo que Jesús viene
a llenar este vacío. El desafío de Jesús tan directo aquí (“¿Crees en el Hijo del Hombre?”)
parece áspero, pero es el comienzo perfecto.
¿Por qué Jesús se llama a sí mismo “Hijo del hombre” en lugar de “Hijo de Dios”? Este
último es el título principal en Juan y parecería que es el que mejor comunica quién es Jesús.
Sin embargo, “Hijo del hombre” en Juan es el título que revela su realidad celestial (1:51),
revela a Dios y trae vida y juicio a la humanidad caída (3:13–14; 5:26–27; 8:28). Considere
especialmente el versículo 6:27, “trabajen… por la [comida] que permanece para vida
eterna, la cual les dará el Hijo del hombre”. Es Jesús el Hijo del Hombre quien recompensa
con vida eterna la fe del hombre y quien luego carga el juicio sobre los ciegos fariseos (vv.
39–41). Ciertamente este hombre no podía haber entendido todo esto, pero se espera que
el lector sí lo haga.
El hombre responde de inmediato (v. 36), admitiendo su ignorancia, “¿Quién es, Señor?
dímelo, para que crea en él”. Todo lo que sabe es lo maravilloso que este Hijo del hombre
ha hecho en su vida, y está listo para dar el siguiente paso (en contraste con la multitud en
12:34). Al igual que con la mujer samaritana (4:26), Jesús responde que este “Hijo del
hombre” es a quien está viendo (un segundo milagro de este don de la vista) y escuchando.
Cuando los fariseos miraron a Jesús, solo vieron un falso profeta a ser despreciado y
desechado. Hay una diferencia entre la vista física y la visión espiritual. El hombre tiene esta
última. Él ve el rostro de quien trae vida e inmediatamente grita (v. 38), “¡Creo, Señor!” La
escena termina con una adoración maravillosa mientras este hombre entra en el reino de
Dios.
Juicio para aquellos que se han hecho ciegos a sí mismos (9:39–41)
El Hijo del Hombre trajo vida al hombre anteriormente ciego que había obtenido vista física
y espiritual, y ahora él trae juicio sobre los fariseos que han demostrado estar ciegos. La
idea central de toda la historia se encuentra en el versículo 39, “Yo he venido a este mundo
para juzgarlo, para que los ciegos vean, y los que ven se queden ciegos”. Esta narrativa es
una parábola de doble giro en el tema de la luz y la oscuridad. Los ojos del hombre se abren
poco a poco no solo a la visión de este mundo sino también a la visión más grande de la
verdad de Dios.
Por otro lado, el tema del juicio aparece a menudo en este evangelio (3:17; 5:22, 30;
8:15–16). Cristo ha venido no para juzgar sino para traer la salvación. Pero para aquellos
que rechazan su oferta de vida, él se convierte en el juez, tal como aquí. Cristo está
explicando la otra cara de su ministerio mesiánico, la representación del juicio. Él ha venido
para encontrarse con aquellos que se dan cuenta de que están ciegos y vienen a él, y ha
venido a juzgar a aquellos que afirman que pueden ver pero que permanecen cerrado al
evangelio y se hacen ciegos. El hombre más de una vez confiesa su ignorancia y pide ayuda
(vv. 12, 25, 36), mientras que los fariseos a menudo proclaman arrogantemente su
conocimiento (9:16, 24, 29) La mayoría de los intérpretes ven aquí una alusión a Isaías 6:9–
10: “miren bien, pero no perciban.… Cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con
sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y sea sanado”. Estos fariseos con sus
corazones endurecidos ahora han sido rechazados por Dios.
Jesús ha estado hablando lo suficientemente fuerte como para que algunos fariseos
escuchen y pregunten (v. 40): “¿Qué? ¿Acaso también nosotros somos ciegos?”
Comprendieron apenas lo suficiente para darse cuenta vagamente de que podría estar
hablando de ellos. Su respuesta es devastadora. Él dice en efecto: “Si fueran ciegos, no
serían culpables de pecado, pero, como afirman que ven, su pecado permanece”. Tienen
toda la luz de la ley de su lado, y el Hijo de Dios, la Luz del Mundo, está presente en medio
de ellos. Sin embargo, rechazan toda esa luz y reciben a Jesús con incredulidad y odio. Solo
ven lo que quieren y han cerrado sus ojos a la salvación de Dios. Su culpa permanecerá por
toda la eternidad.
Una de las historias más largas del cuarto evangelio, es prácticamente una parábola
sobre el tema de la luz y la oscuridad la cual impregna a Juan. El hombre nacido ciego es un
discípulo por excelencia, reaccionando en la forma en que Dios ha propuesto para la
presencia sanadora de Jesús, el cual continúa creciendo a lo largo de la narrativa. Los
fariseos son los típicos antagonistas, que ejemplifican el poder de una mentira para
convertir a aquellos con vista en ciegos. Van en dirección opuesta al hombre que ha sido
sanado, ya que su rechazo de la verdad y la oposición a Jesús los hace ciegos a las cosas de
Dios.
Hay tres grupos en la historia: el hombre, que tipifica el discipulado; sus vecinos, que
podrían identificarse como buscadores que quieren conocer a Jesús; y los fariseos, que van
tras la incredulidad y el rechazo a medida que avanza la historia. El entendimiento del
hombre se vuelve más profundo por dos temas, porque está completamente abierto a todo
lo que aprende acerca de Jesús y porque, como resultado, tiene la capacidad de asimilar la
verdad espiritual y llegar a comprenderla. Su lógica le permite desenmascarar a los fariseos
en toda su falsedad.
Encontramos en esta historia que aquellos que siguen a Jesús nunca deberían esperar
ser tratados justamente por el mundo. La oscuridad odia la luz y al mismo tiempo quiere
fingir que es ella. Siempre que sea posible, los creyentes serán engañados para que apoyen
las mentiras del mundo. Además, cuando eso ya no funcione serán perseguidos y
maltratados por completo por los habitantes de la oscuridad. Los fariseos intentaron hacer
que tanto el hombre como sus Padre s mintieran y luego los amenazaron con la expulsión
de la sinagoga y de la comunidad a menos que mintieran.
Los dos lados del juicio divino también brotan de esta historia. El hombre es juzgado y
encontrado justo; los fariseos son juzgados y hallados faltos. Su ceguera proviene de su
habilidad de engañarse a sí mismos pensando que son los paradigmas de la verdad cuando
en realidad están siguiendo la mentira de Satanás y llenándose de incredulidad contra el
único medio que alguien tiene de encontrar la salvación.
EL BUEN PASTOR Y SUS OVEJAS
(10:1–21)
En los capítulos 7–9, Juan desarrolla el cumplimiento de Jesús de la Fiesta de los
Tabernáculos, y en 10:22–42 Jesús cumple el significado de la Fiesta de la dedicación
(Hanukkah). La alegoría extendida aquí en 10:1–21 proporciona una transición, ya que las
ovejas eran parte de ambas fiestas. Este pasaje también culmina la narrativa del conflicto
que ha dominado desde el capítulo 5. En el capítulo 9, los líderes judíos se cegaron ellos
mismos a la verdad y se opusieron completamente a Jesús, amenazando a cualquiera que
se pusiera de su lado. Esa narración terminó con el veredicto de que su pecado permaneció
(9:41).
Aquí Jesús amplía esa declaración de culpabilidad y revela que ellos son los falsos
pastores de Ezequiel 34:2, donde Dios le pide a Ezequiel: “profetiza contra los pastores de
Israel”. Ellos habían abandonado su rebaño, por lo tanto, Dios había decidido que él y su
siervo David permanecerían en contra de ellos. Los judíos entendieron esto como una
promesa mesiánica, y Jesús se ve aquí como el pastor Davídico cumpliendo esa profecía
como el Buen Pastor (v. 11). Además, los funcionarios judíos son ladrones y asaltantes, así
como asalariados que no se preocupan en nada por las ovejas (vv. 1, 8, 12). Jesús, por el
contrario, es la puerta que proporciona un camino para que las ovejas vengan a Dios y
encuentren cuidado y seguridad (v. 7).
Esta es técnicamente una ilustración o metáfora extendida más que una parábola,
porque no hay argumento sino más bien el desarrollo de una metáfora particular que rodea
la imagen de un pastor. Sin embargo, una historia o trama está implícitamente detrás de
ella, por lo que puede también ser llamada una parábola. La ilustración en sí misma se
encuentra en los versículos 1–5, y contiene dos imágenes, la puerta (vv. 1–3a) y el pastor
(vv. 3b–5). Jesús entonces lo expresa a través de dos explicaciones, la puerta en los
versículos 6–10 y el pastor en los versículos 11–18. Esto añadido a la imagen de Jesús como
el agua (7:38) y la luz (8:12). Ahora también él es el pastor mesiánico.
Jesús narra la ilustración de la puerta y el pastor (10:1–5)
La puerta de las ovejas (10:1–3a)
Jesús comienza con otra declaración doble amēn, la cual en Juan a menudo señala una
declaración importante (“Les digo la verdad absoluta”; véanse los comentarios en 1:51). La
descripción se basa en un redil del primer siglo, un recinto a menudo construido al pie de
una colina con paredes en tres lados y una pequeña entrada con una puerta para que el
pastor pueda entrar y salir. Algunos intérpretes consideran este como un pequeño redil
familiar, pero yo prefiero verlo como un gran redil de ovejas, posiblemente albergando
varios rebaños con un pastor menor o “portero” (v. 3). El cual estaría a la puerta para
proteger a las ovejas y asegurarse de que ninguna escapara. Los aldeanos habrían agregado
algunas ovejas cada uno, enviándolas al campo a pastar bajo el cuidado de un solo pastor.
La descripción gráfica comienza con los peligros que a menudo se encontraban durante
el cuidado de las ovejas en el primer siglo. Ladrones y asaltantes podían trepar fácilmente
las paredes, las cuales generalmente tenían de altura hasta la cintura dado que no se
necesitabas más para mantener a las ovejas dentro de un recinto cerrado. Los ladrones
robaban las ovejas o incluso las matarían y destazarían ahí mismo. El trabajo del portero
también consistiría en proteger a las ovejas y evitar que entraran ladrones o depredadores.
El pastor entraba por la puerta y era reconocido tanto por el portero como por las ovejas
(vv. 2–3a).
El pastor de las ovejas (10:3b–5)
Se puede distinguir al buen pastor del falso porque él quien entra correctamente a través
de la puerta y conoce a todas y cada una de las ovejas. Mantiene una relación profunda con
sus ovejas. Él las llama por su nombre y ellas responden siguiéndolo fuera del redil y
viniendo a él en el campo. Conocen tanto su voz como el nombre que les ha dado. En el
tiempo de Jesús (y hoy), un pastor asignaría a cada oveja un nombre o llamado (por ejemplo,
un conjunto determinado de notas en una flauta), y esto le ayudaría a llamar a alguna que
había comenzado a alejarse. Con estas llamadas distintivas el pastor podía mantener la
manada junta y siguiéndolo (v. 4). Es importante notar el énfasis en “su propia oveja [idia]”
en el versículo 3, que aborda de alguna manera parte de la teología pre beneficiaria de
6:37–44. Pertenecen al Pastor, y existe una relación especial (a desarrollar más adelante en
10:14). Un extraño obviamente no podría hacer esto, y las ovejas huirían (v. 5).
Hay una gran cantidad de antecedentes del Antiguo Testamento detrás de esta imagen.
A menudo se representa a Dios como el pastor de Israel (Gn 48:15; Sal 28:9; 80:1; Is 40:11;
Mi 5:4), guiando a su gente en seguridad y cuidándolos (Sal 23; Ez 34:11–16). Los líderes
que fracasan son llamados falsos pastores que toman la leche y la lana para sí mismos y
matan al rebaño (Ez 34:3; Is 56:11; Jer 23:1–4). También debemos considerar Números
27:16–17, donde Moisés le pidió a Dios que designara un nuevo líder para que Israel no
fuera “como oveja sin pastor”. Esa persona fue Joshua, la forma hebrea del nombre Jesús.
En los días de Jesús, los “desconocidos” son las autoridades judías que se opusieron a la
obra de Dios, se volvieron contra su Hijo e intentaron robar su rebaño En la época de Pablo
y en nuestros días, estos son falsos maestros que corrompen las verdades de Dios e
imponen sus propias versiones en la iglesia (1 Ti 1:4). En la actualidad debemos ser más
cautelosos centrándonos en la palabra de Dios como la base de toda verdad y escudriñando
profundamente estas “nuevas” enseñanzas para hallar las falsedades.
Jesús explica la puerta y el pastor (10:6–18)
Explicación de la puerta (10:6–10)
En el versículo 6, aprendemos que los fariseos no podían entender, tal como antes (véase
8:19, 22, 27, 33, 41, 52, 57; 9:40–41). Jesús explica su ilustración cuidadosamente, primero
la puerta (vv. 7–10) y luego el pastor (vv. 11–18). Esto no solo se basa en la ilustración de
los versículos 1–5 sino que agrega contenido y desarrolla aún más la imagen. Con un
segundo “ciertamente” (después del v. 1), comienza con su tercera declaración “Yo soy”
(después de 6:35; 8:12), indicando que Jesús es la puerta, el único camino hacia la
comunidad con Dios. En 10:2 él era el pastor que entró por la puerta; ahora él es la puerta
misma. En la noche, en el campo donde pastaban las ovejas, los pastores construían corrales
improvisados, usando rocas con espinas encima para mantener a las ovejas adentro y a los
animales salvajes fuera. El pastor dormía en la entrada, convirtiéndose en efecto en la
“puerta de las ovejas”.
Jesús es distinto de los “ladrones y asaltantes” que vinieron antes que él (v. 8). No se
refiere a los profetas del Antiguo Testamento sino a los funcionarios judíos de su época que
están relacionados con los falsos pastores de Ezequiel 34. En pasajes como Marcos 12:38–
40 y Mateo 23:1–36, los ridiculiza por su orgullo y por robar la propiedad de las viudas (es
decir, sus escasos ahorros de vida) abusando de su confianza. De hecho, los principales
sacerdotes se volvieron bastante ricos a través del control de los procedimientos del
templo. Jesús probablemente también estaba pensando en los pretendientes mesiánicos
de su propio tiempo, quienes lideraron insurrecciones y trajeron un gran daño a la nación.
Jesús es la “puerta” verdadera o la puerta de la salvación, la única forma en que las
personas puede entrar al reino y “ser salvas” (v. 9). Uno piensa en la puerta al cielo (Gn
28:17; Sal 78:23) que el pueblo de Dios cruza al morir o la puerta al reino de Dios (Mt 13:13–
14) por la que se entra durante la conversión. Jesús los visualiza caminando libremente y
encontrando pastura, con Jesús guiando como el pastor a sus ovejas a exuberantes
pastizales (Sal 23; Ap 7:17).
Una vez más, él es completamente diferente a los líderes, quienes son ladrones que
vienen “solo para robar, matar y destruir” (v. 10), una alusión a Ezequiel 34:2–3, pensando
en ellos como aquellos que “se beben la leche, se visten con la lana, y matan las ovejas más
gordas”. Jesús, por otro lado, ha “venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
Con él las ovejas tienen abundancia de divinas bendiciones en cada área. Esto abarca no
solo la vida eterna con Dios en el cielo sino también las necesidades terrenales diarias del
rebaño de Dios. Cristo ha formado un nuevo rebaño, una nueva comunidad mesiánica que
es la beneficiaria del Espíritu y de todas las necesidades humanas satisfechas por Dios. La
imagen proviene del Salmo 23 y la idea de la rica tierra de pastos dada al pueblo de Dios
por su divino Pastor.
Explicación del buen pastor (10:11–18)
El pastor está dispuesto a morir por las ovejas (10:11–13)
La cuarta declaración “Yo soy” señala a Jesús como “el Buen Pastor”, el noble e ideal pastor.
Las imágenes bellamente concebidas nos recuerdan el Salmo 23, el tipo de Dios que “en
verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas
fuerzas”. Los falsos pastores quitan la vida a las ovejas; Jesús, el buen Pastor “da su vida por
las ovejas”. En este pasaje, Jesús demuestra su conciencia de que moriría como sacrificio
expiatorio por la humanidad (véase Jn 1:29; 6:51; 10:15; 11:50–52; 18:14).
Lo cual está relacionado con la profecía de Isaías 53:10, que la vida del Siervo sufriente
sería “una ofrenda por el pecado”. Jesús puso su vida “por” o “en nombre de” (del griego:
hyper) las ovejas, una proposición que en Juan siempre connota sacrificio vicario (6:51;
11:50–52; 18:14). Los pastores a menudo se enfrentaban a depredadores peligrosos (como
David señala en 1 Sa 17:34–37), pero pocos estaban dispuestos a perder su vida en el
proceso Solo Jesús deliberadamente entregó su vida como parte del propósito divino para
las ovejas.
En el versículo 12, Jesús presenta al asalariado, y nuevamente tiene a los líderes de Israel
en mente. No tienen interés en las ovejas, ni el amor o cuidado del dueño. No les importan
las ovejas así que huyen al ver un lobo (vv. 12–13). La Mishná obligaba al pastor a luchar si
un solo lobo venía, pero no si venían dos. El asalariado está completamente despreocupado
y por eso abandona al rebaño a la primera señal de peligro, haciéndose eco de Ezequiel
[Link] “ustedes abandonaron a mi rebaño y lo expusieron al ataque de toda clase de
animales salvajes” (NTV) En Hechos 20:28–29, Pablo advierte a los ancianos de Éfeso acerca
de los maestros que “entrarán en medio de ustedes [como] lobos feroces que procurarán
acabar con el rebaño”. Es esencial elegir líderes de la iglesia no con base en su carisma o
habilidad para contar historias, sino en su caminar con Dios y en su centralidad de la verdad
bíblica en su ministerio.
El pastor que conoce a sus ovejas (10:14–18)
El sacrificio vicario del pastor por las ovejas se basa en la omnisciencia y omnipresencia de
Cristo, y en su profunda relación con sus ovejas El núcleo de esta sección es la muerte
expiatoria del Pastor, subrayado en los versículos 15, 17 y 18. La muerte produce vida, y la
vida se desarrolla en la unidad. La morada mutua de 6:56 (“permanece en mí y yo en ellos”)
se convierte en conocimiento mutuo en 10:14, “Conozco a mis ovejas y mis ovejas me
conocen a mí”. Lo cual está basado en los versículos 3–4, donde el Pastor “llama por nombre
a las ovejas y las saca del redil”. Este conocimiento mutuo es la base de nuestro caminar
con Cristo y define la vida cristiana, preparando para el desarrollo del tema de la morada
mutua en 15:4, 5, 7, que se convertirá en la base de la vida cristiana fructífera.
Esta nueva relación entre Pastor y oveja está en sí misma basada en el conocimiento
mutuo entre Jesús y el Padre. El núcleo de esto se presenta en 1:18, “el Hijo unigénito, que
es Dios[a] y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer”. La intimidad
entre Jesús y su Padre se traduce en una intimidad similar con el rebaño. Como Dios conocía
a su pueblo en ambos testamentos (Sal 7:9; 119:23; Jer 1:5; 1 Co 8:3; Gá 4:9), entonces su
Hijo conoce a sus seguidores. Lo que hace todo esto posible es que él “da su vida por las
ovejas”. La intimidad brota del sacrificio, porque también el amor detrás del sacrificio
infunde el relacionamiento.
Jesús ha estado hablando de esta relación con el pueblo judío, y en el versículo 16 se
dirige a “otras ovejas que no son de este redil”. El corral de ovejas sería judaísmo, mientras
que las “otras ovejas” son los gentiles La misión a los gentiles será inaugurada durante las
apariciones de resurrección con la Gran Comisión (Mt 28:18–20), y comenzaría con la venida
del Espíritu Santo en el Pentecostés (Hechos 2). Entonces esto constituye un anuncio
profético como las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Los gentiles también son
conocidos por Jesús (10:14), y él los “traerá también” a su redil cuando “escuchen mi voz”
llamándolos al evangelio. La misión a los gentiles se ve aquí como una necesidad divina y
parte de la misión de Jesús.
La llegada de los gentiles al pueblo de Dios fue anunciada en el pacto abrahámico, donde
Dios le dijo a Abraham que uno de los principales objetivos de su elección de Israel era que
“¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!” (Gn 12:3; también 18:18;
22:18; 26:4; 28:14), y reiterado en Isaías 49:6 (“como luz para las naciones” también 42:6).
Siempre fue el plan de Dios traer a los gentiles a su máxima amplitud, y, de hecho, eligió a
Israel para llevar a cabo la procesión de las naciones a Sion (Is 2:2–4; 11:10, 12; 14:1; 56:6–
7; 60:3). En Juan, Jesús es el “Salvador del mundo” (4:42) y la “luz del mundo” (8:12).
Mientras el mundo odia a Dios y rechaza a Jesús, Dios ama al mundo (3:16), y la misión de
Jesús y los discípulos es para el mundo (17:18; 20:21).
El resultado de esta actividad redentora es que “habrá un solo rebaño y un solo pastor”,
uniendo a su pueblo, el remanente de Israel con las “otras ovejas”, los gentiles, en un nuevo
Israel (10:16). Jesús es el “único pastor”, separado de los otros pastores que han
demostrado ser ladrones y asaltantes. En 1 Pedro 5:1–4 los que son elegidos por Dios para
dirigir la iglesia son los pastores que ayudan al Pastor Principal, Cristo. La unidad tendrá
lugar dentro del rebaño, pero también entre el único rebaño y Jesús el único pastor. Jesús
presentará bellamente este tema de la unidad en la iglesia en Juan 17:20–23 (“para que
sean uno como nosotros somos uno”).
Tal unidad debe ser duramente defendida, porque la naturaleza humana tiende hacia la
división, y ese ha sido el caso de la iglesia en todos sus dos mil años de existencia. Debemos
aprender a “estar de acuerdo con estar en desacuerdo” sobre los muchos temas doctrinales
menores (Calvinismo versus Arminianismo, el debate sobre los dones carismáticos), los
estilos de adoración (iglesia alta versus baja), o las diferencias culturales. El Espíritu
trabajando entre nosotros debe forjar la unidad en nuestras diferencias, y esto ocurre
cuando el amor y la unidad de la Divinidad trabajan en medio de tales divisiones.
La base de todo, desde la creación hasta la redención, es el amor del Padre (10:17). La
salvación es posible porque “tanto amó Dios al mundo” (3:16), pero esa salvación está
afianzada en el amor del Padre por el Hijo, y la misión de Jesús fue la consecuencia de ese
amor dentro de la Deidad. Aquí el amor del Padre se entrelaza con la sumisión de su Hijo a
su voluntad, la unión perfecta de Cristo con el plan divino, la salvación que fluye de su
sacrificio vicario por la humanidad pecadora.
La maravillosa verdad, sin embargo, es que su muerte no fue un final en sí mismo. El
propósito de su muerte es “porque” (hina) puede “volver a recibirla”. Los dos forman un
solo acto en la historia de la salvación: la muerte produce vida. Su muerte constituyó el ser
“levantado” en gloria (3:14; 8:28; 12:32) y se define en este evangelio como su hora
destinada (su “hora”, 2:4; 7:30; 8:20) por Dios. Además, en 1 Corintios 15:20, 23, Pablo nos
dice que la muerte y resurrección de Jesús estaban divinamente destinados para ser la
garantía: de las “primicias” (véase también Ro 6:4–5), de nuestra propia muerte al pecado
y resurrección a la vida. Este es un evento trinitario, porque es el Espíritu quien mora dentro
nosotros y nos permite experimentar esta gloriosa vida nueva en él.
Ciertamente, los judíos condenaron a Jesús a la muerte en la cruz, y los romanos
cumplieron la sentencia, pero la realidad es que “Nadie me la arrebata [a Jesús]”, sino que,
en lugar de eso, “yo la entrego por mi propia voluntad” (10:18). Voluntariamente se entregó
en la cruz como el sustituto por nuestros pecados, y todo lo que ocurrió tomó su lugar sobre
la base de su “autoridad” divina. Ni Satanás ni los líderes judíos ni los romanos estaban a
cargo. Jesús estaba a cargo y eran su autoridad combinada con su obediencia las que
producían este acto salvífico. Cristo controló completamente estos momentos finales y al
mismo tiempo obedeció perfectamente el “mandato” de su Padre, por lo que era la
autoridad de Jesús y la orden de Dios lo que realmente lo condujo a la cruz.
Los judíos reaccionan (10:19–21)
La división, como siempre, marca el día. La reacción a la ilustración (vv. 1–5) es
malentendida (v. 6), y la reacción a la explicación (vv. 7–18) es una fuerte diferencia de
opinión (como anteriormente en 6:52; 7:25–27, 40–43) y las acusaciones de que está “está
endemoniado y loco de remate” (v. 20). Como dije antes (véanse los comentarios en 7:20;
8:48, 52; véase también Mr 3:20–30), estos dos eran un solo cargo, no dos, porque la locura
se consideraba comúnmente como posesión demoníaca. En el famoso “Trilema” de C.
Lewis, Jesús es los tres calificativos: un mentiroso, un lunático o un Señor. Muchos, como
en nuestros días, estaban de acuerdo en que la locura estaba detrás de las afirmaciones de
Jesús sobre sí mismo.
Sin embargo, por otro lado, como en 9:16, 32, uno también debe tener en cuenta el
hecho innegable de que Jesús abrió los ojos de los ciegos (v. 21). La pregunta es válida:
¿podría (o haría) un demonio hacer tal cosa? Las obras que Jesús realizó tuvieron que ser
tomadas en cuenta cuando juzgaban sus palabras. Así, muchos en la multitud todavía
estaban inclinados a verlo positivamente. El resultado es obvio: una división desesperada.
Jesús utiliza la imagen de un pastor y sus ovejas (10:1–5) para demostrar las diferencias
entre él y los líderes judíos. Este pastor reúne y cuida a todas las ovejas del pueblo, y él es
diferente de los ladrones que se escabullen, roban, y matan a los miembros del rebaño. Él
conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, y construye un redil en el que se convierte en
la puerta al dormir en la entrada. Jesús es la puerta del rebaño de Dios, proporcionando
entrada al reino, así como el pastor del rebaño que vigila y los protege del peligro.
En la explicación (vv. 7–18), vemos cómo Jesús y los líderes desempeñan papeles
opuestos en esta narrativa. Como la puerta (vv. 6–10), Jesús es la única entrada al reino de
Dios y a la vida eterna. Los líderes proporcionan entrada solo a la destrucción, mientras que
Jesús guía a su rebaño a las ricas bendiciones de Dios. Los falsos pastores son los líderes en
los días de Jesús y los falsos maestros en los días de Pablo y los nuestros. Los líderes
eclesiásticos tienen la tarea de evitar que estos charlatanes se aprovechen del rebaño de
Cristo llevándolos por el mal camino.
Como el Buen Pastor (vv. 11–18), Jesús invierte el patrón. Los líderes como los ladrones
matan a las ovejas, pero Jesús como el pastor mesiánico muere por las ovejas. Los ladrones
toman sus vidas; el pastor salva sus vidas y les da vida. Además, el pastor conoce a sus ovejas
íntimamente y los llama a sí mismo. Vivimos en un mundo dividido con tensión racial hacia
donde sea que miremos. Jesús hace posible que este mundo dividido encuentre unidad,
mientras que el amor modera las divisiones y nos permite, a través del amor de Dios, cerrar
las brechas y verdaderamente convertirnos en “una sola oveja” unida bajo el único Pastor.
La misión de Jesús al mundo se convierte en nuestra misión.
LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN
(10:22–42)
La fiesta de la dedicación, conocida por nosotros como Hanukkah, es la cuarta y última
fiesta que Jesús enfrenta y cumple (cap. 5: día de reposo; cap. 6: la Pascua; caps. 7–9: los
Tabernáculos). La identidad de Jesús es el enfoque central, especialmente la cuestión de si
él realmente es el Mesías (v. 24) e Hijo de Dios (v. 36). Esta fue la única fiesta en el calendario
judío que tuvo su origen fuera del Antiguo Testamento. Se originó de los eventos del 167–
164 A.C., cuando el rey Seléucida Antíoco IV (Epífanes), que reinaba sobre Palestina en ese
momento, prohibió la religión judía e intentó imponer la religión griega al pueblo. Envió
soldados de pueblo en pueblo para que sacrificaran cerdos en honor a Zeus en altares
paganos (1 Macabeos 1:41–50).
En el pueblo de Módena, un anciano sacerdote, Matatías, y sus cuatro hijos se
rebelaron. Más y más personas se les unieron, formando una rebelión, participando
posteriormente en un conflicto entre guerrillas contra los ejércitos seléucidas (1 Macabeos
2:15–70). Después de una serie de batallas lideradas por su hijo mayor, Judas (apodado
Macabeo, “el Martillo”), liberaron Jerusalén el 25 de Kislev (= diciembre), 164 A.C., y
dedicaron el templo nuevamente (1 Macabeos 4:36–61). La celebración de ocho días
resultante fue llamada “la fiesta de las luces” debido a la iluminación de lámparas en los
hogares y la procesión al templo. El nombre común es Hanukkah, la Fiesta de la Dedicación.
Juan establece la escena durante la fiesta (10:22–23)
Dos elementos en este pasaje son dignos de comentar. Juan nos dice que Jesús está en la
fiesta en “invierno”, un comentario un tanto innecesario, como todos sabrían, tuvo lugar en
diciembre. Varios piensan que “invierno” tiene connotaciones simbólicas similares a la
“Noche” en 3:22; 9:4. Sin embargo, este es el único lugar donde se menciona el invierno,
así que es poco probable. Es más probable que Juan esté diciendo por qué Jesús estaba en
el pórtico del templo en lugar la entrada. Era sabido que los rabinos buscaban refugio allí
de los vientos fríos del invierno, y se hizo conocido como un espacio de enseñanza. El
pórtico de Salomón estaba en el lado este del templo y fue construido sobre piedras que
preexistieron al proyecto de construcción del templo de Herodes. Se creía que la piedra
volvía al templo de Salomón, aunque ese no era el caso. El pórtico estaba rodeado de
magníficas columnas y cerrado al exterior, convirtiéndolo en un excelente refugio y un lugar
natural para la enseñanza.
Primer intercambio: Jesús es el Mesías (10:24–30)
Los judíos rodean a Jesús y lo desafían, “¿Hasta cuándo vas a tenernos en suspenso?” Si tú
eres el Cristo, dínoslo con franqueza”. Hasta este punto, Jesús no se ha identificado
explícitamente en Jerusalén como el Mesías. Con quien estuvo más cerca fue con la mujer
samaritana; eso fue en Galilea, donde fue sincero sobre el tema. En este punto las
multitudes no son contrarias y simplemente quieren que él aclare los debates de los
capítulos 5–9 de una vez por todas. Es difícil para nosotros darnos cuenta de lo
políticamente volátil que es el tema sobre la expectativa mesiánica es en este momento. La
cual Incluía una fuerte esperanza nacionalista y tenía connotaciones militares (véanse los
comentarios en 6:15).
La respuesta de Jesús es inequívoca: “Ya se lo he dicho a ustedes, y no lo creen” (v. 25).
Esto no significa que él ya se los haya dicho “claramente” sino que sus pistas implícitas son
suficientes. Ha dejado claro que él es el representante o enviado divino, la voz de Dios que
lo hace conocido por todos. Eso debería haber sido suficiente. El problema no fue su
escucha sino sus incrédulos corazones. Cada vez que le hablaba a una multitud, ellos
concordaban con incredulidad (5:45–47; 6:36, 64; 7:48; 8:24, 45–46). En 5:36 las “obras”
que realizó fueron un “testimonio” oficial de su identidad como Mesías, y aun así lo
rechazaron. Las obras de Jesús fueron en realidad las obras de su Padre (5:17, 19–20) y
fueron prueba absoluta de quien era.
Jesús ahora les dice por qué han sido tan obstinados: “ustedes no creen porque no son
de mi rebaño” (10:26). Jesús está describiendo con sus palabras en 6:35–44: que el Dios
soberano no los ha atraído hacia Jesús, y por eso no son sus ovejas. Lo cual implica tres
etapas por las cuales las personas se convierten en ovejas de Jesús (10:27): ellos “escuchan”
u oyen su llamado; Jesús los “conoce”; y ellos lo “siguen” en respuesta (véase también vv.
3–4, 8, 14–16). El pueblo judío no tuvo ojos de fe y, por lo tanto, no comprendió las
implicaciones tanto de sus obras como de sus palabras.
Los siguientes versículos (vv. 28–29) forman una de las más bellas presentaciones de la
seguridad del creyente en las Escrituras. Tenga en cuenta el lenguaje, que enseña una
seguridad a manos llenas: el creyente está rodeado y protegido por las manos de Jesús, que
a su vez están rodeadas y protegidas por las manos del Padre, ¡un doble sello de seguridad!
Ningún presidente ha tenido una mejor protección. Esta es la culminación de la vida
abundante y plena que el Pastor da la oveja (v. 10). En este evangelio, la vida eterna es una
posesión presente (3:15–16, 36; 5:24; 6:40, 47, 51, 54, 58; 20:31) y una promesa futura
(5:28–29; 14:2–3). Las ovejas “nunca perecerán”. Ciertamente la muerte sigue siendo “el
último enemigo a ser destruido” (1 Co 15:26), pero al mismo tiempo es también un paso
hacia la verdadera vida, nuestro destino celestial.
Esta seguridad no se basa de ninguna manera en nuestro propio esfuerzo, sino más bien
se centra en el poder de Cristo (6:37–40; 1 Pe 1:5) y la presencia poderosa del Espíritu (Jn
16:13–15). El resultado entonces es que “nadie me las arrebatará de la mano”, ni el ladrón
ni el lobo (10:1, 8, 10, 12). La imagen de la oveja siendo arrebatada es violenta,
representando a un enemigo arrancándonos lejos de Cristo (v. 12; compárese con Hechos
20:29; 1 Pe 5:8). De manera similar, en Romanos 8:31–39, Pablo enseña que nada nos
separará jamás del amor de Cristo (v. 35) y de Dios (v. 39). El amor de Dios, su presencia y
poder en nosotros mantienen al creyente completamente seguro.
Jesús lo dejó en claro en 5:19–30 que todo lo que hizo fue basado en su Padre y fluyó a
partir de él (véase también 7:16, 28; 8:16, 29, 42). La fuerza subyacente de Dios garantiza
la seguridad del discípulo de Cristo, porque él es “mayor que todos” y más poderoso que
cualquier otra entidad. Ni las potestades satánicas ni los gobernantes humanos tienen
fuerza suficiente para desviar al pueblo de Dios. Nuevamente, Pablo desarrolla esto muy
bien en Romanos 8:31–39. Nadie, ni los líderes depredadores de los días de Jesús o los falsos
maestros de los días de Pablo, tenían el poder de “arrebatarlos de la mano de mi Padre”. El
pueblo de Dios está a salvo en él.
La conclusión de todo esto es una de las más grandes declaraciones en las Escrituras
sobre la deidad de Cristo: “el Padre y yo somos uno”. Es claramente un alto punto
cristológico, reafirmando las otras claras declaraciones de 1:1 (“el Verbo era Dios”) y 18 (“el
Hijo unigénito, que es Dios”). Sin embargo, también hay debate, dado que la palabra
“unigénito” es neutral (hen) en lugar de masculina, y la mayoría lo ve como una enseñanza,
una unidad funcional de propósito en lugar de una unión ontológica de persona. Entonces
podría traducirse: “Yo y el Padre tenemos un único propósito”.
Sin embargo, contiene claramente ambos aspectos, como se ve en la definición de la
Trinidad: una esencia y tres personas. Esto es una confirmación de 5:17–30, de la unidad
del Padre y el Hijo al realizar la obra de Dios. Por lo tanto, la unidad señala la solidaridad en
el propósito y la obra dentro de la intimidad de la Deidad. Los judíos no habrían “tomado
piedras para arrojárselas” por blasfemia (10:31) si él estuviera diciendo simplemente que
tenía el mismo propósito que Dios. Ellos lo entendieron como en 5:18, donde se dieron
cuenta de que estaba “haciéndose igual a Dios”. Así este pasaje proclama tanto la unidad
de la obra y su propósito como la unidad de la persona. Jesús y su Padre trabajan como uno
porque son uno.
Segundo intercambio: Jesús es el Hijo de Dios (10:31–38)
Las acusaciones judías (10:31–33)
La narración sobre el intento de apedrear a Jesús cierra la sección anterior y abre esta. La
ley exigía que la blasfemia debía ser castigada con apedreamiento (Lv 24:16). Lo cual estaba
técnicamente prohibido debido a los romanos se reservaron el derecho a la pena capital
para ellos mismos. Aun así, a veces tuvo lugar (Hch 7:54–8:1, el apedreamiento de Esteban).
El énfasis aquí está en el autocontrol de Jesús. Está en peligro mortal, pero se niega a
retroceder y, de hecho, sigue su discusión como si nada hubiera pasado. Él simplemente
señala las “muchas obras irreprochables” que les ha mostrado y pregunta: “¿Por cuál de
ellas me quieren apedrear?” El punto es que estas “buenas obras” “Del Padre” se han
realizado bajo la dirección de su Padre y por lo tanto demuestran que lo que dijo en el
versículo 30 era correcto.
La pregunta implícita que Jesús les plantea es la misma que nosotros hemos estado
viendo en capítulos recientes, ¿Podría haber hecho estas obras maravillosas si fuera un falso
profeta, engañador o si estuviera bajo control satánico? Los opositores judíos no entienden
la relación entre lo que hace Jesús y quién es él. Se centran solo en su reclamo y le dicen
que el apedreamiento no es debido a “ninguna buena obra … sino por blasfemia, porque
tú, siendo hombre, te haces pasar por Dios” (v. 33). Para ellos, sus obras son irrelevantes en
comparación con su declaración, la cual se constituye como blasfemia y exige
apedreamiento. Es una afrenta a su monoteísmo e irrumpe en la misma esencia de sus
creencias.
La respuesta de Jesús (10:34–38)
Jesús comienza con una pregunta legal: “¿No está escrito en tu ley, Yo he dicho que ustedes
son dioses?”. “Su ley” aquí no constituye la separación de Jesús de la ley mosaica, sino que
más bien les recuerda que está apelando a las mismas Escrituras que ellos mismos
confiesan.
Por “ley”, Jesús no solo se refiere a la Torá o al Pentateuco sino a todo el canon del
Antiguo Testamento (a menudo llamado “la ley” por los judíos): la cita viene del Salmo 82:6,
“les he dicho, ‘ustedes son dioses’ ”. El texto completo es: “ ‘Ustedes son “dioses”; todos
ustedes son hijos del Altísimo’. Pero morirán como cualquier mortal; caerán como cualquier
otro gobernante”. El contexto es la opresión de los pobres por parte de Israel y el juicio que
recibirían por su injusticia. Habían recibido el mensaje de Dios en el Sinaí y habían sido
llamados el “Hijo primogénito” de Dios (Éx 4:22), pero habían caído en adoración al ternero
de oro y además eran culpables de injusticia hacia los pobres.
Jesús argumenta de menor a mayor en el versículo 36. Si estas personas con defectos
podían llamarse “dioses”, ¿Cómo podría alguien objetar a Jesús el ser llamado “Hijo de
Dios”? Recibieron “la palabra de Dios”, la ley; en el Sinaí, y Jesús agrega: “la Escritura no
puede ser dejada de lado”, lo que significa que aquellos en el Sinaí eran verdaderamente
“dioses” porque se convirtieron en los hijos y la familia de Dios. Lo cual está establecido en
las Escrituras y no puede ser ignorado.
Si esto es cierto, y lo es porque las Escrituras lo dicen, entonces cuanto más Jesús es
digno, quien se caracteriza por tener dos ventajas que solo él disfruta: (1) Él es a quien el
Padre ha “apartado para sí”, su Hijo unigénito; y (2) él es el consagrado para ser “enviado
al mundo” para lograr la misión divina que solo él podía cumplir. Uniendo estos dos, Jesús
fue apartado para la santa misión de su Padre. Por supuesto, Israel fue también consagrado
y enviado, pero no con la autoridad y el poder de Jesús. Además, Israel erró en su misión.
Por lo tanto, Jesús cumple y lleva a cabo la misión que Israel no pudo realizar, y, por
consiguiente, tiene perfectamente el derecho de llamarse a sí mismo “Hijo de Dios”. No
tienen el derecho a llamar a eso blasfemia.
Habiendo demostrado su derecho a llamarse a sí mismo “Hijo de Dios”, en los versículos
37–38 expone las razones por las cuales deberían creer en él. Este es el mismo énfasis que
Jesús hizo en 5:36; 10:25 ―si no habrían de creer por sus palabras, deberían creer por su
obra, que demuestra que él está llevando a cabo la obra de su Padre. Todo lo que hace, sus
palabras y sus acciones, surgen del Padre y muestran su inextricable conexión con él. Él es
verdaderamente el Hijo del Padre, porque hace las obras de su Padre. El pueblo judío
respondió a ambas afirmaciones anteriores con incredulidad e intentos de apedrearlo (5:18;
10:31), pero les está dando otra oportunidad. En 2:23–25 la fe basada en señales es parcial
e inadecuada, pero 5:36 y 8:14 muestran que las obras como señales proporcionan testigos
legalmente válidos porque provienen de Dios y deben conducir a la decisión de fe. Prueban
su unidad con el Padre y muestra que los dos actúan en concierto.
El propósito de Jesús aquí es que los judíos puedan “saber y entender”. Él quiere que se
den cuenta de la verdad que une sus obras con sus afirmaciones, demostrando que él es
realmente el Hijo de Dios. Específicamente, deben llegar a conocer la unión mutua entre
Padre e Hijo: “el Padre está en mí, y que yo estoy en el Padre”. Esta fórmula aparecerá
nuevamente en 14:10–11 y 17:21, donde será la base para la unidad entre los creyentes y
Jesús / el Espíritu (véase 6:56; 14:20; 15:5, 7; véase también 1 Jn 2:24; 3:24; 4:15) así como
la unidad interna de la iglesia (Jn 17:20–23).
La fiesta de la dedicación celebró la liberación y la consagración del templo y, por lo
tanto, incluía un componente mesiánico cuando el pueblo judío esperaba su liberación final
bajo el Mesías. Jesús se presenta como el cumplimiento que trae liberación espiritual al
primer pueblo de Dios que se encuentra ahora en el exilio.
Eventos finales: rechazo y partida (10:39–42)
Una vez más los funcionarios intentan arrestar a Jesús, sin duda para inculparlo de un delito
capital, la blasfemia (véase 5:18; 7:30, 32; 8:37, 40, 59; 10:31). Pero se escapa, como se ha
dicho, su hora designada no ha llegado (7:30; 8:20). Esta vez él “vuelve al otro lado del
Jordán” (hacia el lado este) a Betania, donde el Bautista ministró (1:28, no la Betania cerca
de Jerusalén, donde era el hogar de Lázaro). Eso ocurrió en los últimos días del ministerio
del Bautista, y ahora esto ocurre en los últimos días del ministerio terrenal de Jesús.
Finalmente, sin embargo, el testimonio del Bautista (1:19–34; 3:27–30; 5:33–35) da
fruto. En los versículos 41–42, el evangelista destaca el ministerio de Jesús como un
cumplimiento del ministerio de su precursor. La “mucha gente [que] acudía a él” mostraba
que a pesar de que el Bautista ya había sido ejecutado, su popularidad continuó y su
testimonio acerca de Jesús continuó siendo efectivo. Juan era el profeta como Elías, pero
no fueron sus milagros lo que emuló, sino más bien su testimonio profético. Juan dijo “A él
le toca crecer, y a mí menguar” (3:30). El bautista fue el testigo fiel (5:36), y ahora la gente
dice: “todo lo que dijo acerca de este hombre era verdad”, y como resultado “muchos
creyeron en Jesús”. Juan había cumplido verdaderamente el propósito de su ministerio; él
había preparado todo para Jesús y le había traído a muchos.
Este pasaje final que muestra cómo Jesús cumple las fiestas y responde los cargos de
aquellos se oponen a él son la conclusión perfecta, porque Hanukkah celebrara la nueva
dedicación del templo y anticipaba la liberación de la nación por mano del Mesías, lo cual
es cumplido en la persona del Mesías e Hijo de Dios, Jesús. La primera parte de esta sección
(vv. 22–30) se centra en el rechazo por parte de los judíos no creyentes hacia estas verdades
y describe la maravillosa doble seguridad de los creyentes en las manos de Dios superpuesta
en las manos de Cristo, una de las declaraciones más hermosas en toda la palabra de Dios
sobre seguridad.
La segunda mitad (vv. 31–38) prueba que Jesús tiene perfectamente el derecho a
llamarse a sí mismo Hijo de Dios. Las personas judías fueron llamadas “dioses” (Sal 82:6)
porque eran parte de la familia de Dios a pesar de su fracaso en cumplir la misión de Dios
para ellos. Sin embargo, Jesús, quien fue apartado para una misión que cumplió, es
venerado por nosotros como el Hijo de Dios. Si Judas el Macabeo (“Martillo”) en 164 A.C.
fue exaltado por la nación como su libertador, ¿Cuánto más Jesús, el guerrero divino, debe
ser exaltado como nuestro eterno libertador? Navidad es nuestra “fiesta de las luces” un
sucesor válido del Hanukkah, y experimentamos un gozo aún mayor en Navidad que el
pueblo judío en su Fiesta de la Dedicación en el día de Jesús, porque nuestra liberación es
segura y eterna.
LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO
(11:1–57)
Muchos dudan de la historicidad de este evento, porque no solo es el más espectacular
de todos, sino que además solo está registrado en Juan. Algunos piensan que se desarrolló
a partir de la parábola del hombre rico y Lázaro en Lucas 16, pero estos dos son muy
diferentes en la temática y los detalles, lo que lo hace altamente improbable. El increíble
detalle y la representación realista nos dan razones sólidas para aceptar esta historia. Las
resurrecciones de Jesús a los muertos ocurrieron más de una vez: la hija de Jairo en Marcos
5:22–43 y el hijo de la viuda de Naín en Lucas 7:11–17 junto con otras dos referencias
generales en Mateo 11:5 y Lucas 7:22. Además, la historia se ajusta sorprendentemente
bien a su contexto del primer siglo y resume el énfasis en Juan de Jesús como el dador de la
vida. Por lo tanto, su función como el evento final del ministerio público de Jesús y como
una transición a los eventos de la semana de la pasión, lo convierten en un instrumento
natural para este fin. La muerte y resurrección de Lázaro ofrece la introducción perfecta a
la muerte y resurrección de Jesús.
Lázaro muere (11:1–16)
El escenario: las noticias sobre la enfermedad (11:1–6)
El retiro de Jesús en Betania fue de corta duración debido a la grave enfermedad de su buen
amigo Lázaro. Él no es mencionado en otra parte, aunque sus hermanas María y Marta
aparecen en Lucas 10:38–42. Marta, la anfitriona de Lucas 10, era probablemente la
hermana mayor. Por lo que sabemos, nunca se convirtieron en líderes de la iglesia, sino que
fueron seguidores ordinarios en cuya casa Jesús se quedó cuando estaba en Jerusalén.
Probablemente eran una familia rica, ya que Lázaro fue colocado en la tumba de una
persona rica y María vertió perfume caro a los pies de Jesús Su pueblo natal, Betania (no la
misma que en 1:28), se encontraba a un par de millas al este de Jerusalén camino a Jericó.
Para ser exactos, Jesús estaba descansando en la otra Betania (10:40) cuando recibió las
malas noticias sobre Lázaro.
María es la más conocida de las dos hermanas, ella es quien ungió los pies de Jesús
(véase 12:1–8), y Juan menciona esto en el versículo 2 aquí para presentar a los tres. Esta
debía ser una historia bien conocida, ya que Juan la menciona antes de narrar. También
demuestra que Jesús conocía a la familia desde hace mucho tiempo, por lo que su solicitud
en el versículo 3 es de parte de sus amigos devotos. Su petición es bastante simple: “Señor,
he aquí el que amas está enfermo”. Esto relaciona varias cosas a la vez. Primero, se trataba
de una enfermedad grave y necesitaban rápidamente a Jesús para sanar a Lázaro; es una
súplica que venga a ellos lo antes posible. Mencionar a Lázaro como “el que amas” muestra
la profundidad de la amistad. Segundo, no son conocidos casuales, y son más que
seguidores anónimos. Están pidiendo que Jesús viaje desde Betania en el lado este del
Jordán hasta Betania en las afueras de Jerusalén. Los tres hermanos se habían vuelto muy
cercanos a Jesús.
La respuesta de Jesús (v. 4) recuerda su afirmación sobre el hombre nacido ciego en 9:3
(“esto sucedió para que las obras de Dios se manifiesten en él”). Aquí dice: “Esta
enfermedad no terminará en muerte. No, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios
pueda ser glorificado a través de ella”. El propósito divino hace ambas señales milagrosas
programáticas para la gloria de la Trinidad. Esto no significa que Lázaro no morirá, sino que
terminará en resurrección más que en muerte. La gloria de Dios era el objetivo principal de
la vida de Jesús; todo lo que realizaba era para revelar la gloria de su Padre (12:28; 14:13;
17:1, 4). La gloria de Dios siempre se encuentra en la unión mutua entre Padre e Hijo (10:38;
14:10–11, 20; 17:21), lo que implica una reciprocidad de gloria. La resurrección de Lázaro
produciría la gloria del Padre en el Hijo y lo prepararía para la mayor gloria a través de la
muerte y resurrección de Cristo mismo.
En 11:5–6 surge un aspecto aún más extraño de la historia, como Jesús permanece en
la otra Betania dos días más, parece al principio que está disfrutando tanto de su descanso
y recuperación que no quiere irse. Agregando a este desconcierto, en el versículo 5 Juan
dice que los “amó” pero en el versículo 6 nos dice que “se quedó donde estaba”. Otra forma
de traducir sería: “Los amaba lo suficiente como para esperar dos días más”. ¿Por qué?
El énfasis sobre el profundo amor de Jesús por ellos es importante. No era duro o
insensible; más bien, lo hizo para que su Padre pudiera ser glorificado y las necesidades de
ellos satisfechas. Las dos Betanias estaban separadas por un viaje de tres a cuatro días, y en
el versículo 17, Juan nos dice que Lázaro había estado muerto por cuatro días cuando Jesús
llegó allí. Lázaro debe haber muerto poco después de que los mensajeros habían ido a ver
a Jesús. Parece que Jesús, en su omnisciencia, decidió deliberadamente esperar dos días
más (véase 1:48; 4:18). Aun si Jesús sí hubiera ido de inmediato, Lázaro habría muerto antes
de que él llegara allá. Especialmente a la luz del impacto que este evento ha tenido en
historia de la iglesia, parece que la forma en que Dios diseñó los eventos fue lo mejor para
Lázaro y para todos los involucrados.
Al final, hubo dos razones para la demora: (1) hizo el milagro más grande, mostrando
aún más poderosamente que Jesús era realmente “la resurrección y la vida”. Los judíos
creían que el alma permanecía con el cuerpo hasta el tercer día, entonces Jesús estaba
asegurando que no fuera tomada como una reanimación sino como una verdadera
resurrección. (2) fue el tiempo de Dios; Jesús sabía eso cuando se fue, la “hora” (7:30; 8:20)
llegaría para dar comienzo a los eventos de la pasión. Jesús esperó hasta que la señal del
Padre llegó inaugurando estos eventos finales.
Regreso a Judea (11:7–10)
El hecho de que Jesús quisiera regresar a Judea en vez de ir a Betania muestra que su ya
cercana pasión es lo más importante en sus pensamientos, y la resurrección de Lázaro es
un evento inicial. Los discípulos están bastante conscientes de los peligros y mencionan el
intento de apedrear Jesús, probablemente el de 10:31, 39. La oposición se estaba
intensificando, y estaban en grave peligro. En poco tiempo (11:16) Tomás hablará de ir y
morir con Jesús. Por lo tanto, se sorprenden de que Jesús esté dispuesto a ir allí de nuevo
tan pronto.
En el versículo 9, Jesús responde en forma de proverbio, similar a 9:4. Hay dos períodos
de doce horas en un día, separados por la luz del día y la oscuridad de la noche. Es más fácil
caminar durante el día, cuando “la luz de este mundo” te permite evitar los obstáculos y no
tropezar con ellos. La idea central espiritual es que Jesús es la “luz del mundo” (8:12) que
ilumina este mundo de oscuridad con la luz de Dios (1:4, 7, 9). Queda poco tiempo antes de
que la oscuridad tome el control y se enfrente a la cruz. Queda poco tiempo y tiene que
usarlo cuidadosamente para hacer la obra de su Padre mientras pueda.
Lo mismo es cierto para los discípulos. Como en 9:4, la luz del día es el poco tiempo que
Jesús estará todavía con ellos, y llegará la noche cuando Jesús sea quitado de en medio de
ellos. Tienen que seguir la luz mientras puedan, y eso significa regresar a Judea.
Irónicamente, el caminar en la luz para ellos significa seguir a Jesús al peligro
La decisión de ir y ayudar a Lázaro (11:11–16)
Jesús espera que sus discípulos entiendan su declaración: “Nuestro amigo Lázaro duerme;
mas voy para despertarle”. Deberían haberse dado cuenta de que Jesús tenía la intención
de resucitarlo de la muerte. Ya lo habían visto hacer esto antes. Sin embargo, cometen el
mismo error visto a lo largo de este evangelio, hablando a Jesús literalmente desde una
perspectiva terrenal. Por lo que responden: “Señor, si duerme, sanará” (v. 12). También es
posible que realmente no conocieran el eufemismo. Mientras que dormir es un eufemismo
bastante común para la muerte, el de “Levantar” significando una resurrección no era
común. Lo cual tiene sentido, ya que el evangelista siente que debe explicarla a los lectores
(v. 13): “Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar
del sueño”. También sirve demostrar que Jesús sabe todo lo que sucedió y que tiene el
control total.
Entonces Jesús lo deja absolutamente claro para los discípulos en el versículo 14:
“Lázaro ha muerto”. Luego procede a decirles que fue bueno para todos (incluido Lázaro)
que Jesús no estuviera allí para sanarlo. Debe haber sido confuso escuchar a Jesús decir que
estaba “alegre” de no estar presente cuando Lázaro se estaba muriendo. Sin embargo,
como con el hombre ciego en 9:3 había asuntos más grandes en juego. Dios había preparado
los eventos “por su bien”; primero, “para la gloria de Dios” (11:4), y segundo, “para que
crean” (v. 15). Si Jesús hubiera estado allí, hubiera sido otro milagro curativo. Pero ahora
sería una poderosa resurrección de los muertos, demostrando su autoridad para dar vida
(5:21, 25–26). Su fe estaba creciendo, y esto era un importante paso adelante.
Tomás todavía no entiende y se enfoca solo en el peligro en el que se están adentrando
(v. 16). Entonces él acepta y dice: “Vayamos también nosotros, para morir con él”. El
tremendo valor que muestra aquí es ejemplar, y en realidad se le debería conocer como
“Tomás el valiente” en vez de “Tomás el que duda” (debido a 20:24–29). No sabemos casi
nada de él en el Nuevo Testamento. Fuera de Juan 11; 20, no se le vuelve a mencionar como
apóstol en ningún otro lugar (Mr 3:18 y paralelos; Hch 1:13). Aun así, él es el ejemplo
perfecto del mandato de Jesús a sus discípulos de “tomar su cruz y sígueme” (Mr 8:34).
Jesús es la resurrección y la vida (11:17–32)
El escenario en Betania (11:17–20)
Después de unos días de viaje, llegan para encontrar que Lázaro ha estado en la tumba
cuatro días (los judíos enterraban a las personas el mismo día que morían). Como se
mencionó antes, esta es probablemente la razón principal por la que Jesús esperó dos días
antes de partir (11:6). Los rabinos creían que el alma permanecía cerca de la tumba por tres
días, esperando volver a entrar al cuerpo, pero a medida que comenzaba la
descomposición, se iba (Levítico Rabá 18:1; Eclesiastés Rabá 12:6). La identificación de un
cadáver también tenía que hacerse dentro de tres días. Como resultado, esta sería una
resurrección especialmente dramática.
Juan podría mencionar la proximidad a Jerusalén (15 estadios, o 1.7 millas) en el
versículo 18 para decirnos que la mayoría de los dolientes eran de allí (v. 19). Era bastante
común que muchos vinieran a “confortar” y consolar a la familia, y debido a su riqueza
probablemente eran personajes prominentes en la comunidad. El duelo era un deber serio
dentro del judaísmo. Hubo una gran cantidad de fuertes llantos y sollozos de pena. De
hecho, algunas familias contratan plañideras profesionales para asegurarse de que todos
sepan de la tristeza por el difunto (véase 11:33).
Cuando Jesús se acercó a Jerusalén, Marta salió corriendo a su encuentro mientras
María se quedaba con los otros dolientes. Esto fue un ligero incumplimiento de las
tradiciones, ya que se esperaba que la familia “estuviera shiva” (es decir, que tuviera “Siete
días” de luto), esperando las visitas, como lo hizo María. Sin embargo, esto también se
ajusta a su personalidad como se ve en Lucas 10:38–42, con Marta afanosa y María sentada
a los pies de Jesús.
Recibido por las dos hermanas (11:21–32)
Recibido por Marta (11:21–27)
Muchos toman la declaración de Marta en el versículo 21 (“Señor, si hubieras estado aquí,
mi hermano no habría muerto”) como una reprensión implícita (“Deberías haber estado
aquí”). Sin embargo, es más probable que represente su tristeza y su sincera creencia de
que Jesús pudo haber marcado la diferencia si hubiera estado allí A primera vista, su
siguiente afirmación de que “Aun ahora Dios te dará lo que pidas” (v. 22) suena como una
fe madura de que aún podría resucitar a Lázaro si quisiera, pero la reprensión de Jesús en
el versículo 40 muestra que ese no podría ser el caso. Hay algo de fe en lo que dice, pero
está incompleta. Esta es probable una esperanza confusa de que quizás Jesús todavía podría
lograr que Dios hiciera algo, pero ella no está segura de qué.
Jesús responde a esta fe parcialmente desarrollada afirmando: “Tu hermano resucitará”
(v. 23), algo que para él significaba muy pronto y para Marta significaba algún día en el
futuro, lo cual se muestra cuando Marta responde: “Yo sé que resucitará en la resurrección,
en el día final”. La resurrección fue objeto de gran debate entre los fariseos, que aceptaban
la verdad de una resurrección final; y los saduceos (los líderes sacerdotales), que negaban
cualquier posibilidad de una vida futura (véase Mr 12:18–27; Hch 23:6–10). La mayoría de
la gente común se puso del lado de los fariseos. Después la destrucción de Jerusalén, la
creencia en la resurrección y el más allá se convirtió en el punto de vista oficial judío. Marta
se enfoca en esto y no se da cuenta de que Jesús promete algo mucho más inmediato.
La idea central y principal de toda la narrativa se encuentra en 11:25, la quinta
declaración “Yo soy” (después de 6:35; 8:12; 10:7, 14): “Yo soy la resurrección y la vida”. La
resurrección es vista como una realidad inherente en Jesús mismo. Esto es lo que Marta no
logra asimilar. Juan ha resaltado la autoridad de Jesús de dar vida varias veces, ambas
eternas, la vida como posesión presente (5:21, 24–25; 6:27, 33) y resurrección corporal en
el futuro (5:28–29; 6:39–40, 44). Marta no comprende un aspecto esencial y necesita
profundizar su fe parcial a una afirmación plena de que Jesús es la vida misma, y el único
que la puede dar. Para el seguidor de Jesús, la muerte no es un fin sino una transición, un
camino a la vida eterna en el cielo. La vida es inherente a Jesús, y la alcanzamos creyendo
en él. La vida para el creyente es en realidad la vida eterna como una posesión en el
presente, dando paso al terminar, a una vida continua con Cristo en el cielo. Aquí las dos se
combinan, ya que Lázaro se levantará de la muerte ahora y no solo “en el último día”.
La clave es creer que el que llega a la decisión de fe “vivirá, aunque muera”. Esto se
refiere a la resurrección física, darse cuenta de que la muerte no tiene control sobre el que
cree. La cual es “el último enemigo”, pero su destino es “ser destruida” (1 Co 15:26). La
verdad es que “el que cree en mí vivirá, aunque muera” (11:25). Marta cree en la verdad
general de la resurrección, pero no lo ha relacionado a la autoridad personal y al control
mismo de Jesús. Él está hablando de la resurrección física y espiritual. La vida eterna es el
destino del creyente. Jesús es vida y soberano sobre ella, y la única forma de participar es a
través de la fe en él (en Ro 3:21–4:25 “fe” aparece dieciocho veces).
Jesús termina en el versículo 26 con un desafío: “¿Crees esto?” Esta es una invitación
que va más allá de resucitar a Lázaro. Jesús le pide a Marta que crea en su poder no solo
para resucitar a los muertos sino también para dar vida eterna. Entonces, en este sentido,
la resurrección de Lázaro es una acción profética como las realizadas por Jeremías o
Ezequiel, que representa la nueva vida que Dios ofrece en Jesús a cualquiera que crea.
Entonces, cuando Marta responde: “Sí, Señor” (v. 27), está tomando un paso de fe
salvadora. Su lenguaje demuestra su verdadera fe: “creo que tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios”. Ambos títulos corresponden a los expresados en la primera escena de salvación,
dichos por Andrés y Natanael en 1:41, 49; y al final de este evangelio como definición de
verdadera fe en 20:30–31. Además, ella lo reconoce como el “el que había de venir al
mundo”, repitiendo 6:14; 7:28–29; 8:29, 42. La cristología y la soteriología van juntas en la
más sublime confesión de todo este evangelio.
Recibido por María (11:28–32)
Tanto Marta como María salen a encontrarse con Jesús en lugar de esperar que viniera a
ellas, posiblemente por el peligro para él en Judea, pero es más probable que haya sido para
tenerlo sólo con ellos. Entonces Marta regresa y le dice a su hermana Jesús quiere verla. Es
interesante que ella todavía lo llame como “El maestro” o “Rabino” después de haberlo
llamado “Señor” en 11:21, 27. Este término aparece en otra parte del evangelio (1:38; 3:2)
y probablemente sea el término que normalmente usaban. El hecho de que ella “se levantó
rápidamente y fue” (11:29) muestra su gran afecto y respeto por él.
El hecho de que Jesús todavía se mantuviera apartado de los dolientes (v. 30) es
probable que haya sido para mantener la privacidad de reunirse con sus amigos, pero este
esfuerzo es de corta duración. Los amigos que han venido a consolarlos piensan que María
irá a la tumba y la siguen para consolarla en su dolor (v. 31). Es posible que ellos pensaran
que esto era el proceso normal en el rito de duelo, la transición del duelo a la tumba.
Existe cierto debate sobre si María está reprendiendo a Jesús por no estar allí para él.
Ella dice lo mismo que hizo Marta en el versículo 21 (“Señor, si hubieras estado aquí, mi
hermano no habría muerto”) pero sin la declaración de fe de Marta. Aun así, ella “se arrojó
a sus pies” (v. 32), probablemente en adoración y no solo en pena. Es mejor verla así, como
representando más dolor que reprensión: ella está derramando su corazón a Jesús con casi
la misma fe creciente que mostró Marta.
Jesús encolerizado por el poder de la muerte (11:33–37)
La reacción de Jesús es sorprendente por decir poco. La mayoría de las traducciones diluye
la emoción en la descripción, leyéndose, “Jesús se turbó y se conmovió profundamente”
(NVI; véase también RVR1960, RVR1995, RVC). Sin embargo, el primer verbo es
embrimaomai, el cual se refiere a un caballo resoplando, y connota enojo o ira
profundamente arraigados. La NTV se acerca más a esta traducción: “se enojó en su interior
y se conmovió profundamente”. Quizás una traducción literal sea la mejor: “estaba
encolerizado en espíritu y profundamente perturbado dentro de sí mismo”. El evangelista
usará el segundo término, “profundamente perturbado”, más adelante para representan el
estado mental de Jesús cuando enfrenta su pasión (12:27; 13:21). Los dos términos juntos
muestran a un Cristo sumamente agitado a medida que se acerca a la tumba de Lázaro.
¿Por qué estaba tan enojado? Hay tres posibilidades: (1) ira porque lo obligaban a
realizar un milagro, similar a 2:4 en Caná; (2) enojo por su falta de fe como se ve en su
excesivo luto; (3) ira por el poder del pecado y la muerte en este mundo. Esta primera
posibilidad es muy poco probable porque Jesús tuvo la intención de realizar un milagro
desde el comienzo. Ciertamente, el contexto hace viable la segunda opción ya que han
estado llorando y derramando su dolor. Pero la repetición de este verbo en el versículo 38
cuando llega a la tumba hace que la tercera opción sea mucho más probable. Jesús es
superado por el horror del dilema humano bajo el pecado y la muerte, y como resultado él
se llena de ira El espectro de la muerte que se cierne sobre toda la humanidad lo inquieta.
Esto también es importante para nosotros. Cristo y solamente Cristo ha vencido la muerte,
y debemos guiar nuestras vidas por ese hecho.
Cristo no puede esperar más; debe vencer a la muerte por su querido amigo. Pregunta:
“¿Dónde lo han puesto?” Curiosamente ellos usan las mismas palabras que Jesús usó para
invitar a los primeros discípulos: “Ven a verlo” (v. 34; véase 1:39, 46). Mientras estaba
parado frente a la tumba, se nos dice que: “Jesús lloró” (v. 35). Esto no denota el mismo
lamento vivido por los dolientes sino un llanto más suave en intensidad. (Este es un término
diferente en griego.) Además, Jesús no solo está conmovido por Lázaro, a quien está a punto
de resucitar de entre los muertos, sino por todos quienes como él deben sufrir la misma
pena. Lázaro tendría que pasar por eso de nuevo, y María y Marta pasarían ese valle oscuro
también. Este es el otro aspecto de la reacción de Jesús al “último enemigo”, la muerte.
Estos dos aspectos provienen de la naturaleza de Jesús: su justicia siente cólera y su amor
siente pena. Este es un modelo perfecto para nosotros ya que “odiamos el pecado, pero
amamos al pecador”. Ira y dolor van de la mano mientras manejamos los tristes resultados
de un mundo pecaminoso.
Los espectadores también están divididos en sus reacciones (vv. 36–37). Algunos son
tocados por la profundidad del amor de Jesús por Lázaro y admiran su reacción. Otros están
molestos porque el que pudo curar a los ciegos no ha “evitado que este hombre muera”.
Ambos tienen razón en parte, Jesús amaba a Lázaro y podría haber curado su enfermedad,
incluso a la distancia. Pero en el principal asunto estaban muy equivocados, y pronto lo
descubrirían. No entendieron ni el verdadero propósito de Jesús ni el alcance de su poder
sobre la enfermedad y la muerte. El tiempo de Dios siempre es perfecto.
Lázaro es resucitado de entre los muertos (11:38–44)
Jesús llega a la tumba todavía lleno de ira (véase los comentarios 11:33) por lo que el pecado
y la muerte han hecho a todos los seres creados que la Deidad ama tan profundamente. Lo
que sucede es que él confronta los poderes del mal y vence su control sobre la humanidad.
Él es el Guerrero Divino, el Mesías conquistador, derrotando los poderes del pecado y la
muerte y la liberando al pueblo de Dios. Esto es mucho más que la resurrección de Lázaro.
Es un anticipo de lo que ocurriría en la cruz y la tumba vacía y también en su segunda venida,
cuando resucitará a los muertos y los reunirá con sus espíritus eternos (1 Co 15:51–55; 1 Ts
4:13–18).
La cueva en la cual Lázaro fue enterrado, signo de su riqueza, ya que solo ellos podían
permitirse una tumba como esa (véase los comentarios en 11:1–6); se parecía a la posterior
tumba de Jesús con una piedra que había sido rodada hasta la apertura para sellarla. Jesús
les ordena que muevan la piedra para darle acceso. El propósito de tal sello era permitir el
acceso solamente a los miembros de la familia para poder realizar cosas como traer especias
y ungir el cuerpo (Mr 16:1–4). A medida que la piedra es removida, todavía no se dan cuenta
de su autoridad sobre la muerte, y Marta, la siempre práctica, objeta que Lázaro se ha
estado descomponiendo durante cuatro días, y el hedor sería terrible (11:39). Mientras que
los egipcios empleaban extensas técnicas de embalsamamiento, los judíos simplemente
enterraban el cadáver intacto. Todas las especias y perfumes utilizados para ungir el cadáver
(véase 19:39–40) tenía la intención de contrarrestar ese olor.
Marta, a pesar de toda su discusión con Jesús en los versículos 21–27, aún no
comprende lo que está a punto de hacer. Por lo tanto, le repite su argumento anterior: “¿No
te dije que si crees verás la gloria de Dios?” (v. 40, repitiendo el v. 4). Dado que les dijo a los
mensajeros en vez de a María, podríamos tomar la frase “gloria de Dios” como un resumen
teológico de lo que le dijo a ella en 11:21–27. “Gloria” en este evangelio está relacionada a
los milagros como señales que apuntan al poder de Dios (véase 9:3; 11:4). La muerte y
resurrección de Jesús es vista como gloria en 12:40–41; 17:5. Para experimentar esta gloria,
Marta y los demás necesitan la misma fe mostrada por los discípulos en 2:11. La gloria estará
allí pase lo que pase, pero será perceptible y apropiada solo por aquellos que miran con los
ojos de la fe.
Quitan la piedra, y Jesús se para en la entrada, levanta sus ojos al cielo (la postura judía
básica para la oración era con brazos y ojos levantados), y ora (11:41). Los ojos levantados
son un símbolo de la dependencia total de Jesús en su Padre celestial. Nosotros haríamos
bien en orar de esta manera con más frecuencia. Curiosamente, esta es la única mención
de la oración en cualquiera de los milagros de Jesús, y dice en el versículo 42 que lo hace
“por la gente que está aquí presente, para que crean que tú me enviaste”. Todo lo que él
realizó surgió de su dependencia en su Padre (5:19, 30; 7:16, 28; 8:16, 29, 42), pero al mismo
tiempo él mismo tenía el poder de realizar milagros.
Todas las oraciones de Jesús excepto el grito de abandono en la cruz en Marcos 15:34
comienzan con la palabra “Padre” lo cual muestra su sumisión a Dios. La decisión de
resucitar a Lázaro ya se había tomado dentro de la Deidad, así que comienza dando gracias
a su Padre por escucharlo. El Antiguo Testamento enseña que Dios escucha a los justos (Sal
34:15; 145:19), y Jesús es perfectamente justo. La resurrección de Lázaro es una prueba
positiva de la relación especial con su Padre, y quiere traer a sus seguidores a esa intimidad
y les permitir compartir sus lazos cercanos con el Padre. Aquí él menciona que un propósito
adicional es desarrollar su fe de que Dios realmente había enviado a Jesús como su
representante o enviado para completar la misión al mundo prevista por Dios (11:42). Él es
en realidad el enviado del cielo por Dios.
Es ahora, cuando termina su oración, que su orden aparece, “¡Lázaro, sal fuera!” (v. 43).
Muchos han comentado que la autoridad de Jesús sobre la muerte es tan grande y completa
(5:28–29) que, si no hubiera especificado a Lázaro, los muertos habrían emergido de cada
tumba en el mundo. Los últimos días fueron aquí de hecho, y ahora vemos por qué Jesús
no sanó a Lázaro cuando recibió el mensaje en 11:3. Dios deseaba usarlo para mostrar que
Jesús era realmente “la resurrección y la vida” (v. 25).
A la orden de Jesús acontece la escena más dramática. Lázaro emerge de la tumba con
“vendas en las manos y en los pies, y el rostro cubierto con un sudario”. Los judíos
enterraban a sus muertos colocando el cadáver sobre una tela larga y ancha con los pies en
la parte inferior. Luego colocarían la tela sobre la cabeza y sobre la parte frontal del cuerpo,
después la ataban a los tobillos, asegurando los brazos al cuerpo con tiras de lino. La cara
se cubría con un paño desde la cabeza para ocultar la decoloración. Esto haría caminar algo
muy difícil para Lázaro con las telas de la tumba
todavía a su alrededor, así que Jesús inmediatamente ordena: “Quítenle las vendas y
dejen que se vaya”. Haber estado allí y haber visto a Lázaro salir caminando de la cueva
oscura aún envuelto en la ropa mortuoria sería electrizante. ¿Te imaginas la alegría y la
histeria en ese momento?
Hay otro paralelismo con la resurrección de Jesús, cuando Jesús dejó las tiras de lino y
el pañuelo en la tumba (20:5–7). La diferencia es que Lázaro tendría que morir de nuevo,
mientras que Jesús conquistó la muerte de una vez y para siempre.
Los líderes judíos conspiran para matar a Jesús (11:45–57)
División y la decisión de matar a Jesús (11:45–50)
La naturaleza pública de la resurrección de Lázaro sorprendió al pueblo judío, y todos toman
partido. Como antes, los judíos están divididos acerca de Jesús (6:64; 7:12–13; 10:19–21).
Los que creen en 11:45 son principalmente los dolientes que estuvieron presentes en el
milagro junto con María y Marta. Sin duda, la suya era el tipo de fe parcial basada en señales
milagrosas como en 2:23–25, pero eran todavía etapas iniciales de la fe verdadera. Otros
(11:46) informan lo que Jesús había hecho a los líderes y se unen a la oposición. Las señales
milagrosas de Jesús siempre confrontan a las multitudes y las obligan a tomar una postura
La decisión de fe está en el corazón del evangelio de Juan. Jesús se encuentra con cada
persona a nivel interno, y no hay personas neutrales en Juan. En nuestro tiempo debemos
dar la bienvenida a los “buscadores”, pero también advertirles que mientras intenten
permanecer interesados pero neutrales, en realidad están en el proceso de rechazar a
Cristo. El milagro de Jesús y el consiguiente desacuerdo sobre él, obligan a las autoridades
a convocar una reunión del Sanedrín, el consejo gobernante de los judíos (v. 47).
Había tres grupos que formaban el Sanedrín: los principales sacerdotes (el grupo
controlador y firmemente opuesto a Cristo), los fariseos (líderes laicos y expertos en la Torá,
divididos en parte, pero en su mayoría opuestos), y los aristócratas o “ancianos” (no hay
registro de ellos aquí). Muchos intérpretes piensan que esta no es una reunión oficial, pero
llegan a una decisión oficial acerca de Jesús Ya habían intentado matar a Jesús antes (5:18),
habían tenido repetidos y confusos intentos de arrestarlo (7:32, 45), y había sido
completamente superados por un mendigo anteriormente ciego (9:30–33).
Ahora la verdadera crisis ha llegado, en sus mentes amenaza el futuro del pueblo judío,
y una decisión final debe ser tomada. Los milagros de Jesús han magnificado su popularidad,
y la gente empieza a creer en él (v. 48a). Lázaro lleva esto al siguiente nivel. Ya no pueden
permitirse la indecisión; deben actuar con firmeza, porque si no “vendrán los romanos y
acabarán con nuestro lugar sagrado, e incluso con nuestra nación” (v. 48b). Muchas de las
rebeliones judías del siglo primero eran de naturaleza mesiánica, y de ahí el miedo a que el
fervor de las personas hacia Jesús pudiera interpretarse como otra rebelión anti-romana.
De hecho, unos treinta años después, en el 66 d.C., comenzó una rebelión que llevó a la
destrucción de Jerusalén y del templo.
Debemos notar que nunca consideran la posibilidad de que Jesús sea realmente el
Mesías. Los líderes y muchos en las multitudes han endurecido sus corazones y mentes y
no se han abierto a la verdad (5:41–47; 7:27, 47–49; 8:48–59; 10:33). Esta se percibe en el
uso de “nuestro” en “nuestro templo y nuestra nación”. Mientras que en la superficie
parecen profundamente preocupados por el templo, en realidad están principalmente
preocupados por su propia posición en la sociedad. Quieren mantener el poder para sí
mismos.
En su nombre, la cabeza del Sanedrín, el sumo sacerdote Caifás, se hace cargo (11:49–
50). Él gobernó durante bastante tiempo (18–36 d.C.), heredando su puesto poco después
de su suegro, Anás (6–15 d.C.). De acuerdo con la ley del Antiguo Testamento un sumo
sacerdote gobernaba de por vida, pero los romanos controlaron todas las posiciones de
gobierno, incluido el sumo sacerdocio, y con frecuencia reemplazaban a un sumo sacerdote
que había caído de su gracia. Para el pueblo judío el líder destituido siempre sería un sumo
sacerdote, así que, en este momento, había dos (como con Anás en 18:12–24).
Como jefe del Sanedrín, se esperaba que Caifás opinara. Pero comienza acusándolos de
ignorancia: “ustedes no saben nada ¡en absoluto!” (v. 49). El historiador judío Josefo,
escribiendo hacia finales del primer siglo, dice del Sanedrín que eran salvajes y bárbaros
unos con otros (Guerras Judías 2.166), y eso es cierto aquí. Caifás se refiere a que el Sanedrín
no había podido ver la evidencia lógica y sus propias conclusiones anteriores sobre este
blasfemo y peligroso Jesús de Nazaret.
Luego proporciona su propia conclusión, la que guiará el día: “conviene más que muera
un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación” (v. 50). Él cree que Jesús
debía ser sacrificado tanto para mantener al pueblo judío apartado de la ira de Roma (“por
la nación”, con “por”, hyper, constituyendo el lenguaje sacrificial) y como para mantenerlos
en el poder político (“les conviene más”). Jesús se convertiría en un chivo expiatorio
entregado a la muerte por su bien.
El significado y los resultados de la decisión (11:51–54)
Caifás no se dio cuenta del verdadero significado de lo que dijo, así que Juan interviene con
el verdadero significado espiritual de lo que él califica como una profecía inconsciente (v.
51). Caifás estaba pensando políticamente pero no se había dado cuenta de lo que estaba
diciendo, porque el Espíritu Santo estaba en realidad hablando a través de él en su
capacidad como sumo sacerdote. Fue llevado a profetizar a pesar de sí mismo, al igual que
el burro de Balaam en Números 22:21–38. Según el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote
era el portavoz de Dios y podía determinar la voluntad de Dios para la nación mediante el
uso del Urim y Tumim, suertes sagradas que eran lanzadas para discernir los deseos de Dios
(Éx 28:30; Dt 33:8; Esd 2:63). Los sumos sacerdotes normalmente no eran profetas, pero un
sumo sacerdote podía ser dirigido por Dios para hablar proféticamente, y ese es el caso
aquí.
Él profetiza dos cosas (vv. 51–52): (1) “Jesús moriría por la nación judía”, con hyper
(“por”) como en el versículo 50 refiriéndose a su sacrificio expiatorio en el que moriría en
su lugar. Juan enfatiza el sacrificio vicario más que los escritores de los evangelios sinópticos
(1:29; 6:51; 10:11, 15; 11:50–52; 15:13; 17:19). El hecho de que Juan use la palabra “nación”
aquí en lugar de “pueblo” puede ser significativo, ya que este último término a menudo se
usaba en la Septuaginta (Antiguo Testamento griego) y el Nuevo Testamento para señalar
el pueblo del pacto de Dios. Esto sugiere que en su estado apóstata han dejado de ser el
pueblo del pacto.
(2) Él también profetizó, dice Juan, que Jesús moriría “por los hijos de Dios que estaban
dispersos, para congregarlos y unificarlos”. Esto va más allá de las comunidades judías en la
diáspora (fuera de Palestina) sino para adoptar la misión gentil también. Este pensamiento
reitera 10:16, donde Jesús dice que el Buen Pastor también muere por “otras ovejas que no
son de este corral”. Judíos creyentes y gentiles todos juntos se conforman como “hijos de
Dios” porque han sido dados a Jesús por su Padre (6:37, 44) y así unirse en “un rebaño y un
pastor” (10:16; 17:11, 20–23). El objeto del amor y la misión de Dios es en todo momento
“el mundo” (3:16). Los judíos son parte del mundo (1:10–11); y Cristo ha “entrado en el
mundo” (11:27) para ser “la luz del mundo” (8:12) y ser “el Salvador del mundo” (4:42). De
este modo, todos los pueblos del mundo serán reunidos y hechos uno en Cristo. La
respuesta a las divisiones raciales en nuestro tiempo y en todas las épocas es simple: el
amor y la salvación del Deidad Trinitaria (Ef 2:11–22).
La decisión ya está tomada, y “desde ese día convinieron en quitarle la vida” (11:53).
Esto consuma una serie de decisiones preliminares para deshacerse del hereje y
alborotador: Jesús (5:18; 7:30, 32; 8:59; 10:31). La resurrección de Lázaro es el catalizador
detrás de esto, ya que magnificó la popularidad y el apoyo de Jesús por parte de la gente
común, por lo que los líderes sienten que no pueden retrasar más esta decisión. De lo que
no se dan cuenta es que en realidad están cumpliendo la voluntad de Dios, como Pedro lo
hará evidente más adelante en Hechos [Link] “éste, entregado por el determinado consejo
y anticipado conocimiento de Dios”.
Como antes (10:40), Jesús se entera de la decisión y “se retira” de Jerusalén. La hora de
su destino (véase los comentarios en 7:30; 8:20) todavía no estaba aquí, así que va a un
pequeño pueblo llamado Efraín el cual estaba de doce a quince millas al noreste de
Jerusalén. Dios, y no el Sanedrín, dictaría la hora exacta, y solo Jesús tenía autoridad para
entregar su vida (10:17–18). Por el poco tiempo que le quedaba aún deseaba estar lejos del
furor de Jerusalén y lo suficientemente cerca como para regresar para la Pascua (11:55).
La llegada de la Pascua (11:55–57)
Los eventos ahora se están intensificando a medida que conducen al momento más decisivo
de la historia humana, cuando el Hijo de Dios se convertirá en el Cordero de Dios que será
“levantado” a la cruz y la gloria (3:14; 8:28; 12:32). Esta es la tercera y última Pascua en este
evangelio (2:13; 6:4), la Pascua más importante de toda la historia, aquella a la que todos
los demás (incluso la primera) señalaban. Las imágenes asociadas con la Pascua (la sangre
que liberaba al pueblo de Dios de la muerte) finalmente eran cumplidas de una vez por
todas (véase Heb 9:28).
Lázaro probablemente fue resucitado un par de semanas antes de la Pascua (véase
12:1), y los peregrinos habían comenzado a llegar de todas partes del mundo romano para
la fiesta. Esta era una fiesta de peregrinación, y Jerusalén aumentaría de unas 70,000
personas (véase Ap 11:13) a casi un cuarto de millón, por lo que la gente acamparía por
todas partes. Vendrían hasta una semana antes para “su rito ceremonial de purificación
antes de la Pascua”. Para ofrecer los corderos pascuales que se suponía iban a pasar por
siete días de purificación (Nm 9:6–12; 2 Cr 30:17–19).
Debido al milagro de Lázaro, Jesús es el tema candente en la fiesta. Los peregrinos lo
buscan por todas partes, pensando que no se atrevería a venir con una sentencia de muerte
pendiente sobre él (11:56). El lugar principal de discusión fue el templo, tanto como por el
enfoque de la actividad de la Pascua como por ser el lugar donde Jesús enseñaba cada vez
que estaba en Jerusalén (7:14, 28; 8:20; 10:23). El tono en estos versículos indica que los
peregrinos todavía piensan bien acerca de él. Son los líderes con su orden de arresto los
que aportan el tono negativo. Emiten la orden de que cualquier persona que vea a Jesús
debe informárselo a las autoridades.
La historia de la muerte y resurrección de Lázaro es una de las grandes historias de
transición en los evangelios, ya que resume el significado del ministerio de Jesús hasta ahora
como el Dador de vida y anticipa su muerte y resurrección. Dios está a cargo de cada detalle
en estos eventos. Era importante que Jesús llegara a Betania después de que Lázaro había
estado muerto cuatro días, para que todos conocieran que realmente Jesús lo había
resucitado de los muertos, es decir, después del tercer día, tradicionalmente los judíos
creían que era cuando el alma ya se había ido para estar con Dios.
Esta historia demuestra el amor de Jesús por sus amigos y el amor de Dios para todos
nosotros. Lo vemos especialmente en su compasión (su llanto, v. 35) y su justicia (su cólera
por el poder de la muerte en vv. 33, 38). Ambos se activan en la difícil situación de Lázaro,
y de todos de nosotros. Jesús está al tanto de nuestra vida terrenal y celestial y se preocupa
profundamente. Todas las esperanzas del pueblo de Dios a lo largo de la historia están
centradas en compartir la vida de Dios y así vencer el poder del pecado y de la muerte, y
aquí vemos que todo se centra en Jesús, quien es “la resurrección y la vida” (v. 25). Lázaro
anuncia y se convierte en prueba viviente de esta promesa.
Deberíamos ver el milagro en los versículos 38–44 como preparación misma tanto para
la muerte y resurrección de Jesús como para nuestra propia resurrección final cuando Cristo
regrese Dios destinó esto como un trampolín para la fe, como prueba de que Jesús
realmente tiene autoridad sobre la vida y la muerte y la ejerce por amor a sus seguidores.
Sin embargo, incluso este milagro despierta el odio entre los que son esclavos del mundo.
La hostilidad de los líderes judíos hacia Jesús culmina en los versículos 45–57 cuando el
Sanedrín se reúne y concreta sus planes para arrestar y ejecutar a este hereje de una
pequeña ciudad galileana. Juan nos muestra que, a pesar de sus planes, Dios todavía tiene
el control. El plan del Sanedrín en realidad refleja el plan de Dios. Ellos no se dieron cuenta
de que en realidad eran herramientas de Dios para traer salvación a la humanidad pecadora.
Cuando Caifás se hace cargo y toma una decisión política de matar a Jesús por el bien de la
nación, en realidad, es guiado por el Espíritu como sumo sacerdote para pronunciar una
profecía del sacrificio expiatorio sustitutivo de Jesús para salvar al mundo muriendo en
nuestro lugar. El mayor enemigo de Jesús se convierte en un involuntario ¡profeta!
Podemos estar seguros de que, a pesar de la oposición, la causa de Cristo no puede
perderse.
ESCENAS FINALES QUE DAN PASO A LA SEMANA DE PASIÓN
(12:1–50)
Juan 12 consta de varias escenas que tienen lugar antes de la pascua y la pasión de Jesús.
Con respecto a la primera de estas, la escena de la unción de Jesús en Betania, por la cual
es necesario abordar dos temas: (1) Los relatos del evangelio deben armonizarse. Mateo
(26:6–13) y Marcos (14:3–9) están iguales que Juan, pero Lucas (7:36–50) tiene detalles
diferentes y se encuentra también en un episodio diferente. Lucas tiene una cena en la casa
de un fariseo, un frasco de perfume de alabastro, y una mujer inmoral que ha sido
perdonada por Jesús y unge sus pies con sus lágrimas y luego los perfuma. Hay diferencias
entre los otros tres: la casa de Simón el leproso en Mateo y Marcos, una mujer sin nombre
que rompe el frasco y unge la cabeza de Jesús, pero hay grandes similitudes, y la historia es
la misma. Entonces Jesús fue ungido dos veces, una vez en Lucas, y otra que se cuenta en
los otros tres evangelios.
(2) La cronología del evento es diferente: en Mateo y Marcos, ocurre después de la
entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y en Juan tiene lugar antes de ese evento. Sin
embargo, esto es solo problema si exigimos un estricto orden cronológico para los
evangelios. Los historiadores antiguos no exigieron tal cosa, y lo mismo es cierto de los
autores bíblicos. Hace tiempo que se reconoce que los autores del evangelio a menudo
siguieron una temática más que cronológica esquemática, especialmente los escritores
sinópticos. Los académicos evangélicos recientes generalmente concuerdan en que Juan es
más cronológico, y lo mismo pasa en esta sección. Mateo y Marcos han colocado el relato
posteriormente para contrastar el acto de adoración de la mujer con la traición de Judas,
mientras que Juan lo coloca donde tuvo lugar originalmente, el día antes de que comenzara
la semana de la pasión.
Jesús es ungido en Betania (12:1–11)
El escenario (12:1–3)
Cristo ahora regresa al área de Jerusalén desde Efraín (11:54). Juan nos dice que Jesús llega
“seis días antes de la Pascua”. Hay un caluroso debate sobre si Juan coloca la crucifixión un
día más tarde que los evangelios sinópticos (véase el análisis en 13:1). Si eso es cierto,
llegaría en domingo. Argumentaré que Juan no hizo esto, así que este versículo habla de
Jesús llegando el viernes por la noche (para los judíos, los días siempre comenzaban al
anochecer la tarde anterior), seis días antes de la Pascua, con el banquete de la noche
siguiente, sábado.
La hora destinada había llegado (véase el análisis en 2:4; 7:30; 8:20), por lo que Jesús
regresa a Betania en las laderas del Monte de los Olivos a un par de millas al este de
Jerusalén. Cuando en Jerusalén probablemente siempre se quedó con sus amigos Lázaro y
sus hermanas. La escena ahora está puesta para el mayor sacrificio de la historia de la
Pascua, el “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (1:29). Lázaro fue un
catalizador para los eventos, su muerte y resurrección proporcionaron una anticipación
profética pronta por venir de la mayor muerte y resurrección.
La comida del sábado que comenzaba la semana de preparación para la purificación de
todos para la Pascua se convirtió en un banquete “en honor a Jesús” (v. 2). Lázaro es el
anfitrión, pero Mateo 26:6 nos dice que esta comida tuvo lugar en la casa de Simón el
Leproso, sin duda otro creyente. Algunos piensan que fue el Padre de los tres hermanos,
pero eso no se puede saber. Lo más probable es que fuera una celebración privada para los
discípulos de Jesús. Marta, de acuerdo con sus tendencias domésticas (véase Lc 10:40), está
sirviendo a los invitados, y de acuerdo con la costumbre en los banquetes, comen mientras
se reclinan en los cojines (véase también 13:23, 25).
María, la hermana menor, se acerca a Jesús mientras él está reclinado con un recipiente
de doce onzas (“una pinta”) de “nardo puro, un perfume caro” (v. 3). Esta planta se cultiva
en las montañas del norte de la India, y se nos dice que es “puro”, un artículo genuino. Lo
cual es señal de la gran riqueza de la familia y bien podría haber sido una reliquia familiar.
Esta es una cantidad increíble, en el versículo 5 se dice que vale “el salario de un año”, en
términos modernos, alrededor de $ 20,000. [dólares] ¡Nunca había visto un perfume que
valiera tanto!
Juan nos dice que ella “lo derramó sobre los pies de Jesús”, mientras que en Mateo 26:7
y Marcos 14:3 ella unge su cabeza. Creo que ella ungió a ambos. Como estaban recostados,
probablemente ungió su cabeza primero y luego caminó hasta el final del cojín y ungió sus
pies. Marcos 14:3 nos dice que ella rompió el frasco (probablemente el sello en la parte
superior) para derramar el perfume, por lo tanto, efectivamente vació todo su contenido
sobre Jesús. Habría corrido por su cabeza, sobre su túnica y habría caído por sus pies al cojín
y al piso. No es de extrañar que “la casa se llenó de la fragancia del perfume”. En Marcos
14:9 esto representaba la proclamación de su acto por todo el mundo.
Mary luego “le limpió los pies con el pelo”, un acto sin igual y por demás escandaloso,
porque se suponía que solo el marido debía ver el cabello de una mujer. En este banquete
de amigos y discípulos cercanos, se habría visto como un acto devoto increíblemente
extravagante que habría sorprendido a todos los presentes. Juan se centra en los pies de
Jesús para enfatizar tanto la servidumbre de María (mirando hacia el lavado de los pies de
los discípulos en 13:1–17) como para representar especialmente el destino de Jesús (los
pies simbolizaban el destino). Mateo y Marcos se centran en la unción de la cabeza, como
acto mesiánico. Ungir en el antiguo mundo comisionaba a una persona para un cargo
especial (usualmente un sumo sacerdote o rey) y era un gran honor (Éx 28:41; 1 Sa 10:1–
13).
El acto de adoración de María fue una parábola profética, como las realizadas por los
profetas Jeremías y Ezequiel y como la entrada triunfal que viene posteriormente en el
evangelio de Juan. La unción hace alusión al entierro de Jesús, y la limpieza con su cabello
puede señalar a su resurrección Este último podría ser demasiado alegórico, pero, de
cualquier manera, su acto en conjunto fue una profecía inconsciente (similar a Caifás en
11:49–52).
El falso reclamo de Judas (12:4–6)
Judas en los versículos 4–5 habla en nombre de los demás y declara lo que, sin duda,
estaban pensando, que habría estado mejor vender el perfume caro y dar las ganancias a
los pobres. Considere que nadie en ese momento conocía el verdadero carácter de Judas
(los lectores lo hacen porque Juan en 6:70 lo llamó “el diablo”), y como tesorero el grupo
apostólico, habría sido un líder del grupo. En la iglesia primitiva, los pastores generalmente
controlaban las finanzas. No sabemos cómo sabía que valía sobre su valor, pero era una
cantidad asombrosa, trescientos denarios, o “el salario de un año” (un denario era el salario
de un solo día). Este frasco de perfume podía alimentar a una familia entera por un año.
Luego, Juan interviene para que el lector pueda ver el problema claramente (v. 6). Judas
no está interesado en los pobres. Era un ladrón que, como “tenía a su cargo la bolsa de
dinero” la había convertido en su propia cuenta bancaria personal, ayudándose del efectivo
cada vez que quería algo. De hecho, el dinero fue una de las principales razones por las que
traicionó a Jesús. En Mateo 26:15 él va a los sacerdotes y les pide dinero a cambio de
entregarles a Jesús. La bolsa de dinero contenía los regalos monetarios de personas como
las mujeres ricas mencionadas como mecenas de Jesús en Lucas 8:2. Los cuales cubrían las
necesidades del grupo y también se utilizaban para dar limosna a los pobres.
Explicación de Jesús (12:7–8)
Jesús, todavía cubierto con el perfume fragante, interviene y defiende el acto de María, ya
que la unción se hacía comúnmente para el día del entierro. El versículo: “Ella ha estado
guardando este perfume para el día de mi sepultura” significa que Dios la había llevado a
no usarlo sino a guardarlo para esta ocasión, para que pudiera prefigurar su entierro
venidero.
Cantidades extravagantes se usaban regularmente para ungir cadáveres (en 19:39 se
utilizaron setenta y cinco libras de especias para ungir el cuerpo de Jesús) para contrarrestar
el hedor de descomposición. María simplemente le da su regalo de manera temprana. ¿No
debería ser perfectamente aceptable que María lo haga mientras él todavía está vivo, para
disfrutar su regalo de amor? Era inusual pero aceptable lavar los pies de los invitados
importantes, para de hecho, expresar: “Somos sus humildes servidores y deseamos
servirle”. Jesús hará exactamente lo mismo en 13:1–17 en la Última Cena.
Jesús dice que esta es una profecía inconsciente anticipando su muerte. Luego agrega
(v. 8) que su extravagancia es también aceptable, ya que “a los pobres siempre los tendrán
con ustedes”, mientras que Jesús no estará por mucho tiempo más. Había precedente para
esto en el judaísmo de la época: el Talmud dice que cuidar de los muertos tiene prioridad
sobre dar limosna (b. Sukkah 49b). La devoción a Jesús y disfrutar de su presencia tienen
prioridad sobre todo lo demás. Jesús no está minimizando la importancia de dar a los pobres
sino está enfatizando el valor de disfrutar la presencia del Hijo de Dios Esto se aplica
igualmente a nosotros, como bien lo dice Pedro en 1 Pedro [Link] “Ustedes lo aman a pesar
de no haberlo visto; y, aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo
indescriptible y glorioso”.
Transición y preparación para la Semana de la Pasión (12:9–11)
La noticia de la llegada de Jesús se extiende rápidamente, y una gran multitud de los
alrededores se reúne para ver no solo a Jesús sino también a Lázaro, quien probablemente
había sido mantenido alejado del público por su familia y amigos. Ambos se han convertido
en celebridades, y Lázaro está recibiendo tanta atención como Jesús. Las multitudes
buscaban a Jesús en 11:55–56, por lo que la casa puede haber estado rodeada de
espectadores.
Las autoridades ahora están doblemente alarmadas ya que Lázaro también atrae a
muchos al nuevo movimiento lejos de los líderes. Estos anteriormente fieles judíos “se
apartaban de los judíos y creían en Jesús” (v. 11), en gran parte debido a la resurrección de
Lázaro. No solo la lealtad de la gente pasó de los líderes judíos a Jesús, sino que también
estas personas lo aceptaron como su Mesías. Lázaro se ha convertido en una amenaza tan
grande para ellos como Jesús, por lo que deciden que tienen que eliminarlo a él también.
No hay evidencia alguna de que haya surgido esto, pero Juan lo agrega para mostrar cuán
profunda era su depravación.
Tenga en cuenta esta ironía: Jesús levantó a Lázaro de la tumba, y ahora los líderes
judíos quieren devolverlo a esta misma.
Jesús entra triunfante a Jerusalén (12:12–19)
Las preparaciones reales (12:12–13)
Los evangelios sinópticos enfatizan los preparativos elaborados y la deliberada organización
de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en el comienzo de la semana de la pasión. Juan
omite esto, y en cambio enfatiza el evento como tal. Aun así, en todos los relatos del
evangelio esto es una profecía que funciona como parábola, un preludio de la importancia
de la semana de la pasión y su significado mesiánico. Jesús declara abiertamente quién es
al entrar cabalgando a Jerusalén en un burro en cumplimiento de Zacarías 9:9 (Véase Jn
12:15). Jesús está, por así decirlo, retando a los líderes y dejando en claro sus intenciones
mesiánicas. Sin embargo, al montar un burro en lugar de un caballo de guerra, también está
declarando que no es el tipo de Mesías que esperaban. Ha venido a traer paz, no espada.
El “día siguiente” en el versículo 12 es el domingo, una semana antes de la resurrección.
Mientas Jesús entra en una corta cabalgata a Jerusalén, las noticias movilizan la ciudad y los
peregrinos la invaden. Una gran multitud de visitantes de Pascua se vuelca para contemplar
la vista, de ramas de palma agitándose para dar la bienvenida a Jesús (v. 13). Estas ramas
eran una tradición de Pascua derivada de la revuelta macabea, cuando el pueblo judío dio
la bienvenida a Jerusalén a Judas Macabeo (“el martillo”) para la nueva dedicación del
templo (para la Fiesta de la Dedicación; véase 10:22–39). También se usaron tanto en la
fiesta de los Tabernáculos como en la Pascua para simbolizar victoria y nueva vida para la
comunidad (1 Macabeos 13:51; 2 Macabeos 10:7). Aquí expresan la esperanza nacional de
liberación y son un signo de fervor mesiánico.
La multitud también grita sus altas expectativas. Los títulos también son mesiánicos.
Provienen del Salmo 118:25–26, un salmo real utilizado en las procesiones del rey, haciendo
hincapié en su dominio bajo la autoridad de Yahweh. También son parte de los Salmos Hallel
(113–118) cantados por los peregrinos en procesión a fiestas como la Pascua. En la fiesta
de los Tabernáculos, el coro del templo cantaba el Hallel todas las mañanas, y cuando
llegaban a la oración de Hosanna de 118:25 la gente agitaba las lulab (ramas de sauce y
mirto atadas con palma) y repetía la oración tres veces.
El “Hosanna” que comienza el clamor en el salmo es una oración, “Señor, sálvanos”, y
ese podría ser el sentido aquí. Sin embargo, investigación reciente muestra que para la
época de Jesús se había convertido en una expresión de aclamación o alabanza a Dios. La
mayoría de los estudiosos creen que ese es el sentido aquí, aunque algunos quieren
mantener la sensación de que es una oración por la llegada del reino. Ambos aspectos
pueden ser parte de su significado aquí.
Luego, en el versículo 13, los peregrinos invocan la bendición divina sobre el “que viene
en el nombre del Señor” del Salmo 118:26, que se interpretó en el primer siglo como una
referencia al Mesías. Deseaban la bendición de Dios sobre su libertador mesiánico, que
muchos esperaban, fuera Jesús. Este título, “el que viene”, es un tema central en Juan,
celebrando el descenso de Jesús del cielo y su misión del Padre (Jn 3:13; 4:25; 6:14, 33, 38,
41–42; 11:27).
Finalmente gritaron: “Bienaventurado el Rey de Israel”, un título atribuido a Jesús por
Natanael en Juan 1:49 y encontrado también en 18:33, 37, 39; 19:19, 21. Esto no se deriva
del Salmo 118 pero se usa aquí como una esperanza final para su Mesías real, el
conquistador descendiente de David. Su comprensión de Jesús fue principalmente como un
líder político. Aun así, estaban centrados en el rey mesiánico y su libertador.
El acto profético de Jesús (12:14–15)
Como se mencionó anteriormente, en los Sinópticos hay una larga sección de apertura
sobre los preparativos para el viaje a Jerusalén, pero aquí Juan simplemente nos dice en el
versículo 14: “Jesús encontró un burrito y se sentó en él”. Hay diferentes interpretaciones
de la elección de un burro en vez de un caballo. La mayoría ha pensado que era para corregir
las aspiraciones políticas de la multitud. Un caballo estaba asociado con conquistas militares
(1 Re 4:26; Is 31:1–3), y el burro representaba paz. Jesús entonces estaría diciendo que él
no venía como un conquistador mesiánico sino como un salvador que trae paz. Sin embargo,
otros han notado que es un burro en la profecía mesiánica de Zacarías 9:9, y los burros
representaban realeza, ya que a menudo eran utilizados en las procesiones reales (por
ejemplo, Salomón en 1 Re 1:33, 38, 44). Según esta perspectiva, Jesús estaría aceptando la
petición llena de esperanza de la multitud.
Creo que es mejor combinar las dos perspectivas. Jesús está aceptando sus esperanzas
mesiánicas, pero al mismo corrigiéndolas, demostrando que no venía como el rey
conquistador sino como el humilde Mesías, el Siervo Sufriente de Isaías 53. Esta era una
situación bastante peligrosa, con la multitud en su fervor mesiánico un polvorín listo para
explotar en una revuelta a gran escala. Jesús está tratando de aliviar la presión aquí.
La cita de Juan en 12:15 se basa en múltiples pasajes. La frase “no tengas miedo”
proviene de Sofonías 3:16 y de Isaías 40:9. “Rey de Israel” es de Zacarías 9:9 pero también
alude a Sofonías 3:15, y los dos juntos afirman que Yahweh estaba en medio de ellos como
rey y los liberaría. Enviaría a un libertador montado en un burro. Sofonías 3:9–10 agrega un
aspecto universal, ya que todos los pueblos de la tierra son reunidos.
Zacarías 9 así como Sofonías 3 promete un rey humilde, un libertador mesiánico que
rescatará al pueblo de Dios de sus opresores y “proclamará paz a las naciones”,
estableciendo el gobierno de Dios “de mar a mar” (9:10). La procesión de Jesús a Jerusalén
en burro fue un acto profético para contrarrestar el deseo de los judíos de un Mesías
nacionalista. Su realeza universal no se obtendría por su victoria militar, sino por su muerte.
Jesús sería rey en su primer advenimiento y un Mesías conquistador en su segunda venida.
La comprensión de estas verdades (12:16)
Los discípulos se unen a la multitud en su incapacidad de entender de qué se trataba la
entrada triunfal. La comprensión total no tuvo lugar hasta “después de que Jesús fue
glorificado”. Como Jesús declarará en 14:26, es el Espíritu quien debe recordarles todo lo
que Jesús les había dicho, incluso esas cosas que no entendieron al principio. La mención
de Jesús glorificado es significativa, enfatizando la pasión como el momento de gloria. Fue
el Señor glorificado junto con el Espíritu quienes les permitieron entender (como también
es el caso con nosotros).
Muchos eruditos luchan con esto, porque parece contradictorio que las multitudes
entiendan el significado mesiánico del evento (v. 13) mientras que los discípulos no. Pero
seguramente ese no es el caso. Las multitudes entienden solo una parte, y es muy dudoso
que hayan entendido el cumplimiento de Zacarías 9:9 en la entrada triunfal. Todo lo que
expresan es su esperanza de que Jesús sea el Mesías vencedor, no más. No hay
contradicción.
Hay dos cosas que los discípulos llegaron a comprender: (1) “Estas cosas se habían
escrito acerca de él”, refiriéndose al cumplimiento de Jesús del Antiguo Testamento, en este
caso el Salmo 118 y Zacarías 9; (2) “estas cosas se las habían hecho”: los eventos de la
entrada eran parte del tiempo predestinado por Dios en este punto de la historia mundial.
Todos los personajes, los líderes de Israel, las multitudes y los discípulos, se encuentran
finalmente bajo el control de Dios.
La increíble respuesta (12:17–19)
La entrada triunfal está enmarcada por pasajes (12:9–11, 17–19) que contrastan la fe de
muchos con el rechazo de los líderes. Hay tres grupos en la escena de los versículos 17–19.
Dos derivan las multitudes. El primero consiste en aquellos que estuvieron presentes en la
resurrección de Lázaro. Los cuales “continuaron difundiendo la palabra” (literalmente,
“estaban testificando”), convirtiéndose así en otro grupo de testigos de la verdad acerca de
Jesús (véase 1:27; 3:26; 5:31–40; 8:13–18). De hecho, es su testimonio el que conduce a las
multitudes entusiastas que acuden en masa en pos de Jesús (12:9, 12). Esto requirió un gran
valor dado que las amenazas de los fariseos eran bastante reales.
Un segundo grupo de peregrinos responde al testimonio (v. 18). Ellos “escucharon que
había realizado esta señal” y “salieron a su encuentro”. Tenga en cuenta que aquí la
resurrección de Lázaro es llamada una “señal” milagrosa, la séptima y última de estos
grandes eventos alrededor de los cuales los capítulos 2–12 se han organizado (véase la
introducción a 2:1–12). Esta salida para conocer a Jesús ya ha tenido lugar una vez, cuando
entró en Jerusalén en el burro en 12:12–13, y ahora vuelve a suceder. Hasta este punto, su
popularidad había crecido. La cual será de corta duración (véase v. 39), y cinco días después
culminará en la cruz.
El tercer grupo, los fariseos, están muy perturbados por todo este entusiasmo positivo
sobre Jesús (v. 19). Sus planes cuidadosamente elaborados de arrestar a Jesús en silencio
ahora parecen imposibles. Están indefensos frente a las multitudes frenéticas, murmurando
entre ellos, “Como pueden ver, así no vamos a lograr nada”. En este punto no saben qué
hacer.
Esto los lleva a pronunciar otra profecía inconsciente similar a la de Caifás en 11:49–52:
“¡Miren cómo lo sigue todo el mundo!”. Hay un doble significado en “mundo”. Se refieren
a peregrinos de todo el mundo que han acudido en masa a Jesús, pero con mayor ironía
Juan enfatiza el impacto universal que el evangelio de Jesús tendrá sobre toda la
humanidad, tanto gentiles como judíos. Involuntariamente los fariseos se unen a los
samaritanos de 4:42 para reconocer a Jesús como el “Salvador del mundo”. Las
implicaciones universales de Sofonías 3:16 y Zacarías 9:9 continúan desde 12:15. El hecho
de que todo el mundo “lo sigue” [a] Jesús, y la explosión del evangelio en todo el mundo
sería la característica principal del tiempo de la iglesia. De hecho, la siguiente escena (vv.
20–36), con “griegos” viniendo a conocer a Jesús, es una extensión de esta declaración por
parte de los fariseos.
Los gentiles guiados a la predicción final de la “hora” venidera (12:20–36)
Juan ha decidido concluir su narración del ministerio público de Jesús con esta escena, y se
convierte en su declaración pública final. En ese sentido esto actúa como un resumen de su
misión dada por el Padre y el propósito de que su vida y especialmente su próxima muerte
tienen para todo el resto del mundo.
Introducción (12:20–22)
La escena comienza con “algunos griegos” queriendo ver a Jesús. Algunos han considerado
que estos son judíos de habla griega de la diáspora (los que vivían en tierras fuera de
Palestina), pero el término (Ellēnes) se refiere a los no judíos. Esto significa que estos eran
gentiles, prosélitos al judaísmo o temerosos de Dios: gentiles que se sienten atraídos por el
judaísmo y habían comenzado a adorar a Yahweh. La declaración en 12:19 de que “el
mundo entero” está llegando a Jesús, ¡ya está sucediendo!
No es desconocido que algunos griegos vendrían a la Fiesta de la Pascua para adorar al
Dios judío y aprender más sobre la religión judía. El historiador judío Josefo menciona esto
(Guerras judías 6.427), y en el libro de los Hechos a muchos hombres temerosos de Dios les
agradó que Cornelio se volviera a Cristo (Hch 10:2, 22, 35; 13:16, 26). Ellos se sintieron
atraídos por el judaísmo, pero no estaban dispuestos a someterse a la circuncisión y
convertirse en prosélitos completos o conversos. Fueron permitidos en el patio de los
gentiles en el templo y podían participar en muchas de las ceremonias, pero no podían
entrar a los cuartos internos (causa de pena de muerte).
Estos griegos deseaban aprender más sobre Jesús y sus discípulos. De alguna manera
conocen a Felipe, quien tiene un nombre griego y es del pueblo de Betsaida en la esquina
noreste del Mar de Galilea, oficialmente en el territorio de Gaulanitis. Cerca de Decápolis,
las “Diez Ciudades” de Siria, y algunos de estos griegos pudieron haber sido de allí. Dijeron:
“Queremos ver a Jesús”. Entonces Felipe y Andrés (también de Betsaida; véase 1:44) los
llevan para ver al Señor.
La llegada de la hora de gloria (12:23–26)
Parece que Jesús ignora por completo a estos buscadores griegos, pero su respuesta
proporciona el centro de la salvación que han estado buscando. Él le está diciendo al mundo
cómo encontrar la salvación de Dios, y la llegada de estos griegos parece estimular esta
respuesta final. Anteriormente se había dicho que las autoridades no podían arrestar a Jesús
porque “su hora aún no había llegado” (7:30; 8:20). Ahora la hora destinada había llegado.
Esto no es solo la culminación de las últimas escenas. Es la razón de la encarnación, el
destino de todas las eras para la llegada de la salvación a la humanidad caída. Este monólogo
(vv. 23–26) es uno de los pasajes clave del Hijo del Hombre (junto con 1:51) asociado con la
glorificación de Cristo y la salvación resultante de ella. Para el Hijo del Hombre, el
sufrimiento es no solo el camino a la gloria; el sufrimiento de Jesús es su gloria. Como en
Isaías 52:13, Jesús, el Siervo de Yahweh, “será engrandecido y exaltado, será puesto muy
en alto” en su sufrimiento vicario.
Jesús después aclara el significado de su hora destinada con otra metáfora extendida
(véase 10:1–5) introducida con un doble amēn, que como siempre en Juan señala una
declaración importante (véase los comentarios en 1:51), esencialmente “Ciertamente les
aseguro” (12:24). Jesús a menudo usa imágenes de cosecha para ilustrar la importancia de
su misión como cosechar una mies de almas (4:35–38). Aquí explica el evento que hace
posible su misión: su muerte sacrificial. Esta metáfora agrícola es perfecta, centrada en la
necesidad que un grano de trigo tiene de “caer al suelo [= la tumba] y morir” antes de que
pueda producir una cosecha, descrita como “abundante” (v. 24; NVI: “produce mucho
fruto”).
La misma imagen emerge de la parábola del sembrador, cuando la buena semilla
produce una gran cosecha, “a treinta, a sesenta, y a ciento por uno” (Mr 4:20), lo que
significa que una sola semilla produce treinta, sesenta o cien plantas. Si Jesús no hubiera
muerto en la cruz, su vida no habría afectado a nadie más que a sí mismo, sino que su
muerte sacrificial ha afectado a todo el mundo, una gran cosecha de almas.
La metáfora de la cosecha se usa para evangelismo en 12:24, y posteriormente este
principio se convierte en discipulado en 12:25–26. Por decirlo de otra manera, Jesús pasa
de la semilla a la cosecha que se producen. Este es un principio rector de la enseñanza de
Jesús. Los verdaderos discípulos hacen como Cristo, moldean sus vidas según el patrón de
Jesús. Como lo proclama en Marcos [Link] “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a
sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Como la muerte redentora de Jesús produce vida, sus
discípulos no comenzarán a vivir hasta que mueran.
Para Jesús, la vida se produce a partir de la muerte, y ese es también nuestro caso. Como
lo hace tan a menudo, lo declara dos formas para enfatizarlo: “El que se apega a su vida la
pierde; en cambio, el que aborrece su vida en este mundo la conserva para la vida eterna”.
Las metáforas de amar y odiar la vida se encuentran en cinco pasajes sinópticos (Mt 10:39;
16:25; Mr 8:35; Lc 9:24; 17:33), lo que resulta en una antítesis entre la vida arruinada (=
amar el mundo / yo) y la vida salvada (= odiando al mundo / sí mismo). Es importante darse
cuenta de que lo que Jesús realmente dice es “cualquiera que odie su vida en este mundo”,
lo que significa odiar al mundo y sus cosas. El discípulo que se enfoca en la vida mundana
en lugar de Jesús al final no tendrá nada. Además, despreciando la vida mundana y
alejándonos de ella, ganamos no cualquier vida sino la “vida eterna”. Renunciar a lo
temporal para ganar lo eterno. No puedo pensar en una lección más importante para todos
los que vivimos en una sociedad orientada al consumismo.
Jesús repite esto en 12:26 con una metáfora diferente, la del siervo doméstico
(diakonia). Los que aman a Jesús y abrazan la vida de un discípulo de Cristo aceptan
voluntariamente la vida de servicio a él en lugar del mundo. Tenga en cuenta la evolución
de este pensamiento: amor y compromiso con Jesús producen servicio, lo cual se centra en
“seguirlo” en todos los sentidos, con el resultado final de que nuestra propia existencia está
atrapada en él (“donde yo esté, allí también estará mi siervo”). Recuerde que Jesús está
diciendo esto en su camino hacia la cruz. Esta misma es la base de la glorificación de Jesús,
y morir a uno mismo y a este mundo es el ancla de nuestra nueva vida en él. Piense esto;
haga una pausa en esto; ¡oriente su vida en esto!
El discipulado es servicio, y el servicio debe definir nuestro camina con Cristo. Jesús
recibió gloria a través de la cruz, y nosotros recibimos “honra” del Padre cuando nos
entregamos a él. Esta es la imagen del bautismo en Romanos 6:4–5, “mediante el bautismo
fuimos sepultados con él en su muerte” y “así como Cristo resucitó por el poder del Padre,
también nosotros llevemos una vida nueva”. Los discípulos definimos nuestra vida como un
continuo revivir de la vida y ministerio de Jesús.
El testimonio del Padre (12:27–30)
En esta sección, Jesús tiene una experiencia que recuerda a su oración en el huerto de
Getsemaní, y algunos incluso han ido hasta el punto de pensar que Juan reescribió este
evento aquí. Eso es extremadamente improbable, porque las diferencias son demasiado
grandes, sin embargo, Jesús está luchando con su inminente muerte de la misma manera
que lo hace en el Getsemaní. Su frase inicial “Ahora todo mi ser está angustiado” refleja la
profunda agonía del corazón que sintió. El “ahora” de su hora destinada (12:23) estaba
sobre él, y estaba experimentando una gran angustia. Jesús es Dios y hombre, y aquí está
presente su humanidad.
Se cuestiona su propia respuesta humana, preguntándose a sí mismo: “¿Y acaso voy a
decir: ‘Padre, sálvame de esta hora difícil’?”. Esto es bastante similar a la oración del
Getsemaní, “Abba, Padre, todo es posible para ti. No me hagas beber este trago amargo”
(Mr 14:36). En ambos pasajes Jesús triunfa sobre su tentación, sirviendo como un
importante modelo para nosotros. En Marcos, dice: “pero no sea lo que yo quiero, sino lo
que quieres tú”, mientras que aquí dice: “¡Si precisamente para afrontarla he venido!”. Toda
su vida había señalado este momento. El propósito de su encarnación fue su muerte (Fil
2:6–8). El verdadero significado de la navidad es la cruz. Jesús se enfocó en la voluntad de
su Padre a cada momento de su vida (Jn 5:19; 6:37; 8:29, 38; 14:31), y la gloria de Dios en
él solo podía estar completa cuando su sacrificio expiatorio trajera salvación de Dios a la
humanidad caída.
Su clamor final, “¡Padre, glorifica tu nombre!” (12:28), culmina esta escena. La gloria de
Dios en la pasión de su Hijo enmarca este monólogo (vv. 23, 28), y es este momento el que
finaliza las predicciones de la pasión (3:14; 8:28; 12:32). En los evangelios sinópticos, Cristo
es principalmente glorificado en su resurrección de entre los muertos, pero Juan se enfoca
en la cruz misma como un tiempo de glorificación. Cuando Jesús es levantado en la cruz, él
es levantado a la gloria también. Por lo tanto, como Jesús trae gloria a Dios durante toda su
vida, Dios trae gloria a Jesús en su muerte.
La respuesta del Padre en 12:28–29 es inmediata y muy poderosa: “Ya lo he glorificado,
y volveré a glorificarlo”. El elemento pasado (“Lo he glorificado”) se refiere a la encarnación
y el ministerio terrenal de Jesús. Él “descendió” del cielo (3:13, 31; 6:38, 42, 50, 51, 58), y él
mismo es ese poder divino que une el cielo y la tierra (1:51). Así que él es el hombre de
gloria (1:14; 2:10–11; véase Is 35:1–2; Jl 3:18), manifestada tanto en su revelación de las
verdades divinas como en su realización de obras divinas. El elemento futuro (“volveré a
glorificarlo”) pronto se vería en su ascenso a cielo (3:13; 6:62; 20:17), cuando reclamaría su
preexistente gloria. En Juan, los eventos de la pasión se llaman normalmente la gloria de
Jesús (7:39; 13:31–32; 17:1, 5, 24).
La multitud (12:29) no puede decir lo que ha sucedido y no puede entender el mensaje.
En esto se parecen a los compañeros de Pablo en sus viajes en el camino a Damasco (Hch
22:9). Algunos se enfocan en el poder de la voz, que dicen “había sido un trueno”. Otros se
centran en su origen, pensando erróneamente “que un ángel le había hablado”. El trueno a
menudo se asociaba a un mensaje del cielo (2 S 22:14; Sal 18:13; Ap 6:1; 10:3–4; 14:2). El
hecho es que están confundidos.
Jesús corrige su pensamiento equivocado: “Esa voz no vino por mí, sino por ustedes”
(12:30). Pero no entienden el mensaje, por lo cual es difícil ver cómo lo que parecía ser una
incoherencia para ellos podía ser para su bien. En realidad, las tres veces que Dios habla
directamente, el bautismo, la transfiguración y aquí, el mensaje está destinado tanto para
Jesús como para los espectadores. Esto se ve mejor en el bautismo, como aparece en Mateo
3:17 “Este es mi Hijo”, presentándolo a la multitud, mientras que en Marcos 1:11 dice “Tú
eres mi Hijo”, alentando a Jesús. Ese es probablemente el caso aquí también. Varios señalan
que este es un “contraste semítico” (un contraste más suave de lo que parece en español),
lo que significa que la expresión es más para ellos que para Jesús, no solo para ellos. Puede
que no la hayan entendido entonces, pero lo harían más tarde, incluso aquí se dan cuenta
de que la “voz” se originó del cielo, y eso es muy significativo. Una vez más Dios está
autenticando a Jesús como su Hijo en su misión.
El significado de los eventos de la pasión (12:31–33)
Jesús ahora explica las implicaciones de esta última semana en su vida terrenal La “hora”
ha llegado (12:23), y su muerte es inminente. (v. 24). Esta es ahora la hora de gloria (v. 28),
el punto de cambio de todas las épocas, el “cumplimiento de los tiempos” (Gá 4:4), cuando
todas las anteriores promesas del testamento están a punto de cumplirse. Este no es solo
el tiempo cuando la salvación ha llegado; es el momento cuando “El juicio de este mundo
ha llegado” (v. 31). Anteriormente vimos (Jn 3:17; 8:15) que Cristo vino a salvar al mundo,
no a juzgarlo, pero al mismo tiempo se convirtió en juez de todos los que rechazan su oferta
de salvación (5:22, 30; 8:16; 9:39). De hecho, Dios hizo que Jesús juzgue sobre este mundo
(3:35–36; 5:22–23, 29–30).
Jesús como “la luz del mundo” (8:12) hace resplandecer la luz de Dios sobre el mundo
de tinieblas (1:4, 7, 9) y juzga el mal que lo caracteriza (3:19–20). Por lo tanto, el juicio no
es solo un evento futuro en el fin de la historia; es un proceso presente que implica y
coincide con la oferta de salvación. Los que responden con fe son perdonados, pero
aquellos que rechazan esa oferta pasan al siguiente nivel de juicio, condenados por el
Espíritu (16:8–11). Quienes continuamente rechazan esa oferta se enfrentará al juicio final
en el gran trono blanco (Ap 20:11–15).
En la cruz, el juicio no solo cae sobre el mundo enfermo de pecado; en ese momento
también “el príncipe de este mundo [es] expulsado”. Jesús llama a Satanás “el príncipe
[gobernante] de este mundo” también en 14:31; 16:10; Pablo lo llama “el dios de este siglo”
(2 Co 4:4), el “príncipe de la potestad del aire” (Ef 2:2); y Juan lo llama “el gran dragón” y la
“Serpiente antigua” (Ap 12:9; 20:2). Apocalipsis 12:7–9 narra la historia de cómo lideró una
gran rebelión y arrasó con un tercio de los ángeles fuera del cielo para que se convirtieran
en los demonios / ángeles caídos quienes se oponen a nosotros. Poseyeron a Judas y lo
usaron para llevar a Cristo a la cruz (Jn 13:27; Lc 22:3).
La última derrota de Satanás no está en espera de la segunda venida, sino que ya tuvo
lugar en la cruz (Ap 5:5–6). En el mismo momento en que Cristo murió en la cruz, le dijo a
Satanás y a sus fuerzas que ya habían perdido (1 Pe 3:19) y las desarmó, llevándolos en su
procesión de victoria (Col 2:15). Participamos en esta derrota de Satanás cuando nos
rendimos y dependemos completamente del Espíritu en nuestro caminar cristiano.
La última de las tres predicciones de la pasión en Juan ocurre aquí en 12:32 (junto con
3:14; 8:28). Las tres presentan a Cristo siendo “levantado” en la cruz en el sentido de que
él es “levantado en gloria”, basado en Isaías 52:13, donde el Siervo Sufriente es
“engrandecido y exaltado, y (será) puesto muy en alto”. La cruz es el punto más alto de la
historia, y junto con la resurrección es el punto culminante de toda la eternidad, la base de
la exaltación de Jesús en gloria.
El resultado de esta exaltación de Jesús en la cruz es “Atraer a todas las personas” a sí
mismo. Este es el mismo verbo que Juan usó en 6:44 pues Dios estaba atrayendo a sí mismo
a los que venían a él. La imagen está relacionada a la obra del Espíritu al convencer al
mundo, demostrarles que están equivocados y llevarlos a Dios. Esta es una actividad
trinitaria: los tres miembros de la Divinidad tienen una función. Sin embargo, en 6:44 Dios
solo atrae a los que vienen, mientras que aquí Jesús atrae a todos. Llamé a esto la “voluntad
salvífica universal” de Dios en 1:4, 7, 9, porque representa el deseo de Dios de que ninguno
perezca y todos se arrepientan (2 Pe 3:9). Los que respondan se convertirán en “en un solo
rebaño” con “un solo pastor” (10:16; 11:52; 17:20–23).
Finalmente, en 12:33 Juan les dice a sus lectores que “con esto daba Jesús a entender
de qué manera iba a morir”. “Levantar” no era algo así como un gran triunfo romano sino
en realidad representaba la horrible crucifixión romana que Jesús sufriría. Esta es la gran
paradoja: gloria a través del sufrimiento. De hecho, no podría haber gloria sin sufrimiento.
El corto tiempo con la luz (12:34–36)
La multitud finalmente se da cuenta de que Jesús está hablando de su muerte y que se hace
llamar a sí mismo el Mesías e Hijo del Hombre, pero todavía están confundidos. En este
contexto, Jesús no dice “es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado” (como lo hace
en 3:14), solo que el Hijo de El hombre será glorificado (en 12:23). Además, combinan los
títulos Hijo del hombre y Mesías, entendiendo su glorificación a la luz de sus expectativas
mesiánicas de que la línea mesiánica davídica sería eterna (Sal 89:36; Is 9:7; Ez 37:25). Si
“levantado” es una referencia a su muerte, ¿Cómo es posible que el Hijo del Hombre /
Mesías muera si él “permanecerá para siempre”? Además, todas sus esperanzas mesiánicas
están en que sea un rey conquistador, no un siervo sufriente. Entonces preguntan, “¿Quién
es el ‘Hijo del hombre’?” El tipo de Mesías que Jesús estaba describiendo no era nada que
hubieran contemplado alguna vez.
Jesús se niega a responder su pregunta, probablemente porque todo lo que dijo en
12:23–33 en efecto, ya se ha cumplido. En cambio, los desafía a responderle como la luz de
Dios en medio de ellos mientras todavía hay tiempo para hacerlo. “Ustedes van a tener la
luz solo un poco más de tiempo”, les advierte. De hecho, solo faltan cinco días para que
Jesús les sea quitado.
El versículo 35 (“Caminen mientras tengan la luz, antes de que los envuelvan las
tinieblas”) parece ser otra metáfora corta (véase 12:24), esta vez imaginando a una persona
caminando al atardecer que debe apresurarse para llegar a su destino antes de que la
oscuridad lo alcance y pierda su camino. Varios intérpretes llaman a esto una “parábola de
crisis” como aquellas en Mateo 24–25, que representa un momento de conflicto espiritual
cuando “el príncipe de este mundo” está trabajando. Cuando caminamos en la luz,
conquistamos la oscuridad (1:5), pero aquellos que rechazan la luz y eligen las tinieblas
(3:19–20) son alcanzadas por la noche. No pueden ver su camino y piensan que se dirigen
en la dirección correcta, pero están en camino a la destrucción.
El comentario final de Jesús a la multitud se basa en el camino hacia la salvación a lo
largo de este evangelio: “crean en ella [la luz], para que sean hijos de la luz” (12:36). La
oscuridad está en control de los líderes, pero Jesús quiere rescatar a las multitudes, y la
única respuesta es la decisión de fe. Jesús, la luz del mundo (8:12), pronto se iría, y esta
sería la última vez que podrían responderle directamente.
Si responden con fe, se convertirán en “hijos de la luz”. “Hijo de” es un modismo usado
en lenguas semíticas (como el arameo que Jesús probablemente habló) describiendo la
característica principal de una persona, entonces, esto significa que se caracterizarían por
la luz de Dios dentro ellos. Jesús usa esta imagen para contrastar a sus seguidores de sus
oponentes Estas imágenes no son únicas en el judaísmo del primer siglo; los esenios del
Qumrán se llamaban a sí mismos “los hijos de la luz”, y mientras que los forasteros eran “los
hijos de la oscuridad”.
Esta es una manera perfecta de terminar su ministerio público con las multitudes, con
el desafío de abandonar el reino de la oscuridad y entrar al reino de la luz. Hay un inclusio
en esto, debido a que la luz brilla en todas las personas comenzó este evangelio (1:4, 7, 9,
un elemento central del prólogo). Ahora su ministerio cierra con el llamado a convertirse
en hijos de luz.
Jesús representa este cierre yendo y ocultándose de ellos (12:36), recreando 8:59
después de que la multitud había intentado apedrearlo. Su escondite tiene dos
motivaciones: Jesús ha estado esperando la “hora” final que Dios ha establecido (7:30;
8:20), lo cual representa el juicio de Dios sobre los que lo rechazan. Les había estado
advirtiendo y dándoles oportunidad tras oportunidad de arrepentirse y ser perdonados,
pero su tiempo casi se había acabado.
La incredulidad como el cumplimiento de la profecía (12:37–43)
Esta sección comienza con una declaración resumida de Juan, uniendo las muchas veces
que los milagros de Jesús han sido recibidos con incredulidad. Estos versículos terminan la
sección de señales en Juan (capítulos 2–12), por lo que la incredulidad enmarca estos
capítulos (1:11; 12:37) y demuestra la culpabilidad judía delante de Dios. Incluso después
de todas estas maravillosas manifestaciones de poder divino, este antiguo pueblo de Dios
todavía se niega recibir a Jesús. Este fue un dilema tan revelador que Pablo lo aborda en
Romanos 9–11, respondiendo a la pregunta: si Jesús de verdad es el Mesías y Dios es justo,
¿Por qué han sido tan pocos los judíos convertidos a él? ¿Ha sido Dios fiel a sus promesas?
Pablo responde señalando la voluntad soberana de Dios y la culpabilidad del pueblo judío
(Ro 9–10); Juan responde a esa profecía del Antiguo Testamento que señalaba esta
incredulidad.
El enfoque de Juan demuestra que la misma dureza de corazón de la generación del
desierto e Israel en el tiempo de Isaías todavía plaga a la nación. Tipifica la respuesta judía
al ministerio terrenal de Jesús y continuará después de su muerte y resurrección. La mayoría
permanece cerrada al evangelio, exactamente como lo previó Isaías. Aquí hay una fuerte
sensación de predestinación, con Juan afirmando que su incredulidad surgió “para cumplir”
la profecía (mi traducción), pero hay igual énfasis en la culpa de la nación. Esta es la misma
pregunta analizada en los comentarios sobre 6:35–44, y también aquí debemos encontrar
un equilibrio entre ambas perspectivas. Dios es soberano, pero las personas son
responsables. Esto es un misterio, y la reconciliación final entre estos dos aspectos tendrá
que esperar hasta nuestra llegada al cielo.
Juan cita dos pasajes de Isaías para demostrar que Dios vio su infidelidad por
adelantado. El mensaje aquí es que esta trágica historia de la salvación acerca de la
incredulidad judía en sí misma cumple la profecía. Primero cita a Isaías 53:1 (12:38) el cuarto
de los Cánticos del Siervo (52:13–53:12). Mientras que el Siervo es exaltado por Dios (52:13,
en el contexto del comentario de Jesús “levantado” en 12:32), las naciones están
horrorizadas al saber que está desfigurado y ha sido rechazado. Entonces 53:1 hace una
pregunta obvia, “¿Quién ha creído a nuestro mensaje y a quién se le ha revelado el poder
del Señor?” Dios ha usado frecuentemente hechos poderosos como los de los jueces o los
de David, pero el ministerio del que fue “despreciado y rechazado … varón de dolores” fue
recibido con incredulidad. Jesús, el Siervo Sufriente, enfrentó esta misma incredulidad. Las
palabras (“nuestro mensaje”) y los hechos (“el poder del Señor”) de Jesús fueron ignorados
y rechazados.
El segundo pasaje mencionado (12:40) es Isaías 6:10, el principal pasaje citado en el
Nuevo Testamento para explicar la incredulidad judía (Mr 4:10–12; Hch 28:26–27; Ro 11:8).
Llevando a esta cita, Juan enfatiza aún más la soberanía de Dios (12:39), diciéndonos que
“ellos no podían creer” porque Isaías había profetizado precisamente eso. Una vez más se
ve la voluntad de Dios en el endurecimiento crítico de los corazones de Israel. Es el mismo
problema que con Faraón en Éxodo, con el endurecimiento de su corazón bajo el control de
Dios como respuesta crítica al endurecimiento de su propio corazón. La soberanía divina y
la responsabilidad humana están entrelazadas en la incredulidad de Israel.
Isaías tenía a la vez, al servicio de comisión más emocionado y al más atroz de la historia.
En Isaías 6, se le dio una visión de Dios en su trono y el Señor le dijo que pasaría su vida
entera en un ministerio de fracaso, enviado a predicar a un pueblo que no quería escuchar
nada de lo que le tenía que decir. De hecho, Dios lo usaría para causar ese mismo rechazo.
Juan altera la secuencia de Isaías 6:10 para aplicarla a Jesús. El orden en las líneas de Isaías
es corazón / oídos / ojos, mientras que Juan coloca los oídos e invierte el orden por ojos y
luego a los corazones para centrarse en las señales milagrosas de Jesús y su efecto en los
corazones de las personas. El propósito es mostrar cómo Jesús revive el ministerio de Isaías
a través de sus señales milagrosas, los ojos de las multitudes han sido cegados y sus
corazones se endurecieron contra Jesús y su Padre. Dios no quería que vieran ni
entendieran por causa de su incredulidad.
Debemos notar que Dios ya no quiere que se arrepientan (como en Mr 4:10–12): “no
sea que se conviertan y sean perdonados”. Por esta razón, se le llama “endurecimiento
judicial”. No es un acto fríamente calculado sino uno que recae sobre un pueblo que ya es
culpable. Una vez más debemos reconocer la interdependencia e interacción de lo divino y
lo humano. Han sido culpables de incredulidad, y Dios está juzgándolos al endurecerlos aún
más. La soberanía divina es primordial, pero la responsabilidad humana es un componente
esencial también. Este es el principio mismo que Pablo enfatiza en Romanos 1:21–28; en
respuesta a la depravación de la humanidad, Dios “los entregó” a pecados aún más
profundos como juicio sobre ellos.
Luego, Juan explica que “lo dijo Isaías porque vio la gloria de Jesús y habló de él” (v. 41).
En Isaías fue la gloria de Yahvé, pero Juan lo aplica a la gloria de Jesús. ¿Cómo se relaciona
esto con el endurecimiento judicial? La gloria divina se ve no solo en la salvación de los fieles
sino también en el juicio de los infieles. El Jesús exaltado es juez de todos, y en su juicio yace
la gloria como lo demuestra su naturaleza exaltada. Este tema de la gloria a través de su
función como juez también está en el corazón del libro de Apocalipsis.
Sin embargo, no todos son culpables de incredulidad, incluso algunos de los “los líderes
creyeron en él” (v. 42). Juan quiere que nos demos cuenta de que ese rechazo no era
universal, e incluso hubo conversiones entre los líderes que guiaron el ataque contra Jesús
(como Nicodemo y José de Arimatea; véase 19:38–39). Por alcance, si algunos líderes se
habían convertido en seguidores, incluso aún más personas de las multitudes habían
encontrado a Jesús. Aquí tenemos las etapas iniciales de la iglesia.
Juan ha pasado tiempo discutiendo con muchos con fe débil e inadecuada (2:23–25;
6:60; 8:30), y ahora vemos un grupo que permitió la presión de grupo para acobardarlos,
temerosos de sufrir la oposición de los fariseos si su lealtad a Cristo se diera a conocer. En
9:22, 34, vimos la amenaza de ser expulsados de la sinagoga, y el simple peligro de que los
vecinos se volvieran en contra de ellos habría sido más que suficiente para disuadir a
muchos de hacer que su fe en Jesús se diera a conocer lo suficiente. La razón se hace clara
en [Link] “Preferían recibir honores de los hombres más que de parte de Dios”. Nicodemo
no reveló su conversión hasta que ayudó a enterrar a Jesús (véase 3:1–15; 7:50–51; 19:39).
José de Arimatea es descrito como “un discípulo de Jesús, pero en secreto”. (19:38).
Ciertamente había muchos otros.
No hay razón para pensar que no eran verdaderos creyentes; ellos simplemente tenían
miedo, sin valor en sus convicciones. Existen demasiados como ellos en nuestras iglesias
también. Juan nos muestra que hay varios niveles de fe y que es difícil determinar dónde
separar a los buscadores que no son creyentes de los cristianos débiles. La tarea de los
líderes de la iglesia es continuar discipulando a todos en la iglesia para seguir creciendo en
Cristo y dejar muchas de estas preguntas al Señor. Los que “creyeron en” Jesús en 2:23–25
pensaron que estaban bien, pero sus verdaderas identidades fueron reveladas en 6:60–66.
Debemos hacer que los cristianos débiles se den cuenta la seriedad de la declaración de
Jesús en Mateo [Link] “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!” No hay
mayor peligro que cuando jugamos con nuestro destino eterno.
Última petición de Jesús a creer (12:44–50)
Como 12:23–28, este es un perfecto resumen del mensaje del cuarto evangelio, uniendo el
mensaje de Jesús al pueblo judío. Dos de los principales temas teológicos de Juan están en
el centro del escenario: la fe en Jesús y su misión de parte de Dios quien lo envió como
representante divino. El primer énfasis (vv. 44–45) reúne los aspectos igualitarios de creer
y ver. Dado que Jesús es el representante divino, creer en él o verlo es igual a creer o ver a
Dios. Son uno (10:30), y conocer a uno es conocer al otro. Jesús es el enviado, el shaliach
de Dios (véase 3:17), y su misión es dar a conocer a su Padre (1:18). Él es la voz de Dios y la
presencia de Dios. Él es el único camino a Dios (14:6), y no podemos ver ni creer en Dios sin
creer en su Hijo.
Jesús explica esto más a fondo en 12:46 al usar una vez más (véase 9:4; 11:9–10; 12:35)
las imágenes de luz y oscuridad. A través de Jesús como la luz de Dios (1:4, 7, 9; 8:12),
“vemos” la verdad y llegamos a creer. Él brilla en este mundo oscuro para exponer su
pecado y rebelión, pero el propósito es redentor en lugar de punitivo, trayendo salvación
en lugar de juicio (3:17). La luz brilla para que los pecadores puedan encontrar perdón y
confíen en Jesús para que les ilumine el camino y puedan vencer y dejar atrás la oscuridad
(1:5).
En 12:47–48 Jesús se convierte de Redentor a Juez, otro importante tema (5:22–23;
8:15–16; 9:39). Jesús identifica aquí dos grupos: el primer grupo se caracteriza por que
“escucha mis palabras, pero no las guardan”; estos son cristianos de armario en 12:42–43 y
el segundo grupo que son aquellos con una fe inadecuada, en 2:23–25. Jesús dice: “Yo no
juzgo a esa persona”, reiterando el argumento que expresó en [Link] “Dios no envió a su Hijo
al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él”. La obra de Cristo es
redentora. Aunque ellos no obedecen su enseñanza, su propósito es traerlos al
arrepentimiento.
Cristo se convierte en juez para el segundo grupo, caracterizado por “el que me rechaza
y no acepta mis palabras” (12:48). Su fracaso es más grave. El primer grupo está dispuesto
a “escuchar” pero este segundo grupo rechaza a Jesús y sus palabras. El primer grupo está
en el camino hacia la fe verdadera y acepta parcialmente a Jesús y su enseñanza. El segundo
grupo está completamente opuesto, como Jesús dice, “las mismas palabras que he dicho
los condenarán en el día final”, es decir, en el juicio final. Esto es similar a 5:45–47, donde
las palabras de Moisés juzgarían a los líderes judíos ya que habían rechazado la verdad de
Dios.
La razón por la cual las palabras de Jesús tienen tanto poder radica en su origen (12:49–
50). Provienen del Padre y vienen con la autoridad desde la unidad de la Trinidad. “Yo no
he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió me ordenó qué decir y cómo
decirlo”, Jesús dice, reiterando su sumisión al Padre en 5:19–30: “Todo lo que el Padre hace,
el Hijo también lo hace”. Cada palabra de Jesús y cada acción es en realidad el Padre
hablando y actuando en y a través de él.
Los “mandamientos” del Padre le dan a la enseñanza de Jesús su autoridad, como en
[Link] “Amo al Padre y hago exactamente lo que mi Padre me ha mandado”. La misión de
Jesús recibe su sentido de las órdenes divinas y reflejan las enseñanzas del profeta como
Moisés, profetizado en Deuteronomio 18:18–19: “pondré mis palabras en su boca, y él les
dirá todo lo que yo le mande”. Jesús es el profeta escatológico que cumple esta promesa.
Además, el resultado de estas palabras proféticas del Padre es “vida eterna” porque estas
palabras están fundamentadas en la verdad trinitaria, de modo que él se convierte en “el
camino, la verdad y la vida” (14:6).
Juan ha colocado la unción de Jesús (12:1–11) en su lugar apropiado cronológicamente
(antes de la entrada triunfal) para mostrar que su gloria estaba presente en él incluso antes
de los eventos de la pasión, y que el amoroso regalo de perfume extravagante de María
tenía dos propósitos: mostrar el estado exaltado de Jesús entre sus seguidores y prepararse
para la gloria de su muerte y entierro antes de tiempo. Como Marcos 14:9 dice muy bien,
la historia de su amoroso regalo “se contará también, en memoria de esta mujer”.
Este evento, sumado a la resurrección de Lázaro, trajo aún más fama a Jesús y también
a Lázaro. Lo cual los convierte en una amenaza para los líderes que sienten que tienen que
matarlos a ambos. Este episodio añade la depravación detrás de su oposición. También
establece un patrón que veremos una y otra vez en los próximos dos milenios, ya que miles
de seguidores de Cristo se unirán a Lázaro y a otros como Santiago y Esteban como objetos
de odio y mártires por Cristo. Todos debemos estar preparados para la posibilidad de
oposición e incluso la persecución en este mundo oscuro (3:19–20).
El propósito de Jesús al entrar como lo hizo a Jerusalén (12:9–19) fue declarar
abiertamente que él era el Mesías, cumpliendo Zacarías 9:9. El pueblo judío esperaba un
Mesías conquistador, pero al montar un burro en Jerusalén, Jesús estaba mostrando que
era el Mesías real pero que no conquistaría en un sentido militar como ellos querían. Él es
el humilde Mesías que viene como el Siervo Sufriente a traer salvación y paz espiritual en
lugar de una espada.
Cuando los griegos vienen a Jesús (12:20–36), vemos la primera etapa de la misión
universal a los gentiles, pero también vemos el verdadero significado de la muerte de Jesús
como su glorificación. Grandeza y esplendor van unidos a la rendición y sacrificio de todas
las cosas mundanas para Cristo. El intercambio entre Jesús y el Padre en 12:27–30 es el
punto culminante, en el que Jesús somete sus deseos a su Padre y acepta que su gloria
estará completamente cumplida en la cruz. El mensaje también es para nosotros: el
sufrimiento es el camino a la gloria, y la humillación proporciona el camino para la
exaltación. La última parte (12:31–36) se centra en la batalla entre la luz y la oscuridad. Para
encontrar la paz y victoria en nuestras vidas debemos convertirnos en personas
caracterizadas por la luz, alejándonos de las fuerzas de la oscuridad que están al control de
este mundo.
La sección final (12:37–50) se centra en la incredulidad judía, cuando Dios los juzga por
su negativa a recibir a Cristo y les envía un “endurecimiento judicial” para que no se
arrepientan. Jesús está reviviendo el ministerio de Isaías, quien fue enviado por Dios para
proclamar un mensaje que sería rechazado por la gente cuando Dios derramó su juicio sobre
ellos. Esto sucede con demasiada frecuencia en nuestras iglesias hoy cuando la gente casi
desafía al pastor y a los otros líderes de la iglesia para afectarlos. La solución a esta situación
se encuentra en el cargo de creer en 12:44–50. Jesús es la luz de Dios, iluminando el camino
y proporcionando una luz que los perdidos pueden seguir hasta la salvación. Debemos
desarrollar en nuestras iglesias una cultura de escucha y búsqueda, una disposición para
seguir la “luz del mundo” hasta el final.
JESÚS Y LA COMIDA DE LA PASCUA
(13:1–30)
Los eventos de los capítulos 11–12 proporcionan una transición entre el ministerio público
de Jesús (capítulos 2–12) y los eventos de pasión (capítulos 13–17). Los próximos cinco
capítulos tienen lugar el jueves de la semana de la pasión en la Última Cena. Juan se salta
los eventos de los días lunes (limpieza del templo y la maldición de la higuera), martes
(debates con los líderes en el templo, ser sermón en el Monte de los Olivos), y miércoles
(Jesús y los discípulos en Betania mientras Judas planea su traición). Los sinópticos
proporcionan detalles de los eventos a medida que acontecen, mientras que Juan nos da el
significado teológico de esta semana. Ha decidido abreviar la semana de la pasión y cubrir
solo una noche, porque su enfoque está completamente en la cruz y en ayudarnos a
comprender que Jesús muere como el Cordero de la Pascua. El ministerio público de Jesús
ha terminado, y es hora de comenzar la celebración de la Pascua.
Juan también omite los elaborados preparativos, la predicción de la deserción de los
once discípulos (excepto Judas), las palabras de la institución acerca del pan y el vino, y el
traslado al Getsemaní (así como la estancia en el Getsemaní), que aparece en los Sinópticos.
Indudablemente consciente del material sinóptico, decide complementar y se centra en dos
partes preliminares. Para su evangelio estos servirán para presentar el elemento principal,
el discurso de despedida (13:31–17:26). El lavado de los pies de los discípulos les muestra
que Jesús es realmente el Siervo de Yahweh y que la vida del discipulado es una vida de
servicio. El paralelo con la representación sinóptica es la predicción de la traición de Jesús
(13:18–30 = Mr 14:18–21). El propósito de esta narrativa en Juan es mostrar que todos los
intentos de frustrar el propósito de Dios en la cruz no resultarán.
El enfoque ha cambiado de las multitudes a los discípulos de Jesús, mientras Jesús se
vuelve para preparar a sus seguidores para los humanamente terribles, pero
espiritualmente maravillosos eventos por venir. El mensaje es el mismo para nosotros como
para ellos. Nosotros también debemos mirar más allá del horror, porque en realidad la cruz
es la derrota definitiva de Satanás y la desaparición del mal. En la cruz “el león de la tribu
de Judá, la raíz de David ha triunfado” (Ap. 5:5–6). La inutilidad de Satanás no está basada
en su derrota terrenal final en el Armagedón sino en su derrota eterna en la cruz.
Excursus: la cronología de la última cena y la cruz
Los críticos están divididos sobre la cronología en los sinópticos y en Juan sobre los eventos
de la pasión. A primera vista parece que Juan coloca la última cena un día antes que los
demás. Marcos la coloca en “el primer día de la Fiesta de los Panes sin Levadura [= Pascua],
cuando era costumbre sacrificar el cordero de Pascua” (14:12), lo que significa que los
evangelios sinópticos tienen la última cena el jueves por la noche y la crucifixión el viernes
por la mañana. Sin embargo, Juan la coloca “justo antes de la Fiesta de la Pascua” aquí en
13:1. El motivo de esta diferencia sería que Juan deseaba registrar la crucifixión de Jesús (a
la mañana siguiente) coincidiendo con la masacre de los corderos para la Pascua el jueves,
un día antes de esta fiesta. La última cena entonces sería el miércoles por la noche. Para
estos eruditos esto se corrobora cuando Juan llama a la crucifixión “el día de la preparación”
para la Pascua (19:14, 31, 42; véase también 18:28), lo que indica que se lleva a cabo el
jueves.
Hay varias soluciones posibles para explicar las diferentes cronologías: (1) La Última
Cena no fue una cena de Pascua sino una de las comidas preparatorias, ya sea el Kidush
(“oración”) o Habburah comida el miércoles por la noche. El problema es que los detalles
reflejan imágenes de la Pascua. (2) Juan podría haber estado utilizando un sectario
calendario solar, como el usado en el Qumrán, en lugar del calendario lunar de los fariseos,
colocándolo así un día antes. Pero hay poca evidencia de esto, y los sacrificios se ofrecían
en el templo el jueves oficial, sea cual sea el calendario utilizado.
(3) La mejor respuesta es que el “día de preparación” en el que Cristo fue crucificado en
realidad se refiere al día anterior de lo que fue llamado el “día de reposo especial” de la
semana de la Pascua (= sábado) en lugar que el día de la Pascua (viernes). La última cena,
por lo tanto, tiene lugar el jueves y fue la cena de Pascua, mientras que la crucifixión fue el
viernes, día de preparación para el “día de reposo especial” de Semana Santa. Así, la
representación sinóptica y Juan pueden coincidir uno con otro.
Jesús lava los pies de los discípulos (13:1–17)
La escena (13:1–2)
Los dos temas centrales de esta unidad se encuentran en [Link] Jesús preparándose a sí
mismo y a sus discípulos para su partida de este mundo y su profundo amor por sus
seguidores. Jesús nunca más volverá a hablarle a las multitudes, sino ahora se centra por
completo en aquellos que continuarán su ministerio. El lavado de pies comienza “justo
antes de la comida de la Pascua”. En este momento Jesús se da cuenta nuevamente “que le
había llegado la hora de abandonar este mundo para volver al Padre” (véase 12:23). Esta
por supuesto es la hora destinada mencionada a menudo en Juan (2:4; 3:14; 7:8; 8:28;
12:32) eso terminaría con su vida y ministerio, pero traería la salvación de Dios a la
humanidad pecadora.
El mundo es el lugar de la rebelión y el rechazo, pero también es el centro del amor
salvífico de Dios (3:16). Descendió del cielo a este mundo para proporcionar salvación, y
ahora él está a punto de ascender de nuevo a su Padre. En esta fase final de su vida terrenal
está concentrado en sus discípulos para prepararlos no solo para los terribles eventos que
están prontos a venir, sino también en su posterior vida de ministerio al mundo.
Su enfoque en sus seguidores está dominado por el amor. Interesantemente en los
capítulos 2–12 palabras referentes a vida (cincuenta veces) y luz (treinta y dos veces)
predominan sobre las palabras de amor (doce), pero en los capítulos 13–17 ocurre lo
contrario: el amor (treinta y siete) supera con creces la vida (seis) y la luz (ninguna). La frase
“los amó hasta el fin” tiene un doble significado. “El fin” se refiere tanto al tiempo (al final
de su vida) como al grado (a lo máximo). El amor de Jesús por los suyos es el tema principal
de los próximos cinco capítulos. Esto también nos dice que Jesús tuvo la intención de lavar
los pies como una anticipación de su muerte y la pasa en la responsabilidad del amor hacia
ellos, de ser vistos con el mismo servicio que Jesús ejemplifico (véase Mr 10:43–45).
La frase inicial de 13:2, “llegó la hora de la cena” es debatida. Algunos colocan estos
eventos al principio, como en la NTV “era la hora de cenar”, mientras que otros la colocan
después de la cena. Prefiero situarla desde el principio, lo que ciertamente es el momento
en que tal evento ocurriría normalmente. Juan dice luego que “El diablo ya había incitado a
Judas … para que traicionara a Jesús”. El griego dice que Satanás “entró en el corazón” de
Judas, lo que significa que Satanás tomó posesión de él. Judas lo hizo por dinero (12:6;
13:27–30), pero en realidad Satanás había planeado esto cuidadosamente y estaba detrás
de los malos deseos de Judas. La pasión es una batalla universal contra los poderes del mal.
Este tema es importante en esta sección (véase 12:31; 14:31), pero como sabemos por 1:5,
la oscuridad no prevalecerá.
El lavado de los pies (13:3–5)
El lavado de pies está basado en dos cosas que Jesús “sabía” en el versículo 3: tenía poder
y autoridad de Dios, sobre todo, y pronto regresaría a Dios en el cielo. Por esta razón no
había duda de cómo la batalla contra los poderes de la oscuridad resultaría, porque él es el
Señor de todos. La cruz no es solo un logro aislado sino el evento central en la mayor batalla
universal que este mundo conocerá alguna vez. El resultado ya estaba establecido, y el plan
de salvación de Dios se lograría. Dios estaba en control, no Satanás y su Hijo tenían
autoridad absoluta sobre todos los participantes en esta representación. Jesús pronto
volvería a ascender a su hogar celestial, por lo tanto, su propósito ahora era preparar a los
discípulos para su participación en esta guerra universal.
En lo que sigue, Jesús no solo muestra a sus discípulos cuánto los ama, sino que incluso
les pasa la responsabilidad del liderazgo en la nueva era que está inaugurando, como se
define en Marcos 10:43–45: “el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su
servidor, 44 y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos”. Quiere que
comprendan cuál es el significado de su soberana autoridad y por qué está entregando su
vida. Para seguir su ejemplo y compartir su gloria, la autoridad de los discípulos tiene que
ser ejercitada a través del servicio El Bautista lo definió bien cuando dijo: “al cual yo no soy
digno ni siquiera de desatarle la correa de las sandalias” (1:27). Solo un esclavo lavaría los
pies de un invitado. También es un acto familiar, ya que las esposas lavaban los pies de sus
maridos y los hijos los pies de los Padres. Jesús se hizo a sí mismo un modelo de amor y
humildad, pidiendo que imitaran su ejemplo.
Juan describe las acciones de Jesús con cierto detalle para enfatizar. Sólo antes de que
se sirviera la comida, “se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la
cintura. Luego echó agua en un recipiente” (13:4–5). El choque de los discípulos debe haber
sido increíble; Jesús estaba invirtiendo el orden social. Imagine la escena. Era un ambiente
de banquete formal, y habrían estado recostados en cojines en forma de U con Jesús a la
cabeza (en el centro de la U), sirviendo como Padre durante la comida. Cuando Jesús
envolvió la toalla alrededor de él, tomó la forma servil de un esclavo.
Cuando comenzó a lavarles los pies y secarlos con la toalla (13:5), quien “siendo por
naturaleza Dios” deliberadamente asumió “la naturaleza de siervo” (Fil 2:6–7). Como Jesús
declara en Lucas 22:27, “Yo estoy entre ustedes como uno que sirve”. Debemos recordar
que uno de aquellos cuyos pies Jesús lavó fue Judas mismo. Qué modelo de amor
indescriptible, lavar los pies de ¡Alguien que lo enviaría a su muerte! Los líderes cristianos
exitosos se definen por el grado de humildad y servicio que manifiestan a pesar de sus
cargos.
El diálogo con Pedro (13:6–11)
La protesta de Pedro es bastante comprensible. Los discípulos servían a sus rabinos, nunca
al revés. Entonces él y los demás estaban en estado de shock. En el griego “tú” y “mí” están
uno al lado del otro para enfatizar: “Quieres decir ¿tú … pies a mí?” Él no quería que nadie
viera esta escandalosa brecha de respeto. Jesús se dirige a todos en sus palabras a Pedro:
“Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, … pero lo entenderás más tarde”. “Más tarde”
debe interpretarse aquí como después de la venida del Espíritu, quien los “guiará a toda la
verdad” (16:13).
Pedro todavía no podía entender (como Jesús acababa de decir) así que sigue
protestando, esta vez con un negativo más fuerte: “No … jamás me lavarás los pies” (13:7).
El griego es más fuerte; la traducción literal dice: “Nunca en toda la eternidad lavarás mis
pies”. La vergüenza sería simplemente demasiado grande. Él no está pensando espiritual o
teológicamente, sino desde una perspectiva mundana y sociocultural. La respuesta de Jesús
(v. 8) es igualmente contundente y resuelve el problema de una vez por todas: “Si no te los
lavo, no tendrás parte conmigo]”. “Tener parte” significa compartir la herencia de Jesús de
Dios, que a menudo se refiere a las bendiciones eternas que esperan a los fieles (véase Ro
8:17; Ef 3:6; 1 Pe 1:4). Con esto Pedro finalmente entiende el doble significado en “lavado”,
que se refiere a la limpieza espiritual, así como la física. Este lavado representa la limpieza
de la cruz, y a menos que uno acepte esta limpieza de Jesús, no se puede compartir el reino
y no hay vida eterna.
Pedro reacciona y responde con su característica exuberancia: “Entonces, Señor, … no
solo los pies, sino también las manos y la cabeza” (13:9) No hay un significado especial en
la adición de “manos” y “cabeza”. Se refiere a todo su cuerpo y simplemente dice: “Yo
quiero estar totalmente limpio”. A menudo se dice que él continúa confundido y solo está
pensando a nivel terrenal, pero yo no considero que ese sea el caso. Es más probable que
él haya entendido parcialmente y que esté hablando de limpieza espiritual aquí. No puede
darse cuenta de que Jesús está hablando de los efectos de la cruz, pero difícilmente podría
esperarse que lo haga. Pedro es el tipo de discípulo con mucho corazón, pero no con mucho
conocimiento en la cabeza.
En su próxima respuesta (v. 10), Jesús se basa en la comprensión parcial de Pedro, pero
las imágenes son algo confusas, ya que usa dos palabras para lavarse: “El que ya se ha
bañado [louō] no necesita lavarse [niptō] más que los pies; pues ya todo su cuerpo está
limpio”. Esta es una breve parábola que describe a una persona que asiste a una fiesta y
que se baña en casa para que cuando llegue solo necesite lavarse el polvo del camino de
sus pies. El mensaje es claro. Los discípulos están ya limpios espiritualmente y solo necesitan
ser sirvientes unos de los otros. El lavado de pies de Jesús es realmente una unción de los
discípulos para el servicio cristiano. La limpieza espiritual ocurre al convertirse en un
discípulo de Jesús, seguido de una unción al servicio de Dios y del uno con el otro.
El último punto es uno que posiblemente no podrían entender todavía, pero como Jesús
dijo en el versículo 7, lo harían más tarde. “Y ustedes ya están limpios, aunque no todos”.
Jesús lavó los pies de Judas, pero fue solamente una limpieza exterior y no tocó su corazón
malvado. El permaneció cubierto por la suciedad mucho más grave, la del pecado. Juan
explica esto al lector en el versículo 11. La inmundicia del pecado en Judas es la absoluta
maldad de la traición. Por el resto de la historia de la humanidad se convertirá en el
paradigma del traidor, y será aún peor que eso, porque le dio la espalda al salvador del
mundo para ser muerto.
La explicación del evento (13:12–17)
Jesús termina de lavarles los pies, recoge las prendas que se había quitado en 13:4, y vuelve
a recostarse en el sofá para la comida. Posiblemente mientras se distribuye la comida,
comienza a explicar la importancia de lo que ha hecho, pasando del “yo-tú” en su relación
con ellos a las relaciones internas entre los discípulos. No había forma posible de que
pudieran haber entendido aún, porque todo lo que Jesús había hecho estaba relacionado
al significado de la cruz.
Simplemente no tenían idea de un Mesías Sufriente, para todo el judaísmo se interpretó
a Isaías 52–53 como una referencia a la nación en vez de al próximo Mesías. La llegada del
Mesías no estaba orientada a la salvación sino a la liberación militar. Pedro reaccionará al
arresto de Jesús sacando su espada y cortando la oreja del esclavo del sumo sacerdote
(18:10), pensando que la guerra para eliminar a los romanos estaba comenzando, así como
el reino mesiánico. Sin embargo, al lavar los pies de los discípulos, Jesús muestra que él es
realmente el Siervo de Yahweh de Isaías 52–53, y que los discípulos deben imitarlo al servir
a los demás. Ese es el tema de Juan en 13:13–17.
Comienza con su autoridad, la cual ya conocen (v. 13), afirmando que él es realmente
su “Maestro” o rabino, así como su “Señor”. Ambos eran títulos comunes de respeto y a
menudo usados con referencia a Jesús, pero obviamente Jesús quiere decir mucho más.
Como rabino él es el intérprete definitivo de la Torá, cumpliendo las fiestas (capítulos 5–10)
y resumiendo la ley mosaica en sí mismo. Como Señor, él es el Señor del universo. y Creador
de todo (1:3–4). “¡Señor mío y Dios mío!”, es la exclamación de Tomás en 20:28, la cual
habla de su deidad. “Jesucristo es el Señor” se convirtió en el núcleo de toda confesión
cristiana (1 Co 16:22; Fil 2:11). Esta confesión forma la base de todo lo que Jesús va a decir.
En 13:14 aplica el lavado de pies a las relaciones internas dentro del grupo. Explica que
realizó el escandaloso acto de lavarles los pies para que siguieran su ejemplo y se “lavaran
los pies unos a otros”. Este acto de amor los establece como familia en Dios y se convierte
en un patrón de servicio para toda la vida dentro de la iglesia de Jesucristo. Mientras se
sirven mutuamente se unirán como una sola familia (véase 17:21–23). Los discípulos están
unidos a Cristo y, por lo tanto, también unidos el uno al otro. Nótese la triple unidad: amor
y unidad en la Deidad se vive en la unión de los creyentes con Cristo, lo que resulta en la
unión de los creyentes entre sí.
Jesús ahora hace explícito lo que antes estaba implícito, que les lavó los pies como “el
ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (v. 15). El “ejemplo”
(hipodeigma) se refiere a un modelo o patrón para ejemplificar en la vida de uno, no solo
para interrelaciones sino también para sus futuros ministerios. El amor abnegado que Jesús
mostró fue para guiarlos como líderes en la iglesia. De hecho, liderazgo sin servicio es una
afrenta no bíblica a Dios.
Esto es importante para los debates sobre el lugar del lavado de pies en la Iglesia.
Muchas iglesias han tomado esto literalmente como una orden y han convertido el lavado
de pies en un sacramento como el bautismo o la Cena del Señor, el cual debe ser realizado
regularmente, como parte del servicio de eucaristía. Sin embargo, no hay evidencia de esto
en los comienzos de la iglesia. La única vez que se menciona nuevamente en el Nuevo
Testamento (1 Ti 5:10) es una cualificación para el ministerio a las viudas. No era practicado
como un rito cristiano en los primeros siglos de la iglesia. Es mejor verlo como aquí, un
ejemplo que puede ser una experiencia significativa para la iglesia, pero no como un rito
requerido.
Este principio está basado en otra solemne e importante declaración doble amēn (véase
los comentarios en 1:51): “ningún siervo es más que su amo, y ningún mensajero es más
que el que lo envió” (13:16; véase también Mt 10:24–25; Lc 6:40). Aquí el enfoque cambia
de Jesús como el enviado a Jesús como el remitente. Sus discípulos deben continuar la
misión de Jesús (17:18; 20:21). Imitarán la entrega de Jesús a su Padre y su amor sacrificial
por sus seguidores. Los verdaderos líderes se definen a sí mismos por su llamado a servir a
su rebaño, no dominar sobre él (Mr 9:35; 10:42–45; 1 Pe 5:3). El verdadero ejemplo de Jesús
es de servicio, y si lo caracterizó a él, debe definir también el ministerio de sus seguidores.
Entonces Jesús les coloca la responsabilidad: “¿Entienden esto? Dichosos serán si lo
ponen en práctica” (13:17). Dios no bendecirá al líder dictatorial cristiano cuya palabra es
ley. Conozco demasiados así. Una secretaria de la iglesia una vez me habló de su jefe, el
pastor, “Tienes que entender algo sobre él. Nunca ha perdido”. Esto siempre ha sido un
gran problema: muy pocos pastores tienen un corazón de pastor para el servicio. Y muy a
menudo no saben lo que les falta. Recuerdo que una vez hablé con un grupo sobre tener un
seminario pastoral sobre servicio en el liderazgo. Su respuesta fue: “¿Por qué?” Se supone
que el conocimiento produce acción, y una vez que sepamos lo que realmente significa el
liderazgo centrado en Cristo, deberíamos cambiar.
Jesús predice su traición (13:18–30)
El contraste con los once (13:18–20)
La predicción de la traición de Judas en 13:18–30 es más extensa aquí que en los sinópticos
(Mr 14:18–21 y paralelos). Jesús ya se los había advertido (6:70; 12:24), incluso en esta
escena donde les dice que no todos están limpios (13:10). Así que aquí, al decirles que serán
bendecidos por Dios, aclara que “no me refiero a todos ustedes”. Él había elegido a cada
uno de ellos, incluido Judas (6:70), y había estado consciente de su verdadera naturaleza
desde el principio (6:64). Al principio, les muestra la diferencia absoluta entre su traidor
(13:18) y los once fieles (vv. 19–20).
Ahora vemos por qué Jesús eligió a Judas a pesar de sus inclinaciones malvadas. Lo hizo
para cumplir las Escrituras. La iglesia primitiva en general entendió la traición de Judas en
términos del cumplimiento de las Escrituras. En Mateo 27:9, el evangelista usa Zacarías
11:12–13 para explicar la traición de Judas a Jesús a cambio de treinta piezas de plata, y
Pedro en Hechos 1:20 cita los Salmos 69:25 y 109:8 para explicar la traición.
Jesús cita el Salmo 41:9 para mostrar por qué fue elegido Judas: “que compartía el pan
conmigo, me ha puesto la zancadilla”. David en este salmo es la víctima justa que ha
experimentado la traición de un amigo cercano mientras estaba enfermo y era perseguido
por sus enemigos. David aquí como en cualquier otro lado, es un tipo del Mesías sufriente.
Judas en este sentido es el antitipo del amigo traicionero, y el salmo es cumplido en su
traición. El griego detrás de “vuelto en contra” es literalmente “Pateó el talón”,
describiendo la imagen de un caballo o una mula pateando a una persona con sus pezuñas.
Jesús quiere que sepan hasta qué punto él tiene el control incluso durante este tiempo
oscuro. Sin embargo, él sabe lo difícil que será para ellos manejar lo que está a punto de
suceder. Entonces les habla por adelantado sobre la traición de Judas (v. 19) para que se
den cuenta que él está a cargo cuando esto sucede y para que a través de él “crean que yo
soy”. De hecho, este es un pasaje como 8:24, 28, 58, un pasaje absoluto del “Yo soy” (egō
eimi). Como en los demás, esto debería ser traducido, “Yo soy Yahweh”. Les está diciendo
esto para que en el tiempo de crisis puedan darse cuenta y su fe se fortalezca. Como Moisés
en la zarza ardiente, pueden llegar a conocerlo como “Yo soy quien soy” (Éx 3:14), el Dios
que está a cargo.
Ahora llegamos a la segunda declaración doble amēn de esta sección (13:16, 20):
“Ciertamente les aseguro” (véase los comentarios en 1:51). Jesús está listo y sabe que
pronto les será quitado, por lo cual, les está pasando la batuta. Son responsables de replicar
su corazón de siervo, y ellos se encargan de continuar su misión divina Esto significa que
valen adelante con la autoridad de Dios. Aquí hay una progresión de tres etapas, vista desde
la perspectiva de aquellos a quienes serán enviados por el Padre y centrada en el verbo
“aceptar” o “recibir” (lambanō), extraído de 1:12, “a todos los que le recibieron”.
En 13:16 Jesús dijo que un representante o mensajero es como el remitente, así que
cuando las personas “reciben” a los seguidores de Cristo, en realidad están recibiendo a
Cristo, y cuando reciben a Cristo, reciben a Dios, el remitente final (también en Mateo
10:40–42). En esto Jesús eleva el estado y la autoridad espiritual de los discípulos, dándoles
el mismo poder que tiene (como también en 15:5; 17:18; 20:21). Él es uno con el Padre
como el “Yo soy”, que acaba de declarar en el versículo 19, y ahora está dejando esa unidad
a sus seguidores. Si lo seguimos, somos uno con el Hijo y, por lo tanto, también con el Padre.
Avanzamos con una autoridad que ni siquiera podemos imaginar.
Profecía del traidor (13:21)
Jesús antes estaba “turbado” por la muerte de Lázaro (11:33) y nuevamente mientras
contemplaba los próximos eventos de pasión (12:27), entonces aquí, cuando está
“angustiado profundamente”, es la tercera vez que tiene su experiencia de Getsemaní en
Juan. Su corazón se está rompiendo por la traición de Judas. Siempre ha sabido que esto iba
a suceder (véase comentarios en 6:64, 70), pero ahora que ha llegado el momento, se
lamenta sobre Judas. Hemos visto en 11:33, 38, el equilibrio entre la ira que su sentido de
justicia experimenta y la angustia que su sentido de compasión amorosa experimenta. Aquí
predomina esta último. Entonces él “testifica” en forma de profecía a través de una tercera
declaración doble amēn (véase 13:16, 20): “Ciertamente les aseguro que uno de ustedes
me va a traicionar”. Ha hablado antes sobre esto (6:64, 70; 13:10), y Juan habló sobre Judas
más adelante en 12:4–6; 13:2, 10–11, 18, pero ahora Jesús lo trata abiertamente para
preparar a sus discípulos para lo que está por venir.
Discusión sobre lo que está por venir (13:22–27)
No hace falta decir que esto causa una gran consternación entre ellos. Nosotros
pensaríamos que estarían algo listos dadas las declaraciones previas de Jesús (véase el v. 21
arriba), pero no lo están. Se miran alrededor el uno al otro, perplejos. En Marcos 14:19 y
paralelos preguntan: “¿Acaso seré yo?”. Si recordamos la escena, todos están recostados
sobre cojines, y Mateo 26:25–26 registra un intercambio privado, es ahí cuando Jesús le
dice a Judas que él lo sabe. Aun así, los demás no lo escucharon en el bullicio que
probablemente siguió, y no tenían idea de cuál de ellos Jesús estaba acusando.
Juan agrega al registro Sinóptico y presenta al Discípulo Amado (DA) en este punto. Él
es un elemento fijo en el resto de la narrativa (18:15–16; 19:25–27, 35; 20:1–10; 21:1–7,
20–24) y se presenta como el arquetipo o discípulo ideal. Llama la atención que él nunca se
identifica con este DA, aunque es casi seguro que Juan está hablando de sí mismo.2 Vale la
pena señalar dos puntos importantes en 13:23. Primero, él es “el discípulo a quien Jesús
amaba”, una declaración algo inusual, porque Jesús amaba a todos los discípulos
profundamente (13:1), amaba a Lázaro y a sus hermanas (11:5, 36), y ciertamente junto con
su Padre “amaron tanto al mundo” (3:16). Juan no dice esto por orgullo (“él especialmente
me amaba”) sino por asombro y porque se ve a sí mismo como emblemático de todos los
verdaderos discípulos. Él quiere que compartamos su asombro mientras medita sobre el
amor entre él y Jesús.
Segundo, él está recostado sobre el pecho de Jesús (literalmente “en el seno de Jesús”),
traducido adecuadamente por la NVI como “estaba a su lado” pero el lenguaje literal nos
ayuda a imaginar la escena. Todos están recostados en cojines en una distribución en forma
de U, con Jesús a la cabeza y el DA obviamente en un cojín junto a él e inclinándose para
conversar con él. Los comensales reclinados descansarían en su codo izquierdo y comerían
con la mano derecha. La imagen es de intimidad, y muchos han comentado que esto recrea
la intimidad entre Jesús y su Padre en 1:18, “en unión íntima”, literalmente “en el seno del
Padre “. Los seguidores de Jesús comparten con él la misma relación que tiene con su Padre.
Pedro aparece junto con el DA en prácticamente todas las escenas donde él aparece en
Juan. Casi parece que están compitiendo uno con otro. Aquí es el DA quien le pregunta a
Jesús sobre su profecía e inicia la acción. En 18:15–16 lleva a Pedro al patio del sumo
sacerdote; en 20:1–10 gana la carrera hacia la tumba; y en 21:1–7 es el DA quien reconoce
a Jesús. Pero esto malinterpreta el real énfasis; no hay competencia. Por el contrario,
triunfan juntos en el ministerio en desarrollo del grupo apostólico.
En 13:24–25 trabajan juntos para preguntar la identidad del traidor, “Señor, ¿quién es?”
Probablemente Pedro estaba recostado más lejos de Jesús, mientras el DA estaba a su lado.
El griego describe a Simón Pedro haciendo una señal asintiendo con la cabeza para llamar
la atención del DA, entonces el DA “recostándose” contra el pecho de Jesús le pregunta. La
escena retrata una profunda intimidad y amistad. Algunos estudiosos han interpretado una
relación homosexual en esto, pero eso sería un grave error. Es común en muchas sociedades
incluso hoy que dos hombres caminen del brazo o de la mano como señal de amistad sin
connotaciones sexuales de ningún tipo. Este era el caso también en la sociedad judía del
primer siglo.
Jesús responde con otra acción simbólica (v. 26) como el lavamiento de los pies y les
dice que el traidor es aquel a quien le dará un pedazo de pan mojado en el tazón. En este
tazón estaba el haroseth, una pasta de frutas que consistía en dátiles, pasas y vino amargo.
Hay una suprema ironía en esto, ya que pasar este bocado a Judas normalmente habría
representado una gran honra, señalándolo como especial. En esto Jesús amaba a Judas
“hasta el final” (13:1), pero en realidad lo señaló como el supremo traidor y apóstata. Al
pasarlo a Judas, lo está señalando como el objeto de la atención de Dios por lo que está a
punto de hacer.
En la superficie, parece que Jesús está favoreciendo a Judas, pero en realidad esta es
una señal de juicio, que lo marca como el favorito de Satanás, una herramienta para la mala
acción que ha de acontecer, y como el objeto de la ira de Dios. Ahora que sus intenciones y
culpa están a la vista, Judas se vuelve determinado en su decisión, y “Satanás entró en él”
(v. 27). La unión malvada está completa, una terrible copia de la suprema unidad entre Jesús
y sus seguidores (6:56; 15:4; 1 Jn 2:24; 3:24). Juan enfatiza fuertemente la parte de Satanás
en los eventos de la pasión (12:31; 14:31; 16:11), y Judas se convierte en un arma en la
guerra universal.
Cada acto de compasión de Jesús hacia él, como el lavado de sus pies y ahora el bocado
pasado a él, simplemente endurecieron aún más a Judas, y ahora está poseído por Satanás,
totalmente consumido por el mal. Jesús, sabiendo que ha llegado la hora, solo tiene un
deseo y pide una cosa: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. El clímax de todas las edades, el
punto de inflexión de toda la historia había llegado.
La etapa final está preparada (13:28–30)
Juan cierra esta parte del recuento con dos cosas: la ignorancia de los discípulos (vv. 28–29)
y la partida de Judas (v. 30). Jesús debe haber hecho todo esto en silencio, ya que los demás
aparentemente no notaron nada, probablemente pensando que Jesús estaba simplemente
mostrando amabilidad a Judas. El DA también parecía estar en silencio aturdido,
probablemente en estado de shock. Ya que Judas era el tesorero del grupo (12:6), los demás
asumieron que cuando Jesús dijo: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto “, lo estaba enviando a
comprar más suministros para la cena o a dar dinero a los pobres. (Dar limosna era parte
de la Fiesta de la Pascua.)
Judas, con completa resolución, inmediatamente se levanta y sale hacia la noche. La
noche y la oscuridad en Juan simbolizan el mal (véase los comentarios sobre 3:2), y ese es
ciertamente el caso aquí. La noche más oscura no estaba fuera del aposento alto; estaba en
el corazón de Judas. El acto supremo del mal en toda la historia: poner al Hijo de Dios en la
cruz, ahora se había puesto en marcha.
Los eventos de la pasión en Juan están bastante interrumpidos en comparación con
aquellos en los otros evangelios, ya que toda la atención de Juan está en el significado de la
cruz para la eternidad. Los eventos preparatorios en este evangelio se llevan a cabo en una
noche en lugar de durante toda la semana a medida que se enfoca en la última cena y el
discurso de despedida.
La escena de la última cena también se abrevia, ya que solo dos aspectos son narrados:
el lavado de pies, que muestra a Jesús como el Siervo de Yahweh definiendo el significado
de liderazgo para sus discípulos, y la traición de Jesús, que muestra que Dios está
completamente a cargo, incluso usando la deserción de Judas para lograr sus mayores
propósitos.
Los temas de amor y servicio dominan esta escena, y ambos son tan relevantes hoy
como lo fueron entonces. Estoy seguro de que todos los que han experimentado
personalmente una ceremonia de lavamiento de pies, dicen que ha sido una experiencia
significativa. En nuestros tiempos los líderes que son siervos son desesperadamente
necesarios y demasiados pocos en número. En mi primer pastorado, sentí que el mayor
problema era el orgullo de los líderes de las iglesias a mi alrededor, y eso no ha cambiado
realmente. Todos necesitamos usar nuestros dones para ayudar y mejorar la vida de
aquellos a quienes ministramos, y negarnos a manipularlos para nuestros propios fines.
Claramente, la humildad y el servicio a los demás se ven aquí como un arma, parte de
la armadura de Dios que vence a las fuerzas del mal en la guerra universal contra Satanás.
Jesús en la cruz derrotó a Satanás de una vez por todas, y cuando nos convertimos en siervos
como lo hizo Jesús, nosotros también ganamos la batalla contra los poderes cósmicos. El
servicio como se ve en el diálogo con Pedro (13:6–11) es un elemento importante de
nuestra limpieza espiritual, algo que debemos hacer parte de nuestro estilo de vida para
que podamos ser espiritualmente puros en nuestro caminar con Cristo. Jesús es aquí
nuestro modelo o ejemplo (13:15), y para ser como Cristo debemos ser siervos.
Hay otros dos modelos para nosotros en 13:18–30: Jesús como el sufriente justo por
excelencia, traicionado por uno de los suyos; y el discípulo amado, Juan, el discípulo ideal
que comparte su vida con Jesús y es fiel. Jesús eligió a Judas en cumplimiento de las
Escrituras, para demostrar que incluso cuando uno es perseguido y traicionado por
hombres malvados, él y el Padre tienen el control total. Ellos sabían de antemano todo lo
que estaba por ocurrir y están usando esto para aumentar la fe de sus seguidores. El
discípulo amado ejemplifica el servicio desinteresado, un tipo de liderazgo humilde que es
Cristocéntrico.
DISCURSO DE DESPEDIDA: PRIMER DIÁLOGO
(13:31–14:31)
Suponga que después de una serie de exámenes médicos, descubre que solo le quedan
veinticuatro horas para vivir. ¿Cómo se lo dirías a tu familia y cómo los prepararías para vivir
sin ti? Esto es exactamente lo que Jesús tiene que hacer en este monólogo, el discurso más
largo en el Nuevo Testamento. Tiene que prepararlos para los horrores de las próximas
veinticuatro horas y encargarles su posterior misión al mundo. El tema básico de todo lo
que Jesús dice es: “Yo debo partir para que el Espíritu pueda venir”. Jesús está a punto de
terminar su camino, el “camino” a la nueva era de salvación. El Espíritu está a punto de
tomar el control y completar el plan de Dios, enviando a los seguidores de Jesús para
continuar su ministerio terrenal.
La forma del discurso que Jesús usa aquí; el discurso de despedida: se usaba con
frecuencia en el Antiguo Testamento: Jacob en Génesis 47:29–49:33; Moisés en
Deuteronomio 32; Josué en Josué 23–24; Samuel en 1 Samuel 12; y David en 1 Crónicas 28–
29. Cada uno de estos grandes hombres consoló a sus seguidores frente a sus inminentes
muertes, les predijeron y los prepararon para lo que el futuro traería. Jesús hace lo mismo
y al mismo tiempo los supera, porque él es el Mesías e Hijo de Dios; y solo él volvería de la
tumba.
El discurso tiene tres partes: el primer discurso (13:31–14:31) el cual consiste en
diálogos con cuatro discípulos: Pedro (13:36), Tomás (14:5), Felipe (14:8) y Judas (no
Iscariote, 14:22). El segundo (15:1–16:33) consiste en la descripción detallada de Jesús
sobre el primero; y el tercero (17:1–26) consiste en su oración sacerdotal y su preocupación
por glorificar al Padre y a sus discípulos. Algunos críticos concluyen que este no es un
discurso completo, sino dos versiones del mismo contenido o una narrativa altamente
editada que consiste en varias redacciones de diferentes autores. Tampoco es viable, ya
que encaja notablemente bien como un solo discurso unificado (como estaré explicándolo
a medida que avanzamos versículo a versículo). Tiene un flujo literario que muestra una
construcción cuidadosa sin evidencia de una burda compilación.
El único conflicto se encuentra en 14:31, que interrumpe el flujo cuando Jesús dice:
“Levántense; vámonos de aquí”. Esto aparentemente parte la narrativa en dos secciones,
sin embargo, los temas de los capítulos 15–16 repiten los del capítulo 14. Pero este no es
un problema significativo. Ya que proporciona una organización metódica en la que Jesús
primero dice las ideas principales en el capítulo 14 mientras se encuentra en el aposento
alto y posteriormente las retoma mientras camina al Getsemaní en los capítulos 15–16. Esta
era una técnica literaria judía común (llamada “ciclos”) y se adapta bien a la escena original.
Prólogo: Jesús habla de gloria, amor y fracaso (13:31–38)
Existe cierto debate sobre si esta sección pertenece más a la escena de la última cena
(debido a la predicción de la negación de Pedro en 13:36–38) o al discurso de despedida
(debido al énfasis sobre la gloria y el amor, 13:31–35). En realidad, es otro pasaje de
transición y, por lo tanto, pertenece a ambos, pero los temas en los versículos iniciales se
preparan tan bien para el capítulo 14 que pertenece principalmente allí. Los tres temas aquí
(gloria, fracaso y amor) se encuentran en orden inverso en la última parte del discurso: amor
(15:1–16:4a), fracaso (16:4b–33) y gloria (17:1–26), formando un tipo de quiasmo̱ .
Gloria y partida (13:31–33)
La salida abrupta de Judas (13:30) pone fin a la escena de la última cena y proporciona una
poderosa transición mientras Jesús comienza su explicación de estos acontecimientos
trascendentales que están por venir. En 12:23 Jesús predijo: “Ha llegado la hora de que el
Hijo del hombre sea glorificado”. Ahora que la predicción comienza a volverse realidad.
Todas las predicciones anteriores de la pasión en Juan señalan el hecho de que cuando Jesús
es levantado en la cruz, él es levantado en la gloria (3:14; 8:28; 12:32). Aquí se encuentra
esa paradoja máxima: el evento más horrible de la historia humana es, al mismo tiempo, el
más glorioso.
Este es el último uso del título “Hijo del hombre” en Juan, y se ajusta al enfoque de la
gloria escatológica. El sentido completo de Daniel 7:13–14 aparece, como se hizo en su
primer uso, en [Link] dominio, autoridad universal y gloria. Por otra parte, la gloria del Hijo,
como en todos los aspectos de la relación Padre-Hijo, representa también la gloria del
Padre. Cuando Dios en amor supremo mandó a su Hijo a morir por nosotros (Ro 5:8), la
grandeza y la bondad de Dios fueron completamente reveladas. La muerte sacrificial de
Cristo es en sí misma gloria absoluta, y como tal manifiesta la presencia de la Shekinah
como un acto de sacrificio vicario. En Juan la cruz es el trono sobre el cual el Mesías Davídico
recibe su corona, y es el propiciatorio sobre el cual la expiación llega al mundo.
Como Jesús y el Padre son uno (10:30), en el orden inverso también es lo mismo (13:32).
No solo el Padre es glorificado en el Hijo, sino también “Dios glorificará al Hijo en sí mismo,
y lo hará muy pronto”. Esta combinación del futuro “glorificará” junto con “muy pronto”
enfatiza el inminente evento de la cruz. Sorprendentemente, Jesús sería muerto en
aproximadamente quince horas (cerca de la medianoche del jueves a las tres de la tarde del
viernes). Jesús pronto glorificaría a Dios al someterse a su voluntad (Mr 14:36, “no sea lo
que yo quiero, sino lo que quieres tú”) y cumplir su hora destinada (12:23). Dios glorificaría
a Jesús haciendo de la cruz la victoria final sobre Satanás y el momento en que la salvación
llega a la humanidad pecadora.
A la luz de la gloria mutua entre el Padre y el Hijo, Jesús ahora se dirige a sus discípulos
con respecto a su inminente partida (v. 33). Por única vez en Juan (siete veces en 1Jn) los
llama “Queridos hijos” para demostrarles su amor y continuar con su papel como cabeza de
familia del grupo apostólico que representó durante la comida de la Pascua. La relación
Padre-Hijo con el Padre celestial se repite en Jesús y los discípulos (véase 15:4, 9; 17:21–
23).
Su inminente partida es un tema principal de la semana de la pasión, y cada detalle
señala la cruz y la tumba vacía. Dos veces Jesús “les dijo a los judíos” el doble mensaje que
vemos aquí, que le buscarán, pero no lo encontrarán, porque por su incredulidad no pueden
ir a su hogar celestial (7:34; 8:21). Lo mismo es cierto para los discípulos, pero la razón de
esto difiere grandemente para los discípulos. Sus oponentes nunca podrán ir porque han
rechazado la oferta de salvación de Cristo. Los discípulos no pueden ir por el momento
porque Dios ha querido que continúen con el ministerio terrenal de Jesús. La separación de
estos opositores judíos es eterna, pero con los discípulos es temporal. Como veremos, Jesús
“prepararía un lugar” para ellos en el cielo (14:2) y “volvería” para recibirlos (14:28).
El nuevo mandamiento de amor (13:34–35)
El tercer tema principal es el amor, y nuevamente la relación de amor dentro de la Divinidad
es revivida en el amor que une a los miembros de la iglesia. La orden de amar no era “nueva”
para Israel ya que él mismo fue edificado sobre el mandamiento de amar a Dios (Dt 6:5) y a
su prójimo (Lv 19:28). En Juan el amor es uno de los tres grandes regalos escatológicos junto
con “paz” (14:27) y “gozo” (15:11). Jesús hizo el amar como parte del credo esencial de la
iglesia primitiva en Marcos 12:29–31.
Este era un “nuevo mandamiento” porque se basaba en dos cosas: el amor de Dios por
Jesús y el amor de Jesús por ellos. Este nuevo nivel de amor fluye de la Divina Trinidad y
conforma el corazón del nuevo pacto que Cristo ha establecido para esta nueva era. Es
nuevo tanto en calidad como en cantidad, porque finaliza el nuevo compromiso de
salvación de Dios para su pueblo. Con el amor sacrificial de Cristo como paradigma, este
nuevo amor tiene el potencial de transformar a la sociedad y traer un sentido
completamente nuevo a las relaciones humanas.
Jesús agrega: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a
los otros” (v. 35). Una nueva era ha comenzado, y una nueva profundidad del amor ahora
caracteriza a esta nueva comunidad mesiánica, basada en el amor demostrado en la
encarnación y sacrificio de Cristo en la cruz. A medida que experimentamos el amor divino,
participamos en él a través del amor mutuo. La intención de Cristo es que el mundo mire y
perciba este amor manifestado entre el pueblo de Dios. El resultado es que esto demostrará
al mundo que el camino de Cristo es superior. A lo largo de la historia este amor, tanto el
amor externo por los inconversos como el amor interno entre hermanos (Gá 6:10): ha
jugado un papel importante en el alcance cristiano.
La traición de Pedro profetizada (13:36–38)
Pedro, probablemente hablando también por el resto, está confundido por todo lo que
Jesús ha dicho y se centra en el punto clave: “¿Y a dónde vas, Señor?” Todavía está
pensando a nivel terrenal y se pregunta si Jesús huye de sus perseguidores. Al igual que los
judíos en 7:35 y 8:21–22, aunque no comprende la profecía sobre la partida de Jesús se da
cuenta de que la muerte está involucrada de alguna manera (13:37).
La respuesta de Jesús es bastante diferente de lo que les dijo a los judíos en 7:34, como
se señaló anteriormente en los comentarios de 13:33. Pedro no puede ir ahora, pero lo
seguirá más tarde. “Seguir” es un componente esencial del discipulado en Juan (1:43; 8:12;
10:4, 27; 12:26; 21:19–22) y sugiere el aspecto central de la imitatio Christi, la “imitación de
Cristo” que el verdadero discípulo seguirá y emulará a Cristo hasta el final, incluso hasta la
muerte (Mr 8:34).
Pedro argumenta que está dispuesto a seguir a Jesús, incluso si eso significa perder su
vida (13:37). Sin duda está pensando en la guerra final en la que Jesús como Rey
conquistador destruirá a los romanos. Demostrará esto en el arresto de Jesús cuando saque
su espada y corte la oreja del siervo del sumo sacerdote (Jn 18:10), probablemente
esperando que las huestes celestiales aparezcan y comience la guerra final.
Jesús, que conoce el corazón de todos (2:25), haciendo uso de su omnisciencia (véase
1:42, 48; 4:17–18) le dice a Pedro la verdad. Lejos de morir por Jesús, él lo “negará” tres
veces “incluso” antes que el gallo cante esa madrugada. La bravuconería de Pedro está mal
dirigida, porque él realmente no se conoce a sí mismo. Las tres veces de la negación se
encuentran en 18:15–18, 25–27. La mención del canto del gallo es una expresión común.
No señala alguna hora en específico, sino que simplemente significa temprano en la mañana
antes del amanecer. El hecho de que sus tres negaciones se mencionan en los cuatro
evangelios muestra cuán importante fue esto; el énfasis, sin embargo, no es solo por el
fracaso de Pedro sino por los fracasos que todos sufrimos. Pedro encontró perdón y
aceptación, y nosotros también.
Jesús es el camino al Padre (14:1–14)
Preparando lugar para ellos (14:1–4)
Claramente, los discípulos están muy molestos por todo lo que Jesús les ha dicho: y también
están “preocupados” por los inminentes eventos de la pasión (véase 12:27; 13:21).
Deberían consolar y fortalecer a Jesús en este tiempo trágico y desesperado, pero no
entienden lo suficiente como para hacerlo. Están concentrados en sí mismos. Entonces
Jesús se vuelve hacia ellos y les dice: “No se angustien”. He escuchado a varios oradores
decir que es pecado tener un corazón angustiado, pero si eso fuera cierto, entonces Jesús
mismo era un pecador, ya que su corazón estaba turbado (11:33; 12:27; 13:31). Lo que está
diciendo es que no debemos permitir que nuestras preocupaciones nos consuman. Están
bastante ansiosos por la inminente partida de Jesús y su profecía acerca de sus futuros
errores (13:35; Mr 14:27–31). Jesús quiere que sepan que no tienen que seguir en ese
estado.
Su solución es simple: “Ustedes creen en Dios, crean también en mí”. Hay tres posibles
traducciones de la repetición “confíen” en este versículo:
1. Indicativa: “Ustedes creen en Dios, también crean en mí”. Pero el punto principal
aquí es que se están equivocando justo en esta área.
2. Indicativa / imperativa: “Ustedes creen en Dios, y crean también en mí”. Esta
traducción es muy posible, ¿Pero el contexto confirma que están confiando en
Dios?
3. Imperativa: “Crean en Dios y créanme a mí”. Creo que este es el mejor contexto
donde se les ordena confiar en la Deidad como antídoto al miedo.
Como en todo el evangelio de Juan, el Padre y el Hijo trabajan juntos, incluso como
instrumentos de fe. La confianza en uno demanda la confianza en el otro, y eso es
especialmente alentador en este aspecto donde el mundo entero de los discípulos está
siendo puesto de cabeza. El antídoto a la preocupación es la fe y la oración a la Trinidad
unida (Fil 4:6–7). Con Dios y Cristo a cargo, todas las pruebas resultan lo mejor posible (Ro
8:28; Stg 1:2–4; 1 Pe 1:6–7). Esto pone el énfasis en la oración de fe en 14:12–14; 15:7, 16;
16:23–24, 26.
En este momento no parece que Dios esté de su lado, porque les está quitando a Cristo,
y ahora ellos estarán solos. Sin embargo, esto se rectifica en 14:2–3 y cambia
completamente. Él se va por su bien, “Voy a prepararles un lugar” en el cielo, dándoles una
razón perfecta para que depositen su confianza en él. Jesús describe el cielo como un gran
hogar, hablándoles de las “muchas viviendas” que los esperan, todas preparadas por Cristo
mismo. El énfasis no está en la naturaleza lujosa de las viviendas (esto es por qué las
“mansiones” de la RVR1977 no es una buena traducción), sino en la amplia provisión que
Cristo ha hecho. Hay espacio más que suficiente para alojar a todos los santos.
Así que esto representa a Jesús yendo a casa al cielo y preparando viviendas en el hogar
celestial de su Padre para los discípulos, luego en un tiempo posterior regresando a la tierra
para reunir a sus seguidores y traerlos de vuelta a su hogar final en el cielo. Esto se aclara
en [Link] “vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté”. A la luz de
14:15–29, con énfasis en Jesús después de su resurrección volviendo a través del Espíritu
Santo (véase más adelante), podría tener un doble significado en la declaración de Jesús de
“Vendré”, haciendo alusión también a la llegada del Espíritu anticipando propiamente su
segunda venida. Aun así, el mayor énfasis no está en el Espíritu sino en la segunda venida,
la parusía (del griego “venida” y un término técnico en español para señalar su regreso).
Jesús está diciendo que su partida se llevará a cabo a través del cruz, resurrección y
ascensión. Los discípulos se unirán a él en su segunda venida y su propia resurrección a la
gloria, como en 2 Corintios [Link] “si esta tienda de campaña en que vivimos se deshace,
tenemos de Dios un edificio, una casa eterna en el cielo, no construida por manos humanas”
sino por Cristo (como se menciona aquí en 14:2–3). En ambos textos los creyentes habitarán
con la Deidad en el cielo por toda la eternidad. Jesús concluye esta parte inicial de su
discurso recordándoles, “Ustedes ya conocen el camino para ir adonde yo voy” (v. 4). Esto
no significa que los discípulos conozcan todos los detalles, sino que las enseñanzas previas
de Jesús han sido el medio para comprender esta emocionante verdad.
Dos reacciones (14:5–11)
Tomás: una persona, no un lugar (14:5–7)
Vemos aquí que realmente “conocen el camino” pero no se dan cuenta que Jesús mismo es
el camino al cielo (v. 6). Aun así, Tomás en su ignorancia se niega y dice: “Señor, no sabemos
a dónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino?” (v. 5). Él está lleno de dudas y
preguntas a lo largo de Juan (11:16; 20:24–25), pero en sus dudas siempre habla por los
demás. Él hace lo correcto trayendo sus dudas a Jesús (una lección para todos nosotros).
Pero como antes, está pensando a nivel terrenal sin darse cuenta de las realidades
celestiales. Este es el tercero de cuatro pasajes centrados en los últimos tiempos y no solo
en su situación actual (junto con 5:28–29; 6:39–40; 21:22), y los discípulos están
confundidos. Ellos, como las autoridades, se preguntan a dónde se mudaría Jesús. Quien
mismo dice: “conocen el camino” (14:4), y Tomás responde: “No sabemos a dónde vas”.
Cuando Jesús reveló la ignorancia de los fariseos (8:14–21), lo hizo en términos
ilimitados: “A donde yo voy, ustedes no pueden venir” (8:21). Los discípulos, sin embargo,
son fieles seguidores y honestamente buscan la verdad, por lo cual, Jesús responde con la
sexta declaración “Yo soy” (véase los comentarios en 6:35), que culmina la enseñanza de
Jesús sobre la salvación que él provee para aquellos que vienen a él: “Yo soy el camino, la
verdad y la vida… Nadie llega al Padre sino por mí” (v. 6). Se destacan dos asuntos
importantes: primero, Jesús mismo es el camino al Padre, una verdad que aclara en la
segunda mitad de este versículo; segundo, Jesús como el camino es el punto central, y los
otros dos conceptos lo respaldan; por lo cual, podríamos traducir, “Yo soy el camino,
realmente, la verdad y la vida”.
“El camino” describe la esencia misma de la conciencia cristiana primitiva, como en el
pasaje central de Isaías 40:3 que abre Marcos 1:2–3 y paralelos: “Preparen en el desierto
un camino para el Señor”. El primer título que el movimiento cristiano usó para sí mismo
fue “El Camino”, como se ve en Hechos 9:2; 19:9, 23. Prontamente se vieron como una secta
mesiánica de los judíos, uniéndose a los fariseos, saduceos, y esenios como otra filosofía
más en el judaísmo del primer siglo. Esta auto comprensión apoya la identificación de Jesús
de sí mismo como el camino al Padre y a la salvación.
Por cierto, él también es “la verdad” y “la vida”. Él es la verdad porque él es el
Representante Viviente, la voz y la revelación de Dios. Él es la gloria encarnada del Shekinah
de Dios, la “gracia y verdad “(1:14). Sus palabras y hechos son las palabras y hechos del
Padre (5:19–30; 8:29), y toda la verdad se resume en él. Él es la “resurrección y la vida”
(11:25), ya que Dios le ha concedido poder vivificante (5:26), y le otorga vida a quien él
quiera (5:21). La vida eterna solo llega a quienes creen en él (3:16, 36; 5:24). Por lo tanto,
Jesús es el camino a Dios porque él es el que dice la verdad y el dador de vida.
Por esta razón, “nadie viene al Padre sino a través de” él. Como Salvador (4:42) y luz del
mundo (8:12), todo fluye a través de él y su sacrificio expiatorio en la cruz. En nuestro
mundo, las personas se ofenden fácilmente y el cristianismo es visto como opresivo porque
se atreve a afirmar que es el único que puede llevar a las personas al cielo. La sociedad
inclusiva en la que vivimos quiere escuchar que cualquiera puede estar a la altura de su luz
y alcanzarla. El pensamiento de que Jesús es el único camino vuelve al cristianismo en una
religión de odio para estas personas.
Sin embargo, ¿por qué Dios causaría tanto problema y dolor como para enviar su Hijo a
la tierra para morir en la cruz si la gente pudiera entrar al cielo de la forma que quisieran?
Eso no tiene ningún sentido. La verdad es que la gente en la actualidad pasa toda su vida
racionalizando sus pecados, sin darse cuenta de que no puede entrar al cielo cargado de
pecado y maldad. ¿Cómo pueden los pecadores hallar el perdón si continúan pecando
impunemente? La verdad es que el pecado es una fuerza interna (lo llamamos “depravación
total”) que hace imposible venir a Dios por tus propios méritos. Con el sacrificio expiatorio
de Cristo, Dios pagó por nuestros pecados y obtuvo el perdón para nosotros. No hay otro
camino porque no puede haber otro camino.
Hay un interesante problema crítico de texto en 14:7, ya que genera dos
interpretaciones polarizadas. La primera es una condición contraria al hecho, que se
traduciría, “Si realmente me hubieran conocido (lo cual no sucedió), entonces conocerías a
mi Padre (lo cual no ha sucedido)”. La segunda es una condición al hecho, traducida: “Si
realmente conoces (que es así), también conocerás a mi Padre “3. En el manuscrito la
evidencia es igual, pero el contexto, creo, se ajusta mejor a la condición más positiva de
hecho con la NVI.
A pesar de los frecuentes malentendidos, los discípulos han llegado a conocer a Jesús, y
les asegura que están conociendo al Padre también. Han crecido en su conocimiento,
conocen a Jesús como el Mesías, Rey de Israel, Hijo de Dios, e Hijo del hombre (1:41, 49,
51). Como Jesús es el shaliach, el representante de Dios, así como el Verbo de Dios y les ha
dado a conocer a Dios (1:18), pueden estar seguros de que conocerlo es conocer al Padre.
Por lo tanto, “de ahora en adelante”, “conocerán” y “verán” al Padre y crecerán en ese
conocimiento todos los días.
Felipe: morada mutua del Padre y del Hijo (14:8–11)
Fuera del diálogo con Tomás, Felipe hace la siguiente petición lógica: “Señor, muéstranos al
Padre y con eso nos basta”. Este no es un deseo de mirar el rostro de Dios, porque en 1:18
Juan mencionó que “A Dios nadie lo ha visto nunca”, el cual señalaba de nuevo a Moisés,
quien no pudo mirar el rostro de Dios y vivir (Éx 33:20). Lo más probable es que esté
pidiendo una visión de Dios como la que Isaías o Ezequiel tuvieron el privilegio de
experimentar, ver a Dios en su trono, alto y sublime. Moisés le pidió: “Muéstrame tu gloria”
(Éx 33:18), Felipe también quiere eso para sí mismo.
El error de Felipe es su incapacidad de comprender todo lo que Jesús les ha enseñado
acerca de su unión con el Padre. Jesús ha “les ha mostrado al Padre “todo el tiempo, porque
cuando miran y escuchan a Jesús, de hecho, están contemplando la gloria del Padre. ¿Cómo
podrían Felipe y los demás pasar tanto tiempo con Jesús y no saber esto? Jesús responde:
“El que me ha visto a mí ha visto al Padre “(v. 9). A cada momento, en cada palabra y obra
de Jesús, han visto la obra de Dios en él y han escuchado las verdades de Dios a través de
sus enseñanzas.
Jesús une esto a su propia fe y confianza (v. 10). Cuando creyeron en Jesús, abrazaron
su unión con el Padre “yo estoy en el Padre y (que) el Padre está en mí”. Habían creído que
él era el Mesías e Hijo de Dios, pero no pudieron percibir su relación real con el Padre. La
morada mutua del Hijo con el Padre es una parte esencial de la composición de la Trinidad.
Jesús lo presentó en 10:38 y ahora lo explora a profundidad en 14:10–11, 20 y 17:21–23. Si
los discípulos pueden aferrarse a esta verdad, no tendrán problemas en entender que ver
a Jesús es ver a Dios.
Esto es especialmente cierto en la enseñanza de Jesús. Como dijo en 8:28 y 12:49, sus
palabras son de parte de su Padre “es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras”.
Las palabras de Jesús son las obras vivas del Padre representadas a través de él. Como en
5:19–30, Jesús no hace nada por sí mismo. Todo lo que dice y hace de parte del Padre
obrando a través de él. El desafío a Felipe de creer aquí no es acerca de la fe salvadora sino
de la fe iluminadora, la capacidad guiada por el Espíritu para ver y comprender verdades
divinas. En 14:11 Jesús les dice cómo desarrollar tal fe. Si luchan en creer el propio
testimonio de Jesús sobre sí mismo, deberían dirigirse a las “obras mismas”. Sus milagros
son más que simples actos de poder. Son señales que revelan la presencia de Dios en él y
nos dicen que el reino de Dios ha llegado. En 5:36 Jesús dijo: “El Padre me dio estas obras
para que yo las realizara, y ellas prueban que él me envió” (NTV; véase también 10:37–38).
Jesús promete poder a través de la fe (14:12–14)
Después de desafiarlos a tener fe, Jesús, en esta breve próxima sección les muestra el
potencial de la fe para cambiar sus vidas y el mundo a su alrededor. Hasta ahora se ha
centrado en las obras de Dios a través de él, y ahora aplica estas verdades a las obras de los
discípulos mismos. Pasamos de la fe que ilumina a la fe apropiada. Aquellos que finalmente
comprenden la verdadera naturaleza de Jesús ahora a través del Espíritu descubren el
increíble poder espiritual disponible para ellos.
Jesús define los resultados en dos direcciones: Primero, ellos “las obras que yo hago
también él las hará”. Lo cual incluye milagros, pero va más allá de abrazar todas las “obras”
de Jesús: sus obras de servicio y amor, su proclamación de las verdades divinas, su vida de
piedad y de oración, y su poder para cambiar la vida de quienes los rodean. Para nosotros
esto significa que la era de los milagros no ha pasado, sino que el poder de Dios está
disponible para la iglesia hoy.
En segundo lugar, Jesús va más allá de esto para afirmar que “harán incluso cosas
mayores que estas”, usando el lenguaje de 1:50; 5:20. Pero ¿Qué puede ser mayor que
resucitar a Lázaro o convertir el agua en vino? Se han dado muchas respuestas, como hacer
incluso más milagros que Jesús (una teoría superficial) o incluso milagros más poderosos
(¿Cuáles serían?) casi todos están de acuerdo en que Jesús se está refiriendo a la nueva era
del Espíritu que seguirá a su muerte y resurrección. El poder posterior a la resurrección
involucrará verdades eternas. Esto se ajusta bien, porque Jesús explica que esto es así
“Porque voy al Padre” después de que su obra terrenal ha terminado y ha sido exaltado a
la diestra del Padre (Mr 12:36; Hch 2:34–35).
Esto es cierto, pero hay más. El texto dice “obras mayores” y debemos preguntarnos
qué milagro más grande que la resurrección de Lázaro podría ser. La respuesta es que el
mayor milagro no es nueva vida física como la que recibió Lázaro sino una nueva vida
espiritual, el otorgamiento de la vida eterna a los no salvos. Mientras que Jesús hizo posible
el perdón por los pecados y la salvación a través de su muerte sacrificial en la cruz y al enviar
al Espíritu para presentar al nuevo creyente luego de la conversión, se nos permite
participar en la misión de Dios para salvar a los perdidos (20:21–23). Entonces, las “grandes
obras” son ambas, tanto la vida en la nueva era del Espíritu y la misión resultante a los no
salvos empoderados por el Espíritu. Una vez más estamos tratando con verdades trinitarias,
ya que los tres miembros de la Trinidad están profundamente involucrados en la vida de los
santos en la tierra.
Parte de estas “grandes obras” en esta nueva etapa es un nuevo poder de la oración.
(14:13–14). Estos versículos muestran un patrón A-B-A, con las dos promesas de oración
que enmarcan el propósito, “para que el Padre pueda ser glorificado en el Hijo”. La muerte
de Cristo produjo “el camino nuevo y vivo que él nos ha abierto a través de la cortina, es
decir, a través de su cuerpo” (Heb 10:19), que significa un nuevo acceso a Dios para
salvación y oración. En cada paso su objetivo era traer gloria al Padre a lo largo de su vida
terrenal (7:18; 13:31; 17:4). Al contestar la oración, continuará haciéndolo en el cielo.
¡Entonces a través de la oración que participamos en la gloria de la Trinidad! El nuevo poder
de la oración que disfrutamos es una muestra positiva de que el reino de Dios ha llegado
(véase 15:7, 16; 16:23, 24, 26; 1 Jn 3:22; 3:14–15).
Por lo tanto, él promete: “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré;
así será glorificado el Padre en el Hijo. Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré” (14:13a, 14).
A primera vista, estas promesas de oración son extraordinarias: “Pide cualquier cosa … lo
haré”. Mercedes Benz, aquí voy, McMansion, ¿por qué no? Tengo ganas de ser una
superestrella de la NBA. Sin embargo, asumir que podemos obtener todo lo que queramos
a través de la oración no solo es incorrecto, sino extremadamente peligroso. Nos
convertimos en hedonistas “espirituales”, personas codiciosas que viven para las cosas de
este mundo y pretenden que son espirituales. Este es el problema con la Teología de la
prosperidad. Es un acercamiento mundano a la vida bajo el disfraz del poder de la oración.
Si lo que dicen los predicadores de la prosperidad es cierto, nosotros estaríamos en control
y no Dios, quien se convertiría en un mero títere sirviendo a nuestros caprichos. Este
movimiento es herético.
En realidad, la clave es la frase “en mi nombre” (véase también 14:26; 15:16; 16:23, 24,
26). Esta no es una fórmula mágica que añadimos hasta el final de una oración para
garantizar que Dios nos dará lo que sea que pidamos. De hecho, en ninguna parte del Nuevo
Testamento aparece al final de una oración. Sino que proporciona una verdadera
perspectiva sobre la oración. En el mundo antiguo, el nombre de una persona retrataba
quien era, la esencia de su ser. Los Padres elegían el nombre como una especie de profecía
para el tipo de persona en que se convertiría su hijo. En Mateo 1:21 el Ángel le dice a María:
“le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (“Yeshua”
significaba “Yahweh salva”). Orar en nombre de Jesús significa orar en unión con quien es y
lo que es, orar de acuerdo con su voluntad. Las oraciones egocéntricas no son respondidas
(Stg 4:3).
Jesús promete el Espíritu Santo (14:15–31)
Hay tres párrafos en esta sección (vv. 15–21, 22–24, 25–31), de los cuales surgen cuatro
temas. Los primeros tres se encuentran en las primeras dos partes: el Espíritu (vv. 15–17),
el Hijo (vv. 18–21) y el Padre (vv. 22–24); y el cuarto es la nueva paz dada a los creyentes
por la Trinidad unida (vv. 25–31). En todo esto el regalo del Paracleto (el Espíritu Santo)
domina, y toda la sección presenta esta asombrosa verdad que la venida del Espíritu
produjo después de la partida de Cristo. En cierto sentido, se podría argumentar que la
doctrina de la Trinidad comienza aquí realmente, por ahora el Espíritu Santo entra a este
mundo de una nueva manera y comienza su obra en la vida de cada santo.
La promesa del Espíritu Santo como el Paracleto (14:15–21)
El ministerio del Paracleto (14:15–17)
Como dije antes, el tema principal del discurso de despedida es la partida de Jesús para que
venga el Espíritu. El Espíritu es la primera señal de la nueva era, el reino final que Cristo
inauguraría. Jesús comienza aquí con la responsabilidad ética del pueblo de Dios a la luz de
todo esto: “Si me aman, obedecerán mis mandamientos”. Estos son los resultados de las
grandes obras y el nuevo poder de oración que Cristo otorgó en 14:12–14. El amor y la
obediencia se convierten en la cualidad necesaria para experimentar el Espíritu y al mismo
tiempo dependen completamente del Espíritu morando dentro del creyente.
Juan hasta este punto se ha centrado en el amor de Dios por el mundo y por su pueblo.
En este discurso hay un ligero cambio, y Jesús enfatiza nuestro amor por Cristo y por Dios.
Esta se convierte en la idea principal de este párrafo. La venida del Espíritu es la respuesta
de la Deidad a nuestro profundo amor por Cristo. Aquí el amor es el trampolín hacia la
obediencia. No podemos amar verdaderamente a Cristo si no le obedecemos. De hecho, la
conexión entre estos dos aspectos es una característica en este discurso (14:15, 21, 23;
15:14; véase también 1 Jn 5:3). Además, obedecemos no solo los mandatos éticos sino
también espirituales, de hecho, obedecemos todo lo que Jesús nos ha revelado acerca de
la vida cristiana. Trabajemos en entender y seguir todo lo que ha dicho, y vivimos nuestras
vidas sobre esta base.
La entrega del Espíritu no depende de nuestra obediencia. Más bien, el Espíritu nos da
la fuerza para obedecer. Jesús ahora promete “yo le pediré al Padre, y él les dará otro
abogado” (14:16). Es el Espíritu quien capacita a los creyentes para obedecer y les da el
poder en la oración. Este es el primero de cuatro pasajes sobre el ministerio del Espíritu
como Paracleto (NTV: “abogado”, véase 14:15–17, 26; 15:26; 16:7–15).
El término griego paraklētos se traduce de manera diferente en muchas versiones:
“consolador” en RVR1960, “consejero” en PDT, “defensor” en DHH, “abogado defensor” en
NTV. Ninguna traducción al español puede ser suficiente, ya que el término es demasiado
rico en significado. Por esta razón, como muchos, prefiero transcribir y usar Paracleto.
El Espíritu como “Paracleto” enseña, revela y guía a las personas a Dios. Es testigo,
condena y procesa a los incrédulos. “Consolador” no encaja del todo, mientras que
“ayudante” no describe el ministerio del Espíritu a los pecadores. “Consejero” se ajusta al
Espíritu como guía y maestro, pero no encaja bien con la presencia convincente del Espíritu
en el mundo. “Defensor” es probablemente la mejor traducción, el término en el primer
siglo connotaba un asesor legal y defensor, pero aún no encaja con su obra en el mundo. La
palabra en español se refiere a un abogado defensor más que un fiscal. Aun así, está más
cerca que los demás.
El término en sí mismo etimológicamente significaría “llamado [kaleō] al lado de [para]”
de alguna manera, generalmente usado en situaciones legales. La idea básica detrás de esto
es de un representante de Dios y paralelo a Jesús como el representante o enviado de Dios.
Por lo cual, Juan llama al Espíritu “otro Paracleto”, quien lleva a cabo el ministerio terrenal
de Jesús en este mundo. Todo lo que Jesús hizo, el Espíritu lo ha continuado. También hay
un trasfondo de sabiduría en el término, basándose en Jesús como la Sabiduría
personificada. El Espíritu es la presencia de Dios y de Jesús en el mundo. La fuerza trinitaria
continúa aquí.
El Espíritu es “dado” por el Padre. Dos veces el Espíritu es enviado o dado por el Padre
(14:16, 26), dos veces por el Hijo (15:26; 16:7). Este es parte del tema de la misión: el Padre
envía al Hijo al mundo; y tanto el Padre como el Hijo envían el Espíritu; y el Dios Trino envía
a los santos en misión al mundo (17:18; 20:21).
Jesús define al Paracleto como “el Espíritu de verdad” (14:17; también 15:26; 16:13),
mejor conocido como “el Espíritu que es la verdad [= 14:6 de Jesús] y conduce a toda
verdad”. Al igual que Jesús, revela las verdades divinas y personifica todo lo que en este
mundo es veraz. Él viene primero al mundo que “no puede aceptarlo”, como sucede con
Jesús en 1:10–11, porque “no lo ve ni lo conoce”. Las características principales del mundo
en Juan son el pecado y rebelión. No es que Dios les impida conocerlo, sino que han
rechazado deliberadamente la verdad por causa de la depravación.
En contraste, los discípulos “lo conocen” porque tienen al Espíritu. De hecho, el Espíritu
“vive con ustedes y estará en ustedes”. Tanto su presente como su futuro están seguros, ya
que en Romanos 8:14–17 dice que el Espíritu hace su residencia en ellos, como veremos en
los versículos siguientes. Cuando las personas se convierten, el Espíritu entra en ella y los
hace parte de la familia de Dios. El movimiento desde el presente al futuro se discute
mucho, porque el Espíritu aún no se había dado a los discípulos (7:39; eso ocurrirá en 20:22).
La pregunta es en qué sentido el Espíritu está con ellos (presente) y en qué sentido el
Espíritu estaría en ellos (futuro). Probablemente signifique que el Espíritu estaba con ellos
a través del ministerio de Jesús a ellos y posteriormente habitaría en ellos después de la
resurrección y el Pentecostés.
El ministerio del Hijo
La venida del Espíritu es el resultado de la decisión del Hijo de que “No los voy a dejar
huérfanos”. Sin el Espíritu, serían como niños sin Padre, esclavos sin amo o discípulos sin un
maestro / rabino, solos en el mundo. La siguiente declaración es menos clara: “volveré a
ustedes”. Hay tres posibles “Venidas” a las que podría referirse: la resurrección, la venida
del Espíritu, o la segunda venida. Varios creen que es la segunda, ya que este pasaje está
entre corchetes con contenido sobre el Espíritu / Paracleto (14:16–17, 25–26). Otros lo
toman como la parusía / segunda venida con base en 14:2–3.
La perspectiva más probable y simple es una referencia su regreso de los muertos en las
apariciones de resurrección. Cuando eso ocurra, el mundo “ya no me verá” (14:19) en el
sentido de que no habrá apariciones para los no creyentes además de sus hermanos (1 Co
15:7), pero sus discípulos “me [lo] verán”. El lenguaje también es personal y específico para
adaptarse al regreso de Jesús a través del Espíritu. Además, la siguiente declaración de Jesús
es “Porque yo vivo, ustedes también vivirán”, la cual lo señala como las primicias y la
garantía de la propia resurrección de los discípulos (compárese con 1 Co 15:20, 23).
Las palabras de Jesús en el versículo 20 pueden indicar un doble significado, cuando se
inaugura una nueva realidad espiritual en el período post-resurrección. Hay una nueva vida
primero en la garantía de nuestra propia y futura resurrección y al mismo tiempo nueva
vida espiritual en Cristo. “En aquel día” es una frase apocalíptica encontrada en el Antiguo
Testamento (especialmente en los Profetas) refiriéndose a la venida del reino de Dios. Aquí
el “día” significa la resurrección, un evento apocalíptico que cambiaría al mundo. Cuando
ese día llegue, el pueblo de Dios “se dará(n) cuenta”. Esto se refiere no solo a la percepción
intelectual sino a la participación de todas las personas en la nueva era que Cristo está
iniciando.
Todo esto significa que, en el período posterior a su muerte, el pueblo de Dios estará
protegido porque el Espíritu tomará el lugar de Cristo entre ellos y velará por ellos. Por otra
parte, cada uno de los discípulos también estará protegido porque no estarán solos. Cristo
regresará a través de su resurrección y estará con ellos. Él vendrá a ellos, no al mundo, y su
nueva vida en él comenzará.
De hecho, es una vida nueva, que implica una profunda unión con la Divina Trinidad que
nunca podrían haber imaginado. Como en 14:8–11, 17, el lenguaje aquí es de morar y
progresa en tres etapas: Jesús mora en el Padre, los creyentes moran en Jesús y Jesús a su
vez mora en ellos. La unión dentro de la Divinidad se recrea y se ve reflejada en la unión
mutua que tenemos con Jesús mismo. Esto se profundizará en 15:4–8 y 17:20–23, y llega a
su etapa final en la unión entre creyentes cuando “todos serán uno” (17:21). Aquí hay una
doble unión: el Paracleto habita en nosotros (14:17), y Jesús mora en nosotros (14:20).
Este pequeño párrafo está enmarcado por el amor y la obediencia (14:15, 21). La
característica central de esta unión es que “El que hace suyos mis mandamientos y los
obedece”, lo cual es el resultado de experimentar el amor y morar en Jesús (14:21, también
vv. 15, 23). Es imposible amarlo sin vivir realmente esto en nuestra conducta diaria. En la
nueva era inaugurada por la resurrección hay una nueva intimidad con la Divinidad y una
nueva profundidad correspondiente a la obediencia de sus preceptos. Mientras le amamos
y obedecemos, disfrutamos de esta nueva unión, cuando en el mismo acto de obediencia,
el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu serán disfrutados de formas siempre nuevas.
Además, Jesús en esto se “mostrará” o “revelará” (emphanizō) a sí mismo ante ellos,
refiriéndose no solo a las apariciones de la resurrección sino también a la revelación
progresiva a ellos que marcará el resto de sus vidas. Como el Padre “le muestra [a Jesús]
todo lo que hace” (5:20), por lo tanto, Jesús se muestra a sus seguidores.
La venida del Padre y del Hijo (14:22–24)
El tercer discípulo en interponerse con una pregunta (después de Tomás y Felipe, 14:5, 8)
es el otro Judas (hijo de Jacobo, véase Lc 6:16; Hch 1:13). Probablemente sea el mismo
Tadeo que en Marcos 3:18 y Mateo 10:3. Está confundido, pensando que “revelar /
mostrar” en 14:21 significaba algún tipo de teofanía, una manifestación visible de Dios.
Entonces pregunta si será una manifestación privada solo para ellos y no una teofanía
pública que mostrará a todo el mundo su gloria (como se prometió en Is 11 o Da 7).
Jesús responde diferenciando a sus discípulos que lo aman y le obedecen (v. 23) con
aquellos oponentes que no lo hacen (v. 24). Mientras Judas pregunta, se revelará a sí mismo
al primer grupo. Una vida guiada por las enseñanzas de Jesús es una prueba positiva de
amor, y Jesús vino por ese tipo de personas. Reciben una doble bendición: “Mi Padre lo
amará” haciéndolos receptores de todas las promesas de las Escrituras, y la declaración
“haremos nuestra morada en él”, los hace, a cada uno de ellos, el nuevo templo de Dios.
Si bien habrá un final apocalíptico del mundo y un eterno hogar en el cielo, Jesús reitera
aquí que antes de ese evento habrá un hogar terrenal en cada creyente, habitado por la
Divina Trinidad, habitando en cada seguidor. Jesús está preparando un “hogar” futuro
(14:2–3), pero además él junto con el Padre también están haciendo un hogar presente en
la vida del creyente (14:23). Esto tiene lugar a través del Espíritu, llamado tanto “el Espíritu
de Dios” (Ro 8:9a, 14; 1 Co 6:11) como “el Espíritu de Cristo” (Ro 8:9b; Fil 1:19; 1 Pe 1:11),
porque él es la presencia del Padre y del Hijo habitando en nosotros (14:17) En este sentido,
la Trinidad unida mora en cada santo. Como en Apocalipsis 21:3, “¡Miren, el hogar de Dios
ahora está entre su pueblo! Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo” (NTV). Los primeros
dos regresos ahora se han identificado: el regreso de Jesús en las apariciones de su
resurrección (14:18) y por medio del Espíritu Santo (14:23).
El mundo, por el contrario, no ama ni obedece a Cristo (14:24). Por eso se revela a sí
mismo (tanto en sus apariciones como en la morada del Espíritu) solo a sus seguidores. Para
fundamentar esta observación en su trabajo revelador, les recuerda que su enseñanza no
proviene simplemente de sí mismo, sino que viene directamente de Dios. Estas son
verdades divinas, no solo observaciones humanas. Deben darse cuenta de que todo lo que
está diciendo consiste en verdades eternas que vienen de Dios mismo.
La partida de Jesús y la promesa de Paz Divina (14:25–31)
Con su muerte a solo unas horas de distancia, la partida de Jesús de este mundo lo consume
Sus discípulos necesitan aprender mientras todavía disfrutan su presencia física solo un
poco más (v. 25), entonces Jesús les está diciendo todo lo que puede “mientras todavía está
con” ellos. Con tan poco tiempo restante antes de su arresto, tiene que cuidar cada palabra.
El punto más importante es que el Espíritu pronto tomará su lugar colocar y continuará
su presencia permanente en sus vidas (v. 26). De la misma manera que Jesús es el
“representante” o Paracleto del Padre, el Espíritu es el representante de Jesús. Como el
Padre “envió” a Jesús, así también Jesús “enviará” al Espíritu “en mi nombre”. Jesús ejecuta
la autoridad del Padre en todo lo que dice y hace, y el Espíritu tiene la autoridad de Jesús
detrás de él. En la nueva era los discípulos pueden confiar en él como lo hacen con Jesús.
Como Jesús es el “Verbo” o Representante Viviente del Padre, el Espíritu “les enseñará
todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho”.
Juan ha dicho que los discípulos no entendieron ciertas declaraciones de Jesús hasta
después de su resurrección (2:22; 12:16), esto dice cómo lo harían. Uno reflexiona en la
escritura de los cuatro evangelios y la manera en la que el Espíritu inspiró cada palabra a
medida que los evangelistas escribían. Lo cual también se relaciona con nosotros hoy, ya
que el Espíritu nos ayuda a recordar pasajes de la Escritura y a entender aquellos que
estamos estudiando.
Jesús concluye con una promesa de la paz de Dios a la luz de su partida (v. 27). “La paz
les dejo; mi paz les doy” se convierte prácticamente en una bendición en este contexto. La
paz se asoció con el regalo de la salvación de Dios (Sal 29:11; Is 57:19) y se convirtió en una
promesa mesiánica primaria para los últimos días (Is 9:6; 52:7; Ez 37:26; Zac 9:10). Aquí es
una bendición que recibirán a la muerte de Jesús y especialmente en su resurrección (20:19,
21, 26). La paz de Jesús es un bien divino más allá del entendimiento humano (Fil 4:7), una
característica principal del nuevo orden instituido por Cristo.
Es “mi paz”, no la paz del mundo. El mundo es incapaz dar tal paz, porque se caracteriza
por cualquier tipo de maldad e incertidumbre. La paz es una fachada en este orden mundial
secular, sostenido por poder militares desde entonces y hasta ahora. La Pax Romana (“paz
romana”) fue una mentira, porque había soldados en las calles forzando a una población
cuyos recursos fueron utilizados por los romanos codiciosos para llenar sus propios bolsillos.
Solo Cristo puede proporcionar paz interior a través de la cruz, y solo él puede producir un
mundo pacífico, aunque no sucederá hasta que regrese. Cuando dijo que no tenían por qué
estar “angustiados o asustados” en 14:1, lo dijo con respecto a que la Trinidad unida los
cuidaría.
Después de esta reconfortante promesa, Jesús regresa el tema de su partida. Comienza
repitiendo lo que ha dicho antes sobre “irse” y “regresar” (v. 28; véase 13:33; 14:2–3, 12,
18–19, 21–23). El problema es que sus discípulos no han logrado comprender toda esta
enseñanza y están llenos de consternación y confusión. Los evangelios sinópticos contienen
tres de las mismas predicciones de la pasión, y Lucas tiene otras más. Juan contiene tres
diferentes, todos ellos contienen declaraciones acerca de “levantar” (3:14; 8:28; 12:32). A
pesar de este conjunto de recordatorios, no están listos en absoluto. Cuando las mujeres
van a la tumba vacía, esperan ungir un cadáver (Mr 16:1–2), y los once dudan de María
cuando ella les dice que Jesús ha resucitado (Lc 24:11).
Las palabras de Jesús “si me amaras” implican que en este caso no era así. No quiere
decir que se hayan unido a sus enemigos, sino más bien que su amor no ha llegado a la
comprensión y a la preocupación por lo que es mejor para el Todavía están en la negación
y no quieren enfrentar la realidad. Cuando perdemos a un ser querido, es natural que
sintamos pena por la pérdida y, sin embargo, también gozo que nuestro ser amado ya está
con el Señor. Esto es lo que Jesús quiere, que ellos “se alegren de que voy al Padre “.
Luego agrega, “porque el Padre es mayor que yo”, lo que significa que está en control
completo de la situación. La sumisión de Jesús al Padre fue el tema en 5:19–30, y esto no
significa inferioridad sino igualdad. Todo lo que Jesús hace es parte de la obra de su Padre
y está hecho bajo su autoridad y poder. Eso es cierto también acerca de su próxima muerte
en la cruz. Cada detalle está en control de Dios, y tanto la muerte como la resurrección están
arregladas por Dios.
Como dijo en 13:19 y volverá a decir en 16:4, Jesús les menciona estos detalles sobre
los eventos futuros con anticipación “para que cuando suceda, crean” (14:29). Él quiere que
sean fuertes por los crueles eventos que pronto sucederán. Necesitarán todo lo que puedan
obtener, y él quiere dárselos. Al comprender que Dios conoce y tiene el poder sobre cada
detalle, pueden estar preparados.
Por el resto de su tiempo en el aposento alto antes de comenzar su camino al Getsemaní
(vv. 30–31), Jesús quiere que estén conscientes de la batalla con los poderes de la oscuridad
que rodea los eventos de la pasión. Le queda poco tiempo para hablar con ellos (“Ya no
hablaré más con ustedes”), porque “viene el príncipe de este mundo”, esto significa que
Judas, poseído por Satanás (13:27), se estaba acercando. La muerte de Jesús está
claramente representada en Juan como una guerra universal. (también en 6:70; 12:31;
13:27; 16:11). Solía pensar en la traición a Jesús como un error militar, el Waterloo de
Satanás. Pero no hay forma de que pudiera saber lo qué pasaría, él conoce el Antiguo
Testamento mucho mejor que nosotros. Pero ¿Qué podía hacer? Él quería que Jesús
muriera, para traer dolor a Dios. Fue una pequeña y breve victoria, pero al menos podía
disfrutar del dolor que infligía en la Deidad. Por lo tanto, la cruz no es solo el evento central
en la salvación de los perdidos, también es la batalla central en la guerra universal contra
los poderes del mal.
Jesús llama a Satanás “el príncipe de este mundo” tres veces en Juan (junto con 12:31;
16:11). Esto se refiere al hecho de que Satanás gobierna sobre su propio reino falso
habitado por los ángeles caídos, compuesto por un tercio del ejército celestial según
descrito en Apocalipsis 12:4, el cual fue echado fuera del cielo a la tierra por el ejército
celestial del arcángel Miguel en 12:7–9. Sin embargo, el énfasis real no es lo que pensamos.
Deberíamos parafrasear, “Él no es más que el gobernante de este mundo”. Lo mismo es
para 2 Corintios 4:4, que podría parafrasearse, “simplemente el dios de este mundo
condenado”. Su esfera de poder está severamente limitado a este mundo caído. En este
momento, él sabía lo que estaba pronto a ocurrir. Había sido expulsado del cielo, su tiempo
era corto (Ap 12:12), y su derrota final fue segura.
Esto es lo que Cristo quiso decir con: “Él no tiene ningún dominio sobre mí”. Es una
connotación legal aquí. No puede acusar a Jesús, sin cargos legales que perseguir. Dios tiene
el control, no él, y Jesús lo sabe. Lo mismo es cierto para nosotros. Satanás no puede
dominar a los santos. Él solo puede engañarnos y tentarnos. Solo seremos derrotados si
cedemos a sus lisonjas, porque “Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados
más allá de lo que puedan aguantar” (1 Co 10:13). Cuando dependemos de Cristo y el
Espíritu, podemos decir con Jesús: “No tiene ningún dominio sobre mí”.
Entonces, en lugar de ceder ante Satanás, Jesús se vuelve hacia el Padre y a su inminente
muerte en la cruz. Parte de su razón para hacerlo es dar un mensaje al mundo centrado en
dos cosas: “que yo amo al Padre y hago exactamente lo que mi Padre me ha mandado”.
Puede parecer que Satanás está ganando mientras la muchedumbre se acerca para arrestar
Jesús. En realidad, solo puede hacer lo que Dios le permita (Ap 13:5–8; 17:17). El amor y la
obediencia de Jesús al Padre es un ejemplo supremo no solo para nosotros sino para todo
el mundo. La cruz fue un acto de obediencia radical a Dios, no una victoria para Satanás.
Con esto, el tiempo en el aposento alto está llegando a su fin, entonces Jesús dice:
“¡Levántense, vámonos de aquí!” (v. 31). Si bien muchos piensan que esto indica una pausa
en la narrativa que le permite a Jesús un interludio para terminar su discurso, lo tomo
literalmente como que Jesús les da el resto de su discurso de despedida camino a
Getsemaní. Esto nos permite imaginarlos mirando hacia atrás al templo y a los viñedos de
acuerdo con el contexto dinámico al que se referirá Jesús (véase los comentarios abajo). El
punto principal es que Jesús es consciente de que este es el momento de cumplir con su
destino. Sale como el Guerrero Divino rumbo a la batalla más importante que la historia
jamás conocerá.
El discurso de despedida tiene gozo tras gozo a medida que avanzamos a través de él.
Comienza con la partida de Jesús como la culminación de todas las esperanzas en el
evangelio ya que la cruz será su trono mesiánico y la fuente de su gloria (13:31–33). Como
la señal del amor increíble de Dios, la cruz es nuestro modelo para amarnos los unos a los
otros. Este amor es la señal del nuevo movimiento cristiano (13:34–35).
La sección introductoria (14:1–4) nos dice cómo podemos superar nuestras
preocupaciones constantes al meditar en nuestro futuro, el cual está garantizado por la
partida de Jesús al cielo para preparar nuestro eterno hogar celestial. Si bien tenemos poco
control sobre nuestros problemas terrenales, podemos disfrutar de la certeza de nuestro
maravilloso futuro. La clave es depender completamente de Jesús, quien ha provisto “El
camino” a Dios (vv. 5–7). Al igual que Felipe, debemos darnos cuenta de la realidad trinitaria
de que en Jesús hemos encontrado a Dios y hemos escuchado su voz. Nunca estaremos
solos, y siempre tendremos al Padre y al Hijo obrando en nosotros (vv. 8–11).
Hay un nuevo poder disponible en la era del nuevo pacto iniciada por Jesús y su cruz (vv.
12–14). Hay dos ejemplos: primero, en él la era de los milagros sigue disponible para
nosotros, podemos realizar los actos aún “mayores” de traer a los perdidos al reino para
que ganen no solo una nueva vida terrenal sino también una vida espiritual eterna;
segundo, un nuevo poder de oración es nuestro al orar “en su nombre”, es decir, en unión
con él. Inmensas maravillas están disponibles para el pueblo de Dios.
Todo esto es posible a través del Espíritu que Dios y Cristo nos dio (vv. 15–17). Como
Jesús es la voz y la presencia de Dios, el Espíritu es la presencia del Padre y el Hijo en este
mundo, el único que reconcilia las verdades divinas y da poder al pueblo de Dios. En las
siguientes dos secciones (vv. 18–21, 22–24) Jesús presenta una notable verdad. Nuestra
esperanza está ligada con el regreso de Cristo y la vivienda en el cielo que nos espera. Pero
en realidad hay una venida de Cristo que precede a esta e involucra la morada que hace en
nosotros a través del Espíritu Santo. La promesa final implica la realización de nuestro hogar
en el cielo; esta promesa intermedia involucra a los Trinidad unida haciendo morada en
nosotros. Así que ya disfrutamos de un toque de cielo, una emocionante anticipación de lo
que nos espera.
La sección final (vv. 25–31) se centra en la partida de Jesús y la paz disponible para
equilibrar la consternación que ha de ser experimentada. Este es un mensaje tan crítico
para nosotros, ya que tenemos presiones similares y a menudo sentimos una desesperación
parecida a la de los discípulos. Es importante darse cuenta de la tranquilidad del alma que
Cristo nos da cuando la necesitamos. La ansiedad es una realidad en la vida en este mundo
problemático, pero la nuestra se revierte por la eterna promesa de Cristo de que al final
nada puede hacernos daño. La guerra universal que estalló con la cruz ha sido ganada por
Cristo de una vez por todas, y él también la ha ganado por nosotros. Satanás es un enemigo
ya derrotado, y mientras intenta destruir, nosotros solo conocemos la derrota cuando no
dependemos completamente de Cristo y del Espíritu. En otras palabras, ya somos
victoriosos, aunque a veces no se sienta así.
DISCURSO DE DESPEDIDA: SEGUNDO DISCURSO, PARTE 1
(15:1–16:4a)
El discurso de despedida se organiza en dos ciclos (13:31–14:31; 15:1–16:33) seguido por
una oración de consagración (17:1–26). Los ciclos son una técnica común en la literatura
escrita en lenguas semíticas, que analiza el mismo contenido dos veces, agregando detalles
la segunda vez (compárese con Heb 8–10, 1Jn y Ap, todos los que emplean este método).
Jesús en 15:1–16:33 vuelve a abordar el contenido en 13:31–14:31 y se basa en los temas
que hemos visto allí, por ejemplo, el amor en la comunidad (13:34–35 // 15:17), la llegada
del Espíritu-Paracleto (14:15–17, 26 // 15:26; 16:7–15), la guerra espiritual (14:30 // 16:11),
y las promesas de oración (14:13–14 // 15:7, 16; 16:23). Al mismo tiempo, agrega matices,
centrándose más en los discípulos quienes deben permanecer en él y dar fruto. También
está el desafío de permanecer fiel durante la severa persecución.
Este segundo discurso consta de cuatro partes: la necesidad de una comunidad de amor
y unidad (15:1–17), la necesidad de fortaleza para enfrentar la persecución (15:18–16:4), la
obra del Paracleto (16:5–15) y el gozo esperando al pueblo de Dios (16:16–33).
Amor y unidad en la comunidad (15:1–17)
La vid y las ramas (15:1–6)
Esta es otra metáfora extendida como 10:1–18 acerca del pastor y la puerta, y el propósito
de la metáfora de la vid es que necesitan “permanecer en” Jesús para dar fruto para Dios.
Este tiene la misma organización que 10:1–18 en el sentido de que la metáfora básica (15:1–
6) se explica en tres secciones: permanecer y dar fruto (vv. 7–8), amor y alegría en Jesús (vv.
9–11) y amarse los unos a los otros (vv. 12–17).
Comienza con la última de las siete declaraciones “Yo soy” (6:35; 8:12; 10:7, 17; 11:25;
14:6). La ilustración de la vid se basa en el uso de imágenes de vid para Israel (Sal 80:8–18;
Is 5:1–7; 27:2; Jer 2:21; 5:10; Ez 15:1–8; 17:1–6). Aquí, la metáfora de la vid suele ser
negativa, centrándose en el juicio divino por la infidelidad de Israel. Mientras que en estos
pasajes el uso es más positivo aún contiene algunos matices negativos.
Mientras que Jesús y los discípulos están saliendo de Jerusalén (14:31), pasan por los
terrenos del templo y miran hacia el lugar santísimo donde, a la entrada sobre la cortina de
lino, hay una gran vid con racimos de uvas “de la altura de un hombre” (Josefo,
Antigüedades 15.395), hecha de oro puro que simboliza a Israel. Así que, cuando Jesús dice:
“Yo soy la vid verdadera”, está cumpliendo esta imagen y en efecto reemplaza al apóstata
Israel como la verdadera viña de Dios. Jeremías 2:21 representa esto: “Yo te planté, como
vid selecta, con semilla genuina. ¿Cómo es que te has convertido en una vid degenerada y
extraña?”.
La nación había perdido su lugar como el pueblo del pacto, y Jesús se había convertido
en el único camino a Dios (14:6). Él, anteriormente, ha cumplido y tomado el lugar del
templo (cap. 2), la Pascua (cap. 6), los Tabernáculos (cap. 7–9), el Hanukkah (cap. 10), y
ahora él reemplaza a Israel. Ahora encarna al verdadero pueblo de Dios y a los discípulos
los convertirá en el nuevo Israel. En Sirach 24:17–21 la sabiduría se ve plantada entre el
pueblo de Dios y dando fruto. Jesús es la personificación de la Sabiduría divina que
transforma al pueblo de Dios.
Él agrega, “mi Padre es el labrador”, quien controla el viñedo y decide qué ramas deben
permanecer en la viña. En Isaías 5:2 él es quien “la limpió de piedras y la plantó con las
mejores cepas”. El Padre cuida la vid, en referencia ahora como Jesús mismo. La imagen es
Jesús y su misión mientras planta y lleva el fruto de los discípulos, quienes ahora se
convierten en la viña de Dios en el mundo.
Con esto se mueve a una nueva parte de la metáfora, las ramas (v. 2) que consisten en
dos clases: las que dan fruto y las que no lo hacen. Ambos tipos de ramas están “en mí” (=
los discípulos), es decir, la parte de la vid original. Jesús está usando la antiguo práctica de
la viticultura como ilustración. Las ramas sin fruto eran retiradas, mientras que aquellas que
daban fruto eran cuidadosamente cortados para que pudieran producir aún más. Esto
señala al capítulo 13, como Judas es la rama seca que es cortada mientras que los discípulos
son ramas podadas. Para nosotros las ramas infructuosas son los seudo cristianos que hacen
poco para glorificar Dios o seguirlo.
La eliminación de las ramas sin fruto se desarrollará aún más en 15:6; el punto es que
se han vuelto inútiles y han dejado de ser ramas vivas. Esta eliminación tenía lugar en
febrero-marzo, con la poda de las ramas buenas en primavera y luego otra vez en agosto
después de que desarrollaron hojas. El labrador quitaría muchos de los pequeños brotes
para que las ramas principales pudieran obtener toda la humedad necesaria. Jesús usa esto
para describir la nueva vida en él, además de que la idea de producir más fruto resume las
cualidades del discipulado como se encuentra en este evangelio: una mayor fe, oración,
obediencia, amor, misión, todo lo cual da gloria a Dios (v. 8). El proceso de poda simboliza
las dificultades de la vida, las pruebas que fortalecen al creyente (Stg 1:2–4; 1 Pe 1:6–7).
En 15:3–4, Jesús aplica esto a los discípulos, animándolos al principio acerca de que
“ustedes ya están limpios por la palabra que les he comunicado”. Los ha estado madurando
espiritualmente a lo largo de su ministerio, y han estado aprendiendo lentamente a ser
fructíferos. Esto podría referirse específicamente a su enseñanza en la última cena (13:10,
“están limpios”), finalizando el proceso de los meses anteriores. El punto principal, sin
embargo, es la necesidad de las enseñanzas de Jesús (y para nosotros, la palabra de Dios en
su conjunto) en la producción del crecimiento espiritual. Debemos ayudar a aquellos en
nuestras iglesias y ministerios para que “ansias [ansíen] la leche pura” de la palabra (1 Pe
2:2).
Jesús posteriormente aborda de nuevo el tema de la residencia mutua, un concepto
clave en este discurso (15:4, 5, 6, 7, 9, 10) extraído de 14:16, 20, 23. El imperativo en 15:4
probablemente tiene una ligera fuerza condicional, “Si ustedes se mantienen unidos a mí,
yo me mantendré unido a ustedes” (TLA). Somos responsables de vivir enteramente en
unión con Jesús y en dependencia de su presencia. Las ramas tienen vida solo en la medida
en que permanecen unidas a la vid, y su fertilidad proviene solo de la vida proporcionada
por la savia de la vid. Todo esto ilustra que en la medida en que confiemos en nosotros
mismos y en nuestros propios recursos será la medida de nuestra incapacidad. Por lo cual,
debemos morar enteramente en Cristo y en el Espíritu. Como Pablo (Ef 2:8–10) y Santiago
(2:14–26) firmemente establecen, que las obras no pueden producir fe, pero la fe debe
producir obras. Somos responsables de obtener el sustento y la vida a partir de nuestra
unión con la vid, Jesús.
En 15:5 Jesús vuelve a la metáfora, repitiendo el asunto: “Yo soy la vid y ustedes son las
ramas”. Su mensaje es que solo a través de la morada mutua con él se puede ser fructífero,
porque “separados de mí no pueden ustedes hacer nada”. Él no es solo el modelo de
fortaleza espiritual y victoria, él es el único camino para hacernos de esa fuerza y encontrar
la victoria. Confiamos en él en todo y confiamos en nosotros mismos solo para las
necesidades terrenales.
El peligro es increíblemente grande, como lo muestra Jesús en 15:6. Lo rama que no
permanece, que muere y deja de dar fruto, es “desechado[a] y se seca”, después es
“recogida, arrojada al fuego y quemada”. No se vuelve mucho más aterrador que esto. Jesús
amplía la imagen en el versículo 2 y hace una advertencia muy seria ya que implica juicio
ardiente, aludiendo al juicio ardiente en Ezequiel 15:4–5 acerca del Israel apóstata. Esta
declaración considera a Judas especialmente, pero la advertencia también es muy severa
en otros pasajes similares. El peligro de alejarse de la fe fue constantemente visto, por
ejemplo, los judaizantes en Gálatas 1:8–9; los cristianos débiles en Hebreos 6:4–6; 10:26–
31; la herejía en 2 Pedro 2:20–21; y los cobardes en Apocalipsis 21:8.
Este pasaje contribuye a un gran debate sobre la apostasía y la seguridad eterna Los
calvinistas sostienen que aquellos que son “desechados” son los incrédulos como Judas,
que nunca fue realmente un discípulo. Aquellos que apostataron eran miembros de la
iglesia, pero no creyentes verdaderos. Muchos también apelan a 1 Juan 2:19, “Aunque
salieron de entre nosotros, en realidad no eran de los nuestros”. Otros dicen que las
metáforas sobre la reunión de las ramas secas y su quema aquí es una metáfora general
que alienta a permanecer en la vid en lugar de ser genuinas advertencias contra la apostasía.
Los arminianos, por otro lado, afirman que el texto describe primero estas ramas
permaneciendo “en mí”, lo que significa que en verdad eran creyentes, pero que luego
fueron reunidas y “quemadas”, refiriéndose al ardiente juicio del Gran Trono Blanco (Ap
20:11–15). Este problema nunca ha sido finalmente resuelto, porque Dios ha provisto
pasajes que pueden ser interpretados en ambos sentidos. Aun así, es un tema importante,
y debemos trabajar para encontrar la perspectiva que mejor se ajuste a todas las pruebas.
Me tomó muchos años decidir, y estoy firmemente a favor, (la evidencia se acerca por igual)
con la opinión de que un cristiano puede apartarse de su fe.
Explicación de la parábola (15:7–17)
Permanecer y llevar fruto (15:7–8)
Muchos colocan los versículos 7–8 junto con la parábola (vv. 1–8), haciendo del versículo 4,
la segunda aplicación. Creo que es mejor verlo como la primera de las tres explicaciones.
Como las ramas solo dan fruto permaneciendo unidas a la vid y recibiendo su savia, los
seguidores deben “permanecer en mí”. Este es un lenguaje del nuevo de pacto del Antiguo
Testamento (véase Jer 31:31–34), con el permanecer conduciendo a un nuevo corazón y
una nueva confianza en Dios y en el Espíritu. En 15:4 Jesús relaciona el permanecer con el
cumplimiento de la promesa de que permanecerá en ellos. Aquí él dice: “mis palabras
permanecen en ustedes”, relacionado con la promesa en 14:26 de que su Espíritu les
enseñaría y les recordaría todo lo que les había dicho.
La presencia permanente de Jesús y sus “palabras” resultan en la siguiente promesa
general de oración (véase 14:13–14). Cuando centramos nuestras vidas sobre él y sus
enseñanzas guían cada decisión (= la obediencia de 14:15, 21, 23), entonces realmente
existimos “en su nombre” (14:13), lo cual es, en unión con él. En esa situación, podemos
hacer lo que él dijo: “pidan lo que quieran, y se les concederá “, repitiendo la doble promesa
en 14:13–14. Nuestra vida de oración es un reflejo de esa unión con él, y la implicación es
que nuestras oraciones no serán egocéntricas, sino que buscarán la gloria de Dios (las
peticiones “tu” del Padre Nuestro, Mt 6:9–10) y dejaremos nuestras necesidades con él (las
peticiones “nuestra(s) / nuestro”, Mt 6:11–13). La oración en este sentido es un tipo
importante de fructificación, un sello distintivo del verdadero discipulado.
La meta de cada discípulo es permanecer en Jesús y, por lo tanto, glorificar a Dios dando
mucho fruto (15:8). Esto se logra primero con la total dependencia del Señor y colocando
todas las necesidades a sus pies en oración. La primera petición “nuestra / nuestro” es
“Danos hoy nuestro pan cotidiano” (Mt 6:11), lo que a menudo pensamos que significa
“¡Dame, dame!” cuando en realidad significa: “Señor, te entrego mis necesidades”.
Esto resulta en dos cosas: primero, Dios es glorificado, como ya se declaró en 14:13,
afirmando que Cristo responde la oración “para que el Padre puede ser glorificado en el
Hijo”. Lo cual se extiende a todo lo que lleva fruto, no solo a la oración. En un sentido real,
este es el objetivo básico de la vida. Mi oración diaria es que lo que haga en ese día lleve
gloria a Dios. Ore para que esta mañana, y mientras escribo constantemente pido que cada
palabra lo glorifique. Todos los frutos son producto de Cristo y el Espíritu morando en
nosotros, y la meta es siempre, como la Confesión de Westminster dice, “glorificar a Dios y
disfrutarlo para siempre”. Segundo, la fertilidad “muestran así que son mis discípulos”.
En 13:35 el amor en la comunidad también muestra “a todos … que ustedes son mis
discípulos”. El mundo está mirando, y la vida extraordinaria del verdadero creyente será
una luz de faro que mostrará a todos el gozo y el privilegio de ser un seguidor de Cristo.
Amor y gozo en Jesús (15:9–11)
El amor (vv. 9–10) y el gozo (v. 11) que los santos experimentan en Cristo son señales
adicionales de la era del nuevo pacto que Cristo ha traído con él. La metáfora principal a lo
largo de este discurso es que la nueva relación entre Jesús y los discípulos refleja aquella
entre Jesús y su Padre. Esto es particularmente cierto al experimentar el amor de Jesús, el
cual es la consecuencia del amor que comparte con su Padre. La profundidad de este amor
está más allá de nuestra capacidad de comprender y no se puede expresar en un mero
lenguaje humano. Es nuestro privilegio experimentarlo y regocijarnos en él.
El verbo traducido “amado” está en el tiempo aoristo, que en el griego considera un
evento como un todo único. Lo cual expresa la integridad del amor de Dios por el Hijo y del
amor del Hijo por nosotros. El cual es perfecto y lo abarca todo. Experimentamos el amor
eterno que existe dentro de la Deidad y ahora existe entre el Trino Dios y nosotros. Pablo
muestra esto en Romanos [Link] “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que
cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. Para experimentar su
verdadera profundidad, debemos” permanecer en [su] amor”. Este debe ser
experimentado continuamente para estar completo.
Debemos tener cuidado de comprender correctamente lo que significa permanecer en
Cristo. Es mucho más que descansar en Jesús o meditar en él. Permanecer es un verbo
activo y siempre debe reflejarse en obediencia a sus mandamientos (15:10). La obediencia
es lo que nos permite realmente experimenta ese amor. Además, como el amor, la
obediencia se basa en la relación entre Cristo y su Padre, como él agrega, “así como yo he
obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. La obediencia de
Cristo como la base y modelo para la nuestra tiene mayor énfasis en el evangelio de Juan
(4:34; 5:17, 19–20; 6:38; 8:29; 10:18; 12:49–50), especialmente en este discurso (14:15, 21,
23, 31). El amor de Jesús es el fundamento para la nuestra, y nuestro amor por él es la
fuente de la cual nuestra obediencia fluye. Esto no significa que cuando desobedecemos, él
deja de amarnos (véase Ro 8:31–39) sino más bien que la desobediencia nos aparta de
experimentar el amor de Dios y de Cristo.
El propósito de todo esto es el gozo (15:11). Jesús va de la paz (14:27) al amor, a la
obediencia (15:10) y ahora al gozo. Veremos esto nuevamente en la narrativa de la
resurrección, como la paz mesiánica (20:19) conduce al gozo mesiánico (20:20). Estas tres
promesas escatológicas —paz, amor, gozo— están ahora disponibles para sus seguidores.
Incluso nuestras pruebas pueden ser recibidas con “mucha dicha” (Stg 1:2); podemos no
experimentar felicidad, ya que nuestras pruebas son “dolorosas” (Heb 12:11), y sin embargo
tener gozo porque Dios y su Hijo tienen el control. Cuando experimentamos el gozo de Dios,
nuestro “gozo [está] completo”. La alegría del mundo es finita y temporal, pero el gozo de
Dios es perfecto y eterno. Nada en este mundo puede ayudarnos a manejar las dificultades
de la vida con gozo, y eso es posible gracias a la presencia de la Trinidad unida con nosotros
mientras pasamos por tiempos difíciles.
Amarse los unos a otros (15:12–17)
La tercera implicación de la metáfora de la vid es el profundo amor que los creyentes
comparten unos con otros. Este amor fraternal completa las tres etapas del amor: el amor
entre el Padre y el Hijo lleva al amor entre Jesús y los discípulos (vv. 9–10), y ahora su amor
por nosotros se refleja en nuestro amor mutuo (como también en 13:34). Este amor
triangular en sí refleja la Trinidad. Nuestra relación el uno con el otro surge de la relación
interna de los tres miembros de la Trinidad. Todas nuestras relaciones emergen y toman
forma a partir de nuestra relación con Cristo. Este es el caso en todos los niveles de amor:
esposo-esposa (1 Pe 3:7), Padre e hijo (Ef 6:1–4), esclavo y amo (Ef 6:5–8) y también
gobierno y el creyente (Ro 13:1–2; 1 Pe 2:13–17). No podemos conocer verdaderamente el
amor de Cristo sin amarnos unos a otros. El amor no puede ser abstracto, sino que debe ser
concreto, vivido en la vida cotidiana.
El mayor ejemplo de la profundidad del amor que Dios espera es el tema en 15:13. Este
“amor más grande” funciona de dos maneras: Primero, está inspirado en Jesús, quien dio
su vida, pero su amor es el más profundo, porque murió no solo por “sus amigos” sino
también por “los pecadores” (Ro 5:8). Segundo, es el modelo para nosotros, como en 1 Juan
[Link] “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros.
Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos”. Jesús daría su vida
en unas pocas horas, y a medida que imitamos este amor, debemos estar preparados para
un posible futuro en el que rendimos nuestras vidas, como lo han hecho muchos mártires
en toda la historia de la iglesia. La palabra de Dios es clara al respecto: el sufrimiento es un
intercambio especial o es también la “participación en sus sufrimientos” (Fil 3:10), y Dios lo
usará de manera redentora. Como el Padre de la iglesia Tertuliano (ca. 155–230 d.C.)
escribió a las autoridades romanas en Cartago: “Nos multiplicamos cada vez somos abatidos
por ustedes; la sangre de los cristianos es como semilla”.
Los siguientes dos versículos (15:14–15) son, en cierto sentido, una ceremonia de
graduación para los discípulos que ya no son “siervos”, un término común usado con
referencia a los discípulos de un rabino. En cambio, se han convertido en “amigos”, un
término que normalmente no se usa en la relación discípulo-rabino. Esto aclara a Jesús
dando su vida por sus amigos en el versículo 13 como referencia a su muerte por sus
seguidores presentes y futuros. Estos versículos aclaran más esto. Los discípulos han
trascendido la vieja relación discípulo-maestro al convertirse en los objetos del amor de
Jesús y de su amistad. El Señor resucitado elevará aún más su estatus en 20:17, cuando le
ordena a María: “Ve más bien a mis hermanos y diles”. El proceso de su “graduación”
consiste en dos etapas: de discípulo / siervo a amigo y luego a hermano.
Los amigos son aquellos que obedecen a Cristo, que “hacen lo que yo les mando”. En
realidad, no es una condicionante, como si cada acto desobediente destruyera la amistad.
Sino que, fluye de lo que ha estado diciendo con respecto al vínculo entre el amor y la
obediencia (14:15, 21, 23). Cuando obedecemos experimentamos las profundidades de su
amor y amistad (15:10). Nada puede separarnos del amor de Cristo (Ro 8:35), ni siquiera la
desobediencia. Aun así, seguir sus preceptos nos permite disfrutar de una intimidad
especial con él.
El término “siervo” (literalmente “esclavo”, doulos) se usa a menudo para describir la
relación del creyente con Dios, lo que significa que pertenecemos a él y somos parte de su
familia. (Los siervos a menudo se incluían en los listados familiares) No es que esta metáfora
ya no sea válida, sino que más bien se profundiza debido al amor de Cristo por sus
seguidores. Los discípulos ahora disfrutan de un nuevo estado como “amigos de Dios”, un
concepto que el pueblo judío reservaba para los grandes líderes del pasado como Abraham
y Moisés La profundidad de esta nueva amistad se consolida por el hecho de que “todo lo
que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes”. Esto nunca sería así para un
siervo, porque a él nunca se le permitiría “conocer los negocios de su amo”. Los discípulos
han sido llevados al círculo de la verdad y el conocimiento divinos. Esto es aún más
enfatizado por el Espíritu, quien les revela las profundidades del conocimiento de Cristo
(14:26; 16:13–15).
Cristo tomó la iniciativa al elegirlos como amigos: “No me escogieron ustedes a mí, sino
que yo los escogí a ustedes” (15:16). Esto fue muy inusual, porque normalmente los
discípulos eran quienes elegían con qué rabino querían estudiar (véase los comentarios en
1:37–39). Pero a lo largo de Juan, Jesús a menudo elige a sus propios seguidores: Felipe
(1:43), la mujer samaritana (4:4, 7), el mendigo ciego (9:1–2). La importancia radica en el
increíble privilegio de ser uno de los elegidos. Tal como Israel en el Antiguo Testamento,
somos el pueblo elegido de este mundo, y somos no solo elegidos sino también
“designados” o “apartados” (ethēka) del resto de la humanidad. Somos aquellos con el
derecho de ser hechos hijos de Dios (1:12), con el propósito de “que vayan y den fruto, un
fruto que perdure”, literalmente “fruta que permanece [menō]”, parte de la morada de
Cristo.
Esta fructífera vida cristiana específicamente formar parte de la misión de Cristo al
mundo, y este fruto duradero son los conversos, específicamente aquellos que reciben el
regalo de la vida eterna. La elección de Dios de nosotros no es solo para salvación sino
también para misión. Para cumplir esta gloriosa tarea, Cristo una vez más nos concede un
nuevo poder en la oración, para que “lo que sea que pidan en mi nombre el Padre se los
dé”. Esta es la cuarta promesa de oración en este capítulo que todo lo abarca (después de
14:13, 14; 15:7). La misión al mundo es una empresa difícil y peligrosa dado el odio del
mundo y su oposición (como veremos en 15:18–16:4), por lo que es importante para
nosotros bañarlo en oración y recibir la presencia poderosa del Espíritu a medida que
salimos. La oración podría llamarse es el lubricante en la maquinaria de llevar fruto; la cual
necesitamos que funcione sin problemas.
Concluyendo esta sección, Jesús reitera su mandamiento de “que se amen los unos a
los otros”, enmarcando esta sección (vv. 12–17) con la necesidad del amor fraternal (15:12,
17). Jesús presenta dos cosas aquí según sea necesario para el éxito de la misión de Cristo
a través de la iglesia: la oración (15:16b) y el amor fraternal (15:17). El amor también es
parte de la savia que emana de la vid y permite que las ramas crezcan y den fruto. El amor
de la Deidad y de Cristo por los creyentes fortalece a cada seguidor para amarse, y eso
proporciona ímpetu por traer a otros a la comunidad.
El mundo odia los discípulos (15:18–16:4a)
Un buen título para esta sección sería el del libro clásico de Dietrich Bonhoeffer El costo del
discipulado. Como discípulos, todos partimos de Jesús y su ministerio. La semejanza de
Cristo incluye la “participación en sus sufrimientos” (Fil 3:10). La oposición del mundo es la
conclusión lógica de la teología de Juan, en la cual el mundo es el lugar de pecado, rebelión
y persecución (véase en 1:10). Somos parte de la luz de Dios enviada al mundo, y el mundo
prefiere la oscuridad y odia la luz (3:19–20), por lo que no podemos esperar que el mundo
se relacione bien con nosotros. El mensaje de esta sección se puede presentar como un
silogismo:
Premisa principal: el mundo odia a Jesús.
Premisa menor: Jesús ama y mora en sus discípulos.
Conclusión: el mundo odia a sus discípulos.
Juan ha organizado la sección en un patrón A-B-A: oposición (15:18–25), misión (15:26–
27), oposición (16:1–4). Jesús y el Espíritu están con nosotros de manera especial en nuestra
misión, pero el mundo nos odia. Como dije anteriormente, no deberíamos esperar lo
contrario.
El odio del mundo explicado (15:18–25)
El odio como parte de la unión con Cristo (15:18–21)
Cuatro cláusulas condicionales rigen esta sección (18, 19, 20a, 20b), todas ellas condiciones
concretas de hecho (usando el griego ei, “si”) asumiendo la realidad de la declaración. Los
discípulos están a punto de embarcarse en un viaje misionero que no pueden comenzar a
comprender. Ellos han visto la oposición contra Jesús intensificarse casi a diario, pero han
estado protegidos por él en gran medida. No están listos para lo que está por suceder. De
hecho, en aproximadamente una hora más o menos, cuando Jesús sea arrestado, todos
correrán por sus vidas y desertarán completamente (Mr 14:50).
Jesús en esta sección quiere instruir a sus discípulos sobre la realidad de lo que está por
venir. Deben entender que ser un seguidor de Cristo implicará un serio rechazo de todos a
su alrededor. Tienen las palabras de vida, pero la gente no quiere escucharlas. Por lo cual,
él comienza: “Si el mundo los aborrece”, lo cual es así, “tengan presente que antes que a
ustedes, me aborreció a mí”. No deberían sorprenderse (como lo dice 1 Jn 3:13) cuando el
mundo se vuelva en contra ellos. Han visto pasarle eso a Jesús durante todo su ministerio
con él. En 1:11 Juan fue explícito acerca de que el pueblo judío era parte del “mundo”, y
aquí es aún más que eso.
En 15:18 Jesús les dice a los discípulos que el mundo los odia, y en 15:19 les dice por
qué. El mundo ama lo suyo, así que “si”, la segunda de las cuatro declaraciones ei, “fueran
del mundo”, “el mundo los amaría como a los suyos”. Pero pertenecen a la luz, no a la
oscuridad, y Cristo los ha elegido para que sean suyos (como en 15:16). El mundo odia la luz
(3:19–20) y no quiere tener nada que ver con el pueblo especial de Dios, los elegidos. Pedro
lo dice de otra manera. Somos “extranjeros y peregrinos” en este mundo (1 Pe 2:11; véase
también 1:1, 17) y no podemos ser parte de él, la gente de este mundo desprecia a aquellos
que no puede entender.
En 15:20–21 Jesús les pide que “recuerden” su relación con él. Ellos, como discípulos,
son “siervos” (douloi) de Jesús (metáfora comúnmente usada para la relación rabino-
discípulo). Jesús les ha dicho antes, “ningún siervo es mayor que su señor” (13:16) mientras
les lavaba los pies, y ahora quiere aplicar esto al tema de compartir el sufrimiento de su
amo. Son embajadores de la Palabra de Dios, en oposición directa al mundo. Dado que el
pueblo apóstata ha rechazado el mensaje de Jesús, por supuesto que rechazarán a los
discípulos también.
La tercera y cuarta declaración “si” contrastan entre sí. El punto es que los seguidores
de Cristo deberían esperar recibir del mundo exactamente lo que le sucedió a Jesús.
Aquellos que “persiguieron” a Jesús continuará haciéndolo con los discípulos, y aquellos
que “obedecieron” su enseñanza (mucho menos en número) seguirán haciéndolo con ellos
también. Esto significa que su trato hacia ellos es en realidad parte de su trato al Señor. Su
tarea es la misión, y deben dejarle las reacciones de las personas al Señor y confiar en él
para tener las fuerzas para soportar.
La verdadera razón de este rechazo no son los discípulos o su mensaje sino “por causa
de mi nombre”, concretamente, por quién él y su Padre son (15:21). Aquel a quien “no
conocen” y de quien se alejan es “del que me envió”. La verdad es que Dios envió a Jesús, y
Jesús envió a los discípulos (17:18; 20:21). Hay tres etapas del rechazo: su rechazo a los
discípulos es en realidad un rechazo a Jesús el Cristo, quien los envió, y eso constituye su
rechazo de Dios, quien lo envió. Este pueblo judío afirmó conocer a Dios, pero cuando
rechazaron a su Hijo, también se apartaron de su Padre. Ya no son el pueblo de Dios sino
parte del mundo.
La culpa y el juicio del mundo (15:22–25)
En palabras que recuerdan a Romanos 1:18–32 (sobre la depravación de los gentiles), Jesús
ahora analiza la culpa que hay detrás del odio de los judíos. Tanto en Romanos 1 como aquí,
yace una ignorancia voluntaria detrás del rechazo. Los no salvos conocen la verdad, pero
deliberadamente la suprimen. Jesús vino a ellos con palabras (v. 22) y obras (v. 24), pero
han rechazado ambas. Su culpa no habría sido tan clara. si él “no hubiera venido ni les
hubiera hablado”. Pero él ha venido, y como resultado, no tienen “excusa por su pecado”.
Se levantan ante Dios con un veredicto de culpabilidad en su corte.
Cuando reaccionaron a Jesús con odio, eso constituía odio a Dios también (15:23). No
solo habían conocido a un supuesto profeta y pretendiente a Mesías; habían conocido al
Hijo de Dios, el único Dios (1:14, 18; 3:16, 18), y al rechazarlo, habían vuelto su respalda a
Dios y a la salvación final. Al responder al Hijo y ahora a los discípulos con odio, han perdido
toda esperanza.
Entonces Jesús en 15:24 (basándose en sus obras) repite su argumento del versículo 22
(basándose en sus palabras). Podrían reclamar inocencia si nunca hubiera “hecho entre
ellos las obras que nadie más hizo”. El hecho de que “nadie más” haya realizado tales obras
apunta sus señales milagrosas, que probaban quién era y revelaban su verdadera
naturaleza. Así, como resultado de sus maravillosas palabras (v. 22) y obras (v. 24), ahora
no tienen excusa y son hallados “culpables de pecado” ante Dios.
Lejos de producir una crisis, Dios estaba más que listo para este odio y oposición. El
Verbo revelado de Dios lo había profetizado hace mucho tiempo, y, de hecho, había
ocurrido para “que se cumpla lo que está escrito en la ley”. Como sustento de esto, Jesús
cita el Salmo 69:4 (y posiblemente 35:19), “me odian sin motivo”. En ambos salmos David
se lamenta por la gran cantidad de enemigos que se le oponen. Como el Mesías Davídico y
justo sufriente, Jesús sufre el mismo destino que David, y lo cumple en sí mismo. La traición
de los judíos que son parte del mundo es de esperarse, y los discípulos no debería estar
sorprendidos en lo más mínimo. “Sin razón” subraya por tercera vez (vv. 22, 24, 25) el hecho
de que no tienen excusa por lo que están haciendo. Sus propias Escrituras los muestran
culpables (como en 5:45–47).
La misión de Jesús continuada (15:26–27)
Jesús se va de este mundo, pero su misión continuará, llevada a cabo por el “testimonio”
tanto del Paracleto (v. 26) como de sus discípulos (v. 27). Esta declaración no está fuera de
lugar, como si fuera agregada artificialmente por un escriba posterior, sino que de hecho
encaja bastante bien con el contexto. El odio y la persecución de los judíos ciertamente
perturbarán la misión de Jesús muy severamente (¡matándolo!). Sin embargo, esa oposición
será reducida a nada cuando el Espíritu y sus seguidores la lleven a un nuevo nivel. Jesús
proporcionó la base para nuestra salvación. El Espíritu y sus seguidores proclamarán esta
salvación a todos los confines de la tierra.
Esta es la tercera declaración acerca del Paracleto (después de 14:15–17, 26) y llega al
corazón del mensaje de todo el discurso: la llegada del Espíritu para inaugurar la nueva era
en el plan de salvación de Dios. Estos dos versículos se combinan para enfatizar la única
misión de Dios a medida que el Espíritu empodera y mora en la nueva comunidad mesiánica,
inspirando su testimonio de Jesús (como en Mt 10:20; Hch 5:32; 6:10).
Tenga en cuenta la motivación trinitaria: el Hijo y el Padre envían al “Abogado” (del
griego: paraklētos). Una vez más, tenga en cuenta el progreso de autoridad para la misión
en este discurso: el Padre envía al Hijo, el Padre y el Hijo envían el Espíritu, y la Trinidad
unida envía a la iglesia al mundo. Todo el cielo está involucrado en la misión al mundo. El
marco legal continúa mientras el Paracleto “testifica” acerca de Jesús al mundo. Como el
“Espíritu de verdad” (véase 14:17; 16:13) el Paracleto se asegura que el mundo escuche las
verdades divinas sobre Jesús y su obra salvadora. No habrá obstáculo a la luz de Dios para
que ilumine estas verdades (1:5).
Los discípulos en 15:27 se unen al Espíritu en su testimonio y continúan la misión de
Jesús al mundo. Siguen al Espíritu y se vuelven la poderosa herramienta del Espíritu en esta
sagrada empresa. La razón por la que su testimonio es tan poderoso es que “han estado
conmigo desde el principio”. Jesús mismo ha invertido su tiempo y energía en ellos desde
el principio, por lo que están llenos hasta rebosar de estas verdades. Además, están llenos
del Espíritu y tienen poder para este testimonio. Sería imposible estar mejor preparado para
el ministerio al mundo de lo que ahora Dios les está dando. El verbo usado en “dar
testimonio” es un imperativo, y por eso es un mandato divino. Son elegidos enviados por la
Trinidad, y su llamado es a dar testimonio al mundo.
El problema de la persecución (16:1–4a)
Ahora volvemos al tema principal de esta sección: como discípulos al salir en su misión
potenciada por el Espíritu, deben esperar feroz oposición a todo lo que están haciendo.
Jesús habló de esto de manera general en 15:18–25, pero aquí describe pruebas específicas
que sufrirán. Además, el mayor peligro no es solo la persecución o el desánimo generado
por los tiempos difíciles sino la posibilidad de apostasía, abandonando la fe para detener el
sufrimiento. Este peligro ya se había presentado en la parábola de la vid y las ramas y ya
había ocurrido en Judas. La totalidad de la epístola a los Hebreos aborda este peligro,
mostrando cuán real era en la iglesia primitiva (véase 15:6 sobre el debate teológico).
La primera prueba específica ya se vio en la historia del hombre nacido ciego en 9:22,
34 (también 12:42), siendo expulsado de la sinagoga (16:2) Jesús advirtió de esto también
en otro pasaje (Mt 10:17; Mr 13:9; Lc 21:12). Era algo más que ser eliminado de la
membresía de la sinagoga, sino que se estaba poniendo “bajo prohibición” lo cual
significaba ser totalmente excluido de la comunidad.
Sin embargo, ese es solo el comienzo de los problemas. La frase “viene el día” parece
tener un doble significado irónico. A lo largo de este evangelio se usa la hora del destino de
Jesús para comenzar los eventos de la pasión (2:4; 7:20; 8:30; 12:23, 27), pero aquí se refiere
al comienzo de la persecución de los discípulos después de la muerte y resurrección de
Jesús. Lo más probable es que los dos “momentos” se conviertan en un momento
escatológico aquí, destacando la persecución de los santos como una “participación en los
sufrimientos [de Cristo]” (Fil 3:10).
Los cristianos eran vistos como herejes (como lo era Jesús) por los judíos, y así como
Jesús dice en 16:2, los judíos pensarán que están “prestando un servicio a Dios” cuando
tomen la vida de estos blasfemos cristianos. Los judíos más que los romanos eran la
principal fuente de persecución en el período del Nuevo Testamento. Ellos creyeron que
mientras hubiera blasfemia en la tierra, el Mesías no podría venir. Pablo indudablemente
pensó que este era el caso cuando él arrestaba cristianos, los ponía en prisión y los mataba
(Hch 8:3; 9:1; 26:10). El aspecto más triste en esto es que nosotros los cristianos también a
menudo hemos hecho lo mismo cuando hemos estado al poder en una sociedad. Nosotros
también hemos instigado (o nos hemos equivocado hablando en contra de alguien) de
manera similar la matanza de personas inocentes, como en las masacres a los judíos
durante el siglo XIX o el Holocausto en el siglo XX. Tengo algunos amigos a quienes se les
enseñó prejuicios raciales en las escuelas bíblicas.
La razón de este terrible odio es “porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí” (16:3).
Juan ha enfatizado esto desde 1:10–11, donde señaló que los judíos son parte del mundo,
por eso mismo Cristo, quien es uno con el Padre y es su Representante, es el único camino
para conocer al Padre, así que cuando ellos se negaron a reconocerlo, también estaban
rechazando al Padre. Este rechazo es mucho más que ignorancia, connota rechazo
deliberado de la verdad El mensaje es que su oposición a los mensajeros de Cristo es
equivalente al rechazo del Mensajero de Dios y, por lo tanto, a Dios mismo.
Cristo les está hablando estas cosas con anticipación para protegerlos cuando ocurran
estas desalentadoras cosas (16:4). En 13:19 y 14:29 profetizó estas cosas para fortalecer su
fe para soportar esta oposición, y en 16:1 lo hizo para evitar que se apartaran. Estos dos
motivos se combinan aquí. Cristo les ha “dicho esto” para aumentar su fe para que no se
aparten “cuando llegue el día” y puedan soportar la misma persecución que él ha
experimentado.
Esta segunda mitad del discurso de despedida continúa con los temas de los capítulos
13–14 y se centra en los discípulos. La ilustración de la vid y las ramas muestra el proceso
del discipulado cristiano, donde nosotros, las ramas, permanecemos estrechamente
conectadas con Jesús la Vid, para poder participar de su savia vivificante y dar fruto para
Dios. Existen solo dos tipos de ramas o personas en la iglesia: aquellos que son fructíferos y
aquellos que son no lo son, quienes no producen nada para Dios. Estos últimos se cortan y
son quemados, representando el juicio eterno para los miembros apóstatas e inútiles de la
iglesia (“en mí”, 15:2, 6). Las ramas fructíferas “permanecen” en la vid y llevan mucho fruto,
por lo que Dios los “poda”, es decir, usa las pruebas de la vida para ayudarlos a crecer.
La triple explicación (vv. 7–17) es extremadamente relevante cuando se aplica. La
primera (vv. 7–8) se centra en la fertilidad que resulta de permanecer en la vid y menciona
un nuevo poder en la oración (= 14:13–14) como parte del fruto que damos. El segundo
resultado de permanecer en Cristo es la nueva profundidad de amor y gozo en él que
experimentamos (vv. 9–11). Mientras disfrutamos de su amor, conocemos una nueva
inmersión en su alegría que lo abarca todo y que cambia nuestra perspectiva en la vida.
Tercero, aprendemos a amarnos unos a otros de una nueva manera (vv. 12–17). El amor de
los miembros de la Deidad el uno por el otro se refleja en el amor que compartimos con
Cristo, y que luego proporciona una nueva profundidad de las relaciones amorosas en la
comunidad de Cristo. Ahora somos “amigos” de Cristo, con un nuevo estatus y autoridad,
pero también con una nueva profundidad de su amor que luego reflejamos en nuestras
relaciones internas en la iglesia.
La segunda sección principal de este discurso es el recordatorio de que, si bien
compartimos el amor de Jesús, también compartimos sus sufrimientos, y eso incluye el odio
y la persecución del mundo (15:18–16:4). Somos uno con Jesús, y eso significa que
compartimos no solo lo bueno sino también lo malo. Somos luz en él, entonces el mundo
de la oscuridad nos evitará y se opondrá activamente a todo lo que representamos. Al
rechazarnos, están rechazando a Cristo, y al rechazar a Cristo, en realidad están rechazando
a Dios. Cuando pasamos por el valle oscuro del odio, debemos recordar que en esta
persecución estamos reflejando nuestra unidad con Jesús y Dios.
Sin embargo, relacionado con este derramamiento de odio está la misión de la Iglesia.
Como Cristo murió por los pecadores que eran sus enemigos (Ro 5:8), ahora también nos
envía a quienes se vuelven contra nosotros, y, en esta misión, el Paracleto-Espíritu se une a
nosotros y mejora nuestro testimonio de Cristo al mundo (vv. 26–27). Nuestro testimonio
es en realidad una importante herramienta del testimonio del Espíritu, y él nos llena a
medida que salimos al mundo.
Jesús enumera tres peligros específicos en 16:1–4: la expulsión de la sinagoga, una
mayor persecución y la tentación de apostatar de la fe cristiana. Jesús en esta sección
prepara a los discípulos para enfrentar estos peligros para que puedan encontrar la fuerza
para perseverar cuando lleguen estos tiempos difíciles.
DISCURSO DE DESPEDIDA: SEGUNDO DISCURSO, PARTE 2
(16:4b–33)
La partida de Jesús de su ministerio terrenal para regresar a su Padre ahora está cerca, y es
por eso por lo que le está hablando a sus discípulos sobre los días difíciles que les esperan.
Necesitan saber no solo acerca de todos los problemas que pronto vendrán sobre ellos, sino
también de la ayuda que Dios les enviará para que puedan superar estas luchas. Esta ayuda
consiste en el Espíritu de Cristo como la presencia del Señor en medio de ellos. Él acaba de
contarles sobre los juicios que pronto llegarán (15:18–16:4a), y ahora quiere hacerles saber
de la venida del Paracleto, que los empoderará para que puedan salir victoriosos.
Hay tres secciones en este capítulo. La primera (vv. 4b–15) muestra cómo el Espíritu
convence a cada incrédulo y lo muestra culpable ante Dios. El resultado es que no tienen
excusa. (vv. 8–11). Al mismo tiempo, él guía y capacita a cada creyente (vv. 12–15),
capacitándolo para hablar y glorificar a Dios en todo lo que hacen.
En la segunda sección (vv. 16–28) Jesús les dice que el Espíritu viene porque él mismo
se apartará de ellos e irá al Padre. Sin embargo, debido a esto, su dolor en medio de todas
sus aflicciones se convertirá completamente en gozo al experimentar la Trinidad —Padre,
Hijo y Espíritu— en sus vidas.
En la sección final (vv. 29–33) Jesús predice el fracaso de ellos durante su pasión, pero
agrega que en él (y en el Espíritu) sus aflicciones también se convertirán en paz y gozo.
Jesús describe la obra del Paracleto (16:4b–15)
La partida de Jesús (16:4b–7)
Jesús les dice que ha guardado silencio sobre sus problemas futuros porque “yo estaba con
ustedes”; él ha estado allí para vigilarlos y protegerlos cuidando que toda enemistad fuera
dirigida a él más que a ellos. Pero eso iba a cesar al momento del arresto de Jesús, porque
nunca más volvería a tener tiempo con ellos. Así que ahora tiene que prepararlos para el
momento difícil que está por venir, comenzando en una hora más o menos a partir de ese
momento, cuando abandonarán a Jesús y huirán por sus vidas para evitar ser arrestado.
Comienza anunciando que su partida está ahora a la mano. Él está “yendo al que me
envió” y pronto terminará la misión del Padre. Lo siguiente que dice (“ninguno de ustedes
me pregunta: ‘¿A dónde vas?’ ”) es bastante confuso porque contradice más bien
directamente a 13:36 (Pedro preguntando: “Señor, ¿a dónde vas?”) y a 14:5 (Tomás dice:
“Señor, no sabemos a dónde vas”). Esto ha llevado a algunos a decir que este versículo es
una adición posterior y que el editor no pudo cambiar el original por reverencia a la
tradición. Pero esto parece bastante descabellado.
Hay una explicación más simple centrada en el tiempo presente “Ninguno de ustedes
me pregunta”. Jesús está preocupado de que los discípulos hayan dejado de preguntar por
su partida y quiere que sigan involucrados en el diálogo. Están tan llenos de confusión y
dolor porque no se dan cuenta de las implicaciones más profundas de su partida en su
misión divina al mundo. Los quiere inmersos en la cuestión del fin de su misión personal, ya
que ellos también deben llevarla a cabo en su misión al mundo. Ninguna de las preguntas
anteriores tenía en mente las implicaciones de su partida en su misión. Él quiere que se
concentren, porque los involucra a ellos y a su misión futura.
Por lo tanto, en los siguientes dos versículos (vv. 6–7), Jesús aclara las implicaciones
eternas detrás de lo que pronto sucederá. Son consumidos por el dolor, mientras que él ya
les había dicho que deben estar llenos de paz en lugar de ser absorbidos por el miedo y
tener un corazón turbado (14:27). Deberían alegrarse en lugar de llorar de que él vaya al
Padre (14:28–29).
En 16:7 vuelve al tema principal, presentándolo con un equivalente a su solemne y típica
declaración doble amēn: “Les digo la verdad ciertamente”, y lo dice de dos formas para
resaltar su importancia: “Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no
vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes”. Los siguientes seis
versículos están dedicados a este tema. El plan de Dios solo se puede completar cuando el
Hijo vuelve al cielo y el Espíritu es enviado a tomar su lugar en la tierra. La cruz es
absolutamente necesaria para inaugurar la nueva era de la salvación. y solo después de ese
evento central de la historia de salvación puede venir el Espíritu (véase 7:39).
También es por el bien de los discípulos, porque tampoco pueden cumplir sus destinos
hasta ese momento. Como Pedro dijo más adelante en su vida, los tiempos de pruebas y
tribulación deben ser aliviados por la revelación que estamos experimentando en la nueva
era de salvación (1 Pe 3:3–9), el tiempo que los profetas habían deseado ver (1 Pe 1:10–12).
Ese momento que los profetas anhelaban era realmente la era del Espíritu (Is 11:1–2; 32:15;
42:1; 44:3; Ez 37:14; 39:29; Jl 2:28).
La obra del Paracleto en el mundo (16:8–11)
El Espíritu tendrá un doble ministerio, convenciendo al mundo (vv. 8–11) y fortaleciendo a
la iglesia (vv. 12–15). El viene a llevar a cabo la misión de Jesús a los perdidos y “condenar”
(elenxei) o “demostrar que el mundo esté equivocado “en tres áreas: “pecado y justicia y
juicio”. El verbo en un sentido general significa “exponer, mostrar o convencer a otros de
una verdad. También puede tener una fuerte connotación legal, que significa “probar que
una persona está equivocada o es culpable” en un tribunal de justicia, como se usa en 8:46
(“¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?”). Esa es su intención
aquí.
Entonces, el Espíritu como el Paracleto aquí es un abogado acusador, presentando
evidencia irrefutable de la culpabilidad del mundo ante Dios. Además, este no es el juicio
final, porque el Espíritu no está de pie delante de Dios en su tribunal, sino que está
condenando a la gente del mundo en sus propios corazones para llevarlos al
arrepentimiento. Esta es el área principal en la que el Espíritu trabaja como “defensor”
haciendo que su presencia convincente influya en los no salvos. Esta es la sala de audiencias
de la mente donde actúa el Espíritu como Paracleto llevando a cabo su obra de
convencimiento.
En el resto de esta sección, Jesús identifica tres áreas en las que el Espíritu opera (16:9–
11). (1) Él convence al mundo de “pecado, porque no creen en mí”. El pecado mismo se
basa en la centralidad del yo, por lo que el pecado básico es la incredulidad, la negativa a
confiar en cualquier otra cosa que no sea uno mismo. Si los no salvos fueran a la fe,
encontraría la luz de Dios (3:18–21) y la vida eterna (3:16; 5:24). Como resultado del pecado
y la incredulidad, el mundo vive en la oscuridad. Los opositores judíos habían acusado a
Jesús de ser un pecador. (9:16, 24) cuando en realidad ellos mismos estaban inmersos en el
pecado y la incredulidad (5:47; 6:64; 7:48; 8:24; 9:41; 15:22).
(2) El mundo es convencido de “justicia” (16:10), principalmente en el contraste entre
la verdadera justicia de Jesús y la justicia espuria de la humanidad pecadora. La base de esto
parece extraño al principio: “porque voy a la Padre, y ustedes ya no podrán verme”. El
mundo condenó a Jesús y lo crucificó en la cruz, pero Dios demostró que lo contrario era
cierto al levantarlo de entre los muertos y llevarlo al cielo. La verdadera justicia de Jesús fue
demostrada por la eternidad, y la injusta naturaleza de la humanidad se demostró de una
vez por todas (12:23; 13:31–32; 17:1, 5; 1 Ti 3:16). Los discípulos (Jesús se refiere a ellos
aquí en lugar del mundo) ya no lo verán, pero dependerán del Paracleto Espíritu, que influirá
su presencia en ellos y ejecutará su suprema justicia conocida como la fuerza salvadora de
Dios en el mundo.
(3) El mundo finalmente es convencido de “juicio, porque el príncipe de este mundo ya
ha sido juzgado” (16:11). El mundo juzgó a Jesús y al final lo puso en la cruz. Se ha
demostrado que su juicio es falso (7:24; 8:16), y que el verdadero juez es Jesús mismo (5:22,
30; 9:39). La verdad es que en la pasión Jesús enfrentó y derrotó “al príncipe de este
mundo” (12:31; 14:30), y así tanto el gobernante como su reino han sido condenados por
Cristo. Satanás aún puede ser “el dios de este mundo”, pero es adorado y seguido solo por
la gente de este mundo, y tanto él como ellos están condenados. Cuando nos ponemos la
armadura de Dios y nos enfrentamos a los poderes de las tinieblas (Ef 6:10–17), éstas deben
retirarse. En otras palabras, Satanás todavía tiene control sobre este mundo (Ef 6:12; 1 Jn
5:19), pero su poder ha sido quebrantado y su fin es seguro.
La obra del Paracleto en la iglesia (16:12–15)
Cristo tiene “mucho más que decir” sobre el conflicto universal y los eventos de la pasión,
pero objeta que “por ahora no podrían soportar”. Están tan abatidos por el dolor y la
desesperación que simplemente no pueden soportar más. Probable Jesús quiere decir que
el Paracleto Espíritu terminará su obra y les enseñará “todas las cosas” que necesitan
(14:26). Esto es similar a 13:7, cuando Jesús dijo “más tarde lo entenderás”. La comprensión
completa es proporcionada por el Espíritu, probablemente después de la resurrección
(2:22; 12:16; 13:7; 14:26).
Esta es una enseñanza increíblemente profunda sobre el ministerio del Espíritu en la
Iglesia. Jesús menciona cuatro aspectos aquí:
1. Es “el Espíritu de la verdad” quien “los guiará a toda la verdad”. En 14:26 Jesús
dijo que el Espíritu “les enseñará” y “les recordará todo lo que le he dicho”, y él
se basa en esto aquí. Hay antecedentes en el Antiguo Testamento del Espíritu
como guía (Sal 143:10; Is 63:14), el cual continúa la obra de Jesús al tomar la
Palabra de Dios y hacerla práctica en su vida diaria. La verdad tiene un énfasis
importante en este evangelio. La importancia de entender la Palabra y vivir por
las verdades que fluyen de ella es lo más importante. Una de las principales
necesidades en la actualidad es que las personas que desean la profundidad de
la Palabra se involucren en un estudio profundo de la Biblia. Hay verdades
emocionantes que esperan ser reveladas y es por eso por lo que estoy dedicando
el resto de mi vida a estos comentarios. No puedo pensar en nada más
importante que ser usado por el Espíritu para guiarte, el intérprete de “en toda
la verdad” de la Palabra.
2. El Espíritu también continúa la práctica de Jesús en su enseñanza. Jesús siempre
habló de acuerdo con lo que le dijo su Padre que dijera (3:34–35; 5:19; 7:16–17;
8:26, 28; 12:49–50; 14:10; 15:15), y de la misma manera el Espíritu transmite lo
que le ha sido dado por Jesús. Los discípulos reciben estas verdades en un
camino trinitario desde el Padre al Hijo al Espíritu a ellos y, del mismo modo,
transmitirlos en su propia enseñanza y predicación (2 Ti 2:2). Cuando
proclamamos la Palabra, lo que decimos tiene una herencia increíblemente rica
detrás de ella.
3. El Espíritu “les anunciará las cosas por venir “. Hay bastantes puntos de vista
sobre lo que esto significa. Podría ser el futuro inmediato, refiriéndose a la
muerte, resurrección y ascensión de Jesús, o tal vez el futuro lejano, refiriéndose
a los eventos finales de la historia humana. También podría connotar el don de
profecía en los profetas inspirados por el Espíritu en la Iglesia primitiva, Sin
embargo, ninguno de estos encaja. Probablemente se está refiriendo de manera
integral a la guía del Espíritu a la iglesia hacía en el futuro, basándose en todo lo
que Jesús dijo e hizo mientras que el nuevo reino de Dios avanza en la era del
Espíritu. Cristo ha preparado a sus discípulos, y ahora el Espíritu lleva eso al
ministerio en desarrollo de la iglesia en el mundo.
4. El Espíritu dará gloria a Jesús (16:14) de la misma manera que Jesús buscó
glorificar a su Padre (7:18; 13:31; 14:13; 17:4). Cristo recibió de su Padre el
mensaje que proclamó, y el Espíritu también recibe de Cristo “lo que él les dará
a conocer”. Una vez más tenga en cuenta el proceso trinitario: Jesús recibe las
verdades del Padre, las pasa al Espíritu, y el Espíritu las revela a los maestros de
la iglesia para que puedan ser proclamadas en las iglesias. Estoy asombrado de
la increíble profundidad de este concepto. Siempre dije en mis clases de la
riqueza de 2 Timoteo 2:2, donde hay un pase de la batuta de la verdad de Pablo
a los primeros maestros y posteriormente a mí, y luego yo la transmito a aquellos
en mi clase que “serán aptos para enseñar a otros”. Ahora, en este momento,
me doy cuenta por primera vez de esto, lo cual es solo la segunda mitad de la
¡ecuación real! De hecho, estas verdades han pasado del Padre al Hijo y al
Espíritu antes de que llegaran a Pablo. En realidad, podríamos agregar
Apocalipsis 1:1–2 a esta ecuación y decir que la Divina Trinidad dio estas
verdades y visiones a los santos ángeles, quienes las dieron a Juan y Pablo para
que nos las entregaran. ¡Guau!
Jesús concluye (16:15) asegurándose de que él y el ministerio del Espíritu se encuentran
en la perspectiva adecuada. La obra de ambos se deriva del Padre: es la obra del Padre que
tiene su culminación en el Hijo, y el Espíritu extiende la obra de ambos mientras guía al
pueblo de Dios a la era final de la historia de la salvación. Dios ha “puesto todas las cosas
bajo su dominio” (13:3), y Jesús ahora pasa esta autoridad al Espíritu. Entonces la obra del
Espíritu proviene enteramente del Padre a través del Hijo. Lo que predicamos y enseñamos
no proviene de Jesús o del Espíritu sino de la Trinidad en conjunto, con el Espíritu dando a
conocer lo que el Padre ha revelado a través del Hijo. Hay un grave error cometido en
muchos ambientes carismáticos, donde a menudo el énfasis está en las nuevas ideas que
los líderes presentan supuestamente bajo la dirección del Espíritu que en las verdades
reveladas de las Escrituras. El énfasis aquí está claro: el Espíritu da a conocer lo que ha
recibido del Padre y del Hijo. No se hace mención de nuevo contenido o así llamadas, nuevas
verdades.
La tristeza se convertirá en gozo (16:16–28)
La partida de Jesús y sus consecuencias (16:16–18)
Jesús resume su mensaje elemental una vez más y les dice a los discípulos: “Dentro de poco
ya no me verán, pero un poco después volverán a verme”. Hay dos intervalos cortos aquí
(“un poco”). Algunos han interpretado el primero como el corto tiempo entre su muerte y
resurrección y el segundo como el tiempo entre su resurrección y la segunda venida, pero
eso es poco probable porque el segundo intervalo no es poco tiempo. Otros ven un
complejo triple esquema en el que Jesús predice simultáneamente las apariciones de su
resurrección, la venida del Espíritu y su segunda viniendo (la parusía). Mientras que Jesús
ha comentado los tres en los capítulos 14–15, es mucho por interpretar en este versículo.
Además, tiene mucho más sentido tomar el primero como el corto tiempo (alrededor de
quince horas) antes de ser puesto en la cruz y el segundo momento como las otras treinta
y seis horas que permaneció en la tumba antes de su resurrección (véase también 14:19).
El contexto enfatiza su alegría al ver a Jesús de nuevo, indudablemente en las apariciones
de resurrección.
Como siempre, los discípulos están completamente confundidos (vv. 17–18) y no
entienden las declaraciones “ya no me verán” / “verme” ni tampoco “dentro de poco”.
Incluso después de las numerosas veces que Jesús les ha enseñado, todavía no tienen
categorías para el tipo de mesías que morirá y resucitará. La idea de que este evento
incomprensible pronto tendrá lugar es demasiado para ellos. Sus dos preguntas están
tomadas del versículo anterior. No comprenden las palabras “dentro de poco” ni “voy al
Padre” de 16:5.
Discurso sobre el gozo (16:19–24)
Los discípulos han sido corregidos con tanta frecuencia que tienen miedo de siquiera
mencionar estas preguntas, pero Jesús con base en su omnisciencia (véase 1:42, 48; 4:17–
18) “supo” (RVA2015: “comprendió”) o “se dio cuenta” lo perplejos que estaban. En 16:19
les dice exactamente lo que ellos querían preguntar, repitiendo lo que dijo en el versículo
16.
Su respuesta a ellos se convierte casi en una oda a la alegría. Comienza con otra solemne
e importante declaración doble amēn (“Ciertamente les aseguro”, véase los comentarios
en 1:51), prediciendo el gran giro en la historia humana, esta vez considerándolo desde el
punto de vista de los discípulos y expresándolo en sintonía con 16:16, 19. Después del
“dentro de poco” inicial (la muerte de Jesús), “llorarán de dolor” mientras que el mundo se
“se alegrará”. Pero después del segundo “rato”, esto cambiará totalmente, y su “tristeza se
convertirá en alegría” cuando Jesús resucite y se les aparezca.
Ni los discípulos ni el mundo son conscientes de la verdadera importancia de los eventos
pasionales. Nadie se da cuenta de que el más importante evento en la historia de la raza
humana está a punto de ocurrir. El núcleo mismo del plan de salvación de Dios sucederá
pronto. Los discípulos de Jesús llorarán como en un funeral (las mujeres en Marcos 16:1
fueron al sepulcro esperando ungir un cadáver, sin sospechar nada). El mundo también,
pensando en que solo se ha librado de un alborotador blasfemo, se llenará de alegría por
su victoria. Sin embargo, algunas horas más tarde, Dios levantará a Jesús de entre los
muertos y el glorioso Resucitado se les aparecerá. Y toda tristeza se convertirá en un gozo
exuberante en la victoria que Dios ha efectuado en su Hijo.
Para ilustrar este cambio, Jesús usa la imagen de dolores de parto (v. 21), un ejemplo
perfecto de dolor intenso que se convierte en una alegría maravillosa. Esta metáfora se
encuentra a menudo en el Antiguo Testamento (Is. 26:17–21; 66:7–14; Jer 13:21; Mi 4:9–
10) y en los evangelios (Mr 13:8) para ilustrar los sufrimientos del pueblo de Dios y la llegada
de su liberación. Isaías 26:17–21 es especialmente apto, combinando las imágenes del parto
y la idea de la resurrección (“tus muertos vivirán, sus cadáveres volverán a la vida”) para
representar la liberación de Israel. Entonces, Isaías 66:14 agrega “se regocijará su corazón”.
Tanto en la promesa de salvación Isaínica a través del sufrimiento como en el gozo de la
liberación de Dios son superiores. El énfasis está en la iniciativa divina de traer la salvación
de Dios y transmitirla. Él hace al “nuevo bebé” (= la salvación eterna) posible; la nueva era
escatológica instituida en la cruz se convierte en el principio del fin. Los últimos días se
inician en la cruz y finalizan en la segunda venida.
En 16:22 él aplica esto particularmente a los discípulos, quienes luego de su muerte
tendrá un “momento de dolor” que se convertirá en alegría que “nadie les va a quitar”
cuando vean al Jesús resucitado. Nada que el mundo pueda hacer a modo de persecución
puede despojarlos de la alegría de la resurrección, comenzando con la del mismo Jesús y
luego resultando a partir de su resurrección como “las primicias” (1 Co 15:20, 23)
garantizando su propio futuro resucitando de entre los muertos. Ahora Jesús está marcando
el comienzo de una nueva era de paz (14:27) y alegría. Esto permite que cada uno de
nosotros enfrente todos nuestros problemas con regocijo (Stg 1:2; 1 Pe 1:6).
Ahora, por cuarta vez, Jesús les promete un nuevo poder de la oración (16:23–24; véase
14:13–14; 15:7, 16), pero aquí está relacionado con la nueva era de salvación que seguirá a
la muerte y resurrección de Jesús, “en aquel día” se refiere a la culminación de las promesas
de las Escrituras en el nuevo “día” inaugurado por la muerte y resurrección de Jesús. Hay
dos promesas en esto, ya que Jesús comienza diciéndoles que tendrán un nuevo
entendimiento cuando finalmente comprendan cuenta las implicaciones de estos eventos
de la pasión. Hasta ahora su falta de conocimiento ha sido notable; prácticamente no había
un aspecto en el que tuvieran razón. Pero cuando los eventos tengan lugar y aclaren todo,
y especialmente cuando el Espíritu esté allí para mostrarles todas las cosas (14:26; 16:13),
todo se aclarará.
Por segunda vez y nuevamente comienza con la frase “ciertamente les aseguro” (16:20)
para enfatizar su importante naturaleza, tenemos otra promesa de oración contestada
(véase 14:13–14). En el versículo 23a no necesitan preguntarle a Jesús porque tienen el
Espíritu. Ahora en el versículo 23b ya no necesitan hacerlo porque tienen acceso directo al
Padre. Está aún más profunda intimidad con Dios surge de su unión con la Deidad: son uno
con Jesús y uno con Dios (17:21–23).
Cuando Jesús dice: “Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre” (v. 24), quiere decir
pedir al Padre. Este es otro cambio histórico salvífico. Durante el ministerio de Jesús, los
discípulos trajeron todas sus dudas a Jesús. Pero esta nueva profundidad de intimidad y
acceso al Padre que disfrutaron en el nuevo eón significa que pueden ir directamente a Dios
con todas sus dudas. Este fue también el punto en 14:13–14, y así Cristo se asegura de que
hayan entendido las nuevas verdades que es la era de la iglesia. Ahora van a “pedir en mi
nombre” y el Padre “les dará lo que pidan en mi nombre” (16:23, 24 NTV). Como dije en
14:14, la frase “en mi nombre” no es una fórmula mágica diseñada para hacer que Dios
haga cosas por nosotros, sino que significa “en unión conmigo”. Este nombre, que significa
que le pertenecemos, es la base de nuestro poder en la oración y es una señal de la nueva
era que Cristo ha provocado.
Los discípulos nunca han hecho esto antes, orar directamente a Dios sobre la base de
su autoridad como hijos de Dios. El Padre es uno con Jesús, por lo tanto, nuestra unión con
Cristo nos da un acceso nunca considerado posible anteriormente. Nuestra nueva vida de
oración es un regalo escatológico que define el nuevo reino que habitamos. Entonces
cuando pedimos y recibimos con este nuevo poder escatológico, no es de extrañar que
nuestra alegría sea completa. Dios siempre está presente en el Espíritu, y nunca estamos
solos. Nuestro presente está completamente seguro, y nuestro futuro está garantizado.
¿Cómo podemos no tener “gozo puro” sin importa las pruebas (Stg 1:2)?
Diálogo honesto sobre su partida (16:25–28)
El estribillo central en esta sección ha sido “dentro de poco” (16:17, 19), y a lo largo de este
evangelio, Jesús y Juan han hablado de su “Hora” (2:4; 7:30; 8:20) como la hora del destino
en la cruz. Aquí se acerca la hora “dentro de poco”, refiriéndose no a la cruz sino a la venida
de la nueva era cuando llega el Espíritu y todas las promesas del discurso de despedida se
hacen realidad. Incluso en este discurso final Jesús ha estado hablando “en sentido
figurado” (en paroimiais, que significa proverbio, parábola, figura retórica), usando
ilustraciones que parecen poco claras y misteriosas para los discípulos (p. ej., 16:21). Jesús
notó esta incapacidad para comprender en 16:12.
Los días de diálogo enigmático han terminado. En esta nueva era “les hablaré
claramente acerca de mi Padre “. El problema no eran las parábolas sino los misterios más
profundos que estaban descubriendo. Él promete que estos misterios serán revelados y
“claramente” (parrēsia, abiertamente, públicamente) entendidos. Los eventos de la pasión
desatarán un tiempo de cumplimiento cuando estos misterios serán descubiertos y estarán
disponibles para todos los creyentes. Note el contraste con Marcos 4:10–12, 33–34, cuando
Jesús habló a los no salvos “en parábolas” para ocultar las verdades. Estas verdades son
para el pueblo de Dios, no para los enemigos de Jesús ni los de su pueblo. Jesús y Dios
quieren que su pueblo entienda, y lo que era oscuro entonces pronto sería evidente.
Todavía no podían entender porque simplemente no podían comprender la partida de Jesús
y su exaltación futura. Pero cuando estos eventos clave hayan acontecido y el Espíritu haya
llegado, se convertirán en la clave para develar los demás (véase 2:22; 12:16; 14:26).
Probablemente la mayoría de nosotros estemos diciendo: “No parece mucho más fácil
hoy; todavía estoy bastante confundido”. Es cierto que estamos viviendo en la nueva era
del entendimiento, pero como los discípulos, necesitamos al Espíritu y estudiar arduamente
estas verdades para llegar a ese entendimiento. El punto es que estas verdades están
disponibles y pueden ser descubiertas. No llegan de manera automática, pero Dios provee
su palabra, además de que tenemos pastores y maestros para guiarnos en estas complejas
pero entendibles verdades. La buena predicación y la enseñanza en nuestras iglesias
eliminarán la mayor parte de esta confusión y nos darán un nuevo ánimo por las verdades
de Dios.
Hasta este momento hemos estudiado cinco promesas de oración que incluyen todo
(14:13–14; 15:7, 16; 16:23, 24). Ahora Jesús da la promesa final (16:26–27). Esta nueva
relación directa con el Padre produce una nueva profundidad acerca de pedir y recibir. Jesús
prometió previamente que respondería sus oraciones directamente (14:13–14), y ahora va
mucho más allá diciendo que ya no necesita rogar al Padre en nombre de ellos, porque “el
Padre mismo los ama” (16:27). Esto no significa que ya no necesitamos la obra intercesora
de Jesús (resaltada en Ro 8:34; Heb 7:25; 1 Jn 2:1), sino que a través de esta intercesión
Jesús produce una nueva profundidad de la intimidad entre Dios y sus amados hijos. Ese
amor produce una línea directa de comunicación con Dios, un acceso que nunca
pensaríamos posible de otra manera (véase Heb 10:19–20).
Todavía oramos “en el nombre de Jesús”, es decir, en unión con él (14:13, 14; 15:16;
16:23, 24), porque mora en nosotros y nos llena con su presencia (15:5–8), pero al mismo
tiempo esa nueva profundidad de relación con el Padre (Ef 2:6, Dios “nos hizo sentar con él
en las regiones celestiales”) produce un poder de oración efectivo más allá de toda
expectativa (Stg 5:16). El Padre ama al Hijo (17:23–26) y ama a sus discípulos “porque me
han amado y han creído que yo he venido de parte de Dios”. Hay una triple relación de amor
entre Padre, Hijo y creyentes como miembros de la misma familia. El que Dios haya enviado
a su Hijo habla de la misión de Jesús, y esa misión incluye a los discípulos de Jesús también.
Participamos en esa misión, por lo tanto, también participar de ese amor.
Jesús concluye esta importante sección sobre su relación con el Padre (v. 28)
recordándoles el motivo de su ascenso y descenso enfatizado en la primera mitad de este
evangelio (1:51; 3:13, 31; 6:33, 38, 41–42, 50–51, 58, 62). Él descendió del cielo en su
encarnación y “entró al mundo”, y ahora dice: “dejo de nuevo el mundo y vuelvo al Padre
“. Como he señalado varias veces, su partida es el tema principal de esta sección (13:35–36;
14:2, 19–20, 28; 16:5, 16–17, 19). Él descendió del Padre como el Dios-hombre para cumplir
su misión de llevar salvación a la humanidad perdida, y ahora pronto ascenderá de regreso
al Padre como el Señor resucitado.
Jesús predica la deserción de los discípulos (16:29–33)
Los discípulos parecen estar mejorando y afirman haber logrado esa comprensión más
profunda (vv. 29–30). Responden “Ahora sí estás hablando directamente, sin vueltas ni
rodeos”. Ahora le dicen a Jesús, “Ya podemos ver que sabes todas las cosas”, y ya no
necesitan que alguien le pregunte, probablemente se están refiriendo a que su
conocimiento de Dios es profundo y completo. Ahora piensan que lo tienen bajo acerca de
lo que ha estado diciendo, aunque, por supuesto, la suya es una falsa bravuconería, una
ilusión de grandeza. Su confesión de que Jesús “vino de Dios” es un movimiento en la
dirección correcta, similar a la confesión de Pedro en 6:69 que Jesús es “el Santo de Dios”,
por lo cual están creciendo en fe y comprensión. Parecen darse cuenta de que la crisis está
llegando a un punto máximo, aunque no tienen idea de lo que eso implica. No tienen idea
de lo poco que realmente saben. Su confianza muestra lo poco que comprenden.
La respuesta de Jesús (16:31–32) destrozará su falsa confianza. Tenga en cuenta el
sarcasmo en su respuesta: “¿Hasta ahora me creen?” Él está plenamente consciente de la
cantidad de fe que realmente tienen y sabe que creen en él, pero quiere traerlos de vuelta
a la realidad. Su fe es real, pero está incompleta. La prueba vendrá pronto, y fallarán por
completo. Pedro ya ha sido advertido de su próximo fracaso (13:38), y a ninguno de los
demás le irá mejor. Él también estaba seguro de su fidelidad (“Por ti daré hasta la vida”,
13:37) pero tuvo que enfrentar su propia debilidad finita. Ahora es el turno de ellos.
En el versículo 32 Jesús les dice: “la hora viene”, el cual en 16:25 describió positivamente
ese tiempo después de que el Espíritu introduzca la nueva era cuando Cristo hablará
“claramente” y la comprensión llegará a los discípulos. Ahora ha llegado y la frase describe
negativamente los eventos de la pasión y la deserción de los discípulos. Cuando corran por
sus vidas durante el arresto de Jesús, serán “dispersados, y cada uno se irá a su propia casa
y a mí me dejarán solo”.
Como en Marcos 14:27 y paralelos, Jesús alude a Zacarías 13:7, “Heriré al pastor, y se
dispersarán las ovejas”, un pasaje sobre la apostasía de Israel. Los discípulos se apartarán y
abandonarán a Jesús, dejándolo y huyendo al aposento alto, donde, encogidos de miedo,
permanecerán durante el tiempo de Jesús en la tumba. Aún estarán allí hasta que Jesús se
les aparezca en Juan 20:19–23. De la misma manera que Pablo nunca pudo perdonarse a sí
mismo por perseguir a la iglesia, ellos también tuvieron que vivir el resto de sus vidas
sabiendo que cuando Jesús estaba en la cruz, cuando más los necesitaba, ellos se
escondieron a salvo detrás de puertas cerradas.
Sin embargo, Jesús no estaba realmente solo, porque su Padre estuvo con él durante
toda su obra. En 8:28–29, Jesús dijo acerca de ese tiempo cuando sería levantado en la cruz,
“el que me envió está conmigo; no me ha dejado solo”. Esto debía suceder ahora. Sus
discípulos más cercanos lo abandonarían, pero su Padre no.
Sin embargo, ¿Qué pasa con el clamor de abandono de Jesús: “Dios mío, Dios mío, por
qué me has desamparado?” (Mr 15:34 y paralelos). Esas palabras se refieren a Jesús
cargando nuestros pecados, y solo en ese momento cuando se hizo pecado por nosotros (2
Co 5:21), realmente Dios le dio la espalda. Aun así, no dejó solo a Jesús.
Jesús les da esta angustiosa noticia no para desanimarlos o abatirlos sino “para que en
mí hallen paz” (v. 33). Esto a primera vista parece incongruente. ¿Cómo puedes tener paz
cuando sabes que vas a fallar? Debemos notar que la promesa es para la paz “en mí”, no
para una vida fácil o libre de errores. La clave es el contraste entre la paz “en mí” y las
aflicciones “en este mundo”. Nosotros los creyentes siempre tendremos dificultades
mientras estemos en este mundo. “Dificultades” (thlipsis) significa tanto pruebas como
persecución. El fracaso espiritual tal como los discípulos pronto lo experimentarán es parte
de esto. Pero ellos, al igual que todo nosotros, tienen la presencia poderosa de Jesús y del
Espíritu, la cual les permitirá cambiar sus problemas en paz. La combinación de las
apariciones de resurrección y la venida del Espíritu en el Pentecostés volverá a los débiles,
y egocéntricos discípulos en gigantes espirituales que cambiarán el mundo. Eso también
podemos ser nosotros.
Las palabras finales de Jesús son perfectas: ¡pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”.
“Vencer” (nikaō) es el término que usa Juan en Apocalipsis para “conquistar” el mal y
representa a Jesús como el Guerrero Divino que derrota las fuerzas del mal. En la cruz, Cristo
fue victorioso sobre “el príncipe de este mundo” (12:31; 14:30; 16:11). Satanás y sus ángeles
caídos son un enemigo derrotado. La guerra está solucionada por la eternidad, pero las
batallas continúan. Satanás y el mundo de las tinieblas están llenos de rabia (3:19–20)
porque sabe que su tiempo es corto (Ap 12:12). En medio de nuestras batallas personales,
debemos “animarnos” y ser conscientes de que en Cristo somos “más que vencedores” (Ro
8:37), y que nada puede “separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús” (Ro 8:35, 39).
Siempre saldremos victoriosos cuando dependamos completamente de la Trinidad unida
en nuestras vidas (Stg 4:7–8; 1 Pe 5:6–9).
Esta parte del discurso se centra en la partida de Jesús y cómo los discípulos podrán
superar el dolor y la presión. El punto básico es que la partida de Cristo es necesaria porque
conducirá a la próxima etapa en la historia de la salvación, la llegada del Espíritu Santo para
convencer al mundo (vv. 8–11) y guiar a la iglesia (vv. 12–15). Dudo si encontraremos un
pasaje bíblico más importante que este para comprender adecuadamente la obra del
Espíritu Santo en el mundo y dentro del pueblo de Dios. “Convencer” significa que, como
abogado de Dios, él demostrará a las personas que se presentan ante Dios, que son
culpables de tres cosas: su pecado de incredulidad, su falta de justicia ante él y su lealtad a
Satanás, el gobernante de este mundo. Esta es la misión del Espíritu, y él ha sido enviado
por el Padre y el Hijo con toda su autoridad.
Cuando damos testimonio a los perdidos, no estamos solos, sino que el Espíritu está
fortaleciendo nuestro testimonio para nosotros (15:26–27).
Su obra entre los santos es igualmente importante. Nos guía a las verdades de Dios y de
Cristo y toma el lugar de Jesús como maestro de la verdad. Aquí es importante reconocer
que estas no son nuevas verdades que salen de la cabeza de un “profeta”, sino más bien
aquellas verdades tradicionales que Jesús nos ha dado en su Palabra. En muchos círculos
existe demasiado énfasis sobre “lo novedoso” que pasa por alto las Escrituras como la obra
del Espíritu. El cual nos prepara para el futuro, tal como fue en el pasado sobre la base de
estas verdades fundamentales pasadas de una generación a otra.
La siguiente sección (vv. 16–28) es una promesa maravillosa para nosotros, así como
para los discípulos. Estarán llenos de dolor por la muerte de Jesús, pero solo treinta y seis
horas después estarán rebosando de alegría cuando aparezca el Resucitado y cambia
completamente su dolor. Del mismo modo, todos nuestros problemas y pruebas a menudo
nos llenan de desesperación, pero Dios cambia todo eso cuando se hace cargo y “obra para
el bien” en todos los aspectos (Ro 8:28). Cristo nos ha dado acceso directo a Dios y un
increíble poder en la oración para que podamos tener esa alegre respuesta a la vida (vv. 23–
24). Vivimos en una nueva era de diálogo claro (vv. 25–28) en la que las verdades de Dios
están disponibles a través del Espíritu en toda su profundidad y nos llaman a una nueva y
emocionante vida de descubrimiento en él y en su Palabra. Nuestras oraciones son las más
poderosas (vv. 26–27) porque hablamos directamente a Dios.
Nosotros, al igual que los discípulos, fracasaremos (vv. 29–33), pero Cristo y el Espíritu
están con nosotros, y, al igual que con aquellos cobardes derrotados, cuando nos rendimos
a ellos pueden transformarnos en agentes de cambio que impactarán vidas por donde
quiera que vayan. Nosotros, como los discípulos, servimos a un Dios indulgente y compasivo
que con su Espíritu nos da poder para ser victoriosos y estar llenos de gozo.
LA ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN
(17:1–26)
Esta oración funciona como la conclusión del discurso de despedida y de alguna manera,
también del evangelio en su totalidad, al resumir también muchos de los temas: gloria, la
misión del Padre, muerte y partida, discipulado, la futura iglesia. Es más popularmente
conocida como la “oración del sumo sacerdote”, y este título es apropiado debido a que
aborda asuntos sacerdotales como la gloria del Padre, la adoración y la oración por el pueblo
de Dios. Sin embargo, quizás un mejor término está ganando popularidad, la “oración de
consagración”, debido a que Jesús está dedicando las siguientes horas a Dios y sus obras
justas realizadas en Jesús y está consagrando tanto a sus discípulos como a la futura iglesia
a Dios.
Muchos dividen esto en tres secciones: oración personal (vv. 1–5), oración por los
discípulos (vv. 6–19) y oración por futuros creyentes (vv. 20–26). Otros dividen la última
sección en dos partes: unidad (vv. 20–23) y gloria (vv. 24–26), pero no veo una necesidad
real de esto último así que usaremos solo las tres categorías.
Esta poderosa oración es congruente con las Escrituras y los paralelos judíos (Gn 49; Dt
32–33; Jubileos 22; 4 Esd 8; 2 Bar 48), pero al mismo tiempo es única porque es hecha por
el Unigénito Hijo, el Verbo encarnado de Dios (1:14). Esta oración es, a la vez la más larga
hecha por Jesús registrada en los evangelios y la más profunda teológicamente.
Jesús está orando como el Dios-hombre, derramando su corazón desde la perspectiva
terrenal de sí mismo como el Hijo encarnado de Dios y su perspectiva celestial como eterno
Hijo de Dios. Como tal, resume temas clave de todo el cuarto evangelio, abordando el tema
de la obediencia de Jesús, la gloria del Padre, su muerte y resurrección como gloria, Jesús
la revelación de Dios, el lugar de los discípulos y de los creyentes futuros, su misión al mundo
y su unidad mientras son moldeados con base en la unidad de la Trinidad.
Al mismo tiempo, es más que una oración. Es la enseñanza final de Jesús en este mundo
y también es una obra maestra cristológica y eclesiológica por excelencia. Se convierte en
la preparación final de los discípulos para que puedan estar listos y entender la importancia
de los eventos de la pasión a medida que se llevan a cabo. Los paralelos entre esta sección
y el Padre Nuestro en Mateo 6:9–13 son grandemente reveladores, con respecto a los
asuntos de Dios y también con respecto a las necesidades del pueblo de Dios.
Jesús ora por su glorificación (17:1–5)
Como en 11:41 Jesús comienza su oración mirando al cielo, algo muy natural ya que el cielo
era su hogar y muy pronto regresaría allí. Como todas las oraciones, está dirigida al Padre
(en total seis veces: vv. 1, 5, 11, 21, 24, 25) y tiene la intención de colocar todo en sus manos.
La “hora” destinada, con toda la acción dirigida hacia esta dirección (véase en 2:4; 7:30;
8:20) ahora ha “llegado”, por lo que el punto central de toda la historia ha llegado (como
también se indica en 12:23, 27, 31; 13:1).
Jesús declara el tema de esta primera sección de inmediato: “Glorifica a tu Hijo, para
que tu Hijo te glorifique a ti”. Todas las predicciones de la pasión “levantada” (3:14; 8:28;
12:32) proclamaron esto, y el mensaje único de Juan es el Gran Giro: la vergüenza de la cruz
se transforma en el tiempo de la exaltación de Jesús. “Gloria” quiere decir “alabanza, honor,
veneración” cuando Dios eleva el horror de Jesús en la cruz a la gloria del Resucitado. Sin
embargo, incluso aquí, el interés de Jesús no es por sí mismo, sino por la gloria de su Padre.
Esto culmina el tema de la gloria del cuarto evangelio. La gloria mostrada en las señales
milagrosas (2:11; 11:4, 40) no fue más que un anticipo de lo que vendría en la cruz. Mientras
Jesús es glorificado por Dios (5:44; 8:54) él glorifica a Dios en sí mismo (7:18; 13:31–32).
La base de la gloria de Jesús es la autoridad otorgada “sobre todo mortal” (17:2) Esto es
similar a “toda autoridad en el cielo y la tierra” durante la Gran Comisión (Mt 28:18) y se
refiere a su autoridad universal y celeste, específicamente, a la autoridad sobre la vida y el
juicio, la cual le fue otorgada por Dios en 5:21–23 (véase Da 7:14). Tanto su gloria como su
autoridad en los versículos 1 y 2 van seguidas de cláusulas de propósito. Jesús procuró gloria
para poder devolverle esa gloria a su Padre, y procuró autoridad para poder otorgar vida
eterna a sus seguidores. Mientras su autoridad se extiende sobre todos, salvos y no salvos
por igual, los incrédulos experimentan ese poder en el juicio mientras que los creyentes en
la redención que produce vida. La cruz como el momento especial de gloria se produce
durante el sacrificio expiatorio que da vida. El mismo énfasis sobre la elección en 6:37, 39;
10:29 se ve en “los que me has dado” (véase también 17:9, 24). Aquellos que responden a
la decisión de fe y se convierten en el pueblo especial de Dios.
El resultado de la doble gloria experimentada por el Hijo y el Padre en 17:1–2 se
encuentra en [Link] la vida eterna para aquellos que creer. La nueva creación hecha posible
por la cruz es vida eterna, y el camino (14:6) es “que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado”. Esto no es solo comprensión intelectual
sino conocimiento salvífico, experimentar a Cristo como el Salvador y llegar a conocer al
Dios que da la salvación. “El único Dios verdadero” lo diferencia como el único Dios (1 Ts
1:9; 1 Jn 5:20), la única fuente de la vida eterna. Como a menudo se subraya en este
evangelio, conocer a Dios es conocer a Cristo como el “único camino” (14:6). No podemos
conocer al remitente sin conocer al que lo envió (1:18; 14:7). Vida es conocimiento, no del
tipo común obtenido al navegar por internet sino la experiencia real de Dios de una manera
personal, el tipo de conocimiento que conduce a una vida cambiada, a la verdadera
salvación.
En los últimos dos versículos de esta sección (vv. 4–5), Jesús regresa al tema de la gloria,
invirtiendo el versículo 1 y centrándose en la gloria de Dios, en ese momento la gloria que
recibirá. Cristo se alegra de poder dar gloria a su Padre al “terminar la obra que me
encomendaste” principalmente, por supuesto, llevando salvación a la humanidad pecadora
a través de su sacrificio expiatorio en la cruz. Aun así, cada momento de su vida desde su
encarnación hasta su muerte y resurrección fue un momento de gloria, como en 1:14,
“hemos visto su gloria”, y 2:11, “las señales a través de las cuales reveló su gloria”. La “obra”
de Jesús se refiere no solo a sus milagrosas obras, sino a toda la obra que Dios le había
enviado a realizar, como en 5:17, “Mi Padre aún hoy está trabajando, y yo también trabajo”.
Esta es principalmente la obra de la salvación, centrada en la cruz y la resurrección, cuando
esta obra será completada.
En el versículo 5, Jesús va de su gloria terrenal a su gloria preencarnada la cual “que tuve
contigo antes de que el mundo existiera”. Jesús desea que esta gloria preexistente le sea
reintegrada en su exaltación a la “diestra” del Padre (Mr 12:36; Ef 1:20). Esto significa que
la encarnación en cierto sentido implicó una rendición de esta gloria (Fil 2:6–7). Jesús
poseyó gloria durante su vida terrenal, la gloria del Hijo encarnado (1:14; 2:11; 8:50, 54),
dada por el Padre y reconocida por sus seguidores. Pero después de su exaltación, volvería
a la gloria completa de la Trinidad, una gloria más allá de la experiencia humana, implicando
su trascendencia sobre las verdades terrenales.
Jesús ora por sus discípulos (17:6–19)
La obra de Jesús entre los discípulos (17:6–8)
Esta es una sección de transición que muchos colocan junto con los versículos 1–5, en
referencia su gloriosa obra entre los discípulos y centrada en su relación con el Padre. Aquí
enlista las razones por las que su oración ahora debe centrarse en ellos. Primero, Dios los
ha dado a Jesús desde mundo, los elegidos o escogidos (véase 17:2). Los cuales estuvieron
en algún momento alejados de Dios, eran parte del mundo, pero ahora ellos pertenecen a
Dios. Esta es la teología del encuentro de Juan en su máxima expresión: ellos han sido
elegidos antes de la fundación del mundo (Ef 1:4) para ser posesión especial de Dios (Tit
2:14; 1 Pe 2:9) y hechos suyos.
Segundo, como resultado, Jesús dijo “les he revelado quién eres” lo cual se refiere a
revelarles la verdadera naturaleza y personalidad de su Padre, a ellos. Jesús es el Verbo, el
Representante Viviente de Dios (véase en 1:1), y cuando hizo que el nombre de Dios fuera
más real para sus discípulos, les reveló su persona y su carácter. Fueron progresivamente
más conscientes del lugar de Dios en sus vidas y de lo que eso significa. Era común dentro
del judaísmo pensar que el nombre de Dios no se revelaría completamente hasta que
llegara el reino final, así que esto es evidencia de que la era final de hecho había comenzado.
Tercero, el resultado de esto es que los discípulos “han obedecido tu palabra”. Hay dos
puntos en esto: Jesús y el Espíritu han revelado el significado de su palabra, y han obedecido
esos preceptos en sus vidas. El propósito de este comentario es hacer las profundidades del
significado de este evangelio accesibles a usted, el lector, para que pueda entender y
obedecer lo que le ha ordenado hacer. Jesús ha obedecido (8:55; 14:31; 15:10) y nos pide
que hagamos lo mismo (8:51–52; 14:15, 21, 23–24). Esto no significa que los discípulos eran
modelos de obediencia. Hemos visto sus fracasos con demasiada frecuencia, pero
estuvieron comprometido con su palabra y trataron de seguirla. Las implicaciones de esto
para nosotros son importantes. Nosotros también somos seguidores imperfectos, pero
cuando nos entregamos a él y a su Palabra, él nos llena de su poderosa presencia para seguir
creciendo en estas mismas áreas.
La centralidad del don de Dios con respecto a los discípulos continúa en 17:7–8. En el
versículo 3 llegaron a conocer al Dios verdadero, y aquí “han llegado a saber” (NVI: “ahora
saben”; el tiempo perfecto de este verbo significa que este conocimiento se ha convertido
en un estado en el que existen) “que todo lo que me has dado viene de ti”. Esto significa
que reconocen cada aspecto de la vida y del ministerio de Cristo como un regalo de Dios
para ellos y para todos los seguidores de Cristo. Jesús ha dicho claramente que cada aspecto
de su vida estaba relacionado con su Padre, y su sumisión es la esencia de su poder (5:19–
30). Cada cosa que ha hecho o dicho tiene la autoridad de su Padre como respaldo. Jesús es
uno con su Padre (10:30), por lo tanto, Dios le dio a Jesús su mensaje.
Jesús desarrolla esta verdad a profundidad en 17:8. Hay tres etapas del discipulado en
este versículo: (1) En la etapa inicial, Dios da el mensaje a Jesús, él se lo pasa a ellos y ellos
aceptan (obedecen) su llamado como discípulos. (2) El resultado es que “saben con certeza
que salí de ti”, lo que significa que llegaron a reconocer la misión de Jesús como propia. (3)
“han creído que tú me enviaste”: esta misión es el regalo de Dios para ellos, la cual es guiar
sus vidas desde esta perspectiva. Jesús pasa su misión a sus discípulos (17:18), y su
obediencia es visible en su aceptación de ese mensaje y en el hecho de que Dios realmente
lo “envió” a su misión (17:6). Este es el camino que debemos tomar como discípulos:
creencia, aceptación y obediencia. Dios también nos ha elegido a pesar de nuestra propia
imperfección, somos vasijas de barro que contienen los tesoros de Dios (2 Co 4:7).
El Ministerio de los Discípulos al Mundo (17:9–16)
Oración por ellos, no por el mundo (17:9)
Son vasos elegidos pero imperfectos y necesitan desesperadamente la intercesión de Cristo,
por lo que ahora él ora especialmente por ellos (v. 9). Aun cuando dice: “No ruego por el
mundo, sino por los que me has dado”, no quiere decir que nunca intercederá por el mundo.
El mundo, después de todo, es el objeto del amor de Dios (3:16) y de la obra salvífica de
Cristo (4:42). De hecho, es el destinatario de la misión de la Deidad Trinitaria, con el Padre
y el Hijo enviando al Espíritu para convencer al mundo (16:8–11), y con los santos enviados
por la Trinidad completa para alcanzar a los no salvos (17:18; 20:21–23).
Necesidad de protección y unidad (17:10–11)
Debido a que los discípulos son el verdadero pueblo de Dios, los llama “los que me has dado,
porque son tuyos”. Han sido apartados del mundo para pertenecer a Dios y ser dados a
Jesús (17:6, 9–10). Ellos son quienes más necesitan protección y guía divina. La obra de
Cristo en la tierra ha llegado a su fin, y el fruto de su trabajo son los discípulos, quienes son
el don elegido del Padre al Hijo. Son únicos en el mundo, la esperanza para el futuro, por lo
cual, Jesús le está pidiendo a su Padre que los cuide especialmente.
Especialmente necesitan protección y poder divinos, y Jesús se asegura de esto orando:
“Todo lo que tengo es tuyo, y todo lo que tienes es mío “(v. 10), lo que es bastante similar
a las palabras del Padre al hijo pródigo en Lucas 15:31. Esto significa que los discípulos
participan en la relación de Jesús con el Padre dado que aquellos que el Padre y el Hijo
“tienen” en conjunto son los discípulos. Esta reciprocidad de posesión significa que los
creyentes pertenecen a ambos, siendo discípulos de Jesús e hijos de Dios al mismo tiempo.
Esto da lugar a una importante confesión por parte de Jesús: “por medio de ellos he sido
glorificado”. Mientras participamos de la gloria de Jesús, a través de nuestra sumisión y
obediencia compartimos nuestra gloria con él. También hay una reciprocidad de gloria
entre nosotros y Jesús. Los discípulos percibieron su gloria en 2:11 y le adoraron como “el
Santo de Dios” en 6:69. Ellos (y nosotros) por lo tanto, proclamaron su nombre a las
naciones como sus enviados en 17:18; 20:21, mientras se convirtieron en una muestra
expresiva de su gloria al mundo.
Estas oraciones por ellos son especialmente necesarias porque, mientras Jesús se va
para estar con su Padre, ellos están “todavía en el mundo” (17:11) Anteriormente los hizo
conscientes de la terrible oposición y persecución que recibirían (15:18–16:4), y ahora
comprenden que tendrán que soportarla sin la presencia de su Señor para sostenerlos. Es
por eso que el énfasis en la llegada del Espíritu Santo es muy importante. Cuando dice: “Ya
no estoy [tiempo presente, no futuro como la NVI traduce] en el mundo”, está hablando
como si ya estuviera en el cielo con su Padre. Emocionalmente, así es. Saben que él
regresará por ellos (14:2–3) y que está enviando al Espíritu en su lugar (14:16–17), pero a
medida que pasen por los horrorosos eventos de los próximos días, estarán solos.
Jesús dirige su oración a su “Santo Padre “, un título encontrado solamente aquí en la
Biblia, sin embargo, era común en las oraciones judías dirigirse a Dios como “el Santo” (Is
49:7; 54:5; Os 11:9; Hab 1:12; 1 Jn 2:20; Ap 16:5). Esta característica clave de Dios dispone
para la oración en 17:17 de “hacerlos santos” (NVI: “santifícalos”), y para 17:19, donde ora:
“por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”.
Él está orando para que la santidad de Dios pueda llenarlos para los días difíciles que están
por seguir.
Mientras que la santidad de Dios les da fuerza, Jesús le pide que también “Protégelos
con el poder de tu nombre, el nombre que me diste” literalmente, “guárdalos en tu
nombre”. La base de la oración es “el nombre” de Dios, el nombre divino que también le
había dado a Jesús. Lo más probable es que este nombre se refiera a Yahweh, como en los
pasajes de “Yo soy” de Juan (véase los comentarios en 8:58). Jesús participa del santo
nombre de Dios y es la revelación final de Dios. Ahora pide que el poder de este santo
nombre proteja y cuide a sus discípulos en los problemas que están por venir. Esto es
igualmente importante para nosotros; dado que también como seguidores de Cristo ambos
compartimos su nombre y estaremos protegidos en nuestros tiempos de dificultad por el
poder de ese nombre.
El propósito de esta oración es “para que sean uno, lo mismo que nosotros”. Jesús pide
que el resultado de la protección de Dios hacia sus seguidores sea que compartan la unidad
de la Deidad. Los discípulos nunca estarán solos. Tienen al Espíritu y al poderoso nombre de
Dios velando por ellos, por lo que su fuerza imperfecta será asegurada y engrandecida por
el mismo poder de la Trinidad obrando a su favor (véase Ef 1:19–20). El objetivo de todo
esto es la unidad: la unidad con Dios reflejada en la unidad de la Iglesia. Este importante
concepto se basa en la enseñanza previa en Juan (10:16; 11:52) y dispone para la enseñanza
principal de 17:20–23.
Esta unidad no se puede lograr con nuestras propias fuerzas; la unidad de Dios es tanto
el modelo como el medio por el cual podemos alcanzar este difícil estado en la iglesia. En
los últimos dos milenios se ha tenido muy pocos ejemplos de esta unidad. Los cristianos se
pelean y dividen por los asuntos más insignificantes, y Satanás hace su día de campo en la
creación de iglesias fracturadas, como la historia del Nuevo Testamento y de la pueden
atestiguar. De hecho, esta oración por protección puede estar considerando no solo la
persecución desde afuera sino la división desde adentro. Los discípulos necesitaban
protección de sí mismos y de los enemigos a su alrededor. Como la caricatura Pogo dijo tan
bien en la década de 1970, “¡Hemos conocido al enemigo, y somos nosotros!”.
Protección a través de la santificación (17:12–16)
Después de pedir por amparo (v. 11), Jesús reflexiona sobre la protección anterior de sus
discípulos. Hasta este punto, él siempre ha estado allí para ellos, pero eso está por terminar.
Necesitarán más que nunca el poder de su Padre respaldándolos. Hasta ahora ha tenido
bastante éxito mientras “los preservaba mediante el nombre que me diste”. Ninguno “se
perdió sino aquel que nació para perderse”, el cual es, Judas Iscariote. Literalmente, esto
significa “el hijo de perdición / destrucción” con “hijo de” se está refiriendo a su destino
divinamente designado: la condenación o destrucción.
La “escritura” que en este evento se cumplió probablemente es Salmo 41:9, “Hasta mi
mejor amigo, en quien yo confiaba y que compartía el pan conmigo, me ha puesto la
zancadilla”, citado anteriormente por la traición de Judas en 13:18. Otros pasajes usados
para Judas en el Nuevo Testamento son Salmos 69:25 y 109:8 en Hechos 1:20 y Zacarías
11:12–13 en Mateo 27:9–10. Esto es tipología judía en su máxima expresión, considerando
los eventos del Antiguo testamento como análogos y cumplidos en la vida de Jesús y en la
iglesia primitiva. Aunque Judas lo traicionó, Jesús sabía de esto de antemano y su poder fue
más que suficiente no solo para anular su fuerza sino también para usar esa traición para
cumplir las Escrituras y aumentar la fe de la iglesia.
La partida de Jesús ahora es inminente (“Ahora vuelvo a ti” 17:13), y le queda muy poco
tiempo para enseñar y preparar a sus discípulos. Ese es el objetivo de este discurso de
despedida, infundir “mi alegría en plenitud”. Seis de las siete menciones de “alegría” (charis)
en Juan ocurren en este discurso (13:31–17:26), que culmina en este versículo (15:11;
16:20, 21, 22, 24; 17:13). Todo lo que ha dicho está destinado para impartirles su
desbordante alegría. En 16:20–24 prometió que la tristeza temporal por su partida se
convertiría en plenitud de gozo.
Esto debe interpretarse a la luz de otros paralelos: todos los problemas son dolorosos
en el presente (Heb 12:11) pero se vuelven alegría solo cuando permitimos que nuestras
pruebas nos lleven completamente al amoroso control de Dios sobre nuestras vidas. Es esto
lo que transforma la presión en “mucha dicha” (Stg 1:2) porque nos convierte en” oro “(1
Pe 1:6–7). Aquí el factor transformador es la resurrección de Cristo de la muerte como las
primicias (1 Co 15:20, 23) de nuestra propia resurrección futura.
La base de este gozo no es solo su comunión con Jesús sino también el hecho de que él
les ha “entregado tu palabra” (v. 14). Los “Palabra” de Dios es el mensaje del evangelio de
Cristo y la salvación que él ha traído. Sin embargo, “el mundo los ha odiado”, tal y como la
oscuridad siempre ha odiado la luz (3:19–20), lo cual resulta en oposición y persecución
(15:18–16:4). Jesús entiende esto, pero los discípulos no y, por lo tanto, no están
preparados para lo que está por suceder. Aquellos que siguen a Jesús ahora pertenecen a
Dios y, como Jesús, “no son del mundo” sino que son “extranjeros y peregrinos” en este
mundo (1 Pe 2:11; véase también 1:1, 17). Hemos sido elegidos de este mundo y ya no le
pertenecemos (15:19, 21), por lo que no debería de sorprendernos cuando la gente de este
mundo se vuelve contra nosotros. Uno de los principales problemas de los cristianos en la
actualidad es el deseo de ser aceptado y querido, por lo cual comprometemos nuestro
caminar con Cristo con tal de ser populares.
Una definición de santidad es ser apartado del mundo y, todavía, una parte del mundo.
Este es el punto en 17:15. Los discípulos son santos y pertenecen completamente a Dios y,
sin embargo, permanecen en el mundo. Jesús dice: “No te pido que los quites del mundo”;
están por convertirse en la próxima etapa de la misión de Cristo al mundo, como veremos
en 17:18. Por el contrario, su oración es que Dios “los proteja del maligno”, posiblemente
tomado del Padre Nuestro (Mt 6:13). Cristo ha vencido al “príncipe de este mundo” (Jn
12:31; 14:30; 16:11), pero sigue siendo “un león rugiente buscando a quien devorar” (1 Pe
5:8) y quiere zarandear a los discípulos como al trigo (véase las palabras de Jesús a Pedro
en Lc 22:31). La victoria solo viene al dirigirse a Cristo (Ap 12:11), quien junto con el Padre
nos muestra el camino para salir de la tentación (1 Co 10:13).
Mientras que los discípulos deben permanecer en el mundo y llevar a cabo su misión,
ellos “no son del mundo” (17:16), porque pertenecen a Dios y siguen a Jesús, quien como
su modelo “tampoco yo soy del mundo”. No se puede ser al mismo tiempo un seguidor de
Cristo y una persona “del mundo”. El mundo está bajo el control de Satanás, el ser victorioso
en Cristo exige que vivamos separados del mundo y venzamos a Satanás.
La santificación de los discípulos (17:17–19)
La mejor protección para los discípulos es la santificación: crecer en santidad. Hacer santos
a los discípulos es proporcionar poder espiritual que les permita elevarse por encima de las
cargas de este mundo. El “Santo Padre “permite a sus hijos participar de su santidad. En el
Antiguo Testamento, la “santificación” se usaba para consagrar o para instituir personas
separadas al servicio de Dios, ya sea la nación en su conjunto (Éx 19:6), un sacerdote (Éx
28:41) o un profeta (Jer 1:5). Los santificados se convertían en vasos sagrados en el
santuario de Dios. En el Código de la santidad (Lv 11:44; 19:2; 20:26), el mandato es “Sé
santo, porque yo soy santo” (véase 1 Pe 1:16).
Jesús comienza, “Santifícalos en la verdad” (17:17), y la preposición empleada aquí
podría tener un doble significado, refiriéndose a ambas esferas (“En la verdad”, que los
discípulos se sumerjan en las verdades de Dios) y significados (“por la verdad”, que la verdad
de Dios sea un agente de cambio en sus vidas). Jesús es la verdad (14:6), y el Espíritu es “el
Espíritu de la verdad” (14:17; 15:26; 16:13). La santidad se lleva a cabo de acuerdo con él y
con el Espíritu en nuestras vidas. Nos rendimos a la Trinidad unida y les permitimos
atraernos a Dios en todo lo que decimos y hacemos. Finalmente, “tu palabra es la verdad”,
el tercer nivel (de Cristo al Espíritu y a la palabra) y el medio por el cual el discípulo crece en
santidad.
La santidad es pensar como Dios quiere que pensemos y vivir como Dios quiere que
vivamos, y todo lo que se define en su palabra. La santidad también implica misión (17:18).
La obra santificadora del Espíritu en los discípulos tiene como objetivo prepararlos para su
lugar en la misión de Jesús al mundo. Jesús ora por esta misión aquí y luego los comisiona
en 20:21. Esto es lo que significa que ellos sean parte del mundo: son escogidos fuera del
mundo, comisionados y llenos del Espíritu, y luego enviados en misión para llevar las buenas
nuevas de la salvación de Dios en Jesús al mundo. Entonces Cristo ora: “Como tú me
enviaste al mundo, yo los envío también al mundo”. Hay dos puntos importantes: su estado
como “enviados” y el objeto de su misión, “el mundo”.
Aquí una nueva transferencia de Cristo a los discípulos se está llevando a cabo. Fue gloria
en los versículos 1–5, nombre en los versículos 6–11, unidad en el versículo 11, y santidad
en el versículo 17. Jesús está transfiriendo su misión a sus discípulos en el versículo 18:
“Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo”. “Enviar” está en el tiempo
aoristo, haciendo hincapié en la misión como un todo, desde el principio cuando Jesús los
eligió hasta el final cuando los lleve a su hogar. Es el factor definitorio de su vida. Uno de los
temas más frecuentes de este evangelio es su autoridad como “enviados” (véase en 3:17),
describiéndolos como shaluachim, representantes o enviados de Jesús, como él mismo lo
fue de su Padre. Ellos comparten su autoridad de parte de Dios cuando salen al “mundo”,
el lugar de rebelión y rechazo (1:10–11). Se convierten en la cuarta etapa de esta importante
empresa: Dios ordena la misión (3:16), Dios envía a Jesús (3:17, 34), los dos envían el Espíritu
(14:16–17, 26; 16:7–8), y posteriormente la Trinidad envía a los discípulos (17:18; 20:21–
23). Ellos (y nosotros) continuamos el ministerio de Jesús en el mundo como su voz y
presencia de la misma manera que él como el Representante Viviente fue la voz y la
presencia de su Padre en el mundo.
En 10:36 Cristo se describió a sí mismo como “a quien el Padre apartó para sí”, una
buena definición se la obra santificadora, “hacer santo” o “apartar”. Por lo tanto, en el
versículo 19 lo declara una vez más, excepto que ahora él es el agente: “me santifico” o “me
aparto para” el servicio del Padre. Hace los mismo “por ellos” (hyper autōn), y aquí está
pensando especialmente en su muerte sacrificial, como en la traducción NTV, “me entrego
por ellos como un sacrificio santo”. Se está consagrando a sí mismo como un sacrificio (Éx
13:2; Dt 15:19, 21) para la salvación del mundo, como en las palabras de la institución, “este
es mi cuerpo dado para ti” (Lc 22:19).
Jesús transmite este acto de consagración a los seguidores de Jesús, “que también ellos
sean santificados en la verdad”. El proceso por el cual fueron apartados para Dios y su obra
sigue el ejemplo supremo de Jesús, hecho posible por su sacrificio expiatorio. Solo la muerte
de Jesús tuvo el poder para hacer posible la misión mundial, como se ve en “doy mi vida”
(10:15, 18), la semilla que muere (12:24), y el concepto de “levantado” mientras “atrae a
todas las personas” (12:32). Ser apartado es dedicarse a uno mismo a la obra de Dios, para
ser su proyecto de vida. Se unen a la obra y sacrificio de vida de Cristo, todo con el fin de
alcanzar al mundo con el mensaje salvador de Cristo.
Jesús ora por la unidad de la iglesia futura (17:20–26)
En esta sección final de su oración, Jesús se aparta de sus discípulos actuales para orar por
los futuros creyentes, “los que han de creer en mí por el mensaje de ellos”. Estos son
quienes responderán a la misión de los discípulos de 17:18. “Su mensaje” es el resultado de
la cadena de revelación de Juan: el testimonio del evangelio del Padre al Hijo, al Espíritu, a
los discípulos y al mundo.
Oración por la unidad (17:20–23)
La oración en sí misma (17:21–23) es por la unidad, ampliando lo abordado en 17:11, “que
todos sean uno, así como tú y yo somos uno”. Hace varios años, Promise Keepers reunió a
unos veinte eruditos para forman una coalición multicolor de caucásicos, afroamericanos,
asiáticos, hispanos y estadounidenses nativos. Durante varios días analizamos arduamente
posiciones teológicamente políticas (inéditas) sobre cuestiones raciales y reconciliación
denominacional. Sobre la unidad denominacional, la declaración central era un resumen de
17:21–23:
La unidad de la iglesia en la tierra es un reflejo de y un testimonio de la unidad de la
Deidad en el cielo, y la misma misión de la iglesia está en juego. La unidad de la
iglesia no es una opción sino un mandato, y una Iglesia fracturada (un caso muy
frecuente) es una abominación a los ojos del Señor.
Este resumen se encuentra tres veces en estos versículos, con la unidad de la iglesia
subrayada cada vez, la unidad de la Trinidad tres veces, y la misión de la iglesia dos veces.
Este es un profundo pasaje sobre el futuro que Cristo ha planeado para su comunidad
mesiánica. La cual se basará en una unidad de amor (13:34–35; 15:12, 17; 1 Jn 3:11) pero
no podrá ser reducida sólo a amor. El núcleo es el poder de Dios y el Espíritu, una unidad
horizontal entre nosotros hecha posible por la unidad vertical e interna del Padre y el Hijo
(6:56; 15:4–7; 1 Jn 2:24; 3:24; 4:15). Cristo enfatiza: “permite que ellos también estén en
nosotros” (17:21). No habrá unidad hasta que seamos uno con Cristo y Dios y reflejemos su
armonía. Esta será una unión dinámica con un fuerte sentido de comunidad (10:16; 15:5–
6; véase también 1 Co 12:12–26; Ef 4:3–6; 1 Ti 3:15).
Debemos notar la base de la unidad en la comunidad: “así como estás en mí y yo estoy
en ti”. El concepto clave de Jesús y el Padre morando el uno en el otro es en, “en mí / en ti”.
El Padre y Jesús se introducen entre sí, uniéndose en cada área de su ser. La iglesia debe
emular su unidad y aprender a trabajar juntos en completo amor y armonía. Pueden superar
su tendencia a pelear por problemas insignificantes siguiendo la receta de Jesús para el
éxito: “Que ellos también estén en nosotros”. La idea es que cada uno de nosotros more en
la Trinidad de Dios y encuentre esa unión con el otro a través de nuestro compromiso
encontrándonos en ellos.
Otro medio por el cual encontramos la unidad es nuestra “gloria” compartida (17:22)
Nuevamente es un proceso triple, al igual que el amor y la unidad. Dios glorificó a Jesús, nos
glorificó y compartimos su gloria honrándonos unos a otros. Cuando nos honramos,
encontramos la unidad, porque, como lo dice en Filipenses 2:3–4, “con humildad
consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo
por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás”. Cuando imitamos
a Cristo y buscamos la gloria de otros en lugar de la nuestra, encontramos la unidad como
resultado natural. El interés de Jesús en 17:1–5 es que en su gloria su Padre sería glorificado,
y ese es el modelo que debemos seguir. Al participar de su gloria participamos de su unidad.
Estas ideas culminan en 17:23, donde Jesús establece la premisa dos veces para
enfatizar: “yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad”. Esta
unidad perfecta solo puede provenir de nuestra imitación de la unidad de la Deidad. Esta
morada mutua en la Trinidad puede superar las muchas diferencias: temperamento,
perspectiva teológica, estilo de adoración, conflictos de personalidad, etc., que nos
mantienen divididos. Solo en Cristo y en el Espíritu podemos triunfar sobre nuestro
egoísmo.
El objetivo una vez más es la misión, que se encuentra tanto en el versículo 21 como en
el versículo 23— “así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos
tal como me has amado a mí”. Las palabras de Cristo en Apocalipsis 3:9, a los santos
atribulados en Filadelfia, transmiten bien esto: él hará que sus perseguidores “vayan y se
postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado”. Es muy importante que el mundo
vea cuán diferente vivimos, y que al venir a Cristo puedan tener el amor de Dios visto
anteriormente en nosotros y amarse también el uno al otro. Cuando discutimos, estamos
enviando el mensaje de que no somos diferentes a ellos y que no tenemos nada nuevo que
ofrecer.
Oración por la gloria y el conocimiento (17:24–26)
Este breve pasaje resume los dos temas principales de la oración: la gloria (v. 24) y el
conocimiento (vv. 25–26). La petición final de Jesús es por “los que me has dado”. Hay dos
interpretaciones posibles diferentes para “quiero que los que me has dado estén conmigo
donde yo estoy”. Uno podría interpretar esto como una oración para que permanezcan a
su lado durante todos los eventos presentes de la pasión mientras atraviesa su terrible
experiencia.
Sin embargo, no estarán con él en lo más mínimo, y el contexto hace que esto sea poco
probable. Es mucho mejor entender esto, a la luz de 12:26 (“donde yo esté, allí también
estará mi siervo”) y especialmente 14:2–3 (“vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes
estarán donde yo esté”), Cristo está hablando acerca de su presencia en el cielo con él. Jesús
quiere que estas promesas se cumplan. Este mundo traerá constantes problemas y
persecución, pero el futuro será glorioso.
Su segunda petición fluye de la primera: q̱ue, en el cielo, ellos “vean mi gloria, la gloria
que me has dado”. Por supuesto, han vislumbrado esa gloria a través de sus señales
milagrosas (2:11) y en su persona como el “Hijo unigénito” (1:14). Pero no han visto su gloria
preexistente como divina (17:5, “la gloria que tuve contigo antes de que el mundo
existiera”). Su verdadera gloria comenzará a ser revelada en la cruz (cuando sea levantado
a la gloria, 3:14; 8:28; 12:32) y se verá con poder en la resurrección. Sin embargo, no
veremos toda la gloria, hasta que estemos en el cielo con él. Nadie ha visto jamás a Dios
(1:18), y asimismo nadie ha visto la verdadera gloria celestial de Jesús (1 Jn 3:2, “le veremos
tal como es”). Por lo tanto, Jesús está orando por el cumplimiento de esa gloriosa promesa
para que podamos ver y compartir su maravillosa gloria final.
Esta futura revelación de gloria se basa en el hecho de que “me amaste desde antes de
la creación del mundo”. El Padre y el Hijo comparten un amor que es eterno, que existió
incluso antes de la creación (Mt 25:34; Ef 1:4; Heb 4:3). Este amor es la fuente de esa
preexistente gloria (17:5) y también es la base para la futura. Amor y gloria están
entrelazados en la conformación misma de la eterna Trinidad.
En la conclusión de esta oración de consagración (vv. 25–26) Cristo ofrece una nueva
promesa, comenzando con “Padre justo”, porque cada detalle de esta profunda oración es
el resultado de los hechos justos de Dios. Comienza resumiendo la situación del mundo: “no
conoce” a Dios (1:10–11; 7:28; 8:19, 55). Esta ignorancia fatal y deliberada es vencida por
el hecho de que Jesús sí conoce Dios y de hecho lo ha dado a conocer (1:18), como en el
versículo 26: “Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo”.
La perspectiva cambia aquí: (1) El mundo no conoce a Dios, pero (2) Jesús sí lo conoce y
lo ha dado a conocer (3) a los discípulos, no al mundo según este contexto. El mundo vive
en ignorancia y oposición deliberada, por lo cual, Jesús trabaja a través de los discípulos,
alistándolos para su misión al mundo. Los discípulos aquí son el foco tanto de la revelación
actual de Jesús para ellos en su vida terrenal y especialmente en este discurso de despedida
y su futura revelación a ellos a través del Espíritu Santo (“y seguiré haciéndolo”, véase 14:26;
16:12–15). El proceso de revelación sigue siendo el foco: desde el Padre al Hijo, al Espíritu,
a la iglesia, la cual está comisionada y capacitada para revelar a Dios al mundo (20:20–23).
Hay un doble propósito en esta continua revelación: Primero, “que el amor con que me
has amado esté en ellos”, una promesa increíble. El amor del Padre por el Hijo es eterno,
una fuerza que todo lo consume, más profunda de lo que cualquier ser humano finito puede
entender. Experimentaremos y viviremos este amor increíble, el cual puede ser conocido
solo a través del Hijo, quien lo demostró en la cruz (Ro 5:8), y nos lo brinda a través de su
morada mutua con nosotros (15:4–7). Aquí también tenemos la base para el amor fraternal
de la comunidad que infunde este discurso final (13:34–35; 15:12, 17). A medida que
experimentamos el amor de Dios en nosotros mismos, encontramos la fuerza para extender
ese amor a nuestros hermanos y hermanas en la comunidad de Cristo. Nuestra relación de
vida con él se extiende hacia afuera para abrazar a los que están alrededor nosotros en la
comunidad (y luego en el mundo).
El segundo propósito / promesa es que “yo mismo esté en ellos”. Lo cual resume no solo
el tema de la morada mutua de este discurso sino también uno de los temas centrales de
toda la Escritura, la promesa de Éxodo 25:8 (“Habitaré entre ustedes”, también 2 Cr 6:18;
Ez 48:35) que se cumplirá en el cielo y tierra nuevos mencionados en Apocalipsis 21:1, 3:
“la morada de Dios” Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo
“estará con ellos y será su Dios”. La etapa inicial al cumplir esta promesa es Jesús habitando
en el creyente (6:56; 15:4; 17:23; 1 Jn 2:24; 3:24; 4:15) como anticipo de la gloria aún por
venir, la cual culminará en el cielo. Por lo tanto, el comentario final de Jesús con sus
discípulos antes del arresto y la inauguración de los eventos finales es su deseo más
profundo de amar y morar en sus seguidores.
Esta es la oración más larga de Jesús en los evangelios y representa su mensaje final a
sus discípulos antes que su arresto y crucifixión los quite de ellos. Todo su interés está en
terminar su misión y la obra que el Padre le dio y de ese modo traer gloria a Dios y una
nueva fuerza y madurez a sus discípulos. El primer elemento en su oración (vv. 1–5) es este
es con respecto a la gloria, y queda claro que todavía estamos por ver la verdadera gloria
de Cristo, la preexistente honra y veneración en el cielo de Jesús como Dios. La gloria
terrenal que vemos no es más que un anticipo de una gloria infinitamente mayor en la que
participaremos, y es la cruz la que abrirá esta gloria infinita mientras la salvación de Dios se
hace posible para la humanidad pecadora. Necesitamos vivir más firmemente en la gloria
que actualmente compartimos con Cristo y la gloria infinitamente mayor que será nuestra
en el cielo. Lo cual nos llevará más lejos para aliviar las presiones que enfrentamos en este
mundo.
La segunda preocupación en la oración de Jesús son sus discípulos (vv. 9–19). Dios se los
dio, y él los preparó para continuar con propia misión al mundo dada por Dios. Con este
objetivo, ora por su protección y fuerza para que puedan llevar a cabo esta misión. Con este
fin, un elemento esencial en particular es que la iglesia unida presente su amor y unidad al
mundo y le muestre la diferencia que Cristo puede hacer. Esto es muy importante para
nosotros hoy. Sé de varias iglesias que no tienen mucha conciencia de misión. Se centran
únicamente en su pequeñez y están satisfechos solo por estar juntos como comunidad. Ese
es un acto de desobediencia deliberada, por el simple hecho de ser la comunidad de Dios
deben (no es una opción) llevar la misión al grupo más amplio que nos rodea para atraerlos
a nuestra comunidad.
Jesús ora por protección divina, pero la necesidad no es solo mantenerlos a salvo de las
presiones externas sino también protegerlos de la división interna. La gran necesidad es la
unidad (vv. 11, 20–23), que nosotros sigamos siendo uno en un mundo fracturado y juntos
reflejemos la unidad de la Deidad para encontrar la victoria personal y mostrar al mundo lo
que le falta. Este es un problema importante para la iglesia encontrando rara vez unidad.
Los calvinistas desprecian a los arminianos, la iglesia baja rechaza la iglesia alta, y nosotros
rara vez somos capaces de “acordar estar en desacuerdo” incluso en asuntos menores
(como la música de la iglesia). Esta oración es muy importante para la iglesia de hoy, y todos
necesitamos unirnos a la oración de Jesús aquí para que la obra unificadora del Espíritu
tenga éxito.
Otro maravilloso énfasis en la oración es por la alegría y la santificación del pueblo de
Dios (vv. 13–19). Como los discípulos, somos bombardeados también por las presiones de
la vida y el rencor a menudo de los que nos rodean. Es solo el Espíritu quien nos puede dar
la fortaleza espiritual alcanzada al crecer en santidad para que podamos apartarnos del
mundo y permitir que la alegría del Señor nos llene. Debemos darnos cuenta de que somos
extraterrestres en este mundo, apartados para Dios (el significado de la santidad).
Finalmente, Jesús ora por la futura iglesia (vv. 20–26), por aquellos quien vendrá a la fe
cuando la iglesia cumpla su misión. De nuevo, la gran necesidad es la unidad, y esta es la
reflexión más profunda hasta el momento este tema sumamente importante. Nos hemos
unido a Cristo y así disfrutamos de la unidad de la Deidad, pero si eso es realmente cierto
la unidad en la iglesia es un resultado absolutamente necesario. Todo está en juego,
luchando por la así llamada pureza de nuestra “comunidad” teológica preferida, lo cual, en
realidad puede ser una barrera para alcanzar esta unidad que es tan importante para Dios.
No podemos experimentar a Dios en su plenitud hasta que aprendamos a dejar de lado
nuestras diferencias y nos aceptemos unos a otros.
EL ARRESTO Y LOS JUICIOS DE JESÚS
(18:1–19:16a)
El orden de la semana de la pasión puede ser armonizado entre los cuatro evangelios. Los
detalles difieren un poco, pero a grandes rasgos permanecen igual. Juan comparte muchos
de estos detalles, como las visitas de Jesús con sus discípulos al Monte de los Olivos, su
traición por parte de Judas, su posterior arresto, y sus juicios ante el sumo sacerdote y
Pilato. Sin embargo, al mismo tiempo, la representación de Juan tiene características únicas.
Omite muchos aspectos, como los eventos en los días lunes y hasta el miércoles, se centra
en los eventos del jueves durante la última cena, su discurso de despedida, su arresto y
juicios, y omite las palabras de institución en la última cena y el Getsemaní.
En su relato de la crucifixión en sí, Juan omite el incidente de Simón de Cirene llevando
la cruz, las multitudes burlonas, el clamor de abandono de Jesús, pero también agrega
varios otros: los soldados cayendo a tierra durante el arresto, las conversaciones con Anás
y Pilato, el énfasis en la inscripción sobre la cruz, los detalles en la repartición de las prendas,
Jesús entregando a su madre al cuidado del discípulo amado, el quebrar de piernas y la
herida con lanza, y Nicodemo en el entierro. El resultado es una representación bastante
singular de los eventos con un decidido sentido teológico centrado en el control soberano
de Jesús sobre su propia pasión.
La descripción de Juan de la crucifixión en sí es voluntariamente diferente. Quedan fuera
el horror de matar al Hijo de Dios (Mateo y Lucas) y, también la descripción de la muerte de
Jesús como la del mártir inocente y justo con cierto ambiente de adoración (Lucas). Por el
contrario, la cruz es la exaltación de Jesús, la culminación de su gloria. Jesús es soberano
sobre su propia muerte, y la cruz es su trono cuando se convierte en el Mesías real y el
Señor de la gloria. Juan da más lugar a la participación tanto de los romanos como de los
judíos. Solo Juan nos cuenta de la presencia de un destacamento en el arresto, y Pilato tiene
una participación mucho más extensa. Aun así, en el centro del relato todavía está la
solicitud judía de la muerte de Jesús (“Los judíos” aparece veintidós veces en los capítulos
18–19). No hay antisemitismo, como algunos han señalado, sino más bien una culpa
igualmente repartida por la muerte de Jesús. Es “el mundo”, todos nosotros, quienes
pusimos a Cristo en la cruz.
Jesús es arrestado (18:1–12)
Traicionado por Judas (18:1–3)
Una vez finalizado el discurso, Jesús lleva a sus discípulos fuera de la ciudad, al otro lado del
valle de Cedrón, un arroyo o barranco que permanece seco la mayor parte del año, pero
que se convierte en un río en la temporada de lluvias. Al otro lado del arroyo está el Monte
de los Olivos, y en su ladera se encuentra el Getsemaní (que significa “prensa de aceite”) de
Marcos 14:32, también llamado aquí simplemente como “un jardín”. Donde permanece
hasta que la muchedumbre llega (18:4). Juan probablemente omitió la historia sinóptica al
centro sobre el arresto en sí.
En 18:2 la escena cambia a Judas. Este jardín era un lugar común de encuentro para
Jesús y los discípulos cuando visitaban Jerusalén, por lo tanto, Judas lo conocía muy bien
(18:2) y también sabía que Jesús iría allí primero. En Lucas 21:37; 22:39 el evangelista nos
narra que Jesús y sus discípulos pasaron cada noche de la semana de la pasión en el Monte
de los Olivos, probablemente se refiere a este mismo lugar. Jesús se había quedado en
Betania al comienzo de la semana (12:1), pero a partir de la noche de la Pascua estarían en
las cercanías de Jerusalén. Podrían haber estado en Getsemaní, pero no en Betania. Es
probable que uno de los simpatizantes de Jesús poseyera el jardín y que les permitiera
usarlo. Finalmente, es probable que este lugar tuviera paredes a su alrededor.
Judas acordó traicionar a Jesús para que pudiera ser arrestado sin mucho alboroto, y el
Sanedrín (el consejo gobernante) envía un destacamento de soldados y guardias junto con
“algunos funcionarios de los principales sacerdotes y fariseos” (18:3). Juan agrega que una
compañía de soldados romanos también los escoltaba, específicamente un “destacamento”
técnicamente un batallón de seiscientos soldados, aunque aquí cierta y simplemente
significa una gran multitud. Ellos querían asegurarse de que no hubiera disturbios con
tantos peregrinos alrededor. Se dice que “llevaban antorchas, lámparas y armas”, al menos
espadas y probablemente lanzas también. Quizás fue una “maniobra” con 200 soldados
(470 soldados custodiaban a Pablo en Hechos 23:23).
Jesús avanza como un soberano (18:4–9)
Debido a sus significativos elementos sobrenaturales, muchos dudan de la fiabilidad
histórica de esta escena, que se encuentra solo en el evangelio de Juan. Comenzamos con
su omnisciencia: “Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder”. Este es un énfasis frecuente
en Juan (1:42, 47–48; 4:17–18; 13:1). El hincapié en los próximos capítulos es su completa
autoridad sobre todo lo que va a suceder, incluida su muerte y resurrección (10:18). Así que
toma la iniciativa y sale del huerto para enfrentarse a su destino.
Juan omite el beso de Judas durante el saludo, probablemente para remarcar el control
de Jesús sobre la situación. Por lo cual Jesús se presenta ante el grupo y pregunta: “¿A quién
buscan?” Ellos responden: “a Jesús de Nazaret”; las palabras “de Nazaret” funcionan casi
como un apellido, algo muy parecido a Johnson (en inglés: “son of John” = Hijo de Juan). La
respuesta de Jesús (“yo soy”) parece inocua al principio, lo cual correspondería a decir “yo
soy esa persona”. Sin embargo, no es así en Juan, donde se convierte en una declaración
“yo soy” (véase 6:35), especialmente equivalente a una declaración absoluta del “yo soy”
(6:20; 8:24, 28, 58; 13:19), casi equivalente a “Yo, Yahweh, estoy aquí”.
Las acciones posteriores en esta escena hacen que esto sea probable. Tan pronto como
Jesús dijo egō eimi, “Yo soy”, el resto de los guardias del templo y los soldados romanos
“dieron un paso atrás y se desplomaron” (v. 6). Las palabras de Jesús a lo largo de todo el
relato de Juan tienen un poder extraordinario, ya que él es la voz de Dios, y esto se hace
notorio cuando Juan repite el egō eimi en los versículos 5 y 6. Algunos piensan que esto es
apenas un poco más que varios soldados tropezando torpemente uno tras otro debido a su
sorpresa ante la audacia de Jesús. Lo cual me parece muy dudoso. Es más probable que Juan
estuviera creando una escena irónica de teofanía con las personas cayendo al suelo cuando
se enfrentan a la presencia manifiesta de Dios (Jue 13:20–21; Ez 1:28; Hch 9:4; Ap 1:17).
Ese es claramente el caso aquí. Jesús se revela a sí mismo como el “Yo soy “, y la gente
no puede permanecer de pie ante la verdadera revelación de Dios acerca de sí mismo.
Ciertamente los soldados paganos no entienden lo que ha sucedido. Están entrenados para
nunca caer al suelo; caer es morir en medio de la batalla. Mientras se levantaban del suelo,
sin duda se preguntaron algo como: “¿Fue eso un terremoto? ¿Qué podría habernos hecho
caer?”. Nosotros como lectores sabemos exactamente lo que sucedió. De repente estaban
en la presencia de deidad.
Están tan conmocionados que Jesús tiene que repetir su pregunta (vv. 7–8), y cuando
dan la misma respuesta, él responde: “ya les dije que YO SOY”, esta es la tercera vez que
usa este título de deidad. Piense acerca de las implicaciones: ¡Dios está de pie delante de
ellos esperando permitirles que lo arresten! Él soberanamente les permite arrestarlo y
llevarlo. Por única vez en la historia humana, Dios es atado, arrestado y llevado a la cárcel.
Tenga en cuenta también que él es quien da la orden, no ellos: “Si es a mí a quien buscan,
dejen que estos se vayan”.
Su conformidad con la orden soberana no se declara, pero está implícita, y en su lugar,
Juan reitera el cumplimiento de las palabras proféticas de Jesús en [Link] “De los que me
diste ninguno se perdió” (18:9). Las implicaciones son enormes, ya que las palabras de Jesús
son interpretadas como Escritura: este es el único pasaje en Juan en donde una declaración
que no es de la Escritura es “cumplida”. En el prólogo de 1:1–18 Jesús es el Verbo de Dios,
su voz viva, por lo que esto tiene sentido. Jesús como el Buen Pastor cuida y protege a sus
ovejas de los lobos (10:3, 12). Pronto él también dará su vida por ellos (10:11, 15).
El arresto (18:10–12)
Los sinópticos narran que un discípulo desenvainó su espada (Mr 14:46–47 y paralelos),
pero es Juan quien nos dice que ese discípulo fue Simón Pedro y que el esclavo del sumo
sacerdote se llamaba Malco. Varios han argumentado recientemente que la adición de
nombres en los relatos de este evangelio son una indicación probable de su valor como
testigo ocular. Un lector del evangelio interesado podría consultarlos para descubrir la
autenticidad del relato. La espada (machaira) probablemente era un espada corta o cuchillo
largo escondido en la túnica de Pedro.
Este acto parece imprudente considerando la compañía de soldados romanos
presentes, pero debemos recordar que los discípulos no habían considerado a Jesús como
el siervo sufriente de Isaías. (Pensaban que Is 52–53 hablaba de la nación.) Pedro estaba
pensando que el Mesías estaba iniciando la guerra final para destruir a las naciones.
Indudablemente esperaba, cuando sacó su espada, que los ejércitos del cielo aparecieran y
aniquilaran a los soldados romanos, por lo que Pedro tomó la ofensiva. El haberle cortado
la oreja, pudo haber sido un torpe impulso, o un acto deliberado, ya que hay un poco de
evidencia de que un sacerdote a quien le cortaran la oreja sería descalificado de su oficio
(Josefo, Antigüedades 14.366). No podemos saber con certeza.
Jesús no tenía nada que ver con el equivocado intento de Pedro para comenzar la guerra
final. Él vino como Siervo Sufriente, no como un Rey conquistador. La llegada de Jesús como
Divino Guerrero tendría que esperar hasta la segunda venida. Por lo cual, le dice a Pedro:
“¡Vuelve esa espada a su funda!” (18:11). Lucas nos dice también que Jesús curó la oreja de
Malco (Lc 22:51), mientras que Mateo registra el comentario de Jesús: “porque los que a
hierro matan, a hierro mueren”. Esa declaración probablemente salvó la vida de Pedro.
Puedo imaginar a los soldados romanos a punto de empalar a Pedro por su tonto acto. Jesús
no les permite hacerlo y apacigua la tensa escena.
Jesús entonces afirma esto confirmando su sentido de destinación: “¿Acaso no he de
beber el trago amargo que el Padre me da a beber?” Compárese con Marcos 14:36, con el
uso de las palabras “la copa”, un símbolo de sufrimiento e ira (Sal 75:8; Is 51:17, 22; Jer
25:15; Mr 10:38). En todo Juan la “hora destinada” (7:30; 8:20) es lo más importante, y Jesús
está ansioso por completar el llamado de su Padre. Pedro se ha puesto de manera
involuntaria en oposición a la voluntad de Dios, y Jesús no tendrá nada que ver con eso.
La orden de Jesús de guardar la espada y su curación de Malco salvan a sus discípulos
de represalias por parte de los soldados, pero todavía se hacen cargo para asegurarse de
que no haya otros frustrados actos de desafío. El “comandante” (chiliarchos) técnicamente
era el tribuno o general a cargo de una guardia romana, pero aquí está simplemente el
oficial liderando la gran compañía de soldados. Ellos junto con los funcionarios del Sanedrín
arrestan a Jesús (v. 12). Jesús está “atado” y es llevado, probablemente evocando la imagen
del cordero pascual atado para el sacrificio (Compare la unión de Isaac en Génesis 22).
Anás interroga a Jesús y Pedro lo niega (18:13–27)
Muchos críticos eruditos niegan la historicidad de los juicios ante el sumo sacerdote y el
Sanedrín alegando que la Mishná (el lado legal del Talmud, compilado cerca del año 200
d.C.) prohíbe un juicio nocturno además de establecer que deben llevarse a cabo durante
un período de dos días. Sin embargo, hay evidencia de que esto no era completamente
rígido y podría ser modificado en situaciones de emergencia. Además, no podemos estar
seguros de que las reglas posteriores estuvieran vigentes durante el tiempo de Jesús. Una
cosa es clara: las autoridades querían ejecutar a Jesús antes que comenzara el inestable el
tiempo de la Pascua, y en ese contexto un juicio nocturno tendría bastante lógica.
En 18:13–27 y 18:28–19:16 Juan está en su mejor momento dramático, intercalando
escenas para un efecto espectacular. En este pasaje coloca el interrogatorio de Jesús a
manos del ex sumo sacerdote Anás junto con las tres negaciones de Pedro y las contrasta
entre sí. Jesús todavía está en soberano control y se entrega a los funcionarios mientras
Pedro, en mucho menos peligro, pierde todo control a la luz de su deseo de salvarse a sí
mismo. El juicio nocturno era necesario para entregar a Jesús a Pilato al amanecer, que era
normalmente cuando el gobernador escuchaba los diferentes casos, así Jesús podría ser
crucificado y enterrado antes del anochecer, cuando comenzaba la Pascua. Tuvieron que
buscar evidencia legal para entonces hacer que Pilato atendiera sus peticiones. Anás y
Caifás traicionan su alto cargo sacerdotal y buscan mentiras para condenar a Jesús, mientras
él es el modelo de la verdad y la fidelidad a Dios.
La primera orden del día es realizar las deliberaciones legales, pasar del juicio judío
(18:13–27) al juicio romano (18:28–19:15) y luego al veredicto final (19:16). El
interrogatorio de Anás (18:13–14, 19–24) se entrelaza con las tres negaciones de Pedro
(18:15–18, 25–27) para establecer un contraste y mostrar a Jesús tanto como el testigo fiel
(en contraste con Pedro) así como el verdadero sumo sacerdote de Dios (en contraste con
Anás).
Jesús ante Anás (18:13–14)
Los evangelios sinópticos registran el juicio ante Caifás, pero Juan ha decidido centrarse en
un interrogatorio preliminar ante su suegro Anás, quien había sido sumo sacerdote
previamente (6–15 d.C.), con cinco de sus hijos eventualmente también convertidos en
sumos sacerdotes. Esta era una familia poderosa. Caifás era el sumo sacerdote en ese
momento (ocupó el cargo hasta el año 36/37 d.C.). Dado que de acuerdo con la ley mosaica
una persona era sumo sacerdote de por vida (Nm 35:25), Anás todavía era respetado, por
lo cual, Jesús fue traído primero a él y luego entregado a Caifás para terminar la fase del
juicio judío. Era la política romana la que cambiaba a los sumos sacerdotes, los judíos tenían
que aceptar eso, sin embargo, aún consideraban a Anás como un sumo sacerdote.
En 18:14, Juan nos recuerda la profecía inadvertida de Caifás de que “les conviene más
que muera un solo hombre por el pueblo” (en 11:49–50). El autor está identificando a Caifás
ante el lector recordándonos de la importancia de los eventos por venir, así como el control
completo de Dios sobre esos eventos. Incluso el malvado sumo sacerdote es una
herramienta de Dios y es guiado por él para testificar acerca de la naturaleza sustitutiva
(“por [hyper] el pueblo”) de la próxima muerte de Jesús.
La primera negación de Pedro (18:15–18)
Juan omite la deserción de los discípulos (Mr 14:50–52) y se centra en el fracaso de Pedro,
en contraste con el control soberano de Jesús sobre los eventos. Vemos hasta qué punto
Jesús enfrenta estas terribles horas completamente solo. Incluso aquellos más cercanos a
él fallan por completo. Pedro comienza bien, siguiendo a Jesús mientras trata de
permanecer fiel. El “otro discípulo”, posiblemente el discípulo amado, Juan (véase el
comentario en 13:23), es capaz de llevar a Pedro al patio del sumo sacerdote porque él es
“conocido del sumo sacerdote”.
El lenguaje señala a un amigo cercano, por lo que hay algunas dudas sobre su identidad.
¿Cómo podría un humilde pescador galileo ser amigo del sumo sacerdote? Debido a esto,
muchos piensan que este “otro discípulo” era un funcionario como Nicodemo. Sin embargo,
Juan regularmente nombra a tales personas (incluso a Malco, 18:10), y el único otro
discípulo sin nombre es el discípulo amado. La relación con Pedro señalaría a esta dirección
(13:23–26; 20:1–10; 21:7–8, 18–24). Además, los pescadores no estaban en la parte inferior
de la escala social y el Padre de Juan, Zebedeo, tendría trabajadores a su cargo (Mr 1:20),
lo cual indica algo de riqueza. Una relación con el sumo sacerdote no está fuera de lugar, y
el lenguaje aquí hace probable que este sea realmente el discípulo amado.
Pedro se ve obligado a permanecer “afuera, junto a la puerta” hasta que este “otro
discípulo” habló con la portera que vigilaba, y ella le permitió el acceso a Pedro. Esto es algo
inusual, ya que normalmente era un hombre quien cuidaba la puerta del sumo sacerdote.
Aun así, sucedía algunas veces. Anás y Caifás vivieron en el palacio asmoneo de la colina
oeste de la ciudad, donde tenían un extenso patio.
La mujer desafía a Pedro (v. 17): “¿No eres tú también uno de los discípulos de ese
hombre?” Esto es importante, porque esto significa Juan había sido reconocido por ella
como discípulo, y hay un doble contraste; la cobardía de Pedro no es solo lo contrario a
Jesús, sino también al discípulo Amado, ya que niega cualquier relación con Jesús. Nosotros
debemos tener en cuenta que mientras Pedro le falla a Jesús aquí, él y Juan son los dos
únicos discípulos lo suficientemente valientes como para llegar hasta aquí. El resto se
esconde detrás de puertas cerradas regresando al aposento alto (20:19), poco dispuestos a
salir incluso a la luz del día.
Es una noche fría, así que todos están parados junto al fuego intentando mantenerse
calientes (18:18). La mención de la “fogata” (anthrakia) es un toque histórico que emana
de la inclinación de Juan por tales detalles auténticos. Casi parece una escena íntima de
amigos esperando juntos, hasta que nos damos cuenta del siniestro elenco en el que la
mayoría son enemigos de Jesús. Pedro está parado entre enemigos, temeroso por su
libertad. Un cambio ocurrirá en otras “brasas” en 21:9, donde Pedro recibirá perdón y será
restituido por Jesús.
El interrogatorio de Anás (18:19–24)
Juan ha decidido no narrar el juicio principal ante Caifás y el Sanedrín, sino centrarse en el
cuestionamiento preliminar por parte de Anás, quien recopila información para que Caifás
la use en el juicio principal. Él interroga a Jesús sobre dos cosas: “sus discípulos y sus
enseñanzas”. Un juicio judío real no se llevaría a cabo de esta manera. En su lugar, el juez
interrogaría a testigos para asegurarse de que dos o más sustentaran los cargos. Esta es una
querella no oficial para recopilar información. Anás busca evidencia de enseñanza sediciosa.
Él y los demás asumen la culpabilidad de Jesús y sólo quieren evidencias para usarlas en su
contra por los cargos de blasfemia y para implicarlo en un complot junto con sus discípulos.
La esperanza es que Anás pueda convertirse en un testigo clave en el próximo juicio.
La respuesta de Jesús es bastante cortante (vv. 20–21). No dice nada sobre sus
discípulos, sino que se centra en su enseñanza, diciendo que siempre ha “Hablado
abiertamente”, no en secreto como lo haría un insurrecto. Él ha enseñado públicamente
“en sinagogas o en el templo, donde se congregan todos los judíos”. De hecho, había estado
enseñando en el templo toda esa misma semana (Lc 21:37). No había un conjunto de
enseñanzas para el público en general y otra para sus seguidores, como las sectas lo hacían.
Sus puntos de vista eran de conocimiento público y bien conocidos. En resumen, Anás
debería conocer sus enseñanzas.
Entonces Jesús toma la ofensiva y exige que Anás cuestione a los testigos, como debió
haber estado haciendo: “¿Por qué me interrogas a mí? ¡Interroga a los que me han oído
hablar! Ellos deben saber lo que dije” (vv. 21). Este era el protocolo apropiado. (Los
tribunales romanos se centraban en el acusado, mientras que los tribunales judíos sobre los
testigos). Cualquiera en Jerusalén podría haber respondido estas preguntas.
Cuando los funcionarios que estaban allí escucharon esto, asumieron que Jesús le
estaba faltando al respeto, y uno de los guardias del templo abofetea a Jesús (v. 22). La
reacción de Jesús es bastante diferente a la de Pablo quien muestra humilde deferencia
cuando es reprendido ante el Sanedrín en Hechos 23:4–5. Algunos eruditos señalan a Jesús
de mostrar estándares más bajos que Pablo, pero Pablo está en un juicio legal y Jesús está
respondiendo a un acto injusto. Los desafía por golpearlo y dice: “Si he dicho algo malo …
demuéstramelo. Pero, si lo que dije es correcto, ¿por qué me pegas?” (v. 23). Él ha dicho la
verdad, y no tienen derecho a golpearlo. Decir la verdad nunca es una señal de insolencia,
y Jesús no llama al funcionario un “sepulcro blanqueado” como lo hizo Pablo. Jesús quiere
un juicio justo, pero su odio hacia él es tan grande que no se lo darán. También debemos
recordar que Jesús está librando una guerra universal contra los poderes de las tinieblas
(12:31; 14:30; 16:11), y estos funcionarios son herramientas de Satanás. Va a la ofensiva en
esta luz.
No hay nada más que decir, y Anás se da cuenta de que su táctica ha fallado. Por lo cual,
termina el interrogatorio y lo envía atado a su yerno Caifás para el juicio formal ante el
Sanedrín (v. 24). Aquí Juan muestra su conocimiento de la historia sinóptica acerca de este
juicio (Mr 14:53–65); quienes sostienen que los sinópticos y Juan se contradicen entre sí
están equivocados. Juan se centra en la historia de Anás para resaltar el control de Jesús
sobre todos los procedimientos. Sin embargo, el interrogatorio de Anás tuvo que ser un
interrogatorio no oficial, ya que solo Caifás y el Sanedrín podrían entregar a Jesús ante
Pilato.
Las dos últimas negaciones (18:25–27)
La escena se desplaza hacia el exterior del palacio, donde Simón Pedro permanece junto a
la fogata “Ellos” lo están cuestionando ahora, lo que significa que no solo los sirvientes, sino
también la guardia y los funcionarios del templo. Parecen acusar a Pedro de ser “también
uno de sus discípulos” al igual que lo hicieron en 18:17. Quien por segunda vez niega
cualquier conexión con Jesús. El último cuestionamiento es por parte de “uno de los siervos
del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja”, es decir,
Malco (v. 10). Quien estaba allí por el fallido intento por parte de Pedro de comenzar la
guerra mesiánica, por lo cual le dice: “¿Acaso no te vi en el huerto con él?” Pedro, por
tercera y última vez niega tal cosa. Cuando el gallo comienza a cantar, la profecía de Jesús
de 13:38 se vuelve realidad.
El relato de Juan es bastante breve en comparación con los otros (véase Mr 14:70–72).
Ha omitido la serie de juramentos que acompañan la negación de Pedro y las lágrimas
amargas cuando se da cuenta de lo que ha hecho. Juan se enfoca en el contraste entre
Pedro y Jesús y mantiene la historia simple. Este fue definitivamente el peor momento de
la vida de Pedro y su mayor fracaso, pero en todos los evangelios hay esperanza en el futuro.
Él será restituido (21:15–17) y cumplirá la promesa profética de Jesús de que se convertirá
en Pedro, “la roca” (1:42). Nos parecemos mucho a él y debemos darnos cuenta de que, a
pesar de nuestros fracasos, Dios es fiel y nos da una esperanza similar para el futuro,
siempre y cuando sigamos recurriendo a él.
Juicio de Jesús ante Pilato (18:28–19:16a)
Es interesante observar cómo Juan acorta bastante la narrativa del juicio judío en
comparación con los sinópticos y al mismo tiempo se extiende en el juicio romano ante
Pilato en una muy compleja narrativa teológica. Al igual que con el juicio judío, algunos
críticos dudan de la historicidad de los detalles, los cuales de hecho agregan no solo drama
sino también autenticidad, pues toda la historia se mantiene correctamente, y es, a la vez,
tanto plausible como confiable.
Ahora es aceptado por la mayoría de los eruditos que esta narrativa está organizada
como una obra maestra dramática de siete escenas con un orden en forma de quiasma,
haciendo de 19:1–3 el centro de la historia:
A Afuera: los judíos exigen la muerte de Jesús (18:28–32)
B Adentro: Pilato cuestiona a Jesús acerca de su reino (18:33–38a)
C Afuera: Pilato no encuentra culpable a Jesús (18:38b–40)
D Adentro: los soldados azotan a Jesús (19:1–3)
C ‘Afuera: Pilato no encuentra culpable a Jesús (19:4–8)
B ‘Adentro: Pilato habla con Jesús sobre el poder (19:9–11)
A ‘Afuera: los judíos obtienen una sentencia de muerte (19:12–16a)
Las diferencias entre las escenas internas y externas son significativas. En el interior,
cada vez hay una mayor sensación de paz y reconocimiento de la inocencia de Jesús,
mientras que él permanece increíblemente tranquilo y en control de sí mismo. Pilato lo
encuentra cada vez más inocente de los cargos. Afuera, donde están los funcionarios y el
pueblo judío, hay un clamor y un caos cada vez mayores, ya que exigen la muerte de Jesús.
Como en el juicio judío, el énfasis está en el control soberano de Jesús. Quien antes era el
verdadero sumo sacerdote, y ahora es el verdadero rey. Pilato es débil y se encuentra
vacilante, mientras que Jesús parecer estar en perfecto retraimiento, aceptando su destino
como Mesías real y Siervo sufriente. Claramente, esta es una farsa legal: los judíos lo llevan
ante un gobernador romano cuando incluso legalmente sus cargos son de índole
completamente judío, y sus aspiraciones políticas no tienen nada que ver con Roma. No hay
nada de político en todo esto, sino que la queja real es de índole teológica: su unidad con
el Padre.
Afuera: los judíos exigen la muerte de Jesús (18:28–32)
Pilato escuchaba los casos antes del amanecer, por lo cual el Sanedrín tenía que presentar
allí a Jesús “temprano en la mañana”. Después de haber condenado a Jesús, tenían que
llevarlo al palacio y cuartel general de Pilato, el pretorio (praitōrion). Solo los romanos
tenían derecho a ejecutar prisioneros, también llamado ius gladii, la “ley de la espada”
(véase 18:31). Por lo cual, las autoridades judías debían llevar a Jesús ante Pilatos para
poder ser crucificado, y la ejecución debía llevarse a cabo por soldados romanos.
Pilato gobernó la provincia desde un palacio que Herodes el Grande había construido
en la costa de Cesarea, pero con frecuencia viajaba a Jerusalén con un destacamento de
soldados para las fiestas judías, porque era cuando comúnmente estallaban los disturbios.
En Jerusalén se quedaría en el palacio de Herodes en la colina oeste o en la Torre de Antonia,
un castillo asmoneo adyacente al Monte del Templo que había sido reconstruido por
Herodes (Josefo, Antigüedades 18.92). Él era “Gobernador” de Judea desde el año 26 al 37
y era conocido por su desprecio hacia las costumbres judías y su brutal represión de
cualquier disidencia (véase Lc 13:1).
Aun así, esta era una situación compleja y difícil incluso para él. Ningún gobernador de
Judea había tenido éxito allí, era como caminar en una cuerda floja entre las expectativas
romanas y pasiones judías culturales y religiosas que simplemente no podía entender.
El contingente judío no puede entrar al palacio porque entrar en un hogar gentil
representaría “impureza ceremonial” lo que los haría inapropiados para “comer la Pascua”
próxima a acontecer esa tarde (18:28b). Los gentiles por naturaleza no eran inmundos, sino
que muchos de sus artículos para el hogar podrían causar contaminación como la levadura
o el polvo del camino o incluso la presencia de la esposa de Pilato (Mt 27:19), ya que ella no
seguiría las reglas levíticas con respecto a la menstruación. Por lo cual se quedan afuera
durante todo el juicio. La verdadera cena de la Pascua se había llevado a cabo la noche
anterior, por lo que la comida aquí señalada es más bien la comida de hagigah, una comida
matutina que se habría celebrado poco después de este juicio. Cada comida durante esta
celebración de siete días era una “comida de Pascua”. Cualquier impureza en absoluto, ya
sea una contaminación de un solo día o de siete, haría imposible la participación en toda la
fiesta.
Como resultado, Pilato tiene que salir repetidamente al patio para reunirse con los
funcionarios judíos, por lo tanto, el movimiento continuo dentro y fuera es el escenario del
juicio. Toda la escena es bastante plausible a la luz de las pasiones judías. De hecho, es difícil
considerar cómo podría haber sido posible de otra manera. Dado que los soldados romanos
estaban allí para el arresto, Pilato habría sabido que los judíos vendrían y estaba preparado.
Pilato comienza con una pregunta formal para determinar los verdaderos cargos contra
Jesús (18:29–30). Las autoridades judías están a la defensiva y suenan algo insolentes: “Si
no fuera un malhechor, … no te lo habríamos entregado”. Es posible que tuvieran un
acuerdo preliminar con Pilato (él había enviado soldados arrestar a Jesús) y esperaban que
sellara su juicio y ordenara la ejecución. Por lo tanto, cuando pregunta los cargos, ellos
parecen están desconcertados.
Como no tienen cargos formales, Pilato les dice sarcásticamente: “Pues llévenselo
ustedes y júzguenlo según su propia ley” (18:31a). Él ciertamente sabía lo que acababa de
suceder, pero sentía poco menos que desprecio hacia ellos y deseaban demostrarles su
propia impotencia. Ambos sabían que el veredicto de un juicio judío no tendría poder sin
consentimiento romano.
Esto los inmoviliza y los obliga a admitir su engañosa situación legal: “Nosotros no
tenemos ninguna autoridad para ejecutar a nadie”. Tienen que admitir su solicitud de la
muerte de Jesús, enfatizando desde el principio su culpa. Esto es bastante debatido, ya que
algunos piensan que los judíos también tenían el derecho a impartir la pena capital, como
en el apedreamiento de Esteban (Hch 7:57–58), o cuando un gentil entraba en el santuario
interior del templo. Sin embargo, el apedreamiento de Esteban es claramente una acción
de las multitudes, y el derecho a ejecutarse, en este último caso, fue una concesión a los
judíos, y no el resultado de un derecho general de hacerlo. La situación descrita aquí es
legalmente correcta.
Juan a menudo enfatiza el deseo de los líderes judíos de ver a Jesús muerto (5:18; 7:19;
8:40, 59; 10:31; 11:50), y a las autoridades no les importa un juicio justo. Podrían haber
pedido permiso para llevarlo a la muerte ellos mismos, probablemente por apedreamiento
o estrangulamiento, pero ellos querían que fuera crucificado (19:6, 15), no solo porque era
la muerte más brutal sino principalmente porque significaría que estaba maldito por Dios
(Dt 21:23; Gá 3:13). Sin embargo, en realidad esta pena de muerte estaría en cumplimiento
de la profecía de que él sería “levantado de la tierra” (12:32; véase también 3:14; 8:28).
Dios tiene el control incluso sobre las decisiones de los enemigos de Jesús.
Adentro: Pilato cuestiona a Jesús acerca de su reino (18:33–38a)
Ahora Pilato se vuelve hacia Jesús y comienza con la pregunta clave: ¿Eres tú el rey de los
judíos?” Este es el centro de todo, como será evidenciado por el hecho de que también se
convierte en la inscripción en la cruz (19:19). Este es el cargo verdadero que usará el
Sanedrín al presentar su caso a los romanos, que Jesús cree que él y no César es el verdadero
rey del pueblo judío y, por lo tanto, sigue se constituye una amenaza para Roma (Lc 23:2).
No había habido rey en Judea desde Herodes el Grande. Los falsos mesías habían aparecido
varias veces, alegando ser el mesías real de la línea davídica, y varios insurrectos había
aparecido recientemente, como Barrabás y los dos ladrones (18:39–40; también Mr 15:6–
15, 27). Pero las diferencias entre Jesús y ellos son evidentes, por lo que Pilato decide probar
a Jesús e investigar por sí mismo sus declaraciones.
Jesús fue recibido como el Mesías real en la entrada triunfal (12:13), por lo que la gente
común lo consideró así; además, Jesús habló de sí mismo como el Hijo de Dios y el rey que
había de venir. Por lo que hay un fundamento para esta pregunta.
En los Sinópticos, Jesús responde a esta pregunta con las palabras “Tú mismo lo dices”
(Mr 15:2 y paralelos). Juan registra eso en 18:37, pero aquí en el versículo 34 Jesús muestra
su perspicacia política, desafiando la fuente de la pregunta de Pilato: “¿Eso lo dices tú … o
es que otros te han hablado de mí?” Si es realmente su propia idea, Jesús puede deducir si
Pilato lo percibe como una amenaza e instruirlo con mayor profundidad. Si proviene de los
judíos (como sospecha Jesús), entonces esta idea es antagónica y se deriva de la idea
errónea de los líderes acerca de la verdadera naturaleza del reinado de Jesús.
La respuesta de Pilato (versículo 35) muestra irritación. En griego, su pregunta (“¿Soy
judío?”) Comienza con mēti, la cual señala una respuesta negativa, algo así como: “No soy
judío, ¿verdad?” Está claro que no tiene ningún interés personal en absoluto en este asunto,
como él agrega, “Han sido tu propio pueblo y los jefes de los sacerdotes los que te
entregaron a mí. ¿Qué has hecho?” Solo quiere averiguar cómo es que ha quedado
atrapado en esta problemática situación. Está claro que los líderes judíos están
violentamente opuestos a Jesús, y tiene que haber una razón para eso. El único que sabe es
que no tiene idea de lo que podría ser. Como todo romano, está completamente
desconcertado con todo esto. Claramente Jesús no es militar o un insurrecto. ¿Qué ha
hecho para enojar tanto a los líderes? Eso es todo lo que le importa.
Una cosa es clara: el problema proviene de los judíos, entonces Jesús sabe cómo
responder. Aclara la naturaleza de su oficio real (v. 36). No es lo que los líderes insinuaron.
“Mi reino no es de este mundo”. Es un reino espiritual, no es una amenaza para Roma. Pilato
pudo haber pensado que se había vuelto loco, pero entendió que Jesús no representaba
ningún peligro para Roma. Esta es una respuesta muy astuta, ya que presenta los cargos
como falsos y desafía a Pilato (y a los lectores) con la esencia del reino de Jesús como de
otro mundo. Jesús anteriormente había definido su origen como “de lo alto”, no de este
mundo (8:23; ver también 3:31). Ahora define su realeza de la misma manera, y por “reino”
se refiere a su reino soberano. Por lo cual, él no es una amenaza para Pilato o para Roma y
al mismo tiempo le revela todo un reino de una realidad que nunca supo que existía. Hay
un pequeño intento evangelístico en esto.
Jesús a lo largo de su arresto y los eventos posteriores ha querido proteger a sus
seguidores (véase 18:8) y agrega: “Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir
que los judíos me arrestaran”. Pilato sabe que Jesús simplemente se entregó sin luchar. En
cierto sentido, Pedro sí intentó comenzar a luchar (18:10–11), pero Pilato podría haber
estado consciente por parte de sus soldados de que Jesús le había dicho que guardara su
espada y curado a Malco. Aquí quiere que Pilato se dé cuenta que no dirige ningún grupo
de insurrectos contra Roma. Jesús es un gobernante en un nivel completamente diferente,
y sus discípulos trabajan en ese nivel de otro mundo y no como rebeldes políticos o
militares. Ellos están trabajando en este mundo, pero su ministerio no es de este mundo.
Son obreros espirituales más que políticos.
Por lo mismo, Pilato reconoce que Jesús está haciendo algún tipo de declaración real,
por lo que sondea más (v. 37): “¡Así que eres rey!” La respuesta de Jesús es deliberadamente
vaga, literalmente responde, “Eso dices”. Varios comentaristas traducen, “Rey es tu
palabra, no la mía”, pero eso no es del todo correcto tampoco. La NVI está cerca: “Eres tú
quien dice que soy rey”.
Jesús sabe que vino a este mundo para ser el Mesías real, y que cuando sea levantado
en la cruz, será entronizado en gloria, pero una vez más esa es una realidad espiritual más
que terrenal. Entonces agrega: “Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar
testimonio de la verdad”. Su reino es un reino de verdad, y desde el principio un motivo
principal del cuarto evangelio es que Jesús es la Shekinah encarnada, el Verbo hecho carne,
literalmente “Lleno de gracia y verdad”, que significa “lleno del inefable amor y fidelidad de
Dios” (1:14). Jesús se caracteriza como “verdad” (14:6), y su revelación es la verdad misma
(8:31–32, 40; 17:17), dada a conocer a nosotros por el Espíritu de verdad (14:17; 16:13–14).
Él nació para ser rey, pero no del tipo que Pilato podía entender; aun así, Pilato podía
comprender la verdad, incluso del tipo espiritual (sin embargo, véase el siguiente versículo).
Dios se está revelando a sí mismo a través de Jesús a Pilato, por lo que Jesús le pide que
lidie con el nuevo reino de la realidad.
A la luz de todo esto, Jesús ha tomado la ofensiva y le pide a Pilato que responda. Un
helenista educado como Pilato podría estar informado acerca del tema de la “verdad”,
porque la filosofía griega pasó mucho tiempo estudiando sobre el tema de la verdad, y los
romanos lo consideraron el ápice de su dogma judicial. Jesús agrega: “Todo el que está de
parte de la verdad (el lado en el que todos los romanos afirman estar) escucha mi voz”. En
efecto dice: “Todos los que aman la verdad reconocen que lo que yo digo es verdad”. Él
acaba de revertir los roles: Jesús se ha convertido en el interlocutor, y Pilato está siendo
desafiado a elegir la verdad por encima de la falsedad. Está desafiando a Pilato en este
sentido a convertirse en su seguidor. y pasarse al lado de la verdad.
Pilato no está nada interesado y rechaza la invitación con su famosa y corta respuesta,
“¿Qué es la verdad?” Él ni siquiera da a Jesús la oportunidad de responder, sino que se
vuelve abruptamente y rechaza la oferta de Jesús, dejando el pretorio y saliendo para
dirigirse a los judíos reunidos allí. Él sabe que Jesús no representa ninguna amenaza para
Roma y que los cargos del Sanedrín no conciernen a Roma y por lo tanto son inválidos. Al
mismo tiempo, no le interesa más el mensaje de Jesús acerca de la verdad y tristemente se
une a la legión de incrédulos, irónicamente, de esta forma se convierte en un aliado de los
judíos contra Jesús. Esta respuesta es sumamente famosa y es el lema de todos los
buscadores de la verdad. Con este diálogo, Juan pide a sus lectores que busquen en sus
corazones cualquier cabida a la verdad, especialmente la verdad de Jesús.
Afuera: Pilato no encuentra culpable a Jesús (18:38b–40)
Pilato aparentemente deja a Jesús adentro y va al patio exterior para dar a los judíos su
veredicto preliminar: “Yo no encuentro que este sea culpable de nada”. No le importa cuán
culpable pueda ser Jesús de crímenes según la ley judía. No ha cometido ningún delito
contra Roma. Las aspiraciones de Jesús en un sentido religioso no son motivo de
preocupación para él (como juez romano). Mientras que Pilato permanecía débil, vacilante
y mezquino con los judíos, se preocupaba profundamente por los problemas romanos y
trató de ser escrupulosamente justo con Jesús, como es evidente aquí.
Lucas nos dice (23:5–12) en este punto que la multitud gritó que Jesús había causado
problemas en todas partes, dándole una excusa para envía a Jesús a Herodes. Juan omite
esto y se enfoca en Pilato y en la multitud judía. Uno se pregunta por qué no solo impuso
este veredicto sobre los judíos, pero había cometido errores recientemente y tuvo que
ceder en más de una ocasión cuando los judíos apelaron a Roma. Así que no estaba
dispuesto a tomar el camino más correcto. Para calmar a las multitudes, intenta una táctica
diferente e invoca la costumbre de soltarles “a un preso durante la Pascua” (v. 39). Esto fue
propuesto por los romanos como un gesto de buena voluntad. Mantiene la esperanza de
que la gente le permita liberar a Jesús. El pueblo tiene que elegir quien será liberado, por lo
que Pilato no puede simplemente hacer lo que quiere.
Muchos dudan de la llamada amnistía pascual, dado que no existe evidencia externa de
esta práctica. Hay un pasaje de la Mishná que menciona “alguien que ha recibido la promesa
de ser liberados de la prisión” en un listado de aquellos que podrían participar en la
celebración de la Pascua (m. Pesahim 8:6), y varios creen que es una referencia a esta
amnistía. Por otra parte, el historiador judío Josefo (Antigüedades 20.209) y el historiador
romano Livio (Historia 5.13) dan fe de prácticas romanas análogas. Lo cual es aceptado por
un creciente número al tener sentido y al ser probable un evento histórico.
Cuando Pilato pregunta por Jesús, no puede resistirse a realizar una pregunta crítica:
“¿quieren que les suelte al ‘rey de los judíos’?”. Hay un distintivo indicio de sarcasmo y
desprecio, presentándolo como si estuviera de acuerdo con el título y considera que Jesús
es un rey apto para esta multitud. Al mismo tiempo, Juan ve otra profecía inconsciente
(como Caifás en 11:50–52), porque él era de hecho el “Rey de los Judíos”, preparándose
para la inscripción en la cruz (19:19); y el propio pueblo de Jesús estaba exigiendo la muerte
de su Mesías real.
El plan de Pilato fracasa, ya que subestima la resolución y el odio de los enemigos de
Jesús. Entonces la multitud “gritó: ‘¡No, él no! ¡Entréganos a Barrabás’!”. Juan Explica que
“Barrabás era un bandido” (v. 40), en realidad un lēstēs, “ladrón”, un bandido y rebelde del
primer siglo. Marcos 15:7 nos dice que había cometido un asesinato durante una rebelión.
y que era un insurrecto. Este fue el error de Pilato, para los romanos él era un terrorista
asesino, pero para muchos judíos era un patriota y héroe popular, un antiguo Robin Hood.
Aquí hay una gran ironía, especialmente a la luz de Mateo 27:16, que nos dice que su
nombre era “Jesús Barrabás”. Barrabás significa “hijo de Abba” (el nombre hebreo de
“Padre “), por lo que la multitud elige entre dos que son “Jesús hijo de Abba”. El nombre
“Jesús” significa “Dios salva / libera”, dado que uno de ellos está ofreciendo liberación
espiritual a través de la salvación, y el otro ofrece liberación terrenal a través de la espada.
No hace falta decir que, la multitud elige al “Bar Abbas” equivocado.
Adentro: Los soldados azotan a Jesús (19:1–3)
Parece contradictorio que Pilato intentara en un momento liberar a Jesús y al siguiente
momento mandarlo a azotar. La respuesta está en Lucas 23:16, donde su intención es
“azotarlo y luego liberarlo”. Es una segunda estratagema para apaciguar a los judíos, para
satisfacer su deseo de verlo castigado. Había tres tipos de castigo: la fustigatio, una serie
menos severa de azotes por delitos menores; el flagellatio, un castigo severo para
criminales endurecidos; y la verberatio, el más severo de todos, en el cual el criminal era
golpeado por una sucesión de soldados, a menudo con un azote, un látigo con varias correas
de cuero con un pedazo de metal o hueso en la punta. Un azote podría romper la espalda
de una persona y arrancarle la piel, dejando sus entrañas expuestas y con frecuencia
matándolo (Josefo, Guerras judías 2.612). El azote aquí mencionado probablemente era del
primer tipo, porque esperaba liberar a Jesús. Hay un segundo periodo de azotes al final del
juicio (Mr 15:15) y justo antes de la crucifixión. El cual probablemente fue del tercer tipo, la
flagelación, pretendía debilitar a Jesús para que muriera en la cruz más rápido.
Como era típico en tales situaciones, Jesús es ahora el blanco de bromas crueles por
parte de los soldados. Cuando fue acusado de ser el “rey de los judíos”, le rindieron un
homenaje simulado, riéndose de él todo el tiempo. A modo de corona real, le tejen juntas
las espinas de un arbusto mencionado en Isaías 34:13 o de palmera datilera, la cual tiene
espinas muy largas de hasta doce pulgadas. Esta última es la más probable, lo cual añadiría
aún más ironía porque fueron de ese mismo tipo de palma, las que rendían ante él durante
su entrada triunfal (12:13) tan solo cinco días antes. Lo visten con una túnica púrpura
simulando la de un emperador, probablemente el rojo intenso de una capa de oficial (a
nadie se le permitía utilizar el color morado por ser considerado exclusivo de la realeza).
Varias veces (tiempo imperfecto) imitan la declaración de “Ave César”, diciendo: “Salve, Rey
de los judíos”, abofeteando posteriormente su rostro para mostrar su desprecio. Esto es
todavía más irónico, ya que realmente se dirigen al “Rey de Reyes y Señor de Señores” (Ap
19:16).
Afuera: nuevamente, Pilato no encuentra culpable a Jesús (19:4–8)
Pilato todavía está convencido de que Jesús es inocente y espera que los azotes y las burlas
hayan causado suficiente sufrimiento para satisfacer a los judíos. Así que intenta una última
vez liberar a Jesús, diciéndoles: “Aquí lo tienen … Lo he sacado para que sepan que no lo
encuentro culpable de nada”, esto es muy parecido a lo que hizo en 18:38. Después lo saca
con la patética túnica y la corona de espinas, con sangre por causa de las espinas y la
flagelación fluyendo por su rostro y cuerpo (19:5). Isaías 53:2–3 ciertamente se cumple en
aquí, con Jesús sin “belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su
apariencia lo hacía deseable”. Cuando Pilato dice:” Aquí lo tienen” no lo hace por desprecio
a Jesús sino por expresar que él no es una amenaza y debería ser liberado. Con su cara y
cuerpo golpeados y sus supurantes heridas, habría sido un espectáculo lamentable aún al
mismo tiempo en realidad “El Hombre”, la Shekinah encarnada y el glorioso Hijo del
hombre.
Los principales sacerdotes y otros funcionarios no hacen caso a Pilato (19:6) y gritan
(indudablemente con las multitudes haciéndoles eco): “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. Sin
permitir ningún tipo de piedad para Jesús. Esto también demuestra que sus cargos
presentados ante Pilato eran de sedición contra Roma, dado que la crucifixión se usó casi
de manera única para los enemigos del estado.
Pilato está enojado por su negativa a aceptar su voluntad, y responde: “Pues llévenselo
y crucifíquenlo ustedes … Por mi parte, no lo encuentro culpable de nada” (la tercera vez
que ha enfatizado esto, 18:38; 19:4). Él sabe que no pueden hacerlo (18:31b) pero está lleno
de molestia contra ellos. Aun así, no tiene el valor de liberar a Jesús bajo su propia autoridad
y por eso recurre a las autoridades. Sin embargo, ellos no están trabajando.
Esto incita a las autoridades judías a revelar sus verdaderas intenciones. Ahora saben
que las acusaciones políticas no funcionarán, porque Pilato ha rechazado tres veces sus
argumentos. Entonces recurren al motivo religioso detrás de todo esto: “Nosotros tenemos
una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho pasar por Hijo de Dios” (19:7). Esto
sería Levítico [Link] “todo el que pronuncie el nombre del Señor al maldecir a su prójimo
será condenado a muerte”. Puede que no sea una amenaza para Roma, pero lo es para las
autoridades judías y su ley, y él es culpable de blasfemia (véase 5:18; 7:32; 8:59; 10:33, 39).
Ahora están pidiéndole a Pilato que no condene a Jesús por sus leyes [las romanas] sino que
respete sus leyes [las judías] y les permita que sea ejecutado. Los romanos están obligados
hacer exactamente eso, por lo cual también Pilato ahora está obligado.
El cargo específico es “porque afirmó ser el Hijo de Dios”. Este título podría usarse para
los ángeles (Gn 6:2; Sal 29:1) o reyes (2 Sa 7:14; Sal 2:7). Es un título importante para Cristo
en los evangelios, y los oponentes de Jesús correctamente lo han visto usarlo para
identificarse a sí mismo con Dios (5:17–18; 10:33–37). Se ha dicho mucho sobre lo que
constituía una blasfemia para los judíos: no con respecto al Mesías, porque hubo muchos
mesías falsos, y fueron vistos más como figuras políticas. El título “Hijo de Dios” es parte de
la solución, pero había más. Técnicamente, un uso falso del título “Yahweh” constituía el
corazón de la blasfemia, dado que era el nombre principal de Dios, y ninguno, ni siquiera el
arcángel Miguel podía sentarse con Yahweh como un igual. Entonces, el uso de Jesús del
nombre divino supremo y su declaración de ser “el Hijo del Hombre sentado a la derecha
del Todopoderoso” (Mr 14:62) están en el corazón del veredicto de culpabilidad.
La respuesta de Pilato, que ahora está “atemorizado aún más” (18:8), es bastante
extraña, especialmente dado el gran desdén que ha expresado por los líderes judíos. Una
cosa que debemos tener en cuenta es que, si bien la principal preocupación de Pilato era
por los intereses romanos, él todavía estaba obligado a mantener la paz y velar por las
necesidades judías también. Si bien nunca se había preocupado por ese aspecto de sus
deberes, aún era su deber dar cuenta de esto ante Roma. El contexto nos dice que el temor
está relacionado con el título de “Hijo de Dios” (“cuando escuchó esto”), y pensaría que
Jesús era lo que los romanos llamaban un “hombre divino”, tal vez un mensajero de los
dioses o una persona con poderes “divinos”. Su esposa acaba de advertirle sobre Jesús (Mt
27:19) en un sueño que tuvo (¿un mensaje de los dioses?), y las supersticiones romanas
entraban en juego. Tenía más razón de lo que pudiera pensar, porque es el único Dios
verdadero quien le está enviando el mensaje.
Adentro: Pilato habla con Jesús sobre la autoridad (19:9–11)
La superstición de Pilato continúa mientras le pregunta: “¿De dónde eres tú?” Quiere
asegurarse de que Jesús no sea un ser celestial, temeroso de que sus miedos sean reales.
Esto es más ironía, ya que a lo largo de este evangelio Juan ha enfatizado la ascendencia de
Jesús “de lo alto” (véase 3:31). Se pone bastante molesto cuando Jesús se niega a hablar,
pero para el lector esto evoca a Isaías [Link] “como cordero, fue llevado al matadero; como
oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca”. Jesús ya le dijo a Pilato
que su reino no es de este mundo (18:36), así que no hay nada más qué decir. Sin embargo,
a Pilato esto le parece insolente, y le recuerda: “¿No te das cuenta de que tengo poder para
ponerte en libertad o para mandar que te crucifiquen?”
Esto rompe el silencio, y Jesús le recuerda a su vez que hay poderes mayores en juego
de los que él está consciente, diciéndole: “No tendrías ningún poder sobre mí si no se te
hubiera dado de arriba”. Dios es la verdadera y única fuente de la autoridad de Pilato. El
lenguaje es elegido cuidadosamente. Jesús es “de arriba” (3:31), y toda autoridad proviene
de ese reino. De hecho, él es “uno” con la fuente de esa autoridad (10:30). La misma
autoridad que Pilato posee ha sido entregada a Jesús por su Padre (10:19–30), así que en
realidad Jesús en lugar de Pilato está realmente a cargo aquí. Pilato, sin embargo,
indudablemente interpretó que esto significaba que Jesús estaba reconociendo el poder de
Roma.
Jesús ahora agrega otro comentario que habría complacido al gobernador: “Por eso el
que me puso en tus manos es culpable de un pecado más grande”. Pilato claramente carece
del valor moral para hacer lo correcto y liberar a Jesús: Dios le ha dado la autoridad para
hacerlo. Sin embargo, hay un individuo que lleva la mayor culpa. Es difícil de identificar a
quién involucra el término “el indicado”. Este podría ser Judas (“entregado” =
“Traicionado”), Caifás el sumo sacerdote (el líder del Sanedrín que condenó a Jesús) o un
término usado colectivamente para designar a los líderes judíos en general. Probablemente
una combinación de los dos últimos sería lo mejor. Judas no desempeña ningún papel en
las escenas de los juicios. Caifás encabezó todos los aspectos de los eventos que llevaron a
este punto, pero también trabajó a través del Sanedrín.
Necesitamos una comprensión cuidadosa del tema de la responsabilidad judía, dado
que ha sido terriblemente mal utilizada en los pogromos de Europa, el holocausto y el
antisemitismo en general. El pueblo judío no es el “asesino de Cristo”. ¡Todos lo somos! En
realidad, pusimos a Cristo en la cruz a través de nuestros pecados. El libro de los Hechos
aclara cómo la iglesia primitiva consideró responsabilidad judía la muerte de Cristo, porque
mientras los judíos exigieron su muerte, los romanos participaron y realmente ejecutaron
la crucifixión de Cristo. En los sermones de Hechos, el mensaje es “Pusiste a Cristo en la
cruz, y él murió por ti [no “a causa de ti”]. Así que confía en él, encuentra fe salvadora y
alcanza la salvación” (véase Hechos 2:36–39; 3:15–19; 13:27–31, 38–40).
Afuera: Los judíos obtienen la pena de muerte (19:12–16a)
Por cuarta y última vez, Pilato intenta liberar a Jesús, pero tal como antes, los líderes lo
detienen. Durante todo el juicio se ha dado cuenta de que Jesús no ha hecho nada que
amenazara el dominio romano. Pero él está frente a un enemigo implacable. El punto de
inflexión en todo el drama ocurre cuando gritan una y otra vez: “Si dejas en libertad a este
hombre, no eres amigo del emperador. Cualquiera que pretende ser rey se hace su
enemigo”.
La frase “amigo del emperador” es un título semi técnico con repercusiones políticas.
Pilato estaba bajo la protección de Sejano, El administrador principal del imperio bajo el
emperador Tiberio. El cual había conseguido a Pilato su posición como prefecto de Judea.
El historiador romano Tácito (Anales 6.8) dijo que cualquier amigo de Sejano era un amigo
del César. Por lo tanto, se convirtió casi en un término técnico para designar a un
compañero cercano del emperador. Pero en el año 31, Tiberio se convenció de que Sejano
era una amenaza y lo habría ejecutado junto con otros familiares. Dado que en esos
momentos era el año 30 d.C., es difícil saber cuán grave era esta amenaza para Pilato en
este preciso momento. Para quienes piensan que la crucifixión fue más tarde, en el año 33,
esto es realmente grave.
Yo argumentaría por la fecha anterior, pero incluso en el año 30 d.C. es probable que
las tormentas políticas hayan comenzado a soplar, por lo que Pilato, con esta amenaza,
teme por su carrera y posiblemente por su vida. Debemos tener en cuenta la ironía
adicional: está siendo acusado como una persona que “no es amigo del emperador” por el
único grupo en el imperio que de ninguna manera es amigo de este, y al mismo tiempo el
verdadero Rey de Reyes está siendo ejecutado por el cargo de llamarse a sí mismo rey.
En cualquier caso, esto cambia el rumbo en contra de Jesús, y Pilato se rinde. En el
versículo 13, saca a Jesús a la arena pública, lo que significa que está listo para tomar una
decisión. Antes, se puso de pie delante de los líderes y dialogó con ellos, pero ahora se
sienta como juez para declarar su veredicto. La realidad sobre la inocencia de Jesús ya no
importa, y como la política normalmente vence a la verdad. Él saca a Jesús para enfrentar a
sus acusadores y se sienta en el bēma o tribunal, llamado aquí el “Empedrado”, o en arameo
Gabbatha, que significa “lugar alto” o “colina”. Probablemente era una plataforma en el
punto más alto del patio de la residencia del gobernador (antiguo palacio de Herodes el
Grande) donde a menudo se celebraban reuniones públicas.
Juan ahora nos dice (19:14) que es “el día de preparación” o viernes por la mañana
(véase 13:1), “aproximadamente a la sexta hora”, o mediodía según los cálculos judíos. Hay
una discrepancia con Marcos 15:25, 33, que dice que Jesús fue crucificado a la “tercera
hora” (nueve de la mañana), y la oscuridad cayó a la hora sexta, es decir, a la mitad de todo
su tiempo en la cruz. Algunos piensan que Juan está usando el cálculo romano, según el cual
el día comienza a la medianoche y la hora sexta son las seis de la mañana, pero eso no se
ajusta bien y es dudoso ya que el evangelio de Juan es bastante judío. La respuesta más
probable es la ambigua forma en la que anteriormente se hablaba de tiempo, centrándose
en cuatro conjuntos de tres horas cada uno ya sea para el día o para la noche. Entonces
“cerca de la hora sexta” sería cualquier momento entre las nueve de la mañana y el
mediodía. Así que, un autor (Marcos) lo redondeó a las nueve de la mañana, mientras que
el otro (Juan) lo redondeó aproximadamente al mediodía.
Pilato tiene que ceder a las demandas judías y entregar a Jesús a su suerte, pero decide
hacerles una última burla así que proclama: “Aquí tienen a su rey”, un remiendo de persona,
golpeado y ensangrentado, indudablemente diciéndose a sí mismo: “Esta lamentable
persona es justo lo que merecen”, sin darse cuenta de que no podía estar más en lo cierto.
Él era no solo su rey sino el Rey de todos los tiempos, quien reinará sobre el cielo por la
eternidad.
La respuesta de la multitud (19:15) es un tumultuoso alboroto: “¡Fuera! ¡Fuera!
¡Crucifícalo!” A medida que el juicio avanza, su odio y volumen se han ido empeorando. En
este momento prácticamente derriban los techos de las casas con su escándalo. Pilato
pregunta por última vez, su desprecio es bastante obvio, “¿Acaso voy a crucificar a su rey?”
Esto los lleva a pronunciar su propia afirmación blasfema: “No tenemos más rey que el
emperador romano”. Como mínimo, deberían haber reconocido a Dios como su rey (Jue
8:23; 1 Sa 8:7; 10:19). Aun así, elegir el emperador por encima de Jesús el Hijo de Dios es
una verdadera blasfemia.
Ahora la rendición de Pilato está finalmente completa (19:16a), ya que “Se lo entregó
para que lo crucificaran”. Ninguno de los evangelios registra la ceremonia como tal de
sentenciar a Jesús, pero todo lo implica. La palabra “se los” podría representar a los judíos
con base en el énfasis registrado de la culpabilidad judía. Por supuesto, fueron los soldados
romanos quienes lo llevaron y lo clavaron en la cruz, pero Juan no pudo ser más claro que
al decir que fueron los líderes judíos quienes de cualquier manera lo condenaron. Pilato
permitió que los funcionarios judíos se salieran con la suya y entregaron a Jesús a los
soldados para prepararlo para la crucifixión.
El arresto y el juicio de Jesús es una de las escenas más sorprendentes de la historia.
Nada como esto ha sucedido antes o sucederá después. Durante el arresto de Jesús (18:1–
12), el mayor ejército de la historia es un punto secundario en comparación con el
verdadero poder soberano que está trabajando. Una compañía entera de soldados
romanos, posiblemente doscientos en total, junto con un gran grupo de funcionarios judíos,
vienen a llevarse a un predicador campesino revoltoso y, en cambio, de repente, están en
el suelo mientras la verdadera deidad de esta persona se les revela. Él tiene el control del
arresto, no ellos. Este es el tema principal para el resto de este evangelio: la autoridad de
Cristo, quien se entrega a su destino y se deja llevar. Cuando Pedro intenta comenzar la
guerra final, Jesús se hace cargo y evita que todo se salga de control.
Las negaciones de Pedro (18:15–18, 25–27) muestran la fragilidad humana que todos
nosotros compartimos y al mismo tiempo demuestran cómo Jesús vence incluso nuestros
propios fracasos. Un mensaje importante es la importancia de la humildad. Pedro está lleno
de fanfarronería, pensando en sí mismo como por encima de las circunstancias, y eso hace
que su caída sea más fácil. Debemos aprender a rendirnos completamente a Jesús y al
Espíritu, confiando en ellos para tener la fortaleza para vencer, en vez de confiar en nuestra
propia fuerza.
El interrogatorio por parte de Anás (18:19–24) muestra su determinación para
deshacerse de Jesús, ya que incluso establecieron este interrogatorio no oficial para
recopilar información y poder acusarlo. Lo cual se vuelve un completo fiasco, cuando Jesús
nuevamente domina la escena. Necesitamos darnos cuenta de que él, no nosotros, tenemos
el control en todo momento. La victoria espiritual depende de comprender esto y rendirse
completamente a él.
La mayor extensión aquí la ocupa la detallada narración del juicio ante Pilato (18:28–
19:16a), usada por Juan para mostrar tanto la culpabilidad romana como la judía de la
muerte de Jesús. La verdad es que todos nosotros con nuestros muchos pecados hemos
puesto a Cristo en la cruz. Aun así, incluso aquí se enfatiza la culpa judía, ya que Pilato está
convencido de la inocencia de Jesús y quiere liberarlo, pero cada intento (cuatro en total)
se encuentra con demandas cada vez más fuertes que le exigen ceda en crucificar a Jesús.
Juan narra esta historia muy artísticamente, con siete escenas en orden de quiasma en las
cuales se muestra el creciente deseo de Pilato de liberarlo (escenas interiores) en contraste
con los gritos judíos por su ejecución (escenas exteriores).
También hay un fuerte énfasis cristológico en esta narrativa. Jesús se revela a sí mismo
como un rey que no es una amenaza para Roma (como los judíos reclaman) porque el suyo
es un reino espiritual, no de este mundo (18:33, 36), y su propósito es revelar a Pilato un
reino completamente nuevo e invitarlo a entrar en él. Pilato no puede entender esto,
porque Jesús le ofrece “la verdad” y lo invita a un reino de realidad espiritual (18:37).
Nuevamente, Pilato no lo entiende y pregunta: “¿Qué es la verdad?” El enfoque de Juan
aquí es mostrar quién está siendo juzgado: el gobernante espiritual de este mundo que
ofrece un nuevo nivel de verdad está siendo juzgado ante una corte mundana que solo
comprende cosas terrenales. Tal juicio está perdido desde el principio; la justicia no puede
ser impartida.
Pilato intenta otra táctica (18:38–40), pidiéndoles que elijan entre los dos insurrectos:
Barrabás o Jesús, el Rey de los judíos, quién será liberado con base en la amnistía pascual.
Aquí Pilato se une a Caifás como profeta involuntario contándoles a todos acerca de este
nuevo Rey y Mesías real. Por lo tanto, ambos gobiernos inconscientemente reconocen a
Jesús como rey.
En 19:1–16a llega el veredicto final y las amenazas judías finalmente obligan a Pilato a
ceder. Como gobernador de Judea, Pilato era forzado por Roma a respetar las costumbres
judías (lo cual nunca hizo muy bien), por lo tanto, cuando los funcionarios amenazan con ir
al emperador y específicamente cuando amenazan con denunciarlo como “no amigo del
emperador”, se preocupa por su trabajo y carrera. Literalmente se lava las manos del asunto
y entrega a Jesús para ser crucificado.
CRUCIFIXIÓN Y ENTIERRO DE JESÚS
(19:16b–42)
La “hora” destinada para Jesús (3:14; 7:30; 8:20) ahora ha llegado completamente, y él
está a punto de entregarse como el sacrificio expiatorio por el pecado. La representación
de Juan de esta escena central en las Escrituras es muy dramática, estrictamente controlada
y único. Es paralela a los evangelios sinópticos al incluir la narración de Jesús llevando su
cruz, la inscripción, la repartición de las prendas, los dos criminales crucificados al lado de
él, los testimonios de las mujeres, el vinagre para beber, y su muerte. Al mismo tiempo,
Juan omite muchos otros eventos, incluido a Simón de Cirene llevando la cruz por él, el
rechazo del vinagre al principio, las burlas, la oscuridad, el clamor de abandono, el
terremoto, el velo del templo rasgado y la declaración del centurión. Mientras Juan sigue el
mismo contenido básicos que los demás, agrega algo nuevo, breve pero importante: el
testimonio universal de la inscripción, los detalles y el significado al repartirse las prendas,
el cumplimiento de las citas de las Escrituras, la entrega de su madre a Juan, el último
clamor, y la perforación de su costado. El resultado es un retrato único, bien elaborado, y
estilizado con motivos teológicos primordiales: el control soberano de Jesús, la cruz como
su trono, su unción como el Mesías real, y la cruz como un levantamiento hacia la gloria.
Jesús es crucificado (19:16b–37)
Jesús llevado a la cruz (19:16b–18)
El grupo al que Pilato le entrega a Jesús es una compañía de soldados que lo llevan al sitio
de su ejecución. En los sinópticos, más adelante le azotan, se burlan de él y lo llevan a otro
lugar. Sangrado y golpeado, pero sin desmayar, Jesús lleva su propia cruz al Gólgota. Juan
nos lleva inmediatamente allí, omitiendo la historia de Simón de Cirene ayudando a Jesús a
llevarla una parte del camino, esto para mostrar a Jesús enfrentando su destino con el
absoluto control de todo lo que tiene que ver con la cruz. Era una práctica común hacer que
un criminal condenado llevase su propia viga transversal hasta el lugar de la ejecución,
donde ya se encontraba el poste (véase Plutarco, Divine Vengeance 9). Este no era solo un
acto de crueldad, sino era para decirle a los condenados que ya estaban muertos y así
romper su voluntad de vivir.
Su destino era el sitio que los romanos habían designado oficialmente para las
ejecuciones Puede haber sido nombrado (en arameo) “Gólgota” o “La Calavera” porque era
una colina que se parecía a una calavera o porque era el sitio de las ejecuciones. No
podemos saberlo con certeza. La mayoría está de acuerdo en que es más probable que el
verdadero sitio de las ejecuciones haya sido la Iglesia del Santo Sepulcro (dentro de los
muros de la ciudad vieja de Jerusalén en la actualidad) que el Calvario Gordon (fuera de los
muros en la actualidad). Los muros de Jerusalén en los días de Jesús estaban en lugares
completamente diferentes a donde se encuentran hoy.
El poste para crucifixión ya estaba colocado en el piso. Al llegar, Jesús habría sido
recostado en el suelo y sus muñecas y manos clavadas en la viga transversal. El método
normal era atarle los brazos a la cruz, pero los líderes judíos necesitaban que estuviera
muerto a tiempo para enterrar el cuerpo antes de la puesta del sol porque era Pascua, por
lo que usaron clavos. Entonces él habría sido izado y la viga transversal fijada al poste a unos
siete pies del suelo, apenas lo suficientemente alto para que sus pies no estuvieran en
contacto con el suelo. Finalmente clavarían sus pies a través de los tobillos al poste con un
clavo de seis pulgadas. La pérdida de sangre por el uso de los clavos lo ayudaría a morir más
rápidamente.
Es difícil imaginar el dolor. La espalda de Jesús habría sido desgarrada durante la
flagelación, y con los clavos atravesando sus muñecas y tobillos, todo su peso estaría siendo
sostenido por esos clavos atravesando su carne. Los romanos también colocarían una
sedecula o asiento (un pequeño bloque de madera colocado ligeramente por encima de los
glúteos) en el poste que le permitiría levantarse ocasionalmente para descansa sobre ella,
prolongando la agonía (levantándose y luego dejándose caer nuevamente), y para poder
respirar.
La muerte generalmente vendría por asfixia y podría tomar varios días si los brazos
estuvieran atados a la viga. Las manos y los brazos también se pondrían gangrenosos
lentamente debido al corte de circulación. La agonía de todo ese tiempo está más allá de la
imaginación. Los ciudadanos romanos no podían ser crucificados excepto por edicto directo
del emperador, y para los judíos este acto los apartaba del pacto por ser “colgado de un
madero” (Dt 21:23; véase Gá 3:13). Los romanos normalmente dejarían que el cuerpo en la
cruz se pudriera, pero durante la Pascua, la ley judía exigía que los cuerpos fueran
enterrados antes de la puesta del sol (Dt 21:23).
Otros dos criminales son crucificados con Jesús, uno a cada lado en cumplimiento con
Isaías 53:12, donde dice que el Siervo será “contado con los pecadores”. Marcos 15:27 nos
dice que eran rebeldes y conspiradores junto con Barrabás. Juan ha omitido sus burlas y la
conversión de uno de ellos (Lc 23:39–43), de nuevo, posiblemente para centrarse en Jesús
y su control sobre la situación.
La inscripción en la cruz: un testimonio universal (19:19–22)
Era bastante común escribir el crimen en un letrero y colgarlo alrededor del cuello de la
persona culpable durante su traslado al lugar de ejecución para posteriormente clavarlo en
el poste, y así todos los espectadores lo pudieran leer. Lo cual servía como una advertencia
para los demás. El “letrero” que Pilato había colocado en la cruz era “Jesús de Nazaret, Rey
de los judíos”.
Había tres tipos de cruces, una en forma de X para crucificar a un criminal abierto de
brazos y piernas, otra forma de T sin letrero, y por último una cruz tradicional si había un
letrero en el poste, como fue en el caso de Cristo. Pilato ha colocado este mensaje en
particular sobre la cabeza de Jesús para burlarse de los líderes y mostrar su desprecio hacia
ellos, pero Dios convierte esto en una inconsciente profecía futura (como 11:50–52), una
proclamación universal designando la cruz como el trono de Jesús.
Con delitos graves, este letrero se escribiría en varios idiomas para que todos pudieran
leerlo. Pilato hace exactamente esto (19:20), habiéndolo escrito en los tres idiomas
principales de Palestina: arameo para la población general, griego como lengua común del
imperio, y el latín como idioma oficial de Roma y de la milicia. Los principales sacerdotes se
oponen a tal acto (v. 21), diciendo: “Era él quien decía ser rey de los judíos”. Quieren que
no sea más que la auto declaración de Jesús, pero Pilato, que desea humillarlos, responde:
“Lo que he escrito, escrito queda”.
Al hacerlo, Pilato convierte la notificación del crimen en una proclamación mundial del
reinado de Jesús. Se une a Caifás como un profeta inadvertido, sin saberlo, diciéndole a
todos y cada uno quién es este hombre y por qué está muriendo. Dios a menudo usa cosas
extrañas para lograr sus propósitos, y aquí usa el prejuicio racial de Pilato y el desprecio
religioso para convertirlo en profeta. Pilato se burlaba de los líderes judíos, pero el mundo
comenzaba a entender la verdad acerca de Jesús como el Mesías real.
Repartiendo las vestiduras de Jesús (19:23–24)
Los romanos especificaron que las posesiones de un criminal condenado pertenecían a los
soldados y debían dividirse entre ellos. Todo lo que Jesús tiene eran las ropas que lleva
puestas, así que estas son totalmente repartidas. Normalmente los criminales eran
ejecutados desnudos, pero las susceptibilidades judías condujeron a que se les permitieran
taparrabos. Por lo tanto, las prendas repartidas entre los soldados fueron su el manto sobre
su cabeza, cinturón, sandalias, túnica exterior y su ropa interior o chitōn, un “tejido [de tela]
sin costuras en una sola pieza de arriba a abajo”.
La escuadra empleada normalmente para una crucifixión como esta consistiría en
cuatro soldados, los cuales tomaron las primeras cuatro prendas y, deciden tener un poco
de diversión, y echan suertes sobre la ropa interior en lugar de romperla en cuatro pedazos.
Juan parece enfatizar esta túnica o ropa interior, así que los eruditos han especulado
durante mucho tiempo que esta túnica sin costuras simboliza la unidad de la iglesia (10:16;
11:52; 17:20–23), o a Jesús como sumo sacerdote con una túnica sin costuras (Éx 39:27;
Josefo, Antigüedades 3.161). Sin embargo, el tema de la unidad aquí no se ajusta del todo
bien al contexto, mientras que la túnica sin costuras del sumo sacerdote era de uso exterior.
Por lo tanto, ninguna de estas interpretaciones queda bien aquí, y es más probable que Juan
esté queriendo enfatizar la confección sin costuras de la túnica para explicar por qué los
soldados echaron suertes sobre ella en vez de partirla en cuatro.
En el versículo 24, Juan señala que esta escena muestra el cumplimiento del Salmo
[Link] “Se reparten entre ellos mis vestidos y sobre mi ropa echan suertes”. Jesús está
cumpliendo otro aspecto del Mesías Davídico, el de la víctima justa abandonada por todos,
pero sostenida por Dios. Esto le da una mayor importancia a la escena de la crucifixión
presentando cuatro pasajes de cumplimiento (19:24, 28, 36, 37). Juan quiere mostrar que
todo lo que le estaba sucediendo a Jesús estaba de acuerdo con el plan divino. De hecho,
Juan describe los detalles que se desarrollan como en el Salmo 22: el repartimiento de las
vestiduras (v. 23a) seguido por las suertes echadas sobre la túnica (vv. 23b–24a). Se liberan
todos los lazos terrenales: ropa, familia y la vida misma.
Entregando a su madre al discípulo amado (19:25–27)
Debemos recordar que los hermanos de Jesús se han negado firmemente a creer en él (7:5),
y Jesús necesita asegurar el cuidado de su madre (ya que era viuda) cuando él se fue. Los
soldados romanos mantenían un poco lejos a su familia y amigos, pero sólo lo suficiente
para permitirle al crucificado hacer, de alguna manera, su testamento y expresar su última
voluntad. Es interesante que Juan mencione a los cuatro soldados en los versículos 23–24 y
posteriormente a las cuatro espectadoras del versículo 25. El contraste entre ellos es parte
de la historia.
Todos los evangelios presentan listas de mujeres que sirvieron como testigos oficiales
de la muerte y resurrección. Juan enumera cuatro, dos sin nombre (La madre de Jesús y su
hermana) y una segunda pareja identificadas con nombre (María la esposa de Cleofas, quien
posiblemente fuera el hermano de su Padre José y un líder en la iglesia; junto con María
Magdalena). Las listas difieren entre los evangelios, pero había al menos cinco mujeres—
(1) María, la madre de Jesús; (2) María, la esposa de Cleofas, madre de Santiago el Joven y
de José; (3) Salomé (Mr 15:40–41) la hermana de la madre de Jesús, esposa de Zebedeo y
madre de Santiago y Juan; (4) María Magdalena (Lc 8:2); y (5) Joanna (Lc 24:10).
Entonces Jesús, cerca de la muerte, entrega a su madre a su primo Juan, el discípulo
amado (véase el número 3 arriba). Decide establecer una nueva relación familiar para
garantizar la seguridad de su madre. El lenguaje que usa (vv. 26–27): “Mujer, ahí tienes a tu
hijo.… Ahí tienes a tu madre”, se encuentra en la ley judía sobre la familia para confiar una
persona al cuidado de otra. Se forma una escena encantadora que demuestra el increíble
amor de Jesús por los suyos, mientras él está sufriendo una muerte insoportable. Jesús le
dice a María que tiene un hijo nuevo que la cuidará, y vemos un nuevo modelo para la iglesia
como familia. Como un hermoso detalle, Juan nos narra: “Y desde aquel momento ese
discípulo la recibió en su casa”.
Los exégetas católicos han visto esto más como el nombramiento de María como la
madre de Juan y, por lo tanto, de la iglesia, pero esto es exactamente lo contrario. María es
puesta bajo el cuidado de Juan y llevada a su hogar, formando una nueva familia. Todos los
intentos de simbolismo (como los dos representando a un nuevo Adán y una nueva Eva o la
cristiandad judía y gentil) no logran ser convincentes. En el mejor de los casos, esto
simplemente demuestra las nuevas relaciones que se unen en la nueva comunidad
mesiánica.
La muerte de Jesús (19:28–30)
La omnisciencia de Jesús (véase 1:42) todavía es evidente, ya que él supo “que ya todo había
terminado”, específicamente la hora de su destino (7:30; 8:20; 13:1; 17:1). Así que ha
llegado el momento de su sacrificio final, la rendición de su vida por la salvación de la
humanidad pecadora (3:16; 5:24). Según Marcos 15:25, 33, estuvo en la cruz
aproximadamente durante seis horas, desde la tercera hora (nueve de la mañana) hasta la
novena (tres de la tarde). Obviamente estaba sediento, pero su declaración aquí era más
para poder cumplir las Escrituras que para satisfacer una necesidad física.
Cuando dice: “Tengo sed”, puede estar aludiendo al Salmo 22:15 (“Mi lengua se pegó a
mi paladar”) pero es más probable que esté haciendo referencia al Salmo 69:21, “para
calmar mi sed me dieron vinagre”, un salmo citado anteriormente en 2:17; 15:25; y
nuevamente en 19:29–30 a continuación. Los soldados toman una esponja y la sumergen
en una jarra de vinagre para calmar su sed. Este no es el vino mezclado con mirra
mencionado en Marcos 15:23, ofrecido primeramente cuando llegó a la cruz, sino un
vinagre barato bebido por los soldados y los pobres. Aquí dice que la Escritura ha sido
“completada” o “terminada” (teleiōthē) en lugar de “cumplida”, algo inusual y
estrechamente relacionado con la “terminación” de su tarea mesiánica anteriormente en
el versículo mientras que con la frase “está cumplido” en 19:30 se citan las últimas palabras
que dirá antes de su muerte. Este triple uso de “terminado” proporciona una conclusión
adecuada a su vida terrenal y su destino como el Mesías encarnado y el Hijo de Dios. La obra
de Dios y el propósito de toda la Escritura. ahora se ha completado cuando Jesús parte para
estar con su Padre.
Solo Juan nos dice que le dieron vinagre por medio de una esponja sumergida en este
líquido y colocada en una “caña… y se la acercaron a la boca” (19:29). En Marcos 15:36 se
dice que simplemente la colocaron en un palo. Estas cañas no crecían mucho y no eran
tallos muy fuertes, así que muchos la han considerado muy frágil para esta tarea. Sin
embargo, Jesús estaba a poca distancia del suelo, por lo que un soldado podía alcanzar su
boca fácilmente. Este tipo de caña era importante en la Pascua porque se usó para rociar la
sangre del cordero en los postes de la puerta y en los dinteles cuando el ángel pasó durante
la Pascua original (Éx 12:22). Por lo tanto, esta caña simbolizaba la muerte de Jesús como el
sacrificio de la Pascua (véase también 1:29, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo”).
Ahora se llevan a cabo los últimos momentos de la existencia terrenal de Jesús (19:30).
Él “recibe” o prueba el vinagre desde la caña, expresa un último clamor y entrega su espíritu
a su Padre. El clamor de una sola palabra (Tetelestai) es bastante significativo, lo que
refiriéndose a que toda la obra que Dios había asignado al Cristo ahora está “terminada”.
Aquí hay un doble significado: ha “terminado” su vida terrenal y al mismo tiempo ha
“cumplido” su destino divinamente designado. Bajo las implicaciones de la Pascua, esto
significa que Jesús ahora ha cargado su obra expiatoria en la cruz (uno de los énfasis
principales de Juan, encontrado también en 1:29; 10:11, 15; 11:50, 52; 18:14). El sacrificio
pascual ha sido ofrecido por los pecados de la humanidad y la redención ahora ha sido
lograda. La era de la salvación ahora ha sido inaugurada.
Aún en soberano control, incluso en el último momento de su vida, Jesús no murió de
manera pasiva, sino que de manera voluntaria “inclinó la cabeza y entregó el espíritu”
(registrado como “expiró” en Mr 15:37; Lc 23:46). Jesús dijo anteriormente: “Nadie me la
arrebata [mi vida], sino que yo la entrego por mi propia voluntad” (10:18). Este es
precisamente el caso aquí. Obediente a su Padre hasta el final, Jesús le entrega su vida.
La perforación en el costado de Jesús (19:31–37)
La Torá (Dt. 21:22–23) exige que los cadáveres que “cuelguen de un madero” o “árbol”
deben ser enterrados antes del anochecer para que la tierra no sea profanada. Además,
este fue el “sábado especial” de la Semana Santa, por lo que es aún más importante que
este mandato sea obedecido. Por buenas razones, las autoridades judías no confiaban en
que los romanos respetarían esto y enviaron una delegación a Pilato para asegurarse de
que los criminales (incluido Jesús) estarían muertos a tiempo para ser enterrados antes del
atardecer. Las crucifixiones podrían tomar varios días (ya que los romanos solían dejar los
cuerpos en la cruz hasta pudrirse como una advertencia a los demás).
Era necesario asegurar la desaparición de los condenados, por lo que los líderes judíos
le piden a Pilato “que les quebraran las piernas a los crucificados y bajaran sus cuerpos”
para ser enterrados. Les romperían las piernas con un mazo pesado, acelerando su muerte
de dos maneras: el choque físico a un sistema ya debilitado por la flagelación y seis horas
en la cruz, lo cual, a menudo haría que su corazón se detuviera; y, por la incapacidad de
levantarse a sí mismos hasta el pequeño asiento para poder respirar lo cual los haría
asfixiarse. En general la muerte sucedería rápidamente.
Los soldados primero rompen las piernas de los dos criminales a los costados de Jesús
(19:32), y de acuerdo con Marcos 15:33–34 esto sucedió poco después de las tres de la
tarde, dando el tiempo suficiente para eliminar y enterrar los cuerpos antes del atardecer.
Sin embargo, cuando vienen a Jesús se dan cuenta de que esto no es necesario, pues él ya
está muerto (19:33; estos soldados endurecidos eran expertos en muerte). Aun así, solo
para asegurarse completamente, uno de ellos levanta la mano y empuja su lanza en el
costado de Jesús. Este no fue un suave pinchazo perforando la piel sino una fuerte, profunda
y agresiva perforación hacia su cuerpo, causando “un flujo repentino de sangre y agua”
(19:34).
Expertos médicos a lo largo de la historia han especulado sobre qué causó que fluyeran
sangre y agua. Tradicionalmente se ha pensado que el corazón de Jesús estalló, pero eso es
médicamente improbable. Otros consideran que la lanza atravesó el corazón (la sangre) y
el saco pericárdico junto con el abdomen, o el líquido pleural amontonado alrededor del
pulmón. No podemos saberlo con certeza. Juan está resaltando aquí la realidad de su
muerte. Hubo un enorme estrés en el cuerpo de Jesús, y la naturaleza terrible de su muerte
no puede ser exagerada.
También hay una gran discusión sobre los matices simbólicos de esta escena,
especialmente sobre la sangre y el agua. Históricamente, los Padre s de la iglesia tendían a
ver el agua como un bautismo y la sangre como la Eucaristía (Agustín, Crisóstomo), pero
esto no encaja con los temas del cuarto evangelio tal como los veo. Lo más probable es que
la sangre represente la muerte sacrificial de Jesús y el agua la obra purificadora del Espíritu.
Lo cual sería más acorde a los temas desarrollados en este evangelio. Además, Juan podría
estar contrarrestando una herejía docética (del griego dokeō, “aparecer”) del tipo que Juan
combatió en 1 Juan. Allí, los falsos maestros negaban que el Mesías pudiera ser humano y
enseñaban que solo parecía serlo (véase 1 Jn 2:22–23; 4:2–4; 5:5–6). Por lo tanto, este
supuesto Mesías no podía morir, sino que solo lo aparentaría. Por lo cual, Juan quiere que
sus lectores se den cuenta de que el Mesías realmente había muerto.
En 19:35, Juan fundamenta la realidad de la muerte de Jesús con sangre y agua en el
testimonio de un testigo ocular, es decir, el suyo. Él quiere sus lectores reconozcan la
absoluta fiabilidad de su relato acerca de la crucifixión de Jesús. Lo cual es importante para
nosotros también, ya que nos dice que la iglesia primitiva demandaba tanta precisión
histórica como nosotros. Esto es paralelo a 21:24 (“sabemos que su testimonio es
verdadero”), refiriéndose a la precisión de su evangelio en conjunto. Otro importante
testimonio está en Lucas 1:1–4 (declarando el testimonio ocular detrás ese evangelio) y 2
Pedro 1:16 (negando que Pedro haya inventado “sutiles cuentos supersticiosos” acerca de
la transfiguración). Claramente la iglesia primitiva exigió autenticidad histórica acerca de
sus historias sobre Jesús. El propósito de este preciso testimonio es “para que ustedes
también puedan creer”, en paralelo con 20:31, “para que ustedes crean”. El objetivo de la
apologética no es solo la precisión teórica sino también la conversión espiritual.
Juan concluye su narración sobre la muerte de Jesús con dos citas más de cumplimiento
(19:36–37). Como Jesús ya está muerto, los soldados no le rompen las piernas, y lo cual
cumple la siguiente declaración “Ninguno de sus huesos será quebrado”, encontrado en
tres pasajes distintos: Éxodo 12:46; Números 9:12 (ambos sobre el cordero de la Pascua); y
Salmo 34:20, declarando la protección de Dios hacia su justo pueblo. Debido a que la
protección no es el tema aquí, Juan probablemente se refería en específico al primer par de
pasajes, con Jesús como el cordero de la Pascua muerto (1:29). Él es el perfecto cordero
pascual (Nm 9:12, sin huesos rotos) sacrificado por perdón de los pecados.
El segundo pasaje de cumplimiento es la perforación del costado de Jesús de acuerdo
con Zacarías 12:10, “Mirarán al que traspasaron” (usado también en Mt 24:30 y Ap 1:7). El
pasaje de Zacarías habla del apóstata Israel mirando al representante de Dios (el profeta o
el Mesías) llorando por su propia incredulidad. Juan esperaba una vez más que Israel se
arrepintiera de su apostasía, mostrando nuevamente que Jesús murió para que las naciones
se arrepintieran y hallaran el perdón.
Jesús es enterrado (19:38–42)
Cuando Jesús fue levantado en la cruz, entró en su gloria (3:14; 8:28; 12:32), lo cual
constituyó la entronización del Mesías real. Por lo tanto, es apropiado darle un entierro de
acuerdo a su realeza. El Mesías Davídico es enterrado como el verdadero rey de los judíos.
José de Arimatea era un judío acomodado y miembro del Sanedrín (Mr 15:43). Como
seguidor de Cristo, ansiosamente esperaba la venida del reino y se había opuesto a la
decisión del grupo al que pertenecía (Lc 23:51). Aquí se nos dice que él también fue “Un
discípulo de Jesús, pero en secreto porque temía a los líderes judíos”. En 12:42–43, Juan
critica a los cristianos secretos, pero aquí es más positivo, posiblemente con la esperanza
de usar a José como ejemplo para atraer a otros creyentes secretos y ayudarlos a tomar una
postura pública por Jesús. El paso que dio José, fue uno de verdadero valor.
Los romanos solían dejar pudrir los cadáveres, especialmente los condenados por
sedición, pero los judíos habían obtenido el permiso para enterrar a los crucificados en una
fosa común a las afueras de la ciudad. La concesión de Pilato a la solicitud de José de “quitar
el cuerpo [de Jesús]” (v. 39) habría sido muy inusual. Probablemente, lo hizo porque habría
estado convencido de la inocencia de Jesús y disgustado con los funcionarios judíos quienes
lo habían forzado, por lo cual le dio permiso a José.
Solo Juan nos dice que Nicodemo, “el hombre que antes había ido a Jesús de noche”
(3:1–2), estaba allí para ayudar a José a enterrar a Jesús. Habrían sido necesarios los dos
para transportar a Jesús desde el Gólgota hasta la tumba, y es posible que también hayan
empleado el servicio de esclavos para el manejo del cuerpo ya que, de hacerlo ellos mismos,
los habría dejado inmundos durante siete días y haría imposible que cualquiera de ellos
participara en la celebración de la Pascua.
Nicodemo había traído consigo cien litros, o “unas setenta y cinco libras” (exactamente
65.45 libras), de una pomada perfumada hecha de “mirra y áloes” para ungir el cadáver.
Esto sería una cantidad extraordinaria digna de un rey. La mirra era una resina fragante
utilizada por los egipcios para embalsamar. Los judíos usaban un polvo hecho a partir de
mezcla con aloes, derivada de sándalo aromático. El propósito de la unción era
contrarrestar el horrible olor que emanaba del cuerpo en descomposición. (Los judíos no
embalsamaban, sino que tenían que enterrar los cadáveres dentro de las próximas
veinticuatro horas.)
La cantidad utilizada aquí era bastante inusual y muy costosa, una cantidad igual de
extraordinaria que la utilizada para ungir a Jesús en Betania en 12:1–8. María en ese
momento usó una libra de perfume para ungir a Jesús, cuyo costo era el salario de un año.
¿Cuánto valdrían estas cien libras? Todos estos elementos son parte de una temática real
acorde con el sepelio de un rey. Considere la muerte de Herodes el Grande. Allí eran 500
esclavos llevando especias en su funeral (Josefo, Antigüedades 17.199).
Las especias se colocaban dentro y alrededor de las “vendas de lino” (othoniois, tiras
largas de tela), que se envolvían alrededor del cuerpo de Jesús (19:40). Algunos ven una
contradicción con Marcos 15:46, con su referencia a un sindon, una sola sábana larga de
lino. Sin embargo, varios consideran que las “sábanas” aquí mencionadas, son más bien, un
plural generalizador para una sola. Habrían empacado las especias con la tela y cubierto el
cuerpo de acuerdo con las “costumbres judías de dar sepultura”.
También en armonía con la atmósfera real de este entierro está el hecho de que “había
un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo” (19:41). Juan dice que fue “en el lugar donde
crucificaron a Jesús” lo que significa que estaba cerca. Sin lugar a duda, fue propiedad de
José de Arimatea (declarado claramente en el evangelio de Pedro 24), quien acababa de
comprarlo para su familia (¿Lo cual indicaba que eran recién llegados a Jerusalén?), pues
era “nuevo”. La especificación de su ubicación dentro de un jardín es un indicador más de
su gran riqueza. Él y Nicodemo brindan extraordinarios regalos de opulencia para enterrar
a Jesús con honor, Nicodemo con las especias y José con la tumba. Ambos regalos se
constituyeron futuros “Testimonios inconscientes” (como Caifás en 11:50–52 y Pilato en
19:19), esta vez acerca de Jesús como el Mesías real.
Esta era una “nueva tumba, en la que nadie había sido enterrado” indudablemente
excavada en la ladera de acuerdo con la práctica judía tradicional. El jardín era
probablemente un tipo de olivar, ya que se usa el mismo término para designar el jardín
donde Jesús fue arrestado en 18:1. Por lo cual, posteriormente, María Magdalena piensa
erróneamente que Jesús es el jardinero que lo cuida (20:15). Hay otras historias del Antiguo
Testamento de reyes enterrados en jardines (2 Re 21:18, 26; Neh 3:15–16 acerca de la
tumba de David), lo cual constituye evidencia adicional de que los elementos presentes
describen un entierro real. Del mismo modo la resurrección tiene lugar en un jardín, lo que
bien podría ser una tipología Edénica, al ser el jardín original donde nació la humanidad
ahora recreado para el entierro y resurrección del prototípico Hombre, heredero de David
e Hijo de Dios.
Todo esto acontece el viernes, el “día de la preparación” (19:42) para la Pascua
tradicional, donde ahora la celebración final de la Pascua trae la salvación a la humanidad
pecadora. Esta será la única tumba en toda la historia que tendrá un cadáver por solo tres
días, y el jardín de la muerte pronto se convertirá en el Jardín de la nueva vida.
Más que cualquier otro evangelio, Juan demuestra que quien dio su vida en la cruz fue
Rey no solo de los judíos sino de toda la raza humana, y él, al mismo tiempo, es también el
sacrificio expiatorio que trae salvación a la humanidad. Verdaderamente la cruz es la gloria
y exaltación de Jesús, pero también es la base de la gloria eterna que compartimos con él.
Cada parte de la narración destaca el control soberano de Jesús, quien no solo muere como
el Mesías Davídico real, sino que además demuestra una resolución real en todo momento
al ordenar cada detalle. La crucifixión no fue un desafortunado accidente.
Hay cinco escenas principales, y cada una agrega una parte del significado teológico de
la crucifixión. Primero, la inscripción (vv. 19–22) le dice a todo el mundo (escrito en los tres
principales idiomas) que quien está ahora en la cruz ha sido coronado como Rey de los
judíos, el Mesías Davídico. Como lo mostraron las predicciones de la pasión (3:14; 8:28;
12:32), su gloria preexistente se ve a través de la exaltación en la cruz: ser levantado en la
cruz es ser levantado a la gloria.
Segundo, la repartición de las vestiduras de Jesús por parte de los soldados (vv. 23–24)
podría estar haciendo hincapié con la túnica sin costuras sobre la unidad de la iglesia, pero
probablemente se refiere más a que los mismos detalles de la crucifixión de Jesús no solo
fueron conocidos de antemano por Dios, sino que también fueron guiados por su voluntad
para cumplir las profecías del Antiguo Testamento. Podría haber parecido que los poderes
del mal tenían el control ese día, pero no fue así. Dios estaba a cargo e incluso guió los
aspectos más pequeños del evento según su predeterminado plan.
Tercero, Jesús entregó a su madre al cuidado del Discípulo Amado (vv. 25–27) lo cual
establece el antecedente para forjar una nueva familia, la comunidad mesiánica de
creyentes que son traídos y reunidos en Jesús, el Hijo de Dios. Ambos enfatizan el doble
aspecto de que en Cristo todos nos convertimos en miembros de la familia de Dios y que
somos traídos a una nueva unidad como hermanos y hermanas, madres y Padre s, en él.
Cuarto, la muerte de Jesús (vv. 28–30) muestra dos puntos: (1) Jesús no muere
solamente, sino que entrega su espíritu. Este control soberano es muy importante para
nosotros, ya que también se ejerce a nuestro favor. (2) Él muere como el Cordero Pascual
que quita el pecado. La salvación de cada uno de nosotros está completamente ligada a su
muerte expiatoria en la cruz.
Quinto, la herida en el costado de Jesús emanando el flujo de sangre y el agua (vv. 31–
37) considera varios aspectos. Enfatiza la realidad y el horror de su muerte, mostrando el
profundo amor de ambos, Padre e Hijo, quienes están dispuestos a pasar por todo esto por
nosotros. Probablemente también hay connotaciones simbólicas, destacando el sacrificio
expiatorio de Cristo (la sangre) y la limpieza del Espíritu (el agua). Además, Juan quiere
resaltar la autenticidad de estos detalles, destacando la exactitud de su testimonio como
testigo ocular. Por último, dos citas finales de cumplimiento muestran una vez más a Dios
preparado de antemano para todo lo que sucedió, lo cual aconteció completamente de
acuerdo a su plan.
Finalmente, el entierro de Jesús (vv. 38–42) es una hermosa narración del entierro real
del verdadero rey de los judíos. Tres elementos muestran las implicaciones reales: la gran
cantidad de ungüento aromático que sirvió para ungir el cadáver de Jesús, la nueva tumba
que nunca había sido ocupada, y el jardín en el que se encontraba la tumba. El resultado es
el suntuoso entierro del rey de los siglos. El verdadero Mesías Davídico es sepultado, pero
solo por tres días, el jardín se convertirá en el nuevo Edén, precursor de la resurrección de
Jesús como las primicias de todo el pueblo de Dios.
RESURRECCIÓN, PARTE 1: LAS APARICIONES EN JERUSALÉN
(20:1–31)
Cuando Jesús exclamó “Todo se ha cumplido” mientras entregaba su espíritu a Dios, se
estaba refiriendo a su vida y misión terrenales. Si hubiera estado hablando en términos
históricos de salvación, entonces tendría que haber exclamado: “¡Está comenzando!” La
vida verdadera se estaba inaugurando en la cruz, y su principal señal, específicamente, sus
primicias (1 Co 15:20, 23), acontecerían treinta y seis horas más tarde, al amanecer del
“domingo especial” de la semana de la Pascua, cuando el espíritu eterno de Jesús entraría
en su cuerpo glorificado durante su resurrección de entre los muertos. Jesús había
profetizado: “Destruyan este templo, y lo levantaré de nuevo en tres días” (2:19). Esto ahora
está por suceder y demostrará que él es, en verdad, el Señor glorificado.
Eruditos reconocidos han invertido un enorme esfuerzo y creatividad dudando de la
confiabilidad histórica de estos recuentos y han pasado mucho tiempo edificando nuevos
escenarios para explicar cómo la iglesia primitiva podría haber inventado historias tan
extravagantes. Distintas teorías han aparecido a lo largo de los siglos para explicar lo que
“realmente sucedió”:
1. La teoría conspirativa: los judíos difundieron el rumor de que los discípulos
habían robado el cuerpo e inventado una historia sobre la resurrección (Mt
28:11–15). Sin embargo, los discípulos difícilmente estarían dispuestos a morir
por una mentira que ellos mismos hubieran creado.
2. La teoría política: H. S. Reimarus en el siglo XVIII decía que los discípulos eran
unos oportunistas políticos (al igual que Jesús) e inventaron la historia de la
resurrección para ganar fama y fortuna. Pero de nuevo, ¿estarían dispuestos a
morir por tal maquinación?
3. La teoría del desmayo: los racionalistas del siglo XIX creían que Jesús había
sufrido un desmayo casi mortal (literalmente) en la cruz, y había sido colocado
por error en una tumba, para entonces después revivir y escaparse. Pero los
romanos eran expertos en muerte y nunca habrían cometido un error tan
infantil. Ni tampoco se habría convertido en una historia de resurrección.
4. La visión mítica: los primeros cristianos siguiendo el precedente greco-romano
crearon míticas historias sobrenaturales acerca de Jesús como un semidiós que
regresó de entre los muertos. Sin embargo, nunca se han desarrollado mitos o
leyendas con tanta rapidez. Un área de consenso académico es acerca de la
primera visita de Pablo a los líderes en Jerusalén (Gá 1:18–20) donde recibió este
conjunto de verdades acerca de la muerte de Jesús y su resurrección, y como
podemos ver, estaba muy bien organizado y completo. Esto significa que, por
ejemplo, el credo en 1 Corintios 15:3–8 se conformó por completo en un tiempo
de entre tres a cinco años a partir del evento, además de diferir radicalmente de
los patrones míticos tradicionales.
5. La teoría de la visión subjetiva. Varios han pensado que los primeros líderes
como Pedro o Juan tuvieron sueños que interpretaron como realidad. Pero Jesús
se apareció también a incrédulos (como Santiago y Pablo) y a quinientos a la vez
(1 Co 15:6). Este tipo de alucinación masiva es muy poco probable.
6. La teoría de la visión objetiva. Algunos creen que estas fueron visiones verídicas
enviadas por Dios, pero es muy difícil entender por qué Dios haría esto y no
permitir a Jesús resucitar de la muerte. ¿Por qué simplemente describir una
visión como si fuera real cuando Dios puede, con la misma facilidad, hacerla
realidad?
En resumen, la mejor perspectiva es considerar las apariciones como eventos que
realmente acontecieron. La única razón verdadera para dudar de estas historias es el
prejuicio de que no existe un reino sobrenatural y tampoco ningún Dios que haya creado
este mundo. Si creemos en el Dios de la Biblia, entonces no hay duda de que realmente él
haya hecho estas cosas. Verdaderamente Jesús resucitó de entre los muertos y se apareció
a sus discípulos, y nos uniremos con él cuando muramos y participemos de su resurrección.
Cuando comparamos paralelamente los cuatro relatos evangélicos de la resurrección,
podríamos preguntarnos si estas podrían ser historias separadas, ya que los detalles difieren
significativamente. Sin embargo, necesitamos comprender ciertos puntos: Primero, Jesús
se apareció a sus discípulos durante un periodo de cuarenta días entre la Pascua y el
Pentecostés (Hch 1:3), y durante todo este tiempo se enlistan un total de diez apariciones.
Se duda de que Jesús solo viniera a ellos una vez cada cuatro días, es más probable que
hayan ocurrido otras apariciones de las cuales no se tiene registro. Cada escritor eligió
cuidadosamente qué historias contar. Segundo, cada escritor utilizó estas historias para
resumir los temas de su evangelio particularmente, por lo tanto, fue muy selectivo en los
hechos que registró. Todas estas narraciones son muy diferentes porque tenían temas
teológicos muy variados que estaban tratando de abordar en sus relatos sobre la
resurrección.
Juan tiene la narración más detallada que cualquiera de los cuatro. Comúnmente se cree
que sus relatos son teológicos y no históricos, y, por lo tanto, están más alejados de los
eventos reales. Sin embargo, he tratado de mostrar a lo largo de este comentario que el
relato de Juan puede ser el más histórico de todos. Él es el único escritor que incluye ambas
apariciones, las ocurridas en Jerusalén (Lucas, en cap. 20) y las de Galilea (Mateo, en cap.
21,). Él realiza la cobertura más completa. El capítulo 20 contiene las apariciones en
Jerusalén como ocurrieron durante esa primera semana mientras los discípulos
permanecieron en Jerusalén para la Pascua y la fiesta de los panes sin levadura. El capítulo
21 es una selección de las apariciones en Galilea después de que regresaron a sus hogares
en esa provincia.
Juan 20 es una representación bellamente dramática acerca del problema de la fe. Hay
cuatro puntos, y en cada uno el problema de la fe se hace mayor, pasando de la fe natural
del Discípulo Amado a la tristeza de María, del miedo de los discípulos a la duda de Tomás.
Cada uno más severo que el anterior, y en cada caso Jesús satisface sus necesidades
directamente, cambia su vida y los resultados se vuelven mayores en cada caso. El
testimonio de los seguidores de Cristo se hace más y más grande a medida que atestiguan
la realidad de su Señor resucitado. Este es un recuento de la superación de las barreras de
la fe a través de la presencia del Señor resucitado y de la transformación resultante de los
discípulos derrotados y abatidos a gigantes espirituales victoriosos que están a punto de
cambiar el mundo.
Los discípulos corren a la tumba vacía (20:1–10)
El dilema del cuerpo perdido (20:1–2)
En los Sinópticos, un grupo de mujeres justo antes del amanecer, comienza a ungir el cuerpo
de Jesús, sin expectativas derivadas de las predicciones de su pasión. Ven la piedra removida
y un ángel (unos ángeles) en la tumba. Juan se centra en una de las mujeres (sin que exista
contradicción), María Magdalena, quien anteriormente había sido poseída por un demonio
y quien posteriormente se convirtió en una patrocinadora del grupo de los apóstoles (Lc
8:1–3) y líder de las mujeres (su nombre suele ser el primero en mencionarse). Juan es
consciente de la historia completa (evidenciado en la referencia a “nosotros” en 20:2) pero
se centra solo en María conforme a los propósitos de la representación.
Cuando María Magdalena llega, primero ve “que habían quitado la piedra que cubría la
entrada” e inmediatamente llega a la conclusión de que su cuerpo ha sido tomado, ya sea
por ladrones de tumbas o por los judíos mismos. El saqueo de tumbas fue un delito común,
lo suficiente para hacer que el emperador Claudio lo convierta en un crimen capital
mereciendo la pena de muerte. Por lo que ella deja el grupo de mujeres y corre hacia los
discípulos en el aposento alto. Encuentra a Simón Pedro y al Discípulo Amado, y con horror
les dice: “¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto! Apenas
puede pensar con un poco de claridad y está llena de dolor.
La carrera hacia la tumba (20:3–4)
Este es un detalle exclusivo de Juan, pero se corrobora en Lucas 24:12 (la visita de Pedro a
la tumba y su duda) y 24:24 (más de un “compañero” llega a la tumba). Además, los detalles
vívidos y realistas se ajustan a los recuerdos de un “testigo ocular” (19:35). Los dos
discípulos como María corren a toda velocidad hacia la tumba con entusiasmo y ansiedad
por lo que pueden encontrar. La mención del Discípulo Amado rebasando a Pedro y
llegando primero que él a la tumba se ha visto como una rivalidad entre los dos (o entre el
cristianismo judío y el gentil, como algunos han planteado la hipótesis), pero ambos son
figuras positivas en la historia. Mientras que Juan es quien llega primero, Pedro es el
primero en entrar a la tumba. La explicación tradicional se ajusta bien: el discípulo amado
era simplemente más joven y rápido. El punto central en ambos casos es su preocupación
primordial por Jesús y lo que le sucedió a su cuerpo.
La entrada a la tumba y la apología (20:5–7)
El primer énfasis es apologético, ya que los detalles en la tumba y las reacciones de los dos
hombres se centran en la verdad histórica de que Jesús realmente ha resucitado de entre
los muertos. El Discípulo Amado es reacio a entrar, en cambio se arrodilla (la entrada podría
estar a unos tres pies y medio del piso) y se asoma hacia el interior de la tumba, viendo “allí
las vendas” (20:5). Si los ladrones de tumbas hubieran venido, nunca habrían dejado las
costosas vendas o las especias allí. La comprensión comienza a resplandecer en él.
Simón Pedro llega segundo, pero no lo duda y entra directamente a la tumba, viendo no
solo las vendas sino también “el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús” (20:7). Esta
tela está cuidadosamente “enrollado en un lugar aparte”. No está visible hasta que Pedro
entra en la tumba. La importancia de esta historia no radica en la rivalidad o la raza, sino en
lo que hay dentro de la tumba, los detalles de las prendas en la tumba. Específicamente,
Juan enfatiza tanto las vendas como el sudario de su cabeza, y ambos están cuidadosamente
colocados, lo que demuestra que no estuvo involucrado ningún ladrón de tumbas y sugiere
fuertemente que el Señor resucitado los había cuidado muy bien. Esto es evidencia de un
propósito apologético en esta historia: Juan está demostrando que la resurrección
realmente tuvo lugar.
El cuerpo de Jesús habría sido colocado en una plataforma a la derecha o a la izquierda
de la entrada, con la cabeza dirigida hacia la entrada (para que uno no pudiera ver la ropa
de la tumba desde la entrada). Los detalles gráficos señalan primeramente a la memoria de
los testigos oculares y luego al énfasis teológico. La imagen descrita en 20:5–7 muestra que
las prendas en la tumba están en la misma posición en la plataforma que cuando el cadáver
de Jesús yacía allí, tal vez incluso conservando parte de su forma debido a la gran cantidad
de especias (compárese con Lázaro en 11:44). Es probable que esté escrito de esta manera
para sugerir que Jesús volvió a la vida, se quitó las vendas y luego las colocó apropiadamente
en su lugar. Los ladrones de tumbas nunca serían tan ordenados. Por esta razón, se está
volviendo bastante popular nombrarlo como la séptima señal milagrosa en el evangelio de
Juan, con dos testigos oficiales (Dt 19:15) además de las mujeres a quienes Dios también
identificaba como testigos de la resurrección.
Ver y creer (20:8–9)
Juan ahora entra a la tumba, y se nos dice simplemente que “vio y creyó”. Las vendas y el
sudario fueron suficientes para convencerlo de que Jesús realmente había resucitado. El
segundo verbo cambia al tiempo imperfecto y se traduce mejor “comenzó a creer”. Este fue
un paso inmenso, y él comenzó el viaje. Aun así, la conjunción de ver con creer es el núcleo
de esta sección, y señala a una fe profundamente arraigada que está comenzando a
desarrollarse. Esto es mucho más que simplemente creer que María tenía razón acerca del
cuerpo tomado de la tumba (como dijo Agustín), sino que abarcaba la creciente
comprensión de que Jesús había resucitado. El énfasis en ver y creer es un viaje de toda la
vida y, en este evangelio, culmina el tema de la decisión de fe.
En el versículo 9, Juan explica que “Hasta entonces no habían entendido la Escritura,
que dice que Jesús tenía que resucitar”. Esto no significa que el Discípulo Amado aún no
había llegado a creer esto, sino que lo hizo a pesar del hecho de que para él su fe aún no
estaba asegurada en las Escrituras. Fue la evidencia física de la tumba vacía lo que lo llevó
a esta fe (mostrando el valor de la apologética). La fe es el tema principal del capítulo (20:25,
29, 31), y ver la tumba vacía fue suficiente para Juan. Para él, ver es realmente creer.
La consecuencia (20:10)
Pedro según Lucas 24:12 regresó a Jerusalén confundido y preocupado. Uno esperaría que
el Discípulo Amado fuera a él y le compartiera su recién descubierto entendimiento de que
Jesús resucitó de entre los muertos. Uno también pensaría que él abrazaría a la llorosa
María Magdalena (20:11) y le explicaría por qué no es necesario llorar. Pero no lo hace así.
Este es un final bastante decepcionante para el primer episodio, ya que Juan alcanzó el nivel
más alto de fe de los cuatro, pero no hizo nada con él, sino que simplemente “regresó a
donde se estaban quedando” (el aposento alto) junto con Pedro. En resumen, encuentra la
fe y luego no hace nada con ella.
Varios ven aquí un énfasis en lo inadecuada de su fe, pero ese no es el caso. No se
presenta aquí como inadecuada. Sino que creo que estaba tan asombrado (recuerde, que
él tampoco entró en la tumba al principio) que quedó atónito y no pudo hablar por un
tiempo. Aquí difiere de María, quien no alcanzó este mismo nivel de fe, pero quien con la
ayuda del Señor resucitado hizo mucho más con esta. La nueva fe del discípulo
prácticamente no tuvo resultados.
María se encuentra con el Señor resucitado (20:11–18)
Ahora volvemos al “jardín” del que se habló en 18:1, 26, y a las imágenes del Edén que se
señalan allí. Es en el nuevo Edén recreado que Jesús hace su primera aparición de
resurrección y ayuda a María Magdalena a superar su dolor y tristeza. La escena comienza
cuando los dos discípulos regresan al aposento alto. María permanece en la tumba, todavía
llorando desconsoladamente, pensando que los saqueadores de tumbas han robado el
cuerpo de Jesús. Su profundo amor por Jesús se ha convertido en tristeza y, como veremos,
prácticamente la ha cegado de todo lo que la rodea. También puede ser el caso de que
acababa de llegar cuando los otros dos discípulos ya se iban y se da cuenta de que ahora
está sola y necesita a alguien que la ayude a encontrar y devolver el cuerpo al lugar que le
corresponde.
María y los ángeles (20:11–13)
Con las lágrimas cayendo sobre su rostro, María “se inclinó para mirar dentro del sepulcro”
(v. 11, imitando la acción del Discípulo Amado en el versículo 5). Sin embargo, mientras
mira, se encuentra con un evento sobrenatural muy diferente al experimentado por los
otros dos discípulos. Se asoma dentro de la tumba y ve a “dos ángeles vestidos de blanco,
sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies” (v. 12).
No habían estado allí antes, y parece que Dios se ha interesado especialmente en ella y
envió dos mensajeros para consolarla. Cada vez que aparecen ángeles en las Escrituras,
significa que el cielo está profundamente involucrado en el evento.
Las tumbas para familias ricas que se excavaban en las laderas generalmente tenían una
pequeña abertura de tres a tres pies y medio, con una piedra redonda de más de cuatro
pies en forma circular que se deslizaba en una ranura para tapar la entrada. Dentro habría
una banca de piedra a lo largo de la pared para preparar el cuerpo y las ranuras para entierro
de seis por dos pies excavados en la pared para finalmente colocar el cuerpo. En el piso
frente a la banca habría una “osario” en el que se colocaría el esqueleto después de que el
cuerpo se hubiera descompuesto por completo. Es probable que la ropa del entierro haya
estado entre los dos ángeles que están sentados a cada extremo de la banca.
Hay dos discrepancias en los cuatro relatos con respecto a los ángeles: (1) Juan y Lucas
mencionan a dos, mientras que Marcos y Mateo solo a uno; y (2) en Mateo y Juan son
ángeles, mientras que en Marcos y Lucas son hombres. Sin embargo, ambos son cambios
bastante comunes, y ninguno de ellos es en realidad una contradicción. Los ángeles a
menudo se describen como hombres, ya que siempre toman forma humana cuando
aparecen en la tierra. Además, es muy frecuente en las narraciones evangélicas, presentar
un grupo describiendo a un solo miembro de este, esto con fines dramáticos.
Por lo tanto, ambas variaciones son simplemente Hay dos discrepancias con respecto a
los ángeles en los cuatro relatos: (1) Juan y Lucas tienen dos, mientras que Marcos y Mateo
tienen uno; y (2) en Mateo y Juan son ángeles, mientras que en Marcos y Lucas son
hombres. Sin embargo, ambos son cambios bastante comunes, y ninguno de ellos es en
realidad una contradicción. Los ángeles a menudo se describen como hombres, ya que
siempre toman forma humana cuando aparecen en la tierra. Además, es bastante común
en las narraciones evangélicas presentar un grupo describiendo a un miembro del grupo
con fines dramáticos.
Entonces, ambas variaciones están simplemente para un efecto dramático. Juan tiene
dos ángeles como testigos oficiales (Dt 19:15) del evento de la resurrección. Además, este
es un evento aislado a diferencia de Marcos. La primera aparición fue al grupo de mujeres
en Marcos para comisionarlas como testigos. Esta es una segunda aparición de los dos
ángeles poco tiempo después, pero esta vez solamente a María, cuyo propósito es ser
testigo de la realidad de la resurrección. Algunos sugieren la interesante posibilidad de que
su lugar específico de asiento a la cabeza y al pie en la banca de entierro pretende simbolizar
los querubines dorados en los dos extremos en el arca del pacto del propiciatorio (Éx 25:18–
19). Lo cual sería un énfasis adicional en el sacrificio expiatorio de Cristo. El Cristo glorificado
ha cumplido su propósito, y la redención ahora está disponible para la humanidad. Dios
quiere preparar a las mujeres para ser testigos oficiales del evento de resurrección.
Su pregunta (20:13) suena al principio como un intento de consolarla: “¿Por qué lloras,
mujer?” Jesús se dirige a su madre como “mujer” en 2:4; 19:26; y también a otras dos en
4:21 y 8:10. En realidad, esta declaración lleva una reprimenda similar a la de Marcos 16:6,
sobre que las mujeres no han entendido las predicciones de la pasión y todavía están
buscando un cadáver. Ya no debería haber lágrimas a menos que sean lágrimas de alegría.
La tumba se ha convertido en un medio para la vida, no para la muerte, pero ella no puede
cambiar su mentalidad.
El problema es bastante claro en su respuesta. Ella no presta atención a los ángeles, no
se da cuenta de la importancia de su posición en la banca, y está completamente consumida
por el dolor. Sus ojos están tan cegados por sus lágrimas que no reconoce a los visitantes
celestiales. En su estado de aturdimiento, repite lo que dijo anteriormente a Pedro y a Juan
en [Link] “Es que se han llevado [los saqueadores de tumbas] a mi Señor, y no sé dónde lo
han puesto”. Su falta de conciencia espiritual e incluso de conciencia física es evidente. Su
llanto muestra su duda e ignorancia en contraste total con la fe y el creciente entendimiento
del Discípulo Amado en 20:8.
Jesús y María (20:14–15)
María se ha perdido por completo la primera maravilla sobrenatural, la presencia de los
ángeles en la tumba. Su dolor la ha abrumado. Entonces el Señor resucitado hace su primera
aparición y viene a ella. Pero nuevamente su ceguera causada por el dolor interfiere y le
impide percibir la verdad. Ella cree que él no es más que el jardinero y espera que haya visto
lo que sucedió.
Tenga en cuenta el desarrollo de las escenas: regresa a la tumba, ve a Jesús de pie a su
lado, no reconoce por completo a su Señor y piensa que él es el jardinero (19:41, este es un
jardín en un olivar). Los discípulos frecuentemente no reconocieron a Jesús cuando apareció
(21:4; Mt 28:17; Lc 24:16), probablemente debido a los estragos de la crucifixión en su
apariencia física. Esto señala su falta de expectativa y percepción espiritual, categoría en la
cual cae María.
Por tercera vez (20:2, 13), ella repite su letanía de malentendidos (20:15). Primero, Jesús
continúa con la reprensión de los ángeles (“¿Por qué lloras, mujer?”), Excepto que ahora
hay más razones para regocijarse, porque el Señor resucitado está de pie junto a ella.
Entonces agrega: “¿A quién buscas?”, Probablemente para despertarla de su aturdimiento.
En cambio, ella lo mira y piensa que, como jardinero, él podría haber estado enterado
de lo que sucedió, y le pregunta: “Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha
puesto, y yo iré por él”. Dios ahora ha enviado dos ángeles y al Señor resucitado en persona,
y, aun así, su dolor es tan profundo que nada puede quitar su muro de ceguera ante la
realidad. Puede estar esperando que José de Arimatea, por alguna razón, mandó a su
jardinero y a otros sirvientes a que movieran el cuerpo, pero todos sus pensamientos van
en dirección completamente equivocada. Hay cierta ironía en esto, porque Jesús es,
realmente, el Jardinero del nuevo Edén (véase Ap 22:1–5) y está preparando un lugar para
ella (y para nosotros) en ese Jardín definitivo. Dios es el jardinero en 15:1, y el Jesús
resucitado está aquí. Pero ella no se da cuenta de nada de esto y permanece totalmente
abrumada por su dolor.
La resolución y el cambio (20:16–18)
Es hora de que Jesús mismo se haga cargo. La solución no podría ser más simple. Jesús se
encuentra con María justo en medio de su afligida ceguera y se revela a ella simplemente
diciendo su nombre, “María”. Él es el Buen Pastor que “a sus ovejas llama por nombre”, con
el resultado de que “las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (10:3–4). Lo cual
finalmente rompe sus barreras. María realmente reconoce la voz y responde desde la
profundidad de su ser en su lengua materna, el arameo, con “Raboni” (“mi Rabino”), que el
evangelista explica para los lectores como “Maestro”. Este es un maravilloso cambio. Pero
al mismo tiempo, ella se aferra a la antigua relación terrenal con el maestro rabino, y el
Señor resucitado está trayendo una nueva era y una nueva forma de relacionarnos con él.
Por lo cual, el Señor resucitado ahora le explica en qué consiste este nuevo compromiso
celestial. Comienza con un cambio de relaciones, de maestro a un modo más familiar: “Ve
más bien a mis hermanos”. Hay dos pasos para este profundo cambio, que primero fue de
discípulo a amigo (15:15) y ahora de amigo a hermano. Como en Romanos 8:14–17, durante
la conversión, Dios se convierte en nuestro Abba, nuestro Padre celestial, y nosotros nos
convertimos en sus hijos y hermanos o hermanas unos de otros. Nos convertimos en
hermanos de y coherederos con Cristo (Ro 8:17).
La siguiente parte es donde radican las dificultades. Jesús explica la razón del histórico
cambio de salvación: “Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis
hermanos y diles: ‘Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de
ustedes’ ”. Parece haber una contradicción superficial entre “Todavía no he vuelto” en 17a
y “vuelvo” en 17b. Algunos lo han tomado literalmente y piensan que Jesús no quiere ser
tocado porque ha resucitado, pero aún no ha ascendido al cielo. Lo cual es poco probable
ya que más tarde le pide a Tomás que lo toque (20:27), y la ascensión realmente no está
narrada en Juan. Otros piensan que la ascensión de Jesús a su Padre se lleva a cabo entre
los versículos 17 y 27, de modo que, durante el episodio de Tomás, Jesús ya había ido al
cielo. Sin embargo, eso no tiene mucho sentido, ya que un evento tan importante no pasaría
desapercibido.
Lo más probable es que se interprete esto metafóricamente. María, en su entusiasmo y
adoración, cae y toca sus pies (como lo hacen las mujeres en Mt 28:9), pero Jesús necesita
corregir su equivocado deseo de regresar a la vieja forma de relacionarse. Este es un
momento de alegría y el comienzo de una era completamente nueva. Jesús se regocija en
su amor, pero quiere que sigan adelante por lo que le dice: “no te aferres a mí” (NVI:
“suéltame”). El término griego empleado para “retener” o “aferrarse” (haptou) también
significa “No me toques”, lo que indica algún contacto físico. Jesús se basa en este contacto
físico como un medio para transmitir su mensaje y decirle que deje de aferrarse a la relación
anterior entre rabino y discípulo, ya que sólo tenía poder terrenal, mientras que el reino
celestial o espiritual ahora es lo primordial. Ahora están entrando en una nueva era, la era
del Espíritu y a un nuevo modo de relaciones familiares. Por lo tanto, María tiene que dejar
ir a Jesús y aceptar su presencia a través del Espíritu en este nuevo reino de la verdad.
Entonces Jesús dice que ascendió a su Padre en su resurrección, pero esta ascensión
está en transición durante sus apariciones y no culminará hasta su ascensión física al final
de los cuarenta días (Hch 1:3, 9–11). Mientras tanto, está en el proceso de ascender
(después de cada aparición) pero aún no lo ha completado. Cada aparición es un regreso a
la tierra desde el cielo, y durante este tiempo de transición de las apariciones, María debe
descansar en todas las alegres verdades que está a punto de descubrir. Ella y los discípulos
están en un período intermedio, donde necesitan renunciar a los viejos patrones terrenales
y permitir que las nuevas verdades (principalmente la presencia del Espíritu) se fortalezcan.
Así que las apariciones de Jesús fueron visitas temporales desde el cielo, consumadas en la
ascensión final de Lucas 24 y Hechos 1.
Mientras tanto, ¡María tiene el glorioso privilegio de ser la primera embajadora de las
noticias de la resurrección! Dios podría haber elegido a Pedro o Juan, quien fue el primero
en ver y creer (20:8). Pero eligió deliberadamente a María, y ella marcó el comienzo de la
nueva era. Fue a ella a quien Jesús exaltado le reveló la nueva relación familiar, la cual
significaba que los discípulos ahora se habían vuelto amigos (15:15) y luego “hermanos”
(20:17), y fue ella la primera en transmitir la maravillosa verdad de la resurrección y de la
ascensión de Jesús al Padre. Las palabras “mi … tu” deliberadamente usadas colocan a los
seguidores de Cristo al lado del Hijo, enfatizando el estatus único de Jesús como “el Hijo de
Dios” y, por lo tanto, el nuevo estado de sus discípulos también como “hijos de Dios” a
través de él. La crucifixión como “gloria” culmina en la gloriosa ascensión.
Ahora María acepta su comisión y lleva las buenas noticias de la resurrección a los
discípulos (20:18). La sorprendente verdad es que Dios no eligió a Pedro ni a Juan, los
primeros en ver y creer, sino a María para ser el primer heraldo de las noticias de la
resurrección. Ella es la primera en tener el privilegio de ver al Señor resucitado, por lo que
regresa al aposento alto y les dice a los discípulos: “¡He visto al Señor!” Observe la
progresión de los títulos y cómo demuestra su creciente comprensión, de “Señor” (V. 15) a
“Raboni” (v. 16) y luego a “Señor” (v. 18). Su fe crece y madura como una fe de resurrección.
Jesús aparece a los discípulos (20:19–23)
Si la tristeza redujo el nivel de fe de María, el miedo de los diez discípulos (Judas se había
ido y Tomás estaba ausente, 20:24) eliminó su fe por completo. Es como si no tuvieran fe;
están demasiado ocupados buscando el número uno. En la tarde del tercer día después de
la crucifixión (de viernes a domingo) todavía se esconden a puerta cerrada, temerosos de
ser arrestados y sufrir el mismo destino que Jesús.
Imagina la escena. Las puertas están cerradas y las ventanas probablemente también,
ellos temblando de miedo de ser vistos y reconocidos. Se negaron a aceptar el testimonio
de María y las otras mujeres de que habían visto al Señor resucitado, y Juan probablemente
todavía no dice nada. Desde la oscuridad (tanto física como espiritual), de repente “Jesús
vino y se paró entre ellos”. Otro milagro acaba de suceder. Primero cuando Jesús atravesó
sus vendas en la tumba, y ahora atravesó las puertas cerradas. Su error fue tan grande como
el de Pedro, quien negó a Jesús tres veces (18:15–18, 25–27), pero también fue el único que
tuvo el valor de seguir a Jesús hasta el patio del sumo sacerdote, mientras los todos lo
habían abandonado por completo, corriendo para salvar sus vidas, y permaneciendo
escondidos durante su muerte y sepultura. Si alguien mereciera una reprimenda, serían
ellos.
En cambio, Jesús se para en medio de ellos (20:19b) y les dice estas maravillosas
palabras: “¡La paz sea con ustedes!” Aquí hay un doble significado. A primera vista es un
simple saludo, pero a nivel más profundo (el principal aquí) Jesús les está ofreciendo su paz
mesiánica, cumpliendo su propia promesa de paz escatológica (14:27; 16:33) de acuerdo
con Isaías 9:6; 52:7.
La poca fe de María hacía necesario que el Buen Pastor la llamara por su nombre, con
su voz superando su dolor. Los discípulos necesitan aún más, por lo que Jesús, nuevamente,
satisface esa necesidad. Apela a su vista, mostrándoles “las manos y el costado” (20:20). Al
hacerlo, Jesús demuestra que él es el Señor que caminó con ellos como su Mesías y que
realmente ha resucitado de entre los muertos. Así como Pedro y el Discípulo Amado, ellos
también necesitaban ver las vendas en la tumba (vv. 5–7), por lo que ahora los diez
necesitan ver las heridas de Jesús para darse cuenta de que él es todo lo que dijo que era.
En este momento, el gozo mesiánico (16:20–22) se suma a su paz mesiánica. Ahora
saben que el Cordero sacrificado se ha convertido en el Señor resucitado, la verdad más
grande que este mundo jamás conocerá. La cruz y la tumba vacía son un evento único en la
historia de la salvación, y la vida está fundada en la muerte.
Los resultados son espectaculares. María recibió una misión como heraldo mesiánico; y
los discípulos se convierten en parte de la misma misión de Jesús al mundo en los versículos
21–23. Considere el desarrollo de la teología de la misión en el evangelio de Juan. Dios
amaba tanto al mundo que ideó un plan de salvación para atraer a estos rebeldes humanos.
Después “envió” a Jesús como su shaliach o representante, haciéndolo parte de esa misión
divina al mundo (3:17; 5:23, 30; 8:16, 18). Posteriormente, el Padre y el Hijo envían al
Espíritu al mundo (18:8–11). Y finalmente, los tres, la Deidad Trinitaria unida, envía a sus
discípulos al mundo y los trae al plan divino para redimir a la humanidad pecadora. Por lo
tanto, la misión procede del Padre al Hijo al Espíritu y a la iglesia, todos trayendo salvación
al mundo.
La misión de cada uno en esta representación está siendo ejecutada. Detrás de la misión
de envío está la autorización, ya que el Padre da poder al Hijo, el Padre y el Hijo dan poder
al Espíritu, y la Trinidad derrama su poder en nosotros al obedecer nuestra comisión de
llevar la salvación de Dios a las naciones. Por lo cual, cuando salimos, vamos llenos de la
poderosa presencia de la Deidad. La mayoría de ustedes, lectores, se sienten
incompetentes. No muchos de nosotros somos grandes oradores o líderes natos. No
estamos llenos de carisma para que la gente solo quiera estar en nuestra presencia. ¡¿Y
qué?! De lo que sí estamos llenos es del Espíritu. Lo que somos está llamado al ministerio,
y Dios nos ha hecho exactamente como él quiere que seamos. En cada uno de nosotros,
Dios ha colocado semillas de grandeza, y todo lo que tenemos que hacer para desbloquear
este poder es rendirnos totalmente a Cristo y al Espíritu. La verdad es que ninguno de
nosotros tendría que sentirse inferior.
Veamos el maravilloso desarrollo de la idea en 20:21–23. Jesús comienza repitiendo la
frase “La paz sea con ustedes” del versículo 19, probablemente porque los discípulos
estaban todavía en estado de shock y no estaban comprendiendo. Para ceder el control a
Dios y salir valientemente a la misión, debemos disfrutar de la paz de Dios. Jesús luego
transmite su comisión y autoridad dada por su Padre a los discípulos: “Como el Padre me
envió a mí, así yo los envío a ustedes”. En más de treinta ocasiones, Juan describe a Jesús
como el “enviado” de Dios (p. ej., 3:17; 5:23, 30; 8:16, 18). El programa se completa con la
misión del envío de los discípulos de Cristo a medida que el evangelio pasa de Jesús al
Espíritu a los discípulos y luego de todos ellos al mundo.
No hay forma de que los limitados creyentes puedan cumplir su misión en sus propias
fuerzas, por lo que Jesús hace que ese poder esté disponible cuando sopla sobre ellos y les
dice: “Recibe el Espíritu Santo” (20:22). Un tema principal en el discurso de despedida es la
promesa de Jesús de enviar el Espíritu / Paracleto (14:16–17, 26; 15:26; 16:7), quien traería
el poder de Dios esta situación y los capacitaría para ser los “enviados”. El concepto de Jesús
“soplando” sobre ellos alude a la vida dada por Dios a través de su soplo divino a Adán
durante su creación (Gn 2:7; véase también Ez 37:9; 1 Co 15:45). En la nueva creación (Jn
1:3–4) la vida se manifiesta no solo a través de la vida eterna sino también a través del
regalo del Espíritu. Por lo que, la iglesia llena del Espíritu es una manifestación de esta nueva
creación. Dios le dio el Espíritu “sin restricción” a Jesús (3:34); Jesús le dio a la mujer
samaritana “agua viva” (4:10, 14) y derramó el Espíritu en sus discípulos (7:37–39), quienes
ahora están llenos del Espíritu para la misión.
Ha habido un gran debate sobre la conexión entre la llegada del Espíritu con el evento
del Pentecostés de Hechos 2. (1) Algunos simplemente ven tradiciones contradictorias y
dicen que no pueden ser reconciliadas. Pero no es necesariamente así, ya que otras
opciones brindan soluciones más satisfactorias. (2) Algunos piensan que pneuma (sin el
artículo definido) aquí usado se refiere a un poder impersonal más que al Espíritu en
persona, pero en el Nuevo Testamento más de la mitad de las veces el Espíritu Santo no
tiene tal artículo. (3) Muchos creen que solo hay una llegada del Espíritu (Hechos 2), por lo
que este pasaje contiene más una promesa de este evento futuro que la verdadera llegada
del Espíritu, traduciendo, de hecho, el versículo 22 como, “Van a recibir el Espíritu”. Esta
traducción no es posible gramaticalmente (es un imperativo aoristo en vez de un verbo en
tiempo presente), aunque como construcción teológica puede ser posible que el aspecto
futuro sea el más importante. Definitivamente es un imperativo, y no estoy de acuerdo con
esta interpretación futura.
Prefiero ponerme del lado de aquellos que ven (4) una llegada del Espíritu en dos etapas,
lo que constituye la llenura exclusivamente de los discípulos en el primer día de las
apariciones de la resurrección de Jesús y que después en Hechos 2 se convierte en un
empoderamiento masivo del Espíritu y el mandato de la iglesia a la misión en el día del
Pentecostés.
Jesús explica la autoridad para esta misión en 20:23. Al recibir el Espíritu, los discípulos
se convierten en representantes o enviados de Dios junto con Jesús. Con esto, Cristo les
otorga su autoridad: “A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes
no se los perdonen, no les serán perdonados”. Esta autoridad para perdonar y retener los
pecados está estrechamente relacionada con Mateo 16:19 y 18:18, cuando Jesús les
entrega “las llaves del reino” y les dice: “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo,
y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Tanto en Mateo como aquí, el
perdón real de los pecados es competencia exclusiva de Dios (los cuales son pasivos divinos
que apuntan a Dios), por lo tanto, los creyentes son emisarios de Dios. Nosotros, la iglesia,
llevamos a cabo la obra de Jesús. Él vino a salvar, y al traer la salvación también se convirtió
en Juez escatológico. Participamos en esa misión y llevamos su autoridad al momento que
salimos.
Jesús habla con Tomás (20:24–29)
Este es el segundo domingo después de la resurrección de Jesús, y sus dos primeras
apariciones sucedieron en este día. Por lo cual, es bastante lógico que se convirtiera en “el
Día del Señor” (Ap 1:10) y el primer día de la semana en el calendario cristiano. Si la tristeza
de María paralizó su fe y el temor de los discípulos la redujo aún más, entonces el cinismo
de Tomás prácticamente destruyó la suya, pues se niega rotundamente a creer en el
testimonio de sus compañeros discípulos. Estuvo ausente en la aparición de Jesús en los
versículos 19–23; y cuando los demás le dicen: “Hemos visto al Señor” (v. 25), se llena de
escepticismo y responde: “Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta
mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré”. De cierta forma, Tomás se
ha convertido un filósofo importante que exige una prueba empírica final antes de
considerar si es verdad. No está satisfecho con la fe de Juan, quien “vio y creyó” (20:8), sino
que exige poder tocar las heridas. Esta actitud es aún peor que la del funcionario de
Capernaúm a quien Jesús dijo: “A menos que ustedes vean señales y maravillas, nunca
creerán” (4:48).
No solo está “dudando de Tomás”; sino que está siendo cínico, desconfiado de Tomás.
Sin embargo, Jesús responde con tanta misericordia y comprensión como lo hizo con María
y los otros discípulos. Tomás necesita más ayuda y tiene que avanzar, pero Jesús satisface
sus necesidades tal cual y lo guía a la comprensión. María necesitaba la voz del buen pastor;
los discípulos necesitaban ver las heridas de Jesús y saber que realmente era él; Tomás
necesita tocar esas mismas heridas. Jesús satisface esas necesidades tal cual y cambia su
vida.
Incluso ocho días después, al final de la celebración de la Pascua, todavía se esconden a
puerta cerrada, por temor a ser arrestados. Se han quedado para la fiesta de una semana
de los Panes sin Levadura, la cual era una tradición judía y parte de la celebración de la
Pascua. ¡¿Te imaginas esta escena?! Por tercera vez (después de 20:19, 21) Jesús aparece
de repente atravesando las puertas cerradas y les ofrece su paz mesiánica. Cede a las
demandas de Tomás y le dice: “Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela
en mi costado.” (v. 27). Podemos imaginar a Jesús haciendo a un lado su túnica para
mostrarle sus heridas abiertas.
No sabemos si Tomás realmente lo hizo, pero indudablemente estaba de rodillas, las
lágrimas corrían por su rostro y un gran asombro lo consumía. Entonces Jesús agrega: “Ya
deja de dudar y cree”, literalmente, “No seas incrédulo [apistos] sino creyente [pistos]”. Su
nivel de fe era el más bajo de todos, pero Jesús la trae de vuelta desde el abismo. Él no ha
cometido apostasía, sin embargo, se ha convertido en un incrédulo, se ha negado a ejercer
fe en el testimonio de los demás.
Tomás acepta el desafío y responde pronunciando una de las grandes confesiones de la
historia, “Señor mío y Dios mío” (v. 28). Estas palabras se han convertido en el clímax
apropiado y el núcleo teológico del cuarto evangelio. Mientras que algunos han tratado de
convertir las palabras de Tomás en una mera parte del desarrollo de la comprensión de los
discípulos, la verdad es que es mucho más. Partiendo de 1:1 (“el Verbo era Dios”) este
evangelio está enmarcado por declaraciones acerca de la deidad de Jesús. Este es un gran
paso de fe y comprensión, ya que Tomás había pasado los últimos siete días dudando de la
resurrección de Jesús y ahora de repente afirma que él es el único Dios. Esto muestra una
gran profundidad. Muchos críticos se niegan a creer que podría haber sucedido,
considerando que una afirmación de la deidad de Jesús estaba a años de distancia de la
iglesia primitiva. Sin embargo, en realidad tiene sentido, cuando Tomás decía: “No lo creeré
a menos que …”, también estaba pensando: “¿Qué pasaría si?”. Cuando Jesús se le apareció,
había reflexionado cuidadosamente en las implicaciones y estaba listo.
El desarrollo de la comprensión de Tomás tiene mucho sentido. Si Jesús realmente había
resucitado de la muerte, entonces todo lo que había enseñado acerca de sí mismo y del
Padre era cierto, por ejemplo, “Yo y el Padre somos uno” (10:30) y todas las afirmaciones
“Yo soy”. Muy probable el origen de esta profunda confesión son todas estas enseñanzas
combinadas con el reconocimiento del Antiguo Testamento de Yahweh como Señor Dios (2
Re 19:19; Is 26:13; Ap 4:11).
Jesús en el versículo 29 comenta sobre esta confesión y trata de alentar a los futuros
creyentes. Algunos interpretes toman esto como una pregunta (“¿Crees porque me has
visto?”), con el interés de enfatizar el fracaso de Tomás. Sin embargo, algunos otros más,
correctamente lo reconoce como una declaración, que pone el énfasis en la segunda mitad
del versículo. Tomás muestra fe, pero tiene que “ver” para “creer”. Fue algo positivo con el
Discípulo Amado (20:8) pero una leve reprimenda con Tomás porque rechazó el testimonio
de sus compañeros discípulos. Los futuros conversos no tendrán ese lujo, porque el Señor
resucitado ya no estará presente. Entonces Jesús les da una bendición especial de Dios por
haber tenido fe sin la increíble experiencia de haber visto físicamente al Señor resucitado.
“Bendito” (makarioi) introduce la segunda bienaventuranza en Juan (junto con 13:17).
Al igual que en las bienaventuranzas de Mateo 5:3–12, esto significa que Dios derrama sus
bendiciones de manera especial sobre aquellos que tienen fe, incluso cuando no tienen la
oportunidad de “ver” y caminar con Jesús. En este capítulo, los cuatro que han sido
bendecidos con las apariciones de su resurrección han tenido el privilegio de “ver” a Jesús
(vv. 8, 18, 20, 27), pero en el futuro eso ya no será posible. Su fe se centrará en las Buenas
Nuevas, y este es, junto con la deidad de Cristo, el otro tema principal del cuarto evangelio:
el encuentro con Dios en Jesús confronta a la persona que está buscando y lo obliga a tomar
una decisión de fe, y el resultado de esa decisión es la vida en toda su plenitud. La verdad
en 1 Pedro 1:8–9 es la experiencia de todos nosotros: “Ustedes lo aman a pesar de no
haberlo visto; y, aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible
y glorioso, 9 pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación”.
Juan comparte el propósito de su evangelio (20:30–31)
El NVI no traduce las porciones que introducen este versículo (men oun) que significan “por
lo tanto, entonces”, haciendo de estos versículos una posible conclusión ya sea para el
episodio de Tomás o (más probablemente) para el capítulo en conjunto. Juan quiere que
sepamos que ha sido muy selectivo al elegir las señales milagrosas que ha incluido primero
en este capítulo (para las apariciones como “señales”, véase la introducción a 2:1–12) y en
su evangelio en general. Él sabía de “muchas otras señales” que Jesús había hecho “en
presencia de sus discípulos, que no están registradas en este libro”. Había demasiadas para
registrar (véase también 21:25), pero había muchas otras que podía haber utilizado. En
otras palabras, hay innumerables razones para ver y creer (20:8, 29). Al hacerlo, Juan nos
dice que la muerte y resurrección de Jesús (como un evento único en la historia de la
salvación) es la mayor señal milagrosa de todas. El propósito al contarlas (particularmente,
del cuarto evangelio en su conjunto) es claro: “para que puedan creer”. Hay un serio
problema con el texto sobre si “creer” es tiempo aoristo (junto con 2 אA C D W) o presente
(𝔓66 * אB 0250). Las dos opciones se han convertido en objeto de un extenso debate sobre
si Juan fue escrito para evangelizar a los no creyentes (“creer” en aoristo para una crisis de
conversión) o para fortalecer a los creyentes (“creer” en presente para la continuidad de
creencia). Lo más probable es que el tiempo aoristo tenga evidencia manuscrita ligeramente
más fuerte, pero en realidad cualquier tiempo puede encajar en cualquiera de las opciones.
Además, Juan fue escrito tanto para evangelizar a los perdidos como para fortalecer a los
santos, por lo tanto, el debate es incorrecto. Dudo que, para Juan, cualquiera de los dos
propósitos fuera más importante que el otro, pues él mismo escribió con ambos propósitos
en mente.
Este evangelio siempre ha sido acerca de la fe y de la vida de fe que resulta de él. Esta
es la esencia misma de por qué Dios creó el mundo y la humanidad. Cuando la creación de
Dios cayó en pecado, su plan de salvación comenzó. Él “dio a su Hijo unigénito” para que la
gente pudiera “creer en él” y “no perecer sino tener vida eterna” (3:16). Aquí los dos títulos
principales de Juan para Jesús resumen el enfoque de la fe: “que Jesús es el Mesías, el Hijo
de Dios”. La moción abarca tanto al mesías Davídico como al Mosaico del pacto Davídico en
2 Samuel 7:5–16 y el profeta como Moisés de Deuteronomio 18:15. El título del Hijo de Dios
se refiere tanto a la relación especial Padre e Hijo tan primordial en este evangelio como a
la completa deidad de Jesús (1:1, 18; 10:30; 20:28).
Jesús fue “enviado” por su Padre como el representante divino (3:17; 11:42; 16:27;
17:8), y el resultado de la unidad Padre e Hijo es que aquellos que creen “puedan tener vida
en su nombre”. La vida en este evangelio es el resultado de la decisión del pecador que
responde a Jesús y al Espíritu con fe, y luego para el creyente la” vida “se convierte en una
posesión presente cuando se coloca bajo el poder de Jesús y la poderosa presencia del
Espíritu. Una vez más, el evangelio de Juan está destinado tanto para creyentes como para
no creyentes.
Esta es una representación notablemente bien escrita y cuidadosamente elegida que
abarca tanto la realidad de la resurrección de Jesús como la transformación de la fe de los
discípulos, ya que en cuatro pasos se convierten de cobardes derrotados a heraldos
victoriosos de la nueva era. Por muy bajo que sea el nivel de fe, ¡el Señor resucitado se
encuentra con ella justo donde está, cambia nuestra vida y nos transforma en algo que
nunca pensamos que podríamos ser!
La primera etapa llega con la carrera hacia la tumba (vv. 1–10). Pedro y el Discípulo
Amado, después de que María les dice que el cuerpo de Jesús ha sido retirado de la tumba,
corren hacia él. Al llegar, observan los vendajes cuidadosamente doblados, y el discípulo
amado comienza a comprender lo que ha sucedido. Estos no podrían ser saqueadores de
tumbas, sino que debía ser el Señor resucitado de la muerte. Él ve y cree, esta es una fe
natural, pero los resultados son decepcionantes. Desde el nivel más alto de fe, él hace poco
con eso y no le dice a nadie (probablemente se quedó sin palabras debido al asombro), pero
regresa con el desconcertado Pedro. La segunda etapa se centra en María (vv. 11–18), cuya
fe ha sido nublada por su dolor al creer que el cuerpo está perdido. Ella representa a
aquellos de nosotros cuyas difíciles pruebas nos han dejado tan desanimados que podemos
hacer poco. El nivel de su ceguera espiritual es sorprendente. Dios envía dos ángeles para
consolarla, y todo el cielo le está pidiendo que entienda la estupenda verdad que acaba de
suceder. Pero ella está completamente consumida por el dolor y ni siquiera responde a las
manifestaciones sobrenaturales. Esto continúa incluso cuando Jesús la confronta, ya que
ella piensa que él es el jardinero. (de hecho, lo es, pero del nuevo Edén que ha llegado.)
El Discípulo Amado no necesitaba ayuda para alcanzar la fe, pero María sí. Ella necesita
la voz del Buen Pastor que la llama por su nombre y se le revela. Lo cual posteriormente la
transforma, y logra lo que el Discípulo Amado no pudo, aceptar la comisión del Señor
resucitado y convertirse en la primera embajadora de las noticias de la resurrección. Su
privilegio es inmenso, y es un cambio total, ya que se convierte en la primera testigo del
evento más maravilloso en la historia de la humanidad elegida por Dios.
La tercera etapa se centra en los discípulos (vv. 19–23), todavía acobardados y
escondiéndose en un aposento cerrado, preocupándose solo por ellos mismos. Su fe está a
un nivel aún más bajo que el de María, la suya está destruida por su miedo (a los judíos).
Los discípulos en esta posición representan a aquellos de nosotros que, prácticamente,
tenemos miedo de movernos en nuestras vidas, estamos llenos de temor ante nuestro
futuro incierto. Necesitaban aún más la ayuda de Jesús para vencer su fe prácticamente
inexistente, y una vez más Jesús se encuentra con ellos justo donde estaban y les muestra
sus heridas, demostrándoles que él y su paz mesiánica ahora son suyos. Su gozo los
transformó, y al igual que con María, los resultados son aún mejores, ya que se vuelven
parte de la misión de Dios para el mundo, se les da el Espíritu y se transforman en poderosos
agentes / enviados. Como tal, se les da el poder y la autoridad para perdonar los pecados y
llevar la gracia salvadora de Dios a la humanidad pecadora.
La última etapa es con el cínico de Tomás (vv. 24–29), cuya fe se encuentra en el nivel
más bajo de todos, prácticamente eliminada por su radical escepticismo. Mientras que los
discípulos en su conjunto necesitaban ver las heridas, él exige tocarlas antes de considerar
la verdad acerca de la resurrección. Nuevamente, Jesús no solo se adapta a esas demandas,
sino que también le da su paz mesiánica. Tenía que haber sido una escena increíble, con
Tomás de rodillas extendiéndose para poner su mano en las heridas de las manos y del
costado de Jesús. El resultado es el mejor de todos, ya que Tomás está listo para culminar
todos los temas de este evangelio al exclamar: “Mi Señor y mi Dios”. De este modo,
reconoce que Jesús no solo es el Mesías real y el Hijo del Hombre, sino que es Dios
verdadero de Dios verdadero, Señor de todos. De esta forma, todos los temas de este
evangelio se fusionan y se muestran ciertos en el Señor resucitado, en Jesús el Dios-hombre.
LA RESURRECCIÓN, PARTE 2: APARICIONES EN GALILEA
(21:1–25)
Aquí hay una considerable diferencia de opinión con respecto al origen de este capítulo y
su lugar en el evangelio de Juan. La mayoría de los eruditos serios creen que fue una adición
posterior, quizás del así llamado “círculo Joanino”, un grupo de discípulos de Juan
posteriores que se cree reunieron tanto su evangelio como sus cartas. Otros consideran fue
Juan quien lo escribió, que el original terminó en 20:30–31 y que esta sección fue añadida
posteriormente. Creo firmemente que Juan escribió este último capítulo como el final de
su evangelio original. El análisis del lenguaje y el estilo muestran de manera concluyente
que Juan lo escribió, mientras que en 20:30–31, al declarar el propósito del libro no tiene
porqué ser considerada su declaración final (compárese con 1 Jn 5:13; Ap 22:6). No hay
evidencia de que el cuarto evangelio haya sido difundido sin el capítulo 21. Esta sección es
una conclusión natural a la interacción entre Pedro y el Discípulo Amado, y la triple
confirmación de Pedro (21:15–17), también es un desenlace apropiado para sus tres
negaciones. Es un epílogo adecuado, que enmarca el evangelio con el prólogo (1:1–18).
El capítulo 20 se centró en el tema de la fe, mientras que el capítulo 21 en el tema de la
misión. La misión de Dios es llevada a cabo por la Deidad Trinitaria unida y luego pasa a la
iglesia (17:18; 20:21–23). Este tema está en el mensaje central de este libro, y cada sección
de este capítulo contribuye a la movilización de la iglesia y a la difusión de las buenas nuevas
al mundo. La pesca milagrosa (21:1–14) nos recuerda un milagro similar en Lucas 5 las cuales
tienen el mismo mensaje: cuando el pueblo de Dios se somete a la dirección del Señor,
sucederán cosas maravillosas para aquellos que “pescan personas” (Lc 5:10). La
confirmación de Pedro (21:15–17) se centra en la responsabilidad de los líderes de la iglesia
de “alimentar” o cuidar el rebaño de Dios; mientras que la profecía acerca de la muerte de
Pedro (21:18–23) nos recuerda que a medida que vivimos nuestra misión debemos seguir
la voluntad del Señor para nuestras vidas en lugar de compararnos con los demás y sus
ministerios. El prólogo (1:1–18) se concentró en Jesús y su misión; el epílogo (21:1–25) en
los seguidores de Jesús que viven la vida de Cristo y su misión en sus propios ministerios.
Jesús aparece a los discípulos junto al lago (21:1–14)
Una decepcionante noche de pesca (21:1–3)
“Después”, significa, por supuesto, después de las apariciones durante los ocho días en
Jerusalén. Las primeras dos fueron para los discípulos a través de las puertas cerradas en el
aposento alto. Esto aconteció en los amplios paisajes a la orilla del lago, llamado aquí el Mar
de Tiberíades porque Herodes lo había rebautizado en honor del emperador (véase 6:1).
Después de que terminó la fiesta, regresaron a Galilea como el ángel lo había ordenado (Mt
28:7; Mr 16:7). Las apariciones de Jesús se presentan como “revelaciones” (ephanerōsen).
A lo largo de este evangelio, Jesús es el Representante Viviente que da a conocer a Dios al
mundo; ahora Dios está “revelando” la verdadera naturaleza de Jesús a través de sus
apariciones. De esta manera, estos acontecimientos son etiquetados correctamente como
señales milagrosas (20:30) que representan su verdadera realidad como el Dios-hombre.
Como todos los milagros en Juan, son señales que “revelaron su gloria, y sus discípulos
creyeron en él” (2:11).
Siete integrantes del grupo apostólico están presentes en el lago (v. 2): el círculo interno
(Pedro, Santiago y Juan), Natanael (llamado en 1:47–50), Tomás (que apareció en 11:16;
20:24–29), y otros dos discípulos sin identificar. Aparentemente esperaban que Jesús
apareciera nuevamente y decidieron aprovechar su tiempo pescando un poco. El número
siete parece ser importante en este evangelio (siete señales milagrosas, el ministerio de
apertura con duración de siete días [véase la introducción a 1:19–34]), por lo que esto
podría designar el número perfecto para el comienzo de la misión.
Pedro quiere ir a pescar (v. 3), y los demás deciden acompañarlo, tal vez sólo por hacer
algo. Si bien Juan no menciona que Pedro y Andrés, Santiago y Juan, eran pescadores
profesionales, eso habría sido comúnmente sabido. Cuando Jesús los llamó a “pescar
personas”, eso no significaba que renunciaran a sus trabajos. Eran autónomos y mantenían
sus botes, como vemos aquí. De modo que eran libres de abandonar la pesca cuando Jesús
los requería, pero lo más probable es que pescaran en los momentos intermedios cuando
no estaban con Jesús.
Cuando alguien pescaba, había dos redes entre las cuales elegir: -una red manual (una
red circular de aproximadamente diez pies de diámetro con pesas para que pudiera ser
manejada por una sola persona) o una red de arrastre o red de cerco con plomadas en los
extremos, la cual era sostenida entre dos botes móviles, cada uno de aproximadamente
26.5 pies de largo y 7.5 pies de ancho (el mismo tamaño de uno recientemente descubierto
en Galilea). La red podría atrapar una gran cantidad de peces, y los pescadores los
arrastrarían a la barca que habría lanzado las redes. Algunos ven en sus acciones falta de
propósito o incluso desobediencia deliberada, pero eso no se ajusta a la atmósfera de la
historia. Simplemente están realizando actividades comunes mientras esperan.
También era normal pescar de noche cuando los peces salían a la superficie para
alimentarse (Lc 5:5). Cuando salía el sol, los peces iban hacia lo hondo, y ese lago era
demasiado profundo para pescar durante el día; las redes serían inútiles. Como se narra
también en Lucas 5, pescan toda la noche y no atrapan nada. A diferencia de 3:2; 13:30, el
escenario nocturno no connota pecado y penumbra, sino que la escena simplemente le
recuerda al lector que sin Jesús no se puede hacer nada. Como veremos, este es el mismo
mensaje aquí.
La pesca milagrosa (21:4–6)
Cuando llega el amanecer, sin duda están cansados y algo desanimados. De repente, alguien
aparece en la orilla; es Jesús; pero en la oscuridad, no lo reconocen (v. 4). Esta es una
característica común en las historias de resurrección: la incapacidad de reconocer a Jesús y
dudar si realmente es él. Al igual que en el incidente camino a Emaús (Lc 24:15–16), Jesús a
menudo aparece como un extraño. El mensaje es la necesidad de permanecer abiertos y
tener fe cuando nos encontramos con él.
Jesús llama desde la orilla utilizando un término de cariño, payia, que podría traducirse
como “muchachos” y en la NTV la palabra se traduce como “amigos”. Les pregunta
“¿pescaron algo?” y ellos responden: “No”. Incluso aquí, la omnisciencia de Jesús es
evidente, porque ciertamente no podía ver a esa distancia que sus botes estaban vacíos. Su
respuesta a ellos es muy extraña (21:6), diciéndoles que tiren sus redes al lado derecho de
la barca, y esto sin siquiera mover su red para recoger los peces.
Es difícil saber por qué cumplieron con esta orden extremadamente inusual. La
autoridad de este extraño debe haberles parecido evidente, y también pueden haber
pensado: “¿Qué tenemos que perder?” Valió la pena intentarlo. La escena es bastante
similar al milagro en Lucas 5:4–7, donde nuevamente Jesús les dijo que “echaran las redes
para pescar”. El mensaje también es el mismo en ambas historias: obedecer incluso cuando
parezca algo inútil o absurdo, porque cosas milagrosas estarán por suceder.
No tengo dudas de que cuando lleguemos al cielo, Pedro nos dirá que las dos mejores
pescas que tuvo en su vida fueron las de estas dos ocasiones. Había tantos peces grandes
(153 en total, 21:11) que ni siquiera podían subir la red a la barca. El significado simbólico
del milagro en ambos pasajes es evidente: cuando obedecemos a Jesús, incluso si la orden
no parece lógica, sucederán cosas asombrosas. Los matices misionológicos también son
evidentes. Tal como en Hechos, cada crisis que atravesamos es en realidad una oportunidad
para ver trabajar al Espíritu. Esta pesca milagrosa es una promesa de los resultados de la
misión mundial que Cristo estaba a punto de encargarles.
El reconocimiento de Jesús (21:7–8)
Su obediencia no es causada por haber reconocido a Jesús, ya que, hasta ahora, no se dan
cuenta de que el extraño en la orilla es él, sino hasta después de ocurrido el milagro. En
cada aparición hasta el momento, Jesús ha tenido que revelarse a sí mismo para entonces
ser reconocido, sin embargo, el mensaje sigue siendo el mismo: incluso cuando nuestra fe
se encuentre en un nivel bajo, Cristo se encontrará con nosotros en el nivel donde estemos
y se revelará, cambiando nuestra vida en el proceso. Debemos permanecer abiertos a su
presencia milagrosa en nuestras vidas. Aquí el Discípulo Amado responde a esa revelación
y le dice a Pedro: “¡Es el Señor!”
Pedro habría estado usando una bata de trabajador para la noche de pesca y ahora se
la había quitado, trabajando semi desnudo para recoger los peces en la barca. Impetuoso
hasta el final, se la pone apresuradamente y la une con su cinturón o se la echa al hombro
y salta al lago, nadando para llegar a Jesús. Los otros seis discípulos remaron la barca cien
metros hasta la orilla con las redes llenas de peces (21:8). Juan no nos dice qué ocurrió
cuando Pedro llegó por primera vez a Jesús; sino que espera para la reunión hasta 21:15–
17. Tampoco se nos dice qué pasó con los peces (aparte de los pocos utilizados para el
desayuno). Presumiblemente, hicieron lo que siempre se hacía: los almacenaron en algún
tipo de contenedor o depósito. Lo importante aquí es la obsesión de Pedro por alcanzar a
Jesús. En su apresuramiento lo deja todo, incluso a sus compañeros discípulos y a los peces.
La escena del desayuno (21:9–14)
La atención ahora pasa a una comida ya preparada, a excepción del pescado que los
discípulos dieron como parte de su pesca (v. 10). Jesús está continuamente proveyendo y
atendiendo sus necesidades; en 13:1–20 les lavó los pies y ahora les prepara el desayuno.
El pescado cocinado al fuego y el pan fresco eran la comida básica de Galilea (como en la
multiplicación de los panes registrada en 6:1–15). Jesús posiblemente ya tenía algo de
pescado preparado y ahora les pide que traigan un poco más de su pesca. Hay un firme
mensaje simbólico en esto: los discípulos de Jesús participan en su misión con él. Toman
parte en la misión y también en los maravillosos resultados.
En el versículo 11 descubrimos que hubo dos milagros. Habían pescado la asombrosa
cantidad de 153 peces, y en el proceso la red ni siquiera se había rasgado con todo ese peso.
Ha existido un ridículo número de interpretaciones con respecto a la cantidad de 153 peces,
pero permítame resaltar los principales: (1) muchos ven una gematría (la suma del valor
numérico de las letras en una palabra, como en el 666 de Ap 13:18), con frases (en griego o
hebreo) como “Jesucristo, Dios” o “iglesia de amor” o “hijos de Dios”, pero ninguna de estas
frases se ajusta bien aquí. (2) Como 17 es el número triangular de 153 (es decir, sumando
los números 1–17 = 153), algunos ven una alusión a Ezequiel 47:9–10, donde una corriente
fluye desde Jerusalén hasta el Mar Muerto, llena de peces de En-gadi (valor numérico de
17) y En-eglaim (valor numérico 153). Esto es interesante pero imposible de probar. (3)
Algunos simplemente encuentran alegorías en los números, como Agustín (tomando el
número triangular 17 como los diez mandamientos y los siete dones del Espíritu) u Orígenes
(las tres partes de la Trinidad son 50 × 3 + 3 = 153) Nuevamente, esto no tiene mucho
sentido aquí.
Todas estas soluciones imaginativas involucran la creatividad del intérprete, pero tienen
poco valor en el contexto de 21:1–14. Así que la mayoría considera correctamente el
simbolismo solo a nivel general: esta extremadamente grande pesca representa la
abundancia de las bendiciones que Cristo derrama sobre sus seguidores cuando lo
obedecen y se embarcan en su misión designada por Dios, siguiendo la dirección del
Espíritu.
La red que no se rompe es un segundo milagro. La red completa podría significar la
unidad de la iglesia o tal vez el número ilimitado de conversos (siempre hay espacio para
más). Aquí hay un contraste con Lucas 5:6, donde se rasgan las redes. La importancia parece
estar en la naturaleza ilimitada de la misión. Se continuará, ganando conversos, mientras
exista este mundo. Nuestra misión nunca se detendrá.
Ahora vamos a la escena misma de la comida (21:12–13). La cual también es un poco
extraña. Cuando Jesús los llama a desayunar, esperaríamos que corrieran hacia él tan
pronto vieran que el hombre en la orilla era él mismo. Sin embargo, parecen reacios, y Juan
nos dice: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», porque
sabían que era el Señor”. ¿Por qué querrían hacerle esa pregunta? Lo cual ciertamente es
parte de esta temática de duda tan evidente. Están cara a cara con algo que nunca antes
había sucedido en la historia humana, y su confusión es bastante natural.
Creo que es porque Jesús es mucho más que un hombre resucitado. Ahora se están
enfrentando con el Dios-hombre de una nueva manera. Antes, su gloria se había mostrado
a través de su humanidad como el Hijo encarnado de Dios. Ahora su gloria preexistente ha
tomado completamente el control. Él sigue siendo el Jesús con el que habían caminado
estos últimos años, pero ahora es el Señor resucitado exaltado, y están experimentando su
Divinidad de una manera que nunca hubieran imaginado ni siquiera en sus sueños más
extraños.
La comida en sí (21:13) está estrechamente relacionada con la multiplicación de los
panes. Como en 6:11, “vino, tomó el pan y se los dio, e hizo lo mismo con el pescado”.
Algunos piensan que es una celebración eucarística, pero esto no parece probable porque
el pescado no se convierte en un símbolo eucarístico hasta más tarde. Este tema se
considera más como el compañerismo en la mesa. Al compartir la comida, comparten la
nueva vida que han obtenido como la iglesia de Dios. La misión involucra una iglesia en
íntima comunión con Jesús y entre sí. Cristo los está cuidando, y mientras lo siguen están
seguros de su constante cuidado.
Juan llama esto como “la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos”. Esto es
literario más que cronológico, ya que no incluye la aparición en el viaje camino a Emaús de
Lucas 24:13–35 o las apariciones registradas en 1 Corintios 15:3–8. Se refiere únicamente a
las apariciones ente los doce discípulos (no a la de María Magdalena) en 20:19–23, 26–29.
La frase “Jesús apareció” (phaneroō) se encuentra dos veces en esta sección (vv. 1, 14) y
enmarca el episodio con el hecho de que todo esto es posible gracias a la revelación de Dios
(“aparecido” es un pasivo divino) del Señor exaltado y resucitado a los seguidores de Cristo,
iniciando así su nueva creación, la iglesia. La razón para elegir solo las apariciones a los
discípulos es, que Juan quiere instituir la inauguración de la era de la iglesia. Su punto es
que Jesús real y verdaderamente ha resucitado de entre los muertos y al hacerlo ha
establecido la iglesia a través de sus discípulos y ha comenzado la misión de los discípulos
al mundo.
Jesús afirma y comisiona a Pedro (21:15–17)
La escena de la inauguración de la misión de Jesús del pueblo de Dios comienza de manera
colectiva con los discípulos como grupo, formando el lanzamiento de la misión de la iglesia
como un todo. Estas dos secciones siguientes se centran en la integración individual de los
líderes de la misión, específicamente de Pedro y del Discípulo Amado. Esta no es la primera
aparición de Jesús a Pedro. De hecho, es la tercera después de su aparición inaugural en
Lucas 24:34 y 1 Corintios 15:5 (probablemente estos pasajes se refieren a la misma
aparición) y su aparición grupal a Pedro y los demás en Juan 20:19–23. Por lo cual, en este
momento Pedro ya se arrepintió y fue perdonado.
La anterior aparición a Pedro constituyó su afirmación personal por parte de Jesús, y
este pasaje detalla su reincorporación pública (otros seis discípulos estuvieron presentes)
al ministerio. De hecho, esta establece aún más su encargo del ministerio y al liderazgo en
la nueva creación de Cristo, la iglesia. Esta escena se convierte en la orden de marcha de
Pedro. Dado que negó a Jesús tres veces (18:15–18, 25–27), aquí también tres veces se le
encarga “alimentar” y “cuidar” del rebaño de Cristo, la iglesia.
Después de terminar el desayuno, Jesús probablemente llevó a Pedro a una corta
distancia adelante (v. 20, Pedro “se volvió y vio” al Discípulo Amado) en un diálogo
semiprivado. La presentación formal de Jesús, “Simón, hijo de Juan”, repite el llamado inicial
en 1:42 y casi parece ser una reformulación de su relación. En este sentido, están
comenzando de nuevo; en un sentido más amplio, Pedro ya ha establecido su ministerio y
está edificando sobre este.
La primera pregunta, “¿Me amas más que estos?” Se puede entender de tres maneras:
(1) “más de lo que amas a estos otros discípulos”; (2) “más de lo que amas estas otras
cosas”; o (3) “más de lo que estos otros discípulos me aman”. En la actualidad es común
esta tercera interpretación porque Pedro se jactó anteriormente de que él era el más fiel
del grupo (13:37–38). Si bien eso es posible, es cierto que también agrega más negatividad
de la necesaria al contexto. Lo más probable es que Jesús le esté preguntando si él es el
primero en su vida y en su corazón, lo cual involucra una combinación de las dos primeras
interpretaciones y así se ajustaría mejor. El amor de Pedro por sus hermanos y hermanas
en la iglesia (“amarse unos a otros” en 13:35; 15:12; 17:11) debe ser secundario y fluir de
su amor por el Señor. La respuesta positiva de Pedro, “Sí, Señor, sabes que te amo”, lleva a
la comisión de “alimentar a mis corderos”. Este es el mensaje principal de esta escena, que
el verdadero amor por Jesús debe resultar en el cuidado del rebaño de Cristo, es decir, sus
seguidores. Posteriormente Cristo repite esto dos veces más, con variaciones estilísticas
para enfatizar este punto una y otra vez.
Lo cual lleva al debate principal sobre este pasaje, el uso de los dos verbos principales
para el amor, agapaō y phileō. Muchos los han interpretado como dos niveles de amor,
pero una paráfrasis, como si fuera este el caso, muestra el problema con este punto de
vista:
Jesús dijo: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas con amor divino [agapaō]?” “Sí, Señor”, dijo,
“sabes que te quiero mucho [phileō]”. Un poco desanimado, Jesús intenta de nuevo,
“Simón, ¿me amas con amor divino [agapaō]?” Pedro responde: “Señor, te tengo
mucho cariño [phileō]”. Jesús se da por vencido, “Entonces, Pedro, ¿me quieres
[phileō]?” Y Pedro concluye: “Eso es lo que he estado tratando de decir: realmente te
quiero [phileō]”.
Las inevitables implicaciones de esto serían que Simón Pedro no pudiera alcanzar las
expectativas de Jesús, y que este se da por vencido y finalmente acepta su inadecuado nivel
de amor. Lo cual es bastante improbable y difícilmente se ajusta al contexto, ya que aquí es
uno de victoria en el Señor resucitado. Además, este es otro ejemplo de uso sinónimo en el
cuarto evangelio, ya que ambos verbos se usan para el amor del Padre por el Hijo (3:35;
5:20), el amor del Padre por los santos (14:23; 16:27), y el amor de Jesús por Lázaro (11:3,
5, 36). Así que la mayoría está de acuerdo en que Juan usa estos dos términos como
sinónimos.
En estos tres versículos cortos hay cuatro pares de palabras, y el mensaje del pasaje
fluye a partir de estos: dos términos sinónimos para “amor”, para “saber”, para “atender”
y para “oveja”. Con esta variedad de términos Juan está haciendo hincapié en la
exhaustividad del mensaje; el profundo amor por Jesús producirá un intenso deseo de
cuidar a todas las ovejas del rebaño de Cristo. Al reafirmar este punto tres veces, Jesús le
da la máxima importancia. La misión de Dios y Cristo ahora tiene dos puntos principales:
alimentar y cuidar las ovejas de Cristo en la iglesia, así como alcanzar y traer a los perdidos
a la iglesia.
Observe cómo Pedro está “dolido” (21:17) cuando Jesús hace la pregunta por tercera
vez, respondiendo: “Señor, tú sabes todas las cosas; sabes que te amo”. No entendía por
qué Jesús seguía lastimándolo con este asunto. La razón no es solo que Pedro le había
fallado tres veces, sino sobre todo por el significado de la triple repetición. Repetir algo por
segunda vez lo hace enfático (por ejemplo, “de verdad te aseguro”, el doble amēn en Juan,
véase los comentarios en 1:51), pero enfatizarlo por tercera vez le da un significado
definitivo, como en el Trisagion, “Santo, santo, santo” en Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8, que
hace de la santidad la característica definitoria de Dios y de nuestra adoración. Es así como
tal amor se convierte prácticamente en una obligación de pacto para Simón Pedro y para
todos los seguidores de Cristo.
Mantener el rebaño de Dios es uno de los asuntos clave en la misión de la iglesia. Los
perdidos no pueden ser alcanzados exitosamente hasta que los santos estén bien
alimentados e intensamente movilizados. Este fue el corazón del mensaje de Pablo a los
ancianos de Éfeso en Hechos 20:28 (“Alimenten y pastoreen el rebaño de Dios”) y el desafío
de Pedro a los líderes en 1 Pedro 5:2–4 (“sean pastores del rebaño de Dios “). De hecho,
considero que 1 Pedro 5:1–4 resulta de las reflexiones de Pedro sobre esta misma
experiencia. El mensaje es bastante enfático el rebaño / iglesia pertenece a Dios y a Cristo,
no a Pedro ni a ningún otro líder cristiano. Cristo es el pastor principal del rebaño, y nosotros
somos sus pastores menores (1 Pe 5:2, 4) encargados de alimentar, guiar y cuidar a sus
ovejas. Nuestra tarea es la humildad y la obediencia las cuales conducen a un cuidado de
calidad. Los programas y las enseñanzas superficiales no servirán; somos responsables de
hacer todo lo posible para cuidar bien al rebaño.
Jesús profetiza sobre la muerte de Pedro: “sígueme” (21:18–23)
Jesús ahora regresa a 13:36 cuando le dijo a Pedro: “A donde voy [cielo], no me pueden
seguir ahora, pero lo harán después”. Pedro audazmente prometió que estaba listo para
morir por Jesús, y ahora Jesús le dice cómo esto sucederá. La profecía de Jesús toma la
forma de una doble declaración (véase los comentarios sobre 1:51) con el propósito de
enfatizar la importante verdad de que Pedro tiene un doble llamado: a ser un pastor del
rebaño de Dios, pero también a alcanzar la gloria muriendo por el Señor (otro tema
importante en Juan).
Jesús se basa en una ilustración (algunos dicen un proverbio judío) sobre la vejez. Este
es un versículo difícil de explicar porque en mi etapa actual de la vida estoy viviendo esta
historia. Tengo setenta y cinco años y tengo que caminar con un bastón, a veces con un
andador. Cuando bajo cualquier pendiente, tengo que agarrarme del brazo de alguien para
equilibrarme. Desafortunadamente, este es mi versículo: “cuando eras más joven te vestías
tú mismo e ibas adonde querías” (¡recuerdo esos días felices!) “pero, cuando seas viejo,
extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir”. Esa es con
demasiada frecuencia mi historia últimamente.
La segunda mitad del versículo va directo hacia la profecía, cuando dijo “extenderás las
manos” se refería a estirar los brazos para que atarlo o clavarlos en una cruz. Cuando iba a
ser “llevado a donde no quieres ir”, sería llevado a su muerte, como explicará Juan en 21:19.
La tradición de la Iglesia dice que Pedro fue crucificado boca abajo durante el reinado de
Nerón (Hechos de Pedro 37–39; Eusebio, Historia eclesiástica 3.1). No podemos saber si eso
es cierto (es una tradición tardía), pero es muy probable que haya sido crucificado.
Juan explica en 21:19 que Jesús estaba diciendo esto para “dar a entender la clase de
muerte con que Pedro glorificaría a Dios”. La muerte de Jesús establecería su manera de ser
“elevado a la gloria” (3:14; 8:28; 12:32), y Pedro con su muerte compartiría esa misma
gloria. Este es un principio importante, llamado “las dificultades mesiánicas”. Sufrir por
causa del Señor es “participar [o compartir] en sus sufrimientos [de Cristo]” (Fil 3:10), y
cuando los cristianos son martirizados por causa de Cristo, en realidad “Ellos lo han vencido
[a Satanás] por medio de la sangre del Cordero y por el mensaje del cual dieron testimonio;
no valoraron tanto su vida, como para evitar la muerte”. Cuando la bestia (el Anticristo)
“venza” a los santos (Ap 13:7), en realidad ellos lo vencerán de una manera mucho mayor
(12:11). Él triunfa solo porque les quita la vida; mientras que ellos lo vencen por la
eternidad. Cada martirio a un creyente es una victoria final sobre los poderes del mal y esto
le da gloria a Dios.
El tema central de esta sección se expresa dos veces (21:19, 22): “Sígueme”. Este lema
esencial del discipulado se encuentra en 1:43 (a Felipe) y aparece frecuentemente (1:37–
38, 40; 8:12; 10:4, 27; 12:26). Pedro y Juan (véase v. 22) no debían cuestionar la voluntad
de Dios sino “seguir” su camino hasta donde sea que los llevara, incluso a la muerte. Sin
embargo, Pedro siempre decía lo que pensaba, incluso cuando lo metía en problemas. Se
da vuelta y ve al Amado Discípulo “siguiéndolos” (un comentario irónico). Cuando Pedro lo
ve, exclama: “Señor, ¿y este, qué?” Lo que significa prácticamente: “¿Por qué yo y no él?”.
Esto es importante para todos nosotros. Cuando enfrentamos crisis difíciles, a menudo
miramos a alguien que parece tener todo en orden y hacemos una pregunta como la de
Pedro. Todo el tiempo nos comparamos con los demás, pero siempre con aquellos que
parecen tener todo funcionando sin problemas.
La respuesta de Jesús a Pedro (v. 22) es la misma que nos daría: “Si quiero que él
permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme no más”. La responsabilidad
de Pedro era seguir a Jesús y el camino que él mismo había elegido, no preocuparse por el
destino de otro. No debemos atrevernos a compararnos con los demás, sino que debemos
buscar y aceptar la voluntad personal de Dios para nosotros. De hecho, Juan vivió hasta una
edad muy avanzada. Escribió el libro de Apocalipsis en el año 95 d.C., cerca de treinta años
después de la muerte de Pedro. Esto no significaba que Dios prefería más a Juan que a
Pedro. A cada uno se le dio la vida y el ministerio que Dios consideró mejor para él. Tampoco
se podría decir que Juan tuvo un ministerio mejor que el de Pedro. Cada uno cumplió su
llamado y, por lo tanto, glorificó a Dios. De hecho, cuando lleguemos al cielo, podríamos
pensar que Dios amó más a Pedro, ¡porque lo trajo a casa antes!
Si estamos llamados a un ministerio breve pero intenso como el de Pedro o a un
ministerio y vida largos, como los de Juan, se nos diría lo mismo que a Pedro: “¿a ti qué? Tú
sígueme” Estamos llamados a esa vida que Dios, en su soberana sabiduría y amor, sabe que
es mejor para nosotros y para el reino. Esto es cierto en muchos sentidos, al pastorear una
iglesia grande o pequeña, al escribir solo un libro o uno con muchos volúmenes, y así
sucesivamente. Ninguno de los dos es más importante para el Señor, y ambos son
bendecidos por él por causa de su servicio. Es Cristo quien es soberano, y nuestro lugar y
gozo es seguir su guía y servirle donde sea que nos lleve.
Aparentemente, la profecía de Jesús a Pedro también inquietó a muchos acerca de Juan,
y se extendió el rumor “de que este discípulo no moriría” (v. 23) el cual, aparentemente
todavía existía en los años 80 cuando Juan estaba escribiendo su evangelio. Como ese rumor
le preocupaba, Juan sintió que tenía la responsabilidad de disiparlo. Incluso podría haber
dado origen a un culto que se centrara en el pronto regreso del Señor. Con base en este
rumor, a medida que Juan envejecía, el fervor con respecto a la inminente venida de Cristo
habría hecho necesario corregir el malentendido. Por lo cual, da una paráfrasis
interpretativa con respecto a lo que Jesús realmente quiso decir: “Si quiero que él
permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” (Podría haber tenido cerca de 80 años
cuando Juan fue escrito).
Conclusión: el verdadero testigo (21:24–25)
En 19:35, Juan enfatizó la confiabilidad histórica de la evidencia de los testigos oculares
detrás de las narraciones de la resurrección, y ahora reitera esa premisa, obviamente
considerando que los lectores necesitan esa aclaración. La verdad y la precisión del
testimonio apostólico son necesarias a la luz de la naturaleza asombrosa de estas
declaraciones. Junto con Lucas 1:1–4; 2 Pedro 1:16, nos dicen que la iglesia primitiva afirmó
estar escribiendo hechos históricos reales, y que existe una prueba confiable para respaldar
su veracidad. La vieja premisa racionalista de que los sucesos sobrenaturales no se pueden
probar está equivocada. Por lo cual, la responsabilidad de la veracidad recae realmente en
aquellos que niegan la confiabilidad histórica de los evangelios.
La afirmación en estos dos versículos probablemente proviene de los ancianos de Éfeso
y de los líderes de la iglesia en general, y les dice a los lectores que pueden confiar en el
testimonio de estos capítulos, de hecho, de todo este evangelio. Mucho más que solo el
capítulo 21. Se asegura que todo el cuarto evangelio es confiable. Así que esto concluye el
tema del testimonio en el evangelio de Juan, visto especialmente en 1:7–8, 29–34; 5:31–
40; 8:13–18, donde se presenta el desafío de aceptar los testimonios oficiales (el Bautista,
las obras de Jesús, Dios y las profecías del Antiguo Testamento) y darnos cuenta de que
estas historias realmente sucedieron. Las cuales se resumen aquí en el versículo 24 en el
testimonio del mismo Juan y de los líderes de su iglesia, que se encuentran en las
narraciones de su evangelio.
Existen dos opciones principales para el “nosotros” de este versículo y, por lo tanto, para
el autor de estos dos versículos: (1) Podría ser un “nosotros” editorial como los de 1 Juan
1:2, 4, 5, 6, 7; y 3 Juan 1:12, refiriéndose al mismo Juan; o (2) podría referirse al imprimátur
de la iglesia, quizás los ancianos de Éfeso, a la veracidad de este evangelio. Este segundo se
ajusta al contexto un poco mejor, agregando la afirmación oficial de la iglesia a la del mismo
Juan en 19:35. Esto demuestra cuán importante era la confiabilidad histórica para la iglesia
primitiva.
El versículo 25 a la luz de esta afirmación de confiabilidad se vuelve hacia los hechos
mismos, cambiando del “nosotros” del versículo 24 al “yo” mientras el evangelista mismo
agrega su testimonio al de la iglesia en el versículo 24. Tiene la intención de poner todo en
la perspectiva adecuada. En su comentario, solo nos ha contado una pequeña parte de todo
lo que Jesús dijo e hizo. En realidad, si pudiera lograr una cobertura integral, “si se escribiera
cada una de ellas, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo entero”. Cuando
consideramos 1:3–4, con Jesús el Creador del universo y la figura divina detrás de la nueva
creación, esta no es una exageración tan grande como la podríamos considerar. Cuando
compilamos los cuatro evangelios, incluso los milagros que conocemos son mucho más
numerosos de los que Juan ha podido registrar. Su señorío sobre el universo además
aumenta esto exponencialmente.
Todo lo que Juan podía hacer era relatar algunas historias representativas para
proporcionar una muestra de todo lo que Jesús dijo e hizo. Su propósito era hacer que los
lectores comprendieran lo mejor posible la verdad sobre el Dios-hombre, Jesús el Cristo. En
realidad, ningún libro por sí solo podría capturar la realidad y el poder completos, la
majestad y la gloria del Hijo de Dios (véase 20:30–31). Esta es también la razón por la cual
Dios inspiró cuatro evangelios en lugar de uno solo, para otorgarle a su pueblo una
comprensión más basta y completa de la maravillosa realidad.
Mientras que el capítulo 20 se centró en las implicaciones de la resurrección para la fe,
el capítulo 21 se centra en las implicaciones para la misión de la iglesia. Toda la humanidad
debe ser invitada a participar en la nueva creación y la era del Espíritu. Inaugurada con la
resurrección de Jesús. Por lo cual cada escena está incluida para destacar ese ministerio
central del pueblo de Dios. La pesca milagrosa (vv. 1–8) recrea Lucas 5:1–11, un milagro
similar que inauguró la misión que se llevó a cabo durante el ministerio terrenal de Jesús.
Ahora, el segundo milagro de pesca inaugura esa misión que dominará el período posterior
a la resurrección, la era del Espíritu. El punto es el mismo: cuando nos sometemos y
obedecemos, incluso cuando parece ilógico, sucederán cosas milagrosas. Cristo está a cargo
de cada uno de nuestros ministerios, debemos rendirnos a su poder para que guíe todo lo
que hacemos. Lo que intentamos con nuestras propias fuerzas (= la noche de pesca) a
menudo será desalentador, pero cuando permitimos que Cristo tome el control (=
arrojando sus redes al otro lado de la barca), habrá resultados maravillosos.
La escena del desayuno (vv. 9–14) muda su enfoque para mostrar que a medida que la
iglesia se dedica a la misión, podemos estar seguros de que el Señor resucitado nos estará
cuidando y cubrirá todas nuestras necesidades. Mientras salimos representando a Cristo,
habitamos mutuamente (Jn 15) y dependemos de él, es él quien nos guía y nos da poder en
nuestra misión. La comida en sí significa la profundidad de la comunión que disfrutamos
con Cristo al compartir cada detalle de nuestras vidas con él. Nuevamente, la promesa es la
gran abundancia de bendiciones (= 153 peces) que Cristo derrama en nuestras vidas.
La escena de la comisión (vv. 15–17) es un pasaje hermoso y profundo. El mensaje es
simple, pero, cambia la vida. Si realmente amamos a Cristo con todo nuestro corazón,
debemos cuidar profundamente de su rebaño y hacerlo correctamente. La misión no puede
cumplirse sin una iglesia bien alimentada y ansiosa por llevar a Cristo a las multitudes. La
misión de la iglesia necesita desesperadamente un ministerio de enseñanza de calidad para
preparar a las personas para vivir para Dios en cada área de sus vidas.
El episodio final tiene un mensaje claro: sigue al Señor pase lo que pase. Pedro ha sido
restituido y comisionado, pero también se le dice que no tendrá un ministerio prolongado
sino más bien de corta duración (literalmente). Aquí hay dos puntos: primero, si Dios nos
pide que demos nuestras vidas por él, significa que no solo compartiremos el sufrimiento
de Cristo sino también su gloria; y segundo, nuestra vida debe centrarse en todo momento
en una cosa clave, seguir a Cristo y su voluntad para con nosotros. De lo único que debemos
estar seguros es de esto: nuestras vidas lograrán algo, y ese algo será importante. No hay
vidas fáciles cuando seguimos a Cristo, pero tampoco hay ninguna aburrida. Ninguno de
nosotros es irrelevante para la causa de Cristo.
GLOSARIO
apocalíptico Se refiere a las verdades sobre los planes de Dios para la historia las cuales ha
escondido en tiempos pasados pero que ha revelado (el griego apokalypsis significa
“revelar”) para su pueblo. El nombre también describe un género de literatura antigua
(incluyendo Apocalipsis y partes de Daniel) que comunica estas verdades usando
simbolismo vívido.
cristológico (adj.), Cristología (f.) se refiere a la presentación en el Nuevo Testamento de la
persona y obra de Cristo, especialmente su identidad como Mesías.
escatológico (adj.), escatología (f.) Se refiere a las últimas cosas o a los tiempos finales.
Dentro de esta amplia categoría, los eruditos bíblicos y los teólogos han identificado
conceptos más específicos. Por ejemplo, la “escatología realizada” enfatiza la obra actual
de Cristo en el mundo mientras se prepara para el fin de la historia. En la “escatología
inaugurada”, los últimos días ya han comenzado, pero aún no han sido consumado durante
el regreso de Cristo.
gnóstico (adj.) Se refiere al conocimiento especial (del griego: gnōsis) como la base de la
salvación. Como resultado de esta enseñanza herética que se desarrolló de varias formas
en los primeros siglos después de Cristo, muchos gnósticos tenían una visión negativa del
mundo físico.
inclusio Es un recurso de trama en el que la misma palabra o frase aparece al principio y al
final de una sección de texto.
midrash (s.) midráshico (adj.) La exposición judía de un texto usando las técnicas de los
antiguos rabinos para presentar un análisis detallado del significado y teología de un texto.
Mishná Antigua fuente judía, compilada alrededor del año 200 d.C., que contiene las
expresiones de los rabinos. Si bien fue escrito posteriormente, nos informa sobre
tradiciones orales que existían en los tiempos de Jesús.
parusía El evento de la segunda venida de Cristo. La palabra griega parusía significa
“llegada” o “presencia”.
quiasma Un recurso estilístico en el que un pasaje se organiza en dos secciones, con el
contenido de las declaraciones en la primera mitad y repetido en orden inverso en la
segunda mitad (ABC: C′B′A ′).
Qumrán Un sitio cerca de la esquina noroeste del Mar Muerto donde a principios de la
década de 1940 se encontró una colección de pergaminos (llamados Pergaminos del Mar
Muerto). La comunidad que vivió en este sitio y escribió estos pergaminos estaba separada
del resto de la sociedad judía. Muchos estudiosos creen que fueron una rama de los esenios,
una de las tres sectas judías más importantes mencionadas por Josefo (Antigüedades
13.171–72). Los rollos del Mar Muerto incluyen manuscritos de los libros del Antiguo
Testamento, así como otros escritos que no son parte de las Escrituras. Este gran
compendio no hace alusión al cristianismo, pero arrojar luz sobre aspectos del judaísmo
durante la época de Jesús.
shaliach término hebreo para “el enviado”, un representante o embajador quien es la voz
y la presencia de quien le envía. En Juan, Jesús se presenta como el Shaliach del Padre.
Shekinah Palabra derivada del hebreo shakan (habitar), usada para describir la propia
presencia de Dios tomando la forma de nube, a menudo en el contexto del tabernáculo o
templo (por ejemplo, Éx 40:38; Nm 9:15; 1 Re 8:10–11).
Sinóptico Un término aplicado a los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas debido a sus
muchas similitudes y paralelos, el término griego significa “tener la misma apariencia”.
soteriológico (adj.), soteriología (s.) Relativo a la doctrina de la salvación (del griego:
sōtēria), que incluye temas como expiación, justificación y santificación.
tipológico (adj.), tipología (s.) Recurso literario en el que los personajes o eventos del
Antiguo Testamento son los arquetipos que corresponden y que se cumplen en las verdades
del Nuevo Testamento.
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